Las puertas del dragón
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Las Puertas del Dragón Ricardo Martínez Cantudo Máster Escritura Creativa Curso 2011/12 Tutor: Jesús Jiménez Varea
Las Puertas del Dragón: Índice Capítulo 01 ····················································· 01 Capítulo 02 ····················································· 07 Capítulo 03 ····················································· 17 Capítulo 04 ····················································· 26 Capítulo 05 ····················································· 34 Capítulo 06 ····················································· 42 Capítulo 07 ····················································· 46 Capítulo 08 ····················································· 49 Capítulo 09 ····················································· 55 Capítulo 10 ····················································· 61 Capítulo 11 ····················································· 62 Capítulo 12 ····················································· 65 Capítulo 13 ····················································· 69
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo CAPÍTULO 01: EL DUELO Jorge tenía que matar al dragón. Conocía las consecuencias, y estaba dispuesto a aceptarlas. Su familia, los Habitantes del Círculo, la fue otro habitantes del Círculo, la raza humana... millones de vidas dependían de su lanza, su fuerza y su bravura. En la Academia se había convertido en el mejor aprendiz de los últimos siglos, pero aún así no se sentía preparado para luchar contra semejante bestia. El Noveno Dragón de las Puertas era una montaña de escamas verde oscuro, todo músculo, garras y colmillos. Aunque se trataba de un monstruo descomunal, antaño, al igual que los anteriores ocho dragones, fue otro Habitante más del Círculo. Jorge lo sabía, al igual que todo el mundo en aquellas islas, pero aun así tenía que intentar acabar con él. Avanzó por la plaza empedrada en dirección a su oponente. El dragón dormitaba enroscado sobre sí mismo, ajeno al caos que había causado en las islas vecinas, una batalla en la que cientos de Habitantes, tanto de dentro como de fuera del Círculo, habían acabado masacrados, una barbarie antinatura por la supremacía de La Virtud, cuya única llave se guardaba tras las Puertas del Dragón, bajo la custodia de la mayor bestia a la que un ser vivo se hubiese enfrentado jamás. Sin embargo, y por demencial que le resultase, los Habitantes de fuera del Círculo creían ciegamente que sólo Jorge conseguiría dar muerte al dragón... y fueron capaces de comenzar una guerra con tal de demostrarlo. Jorge daba pasos cortos, cautelosos, con su lanza de combate en una mano y su escudo en la otra. Temblaba de los pies a la cabeza: si perdía, su familia y miles de habitantes morirían. Si ganaba... Jorge prefería no pensar en eso en aquel momento. El enorme dragón abrió sus ojos amarillos ante el avance de Jorge. Sus pupilas eran dos líneas verticales como las de los gatos, amenazantes y salvajes. La bestia parecía no querer creer que alguien tan insignificante como Jorge se atreviese a atacarle. Al fin y al cabo, aquel dragón llevaba siglos apostado ante aquellas puertas, viendo a los Habitantes del Círculo acercarse únicamente para alimentarlo. Un centenar de aquellos seres quizás hubiese puesto al dragón en guardia... ¿Pero qué importancia podía tener un sólo guerrero? Jorge intuía que el dragón le estaba infravalorando, y ésa era, de lejos, su mayor ventaja. Según decían los más sabios del Círculo, Jorge era un guerrero sobresaliente, con unas capacidades muy por encima de las del resto de sus compañeros de la 1
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo Academia. Lo que decían los Habitantes del fuera del Círculo era algo mas bien distinto: veían a Jorge como la encarnación viva de una antigua profecía según la cual conseguirían arrebatarle el poder al Círculo y hacerse con La Virtud para siempre. Jorge no creía ni a unos ni a otros, pero la situación le había forzado a enfrentarse al Noveno Dragón y, con ello, esclarecer sus dudas. Sin pensarlo ni un segundo más, Jorge se lanzó al ataque. Elevó su cuerpo del suelo y se precipitó volando sobre el cuello de la bestia con la punta de su lanza. En un movimiento inusitadamente rápido para un monstruo de su peso y tamaño, el dragón esquivó el embiste y batió sus alas con fuerza. El vendaval que levantó a su paso desequilibró a Jorge, que cayó en picado al suelo. Su espalda chocó contra las piedras de la plaza y por unos segundos perdió la respiración. De pronto, sintió un enorme calor proveniente del cielo e instintivamente rodó por el suelo varios metros. Una descomunal bola de fuego se estrelló contra el pavimento a tan sólo escasos centímetros de Jorge, que se incorporó y recogió su lanza. El dragón batió las alas con violencia y rugió de ira al ver que había errado el tiro. Jorge notó que un hilillo de sangre le corría por la comisura de los labios. Se lo lamió y volvió a atacar. El dragón retrocedió unos metros hacia el cielo, lanzando fuertes dentelladas y escupiendo fuego sin parar. Jorge volaba más rápido y era mucho más pequeño, lo que le daba cierta ventaja a la hora de huir... pero se le hacía imposible atacar. Las fuerzas comenzaban a fallarle, y sabía que el dragón tenía energía de sobra para seguir atacando durante un rato. Tenía que pensar en algo rápidamente si no quería acabar fracasando en su misión. Comenzó a volar a toda velocidad para tomar algo de distancia de su oponente, pero éste no le daba un segundo de respiro. El dragón estaba loco de ira, planeando a velocidad de vértigo e intentando alcanzar a Jorge con sus poderosos dientes. Aquella bestia estaba sedienta de sangre y muerte: al fin y al cabo, su único cometido en la vida era esperar a que alguien intentase hacerse con La Virtud por la fuerza para luchar hasta acabar con su vida. Cientos de años de letargo habían transformado al Noveno Dragón en un asesino con muchas ganas de matar. Jorge estaba cada vez más cerca del dragón, volando en círculos en torno a su cuerpo y tratando de evitar sus garras y su fuego. A cada segundo que pasaba sus movimientos eran más lentos, pero no los de la bestia. En un mal giro, el dragón intentó golpearle con las garras, pero Jorge lo esquivó casi por completo. Una de las afiladas uñas del dragón 2
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo le arañó el brazo, lo que provocó que el guerrero volviera a perder el equilibrio. El dragón aprovechó el descuido para lanzar sobre su enemigo una nueva columna de fuego. Incapaz de evitarlo, Jorge interpuso su escudo entre el proyectil y su propio cuerpo. El fuego derritió casi por completo el escudo, que quedó convertido en jirones de hierro candente. Jorge soltó un alarido y se deshizo del escudo, dejándolo caer al vacío. El último ataque le había provocado unas enormes quemaduras por todo el brazo, pero no había tiempo para lamentarse. Llevado por la rabia, Jorge aprovechó los instantes después de la llamarada para sobrevolar por encima de la cabeza del dragón. Se lanzó contra la nuca de la bestia y encajó su lanza entre dos grandes escamas de manera que su cuerpo quedó fijado a la cabeza del dragón. Enloquecido ante tal ataque, la bestia se lanzó a un vuelo vertiginoso, girando en todas direcciones. Éste se agarró fuertemente con un brazo a una de las escamas, y con el otro sujetó su lanza. Haciendo lo imposible para no caerse, buscó algún lugar entre las escamas donde pudiese clavar su arma para intentar herir al dragón. Cada segundo que pasaba se le hacía más difícil mantenerse pegado a la nuca del monstruo. Cualquier otro aprendiz de Guardián de la Virtud proveniente de la Academia ya habría salido despedido por los aires, pero Jorge no era un aprendiz más, como bien había demostrado en todas las pruebas de fuerza y resistencia. Jorge sentía cómo las escamas del Noveno Dragón le arañaban el brazo, causándole un dolor insoportable. Agarrado a la bestia y al límite de sus fuerzas, atacó con su lanza a diestro y siniestro, intentando encontrar un punto débil en la cabeza del dragón. Finalmente, consiguió hincar la punta de su lanza entre dos escamas: el dragón soltó un alarido aterrador que hizo vibrar los cimientos de la pequeña isla flotante. La bestia se revolvió enloquecida, y Jorge se agarró con ambas manos a la empuñadura de su lanza. El aprendiz no podía permitir que el dragón lo lanzara despedido sin recuperar su arma. Poniendo la resistencia de sus brazos al límite, Jorge tiró con toda sus fuerza de la lanza y, cuando salió, un gigantesco chorro de sangré los bañó a él y al pavimento de la plaza. Sin duda, tal pérdida de sangre acabaría debilitando al dragón antes o después. Cubierto de la oscura y cálida sangre de dragón, Jorge se alejó al vuelo para tomar ventaja sobre su adversario. Aterrado, observó cómo la plaza se había tornado de color rojo sangre... un lugar sagrado, convertido en el escenario de una batalla a muerte. El Noveno Dragón de Las Puertas aterrizó en la plaza haciéndola retumbar de nuevo. Las fuerzas de la bestia parecían haber menguado algo tras el ataque de Jorge, pero no era el único que estaba 3
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo herido. El aprendiz sintió un dolor punzante en su brazo, y descubrió que la herida que le había causado la zarpa del dragón era más grave de lo que en un principio había creído. Un constante goteo de sangre manaba de la herida y fluía hasta su codo... debía concentrarse en acabar aquello cuanto antes si no quería fracasar. Volvió a poner los pies en el suelo, mientras el dragón se le acercaba con pasos lentos. Mirara por donde mirase, aquella mole de músculo, escamas y fuego parecía no tener ni un sólo punto débil... la diferencia entre ambos oponentes era tan evidente que Jorge no tenía ni idea de cómo podía sacar ventaja al dragón... Y de pronto, tuvo una idea. Se desplomó en el suelo, agarrándose con gesto de dolor el brazo herido. El dragón observó a su enemigo, ladeando su monstruosa cabeza ligeramente y expulsando una gran cantidad de humo por sus fauces. La bestia trotó en dirección a Jorge y se puso a dos patas con la intención de caer sobre él. Súbitamente el aprendiz abrió los ojos y rodó por el suelo hasta situarse justo bajo el dragón. Haciendo acopio de toda la fuerza que aún quedaba en cada uno de sus músculos, Jorge hincó la punta de su lanza en el vientre de la bestia, y empujó con todo su cuerpo hasta introducirla hasta el fondo. El dragón profirió un alarido que debió de escucharse en todas la islas del Círculo, y vomitó litros de sangre. En un intento vano por zafarse de la lanza, el dragón comenzó a batir las alas para volver al aire pero era demasiado tarde: Jorge giró con fuerza la empuñadura de la lanza y un caño de sangre brotó de la herida. El dragón volvió a rugir de dolor mientras se tambaleaba, momento que aprovechó Jorge para alejarse de él. La bestia deambuló en círculos durante unos segundos para finalmente caer de costado. La sangre de dragón seguía corriendo por los adoquines blancos de la plaza. Jorge observaba a su agonizante víctima mientras jadeaba de puro agotamiento. La batalla desatada en las islas vecinas seguramente habría ahogado los rugidos del dragón, pero no estaba totalmente seguro... no había tiempo de tomarse un respiro. Jorge rodeó el cuerpo del dragón, que aún abría las fauces agonizante. Débil y muy herido, el guerrero corrió hasta las Puertas del Dragón y puso sus manos sobre ellas, manchándolas de sangre. Las monumentales puertas de piedra negra se abrieron, dando paso a una terrible oscuridad. Tan sólo una tenue luz violácea iluminaba las ornamentadas paredes del interior de la torre: el fulgor que desprendía la Llave de la Virtud, el objeto por el que acababa de cometer un crimen abominable, al que seguiría una terrible maldición. Jorge caminó hacia el centro de la estancia mientras observaba los 4
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo relieves que decoraban las paredes abovedadas: escenas de guerra en las que siempre los Habitantes del Círculo luchaban contra un enorme dragón, pero nunca los unos contra los otros, a diferencia de lo que allí estaba ocurriendo en aquel mismo momento. Jorge llegó al centro de la estancia, donde se encontraba el pedestal que guardaba la Llave de la Virtud. Se trataba de una pequeña pirámide de algún tipo de metal oscuro, desde cuyo interior se adivinaba una esfera de luz violeta. Aquel objeto, que cabía en el puño de Jorge, era el elemento más sagrado para los Habitantes del Círculo. Jorge sacó un cordel de uno de sus bolsillos, lo ató a la Llave y se lo colgó al cuello: era hora de cerrar el trato. Cuando caminaba hacia la salida, un dolor cegador proveniente de la espalda le hizo perder el equilibrio. Sentía como si de pronto algo estuviese ardiendo sobre sus hombros, un tipo de dolor que nunca había podido imaginar. Jorge se incorporó como pudo y continuó hacia la salida. Sabía que la maldición comenzaría a hacer efecto en cuanto el dragón hubiese muerto, y aquel terrible dolor era la prueba de ello. Sentía cómo algo desgarraba su piel, mientras su propia sangre se mezclaba con la del dragón en su camisa. El dolor le aturdía los sentidos y la cabeza le daba vueltas. De pronto, creyó escuchar una voz: — No, Jorge, tú no... Dime que no has sido tú. Desde el otro lado de la plaza, un compañero de la Academia del Círculo le observaba con sorpresa en el rostro, alternando su mirada entre el cuerpo del dragón y Jorge. Se trataba de Arcano, uno de sus mejores amigos, compañero de aprendizaje en la Academia. — Arcano — las palabras brotaban de la boca de Jorge casi sin darse cuenta. Vete. No te metas en esto. Las lágrimas brotaron de los ojos de Arcano. Pese su semblante serio y su cuerpo atlético, el llanto le daba un aire marcadamente infantil. — ¡Cómo has podido! ¡Eres un traidor! Arcano se abalanzó al vuelo hacia Jorge. Éste, incapaz de luchar, miró hacia atrás y, llevando sus fuerzas a un nuevo límite, voló hasta el filo de la isla y se precipitó al vacío. Descendía a una velocidad de vértigo mientras el dolor proveniente de su espalda se agudizaba más y más. Jorge sabía que estaba perdiendo la consciencia: todo a su alrededor se tornaba negro, incapaz de controlar el vuelo, cayendo en picado como una 5
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo piedra. De pronto sintió otra oleada de dolor, esta vez proveniente de su pierna izquierda. Sin embargo, no se trataba de la maldición: Arcano le seguía muy de cerca, y había lanzado su lanza contra él, acertándole en la pierna pero sin llegar a atravesarla. Jorge se arrancó el arma de su enemigo y, finalmente, el dolor le arrastró hasta un mundo de tinieblas. 6
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo había desaparecido sin dejar rastro. –Val, no te ralles -María posó su mano sobre el hombro de su amiga en gesto conciliador-. La cantidad de velas y flashes que hay en esta iglesia es desproporcionada. Estás viendo sombras, nada más. ¿Quién se va a colar en la catedral a plena luz del día? –Bueno -contestó Val esbozando una sonrisa-, digamos que el cuerpo de vigilancia no destaca por su eficacia, ¿no crees? Ambas observaron a Pedro, que sostenía el cuaderno de Val mientras miraba con gesto idiota a su alrededor, tratando de identificar el dibujo. Ambas rieron a carcajadas ante la curiosa mirada de los turistas. –En serio, María, sé lo que he visto, y esta vez ha sido más claro que el otro día. Poca gente, aparte de ti y de mí, pasa tantas horas al día observando los rincones de este sitio. Es normal que sólo yo lo haya visto. Algo se mueve por ahí arriba, te lo digo yo... - Bueno, ¿y a ti qué más te da? -repuso María- Quién o qué se cuela en la Catedral es cosa de Pedro y sus compañeros. El muy cansino debería dejar de darnos la brasa y hacer su trabajo de vez en cuando... –Claro... ¡Eso es! -Val acercó su cara a su amiga, para hablarle entre susurros- ¿Y si le decimos a Pedro que nos deje colarnos después del cierre? Podríamos investigar por ahí... –¿Tú estás loca? -dijo María casi gritando. –Shhh, no grites -Val miró hacia atrás para ver dónde estaba Pedro-. Piénsalo, ¿no te gustaría ver la Catedral a solas? ¡Tiene que molar un montón! –¿Te olvidas de que eso es ilegal? Además, no creo que Pedro esté tan loco como para colarnos. Se arriesga a que le echen. –Eso déjamelo a mí -Val agarró la mano de su amiga, y junta se dirigieron a toda prisa hacia su banco. –¿Qué? ¿habéis dado con el monstruo? -preguntó Pedro entre risas. –Pedro -Val compuso su mejor sonrisa haciendo caso omiso a sus palabras. Se acercó a él y se retiró el pelo detrás de la oreja dulcemente-. He estado pensando que lo de ir a tomar una cerveza es un buen plan... –¿Sí? -el chico intentó ocultar la sorpresa de su rostro- Vale... pues nada, cuando acabéis... –¡No hace falta que hayamos acabado! -exclamó Val- ¿Por qué no quedamos esta 13
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo noche? –¿Qué? -María se acercó a su amiga- ¿Esta noche? –B-bueno... -El nerviosismo de Pedro parecía ir en aumento- Mi turno acaba a las once, así que, si os apetece... –¡Perfecto! -concluyó Val- Entonces a las once nos vemos en la puerta de la Constitución, ¿vale? –Genial... -respondió Pedro, perplejo- ¡Nos vemos! Sin un rumbo fijo, el vigilante se alejó de María y Val. –¿Pero qué has hecho, Val? ¿Vamos a salir con Pedro? –No vamos a salir... Vamos a entrar. Val y María pasaron el resto de la tarde en silencio, contemplando cómo la Catedral de Sevilla iba vaciándose conforme se acercaba la hora del cierre. Cuando llegó el momento de irse, Val dedicó una sonrisa especialmente encantadora a Pedro antes de abandonar el templo. Pese a que apenas tenía experiencia con los hombres, la chica era consciente de que una bonita sonrisa a tiempo podía abrir a la mujer las puertas de un universo de posibilidades. A pesar de las continuas protestas de María, ésta accedió a quedarse con Val en casa hasta el momento de la cita con Pedro. Su amiga no comprendía el empeño que Val tenía por volver a entrar a la Catedral, aunque ella lo tenía muy claro: había visto algo en aquel balcón y tenía que demostrarlo. El orgullo y la testarudez eran dos de las cualidades que más problemas ocasionaban a Val con sus padres y amigos, pero... ¿acaso no era ya tarde para cambiar? Además, si María continuaba soportando su cabezonería después de tantos meses de amistad, estaba segura de que también la acompañaría en esta locura, por mucho que refunfuñase. Ese tipo de detalles convertían a María en una de las personas más importantes en la vida de Val. Después de ducharse y de que Val prestase a María algo de ropa para salir, las amigas pasaron el tiempo que les quedaba hasta la hora de la cita viendo vídeos y escuchando música en el ordenador de Val. En un momento de la noche, ésta bajó la tapa del portátil y se puso en pie. –Bueno, qué, ¿nos vamos? –¿Ya? -María consultó su reloj- No son ni las diez... 14
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo Cuando salieron a la calle de nuevo, pudieron comprobar que, por suerte, las altas temperaturas iban a dar un respiro aquella noche a los habitantes de la capital hispalense. Con paso decidido, Val se dirigió con María hacia la puerta de la catedral, convencida de que aquella noche daría con el misterioso ser que correteaba por el templo. –Supongo que vas a intentar entrar, ¿verdad? -preguntó María interrumpiendo sus pensamientos. –Pues claro. Y tú vas a entrar conmigo. –¿Yo? No entro ahí ni loca a estas horas... -María sacó su móvil y comenzó a teclear frenéticamente mientras caminaba. –¿Prefieres quedarte a solas con Pedro? -preguntó Val con media sonrisa en los labios. Cuando llegaron a la puerta de la catedral, ésta se encontraba cerrada a cal y canto. El número de turistas que paseaban por la céntrica avenida sevillana había disminuido considerablemente, aunque un leve murmullo seguía circulando en ambas direcciones. Ambas amigas observaron la enorme puerta del edificio en silencio. — Bueno -María guardó su teléfono en el bolso- ¿Cuál es el plan ahora? Val sacó su Blackberry del bolsillo de su vaquero y lo enarboló frente al rostro de su amiga. –Quién nos iba a decir que algún día íbamos a usar el número de teléfono de Pedro... Sin más, Val comenzó a teclear en su teléfono: Val: ¡Hola Pedro! Estábamos aburridas y nos hemos venido un rato antes... ¿Dónde andas? –Val, ¿Cómo va a contestarte? ¡Estará currando! –¿Quieres apostar? *¡Clin!* Al oír el sonido del nuevo mensaje, Val dirigió una mirada divertida a su amiga. Pedro: ¿Ya? A mí aún me queda un rato... Esperad, voy para la puerta. Apenas había pasado un minuto cuando una de las puertas de la catedral se abrió tan sólo una rendija. El inquieto rostro de Pedro apareció tras ella. –¡Hola! Un poco temprano, ¿no? –Ya ves... -Val volvió a dedicarle su mejor sonrisa, mientras María, observando la escena, ponía los ojos en blanco- Oye, ¿no podríamos pasar para esperar contigo 15
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo dentro? –Buf, no creo... - contestó Pedro, sonrojándose- Me puede caer un buen paquete si me pillan aquí con gente. –¿Hay alguien más ahí? -quiso saber María. –No, en este turno estoy yo sólo -el nivel de nerviosismo de Pedro aumentaba considerablemente cuando María le dirigía la palabra-. Pero en serio, no creo que... –Venga, tío, ¿Quién nos va a ver? - Val metió un pie entre el umbral y la puerta- Hace mucho calor aquí... ¡Y nos apetece estar contigo! Pedro dirigió una mirada de preocupación a Val, y luego a María, y luego de nuevo a Val. Finalmente lanzó un suspiro de resignación y abrió un poco más la puerta. –Venga, rápido, entrad, no quiero que me pillen... Sentaos en un banco y esperadme, ¿Vale? Tengo que hacer una ronda. Val observó, sobrecogida, el interior de la Catedral de Sevilla completamente vacía. La quietud que se respiraba en aquel templo le oprimía el estómago, y la falta de luz resultaba ciertamente inquietante. Las muchas figuras repartidas por el templo clavaban su mirada en la chica, quien con pasos lentos se dirigió hacia la zona de los bancos. Sin lugar a dudas, iba a ser una noche muy divertida y especial. –No te preocupes -dijo Val sin poder evitar sonreír-. No nos moveremos de aquí. 16
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo CAPÍTULO 03: JORGE Jorge sentía que su fin se estaba acercando, y ciertamente así lo deseaba. Bueno, no es que precisamente le apeteciese morir, pero la única alternativa a la que podía aspirar era vivir como un monstruo, una auténtica deshonra para él y para los suyos. No, de ninguna manera, antes se quitaría la vida... si le daba tiempo. En cualquier caso, Jorge creía que no sería necesario intentar un suicidio: la falta de agua en aquel lugar hacía mucho más difícil la supervivencia, y sus heridas empeoraban a cada minuto. Aparte de las contusiones y los moratones, Jorge creía que tenía algunas costillas rotas, y la herida que una de las lanzas enemigas había causado en su pierna izquierda tenía un aspecto nauseabundo, pese a la improvisada venda que se había confeccionado con una polvorienta tela de cortina. Sin embargo, el dolor que emanaba de su pierna no era comparable con el que aquellas horribles y enormes alas estaban causando en su espalda. Negras como la noche, cubiertas de duras y relucientes escamas, y cada vez más difíciles de esconder: aquellas dos alas de dragón que habían salido de su cuerpo eran el comienzo de una maldición, que hacía pagar la sangre de dragón con la vida de aquel Habitante del Círculo que hubiese osado intentar hacerse con La Virtud. Jorge había conseguido robar el amuleto... y el peso de la traición ya pesaba sobre sus hombros. Jorge sabía que, durante la tarde, cruzar aquel balcón podría suponer ser visto por todos los humanos que se agolpaban en la sala principal del templo, pero llevaba demasiadas horas sin probar una gota de agua, dormitando agónicamente sobre un lecho de mantas raídas ubicado en una de las zonas más altas del templo, y no podía más. Tenía que intentar cruzar lo más rápido posible, pero la herida de la pierna y el acuciante dolor que sentía bajo los hombros iban a ponerle las cosas muy difíciles. Jorge se había tapado con una manta oscura, cubriendo las incipientes alas de dragón que habían brotado de su cuerpo. El más mínimo roce con la tela le producía un dolor indescriptible, pero se veía obligado a soportarlo: moverse con aquellas dos alas al descubierto llamaría la atención demasiado, y ése era un riesgo que no estaba dispuesto a correr. Ya había sido bastante complicado colarse en aquella iglesia en mitad de la noche y estando tan malherido como para tener que acabar abandonando su improvisado escondite. Sin pensárselo dos veces, Jorge se deslizó todo lo rápido que pudo a través del balcón, 17
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo hasta alcanzar la entrada de la sala que tenía en frente. La pierna dañada le había retrasado demasiado, y creía haber escuchado a alguien ahogar un grito desde abajo a su paso. ¿Le habrían visto? ¿Estarían ya buscándole por todo el templo? Más que asustado, Jorge se sintió herido en su orgullo: si le importaba ser descubierto era únicamente porque no había terminado su misión, no porque intentasen acabar con su vida... al fin y al cabo, podría decirse que ya estaba muerto. Sin embargo, le dolía tener que andar huyendo bajo una manta pestilente como si de una rata se tratase. Él era un Habitante del Círculo, el más aventajado de los aprendices de la Guardia de la Virtud. Si no llevase días sin probar bocado, podría haber volado sin más de un lugar a otro, moviéndose por el templo con tal sigilo que ni las palomas que poblaban la parte alta del edificio se hubieran percatado de su presencia. En cambio, había que ser cautos y mantener los pies en el suelo: se sentía tan débil que temía precipitarse al vacío tras flotar unos segundos en el aire. En cualquier caso, había conseguido llegar hasta la habitación contigua. Se trataba de una de esas estancias que, pese a su majestuosidad, acaban usándose a modo de desván. Jorge la había descubierto la misma noche en que llegó, y había tratado de recordar mentalmente su ubicación en aquella gran iglesia. Había encontrado un artefacto parecido a una fuente, un invento humano que le proporcionaba agua fresca siempre que pudiese llegar allí. Por desgracia, se trataba de una habitación transitada muy frecuentemente por los muchos sacerdotes que poblaban aquel templo, por lo que difícilmente podía acercarse a beber agua. Esta vez, el cansancio, la sed y la falta de juicio que todo ello le producía le habían obligado a jugársela a una hora tan arriesgada... y lo cierto es que le había salido bien. Se acercó a la fuente y bebió con avidez, de forma imprudente, sin pensar en el daño que podría hacer tal cantidad de agua en el estómago de un cuerpo tan sediento. Una vez hubo terminado sintió náuseas, pero hizo lo posible por contenerlas y mantener en su interior todo lo que había bebido. Jorge supo que era la hora de volver a su escondite hasta que aquella interminable procesión de humanos abandonase el edificio. Antes de marcharse, agarró uno de los recipientes que había junto a la fuente y lo llenó con agua: tenía que intentar lavar la herida de su pierna si quería completar la misión. Con todo el sigilo que le permitían sus heridas y aquellas enormes alas, se escabulló escaleras arriba hacia su guarida. Se trataba de una diminuta habitación que parecía completamente olvidada por los sacerdotes del templo. Allí todo 18
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo era polvo, suciedad y trastos desprovistos de cualquier utilidad. El lugar perfecto para que Jorge planease dónde esconder el Amuleto antes de que sus fuerzas acabasen traicionándole... o, mucho peor, antes de acabar convirtiéndose en un dragón. No, en ningún caso podía dejar que eso ocurriese, al menos dentro de ese lugar. Perdería el juicio y acabaría atacando a todos esos seres humanos que había jurado proteger desde el día en que nació. Jorge temía haber cometido una horrible imprudencia habiendo bajado a la Tierra en aquel lamentable estado, pero no había tenido otra opción. Los Habitantes de fuera del Círculo no podían hacerse con el Amuleto nunca: para eso existían ellos y para eso existía el Círculo... y ni siquiera la vida de su familia tenía tanto valor. El Amuleto era su responsabilidad y estaba seguro de que había obrado correctamente, a pesar de haberse jugado la vida... y de poner en peligro las de algunos humanos... y de haberse ganado una maldición después de que la sangre del Noveno Dragón hubiera corrido por su lanza. Las náuseas habían pasado, y el agua comenzaba a hacer efecto en Jorge, que comenzaba a recuperar algunas fuerzas. Se quitó la manta de encima y se sentó en el suelo, apoyándose contra la pared todo lo despacio que pudo para minimizar el dolor que le causaban las alas al rozar cualquier superficie. La estancia en la que se encontraba estaba tenuemente iluminada por un diminuto tragaluz ubicado en lo más alto del fondo de la sala, gracias al cual Jorge podía distinguir el espacio en el que se encontraba y lo polvoriento que estaba todo. Estiró la pierna izquierda y respiró hondo: tenía que cambiarse la venda si no quería que la herida se infectase más. Muy despacio, fue retirando las capas de tela mientras el dolor casi le cegaba. Colocó su pierna bajo el haz de luz y observó con temor la herida: la punta de una lanza le había destrozado el muslo izquierdo, abriéndole una herida de casi un palmo con una profundidad preocupante. Tras tantas horas con la misma venda puesta, la tela se había llevado parte de la sangre coagulada, lo que había ocasionado que volviese a sangrar. Pero, sin duda, lo peor era el olor: Jorge conocía muy bien el olor de una herida que comenzaba a ser peligrosa... y su pierna comenzaba a desprenderlo. Respirando muy hondo, comenzó a verter el agua sobre la herida abierta. El dolor le cortó la respiración, pero se esforzó hasta derramar el vaso completo. El agua mezclada con la sangre le corrió por la pierna mientras Jorge rasgaba una sábana sucia y polvorienta que había encontrado en la habitación. Dobló un primer trozo repetidamente hasta crear una especie de compresa y se la colocó sobre la 19
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo herida limpia con delicadeza. Luego, rasgó una tira muy larga y la enrolló en torno a su muslo, presionando fuertemente. Jorge estaba satisfecho: la venda aguantaría como mínimo hasta que hubiese completado su misión. Lo que viniese después... poco importaba ya. Jorge probó a ponerse de pie. Le costó más de lo que esperaba, pero para su sorpresa comprobó que podía apoyar su peso en la pierna herida sin que le doliese tanto como antes. Al mirarse la pierna, llegó a ver en el suelo la fantasmagórica sombra que proyectaban las alas de dragón. Acababa de darse cuenta de que desde la batalla no había visto su reflejo en el espejo. Estaba convencido de que su estado era lamentable, pero le preocupaba cuánto había avanzado la maldición... ¿Cómo de grandes serían las alas? ¿Habrían comenzado a salirle escamas en la cara? Súbitamente se tocó el rostro para comprobarlo, pero no encontró nada. Jorge miró a su alrededor buscando un espejo o algo parecido en lo que poder mirarse. Aquella habitación estaba atestada de todo tipo de objetos apilados por doquier, así que quizás hubiese algo que le sirviera. Intentando hacer el mínimo ruido posible, comenzó a rebuscar entre las pilas de cacharros, levantando tal cantidad de polvo que en más de una ocasión tuvo que retirarse para respirar y evitar toser. Finalmente dio con algo que podría usar: se trataba de una bandeja metálica redonda. El paso del tiempo parecía haberla tratado excepcionalmente bien, ya que el metal reflejaba el rostro de Jorge de una forma bastante nítida. Con temor, colocó la enorme bandeja contra la pared, y se retiró un par de metros para tratar de ver su cuerpo al completo. Jorge era alto y fuerte, sin llegar a ser excesivamente musculoso. Llevaba unos pantalones anchos oscuros, prácticamente destrozados, sobre todo en la pierna izquierda. Estaba desnudo de cintura para arriba, ya que se había tenido que quitar la camisa por culpa de las alas. También iba descalzo, como siempre había caminado en el Círculo. Se giró para ver con mayor detenimiento las alas: crecían por momentos, cubriéndole ya prácticamente toda la espalda hasta la cintura. Según le habían contado en la Academia, las alas eran el primer signo de la maldición del Asesino de Dragones, y una vez estaban completamente formadas, la mutación se completaba en muy poco tiempo. Teniendo en cuenta el tamaño de las alas, Jorge supo que no disponía de mucho tiempo para guardar el Amuleto en un lugar seguro. Volvió a girarse y lo sostuvo entre sus manos. Lo llevaba colgando del cuello: una pequeña pirámide de un metal oscuro, en cuyo interior podía distinguirse una esfera de cristal que emitía un fulgor violeta. A Jorge le 20
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo costaba creer que un objeto tan diminuto fuese tan importante para el bien de los humanos, un arma tan peligrosa que era permanentemente custodiada por un dragón y un ejército de seres que vivían por y para ello. Una vía directa de comunicación con el mismísimo Dios. Jorge tenía un poder inmenso entre sus manos y, sin embargo, no sentía nada. «La codicia es sólo un sentimiento humano... aunque los Habitantes de fuera del Círculo también han sabido generarlo.» Jorge agarró de nuevo la bandeja para observar su rostro con mayor detenimiento: su piel, fina y blanca como la nieve, contaba ahora con varias contusiones; su pelo, largo y negro, caía sucio y desgreñado sobre sus enormes ojos azules. La mirada de Jorge era famosa en la Academia, ya que según sus compañeros aquellos ojos de un azul profundo inspiraban temor a propios y extraños. Jorge no estaba especialmente orgulloso de ello, pero ¿qué podía hacer para evitarlo? Para su tranquilidad, no había signo alguno de mutación aparte de las alas. Pese a que su tiempo se agotaba, Jorge podía permitirse descansar un rato y tomar fuerzas para salir del templo aquella noche y tratar de esconder el amuleto en la ciudad. Era totalmente consciente de lo imprudente que era guardar semejante fuente de poder en una ciudad humana, pero su situación era desesperada: si la maldición llegaba a consumarse antes de haber puesto el Amuleto a buen recaudo, quizás lo acabase destruyendo, quizás lo perdiese o quizás cayese en las manos equivocadas. En cualquiera de estos casos, ¿qué ocurriría con la humanidad? Sumido en estos pensamientos y dolorido por las nuevas alas que habían brotado de su cuerpo, Jorge cayó en un sueño intranquilo, envuelto en las mantas e intentando mantener la pierna en una posición más o menos cómoda. Jorge abrió los ojos. Había anochecido y la habitación en la que se encontraba se había sumido en la penumbra. Tan sólo conseguía distinguir el espacio por el que se movía gracias a la blanquecina luz lunar que entraba por el tragaluz. La pierna le palpitaba de dolor, y algo en su cuerpo no iba bien. Sentía un enorme vacío en el estómago, algo totalmente nuevo para él: al fin y al cabo, los Habitantes del Círculo no se alimentaban como lo hacían los humanos; ellos sólo necesitaban agua limpia y fruta, y jamás sentían hambre. ¿Era esta sensación parte de su mutación? Súbitamente, un fuerte olor invadió sus sentidos y agudizó la percepción de su entorno: de pronto, escuchaba todos y cada 21
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo uno de los sonidos que se producían a su alrededor, desde el crujir de la madera hasta una pareja humana que reía al otro lado de la fachada del edificio. Llevado por un instinto animal, Jorge se lanzó contra el montón de objetos del fondo de la habitación. Haciendo uso de una fuerza sobrehumana, apartó de su camino todo cuanto encontraba, armando un terrible estruendo. Buscaba desesperadamente algo en aquel montón de cacharros, llevado por un frenesí que no podía ni quería evitar, embriagado por el olor que provenía del fondo de la estancia... el olor de la sangre. Por fin la encontró: una enorme rata grisácea mordisqueaba lo que había sido la pata de madera de una vieja silla. El roedor chilló de pánico cuando Jorge se abalanzó sobre ella, pero era demasiado tarde: con un rápido gesto, partió el cuello de la rata y se la llevó a la boca con avidez. En el momento en el que el cuerpo inerte de la rata entró en contacto con su boca, reparó en qué estaba haciendo. Tiró el animal muerto lejos de donde estaba y se dejó caer en el suelo, agotado. Su pecho subía y bajaba mientras trataba de controlar su respiración. Estaba demasiado asustado para moverse, temiendo que, al haber causado tal caos, hubiese llamado la atención de los humanos. No podía creer lo que acababa de pasarle: su cuerpo comenzaba a tener instintos de bestia, a pedirle carne, sangre, el sacrificio de una vida para acallar su hambre. Al ver la rata muerta que había lanzado contra la pared, no pudo evitar vomitar. Estaba agotado, dolorido y muy asustado de sí mismo. Si la maldición estaba aún en una fase tan temprana... ¿cómo había perdido el control de aquella manera? ¿Le ocurriría lo mismo al ver a un humano? Tras haber armado tal jaleo, Jorge sabía que no podía seguir escondiéndose en esa habitación. Si alguien había escuchado el estrépito tarde o temprano pasaría por aquella habitación para ver qué había pasado. Si no quería ser descubierto, tenía que darse prisa en encontrar otro escondite. El problema era que había oscurecido totalmente, y Jorge no contaba con alguna fuente de luz para orientarse por los angostos pasillos de aquel templo. No obstante, no tenía alternativa: había de salir y esconderse en otro lugar. Sin pensarlo más, se colocó de nuevo la manta sobre las alas, de la forma más delicada que pudo, y abandonó la estancia. Ante él se extendía un largo pasillo en el que apenas distinguía las puertas contiguas y algún mueble contra la pared, pero ni siquiera sabría decir hasta dónde llegaba. Caminó muy despacio y a tientas, intentando agudizar el oído al máximo para estar alerta en caso de que algún humano se estuviese acercando. Fue entonces cuando la oyó. Era la voz de una humana, joven, según los criterios de la 22
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo quién pertenecía aquello, sería la prueba perfecta, tendrían que creer su historia sin más remedio. Sin embargo... ¿dejarían que se lo quedara? La curiosidad de Val ante aquel extraño objeto crecía por momentos. ¿De qué se trataba? ¿Sería algo mágico? ¿De dónde narices venía ese brillo violeta? —Eso no es de Val... — la voz de María la sacó de sus pensamientos. —¿Cómo que no? — dijo Val, agarrando la pirámide y guardándola en su bolso — Es un regalo de mis padres... Les gusta regalarme cosas raras. Me lo había puesto para salir hoy, y se me habrá caído en la catedral... —¿Qué dices? — repuso María frunciendo el ceño — Tú no has venido con eso... —¡Claro que sí, María! — Val fulminó a su amiga con la mirada, abriendo mucho los ojos — ¿Es que no te acuerdas? Anda que, vaya memoria... —¿Qué? — María cambió súbitamente el gesto — ¡Ah, ah! Sí... Joder, qué mal, ¿eh? Supongo que será la cerveza... —Pues menos mal que lo he encontrado, ¿no? — dijo Pedro con algo de orgullo en la voz — Si se lo encuentra un compañero se lo hubiera quedado... —¡Pues sí! — exclamó Val sonriente — Muchas gracias, Pedro. En fin... ¿brindamos? —Vale... — dijo María — ¿Y por qué brindamos? —Pues por qué va a ser — respondió Val —. Porque he salido viva de ésta. —Y porque ésta sea la primera de muchas noches con vosotras — dijo Pedro sonriendo socarronamente. —Eh... sí, eso — dijo María, mirando a Val. Todos alzaron sus cervezas y bebieron. Val hizo lo posible por no mostrarse ausente durante el resto de la noche, aunque lo cierto es que le costaba no pensar en el objeto que tenía en el bolso, en el ataque de aquel monstruo... Habían pasado demasiadas cosas como para escuchar cómo Pedro trataba de ligar con María, cómo María le daba calabazas y cómo finalmente ésta le concedía alguna que otra sonrisa. Todo había ocurrido muy rápido, y aún lo tenía que asimilar. Las cervezas llegaban a un ritmo más veloz de lo que Val hubiese esperado. Casi sin darse cuenta habían cambiado dos veces de local y eran casi las tres de la madrugada cuando decidieron que era hora de irse a casa. Pedro se empeñó en acompañarlas al apartamento de Val, pero ellas se negaron... ya había hecho bastante por ellas ese día. 29
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo Tras mucho insistir, Pedro se despidió y se dirigió hacia su moto. —¿Seguro que puedes conducir? — preguntó María. —Tranquila, guapa, un par de cervezas no pueden conmigo... —¿Un par? — preguntó Val entre risas. Tan pronto como Pedro arrancó su scooter y se perdió en la noche sevillana, María detuvo en seco a Val y la miró fijamente a los ojos: —Val: el colgante. ¿Qué pasa? Si es porque te ha gustado, vale, pero... —Es de él, María... — no podía contener la risa — ¡Es de él! —¿De quién? — el rostro de María tornó en sorpresa — ¿Qué? ¿De él? ¿Del monstruo? —No me creías, ¿verdad? ¡Pues ya tienes una prueba! —Quiero verlo. —¿Aquí? ¿Estás loca? — agarró del brazo a su amiga para que continuaran caminando — Anda, vamos a casa... allí podrás verlo mejor. Con algo de esfuerzo por culpa de las cervezas, Val y María entraron en el apartamento. Tan pronto como llegaron se pusieron cómodas y se dirigieron al dormitorio de Val. Se sentaron en la cama, y Val sacó de su bolso la pequeña pirámide de metal. El brillo violeta que emergía del objeto se reflejaba en los enormes ojos de María, que lo miraba atónita. —Desde luego, esto no parece cosa de este mundo... —Mola, ¿eh? — Val lo examinó detenidamente entre sus manos — A lo mejor es algún tipo de objeto mágico... —A lo mejor... ¿Qué piensas hacer con él? — María abrió la boca súbitamente — ¿Y si ese tipo lo está buscando? —Pues que lo busque — respondió Val sin apartar la mirada de la pirámide — ¿Cómo va a dar con nosotras? Se le ha caído por accidente. —Joder, Val, qué valiente eres. Si una especie de bicho humanoide me atacara como te ha atacado a ti, desde luego no querría tener en mi casa nada que le perteneciera... —No me ha atacado... me ha tapado la boca para que no gritara, y yo me he desmayado. —¿Y te parece poco? ¡Podría haberte violado, o algo así! 30
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo —Qué va... En realidad, no creo que sea alguien malo... —¿Y en qué te basas, si se puede saber? — le arrebató la pirámide de sus manos — ¿En su dudoso gusto por la joyería? —No sé... — Val dirigió su mirada a María — Le miré a los ojos, y eran enormes... y tristes. Creo que sobre todo tenía miedo. —¡No me lo puedo creer! — María dejó caer la pirámide sobre la cama y enarcó una ceja— ¿Ahora me vas a decir que te ha gustado ese bicho? Ay, si no fuera porque has conseguido una prueba creería que te estás quedando conmigo... —¿Cómo me va a gustar, María? Sólo digo eso... que no creo que sea una mala persona... —¿No habíamos quedado en que no era una persona? María soltó una carcajada, y Val le respondió con un almohadazo. Siguieron charlando durante largo rato, tanto de lo que había ocurrido aquella noche como de otras muchas cosas: de la carrera, de sus compañeros, de Pedro... Las horas pasaron, y casi despuntaba el alba cuando María, totalmente agotada, se dirigió al cuarto de los padres de Val, una habitación que ya era casi más de su amiga que de ellos... o así sería hasta que algún día decidieran pasarse por Sevilla y hacer una visita a su hija. Val estaba totalmente agotada. Habían pasado tantas cosas que no era capaz de asimilarlas. Por primera vez en todo el día, sintió una punzada de temor: ponerse a buscar a alguien en el interior de la catedral había sido una locura, se había desmayado y había quedado expuesta a cualquier amenaza. Desde luego, se había comportado de forma totalmente irresponsable, pero no pudo evitarlo. Val pensó que, por otro lado, aquella aventura había merecido la pena. Volvió a coger entre sus manos la pirámide, y la miró fijamente, dejándose imbuir por el fulgor de su interior. ¿Tendría este objeto algún valor para aquel tipo? No sabía por qué, pero así lo creía. Quizás el hecho de que Pedro se lo encontrase en el suelo había sido cosa del destino... ¿Y si estaba predestinada a volver a encontrarse con aquel extraño? ¿Sería alguien especial, o un simple vagabundo, tal y como apuntaba María? ¿Habrían sido aquellas alas negras producto de su imaginación? No... definitivamente no se las había imaginado. Sin dejar de dar vueltas al tema, Val se metió en la cama y se dejó vencer por el cansancio. No tardó en quedarse profundamente dormida, y los sueños invadieron su 31
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo mente de una forma vívida y casi tangible: Se encontraba de nuevo en la catedral, pero no estaba María, ni tampoco Pedro. Llevaba sus materiales de dibujo y sentía que algo muy pesado le colgaba del cuello. Se trataba de la pirámide de metal, cuya luz violácea componía toda la iluminación que Val necesitaba para moverse por el templo. Las fantasmagóricas figuras del interior de la catedral la observaban con mirada juiciosa, mientras la chica se dirigía hacia la capilla mayor. Val observó las enormes vidrieras que decoraban la iglesia: en lugar de mostrar los dibujos habituales, aparecían formas distorsionadas y tenebrosas, monstruos oscuros con enormes alas que la miraban con gesto agresivo. Invadida por el terror, Val aligeró el paso hacia el altar mayor. La reja estaba abierta, y pasó sin más al interior. Sentado en un enorme sillón orejero, allí se encontraba el extraño habitante de la catedral. Estaba herido en una pierna y un brazo, y parecía agotado. Val dirigió su mirada a las dos enormes alas plegadas a su espalda. Sintió algo parecido a un escalofrío, pero no quería abandonar aquel lugar. «Dibújame» Val sabía que el monstruo no había abierto la boca, pero de alguna forma se había dirigido a ella, directamente a su cerebro. «Dibújame» No supo por qué, pero no pudo desobedecer. Sin más, sacó uno de sus folios de la carpeta y comenzó a dibujar el rostro del desconocido. Comenzó por sus ojos, grises, enormes y tristes. Pasó lo que consideró una eternidad, pero no conseguía terminar con los ojos. Siempre había detalles, brillos, diminutas imperfecciones... tenía la sensación de que iba a pasarse la vida tratando de reproducir aquella mirada tan profunda. «¿Dónde estás?» El extraño volvió a introducirse en su mente. Siguió dibujando, sin saber qué responder. «¿Dónde estás?» ¡Estaba allí! Levantó su mirada para responder... e intentó gritar, pero no pudo. El monstruo se había levantado del sillón, y un sinfín de protuberancias comenzaban a salirle por doquier. Entre alaridos de dolor, se fue transformando, ante la mirada de Val, en una horrible y oscura criatura. Aterrorizada, intentó salir de la capilla mayor, pero la reja estaba cerrada. Las paredes del templo comenzaron a temblar violentamente mientras el 32
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo monstruo seguía aumentando de tamaño y profiriendo gritos: de su cabeza brotaron unos enormes cuernos, y sus alas se extendieron, gigantescas y negras como la noche, ocupando casi toda la capilla mayor. La capilla y el resto de salas de la catedral comenzaban a derrumbarse: las gigantescas vidrieras estallaron en pedazos y los imponentes pilares se resquebrajaban del suelo al techo. Val sintió que el pánico no le dejaba respirar. De pronto se dio cuenta de que la pirámide que colgaba de su cuello pensaba inusitadamente. Con un soberano esfuerzo se la quitó del cuello y la sostuvo frente a sus ojos. El fulgor violeta se fue intensificando mientras el monstruo, al verlo también, se acercaba con rapidez. El color violeta dio paso al blanco, una luz cegadora que quemaba sus ojos y le obligaba a intentar cerrarlos. El monstruo abrió sus alas y, aún con la misma mirada triste, se abalanzó sobre Val. Val abrió los ojos. Tenía la boca seca y las sienes le palpitaban violentamente. Estaba bañada en sudor, y las sábanas de su cama eran un absoluto caos. La luz del día entraba por la ventana dándole de lleno, y el calor era realmente asfixiante. «Menuda pesadilla...» Escuchaba un leve ruido procedente de la cocina. Seguramente, María se habría despertado antes que ella y habría ido a prepararse un café. Puso los pies en el suelo y observó el desastre en el que había convertido su habitación la noche anterior: ropa tirada por todas partes, los materiales suyos y de María, y... ¿dónde estaba el colgante en forma de pirámide? Durante unos instantes, el pánico se apoderó de Val. Comenzó a buscar desesperadamente por el suelo, pero no estaba ahí. Trató de recordar cuál fue la última vez que lo vio, e instantáneamente saltó a la cama, rebuscó por debajo de las sábanas... Y allí estaba. Lo sostuvo entre sus manos suspirando de alivio, fijando su mirada en el fulgor que emitía el objeto de cristal. Como estaba en ropa interior, rebuscó entre su ropa hasta dar con su pijama, se lo puso y guardó el colgante en uno de los bolsillos. Se dirigió a la cocina, en busca de María y un café bien cargado. —Buenos días — dijo bostezando mientras cruzaba el pasillo — ¿Queda algo de café? Nada más cruzar la puerta, alguien la agarró fuertemente desde atrás y le tapó la boca. Val forcejeó, pero era inútil: la fuerza que la mantenía inmóvil era inmensa. —No hagas ruido y no te pasará nada. E intenta no desmayarte esta vez. 33
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo CAPÍTULO 05: JORGE Jorge se encontraba al límite de sus fuerzas. Había sido una noche interminable: la pierna le ardía de dolor, había perdido la Llave de la Virtud y se había visto obligado a abandonar su escondite en plena noche. La chica humana se debatía con violencia entre sus brazos, pero su fuerza era insignificante comparada con la de un Habitante... por muy débil que se encontrase. —¡Deja de moverte y escúchame! ¿No ves que es inútil? Tras unos segundos, la chica pareció relajarse un poco. —Está bien — susurró Jorge — . No quiero haceros daño, ni a ti ni a tu amiga. Sin embargo, si ella me descubre no tendré más remedio que acabar con las dos. Si quieres que te suelte, tendrás que permanecer en silencio. ¿Lo harás? Tras unos instantes que a Jorge le parecieron eternos, la humana asintió enérgicamente. Muy despacio, la alejó de su lado y ésta se dio la vuelta. Tan pronto como puso espacio entre ambos y dirigió su mirada hacia él, los ojos de la chica emanaron puro terror. —Tranquila. Como bien te he dicho, no quiero hacerte daño. El ruido de una puerta al abrirse puso a Jorge en guardia. —Es ella. Rápido, tengo que esconderme. La chica palidecía por momentos, pero parecía haber reaccionado —Sígueme — dijo ella saliendo apresuradamente de la cocina y entrando en una habitación al final del estrecho pasillo. —¡Vamos! -susurró ella, apremiante. Jorge pasó rápidamente al interior de la habitación y la chica cerró la puerta. Un segundo después, la voz de la otra sonó desde el exterior: —¿Val? ¿Me has llamado? Estaba sobada... —¡N-No! Bueno sí... Espera... ¡Ahora salgo! — dirigió su mirada a Jorge y bajó el tono de voz — Si no salgo a despedirme de ella, sospechará... Jorge sopesó la situación unos instantes. —Está bien — miró a la chica directamente a los ojos, agarrándola por los hombros —. Por favor, no intentes escapar. No quiero tener que haceros daño. 34
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo La humana volvió a asentir. Sin decir una palabra, abrió la puerta y se deslizó hacia el exterior. Jorge pegó la oreja a la puerta, agotado y asustado: —¡Buenos días! — exclamó la otra humana — ¿Te pasa algo? Tienes mala cara... —Nada — la voz de la chica sonaba muy tensa —. Es que... estoy con la regla. —Vaya... ¿Quieres que me quede y te prepare algo para desayunar? —N-no... No es necesario. Gracias, María. Creo que simplemente voy a volver a la cama. —¿Seguro? Bueno, luego te llamo a ver qué tal sigues. Yo me largo ya... mis padres me van a matar cuando llegue. —Vale — unos pasos se alejaron en dirección a la entrada —. Luego hablamos . —¡Hasta luego! ¡Y tómate algo para la barriga! El sonido de la puerta al cerrarse tranquilizó a Jorge. Se alejó de la puerta y se sentó en la cama de aquella habitación. La humana no tardó en aparecer. —Ya está — cerró la puerta tras de sí y permaneció quieta, observando a Jorge con temor. —Gracias — se levantó, y la humana retrocedió asustada. Pensó que lo mejor era permanecer sentado — ¿Por qué no te sientas? Con una obediencia provocada por el temor, la chica humana movió la silla de su escritorio y se sentó a unos metros de distancia de Jorge. —¿Cómo has llegado hasta aquí? — preguntó ella — ¿Cómo me has encontrado? —La Llave — respondió Jorge. Casi le costaba trabajo hablar del cansancio —. Te llevaste la llave, ¿verdad? La humana lo observó unos instantes, se llevó la mano al bolsillo y sacó el preciado objeto. —Lo siento... — dijo cabizbaja — No sabía que era tuyo... Jorge se levantó y cogió la Llave de la Virtud de la mano de la chica. Se movía con dificultad debido a su indumentaria: se trataba de una tela uniforme, de color azul marino. Había hecho un agujero en medio con sus propias manos, y se lo colocó por la cabeza. De esta forma, sus alas de dragón permanecían ocultas bajo la tela. Le producía un dolor insoportable, pero salir con aquellas alas desplegadas hubiera llamado más la atención. Observó la rotura del colgante, y examinó la Llave en busca de algún desperfecto. Al 35
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo parecer estaba intacto, y conservaba su brillo característico. Con la Llave de la Virtud entre las manos, Jorge se sintió seguro y aliviado, y repentinamente más cansado. Se había expuesto a un gran peligro deambulando por las calles de aquella ciudad humana, pero finalmente había merecido la pena. Ahora tenía que decidir qué hacer con la chica. Volvió a su sitio ante la atónita mirada de la humana. —¿Y ahora qué? — preguntó la chica — ¿Me vas a matar? —Si hubiera querido matarte, ya lo habría hecho, humana. —Me llamo Val. «Se llama Val» Jorge sabía que desde el momento en que conociese el nombre de aquella chica, sería incapaz de matarla. Iba a tener que confiar en ella, como mínimo hasta que cumpliese su misión... o hasta convertirse en el Cuarto Dragón de las Puertas. —Yo me llamo Jorge. —¿Jorge? — Val frunció el ceño y se mordió el labio. Miró detenidamente el rostro de Jorge — Pero tú... No eres humano, ¿verdad? — tímidamente, la chica dirigió su mirada a las alas de Jorge, ocultas bajo la tela oscura. —Es una larga historia — Jorge sintió una paralizante punzada de dolor en la pierna. Se agarró el muslo con el rostro contraído —. Pero primero tengo que saber si puedo confiar en ti. Val reparó en el gesto de dolor de Jorge. —¿Qué te pasa? ¿Estás herido? —Sí... pero eso ahora no tiene importancia. Tienes que escucharme. —Déjame ver la herida primero — con mucha cautela, Val se levantó de la silla y se acercó a Jorge —. Tengo un botiquín, quizás pueda curártela... Tras pensárselo unos segundos, Jorge se remango el pantalón hasta dejar la herida al descubierto, y la chica se agachó para examinarle con detenimiento. La improvisada venda que se había colocado el día anterior en el templo estaba empapada de sangre. Con mucho cuidado, Val retiró la venda y dejó la herida al descubierto. Jorge respiró hondo, presa del dolor. La chica compuso un gesto de preocupación. —Joder, esto está muy mal. Deberías ir a un hospital. —Nadie más puede verme, Val. Sería peligroso. Val siguió mirando la herida durante unos segundos. Suspiró profundamente y se 36
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo puso en pie. —Voy a por el botiquín. No sé si voy a poder curarte en condiciones, pero al menos podré limpiarla. —Muchas gracias — respondió Jorge. Estaba realmente sorprendido por el comportamiento de aquella humana, aparentemente tan joven. Al cabo de un par de minutos, Val volvió con un botiquín, un pequeño cubo con agua y un trozo de tela blanco. Lo puso todo sobre la mesa y luego colocó la silla de su escritorio frente a la cama. —Ven, siéntate aquí y pon la pierna sobre la cama. Jorge obedeció, y Val comenzó a tratar su herida. Primero humedeció el trozo de tela y limpió la herida con mucha delicadeza. Pese a que le estaba escociendo, no quería inquietar a la chica. Reparó en lo guapa que era: su pelo rubio y fino contrastaba con su rostro pálido y poblado de diminutas pecas, aunque lo que realmente destacaba eran sus ojos, enormes y oscuros. Val enjuagó el trozo de tela en el cubo, y el agua se tiñó de rojo. Con la zona de la herida limpia, la hendidura provocada por la lanza de Arcano se mostraba más profunda. —Has tenido mucha suerte... no sé cómo, pero no ha llegado a infectarse — Val sacó del botiquín un bote amarillo —. Por si acaso, voy a ponerte esto. Te desinfectará la herida pero va a dolerte mucho, ¿Vale? —Tranquila — dijo Jorge sonriendo —, soporto bien el dolor. Tan pronto como respondió, la chica vertió sobre la herida un líquido oscuro y espeso. Jorge sintió un terrible escozor en el muslo, pero pasó pronto y dio paso a un cierto alivio. Val cogió un trozo de algodón y repartió bien el líquido por toda la herida. Se quedó observando la herida, y volvió a morderse el labio: —Es muy profunda, Jorge. Debería coserla. —¿Coserla? — preguntó Jorge con extrañeza — ¿Sabes coser heridas? —No lo he hecho nunca... Pero podría intentarlo. Y te va a doler mucho más que lo anterior. Jorge asintió en silencio. Val sacó del botiquín un paquetito que incluía hilo y un par de agujas. —Bueno, será mejor que hablemos — dijo la chica enhebrando la aguja — Para empezar... ¿Cómo has entrado aquí? 37
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo —No ha sido muy complicado — respondió Jorge con un atisbo de sonrisa en los labios —. La puerta estaba abierta. —Oh... vaya — Val se ruborizó al instante —. María... siempre le pasa lo mismo — acercó la aguja a la herida —. Voy a empezar, ¿Vale? Jorge volvió a asentir. Se aferró a la silla fuertemente y resopló cuando la aguja atravesó la piel por primera vez. Tras la primera punzada, Val continuó trabajando con rapidez y acierto. El dolor no era del todo insoportable. —¿Y... se puede saber cómo has dado conmigo? — preguntó la chica sin dejar de dar puntadas. —Por la Llave — Jorge clavó su mirada en el colgante —. Puedo sentirla, si no está muy lejos. —¿Eso es una llave? — preguntó Val sin levantar la mirada de su trabajo — Yo pensé que era un amuleto, o algo así... ¿Y qué es lo que abre? Jorge respiró hondo mientras Val continuaba cosiéndole. —Eso no es de tu incumbencia — respondió secamente. —Vale, vale... perdona. La chica permaneció en silencio mientras acababa con su trabajo. La costura había quedado bastante irregular, pero bastaría para que su pierna comenzase a mejorar. Mientras Val recogía los medicamentos, Jorge se preguntó si debía confiar a aquella humana secretos tan importantes como el de la Llave de la Virtud... No, no podía arriesgarse. La chica le había visto, había tenido la mismísima Llave entre sus manos... tenía que contarle lo justo y necesario para que mantuviese la boca cerrada. Val volvió a sentarse en la silla, pero esta vez miró directamente a los ojos de Jorge. —¿Y bien? Has dicho que tenías que contarme algo, pero en cuanto te he hecho una pregunta no has querido contestarla — se cruzó de brazos y mantuvo un semblante serio —. Venga, soy toda oídos. —Está bien. Esto no debería haber pasado. Si tú no me hubieras visto, si no me hubieras buscado... si no hubieras robado la Llave... —¡Eh! — dijo Val — Si tú no te hubieras colado en la catedral, o si te hubieras escondido mejor, no te habría visto. Y ese colgante no lo robé... me lo encontré. —Bueno, eso ya da igual — respondió Jorge meneando la cabeza —. Tengo que hacer algo en esta ciudad, y tengo que hacerlo antes de que sea demasiado tarde. Me refugié 38
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo Miró a Shedu a los ojos, con el pecho ardiendo de rabia. —¿Cuándo partimos? 45
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo CAPÍTULO 07: VAL María: ¡Vaaal! María: ¿¿Estás viva?? María: Eo... ¿Se puede saber dónde te metes? Val: ¡Ey! Estaba dormida... María: ¿Dormida? Pero si te despediste de mi este medio día... Val: Ya... es que volví a la cama. María: Vaya, no sabía que ibas tan pedo... Val: ¿Pero qué dices? Anda ya... María: Bueno, da igual. ¿A qué hora quedamos esta noche? Val: No... no creo que salga hoy, María. Estoy reventada. María: ¿¿Qué?? ¡Venga ya! ¿Ayer a la iglesia y hoy esto? Val: No, de verdad... Es que anoche llegamos muy tarde, y no me apetece. María: Pues anda... ¿Quieres que tire para allá un rato? Val: No te preocupes, sal tú y pásatelo bien. María: Sí, ya, a ver a quién llamo... Val: Pedro no curraba hoy, ¿no? María: Cállate, Val... Val: jajaja... ¡Un beso! María: Bye! Tumbada sobre la cama, Val dejó la Blackberry a un lado y contempló el techo de su habitación. María era tan confiada y crédula. Su inocencia le resultaba encantadora, aunque bien podría causarle problemas en determinados momentos. No obstante, ¿quién era ella para hablar de exceso de confianza? Al otro lado de la pared, en la habitación de sus padres, descansaba un perfecto desconocido con alas de monstruo, al que, tras haber descubierto colándose en su propia casa, había atendido y curado sus heridas. Si sus padres se enteraban de esto, la mataban. Definitivamente. Pero no podía evitarlo. Incluso en el instante previo a su primer encontronazo, Val había mirado a Jorge directamente a los ojos... y no había visto maldad. Aquella mirada, triste, oscura y profunda, no inspiraba temor en ningún momento, sino más bien cierta 46
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo sensación piadosa. Y, para qué negarlo... también le había parecido guapo. O más bien, atractivo. No lo tenía claro, pero algo en aquel hombre le atraía inexplicablemente. ¿Serían las alas? Tan confusa como emocionada, Val saltó de la cama y, tras tratar de mejorar en la medida de lo posible el estado de su habitación, salió a la cocina en busca de algo para comer. Un sandwich bastaría. Aquella tarde no le cabía mucho más. Se sentó a cenar mientras hacía zapping frente a la pequeña televisión de la cocina. Casi había terminado cuando Jorge le saludó desde la puerta. Ella se sobresaltó... estaba acostumbrada a vivir sola. El chico se había cambiado de ropa, aunque continuaba semidesnudo: Val le había prestado unos vaqueros viejos de su padre y unas zapatillas de esparto bastante usadas, pero no había encontrado con qué cubrir su torso, teniendo en cuenta las enormes alas que emergían de su espalda. De su cuello colgaba el extraño objeto al que él llamaba “La Llave”. —Vaya, perdona... —No pasa nada — se puso de pie — . ¿Qué tal esa pierna? —Creo que mucho mejor... Gracias. —Siéntate — separó una de las sillas de la mesa de la cocina —. ¿Tienes hambre? —¿Hambre? — Jorge se mantuvo pensativo unos segundos — La verdad es que sí... —¿Qué quieres que te prepare? No soy muy buena cocinando, pero los sandwiches... —¿Tienes fruta? —¿Fruta? ¿Para cenar? —Por favor. —Fruta... Vale. A ver... — se dirigió al frigorífico y examinó su interior — Tengo un plátano, una naranja y algo de sandía. El plátano está algo pocho... —¿Sandía? —Sí — sacó un plato con media sandía envuelta en film de plástico — ¿No sabes lo que es? —Nunca había visto una — Val puso el plato sobre la mesa, y Jorge observó la fruta maravillado —. ¿Puedo probarla? —Sí, claro, toma un cuchillo... Antes de que Val pudiese reaccionar, Jorge se lanzó a por la sandía como si no 47
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo hubiese comido en años. Arrancó el plástico y hundió ambas manos en la pulpa roja, llevándose enormes trozos a la boca a tal velocidad que apenas le daba tiempo a masticar. —¡Eh! — exclamó Val — ¿Qué forma es esa de comer? —¿Qué pasa? — respondió con la boca llena de sandía. —¿Es así cómo comes en tu casa? —Bueno... — trató de tragar — Nunca había comido una fruta de este tamaño. Está muy bueno... —Vale... intenta calmarte y tragar. Toma — le tendió un cuchillo —. No tienes por qué meter las manos en la sandía... Jorge hizo lo que pudo, y continuó comiendo haciendo uso del cuchillo de una forma algo torpe. Val se sentó frente a él y le observó en silencio mientras daba cuenta de la sandía. Parecía que llevaba semanas sin comer, y sus torpes movimientos en la mesa le asemejaban más a un niño que a un hombre. «¿De dónde habrá salido este tipo?» Las estrellas ya iluminaban la noche sevillana cuando Jorge terminó su cena. Una sensación de inquietud creciente se apoderaba de Val: el momento de salir a esconder el misterioso colgante había llegado. —Será mejor que salgamos cuanto antes — dijo Jorge levantándose —. Mi pierna está mucho mejor, pero... no tengo mucho tiempo. —¿No tienes tiempo? — Val examinó su rostro — ¿Estás enfermo o algo así? — fijó su mirada en las alas negras — ¿Es por...? —No tiene importancia. Vamos... Subamos arriba. —¿Arriba? —Sí — Jorge agitó levemente las enormes alas —. Vamos a volar. 48
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo CAPÍTULO 08: VAL Val salió a las escalera de su bloque a husmear en busca de algún vecino. Nadie a la vista. Con una señal apremió a Jorge para que subiese hasta la azotea. No podía creer lo que estaba haciendo. María continuaba acribillándola a mensajes a su móvil, pero prefería no contestar. Sabía que lo que iba a hacer era muy peligroso, pero... ¡Volar! ¿Cómo iba a desaprovechar una oportunidad así? Tan pronto como Jorge abandonó su apartamento, cogió su móvil, una pequeña libreta y unos lápices y lo guardó todo en su bandolera favorita. Corrió escaleras arriba y salió a la azotea. El corazón le dio un vuelco cuando encontró a Jorge posado sobre el muro exterior de la azotea, examinando las calles aledañas con movimientos felinos, controlando todo cuanto ocurría abajo. Val se acercó a él y sintió cómo todo su arrojo se tambaleaba... ¿Cómo iba ella a volar? —Bien — Jorge le tendió la mano para ayudarla a subir —. Vamos, tenemos que irnos. —Espera, espera — dio un paso hacia atrás —. ¿Seguro que puedes volar? Estás herido y... —Gracias a ti estoy mucho mejor — por primera vez, le dedico una espléndida sonrisa —. Mi pierna mejora rápidamente, y he tomado un montón de... —Sandía. —Eso. Confía en mí, me sobran fuerzas para elevarnos a los dos. Val arqueó las cejas y se mordió el labio inferior mirando fijamente a Jorge. Le temblaban las piernas y le sudaban las manos, pero finalmente se encaramó en el muro. Había llegado demasiado lejos como para acobardarse en el último segundo. —Bien, vamos allá — Jorge se colocó frente a Val y flexionó las rodillas —. Agárrate a mi cuello. Tan obediente como ruborizada, Val rodeó el cuello de Jorge con sus brazos. En un rápido movimiento, él la levantó con ambos brazos y la pegó contra su pecho. Val sentía el calor de su cuerpo, el frio metal del colgante e incluso los latidos de su corazón. Sus brazos parecían no notar su peso en absoluto: eran duros como el hierro. —Agárrate fuerte y ni se te ocurra soltarte — dijo Jorge con seriedad. Val asintió enérgicamente. 49
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo Sintió un gran mareo cuando los pies de Jorge se separaron del suelo elevándose hacia la luna llena. Ahogó un grito cuando por fin abrió los ojos y se dio cuenta de la altura a la que se encontraban. Una vez alcanzó suficiente altura, Jorge desplegó las alas e intentó mantenerse quieto. —¿Estás bien? — preguntó a Val. —C-creo que sí... —Bien, ¿hacia dónde vamos? Agarrada desesperadamente al cuello de Jorge, trató de mirar a su alrededor para ubicarse. La vista de Sevilla desde las alturas era realmente sobrecogedora. Desde allí podía ver la Catedral en todo su esplendor, resplandeciendo con el fulgor amarillo de la iluminación nocturna. Abajo, en las serpenteantes calles del centro de la ciudad, una continua corriente de personas circulaba por todas partes, ajena a lo que ocurría encima de sus cabezas. —Tenemos que alejarnos del centro — señaló en dirección a la Giralda —. Si no quieres que nos vean, tendremos que alejarnos de esa torre. —Está bien. Jorge se lanzó a toda prisa en sentido contrario a la torre. El repentino aumento de velocidad hizo que Val perdiera el aliento durante unos segundos, pero, tan pronto como se acostumbró, pudo disfrutar más del vuelo. Las calles de Sevilla desaparecían borrosas bajo sus pies: las luces del tráfico de la ciudad se emborronaban ante sus ojos, y los ruidos se disipaban. Allí arriba sólo podía escuchar el batir de las alas de Jorge. Examinó su rostro, y se percató de que una sensación de paz le invadía mientras volaba. Sin duda, estar encerrado entre cuatro paredes no era algo que pareciera sentar bien a alguien como Jorge. —¿Qué es aquella luz? Val siguió la mirada del chico y también se percató de un parpadeo lejano. Entrecerró los ojos para tratar de ver mejor, y finalmente distinguió el punto más alto del puente del Alamillo. —Es un puente muy alto. Suele tener bastante tráfico, pero a esta hora no pasa mucha gente andando... —¿Crees que es un buen lugar para parar? Necesito descansar un momento... Aún no estoy recuperado del todo. 50
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo — Acerquémonos — respondió Val —. Pero con cuidado. Si alguien nos ve, se va a liar una bastante gorda... —No te preocupes, sé cómo pasar desapercibido. Desplegando sus alas al máximo, Jorge planeó sigilosamente sobre el río hasta posarse en lo más alto de la estructura del puente del Alamillo. Aunque desde la distancia pudiera parecer un espacio diminuto, ambos pudieron sentarse sin problemas junto a la enorme luz parpadeante que coronaba aquella estructura. Val miró hacia abajo, intentando no caer presa del vértigo, y contempló las vistas que, de forma privilegiada, podía disfrutar desde lo más alto del puente. La vida nocturna de la capital hispalense transcurría con normalidad, sin saber lo que acontecía en las alturas. Val fijó su mirada en el río, profundo y oscuro como el cielo estrellado. Val pensó que a María le hubiera encantado ver la ciudad desde esa perspectiva... María, ¿Qué pensaría si se enterase de que la había engañado? Tenía que contárselo tarde o temprano... —¡Argh! Val se sobresaltó al oír gritar a Jorge. —¿Qué te pasa? ¿Es la pierna? —No... -respondió apretando los dientes- Es la maldición... —¿La maldición? —Escúchame, Val — Jorge la miró directamente a los ojos. Quizás se equivocase, pero le daba la sensación de que había palidecido — . Debemos acabar con esto cuanto antes. Sé que te he prometido llevarte a la Catedral... no voy a fallarte, pero tenemos que hacerlo hoy mismo. Después... nos despediremos para siempre. —Vaya... ¿Esta noche? —Sé que es muy precipitado, pero estar a mi lado puede ser peligroso — Jorge rehuyó su mirada — . Cada vez queda menos tiempo para que me convierta en algo... monstruoso. Instintivamente, Val dirigió su mirada a las siniestras alas de dragón. ¿Estaba Jorge transformándose en una bestia? Un escalofrío recorrió su espalda. De pronto, su afán por seguir conociendo a aquel extraño se había esfumado. Imaginar a Jorge convertido en un monstruo era algo horrible... y también muy triste. Pensó que lo mejor sería ayudarle cuanto antes. Intentó forzar una sonrisa. —¡Está bien! Entonces no tenemos mucho tiempo — se puso de pie, agarrándose a la 51
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo estructura de la luz parpadeante. Jorge hizo lo mismo, elevándose unos metros sobre la superficie para divisar mejor el terreno a su alrededor. —He estado pensando dónde esconderlo — continuó Val, mirando hacia abajo — . El río quizás podría ser un buen lugar, pero claro, sería un follón tratar de encontrarlo después y... —¡Espera! ¿Qué es eso? En un movimiento fugaz, Jorge abrazó con fuerza a Val y la elevó por los aires. Ella pudo sentir su cuerpo junto al suyo, la calidez de sus brazos... No pudo evitar sonrojarse. —¿Q-qué? — balbuceó. —Allí, esos caminos que se cruzan. Conozco ese símbolo. Justo debajo de sus pies, los diversos caminos que salían del puente del Alamillo formaban una extraña forma geométrica: un círculo perfecto, con otro menor en su interior, aparecía atravesado por una línea recta de abajo a arriba. Sobre el círculo mayor, tres formas elípticas de tres tamaños formaban una especie de pirámide de caprichosas formas. —Vaya, qué bonito, nunca me había fijado... — indicó Val. —Tenemos que esconderlo justo aquí, Val. Es muy importante. —¿Aquí? ¿Justo aquí? ¿Y pretendes que no nos vean? —Nadie sospechará nada si lo haces tú... —¿Pero por qué aquí? —¡No lo sé! — Jorge parecía muy confuso — Pero algo me dice que eso de ahí es una señal... una señal para mí. —Pero Jorge... ¡Nos van a pillar! —Intentémoslo... por favor. —Ay... Está bien. Pasó más de media hora hasta que el puente quedó momentáneamente vacío. Jorge aprovechó para bajar y dejar a Val en la zona de los caminos. Tras darle el colgante, volvió a toda velocidad a lo más alto del puente. La chica miró a su alrededor para orientarse y corrió siguiendo el camino recto que cruzaba los círculos y las elipses. Llegó a una zona arbolada que parecía bastante abandonada: el lugar perfecto para esconder el amuleto. Le llevo un buen rato excavar primero con los pies y luego con las manos, dejar 52
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo el amuleto y enterrarlo concienzudamente. A cada momento, Val creía escuchar pisadas extrañas y se incorporaba rápidamente para tratar de disimular. Cuando acabó estaba llena de tierra y se había hecho algunas pequeñas magulladuras en las manos, pero en general estaba satisfecha con su trabajo: La zona en la que había escondido el collar pasaría desapercibida ante cualquier persona que se adentrase allí. Trató de memorizar mentalmente dónde lo había escondido y, por si acaso, sacó una foto del lugar con su teléfono móvil. Tras asegurarse de que no había nadie cerca, Val hizo una señal a Jorge para que bajase a por ella. Él no tardó en volver a levantarla en pleno vuelo sin mostrar mucho esfuerzo. —Muchas gracias, Val — dijo Jorge sin dejar de mirar al horizonte mientras volaba — No sabes la importancia que tiene lo que has hecho por mí. — No ha sido nada... ¡Aunque las manos me duelen un poco! Jorge esbozó una sonrisa triste. —Lo siento mucho. Bien... Es hora de cumplir mi promesa. Vamos a la catedral. El acuciante dolor hacía que el vuelo de Jorge fuese cada vez más lento e irregular. Hacía lo posible por avanzar hacia el centro de la ciudad sin llamar demasiado la atención, pero tenían que parar continuamente para no acabar precipitándose contra el suelo. Sin lugar a dudas, aquello que estuviese ocurriendo en el interior de Jorge le estaba consumiendo cada vez más deprisa. La madrugada había llegado, y con ella un vacío casi total en las calles del centro de la ciudad, cuando Jorge y Val posaron sus pies, por fin, en la Catedral de Sevilla. Aterrizaron sobre una de las cúpulas occidentales del templo, un complejo entramado arquitectónico que, a la luz de la luna, a Val le pareció sobrecogedoramente bello. —Vaya... me encantaría dibujar esto — de pronto calló en la cuenta — Maldita sea... ¡Mis materiales de dibujo! Jorge soltó una sonora carcajada. —¿Tanto interés por venir aquí y te dejas tus materiales? —¡Ey! — el enfado se apoderaba de Val — ¡Si no te hubieras apresurado tanto no se me habrían olvidado! — se sentó apoyándose en la bóveda — Qué mala suerte... —Bueno — Jorge se sentó junto a ella —. Tampoco es para tanto... simplemente intenta 53
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo recordarlo todo cuando tengas tus papeles... —¡Como si fuese tan sencillo! — suspiró sonoramente — En fin, supongo que ya no hay remedio... Quizás, si pudiéramos volver otra noche, podría traerme mis cosas y... —Olvídalo, Val. Te he prometido una noche... y tiene que ser ésta. Val dirigió su mirada al suelo. —¿Por qué no me dices de una vez qué te pasa? Quizás pueda ayudarte... —Créeme, es imposible... No puedes hacer nada. —He confiado en ti — volvió a mirarle a los ojos —. Has entrado en mi casa, te he curado, te he dado de comer y te he ayudado a esconder ese chisme. ¿Aun así vas a ocultarme todo esto? Durante unos instantes, Val pensó que Jorge no iba a contestar. Finalmente, suspiró profundamente y se puso de pie: —Tienes razón... Has hecho mucho por mí y te lo debo. No obstante, hay algunos detalles que tengo prohibido contarte... ¿Lo entiendes? —¡Qué remedio! — contestó encogiéndose de hombros. — Vengo de un lugar... que no conoces. Allí se está librando una batalla... y parece ser que es por mi culpa. He cometido un crimen horrible, lo peor que puede hacer alguien de mi raza... —Y... ¿por qué has hecho algo así? —Por mi familia... y por vosotros, los humanos — se giró, mostrando las alas en todo su esplendor — . Y éste es el precio. Estoy transformándome en dragón, y cuando eso ocurra perderé todo rastro de consciencia, y mi sed de sangre será tremenda... hasta que vuelva al lugar que me pertenece. —… ¿Y cuál es ese lugar? —Las Puertas del Dragón. 54
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo CAPÍTULO 10: EL CUARTO DRAGÓN DE LAS PUERTAS El Cuarto Dragón de las Puertas abrió los ojos, y el mundo que se presentaba ante sus ojos le asustó como a un recién nacido. Desorientación, hambre, y rabia, mucha rabia... una rabia que le consumía por dentro y avivaba las llamas que ardían en el interior de su estómago. Su cerebro, atormentado por la furia y el dolor, trataba de buscar retazos de algo anterior al despertar... pero nada encontraba. Su mente estaba vacía, ocupada temporalmente por las órdenes demandadas por el instinto. Primero: Descansar. Giró su poderoso cuello en busca de algún lugar en que posarse. Lo más alto de esa estructura coronada por una extraña figura... Un sitio perfecto. Voló hasta ese punto y descargó una gigantesca bola de fuego contra la figura, que se fundió al instante. El calor del metal incandescente reconfortó sus patas doloridas. Segundo: Alimentarse. Necesitaba comer, y el olor de la sangre y de la vida impregnaba cada bocanada de aire que respiraba. Aquel olor le era familiar, extrañamente familiar... y cercano, muy cercano. Aspiró con fuerza el gélido aire de la noche, tratando de evocar un recuerdo que se le antojaba muerto. Perdió momentáneamente el equilibrio cuando una imagen surcó su mente: un ser vivo, diminuto y frágil, se había acercado a él y le había acariciado el hocico. Una sensación de reconfortante calidez invadió su cuerpo y se desplegó hasta las puntas de las alas. Una oleada de miedo sucedió a la calidez, al recordar que aquel ser vivo estaba en peligro... otro ser vivo quería hacerle daño. Su instinto habló de nuevo: Tercero: Sálvala. El Cuarto Dragón de las Puertas estiró sus fuertes cuartos traseros, desplegó sus alas en la noche y rugió con fiereza a la luna. 61
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo CAPÍTULO 11: VAL Val pataleaba, se sacudía con furia e intentaba gritar... pero era imposible escapar. Los fuertes brazos de aquel tipo tan peligroso la atenazaban como si fueran de puro acero se tratasen. Sobrevolaban la ciudad de Sevilla a una velocidad muy superior a la que se había movido con Jorge hacía tan sólo un rato... Jorge, ¿qué le había pasado? Sin duda, aquello que le había estado atormentando había terminado por surgir, con un estallido de luz del que Arcano huyó inmediatamente con la chica en brazos. —¡Deja de moverte, estúpida, o te dejaré caer! Val sabía que intentar zafarse de Arcano a aquella altura era una auténtica locura, pero su instinto le apremiaba a escapar de la amenaza de aquel hombre. Finalmente, Arcano se posó en la azotea de un edificio en el que algunas prendas blancas bailaban al viento tendidas en unas cuerdas. —A ver si lo entiendes, humana — dijo, mirándola a los ojos —. Tu situación es la siguiente: si no me dices dónde está la Llave, morirás; si intentas huir, morirás; si Jorge nos encuentra en ese estado... también morirás. Tu única oportunidad para salir viva de ésta es mostrarme dónde está lo que busco, y te dejaré marchar, ¿Lo has entendido? —Él no me hará daño... ¡Me conoce! — gritó Val con ira. —El Jorge que conociste ya no existe... Ahora es un dragón, un dragón que no dudará en arrancarte la cabeza en cuanto te vea. Val no quería creer lo que oía, pero sabía que en el fondo Arcano llevaba razón. Durante unos instantes pudo vislumbrar la figura de Jorge durante la transformación... y le había puesto los pelos de punta. Resignada, suspiró y le miró fijamente a los ojos. —Prométeme que no le harás daño. —¿Qué? —Si te devuelvo el colgante — se acercó a él con decisión. Le superaba tanto en altura que tenía que levantar la cabeza para mirarlo —. Aunque sea un monstruo, aunque sea agresivo... prométeme que no le harás daño. —No lo has entendido, humana — Arcano acercó su rostro aún más a la chica —. No estás en posición de pedirme nada. Pero, si te sirve de consuelo... dudo que pueda herir al Cuarto Dragón de las Puertas. Ahora, vamos, no nos queda mucho tiempo. 62
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo Arcano volaba a tal velocidad que Val prácticamente no se dio cuenta de que habían llegado de vuelta al Puente del Alamillo. La madrugada había avanzado tanto que aquella zona de la ciudad aparentaba estar deshabitada. El destello ámbar de los semáforos era el único rastro de actividad en los alrededores, y un viento refrescante tan propio de las mañanas de verano recorrió el sudoroso cuerpo de Val. Arcano se posó, al igual que hiciera Jorge, en lo más alto del arco del puente, junto a la gigantesca lámpara parpadeante, y también como Jorge dejó a Val en el suelo, aunque de forma menos delicada. —¿Y bien? ¿Dónde está? Val señaló en dirección a la extraña figura que los caminos que sucedían al puente formaban en el suelo. —Vaya... un curioso lugar para esconder la Llave de la Virtud. Sin mediar una palabra más, el guerrero se lanzó en picado hacia el escondite del colgante. Val enmudeció al ver cómo Arcano dio con el sitio en cuestión de segundos, tan sólo oteando la zona en pleno vuelo. Invadida por el vértigo, la chica se apoyó contra la lámpara y se sentó lentamente, esperando para saber cuál sería su destino. Arcano no tardó en volver con la Llave en la mano y gesto triunfante. —Bueno, no ha sido tan complicado como esperaba... confiar la ubicación de la Llave en una humana... — compuso un semblante serio — Jorge, no te reconozco... —Bueno, ya tienes lo que querías, ¿no? Ahora deja que me vaya. —La insensatez, el ego y la inconsciencia son la lacra de la raza humana. Sin duda, aquél al que vosotros llamáis “Dios” hizo un gran trabajo... pero desde luego cometió errores de gravedad. En fin — suspiró y miró a Val con gravedad — supongo que Shedu tiene razón... Para esto nos han creado. —¿Qué? — las lágrimas brotaron de los ojos de la chica — ¡Prometiste que me dejarías ir! —Promesas — susurró Arcano desenvainando su lanza —, palabrería humana que no tiene cabida entre los Habitantes del Círculo... Val supo que iba a morir. El destello en los ojos de aquel siniestro guerrero revelaba una firme intención de acabar de una vez por todas con su vida. Todo había ocurrido tan rápido y de una forma tan surrealista que en ningún momento se había detenido a 63
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo analizar seriamente el peligro que corría su vida al relacionarse con Jorge e inmiscuirse en su misión de esconder aquel colgante. Las lágrimas brotaron de sus ojos mientras se protegía la cabeza con los brazos, esperando a que el dolor llegara de alguna parte. Sin embargo... nada ocurrió. Lentamente, levantó un brazo para mirar a Arcano, y lo encontró inmóvil, con la lanza levantada sobre su cabeza y mirando un punto fijo detrás de Val. Ésta se giró para mirar a su espalda y se encontró con aquello que había dejado paralizado a Arcano: un descomunal dragón del color de la piedra volaba con suma majestuosidad hacia ello, batiendo las alas lenta pero poderosamente. Arcano guardó la lanza, agarró a Val de la cintura y se lanzó en picado hacia el suelo, dejándola caer desde una altura aproximada de dos metros. La chica cayó sobre el césped del parque contiguo al puente, pero aún así sintió un dolor intenso en la espalda. Buscó con la mirada a Arcano, quien había emprendido un vuelo apresurado en dirección contraria a la del dragón. Val observó a la bestia, que se había posado sobre sus dos patas en lo más alto del puente, donde segundos antes ella habría jurado que iba a morir. El dragón giró la cabeza olisqueando el aire y, cuando dio con Arcano, rugió de forma brutal haciendo retumbar los cimientos del puente del Alamillo. 64
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo CAPÍTULO 12: ARCANO El corazón de Arcano latía desbocado en su pecho mientras huía del Cuarto Dragón de las Puertas. No tenía ni idea de cómo el animal había dado con su paradero, y sobre todo por qué le perseguía, ¿Acaso no olvidaban los Dragones Malditos todo rastro de su conciencia humana? ¿Habría recordado Jorge en ese estado al que había sido su amigo más fiel? Como quiera que fuese, Arcano pensó que no era el momento para cábalas. Miró a su alrededor y sintió un escalofrío al descubrir al dragón posado sobre el puente, oteando la distancia en su búsqueda. Con suerte, la bestia se abalanzaría sobre la humana, lo que le daría tiempo a escapar de allí a la máxima velocidad posible. De lo contrario, estaba perdido: ni el mejor guerrero de la Academia podría superar la velocidad de un Dragón de las Puertas. Para su desgracia, un tenebroso rugido proveniente de su espalda indicaba, sin lugar a duda, que la bestia se dirigía hacia él. Resignado, Arcano descendió al suelo, sacó su lanza y esperó a que la bestia llegara: ya que era imposible huir, al menos intentaría combatirlo. Mientras el Cuarto Dragón de las Puertas se acercaba hacia él, se colgó la Llave de la Virtud del cuello, temeroso de extraviarla durante la batalla. La tierra tembló cuando el dragón posó sus cuartos traseros en el suelo. Se encontraban en la rivera del río, un terreno en el que la lucha sería más difícil aún, ya que en el agua se encontraría en total desventaja frente al dragón. Arcano agarró fuertemente su lanza con ambas manos y examinó a la criatura: no podía creer que bajo las duras escamas de aquella bestia se escondiese el corazón de Jorge, su compañero de la Academia, el amigo con el que había entrenado, comido y jugado a las cartas durante media vida. El Habitante que había traicionado a sus amigos y familiares provocando una cruenta batalla entre iguales. El Cuarto Dragón de las Puertas observó a Arcano con unos profundos ojos amarillos. Su pupila alargada se movía nerviosa examinando al enemigo, mientras de sus fauces manaban columnas de humo negro. Su respiración causaba una suave reverberación bajo los pies de Arcano, haciendo evidente la potencia física de la bestia. El guerrero de la Academia sentía un leve temblor en sus manos. Respiró hondo y miró fijamente al dragón: —Vamos, traidor. Ataca de una vez. 65
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo Como movido por un resorte, el Cuarto Dragón de las puertas se lanzó contra Arcano. El guerrero, haciendo acopio de unos reflejos sorprendentes, esquivó la embestida del monstruo rodando hacia un lado. Sin embargo, el dragón era más rápido que él, y desde luego mucho más fuerte: antes de que pudiera reaccionar, vio como una enorme bola de fuego se dirigía hacia él. Se elevó por los aires lo justo para que el proyectil pasase a escasos centímetros de su cuerpo. Impactó contra un árbol que inmediatamente comenzó a arder, dibujando figuras fantasmagóricas en el entorno. Arcano estaba en blanco: desde muy niño le habían explicado que el poder de los Dragones de las Puertas era algo para lo que casi ningún guerrero estaba preparado. Al fin y al cabo, eran bestias creadas por Dios única y exclusivamente para salvaguardar un arma de sumo poder. Tras el mismísimo Dios y ese arma, los dragones eran las criaturas vivas más poderosas que existían. Aún así, el guerrero de la Academia no había imaginado cuán fuertes eran estos monstruos. Luchar contra él era enfrentarse a una muerte segura: tenía que encontrar una manera de entretener a la bestia e intentar una huida rápida. Mientras el dragón volvía a prepararse para atacar a Arcano, el guerrero miró desesperadamente a su alrededor para tratar de encontrar algo con lo que ganar algo de ventaja... y de pronto lo vio. Sin pensarlo un instante, Arcano se lanzó a un frenético vuelo hacia arriba, ganando más y más distancia a cada segundo. Al percatarse, el Cuarto Dragón de las Puertas volvió a rugir ferozmente mientras una fulgurante columna de fuego salía de su boca de forma amenazante. Batió sus alas y en un instante volaba ganando altura para encontrarse con Arcano. Éste, apurando sus fuerzas al límite, aumento al máximo la velocidad y cayó en picado de vuelta al puente del Alamillo. Tal y como él esperaba, el dragón le siguió sin dudarlo. «Soy más inteligente y más pequeño que él... puedo hacerlo.» La confianza le insufló fuerzas, y Arcano aumento aún más la velocidad. Sabía que, llegado el momento, prácticamente no podría controlar la caída, pero el intento merecía la pena. Apenas faltaban unos segundos para llegar al puente, y ya podía escuchar el batir de las alas del monstruo, que le pisaba los talones. El guerrero se preparó para pasar entre los cables del puente y, cuando lo consiguió, supo que su plan saldría a la perfección: un par de segundos después, el Cuarto Dragón de las Puertas rugía de furia con medio cuerpo atascado entre dos de los cables del puente. Arcano esbozó una 66
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo sonrisa, pero no había tiempo para celebraciones: debía controlar su vuelo si no quería morir aplastado contra el suelo. Intentó frenar pero supo que no había tiempo, por lo que optó por desviar su trayectoria para caer directamente al río. Su cuerpo atravesó las oscuras aguas del Guadalquivir como un proyectil, con tal fuerza que se estrelló contra el fondo. No obstante, había sobrevivido... por ahora. Sabía que había ganado algo de tiempo, pero el dragón no tardaría en destruir el puente sin demasiado esfuerzo. En efecto, cuando consiguió llegar a la orilla, Arcano descubrió horrorizado cómo la bestia estaba prácticamente liberada de la trampa. Sus poderosas garras cortaban los cables del puente como si fuesen simples cuerdas, sirviéndose también de sus abrasadoras llamaradas. La estructura del puente se había convertido en un infierno de hierro candente y escombros, por lo que no tardaría en venirse abajo completamente. Arcano se preparó para la huida, pero algo le frenó un segundo antes de despegar. Una figura diminuta se alejaba corriendo del puente: se trataba de la humana. El guerrero de la Academia sabía que eliminar a cualquier testigo de aquello era parte de su misión. No le agradaba la idea de tener que eliminar a un ser humano, pero al fin y al cabo era consciente de que las bajas eran necesarias para mantener el equilibrio generado por Dios miles de años atrás. Tan sólo tenía unos segundos, pero debía intentar acabar con ella antes de marcharse de aquel lugar, y debía hacerlo rápidamente... Devolver la Llave de la Virtud al Círculo era su prioridad número uno. Antes de que la humana pudiera darse cuenta, Arcano se interpuso en su camino y preparó su lanza. Asustada, la humana retrocedió unos pasos y miró hacia atrás, donde el dragón forcejeaba enloquecido para desenredarse de los cables del puente. —Por favor, deja que me vaya — balbuceó con los ojos llenos de lágrimas — . Te he dado lo que querías, por favor... —No puedo hacer eso, humana — respondió Arcano sin mirarle directamente a los ojos —, eres un peligro para todos. Arcano no quería ni podía retrasarlo más: agarró su lanza por encima de su cabeza y corrió hacia la chica. Ésta comenzó a correr a la desesperada en dirección al puente, esquivando todo cuánto caía desde la estructura. Arcano la persiguió a pie: comenzaba a estar fatigado e iba a necesitar bastante fuerza para volver volando al Círculo. Un enorme estruendo anunció que, de una vez por todas, el Cuarto Dragón de las Puertas había conseguido liberarse de los cables, y que la estructura del puente había comenzado a 67
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo derrumbarse. La humana seguía corriendo rápidamente llevada por el pánico, acercándose cada vez más al lugar que ya sobrevolaba el dragón. La bestia volvió a percatarse de la presencia de Arcano, quien prácticamente ya se encontraba bajo sus patas. Movido por la ira, el animal batió sus alas con fuerza para liberarse de una vez de los cables, y grandes cascotes de la estructura del puente salieron disparados en muchas direcciones. Lo que Arcano jamás hubiera esperado es que uno de ellos fuera a chocar directamente con su cabeza. El golpe fue tan fuerte que el guerrero de la Academia perdió el equilibrio y calló al suelo. Poco a poco todo se fue oscureciendo a su alrededor, mientras el bramido del Cuarto Dragón de las Puertas se convertía en un leve susurro en la noche. 68
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo CAPÍTULO 13: VAL Val miró hacia atrás, desorientada en medio de aquel caos. En un inesperado golpe de suerte, un trozo del puente del Alamillo había impactado contra la cabeza del hombre que, apenas un instante antes, iba a acabar con su vida. El guerrero parecía haber muerto, tendido de bruces sobre el frío césped. Val estuvo a punto de salir corriendo cuando, justo antes de levantar la cabeza, vio el preciado colgante a unos centímetros de él. La chica no pudo evitarlo: en un movimiento rápido se agachó, recogió el amuleto y se lo colgó al cuello. Lo sostuvo entre sus manos, obnubilada por el fulgor violeta que emergía de la diminuta pirámide de cristal. Por un momento, el ensordecedor rugido del enorme dragón había desaparecido, así como cualquier temor o amenaza: Val se sintió inundada por la mágica calidez del colgante. La rodeaba una inmensa paz... hasta que un repentino golpe de calor despejó su mente, alertándola. No sabía cómo no se había dado cuenta, pero cuando se giró descubrió que el enorme monstruo en el que se había transformado Jorge la observaba a apenas dos metros de distancia con sus amenazantes ojos amarillos. De sus fosas nasales emanaba un oscuro y espeso humo, y gruñía amenazante apretando unas fauces tan grandes que podrían devorarla de un bocado. Pero... ¿por qué aún no lo había hecho? El dragón se mantenía quieto, con las alas plegadas y posado sobre sus cuatro patas. Temblando, y sabiendo que cometía una locura, dio un paso adelante, con decisión, hacia la bestia: —¿Jorge? El dragón ladeó la cabeza, confuso. —Jorge, soy yo... Val. ¿Me recuerdas? La chica dio otro paso al frente, pero el animal se lo tomó como una amenaza, lanzando una poderosa dentellada y rugiendo con furia. Val se protegió el rostro instintivamente con los brazos. Estaba aterrorizada, pero sabía que debajo de aquella piel de monstruo, Jorge seguía estando vivo. Lentamente, se quitó el colgante y lo sostuvo colgando de sus manos ante el hocico del dragón. —He recuperado el colgante. Por ti. Soy tu amiga, Jorge, tienes que recordarme... tienes que recordarlo. Por favor... El enorme dragón parecía no escuchar las palabras de Val. Súbitamente se posó sobre sus dos cuartos traseros, desplegó las enormes alas y rugió a la noche sevillana. El 69
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN | Ricardo Martínez Cantudo bramido fue tal que Val se agachó para protegerse. Para su sorpresa, un instante después una enorme bola de fuego pasaba sobre su cabeza. Se giró y vio que había impactado directamente contra Arcano, quien había recuperado el conocimiento y se había acercado a la chica sin que ésta se percatase. El guerrero quedó automáticamente envuelto en llamas. Soltó la lanza que agarraba con ambas manos y se alzó por los aires disparado hacia el río. La estela de fuego en la que se convirtió se hundió en el agua a una velocidad difícil de creer, mientras el dragón la seguía por los aires con el objetivo de volver a atacarle. El guerrero emergió del agua volando y se dejó caer sobre la orilla, entre jadeos. Colgándose el amuleto de nuevo en su cuello, Val observó la escena desde la distancia, esperando que el dragón acabase de una vez con su enemigo. Ambos combatientes se enzarzaron en una pelea aérea de lo más espectacular: Arcano lanzaba ondas de fuego azul con sus propias manos, mientras el dragón las esquivaba con una destreza impropia de un animal de su peso y tamaño. Arcano miraba a su alrededor con desesperación, seguramente en busca de Val. El guerrero no tardó en dar con ella, y se lanzó en su persecución con los ojos cargados de ira. La chica reemprendió la huida tan rápido como le permitían sus piernas. Estaba agotada y muy asustada, pero desde luego no era el momento de rendirse: con un poco de suerte, el dragón acabaría con Arcano en unos instantes. Al fin y al cabo, parecía que la bestia estuviese protegiéndola... ¿O sería sólo casualidad? —¡Se acabó, humana! La voz de Arcano sonó más cerca de lo que esperaba, y de pronto un dolor cegador recorrió su pierna derecha, haciéndola caer. El guerrero le había lanzado una de aquellas ondas de energía, y había impactado directamente contra ella. Con los ojos inundados en lágrimas, Val gritó de puro dolor agarrándose la pierna herida. Reuniendo la poca fuerza que le quedaba, la chica se giró para buscar con la mirada a Arcano. Éste parecía estar muy malherido, con graves quemaduras por todo su cuerpo y diversas contusiones. Entre jadeos, se agachó y agarró a Val por la solapa de la chaqueta, mirándola con unos ojos totalmente enloquecidos. Una vez más, la chica aceptó que su fin iba a llegar de una vez por todas, pero el dragón, lanzándose de nuevo al ataque, parecía dispuesto a impedirlo. Con un poderoso zarpazo lanzó a Arcano por los aires, llevándose a Val consigo. Ambos rodaron por el suelo mientras la gigantesca bestia volvía a la carga. Antes de que Arcano pudiese hacer algún movimiento, el dragón posó sus patas entre la chica y el guerrero y 70
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN: Memoria técnica | Ricardo Martínez Cantudo sin formular otra previamente: ¿Es lo fantástico un género como tal? Uno de los autores más destacados que se han formulado esta pregunta es el teórico literario búlgaro Tzvetan Todorov. En su obra "Introducción a la literatura fantástica", Todorov comienza su hipótesis deteniéndose en el concepto de género. El autor recuerda que el propio nombre de género viene de las ciencias naturales, citando al mismísimo Vladimir Propp, primer estudioso del análisis estructural del relato, que hacía uso de "analogías con la zoología y la botánica". Y es que sus semejanzas a la hora de clasificar obras literarias son muchas. No obstante, apunta Todorov, la diferencia es que "la aparición de un nuevo especimen puede modificar un género completo", algo que no se da en la teoría literaria. Por lo tanto, cabe preguntarse si la irrupción de forma masiva de relatos fantásticos a partir de los años 70 modificó algún género o creo uno propio. La postura de Tzvetan Todorov en este punto no termina de ser concisa. Según Todorov, lo fantástico no puede ser nunca un género, sino que más bien se manifiesta en cualquier tipo de obra en la que el lector no pueda descartar lo maravilloso o inverosímil. Su definición exacta es la siguiente: "La ambigüedad se mantiene hasta el final de la aventura: ¿Realidad o sueño? ¿Verdad o ilusión? De este modo nos vemos arrastrados al corazón de lo fantástico. El fantástico ocupa el tiempo de esta incertitumbre. Desde el momento que escogemos una o la otra, abandonamos lo fantástico para entrar en un género vecino, lo extraño o lo maravilloso. El fantástico es la duda experimentada por un ser que sólo conoce las leyes naturales, frente a un acontecimiento aparentemente sobrenatural." La visión de Todorov al respecto me resultó en un primer momento desalentadora: según su argumento, el cual me pareció totalmente razonable, lo fantástico no es un 5
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN: Memoria técnica | Ricardo Martínez Cantudo género en sí mismo, sino más bien un complemento en equlibrio con lo real. Por lo tanto, si lo fantástico se da en la interacción del lector como conocedor de la las leyes naturales frente a un "acontecimiento sobrenatural" serían muchas las obras que podrían catalogarse dentro de lo fantástico. Un claro ejemplo, "Sherlock Holmes", de Sir Arthur Conan Doyle: Pese a que dicha serie de novelas se sitúa en un marco totalmente lógico y real, el sórdido Londres de finales del siglo XIX, las elucubraciones a las que llega el detective Sherlock Holmes no dejan de tener un pie puesto en lo inverosímil... ¿Es por lo tanto "Sherlock Holmes" una obra que se adentra en lo fantástico? Situar lo fantástico como parte de cualquier género literario me resultó sorprendente, pero completamente acertado. Siendo así, convertir Las Puertas del Dragón en mi trabajo de fin de máster era algo totalmente posible. No obstante, la teoría de Todorov no me dejó completamente satisfecho. Si bien es cierto que lo fantástico puede darse dentro de cualquier tipo de relato literario, debía existir algún tipo de elemento diferenciador entre obras como Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, y, por ejemplo, Canción de Hielo y Fuego, de George R.R.Martin. La segunda es una serie de libros cuya trama se situa en un universo totalmente imaginado, basado en la realidad pero aderezado con todo tipo de elementos que lo alejan de la verosimilitud. Es imposible, por lo tanto, que dos obras tan dispares puedan enmarcarse dentro de lo fantástico solo porque en ambas existan elementos maravillosos. Intentando llegar a una conclusión acerca de esto recordé un anterior trabajo que consulté sobre un campo bien distinto a este: el de la narrativa en los videojuegos. En la tesis doctoral Análisis de la significación del videojuego de Óliver Pérez Latorre, existe un capítulo dedicado al cibertexto y a los mundos narrativos. Aquí, Pérez Latorre plantea qué se pregunta el lector de la literatura tradicional a la hora de abordar un texto, frente al lector típico del relato fantástico. 6
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN: Memoria técnica | Ricardo Martínez Cantudo Mientras que el primero basaría sus preguntas en una expectativa de suspense ("¿Qué sucederá ahora? ¿Cómo acabará este personaje?"), el segundo volcará además su interés en otra serie de cuestiones: "¿Cómo funciona este mundo? ¿Por qué es así?". Óliver Pérez Latorre recurre a los estudios del teórico Brian McHale para argumentar que la literatura fantástica y de ciencia-ficción sí es un género en sí mismo, ya que, a diferencia de los demás, "se centra en una dominante ontológica asociada a preguntas y respuestas sobre cómo es el mundo narrativo en cuestión". Pérez Latorre afirma, por lo tanto, que en la literatura fantástica se da "un desplazamiento del centro gravitatorio del texto de una dimensión sistemática de la narratividad en lugar de la tradicional dimensión procesual". Teniendo en cuenta a los autores anteriormente citados, llegué a la conclusión de que, pese a que aún no se ha determinado de forma definitiva si el relato fantástico puede catalogarse como un género en sí mismo, sí que cuenta con los valores suficientes como para servir de objeto de trabajo dentro del ámbito académico. Sin más dilación, comencé a trabajar en Las Puertas del Dragón. 2.2. Estructura de la composición Cuando comencé a trabajar en la estructura compositiva de Las Puertas del Dragón, tuve que detenerme primero en analizar qué tipo de obra era y para qué público estaría destinada. Teniendo en cuenta la historia que tenía en mente, se trataba de una novela pensada principalmente para un público adolescente. Por lo tanto, la estructura en cuanto a composición y narración no podía ser demasiado compleja. Fueron varias obras las de este tipo que releí desde un punto de vista más técnico: la saga Harry Potter, Los Juegos del Hambre o Canción de Hielo y Fuego han sido algunas de las lecturas más 7
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN: Memoria técnica | Ricardo Martínez Cantudo interesantes a la hora de trabajar en la composición de Las Puertas del Dragón: al fin y al cabo, los lectores de este tipo de obras tienen muy claro qué les gusta y qué no a la hora de leerse una novela. El público juvenil es ciertamente complejo ya que, por lo general, cada vea se está alejando más y más de la literatura en pos de otros entretenimientos, debido, en ocasiones, a la dificultad que implica la lectura de ciertas obras. Por lo tanto, Las Puertas del Dragón debía contar con una composición simple y accesible sin caer en lo vulgar. Para la estructura de los capítulos, me decanté por una extensión intermedia, que permitiese la cerrar el tiempo de lectura con la conclusión de un capítulo. Por ello, casi todos los capítulos cuentan con una extensión bastante similar, salvo en el capítulo protagonizado por El Cuarto Dragón de las Puertas, que rompe la regularidad con un fragmento mucho más corto. La otra particularidad de la composición de Las Puertas del Dragón es el uso de los diferentes puntos de vista de los personajes a la hora de narrar los capítulos de la obra. Este tipo de estructura está actualmente muy de moda gracias a la saga fantástica Canción de Hielo y Fuego, de George R.R.Martin, en la que cada uno de los capítulos está narrado desde los ojos de un personaje distinto. Este tipo de composición aporta una gran frescura al desarrollo de la historia y permite conocer el perfil psicológico de los distintos personajes de la trama desde el punto de vista del narrador. Es importante referirme también al hecho de que la historia de Las Puertas del Dragón cuenta con un final totalmente abierto. Desde un principio, mi intención no fue otra que crear una historia completamente cerrada. No obstante, la limitación de folios de la normativa de entrega de los trabajos de fin de máster imposibilitó que pudiese desarrollar la historia todo lo que hubiese querido. Por lo tanto, decidí que lo mejor que 8
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN: Memoria técnica | Ricardo Martínez Cantudo podía hacer era cerrar el primero de los tres arcos que componían en un principio la novela, dejándola abierta para una posible secuela. 2.3. Técnicas y estilos ensayados En el presente apartado voy a detallar, una a una, las técnicas narrativas y de estilo que he aprendido en las diversas asignaturas de máster, y que posteriormente he empleado a la hora de crear Las Puertas del Dragón. 2.3.1. Estilo indirecto libre: En determinados momentos a lo largo del texto, hago uso del estilo indirecto libre, en el que inserto en la propia voz del narrador pensamientos o elucubraciones de diversos personajes. Autores como J.K.Rowling o Philip Pullman hacen uso de este estilo con grandes resultados, consiguiento que la distancia entre el personaje y el narrador (y, por lo tanto, el lector) se reduzca al mínimo. 2.3.2. Elipsis: Tal y como nos explicó el profesor José Carlos Carmona en algunas de sus clases, la elipsis es un recurso fundamental para que el relato no caiga en el tedio ocasionado por descripciones demasiado largas o innecesarias. Así, en algunos fragmentos de la obra, hago uso de este recurso narrativo para obviar acontecimientos desprovistos de interés para el lector. 2.3.3. Combinación de estilos en los diálogos: A lo largo de los muchos diálogos que componen Las Puertas del Dragón, tenía intención de hacer llegar al lector el lenguaje empleado pos los jóvenes de hoy en día y sus múltiples vías de comunicación. Por ello, a lo largo del texto rompo con el estilo indirecto tradicional en los diálogos y paso a uno directo, más propio del teatro, para 9
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN: Memoria técnica | Ricardo Martínez Cantudo reflejar las conversaciones que las protagonistas mantienen a través de sus teléfonos móviles. En mi opinión, es una forma de romper con la monotonía y despertar al lector, que tiene que descubrir por sí mismo el motivo del cambio de estilo. Además, me permite reproducir más fielmente el lenguaje tan peculiar empleado en las conversaciones por chats de móvil. En definitiva, mi intención a la hora de aplicar todos estos recursos no es otra que dotar al texto de cierta riqueza narrativa sin por ello recargarlo de descripciones demasiado largas o composiciones complejas que pudieran alejar al público adolescente. Los diálogos, basados en el lenguaje real de los adolescentes de hoy en día, está muy trabajado para resultar creible sin caer en lo chabacano o lo vulgar. 2.4. Dificultades y soluciones Siendo totalmente sincero, no han sido pocas las dificultades que he encontrado a la hora de trabajar en Las Puertas del Dragón. La primera y, sin duda, la que más trabajo me ha costado resolver, es la de la extensión. Cuando me puse a elaborar el esquema de la novela, rápidamente me percaté de que se trataría de una obra de una longitud considerable, teniendo en cuenta la duración y complejidad de los tres arcos argumentales que la componían. El problema vino cuando, en un estado bastante avanzado del trabajo, descubrí que la extensión aproximada que debía ocupar la novela era de ochenta folios. Dicha limitacion en longitud de la novela me imposibilitaba técnicamente entregar la historia cerrada, por lo que no me quedó otra alternativa que dejarla en el momento en el que se cierra el primer arco argumental: Desde que Val y Jorge se conocen hasta el momento de la transformación del segundo y el comienzo de 10
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN: Memoria técnica | Ricardo Martínez Cantudo su viaje juntos. Si bien no creo que esto haya mermado la calidad del trabajo, sí que deja la historia en su conjunto evidentemente abierta. En un futuro, tengo en mente escribir los otros dos arcos argumentales completos, cerrando así la historia de forma definitiva. El segundo problema más destacado, y que ha supuesto todo un reto a nivel personal, ha venido con la decisión de que la protagonista de la historia fuera una chica y, además, adolescente. Si ya me cuesta tratar de describir la psicología femenina desde dentro, más aún me ha costado la de una adolescente. Para tratar de no caer en los manidos tópicos de este sector de la población, me he visto en la obligación de investigar de manera detallada la forma de ser, la moda y el habla de los adolescentes de la actualidad. Esto me parecía un elemento fundamental a la hora de realizar una novela destinada especialmente al público adolescente. El tercer problema más importante que he encontrado ha sido situar una parte importante de la novela en el interior de la Catedral de Sevilla. Si bien finalmente tuve que reducir esta parte de la trama debido a la limitación de hojas del trabajo de fin de máster, podría decir con toda seguridad que, a nivel de descripciones, ha sido lo más complicado de todo el trabajo. Intentar reflejar el interior de la Catedral de Sevilla, así como algunas de sus zonas exteriores, ha conllevado un extenso trabajo de documentación acerca del templo, así como el examen minucioso de muchas fotografías. Asímismo, me ha resultado verdaderamente complicado seleccionar las diversas zonas por las que se mueven los personajes, intentando conseguir que el lector pueda imaginar a la perfección la singular apariencia de la catedral incluso no habiéndola visitado en la vida real. 2.5. Resultados El proceso de creación que ha dado como resultado este trabajo de fin de máster 11
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN: Memoria técnica | Ricardo Martínez Cantudo ha resultado muy provechoso de cara a mi formación dentro del campo de la escritura creativa. En primer lugar, el trabajo de investigación previo a la redacción de la novela me ha permitido conocer, de forma más específica, el campo de la teoría literaria más centrado en el género de ciencia ficción y fantástico, dándome la posibilidad de conocer la obra de autores tan destacados como Michael Moorcorck o Joseph Campbell. La lectura de los mismos me ha permitido comprender mejor el género en el que quiero especializarme y llevar a cabo una construcción de los personajes y tramas más eficaz y menos tópica. Otro de mis mayores logros alcanzados tras la realización de este trabajo de fin de máster ha sido el de materializar mucho de lo aprendido durante las clases del curso en mis textos. Muchas de las técnicas empleadas, por ejemplo, en la ejecución de los diálogos o en la descripción psicológica de los personajes son totalmente nuevas para mí, y ponerlas en prácticas ha supuesto un auténtico reto personal. En conclusión, trabajar en Las Puertas del Dragón a través del trabajo de fin de máster me ha permitido abordar la creación de un texto literario desde una perspectiva mucho más técnica, siendo consciente de las características necesarias para dar forma a una novela enmarcada en el género fantástico y tomando como referencia la teoría básica relacionada con el mismo. 12
LAS PUERTAS DEL DRAGÓN: Memoria técnica | Ricardo Martínez Cantudo 3. Bibliografía consultada y aplicada: COLLINS, Suzanne (2012): Los Juegos del Hambre, Barcelona: RBA/Molino. DEFOE, Daniel (2004): Robinson Crusoe, Madrid: Ediciones Diario El País. GARDNER, John (2001): El arte de la ficción, Madrid: Ediciones y talleres de Escritura Creativa Fuentetaja. GARDNER, John (2001): Para ser novelistas, Madrid: Ediciones y talleres de Escritura Creativa Fuentetaja. LODGE, David (2011): El arte de la ficción : con ejemplos de textos clásicos y modernos, Barcelona: Península. MARTIN, George R.R. (2011): Juego de Tronos, Barcelona: Ediciones Gigamesh. MCHALE, Brian (1996): Postmodernism fiction, Londres: Routledge. MOORCOCK, Michael (1980): El libro de los mártires, Barcelona: Producciones editoriales. MÚSCOLO, Silvina (2005): Tzvetan Todorov y el discurso fantástico, Móstoles: Campo de ideas. PÉREZ LATORRE, Óliver (2012): El lenguaje videolúdico: análisis de la significación del videojuego, Barcelona: Laertes. PROPP, Vladimir (2001): Morfología del cuento, Madrid: Akal. PULLMAN, Phillip (2007): Luces del Norte: La Materia Oscura, Barcelona: Ediciones B. ROWLING, J.K (2001): Harry Potter y la Piedra Filosofal, Barcelona: Salamandra. 13