Aprender a ser madre: reflexiones históricas acerca de la construcción de la identidad femenina
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Identidad Personal y Educación 1 APRENDER A SER MADRE: REFLEXIONES HISTÓRICAS ACERCA DE LA CONSTRUCCIÓN DE LA IDENTIDAD FEMENINA MARINA NÚÑEZ GIL MARÍA JOSÉ REBOLLO ESPINOSA UNIVERSIDAD DE SEVILLA “Los seres humanos somos herederos de nuestra historia, nuestra sociedad y nuestra cultura, y no de una biología y sus aparentes limitaciones. El significado del hecho de ser mujer, como el de ser madre, se configura por relaciones sociales históricamente producidas”. (Pilar Monreal, 2000:50) La maternidad obligatoria se presenta como una exigencia del imaginario social para la identidad femenina, una exigencia que ha llevado aparejada como consecuencia –según se ha mostrado desde los Estudios de las Mujeresel mantenimiento y reproducción de esquemas de dominación sobre las mujeres occidentales. Trabajamos ciertos aspectos de esta cuestión para el Congreso Interdisciplinar sobre Educación y Género (Málaga, 2002), donde defendimos una comunicación bajo el título de “Maternidad intuitiva versus maternidad reglada: el modelo de la perfecta madre en la España Franquista”. En aquella ocasión estudiamos lo que nos pareció un cambio significativo en la manera de entender el contenido y las funciones de la maternidad dentro de un contexto espacio-temporal muy concreto, en un régimen político dictatorial cercano: la configuración de la maternidad, entendida como eje de la identidad de las mujeres, se nos presentó como un caso más de alineación femenina, puesto que de nuevo eran otros quienes se encargaban de reglamentar desde el poder cómo se debería ser buena madre y organizaban toda una red de instituciones y materiales para conseguirlo; se había producido una progresiva masculinización y profesionalización de la maternidad, incluso en su aspecto más biológico, mostrándose como algo esencial que tiene que ser controlado por hombres (médicos, moralistas y sacerdotes fundamentalmente) para que dé óptimos resultados. A partir de dicha constatación se nos planteó la necesidad de analizar más profundamente cómo se había llegado a esta situación, por qué habían ido apareciendo cada vez más vías para enseñar a las madres a serlo y por qué paralelamente se habían ido desvalorizando aquéllas que tenían una mayor relación con los saberes transmitidos por genealogía femenina. Ese es el objetivo que ahora perseguimos: reflexionar desde la historia sobre el binomio maternidad-identidad femenina, un dictado genérico, una constante que, está condicionada por los cambios sociales, puesto que se trata de una ideología históricamente construida, aunque se asiente sobre un sustrato biológico que ha dado lugar durante mucho tiempo a la creencia de que se trataba de un instinto elevado incluso a la categoría de mito. Queremos utilizar la historia como instrumento para abrir ese mito y entrever cómo se va construyendo el complejo entramado de la maternidad, puesto que, como dijera P. Bourdieu, “la historización, que en apariencia relativiza, es una forma de evitar la relatividad” (1992:38). Es decir, nuestra hipótesis de base es que el significado
Identidad Personal y Educación 2 de la maternidad varía dependiendo de las diferentes circunstancias en las que se realiza la función de ser madre, y encierra realidades distintas según el período histórico, la cultura o la clase social. Dimensiones de la maternidad: Gran parte de la problematicidad de este tema, tal como se entiende ahora, deriva de la esencia intrínsecamente compleja del concepto “maternidad”: es naturaleza y a la vez cultura; atañe al cuerpo de las mujeres y a su psicología; a lo consciente e inconsciente; a vivencias reales y simbólicas; a la esfera de público y de lo privado; a la vida intrapersonal y a las decisiones políticas. Esta multitud de ingredientes tendría que dar lugar a una variedad de representaciones maternales, pero es posible en cambio observar cómo, en cada momento histórico, se han configurado en realidad unos patrones de maternidad que se imponen y se venden como “modelos de buena madre” y deben ser aprendidos por todas, sin que quepan posicionamientos individuales o discrepantes, a riesgo de que se las considere de-generadas, puesto que la maternidad se considera condición sine qua non para cubrir la identidad femenina. Es decir, la maternidad se utiliza como una medida común a todas las mujeres, mistificándose como parte de su esencia lo que en principio era una simple función que se puede ejercer o no dependiendo de los deseos de cada cual: “Normalmente –afirma Norma Ferro (1991:XIII)- se identifica la madurez social en la mujer con su función de madre, mientras que la madurez del hombre es plurifuncional: obrero, profesional, ejecutivo...” En una línea similar se pronuncia Amparo Moreno (2000:2) al utilizar el concepto de “identidad positiva” para definir el sentido de realización y el logro de un estatus definitivo de persona adulta cuando la mujer se convierte en madre, de tal manera que aquella que no lo fuese notaría la falta de una parte de sí misma, lo cual a su vez denotaría la existencia de algún tipo de problema: infertilidad por causas físicas o psicológicas, incapacidad para la creación de vínculos afectivos, dedicación excesiva a la carrera profesional, etc. El éxito de esta identificación maternidad-feminidad radica, entre otras cosas, en que ha servido a los intereses de poder, ha dado una cohesión forzada a los grupos y ha proporcionado paralelamente una cómoda y segura ilusión de identidad a la mayoría de las mujeres, aunque el modelo no partiera de sí mismas, ni fuese fruto de sus deseos y de su búsqueda de libertad, ejes de toda construcción identitaria crítica y personal. La maternidad, obvio punto de partida para la vida, ha sido un tema recurrente desde las más variadas perspectivas (Elisabeth Badinter, 1981; Gisela Bock y otros, 1991; Carmen Fernández-Montraveta y otros, 2000; Ivonne Knibiehler, 2001; Norma Ferro, 1991; Sharon Hays, 1998; Irene Palacio, 2003; Adrianne Rich, 1978; Rosaura Rodríguez, 2001; Martín Sagrera, 1972; Victoria Sau, 1995; Silvia Tubert, 1991; Silvia Tubert y otros, 1996). Es un tema que cobra especial relevancia en los momentos de revisión y cuestionamiento de los esquemas patriarcales. Y no es casualidad que, por eso, haya sido una gran cuestión de debate para el movimiento feminista y centro de atención en obras clásicas para este movimiento como lo son El segundo sexo de Simone de Beauvoir, o La mística de la feminidad de Betty Friedan, por citar sólo un par de ejemplos emblemáticos. A pesar de todo lo escrito y a pesar también de su cotidianeidad, continúa siendo un tema sin resolver, un problema que tiende a generar respuestas a menudo contradictorias, lo cual
Identidad Personal y Educación 3 es precisamente un indicativo de su poder cultural aun en nuestra sociedad, cuando las mujeres occidentales parecen haber entrado en una dinámica mucho más igualitaria, pero siguen sin resolverse muchos aspectos de la vida cotidiana afectados por la incorporación de las mujeres a actividades extradomésticas de las que habían estado tradicionalmente excluidas. De entre los elementos o dimensiones que le dan forma a la identidad maternal nos ha interesado destacar tres para nuestro análisis histórico: biología, sentimiento y conocimiento, dimensiones que se van añadiendo sucesivamente y van conformando el modelo dominante. El primero señala una potencialidad exclusivamente femenina: la capacidad de reproducción. Esta capacidad natural ha apoyado habitualmente el presupuesto de la existencia de un instinto también propio en exclusiva y, como instinto, presente, por tanto, en todas las mujeres, de manera que, actuar en su contra, desoírlo, supondría una conducta antinatural. Este prejuicio del determinismo instintivo de la maternidad se encuentra claramente relacionado con el tópico de que la mujer es naturaleza, mientras que el hombre es cultura. Y sin embargo, son variados los motivos -provenientes en especial de la Antropología Social y la Etologíapara desechar esta biologización de la maternidad, por ejemplo: tener un hijo no significa necesaria e irreversiblemente ser madre y tampoco al contrario, puesto que cuando se puede actuar como madre de un hijo no consanguíneo; la manifestación genérica de los comportamientos post-parto difiere entre unas culturas y otras; la comparación de este hecho con ejemplos del mundo animal, que con frecuencia se ha esgrimido, tampoco confirma la tesis instintiva. En definitiva, el instinto maternal ya no es, pues, un concepto científicamente admisible, a pesar de que algunos psicólogos sigan empeñándose en demostrar la existencia del “gen de la maternidad responsable”, transmitido por los varones. Sin embargo, en el imaginario social, el contenido instintivo se ha desplazado hacia lo que más directamente lo envuelve, el sentimiento, hasta el punto de que el amor maternal aparece presentado como si también se tratara de algo instintivo, como una necesidad tan natural como aquél, por lo que provoca asombro y repugnancia pensar en que la maternidad pudiera darse sin relación amorosa de la madre hacia su criatura, cuando así ha sido durante largos períodos de la historia. Para nosotras es importante hacer hincapié en una diferencia fundamental entre estos dos elementos mencionados: lo biológico no se aprende, mientras que el sentimiento siempre es producto de un aprendizaje. Nacemos con instintos, pero nos enseñan a sentir. El amor maternal, en consecuencia, puede hacerse aflorar, puede afianzarse, eliminarse u orientarse a través de la educación moral. Confiar el capital humano futuro en manos de madres amorosas resulta demasiado arriesgado para la sociedad patriarcal, desde el desarrollo del modelo burgués. Con el fin de controlar una función imprescindible para el sostenimiento del orden socio-político y económico se orquesta toda una red cada vez más compleja de instituciones para llevar a cabo el proceso formativo de las madres desde una perspectiva racional que limite el conocimiento intuitivo y experiencial: hay que aprender a ser madres. El conocimiento será entonces el tercero de los elementos de la maternidad, el que se cultiva a través de la
Identidad Personal y Educación 4 instrucción, formal o no. Lo que significa que ser “buena” o “mala madre” se normativiza sobre un determinado prototipo, convirtiéndose en modelo estereotipado. Las tres dimensiones de las que acabamos de hablar se correlacionan con tres acciones a través de las cuales se despliega la función maternal: parir, criar y educar. Pues bien, en nuestro análisis histórico de la construcción del concepto actual de maternidad, hemos podido comprobar que estas acciones se han ido añadiendo sucesivamente como exigencias por parte del discurso dominante a las responsabilidades maternales, que se han ido rellenando así de nuevos contenidos. La maternidad ha terminado siendo, en realidad, triple: la madre gesta, amamanta y educa; su sangre, su leche y su palabra nutren a las criaturas. A lo largo de la historia, lo que comenzó siendo una función fisiológica que duraba nueve meses y finalizaba al cortarse el cordón umbilical, se prolongó posteriormente a una actuación a medio plazo que implicaba también los cuidados relativos a la crianza, que abarcan hasta los siete años en la mayoría de las culturas, y, por último, incluyó asimismo una labor a largo plazo concluida solamente en el momento en que la madre consigue que la criatura pueda vivir independiente de ella, es decir, cada vez más tarde si usamos como referencia nuestro contexto socio-cultural. Aprendiendo a ser madres Desde esta perspectiva sugerimos una periodización histórica que explicaría en cuatro etapas cómo se han construido los discursos dominantes acerca de la maternidad, y qué modelo de madre han tenido que aprender las mujeres para asumir su identidad femenina. 1. La madre reproductora biológica En líneas generales, las sociedades antiguas se caracterizaron claramente por superponer casi por completo el papel de las mujeres con la realización de sus capacidades reproductivas. La función de la mujer consistía en asegurar la continuidad de la especie, y sólo cuando la cumplían eran reconocidas identitariamente. En las primeras civilizaciones la maternidad se diviniza, vehiculándose, por ejemplo, a través de multitud de diosas de la fertilidad. El Génesis y otros textos bíblicos fundantes de nuestra tradición judeo-cristiana, presentan ejemplos paradigmáticos de mujeres castigadas por sus pecados (relacionados con los cultos más cargados de sexualidad que habían heredado de su cultura originaria) con la esterilidad –Sarah, Raquel, Rebeca-, de la que sólo Yahveh podrá por su voluntad redimirlas para que lleven a cabo su misión: producir descendientes varones que conserven la estirpe del pueblo elegido. Mucho se ha comentado también el caso de las madres espartanas que, identificándose con los objetivos de una polis totalitaria, se someten a sus mandatos y paren hijos que entregan al Estado y a los dictámenes de la Gerousía. En el mundo clásico grecorromano la función maternal es igualmente un acto de ciudadanía: se trata de ser una madre fecunda de hijos legítimos, tanto que a partir del siglo II a.C. una esterilidad o fecundidad insuficientes era causa justificada de repudio, porque del hecho de tener hijos dependía la consideración y el mantenimiento del estatus social.
Identidad Personal y Educación 5 En esta primera etapa hemos abordado sociedades patrilineales, en las cuales el poder del padre prevalece por encima del vínculo materno-filial, para que se reconozca públicamente la filiación. Es asimismo característica común el que, una vez producido el alumbramiento, las tareas de crianza puedan ser depositadas en otras manos que no sean las exclusivas de la madre (nodrizas, criados, parientes...). Ambas características se explicarían en parte, por la elevada mortalidad infantil que produciría un desapego que ha hecho a Elisabeth Badinter preguntarse ¿Existe el amor maternal?(1981) y responder taxativamente con una negación si por ello hacemos referencia al instinto innato que provenga de una supuesta naturaleza femenina. A lo largo de la Edad Media estas características, teñidas además de un marcado tinte religioso, permanecen constantes y derivan en prácticas de cuidado infantil que hoy resultan muy alejadas de la psicología evolutiva e incluso consideramos crueles (abandono, castigos físicos, fajado, trabajo temprano, etc.): las madres “invertían sólo tanto tiempo, energía y dinero en los niños como éstos prometían darles a cambio” (Sharon Hays, 1998: 53). Frente a este modelo encontramos alguna figuras de mujeres transgresoras, que no quieren aprender el monolítico dictado genérico, sino que buscan la individuación y la subjetividad, como las Adonías griegas, cuyo rito estival, “parodia de la generación de los hijos y de las mieses, puede leerse como un rechazo de la maternidad, de su necesidad inexorable, como una toma de posesión de la fecundidad del propio cuerpo sustraído al ciclo impersonal de la naturaleza. El de las Adonías es un mundo al revés, que niega las determinaciones biológicas y sociales sufridas por las mujeres en tanto madres. A través de un rito paradójico de esterilidad, se afirma la prioridad de la mujer sobre la madre” (Silvia Vegetti-Finzi, 1996: 153). En esta misma línea de reacción hay que mencionar también la figura algunas monjas medievales que, negando los límites de identidad que se les imponían, se encierran en los monasterios buscando el saber y creando paralelamente nuevos espacios de libertad. 2. La madre criadora Siguiendo las ya clásicas conclusiones de Phillipe Ariès (1973), la infancia nace como categoría socio-política de la mano de la consolidación de la burguesía, en torno al siglo XVII. La mentalidad asociada a esta categoría dará lugar a un nuevo discurso de la maternidad que se superpone al anterior sin sustituirlo. Ahora la mayoría de los mensajes insistirán en la necesidad de que sean las madres las que se encarguen también de la crianza, es decir, de la protección y fomento del crecimiento de sus criaturas. Para que los mensajes tengan efectividad habrán de empujar a las mujeres a fin de que asuman una tarea que se había entendido igualmente como una cuestión natural, atada a la biología femenina. Aprender a ser madre implicará ahora la reproducción asistida de amor maternal. Y éste último es un sentimiento educable, pero su base se sigue viendo como instintivo y espontáneo, por lo que la madre que no lo manifieste será tachada de perversa e irresponsable, y será culpabilizada por ejemplo, por boca de influyentes creadores de opinión como Locke o Rousseau. Las pruebas de amor que se le exigen a la nueva madre
Identidad Personal y Educación 6 pasan por un claro aumento de su presencia y dedicación para generar y desarrollar el vínculo amoroso, por la erradicación del abandono, por la pérdida del hijo insustituible y por una modificación en las costumbres higiénicas de crianza con una evidente preocupación por la salud. Pero, sin duda, el elemento que abandera esta cruzada procrianza es el fomento de la lactancia materna como medio para cortar la curva todavía ascendente de la mortalidad infantil. Las propuestas que en este sentido emanan de administradores y moralistas ilustrados, no llegan a calar de forma homogénea en las madres de la época, pues, dependiendo de las prácticas de su clase social de pertenencia, cambiarán a distinto ritmo sus arraigados hábitos, y, cuando lo hagan, será en gran medida movidas por las promesas de igualdad, felicidad y ciudadanía unidas a su noble función. La asunción de la maternidad amorosa se convirtió en moneda de cambio en el camino hacia la consecución de nuevos derechos y sentó las bases para la configuración de un modelo de buena madre idealizado e imbuido de una especie de mística laica útil en el diseño de los Estados modernos. Una muestra de resistencia ante este discurso podemos encontrarla ya en el movimiento de las “Preciosas” del siglo XVII y en el de las filósofas –fundamentalmente francesas-, mujeres sabias y amantes de los placeres mundanos y la galantería, anfitrionas de salones culturales desde donde discutieron la definición de mujer imperante, exhibiendo un modelo más libre y dominador de los varones, que cuestionaba incluso la obligación de la maternidad: ellas tampoco quisieron aprender a ser madres y desarrollaron una forma de vivir sin hijos. Pero tuvieron que pagar su atrevimiento pasando a la historia como personajes ridículos porque no cumplían los requisitos de identidad femenina, sino que representaban justamente lo opuesto. 3. La madre educadora A partir del siglo XIX entra en juego un elemento más en la configuración de la identidad maternal: la instrucción. Y lo hace a dos bandas: la buena madre necesita una mayor formación para desarrollar sus tareas como tal y porque además se deberá encargar de la formación de su prole, porque se la entenderá como agente socializador de futuros ciudadanos. Ahora la mala madre ya no será tanto la egoísta o la indiferente ante el cuidado de sus hijos, sino la ignorante. Por lo tanto, el sentimiento de culpabilidad se generará entonces en este sentido y crecerá en la medida en que las madres no aprovechen todas las posibilidades a su alcance para optimizar su funciones que se han deslizado desde la procreación biológica a la crianza y luego a la educación. El propósito predominante en esta fase de la historia es “hacer de las mujeres madres conscientes, profesionales de la maternidad, en el doble sentido de que adquirieran y asumieran dócilmente que tal era su sagrada y única misión y de que precisaban para ello de unos saberes específicos que era necesario y urgente asimilar” (Irene Palacio, 2003: 11). Para enseñar a ser madres, algo cada vez más complicado, el discurso legitimador dominante necesita cimientos más sólidos, y los busca, por una parte, en la revalorización de la domesticidad, es decir, en la limitación inicialmente del espacio femenino al ámbito
Identidad Personal y Educación 7 del hogar, de lo más privado; y, por otra, en la ampliación del abanico de mecanismos instructivos destinados a este fin. Pero, la más tradicional de las vías para conseguir ser “buena madre”, la que va de mujer a mujer, queda relegada y desautorizada cuando en su lugar se articulan otras que responden más eficazmente a los objetivos del sistema. En el currículo y en los manuales escolares de las niñas se introdujeron materias y contenidos específicos para las futuras madrecitas; y para las mujeres que ya lo son se empezaron a publicar multitud de libros de consejos para desarrollar “correctamente” su función, abriéndose una línea editorial cada vez más exitosa; la prensa (Marina Núñez y MªJosé Rebollo, 2003), a la que pronto acompañó el resto de los medios de comunicación, complementó asimismo esta labor de asesoramiento; y en paralelo higienistas, médicos y otros profesionales del campo de la salud añadieron su particular enfoque asistencial y adoctrinador (MªJosé Rebollo y Marina Núñez, 2001). En definitiva, la maternidad se “masculiniza”: el sistema patriarcal, que desconfía de la capacidad de la mujer para responsabilizarse en exclusiva de un asunto tan relevante para el Estado como lo es la reproducción –física, ideológica y cultural-, interviene controlando esta misión. El paradigma de este momento es, pues, el de una maternidad guiada por expertos que aportando soluciones técnicas a este problema social desde una postura paternalista, ponen freno a los posibles excesos de una crianza instintiva y tejida sólo desde el amor maternal. Este planteamiento es puesto en tela de juicio por el movimiento feminista. En general, el primer feminismo, sin romper los tradicionales esquemas familiares, invoca una revalorización y una mayor dignidad para la función social de las maternidad, pero sus reivindicaciones no son uniformes: ante las malas condiciones de vida que rodeaban la realidad de ser madres, unas pedirán la protección y el subsidio económico estatal (aunque en un sentido diferente al que antes mencionábamos), y otras temerán dicha intervención por lo representa de individualismo y egoísmo, contra las actuaciones colectivas. El feminismo de segunda ola, partiendo esta vez de la condena de la familia como institución opresiva, rechazan de plano la identificación mujer-madre. 4. La madre total Aproximadamente tras la Segunda Guerra Mundial, asistimos a un último cambio: la ocupación por parte de las mujeres de espacios públicos, modificado el discurso duro de la domesticidad por la dinámica socio-laboral, no ha hecho sino volver a añadir exigencias en el desempeño de la maternidad responsable. La mujer ahora puede aparentemente decidir si quiere ser madre, cuándo y cómo, pero debe ingeniáreselas para compatibilizar el buen desempeño de esa función, que se le sigue pidiendo socialmente, con sus esferas de realización extradoméstica. Este sería el modelo que Sharon Hays denomina “maternidad intensiva”, en razón del cual, las mujeres del siglo XX, aunque trabajen fuera de casa, permanecen más cercanas a sus hijos y más preocupadas que antaño; son madres atentas e informadas, no son, en palabras de esta autora (1996: 124), “idiotas culturales que, sin mayor reflexión, imitan los métodos de crianza infantil recomendados por otros. Responden
Identidad Personal y Educación 8 activamente a lo que leen, ven y oyen y lo moldean con el fin de que tenga sentido para ellas. El resultado es que practican diferentes formas de maternidad” Son madres con criterio propio, que podrían teóricamente realizar, pues, una maternidad más personal. Pero, en realidad como continúa funcionando en el imaginario social un patrón acontextualizado y, en consecuencia, idealizado de maternidad-feminidad, las mujeres vivencian contradicciones culturales y personales que afectan a su definición identitaria. Las estructuras no potencian el desarrollo adecuado de una maternidad sobre la que se sigue insistiendo básicamente. Por ende, las mujeres que deciden ser madres en estas circunstancias a menudo hacen una fuerte inversión en todos los órdenes de su vida, vivenciando un auténtico choque cultural: la ética competitiva del mercado neoliberal impregna la esfera pública de actuación de las mujeres y esto se enmascara trasladando el problema y su solución a niveles individuales, sobrecargándolas sin ofrecer soluciones que pasen por la modificación del sistema en sí, comenzando al menos por el cuestionamiento de la jerarquización genérica. La reflexión histórica es, precisamente, una herramienta que puede servir para evidenciar las debilidades de un sistema patriarcal que a pesar de haberse configurado sobre la desigualdad y la injusticia, no ha podido eliminar el deseo de libertad que mujeres de diferentes épocas de una forma individual o colectiva han sido capaces de expresar, más allá de los límites impuestos para reducir su capacidad de creación a instinto, sentimiento o aprendizaje. Aprendamos, entonces, también de la genealogía femenina y no dejemos que caigan en el vacío las voces de las mujeres que nos antecedieron atreviéndose a subrayar las potencialidades de creación que la maternidad posee. Vivámosla, o no, pero libremente, atendiendo a nuestros deseos, desplegando ese más que la maternidad nos concede sólo a las mujeres y sin que, por supuesto, eso condicione nuestra identidad femenina. BIBLIOGRAFÍA: ARIÈS, Phillipe (1987): El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen. Madrid, Taurus. BADINTER; Elisabeth (1981): Existe el amor maternal? Historia del amor maternal. Siglos XVII al XX. Paidos/ Pomaire, Barcelona BOCK, Gisela y THANE, Pat (eds.)(1996): Maternidad y políticas de género. La mujer en los estados de bienestar europeos, 1880-1950. Cátedra, Madrid. BOCK, Gisela (2001): La mujer en la historia de Europa. Crítica, Barcelona. FERNÁNDEZ-MONTRAVETA, Carmen et alt. (2000): Las representaciones de la Maternidad. Debates teóricos y repercusiones sociales. Instituto Universitario de Estudios de la Mujer. Madrid. FERRO, Norma (1991):El instinto maternal o la necesidad de un mito. Siglo XXI, Madrid. HAYS, Sharon (1998): Las contradicciones culturales de la maternidad. Paidos, Barcelona. KNIBIEHLER, Ivonne (2001):Historia de las madres y de la maternidad en Occidente. Ediciones Nueva Visión, Buenos Aires. NÚÑEZ GIL, Marina y REBOLLO ESPINOSA, Mª José (2003): “La prensa femenina de postguerra: Materiales para la construcción identitaria de la mujer española”en Etnohistoria de escuela,SEDHE, Universidad de Burgos, pp. 231-246. PALACIO LIS, Irene (2003): Mujeres ignorantes: madres culpables. Adoctrinamiento y divulgación materno-infantil en la primera mitad del siglo XX. Universitat de Valencia.
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