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Discurso sobre el paganismo y la teología, leido en la solemne apertura de estudios del año de 1860 por... Francisco Mateos Gago.

Mateos Gago y Fernández, Francisco,1827-1890; Universidad Literaria de Sevilla

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DISCURSO SOBRE EL PAGANISMO Y LA TEOLOGÍA. UNIVERSIDAD LITERARIA DE SEVILLA. DISCURSO SOBRE EL PAGANISMO Y LA TEOLOGÍA, LEIDO EN LA SOLEMNE APERTURA DE ESTUDIOS DEL AÑO DE 1860, POR EL PRO. DOCTOR DON FRANCISCO MATEOS GAGO, CATEDRÁTICO POR OPOSICION Y DECANO DE LA FACULTAD DE TEOLOGÍA. — SEVILLA: - Imprenta ; Librería Española y Extrangera , calle de las Sierpes núm. 35. 1860. ILUSTRISIMO SEÑOR: La obligación que sobre mí pesa en este momento solemne, me coloca en una de esas circunstancias de la vida pública del Profesor, en que altos deberes que cumplir, y preceptos superiores que respetar, imponen silen¬ cio á los deseos de la voluntad contraria; y ahogando los estímulos rebel¬ des' del amor propio, dan fueran oculta y valor desconocido, para llevar á cabo empresas muy agenas á la propia debilidad. La imprescindible necesidad de que la Facultad de Teología, después de largos años de un forzado y lastimoso silencio, cumpla la exigencia del articulo 84 del Reglamento vigente de estudios, y la designación que el d,gno Gefe de esta escuela, hace de el último de sus Profesores para lle¬ nar aquel espinoso encargo, me obligan ¿ ocupar este sitio, donde ven„o confiado en vuestra indulgencia, y escudado con las coronas de gloria que en el mismo tegieron los sábios de nuestra Universidad. cho e " 0S Semejante ° CaSÍ ° n ’ 86 ° CU P aron granproveho publica enseñanza, en esponer sabias y profundas consideracio¬ nes acerca de la utilidad y aun necesidad del estudio de sus Facultades 6 Asignaturas respectivas. Otros, descendiendo á un terreno mas práctico — 6 — examinaron los métodos de enseñanza, dando preceptos y fijando las re¬ glas mas oportunas, para que el maestro y el discípulo consigan mas fᬠcilmente el grande objeto de sus sagradas obligaciones. Algunos por último, remontando mas alto su consideración, dedicaron sus discursos á las ciencias en general; pregonaron con poderosa voz los innumerables beneficios que el mundo debe á las letras, y presentando envueltas en el incienso de su elocuencia, las frescas y bellas flores con que el espíritu de Dios decora la modesta frente del verdadero sabio, avivaron los estímulos irjas nobles de la estudiosa juventud. Permitidme, Sr. limo., que yo cumpla la pesada obligación que me ha sido impuesta, siguiendo el camino trazado por aquellos primeros Maes¬ tros, sin que por ello me separe del que recorrieron estos últimos. Porque no es posible registrar una sola pagina en los estudios teológicos, sin que el discurso se estienda á las demás ciencias, que recibiendo sus principios de la única verdad divina, emanan todas de aquella eterna y purísima fuen¬ te. Por eso ha dicho con sobrada razón un filósofo de nuestros dias, _ Aquel que cuando habla implícitamente de cualquiera cosa> ignora que habla implícitamente de Dios, y que cuando habla esplícitamente de 'cualquier ciencia, ignora que habla implícitamente de Teología, puede es¬ piar cierto de que no ha recibido de Dios sino la inteligencia absolutamen¬ te necesaria para ser hombre.” Me propongo presentar á la superior consideración de V. S. I. algu¬ nos rasgos del gran cuadro que ofrece el Paganismo antiguo en sus com¬ bates con la Teología cristiana hasta su última derrota en el siglo V. Oja¬ lá mi pequeño trabajo pudiera corresponder de algún modo á la grande¬ za del asunto y á la nobleza de la intención. No es fácil tarea encerrar en los estrechos límites de un discurso la historia lamentable de los estravíos del entendimiento y del corazón hu¬ manos en los siglos que precedieron á la aparición de la Teología cristia¬ na sobre la tierra. Diré, sin embargo, con Staudenmaiér,—"Que la dia¬ bólica ilusión que sedujo á los primeros humanos, sereis como Dioses, sub¬ sistió en las religiones gentílicas,” y se reprodujo sobre todo en la apotheósis del hombre y en la opinión pagana de los celos de los Dioses. Ob¬ servación profunda y llena de verdad, que esplíca maravillosamente los misterios de iniquidad que vio la tierra en los primeros tiempos, y cuyos funestos síntomas comienza á presentir el mundo actual, resuscitados por —ri¬ la malicia y sostenidos por la vieja ignorancia que ha escalado la Cátedra moderna revestida con el manto filosófico. Lástima grande, Sr. limo, que los nobles esfuerzos del entendimiento humano por conquistar su altísimo y primitivo puesto, se encamináran siempre por la senda funesta que lo lanzó del Paraíso! La deificación del hombre y de la naturaleza, la soberbia, germen fe¬ cundo de la primera perdición, se vé constante en el fondo de todas las filosofías y teogonias de los antiguos pueblos. El Oriente la consagró en su Panteísmo y Dualismo; y entre los griegos y romanos, la poesía nos pre¬ senta esa idea en el mytho de Prometeo, la filosofía en la doctrina del Pór¬ tico y la historia en L figura de Némesis. Poco á poco crecieron los er¬ rores como las aguas del Diluvio, y ahogando la verdad en toda la super¬ ficie de la tierra, prevalecieron quince codos sobre los montes mas altos de la creación. Si hubo entonces quien conociera la verdad, la detuvo cau¬ tiva en injusticia , y si alguna inteligencia sublime se atrevió á proclamar en público la unidad de la sustancia divina, h religión le condenó á la ci-, cuta por impío y novador. Porque la ciencia y la religión caminando siempre en opuestas direcciones, parecían solo hermanadas para destruir el sentido moral de los pueblos y empujar al mundo por la pendiente del mal. La primera, sin unidad en sus principios, sin autoridad en su ma¬ gisterio, sin sanción en sus preceptos no podía llegar á la consecución de la verdad; y aceptando la segunda los desvarios y locuras de todas las pasiones, y deificándolo todo, desde el puerro criado en el estiércol (1) hasta el monstruo humano que vestía la púrpura sobre el trono, destruyó el reino de Dios, colocándo en el corazón del hombre el imperio de los espectros. Increíble parece que el entendimiento del hombre criado para la ver¬ dad que constituye su vida, trabajara por tanto tiempo huyendo siem¬ pre de su objeto, alejándose de Dios, desconociendo á el mundo y sin po der jamás contestar á su eterno problema ,-Quid homo .? Ad quid homo? ' Dlngl<la la muItltud P° r aquella turba de sofistas y de fanáticos Sacerdo¬ tes, ni siquiera llegó á sospechar cual fuera su nohle y altísimo destino y la pobre humanidad cansada de sí misma, vagaba errante como la bella y desgraciada Psyehia, sin encontrar jamás en su trabajoso camino á el (1) Juvenal, sátira 15. — 8 — gran Júpiter, que debía levantarla de su postración y concederle el privilegio de la inmortalidad. Tal fue la portentosa obra que pudo labrar el hombre en aquellos cuatro mil años, en que por altos y bien manifiestos juicios, permitió Dios, que la humanidad abandonada á sí misma, entrara por los tortuosos caminos del funesto Racionalismo, que impotente para llenar su objeto sin el auxilio divino, hubiera destruido los últimos vestigios de la religión mutura!, si las tradiciones primitivas, y el verbo de Dios que ilumina á todo hombre que viene á la tierra, no hubiesen conservado algunos destellos de su viva y purísima lumbre. Entretanto los pueblos del Oriente sufrieron el peso insoportable de sus conquistadores y tiranos; y los Egipcios y los Caldeos, los Asirios y los Medos, los Persas y los Griegos habían pasado sobre aquellas desgra 7 ciadas comarcas, derramando en todas partes la abundante copa de la ira de Dios, y sembrando infinita cosecha de errores y supersticiones. Enton¬ ces fue cuando se levantó un pueblo grande y generoso, que lleno de vi¬ da y de virtudes, caminó seguro á cumplir el mas alto destino que la Pro¬ videncia haya señalado á un pueblo pagano sobre la tierra. Qué historia tan asombrosa la de este pueblo-rey! Qué política tan hábil, tan firme y tan resuelta! Qué amor patrio tan desinteresado! Qué constancia en sus propósitos y qué resignación en sus contratiempos! Solo en Roma se hu¬ biera recibido con los honores del triunfo, á un Cónsul que aun no deses¬ peraba de la salvación de la República, después de perdida por culpa pro¬ pia la mas funesta batalla. ”Sin duda estas virtudes, dice S. Agustín, me¬ recieron á tal pueblo el imperio, el honor y la gloria del mundo.” (1) Pero Roma con sus conquistas perdió su grandeza, y los vicios suce¬ dieron á las virtudes, y el lujo y la molicie á la frugalidad y á la vida labo¬ riosa de los buenos tiempos de la República. Ella sujetó á los pueblos del mundo conocido, pero en cambio quedó cautiva de todos sus errores y sus vicios (2). En cada pueblo había una religión distinta; Dioses locales creados al gusto y según las inclinaciones de cada nación: los misterios de * Egipto no se parecen á los de Ceres y Proserpina, y el sacerdote Druida, (1) De civit. Dei lib. 5 c. 15. (2) Cum universis dominaretur gentibus , omnium gentium serviebat erroribus. S. Leo scrm. 1 de sanct. Apost. Petr. et Paulo. ni aun sabe que existen Magos en la Pfirsia. Ningún sabio déla tierra co¬ noce la naturaleza divina, ni sus inefables operaciones, ni sus atributos perfectísimos. El Atheismo es condición precisa para ser filósofo, (1) y hasta los niños se burlan de las penas del Tártaro y de los goces del Elí¬ seo (2). Espantosa incredulidad, verdadera causa de aquella indiferencia religiosa tan neciamente apreciada y ponderada por algunos críticos mo¬ dernos. Solo en Roma, y á pesar de la renovación de las leyes circa sacra peregrina ,, se contaban mas de seiscientas religiones (3), sin que sea fácil averiguar cual fuese la mas grosera, la mas baja y degradante. Ovidio, el osado cantor de los amores, no quería que las jóvenes fuesen al templo, para que no se contaminaran con los ejemplos del padre de los Dioses. (4) Y cuales habrían de ser las costumbres reflejadas en la Legislación de aquel pueblo incrédulo y cuyo Olimpo era la divinización de todas sus prostituciones? ¿Será preciso recordar las escenas del circo, las fiestas de Saturno y las inmundas bacanales? La violencia y la coacción elevadas á la categoría de leyes públicas en los bárbaros derechos concedidos al padre sobre el hijo, al marido sobre la muger, al señor sobre el esclavo.... la ex¬ posición de los hijos, la Pederastía... nefanda prostitución llamada filosofía por aquellos monstruos (5). La muger se compraba como un animal cual¬ quiera ( C oempiio ), ó prescribía como un mueble por el uso de un año; y se cambiaba con la misma facilidad con que cambian los caprichos: hasta Cice¬ rón abandonó á Terencia para casarse con Publilia su pupila. Y el gra¬ ve Catón, aquel gran santo de la República, teniendo en cinta á su mu¬ ger Marcia, la cedió á Ilortensio, uniéndose otra vez con ella, en perjuicio del hijo de Hortensio, cuando muerto estela dejó heredera de sus bienes. (6). En una palabra el cuadro de las costumbres romanas es tan espantoso bajo la pluma de Salustio (7), Juvenal (8), ó Séneca (9), como bajolains- (1) Cic.delnvent.lil}. 1. (2) Juren, sátyra , 2. (3) Cesar Cantú. (4) Trist. lib. 2. (5) Ludan. Amores. (6) Chateaubriand , Genie du christianismc. (7) De bello Catilinario. (8) En todas sus sátyras. (9) De Ira II. 8. — 16 — lno el último grado de la ciencia (1), sino que no concibe la filosofía, sin el cumplimiento de los preceptos, y la edificación del prógimo por la práctica del bien (2). El segundo es S. Agustín que coloca en la humil¬ dad la via única para alcanzar la ciencia (3), cuya cumbre no se toca has¬ ta que el alma del sábio esté dominada por la Caridad .—Per chantatem pervenitur adplenitudinem scientia. Así fue como preparó la Teología su gran victoria del siglo IV, que nunca ha debido atribuirse á un solo hombre, por mas que el mundo cristiano haya hecho de ello un mérito á Constantino, y aun haya procura¬ do cubrir sus vicios con un velo de gratitud. Hasta la ciencia pagana fué inoculada del influjo benéfico de la ca¬ ridad; que si el Estoicismo dominante en Roma, desde Séneca hasta los Antoninos, respira mas nobleza que el entusiasmo del orgullo del funda¬ dor del Pórtico; y si deja entrever unas virtudes dignas y desinteresadas, que no conocieron Bruto ni Catón, fué porque el amor del prógimo, ese complemento de la ciencia cristiana, había penetrado hasta sus enemigos y los había vencido en sus mismas cátedras. (4) Y si la arrogancia de los sábios no pudo resistir el influjo teológico, ¿qué prodigios no haría la doctrina de la caridad enseñada y practicada en un pueblo desgraciado, cuyas dos terceras partes gemían en los horrores de la esclavitud? Era el primer dia del cristianismo y un esclavo fugado y delincuente, vuelve ála casa de su señor, seguro con la fianza y recomen¬ dación de un teologo. Y que recomendación, Señores!... si juntáis en uno to¬ dos los esfuerzos déla antigua filosofía por mejorar la condición del hom¬ bre, nunca la vereis remontarse á el mas sencillo pensamiento de S. Pablo (1) Fidei quidem cognitio dabitur ; cognitioni autem chantas. Strom. lib 7 § 10. . (2) Ucee ergo tria noster sibi vindicat philosoplius ; primum quidem contemplationem ; secundo autem preceptorum executionem-,tertio vero bonorum virorum constitutionem... Ucee sola est sapientiacognitio, áqua numquam separatur justa operatio. Id. lib. 2. § 10. (3) Ea est autem (via ad veritatem) prima humilitas; secunda humilitas ; tertia humilitas ; etquoties interrogares, hoc dicerem. Epist. 118 ad Dioscor. n. 22. (4) Villemain. De la filosofía estoica y del cristianismo. Miscelᬠneas. tom. 2. — 17 — en su epístola á Filemon. En cuanto á la filantropía moderna deberá aver¬ gonzarse siempre que la Teología le recuerde aquella página brillante de su historia. Y la dignidad del hombre perdida en la noche del paganismo ¿no fue recuperada por los actos y por las doctrinas de los Teólogos de aquel tiempo? Un Emperador gentil había dicho que los pobres y desvalidos eran una carga insoportable.— Nobis graves sunt. La Teología, traída á la tierra por el que no tuvo donde reclinar su cabeza, buscó á los pobres para evangelizarlos, los elevó á la condición de hijos de Dios y acudió á su infortunio, recordando á los ricos la subli¬ me doctrina desconocida del mundo antiguo, olvidada del mundo moderno y cor denida en aquellas palabras del Evangelio,— Desgraciados los que ríen.... Felices los que lloran .— Va¡ vobis qui ridetis... Beati qui lugent. Hasta los espectáculos del Circo fueron para los teólogos cátedra perma¬ nente donde enseñaron á el hombre su dignidad perdida. Estudiad sino la historia de cualquier mártyr. Contemplad á S. Ignacio el Theophoro en presencia de los leones en las fiestas Sigilarías, y comparad la magestuosa grandeza de su frente venerable con la increíble prostitución de aque¬ llos infelices condenados á divertir á un pueblo insensato, y á quienes se impone el horrible sarcasmo de inclinarse ante el tirano y saludarle con respeto diciendo,— C cesar, morituri te salutant. La muger pagana considerada siempre como cosa constituida en per¬ petua tutela, sin derecho sobre sus hijos, desheredada por las leyes (1), jamás se la ve figurar en primer término, sino en las prostituciones de Corinto, ó en los nefandos crímenes que para la comida de Tigelino se veri¬ ficaron en el estanque de Agripa. ¿Quién sino la Teología levantó á la muger á la categoría de criatura racional, y aun la colocó sobre todo lo criado, haciéndola capaz de la maternidad de un Dios? En adelante no será esclava; que si la muger, como dijo un teólogo, no fué tomada de la cabeza del hombre, para que no lo domine, tampoco se formó de sus pies pa¬ ra que no sea pisada-, sino del costado para que le ayude en sus fatigas y le sostenga en sus quebrantos.— Adjutorium simile sibi. Una vez restablecidos los derechos del hombre y la muger quedó sanr 1 j Véanse las leyes Voconia y Pappia Poppcea. ta ba escluida de la herencia del padre. La hija única es- 3 — 18 — ¿ificado el matrimonio, representado en la unión de Cristo con su iglesia; se condenó la avaricia, esa puerta falsa abierta por un Emperador romano (1) e n el magestuoso alcázar del amor conyugal; y la unión indisoluble de los consortes, desterró el divorcio, el concubinato, y la prostitución, plagas de las sociedades antiguas , ángeles esterminadores de algunas sociedades modernas. (2) Si á estas brevísimas consideraciones pudiéramos añadir el cambio que verificó la Teología en la doctrina de la Patria Potestad y en la dulci¬ ficación de las leyes penales, y su acción constante y regeneradora sobre to¬ dos los puntos del derecho público, y privado (3), seria preciso convenir, en que los Teólogos llevaron ala Legislación la justicia y la equidad busca¬ da en vano por eminentes Jurisconsultos entre las fórmulas del derecho an¬ tiguo (4); y que ellos desarrollaron los principios verdaderos, sin los que el derecho no hubiera podido salir de las andaderas de la infancia. (5) Hagamos aun la última comparación entre el Paganismo y la Teo¬ logía en todo el primer periodo de sus combates. ¿Qué fue la ciencia pa¬ gana en aquel tiempo? ¿Qué hombres produjo? ¿Qué génios recibieron en ella sus inspiraciones? El intuitismo oriental dominaba á los sábiós de la Grecia en las escuelas de Alejandría; en cambio los Orientales salían de su eterna inmovilidad, recibiendo de los. griegos su método, sus procedi¬ mientos lógicos, su racionalismo; y mientras el Occidente, despreciando las sutilezas filosóficas, se entrega á los estravíos del corazón en el mas de¬ gradante positivismo, los pueblos bárbaros conservan en el endurecimien¬ to de su clima, y envuelta en la mas grosera ignorancia, aquella rusticidad de ideas y costumbres primitivas que son la condición de todo pueblo vir¬ gen. Tal es el verdadero cuadro de la ciencia pagana en todo aquel tiempo. Su filosofía puede reasumirse en el Neo-platonismo con su inmedia- (1) , Leyes Julia y Pappia Poppcea. (2) Comin. El Cristianismo y la ciencia del derecho. (3) Troplong. Influencia del Cristianismo en el derecho público y privado de los romanos. (4) Casi todas las disposiciones benéficas de los códigos que han in¬ mortalizado los nombres de Teodosio y Justiniano, son copia de algún Ca¬ tión de concilio general ó particular. ( 5 ) Pacheco. Comentario al código penal de 1848. Introducción. — 19 — ta intuición del absoluto por el éxtasis, su mundo salido de Dios por irra¬ diación, y su trasmigración de las almas á diversos cuerpos, para espiar sus crímenes: agregúense las ridiculas importaciones del Judaismo con su Cábala alegórica y artificial, y tendremos una idea esacta de los únicos progresos científicos de las escuelas de Alejandría (1). En cuanto al Oc¬ cidente es cierto que el Estoicismo ocupó las cabezas de algunos sábios; pero la verdadera filosofía de Roma fue la de Epicuro, cuyo retrato, ya desde los tiempos de Cicerón, se veía en todas partes, en el anillo del man¬ cebo como en el pedio de la matrona .—In tabulis, in poculis, in annulis. Su Jurisprudencia, si esceptuamos el periodo brillante de Salvio Julia¬ no, Pomponio, Gayo, Paulo y Ulpiano debido á la influencia cristiana en la doctrina estoica, se la verá siempre pobre, materialista y atea. No sería difícil citar disposiciones legales del siglo III, que son un verdadero re¬ troceso comparadas con las que sobre los mismos puntos consignaron las le¬ yes de las Doce tablas. Su Política, no supo mas que colocar sobre el trono una serie de mons¬ truos, que, sin escepcion de los llamados las delicias del género humano, fueron el terror del mundo y la vergüenza de la historia. (2) La literatura romana en visible decadencia desde el siglo I, apenas dá señales de vida en el II, y hasta la protección que se la dispensó bajo el gobierno de Adriano, contribuyó á su muerte definitiva, cediendo el puesto á la frivolidad y al charlatanismo griego, que dominante en la Cór¬ te, se estendió á todas las provincias del imperio. Los Arcaísmos, los Neologismos griegps, el amaneramiento y estudiada afectación de aquellos escritores corrompieron de tal manera lamagestad de la lengua pátria, que ya en el siglo III no se podia entender, sin un estudio especial, el testo de Cicerón. Sorprendente fenómeno que se ha repetido mas de una vez en la his¬ toria del mundo, y cuya esplicacion consignaría por estenso, si cupiera en los límites que estrechan por todas partes este pequeño trabajo. El Paga¬ nismo que tuvo Filósofos profundos, grandes Políticos, eminentes Juriscon- (1) Brucker. Historia crítica... Dephilosophia cabalística, tom. 2. (2) Dies mil hombres fueron despedazados en los espectáculos que dio al pueblo por espacio de ciento veinte y tres dias el Pió, Felice y Triunfadoi Trajano a su vuelta de la victoria sobre los Partos. sultos, inspirados Poetas y Oradores elocuentes, no puede presentar un solo hombre en los cinco siglos del imperio. ¿Y sabéis porqué? Porque el Paganismo nace y crece lozano bajo ciertas condiciones, fuera de las cua¬ les su ciencia muere y se agotan las fuentes de su inspiración. Planta mi¬ serable de la tierra nutrida por el egoísmo, se desarrolla en la prosperidad, pero se marchita á los primeros impulsos de los vientos de la contradic¬ ción. Por eso aquel gran pueblo romano empequeñecido desde las guer¬ ras civiles, perdió hasta el sentimiento del amor pátrio, cuando fue enca¬ denada su libertad por los tiranos del imperio. Al contrario la 1 eología, venida del cielo, se acomoda bien á todos los tiempos y lugares, crece y se multiplica, cualquiera que sea la condi¬ ción de los terrenos; y aun se puede asegurar que sus frutos son mas sa¬ zonados y abundosos en la ignominia de la Cruz que en la deslumbrante gloria del Tabor: que la iglesia cristiana es el incensario de oro en que arden perpetuamente las virtudes en .el fuego de la caridad; si lo dejais en calma y reposo, quizás la ceniza cubrirá su fuego santo; pero si una mano violenta lo agita con toda la furia de satanás, el fuego reaparece y el mun¬ do se llenará del buen olor de sus perfumes. Así sucedió en aquellos tiempos de persecución. Mientras el Paga¬ nismo antiguo envuelto en su estéril ignorancia, rodaba al sepulcro sin que ninguno de sus hombres pudiera separarlo de la fatal pendiente, la Teo¬ logía nos presenta una série infinita de varones eminentes en todos los ra¬ mos del saber. Entonces florecieron en la iglesia oriental, S. Justino el Mártyr platónico; Tito Flavio Clemente Director de la escuela catequística de Alejandría. Sus Misceláneas (1), enciclopedia monumental de todos los conocimientos sagrados y profanos, fueron el primer paso hácia el Syncretismo científico universal, que debía desarrollar el profundo Orígenes, aquel hombre maduro desde la niñez según la espresion de S. Gerónimo. Suce¬ dió á Clemente en la dirección de la escuela donde enseñaba con las ciencias sagradas la gramática, la retórica, las matemáticas y la música. La obra de los Principios (2) le valió la gloria de ser el primero que redujo á sistema la doctrina cristiana. Sus trabajos sobre la crítica, exegética y fi¬ lología bíblica no encontraron imitadores, hasta que después de mil y dos- (] ■ ) ' Stromata. (2) Peri-archon. cientos años, un pueblo engrandecido por la influencia de un siglo teo¬ lógico, publicó la Polyglota complutense. La enseñanza de Orígenes fue la que formó á Heraclio y Dionisio patriarcas de Alejandría, á el ciego Didymo y á S. Gregorio de Nacianzo; que reuniendo á la humildad mas pro¬ funda y á la mas ardiente caridad todosdos conocimientos de la ciencia sagrada, de la filosofía y de la bella literatura, mereció bien el sobrenom¬ bre del Teólogo con que le honró ¡su siglo y le ha distinguido siempre la Iglesia. No es posible examinar aquí las bellísimas páginas en que este hu¬ milde sábio derrama la luz en los entendimientos y el consuelo en los co¬ razones; pero V. S. I. me permitirá, en gracia de la juventud queme escu¬ cha, que dé un lugar en este escrito, á la bella pintura que hace el mismo santo, de su amistad con un condiscípulo, y de la conducta que observa¬ ban durante el tiempo de sus estudios—"Entrambos, dice S. Gregorio, teníamos un mismo objeto; entrambos buscábamos un mismo tesoro, que era la virtud; nosotros tratábamos de hacer nuestra unión eterna, prepa¬ rándonos á la inmortalidad bienaventurada: uno á otro nos servíamos de "maestro y de ayo, exhortándonos mutuamente á la piedad; ningún comer- "cio teníamos con aguellos compañeros nuestros, cuyas costumbres eran ''desarregladas, y no frecuentábamos sino la sociedad de aquellos que por "su modestia, su circunspección y su sabiduría nos podían sostener en la "práctica del bien, sabiendo que los malos ejemplos son como las enfer- "medades contagiosas, que se comunican con la mayor facilidad. No cono- "ciamos en Atenas mas que dos caminos, el de las iglesias y el de las es- ’cuelas; y por lo que hace á los que conducían á las fiestas mundanas, á "los espectáculos y á las reuniones profanas, los ignorábamos absoluta¬ mente.” El condiscípulo de quien habla S. Gregorio en este modelo bellísi¬ mo de las costumbres de los estudiantes cristianos era S. Basilio el Grande patriarca del Monacato en el Oriente y cuya sola presencia hizo temblar á mas de un tirano. S. Atanasio, el héroe de la Fé Nicena, esplicó el mysterio de la San¬ tísima Trinidad; su solo nombre trae á la memoria aquella vida del interés mas dramático, aquella firmeza de voluntad que le hizo triunfar de la perfi¬ dia amana y de la persecución de cuatro Emperadores en una lucha no interrumpida por el espacio de cuarenta años. S. Juan Crysóstomo es la última lumbrera de la época en la Iglesia de Oriente. Sus Sermones y Homilías son el tesoro mas abundante de la elocucencia cristiana, que superior desde el principio á la antigua de Gre¬ cia en ideas y en sentimientos, la igualó, sino la superó también, en la be¬ lleza de las formas. Al contemplar el vuelo sublime de la razón cristiana bajo la influen¬ cia teológica en los Padres griegos, se ve que solo ellos pudieron desmen¬ tir la esactitud de aquella reconvención de los sacerdotes de Memphis á los antiguos griegos cuando iban á Egypto buscando la sabiduría:—”¡Oh griegos! todos sois unos niños; no hay un anciano entre vosotros; vuestro ingenio es eternamente mozo! (1) En el mismo periodo ilustraron á la Iglesia latina S. Ireneo de León; Tertuliano el mas vigoroso apologista déla religión cristiana. Su inmortal Apologético es todavía la primera obra de su género. S. Cypriano de Cartago, imitador de Tertuliano que le servia de maestro; Arnobio de Sicca; Lactancio, el Cicerón cristiano; S. Gerónimo, profundo en la exegesis bí¬ blica, como en la polémica; historiador, filósofo y teólogo respondía desde la soledad de Belem á las consultas que le dirigían los sabios de su siglo desde todos los ángulos de la tierra. Crítico sagáz, moralista severo, cono¬ cedor de las lenguas orientales y versado en la lectura de todos los clási¬ cos griegos y latinos mereció con justicia la definición que le dedicó S. Próspero en el siguiente Dysticho.— Hasbreo simul et graio latioque venustus Eloquio, morum exemplum, mundique Magister, S. Ambrosio, el catechista de S. Agustín, célebre no solo por sus es¬ critos, sino por el celo con que defendió la causa de los pueblos, cuando impuso áTeodosio la excomunión como reo de homicidio por la matanza de Tesalonica, y de la que no le absolvió sino después de la penitencia pú¬ blica, obteniendo antes una ley, por la que se mandaba suspender la eje¬ cución de la pena capital, hasta un mes después de pronunciada la senten¬ cia, para que la ira, decía el santo Obispo, no ocupe jamás el puesto de la justicia. S. Agustín, el ingenio mas grande de los tiempos antiguos y moder¬ nos, refutó el Maniqueismo, avergonzó á los Donatistas en las conferen- (1) Plato in Timceo. — 23 — Cías publicas.de Cartago, y desentrañó las mas profundas cuestiones de la Gracia divina en sus combates con el Deísmo Pelagiano. Dio los úl¬ timos golpes á la religión pagana y á todos sus sistemas filosóficos; fue el primero que habló Metafísica en lengua latina, y creó la Filosofía de la historia, trazando la marcha de la humanidad, y fijando las leyes que presiden á su providencial destino. ¿Qué sabio ha descollado en los siglos posteriores que no deba alguna inspiración á la ciencia universal de S. Agustín, marcada en sus voluminosas obras con el sello de la mas pro¬ funda Metafísica? La Teología que recurrió en el siglo IV á las formas Aristotélicas contra las sutilezas Arrianas, volvió á inclinarse al Plato¬ nismo bajo la acción de S. Agustín, que jamás perdonó á el filósofo de Stagira, el haber bebido en sus Categorías la mayor parte de sus prime¬ ros errores. (1) Con S. Agustín concluye el gran período teológico, cuya compara¬ ción con el Paganismo, me propuse en el principio. El Racionalismo pagano desviándose poco á poco de las tradicio¬ nes primitivas, olvidó hasta las verdades que son el patrimonio de la razón natural: envejecido en su última época, y ayudado del génio práctico del pueblo romano, hubiera concluido con el mundo por la mas espantosa disolución de las costumbres y de todos los principios religiosos y sociales, si la Teología no se hubiese presentado en aque¬ lla oportunidad, reconstruyendo el edificio ruinoso, con sus doctrinas y enseñanzas acerca de Dios, del hombre y del mundo. Penetró en to¬ das las provincias del imperio, revistiéndose de formas múltiples y va¬ riadas, para acomodarse al génio de cada pueblo; pero en todas partes fortificó á la razón del hombre, y la enderezó á su verdadero objeto; en todas partes fundó la ciencia en la humildad y la perfeccionó con la caridad. Sublime doctrina que predicada en un pueblo de esclavos, arrancó la podredumbre y la corrupción de aquellas costumbres pú¬ blicas y privadas, justificando siempre la palabra que dijo Cristo á sus Apóstoles ; —Vosotros sois la sal déla tierra. El Paganismo había muer¬ to; no puede presentar un solo hombre en los siglos del imperio, mien¬ tras la Teología ofrece una série de sábios de todo género, en Orien¬ te como en Occidente, cuyo mérito es indisputable, y crece hasta un (1) Confes. lib. 4. cap. 16. — 24 — punto que jamás se apreciará bastante, aunque se quiera olvidar la circunstancia de que esos genios fueron los encargados de cultivar la viña del gran Padre de familias en lo mas crudo del invierno. Sensible es, Sr. limo., que la naturaleza de este discurso nos obligue á terminar aquí, y no nos permita acompañar á la Teología cuando salió de Roma, y desarmó frente á sus murallas la cólera del bárbaro Atila; ni cuando puso al abrigo de los Monasterios los restos de las ciencias y de la civilización, salvándolos de aquel diluvio que asoló todos los pueblos del Occidente, cuando la barbarie rompió sus diques en las selvas y en las montañas del Norte. Sensible, que no la podamos se¬ guir en sus grandes creaciones de la edad media, cuando vivificó á la Filosofía escolástica, y elevó á la Razón cristiana hasta los límites del mundo angélico en Tomás de Aquino; inspiró el genio cristiano eri¬ giendo las Catedrales; fundó las Universidades y Colegios, y trajo sobre la Europa la aurora de la civilización con la época del renacimiento. Pero mas sensible aun, que no podamos admirar sus esfuerzos por salvar al mundo, en sus grandes combates con el Protestantismo, esa última palabra de satanás, que revestida sucesivamente de todas las for¬ mas de la impiedad, lia resuscitado muertos de muchos siglos, y ha hecho reaparecer en nuestros dias hasta el génio del antiguo Olympo. Nuestro siglo respira Paganismo por todas partes; tanta ha sido la manía de progresar, que al fin nos encontramos en los primeros tiem¬ pos, gracias á esa Filosofía protestante, que tomando una dirección es¬ piritualista, ha venido á parar á un horroroso materialismo que enerva las fuerzas del alma y seca todas las fuentes de la vida; porque la vi¬ da consiste en conocer á Dios y á Jesu-Cristo á quien ha enviado (1), y esa filosofía desconoce á Dios y niega á Jesu-Cristo. Hoy, como siem¬ pre, la filosofía racionalista no ha podido formular mas ciencia que el Panteísmo; claro y desembozado en pocas ocasiones, vergonzante ca¬ si siempre y envuelto en ropages de vaporosas teorías salpicadas de (\) Joan. 17. 3. — im¬ poéticas blasfemias. Su lenguage incomprensible, se repite sin embar¬ go por los caprichos de la moda, y no hay cosa mas común entre nos¬ otros, apesar de nuestro buen sentido, que el ridículo charlatanismo de los que, impotentes ayer para comprender los rudimentos de las ciencias, pasean hoy el manto filosófico con toda la gravedad de los pensadores Alemanes. Sin duda la nueva ciencia ha robado su efica¬ cia á la palabra de Lutero, cuya omnipotencia era tal, que tiene la vir¬ tud, decía el Frayle apostata, de convertir á los picaros en santos y á los asnos en Doctores. (1) Los oráculos pretenciosos de la Escuela, aturden á el mundo pa¬ ra que se admiren sus nuevas doctrinas, desconocidas de los pasados siglos, y reservadas para estos tiempos, en que progresando la Razón, casi ha llegado á su virilidad perfecta; y sin embargo no hay cosa mas rancia que sus teorías, y estamos seguros, de que sin los sistemas de los pueblos orientales y su desarrollo en las escuelas de Alejandría, no fi¬ gurarían en la Filosofía moderna mas de cuatro nombres de los Maestros mas ilustres. ¿Quesería, por ejemplo, del Panteísmo subjetivo de Fichte, sin la actividad del yo de quien el Budhismo deriva todo conocimiento? La sustancia esencialmente causa de Mr. Víctor Cousin ¿no es aquel an¬ tiguo Bramli despierto del sueño divino y convertido en sustancia crea¬ dora é inteligencia determinada? Y ese mismo Bramh que mientras duer¬ me es la sustancia primera, infinita, indeterminada y unidad pura, no ha dado á Hegel su idea pura y á Schelling su indiferencia absolu¬ ta? Que se comparen muchos capítulos de la gran blasfemia de Strauss (2) con la Contemplación del Rabino Filón, y asombrará la desvergüenza con que se roban al Judío Alejandrino las ideas, los pensamientos, has¬ ta las frases palabra por palabra. Y qué diremos de las tendencias morales que el Panteísmo quiere dar á la presente generación? "Habla sin cesar de simpatía, unidad, "fraternidad y progreso, mas no siendo en el fondo mas que el Mate- "rialismo y el Ateísmo disfrazados, sobre él deben recaer todas las con- "secuencias de tan fatales doctrinas;” (3) por eso infatúa á los hombres (l) Tomo i.fol. 378 edic. de Witemb. (%) Su vida de Jesús. (3) Maret. Ensayo sobre el Panteísmo. Introducción. 4 PAPELES JfARIOS