‘No-body’: envejecimiento prematuro y ausencia corporal femenina en “Persuasion” de Jane Austen
Abstract
La presencia de incógnito de Jane Austen en el panorama literario del siglo XIX armoniza con la ausencia del “no-cuerpo” de Anne, su heroína en Persuasion que, con o sin freno narrativo, se repliega hacia sí misma y pierde sus demarcaciones identitarias con desembocadura textual en envejecimiento prematuro, el estigma de la “solterona” y su deshumanización en un entorno hostil que acelera su anulación física y psíquica.
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‘NO-BODY’: ENVEJECIMIENTO PREMATURO Y AUSENCIA CORPORAL FEMENINA EN PERSUASION DE JANE AUSTEN Francisco José Cortés Vieco Universidad Complutense de Madrid Resumen: La presencia de incógnito de Jane Austen en el panorama literario del siglo XIX armoniza con la ausencia del “no-cuerpo” de Anne, su heroína en Persuasion que, con o sin freno narrativo, se repliega hacia sí misma y pierde sus demarcaciones identitarias con desembocadura textual en envejecimiento prematuro, el estigma de la “solterona” y su deshumanización en un entorno hostil que acelera su anulación física y psíquica. Palabras clave: cuerpo, identidad, ausencia, sufrimiento, envejecimiento, suicidio. Abstract: Jane Austen’s incognito presence in the literary circles of the 19th century harmonizes with the “no-body” absence of Anne, the heroine of her novel Persuasion, who withdraws and loses her identity parameters, leading textually, with or without authorial narrative breaks, towards premature ageing, the social stigma of the “spinster”, and her dehumanization in a hostile milieu that speeds up her physical and psychic suppression. Keywords: body, identity, absence, pain, ageing, self-destruction. 1. LA INUSITADA PRESENCIA LITERARIA FEMENINA La última década del siglo XVIII, marcada por acontecimientos estéticos, ideológicos y políticos como la irrupción del Romanticismo, el género gótico o la Revolución Francesa (1789), se configura como época histórica de mudanza e ingenio que propicia las inquietudes artísticas de un dispar grupo de mujeres con incipiente acceso al pensamiento y la literatura. Elaine Showalter define esta
nueva era como el tiempo de escritoras con figuras estelares como Jane Austen, Charlotte Brontë y George Eliot (1977: 4). Inapetente o hambrienta por esta fértil y convulsa atmósfera creativa finisecular, Jane Austen (1775-1817) esbozará tres obras en esta misma década durante su adolescencia que, ya en el siglo XIX, embellecerá: Sense and Sensibility (1811), Pride and Prejudice (1813) y Northanger Abbey (1817). Su carrera literaria alcanzará la excelencia con otras tres novelas ya maduras: Mansfield Park (1814), Emma (1815) y Persuasion (1817) en la era de Regencia1, que no coinciden por azar con el arquetipo social y estético de la “solterona”, asexual y desahuciada con un “suicidio social”. Simone de Beauvoir sostiene que, mientras la virginidad en la juventud de la mujer constituye un atractivo erótico para el hombre, las que la conservan durante su madurez serán llamadas “viejas vírgenes” y guardarán un maleficio en su cuerpo: dejarán de ser objeto de deseo por parte del sujeto masculino y escapan a su poder convirtiéndose en “hechiceras o amantes del diablo” (1949: 262-63). Asimismo, censos de población en Gran Bretaña durante el siglo XIX establecieron que había cientos de miles más de mujeres que de hombres (Ingham, 2006: 129), siendo catalogadas estas abundancias como “problema social relacionado con trastornos mentales” (Showalter, 1985: 61). Preocupada por el bienestar de sus heroínas, para Jane Austen el matrimonio es la única elección de la mujer, de la cual depende la salud espiritual y física del resto de su vida (Moers, 1963: 71). Más allá de esta “élite de la casada”, aquéllas que no consiguen marido son forzadas a envejecer prematuramente y denostadas con calificativos como “old maids”, “spinsters” o “elderly virgins”. Padecerán contra su voluntad represalias de este indeseable estatus social: la falta de integración a la comunidad y la precariedad económica, siendo susceptibles de fraguar planes autodestructivos de desaparición corporal. Para combatir contra este estigma, todas las narrativas de las dos etapas diferenciadas de Jane Austen, preludio de la prosa decimonónica de mujeres, recrean la vocación casamentera de su autora en busca de un marido y hogar para sus heroínas bajo la máxima horaciana de educar y de entretener al lector, aunque siempre delineando una cartografía calcada de un lugar y tiempo contemporáneo y verosímil –la campiña del sur de Inglaterra a principios del siglo XIX –, definidos por la cohesión del grupo y relaciones sociales entre hombres y mujeres, familias y vecinos, terratenientes y clase media. Explorará este excedente de población femenina al pertenecer ella misma a este estrato: soltera de clase media, hábil pero
inactiva, instruida pero con acceso vetado a la educación universitaria y al ejercicio de una profesión, con escasas posibilidades de ser independiente o de encontrar un marido, y acuciada por la enfermedad y por la frustración sexual. Cultivará su presencia de incógnito en las letras mediante la ausencia en su cuerpo respecto a su medio físico y escasos eventos remarcables durante su corta vida que, en cambio, le concede libertad para pasar desapercibida y dedicarse así a su devoción literaria. No obstante, la profesionalización de esta vocación igualmente entra en el debate de la medicina del siglo XIX entre cuerpo y mente. La transmisión de sangre del útero al cerebro en la adolescente intelectual pone en peligro su desarrollo sexual pudiendo evolucionar hacia la enfermedad nerviosa (Clarke, 1873: 17-18). Pese a la obsesión narrativa de Jane Austen por reflejar el escaparate público de la mujer donde imperan la comicidad, la sátira, acciones triviales, resoluciones felices e intercambios personales eclipsados por la moralidad, buenas maneras, la duplicidad y motivaciones económicas, la porosidad de sus obras permite indagar en una etiología de la desaparición textual de su cuerpo en favor de su imagen social, que sin embargo sugiere malestares psicosomáticos, el sistema nervioso debilitado y procesos cognitivos indelebles de la psique femenina. Asimismo, no instruirá los preceptos de rectitud moral a seguir para tener éxito, sino que ilustrará las dificultades cotidianas para entendernos a nosotros mismos y a los demás, prescribiendo lo que es correcto y reconciliando nuestros deseos con los conflictos ordinarios (Benditt, 2003: 246). A continuación, indagaremos en la ingeniería narrativa de Jane Austen en Persuasion para detectar, sin acusar, credos patriarcales que prescriben la desaparición orgánica e indeterminación identitaria de mujeres, catalogadas como “solteronas”, a la vez que expondremos sus tácticas para propiciar un desenlace hacia la redención y que arroje esperanza para este colectivo numeroso, desde el punto de partida del fracaso existencial con el que la heroína “madura” de esta novela inicia su trayectoria textual en esta obra. Virginia Woolf afirma que Jane Austen, a quien califica como “la artista más perfecta entre las mujeres” (1925: 145), es “la dueña de más emociones de las que aparecen en la superficie de sus novelas” (1925: 138), pero reconoce que evita describir instantes románticos y usa todo tipo de recursos literarios para obviar las escenas físicas de pasión (1925: 142). Estas afirmaciones confirman los prejuicios aplicados a su escritura, que se fundamentan en la interpretación crítica de su
biografía que modelaría sus obras. La autora es definida como una “irónica solterona burguesa” que escribe “obras cerebrales” contra el erotismo femenino y a favor de “la frigidez como estándar de la conducta de la mujer” (Chandler, 1975: 88). Pero evidenciaremos su conocimiento de la sexualidad, pese a su achacada reticencia, ingenuidad romántica e inexperiencia amatoria, que no impide su exploración anatómica del trauma y el sufrimiento humano provocado por el desamor, la frustración sexual y convenciones sociales. Asimismo, su fijación por el matrimonio no sólo alude al imperativo de esta institución para garantizar la supervivencia femenina, sino también a una dinámica subliminal del deseo del cuerpo y autoexpresión de una voluntad propia como individuo. 2. EL NO-CUERPO DE LA HEROÍNA DE FICCIÓN En 1816, un año antes de su muerte, la autora escribió Persuasion, su última novela completa, estando ya débil y enferma (Baker, 2008: 21), pero habiendo alcanzado la madurez fisiológica y literaria. A diferencia de las inquietudes joviales y costumbrismo social de sus obras anteriores como Sense & Sensibility o Emma, la intuición de su cercana defunción podría confirmar la melancolía y naturaleza “otoñal” de su único trabajo de introspección en la subjetividad de una mujer moribunda, infravalorada y desheredada; pero, ante todo, envejecida prematuramente con sólo veintisiete años y castigada con el estigma de “la solterona”. El mundo literario decimonónico abogaba por la experiencia personal como la principal inspiración de la escritora ante su carente imaginación (Wilkes, 1996: 46) para denostar de este modo su potencial creativo. Sin poder afirmarse fehacientemente la cualidad autobiográfica de Persuasion, el “síndrome de Charlotte Lucas”, personaje secundario en Pride and Prejudice, rondará la mente de una escritora que también depende de la benevolencia familiar para su supervivencia, ya que sólo alcanzará la fama literaria universal de forma póstuma. Recuperará años después el estado fronterizo de la amiga de la joven Lizzy, recobrando protagonismo gracias a la heroína de Persuasion, ambas de la misma edad. Charlotte accede a su unión con Mr. Collins –el pomposo sobrino de Mr. Bennet que intentó sin éxito casarse con sus dos hijas mayores–, sin romanticismo y con pragmatismo al ser consciente de que ésta es su última oportunidad frente a la ruina económica y social de la “vieja doncella”: “This preservative (from want)
she had now obtained; and at the age of twenty-seven, without having ever been handsome, she felt all the good luck of it” (Austen, 1813: 120). El escritor coetáneo William Hayley exhorta al hombre a casarse con la solterona, “mansa virgen de cera” ya que, a diferencia de la viuda, su cariño, gratitud y ductilidad se pliegan ante su modelador masculino (1785: 187). En cambio, para el fundador del psicoanálisis, Sigmund Freud, un hombre de treinta años es aún un joven inexperto y con mucho por acometer, mientras que la mujer de la misma edad produce miedo por su rigidez psíquica y su intransigencia al cambio (1933: 134). Incluso, su degradación corporal por enfermedad, fealdad y vejez suscitará odio mezclado con terror en el hombre (De Beauvoir, 1949: 269). En este artículo, exploraremos cómo Anne Elliot, la protagonista de Persuasion, será forzada a enfrentarse a estas gradas de misoginia que diagnostican, por un lado, la moldeable masa corporal femenina para el placer fetichista del hombre; y por otro, su inflexibilidad psicológica sintomática de la ausencia social y el trastorno mental al aproximarse a esta edad fatídica para la mujer decimonónica. Esta heroína de ficción es la hija mediana del barón Sir Walter Elliot de Kellynch Hall. Tras fallecer su adorada madre cuando tenía catorce años, Anne vive sola y desvalida: “She had hardly any body to love” (Austen, 1817: 18), “she had never […] known the happiness of being listened to, or encouraged by any just appreciation or real taste” (1817: 32), aunque esté rodeada de su padre y hermanas, siendo cautiva de fuerzas económicas y sociales. Con diecinueve años, se enamoró del apuesto y ambicioso Frederick Wentworth, pero Lady Russell –su madrina y confidente– convencerá a esta dócil joven para que no se case con un pretendiente inadecuado para su distinguido linaje al no disponer de fortuna ni de conexiones. Devastado, él se marchará. Tras ocho años de silencio narrativo de la novelista, regresará a su vida convertido en rico y emprendedor capitán de la marina británica, aún joven y atractivo con potente vigor corporal. En cambio, Anne carece de voz, belleza, riqueza y lozanía, todas ellas constricciones que vetan ahora su acceso al matrimonio. Siendo éste su único destino viable como mujer y descartando deliberadamente a nuevos candidatos, se atrinchera en una neurótica abdicación de toda opción de ser feliz como penitencia por no haber arriesgado por amor. El “efecto barbitúrico” de la persuasión ejercida por Lady Russell dejará secuelas mortuorias de luto y de hibernación en la heroína. Además de su fracaso
amatorio, su deterioro psicosomático debido a la pérdida de su madre, la tortura del pasado y del recuerdo pueden arrastrarla a la autodestrucción, con la antesala disfuncional de la agorafobia, la desesperanza, el envejecimiento prematuro, la ansiedad nerviosa y la herida existencial de una mujer que no es, ni se siente, querida ni deseada. Con “la trayectoria freudiana” ya recorrida, su escapatoria frente a la castidad y la neurosis prescrita a las de su casta es escribir el fin de su relato. Pero podría estar ya muerta, porque se asesinó a sí misma cuando renunció a su historia personal (Gilbert y Gubar, 1979: 175). Sin ser plañidera y soportando aun estoicamente su sufrimiento, se rinde al creer nulo todo cambio de estatus amoroso y convencida de que su pasado, irrepetible e irrecuperable, fue el período más feliz de su vida. Esta obra no insinúa, sino que reprime la ideación suicida de su protagonista, pero demostraremos su predisposición mental a albergar deseos de acabar con su vida, gracias a la penetración de Jane Austen en la nebulosa conciencia e inarticulado lenguaje afectivo de su psique que, en severa aflicción, desembocaría en muerte voluntaria. La autora expresaría emociones intensas mediante la atenuación (Wilkes, 1996: 45), disfrazando la negación del instinto de conservación en el espacio vacante de este tropo. La fragilidad psíquica de Anne es sintomática de su impericia para gritar auxilio, su letal incomunicación social y sus sentimientos invertebrados en público, dejándose consumir por el dolor. Hannah Arendt define este término como: “la sensación más intensa, privada y menos comunicable de todas, hasta llegar a boicotear otras experiencias del ser humano” (1958: 50-51). De hecho, este estado determina su catatónica obstinación de no sentir. Frente al distanciamiento psicológico y la frialdad objetiva de obras anteriores, Austen relatará el padecimiento humano de Anne, invadiendo con ternura y tristeza la trama. Igualmente, irrumpirá el romanticismo: la celebración de la naturaleza, los recuerdos de la memoria y la exaltación sentimental (Astell, 1987: 3). Con resonancias de su actividad cognitiva y emocional, comprendemos que la heroína no sólo experimenta un agónico calvario de desamor, sino que también es consciente de que se le escapa la juventud corporal: “Her attachment (for Wentworth) and regrets… clouded every enjoyment of youth; and an early loss of bloom and spirits had been their lasting effect” (Austen, 1817: 19-20), desvaneciéndose su única opción de plenitud personal: un hipotético compromiso renovado por su antiguo amado. El lenguaje floral ha posibilitado a escritores y
escritoras abordar el desarrollo físico y la disponibilidad erótica de las mujeres (Lynch, 2010: 691). La idea de pérdida de “bloom” aplicada al envejecimiento prematuro de Anne, que se asexualiza, se marchita y somatiza así su dolor, incluso confirma el discurso sexual de la efímera juventud del hermanastro al hablar de la salud deficitaria del personaje de Marianne en Sense and Sensibility:!“At!her!time! of! life,! any! thing! of! an! illness! destroys! the! bloom! for! ever!”! (Austen,! 1811:! 214).!Igualmente!en!vías!de!destrucción!psicofísica,!Anne!claudica!ante!esta! lucha! contra! el! tiempo.! La! soledad! y! el! aislamiento! son!su! consuelo,! pero! también! narcóticas! como! factor de riesgo que activan el pensamiento suicida hacia la ausencia irreversible.! Su aristócrata padre, junto a Elizabeth –hermana mayor y soltera de Anne–, dilapida su fortuna. La ruina financiera les obliga a trasladarse a Bath y a alquilar su imponente propiedad de Kenllynch Hall para seguir sufragando su extravagante prodigalidad. Pese a su excelencia y humildad reconocida por amigos y extraños, la heroína no existe para su familia: “Anne […] was nobody with either father or sister: her word had no weight; her convenience was always to give way; –she was only Anne” (Austen, 1817: 5), incurriendo en la indeterminación ontológica, lingüística y social de su “no-cuerpo2”: sin procedencia, afiliación, clase social o destino predeterminado, siendo su género femenino la única seña de identidad genérica a su disposición. De este modo, se culmina el proceso de deshumanización de un personaje ficticio en el que los mecanismos de su conciencia, entre fortaleza y fragilidad, resisten pero no impiden que su cuerpo y sus respuestas psicomotoras se debiliten paulatinamente. Ya en vías de disolución orgánica como espectro fantasmal, presente pero ausente, Elizabeth decide que no les acompañe a Bath, sino que vaya a cuidar a la benjamina Mary, casada con Charles Musgrove, en Uppercross: “Anne had better stay, for nobody will want her in Bath” (1817: 23). En una frívola y egoísta atmósfera familiar, interiorizará el déficit de afecto, las privaciones y negaciones, pero también su servidumbre e imputada carencia de valía personal. Frente a otras obras de la autora que son panegíricos de los lazos de sangre y el afecto sororal, Persuasion rescatará el tradicional cuento de hadas: su heroína será Cenicienta, las hermanastras, sus propias hermanas; y su afeminado padre3, su madrastra. Anne no dispondrá de la independencia económica de la protagonista de Emma, ni de la imaginación gótica de Catherine Morland de Northanger
Abbey, ni el cariño incondicional de Elinor Dashwood por Marianne en Sense & Sensibility; ni siquiera el enriquecimiento vocacional de la escritura para su creadora: Jane Austen. Sin estos alicientes y dentro de una domesticidad normativa, la refinada conciencia de Anne se repliega hacia sí misma. Prefiere el ensimismamiento en una cita constante consigo misma, siendo este obsesivo escrutinio de su propia psique y el cisma originado con respecto a su entorno invasivo, su único oficio como hija de noble ante tales condicionantes constreñidos. La heroína mira al pasado, no al futuro, cumpliendo de este modo dos síntomas de la conducta autodestructiva, conforme a los preceptos de expertos sociológicos y suicidólogos. Primero, la languidez melancólica hacia la inactividad alejándose de cuestiones sociales en favor de una vida interior desproporcionada (Durkheim, 1897: 314). Y segundo, la desesperanza como el conjunto de expectativas negativas relativas al mañana (Ellis, 2006: 17). Regresando a su mente dual –sólida y frágil–, Anne aúna el caudal emocional del Romanticismo con el pensamiento de la Ilustración. Pese a evidentes síntomas fisiológicos de confusión mental, ideación pre-suicida e inmunodeficiencia adquirida respecto a estímulos externos, su entorno no familiar alaba su sensatez, lucidez y generosidad, a diferencia del egocentrismo de Elizabeth y del histerismo de Mary. Pero su agitación interna llega a dividir su personalidad en dos mitades: una supervisora frente a otra inconsciente e indómita (Richardson, 2002: 149), aunque la tensión nerviosa transmitida por la narrativa subjetiva de Jane Austen también provoca que la sensibilidad prevalezca sobre la razón y la objetividad (Butler, 1987: 227).! Independientemente de los supuestos que rigen los componentes afectivos y cognitivos del universo íntimo de la protagonista, éste impactará contra el afable y variopinto círculo familiar de los Musgrove: Mary, su marido Charles y sus hijos, además de los padres y hermanas de su cuñado –Henrietta y Louisa. Aunque su inintencionada evasión de la mansión de los Elliot frenará su estado de parálisis y de estancamiento autodestructivo, no paliará sus ansias de pasar desapercibida ni sus intentos de desaparición. Su turbación, rubor, aprensión e inclinación por ausentarse de invitaciones a reuniones sociales corroborarán su agorafobia – correlato de la hipocondría de su hermana menor–, que se verá acrecentada, primero, por la llegada del Almirante Croft –el nuevo inquilino de Kenllynch Hall– y, sobre todo, por la presencia de Wentworth –el hermano de la esposa de
éste. La heroína será confrontada a la exposición de su cuerpo y mente a una parafernalia colectiva, humillante e intimidatoria para ella. El principal enemigo en contra de su instinto de conservación, ya aludido, radica en la incomunicación y el aislamiento que atenazan, pero simultáneamente protegen, a Anne; siendo su disyuntiva ante esta obligatoria interacción con el prójimo: el cese pasivo de su estado de consciencia –la muerte voluntaria–, o su participación activa dentro de esta escenografía social, frente a la noción de “la solterona freudiana” reticente al cambio y el dinamismo. A pesar de que el sueño de la segunda oportunidad se configure como revulsivo contra los factores agravantes de su etiología en el umbral de la ideación suicida, la colisión de la heroína contra Wentworth será brutal, potenciando su sobrexcitación y agitación nerviosa, pero igualmente percibiendo que sigue emocionalmente viva. Evitará el primer cara a cara durante la bienvenida a los Croft organizada por los Musgroves, pero Mary le transmitirá la primera impresión del joven al volver a ver a Anne tras ocho años: “He said, ‘You were so altered he should not have known you again’” (Austen, 1817: 41). La escritora redacta, incluso, evidencias que ratifican que Henrietta y Louisa captan la atención amorosa de un Wentworth receptivo al coqueteo: “ready to fall in love with all the speed which a clear head and quick taste could allow. He had a heart for either of the Miss Musgroves, if they could catch it; a heart for any pleasing young woman who came in his way, except Anne Elliot” (1817: 41), siendo incurable la fisura emocional entre él y la heroína, porque este personaje masculino aún no la ha perdonado: “There could have been no two hearts so open, no tastes so similar, no feelings so in unison, no countenances so beloved. Now they were… worse than strangers… It was a perpetual estrangement” (1817: 42- 43). 3. LA RECUPERACIÓN DE LA SILUETA CORPORAL Y LA JUVENTUD A pesar de este bagaje de anulación corporal y psíquica constante, la protagonista de Persuasion progresará desde la parálisis a espontáneas reacciones orgánicas y mentales, fruto de una ubicación espacial más estimulante. Los sentimientos de Wentworth también evolucionarán de forma progresiva. Primero, desde el distanciamiento y rencor a la lástima, posteriormente desde la admiración a la confesión amorosa. Al inicio, él despertará estímulos sensoriales en el cuerpo
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