Espacio urbano y sexualidad pagada
Abstract
Este trabajo consta de dos partes: un análisis de los determinantes espaciales que influyen en el trabajo sexual, y cómo a su vez éste configura determinadas zonas urbanas como contaminadas y contaminantes, realizado por Dolores Juliano, y una meditación sobre los aspectos negados de la ciudad, a partir de la observación más etnográfica realizada por María Luisa Sánchez. En ambos casos, la atención se centra en las prostitutas que trabajan en la calle, entre las que se encuentran un número significativo de mujeres inmigrantes, colocadas en una situación más frágil a partir de su indefensión legal.
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ESPACIO URBANO Y SEXUALIDAD PAGADA Dolores Juliano, con la colaboración de María Luisa Sánchez Este trabajo consta de dos partes: un análisis de los determinantes espaciales que influyen en el trabajo sexual, y cómo a su vez éste configura determinadas zonas urbanas como contaminadas y contaminantes, realizado por Dolores Juliano, y una meditación sobre los aspectos negados de la ciudad, a partir de la observación más etnográfica realizada por María Luisa Sánchez. En ambos casos, la atención se centra en las prostitutas que trabajan en la calle, entre las que se encuentran un número significativo de mujeres inmigrantes, colocadas en una situación más frágil a partir de su indefensión legal. <<La spatialisation du corps et de la sexualité a pour coro!laire la sexualisation de 1' espace>> (Dialmy. 1995: 27). Las ciudades y el trabajo sexual tienen una historia paralela, desde siempre los grandes conglomerados de población han albergado en sus huecos actividades marginales y sectores discriminados. La prostitución especialmente, puede considerarse como un fenómeno urbano, no sólo en la percepción que la mayoría de la gente tiene del fenómeno, sino incluso en la interpretación que se ha hecho de lo inevitable de esta asociación, según el punto de vista de las autoridades religiosas y de los legisladores. Ya a mediados del siglo xvn, San Alfonso de Ligorío sugería que: << Dada la complejidad del problema, es posible que en las grandes poblaciones las autoridades se vean obligadas a tolerar legalmente a las prostitutas y el mundo que las rodea bajo ciertas condiciones. Pero bajo ninguna excusa en otros luga res>> (Opera Moralia, citada por Blázquez, 2000: 187). Estas recomendaciones se plasmaron pronto en concreciones legales, así en la propuesta de Cabarrús' de 1792, se proponía permitir las mancebías sólo en las aglomeraciones urbanas, salvaguardando así la inocencia de la vida rural. En efecto, en la ciudad se condensan y se hacen vi sibles las relaciones sociales, con sus conflictos y sus jerarquizaciones. Como puntualiza Signorelli (1999: 39), en cada época histórica la ciudad representa oportunidades y riesgos. Es instrumento de libertad y creatividad para algunos y de opresión y explotación para. Por lo que se constituye en centro de atracción (y de riesgo de explotación) para todo tipo de marginados sociales. - LXXI - 71 ASTRAGALO, 18 (2001) Attribution-NonCommercial-ShareAlike - CC BY-NC-SA Article, ISSN 1134-3672 https://dx.doi.org/10.12795/astragalo.2001.i18.07 Antropóloga, Equipo LICIT (Linia d' investigació i cooperació amb immigrants traballadores sexuals)
72 Aunque la ciudad es el escenario donde se pone en acción la prostitución, no es en cambio el lugar de origen de las prostitutas, que suelen ser predominantemente de extracción rural2 ya que la falta de oportunidades laborales de las poblaciones pequeñas, sobre todo para las mujeres, presiona a la emigración hacia los centros urbanos, donde las posibilidades de ganarse la vida son mayores. Tradicionalmente en Barcelona hay ciertas zonas como la calle Robadors o la calle San Ramón. donde de día y de noche, alrededor de algún bar con sabor añejo, las mujeres pasean esperando los clientes y mirones que seguro siempre aparecen, y donde las sábanas de algún moblé escriben historias nuevas y antiguas, son resúmenes de soledades compartidas en el más genuino anonimato. Tanto las mujeres como los hombres seguramente no hablarán de lo sucedido lejos del ambiente que lo ha propiciado, todo ha quedado escrito en ese lugar tan público como escondido, por donde todos podemos pasar sin mirar a fondo. Cada noche mujeres de todo el mundo, siguiendo un ritual que se pierde en los tiempos, se disfrazan, muchas veces en la misma esquina elegida para trabajar, con la intimidad del actor que es fiel a su personaje y su guión sin olvidar del todo el público, y ciertamente la calle lo es. Las mujeres se sueltan el pelo y se cambian de nombre y los hombres se confiesan a sus sacerdotisas con la rapidez de un presente que no estará catalogado de hecho en ningún espacio definido, a fin de cuentas sólo es la calle y un coche aparcado en cua lqui er rincón de la ciudad, no hay nada ilegal pe ro tampoco está bien visto por la sociedad en general. De entrada nada une a estos hombres y a estas mujeres, excepto un vínculo también anónimo: el dinero, que va circulando de bolsillo en bolsillo, sin dejar más que un código de huellas superpuestas unas en las otras. (M." L. Sánchez, <<Compartiendo la calle con las trabajadoras del sexo»). Pero las ciudades no son concentraciones amorfas, tienen su lógica organizativa y en ella se incluyen sus zonas negadas, contrapartida de sus áreas monumentales. Como señala Dialmy para las urbes árabo-islámicas, existen espacios considerados puros y espacios considerados impuros, y esta división suele corresponderse con la distinción entre espacios centrales y periféricos. Este modelo también es válido en tanto que construcción ideal, para las modernas ciudades occidentales, donde la separación por género, propia del modelo musulmán, está reemplazada por una priorización de la separación por zonas de actividad. Las funciones consideradas nobles, como el poder político, el comercio y la religión se sitúan en las áreas centrales, mientras que las actividades contaminantes o impuras se desplazan a la periferia. Pero este modelo teórico no tiene en cuenta que a lo largo de sus prolongadas existencias, las ciudades sufren complejos procesos de transformación y reacomodaciones. Las zonas más antiguas acumulan viviendas deterioradas y poco a poco son abandonadas por la población que dispone de recursos económicos, por un proceso de « filtrado» (Martínez Veiga, 1999) por el que las viviendas más antiguas pasan de las poblaciones con mayores recursos a las que tienen menos. A su vez pasan a tener un uso más intensivo, según se van haciendo más viejas. Esto genera enclaves de pobreza en las zonas céntricas, que suelen coincidir con ámbitos tradicionales de prostitución. Así el trabajo sexual no sólo implica determinadas - LXXII -
actividades, ciertos usos del cuerpo y de las relaciones sociales, sino también ámbitos concretos, calles especiales, zonas o barrios específicos donde se realiza. Pero esta separación es más conceptual que real, ya que incluso el orden de los barrios residenciales a menudo es subvertido por la prostitución, que establece su actividad no sólo en zonas centrales de las ciudades, como señala Pons ( 1992: 52) para la céntrica calle de la Magdalena, en Oviedo; sino también en áreas deportivas, universitarias o residenciales. En la hora convenida aparecen los basureros, tienen que limpi ar la esquina cada noche, se cruzan con las mismas mujeres y siempre las ignoran, ellas también a ellos, cada uno en su oficio. En principio ellas no tienen que estar allí, no es zona de establecer un «putódromo» en las afueras del municipio (Pons, 1992: 51). Como cada día, el mismo señor pasea a su perrillo y otra vez vuelve a mirar para otro lado cuando pasa cerca de las mujeres, decididamente parecen no existir, sólo las ampara la calle: algún cajero automático donde calentarse y una que otra gasolinera, todos sitios de paso, lugares del momento. El caso de Barcelona puede servir para ilustrar este punto. Los enclaves tradicionales de la prostitución estaban en áreas céntricas: Las Ramblas, Passeig de Gracia y algunas calles del Barrio Chino (Robadors y San Ramón). Cuando se procuró limpiar la cara de la ciudad para las Olimpiadas del 92, se desplazaron las prostitutas de Passeig de Gracia y las de La Rambla hacia las zonas periféricas de Les Corts y calle Wellington, mientras que se peatonal, pero están todas las noches. Ni siquiera mantuvieron las que trabajaban en su viejo tocan la bocina para que se aparten, sólo son prostitutas y ese término esconde muy bien sus identidades, son esas chicas a las que les gusta jugar en la calle. Si les sucede algo ellas se lo están buscando, ya se sabe, no son horas de pasear esquinas, y los basureros se van por donde han llegado. La alteración del modelo de orden jerárquico ciudadano no suele quedar sin sanción. Cuando las trabajadoras sexuales se dejan ver fuera de las zonas marginales, desatan la protesta de los vecinos por lo que consideran una degradación de su barrio. Esto produce una presión ante las autoridades para que las prostitutas sean desplazadas a nuevos emplazaenclave de Robadors, por tratarse de una zona muy degradada. Pero pronto Jos vecinos de los nuevos emplazamientos se organizaron para pedir que se las desplazase a la Zona Franca, mucho más periférica, conflicto que está aún en fase de negociación. Los vecinos del barrio sólo las observan a escondídas, re fu giados en sus casas, ¿q uiénes serán en realidad es as misteriosas mujeres? Al final la mayoría optará por hacer como que no existen, pero ellas son descaradas y en el fondo es prá cticamente imposible conseguirlo y su pr esencia es un arcano. mientos: siempre más lejos, más aislados, con Las quejas de los vecinos sirven a veces para menos servicios públicos y menos seguridad. legitimar una persecución de las trabajadoras Así se da Jugar a proyectos de creación de sexuales, que puede solaparse con motivaciozonas aparte, como el del alcalde de Marbella nes racistas y xenófobas, o puede enlazarse -LXXIII- 73 ASTRAGALO,18(2001)ISSN 1134-3672
con acciones policiales más amplias. Así a mediados de febrero 200 1, en la calle Wellington de Barcelona comenzaron controles sistemáticos de documentación sólo para las prostitutas subsaharianas. La presión diferencial no era casual, los encargados del orden avisaron a las restantes trabajadoras sexuales que la cosa no iba con ellas y les solicitaron que no dieran acogida a las hostigadas en los restantes ámbitos nocturnos ciudadanos. Al mismo tiempo comenzaron a ejercer presión selectiva sobre los clientes, realizando controles de alcoholemia a los que contrataban los servicios de las subsaharianas. Parece que esta acción llevada sobre tres frentes: controles de documentación de las trabajadoras, intentos de quebrar su solidaridad de grupo y de desanimar a los clientes, tenía una concreción solamente local en Barcelona, organizan y cortan carreteras para pedir que sean expulsadas las prostitutas que trabajan en sus localidades, aunque en estos casos sin especificaciones raciales. El mayor rechazo ciudadano va hacia las que trabajan en la calle, que suelen ser las más autónomas, mientras que hay mayor permisividad social para las actividades que se realizan en lugares cerrados, como clubes, whiskerías, centros de masaje o casas de prostitución. Esto no se corresponde con el volumen del trabajo que se realiza, pues según el estudio de Pons ( 1992: 141) sólo el 6,5% del sexo comercial corre por cuenta de las prostitutas callejeras. En tanto que actividad estigmatizada la prostitución se realiza en «no lugares>>, ámbitos vaciados de su significación habitual y refor- 74 aunque formaba parte de una investigación mulados a partir de ciertas horas. La actividad más amplia, que llevó en los días siguientes al se desarrolla del otro lado del espejo de la desmantelamiento de una red de tráfico de personas en Madrid. Esto nos lleva a un tratamiento segmentado y específico de las diferentes zonas de la ciudad. Ayer fue un médico, mañana un policía. Según él, la semana pasada una albanesa, anteayer una negrita, pero suele ir con las españolas, aunque va loco por probarlo con las dominicanas, de hecho en la calle todas son extranjeras y dentro de su coche todo sucede en un país neutral, para esto no hay fronteras, todo está permitido siempre que las partes se pongan de acuerdo previamente, aquí nadie es legal ni ilegal y los papeles se cambian de manos en forma de billetes. Por otra parte, también los vecinos de otras poblaciones cercanas como Castelldefels, se vida cotidiana, generando sus propias lógicas de apropiación, ya que las prostitutas callejeras suelen esperar a sus clientes en lugares fijos, pero más o menos invisibles a los ojos del resto de la población, principalmente de la femenina, a la que se le suele asignar socialmente una completa desvinculación de estos ámbitos. En la medida que esta invisibilización se produce en puntos concretos del tejido urbano, produce una segmentación espacial, que tiende a recrear las simbologías sociales. La estigmatización social que afecta a las prostitutas se extiende entonces a los lugares donde trabajan, creando áreas concretas, que se activan como tales en tiempos determinados (fundamentalmente durante la noche) -LXXIV-
momentos en que resultan lugares contaminados y contaminantes, prohibidos para las mujeres que no participan en ese negocio. La ciudad, percibida por muchas mujeres como lugar peligroso, desde el punto de vista de la seguridad personal, refuerza su imagen negativa con la estigmatización de ciertas áreas. Así en las encuestas sobre seguridad y victimización que lleva a cabo el Ajuntament de Barcelona desde 1984, puede verse que un 71 ,4% de las mujeres evitan pasar por lugares oscuros 3, la mitad (50, l%) opta por no salir de noche, y casi una cuarta parte (24,9%) prefiere salir poco a la calle. Dentro de este marco de autorrestricción de los movimientos, la presencia visible de las trabajadoras sexuales se ve como un obstáculo agregado. Se las percibe, entonces, como una amenaza de limitación de su propia movilidad, lo que lleva a las vecinas a organizarse contra las trabajadoras sexuales, con lo que la estigmatización logra el objetivo de quebrar la solidaridad de género. ... en unos veinte minutos todo se habrá terminado, él desaparece tranquilo y archiva el acontecimiento en algún no lugar del cerebro, total todo ha sucedido con una mujer de la calle y en una esquina escondida dentro del coche; ella también lo archiva ... Abundan las metáforas espaciales relacionadas con este tipo particular de actividad. En la literatura del siglo pasado se hablaba de mujeres perdidas o extraviadas para referirse a las prostitutas, pero la figura de perder la orientación o el camino, el buen camino, tenía un interesante matiz: la mujer extraviada no era la que estaba perdida, sino la que era perdida. Así el acento no se ponía en una conducta puntual y pasajera, aunque fuera vista como peligrosa o incluso repudiable, ya que la idea de alguien que pierde el camino implica al mismo tiempo que el camino existe y que puede ser reencontrado. Lo que se hacía era derivar la construcción gramatical, hacia una esencialización de la pérdida. La prostituta se verbaliza como alguien intrínsecamente alejada de la vida normal, alguien profunda y definitivamente marginal. Además esta marginalización se asignaba a defectos internos de la marginada. Así otros eufemismos sinónimos hablaban de malas mujeres. La legislación franquista sobre la moralidad y las buenas costumbres hablaba de «mujeres caídas», usando otra metáfora espacial, en este caso descendente. Pero la relación entre ciertas formas de ocupación del espacio y trabajo sexual pueden analizarse también desde otros ángulos. Algunos autores, como Dialmy, sugieren que la falta de intimidad que resulta de las viviendas urbanas pequeñas y sobrepobladas produce relaciones sexuales de pareja, tanto más insatisfactorias cuanto más bajo sea el nivel socio-económico de la población. Los hombres de estos sectores compensarían estas limitaciones acudiendo a los servicios de las prostitutas: < <E l pla ce r es entonces proyectado fuera del alojamiento conyugal, en otros lugares, co n otras partenaires. La prostitución se transforma en el complemento de la sexualidad conyugal, un espacio alternativo donde la prostituta acumula todas las frustraciones sociales del hombre >> (Dialmy, 1995: 73). -LXXV- 75 ASTRAGALO,18(2001)ISSN 1134-3672
76 Si bien la investigación de Dialmy se refiere exclusivamente a Marruecos y se realiza desde la perspectiva de los clientes, no puede descartarse la hipótesis que similares condicionamientos (viviendas pequeñas y sobrehabitadas) produzcan en otras culturas urbanas resultados parecidos. Así ciertos problemas relativos a la distribución desigual del espacio BIBLIOGRAFÍA CITADA Augé, Ma rc (1994): Los <<no lu gares», espacios del anonimato. Una antropología de la sobremodernidad, Barcelona, Gedisa. Blazquez, Niceto (2000): Lo prostitución. El amor humano en clave comercia, Madrid, San Pablo. Dialmy, Abdessamad ( 1995): Logement, sexualité et Islam, Maroc, Editions Eddif. Martínez Veiga, Ubaldo (1999): Pobre za, segregación y exclusión espacial. La vivienda de los inmigrantes extranjeros en España, Barcelona, Icaria. NOTAS ' Para un buen análisis de la propuesta de Cabarrús, que no llegó a llevarse a la práctica, y de los restantes intentos de legislación sobre la prostitución en España, ver Vázquez García y Moreno Mengíbar (1996). 1 Así lo señalan las estadísticas realizadas para Asturias (en Pons, 1992: 79) sobre el origen de prostitutas por habitacional en las grandes ciudades, producirían condiciones de demanda de sexualidad pagada, al mismo tiempo que el anonimato urbano facilitaría la oferta de estos servicios, al permitir la estrategia de compartimentación de las actividades y cierto nivel de protección de las trabajadoras. Pons, lgnaci, (1992): La cara oculta de la luna: condiciones de vida de las prostitutas en Asturias, Tesis doctoral, Universitat de Barcelona. Signorelli, Amalia ( 1999), Antropología urbana, Barcelona, Anthropos. Vázquez García, Francisco y MoRE NO ME NG ÍBAR , Andrés (1996): Poder y prostitución en Sevilla (Siglos XIV al XX), Tomo ll, Universidad de Sevilla. cada 10.000 habitantes. Este se multiplica por diez en caso de núcleos de menos de dos mil habitantes. ·' En el caso de los hombres los porcentajes so n: 52,1 que evitan los lu gares oscuros, 34,9 que procuran no salir de noche y 14,8 que limitan sus salidas a la calle por razones de seguridad. -LXXVI-