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Jovellanos entre dos edades históricas

Comellas García-Llera, José Luis

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305 “Hay personajes históricos -escribe Gonzalo Anesque atraen nuestra atención. No es necesario que hayan realizado hazañas portentosas, ni tan siquiera que hayan cambiado la historia. Y, sin embargo, suscitan irresistiblemente el interés de los estudiosos. Uno de estos personajes es don Gaspar Melchor de Jovellanos”. El juicio del paisano de este personaje parece, efectivamente, certero. Jovellanos jamás ganó una batalla, ni hizo importantes descubrimientos, ni cambió la suerte de España. Fue un ilustre ilustrado, que vivió rodeado de prestigio. Luego cayó en desgracia de los que mandaban y fue desterrado. Solo los eruditos de su época llegaron a conocerle bien. Y, sin embargo, ha pasado a la historia por el interés extraordinario de su pensamiento y por la cantidad y la calidad excelente de sus escritos. Tal vez haya sido al final de su vida un fracasado, que nunca vio realizados sus muchos proyectos, y que acabó muriendo en un pueblecito de Asturias, perseguido por sus enemigos, tanto los de fuera como los de dentro. Y, sin embargo, ha habido siempre “jovellanistas”, como se titularon, por ejemplo, los afrancesados en su época final, los moderados de tiempos de María Cristina, los eclécticos de la Restauración o los regeneracionistas de principios del siglo XX. Y, aparte de esto, Jovellanos es probablemente el español de hace doscientos años sobre el que se han publicado más monografías, hasta ahora mismo, en que acaba de celebrarse un congreso en Gijón que reúne a especialistas espa- JOVELLANOS ENTRE DOS EDADES HISTÓRICAS Por JOSÉ LUIS COMELLAS GARCÍA-LLERA 306 ñoles, franceses, alemanes, británicos, norteamericanos, polacos, y hasta un japonés. No fue precisamente un ilustrado viajero, como otros. Curioso por todo, pero más bien casero. Nació y vivió muchas veces en aquel severo caserón de piedra con largo balcón corrido, en la placita irregular del barrio de Cimadevilla, en el viejo Gijón. Allí se refugiaría muchas veces, en tiempos tranquilos o en tiempos difíciles, para leer y escribir al amparo de la lumbre. Viajó para estudiar a varias universidades: en Alcalá: conoció a Campomanes y Cadalso. Su carrera de leyes le llevó a Sevilla, donde transcurrirían dos momentos decisivos de su vida; en el primero, como miembro distinguido de la Audiencia, participaría en la tertulia de Olavide, se introduciría hasta el fondo en el ambiente ilustrado que ya había saboreado en Alcalá, haría sus primeros proyectos de reformas y escribiría muchos de sus versos así como dos de sus obras de teatro. Puedo anticiparles, como sin duda en otra conferencia advertirán a ustedes, que la mayoría de sus piezas puramente literarias son sevillanas. Su creciente prestigio le llamó, como a tantos ilustrados importantes, a Madrid, donde fue miembro de la sala de Alcaldes de Casa y Corte. Madrid le permitió participar en la más distinguida tertulia de la capital como era la presidida por don Pedro Rodríguez de Campomanes, e ingresar en la Real Academia de la Historia, y más tarde en la Real Academia Española. O llegar a director de la Sociedad Económica Matritense y figurar en la Comisión creadora del Banco de San Carlos. Si Sevilla le hizo ilustrado, ideólogo y escritor, Madrid le introdujo en la administración y en el proyectismo económico. La muerte de Carlos III, a quién Jovellanos dedicó un cálido elogio, y la subida al trono del nuevo monarca, Carlos IV, cambiaron hasta perturbarla gravemente, la vida de Jovellanos, por más que en 1797 habría de ser nombrado ministro de Gracia y Justicia. Gloria efímera y desgracia duradera. Un día el ministro fue invitado a comer por Manuel Godoy, dueño absoluto de la situación en aquel momento. El escándalo de nuestro ilustrado fue mayúsculo cuando se encontró al poderoso valido sentado a la mesa con su esposa a un lado y con Pepita Tudó al otro. “No pude comer.... no pude hablar ....no pude sosegar mi JoSé luiS comellaS GaRcía-lleRa306 307 espíritu”, confiesa el bueno de Jovellanos. “Salí en el colmo del abatimiento”. El berrinche fue tan fuerte, que sufrió un ataque de cólicos, y tuvo que ir a El Escorial a reponerse. Nunca pudo resistir su indignación y su aversión radical a la figura de Godoy. Y llegó a un extremo tal de desesperación que le condujo no ya a la dimisión, sino a la oposición más absoluta hacia el sistema. Escribió en su Diario frases tan duras como “caigan, pues, las testas coronadas”. Y más imprudentes fueron las rimas que hizo publicar más tarde en “El Censor”: Oh vilipendio, oh siglo.... que todo se precipite al cieno... que venga denodada la humilde plebe y arrase nobleza, títulos y honores.... He aquí a Jovellanos convertido en padrino de una revolución violenta capaz de hacer añicos todo lo presente, como había hecho poco antes la Revolución francesa. Es lo que menos podríamos esperar de un hombre tan sensato y moderado en su talante y sus maneras como el ilustrado gijonés. ¿Tan fuerte fue su reacción? ¿Duró mucho tiempo? ¿Puede explicarse de alguna manera? Pronto tendremos que recurrir a una teoría recientemente sacada a la luz, con razón o sin ella. Lo cierto es que la oposición de Jovellanos a Godoy le obligó tres años más tarde a hacer el viaje más largo y menos deseado de su vida, a Mallorca, donde sería recluido en la cartuja de Valldemosa, aquel lugar en que treinta y ocho años después buscaría refugio Chopin; y finalmente al castillo de Bellver. Jovellanos, enfermo, envejecía, aunque nunca dejó de escribir. De su encierro solo saldría en marzo de 1808, tras la caída de Godoy, para enfrentarse con un nuevo dilema trágico. Jovellanos pudo ser afrancesado, como lo fueron tantos de sus compañeros: así se lo pidió con ansia su íntimo amigo Cabarrús; pero no quiso. Fiel a los patriotas, formó parte de la Junta Central. Tampoco pudo adivinar ni la suerte de la Junta ni su propia suerte. Moriría en una situación parecida a un tercer destierro. En absoluto pretendo siquiera un esbozo biográfico. Solo desearía acercarme de alguna manera a aquel personaje aparentemente claro y bien definido, y de hecho problemático y complejo que fue don Gaspar Melchor de Jovellanos. En sus obras podemos encontrar un espíritu neoclásico, con toques de prerromanticismo, como en tantos de sus contemporáneos. En su etapa más JOVELLANOS ENTRE DOS EDADES HISTÓRICAS 307 308 plácida fue un proyectista y un brillante polígrafo. Escribió obras literarias, trabajos de historia, de geografía, de arte, de economía política, de agricultura, de costumbres populares, de pedagogía, de moral, de mineralogía y hasta de meteorología, si atendemos a sus partes sobre los cambios del tiempo, patentes incluso en sus “Diarios”. Esa condición poligráfica encaja cumplidamente en la figura del ilustrado dieciochesco. Jovellanos escribió de todo, y se interesó por todo con enorme curiosidad. No cesó de escribir, como que su correspondencia, en grandísima parte perdida, es innumerable. M. Álvarez Valdés, en un trabajo reciente, basado en los gastos de correo, calcula que don Gaspar Melchor escribió en 1794, hasta 175 cartas a la semana, que corresponden a 25 en un día: ¿es esto tan siquiera posible? Lo cierto es que Jovellanos pasó su vida escribiendo: planes, informes, memorias, proyectos de leyes, teorías. Y empleó un sistema que tal vez nos sorprenda: él mismo nos cuenta en 1796 que “estoy revolviendo en mi ánimo una obrita, para la cual tengo hechos apuntamientos y observaciones en pequeños trozos de papel”. A lo que parece Jovellanos empleaba fichas tal como hoy podemos entenderlas, por más que se repita que las fichas de trabajo aparecieron en la Universidad de Berlín hacia 1860. Jovellanos fue un ilustrado. Teófilo Rodríguez Neira lo presenta como “el ilustrado por excelencia”; “pertenece al momen- to culminante del pensamiento ilustrado, y su obra le convierte en el más característico miembro de la Ilustración en España”. Gonzalo Anes conviene en que “fue Jovellanos el pensador más coherente de nuestra Ilustración”. De esta coherencia y de su pensamiento lleno de limpieza hablan lo mismo intelectuales de izquierda e intelectuales de derecha, desde Manuel Azaña hasta Gonzalo Fernández de la Mora. Y Menéndez Pelayo se admira de “aquella alma heroica y hermosísima, quizá la más hermosa de la España moderna”. O Rafael Benítez estima “la honradez perfecta de sus juicios”, basados en “una concepción razonable, lógica y equilibrada de su pensamiento”. Todo eso es cierto. Pero, al mismo tiempo es preciso tener en cuenta que vivió y sufrió las consecuencias de una nueva época histórica, una época con sus problemas, con sus planteamientos, con sus nuevas ideologías, su sensibilidad, y, en definitiva, su profunda y dra- JoSé luiS comellaS GaRcía-lleRa308 309 mática incidencia en un nuevo sentir que ya en su tiempo estaba alboreando. “Jovellanos, aquel gran español entre dos fuegos”, le definió una vez Fernández de la Mora. Porque fue así, terminó como terminó su vida, y sin tener en cuenta este vivir entre dos fuegos difícilmente terminaríamos de comprender al personaje ¿Hasta qué punto las aparentes contradicciones de Jovellanos no son más que consecuencia del cambio de los tiempos? No es fácil determinarlo con certeza, y esta incertidumbre nos obliga a proceder con cautela a la hora de precisar las actitudes de un hombre honesto y sincero que hubo de vivir -y de padecer tambiénlas inclemencias de cada coyuntura. La tarea es tanto más difícil por cuanto Jovellanos, fue casi toda su vida, al mismo tiempo que un hombre sincero, un hombre discreto. En este sentido quizá nos sorprende hasta cierto punto un libro reciente de Manuel Álvarez Valdés que pretende que “las zonas oscuras en la vida y el pensamiento de Jovellanos no son casuales, sino intencionadas... Nos encontramos ante una personalidad compleja...”, “el estudio de su psicología nos lleva a la conclusión de que ello fue así porque él mismo lo quiso, por ser un hombre reservado, misterioso , críptico...”. Hasta en sus Diarios o en su correspondencia. Pienso, con todo, que sería en alto grado conveniente distinguir entre su reserva o su discreción, y sus contradicciones flagrantes (cuando las hay). Tal vez, y quiero apuntarlo con la máxima prudencia, se haya abusado un tanto del tópico de las contradicciones de Jovellanos. Sánchez Agesta, en su sabroso ensayo sobre el pensamiento del absolutismo ilustrado, comenta a este efecto que “el Jovellanos profundamente religioso y picado de jansenismo, señor y detractor de señores, propietario pleitista y desamortizador, español rancio y resabiado de enciclopedismo, universal y provincial, es una de esas figuras complejas, que bajo una aparente severidad externa están preñadas de una angustiosa vacilación interna entre ideas y vocaciones opuestas”. Y es que, efectivamente, de Jovellanos parecen entresacarse juicios puntuales que resultan o parecen resultar incompatibles si los juzgamos separados de su contexto, o si no nos quedamos con el conjunto. Nuestro hombre evolucionó, o tal vez sea más exacto decir que reaccionó ante todo exceso o ante toda declaración terminante un uno u otro sentido. Su eclecticismo tendía, JOVELLANOS ENTRE DOS EDADES HISTÓRICAS 309 310 pienso, a contradecir más las exageraciones que a contradecirse a sí mismo. De aquí también que se le hayan atribuido las más diversas opiniones ideológicas. Frente a quienes lo presentan como un conservador, Miguel Artola lo considera plenamente liberal, un liberal antes de tiempo, y José Miguel Caso, en el prólogo a un libro mucho más reciente, nos sorprende, o por lo menos, lo confieso, me sorprende, con una afirmación como esta: “Que las ideas políticas de Jovellanos eran plenamente democráticas en el sentido actual del término, es cosa de que no puede dudarse”. Si ya resulta dudable que Jovellanos fuese plenamente liberal en el sentido que adoptó el liberalismo histórico, mucho más difícil de creer es que fuese “plenamente demócrata” en el sentido actual del término, es decir, en el que sentimos qué es o debe ser la democracia a comienzos del siglo XXI. Jovellanos es tan rico, que de él pueden extraerse incontables y variadas afirmaciones que solo se nos aparecen contrapuestas si las consideramos aisladas y no en su contexto y, más aún en su conjunto. Hubo un momento, allá por los años 50 y 60 del siglo XX, en que se habló de una “ilustración cristiana” en España, capaz de buscar un equilibrio entre lo tradicional y lo nuevo. Historiadores como Rodríguez Casado, Patricio Peñalver, Carlos Corona, Vicente Palacio, destacaron el intento de muchos ilustrados españoles por aunar en una síntesis lo más armónica posible tradición e ilustración. Personajes tales como Campomanes, Jovellanos, Floridablanca, Forner, Piquer, habrían sido paladines de esta síntesis. Modernidad tradicional en el pensamiento de Jovellanos, fue el título que Peñalver publicó en Sevilla, en 1953. Hoy aquella escuela nos queda un poco lejos, sin que muchos de sus postulados hayan dejado de ser estimables, y sin que trabajos modernos, como el de José Luis Fernández, dejen de coincidir con ella en buena parte. Jovellanos nos ha dado sobradas muestras de ser ante todo un ecléctico. No gusta de los extremos, salvo en momentos de acalorada polémica, de que pronto se arrepiente. Busca un pacto entre tradición e innovación, y es capaz de abrirse simultáneamente a las concepciones de dos Weltanschauungen opuestas, de dos maneras de concebir el hombre, el mundo y la vida que JoSé luiS comellaS GaRcía-lleRa310 311 pugnaban en su tiempo. José Luis Fernández deja bastante en claro que Jovellanos “está en contra del despotismo, pero supone una especie de eslabón intermedio entre éste y el constitucionalismo”. En suma, podríamos añadir ahora, supone un puente entre dos edades, al mismo tiempo que propone una solución más cercana a la componenda que al enfrentamiento declarado. Es católico, pero anticlerical: una postura que encontraremos, si nos ponemos a escarbar, también en el siglo XIX, el XX o hasta en el XXI. Da muestras de su fe y en ocasiones de un casi místico pietismo; pero se opone a la rigidez de algunos eclesiásticos de su tiempo, y lo que sobre todo le pone malo es el predominio de los aspectos puramente formales y superficiales sobre aquellos que deben regir la moral, la rectitud de vida, el comportamiento ante la propia conciencia y ante los demás. Un trabajo de Nidia A. Díaz puede ser útil para comprender este planteamiento. Jovellanos es monárquico, y considera en los reyes no ya un derecho que viene de siglos, sino una necesidad para el bien público; pero admite la conveniencia de reformas políticas y de una representación de la sociedad capaz de moderar el ejercicio del poder real y anticiparse a sus abusos. Es partidario de la igualdad de derechos, pero admite la existencia de la nobleza, no como una clase privilegiada dedicada al disfrute de su condición, sino como una elite destinada por obligación y deber a cumplir funciones de especial responsabilidad al servicio de la cosa pública. La expresión “modernidad tradicional” que utiliza Peñalver puede encerrar, qué duda cabe, una contradictio in adjecto, pero puede ser concebida también como un intento de conciliación propio de un hombre que huye por sistema de los extremos. Es cierto: a veces también encontramos en las palabras de Jovellanos, en la intimidad, o hasta publicadas, dicterios inapropiados que parecen convertirle en un extremista. Son expansiones propias de un hombre sensible que reacciona de forma inesperada, hasta escandalizante, contra agresiones que le hieren en lo más íntimo. A este respecto no se si conviene recordar ahora un libro un poco inquietante de Jesús Martínez Fernández titulado: Jovellanos. Patobiografía, publicado por el nada sospechoso Instituto de Estudios Asturianos, en que, después de analizar detenidamente las enfermedades y las inclinaciones de JOVELLANOS ENTRE DOS EDADES HISTÓRICAS 311 312 sus ascendientes, trata de explicar las extrañas reacciones de don Gaspar Melchor ante determinados estímulos inesperados. Ahí están las crisis de 1791, 1797, 1801, 1808 y la final, poco antes de su muerte, en 1811. La más espectacular, ya lo he dicho, fue la que experimentó cuando fue invitado por el bígamo Godoy. Casi idéntica impresión le causó la detención de Cabarrús, y nada digamos de los sucesos que abocaron a la crisis del Antiguo Régimen. No pretendo en absoluto seguir estas teorías que tal vez se encuentren necesitadas de una matización; pero nada perdemos aventurando la posibilidad de que Jovellanos sea un hombre más sensible de lo que a primera vista pudiera parecernos. Su temperamento reservado pudo esconder muchos de sus sentimientos hasta que ya no podía más, hasta estallar en exabruptos que nunca le hubiéramos atribuido. Jovellanos, al fin y al cabo a caballo entre dos épocas, como Rousseau, Wodsworth, Goethe, Beethoven y tantos otros, mezcla elementos neoclásicos con otros prerrománticos que nos sorprenden. ¿Acaso no hay en su breve estudio sobre el castillo de Bellver rasgos que evocan con ensoñación caballeros legendarios que en un tiempo misterioso lo habitaron? Con todo, no comprenderíamos las actitudes de Jovellanos si no tuviéramos en cuenta los dos grandes momentos históricos de su vida, el plácido e ilustrado reinado de Carlos III y la época de la Revolución francesa y de sus consecuencias inmediatas en España y en la conciencia española. Por los años setenta y ochenta es nuestro personaje un ilustrado más, o si queremos el más inteligente y capacitado de nuestros ilustrados. Ignacio Elizondo precisa que “Jovellanos, como ilustrado, vivió a entera satisfacción bajo bajo un monarca ilustrado y con gobernantes ilustrados. Y sus elogios a un rey absoluto como Carlos III fueron sinceros”. Habría que precisar, añado, en qué sentido Carlos III, un monarca benévolo que se dejó guiar por sus consejeros y jamás adoptó medidas arbitrarias o caprichosas, puede ser calificado sin matices como rey absoluto. Probablemente Jovellanos -y no tengo inconveniente en suscribir la tesis que en otra conferencia muy reciente ha expuesto el profesor C. Martínez Shawera más progresista que el rey: pero la dirección en que uno y otro apuntaban era la misma. JoSé luiS comellaS GaRcía-lleRa312 313 Jovellanos fue reformista en todos los aspectos que cabe suponer; pero dedicó sus preferencias a una doble y complementaria vertiente: la economía y la cultura. Esa dualidad vectorial muestra un curioso, llamativo parentesco con la escuela afrancesada (no con el afrancesamiento propiamente dicho), o con el programa regeneracionista de principios del siglo XX. ¿Quién no piensa en el doble lema de Joaquín Costa: Despensa y Escuela?. Jovellanos, como buen ilustrado, conoce a Quesnay, a Adam Smith, a J. B. Say, y se adelanta en algunas ideas a David Ricardo. Parte de la premisa quesneyana de que “nadie está más interesado que uno mismo en su propia prosperidad”: de suerte que la ley agraria que propone consiste ante todo en la supresión de las leyes agrarias existentes. Jovellanos escribió muchos ensayos sobre el desarrollo agrícola, pero sobre todo volcó su interés en el famoso y tal vez el único leído por muchos Informe sobre la ley agraria que le había encargado la Sociedad Matritense. Aquel informe fue redactado hacia 1784, aunque no sería publicado hasta 1795. Jovellanos no lo critica todo pero reconoce que aún quedan muchas rémoras que superar. Hay baldíos que podrían rendir si se cultivasen, hay falta de interés por parte de los grandes propietarios, hay tierras que requieren caminos para que los hombres y las bestias puedan acceder más fácilmente a ellas. Están las tierras comunales, que no se aprovechan como es debido, y la Mesta, otro de los demonios de aquellos tiempos. La crítica de las vinculaciones y la consiguiente amortización de la propiedad le preocupan más que ninguna otra cosa, pero bien sabido es que su resolución sobre este punto es parcial. ¿Dudas o temor ante los poderosos? Tal es el aspecto del texto que todavía hoy se sigue discutiendo, y en modo alguno pretendo inmiscuirme en la discusión. Pero Jovellanos sí insta a un más equitativo reparto de las tierras capaz de favorecer la suma total de la riqueza. Se advierte pronto su afán de que las heredades no sean demasiado grandes, porque entonces su propietario no tendría interés en cultivarlas todas, ni demasiado pequeñas, porque en ese caso el campesino no dispondría de medios para mejorar su cultivo en el grado conveniente. En este ideal por evitar las demasías para lograr un tipo de parcelas de tamaño medio, ¿no puede adivinarse, JOVELLANOS ENTRE DOS EDADES HISTÓRICAS 313 320 nela, sin duda.... en el conjunto de leyes fundamentales que rigen los derechos del soberano y sus súbditos. España tiene estas leyes y las conoce. ¿Hay algunas que el despotismo haya atacado o destruido? Restablézcanse. ¿Falta alguna medida saludable para asegurar la observancia de todas? Establézcase”. Recobrar los antiguos y legítimos derechos, y realizar nuevas reformas de acuerdo con las circunstancias. Pero España tiene ya una constitución, y lo que procede es reformarla y perfeccionarla Quizá para comprender el constitucionalismo histórico de Jovellanos sea conveniente estudiar, por ejemplo el trabajo de un jurista catedrático de la Universidad de Oviedo, Joaquín Varela Suanzes, publicado no hace mucho en la Revista de Estudios Políticos, o el más reciente de Santos Coronas. Pero quizá más simple y menos trabajosa sea la visión de Fernando García de Cortázar, para quien Jovellanos distingue entre una constitución nacional histórica, que se aviene a la personalidad forjada por los siglos en el carácter de una nación, y una constitución en ejercicio, que es un conjunto de leyes que se aviene a las circunstancias de cada presente para adaptarla y prefeccionarla. En suma, no se trata de un traje que alguien se pone para sustituir a otro, sino de un organismo vivo que se desarrolla y se adapta al curso de los tiempos. Este afán de no partir nunca de cero puede adivinarse en la confesión de Jovellanos a lord Holland en una carta fechada el 22 de mayo de 1809, poco después de iniciado el debate sobre las Cortes: “Nadie más inclinado a restaurar y mejorar, nadie más tímido en alterar e innovar. Acaso sea esto un achaque de mi vejez”. Confesión sincera, pero al mismo tiempo más acepta al modelo británico, como en su tiempo advirtió ya Juretschke. Y otra perla que puede ser añadida, sin salir de la misma correspondencia: “desconfío mucho de las teorías políticas abstractas. Creo que cada nación tiene su carácter...”, y a él deben amoldarse sus leyes. Ahora parece que estamos leyendo a Edmund Burke. No por su semitradicionalismo, es Jovellanos un retrógrado. Cuando se habla de unas Cortes que asuman la soberanía de la nación, nuestro pensador se escandaliza, porque la soberanía corresponde estrictamente al monarca; pero establece un concepto nuevo, la supremacía, en virtud de la cual las Cortes, en caso de incompatibilidad, prevalecen sobre el rey. El punto que JoSé luiS comellaS GaRcía-lleRa320 321 consagró la desavenencia de Jovellanos con los más progresistas fue la cuestión del bicameralismo. Una reunión asamblearia, sin distinción entre los miembros, podría degenerar en escenas propias de la Revolución francesa y romper el equilibrio de la representación. Una vez más su modelo es el británico. Ni tres ni un único estamento: dos, como la Cámara de los Comunes y la Cámara de los Lores. Bien entendido que esto no va contra la “supremacía” de los representantes del pueblo sobre la voluntad del rey; como que “si la nobleza y el clero tienen su parte, el pueblo no le va a la zaga”. Parece que fue este diferendo el que acarreó su desgracia. No entro aquí en las disputas en el seno de la Junta, ni la disparidad entre Junta Grande y Junta Chica. Solo quiero recordar que el decreto redactado conforme a la tesis de Jovellanos no llegó ni a publicarse, y que la Junta se disolvió por las malas el 31 de enero. Jovellanos, más deshecho que nunca, según algunos perseguido o al menos denunciado, huyó materialmente de Cádiz el 26 de febrero de 1810. Qué extraña casualidad: con diferencia de tres días, embarcaba para no volver otro ilustrado de talante diametralmente distinto, pero que tampoco podía soportar aquel ambiente: José María Blanco. Una casualidad o no casualidad que tal vez convendría que alguien estudiara con más detenimiento. El resto de la historia es bien triste y bien conocido: la navegación del bergantín Covadonga fue accidentada, y una terrible tempestad obligó a nuestro ilustre enfermo a refugiarse en el puerto de Muros. Al fin encontró acogida en el pazo de Santa Cruz de Rivadulla, y en aquel pequeño paraíso de jardines, que doña Emilia Pardo Bazán escogió como escenario para la mejor de sus novelas, y que ahora es el más famoso vivero de camelias del mundo, escribió Jovellanos su memoria en defensa de la Junta Central, el ejemplo de su prosa lleno de mayor cantidad de frases entre admiraciones. También frases como aquellas eran pronunciadas en las Cortes de Cádiz. Al fin y al cabo, una nueva edad había amanecido en la historia. Todo siguió siendo para aquel hombre triste y otoñal. Vuelto al fin a Gijón, hubo de huir de la ciudad ante el avance de los franceses. En un pequeño rincón de la costa moriría casi solo el 27 de noviembre de 1811 don Gaspar Melchor de Jovellanos. JOVELLANOS ENTRE DOS EDADES HISTÓRICAS 321