Domingo Ortega: cargar la suerte [Reseña]
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Fig. n.º 26.- Domingo Ortega. El arte del toreo, con un anejo de José Ortega y Gasset, Madrid, Centro de Asuntos Taurinos, Comunidad de Madrid, 2014. Revista de Estudios Taurinos N.º 36, Sevilla, 2015, págs. 213-220 Nos ha señalado la Comunidad de Madrid el paso del final del año 2014 y el principio de 2015 con otro librito de los que hacen felices a bibliófilos y aficionados, y que se añade a dos editados, en las Navidades de los años sucesivamente anteriores, elegidos con primor, el primero, de Tixera iluminado por Martínez de León (2012), y el segundo, de Gómez Hidalgo ilustrado por Ricardo Marín (2013). El de este año DOMINGO ORTEGA: CARGAR LA SUERTE
Pedro Romero de Solis 214 reproduce la conferencia que pronunció, en 1950 y en el Ateneo de Madrid, el matador Domingo Ortega, aún en ejercicio, ya que su última corrida la lidió en Zaragoza durante la Feria del Pilar de 1954. La memorable conferencia la tituló “Las normas clásicas en el arte del toreo”.El texto fue dado a la estampa por la Revista de Occidente, publicación que, como se sabe, fue fundada por José Ortega y Gasset aunque en esas fechas era dirigida por su hijo José Ortega Spottorno. Este gesto significa, Fig. n.º 27.- Molinete de Domingo Ortega, Apud. Historia ilustrada de la Tauromaquia II, Colección Tauromaquia 17, Madrid, Espasa Calpe, láminas interiores. cuanto menos, la relación de admiración y amistad que el filósofo mantenía con el matador: ¿y qué mejor testimonio de esa relación que la viñeta que ilustra la cubierta del libro que comento donde se distinguen a los dos Ortegas capeando al alimón? Siguiendo la estela intelectual de Belmonte, Ortega contó, entre sus amigos, a escritores –Julio Camba, Antonio Díaz- Cañabate, José María de Cossío, etc.–, a escultores –Sebastián
Recensiones de libros 215 Miranda, Juan Cristóbal–, a pintores –Ignacio Zuloaga– y a otros artistas insignes1. Domingo Ortega le pidió, a la hora de la publicación de su conferencia en la Revista de Occidente, unas letras en las que Ortega y Gasset aprovechó para calificar a la Tauromaquia como una ciencia sutilísima que requería numerosos saberes simultáneos para dar cuenta aproximada de ella, por lo que escribió que era realizada «en peligrosa proximidad a las astas del animal» Fig. n.º 28.- Anónimo: Uro de los bosques de Lituania, óleo, actualmente desaparecido (2014: 43). 1Mencionados en el Prólogo que escribe J. M. González Soriano. siendo ese el sitio donde el lector debe situarse, imaginariamente, para poderla entender. Porque, insiste, «de lo que pasa entre toro y torero sólo se entiende fácilmente la cogida. Todo lo demás es de arcana y sutilísima geometría o cinemática» (2014: 39). El filósofo anuncia que reflexionará sobre el tema pues tenía la intención de dar a la estampa un libro sobre la
Pedro Romero de Solis 216 Tauromaquia, tarea que requería tanta reflexión como necesidad existe de escribirlo para aclarar la oscura maraña de opiniones espontáneas y sin rigor que caracterizaba el mundo literario dedicado a los toros. Así pues, dejando para mejor ocasión la redacción de su obra taurina, ofreció2a Domingo Ortega, unas páginas dedicadas al origen biológico del toro de lidia español que había pergeñado en el curso de un viaje de estudios realizado a Alemania. Según Ortega, el toro primigenio o uro desapareció, como especie viva, al final de la Edad Media, aun cuando, a comienzos del siglo xv, perduraba en los bosques de Lituania lindantes con Prusia. Se dio la curiosa circunstancia de que un zoólogo inglés –H. Smith– encontró en un anticuario un óleo que representaba un toro primigenio alemán cuya reproducción el filósofo incorporó al prólogo de la obra del matador como antecedente evolutivo del toro español y que J. M. González Soriano, responsable de la publicación de El arte del toreo, con buen criterio ha conservado y el lector del presente número de la Revista de Estudios Taurinos puede contemplar. En la relectura que he tenido el placer de realizar para escribir esta reseña me ha sorprendido, sobre el resto del interesante texto, la insistencia que hace Domingo Ortega de la exigencia de cargar la suerte para que el capeo o trasteo se alce a la categoría de toreo. Inicia su reflexión con un comentario que tiene una actualidad vivísima. Recuerda a los aficionados que han visto faenas de treinta, cuarenta pases y, sin embargo, el toro, lejos de manifestar sometimiento, se mantiene entero y, aún más, sin «pedir la muerte». ¿Cómo es posible –se pregunta al matador–que con ese número de pases, muchos de ellos bellos para el público, el toro no muestre hallarse sometido? La res- 2Por el momento, a falta de que aparezcan en los archivos trazas de esa obra, los escritos de Ortega están reunidos en el libro La caza y los toros que la editorial Revista de Occidente preparó para la Colección «El Arquero» (Madrid, 1960).
puesta es bien sencilla: lo que ocurre es que el torero ha estado dando pases, muchos pases, pero darlos, para Domingo Ortega, «no es lo mismo que torear». El insigne matador confiesa que un torero puede temer al toro, eso es humano, e incluso general, pero si ha sido capaz de instrumentarle unas decenas de pases, estéticamente, del gusto del público que lo ha jaleado, parece evidente que el lidiador no ha sido disminuido por el miedo, sino todo lo contrario, pero… si no lo ha reducido, si no ha sometido Recensiones de libros 217 Fig. n.º 29.- Cartel de una corrida de novillos en Cádiz, 1890, donde se especifica que los novillos deben tener cuatro años cumplidos. al toro, será porque, en puridad, no ha toreado, «no ha practicado el gusto de bien hacer, que es un placer al cual hasta las fieras se entregan» (2014: 17). Los espectadores –incluso los aficionados– tienen, según Ortega, mucha culpa por haber abandonado el gusto por la lidia clásica y haberse entregado a novedades equivocadas. El toreo clásico, el toreo de siempre, se basa en los principios belmontianos de «parar, templar y mandar» pero que, en aquellos momentos, ya resultaban ser insuficientes. En efecto, estos tér-
Pedro Romero de Solis 218 minos debían ampliarse y completarse de la siguiente forma: parar, templar, cargar y mandar (2014: 19). No crean los lectores que Domingo Ortega se reclama de Belmonte sino que tira más lejos y se considera fiel seguidor de la tauromaquia de Pedro Romero. Domingo, en la fecha de la redacción de El arte del toreo, aunque todavía en activo, tenía superados los años en que lideró el escalafón. Su toreo recio, fuerte, severo, destacó más con los toros grandes, bien armados y, a veces, correosos, anteriores a la Guerra Civil, porque con la contienda habían desaparecido las ganaderías y el toro se hallaba muy mermado lidiándose, en muchas ocasiones, novillos por toros. Con ese ganado el toreo de poder de Ortega no llegaba a los públicos. Por eso afirmó en el Ateneo de Madrid que el toro había «casi desaparecido», que se había «reducido su presencia al mínimo» y, por si fuera poco, le mutilaban sus defensas; en fin que en las plazas de toros estaban «dando gato por liebre» , Sin embargo, en lo que respecta a las dimensiones del toro, Ortega comenta que «no crean ustedes por esto que yo soy partidario del toro grande; sería injusto por mi parte el abogar precisamente hoy, cuando no pienso vestirme, posiblemente, más de torero, por el toro de antaño. Yo sé muy bien el gran peligro del toro hecho, y no quiero para los demás lo que a mí prácticamente no me gustaría como torero; otra cosa muy distinta sería como aficionado. A éste, sí, le gusta cuanto más grande mejor, precisamente porque lo que le hagan tendrá más emoción y más grandiosidad» (2014: 30). Ortega aborda también la edad del toro de lidia pues, para él, el comportamien- to del animal con respecto a la lucha varía notablemente con la edad pues asegura tener observado que a medida que crece en edad aumenta su instinto de defensa, «porque tiene que aprender a atacar y defenderse en las luchas con sus propios compañeros; he aquí el peligro de los toros que han pasado su quinta primavera. En esta última es cuando alcanza el máximo su inteligen-
cia o sentido, y por lo tanto sus manías y resabios, y, naturalmente las dificultades para su lidia» (ídem). En el cartel que reproduzco en este artículo de una corrida de novillos de Muruve lidiada en 1890 en la plaza de Cádiz (hoy desaparecida) por los novilleros Litri yReverte, queda precisada la edad de los animales en cuatro años cumplidos3. Es posible que esa fuera la edad de los novillos lidiados en su juventud por Domingo Ortega y, consciente de su peligro, no la reivindica para los novilleros contemporáneos. Toca, en su conferencia, otros temas de interés relacionados con el toro de lidia, por ejemplo, cuando constata que, en los años 50, se hablaba mucho, entre los ganaderos, «de que la puya de hoy es terrible para los toros, que ninguno puede llegar al final con la fuerza suficiente por el poder que le resta la pérdida de sangre en la brega con los caballos» (2014: 30). A Ortega esta sensata opinión le parece peregrina y sólo es disculpable entre los aficionados, pero «si el ganadero piensa de esta forma, tenga la seguridad de que [su] ganadería va para abajo» (2014: 31). En efecto, según Ortega, al toro le sobra fuerza para embestir y lo que no tiene, en muchos casos, es ganas de hacerlo4. «Yo les diría, añade expresándose con ironía, que si el toro ha tomado cuatro puyazos y le han pegado bien, es natural que haya perdido mucha sangre; pero es la décima parte de la que le queda en el cuerpo; lo que pasa es que no queremos ver que de la brava tenía muy poca, y fue justamente la que los puyazos hicieron salir» (íbidem). Si trasladamos el análisis que hacía Recensiones de libros 219 3Hoy día cuatro años es la edad reglamentaria de los toros para su lidia; es decir, desde la óptica del pasado todos los animales que se lidian actualmente como toros serían considerados novillos. Me parece recordar que el Reglamento Taurino no pone límite por arriba a la edad de los toros, por lo cual, en las temporadas de 2012 y 2013, a causa de la crisis económica, que redujo notablemente el número de festejos, los ganaderos se quedaron con parte de las camadas, por lo que en 2014 vimos cómo se corrieron numerosos toros cinqueños. 4Hoy día decimos, sin más, que les falta casta.
Domingo Ortega a la actualidad escuchamos reproducidas, más de medio siglo después, idénticas razones exculpatorias. Es más, existen actualmente ganaderos que en los tentaderos exigen muy poco a las vaquillas frente al caballo mientras alargan la prueba de la muleta, pues no les interesa que sus toros se emple- en en el jaco de modo que, heridos por la pica, se desangren a lo largo de las largas faenas de muleta contemporáneas y queden aplomados y sin fuerza para llegar al final de la lidia. Un librito, en suma, de mucha enjundia y muy bien editado. Mi felicitación a J. M. González Soriano y a Carlos Abella de quien parte el proyecto. Pedro Romero de Solís Fundación de Estudios Taurinos Pedro Romero de Solis 220