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Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 105-127. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.05 Encapsular la filosofía en la academia: relato de un ascenso social y una caída epistémica Enclosing Philosophy in Academia: A Tale of Social Glory and Epistemic Fall Marta García Rodríguez1 Universidad del País Vasco (España) ORCID: https://orcid.org/0000-0002-9215-3658 Recibido: 23-03-2023 Aceptado: 09-08-2023 Resumen En las últimas décadas, la filosofía se ha entregado a la metafilosofía. Independientemente de la relevancia teórica que tiene el hecho de que la filosofía se convierta sí misma en su principal objeto de estudio, resulta de gran interés rastrear el contexto social en el que emerge esta tendencia: la academia. Con el objetivo de arrojar luz sobre las razones y las motivaciones de esta desviación, el presente artículo analiza los orígenes de la Filosofía como Facultad Mayor a través de la reforma de la universidad alemana llevada a cabo por Wilhelm von Humboldt. Atendiendo al análisis socio-histórico, se defiende que el cuestionamiento metafilosófico contemporáneo puede entenderse como una consecuencia endógena de la especialización del conocimiento y del desarrollo de la filosofía profesional. Palabras-clave: universidad, Kant, Humboldt, filosofía académica, metafilosofía. 1 ([email protected]). Licenciada (2009) y doctora (2019) en Filosofía por la Universidad del País Vasco, ha sido becada por el Gobierno Vasco y del DAAD, y ha realizado una estancia de investigación en la Dilthey Forschungstelle de la Ruhr-Universität Bochum (Alemania). Además de participar en congresos nacionales e internacionales, ha publicado “El discurso del fin: historia, arte y filosofía” en la revista Daimon y el capítulo “La filosofía y las ‘dos culturas’: ¿salvar la dicotomía?” en Cultura Dual: nuevas identidades en la interacción universidad-sociedad (Plaza y Valdés, 2019). En los últimos años ha compaginado la docencia universitaria y preuniversitaria con la investigación, la crítica y divulgación musical y la traducción y creación de óperas infantiles.
106 Marta García Rodríguez Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 105-127. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.05 Abstract In the past decades, philosophy has devoted itself to metaphilosophical concerns. Despite the theoretical relevance of philosophy turning its own activity into its main subject matter, it is of great interest to track the social context in which this trend emerges: academia. In order to shed light over the reasons and motivations for this deviation, this paper analyses the foundation of Philosophy as a High Faculty through the Humboldt reform of the German University. Following a social and historical analysis, it states that the contemporary metaphilosophical questioning can be understood as an endogenous consequence of the specialization of knowledge and the development of professional philosophy. Keywords: university, Kant, Humboldt, academic philosophy,metaphilosophy. 1. Introduccción Desde la segunda mitad del siglo XX, una de las actividades filosóficas más importantes y fructíferas ha consistido en comprometerse con lo que se conoce como «metafilosofía»; esto es, el cuestionamiento de la naturaleza, la metodología, el objeto de estudio e incluso la legitimidad de la filosofía como disciplina. En las últimas décadas se han multiplicado las obras cuyos títulos cuestionan la raison d’être de la filosofía (por ejemplo: Adorno, 1962; Habermas, 1971; Lübbe, 1978; Rapp, 2003; Nudler, 2010) o si la filosofía puede aún ser salvada (Haack, 2017). De hecho, la revista Metaphilosophy, fundada en 1970, abarca un espectro filosófico muy amplio que incluye, entre otros, «la fundamentación, alcance, función y dirección de la filosofía», «la relación de la filosofía con otras disciplinas» y «la relevancia de la filosofía para la acción política y social»2. Con frecuencia, aunque no por ello menos sorprendentemente, la preocupación metafilosófica sobre el futuro de la filosofía suele ir acompañada de cierta decepción hacia la experiencia filosófica en la academia, donde fundamentalmente se desarrolla, así como de cierta inquietud generada por una crisis educativa global, que se refleja en muchos casos en la reducción de las humanidades en todos los niveles educativos (Nussbaum, 2010). Se dice que la filosofía “ha perdido su obviedad cultural” (Pacho, 2009: 125; Pacho, 2015: 617), por lo que ya no se considera una referencia dentro de la vida pública ni científica. Así, su lugar en la academia es constantemente puesto en duda en 2 La descripción de todos los campos puede encontrarse en: https://onlinelibrary.wiley.com/page/ journal/14679973/homepage/productinformation.html (consultado el 28 de febrero de 2023).
107 Encapsular la filosofía en la academia: relato de un ascenso social y una caída epistémica Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 105-127. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.05 todo tipo de círculos sociales y académicos, e incluso se han propuesto varias teorías sobre su posible final3. 2. Cómo la filosofía ascendió en la academia Uno de los aspectos más llamativos de esta crisis metafilosófica reside en el hecho de que emergió en un tiempo en el que la Filosofía parecía estar en buena forma académica. Todas y cada una de las deliberaciones metafilosóficas se encuentran entreveradas con las condiciones ideales y materiales que la posibilitan; en otras palabras, las cuestiones que aborda la metafilosofía son indisociables del contexto sociocultural que permite su formulación. Por tanto, sus respuestas deben considerar no solamente los aspectos teoréticos, sino también la dimensión social y material de su actividad4. En esta tarea es preciso recordar que, debido a las fluctuaciones en la clasificación del conocimiento y de las ciencias –y, en consecuencia, en la organización académica–, el estado actual de cosas es contingente; tampoco hay que olvidar que los argumentos que guían las decisiones académicas exceden, en muchos casos, los planteamientos puramente conceptuales o teóricos. Aunque su formación es un fenómeno complejo, parece evidente que la propia organización de las instituciones afecta al tipo de actividad filosófica que en ellas se desarrolla. De hecho, se trataría de una relación de influencia recíproca: la organización institucional performa la manera en la que se hace filosofía en ella y, al mismo tiempo, el lugar y el papel que juega la filosofía en dichas instituciones determina su percepción social y cultural. En este sentido, resulta de gran utilidad e interés situar las discusiones metafilosóficas en su contexto social e institucional. Esta tarea nos lleva a comprobar un hecho del todo relevante: la perspectiva metafilosófica creció exponencialmente solo después de que la Filosofía se hubiera establecido a sí misma como una facultad independiente, equiparada a las demás Facultades Mayores. Y eso fue posible gracias a la reforma educativa liderada por Wilhelm von Humboldt en la universidad alemana, cuya justificación sobrepasó a veces los intereses puramente filosóficos o teóricos para alimentar otros relacionados con el estatus social y económico. 3 Estas incluyen variaciones como la «muerte» (Suber, 1993: 12), «tono apocalíptico» (Derrida, 1983), el «harakiri» (Sagal, 1987) y el «suicidio» (Tartaglia, 2011: 230) de la filosofía, así como propuestas de «antifilosofía» (Groys, 2012). 4 Este planteamiento estaría en una línea similar a la “metafilosofía naturalizada” planteada por Morrow y Sula (2011: 297).
108 Marta García Rodríguez Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 105-127. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.05 2.1. El Conflicto inicial En su profuso ensayo The Sociology of Philosophies, Randall Collins reafirma que «antes de la revolución académica, los filósofos más importantes y reconocidos habían sido, durante varios siglos, no-académicos»; y no solamente eso, sino que «la base principal para la creatividad intelectual»–y, de manera más general, para cualquier otra empresa artística o científica– era el mecenazgo (Collins, 1998: 638), y no, como sucede ahora, la investigación ligada a la academia. Hasta el siglo XIX, las universidades europeas tenían una estructura interna heredada del periodo medieval, lo cual colaboró en dar forma institucional a cierta noción jerárquica del conocimiento heredada de la antigüedad (Leff, 1992: 307). Hasta la reforma, los estudios estaban divididos en dos grupos: por un lado, las Facultades Menores, conocidas como el Cursus Studiorum de las Artes, para acceder a las cuales bastaba con no ser analfabeto y tener nociones básicas de gramática latina; por otro lado, las Facultades Mayores de Teología, Derecho y Medicina, en las que uno se instruía académicamente y adquiría habilidades para las principales profesiones públicas, ya fuera en el ámbito eclesiástico o secular. La filosofía, por tanto, no estaba considerada una disciplina académica en sí misma, sino que se incluía dentro de los estudios preuniversitarios, y se consideraba un requisito previo para poder acceder a las facultades mayores (Tonelli, 1975: 250), en las que se concentraba el conocimiento útil. Johann Gottlieb Fichte lo expresa claramente en uno de los textos fundacionales de la Universidad de Berlín: «varias de las asignaturas trabajadas hasta ahora en las universidades (como la recién mencionada teología, la jurisprudencia, la medicina) tienen una parte que no pertenece al arte científico, sino al muy diferente arte práctico de aplicación a la vida» (Fichte, 1959: 46). Es decir, que las universidades no eran instituciones estrictamente científicas, sino que tenían una orientación más bien pragmática y su función se limitaba a satisfacer las necesidades del Estado. Friedrich Schleiermacher, uno de los teóricos, junto con Humboldt, de la reforma universitaria alemana, ofrece en 1808 una exposición paradigmática del abismo teórico existente entre las «escuelas especiales» y la facultad de filosofía: Evidentemente, en efecto, la auténtica universidad, tal como la constituiría la asociación científica, se ha mantenido tan solo en la facultad de filosofía y las otras tres, en cambio, son escuelas especiales que el Estado ha fundado o por lo menos, ha tomado bajo su protección antes y preferencialmente, porque se refieren en forma inmediata a sus necesidades esenciales. La de filosofía, por el contrario, es para él, originariamente una empresa privada. (Schleiermacher, 1959: 155)
109 Encapsular la filosofía en la academia: relato de un ascenso social y una caída epistémica Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 105-127. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.05 El hecho de que las universidades fueran inicialmente creadas para cumplir objetivos «utilitarios» (Rothblatt y Wittrock, 1996: 123) tiene mucha importancia si pretendemos comprender las aspiraciones filosóficas implícitas en la reforma alemana del siglo XIX como una manera de prevenir que la universidad fuera un mero conservatorio de ideas y transformarlo en un lugar erigido en torno a la innovación y la libertad académicas. Si bien, como veremos, no estuvo guiado exclusivamente por intereses científicos o argumentos teóricos, el establecimiento de la Filosofía como una Facultad Mayor fue crucial para poder consumar dicha reforma. Pero es preciso volver atrás unos años para comprender los avatares de dicha reforma y sus consecuencias académicas y filosóficas. Siguiendo la premisa sociológica de que la «creatividad no es un acontecimiento único, sino un proceso que se extiende alrededor de las personas en las que se manifiesta», y que la historia intelectual toma sentido solamente si comprendemos las redes intergeneracionales que las forman (Collins, 1998: 621), Collins narra las condiciones ideológicas e institucionales de una reforma universitaria que comenzó con peticiones filosóficas, y en la cual el idealismo tuvo un papel esencial. En la primera década del siglo XVIII, la universidad estaba a punto de desaparecer, pero superó su crisis gracias al movimiento intelectual liderado por los pensadores que aspiraban a ocupar un puesto en la Faculta de Filosofía. Dado que la universidad medieval había logrado mantener la filosofía como una disciplina abstracta5, parecía que «el desarrollo de la filosofía en un sentido técnico dependía de la supervivencia de la universidad» (Collins, 1998: 643). Así, el litigio principal, guiado por el idealismo alemán, pasaba por cambiar la posición de la Faculta de Filosofía dentro de la universidad. La obra de Collins, en este sentido, permite deducir una tesis doble: • la continuidad de la universidad como institución fue lograda gracias a un movimiento reformista liderado por filósofos idealistas, • la presencia de la filosofía y su potencial ascenso académico solamente era posible dentro de dicha institución. El ejemplo más relevante y paradigmático de una vindicación de la filosofía en la universidad, y también uno de los mayores predecesores de la reforma idealista de la universidad, puede encontrarse en El conflicto de las facultades de Immanuel Kant, escrito en 1798. Este ensayo constituye, en esencia, una firme alegación a favor de la Facultad de Filosofía. Este alegato está basado en el argumento de que solamente dicha facultad tendría el privilegio exclusivo de la libertad –único escenario en el que puede desplegarse la razón verdadera–, ya 5 Friedrich Schleiermacher llama «vacío juego de esgrima» a la forma escolástica de las disputationes académicas (Schleiermacher, 1959: 178).
110 Marta García Rodríguez Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 105-127. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.05 que, debido a su contenido, las otras Facultades estarían sujetas a la autoridad religiosa o del Estado. Según Kant, la libre razón exige independencia no solamente de otras facultades, sino también del propio gobierno: «la Facultad de Filosofía, en cuanto debe ser enteramente libre para compulsar la verdad de las doctrinas que debe admitir o simplemente albergar, tiene que ser concebida como sujeta tan solo a la legislación de la razón y no a la del gobierno» (Kant, 1992: 10; AA VII: 27). Ese es el motivo por el cual la actividad filosófica no podría desarrollarse adecuadamente bajo la organización de los estudios universitarios heredada de la Edad Media y vigente aún en el estado prusiano a finales del siglo XVIII. En este escrito, Kant presenta la filosofía como una disciplina autónoma y autoevidente, de la cual dependen el resto de las facultades –Teología, Derecho, Medicina–, primero en el campo metateorético de la normatividad epistémica y, en consecuencia, también en el campo de las instituciones académicas. Esto permitiría a la filosofía controlar al resto de disciplinas y reclamarlas «para someter a examen su verdad» (Kant, 1992: 11; AA VII: 28). Kant asume, por tanto, que el legítimo conflicto entre las facultades mayores y menores no es una mera cuestión de competencia, sino que pone en juego la responsabilidad de la filosofía –y de la actividad científica en general– para con la verdad. La atribución exclusiva del libre ejercicio de la razón a la actividad filosófica y, por ende, a la Facultad de Filosofía, parece implicar una autoridad epistémica casi absoluta de esta última sobre todas las demás, y la convierte también en su supervisora: «por consiguiente, no cabe conceder derecho alguno a las Facultades superiores sin que la inferior quede autorizada al mismo tiempo para presentar sus objeciones ante los expertos» (Kant, 1992: 17; AA VII: 36). Kant transforma el argumento de la exclusividad del libre uso de la razón en tanto que rasgo específico y diferenciador de la filosofía no solamente en un motivo para reclamar su independencia académica con respecto a otras facultades, sino en una coartada perfecta para exhibir su autoridad institucional y epistémica sobre ellas. Con o gracias a él, la Filosofía se convierte en una conditio sine qua non para poder mantener la autonomía de pensamiento en la universidad, en la cual las Facultades Mayores deben ser filosóficamente controladas en lo que respecta a la «verdad». Si seguimos la formulación de Collins, podemos decir que «la revolución kantiana degradó la teología y elevó la filosofía a ser árbitro del conocimiento», pero «no limitó la validez de ningún campo de investigación fenoménico siempre y cuando se ciñeran a su esfera delimitada» (Collins, 1998 650). En cualquier caso, siguiendo a Kant, la filosofía tendría la llave maestra para acceder a todas las esferas del conocimiento. En tiempos de Kant, la filosofía no necesita producir ninguna teoría metafilosófica compleja para justificar su propio objeto de estudio, su
111 Encapsular la filosofía en la academia: relato de un ascenso social y una caída epistémica Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 105-127. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.05 metodología o su lugar en la academia: le basta con reclamar la inevitabilidad de convertirse en una Facultad Mayor apelando a una autoridad epistémica suprema que habría sido autoconcedida mediante argumentos derivados de su exclusiva capacidad de hacer un uso libre de la razón que, a su vez, generaría una especial conexión entre la filosofía y la verdad. 2.2. La reforma liberal La demanda kantiana, de acento idealista, fue retomada por Wilhelm von Humboldt y culminada con la fundación de la Universidad de Berlín – hoy conocida como Universidad Humboldt de Berlín– en 1810, compuesta en sus inicios por cuatro facultades de igual rango: Teología, Derecho, Medicina y Filosofía. Es cierto que ya existían academias de ciencias y de artes –en Berlín estaba, justamente, la Academia de Ciencias y Belles-Lettres– y, si bien hubo cierto debate sobre si merecía la pena crear o mantener una academia al lado de o además de una universidad, Humboldt hace notar en su texto fundacional que «el progreso de la ciencia es, manifiestamente, más rápido y más vivo en una universidad», y añade que las academias han florecido en el extranjero, donde no se conocen «los beneficios que rinden las universidades alemanas» (Humboldt, 1959: 216). La reforma humboldtiana hizo, además, que los estudios universitarios fueran obligatorios para optar a puestos gubernamentales e instauró una prueba de acceso: la Abitur (Collins, 1998: 642). Este examen hizo aún más visible el ascenso de la Filosofía desde una Facultad Menor a una Mayor, pues volvía evidente que la filosofía no tenía ya un carácter preparatorio. En palabras de Fichte, «sólo la filosofía no admite la preparación directa por medio de la escuela secundaria y es exclusivamente un arte de los superiores» (Fichte, 1959: 48). La filosofía en sí misma posee, por tanto, una entidad académica equiparable al resto de facultades. El núcleo teórico de la reforma de Humboldt no solamente consideraba la filosofía una disciplina autónoma, sino también, en cierto sentido, superior a las otras, por lo que se le otorgaba un espacio privilegiado dentro de la nueva organización de la universidad. Los textos de la época son muy explícitos en lo que respecta a la superioridad epistémica de la filosofía sobre las otras facultades. Schleiermacher afirma que aquello que se reúne en la facultad de filosofía ocuparía el primer puesto en caso de constituirse una universidad mediante la reunión de sabios, de modo que los institutos del Estado y de la Iglesia (se entiende, las facultades de Derecho, Medicina y Teología), ocuparían «una posición subordinada a ella». Un poco más adelante añade, además, lo siguiente: Manténgase tan sólo la facultad de filosofía abarcando todo lo que naturalmente y por sí mismo constituye ciencia y, de ese modo, puede seguir siendo la última.
112 Marta García Rodríguez Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 105-127. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.05 ¿Qué interesa aquí el rango? Ella es, con todo, la primera. (…) Ella es también, por ello, la primera y, de hecho, la señora de todas las demás, pues todos los miembros de la universidad, a cualquier facultad que pertenezcan, deben estar enraizados en ella. (Schleiermacher, 1959: 158) El juego de birlibirloque filosófico es aquí magistral: al considerar la filosofía, por principio, como una ciencia epistémicamente superior a las otras, su posición académica se convierte, irónicamente, en una cuestión secundaria. Lo mismo daría, así, que la filosofía fuera una facultad superior o inferior: su superioridad estaría garantizada de antemano por ser ella, justamente, representante de la ciencia pura. Siguiendo con la propuesta de Schleiermacher, solamente la filosofía «representa inmediatamente por sí sola la unidad de la asociación científica» (Schleiermacher, 1959: 189) frente a las ciencias especiales, que están al servicio del Estado y de la Iglesia. La identificación de la filosofía como la «ciencia pura» por antonomasia le permite situarse por encima del resto de ciencias aplicadas o útiles. Pero cuanto más se adentra en lo especial, en la investigación histórica, en el arte de la formación del hombre y del Estado, en la geología y fisiología, tanto más se limita cada uno a lo particular para lo cual siente vocación; y hacia esa limitación se dirige entonces el Estado con sus institutos especiales para aquellos que deben trabajar en el desarrollo político y religioso así como en el mantenimiento y perfeccionamiento físico de los ciudadanos; institutos que (…) deben declararse y mantenerse a sí mismos dependientes del tratamiento científico de la naturaleza y de la historia y, con ello, de la filosofía. (Schleiermacher, 1959: 149) La dicotomía ciencia general versus ciencias particulares o especiales refrenda la hegemonía epistémica de la primera y la dependencia de las segundas. En cualquier caso, es preciso notar que la reforma de la Universidad de Berlín no fue una tarea sencilla (Bayen, 1978: 100-103): su fundación no fue del todo autónoma porque su presupuesto dependía del Estado6, y encontró cierta oposición por parte de las autoridades, quienes consideraban que el perfil liberal y nacionalista de las nuevas enseñanzas universitarias entraba en colisión con la noción oficial de que estas deberían ceñirse a formar funcionarios. Con todo, la reforma consiguió difundir los reclamos kantianos abanderados por el ideal de la Bildung, que incluía la libertad de enseñanza; tanto es así, que incluso se ha expresado que la Universidad de Berlin fue su «forma institucionalizada» (Rothblatt y Wittrock, 1996: 342). Schleiermacher 6 En este sentido, Schleiermacher tiene claro que la nueva universidad debe establecerse en Berlín porque es este el único sitio en el que puede conseguir «todos los recursos que son necesarios a una universidad floreciente» (Schleiermacher, 1959: 195).
113 Encapsular la filosofía en la academia: relato de un ascenso social y una caída epistémica Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 105-127. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.05 dirá que «el verdadero espíritu de la universidad consiste en dejar reinar la mayor libertad, incluso dentro de cada facultad» (Schleiermacher, 1959: 161); para Humboldt, la libertad es, junto con la soledad, el principio imperante en los establecimientos científicos superiores (Humboldt, 1959: 209). Con ello se aseguró la pieza fundamental para los procesos de individuación que tuvieron lugar durante el siglo XIX. Es bien sabido que el concepto de Bildung, heredado del filósofo Moses Mendelssohn y traducido al español casi indistintamente como «educación» o «formación», hace referencia al desarrollo integral de la persona en todas sus dimensiones: «lo mismo en lo psíquico que en lo moral y en lo intelecual, desligándolo de toda coacción» (Humboldt, 1959: 214). A este respecto, se ha descrito la Bildung como el punto de unión entre los aspectos prácticos y los rasgos de carácter que forman al indviduo qua ciudadano –la Kultur– y las cualidades más abstractas y el conocimiento racional que posee qua ser humano –la Aufklärung– (Rothblatt y Wittrock, 1996: 84). La dilatada relevancia del concepto de la Bildung como un término académico específicamente humboldtiano puede constatarse en las palabras de elogio que dirigió Hermann von Helmholtz (Helmholtz, 1878) a la libertad de la que gozaba la institución universitaria alemana en su discurso de toma de posesión del cargo de rector de la Univesidad de Berlín en 1877. Hacia el final (Helmholtz, 1878), declama que las universidades alemanas –las cuales, a diferencia de lo que ocurría en otros países, atraían la actividad científica– deberían ser un modelo para toda la humanidad. Resulta evidente que la instauración de la nueva universidad alemana, centrada en el ideal de la Bildung y de la libertad, no habría sido posible bajo la ideología dominante en la universidad medieval. Fue necesario que la reforma de Humboldt abandonara la idea de la universidad como un centro en el que el conocimiento sirve a un objetivo puramente funcional y que se limita, por tanto, a transferirlo, para poder convertirla en un lugar de innovación e investigación que permitiera, en palabras de Kant, «ejercer la razón libremente». Recordemos que, antes de la reforma, como constatara el propio Fichte, las universidades se habían convertido en el lugar en el que se recita lo que ya está en los libros. Y añade, además, que Una tal repetición –en primer término superflua y luego también perniciosa– de aquello que está presente en otra forma considerablemente mejor, no debería existir de ninguna manera. De no lograr por lo tanto ser otra cosa, las universidades deberían ser abolidas de inmediato, remitiendo a los deseosos de instruirse, al estudio de los escritos disponibles. (Fichte, 1959: 18) Dicha potencial abolición fue evitada gracias al fundamental principio defendido por Humboldt, para quien «la ciencia no debe ser considerada nunca
120 Marta García Rodríguez Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 105-127. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.05 3.2. Conatos de retirada de la universidad En ese contexto, el cuestionamiento de las supuestas virtudes de la institucionalización de la filosofía no se hizo esperar. Un caso paradigmático es el de Arthur Schopenhauer. De manera paralela a sus conflictos personales con la universidad, en su ensayo Über die Universitätsphilosophie («Sobre la filosofía de universidad»), escrito en 1851, hizo explícito que la profesionalización de la filosofía había causado más perjuicio que beneficio (Schopenhauer, 1977: 200). El diagnóstico de Schopenhauer, realizado in situ, afirma que es el Idealismo el que tendría que agradecer su éxito a la universidad, y no a la inversa (como sugiere el análisis de Collins), porque en ella puede encontrarse siempre «un público de estudiantes que acepta crédulamente todo lo que le apetece decir al profesor» (Schopenhauer, 1977: 199). Si bien en estas palabras es posible percibir cierto resentimiento hacia una institución en la que no siempre fue bienvenido –en 1820 comienza a impartir clases como Privatdozent en la Universidad de Berlín, como es sabido, haciendo coincidir sus clases con las de Hegel; tras el fracaso de su estrategia, abandona a los pocos meses de comenzar–, su motivación posee también un fundamento teórico que apunta en una dirección muy similar a lo que reclamaba Kant en El conflicto de las facultades. Según Schopenhauer, la filosofía solamente tendría verdadero éxito si consiguiera deshacerse de toda influencia del Estado y alcanzara la libertad para existir «als einer freien Kunst» (Shopenhauer, 1977: 112), como un arte libre, algo que jamás podría lograr dentro de la universidad moderna. Si nos atenemos a los hechos que recoge la historiografía, la organización de la universidad instaurada por la reforma no logró, en contra de lo demandado por Kant en El conflicto de facultades, una separación completa entre filosofía y Estado; más bien al contrario, la reforma habría afianzado su relación, de modo que se habría perdido también la posibilidad de desarrollar una filosofía «en sí misma». En palabras de Schopenhauer, la «filosofía aplicada» o la «filosofía de universidad» habría suplantado a la filosofía «pura». Para hacer frente a este hecho aspiraba a que la filosofía dejara de ser una manera de ganarse la vida (Schopenhauer, 1977: 215). Eso equivaldría, en sus circunstancias y en las nuestras, eliminarla en tanto que materia escolar y disciplina universitaria. A lo largo del siglo XX, tras la reforma de la universidad y la consecuente especialización de los saberes, universitarios o no, la filosofía es ya «una disciplina académica gestionada profesionalmente» (Hamlyn, 1992: 127). Su evolución, a pesar de la aparente estabilidad dentro de las instituciones, parecía estar siendo obstaculizada por el mismo movimiento que promovió su ascenso hasta convertirla en una Facultad Mayor de pleno derecho. A este respecto sostiene Karl Popper que, siendo la gran filosofía previa a toda organización académica y profesional, su institucionalización habría sido perjudicial a su
121 Encapsular la filosofía en la academia: relato de un ascenso social y una caída epistémica Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 105-127. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.05 propio desarrollo (Popper, 1975: 42). Sin embargo, aun cuando su estatus académico parecía consolidado, una parte de la metafilosofía contemporánea ha replicado tácitamente las aspiraciones de Schopenhauer mediante la promoción de la necesidad de desarrollar la filosofía extramuros de la universidad, además de reivindicarla como una actividad intelectual genuina, y no solamente como una disciplina académica. En el ámbito español es conocida la discusión entre Manuel Sacristán y Gustavo Bueno sobre el papel de la filosofía en la enseñanza y en el saber. En un conocido ensayo de 1968, Sacristán manifiesta que la Filosofía debe ser suprimida de la universidad –tanto las correspondientes secciones en las facultades de letras, como las licenciaturas– y de la enseñanza media (Sacristán, 1968), con el objetivo de poder cultivar una filosofía crítica y totalizante que reniega de la fragmentación del conocimiento y, ergo, que no está constreñida por consideraciones acerca de lo que es y no es la filosofía. En su respuesta, aparecida en 1970, Bueno trata de delimitar el oficio del filósofo profesional de manera que sea posible «atribuir un campo positivo» a su conocimiento (Bueno, 1970: 13). A esta profesión llama un poco más adelante «la institucionalización de ese trabajo con las Ideas que llamamos “reflexión”» por medio del análisis y la composición «geométrica» (Bueno, 1970: 16-17). Históricamente lejos de la polémica, aunque en proximidad teórica, Marina Garcés manifestaba en un reciente ensayo que la tarea de la filosofía es única en su especie porque trata de mantener un equilibrio entre apostar por pensar fuera de la universidad, pero, al mismo tiempo, sin negarle toda posibilidad de una vida universitaria (Garcés, 2015: 80). Dado que, según Garcés, «el hábitat de la filosofía no ha sido nunca de forma exclusiva la universidad o las instituciones educativas correspondientes» (Garcés, 2015: 65), la continuidad académica y la pervivencia cultural de la filosofía serían dos fenómenos relacionados, mas no dependientes; esto significa, en último término, que la primera no debería ser decisiva para la segunda. Es justamente dicha disociación, que asigna una doble tarea o doble significación a la filosofía, alrededor de la cual se gesta gran parte de la producción metafilosófica contemporánea. Por un lado, estaría la filosofía como saber o como actitud reflexiva y crítica; en tanto que encuentra su material y su motivación en cualquier ámbito, no está limitada por ningún currículo y, por tanto, sobrepasa toda clasificación del conocimiento, por lo que su subsistencia y desarrollo no depende de las instituciones académicas ni de la competencia de los profesionales ligados a ellas. Por otro lado, se encuentra la filosofía como oficio establecido, limitado por una tradición considerada «filosófica» y comprometido con la labor de transmitirla en las instituciones de enseñanza correspondientes. Con todo, las dificultades que surgen en el momento de establecer qué parte de la historia general de las ideas debería (o no) formar
122 Marta García Rodríguez Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 105-127. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.05 parte de la historia de la filosofía denotan, en muchos casos, posiciones ontológicas y epistémicas no justificables solamente desde el oficio filosófico. 4. Reflexiones finales en torno a la especialización del conocimiento y la desproporción filosófica Considerar la filosofía como una disciplina autónoma que proporciona conocimiento específico, distinto al que ofrecen otras ciencias, es una idea contingente y relativamente reciente que, como se ha visto, adoptó forma institucional gracias a la reforma de la universidad impulsada por Wilhelm V. Humbolt a comienzos del siglo XIX. Al ascender a la Filosofía hasta convertirla en una Facultad Mayor, esta reforma le otorgó una autoridad epistémica casi absoluta, sostenida por una ideología idealista que presentaba a la filosofía como la única actividad intelectual en la que el ser humano podía usar la razón libremente o, utilizando la terminología kantiana, en la que podía realizarse y desplegarse el «uso público» de la razón. Los idealistas que reclamaron para la filosofía un lugar propio en la universidad la situaron en una posición más allá de las ciencias, justamente por su auto-atribuida capacidad para ocuparse de lo que está debajo de ellas, esto es, de sus fundamentos ontológicos y epistémicos. Sin embargo, la necesidad de investigación y especialización generada por la voraz industrialización –cuyas exigencias de innovación encontraron el correlato perfecto en las ideas liberales de los iniciadores de la reforma de la universidad– y, posteriormente, por la tecnologización, pareció entrar en conflicto con el carácter universalizante y fundacional atribuido a la filosofía. Como consecuencia, las disciplinas que la filosofía pretendía delimitar y supervisar, y otras que emergieron en el camino, invadieron los terrenos teóricos y prácticos que la filosofía consideraba propios. Y, así, la filosofía se ha visto empujada en los últimos decenios a justificar no solamente los límites y el alcance, sino también la legitimidad de su propio espacio y de su objeto de estudio. La presunta superioridad epistémica de la filosofía, empero, fue profundamente cuestionada a medida que se formaban nuevas disciplinas y se reforzaban las antiguas, las cuales parecían responder de manera más consistente a las cuestiones consideradas tradicionalmente filosóficas. La verificación de esta tendencia ha llevado a afirmar frecuentemente y desde diversos ámbitos la casi natural obsolescencia de la filosofía, asumiendo que la mayor parte de los problemas filosóficos heredados de los siglos XVII y XVIII habrían sido ya resueltos, disueltos o asumidos por disciplinas distintas de la filosofía. Irónicamente, una de las consecuencias más notables de la reforma que elevó el estatus académico y social de la filosofía, que derivó en una
123 Encapsular la filosofía en la academia: relato de un ascenso social y una caída epistémica Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 105-127. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.05 inevitable especialización del conocimiento, es el auge del cuestionamiento metafilosófico, extendido especialmente durante la segunda mitad del siglo XX, cuya radicalización lleva a postular teorías sobre el «final de la filosofía». Incluso aunque la filosofía todavía creyera, como creyó en el siglo XIX, que el tipo de pensamiento que lleva a cabo es esencialmente distinto de otros y que es, además, epistémicamente superior a ellos por ocuparse de sus fundamentos –un pensamiento sui generis de este tipo permitiría, además, acceder a terrenos conceptuales inaccesibles para los demás–, no podría pretender sustituir ni supervisar el conocimiento efectivo que mana de las ciencias, naturales, sociales y humanas. Jean-François Revel expuso esta idea en su obra Pourquoi des philosophes? («¿Por qué los filósofos?») expresando que la filosofía debería dejar de «reinar sobre el conocimiento humano como si fuera un lejano terrateniente que gestiona sus terrenos con negligencia y no los visita nunca» (Revel, 1957: 36). Esa dejadez que achaca Revel a los filósofos tiene similitudes con la «desproporción» filosófica que denunciaría pocos años después Theodor W. Adorno en su artículo Wozu noch Philosophie? («¿Para qué aún la filosofía?»). En su diagnóstico, es justamente la crisis del concepto humanista de la educación lo que habría hecho que la filosofía dejara de ser «la primera disciplina en la conciencia pública», al menos desde la muerte de Kant, «debido a su desproporción hacia las ciencias positivas, fundamentalmente hacia las ciencias naturales» (Adorno, 1962: 1001). En último término, esto habría causado el descrédito de la filosofía como disciplina. El fenómeno de expropiación de temas que eran inicialmente considerados filosóficos se ha percibido desde dentro de la filosofía, en muchos casos, como una afrenta de naturaleza exógena; muestra de ello son las diversas propuestas de «eliminación por sustitución» (García, 2019: 119-121) de la filosofía, mediante la cual los temas que tradicionalmente habían sido considerados filosóficos dejan de serlo poco a poco para convertirse en pseudo-problemas o, en el mejor de los casos, en problemas de carácter científico. Pero la historia de su evolución parece sugerir que tanto la especialización del conocimiento y la fragmentación de las disciplinas, que ocurrieron especialmente por la reforma humboldtiana y el cambio de paradigma en las universidades modernas, como la consiguiente multiplicación de cuestionamientos metafilosóficos que aquellas generan, serían una consecuencia más bien endógena del doble fenómeno que supuso la instauración académica de la Filosofía como una Facultad Mayor y su autoatribución epistémica como una disciplina superior. En este sentido, el ungimiento institucional de la filosofía estaba abocado a convertirse, probablemente sin saberlo, en su extremaunción académica. La omnipresencia de la metafilosofía en la filosofía contemporánea, por otra parte, podría ser también una de las consecuencias de lo que Haack ha denominado recientemente el «imperativo de investigación de las universidades»
124 Marta García Rodríguez Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 105-127. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.05 (Haack, 2023) o, como se conoce coloquialmente en los círculos académicos, el imperativo publish or perish («publica o perece»). El análisis de Haack, aunque centrado en la perspectiva de las universidades estadounidenses, advierte sobre los «costes» que tiene para la actividad filosófica asumir el precepto de obligada productividad: el primero y más llamativo es la progresiva desvalorización de la enseñanza y de la labor docente (Haack, 2023: 8) en favor de una supuesta investigación que, en sus palabras, prodiga demasiados recursos para los beneficios que genera. Curiosamente, la necesidad de justificación a la que se ha enfrentado la filosofía desde la instauración de la universidad moderna puede parecer una molestia conceptual, pero, al mismo tiempo, ha conllevado una ferviente productividad; no es de extrañar, pues hablar de uno mismo, sobre todo si se tiene un ego suficientemente grande, puede convertirse en una tarea interminable. A la vista de la copiosa historiografía filosófica que ha generado dicha tarea, muy especialmente desde la segunda mitad del siglo XX, la eclosión de cuestionamientos metafilosóficos puede ser vista paralelamente como resultado y como estímulo para una autopercepción filosófica de un estado de sitio académico. Siguiendo el análisis de Haack, la exigencia de producción e innovación ejercida sobre los docentes universitarios en las últimas décadas podría haber generado una tendencia filosófica que, si bien parece ser efectiva para engrosar las interminables listas de publicaciones en currículos y memorias de proyectos de investigación, también habría agravado lo que Javier Muguerza llamó «la auténtica enfermedad profesional de nuestro siglo» (Muguerza, 1979: 162): la metafilosofía convertida en endogamia filosófica. Esta actividad, además de resultar muy lucrativa, consolida la transmisión, pero descuida la significatividad y, desde luego, está lejos de perpetuar el paradigma del «uso público» de la razón. Para recuperarlo tal vez sea necesario dejar de batallar sobre la relevancia de que exista o no una filosofía académica en sentido estricto, que sea capaz de enseñar y transmitir su propia historia, sino salvar las virtudes y valores epistémicos que, después de todo, la filosofía también ha propugnado desde sus inicios, y que ha mantenido con mucho acierto justamente mientras la distinción entre filosofía y ciencia no se había establecido aún cultural ni institucionalmente, antes de que ella misma, por mor de una reforma universitaria que quiso hacer de la filosofía una ciencia primera, última y universal, se recluyera en una cápsula académica.
125 Encapsular la filosofía en la academia: relato de un ascenso social y una caída epistémica Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 55. Primer cuatrimestre de 2024. Pp. 105-127. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i55.05 Bibliografía: Adorno, Theodor W. (1962), «Wozu noch Philosophie?». Merkur 16 (11), pp. 1001-11. Arana, Juan (2015), El proceso histórico de separación entre ciencia y filosofía, Madrid, Real Academia de las Ciencias Morales y Políticas. Bayen, Maurice (1978), Historia de las universidades, Barcelona, Oikos. Bueno, Gustavo (1970), El papel de la filosofía en el conjunto del saber, Madrid, Ciencia Nueva. Collins, Randall (1998), The Sociology of Philosophies: A Global Theory of Intellectual Change, Harvard University Press. Derrida, Jacques (1983), D’un ton apocalyptique adopté naguère en philosophie, Paris, Galilée. Fichte, Johann Gottlieb (1959), «Plan razonado para erigir en Berlín un establecimiento de enseñanza superior que esté en conexión adecuada con una academia de ciencias», en VV.AA., La idea de la universidad alemana, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, [1807], pp. 15-115. Garcés, Marina (2015), Filosofía inacabada, Barcelona, Galaxia Gutenberg. García-Rodríguez, Marta (2019), «La filosofía y las “dos culturas”: ¿salvar la dicotomía?», en Antonio Casado da Rocha (ed.), Cultura dual. Nuevas identidades en la interacción universidad-sociedad, Madrid, Plaza y Valdés, pp. 119-128. Groys, Boris (2012), Introduction to Anti-philosophy (trad. David Fernbach), New York, Verso. Haack, Susan (2003). «The fragmentation of philosophy, the road to reintegration», Münster Lecture, <https://www.academia.edu/18875132/ The_Fragmentation_of_Philosophy_the_Road_to_Reintegration_2016_> [03/08/2017]. Haack, Susan (2017), «The real question: can Philosophy be saved?», Free Inquiry, Oct/Nov 2017, pp. 40-43. Haack, Susan (2023), «Universities‘ Research Imperative: Paying the Price for Perverse Incentives», Against Professional Philosophy, <https://againstprofphil.org/2022/09/25/a-guest-essay-by-susan-haack- universities-research-imperative-paying-the-price-for-perverse-incentives/> [20/03/2023] Habermas, Jürgen (1971), «Wozu noch Philosophie», en Philosophisch-politische Profile, Frankfurt am Main, Suhrkamp. Habermas, Jürgen (1987), «The idea of the university: learning processes», New German Critique, 41, pp. 3-22. Hamlyn, David W. (1992), Being a Philosopher: The History of a Practice, London, Routledge.
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