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Carta a un niño africano

Soler Toscano, Fernando

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Querido amigo, En primer lugar, disculpa que no sepa tu nombre, solo he visto tu imagen en una foto. Tampoco sé gran cosa de tu país, ni siquiera de África. Por mucho que nos repitan que vivimos en un mundo globalizado, ignoramos la suerte de la mayor parte de los habitantes de nuestro planeta. Desde Europa podemos tomar un avión y cruzar el océano en unas pocas horas, sentimos que estamos muy cerca de los que antes estaban lejos. Pero a los pobres siempre os veremos lejos, porque así duele menos, por más que a tu país se puede volar desde España en menos tiempo que a Nueva York. Hace algunos años que no escribía una carta, aunque cada día escribo un puñado de correos electrónicos. No sé si alguna vez has enviado un correo electrónico, posiblemente no tengas siquiera una cuenta, a pesar de que no se puede decir en justicia que seas ajeno a estas tecnologías, pues la exportación del coltán, presente en nuestros aparatos electrónicos, financió la guerra de tu país. Es duro nacer en una guerra, pero peor sin duda es morir en ella. Así que, dentro de lo que cabe, de momento te ha ido mejor que a los más de cinco millones de muertos que dejó este genocidio. ¿Pensabas que no lo sabía? Tal vez creyeras que si en el primer mundo conociéramos el drama de tu país, nos negaríamos a usar tecnología de la que no tuviéramos certeza de que ha sido producida sin ningún tipo de mano de obra infantil, desde la obtención de materias primas hasta el ensamblado. Pero la desgracia es que todo esto lo sabemos, pero preferimos mirar para otro lado. En el primer mundo últimamente sólo hablamos de la crisis, de la que decimos que comenzó hace cuatro años. Hacemos bien en protestar, porque por la codicia de unos pocos podemos perder no sólo una buena parte del bienestar al que nos hemos acostumbrado, sino derechos importantes que en muchos casos han sido resultado de generaciones de lucha. Pero pecamos por mirar exclusivamente nuestro ombligo. ¿Qué son cuatro años de crisis o cinco millones de parados frente a mil millones de personas que pasan hambre, o cuatrocientos millones de niños esclavos como tú? Nuestra crisis pasará, pero la vuestra seguirá. Ahora que nosotros estamos en crisis, aunque la falta de seguridad que sufrimos sea una pequeña parte de lo que vive tu pueblo, podemos aprender algunas cosas de vosotros. La lección más importante que podríamos sacar de esta crisis es que no necesitamos tantas cosas para vivir como hemos creído los últimos años, que la felicidad no es directamente proporcional a lo que consumimos. Hace doce años, cuando aún no habías nacido, en el primer mundo no se hablaba de la crisis, aunque muchos avisaban de las consecuencias que podrían tener nuestros excesos. Entonces, en el año 2000, los países de la ONU redactaron, a bombo y platillo, los Objetivos del Milenio. De habérselos tomado en serio ahora no estarías trabajando, sino en una escuela terminando tu educación. En sólo doce años, estos países han pasado de pretender (o pretender hacernos creer que pretendían) la educación universal para 2015 a declarar que «las esperanzas son cada vez más débiles de que en 2015 se logre la educación universal, a pesar de que muchos países pobres han hecho tremendos avances», como ahora dicen en su web. ¿Por qué son débiles las esperanzas? En realidad, para que puedas tener una escuela y vivir dignamente lo primero que tenemos que hacer es dejar de apoyar a los que os explotan, dejar de financiar vuestra miseria. Tu pueblo es capaz de hacerlo, siempre que no intente imitar lo peor del primer mundo. Y por supuesto, los países ricos tenemos recursos económicos y conocimiento de sobra para apoyaros. Pero buscamos mil excusas para no actuar con valentía. Parece mucho reunir 50.000 millones de dólares para erradicar el hambre en el mundo, pero sin embargo, eso es sólo el 1,08% del dinero que los países del primer mundo han dedicado a rescatar a sus bancos desde el inicio de nuestra crisis. Solo a Bankia, el Estado español va a inyectarle de golpe la mitad de ese dinero. Y muchos ciudadanos asumimos los recortes necesarios para que nuestro 15 CARTA A UN NIÑO AFRICANO FERNANDO SOLER TOSCANO Secretario de Acontecimiento Análisis 103 narlos, aunque debes tener tus sueños. Tal vez te plantees venir al primer mundo. Si así es, ojalá para entonces encuentres países con los brazos abiertos, aunque ya sabes que, hoy por hoy, no os lo ponemos fácil a los africanos. Desde luego que me gustaría verte en España, siempre enriquece la llegada de personas llenas de fuerzas e ilusiones. Pero no todos lo ven así. En el mejor de los casos, tendrás que superar una auténtica carrera de obstáculos burocráticos, difícil incluso para un español. En el peor de los casos, si vienes de forma irregular, te juegas tu propia vida, o caer en manos de mafias que te devolverán a la esclavitud hasta pagarles el último céntimo. Pero aún así, encontrarás gente buena dispuesta a ayudarte. Comprendo que si vienes a España te preocupes en primer lugar por ayudar a tu familia. Pero no dejes de formarte para que un día puedas regresar a tu pueblo y trabajar por él. Por favor, exígenos que en el IEM sepamos ayudarte a encarnar el personalismo comunitario en las situaciones de tu pueblo. Si nuestro pensamiento no sirve para abrirte camino y nuestra comunidad no es capaz de trabajar contigo, habrás acudido a nosotros en vano. Pero creemos que el pensamiento de Mounier está vivo y te podrá ayudar. También puedes quedarte a trabajar por tu país. Si bien estaría encantado de que vengas a España, no deja de ser una lástima que un joven lleno de energía se marche de su país. Si los mejores os vais, difícilmente va a mejorar vuestra situación. Eso sí, en caso de quedarte en tu país, procura no acabar abusando de otras personas. Sabes que quien te compró a tus padres había sido un niño esclavo como tú, que no tuvo escrúpulos en continuar la cadena de abusos. No debes culparlo, cuando se impone la ley del más fuerte es difícil salir de ella. Pero tú no caigas en eso. Tal vez los pecados de los dirigentes del primer mundo y los del tercero no son muy distintos, los que tienen el poder se cuidan más de sí mismos que del pueblo al que deberían servir. Y los que no tenemos poder, si tenemos la oportunidad, buscamos protegernos a nosotros mismos sin querer ver las consecuencias que nuestra conducta puede tener para otras personas. Por eso decía Mounier que «la revolución será personal o no será». Pero también decía Mounier que será comunitaria o no será. Trabaja por tu pueblo, puedes colaborar para que otros no tengan que pasar las mismas circunstancias que tú. En el IEM estamos convencidos de que la revolución deberá hacerse en comunidad. Pero también sabemos, por propia experiencia, lo difícil que esto resulta, por eso no te desanimes, alienta a tus compañeros para manteneros firmes y si conseguís salir de la esclavitud, trabajad juntos para romper el desorden en que vive vuestro país. gobierno pueda hacer estos desembolsos. ¿Es que no podríamos asumir recortes para evitar que mil millones de personas pasen hambre? Verdaderamente, no merecemos que nos perdonéis. Los medios de comunicación seguirán presentándonos campañas solidarias a favor del tercer mundo, pero en el fondo no tienen otro objetivo que tranquilizar nuestras conciencias, que sigamos consumiendo lo que podamos sin remordimiento. Quiero que sepas también que en el primer mundo no todos ignoran tu situación. Aunque muchas veces nuestra conducta está lejos de nuestros ideales, en el Instituto Emmanuel Mounier tenemos claro que nuestro personalismo comienza en el más pobre, nuestro discurso sobre la persona no puede separarse de la acción a favor de los empobrecidos. Nosotros tenemos esperanza en que es posible vencer al desorden establecido, seguimos creyendo en la revolución. Pero para eso te necesitamos a ti. Sí, necesitamos que tengas esperanza en que puedes cambiar la situación de tu pueblo. ¿Cómo podríamos ayudarte? Pienso que tal vez podemos comenzar por controlar de dónde vienen y cómo han sido hechos los productos que consumimos. Parece difícil, por ejemplo, que renunciemos a nuestro teléfono móvil, o a nuestro ordenador, a los que nos hemos acostumbrado en menos de veinte años, parece que no podemos vivir sin ellos. Desde tu ingenuidad infantil tal vez pienses que si en el primer mundo supiéramos que nuestro teléfono móvil, o el cacao que consumimos, son producto del trabajo infantil, y viéramos las condiciones en que trabajas, renunciaríamos a ellos. Alguna gente lo hace, pero no es una opción mayoritaria, no creo que podamos ni siquiera pasar un día sin teléfono móvil, por mucho que miles de niños os dejéis la vida en las minas. Pienso que algún día terminará tu esclavitud, y podrás disponer de tu propia vida. Tal vez te parezca que así te vas a parecer un poco más a los jóvenes del primer mundo, pero no, no te creas que nosotros disponemos de nuestra vida lo que deberíamos. También estamos esclavizados por muchas cosas. Aunque no te lo creas, la abundancia puede llegar a esclavizar. Al final terminamos haciendo lo que la sociedad espera que hagamos, lo que nos impone la moda, lo que dicta lo políticamente correcto, lo que en este momento nos apetece… Es esclavitud, aunque no la podemos comparar a la tuya, desde luego. Por eso, tal vez, nos da más miedo la posibilidad de que comencemos a decrecer, nos asusta tener que prescindir de muchas cosas que, siendo superfluas, nos parecen imprescindibles. Así que si logras vencer tu esclavitud, toma las riendas de tu vida y aprovecha cada momento. ¿Tienes ya planes de qué vas a hacer? Me resulta difícil imagi- 16 Análisis 103