Faustino Gutiérrez-Alviz Armario. In Memoriam (1915-2006)
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FAUSTINO GUTIÉRREZ-ALVIZ ARMARIO IN MEMORIAM ( 1915-2006) Por MANUEL OLIVENCIA RUIZ La dimensión universitaria de Don Faustino Gutiérrez Alviz. tan acertadamente exaltada por el académico Clavero Arévalo en su brillante intervención, ha de integrar se en ese todo que representa su categoría unitaria de jurista, de servidor de la Justicia. Don Faustino fue un jurista que supo cumplir las tareas del oficio. Nunca se incluyó en la clasificación administrativa de "catedrático de exclusiva dedicación", que a veces degenera en "estricta dedicación": la exclusiva, excluye cualquier otra actividad profesional; la estricta, reduce al mínimo el número de las obligaciones de la primera. Son frutos de una errónea política docente, que más que premiar a quienes consagran su trabajo a la Universidad, sanciona a quienes, además de cumplir sus obligaciones en la Cátedra, asumen otras, no ajenas a éstas, sino complementarias, de aplicación o realización de sus conocimientos, y de muy especial relevancia cuando se trata del saber jurídico. La función del jurista en la comunidad -no me refiero a la "autónoma", sino a toda sociedad organizadadista de ser s im - ple; ni siquiera puede reducirse a la sagrada labor de transmitir saberes -de enseñar- y de descubrir la verdad que encierra la Justic ia -de investigar-sino que ha de extenderse a otras tareas, desde la de preparar la redacción de las leyes hasta la de interpretarlas y aplicarlas para convertirlas en realidad social. Don Faustino fue de los juristas de una sola pieza, que integran en su labor la artificiosa contraposición entre teor(a y práctica, tantas
218 MANUEL OLIVENCIA RUIZ veces invocada en un intento de desprestigiar a la primera y e nsalzar a la se gund a. Desde su saber jurídico -desde la teoría-, Don F:msti no contribuyó en la tarea prelegislativa a que nuestras leyes fuesen mejores, a perfeccionarlas y a actualizarlas, com o ha señalado el Prof. Clavero con cita de sus informes sobre proyectos de reforma; se esforzó en el estudio y en la enseñanza, en su conocimie nto y en la transmisión de su conocimiento; fue un fi el servidor de la Justicia y un eficaz colaborador de su administración en la labor de interpretar y aplicar el Derecho, sobre todo en el ejercicio de la abogacía, la difícil y noble profesión liberal. Catedrático y abogado, compaginó con aci er to teoría y práctica, en esa conjunción esencial del buen jurista; hizo posible el necesario vínculo entre ciencia y rea lidad, que pretenden romper quienes, sin duda por reconocer su falta de preparación teórica, se refieren a ella despectivamente. para ju stificar su dedicación a una "práctica" que s in aquélla no es sino mera rutina, hacer inconsciente, propio de practicón o de zurupeto. Si tuviése mo s que señalar a un jurista "teó rico" por antonomasia, elegiríamos al sevillano Federico De Castro. el gran maestro del Derecho civil del pasado siglo; pero precisame nt e fue él quien enseñó que la s normas jurídicas nada son si no se convierten con su cumplimiento en "realidad jurídica eficaz"; que el jurista ha de especializarse "en la realización del Dere cho" y de la "Justicia", en "dar sentid o, animar y hacer eficaces las normas ju rí dicas"; que tiene que saber "unir conocimiento y pr áctic a" -esto es, "saber" y "saber hacer"-, para lo cual, es la t eoría , la "elaboración científica", "la que proporciona el conocimiento y la fundamentación nece sa ria para la práctica", porque la "teoría jurídica" ha de partir de la "realidad" y "actuar so br e ella" para orientarla en el sentido de la Justicia. "La especialidad de la doctrina jur ídica - añadía De Castroestá en que no es puramente científica ni te órica". Y tanto condenaba la jurisprudencia de con ce ptos, "ajena a la realidad", como el il imitado "cas ui smo", carente de sistema. La "pura" teoría -s i así puede calificarse a la que prescinde de la realidades inútil. Maestro es el que sabe y enseña, porque sabe hacer. Y en efecto, esa conjunción se da en Derecho en quienes reúnen las cualidades de buen profesor y buen abogado.
SESIÓN DE HOMENAJE 219 En mi Facultad, cuando yo era estudiante, abundaban esos maestro s: Candil, Girnénez Fernández, Cossío, Royo, Campo-Redondo y Gutiérrez Alviz ejercían la abogacía. Don Alfonso y Don Faustino, con especial intensidad. De mis mae stros y de mi padre, el primero de ellos, recibí la vocación de lo que había de ser mi trabajo: la Univer si dad y la abogacía. Viví mi niñez y mi juventud primera en un piso que era, a la vez, casa de familia y despacho profesional de su cabeza; un taller de artesanía jurídica, modesto en sus dimensiones pero excelente, ejemplar en ca lidad. A mi padre debo haber conocido a Don Faustino como abogado, antes que como Catedrático. Ceuta, donde ejercía mi padre, pertenecía a la E xc ma. Audiencia Territorial de Sevilla, y a sus Salas de lo Civil competía conocer en apelación de las sentencias dictadas en primera instancia por aquel Juzgado. Los abogados del territorio, incluso los de capitales de provincia (Cádiz, Córdoba , Huelva ) tenían en aquella época procuradores y abogados corresponsales en Sevilla, a los que enviaban sus asuntos en segunda instancia. Decían los abogados de Sevilla que el Seat-600 había terminado con las apelaciones de fuera de la ca pital, porque los compañeros que llevaban la 1 ª in stancia se desplazaban en el utilitario a informar ante la Audiencia. Pero de sde Ceuta, el 600 no era utilitario. Aun después de aquella revolución de los transportes, mi padre siguió manteniendo las viejas relaciones con los profesionales sevilla no s, especialmente con dos procuradores, mis muy recordados y admirados Don Felipe Cubas y Don Miguel Conradi; a través de éste, a la sazón Decano del Colegio, conoció a Don Fau stino Gutiérrez Alviz. casado con Carmen, una de sus hijas, "todas ellas muy guapas", añadía con razón mi padre. Se inició así, al volver Don Faustino a Sevilla como Catedrático de Derecho pro ces al y abrir despacho de abogado, en 1946, una sólida relación profesional y, consecuencia de ella, una cordial amistad y una recíproca admiración entre compañeros y amigos, que habría de permanecer durante la vida de mi padre, tristemente muy corta (falleció en 1962). El joven profesor y abogado, e le gante en su trato, atildado en su indumentar ia , unía a su competencia profesional una capacidad de trabajo inspirada en su firme vocación. Analizaba minuciosamente los asuntos que se le encomendaban, los estudia-
220 MANUEL OLIVENCIA RUTZ -·- - - --- --- -- ba a fondo y preparaba con esmero su intervención. Ejerció en Sevilla en ambas instancias, especialmente en apelación, y ante el Tribunal Supremo en recursos de casación. No rehuyó la 1 ª instancia; inició el ejercicio de la abogacía desde abajo, peldaño a peldaño. Recuerdo una anécdota que vivió en la prueba de reconocimiento de una resolución de arrendamiento de vivienda por obras inconsentidas, pleito en el que él defendía a la propiedad. Conocía del asunto un buen juez, muy formalista y ritual, del que se decía que cuando sus niños le pedían que les comprase caramelos en el cine, denegaba la petición con un rotundo "No ha lugar". Pues bien, nuestro juez llamó a la puerta del piso arrendado y abrió una señora que tenía en brazos a un bebé mientras otros dos pequeños, entre 2 ó 3 años de edad, se agarraban a su delantal. El bu en juez saludó cordialmente y le explicó la razón de tan nutrida y extraña visita. Sin duda, quiso calmar los nervios de la buena mujer y se deshizo en elogios: "Qué niños más monos, y todo s tan pequeños. ¿Cuántos tiene Vd .. señora? ¡Otro de 4 años en el colegio! ¡Y tan joven!''. Seguidamente, se debió de considerar obligado a justificar ante Don Faustino el trato cariñoso dispensado a "la parte contraria" y le susurró: "Don Faustino, ¡hay que humanizar la prueba!'' Una sab ia lección de Derecho procesal, que Don Faustino recordaba siempre. Su predilección se inclinaba claramente por el informe oral, en boga en aquella época, periclitado hoy en la decadencia del principio procesal de oralidad. instalado en la 1 ª instancia pero desplazado de la práctica forense en los recursos, amordazado por las prisas y la sobrecarga de trabajo de los tribunales. Pero, entonces, el informe en Sala era una pieza fundamental, que permitía distinguir a quienes la dominaban con brillantez, como era el caso de Don Faustino. Los estudiantes de la Facultad aprovechábamos cualqui er hora libre de la mañana para asistir en la vieja Audiencia de la Plaza de San Francisco a las vistas, particularmente de interés cuando en ellas contendían maestros nuestros. Y así aprendimos, también, que la teoría impartida en las aulas servía para defender la justicia en la resolución de los litigios y que la vida era la más completa colección de "casos prácticos". El prestigio de Don Faustino como abogado fue cimentándose y extendiéndose con los años en todo el territorio y en Madrid.
SESIÓN DE HOMENAJE 221 Aquel inicial contacto profesional con mi padre en un asunto proceden te de Ceuta fructificó en relaciones con muchos otros abogados de aquella ciudad. que en él depositaron la confianza para Ja defensa de sus asuntos en apelación y casación. Pmeba de ello es la para mí inolvidable coincidencia de mi debut profesional en una apelación pro ce dente del Juzgado de l ª Instancia de Ceuta, en la que Don Faustino se había personado por la parte apelante y yo lo hice por la apelada (el Ayuntamiento de la ciudad), cuya defensa había llevado mi padre. Se celebró la vista el 4 de noviembre de 1960. día de San Carlos Borromeo -recién incorporado yo a la Cátedra-; se han cumplido 46 años y guardo un recuerdo muy cercano de aquel acto, para mí memorable. Era un asunto complejo y Don Faustino había preparado con rigurosa profundidad cada una de las cuestiones jurídicas planteadas; tanto es así que su informe consumió todas las horas de audiencia de la mañana y la Sala hubo de aplazar para la tarde el del letrado de la parte apelada, lo que aumentó mi nerviosismo de novel. Mañana y tarde en el debate del asunto. tuve que esmerarme en rebatir en buena lid. con la nobleza de las armas jurídicas, los argumentos de un maestro. Aquella sentencia me deparó una alegría compartida con mi padre; pero, mayor aún, fue la que recibí con la felicitación que Don Faustino me expresó cordialmente. Fue el primer eslabón de una cadena de vistas de apelación. Don Faustino llegó a s er el letrado con mayor número de vistas en un año judicial en la Audiencia de Sevilla, de lo que justamente se enorgullecía. Era frecuente verle en la Facultad con el impecable traje ··orgánico .. sobre el que habría de ponerse la toga: terno, corbata, calcetines y zapatos negros; camisa blanca, de rigor en la época, sobre todo bajo la presidencia de Don Ginés Parra, tan exigente en el protocolo judicial. Tenía Don Faustino una oratoria y una prosa muy pulcras; hacía honor a su condición de Académico de esta Casa. En el debate forense, aderezaba sus argumentos jurídicos con una pizca de ironía -cwn mica satis-, expresión de su ingenio y de su peculiar sentido del humor. Medía el tiempo de sus intervenciones, pero no renunciaba a expresar cuanto creía que pudiera apoyar la defensa de los intereses que se le habían encomendado. Recuer-
222 MANUEL OUVENCIA RUIZ do que en una ocasión, al entrar en Sala los dos, un magistrado no pudo ocultar su temor y exclamó con un volumen de voz fácilmente perceptible: "¡Cada uno de estos tiene cuerda para tres cuartos de hora!". Era la unidad horaria de un a clase, calculada para los abogados-catedrát ic os. Fue un trabajador constante, ordenado y metódico. Basó su despacho en su tr abajo personal; no le faltaron excelentes colaboradores, pero contuvo las dimensiones de su ejercicio profesional en el volumen que admitía su propia ca pacidad de trabajo, ciertamente enorme, por bien organizada. Me asombró siempre esa virtud de Don Faustino, al que el trabajo de la Universidad y del despacho nunca impidió su asistencia asidua a la s tertulias -Lorenzo Blanco y el Círculo de Labradores-, la lectura constante de literatura no jurídica, su dedicación a la familia, a Carmen y a sus hijos, su cine, su vida soci al o política. Hombre ordenado, desde estudiante; sus compañeros de Facultad -me lo decía nu es tro recordado Preeminente, Don José F. Acedorecordaban sus modélicos apuntes, de excelente caligrafía y aún mejor contenido, claro y conciso, su estudio meticuloso y fructífero. Unas cualidades que conservó y aumentó, en las que está el secreto de su asombroso aprovechamiento del tiempo. Fue en todo un maestro, en la Universidad y en la abogacía. Como escribí bajo el dolor de la noticia de su muerte, en una necrológica de urgencia para el que había sido su periódico - El Correo de Andalucía-, con él perdí al único sobreviviente de aquella Facultad de grandes maestros. Fue, después, compañero en la Universidad, en la Academia, en la abogacía; pero siempre maestro.