scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

La edición de textos con ortografía idiosincrásica: el caso de Marcos Fernández, gramático y ortógrafo del siglo XVII

Sáez Rivera, Daniel M.

Abstract

En el presente trabajo se define el concepto de ortografía idiosincrásica como la forma correcta de escribir propia de una sola persona o un colectivo restringido. Después se reflexiona sobre la edición de algunos hitos de ortografía idiosincrásica en la historia del español, como Correas, Herrera, Bello y Juan Ramón Jiménez. Por último, se estudia el caso concreto y poco conocido de Marcos Fernández (gramático y ortógrafo del siglo XVII) y la edición de sus textos, principalmente la Olla podrida a la española (1655).

Full text

LA EDICIÓN DE TEXTOS CON ORTOGRAFÍA IDIOSINCRÁSICA: EL CASO DE MARCOS FERNÁNDEZ, GRAMÁTICO Y ORTÓGRAFO DEL SIGLO XVII* Daniel M. Sáez Rivera CES Felipe II (UCM) A Ramón Santiago, en agradecimiento y homenaje por su lección filólogica, editorial y humana RESUMEN En el presente trabajo se define el concepto de ortografía idiosincrásica como la forma correcta de escribir propia de una sola persona o un colectivo restringido. Después se reflexiona sobre la edición de algunos hitos de ortografía idiosincrásica en la historia del español, como Correas, Herrera, Bello y Juan Ramón Jiménez. Por último, se estudia el caso concreto y poco conocido de Marcos Fernández (gramático y ortógrafo del siglo XVII) y la edición de sus textos, principalmente la Olla podrida a la española (1655). Palabras clave: crítica textual, ortografía, historiografía lingüística, historia de la lengua española. ABSTRACT In this work the concept of idiosincrasic orthography is defined as the proper way of writing by just one person or a restricted group. Afterwards, it is pondered the edition of some highlights of idiosincrasic orthography in the history of the Spanish language, such as Correas, Herrera, Bello and Juan Ramón Jiménez. At last, it is studied the not well known case of Marcos Fernández (grammarian and orthographer of the 17th century) and the edition of his texts, mainly the Olla podrida a la española (1655). * El presente trabajo fue posible gracias al apoyo del Proyecto del MECyT, “Procesos de gramaticalización en la historia del español (III)” (PROGRAMES3), con referencia FFI2008-0828/FILO. En tales proyectos hemos empleado o estamos empleando la obra de Marcos Fernández como una de las fuentes principales. Una versión más extensa del texto se presentó oralmente como conferencia dentro de las II Jornadas de Edición de Textos e Historia de la Lengua Española (Homenaje a Rafael Lapesa 1908-2001)¸ que se celebraron del 22 al 24 de octubre de 2008 en la Universidad de Sevilla, con la organización de las profesoras Lola Pons Rodríguez y Elena Leal Abad, a las que aprovecho para agradecerles pública y calurosamente su amistosa invitación como ponente en tales jornadas. ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 23 (2009) 117-142 118 Daniel M. Sáez Rivera Keywords: textual criticism, orthography, linguistic historiography, history of the Spanish language. 1. ¿QUÉ ES ORTOGRAFÍA IDIOSINCRÁSICA? Si ortografía se define, incluso etimológicamente, como la forma correcta de escribir (del prefijo griego ὀρθο- ‘recto, correcto’ y del sufijo -γραφία, del verbo γράφειν ‘escribir’, cf. DRAE 2001, s. v. orto-, -grafía), e idiosincrasia (gr. ἰδιοσυγκρασία ‘temperamento peculiar’) consiste en los “[r]asgos, temperamento, carácter, etc., distintivos y propios de un individuo o de una colectividad” (DRAE 2001, s. v.), una ortografía idiosincrásica será la forma de escribir considerada correcta por una sola persona o, como mucho, un colectivo restringido. Esto es, se trata de una ortografía peculiar o personal, quizá extravagante, propuesta y, por lo general, solamente adoptada por un solo individuo, que sólo en contadas ocasiones consigue una difusión un poco mayor. La mayoría de las propuestas de ortografía idiosincrásica no son, sin embargo, propuestas de ortografía caprichosa (pace Rico 2002: 1153), sino que se insertan en una tradición simplificadora que promueve la equivalencia biunívoca de grafía y sonido, o –mejor dicho– fonema. Es decir, de los tres principios que, según Esteve Serrano (1982: 17), rigen la ortografía española, pronunciación, uso y etimología, se tiende en la ortografía idiosincrásica a primar el primero, se pretende lograr el segundo (la expansión o difusión comunitaria de una iniciativa gráfica individual) y normalmente se rechaza el último. Tal tradición de ortografía fonológica hunde sus raíces en la Antigüedad clásica, según el famoso motto de Quintiliano: “Ego, nisi quod consuetudo obtinuerit, sic scribendum quidque iudico, quomodo sonat” (Institutiones oratoriae I, VII, apud Esteve Serrano 1982: 20). No obstante, resaltemos que ni siquiera en la obra del orador hispano se adopta por completo el principio de la pronunciación, pues no se pueden tomar como punto de referencia todas las pronunciaciones o variaciones posibles, que imposibilitarían la homogeneidad gráfica, sino que se ha de señalar una pronunciación como ejemplar, una “consuetudo” que no es sino la de las personas cultas, el “consensum eruditorum” (Esteve Serrano 1982: 20). El eslabón que une esta tradición latina con la castellana lo forja el mismo Antonio de Nebrija que, inspirándose con seguridad en Quintiliano, llega a afirmar en el comienzo de su Gramática de la lengua castellana (1492: a5 r), al tratar el asun- to de la ortografía, lo siguiente: “avemos aqui de presuponer lo que todos los que escriven de orthographia presuponen: que assi tenemos de escrivir como pronunciamos i pronunciar como escrivimos por lo que en otra manera en vano fueron halladas las letras” (apud Esteve Serrano 1982: 20). Fijémonos que en estas palabras del humanista lebrijano la forma de pronunciar se apoya en un plural inclusivo que delimita de nuevo el círculo de los cultos que leen la misma obra de Nebrija. Se trata del mismo “escribo como hablo” de Valdés, más personalista, que posee ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 23 (2009) 117-142 La edición de textos con ortografía idiosincrásica 119 también una interpretación puramente ortográfica, y no retórica (Esteve Serrano 1980: 24-25). Los argumentos que se suelen utilizar a favor de estas simplificaciones son (1) el de una mayor racionalidad gráfica según la cual se eliminan letras superfluas, (2) la mayor facilidad para la escritura que supone la simplificación del sistema de escritura mediante tal supresión de grafías y (3) la correspondencia perfecta entre las letras y su pronunciación. Pero los mismos reformadores suelen ser conscientes del principal escollo con el que se encuentra su aventura ortográfica: el de querer innovar en un campo, el de la ortografía, en el que tan grande es el peso de la costumbre1. Por ello, el mismo Correas, con grandes intuiciones de política lingüística, sabe de la necesidad, como planificador individual, de un aval político y educativo para que su propuesta ortográfica cunda2, de modo que, en el prólogo a su Ortografia kastellana (1630: ¶2r y v), solicita el apoyo del Rey para la difusión de su ortografía, una ortografía más racional3, apoyo que empero no recibió, pero con el que al menos se atrevía a soñar: AL KATOLIKO RrEI DON Felipe . S. IIII. deste nonbre, el Maestro Gonzalo Korreas Katedratiko de propiedad de lenguas en la Universidad de Salamanka, desea toda salud i felizidad. (S3)Upliko á V. Maxestad, ke komo padre i tutor del Prinzipe su hixo, i señor nuestro, se sirva de rezibir, i mandar se le guarde para su tienpo, esta pekeña xoia, ke ofrezco á su Alteza kon amor i deseo de su servizio, kon las Gramatikas ke ofrezi antes á V. M. i van aora kon ésta. Ke en xenero de letras, si se pasan los oxos por ella, kreo parezerá estimable. I si la mandase hazer komun, seria de onrra desta nazion, i rresultaria en nonbre eterno á V. M. por éste bien de dar letras propias á la lengua Kastellana, mas eszelente ke la Latina, i otras: ke se llamarán Filipikas i Rreales, á diferenzia de las vulgares usadas antes kon muchas inperfeziones. Fazil es á V. M. mandar poner éstas letras en la kartilla, é inprimir el Rromanze kon ellas, i sin agravio de nadie: I se introduzirá de una vez komo en el kaso de las balonas, ke tan bien estuvo, sin esperar á diskurso de tienpo para introduzirlas [Correas 1630: 1630: ¶2r y v; énfasis nuestro]. Posteriormente, en el siglo XVIII la Real Academia Española sería igualmente consciente de la urgencia del apoyo real para difundir la ortografía académica, de modo que en acta del 9 de septiembre de 1738 los académicos acuerdan que “se le Suplique a su Magestad mande observar en todos sus Reynos, y Señorios, la dicha 1 Ya lo decía Nebrija en su Gramática castellana: “Mas, por que en aquello que es como lei consentida por todos, es cosa dura hazer novedad” (ed. de A. Quilis, Madrid, 1981, p. 120, apud Iglesias Feijoo 1983: 261). 2 La relación entre planificación lingüística y ortografía ya la vio el mismo Einar Haugen (1974). 3 Algo ya señalado por La Viñaza (1903: XVIII) en su edición al Arte grande. Aparte de en ese lugar preliminar, el mismo Correas vuelve a mencionar tal posibilidad en el mismo cuerpo del texto de su Ortografía kastellana (1630: 46-47) ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 23 (2009) 117-142 120 Daniel M. Sáez Rivera orthographia para fijarla en ellos y pedirle al mismo tiempo conceda a la Academia el privilegio perpetuo de la impresión, venta y despacho de dicho tratado que se habrá de hacer en un libro manual y pequeño” (apud Esteve Serrano 1982: 79). Sin embargo, la sanción real no llegaría en plenitud hasta el siglo XIX, en el reinado de Isabel II, cuando una “Academia Literaria i Científica de Profesores de Instrucción Primaria” se propuso en 1843 adoptar en la enseñanza un sistema ortográfico basado únicamente en la pronunciación, a lo que reaccionó el Consejo de Instrucción Pública, que le comunicó la osadía a la reina Isabel II (Esteve Serrano 1982: 78- 79). Esta, por Real Orden de 1844, impondría como ortografía oficial la enseñada por la Academia de la Lengua, decisión sólo cancelada parcialmente con la Revolución “gloriosa” de 1868 y hasta la Restauración borbónica, que también fue ortográfica por Real Decreto de Alfonso XII en el 26 de febrero de 1875 (ibid.). Estas imposiciones legales suponen además el nacimiento del concepto punitivo de falta de ortografía, entendida como error en la aplicación de las normas ortográficas de la RAE, punto de comparación a partir de entonces que nos lleva a tomar como fallo o extravagancia toda desviación de esta ortografía oficializada (Rosenblat 1951, CXXVII, CXXXI; Martínez de Sousa 1995, s. v. falta de ortografía). A saber, todo texto que no siga la ortografía académica nos llama la atención, cuando la propuesta de la RAE es solo una entre tantas, pero que ha tenido la fortuna de la universalización planificada desde las instancias políticas. Resulta curioso que en el mismo año de 1844 la ortografía que recibió marchamo legislativo en el otro lado del Atlántico fuera en cambio la propuesta simplificadora de Andrés Bello, adoptada por la Universidad de Chile de 1844 a 1851, y con restos de simplificación hasta 1914 (como la especificación de i para indicar el fonema vocálico y de y para el consonántico, así como el empleo de j para la fricativa velar sorda) (Esteve Serrano 1982: 109-117). 2. ΕL TRATAMIENTO EDITORIAL DE LOS TEXTOS CON ORTOGRAFÍA IDIOSINCRÁSICA: ALGUNOS HITOS Es bien conocido que existe en la actualidad un debate acerca de la modernización o la conservación gráficas en la edición de textos antiguos, especialmente vivo acerca de los textos del Siglo de Oro4. Mientras que un bando, nutrido por historiadores de la literatura, tiende hacia la modernización gráfica, incluso en ediciones críticas5, los historiadores de la lengua o estudiosos de la literatura con sensibilidad lingüística6, tienden hacia la conservación. En todo caso, tanto unos como otros se 4 El último y más completo recuento y comentario del debate lo ha realizado Ramón Santiago (2008). 5 Cf. Iglesias Feijoo (1983, 1990), Serralta (1986), Cañedo y Arellano (1987), Arellano (1991), Arellano y Cilveti (1992), además de Jauralde (1981, 2007) y Rico (2002). 6 Pascual (1993), Barroso Castro y Sánchez Bustos (1993). ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 23 (2009) 117-142 La edición de textos con ortografía idiosincrásica 121 centran en las grafías y, como mucho, en la acentuación gráfica, y suelen dejar fuera del debate el problema de la puntuación (Pascual 1993, Barroso Castro y Sánchez Bustos 1993) o proponen su modernización como una forma de interpretación, exégesis hermenéutica de la que el editor no puede ni debe inhibirse (Arellano 1991: 575)7. De hecho, son pocos los estudiosos o editores, como Crosby (1991), que tratan de reproducir la puntuación antigua, por ejemplo la de la prosa barroca con su peculiar ritmo en el caso del citado Crosby. Los argumentos de uno y otro partido editorial son todos juiciosos y razonables. Así, los modernizadores defienden que los usos gráficos antiguos no reflejan normalmente la intención del autor (el criterio principal que guía a la crítica textual), sino los de mediadores como cajistas, correctores e impresores (Iglesias Feijoo 1990: 240), por lo que solo merece la pena conservarlos cuando indican oposiciones fonológicamente distintivas8 pero no en el resto de casos que conviene obviar, como son las dobles consonantes cultistas del tipo illustre, o rr-, o -n- antes de b/p, como onbre, enperador (Iglesias Feijoo 1990: 242). Para estos estudiosos en cambio conservar todo tipo de detalles gráficos en la transcripción de textos no hace sino entorpecer inútilmente su lectura cuando, si realmente se tiene interés en tales detalles, el bibliógrafo o investigador de usos gráficos o impresos prefiere trabajar con originales (Iglesias Feijoo 1983: 262; 1990: 241). Además, con los avances tecnológicos actuales en todo caso puede ser más fácil y seguro ofrecer una reproducción facsimilar que una transcripción paleográfica o diplomática, en la que con facilidad se deslizan errores (Arellano 1991: 575), y de todas maneras en este bando se opina que “no somos los editores críticos los que tenemos que dar material a lingüistas o paleógrafos, sino que son ellos los que tienen que ayudar a la edición crítica” (Arellano 1991: 575). En suma, desde este punto de vista, el conservadurismo gráfico se considera una forma de inhibición crítica no deseable (Iglesias Feijoo 1990: 242). La última vuelta de tuerca a favor de la modernización la ha dado Francisco Rico (2002: 1153), que argumenta que a los escritores antiguos, con leves excepciones de “caprichosos” como Fernando de Herrera, les daba igual la factura gráfica de su obra, y simplemente deseaban que la impresión se ajustara de la mejor y más decorosa manera a los modales gráficos y tipográficos de la época, de modo que tampoco les importaría que se publicaran sus obras según las costumbres de presentación editorial actuales, solo con tal de llegar lo mejor posible al lector. En el otro lado del campo en liza, la preferencia (que en ninguno de los dos bandos es absoluta) se inclina por la conservación gráfica. De este modo, Barroso 7 Merece la pena reproducir las acertadas palabras de Arellano (1991: 573): “puntuar es ya en muchas ocasiones, interpretar un texto, elegir una opción semántica, y semejantes elecciones son ineludibles para el editor: la puntuación no se puede separar de la hermenéutica”. 8 Al menos en las ediciones críticas (Jauralde Pou 1981: 182). ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 23 (2009) 117-142 122 Daniel M. Sáez Rivera Castro y Sánchez Bustos (1993), al ocuparse de la edición de textos de los siglos XV al XVII, proponen “una transcripción con ligeras modificaciones” (tan ligeras como la regularización del reparto de u/v como vocales o consonantes, o la simplificación de grafías redundantes como ff-/f-, ss-/s-, rr-, cons.+rr/r-, cons.+ r), pero a la vez defienden la necesidad de conservar empleos gráficos sin valor fonético pero que actúan como alógrafos connotativos (precisamente el caso de las grafías cultistas que rechazan los modernizadores), frente a los alógrafos denotativos que constituyen “una representación objetiva de una realidad fonética sin alteraciones de carácter subjetivo, cultural, etc.” (Barroso Castro y Sánchez Bustos 1993: 162)9. Estos alógrafos connotativos habría que conservarlos especialmente cuando sean personales, subjetivos o voluntarios (del autor), pero igualmente cuando sean involuntarios (Barroso Castro y Sánchez Bustos 1993: 163, 177). Destaca además que estos investigadores de la historia de la literatura son conscientes de la necesidad de hacer un inventario pormenorizado de los fenómenos gráficos del texto que se va a editar antes de proceder a la dispositio textus y comprenden “lo valioso que es para la historia de la lengua y la interpretación adecuada de un texto la conservación de las grafías antiguas que son relevantes” (Barroso Castro y Sánchez Bustos 1993: 165, 177-178). En una línea similar, el profesor Pascual (1993: 37) critica “la razonable modernización de los textos” que habían consensuado los asistentes al Seminario celebrado en la Universidad de Navarra en 1986, cuyas conclusiones se encuentran en Cañedo y Arellano (1987), aunque concede que existe acuerdo en ambas posturas editoriales acerca de la conservación de los “alógrafos denotativos”, pese a que a veces sea difícil precisar cuáles son (Pascual 1993: 41). Sin embargo, y especialmente a este respecto, Pascual (1993: 39-44, 55) reivindica la importancia de los datos gráficos y lo difícil que resulta a veces interpretarlos, por lo que conviene adoptar la postura cauta de su conservación o de un cuidadoso análisis, antes que la de su modernización a veces apresurada o mecánica. Al enfrentarnos a una serie de textos cuya falta de uniformidad gráfica es parte de su esencia que hay que respetar (Pascual 1993: 47), resulta conveniente en todo caso que, pese a la divergencia cada vez mayor entre los filólogos de la rama lingüística y los de la literaria, lo que se debería producir es ediciones críticas que respondieran a las necesidades de todos los filólogos (Pascual 1993: 56). Sin embargo, este debate –en el que vemos que hay algunos puntos de acuerdo entre ambas partes– queda en suspenso o en tablas, incluso absolutamente confun- 9 Se sigue aquí la distinción entre alógrafos denotativos y connotativos difundida para el castellano por Emma Scoles (1966: 16): “Sono in tal modo chiamati denotativi gli allografi la cui variazione rispetto all’unità, il grafema, non sia culturalmente significativa e connotativi quelli la cui variazione sia invece di qualque rilevanza culturale o stilistica. In sede ecdotica i primi consentirebbero un livellamento ortografico, i secondi dovrebbero essere conservarti”. ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 23 (2009) 117-142 La edición de textos con ortografía idiosincrásica 123 dido, cuando nos enfrentamos a textos con ortografía idiosincrásica. De esta manera, dentro del bando de los modernizadores hasta Arellano y Cilveti (eds., 1992: 39-40), en los criterios editoriales a su edición crítica de El divino Jasón de Calderón, que extractados y despojados de las notas a pie de página (y por ello de la bibliografía) constituyen la norma de las ediciones del GRISO (Grupo de Investigadores del Siglo de Oro)10, plantean un tratamiento especial o excepcional de este tipo de textos, absolutamente conservador: Solo hay algunos casos especiales en los que estaríamos obligados sin remedio a mantener la grafía original: en aquellos escritores que defienden conscientemente un sistema ortográfico determinado: sobre todo Herrera y Correas, y algún otro como el poeta Rioja que sigue el sistema herreriano. Pero, significativamente, ni el propio Correas que fue el corrector oficial de su propia Arte kastellana, consiguió que le mantuviesen en la imprenta el sistema preconizado en un libro destinado a preconizar el sistema.11 Más allá incluso de lo propuesto por Arellano y Cilveti había ido Manuel Taboada Cid (1984) en su edición crítica del Arte kastellana (1627) de Correas, en la cual no hacía una mera transcripción, sino que lógicamente corregía erratas (que nunca han sido deseadas por el autor), pero además cotejaba el texto con el del Arte grande, para poder enmendar las lecciones con juicio comparativo, incluso la puntuación, simplemente para hacerlo más adecuado a los ideales lingüísticos y ortográficos del propio Correas, que no cumplían a rajatabla sus impresores. Prescinde por tanto Taboada de corregir el texto para unificarlo según los criterios usuales en la época (como la distribución de u y v), pero tampoco moderniza acentuación o puntuación, sino que –siendo extremadamente consecuente con los criterios de la crítica textual– respeta de forma absoluta la intención del autor y su usus scribendi. Curiosamente, mientras que esta edición es reseñada elogiosamente por el mismo Arellano (1987), Pascual (1993: 46-47) rechaza la uniformización de los textos de los siglos XVI y XVII según las preferencias gráficas de un escritor deducibles a partir de los manuscritos autógrafos, del usus scribendi, pues. La razón que da Pascual de este rechazo parte del hecho de que normalmente los autores confiaban la ortografía de sus impresos al editor, además de que la falta de uniformidad gráfica en los escritores del Siglo de Oro era lo habitual y no se percibía como un defecto. Pascual cita a Correas como excepción de autor preocupado por la ortografía de sus impresos, pero no reflexiona específicamente acerca de cómo editarlo. Otro hito de ortografía idiosincrásica, ya mencionado por Arellano y Cilveti (1992), lo marca el caso de Fernando de Herrera, uno de los pocos ejemplos de in- 10 http://www.unav.es/griso/docs/lineas/normas/principal.html 11 A similares conclusiones llega Jauralde Pou (2007: 654), cuando se plantea la necesidad de respetar las desviaciones personales de los autores respecto a los aspectos rutinarios o automáticos de los textos de una época, como es el caso de las grafías. ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 23 (2009) 117-142 124 Daniel M. Sáez Rivera geniadores de una ortografía idiosincrásica que tuvo cierta continuidad, pues el también poeta y sevillano Francisco de Rioja secundó sus ideales ortográficos, que igualmente habrá que respetar en una edición moderna (como defiende López Bueno 1990). Asimismo parece que las prácticas ortográficas de Herrera influyeron en el Libro de descripciones de verdaderos Retratos de Ilustres i memorables varones (Sevilla, 1599) de Francisco Pacheco, según Esteve Serrano (1980: 37). En todo caso, la reforma ortográfica de Herrera no es teórica sino práctica, aplicada a sus Anotaciones a Garcilasso de la Vega (Sevilla, Alonso de Barrera, 1580)12. Sus rasgos más característicos según Esteve Serrano (1980: 37) son el empleo del apóstrofo (“muchos l’an reducido”), a la manera italiana; la sustitución de quapor cua- (“cuando, cuales”), que la RAE no suscribe hasta su Ortografía de 1815; escritura de i/j sin el punto superior; y el empleo sistemático de la grafía h sólo cuando procede de f-, pero no cuando ya se empleaba h en latín, de modo que Herrera escribe umano, istoria, avia, ermanos, eroicos, ombre.13 Dos hitos más de ortografía idiosincrásica y su edición me gustaría considerar ahora, uno en el siglo XIX y otro en el XX, antes de pasar al análisis del caso de Marcos Fernández. Volvamos así un momento al maestro venezolano de la gramática española, Andrés Bello, del cual ya hemos comentado su afán reformador en ortografía, que además contó con cierto eco. Extraña por ello ciertamente que Ramón Trujillo (1981, 1988), en sus ediciones de la Gramática castellana para el uso de los americanos (la primera de ellas incluso autodenominada crítica), haya decidido modernizar absolutamente las grafías, despreciando la ortografía original como de “escaso interés”, en aras de facilitar la lectura14. Aunque ciertamente la ortografía de los impresores de las ediciones originales no seguía completamente la doctrina de Bello, sí coincidía a grandes rasgos con los usos del propio maestro (conforme explica el mismo Trujillo 1981: 41), por lo que tal decisión editorial no es la más acertada en el caso de un autor tan preocupado por la ortografía (cf. Esteve Serrano 1980, Rosenblat 1951). No obstante, dicha modernización ortográfica, que facilita la lectura del texto y la acerca al lector moderno, resulta coherente con la lógica conside- 12 Madrid BN R-30901. Un sistema similar consiguió Herrera que se le respetara en Algunas obras de Fernando de Herrera (Sevilla: Andrea Pescioni, 1582) [Madrid, BNE, sign. R/910] y aún póstumamente casi al completo (se prescinde de i/j sin punto) en sus Versos (Sevilla: Gabriel Ramos Vejarano, 1619) [Madrid, BNE, sign. R/657]. El editor crítico de Herrera, José Manuel Blecua, mantiene en su edición los usos ortográficos del poeta, como es lógico, menos la supresión del punto superior de i/j “porque una tradición de siglos ha creado un hábito” (Blecua 1975: 62). 13 La propuesta de Herrera al completo se puede examinar en Macrí (1972: 432-471). 14 He aquí el texto completo (Trujillo 1981: 119; 1988: 147): “Se usará en esta edición la ortografía actual, universalmente reconocida y aceptada. En general, omitimos cualquier referencia a las peculiaridades ortográficas de los textos originales consultados, ya que es éste un extremo de escaso interés, cuyo tratamiento, a lo sumo, entorpecería la lectura normal del libro.” ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 23 (2009) 117-142 La edición de textos con ortografía idiosincrásica 125 ración de Trujillo acerca de la gramática de Bello como un libro “vivo” cuya lectura resulta provechosa aún ahora para el conocimiento de la lengua española actual. En fin, el último hito que debemos considerar es el de Juan Ramón Jiménez, postrero seguidor de las tendencias reformistas y simplificadoras de la ortografía del siglo XIX (Esteve Serrano 1980: 82-90, 103-105), por lo que entronca inevitablemente con las propuestas de Bello. El mismo poeta moguereño publicó unas líneas tratando de justificar su peculiar ortografía, en un artículo publicado en la revista Universidad de Puerto Rico, en 1953 (Jiménez 1975: 189): Se me pide que escriba algo en “Universidad” sobre mis ideas ortográficas; o, mejor dicho, se me pide que esplique por qué escribo yo con jota las palabras en ge, gi; por qué suprimo las b, las p, etc., en palabras como oscuro, setiembre, etc.; por qué uso s en vez de x en palabras como escelentísimo, etc.15 Las razones o “sensateces” que aduce nuestro premio Nobel son en gran parte las habituales (Jiménez 1975: 189-191): amor por la sencillez, acuerdo con el “escribo como hablo” (en el caso de Juan Ramón tanto retórico como ortográfico), rechazo de la pedantería. Pero Juan Ramón también confiesa otras causas menos racionales, como su familiarización temprana, incluso infantil, con obras impresas en ortografía simplificada16 en la que el mismo poeta aprendió a escribir, costumbre íntima que ya le resultó imposible desarraigar, a lo que se añaden otras justificaciones, como cierto egocentrismo (confiesa Juan Ramón que su gusto por la j coincide con el hecho de que se llama “Juan Jiménez”) o la simple testarudez y el capricho de ir en contra de la Academia. Dada la profunda voluntad de estilo con la que Juan Ramón escribía e imprimía su Obra, normalmente se respeta al editarlo su peculiar ortografía17. Sin embargo, al editar a Juan Ramón existe un leve problema debido a una leve inconsecuencia en su disertación –algo burlona– sobre su propia ortografía: aunque dice haberla aprendido de niño, en realidad no la empezó a aplicar a su obra hasta la época de las Pájinas escojidas (1917) o de Eternidades (1917-1917), ante lo que caben dos posibilidades editoriales: 15 Los “etc.” del poeta incluyen la reducción de s + c a c, o sea consciente > conciente, debido al seseo o ceceo andaluz, o la supresión de h en la exclamación oh (cf. Marcos Marín 1986: 226). Es también característica de Juan Ramón la supresión de -j, que le lleva a escribir reló por reloj (Jauralde Pou 2007: 655). 16 Marcos Marín (1986: 226-227) da cuenta con más detalle de una de las fuentes ortográficas confesadas por Juan Ramón, el Diccionario enciclopédico de la lengua española, 2 vols., Madrid, Biblioteca Ilustrada de Gaspar y Roig, 1853, cuyas pautas (más bien prácticas) de reforma ortográfica son levemente más tibias que las del poeta onubense. 17 Existen aparte otros problemas en la edición de su obra, como es el hecho de que reelaborara, “reviviera” constantemente sus textos, así como la falta de acopio de todos sus materiales y por ello la inexistencia de una auténtica y general edición crítica: ver al respecto Hernández Alonso (1985) y Blasco y Gómez Trueba (eds.) (2005). ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 23 (2009) 117-142 132 Daniel M. Sáez Rivera mos hemos editado también el último capítulo, pero al completo, en el marco de los Textos recuperados de los Anales Cervantinos (Sáez Rivera 2008b). La edición de Arellano (2005: 967-969) se inserta dentro de la sección “Silva de varia de lección quijotesca[:] antología de textos”, del número de Príncipe de Viana suscitado por el Centenario del Quijote. Conforme se plasma en la nota de presentación de la antología, las metas de los editores son modestas: ofrecer meramente una selección de textos de imitación quijotesca para deleite de los lectores (p. 815)25. No es de extrañar, pues, que tenga cierto aire de esbozo la edición parcial que hace Arellano de las páginas 253 a 260 del “Capítulo i esplicación de la palabra Idalgo o Idalga” (Fernández 1655: 232-282). Tras una somera introducción no muy condescendiente con la Olla, que tilda Arellano (2005: 967) de “libro muy malo”, se ofrecen una serie de extractos de las páginas señaladas de la obra (las abundantes omisiones se indican con “[…]”; se emplean corchetes también para otras intervenciones del editor), con unas buenas notas léxicas y literarias. No se exponen criterios de edición, pero sorprende que –al contrario de lo que el mismo Arellano defendía en otros lugares– se corrija el texto sin advertencia y se lleve a cabo una sostenida modernización de un texto con ortografía idiosincrásica, tanto en las grafías como en la acentuación y la puntuación. Además, esa modernización es, en al menos una ocasión, apresurada, pues se corrige “cabrestreândo” (Fernández 1655: 252) en “cabestreando” (Arellano 2005: 967)26, sin señalar la corrección en nota y sin tener en cuenta otros textos paralelos de la misma obra que indican similar vacilación en la misma palabra (“cabresteando”, p. 271; “cabrestearle”, p. 274). La solución que preferimos sería dejar la lección original o, como mucho, corregirla en “cabresteândo”, pero no modernizarla. Más acertada, en cambio, aunque tampoco advertida, es la corrección de “mazcan” (Fernández 1655: 256) en “mascan” (Arellano 2005: 968), que hemos adoptado, con lo que se deja más claro el jugar del vocablo en el texto original: “Vino Bárbula de Repollo, medio comadre, i me- [p. 255] dio sastra, la mejor camisonera de todo el lugar, porque ella me îço este camisón con dientes, i no mascan [p. 256].” Problemas textuales de más enjundia produce el protagonista del capítulo, un tal Toncho Panza, de la misma estirpe de Sancho Panza. Parece ser que los editores 25 “Recoger opiniones, juicios, recreaciones y reescrituras del Quijote sería una tarea inacabable que en ningún momento nos hemos propuesto. Vana crítica sería señalar lo que en estas páginas falta y sería imprescindible. De antemano nos adelantamos a confesar esta característica. Lo único que hemos querido es agavillar una serie de textos que nos han parecido curiosos o dignos de recordación, y que a la vez pudieran ofrecer al lector un rato de eutrapélica lectura, en homenaje a Cervantes y en la coyuntura del Centenario del Quijote.” 26 Definido en el DRAE (2001, s. v. cabestrear) como “Dicho de una bestia: Seguir sin resistencia a quien la lleva del cabestro”. ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 23 (2009) 117-142 La edición de textos con ortografía idiosincrásica 133 están confundidos levemente con su nombre, que no es “Tocho”, como escribe y edita repetidamente Arellano (2005), que considera al personaje “hijo de Sancho Panza”, ni “Troncho Panza, hijo o nieto del personaje cervantino” (Vaíllo 2006: 160). En la Olla podrida aparece siempre e inequívocamente como “Toncho”, por lo que así habrá que editarlo. Más dudas puede suscitar cuál es el parentesco del tal Toncho con el personaje cervantino de igual apellido. Veamos el problema exponiendo los loci del texto que nos pueden dar pistas acerca de la genealogía tonchesca, según el impreso original, aunque también los incluye Arellano en su edición (énfasis nuestro): 1) [Habla Toncho al rey Teseo:] “beso las patas de vuestra gran reguilencia, i Magistral; pido perdon para âbrar. Ablad en ora buena dixo el Rei: yo no soi espiga, ni de trigo, ni de centeno, ni aun de cevada, que si eso fuera, ya mi rucio me uviera comido, pero soi Toncho Pança, îjo de Sancho Pança, escudero terrible, del mas terrible cavaallero, llamado Don Quijote de la Mancha, desfacedor de tuertos, i de- [p. 254] rechos; cuyos fechos, i façanas suenan por todo el mundo, tanto como la campana de mi lugar; este rucio Señor, lo quiero mucho, tanto que los dos no somos tres, si no uno, es îjo del îjo del rucio de Sancho Pança mi abolengo, el primero que nos dexo la nobreça governadora en nuestra casa, i parentela; aqui traigo la fe del dia que el rucio nacio, que tambien es la mia, i tan amiada, que no ai gato que mas mie; por estar la cocina, i el estabro tan juntos, que la borrica madre de mi rucio, podia dar la mano ami madre, i mi madre a su madre; la mia començo aînprar, i a gritar; diole tanta pena a la borrica madre de mi rucio, que tambien ella començo aînprar. [p. 255]” 2) “Señor Roque, ô Rei: crecimos los dos, que estamos presentes, êrmanadamente; venimos a buscar la Isla Barataria; i ami aguelo: topeme con estos abareadores, que no comen sino alfeñicos; no [p. 260] me quieren dexar: suprico a vuestra magistral, que me parece es cavallero andante, me libre con su lança destos malandrines, que yo sere su escudero, i mi rucio gran camarada de su rocinante.[p. 261]” Aunque la primera vez se califique a Toncho de hijo de Sancho, después se habla del escudero del Quijote como de “abolengo” (‘ascendencia de abuelos o antepasados’, cf. DRAE 2001, s. v.), que implica sucesión de generaciones, al menos más de una, y el propio Toncho lo llama después “mi aguelo” (agüelo, ‘abuelo’). Ello me lleva a pensar que la primera mención del parentesco de Toncho es un error de impresión, una haplología relacionada con el mismo rucio que el propio Toncho considera su hermano, y que es “îjo del îjo del rucio de Sancho Pança”. Sin embargo, este mismo rucio nos da la pista de la corrección debida: lo que realmente quería decir Fernández era que Toncho era “îjo [del îjo] de Sancho Pança”, con lo que se marca además más claramente la igualdad entre hombre y burro, y así habría que editarlo, marcando claramente la corrección y respetando el usus scribendi del autor. Un escollo a esta corrección podría ser la diferente esperanza de vida en seres humanos y en asnos (unos 25 años para estos últimos), que quizá con- ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 23 (2009) 117-142 134 Daniel M. Sáez Rivera fundió al cajista, pero creo que aquí pesa más la necesidad retórica de establecer paralelos entre hombre y bestia, constante en el texto. En cuanto a la edición en curso de Vaíllo, que señala que las notas que publica son una anticipación de la edición del texto, “en fase avanzada de elaboración” (Vaíllo 2006: 151), no explica todavía los criterios editoriales que va a seguir, aunque en nota a la presentación de la Instruction espagnole accentuée comenta lo siguiente: “Las reformas ortográficas son de poca monta y algo extravagantes, pero me han decidido a mantener sin modernizar las citas de su Olla podrida, en donde dice que las aplica” (Vaíllo 2006: 153, n. 5). Ello nos da la pista de que ha decidido conservar las grafías del texto base, decisión acertada al enfrentarse a un texto con ortografía idiosincrásica, en el cual lo accidental que pueda resultar la grafía torna sustancial, según la terminología de la crítica textual anglosajona (Greg 1950- 1951: 22). Por las citas que efectivamente hace, podemos añadir que además se dedica a modernizar la puntuación, otro acierto que secundamos y que justificaremos en seguida. Con la experiencia de mi propia edición parcial, y a la vista de todo lo presentado, conviene plantearnos algunos problemas acerca de la Olla podrida. Así, al tratarse de un texto con ortografía idiosincrásica, lo más conveniente sería hacer una edición más bien conservadora, dado que la voluntad del autor era emplear unos usos gráficos, pero ¿qué se ha de conservar?, ¿todo o sólo una parte del sistema gráfico (grafías, acentuación, puntuación, separación de palabras)? Un problema adyacente lo ofrece el del control editorial que pudo realizar Fernández de la obra: la impresión de la Olla es muy modesta y levemente de tapadillo (con pie de imprenta falseado, pues se publicó en Amsterdam y no en Amberes, según ha aclarado Vaíllo 2006: 153-154), y por el cotejo que realizamos en otro momento (Sáez Rivera 2005) parece ser que los deseos ortográficos de Fernández, esto es, la manera en que sus usos prescritos se imprimen en forma de usos escritos (Girón Alconchel 1996), se cumplen más a rajatabla en su Instruction espagnole accentuée que en la Olla podrida, que presenta un sistema levemente simplificado, por ejemplo en la acentuación gráfica (en la Instruction se procura tildar toda palabra). ¿Debemos corregir la Olla podrida conforme se preceptúa en la Instruction o conservamos sus propias vacilaciones? Otro factor que conviene considerar es el del público, fundamental a la hora de preparar la edición de un solo texto, que será distinto si nos dirigimos a especialistas (edición hipercientífica), legos (divulgación) o estudiosos en general y estudiantes, típico de las colecciones al uso de textos clásicos en el ámbito universitario (Cañedo y Arellano 1987: 345). Esta división coincide parcialmente con los tipos de edición reseñados por Barroso Castro y Sánchez de Bustos (1993: 163): la edición paleográfica (preferida por especialistas, aunque los avances técnicos permiten mejor la reproducción facsimilar), la edición divulgativa (de modernización ab- ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 23 (2009) 117-142 La edición de textos con ortografía idiosincrásica 135 soluta) y la edición filológica o interpretativa (sea crítica, si se quiere reconstruir el original del autor a partir de varios testimonios, o de un solo testimonio). Estos tipos de edición también nos llevan a preguntarnos cómo debería ser la anotación en cuanto a variantes, notas lingüísticas e histórico-literarias. Una vez planteados los interrogantes que nos produce el texto, que están todos interrelacionados, habrá que intentar hallar una solución igualmente conjunta. Así, dado que no hay diferentes testimonios ni estados, podemos partir en la edición de un texto base (en nuestro caso el más a mano de Madrid, BNE, sign. R- 7548). Las leves correcciones textuales que habrá que efectuar (erratas y errores de impresión, que evidentemente no deseaba el autor), ya que no son muy cuantiosas, se pueden indicar a pie de página con una llamada en el texto, a ser posible con aparato positivo, por ejemplo: “esplicaciones ] esplicaiones impr. (= en el impreso original)”; conviene desarrollar las abreviaturas en cursiva, un sistema que permite detectarlas pero a la vez no estorba la lectura27. En el mismo pie de página se pueden insertar las notas de lengua, sobre todo léxicas28, y literarias, así como especialmente históricas, de gran importancia en un texto que, como buena sátira menipea que es, realiza un comentario crítico-burlesco de las circunstancias políticas de la época (por ejemplo, en el capítulo primero se narra y comenta la misma Paz de Westfalia, el Congreso de Münster de 1648). En este caso tenemos la desventaja (o no) de que apenas existe tradición anotadora en el texto que nos pudiera ayudar (apenas Arellano 2005 y lo apuntado en Vaíllo 2006), por lo que hay que partir casi de cero, con el trabajo que ello conlleva. En cuanto a los usos gráficos, propongo un término medio de intervención en el texto en el caso de la Olla, con el deseo de llegar al público más amplio de filólogos especialistas o en formación, de inclinación más lingüística o más literaria, aunque con el peligro de que al querer contentar a todo el mundo no se logre contentar a nadie. Dado el empeño ortográfico de Fernández, hay que mantener sus usos de ortografía de las letras, conservando incluso las propias vacilaciones gráfi- 27 Otros empleos de la cursiva pueden servir para marcar los latinismos (“ergo, ergo”), como a veces hace el mismo Fernández (“ergo” Fernández 1655: 184), y las deformaciones de latinismos (frosantorum o santarorum), así como los refranes (como por ejemplo De atrás le viene al galgo ser rabilargo), diacrisis tipográfica que no estaba en el original, pero que en cambio se puede respetar cuando sí lo estaba en el ejemplar trabajado, así en el título del capítulo. 28 Para ello, aparte de diccionarios generales varios, desde Autoridades a la última edición del DRAE o del María Moliner, se deben y pueden emplear otros diccionarios especializados en léxico marginal o refranes. El procedimiento de acudir a textos paralelos que recomienda Arellano (1991: 584) está facilitado en la actualidad por la existencia de los grandes corpus lingüísticos en red (como el de CORDE o el de Mark Davies) que, con los defectos que tienen, ayudan a comprobar hipótesis de significado y la precisión de las definiciones de los diccionarios que se consulten. No obstante, dado su fácil acceso en la actualidad informática no resulta conveniente multiplicar innecesariamente en nota las citas de tales textos paralelos. ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 23 (2009) 117-142 136 Daniel M. Sáez Rivera cas (por ejemplo en b/v, o sobre todo la vacilación de átonas) que aunque inconscientes o involuntarias son también propias del autor, que probablemente pudo corregir el texto, al igual que había hecho con la Instruction espagnole, aunque sin el mismo tiempo y acierto, mayor en la corrección de la gramática. Tratar de regularizar las grafías según sus propias ideas, que a veces no son del todo explícitas, puede resultar quizá demasiado arriesgado y no refleja la irregularidad gráfica propia de la época, en lo que estamos de acuerdo con Pascual (1993). En cuanto a las mayúsculas, empleo caja alta a comienzo de oración y respeto los usos del original, excepto cuando se señale en nota. En cambio, para facilitar la lectura he regularizado la separación de palabras con respecto a los usos actuales, excepto en algunos casos de especial importancia (“San Tiago”, “vuesamerced” / “vuesa merced”). Asimismo, he suprimido los guiones de final de renglón originales, excepto cuando la separación se produce al final de página, lugar en que inserto entre corchetes el número de página que corresponde al texto previo; de igual modo he empleado los corchetes para adiciones de palabras. Igualmente conviene mantener el peculiar sistema de Fernández en la acentuación gráfica, en especial el acento circunflejo. Ahora bien, para facilitar la lectura del texto, creo conveniente insertar tildes superpuestas al propio sistema de Fernández, que tilda con “acento agudo” algunas palabras susceptibles de ambigüedad, sobre todo pretéritos indefinidos (“Replicó”, p. 242), a veces sin posible confusión posible con el presente (“respondió”, p. 258, 262). Para discernir unos usos de los otros, se advierte en nota cuándo el acento gráfico está en el original impreso. Respecto a la puntuación, aunque se ha avanzado mucho en la comprensión de los sistemas de puntuación del Siglo de Oro (cf. Santiago 1998, Sebastián Mediavilla 2002, 2007), su lectura resulta muy trabajosa y a veces confusa, sobre todo cuando se insertan parlamentos de personajes, ya que el sistema esbozado por Fernández y empleado en los impresos resulta incompleto, sin comillas ni rayas que señalen y compartimenten las distintas intervenciones dialogales. Coincidimos además en este aspecto con el bando de los modernizadores: el editor no puede inhibirse críticamente y, para ayudar al lector, debe plantear una hipótesis de puntuación que lo es al mismo tiempo de interpretación. Subrayemos el hecho de que se trata de una hipótesis, de modo que la puntuación propuesta siempre puede y debe ser sujeta a crítica. Lo ideal al respecto sería dar constancia de las variaciones de puntuación en el aparato crítico, que en el caso de la edición realizada desborda el marco de la edición parcial de textos en revistas, y en todo caso creo que recargaría demasiado el aparato crítico. Lo más cómodo en este caso sería acudir al impreso original, o a una reproducción facsimilar, en el caso de la edición en libro, que sería deseable que acompañara a la edición textual. ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 23 (2009) 117-142 La edición de textos con ortografía idiosincrásica 137 Por todo ello, recomendamos –y así lo practicamos– puntuar el texto según criterios modernos en el uso de coma, punto, punto y coma, saltos de párrafo (prácticamente ausentes en el impreso). No obstante, cuando es posible se puede procurar mantener en la medida de la posible la puntuación entrecortada del texto, muy abundante en comas. Asimismo, resulta aconsejable insertar apóstrofo en las aglutinaciones de preposición con demostrativos y pronombres (del tipo “del” por “d’él” o “deste” por “d’este”), y ya hemos señalado la necesidad acuciante de añadir rayas de diálogo y comillas, a lo que podemos añadir el paréntesis, que podemos aprovechar (unido al añadido de una línea en blanco) para marcar un largo paréntesis retórico que inserta Fernández entre las páginas 235-244, reflejo de la especial textualidad barroca de esa obra miscelánea que es la Olla podrida, cuyas reglas de cohesión y coherencia textuales parecen más laxas que las actuales, o simplemente son algo distintas. Creo que resulta lícito insertar al paréntesis porque, aunque Fernández no lo marca gráficamente, sí lo hace metatextualmente, pues –al final de tal inserto– comenta lo siguiente (proporciono el texto ya con los criterios de edición expuestos): Aunque el relleno d’este capítulo le parezca grande, Señor letor, por venir la pelota a la mano, no pude dexar de bolverla, pues no mudé materia, solo tomé aliento, para que mi péndola pueda linear el camino, i jornada, de nuestro mayordomo general, el qual con sus soldados, ô rebaño de bestias, ô dançapaloteado, se âllaron con ocho días de jornada a cuestas, i con sobra- [p. 244] da flaqueça, por averse acavado la munición de alforxa. [p. 245] En resumen, la propuesta que hago en concreto (y que he realizado para una parte de la Olla, aunque me gustaría continuar con el resto del texto) busca el logro de un texto suficientemente legible para el lector actual, pero que por otro lado mantenga cierto extrañamiento gráfico que recuerde al mismo lector el hecho de que se enfrenta a un texto ajeno a su tiempo con una ortografía, una lengua y una textualidad con las que no está del todo familiarizado y que creemos que el propio autor quería extrañar. Similares criterios se podrían aplicar al resto de la obra de Fernández, pero dejamos su discusión detallada para otro tiempo y momento, ya que por ejemplo la Instruction espagnole accentuée (1647) o los Dialogues plantean problemas adicionales. En el primer caso nos enfrentamos a un texto con metalenguaje en francés y ejemplos en español, así como con una compleja factura editorial (combinación de texto a una y varias columnas), y en el caso de los coloquios a un texto multilingüe en diversas columnas y en distintas combinaciones lingüísticas con diversas ediciones en las que existen algunas variantes, especialmente gráficas (por ejemplo, en una edición de 1659 de los diálogos, publicada en Estrasburgo, fuera del control de Fernández, se multiplican las traiciones a su peculiar sistema gráfico). ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 23 (2009) 117-142 138 Daniel M. Sáez Rivera 5. CONCLUSIÓN Cada texto plantea sus problemas y su modo de edición, pero hay que tener siempre el cuidado y la preocupación de ser consciente de ellos. No se puede obviar el problema de la ortografía idiosincrásica, que las más de las veces habrá que solucionar con un criterio conservador, en mayor o menor medida. En todo caso, más allá de toda teorización, lo importante es editar, todo texto, pero en especial los que no poseen reedición moderna. Se elijan unos criterios u otros, mientras se expliquen claramente en la introducción y se deje huella siempre de toda intervención realizada en el texto, menos importantes serán las decisiones editoriales como la posibilidad de reconstruir el texto original. REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS FUENTES PRIMARIAS: OBRA DE MARCOS FERNÁNDEZ M. Fernández, Instruction espagnole accentuée, Colonia, Por Andrea Bingio, 1647 [París, BnF, sign. X-2672] –––––, Olla podrida a la española, Amberes [=Amsterdam], Felipe van Eyck, 1655 [Madrid, BNE, sign. R-7548] Ph. Garnier, M. Fernández y L. Donati (1656): Dialogues en quatre langues: française, espagnole, italienne, et allemande. A Amsterdam. Chez Louys & Daniel Elzevir [París, BnF, sign. París, BN X-25482] Ph. Garnier, [M. Fernández, L. Donati], y Ph. Fabri [ed.] (1659): Dialogues en cinq langues Espagnolle, Italienne, Latine, Françoise, & Allemande. A Strasbourg. Chez les Heritiers de Feu Eberard Zertzner [París, BnF, sign. X-14784] FUENTES SECUNDARIAS A. Alonso, “Formación del timbre ciceante en la c, z española”, Nueva Revista de Filología Hispánica, V: 3 (1951), pp. 121-172, 263-312. –––––, De la pronunciación medieval a la moderna, II, Madrid, Gredos, 1988. I. Arellano, “[Reseña:] Gonzalo CORREAS, Arte Kastellana (1627). Introducción, edición y notas por Manual Taboada Cid. Santiago de Compostela, Universidad de Santiago de Compostela, 1984, 242 p.”, Criticón, 38 (1987), pp. 134- 137. –––––, “Edición crítica y anotación filológica en textos del Siglo de Oro. Notas muy sueltas”, en I. Arellano y J. Cañedo (eds.), Crítica textual y anotación filológica en obras del Siglo de Oro, Madrid, Castalia, 1991, pp. 562-586. –––––, “Marcos Fernández[:] Olla podrida a la española”, Príncipe de Viana, 236 (2005), pp. 967-968. M. Bareau, “Notes biographiques sur Carlos García”, Bulletin Hispanique LXXIX:1/2 (1977), pp. 155-176. ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 23 (2009) 117-142 La edición de textos con ortografía idiosincrásica 139 J. Barroso Castro y J. Sánchez de Bustos, “Propuestas de transcripción para textos del XV y Siglos de Oro”, en M. García Martín (ed.), Estado actual de los estudios sobre el Siglo de Oro, Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca, 1993, pp. 161-178. A. Bello (1981)[1.ª ed.: 1847], Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos (ed. de Ramón Trujillo). Santa Cruz de Tenerife: Instituto Universitario de Lingüística Andrés Bello, Cabildo Insular de Tenerife, 1981[1.ª ed. 1847]. –––––, Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos con las notas de Rufino José Cuervo (ed. de Ramón Trujillo), 2 vols.. Madrid: Arco/Libros, 1988 [1.ª ed.: 1847]. P. Calderón de la Barca, El divino Jasón (ed. de I. Arellano y Á. L. Cilveti), Pamplona/Kassel, Universidad de Navarra/Edition Reichenberger, 1992. R. Cano Aguilar, “Cambios en la fonología del español durante los siglos XVI y XVII”, R. Cano (coord.), Historia de la lengua española, Barcelona, Ariel, 2004, pp. 825-857. J. Cañedo, e I. Arellano, “Observaciones provisionales sobre la edición y anotación de textos del Siglo de Oro”, J. Cañedo e I. Arellano (eds.), Edición y anotación de textos del Siglo de Oro, Pamplona, EUNSA, 1987, pp. 339-355. S. Collet-Sedola, “Gramáticos y gramáticas: España en Francia (1600-1650)”, Ignacio Arellano et al., Studia Aurea. Actas del III Congreso de la AISO (Toulouse, 1993). I. Logroño: GRISO-LEMSO, 1996, pp. 161-168. G. de Correas, Arte grande de la lengua castellana (ed. del Conde de la Viñaza), Madrid, [s.e.], 1903[1626] [apud J. J. Gómez Asencio (ed.), Antiguas gramáticas del castellano, Madrid, Fundación Histórica Tavera, 2001, CD-ROM]. –––––, Arte kastellana (1627) (introducción, edición y notas por M. Taboada Cid), Santiago de Compostela: Universidad, Secretariado de Publicaciones de la Universidad, 1984. –––––, Ortografia kastellana: nueva i perfeta, Salamanca, Xazinto Tabernier, 1630 [apud M.ª José Martínez Alcalde (comp.), Textos clásicos sobre la Historia de la Ortografía Castellana, Madrid, Fundación Histórica Tavera, 1999, CDROM]. James O. Crosby, “Una transcripción de los manuscritos de los Sueños de Quevedo”, I. Arellano y J. Cañedo (eds.), Crítica textual y anotación filológica en obras del Siglo de Oro, Madrid, Castalia, 1991, pp. 135-141. Esteve Serrano, Abraham (1982): Estudios de teoría ortográfica del español, Murcia, Universidad de Murcia. J. L. Girón Alconchel, “Las gramáticas del español y el español de las gramáticas en el Siglo de Oro”, BRAE, LXXV (1996), pp. 285-308. ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 23 (2009) 117-142 140 Daniel M. Sáez Rivera W. W. Greg, “The Rationale of Copy-Text”, Studies in Bibliography 3 (1950-1951), pp. 20-37 <http://etext.lib.virginia.edu/bsuva/sb> J. W. Harris, La estructura silábica y el acento en español. Madrid, Visor, 1991. E. Haugen,: “Lingüística y planificación idiomática”, Paul L. Garvin y Yolanda Lastra de Suárez (eds.), Antología de estudios de etnolingüística y sociolingüística, México, UNAM, 1974, pp. 278-302. S. Hernández Alonso,: “Por una edición crítica de “la soledad sonora” de Juan Ramón Jiménez”, Revista de Literatura, 47: 93 (1985), pp. 55-76. F. de Herrera, Obra poética (ed. crítica de José Manuel Blecua), Madrid, Anejos del BRAE, 1975. L. Iglesias Feijoo, “La contribución de Jáuregui en las justas poéticas del Colegio Imperial por la canonización de San Ignacio y San Francisco Javier (con algunas notas sobre la edición crítica de textos clásicos”, en Serta Philologica. Fernando Lázaro Carreter, II, Madrid, Cátedra, 1983, pp. 259-274. –––––, “Modernización frente a “old spelling” en la edición de textos clásicos”, P. Jauralde, D. Noguera y A. Rey (eds.), La edición de textos. Actas del I Congreso Internacional de Hispanistas del Siglo de Oro, London, Tamesis, 1990, pp. 237-244. P. Jauralde Pou, Manuel de investigación literaria, Madrid, Gredos, 1981. –––––, “Editores, ortógrafos, lectores: los clásicos”, I. Delgado Cobos y A. Puigvert Ocal (eds.), Homenaje a Ramón Santiago, vol. II, Madrid, Ediciones del Orto, 2007, pp. 647-677. J. R. Jiménez, “Mis ideas ortográficas”, en Crítica paralela (ed. de Arturo del Villar), Madrid, Narcea, 1975, pp.189-191. –––––, Obra poética (ed. de J. Blasco y T. Gómez Trueba), 2 vols., Pozuelo de Alarcón (Madrid), Espasa-Calpe/Fundación Jorge Guillén, 2005. B. Jiménez Patón, Epítome de la ortografía latina y castellana, Baeza, Pedro de la Cuesta, 1614 [apud M.ª José Martínez Alcalde, comp., Textos clásicos sobre la Historia de la Ortografía Castellana, Madrid, Fundación Histórica Tavera, 1999, CD-ROM]. J. López Barrera, “Libros raros y curiosos. Literatura francesa hispanófoba en los siglos XVI y XVII”, Boletín de la Biblioteca Menéndez y Pelayo, VII (1925), pp. 379-395. B. López Bueno, “Sobre la práctica de edición de textos poéticos. Dos casos diversos: Gutierre de Cetina y Francisco de Rioja”, P. Jauralde, D. Noguera y A. Rey (eds.), La edición de textos. Actas del I Congreso Internacional de Hispanistas del Siglo de Oro, London, 1990, pp. 295-302. O. Macrí, Fernando de Herrera, Madrid, Gredos, 1972. Fr. Marcos Marín, “La fuente ortográfica de Juan Ramón Jiménez”, LEA, 8:2 (1986), pp. 219-228. ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 23 (2009) 117-142 La edición de textos con ortografía idiosincrásica 141 J. Martínez de Sousa, Diccionario de ortografía de la lengua española, Madrid, Paraninfo, 1995. A. Morel-Fatio, Ambrosio de Salazar et l’étude de l’espagnol en France sous Louis XIII, Paris, Alphonse Picard et fils (Bibliothèque espagnole I), 1901. T. Navarro Tomás, Manual de pronunciación del español (26ª ed.), Madrid, CSIC, 1996. H.-J. Niederehe, Bibliografía cronológica de la lingüística, la gramática y la lexicografía del español (BICRES II). Desde el año 1601 hasta el año 1700, Amsterdam y Filadelfia, John Benjamins Publishing Company, 1999. J. A. Pascual, “La edición crítica de los textos del Siglo de Oro: de nuevo sobre su modernización gráfica”, en M. García Martín (ed.), Estado actual de los estudios sobre el Siglo de Oro, Salamanca, Universidad de Salamanca, 1993, pp. 37-57. J. M. Pelorson, “Le docteur Carlos García et la colonie hispano-portugaise de Paris (1613-1619)”, Bulletin Hispanique, LXXI/3-4 (1969), pp. 518-576. RAE, Diccionario de la lengua española, Madrid, Espasa-Calpe, 2001 [= DRAE]. Fr. Rico, “Nota preliminar sobre la grafía del texto crítico”, C. Saralegui Platero y M. Casado Velarde (eds.), Pulchre, bene, recte: estudios en homenaje al prof. Fernando González Ollé, Pamplona, EUNSA, 2002, pp. 1147-1159. Á. Rosenblat, Ángel, “Las ideas ortográficas de Bello”, en A. Bello, Obras completas: estudios gramaticales, vol. V, Caracas, Ministerio de Educación, 1951, pp. IXXCCCVIII. D. M. Sáez Rivera, “La Olla podrida a la española (1655) o los presuntos entretenimientos de un maestro de lenguas del siglo XVII”, M.ª C. Cazorla Vivas et al. (coords.), Estudios de historia de la lengua e historiografía lingüística: Actas del III Congreso Nacional de la AJIHLE (Jaén, 27, 28 y 29 de marzo de 2003), Madrid, AJIHLE, 2005, pp. 457-467. ––––––, La lengua de las gramáticas y métodos de español como lengua extranjera en Europa (1640-1726), Madrid, UCM, 2008 <http://www.ucm.es/BUCM/tesis/fll/ucm-t30253.pdf> ––––––, “Marcos Fernández: “Capítulo y explicación de la palabra hidalgo o hidalga”, en Olla podrida a la española… (1655)”, Anales Cervantinos, XL (2008b), 283-310. ––––––, “Un caso de ortografía idiosincrásica: la obra de Marcos Fernández, gramático y ortógrafo del siglo XVII”, X Aniversario de la Asociación de Jóvenes Investigadores de Historiografía e Historia de la Lengua Española (AJIHLE) [en prensa] R. Santiago, “Apuntes para la historia de la puntuación en los siglos XVI y XVII”, J. M. Blecua, J. Gutiérrez Cuadrado y L. Sala (eds.), Estudios de Grafemática en el dominio hispano, Salamanca, Instituto Caro y Cuervo-Universidad de Salamanca, 1998, pp. 243-280. ISSN 1132-0265 Philologia Hispalensis 23 (2009) 117-142