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Otros géneros de ensayo

Negrón, Mara

Abstract

Intento pensar el ensayo como género literario en las letras en Puerto Rico. Ha sido un género predominante para construir un sujeto nacional. En estas últimas dos décadas esa forma literaria ha sido tomada por las escritoras. Recurro entonces al sentido

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Araucaria. Año 8, Nº 16 Segundo semestre de 2006. Otros géneros en ensayo Mara Negrón | Universidad de Puerto Rico Resumen Intento pensar el ensayo como género literario en las letras en Puerto Rico. Ha sido un género predominante para construir un sujeto nacional. En estas últimas dos décadas esa forma literaria ha sido tomada por las escritoras. Recurro entonces al sentido literal de la palabra ensayo con el propósito de insistir en el aspecto de lo no acabado o el fin de la tesis. Las escritoras ya no tienen como referente ni como agenda política la construcción de una identidad nacional que por lo demás siempre ha sido falologocéntrica. Así han desestabilizado ese espacio discursivo. De suerte que podemos decir que se ensayan otros géneros en escritura. Palabras clave: ensayo - espacio discursivo - Puerto Rico Escritoras Abstract My aim is to think the essay as a literary genre in the Literature of Puerto Rico. It has been a prevailing genre in order to construct a national subject. During the two past decades this literary form has been adopted by the women writers. I resort to the literal sense of the word "essay" aiming to insist on the not finished aspect or the end of the thesis. The women writers have not any more in mind the political aim of constructing a national identity which has anyway always been falologocentric. Consequently, they have destabilized that discursive domain. We can thus say that other writing genres are been tested. Keywords: essay - discursive domain - Puerto Rico - women writers De ensayo: 1. tr. Probar, reconocer una cosa antes de usarla. 2. [tr.]Amaestrar, adiestrar. 3. [tr.]Preparar el montaje y ejecución de un espectáculo antes de ofrecerlo al público. 4. [tr.]Hacer la prueba de cualquier otro tipo de actuación, antes de realizarla. 5. [tr.]Probar la calidad de los minerales o la ley de los metales preciosos. 6. [tr.]desus. Sentar, caer bien alguna cosa. 7. [tr.]ant. Intentar, procurar. 8. prnl. Probar a hacer una cosa para ejecutarla después más perfectamente o para no extrañarla. E nsayemos pues. Experimentemos, probemos, degustemos otros géneros en ensayo. Mi pretexto será el ensayo en tanto que género literario y sus contigüidades con la diferencia sexual, pues, a mi vez, ensayo una lectura sobre dos antologías escritas por mujeres en Puerto Rico en esta última década. Entenderé aquí la palabra ensayo, no sólo como aquel escrito en prosa que trata desde el siglo XVI (desde Montaigne) sobre un tema sin agotarlo, precisa el diccionario de la real academia, sino también en el sentido de probar, de intentar algo por primera vez, la experiencia pues, pero también en su acepción teatral e idiomática, aludiendo más bien al proceso del hacer, el del ensayo sin carácter todavía fijo y acabado. Ensayar es tratar por primera vez. Es la experiencia de la primera vez, inaugural. Por lo tanto, reivindico a través de la palabra ensayo una cierta apertura, una tentativa sin cierre, sin un límite definido de lo que se experimenta. Ahora bien, estoy anunciando pautas que delimitan el tema de esta reflexión así ensayo "escrito por mujeres", "en Puerto Rico" y en "esta última década". En primera instancia una categoría que atañe a la "diferencia sexual", en segundo a la de «lugar» y en tercero a la de tiempo. Tres categorías y/o límites que aíslan un corpus. Como si no fuera suficiente me referiré específicamente a dos textos: Femina Faber: letra, música, ley de Aurea María Sotomayor [1] y El fin del reino de lo propio de María I. Quiñones [2] . No seré exhaustiva. (Sin embargo, había pensado inicialmente en un corpus más extenso. Volví a leer a Irma Rivera Nieves, Cambio de cielo, viaje, sujeto y ley [3] y a Vanessa Vilches, De(s)madres o el rastro materno en las escrituras del Yo. [4] Ambas forman parte de esta coreografía que intentaré poner en escena aunque por razones de tiempo las deje entre paréntesis. Como una coreografía experimental en la que no se borra la diferencia ni de cuerpos ni de voces, los sujetos de la enunciación de estos textos se responden, se intercambian posiciones.) Estos ensayos se escriben aparentemente desde lugares distantes, al menos desde el punto de vista de las disciplinas que practican las autoras. El objeto de estudio de Aurea María Sotomayor proviene de la literatura, la pintura, la danza y el de María I. Quiñones desde lo que habrá sido el campo de la antropología. Esos dos lugares de la enunciación se distancian, pero también se tocan como intentaré demostrar. ¿Qué ensayan estos textos escritos por mujeres y qué podría ser inaugural? Veremos que las líneas disciplinarias se borran al igual que el lugar de la enunciación más bien híbrido, cercano a la ficción así como su relación con un Saber soberano y falologocéntrico. ¿Por qué título Otros géneros en ensayo sugiriendo con ello que en el ensayo como género literario se ensayan otros géneros? A diferencia de otros géneros literarios, el ensayo no posee una historia o trayectoria clara, aparte de su momento inaugural con Michel de Montaigne. No existe tal cosa como una historia de la ensayística latinoamericana. Si bien encontramos antologías de poesía, de cuentos, historias de la literatura, es difícil encontrar una de ensayo. Aclaro que se encuentran antologías de ensayos, pero no exploran esa categoría en sí, no piensan la forma y el estilo ensayo como género. ¿Cuáles serían las particularidades de la prosa ensayística aparte de la definición escueta que se suele dar? Pues bien, el contenido pesa más que la forma. Me parece que todo se juega entre una palabra que pesa la palabra ensayo viene de exagium, peso en oposición a una palabra más leve como la de la ficción o de la poesía. El ensayo se revela como un género sin género, el lugar de una prosa indecisa que está determinada por su cercanía con la verdad o su lejanía de la ficción. Sería el lugar de una palabra transparente y precisamente soberana. El género ensayo parece así desprovisto de género. Un género en el cual las marcas de la singularidad desaparecen. Un género de todas y todos y para todos, la prosa funcionando como el lugar de un decir sin estilo. El sujeto de la enunciación se sitúa, se posiciona es el tiempo de una tesis, aunque no exhaustiva. Las mujeres se han servido de él Hay unos ensayos o conferencias uno duda con respecto a la designación que han marcado los diversos momentos de la historia del feminismo del siglo veinte: Un cuarto propio, de Virginia Woolf, es un texto bastante híbrido, o la carta [5] de Sor Juana Inés, para movernos hacia una geografía latinoamericana, y acercarme al texto de Aurea María Sotomayor. Se trata aquí una vez más de otro híbrido, de una carta en su forma y estilo. La hibridez sería una de las características de la ensayística contemporánea. Pienso en Entre lécriture de Hélène Cixous [6] , publicado en 1976 como una de las propuestas más atrevidas en ese sentido; un texto híbrido. No se trata de crítica literaria en el sentido convencional ni de un ensayo teórico sencillamente porque ya la escritura tiene un carácter performativo que disloca el lugar de la enunciación. Para poder pensar diferente hay que escribir de otra manera, la escritura dice y hace. Ésa es la propuesta que sustenta esa práctica diferente de la escritura. ¿Por qué la poesía, en tanto que formalización estética del lenguaje, tendría que estar lejos de la prosa reflexiva, por qué el poema no contaminaría la prosa? Por eso el título de la antología anunciaba un ejercicio crítico entre la escritura, este «entre» indicando una apertura. Por lo cual, me parece que la contaminación de géneros literarios, de formas de escritura constituye una de las características de una ensayística nueva, a partir de los ochenta, es decir, el momento en que los conceptos de texto y de cuerpo se tornan ineludibles. La escritura es la experiencia de esa dislocación del sujeto con su propio cuerpo. Por lo cual, pensar nuevos géneros, nuevos sujetos, subjetividades supone escribir de otra manera. ¿Y en Puerto Rico? No existe tampoco una historia de la ensayística, a lo sumo del periodismo. Si bien la historia política, el canon, ha estado muy ligado a esa forma literaria. En Puerto Rico, la tradición ensayística remonta al siglo XIX, y casi sin excepción es una prosa que se agota tratando de aclarar la situación colonial. Desde Hostos, ver los trabajos de Irma Rivera Nieves, pasando por Insularismo de Pedreira o El país de los cuatro pisos de José Luis González, es desde esa forma en prosa, que le da primacía a la tesis y al sujeto de la enunciación en posición de maestría, que se esgrimen las tesis sobre qué es el ser puertorriqueño y el futuro de la isla. El ensayo se marca en Puerto Rico por sus ejes temáticos. Una de las novedades de la ensayística de esta última década es que ha diversificado su temario. Si, por un lado, una parte de su producción se ha dedicado a desmontar los discursos de la nación y de la identidad [7] prolongando esa tradición discursiva aunque sea de forma negativa, por otro, se han multiplicado los sujetos y complicado los espacios de la enunciación. Al lado de esa prosa, a veces no muy lejos de ella, la crítica literaria. Me parece, esto se abre a discusión, que la ensayística sigue muy apegada aunque sea por negación a la problemática nacional, aunque sus retóricas y estrategias sean otras. Y me atrevo a decir que es el lugar de un sujeto masculino cuyo destinatario es una nación, aunque sea postmortem. Me parece que hay una línea divisoria: el ensayo que se escribe desde la literatura, que toma la literatura como su pretexto y texto, tiene interlocutores más híbridos y voces más ambiguas. Eso es lo que creo que los trabajos que voy a recorre aquí innovan. Ellas no hablan desde ahí. Su destinatario ya no es «esa historia». Aunque ellas no son las únicas, pues este «entre» no es un propio de las mujeres. Como decía, me sirvo aquí de la palabra ensayo en su doble acepción tanto de género literario como de ensayo en el sentido de «probar, de reconocer una cosa antes de usarla», como uno se prueba un vestido o un lápiz de labio, pienso en María I. Quiñones. Volveré a una escena de este libro que considero «ominosa» en tanto y en cuanto provoca una disfunción del sujeto de la enunciación, lo transforma en personaje en un texto de antropología. Se produce un extrañamiento con respecto a la disciplina antropológica y familiaridad con la ficción. Estos ensayos tienen la particularidad de ensayar algo, de estrenar algo. Tanto Aurea María Sotomayor como María I. Quiñones ensayan sus voces en escritura y se ensayan desde otros lugares del decir. Ninguna de las dos deja de lado la cuestión de la diferencia sexual, pero ésta tampoco se propone como una categoría excluyente. En verdad. Ellas no se dejan coger o fijar un lugar. Aunque hablan como mujeres femina faber, anuncia desde su título el texto de Aurea María Sotomayor y se toman como punto de partida algunos de los lugares comunes del feminismo, esos sujetos no enuncian ni verdades ni principios desde la transparencia de un saber. Es más, es la afirmación de esa fragilidad, ese no poder decir, o ese buscar cómo decir y desde dónde decirlo que caracteriza estos textos. Desde luego, juego un juego, me fío de una categoría cuestionable, el sexo biológico del autor con el propósito de constituir este corpus. Sí, es una astucia, como una medusa que levanta su cabeza y se ríe, y me importa aquí la risa, ese estado del alma. Juego y me río. "On va vous montrer nos sexes", decía un texto francés de los ochenta, osadamente mostrando un lugar entre otros, el de la castración. Otro personaje mitológico, Baûbo se habría levantado la falda para enseñar su sexo y también, al hacerlo, se ríe. Sí, a manera de astucia me sirvo de esa categoría «mujer», pero la uso como lo que ella misma sugiere, una suerte de máscara que anuncia una escena de seducción, es decir, un simulacro. Estoy en una escena de lectura y me dejo seducir por esas mujeres que sutilmente se levantan la falda, no demasiado, no se trata ya de escandalizar, pero sí, de inscribir una capacidad de acoger a los otros en los espacios de la escritura. Me interesa insistir en las diferencias, y la sexual es una de ellas. Recordemos que la biología no determina nada seguro, sino que es desde ya una impronta, una marca de escritura que toda una vida no bastará para descifrar la biología ya es escritura, por lo tanto ya experiencia del cuerpo y de la sexualidad como texto. Ninguna de las escritoras que me apresto a comentar es asimilable. Las voces en la escritura desdibujan rostros, figuras e identificaciones singulares en cada caso. La diferencia sexual no es negada, más bien ya asumida. Ellas se escriben desde otro lugar. Ese "otro lugar" que reclamaba Marta Traba en Hipótesis de una escritura diferente [8] con el propósito de distanciarse de la polémica que suscitó el manifiesto a favor de una "escritura femenina" de Hélène Cixous. Imposible, decía Cixous, de definir tal cosa, imposible decía Marta Traba, pero quizá podíamos tratar de escribir desde otro lugar. Pues bien, me parece que los textos que me ocupan hoy ya hablan desde otro lugar, y ensayan otros géneros dentro del género. Textos que producen su propia ley de género. ¿Cuál es esa ley? Según Derrida en "La loi du genre" lectura de un texto de Blanchot, la única ley de género es que no hay una ley o que todo género produce al instante la ley de su género. Imposible de definir un nosotros como no sea produciendo las condiciones de posibilidad en que se pueda articular un punto entre un yo y un nosotros. Ésta es la manera en que la deconstrucción anunciaba e inscribía el problema de la singularidad de un cuerpo y de la firma de un autor. Sin embargo, en algunas lecturas se mira en dirección de la "mujer". Así, en La folie du jour de Blanchot, la categoría mujer es probada como posibilidad: Les hommes voudraient échapper à la mort. [] Jai pourtant rencontré des êtres qui nont jamais dit à la vie, tais-toi, et jamais à la mort, va-t-en. Presque toujours des femmes, de belles créatures. Les hommes, la terreur les assiège (p. 279) Los hombres quisieran escapar a la muerte [] Sin embargo, he conocido seres que nunca han dicho a la vida, cállate, ni nunca a la muerte, vete. Casi siempre mujeres, bellas criaturas. A los hombres, el terror los cerca [9] Este enunciado no es totalizador "casi siempre mujeres". El "casi" abre la puerta y fisura de antemano cualquier pretensión de apropiación por parte de la mujer. Por otro lado, se señala una postura ante la vida, una afirmación a la vida que nada tiene que ver con la de la tesis soberana. Lo que "casi siempre" marcaría a "la mujer" sería una actitud de afirmación, una apertura, ese dar-decir sí, una posición ante la vida. Derrida inmediatamente desconstruye pues todo sujeto que diga sí a la vida, y bello, ocupa esa posición: "il est donc plus que probable que, pour autant que je dise oui, oui je sois femme, et belle" (p. 280) (Es más que probable que, por que yo diga sí, sí, yo sea mujer, y bella. Yo soy mujer, y bella). Si nos remitimos a su lectura del "soliloquio" de Molly Bloom, y no "monólogo", insiste Derrida, del último capítulo del Ulises de Joyce, [10] la mujer una vez más se encuentra asociada a la afirmación, al "sí" trascendental, que sería la condición de posibilidad de todo preformativo, un sí repetitivo, que también sabe contener al otro, escuchar al otro y que marca la promesa y el compromiso. La mujer sería el lugar de una posición, es una posición, un posicionamiento, condición de toda promesa, de toda palabra dada al otro. En Coreografías entrevista que le hace una "maverik feminist", Emma Goldman, Derrida se pregunta si la diferencia sexual y la différance, ese trazo olvidado en la archiprehistoria no señalaría la localización atópica de la inscripción de la diferencia: "¿Debe pensarse la différance antes de la diferencia sexual o a partir de ella?" (p. 103) [11] Por último mencionemos Los estilos de Nietzsche, que se abre con un enunciado enigmático: "la femme (la vérité) ne se laisse pas prendre". Derrida analizaba los lugares de huída, del juego de la escritura de Nietzsche. Curiosamente, a partir de los enunciados misóginos del filósofo, en ese lugar de su texto, es decir, desde ese lugar, inconquistable, Nietzsche afila sus espolones contra la filosofía metafísica. La mujer es el mejor arma de Nietzsche porque permanece a distancia, seduce como la verdad pero no se deja conquistar. La mujer como concepto es lo incaptable, una vez más un lugar inaprensible. En ese sentido, el estilo de Nietzsche sería femenino. Hablar desde la diferencia sexual implica, entonces, a la vez una afirmación, pero sobre todo una posición que desconcierta la estabilidad del saber producido y de la enunciación. No es la afirmación de la tesis soberana. No hay tesis sino posición. Con lo cual, no debemos olvidar el estilo cuando de diferencia hablamos. Los estilos de Aurea María Sotomayor y de María I. Quiñones La pregunta entonces aquí no será la de Freud "¿qué quieren las mujeres?" , sino ¿a quién le escriben las mujeres o todo aquél o aquélla que de una manera de otra ha dislocado el lugar de la interlocución en nuestra ensayística esta última década, que ya no le escribirían a esa «Nación» heterosexual convencionalmente estructurada? Lo que no quiere decir que no se escriba desde un lugar ni se deje de sentir interpelado por la memoria cultural y la experiencia política de la isla. Si el cuerpo es la escritura, ella, el lugar de esa experiencia finita del sujeto, entonces no hay un afuera de esa interrelación. Aurea María Sotomayor ubica explícitamente el lugar desde el cual ella escribe como un hacer de la mujer, de la escritora y un espacio literario en el país: " Femina faber , como índica el título, es lo que hace la mujer; viene de una reflexión sobre lo que es ser escritora, sobre mi ubicación en el espacio teórico literario que me ofrece el país" (p. 13). Aunque estos anclajes se supeditan al arte y al artista que se hacen desde lugares menos aparentes: "La identidad del artista depende de su mejor acto, que es hacer arte" (p. 12). El libro de María I. Quiñones está compuesto de cinco ensayos y un epílogo, de los cuales sólo uno se sitúa en Puerto Rico: Los beauty parlos: el al(r)ma de las mujeres. Mas cuando recontextualiza las problemáticas exploradas afirma un anclaje en la herencia, en el archivo y un reconocimiento de la diferencia sexual que, por el otro lado, parece negar. Es un libro "fuertemente anclado" pero no es un libro sobre: "Éste es un libro fuertemente anclado en el mundo que me ha tocado vivir; un país, Puerto Rico, un imaginario cultural, el caribeño, una tradición intelectual, la antropología. Aun así, no es un libro sobre el Caribe, sobre las mujeres o de antropología caribeña" (p. 17). Desconfiemos de las apariencias, este es el fin del reino de los propios, éste es un libro que anuncia un final, el duelo de una disciplina, la antropología que perdió su objeto de estudio cuando este objeto comenzó a hablar y transformó al antropólogo a su vez en objeto de curiosidad. El que miraba se sintió mirado, escrutado. No es un libro "sobre el Caribe, sobre las mujeres o de antropología caribeña", pero no es libro sin esa memoria. Lo que pasa es que ninguna de esas tres figuras Caribe, mujer, antropología significan lo mismo. No son reconocibles a partir de un concepto de herencia convencional. María I. Quiñones lleva a la antropología a pasear a lugares que ella no había frecuentado. La hibridez consiste en combinar una escritura más cercana al relato de viaje novelesco, con intervenciones de la autora que ya no quiere ser antropóloga, que deja de serlo, se borra con un bagaje teórico. No se trata por tanto ni de no apelar a la memoria de la cultura, a la herencia y a sus figuras desde los lugares comunes de la retórica que son el "Caribe", "la mujer", pero no se promete redención de ningún tipo, y más que destinatarios, estas metáforas de identidad son un punto de partida, de anclaje para lanzarse hacia la escritura. En cuanto a las disciplinas, El fin del reino de lo propio diversifica sus estrategias y los modos del relato mientras que en Femina faber en la voz en escritura se confunden la poesía y el derecho. Hay en Aurea María Sotomayor una interrogación constante sobre las estructuras de la ley. Las innumerables figuras que constituyen este corpus de lectura comparecen de una forma o de otra ante el fracaso de la justicia. Hay un grito de justicia que recorre sus ensayos. La lectora de ese libro comienza a leer instalando el escenario de una denuncia y su posible acto de justicia. ¿A quién le escriben ellas? ¿A quién ellas le dan el sí? ¿Cuáles son los destinatarios de esa prosa híbrida para los cuales ellas deciden escribirse y autorretratarse? ¿Cómo el sujeto de la enunciación se implica en el objeto mirado o se deja mirar ocupando entonces el lugar del sujeto pasivo? La carta como estructura me ha sido sugerida por el ensayo que Aurea María Sotomayor le dedica a Sor Juana Inés de la Cruz: La réplica a las voces de los padres, una lectura de la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (1691) que es "la réplica de Sor Juana a una "incitación al discurso" proveniente del [] confesor [] Manuel Fernández de Santa Cruz, el obispo de puebla" (p. 35). Como sabemos el confesor toma un pseudónimo, Filotea, para provocar la respuesta de Sor Juana. Sor Juana Inés acalla escribiendo y hace alarde de su no saber escribiendo. Son éstas las tretas del débil que Josefina Ludmer describe en su ensayo. [12] En segundo lugar, me propongo describir la estructura del espejo que no es extraña al juego novedoso de estos textos. Este artefacto en medio de un discurso antropológico interrumpe la narración y como en Alicia in wonderland pasamos, sino del otro lado del espejo, al menos nos revela el rostro de la que escribe. De suerte que, al hacer el retrato de los otros, yo hago el mío propio. Principio que María I. Quiñones no olvida a lo largo de sus cuatro ensayos poniendo al desnudo la posición de la antropóloga que no puede ya ocupar una posición de objetivad ni de verdad para hablar de un sujeto convertido en objeto de estudio. Dos estructuras entonces: la del envío y la del espejo, la una para subrayar el trayecto del discurso y la segunda para dislocar la posición de maestría de la que escribe insistiendo más en querer saber que en constatar lo que ya se sabe. Paradójicamente, un espejo es el instrumento indispensable para terminar con el reino de lo propio. Podríamos decir que tanto Sotomayor como Quiñones "están mirando tu pregunta preferida" como dice un verso de José Lezama Lima que sirve de epígrafe a Femina faber. El travestismo de la cita latina Todas las figuras que deambulan a través de Femina Faber, como si fuera una inmensa ciudad, circulan en torno a una exigencia: la del derecho a la justicia. La inscripción de la escena de la ley es muy poderosa en Aurea María Sotomayor. Ésa es, diría yo, su pregunta preferida, un destinatario privilegiado de sus voces en escritura. No olvidemos el subtítulo del libro: Femina Faber: letras, música, ley . ¿Por qué asociar el [7] Ha sido necesario ese desmonte del nacionalismo. Ver Nación Postmortem de Carlos Pabón, ediciones Callejón, San Juan: 2002 y La ansiedad de ser puertorriqueño: etnoespectáculo e hiperviolencia en la modernidad líquida de Arturo Torrecilla, ediciones Vértigo, San Juan: 2004. [8] Marta Traba. "Hipótesis de una escritura diferente", en La sartén por el mango, Ediciones huracán, Río Piedras: 1984. [9] Jacques Derrida. "La loi du genre", en Parages, editorial Galilée, Paris: 1986. [10] "he asked me would I yes to say yes my mountain flower and first I put my arms around him yes and drew him down to me so he could feel my breasts all perfume yes" (p. 125) (Tomado de Jacques Derrida, Ulises Gramófono: el oui-dire de Joyce). [11] Jacques Derrida. "Chorégraphies". En Points de suspensión, editorial Galilée, Paris: 1992. Ver el artículo que Anne E. Berger le dedica a esta frase: "Sexing Differances", en A Journal of Feminist Cultural Studies, Brown University, 16:3. [12] Josefina Ludmer. "Tretas del débil". En La sartén por el mango, Ediciones huracán, Río Piedras: 1984.