La ciudad recreada: los espacios lúdicos de los jóvenes
Abstract
La construcción del territorio urbano por las culturas juveniles constituye para el antropólogo Caries Feixa el centro de una investigación que muestra cómo los jóvenes han organizado el mapa significativo de la ciudad, configurando simbólica y prácticamente espacios urbanos ignorados, desconocidos o relegados a una presencia marginal. En este sentido, analiza, en primer lugar, la historia de los espacios del ocio de la ciudad de Lleida desde la guerra civil hasta la actualidad, rescatando la vivencia de determinados escenarios urbanos. En segundo lugar, revisa los procesos de territorialización de las bandas juveniles en la ciudad de México, estableciendo un análisis comparativo entre ambas culturas juveniles.
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LA CIUDAD RECREADA Los espacios lúdicos de los jóvenes Caries Feixa Pampols La construcción del territorio urbano por las culturas juveniles constituye para el antropólogo Caries Feixa el centro de una investigación que muestra cómo los jóvenes han organizado el mapa significativo de la ciudad, configurando simbólica y prácticamente espacios urbanos ignorados, desconocidos o relegados a una presencia marginal. En este sentido, analiza, en primer lugar, la historia de los espacios del ocio de la ciudad de Lleida desde la guerra civil hasta la actualidad, rescatando la vivencia de determinados escenarios urbanos. En segundo lugar, revisa los procesos de territorialización de las bandas juveniles en la ciudad de México, estableciendo un análisis comparativo entre ambas culturas juveniles. La ciudad no dice su pasado, lo contiene como las líneas de una mano, escrito en las esquinas de las calles. Italo Calvino, Le citta invisihile Juventud y espacio urbano A través de la función de territorialidad, la subcultura se enraíza en la realidad colectiva de los muchachos, que de esta manera se convierten ya no en apoyos pasivos, sino en agentes activos. La territorialidad es simplemente el proceso a través del cual las fronteras ambientales son usadas para significar fronteras de grupo y pasan a ser investidas por un valor subcultural. Ésta es, por ejemplo, la función del fútbol para los skinheads. La territorialidad, por tanto, no es sólo una manera mediante la cual los muchachos viven la subcultura como un comportamiento colectivo, sino la manera en que la subcultura se enraíza en la comunidad. (Cohen 1972:26-7) Una de las posibles perspectivas de análisis de las culturas juveniles es su relación con el territorio, en particular su relación con la ciudad. Las culturas juveniles se han visto históricamente como un fenómeno esencialmente urbano, má s precisamente metropolitano. Sin embargo, en la medida que los circuitos de comunicación juvenil son de carácter universal, la difusión de las culturas juveniles tiende a trascender las divisiones rural/urbano/metropolitano. La relación entre juventud y territorio puede analizarse desde dos perspectivas. - XXXVII - 37 ASTRAGALO,14(2000) Attribution-NonCommercial-ShareAlike - CC BY-NC-SA Article, ISSN 1134-3672 https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.2000.i14.05 Profesor de Antropología Social de la universidad de Lleida.
Por una parte, las culturas juveniles pueden contemplarse como una metáfora del medio ambiente del que surgen: no es lo mismo ser joven en un barrio periférico que en el centro urbano, en una zona residencial que en una ciudad perdida, en el medio rural que en el medio urbano, en Chicago que en el Distrito Federal de México, en una ciudad media que en una gran metrópolis, etc. Por otra parte, las culturas juveniles diseñan estrategias concretas de apropiación del espaci o: construyen un territorio propio. La emergencia de la juventud, desde el período de posguerra, se ha traducido en una redefinición de la ciudad en el espacio y en el tiempo. La memoria colectiva de cada generación de jóvenes evoca determinados lugares pio, apropiándose de determinados espacios urbanos que distinguen con sus marcas: la esquina, la calle, la pared, el local de baile, la discoteca, las zonas de ocio, etc. Intentaré ilustrar estas consideraciones a partir de la presentación de dos estudios de casos sobre una ciudad media catalana y un barrio periférico de la ciudad de México. Me centraré para ello en la construcción/apropiación de determinados espacios de ocio, ya sean locales comerciales provistos por el mercado, ya sean espacios urbanos apropiados por los propios jóvenes. Y lo haré a partir de los relatos autobiográficos de los propios actores. De la calle mayor a la calle del dólar físicos (una esquina, un local de ocio, una Lleida es una ciudad media, capital de la Cata- 38 zona de la ciudad). Asimismo, la acción de los lunya interior, que en la actualidad tiene jóvenes sirve para redescubrir territorios urbanos olvidados o marginales, para dotar de nuevos significados a determinadas zonas de la ciudad, para humanizar plazas y calles (quizá con usos no previstos). A través de la fiesta, de las rutas de ocio, pero también del grafiti y la manifestación, diversas generaciones dejóvenes han recuperado espacios públicos que se habían convertido en invisibles, cuestionando los discursos dominantes sobre la ciudad. A nivel local, la emergencia de culturas juveniles puede responder a identidades barriales, a dialécticas de centro-periferia, que es preciso desentrañar. Por una parte, las culturas juveniles se adaptan a su contexto ecológico (estableciéndose una simbiosis a veces insólita entre «estilo» y «medio ») . Por otra parte, las culturas juveniles crean un territorio pro- 110.000 habitantes. Es también el centro comercial, educativo y de ocio de una amplia y rica zona rural que va del Aragón occidental a Jos Pirineos. En el período de postguerra, la ciudad experimentó un proceso de crecimiento urbano y de modernización, uno de cuyos frutos fue la aparición de una serie de locales y de «zonas» para los jóvenes, destinados fundamentalmente al consumo de ocio. Me gustaría evocar la sucesión histórica de algunos de estos espacios, a partir de la memoria oral de diversas generaciones de jóvenes 1• La calle Mayor La diversion de los jóvenes eran los paseos de la Cabeza del Moro al Pie del Romero. La Cabeza del Moro estaba en la plaza de Sant Joan, era una estatua que aguantaba un balcón. A ve- - XXXVIII-
ces para atravesar la calle Mayor se necesitaban tres cuartos de hora. ¡Era imposible pasar! El ambiente en Lleida era la calle Mayor y en verano la rambla. Es que la gente vivia de otra manera. Entonces era un privilegio quien podia estudiar o hacer otra cosa ... Y entonces era la rueda, ir a hacer la noria, ir dando vueltas. Y para dar dos vueltas te pasabas dos horas ... (Liuís) El paseo por la calle Mayor de la ciudad, conocido popularmente como «la noria», fue durante mucho tiempo el ritual social más importante de la vida local. Lugar de encuentro y socialidad, tiempo de ocio y fiesta, el paseo era la principal diversión de las generaciones de postguerra. Mucho más que parques o plazas, era el espacio libre donde la gente pasaba más tiempo de ocio. Cada día al salir de la escuela o del trabajo, pero sobre todo los fines de semana, se llenaba de una comunidad que se autocontemplaba en el paseo. La calle Mayor cumplía, claro está, otras funciones -comercia- les, residenciales, productivas, litúrgicas, políticas-, pero creo que su morfología estaba modelada por esta función lúdica. Era ante todo el espacio de los jóvenes, Jos cuales no disponían de espacios alternativos donde pasar su tiempo libre (las entidades cívicas habían sido prohibidas tras la guerra civil y los bailes estaban reservados a los mayores de edad). Por ello, el paseo articula la mayor parte de los relatos autobiográficos de los que fueron jóvenes durante el período de postguerra. El primer lugar, el paseo articula la percepción del espacio urbano. La calle Mayor es la arteria central de la ciudad tanto en horario comercial como en horas de ocio. La gente de los pueblos y de los barrios acuden a comprar, las campesinas pasan antes de ir al mercado, los feriantes y traficantes de ganado cierran sus tratos en un hotel cercano, los varones adultos pasan sus tardes en la docena de cafés tradicionales dispersos por toda la calle. Es el espacio que han de atravesar los adolescentes que vienen de los pueblos con el tren para examinarse en los institutos, y que conservan intacta la imagen de su primer contacto con la ciudad. También es un rito de paso que legitima el ingreso en la ciudad de los recien llegados. La percepción de este espacio como el eje vertebrador del «mapa mental» de la ciudad está presente en la mayor parte de historias de vida. El trayecto que va de la Cabeza del Moro (un busto de madera que adornaba una tienda de ultramarinos, proveniente de los restos de un viejo mascarón de proa con el que sus propietarios habían comerciado con el norte de África) al Pie del Romero (la capilla donde se guarda la imagen de san Jaime, en romería hacia Compostela, al que un ángel ilumina con un candil para que pueda quitarse la espina que se le había clavado en un dedo del pie), configura una vía bien delimitada, repleta de monumentos sagrados y profanos. El movimiento define el escenario, como una enorme noria en continuo movimiento. En segundo lugar, el paseo articula el tiempo cotidiano de los jóvenes: de la agenda al calendario. La jornada diaria se organiza en función de las horas «sagradas» del paseo, con la frontera de la hora no menos «sagrada» del retomo a casa. El tiempo cíclico del calendario se actualiza en la litúrgia periódica de la fiesta (religiosa, académica, militar, franquista, opositora: siempre tiene como escenario la calle - XXXIX - 39 ASTRAGALO,14(2000)ISSN 1134-3672
40 Mayor); y en la sucesión estacional del itinerario (la calle Mayor en invierno y la rambla de Fernando en verano). El cambio estacional lo marcan las fiestas locales, San Anastasio en mayo y San Miguel en septiembre: durante el período festivo, la noria se traslada a las ferias de atracciones vecinas. El tiempo del paseo organiza, finalmente, el ciclo de la vida: el final de la infancia está marcado por el ingreso en la comunidad que pasea; la consolidación del noviazgo acostumbra a comportar el traslado a espacios menos concurridos. Ciertamente, la calle Mayor era un espacio poco «libre». En primer término, estaba «contaminado» por múltiples significados: cada rincón, edificio o monumento estaba cargado de connotaciones políticas, sociales y culturales. En segundo lugar, estaba sometido a la supervisión de las fuerzas del orden y del control social informa l, ejercido sobre todo por adultos. Las relaciones entre los sexos habían de pasar por el filtro de la moral dominante: a las parejas que se «propasaban» se les llamaba la atención, y el «chafardeo» servía para controlar las conductas no permitidas. Se podría decir que los jóvenes vivían en «libertad vigilada». Sin embargo, la memoria oral transmite muchos ejemplos de apropiación juvenil del espacio, como la progresiva implantacion de nuevas modas, usos y costumbres. E incluso algun conflicto entre jóvenes y poderes locales por el uso del espacio público. El caso más emblemático es el «Carnaval del Pino» de 1961, un desfile carnavalesco en protesta por la prohibición de la fiesta de San Tomás de Aquino por parte del obispo, que recorrió toda la calle Mayor hasta el puente, donde se lanzó al río un ataud con un pequeño pino dentro. También fueron jóvenes (y obreros) los que protagonizaron en la calle Mayor las primeras manifestacionas antifranquistas y contraculturales (como las celebraciones del primero de mayo en los 60, y un striking contestatario en los 70). El abandono de la calle Mayor por parte de los jóvenes, a finales de los 60, coincide con el apogeo de las «boites» (las primeras discotecas) y con la apertura de nuevos locales en la zona alta. En la actualidad, la calle Mayor ha perdido gran parte del su carácter polifuncional, y se ha convertido fundamentalmente en un espacio de consumo: la función comercial ha desplazado y subordinado al resto de funciones. Han influido en ello el traslado de la burguesía local a la zona alta, la especialización comercial, el abandono de la mayor parte de espacios de ocio (casinos, cafés, cines, bailes). Pero para la memoria oral lo más importante ha sido el final del paseo juvenil como costumbre social: los domingos por la tarde la calle Mayor se queda vacía, mientras los locales de la «zona alta» están llenos a rebosar. La plaza Era la época de las pandillas de calle y de barrio Al lado de la plaza había un descampado; donde todos aquellos grupos se encontraban. Cada uno con su terreno, y podíamos tener ritos comunes: el juego de bolas, el futbol, o cosas por el estilo. Entonces, ése era el territorio de distribución de las divers as tribus que existían. Te lo digo así porque es así co mo lo vivíamos ... Todo el.tiempo libre, ¡no te lo tenía que organizar nadie! Estabas en un continuo proceso de investigación, de conocimiento de cosas exteriores, de batallas con otras bandas. Entonces, - XL -
las salidas de estos grupos eran hacia el castillo, donde se trataba de pelearse con los del Canyeret, que éstos eran los más fuertes de todos. Que podía venir simplemente por provocación de pedradas, o para citamos a tirar piedras, a ver quién descalabraba al otro. (Antoni) Mientras la calle Mayor era el escenario juvenil por exelencia, los niños y adolescentes pasaban la mayor parte de su tiempo libre en su propio barrio. La plaza ha sido tradicionalmente un lugar de encuentro y de socialidad. El juego en la calle, después de la escuela, permitía a los niños y niñas apropiarse del espacio urbano y utilizarlo en función de sus propias necesidades. Las madres y los abuelos están cerca y no se preocupan demasiado; a menudo también bajan a la plaza con la silla forma de círculos concéntricos. El núcleo central está formado por la plaza donde vive (el lugar de encuentro de la pandilla es el descampado en ruinas de un antiguo convento). Es el ámbito de interacción inmediata, de comunicación visual y auditiva (las madres les llaman a comer desde los balcones). El espacio se percibe como propiedad exclusiva del grupo, lo conocen al detalle, y cada rincón se carga de fuertes connotaciones emotivas. El segundo círculo lo constituye el barrio: es e!" medio urbano conocido y cercano, articulado en torno a la parroquia, las tiendas, los bares, y la escuela pública. Hay territorios neutrales (el campo de fútbol, el palacio del obispo), pero cada grupo marca estrictamente el propio terreno. La rivalidad a coser, charlar o cantar. Hasta los años 60, la desaparece sólo durante la fiesta patronal del ciudad está todavía poco urbanizada. En todos barrio, cuando los microgrupos se integran los barrios hay descampados, ruinas, charcos, en la gran comunidad. A veces, las bandas 41 calles sin asfaltar, donde los menores aprenden a convivir con sus coetáneos, donde inventan y practican una enorme variedad de juegos que varían según la estación del año, el clima, la zona, el sexo, y que van de los más reglamentados a los más anárquicos. Las chicas también participan, aunque están más sometidas al control familiar. Los chicos, en cambio, disfrutan de una gran libertad: pueden recorrer toda la ciudad en busca de nuevas experiencias («me los imagino como tribus nómadas»). Las épicas batallas a pedradas, por ejemplo, son vistas como un ritual que reglamenta las relaciones entre los diversos barrios, con reglas y escenarios bien precisos. del barrio se pueden aliar para enfrentarse con otras zonas. Este territorio más extenso forma el tercer círculo concéntrico. No coincide, de hecho, con toda la ciudad, sino con aquellos barrios con los cuales mantienen contacto. Finalmente, los espacios libres, no urbanizados, del parque del castillo, el río y la huerta, configuran el cuarto círculo. Determinados lugares de los diversos círculos son marcadores mágico-míticos: los pozos de hielo, la «mano negra», las galerías subterráneas ... Esta dimensión simbólica se expresa en el lenguaje, en la apropiación de «mascotas», de palabras o cosas que se convierten en signos de identidad. A finales de los 60 se produce una expulsión de los adolescentes de En la historia de la vida de un adolescente de la calle: ésta se urbaniza, el tráfico se hace los 50, el territorio vivido se organiza en más presente, pero sobre todo se difunde un -XLI- ASTRAGALO,14(2000)ISSN 1134-3672
discurso moralista que alerta sobre los peligros del espacio público. Otras instancias socializadoras (la escuela, la televisión) vienen a «organizar» la vida de los menores. De manera que las plazas se convierten cada vez más en lugares de tráfico, y no en espacios lúdicos. Los menores empiezan a ser recluidos en el espacio doméstico y pierden el espacio público como lugar de juego. El parque Las chicas de fábrica, su única diversión era ir al baile con los novios, esconderse por el castillo, que era muy típico. Había dos compañeras que tenían novio y cada lunes explicaban lo que habían hecho por el castillo y por las calles del Canyeret, que no estaban como ahora. Es que no había espacios ... (Esperan<;:a) Además de la plaza y del paseo, la ciudad ha guerra la naturaleza está muy presente en la vida cotidiana: el perímetro urbano está lleno de huertos, charcos y descampados, y la excursión a pescar o a cazar insectos y pájaros era algo habitual para los adolescentes (que conseguían con facilidad evitar las tímidas prohibiciones de los padres). El castillo, con sus túneles, murallas, restos de su antigua función militar, invita a la imaginación (los pozos de hielo, por ejemplo, son un lugar cargado de leyendas). La segunda función de los parques es una función amorosa. Para los jóvenes de postguerra, sin espacio privado a su disposición, los parques se convirtieron en su espacio íntimo. En el caso de Lleida, las parejas que se hacían en la calle Mayor acostumbraban a acudir a los parques para obtener un poco de intimidad. El 42 dispuesto históricamente de otros espacios liparque de los Campos Elíseos, a ciertas horas bres que han cumplido determinadas funciones en el ocio de los jóvenes: los parques y los espacios naturales. La primera función de estos lugares ha sido la de territorio neutral de juego y centro de intercambio para las bandas de calle y de barrio. La expedición al «castillo» (el monte que rodea a la catedral antigua, convertido en cuartel hasta la postguerra) o al río permite a las pandillas de adolescentes descubrir rincones escondidos de la ciudad, entrar en contacto directo con la naturaleza, y relacionarse con pandillas de otras zonas. Se trata de territorios relativamente inhóspitos, libres de miradas adultas, a los que acudir en busca de aventuras, y también de guerra (algunas zonas cumplen la función de campo de batalla, como las laderas del castillo). Es necesario tener en cuenta que en el período de postde la tarde, era refugio de amantes: con una propina al vigilante se podía pasar el rato, si no había niños al acecho; la cosa no acostumbraba a ir más allá de las caricias. En cambio, en tomo al castillo -el lugar conocido como «los pinitos»- se podía ir más lejos. En los relatos aparece como uno de los espacios donde las parejas podían entregarse -con sensación de clandestinidad- a efusiones amorosas. Con el tiempo, los jóvenes dipondrán de otros lugares donde disfrutar de una cierta intimidad (como discotecas y automóviles). Pero es.curioso observar cómo la expedición a los «pinitos» continúa presente en los relatos de diversas generaciones: cuando aparezca la zona de vinos, cercana al castillo, las parejas furtivas y las pandillas acudirán para celebrar allí su particular «fiebre del sábado noche ». -XLII-
La zona de vinos Yo me acuerdo que a los 13 años iba a La Rufina. ¡Tío! ¿Tú sabes qué era la Rufina? Bueno, pues era un bar de vinos muy famoso, de una mujer así muy mayor, pero que se enrrollaba de puta madre, tío. Luego ya íbamos al Antre, hasta que cerraron La Rufina porque se iba a derrumbar, y ya fueron abriendo los otros, una movida impresionante... Todo eso cuando yo tenía 17 años o así. Eso de los vinos era cuando yo iba de politiquera o tal, y ll evaba lo mismo que todo el mundo, ¿no? Unas camisas muy anchas, unos tejanos, fulares, y el bolso ése marrón con la bandera catalana y esas cosas, ¿no? Luego ya había malos rollos y desconecté. (Ana) A mediados de los 70, y de manera simultánea, van apareciendo diversos locales destinados a los jóvenes (bares, pubs, discos). Implise convierten en motivo de escándalo para los guardianes de la moral. La recién inaugurada libertad se pone de manifiesto en una recuperación festiva de la calle como lugar de relación. La efervescencia político-cultural coincide con la demanda juvenil de espacios de ocio, y con la consolidación de un sector universitario con peso específico. En un primer momento, son las viejas tabernas del barrio las que imitan a La Rufina y se adaptan para acoger al nuevo público que masivamente ha empezado a ocupar el barrio. En un segundo momento, se crean nuevos locales que reproducen la estética y el ambiente. Durante los veranos se congrega un público variado: hippies, temporeros de la fruta, inmigrantes africanos, soldados y jóvenes de todo tipo. En poco tiempo, los vinos pasan de ser el reducto can una incipiente especialización espacial, de una minoría contracultural, a convertirse en que acompaña la emergencia de una serie de el espacio de ocio juvenil más masificado de 43 subculturas juveniles. Es un proceso que coincide con la efervescencia de los últimos años del franquismo y los primeros de la democracia. Un hecho trascendental es la ocupación de todo un barrio por parte de los jóvenes, con el nacimiento de la «zona de vinos» en una parte del casco antiguo de la ciudad. A partir de algunas viejas tascas de barrio, y de la creación de nuevos locales, se va generando una «zona» que responde a la demanda de espacios de ocio donde poder disfrutar de una cierta libertad. Espacios de estética bohemia, de precios asequibles, donde tomar un moscatel o una cerveza, jugar a las cartas al salir de las aulas, comenzar a fumar algun «porro» (hachís), y hacer amigos. Los «vinos» se co nvierten en lugar habitual de encuentro de amplios sectores de adolescentes y estudiantes, y la ciudad. Su éxito anuncia su crisis. En cierta manera, la función de la zona de vinos para los jóvenes de los 70 es parecida a la función de la calle Mayor para a los jóvenes de la postguerra: es el espacio de interacción inmediata, apropiado y semantizado, flujo de información y valores, articulador de los espacios y los tiempos de la vida cotidiana. En lugar de hacer la noria, los jóvenes ha cen «la ruta» por diversos locales, que acostumbra a tener reglas bien precisas. La diferencia es que la supervisión adulta no es tan visible, ni dentro ni fuera de los bares. A fines de los 70, el proceso general de desmovilización política, la introducción de la heroína, la represión policial, los primeros impactos de la crisis económica, provocan una fuerte crisis de la zona. La - XLIII - ASTRAGALO,14(2000)ISSN 1134-3672
44 aparición de una alternativa de ocio en la llamada «calle del dólar» (y en diversos pubs progres y postmodernos que proliferan por la ciudad) provoca una dispersión de los usuarios. Sin embargo, a lo largo de los 80 la zona de vinos se mantiene con diversos intervalos, con cierres y apertura de locales, y con constantes cambios de usuarios: los bares se van diversificando según tendencias ideológicas, musicales y generacionales. A medida que van apareciendo las diversas tribus urbanas, van ocupando diversos escenarios: los mods se reúnen en la Casa de la Bomba, los punks en el Makoki, heavies, rockers y skins en otros locales. Con todo, predomina la mezcla. La calle del Dólar El ambiente que mejor nos va está situado en la plaza Ricardo Vinyes, Ro vira Roure ... Donde principalmente vamos a tomar copas. Primero al Triangle, que es donde se reúne la gente, para repartimos luego por otros sitios, a donde la gente va (enumera una serie de pubs). Y cuando ya estás un poco enmarchado, pues te vas a Krakers (la discoteca) y allí a ligar un poco. Ahora, más que nada, luces tus vestidos, la gente luce sus cosas, o sea, un sitio más que nada demostrativo .. . Siempre nos movemos por este ambiente ¿no? Que luego hay otros sitios donde ir, y a veces vamos a Antares, Sala Europa, que el ambiente es completamente diferente. Generalmente, allí estamos poco tiempo, porque no es nuestro ambiente. (Santi) Al tiempo que se urbaniza la «zona alta» de la ciudad, y que las clases medias locales trasladan allí su residencia, aparecen en esta zona una serie de locales comerciales -pubs, discos, champañerías, terrazas, disco-bares, cines-des- tinados a un mercado adolescente. En tomo a la plaza Ricard Vinyes proliferan locales de todo tipo donde los jóvenes se congregan los fines de semana. Se trata de locales comerciales, con una estética consumista, música disco y precios elevados, que se concentran ante todo en una avenida bautizada con el nombre de «calle del Dólar». Si los vinos son la calle Mayor de los 70, esta calle es la rambla de los 80: los jóvenes (ante todo los de clase alta, los llamados «pijos») se congregan sobre todo durante el verano en las terrazas, y después se van de pubs y discotecas; las aceras están llenas de motos y se cruzan paseando grupos de chicos y chicas vestidos con ropa de marca y o gafas de sol. Desde allí se organizan rutas que vinculan la «zona alta», la «zona de vinos» y el resto de pubs y discotecas dispersos por toda la trama urbana. La creación de estas zonas juveniles, este proceso de especialización y diferenciación de los espacios destinados al ocio de los jóvenes, es fruto del juego entre los intereses del mercado y las estrategias juveniles. Ciertamente, las industrias del ocio han provisto de una red de locales y de ofertas de consumo que limitan la autonomía de la cultura juvenil. Pero en los intersticios de este sistema, los jóvenes han sabido apropiarse de espacios y territorios, han organizado su convivencia con iguales, han usado y readaptado los objetos y locales del mercado según criterios propios. En este contexto, han surgido subculturas generacionales específicas que han respondido a un doble proceso de homogeneización de la juventud y de rompimiento de los antiguos compartimentos estancos que separaban los diferentes sectores (el joven de barriada podía no coincidir nunca con el joven del centro), y de diver- -XLIV-
sificación de las conductas, de las maneras de vestir, de los lugares de encuentro. Las macrodiscotecas Creo que la discoteca desempeña un papel importante, porque la gente joven necesitamos ir a sitios donde haya mucha gente, quizá para mantenemos unidos, no sé. Quizá sea un sentimiento juvenil ¿no? . .. La gente nos desentendemos bastante cuando entramos en una discoteca, parece que sea un mundo aparte. Que se diferencia bastante de los recitales al aire libre o verbenas, porque aunque también nos reunimos un tipo de gente joven es diferente, ya que en el local cerrado te sientes más íntimo ¿no? y porque la gente es de tu generación y más o menos todos hacemos lo mismo. Además, te sientes como más protegido de las miradas de los adultos ... Pienso que está clarísimo, consumimos alcohol, poco o mucho pero lo consumimos; luego están las luces, que quieras o no influyen porque uno cuando entra allí no está eufórico pero acaba estándolo aunque no beba. También influye la música y mil cosas más. Respecto al comportamiento, sí que es muy diferente porque la discoteca supone un mundo diferente; es un mundo de euforia, donde se pasa muy bien ... ¿Pero luego qué? Luego nos encontramos con la realidad, que uno tiene que ir a trabajar o a estudiar ... (Luisa) La última fase en la historia de los espacios de ocio se caracteriza por la emergencia de las macrodiscotecas, esos grandes espacios polivalentes construidos generalmente lejos del centro urbano. La región de Lleida ha sido en este sentido pionera: dos de las macrodiscotecas más grandes, famosas en la actualidad por la llamada ruta del bakalao, tienen su sede en poblaciones medias cercanas a la capital: el Big-Ben de Mollerussa y el Florida 145 de Fraga. A ellas acuden, cada fin de semana, millares de jóvenes de lugares bastante alejados, con el único propósito de divertirse. Ambos locales tienen su propia historia. El Big-Ben se inauguró en 1975 con dos pistas de baile, y poco a poco fue ampliando sus instalaciones con restaurante, sala de fiesta, bolera, macropista (planetario), pizzeria, pub, etc., con una capacidad cercana a los 10.000 jóvenes. Los jóvenes la conocen como la casa gran (la casa grande), y el lema propagandístico de la empresa (Big-Ben, tot un món!, todo un mundo), refleja claramente el papel de «institución social total» cumplido por la discoteca, que puede concebirse como una microsociedad con sus propias reglas, y al mismo tiempo como un reflejo de las pautas económicas, sociales, matrimoniales y de consumo vigentes en su entorno social. Algo parecido sucede con el Florida 145 de Fraga, que ha ido adaptándose a los cambios en las formas de diversión juvenil, desde la apertura de un primer baile al aire libre en los años 40, que se transformó en una primera discoteca en la década de los 70, para culminar el proceso en la actual discoteca inaugurada en el año 86. La discoteca tuvo un tremendo impacto social: liberó a las chicas de las rígidas reglas sociales del baile, ya que a partir de ese momento no tuvieron que esperar a que les sacaran a bailar, y el hecho de ir la consumición incluida -que dejó de ser la típica gaseosa o refresco para pasar a la coca cola y las primeras mezclas las liberó también de tener que aguantar al chico que las había invitado-. La gran transformación vino representada por el cambio de luces -que empezaron a ser combinaciones .de colores diferentes-, de música y en especial de su -XLV- 45 ASTRAGALO,14(2000)ISSN 1134-3672
52 tanto de ámbitos subalternos como centrales, tanto de micrópolis como de macrópolis, se han apropiado de determinados espacios libres de la ciudad, y los han humanizado a través del ocio. La juventud es uno de los grupos sociales que establece unas relaciones más intensas con el territorio. Sin un espacio privado propio, recluidos en las institucionas educativas, abocados al ocio por la falta de trabajo, los jóvenes se han apropiado históricamente de espacios públicos de la ciudad para construir su precaria identidad social. A menudo estos espacios se convierten para ellos en espacios «privados», donde compartir modas, músicas, normas y valores, donde las relaciones de amistad crean un ambiente cálido, familiar. La memoria colectiva de cada generacion de jóvenes evoca determinados lugares físicos (una esquina, un local de ocio, una NOTAS 1 Los datos etnográficos de este apartado pr ovienen de mi tes is doctoral sobre la historia oral de la juventud en Lleida d es de la guerra civil hasta finales de los años 80 (Feixa 1990). BIBLIOGRAFÍA Amit-Talai, V. & Wulff, H. Eds. 1995. Youth Cultures. A Cross-Cultural Perspective, Routledge, Londres. Amit-Ta 1ai, V. 1995. << The 'multi' cu ltural of youth >> , in Amit-Ta1ai & Wulff, Eds.: 223-233. Aries, P. 1973. L' enfant et la vi e familia/e sous /' ancien rég im e, Seuil, París. Benedict, R. 1973. << Co ntinuities and Discontinuties in Cultural Co nditionning», in SILVERSTEIN, Ed., The Sociology of Youth: 100-108. zona de la ciudad) que vienen a simbolizar, de manera metafórica, determinadas transformaciones en los estilos de vida y en los valores. Asimismo, la acción de lo s jóvenes sirve para redescubrir territorios urbanos olvidados o marginales, para dotar de nuevos significados determinadas zonas de la ciudad, para humanizar plazas y calles construidas de nuevo (tal vez con usos no previstos). A través de la fiesta, de las rutas de ocio, pero también del grafiti, del mural, del mercado callejero, diversas generaciones de jóvenes han recuperado espacios públicos que nuestras ciudades habían convertido en irreconocibles. Por lo que puede decirse que la s culturas juveniles construyen, más allá de la urbe hegemónica que se ve, una verdadera ciudad invisible, algunos de cuyos rastros he intentado desentrañar en este artículo. 2 Este apartado se basa en una investigación sobre el terreno realizada en la ciudad de México en 1991. Quiero agradecer a Maritza Urteaga y Rossana Reguillo sus sugerencias y su apoyo. Clifford, J. 1983. << The Other Side of Paradise >> , Times Litterary Sup pl ement, May 13, 4, 180: 475-6. Cóté, J.E. 1 99 4. Adolescent storm and Stress. An Eva lu ation of th e Mead-Freeman Controversy, Lawrence Earlbaum, Hillsdale. De Martino, E. 19 80 [ 1962). <<Furore in Svezia>>, in Furore simbo/o valore, Feltrinelli, Milán: 225-232. Eisenstadt, S. N. 1956. From Generation to Generation, The Free Press, Nue va York. - LII -
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Max Ernst. _ LIV -