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Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Segundo cuatrimestre de 2024. Pp. 361-383. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.16 Una historia de dos izquierdas. El MIR y el MAS entre el origen y el colapso de la «democracia pactada» boliviana (1985-2006) A Tale of Two Lefts: The MIR and the MAS between the Origins and Collapse of the Bolivian Pact Democracy (1985-2006) César Félix Sánchez Martínez1 Universidad Nacional de San Agustín de Arequipa (Perú) ORCID: https://orcid.org/0000-0002-0549-5685 Recibido: 13-02-2024 Aceptado: 24-04-2024 Resumen En este artículo se estudia la aparición, auge y colapso de la inédita experiencia de democracia liberal partitocrática en Bolivia (1985-2006), a través de la trayectoria de dos movimientos autoidentificados como izquierdistas, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (1971), de Jaime Paz Zamora, última y más grande manifestación de la «izquierda patricia» boliviana, y el Movimiento al Socialismo (1997), de Evo Morales, vehículo político de la renacida oposición sindical rural al sistema vigente. También se exploran las causas de su colapso; a saber: el crecimiento de las expectativas y el malestar de los sectores urbanos; la reactivación de la tradición sindical militante, en una versión más dinámica y mejor organizada, y, en el plano de la cultura política, la difusión y generalización del katarismo y sus variaciones indianistas. Palabras-clave: Bolivia, Movimiento al Socialismo, Movimiento de Izquierda Revolucionaria, Jaime Paz Zamora, Evo Morales. Abstract In this article, the emergence, rise, and collapse of the unprecedented experience of liberal partocratic democracy in Bolivia (1985-2006) are 1 ([email protected]). Doctor en Humanidades, Bachiller y Magíster en Filosofía y Licenciado en Literatura y lingüística. Enseña diversas materias humanísticas en Arequipa (Perú). Ha investigado sobre escolástica virreinal, filosofía y estudios latinoamericanos. Un resumen de sus publicaciones puede verse aquí: https://scholar.google.com/citations?user=so8QBcQAAAAJ&hl=es
362 César Félix Sánchez Martínez Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Segundo cuatrimestre de 2024. Pp. 361-383. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.16 studied through the trajectory of two self-identified leftist movements, the Revolutionary Left Movement (1971), led by Jaime Paz Zamora, the last and largest manifestation of Bolivian "patrician leftism," and the Movement for Socialism (1997), led by Evo Morales, the political vehicle of the revived rural union opposition to the political establishment. The causes of its collapse are also explored, namely: the growth of expectations and discontent among urban sectors; the reactivation of militant union tradition, in a more dynamic and better organized version, and, in terms of political culture, the diffusion and generalization of Katarism and its Indianist variations. Keywords: Bolivia, Movement for Socialism, Revolutionary Left Movement, Jaime Paz Zamora, Evo Morales. 1. Introducción: «Italia no es Bolivia» y el permanente «embrollo boliviano» En octubre de 1994, Mario Vargas Llosa publicó en el diario español El País un artículo que llevaba el título sugerente de «Italia no es Bolivia». Se refería a las declaraciones del portavoz del gobierno italiano, Giuliano Ferrara, que, ante una alegación periodística sobre posibles violaciones a la constitución del entonces primer ministro Sergio Berlusconi, afirmó: «¿En qué país cree usted que vivimos? ¿En Bolivia?» (Vargas Llosa 2001:52). Aquí Ferrara apelaba a los lugares comunes respecto de la política sudamericana como espacio arquetípico de desorden, en la estela de visiones europeas del siglo XIX como la de Edgar Quinet, para quien las repúblicas sudamericanas habían nacido con las «arrugas de Bizancio». Vargas Llosa, por su parte, realizó en ese artículo una de las mayores apologías a la Bolivia posterior a las reformas económicas del tercer gobierno de Víctor Paz Estenssoro (1985-1989): Hasta hace tres lustros, Bolivia era, en efecto, hablando en términos políticos, la pura barbarie (…). Lo notable, aún más todavía que el radicalismo de estas reformas, es que ellas se hicieran en democracia, respetando la libertad de prensa y los derechos de una oposición política y sindical, y que, en gran parte, gracias al prestigio y el poder de persuasión de Paz Estenssoro, el pueblo boliviano las respaldara y que surgiera en torno de este modelo un consenso que le ha dado una estabilidad que dura ya casi diez años (2001: 55-56). El pronóstico del escritor peruano para la nación andina no podía ser más halagüeño: «[l]uego de siglos de inmovilismo en la behetría política y de
363 Una historia de dos izquierdas. El MIR y el MAS entre el origen y el colapso de la «democracia pactada» boliviana (1985-2006) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Segundo cuatrimestre de 2024. Pp. 361-383. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.16 sistemático empobrecimiento, Bolivia es en nuestros días un país sin inflación, de presupuesto equilibrado, una democracia genuina, de instituciones más o menos sólidas, que parece bien encaminado para dar la batalla contra el subdesarrollo» (2001: 57). El artículo concluía con una comparación entre las clases políticas italiana y boliviana, favorable largamente a esta última y una ironía final: «el distraído dottore Giuliano Ferrara tenía toda la razón: Italia no es Bolivia, por fortuna para los bolivianos» (2001: 57). Pero también había vaticinios menos entusiastas. El sociólogo francés Jean-Pierre Lavaud finalizaba su clásico El embrollo boliviano. Turbulencias sociales y desplazamientos políticos (1952-1982) con una recapitulación de sus tesis principales –a saber, la existencia de ejes conflictivos crónicos nacidos de una «sociedad pretoriana de masas», en términos de Huntington, donde todos los sectores ejercen mecanismos de violencia en distintos grados– , y describiendo el «tercer tiempo» del triunfo de lo que denomina la «neooligarquía» a partir de la década de 1980, encarnado en el «gobierno más notable durante este período de apertura democrática: el de Paz Estenssoro» (1998: 384). El rasgo sociológico más significativo de este triunfo sería una transformación en la índole de los «hombres políticos relevantes», que ya no son políticos tradicionales, sino «representantes directos de los intereses privados, propietarios o accionistas de importantes negocios o asociaciones patronales» (1998: 384). El «tercer tiempo» comienza con el triunfo electoral indiscutible de las derechas en 1985. La revisión de Lavaud llega hasta diciembre de 1989 con el éxito del populismo andinista relativamente apolítico de CONDEPA de Carlos Palenque en las elecciones municipales, y con la reactivación de la agitación sindical, particularmente la larga huelga magisterial de aquel año. Y aunque para 1989 y gran parte de la década siguiente, el nuevo consenso democrático y de relativo laissez faire económico parecían relativamente sólidos, Lavaud se atreve a señalar una aporía fundamental: la consolidación de la nueva política económica «se hace cada vez más problemática. En efecto, a largo plazo, la orientación neoliberal necesita un gobierno unido y fuerte» ante la oposición callejera. Y «si, a pesar de todo, el gobierno mantiene ese rumbo, se verá sin duda obligado a multiplicar las medidas de excepción, poniendo en peligro el régimen constitucional» y si intenta incorporar a la oposición sindical al gobierno, tendría que abandonar la nueva política económica, lo que provocaría que «tanto el futuro económico como el político» se tornasen inciertos (1998: 389). Asimismo, la aparición de líderes populistas despertaba cierta alarma en Lavaud:
364 César Félix Sánchez Martínez Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Segundo cuatrimestre de 2024. Pp. 361-383. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.16 Finalmente, en lo que al porvenir democrático del país concierne, la reaparición de hombres providenciales con clientela no es un buen augurio. Pues, a pesar del sorpresivo y espectacular retorno a las formas constitucionales de gobierno, el débil tejido industrial del país está prácticamente destrozado, la cocaína gangrena el país, la red educativa se encuentra perturbada; en suma, el terreno social boliviano parece poco propicio para el florecimiento de las virtudes democráticas caras a Montesquieu y Tocqueville (1998: 389). La siguiente década le daría la razón a Lavaud y revelaría que los pronósticos de Vargas Llosa no correspondían más que a un wishful thinking «neoliberal»: Bolivia estaba lejos de haber alcanzado el «fin de la historia». Lo que no pudo imaginar Lavaud –que quizás pensaba en las experiencias de Alberto Fujimori en el Perú o del efímero Abdalá Bucaram en Ecuador como posibles modelos para derivas autoritarias por obra de caudillos populistas como el animador televisivo Carlos Palenque de CONDEPA o el magnate Max Fernández Rojas de la Unión Cívica de Solidaridad– era que el «hombre providencial» que marcaría la transformación de la débil democracia liberal boliviana en un régimen híbrido vendría de la reconstituida oposición sindical rural y llevaría a la izquierda al gobierno en Bolivia por casi trece años. 2. Auge y ocaso de la izquierda patricia en los tiempos de la «democracia pactada» (1985-2000) Definir en qué consistía ser de izquierda durante el turbulento siglo XX boliviano resulta un ejercicio bastante complejo. En primer lugar, cualquier reflexión sobre la política boliviana durante todo el periodo republicano hasta el 2006 tiene que pensar en su carácter patricio. Aline Helg señala que, en 1826, la flamante república bolivariana, basada en la soberanía popular, contaba solo con un 3 % de ciudadanos (2012: 34). Es en el espacio de la antigua respublica hispaniorum, del orden jurídico que englobaba a los españoles y las castas, ya sin el contrapeso de la Corona, donde se originaron las nuevas instituciones y prácticas republicanas. Desde la perspectiva del sujeto criollo, se abría la posibilidad de crear poder político a través de un aparato estatal burocrático y de la práctica del llamado «colonialismo interno» sobre un ámbito rural que era visto como vacío y lleno de riquezas no explotadas. El «español americano», el inmigrante europeo, el mestizo e incluso el indígena desindianizado de las ciudades pasaban a adquirir la capacidad de ejercer un poder desproporcionado a su insignificancia demográfica respecto de un ámbito rural aislado e impotente, sea a través de la praxis parlamentaria, casi siempre accidentada, del acceso a los ámbitos periodísticos, universitarios, judiciales y militares que
365 Una historia de dos izquierdas. El MIR y el MAS entre el origen y el colapso de la «democracia pactada» boliviana (1985-2006) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Segundo cuatrimestre de 2024. Pp. 361-383. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.16 conformaban la incipiente burocracia estatal o de la conspiración cuartelaria y la poblada callejera que, en la segunda mitad del siglo XX, podía llegar a adoptar retóricas o máscaras ideológicas izquierdistas. En este punto conviene recordar una característica que Helg considera como fundamental en el proyecto político del político criollo arquetípico, Simón Bolívar, luego de la guerra de independencia: la idea de la república como baluarte contra la tiranía de la mayoría (2012). Algo semejante podría decirse de los proyectos revolucionarios de la izquierda boliviana durante buena parte del siglo XX, pero en este caso la revolución sería el baluarte contra la tiranía de las masas. Una vez asumido el dogma de gran parte de la intelligentsia occidental del siglo XX –la inevitabilidad del socialismo–, el único camino era, igual que durante las guerras de independencia en el siglo anterior, asumir la conducción de ese proceso en cuanto clase ilustrada. Ese sería el secreto de algunos de los mecanismos psíquicos, muchos de ellos no totalmente conscientes, que condicionarían la acción de lo que podríamos llamar la «izquierda patricia» en Bolivia, comprometida teóricamente con la revolución, pero, a la larga, orientada hacia la conservación del orden de cosas familiar y tradicional de la vieja ciudad criolla2. En segundo lugar, debe tomarse en cuenta la flexibilidad con la que los actores políticos se denominaban a sí mismos como izquierdistas y/o socialistas, adhiriéndose a un orden conceptual occidental contemporáneo, en donde las causas estatistas, proletario-campesinas y utopistas en distinto grado asumían esa etiqueta. Como no podía ser extraño en Bolivia, el uso de etiquetas y adscripciones radicales fue bastante profuso desde muy temprano. Sin embargo, aquí entra la primera complejidad local: socialista fue el nombre de la facción del Partido Republicano del presidente Bautista Saavedra (1920-1925), gobierno caracterizado por contar con el apoyo de la plebe urbana y por una tímida legislación social, en algo semejante a experiencias contemporáneas de países vecinos como el leguiísmo peruano y el alessandrismo chileno. Socialista también fue el socialismo militar de David Toro y Germán Busch en la década de 1930, surgido de la traumática experiencia de la Guerra del Chaco, y que pondrían en acto uno de los loci communes de la política boliviana: la nacionalización de los recursos naturales al expropiar a la Standard Oil. No hay que olvidar a la Falange Socialista Boliviana, fundada por Óscar Unzaga de la Vega en 1938 como un partido nacionalista y que se transformaría en un movimiento heteróclito y aluvional de oposición mesocrática y terrateniente al gobierno del MNR a partir de 1952. Gualberto Villarroel, el vituperado presidente «nazi-fascista» entre 1943 y 1946, no vaciló 2 Sobre el concepto de «izquierda patricia», cfr. mi estudio inédito «De la “democracia genuina” al “corporativismo plebeyo”: una visión heterodoxa de la Bolivia contemporánea a través de dos izquierdas gobernantes (1989-2023)».
366 César Félix Sánchez Martínez Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Segundo cuatrimestre de 2024. Pp. 361-383. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.16 en confesarse también socialista (Chabes 1946: 97). Finalmente, el vehículo crepuscular de la oligarquía boliviana, que ganaría de la mano de Enrique Hertzog3 las reñidas elecciones de 1947, era el Partido de la Unión Republicana Socialista. Queda claro entonces que el término «socialismo» pasó a representar en el léxico político boliviano un concepto amplio donde la preocupación por lo «social» se hermanaba con el nacionalismo retórico. Como no podía ser de otra manera, en la tipificación y clasificación de la izquierda boliviana habría que incluir no solo a los autoproclamados socialistas, sino también a los actores explícitamente marxistas-leninistas. En este punto destaca el carácter tardío y relativamente independiente de Moscú del marxismo-leninismo boliviano, atribuible antes que nada a la relativa indiferencia del Komintern (Schelchkov 2016). Asimismo, a diferencia de los avatares de la izquierda marxista en países vecinos como Chile y Perú, las luchas por la ortodoxia y la proliferación de partidos de todos los tintes y obediencias marxista no se daría de una manera tan exuberante. Más allá de los pequeños cenáculos intelectuales, el primer partido más o menos orgánico en asumir el marxismo-leninismo en Bolivia sería el Partido Obrero Revolucionario (1935), de línea trotskista, de Sergio Aguirre Gainsborg y Tristán Marof. Pero el grupo que acabaría por alcanzar más influencia en aquellos años sería el Partido de Izquierda Revolucionaria (1940), fundado por José Antonio Arze en base a comités provinciales previos. Este partido, básicamente universitario y urbano, se convertiría en la imagen quintaesencial de la izquierda patricia pro-oligárquica de aquel periodo. El PIR reivindicaba explícitamente la ideología marxista-leninista y defendía denodadamente a la URSS de Stalin. Combatía al reformismo nacionalista del MNR, al que, siguiendo la consigna del Departamento de Estado de Roosevelt y Truman, motejaba de «nazi-fascista», y estuvo detrás de las grandes asonadas contra el gobierno de Gualberto Villarroel (1946). Arze llegó a pedir una intervención militar estadounidense en Bolivia para derrocar a este régimen (Baptista 1998: 147). Su principal interés político parecía ser explícitamente la consolidación del capitalismo en Bolivia y el fortalecimiento de la burguesía (Chabes 1946: 156). No podía ser sorprendente, entonces, que su apoyo tanto entre los sectores populares como estudiantiles fuera desapareciendo ante alternativas más dinámicas y combativas4. De sus restos emergería el tardío Partido Comunista Boliviano en la década de 1950. Recién después de la revolución cubana de 3 Gustavo Adolfo Navarro, alias Tristán Marof, escritor y antiguo revolucionario marxistoide de la década de 1920 así como fundador del POR y del PSOB, sería secretario personal de Enrique Hertzog durante su accidentada gestión presidencial (Baptista 1998: 166). 4 No resulta tan sorprendente entonces que los restos del PIR terminasen absorbidos dentro de la ADN derechista del general Hugo Bánzer: «Es así que se constituye la Acción Democrática Nacionalista (ADN) del general Bánzer, partido de derecha que surge a fines de los años 70 y principios de los 80, oficialmente creado en 1979, y que agrupa a grupos provenientes de prácticamente todo el espectro político –del PIR, MNR, FSB, principalmente» (Lavaud 1998: 162).
367 Una historia de dos izquierdas. El MIR y el MAS entre el origen y el colapso de la «democracia pactada» boliviana (1985-2006) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Segundo cuatrimestre de 2024. Pp. 361-383. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.16 1959 y de fenómenos como el Concilio Vaticano II (1962-1965), la izquierda marxista-leninista boliviana iría sofisticándose ideológicamente y engrosando sus cuadros, aunque nunca al nivel de otras experiencias latinoamericanas. Curiosamente, mientras el PIR de Arze y el PSOB de Tristán Marof (escisión más personal que ideológica del POR) ocupaban puestos parlamentarios durante la década de 1940 y, hasta cierto punto, colaboraban con la oligarquía, el POR trotskista organizaba sindicatos mineros y rurales y se prestaba a una colaboración relativa con el MNR. Un tercer criterio para discernir la condición izquierdista de los actores políticos en Bolivia sería la oposición a la llamada «rosca oligárquica», es decir, a la alianza entre los llamados «barones del estaño» Patiño, Aramayo y Hochschild, los terratenientes y la alta burocracia militar. En este punto, la única fuerza política considerable antirrosquista, más allá de las efusiones retóricas, era el Movimiento Nacionalista Revolucionario (1942), de Víctor Paz Estenssoro, Hernán Siles Suazo, Augusto Céspedes, entre otros. Aunque nunca faltaron algunos marxistas en su seno, los líderes del MNR buscaban inspiración en otras experiencias totalitarias europeas, para sorpresa de intelectuales extranjeros como Eric Hobsbawm: Y, sin embargo, ¡cuán diferentes de sus modelos europeos fueron las actividades y los logros políticos de unos hombres que reconocían abiertamente su deuda intelectual para con Mussolini y Hitler! Todavía recuerdo la conmoción que sentí cuando el presidente de la Bolivia revolucionaria lo admitió sin la menor vacilación en una conversación privada. En Bolivia, unos soldados y políticos que se inspiraban en Alemania organizaron la revolución de 1952, que nacionalizó las minas de estaño y dio al campesinado indio una reforma agraria radical (Hobsbawm 1998: 140). Así, podía darse en Bolivia el caso paradójico de simpatizantes de Hitler que, según este tercer criterio, serían izquierdistas, antiimperialistas y revolucionarios, y marxistas-leninistas estalinianos que, por su parte, serían derechistas, contrarrevolucionarios y proestadounidenses. Paradojas solo aparentes de un lugar en donde todos los conceptos políticos revolucionarios de la modernidad filosófica europea se funden, se descomponen y se difuminan. Es menester, sin embargo, referirse al partido político, originalmente de izquierda que, durante las dos últimas décadas del siglo XX alcanzó dos veces el poder supremo, reflejando tanto el mayor auge como el canto del cisne de la izquierda patricia boliviana. Se trata del Movimiento de Izquierda Revolucionaria, fundado por exiliados en el Chile de Allende en 1971. El entramado político del MIR se nucleaba en torno a la juventud universitaria radicalizada de varios partidos tradicionales:
368 César Félix Sánchez Martínez Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Segundo cuatrimestre de 2024. Pp. 361-383. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.16 Poco tiempo después nació el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR). Ya en el periodo de Ovando, la escisión de la Democracia Cristiana de Benjamín Miguel dio por resultado la formación de un radicalizado Partido Demócrata Cristiano Revolucionario (PDCR), que, en reunión con el grupo “Espartaco”, que evolucionó desde la juventud universitaria del MNR y desde grupos de estudiantes marxistas independientes, resolvió la organización del MIR. Sus primeros dirigentes fueron Pablo Ramos, Jorge Ríos Dalenz, Antonio Araníbar, René Zabaleta, Jaime Paz Zamora, Óscar Eid, Adalberto Kuajara y otros (Baptista 1998: 295-296). Jaime Paz Zamora (n. 1939) provenía de una familia tradicional cochabambina. Seminarista durante largos años, la radicalización de los sectores católicos luego del aggiornamento de la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II lo llevó al marxismo. Su hermano, Néstor Paz Zamora, iría algo más lejos: junto con otros jóvenes disidentes del Partido Demócrata Cristiano, iniciaría el malogrado foco guerrillero de Teoponte, que sería desactivado rápidamente por el ejército en 1970. El MIR auroral, durante el septenato de Hugo Bánzer, «se caracterizó por la «clandestinidad y el exilio, para formar una alternativa a la “vieja” izquierda boliviana, caracterizándose por su repudio al caudillismo y su adhesión enfervorizada al socialismo, adoptando en sus pancartas el retrato del Che Guevara. Se trataba de conformar el Estado nacional junto al proletariado» (Baptista 1998: 313-314). Sin embargo, pronto destacó el liderazgo de Jaime Paz Zamora. En los últimos instantes del gobierno de Bánzer el MIR ya se había posicionado como el partido de los intelectuales y de la clase opinadora. Es así como para las elecciones de 1978,1979 y 1980, el MIR accede a aliarse con el Movimiento Nacionalista Revolucionario de Izquierda (MNR-I) de Hernán Siles Suazo y formar la Unidad Democrática y Popular (UDP). Esta alianza se nutrió de la iniciativa de Paz Zamora, quien, desde muy temprano, destacó por su capacidad de negociación, su dinamismo y su flexibilidad estratégica. Entre 1980 y 1982, el MIR padece acoso y persecución de parte de sectores de las fuerzas de seguridad, aun antes del golpe de estado de Luis García Meza. En plena campaña electoral, un sospechoso accidente aéreo trató de descabezar a la UDP. Paz Zamora fue el único sobreviviente, aunque sufrió lesiones considerables. Luego, ya durante el periodo de la efímera narcodictadura, sus militantes serían víctimas de una de las atrocidades más significativas del régimen: la masacre de la calle Harrington (15 de enero de 1981). Pero la desaparición temporal de la izquierda boliviana –que no consiguió la diarquía de García Meza y Arce Gómez– la acabaría provocando la propia UDP cuando pudo definitivamente llegar al poder en 1982, con Hernán Siles Suazo como presidente, y Jaime Paz Zamora como vicepresidente. Este periodo
369 Una historia de dos izquierdas. El MIR y el MAS entre el origen y el colapso de la «democracia pactada» boliviana (1985-2006) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Segundo cuatrimestre de 2024. Pp. 361-383. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.16 coincidió con la crisis de la deuda latinoamericana, y la descomunal emisión monetaria, así como el gasto público descontrolado ocasionaron el hundimiento de la economía boliviana y la fractura de la alianza. Asimismo, la Central Obrera Boliviana desató una de las mayores oposiciones sistemáticas sindicales a algún gobierno de las que se tiene noticia. Aunque la política económica estaba a cargo del MIR, pronto, la creciente impopularidad del gobierno y la sensación de caos que se apoderaba del país llevaron a los ministros miristas a romper con él, supuestamente en protesta por los intentos de Siles Suazo, tardíos e ineficaces, de moderarla hacia posiciones más ortodoxas. Si bien ambos líderes pertenecían al mismo universo cultural y social de la política patricia, Siles Suazo representaba el viejo arquetipo tribunicio, que ya se anunciaba como caduco, mientras que Paz Zamora, cuyo ethos era más juvenil y horizontal, se acercaba más al dinamismo tecnocrático que primaría universalmente en las décadas finales del siglo XX. Las elecciones de 1985 significaron el colapso electoral total de la izquierda boliviana. De tener casi el 50% del electorado en 1980 (combinando el 38. 74% de la UDP con el 8.71% del Partido Socialista 1 de Marcelo Quiroga y los porcentajes de otras fuerzas menores) pasó al 10% del MIR de Jaime Paz Zamora. Más sorprendente aun fue el triunfo en el voto popular del general Hugo Bánzer y su ADN, con un 32.83%. Incluso en bastiones de la izquierda como La Paz, Cochabamba y Oruro, el triunfo de la derecha era patente. Le seguía el MNR de Víctor Paz Estenssoro con 30.36% y recién, en el tercer lugar, venía la modesta decena mirista. Cabe señalar que para este momento el MIR había sufrido la escisión de su ala más radical, el MIR-Bolivia Libre, de Antonio Araníbar5. Fue en el contexto de la elección parlamentaria del presidente –dado que ningún candidato había superado el tercio–, en que Paz Zamora mencionó los «ríos de sangre» que lo separaban de Bánzer y endosó, sin mayor negociación, sus votos al MNR. Paz Estenssoro, elegido gracias al MIR, gobernó más bien con el apoyo de la ADN en su programa de estabilización económica, largamente exitoso. Así se iniciarían casi 20 años de consenso en torno a lo que pasó a denominarse «democracia pactada», un consenso institucional entre partidos más o menos formales y los poderes económicos, en torno a una suerte de incipiente tecnocracia defensora del libre mercado y la continuidad constitucional. Pero las paradojas no terminarían ahí. En las elecciones de 1989, el factótum de la nueva política económica del MNR, Gonzalo Sánchez de Lozada alcanzó el primer lugar en el voto popular con 25.65%, seguido de cerca por 5 Aunque entonces marxista ortodoxo, Araníbar acabaría, junto con su partido Bolivia Libre, como tantos en la izquierda patricia, aliado con la derecha, en este caso con el MNR de Gonzalo Sánchez de Lozada en las elecciones de 2002. Sería uno de los últimos cancilleres de la «democracia pactada».
376 César Félix Sánchez Martínez Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Segundo cuatrimestre de 2024. Pp. 361-383. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.16 enmarcan en un proceso hasta cierto punto cíclico en su historia: la incapacidad por parte de los políticos bolivianos de administrar no solo el aparato público sino los recursos naturales del país. En todos los casos tenemos a un país accidentado y relativamente despoblado, descapitalizado tanto humana como tecnológica y económicamente, signado, en muchas ocasiones, por la anarquía. En esa coyuntura, cuando algún caudillo o camarilla de políticos logra establecer una estabilidad mínima, se realizan toda suerte de esfuerzos por atraer inversiones que puedan explotar los recursos naturales. Esas inversiones acuden y el país empieza a crecer y a integrarse mediante el desarrollo de economías de escala, y la caja fiscal –y por tanto el aparato público y los políticos– empieza a capitalizarse. Apenas se produce este fenómeno, los políticos, en algún descanso en medio de la ardua labor de disputarse el poder de maneras legales o extralegales, descubren la necesidad imperiosa de «rescatar los recursos naturales». Lo hacen reafirmando orgullosamente la «soberanía nacional». Bastante pronto la anarquía retorna –o la catástrofe absoluta – y empieza de nuevo el ciclo. Así sucedió con Hilarión Daza en 1878 y el salitre, con el socialismo militar de Toro y Busch en la década de 1930 y la Standard Oil, con Ovando y la Gulf Oil en 1969-1970, etc. El estallido de estas «guerras» tuvo como pretexto el deseo de los gobiernos de Quiroga y luego de Sánchez de Lozada de explotar prontamente las reservas de gas natural de la mano de la empresa privada y la posibilidad de hacerlo por puertos chilenos, contra la opinión del MAS que buscaba su nacionalización y, contra la de ciertos sectores de la opinión pública que consideraban como casi una traición que el país vecino, con el que se mantenía importantes disputas de origen histórico, se beneficiase de alguna manera de los recursos naturales bolivianos. Sin embargo, todavía no existía una decisión firme por parte del gobierno para actuar en algún sentido. Pero la insurrección popular, inicialmente encabezada por organizaciones radicales indígenas muy minoritarias –sin el apoyo directo del MAS– pero bastante experimentadas en la práctica de los bloqueos de carreteras, logró provocar la usual respuesta represiva militar-policial del gobierno. Es en ese momento en que los sectores urbanos manifestaron su descontento y cansancio con la «democracia pactada», y el apoyo que podía tener el gobierno del MNR en cuanto garante del orden se diluyó rápidamente. Luego de la renuncia de Sánchez de Lozada (2003), asumió el gobierno su vicepresidente Carlos Mesa, quien, carente de base social alguna y ante una oposición social y callejera envalentonada, dio tumbos entre apoyar la vieja institucionalidad y ceder a las demandas de un MAS que, de manera ya desembozada, buscaba su derrocamiento y la toma del poder a través de la práctica paralización del país y de su vida económica. La «segunda guerra del gas» terminó con la renuncia de Mesa (2005) y una apresurada convocatoria
377 Una historia de dos izquierdas. El MIR y el MAS entre el origen y el colapso de la «democracia pactada» boliviana (1985-2006) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Segundo cuatrimestre de 2024. Pp. 361-383. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.16 a elecciones en las que el MAS acabaría alcanzado el 53.74% de los votos, un récord histórico para Bolivia (2006). Para este momento, Evo Morales ya se había convertido en una de las figuras más importantes del eje bolivariano en Sudamérica y en un aliado y habitual huésped de Fidel Castro y Muammar Al Gaddafi y de otros estados de marcado signo antioccidental como Irán o Siria, fenómeno absolutamente singular para un político boliviano. Cabe señalar que ya desde inicios de la década de 2000, Hugo Chávez consideraba a Bolivia como el primer campo de ensayo de la expansión del socialismo del siglo XXI y Evo Morales y los cuadros del MAS recibieron apoyo técnico y material de forma masiva de parte de la Venezuela bolivariana y, en menor grado, de Cuba, durante todo el proceso de toma del poder. El enfeudamiento sucesivo de la política exterior del gobierno del MAS a estos estados sería patente. Se ha señalado ya dos factores, más o menos objetivos, detrás del colapso de la «democracia pactada»; a saber, la reaparición de la oposición sindical, en una versión más dinámica y organizada, de la mano del movimiento cocalero, y el paradójico crecimiento de expectativas y el malestar contra el modelo político y económico de los sectores urbanos, surgido como consecuencia de los años de relativa estabilidad y crecimiento de la «democracia pactada», que alejó el fantasma de la hiperinflación y del caos previo y que, además, generó el espacio propicio para conflictos sociales inicialmente despolitizados y vinculados a demandas locales. Sin embargo, el factor subjetivo que no solo contribuiría a galvanizar la oposición sindical cocalera y darle un sentido político de transformación, sino incluso a enajenar a sectores urbanos en proceso de desindianización de la defensa del modelo liberal, pertenece al campo de la cultura política. Se trata de la aparición y difusión del indianismo katarista en sus distintas variedades; una ideología y, en algunos casos, una cosmovisión casi religiosa que significó quizás el único aporte original boliviano a la reflexión política universal7. Los orígenes del katarismo pueden rastrearse al activo mundo del sindicalismo rural en el periodo posterior al pacto militar-campesino del gobierno de René Barrientos. Aunque se origina en el seno del sindicalismo 7 Originalidad secundum quid y, principalmente, en el plano del imaginario cultural, puesto que una influencia fundamental en el pensamiento de Fausto Reinaga, sería el criollo de ancestros irlandeses Guillermo Carnero Hoke, nacido en la costa norte del Perú y antiguo militante aprista. Asimismo, el texto fundamental del katarismo, el Manifiesto de Tiwanacu (1973), habría sido redactado por el padre Gregorio Iriarte OMI, según Portugal y Macusaya (2016: 553). La influencia de actores cristianos extranjeros en la elaboración de una alternativa sindical y política en el mundo indígena que supere al marxismo con una cierta primacía de lo «espiritual/cultural/tradicional» sería fundamental en la aparición y desarrollo del katarismo. Como señala Lavaud, otra de las causas de la aparición del katarismo sería «los estímulos y ayudas que, desde el exterior, fomentan y nutren la arremetida indigenista, sin los cuales ésta no habría logrado el alcance que finalmente tuvo. En primer lugar, los de la iglesia católica y de ciertas iglesias protestantes, los metodistas, sobre todo. En segundo lugar, los del conjunto de ONGs ligadas a las iglesias» (Lavaud 1998:262).
378 César Félix Sánchez Martínez Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Segundo cuatrimestre de 2024. Pp. 361-383. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.16 «oficial», pronto acabaría aglutinando a las fuerzas más combativas del campesinado organizado. Como sostiene Lavaud, «[l]a principal particularidad de esta corriente es que pone en escena una serie de reivindicación [sic] de orden cultural: la oficialización del aymara y el quechua como idiomas nacionales, programas de radio en idiomas vernáculos, cooperativas campesinas modeladas en la organización indígena comunitaria, etcétera» (1998: 258). La figura detrás de la aparición de esta corriente sindical era Genaro Flores, quien representaba un nuevo tipo de dirigente campesino, «cuyas características principales son el origen cultural aymara, la juventud y el nivel de instrucción relativamente elevado» (Lavaud 1998: 259). Durante los primeros años de la dictadura de Hugo Bánzer, las organizaciones kataristas emiten el llamado Manifiesto de Tiwanacu (1973), donde, luego de enlazar históricamente las luchas campesinas contemporáneas con la resistencia de Túpaj Katari y Túpaj Amaru contra la Corona española en el siglo XVIII y con el alzamiento de Pablo Zárate Willka en 1899, reivindican la tradición comunitaria y las virtudes de religiosidad, nobleza, justicia, sobriedad y laboriosidad de los indígenas. También se denuncia la opresión cultural, política y económica del campesinado. Pero el verdadero núcleo del manifiesto se encuentra en el principio «según el cual el indispensable desarrollo del campo boliviano no puede hacerse sino únicamente por intermedio de un movimiento político indígena autónomo que se base en valores indígenas» (Lavaud 1998: 260). Este principio se constituiría en una suerte de parteaguas histórico en la historia sindical y política de Bolivia: la admisión de la posibilidad de crear nuevas formas y nuevos espacios políticos, sin la necesaria intermediación, participación o liderazgo de personajes o estructuras asociados a la política patricia tradicional. La fuente doctrinal del katarismo debe rastrearse a los años formativos de Genaro Flores y algunos de los líderes del katarismo, que contaban con estudios superiores y se habían formado leyendo la obra de Fausto Reinaga (1906-1994). Reinaga, escritor de origen quechua, pasó del marxismo indigenista, al nacionalismo revolucionario del MNR y de ahí a un pensamiento indianista que denominaría amáutico. No se trata del viejo indigenismo, lugar común de la política patricia boliviana del siglo XX en un sentido transversal a las izquierdas y derechas, y que, en la praxis política, acaba reducido a una retórica nacionalista y a veces folklórica, sino a una cosmovisión con afán totalizante que se precia de ser elaborada por indígenas y para indígenas. El sujeto criollo elaboraba estéticas y retóricas indigenistas; el indígena, por el contrario, deberá ser indianista y esa posición le permitirá independizarse mentalmente y abandonar su sujeción a modelos q’ara o exógenos como el marxismo.
379 Una historia de dos izquierdas. El MIR y el MAS entre el origen y el colapso de la «democracia pactada» boliviana (1985-2006) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Segundo cuatrimestre de 2024. Pp. 361-383. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.16 El estilo de Reinaga se corresponde a la perfección con el carácter intuitivo antes que sistemático de su pensamiento: apotegmas y dicta categóricos, con una fuerza retórica considerable. Su visión de la cultura india se centra en la oposición radical de esta a la cultura occidental «helénico-cristiana» –así la denomina el mismo Reinaga– y a la modernidad revolucionaria occidental, sea en su dimensión liberal o marxista. El cosmocentrismo pachamámico y el espíritu comunitario del indio son la respuesta adecuada al nihilismo y podredumbre del antropocentrismo individualista occidental. El camino de los indios, por tanto, deberá pasar por liberarse de esta cultura tan exógena como perniciosa y ese será el primer paso en su promoción y elevación en los planos sociales y económicos (Reinaga 2018). Queda bastante claro que la apuesta sindical katarista por la primacía de la liberación cultural a través de la reivindicación de lo indio en todos los planos se fundamenta en la doctrina de Fausto Reinaga. Y aunque el Amauta, como sería denominado por sus discípulos, fundó en 1962 un minúsculo y fracasado Partido Indio de Bolivia, y su acción política ulterior estaría signada por relaciones bastante conflictivas con las principales figuras y facciones del katarismo, así como por vaivenes que lo acercaban peligrosamente a aquella colaboración con los opresores q’ara que siempre denostaba –como su apoyo a la dictadura derechista de Luis García Meza8–, la influencia de su pensamiento superó largamente la de sus iniciativas políticas y a su misma vida, a través del katarismo y, luego, en la creación del estado plurinacional de Bolivia (2009). El carácter peculiarmente boliviano del sindicalismo katarista se revela contrastándolo con el sindicalismo campesino peruano. La Confederación Campesina del Perú estaba controlada en la década de 1970 por tendencias marxistas-leninistas de signo maoísta o guevarista y nunca los incipientes núcleos indigenistas o protoindianistas pudieron ejercer alguna influencia de peso. Quizás se deba a la mayor penetración en ese país de la cultura política ilustrada de la modernidad occidental, puesto que, como señala Carlos Iván Degregori, hasta los senderistas, el movimiento subversivo maoísta que desarrolló una guerra contra el Estado peruano inicialmente rural, podían ser considerados como los «últimos hijos de la Ilustración, que doscientos años después y aislados en los Andes, terminaron convirtiendo la ciencia en religión» y así no sorprende que en sus documentos oficiales ignoren «la 8 Sería al inicio de la llamada «narcodictadura» de Luis García Meza, en un libro titulado Bolivia y la revolución de las Fuerzas Armadas (1981), donde Fausto Reinaga emitiría su famoso dictum: «La Revolución del 17 de julio de 1980 tiene el imperativo categórico: sacar del cerebro de Bolivia a Cristo y Marx» (Portugal y Macusaya 2016: 514). Por el contrario, Genaro Flores, fundador del sindicalismo katarista, primera y fundamental articulación real de la ideología de Reinaga, sufriría distintas persecuciones, amenazas y atentados durante el periodo. Como curiosidad histórica cabe señalar que, en su apoyo a García Meza, el pensador boliviano coincidiría con otros etnicistas defensores de culturas ancestrales igualmente opuestos a Marx, al liberalismo y al cristianismo como Klaus Barbie y Stefano Della Chiaie.
380 César Félix Sánchez Martínez Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Segundo cuatrimestre de 2024. Pp. 361-383. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.16 dimensión étnica» y rechacen «de antemano la revalorización cultural andina como folclor o manipulación burguesa» (Degregori 2015: 345). Mientras que, en Bolivia, cuya cultura política en el siglo XX no solo conoció la difusión del marxismo sino también de otras tradiciones totalitarias europeas, como las del nacionalismo revolucionario alemán, visiones más völkisch podían permear a los sectores intelectuales indígenas, aun de manera semiiconsciente. Más allá de lo ideológico, ¿cuáles serían los factores que permitieron la aparición y difusión del katarismo? Jean-Pierre Lavaud lo enmarca en el contexto de aculturación política del campesinado aymara y de la experiencia posterior a 1952 en que adquiere experiencia en el juego político e interioriza nuevos derechos. El sociólogo francés enfatiza, particularmente, el contexto social y cultural en el que aparece este movimiento: Surge también en un contexto social y cultural de mezcla e intercambio, favorecido por la urbanización y las migraciones rurales-urbanas crecientes, la mejora de la red de comunicaciones, el desarrollo de los medios de comunicación y la extensión de la red educativa. Es decir, en un contexto en el que las diferencias entre el campo y ciudad se hacen cada vez más visibles para los campesinos. Estas diferencias se hacen tanto más insoportables cuando una nueva élite campesina –o, mejor dicho, una élite surgida del campo– es capaz de formular y ofrecer una explicación de esos hechos, y proponer consignas para un combate sindical y político (1998: 261). La emergencia del katarismo, entonces, correspondería a un contexto de dinamización y modernización del campesinado. Curiosamente esta sofisticación conlleva un gran cambio en la manera indígena tradicional de hacer política que, aunque milenaria, se expresa en el periodo republicano en fenómenos como la alianza del caudillo aymara Pablo Zárate Willka con los liberales a fines del siglo XIX, la alianza campesina con el MNR a partir de 1952 y el pacto militar-campesino de René Barrientos en la década de 1960. La actuación política comunitaria de los indígenas se estructuraba en torno a una reciprocidad despolitizada entre determinadas comunidades y un caudillo o movimiento proveniente del mundo criollo-mestizo. Este conjunto de prácticas ha sido llamado «pongueaje político» (Rivera Cusicanqui 2018: 496). Pero en la eclosión katarista tenemos a líderes indígenas que, expuestos ya suficientemente al universo político occidental, buscan la primacía de lo doctrinal, de la elaboración y/o redescubrimiento de una cosmovisión propia, antes que la vieja practicidad comunitaria. Un fenómeno muy semejante se vería años más tarde, en la época de la «democracia pactada», pero ya no con figuras vinculadas al sindicalismo campesino, sino con migrantes e hijos de migrantes indígenas en las ciudades en un contexto de mejoras aún mayores en las comunicaciones, educación y
381 Una historia de dos izquierdas. El MIR y el MAS entre el origen y el colapso de la «democracia pactada» boliviana (1985-2006) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Segundo cuatrimestre de 2024. Pp. 361-383. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.16 economía. En ese contexto, parte del sentido común político que el katarismo empezaba a difundir en la opinión pública –centrado en la revalorización de la cultura indígena por parte de los indígenas y en la posibilidad de alternativas políticas propias– es asumido por el movimiento populista CONDEPA, dirigido por el conductor de televisión Carlos Palenque y que alcanzaría éxito entre los aymaras de La Paz en la primera mitad de la década de 1990. Cabe preguntarse qué habría pasado si Palenque no hubiera fallecido prematuramente en 1997. ¿Podría un candidato populista q’ara canalizar el malestar de ciertos sectores populares con la democracia pactada, reformándola desde dentro, evitando así su colapso? Sea lo que fuere, la estabilidad y la mayor integración que este periodo histórico produce en Bolivia, confronta a los descendientes urbanos de los comuneros con dilemas identitarios inéditos y genera un crecimiento de expectativas, ya no solo vinculadas a meras demandas económicas o sociales, sino al plano de lo simbólico. Durante aquellos años, desde los márgenes de la política, emerge la figura de Felipe Quispe, el Mallku, veterano del insurgente Ejército Guerrillero Túpak Katari, efímero avatar en armas del katarismo, quien, luego de su salida de la cárcel, dirigiría los núcleos más radicalizados del sindicalismo campesino en el departamento de La Paz. Aunque siempre minoritaria, su organización pudo potenciar su acción con bloqueos de carretera estratégicos en torno a la capital, especialmente durante la «primera guerra del gas» (2003). En las elecciones del año anterior, Quispe y su Movimiento Indio Pachakuti habían alcanzado el quinto lugar con 6%. A la larga, serían el MAS y Evo Morales, a quien Quispe criticaría siempre de manera acre, quienes cosecharían los frutos tanto de la agitación destructiva del Mallku contra el antiguo régimen partitocrático, como del temor que suscitaba en algunos sectores de la opinión pública. La democracia pactada contribuyó también de manera significativa a la difusión del katarismo como «sentido común» político y cultural en Bolivia. Gonzalo Sánchez de Lozada en las elecciones de 1993 eligió a Víctor Hugo Cárdenas, un dirigente katarista, como compañero de fórmula. El gobierno del MNR reformaría la constitución para reconocer el carácter pluricultural y multiétnico de Bolivia. El camino hacia el estado plurinacional de Bolivia quedaba así abierto. De forma semejante a la interpretación tocquevilleana del antiguo régimen como preparación para la revolución, la democracia pactada preparó también en este aspecto su propia destrucción y superación por parte del llamado «corporativismo plebeyo» del MAS que, según Pablo Stefanoni, reemplazaría parcialmente a la democracia liberal (2020: 122). De esta manera indirecta, el MIR de Jaime Paz Zamora, aun llevando al paroxismo la tendencia moderadora y, según algunos, claudicante, de la izquierda patricia boliviana, aliándose con todas las fuerzas políticas, incluso las más opuestas a su ideología original, habría generado de manera involuntaria
382 César Félix Sánchez Martínez Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Segundo cuatrimestre de 2024. Pp. 361-383. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.16 el surgimiento de la hegemonía del MAS, al apuntalar significativamente la «democracia pactada», antecedente histórico, también involuntario, del Estado Plurinacional de Bolivia. Los retos que surgirán a partir de la llegada al poder de Evo Morales (2006) corresponden a un orden de cosas en gran parte inédito en la historia boliviana: la refundación institucional a través de la Constitución de 2009, la emergencia de la plebe urbana y rural como el principal actor político y la lenta transformación de sus sectores más dinámicos en una burguesía y una burocracia despojadas de los lazos sociales y simbólicos con las élites anteriores, así como la exacerbación de la tensión regional entre el Occidente andino y la Media Luna oriental. La coyuntura presente (2023-2024) de enfrentamiento entre Luis Arce, el actual presidente, y Evo Morales, el caudillo fundador, trae reminiscencias de la fractura del MNR y el fin de su hegemonía entre 1960 y 1964. Y quizás esto muestre también que la hegemonía masista que, exceptuando el breve interregno de 2019-2020, ha durado ya cerca de veinte años, está criando en su seno los actores políticos y sociales que acabarán por desmontarla.
383 Una historia de dos izquierdas. El MIR y el MAS entre el origen y el colapso de la «democracia pactada» boliviana (1985-2006) Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 26, nº 56. Segundo cuatrimestre de 2024. Pp. 361-383. ISSN 1575-6823 e-ISSN 2340-2199 https://dx.doi.org/10.12795/araucaria.2024.i56.16 Bibliografía Baptista, M., Breve historia contemporánea de Bolivia, México, FCE, 1996. Chabes, M., La revolución francesa de Bolivia, prólogo de César A. Rodríguez, Arequipa, Editorial Portugal, 1946. Degregori, C. I., Jamás tan cerca arremetió tan lejos: Sendero Luminoso y la violencia política, Lima, IEP, 2015. Helg, A., “Simón Bolívar’s Republic: A Bulwark Against the Tyranny of the Majority”. Revista de Sociologia e Politica, v. 20, n. 42 (2012): 21-37. Hobsbawm, E., Historia del siglo XX, Buenos Aires, Crítica, 1998. Lavaud, J-P., El embrollo boliviano. Turbulencias sociales y desplazamientos políticos. 1952-1982, La Paz, IFEA-CESU-Hisbol, 1998. Portugal, P. y C. Macusaya, El indianismo katarista. Una mirada crítica, La Paz, Fundación Friedrich Ebert, 2016. Reinaga, F., “Iconoclast and Prophet” [en Sinclair Thomson, Rossana Barragán, Xavier Albó, Seemia Qayum y Mark Goodale (eds), The Bolivia Reader. History, Culture, Politics, London-Durham, Duke University Press, 2018]: 399-406. Rivera Cusicanqui, S., “Horizons of Memory” [en Sinclair Thomson, Rossana Barragán, Xavier Albó, Seemia Qayum y Mark Goodale (eds), The Bolivia Reader. History, Culture, Politics, London-Durham, Duke University Press, 2018]: 494-498. Schelchkov, A., “La Internacional Comunista y el partido boliviano: Historia de confusión y desengaños” [en Andrey Schelchkov y Pablo Stefanoni (coords), Historia de las izquierdas bolivianas. Archivos y documentos (1920-1940), La Paz, Vicepresidencia del Estado Plurinacional de Bolivia, Centro de Investigaciones Sociales (CIS), 2016]: 53-83. Stefanoni, P., “Álvaro García Linera: pensando Bolivia entre dos siglos”. [en Álvaro García Linera, La potencia plebeya: acción colectiva e identidades indígenas, obreras y populares en Bolivia, Bogotá, Siglo del Hombre Editores y Clacso, 2009]: 9-26. Stefanoni, P., “Bolivia: anatomía de un derrocamiento”. [en Vanni Pettina y Rafael Rojas, ed.: América Latina. Del estallido social a la implosión económica y sanitaria post COVID-19, Lima, Crítica, 2020]: 121-127. Vargas Llosa, M., «Italia no es Bolivia» 52-62, El lenguaje de la pasión, Lima, PEISA-El Comercio, 2001.