González Moreno-Navarro, Antoni : Chamaco. Un heterodoxo sin causa, Barcelona, GMN, 376 páginas [Reseña]
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Fig. n.º 105.- González Moreno-Navarro, Antoni (2016): Chamaco. Un heterodoxo sin causa, Barcelona, GMN, 376 páginas. Revista de Estudios Taurinos N.º 39, Sevilla, 2016, págs. 235-240 Antonio Borrero, Chamaco, ha sido un torero sin suerte en la historia de la tauromaquia. Carente de una biografía digna de tal nombre, pocos se han preocupado de buscar datos seguros (y menos de contrastarlos) sobre sus primeros pasos en la vida y sobre su trayectoria como profesional de los ruedos, y muchos, en cambio, han sido los que han lanzado afirmaciones sin rigor alguno o han adelantado opiniones nada fundadas y a veces mediatizadas por prejuicios inconmovibles
Carlos Martínez Shaw 236 sobre las cualidades de su arte de torear. Como botón de muestra de estas alucinantes tergiversaciones, baste un ejemplo. Dos de sus presuntos biógrafos llegaron a darnos supuestas noticias muy detalladas del bautizo de Chamaco, incluyendo uno de ellos hasta la descripción del menú de la celebración (con pestiños y vino tinto de La Palma), pero la verdad es que, nacido en el seno de una familia de sólidos principios, republicana, de izquierdas y, sobre todo en lo que aquí nos concierne, perfectamente atea, el futuro torero no fue bautizado. Con todos estos antecedentes, no podemos sino saludar por su significación la primera biografía veraz, documentada y objetiva de Chamaco. Su autor es suficientemente conocido en el mundo de los toros, como creador de la revista La Terraza, como abonado desde 1982 del tendido número 2 de la Monumental de Barcelona, como crítico taurino del Diari de Barcelona, del Avui y de La Vanguardia, como autor de una obra imprescindible (Bous, toros y braus. Una tauromàquia catalana, primera de temática taurina en este idioma, aparecida en 1996) e indesmayable (y frustrado) impugnador de las medidas antitaurinas dictadas en Cataluña en los últimos años. La biografía empieza naturalmente en Huelva. Así vemos a Chamaco trasladarse con su familia al barrio del Matadero, formarse en primeras letras con Francisco López Jara, uno de los muchos y excelentes maestros tan injusta y cruelmente represaliados por la dictadura de Franco, e iniciarse en el mundo de los toros con los primeros capotazos dados en el propio macelo onubense y en las fincas de los alrededores. Su trayectoria vital, ya como novillero, le conduce a continuación, como es bien sabido, a Barcelona, ciudad con la que mantendría un prolongado idilio hasta tal punto que algunos críticos llegaron a considerarlo como un artista meramente “local” por esta identificación del diestro con la afición de la Ciudad Condal, y en un intento de infravalorar sus cualidades como torero de nivel internacional
Recensiones de libros 237 demostrado en las plazas de Cataluña, de España, de Francia y de la América española, incluyendo la Maestranza de Sevilla y las Ventas de Madrid, donde tuvo en contra a la mayoría de los publicistas cortesanos que no le perdonaron su preterición del coso de la capital. Sin embargo, nada tiene que ver la indudable calidad del toreo del diestro de Huelva con su identificación sentimental con la ciudad de Barcelona, que desde luego fue mucho más allá de su vinculación profesional con la empresa Balañá. En este aspec- to, es preferible dejar hablar al torero, que experimentó una sensación similar a la de muchos otros de sus coetáneos que pasaron en esos años de Andalucía a Cataluña: «Yo tuve la ventaja de vivir en una zona de España donde la cultura está por encima del resto de las regiones: me refiero a Cataluña, que junto con Levante y el Norte tiene un grado de cultura superior a donde yo nací y en donde yo me crié. En Barcelona, mi entorno, mis amigos, lo formaban un núcleo de gente del arte, las finanzas, la política, militares, con los que convivía mucho tiempo (…) Esto me hizo comprender que en la vida había algo más que el comer y el torear. Vi que había un mundo que no conocía porque mis orígenes y mi profesión me lo limitaban, pero adopté la decisión de querer enriquecerme intelectualmente e incorporarme a él». A partir de aquí, el mundo taurino de Chamaco se convertirá en un escenario universal, en un cosmos circular cuyo centro estará siempre en Barcelona o, más ampliamente, en esa “Cataluña enchamacada” de los años cincuenta. La biografía se hace concreta y detallada, señalando con precisión y ponderación los hitos más importantes (su alternativa barcelonesa en octubre de 1956 de la mano del Litri y en presencia de Antonio Ordóñez y su retirada definitiva también barcelonesa, a la “francesa”, sin cortarse la coleta, en noviembre de 1967 compartiendo cartel con Rafael Ortega y Mondeño), los éxitos y los fracasos, las tardes de gloria y los “tributos de sangre”, por otra
Carlos Martínez Shaw 238 parte generosamente vertida por el valiente diestro onubense. Ahí están los datos verificables y las valoraciones equilibradas sobre toda una vida dedicada a los toros, para el que precise de un pormenor, de una fecha, de una opinión autorizada. Y naturalmente, el autor no rehúye el análisis de los elementos más polémicos, empezando por el sentido de la tauromaquia de Chamaco. Rechazando los juicios desmesurados fruto de antipatías viscerales (como los que expresara Néstor Lujan) y las descalificaciones gratuitas y frívolas de algún crítico famoso (como las de Antonio Díaz-Cañabate) y apoyándose en las valoraciones más equilibradas y con mayor afán de objetividad (como se dio en José María de Cossío), el autor trata de perfilar la evolución del toreo del maestro, puesto que su manera de torear no fue siempre la misma. Desde su primera etapa, la que consagra al torero como ídolo de las multitudes, su tauromaquia se cimenta en los valores más personales del diestro: su inteligencia, su creatividad, su intuición, su valentía, sus cualidades físicas (en especial, la flexibilidad de su cintura y su “muñeca montada en diamantes”) y su entrega vocacional a la lidia, que lo convierte en cada corrida en un hombre «introvertido, parco en palabras, encerrado en sí mismo». Como explicaría el propio torero a Marino Gómez-Santos, sin que detectemos más que sinceridad en sus declaraciones: «Cuando se torea intensamente, el toreo te aísla. Se vive una vida llena de ilusión, de amargura, de terror. Es un mundo cerrado, de vida interior. Como si se estuviese en un noviciado. Un mundo fabulosamente rico de espíritu…». En esta etapa fundamental, que duraría hasta un tiempo después de tomar la alternativa, el diestro desarrolló una tauromaquia emocional que al mismo tiempo se basaba en aquello que constituía la esencia misma del arte de torear. Por ello, el biógrafo rechaza toda relación entre el toreo vital de Chamaco y el tremendismo (aquí sí) de Manuel Benítez El Cordobés, pues el onubense se ganaba a los aficionados, pun-
tualiza, «sin aspavientos, sin saltos batracios ni desplantes circenses ni limpiarse una zapatilla o sentarse en la cabeza del toro». Después, durante la mayor parte de su carrera como matador de toros, Chamaco hubo de transigir con una parte del público que le exigía que abandonara aquello que constituía lo más irrenunciable de su personalidad, es decir que adoptara unos modos que permitieran a los guardianes de la pureza reconciliarse con su tauromaquia. Chamaco, que con el correr de los años se había hecho más sabio, que dominaba mejor la técnica y cuyo toreo en definitiva había “cristalizado”, supo girar parcialmente hacia un mayor clasicismo canónico, como modo de ganarse a los sectores más exigentes o, como dijo Cossío, para zafarse de «la censura de los presumidos de puristas». Sin embargo, si esta dirección le pudo llevar en algunos momentos hacia un insípido eclecticismo, el torero supo reaccionar ante un amenazante «proceso de deschamaquización» y mantener «su marca», es decir, seguir desarrollando su tauromaquia esencial aunque fuera heterodoxa. Porque Chamaco sabía que su toreo se basaba en su intuición, en una vivencia personal, en una heterodoxia que no se oponía a ninguna ortodoxia. Como afirma el autor, ya desde el propio título del libro, se trataba de una «heterodoxia sin causa». De este modo culmina la investigación de Antoni González. Una investigación abonada por ese epílogo sobre la historia de Chamaco después de abandonar los ruedos y que incluye los principales avatares de su vida como individuo particular (su esposa, sus hijos, sus negocios, sus aficiones, sus rememoraciones o su trato con Gabriel García Márquez, su muerte en su ciudad natal en el año 2009), así como los principales reconocimientos que le fueron otorgados en vida, el mejor de los cuales fue sin duda la perpetuación de su inmensa popularidad entre los aficionados, sobre todo de Cataluña, pero tam- Recensiones de libros 239
bién de otros muchos lugares de la geografía taurina. No menos relevante son esos apéndices que nos señalan los momentos más sobresalientes de su vida y nos ofrecen la relación de todas las corridas en que participó (una por una desde 1953 a 1967), el número de las cogidas que sufrió, las plazas de toros donde actuó (cuya enumeración refuta de modo obvio esa consideración de valor “local” que como sambenito inquisitorial le impusieron sus detractores), así como la cumplida bibliografía, los índices, las dos magníficas caricaturas de Fernando Vinyes de 1959 y 1963 y la abundante documentación gráfica de una obra capital que rinde justicia a un torero que tiene un lugar de indudable significación dentro de la historia de la tauromaquia. No en vano, su autor, en la tarde triste del 25 de septiembre de 2011 en que cerró sus puertas el gran coso barcelonés, invadido por la emoción, creyó ver al torero dando la vuelta al ruedo, rodeado de sus peones, todos con los brazos cargados de flores, o bien paseado a hombros por sus muchos incondicionales: «Sí, me pareció ver allí a Chamaco. Y mis últimas lágrimas en la Monumental fueron para él». Carlos Martínez Shaw Fundación de Estudios Taurinos Carlos Martínez Shaw 240