Sobre antroponimia femenina bajomedieval
Full text
1 SOBRE ANTROPONIMIA FEMENINA BAJOMEDIEVAL José Javier Rodríguez Toro (Universidad de Sevilla, España) A mi mujer Un reciente estudio sobre la antroponimia asturiana de los siglos XIII al XV 1 nos ha vuelto a recordar -por si alguien lo había olvidadoque los nombres propios de persona gozan de un estatus especial en la lengua y que, como tales, no deben ser analizados prescindiendo de la combinación de variados factores “externos” (históricos, sociales, culturales...). Así, se entiende que su autor -J. Viejoexplique las transformaciones que afectan al sistema denominativo de Asturias considerando no sólo lo interno a éste, sino, en especial, “otro tipo de causas enraizadas en las propias estructuras sociales y parentales” 2 , o que, en la segunda parte del libro, al análisis estrictamente lingüístico de los nombres de pila (variantes formales, problemas etimológicos...), añada los datos acerca del culto a determinados santos para justificar de esta manera la imposición de esos mismos antropónimos. Si bien es cierto que no nos encontramos ante un hallazgo extraordinario, la obra de Viejo tiene para mí el mérito de relativizar el alcance de las declaraciones con que algunos especialistas se lamentan del escaso desarrollo de la antroponimia, y es que, como opina M. Ariza, la investigación en este campo “requiere un esfuerzo muy grande y sus frutos la mayoría de las veces son muy limitados” 3 . A ello se sumaría, según D. Kremer, la circunstancia de que la onomástica “sigue siendo una ocupación que se considera más bien extravagante” 4 . Así las cosas, la pregunta que cabría plantearse sería si un cambio de orientación que insistiera en aspectos externos -y, al mismo tiempo, implícitos- a los nombres propios de persona podría mejorar la situación de esta “hermana pobre” de la lingüística histórica. Una reflexión al respecto -que no debe ser entendida en ningún caso como una solución al problemaconstituye el presente trabajo; a tal fin, se me ocurre que una constante histórica como la postergación social de la mujer constituiría un excelente pretexto para que la antroponimia superara su aparente 1 J. Viejo, La onomástica asturiana bajomedieval, Tubinga, Max Niemeyer Verlag, 1998. Reseña de A. I. Boullón, Rivista Italiana di Onomástica 6, 2000, págs. 189-196. 2 J. Viejo, op. cit., pág. 230. 3 “La lingüística histórica española”, Actas del XXX aniversario de la Sociedad Española de Lingüística, en prensa. 4 “Onomástica e historia de la lengua”, Actas del I Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española, Madrid, Arco-Libros, 1988, pág. 1604.
2 ensimismamiento y prestara alguna atención a los variados contenidos que estos signos sin “significado” transmiten. 5 Dos circunstancias tomadas al azar parecen fundamentar mi hipótesis de partida: - Salvo en un ambiente familiar, las romanas no tenían praenomen (el equivalente del nombre de pila para que nos entendamos), sino que se identificaban mediante la feminización del nomen de la gens a la que pertenecían (esto es, el apellido). Al casarse, además, debía quedar constancia del nombre del esposo en su denominación. - Frente a la casi totalidad de los países del mundo, en España tenemos un segundo apellido, correspondiente hasta hace muy poco al de la madre. En la Edad Media la menor relevancia de las mujeres se refleja, de manera particular, en su escasa atestiguación en los textos. Dice Mendoza al respecto que “contamos con muy pocos nombres femeninos, pues la mujer ni ocupa cargos públicos, ni suele intervenir con asiduidad en contratos de compras, ventas, arrendamientos, etc., por lo que no es frecuente su presencia en documentos”. 6 A esta dificultad insalvable se añade, según creo, la exagerada importancia que los estudiosos de la antroponimia conceden a los aspectos cuantitativos (qué nombres de pila, qué apellidos son los más repetidos, cómo se transmiten normalmente estos elementos, etc.), de manera tal que los nombres de las mujeres resultan ser, por menos numerosos, los grandes “sacrificados”. En este sentido, las conclusiones a que pretendamos llegar siempre serán de menor calado frente a si, desde la preferencia por las cantidades, por los índices de frecuencia, analizáramos nombres masculinos. Tenemos, pues, dos alternativas: o bien lamentarnos por la escasez de antropónimos femeninos o bien, cambiando la perspectiva con una visión que me atrevería a etiquetar como cualitativa, fijarnos en los resquicios por los que pudieran vislumbrarse otros datos, seguramente interesantes, con el objetivo de conseguir un mejor conocimiento del sistema denominativo de las mujeres de otros tiempos. Doce padrones de entre 1426 y 1444 procedentes de Alcalá de Guadaíra (Sevilla) me ayudarán en el intento. 7 5 Pues, tal como J. Mendoza afirma, “el papel secundario que desde siempre ha jugado la mujer (excepto en culturas matriarcales) se refleja evidentemente también en el campo de la onomástica, como un hecho social más” (la cursiva es mía), “Aproximación al estudio de la onomástica de los judíos de Sevilla en la Baja Edad Media”, Hommage à Haïm Vidal Sephiha, Berna, Peter Lang, 1996, pág. 189. 6 Loc. cit. 7 El corpus de investigación, constituido por los referidos documentos, forma parte de la sección 16ª del Archivo Municipal de Sevilla (cf. A. Collantes, Catálogo de la Sección 16ª. Tomo I (1280-1515). Archivo Municipal de Sevilla, Sevilla, Universidad, 1977). Once de los doce son padrones fiscales de cuantías, censos estos en los que “a cada inscrito se le señala una cantidad de maravedíes [y de dineros] en razón al valor de su hacienda -la denominada cuantía-, según baremos previamente establecidos” (cf. A. Collantes, Sevilla en la Baja Edad Media. La ciudad y sus
3 Ahora bien, aunque constituyan “la fuente demográfica más importante” para conocer “la población y su estructura”, los censos del tipo de los estudiados solo recogen “el número de vecinos que pechaban y no el de la totalidad de la población”; 8 teniendo en cuenta, asimismo, que los titulares de las “cuantías” solían ser hombres por razones sociales, económicas e históricas bien conocidas de todos, se entenderá que el número de mujeres en ellos documentados es bastante bajo: son solo doscientas sesenta y tres frente a, como poco, 9 ochocientos noventa hombres. Por otra parte, el testimonio de una identidad femenina no siempre supone la aparición efectiva de su nombre. En los estudios de la antroponimia medieval estos casos se engloban bajo la etiqueta de denominación indirecta (o indenominación), pues los individuos no son identificados con sus nombres y “apellidos”, sino mediante la alusión a otra persona con la que aquellos mantenían algún tipo de relación familiar. La motivación última de esta modalidad denominativa, frecuentísima entre mujeres, hay que buscarla en la naturaleza de unos padrones que, como se ha dicho, tenían un objetivo recaudatorio, de tal modo que solo interesaría anotar con precisión a quienes pagaban. Así, de entre las doscientas sesenta y tres alcalareñas, treinta y cinco se mencionan como la muger de Andrés Martínez hortelano, su muger de Antón Martínez de la Cañada etc., de lo que se deduce que, frente a ochocientos ochenta y tres hombres, solo sabemos el nombre “propio” de doscientas veintiocho mujeres. Precisamente en el estudio de sus nombres (de pila, apellido y sobrenombre) me centraré a partir de este punto. El primer nombre, el de pila, no diferencia a hombres y mujeres en un aspecto importante, puesto que, independientemente de cuál sea su origen lingüístico (latino, griego o hebreo), los dos sexos -un poco más, eso sí, las mujeres (81%) que los hombres (67’5%)- tienen en común la hombres, Sevilla, Ayuntamiento, 1984, pág. 20). Lo mismo que en Sevilla (A. Collantes, op. cit., pág. 22), en Alcalá de Guadaíra se realizaban por colación: Santiago (números 116, 148, 214, 258 y 280, fechados en los años 1431, 1433, 1438, 1442 y 1444, respectivamente), San Miguel (números 81 y 257, fechados en los años 1426 y 1442, respectivamente) y Santa María del Castillo (números 82, 115, 147 y 213, fechados en los años 1426, 1431, 1433 y 1438, respectivamente). A los once padrones de cuantías hay que añadir un documento de naturaleza parecida, pero que afecta a toda la población de Alcalá (en el que, con todo, se distinguen también las colaciones). Se trata del nº 228, fechado en 1438, copia del repartimiento donde se deja constancia de la fuerza militar (“la gente de cavallo e de pie ballesteros e lançeros”) y de las aportaciones materiales (“pan cocho”, “farina”, “vino”, “çevada”, “carneros”) de la localidad “para la entrada e tala [...] en tierra de moros”. 8 A. Franco, El concejo de Alcalá de Guadaíra a finales de la Edad Media (1426-1533), Sevilla, Diputación, 1974, pág. 55. 9 Porque en seis asientos se lee “los menores fijos de...” sin que se especifique el número de éstos (ciertamente tampoco se indica su sexo).
4 preferencia por nombres “cristianos”, algo que no sorprende por tratarse de una característica de la onomástica peninsular desde el siglo XI: 10 Hombres -Nombres prerromanos o autóctonos (2 casos, 5’4%): García (con su hipocorístico Garci) y Ximeno. -Nombres latino-romances (13, 35’1%): Antón, Aparisçio 11 , Asensio, Benito, Lope, Lorenço, Lloreynte 12 , Marcos, Martín, Pascual, Pero, Salvador y Sancho. -Nombres greco-latinos (5, 13’5%): Andrés, Cristóval, Estevan, Grigorio y Niculás. -Nombres hebreos o bíblicos (7, 18’9%): Bartolomé, Graviel 13 , Juan 14 , Lázaro, Manuel, Mateos 15 y Miguel. -Nombres germánicos (6, 16’2%): Alfonso, Álvaro (y Alvar) 16 , Fernando, Gómez, Gonçalo y Rodrigo (además de su variante Rui) 17 . -Nombres “europeos” bajomedievales 18 (3, 8’1%): Francisco, Gil y Guillén. -Nombres de origen no establecido (1, 2’7%): Diego. Mujeres -Nombres latino-romances (7 casos, 31’8%): Antona, Beatriz, Benita, Cecilia, Clara, Pasquala 19 y Sancha. 10 D. Kremer, art. cit., págs. 1587-1588 y 1590. 11 La -s antietimológica, tan habitual en castellano medieval, es semiculta. 12 Ésta debía de ser la forma “normal” de Llorente en el XV (aún a finales de siglo puede leerse “lloreinte nombre de varon” en el Vocabulario de Nebrija). 13 Con metátesis de la vibrante. 14 Y sus variantes latinizantes Iohan, Johan (J. Viejo, op. cit., pág. 418). 15 O Matheos con h etimológica. Por otra parte, la -s final que aparece en todos los casos habría sido restaurada “por influência culta ou literária por oposiçâo ás formas vulgares ou populares sem -s” (N. Nunes y D. Kremer, Antroponímia primitiva da Madeira e Repertório onomástico histórico da Madeira (séculos XV e XVI), Tubinga, Max Niemeyer Verlag, 1999, pág. 29). 16 La diferencia entre la forma apocopada, más frecuente, y la plena pudiera estar causada por razones acentuales: la vocal final queda entre dos acentos principales -el del nombre de pila y el del apellido, pronunciados de una vez-, de ahí que desaparezca. La etimología de este nombre, por otro lado, no es nada clara (para un resumen de las teorías sobre ésta, J. Viejo, op. cit., pág. 285). 17 La aparición de Rodrigo o de Ruy parece estar condicionada fonéticamente por el sonido inicial del apellido: la primera de las variantes ante vocal a-, la segunda, ante cualquier otra vocal y ante todas las consonantes. Es el caso que, como sugieren N. Nunes y D. Kremer, op. cit., pág. 27 que ocurre con Rodrigo-Ruy, “os prenomes apresentam diferentes formas conforme surgem isolados ou em determinadas ligaçôes sintácticas”. 18 D. Kremer, “De antroponimia asturiana y leonesa medieval”, Lletres Asturianes 36, 1990, págs. 14-15 incluye entre éstos a Martín, Pascual, Mateos y Miguel, “nombres [todos ellos] importados por inmigrados “francos” que atravesaron los Pirineos por motivo de Reconquista, de las reformas monacales, Camino de Santiago, etc.”. 19 Según N. Nunes y D. Kremer, op. cit., pág. 27, corresponde a un nombre masculino “que nâo terminam em -o” cuya forma femenina añade “o morfema flexional de [dicho género”.
5 -Nombres greco-latinos (6, 27’2%): Águeda, Estevanina, Inés, Lozia y Olalla. -Nombres hebreos o bíblicos (5, 22’7%): Ana 20 , Isabel, Juana 21 , María (con su variante hipocorística Mari) y Marina 22 . -Nombres germánicos (1, 4’5%): Elvira. -Nombres “europeos” bajomedievales (1, 4’5%): Leonor 23 . -Nombres de origen no establecido (2, 9%): Mencía 24 , Teresa 25 . Las similitudes entre nombres masculinos y nombres femeninos acaban, no obstante, en este punto. La menor cantidad de nombres de pila femeninos antes denunciada impide, primero, que conozcamos adecuadamente si éstos coincidían con los que portaban sus coetáneas en otras localidades de Andalucía (o, incluso, de otras zonas geográficas más distantes) y, segundo, el grado de fidelidad en la transmisión de este nombre entre generaciones sucesivas. En contraste con los setenta y dos en los que se verifica este particular para los nombres masculinos (por cierto, en cuarenta y siete casos de ellos no es coincidente) solo hay un ejemplo de nombre femenino (de no coincidencia, por lo demás): María Gonçález fija de Teresa Díaz Con ser menos numerosos que los de los hombres, los nombres de ellas parecen ser, sin embargo, más variados atendiendo a que la ratio nombre / número de individuos es inferior (hombres, 22’5% / mujeres, 10’3%). En cuanto al apellido, las mujeres no muestran en los censos un comportamiento distinto al de los varones dado que suelen poseer los mismos y, aunque tenga pocos elementos de juicio 20 Es muy abundante bajo la forma Agna (<hebreo HANNA). 21 Como su correspondiente masculino, cuenta con variantes formales latinizantes: Iohana, Johana (J. Viejo, op. cit., pág. 421). Por otra parte, la abundancia de este nombre entre las mujeres podría estar relacionado con el hecho de que resulta “da adaptaçâo morfológica” (N. Nunes y D. Kremer, op. cit., pág. 27) del nombre masculino más frecuente en Alcalá. 22 Escribe A. I. Boullón, “Galician female names in the Middle Ages (from 13th to 15th)”, Onomastik. Akten des 18. Internationalen Kongresses für Namenforschung (Trier, 12.-17. April 1993) II, 2000, pág. 131 que Marina no debe ser tenida “as a form derived from the noun mar (‘sea’) or as the female form of Marinus, but rather as a derived form of María”. 23 Según A. I. Boullón, art. cit., pág. 132, este nombre entró en la Península a través del provenzal “relatively later than most of the Germanic names”. 24 ¿De origen hebreo? A. I. Boullón, art. cit., pág. 131. 25 Y Theresa con -h- intercalada por pseudocultismo (en palabras de A. I. Boullón, art. cit., pág. 124, “some times an unetymological h, probably due to the scribe’s cultist intention”). ¿Sería este nombre de origen griego? A. I. Boullón, art. cit., pág. 130.
6 (dos únicos casos frente a sesenta y siete), parecen heredarlos de sus padres de igual modo que hacían sus hermanos: Mencía Fernández fija de Alfonso Fernández María García fija de Juan García cavallero Entonces, como casi siempre, era más raro que el apellido de la madre se transmitiera a los hijos: dos casos de concordancia frente a nueve de discordancia sirven para demostrarlo. Este nombre, excepción hecha de seis ejemplos (cuatro de padre a hijo, dos de padre a hija), se transmitía, asimismo, sin la modificación formal del patronímico, característica de los siglos anteriores. Son excepcionales por tanto: Olalla Fernández fija de Fernando Martínez de la Fuenllana Catalina Gonçález fija de Gonçalo Fernández del Alcáçar Lo más llamativo al respecto es la variación genérica que se da en Isabel Cara (frente a, pongo por caso, Fernando Caro), probable demostración de que este apellido se sentía en la época como lo que había sido originariamente, como un apodo; dicho de otro modo, en las conciencias seguía pesando aún el “significado” de la voz cara. Téngase en cuenta que los apellidos como éste, que no proceden de un nombre de pila (tipo Sánchez con sufijación, tipo Alfonso sin sufijación) o de un topónimo, son minoritarios en los censos analizados: -Antiguos patronímicos, procedentes de nombres de pila (34 casos, 73’8%): a) Añaden a la base el sufijo patronímico (21, 45’6%): Álvarez, Benítez, Díaz, Domínguez, Fernández, Gómez, Gonçález, Íñiguez, López, Martínez, Muñoz, Núñez, Pérez, Ramírez, Rodríguez, Ruiz, Sánchez, Vázquez, Velázquez, Ximénez y Yáñez. b) Sin sufijación, yuxtapuestos al nombre individual (13, 28’2%): Alfonso, Bartolomé, Bernal, Estevan, García, Guillén, Lucas, Manuel, Mateos, Miguel, Pascual, Toribios y Velasco. -Topónimos precedidos por la preposición de (3, 6’5%): Córdova, Mérida y Valles. -Antiguos apelativos (5, 10’8%): Caro/Cara, Chamorro, Gallego, Ramos y Romero. -Otros, apellidos sin origen establecido (4, 8’6%): (de) Dios, Galván, Marín y (de) Ortega.
7 Todo parece indicar que, si bien ocupan la posición habitual del apellido -la segunda, tras el nombre de pila-, para los originarios apelativos no habría culminado todavía el proceso de denotativización por el que se convertirían en un nombre propio. También es significativa, pese a su escasísima atestiguación, un caso de transmisión del apellido dentro del matrimonio: así, la esposa de Juan Toribio era conocida como la Toribia. Este ejemplo resulta tanto más valioso por cuanto incorpora una perspectiva apenas explorada en onomástica. Si los censos eran documentos oficiales, en ellos se recogería la denominación “formal” de las personas. Ahora bien, la mención a la Toribia no corresponde al registro apropiado a esa “situación comunicativa”, sino que nos enfrenta con el nombre popular, con el nombre con que, en realidad, era conocida esa mujer por sus convecinos. 26 A este extremo me refería cuando al principio afirmaba que de los datos de la antroponimia femenina se podrían extraer informaciones cualitativamente importantes, que compensaran su menor presencia en los documentos. De cualquier manera, en el sistema onomástico que subyace a los censos analizados el elemento denominativo sin duda alguna más interesante -y particularmente relevante en el asunto que nos trae aquíes el que ocupaba la tercera posición de la identidad personal, el llamado por algunos autores sobrenombre. 27 En pocos casos de los estudiados puede considerarse nombre propio, de ahí que no me parezca conveniente que nos refiramos a él como segundo apellido. Es cierto que con el tiempo los sobrenombres se han convertido en apellidos, pero en la documentación objeto de estudio esto raramente ocurre. El empobrecimiento del repertorio de los nombres de pila (y, por ende, de sus derivados directos, los patronímicos, ya cristalizados en el siglo XV) junto con el aumento demográfico habrían propiciado que en la Baja Edad Media los antropónimos requirieran la complementación de diversas marcas de identidad, en un principio ocasionales, con que se aludía a ciertas situaciones o condiciones del sujeto en cuestión: fundamentalmente la profesión (por ejemplo Gonçalo Alfonso çapatero), algún rasgo físico (por ejemplo Juan Martínez luengo) o moral (por ejemplo Juan Sánchez complido) y, en especial, quizá por la notable movilidad de entonces 26 Y es que, como advierte Kremer, art. cit., pág. 1590, “de ninguna manera [...] parece aconsejable que se identifiquen las prácticas administrativas con el uso real de los nombres de persona”. 27 Me parecen particularmente interesantes (y por eso las sigo de cerca) las consideraciones recogidas al respecto en J. Viejo, op. cit.
8 (recuérdese que en la Andalucía del siglo XV se vive una situación muy parecida a la del siglo XIII), la procedencia geográfica mediante topónimos precedidos por la preposición de (por ejemplo Diego Álvarez de Torre de Humos) o mediante gentilicios (por ejemplo Alfonso Sánchez aragonés). Aunque, como ya he dicho, no sean nombres propios en la práctica totalidad de sus apariciones, ello no obsta para que con el tiempo los sobrenombres se revelaran como los elementos de mayor potencial identificador, valor éste que se manifiesta en su función básica, la complementación de la estructura nombre de pila + apellido, dada la ineficacia de esta para individualizar a todos los integrantes de la comunidad. Así, se entiende que la concurrencia del sobrenombre se hiciera imprescindible en las frecuentes ocasiones en que podía originarse una confusión entre dos o más vecinos llamados de la misma manera (cf., por ejemplo, los abundantes Juan Sánchez o Alfonso Martínez documentados entonces en Alcalá). Entre las mujeres, sin embargo, se observa “una mayor resistencia al empleo de un tercer nombre” 28 que complementara al de pila y al apellido; a estos se yuxtapone normalmente la expresión muger de y la identidad completa del marido, siendo mucho menos frecuente el que portaran alguno de los tipos de sobrenombres revisados. Este es, sin duda, el más claro reflejo de la subordinación social de las mujeres respecto de los hombres y, al mismo tiempo, lo que particularizaría su subsistema onomástico. Pero, yendo más lejos, no estoy seguro de que en los casos en que aparecen sobrenombres femeninos, estos hagan referencia a ellas y no consistan, más bien, en un mero trasunto del sobrenombre del marido adoptado por el matrimonio. Digo esto, porque haber cotejado censos que contienen en la práctica la misma población durante un período relativamente breve de tiempo me ha permitido comprobar que, frente a la primera documentación de una mujer en que a su identidad se yuxtapone la del marido mediante el giro de marras, por ejemplo Marina García muger de Pero Martínez gallego María González muger de Alfonso Martínez de la Viga Catalina Sánchez muger de Alfonso Martínez de Jahén 28 J. Viejo, op. cit., pág. 94. Comparto la idea de que “la relajación de los medios denominativos femeninos ante una necesidad menos sentida de identificación precisa de la persona, parece que debe verse en evidente relación con la relegación efectiva de las mujeres en la vida social y en la toma de decisiones, y debe insertarse en una tendencia más amplia, común a otras zonas europeas” (J. Viejo, loc. cit.). En cuanto a los paralelismos con otras comunidades humanas, cf. como ilustrativo, el trabajo de M. R. Bastardas y E. Piquer, “Anthroponymie féminine barcelonnaise du XIVe siècle”, Onomastik. Akten des 18.Internationalen Kongresses für Namenforschung (Trier, 12.-17. April 1993) III, 2000, págs. 30-42.
9 en las ocasiones posteriores figura tan solo el sobrenombre de ellos, respectivamente Marina García gallega María González de la Viga Catalina Sánchez de Jahén Estas expresiones indicativas de la procedencia geográfica podían ser connotativas cuando se aplicaban a los hombres (ellos mismos o sus antepasados inmediatos eran originarios de los lugares aludidos), pero cuando las portaban las mujeres se habían transformado en una suerte de nombre de familia que, de manera implícita, indicaba la relación matrimonial. En las ocasiones en que el sobrenombre es un apodo o un gentilicio encuentro otra particularidad nada desdeñable. De manera significativa, creo yo, estos elementos aparecen precedidos por el artículo determinado en contraste con lo excepcional que es esto entre los hombres: García Fernández almizcado / Marina García el almizcada Gonçalo Martínez delgado / Catalina Martínez la delgada Martín Fernández gascón / Marina Sánchez la gascona Martín Sánchez ligero / Juana Rodríguez la ligera Juan Sánchez luengo / Juana Fernández la luenga Andrés Martínez caxcarro / Catalina Sánchez la caxcarra... ¿Qué pone de relieve la actualización en estos ejemplos? Se me ocurren dos posibles respuestas, no excluyentes de cualquier modo entre sí. En primer lugar, dado que yuxtaponer al nombre y apellido de la mujer una expresión que no fuera la identidad del marido era poco frecuente, el artículo serviría para marcarlo expresamente. 29 No es extraño, en este sentido, que muchas mujeres solo se documenten la primera vez con el artículo y en las ulteriores ocasiones ese elemento se omita. En segundo lugar, que ese apodo no se refiriera a ellas, sino que como afirman Nunes y Kremer, “as formas femininas das alcunhas, geralmente, sao nomes feminizados que resultam da adaptaçao das alcunhas dos maridos que sao atribuídas às mulheres”, 30 lo que confirmaría mi sospecha. 29 Según M. Álvarez, M. Ariza y J. Mendoza, “La onomástica personal en Carmona (Sevilla) en el siglo XVI”, Onomastik. Akten des 18. Internationalen Kongresses für Namenforschung (Trier, 12.-17. April 1993) II, 2000, pág. 160, “el carácter de apodo es claro cuando el apelativo viene precedido del artículo”. 30 N. Nunes y D. Kremer, op. cit., pág. 47.