Contingencia, género y sujeto
Abstract
La intromisión de lo femenino deteriora la noción metafísico-moral de sujeto y obliga a sustituir los procedimientos tradicionales para luchar contra los elementos distorsionadores en dicha noción, por otros básicamente contrarios a la noción misma. En esencia, nos encontramos con una seudometafísica, como devaluación de la metafísica tradicional, que sustituye la lucha contra la contingencia por una “edénica inmanencia preternatural”.
Full text
THÉMATA. REVISTA DE FILOSOFÍA. . CONTINGENCIA, GÉNERO Y SUJETO Carmen González Marín. Universidad Carlos III. Madrid Resumen: La intromisión de lo femenino deteriora la noción metafísico-moral de sujeto y obliga a sustituir los procedimientos tradicionales para luchar contra los elementos distorsionadores en dicha noción, por otros básicamente contrarios a la noción misma. En esencia, nos encontramos con una seudometafísica, como devaluación de la metafísica tradicional, que sustituye la lucha contra la contingencia por una “edénica inmanencia preternatural”. Abstract: The notion of a subject, as a metaphysical and moral notion, is severely distorted by the intromission of the feminine in it. Metaphysics used to be the way to solve the problems that contingency made explicit to that notion. Now, we are bound to be trapped in a pseudo-metaphysics, which will substitute a preternatural immanence to the traditional fight against contingency 1. Cierta literatura filosófico-antropológica reciente nos presenta un panorama, hasta cierto punto, inaudito en la sociedad contemporánea. Inaudito, al menos con respecto a las expectativas razonables que debería alentar nuestra condición postilustrada. Dicho panorama se plasma en un nivel normativo en la necesidad de una felicidad sin trabas, como señalara en su día Pascal Bruckner; y en un nivel metafísico, no separado del anterior en esencia, en una imagen del sujeto asentado en un mundo que me atrevería a denominar preternatural. Es cierto que resulta cuando menos excéntrico utilizar el término preternatural. No obstante, se trata de un término bien acuñado, y cuyo significado estándar es suficientemente claro. Si hubiéramos de resumir en unas pocas palabras lo que “preternatural” significa, aplicado ya a la situación que trato de describir y analizar someramente aquí, habría que señalar especialmente una característica fundamental: el estatismo. Dicho estatismo se presenta, a bote pronto bajo dos aspectos distintos, pero complementarios: metafísico y moral. Lo que estoy denominando estatismo tiene que ver fundamentalmente con la ineficiencia del tiempo y la ausencia de conciencia del conflicto entre el bien y el mal, en términos abstractos. Nótese que si la ineficiencia del tiempo nos conduce a un estatismo genérico, la ausencia de conciencia de los conflictos morales nos conduce inexorablemente hacia un modo de estatismo de otra índole – moral y epistemológico - : el estatismo del escéptico. Una y otra forma de estatismo, no obstante, se aúnan para configurar una situación metafísico-moral peculiar, que, apresuradamente, me conformaré con denominar nuevo inmoralismo, y que tiene entre sus principales causas la particular problematización de la noción de sujeto que me gustaría examinar ahora. Mi propósito en esta comunicación es, pues, abordar, aunque someramente, uno de los aspectos de este sujeto problemático, aquél que hace manifiesta una seria disfunción en la categoría misma de SUJETO, y tratar de aportar una hipótesis de trabajo acerca de su genealogía. En esta genealogía, creo, y eso es parte de lo que voy a sostener, desempeña un papel relevante y paradójico la incorporación “metafísica” de las mujeres a una vida estándar, precisamente esa vida de la que estuvieron excluidas. 2. Podemos pensar en una cierta manera de representar una imagen del tiempo, y específicamente del tiempo en su relación con varones y mujeres. Esa imagen tiene una característica esencial con respecto de la vida humana, y es el hecho de presentarse inexorablemente ligado a la noción de límite. Es precisamente la figura del limite la que permite establecer una diferencia entre una vida con sentido – la del varón que se transciende- y una vida de especie, la de la mujer que sólo gira en la inmanencia.
620 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 Si la noción de un límite temporal, inscrita como inexorable, y aceptada de manera necesaria, en la experiencia humana ha sido en esencia el armazón metafísico y moral de nuestra cultura, su desaparición, o al menos su presencia cada vez más pálida y desplazada, es el principio de un mundo preternatural, y, al mismo tiempo, supone un cambo sustancial, una verdadera transformación metafísicomoral en la noción de sujeto. No es necesario insistir en que ha sido precisamente la noción de sujeto – digamos “tradicional”, aquélla que denominaríamos greco-judáica – una de las responsables de la exclusión femenina. Y tampoco es preciso insistir en que una de las razones por las cuales la mujer no respondía adecuadamente a las expectativas de un sujeto estándar era justamente la inadecuación de su experiencia a la linealidad y, por ello, a la necesidad de trascenderse de la vida con sentido, típicamente la vida varonil. El problema del sujeto humano, de la experiencia humana, es la contingencia. La noción de límite temporal, naturalmente, determina la necesidad de pensarse como contingente, y, sin duda, algunas de las soluciones de mayor éxito al problema metafísico cuerpo-mente - las dualistas, por supuesto - simplemente podrían interpretarse como un síntoma de la ansiedad que se sigue de esa percepción de la contingencia. Por otra parte, algunos curiosos modos de interpretar la muerte – por ejemplo en la interesantísima serie de argumentos que recuerda Montaigne - , y, aunque parezca algo muy lejano, los intentos de dar cuenta de la racionalidad como esqueleto de la vida humana – por ejemplo las teorías de la acción racional – denotan igualmente una lucha contra la contingencia. El pensamiento occidental ha sabido jugar con la contingencia y “liberar” al sujeto de ella sin renunciar a tenerla presente. Presente como aquello que había que vencer. 3. Justamente, tal como señalaba más arriba, la diferencia femenina notoriamente manifestaba la falta de adecuación a las demandas de ese sujeto que surgía del reconocimiento de la contingencia, y, al mismo tiempo de su superación. De ahí, se diría, que el sujeto, incluso el Sujeto con mayúsculas como representante de la humanidad, haya sido, como tantas veces se ha denunciado desde el feminismo, masculino. En efecto, la relación de las mujeres con la categoría de sujeto ha sido problemática, y eso fundamentalmente por dos razones: por su inscripción en la temporalidad, y por su relación con el cuerpo. No deja de ser interesante que, en la que podríamos denominar la versión tradicional de las relaciones entre varones y mujeres, de un modo trivial, la percepción que liga el tiempo a los dos géneros difiere en un aspecto fundamental. Como también señalaba más arriba, el modo en que Simone de Beauvoir describió en El Segundo Sexo lo femenino ligado a la inmanencia, frente a la capacidad masculina de la trascendencia es probablemente la mejor representación de esa diferencia. Los feminismos han tratado, y no en vano, de configurar una imagen del sujeto femenino que fuera compatible con las exigencias o las condiciones de un sujeto humano equiparable al sujeto masculino - o al prototipo que representa el sujeto masculino a la perfección. En otros términos, de aportar a las mujeres la dignidad de un sujeto compatible con su idiosincrasia. Dicho esto, ¿podría aventurarse que, al recuperar la condición de sujeto, las mujeres han sido causa de una perturbación en la vieja imagen del sujeto que ahora afecta a todos? Probablemente, la respuesta afirmativa no se hace esperar. Lo curioso no es, pues, la respuesta, sino los efectos que se siguen del hecho a que dicha respuesta refiere. Efectos que, como boomerangs, están produciendo curiosos e inesperados giros en la autoconcepción y la percepción eterna de varones y mujeres. Los vaivenes y las tensiones entre los diferentes modos de ver las cosas en los feminismos han trazado las líneas maestras de una imagen de las mujeres como sujeto cuyos atributos, inicialmente asimilados a los que ostentaba el sujeto metafísico abstracto, y en un momento posterior re-feminizados, han terminado por gozar del estatuto híbrido de la diferencia en la igualdad, o viceversa. En todo caso, se ha dado un respiro, o incluso podría decirse, se ha dado carta blanca, a ciertas ansiedades, de suyo señaladas por la misoginia tradicional como femeninas, ésas que nos remiten finalmente a las extrañas novedades metafísico-morales de nuestros
621 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 tiempos, a que me refería al comienzo de mi intervención. Explícitamente, a lo que he denominado estatismo. Aunque habría que modular convenientemente la afirmación que sigue, la lucha contra el tiempo, y su paralelo moral, la ceguera al conflicto son modos de ser que no responden exactamente a las expectativas de un sujeto estándar. Y no es difícil admitir que las que podrían denominarse políticas del estatismo – desde la más trivial expresión, como la cirugía plástica, a las más complejas como los relativismos – se han extendido de manera obvia en nuestras sociedades. 4. Recuperemos, para terminar, los hilos del argumento general. Si afirmaba al comienzo que vivimos tiempos teñidos e lo preternatural, lo hacía fundándome en la expansión de las políticas el estatismo. Pero ahora estamos en condiciones de esbozar al menos una hipótesis acerca de las razones de tal expansión. La exacerbación de lo preternatural podría ser la respuesta ansiosa a la nueva imagen contingente de un sujeto que, por alguna razón, no es ya el que era. ¿Qué ha cambiado en la noción y en la experiencia del sujeto? Obviamente, demasiado, como para poder comprimirlo en unas líneas. Pero, desde luego, podemos fijar la atención en un solo punto, que, aunque incompleta, nos permitirá acceder a una percepción relevante de tales cambios. Del hecho de que el sujeto “ha cambiado” dan cuenta sus crisis, crisis que expresan a su vez una imagen del mundo en la que sospechosamente parece tratar de resarcirse de sus problemas. La negación del tiempo y del conflicto de manera genérica, son ciertamente expresión de un sujeto que carece de medios para aceptar lo necesario pero indeseable: la contingencia de un modo de ser temporal, mudadizo y frágil. Ese modo de ser, no obstante, se “controlaba” metafísica y moralmente, con cierta solvencia. Ya he señalado, muy rápidamente, algunas de las formas que adopta este “control” en nuestra tradición. Si aceptamos que tales modos comportan en general una reinterpretación del sujeto mismo en un sentido que sólo podemos calificar de, no inocentemente, excluyente, seguramente nos estamos colocando en el lugar natural para hacer explícita la hipótesis que deseo colocar sobre la mesa ahora. Decía al comienzo que algunos de los diagnósticos sobre nuestro tiempo indican, quizá oblicuamente, una disfunción en el sujeto mismo – me refería concretamente a la ansiosa manera de pensar la felicidad como deber, o a la “caída” en la inocencia de que habla Pascal Bruckner, y, más recientemente Gilles Lipovetsky. Bien: esa modesta hipótesis de trabajo, creo, se podría formular simplemente así: una de las razones de la crisis del sujeto, a cuyas manifestaciones asistimos – o cuyas manifestaciones vivimos sencillamente - es la incorporación femenina a la categoría de SUJETO. Formulada de este modo, podría parecer la consecuencia de un axioma de Perogrullo; cu ando las cosas cambian, las cosas cambian. Pero, obviamente, querría que fue algo más significativo que una tautología. La incorporación de lo femenino supone la presencia de nuevo de la imagen de la contingencia, y todos sus atributos – específicamente, el cambio – en consecuencia, en ansiosa metafísica tradicional, la incertidumbre -, y la marca del tiempo con su irrebatible eficiencia. Todo el esfuerzo realizado por superar tales “males” o “accidentes” del sujeto cae por tierra de pronto. Precisamente, porque todo el esfuerzo por superar tales males en el fondo sólo había consistido en hacerlos recaer en un tipo peculiar de ser humano – el ser humano en su especie femenina, aunque seguramente no sólo en ella -; así, y prosiguiendo el esfuerzo convenientemente con medidas excluyentes, o confinando a ese tipo de ser humano, se lograría reprimir esos males, que de este modo, ya no afectarían a todos. Pero la incorporación de las mujeres a la categoría de SUJETO, destruye el concienzudo trabajo realizado. En otros términos, dado que ya no es posible expulsar los males de la contingencia en otro sujeto no estándar, como antes, este nuevo sujeto resultante, antes falsamente neutro, ahora delata las condiciones metafísicas que realmente lo sustentan. Una vez rota la diferencia de géneros, lo que afecta a un género también afecta al otro. Se abre, pues, un nuevo frente en la lucha, y la aparente victoria conseguida es la genealogía del mundo preternatural.
622 Thémata. Revista de Filosofía, 39, 2007 Esta hipótesis podría parecer empíricamente no obvia, pero creo que la feminización de ciertos procesos, es un síntoma que nos invita a seguir este camino. No resulta del todo implausible sostener que ciertos fenómenos y ciertos procesos que se pudieran hace algún tiempo considerar como característicamente femeninos, se están haciendo extensivos a los dos géneros – me refiero a fenómenos tales como la obsesión por el cuerpo, y todas sus secuelas indeseables y más o menos patológicas, como la anorexia, o la ansiedad que delata lo que Naomi Wolf denominó hace ya más de quince años la “era quirúrgica”. Sería necesario refinar enormemente lo que vengo exponiendo, pero en unas pocas palabras, la irónica conclusión a la que estaríamos llegando es la que cierra estas páginas: las mujeres hacen explicito – siempre lo han hecho - la condición contingente del sujeto, y por ello se las confinó en un modo de existencia aparte. Dado que las mujeres han accedido al lugar del SUJETO nos obligan a reprimir algunas de sus características a todos, porque traen consigo la carga de problemas metafísicos de los que el sujeto tradicional se había liberado. Obviamente, una hipótesis semejante, de ser aceptable, nos debería llevar a replantear muchas de las cuestiones que han trabajado los feminismos, y que pudieran parecer ya canceladas, aunque en este momento, resulta suficiente con caer en la cuenta, una vez más, de lo problemático, incluso paradójico, que podría ser un estado de cosas que muchas veces parece tomarse como el final de un largo y aventurado viaje, pero que, en realidad, debería no ser más que el comienzo de una etapa cuyos avatares están aún por venir. Ginebra, 18- 7 -2002 Carmen González Marín Dpto. de Humanidades: Filosofía. Facultad de Humanidades, Comunicación y Documentación. Universidad Carlos III. Madrid [email protected]