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La comunicación de la ciencia como tarea general del académico: social media, métricas alternativas de impacto y financiación competitiva de la investigación

Arboledas-Lérida, Luis

Abstract

En los últimos tiempos, se ha vivido un crecimiento exponencial de iniciativas en comunicación de la ciencia. Fenómeno éste tanto más significativo habida cuenta de que una de las formas que ha tomado es la mayor involucración de la comunidad académica y científica en la difusión de los resultados de investigación entre los públicos no expertos. Esto supone que científicos y académicos, quienes permanecieron ajenos a las prácticas de la comunicación de la ciencia durante todo el siglo XX, asumen en la actualidad no sólo la función de producir conocimiento científico objetivo, sino también el de su divulgación. En general, la investigación en comunicación de la ciencia ha mostrado una actitud acrítica frente a ambos fenómenos, limitándose a celebrarlos como una ‘conquista cultural’ y como expresión del ‘progreso social’. Sin embargo, es premisa de esta tesis doctoral que tanto el crecimiento actual de la comunicación de la ciencia en cuanto tal, como su generalización como responsabilidad u obligación para los académicos, han de ser problematizados. Esto es, la disertación propone ir a la raíz de la comunicación de la ciencia, y esto supone ir al ser humano en sus relaciones sociales de producción históricamente determinadas. El objetivo general de investigación que se formula, por consiguiente, es el conocer las determinaciones de la relación social de producción capitalista que se realizan en la generalización de la comunicación de la ciencia en tanto que responsabilidad u obligación para los académicos. El capítulo §4 propone dar un primer paso en esta dirección poniendo en relieve dónde reside la especificidad histórica de la comunicación de la ciencia en tanto que práctica social. Esto es, se pretende dilucidar si entre la comunicación de la ciencia y la relación social de producción capitalista existe una conexión esencial o relación inmanente, y cuál es la naturaleza de la misma. Así, el análisis de la comunicación de la ciencia en tanto que práctica social posibilita discernir que la ‘brecha’ entre ciencia y sociedad que se considera como presupuesto de la práctica de la comunicación de la ciencia, tiene por determinación más simple o general la separación entre ciencia y trabajo; separación que, a su vez, se materializa en la polarización creciente de la inteligencia en la producción y en la subsiguiente imposibilidad por parte de la mayoría de la población trabajadora de apropiar el conocimiento científico (‘quintaesencia del trabajo social’, según Marx) de manera no mediada. Por tanto, la comunicación de la ciencia como práctica orientada a mediar la apropiación del conocimiento científico por los públicos no-expertos, tiene su misma necesidad de ser en una determinación esencial de la relación social de producción capitalista. Esto hace de la comunicación de la ciencia un modo de existencia de aquélla, es decir, una práctica social que existe en y por la relación social de producción capitalista y las formas antagónicas de la producción social que ésta trae consigo. Saldada la cuestión respecto de la necesidad genérica que se realiza en la comunicación de la ciencia, el capítulo §5 procede a abordar las determinaciones de la relación social de producción capitalista que se hacen presentes en la comunicación de la ciencia mediante los social media, una de las formas a través de las cuales la comunicación de la ciencia se generaliza como obligación o responsabilidad para los académicos. La investigación así desplegada revela que son las métricas de impacto de la investigación el mecanismo específico a través del cual los académicos toman conciencia de la necesidad de emplear las redes sociales con fines de comunicar sus resultados de investigación. Las métricas de impacto de la investigación presentan, pues, un carácter coactivo. Y éste responde al hecho de sólo a través de las métricas e indicadores de impacto de la investigación (y sus desarrollos más concretos en rankings, tablas de resultados, etcétera) puede la comunidad académica organizar y regular su proceso metabólico; por ende, es sólo mediante las métricas que puede verificarse si el académico o académica individual ha ejecutado un gasto de fuerza de trabajo socialmente útil, esto es, un gasto de fuerza de trabajo que ha contribuido efectivamente a la reproducción de la comunidad académica como un todo. En ese sentido, la aparición y desarrollo de las métricas alternativas de impacto o ‘altmetrics’ han dado un primer impulso a la generalización del uso de los social media con fines comunicativos por parte de los investigadores, pues las ‘altmetrics’ vienen a atestiguar que la reproducción de la comunidad académica involucra crecientemente la divulgación del conocimiento entre los públicos no-expertos, y no sólo su producción. Es el avance de la relación social de producción capitalista y la consiguiente subversión de las relaciones sociales de producción directas entre los académicos, lo que hace que la unidad del proceso de trabajo académico sólo pueda alcanzarse por medio de las métricas de impacto de la investigación. El capítulo §6, por su parte, se ocupa de la comunicación de la ciencia con base en proyectos de investigación. En relación a cómo esta modalidad particular se convierte en una obligación para los académicos, se concluye que la causa reside en la financiación competitiva de proyectos de investigación (CPBF, por sus siglas en inglés) y, más generalmente, en la dependencia económica de las instituciones académicas de la venta de los productos de su trabajo —la compraventa de resultados de investigación se articula principalmente a través del CPBF. En ese sentido, la comunicación de la ciencia con base en proyectos de investigación se revela como una expresión más concreta del proceso de separación de la comunidad académica respecto de las condiciones objetivas de producción; o sea, de la subsunción formal del trabajo académico al capital. La novedad de esta tesis doctoral reside en que es la primera vez que se pone el foco en la especificidad histórica de la comunicación de la ciencia en tanto que práctica social, esto es, nunca antes se había procedido a dilucidar la conexión esencial o relación inmanente entre la comunicación de la ciencia y la relación social de producción capitalista. En inmediata conexión con lo anterior, esta investigación tiene su originalidad en el hecho de que procede a desplegar las determinaciones inmanentes de la comunicación de la ciencia mediante el método dialéctico, o, con más propiedad, el método de la Crítica de la Economía Política. Así que el análisis aquí desarrollado ha de servir como un punto de asidero para ulteriores investigaciones que se propongan abordar la comunicación de la ciencia desde una perspectiva crítica, y supone un primer paso hacia el establecimiento y consolidación de un programa de investigación marxista al interior del campo de estudios en comunicación de la ciencia.

Full text

Tesis doctoral Programa de Doctorado Interuniversitario en Comunicación La Comunicación de la Ciencia como tarea general del académico: Social media, métricas alternativas de impacto y financiación competitiva de la investigación Luis Arboledas-Lérida Director: José Miguel Alcíbar Cuello Facultad de Comunicación Universidad de Sevilla Sevilla, año 2023. Obra publicada bajo licencia Creative Commons CC – BY – NC – SA 4.0 International. Los lectores son libres de utilizar y compartir esta tesis doctoral como o quien mejor les parezca, respetando las condiciones de la licencia. Queda estrictamente prohibido el uso de esta tesis doctoral con fines de valorización del capital. „Ich war, ich bin, ich werde sein!“ Agradecimientos Todo producto del trabajo es siempre resultado del trabajo social. Tal determinación no queda invalidad por el hecho de que un solo nombre (que casualmente resulta ser el de quien escribe estas líneas) aparezca en la portada de esta tesis doctoral. Al contrario: mi rúbrica puede encabezar este trabajo porque muchas otras personas han gastado su fuerza de trabajo en una cierta forma para que yo pueda hacer otro tanto. El desarrollo de esta tesis doctoral es resultado de una actividad colectiva. Desde quienes produjeron el hardware y el software del ordenador en el que escribo, hasta quienes produjeron el café con el que me despabilaba a diario y que me daba energías para enfrentar el vértigo del folio en blanco. Sirvan estas palabras como muestra de mi más sincero agradecimiento a todos aquellos miembros de la clase obrera mundial que, conscientes de ello o no (probablemente, no) han contribuido a que esta tesis doctoral vea la luz. Es teniendo a todos ellos en mente que me he fajado durante meses (¡años!) para poder dar cuenta de la especificidad histórica de la comunicación de la ciencia como práctica social. Sólo confío en que el resultado esté a la altura de su esfuerzo. A la hora de poner nombres y apellidos, no quiero dejar pasar la oportunidad de mostrar mi gratitud hacia José Miguel Alcíbar Cuello, profesor de la Universidad de Sevilla y director de esta tesis doctoral. Al concederme libertad y autonomía para acometer mi investigación, Miguel depositó en mí una confianza que ni yo mismo me hubiese otorgado; y es gracias a esa actitud que los plazos y procedimientos se han cumplido en tiempo y forma. Mención especial he de hacer de Gastón Caligaris, investigador y profesor en la Universidad nacional de Quilmes (Argentina), y supervisor de la estancia que disfruté en su institución entre los meses de abril y julio de 2022. Le agradezco profundamente su disposición a favorable a recibirme en su centro de trabajo y, sobre todo, por la ayuda que me brindó para ‘aterrizar’ en Argentina y poder adaptarme con facilidad al país. También quisiera transmitir mi gratitud a los miembros del Centro de Investigación como Crítica Práctica (CICP) por la cálida acogida que me brindaron, y por el tiempo que dedicaron a discutir algunas de las cuestiones de las que esta tesis doctoral da cuenta, amén de muchas otras. Mención especial merecen en este apartado los compañeros Luisa Iñigo, Fernando Cazón y Alejandro Yacovone, cuya calidad humana hizo pronto de la camaradería, amistad. Los orígenes de esta tesis doctoral, del problema de investigación que se plantea, se remontan a 2018, año en el que tuve la oportunidad de desarrollar una estancia profesional y de investigación en la sede de Bruselas del European Science Communication Institute (ESCI). Agradezco a Elmart Bartlmae, CEO de la organización, y a Alec Walker-Love, representante de ESCI en la capital europea, la oportunidad que me brindaron de conocer de primera mano cómo se hace comunicación de la ciencia puntera. Esta tesis doctoral ha sido posible gracias al contrato de Personal de Investigación en Formación (PIF) concedido por la Universidad de Sevilla en el marco del VI Plan Propio de Investigación y Transferencia, siendo también la Universidad de Sevilla la que sufragó al completo el coste del desplazamiento y desarrollo de la estancia de investigación antemencionada. Me permito cerrar este apartado de agradecimientos mencionando a algunas personas que rara vez los investigadores tomamos en consideración cuando llega el momento de mostrar gratitud, pero sin cuya contribución indirecta la investigación, cualquier investigación, resulta posible. Me refiero a Alexandra Elbakyan, creadora del portal Sci-Hub, espiada por el FBI, condenada a pagar 15 millones de dólares a Elsevier y en litigios con otros gigantes de la edición científica en la actualidad; y a Anton Napolsky y Valeriia Ermakova, recientemente detenidos por ser los líderes del portal de descarga de libros Z-Library. Todas las personas e instituciones mencionadas, y aun las que quedan sin mencionar, deben de recibir su debida parte de los méritos que esta tesis doctoral presente. Sus deficiencias, en cambio, quedan del lado del autor y son estricta responsabilidad del mismo. Índice de contenidos 1. Introduction 6 2. Objetivos 17 3. Metodología 20 4. El carácter intrínsecamente capitalista de la comunicación de la ciencia 36 5. Redes sociales, altmetrics, y la 'desintermediación de la comunicación de la ciencia' 94 6. Comunicación de la ciencia con base en proyectos de investigación 152 7. Conclusions 183 Tabla 1. Las formas relativas de la descalificación de la fuerza de trabajo 82 Ilustración 1. Representación visual del 'Altmetric Attention Score' 141 1. Introduction Science communication has become an essential component of knowledge production in contemporary (capitalistic) societies (Bucchi and Trench 2021). There has been an explosion in initiatives in science communication around the World in recent times, a development which finds its counterpart in the consolidation of science communication as a field of research in its own terms—autonomous from its alma mater, Communication & Media studies (Gensen and Gerber 2020; Guenther and Joubert 2017). The community of science communicators is thriving, and its ranks are filling up with people coming from different backgrounds and career paths: natural scientists with professional training in science communication; Public Relations and communication specialists working for academic institutions; amateurs interested in divulgating scientific knowledge; scientists themselves, and so on. They all form part now of the so-called ‘ecology of science communication’ (Weingart and Joubert 2019). Science communication has also gained a stronghold in science policy-making. Policy makers are particularly keen on promoting science communication, as can be inferred from the emphasis laid on this practice by funding agencies of R&D, among others (see Palmer and Schibeci 2014). Politicians support science communication as they expect it to contribute to the so-called ‘knowledge economy’ and to ‘economic growth’ (Davies 2021), both by producing a more knowledgeable and skilled workforce, and by facilitating the commercialisation of potentially controversial (and hazardous, in some cases) technologies, such as genetically-modified foods (Weingart et al. 2021; Davies 2021; Conceição et al. 2020; Weingart and Joubert 2019). Debates concerning the political or economic instrumentalisation of science communication notwithstanding (Weingart and Joubert 2019; Thorpe and Gregory 2010), research policy has become one of the most important drivers of the recent growth of science communication (Entradas and Santos 2021). Scientists and academics themselves have also become deeply entangled in the practice of science communication. This circumstance marks a watershed, given that the academic community showed relatively little interest in the communication of research results to broader audiences since the beginning of the professionalisation of academic research and throughout the whole 20th century (Hanauska 2020; Bensaude-Vincent 2001). Nowadays, however, scientists have no choice but science communication, as most experts argue that science communication has become an obligation (rather than an option) for them (e.g., Bucchi and Trench 2021; Bennet et al. 2020, 10; Jia et al. 2017; Miller 2001). Full-time academics are thus expected both to produce science and to communicate it to broad audiences; to become ‘ambassadors’ of their own science, as one author has put it (Gerber 2014, 79). And they are taking this seriously: scientists engage in science communication activities more frequently than is often assumed (Dudo 2015), and devote to the task an increasing share of their labour time (Sommer 2019). This ‘cultural shift’ towards science communication endured by the academic community as a whole (Rose et al. 2021) is also reflected at the institutional level. Universities have become far more proactive in their communication with the media and with society at large (Schäfer 2014), professionalising along the way their communication/media offices by hiring personnel with training in PR, marketing or communications (Schäfer 2014). In fact, they have taken a rather strategic stance towards science communication, making use of it to manage their public image and improve their reputation. In the midst of the cut-throat competition for funding, the self-conscious management of universities’ institutional profile has turned into an asset for them (Väliverronen 2021; Balvert 2020). As science communication grows and gains importance in contemporary societies, so are training and education in science communication gaining momentum. Postgraduate degrees in the natural sciences are incorporating courses in science communication in their syllabuses. Similarly, specialised training in science communication abounds, up to the point that some authors stress that an ‘industry of mediation’ seems to have been created (Thorpe 2020; Gregory 2016; specifically in relation to training scientists in the use of social media and the management of the ‘digital self’, Cheek and Øby 2019). A focal point of research and debate are the skills with which future science communicators must be equipped (see Baram-Tsabari and Lewenstein 2017; Mercer-Mapstone and Kuchel 2017). Incidentally, it should be highlighted that one of such ‘core skills’ is the development of a critical attitude towards science communication, and the ability to reflect critically on the functions of science communication in contemporary societies (see Baram-Tsabari and Lewenstein 2017). But it is difficult to ascertain where would-be science communication professionals will search for an adequate reference in this respect, given the lack of critical perspectives which characterises science communication— neither in relation to the science that is conveyed nor with respect to science communication itself (Wynne 2014). Science communication has achieved a critical position in contemporary capitalistic societies. As a matter of fact, there is every reason to believe that absolutely more total social labour time, the labour time of the entire society, is being allotted to the communication of research results through the social practice of science communication. More activities in science communication are carried out; a larger number of actors and professionals are involved in the ‘ecology of science communication’; more research about science communication is conducted and more training is provided to produce the future cadres of science communication. It means that, insofar as science communication has become a separate branch of the social division of labour in its own (Gregory 2016), the reproduction of contemporary capitalistic societies is increasingly dependent on the divulgation of scientific knowledge and its appropriation by laypeople (at least, as compared to the state of affairs immediately before the current growth in science communication). In the extant literature on science communication, such a dependence on science communication is nowhere explained, nor has there been any systematic attempt to understand the current growth of science communication in connection with the simpler or more general determinations of the social configuration of contemporary capitalistic societies. Science communicators seems not be very interested in the issue of the generic necessity underlying the social practice of science communication—and its current growth in both absolute and relative terms. This lack of attention to what is, in every respect, a critical matter can be explained above as a problem with the method of enquiry. The former is a rather ‘theoretical’ question that stands in a stark contrast against the more pressing and urgent problems that the practice of science communication posits every day before science communicators. Furthermore, it is by no means indispensable to delve into the social foundations of science communication in order just to make science more interesting and appealing to broad audiences and/or to help scientists to express themselves in a more compelling way—the main practical problems that science communication aims to solve. But the crux of the matter is that, insofar as science communicators are not yet aware of the social bases of their own social practice, it cannot be claimed that the field of science communication has reached a state of ‘maturity’, as some experts would have it (see Bucchi and Trench 2021). There is also another chapter earmarked to show how the ‘inner life’ of science communication and its concrete realisations will be reproduced in thought (the chapter on method). The final chapter will summarise the main finds; comment on several implications that follow from them; and propose a few lines of enquiry that can and should be pursued in the future on the basis of this research. Chapter §4 addresses the historical specificity of science communication as a social practice. It is thus earmarked to uncover the real, inner connection between science communication and the capitalist relations of production; or, putting it otherwise, it analytically penetrates into science communication in order to discern which determinations of the capitalist relations of production realise themselves in science communication as a social practice. With this, the social foundations of science communication will be finally uncovered. Chapters §5 and §6 address science communication via social media and projectbased science communication, respectively. These are two distinctive forms through which science communication is currently expanding as a social practice. They are distinctive in that, in both cases, scientists themselves become protagonists of science communication—scientists are transformed into science communicators. The analysis aims to identify the concrete mechanisms through which science communication is generalised as a duty or responsibility for academics, and to elucidate how the growth in both practices is connected to the self-expansion of the capitalist relations of production. As commented above, the increasing involvement of scientists and academics in science communication activities is a striking phenomenon worth delving into, since science communication remained alien to the academic community for about a century, with the professionalisation of the academic enterprise. Regarding so, it shall be seen that it is precisely at this level of abstraction, i.e., when the issue at stake is the link between those particular forms of science communication and concrete modalities of capital’s selfexpansion, that the commodification of science and academic research should be taken into consideration. These are, in a broad outline, the contours of this PhD thesis. As it has been already mentioned, the novelty of this research project lays in that it is the very first time that the historical determinacy of science communication is taken as a subject matter for research. To date, there has been no previous attempt at uncovering the essential connection between science communication and the capitalist relations of production. Furthermore, neither science communication via social media nor project-based science communication have been problematised as done here, namely, as modes of existence of the self-expansion—in one of its determinations—of the capitalist relations of production. This doctoral thesis is thus novel because it systematically scrutinises the reality that is contained in the claim that science communication is no longer an option for academics or scientists, but an obligation that they must comply with. Surprising as it may seem, to date this rather strong statement has not been raised to a more general theory in order to make full sense of it. No Marxist-inspired school of thought has developed within the field of studies in science communication, despite the fact that its subject matter belongs to the realm of social sciences (the natural habitat for Marxist-informed studies). 8 For that reason, it is legitimate to argue that the originality of this PhD thesis lies in that it is the first time that 8 It may partially be due to the fact that critical accounts of science have largely developed on the fringes of Marxian scholarship. Regrettably enough, Marxism has been to a certain extent permeated by a somewhat ‘pre-critical’ view concerning everything that refers to science, including, of course, the communication of research results beyond the narrow domain of specialists. Marxian thought is ‘applied’ to science communication; or, better said, that research in science communication takes stock of dialectics and the theoretical background of the Critique of Political Economy. This research project represents a small but important step towards the establishment of a Marxian tradition of science communication studies As this research project develops out of the interstices between science communication and Marxian scholarship, its results may be appealing for scholars from both sides. As it inquires into the essential connection between science communication and the capitalist relations of production, it takes as its presupposition that the former is a moment of that totality which the latter is. Correspondingly, it sheds new light on the all-encompassing character of the capitalist relations of production (Fineschi 2013) and how they embrace the whole sphere of social existence—including the communication of research results to broad audiences. But the outcomes of this research concern above all science communication and science communicators. This dissertation casts a totally different light on several issues concerning the communication of science to lay audiences, including (but not restricted to) the emergence of ‘participatory’ forms of science communication; the so-called deintermediation of science communication; the reality contained in the idea of the ‘gap between science and society’; and so on. Very important in this respect is that it does not assume science communication via social media and project-based science communication as something given, as unproblematic social practices. On the contrary, our research examines them in order to understand under which conditions and for which purposes are academics burdened with responsibilities in terms of science communication. In the last instance, this PhD thesis represents an attempt to rase to consciousness the very existence of science communication as a social practice. It should not scape the attention of science communicators. To bring to a close this introduction, the author wants to highlight that this PhD thesis builds on, and expands, previous research published elsewhere. A preliminary version of chapter §4 was published in Arboledas-Lérida (2023). This chapter represents a great progress vis-à-vis the latter in every single respect. In Arboledas-Lérida (2023), the historical determinacy of science communication is considered only in a ‘static’ sense, and the ‘dynamic’ condition of science communication (i.e., its current growth) is disregarded. That paper stops halfway in the reproduction of the determinations of the capitalist relations of production that science communication actualises. Chapter §4 provides the whole picture. Apart from this, there is a significant improvement in the treatment of the problem of the transformation of research statements to make them understandable to broad audiences. In Arboledas-Lérida (2023), the ‘resignification’ of research statements seemed to operate in the vacuum of symbolic representation, lacking any materiality. It is now far clearer than the transformation of research statements in the above sense is itself a material process which is also linked with other material practices. The ‘resignification’ of research statements in science communication is thus a material process that both actualises and reflects a distinctive relationship between subject (laypeople) and object (real form grasped by research statements) that the one obtaining in the case of scholarly communication. Chapter §5 has an independent scientific value vis-à-vis Arboledas-Lérida (2021). At first sight, it may seem that both essays address the same issue and develop similar arguments. Nothing can be further from reality. In Arboledas-Lérida (2021), the author wants to demonstrate that research impact metrics are inherently coercive, and that their use in research evaluation is a more concrete development of that immanent coercive condition. Altmetrics are considered basically as a case study: academics increasingly engage in communicating science via social media despite the absence of altmetrics in research evaluation. In chapter §5, the objective is, on the contrary, to determine if research impact metrics, particularly those associated to societal impact, are the particular mechanisms through which science communication via social media is generalised as a duty or responsibility of researchers. Research impact metrics is the object of enquiry in the first case; science communication via social media is the matter at stake in the second. Apart from that, chapter §5 explains significantly better the connection between research impact metrics and the commodification of academia, offering a more precise solution to the question of why research impact metrics are necessary for the regulation of social labour in contemporary academia—thus subverting the direct relations of production established among academic producers and that prevailed not so long ago. Finally, this PhD surpasses Arboledas-Lérida (2021) in examining the functioning of research impact metrics as pointers of the social usefulness of academic labour. To conclude, Chapter §6 constitutes a significant advance over the previous treatment of project-based science communication and competitive project-based funding (see Arboledas-Lérida, 2024). In comparison with that book chapter, chapter §6 provides a more detailed account of the determinations of the capitalist mode of production that are captured through the Marxist notion of formal subsumption of labour under capital. It also establishes more precisely how CPBF reproduces and deepens the separation of the academic community from its objective conditions of production. Crucial in this respect is the discussion of the inner connection between the generalisation of the commodityform and the formal subsumption of labour under capital. This issue does not receive due attention in Arboledas-Lérida (2020b), and reasons of space make impossible to examine it further in Arboledas-Lérida (2024). Moreover, at the time of writing that last contribution, the author had not yet developed the notion of the ‘primary’ or ‘original’ separation of academic labour from its objective conditions of production upon which CPBF is premised. This aspect is of critical importance to understand not only how CPBF reproduces the split between academic labour and its objective conditions of production, but also how such split is deepened as CPBF grows as a funding mechanism vis-à-vis institutional or block funding. As far as the author is aware, nothing of this sort has been said before. In a more general sense, this PhD thesis has benefited from additional research and the lifting of methodological ambiguities and inconsistences that run through most of the aforementioned contributions. 2. Objetivos La pregunta de investigación que sirve de hilo conductor a La Comunicación de la Ciencia como tarea general del académico: Social Media, métricas alternativas de impacto, y financiación competitiva de la investigación, remite a la necesidad de ser de la práctica de la comunicación de la ciencia en el marco de las sociedades capitalistas contemporáneas; pregunta que involucra, también, el crecimiento exponencial de la misma a través de su generalización como responsabilidad u obligación para los académicos. A partir de esta amplia pregunta de investigación, se plantean dos objetivos generales: Objetivo General OG1. Conocer cuál es la conexión esencial que existe entre comunicación de la ciencia y relación social de producción capitalista, o sea, identificar si, y por qué, la comunicación de la ciencia es una forma más concreta de la relación social de producción capitalista. Objetivo General OG2. Conocer cuáles son las determinaciones de la relación social de producción capitalista que se hacen presentes en la generalización de la comunicación de la ciencia como responsabilidad u obligación para los académicos. Respecto de OG1, éste encuentra un desarrollo más concreto en el siguiente conjunto de objetivos: Objetivo O3. Identificar cuál es la especificidad de la comunicación de la ciencia vis-à-vis la comunicación científica, y discernir cómo la comunicación de la ciencia hace posible la apropiación del conocimiento científico por parte de los públicos no-expertos. Objetivo O4. Dilucidar cómo la producción capitalista crea las condiciones que hacen necesaria la aparición de la comunicación de la ciencia en tanto que mediación para la apropiación del conocimiento científico, o sea, qué condiciones de la producción capitalista están presentes en la génesis histórica de la comunicación de la ciencia. Conforme a ello, Objetivo O5. Conocer cuáles son las determinaciones de la relación social de producción capitalista que se realizan en la actual expansión de la comunicación de la ciencia en tanto que práctica social; o sea, cuáles son las dinámicas de la producción capitalista que impulsan el crecimiento cuantitativo de iniciativas de comunicación de la ciencia. Con los desarrollos relativos a los objetivos particulares que derivan de OG1, quedaría saldada la cuestión respecto de la función que desempeña la comunicación de la ciencia en el proceso de reproducción de las sociedades capitalistas contemporáneas; y se habría esbozado, al menos en términos generales, la necesidad que subyace a su crecimiento actual. Se procedería entonces a ahondar en esta última dimensión, considerando las formas concretas a través de las cuales se produce tal expansión; y, más específicamente, la generalización de la comunicación de la ciencia como responsabilidad u obligación para los académicos. Éste es el ámbito específico de OG2. Las modalidades más concretas de la comunicación de la ciencia de las que esta investigación se ocupa son la comunicación de la ciencia a través de los social media y la comunicación de la ciencia con base en proyectos de investigación. La característica distintiva de ambas es que, en ellas, son los propios académicos quienes asumen el rol de comunicadores de resultados de investigación —y de conocimiento científico en sentido lato. Por tanto, en el análisis de ambas se plantea un objetivo común, que sería: Objetivo O6. Conocer las determinaciones de la relación social de producción capitalista que se hacen presentes en la comunicación de la ciencia a través de los social media y la comunicación de la ciencia con base en proyectos de investigación. Más allá de este elemento común (el ser ambas modalidades concretas de la comunicación de la ciencia, y el estar ambas determinadas por la relación social de producción capitalista tanto en lo que concierne a su contenido como en lo que respecta a su propia forma), la investigación examina en su especificidad la comunicación de la ciencia a través de los social media y la comunicación de la ciencia con base en proyectos de investigación. Esto comporta que, para cada modalidad, se formulan una serie de objetivos particulares. En relación a la comunicación de la ciencia a través de los social media, los propósitos que la investigación persigue serían: Objetivo O7. Conocer cuál es la necesidad genérica del proceso metabólico social se hace presente en la ‘desintermediación de la comunicación de la ciencia’, o sea, el empleo de las redes sociales por parte de los académicos con propósito de comunicar sus resultados de investigación, entre ellos mismos y con los públicos no-expertos. Objetivo O8. Determinar de qué cualidad o cualidades del trabajo académico dan cuenta las métricas de impacto de la investigación, en general, y las métricas alternativas de impacto o altmetrics, particularmente. En definitiva, se pretende conocer qué es aquello que las métricas de impacto de la investigación, convencionales o alternativas, miden. Objetivo O9. Identificar cuáles son las determinaciones de la relación social de producción capitalista que toman cuerpo en la proliferación de métricas de impacto de la investigación en la academia contemporánea. Por ende, Objetivo O10. Determinar cómo la relación social de producción capitalista media la generalización de la comunicación de la ciencia a través de los social media como responsabilidad u obligación para los académicos a través de las métricas de impacto de la investigación. Respecto de la comunicación de la ciencia con base en proyectos de investigación, esta tesis doctoral se fija los siguientes objetivos específicos: Objetivo O11. Conocer las características distintivas de la financiación competitiva con base en proyectos de investigación como mecanismo de dotación de recursos para la I+D académica. Objetivo O12. Dilucidar si la financiación competitiva con base en proyectos de investigación se corresponde con las dinámicas propias de la producción capitalista que se hacen presentes en la conocida como ‘subsunción formal del trabajo al capital’. Por consiguiente, Objetivo 12. Determinar cómo la relación social de producción capitalista media la generalización de la comunicación de la ciencia con base en proyectos de investigación como responsabilidad u obligación para los académicos a través de la financiación competitiva de la investigación. 3. Metodología 1. Teoría y práctica A tenor del objeto de estudio del que se ocupa esta tesis doctoral, y tomando en consideración también la naturaleza de los objetivos de investigación establecidos, se puede incurrir en la falsa impresión de que La Comunicación de la Ciencia como tarea general del académico, etcétera, constituye un ejercicio meramente teórico. Respaldo a esta falsa apariencia podría encontrarse en la epistemología científica, habida cuenta la distinción entre ‘desarrollo teórico’ y ‘análisis empírico’ que atraviesa aquélla y que la Filosofía de la Ciencia ha venido a consagrar. Que ‘teoría’ y ‘práctica’ son ontológicamente inconmensurables entre sí, y que se hayan separadas por un abismo insondable, es algo tan aparentemente natural e irrefutable, que la mera pretensión de contravenir tal ‘sentido común’ se presenta como poco menos que un acto de demencia. De hecho, es sólo en los márgenes del pensamiento científico donde se procede a la crítica de la epistemología científica convencional (epistemología que toma la separación entre teoría y práctica como algo dado e incontrovertible, y con base en tal disociación procede). E incluso allí, señala Richard Gunn (1992), esa crítica no siempre resulta lo suficientemente consecuente. Esta tesis doctoral se reivindica de esa ‘periferia epistemológica’ que problematiza la separación entre el dominio de lo teórico y el campo de lo práctico, en tanto que el autor considera que la misma no es sino una forma concreta en que, en el ámbito de la Filosofía de la Ciencia, se realiza la separación entre teoría y práctica, o entre pensamiento y acción, en un sentido más general. 9 Si alguna razón de ser ha de tener este apartado sobre metodología, que sea la de poner en evidencia que en esta tesis doctoral sí se ha sido lo suficientemente consecuente como para trascender (que no negar o rechazar) la falsa dicotomía entre teoría y praxis. En este sentido, una primera consideración que ha de hacerse es que la investigación que se despliega en esta disertación no pretende entregarse a un desarrollo de la teoría, sino el avanzar en el conocimiento de las determinaciones de esa formal real llamada comunicación de la ciencia. Tal declaración de intenciones encierra todo un mundo de determinaciones e implicaciones, aun cuando en su inmediatez se presente como un acto de mera voluntad. De por sí, esto supone lanzar un órdago a la separación entre teoría y praxis, entre conciencia y ser, que ha servido y sirve de hilo conductor de la concepción burguesa de la realidad, y en el que se han venido a entretejer los más diversos sistemas filosóficos y las más disímiles teorías sobre el pensamiento científico (véase, Lúkacs 1971, 110-148). Es posible rastrear los orígenes de tal concepción hasta los albores de la ciencia moderna misma. Como señala Sohn-Rethel (2021 [1978], 102), es con Galileo Galilei que comienza a ser posible hablar de ciencia en un sentido estricto: con su principio del ‘movimiento inercial’, la naturaleza aparece como moviéndose conforme a sus propias fuerzas e impulsos, sin recurrir a ninguna fuerza exterior o ‘primer impulso’ (esto es, una deidad). Dejando a un lado la cuestión religiosa propiamente dicha, en esta formulación se contiene el germen de la exteriorización del ser humano respecto de la naturaleza y viceversa, de modo tal que la única acción que cabe al ser humano es la de contemplar la naturaleza y ‘leer’ el libro que recoge sus leyes y principios rectores. 9 Subrayamos la noción de ‘separación’ para diferenciarla de la ‘distinción’. La segunda es un proceso intelectual, indispensable en todo procedimiento analítico. La primera refiere a una realidad material, a una disociación real entre teoría y práctica. Descartes lleva esta concepción al paroxismo, presentando a la naturaleza como un autómata completo en sí mismo, capaz de auto-movimiento y funcionando conforme a sus propios mecanismos (Grossman 2009); 10 condición ésta que deja en nada la intervención del sujeto humano, a excepción del mero conocer. No obstante, es sólo con el sistema filosófico kantiano y la impenetrabilidad de la cosa-en-sí, que la separación entre conciencia y praxis encuentra su formulación más completa y acabada. Así se convierten los postulados de Kant en el epítome de la concepción burguesa de la realidad (Engels 1990; Lúkacs 1971), que hasta el día de hoy se extiende. Va de suyo que el rechazo a atribuir a esta tesis doctoral un carácter teórico tiene por premisa más general o simple el propósito de trascender las formas del pensamiento que son consubstanciales a la emergencia de la burguesía como clase social y su consolidación como clase dominante —o sea, las formas del pensamiento que están íntimamente ligadas al surgimiento, desarrollo y consolidación de la forma social de producción capitalista. Si, con todo, se pretende conservar la distinción entre teoría y praxis como diferencia entre abstracción y realidad, al modo del antemencionado Gunn, bien puede afirmarse que el tipo de abstracciones que a esta tesis ocupan son abstracciones de carácter práctico; abstracciones que tienen existencia real en la práctica. Esto es, en lugar de desarrollos teóricos, La Comunicación de la Ciencia como tarea general del académico, etcétera, despliega ‘abstracciones determinadas’ (Gunn 1992, 15) de la comunicación de la ciencia. 11 No hay lugar para la elaboración de una teoría, o para avanzar en una cierta teorización. Lo que se pretende en esta investigación sobre comunicación de la ciencia es proceder ‘de lo abstracto a lo concreto’ para, de tal modo, ‘reproducir lo concreto por medio del pensamiento’ (Marx 1986, 38). Expresado en otros términos, se persigue reproducir la ‘vida inmanente’ de la formal real que se está enfrentando, a saber, el crecimiento exponencial de la comunicación de la ciencia en tanto que práctica social y su generalización como obligación o responsabilidad para científicos y académicos. Cabe insistir, entonces, que se está examinando una forma real (i.e., un objeto real) en la unidad de sus determinaciones de forma y contenido. Por tanto, aquellas conclusiones que esta tesis doctoral recoja son conocimiento de esa forma real que toma por objeto de investigación; no así ningún desarrollo teórico. Que el ‘poder de la abstracción’ (Marx 1996, 8) sustituya aquí al empleo de los instrumentos de medida que son propios del método científico convencional, no equivale a una renuncia a investigar la realidad misma, aun cuando ésta no tome la forma que comúnmente adopta el análisis empírico. Con o sin instrumentos de medida, la investigación enfrenta un determinado objeto, una determinada forma real, que encierra una potencialidad. Lo que cambia es el modo en que se penetra en, y se reproducen por medio del pensamiento, esas potencialidades que el objeto real bajo examen encierra. 10 Grossman encuentra que la concepción mecanicista del mundo propia de Descartes no es una forma de consciencia históricamente determinada, sino una expresión de la consciencia científica pura y simplemente, aun con sus limitaciones. Ello responde al hecho de que el propio Grossman, investigador marxista de primer nivel en muchos otros ámbitos, abreva en el método convencional de la ciencia. Para una crítica de la conexión que establece Grossman entre la concepción mecanicista del mundo y el surgimiento de la máquina, véase Arboledas-Lérida (2020). 11 Con todo, la expresión de Gunn es problemática debido a que la noción misma de ‘abstracción’ remite, no a una propiedad o determinación de la forma real, sino a un ejercicio puramente intelectual; un ejercicio que se prescribe sus propias leyes (abstraer de tal o cual manera) para intentar captar las determinaciones de la forma real en juego. De hecho, el propio Gunn es incapaz de superar la separación entre teoría y práctica mediante su contraposición entre ‘abstracciones empíricas’ (propias del pensamiento científico convencional) y ‘abstracciones determinadas’ (que serían aquellas, en principio, que se habrían de formular mediante el método dialéctico); véase Iñigo Carrera (2013 [2003], 247). Puesto por la negativa: si esta tesis doctoral se atribuyese un propósito meramente teórico y no tuviera por más fin que el de hacer avanzar la teoría sobre la comunicación de la ciencia, su objeto de investigación no sería la comunicación de la ciencia, su crecimiento cuantitativo actual y la importancia creciente que adquiere en el proceso de reproducción de las sociedades capitalistas contemporáneas. De ahí en más, nada de cuanto dijese en relación a esta forma real podría ser tomado como conocimiento de la forma real en cuanto tal. No sería éste un conocimiento del objeto que se atiene a las determinaciones del objeto; no sería un conocimiento objetivo. Y si el conocimiento no brota del objeto mismo y sus determinaciones, o, por mejor decir, de las determinaciones presentes en la relación entre objeto y sujeto del conocimiento; el único lugar del que puede brotar es de la conciencia. En lugar de la reproducción de la vida inmanente de la comunicación de la ciencia, aparecería el movimiento del pensamiento negando a aquel y reemplazándolo, representándolo como una ‘secuencia lógica de las categorías’ que se despliega ‘en el éter de la razón’ —creando con ello la ‘sombra del movimiento’, o, por mejor decir, ‘el movimiento de las sombras’ (Marx 1976b, 169-170; énfasis en el original omitido). Esta tesis doctoral no aporta ningún desarrollo teórico porque no se rige por ninguna lógica. Como la renuncia expresa a la lógica no es algo habitual, máxime cuando tal renuncia se reivindica como el único camino para superar las apariencias de la inmediatez de lo real y avanzar así en el conocimiento genuinamente científico (objetivo), bien cabe examinar la cuestión con algo más de detalle. Porque, ¿qué es aquello que queda cuando se prescinde de los principios formales que rigen el movimiento del pensamiento de cara a intentar representar el movimiento de las formas reales? Pues queda, de hecho, la forma real y su movimiento, que en su determinación más simple o general consiste en el ‘afirmarse mediante la propia negación’ (Caligaris y Starosta 2014, 93; también, Starosta 2016; Iñigo Carrera 2013 [2003]). Y queda la necesidad de conocer las potencialidades que esa forma real encierra —si en un objeto real no hubiese potencialidades pendientes de realización, éste no revestiría ningún interés. Entonces, se prescinde de la lógica para poder captar la forma real ‘en su propio auto-movimiento, es decir, como sujeto de su propia transformación cualitativa’ en otra forma real (Caligaris y Starosta 2014, 93). 12 El proceso de conocimiento así determinado persigue reproducir la ‘vida inmanente’ del objeto partiendo del reconocimiento de la capacidad de éste de transformarse cualitativamente. Y ello no consiste en hacer violencia sobre la forma real imponiéndole unos principios lógicos a los que su movimiento debe de responder, sino de acompañar idealmente (esto es, por medio del pensamiento) ese mismo despliegue, para reproducirlo acto seguido. La aplicación de una lógica es una forma potente del conocer: mediante la lógica, el movimiento del pensamiento sigue una necesidad objetiva que trasciende el alcance necesariamente limitado de la capacidad individual, y, por ese medio, permite superar las apariencias que brotan de la inmediatez en que se presenta la forma real. No obstante, sólo hasta cierto punto puede considerarse que la aplicación de una lógica es un conocimiento objetivo. En realidad, es un conocimiento constructivo, esto es, es la conciencia la que pone el movimiento de las formas reales, pues se representa a éstas como formas incapaces de auto-movimiento. No es un conocimiento objetivo en tanto que no se atiene a las determinaciones del objeto en cuanto tal. Como se ha dicho, el movimiento del pensamiento que, mediante la aplicación de una lógica, trata de representar(se) el movimiento de la forma real, sustituye a esta última mediante una serie de principios o postulados que tienen por toda necesidad las 12 Al menos que se indique otra cosa, todas las citas de textos en inglés son traducción del autor. apariencias mismas, o sea, las formas inmediatamente dadas en que las formas reales se aparecen al entendimiento humano. Probablemente, los dos principios elementales de la lógica sean el principio de identidad (cuya notación es A = A), y el principio de no contradicción (A ≠ B). Respecto del primero, ya en Ciencia de la Lógica Hegel advertía que no era más que la enunciación de una tautología —y encierra, además, su propia negación, así que es una contradicción en sí mismo. El principio de no contradicción, por su parte, supone desde el vamos el negar a las formas reales la capacidad de automovimiento, el devenir cualitativo que tiene por forma más general el afirmarse mediante la propia negación, presentándolas como ‘abstracciones inertes’ (Caligaris y Starosta 2014, 94). El pensamiento científico convencional, al seguir al pie de la letra los principios de identidad y no contradicción, lo tiene difícil para poder captar el verdadero movimiento de lo real, el que toda forma real es ella misma a la par que otro, y el que realice su potencia cualitativa precisamente deviniendo otro. Mas la cosa queda lejos de mejorar substancialmente cuando la no contradicción deja paso a la ‘oposición e interpenetración de los contrarios’, que es el principio elemental de un proceso constructivo que sí reconoce el carácter contradictorio de la realidad misma. Esta forma particular de lógica es la que se ha cultivado tradicionalmente en el Marxismo. 13 Más allá de que la oposición de contrarios no logra captar la potencialidad de toda forma real de transformarse cualitativamente (una crítica incipiente en este sentido puede encontrarse en Korsch 2016 [1938]), esta lógica sigue siendo tan ajena y exterior a la forma real como lo es la lógica formal en cuanto tal, y sigue reemplazando el movimiento mismo de la materia por un puro desarrollo conceptual (véase Reuten 2014, como ejemplo paradigmático de formalización de la lógica dialéctica en tanto que desarrollo conceptual; para una crítica de esta forma de la lógica, véase Starosta 2016; Caligaris y Starosta 2014; Iñigo Carrera 2013 [2003], 236-250). El siguiente apartado de este epígrafe indagará en los atributos de esa forma del pensamiento que no reemplaza el movimiento de las formas reales, sino que acompaña a estas en su transformación cualitativa y, por consiguiente, ‘reproduce la vida interna’ de tal forma real. Pero antes hay que plantear una tercera objeción a la idea de que La Comunicación de la Ciencia como tarea general del académico, etcétera es una tesis doctoral de carácter teórico. Como se ha consignado parcialmente más arriba, al plantear la naturaleza de la investigación en los términos dicotómicos ‘teoría – análisis empírico’, se está asumiendo, implícita o explícitamente, la separación y consiguiente exterioridad entre saber y praxis, entre conocimiento de una forma real y su transformación. De donde se sigue que al imputar a esta tesis doctoral un carácter teórico, se le niega su condición práctica. Nada podría estar más lejos de la realidad. De un lado, se comprobará en el capítulo §7 que los resultados de investigación allí recapitulados, presentan un indudable carácter práctico. Aunque bien hay que admitir que tal condición práctica no está dada en su inmediatez, sino que la realización de tales conclusiones en tanto que práctica —i.e., la realización de su potencia cualitativa de devenir acción social— requiere de mediaciones ulteriores que aún no están dadas. Al mismo tiempo, es un propósito práctico el que anima a esta investigación. Esto resulta casi tautológico, habida cuenta de que toda acción humana está regida por un propósito, 13 El principio de oposición e interpenetración de los contrarios supone un cierto avance respecto de la lógica formal y su principio de ‘no contradicción’. Si la lógica formal establece que A ≠ B, la lógica dialéctica postula que esta igualdad puede existir en tanto que A y B son opuestos que se interpenetran. Pero no por ello pierden su condición de abstractas afirmaciones inmediatas; sólo se admite que un opuesto puede existir en el otro, pero no que pueda existir a través del otro, que en el otro una forma real encuentre su propio modo de existencia (véase, Iñigo Carrera 2013 [2003], 252-253). Importante en relación a la especificidad del método dialéctico es la distinción que Marx plantea entre el método de investigación y el método de exposición (Marx 1986, 38). El acompañamiento de la forma real en el curso de su transformación cualitativa diverge de la reproducción de ese mismo movimiento en una forma que lo haga apropiable por otros. Esta distinción entre acompañamiento y reproducción opera en un plano distinto a la diferencia entre análisis y síntesis, aunque ambos se relacionan en un sentido muy específico. Como el acompañamiento del movimiento de la forma real sólo ocurre durante la fase de síntesis, la exposición de ese movimiento puede tomar un carácter puramente sintético. Los momentos analíticos del proceso de investigación pueden suprimirse por completo, o presentarse en forma estilizada para enfatizar el camino analítico correcto (i.e., la correcta distinción de la forma concreta respecto de su contenido más abstracto) y como gesto de cortesía hacia el lector (Reuten 2014; Caligaris y Starosta 2014). En cualquier caso, el carácter predominantemente sintético de la exposición de los resultados de la investigación dialéctica plantea una serie de dificultades que conviene discutir brevemente para evitar futuros equívocos. El primero de ellos hace casi tanto al método de investigación como al de exposición. Como se comentó más arriba, la investigación dialéctica no parte de conceptos que resultan de abstraer y fijar por medio del pensamiento una serie de atributos asociados a una forma real. 21 Ni éste supone, por caso, un ‘progreso conceptual’ o una derivación de categorías a partir de otras, dado que ello supondría el volver a caer en el reemplazo del movimiento de la forma real misma por el movimiento constructivo del pensamiento. De ahí en más, la investigación dialéctica es un proceso, movimiento en sí misma; y este movimiento supone un avance desde formas más abstractas o generales a formas más concretas. Todo intento de fijar mentalmente una forma real mediante un concepto comporta la interrupción del despliegue concreto de la necesidad en juego, su particular afirmarse mediante la propia negación. Todo esto significa que el método de la Crítica de la Economía Política toma la definición, el poner nombre a la determinación que se está desarrollando, como resultado o punto culminante de la reproducción de la determinación, y no como punto de partida. La investigación no parte de una categoría o concepto, sino de la forma real misma. La definición es el punto de llegada de la exposición, cuando el retorno sintético puede dar cuenta de las determinaciones presentes en la forma real, que la especifican como tal forma real. Así, esta tesis ni trabaja con base en una conceptualización particular de la comunicación de la ciencia ni, por caso, pretende arribar a una definición (otra más) de la comunicación de la ciencia. Lo que la comunicación de la ciencia sea, tendrá que revelarlo ella misma. Así, la expresión ‘comunicación de la ciencia’ se emplea para remitir a la determinación más simple de esta práctica social —determinación que sólo la investigación hará comprensible. Por su parte, si la reproducción del movimiento de la forma real puede adquirir, como se ha dicho más arriba, una forma puramente sintética, ello supone retirar de la vista de los lectores el curso mismo que ha seguido la investigación (los momentos mediadores del análisis), ofreciendo sólo resultados acabados. Se puede generar así la sensación de que se está ante una pura construcción apriorística. Mas esto no ha de ser entendido como una deficiencia, sino que, como el propio Marx señalara, es resultado necesario de la adecuada descripción del movimiento real que el pensamiento ha acompañado (Marx 1996, 38). 21 Véase, Marx (1989c, 544), donde deja bien claro que su investigación en El Capital no parte del ‘concepto del valor’ ni de ningún otro concepto, sino de la mercancía, ‘la forma más simple en que se presenta el producto del trabajo en la sociedad contemporánea’. Finalmente, hay que consignar también que va conforme a la naturaleza de la exposición dialéctica que las conexiones internas entre las formas reales se reproducen de manera indefectiblemente secuencial. Las mediaciones que hacen de una forma real un modo de existencia concreto de la necesidad de otra forma más abstracta aparecen ordenadas conforme a su grado de generalidad respecto de la forma concreta particular bajo examen. Pero hay que tener en cuenta que, en su existencia inmediata, todas las determinaciones constitutivas del objeto analizado están dadas en simultaneidad (Reuten 2014, 249). La actualidad de toda forma real es la realización de las potencias de las formas reales de la que aquélla es portadora. 3. Investigación dialéctica en comunicación de la ciencia Hasta aquí, se ha presentado el método dialéctico en su especificidad como forma de la consciencia; y, diríase, como forma de la consciencia científica u objetiva —esto es, la forma de consciencia que se atiene a las determinaciones del objeto, y que, por consiguiente, rige la acción humana transformadora de modo completamente objetivo. Pero nada se ha dicho respecto de la necesidad del método dialéctico mismo. Conviene, entonces, preguntarse acerca del porqué del método dialéctico; esto es, de dónde brota la necesidad de penetrar analíticamente al interior de la comunicación de la ciencia para discernir la realidad que tal práctica social encierra, y el acompañar el movimiento de su afirmación mediante la propia negación para conocer por qué son ésas, y no otras, las determinaciones que en la comunicación de la ciencia realizan su necesidad cualitativa. Hay autores que consideran que el método de la Crítica de la Economía Política es un ‘recurso excelente’ para ‘sintetizar el conocimiento’ acerca de un determinado objetototalidad (Reuten 2014, 243). Tal percepción va de seguido con la idea de que la dialéctica es una ‘lógica dialéctica’ (véase, supra) que se aplica. Lo que se añade ahora es que tal aplicación responde a una necesidad puramente ontológica, o, si se quiere, académica. Lo que aparece es que la Crítica de la Economía Política es portadora de una superioridad científica respecto del método científico convencional; pero es una superioridad disociada de su esencia crítica y revolucionaria. 22 Sin embargo, Marx no hubiera suscrito tales palabras. Para él, el método dialéctico se presentaba como ‘un escándalo y una abominación’ también entre los ‘profesores doctrinales’ del ‘reino de la burguesía’. Y ello no respondía a la superioridad del método dialéctico respecto del método analítico convencional, sino porque el método dialéctico ‘incluye en su comprensión y reconocimiento del estado de cosas actual, también el reconocimiento de la negación de tal estado, de su destrucción; porque éste concibe cada forma social históricamente desarrollada en su movimiento fluido, y por tanto toma en cuenta su naturaleza transitoria no menos que su existencia momentánea; porque no permite que nada se le 22 Hay que destacar el paralelismo entre la situación actual en relación a los estudios sobre el método dialéctico, y el intento por parte de los ideólogos de la Segunda Internacional de someter a ‘revisión’ o ‘mejora’ el método de Marx, buscando con ello preservar su carácter científico al tiempo que se le despojaba de todo contenido revolucionario. Luxemburgo (2008) fue la primera en rechazar frontalmente tal intento. Prestando mayor atención a la cuestión del método de conocimiento, Lúkacs (1971; 1-26) hizo lo propio años después. Ante la ausencia de una fractura revolucionaria en el corto y medio plazo, la nueva ‘revisión’ del método de Marx puede presentarse al mundo como lo opuesto de lo que verdaderamente es, es decir, como un ejercicio de profundización del método dialéctico y su contenido revolucionario, cuando no es sino la negación de esto mismo. imponga, y es en su esencia crítico y revolucionario’ (Marx 1996, 20; énfasis añadido). Se recogía más arriba la aseveración de Korsch de que toda investigación marxista tiene por objetivo primero y principal aniquilar la sociedad capitalista, y es por ello que busca identificar todas las formas que adopta el antagonismo y la explotación que son propios de este sistema. Pero tal propósito político se exponía allí en forma no lo suficientemente mediada, y parecía entonces que éste brotaba de una voluntad abstracta, indeterminada. Sin embargo, Marx asevera que esta voluntad, por más férrea que ella fuese, sería por completo impotente para con respecto su propósito ‘si no se encontraran latentes en la sociedad tal y como es, las condiciones materiales de producción y las correspondientes relaciones de intercambio para una sociedad sin clases’ (Marx 1986, 96-97). Es opinión del autor de esta tesis doctoral que el método, la forma misma del movimiento del pensamiento, forma parte de esas ‘condiciones objetivas’ sin las cuales cualquier intento, no ya de dinamitar la sociedad capitalista, sino de avanzar en el conocimiento de las formas concretas en que su carácter antagónico toma cuerpo, sería del todo punto imposible (‘quijotesco’, al decir de Marx). Porque la especificidad histórica de cualquier forma social, y no menos en el caso de la comunicación de la ciencia, no está inmediatamente dadas a la experiencia, a la realidad empírica (Kosík 1976). Como apunta pertinentemente Reuten, el método dialéctico permite ‘comprehender lo dado en su interconexión esencial’. Y es que, aun teniendo delante la realidad empírica en todo momento, ‘no podemos simplemente “leer” los fenómenos y comprender sus interconexiones y la importancia relativa… de los diferentes fenómenos para con respecto una totalidad’ (Reuten 2014, 256; énfasis y comillas en el original). Si se hace necesario trascender la inmediatez de los fenómenos y ‘leer’ en estos, 23 ello se debe a que toda forma real es encarada por el sujeto en su inmediatez, como resultado de la realización de las potencias que porta; y, por sí mismo, el objeto real nada nos dice respecto de su necesidad inmanente. Al borrarse de la vista las mediaciones que hacen concreto a lo concreto, el sujeto cognoscente enfrenta un ‘universo de formas reales desconectadas entre sí’, formas reales ‘de diferentes niveles de concreción’ que aparecen inmediatamente como ‘coexistiendo unas junto a otras sin que ninguna necesidad las vincule en cierta forma’ (Starosta 2016, 98). Esto es, las formas reales se presentan como mera apariencia. Y sólo el método dialéctico faculta para avanzar por sobre toda apariencia y toda inversión. Porque el método de la Crítica de la Economía Política es realmente la realización en la conciencia humana del movimiento de todo lo real, de su afirmación mediante la propia negación. En su especificidad de conocimiento dialéctico, el conocimiento es en sí mismo movimiento de la materia en su transformación cualitativa. Es por esto que el método dialéctico se revela como ‘el método para apropiar virtualmente esa contradicción que la realidad es’. En su unidad de análisis y síntesis, el método dialéctico nos faculta para ‘apropiar virtualmente a la realidad reproduciendo su necesidad mediante el pensamiento’ (Iñigo Carrera 2013 [2003], 274; énfasis en el original). La acción humana regida por el conocimiento dialéctico es la acción más 23 En realidad, los sujetos cognoscentes no ‘leen’ nada, pues ‘leer’ supone adoptar una posición meramente contemplativa respecto del objeto que se está conociendo, y una nueva recaída en la separación entre conocimiento y acción. Lo que se hace mediante la investigación dialéctica es apropiar las potencias del objeto para transformarlo conforme a éstas. La noción de ‘apropiación’ no sólo incorpora la dimensión activa frente al carácter pasivo de la mera ‘lectura’, sino que va implícito en ella que la apropiación efectiva de la forma real está mediada por la relación específica entre sujeto y objeto, es decir, por las potencias que porte el sujeto cognoscente en relación a la forma real que pretende transformar. potente para transformar cualquier forma real, porque es una acción regida por la necesidad propia del objeto, es decir, que realiza las potencias inmanentes de la forma real enfrentada (Íñigo Carrera 2013 [2003], 263). El grado de detalle con el que se han expuesto las determinaciones del método de la Crítica de la Economía Política responde al hecho de que existe poca familiaridad con el método de investigación marxista en la así denominada ‘ciencia social’, y ni qué decir respecto de la ‘ciencia natural’. Pero ello también resultaba necesario debido a que, como se recogía en el apartado introductorio, nunca antes la especificidad histórica de la comunicación de la ciencia, o sea, el vínculo orgánico, interno y necesario, entre ésta y la relación social de producción capitalista, había sido objeto de la investigación en el ámbito de estudios en comunicación de la ciencia. Dado que esta conexión esencial aparece borrada en la inmediatez en que se presenta la comunicación de la ciencia, 24 y no es posible tomar conciencia de su existencia al encarar esta simple inmediatez, va de suyo que el discernimiento de la especificidad histórica de la comunicación de la ciencia obliga a desplegar un movimiento del pensamiento por medio del cual el sujeto sea capaz de trascender la inmediatez de lo existente y penetrar en su contenido cualitativo inmanente. El ya mencionado Rubin cita a Marx cuando consigna que cualquier forma social necesita adquirir ‘la estabilidad de una forma de la vida social natural, auto-evidente’, antes de que aparezca la necesidad de descifrar ‘no ya su carácter histórico,… sino su significado’ (Rubin 1973 [1928], 42; énfasis agregado). Es necesario puntualizar que ‘natural’ ha de entenderse en este contexto no como algo realmente dado por la naturaleza y, por consiguiente, como algo que la acción humana no puede transformar; sino como algo aparentemente natural, objetivamente dado e inmutable, y, en tal condición, aparentemente no modificable por medio de la acción humana —aun cuando, en su condición de forma social, sea en sí mismo producto de la acción humana (véase Marx, 1986, 34; Korsch 2016 [1928], Parte III, capítulo 4). Del mismo modo, cabe consignar que la diferencia entre ‘significado’ y ‘desarrollo histórico’ refiere a la diferencia entre el contenido genérico y la especificidad histórica de cualquier forma social. Establecido ello, se puede proceder a establecer una analogía entre la Economía Política clásica y la situación actual en que se encuentran los estudios en comunicación de la ciencia. Sólo con la consolidación (naturalización) 25 del modo de producción capitalista, los cultores de la Economía Política pudieron ahondar en el ‘significado’ de la forma social que a esta ciencia ocupó en su etapa verdaderamente científica, a saber, la formavalor. Con Adam Smith, se alcanzó la conclusión de que el ‘significado del valor’ era el trabajo en cuanto tal. Se dio con ello un paso de gigante en la comprensión de esa forma social que es el capitalismo mismo. Se había logrado dilucidar el qué de la forma-valor. Pero en ningún momento lograron comprender por qué aquel contenido, el trabajo social, tomaba la forma de valor. Es decir, los cultores de la Economía Política clásica redujeron la producción capitalista al cómun denominador de toda forma social, al mismo presupuesto de la existencia de la vida humana (Marx 1996; Mattick 1972, 27); mas no lograron avanzar hacia lo que hace históricamente distintivo al trabajo social en el modo de producción capitalista. 24 De hecho, ni siquiera la comunicación de la ciencia se presenta como tal, sino como un abigarrado conjunto de prácticas e iniciativas que entre sí no tienen por qué guardar una relación de continuidad alguna y que, por consiguiente, son indiferentes a su determinación más general, o sea, al hecho de ser todas ellas formas concretas de la práctica social comunicación de la ciencia. 25 Véase Marx (1996, parte VIII), para conocer por medio de qué bellos expedientes la burguesía incipiente logró naturalizar la separación del trabajo, de los productores, respecto de sus medios de producción. Sea como fuere, algo se había avanzado al respecto del análisis de las formas sociales. Marx siempre elogió a David Ricardo por haber sido éste capaz de exponer sin tapujos las contradicciones y antagonismos inherentes al modo de producción capitalista. Frente a las inconsistencias de Adam Smith, Ricardo fue capaz de escudriñar el contenido de las formas particulares (formas sociales) de la plusvalía (ganancia y tasa de ganancia, renta de la tierra, etcétera) y reducirlas al valor, o sea, al trabajo. Ricardo cierra por ello el periodo clásico de la Economía Política; el periodo verdaderamente científico. En adelante, ésta se torna vulgar, en mera apología del modo de producción capitalista. 26 Si se asocia el periodo clásico de la Economía Política al descubrimiento del trabajo social como el componente más general o simple de toda forma social (por eso mismo es una ‘forma social’), en la investigación sobre comunicación de la ciencia, ni siquiera puede hablarse de un ‘periodo clásico’. Que la comunicación de la ciencia sea, o no, una forma social, es algo que resulta indiferente a los expertos en la materia; no ha existido hasta la fecha el menor intento de vincular la comunicación de la ciencia con el trabajo. Porque ello supondría inmediatamente el traer a primer plano las formas históricamente determinadas de organización del trabajo social, o sea, las relaciones de producción históricamente determinadas que vinculan a los individuos entre sí en el proceso de producción y reproducción de la vida social. Con lo que se haría evidente la conexión esencial entre la comunicación de la ciencia y la producción capitalista. Para evitar llegar hasta ese punto y extraer las necesarias consecuencias, la investigación en comunicación de la ciencia ha asumido que esta práctica social es una de esas formas de la vida social ‘naturales’ y ‘autoevidentes’; y ha procedido con base a tal ‘certeza’, sin cuestionarse sus propios preceptos ideológicos. Esto supone que la investigación en comunicación de la ciencia se presenta desde el vamos como apología de la relación social de producción capitalista, por más rigurosa que sea en otros muchos sentidos, y por más efectiva que pueda llegar a resultar en la transformación de las formas reales que de las que se ocupe en cada caso. Esto aplica también para aquellos autores quienes, de manera más o menos sistemática y consecuente, han abordado la comunicación de la ciencia desde una perspectiva crítica. Por más loables y denodados que hayan sido sus esfuerzos, estos no han contribuido a captar la comunicación de la ciencia en su especificidad histórica. En lugar de la crítica práctica de la comunicación de la ciencia en tanto que modo de existencia de la relación social capitalista, la actitud crítica se ha reducido a la condena moral por el hecho de que el capital pervierte la ‘verdadera’ función social de la comunicación de la ciencia —sin que esta función social verdadera, claro, sea problematizada. 27 Así que esta tesis doctoral tiene por delante el reto de identificar las determinaciones de la relación social capitalista que se realizan en la comunicación de la ciencia, desplegando a continuación el despliegue inmanente de la relación social capitalista para dilucidar por qué la comunicación de la ciencia constituye uno de sus modos concretos de existencia. Se continuará acto seguido acompañando el despliegue de esa necesidad 26 Korsch (2016 [1928], 66ff.) hace una interesante reflexión al respecto. Para este autor, la Economía Política clásica pudo avanzar en el conocimiento de las relaciones sociales capitalistas, y exponerlas en toda su crudeza, porque la burguesía tenía todavía por tarea política pendiente la plena consolidación de su poder. A partir de los sucesos revolucionarios de 1848, cuando tomó plena consciencia de que había desatado fuerzas sociales que ella no podía contener y que no encajaban en el modo de producción que había instaurado, la burguesía se volvió reaccionaria, y su ciencia económica devino pura ideología. 27 De nuevo, los paralelismos con la situación vivida en la ciencia de la Economía Política saltan a la vista. Cabe recordar la crítica hecha por Marx tanto a Proudhon como a los ‘socialistas ricardianos’, quienes concebían la superación del modo de producción capitalista como la realización de la ley del valor y de los principios de libertad e igualdad que son constitutivos de la relación social mercantil, y que el capital presuntamente estaría pervirtiendo (véase, Marx 1976b; 1989b, 373-448). genérica en su realización concreta en las formas concretas comunicación de la ciencia mediante los social media y la comunicación de la ciencia con base en proyectos de investigación. Y todo ello, mientras se aborda críticamente el modo deficiente en que las determinaciones de la comunicación de la ciencia (y sus formas concretas) ha sido captado, fijado y representado por el método científico convencional. Comenzamos. 4. El carácter intrínsecamente capitalista de la comunicación de la ciencia Resumen: Este primer capítulo de La Comunicación de la Ciencia como tarea general del académico, etcétera, se interroga acerca de la necesidad que se expresa en la actual multiplicación de iniciativas en comunicación de la ciencia y en su generalización en tanto que práctica social. En su inmediatez, la transmisión del conocimiento en las sociedades contemporáneas se presenta bajo la forma de la diferencia entre comunicación científica (destinada a otros expertos, a los pares) y comunicación de la ciencia (destinada a los públicos heterogéneos no-expertos). El examen de las funciones que la transmisión del conocimiento juega en el proceso metabólico humano, considerado en su simplicidad como proceso de trabajo social, pone en relieve que esa distinción entre modalidades particulares de difusión del conocimiento es una especificidad de la relación social capitalista, pues no responde a las determinaciones simples de la comunicación del conocimiento. Se procede entonces a dilucidar qué función juega la comunicación de la ciencia al interior de las sociedades capitalistas contemporáneas; el curso analítico así seguido pone en relieve que la premisa y base material de la comunicación de la ciencia como práctica social son los atributos productivos recortados de los que son portadores la mayoría de los trabajadores, los cuales les imposibilitan el apropiarse de manera no mediada del conocimiento científico, ‘quintaesencia’ del trabajo social y resultado de las formas de combinación y cooperación de los trabajadores en el proceso productivo. Al reconstruir el debate «descalificación – recalificación» que durante décadas se ha mantenido en la ‘sociología del trabajo’, se determina que es la producción de plusvalor la potencia que se está realizando en los atributos productivos recortados de los trabajadores; por tanto, la necesidad que lleva a que el conocimiento científico no sea apropiado en su inmediatez, sino de una forma necesariamente mutilada. Completado el avance analítico, el retorno sintético pone en relieve que la especificidad histórica de la comunicación de la ciencia como práctica social reside en que ésta es una determinación de forma de la relación social capitalista, un modo de existencia del capital. La comunicación de la ciencia es una forma social que existe en, y por el antagonismo que es inherente a la forma social de la producción capitalista. La multiplicación de las iniciativas en comunicación de la ciencia, y su generalización en tanto que práctica social, son una expresión más de la reproducción a escala ampliada de la misma relación social capitalista. No existe una ‘brecha’ entre ciencia y sociedad que la comunicación de la ciencia tenga por misión cerrar. Lo que existe es una separación entre ciencia y trabajo, una capitalización de la ciencia, que no puede ser trascendida por más ciencia que se comunique a los públicos no expertos, pues ésta es constitutiva de la relación social capitalista misma. 1. Introducción La transmisión del conocimiento científico aparece en las sociedades contemporáneas bajo una forma paradójica. Porque la realidad es una; el conocimiento es uno; 28 y, sin embargo, la difusión de ese conocimiento aparece por duplicado: por un lado, está la ‘comunicación científica’ o ‘comunicación interna de la ciencia’; por el otro, la ‘comunicación pública de la ciencia’ o comunicación de la ciencia propiamente dicha (Hanauska 2020; Gloning 2020; Sugimoto et al. 2017). 29 Aún más sorprendente resulta el hecho de que la difusión del conocimiento en una de sus modalidades, la comunicación científica, resulte formalmente indistinguible del proceso mismo de producir ese conocimiento (Hilgartner 1990); y, en cambio, su difusión bajo la segunda modalidad comporta la ‘popularización’ o ‘vulgarización’ del conocimiento (Bensaude-Vincent 2009); la introducción de ‘grados de distorsión’ que hacen posible su recepción entre los públicos no expertos (Hilgartner 1990). Aparece entonces la duda legítima de si se trata en ambos casos del mismo conocimiento; o, por mejor decir, si la relación entre el sujeto y la forma real a la que los enunciados científicos remiten, es en ambos casos la misma. Este hilo del razonamiento se recuperará más adelante. Por de pronto, cabe establecer que, aun en su inmediatez, la diferenciación entre comunicación científica y comunicación de la ciencia no es una mera invención o una ‘entidad ideológica’ (Gilser y Kurath 2011; Bensaude-Vincent 2001), sino una realidad muy real y tangible. Comunicación de la ciencia y comunicación científica divergen en cuanto a los agentes de la comunicación involucrados en la comunicación, y a los objetivos que con ésta se persiguen, cuanto menos. El punto de partida de la comunicación de la ciencia es que todos los sujetos concernidos se reconocen entre sí como expertos, como sujetos capacitados para apropiarse inmediatamente el conocimiento acerca de una determinada forma real que se objetiva en un artículo científico, por ejemplo; y pueden estos sujetos contrastar, verificar o refutar el conocimiento obtenido, etcétera. Lo que se pretende así es avanzar en el conocimiento de los atributos de la forma real siguiendo una necesidad objetiva. En ese sentido, como señala Hilgartner, la difusión del conocimiento científico entre los expertos es un proceso formalmente indistinguible del proceso mismo de producir conocimiento. Y los agentes involucrados en esa comunicación participan de la misma porque, con o sin título de ‘científico’, se reconocen como sujetos capacitados para aportar al conocimiento sobre el objeto en cuestión. La comunicación de la ciencia no cumple con ninguna de las características señaladas para la comunicación científica. Existe un imperativo de transmitir el conocimiento científico a la población; pero ello no se hace partiendo de que estos sujetos están facultados para contribuir efectivamente a la producción de conocimiento —ni, por caso, que la apropiación del conocimiento difundido les vaya a conferir tal capacidad. Esta particularidad de la comunicación de la ciencia es la que explica, entre otros, que la definición canónica de comunicación de la ciencia propuesta por Burns y colegas (Burns et al. 2003), no contemple entre las ‘respuestas personales hacia la ciencia’ que la comunicación de la ciencia debería de generar, el que los públicos intervengan en la 28 Ya el joven Karl Marx apuntaba que si el trabajo ‘se concibe como la revelación exotérica de los poderes esenciales del ser humano… la ciencia natural… se convertirá en la base de la ciencia humana, como ya se ha convertido (aunque en una forma enajenada) en la base de la vida humana actual; por lo que asumir una base para la vida una base diferente para la ciencia es por supuesto una mentira’ (Marx 1975, 303). 29 A lo largo del texto, nos referiremos a la primera como ‘comunicación científica’, y a la segunda, como ‘comunicación de la ciencia’. Ésta es una diferenciación similar a aquélla que se formula entre ‘comunicación interna de la ciencia’ (ej., Franzen 2020) y ‘comunicación externa de la ciencia’ (ej., Hanauska 2020). producción de conocimiento. Más: ¿por qué el malhadado Modelo de Déficit Cognitivo (véase, capítulo §1) ‘siempre vuelve, como se pregunta Suldovsky (2016)? Tal vez un importante factor sea el que los públicos de la comunicación de la ciencia no son reconocidos como sujetos sociales que, a través de su proceso de socialización, han adquirido la capacidad de producir conocimiento científico en forma independiente. De hecho, la educación del público y la corrección de sus ‘erróneas percepciones’ sobre la ciencia sigue siendo el principal objetivo que se proponen los científicos al participar en iniciativas en comunicación de la ciencia (Delicado et al. 2021; Dudo y Besley 2016; Martín-Sempere et al. 2008). Y por más esfuerzos deliberados que se hagan por superar la diferencia entre científicos y no expertos integrando a estos últimos en el proceso investigador, como en la ‘ciencia ciudadana’, la realidad de esa separación verifica su tozudez y obliga a que se reestablezca de continuo el diálogo y el intercambio de conocimiento entre las partes (Wagenknecht et al. 2021). Y así, sucesivamente. Aunque la comunicación pública de la ciencia sea comunicación sobre ciencia y acerca de la ciencia (Bucchi y Trench 2021), tampoco prescribe que los científicos sean actores de esos procesos comunicativos. Ciertamente, la comunicación de resultados de investigación ha dejado de ser una opción para los científicos y ha devenido una responsabilidad u obligación (Bennet et al. 2020; Côté and Darling 2018; Dudo and Besley 2016; Miller 2001). Pero éste sería tan sólo uno de los múltiples perfiles profesionales que pueblan la ‘ecología de la comunicación de la ciencia’ (Weingart y Joubert 2019). De hecho, el crecimiento cuantitativo y el desarrollo cualitativo de la práctica y la investigación en comunicación de la ciencia (Guenther y Joubert 2017), ha venido acompañado de una creciente profesionalización de los comunicadores de ciencia a todos los niveles y en todos los ámbitos (Schäfer 2014), al punto de que hoy es posible hablar de una ‘industria de la mediación’ (Thorpe 2020; Gregory 2016), de una especialización profesional en comunicar la ciencia a los públicos no-expertos. La comunicación de la ciencia puede prescindir de los científicos mismos como actores en la comunicación por el sencillo motivo de que el avance en el conocimiento de las determinaciones de las formas reales no es el objetivo perseguido al transmitir los enunciados científicos bajo esta modalidad. Pero no todos los expertos en comunicación de la ciencia consideran que existe una diferencia real entre comunicación científica y comunicación de la ciencia. Algunos aducen que ésta existió, pero que ya ha sido superada. Otros, en cambio, consideran que la distinción no es real, sino que es fruto de una invención. Merece la pena conocer con algo de detalle los argumentos que se plantean en cada caso. Aquellos que aducen que la diferenciación entre comunicación científica y comunicación de la ciencia ha sido superada, arguyen que son las transformaciones técnicas en las formas de comunicación social las que han posibilitado tal. La digitalización de la comunicación científica en general, y, en particular, la ‘segunda oleada de la digitalización’ (Sugimoto et al. 2017), que ha traído consigo el uso de los social media por parte de los académicos, han dinamitado las barreras que separaban comunicación científica y comunicación de la ciencia: los científicos pueden relacionarse con sus públicos de manera directa o no mediada (König 2020, 639; Franzen 2020, 604; Côté y Darlin 2018; Sugimoto et al. 2017; Büchi 2017). Efectivamente, las redes sociales posibilitan que los resultados de investigación se comuniquen de manera más rápida, fácil, y, sobre todo, barata, con menor consumo de tiempo de trabajo social; posibilitando una cierta suerte de ‘desintermediación de la comunicación de la ciencia’ (Arboledas- Lérida 2021; Peters et al. 2014). Pero no se sigue de ello que los social media haya dado al traste con la distinción entre comunicación científica y comunicación de la ciencia, ni que haya difuminado la línea de demarcación entre científicos y los públicos no-expertos. Esta cuestión se desarrollará con mayor grado de detalle en el siguiente capítulo. Por de pronto, cabe señalar que la mera existencia del medio técnico es condición necesaria pero no suficiente para facultar a los no-expertos en la producción de conocimiento científico objetivo. Otros expertos en comunicación de la ciencia aducen que la diferencia entre comunicación científica y comunicación de la ciencia no está ni en vía de superarse ni de consolidarse; simplemente, no está. Es una entidad ontológicamente inexistente: no es que no se dé, es que no debería de darse conforme a la naturaleza misma de la cosa. De donde se sigue que la diferencia entre comunicación científica y comunicación de la ciencia es una diferencia creada. La diferencia entre comunicación científica y comunicación de la ciencia queda así reducida a una construcción que no tiene otra necesidad que la conciencia abstractamente libre de los sujetos sociales que la han ‘creado’. O, en todo caso, una conciencia cuya única determinación es la necesidad de poder —presentada como necesidad de legitimación social (ej., Gilser and Kurath 2011; Bensaude-Vincent 2009; Hilgartner 1990). Y en reconocimiento tácito de que la conciencia humana es perfectamente impotente para determinar nada que no sea la forma de su propia objetivación o exteriorización, los autores que se adscriben a este planteamiento aducen que la diferencia entre comunicación científica y comunicación de la ciencia es una diferencia creada discursivamente. Toda la línea de investigación en comunicación de la ciencia que reivindica tales postulados puede remontarse, con ciertas reservas, hasta Stephan Hilgartner (1990) y su trabajo seminal sobre la noción de popularización como construcción social. Para este autor, no hay una diferencia absoluta, sino de grado, entre el conocimiento científico como tal y el conocimiento popularizado. La ‘ambigüedad’ que de ello resulta supone que la demarcación entre ‘ciencia genuina’ y ‘ciencia popularizada’ puede trazarse en diferentes puntos, siempre conforme al ‘criterio que uno adopte’. La diferencia cualitativa entre comunicación científica y comunicación de la ciencia no existe; existe una conciencia que determina, que pone la diferencia entre una y otra modalidad de transmisión del conocimiento. Además, como la realidad son ‘grados’, el portador de esa conciencia no tiene más punto de apoyo que su propia voluntad, pues todo depende del ‘criterio’ que a cada cual le resulte más conveniente emplear. Resulta obvio que el autor está planteando que la diferencia entre comunicación científica y comunicación de la ciencia es una construcción. Los responsables de la misma serían, para Hilgartner, los científicos mismos. Al decir del autor, los científicos estarían empleando la ‘ambigüedad’ inherente a la comunicación de la ciencia (a la realidad misma, de hecho, pues todo consiste en ‘grados’) para legitimar su autoridad epistémica. Después de desarrollar su planteamiento in extenso, Hilgartner intenta sortear posibles críticas aduciendo que él sabe apreciar perfectamente la diferencia entre una charla escolar y un artículo en Cell. No obstante, si se sigue a rajatabla el planteamiento de Hilgartner, aquella diferencia que él cree ver es una construcción del propio Hilgartner que no persigue más fin que el de autolegitimarse como autoridad cognitiva. 30 30 Hilgartner desarrolla su argumento a partir de un caso muy particular: un artículo de revisión de los factores asociados al cáncer en la población estadounidense, publicado en una revista académica, pero del que los autores decían que se dirigía a públicos no-expertos. Asegura Hilgartner que éste es un caso paradigmático del ‘continuum’ entre la comunicación científica y la comunicación de la ciencia, pues otros expertos se apropiaron el contenido del artículo para seguir avanzando en el conocimiento acerca del cáncer. Considera Hilgartner que ello evidencia que entre comunicación de la ciencia y comunicación científica existe un ‘continuo’. Pero con igual rigor podría leerse el caso en el sentido inverso: los expertos estaban capacitados para apropiarse el artículo de modo tal que les sirviera para producir nuevo conocimiento; los públicos no-expertos tuvieron que limitarse a la información que sobre los factores del Aquello que diferencia específicamente la ciencia de otras formas de conciencia es su condición de conciencia objetiva, es decir, que es una forma de conciencia que desencadena el gasto de trabajo humano siguiendo una necesidad distinta del criterio subjetivo del propio individuo (Iñigo Carrera 2013 [2003], 262-263; 2007, 70ff.). 36 En tal condición, es la forma de conciencia más potente por la que el individuo puede regir su acción para apropiarse virtual y realmente las potencias del medio y convertirlo en un medio para sí. Esta potenciación opera en dos direcciones: por un lado, la ciencia expande el alcance de la acción transformadora del individuo, pues ésta se rige conforme a una necesidad que trasciende el alcance limitado de la propia subjetividad y el conocimiento de la forma real que el sujeto pueda obtener de la forma real en su inmediatez, tal y como se le presenta inmediatamente; asimismo, es la forma de conciencia que permite la apropiación virtual del medio con menor gasto de capacidad de trabajo. A esto es a lo que aludía específicamente Henryk Grossman cuando planteaba que el método científico ‘acorta el camino hacia la verdad’ (Grossman 2009). La ciencia no es una facultad productiva natural o innata en el ser humano, aun cuando es la forma más desarrollada de un atributo genérico humano, el conocer consciente. ‘La conciencia no está casualmente relacionada con la praxis; la conciencia es el modo de existencia de la praxis humana’ (Azeri 2019; énfasis añadido). Por consiguiente, las transformaciones en las formas de la praxis humana en la naturaleza, de la existencia activa del ser humano en su medio, se expresan también en transformaciones en las modalidades de conciencia prevalecientes. La ciencia es una forma de consciencia históricamente determinada —esto es, dada en virtud de la productividad del trabajo social a una determinada escala de su desarrollo histórico. La ciencia es ella misma un producto histórico. La investigación en historia de la ciencia sitúa por lo general los prolegómenos de la ciencia moderna en torno a los siglos XVI y XVII, época en la que surgen los primeros ‘filósofos de la naturaleza’. Sólo con el ‘principio del movimiento inercial’ formulado por Galileo Galilei, asegura Sohn-Rethel (2021 [1978], 102), es posible comenzar a hablar de ciencia en el sentido pleno del término, pues es sólo a partir de ese momento que el ser humano empieza a reconocer en la naturaleza la capacidad de ésta de moverse conforme a sus propias fuerzas e impulsos, sin necesidad de recurrir a ninguna fuerza exterior a la naturaleza misma (deidad). 37 Pero si bien existe amplio consenso a la hora de demarcar históricamente el nacimiento de la ciencia moderna, no existe el mismo grado de acuerdo respecto de qué forma particular de la praxis humana en la naturaleza es la que hace posible la emergencia de la ciencia en tanto que forma de conciencia que se apropia lo real siguiendo una necesidad objetiva. Por supuesto, ésta es una problemática que sólo se presenta a quienes asumen que, efectivamente, la ciencia es una forma social como cualquier otra, y, en tal sentido, está 36 A esta altura, no puede aseverarse que el sujeto que conoce científicamente, esté rigiendo su acción conforme a la necesidad portada por el propio objeto. Porque el método representacional, dominante en la ciencia contemporánea, se rige de manera objetiva, conforme a los presupuestos que le dicta una lógica; pero no acompaña y reproduce en su devenir cualitativo a la forma real misma, así que no se atiene a las potencialidades del objeto. Más consideraciones a este respecto pueden encontrarse en el capítulo §3. 37 Engels (1987) hace notar que la visión general del mundo de la filosofía moderna de la naturaleza se encontraba en sus comienzos, y hasta bien entrado el siglo XVIII, muy por debajo de lo alcanzado por la filosofía helénica, en tanto que la primera concebía todo lo existente como ‘inmutable’ y ‘creado de una sola vez’ (Engels 1987, 322). En esta concepción de todo lo real como algo ‘osificado’ e igual a sí mismo por toda la eternidad, resultaba relativamente sencillo dar entrada a un ‘impulso desde afuera que no era explicado por la propia naturaleza’; por consiguiente, ‘la ciencia estaba todavía profundamente mezclada [‘enmeshed’] con la teología’ (Engels 1987, 322). determinada por las modalidades particulares que toma la organización del proceso de producción y reproducción de la vida humana, o sea, por las formas históricamente determinadas del trabajo social. Señalar la mera ocurrencia simultánea del capitalismo (siendo la modalidad predominante el capital mercantil) y la ciencia moderna, no es suficiente para dar cuenta de la ciencia en tanto que forma de conciencia históricamente determinada (ej., Hessen 2009). Se hace necesario, pues aludir al atributo distintivo de la producción social bajo la forma específica de producción de capital que toma cuerpo en el razonamiento científico. Para Sohn-Rethel (1978), lo específico del pensamiento científico es el hecho de que éste trabaja con ‘conceptos abstractos no-empíricos’, es decir, conceptualizaciones que no se generan a partir del trabajo manual, o de la ‘práctica humana sensible’ (Marx dixit) del ser humano en la naturaleza. Sohn-Rethel busca la necesidad de esta ‘abstracción’ en lo que él denomina la ‘abstracción del cambio’. El capitalismo es una forma de ‘síntesis social’ basada en la producción y circulación de mercancías. Y en toda sociedad mercantil, la relación social entre los individuos se establece a través de actos de intercambio que obligan a dejar en suspenso todas aquellas propiedades concretas sensible de los productos del trabajo (una ‘abstracción real’ de la que los sujetos que intercambian no están y no necesitan estar advertidos, dice Sohn-Rethel). Brota de esta abstracción del intercambio una ‘segunda naturaleza’ completamente abstracta que se súper-impone a la naturaleza simple, y que se conforma de ‘sustancias abstractas’ cuyo movimiento tiene lugar en un tiempo y un espacio igualmente abstractos. Es de esta segunda naturaleza de la que los intelectuales de todas las épocas dominadas por la forma mercantil de los productos del trabajo, toman las conceptualizaciones abstractas noempíricas propias del razonamiento científico. La crítica habitual a los postulados de Sohn-Rethel es que el autor va a buscar la especificidad del pensamiento científico, no en las determinaciones propias de la producción social capitalista, sino en aquellas relativas a la circulación; es decir, pone el foco en la forma particular que adquiere la distribución de los productos del trabajo (‘abstracción del cambio’), no así en la forma particular del trabajo en cuanto tal (Reinfield y Slater 1978). Si bien esta crítica es, en lo fundamental, correcta, los críticos del pensador marxista alemán no han apreciado hasta la fecha que toda su exposición presenta un problema aún más básico y elemental: buscando la necesidad de los conceptos abstractos no-empíricos en el dinero y la ‘abstracción del cambio’, Sohn-Rethel es incapaz de elevar esa conexión más allá de la homología, es decir, de la identidad formal entre ambas (véase, Arboledas-Lérida 2020, para una crítica más pormenorizada de los planteamientos de Sohn-Rethel). Syaves Azeri recoge el legado de Sohn-Rethel y trata de preservar la condición abstracta de conceptos y leyes como sello distintivo que imprime el capital al razonamiento científico; sin embargo, el autor explica tal determinación con base en el trabajo abstracto en tanto que fuente de valorización del capital (Azeri 2016). Así, dice Azeri, la ciencia en el capitalismo es abstracta porque el conocimiento científico se presenta ‘como una mera relación entre proposiciones’ abstraídas del hecho de que el conocimiento es la forma en que los seres humanos manipulan y dominan la realidad (Azeri 2019). En otros términos, la ciencia se presenta como ‘abstracción conceptual’ (Azeri 2016). Pero el intento de relacionar esta abstracción conceptual con el carácter abstracto del trabajo como fuente de valor del capital, no lleva a Azeri demasiado lejos. De hecho, Azeri se desdice de lo que afirma y niega que lo distintivo de la ciencia en el capitalismo sea su carácter abstracto. La abstracción, dice Azeri, arranca desde la misma producción de herramientas, o sea, es constitutiva del ser humano, del trabajo, pues abstraer consiste en ‘convertir una mera cosa en una cosa útil [‘meaningful’] para el sujeto haciéndola un objeto para la acción’ (Azeri 2016). Lo que sucede es que el capitalismo oculta que esas abstracciones son producto de la cognición del individuo a través del ‘cuerpo social’. Así que el problema ya no es la abstracción, sino el ocultamiento o, en términos propiamente marxistas, la falsa conciencia. 38 Conforme a esta falsa conciencia u ocultamiento, que Azeri equipara a la ‘abstracción’, el conocimiento se representa como completamente disociado de los seres humanos (Azeri 2019). La ciencia bajo el capital vendría a negar que el conocimiento es el modo de existencia de la praxis humana; que ‘conocer la realidad significa conocer el mundo del trabajo humano’; que conocer, en fin, ‘consiste en la apropiación y “manipulación” de la naturaleza social’ (Azeri 2019; comillas en el original). Al margen de sus inconsistencias internas, el planteamiento de Azeri pretende poner en solfa un aspecto de la ciencia contemporánea que no aplica. Todos los desarrollos de este autor se encaminan a substanciar la idea de que la ciencia moderna, la ciencia capitalista, no reconoce la orientación práctica del conocimiento. A tenor del énfasis que se pone en la actualidad en la ciencia como motor de la innovación (Hallonsten 2021); que la investigación se oriente a resolver problemas sociales acuciantes; la fiscalización de la ciencia por parte de la ciudadanía, etcétera, parece difícil sostener semejante concepción. Pero es que la supuesta disociación entre ciencia y práctica tampoco se encuentra en los orígenes de la ciencia moderna y la denominada ‘concepción mecanicista de la naturaleza’. De hecho, como Grossman (2009) subraya, figuras como Francis Bacon o René Descartes teorizaron la ‘Filosofía de la Naturaleza’ en absoluta contraposición a la escolástica medieval, puramente especulativa, enfatizando su dimensión práctica y poniendo como tarea central de la nueva ciencia ‘la utilidad práctica del conocimiento para el dominio sobre la naturaleza y la reducción del trabajo humano’ (Grossman 2009, 134). Así que, de nuevo, surge la pregunta: ¿qué atributo de la producción capitalista explica la génesis y desarrollo de esa forma de conciencia denominada ciencia? Grossman (2009b) no alberga ninguna duda de que la razón de ser de la ciencia, y de la ‘concepción mecanicista de la naturaleza’ como forma en que la conciencia científica viene por primera vez al mundo, ha de buscarse en la máquina. A los ojos de los filósofos de la naturaleza, la realidad toda deviene un automatismo compuesto de mecanismos y engranajes perfectamente dispuestos que accionan los unos sobre los otros para dar lugar al movimiento de la naturaleza —de hecho, la acción recíproca de los engranajes es el movimiento de la naturaleza. Y semejante forma de representarse el movimiento de lo real, al decir de Grossman, no tenía otro lugar en el que encontrar inspiración que los autómatas de la época, fundamentalmente el reloj (y los planetarios construidos con este mecanismo) y la máquina a vapor. Ya se ha hecho en otro lugar una crítica sustanciada a los planteamientos de Grossman (Arboledas-Lérida 2020), así que lo único que se resaltará aquí es que los 38 Azeri se ve en la necesidad de poner en equivalencia ambos términos para intentar abrirse paso a través de las antinomias de sus propios postulados. Pero ‘abstracción’ y ‘falsa conciencia’ no son lo mismo. Si la abstracción es constitutiva del razonamiento científico, ésta no puede tener más origen que el trabajo abstracto en tanto que forma social. Aquí era donde Azeri pretendía llegar, pero extravía sus pasos por el camino. Si lo que caracteriza al razonamiento científico es la falsa conciencia, entonces, el trabajo abstracto como forma social pierde fuerza en favor de el atributo del trabajo social que toma cuerpo en el ‘fetichismo de las mercancías’, y que no es otro que el hecho de que el trabajo social se ejecute de manera privada e independiente y que, por consiguiente, los productores no puedan relacionarse entre sí sino a través de los productos de su trabajo (Marx 1996, 81-94; Iñigo Carrera 2007, 12-41). A caballo entre una y otra fórmula, Azeri no logra desarrollar convenientemente la especificidad del conocimiento científico en el marco de la relación capitalista, y termina por recurrir a la máquina como Deux es machina. desarrollos de Grossman sí apuntan de manera más certera hacia los atributos de la producción capitalista que toman cuerpo en la ciencia en tanto que forma de conciencia objetiva. La ciencia como forma de conciencia objetiva sólo puede devenir (tendencialmente, hasta ahora) forma de la conciencia general cuando la producción social se despliegue sobre una base plenamente objetiva ella misma, es decir, deje de descansar sobre la destreza, tensión y conocimiento del trabajador. A este resultado no se llega con la máquina en su simplicidad; se empleaban máquinas mucho antes del siglo XVI y de la emergencia del modo de producción capitalista. Para Marx era claro que el imperio romano legó a la humanidad la ‘forma elemental de toda maquinaria con la rueda hidráulica’ (Marx 1996, 353), y ello no dio lugar a una revolución en las formas del pensamiento del alcance y la profundidad de la que se inició a partir del siglo XVI. Es la gran industria y su columna vertebral, el sistema automático de maquinaria, los que confieren a la producción social una base plenamente objetiva. Y es sólo sobre esta base que una forma de conciencia objetiva puede desplegar la totalidad de sus determinaciones y devenir forma general (tendencial) de la conciencia (Arboledas-Lérida 2020). Queda establecido con ello que la ciencia es una forma social históricamente determinada; un producto histórico que encuentra su razón de ser en las condiciones materiales de la producción inauguradas, no por el capital, sino por el modo de producción capitalista propiamente dicho. Pero estas consideraciones respecto de la naturaleza histórica de la ciencia, de las formas de la praxis humana que en ella cobran expresión, también permiten dilucidar en qué sentido específico la ciencia constituye un momento del trabajo social. Y ésta es la determinación que conviene retener en lo sucesivo: la ciencia es la modalidad de la consciencia humana, del conocer consciente, más desarrollada, pues es la que habilita al sujeto humano para transformar la naturaleza, cualquier forma social, de manera más potente, y con menor gasto de cuerpo de trabajo propio. La ciencia es la actualización de un atributo genérico humano a una determinada altura del desarrollo de las fuerzas productivas, así que no es por sí misma un atributo natural. En la ciencia se realizan las potencias del trabajo social, o sea, las capacidades que emanan de la cooperación productiva entre los individuos y de las que cada individuo es portador. 39 2.3. Trabajo y difusión del conocimiento Más arriba se aducía que el trabajo es una actividad social que se realiza en y a través de la coordinación del gasto del propio cuerpo que acomete cada sujeto productivo particular. Que el trabajo es un proceso social que se realiza bajo la forma de una acción individual, es una determinación que aplica tanto para la apropiación real (organización de la cooperación para actuar sobre el objeto de la acción) como, también, para la apropiación virtual (conocimiento acerca de las potencias del sujeto colectivo respecto de las potencias del objeto). El conocimiento está siempre individualmente portado. Así como ninguna persona se nutre porque otra coma, dirá Hegel cargando las tintas contra Kant, así ninguna persona puede conocer porque otra haga uso de su facultad de conocer. Cada sujeto ha de reproducir de forma independiente las determinaciones presentes en la 39 Más lo anterior no significa que el carácter limitado de la relación social capitalista como forma de organización del proceso metabólico social no tome cuerpo también en la ciencia. Para Iñigo Carrera (2013 [2003]), el predominio del método de la representación lógica como método general de la ciencia revela que la ciencia como forma del conocer consciente no ha desplegado, ni puede desplegar, la totalidad de las potencias que contiene. Complementado su crítica, en otro lugar se ha hecho hincapié en que la prevalencia histórica del método representacional tiene por base material las formas de organización del trabajo científico, que guardan en muchos sentidos más similitud con la producción manufacturera que con el sistema de la gran industria (Arboledas-Lérida 2020). acción colectiva en la que participa. Pero precisamente porque la acción es colectiva, y precisamente porque ésta adquiere mayor potencia si todos los sujetos pueden reconocer las determinaciones de su propia acción, ésta demanda necesariamente que el conocimiento sea transmitido. El conocimiento original obtenido por un individuo se comparte con otros integrantes del colectivo productivo para ahorrar a estos el gasto de capacidad de trabajo que supondría el producir de manera independiente el mismo conocimiento. La apropiación independiente (i.e., por cada individuo) de este conocimiento toma la forma de un reconocimiento. En la simplicidad de las determinaciones aquí consideradas, el individuo está facultado para apropiarse el conocimiento en su inmediatez. Al contrario, el conocimiento se comparte partiendo del reconocimiento del otro como sujeto con la capacidad de apropiarse de ese conocimiento, 40 y se comparte como forma de potenciar la acción colectiva al máximo grado en que es objetivamente posible, para desencadenar todas las potencias del trabajo social que surgen de la cooperación para transformar el objeto sobre el que se interviene. Se sigue de lo anterior que cualquier diferencia que exista al interior de esa colectiva respecto del conocimiento a disposición de cada individuo respecto de la forma real, supone ante todo una limitación inmediata del alcance y la potencia de la acción colectiva; es decir, es un recorte en las capacidades del trabajo social respecto de las potencias que sería objetivamente posible desencadenar. Pero, además, si es un conocimiento diferente el que diferentes sujetos del colectivo tienen respecto de la misma forma real, ello supone que estos individuos mantienen una relación distinta para con respecto el objeto en cuestión, relación que sólo puede estar mediada por una diferencia de capacidades de estos sujetos en relación al objeto sobre el que se interviene. Las potencias del trabajo social están mutiladas porque mutiladas o recortadas están las capacidades productivas de algunos individuos que forman parte de la comunidad productiva en cuestión. Los individuos portadores de estos atributos productivos restringidos sólo pueden intervenir en forma limitada en la transformación de la forma real sobre la que se actúa. La transmisión del conocimiento va en la naturaleza misma del trabajo en tanto que proceso metabólico natural necesariamente colectivo y consciente. Empero, de esta determinación simple no se puede derivar la comunicación de la ciencia como práctica social. Al contrario, la comunicación de la ciencia aparece como la absoluta negación de esta determinación simple —es decir, como el inmediato opuesto. Porque, ¿qué sentido tiene limitar las potencias del trabajo social privando a una parte de los individuos del conocimiento pleno de las potencialidades propias respecto de las potencialidades del objeto sobre el que se interviene? O, en otras palabras, ¿por qué el conocimiento científico no puede apropiarse en su inmediatez, tal cual surge del proceso de apropiación virtual del medio que llevan a cabo los científicos? ¿Por qué existen miembros de las comunidades productivas contemporáneas que no pueden apropiarse de ese conocimiento de forma directa, sino que se requiere para ello de una mediación? Las determinaciones simples del proceso metabólico social como proceso de trabajo social, y la función que en ello desempeña la transmisión del conocimiento, no dan cuenta de la existencia de la comunicación dela ciencia como práctica social. Así que la comunicación de la ciencia no es una forma real transhistórica, verificable en toda sociedad con independencia de la forma particular que la producción social adopte en cada caso. La comunicación de la ciencia es, por tanto, una forma social cuya necesidad está dada por la relación social capitalista en cuanto tal; o sea, una forma social que encuentra su razón de ser en las condiciones de la producción social propias y distintivas del modo de producción capitalista. Así que la especificidad histórica de la comunicación 40 Éste es, como se veía en el apartado §1, el fundamento de la comunicación científica. de la ciencia obliga a considerar las determinaciones de la relación social capitalista que en tal práctica social se realizan. Y el primer paso en esta dirección involucra determinar con precisión cuál es la función que la comunicación de la ciencia asume en la reproducción de las sociedades capitalistas contemporáneas. 3. La comunicación de la ciencia en las sociedades capitalistas contemporáneas La proliferación de actividades en comunicación de la ciencia a lo ancho y largo del globo (Trench y Bucchi 2021) ha venido acompañada por una ampliación y consolidación del campo de estudios en comunicación de la ciencia en tanto que rama autónoma de la investigación (Guenther y Joubert 2017). Pero el grueso de esta investigación ha adquirido un cariz inmediatamente práctico, orientado en lo esencial a la resolución de los problemas inmediatos dados a la implementación de iniciativas en comunicación de la ciencia. La partícula interrogativa que ha servido de guía a esta investigación es cómo: ¿Cómo ayudar a los científicos a comunicar resultados de investigación (ej., Bennet et al. 2021; Dudo y Besley 2016)? ¿Cómo formar a los futuros comunicadores de ciencia (Baram-Tsabari y Lewenstein 2017; Mercer-Mapstone y Kuchel 2017)? ¿Cómo lograr que los científicos se involucren más en actividades de comunicación de resultados de investigación (Martín-Sempere et al. 2008; Gascoigne y Metcalfe 1997)? ¿Cómo implementar de forma efectiva esquemas de comunicación de la ciencia que favorezcan el diálogo entre expertos y no expertos (Leitch 2019)? ¿Cómo mejorar, en fin, la práctica de la comunicación de la ciencia con base en una mejor evidencia empírica disponible (Jensen y Gerber 2020)? Por contraposición, la reflexión más profunda acerca del qué y, sobre todo, del porqué de la comunicación de la ciencia ha quedado relegada, cuando no completamente orillada. El interés por las cuestiones prácticas encuentra explicación, al menos parcialmente, en la creciente profesionalización de la comunicación de la ciencia como práctica profesional a todos los niveles (Schäfer 2014), pues las exigencias y retos que se plantean a la investigación conciernen fundamentalmente a las dificultades más inmediatas que los profesionales de la comunicación encuentran en su desempeño; aquellas cuestiones cuya traslación a la práctica inmediata es más compleja (presentan mediaciones adicionales), necesariamente han de tener menos peso. Pero se plantea entonces una situación paradójica: se demanda a los futuros profesionales de la comunicación de la ciencia una mayor capacidad de reflexionar sobre la comunicación de la ciencia y su función social (Baram-Tsabari y Lewesntein 2017); pero la propia investigación en comunicación de la ciencia no cultiva tal capacidad ni proporciona, por consiguiente, material a partir del cual desplegar esa reflexividad. 41 No resulta entonces tan sorprendente que, interrogados acerca de la función que la comunicación de la ciencia desempeña en el marco de las sociedades contemporáneas, todo lo que tanto profesionales como investigadores aciertan a formular son trivialidades del tipo ‘refuerzo de la democracia’, ‘fiscalización social de la ciencia’, o ‘difusión de la cultura y el conocimiento’ (Davies 2021). Como la propia autora del artículo citado reconoce, los expertos en comunicación de la ciencia simplemente han transferido a ésta (y se han arrogado) los valores sociales que son propios de la ciencia misma. Por todo 41 Como muestra, un botón: de las tres revistas internacionales específicamente dedicadas a la comunicación de la ciencia, a saber, Science Communication, Journal of Science Communication y Public understanding of Science, sólo la primera admite desarrollos de naturaleza ‘teórica’ en el formato convencional de artículo científico (‘full-length article’). Las otras, en cambio, remiten los mismos a formatos tales como los ‘comentarios’, generalmente menos leídos y de extensión menor. contrapunto crítico, los encuestados remiten al hecho de que la comunicación de la ciencia tiene mucho de ‘marketing’ y de ‘promoción’ (Davies 2021). Pero el debate acerca de cómo las ‘presiones de la competencia capitalista’ están transformando la comunicación de la ciencia (Davies y Horst 2016, 124) lleva largo tiempo presente en los círculos académicos de la investigación en comunicación de la ciencia (véase, entre otros, Balvert 2020, Thorpe 2020; Gregory 2016; Thorpe y Gregory 2010; Bauer 2008; Bauer y Gregory 2007), así que los expertos se han limitado a hacerse eco de ciertas posiciones elaboradas por fuera del rango de problemas relativos a la práctica y a la investigación contemporáneas en comunicación de la ciencia, o sea, sin repercusión inmediata en su propia actividad. Dada esta concepción elevada de sí mismos y de su práctica social, hay que reconocer que hay un punto de verdad en aquello que señala Bensaude-Vincent (2001) respecto de que son los popularizadores de ciencia los que han creado la brecha entre ciencia y sociedad para legitimarse socialmente (véase, también, Suldovsky 2016). Como se descartó en el apartado anterior que la comunicación de la ciencia tenga su necesidad en la simplicidad del proceso metabólico humano, como pura organización y coordinación de la acción colectiva para transformar el medio, la función que a esta práctica social corresponde en la reproducción de las sociedades contemporáneas ha de estar determinada, en primera instancia, por los atributos del trabajo que son propios y distintivos de la forma social de la producción predominante, de la relación social general de producción. Y ésta es hoy en día la relación social capitalista. En el modo de producción capitalista, la propiedad peculiar del trabajo social es que éste se ejecuta de manera privada e independiente (Chattopadhyay 2019, 53; Starosta 2016; Bonefeld 2014; Iñigo Carrera 2007, 27-43; Marx 1996; Rosdolsky 1977). En lo fundamental, esto significa que la producción social se acomete sin arreglo a plan alguno, y, por consiguiente, sin que los productores conozcan ex-ante si el trabajo que han aplicado para producir algo es un trabajo socialmente útil, entendido en la doble especificidad del término: como trabajo que produce un valor de uso para otros, y como trabajo socialmente necesario, es decir, como trabajo que incorpora al valor de uso la cantidad de trabajo estrictamente indispensable, con arreglo al nivel medio de intensidad, destreza, etcétera, prevaleciente (Marx 1996; Rubin 1973 [1928]). 42 Entre otras cosas, esto supone que existe una posibilidad muy real de que se malgaste trabajo social, en tanto que el trabajo contenido en un determinado producto puede no validarse como trabajo socialmente útil, como trabajo necesario en la unidad del trabajo social (Iñigo Carrera 2007). Y esto aplica también a los productos del conocimiento científico, habida cuenta de que la ciencia se ha convertido en una rama diferenciada de la producción que organiza su actividad de forma autónoma respecto del resto de las esferas de la producción social. El proceso de metabolismo humano específicamente humano es la unidad de trabajo y consumo (Iñigo Carrera 2007, 47). Por tanto, es en el consumo de los productos del trabajo ejecutado individualmente que se verifica si el gasto de trabajo hecho es un gasto socialmente útil. La verificación a posteriori es completamente innecesaria en una sociedad en la que la producción se acomete conforme a un plan, pues ésta siempre responde a las necesidades mismas de la comunidad productiva —y esta determinación se verifica con independencia de la forma en que ese plan se establezca, ya sea de manera acordada (comunismo primitivo) o despótica (sociedades esclavistas, señoríos feudales). En el capitalismo, en cambio, cada productor aplica su capacidad de trabajo sin saber si el producto de su trabajo entrará en el consumo de otros individuos y, por consiguiente, 42 El capítulo §5, dedicado a cómo las métricas de impacto social de la investigación median la generalización de la comunicación de la ciencia como responsabilidad u obligación para los académicos, abundará en la noción de trabajo socialmente útil. participará en el proceso de metabolismo social. Sucede, además, que la reproducción del mismo productor está condicionada a que produzca bienes socialmente útiles —algo que, como se ha dicho, no puede saber a priori—, así que todos los productores o unidades de producción (productor colectivo) están en la necesidad de ‘aplicar los cinco sentidos’ para conocer qué necesidad social ha de satisfacerse, y cómo ha de organizar su proceso de trabajo a tal efecto (Iñigo Carrera 2007, 64). También los resultados de la investigación científica son producto del trabajo, y también se consumen. 43 Como el conocimiento científico es, en general, una condición social de la producción, este consumo es, ante todo, un consumo productivo (consumo de medios de producción); pero eso no excluye que el conocimiento pueda participar en un consumo individual, es decir, en un consumo orientado a la reproducción del individuo en cuanto tal (Iñigo Carrera 2007, 47). 44 Como sea que fuere, el enunciado científico ha de verificar mediante el consumo de otros su condición de producto del trabajo socialmente útil. La utilidad del trabajo científico vive o muere en el uso que den del conocimiento otros agentes de la producción social distintos a los científicos mismos que lo han obtenido. Paresh Chattopadhyay afirma que la necesidad más simple de toda sociedad es la economización del tiempo de trabajo social necesario para la producción de cada bien útil, junto con su distribución proporcionada entre las diferentes ramas de la producción (Chattopadhyay 2019, 56). Pero no toma en consideración que, en el caso de la producción capitalista, la economización no sólo pasa por reducir el tiempo de trabajo total invertido en la producción; sino también por reducir el tiempo de trabajo gastado improductivamente —pues la ejecución privada e independiente del trabajo social en el capitalismo involucra indefectiblemente el desperdicio de tiempo de trabajo social (Iñigo Carrera 2007, 53). Es a esta altura que comienza a atisbarse la función genérica que la comunicación de la ciencia cumple en las sociedades capitalistas contemporáneas. A la comunicación de la ciencia compete pues el garantizar que se dé un empleo provechoso a los enunciados científicos; que estos participen en procesos de consumo productivo o individual en esferas del proceso metabólico social diferentes de la propia producción de conocimiento científico. En definitiva, la comunicación de la ciencia pretende posibilitar que la ciencia resulte útil (Arboledas-Lérida 2022). Pero esa mediación viene reclamada por el carácter privado e independiente que adquiere el trabajo social (y, por ende, el trabajo científico), que comporta la recíproca indiferencia de los productores privados entre sí y la incapacidad de que cada uno intervenga en, o decida respecto de, la producción y el consumo que otros hacen (Iñigo Carrera 2007). No está garantizado a priori que el resto de los miembros del colectivo social vayan a dar uso en sus respectivos procesos metabólicos al conocimiento científico producido; por consiguiente, los productores científicos no saben ex-ante si han hecho un gasto útil de trabajo social y, por consiguiente, si su trabajo se integra en la unidad del trabajo social. 43 Que el consumo de este producto específico del trabajo no suponga la destrucción de su valor de uso es, en lo que a esta determinación concierne, del todo punto indiferente. Pero hay que hacer notar, en cualquier caso, que todo enunciado científico está objetivado materialmente de una cierta manera, y que ese portador material sí puede ser susceptible de destrucción de su materialidad por medio del consumo. De ahí en más, lo que aplica al conocimiento científico es su destrucción mediante la ‘obsolescencia moral’, o sea, el trascender el conocimiento parcial sobre una realidad cualquier mediante nuevos conocimientos. Esta obsolescencia moral del conocimiento se revela, entre otros, en la llamada ‘vida útil’ de las publicaciones científicas, que no alcanza los tres años en disciplinas especialmente prolíficas, como ciertas ciencias de la vida. Esto se tratará con más detalle en el siguiente capítulo. 44 De hecho, éste es el tipo de consumo de enunciados científicos en el que piensan Burns y colegas al aducir que la comunicación de la ciencia debe generar ‘respuestas personales hacia la ciencia’ tales como el interés, la concienciación o la fascinación (Burns et al. 2003). La comunicación de la ciencia aparece como un momento particular en la validación social de ese gasto de trabajo; es una forma en que ese trabajo ejecutado privadamente se incorpora a la unidad del trabajo social. Ésta es la determinación más general de la comunicación de la ciencia. En esta simplicidad, ya puede apreciarse inmediatamente que su necesidad no viene dictada por las condiciones generales del proceso metabólico social, sino por la forma históricamente determinada de este último; más en concreto, por los atributos específicos que adquiere el trabajo social en el marco de la relación social capitalista. Paradójicamente, la especificidad del metabolismo social bajo su forma capitalista comporta un gasto adicional de trabajo social total para que el trabajo invertido en la producción de conocimiento científico pueda integrarse en la unidad del trabajo social, validándose como trabajo socialmente útil. 45 El consumo efectivo de los enunciados científicos por agentes de la producción distintos de los científicos mismos se logra haciendo que aquellos resulten accesibles, comprensibles y potencialmente explotables. 3.1. La comunicación de la ciencia y la apropiación del conocimiento científico objetivo La accesibilidad del conocimiento científico concierne a algo tan elemental como su visibilidad. Es imposible que ningún agente de la producción social dé uso productivo (cualquiera que la naturaleza de éste sea) a un enunciado científico si desconoce su existencia. De ahí que la multiplicación de iniciativas en comunicación de la ciencia pueda relacionarse con el crecimiento exponencial del número de artículos científicos. No por menos, entre 2010 y 2020 el número de artículos científicos producidos casi se ha duplicado (Digital Science 2022). Y a este fenómeno se aferran quienes explican la especificidad histórica de la comunicación de la ciencia en virtud de la mayor capacidad productiva del trabajo científico, su especialización disciplinar, y, en general, la complejización de la ciencia (Delicado et al. 2021; Hanauska 2020; Bucchi 2008). Pero esta lectura hace abstracción del hecho de que el desarrollo exponencial de la capacidad productiva del trabajo científico no suscitaría el problema de su integración a la unidad del trabajo social si la producción de enunciados científicos se rigiese por un plan prestablecido y estuviese en coordinación con el resto de las esferas de la producción social. Pero éste no es el caso en el modo de producción capitalista. Por consiguiente, en virtud de la anarquía de la producción en que necesariamente desemboca el carácter privado e independiente del trabajo social en el capital (Rosdolsky 1977), existe una alta probabilidad de que no todo el conocimiento recogido en esos artículos científicos se emplee de forma efectiva en alguna instancia del proceso metabólico social. Si saber de la existencia de un enunciado científico es requisito para poder apropiarse del mismo, no lo es menos que este conocimiento se halle objetivado en la forma técnica y socialmente adecuada al consumo que del mismo se espera. Puschmann (2014) ilustra el aspecto técnico de la cuestión, enfatizando cómo el empleo de tecnologías obsoletas imposibilita el uso del conocimiento. La dimensión social es remarcada tanto por Brossard y Scheufele (2013), como por Peters y colegas (Peters et al. 2014); en ambos casos, se explica que aspectos aparentemente intrascendentes, como la recepción inicial que un determinado artículo científico en redes sociales, puede 45 Precisamente porque el trabajo invertido en comunicar públicamente los resultados de investigación está sometido a la misma determinación que el resto del trabajo social (i.e., también se acomete de manera privada e independiente), no está garantizado que su mediación resulte exitosa. Si la mediación de la comunicación de la ciencia resulta inefectiva, se habrá dado entonces un despilfarro de tiempo de trabajo social por partida doble: el trabajo invertido en la producción de un conocimiento que se ha demostrado eventualmente como inútil, y el trabajo dedicado a comunicar esos resultados de investigación, que ha resultado ser también socialmente innecesario. introducir variaciones significativas en las probabilidades de que otros usuarios se apropien, o no, de ese conocimiento —por ejemplo, el tono de los comentarios recibidos por una publicación en un foro de Facebook media la percepción que otros usuarios tengan del mismo artículo y las probabilidades de que interactúen con esa publicación (Brossard y Scheufele 2013). Que el conocimiento científico deba de resultar accesible pone inmediatamente de evidencia en qué sentido específico la especificidad histórica de la comunicación de la ciencia responde a los atributos sociales que el trabajo adquiere bajo la forma capitalista de la producción social. Mas el vínculo orgánico, interno y necesario, entre la comunicación de la ciencia y el modo de producción capitalista se revela en toda su dimensión en relación a la segunda forma en que la comunicación de la ciencia pretende validar como socialmente útil el trabajo gastado en la producción de conocimiento, a saber, el hacer comprensibles los enunciados científicos por aquellos agentes sociales de la producción distintos a los científicos —o, en grado creciente, para los científicos mismos de otras especialidades, quienes devienen parte del público (Davies y Horst 2016, 4). ¿Qué significa que el conocimiento científico ha de ser comprensible? ¿Cómo se hace comprensible un enunciado científico? Lo primero que hay que tomar en consideración es que todo conocimiento científico es perfectamente inútil e incomprensible en y de por sí (Callon 1994). Todo nuevo enunciado científico surge de, y existe en, una determinada red de relaciones con otros enunciados científicos y con otros conocimientos previamente obtenidos, objetivados en una cierta forma — maquinaria e instrumentación científicas, atributos productivos de los investigadores y técnicos de laboratorio, etcétera. Así, si se toma el enunciado científico como un signo o un conjunto de signos, la comprensión del mismo por parte de un sujeto equivaldría al ‘acto de referencia entre el signo aprehendido y otros signos ya conocidos’, o sea, ‘una respuesta a un signo con signos’, según Valentín Voloshinov (1986 [1929], 11), uno de los fundadores del afamado Círculo de Bajtín de estudios sobre lenguaje y comunicación. Más específicamente, la comprensión consiste, según este autor, en integrar el nuevo signo dentro de la ‘unidad conformada por otros signos’ (Voloshinov 1986 [1929], 35; énfasis añadido). La unidad de los signos concierne al modo particular en que un sujeto integra y estructura en su conciencia el conocimiento previo disponible, pues, para que el signo cobre verdadero significado para el sujeto y no quede ‘relegado al estatus de una pieza incomprensible de museo’, ese signo debe de ‘ser sumergido en el elemento de los signos interiores, subjetivos’ (Voloshinov 1986 [1929], 39), o sea, el conjunto estructurado de signos que el individuo ha aprehendido con carácter previo (Voloshinov 1986 [1929], 102). Estas consideraciones ayudan a especificar cómo el enunciado científico deviene comprensible para el sujeto que lo recibe. En primer término, la aprehensión del nuevo signo sólo es posible si el sujeto puede acomodarlo en la unidad estructurada de signos que ha internalizado previamente, y que media su comprensión del nuevo signo (véase, Voloshinov 1986 [1929], 39; 102). Así que la tarea del comunicador de ciencia consiste, ante todo, en re-producir el enunciado científico ‘extrayéndolo’ de la matriz de relaciones semióticas en que originalmente se produjo, de la inmediatez de su existencia como tal enunciado científico, y subsumiéndolo en una nueva red de relaciones con otros signos, con otra información y conocimiento; red esta última que ha de ser necesariamente distinta de la original y que ha de guardar una relación tal con aquella conformada por el sujeto receptor como para que este último pueda asimilar el enunciado. Pero éste no es un proceso que opere en el vacío. Voloshinov tiene claro que la producción e internalización de signos está mediada por las relaciones sociales de trabajo mediante la introducción de innovaciones son limitadas. Todos los progresos en esa dirección consisten en galvanizar la técnica de la producción convencional unciendo de por vida al trabajador a una tarea específica. Surge así el ‘obrero de detalle’ que Marx tilda de ‘monstruosidad’; un individuo que se caracteriza por la hipertrofia de algunas capacidades y la atrofia de todas las demás —algo que llega a manifestarse incluso a nivel físico. Con todo, asegura Marx (véase, también, Grossman 2009b), la producción manufacturera apenas deja espacio para los obreros no cualificados, para las formas de trabajo más simples que no demandan del trabajador ninguna formación previa (Marx 1996, 372). 51 Esto da lugar a situaciones hilarante y que hoy resultarían inconcebibles. Por ejemplo, Grossman (2009b) reporta el caso de una manufactura de vidrio de Italia del siglo XVII que tuvo que cerrar durante dos semanas porque uno de sus trabajadores se había roto una pierna. Anécdotas al margen, la cuestión de fondo es que toda la producción manufacturera reclamaba un obrero altamente cualificado; las habilidades subjetivas de los obreros constituían todo el marco de organización social de la producción; y, a resultas de lo anterior, la técnica de la producción no era adecuada para el despliegue pleno de la producción capitalista. La situación cambia drásticamente con la generalización de la gran industria. Aquí, no es el proceso de producción el que se adapta al obrero, sino el obrero al proceso de producción. El proceso de trabajo se analiza en sus elementos constitutivos esenciales; las tareas se dividen y se organizan y reorganizan en virtud de las mejores combinaciones que dicte la técnica de la producción para la fábrica como un todo —no así conforme a las capacidades y disposiciones de los obreros. Los cambios parten del instrumento de la producción; no así del trabajo vivo (Marx 1996, 374). La simplificación de las tareas supone que la habilidad que se demanda del trabajador es mínima; el trabajo no cualificado se generaliza hasta el punto de que mujeres y niños pasan a reemplazar a la fuerza masculina adulta (con el consiguiente abaratamiento de la fuerza de trabajo como un todo). En el mejor de los casos, el contenido del trabajo se reduce a la vigilancia de la acción automática de la máquina, supervisando su correcto funcionamiento y corrigiendo los errores que puedan producirse (Marx [1996, capítulo XV] para conocer las formas concretas en que el contenido del trabajo va transformándose). En consecuencia, el obrero se convierte en ‘apéndice de la maquinaria’ (Marx 1996, 487), el ‘apéndice vivo’ del ‘mecanismo muerto’, a cuyo movimiento debe de supeditar el de su propio organismo. Es así como la producción social adquiere y se despliega en un marco puramente objetivo. Y es sólo cuando la producción social adquiere una forma material adecuada a la necesidad inmanente del capital, que la ciencia despliega plenamente su determinación como forma de conciencia objetiva (Arboledas-Lérida 2023; 2020). Pero este desarrollo de la ciencia como forma desarrollada de la conciencia humana y, por ende, como momento del trabajo, se obtiene a expensas del trabajador. Como dice Marx, la gran industria completa el proceso de separación del trabajador respecto de ‘las potencias intelectuales del proceso material de producción’ (Marx 1996, 366). En la gran industria se culmina la ‘capitalización’ del conocimiento. Éste aparece como una fuerza productiva del capital pese a no ser sino una potencia productiva del trabajo social, 51 Matt Vidal yerra al señalar que la producción manufacturera requería de ‘trabajadores no cualificados asignados a una operación simple’ (Vidal 2019, 247). Al contrario, la cualificación de los trabajadores manufactureros era comparativamente muy alta, y el espacio para trabajadores verdaderamente no cualificados, prácticamente inexistente. Marx es taxativo a este respecto. Así que el error de Vidal sólo puede atribuirse al propósito deliberado de poner en la pluma de Marx palabras que éste no escribió, para buscar así respaldo a su idea de que la gran industria comporta un desarrollo de los atributos productivos de los trabajadores, aun en su forma específicamente capitalista. Esta cuestión será analizada en detalle más adelante. precisamente porque el capital ha integrado o subsumido a sí mismo todas las potencias del trabajo social. La ‘inteligencia en la producción’ que portaban el maestro artesano o el campesino independiente, y que aún se conservaba parcialmente en la manufactura, cesa de aplicar para los trabajadores de la gran industria. La producción capitalista, y muy particularmente el sistema de la gran industria, supone la absoluta negación de las condiciones respecto del conocimiento que eran propias de toda forma de trabajo libre en las sociedades precapitalistas. Como el propio Marx señala, aun en la pequeña escala en que esta producción se despliega, el campesino independiente o el maestro artesano ejercían su ‘conocimiento, juicio y voluntad’ (Marx 1996, 366); y todo incremento de las capacidades productivas del trabajo social necesariamente se desarrollaba bajo la forma del incremento de las capacidades productivas individuales —vía el aprendizaje de nuevos oficios; el desarrollo y perfeccionamiento de nuevas técnicas productivas, etcétera. Si bien el alcance de la actividad productiva así ejercida era limitado, dentro de esa limitación, el control que ejercía el trabajador individual sobre las determinaciones técnicas y sociales de su proceso de trabajo, era absoluto (Sohn-Rethel 2021 [1978], 65). Precisamente porque el productor individual estaba en posesión de las condiciones objetivas de producción, las premisas para la separación entre concepción y ejecución no estaban dadas (véase, Braverman 1998 [1974], 91-92). Conocimiento y trabajo permanecían en su unidad en estas formas de trabajo libre; no había lugar para la separación del trabajo respecto de las ‘potencias intelectuales del proceso material de producción’. Al estar en pleno control sobre el proceso de trabajo, quedaba en manos del productor mismo el aprender a superar las resistencias que encontrase en el tratamiento de los materiales y en el uso de las herramientas, y era su propia experiencia la que le habilitaba a introducir innovaciones (de alcance limitado) que le permitiesen ahorrar gasto de fuerza de trabajo. Si en la manufactura, la pérdida parcial del ‘conocimiento, el juicio y la voluntad’ por parte de los trabajadores individuales, suponía su expansión unilateral hacia el proceso productivo como un todo (Marx 1996, 366); en la gran industria, el sistema automático de maquinaria deviene el portador inmediato del conocimiento científico y de la inteligencia en la producción que a los trabajadores el capital les ha arrebatado. En un pasaje muy citado y celebrado, Marx (1996, 426) asegura que es en la gran industria donde por primera vez adquiere una ‘realidad técnica y palpable’ la inversión por la cual el instrumento de trabajo pasa a emplear al trabajador y, por tanto, el trabajo pasado o muerto domina al trabajo presente o vivo. Similar consideración cabe hacer respecto de la separación entre trabajo y conocimiento. Puede que el obrero que vigila la máquina necesite de cierta formación antes de desempeñar su trabajo; pero en la ejecución del mismo, y en la medida en que éste consiste en acompañar pasivamente el movimiento monótono y repetitivo de la maquinaria, pocas son las oportunidades que encontrará para continuar aprendiendo y para aportar soluciones creativas a los problemas que puedan surgir —los cuales, además, rara vez serán problemas que no hayan sido previamente contemplados y para los que el operador de máquina no haya recibido instrucción, es decir, problemas que demanden una verdadera intervención creativa y que brinden oportunidades de aprendizaje (véase, Freyssenet 2002). Por supuesto, el sistema automático de maquinaria no suprime la necesidad de desarrollar el conocimiento. Al contrario, la gran industria necesita el más portentoso desarrollo del conocimiento científico, y es propio del modo de producción capitalista el no tratar nunca la base técnica de la producción como algo dado, sino transformarla de forma incesante (Marx 1996, 489). La producción a máquina supone que entre el trabajador y el material de trabajo se interpone, no ya la experiencia inmediata y la destreza manual objetivados en la herramienta, sino el conjunto de las fuerzas de la naturaleza descubiertas por medio del análisis científico, transformadas ahora en un proceso industrial (Marx 1986). Pero la maquinaria no ejecuta análisis científico, ni produce conocimiento. 52 Alguien, algún sujeto social, ha de ser el detentador, el portador de la capacidad para conocer y controlar las potencias que toman cuerpo en el proceso de trabajo. Como algún sujeto social debe de existir que, conforme avanza la productividad del trabajo se ve en la necesidad de expandir su conciencia productiva a fin de abarcar y controlar un mayor número de procesos productivos parciales, cabe concluir que la separación del trabajador respecto de las potencias intelectuales del proceso material de producción no supone la absoluta erradicación del conocimiento, sino su ‘polarización’, es decir, la restricción a un número limitado de individuos de la capacidad para relacionarse con una forma real de modo tal que puede conocer objetivamente sus determinaciones y, por consiguiente, puede controlar su desencadenamiento, mientras que los trabajadores quedan privados de tal capacidad (véase, Brugger y Gehrke 2018; Starosta 2016, capítulo 8; Freyssenet 2002; Spencer 2000; Braverman 1998 [1974]; Friedman 1977). Marx no parece albergar duda al respecto, y es por ello que considera que ‘la ciencia, las gigantes fuerzas naturales, y la masa de trabajo que el mecanismo de la gran industria [sistema automático de maquinaria, LAL] objetiva’, ante los cuales ‘la habilidad especial de cualquier insignificante obrero de factoría desaparece como una cantidad infinitesimal’, esas potencias del proceso productivo, decimos, ‘constituyen… el poder del “patrón” [‘master’; o sea, capitalista. LAL]’ (Marx 1996, 426; énfasis agregado, comillas en el original). El conocimiento, la ciencia, son facultad de quien puede emplearlos productivamente. Y esto, en el modo de producción capitalista, significa emplearlos para producir plusvalor. Esta breve recapitulación respecto de las condiciones históricas en las que se inscribe la génesis histórica de la comunicación de la ciencia, permite introducir una cualificación adicional respecto de las consideraciones con las que se cerraba el apartado §3. No es la forma capitalista de la producción, en esta simplicidad, la que trae consigo la producción de trabajadores con atributos productivos restringidos. Se trata de un capitalismo en una fase muy avanzada de su desarrollo, un capitalismo que ha dejado atrás la etapa de la producción manufacturera y que ha revolucionado la técnica de la producción para adecuarla a los imperativos de la valorización del valor. Es la gran industria, y el sistema automático de maquinaria, los que sientan las condiciones para la emergencia de la comunicación de la ciencia, pues es la gran industria la que completa la separación entre ciencia y trabajo. Sistematizando los desarrollos hechos por Marx, la disociación del trabajo inmediato respecto de las potencias intelectuales del proceso material de producción involucra un doble movimiento: la incorporación de la ciencia en la maquinaria, y la polarización de la inteligencia en la producción. De estos dos procesos, sólo el primero es un requisito ‘técnico’, pues la objetivación en el instrumento de trabajo de la técnica de la producción es un proceso secular e irrefrenable (Freyssenet 2002, 22-23). La polarización de la inteligencia en la producción, en cambio, no lo es. Lejos de ser un requisito técnico, la ‘inteligencia socialmente dividida’ (Freyssenet 2002, 61) es la forma concreta que toma la capitalización de la 52 No, al menos, hasta el momento. Pero tampoco parece que la maquinaria vaya a poder absorber esta función humana en el sentido próximo, a pesar de todo el ruido que se está generando en torno a los desarrollos actuales de la Inteligencia Artificial. Como señala pertinentemente Steinhoff (2021), los desarrollos más potentes de la IA hasta la fecha (sistemas de redes neuronales) no van más allá de la aplicación de ‘fuerza bruta’ para el análisis de largos conjuntos de datos. De hecho, como señalan Brynjolfsson y Mitchell (2017), la IA funciona magníficamente para ejecutar labores rutinarias de procesamiento de información, pero es incapaz de reflexionar o razonar acerca del procedimiento seguido para alcanzar los resultados. ciencia, o sea, la forma que toma la separación del trabajo respecto de las potencias intelectuales del proceso material de producción y, por consiguiente, la causa de que la mayoría de los trabajadores se encuentren desprovistos de la capacidad de apropiar el conocimiento en forma no mediada —la polarización de la inteligencia de la producción es el proceso cuyo resultado es la producción de una fuerza de trabajo que, en general, presenta unos atributos productivos restringidos. La génesis histórica de la comunicación de la ciencia como práctica social apunta a un estado relativamente elevado de desarrollo de la capacidad productiva del trabajo social. Pero esto no significa que la necesidad de tal práctica social venga dada por los requisitos técnicos propios de la producción a máquina y del sistema automático de maquinaria. El origen histórico de la comunicación de la ciencia ha de buscarse en la forma social en que este desarrollo de la productividad del trabajo social se despliega, y que resulta en la polarización de la inteligencia en la producción. Esta polarización de la inteligencia en la producción aparece entonces como el nuevo objeto de investigación de cuya necesidad se ha de dar cuenta, pues esta polarización de la inteligencia en la producción la que la comunicación de la ciencia toma como premisa de su misma existencia. A tal efecto, se procede a reconstruir y a hacer un balance crítico del debate «descalificación – recualificación», que durante décadas ha concitado a investigadores de múltiples ramas de la ciencia social para investigar en los procesos capitalistas de trabajo y dilucidar cómo el cambio tecnológico bajo su forma capitalista transforma los atributos productivos de los trabajadores. 4.1. El debate «recalificación - descalificación» Lo primero que hay que tomar en consideración es que no todos los autores consideran que la polarización de la inteligencia de la producción sea una forma necesaria que adopte la producción capitalista, es decir, que la producción capitalista comporte indefectiblemente una limitación de los atributos productivos de los trabajadores. Hay un importante contingente de autores que considera que las dinámicas de cambio tecnológico auspiciadas por el capital conducen a una ‘recalificación’ del trabajo; a la ‘vigorización’ de éste; a la incorporación de los trabajadores al proceso de toma de decisiones; y, en fin, a un desarrollo de los atributos productivos de los obreros. 53 Por contraposición, hay autores que sostienen que la tendencia secular del cambio tecnológico bajo su forma capitalista es la ‘descalificación’ del trabajo, la simplificación de las tareas vía su división y fragmentación, al objeto de reducir las competencias y habilidades de las que el trabajador necesita ser portador para desempeñarse en el puesto de trabajo. 54 Por sorprendente que pueda parecer, si bien los autores marxistas predominan en el segundo bloque (ej., Steinhoff 2021; Spencer 2000; Braverman 1998 [1974]; Friedman 1977; Gorz 1976; Marglin 1974;), también es posible encontrarlos, y en posiciones destacadas, entre quienes aseveran que el desarrollo de la producción capitalista conlleva una recualificación del trabajo (ej., Smith y Vidal 2021; Vidal 2019, Starosta 2016; Adler 2007). Finalmente, existe un grupo de autores que no toman una postura específica, bien porque estiman que la evidencia disponible no arroja resultados concluyentes (Smith 2019; 2000), bien porque consideran que la repercusión de la tecnología sobre las 53 El término castellano ‘recalificación’ no capta la determinación esencial que aquí se está desplegando, pues se utiliza como equivalente tanto para ‘reskilling’, el mero reciclaje de las competencias y capacidades ante el cambio de sector de la producción, como para ‘upskilling’, es decir, la multiplicación de los atributos productivos, el desarrollo de las capacidades portadas por los trabajadores. Es sólo en este segundo sentido que aquí se usa la expresión ‘recalificación’. 54 En Vidal (2019) puede encontrarse una buena reconstrucción del debate y de las posiciones sostenidas. Este autor se adscribe a la primera de las tendencias descritas. capacitaciones de los trabajadores es contingente, resultado de la fuerza relativa de los trabajadores en su disputa con los responsables de las empresas (Thompson 2010). La publicación del libro Labour and Monopoly Capital (Braverman 1998 [1974]) es considerada como el punto de arranque del debate «recalificación - descalificación» en su formulación moderna. Desde luego, el libro causó una verdadera conmoción en el plano académico, pues su autor, Henry Braverman, refutó muchos de los postulados que la sociología del trabajo había elaborado hasta la fecha (Spencer 2000). Tal es la importancia de la contribución de Braverman, que aún hoy en día es necesario dialogar con esta obra si se quiere hacer cualquier contribución respecto de la realidad del trabajo y su impacto en los atributos productivos. No obstante, la cuestión acerca de cómo el desarrollo técnico transforma las capacidades productivas de los trabajadores estaba presente ya entre los más destacados autores del periodo clásico de la Economía Política (Brugger y Gehrke 2018). Muchos de los argumentos de los dos bandos del debate pueden encontrarse, en su forma germinal, en los planteamientos de Adam Smith o David Ricardo. Según Brugger y Gehrke (2018), las investigaciones de Smith arrojan un resultado ‘ambivalente’: la descalificación generalizada de los trabajadores viene acompañado de un movimiento ascendente, de la formación de una ‘aristocracia del conocimiento’ que detenta la función de desarrollar el conocimiento y aplicarlo a la producción de maquinaria. Los atributos perdidos del lado de los trabajadores, reaparecen del lado de la aristocracia del conocimiento, con el desarrollo de nuevas competencias y atribuciones. En cualquier caso, para Smith, como luego para el propio Ricardo, la tendencia predominante era la descalificación de la fuerza de trabajo (Brugger y Gehrke 2018). También Karl Marx examinó en qué forma concreta la producción capitalista modifica sustancialmente los atributos productivos portados por los trabajadores. Marx fue absolutamente taxativo acerca de la necesidad de discernir entre las determinaciones simples de la ‘industria moderna’ (gran industria), y las que ésta adquiere en virtud de la forma capitalista de la producción social. La disputa en torno a su legado a este respecto consiste en establecer cuáles son las determinaciones que corresponden a la tendencia secular, y cuáles al desarrollo capitalista contingente. De ahí que marxistas posicionados a uno y otro lado del debate «recualificación - descalificación» hayan ido a buscar respaldo en el propio Marx y en su opus magnum, El Capital. Marx vio en la generalización de la gran industria y la producción a máquina (‘machinofacture’) una pérdida positiva de las capacidades productivas de las que hacían gala los campesinos libres, los maestros artesanos y, hasta cierto punto, los mismos obreros de las manufacturas (ej. Marx 1996, 366). La premisa general de esta descalificación es la separación del trabajador respecto de las condiciones objetivas de producción, condición indispensable de la producción capitalista en cuanto tal (Marx 1996). La capitalización de la ciencia, la separación del trabajador respecto del conocimiento, va implicada en aquella separación entre trabajo y condiciones objetivas de la producción; puede concluirse que, para Marx, la separación entre ciencia y trabajo es un momento interno del proceso por el cual el productor queda privado de cualquier posibilidad de reproducirse de manera independiente y al margen del intercambio con el capital. 55 Esta capitalización se en la objetivación de la ciencia en la máquina, la 55 Leída a contraluz, esta tesis revela en toda su crudeza la antinomia presente en los postulados de muchos autores marxistas que consideran que el capital tiende en forma inmanente a (re-)vigorizar el trabajo y a desarrollar los atributos productivos de los trabajadores. De ser tal el caso, habida cuenta de que la separación ciencia y trabajo presenta una unidad inmanente con, es un momento de, la separación entre el trabajador y los medios de producción, ello equivaldría a que el capital está aboliéndose a sí mismo, al restituir la unidad originaria entre el trabajo y las condiciones objetivas en que éste se despliega. descomposición de los procesos de trabajo en sus elementos integrantes y su recomposición y recombinación con independencia de las cualidades y disposiciones de los trabajadores. Además, como los cambios en el proceso de trabajo parten de los cambios en la máquina, y no de la transformación de las capacidades productivas de los obreros (Marx 1996, 428), son las máquinas las que se especializan; el trabajo, en cambio, se distribuye entre máquinas especializadas (Marx 1991, 487). Mas esto es sólo posible si el trabajo se simplifica, deviniendo trabajo para el que una formación particular más allá del nivel de formación general indispensable en cada momento histórico, resulta del todo innecesaria (Marx 1991, 488). Y precisamente porque el contenido del trabajo se reduce a la vigilancia de la acción de la máquina y a la repetición de una secuencia simple de movimientos, la máquina se convierte en una herramienta para disciplinar el trabajo: obreros no calificados o sólo parcialmente calificados sustituyen a los obreros cualificados; y mujeres y niños reemplazan a la fuerza de trabajo masculina adulta. Es en este sentido que Marx (1996, 430-440) ve en la máquina un poderoso arma de la clase capitalista contra el trabajo, y aduce que la combatividad obrera de su época fue terreno abonado para la creación e implementación a gran escala de máquinas. Aunque Marx no habla específicamente de ‘descalificación’, sí es explícito respecto de la fragmentación del proceso de trabajo con base en su análisis científico, el vaciamiento del trabajo de todo contenido más allá del acompañar el movimiento de la maquinaria (Marx 1991, 489), y el reemplazo de la fuerza de trabajo cualificada de la manufactura por la mano de obra menos cualificada a tenor de la simplificación de los procesos de trabajo. Sin embargo, hay autores que ven en todo ello, no una tendencia general, sino una situación episódica. Y contraponen a estas dinámicas otras que, a su juicio, Marx también habría puesto en relieve. Es habitual que estos autores marxistas desarrollen sus planteamientos a partir del siguiente pasaje del primer tomo de El Capital: ‘[L]a industria moderna,… a través de sus catástrofes, impone la necesidad de reconocer la variación del trabajo como una ley fundamental de la producción; por lo tanto, la capacidad del trabajador para la variación del trabajo; por lo tanto el más amplio desarrollo de sus variadas capacidades. La adaptación del modo de producción al funcionamiento normal de esta ley deviene una cuestión de vida o muerte para la sociedad. La industria moderna, por tanto, compele a la sociedad, bajo pena de muerte, a reemplazar el trabajador en detalle de hoy, mutilado por la repetición de por vida de una y la misma operación trivial, y reducido a un mero fragmento de hombre, por el individuo plenamente desarrollado, capaz de multitud de trabajos, preparado para asumir cualquier cambio en la producción, y para quien las diferentes funciones sociales que ejecuta, no son sino otros tantas formas de dar vía libre a sus capacidades naturales y adquiridas’ (Marx 1996, 490; énfasis agregado). Autores como Matt Vidal, Guido Starosta o Paul Adler interpretan este extracto en el sentido de que hay una tendencia inmanente en el capital de recalificar a la fuerza de Nada indica que el capital (o sea, los capitalistas) esté renunciando tan felizmente a proseguir con la multiplicación del valor vía la explotación de plustrabajo. Pero es igualmente insostenible la visión de que puede existir un movimiento hacia la reunificación de la dupla ciencia – trabajo que tenga por base la reproducción de la separación en la dupla trabajo – condiciones objetivas de producción (Steinhoff [2021] llega a una conclusión similar polemizando con el Marxismo Autonomista y sus postulados acerca del ‘trabajo intelectual’ como forma de trabajo incontenible en la relación social de producción capitalista). trabajo; y que esta recalificación es posible y, de hecho, necesaria, en el marco mismo de la relación social capitalista. ¿Pero es eso lo que Marx está asegurando en ese paso? Lo primero que hay que poner en claro es que, tan sólo unas líneas más arriba, Marx distingue explícitamente entre las necesidades de la ‘industria moderna’ en cuanto tal, y su ‘forma capitalista’. Y lo hace, además, en relación a la ‘absoluta contradicción entre las necesidades de la industria moderna, y el carácter social inherente en su forma capitalista’ (Marx 1996, 489-490; énfasis agregado). Así, pues, sólo es posible ver en este extracto la confirmación de que el capitalismo tiende inmanentemente al desarrollo de las capacidades productivas si se hace abstracción de (o, mejor, si se hace colapsar) la diferencia entre el contenido simple de la industria moderna y su forma específicamente capitalista, y se pasa por encima de la ‘contradicción absoluta’ entre ambos. 56 Es en virtud de esa ‘contradicción absoluta’ que Marx entiende que las necesidades que la base técnica de la producción impone a la gran industria no pueden ser satisfechas en la forma capitalista de la industria moderna, de ahí que refiera a la necesidad de una ‘adaptación del modo de producción’ a la sustitución del trabajador en detalle por el individuo más ampliamente desarrollado, para quien ‘las diferentes funciones sociales que ejecuta, no son sino otras tantas formas de dar vía libre a sus capacidades naturales y adquiridas’ (Marx 1996, 490-491). De ahí en más, ese obrero ‘mutilado por la repetición de por vida de una y la misma operación trivial, y reducido a un mero fragmento de hombre’, no es el obrero de la manufactura, como lo hace creer Vidal (2019, 247), sino el ‘obrero en detalle de hoy’ (Marx 1996, 490), o sea, el obrero de la gran industria en su forma específicamente capitalista. Y si todo lo anterior no es lo suficientemente ilustrativo, Marx especifica tan sólo unas líneas más abajo que ‘la abolición de la división del trabajo’ está ‘en oposición diametral a la forma capitalista de la producción, y al estatus económico del trabajador que corresponde a esta forma’ (Marx 1996, 491; énfasis agregado). 56 Starosta (2016) interpreta lo que en Marx es una ‘contradicción absoluta’ como una mera apariencia: existe una tendencia secular del capital hacia el desarrollo de las fuerzas productivas que, sin embargo, se realiza como su inmediata negación, o sea, como la reproducción de la vieja división del trabajo manufacturero al interior de la gran industria. Eso obliga a considerar por qué aquella tendencia secular aparece en este modo negado, pero Starosta no aporta muchas claves en ese sentido. En cualquier caso, Marx no está planteando que la reaparición de la vieja división técnica del trabajo cuando la máquina permite su abolición objetiva sea el modo de existencia negado de una determinación más general, sino que es en esa forma particular como se realiza la ‘contradicción absoluta’ del capital, su mismo carácter antagónico; o sea, la realización de una necesidad pura y simple del capital (Marx 1996, 489-490). Para Starosta, claro, es muy conveniente tratar los antagonismos capitalistas como mera apariencia, pues, para él, no hay un límite objetivo al desarrollo de la producción capitalista; el capital se le aparece a este autor, como diría muy pertinentemente Korsch (2016 [1938]), capaz de constante perfeccionamiento. Starosta no ve las ‘barreras inherentes a la naturaleza misma del capital’ (Marx 1986, 337); sólo puede ver la apariencia de esa limitación absoluta. Vidal (2019) también se representa la cuestión de una forma muy particular. Este autor reivindica que ‘la contradicción [capitalista] es fundacional’ de los procesos de trabajo en el capitalismo (Vidal 2019, 253). Sin embargo, la contradicción más importante para Vidal no es, pace Marx, la contradicción capital – trabajo. Vidal reemplaza ésta por las ‘presiones contradictorias’ que sufre la dirección (‘management’) de las empresas, a saber, la supuesta disyuntiva entre el incremento de la eficiencia productiva vía la vigorización del trabajo, y la necesidad de disciplinar a los trabajadores (vía la descualificación) para asegurar la valorización del capital (Vidal 2019, 256). Por supuesto, esta contraposición entre ‘eficiencia’ y ‘valorización’ del capital es completamente errónea (véase, Friedman 1977), y no tiene más pretensión que la de exonerar a los managers de la responsabilidad de la explotación capitalista para, por esa vía, cifrar las potencialidades revolucionarias en las ‘nuevas formas de organización, educación y liderazgo’ (Vidal 2019, 250; énfasis agregado) que traen consigo las responsabilidades crecientes de los directivos asalariados vis-à-vis los trabajadores. Marx es explícito en sus planteamientos, y sus palabras ofrecen poco margen para la interpretación respecto de cómo el desarrollo tecnológico, en su forma específicamente capitalista, impacta en los atributos productivos de los trabajadores. En el capitalismo, es el trabajador el que se adapta al proceso de trabajo, y no viceversa. De ahí que la incorporación de los trabajadores a la toma de decisiones y al proceso de ‘mejora continua’ (sistema kayzen) que prescriben los sistemas toyotistas de organización de la producción, suponiendo que sea algo más que un mito (Jürgens 1992), ha de entenderse como un ‘requerimiento funcional’ de la producción y la valorización del capital, y no así como una concesión a los trabajadores (Butollo et al. 2019). Para Marx, el proceso de trabajo capitalista también supone la supeditación del hombre a la máquina, y el vaciamiento del trabajo de todo contenido (Marx 1991, 489). En ese sentido, el trabajo consiste en ‘la adaptación y la subordinación de todas las operaciones y movimientos a los de la máquina misma’ (Marx 1991, 488). Como la maquinaria mejora constantemente, el número de los errores que ésta comete es menor, lo que reduce la necesidad de intervención del trabajador —y, por ende, la necesidad de capacitarlo para intervenir. De ahí que algunos autores contemporáneos aludan al hecho de que el operar máquina altamente automatizada ha devenido en ‘la espera pasiva y angustiante de que suceda algún incidente’, o sea, que la máquina cometa algún error (Freyssenet 2002, 46). Si, además, mejores máquinas y procesos de trabajo más estandarizados, reducen el número de parámetros sometidos al azar y a la imprevisibilidad (Butollo et al. 2019; Freyssenet 2002), se reducen las posibilidades de que el obrero aprenda en el desempeño de su trabajo (Iñigo 2020), al limitarse al máximo su intervención creativa. El conocimiento que, en general, al trabajador le corresponde asimilar y actualizar en su proceso de trabajo es limitado en un sentido relativo, y difícilmente se eleva más allá del mínimo de formación estrictamente indispensable en cada momento histórico para desempeñarse como sujeto cabal en la sociedad (Iñigo 2020; Smith 2000; Braverman 1998 [1974]). El debate acerca del impacto de la transformación tecnológica en los atributos productivos de los trabajadores decayó por largo tiempo, mientras que las formas de combinación y cooperación de los trabajadores en el proceso productivo no dejaban, sin embargo, de mutar y transformarse. Como se ha dicho, fue Henry Braverman quien reavivó el interés en la cuestión y puso de nuevo la realidad del trabajo en el capitalismo en el centro del debate académico y político (Spencer 2000). En contraposición a los planteamientos predominantes en la ‘sociología del trabajo’ de épocas anteriores, que había indagado en los procesos de trabajo en virtud de las determinaciones más simples de éste, Braverman se planteó como tarea reconsiderar las transformaciones en los procesos de trabajo en virtud de las especificidades de la producción capitalista (Spencer 2000). Fue Braverman, por consiguiente, quien examinó la realidad de los procesos de trabajo contemporáneos en virtud de la determinación más general o simple de la producción capitalista, a saber, la producción de plusvalor (Spencer 2000). En efecto, para Braverman, el modo de producción capitalista presenta una tendencia secular a la descalificación de los trabajadores precisamente porque va en ello la valorización del capital, esto es, la producción de plusvalor. Como es bien sabido, el trabajador no vende trabajo realizado, sino fuerza de trabajo, o sea, capacidad para trabajar, una ‘potencia’, al decir de Braverman (véase, también, Bellofiore 2013). La cantidad de plustrabajo que éste rinda no está predeterminada; el capitalista está adquiriendo una ‘cantidad indefinida’ de plustrabajo; y a éste corresponde, por consiguiente, dar ‘pleno uso a la fuerza de trabajo’, es decir, extraer de la misma tanto plustrabajo como sea posible (Braverman 1998 [1974], 40). El capitalista realiza el consumo productivo de la mercancía fuerza de trabajo (Marx 1996, 185). De la mayor o menor eficiencia con que haga esto, dependerá la cantidad de plustrabajo (por tanto, de plusvalor) que pueda apropiarse. Es precisamente este aspecto de la relación capital – trabajo al que Marx alude cuando señala que el capitalista no sólo se apropia plusvalor, sino que la produce, en el sentido de que es función del capitalista el forzar a los trabajadores a rendir plustrabajo (véase, Marx 1994, 95-96; 424). En la medida en que el proceso de trabajo deviene un momento de la valorización del capital, el capitalista entra a participar de aquel como ‘director’; ejerce su función social de ‘funcionario del capital’. El capital es la unidad del proceso de producción y el proceso de valorización (Marx 1996; véase, también, Bellofiore 2013). Es en y a través del proceso de producción que el valor adelantado crece y se multiplica, vía la absorción del plustrabajo rendido por los trabajadores, trabajo apropiado por el capitalista sin equivalente que se convierte en plusvalor, en una suma de valor superior al valor que inicialmente ingresó en la producción en forma de medios de producción y de fuerza de trabajo. Y es precisamente la necesidad de producir una cantidad de plusvalor crecientemente mayor, en términos absolutos (prolongación de la jornada de trabajo, multiplicación del número de trabajadores) y relativos (intensificación del trabajo, reducción del valor de la fuerza de trabajo), la que aboca a que el control sobre el proceso de trabajo se desplace del trabajador al capitalista. El problema del control sobre el proceso de trabajo se presenta entonces como un ‘problema de dirección [management]’ (Braverman 1998 [1974], 41). A través de las formas de organización y control del proceso de trabajo propias del management, el capitalista ‘lucha… por el control. Y el control es, de hecho, el concepto central de todos los sistemas de management’ (Braverman 1998 [1974], 47; énfasis agregado). La organización y control por parte de los capitalistas del proceso de trabajo como forma de extraer plusvalor, es la forma acabada del antagonismo ínsito a la relación social capitalista: el capitalismo es una forma histórica de organización de la producción social basada en la explotación; es decir, el desarrollo de las fuerzas productivas se realiza a expensas de los productores mismos. El control ejercido por los capitalistas sobre el proceso de trabajo resuelve el problema del incremento de la producción de plusvalor absoluta ‘reuniendo a todos los trabajadores bajo un mismo techo’. El control así logrado permite subvertir ‘el ritmo autoimpuesto [del sistema ‘puttig-out’, LAL] que incluía muchas interrupciones, jornadas de trabajo cortas y vacaciones, y que en general imposibilitaba la extensión de la jornada de trabajo’ (Braverman 1998 [1974], 45). Sin embargo, como el plusvalor absoluto puede obtenerse sin un desarrollo específico de la técnica de la producción, el impacto relativo de estas transformaciones sobre los atributos productivos de los trabajadores es mínimo. Sólo las transformaciones del proceso de trabajo y de la técnica de la producción que la producción de plusvalor relativa auspicia, repercuten directamente en las capacidades, competencias y conocimientos movilizados por los trabajadores. Porque el desarrollo tecnológico logra incrementar el valor valorizado mediante la reducción del valor de la fuerza de trabajo, es decir, abaratando el coste de los medios de vida que la fuerza de trabajo necesita para reproducirse en condiciones normales, y esto incluye, también, el tiempo de trabajo necesario para producir los atributos productivos de los trabajadores, la formación de la fuerza de trabajo. Mediante el análisis sistemático de los procesos de trabajo, con su ulterior descomposición y distribución entre trabajadores y grupos de trabajadores, las habilidades y competencias que los trabajadores necesitan movilizar para acometer sus tareas se restringen. Así, ‘el modo de producción capitalista destruye los atributos productivos desarrollados [‘all-around skills’] allí donde estos existen, y crea habilidades y ocupaciones que corresponden a sus necesidades’ (Braverman 1998 [1974], 57). Es decir, los trabajadores más competentes para cada función son aquellos cuyos atributos productivos se corresponden estrictamente a aquello que ‘necesitan saber’ para desempeñar una determinada función de forma eficiente (‘need-to-know basis’) (Braverman 1998 [1974], 57). La reducción de los costes de formación en los que la sociedad incurre para producir esa fuerza de trabajo supone una reducción pro tanto del valor de la fuerza de trabajo. Dados la extensión de la jornada de trabajo y el nivel de intensidad del trabajo, esto reduce proporcionalmente el tiempo de trabajo que el trabajador ha de ejecutar para generar el equivalente del valor de su fuerza de trabajo, por lo que se amplía consiguientemente el tiempo de trabajo que éste rinde gratis al capitalista, o sea, el plusvalor (sobre la formación como componente del valor de la fuerza de trabajo, véase Marx [1996, 182]). Son los imperativos de la producción de plusvalor los que, según Braverman, hacen de la forma específicamente capitalista de ‘distribución general del conocimiento del proceso productivo entre sus participantes… una barrera positiva al funcionamiento del modo de producción capitalista’ (Braverman 1998 [1974], 57). Braverman no alberga ninguna duda de que la producción de plusvalor necesariamente redunda en la división y fragmentación de los procesos de trabajo. La descomposición del trabajo en tareas parciales, y su asignación a diferentes trabajadores, comporta la supresión, no sólo del obrero multilateralmente desarrollado propio de la artesanía y la unidad productiva campesina libre, sino en general cualquier capacitación que no se corresponda estrictamente con las funciones que al trabajador ocupan en cada caso. De hecho, Braverman encuentra que hasta el trabajo intelectual y administrativo es sometido al mismo proceso de división y fragmentación, que los principios de la ‘gestión científica’ del trabajo de Frederick Taylor alcanzan también regiones del trabajo que habían permanecido al margen hasta el momento, incluyendo el trabajo de componente más intelectual: ‘[P]rimero, se reduce el trabajo mental a una ejecución repetitiva del mismo conjunto de funciones. (…) [E]l cerebro es usado como el equivalente de la mano del trabajador en detalle en la producción (…). El siguiente paso es la eliminación de todo proceso de pensamiento [‘thought process’] completamente’ (Braverman 1998 [1974], 220). Muchos críticos de las posiciones de Henry Braverman han hecho alusión a que éste se representaba el proceso de descalificación de la fuerza de trabajo como un proceso absoluto, es decir, la completa erradicación del conocimiento científico del proceso de trabajo y del organismo productivo (Brugger y Gehrke 2018; Thomspon 2010; Smith 2000). Pero en Braverman, el progreso en el control capitalista sobre el proceso de trabajo, mediado por la necesidad de producir plusvalor, conduce a la polarización del contenido científico del conocimiento, no así a su nivelación [‘averaging’] (Braverman 1998 [1974], 294). El autor asevera que el conjunto de los trabajadores ‘no gana nada por el hecho de que la reducción de su control sobre el proceso de trabajo es más que compensada por el control creciente ejercido por managers e ingenieros’ (Braverman 1998 [1974], 294). Ello se debe a que, para Braverman, los managers no son miembros de la clase obrera; a su entender, las dos funciones que antes recaían en el capitalista individual, la propiedad del capital y la gestión de la explotación, han pasado a dividirse entre personas diferentes, y su unidad aplica, no para el capitalista individual, sino para la clase burguesa en su conjunto (Braverman 1998 [1974], 179-180). Para Braverman, como para el economista marxista Paul Mattick, los managers son la personificación del capitalista y del propio capital, cuya función es precisamente la extracción de la más amplia cantidad posible de plusvalor (Mattick 2020 [1969], 340; también, Friedman 1977). Por consiguiente, son los directivos de las empresas los que se ven en la necesidad de expandir sus atributos productivos a fin de ejercer control sobre un proceso productivo crecientemente complejo, compuesto de multitud de procesos parciales interdependientes las determinaciones que la generalización de la comunicación de la ciencia como práctica social condensa. La idea de que el capitalismo conduce de manera inmanente al desarrollo de los atributos productivos de los trabajadores apunta a dos dinámicas particulares del proceso metabólico social. Respecto de la primera, hay que decir que han existido escenarios históricos en los que sí se ha verificado una multiplicación de las capacidades productivas de (ciertos sectores de) los trabajadores. Sucede, no obstante, que ésta es una contratendencia a la dinámica secular del capital de producir una fuerza de trabajo con atributos productivos restringidos. Como aduce André Gorz (1976, 57), toda revolución substantiva en la técnica de la producción trae consigo el desarrollo de los atributos productivos de ciertos grupos de trabajadores. Es el mismo cambio el que impone esta necesidad. ¿Y cuál es el motivo? Gorz no da respuesta; pero sí lo hace Friedman (1977). Para este último, todo escenario de transformación substantiva de la técnica de la producción, 59 supone que capitalistas y managers queden en buena medida a merced de los trabajadores y de su ‘buena voluntad’, pues no siempre es posible especificar por adelantado cuál es la forma más eficiente en que una máquina puede ser operada, y cuál es la mejor manera de integrarla en el proceso de trabajo como un todo. En durante este periodo de transición en el que, además, pueden surgir ciertos problemas que obligan a que el trabajador sí intervenga creativamente en el proceso de trabajo, y que aprenda de esa experiencia (Friedman 1977). Esto lo ejemplifica Steinhoff en el caso de la industria de la Inteligencia Artificial, alegando que cierta autonomía es concedida a los trabajadores porque ‘ello permite a los trabajadores enfrentar los problemas que los managers no saben cómo solucionar’ (Steinhoff 2021,187) Pero el conocimiento tácito que el trabajador obtiene por ese medio, y el grado de control respecto de su trabajo en que así queda, se convierte en una barrera positiva para la valorización del capital. Así que, superada esa etapa inicial, y conocidos ‘intensivamente’ el artefacto o la nueva disposición organizativa implementados, se retoma la clásica división de las tareas, la fragmentación de los procesos de trabajo y su distribución entre grupos de obreros facultados estrictamente para aquella función que deben de desempeñar (Gorz 1976, 56-57). 60 Ésta es la dinámica que se ha desplegado en las últimas décadas, con la irrupción de los modelos ‘toyotistas’ de organización del trabajo. En un principio, la producción ‘lean’ reclamaba la incorporación de los trabajadores a la toma de decisiones para favorecer la ‘mejora continua’ de los procesos productivos, pues sólo los trabajadores de planta poseían la experiencia inmediata necesaria que se necesitaba a tal efecto. Sin embargo, las tecnologías de la denominada ‘industria 4.0’ (Big Data, Internet de las cosas e Inteligencia Artificial) están haciendo de ese involucramiento de los trabajadores algo prescindible, sustituido ahora por la optimización automatizada de los procesos de trabajo (Butollo et al. 2019). Reaparece allí donde se creían superados los principios constitutivos de todo proceso capitalista de trabajo: división entre concepción y ejecución; centralización de la toma de decisiones; simplificación de las tareas y reemplazo de la 59 Friedman está pensando en los cambios en los procesos de trabajo a nivel de planta, pero sus aseveraciones pueden extenderse al proceso metabólico social como un todo. 60 Steinhoff (2021) señala que el caso de la industria de la inteligencia Artificial es particular porque el proceso de automatización de los procesos de trabajo puede proceder mediante la implementación de soluciones de Inteligencia Artificial a la misma elaboración de código para los sistemas de IA, sin necesidad de que el management conozca a fondo el ‘arte’ de la escritura de código y la creación de arquitecturas de IA. A esto refiere el autor como ‘automatización sintética’ (‘synthetic automation’). El autor parece obviar que la industria de la IA tiene por base el más amplio desarrollo de la industria del software en general; por tanto, tiene por premisa la más amplia división y fragmentación del trabajo. De hecho, es el mismo Steinhoff quien alude al carácter altamente estratificado del trabajo de producción de tecnologías de IA. fuerza de trabajo más cualificada por trabajadores de menor cualificación, etcétera (Butollo et al. 2019; véase, también, Steinhoff 2021). Y en los nuevos entornos de trabajo altamente digitalizados y algoritmizados, los trabajadores, en lugar de dedicarse a desarrollar un conocimiento más comprehensivo y sistemático del proceso de trabajo como un todo, como se pretende (Jarrahi 2019; Zubff 1988), vuelven a verse incapacitados de todo aprendizaje y de toda intervención independiente (Butollo et al. 2019; Freyssenet 2002). Los trabajadores que operan con/bajo la supervisión de los algoritmos desconocen por completo el funcionamiento interno de estos (Smith 2000), de ahí que se haya apuntado que la ‘complacencia cognitiva’ es uno de los principales efectos adversos de la implantación de la Inteligencia Artificial en los procesos productivos, por cuanto que el trabajador pasa a confiar más del criterio del algoritmo que del suyo propio, a pesar de no conocer cómo aquel toma decisiones (Jarrahi 2019). 61 La segunda dinámica del proceso metabólico social contemporáneo hacia la que la tesis de la recalificación apunta es el absolutamente innegable incremento de los periodos educativos y de formación (UNESCO 2022), es decir, el crecimiento del tiempo que toma a la sociedad producir una fuerza de trabajo con los atributos productivos necesarios para desempeñarse en el proceso productivo con el nivel requerido de destreza, intensidad, etcétera (Iñigo 2020). 62 En tanto que el tiempo de educación y formación es el criterio más comúnmente usado para dilucidar si la fuerza de trabajo está más o menos cualificada (Iñigo 2020; Brugger y Gehrke 2018; Adler 2007), su incremento parece dar confirmación a la tesis de que la misma dinámica capitalista tiende a producir una fuerza de trabajo con atributos productivos desarrollados. Esto invalidaría la conclusión alcanzada en el epígrafe §2, a saber, que la comunicación de la ciencia tiene su necesidad de ser en los atributos productivos recortados de los trabajadores. En realidad, este fenómeno no plantea una objeción seria a la noción de polarización de la inteligencia de la producción —proceso por el cual los trabajadores se ven privados de la capacidad de apropiar conocimiento científico de manera no mediada. De hecho, más bien puede tomarse como punto de referencia para considerar, con Braverman, en qué sentido la descalificación de la fuerza de trabajo es un proceso relativo; o sea, cómo es posible que la polarización de la inteligencia en la producción se amplíe con el desarrollo de las capacidades productivas del trabajo social. El examen acometido en §3 respecto de la función social de la comunicación de la ciencia puso en relieve que la misma noción de atributo productivo restringido es una dimensión relativa: la comunicación de la media la apropiación del conocimiento por parte de los sujetos sociales diferentes a los científicos, no porque aquellos fueran absolutamente incapaces de toda comprensión o conocimiento, sino porque no estaban capacitados para conocer (y contribuir a la producción de conocimiento) siguiendo una necesidad objetiva. 63 A este respecto, es importante poner en solfa que el desarrollo de la productividad del trabajo social comporta indefectiblemente un incremento del conocimiento movilizado en el proceso de producción, tanto aquel objetivado en la maquinaria como aquel portado por los sujetos partícipes del proceso productivo. Pero 61 El término ‘complacencia cognitiva’ es absolutamente inadecuado para expresar la determinación aquí implicada, pues pone la responsabilidad del lado del trabajador (el trabajador sería el ‘complaciente’), como si de éste dependiese el conocer, o no, el funcionamiento interno del algoritmo. 62 Entre el año 2000 y el 2020, se ha producido un incremento a nivel global del 25% del porcentaje de jóvenes que completan la educación secundaria. 63 De nuevo, es importante señalar que cada vez son más los campos del conocimiento en que los científicos asumen la condición de ‘públicos no-expertos’, y, por tanto, públicos de iniciativas en comunicación de la ciencia que no tienen por objeto el facultar a estos individuos para que participen de la producción de conocimiento. este crecimiento de la inteligencia en la producción se sigue realizando bajo la forma de su polarización. En virtud de la forma antagónica en que se desarrollan las capacidades productivas del trabajo social, el incremento absoluto de la inteligencia de la producción se realiza como una polarización creciente de esa misma inteligencia de la producción. En principio, la noción de ‘descalificación relativa’ aparece en Braverman en un sentido puramente estático, como ‘la extrema concentración del conocimiento en manos de la dirección y de su personal más próximo’ (Braverman 1998 [1974], 307). Sin embargo, el mismo autor introduce una dimensión dinámica al considerar que, ‘[c]uanto más se incorpora la ciencia al proceso de trabajo, menor es la comprensión del trabajador del proceso’ (Braverman 1998 [1974], 295). Pero ésta es una formulación abstracta e imprecisa de la dimensión dinámica de la descalificación relativa de la fuerza de trabajo; una que, a pesar de introducir la dimensión dinámica, apunta en cualquier caso hacia la absolutización, la pérdida absoluta de conocimiento y capacidad de control por parte del trabajador. No es posible integrar en tal planteamiento aquello de lo que sí da cuenta la tesis de la recalificación, a saber, el incremento del tiempo de trabajo que toma la producción de los atributos productivos de los trabajadores, la internalización por parte de estos de un ‘más rico mundo de conocimiento’ (Adler 2007). Para salvar la noción de descalificación relativa de la fuerza de trabajo del tratamiento unilateral y absolutizado al que la somete Braverman, la Tabla 1 recoge aquellas dimensiones involucradas en la descalificación de la fuerza de trabajo que permiten considerar ésta como un despliegue histórico y, por consiguiente, como un proceso relativo. Es la tercera dimensión de la descalificación relativa, el crecimiento polarizado de las capacidades productivas, la que permite discernir cómo la producción de trabajadores con atributos productivos recortados es posible en un escenario en el que la educación de la fuerza de trabajo toma más tiempo. La clave reside en que la polarización de la inteligencia de la producción a través de la que se desarrolla la capacidad productiva del trabajo social, no resulta en trabajadores absolutamente más incapacitados y absolutamente más privados de conocimiento. Si, como dice Braverman, ‘[c]uanto más se incorpora la ciencia al proceso de trabajo, menor es la comprensión del trabajador del proceso’ (Braverman 1998 [1974], 295), ello sólo puede ocurrir como diferencia entre el conocimiento efectivo portado por el trabajador y el conocimiento objetivamente dado y que le es potencialmente apropiable. Puesto en otras palabras, la polarización de la inteligencia de la producción crece conforme se desarrolla la productividad del trabajo porque crece la distancia que media entre lo que cada trabajador necesita saber para desempeñarse en su trabajo, y lo que potencialmente necesitaría saber si al conjunto de los trabajadores les correspondiese organizar y regular el proceso productivo como un todo. Es aquí donde se verifica en todo su alcance en qué sentido el capitalismo desarrolla las capacidades productivas del trabajo social de una forma antagónica: el crecimiento de la productividad del trabajo social aparece como el diferencial cada vez mayor entre la totalidad de las capacidades productivas y aquellas de las que los trabajadores son efectivamente portadores. 64 64 En esta determinación, la polarización creciente de la inteligencia de la producción se revela como un desarrollo más concreto de aquellas determinaciones de la relación social capitalista que David Ricardo captó con la alusión al descenso del salario relativo de los trabajadores conforme avanza la producción capitalista; determinaciones que Rosa Luxemburgo, vía Marx, actualizó y profundizó, y de las que supo extraer las necesarias implicaciones para la lucha política de la clase obrera. Para Luxemburgo (2013), el salario relativo remite a la riqueza social que fluye a la clase obrera en relación a la riqueza social total de la sociedad burguesa, que es fruto del trabajo de la clase obrera, pero que a ésta no afluye. Ante un periodo de prosperidad capitalista, la clase obrera puede mejorar absolutamente su posición social, y recibir una cantidad de riqueza social mayor de la que recibía con anterioridad. Con todo, la prosperidad Tabla 1. Las formas relativas de la descalificación de la fuerza de trabajo Dimensiones de la descalificación relativa Determinación presente Tendencia secular – Contratendencia contingente La descalificación es una tendencia secular jalonada por periodos de expansión de los atributos productivos que resultan de ciertas transformaciones de la técnica productiva (Steinhoff 2021; Friedman 1977; Gorz 1976). Crecimiento polarizado de los sujetos productivos Concentración de la inteligencia de la producción en un número proporcionalmente menor de individuos en relación a la masa total de los trabajadores. Crecimiento polarizado de las capacidades productivas Diferenciación creciente entre los atributos productivos portados efectivamente por los trabajadores respecto de la totalidad de las capacidades productivas objetivamente desarrolladas. Dos cosas resultan entonces inmediatamente evidentes: por un lado, el límite superior del conocimiento potencialmente apropiable en cada momento está dictado por el grado de desarrollo de las capacidades productivas del trabajo social en el sentido más amplio del término; por otro lado, la diferencia entre conocimiento efectivo y conocimiento potencial es la diferencia que media entre las capacidades que el trabajador necesita para ejercer su función parcial, y las que necesitaría movilizar en caso de que el conjunto de los trabajadores estuviese en la necesidad de organizar y regular el proceso de trabajo como un todo —circunstancia esta última que habilitaría, al tiempo que haría indispensable, que cada trabajador ejerciese pleno control sobre las determinaciones técnicas y, sobre todo, sociales de su propio trabajo (véase, Arboledas-Lérida 2023). En otro contexto, el marxista Tony Smith ha logrado expresar esta última dimensión de la descalificación relativa en términos precisos, consignando que el modo de producción capitalista ‘niega sistemáticamente a la mayoría de los trabajadores el tiempo, el entrenamiento y el apoyo material’ que necesitarían para poder apropiar el conocimiento científico y movilizarlo en su actividad productiva, a lo que Smith refiere como ‘innovación’, ‘ni siquiera a un nivel remotamente cercano al que estos son capaces’ (Smith 2013, 229). Queda entonces perfectamente claro que la descalificación relativa no comporta que el conocimiento y las capacitaciones portadas por la fuerza de trabajo sean absolutamente menores, sino que ambos decrecen en relación al aumento de las capacidades productivas del trabajo social. Cuanto más se desarrolla la ciencia, y más objetivamente necesario deviene el control del proceso productivo por parte de todos los trabajadores para superar las disfuncionalidades que la inteligencia socialmente capitalista le supone un empobrecimiento relativo, precisamente porque recibe una proporción menor de la riqueza que con su trabajo crea —una parte mayor se destina a la acumulación del capital y al consumo de la burguesía y el resto de clases parasitarias. polarizada engendra (véase, Butollo et al. 2019, 70-72; Freyssenet 2002), más privados de la ciencia y de las capacidades necesarias para ejercitar una verdadera ‘cooperación interdependiente’ (expresión de Adler 2007) quedan los trabajadores. Es a través de los procesos educativos y de formación que la fuerza de trabajo adquiere los atributos productivos que despliega en el consumo productivo que de ella se hace. Como señala Rikowski (1997; también, Harvie 2006), la educación es un momento de la producción social de la fuerza de trabajo. La educación y la formación permiten a los trabajadores apropiar y convertirse en detentadores de las capacidades del trabajo social general, del trabajo social general que cristaliza, entre otros, en la forma de conocimiento científico. Si se desarrollan las fuerzas productivas, se incrementa ese acervo de conocimiento, y se incrementa absolutamente, por tanto, el conocimiento que la fuerza de trabajo debe de internalizar y actualizar en su desempeño laboral. Es decir, el desarrollo de las fuerzas productivas comporta la elevación del nivel promedio de habilidad, competencia, destreza, conocimiento, etcétera, que se exige del trabajador; la escala mínima de la productividad demandada a la fuerza de trabajo se incrementa. La extensión del periodo de escolaridad y formación para los trabajadores es, por tanto, la forma en que se realiza la elevación de la escala de las cualidades que ha de portar la fuerza de trabajo simple. La ‘simpleza’ de la fuerza de trabajo es un atributo tan histórico como su ‘complejidad’. Como Marx aduce al examinar cómo se determina el valor de la fuerza de trabajo, el número, extensión y naturaleza de las necesidades de los trabajadores, y las formas en que éstas se satisfacen, ‘son en sí mismos producto del desarrollo histórico, y dependen por tanto del grado de civilización de un país’ (Marx 1996, 181). Tal determinación aplica por igual en el caso de la educación y la formación de la fuerza de trabajo, aspecto que Marx analiza inmediatamente después (Marx 1996, 182). Marx no entiende la fuerza de trabajo simple como trabajador en su simpleza natural, como sujeto humano desprovisto de todo conocimiento y capacidad, sino la capacidad de trabajo producida socialmente y que es portadora de las cualidades mínimas indispensables para poder desempeñar cualquier profesión que no demande unos atributos productivos específicos. Cuanto más desarrollada esté la productividad del trabajo social general —la cual toma cuerpo en la tecnificación y el carácter progresivamente más científico del trabajo y el consumo sociales—, mayor ha de ser necesariamente la capacidad productiva que cada sujeto despliega. No obstante, precisamente porque el modo de producción capitalista desarrolla la productividad del trabajo social de forma antagónica, esta elevación de la escala mínima para la fuerza de trabajo simple es un momento de la polarización de la inteligencia de la producción y acompaña la extensión absoluta del conocimiento y las capacidades potencialmente apropiables por los trabajadores en virtud del desarrollo general del trabajo social. Es decir, la elevación del nivel promedio de cualidades de la fuerza de trabajo simple no revierte la creciente polarización de la inteligencia de la producción; al contrario, es el contrapunto necesario al incremento del diferencial entre el conocimiento efectivamente portado por la mayoría de los trabajadores y el conocimiento objetivamente disponible y potencialmente apropiable en virtud del desarrollo de las fuerzas productivas, pero cuya apropiación está vedada a los trabajadores porque los capitalistas les resulta caro y perfectamente inútil producir una fuerza de trabajo con atributos productivos desarrollados (Braverman 1998 [1974], 57). Por consiguiente, el incremento de la etapa educativa obligatoria y los tiempos de formación que se ha vivido en las últimas décadas no responde a la necesidad de equipar a los trabajadores con atributos productivos desarrollados, como muy pertinentemente advirtiera el propio Braverman (1998 [1974], 302). Pero es que ni siquiera esta ampliación de la etapa formativa responde únicamente a la determinación recién desplegada, a saber, la elevación del umbral mínimo de competencias y conocimientos correspondientes a la fuerza de trabajo simple. La familiaridad con signos lingüísticos y símbolos matemáticos, contenido elemental de los programas de formación primaria y secundaria a nivel global (Iñigo 2020), no es sólo necesaria para la producción, sino también para el consumo social, y para lograr del sujeto ‘conformidad con las reglas de la sociedad y la obediencia de la ley’ (Braverman 1998 [1974], 302) —determinaciones estas que aplican por igual para trabajadores y no trabajadores. De ahí en más, escuelas, institutos y otras entidades educativas se han convertido en lugares de socialización de los individuos junto con, o sustituyendo a, los lazos tradicionales de la familia, la comunidad rural o la iglesia (Braverman 1998 [1974]; véase, también, Hirsch 1991). Tampoco aquí, aduce Braverman, es posible encontrar que el progreso en la escolaridad se traduzca inmediatamente en una fuerza de trabajo de atributos productivos potenciados. Y todavía habría que añadir a estas objeciones dos más. La primera apunta al hecho de que el incremento absoluto de la inteligencia de la producción movilizada en todo proceso de trabajo —dinámica ésta que se despliega mediatamente, conforme se incrementa la escala de la producción de cada capital individual mediante la concentración y centralización del mismo— obliga a los ‘funcionarios del capital’, a los capitalistas y managers, a ampliar de continuo sus conocimientos y capacidades para poder ejercer un control efectivo sobre procesos de trabajo de escala acrecentada. Al fin y al cabo, aquel incremento de la inteligencia de la producción se realiza bajo la forma antagónica de su polarización creciente. Ésta es otra dimensión de la extensión del tiempo de formación en general. La otra que Braverman no contempla, pero que es también crucial, remite a la misma productividad del trabajo educativo. Si el desarrollo de la productividad del trabajo social toma la forma de un incremento del trabajo social dedicado a la producción de la capacidad de trabajo simple, esto expresa también que el trabajo educativo no ha seguido el ritmo del incremento general de la productividad del trabajo, así que la suya es una productividad inferior en relación al resto de las ramas de la división social del trabajo. Recapitulando brevemente las consideraciones hechas a lo largo del apartado §4, encontramos que: • la producción de trabajadores con atributos productivos restringidos es una dinámica secular en el modo de producción capitalista, prescrita, no por una necesidad técnica, sino por los imperativos de producción de plusvalor; • la polarización de la inteligencia en la producción es la forma particular que toma la producción de plusvalor en lo que estrictamente respecta a los atributos productivos de los trabajadores. Capitalistas y directivos necesitan ejercer un control estricto sobre los procesos de trabajo, a fin de garantizar que los trabajadores rinden una cantidad de plustrabajo suficiente. Además, un trabajador con atributos productivos desarrollados supone una barrera positiva a la valorización del capital, pues es un trabajador proporcionalmente más caro; • el desarrollo de la productividad del trabajo social resulta en un crecimiento absoluto del conocimiento que se moviliza en la producción. Debido al carácter antagónico que a este proceso infunde la relación social capitalista, este crecimiento se resuelve en una polarización creciente de la inteligencia de la producción. Y ésta, a su vez, se expresa como: o un número relativamente menor de sujetos sociales detentando capacidades productivas desarrolladas, frente a la privación de tales capacidades para el grueso de los trabajadores, y; o un incremento del diferencial entre los conocimientos y las capacidades efectivamente portados por la inmensa mayoría de los trabajadores, y los conocimientos y capacidades objetivamente disponibles en cada momento, en virtud del grado de desarrollo alcanzado por el trabajo social. La producción capitalista es un proceso que tiene por fundamento y objetivo la multiplicación del valor. En tanto que proceso, la producción capitalista supone la reproducción de sus propios presupuestos: las premisas del modo de producción capitalista aparecen como resultados en cada ciclo de producción de capital, de multiplicación del valor (Fineschi 2013, 77). El capital pone sus propias condiciones de existencia. Y en la medida en que el capital se reproduce de manera ampliada —y no puede reproducirse de otra manera, pues el valor ya producido sólo se conserva a través de su incremento (Marx 1996)—, también reproduce de manera extendida sus propios presupuestos. En este sentido, la descalificación relativa de la fuerza de trabajo, o la polarización creciente de la inteligencia de la producción, es la forma concreta que toma la re-producción a escala expandida de la separación del trabajo de las ‘potencias intelectuales del proceso material de producción’ (Marx 1996, 366). La producción de trabajadores con atributos productivos restringidos y todo lo que de ello resulta, es inexorable en la medida en que la producción social se mantenga en el marco de la relación social capitalista. Identificada de modo conclusivo en qué sentido la relación social capitalista tiene como tendencia inmanente la descalificación relativa de la fuerza de trabajo, o la producción de obreros con atributos productivos restringidos, el siguiente apartado procede a examinar qué relación guarda esta circunstancia con la generalización de la comunicación de la ciencia, dando así cuenta de la especificidad histórica de esta última en tanto que práctica social. 5. La comunicación de la ciencia y la polarización de la inteligencia de la producción El apartado §3 concluía que la base material de la comunicación de la ciencia residía en los atributos productivos restringidos o limitados que portaba el grueso de la población trabajadora, pues era esta incapacidad de apropiar el conocimiento científico en su inmediatez lo que explicaba la necesidad de una mediación. El apartado §4, por su parte, ha puesto en relieve que el recorte a los atributos productivos de los trabajadores no es un fenómeno natural ni constituye un requisito técnico impuesto por la gran industria y las configuraciones productivas que en ella se articulan. Por el contrario, ésta es expresión más concreta de la forma histórica que toma el proceso de producción y reproducción de la sociedad a esta altura del desarrollo de las capacidades productivas del trabajo social, es decir, un modo de existencia particular de la relación social de producción capitalista. La producción de trabajadores con atributos productivos restringidos vis-à-vis la totalidad de las potencias del trabajo social, es la forma concreta que adquiere la producción de plusvalor en el plano de las subjetividades productivas. Esto introduce la primera cualificación respecto de la especificidad histórica de la comunicación de la ciencia. La comunicación de la ciencia tiene por premisa más general o simple la valorización del valor a través de la compulsión del plustrabajo y la producción de plusvalor, pues es la producción de plusvalor la que pone la necesidad de restringir las capacidades productivas de los trabajadores —atributos productivos restringidos que hacen imposible que el conocimiento científico pueda ser apropiado de manera no mediada. Más allá de la relación social capitalista y de la producción basada en el capital, carece de sentido que la mayoría de la población quede privada de apropiar la totalidad de las potencias del trabajo social y, de ese modo, su intervención en el proceso colectivo de transformación de cualquier forma real tenga un alcance necesariamente restringido. Al fin y al cabo, las capacidades productivas del trabajo social se desarrollan en y a través de las capacidades productivas del trabajo individual. 65 Como se ve, la producción de plusvalor, fundamento y objetivo de la producción capitalista, impone un límite absoluto al desarrollo de las fuerzas productivas del trabajo social por cuanto que impone la limitación de las facultades productivas de los trabajadores. Así que el recorte a los atributos productivos de los trabajadores es un plano más en el que se verifica la condición antagónica de la producción basada en el capital; que el capital porta en su propia naturaleza barreras objetivas que introducen un límite al desarrollo ulterior de las fuerzas productivas, barreras que el capital no puede superar sin trascender de sí (Marx 1986, 337). Emerge aquí la segunda dimensión respecto de la especificidad histórica de la comunicación de la ciencia: la comunicación de la ciencia en tanto que práctica social está fundada en la forma antagónica que cobra la producción social bajo la égida del capital, y que resulta, entre otros, en la producción de trabajadores incapaces de apropiar de forma no mediada los productos del trabajo histórico-social y de sus propias formas de cooperación y combinación en el proceso productivo (Arboledas- Lérida 2022). La comunicación de la ciencia existe en y por el antagonismo que es constitutivo de la forma capitalista de la producción social. Como se vio en §1, investigadores y profesionales de la comunicación de la ciencia tienden a asumir que la comunicación de la ciencia existe para superar la ‘brecha’ que supuestamente existiría entre ciencia y sociedad (Suldiovsky 2016; Bensaude-Vincent 2001). Pero la ‘brecha’ es, en realidad, la separación de la ciencia respecto del trabajo y la subsiguiente capitalización de las ‘potencias intelectuales del proceso material de producción’, capitalización de la ciencia que supone que tales potencias intelectuales se enfrenten al trabajo como una potencia productiva del capital. Esta separación es un momento de la separación del trabajador respecto de las condiciones objetivas de la producción, premisa histórica y presupuesto general de la producción capitalista en cuanto tal (Marx 1996). Por tanto, la separación ciencia y trabajo es constitutiva de la relación social de producción capitalista; circunstancia ésta que implica dos cosas: que la ‘brecha’ no puede ser superada por más empeño comunicativo que en ello se ponga; y que el capital engendra de forma inmanente, poniendo de continuo, esa separación, pues el capital es un proceso que hace de sus presupuestos los resultados de su propia acción (Fineschi 2013, 77). Las tres dimensiones previas de la especificidad histórica de la comunicación de la ciencia pueden resumirse tal que así: la comunicación de la ciencia es un modo de existencia de la relación social capitalista, una forma social en que cristalizan ciertas cualidades distintivas del capital en tanto que modo de organización de la producción social históricamente determinado. La comunicación de la ciencia encuentra su necesidad en el carácter limitado del capital en tanto que forma histórica de organización del trabajo social. Y el capital reproduce la comunicación de la ciencia como práctica social, pues, al subsumir a sí mismo todos los momentos del proceso metabólico social, con la reproducción del capital se reproducen las condiciones, los presupuestos, de la comunicación de la ciencia en tanto que práctica social. La comunicación de la ciencia existe en, y es reproducida por el capital; ello significa que la comunicación de la ciencia 65 Es por ello que la superación del modo de producción capitalista comporta, para Marx, el surgimiento del productor omnilateralmente desarrollado, para quien las diferentes funciones productivas que asumen ‘son otros tantos modos particulares de dar rienda suelta a sus potencias naturales y adquiridas’ (Marx 1996, 491). es una determinación de forma de la relación social de producción capitalista. 66 Éste es el secreto revelado de la especificidad histórica de la comunicación de la ciencia, del vínculo orgánico, interno y necesario, con el capital. Y, con todo, ello no agota las determinaciones de la comunicación de la ciencia en tanto que práctica social. Porque el objetivo establecido para esta investigación consistía no sólo en determinar en virtud de qué necesidad la comunicación de la ciencia existe, sino también qué determinaciones se realizan en su actual expansión, en la multiplicación de iniciativas en comunicación de la ciencia y en la generalización de la misma en tanto que práctica social. A la investigación en las determinaciones de la comunicación de la ciencia en sentido ‘estático’ hay que añadir, además, aquellas que se revelan cuando se considera en su crecimiento actual, o sea, en un sentido ‘dinámico’. Pero esta cuestión no plantea mayor dificultad, porque el análisis previo ha aportado las principales claves al respecto. Si la comunicación de la ciencia tiene por base los atributos productivos recortados de los trabajadores, y si éstos son el resultado necesario de la polarización de la inteligencia en la producción, la polarización de la inteligencia en la producción es la forma real que media la génesis y desarrollo de la comunicación de la ciencia. Por consiguiente, es el crecimiento de la polarización de la inteligencia de la producción, o lo que tanto vale decir, la descalificación relativa de la fuerza de trabajo, la fuerza que impulsa la expansión de la comunicación de la ciencia en tanto que práctica social. Expresado en términos simples: es la reproducción ampliada de la relación social capitalista la necesidad simple que se realiza en la multiplicación de iniciativas en comunicación de la ciencia y su generalización como práctica social, pues esta reproducción ampliada de la relación social capitalista amplía y profundiza aquella separación entre ciencia y trabajo de la que la polarización de la inteligencia en la producción es una expresión más concreta. 67 Por supuesto, es necesario hacer la salvedad de que la descalificación relativa de la fuerza de trabajo, o la polarización creciente de la inteligencia de la producción, son determinaciones simples de la generalización de la comunicación de la ciencia como práctica social. Lo que quiere decir que su expresión o realización está ulteriormente mediada, y que aquella determinación no agota la explicación respecto de por qué se multiplican las iniciativas en comunicación de la ciencia —‘lo concreto es concreto porque es síntesis de múltiples determinaciones, unidad en lo diverso’ (Marx 1986, 32). Empero, la polarización creciente de la inteligencia en la producción sí es una determinación efectivamente presente en todas las formas que la generalización de la comunicación de la ciencia como práctica social pueda presentar; y, de hecho, es su determinación más general o simple, pues la descalificación relativa de la fuerza de trabajo responde a una necesidad pura y simple de la producción capitalista, a saber, la producción de plusvalor. Se sigue de todo lo anterior que la reciente expansión de la comunicación de la ciencia como práctica social no responde a la voluntad de cerrar la ínclita ‘brecha’ entre 66 Rubin (1973 [1928]) ofrece una magnífica explicación de a qué remite la noción de determinación de forma. 67 La ampliación de la separación entre ciencia y trabajo remite a lo que en la Tabla 1 se denominaba ‘crecimiento polarizado de los sujetos productivos’, el incremento absoluto y relativo de aquellos sujetos productivos portadores de unos atributos productivos restringidos. Profundización alude a aquella dimensión de la descalificación relativa denominada ‘crecimiento polarizado de las capacidades productivas’, es decir, la distancia cada vez mayor entre el acervo de conocimiento y capacitaciones que el trabajador porta, y aquel que podría potencialmente apropiar. La reciente expansión de la comunicación de la ciencia responde a la creciente polarización de la inteligencia de la producción en la unidad constitutiva de estas dos dimensiones. ciencia y sociedad; responde precisamente al crecimiento de esa ‘brecha’, a la separación cuantitativa y cualitativamente ampliada entre ciencia y trabajo. Crece la necesidad de que los comunicadores de ciencia medien la apropiación del conocimiento porque crece la incapacidad de los trabajadores de apropiar el conocimiento por sí mismos, de manera no mediada. En ese sentido, la comunicación de la ciencia acompaña, en lugar de revertir, la ampliación y profundización de la separación entre ciencia y trabajo que toma forma más concreta de existencia en la polarización creciente de la inteligencia en la producción a escala social. Si bien la comunicación de la ciencia no logra trascender, al ser perfectamente impotente para ello, la separación entre ciencia y trabajo, ¿qué es lo que sí se consigue con la multiplicación de las iniciativas en comunicación pública de la ciencia? Como se estableció en §3, la función simple que a la comunicación de la ciencia corresponde es la de facilitar el consumo individual o productivo de los enunciados científicos en procesos metabólicos distintos a los del propio trabajo científico, como forma de validar como socialmente útil el gasto de tiempo de trabajo invertido en la producción de los mismos. De modo tentativo, y sin ninguna pretensión de exhaustividad, se puede argüir que aquella función simple de la comunicación de la ciencia viene reclamada por las siguientes dinámicas: • Crecimiento de la producción científica. Ésta es la dimensión a la que la investigación en comunicación de la ciencia reduce la brecha entre ciencia y sociedad. Y es mediante este enfoque unilateral de la cuestión relativa a las condiciones de existencia de la comunicación de la ciencia, que la separación entre ciencia y trabajo deviene a-problemática, pues asumir el progreso de la ciencia como algo necesario equivale, conforme a este planteamiento, a considerar igualmente inevitable ‘el abismo creciente entre los científicos profesionales encargados de producir conocimiento y el público que consume los productos del conocimiento’ (Bensaude-Vincent 2001). Sea como fuere, el trabajo científico es crecientemente productivo, como atestigua el crecimiento exponencial en la producción de artículos científicos (Digital Science 2022). Todo producto del trabajo científico necesita validarse como trabajo socialmente útil. La multiplicación de aquel supone la multiplicación de iniciativas orientadas a ese fin. Pero hay que poner una vez más de manifiesto que esta validación social expost de los productos del trabajo científico resulta del hecho de que éste se ejecuta de manera privada e independiente para con respecto el resto de ramas de la producción social (véase, §3). De ahí en más, este crecimiento de la productividad del trabajo científico se despliega sobre la base de la forma antagónica en que el capital incrementa la productividad del trabajo social, i.e., la separación del trabajo respecto de las potencias intelectuales del trabajo social. • Incremento de las competencias de la fuerza de trabajo simple. El progreso de la productividad del trabajo, supone que se eleve de continuo el nivel mínimo de capacitación requerido para la fuerza de trabajo simple, y, de hecho, para que cualquier individuo, trabajador o no, se desempeñe como miembro cabal de la sociedad, por usar la certera expresión de Iñigo (2020). Pero puede tomar cierto tiempo el que los contenidos educativos y los programas de formación den entrada a ese nuevo conocimiento, lo que obliga a buscar formas alternativas de difusión de ese conocimiento. 68 Y ello tanto más cuanto que la base técnica de la industria 68 En tal condición, la comunicación pública de la ciencia constituiría un estadio del trabajo social anterior al proceso educativo y estaría forjando las condiciones que hacen posible el mismo. Así es como ha de 5. Redes sociales, altmetrics, y la ‘desintermediación de la comunicación de la ciencia’ Resumen: Este capítulo aborda la comunicación de la ciencia a través de los social media como una de las formas particulares que adopta la generalización de la comunicación de la ciencia como obligación o responsabilidad para los académicos. La investigación se interroga acerca de cuáles son los mecanismos a través de los cuales las necesidades genéricas del capital respecto de la comunicación de la ciencia encuentran realización en la creciente involucración de los académicos en iniciativas en comunicación de la ciencia, que suelen tomar la forma genérica de comunicación de la ciencia a través de los social media. La conclusión alcanzada en este sentido es que las métricas de impacto social de la investigación son la mediación concreta que hace posible que los académicos tomen conciencia del hecho de que la reproducción de la comunidad académica, y de sí mismos como miembros de aquélla, pasa por acometer actividades de comunicación de la ciencia a través de las redes sociales. Al propósito de comprender por qué las métricas de impacto social de la investigación poseen esa capacidad de determinar la conciencia de los académicos, se procede a examinar la naturaleza social de las métricas de impacto de la investigación. El avance en esta dirección arranca desde las conocidas como altmetrics, un novedoso conjunto de indicadores de impacto asociados, precisamente a la actividad de los académicos en los social media. Estos indicadores altmétricos han sido propuestos en diversas ocasiones como los indicadores de impacto social de la investigación; no obstante, no existe constancia de que se empleen en ningún proceso de demostración del impacto social del trabajo académico ni, por consiguiente, de evaluación del rendimiento de los académicos en relación al mismo. La pregunta respecto de por qué las altmetrics son deficientes como indicadores de impacto social de la investigación, obliga a dar cuenta de qué es aquello que las métricas de impacto de la investigación, en su conjunto, miden. Se dilucida así que aquello a lo que refieren las métricas de impacto de la investigación es a la utilidad social del trabajo que se objetiva en una cierta forma material. Por consiguiente, el problema con las altmetrics reside en que no logran dar cuenta del carácter socialmente útil del gasto de fuerza de trabajo que los académicos despliegan en los social media con fines de comunicar la ciencia con los públicos noexpertos. Esto no es resultado de las deficiencias técnicas de las altmetrics, sino del solapamiento de usos comunicativos de los social media cualitativamente distintos: dado que los académicos utilizan las plataformas de comunicación 2.0 indistintamente tanto para divulgar el conocimiento entre los más amplios públicos como para facilitar su apropiación por parte de otros expertos, los registros de los indicadores altmétricos son impotentes para dilucidar si el gasto de fuerza de trabajo académica se ha resuelto en un impacto social o en un impacto académico. Pero el hecho de conocer qué es aquello que las altmetrics y las métricas de impacto de la investigación, en general, están o estarían midiendo, no agota la cuestión respecto de a qué responde que los indicadores de impacto sean capaces de determinar la conciencia de los académicos, o que últimos estos deban e subsumir su conciencia y voluntad a aquellos. Se explica en este sentido que la potencia de las métricas reside en que son éstas la forma indirecta a través de la cual se organiza y regula la producción académica como un todo. A tenor del carácter de privado e independiente que va adquiriendo el trabajo académico, y la completa ausencia de un plan general de la producción, es sólo a través de las métricas de impacto que los productores pueden relacionarse entre sí y coordinar sus respectivos trabajos para alcanzar la unidad del proceso metabólico al interior de la academia. Sólo mediante los indicadores de impacto, por consiguiente, es posible dilucidar si los productores individuales han contribuido con sus respectivos gastos de trabajo a la reproducción de la comunidad académica como un todo. Por consiguiente, los académicos deben de subsumir su voluntad y conciencia a aquello que las métricas dispongan respecto del qué y el cómo de su gasto individual de fuerza de trabajo. La penetración de la relación social capitalista al interior de la academia es la que explica el carácter de privado e independiente que adquiere el trabajo académico en grado creciente, y, por ende, la proliferación de métricas en la academia contemporánea. 1. Introducción La generalización de la comunicación de la ciencia como práctica social ha tenido en la academia uno de sus más importantes epicentros. Académicos y científicos se involucran en grado creciente en la comunicación de la ciencia, convirtiéndose en unos de los principales protagonistas del crecimiento de esta práctica social en los últimos tiempos (Bucchi y Trench 2021), por tanto, en uno de los actores más relevantes en la ‘ecología de la comunicación de la ciencia’ (Weingart y Joubert 2019). Algunos presentan este renovado entusiasmo por la comunicación de la ciencia entre los académicos como una ‘transformación cultural’ (Rose et al. 2020). Y no es para menos: durante todo el siglo XX, los científicos no sólo no contemplaron la comunicación de la ciencia como un quehacer propio de su función académica (Hanauska 2020; Dunwoody 2020; Bensaude- Vincent 2001), sino que llegaron a desaconsejar activamente a sus pares que empleasen el tiempo en tales ocupaciones (Joubert 2019; Martínez-Conde 2016; Dudo 2015); por contraposición, la mayoría de los académicos asume hoy en día que la comunicación de la ciencia es una responsabilidad de los académicos (Calice et al. 2022), un componente integral del quehacer científico (Howoldt et al. 2022), y rechazan ampliamente la idea de que facilitar la divulgación del conocimiento no debe de formar parte del núcleo de sus actividades habituales (Calice et al. 2022). Durante los siglos XVIII y XIX, los científicos desempeñaron un papel preponderante en la ‘popularización’ del conocimiento científico (Dunwoody 2020; Hanauska 2020; Bensaude-Vincent 2001). Doctores, catedráticos de universidad, hombres de ciencia; en suma, la ‘inteligencia’ pequeñoburguesa contribuyó mediante la divulgación del conocimiento científico a avanzar el programa político de consolidación del poder de la burguesía, luchando por erradicar la superstición y el mito de la conciencia de las masas —por ser éste el baluarte del poder feudal (Pannekoek 2003). En esta época, los científicos tenían a la popularización del saber a través de charlas públicas, elaboración de libros y contribuciones en revistas especializadas, etcétera, como una de sus ocupaciones (Hanauska 2020; Bensaude-Vincent 2001). Los periodistas, en cambio, permanecían más o menos al margen de la actualidad de la ciencia, mostrando por la misma un interés anecdótico (Dunwoody 2020). Las tornas cambiaron con la llegada del siglo XX y el proceso de profesionalización de la actividad académica. Ésta hizo perder a la ciencia todo vestigio de informalidad, y producir conocimiento pasó a constituir la primera y principal ocupación de los científicos, ya estuvieran integrados en las universidades, en los laboratorios gubernamentales o, también, en las empresas privadas. Entre los académicos comenzó a extenderse la percepción de que la comunicación de la ciencia constituía una distracción y una pérdida de tiempo (Dudo 2015). Este rechazo hacia la comunicación de la ciencia resultó postreramente en el conocido como ‘efecto Sagan’: la reputación pública de un científico era vista con suspicacia por sus pares, pues entendían que tal reputación podía no estar fundamentada en una trayectoria de investigación sólida (Joubert 2019, Martínez- Conde 2016). 71 Remanentes de aquel pasado pueden encontrarse todavía en la academia, por ejemplo, en la ausencia de cualquier criterio relativo a la actividad pública de los académicos entre los formularios y protocolos empleados por los comités de evaluación de méritos y de asignación de cargos (Schimanski y Alperín 2018). Ante la retirada de los académicos de la escena pública, otros agentes sociales ‘ajenos al ámbito científico 71 Este fenómeno toma el nombre de ‘efecto Sagan’ a tenor del caso del astrónomo y popularizador de la ciencia Carl Sagan, a quien le fue denegada la membresía en el Academia de Ciencias Nacional de Estados Unidos luego de que la Universidad de Harvard hubiese rechazado previamente su acceso a un cargo permanente (Joubert 2019; Martínez-Conde 2016). institucionalizado’ (Hanauska 2020), pasaron a desempeñar la función social de facilitar la apropiación del conocimiento por parte de los públicos no expertos. La comunicación de la ciencia recayó en primera instancia sobre los periodistas (aparece entonces el periodismo científico como modalidad periodística especializada), junto con un número relativamente pequeño de académicos con un particular interés o una inclinación ‘natural’ hacia la interacción con los públicos y con los medios de comunicación (Dunwoody 2020; Bauer y Gregory 2007; Miller 2001). La ‘transformación cultural’ respecto de la comunicación de la ciencia ha hecho que la academia regrese a la palestra pública. Particularmente notable a este respecto es la tan favorable predisposición por parte de las instituciones académicas de relacionarse con los públicos y con los medios de comunicación (Schäfer 2014). Esto les ha llevado a dotarse de gabinetes de comunicación potentes, compuestos de un personal altamente profesionalizado (Trench y Bucchi 2021; Schäfer 2014). Pero lo que es verdaderamente determinante es que la comunicación de la ciencia se ha convertido en una obligación o responsabilidad para los académicos (Bennet et al. 2021; Bucchi y Trench 2021; Jia et al. 2017), y que los grados de agencia con los que los académicos todavía cuentan en este sentido se limitan estrictamente a decidir cómo, a través de qué medios, formatos y estrategias comunicativas, van a entrar en relación con los públicos (Dudo y Besley 2016). El ’Informe Bodmer’, comisionado por la Royal Society de Reino Unido y publicado en 1985, es considerado como el primer jalón en la larga cadena de transformaciones que han resultado en la renovada predisposición de los académicos hacia la comunicación de la ciencia. Para la institución científica más antigua del mundo, la creciente pérdida de legitimidad de las instituciones científicas y de los científicos hacía necesario que los académicos se involucrasen activamente en las labores de divulgación del conocimiento (Miller 2001). 72 La Royal Society mostró una gran ambición en el Informe Bodmer, pues pretendía que todos los científicos en activo, sobre todo, aquellos trabajando en universidades, se convirtieran en comunicadores motu proprio (Miller 2001). Instituciones y personalidades del mundo académico no tardaron en hacerse eco de la demanda formulada por la Royal Society. Desde entonces, los llamamientos a que los científicos se involucren más en la comunicación de la ciencia no han dejado de sucederse. A quince años vista desde la aparición del Informe Bodmer, Steve Miller recapitulaba en la revista Public Understanding of Science los progresos que se habían logrado durante ese periodo en lo que concernía a la implementación de iniciativas para incrementar el conocimiento sobre la ciencia entre la población y, también, en lo relativo a una mayor participación de los científicos en actividades de comunicación de la ciencia. Miller se mostraba particularmente pesimista a colación de esto último, aduciendo que no se había logrado avanzar demasiado (Miller 2001). Se hacía eco el autor de algunas dificultades que los académicos encontraban a la hora de acometer labores de comunicación de la ciencia que la literatura previa había identificado, incluyendo aspectos tales como la falta de apoyo institucional, la ausencia de incentivos específicos integrados en los sistemas de reconocimiento del mérito científico, y la percepción negativa que tales ocupaciones pudiesen tener entre los pares —problemas estos que se agravaban cuando las iniciativas en comunicación de la ciencia involucraban a los medios 72 Como señalan Weingart y colegas (Weingart et al. 2021; también Concençiao et al. 2020), la necesidad de legitimidad social de la ciencia es un tema recurrente en la literatura gris que se utiliza en círculos políticos en relación a la comunicación de la ciencia. Pero es éste un argumento deliberadamente creado, pues no encuentra sustento real en los resultados que arrojan los estudios de percepción social de la ciencia, en los que no se ha atestiguado ningún deterioro significativo de la reputación de la ciencia en las últimas décadas en los países desarrollados (Alcíbar 2015). de comunicación, a tenor de la inexperiencia y la falta de competencias en tales materias (Gascoigne y Metcalfe 1997). De ahí en más, Miller (2001) consideraba que resultaba poco realista concebir un escenario en el que la gran mayoría de los académicos se convirtiera en comunicadores de ciencia, habida cuenta del tiempo y los recursos que su formación tomarían. Si se hiciera hoy en día un balance similar al que Steve Miller planteó a comienzos del milenio, las conclusiones a alcanzar serían bien diferentes. La evidencia disponible invita a concluir que los académicos se involucran en actividades de comunicación de la ciencia más de lo que se tiende a asumir (Dudo 2015), y que dedican a tales ocupaciones una cantidad creciente de tiempo de trabajo (Sommer 2019). Para muestra, un botón: en una encuesta lanzada al personal académico de las universidades agrícolas estadounidenses (‘land-grant universities’), Rose y colegas encontraron que el 98,3% de los consultados aseguraban haber participado en alguna actividad de comunicación pública de la ciencia a lo largo de ese mismo año, y cuatro de cada cinco lo habían hecho en actividades específicamente orientadas a un público adulto (Rose et al. 2020). 73 Los datos recogidos en Loroño-Leturiondo y Davies (2018) no son menos concluyentes: mientras que el 82% de los investigadores en Reino Unido habían participado en algún tipo de actividad en comunicación de la ciencia en el año anterior, este porcentaje se elevaba hasta el 98% para los miembros de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (‘American Association for the Advancement of Science’, AAAS) si se tomaban en cuenta los tres últimos años. Pero aún más significativo que el grado de involucración real de los académicos en iniciativas en comunicación de la ciencia, es el cambio de actitud respecto de tal práctica social: el 89% de los académicos encuestados por Fecher y Hebing (2021) consideran que la comunicación pública de la ciencia forma parte de la actividad científica misma. En otra investigación, el 80% de los científicos rechazaban la idea de que la comunicación de la ciencia no era trabajo para los científicos (Calice et al. 2022). Se generaliza entre los académicos la percepción de que, efectivamente, el diálogo con los públicos y con los medios de comunicación es un componente más de su labor científica, tomándose finalmente en serio los llamamientos de la Royal Society y haciendo suyo el imperativo de convertirse en ‘embajadores’ de su propia investigación (expresión de Gerber 2014, 79). Paradójico a este respecto resulta, sin embargo, que los científicos han adquirido una mayor motivación aun a pesar de que las condiciones estructurales que median su participación en labores de comunicación no han mejorado substantivamente —no, al menos, si se toma en serio la percepción que tienen los propios científicos a este respecto. Pese al apoyo decidido por parte de los responsables de la política científica a las iniciativas en comunicación de la ciencia (Weingart et al. 2021; Conceição et al. 2020; Weingart y Joubert 2019), y no sólo de palabra sino también aportando financiación (Schibeci y Palmer 2014), muchos científicos encuentran que la interacción con los públicos no recibe la suficiente consideración por parte de sus empresas, universidades o instituciones académicas (Koswatta et al. 2022; Fecher y Hebing 2021). El reconocimiento de las actividades relativas a la comunicación de la ciencia en los sistemas de acreditación y asignación de méritos académicos es hoy, como ayer, un problema de primer nivel (Desrochers et al. 2018; Schimanski y Alperín 2018; Gascoigne y Metcalfe 73 En sentido estricto, la educación científica no puede ser considerada como parte de la comunicación de la ciencia. Pues hay una diferencia de medio a medio entre, por un lado, desarrollar actividades formativas encaminadas a que los estudiantes puedan desarrollar las competencias necesarias para convertirse en científicos, y, por otro lado, plantear iniciativas dirigidas a individuos de quienes no se pretende que adquieran tales atributos, esto es, de quienes no se espera que ejerzan como científicos. 1997). También reclaman los académicos el poder contar con más tiempo para desempeñar tales funciones, y el que las universidades integren planes de formación y entrenamiento específicos en comunicación con el público (Koswatta et al. 2022; Besley et al. 2018). En ausencia de condiciones fastas para la práctica de la comunicación de la ciencia, los académicos han hecho virtud de la necesidad. Al encontrar fuera de sí un escenario poco propicio para relacionarse con los públicos, han decidido ir a buscar en lo más profundo de su ser la motivación para comunicar la ciencia. Efectivamente, Calice y colegas encontraron que más de un 85% de los académicos que entrevistaron aducía que eran los ‘factores intrínsecos’ los que prevalecían a la hora de involucrarse en comunicación de la ciencia (Calice et al. 2022). No deja de ser llamativo que, entre tales motivaciones, fuese el sentido del deber la que apareciera más prominente. Frente a estos factores intrínsecos, ‘recompensas extrínsecas’ tales como la obtención de financiación o cumplir con las obligaciones contractuales, tenían un peso menor (40 y 45 por ciento, respectivamente). Investigaciones previas habían arrojado resultados similares (ej., Martín-Sempere et al. 2008). Hallazgos de esta naturaleza han conducido a algunos autores a plantear que los académicos consideran que la comunicación de la ciencia es una tarea estrictamente individual para la que no existe ‘mandato institucional’ alguno (Fecher y Hebing 2021). Así que, de un modo un tanto repentino e inesperado, lo que en su día fueron elementos que inhibían la participación de los académicos en la comunicación de la ciencia, se han tornado en la actualidad en acicates. Tal es el grado de compromiso personal con la comunicación de la ciencia, que los académicos asumen que toda responsabilidad respecto del éxito o fracaso de aquellas iniciativas en las que se involucran queda de su lado, como si los ‘factores estructurales’ no existieran o fueran irrelevantes (Loroño-Leturiondo y Davies 2018). Como advierte Iñigo Carrera (2007) en otro contexto, la forma general de la conciencia humana contemporánea, o sea, la forma de la conciencia humana subsumida en el capital, tiene por determinación más simple precisamente el concebirse a sí misma como el factor determinante. Es decir, esa conciencia se representa a la voluntad humana como una voluntad libre que no tiene más necesidad que ella misma. En el caso concreto que aquí se examina, ello conduce al resultado tautológico de que los científicos se involucran en actividades de comunicación de la ciencia porque así lo han decidido. Y si bien esto es perfectamente cierto a simple vista, no es menos cierto que esta representación de la conciencia como conciencia que pone su propia necesidad (una conciencia ‘idéntica consigo misma’, como diría Hegel) es precisamente eso, una representación, una apariencia. Porque esa voluntad y esa conciencia de los académicos que se involucran en actividades de comunicación de la ciencia sí están determinadas. De hecho, el capítulo anterior ya expuso dónde encuentra esta voluntad que se concibe a sí mismo como voluntad libre e indeterminada su razón de ser: como forma concreta bajo la que se realiza la expansión de la comunicación de la ciencia como práctica social, su necesidad genérica viene dada por la autoexpansión de la relación social capitalista misma y, más concretamente, por la creciente polarización de la inteligencia de la producción que resulta de la producción de plusvalor. La creciente participación en actividades de comunicación de la ciencia por parte de los académicos es la forma concreta en que se realizan las necesidades genéricas del capital en lo que a la comunicación de la ciencia concierne. Así que los académicos no resuelven involucrarse en actividades en comunicación de la ciencia porque sí, movidos por un compromiso férreo con la comunicación de la ciencia con los públicos no-expertos y una voluntad inquebrantable a pesar de todos los obstáculos que encuentran en su camino hacia tales públicos. Su conciencia es una conciencia perfectamente determinada. Una conciencia que es la forma concreta en que el capital realiza su necesidad de multiplicar las iniciativas en comunicación de la ciencia. ‘No lo saben, pero lo hacen’ como reza el famoso aforismo con el que Marx (1996) quiso poner en solfa que las formas de conciencia están tan históricamente determinadas como cualquier otra forma social. Esto no quiere decir que los académicos no actúen conforme a su conciencia y voluntad libres; quiere decir que tal ‘libertad’ es, a todos los efectos, una apariencia, pues esta voluntad libre es la forma concreta en que se materializa la dominación del poder impersonal abstracto del capital. 74 Por consiguiente, esa ‘pulsión interna’ que lleva a los académicos a involucrarse en actividades de comunicación de la ciencia tiene una necesidad fuera de sí misma; o, por mejor decir, es la forma concreta que adopta una necesidad que queda más allá de la voluntad y conciencia aparentemente libres de los académicos. Pero lo cierto es que representarse la cuestión como si la mayor participación de los académicos en la comunicación de la ciencia no tuviese más necesidad que la aquella ‘pulsión interna’, constituye un magnífico expediente para ocultar que la necesidad real en juego es la autoexpansión del capital y las formas antagónicas en que se realiza el proceso metabólico social bajo su dominio —por tanto, la profundización y extensión de la separación del trabajo con respecto las ‘potencias intelectuales del proceso material de producción’ (Marx 1996, 366) y la creciente polarización de la inteligencia social de la producción. Por supuesto, hay una cadena de mediaciones que llevan de aquella necesidad genérica a esta forma más concreta en que se realiza; la conexión esencial entre las necesidades genéricas del capital para con la comunicación de la ciencia y las ‘motivaciones intrínsecas’ que llevan a los académicos a comunicar la ciencia, es una relación mediada. Corresponde a la investigación, por consiguiente, el desentrañar cuáles son los momentos que están presentes en esa relación. Puesto en términos sucintos: para que la conciencia aparentemente libre de los académicos se convierta en forma realizada de las determinaciones del capital en lo que a comunicación de la ciencia refiere, los académicos necesitan tomar conciencia de que la comunicación de la ciencia es una responsabilidad u obligación inextricablemente ligadas a su labor como académicos. Los académicos tienen que interiorizar que su ser social, que su condición en tanto que académicos, pasa inexorablemente por su participación en iniciativas de comunicación de la ciencia. 75 Así que no es ahora el qué de la participación creciente de los académicos en iniciativas en comunicación de la ciencia lo que está en juego. Esto ya quedó resuelto en el capítulo anterior. El problema de investigación consiste en determinar cómo se produce esa toma de conciencia por parte de los académicos; esto es, identificar cuáles son las mediaciones presentes en la decisión aparentemente libre de los académicos de involucrarse en iniciativas de comunicación de la ciencia. Hay que conocer, en fin, cómo el capital determina las conciencias de estos académicos. Esta tesis doctoral examina dos modalidades de comunicación de la ciencia en las que los académicos son sus agentes responsables. La investigación analiza en cada caso cómo la comunicación de la ciencia se convierte en una obligación o responsabilidad para 74 Es por ello que Marx habla de los capitalistas y sus managers como ‘funcionarios’ del capital, es decir, como personificaciones del capital, cuya voluntad y conciencia son la forma en y a través de la cual el capital realiza sus determinaciones inmanentes. 75 Este ‘elevar a conciencia’ no puede trascender este punto. Por tanto, no se trata de un ‘elevar a conciencia’ en el sentido en el que aquí se está planteando, o sea, como reconocimiento de la propia conciencia y la propia acción como momentos del despliegue de las necesidades cualitativas del capital. los académicos, y qué determinaciones de la relación social capitalista se hacen presentes en este proceso de ‘elevar a conciencia’. Este primer capítulo se ocupa de la conocida como ‘desintermediación de la ciencia’ (Gerber 2014; Peters et al. 2014), a saber, el uso de los social media por parte de los académicos para comunicar los resultados de investigación y participar en conversaciones sobre ciencia con los públicos no-expertos. La pregunta de investigación que guía el examen aquí planteado sería: ¿Cuáles son los mecanismos a través de los que los académicos toman conciencia de la necesidad de involucrarse en actividades de comunicación de la ciencia a través de los social media? El curso de la exposición se plantea como sigue. El siguiente apartado examina con más grado de detalle la desintermediación de la comunicación de la ciencia, y concluye en este sentido que la existencia misma de la tecnología de los social media no basta para que los académicos tomen conciencia de que la comunicación de la ciencia es una nueva obligación o responsabilidad inextricablemente ligada a la labor académica, aun cuando el uso de los social media comporte una economización del trabajo social dedicado al desarrollo de tal práctica social. El apartado §3 procede a dilucidar si el mecanismo en juego son las ‘presiones’ ejercidas por las agencias de financiación de la ciencia y otros organismos de gobernanza de los sistemas de I+D sobre los académicos para que estos produzcan ‘impacto social’. De este análisis brota inmediatamente la cuestión de las métricas de impacto social de la investigación; la materialización y concreción de aquellas presiones reclama de la demostración del impacto académico y del empleo de métricas de impacto que permitan evaluar el gasto de fuerza de trabajo académica que toma por fin la generación de tal impacto social. Así que el curso de la penetración analítica se renueva preguntándose acerca de si las métricas de impacto de la investigación son el mecanismo concreto mediante el cual los académicos toman conciencia de que la comunicación de la ciencia a través de los social media constituye una responsabilidad u obligación para ellos. Esto supone dar cuenta de la naturaleza social de las métricas de impacto de la investigación. Las determinaciones que se realizan en las métricas de impacto de la investigación comienzan a desplegarse en el apartado §4, y alcanzan su punto culminante en el apartado §5. El primero examina qué es aquello que las métricas de impacto de la investigación miden. La oportunidad concreta para hacer esto la brindan las altmetrics: este conjunto de indicadores se ha propuesto como instrumento para la medición del impacto social de la investigación; sin embargo, no se emplean en ningún procedimiento de evaluación del rendimiento académico. Se pretende conocer, por tanto, qué atributos del trabajo científico son aquellos a los que las métricas de impacto de la investigación refieren, y por qué las altmetrics son incapaces de dar cuenta de los mismos. Finalmente, el apartado §5 resuelve la cuestión respecto de si las métricas de impacto social de la investigación son el mecanismo a través del cual las necesidades genéricas del capital respecto de la comunicación de la ciencia han de encontrar materialización concreta en la actividad productiva de los académicos. A tal efecto, la investigación considera por qué aquel atributo del trabajo académico al que las métricas de impacto de la investigación remiten, a saber, la utilidad social, sólo puede resolverse en y a través de las métricas de impacto de la investigación. El apartado §6 concluye recogiendo y sintetizando todos estos desarrollos. 2. La desintermediación de la comunicación de la ciencia El uso de los social media por parte de los académicos ha crecido exponencialmente en los últimos años. La tendencia general apunta al incremento constante del número de investigadores que emplean las redes sociales con fines académicos y no con un propósito estrictamente personal (König 2020; Alperín et al. 2019; Côté y Darling 2018; Robinsón- García et al. 2018; Sugimoto et al. 2017; Collins et al. 2016), aun cuando las cifras de penetración efectiva de las plataformas de comunicación 2.0 diverjan en función de la metodología de investigación seleccionada, la población de estudio, o la plataforma o plataformas bajo examen (Alperín et al. 2019; Côté y Darling 2018; Sugimoto et al. 2017). 76 Ya desde fechas muy tempranas, cuando el uso de los social media por parte de los académicos apenas descollaba, los expertos argumentaban que tales herramientas podían integrarse en las diversas fases del ciclo de la investigación, desde la formulación inicial de hipótesis hasta la publicación de resultados, pasando por la recopilación, anotación y procesamiento de la literatura, la ejecución de (ciertos) experimentos en laboratorios en remoto, etcétera (Mirowski 2018; Nentwich y König 2014; Holmberg y Thelwall 2014). En la actualidad, se da por sentado que los científicos efectivamente usan las redes sociales para el desempeño de ciertas actividades académicas, generalmente asociadas a la gestión de la bibliografía y a la comunicación de resultados de investigación (König 2020; Franzen 2020; Mirowski 2018; Collins et al. 2016). El desplazamiento de muchas de las actividades académicas al ámbito de los social media supone que éstas queden a la vista de cualquier persona interesada, y no sólo de los expertos, lo que posibilita que aquellos individuos menos familiarizados con la investigación académica puedan conocer de primera mano sus vicisitudes. Tal circunstancia ha despertado el entusiasmo por los social media de quienes propugnan la ‘Ciencia Abierta’, una nueva concepción de cómo organizar y conducir la investigación científica en la que el adagio ‘comparte los datos de investigación tan pronto como sea posible’ sustituye al viejo dictum ‘publica tanto como sea posible’ (véase, Comisión Europea 2016; Bartling y Friesike 2014). Pero el entusiasmo ha llevado a algunos autores demasiado lejos. Así, se afirma que los social media introduce ‘cambios epistemológicos’ de primer nivel (König 2020, 654), al modificar substantivamente la forma en que el conocimiento científico es producido y, por consiguiente, la forma en que se concibe el mismo proceso de generación de conocimiento (König 2020, 652; también, Sugimoto et al. 2017). Los social media supuestamente habilitarían para ‘nuevas formas de colaboración que apelan no sólo a los científicos profesionales, sino potencialmente a todo el mundo’ (Franzen 2020); esto es, que los social media habría venido a facilitar, vía su simplificación, la participación activa de los no-expertos en la generación de conocimiento científico (König 2020, 645). Todo esto es querer ver en los social media más de lo que éste, en realidad, tiene; asociar a los social media potencialidades que están ausentes en el mismo. Porque lo que se está afirmando, en definitiva, es que los social media han venido a poner la posibilidad de la superación de la división entre científicos y públicos no-expertos. Sólo es posible alcanzar tal conclusión si la diferencia entre expertos y público lego se reduce a una cuestión meramente ‘técnica’. O, en una formulación más suave del mismo argumento, 76 Hay una ambigüedad inherente a la propia noción de ‘social media’, pues todavía existe debate respecto de cuáles son las cualidades distintivas de los social media en tanto que social media (Sugimoto et al. 2017). Así, las primeras investigaciones sobre el uso académico de las redes sociales trabajaban con una definición de social media excesivamente amplia, que permitían considerar como tales herramientas tales como la plataforma de videoconferencias Skype (o, en la actualidad, Zoom, que se hizo muy popular durante la pandemia COVID-19) (ej., Gruzd y Goertzen 2013; Rowlands et al. 2011). La aparición de nuevas plataformas de comunicación 2.0 con funcionalidades distintivas, hace que este problema de indeterminación de los social media reemerja de continuo, si bien actualmente se considera que el requisito sine qua non de cualquier plataforma de social media es que ésta permita generar contenido propio a los usuarios, y que otros usuarios puedan interactuar de algún modo con ese contenido (Sugimoto et al. 2017). que la división antedicha puede ser realmente trascendida por medios técnicos. Pero se sigue de lo expuesto en el capítulo anterior que ni lo uno ni lo otro es cierto. Son las capacidades productivas respecto de la generación de conocimiento siguiendo una necesidad objetiva aquello que demarca la diferencia cualitativa ente expertos y noexpertos; y ésta no es una diferencia ni natural ni técnicamente contingente, sino que tiene arraigo en las formas antagónicas en que el capital hace avanzar la productividad del trabajo social. Sea como fuere, desde muy temprana fecha se advirtió que las redes sociales portaban fundamentalmente un potencial comunicativo, habida cuenta su naturaleza inherentemente relacional y comunicativa (Nentwich y König 2014; Bartling y Friesike 2014). Sin embargo, los social media habilitan para dos usos comunicativos que son cualitativamente diferentes, pero que encuentran en los social media su medio material, su base tecnológica. Estos usos son, precisamente, la comunicación científica y la comunicación de la ciencia. Los social media no suponen la superación de la diferencia entre comunicación científica y comunicación de la ciencia que algunos han postulado (ej. Franzen 2020, Sugimoto et al. 2017; Büchi 2017); pero sí que ha supuesto, a todos los efectos, que se produzca un solapamiento de ambos usos comunicativos de los social media, y que los límites que delimitan una y otra forma de comunicación colapsen. En términos de comunicación de resultados de investigación entre pares, el desplazamiento de la comunicación científica a las redes sociales constituye el rasgo más sobresaliente de la ‘segunda ola’ de la digitalización de la comunicación científica (Sugimoto et al. 2017). Que los académicos empleen los social media con fines de diseminar los resultados de investigación y facilitar que otros académicos se lo apropien implica que los social media, en tanto que tecnología comunicativa, no viene a infundir ningún atributo o determinación nuevos al trabajo científico. No hay una nueva forma de gasto de fuerza de trabajo involucrada en este uso de los social media; los social media se presentan aquí como ‘nueva botella para un viejo vino’ (Peters et al. 2014). Aunque hay que reconocer que las redes sociales introducen importantes cambios respecto de la comunicación científica en cuanto tal, acelerando la velocidad a la que se difunden los resultados de investigación entre la comunidad científica misma (Ma et al. 2021), o dotando a estos de un mayor grado de agencia en lo que concierne a su capacidad de influir en la forma en que otros académicos apropien el conocimiento (Erdt et al. 2016; Ortega 2016) —esto es, el reemplazo del tradicional ‘modelo pull’ de diseminación del conocimiento comandado por las editoriales de revistas académicas, por un ‘modelo push’ en el que los científicos participan más activamente en la difusión de resultados de investigación (Howoldt et al. 2022; también, Ortega 2016). Que los social media son usados por los académicos con fines de comunicación científica es algo que se evidencia en múltiples instancias. Por ejemplo, son otros académicos el perfil de público al cual los científicos se dirigen en forma preferente con el uso que dan de Twitter (Collins et al. 2016). Siguiendo en Twitter, 77 los usuarios que más tuits científicos publican (esto es, tuits que enlazan un cierto objeto científico digital, o que participan de una conversación sobre ciencia) son los científicos mismos —a gran distancia de otros perfiles (Yu et al. 2019). Esto no resulta sorprendente si se considera que Twitter es usado por los académicos con propósitos eminentemente científicos en mente, tales como el obtener y compartir información sobre investigación en tiempo real, y, también, el construir y expandir redes de contacto profesional y de colaboración (Howoldt et al. 2022). Las comunidades de atención en torno a un determinado artículo 77 La mayoría de los ejemplos aquí aducidos apuntan a Twitter porque Twitter es, con mucho, la plataforma de social media generalista más empleada por los académicos (Côté y Darling 2018; Robinson- García et al. 2018; Sugimoto et al. 2017). particulares en que ha de gastar su fuerza de trabajo. Y una de ellas es, precisamente, el uso de los social media con propósito de comunicar la ciencia a los públicos no-expertos. Ahora bien, un requisito indispensable para que la comunicación de la ciencia a través de los social media se imponga como responsabilidad u obligación a los académicos, es que tal ocupación se incorpore a los procesos de reconocimiento y acreditación de méritos que son propios de la academia (Desrochers et al. 2018). De hecho, para que las presiones ejercidas por las agencias de financiación de la ciencia puedan materializarse, para que puedan constituir una presión en sentido estricto, ha de existir la posibilidad de demostrar que los requerimientos en términos de impacto social han sido cumplidos, es decir, ha de existir la posibilidad de evaluar el trabajo ejecutado por los académicos con propósito de facilitar la apropiación del conocimiento por parte de los no-expertos (incluyendo el uso de los social media a tal efecto). Por tanto, no es posible imponer la comunicación de la ciencia a través de los social media como responsabilidad u obligación para los académicos con base en estas ‘presiones’ exclusivamente. Que son necesarias otras condiciones aparte de las presiones ejercidas por los organismos de financiación de la ciencia puede explicarse en virtud de varios factores. Aun cuando la financiación con base en proyectos de investigación se ha convertido, en cierto modo, en el ‘punto de entrada’ a la investigación (Wang et al. 2018; Ylijoki 2016), no es menos cierto que ésta sólo cubre una parte de toda la investigación que se realiza a escala global —máxime, teniendo en cuenta que los académicos que fracasan en una convocatoria competitiva rara vez suelen postularse a otras, lo que resulta en el llamado ‘Efecto Mateo’ (‘Matthew Effect’) en financiación competitiva de la investigación (Bol et al. 2018). De ahí en más, si bien los requisitos en términos de comunicación de la ciencia e impacto social están extendidos entra la inmensa mayoría de las agencias de financiación de todo el mundo (Palmer y Schibeci 2014), no en todos los casos se le asigna la misma importancia (Palmer y Schibeci 2014), ni tampoco se entiende la comunicación de la ciencia en los mismos términos: en los países menos desarrollados, con la comunicación de la ciencia se busca favorecer la alfabetización y la instrucción públicas (Palmer y Schibeci 2014); en el caso de los más desarrollados, se hace más énfasis en la necesidad de preservar o incrementar la reputación de las instituciones científicas en un escenario de supuesta pérdida de legitimidad (Weingart et al. 2021). Así, pues, hay modalidades de comunicación de la ciencia que se promueven desde las instancias de la política científica para las que los social media podrían no ser el medio de comunicación más adecuado. No obstante, como ha quedado ya dicho, el ‘momento de verdad’ de las presiones ejercidas sobre los académicos para que estos generen impacto social estriba, en lo fundamental, en si es posible demostrar que se ha logrado generar impacto social (Ma 2023; Holmberg et al. 2019; Tunger et al. 2018; Sugimoto et al. 2017); o sea, evaluar si el gasto de fuerza de trabajo académica ha cumplido unos ciertos requisitos. Pero la mayor presión ejercida sobre los académicos para que estos logren impacto social no se ha visto acompañada de un desarrollo similar de los instrumentos que permitan verificar que este impacto social ha sido logrado. Y esta demostración de los impactos resulta providencial en el sistema académico contemporáneo, cada vez más permeado por la ‘cultura de la auditoría’ (Münch 2014) y en el que la rendición de cuentas está presente en todos los niveles (Marginson 2013). De ahí en más, la problemática respecto de la evaluación del impacto social no se resuelve por el mero hecho de que existan indicadores que permitan informar esos procesos de validación del impacto social obtenido (o no) por la investigación; se trata de que esto se logre de una manera coste-eficiente (Bornmann et al. 2019; véase, también, Ma 2023; 2021). En ausencia de instrumentos que permitan validar que un cierto gasto de fuerza de trabajo académica se ha resuelto en impacto social, la presión sobre los académicos para que estos comuniquen la ciencia a través de los social media y faciliten así la apropiación del conocimiento se diluye. Porque hay un mundo de distancia entre estipular ex-ante que tales y tales condiciones han de cumplirse, o sea, que el gasto de fuerza de trabajo académica se resuelva en tales y tales productos o efectos útiles, de un lado; y el que se dilucide a posteriori, o sea, una vez el trabajo ha sido ejecutado, no sólo que éste se ha acometido efectivamente, sino que éste se ha acometido conforme a las condiciones normales o condiciones promedio y que, por consiguiente, se ha movilizado a tal efecto una cantidad normal de trabajo de cierta cualidad (nivel de destreza e intensidad). Esto último es, de hecho, lo que ponen en juego las métricas de impacto de la investigación. Y es en virtud de ello que, como señala pertinentemente Ma (2021), no es posible comprender las posibles transformaciones en las formas en que los académicos gastan su fuerza de trabajo si no se comprender cómo las métricas de impacto de la investigación median esas mismas transformaciones. En los pocos casos en los que el impacto social se contempla en el proceso de evaluación del desempeño académico (el más importante de los cuales es el ‘Research Excellence Framework’ de Reino Unido), esta evaluación procede mediante el estudio de casos, es decir, en la narrativa desplegada por el mismo académico respecto de los efectos de sus actividades en comunicación de la ciencia (Lim 2020; Wildson et al. 2015). Esto supone que el procedimiento de evaluación es altamente subjetivo por los lados, lo que introduce grados de arbitrariedad inadmisibles en la academia contemporánea (Lim 2020; Bornmann et al. 2019). De ahí en más, este procedimiento de evaluación se caracteriza por su lentitud y las enormes cantidades de tiempo que insume, lo que ha llevado a algunos autores a plantear que los costes asociados a la evaluación podrían estar superando los supuestos ‘beneficios’ que la evaluación tendría en el sistema académico como un todo (Bornmann et al. 2019; en un sentido más general, este argumento es planteado también por Hallonsten 2021). Cabe mencionar, sin embargo, que hay autores que son de la opinión contraria, y defienden que el impacto social sólo puede determinarse mediante el estudio de caso (Lim 2020), y que las métricas deberían servir para complementar, que no sustituir, el juicio cualitativo informado (Díaz-Faes et al. 2019; Robinson-García et al. 2018; Haustein et al. 2016; De Rijcke et al. 2015; Wildson et al. 2015). Las presiones de agencias de financiación y otros agentes y entidades de los sistemas de I+D son condición necesaria, pero no suficiente, para que la comunicación de la ciencia a través de los social media se imponga como una responsabilidad u obligación para los académicos. El análisis de tales presiones ha traído a primer plano la realidad de la evaluación de la actividad académica y de los instrumentos que se emplean a tal efecto, esto es, las métricas de impacto de la investigación. Por tanto, la pregunta acerca de los mecanismos a través de los que el capital hace valer sus necesidades genéricas respecto de la comunicación de la ciencia frente a los académicos, ha de proceder a considerar la evaluación del rendimiento académico y los indicadores de impacto de la investigación. Pero cabe hacer el apunte de que no se van a examinar dos realidades, la evaluación, de un lado, y las métricas de impacto de la investigación, por el otro. Como quedará suficientemente demostrado a lo largo del capítulo, evaluación y métricas de impacto de la investigación se encuentran en una unidad indisociable: no es posible pensar la evaluación sin métricas de impacto, pues sólo estas últimas vienen a dar cuenta de aquello que la evaluación pone en juego, a saber, la utilidad social del gasto de fuerza de trabajo que se resuelve en unos determinados productos o efectos útiles. Viceversa, ninguna métrica tiene sentido si no es precisamente en la evaluación del rendimiento académico, pues la evaluación es realización de las determinaciones de las métricas de impacto de la investigación, el momento culminante en que se materializa su ser cualitativo y la necesidad que ponen en juego. Como señala Ma (2021; énfasis agregado) a este respecto, las métricas de impacto de la investigación ‘median… la producción de conocimiento mediante el proceso de… evaluación’. Lejos de negar que las presiones ejercidas por agencias de financiación y otros organismos de los sistemas de I+D sean irrelevantes para imponer la comunicación de la ciencia como una nueva obligación o responsabilidad académica, lo que se plantea es que sólo la existencia de métricas de impacto social de la investigación posibilita que esas presiones cristalicen en la actividad productiva de los académicos. Porque sólo si se dispone de tales métricas es posible validar el gasto de fuerza de trabajo que los académicos han acometido con objeto de generar impacto social. Por consiguiente, la pregunta de investigación que ha guiado el desarrollo hasta este punto puede reformularse como sigue: ¿Son las métricas de impacto social de la investigación el mecanismo concreto a través del cual la comunicación de la ciencia a través de los social media se impone como una responsabilidad u obligación para los académicos? Al objeto de resolver este interrogante, el siguiente sub-apartado se ocupa precisamente de aquellas métricas que han sido propuestas como métricas de impacto social de la investigación, las conocidas como altmetrics. 3.2. Altmetrics como indicadores de impacto social de la investigación El término altmetrics se emplea para designar aquellos indicadores que registran la visibilidad adquirida por un determinado objeto académico digital en las diferentes plataformas de social media (Sugimoto et al. 2017; Haustein 2016), medida conforme al número de interacciones (‘eventos’) de los usuarios con este objeto. Aunque esta noción de ‘visibilidad’ se ha asociado históricamente a las publicaciones científicas, conceptualizaciones más avanzadas de las altmetrics consideran que la visibilidad, como resultado o efecto del trabajo del científico en los social media, aplica a cualquier objeto académico digital, incluyendo el propio perfil de los académicos en redes — parametrizando en este caso la visibilidad como el número de contactos o seguidores de ese perfil, por ejemplo (Díaz-Faes et al. 2019; Robinson-García et al. 2018; Côté y Darling 2018). En términos operaciones, el funcionamiento de las altmetrics no difiere en demasía de los indicadores bibliométricos convencionales (véase, infra). Si allí se cuentan citas de un documento, aquí se cuentan los ‘eventos’ asociados a un determinado objeto académico digital (Haustein et al. 2016). Por ejemplo, tomando el caso de un artículo académico, las altmetrics cuentan el número de tuits y publicaciones en Facebook que enlazan ese documento; el número de veces que se ha mencionado en blogs o en medios de comunicación online; el número de veces que se ha guardado en bibliotecas digitales (Mendely, Zotero), etcétera. Son estos ‘eventos’ los que se toman como evidencia de la apropiación hecha de ese objeto académico digital por parte de los usuarios de las diferentes plataformas de social media (Sugimoto et al. 2017; Haustein et al. 2016). Y cabe señalar en este sentido dos cosas: diferentes plataformas de social media posibilitan diferentes formas de interacción con los objetos académicos digitales, es decir, diferentes modalidades de apropiación del contenido científico (Sugimoto et al. 2017; Haustein et al. 2016). Además, existen modalidades diversas de interacción con esos objetos académicos digitales al interior de cada plataforma, y, en cada caso, la actividad cognitiva que el usuario pone moviliza para apropiarse de ese objeto es diferente. El término altmetrics es necesariamente ambiguo porque abarca tanto los registros simples de interacción con un determinado objeto académico digital (ej., los tuits generados por una determinada publicación académica) como los datos resultantes de la agregación de todas las interacciones con un objeto académico digital en la Web social. Como se circunstanciará más adelante, contar el número de tuits o el número de menciones de un paper en los blogs resulta perfectamente inútil en y de por sí; este mero cuenteo no constituye un indicador en sentido estricto. Así que la forma acabada de las altmetrics en tanto que indicadores no son estos registros simples, sino los conocidos como ‘agregadores altmétricos’. Son estos agregadores los que ofrecen datos integrados de los eventos asociados a un determinado objeto académico digital y, por consiguiente, permiten construir una panorámica general respecto de cuál ha sido el efecto útil en que se ha resuelto el gasto de fuerza de trabajo del académico en los social media. En la actualidad, son tres los agregadores altmétricos de referencia: ImpactStory, PlumX (propiedad de la empresa editoria Elsevier) y Altmetric.com. El caso de Altmetric.com será considerado con mayor pormenor más abajo, por ser precisamente el único agregador altmétrico que ha generado un indicador altmétrico como tal, el conocido como ‘Altmetric Attention Score’ (AAS). Por de pronto, lo que hay que señalar es que las altmetrics se consideran en la actualidad como los indicadores de impacto social de la investigación. Nótese, a este respecto, que las altmetrics registran actividades en los social media; que son indicadores del trabajo que desarrollan los académicos en el ámbito de las redes sociales. Así que las altmetrics vienen a reforzar la asociación entre el uso comunicativo de los social media por parte de los académicos y la generación de impacto social desarrollada por algunos autores y más arriba recogida. En ese sentido, cabe destacar que la existencia misma de las altmetrics ha posibilitado que los académicos tomen conciencia de los usos comunicativos en los social media (comunicación científica y comunicación de la ciencia), y que se entreguen a la construcción de una ‘identidad digital’ que será ‘valuada’ conforme a los registros altmétricos disponibles en cada caso (Cheek y Øby 2019). De ahí en más, indicadores altmétricos tales como el AAS recién mencionado encuentran un perfecto acomodo en los procedimientos de evaluación del rendimiento académico en la academia contemporánea, que tan dependientes resultan del número y de la medida (Lim 2020; Desrochers et al. 2018)—el AAS provee de un número que pretende dar cuenta del impacto global de la actividad en redes sociales de un académico o académica individual, de una institución académica (como conjunto de académicos asociados a la misma), etcétera. Las altmetrics, en fin, han dado un buen impulso a la generalización del uso de las redes sociales por parte de los académicos. Pero el camino para arribar a la asociación entre altmetrics e impacto social de la investigación ha sido tortuoso, y no por casualidad. Si bien la relación entre altmetrics e impacto social de la investigación se planteó ya desde fechas muy tempranas (Torres- Salinas et al. 2013), la lectura que prevaleció durante largo tiempo es que las altmetrics son indicadores alternativos del ‘impacto académico’, siguiendo en ello la línea planteada en el manifiesto fundacional de las altmetrics (Priem et al. 2010). 82 Aquello frente a lo que las altmetrics se erigían como alternativa eran los indicadores bibliométricos convencionales basados en los cómputos de citas, en particular, el JIF (Priem et al. 2010; también, Sugimoto et al. 2017; Haustein 2016). Se argumentaba a este respecto que la ‘segunda ola’ de la digitalización de la comunicación científica (Sugimoto et al. 2017) había hecho de los social media un nuevo ámbito de la interacción entre los académicos, desplazando o complementando los espacios convencionales de la comunicación 82 De hecho, el prefijo altde altmetrics viene precisamente de ‘alternativo’ (Priem et al. 2010). científica, como las revistas académicas y las conferencias —y esas nuevas formas de interacción requerían de su propia medida (Sugimoto et al. 2017; Priem et al. 2010). Pero la evidencia que se iba cosechando respecto de la correlación entre indicadores altmétricos, cualquiera que estos fueran, y niveles de citación, hizo que pronto se descartara la idea de que las altmetrics remitían al impacto científico convencional (Torres-Salinas et al. 2013), o aun al ‘impacto científico temprano’ (Yu et al. 2019; Tunger et al. 2018; Erdt et al. 2016; Ortega 2016). Así, pues, la asociación entre las altmetrics y el impacto social de la investigación se alcanzó a tientas, por medio del procedimiento del descarte tan del gusto del método científico convencional: cuando no quedó ninguna dimensión del impacto académico convencional con la que poder relacionar las altmetrics, se concluyó que éstas sólo podían estar apuntando al impacto social, o sea, al impacto de la producción científica más allá de la comunidad académica misma. No obstante, como la conexión inmanente entre altmetrics e impacto social de la investigación no se puso de manifiesto avanzando por sobre las determinaciones mismas del impacto social, todavía se producen recaídas en la concepción original (y superada) de las altmetrics (ej., Howoldtet al. 2022; Ma et al. 2021); y sigue sin existir claridad respecto de qué es el impacto social entre quienes propugnan, precisamente, que las altmetrics son indicadores del impacto social de la investigación. En diferentes formulaciones, se ha propuesto el uso de las altmetrics para demostrar el impacto social del trabajo académico en procedimientos tales como el REF y otros Díaz-Faes et al. 2019; Robinson-García et al. 2018; Holmberg et al. 2019; Tunger et al. 2018 Haustein et al. 2016). Mas esta utilización de las altmetrics con fines de evaluación del rendimiento académico en términos de generación de impacto social no viene sin reservas. En general, se considera que las altmetrics no deberían reemplazar al juicio experto, sino ‘informarlo’. Pero las métricas de impacto existen precisamente para reemplazar el trabajo vivo necesario en el procedimiento cualitativo de evaluación (Lim 2020; Haustein y Larivière 2015). En tal tesitura, no son pocos los expertos que desaconsejan la utilización de las altmetrics para reemplazar el juicio experto en la evaluación en las condiciones actuales (Peters et al. 2017; Sugimoto et al. 2017; Haustein 2016). Se arguye en este sentido que las altmetrics se encuentran infradesarrolladas, y que plantean todo tipo de problemas tanto técnicos como de naturaleza ‘conceptual’ (véase, en particular, Sugimoto et al. 2017; Haustein 2016). 83 Esto explica que no se recoja ninguna indicación específica respecto de las altmetrics en los procesos de promoción académica, o sea, de evaluación del rendimiento del académico individual (véase, Cabrera et al. 2019; Schimanski y Alperín 2018). Por lo tanto, la situación en la que se encuentran actualmente las altmetrics es altamente paradójica. Porque existe una necesidad de evaluar el rendimiento académico en términos de generación de impacto social de la investigación —como atestigua el hecho mismo de que las altmetrics se planteen como tales indicadores, y como la literatura experta en la materia ha puesto de relieve (Bornmann et al. 2019; Holmberg et al. 2019; Tunger et al. 2018; Sugimoto et al. 2017). Pero las altmetrics son perfectamente impotentes para dar cuenta del impacto social de la investigación en su configuración actual, lo que explica el que no se utilicen en los procesos de evaluación del rendimiento académico. Pero si las altmetrics son deficientes en tanto que medida, como indicadores de impacto social de la investigación, se plantea entonces la pregunta respecto de qué es aquello que las altmetrics tendrían que medir correctamente. Si tal interrogante se considera en un plano más general, lo que está en cuestión es qué es aquello que las métricas de investigación efectivamente miden y que las hace competentes para la 83 Más abajo se detallarán cuáles son estos problemas a los que se está haciendo alusión. evaluación del rendimiento académico. Ésta es la cuestión que aborda el siguiente epígrafe. Como en su momento se esclarecerá, este análisis es absolutamente indispensable para saldar la cuestión respecto de si las métricas de impacto social de la investigación son el mecanismo efectivo a través del cual los académicos toman conciencia de la necesidad de emplear los social media con propósito de comunicar la ciencia con los públicos no-expertos. 4. Indicadores de impacto en la academia contemporánea Precisamente porque las altmetrics no se contemplan todavía en los procesos de evaluación del rendimiento académico, es el examen de las altmetrics el que plantea en toda su crudeza una circunstancia muy peculiar de la academia contemporánea: toda forma particular que adopte el gasto de fuerza de trabajo académica tiene asociada una métrica o indicador de impacto. La validación del gasto de fuerza de trabajo académica, la demostración de que los académicos individuales han contribuido con su trabajo a la reproducción de la comunidad académica en su totalidad, demanda del uso de los indicadores de impacto de la investigación. Todo lo que en ciencia es susceptible de medición, recibe una medida antes o después (Moed y Halevi 2015). Así, los indicadores bibliométricos de impacto académico se asocian al gasto de fuerza de trabajo que tiene por finalidad la producción de conocimiento científico objetivo. En ausencia de mejores indicadores, son las altmetrics los instrumentos de medida asociados al gasto de fuerza de trabajo que tiene al impacto social por finalidad. La proliferación de métricas de impacto de la investigación es una característica distintiva de la academia contemporánea que amerita una investigación minuciosa y un tratamiento riguroso. 84 Y no sólo de las métricas en cuanto tales, sino del hecho mismo de la evaluación del rendimiento académico que se halla en unidad indisociable con aquellas, como se ha indicado más arriba. Lamentablemente, el tratamiento recibido por las métricas de impacto de la investigación ha adolecido de sentido crítico. Y cuando se ha hecho un verdadero esfuerzo de problematización, el resultado del mismo ha sido insuficiente en cuanto a su alcance y deficiente en lo que concierne a las conclusiones establecidas. Musselin (2018) sirve de caso paradigmático del tratamiento acrítico de la cuestión de la proliferación de métricas e indicadores en la academia contemporánea. La autora no está considerando específicamente los indicadores, pero sí los rankings y tablas de resultados que se construyen con aquellos, o en los que aquellos adquieren un desarrollo más concreto (Ma 2021). Así, Musselin encuentra que estos rankings incentivan la ‘competición’ entre académicos individuales, entre sistemas nacionales de ciencia y tecnología, y, cada vez más, entre instituciones académicas (Musselin 2018). 85 A la autora no se le escapa que la competición que los rankings y tablas de resultados articulan, estructuran y estimulan, apunta hacia una transformación de las relaciones sociales de producción en la academia, y remite así a ciertas ‘dinámicas neoliberales’ en el proceso de internacionalización de las instituciones académicas. Pero se cuida de no llevar esa 84 Ma (2021) aporta los resultados de una investigación acometida por la Asociación Europea de Universidades en 2019 que es esclarecedora respecto del papel de las métricas de impacto de la investigación en la academia contemporánea: los resultados de las métricas eran el principal criterio contemplado en los procesos de evaluación del rendimiento académico en 32 países de Europa. 85 Según la autora, la competición en los niveles ‘micro’ (académicos) y ‘macro’ (sistemas nacionales de ciencia y tecnología) era ‘común’; lo distintivo de la nueva situación, es decir, de la situación que han creado los rankings globales de universidades, es que se ha fracturado la igualdad relativa que existía entre instituciones académicas (Musselin 2018). reflexión muy lejos (aunque ya está viciada desde el arranque), y, desandando sus propios pasos, atribuye a la competición condición constitutiva de la práctica científica misma; esto es, naturaliza la competición. Su análisis tiene por premisa que sólo mediante la competición entre académicos, instituciones científicas, y sistemas nacionales de ciencia y tecnología, es posible hacer avanzar la producción de conocimiento científico objetivo. Y ésta es una forma muy pertinente de argüir que los indicadores, métricas, y sus desarrollos en forma de rankings y tablas de impacto, etcétera, son un producto necesario de la actividad científica en cuanto tal. La investigación crítica en estudios en Educación Superior (‘Higher Education studies’) respecto de este tratamiento acrítico, aunque menos del que hubiese sido deseable. La problematización sólo alcanza parcialmente a las métricas e indicadores de impacto, y nada en absoluto a la evaluación en cuanto tal. La idea de que el desempeño académico se evalúe ex-post, es decir, una vez se ha ejecutado el gasto de fuerza de trabajo, aparece como algo perfectamente natural. 86 Respecto de las métricas en cuanto tales, la investigación crítica sí ha avanzado en el esclarecimiento de la conexión entre éstas y las determinaciones de la relación social capitalista. En este sentido, ha planteado que la proliferación de indicadores de impacto en la academia contemporánea no puede concebirse sino como concreción del avance de la relación social capitalista al interior de la academia y la subsecuente subversión de las formas hasta ahora imperantes de organización social de la producción de conocimiento científico objetivo. Desafortunadamente, los desarrollos que podrían desarrollarse a partir de esta prometedora observación quedan truncados en el punto y hora en el que una voluntad política abstractamente libre se interpone entre la utilización creciente de métricas de impacto de la investigación en la academia contemporánea y las determinaciones de la relación social capitalista. 87 En una franca inversión del orden de las determinaciones, los autores que profundizan en esta lectura crítica de las métricas de impacto de la investigación, terminan por hacer de la voluntad política aquella instancia que pone la necesidad de las métricas de impacto de la investigación, como si estas últimas tuvieran aquella voluntad política por toda necesidad. Es así como queda borrada la conexión inmanente entre la proliferación de métricas e indicadores de impacto de la investigación y el progresivo despliegue de la relación social capitalista al interior de la academia — que era precisamente aquello que se pretendía poner de relieve en primera instancia. Un primer ejemplo en este sentido lo aporta el programa de investigación conocido como ‘Capitalismo Académico’. Cuando se han ocupado de la cuestión de las métricas de impacto de la investigación, los autores de esta línea de pensamiento las han relacionado unilateralmente y, por tanto, de manera abstracta, con los nuevos modelos de gobernanza y gestión de las instituciones académicas desplegados bajo el auspicio del ‘New Public Management’ (NPM). 88 El NPM se define como un nuevo estilo de gestión 86 Se verá en el último epígrafe de este capítulo que tal no es el caso. 87 Precisamente porque no se emplean todavía en los procesos de evaluación del desempeño académico, es que las altmetrics brindan una oportunidad idónea para dilucidar las determinaciones inmanentes de las métricas de impacto de la investigación —incluyendo su vínculo orgánico con la relación social de producción capitalista. 88 El presupuesto de esta asociación es que las instituciones académicas son instituciones públicas, y, por consiguiente, susceptibles de ser sometidas a las modalidades de gobernanza propias del New Public Management. Empero, un planteamiento tal sólo tiene sentido en el caso de Europa, donde las instituciones académicas han formado parte hasta fechas recientes de la estructura misma del Estado; pero no así en el mundo anglosajón, que es, precisamente, aquel al que los autores del Capitalismo Académico están mirando. Así que los desarrollos relativos al NPM en las instituciones académicas son otra expresión más de esa ‘dicotomía público/privado’ en la que los estudios críticos en Educación Superior continúan atrapados (Szadkowski y Krzeski 2022) —dicotomía que alcanza para explicar cada vez y gobierno de las instituciones académicas (y otras instituciones públicas) directamente trasplantado a las universidades y otros organismos públicos directamente desde las grandes empresas (Münch 2014; Marginson 2013). En lo inmediato, las nuevas disposiciones del NPM suponen una extensión de la ‘capacidad de dirección’ a expensas de la capacidad de decisión del personal académico mismo (Slaughter y Cantwell 2012). Proliferan en las instituciones académicas ‘órganos de dirección similares a los de las empresas que favorecen el rendimiento de cuentas, la cultura de la auditoría y la competición’ (Marginson 2013); entidades e individuos directivos que usan prolíficamente las métricas de impacto de la investigación, debido a la doble utilidad que en tales instrumentos encuentran: por un lado, con la información recabada con estos pueden rendir cuentas respecto de la actividad de la organización que dirigen, así como adoptar decisiones estratégicas respecto del emplazamiento de recursos (Musselin 2018; Pusser y Marginson 2013); por otro lado, los resultados de esos indicadores se publicitan entre el personal académico como forma de estimular la competición entre individuos, departamentos, facultades, etcétera, y, de tal lid, espolear la productividad general (Musselin 2018). Es por ello que los indicadores son tomados como ‘mecanismos de cuasi-mercado’ (‘quasi-market mechanisms’) que administradores universitarios y responsables de la política científica, cada uno en su ámbito, emplean con objeto de lograr la más eficiente distribución de los recursos entre instituciones académicas, facultades, departamentos o, incluso, líneas de investigación (Münch 2014; Marginson 2013). En su condición de componentes integrales del sistema de gobernanza de las instituciones académicas, los indicadores y métricas posibilitan que los gobiernos ejerzan un control de las instituciones académicas ‘a distancia’ (Marginson 2013). Mas la necesidad de este despliegue del NPM, y del empleo generalizado de métricas de impacto de la investigación que a éste acompaña, es explicada por los autores del Capitalismo Académico sólo como expresión de una voluntad política: una voluntad política que pretende que las universidades se gestionen como empresas. Y tal voluntad política no tiene por más determinación que el ‘discurso neoliberal’ que propugna que el mercado es el mecanismo óptimo de emplazamiento de recursos, sea en la academia o en cualquier otro ámbito (Kauppinen 2014; Marginson 2013; Pusser y Marginson 2013). La proliferación de indicadores de impacto vendría entonces reclamada por la creencia de que éste es el mejor modo de organizar el trabajo científico (Ma [2023] hace explícita esta asociación). Así que la subversión completa de las relaciones sociales de producción que lleva décadas desplegándose al interior de la esfera del trabajo académico, la mercantilización misma de la ciencia académica, encuentran su necesidad en última instancia en,… un discurso particularmente persuasivo. 89 menos dimensiones de la realidad de la academia contemporánea y que, a todos los efectos, se resuelve en una acción política reaccionaria, basada en un retorno a formas más directas de involucración del estado capitalista en la actividad productiva de las universidades. 89 En rigor, los autores del Capitalismo Académico, profundamente influidos por los postulados foucaultianos propios del postmodernismo y la teoría de la ‘dependencia de recursos’ (‘recoursedependence theory’) neo-institucionalista, van un paso más allá y argumentan que los indicadores de impacto y los rankings desarrollados a partir de los mismos ‘constituyen y expresan relaciones de poder’ (ej., Pusser y Marginson 2013); relaciones de poder que, además, se reproducen por medio del uso mismo de los indicadores y rankings, al hacer de la medida un objetivo (Pusser y Marginson 2013; también, De Rijcke et al. 2015). La resolución del problema general no ha avanzado un ápice por medio de este expediente, pues lo que ahora se ha de dilucidar es qué determina aquellas ‘relaciones de poder’ que se condensan en la voluntad política que da uso de las métricas e indicadores en la evaluación de la investigación. El Marxismo es la otra corriente crítica del pensamiento social que ha prestado atención a la proliferación de indicadores de impacto, métricas y rankings en la academia contemporánea. Mas ésta es una cuestión que ha ameritado un tratamiento secundario dentro de lo que ya es, de por sí, un ámbito de investigación marginal en el Marxismo, a saber, la mercantilización de la ciencia académica. Las más importantes contribuciones en esta línea se reducen fundamentalmente a dos (Harvie y De Angelis 2009, Szadkowski 2016). Habida cuenta de que esta tesis doctoral también se reivindica de la tradición del pensamiento marxista, conviene proceder a un examen algo más pormenorizado de aquellos trabajos, a fin de dilucidar qué es aquello que se puede recuperar de la investigación marxista previa en relación a las métricas de impacto de la investigación, y que es aquello, en cambio, que se ha de desechar completamente en el proceso de reproducción de las determinaciones inmanentes a las métricas mismas. Para Harvie y De Angelis (2009), la proliferación de métricas para la evaluación del desempeño académico inaugura una nueva época en la actividad productiva en la academia, pues nunca antes el trabajo de los académicos, sus propias condiciones de trabajo y vida, habían quedado supeditados a las métricas y a los objetivos de rendimiento establecidos con base en estas. Para los autores, la necesidad de la medida viene dictada por la necesidad del capital de subsumir el trabajo científico a la ‘lógica del valor’ y de reafirmar su dominio sobre el mismo, pues el trabajo científico, al decir de los autores, es ontológicamente irreductible a la medida, en virtud de su carácter ‘inmaterial’ y ‘biopolítico’. 90 Conforme a la idiosincrática interpretación que hacen de la forma-valor (deudora del Marxismo Autonomista), Harvie y De Angelis aducen que la medida es el terreno de la lucha de clases, siendo a través de la medida que se enfrentan, de un lado, las necesidades de valorización del capital, y, del otro lado, las necesidades de ‘autovalorización’ de la fuerza de trabajo académica, lo que quiera que esto signifique, si algo. 91 La generalización de las métricas e indicadores de impacto en la organización y regulación del trabajo académico se revela entonces como la victoria temporal de las necesidades de valorización del capital sobre el trabajo académico, aun cuando los científicos aprenden a ‘jugar’ el juego de las métricas y se dotan así de espacios de ‘microresistencia’ a la dominación del capital (Harvie y De Angelis 2009). Es con Harvie y De Angelis que el Marxismo comienza a mostrar interés en la proliferación de métricas de impacto de la investigación en la academia contemporánea, y es por ello que merecen reconocimiento. Sin embargo, el planteamiento de estos autores es problemático en varios sentidos, comenzando por los propios presupuestos de los que parten. Su interpretación sobre la proliferación de las métricas en la academia se despliega a partir de la idea de que la necesidad que la imposición de la medida al trabajo académico realiza es la valorización del capital, pero no se explica cómo es posible que el capital se valorice por medio de las métricas e indicadores de impacto. Lo único que a este respecto podría aducirse se ha de ir a buscar a Harvie (2006). Se asevera allí que toda forma de trabajo es trabajo productivo para el capital, esto es, trabajo que produce 90 La condición ‘inmaterial’ del trabajo científico apunta a la tradición del Marxismo Autonomista; la condición de ‘biopolítico’, a Foucault y las teorías postmodernas. Para justificar el carácter biopolítico del trabajo científico y su irreductibilidad a la forma-valor, Harvie y De Angelis plantean un argumento definitivo: en ocasiones, padecen de somnolencia, y ello les lleva a pensar en cuestiones de trabajo. 91 Para una crítica aguda de la concepción idiosincrática de la forma-valor propia del Marxismo Autonomista, véase Iñigo Carrera (2007). Steinhoff (2021) plantea una crítica más amplia del Marxismo Autonomista (también conocido como post-operaísmo), que no sólo pone en relieve los titubeos e inconsistencias internas de sus planteamientos respecto del trabajo inmaterial, sino incide también en las antinomias que brotan del desarrollo de los planteamientos del post-operaísmo a partir de casos concretos, como el de la industria de la inteligencia Artificial que al autor ocupa. plusvalor, por el mero hecho de estar regido por el tiempo de trabajo socialmente necesario. 92 Es ésta una interpretación idiosincrática de los desarrollos de Marx acerca de la forma-valor, pues supone colapsar en un mismo plano de abstracción la determinación del trabajo como trabajo ejecutado con arreglo al tiempo de trabajo socialmente necesario, y el trabajo que es productivo para el capital (véase, Marx 1996). Pero lo cierto es que, en el desarrollo que hacen los autores, la medida como tal termina por perder toda importancia en su teorización, y es la voluntad política la que gana preeminencia. Así, aun a pesar de arrancar sus desarrollos de la medida como la forma en que el poder impersonal del capital se expresa en el ámbito académico, los autores terminan por recurrir a la voluntad política como explicación última de la proliferación de las métricas de impacto, de la medida, en la academia contemporánea. Y ello, por partida doble: por un lado, como voluntad que define aquellos ‘objetivos abstractos’ que los académicos han de cumplir para no ver mermadas sus condiciones de trabajo o, en última instancia, preservar el puesto de trabajo. Sin son objetivos ‘abstractos’, son objetivos que se definen con independencia de la medida, o sea, que son indiferentes respecto de la medida y de lo que sea que ésta esté midiendo. Así que las métricas estarían registrando la actividad académica, pero no ponen los objetivos que han de cumplir. Harvie y De Angelis se desmarcan así de todo cuanto se ha dicho a colación de los problemas que plantean las métricas de impacto de la investigación (entre otros muchos, véase, Musselin 2018; De Rijcke et al. 2015; Münch 2014; Marginson 2013; Pusser y Marginson 2013): para estos autores, no hay modo ni manera de que la medida se convierta en el objetivo —la denominada ‘Ley de Goodhart’—, pues el objetivo es indiferente respecto de la medida misma. Y esto conduce inmediatamente al segundo momento de aparición de la voluntad política, a saber, el hecho de que el capital sólo puede subsumir al trabajo académico a la lógica del valor vía la medición si ésta última se acompaña de un ‘sistema disciplinario’. Entonces, lo que resulta inmanente a la relación social capitalista no es la medida en cuanto tal y la lucha de clases que se despliega en y a través de la medición para imponer un determinado tiempo de trabajo socialmente necesario; es la disciplina. Porque es sólo con la disciplina que acompaña a los procesos de evaluación, y no mediante la medida en cuanto tal, que el capital ‘construye el tiempo de trabajo socialmente necesario’ en el caso del trabajo académico (Harvie y De Angelis 2009; énfasis añadido). Y la disciplina no remite al poder impersonal del capital que se realiza en el mecanismo de las métricas de impacto de la investigación, sino a personificaciones concretas que mantienen entre sí una relación política concreta, específicamente, una relación de subordinación de una a la otra. Así que, mediante un rodeo más amplio, se retorna de nuevo a la voluntad política abstracta del Capitalismo Académico en la que las métricas e indicadores de impacto vendrían a encontrar su necesidad —el resultado opuesto al que Harvie y De Angelis (2009) parecían querer llegar. Szadkowski (2016) recoge estos desarrollos, lo reformula y expande —sin poder superar completamente sus inconsistencias internas. Sí es cierto, en cualquier caso, que Szadkowski hace importantes progresos respecto del punto en el que la investigación acerca de las determinaciones que se realizan en la proliferación de métricas e indicadores en la academia contemporánea quedó en Harvie y De Angelis (2009). En este sentido, el autor polaco no considera la ‘medida’ en su determinación abstracta, sino que se ocupa 92 Como más adelante se verá, la noción de ‘tiempo de trabajo socialmente necesario’ es determinante para comprender el funcionamiento de las métricas, y la necesidad misma de la medida. Pero no lo es, desde luego, en el sentido en el que lo entienden Harvie y De Angelis, o, por caso, el propio Szadkowski (2016). Considérese el caso relativamente simple de los indicadores bibliométricos para poner en relieve esta determinación de las métricas de impacto de la investigación. Por más sofisticados que los indicadores bibliométricos puedan llegar a ser, todos presentan como determinación más simple la relación elemental entre el volumen total de artículos científicos y el número de total de citas (Haustein y Larivière 2015). El volumen total de artículos científicos es la producción total; la citación, la marca del consumo social. Los indicadores bibliométricos toman el artículo académico como unidad de cálculo, y el volumen total de artículos científicos como producción social, porque estos indicadores se generalizaron en un momento histórico en el que la producción de papers era la forma general en que se objetivaba el gasto de fuerza de trabajo académica. Y si las citas son la marca del consumo social, ello responde a que es la cita la que refleja la apropiación hecha del conocimiento por parte de otros académicos, quienes, a su vez, persiguen con ello proseguir la producción de conocimiento científico objetivo. Es en virtud de tales circunstancias que los indicadores bibliométricos se erigen como indicadores del impacto académico de la investigación. Se sigue de lo anterior que la relación entre la producción y el consumo sociales que las métricas de impacto de la investigación establecen no es una relación meramente formal, sino también material: a una determinada forma material de gasto de fuerza de trabajo académica corresponde una determinada forma de apropiación de los productos de ese trabajo. Compárese el caso de los indicadores bibliométricos con el de las altmetrics. Estos últimos indicadores: a) remiten a un gasto de fuerza de trabajo académica que contempla el consumo de los productos del trabajo científico también por los no-expertos; pero, b) la apropiación del conocimiento por parte de los no-expertos no les pone en condiciones de participar en, y dar continuidad al, proceso de producción de conocimiento científico objetivo; por tanto, c) los marcadores de la actividad del académico son de naturaleza cualitativamente distinta a la citación, porque el efecto útil genérico perseguido con una y otra forma de gasto de fuerza de trabajo también lo es. De ahí que las altmetrics, para mejor o peor, se hayan propuesto como indicadores de impacto social de la investigación. Los indicadores bibliométricos convencionales existen, pues, para poner en relación la producción y el consumo sociales cuando el gasto de fuerza de trabajo académica toma la forma de artículo científico —y el consumo, por tanto, la forma de citación de ese artículo. Es a partir de la relación entre volumen total de publicaciones y volumen de citas que se puede determinar si el gasto individual de fuerza de trabajo valida su condición de trabajo socialmente útil; o lo que tanto vale decir, si los productos o efectos en que se resuelve ese gasto de fuerza de trabajo, son de utilidad social en su doble determinación. La validación arranca definiendo el límite específico que demarca la diferencia entre un valor de uso social respecto de aquello que no lo es. Éste es, como se recordará, el primer momento del carácter socialmente útil del trabajo. Para los indicadores bibliométricos convencionales, este límite viene dado por el promedio de citas, es decir, la relación entre las citas totales acumuladas por los artículos científicos publicados, y el volumen total de los mismos. Esto permite establecer cuál es el grado de consumo normal de los artículos científicos publicados por otros académicos, o sea, cuántas veces el contenido de un determinado artículo científico ha sido, en promedio, apropiado por otros académicos en el proceso de producción de conocimiento científico objetivo. 100 100 El ‘límite específico’ al que aquí se hace alusión es la ‘medida especificadora’ (‘specifying measure’) a la que alude Hegel en Ciencia de la Lógica. Para Hegel, la medida, en tanto que magnitud apropiada de una cualidad determinada, se desdobla entre el valor (‘quantum’) que es indiferente respecto de su propio límite, o sea, que puede alterarse sin que la cualidad misma se vea modificada, y el quantum que es El promedio de citación requiere un proceso de normalización que haga posible determinar si un cierto producto del trabajo académico constituye un valor de uso social. Esto viene reclamado por el hecho de que tal condición se valida, en el caso de los indicadores bibliométricos, mediante la comparación entre el volumen de citas acumulado por un determinado documento con respecto a las citas de los documentos del resto de productores académicos. Tal comparación sólo tiene sentido si aquello que se compara es cualitativamente igual, es decir, si el trabajo que cristaliza en los productos o efectos que se están comparando es un trabajo homogéneo. 101 La normalización contempla tres dimensiones elementales (aunque puede haber más): disciplina, fecha de publicación, y vida útil (Haustein y Larivière 2015). En términos de disciplina, existe gran disparidad en los comportamientos de qué, cómo y cuánto se cita entre unas disciplinas y otras. El control por fecha de publicación es necesario debido al carácter acumulativo de las citas; textos más antiguos tienen una mayor probabilidad de haber sido citados más veces. Finalmente, la vida útil remite al periodo de tiempo en el que se considera que el artículo científico tendrá vigencia y, por tanto, acumulará citas. Dependiendo de la productividad específica de cada disciplina, la vida útil del artículo científico será menor (ámbitos de la investigación muy activos y productivos, como muchas ciencias de la vida y ciencias médicas) o mayor (la mayoría de ciencias sociales y humanidades). El promedio normalizado de citas es el valor de citas acumulado en un determinado periodo que un paper publicado en cierta fecha debería obtener para ser tomado como un valor de uso social; o sea, como el producto de un trabajo que se ha resuelto en un bien o efecto útil para otros. Así, siendo ca el número de citas acumuladas por un artículo académico cualquier, siendo c’ el valor promedio de citas para esa disciplina y para el año de publicación del artículo en cuestión, y siendo t1 el marco de tiempo estándar que se considera a la hora de hacer el cómputo de las citas totales, si ca(t1) ≥ c’(t1) entonces, ese artículo académico se verifica como valor de uso social. Viceversa, si ca(t1) < c’(t1) el artículo académico no constituye un valor de uso social; por tanto, el trabajo invertido en su producción no puede bajo ninguna circunstancia validarse como trabajo socialmente útil. Aun cuando un artículo haya sido citado mucho y, por consiguiente, haya sido de utilidad para muchos académicos, si el acumulado de citas queda por debajo del promedio normalizado, éste no ha sido consumido de manera suficiente (véase, supra) y, por tanto, que no es un valor de uso desde el punto de vista social. Sirva a modo de ilustración los datos ofrecidos por Clarivate Analytics a través de la herramienta InCites Essential Science Indicators. Según las estadísticas disponibles, el promedio de citas (‘Citation Rate’) en Ciencias Sociales para el periodo 2012 – 2022 es de c’ = 9.19. Esto significa que un determinado paper publicado en 2012 debería haber acumulado al menos nueve citas para poder validarse como un valor de uso, es decir, cualitativo y específico. Uno y otro valor tienen una existencia concreta, y es sólo el segundo el que deviene ‘medida especificadora’. 101 Por consiguiente, no es que sean las métricas las que ‘transforman toda diferencia en cantidad’ mediante un acto de ‘conmensuración’, como pretende (Ma 2021; énfasis añadido). En todo caso, las métricas son expresión de esa ‘reducción’ de todo gasto concreto de fuerza de trabajo a su condición más simple, a saber, puro gasto de fuerza de trabajo cualitativamente igual, de una calidad normal. como un artículo de científico de utilidad para otros académicos. Si el número de citas acumulado de un artículo cualquier es ca = 7, obtenemos que (ca = 7)(t1= 10) < (c’ = 9)(t1= 10) ergo, el artículo científico a ha sido de utilidad hasta en 7 ocasiones en 10 años; pero es socialmente inútil en virtud del hecho de que el promedio de citas de la rama en cuestión es superior —como trabajo igual a otros, debería haber sido citado en, al menos, 9 ocasiones. Pero este ejemplo, a pesar de su sencillez, recoge ya algunos de los problemas que hacen que el procedimiento de validación directa de un artículo académico como un valor de uso social no sea operativo a efectos prácticos. Para comenzar, el periodo temporal contemplado. 10 años es un margen temporal demasiado amplio en la academia contemporánea. En las disciplinas más dinámicas, como las ciencias de la vida, la vigencia de los papers es mucho menor (del orden de 2 o 3 años). Un segundo problema apunta a la disparidad interna entre subdisciplinas del ámbito de las Ciencias Sociales. c’ = 9 puede ser un volumen de citas más o menos normal en campos como la Economía (y habría que ver hasta qué punto); pero no, desde luego, en casos como el de estudios en Comunicación. Finalmente, está la cuestión de los decimales, que tampoco es menor: frente a los decimales que resultan del cálculo promedio, el cómputo de citas siempre arroja valores discretos. Estas deficiencias obligan a avanzar en la introducción de criterios adicionales de normalización y de agregación de citas. Por ser la revista académica el formato por antonomasia para la publicación de artículos académicos, ésta ha sido empleada como el nivel de agregación de citas por defecto en los indicadores bibliométricos. Al introducir la revista como nivel de agregación, la validación de un artículo académico como valor de uso deja de depender del acumulado real de citas, y pasa a depender de la revista en la que se haya publicado. ¿Significa esto que lo anteriormente expuesto respecto de la relación entre la producción y el consumo sociales queda completamente invalidado, y que las métricas de impacto de la investigación ya no desempeñan ningún papel en lo que hace a la validación del trabajo académico como trabajo socialmente útil? En absoluto. Porque no es la revista en cuanto tal la que traza la línea que separa el artículo que es un valor de uso social del que no lo es, sino la revista en tanto que agregado de citas, o la revista considerada como un mero contenedor de documentos que reciben citas de otros documentos. Al introducir la revista como nivel de agregación, lo único que cambia es el promedio de citas con el que se compara cada artículo a fin de validar su condición de valor de uso social. Ahora, la comparación ya no necesita considerar el acumulado de citas a 10 años, ni para el artículo en cuanto tal, ni para el promedio de la rama. En su lugar, se considera el índice de citación de la revista. El índice de citación de cualquier revista se calcula como la relación entre el volumen total de papers publicados por una revista en un cierto año, y el volumen acumulado de citas recibidas por esos documentos el mismo año de su publicación y varios posteriores. Esto significa, por de pronto, que se ha reducido considerablemente el periodo de tiempo a partir del cual se recaban los datos sobre citas de los artículos. Ya no hay que aguardar 10 años a que se acumulen las citas, como en el procedimiento anteriormente descrito; basta con hacerlo tres. 102 Ahora bien, no se habrán resuelto ninguna de las dificultades que planteaba la validación por método directo si, contando con el índice de citación de la revista, la forma en que se procede consiste en comparar 102 Tanto el JIF del SCI como el SJR de Scopus recaban las citas totales de la revista a tres años vista. Así, para una revista publicada en el año X1, se cuentan las citas de los años X1, X2, y X3. éste con el acumulado de citas del artículo académico cuya condición de valor de uso social se pretenda determinar. Por ejemplo, para un paper publicado en 2022, se habrá de aguardar hasta 2026 para determinar si es un valor de uso social, pues sólo en 2026 se contará con la información acerca, tanto del acumulado total de citas de ese artículo en el periodo 2022-2025, como el índice de citación de la revista para ese mismo margen temporal. Pero, ¿qué sucede con este artículo si el autor o autora del mismo se someten a evaluación en el año 2024? Sería en el momento de la evaluación, en el momento en el que las métricas de impacto han de realizar su ser cualitativo, su capacidad para dar cuenta de la utilidad social del gasto de fuerza de trabajo académica; precisamente en ese momento, decimos, las métricas serían perfectamente inútiles, pues el artículo publicado en 2022 tendría que ser sacado del registro de publicaciones del académico o académica sometido a evaluación. Este problema no se plantea a efectos prácticos; está resuelto desde el vamos. Se ha traído aquí a colación para facilitar la comprensión acerca de la necesidad inmanente al siguiente desarrollo de las métricas de impacto de la investigación, que remite a los archiconocidos cuartiles de los rankings de revistas. Si se considera el procedimiento de validación directa, basado en el cómputo de citas, no hay un punto de referencia para establecer si un determinado artículo académico es un valor de uso social antes de que finalice el periodo de tiempo que sirve para la comparación. En cambio, si se considera el índice de citación de una revista, sí es posible hacer una estimación de las citas totales que el paper recibirá a lo largo de toda su vida útil —provisto, efectivamente, que es un valor de uso social, que es la objetivación de un trabajo de calidad media. El índice de citación de la revista en que un texto se publica es, de hecho, un criterio que se ha aplicado y aplica a la hora de evaluar el rendimiento académico (De Rijcke et al. 2015). Pero aún más común es el procedimiento de considerar el cuartil de la revista en que se publica un documento, en lugar del valor concreto para el JIF o para el SJR de la misma. 103 Y esto, ¿a qué se debe? A que el índice de citación de una revista particular carece de sentido en y por sí mismo, y necesita ser puesto en relación con el índice de citación de las revistas de su misma clase. Y esto es, precisamente, lo que hacen los rankings de las revistas que las dividen en cuartiles. Por consiguiente, el cuartil arroja una indicación más precisa del consumo social del conocimiento contenido en los artículos publicados por tal revista. Arrancando en la simpleza del cuenteo de citas y la comparación del promedio con el acumulado de citas de una publicación dada, se ha llegado al JIF y a los rankings de revistas. Pero esto no supone un cambio de criterio alguno en la validación de papers como valor de uso social. Lo que se ha hecho ha sido desplegar las determinaciones inmanentes a las métricas de impacto convencional; aquella realidad que métricas concretas como el JIF o el SJR vienen a condensar. Lo que está en juego en todo momento es el consumo que otros académicos vayan a hacer de un determinado paper. Y la citación sigue siendo la marca de esa apropiación efectiva del conocimiento contenido en ese texto, y de cómo éste ha contribuido al avance de la investigación. La estimación de las citas que un documento recibirá con base en la revista en la que el texto se publique, es un desarrollo más concreto de las determinaciones presentes en el procedimiento de validación directa expuesto más arriba; no su negación o invalidación. Lo que comporta, a su vez, que no existe gratuidad respecto de que se considere un cuartil u otro a la hora de determinar si un artículo académico es, o no, un valor de uso social. Esta última consideración es relevante para lo que sigue. Porque, hasta aquí, los indicadores bibliométricos sólo han servido para validar el gasto de fuerza de trabajo académica como un gasto que se resuelve en un producto o efecto útil. Pero nada se ha 103 De ahí que el JCR y el SJR sean, de largo, más relevantes que el JIF o su equivalente de Scopus, el ‘Citations per document’. determinado respecto de si, además, el tiempo de trabajo que se contiene en ese producto o efecto es un tiempo de trabajo socialmente necesario, o no. Tal cuestión ya no se puede resolver a nivel del producto o efecto individual, sino considerando la producción total de artículos académicos que han sido producidos en un periodo de tiempo determinado —una masa total de artículos de la cual cada artículo sería una unidad indiferenciada, simple cristalización de trabajo social de calidad media. El carácter socialmente necesario del trabajo para el caso del trabajo académico también involucra el establecimiento de un límite específico; éste consistiría en el valor promedio n de artículos que cuenten con c citas o que hayan sido publicados en revistas de un cuartil igual o superior a k, por un tiempo t. De tal lid, se ha de proceder, una vez más, a comparar el promedio con la productividad correspondiente del académico o académica sometido a evaluación. Si su volumen de publicaciones es igual o superior al valor promedio tomado como referencia, su gasto de fuerza de trabajo durante el periodo se validará como tiempo de trabajo socialmente necesario —por consiguiente, todos y cada uno de los productos de ese trabajo contendrán única y exclusivamente tiempo de trabajo socialmente necesario. Antes de proceder a explicar cómo se dilucida el tiempo de trabajo socialmente necesario con el uso de las métricas de impacto de la investigación, conviene detenerse a considerar brevemente la confusión que existe respecto de las métricas de impacto de la investigación. Es a la altura de la verificación del gasto de fuerza de trabajo como un gasto que se despliega con arreglo a las condiciones de producción normales, que se revela en toda su acuidad la gran disparidad que existe entre países y disciplinas respecto de qué constituye un tiempo de trabajo socialmente necesario en cada caso. Y estas diferencias se concretan, como no podía ser de otro modo, en la fijación de diferentes baremos a la hora de evaluar el rendimiento académico, tanto en lo que concierne al volumen total de producción que de los académicos se espera, como en lo que concierne al grado de ‘impacto’ que las publicaciones han de tener para que sean contempladas en la evaluación. Esta disparidad es la que hace que los criterios de evaluación aplicados en cada caso sean perfectamente arbitrarios y carezcan de toda necesidad a simple vista; y es esta apariencia a la que se aferran los cultores de la idea de que es la voluntad política la que, en la evaluación, define ‘objetivos abstractos’ y ‘exteriores’ a la ‘autovalorización’ de los académicos (Harvie y De Angelis 2009), o que los criterios de evaluación han sido ‘diseñados políticamente’ (Szadkowski 2016). Considerada correctamente, la disparidad de criterios aludida viene a poner en solfa exactamente lo contrario a lo que sostienen los autores marxistas citados, y también los teóricos del Capitalismo Académico. Existen diferentes criterios de evaluación porque las diferencias en los niveles de productividad del trabajo académico son reales, y las divergencias en términos de criterios de evaluación remiten a las diferentes condiciones de producción y consumo de los productos del trabajo científico en cada caso; a la ‘medida especificadora’ del tiempo de trabajo socialmente útil —valor, además, que va modificándose conforme lo hace la productividad del trabajo académico, lo que obliga a considerar nuevos estándares de rendimiento. 104 104 Precisamente porque la distribución de citas en los textos publicados por los journals académicos no es una distribución normal, sino que está altamente concentrada en un número limitado de papers (Haustein y Larivière 2015; Hicks et al. 2015), el JIF no puede reflejar de forma inmediata cambios en la escala de la productividad del trabajo, esto es, una modificación del estándar de qué se considera trabajo socialmente útil, para una determinada disciplina. Véase el siguiente ejemplo hipotético: en el año X1, cinco académicos publican un paper cada uno en la misma revista. El JIF de la revista ese año es de 20, porque todos los artículos han sumado un total de 100 citas. Pero de estos cinco artículos, uno de ellos Como se vio, la dilucidación de si el trabajo académico se había objetivado en un valor de uso social consistía, considerada en su simpleza, en comparar el acumulado de citas del artículo académico en cuestión con el promedio de citas para la disciplina y conforme a la fecha de publicación del documento. Cuando se trata de determinar si el trabajo se ha desarrollado con arreglo al tiempo de trabajo socialmente necesario, lo que se compara es el volumen de documentos publicados por un determinado académico individual en un periodo de tiempo estándar con respecto al volumen de documentos promedio del resto de académicos de la disciplina tomada como referente. Por supuesto, el consumo social se hace aquí inmediatamente presente, en tanto que la determinación del tiempo de trabajo socialmente necesario sólo puede contemplar aquellos documentos que sean valores de uso sociales, o sea, que presenten un determinado nivel mínimo de citas, ya sean reales o estimadas. Esto supone que sólo se evalúa el rendimiento académico con base en aquellas publicaciones que aparezcan en revistas de cuartil k ≥ x. Éste es un ulterior desarrollo del procedimiento de validación con base en una estimación; y es, a la postre, el procedimiento habitual. Pero también es cierto que es posible dar cuenta del tiempo de trabajo socialmente necesario a partir del procedimiento directo, basado en el cómputo de citas totales. El ‘Índice H’ (Hicks 2005) es uno de los indicadores que estable una relación directa entre el volumen total de documentos publicados por un académico o académica y las citas totales acumuladas por esos documentos, y permite validar así la utilidad social del trabajo que se objetiva en tales documentos. De forma somera, el Índice H se define como el número n de documentos firmados por un académico que tienen al menos un valor c = n de citas, es decir, el número de documentos n que tienen n número de citas (Hirsch 2005). Un valor H = 2 supone que el académico en cuestión cuenta con dos publicaciones con al menos 2 citas en cada una de ellas. 105 Todo lo que quedaría sería definir el periodo de tiempo t que se va a tomar como referencia para la evaluación, o sea, el periodo de referencia para comparar el Índice H del académico o académica particular respecto del Índice H promedio. Así las cosas, ¿por qué el uso del Índice H no se encuentra más extendido de lo que se haya en la actualidad, restringido casi por completo a las ciencias biotecnológicas (Hicks et al. 2015)? Porque, en realidad, el Índice H no soluciona ninguno de los problemas que plantea el cómputo directo de citas, y, de hecho, viene a añadir otros nuevos. Por ejemplo, el Índice H está concebido para no controlar por fecha de publicación, considerando en su lugar la totalidad de la producción científica (y el total de las citas acumuladas) para los académicos individuales. Dejando a un lado que esto ya plantea limitaciones en términos de control por disciplinas, pues la trayectoria académica no siempre consiste en el cultivo de una única tradición de estudios, el Índice H presenta como gran hándicap el sesgo que introduce hacia autores de trayectoria más dilatada, quienes tienen más probabilidades de haber publicado más documentos con más citas (Hicks et al. 2015; Hirsch 2005). La normalización por fecha de publicación supone, por consiguiente, un factor correctivo a posteriori, y sigue planteando el problema de fijar el periodo de tiempo estándar para la acumulación de citas y la comparación —y todo lo que de ello se deriva, incluyendo la ha recibido las 100 citas, y el resto, ninguna. En el año X2, los mismos cinco académicos han publicado dos papers cada uno en la revista en cuestión, lo que da 10 artículos en total. De estos, uno acumula 110 citas, y el resto, 10 cada uno. El JIF de la revista sigue siendo 20 en el año X2, a pesar del incremento en la productividad del trabajo científico y el cambio en las condiciones que definen el trabajo científico como trabajo socialmente útil. De ahí en más, si el resto de académicos de la disciplina han incrementado su productividad en la misma proporción en que lo han hecho los cinco del ejemplo, la revista en que estos cinco han publicado permanecerá en el mismo cuartil del JCR. 105 El valor H no será =3 hasta que el productor académico en cuestión no tenga tres publicaciones con al menos tres citas cada una; y así, sucesivamente. [Document text truncated for crawler view.]