El zen y la tauromaquia
Full text
Revista de Estudios Taurinos N.º 25, Sevilla, 2008, págs. 265-268 * Profesor Titular de la Universidad de Sevilla y profesor invitado de la Universidad de Hokkaido (Japón). EL ZEN Y LA TAUROMAQUIA José María Cabeza Lainez* l autor japonés Daisetsu Teitaro Suzuki (1870-1966) fue el principal divulgador de las ideas del Zen fuera de Japón. Escribió también ensayos importantes sobre el Buddhismo y la rama de la tierra pura (Jôdo Shinsu). A la edad de veinticinco vivió durante tres años como monje giróvago en Sri Lanka y fue un prolífico traductor de la literatura china, japonesa y sánscrita. Fue profesor visitante en varias universidades norteamericanas. En su libro El Zen y la Cultura Japonesa, publicado originalmente en inglés en 1959 aunque concebido con anterioridad a la guerra del Pacífico, nos habla entre otros temas, algunos de los cuales he destacado en mi artículo Sobre las Relaciones entre el Zen y el Arte Oriental (Fundación Cajasol 2007), del arte de la esgrima en Japón y su relación con los toros. He aquí el fragmento completo de esta curiosa reflexión en su traducción castellana. E
José María Cabeza Lainez 266 El Atlantic Monthly de Febrero de 1937 contiene un artículo de un torero español llamado Juan Belmonte relatando su propia experiencia en el arte. Las corridas de toros son evidentemente muy similares al arte japonés de la esgrima. Su historia está llena de interesantes sugerencias y cito parte de las notas de la nota del traductor y del propio relato de Juan Belmonte sobre la lidia por la que obtuvo una gran reputación como el principal torero de la época. En esta lidia alcanzó el estado mental al que se hace referencia en la carta de Takuan a Yagyu Tarima-no- kami; si el héroe español hubiera tenido un adiestramiento buddhista seguramente hubiera logrado la visión de la Inteligencia Inamovible. La nota del traductor dice en parte: «Las corridas de toros no son un deporte y no es posible compararlas con éste. Las corridas, gusten o no, se aprueben o no, son un arte, como la pintura o la música, y sólo se pueden juzgar como arte; su emoción es espiritual, y toca profundidades que sólo pueden compararse con las profundices que se estimulan en el hombre que conoce, ama y comprende la música de una orquesta sinfónica bajo un gran director». Juan Belmonte describe su psicología en el momento intenso de la lidia con los siguientes términos: «En cuanto mi toro salió fui hacia él y en el tercer pase escuché la ovación de la multitud poniéndose en pie. ¿Qué había hecho? Enseguida olvidé al público, a los otros toreros e incluso a mí mismo y hasta al toro; comencé a torear como lo había hecho a menudo en solitario por la noche en los corrales y las dehesas, tan precisamente como si hubiera estado dibujando algo en una pizarra.
El Zen y la tauromaquia Dicen que mis pases con la capa y mi faena con la muleta aquella tarde fueron una revelación en el arte del toreo. No lo sé y no soy capaz de juzgarlo. Simplemente toreé como creo que debe torearse sin ningún pensamiento excepto mi propia fe en lo que estaba haciendo. Cuando toreaba solo en el campo solía hablarle a los toros; y aquella tarde mantuve una larga conversación con el toro, mientras que mi muleta trazaba los arabescos de la faena. Cuando no supe qué más hacer con el animal me arrodillé entre sus cuernos y puse mi cara cerca de su hocico. «Vamos torito», susurré, «¡engánchame!». Me levanté, desplegué la muleta bajo el hocico y continué con mi monólogo, animándole a seguir embistiendo. «Así torito. Embiste bien. Nada va a sucederte...Aquí me tienes. Aquí me tienes…¿Me ves torito?...¿Cómo?¿Te estás cansando?!Vamos! ¡Engánchame!¡No seas cobarde…Engánchame!» Estaba ejecutando la faena ideal, la faena que había visto con frecuencia en mis sueños y con tal detalle que todas las partes de la misma estaban grabadas en mi cerebro con exactitud matemática. La faena de mis sueños siempre acababa en desastre, porque cuando entraba a matar invariablemente el toro me cogía por la pierna. Debió de haber sido algún tipo de reconocimien- to de mi falta de habilidad al matar lo que dictaba siempre esta conclusión trágica. Sin embargo, continué realizando mi faena ideal, colocándome justo entre los cuernos del toro y escuchando las aclamaciones de la multitud sólo como un murmullo distante; hasta que finalmente, igual que había soñado, el toro me alcanzó y me hirió en el muslo. Estaba tan exaltado, tan fuera de mí mismo que apenas lo noté. Entré a matar y el toro cayó a mis pies». Debo añadir que antes de que Belmonte tuviese este encuentro final con el toro su mente estaba en una condición muy confusa; rivalidad, deseo de éxito y sensación de inferiori- 267
José María Cabeza Lainez 268 dad, junto con el miedo a que el público se burlase de él. Así lo reconocía: «Estaba desbordado por la desesperación. ¿De dónde había sacado la idea de que era un torero?» «Te has engañado a ti mismo». Pensé. «Por que hayas tenido algo de suerte en un par de novilladas sin picadores, no puedes hacer todo lo que quieras». A partir de su sentimiento de desesperación, sin embargo, Belmonte descubre algo más en él que hasta ahora yacía completamente escondido, cuando vio al toro salir y enfrentarse a él. Este algo aparece algunas veces en sus sueños, es decir dormía en la profundidad del Inconsciente, pero nunca apareció a plena luz del día. El sentimiento de desesperación le empujó al extremo de su abismo mental, desde el cual finalmente saltó: «Estaba tan intoxicado, tan fuera de mí que apenas lo noté» – no sólo eso (que estaba herido) sido todo en realidad. «La Inteligencia Inamovible» era su acompañante y se abandonó enteramente a su guía, como canta un notable maestro Zen de la era de Kamakura: «El arco se ha roto, No quedan flechas En este momento decisivo: No alientes el corazón desfallecido, Dispara con decisión y poder». Cuando se dispara una flecha sin astil desde un arco sin cuerda sin duda penetrará en la roca como ocurrió en la historia del pueblo de Asia Oriental. En todos los apartados del arte, igual que en el Buddhismo Zen, este sobrepasar la crisis se considera muy importante a fin de alcanzar la fuente de todo trabajo creativo. Me gustaría discutir sobre esto más específicamente desde el punto de vista religioso y filosófico en otro escrito sobre el Zen.