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Colateral

Lopes, Leandro

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Leandro Lopes U I N V E R S I D A D D E S E V I L L A Máster en Escritura Creativa Trabajo Fin de Máster Tutor: Prof. Dr. Carlos Fernando Peinado Elliot 2016-2017 Agradezco a las voces. Índice Colateral Capitulo 01 – La bienvenida …………………………………………………………………...08 Capitulo 02 – La habitación ……………………………………………………………………10 Capitulo 03 – Santaya …………………………………………………………………………..12 Capitulo 04 – Amadeu ………………………………………………………………………….15 Capitulo 05 – El día siguiente ………………………………………………………………….18 Capitulo 06 – Aquel día ………………………………………………………………………...21 Capitulo 07 – Comisario Jerez …………………………………………………………………25 Capitulo 08 – El día siguiente ………………………………………………………………….28 Capítulo 09 – Aquel día ………………………………………………………………………...33 Capítulo 10 – Amadeu ………………………………………………………………………….37 Capítulo 11 – El bar Kappa …………………………………………………………………….40 Capítulo 12 – Carol …………………………………………………………………………….43 Capitulo 13 – El camerino ……………………………………………………………………...47 Capitulo 14 – Doctor Luis ……………………………………………………………………...49 Capitulo 15 – El día siguiente ………………………………………………………………….55 Capítulo 16 – El día siguiente – más tarde ……………………………………………………..57 Capítulo 17 – Aquel día ………………………………………………………………………...61 Capítulo 18 – Comisario Jerez …………………………………………………………………67 Capítulo 19 – Doctor Luis ……………………………………………………………………...73 Capítulo 20 – Amadeu ………………………………………………………………………….77 Capítulo 21 – La Totia ………………………………………………………………………….84 Capítulo 22 – Vanesa …………………………………………………………………………..90 Capítulo 23 – Despiértese ………………………………………………………………………92 Capítulo 24 – Aquel día ………………………………………………………………………...96 Capítulo 25 – Javi ……………………………………………………………………………..101 Capítulo 26 – El día siguiente ………………………………………………………………...107 Capítulo 27 – La despedida …………………………………………………………………...111 Memoria Justificativa 1. La creación …………………………………………………………………………...113 2. Objetivos ……………………………………………………………………………..119 2.1 Objetivos de la Memoria Justificativa ……………………………………………119 2.2 Objetivos en la creación de la novela …………………………………………….119 ! 3. ¿Dónde me ubico? ……………………………………………………………………120 3.1 El Mundo Líquido ………………………………………………………………..121 4. Las voces ……………………………………………………………………………..126 4.1 Dr. Lonea Peslo …………………………………………………………………..128 4.2 Amadeu …………………………………………………………………………..130 4.3 La Totia …………………………………………………………………………..132 4.4 Comisario Jerez …………………………………………………………………..134 4.5 Dr. Luis …………………………………………………………………………...135 4.6 Carol ……………………………………………………………………………...137 4.7 Vanesa ……………………………………………………………………………138 4.8 Javi ……………………………………………………………………………….139 4.9 Santaya …………………………………………………………………………...143 5. El cronotopo ………………………………………………………………………….144 5.1 El tiempo …………………………………………………………………………144 5.2 El espacio ………………………………………………………………………...149 6. Lo fantástico ………………………………………………………………………….151 6.1 Santaya finge ……………………………………………………………………..153 6.2 Me parecía extraño, pero era fantástico …………………………………………..155 6.3 Las visiones de Vanesa …………………………………………………………..156 7. La alegoría ……………………………………………………………………………158 8. Conclusiones …………………………………………………………………………159 9. Bibliografía y referencias …………………………………………………………….163 10. ANEXO I ……………………………………………………………………………..165 6 ! Colateral 7 ! Capitulo 01 La bienvenida Me alegro de recibirle aquí. Ya le esperaba hace algunas horas. ¿Ha tenido un buen viaje? Me llamo Dr. Lonea Peslo, mucho gusto. Seré yo quien le tratará. Sí, es un tratamiento. ¿Por qué? ¿Perdón? ¡Ah!, un libro. Claro, claro. Algunos pacientes, de hecho, prefieren llamarlo libro y no hay ningún problema… ¿Cómo? Sí, sí, paciente. Usted será mi paciente. ¡No! No, no le estoy diciendo que esté enfermo. Por favor, no. ¡Jamás! Bueno, a ver, más o menos. Es decir, ¿quién no está enfermo hoy en día, no? ¿Quién no tiene una enfermedad para ser curada? ¿Tratada? Puede ser física, puede ser psicológica, emocional, del alma… Espiritual, elija usted. No, por favor, no me diga eso. Eso solo me hace creer aún más que el tratamiento es necesario para usted. No lo niegue. No se esconda. Yo no me escondo. Yo también lo necesito. Y mientras le trato, me estaré tratando. Pero, por favor, le pido que guarde un secreto. Nadie aquí puede saberlo. Si prefiere puedo, igualmente, no decirle a nadie que usted es un paciente. ¿Esto? Una clínica o un hospital o un hotel especial, si usted prefiere llamarlo así. Como quiera. Ha pagado por todo y tiene todo el derecho de referirse a eso como libro o tratamiento, clínica, hospital u hotel. ¡Ah! Tengo una idea mejor, llamémosle de retiro. Está muy de moda. Celebridades lo frecuentan, artistas, políticos, reyes y reinas… Eso es curioso, ¿no? Eso de reyes, reinas, una familia real. Real. Como si todas las otras fuesen de mentira. Monarquía. ¿Cómo hay pueblos que todavía aceptan sujetar, pagar los gastos de una familia? ¿Cómo creen que una familia puede representar una nación? En el mundo de hoy, con todo ese flujo de gente de un sitio a otro, gente de todos los colores, todas las religiones, lenguas, gustos, sabores, toda esa mezcla – que, en mi opinión, me parece muy buena – todo eso no puede ser representado por una sola familia. Legitima tradición. ¿Y las nuestras? ¿Ilegítimas? Pero, dejemos ese tema para otra ocasión. Como le he dicho, soy su médico. ¿Especialidad? Ah, no soy ese médico que piensa que soy. No es la medicina tradicional. Aquí el tratamiento es otro. ¿Puedo coger sus cosas? Esas maletas que están a su lado. Espero que haya traído todo lo que le hemos pedido. ¿Estas? Seguro que son suyas. Con un poco de suerte tendrán toda la ropa que necesitará, además del vocabulario y experiencias que ha vivido. Esas últimas son las principales para que el tratamiento funcione. Bueno, por el peso supongo que ha traído todo. Sígame, querido paciente, le voy a llevar a su habitación. Es una de las mejores. Tiene una vista preciosa. Como le decía, mi especialidad es otra, yo no receto medicina sino poesía. ¿Por qué está 8 ! ahí parado? No me ponga esa cara. ¡Ya lo sé! ¿No le gusta la poesía? No se preocupe, no tendrá que leer las recetas si no quiere. Son solo una parte del tratamiento. Yo las manipulo directamente y las dejaré en un sitio que pueda leerlas cuando le apetezca. La otra parte del tratamiento es la propia historia que le contaré mientras usted permanezca aquí con nosotros. Estoy muy contento de que esté aquí. 9 ! Capitulo 02 La habitación ¿Le gusta la habitación? No se la describiré porque prefiero que la imagine como más le guste. Pero, tiene que haber una ventana o, si prefiere, una terraza donde se pueda ver un paisaje magnífico. Pueden ser montañas verdes… ¿por qué ahorrar imaginación? Que sea una cadena de montañas gigantescas con sus picos blancos de nieve o, si le gusta más, una vista más árida, desértica. Puede ser también una naturaleza más sobria, un campo plano de césped. O puede ser más tropical. Otra posibilidad es el litoral y sus brisas oliendo a mar. No importa, paciente. Lo que importa es que cuando mire por la ventana, vea por ahí perdido un pequeño pueblo. Cierre los ojos, cuente hasta tres y elija su paisaje. ¿No se lo dije? La vista es preciosa. Acérquese más a mí. ¿Ve aquel pueblo? Vale, puede ser una ciudad si así lo desea. Lo importante es que podamos ver desde aquí Santaya. Seguramente que la conoce, ¿no? ¡Que no! ¿No utiliza Internet? ¿No está conectado? ¿Facebook, Google, Whatsapp? ¿Mapas digitales? Bueno, no, aquí no hay Wi-Fi. No, tampoco conexión por cable. Será mejor así. Podrá enfocarse mejor en el tratamiento. Pero eso ya no importa. El tema es: ¿no se acuerda del video de la niña llorando desesperada delante de la madre asesinada? “¡Ayuda a mi madre!”. Cinco o seis años. “¡Haz que respire!”. Cogía la mano del policía que parecía tan conmocionado en su silencio como ella. Todo eso ha pasado en Santaya. Ha sido trending topic en Twitter. Una semana. Venga, a lo mejor, tres días. Era un atraco más, pero la madre no quiso darle el bolso. Le dio la vida. Delante de su niña, el ladrón le disparó en la cabeza. Siempre en la cabeza, ¿no? ¿Cómo no? En Santaya sí. En Santaya, siempre en la cabeza. Parece que así no mata solo el cuerpo sino también los pensamientos. No lo sé. ¿Seguro que no se acuerda del sonido de su llanto? Del llanto de la niña. A veces lo oigo aquí por los pasillos. Un llanto agudo, un poco de niña, un poco de animal, demasiado humano. Yo no lo olvidé. No lo olvidaré. ¿No se acuerda? El vídeo corrió por el mundo. Primero cibernéticamente. Después, el horror televisado. ¿Cómo alguien graba eso? Pero, si lo piensa bien, ¿cómo uno puede dejar de grabar eso? ¿Crueldad o deber? Lo siento, no le debería hablar de un asunto de esa clase. Entonces, ¿nunca ha ido a Santaya? Ya he visto que no le suena el vídeo de la madre muerta delante de la niña. A lo mejor, ¿por sus calles? Santaya es aquel célebre lugar donde las calles, las manzanas, se mueven sin avisar. Se lo juro. No, no estoy loco. Bueno, a lo mejor un poco. Ya se lo dije, que a lo mejor el tratamiento es para mí, pero no se lo diga a nadie. Venga, le sirvo ese té que he 10 ! preparado especialmente para usted y le hablo de Santaya. Es importante que lo sepa porque nuestra historia pasa allí. Mire con atención, lo sé, estamos lejos desde aquí, pero si se concentra, podrá percatarse del movimiento, como si fuera una culebra, como si fuera arena movediza. ¿Lo ve? ¿No? Todavía no. Lo verá. Seguro que con el paso del tiempo se dará cuenta. ¿Azúcar o miel? Le sugiero que no añada nada, esa fusión es más especial si se aprecia tal cual es. 11 ! Capitulo 05 El día siguiente ¿Cómo está? ¿Cómo se siente? Me alegro. ¿Ve? No hay misterio. El tratamiento es eso: le prescribo la receta y le cuento una parte de la historia, en este caso, una tragedia. El tratamiento es sencillo. ¿Amadeu? ¿Cómo sabe su nombre? No, solo le hablé acerca de Santaya. ¿Qué fue exactamente lo que le ocurrió después? ¿Una voz? ¿Usted ha podido verle? ¡Qué curioso! Es un efecto colateral, sin embargo es muy raro que pase. No hay apenas registros sobre casos así en la medicina poética. Ya había escuchado que, conforme avanzamos, eso podría pasar, pero nunca tuve un paciente que me lo haya dicho. Es fascinante. No, no, cálmese. He acompañado sus señales vitales durante todo el proceso y todo estaba perfecto. Además, se siente bien ahora, ¿no? Veo que está dispuesto. ¿Por qué no seguimos entonces? Tengo aquí estas pastillas de una receta nueva que… ¿En serio? ¿Le estoy obligando? ¿Usted se siente obligado? No me lo puedo creer. Prefiero entonces que paremos. No quiero pensar que obligo a alguien a hacer algo. Eso no. Es horrible. Me siento un monstruo. Dígalo en voz baja, por favor, ya sé que no está enfermo. Ya le he confesado que el paciente soy yo. ¿Por qué? Porque debe ser así para que pueda curarme. Mire, le llamo de paciente en el sentido original de la palabra, porque necesito que usted tenga paciencia, que me ayude a llegar al fin. ¿Lo entiende ahora? ¡Drogas, no! Medicamentos. Remedios. Ah, son solo unas hierbas que le relajarán y le ayudarán más con la imaginación… bueno, claro que hay una u otra cosa además de hierbas… vale, no son solo hierbas, yo añado también algunas palabras y, con suerte, si tengo en el laboratorio, algunas otras cosas más, emociones, por ejemplo… no importa, lo importante, querido paciente, es que esté dispuesto a ayudarme. Usted es una buena persona, ¿no? Es que es importante que finja que soy yo el médico. ¡Ay! ¿Qué quiere que le diga? Claro que también es una cuestión de ego y que… ¿podemos cambiar de tema? Es que es muy difícil para mí hablar sobre eso, empiezo a quedarme conmovido… pierdo la voz… perdone, no siempre tengo un paciente aquí conmigo y tengo la oportunidad de… ¿Qué dice? ¡Chantajista no! ¡Yo soy el Dr. Lonea Peslo! ¡Tenga más respeto con su médico! ¡Perdone! ¡Espere! ¡Vuelva aquí! Es que se me ha ido la cabeza, es solo un momento de fragilidad emocional. ¿Se puede quedar? Sólo un poco más. ¿Podemos intentar solo el próximo paso? Y si no le gusta, es libre para dejarlo, perdón, quiero decir, abandonarme en el momento que quiera. ¿De acuerdo? Olvidemos todo lo que pasó, ya no importa más, empecemos a partir de ahora, ¿de acuerdo? Como le dije, es fascinante 18 ! que haya escuchado a Amadeu. Quiero aprovechar ese curioso efecto colateral que ha tenido y hablarle de él. Hacia algunas semanas que Amadeu había llegado a Santaya. Buscó trabajo, pero no logró nada porque no tenía los documentos. Funciona más o menos así: para obtener el documento de identidad, el gobierno le pide un seguro de salud. Para obtener el seguro de salud, necesita una cuenta en el banco. Para abrir una cuenta en el banco, necesita un documento de identidad. Si usted logra obtener de algún modo un seguro de salud sin tener una cuenta en el banco, el gobierno le pide una declaración del banco de su país de origen informando que usted tiene dinero suficiente para vivir sin trabajar. Amadeu, como un buen ejemplo de refugiado, no tenía ni dinero, mucho menos, cuenta de banco ya sea en Santaya o en su país. Amadeu no tenía nada. Tampoco hablaba el idioma que hablamos. Encima, su lengua ya estaba casi muerta. Casi. Se hablaba todavía en los rincones más oscuros, en los cubiles donde son metidos los rostros extranjeros, la gente renegada como él, como yo y, a lo mejor como usted. ¿No le dije que no soy de este país? También soy extranjero. Bueno, eso es para otro momento. Amadeu buscó trabajo y encontró rechazo con un toque de prejuicio de color, de lengua, religión, sexo, todo aquello que nosotros ya escuchamos al respecto y por eso no los voy a repetir, querido paciente. Todos los viejos clichés de esa situación que yo, al menos, estoy cansado de ver repetirse. Esta historia que le cuento no es nueva. Es una repetición de una historia que se repite y que se ha repetido antes de esta que, a su vez, fue también una repetición de otra anterior. Por eso necesitamos tratarnos. Es decir, yo necesito tratarme. Usted está sano y es bondadoso: lo suficiente como para aceptar cuidarme. Amadeu, por fin, encontró trabajo en las calles de Santaya. Literalmente. Él vende productos falsificados, piratas. Contrabando. Comprados por gente tan pirata y falsificada y equivocada en sus conceptos y valores humanos. Hipócritas de plástico. Piedras falsificadas. Su día a día era como el de cualquier otro vendedor callejero, mucha adrenalina cuando veía a la policía. Corría. Corría. Y corría todavía más llevando la mercancía como quien lleva la vida. Una vez perdida la mercancía, casi seguramente, perdida la vida. Corría cargando siempre el peso del juicio de toda aquella gente de Santaya, hasta despistarles, a los policías y a esas leyes equivocadas. No entendía cómo la ciudad se movía y tampoco la policía. Les pagaban mensualmente para que les dejasen trabajar en paz, sin embargo, aun así, eso no servía de garantía. Para nada. No entendían cuándo debían correr y cuándo podían continuar sus actividades callejeras tranquilamente, saludándoles con una sonrisa cordial. Amadeus se sentía una rata atrapada. Él lo era y no piense usted que nosotros no lo somos. Todos aquí son ratas de 19 ! un modo o de otro. Y siempre después de correr, después de esconderse, Amadeu todavía jadeante, cogía un papel doblado y abriéndolo, abría sus sueños, y mirándolo, encontraba algún tipo de paz. No lo sé, querido paciente. No sé qué era lo que ese hombre veía en ese papel, un pedazo de su pasado, una esperanza de un futuro mejor o, a lo mejor, la fe para seguir viviendo el presente. A lo mejor los tres. ¿Usted no lleva consigo algo parecido? Una foto de alguien o de un sitio o una oración o una imagen de un futuro que le gustaría. No necesita ser en papel, no necesita ser físico… ¡Ay! Mire la hora, tenemos que seguir con nuestra historia. Aquí están las pastillas. ¿Por qué no aprovechamos este día maravilloso y vamos al jardín? Así usted estará directamente en contacto con la naturaleza mientras le cuento lo que pasó el día de la tragedia, aquel día. ¿Le encuentro abajo en unos 20 minutos? ¡Hasta pronto, querido paciente! 20 ! Capitulo 06 Aquel día Javi se despierta con el ruido de la puerta de la entrada de casa cerrándose, coge el móvil de encima la mesilla de noche, mira la hora, entra en una aplicación de música y elige la playlist “háblame de amor”. Play. Suena en el estéreo “Take my breath away” del grupo Berlin. Sube el volumen. Pulsa la aplicación de mensajes Instantáneos y escribe: “escucho la canción cursi que me enseñaste. Take my breath awaaaaaaayyyyy. :)”. Echa el móvil sobre la cama, sonríe, se lleva las manos a los ojos, en un gesto de niño adolescente tímido, agarra una almohada y la abraza y la huele. Cierra los ojos. El aire entra por la ventana abierta. Vida fresca. Él se gira, se tira sobre la almohada, la mira como si mirase a una persona de verdad y le canta el estribillo y la besa. Abrazado a una almohada. La cortina se mueve suavemente desvelando el soplo del aire que entra y que deja los vellos de su nuca de punta. La Totia se despierta. Sin quitarse su antifaz, tantea la mesilla de noche hasta encontrar su móvil. Destapa apenas uno de sus ojos y lo mira, está apagado. Pulsa el botón y le aparece el símbolo de sin batería. Se vuelve a dormir. En la habitación de los padres de Javi, la canción suena un poco lejana, como la mirada y los pensamientos de su madre que está sentada a los pies de la cama. La luz del día invade la habitación formando un haz que desvela el polvo suspenso en el aire. El polvo y Vanesa suspendidos. En su habitación, Javi baila y canta mientras coge ropa del armario. Coge la toalla colgada detrás de la puerta y sale. Por el pasillo, continúa su performance hasta pasar delante de la puerta de la habitación de sus padres, abierta. La claridad le ilumina. Cuando mira dentro de la habitación, se detiene. Los trazos de su rostro ganan peso y seriedad. “¿Mamá?”. No se oye su voz, la de la madre. “¿Qué te pasa, mamá?”. La canción termina. Javi entra en la habitación. Carol está en el baño, sentada en el wáter, pantalones y bragas bajados. Está en una posición rara: con una de las manos se apoya en el borde del wáter y con la otra metida entre sus piernas. Intenta equilibrarse. Carol siempre buscando el equilibrio. Delante de ella hay una caja de prueba de embarazo abierta. Luis, desde el pasillo, toca a la puerta: “Cariño, ¿todo bien? Carol aparta la mano de entre sus piernas y mirando el resultado le contesta “sí”. Se lleva las dos manos a la cabeza y mira al suelo. ¿Qué le pesa tanto? 21 ! La Totia está sentada en la cama y tiene su portátil sobre las piernas. Abre una ventana nueva y entra en Facebook. El ratón pasa sobre los nombres de los contactos con los que habló recientemente. Pulsa sobre el nombre de Javi. Abre la caja de dialogo y le escribe que su móvil está apagado y no tiene cargador. Le dice que en cuanto llegue al bar lo carga y vuelve a estar conectada al mundo. El ratón sube hacia la pestaña de al lado y muestra la página de YouTube con el video de la canción “Take my breath away”. Le da al play, copia el enlace, vuelve a la caja de la conversación con Javi y lo pega allí. Emoticonos de corazón y besos. Luego, el ratón pasa sobre el icono de solicitación de amistad, lo pulsa y aparece el nombre “Vanesa Jerez” en la lista de las solicitudes pendientes. Lo mueve hacia el botón de “confirmar” y para. Los ojos de La Totia están igualmente parados. En su retina se refleja la pantalla, como si fuese un simple reflejo en un cristal, un espejo vacío. Suavemente lo mueve y camina al lado para el botón “eliminar la solicitud” y se detiene. Sus dedos lo llevan de un lado a otro. Click. La Totia cierra el portátil. Cierra sus pensamientos. Cierra la duda. La canción para. Javi sale de la habitación de sus padres corriendo hacia el baño. Vomita. Vanesa aparece, caminando con dificultad, y le sujeta la cabeza. Él le quita la mano. Se levanta y los dos se encaran. Javi está pálido, quiere llorar. Vanesa le extiende los brazos y, sin decirle nada, le pide un abrazo. Él la rechaza empujándola, ella se cae al suelo. Él la mira desde lo alto, ella le mira desde abajo. Hijo en lo alto y madre abajo. Ella se esfuerza para alzarse, parece una mujer mucho mayor de lo que es. Él sigue mirándole alto. Ella ya no le mira. Él la ve como un animal indefenso. Le toca, le ayuda y le abraza. Vanesa exhala calor, está con fiebre. Es un abrazo apretado, el calor de la madre abriga el cuerpo temblando de Javi. Abriga el llanto parado en su garganta. A la vez, la piel fría de su hijo le sirve igualmente de abrigo, abrigo humano que le ayuda a bajar la temperatura insana de su cuerpo y pensamientos. Ella le besa la cabeza saboreando cada toque de sus labios en su pelo y piel. Le acaricia y finalmente le dice que le quiere más que todo. Surge la palabra perdón, un poco débil, un poco dura. Sin embargo, no está vacía. Carga vida y verdad. Algo invade el cuerpo de los dos en ese momento, algo que les equilibra y les da fuerza y que les une en su fragilidad. Hay ternura entre esa madre y ese hijo. Los dos se detienen y disfrutan la dulzura de esos segundos, antes del inicio de una tormenta. Amadeu se prepara para salir de casa para ir al bar. Alguien llama a la puerta. Él vacila por algunos segundos, nunca tiene visitas, es un hombre de pocos amigos. Abre la puerta y es uno de los chicos de la calle que le proveía productos para vender. “¿Qué quieres?” – le pregunta con una voz segura, pecho levantado y una cara de pocos amigos. 22 ! “¿No me invitas a entrar? A final…” – Amadeu le interrumpe con un “no” seco y sonoro. “¿Qué quieres?”. “He venido a por el resto de la mercancía que estaba contigo”. Amadeu no lo entiende, La Totia le había dicho que ya se los había devuelto hace mucho tiempo. Los dejó con… ¡Claro!, no debería haber confiado en Tutur. Le explica que Tutur le dijo que se lo entregaría. “Nadie me entregó nada. Mira, o tú me devuelves los productos o me los pagas o, ya sabes cómo funcionan las cosas. No es demasiado complicado, eres inteligente”. Amadeu coge sus cosas dentro del piso y cierra la puerta. “¡Vente conmigo!” – le dice ya caminando por el pasillo. “¿Dónde vamos?” le pregunta – “A la plaza hablar con Tutur. Si hay alguien que te debe pagar algo, ese alguien es él.” En el ropero de la comisaría, Jerez se cambia de ropa. Sentado, mientras se quita el pantalón del uniforme, coge el móvil en su bolsillo. Lo mira y busca el nombre de Vanesa. Llamar. A lo lejos oye la voz del comisario jefe gritando su nombre. Cancela la llamada, se levanta y pone la ropa dentro del armario y el móvil sobre ella. El comisario jefe entra en el ropero gritando, sin embargo, Jerez oye su voz distante, aprecia sus movimientos bestiales en cámara lenta, cómo le pega a puñetazos a las puertas de los armarios, cómo la vena de su cuello salta mientras vocifera, cómo su piel cambia de color cuando se pone nervioso, cómo el sudor le escurre por las sienes, cómo escupe saliva en todas las direcciones y él disfruta todo desde lo alto de su sensación de superioridad, de un pedestal de frialdad. Todo eso mientras lleva una ropa que no es el uniforme, parece algo que Amadeu usaría. Su mirada tranquila esconde todo su desprecio por aquel hombre. “¿En serio que es así de gilipollas?” – piensa mientras le surge una ligera sonrisa en la cara. “Idiota”. Su pensamiento es interrumpido por uno de los gritos que le llega con fuerza: “¿No me vas a decir nada, cabrón? ¿Te quedarás parado ahí, hijo de puta?”. Jerez, coge su pistola dentro del armario, mira al comisario jefe mientras la esconde en la cintura. No le contesta. Cierra la puerta de su armario y pasa de frente. Sus hombros se chocan. Adrede. De las dos partes. Jerez, sin mirarle, dice: “La primera parte de la operación ya está en marcha. No se preocupe. En algunas horas todo estará arreglado”. Sale. “No me contesta, mamá”. “Tampoco a mí” – le responde Vanesa sentada en la cama de la habitación de Javi. “Llamo a La Totia”. Javi en silencio, mira a Vanesa – “no está disponible”. Javi coge el ordenador y ve el mensaje de La Totia en Facebook y le contesta para que no salga de casa y que después se lo explicará. Cierra el portátil, “Voy al bar para…” – “¡No!” – le prohíbe la madre levantándose. Vanesa camina - con menos dificultad ahora - hasta la puerta de la habitación de Javi: “Vete a la casa de La Totia. Haz 23 ! lo posible para que ella no salga, que no vaya al bar. No le digas nada. Todavía. De tu padre ya me encargo yo”. Javi salta de la cama y se lanza a los brazos de la madre. Los dos se abrazan. “Ahora, vete. Rápido.” Javi coge su mochila y antes de salir Vanesa le coge por el brazo y le da un beso – “Coge la bici”. Javi sale. Vanesa escucha el ruido de la puerta cerrándose, se detiene, se apoya en la pared del pasillo con una de las manos, cae al suelo y llora. La Totia toma el café en la cocina de su casa y mira por la ventana. Por detrás de ella, sobre la mesa, al lado de su bolso, el ordenador está abierto, tocando las noticias de la radio local: habrá una gran tormenta. Ella mira la hora y se percata de que está atrasada, coge su bolso y cierra el ordenador sin mirarlo y sale de su casa. Lleva la falda que Javi le regaló. Mientras camina por la acera delante del edificio donde vive, un coche se le acerca despacio y le pita. Es Luis. Él se baja y La Totia hace una broma, “¡Buenos días, Doctor! Qué sorpresa. ¿Qué es lo que Carol ha caroleado hoy?”. Luis fuerza una sonrisa. La Totia se da cuenta de que algo le pasa. Él le cuenta sobre la noche anterior, le dice que tiene una sensación rara, le dice que ha dejado a Carol apenas en el bar, le pide que no la deje sola, que siempre esté con ella, no importa donde vaya o lo que haga. La Totia acerca las manos a los hombros de su amigo, le mira con seriedad, “Tú, tranquilo. Vete a trabajar, cielo. Te aseguro que estaré pegada a mi hermana como uña y carne”. Se abrazan, “Gracias” le susurra Luis. “¡Ah!, otra cosa que quiero preguntarte.”, “Dilo”, “¿Qué falda es esa?”. “Continúas tonto como en la época de la facultad, ¿no?” – contesta La Totia mientras bromea empujándolo – “Es que no tiene nada que ver contigo y…”, “Ay, venga, eso te lo explico después. Ahora vete a cuidar de tus pacientes en aquel nido de culebras. No te das cuenta que eres tú el que más riesgo corre”. Luis suelta una risa y entra en el coche. Mientras él se aleja, la sombra de una nube cubre a La Totia. Bajo ella surge un soplo de aire frío que le hace temblar y dudar por algunos instantes de la vida. Temerla. Ella mira al cielo, como si buscase la afirmación perdida. Ve la gran nube gris tomando forma. Mira hacia delante, al fin de su calle está el Bar Kappa. El sol encuentra un hueco entre la nube y vuelve a iluminarle alejando su duda, “A lo mejor Santaya está hoy generosa conmigo” – vuelve a caminar. 24 ! Capítulo 07 Comisario Jerez Documentación, por favor. Su documentación, haga el favor. Es un control rutinario que se hace porque existen sospechas de delitos y puede haber gente en el local en situación irregular. Voy a pedírselo solo una vez más, su documentación. No le pregunté eso. No me interesa si no sabe dónde está. Usted, por favor… ¡Ya está! Venga aquí, haga el favor. Aquí. ¡Aquí! Abra los brazos y las piernas, le voy a cachear. Ya estoy entendiendo, usted es paciente de aquel doctor, ¿no? Aquel poeta drogadicto que se piensa un curandero. ¡Cuidado con él! ¿Me quiere dejar hablar? ¡Cállese ahora! Solo va a escucharme, solo escuchará aquello que quiero decirle. Ese doctor siempre contando la misma historia. ¿Qué quiere él? Mira aquí, aquí en mi pecho: Comisario Jerez. Yo soy la ley, yo soy la autoridad. Usted, sin documentación, no es nadie. Él quiere que le hable de mi amigo, de mi mejor amigo. Está en la cárcel. ¿Cómo dicen? “Hecha la ley, hecha la trampa”, ¿no? Buen carácter como el mío. Era policía como yo. Quería ayudar como yo. Quería ser útil como yo. Tuvo un destino diferente al mío. Era uno de los mejores y así fue subiendo. Movimiento natural. Talento de héroe. De nada le sirvió. Ya me había dicho que sospechaba que había unos frutos podridos en el cuerpo, en la comisaría donde trabajaba. Siguió callado. Tenía todo planeado. Iba a limpiar todo, aplicar la ley a esos soldados disfrazados. Solo tendría que convertirse en comisario. Y así fue. Ejecutando su trabajo a la perfección, no interfiriendo en los negocios ajenos, haciendo la política de la buena vecindad, continuó. Hizo la vista gorda a los carteristas, no los de la calle sino los oficiales. Carteristas oficiales. Y llegó al puesto que tanto quería. No fue en su primer día en el cargo, tampoco en su primera semana, pero, al final de su primer mes, cuando el comisario principal entró en su sala junto al inspector jefe – uno de los maderos podridos – los dos, consumidos por su orgullo e ilusión de poder, le entregaron un sobre. Mi amigo que me lo contó. Hoy yo les entiendo. Entiendo esa sensación de orgullo y poder. Sin embargo, soy más astuto que ellos y eso les jode. Ellos hicieron todo eso sin decirle nada. Ni una palabra. Ni una negociación. Antes de eso, mi amigo ya se había dado cuenta que estaba rodeado de gente como ellos. No solo en la comisaría sino en todo el sistema. Organizado. De arriba a abajo, siempre había al menos alguien envuelto. Ya le he dicho que no hable. Yo tengo el poder ahora. Es mejor que se comporte para facilitar las cosas. Recibían un porcentaje. ¿De qué? De las extorsiones. Compartidas. Chantajes, participaciones directas en los lucros de las ventas de productos piratas en las calles, del 25 ! tráfico de drogas… de gente. Todo lo que estaba fuera de la ley les generaba lucro. Pasta. Sin impuestos ni tasas. Eran sus propias leyes vigentes. Él se desesperó. No quería ser parte de la mecánica parásita. Máquina de quitar vidas. Me dijo que cuando llegase el momento en el que le ofrecieran participar, lo rechazaría. Sin embargo, les dejaría claro que no les perseguiría. Dos mundos apartados, sin interferencias. Él en su integridad y ellos… ellos viviendo la realidad. Me acuerdo que él hizo una investigación secreta, discreta, y descubrió que funcionaban de modo muy eficiente, que tenían contratados contables, administradores, banqueros, blanqueadores, jueces, abogados y dinero invertido en hoteles, casinos y, por supuesto, futbolistas. ¡Gol! Tocan todos los palos. Y entonces le llegó el sobre. Había mucha pasta allí dentro. Mucho más que su salario, mucho más que el valor de muchas vidas. Allí estaba también el coche nuevo que él tanto quería y llevaba tanto tiempo ahorrando para comprárselo. Estaba también el seguro de salud pagado, una mejor educación para sus hijas, las medicinas de sus padres, vacaciones de puta madre. Estaba la pasta para un descanso, un paseo en familia, una cena romántica con su chica. El sobre le ofrecía la solución de tantos problemas y la pérdida de una vida digna. Él les dio las gracias y, yendo contracorriente y contra su propio planteamiento, les dijo “no”. Se suicidó. No de verdad. Acabó con su vida en aquel instante sin ser muy consciente. Inconsecuente. Les dijo que no se preocupasen, nada pasaría, palabra de policía. Suicidio cualificado. Lleno de agravantes. El comisario principal y el inspector jefe se miraron en silencio y, en silencio, dejaron su sala sin estar de acuerdo, ni desacuerdo, sin amenazarle y sin llevarse el sobre. Hoy está en la cárcel. ¿Quién diría que el comisario jefe trafica con drogas? Sucedió un día, poco después del episodio del sobre, el inspector jefe - qué curioso, ¿no? – encontró en su coche kilos prohibidos, maría para fumar, kilos ilegales, caballos para pincharse, kilos condenables, lapiceros para transformarse. Flagrante. Las pruebas contra él eran evidentes. Los testigos, conniventes. ¿El juez? Un conocido ejecutor de las leyes legales e ilegales. Juez de los dos lados. Condenado. En la cárcel. Después pasó una de aquellas ironías de la vida. No fue el inspector jefe quien subió de cargo, como debería haber sido. Era más interesante para ellos, para la organización, que él siguiese en esa función. El nuevo comisario nombrado fui yo. Fui incorporado, aun sintiéndome fuera, desencajado. “¿Por qué no sales, dejas la policía?” – usted me preguntará. No la dejaré. “Por qué no trabajo en otra cosa?” – tampoco se lo contestaré. “¿Cuáles son mis razones para continuar ahí? ¿Para haber continuado ahí?”. El tiempo pasa. Uno descubre que es capaz de cosas que nunca había imaginado antes. Soy un policía y me pagan por todo eso. Soy un controlador de las leyes, 26 ! controlador de las reglas, del bienestar de una sociedad. Me dan diversos poderes: una pistola, el derecho de dispararla según algunos criterios, el derecho de herir y hasta el de matar, el derecho de interrogar, arrestar y encarcelar. El salario es bajo. El precio es alto. Somos mal pagados. Nuestra vida está en riesgo diariamente para que los otros puedan trabajar tranquilos, vivir tranquilos. Sin embargo, seguimos mal pagados. Juguemos a un juego. Yo soy el policía y usted el dueño de una tienda, un comercio. Yo veo cómo disfruta más que yo. Más de la vida. Yo cuido de su vida. Usted la tiene. Usted tiene más pasta, más vida, los mejores coches, las mejores bebidas. Disfruta la riqueza que yo no tengo, que yo quiero y no puedo. Así que, protegerle, a su tienda, a su negocio, lucro, dinero siendo mal pagado, no me parece lógico, razonable o justo ¿no? No. La policía de Santaya no es así. Tampoco somos comunistas o socialistas, pero compartamos un poco, ¿no? Es cristiano, humano o como usted prefiera llamarlo. Mire, si usted está protegido y puede vender o prestar servicios con tranquilidad y hacer buenos negocios y obtener beneficios, es porque estamos siempre aquí, en la calle, vigilando, manteniendo el orden, protegiéndole, ¿entiende? Y estamos tan mal pagados por este servicio, ¿entiende? También nos gustaría que nuestros hijos pudieran frecuentar las mejores escuelas, como su hijo, como su hija. Les vemos todos los días por las calles, en la entrada del instituto, conocemos sus horarios, su rutina ¿entiende? Es que siempre les estamos echando un ojo para que no les pase nada, por supuesto. Hacemos lo mismo por toda su familia. Le conocemos. Les conocemos, ¿entiende? Hay tanta violencia en las calles estos días. Accidentes también. La gente aún no ha aprendido que beber y conducir no está bien, por ejemplo. Un peligro. Hay gente que está loca, desequilibrada, ¿usted me entiende? ¿Y nosotros? Somos como cualquier otra persona. También nos gustaría llevar a nuestras novias o maridos o amantes a pasear por alguna playa como las que aparecen en los carteles pegados aquí, en los cristales de su tienda. O llevar a los míos a los mejores hospitales para que tengan acceso a los mejores tratamientos, ¿entiende? La vida puede ser tan corta y esta ciudad ofrece tantas cosas y podemos disfrutar tan poco. Además, Santaya crece tan rápido que no sé si podremos estar todo el tiempo por aquí cerca, cuidando de usted. Nos están pidiendo cada vez más que nos vayamos más lejos. ¡Imagínese! Me niego a dejarles en las manos de gente peligrosa. He hablado con mis colegas y estamos dispuestos a luchar para continuar prestándole nuestros servicios. Por eso sería de gran aprecio si usted pudiese colaborar de alguna forma, ¿entiende? Nadie necesita saberlo y le doy mi palabra de que nuestra atención a su seguridad y la de los suyos será proporcional a esa gentil ayuda. 27 ! acercándose despacio. “Ya. Esperad mi señal” – no cuelga, mira el cielo una vez más, un gris oscuro, ahora su mirada se pierde, el otro policía le observa en silencio. Silencio. “Ploc” – el ruido de la primera gota de agua toca la luna delantera, el otro policía empieza a mover su boca como si le fuese a decir algo, Jerez solo alza la mano, con el dedo índice igualmente alzado, una orden muda de “espera”, se lleva el mismo dedo cerca de sus propios labios, “callado”. “Ploc”. “Ploc”. “Ploc”. Las gotas empiezan a ganar volumen y fuerza. “Ahora” – cuelga. Amadeu intenta encontrar a Tutur entre los vendedores. El chico de la calle que le acompaña se da cuenta de que los coches de los policías se acercan. Una gota de lluvia cae en uno de los hombros de Amadeu quitándole la concentración. Mira el cielo un poco gris, un poco negro. Las personas en la plaza empiezan a moverse más rápido, la inminencia de la lluvia les convierte en gatos. Amadeu ve a Tutur. “¡Allí!” – grita al chico de la calle que está mirando a los policías bajando de los coches. Se aleja de Amadeu – “¡Arreglamos eso en otro momento!”. Corre. Amadeu no lo entiende, mira de nuevo a Tutur que sigue allí. Camina con prisa en su dirección. Los vendedores empiezan a coger sus cosas a causa de las gotas. Un grupo de vendedores, cerca de los coches de los policías, se da cuenta de que algo raro pasa, “¿Por qué nos miran tanto?”, “Tampoco lo sé, ya estamos recogiendo nuestras cosas.” “¿Les hemos pagado este mes?” “¡Vámonos de aquí!” Ellos ya lo saben, algo podrido está en el aire. Y es exactamente eso que se susurran los unos a los otros. Gritos en voz baja. Discretas alertas. Palabras en su lengua que caminan rápido como una serpiente del desierto camina sobre la arena caliente. La lluvia empieza. Dentro del coche el comisario Jerez mira toda la movida de lejos. De las otras calles que entran a la plaza surgen más coches de policía. El conductor se pregunta cómo sabe que funcionará. “No son idiotas. Mira aquel grupo, ya se han dado cuenta que algo raro pasa. Mira cómo se mueven, están tensos. Mira sus miradas, rápidas, nerviosas, miedosas. Basta uno. En las multitudes basta con que uno corra para que el pánico se establezca. La tensión está en el aire.” Tutur coge sus mercancías del suelo y cuando se alza escucha un silbido. Es Amadeu. Tutur huye de Amadeu. Amadeu le persigue. Uno de los policías, todavía lejos, ve a Amadeu y Tutur corriendo y señala “¡Allí!”, saca la pistola y corre en su dirección. “¡Deténgase!”, se oye entonces un disparo y el alboroto empieza en la plaza. La lluvia gana fuerza. Se convierte en una tormenta tropical. Los susurros de alerta se disipan. El pánico se alza desde el suelo, caluroso, 34 ! evaporado con olor de asfalto mojado. La atmósfera es sofocante, tóxica. Los vendedores ambulantes, desesperados, recogen sus cosas del suelo. Los policías, a su vez, descargan con agresividad contra los vendedores, contra los compradores, contra cualquiera. Todos corren. Todos gritan. Amadeu oye el disparo y mira atrás. Mira a su alrededor y entonces se da cuenta de lo que está pasando en la plaza. Mira en la dirección en la cual perseguía a Tutur y ya no le tiene más en la vista. Le perdió. Vuelve a mirar la plaza y ve a un policía corriendo en su dirección con una pistola. La adrenalina le sube. Jalea para una de las calles que sale de la plaza. El policía le persigue. Vanesa está delante de su casa. Camina de un lado a otro impaciente. Se le acerca a ella un taxi. Entra. Javi está corriendo con su bici cerca de la plaza. El comisario Jerez ordena al policía que conduce el coche que arranque. “Falta poco” – lo dice para sí. La Totia llega al bar y saluda a Carol que está en una mesa con el portátil abierto, haciendo la contabilidad de la noche anterior. “¿Qué falda es esa? ¡Ah! ¿Ha sido ese el regalo que Javi te dio?” – le pregunta Carol de aquel modo provocador que solo los hermanos o los amigos más íntimos saben hacer. “Buenas tardes para ti también, guapa.” – La Totia se mantiene la risa, abre el bolso, coge su móvil, “¿Tienes ahí mi cargador?”. Silencio. “Carol, te he preguntado si…” – dice girando en su dirección y dándose cuenta de la cara de culpable que su hermana tiene puesta – “¡Ay! ¡No me lo puedo creer! ¿Lo has dejado en tu casa?”. Carol solo asiente con la cabeza, sin mirarle. “¡Puf! ¿Ya ha llegado Amadeu?”. “Todavía no.”. “Debe ser la lluvia.” – murmura La Totia – “Siempre que llueve…” – vuelve a mirar al móvil apagado en su mano – “¿En serio? No me puedo creer que no lo tengas”, “No te preocupes, tan pronto como llegue le pido que lo vaya a buscar a casa. Además, ¿no fuiste tú quien me dijo anoche que no te ibas a morir por eso? Ahora espera solo unos minutos más.” “¡Ay, qué pesada eres! Estaré en mi camerino, hermana que tanto quiero en ese momento.” Llueve. Javi está perdido, no sabe qué calle elegir. No importa, pedalea con fuerza, mojado, sudado, temblando de frío y tomado por escalofríos. Odia la ciudad, odia sus calles, odia a su padre. Se acerca a una esquina. Una esquina que gira. Y tomado por la fuerza de sus pies, y su odio y sus ojos invadidos de agua, no sé si de lágrimas o de lluvia, no importa, llora, bien sea el agua de su propio cuerpo, salada y pesada, cargada con todos sus miedos, o ya sea el agua de la lluvia, fresca, sus gotas gordas, cargadas de un destino 35 ! inevitable: ser agua, ser lluvia, río, mar, aire e hielo. Ciego, con todo eso en sus ojos, Javi se acerca a la esquina que se convierte en otra y bajo el ruido sordo del aire mojado, oye un disparo y, a la vez, se choca con algo, con alguien, otro caballero, ese sin caballo. Cae. Amadeu tiene mucho aliento y tiene mucho miedo. Huye del policía. El miedo, en el caso de Amadeu, se convierte en fuerza, mueve sus piernas, le ayuda a continuar su huida. En la calle elegida, se acerca a una esquina, delante ve bloques moviéndose, casas, edificios, caminando, la calle convirtiéndose en una nueva calle, será un nuevo encuentro de esquinas y vidas. Sin embargo, Amadeu, teme por la suya y vuelve la cabeza hacia atrás, para mirar el hombre bandido. Policía perro. Y le ve parar, y montarse en una pose que Amadeu ya conocía, ya la había visto en su ciudad, en las guerras y en las escenas que quería olvidar, todo estaba en su memoria oprimida, era la pose de aquel que dispara y nos quita de aquí. La muerte ritualizada. El policía le apunta con la pistola, el cañón le condena, “maldito”, piensa mientras coge más aire, mojado, el aire y él. Gira la cabeza adelante y entonces, antes de poder abrir los ojos, sin ni siquiera abrir los ojos, se choca con otro cuerpo perdido, pero un cuerpo de carne y un cuerpo de metal. Escucha el disparo. 36 ! Capitulo 10 Amadeu Estoy contento de que estés aquí de nuevo. Me siento agobiado, sigo perdido. ¿Puedes sentarte aquí a mi lado? Gracias. ¿Puedes ser mi amigo? Es decir, ¿quieres? ¿Sabías que una vez tuve un amigo en Santaya? Aquí todavía no tengo uno. No tengo ni casa. No tengo nada. Es siempre un nuevo comenzar. Perdón, ya lo sabías. Avísame si estoy siendo repetitivo. Es que son tantos cambios en todo momento que a veces se me olvida si te conozco o no. ¿Puedes ser mi amigo? Yo tuve un amigo en Santaya. Murió. Debería haber sido solo una huida más. Un día más corriendo, un día más corrido. Huyendo de los policías. Hasta pagándoles. ¿Sabías que nosotros, los vendedores ambulantes, pagamos a los policías? Les pagamos como nos piden. ¿Por qué insisten tanto en perseguirnos? Perdona, es que me pone triste. Oye, ¿ya te he dicho que tengo un amigo en Santaya? Tengo un amigo muerto. Es mi único amigo. No sé por qué nos acercamos. Es que son tantos cambios que la memoria… a lo mejor porque era otro más, otro igual, lleno de inicios, sin final. Forma parte de lo inexplicable de la amistad. Por afinidad, curiosidad o simplemente por necesidad, carencia. Ya a nadie le importa. Nunca fuimos importantes. Éramos iguales en alma, una cabeza osada, atrevida. Estallada. Con una bala en su cabeza. En la cabeza. Él era tan optimista. Esperanza perforada. ¿Por qué? Buena pregunta. A lo mejor porque intentaba vivir, sobrevivir. A lo mejor porque era culpable. ¿De qué? ¡Ah!, siempre hay un crimen del cual somos culpables, ¿no? O cómplices. No importa. Los policías siempre saben de lo que somos culpables. Los periódicos también. Tengo hambre. ¿Sabes dónde puedo comer? No, no tengo para pagar. Creo que huía por la misma razón que yo hui muchas veces: porque sabía que, si me atrapaban, me meterían en la cárcel, es como ser echado a otro infierno. Otra penitencia. Echado. Lanzado a la cárcel. Él o yo. Nos acusan de matar, robar, torturar, aterrorizar. Es curioso. Voy a susurrar para que no nos oigan, pero a mí me parece que soy yo quien sufre todo eso. Dominados por el odio y el terror. No, no nosotros. Nosotros intentamos solo sobrevivir. Vivir aunque sea un poco. Y no porque yo lo quiera así. Solo porque nuestros cuerpos nos obligan. Nuestras mentes, instintos, nos esclavizan. Solo queremos un lugar, una ubicación, un hogar por más tiempo, para finalmente poder hacer todo eso que tú ya haces. ¿Podemos tener eso? No, no, digo, amistad. ¿Podemos tener amistad? También tenemos sueños. Aniquilados diariamente por disparos. Semanalmente agujeros en todos los sitios. De mi cuerpo. Echado. Lanzado. Y ni siquiera somos un número más. Nadie necesita 37 ! saberlo. Quieren enviarme a un campamento. Quieren ubicarme lejos. Esconder mi numero porque no formo parte. Una resta de la nada, estadística enterrada. No, no. No pude ir al hospital. No le pude decir adiós o lo importante que había sido para mí. “Tú me importas” – era lo que le diría. Le sujetaría la mano. Le besaría la frente. ¿Puedo sujetar tu mano? Tú me importas. ¿Entiendes? Soy así, ¿tú no? Un agujero en la cabeza. ¿No podrían haberle disparado a la pierna? Todos lo saben, ¿no? Está en las películas, ¿no? No lo sé. En la pierna para inmovilizar, ¿no es así? Me mareo de solo pensarlo. Todos lo saben, ¿no? Oye, sigo buscando un sitio para vivir. Me encantaría ser tu amigo. Oficial. No, no, hablo de la versión oficial. Muerte legal. Asesinado dentro de las leyes. De acuerdo con las leyes. Sin cuestionarlas. Son las leyes de tu país y yo las respeto. Quiero vivir aquí. El policía dijo que ha apuntado a la pierna, pero en aquel instante, en el exacto momento en que le disparó, mi amigo se agachó. Entonces yo aprendí que nunca debo agacharme mientras huyo de un policía. Es la versión oficial. Yo elijo creerla. ¿Y tú? Me importas. ¿Te importa mi vida? Te confieso una cosa, pero en voz baja, a veces pienso que esa bala disparada no era para matar a un vendedor ambulante, sino para borrar otro color, quitar lo diferente. Gente exótica. ¿Puedes quedarte aquí conmigo? Te cuento más. Yo sé que estás con el doctor. Él me pidió que te contara todo. Me ha prometido un trabajo bien remunerado. Yo le creí porque no tengo mucha alternativa. Es que estoy perdido. ¿Has visto mi casa? ¿Dónde puedo vivir? ¿Aquí? ¿Sabías que la ambulancia echó una vida en llegar? Se llevó su vida. Santaya era así, ¿no? Ella elije quiénes se quedan y quiénes nos dejan. Supe después que, cuando llegó al hospital, mi amigo, no pudieron salvarlo. Hospital público. Público elegido. Nosotros no tenemos cómo pagar un seguro de salud, es que no tenemos trabajos que paguen bien. Es que no tenemos trabajos. Supe después que un médico llamado Dr. Luis, lo intentó de todos los modos. Todavía existe gente buena. Humanos de verdad. Hay gente que logra ver por dentro. Entiende que la sangre es la misma. Mi amigo murió. ¿Tú le has visto por aquí? A lo mejor puedo hablar con él. Es que la cirujana que podría haberle salvado fue despedida. Parece que el Dr. Luis hizo un escándalo, en el pasillo, al lado del cuerpo abandonado. Tenía algo que ver con impotencia. Parece que él gritaba que eran culpables, que el hospital es el que nos mataba, que estaban todos enfermos. Unidos en la enfermedad. No lo era. Qué raro, ¿no? Después supe que eran amigos. No, no. No mi amigo y el doctor. El doctor Luis era amigo de esa cirujana. La echaron porque era una mujer rara. ¿Qué es una mujer rara? A lo mejor, rara como yo y mi amigo somos para vosotros, para los otros. Dicen que ha sido una injusticia. El despido. La de la médica rara, amiga del médico bueno. Y también la 38 ! vida de mi amigo. Ha sido una injusticia, ¿no? ¿No te parece que esta gente se están matando a ellos mismos? ¿Además de a nosotros? ¡Qué raro! Y siguen creyéndose civilizados. Aquí también hay una guerra. ¿Por qué el silencio ahora? Vamos a ser amigos, ¿no? 39 ! Capitulo 11 El bar Kappa No se despierte, estimado paciente. Deje que mi voz le guíe. Siga con los ojos cerrados, siga en su duermevela, embriagado. ¿Siente esa brisa? Deje que le lleve. Usted es una hoja caída. Suba, suba, más alto, piérdase en el mar azulado del cielo. Déjese llevar. ¿Le gusta volar? A mí me encanta. Sin alas. Sin penas. Deje todo atrás. Amadeu está lejos. Un punto perdido. El viento ahora gana fuerza y le lleva más rápido. Siente la presión en su piel de vegetal, en sus venas llenas de savia. ¿Le asusta la velocidad? No se preocupe. El viento sabe lo que hace. Disfrute. Eso es. Poco a poco, la velocidad baja. Poco a poco, la altura baja. Sin embargo, con delicadeza. Él le trata con cariño. El viento. Yo. Cuando toque el suelo, conviértase en sí mismo, en su figura humana o en cualquier otra cosa que quiera. Es libre de elegir. Lo importante es que toque el suelo de Santaya. Está en Santaya, querido paciente. Descanse un poco antes de seguir. Tengo en cuenta que las mutaciones nos cuestan. Tengo en cuenta que el placer de volar puede dejarnos mareados cuando volvemos a tocar la tierra. Tocar los límites. Expire. Inspire. Inspírese al ver esa ciudad que se mueve. ¿Puede sentir su latido bajo sus pies? ¿Bajo el asfalto? ¿Puede sentir el calor que emana? Un calor vivo, de animal pavimentado. Cierre los ojos y la sentirá respirar. Eso es. Abra los ojos ahora. Mire el dulce movimiento de los bloques que están delante de usted. Mire cómo, en este momento, se deslizan con suavidad. Y las personas caminan por las aceras con normalidad. ¿Qué es eso? ¿Un mundo fantástico? ¿Un pueblo ciego? ¿Un pueblo esclavo? Ya están todos acostumbrados. Mire al cielo y fíjese cómo el sol se mueve conforme su bloque gira. Ahora, mire el suelo. Las sombras de los edificios caminan, la sombra de la gente se mueve todo el tiempo. A veces estirada hacia delante, a veces estirada hacia atrás. Solo hay un momento en el que las sombras se detienen. Exacto. El cénit. Puede ser al mediodía, puede ser a la una o a las dos, usted elije. ¿Ve a las personas? ¿Cómo puede ser que Santaya se mueva a una velocidad para unos y a otra para otros si comparten la misma acera? No lo sé. A lo mejor porque cada uno tiene su propia Santaya. A lo mejor sus habitantes comparten solo un suelo y puntos de referencia. Aunque no sean fijos. ¿Entiende? A lo mejor, querido paciente, cada uno lleva una Santaya diferente dentro de sí. A lo mejor cada cuál lleva un ritmo de Santaya diferente dentro de sí. A lo mejor cada uno tiene su propio mapa de su propia ciudad con su propio reloj dentro de sí. ¿Puede ser así? No lo sé. Suena demasiado complicado y lo es. Pero, no importa. ¿Se ha dado cuenta de que la ciudad se ha parado? Detrás de usted 40 ! hay una tienda de electrodomésticos. Mire la pantalla de esa televisión. Hablan del caso de la niña. Esa noticia repercutió en todo el mundo. Entrevistaron a políticos, forenses, ciudadanos, psicólogos, sociólogos, hasta religiosos. Todos se lo explicaron. Todos profetizaron dentro de su vocabulario. No se olvide de ese caso. Ahora, en la esquina de enfrente, hay un sito, ¿ve? Es el Bar Kappa. Primero, hagamos que anochezca. Quitemos el sol. Pongamos la luna y su capa oscura con estrellas parpadeantes y planetas reflectantes. ¿Cuál prefiere usted? ¿La nueva? ¿La llena? Eso me recuerda una leyenda de Santaya. ¿Alguien aquí ya le habló sobre la maldición de las dos lunas? Dicen en Santaya que uno debe tener siempre cuidado al mirar la luna llena cuando no esté cerca de la persona que quiere. Dicen que lo que desencadena la maldición es la casualidad de que la pareja mire al cielo a la vez desde sitios distintos. Si eso pasa, la luna llena trazará sus destinos. Tragedia. La diosa elegirá a uno de ellos para contarle el desenlace de su vida hasta su final fatal y al otro para que jamás lo sepa. Por eso las dos lunas. Sin embargo, le está prohibido al primero, el que es consciente de la fatalidad, decírselo a cualquiera, quitándole la palabra en cualquier intento, quitándole el movimiento en cualquier intento. Nadie podrá saberlo. Y nadie podrá cambiarlo. El destino. Imagínese usted: esclavo del silencio. Y el otro, ciego a cualquier señal, cumplirá paso a paso con la suerte escrita. Son tonterías. Necedades. Pamplinas. ¿Por qué le cuento esto? Crucemos la calle. Ya es de noche, el bar está abierto. Hay clientes. ¿Ve la chica que está detrás de la barra? Es Carolina, la dueña. Hay un pequeño escenario para las presentaciones. Esta noche habrá una. El bar Kappa no era así como lo ve. Las cosas cambiaron mucho desde la muerte de su antiguo dueño, el padre de Carol, hace algunos años. Dicen que, en el día de su muerte, él no lograba encontrar el establecimiento. Dicen que la ciudad se movió tanto aquel día que el pobre señor murió por las calles, de cansancio, mareo y perdición. No importa, ya estaba mayor. Hombre obsoleto. ¿Sabe que en Santaya se puede morir por estar demasiado perdido? A lo mejor en cualquier lugar se puede morir por eso. Parece que antes de dejarnos, llamó a su hijo que había desaparecido hace años. Carol ha sido la única heredera del lugar. Era una nueva fase del bar Kappa. Donde antes se encontraba la vieja, tradicional y religiosa gente de Santaya ahora se encuentra una generación de artistas jóvenes y los mayores que comparten con ellos una visión más libertaria, menos rigurosa, más espiritual, colorida, menos monocromática. Donde se adoraba a Shakespeare, Cervantes, Camões y Dante, ahora se adora a los poetas y escritores que allí se sientan, que allí recitan. Ellos se adoran porque se entienden. No necesitan estudiar para entenderse. Sin embargo, no desmerecen a los clásicos, pero no son sus rígidos 41 ! bustos alabados o sus escrituras petrificadas lo que más les atraen. No hay compromisos ni con lo académico, ni con la tradición. Así es. Si se tropieza con uno de ellos, si les encuentra por el camino, no le mirarán con superioridad. Le tratarán bien, le saludarán y después lo devorarán. Sin obligaciones. Por casualidad. Por curiosidad. Y es posible ver ese cambio reflejado en la decoración y el mobiliario del bar Kappa. Carol, por su amor al arte y a la diversidad, ha construido un pequeño escenario para ofrecer la oportunidad de engrandecer a todos los que allí van, para elevar su estima – la de ella y la de todos los otros. Ha montado una pequeña estructura de iluminación para poder destacar al artista, dejarle más visible. Y ha puesto un micrófono para que su voz crezca y las palabras recitadas, cantadas o interpretadas puedan vibrar con fuerza dentro de todos los que las oyen. La ciudad supo de todos esos cambios. La vieja generación tembló. Intentaron convencerla para no cambiar este sitio tan tradicional. La idea de mezclarse con los nuevos, desconocidos, rebeldes, pero, encima de todo, anónimos y desprestigiados era tan terrorífica que le llegaron a chantajear emocionalmente. Invocaron la honra de su padre. La honra que él intentó con todas sus fuerzas preservar en vida. La honra que ella sabía que había sida la razón de la desaparición de su hermano. Otros decían que habían recibido la visita del difunto y que este estaba atormentado con los planes de su hija. A esos ella les pedía que la próxima vez le recordasen que él, su padre, podría visitarla directamente y así demostrarle su decepción. De nada les sirvió. A cada intento, Carol olía el carácter podrido y sentía el peso hueco de su vocabulario elegante, fino. Cada uno de esos que entraba en el bar durante la renovación, hacía su cuerpo estremecer y, en seguida, endurecerle el alma. Secamente, ella les desarmaba y al final les invitaba a continuar viniendo, sabiendo que ellos no lo harían, reconociendo su incapacidad de adaptación y su fecha de caducidad. Mire, Carol va a hablar con aquel cliente que ha llegado hace poco. Esta es la hora, querido paciente. Conviértase en una mosca y acérquese a ellos. Cuidado para no ser aplastado. No lo será. Escuche a Carol. 42 ! Capitulo 12 Carol ¡Buenas!, ¿qué le pongo para beber? Vale, una caña y un vaso de agua. ¡Ah, muchas gracias! Es una reforma reciente, el sitio pertenecía a mi padre. ¿Es la primera vez que viene? Ha sido un bar muy tradicional. Fue un punto de encuentro de aquellos que se autodenominaban intelectuales, sabios elitistas. A mí siempre me aburrían. No, no, no eran solo mayores Qué curioso que siempre asociemos la tradición directamente a la gente mayor. Tontería. Había mucha gente joven que les gustaba hablar siempre sobre los mismos nombres, mismos temas, les gustaba mantener las apariencias. A lo mejor les hacía sentirse más seguros. Al fin y al cabo, es un estilo de vida que ya viene con manual, no se tiene que pensar mucho, sobre todo, sobre nada. No les reprocho, no les deseo el mal, tampoco les quiero aquí. Olían a lejía, ¿sabe? Perdone, es que me hace gracia. A mí me encanta lo contaminado. Veo belleza en lo sucio, en lo mal lavado. ¡No, hombre! No hablo de la casa. Aquí la comida está muy bien tratada. Hablo de otra suciedad, en el arte, creatividad contaminada, vida como debe ser vivida, en toda su verdad. Cruda. Pero eso no importa. No se preocupe, en el bar, en la cocina, todo está muy limpio. Aquí está la carta por si quiere pedir algo. ¡Ah! Y esta noche habrá presentaciones, por eso está lleno. Estoy segura de que si es de corazón abierto le gustará todo lo que verá. Es todo muy divertido. Si no se emociona, seguramente se reirá. O, al menos, le hará pensar un poco. Es una de las funciones del arte, ¿no? A menudo la presentadora es La Totia. Ella empezará con una performance cantando una canción. Mucho drama. Vale la pena. Sí, es esa del cartel. ¡Ella es guapísima! ¿Perdone? ¿Cómo? ¿En serio que ha dicho eso? ¿Mujeres como las antes? ¿Puedo sentarme? Gracias. ¿Podemos tutearnos? Bien, muy bien. ¿Cómo te llamas? Vale. Yo soy Carol. Mucho gusto solo de tu parte, no de la mía. ¿Loca? Me hace gracia que me llames así. Pues, basta que una mujer sea un poco más incisiva… ¿sabe lo que significa incisiva? No importa. Basta un movimiento de reproche por parte de una mujer para que la llamen loca. ¿Y después? ¿Perra? ¿Zorra? No, no, no, no. Por favor, espera. Antes de que te vayas quería decirte algo. Te prometo que no voy a gritar, no voy hacer un escándalo. Será todo civilizado. Nadie se enterará de nuestra conversación. Fíate de mí. Eso es. Cuando era adolescente, mi hermano pequeño empezó a frecuentar la escuela donde yo estudiaba. Mi madre ya no estaba viva. Mi padre llevaba el bar, ocupado en traer dinero, darnos comida, apenas nos miraba, casi no nos oía. Era una vida de mucho trabajo. Era una vida difícil, de mucha responsabilidad porque yo 43 ! siempre existiendo después: dolor, tristeza, soledad. ¡No! Yo no diría que todos los médicos son así. Pero mucho de ellos. Los mejores. No diría que todos los seres humanos toman esas pastillas. Pero, cada vez más, muchos de ellos. Muchos de nosotros. Un médico es como cualquier otra persona. Yo soy como tú. ¿Adicción? ¿Qué no causa adicción hoy en día? Hay drogas legalizadas. Hay médicos alcohólicos. Hay médicos cocainómanos. ¡Ah!, la coca. Es ilegal, como sabes. Buenos tiempos. Algunas veces, la echo de menos. Pero uno madura y hoy prefiero las industrializadas. Las que están bien hechas, hechas con cuidado, hechas en un laboratorio. Controladas. ¡Por supuesto que no! Es muy raro que uno de nosotros se convierta en drogadicto. A lo mejor, un bajo grado de adicción, sin embargo, siempre bajo y siempre bajo control porque sabemos con qué lidiamos, hemos estudiado, somos doctores, ¿no? Además, solo las podemos comprar si tenemos receta. ¿Qué piensas tú? Carol seguramente se reiría ahora. Tú me pareces demasiado serio. ¡Ah! Yo tengo algunas opciones aquí para ti. Sí, pastillas. ¿Tienes alguna preferencia? Es decir, ¿legal o ilegal? Bueno, puedo ayudarte. Comprando las ilegales, naturalmente, tu dinero va a parar a manos del tráfico y, por lo tanto, colaborarás con el blanqueo, corrupción, industria de armas, guerra entre facciones… cosas por el estilo. Asesinatos. Asesinados. Si tú compras las legales, como ya sabes, una parte de tu dinero va a parar a la industria que se preocupa tanto por los intereses humanos, una industria sin intereses económicos o comerciales, la industria del amor, compasión. Laboratorios Madre Teresa de Calcuta. Otra parte de tu dinero te lo quitan en los impuestos y va a parar al gobierno que sigue un destino muy similar al del tráfico. Es decir, ese dinero debería ser invertido en la sanidad pública. Esa pasta existe, pero no nos llega. No llega para ti en la forma de un buen servicio, un buen hospital con un buen equipamiento, con médicos que reciban un buen salario. Así, de un modo o de otro, al igual que el tráfico, también mata personas. Da igual. ¿Entonces, cuál prefieres, la legal o la ilegal? Ese tema me está poniendo nervioso, creo que necesito una pastilla más para calmarme. Mejor dos. No me gustan los números pares, tres y ya está. ¿Carol? Le conocí porque es hermana de La Totia. La Totia y yo fuimos a la facultad de medicina juntos. Nos hicimos mejores amigos. Ella ya estaba en un proceso personal muy duro de aceptación de sí misma, de su vocación sexual – no me gusta decir orientación. Creo que es una voz. La voz de uno mismo, una voz verdadera, visceral y, como la voz, puede cambiar de tono. No voy a profundizar en este tema. Sin embargo, no significa que sea menos importante. Si quieres saber más, busca. Yo le acompañé en su transición, en su trayecto hacia ser quien era. Fue un proceso de desconstrucción de todo: dogmas morales 50 ! sin sentido, patrones sociales rígidos, penetrados, perpetrados, forzados dentro de nosotros. Fue doloroso y libertador. Ella se descubrió. Se quitó lo que le cubría y se vistió con su propia verdad. Por supuesto que yo sabía que aquel chico que conocí era diferente. Anormal, como les gustaban decirle. Seguramente, él era un ser humano fuera de las normas. Y esa era la razón por la que me acerqué a él. Yo tampoco estaba dentro del cliché del macho viril o del homosexual onírico. Yo soy un hombre sensible y nunca me gustaron los deportes. Deportes para hombres. ¿De dónde salen esos absurdos? Como si otros seres humanos no los pudiesen practicar. Convenciones. Eso es una convención que no me interesa. A mí me gustan las personas y los conceptos desafiantes que nos unen por nuestras diferencias. ¿La Totia? Era un silencioso soldado. Admirable. Y era un chico guapo y se convirtió en una mujer guapa. Una cosa no ha cambiado, es una luchadora. Como Carol. Sin embargo, más calladita. Ella entendía que su camino sería solitario. Ella contra las reglas del mundo, reglas que no le servían, solo le traían sufrimiento. Carol le ayudó. En casa le enseñó cómo defenderse físicamente. A La Totia le gustaba nadar. Una vez más estaba sola. En otro mundo, en el agua, donde las palabras maliciosas y crueles perdían su fuerza de propagación. No buscaba un cuerpo fuerte, buscaba el cuerpo que le faltaba. El cuerpo que reflejase su mente. Nunca buscó la violencia. Construyó un espíritu fuerte. Estudiaba. ¡Rubifen! Anfetaminas. ¡No!, ella no. Yo sí. Para ayudarme en la concentración. ¿Quieres una? Yo tres porque necesito más de una para contarte la historia y porque ya sabes que no me gustan los números pares. Ella forjaba sus armas estudiando. Conocimiento que llevó a la comprensión de sí y de los otros. Tolerancia. Yo le acompañé. Yo le ayudé con el tratamiento de hormonas. No sabes cuánto he cambiado… ¡Claro que no! Yo no tomé las hormonas. He cambiado porque estuve a su lado en ese proceso de transformación, auto-conocimiento, de algún modo me ayudó a conocerme a mí, como si fuera un efecto colateral. Ella apenas salía de su habitación durante la facultad. Estudiar. La asimilación le encantaba. La posibilidad de entender las cosas de otra forma, otras sinapsis, otras conexiones neurales, eso le encantaba. Conexiones humanas, fueron pocas. Evolución. Ella ha elegido la neurología. Agarró el reto. Quería arreglar la cabeza de las personas. No psicológicamente, sino físicamente. Como quería arreglar su cuerpo. Al fin del grado, ya transicionada completamente en sí misma, La Totia era la mejor alumna del área. Obviamente, despertó todo aquello que los mejores estudiantes despiertan en la gente, amor, envidia y más. Despertó todo aquello que una trans puede despertar en la gente, amor, odio y más. Y no hablo solo de los alumnos o colegas o los que decían ser sus amigos. Una parte del cuerpo docente se ha comportado 51 ! como un cuerpo imprudente delante de la novedad desencajada. Indecentes. Yo no aguantaría, al menos, no sin algunas anfetaminas mezcladas con un poquito de alcohol. Ella lo aguantó. Sin tomar nada para la cabeza, para su alma. Los profesores le demandaban mucho más que a los otros, los normales. Algunos de ellos querían verla caer, ceder, desistir. Querían echarla a las sombras, la noche, las calles, en la única profesión que les reserva las sociedades como las de Santaya. Cliché. Querían quitarle las expectativas de un futuro, de una vida. Normal. ¿Ella? No le he visto llorar ni una vez. Siguió callada, estudiando cada vez más y más, lanzando miradas diplomáticamente asesinas a esos enemigos disfrazados, no declarados. Eso me encantaba. Eso lo aplaudía. Una vez ella me dijo que nadar le ayudaba a quitar la rabia, el odio. ¿Ya te dije que a ella le gustaba nadar? Ella nadaba cada vez más. Horas y horas. Días seguidos. Así podía saludar a sus verdugos con una simpatía afilada. Yo estaba siempre a su lado. Yo quería protegerla. Cuando ella me dijo que empezaría con las hormonas, investigué mucho, hablé con profesionales especializados, leí sobre casos similares y compartí con ella todas las novedades sobre los avances médicos del área. Las medicinas eran maravillosas. Es decir, si bien mezcladas, claro. ¿Me estás tomando por drogadicto? Probé algunas de las drogas sólo para asegurarme que ella estaría a salvo, para que nada malo le pasase. No quería que nada le pasase. Me gusta cuidar de la gente. Cuando ella fue expulsada de casa por su padre, la acogí y le cuidé. Y fue entonces cuando conocí a Carol. Sí, expulsada. Su padre no la aceptó. No la quería cerca. Era dueño de un bar muy tradicional en Santaya, iban allí muchos de esos que les importa el título antes que su nombre. Yo soy Luis, el médico. Soy el marido de Carol. Cuñado y mejor amigo de La Totia. Su padre le dijo que dejaría de pagar la facultad. Carol no se podía creer toda aquella situación. Era su hijo, su hermano, su hermana, su hija. Era confuso, pero era lo que era. Era ese ser que ella quería. Ella ha sido iluminada. Ha elegido estar al lado de quien quería y no ir en contra. Parece que se dio cuenta de que… no lo sé, se dio cuenta de algo que le aclaró la cabeza, le quitó lo que sería nocivo para ella, para ellas. Hemos conversado los tres y Carol y yo acordamos que le pagaríamos la facultad a La Totia. Yo con el dinero que podría ahorrar de lo que los míos me enviaban y ella trabajando con su padre, cuidando de la contabilidad, disfrazando un poco las cuentas que presentaba a su padre. Al inicio se sentía un poco culpable. Carol. Sin embargo, una vez su padre le dijo que aceptar que volviese su hermano podría destruir los negocios, ¿qué dirían los Doctores que iban allí? El bar debería mantener la tradición y el nivel. Era La Totia o su honra. Honra. ¿Qué honra tiene un padre que abandona a su hijo en un momento de necesidad? ¿Honra? Para 52 ! eso todavía no hay medicina, sospecho. Él nunca me cayó bien. Ese tema me está deprimiendo. ¿Qué hora es? ¡Lo sabía! Hora de la anfetamina. Ya sé que no quieres un poco. ¿Si es seguro mezclar medicamentos? No me hagas reír. ¿Por qué no se lo preguntas a tu médico? Déjame terminar de contártelo. Pronto Carol se enteró de sobre lo que su padre pensaba, le abandonó la culpa. El odio tomó su lugar. Sin embargo, con el paso del tiempo, ella comprendió sus razones. Entendió que él era una víctima del contexto en el que creció y, aun viendo cómo el mundo que le rodeaba cambiaba, nunca hizo ningún esfuerzo por adaptarse. O sea, no era tan víctima. El odio, el de Carol, se convirtió en tristeza, luego, lamento, luego, pena. Es algo que no quiero que sientan jamás por mí. Pena. Parece que cuando uno siente pena de alguien lo está viendo desde lo alto de un altar. “Pobrecito, no sabe lo que hace” – debe murmurar desde lo alto de su trono. Carol fingía con su padre no saber nada sobre su hermana, ni siquiera su ubicación. Tampoco él se lo preguntaba mucho. Con cada matrícula de honor de La Totia, con cada trabajo elogiado, con cada éxito, Carol esbozaba una sonrisa de tanta satisfacción y orgullo en su rostro que le aseguraba que todo el teatro con su padre estaba valiendo la pena. Ver a La Totia cambiar, cambiaba nuestros mundos, nuestro modo de ver las cosas, de pensar en nosotros mismos. Yo aprendí mucho en los libros, Carol mucho en la vida, instintivamente. Parecía que estábamos salvando a La Totia cuando, en realidad, nos estábamos salvando a nosotros. Después de que mi suegro, muriese ella se dio cuenta que era el momento de actuar. Con su padre no se enfrentó porque, de algún modo, todavía le quería y su manera de demostrar ese amor era ahorrándole las discusiones. Sin embargo, para entonces, la situación había cambiado. El bar era suyo y ella quería formar parte del batallón delantero en esa lucha. La de ella, la de La Totia, la mía. Determinada, hizo un gran cambio. En el bar, en sí misma y haría lo posible para cambiar a todos a su alrededor. Carol es así, tiene ese espíritu de heroína. Mujer adictiva. Chica adrenalina. Ella es mi vicio. No lo niego. Claro que no así, de un modo obsesionado, como ese estigma que recae sobre los consumidores de drogas. Es una adicción pacífica, que me deja contento, me llena, me quita los vacíos de mi alma. Es amor. No se puede escapar, no se puede huir. ¡Ah! Hablando de huir… ¡Espera! ¡Hala!, me encanta esa sensación! La taquicardia que las anfetaminas provocan. Siento la energía del químico en mis venas. ¡Qué curioso que haga efecto justo cuando te iba a hablar del extranjero, de Amadeu! Sé que has hablado con él un par de veces, ¿no? Amadeu, ¿no? No me preguntes cómo lo sé. No le conozco. Pensaba que las cosas en el hospital eran caóticas, pero me parece que aquí lo son mucho más. Típico del Peslo. No estoy sorprendido. Escucha, no sé si encontraré a Amadeu por 53 ! aquí o no. Y sé que no debería escuchar las conversaciones ajenas, pero no lo pude evitar. Yo soy el médico que ha intentado salvar a su amigo, el amigo de Amadeu. Yo soy el que armó el escándalo. Me hace un poco de gracia que él lo haya dicho así. Si te lo encuentras de nuevo, dile, por favor, que he intentado evitarlo. He intentado salvarle. Sin embargo, no era mi especialidad. Disparado en la cabeza para inmovilizarle. En la cabeza. Una causalidad, una fatalidad, dijo la policía a la prensa. Obstrucción de vida. Creo que nuestras defensas están bajas, afectadas, podridas. Sería recomendable un tratamiento para tal patología, pero ¿cuál? ¿Qué patología es esa que se encuentra en todos nosotros pero que solo mata a quien es diferente? ¿Hay tratamiento? ¿Hay cirugía? La enfermedad es viral, contamina no solo a la policía, sino al hospital. Te contamina a ti, a mí. Dile que su amigo, mi paciente, murió no solo por la bala de la pistola en la mano de otro igual. No solo por el prejuicio de un glóbulo blanco armado contra un cuerpo extraño dentro del cuerpo de esa ciudad, por sus calles venosas, en una corriente que envenena. Dile que su amigo ni pudo tener la oportunidad de ser salvado porque nuestra cirujana, nuestra mejor neurocirujana ha sido apartada de su puesto por la misma razón que el policía le disparó. ¿Entiendes lo que te digo? Dile que hay pistolas de distintos calibres, hay balas que accionan y hieren no sólo la carne, nuestro frágil cuerpo, sino también nuestra alma y dignidad humana. Son tiros invisibles. Miran siempre en la misma dirección: el distinto, el extranjero, el desconocido. La mano que apunta la pistola está siempre llena de anillos, antiguos y pesados de tanta ignorancia. Brillan tanto, resplandecen tanto el orgullo de gente de bien que le ciega. ¡Qué rabia! No, no, no son las anfetaminas. Tampoco el hecho de haberlas mezclado. Yo soy médico, sé lo que hago. Dile que pueden cerrar los ojos para sí mismos, pero hay todavía mucha gente que les ve y quiere ayudarles. La mayoría. Aunque todo esté contaminado. La policía, los hospitales, el ayuntamiento, las instituciones religiosas, todo. Es un virus perverso. Todos lo tenemos, pero solo se manifiesta si nuestra inmunidad, defensas, se debilitan. No es ajeno a nosotros, es parte de nosotros, pero si no nos cuidamos, si el carácter no resiste, si no es valiente aun cuando todo parezca estar en contra, aun cuando parezcamos tontos e idiotas y ahogados en la desventaja, sucumbimos a esa enfermedad. Rehenes del miedo. La cirujana que hacía falta en el hospital en aquel momento, en el de la muerte del amigo de Amadeu y en muchos otros después, era La Totia, la mejor neurocirujana de Santaya. ¿Dónde están mis pastillas para calmarme? 54 ! Capitulo 15 El día siguiente Despiértese, querido paciente. ¿Cómo se siente? Es normal. La sensación de resaca es normal. Tome mucha agua. Hidrátese. Hay momentos en nuestro tratamiento que son secos. Desérticos. Nos llevan a un sitio aislado, solitario. Beba agua. Tenemos que hablar. Sé que soy yo quien le trata, quien le cuenta esta historia, pero… ¡Sí! Está suelto, sin ataduras, ¿se ha dado cuenta solo ahora? No, estimado paciente, no le voy atar de nuevo. La verdad es que nunca le até. ¿Todavía no lo entiende? Yo le trato, como ya le he dicho usamos una droga que yo mismo preparo. No soy boticario. No obstante, busco las palabras, compongo frases, párrafos, escribo versos, pura manipulación vocabulárica. Como un boticario. Droga elaborada. Los efectos colaterales, en su caso, son esperados. A lo mejor, premeditados. Cuando le cuento lo que le cuento, ya sé que existirán estos efectos. Sin embargo, no soy yo quien los siente. Eso es una experiencia solo suya, única. Mientras está adormecido, o mejor, en trance, le escucho y cuando les escucho a ellos. Usted es como un canal. Por eso que, al fin, soy yo el paciente. Pero esto es un secreto entre nosotros dos. ¡Acuérdese! Nunca le he atado. Usted lo hizo por sí mismo. ¿Cómo? Como cualquier persona puede atarse solo a sí misma. Eso es, mal hecho. ¡Por supuesto! Podría haberse levantado y podría haberse ido en cualquier momento. No se lo dije porque me pidió que no se lo dijese. ¿No se acuerda? Yo cumplí con sus órdenes. Pero, tenemos que hablar, tengo que decirle algo que… Sí, ya se lo dije, le cuento una historia, este es el tratamiento, tiene sus efectos colaterales, puedo seleccionarlos, pero no controlo la intensidad, duración o la forma como usted los sentirá. Si les verá o si les escuchará o si vivirá lo que ellos están viviendo, no depende de mí. Claro que puedo intentar inducirle algo durante el trance, pero no tengo el control absoluto. Preste atención: la dosis, la elige usted. Es libre en todo momento de elegir la cantidad y frecuencia. Es libre de parar el tratamiento si así lo prefiere. Sé que la composición es pesada, es demasiado fantástica, hay exceso de rimas pobres, repeticiones, algunas poesías flojas. No es una historia para una única dosis. Yo no la recomiendo así. Yo no soy un médico para una única dosis. Insisto en que la lea despacio, acorde con su propio tiempo, gana, asimilación. Y es este el punto del que quiero hablar con usted. Creo… no, “creo” no, espera… es mejor que paremos aquí. Sí, el tratamiento. Antes de que usted se vuelva adicto. Esta última sesión… ¡Sí! Puede provocar adicción. No se preocupe, el vicio suele ocurrir con menos del diez por ciento de los pacientes, de acuerdo con las 55 ! investigaciones recientes. Lo que pasa es que quiero aumentar la dosis cada vez más. No logro controlarme. Además, todo esto es… esta historia… esta historia no es nueva y ya hace tiempo que la escucho y ahora, por causa de estos efectos, efectos que yo le causo, yo los vivo junto a usted… he fallado. Me siento perturbado. Siento que cambio físicamente, no estoy ya seguro de qué es lo correcto, lo incorrecto, la verdad… no era así. Tengo miedo de continuar. Tengo miedo de perderle. Creo que he fallado. Lo siento. ¿Cómo que por qué? Porque ya debería sentir los cambios en su cuerpo. Porque en este punto, debería sentir los efectos en sus pensamientos, en su espíritu. Nuevas conexiones neuronales, nuevas conexiones espirituales. Viejas certezas desapareciendo, otras siendo construidas. Debería sudar nuevas incertidumbres, temblar al ritmo de preguntas inimaginadas. Inimaginadas. Preguntas que no imaginaría que existiesen. Yo me siento así. Yo respiro asco, espiro rabia, me canso de tanto negarme, de tanto negar, me mareo porque me siento perdido. Falta de esperanza. Falta de optimismo. Y luego, la consciencia deberá ser activada. Efecto humano. Efecto literario. Concienciación de nuestra humanidad, de la del otro, de la diversidad del otro y de la nuestra propia. ¡No! Por favor, no me diga nada. Ya sé que he fallado. No merezco… no debo continuar. ¿Qué? ¿Cómo? ¿De verdad que ha sentido esto? ¿O me lo dice para que no me sienta mal? La verdad es que estaría bien que me lo dijese para que no me sintiese mal. Eres adorable, paciente. Dígame, ¿cuál de ellos ha sentido? ¿Uno? ¿Dos? ¿Todos? ¡Espere! No me lo diga. Acerquémonos a la ventana o la terraza - no me acuerdo cuál de las dos ha elegido. Mire allí. ¿Ve a Santaya? ¿Ve cómo ella se mueve? ¡Espere!, antes de contestarme, acuérdese que puede dejar el tratamiento en el momento que quiera. Sin embargo, si elige seguir, yo estaré a su lado todo el tiempo, ¿vale? Ahora, ¿logra ver cómo Santaya se mueve? 56 ! Capitulo 16 El día siguiente – más tarde Me alegro que haya decidido continuar. Gracias. No entiendo si lo hace por mí o por sí mismo y prefiero no saberlo, no obstante, le agradezco que me acompañe en mi tratamiento. Sé que hay muchas preguntas que quiere hacerme debido a los últimos efectos colaterales. Sin embargo, antes, quiero decirle que vamos a adentrarnos en la parte más intensa del tratamiento. La tragedia, estimado paciente, empezó. De aquí en adelante, el ritmo se va a cambiar, a lo mejor tendrá vértigos, palpitaciones, escalofríos. Sepa que todo eso es normal y que es fruto de las recetas que son más elaboradas y sofisticadas. Sus efectos – colaterales o no – serán más intensos. Empecemos con este té mientras le paso algunas informaciones que le serán útiles. Estas pastillas también deberá tomarlas y pronto se sentirá somnoliento, le aplicaré la primera inyección. Sí, serán algunas, depende de cómo se encuentre, sus señales vitales y…¡Eso no importa! Algunos de los efectos usted ya los conoce, otros serán nuevos. Acuérdese de que siempre estaré aquí a su lado, escuchándoles, tanto a usted como a ellos. Guiándole con mi voz. ¿Tiene miedo? Yo también. ¿Por qué? Pues, porque son pocos los que logran sobrevivir a esta parte del tratamiento. Allá vamos. ¡Madre mía! ¿Qué he hecho yo para tener un paciente tan incrédulo? ¡Ya, ya! Ya sé que el loco soy yo, que pongo su vida en riesgo, que le chantajeo emocionalmente, un poco inestable, a lo mejor... ¿qué más? Todavía no lo entiende, ¿no? Usted tiene todo el control. Puede parar cuando le dé la gana, no morirá si no quiere morir, no le ataré si no quiere que le ate. Este tratamiento no le afectará, no le cambiará en nada si no quiere que le afecte. Usted controla. Y estoy cansado de repetirle, de susurrarle que soy yo el paciente. ¿Todavía esto no queda claro? Pero, ¿cómo puedo mantener mi reputación de médico literario si grito esto a los cuatro vientos? Si sigue aquí, es necesario que sigamos el protocolo. Yo, fui yo quién lo creó. Mire, esto ya no importa ahora. Lo importante es que se siente más seguro, ¿no? Eso, bébase el té. Carol y Jerez se conocían, ¿lo sabía? A ella no le gustaban para nada sus visitas mensuales. Él no llevaba consigo solo su pistola cargada, sino su lengua, una lengua bífida. Carol ya estaba harta de ser presa fácil, harta de todos aquellos años que veía a su padre bajar la cabeza a ese tipo de gente. Estaba dispuesta a cambiar todo eso. Después de la reforma en el bar, cogió su móvil y se pasó la tarde convocando una reunión clandestina con todos los comerciantes que conocía en Santaya. Carol no era marxista, tampoco comunista. No comía niños ni niñas. Era capitalista y creía en el negocio limpio. Después de hablar con su último 57 ! contacto, miró al bar y apreció el olor de tinte nuevo que todavía resistía, el nuevo estilo que ella había elegido, las mesas nuevas, las sillas, la barra, utensilios, el equipaje de sonido, las luces, era la oportunidad de un nuevo inicio, de hacer las cosas de acuerdo con lo que ella creía ser lo correcto, lo mejor. Aquel espacio que estaba entonces todavía vacío, le pareció estar listo para ser rellenado de nuevas ideas, actitudes, valores y palabras más libres, más solidarias. Cogió su bolso y sacó un retrato. Un señor abrazaba una Carolina adolecente y, a su vez, abrazándole las piernas, un niño. Lo colgó en la pared detrás de la barra, en un sitio que parecía reservado para eso. Lo miró en silencio y después sacó del bolso otro retrato. Este más reciente. Se veía a Carol como era entonces y, a su lado, La Totia, más alta, le abrazaba por la cintura y descansaba la cabeza en su hombro y, al otro, sujetaba la mano de Luis. Colgó este retrato al lado del primero. Cogió el móvil y llamó a su hermana por primera vez sin preocuparse de esconderse de su padre, sin susurrar, sin culpa. Luis ya le había dicho que La Totia fue despedida del hospital. Hablando de Luis, lo ha conocido, ¿no? Le contó sobre La Totia en la facultad, ¿no? Bueno, hay algo que siempre se le escapa contar. Me pregunto si es adrede o si es por su adicción, ¡no!, perdón, digo, gusto por los medicamentos. “Siempre bajo control”, dice él, “ siempre”. Y siempre se olvida de hablar sobre el episodio del vestuario en la facultad. A veces pienso que él y La Totia... bueno, otra cosa más que no importa. El cotilleo se lo dejo a usted, querido paciente. Lo que quiero que sepa, es que delante de las puertas de los vestuarios, durante la confusión sobre cuál de los dos debería usar La Totia, si era hombre o mujer, o si no era ninguno de los dos, o si era un extraterrestre, una extraordinaria – lo que fuera que fuese para ellos - La Totia estaba siendo insultada y humillada. No como siempre, no como diariamente, no por los susurros en los oídos ajenos, tampoco por las miradas de reprobación o condenación – a todo eso ella ya estaba acostumbrada. No quiero que entienda que ella aceptaba todo eso, pero su modo de contestarles, contraatacarles era con la indiferencia, el silencio. Y eso les molestaba. Ella aprendió a protegerse en el silencio. Y eso les molestaba. Y delante de esas malditas puertas de los géneros ficticios, la situación empezó a agravarse, de algún modo, ese grupo de chicos y chicas - jóvenes que no la toleraban, que no la entendían, jóvenes que ignoraban cualquier explicación que hiciese desaparecer su odio y les trajese algo de paz, para ellos mismos y para La Totia; de algún modo, todos ellos estaban allí, reunidos, como si La Totia hubiese elegido el momento a propósito, con todos los que la maltrataban. No sé el motivo de tal encuentro. Y todos ellos, liderados por aquel chico, el de siempre, usted le conoce, seguro, el prototipo de macho, el portador de valores 58 ! morales podridos, desactualizados, el encajado perfectamente en el sistema, el triste. Ese chico, en ese día, perdió la cabeza y le insultó mucho, mucho más que lo normal, de “aberración” para arriba, de “monstruo” para arriba. La rebajó. Y no piense que La Totia se quedó en silencio esta vez. Ella se puso delante de él, a pocos centímetros del odio – el de ella por él y el de él por ella; estaba a pocos centímetros del viento tormentoso de las palabras vociferadas. El chico la miró a los ojos, ojos que en la superficie parecían calmados, pero erupcionaban en su profundidad. Ojos lindos. Ella era linda. ¿Ya le he dicho que La Totia era linda? Ella siempre fue un ser humano exuberante, en cualquier forma que tenga, en cualquier forma que usted le imagine. Él se sintió todavía más provocado. No sé porqué. A lo mejor por su actitud, por su sensualidad, no lo sé. Rápidamente llevó las manos al cuello de La Totia. Parecía un escena de película. Cámara lenta de la vida. Estaba decidido a estrangularla, estrangular la petulancia, la falta de vergüenza, el orgullo. Quería ahogar la criatura condenada, aplastando su garganta, sin dejarle tragar ni un átomo de oxígeno. Sin embargo, La Totia fue tres veces, ¡no!, diez, ¡no!, al menos veinte veces más rápida que él. Y, con un golpe maestro, un golpe de quien siempre ha acompañado a su hermana a las clases de lucha y aprendió mucho con ella, le quitó las manos de encima. Tranquilamente. Perfectamente. En silencio. La platea empalideció. Estaban sedientos de violencia, la de él sobre ella, estaban sedientos de una lección, la de ellos para ella y, hasta hoy no entienden lo que pasó. No entiende la ruptura del protocolo de la paliza. ¡Espere! ¿Le he dicho que se ha terminado? ¿Ha tomado las pastillas? Perfecto. No termina así. La Totia se puso por detrás del chico con esa misma habilidad y destreza que le describo; y con sus brazos, medio fuertes, medio suaves, le sujetó de modo que podría estrangularlo. Sin decir nada. El rostro del chico cambió de color, dejando el color de supremacía, dejando el color de intolerancia, convirtiéndole, su rostro, en el color de las víctimas. Los músculos de su brazo contra la garganta del chico le quitaban el oxígeno que alimentaba a toda esa hipocresía. Ella le susurró algo al oído, mientras el pobre intentaba liberarse. En vano. No era poco lo que le decía, se tomó su tiempo. La platea petrificada. Tendrían que repensar, valorar de nuevo las cosas. Ella entonces le soltó. Él cayó de rodillas en el suelo y allí se quedó. Sus amigos querían acercarse, pero la temían. ¿Me escucha? La temían. La Totia cogió sus cosas que estaban en el suelo y abrió la puerta del vestuario de los hombres. Vaciló. No entró. La cerró y abrió la del vestuario de las mujeres, miró a la platea y les sonrió dulcemente. Entró. Hizo callar los corazones de los verdugos amedrentados. ¡Qué día! Inolvidable, querido paci… ¡Ah! Veo que ya está “más p’allá que p’acá”. Antes de que se vaya, escuche esto: ¿se 59 ! Vanesa se acerca a la mujer en el suelo con la intención de ayudarla. Sin embargo, ella se alza rápidamente. Aún lastimada, Vanesa se da cuenta de que no es una mujer como las otras. La mujer se alza y Vanesa la reconoce, es La Totia. “¿Usted…”, “Estoy bien, no se preocupe.” – no deja que Vanesa termine la pregunta, le contesta limpiando lo que, a lo mejor, son las gotas de lluvia que le escurren sobre el rostro. Coge la bicicleta del suelo, se monta y, antes de irse, Vanesa pone sus manos sobre el manillar, como si sujetase un toro por los cuernos, sus manos tocan las manos de La Totia que entonces, finalmente, la mira con atención, “Espera”. La Totia la reconoce. Silencio. No hay tiempo. “Ya se lo he dicho. Estoy bien.” – La Totia evita mirarla, “Perdón.”, vibra el aire como si fuera Javi hablándole. No la quiere mirar, mira al suelo. “Tengo prisa. Permiso”. Vanesa suelta el manillar y La Totia se va. Vanesa la ve desaparecer bajo la lluvia. La ambulancia con Javi llega al hospital. Luis está en la puerta de urgencias preparado para recibirlo. 66 ! Capítulo 18 Comisario Jerez ¿Usted de nuevo por aquí? ¿Ese doctor farsante ha tenido la osadía de enviarle de nuevo aquí? ¿Por qué ha vuelto? ¿Debido al vídeo de la madre de la niña? ¿No lo sabe? ¡Pobre! ¿Tiene la documentación? Por supuesto que no. No aprende, ¿no? No me interesa si estamos en la calle, en Santaya, en el infierno, en otra dimensión o en tu imaginación. No se debe andar sin documentación. Las personas nunca aprenden. ¡Puff! ¡Manos contra la pared, haga el favor! Le voy a cachear ¡Sí! De nuevo y todas las veces que yo crea que sea necesario. La autoridad aquí soy yo. ¡Cállese ahora! Muy bien. Sé que le ha hablado sobre el vídeo. Sobre la repercusión. ¡Cállese! Es mejor que se comporte o no le cuento nada más. Gírese, haga el favor. Brazos abiertos. Piernas abiertas. Eso es. Les estaba volviendo locos. El vídeo. Las miradas de la prensa, de la población, de los otros, otros países. Miradas extranjeras. Juzgadoras. Les volvía locos. ¿A quién? ¿Es imbécil? ¡A todos! Al inspector jefe, al alcalde, a todo el ayuntamiento. A todos. Los políticos son los peores. La prensa, buitres. Está listo. Usted está listo. Es un juego de intereses, especialmente en los años de elecciones. Usted no es tan imbécil, ¿no? Eso ya estaba claro, ¿no? Los que están en el poder y quieren continuar allí, fingen que todo funciona, que todo está bajo control. Para ser el más votado. Elegido. El video ya había circulado por toda la red, estaba en la televisión. No era solo un número más. Dejó el anonimato estadístico. Estaban furiosos. Hicieron ruedas de prensa en el ayuntamiento para asegurarles a todos que las investigaciones se estaban desarrollando bien, que estábamos muy cerca de descubrir la identidad del asesino. ¡Mentira! ¡Teatro! Los políticos de hoy poco saben de política. Hacen poca política. Para ser político hoy, hay que saber actuar. Puro teatro. ¡Silencio! Quien habla ahora soy yo. La verdad es que no teníamos ni una pista, ni puta idea de por dónde empezar. Discapacitados. No hay investigadores suficientes para resolver todos los crímenes. La prioridad son los casos más, digamos, importantes. Un asalto seguido de muerte no es considerado importante, por ejemplo. No para lo que es la vida en Santaya. No para las cosas que suceden aquí. No obstante, un asalto seguido de una muerte, filmada, ampliamente divulgada, bajo miradas extranjeras, esto sí es importante. Pero ya sabíamos quién era el culpable. ¿Investigación? ¿Qué investigación? Una investigación bien hecha llevaría demasiado tiempo. Los políticos no lo tenían. Elecciones. No sería posible. Es imbécil, ¿no? ¿O no? A lo mejor es del tipo que prefiere cerrar los ojos. Es más fácil así, ¿no? Me impresiona cómo nadie la ve. O 67 ! finge que no la ve, prefiere no verla. La realidad. ¿O piensa que esto existe solo en otros lugares? ¿En los países en vía de desarrollo? ¿Subdesarrollados? Como si los seres humanos que viviesen aquí fuesen diferentes de los seres humanos que viven allí. El inspector jefe me había llamado, sentí el agobio en su voz, como si tuviese una pistola en su cabeza. Gritaba como un loco. Bueno, no era el tipo de hombre que sabía hablar sin gritar. Me daba órdenes para que encontrase al culpable, sin importar que lo fuera o no. No importaba. Quería que encontrase un culpable. A nadie le importaba, esa es la realidad. Un culpable que no le importase a nadie. Esa era mi misión. Sencilla. El sistema nos ayuda. La propia gente nos ayuda. La prensa, tan exenta, tan fingidamente exenta nos ayuda. A lo mejor, usted también. Atrapar a un culpable, elegir a un culpable es fácil. A ver, acompañe mi raciocinio, preste atención, es la oportunidad que tiene para que yo no le tome por imbécil: categorizan a la gente. Hay grupos bendecidos, malditos. Hay gente muy querida como también hay gente poco querida. Existe la mayoría y existe una minoría. ¡Atención! La minoría. Aquellos que los ciudadanos de bien prefieren que sean olvidados o – esa es la mejor parte – condenados o eliminados. Ejemplo de justicia. Ciudadanos de bien. Ese temor nos es tan útil. Esos inocentes con un gran potencial de culpabilidad se encuentran tranquilamente en las minorías. Nadie les quiere. Nada les protege. Ni leyes, ni nada. Son invasores. Agravante. Aunque nacidos aquí, son extranjeros. Derechos mínimos. Sin embargo, mi misión no era solo esa. Entre los gritos del comisario jefe - ese sí que es un imbécil, un gran hijo de puta; me di cuenta que podría aprovechar el momento para arreglar otro problema. Ya hacía un tiempo que no recibíamos la gratitud de los comerciantes, la contribución mensual a nuestra organización. La mayoría de ellos estaba rechazando cedernos ese gentil beneficio. Era culpa de la dueña del Bar Kappa. Esa sí era claramente culpable. Carolina. Usted sabe de quién hablo. Sé que lo sabe. La esposa del Dr. Luis. La hija del fundador del bar. Ese sí era un hombre honrado. Cumplía con sus obligaciones. Nos pagaba siempre con puntualidad. Sin reclamar. Muy simpático. Carolina ha organizado reuniones secretas. Secretas. Me hace gracia. Yo estaba al tanto de cada reunión. No era invitado. Siempre hay traidores. Ellos hablan. Siempre hay cobardes. Ellos hablan, ellos nos temen. Sin embargo, temen todavía más a la libertad, temen no estar sometidos a nadie sino a sí mismos. Miedo del riesgo que es vivir por cuenta propia. Como yo. Miedo del trabajo que da a uno crear sus propios medios para sobrevivir. Como yo. Entonces es más fácil dejar todo como está. Como hice yo. Ya está. He intentado advertirle. Carolina. La amenacé. De nada funcionó. ¿Quiere saber la verdad? Yo la admiraba. Yo la envidiaba. 68 ! Su fuerza. Sueños, optimismo, determinación. ¡Qué gracioso! Era exactamente eso lo que tendría que exterminar. Como lo exterminaron en mí. ¿A quién quiero engañar? No quiero encontrar un culpable. Yo soy el culpable. Yo he exterminado todo eso en mí. Ahora iba a exterminarla. Este sería el mensaje a los otros. El fin. Su fin. El de Carolina. Despertarles su instinto de supervivencia. Es casi infalible. Son pocos los que logran controlar ese tipo de susto y seguir adelante. Retroceden como ratas delante de un incendio. Vuelven a su escondrijo, creyendo que allí estarían a salvo mientras la casa arde. Olvidan que su escondrijo está dentro de la casa. Así que tenía dos misiones: encontrar al asesino de la madre de la niña del vídeo y dar un ultimátum a esta historia de los comerciantes. Me di cuenta de que la prensa estaba hambrienta por el terrible asesino de madres, que tan pronto le presentásemos, vivo o muerto – preferentemente muerto porque esos no pueden declararse inocentes; ellos, los periodistas, se quedarían ciegos por dos, tres días, ahogados en sus propias noticias, en su vanidad. Esa gente ciega, la gente de bien, eructaría satisfecha. Y el ruido de ese eructo se esparciría por todos los sitios, virtuales o no. Distraídos. Nadie sabría sobre la horrible fatalidad que le pasaría a la dueña del Bar Kappa. Un asalto. El asaltante la sorprendería y ella reaccionaría. Muerta. ¿El asaltante? Forajido. Nunca le encontraríamos. No importa. Eso ya no sería noticia. Otra opción sería que el asesino de la madre de la niña intentase asaltar a la dueña del Bar Kappa. Una llamada a la policía de un vecino cualquiera nos llevaría allí. Llegaríamos tarde, Carolina ya no estaría viva. Sin embargo, llegaríamos a tiempo para perseguir el ladrón asesino que dispararía contra nuestro policía que entonces le inmovilizaría. Legítima defensa. Legitimidad, siempre, del policía. El culpable, ilegítimo, siempre. Los detalles los forjamos nosotros y los aclaramos a la prensa. Tarea sencilla. El asesino de Carolina llevaría la misma pistola que mató a la madre de la niña. Todo de acuerdo con nuestros informes y pericia. Por una infeliz casualidad, los vídeos de seguridad no estaban funcionando aquel día. O si funcionaban, la calidad de las imágenes no era buena. O si lo era, el asaltante vestía una capucha, un pasamontañas. El resto: horas, distancias, orden de las acciones, todo eso es ajustable. Somos la policía. Lo importante es que pase todo en el mismo día. ¿Lo ha entendido? Ya lo sabía, ¿no? ¿O fingía que no? Usted no es imbécil. Ahora sí puede hablar. ¿Por qué me mira así? ¿Frialdad? No es frialdad. Es costumbre. Es acostumbrarse. Como el cuerpo se acostumbra a los dolores de una tortura. Como uno se acostumbra a los números de los asesinatos, a los números de la corrupción o del tráfico. Nos acostumbramos todos. O no vivimos tranquilos. Todo se convierte en natural. Tratar a los extranjeros, refugiados, gente de otros colores, creencias, lenguas, 69 ! mujeres, maricones, travestis, tratarles con asco, o mejor, maltratarles, humillarles, todo es costumbre, que se convierte en naturalidad y, después, tradición. No es frialdad. Contribuyo con los números, las estadísticas. Contribuyo manteniendo los miedos y prejuicios. Prefiero verlo como un trabajo de mantenimiento. Sin embargo, no soy yo quien está en la base, sujetando todo eso. Usted sí. Así que le pregunto: ¿No es tan frío o aun peor que yo? Elegí hace mucho tiempo ser parte de un sistema. Corroído. Corruptos. El sistema y yo. Usted no, ¿no? Mi frialdad. Ustedes son todos iguales. Todos imbéciles. Sabe, la noche anterior a aquel día, antes de acostarme, hablé con Vanesa. Como siempre lo hacía. Como era nuestra costumbre. Ella estaba sentada al pie de la cama, sin mirarme, parada. Algo le pasaba. Ya hacía un tiempo que algo le pasaba. Hoy me doy cuenta de tantas cosas que no vi entonces. Una vez ella me dijo que sentía que algo le pasaba a Javi, que a lo mejor el niño estaba enamorado. Eso era bueno, le dije. Que lo deje enamorarse, le dije. Haría una investigación. Ella, yo no. Me acuerdo de que me reí. Hice bromas, la abracé y la besé. No hicimos el amor. Hacía tiempo que no hacíamos el amor. Un tiempo después, una otra noche, llegué a casa y ni ella ni Javi estaban. Envié un mensaje a Javi. No me contestó. Imaginé que estaría con su chica. Déjale vivir un poco. Llamé a Vanesa. No me contestaba. Podría estar con sus amigas. Decidí no preocuparme. Si necesitase algo, me llamaría. Hoy me doy cuenta: ¿Qué amigas? Vanesa y yo no teníamos amigos. Creo que, en algún momento, la olvidé. Olvidé cómo era ella. Igual olvidé cómo era yo. ¿Por qué mierda no le pregunté lo que pasaba? ¿Por qué no le pregunté cómo estaba? No lo sé. Cada día que pasaba me hablaba menos. Y hoy me doy cuenta de que se movía menos. A veces miraba a la nada. A veces parecía que ella quería decirme algo, compartir un secreto. Al fin, insistía el silencio. Por su parte. Por mi parte. Yo tenía miedo, por eso no le preguntaba nada. No quería saberlo. Lo que ella pensaba, lo que le molestaba. Tuve miedo. Siempre el miedo. Quizá ella no me quisiese más. Ya no era lo mismo. Yo. El matrimonio. ¿Y si ella me quitase a Javi? Decidí callarme y callados nos hundimos juntos, llevados por la corriente del silencio. Hoy recuerdo que ella me dijo que sintió un dolor. Frotaba sus manos en sus rodillas, sus piernas. No las movía bien. Hoy recuerdo que Javi una vez vino a decirme que Vanesa pasaba mucho tiempo acostada o sentada mirando a la nada. Malditos recuerdos. ¿Y nuestro amor? ¿Dónde estaba? No lo sé. No la entendía. ¿Frialdad? Era ella la que se volvía cada vez más y más fría conmigo. Dura conmigo. Su mirada casi nunca se rompía. Sólo cuando miraba a Javi. Sus ojos ganaban un poco de vida, mezclaban un poco de dulzura con un poco de perdón. Su boca forzaba una sonrisa. Eso solo cuando miraba a nuestro hijo, nuestro Javi. Llegaban a charlar. Una charla corta. 70 ! Yo les observaba en esos instantes. Veía que Javi tampoco la entendía. Por supuesto, el chico estaba enamorado, tenía la cabeza en las nubes. ¿Y la mía? ¿Dónde tenía yo la cabeza? ¡Joder! Recuerdo una vez que ella le abrazó de un modo… no era normal… parecía una despedida. Un escalofrío me invadió. Era mi instinto de policía. Las pocas veces que me acerqué a ella, se cerró. No sé el porqué. Claro que lo sé. Claro que sé el porqué. Todo empezó a demolerse cuando le hablé sobre el dinero de los sobres. Desde entonces su mirada hacia mí cambió. Me pidió que se los entregase siempre. Me pidió que no le preguntase lo que hacía con el dinero. Confié en ella. ¿Frialdad? Hoy me doy cuenta de que poco a poco Javi también se cerraba. A lo mejor, lo hacía instintivamente, siguiendo a su madre. A lo mejor por otra razón. La razón que sólo después entendí. Demasiado tarde. Hoy me parece claro que ella sabía todo lo que sucedería. ¿Cómo? No lo sé. Creo que su silencio era un modo de confiar en la vida. Confió su vida. La perdió. Perdidas, las de nosotros tres. Una familia. En menos de algunas horas. Eso me duele. No soy un hombre frío. No tengo un corazón de hielo. Les quería, eran mi familia, mis amores. La noche anterior a aquel día, le conté a Vanesa todo lo que sucedería. Como de costumbre, aunque ella ya no me hablase más, ni me mirase más. Ella me escuchó en silencio como todas las noches anteriores desde aquella en la que llegué en casa y nadie estaba. No la abracé. Si yo hubiera sabido todo lo que pasaría… le habría dicho que la quería más que a mí vida. Le habría dicho que me arrepiento de no haber mandado a la policía a tomar por culo. Coger el dinero sucio, hacer otra vida. ¿En serio me pregunta eso? ¡Me cago en el puto dinero! Ahora eso no importa. No sé lo que ella hacía. Nunca se lo pregunté. ¿Qué más da? ¡Tanto da! ¡Ahora ya da igual! ¡Joder! No la abracé. Ella estaba al pie de la cama, sentada de espaldas a mí. Ni una palabra. Ni un ruido. Hubo un momento, un instante de reacción. Cuando le conté lo de eliminar a Carolina. Entonces ella me miró. Sin decirme nada, me pidió algo. No sé el qué. Apagué la luz de la lámpara y la noche me pareció más oscura que lo habitual. Me levanté, me acerqué a la ventana y no vi la luna. Es curioso, estaba seguro de que fuese una noche de luna llena. A lo mejor estaba escondida. Sí, se escondía. O escondía algo. No lo sé. Vanesa, creo. La luna, creo. Las dos. Era raro, el aire parecía denso, pesado. Recuerdo sentirme cansado, como si estuviese hechizado. Cuando desperté, Vanesa seguía todavía allí, al pie de la cama. La luz del sol la tocaba, su pelo brillaba. Quise tocarla. No lo hice. Mis nervios se aplastaron con el peso de su silencio, indiferencia. Ahora, dígame: ¿quién es frío? No sabía lo que hacer. No la entendía. ¿Qué le pasaba? No lo sabía. Algo le pasaba. En la cocina desayune, recuerdo el gusto amargo del café, de la realidad, recuerdo haber tragado mis 71 ! pensamientos cobardes, negros como el café. Me tragué mi miedo y todas las palabras. Me tragué las señales, los vellos que se pusieron de punta en mis brazos y nuca alertándome de algo. Me tragué todo con los ojos cerrados y elegí callarme y dejar para después cómo lidiar con eso, con ella. Dejé para después nuestras vidas. Salí para cumplir mi deber. 72 ! Capítulo 19 Doctor Luis ¿Por aquí de nuevo? No tengo mucho tiempo ahora, me esperan en el hospital. Por supuesto que sigo trabajando allí. “Nido de culebras” – decía La Totia. Venga, te voy a contar lo que le pasó. Antes una anfetamina porque quiero ser breve. No sé si por envidia, o prejuicio o ignorancia o todo eso mezclado – ellos sí que necesitaban diazepam, lorazepam, clonazepam o cualquier otro pam para calmarles – pero había un grupo de médicos en el hospital que maquinaban contra La Totia. Médicos que no salvaban vidas, sino algunas vidas, vidas elegidas, las más dignas. No eran todos los médicos al igual que no eran todos en la facultad los que convertían su realidad en un infierno. Pero, ese grupo de médicos, se aprovechaba de la ignorancia de los pacientes y alimentaba sus prejuicios. ¿Para qué? Para decir que una médica trans era un problema. ¡Mentira! Para decir que los pacientes no confiaban en ella. ¡Mentira! Dijeron que las personas no la entendían, no estaban todavía preparadas, educadas. ¡Mentira! Bromazepan para calmar a esas fieras. Encima, fingían tolerancia, aceptación con un discurso a favor de la diversidad, discursos bonitos sobre la falta de información acerca de gente como ella. “Gente como ella”, decían. Trans. Eso no sabían decirlo. ¿Sabes que las células cancerígenas son así? Fingidas. Quimioterapia. Radioterapia. La saludaban siempre. Una sonrisa y un cuchillo escondido. Ya le había comentado algo a Carol. La Totia y yo sospechábamos que estaban tramando algo, pero no podríamos imaginar que ya hubiesen tramitado una petición de alejamiento en el ayuntamiento. La razón fue muy bien escrita: “su condición promueve constreñimiento entre los pacientes y el equipo médico, aturdiendo, por lo tanto, la relación médico-paciente e interfiriendo en el buen transcurso de los tratamientos, cirugías y consultas”. Te lo aseguro, hay médicos que deberían ser abogados o políticos. Mucha fluoxetina para seguir viviendo. Todo eso firmado entonces por el nuevo director del hospital. Un hombre relativamente joven. Hay jóvenes con la mentalidad de la inquisición. ¡Cuidado! Todo eso fue hecho en contra de la mejor neurocirujana de la ciudad. No importa si ella salvaba vidas. El antiguo director, el que le contrató, ese sí era ya mucho mayor y, contra todos los pronósticos, contra todos los clichés, tenía una lucidez, claridad, una humanidad que me ilusionaba. Que ilusionaba a casi todos allí. Para él, La Totia siempre ha sido más una médica que un problema y, a su vez, ella siempre ha sido más que una médica. Ella ha aprendido los procedimientos burocráticos del hospital, quería luchar por más recursos, una mejor infraestructura, mejores salarios. Con 73 ! el aval del antiguo director, abrieron un centro de apoyo y tratamiento para personas trans. ¡Por supuesto que no ha hecho solo cosas para ella! “Para ella”. Me encanta cómo piensan las personas. Es ridículo lo que voy hacer, pero te diré solo una parte de las mejoras que ella nos trajo. Por ejemplo, una guardería 24 horas no solo para los niños de los trabajadores del hospital sino para los niños de los pacientes que pasaban por allí. Un equipo de última generación. Cursos para que los profesionales mejorasen. Naturalmente que eso atrajo la atención de la gente. Periódicos. Periodistas. El volumen de pacientes creció. Nos encontramos con enfermedades desconocidas, raras, poco comunes y entonces desarrollamos un departamento de investigación. ¿Te acuerdas? Hospital público. El dinero estaba, de hecho, siendo bien utilizado. El antiguo director tenía un buen carácter. La Totia, su brazo derecho. Sí, confieso que sí. Me siento muy contento cuando recuerdo todo eso. Logro hasta sonreír sin la ayuda de ningún medicamento. Entonces, parecía de verdad que la humanidad tenía salvación. Poco a poco ella logró el respecto de los pacientes y médicos. De los buenos, claro. De los que saben poner su ego de lado por un objetivo mayor: cuidar del otro. ¿Qué pasó? Te lo cuento. El antiguo director tuvo un derrame cerebral. Y en ese mismo hospital, participando del cuadro de los posibles sustitutos, los posibles nuevos directores, había un médico con más ansia de poder que de servir. Medio médico. Ese hombre – si es que le puedo llamar así – era el padre del chico con el que La Totia tuvo la discusión delante del vestuario. Ya sé que Peslo te lo ha dicho todo. Hora perfecta para un derivado de morfina u opio. Lo vi todo. Cómo él se contentó en silencio cuando supo de la muerte del antiguo director, momento fatal. Sus ojos sonriendo y mirando a La Totia como si fuera carnaza cuando fue alzado al pedestal. Medico chacal. Nombrado nuevo director. La Totia entonces me confesó que sabía ya su destino. Seguramente todo sería diferente si ella hubiese continuado trabajando en el hospital. El día de la tragedia no habría existido. Estoy seguro. No me vas a creer, pero tuve un presentimiento la noche anterior. ¿Me continúas tomando por drogadicto? Eso no tiene nada que ver con los ansiolíticos que tomo para callar mi boca, o a los psicotrópicos para callar mi alma. Mis emociones siguen aquí, conmigo. Emociones medicadas, por supuesto, pero, después de que el efecto se termine, siguen aquí. Yo tuve un sueño. Veía a Carol en el bar, veía a ese hombre armado entrando. Le apuntaba con la pistola. Conversaban antes. No recuerdo exactamente las palabras. Recuerdo que era una conversación muy irónica. Se provocaban sin miedos. Sin la noción de los riesgos. Carol carolineaba. Era así que La Totia Así llamábamos a cuando ella nos contestaba rápidamente, astutamente. Carol haciendo carolices. Yo la quiero. Mujer 74 ! zorra. Con cada provocación, con cada contestación perfecta, el hombre se enfadaba más. En el sueño. No en la realidad. De repente la atmósfera cambiaba y vi la neblina invadiendo el bar. Frío. Era glacial, de un momento a otro. Sueño polar. Miraba a los lados y me daba cuenta de que las paredes habían desaparecido. Arriba, el techo desapareció. Nevasca. La nieve caía en cámara lenta sobre nosotros, dentro del bar, emblanqueciéndonos a todos, a todo. Ya no podía escuchar lo que ellos decían. El ruido de mi cuerpo temblando era más alto. Vi al hombre prepararse para disparar. Benditas sean las benzodiacepinas. Fue un sueño. Ha sido un sueño villano. Pesadilla anunciada. Carol reaccionaba. En el sueño. En la vida, no tuvo tiempo. Me dijeron que ella no tuvo tiempo cuando todo sucedió. En la vida. Espera, estoy confuso. ¿De qué hablábamos? ¡No! No es culpa de los medicamentos. Yo soy un médico. Tengo control absoluto de todos los efectos de la medicación que tomo. Además, es provisional. ¡Ah! Te hablaba del sueño que parecía una pesadilla. Aquel día sí que fue una pesadilla. Quise despertarme. No era posible. ¿Sabes qué?, pensando mejor sobre esto, sobre esta pesadilla - no la que pasó en la realidad, la que tuve yo en el día anterior - no fue una pesadilla sino un sueño. Porque en mi sueño, Carol tomaba la pistola de la mano del hombre y lo mataba. La realidad no ha sido así. Ella me habló sobre la última amenaza que Jerez le hizo. Discutieron delante de La Totia. Discutieron sobre todo eso que tú ya sabes. Jerez sacó la pistola para amenazarla, ella rápidamente le quitó la pistola y se puso detrás de él, haciéndole una llave. Imagina ese hombre siendo asfixiado por los pequeños y ágiles brazos de Carol. Brazos femeninos. Subyugado a una mujer, ahogado por una fragilidad inventada. Seguramente su machismo pretencioso se atragantaba. Estoy demasiado eufórico. Yo la quiero mucho. Un calmante ahora solo para seguir con tranquilidad. La Totia cogió la pistola del suelo y la apuntó a la cabeza de Jerez. ¿Qué será lo que pensaba él entonces? Daría la vida del nuevo director del hospital para saberlo. Sí, la del nuevo director. La mía no. La mía vale mucho más que eso. La Totia – me dijo Carol – gritó que parasen. Carol – me dijo La Totia – gritó para que ella lo matase. “Somos familia”. Nadie la entendió. Yo sí. Yo lo sabía. Ella me contaba todo. Sabía que Javi era el hijo de Jerez. Eso no fue un sueño. Eso sí pasó. Aun sin entenderlo, Carol soltó a Jerez. En ese momento se condenó sin saberlo. No tenía ni idea de lo que estaba por venir. Carol le soltó y Jerez cayó al suelo, su sitio, arrastrándose en una búsqueda por aire. Imagínatelo. Jerez en el suelo. La Totia se le acercó y apuntó hacia las cámaras de seguridad. “Vete y olvídanos” – le susurró – “Vete y olvídanos”. Entonces Amadeu llegó y los vio a todos y a todo y seguramente nada entendió. Carol me dijo que Jerez les miraba con asco. La mujer, la 75 ! dueño de la habitación, el retorno imposible a mi casa, a mi pasado, tragué mi condición de refugiado. Tragué el asco por tener a La Totia cuidando de mí, el odio a mí mismo, por ser así y por permitirme vivir todo aquello. Tragué también a ese Dios viejo que me ha enseñado a odiar, a los otros y a mí mismo. Todo era amargo. El frío se volvió polar. Mis pensamientos erupcionaban. Tragué el maldito té hasta que no tuve más en lo que pensar. La Totia me acostó y se quitó, delante de mí, toda su ropa. No tenía más fuerzas para hablar, ni gritar, tampoco llorar. Yo estaba a su merced. Me sentía aplastado en la cama, temblaba tanto que no podía moverme. ¿Ya te has sentido así? ¿Te parece raro? Pues, no te vas a creer lo que pasó después. La vi desnuda. Cuerpo entero. Su cuerpo construido. Era bello. De hecho, era un ángel. Desnuda, caminó hacia a mí, desnudándome de cualquier emoción. Se acostó a mi lado, su cuerpo raro, medio tibio, medio frío, me abrazó. Entrelazó sus piernas con las mías. Yo desistí. Me entregué a su fuerza, pechos, sexo, muslos, pies… todo. Me abrazaba con fuerza, me abrazaba para calmarme. Me calmó. Me di cuenta de que su intención no era sexual. Me calmé. Cerré mis ojos y me permití relajarme en sus brazos. Nos vi desde arriba, acostados tranquilos en la cama. Cerré una vez más mis ojos y, desde arriba, vi mi piel cambiando, se volvía transparente, translúcida. Me acerqué a mí, flotando sobre mí, y pude ver a mis pulmones llenos de pequeñas raíces entrelazadas en ellos, como si fuera un alambre de espino. Eran raíces negras, podridas, olían mal, chupaban mi sangre. Me sentí mareado. Me di cuenta de que una luz azul brillaba en mi boca y empezó a esparcirse bajando por mi garganta, estómago y tomando poco a poco mi cuerpo. Conforme el brillo se acercaba a mis pulmones, las raíces que estaban paradas, empezaron a moverse como pequeños tentáculos, como animalitos asquerosos, gusanos que se retorcían para protegerse de la luz. El mareo creció y me sentí mareado como nunca antes en mi vida. Parecía que tenía todo el océano dentro de mi estómago moviéndose densamente, pesadamente, formando una tormenta tremenda, un tsunami. A esa altura, todo giraba. Sentí un vértigo repentino y abrí los ojos y estaba en la cama. No sé bien dónde encontré fuerzas, pero me levanté y corrí hasta un cubo en el que guardaba el material de limpieza. Vomité. No fue un vómito normal. Perdona, sé que no es el mejor tema para hablar en una conversación entre amigos, pero fue así. Vomité todas las raíces que estaban en mis pulmones, todo lo que me pesaba, me mantenía parado, que no me dejaba seguir adelante, que no dejaba al aire entrar, circular y renovarse, renovarme. Vomité pequeños gusanos negros que me quitaban la fuerza, quitaban el aire de mi cuerpo y mi cabeza y, por eso, no lograba pensar claramente. Fue doloroso. Perdí mucha sangre, mucha vida que había vivido, sin 82 ! embargo, a cada chorro, me sentía exquisito, purificado. De algún modo, supe que mejoraría. La mano de La Totia sujetaba mi frente, ambos desnudos, arrodillados, yo delante del cubo, ella a mi lado viendo todo, oliendo todo. La habitación olía como si yo hubiese vomitado cadáveres. Ella siguió a mi lado, cuidando de mí. Me sentía demasiado débil, pero la miré y la abracé. Llorando, le pedí perdón. La Totia me salvó, amigo. 83 ! Capitulo 21 La Totia ¡Por fin! Finalmente, Lonea me ha dado voz. Obviamente sabes quién soy. Escucha mi voz, mira mi cuerpo, mis manos. Mira mis ojos, la forma en la que camino. No pertenezco ni a un lado, ni al otro. Soy los dos. Sabes quién soy. Exacto. La Totia. ¿Mi nombre real? ¿Qué dices, cariño? ¿De nacimiento? Lo que necesitas saber para mantener una conversación conmigo es solo que La Totia es mi nombre verdadero. Debes tratarme siempre en femenino porque es así como soy, femenina. Debes. Porque yo lo quiero así. Como muchas cosas que tú quieres y las personas hacen por respeto a ti. ¿Por ejemplo? Tratarte de acuerdo al género con el que tú te identificas. Para ti, soy La Totia o Doctora La Totia. Por más que le pueda doler o sonar raro una médica trans. La mejor de Santaya. El título, de verdad, no me importa. Me importa el logro. Me importa que vean que yo soy otro tipo de realidad. Posible. Sin embargo, no es eso de lo que quiero hablarte. Este tema, de verdad, ya está ultrapasado. Ni deberíamos más discutir por eso. Hace años que, cada vez más, existen Las Totias por ahí, saliendo de la oscuridad, estudiando y penetrando en la sociedad. A fuerza, claro. Y siento informarte, pero continuará siendo así más, más y más. Quiero hablarte sobre Javi. No soy de hablar mucho sobre mí, compartir este tipo de información o detalle de mi vida, pero sé para lo que Lonea me ha traído aquí y voy a utilizar este espacio para hablarte de Javi. Este sí es un tema del que vale la pena hablar. Ya estaba trabajando en el bar con Carol, mi hermana, creo que la has conocido. Amadeu me ayudaba a coger más bebidas del almacén del bar que se encontraba fuera, en un callejón lateral, como si fuera una caseta. Fue allí donde conocí a Amadeu accidentalmente, pero esa es otra historia. Mientras cogíamos las bebidas, yo vi en la esquina a un chico parado, parecía perdido, “uno más perdido por las calles de Santaya” pensé yo. Estaba con su bicicleta blanca, bajo la luz de una farola y miraba la entrada del bar. Cuando nos vio, me lanzó aquella mirada de curiosidad, no la curiosidad pervertida o juzgadora que me suelen lanzar, sino la mirada que solo los jóvenes tienen. Ojos curiosos para entender, para acercarse y conocer. ¿Sabes de qué hablo, tesoro? Un brillo de curiosidad, una vida de invencibilidad. Todos nosotros ya hemos tenido esa mirada alguna vez en la vida. Unos siguen teniéndola, independiente de la edad. ¿Yo? Encantada, siempre. Sin embargo, desconfiada, por supuesto. Le entregué las llaves a Amadeu y le dije que continuase. ¿Por qué no le ignoré? Es decir, era Santaya, ¿qué tipo de ayuda le daría si estuviese perdido? En Santaya poco se puede hacer para 84 ! ayudar a alguien que esté perdido. No sé la razón por la que fui a hablar con él. Algunas decisiones son tomadas por instinto o por alguna otra razón que no sé cuál es. Es como si tuviese que hacer eso, hablar con él. Actuar un papel que me ha sido dado. No lo sé. Yo le miré con cara de pocos amigos. Soy así al principio, no me importa si me gustas o no. Y tú no vas a creerme. Antes de que pudiese decir cualquier cosa, él me saludó y me sonrió. ¡Que sí! Yo a la defensiva y él armado con aquella sonrisa. Era muy propio de él hacer eso. Fue muy de Javi, esa simpatía, dulzura espontánea… ¡Qué guapo! Me detuve. ¡Te lo juro! Él, entonces, se acercó a mí - siempre con su bicicleta blanca a su lado – y algo raro pasó. Una brisa me tocó antes que él llegase. En esa brisa, sentí su olor antes de que él me tocase, antes de que él se pusiese delante de mí. Un olor mezclado de perfume y sudor, un ligero sudor, como el del final de un día caluroso, pero no de verano, o como el sudor de alguien que se duchó y después anduvo en bici. Y, sin que él lo supiese, ni se diese cuenta, ya no solo se había acercado a mí como también entrado en mí. Su olor perfumado me despertó el olfato, me invadió, inundó mis pensamientos, disparó mi corazón, y creó esa atmósfera densa, llena de neblina a mi alrededor. Y entonces surgió él, caminando como un caballero. Conforme se acercaba, él me cercaba. Y no lo sabía. Aquella sonrisa. Sus ojos apretados por las mejillas alzadas por sus labios… Madre mía… ¿Romántica? Bueno, sí, a veces puedo ser un poco romántica. ¿Te parezco romántica? Es que si vieses su sonrisa. Su sonrisa me desarmó. Encima, me dijo: “No me malinterpretes, pero eres muy guapa”. Es un recuerdo precioso. No preguntó mi nombre, no hizo ningún tipo de juicio, no me dijo nada ofensivo o malicioso como las cosas que yo estaba acostumbrada a escuchar, a vivir. Fue un elogio genuino. Lo sé por causa del tono de su voz. ¡Qué voz! Sin embargo, no quité mi cara de sospecha, ni el peso de los labios que cerraban mi boca e impidieron una sonrisa. Yo seguí dura a pesar de su dulzura y él dulce a pesar de mi dureza. Bueno, solo entre nosotros, cariño, te confieso que por dentro estaba completamente rendida a aquel chico. Caída delante de él, sin que lo supiese. No se dio cuenta. Charlamos un poco, él perdido, yo estremecida por dentro. Le dije que haría una presentación aquella noche y él decidió quedarse. Cuando volví dentro del bar, corrí para el camerino. Estaba emocionada. Necesitaba esconderme. No lo sé lo qué pasó, no sé lo que me pasó. Por primera vez todo me pareció genuino, verdadero. Mientras me preparaba, me quedé desnuda y me miré en el espejo. Sabes que todo eso que ves aquí en mí, no a nuestro alrededor, tesoro; todo eso, esa belleza, es resultado de mucho trabajo, mucho esfuerzo para poder ser quien soy, para sentirme como soy, estar como soy. La mayoría ya se siente como es, ya está como es. Yo no. Esa espontaneidad de Javi, su 85 ! naturalidad en tratarme, todas nosotras queremos ser tratadas así, con naturalidad, y es tan difícil. ¿Sabes la razón por la que él me trataba como a alguien igual? Porque no le han enseñado a hacerlo diferente. O, a lo mejor, le han enseñado y él no lo aprendió. O le enseñaron y él se lo tomó como si no tuviese importancia. No lo sé. Nunca se lo pregunté. Nunca hubo necesidad de que este tema, el “ser trans”, fuese una razón para una conversación seria. No lo era. ¿Por qué? Porque él lo veía como algo natural, me veía como una posibilidad más del ser humano. No lo sé. No era un tema. No había estigma. No había peso. Las cosas que pasan contigo, pasan conmigo también. Nos enfrentamos a los mismos problemas. ¿Puedo ser? ¿Tú me dejas ser? ¿Vosotros me dejáis ser? “¿Ser qué?”,”¿Ser quién?”, me preguntas. No te interesa. No le interesa a nadie qué o quién quiero ser. Dejadme solo ser. Que pueda vivir. Yo. Tú. Todos. Después de mi presentación, Javi vino a hablarme, me dijo que le encantó todo, me dijo que deberíamos quedar al día siguiente en el ayuntamiento de Santaya. No le entendí. “Tiene que ser al principio de la tarde”. Yo insistí: “¿Por qué en el ayuntamiento?”, “Para casarnos, por supuesto. ¿No lo sabes? En el ayuntamiento se realizan los matrimonios. ¡Ah! Debería preguntarte si aceptas casarte conmigo, ¿no? ¿Es esto lo que falta?”. Perdona, es que me hace gracia recordarlo. Así como me río ahora, me reí cuando le escuché hablando. Madre mía. Tenía 36 años entonces. Yo, claro. ¿Javi? Cariño, no lograrás deprimirme hablando sobre la diferencia de edad. “¿Qué piensas? ¿Que soy una chica fácil?” – le contesté recomponiéndome – “No sé nada de ti y tú tampoco de mí. Sin embargo, como tengo la tarde libre, allí estaré. No para casarme. Todavía.” Y así engatillamos una conversación llena de planes. Hablamos sobre familia, hijos, perros, gatos, casa en la playa, en la montaña... hicimos planes no solo para esta vida sino también para muchas otras. Encarnaciones y reencarnaciones. Me dijo que me regalaría un coche caro, le contesté que no sabía conducir. Me tocó el brazo, se acercó a mi oído y me susurró que no era un problema. Nada de mí, nada en mí era problema bajo sus ojos enamorados. Ahora, dime, ¿no tendrías curiosidad por un chico así? ¿Cómo resistirse a un chico así? Un chico que me hace volar, con el que construir castillos, alejarme de la dura realidad. Dijo entonces que me regalaría una bicicleta, la mejor, la más increíble ¿yo qué sé? Ya estaba completamente entregada y él ni lo sospechaba. Le dije, un poco avergonzada, un poco seductora, haciéndome un poco la princesita, con una voz baja, que tampoco sabía conducir una bici. Él me miró asustado. Se alejó un poco, “Tenemos que cancelar la boda” – por un segundo me lo creí – “Temporalmente. Mañana quedamos en el ayuntamiento y empezaremos las clases de bici. No puedo casarme con alguien que no sabe montar en 86 ! bici.”. Era un payaso. Eran en esos momentos, en nuestras charlas fantásticas, que me enamoraba más de él. Sabes que, con un poco de imaginación, podemos vivir tanto. Puede ser en 10 minutos o en una hora, da igual. Compartir esos anhelos, sueños, deseos, es un juego que nos permite volar juntos. Luego despertamos y volvemos a la realidad y todo está bien, todo sigue. Todo bien con que sea solo una ilusión pasajera. ¿Qué no es pasajero? ¿Qué no es ilusión? Las mejores cosas lo son. Y, a lo mejor, las peores también. Sin embargo, son en esos juegos en los que las ilusiones desvelan las intenciones y así nos conocemos más el uno al otro. Y, ¿por qué no?, conocernos más a nosotros mismos. Como los niños cuando juegan. Con Javi yo me divertí como nunca antes. Nos casamos, tuvimos hijos, fuimos ricos, pobres también, siempre juntos, claro; nos peleamos por celos, por control, por el nombre del perro y, luego, encontrábamos paz en los brazos y abrazos imaginados y en los reales también. Todo sería concretado algún día. Entonces, después de todo lo que vivimos, él cogió mi mano, la sujetó firme, me miró a los ojos y me besó. Perdona si me emociono. Es que… él no quiso saber mi nombre verdadero, ni si estaba operada o no, lo que tenía entre mis piernas… cuántos mililitros de silicona o si mis tetas eran naturales. No me dijo “hasta pareces una mujer de verdad”, pensando que eso es un elogio. Tampoco me preguntó cuánto costaba el servicio, asumiendo que yo fuera una prostituta. “¿Cuánta cuesta la hora? ¿Follas o te follan? ¿Los dos?”. No me preguntó nada de eso. No tocó mi cuerpo como si estuviese disponible para todos. Sí, él lo sabía desde el inicio. Él entendía que ser mujer va mucho más allá de nacer en un cuerpo de mujer, de tener un coño. ¡Coño! Lo que me hace mujer no es un sexo o tetas sino una serie de rasgos que nombramos como femeninos. Yo me identifico con ellos. Identificación de mente, espíritu, latidos, pulsión. Mi cuerpo es una consecuencia y está a servicio de lo que soy. No sé si es orientación, si son deseos, no lo sé, una vocación. ¡Opción no! No es una opción. No hay elección. No acepto más ser apartada de todos, discriminada por hacer lo que quiero con mi cuerpo. ¡Mi cuerpo! ¡Mío! Y si quiero tener tetas, cariño, si quiero quitarme la polla o no, es problema, decisión y derecho mío. No creo que el sexo sea hecho con la polla, el coño y el culo. Todo nuestro cuerpo puede ser sexual. Todo. Los dedos, la mano, las tetas, los pechos, los muslos, las ingles, ¡Madre mía!, todo nuestro cuerpo puede proporcionar placer. Limitadas son las personas. Va mucho más allá de follar. No te asustes con mi vocabulario. Soy doctora, pero no soy santa. Soy mujer, pero no soy santa. Sexo es rozar, tocar, oler, penetrar, lamer, besar, abrazar, atar, rozar de nuevo y presionar y apretar y pellizcar y restregar y morder y... ¡joder, estoy cansada! Es siempre la misma ignorancia perpetuada. Vieja historia, 87 ! repetida. Perdona, es que son tantos años de lo mismo, la misma ignorancia, los mismos miedos. Miedo de los otros hacia mí. Miedo de lo que los otros puedan hacerme porque tienen miedo de mí. Jamás admitirán que tienen miedo. ¿Y tú? ¿Qué quieres saber? ¿Lo mismo que todos? ¿Cómo nos amábamos? ¿Cómo follábamos? Esa curiosidad… ¿Te pregunto a ti cómo follas? ¡No! No te lo preguntaré, pero si quieres decírmelo… Bueno, puede estar bien saberlo. Un intercambio de experiencias y, ¿por qué no?, imaginarlo mientras te escucho. Guarradas nos pasan a todos. Javi me tocaba con ganas. Entendí que le encantaba explorar mi cuerpo, investigar cada rincón. Corría mi piel con los ojos cerrados, contento de perderse en mí. Con él me sentí amada y deseada. Amada. Buscábamos todos los modos posibles de fundirnos el uno con el otro y nos fundíamos. Era un sexo donde él dictaba el ritmo y yo la intensidad. Éramos generosos. No había un compromiso con corrernos. No había papeles premeditados, sin compromisos pornográficos, sin reglas, es decir, nuestras reglas, las creábamos, las entendíamos instintivamente, guiados por el hambre el uno del otro. Podríamos pasar horas así. Él se corría, yo no, yo sí, él no, los dos sí, los dos no. Disfrutábamos. Podríamos ser rápidos también. Dependía del día, de las ganas, del contexto. Éramos elásticos físicamente, temporalmente. Follábamos adaptándonos siempre. Y había más. Había amor, ternura, cariño. Javi era lo suficientemente valiente como para darme el afecto que yo buscaba. Conversaciones. Me dio las palabras que siempre quise escuchar. ¿Cómo él lo sabía? No lo sé. Yo le quería. Cada vez le quería más. Y él a mí. Le quiero todavía. Creo que una vez que quieres a alguien, seguirás queriéndole aunque no estéis juntos. Al menos para mí es así. Y eso no me impide querer a otro. Es como si hubiese bastante espacio dentro de mí para tantos amores como yo quiera. ¿Sabes que el día anterior a aquel día, le presté a mi hermana mi cargador del móvil? Pues, estábamos en el bar y cuando ya me iba, ella quiso devolvérmelo. Le dije que no era necesario. Se lo dije porque sabía que no tenía otro en su casa. Luis lo había cogido y llevado al hospital. Un cargador. Esas cosas del día a día. Ella me avisó de que me iba a quedar sin batería, “Puede ser que me venga bien. No creo que vaya a morir por estar un día sin móvil.” – le dije ya yéndome. De hecho, no me morí. Al día siguiente vestí la falda que él me había regalado. Cuando me la regaló, me dijo que la había comprado por casualidad. Estaba perdido por la ciudad y se detuvo cerca de un vendedor ambulante, en la calle, un extranjero. Él le preguntó si necesitaba ayuda. El vendedor a Javi. ¡Qué irónico! Ellos son los que más necesitan ayuda y parecen ser los que más la ofrecen. Empezaron a charlar y al final, Javi compró esa falda. Creo que para ayudarle. O porque de hecho le pareció bonita o porque quería regalarme algo. 88 ! No lo sé. “Pura casualidad”, me dijo. ¿Será? ¿Será que la vida es una consecuencia de accidentes? No lo creo. Yo soy una reacción a todas las acciones a mi alrededor. No soy así por casualidad. Existe una razón. Existe una lógica. Sin embargo, no la entiendo, le quería tanto. Él fue la prueba de que yo podía amar. Yo puedo amar y ser amada. Había desistido de amar. Tesoro, fue solo a los 36 años que tuve mi primer amor: Javi. Luego entendí que hay gente que vive el amor a los 16 y otros que lo viven a los 40, 50 o más. No hay edad, pero existe la certeza de que nos sucederá en algún momento, al menos una vez en nuestra vida. Lo echo de menos. Me emociono porque tengo rabia, siento un odio hacia la vida por haberme enseñado el amor y después quitármelo. Odio hacia el mundo. Cómo me trata, cómo nos trata. Lloro por todas las que son como yo. Y por saber que, a pesar de todo, soy privilegiada por la hermana que tengo, que cuidó de mí, por haber podido estudiar, por los amigos que cuidaron de mí… a pesar de todo. Odio hacia mi padre. Odio al saber que le perdí por ser yo, por ser quien soy, porque soy. El odio me mueve. El amor… le sigo queriendo. A mi padre. A Javi. Carol. Luis. Es confuso. Está todo dentro. Mezclado. Lloro por la madre que nunca tuve, que no recuerdo. El amor. Lloro por la falda que era fea. Ahora no sé si reír o llorar. Era muy fea, de verdad. No me importaba. Era la falda que él me había dado. Un regalo de pareja. Al fin y al cabo, soy como vosotros y eso me da rabia y lloro por eso. Siempre me he dicho que no debía llorar. Al menos no dejaría que me vieran llorando. No iba llorar. No puedo llorar. Pero, ahora, no puedo parar, tampoco esconderlo. ¡Madre mía! Tenía un estampado de flores… la falda. Parecía la cortina de la casa de una abuela. O la tela de un sillón antiguo. No sé si reír o llorar. ¿Cuántas de nosotras pueden salir tranquilamente a la calle a la luz del día? ¿Cuántas de nosotras pueden vivir sus amores y desamores y todas las posibilidades de la existencia humana? Humana. Humanos. Si quitamos nuestros cuerpos y dejamos viva solo nuestras mentes, ¿podríamos amar libremente? ¿A cualquiera otra mente? Él cogía mi mano siempre que caminábamos, paseábamos. Puede que te parezca tonto, pero era lo que más me gustaba. Caminar con las manos agarradas. ¡Basta! 89 ! Capítulo 22 Vanesa No puedo creer que esté aquí. Eres su paciente, ¿no? ¿Es Peslo quién te está tratando? ¿Lonea Peslo? No me lo puedo creer. Nunca le creí cuando me lo contaba. Tendremos que ser rápidos. Él nunca me deja hablar. Tuve solo una oportunidad, otro paciente, otro momento, no lo puedo creer todavía. ¿Es así entonces? Rápido. No te voy a decir mi nombre, él podrá escucharlo, darse cuenta y terminar con todo esto. Tendremos que aprovechar la oportunidad. ¿Cómo que quién soy? A ver, solo hay una mujer en esta historia a quien él no deja hablar. ¡Shhh! No pronuncies mi nombre. Seguramente te habrá dicho que sabe poco de mí, ¡mentira! Lonea no quiere verlo, nunca quiso. ¿Ver el qué? Es matemática: la verdad, la realidad. Ya sabes quién soy. ¡Rápido! Dime, ¿qué quieres saber? ¡Venga! ¡Pregúntamelo! ¿El dinero en los sobres? ¡No! No es esta la pregunta que me debes hacer. ¿Qué más da lo que hice con aquel sucio dinero? ¿Qué más da? Imagina lo que quieras. No es eso lo que importa. ¡No! Tampoco esa. ¿Da igual cómo me enteré de lo de Javi y La Totia? Invéntatelo. ¡Joder! Tampoco importa por qué no he hablado antes. Ya está. Ahora es tarde. Sigues haciendo las preguntas equivocadas. Si quieres, crea tú las razones para estas estúpidas preguntas. Hay pistas. Hay muchas respuestas. ¿Entiendes que eso no durará? Lonea no quiere escucharme. No a mí. Nunca quiso. Seguro que te ha dicho que lo abandoné sin decirle nada. ¿No? Por supuesto que no. Siempre contando la historia a su manera, la que le conviene. Siempre fue un hombre inteligente. Siempre osado en sus ideas, como Javi. Siempre que miraba a Javi le veía. ¿Qué te pasa? ¿Te sientes mal? Estás desapareciendo… ¿Me ves? dile que le quise mucho ¿Dónde estás? lo mismo que con el otro paciente embarazada él no, yo sí por eso me fui ¿Me escuchas? 90 ! seguí sola Jerez maravilloso juntos dile que yo le quería, a Jerez solo pude hacerlo, solo pude disparar porque le quería ¡Lonea, déjame hablar! ¡Cabrón! ¡Cobarde! ¡Ahora lo sabes! 91 ! echó una mirada de reproche. Y la mujer, él la reconoce ahora también. Era la mujer con la que se cruzó cuando huyó del disparo que era para ser para él o para cualquier otro como él, pero fue para Javi. Era la mujer a quien gritó “¡Quita!” y ella se quitó. Esa mujer que ahora tenía los ojos cerrados por causa de toda la sangre, carne y huesos estornudados. Estaba pintada con la sangre del policía. Con los ojos cerrados la mujer tenía Amadeu bajo la mira. La tormenta termina. Vanesa abre los ojos. Tiene la pistola apuntando a Amadeu. La baja, la pistola y la mirada. Ve al cuerpo del marido, hombre caído, con la mitad de la cabeza, con la mitad de su dignidad. No dice nada. Parece mirar sin ver. No mira a Amadeu que está detenido. Se acerca a una mesa, deja la pistola allí y sale del bar por la puerta de entrada. Camina. No hay prisa. Camina un poco sin vida, un poco perdida. Camina. En la calle, el aire huele a asfalto mojado, la ciudad está silenciosa. Es el silencio después de las tormentas. Los bloques se mueven dulcemente para ella y Santaya le abre espacio para que camine tranquilamente. Ella no elige ninguna dirección. Santaya la elige para ella. Santaya le conduce. Su mirada parece un poco perdida. Parece. No lo está. Vanesa sabe dónde Santaya la llevará. Camina. La Totia se acerca en la bici de Javi a la entrada de urgencias del hospital. Al lado de la puerta, sentado en un banco, está Luis. Cuándo la ve, se alza y se le acerca, “Te estaba esperando…”, “¡Al quirófano! ¿Cómo está su tensión? – le contesta La Totia echando la bici en el suelo, pasando por él, cogiendo el pasillo de urgencias con la desenvoltura de uno que está en su propia casa. “La Totia… ” – él no la sigue, “¿Ha perdido mucha sangre? ¿Qué área ha sido más dañada?”, “¡La Totia, espera!, “¡No hay tiempo que perder, Luis!”, “¡La Totia!” – su grito resuena por el pasillo, ella se detiene. Silencio. No le mira. “La Totia…” – le dice una vez más, ahora sin fuerza, dulce y fúnebre. Amadeu cae de rodillas, suda, pero tiene frío, toca con las manos el suelo del bar y este empieza a olear. Se marea. Intenta alzarse y casi cae nuevamente, se sujeta en la barra. Vértigo. La barra también se mueve, como si estuviese derritiéndose, como si estuviese mojada. Escucha sirenas. Las mismas que las del barco de la policía. Escucha los gritos, escucha las voces de todos los que estuvieron con él en la mar. Quiere desmayarse, entregarse. Jadea. No puede, no debe, tiene que salvarse. Ve a Carol, su cuerpo siendo tomado por el suelo licuado, parpadea, ve el cuerpo de Javi, parpadea, ve a Carol. Tiene que salvarse, tiene que salvarla. Mira a su alrededor. Todo el bar se mueve 98 ! como un barco, se derrite, se convierte en agua, las sirenas, las voces, busca algo, la mesa donde Carol hacía la contabilidad, camina con torpeza hacia allí, no hay donde agarrarse, todo es líquido, vértigo, quiere caer, no se deja, tiene que salvarse, tiene que salvarla, coge el móvil sobre la mesa, pulsa, “Servicio de urgencias, ¿en qué le puedo ayudar?”. Sentada en el banco en la entrada de urgencias, La Totia flota en un mar de memorias. No se mueve. Luis se le acerca, se sienta a su lado, le agarra la mano, sus dedos se entrelazan como fueran entrelazadas sus vidas desde jóvenes. Las manos se aprietan. Ni una palabra. El silencio de cada uno de ellos se exprime el uno contra el otro, les mantiene, como si fuesen dos murallas que solo no se desmoronan porque se sujetan. No se miran. Se respetan y se aman, solo eso. No lloran. Luis pasa la otra mano cariñosamente en el pelo de La Totia, “¿Y ahora qué?” – ella se lo pregunta, “Ahora intentan contactar con sus padres.”. “Sus padres”. A La Totia le vienen las imágenes del Comisario Jerez extendiéndole la mano, la pistola bajo la camiseta mojada, el cielo negro, la tormenta, Vanesa corriendo desesperada. Un escalofrío metálico, helado le recorre la columna, su corazón se dispara, “Carol” – murmura, “¿Qué?” – le pregunta Luis, “Dame tu móvil ahora, Carol corre peligro”. Luis se lo entrega inmediatamente. La Totia lo pulsa, se lleva el teléfono al oído. Luis mira atentamente a La Totia, a sus labios, tiene la esperanza de escuchar “¿Carol? ¡Gracias a Dios, mujer!”, sin embargo, ella sigue en silencio. Se da cuenta que La Totia se muerde los labios como si así pudiese cerrar su boca, evitando dejar salir la verdad: “No contesta”. “Dr. Luis” – le interrumpe una mujer del equipo del hospital – “hemos recibido información de que una ambulancia nos está trayendo dos víctimas de un tiroteo en un bar. Una de ellas parece estar en estado crítico, caso de óbito, la otra está herida en la cabeza y necesitará ser operada.”. Vanesa sigue caminando, Santaya la lleva para las afueras de la ciudad. Amanece en Santaya. La Totia sale del quirófano, lleva la bata, los guantes, la mascarilla y el gorro. Conforme camina por el pasillo en dirección a la entrada de urgencias, se los quita y los tira a la basura. Fuera, ella se sienta en el mismo banco donde estuvo con Luis. Apoya los codos en las rodillas, está cansada. Deja su cabeza caer. Coge aire. Lo siente todavía mojado, húmedo, pero fresco y ligero. Lo suelta. Mira adelante. Santaya. No se mueve. No se mueven. Ella y la ciudad. Las calles parecen vacías. Coge aire. Hay silencio. El silencio típico de todos los finales de madrugada, todos los inicios de mañana, silencio cargado de esperanza y tranquilidad. Un nuevo día, una nueva oportunidad. Ahora echa su cuerpo en el respaldo del banco, intenta relajarse. Deja que sus brazos caigan al lado 99 ! de su cuerpo. Mira arriba, al cielo, el día amaneciendo, el cielo dejando el negro de la noche y convirtiéndose gradualmente en azul. Limpio. Ya no hay nubes. Deja que su cabeza caiga para uno de los lados. Ve la bicicleta de Javi. Cierra sus ojos como si no la quisiera ver. “¡Gracias!” – abre los ojos y ve a Luis, le sonríe, se alza y se abrazan. Ve la bicicleta de Javi. “¡Gracias!” – le repite Luis. Se miran y ella le da un beso en la mejilla y camina hacia la bicicleta. La coge del suelo, pone sus manos en el manillar, sube y se queda allí, parada. Luis la mira. Ella mira las manchas en el cuerpo de metal. Mira adelante. Pedalea. Pedalea hacia la ciudad. Pasa por las calles paradas, por el asfalto ya sin vida. Mientras pedalea, prueba a soltar una mano del manillar. Intenta soltar la otra. Pierde el equilibrio, lo vuelve a agarrar rápidamente, toma el control. Lo intenta una vez más. Suelta la primera mano, continúa pedaleando, la otra mano se desliza suavemente por el manillar hasta que solo la punta de sus dedos lo sujeten, lo suelta, pedalea, dirige sin utilizar las manos, algunos segundos, pierde el equilibrio y cae. Cae con fuerza. Cae de acuerdo a la gravedad de sus emociones. Su piel se arrastra por el asfalto. Inercia. Las dos ofrecen resistencia, su piel y la de la ciudad. Inerte, su cuerpo caído, rodillas heridas, las palmas de las manos, pulso, codos rallados, sin embargo, la cabeza a salvo, los pensamientos siguen vivos. No desiste. No desistirá. No después de todo. Se alza, coge la bicicleta del suelo con un poco de violencia, un poco de brutalidad, no está enfadada, está determinada. La sube, pedalea. No quita las manos una por vez, sino las dos a la vez. Pedalea. Continúa. Y sus brazos que están al lado de su cuerpo en alerta para coger el manillar a cualquier señal de desequilibrio, sus brazos miedosos empiezan a relajarse y aceptar el riesgo. Poco a poco los sube, dejando que el viento pase por debajo de ellos, dejándoles alzarse como dos alas, abriéndolos. Ella sonríe. Ella llora y cierra sus ojos. Vuela. 100 ! Capitulo 25 Javi ¿Qué hago aquí? ¿Quién eres tú? ¿Lonea? Me suena, pero no recuerdo de qué. ¿Doctor? ¿Médico-poeta? Alguien me ha hablao de ti. No me acuerdo. ¿Qué hacemos aquí? ¿Cómo estoy? ¿Cómo me siento? ¿Por qué quieres saberlo? ¿Sabes por lo que he pasao? ¿Sí? ¿Cómo lo sabes? Y, si lo sabes, ¿cómo crees que puedo estar aquí? Lonea… Lonea… tu nombre me suena… me siento confuso todavía. To ha sido tan de sopetón. Algunos momentos es como si estuviera de luto. Siento una tristeza profunda por to lo que ha pasao, por haberlos dejao a tos. Parece que no son sólo los vivos quienes pueden vivir el luto. No lo sé, no piyo bien esos temas. A veces me da rabia. ¡Rabia, no! Odio. Por no haber podio seguir. Por ser interrumpio sin previo aviso. La muerte puede ser un inconveniente, especialmente pa el muerto. O no. No piyo na más, tío. Mi odio es solo por no haber podio seguir viviendo aqueyo que vivía. Por no haber podio disfrutar más el amor. Lo tenía. Lo tuve. La tuve. Oye, Lonea, el que to lo sabe, ¿sabes a quién quise? Todavía le quiero… Eso es. Muy bien. ¿Cómo lo sabes? ¿La conocías? Muchos veían con malos ojos nuestra relación. Me daba igual. Eya me corrompía, decían. Me encantaría que to el mundo fuese corrompio del mismo modo: con amor, cariño, pasión. A mí me gustaba. Decían que era poca vergüenza, inmoral, amor prohibio … ¿pa quién? ¿prohibio por quién? ¿Por otro ser humano como yo? ¿Yenos de virtudes y defectos como yo? ¿Otro chaval o chavala yeno de dudas y miedos? ¡Ah! Claro, el libro. ¿Palabras de Dios escritas por una mano humana? Tío, eso tiene un nombre: manipulación. Además, este Dios y Diablo están muy desactualizaos. Versiones antiguas. No les han refrescao la cabeza, no se dieron cuenta de que el mundo cambió. Mola mucho más la Wikipedia. Mola más la idea de convivir con lo diferente, aprender a desaprender pa aprender mejor. La tolerancia me yega a poner. La diversidad me pone. Lonea, tío, no te quiero convencer de na. ¡No! Esas luchas no son pa convencer a nadie de na. Son pa que sepan que las diferencias existen y que no deben ser eliminadas. Existe otras personas que igualmente viven y también tienen dignidad. Son pa que cada un aprenda a vivir su propia vida y que no se preocupen por las de los demás, que no se preocupen de lo que los otros hacen con su propio cuerpo. Que les dejen vivir. Dejadme vivir… Es Peslo, ¿no? Tu apeyido, ¿es Peslo? Lonea… Lonea… Sí, sé que puede parecer contradictorio que esté pidiendo respeto mientras hablo así de la creencia de los demás. Bueno, a lo mejor soy. ¡Qué bonito 101 ! eso que dices! Tienes razón, a lo mejor tos nosotros somos incoherentes. A lo mejor el ser humano es esto. ¡Qué majo eres! Me dijeron que a la mujer que quiero se quemará en el infierno. La yamaron aberración. ¿Sabías que somos unos pecadores? Nos miran juzgando. Nos juzgan mirando. ¿Cómo nos pueden juzgar después de ser juzgaos, tío? Es difícil. No lo sé. Parece ser difícil saber cuáles son los límites. ¿Opinión u ofensa? Me parece claro que ni yo, ni los otros, nos debamos convertir en seres obsesionaos con esos temas y volvernos dueños de la verdad y volvernos violentos. Tío, hay tantos temas mucho más importantes que saber lo que hacemos desnudos entre cuatro paredes. ¿Los otros? Eso es, los buenos ciudadanos, los ciudadanos de bien, guardianes de la moral y buenas costumbres. Es decir, ¿quién es bueno por completo? Yo seguramente que no. Y no tengo problemas en asumirlo. Espero que eyos perezcan. Que sus cuerpos se conviertan en comida, que sus cabezas se conviertan en abono pa que al menos sirva pa algo lo que tienen dentro de eyas. Claro que me enfao. Porque todo eso solo provoca sufrimiento. No, no creo que sea un cambio rápido. Me encantaría que lo fuese, tío. De verdad. La Totia y yo hemos hablao sobre eso. Estamos hablando de la mentalidad humana, las costumbres, normas, las reglas invisibles. No se cambian en diez, veinte años. Yevará su tiempo, como yeva esperar que se descargue la nueva versión de algo. Sin embargo, tío, lo estamos cargando, yo soy parte de la carga. Antes estaba en un porcentaje, ahora ya está en algo más. Y cada vez más. El nuevo acabará instalándose. El sistema mejorará. ¿Por qué me miras tanto? ¿Quieres decirme algo? ¿Estás intentando ligar conmigo, tío? Es que… mira… no pasa na, es que, no eres mi tipo y, encima, estoy enamorado de La Totia… ¡Qué pregunta difícil! ¿Qué quería en mi vida? Esta pregunta es demasiado seria pa alguien tan joven como yo. Tío, estoy de broma. Te la puedo contestar sin problemas. Quería ser un mejor ser humano. ¡No! Quiero ser un ser humano mejor. ¿Has escuchao? No he dicho un hombre mejor o un chico o una persona. He dicho un ser humano. Y creo que es esto lo que me hace diferente. No sigo las normas sobre cómo debo comportarme por tener una poya entre mis piernas. O sería un infeliz, un miserable, encarcelao dentro de lo que esperan de mí. Yo elegí, tío. Podría haber elegío seguir lo que esperaban de mí, de mi comportamiento, especialmente el sexual. Existen reglas flotando en el aire que respiramos. Son tóxicas y nos impiden que seamos quienes somos de verdad. Esas reglas, ese aire, eso es el mal. Es lo que impide el cambio, la evolución. Evolución humana. Yo elegí. O vivía pa los otros o vivía pa mí. O vivía dentro de las palabras de un libro que me hacían miserable o vivía dentro de mis propias palabras que me hacían un ser humano feliz y, por lo tanto, mejor pa los otros. Claro que no soy 102 ! gilipoyas y sé que cada uno vive una realidad diferente. Eso es, tío. He sido privilegiao. Cuando me enamoré de La Totia, fueron pocas las ataduras que tuve que romper dentro de mí. ¿Por qué? No lo sé. A lo mejor por la forma en la que me criaron. O no. Porque tuve amigos que crecieron en una familia o muy religiosa o muy tradicional y daba igual, compartíamos los mismos ideales. Me gusta pensar que es evolución genética. No, es solo una broma. ¡Qué curioso! Nuestra risa es parecida. ¡Qué raro, tío! ¡Mola! Y es por esto por lo que quiero luchar. Pa cambiar la realidad, pa que estas decisiones puedan ser verdaderas, fieles a uno mismo y no instituidas, embutidas. Yo lucho por mí y por cualquier otro ser humano. Lucho por La Totia. ¿Te has dao cuenta de que me sale la sonrisa cada vez que digo su nombre? Mi primer amor, tío. Amor de verdad. No fue una cosa que me volvió loco. Era aqueyo que dicen de la paz y tranquilidad que el amor debe tener. A su lao me sentía… te va a parecer ñoño, pero es lo que es, me sentía invencible, imbatible. Una vez me dijeron que éramos una pareja fuera de los patrones. ¿Padrones de quién? Eya cabía perfectamente en los míos. Mira, ese discurso, ese blablablá, ya es pasao pa mí y creo que pa gran parte de mi generación. No sé si tiene que ver por cómo nos criaron, ya te lo dije, en plan de que nuestros padres tuvieron un poco más de acceso a la información que nuestros abuelos, por ejemplo. Es que con Internet podemos hacer preguntas sin miedo. Podemos encontrar todos los tipos de respuestas. A lo mejor hemos crecío ya viendo todas estas posibilidades de vivir y no nos asusta como asustaba a nuestros padres, abuelos… no lo sé. Solo sé que cuanto menos conoces algo, más miedo tienes. Mi madre me dijo una vez que hay dos tipos de miedo: uno que te sirve de alerta, protección, pa que salves a tu vida o a la vida de otro ser humano; el otro, te pone en una prisión, te impide vivir, te impide conocerte a ti mismo. Eya me dijo esto, tío, y se levantó y empezó a irse, y me quedé en plan de “¡Hostia!, me has revelao algo que parece ser muy muy serio y ¿te vas así?”. ¿Qué hice yo? La yamé y le pregunté cómo sabría diferenciarlos. “Al primero no te dará tiempo ni de pensar. Actuarás por impulso, no tendrás control. Será tu cuerpo hablando y tendrás que dejarte yevar.” – y continuó yéndose, “¿y el segundo, mamá?”. Se detuvo, “el segundo es un miedo plantao por el mal. Es un miedo que te da tiempo pa pensar y crear monstruos en tu cabeza. Es un miedo que utiliza tu imaginación contra ti mismo. Sin embargo, al darte tiempo, debes utilizar la razón pa combatirlo. Y, si al pensar, te das cuenta que lo sientes porque no quieres fayar o decepcionar – pero no a los otros, sino a ti mismo – es porque este es tu camino. Es en esta dirección que la brújula de tu vida apunta y es de ahí que el mal quiere quitarte.”. Tío, me sube un escalofrío solo de recordarlo. ¡Madre mía! Eya no solo sabía de números. 103 ! No sé si puede servirte a ti o a los demás, pero a mí me sirvió. ¡Ah! ¿Ya lo sabías? ¡Chachi! La primera vez que me sentí atraío por La Totia fue cuando nos conocimos y tuve miedo. Tío, cuando la besé, mis piernas temblaban como temblaría cualquier cuerpo febril con una brisa fresca. Sin embargo, no temblaban pa que yo me fuese de ayí. Temblaban porque estaba haciendo lo que quería. Temblaron porque cargué el peso de la responsabilidad por mi acto, por mis ganas y deseo. Fui valiente y es esto lo que creo que está cambiando, somos más valientes en estos temas. Le pregunté una vez cómo fue todo eso pa eya, pa La Totia. Eso. Eso de conocerse, aceptarse a pesar de las normas, entenderse, buscar estar bien consigo… eya me dijo algo que me encantó: que todos nacemos cabayos salvajes y que poco a poco nos adiestran. Nos ponen sobre los ojos esas cosas que… ¿cómo se yaman, tío? En plan de que el cabayo mire solo adelante, eso que… no es tapa ojos… es algo como “anteojos”… ¡Ostras, tío! ¿No eres tú el doctor de las palabras? ¡Ah! “Anteojera”, eso es. Nos volvemos cabayos adiestrados con antojeras. Es una condición. Con las antojeras sobre los ojos, el cabayo solo puede mirar adelante, no ve nada a los laos. Las antojeras lo condicionan. Nos condicionan. Solo vemos el mundo dentro de las posibilidades que nos fueron puestas. Y me dijo que, si mantuviese la mirada así, acabaría sufriendo mucho. En plan de que pa eya poder ser eya, no le bastaba con esa visión de mirar solo hacia adelante. Tenía que saber, conocer lo que estaba a su alrededor pa poder entonces elegir cuándo y dónde mirar. Se dio cuenta de que pa poder ser eya, vivir fiel a sí, tendría que revisar todo aqueyo que le habían enseñao a lo largo de su vida y elegir lo que le serviría y lo que le perjudicaría pa vivir. De ese modo, eya se deshizo de sus antojeras. Eya se deshizo de su condición. Se descondicionó. ¿Existe esta palabra, Doctor? Se quitó su condición de ser humano adiestrado. Pensó y existió. Creo que alguien ya lo dijo, ¿no? Claro que no fue fácil, claro que no fue rápido. Pero me dijo que valió la pena. Entendió el mundo en el que vivía y aprendió a quererse. ¿Cómo no iba enamorarme de eya? ¡Hombre! ¡Qué mujer! Por supuesto que aprendió mucho conmigo también. Por ejemplo, a montar en bici. Tío, deberías haber visto una vez que salimos pa montar juntos y empecé a soltar el maniyar. Le daba clases en un aparcamiento abandonao. Eya se puso agobiadísima. Dijo que podría ocurrir algún accidente, que teníamos siempre que tener las cosas bajo control. Me reí entonces como me río ahora. “¿Crees de verdad que tienes el control de to en tu vida?” – le pregunté mientras giraba mi cabeza pa mirarla y, por supuesto, mientras me caía. Porque no sería yo si no me cayese mientras le hacía bromas. Torpe. ¿Cómo puedo ser tan torpe? ¡Ploft! Estaba en el suelo. Eya no me ayudó a levantarme. Se acercó a mi cuerpo tumbado, paró la rueda de 104 ! su bici al lao de mi cabeza, “¿Qué decías?”. Viéndola desde abajo, me pareció una diosa, tan guapa y con una sonrisa tan triunfadora, seguro que pensaba que me sentía un idiota. Pero no me lo dijo. Aunque me sentí así. Pero no se lo dije. Me yevé la mano a la cabeza y, mientras me levantaba, fingí que estaba mareao. “¿Javi?” – me dijo en un tono más serio – “¿Cómo te sientes?”. Yo di algunos pasos entrelazando mis piernas. Eya echó su bici y corrió en mi dirección y me cogió por la cintura. ¡Joder! Era lo que yo quería, tío. Como lo había planificao. Tan rápido como me cogió por la cintura, la desequilibré adrede, caímos en el suelo y me puse sobre eya. Lo piyó to y, claro, se cabreó. Empezó a darme un sermón y la cayé besándola. ¿Te parece moñas? Pues, prepárate que empeora. Le dije: “si yo no hubiese soltado el maniyar de mi vida, no estaría aquí contigo”. Eso sí es moñas. ¿O cursi? Tío, solo sé que soy así. A lo mejor debería ser yo el doctor poeta. ¿Eya? Se meaba. ¿Yo? Me meaba también. Es uno de mis recuerdos preferíos. ¿Ves? No es su cuerpo. Es decir, claro que su cuerpo era importante, pero no era lo principal. Un cuerpo es un cuerpo. Siempre habrá posibilidad de que encaje si es eso lo que te importa. Claro que el sexo me importa, pero existen tantos modos de hacerlo. Este es otro tema yeno de reglas invisibles. Solo nos causan sufrimiento. Encajes físicos siempre existirán. Busca en Google. Pero son pocos los encajes buenos de personalidad, mentes, espíritus, almas, no lo sé. Perfectos no lo serán y ahí está la gracia. Me di cuenta que esta es la gracia de relacionarse. Trabajar los encajes. Mejorarlos. Mejorarnos. Explorarlos. Explorarnos. La vida es preciosa por esto. Tos los seres humanos se encajan. De un modo o de otro. A lo mejor, es esto, lo que buscamos al fin y al cabo es acercarnos los unos a los otros, entrar los unos en los otros, invadirnos y dejarnos invadir. ¡Ay, tío! Yo qué sé. No soy sabio. ¿Por qué esa sonrisa? ¿Estás emocionado? ¿Por qué, tío? El doctor de las palabras aquí es usted. ¡Ja! ¿En serio? Bueno, si te recuerdo a ti cuando eras joven, te puedo decir que fuiste un chico muy majo. Mira, ya tenemos la risa parecida, el modo de entender las cosas y ahora el modo como hablo también, a lo mejor deberíamos hacernos la prueba de… espera… ¿te yamas Lonea? ¿Lonea Peslo? Perdona el silencio. ¡No! No hables. No quiero escucharte. ¡No! No me toques. Sé quién eres. Escucha, yo tengo un padre y una madre. Y les quiero mucho. Aunque esté aquí. Aunque esté así. No eran perfectos, pero me han cuidao mucho y me dieron, cada uno a su modo, mucho amor. A mi madre… sabía que algo raro le pasaba. No sé porque no le hablé. Creía que era algún problema entre los dos. No quería entrometerme. No me importa lo que eya hizo en el pasao, no me importa lo que vosotros tuvisteis. No tengo nada en su contra o en la tuya. Yo tuve un padre. Un padre que, seguramente, hizo elecciones equivocadas. Pero que fue 105 ! siempre un buen padre. Que me quiso, me protegió, cuidó, y enseñó valores completamente contrarios a su mundo, a la realidad en la que vivía. Yámelos como usted quiera. Yame a mi madre de imprudente, inconsecuente, a mi padre de asesino, de ladrón. Continuaré queriéndoles. Y así será. No me pida coherencia, Doctor. 106 ! Capítulo 26 El día siguiente Agua… agua... ¿Qué? ¡Ah! Sí, estoy despierto. Tengo sed. Tengo sed. ¿Hay agua? ¡Gracias, querido paciente! Me siento un poco mareado. Es normal. ¿Ha escuchado? ¿Nos ha escuchado? No quise… no sabía qué decirle, qué decirle a Javi. Le dejé hablar. Es un chico encantador. Estaba enamorado de La Totia. Ya lo sabe. ¿Cómo dos personas pueden quererse y no lograr vivir juntos? No, no hablo de Javi y La Totia. Hablo de Vanesa y de mí. ¿Ha pasado alguna vez por esto? ¿Querer a alguien y… es decir, cómo la vida nos permite enamorarnos de alguien tan diferente de nosotros? Es decir, ¿cómo puedo querer a alguien que no soy capaz de entender lo que me quiere decir, ni sus gestos, ni nada? Siempre pensé que ella me había abandonado. Esta es mi verdad. Una verdad que ya no es más verdad. No nos entendíamos. Nos queríamos. Éramos como dos titanes peleando todo el tiempo. A lo mejor le quería por no entenderla. A lo mejor le quería por desafiarme todo el tiempo. Sin embargo, era agotador. Sin embargo, ella era más fuerte que yo. Sin embargo, yo era más débil. De algún modo, ella despertaba todas mis fragilidades y yo me sentía a su merced, expuesto y vulnerable. Ella, no. Siempre callada. Lo poco que hablaba no lo entendía, no la entendía, entonces hablaba cada vez menos. Sabe, estimado paciente, no creo que haya una relación sin comunicación. Y no hablo solo de conversaciones, charlas, podemos comunicarnos a través de gestos. ¿Ve? El tratamiento era para mí. Todo el tiempo. Ella desapareció. Ella era muy buena desapareciendo. No, no fue en Santaya. Vivíamos en otra ciudad. Pero, esto no importa. Tuve rabia. Le odié por no hablar, por no intentarlo más. Perdone, no quiero ocupar nuestro tiempo con mis asuntos personales. ¿Seguro? Es que esta historia no es sobre mí. Bueno… más o menos… ahora ya sabe que soy parte de ella también. A lo mejor usted también. Efecto colateral. No lo sabía. Le he pasado el tratamiento, me he tratado, por casualidad. Estaba seguro de que me haría bien, pero no sabía exactamente cómo. Sí, a lo mejor es esto, muy bien, a lo mejor estoy curando mi rencor, mis celos, no estoy seguro todavía de lo que me curo… ¿por qué nombrarlo? No hay necesidad. No la hay. Y Javi… ¿Por qué ella no me lo dijo? Yo habría… no, yo no habría hecho nada… no sé cómo habría sido y no puedo perder tiempo intentado descubrir algo que no cambiará en nada todo lo que pasó. ¿Buscarla? Quizá. Le voy a contar lo que le pasó después de que ella dejase el bar. Vanesa caminó horas y horas durante la madrugada por las calles de Santaya. Pasos tranquilos. No había prisa. Ya no había razón para correr. Ya no había 107 ! - Su padre – muerto recientemente – le pagaba mensualmente; - Son atacados; - Ella muere. El marido de ella se convierte en alcohólico. Hermano se siente perdido, desesperado. - Accidente en coche => atropella al hijo del jefe de la “milicia”; - Le llevan al hospital / la cirugía es hecha por el marido médico de la hermana muerta – borracho; - La cirugía es un fracaso / el chico muere. El jefe de la “milicia” => problemas con los comerciantes que dejan de pagarle. => inicialmente un policía correcto, con carácter, buenas intenciones; => ve apresar a su mejor amigo / trampa por haberse negado a ser parte de la “milicia” Médico => pierde dos => chico atropellado => esposa - manos tiemblan; - mensaje de la esposa => accidente => vuelta para XXXX** => XXXX Chico / hijo del jefe de la “milicia” => se enamora de la trans. En la confrontación final, en el bar: médico, policía y hermano. Esposa del policía aparece y le mata.” *”Milicia” es la palabra que utilizamos en el Portugués de Brasil para nombrar al grupo de policías corruptos que extorsionan a comerciantes y bandidos. ** palabras que no logro descifrar. 114 ! Toda la historia se desarrolló desde esta nota, desde este sueño. En los primeros meses, no me preocupaba directamente de ella. Sin embargo, durante las caminatas por la ciudad o para ir y volver de la facultad, por ejemplo, me venían ideas, intuiciones, escenas, voces que anotaba en mi móvil. Casi siempre estaba escuchando música cuando esto pasaba. La música tiene este poder sobre mí, el de hacerme entrar en trance, me lleva lejos de la realidad hacia el universo de los personajes. A veces, estos momentos de epifanía surgían en sitios inesperados, como en la ducha. Otras, en conversaciones con amigos o familiares o extraños, charlas que nada tenían que ver con la historia. Escuchaba algo que accionaba algún tipo de alerta dentro de mí: “Leandro, presta atención, esto te sirve”. Además, añadí y mezclé historias de gente que conocía, historias que había escuchado, historias mías. Verdades y mentiras. Lo importante es que me inspirasen o tuviesen una función dentro de la estructura que estaba creando. La experiencia del Máster también fue fundamental. Con las clases de la Profesora Pilar Bellido, por ejemplo, entendí la importancia del compromiso social y político en el teatro contemporáneo, pero, por encima de todo el humano. Decidí intentar comprometerme conscientemente con todo lo que produzco, con estas cuestiones más colectivas partiendo siempre del individuo; este es mi camino natural. Decidí comprometerme en mis creaciones con las causas que, desde mi punto de vista, son las más urgentes, tienen un rasgo más humano y son esenciales para nuestro progreso como civilización. Decidí abrir los ojos. En mayo de 2016, hicimos un retiro creativo en Puerto de Santa María. Allí escribí los primeros dos capítulos del primer borrador del libro. La idea original era que el Doctor Lonea Peslo hablase con el lector/paciente a través de notas. Además, las recetas también estarían dentro del libro en forma de poesía. Este material se quedó guardado, parado, hasta que en septiembre lo retomé. Entre mayo y septiembre, viví uno de los períodos más difíciles de mi vida. Me descubrieron artrosis en la cadera derecha, y esto me trajo un desequilibrio emocional y espiritual de grandes proporciones, algo que nunca había vivido antes. Los ejercicios físicos siempre fueron el modo que tenía para quitarme todo el odio, la envidia, los celos y el rencor que estaban en mí. Ver imposibilitados mis movimientos, lleno de limitaciones, era algo que me desesperaba. Claro que había mucho de ignorancia por mi parte. Obviamente visité más médicos, que sólo confirmaban el diagnóstico, las poco animadoras proyecciones de futuro y la certeza de una cirugía para una prótesis. Eso me asustó. Me dislocó de mi contexto, realidad y pasé a vivir en un mundo de pensamientos e imágenes pesimistas. Todo dentro de mi cabeza. Mi autoestima 115 ! se suicidó. Mi expectativa de vida se redujo a poco más de 20-25 años. Me dejé comer por el gran bicho de la ignorancia. Mi cuerpo físico empezó a presentar otros problemas. Me dolía la espalda, tuve una contractura en el cuello que me daba mareos, vértigos. Caminar, algo que me complacía, me inspiraba, me daba ideas, se convirtió en algo doloroso. Empecé a sentirme débil. Además, las clases del máster habían terminado y, de repente, me vi sin una rutina. La sensación de pérdida empeoró. Por último y al mismo tiempo, conocí a un hombre maravilloso de quien me enamoré, dejando a un lado la única certeza que todavía tenía: volver a Brasil. Estaba en medio de una densa niebla. La última cosa que quería o podía hacer era continuar escribiendo el libro. Pensé en dejar el Máster. Seguramente había perdido la razón. Así fue durante mucho tiempo. Me sentía “suelto”, como si siempre hubiese vivido cercado por cuatro paredes, muy estrechas, que me mantenían de pie y, de repente, estas desaparecieran, sintiéndome pendido de un lado a otro, pudiendo caer en cualquier momento. Caer era el fin. Estaba loco. No lograba vivir el presente, estaba siempre en el futuro, en un futuro fantaseado, un tipo de delirio disfrazado, sufriendo las consecuencias de todo. Cuestionaba todo. El mundo no tenía ningún sentido. Al menos no como eran las cosas. La verdad es que no lo tienen y evitamos pensarlo. No creo en la casualidad, pero creer en la casualidad no significa comprenderla o conocerla en su todo, su razón. Por suerte, tuve a dos personas a mi lado todo el tiempo: mi hermana más pequeña, Mayara, que iba a vivir en Suiza y decidió en el último momento venir a Sevilla a vivir conmigo; y Alberto, mi novio. Si no fuese por ellos, no sé lo que habría sido de mí. Ellos me han cuidado en todos los sentidos, cada uno a su modo, cada uno a su tiempo. Fueron pacientes, leales, amorosos ¿Por qué lo hacían? En septiembre me sentí mejor, a pesar de todavía estar muy frágil. Tuve que separarme de Alberto. “Tuve” ¿Fui yo el que tenía que hacerlo? Sentía que le arrastraba conmigo. Hoy entiendo que me sentía inseguro, físicamente y emocionalmente feo, no me sentía a su altura. Era un ancla en su vida. Abandoné el amor para poder cuidar de mí. Prefiero pensarlo así. Poco a poco las soluciones e ideas para la novela volvían. El desamor me ayudó a crear una nueva rutina, disciplinarme de nuevo, encerrarme. Ya no tenía mi piso y vivía provisionalmente en el piso que mi hermana compartía con otros dos chicos. Al comienzo de diciembre tenía escrito el primer borrador y decidido que me iba a marchar de Sevilla. Había decidido pasar el borrador a un revisor antes de entregárselo al Profesor Carlos Peinado, mi tutor. Sin embargo, en una charla con mi compañero de Máster, Pepe, me convenció de enseñar el borrador al profesor antes de revisarlo. Esto 116 ! fue un error. No tengo total control de la lengua española y, además, el primer borrador había sido vomitado, es decir, lo escribí como me salió, de un solo golpe, con un castellano ítalo-luso-brasileño. El profesor me lo devolvió después de haber leído las veinte primeras páginas y, educadamente, me comunicó que no podría continuar leyéndolo debido a los numerosos errores de sintaxis. Le entendí. Además, hizo sus observaciones sobre lo que había logrado leer y aquí quiero mencionar tres: el narrador le pareció muy arrogante y esto podría provocar el rechazo del lector; las voces de los personajes parecían una sola voz, la misma que la del narrador; debería desarrollar más la idea de cómo funciona la ciudad para crearme seguridad al escribir sobre los acontecimientos en ella. La verdad es que no soy muy bueno lidiando con críticas, a pesar de que Carlos tuvo mucho tacto cuando habló conmigo. Sin embargo, tenía razón en todas sus observaciones. Me arrepiento de no haber pasado el primer borrador primero al revisor, como pensé en hacer inicialmente. Eso habría ahorrado tiempo al profesor y a mí. Decidí que pasaría el resto de diciembre sin pensar en el libro. El 15 de enero 2017 me mudé a Madrid. Tan pronto como llegué, decidí hablar con un amigo, escritor de éxito en Brasil, Marcelino Freire. Le conozco desde los 17 años, cuando trabajábamos en la misma agencia de publicidad en São Paulo. Quería saber sobre su proceso creativo, qué le ocurría; creo que fue un intento de buscar empatía, aliento, en alguien que admiraba. Además, me gusta pensar que tengo un modo de escribir parecido al suyo, al menos en sus relatos pues no he podido leer sus novelas todavía; seguramente él es una influencia para mis textos. Finalmente charlamos y hoy me doy cuenta de que fue una de las mejores decisiones que había podido tener. Él me enseñó el principal problema de mi libro diciéndome algo más o menos así: “Pero, no entiendo por qué el médico habla con el paciente mediante notas ¿Qué médico habla con su paciente a través de notas? ¿Dónde ocurre la historia? ¿Dónde están el médico y el paciente? ¿No te gusta escribir en primera persona? Entonces deja que el médico hable directamente al paciente, que le reciba en el sitio donde están, que le explique el tratamiento, que le cuide, que establezcan conversaciones”. Cuando escuché esto, mi cabeza se abrió y vi toda la historia contada de otra manera, una más cercana al modo en el que me gusta escribir. Así, hablar con Marcelino fue importante. Empecé a leer el primer borrador con esas ideas nuevas en la cabeza, tomando notas, quitando cosas, añadiendo otras, moviendo las estructuras. Por ejemplo, inicialmente, el día de la tragedia estaba todo en un solo capítulo. Cuando lo leí, me di cuenta de que eran demasiadas emociones, como si fuesen las tres películas de “Indiana Jones” a la vez. Tuve 117 ! que dividirlo en partes y esparcirlas por el libro, entre los efectos colaterales y las conversaciones del Dr. Lonea Peslo con el paciente. Al final, esta salida me posibilitó crear una estructura muy sólida, fundada en un ciclo que se repite y que organiza, a su vez, el propio tratamiento. También me di cuenta de que no lograría mezclar los poemas con la historia, al menos no en ese momento. Las dejé a un lado, pero mencionándolas en el libro. Existen aunque no aparezcan. A mediados de febrero empecé el segundo borrador. Lo terminé el 26 de abril. Las revisiones han ido en paralelo con Javier, un español que conocí en Brasil y que habla portugués. Era importante para mí que fuese alguien que conociese el portugués de Brasil. Javi ha revisado mi libro desde Corea del Sur, me encantan las posibilidades que la web nos da. Otro momento importante fue la última tutoría con el Profesor Carlos Peinado, antes de terminar el borrador final. Conversamos mucho sobre distintos aspectos del libro y él me mencionó un rasgo psicodramático –que yo desconocía– así como un aspecto alegórico, dos puntos de los que me gustaría hablar en esta memoria, aunque no estoy seguro de si tendré tiempo. Además, volvió a decirme que las voces de los personajes aún parecían la misma. Me sugirió una solución: insinuar que todo pasa en la cabeza del narrador. Al principio, rechacé la idea, no era lo que yo planteaba, las voces son verdaderas y temía que si el lector pensara que sólo era la imaginación del Dr. Lonea, todo perdería importancia. Sin embargo, con el paso de los días y mirando cómo fue el proceso de creación del libro al completo, me di cuenta de que esa cuestión ya no me pertenencia. Es decir, me di cuenta de que era la historia la que me pedía eso, como me pidió muchos otros cambios con los que no estaba de acuerdo. Por más cliché que esto suene –y suena– la historia, los personajes, ya tenían vida propia y yo –no sé exactamente a partir de qué momento cambiaron los papeles– estaba a su servicio. Esta constatación fue mágica y un gran ejercicio de desapego. ¿Qué hice yo? Llamé a mi hermana Mayara, que es una gran lectora. Le dije que tenía dos soluciones y que sólo serían aplicadas en el final. La primera era que, en la despedida, de repente, el paciente fuese desapareciendo y que el Dr. Lonea se sorprendiese y se viese solo. Dos o tres frases bastarían para esto. La segunda solución sería que el Dr. Lonea escuchase una voz llamándole durante la despedida, que le pasase algo parecido a lo que le ocurría a la voz de Vanesa, que el paciente desapareciese y que al final alguien le dijese que se despertase. Esta solución sería una insinuación de que el Dr. Lonea podría ser el 118 ! paciente de alguien, creándose así un ciclo no cerrado en sí, sino infinito. Seguramente usted ya sabe cuál de las dos soluciones utilicé. 2. Objetivos Inicialmente, considero importante distinguir dos tipos de objetivos: uno es el de esta Memoria Justificativa y otro los puntos que me propuse antes de escribir la novela. 2.1 Objetivos de la Memoria Justificativa • Objetivos principales: - Comentar y contextualizar el proceso de creación de la novela Colateral. - Hacer un breve análisis de los temas más relevantes desde el punto de vistas teórico y personal. - Desarrollar un pensamiento crítico de carácter personal a lo largo del trabajo. • Objetivos secundarios: - Mostrar la asimilación del contenido del Máster de Escritura Creativa de la Universidad de Sevilla. - Crear un trabajo de análisis con un lenguaje accesible, sin pretensiones y más informal, para que cualquier tipo de lector pueda disfrutarlo –sea un profesor o simplemente un curioso amante de la literatura–. - Durante la investigación, dar preferencia a libros y teorías desarrolladas por mujeres y personas trans. 2.2 Objetivos en la creación de la novela • Objetivos principales: - Desarrollar la novela desde el sueño que tuve en la primera noche en Sevilla. - Crear una novela que mezcle poesía, prosa, guion y prosa poética. - Crear una novela que aborde temas humanos. - Crear una novela que aborde temas socialmente relevantes y los cuestione. - Comprometerse con el combate de “las reglas invisibles”. 119 ! - Darme a mí mismo completa libertad de creación e imaginación. Lo real no es el límite, hay que experimentar. • Objetivos secundarios: - Crear personajes que engendren dudas en el lector, que cuestionen su mundo y a sí mismos a través de una naturaleza contradictoria. - Trabajar las personalidades y voces de los personajes para que puedan ser diferenciados con claridad (debilidad personal). - Trabajar la cuestión espacial (debilidad personal). - No olvidar el papel de la tecnología (móvil, internet, aplicaciones y etc.). - Evitar los clichés. - Evitar el melodrama. 3. ¿Dónde me ubico? Algunos llaman a la época en que nací y vivo la Posmodernidad, otros dicen que todavía vivimos en la Era Moderna. Existen también los que dicen que nuestro mundo es Líquido (Baulman, 2003). La verdad es que no me importa demasiado cómo llamen a este momento de nuestra historia, de mi historia. Sin embargo, existen dentro de cada una de estas teorías ciertos datos que me parecen importantes. Fragmentos que al reunirse me ayudan a ubicarme mejor en nuestro mundo. Creo que, en las décadas y siglos pasados, el ser humano se veía completo y estructurado. El mundo era sólido. Sin embargo, todo esto se rompió no hace mucho. El ser humano se descubrió frágil, hecho de cristal y se perdió. Hoy intenta juntar sus propias astillas. De partida esto no debería ser un problema pues siempre tuvimos en nuestras manos la capacidad de rehacernos, de reinventarnos. Además, no es la primera vez que esto nos ocurre: la Revolución Francesa, las invasiones bárbaras, las grandes navegaciones o el abandono de la vida nómada a causa de la agricultura, pueden ser ejemplos de los retos a los que nos enfrentamos en el pasado. Momentos en los que las relaciones tuvieron que ser repensadas, reformuladas. No obstante, el ser humano contemporáneo mira sus astillas y en vez de recogerlas o desecharlas, se detiene ante ellas, como si se diera cuenta de que tiene la oportunidad de construirse de un modo nuevo, dejando las cosas que ya no le sirven, que ya no desea. Piensa. Sabe que es el 120 ! momento de elegir cuáles de las astillas continuarán en su estructura y cuáles deben ser desechadas. Está probando y esto le asusta. En este apartado, intentaré crear una breve conversación entre ciertos puntos de la teoría de la Posmodernidad de Jean-François Lyotard y del Mundo Líquido de Zygmunt Bauman. Puede que parezca que poco tiene que ver con la obra, sin embargo, muchos de estos conceptos están reflejados allí. Las voces, por ejemplo, pueden ser fragmentos, las astillas que menciono; la sensación de que los personajes se confunden con el narrador, puede ser entendida como un rasgo de la liquidad contemporánea. Lo que importa es enseñar un poco el contexto existente a mi alrededor y cómo me relaciono con él. 3.1 El Mundo Líquido Como dije un poco más arriba, el mundo sólido se desmoronó. Según Jean- François Lyotard, en su libro La posmodernidad (explicada a los niños), ese momento se dio con la Segunda Guerra Mundial, en la Alemania que rompe con la Declaración de los Derechos de 1789 y crea los campos de concentración: Mi argumento es que el proyecto moderno (de realización de la universalidad) no ha sido abandonado ni olvidado, sino destruido, “liquidado”. Hay muchos modos de destrucción, y muchos nombres le sirven como símbolos de ellos. “Auschwitz” puede ser tomado como un nombre paradigmático para la “no realización” trágica de la modernidad. (Lyotard, 1986: 30). Y continúa: En Auschwitz se destruyó físicamente a un soberano moderno: se destruyó a todo un pueblo. Hubo la intención, se ensayó destruirlo. Se trata del crimen que abre la posmodernidad, crimen de esa soberanía, ya no regicidio sino populicidio (algo diferente de los etnocidios). (Lyotard, 1986: 31). Las atrocidades y monstruosidades cometidas no sólo en los campos de concentración sino también durante la Primera y Segunda Guerras Mundiales, la Guerra 121 ! Civil Española, nos hicieron perder la fe en los proyectos o grandes relatos que unían a la humanidad en un ideal. Debemos entender los grandes relatos o metarrelatos “las narraciones que tiene función legitimante o legitimatoria” (Lyotard, 1986: 31). De hecho, las décadas siguientes poco nos ayudaron a reestablecer la confianza en todos estos metarrelatos y en las instituciones y gobiernos que ellos legitimaban, muy al contrario: la Guerra de Vietnam, la Guerra Fría, la caída del muro de Berlín, las guerras en Oriente Medio, la frágil situación entre Israel y Palestina, la Guerra de Angola, la Independencia de India, las dictaduras en la América del Sur y, actualmente, lo que me gusta llamar de la “Nueva Guerra Santa” disfrazada de terrorismo y las Contemporáneas Guerras Civiles maquilladas como violencia social. “El impacto psicológico de los desastres tienen un potencial y una capacidad innata y creciente para desorientar, desarmar e incapacitar.” (Bauman, 2015: 227) ¿Cómo es posible entonces creer que la democracia puede funcionar, puede salvarnos, si actualmente nos da constantes pruebas de que no lo hace? No hay donde huir. Tampoco el socialismo funcionó. ¿Monarquía? ¿República? Todas suenan risibles y ridículas. ¿Hay todavía algún otro metarrelato que a lo mejor olvidamos? ¿Qué puede salvarnos, dirigirnos a un nuevo ideal humano? No lo sé. ¿En qué creer entonces? ¿Dios? ¿Cómo puedo seguir las reglas de Dioses de libros de hace miles y miles de años si vivo en una realidad completamente diferente a la de entonces? ¿Qué religiones son las que cierran los ojos a los avances y cambios humanos? ¿En quién debo o puedo confiar? Desconfío de todo: gobiernos, noticias, productos, personas ¿Usted no? La salida es la reconstrucción, es elegir lo que nos sirve y desechar el resto. La destrucción de los metarrelatos no sería algo tan duro de llevar si no fuese un ingrediente añadido inesperadamente a lo que, de hecho, nos quitó la solidez que todavía nos quedaba: Internet. Seguramente el surgimiento de la Red fue el catalizador de todo lo que vivimos hoy ya que, a pesar de la “liquidación” – Lyotard utiliza esta palabra – de los metarrelatos, los vínculos humanos todavía estaban establecidos sólidamente: Formamos parte del nuevo relato humano, que en épocas anteriores adoptó la forma de épica, saga o novela y ahora se exhibe en pantallas de televisión y monitores de ordenadores. El nuevo relato se crea en el espacio virtual. (Bauman, 2015: 15). La web ya nos ha transformado y continúa transformando nuestro modo de lidiar los unos con los otros. Los vínculos humanos se están licuando. Todo es más susceptible 122 ! de cambios, estamos menos dispuestos a someter nuestra personalidad en pro de la durabilidad de un vínculo, sea este emocional o por ejemplo laboral. Pero por encima de todo esto, hemos perdido los valores del mundo sólido, “lo que digo es más verdadero que lo que tú dices porque con lo que yo digo puedo ‘hacer más’ (ganar más tiempo, llegar más lejos) que tú con lo que tú dices” (Lyotard, 1986: 75) y no podemos evaluar moralmente las cosas una vez los hemos perdido (es lo que Bauman llama el factor de adiaforización): La variedad moderna líquida de adiaforización se moldea a partir del patrón de la relación consumidor-mercancía, y su eficacia depende del trasvase de ese patrón a las relaciones interhumanas. (Bauman 2015: 26). Esto es, en el Mundo Líquido tratamos los vínculos humanos como tratamos los productos. Los adquirimos, los consumimos y, después de satisfacernos, los desechamos ¿no? Es decir, ¿acaso no fue siempre así? ¿Las relaciones, los vínculos humanos, no fueron siempre un reflejo de las relaciones económicas? ¿No era el matrimonio, en el pasado (aún hoy en algunos países y culturas), un negocio, un acuerdo? ¿No eran los vínculos humanos en el Mundo Sólido reflejo de la economía de entonces? En otras palabras, mis abuelos tenían la misma ropa desde hacía 20 o 30 años y si se rompía, la arreglaban. Las amistades, camaraderías y matrimonios del mundo sólido eran aptos a los “arreglos”, duraban tanto como los productos consumidos, como el trabajo. ¿Será que ese rasgo efímero de los vínculos actuales no es sólo una oportunidad más que tenemos hoy para explotar? No creo que hayamos desechado la posibilidad de lo duradero y de los “arreglos”, sino que, en este momento estamos probando otro modo para luego poder elegir mejor. Bauman continúa: La moderna razón líquida ve opresión en los compromisos duraderos, los vínculos durables despiertan una sospecha de una dependencia paralizante. Esa razón le niega sus derechos a las ataduras y los lazos, sean espaciales o temporales. Para la modernidad líquida del consumo, no existen ni necesidad ni uso que justifiquen su existencia. Las ataduras y los lazos vuelven “impuras” las relaciones humanas, tal y como sucedería con cualquier acto de consumo que proporcione 123 ! ¿cómo no me di cuenta de esto mientras escribía? A lo mejor no soy yo el que escribo sino mi subconsciente. La última observación que quiero hacer al respecto del Dr. Lonea es que, en contra de la imagen del bufón que no participa de la vida, de la realidad, en el libro insinúo que el Dr. Lonea participa y participó de todas las realidades presentadas. Incluyendo la nuestra donde él tenía un perfil en el Facebook. 4.2 Amadeu Amadeu fue creado, inicialmente, como un personaje-soporte. Él sólo existiría en la primera versión de la historia para justificar el porqué del atropello del hijo del policía. Es decir, la intención era crear la persecución de Amadeu en la que, de algún modo, el chico se liaría y resultaría muerto. No obstante, nunca modifiqué su condición de extranjero y vendedor ambulante, vitales para esta historia. Lo curioso es que al ir modificando la idea, durante la estructuración de la tragedia, fue ganando más relieve, más importancia. Naturalmente Amadeu, junto a la voz del Comisario Jerez, se convirtió en co-narradores. Sin embargo, aunque sabía que Jerez tendría más espacio y peso, Amadeu lo conquistó. Confieso que este proceso ha sido uno de los más fascinantes dentro de la producción de la novela y confieso también que me di cuenta de todo únicamente al final. En el primer borrador, Amadeu tenía una personalidad más agresiva, resultante de su lucha vital y las injusticias que sufrió. Sin embargo, no estaba seguro de si de hecho esto sería verosímil. Es decir, seguramente está claro que la verosimilitud me importa cuando me conviene porque, obviamente, la abandoné en muchos momentos. El tema de los refugiados, de los extranjeros, de la xenofobia no me resultaba tan cercano. Aunque exista en Brasil un grado importante de xenofobia, no es tan patente como aquí. En Brasil, más que la xenofobia, lo que reina es el prejuicio de clase, me atrevo a decir, más que el racismo, aunque esto habría que discutirlo ya en otro lugar. Mi salvación vino en una de las defensas de TFM del año anterior en que la Profesora Pilar Bellido citó el libro Archipiélago de excepciones de Zygmunt Bauman, de nuevo Bauman persiguiéndome. Así, tras leerlo, me fue imposible mantener la voz de Amadeu tal y como estaba. Cito aquí tres partes que me influyeron mucho: 130 ! Quien se convierte en refugiado, lo es para siempre. Los caminos de regreso al hogar-paraíso perdido (o mejor dicho, ya inexistente) han quedado cortados casi por completo y todas las salidas del purgatorio que es el campamento de refugiados no llevan más que el infierno… (…) Los días se suceden vacíos uno tras otro si no hay perspectivas de futuro dentro del perímetro del campo. (…) Siempre que los poderes establecidos deciden que los exilados han dejado de ser refugiados porque “vuelve a ser seguro regresar” a su patria, que dejó hace tiempo de ser la suya y ya no tiene nada que ofrecer ni nada que ellos deseen o puedan desear. (Bauman, 2008: 34, 35). Y aquí cito la parte en la que me di cuenta que la voz de Amadeu debería ser, en principio, débil: (…) se ven despojados de todos los elementos de su identidad salvo de uno: el de ser refugiado sin un Estado, sin un lugar, sin una función y “sin papeles”. (…) pasan a formar parte de una masa amalgamada sin rostro. (Bauman, 2008: 37). Amadeu no podía tener alternativas. Él no podía elegir, al menos no como cualquiera que no sea refugiado. Volver a su país debería ser impensable, permanecer en un campamento debería ser una condena. Así, su vida en Santaya debía ser un infierno, consecuencia de malas elecciones y, cuando hubiese un momento en el que, a lo mejor, le podría engendrar alguna esperanza, este debería ser destruida. Bauman va todavía más lejos y afirma que los campos de refugiados son laboratorios donde los gobiernos e instituciones realizan experimentos de la vida líquida en su más puro extracto: lo efímero de las cosas que, en esto caso, paradójicamente, es constante: Allí no se experimenta con medidas de seguridad. Es algo más bien relacionado con nosotros, la gente corriente a la que todavía no han recluido en los campamentos de refugiados. (…) Vivimos en una transitoriedad permanente. En los campos palestinos, como bien saben, las personas nacen y mueren en un estado de transitoriedad. Toda su vida es una larga serie de sucesos transitorios. Ahora, en 131 ! los campamentos de refugiados de aquí, (…) se está experimentando cómo pueden vivir las personas bajo esas condiciones. (Bauman, 2008: 114, 115). Amadeu tenía que estar siempre desubicado, debía ser un hombre sin ninguna estructuración sólida, un hombre líquido y este hombre, por más carácter que tuviese –y él lo tiene tal y como muestra en su última voz – no podría gritar, no podría exponer inicialmente su lucha y violencia, no mientras no cogiese confianza con el paciente, con el lector. Amadeu es un personaje a flor de la piel y hoy me percato de que, de algún modo, yo siempre he sido un refugiado, como cuando de adolescente sufría el acoso de mis compañeros o como homosexual, o latinoamericano o… Siempre habrá una parte de mí que es minoría, refugiada. Me gusta pensar que esto nos ocurre a todos. 4.3 La Totia La Totia y Javi son personajes directamente contaminados por el libro Manifiesto Contra-Sexual del escritor y filósofo español Paul B. Preciado, nacido Beatriz Preciado. Lo leí hace más de cinco años y cambió completamente mi modo de entender mi cuerpo y, en consecuencia, el modo de vivir el sexo. Paul desarrolla una teoría que llama teoría contra-sexual, la cual se opone directamente a toda sexualidad establecida en la sociedad: La contra-sexualidad es también una teoría del cuerpo que se sitúa fuera de las oposiciones hombre/mujer, masculino/ femenino, heterosexualidad/homosexualidad. Define la sexualidad como tecnología, y considera que los diferentes elementos del sistema sexo/género denominados “hombre”, “mujer”, “heterosexual”, “homosexual”, “transexual”, así como sus prácticas e identidades sexuales no son sino máquinas, productos, instrumentos, aparatos, trucos, prótesis, redes, aplicaciones, programas, conexiones, flujos de energía y de información, interrupciones e interruptores, llaves, leyes de circulación, fronteras, constreñimientos, diseños, lógicas, equipos, formatos, accidentes, detritos, mecanismos, usos, desvíos… (Preciado, 2002: 19). 132 ! Unos dirán que tiene gran potencia feminista, pero yo prefiero decir que posee un fuerte rasgo humano: Paul nos libera de todos los rótulos sexuales creados socioculturalmente hasta llegar a nuestra esencia primordial que él llama de cuerpos parlantes. Me gusta entender los cuerpos parlantes como otro nombre para un término precioso que desgraciadamente en la actualidad ha sido tan violado que perdió su sentido ontológico: simplemente el de seres humanos. Antes de ser escritor –por ejemplo– soy gay, pero, antes de ser gay, soy un hombre, sin embargo, antes de ser hombre, soy un cuerpo parlante, un ser humano ¿Y cuál es el problema de que un ser humano ame a otro ser humano? ¿Cuál es el problema de que dos seres humanos se besen y se toquen? Seguro que si se pregunta así, muchas personas dirán que no hay problema alguno. No obstante, si les pregunto: ¿Cuál es el problema de que una trans ame a una mujer? O ¿Que dos hombres se casen? Seguro que las contestaciones presentarían muchas más divergencias. Este autor nos desnuda de los géneros y su sexualidad, considerados “aparatos inscritos en un sistema tecnológico completo” (Preciado, 2002: 20), ubicándonos como una materia física llena de posibles formas de manifestación sexual. Preciado va todavía más hondo y crea la dildotectónica: (…) es la contra-ciencia que estudia la aparición, la formación y la utilización del dildo. Localiza las deformaciones que inflige el dildo en el sistema sexo/género. Hacer la dildotéctonica una rama prioritaria de la contra-sexualidad supone considerar el cuerpo como superficie, terreno de desplazamiento y de emplazamiento del dildo. (Preciado, 2002: 41). En otras palabras, cualquier parte de nuestro cuerpo puede convertirse en un dildo y proporcionarnos placer a nosotros o a otros cuerpos parlantes. Y es dentro de esta mentalidad en la que desarrollé a La Totia y Javi. Otra influencia importantísima para la creación de la voz de La Totia fue el álbum “I’m a bird now” de Antony and the Johnsons, un grupo musical americano liderado por la cantante y pianista británica Anohni, conocida antes como Antony Hegarty. La canción que quiero mencionar trata directamente el tema de la transexualidad y fueron muy inspiradoras al construir la personalidad de La Totia. En “For today I’m a boy”, por ejemplo, pude zambullirme en la infancia del personaje y entender que, desde niño, ella ya era muy consciente de todo que pasaba a su alrededor y de lo que quería: 133 ! “ One day I’ll grow up, I’ll be a beautiful woman One day I’ll grow up, I’ll be a beautiful girl But for today I’m a child, for today I’m a boy One day I’ll grow up, I’ll feel the power in me One day I’ll grow up, of this I’m sure One day I’ll grow up, I know whom within me One day I’ll grow up, fell it full and pure” Mi primer contacto con el álbum fue en 2008, cuando vivía en San Diego, pero, entonces, no entendía todavía la importancia e intensidad de sus letras. Es curioso cómo algunas “artes” entran en mi vida e intuyo su importancia para mí, pero no es hasta años más tarde cuando vuelve y se desnuda ante mis ojos, mostrándose sin pudores con toda su potencia. “Hope there’s someone”, me sirvió para entender la soledad que La Totia sufría; “You are my sister”, su relación con Carol o la relación entre Carol y ella. La última observación que quería hacer sobre La Totia y que creo que es importante es que no quería caer en el cliché de la mujer transexual y encarcelarla en la triste imagen construida que se nos impone desde la infancia. Así como con Javi, la tomé del futuro que me gustaría que existiese: La Totia sería una médica trans y no sólo esto, sería la mejor neurocirujana de la ciudad, la mejor alumna, la más inteligente y la que mejor entendía el mundo de su alrededor, y, por ello, la que mejor sabía manipularlo. Esto se reflejaría en su lenguaje, que no seguiría la jerga trans, así como también elegí enfocar su voz junto a la de Javi en el amor que ellos tenían, más que en el sexo. Confieso que tuve que decir algo sobre el sexo, pero intenté ubicarlo como una suerte de curiosidad mórbida del paciente. Al final, en la historia, La Totia tenía que darse cuenta de que no podía controlarlo todo, e, inevitablemente, la sociedad la forzaría a entrar en la cárcel del estigma. No obstante, ella no se daría por vencida. 4.4 Comisario Jerez Jerez también fue otro personaje que modifiqué mucho tras leer el primer borrador. Es decir, en la primera versión, le daba mucho más atributo de víctima que de verdugo. 134 ! Mi intención era mostrar que él se desnudó de su humanidad debido a fuerzas externas. Sin embargo, me di cuenta de que desde luego existió presión del contexto aunque él la corroboró cuando eligió seguir allí. Así decidí que Jerez asumiría su lado frío y calculador desde el inicio, asumiendo totalmente la polaridad bien/mal; él llevaría la máscara de bandido. No obstante, en su última conversación con el paciente, intenté absolverle enseñando un rasgo de amor, de cariño, de la contradicción humana que intenté incrustar en todos los personajes. El comisario también es un personaje que refleja mucho en este momento en el que vivimos, de cuestionamientos éticos y morales. Sin duda, lo que está pasando en Brasil desde los últimos siete años, los escándalos de corrupción, el desvelamiento de un cuerpo social podrido por dentro, comido por tanta corrupción, de alguna forma fueron expuestos en este personaje. Seguramente Jerez también posee una fuerza alegórica, así como su familia. El silencio de Vanesa frente a todo que él le contaba. La muerte de Javi, el joven, el futuro, todo esto no lo hice a conciencia. Una historia de Brasil real y cercana fue la que me inspiró la construcción de Jerez. De hecho, lo que le ocurre a su amigo sucedió en realidad. Para él desgraciadamente no necesité soporte teórico: los propios periódicos con sus noticias políticas y policiales me bastaron, y también incluyo aquí la información cotidiana de España. No creo que existan países no corruptos, sino diferentes grados y formas de corrupción. Jerez no es un ejemplo de nada sino una constatación de hasta dónde nuestra naturaleza puede llevarnos –hasta el punto de parecer que uno puede perder su humanidad– a la vez que poseemos, dentro de nosotros mismos, el poder de redimirnos y reinventarnos dentro de nuestras propias contradicciones. 4.5 Dr. Luis Quise que Luis fuese un ser humano lúcido. Puede parecer que he cogido a este hombre de aquel futuro optimista que ya mencioné, pues al final él es un hombre consciente de la lucha feminista, de las trans y del contexto político y social en el que vive; lo cierto es que este tipo de hombres existen en la actualidad. Uno de mis mejores amigos lo es. Quería que Luis fuese un hombre con su parte femenina muy desarrollada. No me gusta para nada la dicotomía de lo femenino y masculino, me parece más interesante la idea oriental del yin/yang, que no permite la asociación incorrecta de cada lado con un género. Luis tenía su naturaleza yin muy viva y lo sabía y se sentía muy 135 ! cómodo con esto. Es decir, tenía un alto grado de inteligencia emocional y empatía que le permitía flirtear de modo divertido con la ideología presente en nuestro lenguaje. Quise entender mejor la historia del feminismo y la imagen de las mujeres construida por los medios y para esto utilicé el libro de la Profesora Asunción Bernárdez Rodal, Mujeres en medio(s) –Propuestas para analizar la comunicación masiva con perspectiva de género. Esta obra igualmente me preparó para el desarrollo de la voz de Carol. Entendí que la lengua y el lenguaje nos sirven de aristas para encuadrar el mundo. Una vez que logramos reinventarlas –reciclando y creando nuevos conceptos– ampliamos el área dentro del cuadro y podemos ver más. Es como aprender una nueva lengua. Palabras nuevas, conceptos que no existían en nuestra lengua madre, la elasticidad, cambia nuestra percepción de mundo. Y la Profesora Rodal nos expone de forma muy clara y didáctica todas las raíces patriarcales, sexistas y androcentristas que sujetan las aristas de nuestro cuadro: Cuando hablamos de lenguaje e ideología es preciso matizar que el concepto de ideología no hace sólo referencia a las ideas políticas o religiosas, ni a un sistema de conocimiento, sino a las ideas que aceptamos como “comunes o normales” y que, por lo tanto, aceptamos de forma poco reflexiva. (…) Socializamos sobre todo a través de un lenguaje. Las palabras nombran, etiquetan las cosas, pero también hacen que las agrupemos y las ordenemos de un modo preciso (y jerarquizado) en nuestro pensamiento. Cuando en la infancia aprendemos a hablar, asimilamos los valores que la comunidad atribuye a cada cosa que identifica una palabra. (Rodal, 2015: 112). Uno de los ejemplos que trasladé directamente a la voz de Luis fue un trabajo del Grupo NOMBRA: Esta comisión se dedicó a estudiar el sexismo y androcentrismo presente en el diccionario de la RAE, señalando que el diccionario se centra en el varón, mientras que las mujeres quedan definidas por su relación con ellos. Dos importantes conclusiones se derivan de los análisis llevados a cabo desde la perspectiva de género sobre el 136 ! diccionario de la RAE: que el diccionario proyecta y recrea el orden patriarcal y silencia sistemáticamente la experiencia femenina y su género, gramatical y humano. (Rodal, 2015: 115). Ella sigue apuntando muchos ejemplos en el diccionario que, si yo los viese sin haber leído su libro, me parecerían normales. Sin embargo, la Profesora tiene toda la razón. Este ADN fue el que quise imprimir en la voz de Luis. Otro punto que debo subrayar en este personaje es su adicción a las drogas y medicinas. Recuerdo que hace muchos años leí sobre este problema en un periódico en Brasil y me pareció un buen rasgo para que le diese el peso de la contradicción. Ese contexto me dio la sensación de que trataría un tema tabú pues estaría hablando de una clase de personas que, teóricamente, deberían cuidarnos o salvarnos pero cometen torpezas. Me pareció un reto muy atrayente y quise arriesgarme. Hablé con amigos farmacéuticos para entender mejor los nombres y efectos de algunos medicamentos y me puse a escribir. 4.6 Carol Carol es el lado Yang personificado en una mujer. Su contradicción empieza exactamente ahí, como la de Luis: la contaminación de un sexo con los rasgos considerados de un género opuesto. Carol es la fuerza y la acción personificadas. La idea para su voz era la de darle, obviamente, rasgos feministas, pero de un modo extremo. Es decir, sería intolerante cuando pidiese tolerancia, amenazaría físicamente – de modo velado, indirecto– al pedir paz. Visceral, defiende a los suyos, a los que quiere con uñas y dientes bajo el discurso humano. Habla sólo una vez y no es directamente al lector/paciente. Quise que él simplemente la observase. Tuve recelo ante la idea de dejar que ella le hablase directamente pues tendría que categorizarlo –a través de preguntas asumidas– con rasgos machistas y homófobos y eso no podía permitirlo. No por el rechazo que seguramente causaría en el lector, sino por respeto a los lectores que aceptan y visten la máscara del paciente. Carol tiene la misma génesis que Luis; sin embargo, los dos caminan hacia lados opuestos. Yo la quería físicamente fuerte para el día de la tragedia y con ello intenté despistar al lector haciéndole creer en la posibilidad de que ella reaccionase ante Jerez y lo eliminase. Una vez alcanzado por la bala, da igual si sabes luchar o no. Escribiendo 137 ! esta frase ahora mismo, me percato de que a lo mejor es así la lucha del feminismo. Ellas y ellos se preparan tanto para intentar vivir de un modo diferente, que consideran mejor, pero cuando llega el momento de la batalla, están delante de una pistola, y quien la lleva no se pregunta nada, tan sólo dispara. Son siempre alcanzados y, sin embargo, no mueren. Como Carol. Siguen y cargan dentro de sí la esperanza de que un día quien lleva la pistola la baje y establezca una conversación. 4.7 Vanesa Vanesa es una gran interrogación. En el primer borrador, el Dr. Lonea no le dejaba hablar, aunque yo pensaba que era porque le enfadaba pensar que, si ella hubiese hablado más, la tragedia, tal vez, se hubiera evitado. No me parecía razón suficiente para prohibir que uno de los personajes hablase, pero me satisfacía pensar que también existen personas que no se comunican o se comunican poco. No todas las personas que están dispuestas a contarnos sus vidas, ¿no es cierto? Todo esto cambió cuando, en el segundo borrador, di esa faceta de bufón al Dr. Lonea. Evidentemente, podría tener razón al mencionar su censura hacia Vanesa tal y como estaba creada. No obstante, él decía finalmente que el tratamiento era para él mismo, que toda esta función era para que él se curase. ¿Curarse de qué? Evité durante muchos meses pensar sobre esto. Siempre me dije que no tenía que entender completamente la historia, tampoco explicarla si la hubiese entendido. Con el paso del tiempo, conforme me acercaba a los últimos capítulos, dentro los cuales están la voz de Vanesa y Javi (y los dejé para lo último sólo por una cuestión instintiva) esta pregunta empezó a volver con cierta frecuencia. Y, en uno de estos momentos, tuve una epifanía: me di cuenta de que él no quería que ella hablase porque quería evitar escuchar algo por su parte. Pero, ¿qué? Pensé que ya había información sobre Vanesa y, a través de estas pistas (su pasado misterioso y la poca cantidad de amigos, por ejemplo) entendí que tenía un secreto. Así, comprendí que, en algún momento del pasado, ellos estuvieron juntos; el resto son presunciones. Con este personaje pude crear muchos vacíos en la historia para que el lector los rellenase, los célebres huecos semánticos tan tratados por la Profesora Orozco. Sin duda, fue un ejercicio muy importante para mí, especialmente en el trabajo de concisión y precisión de la voz del personaje. A pesad de que Vanesa siga siendo un personaje misterioso; ella y Jerez son muy similares. Y aquí vuelvo a citar Bauman: “Quien busque 138 ! la supervivencia asesinando la humanidad de otro ser humano sólo consigue sobrevivir a la muerte de su propia humanidad” (Bauman, 2003: 111). 4.8 Javi Utilicé la voz de Javi como la oportunidad de jugar con la lengua española. Cuando escribo en el portugués de Brasil, me guío por mi oído, escribo como oigo las cosas. Es un texto oral convertido en gráfico. No es la lengua culta, no sigue siempre las normas cultas sino sus propias normas. Leyendo un libro en portugués llamado A Língua de Eulália (La lengua de Eulália) de Marcos Bagno, escritor brasileño, doctor en Filología y Lingüística, aprendí que la lengua que yo creía equivocada, la de las calles, la de las personas más humildes, era una lengua que poseía un origen lógico y leyes propias. Entendí que no eran errores lo que se cometían, sino aciertos que comportaban una gramática propia, que incluso era presentada como un posible futuro de nuestra lengua. Esto me fascinó y cambió mi visión de todo el portugués y mi percepción de las personas de mi alrededor. Después de este libro mis textos cambiaron completamente. La lengua se convirtió en elástica, el alfabeto creció, algunos fonemas se suicidaron, otros nacieron y otros vinieron al refugio de otras lenguas. La mejor parte: las personas entendían lo que escribía. No importaba si era “casa” o “kasa” o “caza” o “kaza”. Claro está que siempre busco utilizar la lengua conforme la personalidad del personaje que la habla. Es una combinación de grafía y sonido que desvelan todavía más los personajes, el narrador y el autor. Exploto la lengua cuando escribo en el portugués de Brasil. No creo nada, sólo represento gráficamente lo que oigo, utilizando o no letras o representaciones de fonemas de otros alfabetos o lenguas. Explicado así parece caótico, pero no, es todo muy ordenado a la vez que instintivo. Escribiendo el libro, con toda la energía del inicio, escribí en español tal y como lo oigo. Todas las voces. Todas con una o más grafías fuera de la norma culta pero dentro de esta otra norma que no conocía. Sin embargo, tuve miedo. Tuve miedo porque no tengo el instinto español tan desarrollado. No me siento tan dentro de la lengua todavía, lo que me impide jugar, atreverme más. No me atreví a trasladar mi personalidad brasileña al español. Entendí que el reto de escribir una novela sería aún más complicado a causa de mis limitaciones con la lengua: la restringida percepción de los matices, el humor distinto, los fonemas que me suenan menos elásticos y más agresivos –no obstante, son mucho mejores que los del portugués para demostrar enfado, por ejemplo; las diferencias 139 ! consiste en la congelación de la historia para poder ser retomada en otro capítulo desde el punto en el que paró. Llamo a esta característica temporal de “lineal interrumpido”. La temporalidad de los capítulos del día de la tragedia también sigue el concepto de tragedia de la “Poética” de Aristóteles: todo ocurre en un día. No creo que haya necesidad de citar al autor, asumiendo que su obra es la referencia básica dentro del área de artes y comunicación. Sin embargo, vuelvo a citar a Bajtin porque encuentro rasgos del tiempo de la novela de aventura griega en el libro, especialmente cuando explica el “motivo del encuentro”: En todo encuentro (como hemos mostrado al analizar la novela griega), la definición temporal (“al mismo tiempo”) es inseparable de la definición espacial (“en el mismo lugar”). En el motivo negativo – “no se encontraron”, “se separaron” – se mantiene el cronotopismo. (…) La unidad inseparable (pero sin unión) de las definiciones temporales y espaciales, tiene, en el cronotopo del encuentro, un carácter elementalmente preciso, formal, casi matemático. (Bajtin, 1989: 250). La tragedia sólo funciona, en la obra, básicamente bajo la fuerza del “motivo del encuentro”. Puedo mencionar, al menos, dos encuentros importantes promovidos por Santaya: entre La Totia y Javi y entre La Totia y Amadeu. Hay otros encuentros que también sucedieron pero que están bajo no sólo el “motivo del encuentro”, sino también del “reconocimiento – no reconocimiento”: entre La Totia y Vanesa, entre Amadeu y Vanesa, entre La Totia y Jerez, por ejemplo: El motivo del encuentro está también ligado estrechamente a otros motivos importantes, especialmente al motivo del “reconocimiento – no reconocimiento”, que ha jugado un enorme papel en la literatura (por ejemplo, en la tragedia antigua). (Bajtin, 1989: 251). Me inspiró mucho la atmosfera de una tragedia griega, que me fascinó cuando mi profesora de Literatura en el colegio nos habló de “Edipo Rey” de Sófocles. Quería que el día de la tragedia tuviese la misma tensión temporal, los mismos encuentros y no 146 ! encuentros, reconocimientos y no reconocimientos, quería imprimir la misma visceralidad: Se compone de una serie de segmentos cortos que corresponden a diferentes aventuras; dentro de cada aventura, el tiempo es organizado exteriormente, técnicamente: lo importante es lograr escapar, lograr alcanzar, lograr adelantarse, estar o no estar precisamente en el momento dado en un cierto lugar, encontrarse o no encontrarse, etc. En el marco de una aventura se cuentan los días, las noches, las horas, incluso los minutos y segundos, como en cualquier lucha y en cualquier empresa exterior, activa. Esos fragmentos temporales se introducen y se intersectan por las nociones específicas “de repente” y “precisamente”. (Bajtin, 1989: 244). Fueron en los capítulos sobre la tragedia que pude utilizar algunas herramientas de guion de cine que me ayudaran a dar más velocidad y crear la atmosfera de tensión. Para esto trasladé la tragedia al presente, utilicé los verbos en presente de indicativo, las frases cortas y la instancia narrativa –el Dr. Lonea Peslo– como si fuera una cámara. El tercer nivel temporal es el de los efectos colaterales. Estos poseen tres características temporales: la duración de la voz del personaje o la escena, su ubicación temporal en relación al día de la tragedia y los micro-tiempos, los tiempos de las historias contadas por las voces. El primer tiempo la duración de la voz del efecto colateral, sucede en simultaneidad con el presente. Me gusta llamarlo “tangencial onírico” –porque, a pesar de tener características abstractas, de algún modo, mantiene contacto con el tiempo presente; o de “colateral psicotrópico”– porque posee un rasgo psico-emocional único que es resultado de un desvío temporal. Una vez más, esto no es nuevo: de acuerdo con Bajtin (1989), las novelas caballarescas ya presentan el juego subjetivo con el tiempo, sus expansiones y comprensiones lírico emocionales. La ubicación del tiempo de estos efectos en relación al día de la tragedia es algo que varía mucho a lo largo de la obra. Algunas veces, no quedan dudas: cuando Javi habla, sabemos que está muerto y, por lo tanto, asumimos que se da un momento después de todo lo ocurrido. Sin embargo, existen efectos que generan dudas: por ejemplo, en el 147 ! capítulo cuatro, la primera vez que Amadeu habla y nos cuenta sobre él. No podemos afirmar si esto pasa antes o después de la tragedia. Este rasgo, como el del juego con la simultaneidad temporal, lo considero fantástico –tema del apartado siguiente. Sin embargo, me permito adelantar el tema y citar a Rosalba Campra: Lo fantástico implica la superación y la mezcla de estos órdenes: el yo se desdobla y en consecuencia se anula la identidad personal; el tiempo ve borrada su unidireccionalidad, por lo que presente, pasado y futuro se vuelven una única cosa; el espacio se anula como distancia. Tiempo, espacio e identidades diferentes se superponen y se confunden en un intrincado juego sin soluciones o cuya solución se perfila siempre como catastrófica. (Campra et al., 2001: 164). Los tiempos de la obra existen con una sola función: contar la historia, dar pistas sobre lo que pasó, sobre las personalidades que estaban implicadas. Todos ellos, por lo tanto, se vuelven una única cosa, se superponen en simultaneidad –y se confunden– con voces que no podemos ubicar temporalmente. Esta cita identifica uno de los atributos fantásticos del libro. Y, por último, más que una obra fantástica, creo que su disposición temporal es Líquida: (…) el tiempo en la era de la “sociedad de consumidores” de la modernidad líquida tiende a ser percibido no como cíclico ni lineal, tal como ocurrió en otras conocidas sociedades de la historia moderna y premoderna, sino como “puntillistas”; es decir, fragmentado en una multitud de partes independientes, y cada parte reducida a un punto que progresivamente se aproxima a la idealización geométrica de la no dimensionalidad. Como seguramente recordamos de las lecciones de geometría en la escuela, los puntos no tienen extensión, anchura o profundidad: podríamos decir que existen “antes” del espacio y tiempo; en un punto, las dimensiones de tiempo y espacio aún tienen que nacer o irrumpir. (Bauman, 2015: 179). 148 ! Si volvemos a mirar el esquema temporal que hice, podemos encontrar un tiempo puntillista, el tiempo de la era Líquida. La historia no es contada por entero. Los puntos de Bauman son las pistas que tenemos para construirla. Sin embargo, no creo que haya alcanzado este rasgo “puntillista” de ubicarme antes del espacio y tiempo. Creo que sí está presente en los efectos colaterales, especialmente las voces. Prefiero asumir que hice una experimentación, una mezcla de las tradiciones temporales griegas con las medievales y la líquida. Esta es la mejor forma, en mi opinión, de entender la temporalidad en la obra. 5.1 El espacio Existen dos espacios que pueden ser identificados de pronto en la obra: el lugar donde están el Dr. Lonea y el paciente/lector y la ciudad de Santaya donde ocurre la parte de la tragedia. El primero no tiene tanta relevancia y es lo que llamaré el “espacio dirigido a gusto”, es decir, es una ubicación geográfica o escenográfica en la que el narrador comparte la creación con el lector. Esto se da a través de la confluencia de dos posturas: una descripción mínima por parte del narrador –de acuerdo con las necesidades de la historia; y la autonomía dada al lector para que complemente el espacio de acuerdo con su gusto. Esta técnica no es nueva, tomo prestada una de las herramientas brechtianas más celebres de su Teatro Épico: la participación activa del lector. Esto se ve claramente en el inicio del capítulo dos cuando el Dr. Lonea presenta la habitación al paciente: ¿Le gusta la habitación? No se la describiré porque prefiero que la imagine como más le guste. Pero, tiene que haber una ventana o, si prefiere, una terraza donde se pueda ver un paisaje magnífico. Pueden ser montañas verdes… ¿por qué ahorrar imaginación? Que sea una cadena de montañas gigantescas con sus picos blancos de nieve o, si le gusta más, una vista más árida, desértica. Puede ser también una naturaleza más sobria, un campo plano de césped. O puede ser más tropical. Otra posibilidad es el litoral y sus brisas oliendo a mar. No importa, paciente. Lo que importa es que cuando mire por la ventana, vea por ahí perdido un pequeño pueblo. 149 ! Esta licencia en la construcción del espacio tiene dos objetivos, en este caso: agradar y complacer al paciente/lector, fingiendo compartir con él algún poder de construcción cuando, de hecho, el espacio es poco relevante; y, el segundo objetivo, el más importante, concienciarlo de que la historia ocurre en una realidad moldeable – un efecto metaliterario. Así intenté prepararlo para el capítulo siguiente: Santaya. El espacio, en la parte de la tragedia, continúa presentando aspectos de la novela de aventuras griega. Además de los que ya fueron mencionados, añado aquí el “cronotopo del camino”: Tiene una importancia especialmente grande la estrecha relación entre el motivo del encuentro y el “cronotopo del camino” (“el gran camino”): todo tipo de encuentros por el camino. El cronotopo del camino, la unidad de las definiciones espacio-temporales es revelada también con una precisión y claridad excepcionales. (Bajtin, 1989: 250). Los encuentros y desencuentros ya fueron mencionados anteriormente. Sin embargo, es importante aclarar que la precisión que existe en la historia del día de la tragedia es mucho más temporal que espacial. Repito una vez más que Santaya sólo se mueve a causa de mi debilidad para imaginar, construir, una ciudad, y disponerla espacialmente en función del tiempo de la tragedia. Las descripciones espaciales son pocas y breves, el narrador las esparce en el texto como si fuesen migajas de pan y demandan siempre del lector una creación espacial propia a partir de estas pistas. Por ejemplo, el capítulo 11 se titula “El Bar Kappa” y sólo existen tres frases que lo describen: “¿Ve la chica que está detrás de la barra?”, “Hay un pequeño escenario para las presentaciones.”, “Ha montado una pequeña estructura de iluminación para poder destacar al artista, dejarle más visible”. Además de esto, podemos encontrar otros fragmentos que ayudan a la composición de la imagen del bar a lo largo de la obra. Por ejemplo, en el capítulo 9, “Aquel día”, encontramos: “La Totia llega al bar y saluda a Carol que está en una mesa con el portátil abierto (…)” o en el capítulo 13, “El camerino”, tenemos dos descripciones más: “Al lado de la barra hay dos puertas, una es del baño y la otra lleva a un pasillo atrás del escenario. Entre en el pasillo.” –esta sí es relevante para la escena de la confrontación en la que Jerez dispara a Carol y Amadeu está escondido en el baño, por ejemplo; la otra es: “En el pasillo hay una puerta lateral y otra al fondo. Coja esa del lateral”. Es decir, el narrador ejerce un 150 ! papel de ingeniero en la construcción del espacio de la tragedia proporcionando la información más básica y estructural y el lector cumple el rol del arquitecto, desarrollando todo el decorado. El tercer espacio del que quiero hablar es el “no-espacio” que se presenta en los efectos colaterales. De este análisis excluyo los capítulos 11, 12 y 13 pues o son escenas o presenciadas o vividas por el paciente/lector metamorfoseado. Todos los otros capítulos de efectos colaterales, los de las voces de los personajes, presentan este “no-espacio”. En ellos, no existe el Dr. Lonea Peslo como narrador y, por lo tanto, no hay pistas. ¿Dónde están estas personas? ¿Hablan con el paciente/lector desde dónde? Algunos de ellos murieron, otros no, otros no sabemos todavía. ¿Qué lugar es este en que hablan? En el capítulo 7, “Comisario Jerez”, él dice: “¡Ya está! Venga aquí, haga el favor. Aquí. ¡Aquí! Abra los brazos y las piernas, le voy a cachear”. ¿Dónde se encuentran? ¿En la calle? ¿En Santaya? ¿O es sólo otro espacio cualquiera y él actúa así por costumbre? No importa. El espacio físico en estas voces es lo que menos importa porque la atención del paciente debe estar en el espacio emocional que cada una de las voces, cada uno de los personajes, nos revela cuando habla. 6. Lo fantástico Antes de venir a Sevilla para hacer el Máster, poco me atraían los relatos fantásticos, es decir, conocía muy pocos. Siempre que me hablaban de literatura fantástica pensaba inmediatamente en escritores latinoamericanos y libros extremamente complejos como “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez –del cual he leído solamente los primeros cincuenta años. Además, creía que era un estilo o lenguaje o género –como prefiera llamarse– poco frecuente en Brasil. En otras palabras, era casi un completo ignorante. Casi, porque aún hoy, después de estudiar más lo fantástico, entender sus diferencias en relación a lo extraño y a lo maravilloso, la novela de García Márquez me sigue pareciendo demasiado larga. Tal vez sea el momento de releerla. También hoy me doy cuenta de que en Brasil existe una gran tradición fantástica no sólo en la literatura sino también en las producciones audiovisuales. El inicio de mi cambio de parecer se dio cuando tuve que leer el cuento La casa tomada de Julio Cortázar para una de las clases de la Profesora Orozco. El texto me gustó tanto que mi trabajo para su asignatura fue un relato fantástico y su memoria justificativa. 151 ! Haber aprendido y entendido lo fantástico, lo extraño y lo maravilloso fue de algún modo creativamente libertador. Estaba tan acostumbrado a pensar en las limitaciones de producción cuando escribía guiones que la escritura fantástica me pareció una oportunidad de permanente transgresión de la realidad, que podía utilizar cuando quisiera. Más que esto, finalmente podría contar mi realidad porque me di cuenta de que crecí en una familia y en un país fantástico, extraño y maravilloso. Quizás todas las familias y paises son así. Inicialmente, no había pensado en crear una novela de rasgos fantásticos, sino que surgió mientras la escribía. Claro que, cuando decidí que los bloques de Santaya se moverían, supe que estaba en un sitio donde tendría más libertad para jugar con mi imaginación y menos compromiso con nuestra realidad. Antes de proseguir, quiero aclarar que parto de los conceptos de lo fantástico, extraño y maravilloso postulados por Tzevtan Todorov. Sin embargo, es importante aclarar que para esta investigación he leído teorías más recientes y muchas de ellas o están de contra de algunos de sus postulados o los mejoran, los complementan. A lo largo de este apartado, citaré algunos de estos investigadores y teorías de manera superficial. La definición primordial de lo fantástico es la vacilación que esto causa en el lector (a veces representado también en una vacilación del personaje) delante de un momento o acción que transgrede una realidad establecida; es el instante que está antes de una respuesta o explicación para lo que se pasó. En las palabras de Todorov: Hay un fenómeno extraño que puede ser explicado de dos maneras, por tipos de causas naturales y sobrenaturales. La posibilidad de vacilar entre ambas crea el efecto fantástico. (Todorov, 1994: 24). Si el lector opta por alguna de las dos explicaciones mencionadas, estará saliendo de las tierras fantásticas y trasladándose hacia lo extraño o lo maravilloso: (…) bien el lector admite que esos acontecimientos aparentemente sobrenaturales son susceptibles de recibir una explicación racional, con lo que se pasa de lo fantástico a lo extraño, o bien admite su existencia como tales, y estamos entonces en el terreno de lo maravilloso. (Todorov, 1994: 51). 152 ! Desde las definiciones de estos tres mundos, efectos o géneros, voy a comentar tres momentos del libro: la descripción de Santaya en el capítulo 3; la escena en que las manos del comisario Jerez se queman en el capítulo 8; y la caminata de Vanesa después de dejar el Bar Kappa, en el capítulo 26. 6.1 Santaya finge Durante la creación de la ciudad de Santaya, me preocupé mucho de cómo iba hacer creer al lector que sus bloques, manzanas, se movían. Una de las posibilidades era no decir nada y desvelar poco a poco su naturaleza. Tal vez, si lo hubiese hecho así, engrandecería la atmósfera de la incertidumbre y, por lo tanto, el efecto fantástico. Otra opción sería la de apenas haber escrito que esta ciudad funcionaba y que esto bastaba. Si lo hubiese hecho quitaría toda la vacilación posible por parte del lector pues le estaría dando una solución, una respuesta, una afirmación. Si esta confirmación tuviese un rasgo racional –dentro de la lógica de otra realidad– Santaya sería un universo maravilloso. Si, por el contario, tuviese un rasgo sobrenatural, caeríamos en lo extraño. Entonces, no pasaba por mi cabeza pensar en un género para la obra, por lo tanto, ni siquiera me preocupé de esto. La salida que elegí fue intentar confundir al lector mezclando nuestra realidad con la del libro. Esto es, quise ubicar la ciudad en nuestra realidad y escribí el capítulo en la que la describo pensando en cómo sería si de hecho existiese. Este es un rasgo fantástico por naturaleza porque “participa de la verosimilitud y del “realismo” propios de las narraciones miméticas” (Roas, 2011: 113). Al comienzo construí un universo maravilloso, con sus propias reglas y lógica: Ahora, mire allí, la ciudad, como le explicaba, los científicos dicen que cada ciudad de este mundo tiene su propio ritmo y su propio modo de cambiar. Algunas, por ejemplo, siguen las horas y se presentan completamente distintas por el día y la noche, todos los días. Otras, siguen el ritmo del desarrollo tecnológico y pueden destruirse sin piedad para dar espacio a lo nuevo. Existen las que siguen el ritmo de las tradiciones y de las memorias y se convierten en verdaderos museos al aire libre. Y hay un tipo que posee un ritmo que traspasa cualquier intento de comprensión. Santaya es así. 153 ! Aquí una de las razones que sostienen el mundo maravilloso: “Descubrieron una conexión entre los movimientos de la ciudad y la edad de sus habitantes.” Para entonces romperlo, destruirlo: Una parte de los científicos intentó establecer algún tipo de lógica matemática para poder prever los movimientos, usaron los mejores ordenadores, buscaron logaritmos, sumaron, restaron, dividieron y multiplicaron. Elevaron su imaginación al cuadrado, a la centésima potencia, miraron las raíces, crearon ecuaciones ¿El resultado? Solo más preguntas. Perdieron la razón. Y mezclarlo con la nuestra realidad para sembrar la duda: Las maquinas más modernas, llegadas de Alemania y de Japón, no lograron ni una grieta, tampoco un arañazo. Y lo curioso era que, cuando se iba a cultivar algo, el suelo se volvía blando. Así ubiqué Santaya en nuestro mundo y le di un realismo falso que, una vez más, es uno de los atributos fantásticos. Cito a Jean Bellemin-Nöel en su ensayo Notas sobre lo fantástico: Cuando el cuento fantástico se preocupa por instaurar un tipo de espacio de realidad en el cual podamos respirar, movernos y sobrevivir como en un espacio real, lo hace para desviar la atención: finge querer parecerse al mundo real. No se trata de hacernos creer en lo real para que reconozcamos finalmente lo imaginario, sino, mediante un falso realismo (un realismo de falsedad), hacernos tomar por imaginario lo que, en última instancia, es lo real que rechazamos admitir. (Bellemin-Nöel et al., 2001: 139). Tal vez el efecto de vacilación logrado en este capítulo no perdure durante toda la obra y, en algún momento –probablemente variando de lector a lector– se dé una elección 154 ! hacia una explicación sobrenatural, lo que caracterizaría lo extraño. Digo esto porque la ciudad es el escenario de nuestra tragedia y no estoy seguro de si los lectores pueden soportar el desarrollo de una tragedia sobre un terreno tan incierto. 6.2 Me parecía extraño, pero era fantástico En el capítulo 08, Dr. Lonea nos cuenta lo que hizo el comisario Jerez cuando dejó la comisaría después de recibir el sobre con el dinero. La ciudad le conduce hacia las afueras y, en un momento dado ocurre lo siguiente: Él miró el dinero en sus manos y las sintió calentarse. Poco a poco su temperatura subía. Poco a poco el color de ellas cambió y enrojecieron como si fuesen brasas vivas. El dinero se quemó, se incendió y, enseguida, vio sus manos en llamas. Por unos instantes, todo olía mal, hasta su vida. Carne podrida, quemada. Por unos segundos, se perdió en su locura y pensó que no saldría de allí. Y las miraba, las manos, el fuego y por un segundo se creyó un hombre libre. De sí, de Santaya, del desierto, del ciclo dictado. Soltó una carcajada, plena de felicidad y de alivio. Y entonces su móvil sonó y volvió a mirar sus manos y las vio allí, enteras, sujetando el sobre y el dinero. Era Vanesa. Le contestó diciéndole que ya estaba de camino. Si no fuese por la frase: “se perdió en su locura”, podría decir que este es un instante fantástico en la obra. Sin embargo, cuando el Dr. Lonea menciona la posibilidad de la locura, está dirigiendo la elección del lector. De algún modo la frase siguiente confirma esta solución insinuando una alucinación y quita o interrumpe la vacilación, situando la escena en lo extraño. No obstante, leyendo al texto El relato fantástico: forma mixta de caso y adivinanza, la autora Irène Bessière dice: La narración fantástica generaliza la facticidad del universo, entendido como lo natural y lo sobrenatural. Es por eso que el relato de lo absurdo, basado en el juego de la facticidad y de la necesidad, 155