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Revista de Estudios Taurinos N.0 O, Sevilla, 1993, págs. 131-153 BELMONTE EN JOSELITO 1 Agustín Díaz Yanes Fundación de Estudios Taurinos GI 1 gran novelista Joseph Conrad escribía a principios . · ~ de siglo que él se imaginaba la sociedad ideal como la exacta relación que se establece entre los hombres de un barco bien ordenado. Una estructura jerárquica donde los de abajo deben obediencia a los de arriba y la totalidad constituye un organismo perfecto. Pues bien, para los aficionados, críticos, toreros, ganaderos y estudiosos de los toros en el siglo XIX y principios del XX, el desarrollo de las corridas no debía diferenciarse mucho de la organización aludida en el barco de Conrad. Los toros, las corridas· de toros, eran un organismo perfecto, un barco bien ordenado, y su capitán era Joselito el Gallo .. . (Fig. n.0 35) y entonces apareció Belmonte (Fig. n.0 36) y la nave entró en aguas tormentosas. Creo que no es demasiado aventurado decir que las corridas de toros tal y como evolucionaron durante el siglo XIX son una de las más acabadas creaciones del espíritu cívico español, y, probablemente, el rasgo más característico de su genio. Fueron el único asunto público donde el pensamiento burgués decimonónico logró plasmar sin desmayos y sin inter- 1 Nota de Redacción: El presente escrito reproduce, convenientemente pues- to a punto, el texto de la conferencia pronunciada por D. Agustín Díaz Yanes en la Plaza de Toros de Sevilla con motivo del Homenaje que le rindieron la Real Maestranza de Caballería de Sevilla y la Fundación de Estudios Taurinos a Belmonte en el Centenario de su nacimiento.
132 Agustín Díaz Yanes ferencias su particular genio creativo. Exagerando un poco, casi me atrevería a proclamar que las corridas de toros son el único manifiesto tangible de su civilidad. Esa burguesía española decimonónica fragmentada en lo político, pacata y retrasada en lo cultural e intolerante en lo civil, pulió y refinó un espectá- Fig. n .o 35.-Benedito: "Retrato de José Gómez Ortega, lose/ita, Madrid, Museo Taurino" (Apud.: Morales, 1987: 175). culo genuinamente bárbaro y primitivamente anárquico hasta convertirlo en una exposición artística ordenada y reglamenta- . da que alcanza su culmen con la aparición en los ruedos, a principios del siglo XX, de Joselito el Gallo, el receptor e intérprete máximo de la tauromaquia del XIX.
Be/monte en Joselito 133 Joselito el Gallo cerraba el círculo que había empezado con Pedro Romero, y que lograba gracias a su arrolladora personalidad torera, a su exhaustivo conocimiento de la profesión, en suma, a su torería, plasmar en los ruedos lo que había sido la aspiración máxima de sus predecesores: la inversión absolu- Fig. n. 0 36.-Vázquez Díaz: "Busto de Juan Belmonte, dibujo sobre papel. Sevilla, Col. Beca Belmonte". "Fot. Abaurre. ta de la filosofía que presidió los primeros enfrentamientos entre el hombre y el toro. Me explico: el toreo era (y hoy todavía sigué siendo) esencialmente el enfrentamiento de un hombre, paradójicamente armado de sólo un trapo en la mano, con un animal salvaje: el toro. Un animal salvaje, que como todos sabemos, al defenderse hiere o mata. Pues bien, la idea que recorre todo el diecinueve taurino es el intento de alcanzar un imposible: se estudia al animal salvaje, sus reacciones, sus que-
134 Agustín Díaz Yanes rencias, sus comportamientos; se racionaliza su bestialidad, y se obliga al torero a cumplir una serie de reglas, de leyes, que hagan que ese espectáculo brutal se convierta en un espectáculo artístico de primer orden donde la inteligencia del hombre, el torero, prime, siempre y en todo momento, sobre la irracionalidad de la bestia, el toro. Había nacido la lidia. A l\TE DE OREAR. OBIA UTILISI M' A Pilo\ 1.0S TOUAO! Dlt -t PAllA L01 AFICtONADOJ , Y TODA CUllt D& SUGaOS QUE CVS'fAH OS Toaot. SU AUTO& 'OSEF DELGADO (alias) ILLO. CO!'rl LICltNCJA! -- Fig. n.o 37.-DelgaJo (alias. 11/o). Jose ph: ··La Tauromayuia o Arte de torear'', Cádiz, Ximenez Carreño, 1796 (l.• ed.) (Apud.: Díaz Arquer, 1931: 93). Y .a ese empeño, imposible en sí mismo (las últimas y recientes muertes de toreros así nos lo recuerdan), se lanzaron a tumba abierta todos y cada uno de los participantes, por activa o por pasiva, en las corridas de toros. Se escribieron Tq,uromaquias donde el conocimiento taurino quedaba fijado (primera paradoja: a Pepe-Hillo, autor de la primera (Fig. n. 0 37), lo mató un toro (Fig. n.0 38); Paquiro (Fig. n.0 39), responsable de la segunda, se retiro con más de
Belmonte en Joselito 135 Fig. n.o 38.-Cogida y muerte de Pepe-Hillo. Grabado popular (fragmento) (Apud.: Díaz Arquer. 19~1: 81). T.&llTO .... c•o &C&•U.LO· Fll.l!VCISCO lllOIVT 'I 'l>Uttlut.&. 1' eot:•KU>it t.KaUPOLOt.llRllTI 10& ti. xonoa. '·=e~"~=.=~;º,!~~::.~ _,, fetf n• ptoponm ~ '~l"''" 'JIMI ~¡,.,..p-;, UI• ~rtl4A>iJ .. MADRID: .... UT.\ J>& D.1oú.-.al&aUVLt.Íll. IS36 . Fig. n.º 39.-Montes (alias, Paquiro), Francisco: "Tauromaquia completa o sea el Arte de torear en plaza'', Madrid, Impla. Santesmase s, 1836 (!. ª ed.) (Apud.: Díaz Arquer, 1931: 197).
136 Agustín Díaz Yanes quince cornadas y Joselito el Gallo, tauromaquia viviente, finalmente, sucumbió bajo las astas de otro toro (Figs. n. 0 40 y 41)). En su afán racionalizador, los escribanos, los eruditos y los propios toreros establecieron, de común acuerdo, la más extraña y al mismo tiempo más bella de las paradojas: al ser irra- Fig. n .o 40 .- Baldomero: "Ignacio Sánchez Mejías llora sobre el cadáver de Joselito'', Talavera de la Reina (Toledo), · !7 -V-1920 (Apud.: Martínez Novillo, 1991: Lám. 120). cional, al toro, se le entregaba ia máxima racionalidad. Para los toreros, para el público, para los críticos, el toro no mataba, no hería como consecuencia de su animalidad salvaje, sino que lo hacía a causa de los errores cometidos por los toreros en el desarrollo de la lidia, del incumplimiento de las leyes tau-
Belmonte en Joselito 137 rómacas. Porque, en efecto, según la ley taurina del siglo XIX . (que todavía hoy pervive) los toros no cogen, se cogen los toreros. Se suponía que un matador que conociera su oficio, que supiera las reacciones y las qu~rencias del toro, que cumpliera con todas y cada una de las leyes taurinas, jamás debería Fig. n .o 41.-l:knlliur e: Maus oko dé Joselito en el L·emc nt e ri o de San Fernando de Sevilla (Apud.: fotografía del autor). sufrir la derrota infringida por la cornada.· Como ya he expues- to en otra ocasión los toreros aceptaron esta situación con verdadera flema inglesa. Extraordinarios profesionales, quizá como colectivo el único verdaderamente profesional de la historia moderna de España, estaban sometidos a una tremenda presión: no solamente se les juzgaba con una severidad tan meticulosa que a veces rayaba en la crueldad (medio centímetro en la colocación de una estocada servía para descalifü :: ar una actuación), sino que hasta el mismo fundamento espiritual de s1:1 profesión, el valor, había ·pasado también por el tamiz de la ra-
138 Agustín Díaz Yanes cionalización. Sí, tampoco era ya suficiente tener un valor sobrenatural, un valor suicida, para ganarse la vida enfrentándose a un toro en una época en que la medicina estaba en pañales, una época en que todavía no se conocía la penicilina. No, no era suficiente, había que tener una valor especial, un valor codificado, exento de irracionalidád. Federico Alcázar en su Tauromaquia moderna escribía, en aquella época, que " .. el valor es una cualidad natural y consciente, la temeridad es un im~ pulso instintivo y ciego. El valor es permanente, la temeridad es circunstancial y momentánea. El primero radica en lo más puro y elevado del espíritu. La segunda procede de los mas bajos fondos de nuestra animalidad". Por eso Pepe-Hillo hace observar en la tercera advertencia de su Tauromaquia que, "sin valor para ver llegar a los toros, no se pueden ejecutar bien las su e rtes. El temerario ni lo ve ni lo comprende: va a él arrebatado por la violenciá, impulsado por el instinto, cegado por la brutalidad. El valor sin ,inteligencia es temeridad". Pues bien, como todos sabemos, frente a tales dificultades, a pesar de que intentaban lo imposible, los toreros del XIX triunfaron en su empeño. Su victoria fue Joselito el Gallo: Luzbel adolescente, como lo llamaría Bergamín. Joselito fue el úl timo torero clásico, entendiendo como clásico al torero del siglo XIX. Joselito tenía un dominio absoluto de su profesión; de él se dijo, y con razón, que era "el español que mejor conocía su oficio". Conocía hasta la exhaustividad las reacciones del toro dentro de la plaza y su desarrollo antes de llegar a ella. "No nace un sólo toro en los cercados españoles -se aseguraba en la épocadel que Joselito no conozca su ascendencia''. El público lo veía tan perfecto que lo creían invulnerable: "Para que un toro coja a Joselito le tiene que tirar un cuerno". Con Joselito el arte de lidiar toros, tal y como se conocía en su tiempo, había llegado a su máxima plenitud, a su total perfección. Con Joselito el toreo del siglo XIX culminaría su
Be/monte en Joselito 139 evolución: desde Pedro Romero al Guerra, pasando por Paqui 7 ro, Lagartijo y Frascuelo, Joselito lo había refundido todo en un solo torero, impoluto, perfecto: él. La larga marcha había terminado (Fig. n.0 42). Detengámonos un instante y hagamos uno de esos ejercicios intelectuales que en historia siempre empiezan con "qué Fig. n. 0 42.-Baldomero: "Joselito el Gallo se adorna en la plaza de Zara goza" (1915) (Apud.: Martínez Novillo, 1991: Lám. 101). hubiera pasado si" ¿Qué hubiera pasado si no hubiera existido Belmonte? ¿Qué hubiera pasado si Joselito no se hubiera encontrado con Belmonte? No es muy aventurado suponer que el toreo hubiera entrado en franca decadencia. Era ya imposible superar el joselitismo desde dentro, desde su magisterio. Sólo hubiera quedado el manierismo de sus epígonos y las corridas de toros, casi seguro, hubieran languidecido hasta su ex..: tinción. A no ser, claro, que más adelante hubiera surgido otro Belmonte. Pero ¿es posible pensar en otro Belmonte una vez desaparecido Joselito? Creo que no, y esta es la tesis principal
146 Agustín Díaz Yanes ser un matador de toros (Fig. n.º 45). Su tauromaquia tampoco se ajusta a la definición del toreo clásico. En su primera época, el dominio de los toros que manifestaba era más bien escaso, sus conocimientos taurinos eran 'intuitivos y, por eso, los toros lo cogían un día sí y otro también, aunque por fortu- Fi g. n .o 45.-Baldomeru: ··Juan Belmonte accidentado después de una laboriosa brega", Madrid, c. 1916 (Apud.: Martínez Novillo, 1991: Lám. 109). ·· na, sin graves consecuencias. El ruedo de la plaza de toros no es para Belmonte ese círculo en que una geometría imaginaria ha dibujado con toda precisión los terrenos del toro y el torero , sino únicamente un lugar cercado donde' desarrollar su particularísima y genial concepción del toreo.
Be/monte en Joselito 147 En cuanto a su valor, y como consecuen.cia de lo anterior, tampoco podemos decir que era producto de su sabiduría taurina, del conocimiento de su oficio, del dominio de las reglas, sino consecuencia directa de su concepción estética del toreo: si no arrolla los terrenos del toro, si no atropella la razón taurina, ni puede, ni sabe torear. Fig. n.o 46.-Baldomero: "Caída al descubierto de Belmonte", Madrid, c. 1 919 (Apud.: Martínez Novillo, 1991: Lám. 115). Si su valor era, para los aficionados clásicos, temeridad inconsciente: no lo era menos para los toreros de su época, así Guerra, pudo definirlo en una frase lapidaría que hizo fortuna: "Hay que ir a verlo antes de que lo mate un toro" (Fig. n.0 46). Con ello, sin embargo, no sólo se refería a la naturaleza de su valor sino también quería aludir al hecho que sus sonados triunfos de novillero se debían más a su temeridad que a su conocimiento. Curiosamente, la observación que Valle-Inclán hace de Belmonte coincidirá, en la forma, con la de Guerra pero le da un significado diferente: "¡Juan, ya sólo te falta, para ser
148 Agustín Díaz Yanes sublime, que te mate un toro en la plaza!". Así pues, lo que para Guerra era un defecto para Valle era una virtud. Aquí se expresa y revela con toda nitidez la diferencia de sensibilidades. Por si fuera poco, Belmonte en la plaza se manifestaba, además, irregular: un estigma en la dogmática taurina del XIX. El mejor torero era, según la definición clásica, el que dominaba el mayor número de toros: ergo, el mejor torero era Joselito. Las portentosas faenas de Belmonte sólo la aceptaban algunos toros, con el resto. del ganado naufragaba: se aburría él y aburría al público. _Incluso, fuera de lá plaza, Belmonte era diferente. No vive su profesión con esa unción sacerdotal que fue obligatoria en la mayoría de los toreros y de la que hacía gala, particularmente, Joselito. A Belmonte le interesaban demasiadas cosas fuera d~ los ruedos. Podríamos decir que los primeros momentos de su carrera Belmonte era más un genio que se expresa a fravés del toreo que un torero en la acepción clásica de la palabra. Para marcar su independencia, por ejemplo, se corta la coleta en una barbería. Pues bien, esta retahíla de defectos o, mejor dicho toda esta relación de supuestos defectos, fueron aceptados por el público de una manera total, absoluta, produciéndose una de las comuniones artísticas más intensas que recuerda la historia de la tauromaquia. Tomemos un ejemplo: el dos de Mayo de 1914 torea Belmonte con Joselito, por primera vez en Madrid; El cartel lo remata Rafael el Gallo. Cossío, joselista de pro, máximo guardián de la ortodoxia, nos relata así la corrida: "La pasión del público excedía de cuanto pu eda ponderarse. Jos elito estuvo admirable en el quinto toro, pero Be/monte no e staba con ánimo de dejarse borrar. Y en el sexto hizo una faena de muleta que causó verdadero estupor. A distancia de tiempo, se ve claramente lo que aquella faena tuvo de sustanciosamente valiosa y lo que la novedad y sorpresa ante el nuevo estilo de tore ar influyeron en el público para ju zgarla. Fue una faena de pases sueltos en todos los te rr enos de la plaza, sin
Belmonte en Joselito 149 plan ni dominio, pero llena· de valor y gallardía, literalmente a puñetazos con el toro, suave y de poco poder por cierto; en algunos pases, llevaba al animal a la mule~a agarrándolo de la mazorca del cuerno, mientras exhibía toda suerte de pases a distancia inverosímilmente próxima al toro. LÓ mató muy Fig. n ." .n .- Baldomeru: ··u n natural de Jose li to" .. \ladrid . . , .. 19 16 tA pud .: Martínez Novillo, 1991: Lám. 108). mal: pero el público sin dar importancia a este defecto, entusiasmado ante el nuevo estilo, proclamó a aquella faena como la cumbre del arte. No era así. ' cossío , como otros ortodoxos del taurinismo, no estaban todavía preparados para Belmonte; el público, sin embargo, sí lo estaba y Joselito, aunque con cierta reticencias, también (Fig. n.º 47). Joselito fue el primero en reconocer lo que se le venía encima. Años más tarde un aficionado le mostraba a José una foto de Belmonte en un momento de su famosa faena en la corrida del Montepío. El aficionado le dijo a Joselito que aque-
150 Agustín Díaz Yanes lla era la mejor faena del mundo, la mejor faena de la historia del toreo, a lo que Joselito respondió: "Sí, esa es la mejor faena, pero el mejor torero soy yo". En efecto, el público estaba preparado para Belmonte, porque lo que estaba contemplando, lo que sucedía en el ruedo, era mucho más que la simple visión de un torero valentísimo enfrentándose deslabazadamente a un toro bravo. Lo que estaba viendo era la revolución, la ruptura total, la explosión en directo de la sensibilidad moderna. No hacía falta entender de toros, es más, era mejor no entender demasiado, así se era más libre para apasionarse. Los conceptos más modernos afloraban del toreo ruptural de Belmonte: el individualismo, la idea de que el conocimiento académico no era condición sine qua non para la creación artística. Era, en suma, el triunfo de la pasión sobre la academia, la irrupción de la idea fundamental que sustenta al toreo moderno: torear es una actividad espiritual y no física. El propio Belmonte lo expresó mejor que nadie: "Hay que torear -aseguraba- como si el cuerpo no existiera". Y mas allá de todo, esa sexualidad subterránea que liberaba el cuerpo del torero de su rigidez clásica, esa sensualidad que empapaba su molinete, su media verónica retorcida con e! capote plegado a la espalda, sublime, irreproducible, inimitable (Fig. n.º 48). Belmonte traía consigo esa sensación, sólo posible en una plaza de toros, de que lo que se está viendo es irrepetible, iniciático. Los aficionados contemplaban sus primeras faenas de pie, en silencio. En Madrid olvidaban qe pedirle la oreja, y con el toro muerto, todavía en la arena, saltaban a la arena, no para alzarlo a hombros, sino para deambular con él, para participar de su presencia. Sí, está claro que Belmonte era la revolución. La revolución moderna, devastadora de lo antiguo, y también autodestructora. Porque Belmonte, una vez planteada su propia revolución procedió a aniquilarla creando un nuevo clasicismo, una nueva ortodoxia: la del toreo moderno. La ortodoxia que
Belmonte en Joselito 151 fija cuales son los terrenos que pertenecen al torero, la ortodoxia del temple, de bajar la mano, de los pies quietos, de la inmovilidad. La ortodoxia, en suma, del toreo contemporáneo. Y en esa canonización de la revolución belmontina hecha por el propio Belmonte jugó un papel fundamental su compe- Fig. n.o 48.- Aguayo: "Un molinete de Juan Belmonte ", Córdoba, 1934 (Apud.: Martín ez Novillo, 1991 : Lám. 172). tencia con Joselito. El encuentro de las dos tauromaquias, la clásica de Joselito y la moderna de Belmonte, tuvo lugar en el momento justo y con los protagonistas adecuados. Rafael el Gallo, el hermano mayor de Joselito, hablaría muchos años después de la muerte de éste, de la gran calidad, como torero, que tuvo Belmonte desmostrándolo con el mero hecho de haber po-
152 Agustín Díaz Yanes dido resistir, en pie de igualdad, la maestría de su hermano. Y utilizaba para explicarlo una frase muy gráfica: "Cuando a los demás toreros que competían con mi hermano les llegaba el agua al cuello, a éste -por BelmontesólO le llegaba a los tobillos'1• Creo que, en justicia, habría que darle la vuelta a la Fig. n.o -19.-Blanco. V.: Belmonle entre lo' ht'roe' de Se,illa. Escultura en bronce situada en El Altozano de Triana (Apud.: Morales, 1987: 292). frase del Gallo y decir, qué gran torero, qué grandísimo torero debió ser Joselito para poder aguantar, en pie de igualdad, el maremoto producido por BelÍnonte. Y qué inteligente debió ser Joselito para, a pesar de estar considerado como el colmo de la perfección, ser capaz de aprender de Belmonte. Es bien sabido que José incorporó a su toreo clásico varios de los ras~ .
Belmonte en Joselito 153 gos del toreo moderno de Belmonte: el_!_errml~, la ~~t~tica, la quietud. Pero también Belmonte se nutrió de Joselito, y sin ese compartido vampirismo taurino, es más que probable que la nueva ortodoxia belmontina no se hubiera afianzado ni tan rápidamente ni con tanta seguridad como lo hizo. Entre otras muchas cosas, Belmonte recibe de Joselito algo más que una competencia que sería considerada como la Edad de Oro del toreo. Recibe también la necesidad de dominar su oficio, de poder con más toros cada vez, de depurar su arte apartando lo melodramático y centrándose en su pureza. La necesidad, en fin, de ser maestro a más de revolucionario. Joselito que resistió su fuerza como ningún otro torero hubiera podido hacerlo y que le preparó el terreno para su revolución, le legó, tras su muerte en Talavera, ·una última responsabilidad: dejándole solo frente al toro y frente al público, le obligó a fijar su· revolución y a sentar las bases del toreo moderno. Belmonte lo aceptó, y sabiendo mejor que nadie qué significaba su toreo para el futuro de la tauromaquia, lanzó una frase profética: "Vendrá un día, en que un torero toreará todos los toros''.. y ese torero llegó.