Scripta manent
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207 Me enteré de la despedida de Luis Olivencia por Rosell sin que el hecho de mi constante preocupación por la evolución de sus males bastara para aliviar mi sorpresa. ¡Que se ha ido Luis!, esas cinco palabras me dejaron atónito a pesar de mi fe en la misteriosa inmortalidad del hombre, ese juguete amado de Dios que, con frecuencia, se cree Dios mismo. Me acordé de sus padres, de Sofía, su mujer, de sus hijos, de sus hermanos, de tanta alegría remota arrebatada en un instante por ese otro misterio que es la muerte. Pascal decía que uno se muere siempre solo, una imagen siniestra que siempre combato con la altiva pregunta que Pablo dirige a la Muerte hablando con los corintios: “¿Dónde está, Muerte, tu victoria?” Recuerdo como un privilegio las bromas que alguna vez me gastaba Edgar Morin en mi Facultad a propósito de esa actitud mía, que él me hacía el honor de emparejar –ignoro por qué– con la sabia conciencia de Philippe Ariès, pero ni siquiera mi veneración por aquel maestro me logró desviar nunca de una certidumbre que creo bien fundada en la Razón. ¿Cómo imaginar una contingencia tan absoluta como sería necesaria para que el milagro de la conciencia, los prodigios de la imaginación o el enigma del amor no fueran, en última instancia, más que las SCRIPTA MANENT Por José antonio gómez marín Minervae Baeticae. Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2ª época, 44, 2016, pp. 207–209.
208 manriqueñas “verdura de las eras”? No, no se trata de empecinamiento animista, como hubiera querido Nietzsche, sino de la conclusión derivada de un paradigma mucho más profundo: el que ve en la vida un prodigio tan inimaginable como efímero. Habíamos quedado Luis y yo en vernos para convencerme de la singularidad que ofrecía el paisaje alpino, donde él veraneaba y adónde me animaba a ir. El silencio de la montaña, la soledad sonora, el aire finísimo, la música del campo con que él me tentaba, me habrían decidido a esa ilusión que empezaba a invadirme con vehemencia cuando a él se le presentaron los primeros síntomas. Y luego su partida, dejándome aquí tantos comentarios, tantas ilustraciones sobre la cultura europea y tanto entusiasmo por la realidad española y andaluza, que enseguida propuse a su padre, nuestro querido profesor, el proyecto de recoger los artículos de Luis con los que compartí página, miércoles tras miércoles, durante unos años que pasaron como el viento, convencido del axioma de Plauto de que “verba volant, scripta manent”, de que acaso una de las huellas más duraderas que un hombre de esta deshumanizada sociedad puede dejar tras de sí son las palabras escritas, actuales o fósiles de su entendimiento, pruebas siempre de su calidad, de su valor y, también, cómo no, de sus aficiones. A mí personalmente, Luis me reconcilió con Alemania cuya cultura me precio de conocer atentamente aun siendo víctima, como la mayoría de mi generación, de la memoria del soponcio nazi. Recuerdo que Luis me explicaba un día, sentados los dos bajo los naranjos de la Plaza San Francisco, el atentado humano que supuso el “parágrafo ario”, pero también, en otras ocasiones, la trascendencia de la reunificación de su “otra patria”, lo mismo que me divertía –¡y daba materia para mis propias columnas!– describiéndome el garbeo propagandístico que se dio por Europa el candidato Obama en su versión más kennediana, los arranques de la señora Thatcher o el éxito con que Cameron logró eclipsar a Blair y ganarse a los “tories”. Luis era un sabio joven y cosmopolita, un maestro precoz abierto siempre a nuevos saberes, culto y un punto aristocrático en sus aficiones –que no en sus actitudes––, un español insolente y un andaluz cuajado, convencido, sin embargo, de que la única JoSÉ antonio GÓmeZ maRín208
209 prensa “seria” era la alemana ––¡ah, el Financial Times Deutschland o el Frankfurter Zeitung!––, de que la cerveza alemana era insuperable y, sobre todo, obsesionado por el afán de propiciar el progreso, inconciliable con la mediatización política de la Justicia y con sus duquitas presupuestarias, escandalizado por el arribismo político, enemigo sin matices de la corrupción. A mí, que me cuesta disimular mi formación esencialmente francesa, me apreciaba por mis aportaciones complementarias –y hasta me prometió un día tratar en su columna un comentario mío al dicho de Voltaire: “Solemos respetar más a los muertos que a los vivos. Hubiera sido necesario respetar a los unos y a los otros”– y, divertido siempre por mi tendencia a la lectura problemática, me pidió que le explicara mi devoción por Camus y mi perdida inocencia con Sartre. Aquí está hoy, en fin, el libro con una cualificada parte del alma de Luis, que su padre y yo, ayudados por la pericia del poeta y bibliómano Abel Feu, no dudamos en recoger, con la colaboración inestimable de Paco Rosell. Yo preguntaba aquel día nefasto en el periódico, en un conmovido desconcierto titulado “¿Estás ahí, Luis?”, algo que no necesitaba respuesta, pues Luis estaba ahí, con nosotros, dentro de nosotros, con su pachorra sonriente, su abductora humanidad, su entusiasmo por la vida y sus problemas. Y con su humor contagioso. Lean este libro que es una crónica excepcional de estos años pasados escrita con parsimonia y buen pulso. Porque Luis Olivencia, además de un jurista de vasta formación, era un excelente escritor que no tuvo tiempo, como hemos tenido otros, de completar su centón. Quién sabe si mejor para él, para alguien que ha logrado en un bre- ve movimiento, desarrollar toda una amplia lección de esgrima cultural y una exhibición de saber comprometido como pocas. ¡Ya lo creo que Luis está aquí! Pascal no tenía ni idea el día que escribió el pensamiento que antes cité. Quien la tenía era Plauto cuando nos recordaba que los amados de los dioses mueren jóvenes. Como Luis. ScRiPta manent 209