scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

El Belmonte de Chaves Nogales

Cintas Guillén, María Isabel

Full text

EL BELMONTE DE CHAVES NOGALES Mª Isabel Cintas Guillén* JUAN BELMONTE, EL TRIUNFADOR DEL MUNDO Y DE SÍ MISMO. n los altos de la editorial Rivadeneyra, en la Cuesta de San Vicente, de Madrid, las rotativas no suenan hoy, día de descanso para el personal del periódico Ahora. En la casa en calma se oye la voz de Chaves, que dice a Ana, su esposa: «Niña, saca jamón, que viene Belmonte». Poco después se oyen las risas de los dos, la voz del torero, que relata, y los comentarios del periodista. El diario Ahora, del que Chaves Nogales es redactor jefe, ha propuesto a los lectores que contesten a una pregunta: «¿Recuerda usted cómo era la vida en España en los principios de siglo?» Así cuenta el propio periodista su intención: «andaba hace tiempo arrastrando una preocupación puramente literaria: la de recoger algo que hasta hace poco era lo más sustancial de la vida española y que súbitamente se ha perdido; el ambiente denso en que el español de hace treinta, cuarenta años se movía; el gesto, el ademán, la actitud de ese mismo español castizo auténtico que a comienzos de siglo era la expresión de un modo de ser nacional y que repentinamente desaparece, se lo traga la tierra». Revista de Estudios Taurinos N.º 23, Sevilla, 2007, págs. 129-155 E * Doctora en Filología Hispánica. María Isabel Cintas Guillén 130 Estamos en los finales de 1934, en los más difíciles momentos de la Segunda República. La revolución de octubre ha desestabilizado la ya frágil convivencia nacional y el ambiente social está alterado por los conflictos que vive el país. El torero Juan Belmonte ha contestado a la pregunta con algunos apuntes que han llamado la atención de Chaves. Ya antes le habían resultado interesantes los criterios mantenidos por el torero en torno a temas candentes (los pistoleros, el comunismo, la Reforma Agraria, el sindicalismo) en la entrevista que para Estampa le hizo Vicente Sánchez-Ocaña en 1932. Ambos, periodista y torero, se conocían personalmente, habían coincidido en tertulias; pero este encuentro para intercambiar opiniones con vistas al reportaje que Chaves piensa componer los une en sentimientos y querencias comunes. Se entienden bien, el torero ya consagrado, de vuelta de revolcones y cornadas, y el periodista, avezado en el reportaje, que concibe la labor periodística como un trabajo de respuesta a interrogantes que subyacen a la noticia, como un servicio de interpretación de la realidad con aportación de elementos interpretativos y clarificadores; si además ello se puede hacer desde el texto ameno y bien escrito, mejor. Chaves es experto en este tipo de trabajos, ya que algo similar ha sido el que apareció en Estampa el año anterior, El maestro Juan Martínez que estaba allí, relato novelado de lo que fue la Revolución Rusa de 1917, realizado a partir de largas conversaciones mantenidas por el periodista con un bailarín de flamenco que la vivió y con el que también se entendió a la perfección. En ambos casos los personajes reales cuentan en primera persona sus experiencias en sendas revoluciones. Martínez fue el ser real que relata qué es una revolución y los daños que acarrea. Belmonte cuenta su vida en el momento más conflictivo de la Segunda República. Chaves, periodista, se sirve de estos seres interpuestos, triunfadores ambos en la vida en sus respec- El Belmonte de Chaves Nogales 131 tivos campos, para contar lo que él mismo piensa de la revolución social, tan de actualidad en el momento. Juan Belmonte, matador de toros; su vida y sus hazañas se publicó por primera vez en la revista Estampa de Madrid en veinticinco capítulos, del 29 de junio al 14 de diciembre de 1935. Como decimos, se vivía entonces en España una situación conflictiva y difícil. El Gobierno de la Segunda República se Fig. n.º 6.- Manuel Chaves Nogales en 1934. Todas las fotos que aparecen en este artículo han sido cedidas por la autora del mismo. veía fuertemente presionado por la falta de entendimiento entre los españoles y por la radicalización de las posturas de las izquierdas y las derechas, que culminaron pocos meses después en las elecciones de febrero de 1936 y llevaron al declive y final de la experiencia republicana y la Guerra Civil. Aunque Chaves es el autor del relato biográfico, el periodista no aparece en él. Juan Belmonte, matador de toros; su vida y sus hazañas es una narración en primera persona que, en ocasiones, incluso ha pasado por autobiográfica: «este libro es rela- to de la vida del torero contada por él mismo», decía el anuncio en prensa de la aparición de la serie. El hecho curioso es que, desde el primer momento, biografiado y biógrafo se entendieron a la perfección. No faltaban motivos para ello, ya que ambos habían nacido en Sevilla, Belmonte en 1892, Chaves en 1897, y en calles próximas, Ancha de la Feria y Dueñas, respectivamente. Con seguridad ambos frecuentaron en la infancia ambientes distintos en razón a la diferente extracción social: el padre de Belmonte era quincallero, el de Chaves era redactor de El Liberal de Sevilla, autor dramático de cierto éxito y Cronista Oficial de la Ciudad. Hay algo, sin embargo, que los hermanó desde el primer momento; pudo ser el carácter observador y analítico de ambos, la confianza en el ser humano al que veían capaz de superarse y progresar, la coincidencia de los dos en el sentido de la vida como una trascendencia ligera, como algo que no hay que tomarse demasiado en serio, aunque haya que vivir con toda la carga de responsabilidad que conlleva ser dueño del propio destino. Incluso pudo unirlos el hecho de evocar la Sevilla de la infancia, cuando ambos viven en Madrid desde tiempo atrás, con la nostalgia sevillana que tal situación les reportaría. El caso es que Belmonte contó a Chaves su vida, los avatares de su existencia, y le descubrió los entresijos de su corazón. Y Chaves relató por escrito lo contado, con tal perfección, que no se sabe dónde empieza a hablar uno y acaba el otro. Chaves Nogales pertenece al grupo de los periodistas que no se separan de la realidad, que la rastrean y la siguen a ras de suelo. Es más, para Chaves, el único objeto del periodismo es observar la realidad y contarla, contar lo que pasa en la calle (que no los eventos consuetudinarios que acontecen en la rúa); constata que los grandes acontecimientos no surgen por genera- María Isabel Cintas Guillén 132 El Belmonte de Chaves Nogales 133 ción espontánea ni separados del ser que alienta en sus entornos. Es un periodista dotado de una gran sensibilidad, pero incapaz de entender el arte por el arte según propia confesión. Ha adivinado al hombre tras la contestación a la encuesta del periódico. Y sabe que tiene un gran tema: porque tiene un gran hombre, porque al pueblo le encantan los toreros y porque necesita un mensaje de calma y sosiego para templar los ánimos en una España conmocionada, dividida y asustada ante el odio de hermanos que se está instalando en su territorio. Al contar su vida un torero famoso, se ponen de evidencia conexiones ideológicas profundas con el autor y con otros muchos intelectuales pequeño-burgueses que deseaban transmitir un mismo mensaje de mesura, no revolucionario, no extremista, ante los acontecimientos históricos de la España de 1935. Belmonte no hace declaración expresa de ninguna ideología política. En un momento histórico en que los españoles se organizaban en uno de los dos sectores ideológicos que dividían el país, Chaves elige a Belmonte como símbolo del hombre que, habiendo salido de la nada, del pueblo, ha luchado contra todos los obstáculos y se ha hecho a sí mismo. Ha triunfado en la vida a través de su oficio, su arte. Cuando murió Belmonte, decía la nota necrológica del periódico La Nación (9 de abril de 1962) que en 1917, en el Montepío de toreros, Belmonte consiguió unir en un solo grito de admiración ante su faena al Rey, los monárquicos y los republicanos que asistían a la corrida. Y ese es para Chaves su gran mensaje: Belmonte es el hombre que ha realizado la única revolución posible, la de su vida personal a través de su oficio o su arte. Y decir esto es decir mucho en la España de 1935. ORGANIZACIÓN DE LA OBRA La revista Estampa, creada en 1928 y con un formato que pretendía satisfacer las exigencias de la mujer moderna, culta e María Isabel Cintas Guillén 134 interesada por lo que ocurría a su alrededor, acogió la firma de interesantes escritores como Gómez de la Serna o Baroja, quien también frecuentaba por estos tiempos la casa de Chaves en la Cuesta de San Vicente. Con abundante información gráfica, en Estampa apareció Juan Belmonte, matador de toros; su vida y sus hazañas, en veinticinco entregas, de junio a diciembre de 1935. Cada entrega tenía cuatro páginas. La serie iba ilustrada con sesenta interesantes fotografías originales de actuaciones del torero, muchas de ellas proporcionadas por el propio Belmonte; treinta y nueve ilustraciones de Andrés Martínez de León y cuatro dibujos de Bartolozzi, colaborador gráfico de Ahora. El periodista introduce al protagonista desde la tercera persona, cuando es muy niño y, tras dar los primeros pasos, acaba dejando que sea el propio Belmonte el que cuente toda su vida. Así que Juan toma enseguida la palabra (desde que pudo tomar la palabra en la vida real), y ya hasta el final va contando en primera persona sus peripecias vitales, para abandonar el rela- to en el momento de la publicación. Utilizando una estructura de relato clásico, Chaves organiza el desarrollo de la acción en tres partes: planteamiento, nudo y desenlace, a lo largo de los veinticinco capítulos que conforman el folletín. La primera parte arranca de los primeros años (Belmonte nació en 1892), hasta 1912, y se relatan las experiencias primeras de la vida de Juan y de la profesión que lo llevan al éxito, por un camino pleno de dificultades, con abundantes escenas costumbristas que se desarrollan en un ámbito geográfico próximo y lleno de sugestiones locales del mejor sabor taurino. No se mueve, desde luego, en la tópica del mundo de la tauromaquia, aunque si en la conjunción de elementos y lugares tradicionales de esa tópica: la primera impresión causada por la muerte de un torero, Espartero; los puestos de quincallería, las mujeres alga- El Belmonte de Chaves Nogales 135 beñas que se mueven por la escena, la primera herida, la escuela, la muerte de la madre, el café, los amigos, la vocación, la forja de su personalidad humana y los presupuestos básicos sobre los que se fundamenta el toreo de Belmonte. La segunda parte transita por el camino de la formación del torero, del renombre nacional al internacional, de Sevilla a Nueva York, los grandes éxitos, con matrimonio afortunado y brillo social por relevancia de lo económico; el mundo del toreo, la gloria, el amor, las mujeres, Belmonte íntimo y Belmonte ante el mundo: sus amigos intelectuales, las tertulias…; años de triunfo que van de 1913 a 1920, capítulos 10 al 20. Fig. n.º 7.- Edición de Estampa. María Isabel Cintas Guillén 136 La tercera parte, el desenlace, va del 1920 a 1935, y es la etapa de la plenitud del torero, la muerte de Joselito, el amigo en la vida y rival en los ruedos; se relatan conflictos políticos que se viven en España y se exponen las conclusiones teóricas sobre el mundo del toro. JUAN BELMONTE Y SU AMBIENTE En junio de 1935 la situación en España es conflictiva. La España republicana está asediada por mil problemas acuciantes: hay huelgas, manifestaciones callejeras, gente armada, hambre y pobreza. Desde las paginas de los diarios, los consejos de guerra, las condenas a reclusión perpetua, la incoación de procedimientos criminales nos hablan de una situación difícil para el Gobierno legítimamente establecido, que ha de acudir en todo el territorio nacional a sofocar los fuegos ideológicos que mantienen la vida nacional al borde del enfrentamiento civil. En este duro panorama aparece en la prensa nacional el relato de la vida de un niño que vivió en la Sevilla de principios de siglo en la calle Ancha de la Feria: «Juan es un niño atónito, que cuando asoma por las tardes al portal de su casa con el babadero cosido y limpio, llevando en las manos la onza de chocolate y el canto de pan moreno que le han dado para merendar y contempla el abigarrado aspecto de la calle desde la penumbra del zaguán, se siente sobrecogido por el espectáculo del mundo y se queda allí asustado, sin decidirse a saltar el arroyo». A partir de aquí, el lector se siente atrapado por la belleza de la historia de un torero que acaba de cortarse la coleta, pero que hasta ese momento ha llevado a España de cabeza, a media España (viscerales y sentidos enfrentamientos entre gallistas y belmontistas), como ocurre casi todo en este país. Y Sevilla es una ciudad acostumbrada a las dualidades: se es de Sevilla o de Triana, de Belmonte o de Joselito, de la Macarena o de la El Belmonte de Chaves Nogales 137 Trianera, de izquierdas o de derechas (bolchevique o cavernícola), del Betis o del Sevilla. En una historia llena de bellas reflexiones, el lector aprende enseguida que «los que no se asustan en una calle como aquella y a fuerza de heroísmo la dominan, podrán dominar el mundo». Porque el motivo del relato, la España de treinta años antes, se presenta en la descripción de una calle emblemática, ejemplar, la calle Ancha de la Feria, calle popular, llena de tipismo y desgarro, calle que aún hoy, casi un siglo después, sigue concentrando situaciones similares. Es una calle como tantas otras del mundo, las hay semejantes en París, en Londres, en Moscú (Chaves las ha visitado, por ello habla con conocimiento), pero que al ampliar su ámbito a la ciudad se hace peculiar y significativa, con el primer recuerdo de un niño, aunque este recuer- Fig. n.º 8.- Un corral de vecinos. Fotografía de Loty. María Isabel Cintas Guillén 144 Alberto Insúa). Siguiendo casi siempre un esquema preestablecido de pobreza de cuna, dureza de vida en un ámbito altamente costumbrista y folclórico, triunfo en el mundo del toro y matrimonio que permite subir en la escala social, el relato convertía a los protagonistas en modelos a imitar y se elaboraba un fondo paisajístico lleno de color y tipismo capaz de conmover los resortes más profundos del sentir patrio. Y Andalucía se mostraba en estas novelas como espléndido telón de fondo lleno de peculiaridades. Las hazañas taurinas de Belmonte contadas por Chaves Nogales son de otro signo. Chaves no era aficionado a la fiesta, nunca presenció una corrida de toros ni se sintió conmovido por aquellos espacios de tipismo costumbrista. Al periodista le interesaba, eso sí, la ciudad como espacio en el que se forjan los individuos, y los individuos que se enfrentan a un medio, a veces hostil, y lo superan. Y la calidad humana de Belmonte le sorprendió. Fueron muchas horas de charla entre ambos, de intercambio de puntos de vista, y surgieron conexiones en la visión de los espacios, los hechos y los individuos que conforman colectivos y hacen rodar la historia. Por su parte, Belmonte no era igual que los otros toreros. El hombre Belmonte tenía la entidad suficiente como para despertar la curiosidad de un periodista que, en el cenit de su esplendor laboral, lo elige como modelo de ser humano capaz de enfrentarse a un destino adverso y superarlo, logrando con ello el gran cambio que necesitaba la España de 1935. Ni por su aspecto físico, ni por su aprendizaje, ni por su forma de torear, ni siquiera por su manera de vivir el triunfo, Belmonte puede ser considerado integrante del grupo de los toreros modélicos. Dice de sí mismo, en el plano físico, que era inseguro, tímido, poco brillante, torpe de expresión, huraño, cohibido, oscuro, pobre, triste, fatigado, poca cosa, lejos pues del héroe triunfador. En su trato con las mujeres se presenta El Belmonte de Chaves Nogales 145 hosco, tímido, lejos también del torero avasallador y deslumbrante al que la moda había acostumbrado a los aficionados. Nada hay en él que lo coloque a la cabeza de la lista de toreros tradicionales. Por otro lado, el torero de baja extracción social estaba siendo contestado con la aparición de otro tipo de torero más elitista en su cuna y entorno, capaz de ser asimilado –y exaltado– por la clase intelectual que, en el momento de la aparición de Belmonte, estaba más próximo a los planteamientos ideológicos Fig. n.º 12.- Ilustración de Andrés Martínez de León. que pedían acabar con la fiesta. Tal era la postura de la Institución Libre de Enseñanza, de los regeneracionistas encabezados por Joaquín Costa, de Antonio Machado, Baroja y Benavente, de Ramón y Cajal y de Eugenio Noel, los cuales tras despotricar de la fiesta española, acabaron cantando sus bellezas por la acción de Juan. Dice Vicente Zabala en Grandes maestros del toreo: «A Belmonte hay que atribuirle el soberbio viraje de María Isabel Cintas Guillén 146 los intelectuales y de toda la afición, que ya ve la fiesta de otra manera. Las corridas de toros han dejado de ser una bárbara lucha para suavizarse y derivar por los senderos del arte». Belmonte deja preparado el camino para el paso del arte del toreo al mundo del arte literario. Cuando llega Ignacio Sánchez Mejías, el otro torero intelectual que reúne en sus dominios a los escritores del 27 y hace circular por sus escritos los elogios a la torería, ya Juan ha allanado los obstáculos con su estilo rebelde, anarquizante, disidente y rompedor. Y ha sentado las bases de una nueva teoría del toreo. BELMONTE, INTELECTUAL Josefina Carabias, periodista y discípula confesa, por cier- to, de Chaves Nogales, comentó que Juan Belmonte, según Paco Madrid, era una rareza: «¿Qué dirá usted que llevaba, cuando era novillero, entre las espuertas con los trastos de torear? ¡Pues otra espuerta llena de libros! Leía en el tren, en las posadas de los pueblos, en las enfermerías de las plazas y hasta en los calabozos, donde alguna vez nos metieron ciertos alcaldes feroces. Muchos se empeñaban en que a Juan le habían hecho ilustrarse los escritores que empezaron a encapricharse por aquel toreo tan raro que hacía él y que, al principio, no convencía más que a la chusma y a los intelectuales. Pero diga usted que eso no es cier- to. Antes de tratarse con ningún intelectual, Juan Belmonte lo era ya de vocación. Lo primero que hizo en cuanto empezó a ganar dinero fue comprarse una biblioteca y poner cuarto de baño. Nunca se ocupó de tener buena ropa ni alfiler de corbata. Pero un torero más bañado y más leído no lo hubo ni lo habrá». En el libro de Chaves hay recurrentes alusiones al interés de Belmonte por los libros o a su relación de amistad con los intelectuales. Ya desde que era un niño podemos observar en él ciertas peculiaridades. En la escuela preinstitucionista a la que El Belmonte de Chaves Nogales 147 asistió en su infancia, Belmonte vive el hecho de acudir a ella como un castigo; era tal la opción que toma su padre a la vista de que el chico va deslizándose con fuerza creciente por el mundo de las golferías, al quedarse huérfano y desvalido. La experiencia de esa escuela no pudo ser más negativa y el ambiente más descorazonador: «Me mandaron a la escuela como castigo. Era, de verdad, un castigo aquel caserón triste, con Fig. n.º 13.- Belmonte con Valle Inclán, Pérez de Ayala y Sebastián Miranda. aquellas cuadras húmedas y penumbrosas y aquellos maestros malhumorados, en los que no suponíamos ningún humano sentimiento (…). Frente al maestro teníamos una actitud hostil y desesperada de alimañas cautivas». Porque no fue la escuela, sino la calle, el ámbito de desarrollo de sus incipientes capacidades poéticas (por llamar de algu- María Isabel Cintas Guillén 148 na manera a su habilidad juvenil) para contestar en verso a Juan Verraco, tipo sevillano. Su interés por la lectura le vino a Belmonte del deseo de vivir situaciones de riesgo. En su adolescencia, influenciado por unos amigos tipógrafos de Triana, leyó con verdadera fiebre libros de aventuras y quiso emular las hazañas del personaje de Salgari, Sherlock Holmes, Arsenio Lupín y Montbars el Pirata, llegando a escaparse de casa y vivir arriesgadas aventuras. Más tarde, ya en Madrid, entró en contacto con los intelectuales, llegando a descubrir a través de las diferencias de estilo y lenguaje una extraña semejanza entre aquellos artistas y escritores de espíritu rebelde y los anarquistas de la pandilla de Triana. Tuvo relación con Julio Antonio, Romero de Torres, Valle Inclán, Pérez de Ayala, Enrique de Mesa, Sebastián Miranda, Dicenta, Répide, López Pinillos, Luis de Tapia, Eugenio Noel, entre otros. Incluso alude en el libro a un verso de Rubén Darío, «aire suave de pausados giros», para explicar un pase. Y, sobre todo, cuenta la impresión honda que le causó la frase de D´Annunzio «El peligro es el eje de la vida sublime», frase que lo tuvo obsesionado un tiempo. En febrero de 1929, en una fiesta benéfica de la Unión de Dibujantes, Sirio hizo un dibujo del torero y Jardiel Poncela una semblanza que concluía así: «Su sangre, que es la misma que nutriera a los moros, le empuja al dinamismo y le agita y lo inflama; y acaso cuando deje de luchar con los toros se encierre en su despacho… para escribir un drama». Incluso se le atribuyó la dirección de un documental sobre la cría y vida del toro titulado “Del prado a la arena” y estrenado en julio de 1933. Ya mayor, cuando retirado de los ruedos llevaba una vida tranquila en su finca “Gómez Cardeña”, que alternaba con las tertulias de la calle Sierpes, iba de vez en cuando a Madrid o salía fuera de España. En esos viajes era normal verlo por las librerías o asistiendo a conferencias de sus amigos intelectuales. El Belmonte de Chaves Nogales 149 ÉXITO DE LA OBRA El reportaje novelado sobre la vida de Belmonte tuvo un gran éxito. Se había anunciado en Estampa con una foto del personaje a toda página y un pequeño texto propagandístico en el que se declaraba que «el gran torero ha dictado sus memorias a Manuel Chaves Nogales con tan íntimo acento, tan desacostumbrada sinceridad y tal fuerza narrativa, que esta novela de la realidad será indiscutiblemente uno de los folletines más intensos, emocionantes y sugestivos de la vida española en los últimos treinta años». Y, en efecto, el texto encandiló a los lectores. Estos sabían de qué hablaba el relato, seguían los acontecimientos taurinos y se sentían comparsas de aquel gran espectáculo que empezaba a entrar en los ámbitos de la perdurabilidad literaria. En una interactividad infrecuente en la época, haciendo suyo el relato, los seguidores enviaban cartas a la redacción aportando datos, ampliando detalles, recordando episodios omitidos, o rectificando hechos narrados. Las notas de la redacción les daban su lugar a estos cronistas celosos de la más estricta verdad: «Pero como no es posible volver a cada paso sobre lo escrito, tenemos que privarnos de ese rico caudal de datos sobre la vida del torero que la masa de lectores nos brinda. Queremos y debemos, sin embargo, recoger alguna rectificación que se nos pide. Tal la que solicita de nosotros José Sánchez, hijo del que aparecía en el relato con el sobrenombre del Niño del buzo, propietario de una fonda de la calle Echegaray, de la que se hablaba en estas Memorias acaso con excesiva desconsideración. A la fonda del Niño del buzo, conste así, acudían muchas personas honorables, en lo que cabe, y el simpático fondista, que había sido realmente torero y no mero aspirante como decíamos, fue un honrado industrial que no soñó nunca con ser bandolero ni contrabandista. Así nos ruega lo hagamos constar su hijo. También el Niño de María Isabel Cintas Guillén 150 Elena, guarda de Tablada y hombre serio y formal, aparecía en otro episodio como un tipo de matón lamentable. El hecho cier- to y comprobado de haber vivido en la Macarena por aquel tiempo otro individuo apodado también el Niño Elena, que era específicamente lo que se llama un guapo de barrio, es lo que ha dado lugar a la confusión que don José Elena, hijo del guarda de Tablada, nos ruega aclaremos». Y en otra nota se aclaraba: «El matador de toros Diego Mazquiarán Fortuna se ha sentido molesto por una alusión a las locuras y extravagancias con que se divertían en sus viajes a América Belmonte y los toreros que con él iban, el propio Fortuna entre ellos. Cree ver el torero bilbaíno en las palabras que poníamos en boca de Belmonte algo que puede perjudicar a su seriedad, a la corrección de su conducta y a la formalidad y cordura con que normalmente se produce y, ante esta interpretación personal, aunque nos parece un poco puntillosa y sin ningún fundamento, nos creemos en el caso de hacer constar que ni por nuestra parte ni por la de Juan Belmonte ha habido en ningún momento el propósito de decir nada vejatorio para el excelente torero bilbaíno, cuya vida, tanto taurina como privada, tenemos una gran satisfacción en declararlo, no permite suponer en él ninguna extravagancia ni incorrección». El éxito en prensa posibilitó que se editara en libro en el mes de diciembre y, costumbre de la época, el mundillo intelectual ofreció a Chaves un homenaje, cena y palabras de elogio incluidas, al que Belmonte no asistió, excusándose en que deseaba que todo el éxito fuese para el escritor. Asistieron al acto personajes destacados del mundo literario: Ortega y Gasset, Azorín, Ramón Gómez de la Serna, Luis Montiel, Luis de Tapia, Julio Camba, Sebastián Miranda… Por mucho tiempo se creyó que eran las memorias de Belmonte, tal milagro de comunicación y complicidad se creó entre ambos. El propio autor manifestó sentirse satisfecho con la perdurabilidad del personaje y la desapari- El Belmonte de Chaves Nogales 151 ción del autor: «Y cuando algún erudito de otro siglo descubra que estas Memorias fueron un libro popular y halle una edición que aún ostente mi nombre al frente, aspiro sencillamente a disfrutar de esa gloria discreta y regateada de aquel Per Abat que signa el manuscrito del poema del Cid. ¿Quién era éste?, se preguntará. ¿El que escribió el libro? ¿El que sencillamente lo manuscribió? ¿El periodista que sacó de él provecho? ¿El editor? ¡Quién sabe!» Muchas veces se ha hablado del interés que tendría para los aspirantes a torero que leyeran, como parte de su formación, esta biografía de Belmonte. Que los jóvenes alumnos de escuelas taurinas tuvieran el ejemplo de cómo se forjaba una voca- Fig. n.º 14.- Archivo de `La Nación´ de Buenos Aires.. María Isabel Cintas Guillén 152 ción, esta vocación, en aquellos tiempos de hambre que ya no son los mismos. Pero no sólo los jóvenes aspirantes a toreros sacarían interesantes enseñanzas. También los jóvenes, en general, aprenderían cómo se forja una profesión desde el entusiasmo, el esfuerzo y la entrega. Fue Paco Rabal quien en una entrevista declaró haber regalado a sus hijos el libro de Chaves para que les sirviera de ejemplo en la lucha por la vida. En efecto, a Chaves no le interesaron los toros, ni los toreros de éxito, ni siquiera el relumbrón de la fama. Le interesaron las personas, la calidad humana de los personajes que retrató. Y ante los seres humanos excepcionales no tenía reparos en esconderse, en desaparecer para así no interferir en ese brillo. Agustín Cerezales, para quien el Belmonte de Chaves es el mejor de los libros del siglo XX (según la encuesta realizada en ABC Cultural el año 1999), decía a este propósito: «…en ningún momento deba olvidarse que el autor es Chaves Nogales, y que suya es esa otra música -¡y qué música!-, esa sabiduría con que acierta a retirarse del proscenio, a quedarse quieto y embarcarnos en una prosa que fluye con simple, eficaz y feliz transparencia». Qué destino el de Chaves, que parece estar determinado a permanecer escondido tras Belmonte, tras la figura del torero. En la edición de Toronto de 1937 aparece el título Juan Belmonte killer ot bulls y el subtítulo The autobiography of a matador. El nombre del traductor al inglés se muestra con caracteres mayores que el nombre del autor. Era el traductor Leslie Charteris, el conocidísimo creador del personaje El Santo, obviamente de mayor tirón mediático que el periodista español. En la edición de Nueva York de 1939 ni siquiera aparece el nombre de Chaves en la cubierta. Es ésta una edición realizada por Bourland y Herman para que sirviera de texto de aprendizaje del español en colegios universitarios americanos, y en ella, con textos recortados hasta convertirlos en algo irreconocible, aparecen Silverio Franconetti en Uruguay planos de Sevilla, cuadros aclaratorios, notas, breves biografías de los toreros citados y vocabulario rezumante de tipismo. He estado en Buenos Aires en marzo de 2006 intentando encontrar algunos trabajos de Chaves publicados en La Nación. Incluso en los archivos del periódico ha sido posible encontrarlos buscando Belmonte, en lugar del nombre del periodista. En este periódico bonaerense se publicó en 1935 Juan Belmonte… por entregas, a razón de una semanal, con una de retraso respecto a España. La publicación, sin fotografías, apuntaba bajo el título: “Su vida, narrada por él mismo y trascrita por Manuel Chaves Nogales”. Belmonte era un torero conocido en América y cuyas aventuras interesaban sobremanera. Pero también Chaves había publicado y volvería a publicar trabajos en aquel diario argentino. El libro Juan Belmonte, matador de toros, reeditado por Alianza, conoció en 1992 una edición facsimilar (precisamente fue la Fundación de Estudios Taurinos la que proporcionó el ejemplar usado para la edición) a cargo del Ayuntamiento de Coria del Río (ciudad de Sevilla donde nació Andrés Martínez de León, autor de la mayor parte de las ilustraciones con que apareció en prensa). Se conmemoraba con ello el primer centenario del nacimiento de Juan Belmonte, bien conocido del público medio. Muchos en Sevilla se preguntaron quién era el autor, Chaves Nogales, escritor republicano muerto en el exilio. Se recuperó al periodista y parte de su obra con la publicación por parte de la Diputación de Sevilla de los dos tomos de la Obra narrativa completa, de 1993, y los dos tomos primeros de la Obra periodística, de 2001. Chaves Nogales y Belmonte quedaron unidos para la historia. Periodista y torero, autor y personaje, parecen unir sus voces para proclamar al unísono las palabras con las que el libro concluye y que evidencia el estado de ánimo con que cada uno de ellos afrontaba cada día el reto de vivir: «La verdad, la verdad, es que yo he nacido esta mañana».