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El país de la Sujur. Los rebordes occidentales de la depresión de ronda. Siglos VIII-XVI

Iglesias García, Luis

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UIVERSIDAD DE SEVILLA FACULTAD DE GEOGRAFÍA E HISTORIA DEPARTAMETO DE PREHISTORIA Y ARQUEOLOGÍA EL PAÍS DE LAS ṢU JŪR LOS REBORDES OCCIDETA LES DE LA DEPRESIÓ DE ROD A SIGLOS VIII- XVI LUIS IGLESIAS G ARCÍA TESIS DOCTORAL DIRECTORES: PROF. DR. D. OSWALDO ARTEAGA MATUTE PROF. D R. D. VIR GI LIO MARTÍEZ EAMORADO TUTOR: PROF. D R. D. JOSÉ LUIS ESCACEA CARRASCO SEVILLA, 2015 “(…..) Conosçen a qué tiempo y en qué lugar se ha de poner la guarda, do conviene el escucha, a dónde es n ec esario el atalaya, a qué par te el escusada; por dó se fará el atajo más seguro e más descubra. Conoce el espía, sa brála ser”. “Tiene conocimiento de los poluos, si son de g ente de pie, y quál de cauallo, o de ganado, y quál es torbellino. Y quál humo de carbone ros y quál ahumada; y la diferençia que ay de almenara a la candela de los g anaderos. Tiene conocimiento de los padrones en la tierr a, y a qué parte los toma, y a qué mano los dexa (….). Saben tomar rastro, y conocen de qué gente, y aquél seguir. Tentarán paso s e vados, e dañillos o adobillos según fuere menester. Y guían l a hueste. Bus can p astos y agua para ella, y montañas o llanos para aposentallos. Co nocen la dispusiçión para asentar más seguro el real (….. ) ” “Tienen continuo cuidado de mirar al canpo, de noch e los oídos desçoluados, de día los ojos non çerrados (….) ” Carta de Fernán Pérez del Pulgar al conde Pedro Navarro. E l Salar, 6 de abril de 1509 . Reproducida en J. de Mata Carriazo, 1 982, pp. 281-282. A la vieja gente del campo, honrada y sabia, que me acompañó en esta a ventura. Me enseñaron los camin os. A mi madre, a mis h ijos y a los que compartieron parte del camino conm igo. Ellas y ellos saben quienes son. A Mari y Lola. unca m e abandonaron hasta qu e en el camino me perdí. Entonces comprendí que la meta era el camino . AGRADECI M IENT OS Un trabajo como el que presentamos no su ele se r, obviamente, labor exclusiva de una sola persona. En el han participado, con su apo y o, s u acompañamiento en los trabajos de campo, sus indicacion es y sus valiosas in formaci ones, una serie d e pers onas que, tr as años de trabajo, han a cab ado convirtiéndose en gr an des amigos. El cariño con el que me han recibido en toda ocasión, sus consejos, su referencia intelectual y su conocimi ento del te rritorio han si do de una inestimable e i mprescindible ay ud a. En primer lugar, es de ju sticia reconocer la tutela intelectual de mis directores de Tesis, D. Oswaldo Arteag a Matute y D. Virgilio Martínez Ena morado. Los dos, cada uno en un momento de mi vida profesional, signi ficaron un despertar, una toma de concien cia, un descubrimiento de la realidad. D e la mano de Osw aldo A rteag a cono cí el Materialismo Histórico como herr amienta de análisis del pasado y el presente, como instrumento de crítica social y cre cimiento de mi p ropia conciencia y sensibilidad social. Con Virgilio Martínez desperté del sueño de l os “par af eudales ” y d e la historia de España como un bloque en el que al-Andalus se conver tía en algo pur ame nte episódico, un episodio de ocho sig los. Mi deuda con ambos es i nmensa y espero que, con este trabajo, hag a justicia a su maestría y pu edan se nti rse or gullosos de hab er guiado m i mano en la disección de los procesos de forma ción y d estrucción de al-Andalus o, al menos, puedan sentir el r econocimiento y el r espeto que les profeso. Algunos caminos, algunas experiencias vitales acaba n mostrando qu e los que uno consideraba sus ami gos no eran sino en emigos v elado s, presos de su prop ia incapa cidad intelectual y profesional. Pero en esos mismos caminos te encuentras con otras personas, con los que no contabas, que a caban convirtiéndose en p arte d e tu fa milia, que te reciben en su casa como a un hermano y cu y o a poy o y esfue rzo resultan ser cru ciales para alc anzar las metas que te habías trazado. A el los, especialmente a D. José María Gutiérrez L ópez, pero también a Dña. María Cri stina Reinoso del Río, D. Jorge Juan Ramírez León, D. José Manuel Del Rosal More no y D. Mig u el Ángel B orre go Soto, mi más profundo agr ade cimiento. Pero a ciertos lugar es se llega siempre de la mano de alguien. Nunca ol vidaré que D. Luis María Cobos Rodríguez compartió conmigo el y acim iento de Zah ara de la Sierra, la Villa Medieval que el sentía como una hija, que era su ilusión y su de svelo. A esta Serranía m e trajo este coleg a y ami go y, g racias a él, apr endí a amar Z ahar a de la Sie rra casi tanto como el la ama ba. Gra cias L uis. En Zaha ra he vivido los últimos diez años, aquí h e c onocido el amor, la a mistad y la p az profunda, aquí me he se ntido zahareño. Gr acias a Ma ría José Bar rer a Bo rre go po r su infinita paciencia con aq uel arqueólo go que “chu pab a huesos” y pa recí a de la Ribera de El Gastor. A las zahareñas y zahar eños por haberme h echo sentir uno más de ellos. Nunca me sentí tan bien aco gido. Sería pretencioso d ecir que sólo el trabajo intelec tual y de c ampo del arque ólogo h a sido suficiente pa ra realizar un análisis de un territor io tan amplio con un a profundidad aceptable, par a ef ectua r descubrimientos de la tal l a de Zaf ra Pardal, Guari no o Gaidovar, entre otras villas y alquerías que perm anecían inéd itas, por no hablar de la pléy a de de ya c imientos de otra cron ología cu y o estudio sólo es bozamos ahora y que necesitan de una sistematización mucho más seria. En esta lab or h a sido impres cindible el con curso de un buen número de c olaboradores y amigos e ntre l os que me gusta ría destaca r a los agentes forestales D. Lui s Peña Rosa, Dña. Bets a bé G arcía Ortiz y D. Juan Pino Palma, ya que sin ellos este trabajo hubiera sido imposibl e. Mencionar también a D. Jerónimo Benitez Cañestro y a D. José Arroy o, incansable s and ariegos de los caminos de estas sierras. A todos ellos mi más profundo agrad ecimiento. Í  D I C E Introdu cción ………… …………………………………………………………… p. 19. PARTE PRI MERA Planteami ento del problema y diseño de la investigación CAP. 1 Planteamiento del problema. Hipótesis: la discusión del “viejo paradigma”…………… ……………………………………………… p. 30. 1.1. Piedras Viejas………………………………………………….. p. 39. 1.2. Tiestos Rotos…………………………………………………... p. 55. 1.3. Paisajes Desapare cidos………………………………………… p. 65. 1.4. Paisajes y T erritorios…………………………………………... p. 68. 1.5. Nombres Perdidos en Papeles Ajados…………… ……………. p. 70. 1.6. ¿Pero qué Arqueología?.............................................................. p. 72. CAP. 2 Planteamiento del problema. Antítesis: los problema s del “nuevo paradigma” …………… ……………………………………………… p. 77. 2.1. Hacia una ca ract erización de ¿Qué Form ación So cial?.............. p. 77. 2.1.1. El peso de lo urbano…… …………………………… p. 84. 2.1.2. El peso de lo tribal…………………………………… p. 89. 2.1.3. L a fiscalidad…………………………………………. p. 98. 2.1.4. Una propieda d pequeña y fra gmentad a………… …… p. 102. 2.1.5. Árabes y b eréb eres………………………………….. . p. 105. 2.1.6. El proceso de islamizaci ón…………………………... p. 109. 2.1.7. ¿Un Estado débil?........... .............................................. p. 110. 2.1.8. El problema de la fo rtific ación………………………. p . 120. 2.2. Que es una alquería y otr as cuestiones………… ……… ……… p. 130. 2.2.1. Otras formas d e poblamiento rural……………… ….. . p. 143. 2.3. Sobre la especificidad de l sultanato nazarí…… ………………. p. 145. 2.3.1. L os as entamientos rurale s nazaríes y el “i mpacto ” del comercio………………………………………... p. 147. 2.4. La cuestión del hidraulis mo…………………………………… p. 163. 2.4.1. El hidraulismo andalusí……………………………… p. 170. 2.4.2. I r rigación y ciudad…… ……………………………... p. 176 . 2.4.3. Cuestión de escalas…… ……………………………... p. 177. 2.4.4. Ganade ría y esp acios irrigados………………… ……. p. 178. 2.4.5. De nuevo sobr e los nazar íes…………………………. p. 179. 2.4.6. ¿A modo de conclusión?. ............................................. p. 183. CAP. 3 Hacia un posicionamiento teórico. ¿Es posible una sí ntesis? ………… p. 185. 3.1. Introdu cción…………… ……………………………………… p. 185. 3.2. Hacia una toma de postur a teórica……………… ……………. . p. 193. 3.2.1 Repensar la arqueolo gía medieval…………………… p. 202. 3.3. Objetivos y or ganización de la investig ación… … …………….. p. 204. 3.4. Definiendo algunos con c eptos………………………………… p. 209. 3.4.1. Poblamiento………………………………………….. p. 209. 3.4.2. Territorio……………… …………………………….. p. 210. 3.4.3. Propiedad, posesión, tene ncia…………………… ….. p. 212. 3.5. Las fuentes d e información……………………………………. p. 214. 3.5.1. L a excavación………………………………………... p. 214. 3.5.2. L os textos……………………………………………. p. 217. 3.5.3. Revisión arqueológi ca… …………………………….. p. 218. CAP. 4 Un territorio diverso y compartimentado……………………………… p. 220. 4.1. Algunas g ener alidades…………………………………………. p. 221. 4.2. Geología y forma ción de l relieve……………………………… p. 229. 4.2.1. Una historia geoló gica c omún……………………….. p. 230. 4.2.2. L as Béticas…………… ……………………………... p. 231. 4.2.2.1 Las Béticas de los geólo gos……………….. p. 2 32. 4.2.2.2 Las Béticas de los geó gra fo………………... p. 237. 4.2.3. L a “Serranía de Rond a” ……………………………… p. 238. 4.2.4. L a “Campiña” y los rebo rdes septentrional es ……….. p. 241. 4.2.5. L os r ebordes meridionale s. La Serraní a de Villaluenga…………… ……………………………... p. 244. 4.2.6. Un apunte sobre l a Sierra Sur………………………... p. 249. 4.3. El clima, precipitaciones e hidrog rafía……… ………… …….. p. 249. 4.3.1. L as p recipitaciones…… ……………………………... p. 249 . 4.3.2. L a hid rogra fía………… ……………………………... 4.4. Los suelos y las fo rmacio nes vegetales………… ……… …… p. 254. 4.4.1. L os suelos…………… ………………………………. p. 254. 4.4.2. L as formaciones ve get ales…………………………. .. p. 259. 4.4.2.1 La ve geta ción potencial……………… ……. p. 259. 4.4.2.2 El paleoclima y la transf ormación del medio físico………………………………... p. 259. 4.4.2.3 Un medio intensamente antropizado………. p. 267. 4.5. Agua y Camino………………………………………………… p. 270. 4.5.1. L os man antiales……………………………………… p. 270. 4.5.2. L as comunicaciones…… ……………………………. p. 274. 4.5.3. L as supu estas vías romanas de la Sierr a de Cádiz…... p. 275. 4.5.4. L os c aminos medievales……………………………... p. 283. 4.6. ¿Sería posible formular otras pre guntas?..... ............................... p. 295. 4.6.1. Hacia un a definición de los espacios productivos …… p. 296. 4.6.2. El patrón de asent amiento rural………………… …… p. 312. 4.6.3. Cuestiones territoriales ………………………………. p. 31 6. PARTE SEGUDA Un país de Ṣujūr CAP. 5 La reo cupación de las pe ñas………………………………………...... p. 324. 5.1. Los ant eced entes………………………………………………. p. 324. 5.1.1. Nada nuevo b ajo el Sol……………………………… p. 330. 5.1.2. L a reorg anización roman a y los probl emas de los límites conventuales………………………… p. 336. 5.1.3. El segundo s alto al vacío …………………………… p. 350 . 5.2. La reo cupación emiral ca lifal……………………………….... . p. 359. 5.2.1. ¿Ruptura o continuidad? Otra vez…………………… p. 359. 5.2.2. L a fitna y su explicación ……………………………. p. 367. 5.2.3. Reconsiderando los r e gistros………………………… p. 3 77. 5.3. Un análisis desde lo particular. L a construc c ión de al-Andalus en los rebordes de la D ep resión de Ronda…………………….. p. 381. 5.3.1. Mawrūr y Qalb ……… ………………………………. p. 382. 5.3.2. Montaqūt , Ḥiṣn Aqūṭ , y Cot …………………………. p. 386. 5.3.3. El ḥiṣn de “El Monte de l as Piedras”. Ŷabal al-Ḥiŷāra y Munt-Fīq ………………………… p. 390. 5.3.4. Una fortal eza para l a obediencia. Castillo de Coripe……………………………………. p. 393. 5.3.5. L a qu e y ace sobr e el Gua dalete. Amrīqa ……………. . p. 398. 5.3.6. Matrera…… …………… ……………………………. p. 400. 5.3.7. Cabeza de Hortal es………………………………….. p. 403. 5.3.8. Algámitas……………… ……………………………. p. 408. 5.3.9. Monte Nombrate……… …………………………… p. 413. 5.4. La ruptura d el mundo rural…………………………………….. p. 416. 5.4.1. Huertas de Moni che…… ……………………………. p. 418. 5.4.2. L a garín I ……………… ……………………………... p. 420. 5.4.3. Huertasuel as…………… ……………………………. p. 421. 5.4.4. Cobatillas…………………………………………….. p. 421. 5.4.5. L a Cu eva del Moro………………………………… p. 421. 5.4.6. Otras alquerí as de la cabecer a del Bocaleo nes… ……. p. 424. 5.4.7. Poblamiento en cuevas… ……………………………. p. 424. 5.4.8. El Castillejo de Sierra Va quera…………………… … p. 424. 5.4.9. Más evidencias d e pobla miento emiral en el ámbito de análisis……………………………… p. 426. 5.4.10. ¿Una fijación tempran a de los topónimos clánicos?.. .. p. 428. CAP. 6 Entre Kuwār…………………… ………………………………………... p. 433. 6.1. Demasiadas pre guntas… ………………………………………. p. 434. 6.1.1. El misterioso lugar de Xillibar …………………….. p. 435. 6.1.2. L os límites entre Šiḏūna y Mawrūr …………………. p. 439. 6.1.3. Iqlīm al-Faḥṣ ………………………………………… p. 443. 6.2. Reconstru y endo el norte de Šiḏūna………………………….. p. 458. 6.2.1. Jawlān . Las campiñas alt as del Barbate………… …... p. 461. 6.2.2. Al-Aṣnam . Entre Šidūna , al-Ŷazīrat al-Jadrā’ y Tākurunnā …………………………………………… p. 471. 6.2.3. Espera y A rcos………… ……………………………. p. 480. 6.2.4. Magīla y el Campo de M atrera………………… ……. p. 494. 6.2.4.1 La que nunc a fue conquistada…………….. . p. 499. 6.2.4.2 Los problemas de delimitación del Campo de Matrera…… ……………………. p. 502. 6.2.4.3 Los difusos límites con Arcos…………….. . p. 506. 6.3. El oeste de Tākurunnā … ………………………………………. p. 516. 6.3.1. Šiḏūna y Tākurunnā …… ……………………………. p. 521. 6.3.1.1 La Mojonera con Zah ara…………………... p. 524. 6.3.1.2 La Mojonera con “ L a Ser ranía”…………… p. 52 9. 6.3.1.3 A vueltas con la concesión de Alfonso X… p. 536. 6.4. Al-Ŷazīrat al-Jadrā’, Šiḏūna y Tākurunnā ……… …………….. p. 544. 6.4.1. Iqlīm Acanafora . Un inmenso alcornocal……… …… p. 544. 6.4.2. L a distorsión del Tempul.................. ............................ p. 566. 6.4.3. Iqlīm Ayhaçen . El dominio de la montaña……… …... p. 573. 6.5. Tākurunnā , Mawrūr e Istīŷŷa y los aqālīm Tākuru nnā………... p. 594. 6.5.1. Definiendo los aqālīm… …………………………….. p. 598. 6.5.2. ¿Podemos delimitar Tākurunnā ? El Iqlīm Wabīra . Olvera y otras fortalezas del entorno………..…… ...... p. 602 6.5.3. Iqlīm Ṣajrat ʽAbbād . Entre la montaña y la ca mpiña………………………. p. 610 6.5.3.1 Los términos con Morón. La visita d e 1610……… …………………... p. 617. 6.5.3.2 Los problemas con Rond a…………………. p. 618. 6.5.3.3 Zahara y “L a Se rranía” …………………….. p. 620. 6.5.3.4 Delimitando el territorio de Zaha ra……….. . p. 628. 6.5.4. Iqlīm al-Sitil . La c ampiña interior……………… …… p. 634. 6.6. Una geo gr afía tribal……………………………………………. p. 639 . 21 Península Ibéric a, en al-Andalus, lo que así expres ado no h ac e sino mostrar la propia inconsistencia de la postura “f eudo-autoctonista”. Este es el punto en el que me encuentro, un lugar id eal para contr astar las hipótesis de may or calado que se vie nen planteando hasta ahora e n el pano rama de la arqueolo gía medieval, tales como la relación de las fortalezas con las alquerí as, la cron ología de los procesos d e fortifica ción , la relación con los espa cios irrigados o la migr ación beréber. Un territorio erizado de f ortalezas, debido a su ca rácter f ronterizo entre el c ristianismo y el islam, enormemente rico en y a cimientos arque ológ icos, la may o ría aún por descubrir, y con un a alta densidad d e ciudades romanas. Se entende rá ahor a porq ué esta tesis no puede centr arse sino en el medievo de esta majestuosa serraní a. No obstante, en la línea ar gu m ental que vengo desarr ollando, en mi aún escasa tr a y e ctoria pr ofesional, el ya cimiento y su territorio económico y político, la investigación y la puesta en valor, la a rqueología y la acción social son elementos indisolubles, por lo que deben aparec er también, au nque de forma menos detallada, en este trabajo que pres enta mos. Sin embargo, creemos que, tras todo esto, no ha pri mado la inquietud por la investigación en sí misma, sino la propia repr oducc ión de mi realidad material, la inquietud fue larvando p oco a poco, empujada por mi s directores, primer o centrad a en Zahar a y lue go emergien do, desde su estado de c r isá lida, para que rer ab arcar, quizás d e forma demasiado ambici osa, un amplio ter ritorio que aba rc a desde Morón de la Frontera hasta Alcalá de los Gazules y desde las campiñas ga ditanas de Jerez y Arcos hasta los muros de la ciudad de Ronda. En gen eral, los datos de los que disponemos para el ámbito de estudio son muy escasos y se encu entran enormemente dispersos en publi cacio nes d e divers a índole, las fuentes escritas son parcas y centradas en el m omento de la conquista cristiana y la posterior ordenación y establecimi ento de una nuev a fiscalida d en este te rritorio. Los estudios de corte ar queológico son par ciales y limitados, conociéndo se algo mejor el Guadalet e, el entorno de Pruna y el Término Munic ipal de Benao caz, donde se han realizado prospecciones con cierta intensidad. L as fortalezas tampoco h an sido bien estudiadas, desconociéndose, en la may oría de los c asos, repertorios o formas cerámicas que pudiesen establecer una cronología y la prese nc ia o no de fenómenos diacrónicos en un mismo emplazamiento. Se han realizado intervenci ones en Olvera, alg unas de ellas aún no han sido publicadas, Setenil, reco gidos, en parte, en su Carta Arqueológic a, y Zahar a de la Sierra, cu y os resultados public amos en su ma yoría a lo l ar go de estas páginas. Contamos, también, con algunos mapas a ntiguos que mu estr an la red de comunicaciones previa a las actuales carr eteras y q ue podemos remontar, al menos, a época mediev al, si no antes. Multitud de cañadas, v eredas y cordeles avenan el territorio y s e han conservado en su ma yorí a, lo que nos ha pe rmitido su inventario y representación ca rtog ráfi ca, aparte de gozar si guie ndo su recorrido en amplios tramos. Otra carto g rafía histórica nos ofrece ras gos de un paisaje hoy pe rdido pero que podemos reconstruir con la a y uda de la toponimia y el análi sis de los te xtos. Algunos grab ados completan este escuálido punto de partida. 22 Proponemos una aproximación multidisciplinar que aú ne un an álisis arqu eológico, d e la documentación escrita, historiográfico, geográfi co, topo nímico, d e los criterios de restauración, de los mod elos de inter pretación del patrimonio y d el diseño de la política económica y , en conc reto , turística, a nivel comarc al. El trabajo de base, propi amente dicho, d eberá entonc es contar con datos procedent es de prospecciones, catálogos , excavaciones, análisis de documentación escrita y gráfica, realización de encuesta s a los agentes locales sobr e su percepción de la realidad socioeconómica y el impacto que la puesta en valor y dinamización turística del patrimonio ha supuesto para la población, tanto dir ecta como indirectamente. Pero el problema principal que es nec esario resolve r se re fiere a la propia perspectiva de la investigación. El poblamiento y t erritorio, que c entran nu estro an álisis, se refieren a conceptos abstr actos, muchas vec es instrumentalizad os como formas y maneras de no decir n ada de un a forma elegant e, vaciándolos d e su contenido explicativo, si es qu e alguna vez lo tuvieron. Un memorable artículo de Mi quel B arc eló y a ad vertía de ello, del triunfo del “espírit u” sobre la r azón, del Estado y de sus ejé r citos, de las mentalidades y , al fin y al cabo, de un espíritu gr ato a la academia que deja de lado los procesos de trabajo c amp esinos, su independencia o dominación exterior… Deja de lado la capa cidad de entender el sistema, la materialida d que sostiene el espíritu 1 . Procuraremos no olvidar estas advertencias. En segundo lu gar , este territorio que se h a venid o l lamando Sierra de Cá diz o, desde otra perspectiva que pr etende ser más históric a, Si erra o Serranía d e Ronda, nunca fue una unidad, jam ás fue uno, ni desde el punto de vis ta físico ni d esde el punto de vista histórico, sino múltiple y muy diverso, habiendo pe rtenecido a diferentes circunscripciones administrativas a lo largo de la historia. Por este moti vo no hemos limitado el muestreo a los actual es límites adminis trativos ni a supu estas y particula res demarcaciones g eohistóricas. Hemos procu rado aba rca r un te rritorio amplio en el que suponíamos, o co nocíamos por trabajos previos, que se habían establecido fronter as políticas y /o administrativas en diferentes momentos cro nológicos, con el objetivo d e traza r físicam ente esas “f ronteras ” interiores o exteriores . Por otra parte, pretendíam os analizar los cambios experimentados en el territorio a partir de la s transformaciones reflejadas en las estrategias d e poblamiento y explotación de la na tu raleza o, en términos más precisos, las construcciones, trans formaciones y d estruc cione s de los espacios productivos a lo largo de mil años. En su momento, consideramos que s ería nec esaria una reevaluación del “poblamiento intercal ar” de época romana y de l as “fortific aciones d e frontera ” par a el medievo, redimensionando su sentido arqueológico. Por otra parte, sería precis a también una identificación y explicación del poblam iento rural que convive con estas fortificaciones. Por lo tanto, en est e tra bajo de investi gación, se contemplará el marco físico de l a acción social como ter ritorio, un territorio y un p aisaje, entendido como manifestación de las form as conc retas de explotación del territo r io que se h an fosilizado (o no) en u n soporte físico en contin ua transfo rmación. Para la conse cución de este objetivo es fundamental la Geoarqu e ología Dialéctica como herra mient a de análisis. 1 M. Barceló 199 7b, pp. 133-144, esp. p. 143. 23 Este análisis, derivado de una posición teóric a co nc reta y explícita que hunde sus raíces en el materi alismo histórico, no puede sosla y a r, ta mpoco, la realidad so cioeconómica actual de la comarca de referencia, en la que el mo delo agroindustrial ha supuesto el comienzo de una ruptura radical del ciclo entre nat uraleza y sociedad, d esco nectando las prácticas a grí colas y gan aderas de la natur aleza. Es tos modelos de a gricu ltura par a el mercado han supu esto la debacle económica de la zona, in capaz d e competir en términos de volumen de producción en el marco de un mercado globalizado. El trabajo que proponemos ha sido dividido en cuatro partes dif eren ciadas: La primera de ellas se centr a en el planteamiento d e los actua les probl emas funda mentalmente ontológicos y, en menor grado, epistemológicos de l a A rqueología Medieval, incluy endo nuestr a toma de postur a teórica al re spe cto, la d efinición y e xplicación de los objetivos trazados y de las he rramientas técnic as que hemos empl eado para su consecución, así como del espa cio concreto en el que se ha d esarro llado nuestra investigación. Esta Primera Parte está dedicada a un plantea miento general del p rob lema, con un primer c apítulo de ma rcado carácte r historiográfico y en el qu e se plantea l a consistencia del actual “paradi gma” explicativo sob re la construc ción de al-Andalus, desarrollado con maestrí a por Manuel Acién Alm ansa. El Capítulo 2 analiza la propuesta de otra p arte de l a historiografí a penins ular sobre al- Andalus. Una p erspe ctiva que pone de r elieve la tra nsformación que supo ne la intensa migración que a cae ce en torno al 711 y las sucesiva s penetracione s de grupos organizados a través del par entesco, entre los que destaca el peso de las tribus imazighen. Nos centramos aquí en la discusión de as untos como la relaci ón establecida entre fo rtificación y alquerías, la fisc alidad, la apariencia material d e las alquerías, los espacios productivos de los campesinos o la conform a ción de terri torios y su formalización física. El Capítulo 3 sirve para explicitar Posición Teórica, el aparato crítico qu e nos permite plantear una determinada manera de construir hipóte sis, hacer determinadas preguntas al re gistro y a finar la crítica con nuestro propio contraste empírico, poniendo en cuestión y revisando los resultados obtenidos. Definimos los conceptos que vamos a emplear y el cue rpo de los objetivos trazados desde nuestr a postura teórica. Por otro lado explicamos las técn icas arqu eoló gicas utilizad as así como las otr as f uentes de l as que nos hemos nutrido. En el Capítulo 4 nos centramos en el mar co de análisi s, explicando sus cara cterísticas físicas, humanas y p rod uctivas en la actualidad. Ha remos un a aproximación espacial que contemple aspectos como la geolo gía, el cli ma, la vegeta ción o la hi drografía, entre otros, con espe cial hinc apié en su relación con el asentamiento hum ano de época medieval. Este último aspecto, que hemos tr atado co n especi al profundid ad en nuestra investigación, nos in gres a en la Parte Se gunda de l a composición d el texto, titulada Un País Ṣujūr , en la que s e analiza, de forma crítica, la eviden cia arqueológi ca e histórica que se h abía g enerado hasta ahora y la qu e hemos ge n erado nosotros mismos, planteando los p roblemas de fo rma mu cho más c oncret a e intentando ofre cer el ma yo r abanico de respuestas posibles contrastando las hip ótesis, ajenas o nuestras, con los 24 registros materiales y t extuales de los que disponemos. Esta Segunda Parte está compuesta por dos capítulos. En el Capítulo 5, “ La Reocupación de las Peñas”, será ne cesario hacer un breve recorrido por el Proceso Histórico de esta zona concret a, sin olvidar la existencia de relaciones con otras co marcas ve cinas en todo momen to, incidiendo en aquellos segmentos de dicho proceso que, aunque extrañados o per ativamente del devenir continuo, suponen momentos claros de ordenación del territorio. Suponer la “épo ca romana” como algo inmutable y aj e no a los c ambios sólo nos conduciría al planteamiento de modelos falsos, cuan do no transmisores de una corriente de pensamiento cu y os postulados no compartimos en n umerosas oc asiones. Nuestro interés no es explicar el f uncionamiento de este te r ritorio periférico en épo ca romana, no hay esp acio para ello ah ora, posponiendo su estudio para los años veni deros, pues el número de nuevos asenta mientos rurales localizad os es enorme, incluso co n la aparición de nuevas entidades urb anas que no se habían descub ierto hasta ahora. Nuestro interés se limita a intentar est ablece r las r elaciones de c ontinuidad/discontinuidad en la ocupación de determinad os lugar es, a lo largo d el p roceso histórico, y, por otro lado, en dilucidar la división de los Conuentus iuridicus en este sector d e la provinci a Baetica . La crisis del Imperio Ro mano de Occidente ha da do lu gar a numeros as interpret aciones, las más de las veces simplistas, sobre el fin de mu chas de las ciudad es y el “p eriodo oscuro” que acompañó al ocaso de Roma. Se ha es table cido en la literatura arqueoló gica la idea de que los comienzos de la Edad Media son un periodo de indefinición, en el que las tipometrías son difíciles de establecer y compa rar dentro, incluso, de una misma región. Entre la d esaparición de l as últimas sigilla tas claras y la apar ición de l as primeras producciones q ue se han venido considerand o como típicament e emirales, se extiende la oscuridad más absoluta y p are ce que l a historia se detuvo. No venimos a resolve r, nada más lejos de nuestr a in tención, este desolad or panoram a. Nuestro trabajo de campo ha sido mu y débil y co ncen trado en zonas mu y precisas d e la serranía gaditana como p ara s eñalar, siquiera, grue sas líneas de desar rollo. No obstante, como quedó demostrado con la publicación de los res ultados obtenidos en el área minera de Riotinto, el fin al del s. V d.C. no supus o el despoblamiento del t erritorio, tras el programa de prosp ecc iones retomó su curso el tie mpo 2 . Por otra parte, los trabajos que hemos desarrollado en el asentamiento extremeño de Cortijo de Rascón, que publicaremos de forma monogr áfica, nos h an permitid o obtener nue vos datos con respecto a la p roducción cerámic a de époc a visigo da , así como aborda r un problema tan candente como l a continuidad o discontinuidad en l a ocupación de las zonas de residencia. Los acont ecimientos aca ecidos tras la llamada “conq uista” del 711 no están muy claros y faltan, casi por completo, registros d e époc a em i ral y califal por ahora. L a ma yoría de los datos de los que disp onemos son tardíos (a part ir del s. X I I ) y s e han establecido a través del análisis de un puñado de re gistros en su perficie, y a que las excavaciones han sido mu y escasas. No o bstante, los diversos proye c t os e intervencion es arqueológicas que he llevado a cabo durante estos últimos años 3 me han permitido local izar un buen 2 L. Iglesias García, 2000. 3 Especialme nte la revisión del PGOU de El Gastor, la Carta Arqueológ ica de Zahara de la Sierra y las diversas e xcavacio nes y anális is paramen tales en esta m ism a localidad, el proyecto de investigació n 25 número de r e gistros emi rales y c alifales, t anto en fortificaciones en altura como en l as alquerías dispersas por lo s valles serran os, con los que apo yamos nuestr as p ropuestas. El Capítulo 6, que he llamado “ Entre kuwār ”, es un ejercicio de d elimitación de las antiguas circuns cripcion es administrativas andalusí es a trav és de la rica d ocumentación bajomedieval. A pesar del peligro de este tipo de a nálisis, por el abismo temporal entre el re gistro y la realidad que quiere recompone rse , no existe, por ahora, otro método de aproximación. La toponimia de los deslindes y repar timientos cristianos, el manejo de los textos en los que se mencionan las dif erent es c ircunsc ripciones y l a localización de elementos tan singulare s como la rábitas han sido p uestos en juego para trazar un esbozo de las diferentes kuwār que conver gen en el ámbito de análisis, así como u na composición de sus distritos, intentando, al mismo tiempo, validar este eje rcicio mediante el estudio de las posibles distorsiones y transformaciones experimentadas a lo largo de este s e gmento del Proceso Histórico. La Parte Ter cer a, Cuando las Ṣujūr se fortificaron , es la de ma yo r peso en el volumen global de nuestro trabajo . No en vano, la ma y oría d e los estudios dedicados a la “Edad Media” se conc entran e n el estrecho mar gen te mporal que abarc a la ho rquilla situada entre los siglos X I I I y XV, cuando estas tierr as se convierten en objeto de disputa entre el Reino de Castilla y el Sultanato Nazarí de Granada. Aún así, el panorama con el que nos encontramos se presentab a también com o incomple to y ses gado hacia el conquistador, cuando no claramente tendencioso. Me propongo, por mi p arte ampliar, en la medida de mis posibilidades, el estudio de es ta zona de la frontera que, supuestamente, reflejarí a dos estrate gias distintas de defens a y dos estrate gias de explotación del territorio. Pero, ¿re almente se tra ta de dos realidades tan diferentes? ¿Está esta zona de la f rontera tan profundamente mar cada por la violencia entre dos formaciones sociales irr e conciliables? Hasta ahora se h an defi nido los modelos productivos de los reinos cristianos y d el sultanato gran adino co mo radicalmente opuestos y, a unque básicam en te estamos de acuerdo, pensamos que la plasmación de la explotaci ón del territorio en términos de paisaje no fue tan difere nte como c abría esper ar en esta zona serr ana a uno y otro lado de la frontera, al menos e n los primeros momentos. De otro lado, está profu ndamente instalad a una conc ep ción estática de l a front era que confronta la Banda Morisca y Ṯarg . Nos proponemos dotar de dinamismo el concepto de frontera en este sector de la misma para poner en evidencia los cambios y transformaciones experi mentados. En el Capítulo 7, titulado “L a s Villas Pe rdidas”, nos centr amos en las primer as incursiones c ristianas so bre el Valle del Guad alqui vir y los a contecimient os posteriores, que comienzan con el reinado de Fern ando I I I , l ocali zando algunos lu gares que, hasta hoy , apare cía únicamente en los textos, como Za fra Pardal, profundizando en otros prácticamente des conocidos, como Zaf ra Mo gón, y pre s entando otros, como el Castillo de Guarino, que habían p asado desapercibidos has ta ahora. sobre los yacimie ntos m edie vales de un buen n úm ero de mun icipios gaditanos, los di versos est udios documen tales y gráf icos y los controles de movi m ientos de tierra realizados en e sos casi quince a ños de labor profesional en este ámbi to geográfico. 26 El Capítulo 8, “Piedra sobre Piedra”, resulta ser el más denso. En el analizamos la constitución de la fronter a nazarí y el proceso de fortificación que se obs e rva desde los comienzos del siglo XI V. Hasta ahora, las ap roximac iones a estas “villa s de fronte ra ” habían sido superfi ciales, cuando no inexactas, pro porcionando un puñ ado de datos prácticamente inconexos y mu y poco útiles para la e xplicación histórica. Esta es la herencia de un historic ismo cultural de lo m ás ramp lón, cu ando no fruto de l a imaginación de al gunos arqu eólogos, historiad ores d el art e y ps eudo historiadores henchidos de su tan caca reada “praxis”. Procuram os adoptar un nuevo enfoque, libre de prejuicios y de principios de autoridad, a la hora de aproximarnos a estos y a cimientos arqueológicos complejos. Fruto de esta nueva per spec tiva son, entr e otros, el rupturista apartado d edicados a Cardela, la pro funda r evisión d e Aznalmara, la r ed efinición de la realidad arqu eoló gica de Audita, Archite o el Castil lo de El Moral, o la localización de lugares como Gaidobar, la Castilleja de Monteco rto o la multitud de nuevos lugar es de residencia que pueden d atarse en este momento y que , curiosamente, h abían pasado desapercibidos ante los o jos de nuestros “pra gmátic os”. Planteábamos, entonces, que no todo iban a ser ciud ades roman as y “villas” medievales; si el objetivo de esta investigación se c entrase só lo en esos elementos la comprensión del territorio sería incompleta. Era neces ario, pues , analizar ese otro poblamiento menos monumental pero muc ho más abund ante, representado p or l as vil las y otros asentamientos rurales p ar a la época romana que, com o hemos dicho queda pospuesto, y por el sistema de alquería s y mach ar es para el pobl amiento andalusí. La última parte, Una Ṣajra en particular , pretende centra r la atención sobre un caso particular, Z ahar a de la Sierra, lu ga r en el que co nt amos con los re gistros más completos y dond e he realizado todas las excavaciones arqueol ógic as con las que pretendemos ilustrar el proc eso que describimos en los capítulo s anteriores. Los análisis paramental es, los estudios sobre la fa una re cuper ada y los di agnó sticos cronológicos más precisos, obtenidos a través d e los an álisis cer ámicos, nos p e rmitirán relacionar las transformaciones que se observan en el asentamie nto desde una pe rspectiv a más amplia, que inclu y e la o r ganización productiva y política d el ter ritorio bajo un os parámetros sociales muy dif erentes. Está compuesta de dos capítulos de los cuales, el pr imero de ellos (Capítulo 9) “ L a Peña junto al Guadalete” es una introducción al ya cim ien to y a su proceso histórico hasta la Baja Edad Media, dand o cuenta de unos restos emirale s/califales que permanecí an inéditos hasta ahora y que muestran la r elación de esta fortal eza con el poder político cordobés. El Capítulo 10, y último, versa sobre Zah ara y su relación con la frontera, cuando este lugar se convie rte en un a de las villas más populos as de la Depr esión de Ronda. El análisis param ental y cerámico nos sirv e para esboz ar una cronología d el proceso de fortificación, c onsolidación y abandono de la denom inada Villa Medieval. El Capítulo 10 termina con un guiño al nuevo trabajo que estamo s preparando que, bajo el título El Mapa Redondo , dará cu e nta de las transformacion es operad as tras la conquista cristiana. Esperamos que se entienda que este tr abajo no se limita exclusivamente a l a investigación “pura” y qu e pretenda ser una investi gación “apl icada” a la transformación social. A unque la “praxis” no aparez c a en esta líneas es uno de los pilares de mi queha cer c omo científico social, pa ra mí el m ás importante. Mi posición 27 teórica, mi compromiso político y social me obli g a a ello. Esper amos que, por otra part e, esta investi gación sea tr atada con ben evolenci a por parte del l ector y qu e la reflexión crítica que r ealizo de los trabajos de nuestros pre cursores, dentro siempre del merecido respeto, produzc a la n ec esaria tr ansforma ción a l a hora de planific ar las investiga ciones, para que estas no se limiten a la simple acumulaci ó n de “datos científicos”, cuando no a la acumulación sistemática de datos falsos que se e xtienden como el eco por parte de la producción historiográfi ca del ámbito de an álisis. No hay nad a personal en mi crítica ni pretendo dest ruir o poner en evidencia los proy e ctos profesionales de otros coleg as, pero no n os someteremos, tampoco, a la dictadura d e los “paños calientes” o los re conoci mi entos hipócritas de tra bajos que no consideramos lo suficie ntemente consistentes o, sim plemente, nos parec en pueriles o absolutamente prescindibles. Creemos que el conocimi ento científico sólo puede avanzar mediante la cont rastación y superación d e l os antiguos modelos explicativos, al igual que este trabajo será en su momento, eso espero, merecid ament e criticado y superado. De lo que sí esto y se guro es que la historia mediev al del territorio que he e studiado va a verse enrique cida bajo la luz de una mirada nueva, que integr ará aqu ello que considera válido de nu estros precursores y rechazará, de form a lógica y argumentada, aquellos aspectos o hipótesis sin la debida consistencia en el aparato empírico o co n debilidades evidentes en su constru cción lógic a. No podrán, esp ero, volver a ha cer se preguntas intrascendentes o “impr ovisadas” al registro ar queo lógico, no podr án abordarse las fortificaciones tal y cómo se había hecho hasta aho ra… deberemos dejar a un lado la candidez y la inmadurez que ha cara cterizado la inv estiga ción histórica de ámbito local, mientras consciente o inconscientemente s ustentaba un historici smo cultural difusionista que se ha superado ha ce y a más de trei nta años y cu yos r estos, refr acta rios y “encastillados”, resisten en los rin cones histor iog rá ficos d e And alucía Occid ental. Deberemos dar paso a una nueva forma d e hacer histo ria, a un nuevo métod o de gene rar evidencia empírica, a una nueva batería de pregunta s que sea n capac es de proporcionarnos conocimientos sustantivos y sig nifi cativos de índole económico, social, político y territorial 4 . En fin, no podremos seguir haciendo lo que hemos est ado haciendo hasta ahora sin sufrir al reconoc er qu e todo lo que hemos hecho, que tantas pá ginas como hemos vertido, sólo han aporta do a la historia medieva l d el territorio analizado un nivel de conocimientos que puede compar arse con el de un gr a no de ar ena. Se inic ia una nuev a era en los estudios sobre el medievo del Gārb al-Andalus que tuvo en el monográfico “A los pies de Matrera” 5 un primer avance y en la que espero que este trab a jo que ahora presento sea mere cedor d e ser incluido. Ahora, alejado de tus murallas, en los confines del 2015 . 4 Las v ías de renovación en la Historia Medieval discurren por la ruptura y c uestiona m iento de los antig uos paradig m as expl icativos más que por la simple acu m ulación de datos, rec uperándose los vínculos co n las c iencias socia les, prestando u na nueva ate nc ión a las f uentes, a mpl iando y complejizando las hipótesi s, integrando a disciplinas como la arqu eología, la a ntropología o las disciplinas paleoambientales ( Vid . I. Alfo nso, 2008, p. 27). 5 V. Martínez Enamorado y J. Mª Gutiérrez López (coords.) 2015. EL PAÍS DE LAS ṢUJŪR. LOS R EBOR DES O CCIDEN TAL ES DE LA D EPR ESIÓN DE RON D A SIGLOS VIII- XVI PARTE I. PLA NTEAMIE NTO DEL PROB LEMA Y DIS EÑO DE LA INV ESTIG ACIÓN 30 CAPÍTU L O 1. PL A NTE AMI ENTO DE L PROB L EMA. H IP ÓTES IS: L A DISCUS I ÓN DE L “V I E JO PARADI GMA”. La investi gación que presento no es en sí misma nov edosa, al menos en algunos equipos de investiga ción que vienen desarrollando estrate gi as de tr abajo similares a las empleadas por nosotros ya que, de hecho, nos sirven de inspir ación. Me refiero a la labor del profesor Miquel Ba rceló y su equipo, de J osep Torró i Abad e n Valenci a y Virgilio Martinez Enamorado en Mál a ga, Antonio Malpi ca Cuello en Gr an ada, Manuel Acién Almansa tambié n en la zona de Mála ga, P. Cress ier en Al mería, Vic ente Salvatierra y Juan Carlos Castillo Armenteros para la provincia de Jaén, o Carmen Trillo San José y A. Gó mez Becer ra, t ambién e n Grana da, entre otros muchos. Si se observa con atención se puede comprobar que la mayo ría de los referentes son de la zona oriental de Andalucía. Amén, claro está, de la monumental obra de Pierre Guichard y la fecunda co laboración estable cida con André Bazzana y Patrice Cressier, o las insustituibles precisiones al respe cto de l a in vestiga ción r ealizadas por José Áng el García de Cortazar 1 . Únicamente pretendo desarrolla r esta metodología, a mpliamente contr astada y con resultados más qu e pal pables, en un ámbito geog ráfi co distinto, des amparado de propuestas que estimulen la investiga ción. Andalucí a occidental, en gener a l, y la actual provincia de Cádiz en particular -aunque con matices geo grá ficos más que considerables-, suponen nuestro “labor atorio”. E n é l pondremos a prueba la validez de los conceptos y el d esar rollo teórico que con respe cto a al-Andalus y a su destrucción han sido gener ados en el Lev ante. La obra de Pierre Guicha rd, que supone un antes y u n después en la historiografía de al- Andalus desde la publicación de la que fu e su tesis doctoral 2 , constitu ye el punto de inicio de toda una tendencia en la investigación he rede ra del estructuralismo francés, planteando una crític a profunda a la corriente hist oriográfi ca predom inante en el medievalismo del Estado Español, cuy a inspiració n era y es la tesis de Claudio Sánchez Albornoz. La convulsión que supone para la “forma de hacer historia medieval de al- Andalus” es de tal calad o que aún no se ha producido “su asimilación completa por la historiografía medieval e spañola” 3 . Los posteriore s desarrollos de Guich ard, Bazzana o Cressier, por p arte de la Casa de Velázquez, y lo s de Miquel Barceló y la Universidad Autónoma de Barcelona , con un amplio dominio de fuentes escritas y arqueología extensiva, fueron un revulsivo importante, aunque n o dominante ni lo suficientemente efectivo, como se despre nde de las amar gas quej a s d e Barceló y su constan te insistencia en las cuestiones planteadas en sus tr abajos, olvidados por bu ena parte de la investigación medieval 4 . 1 Recientem e nte nos he m os vi sto e mpujados a la orfandad intelect ual del medievali s mo con el fallecim ie nto de Miquel Barceló y de Man uel Acién. Desearía que este humi lde trabaj o sirviese para honrar la me m oria de ambos. 2 Guichard, P., 1973; 1976 1ª ed. castella na im presa e n Barcelon a y 2ª ed. Granada, 1998. Haremos refere ncia a esta ú ltim a, que es la que he mos ma ne jado. 3 M. Castro Priego y A. Sá nc hez Gonzále s, 2000, pp. 311-312. O tra va loración positiva de la obra de P. Guichard en M. Ba rceló, 2010, p. 21. T. F. Glick ( 2007, p .10) ha señalado que el rechazo a la hipótesis de Guic hard “podría indicar que ha y algo m ás en juego”, amé n de ser inco mprensible para los investi gadores allende las fronteras del estado español. 4 La arqueología exten si va como re vulsi vo y la trans for mación de la disciplina arqueo lógica aplicada al Medievo, en T. F. Glick, 2007, pp. 13-16. Desde el pu nto de vista teórico, au nque por parte de 31 La metodolo gía arqueol ógic a utilizada tampoco es nu eva, habi endo sido puesta en práctica por al gunos de l os arriba men cionados, con respecto al periodo medieval, pero, no debemos olvidarlo, cuenta y a con una lar ga tr ay e c toria aplicada a otras épocas, como el mundo castrexo en Galicia por Cés ar Par ce ro Ubiña 5 , y, en g eneral, los trabajos realizados, desde la llamada “A rqueología del Paisa je”, bajo los aus picios de la Universidad d e Santiago y lid erados por Felipe Criado 6 , por pon er algun os ejemplos. No debemos olvida r que la llamada “A rqueolo gía Espa c ial”, extensiva, del territorio y otros pocos calificativos, y a cuenta con una la rga t radición en nuestro p aís 7 . Nuestro aparato teórico es diferente al de otros in vestigado res que han e mpleado esta metodología de análisis territorial y cu enta, evid e ntemente, con una lar g a tra y e ctoria que hunde sus raíces en los trabajos de Marx y Engels y en la tradición materialista histórica, así como en sus desarrollos más reciente s, que hemos utilizado como material de nuestra investig ación. Nos referimos a las propu estas teóricas formula das desde la conocida como “Arque ología Social”, con fuerte arr a i go en Latinoa mérica y co n experiencias mu y interes antes en Andalucía Occident al 8 . Es evidente que l a influencia del marxismo ha transformado una parte del relato h istoriogr áfico “i ntroduciendo consideraciones demo gráficas y t ecnológic as que pro ponían explicaciones del c ambio Guichard exi ste un posic ionam ie nto explíci to desde una pe rspectiva es truct uralista y etno lógica no he mos encontrado una declaración similar en la obra de M. Barceló, aunque los conceptos manejados y los aspectos abordados de forma preferente lo colocarían en el á mbito de infl uenc ia del marxis m o, del que posee un exce lente ma nejo ( Cfr . s u introducción a la edi ción de Sobre el desarrollo desigual de la s formaciones sociales , de Sa mir A mí n, publicado por Anagra m a en 1976 -la primera edi ción fue de 1974-, o el desarrollo conceptual de cualquiera de sus artícu los, que exuda n u n conoci mie nto del Materialismo Histórico profundo y de gra n calidad). En los últ i mo s años s us tr abajos m uestra n u n f uerte co mponente de las corrientes estruct uralis tas anglo sajonas destiladas a tr av és de F. Criado Boado y el equipo de la Universidad de Santiago. La s críticas al estructural ismo deben dirigirse, de forma preferente, a su idealismo y ucronis mo o a- hi storicis mo. 5 C. Parcero Ubiña, 200 6. 6 F. Criado Boado, 1988, 199 3a, 1 993b, 1996a, 1996b, 1999, 200 6 ; F. Criado Boado y C. Parcero Oubiña, 1997; F. Criado Boado, M. Santos Estévez y C. Par cero Oubiña, 1997; F. Criado Boado, . et alíi , 1989, 20 03; P. Ballesteros Arias, F. Criado Boado y J. M. Andrade Cernadas, 2006; P. Ballesteros Arias, F. Criado Boado y Li ma Oli veira, E. , 2011; López Sáez, J. A. et alíi , 2009… entre otros muchos trabajos de este compacto equipo. Esta reivindicación de la Arqueología del Paisaje es habitual en los análisis sobre el medievo desde un pu nto de v ista arqu eológico, esto es evidente en H. Kirchner et alíi , 2010 o, m uc ho antes, y a en A . Malpica C uello, 1995a, pp. 68, 72 y 75-76. Para Huelva, la invest igación arqueológica sobre el medie vo ha s ido escasa ha sta hace mu y poco (J. M. Campos Carrasco, 1998), aunque se reconoce que la Arqueología es fu ndame ntal para la explicación de los factores que no se encuentra n en los te xtos, abogandose por la arqueología exten si va, la geoarqueología y la arqueología contextual. Véase ta m bién F. Gó mez Toscano y J.M. Ca mp os Carrasco, 2003, p. 33 7. 7 Aunq ue algo anti guo, si gue siendo útil para introducirnos en las estrateg ias de inve stigaci ón de la lla mada “ Arqueología Espa cial” el libro de I. Hodde r y C . Orton, publicado en castellano en 1990. Son de gran interés los congresos de Arqueología Espacial de Teruel, coordinados por F. Burillo Mozota, abiertos no sólo a perspectivas fun cionali stas. El nº 26 de la publicación periódica Arqueo logía Espacial , coordinado por Al m udena Or ejas, es u na bue na m u estra de l creciente interé s por los espacios agrarios y de la diversidad de perspectivas y cronologías desde las que son abordados. 8 Los trabajos de O. Arteaga Matute, J. Ra mos Mu ñoz o F. Nocete Calvo son buena m ue stra de ello. Yo mis m o fu i partícipe, aunq ue co mo espectador, del inte nto de renovación teórica que suponía el inicio de la discusión con los colegas del otro lado del Atlá ntico. Esta “revolució n inacab ada” fracasó por el inte nto de unos pocos -q ue por dec oro no menc ionare-, m u y alejados de la posición teórica sustentada por los participantes, de monopolizar, controlar y dirigir u n proceso de una enor me potencia que quedó, así, desvirtuado e irreconocible. 38 Barceló 50 , sino para otras época históricas. D eberí a mos preg untarnos h asta qué punto la realidad m aterial que analizamos puede inform ar nos sobre la sociedad a ndalusí y sus transformaciones, así co mo sobre el contr aste con l a cristiana 51 . Decía M alpica que, dejando a un lado las polémicas de Américo Castro y Sánchez Albornoz sobre la “esencia española”, es evidente la marginación de la investigación sobre al- Andalus en el medievalismo español 52 . Ah ora bien, ¿cuáles eran los problemas abordados tanto por la historia como por la arqueol ogía medieval? En primer lug ar, en la raíz de toda la posterior ar gumenta ción, el conc epto básico de la Historia de España 53 . En se gundo lu gar, depen diendo de la postura ado ptada , la arqueolo gía de la continuidad de la unidad histórica esencial d e España se dedicab a a la búsqueda de este hilo conductor en varios pla nos, desde la cer ámica a las instituciones 54 , mientras la de la ruptura y la tr ansformación profund a rastr eab a sist emas hidráulicos y topónimos clánicos 55 . Como escribía Guichard, y a desde la primera pág ina de su tesis doctor al, en la ma yo ría de los trabajos que a bordan la “España musulmana” se desliza, más o menos discretamente, “la idea de una continuidad esencial de l a sociedad y de la civilización hispánica a través de la conquista musulmana” 56 . De este modo triunf aban las tesis occidentalistas de Sánchez Albornoz, que pueden ras tre arse en Ribe ra y Simonet, sobre las propuestas de “semitización” de la mentalidad h ispánica de fendida por Américo Castro 57 . Tras asumir este bag aje “historiogr áfico” enc ontrába mos ciertas d ebilidades en el conocimiento histórico de la zona. Por un lado la a usencia de “ alque rías clásicas ”, abiertas y asocia das a espacios irrigados o, más bien, el subdesarrollo de la investigación en ese aspecto. Por otro, la escasa i nformación textual y arqueoló gica sobre el periodo comprendido entre los siglos VI I I y XI I I , concentrándos e prácticamente el total de la información textual y arqueológica entre el X I I I y el XV. Entre los objetivos que planteamos es evidente que d ebíamos incluir la localización y análisis preliminar de los espacios irri gados y l a revisión de las “villas medievales” 50 M. Barceló, 19 94a. 51 M. Jiménez Puertas, G. García-Co ntreras R uiz y L. Matte i, 2010, p. 193. 52 A. Malpica Cuello, Prólogo a la 2ª Edición del Al-Andalus de P. Guichard, 1998, pp. XI-XII. El catedrático de la Universidad de Granada señala co mo indicador de esta margi nalidad el h echo de que la ma yoría de los que e scribían sobre al-Andal us eran arabistas no españ oles como R. Doz y, E. Lé vi - Provençal o R. Arié. 53 Agradezco a Virgilio Martinez Enamorado esta sugeren cia. La distancia entre considerar al- Andalu s como aquella “an ilin a roja” de Julián Ribera (1928, p. 26) o las tesis de Ignacio Olag üe (1974), para los que la invasión árabe o no existió, o no fue i mport ante o no produjo ruptura, y la posiciones de Guichard, Barcelo, Chal meta, etc., es enor me y requiere práctica mente de u na “co nversi ón” tal y como apunta T. F. Glick (2007, p. 1 8, nota 11). 54 Por ejemplo L. Caballero Zoreda y P. Mateos Cruz, (eds.) Visigodos y Omeyas , 2000. 55 Los trabajos de M. Barcelo, H. Kirchner, V. Martínez Ena morado o F. Reta mero constitu ye n los más sólidos ejemplos de esta perspectiva. En contra E. Manzano Moreno, 2012, quien, ademá s, intenta realizar un cierre (para nosotros falso) de la cuestión ruptur a/continuidad (pp. 24-25). 56 P. Guichard, 1976 y 1998, p . 7. 57 P. Guichard, 1976 y 1998, p. 7-8. T. F. Glick (2007, pp. 15-16) ha puesto el dedo en la llaga al señalar a la Arqueología M edieval española co mo “política me nte reaccionaria”, obsesionada en la búsqueda de los visi godos, gar antes de la ger m anizac ión del estado españ ol, y en las cont i nuidades con el reino de Asturias y la Reconquista q ue darían lu gar al conce pto de “España eterna”. 39 desde una p erspectiva más puramente arqueológi ca, p or decirlo de algún modo, y a qu e este trabajo no había sido abordado aún. Aunque no hemos querido es catimar, tampoco, en el análisis textual existente sobre estos peculi ares y a cimientos y su inserción en las estrategias metodoló gica s implementadas. 1.1. PIEDRAS V I EJAS. En el estudio de l a tardoantigu edad y el periodo alt omedieval se ha venido desarrollando una línea historiográfica que ha defe ndido una continuidad sustancial entre la época romana (Bajo Imperio Romano) y e l Reino Visigodo de Toledo, pa ra situar la discusión en sus justos términos y dejarn os de las ambigüedad es e n las que nos hacen cae r denominaciones como tardoanti gued ad, ant igüedad tardía, altomedieval,… De este modo la heren cia romana, transmitida a los godos, pasarí a a los rei nos cristianos del norte peninsular, ar rinconados por los “s ar race nos” para re gres ar, con toda su majestad, en el proceso de Reconquista. Est e planteam iento es escasamen te imparcial y poco objetivo, distorsiona la historia de la Pen íns ula Ib érica y la p res enta como un proceso imparable, casi profético, condu cente al triunfo de los valores cristianos que devolverían España a la unidad d e destino en lo univ ersal, mostrando a las clar as las tendencias ideológic as d el áre a valor ativa 58 del proceso de conocimiento, que no es explicitada para su discusión pero que impregna pro fundamente tanto el diseño como los resultados de las investigaciones. Era ne cesa rio, pues, que se establecie ran continuida des entre las villas ro manas y los asentamientos de época visigoda, estirando las c ron ologías. I ncluso, tras la llegada de los primeros contingentes arabo-ber éber es a la Pení nsula se sigue ma nteniendo la existencia de una ciert a continuidad en la estructuración política, administrativa, económica, social, étnica . I ncluso a nivel d e lo que se denom ina como cult ura material y que no es más que un conj unto de produc tos (cerámicas, utensi lio s, etc...) que se presenta n conju ntamen te con cierta regular idad, q ue no tienen p or qué significar más (ni menos) que la inserc ión de tal o cual asen tamie nto en la red de dis trib ución de una determi nada prod ucción (aunque normalme nte se puede profund izar en si gnificado s de mayor calado) 59 . “La cont in uidad en época islá m ica es patente; si los n úcleos urbanos se ma ntie ne n como A una w a, Labla o Taliata, la ma yor parte de los asenta mientos agrícolas romanos presenta n tambié n restos medievale s o, en su entorno in m ediato, se han detectado restos de alquerías y machares, así como estableci mie ntos agrícol as posteriores a la conquista” 60 . E s , es p e c i a l m e n t e , en e l Al t o Im p e r i o c u a n d o la p r ol i f e r a c i ó n d e lo s a s e n t a m i e n t o s ru r a l e s ti po vil la e es rea lm ent e imp or ta nte , hec ho que cont in ua en épo c a tar do- ro man a y so n c a da v e z má s nu me r o so s lo s as en ta mi e nt os ru ra le s ti p o vi ll ae qu e ha n pro l on ga do su act i vi da d du ra nt e e l pe r ío do ta r do -a nt ig uo . Man ten i mi e nto de activi dad que no impl ica, 58 El térmi no Área Valorativa es defin ido en profu ndidad por F. Bate Pettersen, 1998, esp. pp. 30-34. Una acertada pues ta al día sobre el concepto de Reconquis ta en J. L. Villalonga Serrano, 2006, esp. pp. 19-21. 59 La con fu sión es mo num e ntal. Al respecto del caso de Huelva deben cons ultarse los traba jos de J. A. Pérez Macías (2001-2002 y 2002a) y, especial m ente la contu ndente crítica de A. García Sanjuán, 2006, esp. pp. 26 y 27. Sobre la continuidad ese ncial de los a senta mie ntos, práctica m ente desde época ibérica, véase, por ejemplo, M. Oria S egura et alíi , 1991, pp. 48-49 y 75 o A. Pérez Ordoñez, 2009, p. 85; 2010 , p.132, para nuestro ámbito de estudio. 60 F. Gómez Toscano y J. M. Ca mpos Carrasco, 2003, p. 340. 40 forzo samente , inm utabi li dad en su morfol ogia y c omposición inter nas, s i no qu e, l a m ay or pa rt e de las vec es , se ha vi s to aco mp a ña do de tr a nsfo rm ac i on es ta nt o en l a pa r s r ú s t ic a c o mo e n la p a rs ur ba n a d e la s v i ll ae 61 . S e ha p la n t ea d o q u e , e n to d o c a s o, y ha c i a f i na l e s d e l s ig l o VI I o p ri n c i p io s d e l VII I d. C ., l a s v i l l a e e n H i s p a ni a su f ri e r o n un a co mp le ja y pr of u nd a ev ol uc ió n in te r na, si n i nt er r up c ió n e n s u se c ue nc ia o cu pa c i o na l y s in e x i s t i r ya u na c la ra d if e re n c ia c i ón e n tr e la pa r s ur b an a y l a p ar s ru s t ic a, pr oc e so qu e la s ha transfo rmado en asentamientos ru rale s típicamente “medievales”. E s, en c i er t o mo do , el “ fi na l ” de la s v i l l ae co m o e le me nt o m o rf oge né t ic o c ar ac te r í s ti co de l mu ndo ru ral ro ma no y el co mien zo de la “vi lla ”, o de la alde a, com o un id ad de exp lo ta ci ón y or g a n i z a c i ó n so ci o - e c ó n o mi ca d e l te r r i t o r i o c a r a c t er ís t i c a d e lo q u e c o n o c e m o s co m o E d ad Me di a 62 . No o b s t a n t e , es te pr o c e s o , in si s t i m o s, nu nc a ha que d a d o d e l t o d o b i e n e xp l i c a d o . El análisis para establec er la supuesta continuid ad se ha centrado en v i ll a e pr o fu sa y l u j o sa me n te de co ra da s p or l o s gr a nd e s p ro pi et ar io s q ue , e n e l t r á n s i t o d e l os s ig lo s IV al V d . C . , re ad a p t a r í a n s us r e s i d e n c i a s ru ra le s a I a “n u e va” i de ol og í a d om in an t e , a p ro ve ch a n d o a m b i e n t e s o r i g i n a r i a m e n t e aú li c o s p a r a tr a n s f o r m a r lo s en espacio s cul tuale s. Se trata de un proceso len to y heterogéneo, espac ial y temporalm en te, p a ra el co n ju nt o d e Hi s pa ni a pe ro q u e, en ge ne r al , co n du c ir ía a h ace r de al gunas de e stas grandes villae tardo-romanas un exponente singular del e vergetismo llevado a cab o p or las elites rural es a imitación de lo que se estaba produci endo simultáneamente en los am bientes urba nos con la construcción de los conjuntos episcopales. Se plantea que, al fin y al cabo, no tuvo l u g a r un a ruptur a radical en la unidad y concepción de estas gran des villae bajo-imperiale s, ni mucho menos una inte rru pci ón en la secu en cia ocupa ci ona l de Ias mis ma s. Ahor a bi en , la tran sfo rma ció n fun ci onal de algunos de e sos espacio s de carácter aúlico en ámb i tos consagrado s al culto crist iano conducir ía a las villae a una fra gment ación de las mismas en el curso del s iglo V I I d. C., que implicaria, irremedi ablemente, su desapa rici ón como tales, tr ansform ándose en un asentamiento estructurad o y jerarqui zado por el edificio de cul to, que pasa ría así a ser el que daría hom ogeneidad y unidad al co nj u n to d e e di f i c a c i on es y a s u s h a b i t an t es 63 . Desde este punt o de vis ta, la villa perderá su primit iva fu n c ió n ec on ó m i c a , a lo l ar g o de l s i g lo V I I d . C. , s in q ue e ll o q ui er a d e ci r qu e n o s e v a y a a co n t i n u a r c o n un s i st em a de e x p l o t a c i ó n d e l a h a c i e n d a , b á s i c o p a r a e l m a n t e n i m i e n t o d e s u s i n q u i l i n o s , p e r o a p a r t i r d e es tos m omen tos , m ás en pr e ca rio y c on l a úni c a f inalid ad del auto ab aste cim iento . Po r ta nto , nos e n c on t ra mo s a n t e u n a n ue va fo r m a d e as e n t am i en t o ru r a l en e l q u e se pl a nt e a q ue no e xi s t e un a ve r d a d e r a ruptura con lo anterior, sino de una transformación paulatina que ha venido de s ar ro l l á n do se a l o l ar g o de v a r i a s c e n tu ri as 64 . Lo s e j e m p l o s p o d r í a n m u l ti pl i c a r s e y , en es t e se n t id o , s e r i a l í c i t o pr e g u n t a r s e s i no es t a m o s , un a v e z más , an te l a p las ma ci ón , sa lva do la s di f er enci as , e n ám b it o s r ur a le s d e lo q u e 61 T. F. Glick, 2007, p. 141; X. Gonzalo Arango, 2008, pp. 48 -49. 62 T. F. Glick , 2007, pp. 24-29. Contam os con u n excele nte y bien docume ntado artícu lo al respecto, firmado por G. Ripoll y J. Arce, 2001. Véase tambié n el esf uerzo comparativo realizado por J. López Quiroga y F. G. Rodríguez M artín, 2000-2001. 63 J. López Quiroga y F. G. Rodríguez Martí n, 2000-2001, p. 153. 64 J. López Quiroga y F. G. Rodríguez Martí n, 2000-2001, p. 173, para e l c a so d e Torre Ág uila. 41 a c on t ec e e n l o s am b i e n te s ur b a n os d u r a n t e el pe r ío do t a r do - a n t i g u o ( c a mb i o s d e f un c i o n a l i d a d , r e m o de l ac io n e s , p r i va t i z a c i ó n d e e s pa c i o s p ú b li c o s, et c . ) . P a r a J . A . G a r c í a d e Co rt áz a r l a al d e a de l si gl o X pu ed e t e n e r u n d o b l e or í ge n , p u d i e n d o e v o l u c i o n a r a l g u n a s de s d e l a s v i l l a e r o m a n a s a pa rt ir d e l o s a s e n t a m i e n t o s d e s i e r v o s m i e n t r a s qu e, o tr as , m u c h o má s re ci en t e s , s e c o r re sp o n d í a n c on e l as en t a m i e n t o d e f a m i l i a s e x t e n s a s p a r a l a s q u e s e h a b u s c a d o u n a a n a l o g í a c on l a s a l q u e r í a s c l á n i c a s a n d a l u s í e s 65 . La historio gr afía sobre e l poblamiento medieval ha considerado, h asta ha ce bien poco, que tanto la ald ea cristiana como la alque ría m usul mana er an herede ra s de la villa romana, pero, no obstante, sigue siendo virtualment e imposible confirmar tales afirmaciones. Nadie par ece sabe r a cienci a cierta a qué podía parec er se una villa tardorromana ni mucho menos una de los llamados “siglos oscu ros”. Ta mpoco se ha definido bien el camino que recorre un establecimie nto agrí cola privado y poseído por un único terrateniente pa ra desembocar en una ald ea c ampesina 66 . El peligro de estas afirmaciones estriba en la idea, implícita o e xplícita, de la continuidad entre lo romano y lo islámico cu y a lect ura y confirm ación se establec e a partir de los registros en superficie. Esta idea de la continuidad, del “nada cambia ”, muestra la in existencia de dialéctica en el fondo d el discurso, ap areciend o esta sólo en el aspecto más superficia l. No negamos que ex is tan numer osas vil las bajo imperiale s que se reocupen en época visigoda y exis ten numer osos casos docu mentad os. Lo q u e pl a n t e a mo s es qu e , en o tr o s ca s o s e s to n o es a s í , y se o b s e r v a u na cl a r a di f e r e n c i a ent re l a o c up a c i ó n de é p o c a ro m a n a y l a v i s i g o d a , c o m o d e m o s tr a r e m o s . Otra línea de investiga ci ón, que viene repres enta da por las prospecciones arqueológicas que documentan un ase ntamiento rural disperso y muestr an que, en algunos c asos, existe una evidente dis c ontinuidad del poblamiento en r elación con el periodo anterior (el tránsito de las villae a villulae o vicus ), mien tras observan la continuidad en otros elementos como edificios religiosos o vías de co mun icación 67 . Hace y a unos años que, bajo el epígrafe de Rup tura y Continuidad se planteaba también esta problemática a nivel de las producciones cerámicas 68 . Pero la continuidad se trasladaba mucho más allá y e l debate en torno al sistema fiscal visi godo y s u continuidad en l a “aristocr acia ” cristiana del siglo I X, continuando así el feudalis mo visigodo 69 . En cuanto al estudio de los asentamientos de caráct e r a gropecu ario dis persos por el medio rural, y de restos de carácter doméstico dura nte esta fase, ha y q ue desta car el trabajo arqu eológico desarrollado en algunas de las v illae situadas en las cuencas medias de los ríos Guadiana y T ajo, que en al gunos casos parecen tene r co ntinuidad a lo largo del p eríodo posterior, lle gando in cluso hasta fe chas tan tardí as, com o la segund a mitad del siglo VI I I . 65 J. A. García de Cortázar, 198 5b, pp. 6 9-71; T.F. Glick, 200 7, p. 145. 66 T. F. Glick , 2007, p. 23. En las pp. 23-33 realiza un resum ido panorama sobre el pobla miento rural romano tardío. 67 B. Franco Moreno, 2008, p.72. P. Guichard (1988, pp. 161 -170) nie ga que la alquería pueda ser el resultado de una evolució n de la villa o el vicus . 68 L. Caballero Zoreda, Pedro Mateos Cruz y M. Ret uerce Velasco (eds.), 2003. 69 M. Acién Al man sa, 1998, p. 296. En contra M. Ba rceló, 20 10, pp. 1 1-17 y 61-73. 42 La explotación agraria de carácter autárquico, ocup a un primer lugar si lo comparamos con el aspecto de residencia señorial anterior d el periodo tardoimperial 70 . Este cambio en el uso y en los sistemas de explotación de l os r ecursos, con rela ción al período precedente, s e explica, entre otros factor es, por e l peso c ada vez ma yor d e la g anad ería extensiva y al r etraimiento socioeconómico que expe rimenta el gru eso de la población, al estar la ma y or parte de las propiedades en mano s señoriales 71 . Todo este cúmulo de circunstancias motivaría, se gún han manifestado algunos autores, una transfo rmación de amplios espacios d edic ados al cultivo, en zonas de pasto (dehesas) y baldíos, que perdura rán en los siglos p osteriores h asta lleg ar a nuestros días. La paulatina con centra ción de la propiedad agrícol a en pocas m anos, con la subsiguiente me rma de la pequeña y mediana prop ieda d, motivaría en parte el abandono de éstas, así como la ado pción de fórmulas autosufi cientes de subsistenci a en el marco de la economía doméstica, el abandono del hábitat agrupado y el asentamiento de grupos d e población en algunas zonas montañosas del territorio como p a rece indic ar el hallazgo de material adsc rito a este periodo 72 . Se ha indicado 73 que esta tipología de estable cimientos está todaví a po r de finir aunque en prospec ción suelen aparece r pequeñ as agru pacione s aldeanas sin f ortificar, qu e tienen una pervivencia que se prolong a desde é poca tardorromana, hast a alcanzar en algunos c asos el primer periodo emiral. Estos asenta mientos, como las asociaciones de viviendas y otr as estructuras a grop ecuarias, se sit ú an g eneralmente en to rno a las vías de comunicación y cursos de a gua próximos a Mérida, u otros núcl eos po blacionales de importancia, así como en las partes rústic as de las antiguas villae , la ma yorí a también de ascendencia tardor romana y que, con toda ce rteza, i ndica la concent ración de la propiedad en pocas manos, en el ya mencion ado proce so de señori alizacion que vive la sociedad hispana del sigl o V I I 74 . Entre las explicaciones que se han dado a este res pe cto, P. Bonnassie car acteriza la villa como un mosaico de alodios campesinos sobre los que se ejerc e una organ ización fiscal dirigida por un “señor”, por un aristócrata que n o es aún un señor feud al pero qu e ha asumido algun as fun ciones públicas. Por lo tanto, l as villae no eran sino comunidades de hombres libres que se verán sometidas a u na eros ión, a partir del siglo X, que consiste en la paulatina desapari ción de los alodio s libres que culmina en l a “r evolución feudal” de mediados del siglo X I 75 . Entre los muchos trabajos publicados, podemos destac ar los de la villae de La Cocosa, cercana a Badajoz 76 , Torre Águila, en la población de Barb años, Montijo 77 , la villa de “Pesquero” en Pueblonuevo del Guadian a 78 , Benc áliz e Ibah ernando 79 y al gunos otros casos en los que el momento de abandono de estos espacios a gropecu arios resultan 70 J. Arce Martínez, 1997, p. 3 1. 71 L. A. García Moreno, 1991, p. 273. 72 E. Ariño Gil, S. Riera Mora y J. Rodríguez Hernández, 2002, pp. 29 1-297. 73 B. Franco Moreno, 2008 , p. 3 14. 74 J. A. Calero Carretero y A. Márquez Gabardino, 19 91, p. 585 y ss; F. J. Heras Mora y S. Gilotte, 2008. 75 P. Bonnassie, 1988, 19 93. 76 J. C. Serra Ráfols, 1952. 77 F. G. Rodríguez Martín, 1988, 1995. 78 L. A. R ubio Muñoz, 1988a, 1998b, 19 91. 79 E. Cerrillo Martín de Cáceres, 1982 y 1983. 43 difícilmente datables con los conocimientos que s e tienen ho y día, aunque, en al gunos de ellos, han aparecido restos materiales de siglos posteriores, que c ertifican una continuidad en su ocupac ión al menos hasta algún mo mento, no mu y bien determinado, de la octava centuri a 80 . No podemos de cir lo mismo del y a cimiento de Cortijo de Rascón, que hemos tenido ocasión de excavar y en cuy o análisis nos detend rem os puntualmnte a lo largo de este trabajo. Si bien un aná lisis en superficie o un a ex cavación poco rigu rosa podrían inducirnos a pensar que podemos establece r continui dad desde el s. I d.C. hasta el s. X d.C. Las rupturas obse rv adas tanto en la historia e stratig ráfi ca d el y a cimiento como en la cronologí a de las pro ducciones cerámicas indican , sin luga r a dudas, que existe una fractura clara entre la villa romana y el grupo d e viviendas de época visig oda, así como entre estas últimas y la alquería emir al-calif al qu e se le superpon e 81 . No hay continuidad, insistimos, en Cortijo del R ascó n y , tal vez, esta búsqueda de la continuidad ha y a sido la que ha empañado el pa noram a de esos “si glos oscuros”. De este modo, se destaca la supuesta continuidad estru ctural de los dominios rurales de la Hispania romana a travé s de la época islámica h asta el presente como “l a granja -aldea de un importante terrat en iente”, de un “gr an propi e tario” de los que t an poco sabemos y que algunos emplean con gran soltura. Por otra parte, nadie p arece sabe r, a ci encia ciert a, cómo es un vicus y en qué se diferenciaría de un a uillulae . El poblamiento rural p arece responde r a modelos expuestos con anterioridad: los fundi o grandes villas de explotación y el de las aldeas ( vicus y pagi ), estas últimas dependientes en ocasiones de las p rimeras. También las fuentes reco gen los ya mencionados castrum o vic us , dependientes d e las ciuitates principales del territorium . Para Var rón un v icus era sólo un grupo de c asas, aplicándose t ambién el término a los asenta mientos indígenas romanizados, en contraposición a las v illae romanas, apare ciendo el término asociado, en las inscripciones de época r omana, a un nombre tri bal e n g enitivo plural 82 . Para algunos autores el pagus no e ra más que una unidad administrativa a efe ctos fisca les en aquellas zonas en las que la den sidad de población campesina era may o r 83 . La imag en de un asentamiento rur al comp uesto por villae, vici y castella está aún lejos de se r demostrada empíricamente. En realidad, el p ro pi o tér m i n o de v i l la e e s un c on ce p t o m uy g en ér i co y a mb igu o q ue a bar c a u n a c o mp le j a y v ar i a d a r ea l i d a d , h a c i e n d o a s í r e f e r e nc i a a e d i f i ca c i o n e s e s t r uc t u r a l y f u n c i o na l m e n t e m uy d i v e r s a s , e x i s t i e n d o u na amp li a ga ma d e es tr uc tu ra s ha bi ta ci ona le s y ma te ri al e s con st ruc ti vo s que carac ter iz arí an a los as en tam ie nto s ru ral es tipo vil lae . A la ho ra de anal iz ar es to s as en ta mi en to s es ne ce sa ri o ten er pr e se nt e la de sig u al di str ibu ci ón te rr it or ial e i m p l a n t a c i ó n g e o g rá fi ca d e l o s m i s m o s. El otro problema historiográfico, que abordamos desd e una perspectiva más cercana a nuestro ámbito de estudio, salta a la vista cuando revisamos la bibliogra fía recient e, y 80 A. Cha varría Ar nau, 2007, pp. 254-27 0. 81 A pesar de estar alejada geog ráfica mente del á mbito de a náli sis pensam os q ue se trata de u no de los pocos ejemplos en los que se superponen villa ro ma na, asentam ie nto visigodo y alquería emiral. Adem ás ha sido excavado por nosotros y en u na exte nsión bastante a m plia. 82 T.F. Glick, 2007, p. 24. 83 J. Mª. Fernández Corrales y E. Cerrillo Martín de Cáceres, 1980, p. 1 59. 44 no tan reciente, sobr e l os castillos en la provinci a de Cádiz 84 . Para ello debemos detenernos en la ob ra conjunta de Pablo Antón y Ant onio Orozco 85 pues, además d e mostrar nítidamente las debilidades y prejuicio s de l estudio “castellológico” en un ámbito geo gr áfico ( And alucía Occidental) e hi stóric o concr eto (la Tra nsición a la Democracia), h a sido manejado con fr ecu encia por au tores posterior es sin el más mínimo atisbo de espíritu crítico. L a obr a de M. Roj as Gabriel sobre Olvera 86 o las más recientes de A. Pé rez O rdóñez 87 o M. Castro Rodríguez 88 son buena muestr a de este empleo del más que cu es tionable trabajo sobre la Hi storia Medieval de Cádiz de Antón Solé y Orozco d e Acuaviva 89 . Como hemos apuntado a rriba 90 cualquier an álisis del poblamiento y l a org anizaci ón del territorio en al-Andalus tiene como espejo el esque ma trazado por Guichard, quien y a introduce, tal v ez sin pretende rlo, la dicotom ía en tre alquerías y fo rtalezas y la necesidad de busca r siem pre este modelo de articu la ción de los territorios 91 . Algunos comenzamos por los elementos más visibles, las fortificaciones 92 y , tan pronto como ingresamos en cua lquier texto sobre los “casti llos” gaditanos, nos sorprendieron afirmaciones de un calib re y unas implicaciones que no debie ran ser pasa das por alto: “Nada ha y m ás expresivo de la vida hum ana d e la Edad Media qu e el ca stillo” o que “nuestros antepasados […] se adaptaron al mar co g eo gráfico y busc aro n los lugares altos para fortificars e y v igilar” 93 . Los “castillos” se acab an convirtiendo en un elemen to para la defensa d e las vidas y haciendas y sustentador, nada menos, que de “la uni dad política en una tierra como la ibérica nuestra tan prop icia al cantonalismo, o man tener el particularis mo frente al poder centr alizador” 94 , el castillo, al fin y al cabo, s e entiende como u na materialización 84 Estos en marques geográficos basados en las divisiones provinciales act uales i ndican el profu ndo desconocimie nto de la realidad admini strativa de la Edad Media, por otra parte enorme me nte dinám ica, y mue stran la ceg uera en q ue se mue ve la inve sti gación, incapaz de di m en sionar e s pacialmen te los territorios que corresponden a cada división administrati v a y, por lo tanto, inoperante a la hora d e aproximarse a datos poblacionales o a índices de ocupación y estrategia s sociales de explotación del territorio. 85 P. Antón Solé y A. Orozco Acuavi va, 1976. 86 M. Rojas Gabriel, 1987 . 87 A. Pérez Ordóñez, 2009. So bre la época andalusí en el contexto de la Sierra de Cádiz. 88 M. Castro Rodríguez, 2002 . específica mente sobre Aznal mara, en e l térm ino mu ni cipal de Benaocaz. 89 Un ejemplo para la consideración de este libro es el plagio absolut o que sus autores ha cen entre las pp. 187-197 de la obra de L. Torres Balbás (19 42). 90 Y como y a seña lara en su mo m ento T. F. Glick (2001-2002, pp. 275-27 6). 91 En su trabajo de 2006 (p. 20 ), A. García Sanjuán cae e n la f alsa tra mpa de Guic hard cua n do critica a J. A. Pérez Macias, y a la reciente producción de la arqueología andalusí on uben se, por no seguir este esquem a. Tampoco in sistiré, pues y a lo hace co n inten sid ad Garc ía Sanjuán, e n las debilidades de los escritos de Pérez Macías (esp. 2004), quien basa la organización del territorio en el control de las vías de comu nicación, sin em bargo la s fortalezas de Pérez Macías como ar queólogo están fuera de toda duda. 92 Ya denu ncia mos esta postura en L. Iglesias García, 2010. Huel va tamb ién se considera una tierra de “castillo s” ( Vid. J. L. Carriazo Rubio y J. Mª Cu enca López, 2004). Tendremos oportunidad de centrar nuestro análi sis e n parte del territorio actual de Huelva en ot ro trabajo. 93 P. Antón Solé y A. Orozco Acua viva, 1976, p. 7. Aunqu e parezca increíble estas ideas, más o meno s matizadas, si gue n esta ndo vivas e n la producción his toriogr áfica actual. 94 P. Antó n Solé y A. Orozco Ac ua viva, 1976, p. 7. Esto es, se reviste a un término tan a mbiguo como “e l cast illo” de u na eno r me capacidad de acción polít ica que puede ma nipular se segú n lo s criterios e interese s del i nvesti gador en u n m om ento determ inado. A sí, son la defensa del indig enis m o frente al 45 del “espíritu guerrero e individualista” y, al mism o tiempo, “el símbolo de un poder señorial”, para cristianos y musulmanes, frente al poder c entral o frent e a o tros señores 95 . Se admite, sin ni tan siquiera el más lev e cuestion amiento, la presen cia d e estructur as “señoriales” o “feudales ” en al-And alus, rasgo car a cte rístico de buena parte de la historiografía mediev al 96 . Aunque también h emos empleado la ob ra d e Pa blo Antó n y Antonio Or ozco, y a que resulta una excelente fuente para el compendio d e t rabajos anteriores ho y difícilmente localizables, hemos tenido mu y en cu enta el context o historiográfico en el que se inscribe y sus afirmaciones han sido analizadas co n mucha cautel a. Los propios autores reconocen la ambigü edad del término “ castillo”, ind icando la ne cesidad de realizar la oportuna distinción entre “alcázar, alc azaba, casti llo propiamente dicho, torre y c erc a de la ciudad” 97 . Sin embargo, en su cara cterización de la fortific ac ión califal de la provi ncia de Cádiz, explican la proliferació n de fortific aciones s e gún “tres co nstantes h istóricas: la oposición nacional española contra los invasores tanto á rabes como africanos, su atávico particularismo y el peligro cristiano pa ra los musulmanes” 98 . La tradición historiográ fica r eciente, qu e ha domin ado el panorama de la i nvestigación medieval en este rincón de Andalucía Occid ental, vi ene marcad a por el monumental proy e cto, inacabado, de F. Collantes de Terán y Delorm e, cu y o objetivo era construir la historia de l a denominad a “Band a Morisca”. Su l abor ha r esultado esenci al, sobre todo su ingente trabajo documental del que hará bue n uso este autor aunque, como se ha señalado, la faceta arq ueológic a del estudio se centraba en aquellos elementos arquitectónicamente más relevantes, las fortificaci ones 99 . No obstante abrió las principales vías de investigación que se han manten ido hasta finales de siglo XX para la zona de Morón y la Ban da Morisca, destac ando su trabajo sobre el Castillo de Cote o, de forma menos específi ca, el r ealizado sobre los c astillos del Reino de Sevilla 100 . El Positivismo y el Historicismo Cultural dominaban e l panor ama aca démico y la práctica histórica y a rq ueológica, a compañad a de la descripción pura mente formal, marcaban un análisis de las fortificaciones qu e, mu y a m enudo, er a realizado por investigadores con una profunda forma ción en a rquit ectura como L. Tor res Balb ás 101 , más que por historiadores o arqueólo gos. romano o la “pun ta de lanza” contra el “ moro” us urpador del territorio patrio y n udo articulador de la unidad de la España Cristia na. Sie mpre en la defensa del m á s puro y profu ndo espíritu patrio. 95 P. Antón Solé y A. Orozco Acuavi va, 1976, pp. 8-9. 96 Personalmente he estado al lado de esta historiografía e n otro tiempo y l u gar, for ma ndo parte de ella. Sinceram ente i nconscie nt e de la ideología que ocultaba. 97 P. Antón Solé y A. Orozco Acua viva, 1976, p. 11. Reconocen la deuda con el trabajo de H. Terrasse. 98 P. Antón Solé y A. Orozco Ac uaviva, 1976, p. 42, las cursivas son nue stras. La fortifi cación se explica así por un m arema g num de circun stanc ias que s ólo aportan confusión a cual quier inten to de comprensión de la fortificació n emiral y califal. 99 M. Vera Reina, 2000, p. 3 4. 100 F. Collantes de Terán y Delorm e, 1973 y 1953, respectivam ente. 101 No quere mos con ello desacreditar la obra de este autor a cu ya labor tanto debem os. Fue, simple m ente, u na “hija de su tiempo”. Reciente m ente se ha pu blicado una obra recopilatoria sobre la obra y la biografía de este polifacé t ico conservador del Patrimonio Hi stórico, vid . A. Muñoz Co s me, 2005. 46 En el último tercio del siglo XX destaca sobrema nera la fig ura de L . de Mora- Figu eroa quien, además d e las ya clásicas des cripciones, int roduce novedades, siempre dentro d el positivismo imperante, como la búsqueda de paralelos 102 y el estable cimie nto de la s conexiones o enla ces ópticos entre las distintas fo rtalezas. M. V er a Reina ha de finido su trabajo como la homogen eización metodológica de la “castellolo gía modern a” 103 . Uno de los ras gos funda mentales de los estudios de esta arqu eología medi eval ha sido, pues, su c asi exclusiva dedicación a los análisis d e las f ortalezas d e la Fr ontera N azarí que tienen un buen exponente en los diversos trabaj os de Manuel Rojas Gabriel 104 y se van a ver apo y ados por l os importantes análisis geo g ráficos de J. M. Suárez Japón 105 . A partir de entonces, la Sierra de Cádiz queda conc ebi da como un espacio fundamentalmente fronterizo para un an álisis arqueo lógico y arquitectónico basado, fundamentalmente, en su s fortalezas y en la front er a, aunqu e con evidente s rasgos que apuntan y a a un interés p or el territorio y por otr os asentamientos no “castra les” 106 . La condición señorial d e estos territorios y su car ácter fronterizo ha sido, pues, el hilo conductor de la historio g rafía, como re alidades ínt imamente cone ctadas 107 . N o ne gamo s la importancia de estos fenómenos, de he cho los con vertimos en uno de los ejes de nuestra propu esta. No ob stante, las fo rtalezas se h an conside rado d es gajadas del medio social en que fueron edificadas, present ándose un p oblamiento desa rticulado de fortalezas, por un lado, y “emplazamientos en lade r a” por otro 108 . Para Andr e B azzana, “la frontera como objeto histór ico no existe [...] en todos los casos la estructura inte rna de la frontera está determi na da po r los caracte res mismos de la evolución histórica que la produce ” 109 . A este r especto, y r ecord ando t ambién las afirmaciones de A. Bazzana, José Luis V illalong a com enta que: “la retórica fronteriza convie rte una consecue ncia (la e xistencia de la frontera) en un hecho histórico autóno mo ( La Front era) que, convertido en una es peci e de estructura de larga duración, crea unos determinados modelos vitales: sociedad guerrera, espacio de promoción personal, economía ganadera [...]. Así, l a tesis de T urner sobrevuela poderosa. Pero al transitar este ca mi no olvidamos q ue son la s f ormacio nes económ ico -sociales fe udal cristi a na y tributaria hispano m usul m ana las que crean u na frontera, cambia nte no sólo en su de marcación geográfica sino ta m bién en sus ele m ent os consti tut ivos, com o conse cuencia de la evolución de dichas formacione s. Esa posible so ciedad guerrera, las posibili dades de promoción person al y la 102 Recordemos que la búsque da de paralelos parecía constituir el fi n últi m o de cualquier investi gación arqueológica qu e se preciara. La “arqueología ” m edie val experim en taba un desarrollo en el mis m o sentido que el resto de las “arqueolo gías”. 103 M. Vera Reina, 2000, p. 37. En esta línea pueden s ituar se, además de los ya citados, los trabaj os de P. Alfage m e Ruano, 1978; E. Cooper, 1980-1981; M. Rojas Gabriel, 1983; L. de Mora-Fig ueroa, 1983; Fray Sebastiá n de Ubrique, 1945; R. Corzo Sánchez et alíi , 1982, Benaocaz ; P. Pérez Clotet, s.a, s.p.; P. Antón Solé y A. Orozco de Acuaviva, 1976. 104 M. Rojas Gabriel, 1983, 1985-86, 1986, 1987, 1988, 1995 y 1996, esta última en colaboración con Pérez Castañera y García Fitz. El propio M. Rojas Gabriel reconoce en su trabajo de 1985-1986 (esp . p. 429), que aplica el esquema metodológico realizado por L. de Mora-Fig ueroa para el estudio del castillo de Nogales -Badajoz- (1984), véase, además, M. Rojas Gabriel, 1987, p. 80, nota 56. 105 J. M. Suárez Japón, 19 82 y, especialme nte, 1991. 106 Aparte de los trabajos me nci onados en las dos notas a nteri ores pueden cons ultar se los siguie nte s: L. J. Guerrero Misa, 1990b, 1999; L. Mª. Cobos Rodrígu ez, 1999, 2003; A. Pére z Ordoñez, 2009; E. López Rosendo, 2011, pp. 55 y 56; F. Sigler Silvera y J. Car rasco Soto (coords.), 200 2. 107 M. González Jimé nez así lo pone de mani fiesto en el Prólogo a la mag nifica obra sobre Olvera de M. Rojas Gabriel, 1987, p. 14. 108 A. Pérez Ordóñez, 2009, pp. 145-167. 109 A. Bazzana, 1997, p. 27 . 47 preponderancia ganadera se explican, fu nda mental m ente, por l a evolución de la estructura económica y social cri stia na. De no ser a sí, también en e l lado mu s ulm án la fron tera habría provocado idénticas consecuencias y parece evidente que no ocurrió de esa ma nera”. 110 A pesar de ello, a pesa r de la existencia de estos enfoques, con sus virtud es y carencias, no ha habido eco aquí, ni tan siquiera recientemen t e y cómo pare ce ser c aracterístico de la Arqueología Medieval de Andalucía O ccidental, de los importantes debates Historia Medieval-Arqueolo gía q ue se estaban producie ndo en el mar co euro peo y de la investigación peninsular con respecto a Šarq al-A ndalus 111 . Así, la historia política o la sucesión de “culturas” seguían dominando las explicaciones que se implementaban sobre la Sierr a de C ádiz a comienzos de los 90, ofr eciendo ar gum entos excesivamente generalistas, ses gados po r el adaptacionismo o pres ididos por el normativismo cultural, considerándose la “cultur a” como medio extrasomátic o de adaptación 112 . Los más contundentes co n estas tendencias explicati vas han sido F. Nocete, A. Orihuela, M. Peña y A. Peramo. El párr afo de su introducción al Proy e cto Odi el es absolutamente demoledor y c ertific aba un cambio que ya se había o perado en la historiogr afía d el Suroeste: “El domi nio absoluto de u n c oncepto nor mativo de la cultu ra, gui ado por un e mpiris mo de corte decimonónico donde el m ecan is mo heurístico e staba presidido por los `para lelos ´, los in ventarios relativam ente si ste m atizados de conjuntos descontext uali zados, de lo que posteriormente se denomi naría `cult ura m aterial´ , venía n a considerarse co m o los puntos de partida de su puestas culturas defi nidas e n el tiempo y en el espacio” 113 . Si hacemos un corte en la producción de la llamada “Arqueologí a Medieval” que se desplegaba en la Comunidad Autónoma andaluza en esto s mismos años, obtenemos un panorama que no resultaba demasiado alentador. El Con greso celeb rado en Huelva en 1993 es una bu ena mu estra de ello 114 . En este encuentro se d aba cuenta de más de un lustro de investigación a rqueológi ca en Andalucía s orprendiendo, a primera vista, que apenas un 5 % de los inf ormes están dedicado al med ievo (8 de 57). La panorámica es re almente divers a en enfo ques y te mátic as. Algu nos artículos muestran ras gos de la penetra ción del Materialismo Histórico en la arqueolo gía medieval, como la ap are nte introducción d e la dialé ctica y el cambio en la descripción de los fenómenos históricos 115 que devi ene en una s eudo-continuidad r epresentada por 110 J. L. Villalonga Serrano, 2006, pp. 24-25. 111 Puestos al día en Malpica, 1993, pp. 2 9-47 112 Unas claras muestra s de lo que decimos en el Historici s mo Cult ural que predomi na en la, por otra parte pionera, producción científica de L. J. Guerrero Misa o L. Mª Cobos Rodríguez. A pe sar del enor me respeto que les profesamos y la am istad que nos une, no podemos obviar la crítica a este tip o de producción historiográfica. V éase ta mbié n F. Sí gler Sil vera y J. Carrasco Soto -coords-, 2002, pp. 23-24, en las que se desgrana n ex presiones como “ suce si vas cult uras”, “ libio fenic ia”, “cél tica”, “fecu ndo proceso de romanización”, “rico legado de la cultura mu sul mana” , etc. Con u na f uerte ca rga determi nista ambienta l véa se M. Oria Seg u ra et alíi , 1991, esp. p. 21. Espigamos u n párrafo de u no de l os artículos que tratan sobre Aznal mara como ejemplo de este discurso: “En la Edad Media como en cualquier época, la sociedad estaba condicionada por una econom ía, un cli ma …; ante toda s estas causa s, estas poblaciones respondieron de forma m u y p eculiar y acondicionándose lo m ejor posibl e para satisfacer s us nece sidades. Así, ante la de manda de conti nuas guerras responden con un tipo de construcción caracte rístico como son las fortalezas”, to m ado de Mª. P. López García, 1990, p. 93. Sobre la reivindicación de un nue vo contenido del térmi no “c ultura ” véase T. F. Glick, 2007, pp. 19-20. 113 F. Nocete Calvo et alii , 1992, p. 38 3. 114 F. Nocete Calvo y J. Ca mpos Carrasco (coords), 19 93. 115 L. Olmo E nciso y M. Men san ch de Tobaruela, 19 92, pp. 67 5-698. 54 la velocidad de la erosión de su autonomía 147 que debe coincidir o solaparse , de algún modo, con el proc eso de desposesión de los bienes d e l a comunidad y la limitación de los aprovechamientos, y a que están r elacionados dir ectamente. En Andalucía Occident al, sin embar go y sal vo algun as excepcione s, seguíamos preocupándonos por las piedras viejas de los castillos, como último símb olo de unas continuidades históricas que no hacen sino justific ar la historia de una op resión de los ricos y poderosos sobre los pobres y des ampar ados q ue, en este caso, se d enomina feudalismo o, para añadir más ruido a la cu estión, señorío 148 . Entre est as excepciones se encontraban J. A. Pér ez Macías, F. Roldan Ca stro, A. Funes González y J. A. L o rca Buena fé quienes en su estudi o sobre las fortalezas del Andévalo onubense habían manif estado el claro origen norteaf ricano y ber éber de estas estructuras 149 , o el caso de L. Mª Cobos Rodrí gue z en Cádiz, en Zaha r a d e la Sie rra, donde planteab a la n ecesidad de abord ar el análisis de la época medieval a través del estudio de las huertas 150 , o V. Martínez Enamorado quien, aunque entre el Šarq y el Gārb , abordaba en su tesis una explicación de la formac ión de al-Andalus de gran consistencia 151 . El resto seguíamos con las piedr as, los feudales eternos , algunos beréberes ad aptativos y las inevitables transicione s. Mientras tanto, cierto tipo de marxismo, si es que podemos llamarlo así, introducía de contrabando “una pers pectiva que f avorecía explicac iones del ca mbio social estrictamente endógenas, locales o regional es, de sc artando las mig racione s” 152 en una huída del historicismo cultural y el difusionismo, instalados en la academia 153 . Los r esultados no deja n de estar a la altura de las propu estas y nos conducen, irremediablemente, haci a la circularidad historiogr áfic a y ha cia la imposibilidad de genera r cono cimientos d e al gún inter és. De este mod o, en el año 2004 y para la a ctual provincia de Huelva se pl antea que: “Salvo los pequeños castillos para la protección de los cam inos y de deter minados recurs os que acabamos de nom brar, el resto de los asenta miento s representan un es tadio urbano de ma yor o 147 M. Barceló, 1995, p. 64. Barceló recuerda los resultados de la a rqueología hidráulica en relación con el conoci miento más profundo de la organización de las com uni dades cam pesi nas en al-A ndal us, reconociendo que no existe u n sistem a conceptua l para la arqueología del fe udalismo. 148 Este “retraso” de la Historia y la Arqueología de la Andaluc ía Occidental se pone de m ani fiesto en uno de los periodos históricos má s investi gados en la zona, el III milenio a.n.e. Véase F. Nocete Calvo (Coord.), 2004. M. Valor Piechotta califica de “exig uos” los estu dios de las fortificacione s de Andalucía Occidental, lim itados a aspectos puramente descriptivo s de las const rucciones y m uy v olcado hacia el periodo andalusí. Tampoco se había abordado en ese mom ento (comie nzos de los 90) nin gún tipo de análisis de poblamiento que, curiosa me nte, la profesora de la Un iversidad de Sevilla, entiende como búsqueda de “u na i nterpretación a la aparición del fe nó men o `f ortificación ´ e n los distint os mome ntos de la Edad Media” (1992, p. 747 ). A pesar de la aparente renovación, la fortificación contin úa sie ndo el eje central de cualquier explicación. 149 1987, pp. 333-345, aunque en trabajos más recientes se reconozca lo erróneo de se mejante atribución (J.A. Pérez Macías et alíi , 2005, p. 64). Véanse la dudas al respecto en S. Fernández Gabal dón, 1989, p. 215 y V. Martínez Enamorado 2003a, p. 454. La polémica es r eto mada por A. García Sanjuán, 2006, p. 21. 150 L. Mª Cobos Rodríguez, 2003, pp. 59-60. 151 V. Martínez Enamorado, 2003a. 152 M. Barceló “Arqueología e Historia Medievales co mo Hi storia” (e.p), p. 68. 153 Véase la demoledora crítica al Dif us ionis mo y la his toria y arqueología tradiciona l, au nque para otro periodo , en F. Nocete Calvo (Coord.), 200 4, esp. p. 1 6. 55 menor envergadura, desde la ciudad con todos sus componente s urbanos ( madi na) ha sta la simple aldea (balda), con una econo mía abierta al co m ercio, la agricultura, la pesca, y la metal urgia, distante del concepto de alquería (qarya), defini da en la mayor parte de los casos por la explotación agrícola de un t erritorio y por su pertenencia a un li naje”. 154 No creo que ten g amos que añadir nada más. Sólo, tal vez, que estos “castillos” se han descontextualizado de su medio social, haciendo imp ra cticable cualquier sistematización de las evidencias arqu eoló gica e im posible cualquier intento de reconstrucción histórica a partir del re gistro desc o ntextualizado. 1.2. TIESTOS ROTOS. Hablando de descontextualización, cuando nos r eferi mos a “objetos” en Arqueolo gía inmediatamente se nos viene a la mente la cerámica (los líticos en el caso de los paleolitistas). En este pu nto debemos señ alar que lo s estudios de la cerá mica andalusí son relativamente r ecie ntes y nuestro conoci miento sobre la produc ción, también llamada “cultura materi al” 155 , realmente escaso debido, entre otras cosas, a su tratamiento desde la Historia del Arte y no desde l a Arqueología, primando el análisis de las producciones “de lujo” sobre la consider a ció n de la importan cia de los ajuares comunes y de uso cotidiano 156 . La cerámic a, como “fruto de una tradición cultural ”, constituy e un “testimonio involuntario” de l a histo ria que h a llegado a nosotros de forma inconsciente, no por voluntad de una clase he g emónica, sino por la perdurabilidad de su materia 157 . Los límites del llamado “re gistro material” h an s id o expuestos en el ensa yo d e Sonia Gutiérrez L loret, quien intenta da r relieve a la “p obla ción indíg ena” del sudeste peninsular a p artir, princ ipalmente, de la conside r ación de las produc ciones cer ámicas, advirtiendo H. Kirchne r que la postulad a continuida d a lo largo d el siglo V I I I, fundamentada en el r e gistro cer ámico, no er a sólida 158 . Para B arc eló, el arqueól ogo de al-Andalus no puede ser improvisado, trasladando la atención de “unos ca charros a otros” y a que: “la di ferencia de la sociedad andalusí no hace má s que resaltar como i ndebido el intento de ofrecer explicación por clasificación pretendie ndo que el mero e nunciado de las cosas y s u secuencia te m poral contuvier en notic ia ineq uívoca y ciert a de su identidad, procedencia y u so social” 159 . 154 A. Pérez Macías, 2004, p. 278. 155 E. Motos Guirao, 2000, pp. 415, 416 y ss. Un e studio a m plio sobre el sign if icado de la “c ultura material” en R. Canc ino Salas, 2004, “el modelo clasificat orio qu e cruza el análisis de los objetos como material cult ural, constitu ye l a insta uración, en la a n tropología, del método clasificatori o evolucionista por un lado, y dif usionista por otro”. Hemos manejado la versi ón en lí nea http://w w w .desclasi ficacio n.org/pdf/ Cultura_ m aterial.pdf [consu ltado el 26/06/2013], la cita corresponde a la p. 2. Un balance sobre el significado de cultura y c ultu ra material en I. Sar miento Ra mírez, 2007. 156 E. Motos Guirao, 2000, p. 41 6. 157 A. Carandini, 1984. 158 S. Gutiérrez Lloret, 1996 y 2000; H. Kirchner, 1999 y 2000. Un an álisi s de la tipología cerámica altomedieval de n uestro á mb ito de estudio en J. M. Castaño Agu ilar, 2006 , para quien las líneas de continuidad son eviden tes, au nque no nos parezca convincente, por motivos obvios, que la adscripción de la cerámica “a la lla m ada cerámica co m ú n, m ueve a pe nsa r en una m ás que eviden te pervive ncia de las formas de tradición an terior, sostenida por un conjun to de población con el mism o orige n” (p. 141). 159 M. Barceló, 20 10, p. 2 3. 56 Otra muestra de la incom patibilidad de un planteami ento determinista y es encialista con nuestras propuestas es la que nos ofr ece Marx en su tratamiento de los ins trumentos de trabajo . Marx apunta que “los v estigios de instrumentos de trabajo nos sirven pa ra apreciar antiguas formac iones económicas de las soc iedad y a sepultadas” . Ahora bien, lo importante de éstos es que nos sirven no sólo co mo “el barómetro indicador del desarrollo de la fue rza d e trabajo d el hombre, sino también (son) el exponente de las condiciones sociales en que se trabaja”. Marx consi dera que las articulaciones específicas de los instrumentos de trabajo en una s ociedad concreta se explican en función de esas condiciones sociales, y no d e un de si gnio tr ascend ental de corte adaptativo. Por ot ra p art e, el que indiquen un de sa rrollo de la capacidad productiva no nos empuja a fin alizar e l análisis de los instrumen tos de trabajo en ese punto, siendo necesaria una car acterización de la espe cificidad h istórica de su ordenación 160 . Como bien ha señalado Ismael Sarmiento, la conexión más inmediata cuando hablamos de cultura mate rial, d e objetos, de instrument os de p roducción, tran sformación y consumo al fin y al c abo, se estable ce con la Ar que ología, l a mal llamad a “cien cia de los objetos”, y en se gundo término con la Antropolo gía, por lo que su inserción con la Historia queda en un pla no más alejado 161 . En el análisis de las perspectivas sobre la cultur a material 162 se pueden identificar dos oposiciones: la oposición historia/función y , la op osición objeto neutral/objeto no neutral, donde la oposición historia-función, remit e al interés de las cl asificaciones d e lo material. Por un lado, los objetos son clasificados o comprendidos como indicadores de evolución e indican, por tanto, la posición de una sociedad en una o varias escalas evolutivas. Por otro, los objetos pued en se r cl a sif icados dep endiendo d e la función social que estos tienen en una sociedad dete rminada. La o posición objeto neutral/no neutral, remitiría al posicionamiento epistemológ ic o respecto del objeto, a la discusión respecto a su independencia del sujeto (como suje to cognoscente, o como sujeto social) o a su existencia sólo en su relación con los sujetos (cognoscentes, o sujetos sociales), donde el objeto actualiza o refleja contenidos cult urales 163 . Las pregunt as que se vi enen ha ciendo al re gistr o ce r ámico, r eferentes a “la fo rma de consumo, su función y e stablecer la composición del ajuar cer ámico y las personas que lo utilizaron”, así como el estudio de la dieta alimenticia 164 no se aleja en exceso de las propuestas de la etnologí a tradicional 165 . En el análisis cerámico método clasificatorio y comp arativo se constituy e en el soporte técnico pa ra la comprensión de los objetos cultural es desde una p erspe ctiva “formal ”, centrada en su estructu ra material y/o fun cional, e n un marco evolutivo, o culturalista- histórico. 160 K. Marx, 1999, p. 132; J. Roll and Calvo, 2005, p. 25. 161 I. Sarmie nto Ramírez, 2007, p. 2 18. Una crítica contundente a l concepto “cultura m aterial” manejado por la investi gación de corte marxista en M. Barceló, 1995e, esp. p. 8 2. 162 Hay que te ner e n cue nta q ue tanto el concepto de cultur a como el de cult ura m aterial no han sido definidos de un modo sati sfactorio y a mplia m ente aceptado. I. Sarmi e nto Ram írez, 2007, p. 218. 163 R. Cancino Sala s, 2004, p. 1, la cursiva es n ues tra. 164 E. Motos Guirao, 2000, p. 41 5. 165 En Marcel Mauss, 1967, p. 51, encontra mos, no obstante, u na defin ición que es a la vez neutral y no ne utral respecto de lo ma terial: “Todo ob jeto debe ser estudiado: pri mero, en sí mi s mo ; se gundo, en relación a los individuos que l o utilizan, y, tercero, en rel ación a la totalidad del siste ma o bservado”. 57 “A sí, en el evolucio nis m o, se ge neran c uadros de objetos clasificados se gú n series conti nge ntes de rasgos de objetos (forma - f unción). Estas series, indican la progresiva complejización de la estructura de los objetos, sus f ormas o fu ncione s. Por su parte, desde el culturalis mo, los objetos vienen a erigirse en indicadores de límites de unidades cult ur ales cerradas y autoconteni das: la distribución geográf ica de obj etos - formas y /o fu nciones - de limit a unidades-áreas c ult urale s” 166 . Para que este esquema s ea operativo, añade Cancino Salas, el objeto debe ser un objeto neutro simbólicamente, constituyendo lo materi al un todo aparte de lo ideal en la cultura. L os contenidos culturales d el objeto, son admitidos como conte xtos de uso, o función, no como contextos de producción, buscándos e no la compr ensión de las representaciones sociales que producen -o que están contenidas en los objetos mismos-, sino su clasificación y ordenamiento transcultur al . Las aproximaciones clásicas en antropología sobre l os objetos están marcadas por la tendencia a considera r q ue lo material, es neutro c ultural e ideológicam e nte, marc ando un particular modo de aproximación en el cual la hi storia se convierte en una s ucesión lineal de artefa ctos (asoc iado a niveles culturales) , siendo la función de los objetos ser los indicadores de distintas estructuras al i nterio r de la so ciedad , gener ando clasificaciones dinámicas y fun cionales 167 . En este contexto se han desarrollado las investi g aci ones sobr e “produc ciones finas de importación”, conc epto clarament e tendencioso que e n globa las producciones norteafricanas de terra sigillata clara D de ori ge n norteaf ricano, l a llama da cerámica estampada g ris o nar anja del sur de Franci a o las p roducciones o rientales ( L ate Roman C). Acompañando a las formas de sigillata clara D del siglo V comienzan a conocers e mejor las cerámic as com unes re alizadas a torno, e n pastas claras y de excelente fa ctura, imitación en muchos ca sos de form as finas, decorada s con un vari ado repertorio de motivos incisos como ondas, espinas o peinados 168 , junto a un grupo de cerámicas a mano, de color marrón oscuro o negro, con a bundante mica dorada visible en las superficies y formas de tendencia semiesférica (cue ncos y c azuelas), con un origen preferentement e murcian o 169 . Esta cerámic a se ha r elacionado con el proceso de en car amamiento, de lo que se deduce que “…el re gistro mater ial de los poblados tardorro manos de altur a deb e remitirnos preferentement e a un hor izonte cronológico del sigl o V en adelant e” 170 . En el s iglo VI continuarían aparecien do producto s fi nos de importación, tanto sigillata clara D como Late Roman C, bien representado s en y a ci mientos como Benalúa 171 , y cerámicas comunes a tor no, junto con formas re a liza das a mano en pasta s bastas, que van de tonos rojizos a marrones oscuros 172 con u na variedad de tipos en tre los que destacan los r ecipientes de cue rpo cilíndrico y ba s es convexas o planas y las tapader as planas que continuarán presentes en contextos en co ntextos en los que comienzan a estar ausentes las cer á micas finas de importación. Re y nolds tiende a relacionar el desarrollo de las produ c ciones a mano con el ce se d e las importa ciones de cerámicas 166 R. Cancino Sala s, 2004, p. 3. 167 R. Cancino Sala s, 2004, p. 4. 168 E. Llobregat Conesa, 1985, p. 401. 169 Grupo 5 de P. Reynolds, 1985. 170 S. Gutiérrez Lloret, 1988, p. 3 25. 171 P. Reynolds, 1987. 172 Grupo 7 de P. Reynolds, 1985. 58 finas hacia fines d el sigl o VI, co n lo que las cerá micas comunes se conve rtirían en las producciones car acter ísticas del siglo V I I . No obstante, es necesario reformular el problema de estas cerámicas “de lu jo” tardías y a que continúan p resentes en Carta gena 173 , I biza 174 , Cat aluña 175 o en la misma Ca rt ei a 176 , pero que no parec e af ectar, en fech as tan avanzadas como el siglo V I I, a los pequeños ya c imientos tardorrom an os del interior 177 en los que el repe rtorio material d e este siglo está constituido por cerá micas de cocina modeladas a m ano y algun as formas a to rno con pastas gros eras co mo las botellas de do s asas p rocedentes de necrópolis y encuadrables de lleno entre las c erámic as funer ari a s de époc a visigoda “qu e enlazan con las propias de la primera época islámica tanto en f ormas como en técnica, d efiniendo así un horizonte cultural de épo ca emiral marc ado por u n sustrato p rofundamente tardorromano” 178 . Tampoco resultan muchos más clarificador es los titán icos esfuerzos por organizar la cerámica de los primer os momentos de al-An dalus, co ntando con una importante sistematización para la zona de Ronda realizada por J. M. Castaño Aguilar. Siguiendo sin lugar a dudas la tesis de Acién, José Manuel Cas taño aborda, mediante la sistematización cerámica , un objetivo tan complejo como reconstruir el pasado 179 y no de cualquier pas ado, sin o el de esos momentos “oscu ros” que todos d ea mbulamos de forma tangenci al, henchi dos de orgullo mientras manejamos con desca ro y suficiencia transiciones, encar amamientos y f eudalismos más o m enos bastardos. Con estas herramientas tan limitadas el autor se des liza por unos terren os r ealmente resbaladizos, en los que el diseño historiográfi co sigue pesando m ás que una incipiente investigación arqueoló gica 180 . Debemos mencionar e sfuerzos anteriores por organiza r el re gistro cerámico tardorromano y emiral- c alifal en el entorno del ámb ito de estudio, siendo muy útiles los trabajos de M. Acién Almansa y otros, dond e se of re ce una sistematización, bien ilustrada, de las tipometrías de Ronda, Morón y Málag a 181 , o el de Paloma Bueno en el Castellar de Puerto Serra no, que se reviste de una e special importancia en este trabajo, ya qu e explica la configu ración de la cora de Šiḏū na en el siglo X, como veremos. Amén de su ocupación prehistórica, nos interesa esp ecialmente la fase medieval, donde la fortific ación es considerada, creemos que con buen criterio, como califal, y un a datación para el conjunto cerámico entre los siglos V I I y X I , aunque el gru eso del 173 Méndez Ortiz, R. y Ra m allo A sen sio, R., 1985. 174 J. Ramón 1986. 175 R. Járrega Domín guez, 1986, 1991, 20 00, 201 3 176 Hayes 91 D, 99, 101, 103, 104 B y C y 105-109, cuya dat ación oscila e ntre fi nes del siglo VI y mediados del VII. Tuve la oportunidad de excavar en el complejo terma l de esta ciudad gracias a la confianza depositada en mí po r la empresa Figl ina, S. L. 177 S. Gutiérrez Lloret, 1988, p. 3 26. 178 S. Gutiérrez Lloret, 1988, p. 3 26. Vuelve la conti nuidad. 179 J. M. Castaño Ag uilar, 2006, pp. 117-205, esp. pp. 11 7-118. 180 J. M. Castaño Ag uilar, 2006, pp. 122-125 y 142-145. 181 M. Acién Al man sa et alíi , 2003. 59 material sea consider ado como “paleo andalusí” 182 , con algunas sigillatas af ricanas que mostrarían un poblamiento anterior 183 . En nuestra visita al lugar los restos romanos se limitan a la parte baja del relieve y la fortificación sup erior, uno de los más claros eje mp los de fortificación emiral, junto a Montenombrate, del terri torio estudiado. L a ausen ci a absoluta de vidri ados avalaría esa cronología, y a qu e salvo casos muy conc retos, como Torrevieja (Vill amartín), los ya c imientos emirales que se han loc alizado tienen e n esta característic a su elemento común 184 . El aparejo tampoco puede identificarse con u na “soga y tizón” califal, estando compuesto por g randes s illares trabados con una ar g amas a extraordinariamente rica en cal, de gran consistencia. Sobre la cronología del final de la vida de esta fortaleza, P. Bueno Ser rano no p arece mu y segur a al resp ecto y, aunqu e lo esta blece “en los acontecimientos ocurrido s al final del Emirato”, atr ibuy e los muros a la época c alifal 185 . Sin embargo, bajo aqu el prisma, todo par ecía concor dar, enc aram amiento y poste rior reorganización en el cali fato, con la bajad a de la población al llano y la concentración poblacional, que coincid iría con la instala ción o c onsolidación de numer osos centros urbanos 186 . Desde esta p erspe ctiva, en el siglo V aparec ería un nuevo tipo de “h ábitat en lu gar es de altura”, dentro siempre del progr ama diseña do que amal g ama enc astillamiento, cerámicas a mano o torneta, fin del mundo romano, c omunidades autárquicas, ajuares domésticos, hispanogodos, cerámic a vidriada árabe, absorción hispanomusulmana, etcétera, etcétera…. Par a a caba r considerando el ya cimiento de El Cast ellar como un lugar ideal par a “estudiar el fenómeno del enc ara ma miento de la pobl ación hispanogod a para huir de la presión fis cal de la aristocracia i slá mica” 187 . Tal vez una de las expresiones más acabadas y refin a das, con abunda nte respaldo arqueológico, de esta “tr ansformación ” nos la ofrec en Tomás Ques ada y Encarnación Motos. Para estos investigado res los “asenta mientos de altura” s e ubicarían en espolones rocosos, alejados de las zonas llanas, y no presenta rían restos constructivos, aunque sí abundante m aterial a mano y tor neta, a unq ue lo más interesante , al menos a nuestro parec er, s ean es os “elementos más ta rdíos” como los fr a gmentos de v erde y manganeso 188 que también podían considerars e como elementos dat antes en lugar de epigonales. Es de todo s conocido que los y a cimientos rurales c alifa les presentan repertorios c er ámicos co n diversas fa cturas, no fal tando el torno lento y los recipientes a mano. Para el final de este pro ceso de en ca ramamiento se fija nuev amente el califato de ‘Abd al-Rahman I I I , lo que ve ndría refrend ado por Ibn Ha y y ā n y su lapidari a f rase sobre la 182 P. Bueno Serrano, 2003, p. 91 . 183 P. Bueno Serrano, 2003, p. 89 . 184 Paloma Bueno Serrano hace referencia a la localización de frag me ntos vidriados (2003, p. 96). 185 P. Bueno Serrano, 2003, pp. 9 8-99. Obviame nte no co mparti mos s u v isión de Ibn Ḥa fṣ ūn. 186 P. Aguay o et alíi , 2005, p. 16 2. 187 P. Bueno Serrano, 2003, p. 98 . Lame ntable m ente no esta m os de ac uerdo con su interpreta ción. 188 T. Quesada y E. Motos, 1992, p. 716. Para T. F. Glick (2007, p. 31) esta cerámica “co mú n, hec ha a mano o a torno lento puede asociarse, desde el siglo IV, con los talleres domé sticos e xistente s en los asentam ie ntos de altura”. 60 destrucción d e las fortalezas, la bajad a de la población al llano y la vuelta a la obediencia 189 . De este mo do el nuevo poder político califal, “basado en el mund o urbano”, p rovoc a una transformación en el “modelo d e poblamiento”, hac iendo bajar a la población a las ve ga s, “donde el control de las ciudades sobre las comunidades campesinas montañesas es más fácil”, coincidiendo l as nuevas zonas ocupadas con los antiguos asentamientos r omanos y observándos e un ca mbio en los repertorios cerámicos con la aparición d e pro ducciones con decora ción a l a “cu erda seca” total o par cial, vidriados miel, verde o marrón y verd e y man ganeso bajo vedrío 190 . Sin embargo, lo que se esconde bajo esa certeza arq ueológi ca, bas ada en la prospección superficial, una h err amienta de esc aso poder predi c tivo como hemos tenido oportunidad de comprobar en el asentamiento pa cense de Cortijo Ra scón, no es más que el desesperado af án por qu e la bien construid a y, e n a parien cia ope rativa, tesis de Acién fuese el sostén de un análisis arqueológi co poco co nsistente que, tras la p átina teórica, muestra una gr an diversi dad de situaciones. En g ener al, la investigac ión arqueológica ofrece un limitado repertorio té cnico-form al que se consider a ca racte rístico de estos asentamien tos en altura, muchos de los cuales, con el paso del tiempo y el av ance de la investiga c ión, han ac abado co nsiderándose como emirales, volviend o a cerrar un oscu ro teló n sobre un periodo oscuro que jamás llegamos verdad erament e a iluminar. No obstante, el des con ocimiento de las producciones cerámicas “visigodas” si gue siendo tan profundo como para poder plantear la con tinuidad deseada por parte de la historiografía 191 . Hemos tenido la oportunidad de e xcavar un y a cimie nto en el que se puede evidenciar la rupt ura que existe entre las pr oducciones visigodas y las emirales- califales. El problema e s que se encuentr a m uy aleja do de nuestra área de estudio, aunque merece l a pena entrar en su des cripción. El y acimiento de Cortijo Rascón se sitúa en la oril la del Guadajira, en B ada joz, entre las poblaciones de Villalba de Barros y F eria. En la s prospecciones iniciales se estableció una cronología pr ehistórica y roman a. La excavación realizada ha resultado muy interes ant e desde el punto de vi sta científico, ya que nos encontramos ante una villa romana, un as entamiento visigodo y una alquería emiral/califal o cupando un mismo espacio físico, ahora bien, no podemos establecer continuidad estratig ráfic a en ninguno de los c asos, no ha y , pues, re ocupación de estructuras como se ha planteado en otros casos (de jando a un lado el hecho anecdótico 189 Muqtabis V, p. 154. 190 T. Quesada y E. Motos, 1992, p. 716 y 720-721. Adscriben estos repertorios al siglo XI, mom e nto en el que sobre los anteriores asen ta m ientos se con stru ye n la s forti ficaciones. 191 En la zona del Segura y el Vinalopó, S. Gutiérrez Llore t (1988a) plantea la persis tenc ia de las formas roma nas hasta bien entrada la época islámica, careciendo los visigodos de cer á micas propias, predominando las for mas a m ano has ta el si glo IX; amba s afir maci ones deben ser puesta s en cuestión a la luz de nue stras e xcavac iones en Extre madura. E stas co ntin u idades han sido ta mbién de f endidas por L. Caballero Zoreda en la tran sic ión de la época visigoda a la medie val (1989, pp. 111-134) tanto en el norte como e n el este de la Pe n íns ula (Vid. P. Matesanz V era, 1987 y R. Járrega Do mí ng uez, 1985, respectivam ente), e n contra H . Kirchner, 2000 y 2002. En e l trabajo más reciente de Helena Kirc hner la investi gadora insi ste en que l os m us ul mane s que arriban a las isla s en el si glo X co mie nzan a producir unas cerám icas que se han v enido relacionando con los mu ladíes. Esta discusió n, aunque de ma nera meno s crítica, ha sido reto mada en T. F. Glick, 2007, pp. 61-65. 61 del pavimento de signinum ). La estructuras visig odas tienen una o rientación distinta a las romanas, aunque se apo yen es éstas e n puntos de terminados. Los silos emirales/califales rompe n las estancias rom anas y v isigodas. Por un lado una ruptura estratigráfi ca y a que, aun q ue el edificio visigodo del Complejo Estructural-2 se apo y a puntualmente en el rom an o, es e adosamiento se pr oduce en un momento avanzado de la Fase I I (siglo V I I), mientras que en el momento fundacional de la Fase I I la ruptura es clara en la orientación de los edi ficios. Por otro lado es conveniente reco rdar que, aunque el seccionami ento de la estratigra fía nos impide ver las relaciones entre los d epósitos visigodos y las estructuras rom anas, la colmatación de algunas de estas estructuras romanas indica que par te del edificio de la almazara se encontraba aún a la vista en el s. V I I d.C., por lo que es posible que fuera reocupado en esta époc a con un uso doméstico m uy dif erente al or igin al. Sin embar go, el grueso del edificio visigodo se sepa ra físicamente de la estru ctura de una villa que no sería más, en aquellos momentos, que un montón de ruinas y ca scot es. Por otro lado una fr act ura en la cronología ap ortad a por las cerámica s, ya qu e las últimas producciones de sigillatas (itálicas, hispá nicas y sudg álicas) y paredes finas (tipo Mérida) documenta das no van más allá de final es del s. I d.C. mientr as que en los niveles visigodos la ausencia de produccion es afr ic anas Clara D y d e imitaciones de la cerámica de mes a roman a nos llevan a situarlos en u n momento avanzado del s. V I I . La ce rámica pres enta sup erficies intens amente espat uladas y bruñidas, con desg rasantes micáceos y deco raciones incisas en ondas, así como algunos ejemplar es pintados 192 . Los tipos se corresponden a b años, grandes conten edores , botellas, marmitas... datables en el s. V I I d.C., cuando va a abandonarse el asent amiento , no volviéndose a r eocupar h asta el s. I X. La viviendas de esta fase son bastante sencillas, c on zócalo de mampostería ordinaria, bien caread a en gene ral para el primer momento, y c on mampuestos irre gular es a dos caras, al gunos hincados en el geoló gico y coloc ados en posición ve rtical, y con relleno de ar cilla y c anto en el segundo momento, for mando una hilada de replanteo de la estructura y protec ción de la base d e la fábrica d e tapial frente a esco rrentía s. Los alzados son de tapial a juzgar por el aspecto d e lo que hemos interpreta do como sus derrumbes. Se trata de depósitos que var ían entre d istintas tonalidades del rojo/anaranjado y que presentan mampuestos de pequeño tamaño, grav a de pizarra y cerámica lo que explicaría la aparición de f ra gment os romanos en esta s unidades de época visi goda, ya que p udieron ser r eutilizados pa ra dar consistencia al c ajón de tapial junto con la pizarra menuda y los pequeños mamp uest os. De la cubiert a nos han quedado pocos restos, alg una té gula, esc asos fr a g mentos de tejas y poco más, no habi éndose definido de rrumbes estructurados d e la cubie rta por lo que insistimos en la posibilidad de que en el techo se hubies en emple ado elementos de origen ve getal. 192 A n uestro entender invalida la afir mación de ause ncia de producciones pintadas en época visigoda co mo defie nden M. Alba Calzado y S. Gutiérr ez Lloret ( 2008, p. 589). La presencia de producciones pintadas entre l os conjuntos de los si glos V-VII ya había sido puesto en e videncia por Lui s de Mora-Figueroa, 1981, esp. pp. 7 8-79. 62 Los su elos consisten poc o más que en la prepar a ción de un d epósito de a rcilla que se desarrolla sobre la piza rra pe ro que presenta fra gm entos ce rámicos de cronolo gía fundamentalmente romana y visigoda, con al gunas intrusiones islámicas. Ha re cibido diversas denomina ciones dependiendo de la esta ncia en qu e se encontra ra. El único pavimento más elaborado lo encontramos en el Complej o Estructural-2, realizado con cantos y arcilla Cortijo de Rascón se nos presenta, para la ép oca visi goda, como un asentamiento campesino con v arios edificios segreg ados del que descono cemos su ta maño, y a que pueden existir más estructuras salpic adas por todo el ár ea del espolón qu e no se h a y an detectado en los sondeos previos ni han quedado enm arc adas en el áre a de excavación. La localización de estruc turas bastante alejadas de l denominado como Sector 1, aunque en este caso se tr ata de una vivienda emir al/califa l, nos pone en guardia con respecto al carácter diseminado de e stas zonas de residencia de las comunidades campesinas frente a la tradicional idea de la aldea medieval con un c aserío con centrado. En cuanto a la cerámica andalusí, desde los pioneros trabajos de J. Gestoso 193 , M. Gómez-Moreno 194 o Torres Balbás 195 , cu ya considerac ión de hispano-musulma na es ya toda una declaración de posicionamiento teórico, pa sando por los esfuerzos de sistematización realizados a finales de los 70 por Guillermo Rosselló 196 y el incremento del interés por los estudios cerámicos de los 80, c oncretado en la c elebración de los Congresos Internacion ales de Cerámica Mediev al en el Mediterráneo O ccidental, que continuará en la déc ada de los 90, aunque centra do en las époc as emiral y c alifal salvo excepciones como P. Marinetto, quien realiza un ens a y o tipo-cronológico de la cerámica nazarí 197 o P. Cressier et alíi , a quien es d ebemos un p ertinente estudio sobre las vinculaciones entre la cer ámica nazarí y la tar doalmohade 198 , o el Coloquio sobre cerámica nazarí y meriní, celebrado en Ceuta a fin al es de esa misma d écad a, la fun ción, la tipología formal y el establecimiento de una cr o nología pa recen habe r s ido las líneas directrices de las investi g aciones 199 . La cerámica emiral es mu y poco conocida aú n 200 , así como tampoco conocemos demasiado bien las últimas produccion es visigodas. En las campiñas jiennenses se definieron algunos elementos caracte rísticos cu y a cr onología podría esta blecers e entr e los siglos V II I y media dos del X, cuando desaparece n. En concreto nos referimos al candil con asa en el interior del gollet e y a la ol la-trípode, aso ciadas a p roducciones a torneta y a mano 201 . 193 J. Gestoso y Pérez, 1903. 194 M. Gómez-Moreno Martí nez, 1924, 1946. 195 L. Torres Balbás, 19 36-1939. 196 G. Rosselló Bordoy, 1978. Este m is mo año publica n A. Bazzana y P . Guichard u n estudio sobre la cerámica co m ún vale nciana (1 978b, pp. 321-334) 197 P. Marinetto, 1991, pp. 178-1 91. 198 P. Cressier et alíi , 1991, `p.p. 215-246. 199 Una visión crítica del conju nto de la producción historiaográf ica sobre la cerámica a ndalusí en M. Acién Al ma nsa, 1994. 200 En el sur penins ular se realizó una primera puesta al día en Salobreña, en 1989, dentro del I Encuentro de Arqueología y Patrimo nio de Salobreña. La Cerá mi ca en el S ur de Al -A n dalus, publicado en Granada en 1993. M. Retuerce Velasco y J. Zozaya Stabel-H a nsen defin ieron esta cerám ica de primera época como “paleoandalusí” e n 1986. 201 V. Salvatierra C uenca, F. J. A g uirre Sabada y J. C. Cast il lo Ar m enteros, 1992, pp. 691-692. Para M. Acién Al man sa (1993) las cerámica s a torneta y si n v idriar corresponderían a las p roducciones de 63 Sobre la ce rámica calif al, apart e de los numer osos catálo gos y estudi os que se han realizado, destac a sobre manera el artículo sobre la producción d e cerámic a decorada en verde, mang aneso y blanco realizado por M. B a rceló quien , recordando el estudio de Guillermo Rosselló de 1987, señala dos caracte rístic a fundamentales de estas producciones: su repenti na aparición y su estrech a vinculación con Madīn at al-Z ahrāʼ 202 . En realidad, lo que ha ce n ambos autores, con cie rtas resistenci as por part e de Rosselló, es reivindicar la hipótesis de M. Ocaña, par a qui en la difusión de estas producciones tendría que ver con el intenso movimiento de gobern adores, y a que se trataría d e una distinción, un regalo del califa a sus funcionario s . Para Barceló las objeciones puestas por G. Rosselló a los ta lleres periféri cos no son in salvables; bastaría co n consider ar estos centros productor es de ve rde y mangan eso “ per iféri cos” como un e co del mensaje califal que no es otro que el de la legitimidad 203 . En este sentido, bastaría con realizar una carto gra fía sobre l a apa rición de verd e-man gan e so en nuestro ámbit o de estudio para dimension ar la pen etración de la autoridad cal ifal. Pero esto no es ta n sencillo, y a que carec emos de datos fiables sobre muchos de los ya cimientos que presentamos en este trab ajo. La ausencia de excavaciones, o lo lim itado de éstas, impiden p or ahor a una valoración de la presenc ia califal en asentamient os tan significativos como Olvera o Setenil. No han faltado tampoco las aproximaciones diga mos “ antropológico- culinarias”, en las que la cer ámica s e asocia a su función com o element o pa ra la co nservación o transformación de alimentos 204 , tras las que s e quie re vislumbrar “la cotidia nida d de la vida…y de sus costumb res culinar ias”, y comp render no sólo su forma de uso sino, también, “la mentalidad de los usuarios” 205 , tarea ha rto complicada si tenemo s en cuenta que desde el “constructivismo social”, en su labor de reelaboración de la noción de “representa ción social”, se han puesto d e manifi est o las dificultades para abordar este tipo de aproximaciones con el material arq ueológico 206 . A pesar de estas objeci ones, estos estudios sí que han proporcionado algunos datos útiles sobre la dieta popular que, en todo caso, es taba basaba en cere ales y leguminosas, constituy endo el tri go, un “lujo” que er a sustituid o por otros cer eales p anif icables como el panizo, no faltando harinas de le gumbres, frutos como la bellota o raíc e s, citando Ibn Jaldūn la cebada y el acei te como alimentos princip ales del reino n azarí 207 . El análisis de la funcion alidad parece demostrar que la función de c ada tipo que los arqueólogos h emos estab lecido podía ser mu y v ar iada o d esempeñar va ria s funciones a la vez y finalmente, ser reaprove chado para un uso muy distinto de aquel para el que fue concebido 208 . Leb rillos y alcadaf es tenían un ma rcado cará cter m ultifuncional, sirviendo unas s upue stas y desconocida s poblaciones herederas del m undo h ispanogodo, con com u nidades de aldea de lugares mo nta ñosos. 202 M. Barceló, (reed.) 2010, p. 197; el trabajo de G. Roselló Bordoy al que se refiere se publicó en los Cuadernos de Madīnat al-Zahrā , I, 19 87, pp. 125-137. 203 M. Barceló, 20 10, pp. 198. 204 L. Bolens, 1992; E.García Sánchez, 1982 y 1996; M. Marín, 199 6; E. Motos Guirao, 2000. 205 E. Motos Guirao, 2000, p. 42 0. 206 R. Cancino Sala s, 2010, p. 19 207 E. Motos Guirao, 2000, p.p. 4 21-422, siguiendo a M. al-ʽAb bādī, 1973. 208 El anális is de la funcio nalida d de la cerámica andal usí ha sido abordado principalmen te por G. Rosselló Bordoy e n varias pu blicaciones (1991, 1992, 1995 y 1996), aunque n o fa ltan aportaciones como 70 dimensión histórica, consideramos elemental e l cono cimiento de la estructura del terrazgo 243 , la may or o m enor extensión de sus tierras útiles 244 , la naturaleza de los suelos, las posibilidades de irri ga ción y, por otro , la maner a con creta en qu e se us an los distintos espacios dando lugar a lo qu e se denomina como “paisajes ag rarios” 245 , así como dar cuenta d e sus t ransforma ciones a lo lar go del se gmento históric o analizado y cuy a base puede establecerse en la relación e ntre z onas cultivadas y “monte” que, aunque también es explotado, sus formas de explotac ión tienen una intensidad y una dirección mu y distintas a la del terr azgo. “Pero, además, la relación medio- ho mbres tambié n se apoya en hec hos jurídicos, en la aceptación de normas legales que, en definitiva, vincu lan de ter minadas porciones de las tierras a unas persona s concreta s; son los lazos que no s darán a con ocer la est ructura de la propiedad en estos espacios. A lg unos hech os de la propiedad, pese a su carácter jurídico, también se plas ma n visual m ente y puede n detectarse como confi g uradores del paisaje agrario final…”. 246 Pese a todos los proble mas que pu eda ac arrear un an álisis desde esta perspectiva, el esfuerzo mere ce la p ena , y a que no existe en toda A ndalucía Occident al nada que se pueda comparar con los planteamientos que los arque ólog os han desarrollado en otras zonas peninsulares g racias a los resultados obtenid os por la arqueología extensiva y la arqueología hidráulica e n Balear es, el Lev ante y la Andalucía oriental. Debemos a M. Barceló el h echo de qu e iniciara est a cru enta batal la, siempre est aremos en deuda con él. Toca ahora continua rla y enriquecerla. 1.5. NOMBRES PERDI DOS EN PAPE LES AJADOS. Como se ha señalado, la investigación arqu eológ ica h a tenido g rand es pr oblemas en el momento de producir conocimientos independientes de las es crituras 247 , siendo el mismo Barc eló quien avi só sobre la n eces aria p ru den cia a la hora de manejar los textos. Para el medievalista mallorquín la historia realiza da a partir de la docum en tación esc rita y l a arqueolo gía emplean unos r e gistros tan diferentes que es difícil solaparlos, planteando problemas distintos más que complementarse para iluminar el panorama y a que la Arqueología nos muestra un mundo rural habitado por camp esinos que no es reflejado en los textos 248 . Por desgracia, los archi vos municipales del ámbito de estudio son bastante pobres debido a que los de Grazalema, El Bosque y Villaluen g a del Rosario han sido quemados en varias o casiones, tal y cómo sucedió también con el de Ubrique, aunque se custodian copias de la do cumentac ión g ener ada po r los cab ildo s de las Cuatro Villa s. El Archivo Municipal de Zahar a lo conocemos a fondo y no posee ningún do cumento de nuestro 243 Se define co mo “espacio con creto…sobre el que se e xtienden de m anera e specífica las ta reas agrarias”, considerándose co mo sinóni m o de tierra para labrar o labrantío. Vid . J.M. Suárez Japón y A. Ramo s San tacana, 1982, Olvera , p. 7 1. 244 Aunq ue debe mos recordar que el concepto de “ utilidad” variará en cada formac ión so cial concreta y que esta s decisione s en ocasiones se deben a de m andas exter nas a la co m unidad ca mpesi na. 245 J. M. Suárez Japón y A. Ra m os Santacana, 1982, Olvera , p. 70. 246 J. M. Suárez Japón y A. Ra m os Santacana, 1982, Olvera , p. 70-71 247 Au nque no deja de ser “un ansia fecunda que confiere rigor, m inucio sidad y escrúpulo intelectual al trabajo de campo arqueológico. El e mpeño tamb i én ha sido ma nifiesta m e nte de considerable ayuda en la for mal ización y c onsolidación, en los últi m os trein ta años, de la arqueología medieval co mo disciplina académica”. M. Barceló “ Arqueología e Hi storia Medievales co mo Hi storia” p. 69. 248 M. Barceló, 1992, pp. 457-46 2, esp. pp. 458-459, Ch. C. Dy er y P. R. Schofield afirma n, con razón, que “los docum en tos que utiliza mo s son arte factos cult ural es” (2008, p. 34 ). 71 interés actual, aunque s e gua rdan copias digitales de las Orden anzas y d el Libro Becerro . El Archivo Municipal de Ben aocaz es, sin duda, el más rico, conservándose documentación a partir d e la se gunda mitad del sigl o XV I, como las Ord e nanzas de las Cuatro Villas, numerosa s actas del concejo y el Plei to con la Mesta, en tre otros. Se destruy ó también el A rchivo de Protocolos Notariale s del Partido Judicial 249 , perdiéndose una jugosa documentación cu y a potencial idad ha sido res altada por E. Martín Gutiérrez. Con respecto a los análisis toponímicos, el gran mae stro francés ya nos advirtió de las enormes dificultades para alcanzar cono cimientos fiables, aunque sí un alto nivel de probabilidad. Es prácticamente imposible que el gra n abanico y d ispersión de topónimos tribales en al-Andalus sea produ cto del a zar 250 . Las fue ntes que podemos utilizar son relativam ente abundantes y supo ne un enorme esfuerzo, que excede de nuestras posibilidades, abo rdarlas en su conjunto. No obstante hemos procurado a gotar todas las que se refier en a nuestro ámbito de análisis, tanto las menciones de los autores árabes como en la do cu ment ación, particul arme nte abundante, que se gener a tras la conquista cristiana. Por otr a parte, es nec esario abordar una l abor de registro de toda l a toponimia que subsiste hoy d ía, tanto ma yo r como m enor 251 . Para Guicha rd la toponimia sería equivalente a la g eogra fía histórica, al considerar qu e un topónimo antiguo, hoy des aparecido pero a testigu ado por una fu ente árabe es igualmente útil que un t opónimo aún existente 252 si bien no es posible esta blecer una relación directa entre toponimia y poblamient o 253 . Por otra parte, la aparición de topónimos similares a los encontr ados en al-And alus en la zona pirenaica, y en rel ación con la problemática de la extensión de la dominació n musulmana, se ha venido interpretando como resid uos de una toponimia prerro mana 254 . Uno de los trabajos más completos sobre la top onimi a de la zona d e es tudio, tal vez demasiado basculado, po r des gracia par a nu estros in tereses ha cia la zona del Genal y el Guadiaro, sea el r ealizado por V. Martínez Enam orado y J. A. Chavarría Vargas 255 en cuy o prólogo, firmado po r el g eó gra fo J. A. Castillo Rodríguez, se pone de manifiesto la intensa relación entre la Topogr afía, la Geo gr afía, la Historia, la Filología y la Lin güística. Estos dos investigadores distinguen, en la amplia es tratigrafí a toponímica de la Serranía de Ronda, un sustrato indoeuropeo prerrom ano que se manifiesta en los nombres de algunas de las ciudades romanas de la zona como Acinipo , Saepo , Lacipo o Lacilbula , 249 F. Sígler Sil vera y J. Carrasco Soto (coords.), 2002, p. 24. Dest acan tambié n los archivo s parroquiales y las Miscelá nea s de Aragón Macía s, man uscrit o del si glo XIX. 250 P. Guichard, 1998, p . 315. 251 El programa y sus dific ulta des en P. Guichard, 1998 (2ª edic.), pp. 307-315: “…toda búsqueda sobre el tema tiene que ser fragm en taria y provisional” (la cita es de la p. 307). Véase ta mbién V. Martínez Enam orado y J. A. C havarría Vargas, 2010, pp. 13-14. 252 P. Guichard, 1998, p . 307. 253 P. Guichard, 1998, p . 311. 254 Sobre estos topónimos véase P. Guichard, 1998, p. 31 4 y nota 112. 255 Publicado p or la Editorial La Serranía en 2010. El proyecto de de investigación de estos autores inclu y e Arqueología, Filología, His toriografía y L in güí stica. 72 que contendría el radical lak - (a gua) 256 , un antiguo sustrato no indoeu ropeo tartésico- turdetano, r epresentado por la seri e - ipo /- ippo , c on el significado de “ci udad” 257 , una serie de sustratos pre rromanos como Arunda o Vesci , un sustrato la tino-romance andalusí y un sustr ato árabo-andalusí y ber éber 1.6. ¿PERO QUÉ ARQUEOL OG Í A?. Obviamente el título de este apa rtado se inspira en aquel memorabl e artículo del profesor Miquel Barcel ó 258 cu y o lamento se h a extendido como el eco entre las montañas, siendo recupe rado por V. Martínez En amorad o o por A. Ga rcí a Sanjuán 259 . Al abordar tan ambiciosa investigación, intentando seguir l as enseñan zas del gr an maestro catalán, experi mentamos el vértigo q ue prov oca enfrentars e a un amplio territorio vir gen en s olitario, o casi. L os trabajo s de quien considero mis introductores en las problemáticas históricas y arqueoló gic as de esta serr anía no eran suficientes, a pesar de los esfuerzos realizados por estos profesi onales 260 , aunque venían a enriquecer una investigación histórico-arqu eológica re almente escu álida, por no deci r inexistente. Para aumentar las dific ultades del análisis podemos decir que la confiabilidad de la información disponible sobre yacimientos a rqueo lógi cos es mu y baja , cas i nula, como hemos podido comprobar a tr avés de nuestros tr abajo s extensivos en el municipio de El Gastor. A pesar de los problemas que presenta la Arqueologí a, entendida como Ciencia Social, a la hora de abordar el que es su principal fuente de informa ción, el registro arqueológico, esta disciplina se ha convertido en e l referent e indiscutible del revulsivo que ha supuesto la investiga ción sobre al-Andalus Hemos insistido en el hecho de que la bibliografía existente sobre el medievo en el territorio seleccionado parece preo cupada únicamente por abordar el análisis del fenómeno fronterizo, ade ntrándose de fo rma superfic ial en probl emas posteriores como los procesos de repobla ción y , de forma mucho más l iviana, en el enfoq ue de aspectos tan básicos y funda mentales para la co mprensión de la nueva formación socioeconómica que s e impone, como l a ord enación y explotación del territorio posterior a la conquista c ristiana. Algunos tr abajos disper sos abordan cuestiones disti ntas, como la form ación de al- Andalus 261 , o realizan apro ximaciones, demasiado epidérmicas a nuestro ente nder, sobre 256 Acinipo vendría a derivar de ak - como a g udo o promi nente , al ig ual que Cote/ Ac ut. Saepo es localizada por estos inve stig adores en la Dehesa de la Fantasía (2010, pp . 22 y 26), si bien otros la localizan en el Cerro de la Botinera de Algodonales. Sobre los epí grafes de esta ciudad CIL, II, 1039, 1040 y 1041. Para Lacilbula, en el Cortijo de Clavijo, en el térm ino m u nicipal de Grazale ma véanse la s páginas 22-23 y la nota 12 de este mi smo trabajo que referencia mo s. 257 V. Martínez Enamorado y J. A. C havarría Vargas, 2010, pp. 25-29. 258 Original me nte publicado en catalán en 1992, publicándose luego en castellano en 1993 y 1994. 259 V. Martínez Enamorado, 2006b; A. García Sanjuán, 2006, pp. 19-22. 260 Me refiero a Lui s Javier Gue rrero Misa y Lu is María Cob os Rodríguez. Ambo s con a mplia producción bibliográfica sobre temas de arqueología, hi storia y puest a e n valor del patri monio. 261 Funda me ntalm en te V. Mart ínez Ena morado y Ma nuel Ac ién Al man sa, au nque desde perspectivas divergente s. 73 ya c imientos con cretos, r edundando casi siempr e en los as entamientos fo rt ificados que vienen denominándose “ villas de frontera”, “ casti ll os” o “fortalezas” 262 . Como decía Bar celó, l a indiferencia h acia el análisi s de los pro cesos de trab ajo campesinos y , por de rivación, de los espa cios de residen cia y productivos, nos están obligando a centr ar la dis cusión: “en el á mbito es trecho del poder y de la circulación insti tu ci onal del trabajo campesino capturado, también lla m ado excedente ; é sta es u na noción concept ual pasiva que s ugiere que los pr ocesos de trabajo generan espontá neam en te u na producción adicional por e nci ma del ni vel biológico de subsiste ncia. Esto, senci llam e nte, no es así.” 263 Ahora bien, si buscamos las raíces p rofundas, ¿cuál es er an re almente los problemas no abordados, tanto por la h istoria como por la arque o logía medievales? En primer lugar, y enraizando toda la posterior argument ación, el concepto básico de la Historia de España 264 . No debemos oc ultar que tr as la riada d e estudios y publicacion es lo que suby a ce, muy en el fon do, de manera casi atáv ica, e s una pugna por el concepto de España como Estado y c omo Nación. La un a, gr ande y libre , imperecede ra, de destino en lo universal y en la que la continuidad de la raza “e spañola” trascie nde las mi smas le y es de la dialéctica, resistente a su confrontación y a s u transformación a lo lar go de un proc eso histórico que no es proceso, pues es inmutable 265 . Travestida de tr ansiciones, disfrazada de material ista histórica, nos tr ae a los muladíes de Ibn Ḥafṣūn, a l mismísimo Viriato o, incluso, a los “rebeldes r e y es turd etano s” L uxinio y Culchas p ara demostra r que n ada ha cambiado ni debe cambiar pues, como ya d ecía el testamento del Alfonso X: “…porque quando a Dios viniere en m iente de co m mo toda Africa e toda Espan na fue de cristianos antig ua mente en s ennorío de nue stro linaje e lo perdieron por sus pecados, […] e abayado el nom bre daquellos que non creen en la su fe, ante denuestan e desprecian el su fecho, e quisiere que estas tierras se cobren a so seruicio…, que aya y que pueda e sepa e quiera fazerlo.” 266 . Así, los partidarios de la transmisión de este conc epto de la Historia de Es paña, además de ser más num erosos y poseer algunos de los res ort es del poder en la aca demia, gozan del apo yo de la voluntad divina. Todos aquellos que no comulguen con s u pare cer y no se apresten a darse espal darazos de autocomplace nci a en las antesalas de l os oráculos de su saber (también llamados congresos) deben ser eli minados, silenciados y “expulsados de sus tierras”. La otra, plu ral y divers a, se afan a en intentar pro poner un camino alternativo, no sabemos si más o menos acertado per o igualme nte res petabl e, en el que el cambio no sólo es posible sino necesario para la comprensión histórica. Una alternativa en la que el 262 Los trabajos de M. Valor Piechotta o M. Rojas Gabriel son buena m uestra de ello. Véase también el de L. Mª Cobos Rodríguez sobre Zahara, au nque no debemos perder de vista que este últ i mo se enfocó como trabajo de divulgación. 263 M. Barceló, 19 95, p. 6 3. 264 Agradezco a Virgilio Martíne z Ena morado esta sugerenc ia. 265 Posturas que destilan af ir macion es del siguie nte calibre: “ De los cuatro pueblos bár baros que invadieron la Península, sue v os, vándalos, a lanos y visigodos, sólo merecen la pena destacar a estos últim os, porque fueron los creadores del primer estado español ”. J. Arenas Soler, J. Fer nández García y M. J. Palma Silgado, 1983, Algodo nales , pp. 24-25. Las cursivas son nue stras. 266 M. González Jiménez (ed.), 1991, p. 5 61. 74 pasado indica que es posible cambiar el pr esente y que p ropone, por tanto, una sociedad más consciente de las diferencias e conómicas, socia les y políticas, c ada vez más abismales, que propone e ste capitalismo reedificad o . “Sólo cua ndo el modo de producción en c uestió n ha recorrido ya un bu e n trozo de su rama descendente, cuando se es tá medio sobrevivie ndo a sí mis mo, c ua ndo han desaparecido en gra n parte las condicione s de s u e xistenc ia y s u suce sor está y a ll amando a la puerta, sólo e nto nces se apela a la llamada justicia eterna contra los hec hos caducado s.” 267 Pero esta postura crítica, esta posibilidad y neces i dad transformado ra, deb e cuestionar la visión lineal de la histo ria que se ha realizado desde todas las perspectivas teóricas, incluido desde un supuesto marxismo que ya ha bía si do sometido a la manipulación deformante de Kausk y y que alcanza su culmen en la versión stalinista. Así, lo que se está pro duciendo a ctualmente d entro de las Ciencias S ociales es un momento de discontinuidad, en el sentido de que muc hos de los supuestos teóricos largamente establecidos han comenzado a perde r su a nterior poder explicativo y a ser puestos en entredicho en una nueva oleada r evisioni sta. Este proceso, ident ificado con el término de “crítica a la modernidad”, se h a dirig id o, en un primer mome nto, contra la noción de progr eso y contra el supuesto teleológico de que la historia humana posee un significado esen cial, una dirección p reestablecida y un a meta última, pudiendo ser todos ellos, si no completamente, si parcialmente discern idos 268 . Este hecho, que acarrea numerosas y p rofundas reper cusiones, abre el camino al replanteamiento de otras premisas que han sufrido similares procesos de natu ralización, o que derivan de la anterior, o que mantien en lazos comunes con el patr ón d e r acionalidad construido durante la modernidad. Lo que aquí interesa es valorar la manera en que es te proceso ha r epercutido en los estudios del paisaje en arqueología y no el impacto producido en dicha disciplina de eso que ambigu amente se de nomina posmodernismo. No prof undizaremos en el análisis de sus consecuenci as 269 , tan sólo indicaremos que una parte de la crítica teórica se ha orientado haci a la re flexión sobre la c ausalidad hi stórica, o mejor dicho, a la manera en que deben reinterpreta rse las explicaciones dadas h asta ahora sobr e cómo se produce el cambio histórico. “Lo que se persigue, de form a má s o me nos explícita, es encontrar una alter nati va a la dualidad materiali s mo/idealis mo que n o caiga en un retorno al modelo explicativo idealista con su noción de sujeto racional, ni haga prevalecer las condiciones m ateri ales de existencia como una e ntidad estructural que deter mi ne el conjunto del edificio social”. 270 En este sentido, en el de cómo se produc e el cambio histórico, un trabaj o reciente de Eduardo Manzano vuel ve a mostrar como los autoprocla mados “ análisis marxistas” vuelven a obviar el ár ea valorativa, esto es, la de f inición de los juicios de valor, éticos e ideológicos, así como lo s objetivos cognitivos. Aun que no es explicitada, deja ver d e 267 F. Engels, 1894. Edición OME 35, 1977, p. 154. Las conexio nes con el mome nt o que atraviesa act ual me nte el mo do de producción capitalista, en su ver sión financiera internacional, nos parecen tan evidentes que nos estremece n. 268 Campillo Mese g uer ,1985; Lyotard, 1995. 269 Véase para ello M. Johnson 2000; I. Hodde r (ed.), 2 002; C. Holtorf y H. Karlsso n (ed), 2000. 270 J. Soler Segura, 2007, p. 54, a quien hem os seg uido parcialmen t e en la discusió n anterior. 75 forma nítida el pleg amie nto hacia el "pod er " y la j ustificación histórica del capitalismo en su versión financiera/ economía mundo 271 . Además, se pon e en evidencia el d escuido del área o ntológic a, desechando , por inútil, la validez de cualquier teoría como capaz de aproximarse a la realidad (¿irracionalismo?), sin dejar claro cuáles son los nuevos m ecanismos qu e nos condu cirán a la verdad y tachando las propuestas realizadas como “apriorismo s” 272 , sin que lleguemos a comprender, pues parec e contradictoria, su interpre tación de los Banu-, y a que si bien opina que no se r efieren a “células g entilicias”, s í que lo harían en cuanto a la relación de “un linaje con un de terminado lu gar ”. Esta propue sta p ensamos que nec esita una explicación más detallada ya que las di fer encias es tablecidas d eben ser ta n sutiles que no se alcanzó a entende r qué diferen cia existe real mente para lle ga r a plantear que “ con los datos y evidencias e xistentes no pienso que pue da se guir manteniénd ose la idea de que al-Andalus fue una s ociedad tribal” 273 . Algunas de sus a firmac iones desenmas caran el fondo d e su “nuev a” propuesta: por ejemplo, la asever ación de que “en la forma ción soc ial andalusí sólo aparece con contornos nítidamente definidos el Estado” 274 no tiene desperdicio y c reo qu e olvida los mecanismos mediante los cuales el “Estado” se legiti ma y a utorepresenta. Sin embargo, es en el tr amo final de su escrito dond e percibi mos una am enaza que r ealmente nos paraliza, ya que son los poderosos los que confi gur an la sociedad ( y la r ealidad) y los elementos de resistencia son considerados, simpleme nte como “re ac tivos”. Esta imposición de los más poderosos, al fin y al cabo, acab a desemboc ando en una “sociedad rica y sorpren dente” 275 . Del mismo modo los poderosos de ho y día, mediant e su expolio, nos deberán conducir hacia las más alta s cotas de desarrollo económico e intelectual. Bajo este p risma, la com prensión de los mecanis mos del poder por imponer su visión de las cosas es, incomp rens iblemente, olvidada. Tal vez porque s e participa de ellos, o, lo que sería más deni gr ante, se justifican como inevit ables a cambio de unas migajas. L o más preocupante es, sin duda, la utilización del ma terialismo histórico, que Manzano se enorgullece d e ena rbola r. Que el pode r, en su justi ficación de lo injustificable -la explotación que unos pocos llevan a cabo sobre l a m a y oría-, ha y a conseg uido travestir un supuesto “marxismo” de este modo me parece perverso. No a cabo d e salir de mi asombro. Pongamos otro ejemplo. L a gran diversidad d e tamaño , planta y té cnicas constructivas de las torres d e alquería s e interpr eta, en p rincip io, como r eflejo de un a ci er ta autonomía frente “ al poder central izado” pero, seguidame nte, se objeta que pare cen ser “una respuesta provisional a la violencia, que no exime de una dependenci a de la ciudad” 276 . 271 "En estos tiempos de globalización creciente...”, vid . E. Manzano Moreno, 2012, p. 21. 272 E. Manzano Moreno, 2012, p p. 21-23 y nota 6. 273 Prefiere el concepto de “facc ión”. E. Manzano Moreno, 2012, pp. 22 y 25-27. Sospechamo s que en las sombras de las propuestas de destribalizació n y estatalizació n de al-A ndalus se ocultan, nueva m ente, los romanos y el sentido contin uista de la hist oria de España, aunque el aut or se esfuerce en presenta una vi sión di nám ica. 274 E. Manzano Moreno, 2012, p. 29. 275 E. Manzano Moreno, 2012, p. 31. No es necesario su brayar el sesgo profunda m e nte antidialéctico de la propuesta, donde cualquier lucha de clases es rebajada a la categoría de si mple reacción. 276 M. Jiménez Puertas, G. García-Co ntreras R uiz y L. Matte i, 2010, p. 211. 76 Preferimos queda rnos en una opción que aún se e ncue ntra, y ante este pan orama aún se mantendrá allí mucho tiempo, “en las a fuer as del `m edievalismo’, a cechán dolo” 277 , ya que aunque para M. Bar celó la historia y la arqueol ogía deben ir de la mano, donde l a historia no es secundaria sino un conocimiento que ocurr e despu és de la arqueología o mediante su y o 278 , señala q ue la arqueolo gía medieval se ha converti do en un registro estratigráfi co de las zona s de residencia que: “Permite, esto sí, u n afina m iento de la cronología de residencia pero ésta, sin embar go, raramente t iene tama ños a gríc olas. Esta ause ncia de medidas, localización, di men sione s y for mas de los campos de cultivo, hace que el reconoci miento poblacional sea sólo secu ndariam ente estim ado y c ua ndo ello ocurre se hace a partir de sin gulari zaciones de contornos de hab itación. La especulació n se reconoce tan desamparada, tan frágil, que la dimensió n poblacional no es, que yo rec uerde ahora, consid erada como el sujeto propio de la disc usió n, co mo s i el ta m año no importara o que los habitantes fuera n sólo una circu nsta ncia del asenta m iento excavado”. 279 277 M. Barceló et alíi , 19 88, p. 1 3. 278 M. Barceló, “ Arqueología e Historia Medie vales co mo Historia” (e.p) texto facilitad o por Virgilio Martínez Ena morado, p. 67. 279 M. Barceló, “Arqueología e Historia Medievales co mo Historia”, p. 71. Un resumido panorama de su v isió n sobre la arqueología medieval e n 2010, pp. 21-28. 77 Acabaremos por hacer u na historia de la Edad Media si n campesinos . Benoît Cursente, 2008, p. 87. CAPÍTU L O 2. PLANTE AM IENTO DE L PROBL EM A. ANTÍ TES IS: L OS PROB LEMAS DE L “NUEV O PARAD I GMA”. Hace relativamente poco tiempo que, entre el medievalismo de las transiciones y las rupturas/continuidades, s e alzaban algun as voces cr íticas que ponían el acento en la ruptura que si gnificaba la formación de al-Andal us. Los trabajos de P. Guichard, M. Barceló y V. Martínez Enamorado han v enido insistien do en la in existencia de continuidades entre el m undo visigodo y al-Andalus. Sometidas estas prop uestas a la luz de un análisis materiali sta histórico hemos detecta do una serie de pro blemáticas de dificil resolución, por ah ora, que atañ en a aspecto s que van de lo gene ral a lo particular en la constitución interna del “nuevo paradi gma ” y en la inte gra ción de las diferentes categorías d e cono cimientos producidos desde esta p erspectiva. 2.1. HACI A UNA CAR ACTER IZAC I ÓN DE ¿ QUÉ FORMAC I ÓN SO C IA L?. Es para todos evidente que, para que una sociedad ex ista históricamente, necesita subsistir y des arrollar act ividades de provisión d e medios de subsistencia, l o importante, lo verdade ramente susta ntivo, es llegar cono cer cómo se r ealizan de manera concreta esas actividades y que co ntenido social esconden. Como marco general par a la interpretación de socieda des no capitalistas a partir d e las propuestas de Marx, deberemos considerar que el tra bajo en ellas tiene un cará cter radicalmente distinto al que posee en el capitalism o y debemos esp erar que en sociedades no capitalista s no sea en el tr abajo do n de resida el terreno de l a dominación. En este sentido entendemos la defensa qu e re al iza Ma rx 1 del predominio del criterio cualitativo frente al cuantitativo en las sociedade s no capitalistas, pues en ellas los productos del trabajo no se enfrentan en función de la c antidad de trab ajo materializado en ellos. En un sentido similar al planteado por R ow lands, se ha su gerido que se busque en las sociedades no cap italistas un criterio de ap reciación de la producci ón que, antes que residir en el b ene ficio y en la valorizaci ón, r adique en la calidad y en las necesidades, que a su vez deben definirse histórica mente y en fu nción de los requerimientos de r eprod ucción de las élites y de l as bases de su riqueza. Estas, según Jorge Rolland serían las tareas de una arqueologí a d e corte no esencialista y orientada por los textos de Marx y supondría la historización de las catego rías de tr a bajo y v alor 2 . Postone ha propuesto que, en términos marxianos, a tenor de una caracte rización antinómica, las socied ades no capitalistas deberí an conceptu alizarse del si guiente modo: En cuanto a la dominación social, en las sociedades no capitalistas encontraremos una “dominación explícitamente social y cualitativament e particular”. En cuanto a la mediación en la p roducc ión social, en las so cied ade s no capitalistas los resultados del 1 K. Marx, 1999, pp . 297-299. 2 J. Rolland Calvo, 2005, p. 25. Sigue a M. J. Ro wla nds (1982, p. 168) por lo que el barniz procesual de la propuesta es m u y inte nso. 78 trabajo se reparten m ediante “relacion es sociales m anifiestas y por criterios fundamentalmente cualitativos” (c alidad y utilidad). El hecho d e que los resultados se repartan mediante relaciones sociales explícitas im plica que no es en una cualidad intrínseca a los productos en la que reside el crit erio de reparto o intercam bio, o si lo es, no lo será en el tr abajo q ue conteng an, porqu e no se valor ará la objetivación del trab ajo (como trabajo abstr acto) en un producto. En cu an to a la forma de apar ecer que tiene el trabajo en las sociedades no capitalistas, “parece ” que las actividades productivas y sus resultados determinan las relaciones so ciales. Los resultados del trab ajo nunca serían meros objet os, sino que están plenos de significados (simbolismo) y , de ese modo, se asu me que son ellos los que determinan la posición social, la de finición étnica, etcéte ra, cu ando en realidad son las rela ciones sociales las que constituy e n estos r esultados del t rabajo de un modo tan significativo. Esto indica, por tanto, que “el trabajo no constituy e la socied ad en las sociedades no capitalistas, sino, al revés, se ve constituido por ellas”, pese a las aparien cia s. En cuanto a la naturaleza de la acción, en las socie dades no capitalistas “las personas elaboran sus relaciones de un modo espontáneo y men os enfatizado que en las capitalistas”, lo que impide una distancia entre in dividuos y so ciedad que conduzca a la reflexión social y , d e alg ún modo, a la actividad crítica y política 3 . Dejando a un lado, de momento, aspectos gen e rales p ar a el análisis de sociedades no capitalistas, vamos a centra rnos, ahora, en l as pro puestas que ha gen erado la investigación para la descripción y explicación de lo que si gnificó al-A ndalus, como sociedad precapitalista, d onde se han v enido emplea ndo una serie d e cat eg orías teóric as sobre los contenidos que cara cterizarían a la socie dad andalusí. Se propone, por parte d e un sector de l a historiogr afía, que al-And alus fue, básicamente, una sociedad feudalizada. Esta tesis, producto de la historiografía tr a dicional que personifican Simonet o Sánchez Albornoz, propugna q ue las rai ces occi dentales de la sociedad “hispano-musulmana” son innegabl es, si endo retomada por Mené ndez Pidal al hispanizar el islamismo de al-Andalus de tal modo q ue los rasgos orient ales habrían sido absorbidos por el “elemento indígena”, fav orec iendo la r econquista debido a la ausencia de un desar rollo del espíritu nacional o r eligioso 4 . Claudio Sánchez Albornoz no duda en calificar a “España”, entend emos que con siderad a como una unidad social y cultural que estaba mu y lejos de se r con cebida c omo tal, como un “eni g ma histórico”, una tesis en la que “lo español” estaba plen amente vigent e antes de la invasión musulmana, el volumen de inmigración fue esc aso y la población que penetró en la península se presentaba como poco islamizada 5 . De este modo, siguiend o a Riber a, Sán chez Al bornoz s ostiene que las aportaciones étnicas fueron d ébiles y s u asimilación por parte d e los indígenas mu y r ápi da, por lo que durante los primeros tr es siglos del Islam and alusí la “civilización hispano -musulmana” es obra d e los hispanos islamizados más próximos a la herenci a indíg ena que a su 3 M. Postone, 2003, pp. 125, 149-53, 163, 166, 171-2. Vuelv e a no quedar re squicio algu no para la resistencia o la contestació n al “poder establecido”. 4 R. Menéndez Pidal, 1969, I, pp. 76-77. 5 C. Sánchez Albornoz, 1956. Para M. Barceló, en su i ntrodución a la obra de Sa mir A min, el feudalis mo mu sul má n no es má s que una fal si ficación (1976, p. 41. nota 52), insistiendo en la excepcionalidad del feudalis mo. El propio S. A m in lo deja mu y claro en la pá gina 10 6 de esta mism a edición. 79 incorporación política al vasto imperio con centro en B agdad, lo que explicaría su originalidad 6 . En esta línea de considerar al-Andalus como feu dal s e sitúan, entre otros J. González González- para quien la a lquería debía tener un “pr opietario eminente”, A. Barb ero y M. Vigil, J. Oliver Asín -que establece una continuida d estructural de los dominios rurales de la Hispania romana a través de la época islámica hasta el presente como la “granja- aldea de un importante terrateniente” - o R. I. Burns 7 . Guichard ha respondido de forma contundente, afirmando que las alquerías ni fueron señori ales ni pertenecie ron a dominios particulares sino que deben entenders e com o propiedad de una tribu o frac ción de tribu cu y o nombre ostentan con f recu encia 8 . Sería un “despropósito” querer ve r en las paces que se establecen la consag ración de relaciones de dep endencia de tipo “f eudal” a tra vés de los ʽahd , en la formación d e clientelas tribales ( walā ) o en ciertas concesiones territoriales ( iqṭaʽāt ); Barceló, apuntalando las hipótesi s de P. Guichard y P Chalmet a, niega la posi bilidad de un desarrollo feudal en al-Andalus, comparando este feudalismo no y a con un modo de producción sino con un periodo d e la historia “que v endría, doctrinariamente, justo después del esclavismo…Se trataría, pues, de una ca te go ría vacía de co ntenido y, por eso mismo, científicamente irrelev ante” 9 . Otra propuesta, que se aleja y se ac erc a, al mi smo tiempo, de la ante r ior, es la de Formación e conómico-s ocial hispanomusulmana, “...res ultado de una determinada estructura productiva y u nas determinadas rela cio ne s sociales y de poder ” 10 . El térmi no hispano-musulmán evoca las tesis de Simonet y Ribera sob re la especificid ad “hispánica” de al-Andal us. Como ha indicado Guichard , siguiendo a Ch. E. Dufourcq, la reivindica ción excesiva de esta o riginalidad es pelig rosa; Du fourcq señ alaba que la may orí a d e las caract erí sticas propuestas por Sánch ez Albornoz como p ropias de la “hispanicidad” apar ec en en la Berbería medi eval. En la discusión se es grimen argumentos de gr an cont undencia, como que una parte d e la gente de Ifriq i y a continuó hablando un dialecto de origen latino hasta fines d el siglo X I o comienzos del X I I , o que las comunidades c ristianas mantuvieron su vi gor, o bien la replicación d e la estructura romana de las viviendas, el uso del vino o una may o r considera ción del papel de la mujer 11 . El término hispano-musulman, además de tendenc ioso, ha gozado de gran acepta ción y ha sido utilizado por numerosos investigadores , ent re ellos rastreamos enfoques tan dispares como los de V. Salvatierra, F. J. Aguirr e y J. C. Castillo Armenteros, L. Torr es Balbás y H. Terrasse, S. Fernández Gabaldón, B. Pavón Maldonado y, ac ercándonos a 6 P. Guichard, 1998, p. 8. El término h ispano- m usul m á n aparece un poco por todas partes, sobre todo en los est udios dedicados a la cerámica. Véase, por ejempo, E. Ro m ero Bom ba, 1996 y la s referencias que cita m os, se gu ida mente (nota 12), en relación al concepto “ formació n ec onó mico-social hispano m usula na”. 7 Esta discusión en P. Guic hard, 1988, pp. 1 64-165; T. F. Glick, 2007, p. 43, nota 21. 8 P. Guichard, 1988, p assim . 9 M. Barceló, 20 10, pp. 59-60. 10 J. L. Villalonga Serrano habla de población hispano m usu l m ana (2006, p. 183) y de form ación económico- social tributaria hispano m usul m a na, 2006, p. 2 5 y 64, l a cita textual en esta últi ma. 11 P. Guichard, 1998, p . 30. 86 escrito. Al referirs e a Ilbīra , C. Álvarez de Moral es, compendiando un buen número de tópicos, nos dice que la re gión se encontraba ocu pa da desde tiempos r em otos “…de su pasado romano quedaba n a la llegada de los musulman es testimonio de sus villas, molinos, redes hidráulicas, aldeas, torres y todo t ipo de restos de presen cia s anteriores”, así como que el proces o de asentamiento musulmán su pondría el d esarrollo de los núcleos urbanos y a existentes y , t ambién, la crea c i ón de otros nuevos 48 . Guichard, pese a nuestras discrepaci as en aspe ctos concretos, y a h abía avisado al respecto, siendo posible una sociedad en la qu e lo s lazos tribales sean fu ert es y exista un Estado al mismo tiempo, representado básicame nte por la esfer a urb ana. El Estado es una cosa y las comunid ades campesinas ot ra m u y dist inta, apareciendo disociadas, al menos formalmente 49 . El análisis del entramado de relaciones entre el mun do rural y el urbano ya apar ece en las líneas de investigación de los años 80 y 90, po niendo de manifiesto que había surgido un problema a resolver que continúa práctic am ente i gual en el 2014. Se h a planteado la existencia de una “evidente interrelac ión económica” entre ambos ámbitos 50 . Está por d emostrar que efectivamente existía esa “ tupida red ” de asentamientos “indí gena s” ya que la arqueolo gía par ece apunta r en una d irección bi en distinta, con una contracción o desaparición de l a red urban a y una des a rticulación de los patrones de asentamiento rural. Las fuentes escritas, por su parte, nos info rman so bre la terminología d e los distintos tipos de asentamiento y la toponimia. L as difere nci as entre un asentamiento urbano y otro rural no pa rec en se r siempre taxativas. De est e modo, muchos de los a sentamientos rurales poseí an elementos que se han consider ado co mo propios del medio urbano: como mezquitas aljamas, elementos defensivos, infraestr ucturas económic as, servicios públicos, etc… mientras que algunas ciudades carece n de ellos, como el ca so de Saltés, en Huelva. No ha y que olvidar que los habitantes de las ciudad es también se dedicab an a faenas a grí colas, su gra n ma yorí a er an c ampesinos al fin y al cabo. En la explicación de las diferencias observadas e ntr e el mundo ru ral y urb ano, en la que habría que acla rar si son solamente formales o refl ejan una diferen cia soc ioeconómica, Carlos Gozalbes resuelve el problema del si guiente m odo: “Fuera de las m urallas y en u nos cua ntos kiló metros alrededor de Málaga, se crea un hinterland de hábitat rural inte nso, con huertos y jardines, se guram en te culti vado por aparceros y jornaleros. También ex istía n en los alr ededores, una serie de grandes finca s residenciale s con lujosos jardines, propiedad de las élites urbanas. Lo mism o ocurr ía, pero a una escala menor, en los alrededores de otros núcleos urbanos”. No se explica cuál es el proceso de forma ción de es ta clase desposeída de propiedad que tiene que emplear su fue r za de trabajo como aparc er os o jornale ros. 48 C. Álvarez de Morales, 2000, p. 1 30. 49 P. Guichard, 1998; Para C. Ál varez de Morales (2000, p. 130) en l a ciudad se concentraban “los elem e ntos que regían la s ociedad islá mica, la clase dirigente”. 50 V. Salvatierra C uenca, F.J. Ag uirre Sabada y J.C. Cas til lo Ar m enteros, 1992, p. 69 2. Sin embargo los autores adoptan una perspectiva urbanocéntri ca, dando lu gar a algunos equívocos: “e n el marco de la sociedad andalusí, estas ciudades tienen al mis mo tie m po la condición de capitales de Iqlim, es decir, distritos fisca les… su análisis y e l de los territorios del entorno, puede n llegar a proporcionarnos una vi sión del territorio m u y difícil de alcanzar por otros m edi os.”….esto es, u na visión ce ntrada en el hecho urbano co mo definidor de al- Andalus. 87 “Todos estos productos [secanos, fru tas, ga nado, aceite piel y telas], constit uían los ejes de la economía en época almohade y n azarí. Una econo mía agrícola , básicame nte de subsiste ncia en el mu ndo rural, pero que se conv ierte en economía de mercado en e l á mbito de las élites urbanas” 51 . No sabemos, porque no lo explica, cuáles productos son los principales en cada zona y porqué ni cómo, una economía agrícola y de subsiste ncia se conviert e en u na economía de merc ado. Las pre guntas pertinentes pens amos que deberí an ir en otra dirección, en el planteamiento de cuáles fueron las opciones campesi nas que die ron luga r a estos paisajes diferen ciados, si fueron compelidas o ince ntivadas de algún modo por el Estado, y en qué medida, y cual es fueron sus mecanismos de resistencia o d e re org anización interna ante estas deman das. Estamos de acuerdo en q ue se trata, ma y oritariamente, de una economía de subsistencia, como de cía Barc eló, p or la produc ción de “productos fugaces, inaprehensibles ” 52 pero estamos relativamente poco informados sobre l os mecanismos de captura d e excedente, en forma d e tri buto, por parte del sult án. Durante el pe riodo almorávide y almohade el puerto de Mála g a “mantuv o un exiguo comercio marítimo”, siendo los puertos de Almería y Al geciras los c entr alizadores del tráfico con el Norte de África. Sin embar go, en épo ca nazarí, Málag a se va a convertir en “un eno rme mer ca do de dimensiones internacional e s”, potencia do por los comerciantes genoves es y otras repúblicas italianas , “que h acía qu e su economía estuviera prácticam ente colonizada” 53 . “Es precisa m ente la vida com ercial maríti m a –centrada en las ciudades - la que parece que estu vo al servic io de los gr upos domina nte s y la que reguló econó mica men te la vida campe si na, favoreciendo su existe ncia, pero al mism o tie mpo, evit ando su de sarrollo y capitalización económica. Los excedente s, no repercutían e n bene ficio del ca mpesino, que a pesar de su gran capacidad de autogestionarse con respecto a la tierra y al t raba jo, el poder político y las élites urbanas lo explotaban por me dio de impue stos” 54 . La relación c ampo-ciudad queda aquí enorme mente sim plificada, al tiempo que se introduce una gran cantidad de “ruido” mediant e ana cronismos como “c ap italización” o se deforma la rela ción fiscal de los subditos con l a ṣultā convi rtiéndola en una “explotación” de las élites urbanas sobr e el campe s inado. En este sentido: “La escasez de hal lazgos m on etarios en los yacim ie ntos his pano-musulmanes , nos habla del bajo nivel económico de los campesinos andal usíe s. Tampoco aparecen apenas objetos decorativos y las alquerías están hecha s con m ateriales pobres...” 55 . No sabemos cual es el otro elemento de la comparación par a afirmar la pobreza del campesinado andalusí, q ue contrasta, por ej emplo, c on la gr an c antidad de oro y jo y as obtenidos como botín en la quema de Villalueng a 56 . La pob reza es un concepto relativo. En otro plano muchísimo más el evado s e sitúan las ap reciaciones de D hoquois en lo referente a la interv ención de clase -Estado, en l as fuerzas productivas o en las relacion es 51 Este fragm e nto y el a nterior en C. Gozalbes Cra vioto, 2003, p. 41 1. 52 M. Barceló, 19 86, (reed.) 1996b, p. 45; 198 9, (reed.) 1996b, p. 67. 53 C. Gozalbes Cravioto, 2003, p. 41 5. 54 C. Gozalbes Cravioto, 2003, p. 41 5. 55 C. Gozalbes Cravioto, 2003: 415, las cursivas son nues tras. 56 F. Sígler Sil vera “V illal uenga: 520 años del saqueo y quema de la villa m us ul m ana” [disponible en línea] w w w . sie rradecadiz.com/articulos /hi stori a [consulta 5/6/2014] . 88 sociales de produ cción e n las sociedades asiáticas 57 . En este último caso se desarrollaría el comercio mientras que en el primero el Estado rea lizaría grand es obras públicas. El desarrollo de una economía de mer cado en el ám bit o urbano es un tem a que h a sido profusamente debatido, no conocemos ni la cronologí a del fenómeno ni sus aspectos esenciales. Malpica ha s eñalado el desa rrollo del f enómeno u rbano a part ir del s. X I I, acelerándose en la centuria siguiente, y la existencia de una propi edad privada muy alejada del modelo clánico conviviendo con formas d e propiedad netamente tribales. La venta del agu a de forma independiente de la tierra sería una de la señales inequívocas de este proceso de trans for mación 58 . Aunque no cabe duda de que la conquista cristiana s upuso que la ciudad s e convirtier a en la “principal herramienta de la ordenación del t erritorio” 59 esto no significa que sucediera lo mismo con su precedente nazarí. L a rel ativa independencia y autogobie rno del que gozan zonas rur ales como la Serranía de Villalueng a, con resp e cto a Ronda, pone en entredicho la c apacidad de p enetr ación de l a ciudad más allá de su a lfoz. Al trasplantar el modelo de señorío urbano o co ncej il se producirá una a mpliación del poder de las ciudades sobre un espa cio territorial ma yor, otor gando a cada ciudad tierra, término y jurisdicción 60 , lo que puede hab er distorsionado el modelo ante ri or, mucho menos rígido. Otras perspectivas sobre el ori gen y extensión de l Isl am han pu esto el ac ento sobre su carácter u rbano, a po y án dose en la larg a tradi ción u rbana d e los imperios persa y bizantino, mientras el modo de vida nómada era vist o con cierto recelo 61 . Sin embargo, en épocas posteriores, el modo de vida nómada es vi sto como símbolo de pureza 62 . Se plantea que los dos espacios, el r ural y el urba no, estuvieron conectados a trav és del comercio, en el qu e vemos implicados agentes extran jeros, sobre todo en el epígono nazarí, aunque desconoc emos cómo es posible qu e una economía ag rícola tendente a la autosuficiencia y dominada por la pequeñ a propiedad pudo articularse con los comerciantes de l ar ga d istancia 63 . Se ha plantead o que fu era el estado nazarí el que orientara la produ cción a grícol a hacia el comer cio, como en el caso de los morales 64 , sin que se ha yan lle g ado a detallar cu áles se rían esos mecanismos. Al r especto, el fenóm eno urbano en el mundo ára be es pe rcibido con abso luta naturalidad y explicado con gran Utilizamo s el anál isis realizado al respecto por M. Barceló en su in troducción a Sa mir A mí n, 1976, pp. 28-32. 58 A. Malpica Cuello, 2003a. 59 J. Mª. Ruiz Povedano, 2000, p. 614. 60 J. Mª. Ruiz Povedano, 2000, p. 615. 61 C. Trillo San José, 200 0, p. 2 92. 62 Ibn Jaldūn hace referencia e n nu merosas ocasio nes a este modo de vida como el idóneo, donde se ma nif iesta con fuerza el poder de la solidaridada tribal y la pureza de sangre. Vid . al- Muqaddima, ed y trad. F. Ruiz Girela, Córdoba, 20 08. 63 A. Malpica Cuello, 1999, p. 358. M. Barceló (201 0, pp. 1 05-106 y notas 6 y 7; pp. 117-119) ha demostrado que la presencia de moneda s en lugare s lejanos no sig ni fica la existe ncia de comercio a larga distancia, ademá s, “La Europa feudal no parece haber mant enido m ucho comercio con al - Andalu s, cu y as relaciones sociales y co merci ales fueron funda me ntalm e nte i nterislám icas, ya f uera con el Magrib o con el Mašriq” (p. 119). Otras críticas contunden tes al florecimie n to co mercial en pp. 136-137 y 146. 64 M. Barceló, 19 95, p. 2 5. 89 simplicidad, quizás excesiva, por S. Amin 65 . Sin embargo, su afirma ción e s tajante, “el comercio con los paises l ejanos no gen era el capit alismo” 66 , tampoco el urba nismo tiene porqué disgre g ar las co munidades rurales, en el cas o árabe, añad e Amin, “el come rcio con los paises lejanos se articula a una vasta gama de modos prec apitalistas cuy a dominante, salvo en el caso de Egipto, no es el mod o tributario sino el modo comunitario” 67 . La erróne a identific ació n que se ha establecido ent re el Islam histórico y el modelo tributario-mercantil deriva del propio Samir Ami n, cuando este señala al mundo árabe como “ej emplo de form ación cara cterizada por la imp ortancia excepcional que en ella tiene el comercio a lar ga distan cia”, si bien Martí nez Sanmartín nos avisa de la distinción analítica introducida por Amin entre for macion es tributarias de tipo “mercantil-urbano”, y fo rmaciones de tipo “ru ral tr ibutario”, porque supon e difer encias notables en cuanto a la definición de la sociedad y , singularmente, en torno al peso del Estado. 68 En fin, para M. B arceló la monetización de l a socied ad andalusí se produce a trav és de la fiscalidad del Estado y de los gastos de este mismo Estado, lo que favorece ría cierto tipo de intercambios y forzaría comer cializaciones no deseadas por los cam pesinos 69 . 2.1.2. El peso de lo tribal. No cabe duda, cuando nos aproximamos al estudio del mundo rural andalusí y a la organización social de los campesinos, que sería po sible incluso rastrear aspectos de formaciones sociales pr eclasistas y clasistas in ici ales 70 . En este sentido Martínez Sanmartín, al analizar los sistemas de ir rigació n en zonas montañosas afirma que el trasfondo no es otro qu e la autosufi ciencia de un g rupo humano y soc ial, política y económicamente solidario e igualitario y , aunque se puedan rastrear desigualdades, éstas nunca llegan al pun to en el que algunos mie mb ros puedan imponer su poder sobre el resto que pueda form alizarse en renta 71 . En el análisis de las cla ses o grupos sociales d e la s sociedades pre capi talistas, Luis Felipe Bate destaca alg unos criterios relevantes para su distinción entre los que se encuentran la posición en el sistema de r elacio nes de produc ción ( clase social), su posición en la división del trabajo, ya se a soci a l o doméstica, un oríg en histórico y/o geog ráfi co particular (etnias, naciones, barrios), la posición en un sistema de parentesco y la p ertenencia a g rupos determinados por el g éner o, la edad, etc… 72 65 S. A mi n, 1976 (2ª edic.), pp. 107-108. También nos parece mu y li m itada su caracterización de lo que sucede en el Magreb (pp.116-118). 66 S. Am i n, 1976 (2ª edic.) , p. 1 26 y 133. 67 S. Am i n, 1976 (2ª edic.) , pp. 126. 68 S. Amí n, 1974, p. 32; R. Pastor de Togneri, 1975, p. 10. La discusión e n L. P. Martínez Sanm artí n, 1993b, pp . 251-26 2, esp. p. 25 3. 69 M. Barceló, 19 84-1985; reed, 2010, p. 136. 70 Véase L. F. Bate Petersen, 1984, (reed.) 2000. 71 L. P. Martínez Sanmartí n, 1993, p. 91. Sus opiniones so n recogida s por T. F. Glick (2007, p. 106). 72 L. F. Bate Petersen, 1998, p. 71. 90 Y es bien cierto que, en ocasiones, podemos obtener una ima gen nítida de cómo estaba organizada la clase o g rupo dirig ente ( jāṣṣa ) en torno al califa, inclu y endo grandes funcionarios civiles y religiosos y, cómo no, pa rie ntes y f amiliares directos 73 . Las investi gaciones sobre Prehistoria Recie nte en la Depresión de Ronda, explícitamente posicionadas en el materi alismo hist órico, nos muestran que el desa rrollo teórico aplicado a estas sociedades es completament e compatible con lo observado en las alquerías and alusíes. Para Pedro Agu a yo et alíi , el devenir histórico de las sociedades con clases estaría movido por el motor d e sus antagonismos, d e s us luchas. En las sociedades sin cl ases, por el contrario, “ el motor que explica la historia es la forma específica en que el productor inmediato se a propia d e su producción: de forma colectiva, individual, por grupos de parentesco, po r bandas o por toda la comunidad” y su estratificación se d e finiría por la edad, el sex o y el pa rentes co, así como las cualidades personales adquiridas 74 . Los “modos de producción comunitarios” de Amin impl ican una distinción de clases apenas desarrollada y asegu rarían el paso de las sociedad es no clasistas -comunismo primitivo- a las sociedades de clas e. Sus caracte rí sticas tampoco difieren d emasiado de la imagen d e al-And alus, sobre todo del mundo rural. La or g anización del trabajo se basaría tanto en la individualidad, o “pequ eña fami lia”, como en la colectividad tribal, clánica o ald eana, siendo la tier ra -el m edio de tra bajo esen cial- propiedad colectiva d el clan y su uso libre par a todos sus miembros, aunque entendemos nosotr os, junto con Amin, que este uso libr e debe se r consensuado en el interior del clan o comunidad 75 . La segunda car acte rística sería la ausencia de interca mbios comerci ales que sólo se ría aplicable a los prime ros tiempos de al -An dalus, com o demuestr a la intensa regionalización de las p roducciones ce rámicas y la auta rquía obs ervada en alque rías como la del Cortijo de Rascón, excavada por noso tros en Extremadura. Por otra parte, la distribución del produ cto se re alizaría en el inte rior d e la colectividad según reglas rela cionada s con el pa rentes co. En e ste punto, Samir Amin distingue entr e unas comunidades más “primitivas”, donde el acceso a la tierra es i gual itario y otras, “más evolucionadas”, do nde el acceso muestr a si gnos de j erarquización y a que al gun as familias o clanes acc ede n a las mejores tier ras, po r calidad, emplazamiento o extensión, adquiriendo un “dere cho”, en pal abras d e Amin, quien añade que, a partir de este momento, se forma el embrión de las distinciones de clase y que esta jerarquía está en estrecha relación con la del poder político y rel ig ioso 76 . Y habría que ver hasta qu é punto tiene que ver con e l número de componentes de l clan o familia 77 . Quizás la forma más certera de aproximarse a la d ef inición de lo que fué al-Andalus en lo que se refier e a su or ganización social y de l a producción se a desd e la perspectiva de 73 M. Barceló, 2010, pp. 156-164. E n la disposición y rit ual se “ref uerza el carácter clánico y tribal” (p. 160) . 74 P. Aguay o de Ho yos et alíi , 1992, p. 342. 75 S. A m in (1976, p. 58) habla de la existe ncia de regla s precisas, co mo en la distribuc ión y utilización de las parcelas por las fam ilia s. 76 S. Am i n, 1976, p. 5 8. 77 El caso de los Pepyn en Benaocaz o de los Javali en Ubrique. Tambié n explicaría las diferencias en las propiedades de los m oriscos q ue queda n ref lejadas en los reparti mie ntos cris tianos, aunque esto es mu c ho má s que discutible. Con siderar al- Andalu s desde esta perspectiva -modo de producción comu nitario pri mitivo evoluc ionado- ta m bién es su geren te, no cabe duda. 91 su “tribalidad”, apo y ándonos en la antroponimia 78 y en la relación de é sta con los espacios irrigados y el cambio en la distribución d e los asentamientos, esto es, la implantación de un nuevo orden campesino 79 . En al-Andalus se va a est ablecer una estructura so cial de tipo “oriental”, car acte rizada por el a gn atismo y la endogamia, frente a las sociedades de tipo “occidental”, exogá mic as y con un pap el social más relevante de la m ujer 80 , donde no es posible la cristalización estatal o m onárquica y en la que el equilibrio soci al parte del equilibrio de los tipos de pa rentes co y d e poder entr e los clanes 81 . La manifest ación más evidente de esta configura ció n social de al-Andalus sería la aparición de topo nimia referente o que re m emora una pr esencia cl ánica 82 . El parentesco es dete rminante en l as socied ades prec lasistas al menos e n lo que se refiere a los procesos pr oductivos. No ha y división del trabajo y el acc es o a los medios de producción tales com o tierra, g anado y medios de trabajo se realiza en los grupos de edad, s exo y rango, con una distribución d e l a prod u cción desd e los jóvenes a los ancianos y desd e las m ujeres a los hombres 83 . L as contradic ciones, los conflictos tendrán pues una explicación parental y /o gen erac io nal: “Cua ndo las relaciones sociale s son relacione s de parentesco que divi de la sociedad en gru pos de parientes e n el seno de los cua les se produce la explotación, no pode mo s hablar de cla ses, puesto que el lazo de parentesco re ún e en el m i s mo grupo a e xplotador y e xplotado, que se destac an por oposición a otros grupos paralelos. Este es el caso de la exp lotación de la m ujer en el se n o de la unidad domés tica. Este tipo de contradicciones no lleva n n u nca a sociedades de clases, el conflicto tiene que trascender este marco y operar entre los di stintos grupos de parentesco para que podamos hablar de clases y de organización e statal.” 84 Germaine Tillion distingue dos tipos de sociedades: la sociedad primitiva, que practica el intercambio matrimonial entre linajes, considerá ndose normal el traslado de uno de los cóny u ges a vivir a un clan extranjero, donde fr ecuenta rá a sus cuñad os y cuñ adas, denominándola “ repúbli ca d e los cuñados” para confr ont rala con la “ república de los primos”, el otro tipo de sociedad, donde los matrim onios se celebran dentro del clan o linaje y s e consideran lo s deber es con los parient e s de la líne a pate rna co mo superiores al resto de las obligacion es 85 . 78 P. Guichard, 1987. Sob re su definición de sociedad “se g me n taria” , 1998, esp. pp. 57-61. 79 La in sistencia de M. Barceló en el análisis del ca mpesin ado ha sido tal que p rácticamen te deberíamos ci tar todas su s o bras. Lógica m e nte, no co mpa rtimos con S. Ami n (1976, pp. 106-107) su percepción del Magreb como una zon a en la que la a gricult ura no es ese ncial, ofreciendo una ima gen, no demasiado alejada de la realidad pura men te formal, en la qu e e l excedente es modestí si mo puesto que las técnicas de producción agrícola son “poco evolucionadas”, la producti vidad es baja y apenas se supera el nivel de subsi ste ncia, estando caracterizadas por el colectivis m o pri mitivo. 80 De nue vo P. Guichard, 1976 y 1998, 1987… A. Malpica ha pues to en ev idencia la s in t ensa s relaciones entre P. Guichard y M. Barceló, y la del investigador catalán con Sa mir A m ín, de donde deviene la propuesta de superación de la vertiente stali nista del marxis mo y la falsa ortodoxia de la Historia de las etapas ( Vid . A. Malpica C uello, prólogo a la 2ª edición del Al-Andalus de Guic hard, 1998, p. X, ta mbién el, profusa me nt e utilizado por nosotros, “En sa yo Introductorio” de M. Barceló a Sobre el desarrollo desigual de las f ormaciones sociales (Barcelo na, 1976). No debemos olv i dar tampoco la aportación de K. J. Kausky a esta si mp lificación del mar xis mo. 81 P. Guichard, 1987, p . 48-49. 82 Los discutidos topóni mos en “Beni -/Bena- “, P. Guichard, 1987, p. 67; T. F. Glick lo define como “am ar go debate”, 2007, p. 10. Debemos te ner e n cue nta, no obstante, las advertenc ias de P. Crone (1987, pp. 36 y 91) con respecto a un cierto “aspecto tribal” de la sociedad de bido al establecimie nto de clientelas ( wal ā ) que T. F. Glick (2007, p. 81) califica de “parentesco ficticio”. 83 Segui mo s parcialme nte a P. Ag ua yo de Hoyos et alíi , 1992, pp. 342-34 4. 84 P. Aguay o de Ho yos et alíi , 1992, 343. 85 G. Tillion, Le harem et les cousins , p. 11, tomado de P. Guichard, 1998, p. 71-72. 92 En esta sociedad endog ámica y agnática la he re ncia y el nombre s e trasmiten por vía masculina, desplazando a la mujer a un plano secund ario y justificando s u explotación al enmasc ara rla b ajo una supuesta posición super ior a la del hombre como depositaria del honor tribal o ʽirḍ que convierte a los clanes receptor es en superiores a los dadores, siendo honrosa la conservación de las propias mujer es dentro del grupo de parentesco agnático, unificando de este modo la práctica de la endogamia y la nobleza de la estirpe 86 : “El f unda men to de la estr uctu ra social es el linaje, cu y a co nti nuidad en el tie m po se a segura de dos manera s: de u na parte, por una estruct ura ag naticia y pat rili neal cu ya a nti güedad puede discutirse, pero sobre cu yo rigor apenas cabe algu na duda. El pare ntesco san guí neo tiene preferencia, el parentesco por alianza cuenta poco. Las m uje res extranjeras desposadas no entran en el linaje. Existe asimi s mo una fuerte te ndencia a desheredar a las hijas [...]. El matr i monio preferente es el m atri monio en tre primos her manos e n línea paterna” 87 . La explicación más senci lla a esta forma d e or ganiz ación social es de índole económico, ya que al casar sus hijos con sus primas hermanas s e evita que la parte del patrimonio correspondiente a las hij as, en el caso de que no h a y an sido apart adas de l a herencia por su propia condición de mujer, salga del clan. Ademá s se re fuerza la solid ez de la célula elemental del linaje; la descenden cia común, mítica o efectiva, se conv ierte en “un medio práctico para llevar a c abo las grand es coali ciones indispensables a la persistencia de la socieda d árabe sobr e los límites de los estados agrarios”. De otro lado, la capa cidad d e segment ación les per mite fra ccio nar se sin destruir la estr uctura social, lo que les confiere una g ran plasticidad y cap acida d de adaptación 88 . Otra lectura, p roporcion ada por J. Chelhod, de este matrimonio con l a prima paralela puede asimilarse a un ve stigio de derecho suceso rio que considera a la mujer como un bien sobre el cual los par ientes paternos poseen u n dere cho her editario, considerándose el matrimonio con la prima paralela como una apropiación anticipad a de parte de la herencia 89 . En este orden d e cosas, los linajes poderosos tend er án a s er rec eptores de mujeres en sus relaciones con las otras f amilias, practicando una endogamia estri cta hacia el interior y obligando a los linajes más débiles a ser “dador es” de mujeres par a la obtención de alianzas 90 . Así, es honroso apodera rse, se cuestr ar, a las m ujeres de los clanes vecinos, o que éstos ofrezcan sus mujeres en matrimonio, demostrando de es te modo la preponderancia del clan rec eptor, ya que sus h ijos pasarán a fo rmar parte del clan dominante, acrecent ando su número. Sea como fuere la apropiación del trabajo de la mujer, y de sus posibilidades reproductivas, se convi erte en el centro de toda re la ción social d e producción y reproducción y la atribución del honor a la mujer u na máscara ideológica que reviste de sacralidad y justifica esta apropiación 91 . 86 P. Guichard, 1998, p. 83. De aquí el ma tri monio preferente c on la hija del tio paterno ( bint al- ʽamm ). Para Guichard, sin e m bargo, su for mulación sobre la sociedad de al-A ndalu s no s ignif ica que no exista la exoga m ia, sino que la endoga mia e s preferente y ma rca la relación entre los grupo s. 87 P. Guichard, 1998, p . 102 88 P. Guichard, 1998, p . 73, sigue a Murphy y Kasdan. 89 Esta discusión sobre las prácticas endogá m icas en G uichard , 1998, pp. 7 0-75. 90 P. Guichard, 1998, p . 81. 91 P. Bourdieu disti ng ue dos t ipos de honor en Cabilia, el nif , que haría referencia a la fam a del linaje, que deben defender los parientes masc uli nos por vía p aterna fre nte a lo s desafíos de otros grupos, y 93 La posibilidad de esta “exogamia hon rosa”, que conv iert e a las mujer es extranjeras desposadas en un re fuerzo del clan, a través del co ntrol de la reproducci ón, podría ser una de las explicaciones de la rápid a disgre gaci ón de la “sociedad muladí” -basada, supuestamente, en la f a milia nuclear- desde el momento en que entra e n contacto con sociedades trib ales en un nivel de desi gualdad polí tica y militar. L a contínua circul ación de mujeres desde los muwallad hacia los árabe -beréb eres, con los que sin duda se unieron mediante lazos de clientela, acabaría más t arde o más t emprano con la capacidad rep roductiva de los muladíes como g ru po s ocial. En relación con la or gan ización tribal de la socieda d cab e también pre guntarse sobre la organización de l a prod ucción al inte rior de la alq uería y cu al es el mecanismo de extracción fiscal po r pa rte del legítimo depositari o del mūlk (pod er real) . Una solución pasaría por el h eho de que la propied ad residiese e n la cl ase-Estado, com o aparato del Islam, y la pos esión en lo s individuos organizados en tribus o aldeas 92 . En este s entido existen algunos c asos puntuales, com o el de los Ibn Sal ama, del linaje árabe tu yībí de los B an ū Samala que detentaba el po de r en la zona de Huesca, que obligaron a los aldeanos a realizar determinadas f a enas como p restaciones en trabajo 93 . Se afirma qu e con poster ioridad al siglo X esta est ructura tribal va a d ebilitarse puesto que y a no existe una identificación exacta entre e l grupo clani co o la facci ón tribal y el asentamiento fundado, a lo que contribu y ó la integr ación de individuos externos al linaje a gnático, la aparición de dif erencias de cla se y “los m ecanis mos estatales tendentes a la disolución de la ʽaṣabiyya o solidaridad tribal” 94 , contestand o, en cierto modo, a la afirmación de M. Barceló de que el medio tribal es produ cto r de tribus 95 y proponiendo una tribalid ad no restrictiva d e la est ructura social andalusí 96 . En todo caso, la ʽaṣabiyya definida por Ibn Jaldūn en el siglo XIV siguió jug ando un papel como refuerzo del poder político y , si bien la reforma d e al-Manṣūr supuso un golpe par a la solidaridad tribal, la estructura se gmentaria si gui ó funcionando 97 . Efectivamente, también algunos de los ras gos q ue pre s enta al-Andalus casi desde su formación nos r emiten a car acterísticas d e las so ci edades clasistas, sobrepasándose el nivel del par entesco y su plantándolo por r elacion es de clases, en el s eno d e las cuales el la ḥorma , que reside en el c í rculo del ḥaram (o ḥarīm ), el u niver so fe me ni no. Esta mis m a distinció n se da entre los árabes con los conceptos de šaraf y de ʽirḍ . Véas e Guichard, 1998, p.p 7 7-85, esp. 78-79. 92 Nos inspiramo s en M. Barceló en su i ntroducción a Sam ir A mí n, 1976, p. 32-33 . 93 Al-ʽUḏrī, Tarṣī al- ajbār , pp. 58-59, la traducción de los pasajes de la Marca Superior en F. de la Granja, 1966; P. Guichard, 1998, p. 277 y nota 154. 94 C. Trillo San José, 200 0, p. 3 07. 95 M. Barceló, 19 88, p. 10 7. La afir mación de Barceló va muc ho más allá y re sulta de una potencia mu y superior para la compresión del “orden cam pesino”, ya que la s com u nidades ca mpesi nas “…irrespectiva m ente de s u origen a formación cronológica, ha n de tender a adoptar los c omportam ien tos tribales. Es decir, el medio tribal produce tribus. La tribalidad, en este sentido preciso, no es sólo una importación étnica del medio árabe o bereber, sino una for ma de organizar los procesos de traba jo de las comu nidades ca mpesina s y defi nir las relacione s sociales co n otras co mu nidades”. 96 C. Trillo San José, 200 0, p. 3 07. 97 A. Malpica Cuello, 1998, p. XLIV, prólogo al Al-Andalus de P. Guichard, 2ª ed. El propio P. Guichard (1998, p. 58) afirma que “no parece dema siado arriesgado af ir mar que co mo reali dades sociales, las tribus, los clanes y los li najes, se conservaron en el m un do á rabe-mus ul mán de ma nera muy notable”. T. F. Glick (2007, p. 177) recalca que en los repartim ien tos apa recen, a me nudo, los “ant ecesores” que, considerados de forma colectiva “constituían el e ntramado de r eferencia para el establecimie nto de la titularidad de la tierra, así como de la validez y prioridad de los derechos del agua”. 94 parentesco se convie rte e n “ideología d e san gre ”, c onstitu y éndose clas es c errad as donde la endo gamia y la heren cia juegan un papel p res erva dor. La relación que se estable ce ahora entre productor es y no productores son siempr e extraeconómicas y mediatizadas por la propiedad de la tierra. Ya no sería el paren t esco el que cualifica las relaciones de producción, sino el vasallaje, el clientelismo y la s ervidumbre 98 . El problema de la comp rensión de al-And alus c omo una sociedad tribal que produce tanto “Estados” como ciudades, par a nada alejad a de la historia del islam en general y del islam occidental en p articular, es introdu cido por P. Guichard cu ando manifiesta que no debemos considera r l a historia de al-And alus com o una “historia de tri bus” como la de Marruecos o A r gelia 99 . Reconoce, sin embar go, que el reparto de las tierras se va a realizar según la organización tribal y es esta organización la bas e del ejér cito hasta la re forma de al- Manṣūr de mediados d el siglo X. Plantea, además, qu e los beréb er es mantuvieron en sus asentamientos un caráct er más tribal que entr e los árabes y su aleja miento de la influencia urbana les p ermitió mantener una organiz ación de tipo tribal o clánico durante más tiempo 100 . N o deja d e recono cer, ta mpoco, la importan cia de los lazos tribales en la formación del estado ome y a y en la a rticulación del mismo con el mundo rural, en el que el prest igio y autoridad d e los jef es local es dependiero n tanto de la investidura otorgada po r Córdoba como del recon ocimi ento de su qawn 101 . Este medio tribal “no deja virtualmente ningun a rend ija por donde pueda deslizarse un poder, llamémosle señorial, extractor de renta y qu e se esfuer ce en a capar ar la posesión de la tier ra. El único demandador de renta/tasa tole rado es el Est ado musulmán, el sulṭān legítimo”, siendo esta fisc alidad, el techo de la e xplotación de la comunidades rurales, bastante bajo 102 . Noticias tardías, sin duda interesadas, nos informan de que los mudéjares se quejaban contínuamente de la opr esiva fiscalidad cristiana , ya que “no tenían costumbre de pechar tantos gastos” 103 , mientras que en Montejaque y B enaoján no se pa gaban alcáb alas , ni tercias, ni “...otros d erechos algunos de mas delos que pagavan al Re y mo ro de Granada...” 104 . El excedente no podía ser captado por ninguna “clase seño rial” sino directamente al Estado, en forma de tributo y a través de sus ag ente s, por medio de la legitimidad que proporciona la šarīʽa . Es muy pobable que estos representantes fuesen ele gidos por la comunidad y ratificados por el sulṭān 105 . Pero no debemos c aer en la visión reduccionista de envolver a la sociedad andalusí con ropajes idílicos. Y ha sido el propio Bar celó quien ha señalado la p osibilidad de jerarquización social inte rna en las alque rías, b as adas en una desi gual distribución de l a 98 P. Aguay o de Ho yos et alíi , 1992, p. 344. No parece que sea esta, tampoco, una im a gen clara de lo que sería al-Andal us. 99 P. Guichard, 1998, p . 457. 100 P. Guichard, 1998, p p. 457-4 58. 101 P. Guichard, 1998, p . 553. Para estas cuestiones véase abajo Capí tulo 5, “ La Reocupación de las Peñas”. 102 M. Barceló, 19 88, p. 1 08. 103 Mª. A. Salas Organ vídez, 2004, pp. 229-230. 104 Mª. A. Salas Organ vídez, 2004, Docu mento nº 21, p. 326. 105 C. Trillo San José, 200 0, p. 3 08-309. 95 producción 106 . En Benamo carra un 1 0% d e la población c arece de p r opiedades, lo que parece ser un índice h abi tual en el reparto de la p ropiedad de las alqu erías. Se plantea, consecuentemente, la existencia de “una mas a qu e só lo puede vivir d el ar rendamiento de tierr as o de su tr abajo como asal ariado”, a la q ue se sumarían los pequeños propietarios cu y as tierras no eran sufici entes para la subsistencia del núcleo familiar 107 . En la lógica camp esina que ri ge en las alque rías y s ustenta todo el sistema se inclu y en la capacidad y habilidad para comprender y transformar el medio físico, eligiendo el acuífero y las tier ras a irriga r. T ambién incl uy e u na planific ación i nicial y una organización de la prod ucción para el uso y m anteni miento del sistema, no exento de problemas y con flictos, y una estimaciones previ as “que ha hecho el grup o constructor campesino sobre el tamaño del perímetro irri gado ne ces ario para su reproducción social” 108 de lo que se der iva que la estructura y t amaño del diseño inicial “informa sobre la estimación que hace el grupo sobre su h ori zonte de subsistencia” , por lo que es posible extraer informac ión “sobre el tam año poblac ional del grupo cam pesino... Este principio puede ser modificado por la demanda de re nta de un poder `exterior´ a la comunidad camp esina. De pe rsistir esta exigencia es table de renta, el gr upo campesino debería h ac er un a estimación del esp acio hidráulico a su propio horizonte de subsistencia par a dar cabida, justamente, a la rent a, de formando así la con gru encia”. Sin embargo esto no supon e la ausen cia de excedent e, ne c esario en cu alquier horizonte de subsistencia para ase gur ar la reprodu cción de l a pr oducción 109 . La base de l a relación con el “Estado” es el tributo , a traves de r ecauda dores elegidos por la comunidad o dir e ctamente nombr ados por el c a lifa o sultán, y su naturaleza se define como fundam entalmente “pactista”, est and o su extensión y már gen de maniobra limitados por la capacidad de ejer cicio del “poder real”. El tributo era percibido de forma prefer ente en n ume rario, lo que debió e mpujar a los campesinos al comercio 110 , en aparente contradi cc ión con una economía tenden te al autoabastecimiento y cu y o funcionamiento h a sido ex plicado, entre otros, por M. Barceló 111 , documentándose la existencia de zocos locales de periodicidad s emanal en las alquerías de ma yor ta maño 112 . “[...], en el mun do islá mico las alja mas y el Estado s uelen s er dos realidades distintas, en las que más que u n domi nio co mpleto del segundo sobre las prim eras ha y u na serie de acuerdos que permiten a ambo s permanecer en es feras separadas que sól o aparecen unidas por la tributación. En una etapa ta n con flictiva c omo la q ue s ucede entre la prim era época taifa y la cri sis almo hade, da la impresión de que el m undo rural permanece ajeno a los suc es ivos gobiernos” 113 . Volviendo al esquema de Dhoquois, las sociedades en las que predomina el Modo de Producción Asiático incluirían al Oriente Medio mus ulmán medieval, aunque realice 106 M. Barceló, 19 88, p. 1 07. 107 A. Galán Sá nchez, 2000, pp. 544-545, las comillas so n su y as. 108 M. Barceló, 19 95b, p. 240, (r eed.) en M. Barceló, H. Kirchner y C. Na varro , 1996, p. 75. 109 M. Barceló, 19 95a, p. 2 5. 110 P. Chalmeta Ge ndrón, 1988. Un est udio general sobre la fi scalidad medieval e n D. Menjot y M. Sánchez Martínez (eds.) 2006. 111 M. Barceló, 19 92, reed. en 19 97, IX. 112 C. Trillo San José, 200 0, p. 3 09. 113 C. Trillo San José, 2000, p. 310. P. Guichard afir m aba que “la sociedad andalusí no es est able; es decir el Estado es una cosa y las co mun idades campesi nas son otras” ( Cfr. P. Guichar d en A. Malpica Cuello, 1992, p. 73.) 102 Es bien cierto que el dep ósito financiero como forma de cr édito no existe en el dere cho islámico. Es decir, la cu stodia de bienes o de di ner o entr egados a un de positario no comporta nin gún tipo de compensación, ni para el de positante ni p ara el de positario. De este modo mantiene de manera estricta su con ce pción primera, como dep ósito temporal de bienes recuper ables en las mismas condiciones en que se dej aron; queda estrechamente vinculado a un principio de confianza y deja poco espacio a manipulaciones de ca rác ter espe culativo o d e cu alqu ier otro tipo. Es d eci r, el depósito sometido a esta conc epci ón, no evolucionará h aci a f ormas más o menos disimuladas de préstamos, créditos, ni p or supuesto de generación de c apitales mediant e el movimiento financiero especul ativo de varios de estos depósito s 149 . “Y si n e mbar go los préstam os son una norma y, por su puesto, los présta m os a los siempre necesitados poderes estatales son u n hecho, presente e n el m u ndo islá m ico y con u n clarísi mo reflejo en el mu ndo nazarí que nos ocupa”. 150 Estos préstamos obtienen frecuentemente, como contra pa rtida, restituciones de parte o de la totalidad del capita l a través de la exención fiscal sobr e la actividad mercantil o con el arrendamiento de algunos de los derechos pre pa rados por el fisco nazarí, una práctica mu y atractiva po r los beneficios que aport aba, o de asign aciones en especie 151 . 2.1.4. Una propiedad pequeña y fragmentad a En la f ormulación cl asica de Guichard, y contra lo q ue sucede en la Euro pa feudal, se plantea que en al-And alus la riqueza o la tie rra no er an la primer a fue nte de pod er ( sulṭā ), aunque tales factores favorecían la promoción de una determinada familia dentro del clan, y se po ne de manifiesto que la ma y oría de las familias influ y ent es de época califal y posc alifal tienen vinculación con l as antiguas je fatur as clánicas 152 . El ras go fund amental d e la propied ad andalusí e s su gran fragmentación y su escaso tamaño, que conocemos a través de los libros de rep artimiento posterior es . En el Libro de Apeo d e Turillas, analizado por Antonio Malpica, se m enciona l a propiedad de Hamet Avenja far, compuesta de “dos marjales de tier ra d e riego en tr es pedaços, uno junto con otro”, en la que también se observa la di versidad a la que nos referíamos: “A y en ellos vn limon, quatro morales, tres figue ras e nueve azeitunos medianos …” 153 . Lo habitual es la pequeña propiedad donde el campes ino posee un número variable pero no elevado d e p arc elas en las que domina el po licul tivo, no siendo excepcionales las propiedades en otras alquerías cercanas. Esta fra gme ntación, que nosostros consideramos originaria y propia del sistema tribal de distribución de la tierra, se ha querido relacionar con el aumento de población d e ri vado de las conquistas cristianas 154 . 149 A. Fábregas García, 2007, p. 179. 150 A. Fabregas García, 2007, p. 180. 151 A. Fabregas García, 2007, p. 182. Funda me ntal men te, esta s entre gas e n especie se refieren a la seda. 152 P. Guichard, 1998, p . 554. 153 A. Malpica Cuello, 1984, p. 65; 200 0, p. 28 4. 154 J. de Mata Carriazo (198 2, p. 280 y 282). Trae a colación las fatwas publicadas por López Ortiz en las que destacan casos como que la tierra pertenezca a un dueño y los árboles a otro o que un solo árbol pertenezca a varios propietarios. 103 Los ejemplos de las Alp ujarras 155 o los de la Axarquía malagu eña, estudiado s de for ma brillante por Ángel Gal á n, son suficientemente ilus trativos. En Benamocarra, un pueblo de la Axarquía, apa rec en censad as 794 p arcela s -la ma yorí a desi gnada s como “un pedaço d e”- qu e pert enecían a 63 vecinos mudéj ares, lo que arrojaría una media de 12,6 parcelas por v ecino aunque un por centaje bastante s ignific ativo (35%) pose ía 6 parcelas o menos mientras que, e n el otro extremo, apa recen propiedad es de 20 parcelas, siendo excepcional la propiedad del algua cil Mahomad Algez irí, que poseía 43 parcela s 156 , mientras aparec en 6 v ecinos que no tenían nin gú n ti po de propied ad (10%). Por r e gla general todos los propiet arios detentan una propie d ad mu y diversificad a co mpuesta por parcelas de r e gadío, seca no, viñas y árboles f rutal es 157 . En época mudéja r la p ropiedad de las zonas de re g adí o estab a mu y repartida e intensamente parcelad a. Cada labrador pro curaba tene r sus ban cales dispe rsos “a fin d e poseer todas las cl ases p osibles de cultivos y de p roducciones” 158 , mientras que en las zonas de sec ano las p arcelas s erían ma yores y se do cument a un bu en número de medianos propietarios 159 . En cuanto a las fo rmas de explotación de la tie rra e xiste un claro pred ominio de la explotación directa por parte de pequeños pr opietar ios mientras que los grandes propietarios ceden sus tierras a cambio de rentas a los campesinos qu e car ecían de tierras o que tenían m uy pocas. L as formas de c esión son la enfiteusis 160 y los arrendamientos a medio y co rto plazo 161 . En lo que se refiere a la propiedad de tierr a s por e l “Estado” el ej emplo de La Calahorra 162 pone en evide ncia que la Tierras no e ran sino prop iedad de la comunidad y que su apropiación no exigía ningun a con firmació n p or p arte del poder rec onocido. Sin embargo, en Montejaque “parec e que estamos ante uno s dominios bien d el emir o del Majzen” que se explicaría por una apropiación o vivificación previa por parte del “estado” de la que d erivaría el pa go de “el cu arto” 163 . El “Estado” tiene la cap a cidad de vivificar un esp aci o y compartirlo con los campesinos, como šārik o asociado/a rrendatario 164 . Algunas zonas de la V ega de Granada fue ron apropiadas por la dinastía nazarí, y entr e gadas, después, a ciertos c ar gos del Estado, 155 C. Trillo San José, 199 7, pp. 228-245. 156 A. Galá n Sá nc hez, 1988; 1991, pp. 181-182; 1996 y 2000 p. 544-545. Desconocemos si parte de las tierras que “posee” este alguacil podían corresponder a tierras del patrimonio del e mir cuy a admini stración dete ntaba. 157 A. Galán Sá nchez, 1991, pp. 181-182. 158 J. Bosque Maurel, 1973, p. 48 7. 159 R. Benítez Sánc hez-Blanco, 1982, p. 74, tomado de E. Pérez Boyer o, 2000, p. 591. Véase, en el entorno geográ fico de n uestra in vesti gació n, los trabajos de E. Becerra Parra (2005 ) y el más recien te de F. Gómez Ar m ada y V. Ma rtínez Ena m orado sobre Casarabonela (2014). 160 La enfite usi s o censo enf itéutico, es un régim en comparti do de tenencia de tierra que lleva consigo la disociación del dom inio en tre el do mi nio directo , corr espondiente al propietario, y el útil, el de la persona que usa y aprovec ha la fi nca. La falta de pago del canon por parte del titular del dominio útil puede llevar cons igo el decom iso de ese domi nio por el titular del domi nio directo, q ue vuelve a la situación de la propiedad anterior a la institución de la enf it eusi s. El domin io útil implica que el enfiteuta podía decidir sobre el destin o económico de la tierra y m odificarl o cuanto quisiera, siempre y cua ndo abonara el canon anual. 161 E. Pérez Boyero, 19 97, p. 1 99. 162 J. Albarracín Navarro et alíi , 1986, p. 42. 163 C. Trillo San José, 200 6, p. 2 46. Para el cuarto, J. E. López de Coca Castañer, 2001, p. 12 9. 164 Una fat w à de Fez en el siglo XIII me nciona es ta opción, vid. C. Trillo San José, 20 06, p. 246. 104 particularmente a los alc aides, como pago a ciertos servicios durante la g uerra con los cristianos. Muhammad I I (1273-1302) había ampliado las propiedades de la familia real ( muṣtajlasāt ) en esta zon a próxima a la c apital g r anadina, r edu ciendo las zonas de pasto en favor de las de cultivo 165 . Contestando a las propuestas aristocr atizantes, G uic hard ha indicado que los reales o almunias del Šarq no siempre tenían tierras ads critas y se limitaban a una huerta o jardín 166 . De los Repartimientos de las huert as de Valencia y de Mur cia se puede concluir que la ma y or parte de la propi edad de la t ierra estaba en manos de los “súbditos” 167 que habitaban las alquerías y no de los de la ciud ad. En cuanto a las estructuras familiares el predominio de la organización agnática como vía de parentesco funda mental es apabullante 168 , aunque no faltan datos en época nazar í que muestran qu e la mu jer gozaba de una cie rta cons idera ción debido a la influencia norteafricana, pos eía lote s de tierra y podía trasm itirlos en heren cia 169 . A finales d e la épo ca nazarí aún es posible rastrea r, en nuest ro ámbito de estudio, el matrimonio preferente con la hija del tío pate rn o ( bint al-ʽamm ) 170 . Del mismo modo , salvo excepciones, el nombre del individo aparece a compañado de la mención a la genealo gía por ví a patern a ( nasab ), no siendo habituales los casos de bi gam ia 171 . Sin embargo, y en la lí nea de interpr etación vi ncul ada a la transforma ción del reino nazarí, se postula un cambio en la estructura de la familia, pasando de l a gran familia clánica a la familia nucl ear, cu y a s rep ercusiones d ebieron plasmars e en el nivel de la alquería y cu ya s c ausas deben busc arse en los mecan ismos de la her encia, las dotes y l as migraciones 172 . En este sentido se observaría, de f orma paralel a, un desarrollo de lo s productos “comerciales ” y un aumento de las diferen ci as económic as en el seno de la sociedad nazarí: “Es probable, pues, que aumentara en nú m ero de asalariados y arre ndatarios, en particular vinculados a culti vos de tipo especulativo, pero no podemos precisarl o. El proceso se interrumpe además con la llegada de los castellanos,…, van a dedicarse a potenciar determ inados monocu lti vos mu y rentables en el comercio, dentro de los que em pieza a ser ya un s iste ma capitalista. Por otro lado, en cambio, increm entarán los cult ivos de secano (cereal y vi d) y la ganadería, asocia ndo ambas a ctividades den tro de los parám etros de la econom ía tradicional en el Occidente cristiano medie val”. 173 El problema es que esta transformación aún e stá lejo s de poder demostrarse y l a pequeña y median a prop iedad en manos de los h abitan tes de las alque rías es el hecho dominante en cuanto a la tenencia y propiedad de la tierra. Por otro lado, la conquista cristiana es la coa rtada p erfe cta p ara plante ar un p roceso incompleto roto por tenden cias 165 Mª. I. Calero Secall y V. Martínez Enamorado, 1995, p. 363; C. T rillo San José, 2000, p. 332 y 2006, p. 246. 166 P. Guichard, 1990 p p. 236-23 7. 167 J. Bosch Vilá, 1980, p. 49. 168 P. Guichard, 1976, 1 990 169 L. Seco de Lucena Paredes, 1961; Mª. J. Osorio Pérez y E, de Santiago Si m ón, 1986. 170 M. Acién Al m ansa, 1979, I, pp. 93 y 94. Para el matrimo n io preferente con la prima paralela véase Guic hard, 1998, p.p. 6 2-90. 171 M. Acién Al man sa, 1979, I, p. 74. 172 C. Trillo San José, 2000, p. 318. Su mani festació n más clara sería la existe ncia de anci anos que viven solos. 173 C. Trillo San José, 200 0, p. 3 37. 105 supuestamente c apitalistas que nosotros no vem os instaladas hegemónic amente en el corazón de los modos y relaciones de producción has ta, al menos, media dos del si glo XX, en lo que al mundo rural se re fier e. Para la estructura de l a propiedad, C. Gonzalb es est able ce que “la extensión de l as tierras y de las casas que poseían los musulmanes en la última época na zarí, era mu y pequeña, como nos po nen de manifiesto los repartimi entos bajomedievales. Era necesario unificar va rias propiedades de musulmanes , para ha cer las donaciones a los cristianos, que en mucho s casos, ni siquier a las ac eptaban” y, se guidam ente, afirm a que “los escasos datos arqueológicos que disponemos, no s parecen mostrar que la mayor parte d e las alque rías n a zaríes, tenían antecedent e s de époc a almohade. Sólo parec en exclusivamente nazaríes pequeñas casas. Quizás esto responda al resultado final de todo un proceso de subdivisión del territorio” 174 . Además de las dificultades que tien e resolver, mediante la datación a través de la c erám ica, si una alquería es almohade o nazarí, los datos también muestran que muchos de lo s pobladores musulmanes poseían varias c asas en la alquer ía, así como una propie dad de varias pequeñas parcelas en el espacio irri gado. No se explica porqué, si la hay , existe esta diferencia entre las “casas almohades” y las “ casas nazaríes”. En el caso en que se quiera sustentar e sta diferencia en una supuesta “subdivisión del territorio” esta d ebería ser, también, convenientemente explicada. Tampoco el patrimonio de los sultanes gr anadinos parec e ser excesivo, encontránd ose además muy fr agm entado y disperso. Por ejemplo, los bienes de la mujer de Boabdil 175 , 1/3 de los cuales qued a n vinculados, a su muerte, a los hábices d e la mezquita: Se contaban 65 marjales de riego, repartidos en lotes de dos o tres marjales por diversos pagos, tierras de secano , dos faneg as de cerezos, m edia fanega de sembradura, 13 aceitunos en el pago de l as Casas, cinco en Corila , u no sólo en Alguadia y, tres morales, dos nogales, una viña, una higuera… Aunque se menciona la p ropieda d de algunas infraestructuras es signif icativo tanto que se rela cionen con las tare as ag rícolas como que sean puramente testi moniales, contándose una al berca pa ra el lino, un aljibe, una era y una a cequia. Estas p ropiedades rentaban 55 p e sante s, unos 1.650 m aravedíes, se gún uno de los testigos, mientras el resto de los testi monios no varían demasiado de esta cifra. 2.1.5. Árabes y beréber es. Prácticamente no sab emos nada de las modalidades de asentamiento de lo s contingentes tribales árabes y l as cuestiones que plantear a Guic hard al respecto continúan sin haber sido contestadas satisfactoriamente 176 . A la hora de aborda r la historiogra fía sobr e los be rébe res h a y que comenzar con Bosch Vilá y su ya clásico trabajo sobre la arabización y berberización de al-Andalus y, asimismo, revisar la abu ndante bibliogr afía anter io r y posterior sobr e el tema, como la revisión de Molina Lópe z. Chalmeta ha ofrecido una vi sión que ha sido comúnmente 174 C. Gonzalbes Cravioto 2003, p. 410 175 Estudiados por J. Albarracín Navarro, 1982, p p. 339-348, esp. p. 3 42. 176 Véase P. Guichard, 1998. Entre ellas las formas del reparto del botín, las condiciones en que se asentaro n los conti nge nte s del ŷund y los disti ntos grupos tribales y qué interrelació n pudo establece rse con los habita ntes de los territ orios conquistados. Co mo pue de observarse se trata de preguntas real mente básicas y fu ndam enta les para comprender la for mación de al - Andal u s. 106 aceptada por buena pa rte de la historiografí a, aun q ue el revulsivo, a nuestr o entender, lo supuso el trabajo de G uichard, que presentaba un al -Andalus como una sociedad islámica y con un fuerte cará cter tribal 177 . Contra el asentamiento de árab es y ber ébere s en la P enínsula d eb e, al m enos, contemplarse la tesis de Olagüe sobre el peso det e rminante de lo “indíg en a”, aunque su planteamiento se encu entra ya superado 178 . Otros trabajos gen erales al respe cto son los de B ennassa r, Vallvé, en las que el p eso de la hisp anidad esencial del proceso se guí a siendo importante como se deduce y a del título de n umerosos trabajos 179 . Acercándonos más a nuestro marco de análisis, son i mprescindibles la s síntesis de Peinado Santaella junto a López de Coc a Castañ er o B arrios A guilera sobre la historia de Granada, el tr abajo de Acién Almansa o el de Mar tinez Enamorado 180 . En su tesis, Guichard ponía de manifiesto las d ificu ltades para dibujar una geog rafía tribal de al-Andalus, a pesar de las numerosas crónicas y del esfuerzo de Claudio Sánchez Albornoz, cu yo s trabajos emplea con a siduid ad para la constru cción de su esbozo de mapa tribal de al-Andalus 181 . En general , decía Guichard, el hec ho tribal no se percibía del mismo modo en el Ma greb, do nde era mucho más inte nso, que en al- Andalus, lo que explica argumentando que en el Ma gr eb la tribu apa r ece como una entidad política y s e menciona como tal. Mie ntras, en al-Andalus constituiría una realidad únicamente soc ial, aunque aporta, segu idam ente, la important e obra d e Al- Ya‘qūbī, quien ofre ce información precisa sobre la geog rafí a étnica de la Península Ib éric a, demostrando que la diversidad tribal pe rma necía aún en el siglo IX. 182 En lo que se refiere a la hipótesis del asentamiento de comunidades agn aticias de origen bereber en la ma y or p art e de las zonas rurales de a l-Andalus podríamos decir que existe una correspondencia , en el sentido expresado por Bate 183 , entre determinadas propiedades y calidades de los contextos arqueol ógi cos y los t extos, como los espacios irrigados, las redes de alq uerías con o sin hūsūn 184 , topónimos clánicos en beni- o no 185 , y l a cualidad de las actividades y rel aciones socia les que los gener aron y que han sido explicitadas tanto por Bar celó como por Guichard 186 . Este último afirma que las 177 J. Bosch Vilá, J., 1980 y 1982. Glick ha señalado la host ilidad con las que fueron recibidas las tesis sobre el tribalis mo, el as entam ien to de los beréberes y la nat uraleza de la organizaci ón social rural, llegando él mism o a cuestio n arlas ( Vid. T. F. Glick, 2007, pp. 16-18); E. Molina López, 1985-1986, pp. 25-32; P. Chalmeta Gendrón, 1994; P. Guichard, 1998 ( 2ª edic.). 178 I. Olagüe Videla, 1974. Recientem ente Alejandro García Sanjuán (2013) ha publicado má s de 400 páginas dedicadas a analizar pormenorizadame nte la tes is de Ignacio Ola güe. 179 B. Bennassar (dir), 1989; J. Vallvé Bermejo, 1986, 1992. 180 R.G. Peinado San taella y J. E. López de Coca Castañer; M. Barrios A guilera M. y R. G. Peinado Santaella; M. Acién Al m a nsa, 1979, 1989 y 1997, entre otros; V. Martinez Enamorado, 2003a, 2008. 181 P. Guichard, 1998 (2ª Edición), pp. 285-302. “En verdad, estas cróni cas aportan pocas infor macione s con vistas a trazar un m apa étnico de la España m u sul ma na - y aú n m e nos u n mapa de la distribución de las tribus- …” (p. 287). 182 P. Guichard, 1998, p p. 298-2 99. 183 L. F. Bate Petersen, 1998. 184 H. Kirchner, 1998a. 185 El problema ha sido sintet izado por Martínez Ena morado en s u Al-Andalus …, 2003a, pags 452-497. De forma m ás s uperficial lo ha abordado T. F. Glick (2007, pp. 53-60), quien opina que es prácticamente i m posible establecer la antig üedad o estabilidad de estos topónimos (p. 55). 186 P. Guichard, 1976 y 1998, 1 987; M. Ba rceló, 1984 . 107 estructuras t ribales aport adas por árabes y, sobre todo, bereberes, van a re sultar de gr an importancia en la constitución de la Españ a musulman a 187 . Frente a la viej a idea de una escasa población inmig rante en los primeros momentos de Al-Andalus 188 se plantea u na orientalización o, mejor, berberiza ción pro funda que se corresponde con una sociedad basad a en lazos de par entesco a gnátic os y en una endogamia tribal en la que la transmisión del nombr e y la her encia se r e aliza por vía patrilineal 189 . Estos grupos ber éberes, más numerosos, están pe rfect amente documentad os en la obra de I bn Ḥaldūn, quien menciona las cu atro gra ndes co nfed eraciones de los Maṭgar a, Miknāsa, Mad y ūna y Hawwār a, así como otras tri bus. Aparecen be réberes en Tortosa y el valle inferior del Ebro, pero su presencia es relativamente esc asa en la Marc a Superior mientras que aparec en de forma abund ante e ntre el Ebro y Toledo y entre esta ciudad y Andalucía. L a población beréber es may orit a ria entre el Guadiana y el Guadalquivir y al sur de este río; la Andalucía ori ental, sin embargo, presenta poblaciones con ma y ores porcentajes d e elementos ár abes 190 . Estos beréberes van a av anzar - con algun as dudas - de sde el alto Nilo, insc r ibiéndose en la corriente migr atoria q ue supuso la invasión ára b e, apareciendo en la Tripolitana en el siglo IV bajo el nombre de Levathes y , lueg o, en Tunez meridional, sobre todo Hawwāra y Lu wāta, lle g ando algunos grupos Miknāsa y Ma g rāw a hasta el Marruecos actual 191 . Ibn Ḥaldūn nos indica que los beréberes s e hallaban en Palestina, donde su re y era Goliat, emig rando hacia el Ma ghr eb y lleg ando hasta L ibia y la Marmári ca, donde se dividen; Los Ma gīla y lo s Z anāta se estable cieron en las zonas montañosas del Ma g reb, mientras que los L uwāta fijan su r esidencia en l a r egión de Ba rka, donde se fra ccionan y llegan hasta Sūs. L os H awwā ra s e estable cerán en L a bd a ( L e ptis) y los Nafūsa en el territorio de Sabrata 192 en un fenómeno de dispersión de g ran ma gnitud. La contestación a la ber berización de al-Andalus no se hizo esperar, primero por parte de J. Vallvé 193 , que avisaba de la posibilidad de confusión berébe r es-bá rb aros, siendo contestado en el s entido de que estas tribus tienen asignado un orígen g eog ráfico que 187 P. Guichard, 1998, p . 16. 188 Con la que se ha llegado a explicar, por ejemplo, una supue sta desafecció n a los emire s omey a s, debido a su consideración como “extra njeros”, porque los árabes y bereberes del norte de Africa constituía n u n nú mero escaso para la masa hi spanogoda. Los españoles convertidos al Is lam o mu ladíes, apoyados a veces por los mozárabes, promovieron u na larga serie de re vueltas contra el poder central….” ( Cfr . P. An tón Solé y A. Orozco Acua vi va, 1979, p. 42). Para Guichard (1998, p. 8) “…la aportación étnica oriental y norteafrica na provocada por la conquista mus ulma na f ue má s considerable, y la persistencia de grupos sociales extranjeros -organizados en tribus y clanes - más lar ga de lo que en general se ad mite” añadiendo, a conti nuación, que la a sim ilació n n o tuvo s iempre por qué producirse a fa vor del eleme nto “i ndígena”. 189 El nombre comprende el nasab , o cadena genealógica, el nombre o ism , una kunya o apelación honorí fica, una o varias nisba/s o adjetivos de origen geográfico, étnico o tribal ( Vid. P. Guichard, 1998, p. 30 1). 190 P. Guichard, 1998, fundamen tal mente en lo s Capít ulos VI y VI I. 191 P. Guichard, 1998, pp. 250-251, si bien reconoce que esta teoría de movim ientos m as ivos no es compartida por todos los investigadores. 192 Ibn ʽAbd al-Hakam , ed. Torre y , p. 170, tomado de P. Guichard, 1 998, p. 251 y nota 21. 193 J. Vallvé Bermejo, 1978, p p. 51-112. 108 informa sobre su pertene ncia al Ma grib al-Aqs a 194 . Otras críticas vinieron d e la mano de Mikel de Epalza, quien no consider a ne cesar ia la pre s encia bereber para que se produjera la ruptura en l a sociedad val enciana postconquista 195 , y de Carm en Ba rceló, que también critica el pa pel de los beréberes en la historia valenciana 196 . Por otra parte M. Acién ha def endido un desarrollo tardío de l os t opónimos Beni-/B ena, posterior al Emirato, vinculándolo a la partición de los linajes y a la “reproduc ción de espacios irrigados, según el plante amiento de Miquel Barc e ló , que ocupan áreas con cretas, en los intersticios a dond e lle ga n con m a y or dificultad lo s influjos urbanos: caso d e la Serranía de Ronda…” 197 . Si bien Rafael Azua r no duda de l contenido étnico y soc ial de los topónimos Beni- también matiza su profundidad cronológic a, relacionándolos con un establecimiento beréber tardío de la s egunda mitad del siglo XI I 198 . Estas objecione s cronológicas a la hipótesis de Guichard han venido, además, de la crítica de Mikel de Epalza y M aría Jesús Rubiera, que achacan, a pa rte de los ejemplos de falsos topónimos beréberes, al investigad or fr ancés el empleo de fuent es tardías para r econstruir el asentamiento de grupos t ribales durante el siglo V I I I 199 . Aceptar estos pl anteami entos supone sosla ya r eviden cias como la que proporciona la alquería ub riqueña de Benalí , cu y a ce rámica se circunscribe a un co ntexto emira l temprano, ca rente de vidriados, y que apare ce vincu lada a un p erímetro irrig ado de pequeño tamaño y a la excava ción de varios pozos, o el dato de la Çuchaira de Massena , que, como veremos más adelante, apare ce en un docum ento de 7 de feb rero de 1491, correspondiente al interrogatorio que pres enta el D uque de Cádiz de su V illa de Zahara y de su lu gar de G razale ma, para el examen de lo s t estigos que tenían que declar ar en el pleito con Ronda, siendo transcrito por “A cuche ra de Ma cina que se dize e n el ladino la Peña de Macina” 200 –esto es, Ṣujayra Massāna - , y por “Peña de Masen a o Azahara de Masena” 201 . Pues bien, este topónimo que aparece en una docum entación de finales del siglo XV nos ha llevado hasta la localización de un pequeño as entamiento adosado al sur de la peña y de las mismas car acterísticas cron ológicas qu e Benalí , esto es, de mediados del siglo VI I I - I X. Así pues, pensamos que nada de lo ar gumentado inval idaría la entrada en la Península Ib éric a de beréber es del norte de Marrue cos, de la Argelia central y oc cidental y de contingentes de tribus nómadas del África Tripolitan a como los Nafza o los Hawwā ra 202 . Para E. Manzano en las primeras oleadas pasaron el Es trecho de Gibraltar fundamentalmente tribus Butr de esta zona del norte de África que ho y pertenec e a Libia, en concr eto los Matgara, Mad y ūna, Hawwār a y Miknāsa, a quienes conside ra poco islamizados 203 . 194 P. Guichard, 1980, p p. 423-4 27. 195 M. de Epalza Ferrer, 1 984, pp . 91-100. 196 C. Barceló Torres, 1990, pp. 429-460. En general, los arabistas señala n que los indicios de poblamiento beréber no son tan claros como sugieren Barceló o Guichard, ni su peso en la socieda d andalusí f ue ta n importan te ( Vid. T. F. Glick, 2007, p. 54). 197 M. Acién Al man sa, 1992b, p. 683. 198 R. Azuar R uiz, 1989, p. 419. En contra T. F. Glick, 2007, p. 59. 199 M. de Epalza i Ferrer y Mª. J. Rubiera Mata, 1986b; Mª. J. Rubiera Mata, 1992. 200 Mª A. Salas Orga nvídez, 2004, p. 304. 201 F. Sotoma yor Flores, 1990, p. 90. 202 Estos últim os arabizados desde antig uo y de for m a profu nda ( Vid . P. Guichard, 1988, p. 10) 203 E. Manzano Moreno, 1990. 109 En las Baleares, Ang el Poveda ha analizado la toponimia tardía reflejada en el Repartimiento, documentando tribus Gumāra, Hawwāra y su se gmento de los Banū Zannūn, Malīla, Nafza y Matgara entre las beréber es y los Banū Kināna, Q ura y š, Bāhila y B anū Hilāl entre los ár abes, con un claro predo mi nio de la toponimia clánica de orí gen beréber 204 Ya P. Guichard ens a y ó, en su momento, una reconstru cción del patrón de dispersión de los Hawwāra, calific ado como “sorprendente”, f a vore cido por la conquista musulmana y que d ebe ser similar en otros grupos como los Ṣin hāŷ a o los Zanāt a 205 . Sin embargo, no termina de cuadr ar qu e esta expansi ón se halle vinculada al avance del Islam y , al mismo tiempo, se documente pres enc ia de be rébe res no romanizados en las zonas montañosas y se c onsidere el fin del I mperio Romano como un r es urgimiento de la “barbarie indígen a” qu e se refleja de forma inme diata en la vajilla cerám ica y que se quiere comparar con lo q ue sucede en el No rte de la Península y el Sur d e Francia 206 . Aunque P. Guichard y otros autores, como Bruno Fran c o en Extremadura, han intentado esbozar la geo grafía triba l de al-Andalus, faltan a n álisis más profundos y d etallados que nos permitan comprende r la situación de las trib us en sus luga res de proceden cia, las características de sus movimientos y la nuev a co nfi gur ación en los lu ga res de destino. Este ejercicio ha sido ensa y ado por M. Barc eló con l os Banū Ru a y n que, procedentes del Yemen cent ral, se van a distribuir por al-Andalus implicando una sucesión genera cional, as entándose en las Bale ares junto a c lanes be rébe res con los que, sin duda, debieron pactar pr eviamente 207 . 2.1.6. El proceso de “islamización”. Se afirma, habitualmente, que el pro ceso d e islamiz ación fue lento y desig ual, lleno de variaciones lo cales. L a s propuestas de Richard W. Bu lliet 208 han sido tenidas muy e n cuenta por los estudiosos de al-Andalus 209 y s us cálculos relacionado s con lo s acontecimientos políticos y sociales. Est e investiga dor indicaba qu e en el s . V I I I el 90% de la población de al-An dalus continuaba siendo cri stiana, pasando al 80% en el siglo siguiente, 50% en el siglo X, 80% en el X I y 90% en el XI I. Estos cálculos han sido discutidos proponiéndose, desde otras posiciones, u na islamización bastante más rápida y masiva po r parte tanto de M. Ba rceló como de V. M artínez Enamorado 210 . M. Barceló publicaba, h a ce y a unos años, que en el siglo X de las 773 alq uerías que se documentan en Córdob a 560 son y a musulmanas, y a qu e pa g an los impuestos coránicos, 204 A. Poveda Sánchez, 1980 y 1984. 205 P. Guichard, 1998, p p. 251, 253 y Docu me nto IV, p. 252. Cenajén, en el Genal, se ha interpretado como lugar de asenta m iento de grupos Ṣin hā ŷ a. 206 “…es sabido que las postrimerías de la Anti güedad y los inicios de l a Edad Media vieron reaparecer en estas regio nes vigorosas estruc turas indí ge n as mie ntras que las in fl ue ncias romana s se borraban en ellas casi por completo.”, P. Guichard, 1998, p. 253. 207 M. Barceló, 20 04. 208 R. Bulliet, 1979. 209 M. Acién, 1997; M. J. Vigue ra Molins, 2000, pp. 171-172; T.F. Glick, 2007, pp. 9 y 77-90. Véanse ta m bién las opinione s de M. de Epalza i Ferrer y E. Llobr egat Co nesa (1982) con respecto al trabajo de Bulliet. Para estos últi m os la cristia nización del levante peni nsular f ue mu y som era y no había una organizació n mozárabe de entidad. 210 En contra T. F. Glick, 2007, p . 87. 110 incluida las 17 alquerías bereberes de los Banū Mas arr a. Añadía que la co ngru encia de las cifras con las de otras coras revela que la est ructura sociopoblacional era también parecida 211 . No obstante, aún en el siglo X I , se documenta la presenci a de importantes bolsas de poblamiento cristiano, tal y como se señala en las Memorias de ‛Abd Allāh 212 , donde se menciona que Jotrón y R iana estab an poblados de cri stianos, aludiendo a l a “condición levantisca” de las poblaciones rurales de cristiano s andalusíes, probablemente impulsadas por motivos económicos y fiscales. Sobre la disminución de los cristianos señala Ibn al-Jaṭīb que sólo quedó un reducido núme ro. La hostilidad hacia los cristianos se agudiza con los almorávides, incremen tándose su emig ra ción al norte peninsular y su deportaci ón al Ma greb, como y a a pun tara D. Ser rano en 1991 213 . Para M. Acién, el princip al a gent e de islamización será el Estado a trav és d el control de las zonas rurales, aunque reconoce qu e la islamizac ión es un proceso com plejo que, en su opinión, dependería tanto de las sociedades indí genas “feudalizadas” como de un conglomerado de t ribus en las que se producir ía una aristocratización con aspectos formales que se asemeja rían a comportamientos feuda les. Para complicar más aún el panorama, en las aldea s de las sociedades indígen as f eudalizadas se establecerían relaciones so ciales de producción y reprodu cción qu e las aproximarían a una sociedad tribal 214 . Aunque no estemos de acuerdo con las opiniones de M . Acién, al fin y al c abo, el resultado final de todo este proceso, en virtud de lo que nos informan las fuentes de la conquista cristiana y los posteriores fenómenos de repartimiento y amojonamiento de los términos, es una profunda arabización de los to pónimos prearábigos existentes, lo que viene a d emostrar la vi gencia de la len gu a árab e, que har á que tant o el be rébe r como el romance se conviertan en relictas. De este modo, la microtoponimia del siglo XV refleja una intensa arabización d e la zona de es tudio, tal y cómo muestran los pleitos de término. Se aprecia una intens a influenc ia dialectal gr anadina desde el punto de vista fonético como la imēla 215 . 2.1.7. ¿Un Estado débil? Como ha indicado Bar c eló, el poder político no sólo en al-Andalus sino también en cualquier forma de Estad o antiguo, reside p rincipa lm ente en un ord en fisc al expresado a través de la moned a que el mismo produce en fo rma d e monopolio. En otras palabras, 211 “A mediados del siglo III/IX la base fiscal de los ingresos ( ŷibāya ) era mu y m a yoritariam ente mu s ulm ana”. M. Barceló, 198 4-1985; reed. 2010, p. 127. La enorme co mplejidad y varia bilidad fiscal y poblacional en pp. 128-129. V éanse tam bién la s pp. 146-147 . 212 Cfr . E. García Gómez, 1980, p. 188. 213 “Dos fe tua s sobre la expulsi ón de los mozárabes al Magreb en 1126”, Anaquel de Estudios Árabes , 2, 1991, págs. 162-182. La presión fiscal sobre los ḏimmí(es) , que en Córdoba pagaban de 3 a 4 veces m ás que lo s mus ulm a nes, debió acelerar su conversió n o su m artirio hacía ya al gun os siglo s, co mo demue stra M. Barceló, 2010, p. 134. 214 M. Acién Al ma nsa, 1992b, pp. 263-264. La discus ión es retomada por T. F. Glick, 2007, p. 80 y nota 46. Véase tambié n M. Acién Al m ansa, 1995b. 215 Segui mo s a V. Martínez Enamorado y J. A. Chavarría Vargas, 2010, pp. 45-46. Pa ra los pleitos de térmi no M. A. Salas Orga nv ídez, 2004, 200 7; J. Abellán P érez, 1991; C. Gonzalbes Cravioto, 1998. 111 “el Estado se p roduce así mismo a tr avés de su produ cción de mone da” 216 y sus dimensiones pueden ser apreciadas a tr avés del v olu men y el alcan ce en l a distribución de sus emisiones. En palabr as de Samir Amin “el mundo árabe ha constit uido una ent idad política relativamente centralizada sólo durante un periodo muy breve de su historia”, refiriéndose a los califatos ome y a y abasí entre e l 750 y el 950, disg re g ándose después en una plé y ade de entida des políticas 217 . En este sentido, parte d e la se gund a tesis de G uicha rd (1990, 2001) está dedicad a a mostrar, de mane ra min uciosa y bie n document ada a n uestro parecer, las debilidades estructurales (también sus fortalezas) inherentes a un “apar ato del islam” como fundamento de la concepción del Estado en al-Andalus , señalando, co mo uno de sus indicadores, la relativa p obreza de bienes fundiari os en manos directas d el estado 218 . In cluso en época c alifal el sulṭān , el mismísimo ʽAbd al Raḥmān al-N āṣir li-Dīn Allāh, simplemente reconoce l a autoridad de ciertas c omuni dades, no obstante, esto puede verse como una victoria de la extensión del poder c alifal, que islamiza y construy e un estado dinástico 219 . Esta es, simplemente, la dinámic a de ese fant asma que pa rece se r el “estado islámico”. Es en la le gitimidad del poder donde r adica l a compr ensión de este sen cillo sistema de organización política, una legitimidad que permite la captur a de la producción campesina y que se justifica por “una cu estión de f e, un orden teológico” que, por eso mismo, es endeble, modificable y efímero. 220 Ya en su Al-Andalus c uando P. Guichard plan teaba la diferencia entr e s ocied ades débiles y so ciedad es fuertes, se sentía tentado a b uscar una caract erística c omún a todos los pueblos bárbaros y teóricamente débiles f rente a las so ciedad es con “est ado”, señalando que era preci samente esa ausencia de una construc ción estatal sólida, la ausencia de estructuras de gobierno y administració n 221 . Además estableció lo s fundamentos de la con strucción estatal en un medio tribal, con sus equilibrios y desequilibrios, donde el poder político sólo es pos ible mediante la imposición de un clan sobre ot ro, mediante la construc ción de una d awla o dinastía basada e n el poder d el clan, en su ʽaṣabiyya , y , al mismo tiempo, neutralizando las solidaridad es de los otros clanes mediante el pact o, la clientela y la constru cción de ó rganos ad ministrativos capaces de g enerar pode r político, como la fiscalid ad 222 . 216 M. Barceló, 2010, p. 19. “El estado tributario es precario y e v anescen te como su cali fa” (p. 169). 217 S. Am i n, 1976 (2ª edic), p. 10 5. 218 P. Guichard, 1990, 2 001. 219 M. Barceló, 2010, pp. 138 y 147. Sobre el difícil equilibrio de poderes, el sentido de la dawla Ome y a y la esce ni ficación de su poder en M. Barceló, 20 10, pp.151-195 . 220 M. Barceló, 20 10, p. 2 05. 221 P. Guichard, 1998 (2ª edic.), p. 225. Traía a colación una cita de P. Riché en la que se ponía de relieve que estos bárbaros, refiriéndose, en este caso a los ger manos, desconocían el Estado y las ciudades al estilo romano. Su estructura se basaba en las com unida des y el pueblo, la tribu, el clan y la fam ilia con stituía n los marcos de su vida política y social (id e m. nota 31). 222 P. Guichard, 1998, (2ª edic.), pp. 533-534; M. Barceló, 20 10, p. 56. Más adelante (pp. 168- 169), define en qué cons istía el estado ome ya: “ u n califa legíti m o -los q urays íes se ntados en el bahw daban fe de ello- servido p olíticame nte por los wuzarā ʼ seleccionados en tre los grandes y m ás 118 las aljamas musulmanas del reino de Valencia hereda ron de la épo ca anterior a la conquista se transformó en renta señorial”, y d est a cando “el p apel decisivo que la parte de dicha fiscalidad direc tamente relacionada con la producción a graria d esempeñó en este pro ceso” y poniendo de manifi esto la dinámica de interven ción sobre el anti guo orden tributario y su conversión en renta seño rial, consistente en su s implificación (procedimientos de est imación fiscal), intensificac ión (en cuantía, f recuen cia y proporcionalidad) y diver sificación local de las pa utas impositivas 270 . No obstante, pod emos vislumbrar la or ganización pre via aunque sea brev e mente, en el segundo capítulo del texto de Almería se puede entrever el funcionamiento de las postreras comunidades musulmanas en la Península Ib éric a y no s e observa, al menos aparentemente, nin guna diferencia con sus ant ece sor as: “y ten le s dexaremos bevir en su ley y non serán apre miad os ni costreñidos a seg uir ni guardar otra ley, e les de xare mos y m andaremo s dexar su s alm ué danos e al gi ma s e al faquies y sera n juzgados por su le y xara çunn a, con consejo de sus alcadis, seg ún costu mbre de los moros , y que queden a las dichas mezq uitas sus re ntas de ma nera que ante s l as tenían”. 271 Las aljamas mudéjares continuarán reuni éndose para las decisiones de los asuntos colectivos bajo un aspec to formal que recuerd a a lo s posteriores cabildos reuniéndose los hombres más viejos, honrados, ricos y p r incipal es par a discutir aspectos del gobierno de la villa. L os ejemplos de Motril 272 y Guadix 273 son ilustrativos del pap el que juegan los nuevos r e gidores moriscos. Tras las sucesivas rebelio nes y lev antamientos se va n a estable cer disposici ones sobre la entrega de arm as 274 , jugando los alguaciles un papel importante junto a los ancianos y en el pleito entre los mo ros de Casares y Ma rina de Villalobos la s entenci a caer á sobr e la aljama en su conjunto 275 . Otro de los ras gos del “ Estado islámico”, si es q ue podemos usar est a expresión, es la inexistencia de una base territorial invariable y d e límites nítidos. En este sentido, nos parece opo rtuna la observación que r ealiza Guich ard con r especto a las dif erencias entr e estados “occidentales” y “orientales ”: “Un m apa político de los territorios islá mizados en el si glo X o en el siglo XII no per mite captar de in mediato u nidades territoriales co mo la s de Occidente -países o provincias como F rancia, Navarra o Aragón -, si no estados dinásticos -los de los Ban ū -l- A glāb, etcétera-, c uando no s e trata sencilla me nte de grupos tribales sin orga nización estata l superi or (caso frecuente en el Magreb Medieval)”. 276 Sus límites territoriales son difusos y el poder e stá allí donde se encuentra la dinastía que lo detenta, como el caso de los Ome y as o d e los Fatimíes, mientras en Occident e adquiere un contenido territorial y geo gráfico sobr e una base étnica originaria, de la que finalmente se despr ende, convirtiéndose el asp ect o territorial en pr eponde rante para la 270 J. To rró i Abad, 200 5, (s.p). 271 M. Á. Ladero Quesada, doc. 34, p. 14 2, reproducido, también en A. Ga lá n Sánchez, 2000, p. 534. 272 Donde se reúnen en ca sa del alguac il Don Hernando. A. M alpi ca Cuello, 1983, p. 19 3, nº 15. 273 Las reunio nes te nía n lugar en la anti gua mezqu ita, consa gr ada como ig lesia de Santa An a. Á. Galán Sánchez, 2000, p. 553. 274 M. Acién Al man sa, 1974-1975, pp. 25 2-253. 275 M. Acién Al man sa, 1974-1975, p. 255. 276 P. Guichard, 1998, p . 58. 119 definición de la soberan ía. En el mundo musulmán, en cambio, el dominio político “…se asient a en ciudades, en zonas urbanizada s, en al gunas ricas re gio nes a grícolas, pero su área geo gr áfica sigue siendo imprecisa, y l a re gión sobre la cual se ejerce un poder político no puede caract erizar este último” 277 . En el caso d el sultanato nazarí se pl antea la existencia de un a implicación del Estado en el comercio desde el primer momento. Una “cor ona na zarí” que se halla en un “estadio evolucionado en la tra y ectoria d el Islam oc cidental hacia fórmulas en las que se da may or cabida a la posibilidad de c aptación d e las c omunidades campesinas por part e de poderes externos, en co ncreto del Estado, a trav és p re cisamente de la vía come rcial”, participando directamente en las actividades produc tivas vinculadas a la agricultura especulativa d e orientación comercial que deberí a r eflejarse en la or gani zación de sus haciendas 278 . Para nosotros, el propio concepto de “Corona” alej a al sultan ato nazarí de la dinámica política que le es propia, la de los estados islámicos, e intenta acer ca rla, de forma soterrada, a las soc iedades feudales oc cident ales. No obstante, la autora demuestra que existe una gr an ductilidad de la actuación mercantil del re y, quien no solo compra y trafic a c on bienes de com ercio adquiridos, sino que se convierte también en proveedor de ciert o tipo de artículos. Su actividad incluy e la compra y tran sporte de mer cancías des de merc ados del norte de Áf rica hasta centros europeos. No obstante, las compras que tienen como prota g onis ta al sultán nazarí consisten, en la may or parte d e los casos, en adquisiciones par a con sumo propio y ún icamente “ en alguna oc asión c abría pensar en ope raciones d e natu r aleza mer cantil, con compr as may or es y que sobr e todo se realizan en común c on o tro socio” 279 . En opinión de esta autora, si se confirmarse esta fa cet a del sultán como proveedor comercial sería nec esari o replantear toda la organi zación produ ctiva del “reino” y otorgar ma y or campo d e acción al Estado en la reorient ación especulati va de ciertos sectores del mundo a g rícola nazarí, interp retando l as evidencias propor cio nadas por las excavaciones realizadas en el entorno de G ranad a co mo muestras d e esa i ntervención e interés del pode r político por ampliar los espa cios agrícolas irri g ados bajo su control y explotados por el Majzen o Estado almohade y má s ade lante por l a monarq uía nazarí 280 . Tal vez el problema pri ncipal de toda esta cuestión sea, como señalara Guicha rd, la consideración de al -Andalus como un conjunto p olíti co coherente, sólido y c apacitado para actuar como un bloque uniforme, lo que no pare ce suceder al menos hasta ‘Abd al Raḥmān I I I y a qu e, dura nte el emirato, lo m ás fre cue nte es que amplias zonas quedas en al mar gen d e la autorid a d cordobesa, gozando de una “verdade ra indepen dencia” y un destino propio hasta la unificación política de l si glo X, siendo la t endencia a la fragmenta ción la tónica general 281 . 277 P. Guichard, 1 998, pp. 58-5 9. Distingue entre “patriotis mo biológico” y u n “patriotis mo geográfico”, aunque reconoce las objeciones que ha recibido por par te de la etnología, desde donde se man if iesta que en la s sociedades arcaicas ta nto los vínc ulos de par entesco como los territoriales f u ncionan al mis m o tiem po. La cita en la p. 59. 278 A. Fábregas García, 2007, p. 175. 279 A. Fábregas García, 2007, p. 187. 280 A. Fábregas García, 2007, p. 187, sigue la opinión de A. Malpica Cuello. 281 P. Guichard, 1998, p p. 272-2 76 120 2.1.8. El problema de la fortificación. Relacionados con la ar gumentación ant erior d eb en cue stionarse tanto el papel d e las fortificaciones en la or ga nización del territorio c omo el establecimiento de la titularidad “comunitaria” o “estatal ” de las mism as. El propio Guichard nos introduce en la problemát ica de considerar al-Andalus como un “país de fortificaciones” cuando, al rech azar la va lidez de apo yarnos exclusivamente en los textos cristianos para obtener una ima gen preci sa de las estruct uras sociales anteriores 282 , propone si gui endo a Burns p artir de u n elemento q ue su giere c ierto nivel de identidad con la sociedad feudal, los “c astillos ” 283 . Algunos par ece que nos hemo s quedado aquí, pero Guichard va más allá y pla ntea u n análisis del territorio “que se organiza en torno a él” que va a culminar en el tra bajo conjunto sobre castillos rurales 284 . No obstante, el “castillo” feudal y el que s e docu m enta en al -Andalus tienen un sentido muy diferente, y a que en al-Andalus los elementos d efensivos y los espaci os rurales se integran en un plano más igualitario, a nivel polít ico, que en las formacion es sociales en las que el modo de producción feudal es dominante. Para Guichard, el impuesto de la sofra es un indicativo de la corresponsabilidad defensiva entre las a lquerías y el Estado 285 mientras que, par a otros autores era un servicio que los campesi nos debían prestar a los “castillos” e n las zonas de montaña 286 . A cada estructura castral correspondería, se gún Gui chard, un amplio ter ritorio con un mismo nombre, casi siempre premusulmán, poniendo de manifiest o una larga perduración de este modo de organizar el territor io y a que esta toponimia “sugier e que la realidad socio o etno-geog ráfi ca constituida por el castillo y su territorio cristalizó en la alta Ed ad Media, en una époc a anterior a la arabización lingüística” 287 . En el otro extremo cronológico, e stos “distritos castrales” va n a pe rdura r hasta la conquista cristiana. El surgimiento del fe udalismo produjo una explosión violenta e n un pe riodo relativamente brev e que hace posible conocer la sit uación anterior. El tiempo histórico acelerado ofr ece un a imagen mu y viva que no es fáci l se guir en otras sociedades en las que el control d el mundo campesino es d e menor entidad. “De todas formas quedaría por explicar la relación entre el Estado y ese mundo campesino. Y asimismo hay que saber si el control del territorio y del espa cio se produce por medio de entidades concretas de ocupa ción y cuáles fueron” 288 . Esto nos llevaría al doble deb ate: por un lado el del papel de los ḥuṣūn , por el otro, el de la crea ción de mudum . La relación entre el ḥiṣn o el castrum y las alquer ías “integradas en su terr itorio” se ha presentado como nítida, cad a alquería pos eería su p ropio territorio aunque, estas 282 P. Guichard, 1984, p . 120. 283 P. Guichard, 1984, p . 121. 284 A. Bazzana, P. Cressier y P. Guic hard, 1988, p. 130; V. Salvatierra C ue nca, 1990, p. 92; T. F. Glick, 2007, pp. 36-37 .. 285 P. Guichard, 1979b . En A. Bazzana, P. Cressier y P. Guic hard, 1988, pp. 32-38, se insiste en que las fortificacio nes and alusíe s vale ncianas responden a un orden socio-político segmentario, fragm e ntado en com unidades rurales autó noma s. 286 M. de Epalza i Ferrer y Mª. J. Rubiera Mata, 1986a. 287 P. Guichard, 1984, p . 129. 288 A. Malpica Cuello, 2003, p. 47. 121 alquerías “se r elacion an estre sí y sitúan en una d emarcación más amplia u n castillo, que lo controla y sirv e para r egir ese espacio ma yo r” 289 . La explicación que ofrec e A. Malpica no nos parece demasiado clara. En o tras palabras, según nuestr a interpretac ión de su enrevesado texto , las alquerías poseen cierto g rado de independencia (“cada una de ellas tiene un territor io propio”) y se ponen de acuerdo (“se relacionan entre sí” ) par a construir una forti ficación qu e cont rolan ( el “lo” debe sobrar puesto que de otr o modo la frase car ecerí a d e todo s entido) y que se utiliza para “regir ” un espacio ma y or. Por una parte es necesari o cu estionar esta “regen cia” y transformarla, quizás, en “representatividad”, por otra es un contrasentido que las alquerías se inte gr en de forma subordinad a en un a e structura que han creado de forma “mancomunada”, ce dien do el poder que reside en la aljama a no sabemos quienes, unos entes ficticios represent a dos por el ḥiṣn 290 . El modelo se repite, se clona y se aplica a cu alquie r fortaleza. De este modo, se plantea que en Matrera tendríam os un conjunto de alquerías vinculadas con una fortificación, aunque se aclare que en este modelo lo esencial era la creación de unos determinados espacios hidraúlicos y qu e, por tanto, son el resul tado de una determinada org anización productiva y sus corr espondientes relaciones social es y políticas 291 . Para Martín Civantos asociados a est os espacios ir rigados “estar ía la existencia de un poblamiento y la presencia de fo rtifica ciones que organizan el ter ritorio” 292 . Pero no sólo eso, Rubiera y Ep alza consideran que los ḥuṣūn no son sino instrumentos al servicio d el pode r central o d e la ciudades, sit uándose a su cab eza los  amīl o recaudador es fiscales vinculados a los walī residentes en los c entros urbanos. Así, ciudad y c ampo quedan vinculados, sometiendo e ste ú ltimo a los designios del poder d e las ciudades y convirtien do los ḥuṣūn en centros de recaudación fisc al y d e control del campesinado y los albaca res en esp acios donde almac ena r el tributo 293 . T. F. Glick 294 , siguiendo a P. Toubert en su pref acio al trabajo d e A. B azzana, P. Cressier y P. Guich ar d de 1988, afirma q ue los estab lecimientos campesinos “gravitaban ” en torno a los “hábitats fortificad os” . El mismo Toubert sospecha la similitud cronológica y funcional de las fo rtif icac iones islámicas y cristianas. L a cuestión, replanteada por Glick, es otorga r a los castra latinos y a los ḥuṣūn la finalidad de controlar, po r parte d e un poder “público” qu e n o queda definido, una primera fase de cre cimiento y poblamiento rural. L a cu estión es tan opaca que el mismo autor duda 289 A. Malpica Cuello, Prólogo a la 2ª edic. del Al-Andalus de P. Guichard, 1998, p. XXXVI. 290 El esquem a se repite contí nuam e nte, para C. Ál varez de Morales (2000, p. 134) “ Las alquerías, y en general cualq ui er núcleo rural, se organizaban alrededor de una zona cultivable de regadío, aunque tambié n exist ieran áreas de secano, desde luego siempre de menor exte nsión e i mportancia. Si era posible se buscaban tierras con arbolado que, además de proporcionar leña , daban co bijo al g anado”. Del mis m o m odo, “ Las zo nas r urales se co ntrolaban y defe ndían por un s iste m a de castillos ( ḥuṣūn ), de cuyo man teni mie nto se ocupaban a m edias el Estado y la s co muni dades ru rales”. 291 J. L. Villalonga Serrano, 2006, p. 51. 292 J. Mª Martín Civantos, 2003, p. 112, las cursivas son nue str as. 293 Mª. J. Rubiera Mata y M. de Epalza i Ferrer, 1987; M. de Epalz a i Ferrer, 1984b . Para R. Azuar Ruíz, 1989, pp. 343-347, los ḥuṣūn estarían conectados con un siste m a de torres desde el cual se ejercía una “ fu nción coercitiv a” sobre el territorio adm ini str ativo dependien te de los castil los, protegiendo al mis m o tiem po la red de comunicacio nes. 294 2007, p. 36. Algo más abajo, en la p. 38, incide en la dependencia del las alq uerías al “castillo”, con objeto de refugiarse en el albacar. 122 de su creación más tardí a, en los siglos X- X I, como “respuesta a la descomposición del poder central”. Más adel ante reconoce qu e: “…, con i ndependencia de los cometidos especí ficos de cará cter m ilitar o e stratég ico que pudiese desempeñar el castillo, éstos no afectaban al ejercicio de su f unción principal como núcleo organizativo de la com u nidad local.” 295 Para A. B azzana los ḥuṣū n forman “…la base y el sostén de la sociedad islá mi ca rur al, o el esqueleto de la geogr afía humana, adminis trativa y social de est as re giones”, añadiendo qu e, para los autores árabes -a diferenci a de los textos cristianos que identifican fortific ación con poder seño rial- el ḥ iṣn se aplica tanto a la fortificación propiamente dich a, que en ocasion es es un si mple re fugio, como al conjunto de la comunidad que reside en las qurā , de modo que la fortific ación no domina sociopolíticamente estos pequeños territorios r ural es sino que es el centro de l a comunidad, “el símbolo de su unidad”. Es trem endamen te significativo que sean las aljamas las que entreg en las fortificaciones al mon arca cristiano en el c a so de Nules, Castro o Shūn, indicando que es la comunidad la que detenta s u posesión. No obstante, según este investigador, si bien la may o ría de l as fortificacion es gozan de autonomía, en algunos c asos -que explica por su posición estratégi ca- apare ce como sede de un oficial ( qa id ) y d e una gua rnición que depende d el sultān , como sucede en Almenara, donde queda claro que la guarn ición reside y controla el “ castell ” mientras que los habitantes del pueblo que se sitúa a los pies de la fo rtificac ión pueden discutir si r endi r el alba car y el pueblo mismo dentro del marco de la aljama o el consejo de viejos 296 . Desde And alucía O ccidental este an álisis se ha abor dado de m aner a mu y superficial, con esc asa pr ecisión y re flejando todas las dud as q ue alber g amos. L os poc os que s e h an atrevido a realizarlo muestran, por un lado, que se ha v enido e ntendiendo la fortificación como centr o de organización del poder , aunque “no sólo como expresión del control ejercido sobr e un territorio por la autoridad central, estatal, sino también de la vitalidad mostrada por poder es locales (comu nale s) semiautónomos, a rticulados en torno a torres-r efu gio”. Se mezclan, de forma apare ntemente no contradictoria, “encastillamiento” y ciu dades más o menos abiertas he red eras d el pasa do romano, control estatal y autonomía local 297 . El problema de la fortificación es r ealmente gr ave y estamos mu y lejos aún de solucionarlo. En el territorio analizado tiene un ri tmo discontínuo y p eculiar. De hecho la or ganización urbana del territorio en época romana no deja de tener un aspecto fortificado, debido a l a r eocupación de nume roso s oppida , como ver emos en el c apítulo dedicado a la primera oc upación de la peñas, volvié ndose a observar un n uevo proceso de fortificación en épo ca emiral/califal, que se re fleja en asentamientos c omo Castillo 295 T. F. Glick, 2007, p. 41. 296 A. Bazzana, 1996, pp. 4 60-462. Las cita textuales en p. 460. 297 M. Oria Segura et alíi , 1991, pp. 129-131. A pesar de la evidente conf usió n hay q ue val or ar que estos invest igadores mane jaran la producción científ ica de autores como P. Guichard o A. Bazzana y se contrastaran co n los ava nces de la investi gación realizada en el Le va nte peni ns ular. La cita text ual en p. 129. La predominancia de las teorías del encastilla m iento beben e n las fue ntes de M. Acién Al ma nsa quien, en cierto modo, no hace sino aplicar a al-A ndalus una origina l versió n de las hipótesis por aquel tiempo predomina ntes en Francia de la m ano de P. Toubert, P. Bonnas sie o C. Higo un et. Las últi mas investi gacione s lle va n a co nclusio nes realm ente sorpr endente s, como las dificul tades de cristalización en el Mediterráneo francés o la c rítica al papel determinante d el castillo en el control de los campesi nos (B. Cursente, 2008, pp. 72-74, co n su bibliografía). 123 de Coripe, Castellar de P uerto Serr ano, Zahara, M ontenombrate, Al gámitas o Matrera 298 . Después el re gistro arqueológico se sume en el silencio para r eaparec er en torno al siglo XI I, con los exponentes de Castillo de Guarino, Zafra Mo gón y Z afr a Pardal, en Olvera, y eclosionar en la se gun da mitad del X I I I e inici os del X I V, con la constitución de la frontera. No hemos hallado ningú n castra , ninguna fortifi cación de época visigod a, únicamen te algún y acimiento aislado como Monturque, con un r e g istro claramente bizantino. A nuestro pa recer, por nue stra es casa experiencia, t o dos y c ada uno de los asentamientos fortificados y estru ctur as castrales tienen su part icularidad y no podemos hacer generalizaciones, adaptá ndose perfe ctamente a la or o g rafía y con una r esolución magistral de las n ec esidades defensivas de c ada lug a r. En el caso de l a fortifica ción nazarí, por ejemplo, la supuesta intervención estat al o bien era de tipo financiero, hipótesis que no podemo s demostrar, o contaron con un cu erpo de arquite ctos amplio y de pericia inigu alable de stinados a resolver sobre el terreno dónde y cóm o fortificarse, cosa que es improbable. La explicación podría ser mucho más sen cilla si damos un ma yor papel a las comunidades campesinas, si consideramos la fortificación como refu gio y elemento de poder comunal del territ orio que permite, nada más y nada menos, qu e parapetarse tr as sus murallas con la esperanza de defenderse y segui r persistiendo en su territorio, aprovechar sus recursos y rep roducirse como c omunid ad. En caso de un conflicto armado crónico o con una larg a p ersistencia c ronoló gica (como las luch as tribales o la conquista cristiana) muc has de las alquerías se fo r tifican o se abandonan, o simplemente sus habitantes se refu gia n temporalmente en las f or tificaciones dond e, lóg icamente, los encontrarán los ejé rcitos cristianos y p acta rán con ellos 299 . En la expedición enviada por el amīr ʽAbd al-Raḥmān a Mallorca y Menorca el pa cto inicial se realiza mediante un acuerdo pacífico e nt re “un grupo de gente de aquellas fortificaciones” y un no mencionado amīr , o su representante, mediant e el cual los primeros entr e garían un tercio de sus riquezas y bi enes personales, sin e mbargo, estos isleños fortificados no e r an musulmanes y las forti ficaciones de estos rūm también son mencionadas como ḥuṣū n 300 . El esquema trazado por M. Acién 301 ha sido mu y influ y ente y nos ha emp ujado a la búsqueda de unas fortif icaciones qu e, en realid ad, no hemos encontr ad o 302 . Manuel Acién plantea que part e de la pobla ción “indígena ” aprove charía la conquista par a huir a zonas montañosas y re ocuparon los antiguos oppida ibéricos. Por otra parte, los 298 Sobre Matrera J. Mª. Gutiérrez López, V. Martínez Ena morado, Mª. C. Reinoso del Río y L. Iglesias García, 2010, pp. 55-124. 299 Esta función de refug io te m poral parece evidente incluso en mo mento s tardíos; Durante la revuelta m udéjar de 1276-1277 los m usul m a nes abandonan los ase nta mie ntos ubicados en el lla no y se refugia n a los pies de la s m u rallas de unas forti ficacio nes ahora en m a nos de los cristianos. J. Torr ó i Abad, 1989, p. 55, citando a Desclot; Hace ta mbién refere ncia a ello T. F. Glick, 2007 , p. 38 y nota 9. Uno de los mejores resúm e n es sobre el proble ma de los ḥuṣūn en V. Martínez Ena m orado, 2003a, pp . 213-215. 300 M. Barceló, 20 10, p. 8 1 y 88. 301 Véanse los Capítulo s 1 y 5. 302 Los problema s tambié n los está encontrando J. M. Castaño Aguilar en su Tesis Doctoral. Tal vez sea necesario re for mular las tesis de Manuel A cién Alm an sa m ás que se g uir busca n do aquello que, bajo nuestro enfoque, no aparece porque no existe. 124 herederos de l a aristoc racia visigoda t ambién se re fu giarían en las montañas y construirían fortificacion es más complejas, con alcazaba y ar rabal es, ac tuando como centros fiscales y base s desde las qu e depre dar los asentamientos islamizados. Finalmente, esta rían los denominados ḥuṣūn-refugio construidos supuestamente por grupos tribales como r eacción al control del Estado y a la amenaza de lo s restos de la aristocracia visigod a “pr otofeudal”. 303 Para épocas más tardías, A. Malpica, empleando los ejemplos de Za gr a y Castell de Ferro, plantea un esquema que se inclina hacia la vertiente “estatalista” y lo hace extensivo a toda la front era. El caso de Zagr a 304 no nos pare ce mu y indicati vo porque, como adviert e el p ropio investigador, había entra do en la órbita de la ciudad de Loj a y carecía de territorio propio. A pesar de ello, nos parece sumamente intere sante el texto que se reprodu ce p ara ejemplificar la ausencia d e j urisdicción de esta fo rtaleza y que, pensamos, puede ofre cer nos algunos datos más si lo leemos atentamente: “(…) dixo Maho ma Çaiad, m oro vesino que ( sic , por de) Granada…venido para alindar e asentar mojones…, que el alcaide de Sagra le avía dicho que la daria vn jubon e vn saio e que dixese que tenia ter minos Sagra en el tienpo que era de moros…que non ten ia terminos ningu no Sagra, saluo el circuito del castillo e los de las gotera ( sic , por goteras). E otro tanto dixo Ismael, que fue alcaide del dicho castillo catorse años, que n unca tovo ter m ino apartado Sagra, sal uo q ue era de Loxa, e sy algu no se nbrau an en aquella s tierras que el die smo dauan a Loxa s y era pases, e que para el proueimiento del castillo como el rei to maua los dies mos para el prouei mie nto de los lugares fronteros e para las c evaderas de los ca ualleros qu e sy era g uerras que ma ndaua n echar los dichos diesmo s en el cas tillo por no tener que meter recu a” . 305 Por un lado puede observarse la esc asa disposición de liquide z del alcaide de Sagra, cuy o soborno se ofrec e en textiles; de otro, la extensión gener alizada del diezmo como principal car g a fiscal sobre la producción ag rícola y, finalmente, la es casa capa cidad de intendencia del sultanato que, en tiempo de guerr a s , repercutía los diezmos en el c astillo para ahorra r en el envío de recu as de p an. Castell de Ferro 306 , situado en la costa de la taha de Suhayl , contab a para su mantenimiento con bienes habices en tierras alejada s, como también parec e haber documentado A. Malpica en las fortalezas que cerrab an la Ve ga de Gr anada, cu y os bienes se encontraban en la capital. Por tanto, conclu ye que la explotación de determinadas tier ras y el beneficio de los diezmos se aplicaban a las fortalezas de la frontera 307 . 303 Básicamen te la h ipótesis que da articulada en M. Acién Al m an sa, 1989, 1992a, 1995, 1997, 1998, 2000 y 2002. El cambio de viraje que se produjo en el título del año 2008, relegando al últim o lugar la s fortificac iones, no f u e su ficie nte y el E stado, reflejado a través de la ciudad, acaba domi na ndo el discurso. 304 A. Malpica Cuello, 1987. 305 Archivo M unic ipal de Loja. Libro de Actas Capitulares, I, A ct a capitular de 27 de diciembre de 1487, s.f.; A. Malpica Cuello, 1987, p. 97 2; 2000, p. 270. 306 J. Pérez García, 1984; A. Malpica Cuello, 2000, p . 270. 307 A. Malpica Cuello, 2000, p. 270. To do esto en el caso de que no existie ra una ci udad cercana, otorgando una preemi nenc ia al mu ndo urbano sobre el r ural. Añade que en el ca so de las defe nsa s urbanas se establecía una “corresponsabilidad” entre el Esta do naza rí “y el espacio territorial en el que se insertaban”. No se aborda la posibilidad de que esa corresponsabilidad se h iciera exten siva a las fortificaciones rurales y se de spersonaliza la relación gobernante -co m unidad a travé s de la construcción Estado/espacio territorial. 125 Para C. Trillo, a pesa r de sus esfue rzos por vislumbr ar la evolución de la socied ad nazarí hacia un esquem a no tribal, per cibe en fe c ha s avanzadas una gran capacidad de autogestión en las comunidades rur ales f rente a las estru cturas estatal es, hecho que considera como una c aracterística fundamental del “ dualismo propio d e una soci edad tributaria y no feudal, cuando no incluso una oposi ción entre ambas”, considerando el castillo como lugar dond e se expresa esta rel ación, que se concr eta en el escaso tamaño de los espacios privados del alcaide y de la gu arn i ción, prevaleci endo los espacios para la acogida d e la población 308 . Guichard expresó las rel aciones entre alquerías y c astillos en términos de propiedad de estos últimos por parte de las comunidades loc ales, aunque su formulación deja un resquicio, temeroso, por donde se cuelan “los c asti llos más importantes” 309 . Para Rafael Azuar las mejoras “te cno lógicas” de las fo rtifica ci ones almohades no tendrían nada que ver con las or ganizacio nes tribales loc ales, res pon diendo a un fenómeno tardío y relacionado con los objet ivos coer citivos del Esta do 310 , aunque últimamente ha ajustado sus formulaciones a las de Torró, quien ofre ce una c ronolo gía también tardía pero con una explicación menos estatalista 311 . Además existen otras construcciones def ensivas, como fortalezas que no responden a la tipología de recinto fortif icado, habiéndose puesto como ejemplo de éstas e l ya cimiento de Castell de Ferro, defin ido como “una torre de g ran des dimensiones provista de aljibe, sin otras estructuras aso c iadas”. Su compara ción c o n Pruna 312 es del todo desacertad a y a que, como veremos, se t rata de una estru ctura más compleja en la cu al, además de la torre y la camisa (p robablemente cristiana), se do c umenta un re cinto de may o r amplitud reforzado con torres qu e pudiera correspond er a u n albacar. En opinión de Carlos Gozalbes “y a desde las inva sione s norteaf ricanas de almorávides y sobre todo con las de los almohades, el tipo de háb itat basado en el c astillo de montaña y sus alqu erías asociadas se abandona definitivamen te, siendo sustituidos estos castillos de altura po r otros de zona baja, loma o coli na.” Es to, ad emás de e xcesivamente generalista e impre ciso, tampoco explica la causa d e esta transfo rmación que, por otra parte, tampoco se compa rece bi en con las evidenc ias arqueoló gicas. Para Gozalbes Cravioto el número de y a cimientos y su menor tamaño se interpretaría como reflejo de una r egr esión en la población y exp lotación del territorio, lo que remata argumentando que “la c onstante e intermitente huida de la población de zonas bajas a altas, de zonas bien comunicadas a zonas aisladas, con sus consecuencias en el alternativo au g e de la ga nadería o de la agricultu r a en d etrimento la una de la otra, no vuelve a producirse tr as la invasión almohade.....la arqueolo gía nos muestra que los castillos de altura y sus alquerías asociadas se a b andonan definitivament e. Al parecer, los nuevos castillos, cumplían bien su función de p rotección de la vida ca mpesina”. L a 308 Esto lo diferenciaría de los “castillos feudales… cu yo objetivo, m á s que de fensi vo, es el del dominio del entorno sobre el que establecen u na s relaciones no sólo de tipo económi co sino ta mbié n jurisdiccional y político, con vaga o n ula re ferencia a u n poder público por enci ma del señ orial”, C. Tr illo San José, 2000, p. 311. 309 P. Guichard, 1984, p. 135. Creemos que es mu y l úcida la afir mac ión de Mª. C. Segura Graiño (1982, p. 442) según la c ual en el territorio de Al m ería “e l tipo de hábitat que predo mi nó fue el de las alquerías y aldeas sin fortifica r”, lo que queda atestiguado en los Libros de Reparti mien to. 310 R. Azuar R uíz, 1989, pp. 348 -349. 311 J. To rró i Abad, 199 8. 312 A. Malpica Cuello, 2000, p. 272. Véase el apartad o dedicad o a Pruna en el Capítulo 8. 126 estructura administrativ a cambiaría, d enominá ndose “tahas” a la nuevas unidades administrativas que, a v eces, se centraban en uno de los nu evos castillos y en las alquerías de su alred edor. Sobre las denominadas “torres de alquería ” la c onfu sión del autor es m uy evidente. Además de su escasa conservación, las qu e han pervivido “más pa recen torres residenciales que otr a cosa”, pudiendo ten er un a ce rc a para alber g ar gana do y bienes, utilizándose la torre como refu gio de “la guarnició n y oc asionalmente los habitantes” 313 . “El elemento-tipo de población rur al en época almoha de-naza rí, e ra la tor re- alquería....que no r epres enta un proc eso de proto-f eudalización, puesto que la torre no es residencial. Es un lu gar donde la comunidad se refu g ia en caso de p eligro, pero la may or p arte del tiempo, la torre es un simple alma c én comunitario” 314 . Estas torres rurales se han definido como uno de los elementos más claros del contraste entre la org anización social andalusí y la feudal, surgiendo en los asentami entos rurales andalusíes como defensa ante los ejércitos cristianos y p asando, tras la conquista, a representar el control de los señores feudales sobr e el mundo rural 315 . La co nstrucción de estas defens as, en alquerías o en almunias, pa r e ce prec ede r al avanc e d e los Estados feudales y las en contram os y a en el siglo X I o prin cipios de siglo X I I en los valles del Ebro 316 , del Henares 317 , o del Tajo 318 , generalizándose de spués en la zona val en ci an a 319 y en el Valle del Guadalquivir 320 y , a partir del siglo X I I I , en el reino nazarí de Granada 321 . Las atal a yas, que se han diferenciado de las torres de alquería tanto p or su planta (circular o elipsoidal) como por los materiales emp leados (mampostería frente a tapial), se identifican por ubica rs e en puntos elevados “pa r a el control visual de los pasos”, est ar conectadas con otras es tructuras castrales para for mar un mecanismo defensivo de may or entidad, formand o un “sistema de anillos” par a l a def ensa de te rritorios más o menos extensos en cuy a cúspide se encontraba l a ciu dad 322 . La r ealidad es bastante más compleja 323 . Es cierto que algunas de las atala y as q ue hemos l ocalizado pudieran estar en conexión con el contr ol de dete rminados c aminos de a cceso al interior del sultanato, como es el caso de la Atala ya de Hamete, en el municipio de Algodonales, sobre el camino que conectab a Jerez con Mál aga y que discurr ía a los pies de e sta estructura, construída sobre un asentamiento de los siglos V º- I Vº a.n. e. Otras, sin em bargo, como la de San Cristóbal, ocupan lugares donde lo que pri ma es la visibilidad de amplios horizontes y no el control de los caminos. 313 A. Malpica Cuello, 2000, p. 273. 314 C. Gozalbes Cravioto, 2003, pp. 409-410. No creo necesario nigú n co me ntario más al respecto de la claridad en la co mprensión de la organización de l m u ndo rural, de los campesi nos, en época almohade. 315 M. Jiménez Puertas, G. García-Co ntreras R uiz y L. Matte l, 2010, p. 191. 316 J . M . O r t e g a O r t e g a , 2 0 1 0 . 317 E . G a r c í a - S o t o M a t e o s y S . F e r r e r o R o s , 2 0 0 8 . 318 C. Pacheco Jiménez, 2004. 319 A. Bazzana y P. Guic hard, 1978; J. Torró, 1 998; J. L. Simón García, 2004. 320 F. Sánchez Villaespesa, 1996; A. Martí nez de Castro, 2003. 321 M. Martín García, 2000; M. J imé nez Puertas, 2002. 322 A. Malpica Cuello, 2000, p. 273. 323 En realidad cualquier lu gar o estructura puede fu ncionar com o atala y a y/o alme nara. Véase Villamart ín co mo alm enara en A MS PM 1424, nº 60, fechado en 1425, en J.L. Villalong a Serrano, 2006, p. 85. 127 En cuanto a las difer en cias constructivas estas se d eben más a la disp onibilidad de material constructivo en el entorno que al emple o d iferen cial de una u ot ra técnic a en relación con la funcion alidad de la estructura d efe nsiva. De acuerdo con estas estructuras sociales tribales se apre cia una ocupación determinada del espacio en la que “ el punto de referencia más e vidente es el castillo” 324 , que cumple funciones y tiene una c omposición espacial y arquit ectónica mu y distintas al c astillo feudal y se explica por la red de poblamiento ru ral que ampara y que lo sostiene a él 325 . Es preciso advertir que la organización del esp acio por los ḥuṣūn fue evolucionando a lo largo de tod a la época andalusí 326 . I ndic a, también, que a partir de algun os de estos ḥuṣūn se pudieron formar núcleos urbanos. Ésto s no fueron solo c re ación directa del poder, sino que surgier on en el p ropio seno d e la s ociedad andalusí amparado, por supuesto, por éste 327 . Si el problema está, como se ha planteado, en s ab er si estos asentamientos amurallados están ocupados por c am pesinos que viven de la explo tación de la tierr a 328 , se han dado al respecto respuestas co ntradictorias, Azuar, en su análisis del y acimiento de Castillo del Río, afirma que el asentamiento se d ebe a una “ política de repoblación de las zonas despobladas valencianas, estructuradas alrededor de los castillos ”, que se convierten, para el autor, en eje ve rtebrador d el espacio rural al facilitar o permitir un a “política de concentración de la pobl ación c ampesina en poblados fortific ados, con el fin de permitir su control fiscal ” 329 . No tenemos muy cl aro, si es que el término “polí tica” se refier e al Estado, que éste tuvies e l a capacid ad de ordenar el mundo campesino de l a forma qu e se plantea. Más bien p are ce lo contra rio, que estas co munidades tenían un a gran capa cidad de autogobierno y que la relación con el “Estado” er a más bi en laxa y basada en la captura del excedent e a través de la fiscalidad, s e gún ha insistido Miquel Barceló en numerosas ocasiones. Esta concentra ción y fortifi cac ión campesina se podría interpretar como un rea grupamient o de las comunidades de las al que rías motivado por una situación fronteriza en el que poco tien e que ver e l sultán, aunque r ealice a cciones concretas como en el cas o de Mohamed V, y que puede relacionars e más bien con una opción campesina ante si tuaciones adversas y de c on flicto. Para Azuar, Castillo del Río “se convierte en c abeza administrativa de un `ḥiṣn´, cu y a comunidad se asienta en el interior de sus murallas … .alejada de las área s de máxima explotación, como es la huerta….Esta nuev a forma de asentamiento en el ámbito rural 324 A. Malpica Cuello, 2003, p. 45. 325 Guichard, P.: “Le problème d e l ´existe nce de structures de type ` féodal ´ da ns la société d al- Andalu s”. Structures féodeles et féodalisme dans l´Occiden méditerranéen (Xe-XIIIe suècles). Bilan et perspectives de recherches . París, 1984, pags. 699-718 . 326 A. Malpica Cuello, 2003, p. 47. Admi tiendo que el espacio es organiza do por los ḥuṣūn y, además, que esta vertebración del territorio poseía su propia diná mi ca 327 Esta concepción del ḥiṣn es com ú n a la ma y oría de autores que escriben sobre la historia de al-A ndalu s, que sepamos sólo Barceló y su equipo, y Martínez Ena m orado, han planteado otras posibilidades. Ver, por ejemplo, Acien Al m ansa, 1988, pp. 11-26; 1989. D entro de esta visió n clásica, aunque más m atizada, podemos incluir la aportación de T. F. Glick, 2007, pp. 36-41, quien ofrece u na panorámica m uy co mpleta y docu mentada en la q ue no faltan la “hu ida de la población desde las tierras bajas hacia las mo ntañas”, “ h isn -re fugio”, “ husūn … má s comp lejos” durante la “ fitna ” o la fig ura del q ā id . No obstante, a lo largo de sus líneas creemo s que se trasluce una di versidad y u na complejidad tan amplia que no puede encorset arse en modelo alguno. 328 A. Malpica Cuello, 2003, p. 58. 329 Azuar R uiz, 1999, p. 248. Las cursivas son n uestras. 134 La g ardère, aunque sigu e en pa rte la visión de Guicha rd, introduce novedades d e relevancia bajo nuestro punto de vista. De un lado, sostiene que la ma y o ría de las fuentes árab es su giere qu e la qarya “ es un pu eblo y no una propiedad simple y comunal, o un dominio territorial sometido a un único propie tario”. De otro, nos indica que las consultas jurídicas conc ernientes a la adquisici ón de estas qura desig nan, bajo este nombre, un conjunto relativamente homogéneo de casa s y tierr as que “dep enden de uno o de varios propietarios” 365 . En este mismo sentido se han pronunciado también alg unos ar abistas, derivando los topónimos en Beni- no de la posesión colecti va de u n grupo agn atic io sino de la pertenencia a un propiet ario absentista, explicando su sentido plural con un artificio tejido en torno a la dilatación a través d e varias ge neraciones de es a propie dad 366 . Barceló obse rvó, rápida mente, que en estas defi nici ones no se contempla ban elementos importantes que singular izan la qarya y la distinguen de otros núcleos de población derivados del asentamiento de formaciones sociales distintas a la andalusí. El más importante, sin duda, es que la alqu ería es un asen tamiento en el qu e los grupos humanos que allí habitan están unidos por lazos de sangre. Guichard también lo había advertido al abordar el análisis toponímico: “La asociación duradera de la tierra y del grupo familiar, si n la cual resulta difícil de explicar la evolución del ge ntilicio en topónimo, hace pen sar en una fue rte cohesió n por parentesco de tipo norteafricano (haciendo difícil es, especialme nte, las transfe r encias de tierras de un grupo a otro) y, por tanto, en for mas de apropiación (¿ y de explotación?) en parte colectivas….” 367 . A este respe cto se aduc e una transforma ción des de u nas estructur as neta mente tribales hacia otras en las que la exogamia y la admisión de elementos externos al clan, tales como clientes, deberían llevarnos a matizar las afi rmacion es sobre una org anización tribal estricta y más hac ia definiciones próximas a las relaciones de veci ndad que las cubrían y cu y a expresión era la aljama 368 . Al respecto de la evoluci ón social que pudiera refl ejarse en la evolución de las alquerías, Barceló ha señalado, de forma contundente, que “nad ie h a explicado las razones de la supuesta discontinuidad social o extinción de todo un ord en campesino del qu e nos quedarían como fósiles s in sentido, unos nombr e s de la red, evidentemen te intacta, de reproducción social ca mpesina”. Para Barcelo, algun os historiadores han tendido a considerar, aunque sin e xplicitarlo, que los clanes tribales bereb eres inmigr antes a al- Andalus iniciaron una “evolución” hacia la destriba lización, sin precisar en que consiste exactamente esto 369 . terres dépendant de plusieurs propriétaires (ou d une communauté d explotants) et non pas un co mple xe seigne urial ou manorial….”. 365 Lagardére, V., 1993, p. 180, “La s très grande majorité des source s arabes sug gèrent que la qarya e st un village et non une simple propriété domani ale ou un do mai ne foncier s ou mis à u n se ul propriétaire. Les cons ultation s juridiques concernat l´ acqui sit ion de ces qurā désig nen t s ous ce nom, un ensem ble relati vam ent ho mog éne de maison s et des terres dépenda nt de un ou de plusieurs propiétaires et non pas un comple xe seigne u rial ou ma norial de type féodal”. Puede observarse clarame nte la variación en el nú m ero de propietarios d e una qarya e ntre u no y otro autor (la cursiva e s n uestra). 366 Mª. J. Rubiera Mata y M. de Epalza i Ferrer, 198 7, pp. 2 7-31. 367 P. Guichard, 1984, p . 131. 368 C. Trillo San José, 200 0, p. 3 10. Sigue a Guichard, 1990, I, pp. 2 27-230 (reed. en 2001 ). 369 M. Barcelo, 199 7a, pp. 12-13, las comillas son su y as. Conti n úa del si guie nte modo: “ La confusió, inculta, entre dimensió tribal genealògica i instalació i domini territori al, és perennne…Aquets 135 En cuanto a la base material para la reproducción de estas comunidades se ha sostenido que es la agricultura de r eg adío 370 , aunque esta observación debe s er matizada, al igu al que aquella que pres enta al-Andalus como una socied ad i gualita ria, idílica y carente de conflictos, que algunos h an querido le er en los tra bajos de Guich ard o Barc eló, pero qu e el propio Miquel Barceló ha colocado en su justo lu ga r: “Ignora mos, si n e mbargo, algo funda m enta l: la organización de l proceso de trabajo dentro del amplio espacio de la alquería . Lógicam ente tendría que haber un cierto grado de coordinación entre las “ca sas”, f uese dispersa o nucleada la forma de su s espaci os domés ticos. Los consells de viejos (shu yū k h), que ya sabemo s que tenía n u na f u nción relevan te en el ni vel político, segura me nte ta mb ién tenían una funció n decisiva en las decisiones de organizació n del proceso de trabajo y coordinación de todas las actividades sociales. En ning ú n caso esta coordinación necesaria i mplica una co m uni dad igualitaria. En las alquerías segura me nte las jerarquías sociales entre las “casa s” estaban bas adas en u na desigual distribu ción de la producción […]. P or otro lado, la comu nidad ca mpesi na de la alquería tenía capacidad política para retener el excedente, excepto la parte fiscal recla mada por el Estado, cuando éste era efecti va mente prese nte. Tamb ién hay que advertir que la organización en alquerías camp esi na s basadas e n el parentesco no implica nin gu na rigidez étnic a excepto en su aspecto más form alizado -de hecho el clan acepta inm igra ntes ajenos- y si, en ca mbio, se basa en la estabilida d territorial.” 371 A pesar de esta imag en de p ersistencia y de la ac ep tación del “tiempo lento” en la formación social andalus í es posible señalar una ev olución 372 que se percibe en términos jurídicos. Esta transfor mación y a fu e señ alada por G uicha rd 373 aunque admite que ignoramos si al gunas de estas alquerías, o tod as, habían pe rdido y a en el siglo X I I I su carácter a gnaticio. De otra parte, señ ala este auto r, que las alquerías con nombres clánicos se y uxtaponen a otras con topónimos distin tos en el territorio de cada uno de los castillos , sin que existan indicios que permitan hablar de e statutos o de funcionamiento distinto de unas alquerías y otras 374 . Parece que el tiempo histórico no puede m edirse del mismo modo en sociedades qu e son básicamente distintas y p ara la historia del mu ndo bereber y los espacio s hidráulicos el tiempo es lento, com o ha señalado Ba rceló, esta lentitud histórica es fruto de su estrategia e conómica, y a que “el bloqueo a formas d e acumulación de trabajo campesino produce lentitud histórica” 375 . Carmen Trillo también ha insistido en el “tiempo lent o de Barc eló” 376 frente a las sociedades feud ales, por lo que su evolución es más difícil de percibir, pues no se historiadors tampoc no diuen mai per què els clans berbers han de fer aquesta, per ells prescri ta, “evolució” ni què els obliga a fer-ho . D altra banda, com ja fa estona vais assenyalar, el medi tribal no és una altra cosa q ue una manera específica d organitzar els processos de treball pagès ”. 370 A. Malpica Cuello y C. Trillo San José, 2002, p. 235, p. 1 4 de la versión digital; A. Malpica Cuello, 2003a, p. 45. 371 M. Barceló, 19 88, p.10 7. 372 A. Malpica Cuel lo, 2003, p. 46. La noción de “tiem po hi stórico m u y le nto” en M. Barceló, 1995a, pp. 25, 26-27. 373 Guichard, P., 1979; 1 984. 374 Guichard, P., 1979, p p 47-4 8, “ Les topon y m es claniq ues s ug gèren t évide m me nt une forte cohésion de celles qui étaie n t assi milable s à des groupes parentau x, mai s d u ne part n ous i gnorons si certains –ou l ensem ble, ce qui paraît peu probable- de ces v illages n avaie nt pas perdu au début du XIIIe siècle leur caractère agnatiq u e, et d autre part les alquerie s à topony m es gentilices de t rouven t, su r le territoire de chacun des châ te aux, juxtaposées à d autres ha m eaux portant de s topon y mes différe nts. Et l on n a aucun i ndice d un stat ut ou d un « fonction ne me nt » de deux t ypes d alqueries”. 375 M. Barcelo, 19 95, p. 3 2. 376 C. Trillo San José, 200 3, p. 7 2. 136 expresa claramente co mo en éstas en la d e sus clase s dominantes. Las aljamas campesinas van a man tener su rivalidad co n el Es tado , su único aprehensor de excedente. Esto puede observars e ho y día en el Norte de Áf rica como en la propiedad de las tierras incultas que si empre había p erten ecido a las aljamas como comu nales ( ḥarīm ) o muertas ( mawāt o apro piables por vivificación). A. Malpica, por su part e, ha señalado qu e s ería n ec esario conoc er el origen y fundación de las alquerías par a analizar su evolución, para lo que es imprescindible “el conocimiento de las á reas de cultivo irrigadas y s u relación con los asenta mientos” 377 . En la Sier ra de C ádiz esto se ha mostrado poco opera tivo, la m ay o ría de los asentamientos no tienen relación físic a con el espa cio irrigado y, en el entorno de estos espacios, es habitual enc ontrar asentamientos de ot ras cronologías, sobre todo romanos, en una relación espaci al mucho más estrecha con el área d e capta ción, como en el caso de Monicha, en el término municipal del El Gastor. En otros casos simplemente se superpone un asentamien to islámico a otro rom ano, aunque sin continuidad, como en el caso de Z aharilla. Volve remos sobre este asunto más adelante. Virgilio Martínez, en tor no a la caída del calif ato almohade, esc ribía que “el O ccidente musulmán se fraccionó de una manera irreversible. El poder califal almohade, que después del de los omeya s había sido el único capaz de garantizar esa unidad, se disolvía ante el empuje de distintas fuerzas centrí fugas. Sólo en ese contexto puede ser comprendido el gobiern o de Menorca, resultado de un a crisis política que permitió la aparición de p equeñas entidades con c apacida d de ge stionar una cie r ta autonomía política. Y aunque esa g estión se basaba, como no p odía ser de otra m aner a, en "órdenes campesinos" bastante estables desde el siglo VI II -a partir del X, en el cont exto insular, como es sabido-, la vieja historiogra fía no está di spuesta a des entraña rlos” 378 . Estos cambios no serían pues, en primera instan cia de contenido político, aunque tal dimensión sea fund amental para el conocimiento hist órico, en opinión de Antonio Malpica, a quien vamos a seguir unas líneas, se de rivaría de manera mec ánica el paso de una sociedad a otra por una alteración en l as form as de establec er el gobierno, debiendo tener en cuenta, dice el autor, “que la so c iedad de al-And alus ha p roseguido su existencia pese a la enorme crisis política que his tóricamente ha vivid o a partir del califato cordobés” 379 . En este sentido se nos ocurre que pued e traerse a c olación l a paradoja señ alada por B arceló "la umma ha ac eptado tanto la necesidad del Estado que incluso cuando, en rigor, este no existe, mantiene su dispositivo administrativo" 380 . Esta dificultad pa ra obs ervar “una evolución” 381 en estas socied ades, cu y os rasgos tienden a perm anec er mu y estables, se v e acentuada por la ausen cia de fuentes, que prestan escasa atención a los ámbitos rurales -lo q ue parece apo ya r la hipótesis de una cesura entre los urb an o y lo rural-, por lo que nue stros datos proceden de la documentación castellan a inmediatamente posteri or a la conquista y de la Arqueolo gía, que se ha mostrado como una herramienta efica z para el estudio de la sociedad rur al medieval. Sabemos muc ho más de castillos que de asentamientos rur ales , algunos de cuy os aspe ctos fundamentales, como las vivienda s, p ermanecen i gno rados. Sin embargo, 377 A. Malpica Cuello, 2003, p. 46. 378 V. Martínez Enamorado, 2006, p. 12. 379 A. Malpica Cuello, 2003, p. 47. 380 M. Barcelo, 19 88, p. 1 11. 381 C. Trillo San José, 200 3, p. 7 2. 137 la unidad de análisis “vivienda” no p are ce qu e sea demasiado ope rativa pa r a ofr ece r una información de verd ad era calidad sob re el asentamiento y su relación con la organización social, ne ce sitamos elementos analític os más complejos y amplios. También, en opinión de Malpica, el asentamiento “vie ne determinado por la g ene ración de una a gri cultura de re g adío que está prote gida po r los mecanismos sociales que la han creado y la mantienen ” 382 y que son, p ara B arc eló, de tipo tribal 383 . Se define la alquería, en su dimensión productiva, como basada esencialmente en un área de cultivo irrig ad a 384 , aunque esta afirma ción no está lo sufici entemente contrastada y abogamos por la existencia de estrate gias p roductivas mucho más diversificadas. De est e modo, a nu estro par ecer, se ha puesto de mas iado énfasis en el est ablecimiento de los perímetros ir rig a dos con respecto al asentam iento de grupos tribales árabes o beréberes. Este “modelo” , que p are ce funciona r d e f orma oper ativa e n el Šarq , no es del todo aplicable a al gunas zonas rurales d el Gārb al -Andalus y , si bien es verdad que en la may orí a de los casos es posible establecer una cier ta relación entre perím etro irrigado y asentamiento andalusí, e n otros, como los del Andévalo de Huelva, los de la Tierra de Barros y al gunos de los de la Sierra de Cádiz, parec en indica r la posibilidad de la existencia de otras opciones campesinas dif erente s o, mejor dicho, más diversas. En resumen, las alquería s, erigidas por la investi ga ción como el element o esencial del poblamiento rural, se definirían como asentamientos en los que se agrup aban cas as y tierras de diferent es prop ietarios y no d e una p rop iedad concreta 385 que en modo alguno puede ser asimilada a un complejo señorial de carác ter feudal. En sus orígenes estas alquerías responden al as entamiento de grupos cláni cos con un a fu erte coh esión interna y un a g ran estabilidad derivada del m antenimiento de l a inte grid ad de la propi edad dentro del grupo, a tr avés de la endogamia 386 . Patrice Cressier había ad vertido que algun as de e sta s alquerías no present aban un tejido urbano en sentido estricto y rel aciona las distintas aglomera ciones con las estructur as tribales 387 . L as alque rías podían estar divididas, ento nces, e n dos o más ba rri os como se puede observa r en la Vega de Granada o en las Alpuj arras 388 . Lanteira con stituy e un 382 A. Malpica C uello, 2003, p. 46. C. Trillo San José, (2000, p. 294) pl antea que el regadío es el eleme nto fu nda me ntal de la agricul tura nazarí e, incl u so, que esta agric ult ura es una creación nazarí, en la que el regadío es lo más rele vante, pero en la que destaca también la utilización de suelos de mu y diversa calidad y con condiciones de hu medad distintas. No creemos, como ya he mos hecho notar, que una economía cam pesi na que alterne regadío y secano, ganadería y agricul tura, aprovecham iento del bosque, etc… pueda relacionarse y c ua lificar a una for mación social concreta ni a u n periodo histórico. 383 Barceló, M., 19 89. 384 A. Malpica Cuello, 2000, pp. 275-276. 385 Como plantea M. Borrero, 1983. 386 P. Guichard, 1976, 1 988; V. Lagardére, 1993a, 199 3b; M. Barceló, 1988. 387 P. Cressier indica que: “A uc une de ces aglo m érations ne prése nte u n ti ss u urbain au sens strict, sauf peut -être les trois v illage s de basses de Cádiar, Ugíjar et Orjiva. Bien au contraire, toutes sons constituées de no ya ux distin cts les u ns de autres….Une des expli cations de cette disposition est à rechercher dans l organisatio n mêm e de la société musul m a ne aux str uct ures tr ibales et groupes marqués” (1983, p. 94). 388 Para la Vega de G ranada puede consultar se el trabajo de P. Hernández Benito, 1990; Las Alpujarras han sido objeto de la atención de C. Trillo San José en varios trabajos siendo el más co mpleto el de 1994. 138 núcleo conc entrado, el único de su término municipal, pero se trata de un a realidad qu e se impone a fines del siglo XV I, tras la expulsión de los moriscos ya que, con anterioridad a esta expulsión y según la documentac ión castellana, la alquería estaba formada por dos barrios algo distanciados el uno de l otro, herencia del período islámico, como se deduce de la top onimia 389 . Este esquema ha podido ser documentado por nosotros en los núcleos rurales de la Sierra Norte sevillana y el Andévalo Oriental onube nse. En el primero de los casos pueden men cionarse la aldea de Humeros, en el C asti llo de las Gua rdas, o l a de Pe ralejo, en el mismo término municipal, donde sus vecin os co mparten, aún ho y día, un horno comunitario. En estas al deas, las cas as y la zona ir rig ada se funden en una serie de huertos cer cados y aterr azados. En Villa Emilia, también en el Castillo de las Guardas, se localizan varios asentamientos emirales en torno a una fuente y un espacio potencialmente irrigable en ladera, aunque no he mos observado terrazas ni estructuras hidráulicas artificiales. Otros conjuntos de as entamientos, como los d e Z umaj o, en el municipio o nubense d e El Campillo, o la Sierra de Cecimbre, en Cam pofrío (Huelva ), se encuentran mu y próximos unos a otros, formando lo que interpret amo s como una compa cta comunidad de valle, sin que sepamos trascende r las rela ciones que se pudieron est ablece r entre estos poblados. En multitud de casos, as entamient o e irrig ación aparecen estrechament e vinculados, como en la alquería de El Guerro, en la aldea de Las Ve ntas, término municipal de Campofrío, de épo ca emiral, o el ḥiṣn de Valdezalamea, en El Madroño (Sevilla), de es a misma cronología y que aparec e as ociado a un perímet ro irri gado y amplias zonas de secano 390 . Parec e qu e la tesis de Guichard, desar rollada en sus últimas consecuencias por B arc eló, es una herramienta de enorme utilidad para la explicación de las evidencias arqu eológicas de épo ca islámica t ambién en Andalucí a Occidental 391 . En opinión de Cara Bar ri onuevo, y analizando lo que s ucede en el Ma greb, estos barrios se originan por la constru cción de viviendas juntas por los hijos casados hasta formar un recinto diferenciado o barrio 392 . Para A. Malpica, sin embargo, “no se puede precis ar si eran asiento de clanes d iferen ciados o de g rupos de h abitantes sin m a yo r relación d e parentesco” 393 y pone el centro d el debate en el comportamiento d e l os g rupos familiares. Par a este aut or es impres cindible res ol ver si el pa rentesco sigue teniendo la importancia que tenía en el momento de fundación de las alquerías . Para él las estructuras de l as casas parecen indicar qu e nos hallamos frente a familias restringidas más que frente a familias amplias. Sin embargo, rec onoce, que la disposición de las manzanas y la org anización del núcl eo podrían llevarnos a pensar que hubiese agrupacion es por proximidad familiar, más allá de la estructura nu clear de las casas, debiendo profundizarse e n el estudio de este tema c oncreto. Los c ambios de poblac ión que se plantean p ara estas alquerías no a caban de ser explicados de forma con vincente. Bi en es ci erto que los re gistros docum entales de los 389 M. Jiménez Puertas, G. García-Co ntreras R uiz y L. Matte l, 2010, p. 194. 390 ¿Un val le de los Salāma? El mism o n úcleo de El Madroño apare ce dividido en dos barrios perfectame nte defi nidos espacial me nte. 391 Veánse, por ejemplo, las pertinentes puntua lizacione s realizadas por A. García Sanjuán, 2006b. 392 L. Cara Barrionuevo, 1997, p. 181. 393 A. Malpica C uello plan tea que las relacione s “de san gre” estaban ya m u y “a te mperadas” en época nazarí (2000, p. 281). “aunque se guía n presentes”, 2003, p. 67. 139 que disponemos no parecen mostrar una equivalencia del nombre tribal de la alquería con las nisbas que aparec en rep resent adas. Sin embargo, se pl ante a que el mantenimiento de la coh esión interna, r elacionad o c on la cons ervación de la propiedad en manos de los mismos grupos y con los comportamie ntos matrimoniales endog ámicos, convive con ciert as prác ticas no estrictamente endo gámic as y con una evolución de la alquería hacia la constitución de aljamas 394 . En el caso valen ciano, t anto J. Torró como P. Guichard, h an puesto en evidencia la posesión, por parte de es tas or ganizaciones polític as, tanto de recursos pro pios como de órganos de de cisión autónomos 395 y en las que l os šuyūj o “viejos” con stituían e l verdadero órg ano de d ecisión. También estaban dotada s de algua ciles, con poder ejecutivo, de mantenimiento del orden y fiscal, ya que estab an en carg ados de la recolecta de los impuestos. El alfaquí se encar gaba de los asuntos religiosos. L a situación es algo más compleja, ya que también exis ten “santos” cuy a influen cia trascendía el marco lo cal 396 . Algunas de estas alque rías están dotadas de mezqu it as y h a sido r egla gen eral consider ar que las posteriores i glesi as cristianas heredaron sus espacios 397 , aunque pen samos que es nec esario aquilatar más en este sentido y a que l a atribución mecánic a igl esia-antigua mezquita puede llevarn os a e rror. L os núcleo s de ma yo r tamaño p udieron esta r provistos de mezquitas en cada barrio y una m ezquit a aljama. Por ahora no ha sido posible establece r una tipolog ía d e las técnic as costructivas, de los materiales empleados, de la or ganización interna de las viviendas ni, mucho menos, de la organización de esta s en el espacio de las zonas de residencia. A pesar de los esfuerzos realizados 398 , la diversidad y la esp ecific idad parec en volver a ser la tónica, utilizándose tanto fábricas de tapial ( ṭābiya ) como de mampostería, d e forma exclusiva o conjunta, con zócalos de mampostería o, simplemente, con una hilada de mampuestos colocados en posición ve rtical sobre los que se de s arrolla el alzado de tapi al e, incluso en el mismo yacimiento, observarse el empleo de apa rejos distintos. Cubiertas y suelos también son variables, pudiendo construirse los tej ados con vegeta les o piezas cerámicas y mostrando los suelos una ma yor vari abil idad con el empleo del y eso, tierra batida, cal, losas de cer á mica o piedra, re gulariza ción del sustrato geoló gico… Los tr abajos de Malpica sobre técnicas constru ctiva s 399 no nos par ecen d e aplicación a los casos analizados, que se han mostrado como e xtr emadamente complejos a la hora de relacionar tipo de constr ucción y cronolo gía d e la misma. Por otra parte, n o estamos del todo se guros de qu e las diferen cias entre los cast i llos de la fronter a y las fortalezas d el interior, mucho más elementales, se deb an a su dist inta vinculación con el Estado, aunque parece evidente que la proliferación de alquerías fortificad as rompe con la 394 A. Malpica Cuello, 2000, p. 274. 395 J. To rró i Abad, 199 9; P. Guichard, 200 1. 396 A. Malpica Cuello, 2000a, p. 274. 397 P. Cresier, 1983, pp. 101-102; A. Malpica Cuello, 2000, p. 280. Para a lgunos pueblos de la Sierra de Cádiz A. Pérez Ordóñez, 2009, pp. 102-107. También para la villa m edieval de Zahara de la Sierra, L. Mª. Cobos Rodríguez, 2003, p. 68. 398 Destaca el trabajo de A. Bazzana, 1992, 2 vols. o la obra conjunta La casa hispano- musulmana. Aportaciones de l a Arqueología , celebrado en Granada en 1990. 399 A. Malpica Cuello, 1998a, pp. 227-23 6. 140 existencia de un modelo anterior más abierto, muy d ifundido en el siglo XI, tal y cómo ha señalado este investig ador 400 . Las viviendas tampoco parec en ten er un formato esta ndar, aunque se h an estable cido algunos módulos para zonas concretas, como par a los Filabres, donde las viviendas se organizan en torno a un patio central al que se ac c ede desde una nave qu e comunica con la calle 401 . Algunos asentamientos excavados en extensión, como el Castillejo de los Guájares, muestra un a di versidad de tamaños bastant e amplia que oscila entre los 78 m 2 de los edificios más complejos y los 5,2 m 2 de los de menor tamaño 402 . Parece ser re gla gener al la ausencia de cimenta ción en la arquitectur a doméstica 403 , explicándose este h echo por el grosor de los muros maestro s 404 , que garantizarían la estabilidad de la construcción. Pero, incluso en las fortificaciones esta ausencia es evidente y es f re cuente e l uso de zarpas o la cons t rucción de las mur allas directamente sobre el a floramiento ge ológico, pudiendo éste habe r sido sometido a un tratamiento previo (re gularización, l echada de morte ro o c al….) o no. También es gen eral la ausencia de sistemas de s aneamiento. En el Castillo del Río, analizado por Rafael Azuar , el tipo de vivienda más común es de pequeño formato y su superfici e no sup era los cuar e nta metros cuadrados. Est á constituida por dos estancias en p aralelo, con suel os y p ared es enlucidos y con hogar en plataforma en un án gulo. A estas salas pavimentadas se adosa una de menor tamaño y con un a cc eso distinto al de la vivienda, norm almen te, ca re ce d e pavim ento y pued e interpretarse como establ o o almacén. Mientras que el ho ga r se localiza en un espacio fij o de la vivienda, el resto de los espacios tienen un cará cter plurifuncional, constat ándose la presencia de hornillos portátiles (an afes ). La ce rámica no presenta difer e ncias sustanciales entre las distintas estancias, apa reci endo un porcentaje s imilar de cer ámic a de mesa y de cocina. Esta polivalencia, sin embargo, no se constata al a naliz ar la funcionalidad de espa cios cubiertos-espacios abiert os ya qu e la ma y or pa rte d el ajuar cerámico s e en contró en los espacios cubie rtos mientras que, en los patios, no se apr ecian labores de prepar ación de alimentos o de contención y alma cenaje de los mismo s, por lo que dudan si excavaron patios o establos y a que “…viendo los resultados es paciales y de fauna, nos decantamos por definir a estos espacios abie rtos como establos, respuesta compr ensible a las necesidades de una c omunidad de campesinos, los cua les…. poseen animales domésticos”. Se observa, además, una ausencia en la jer arquizaci ón de los ámbitos interiores d e las casas y la ausencia de molinos de mano por lo que se supone que existen molinos colectivos o comunitarios fuera del área de res iden cia. En cuanto a la cerámica son predominantes marmitas y c azuelas para la prepar aci ón de alimentos, aco mpañadas por 400 A. Malpica Cuello, 2000b. 401 10 x 15 m. Vid . P. Cressier, A . Gómez Becerra y G. Martíne z Fernández, 1990, p. 23 1. 402 Sobre el Castillejo de los Guájares A. Malpica C uello, M. Barceló, P. Cressier y G. Ros eelló- Bordoy, 1986, pp. 485-309; 1987, pp. 487-492; 1992, pp. 701-702; M. Barceló, P. Cr essi er, A. Malpica Cuello y G. Ros selló-Bordoy, 1987, pp. 359-374; P. Cressier, A. Malpica Cuello y G. R osselló Bordoy, 1987, pp. 149-160; M. Bertrand, P. Cressier, A. Malpica C uello y G. Roselló-Bordoy, 1990, pp. 207-227 ; A. García Porras, 1995, pp. 24 3-257; 2002, pp. 422-455; 2009, T. II, p p. 1051-1062. 403 Su carácterís tica m ás destaca ble, a nuestro e ntender, es la f uncionalidad y la a utoconstru cción. 404 A. Malpica Cuello, 2000a, p. 277. 141 las de almacenamiento de agua y , de forma más rara, de produ ctos sólidos “lo que sugiere una pref erencia por el consumo de productos perec ederos, procedentes posiblemente de la huerta y que no pued en almac enar se…” 405 . En el Maraute, sin embargo, se excavó una importante alquería y p arte de la necrópolis, destacando la gr an varie dad y riqu eza de su cer ámic a frente a una organi zación interna del asentamiento mu y alejada de las c ar acterísticas propias de un mundo ur bano 406 . En Senés, las viviendas se articulan mediante un pat io central al que s e acced e “desd e una nave prec edente” que daba a la calle y que pres ent a dos piezas laterales identificadas como “coci na” y corr al para “pequeño g anado”. En el pati o, en torno al cual se disponen las habitaciones, en forma de “U ”, se localiza un “atroje”, o troje, para guardar alimentos y ense res. Quedan por analizar, sin embargo, la relación de estas viviendas con la estructura familiar, aunqu e se trata de “grupos unifamiliare s” . La homogeneidad co nstructiva, la inexistencia de desiguald ades importantes en la pr o pia vivienda a nivel d ec orativo y d e ajuares, permiten habla r de escasas difer encias so c iales entre sus habitante s 407 . En el Castillejo de los Guájares se han identificado otras variantes con plantas en “U”, “L ” y d e n aves p aral eras, pudiendo contar con un a plant a superior a las que se otor g a la función de “ algorf as” o “soberaos” para el almacena miento 408 . Las de planta en “U” presentan zaguán 409 mientras que en las de plant a en “L ” el acceso se h acía dir ectament e desde la calle. El patio de las casas en “U” era tam bién más amplio y ent re sus funciones se le otor ga la de control del paso a tod as las habitaciones y “una ma y or complejidad en su uso. I ncluso se encontraban en él grandes tinajas p ara almacena r a gua y/ o alimentos” 410 . Para el patio pensamos que debería atenderse m ás a la función de distribución que la de “c ontrol” y tampoco comp arti mos que una “ma y or complejidad” pueda derivarse d e la ap arición de grand es contened ores. El patio es centro de las actividades domésticas y suelen t ener un nivel superior al del resto de las habitaciones, de planta rectangul ar y sin divisiones interiores. En éstas habitaciones, al contra rio de lo que sucede en los patios, no suelen aparecer restos cerámicos. E. Motos Guirao ha definido el patio como centro de la casa, di sponiéndose la cocina en uno de sus ángulos, otro d e los ele men tos de la vivienda que destac a la investigadora por su fun c ión de lugar donde se p re p aran y cons ervan los alimentos 411 . Estas cocinas son de tamaños variados, pudiendo cons tituir estancias poco uniformes, no individualizadas del resto de la vivienda o con varios usos. En ellas colgab an orzas y 405 J. A. Souto Lasala, 1999; R. Azuar Ruiz, 1999, pp. 217-221. Sobre la pr oducción de “inaprensible s” véa se M. Barceló, 1986, ( reed.) 19 96b, p. 45; 1989, (re ed.) 1 996b, p . 67. 406 Gómez Becerra, A. y Malpica Cuello, A., 1999, p.p. 191-199. 407 A. Malpica Cuello, 2003a, p. 57. 408 Segui mo s la descripción de A. Malpica Cuello, 2000a, pp. 2 78-279. 409 La lectura del zag uán que se ofrece nos parece algo conf u sa pues e stablece la necesida d de bancos para que nos encontre mos en un zagu án destinado a “recibir visitas” y, debido a su au sencia, se interpreta como s u “ f unción s uple mentaria” la de albergar ganado me nor, “segura m e nte aves de corral”, Vid . A. Malpica Cuello, 2000a, p. 278. El zaguán, para nosotros, aisla y oculta el patio de la calle mediante u na entrada en recodo que impide su visió n directa desde el espacio público. 410 A. Malpica Cuello, 2000a, p. 278. 411 E. Motos Guirao, 2000, p. 41 9. 142 jarras de l as par edes y la s vigas del te cho, guard a ndo alimentos de varias clases, “ollas de cobre, tamices, sartenes, marmitas, cestos de es parto y toda clas e de útiles se distribuy en por este espa cio doméstico. En la d es pen sa o alma cén, las tinajas guardan las provisiones para el año: harina, ac eite de oliv a, vina gre, conse rvas, miel, frutos s ecos, etc.” 412 Las viviendas de dos naves paralelas son más escasa s y se han interpr etado de forma aún más difusa, y a que se apunta la posibilidad de que sean viviend as de patio y una única habitación y , al mismo tiempo, se duda de si se trata de estructur as complementarias. La tr ama del asentamient o de Los Guájar es se org aniz a mediante un viario principal, de dirección E/O por la línea de máxima pendiente, y ca lles secundarias que bajan, desd e ésta, a ambos lados. El Castillejo de Los Guájares 413 , definido como asentamiento “de carácter esencialmente rural”, muestra la existencia d e viviendas de mu y di versa entidad organizadas en ejes de comunicación, sin que se hay a dado una expli cación a esa diversidad de las unidad es domésticas. No obstante, también en este caso, se observa la ausencia d e elementos p ropios de la ciudad que qued an explicitados, ahora sí, en la existencia de “vías de comunicación r elativamente e labor adas”, inf raestructu ras hidráulicas como pozos y canalizaciones, “ e h igiéni c as (letrinas, c añe rías o pozos ciegos)”. Sigue, García Porras, intentando explicar esa “evidente especialización espacial” y estructur a interna de l as viviendas: “…las dime nsio nes de las viviendas o la plurifuncional idad o unif uncio nalidad de alguna de sus estancias puede re sponder a los ras gos ese nciales de la fa m ilia que la oc upa. En el caso co ncreto de El Castillejo debemos se ñ alar que en las vivie ndas se ubicaba el ámbito de lo privado y residencial. No se ha podido docume ntar que los a ni males f ueran e ncerrados en el in terior de los patios, como se ha señalado en alg unos ase nta m ientos d e época cerc ana, lo que ofrecía un espacio ma yor para la fa milia que evidente me nte lo co mpart i me ntaba” 414 . No parece hab er nin guna duda sobre la existencia de cuad ras anejas a las casas desd e los primeros “modelos” de viviendas rurales, co mo e n el caso que hemos excavado en Villalba de B arros, d e época emir al y calif al. Este tipo de construcciones se documentan también inmediatamente tras la conquista c ristiana 415 . Entre las viviendas era n ormal la presen cia de fru ta les e, incluso la existencia de huertos junto a las casas 416 que se b eneficiaban de la abunda ncia de estiércol y se r e gaban con la fuente de la alquería o co n acequias. Nos parec e muy a certado , también, el planteamiento de otra cuestión. La in existencia de espacios reservados a funciones aj enas al p r opio grupo, la f alta de un espa cio específicamente militar “que se impong a al conj unto de viviendas” significaría, seg ún 412 J. Martínez Ruíz, 1972 y 1982, tomado de E. Motos Guirao, 2000, p. 419. 413 Véase la nota 402 de este mis mo Capítulo. P. Cressier, A. Malpica y G. Rosello -Bordoy, 1987, pp. 149-160; Bertrand, M., Cressier, P., Mal pica, A. y Rose lló-Bordoy, G, 1990, pp. 207-227; A. García Porras, 200 1. 414 García Porras, 20 01, p. 1 53. 415 A. Malpica C uello, 1984, p. 86; 2000a, p. 279 pone como eje mplo el corral del “…viejo Altam iri, que al inda con la dicha casa” reflejado en el Ape o de Turillas. 416 A. Malpica docume nta e n Turillas naranjos, li moneros, h ig uer as, perales y parras. 143 Malpica “que tal función no estaba desempeñada por un g rupo al servicio del Estado o por elementos militarizados surgidos en el seno de la comunidad” 417 . Se deja entrever aquí una doble presunció n, por un lado que la existencia de fortifica ción tiene que llevar aparejada, de forma in eludible, una ciert a pres en ci a del Estado, una “imposición” sobre la población, de otro, vinculado a esta visión de l as comunidad es campesinas, la existencia de elementos defensivos se pone en r elac ión con la necesaria aparición de “elementos militarizados”. L as fuentes cristianas no reflejan m ás que la co mplejidad de la situación r eal, en la que la actuación del “Esta do” y d e las comuni dades pu ede aparece r de forma independiente (moros gomeres en M ontecorto, de fensa d e Audita por la población), conjunta o, incluso, contrapuesta. La investigaciones reali zadas en el valle del río de la Toba pusieron en evidencia la inexistencia de asentami entos previos a la époc a al mohade 418 , de lo que se dedujo que se tratab a de un establecimiento de g rupos nort eafr i canos que mantiene n una fuerte cohesión familiar y un sistema más o menos igualita rio, basado en una producción agrari a nucleada en tor no a un área irrigada 419 que Miquel Bar celó y su equipo intentaron, con éxito relativo, identificar y con ec tar con el yacimiento 420 . En este sentido, para Castillejo de los Guájares se con cluy e que: “ Se trataría de u na co mu nidad ca mpesin a m u y cohe xionada, con la f uerza su ficie nte para diseñar y generar un asenta m ie nto e n su co ncepto más exte nso (área de residencia y área de producción) y, por tanto, i nserta en u na sociedad que lo permite y esti m ula. Se trataría de una sociedad igualitaria, donde lo privado tiene una prevalencia absoluta . Las nece sidades de ésta deter minan la organización espacial de la viv ienda y su di na mis m o evol uti vo” 421 . De forma independiente a que creemos que la prevale nci a de lo privado es un error y que deberíamos habla r más bien de una prevalencia d e “lo comunal”, pe nsamos varias cosas al respe cto a la co nstrucción de este “mode lo de ocupa ción del te rritorio”. Por un lado, no siempre pode mos vincular físic amen te espa c io irri gado y asentamiento, encontrándose en ocasio nes a cierta distancia; p or otro, ese “concepto más extenso” debería inte grar, de for ma operativa, los otros esp acios productivos en las estrate gias campesinas de producció n y r eproduc ción social. Sin secanos, ni pastos, ni bosques la dimensión e inteligibilidad de la explotación y soc ialización del espacio por estos grupos de par entesco no son, sencillamente, posible s. 2.2.1. Otras formas de poblamiento rural. Las fuentes cristianas no s informan de la existenci a de una g ran variedad de formas de asentamiento, al menos desde el punto de vista nomi nativo, sin que sepamos si esta diferenciación tiene su correlato en la aparie ncia física de los núcleos o en su consideración fiscal. Tradicionalmente se vie ne identificanco al “ma char” o maŷšar como cortijo 422 . E l problema d e esta simbiosis de conceptos arr anca de J. Oliver Asín, quie n ya en 1945 417 A. Malpica Cuello, 2003a, p. 55. 418 P. Cressier, A. Malpica y G. Rosello-Bordoy, 1987. 419 A. Malpica Cuello, 2003a, p. 55. 420 M. Barceló (ed), 1998. 421 A. García Porras, 2001, p. 15 3, la cursiva es nue stra. 422 J. Oliver As ín, 1945; A. Malpica Cuello, 1996a, p. 201; 2000a, p. 273; 2014; M. Borrero Fernández, 1983, pp. 322 y ss; J. D. Pérez Cebada, 1998, p. 50; C. Goza lbes Cravioto, 2003, p. 411; J.A. 150 En cuanto a la a ctividad comercial como transfor mado ra de las fo rmas de asentamiento y de explotación del territorio, se ha esg rimido co mo prueba la presencia de núcleos comerciales ge noveses e n ciudades y otros núcleos i mportantes que comercializan el producto acapar ado por el Estado a través de l a fisc alidad. H abrá que p ensar que la sociedad rural nazarí tu vo que v erse af ectad a de al guna mane ra por esa situación (volvamos al ejemplo afg ano), habrá que d esvelar có mo una economí a campesina basada en el policultivo y en la pequeña propieda d entra en una actividad comercial de cierta importancia. Al respe cto, la explicación que of rec e Antonio Malp ica no nos p arece todo lo refin ada que sería dese able. Así, l as alquerías son aljamas, han “evolu cionado” y en sus oríg enes llevaban g érmen es del cambio y de cierta pe rdurabil idad. La tendencia al intercambio estaría ya plen amente c onsolidada, aunque la produc ción campesina, basada en el regadío de man er a primordial, gener a muchos y diver sos productos que no son fáciles de a cumular 456 , rem emora ndo los “produ ctos fu g a ces y bloqueos de excedentes” de Barceló, aunqu e se pudie ran conservar al gunos de el los. Pero no parecen existir, y todos los datos apunta n a ello, gr andes extensiones de tier ras (formadas bien por varias parcelas grand es o bien muchas pequeñ as) dedicadas a un solo cultivo o a un cultivo prefe rente, siendo l a p r omiscuidad la car acterística esen cial. Si que parece existir, no obstante, una part e de la producción campesi na que podía intercambiarse f ácilment e en los merc ados urb anos, pero d e ahí a plantea r la existencia de una ag ricultura especulativa ha y un abismo. La e structur a c ampesina seguí a dentro de unos pa rámetros más próximos a “las antiguas formas ” de lo que pu diera p are cer teniendo en cuenta el alc ance del tráfico comer cial . En qué medida la pe netración d el mercado en los medi os rur ale s supuso una transformación y reorien tación de los cultivos hacia el merc ado, en lug ar de par a el autoabastecimiento, es al go qu e aún no s e ha acl ara do y l as r espuestas de Barceló en su análisis sobre la fiscalid ad calif al no pa recen ha b er sido dete ctadas po r los defensor es del modelo mercantil 457 . L os análisis de Trillo sobre la caña de azúcar y e l moral parecen indicar todo lo contrario, su extensión es más bien limitada en el porcentaje total del terreno cultivado 458 . Adela Fábr e gas recu erd a una sent encia en la c ual la resolución númer o 13 obliga a Paride de Mari, genovés, a paga r 300 de las 1.000 d oblas exigidas por Marco Iustiniano en virtud del flete de 1.500 cántaros de fruta carg ada en Belles (¿Vélez- Málag a?) por Francesco de Sancto Blaxio, ya que, recuerdan, éste se realiza en el marco d el flete general realizado por el rey de Granada (o ccasione dicti naulizamenti scarsi facti de dicta nave ) . L a produc ción de fruta, pro ceden te sin lugar a du d as de las huertas 456 A. Malpica Cuello, 2003a, p. 63. 457 Ademá s de otras con sideraciones, dem uestra q ue en época califal los i ngresos por el tránsito (aduanas) era n realm ente escasos, “la i m portancia del co m erc io lejano ha s ido, a la vez, m al comprendida y exa gerada”. M. Barceló, 20 10, p. 140. 458 C. Trillo San José, 2003, p. 89. J. E. López de Coca (1982, p. 402) proponía que las mejores tierras se habrían sacrificad o para cultivos especulativo s orientados a una exportación controlada especialme nte por los ge noveses, quedando el Estado granadino supeditado a esos i ntereses comerciale s, conduciendo a un incre m ento de los imp uestos e n el ca so de que se pr odujera cualquier desajuste e n este esquem a, co mo sucedió, según e ste in ves tigador, con Abū-l -Ḥa san ‘Alī, pen últi m o de los sulta nes nazaríes. [Document text truncated for crawler view.]