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La galofilia de los ingleses en la guerra de la península

Alberich Sotomayor, José

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La decisión de intervenir militarmente en la Península Ibérica y auxiliar a los sublevados contra Napoleón en 1808 no fue tomada unánimemente ni mucho menos entre las oligarquías que gobernaban Inglaterra, sino que fue contestada con encarnizamiento por los políticos e intelectuales que el historiador E. Tangye Lean ha llamado “napoleonistas” en un iluminador estudio sobre lo que él califica de “political disaffection”1. Ésta era la actitud predominante entre los whigs o liberales, capitaneados en la Cámara de los Comunes por Samuel Whitbread, que se suicidó poco después de la derrota de su ídolo en Waterloo, y por Lord Holland en la de los Lores. Éste último, a pesar de su afición por España y de su amistad con muchos españoles, sentía gran admiración por Napoleón, si bien siempre consideró injustificada su invasión de nuestra patria, y lo mismo le ocurría a su mujer, Lady Holland, y a su familia y entorno 1. E. Tangye leAn, The Napoleonists, Oxford University Press, London– New York, 1970. LA GALOFILIA DE LOS INGLESES EN LA GueRRa de la PeninSula Por josé AlBeriCh sotoMAYor Minervae Baeticae. Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2ª época, 42, 2014, pp. 285–301. inmediato2. Fuera del parlamento, Napoleón también tenía acérrimos defensores como Byron3, Godwin, Hazlitt, Hobhouse y Leigh Hunt, así como la práctica totalidad de los redactores de la Edinburgh Review. En la prensa diaria, su órgano más vociferante era el Morning Chronicle. “Political disaffection” no es lo mismo que traición de lesa patria. Los napoleonistas no querían que el Corso invadiese las Islas Británicas, pero en cambio no hacían ascos a la idea de que se apoderase de toda Europa para imponer en ella las benéficas doctrinas de la Revolución Francesa. En ello había un transfondo de rebeldía más o menos articulada contra el “Establishment” inglés. La monarquía británica, fuertemente controlada por una oligarquía aristocrática, terrateniente y militar, representaba para ellos el privilegio, mientras Napoleón, innovador pero disciplinario, personificaba la libertad y el cambio social. Mrs. Inchbald, por ejemplo, famosa actriz y escritora, aprobaba la ocupación napoleónica de España con estas palabras: “Sin duda su reinado habría sido una bendición para ellos [los españoles] si hubieran comenzado por someterse. Pero ahora tendrá que hacer el papel de vengador, y nosotros tendremos que lamentar el haberle forzado a sacar la espada contra una nación más”4. Según Lady Bessborough, la victoria de los Arapiles no gustó a todos los in- 2. Los Holland conocieron a Napoleón en París, cuando era Primer Cónsul, y siempre sintieron debilidad por él, sobre todo Lady Holland, que le hizo pequeños favores siempre que pudo; por ejemplo, mandándole periódicos subrepticiamente desde Roma a la isla de Elba (con lo que le tenía al tanto de las decisiones del Congreso de Viena), enviándole regalos a Santa Elena e intrigando sin cesar con marinos y militares para aliviar al ex–emperador en su lejano destierro ( e. t. leAn, The Napoleonists, passim). Después de la guerra, los seguidores y generales de Bonaparte que pasaban por Londres solían ser muy bien recibidos en Holland House (Earl of ilChester, Chronicles of Holland House, 1820–1900, John Murray, London, 1937, pp. 12, 17, 73, 258 y 239). 3. George Ticknor se encontraba junto a Lord Byron cuando éste recibió la noticia de la derrota de Waterloo. El poeta exclamó: “Me he quedado desolado. [...] Sólo sabía que viviría lo suficiente para ver colgado a Lord Castlereagh (a quien consideraba promotor de la guerra contra Francia), pero ahora supongo que no viviré lo bastante” (Jorge tiCknor, Diario, Col. Austral, Buenos Aires, 1952, p. 25). 4. e. t. leAn, The Napoleonists, p. 62. Las traducciones son mías mientras no se indique lo contrario. JOSE ALBERICH SOTOMAYOR286 gleses, y el periódico The Statesman lamentó en un editorial “el daño que hemos hecho a los españoles impidiéndoles disfrutar de las sabias medidas del gobierno de Bonaparte”5. El capitán Moyle Sherer, nada sospechoso de prejuicios antiespañoles que no fueran los corrientes en su tiempo y país, escribe desde Lisboa: “Tal vez estemos en deuda con los ejércitos del ambicioso Napoleón por una cosa buena, a saber, que el gobierno teocrático, el orgullo monástico y la ya decreciente tiranía de los clérigos han disminuido ante su avance y no se recuperarán nunca de ese golpe”6. El mismo Wellington, monárquico y conservador a ultranza, hace esta sorprendente reflexión desde el lado norte de los Pirineos, cuando está a punto de derrotar a “Bony” por completo: “Si pudiéramos convencer a Bonaparte de que actúe con moderación, tal vez sea el mejor gobernante que se le pueda dar a Francia”7. Y todavía en 1815, durante los cien días, la prensa británica siguió cantando las alabanzas de Napoleón, felicitando a Francia por su vuelta y renegando de toda interferencia extranjera entre el Emperador y su pueblo8. Esta actitud de entusiasmo bonapartista y dura crítica, por consiguiente, a la intervención militar en la Península, no fue cosa de un momento; se dulcificó poco a poco con las victorias de Wellington, pero aun así éstas no cesaron de suscitar fuertes polémicas parlamentarias y de prensa, en las que se ponían en duda los triunfos militares y su coste. Dichas polémicas están ampliamente recogidas en los tres volúmenes de la obra del Rev. G. N. Wright. Los militares ingleses tuvieron la suerte de depender durante toda la guerra de gobiernos tories, pero éstos mudaban y estaban sujetos a cambios de popularidad o de favor regio (sobre todo por los períodos de locura del rey, las exigencias del príncipe regente, etc.) y dichas alteraciones repercutían en la mo- 5. Cit. por Muriel wellesleY, The Man Wellington through the eyes of those who knew him, Constable, London, 1937, p. 246. 6. [Moyle sherer], Recollections of the Peninsula, 4th edn., Longman, London, 1825, p. 32. 7. Rev. George Robert GleiG, The Life of the Duke of Wellington, Dent & Sons, London, 1938 [1858– 1860], p. 188. 8. Rev. George N. wriGht, Life and Campaigns of Arthur, Duke of Wellington, 3 vols., Fisher & Son, London & Paris, s.a. [1839– 1840 ], III, p. 483. LA GALOFILIA DE LOS INGLESES... 287 ral, en el aprovisionamiento e incluso en el envío de tropas desde Inglaterra. De la convención de Cintra a la derrota del rey José en Vitoria, pasando por el fracaso de la expedición de Sir John Moore, la batalla de Talavera, las líneas de Torres Vedras, la victoria de los Arapiles, etc, etc, no hubo episodio bélico en esa larguísima contienda de seis años en que Wellington y sus generales no se viesen zaheridos y minusvalorados por sus compatriotas al otro lado del Canal de la Mancha. Al nivel de la tropa, las numerosas memorias y epistolarios de soldados y suboficiales de que disponemos hoy reflejan esos altibajos, y en especial las cartas que el alférez Aitchison dirigió a su familia, y en las que un día se expresa con optimismo sobre la marcha de la campaña y al día siguiente, desanimado, cree inminente la retirada a Lisboa de todo el ejército británico9. Ahora bien, la galofilia inglesa no se limitaba a los whigs y la vanguardia ideológica; infectaba también, curiosamente, a los mismos militares que luchaban en la Península. Sabido es que Wellington menospreciaba a los generales españoles; con algunos de ellos, como Álava o el marqués de La Romana, tuvo relaciones amistosas, pero, como militares, no le merecían mucho respeto. Ni Castaños, ni Alburquerque, ni O’ Donnell, ni Palafox, y no digamos Cuesta o Blake, le parecían compañeros de armas dignos de luchar a su lado. También despreciaba, aunque menos, a los austriacos, a los prusianos y a los rusos, sobre todo después de su endiosamiento tras la abdicación de Bonaparte10. Solamente le caían bien los franceses, ya desde sus mismos inicios como combatiente en la expedición de los Países Bajos, tal vez porque su adolescencia había transcurrido en parte entre Angers y Bruselas: “...los franceses atacaban casi siempre de noche, pero durante el día nos entretenían mucho, charlando constantemente con nuestros oficiales y soldados, e incluso respondiendo a nues- 9. John AitChison, An Ensign in the Peninsular War, Michael Joseph, London, 1981. 10. A raíz de la batalla de Waterloo, Wellington ofendió a los prusianos enviando al gobierno inglés un dispatch que publicaron la London Gazette y el Times y donde se atribuía la victoria casi exclusivamente a las tropas de su mando, relegando las de Blücher a la condición de meros perseguidores de los vencidos ( Ildefonso ArenAs, Álava en Waterloo, Edhasa, Barcelona, 2012, p. 919). JOSE ALBERICH SOTOMAYOR288 tras peticiones bailando alegres la Carmañola”11. Sus generales y oficiales superiores fueron siempre respetuosos e incluso caballerescos con sus enemigos en la Península. “La guerra se hizo con la mayor cortesía entre los franceses y los ingleses –escribió una biógrafa de la familia del duque– pero con horrible ferocidad entre los franceses, los portugueses y los españoles”12. En este contexto, “cortesía” no significa meramente la observancia de la reglas de la guerra universalmente aceptadas entonces, tales como la obligación de tratar bien a los prisioneros y a los heridos del bando contrario, reglas escrupulosamente respetadas por Wellington y no tan escrupulosamente por los franceses, sino los actos de fraternización o camaradería que se daban entre soldados enemigos en las cercanías de los frentes, y de los que hay ejemplos incluso entre españoles y franceses en la bahía de Cádiz13. Durante una pausa en la batalla de Talavera, por ejemplo, “muchos exhaustos soldados de ambos ejércitos se arrastraron hasta las orillas de un arroyo llamado Portina (¿) [...] y se entregaron al placer de refrescarse lavándose las manos y la cara, así como de saciar su sed, y ello a pocos metros unos de otros; estos bravos enemigos celebraron un alto el fuego improvisado y honorable, y esas manos que una hora antes se habían empleado en una lucha a muerte, ahora se enlazaban con noble generosidad, en el olvido de ofensas personales y en admiración por el valor y la constancia de sus oponentes”14. Nada hay de extraordinario en este incidente, que debía ser común en esa y otras guerras. Lo mismo ocurrió durante la batalla de Buçaco en Portugal, cuando los soldados de uno y otro bando bajaron a beber en un riachuelo y se estrecharon las manos, según el capitán Sherer, quien añade a su relato la reflexión de que “tales muestras 11. m. wellesleY, The Man Wellington, p.22. 12. m. wellesleY, The Man Wellington, p. 139. Lo mismo afirma un historiador francés, Jules MAurel, The Duke of Wellington, 3rd. ed., John Murray, London, 1853, p. 42. 13. Manuel Moreno– Alonso, La verdadera historia del asedio napoleónico de Cádiz, 1810–1812, Sílex Ediciones, Madrid, 2011, p. 454. 14. G. n. wriGht, Life and Campaigns, I, p. 140. Ver también William H. MAxwell, Life of the Duke of Wellington, Nimmo, Hay & Mitchell, Edinburgh, 1893, p. 108. LA GALOFILIA DE LOS INGLESES... 289 de cortesía si bien no disimulan, al menos dulcifican las horribles facciones de la guerra y nos ayudan a reconciliarnos con las escenas de sangrienta carnicería”15. Lo que nos choca hoy en estas citas no es tanto los hechos que relatan sino los esfuerzos más o menos retóricos de los cronistas por disimular la brutalidad de la guerra con “sentimientos nobles y elevados” de los protagonistas, como habría dicho Dámaso Alonso. El vino, y otros bienes de consumo, también eran buenos motivos de fraternización entre adversarios, y así vemos a las tropas de Marmont y Wellington, que se perseguían mutuamente a ambas orillas del Duero, emborrachándose con blanco de Rueda, bañándose en el río y cruzándolo para charlar amistosamente de las batallas próximas o pasadas, o más tarde, ya en territorio francés, intercambiando té por coñac o incluso asociándose para robar a los campesinos16. Hay algún episodio que otro en que los soldados británicos, apiadados del hambre de sus adversarios, les cedieron comida17, y así mismo casos en que acudieron a proteger a cautivos franceses de las iras del pueblo español o portugués18. En este sentido, el relato más revelador es el que hace de sus aventuras en la Península el rifleman Edward Costello, cuyo libro gozó de gran popularidad incluso antes de su publicación en 1841, pues algunos trozos se habían difundido anteriormente en revistas, y fue luego muy citado por los historiadores19. Costello, irlandés y masón, ve la guerra primordialmente como una 15. m. sherer, Recollections, p. 152. 16. W. H. MAxwell, Life of the Duke, pp. 225 y 271. 17. Cuando los franceses de Masséna, en Portugal, estaban pésimamente alimentados, algunos encontraron en un bosque unos bueyes y se dispusieron a matar uno para el rancho, pero el animal se escapó y acabó metiéndose en las líneas inglesas, donde fue atrapado y sacrificado. Los casacas rojas se rieron mucho de sus enemigos, pero terminaron dándoles la mitad de la res ( G. R. GleiG, The Life of the Duke, p. 119). 18. Sébastien BlAze, Memorias de un boticario, trad. M. Ramón Martínez, Renacimiento, Sevilla, 2008, p. 72. Robert BlAkeneY, A Boy in the Peninsular War, John Murray, London, 1899, p. 234. Anthony Brett–jAMes dedica el cap. 18 de su Life in Wellington’s Army ( Allen & Unwin, London, 1972) a estos casos de “fraternization” entre adversarios. 19. Edward Costello, The Adventures of a Soldier, Leonaur, London, 2005 [1841]. JOSE ALBERICH SOTOMAYOR290 contienda entre la innovación ilustrada y los muy antiguos y profundamente enraizados prejuicios de los españoles. Por eso compadece a los franceses, cogidos en la tenaza del ejército británico por un lado y de los “nativos” que les acosan implacablemente, aunque valgan muy poco, en su opinión, como militares. Así nos cuenta, por ejemplo, que mientras estuvieron acampados en Torres Vedras, “los soldados franceses y los nuestros comenzaron a entablar muy amistosas relaciones, aparte de nuestras obligaciones en el frente. Era corriente entre nosotros encontrarnos mutuamente a diario en las casas que había entre unas y otras líneas, cuando formábamos grupos para ir en busca de vino y comestibles”20. Y cuando las tropas de Masséna iniciaron su retirada, los soldados británicos, compadecidos del aspec- to famélico de sus enemigos, les facilitaban galleta y tabaco. Esa retirada fue larga y penosa. Cuando las tropas inglesas entraban en una ciudad recién abandonada por los franceses, y en la mayoría de los casos saqueadas e incendiadas por los mismos, nuestro Costello se apiada de los rezagados galos y su aspecto enfermizo sin apenas aludir a los sufrimientos de la población local. De hecho, él y sus compañeros defendieron a algunos franceses cuando iban a ser atacados por los airados portugueses. El capítulo 15, dedicado al asalto de Badajoz y sus posteriores horrores, nos muestra al rifleman Costello saqueando y robando como todos, pero tomando bajo su protección, después de desarmarle, a un suboficial francés que había querido matarle. Los guerrilleros, uno de los cuales, un tal Blanco, procedente de la cuadrilla de don Julián Sánchez, se incorporó a los fusileros británicos, le merecían una pésima opinión, como a otros muchos ingleses: eran seres salvajes que cortaban las orejas y los dedos a los franceses muertos para robarles los anillos de oro. “Y esos eran los hombres considerados los más ardientes patriotas que apoyaban a los ejércitos españoles durante la guerra” –escribe Costello. Cuando las tropas aliadas llegan por fin a cruzar los Pirineos y pisar territorio francés, las relaciones entre ingleses y franceses se hacen aún más amistosas: los centinelas de uno y otro bando se avisan mutuamente antes de iniciar un ataque, para que se pon- 20. e. Costello, The Adventures, p.63. LA GALOFILIA DE LOS INGLESES... 291 gan a cubierto, y a veces se reúnen en las garitas de uno u otro frente, “con lazos de amistad que nunca se hicieron extensivos a los portugueses ni a los españoles, por los cuales solían expresar un desprecio sin límites”21. Pero también hubo ocasiones en que el compañerismo o la caballerosidad dejaron de ser tales para convertirse en bárbara complicidad, complicidad en el expolio de un enemigo común, los odiados españoles. Ejemplo extremo de ello es lo que ocurrió tras la toma por asalto de Ciudad Rodrigo y Badajoz, así como tras la capitulación de San Sebastián. En esta última ciudad, según Muriel Wellesley, “los únicos que podían sentirse seguros eran los franceses. [...] Ni el más empedernido depredador británico habría puesto la mano encima a un francés. Y en verdad, una de las acusaciones hechas contra las tropas inglesas por el partido anti–británico de Cádiz era la de amabilidad con el enemigo, acusación que Wellington admitió gustosamente”22. A esto le llama la escritora “caballerosidad” (chivalry), sin prestar un segundo de atención a los muchos donostiarras que tuvieron que abandonar la ciudad incendiada y saqueada por hordas de soldados ebrios que “fraternizaban” en la destrucción. Lo mismo ocurrió tras la toma de Ciudad Rodrigo y de Badajoz, donde la soldadesca británica y portuguesa se ensañó contra la población civil y trató de guante blanco a la guarnición francesa. Wellington, en uno de sus dispatches, sostiene que aunque las leyes de la guerra autorizaban a pasar por las armas a la guarnición de una plaza tomada por asalto, los ingleses eran incapaces de tratar al enemigo vencido con otra cosa que humanidad23, humanidad que, por lo visto, era solamente aplicable a los soldados del campo contrario, pero no a los habitantes de una ciudad aliada. Los historiadores anglosajones insisten en que la oficialidad británica hizo grandes esfuerzos por contener la indisciplina de sus tropas y proteger a los civiles, pero las dudas sobre este punto son inevitables cuando se considera de qué manera tan diferente se comporta- 21. e. Costello, The Adventures, p.21. 22. Cit. por M. wellesleY, The Man Wellington, p. 282. 23. Cit. por M. wellesleY, The Man Wellington, p. 283. JOSE ALBERICH SOTOMAYOR292 ron los aliados después de cruzar los Pirineos y pisar territorio francés. Wellington consiguió contener a las tropas inglesas y portuguesas para que no hostilizasen al campesinado galo y no provocasen una rebelión como la que había ocurrido en España contra Bonaparte, pero a los hombres de Mina y de Longa, ahora bajo su mando, los envió bien pronto de vuelta a España para que no saqueasen ni violasen con el entusiasmo que habían mostrado sus propios soldados en Badajoz24. Hasta ahora nos hemos ocupado del compañerismo del soldado inglés con sus enemigos. ¿Ocurría lo mismo con sus jefes y oficiales? En los encuentros bélicos de la época era frecuente que en una sola batalla muriesen varios miles de soldados de cada bando, decenas o cientos de oficiales de poca graduación o incluso algún que otro coronel o general. Ahora bien, si estos jefes u oficiales caían prisioneros, tenían que comportarse como “caballeros”, dando su palabra de honor de no combatir contra sus captores hasta el fin de la guerra o hasta ser canjeados, pero gozando en cambio de una casi completa libertad de movimientos y de un trato amistoso, propio de las relaciones entre iguales. A ese nivel, franceses y británicos formaban una casta única, reglada por la cortesía y la convivialidad. Entre los generales de Napoleón había no pocos de origen humildísimo, pues, según un periodista de la época, “Bonaparte quiso mostrar al mundo que él podía elevar a ladrones, tamborileros y mozos de cuadra a la categoría de mariscales y duques”. Jourdan, antes de la Revolución, tenía una camisería de barrio; Lefèvre era un soldado raso casado con una lavandera; Massena, hijo de un vinatero de Niza; Ney, afilador y posadero; Junot, criado de un señor rural, etc, etc. Todos tenían títulos rimbombantes (duque de Dantzig, príncipe de Essling, duque de Rívoli, duque de El- 24. Continuaron en Francia las tropas de Morillo, Freire y Girón, que contribuyeron a derrotar a Soult más de lo que suelen admitir los historiadores ingleses. El mismo Wellington escribió a Lord Bathurst: “Si yo tuviese ahora 20.000 buenos españoles, pagados y alimentados, me apoderaría de Bayona. Si yo pudiese reunir 40.000 llegaría hasta Dios sabe dónde” (Cit. por G. N. wriGht, Life and Campaings, III, p. 403). LA GALOFILIA DE LOS INGLESES... 293 rís con sus antiguos adversarios. Lord y Lady Holland siguieron en contacto con los Bonaparte, ahora desperdigados por medio mundo. Sebastiani cenó con ellos más de una vez y en cierta ocasión se llevó la sorpresa de descubrir que otro de los invitados, D. Juan Álvarez Mendizábal, seguía vivo a pesar de que él había dado orden de fusilarlo al hacerle prisionero en Ciudad Real45. Con motivo de la coronación de la reina Victoria en 1838, Luis Felipe envió a Londres como representante suyo al mariscal Soult, quien, según Gleig, “fue recibido por todas partes con grandes muestras de entusiasmo, que deleitaron al viejo guerrero; el duque (Wellington) en especial aprovechó todas las oportunidades que se presentaron para tratarle con amabilidad y cortesía; era digno de verse el espectáculo de los dos antiguos rivales sentados juntos y dedicándose elogios mutuamente. […] Durante su estancia en Londres Soult acudió varias veces a Apsley House y allí conoció a muchos militares cuyos nombres le resultaban familiares por la guerra de la Península”46. Wellington conoció a Massena en París, cenando en casa de Soult, que era entonces ministro de la guerra de Luis XVIII. Según el duque: “Massena se excitó mucho al verme, dio un gran rugido y me saludó con cordialidad: ‘Ah, Monsieur le Maréchal, que vous m’avez fait passer des mauvais momens!’. Y a renglón seguido me confesó que yo no le había dejado un solo pelo negro en su cuerpo; se había vuelto canoso de pies a cabeza”47. Para colofón, citemos al máximo admirador de Napoleón y sus generales que haya nunca producido Inglaterra, a saber, el coronel William F. P. Napier, historiador militar, herido en la Península (como sus dos hermanos) por una bala que quedó alojada cerca de la espina dorsal y que le impidió continuar una vida militar activa. En 1821 reseñó el libro de Jomini sobre las campañas de Bonaparte en la Edinburgh Review y un amigo le convenció de que escribiese una historia de la guerra de la Península. Wellington estaba dispuesto a ayudarle y le facilitó la 45. Earl of ilChester, Chronicles, p. 258. 46. G.R. GleiG, The Life of the Duke, p.234. Philip Guedalla da una versión algo diferente de dicho encuentro. 47. Earl of stAnhope, Notes of Conversations, p.163. JOSE ALBERICH SOTOMAYOR300 LA GALOFILIA DE LOS INGLESES... 301 correspondencia de José I, capturada por sus tropas en Vitoria. A principios de 1823 marchó a Francia para documentarse en el Depôt de la Guerre. Visitó a Jomini, a Suchet, a la viuda de Ney y a Soult, que tenia cuatro Murillos “exquisitos” (¿solamente?). La confección de la obra le llevó varios años, pues se publicó en seis tomos entre 1828 y 1840, pero la aparición del primer volumen ya suscitó reseñas favorables (excepto en la Quarterly) y fuertes polémicas y correcciones por parte de muchos militares. A los franceses les gustó muchísimo. Mathieu Dumas dijo que Napier era “el único que había hecho justicia al genio de Napoleón”, y Soult también expresó su satisfacción, pues la obra contenía grandes elogios a su figura y además era en gran parte resultado de documentos facilitados por él. George Napier, hermano del historiador, viajó a Bagnères de Bigorre para visitar al general Álava, gran amigo de Wellington y de William, a quien había cuidado de su herida en Portugal, tras la batalla del Coa. Álava hizo grandes alabanzas de la obra en el plano militar, pero lamentó que su autor fuese tan ciego a la injusticia de Napoleón y tan entusiasta de esos “sinvergüenzas” franceses, aludiendo a sus mariscales. “William es un tío listísimo, pero un cabronazo con los españoles” – concluyó Don Miguel48. La historia de Napier, a pesar de sus errores e incluso deliberadas falsificaciones, terminó siendo en la Inglaterra del siglo XIX la verdad absoluta sobre la guerra de la Península49 e inspiró innumerables libros de divulgación escolar e incluso un género novelístico de gran difusión en que los españoles apenas aparecen (o aparecen sólo como bandidos), ya que, según el Everyman’s Dictionary of Dates (1974) nuestra guerra de Independencia tuvo lugar “between France and England”. 48. Priscilla nApier, Revolution and the Napier Brothers, Michael Joseph, London, 1973, pp. 126–138. “William is one damn clever fellow, but damn rascal to Spaniards”. 49. Richard Ford, por ejemplo, escribió a su amigo Addington desde Granada: “I am reading the masterly work of Napier” y describió los campos de batalla de su adorado Wellington con el libro a su lado ( Richard Ford, The Letters of ____, ed. R.E. Prothero, John Murray, London, 1905, p. 128 y 209). He utilizado una edición moderna: Sir William F. P. nApier, History of the War in the Peninsula and the South of France, 6 vols., F. Warne & Co., London and New York, s.a.