Muerte de Alonso Quijano (o la lectura del capítulo LXXIV de la Segunda parte del ingenioso caballero Don Quijote de la Mancha)
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Libertad te da el que sin ella queda Prólogo ..............................................................................................................................1 Que cuenta el lugar común que es hablar de la muerte de don Quijote.....................2 Que trata de las consideraciones previas.....................................................................10 De la teoría de los planos creacionales (o sobre los personajes como ontopoetas) ...16 Donde se prosigue con la lectura del capítulo y con las relaciones de don Quijote y Alonso Quijano y las de ambos y el narrador ............................................................ 23 Vale .................................................................................................................................27 Escrutinio .......................................................................................................................28
1 Prólogo Desocupado lector: sin juramento me podrás creer que… Si acudimos al título del capítulo LXXIV 1 (“de cómo don Quijote cayó malo y del testamento que hizo y su muerte”), advertimos una contradicción, ya que –como sucede en otras ocasiones a lo largo de ambas partes de nuestra historia 2 - no se corresponde el contenido del mismo a lo que estrictamente el autor refiere en su rotulación. Defenderemos así que es el hidalgo -Alonso Quijanoquien cae malo, testifica y muere, y no don Quijote, como en dicho título se escribe. Nos valdremos para ello de lo que creemos son teorías novedosas en el juego quijotesco, que no pretenden sino argumentar nuestra lectura de lo acaecido en este momento final. Cada tiempo, como bien apunta Francisco Rico, ha tenido su visión de una obra que “no se deja leer sino a la luz de cuanto en la literatura y en la historia ha venido después” (2012, 9). Nos adentramos de este modo y con ello en la defensa de la nuestra (“pon lo tuyo en concejo, y unos dirán que es blanco y otros que es negro”): que Cervantes hizo que a don Quijote no le fuera dado morir, sino existir eternamente, peleando en nosotros y venciendo, y viviendo y respirando en nosotros para darnos vida y ser. 1 Para el presente trabajo, hemos consultado la edición conmemorativa “IV Centenario Cervantes” hecha por Francisco Rico para la Real Academia Española (2015, Barcelona, Alfaguara). A ella nos remitiremos para todas las citas. 2 Nos referimos aquí a los desajustes advertidos, por ejemplo, en los ocho primeros capítulos del libro, cuyos cortes apresurados hacen pensar a gran parte de la crítica que Cervantes proyectaba una novela ejemplar, posiblemente inspirada en el Entremés de los romances. Aunque no hay ocasión de entrar ahora a valorar esta hipótesis, merecería un comentario más extenso que esperamos realizar en otro estudio. Válganos decir por el momento que, en el capítulo I, X -titulado “De lo que más le avino a don Quijote con el vizcaíno, y del peligro en que se vio con una turba de yangüeses”- “no da noticia alguna de vizcaíno ni de yangüés”, por lo que no es este capítulo II, LXXIV una excepción para quien “no fue un corrector atento ni tuvo un interés especial en detectar estas incoherencias narrativas producidas” (Gómez Canseco, 2010, 30).
2 Que cuenta el lugar común que es hablar de la muerte de don Quijote No se pueden ni deben llamar engaños los que ponen la mira en virtuosos fines Quienes se han referido a este último capítulo han hablado, independientemente de las conclusiones finales, no tanto de la muerte de Alonso Quijano como –en la mayoría de los casosde la muerte de don Quijote: se ha convertido así en un topos que nubla y desdibuja la realidad de un episodio donde la propia creación se rebela contra su creador. Puede servirnos de ejemplo el caso de Jorge Guillén, quien, aunque en el epígrafe de su estudio hable de “Vida y muerte de Alonso Quijano”, pronto advierte que ambos personajes son, según su lectura, sólo uno; de tal modo, muriendo simbólicamente don Quijote derrotado por el de la Blanca Luna –segunda creación de Sansón Carrasco-, no queda sino esperar la muerte, ya en su lecho, de Alonso Quijano: Para este caballero sentirse ex don Quijote equivale a sentirse desesperadamente ex Alonso Quijano: una sola persona sin futuro. Toda puerta –hasta la falsa del corral que da al campoestá cerrada. No hay viento respirable. Alonso Quijano tiene que morir (2005, 67). El caso de Guillén es uno más en la extensa bibliografía, de la que se podrían establecer dos líneas de interpretación que atienden a las diferentes lecturas del capítulo que nos ocupa. En primer lugar y, siendo la más frecuentada, hallamos a quienes han hablado y hablan propiamente de la muerte de don Quijote. Para la mayor parte de estos críticos, la muerte del caballero se justificaría según tres grandes motivos -no excluyentes entre ellosque pueden venir, a su vez, provocados por lo que entienden como la derrota del caballero en Barcelona 3 . De este modo, algunos ven la muerte de don Quijote como un cierre necesario para que no pudiera ser nuevamente lanzado a una salida 4 : Avellaneda o el 3 A este respecto, son interesantes las consideraciones de Romo Feito (1994, 256), quien cree que la recuperación de la cordura no vendría producida por el vencimiento del de la Blanca Luna, sino por el vencimiento del personaje sobre sí mismo, como el propio Sancho expone: “Abre los ojos, deseada patria, y mira que vuelve a ti Sancho Panza tu hijo, si no muy rico, muy bien azotado. Abre los brazos y recibe también tu hijo don Quijote, que, si viene vencido de los brazos ajenos, viene vencedor de sí mismo, que, según él me ha dicho, es el mayor vencimiento que desearse puede (II, LXXII, 1093)”. 4 Esta preocupación se muestra tanto en la narración: “y que el tal testimonio pedía para quitar la ocasión de que algún otro autor que Cide Hamete Benengeli le resucitase falsamente y hiciese inacabables historias de sus hazañas” (II, LXXIV, 1104), como en el prólogo: “y no le digas más, ni yo quiero decirte más a ti, sino advertirte que consideres que esta segunda parte de Don Quijote que te ofrezco es cortada del mismo artífice y del mismo paño que la primera, y que en ella te doy a don Quijote dilatado, y finalmente muerto y sepultado, porque ninguno se atreva a levantarle nuevos testimonios” (II, 546). Recordemos, a
3 Quijote malo de 1614 –mencionado por vez primera en el II, LIX 5 - habrían así influido en la decisión de Cervantes de acabar con su más alto personaje, que parte “desta vida con escrúpulo de haberle dado motivo para escribirlos” (Gómez Canseco 6 o Fernández Suárez 7 ); otros, creen que la causa de la muerte es la recuperación de la cordura por parte del caballero –por lo que ya no cabría vivir- (Unamuno 8 , Madariaga –al hablar del “Ocaso de don Quijote”-, Casalduero 9 , Nabokov 10 , Fernández Figueroa 11 o Simó Goberna 12 ); y propósito de ello, que Avellaneda no había matado a su personaje y que, tras hacerle dejar la casa del Nuncio, nos daba noticias de sus posteriores aventuras: “pero como tarde la locura se cura, dicen que en saliendo de la corte volvió a su tema, y que comprando otro mejor caballo se fue la vuelta de Castilla la Vieja, en la cual le sucedieron estupendas y jamás oídas aventuras” (Avellaneda, XXXVI, 463). 5 “Llegóse, pues, la hora del cenar, recogióse a su estancia don Quijote, trujo el huésped la olla, así como estaba, y sentóse a cenar muy de propósito. Parece ser que en otro aposento que junto al de don Quijote estaba, que no le dividía más que un sutil tabique, oyó decir don Quijote: -Por vida de vuestra merced, señor don Jerónimo, que en tanto que traen la cena leamos otro capítulo de la segunda parte de Don Quijote de la Mancha” (999). 6 Para Canseco, “la existencia de Avellaneda y la derrota conducen a don Quijote hacia la muerte. El enfriamiento de su temperamento colérico le hace ceder en la manía y deja paso a los poderes de la altra bilis, el humor negro de la melancolía” (2010, 87). Estudia este temperamento colérico –que podemos resumir en sequedad, pues “su locura consiste en un error de los sentidos”; ingenio, “definido en varios autores de la época como maestría en cualquiera de las artes, liberales o mecánicas” y monomanía, “que es una destemplanza caliente y seca en el cerebro”- Simó Goberna, siempre con las miras puestas en Huarte (1993, 228-230). 7 “Es de toda evidencia que el historiador mató a don Quijote, no una, sino dos veces, primero como tal don Quijote y caballero –con la cordura- y luego como Alonso Quijano –en muerte corporal-, por miedo a los Avellanedas, a los falsificadores, que podrían aún sacarlo al mundo a fin de explotar su fama. Este Avellaneda funesto no sólo usurpó a don Quijote, sino que torció la íntima predilección e inconsciente propósito del autor, quien no destinaba a don Quijote a la muerte, sino a la vida perdurable. Sin Avellaneda, ¿qué necesidad hubiera tenido Cervantes de matar a don Quijote, y de matarle dos veces, por el arrepentimiento y por la muerte?” (Fernández Suárez, 1953, 52). 8 Escribe: “¡Pobre don Quijote! ¡A lindero de morir, y a la luz de la muerte, confiesa y declara que no fue su vida sino sueño de locura!” (Unamuno, 1971, 216). 9 Así, siguiendo a Casalduero, “don Quijote da cuenta a su sobrina de haber recobrado la razón, y, como la ha recobrado, anuncia su muerte próxima, cercana. Recobrar la razón es sentirse a punto de morir” (1975, 396). Es preciso añadir aquí que Casalduero, al referirse al cura, al bachiller y al barbero, los considera “testigos de la transformación de don Quijote de la Mancha en Alonso Quijano, el Bueno” (1975, 397), pero de esta transformación no vuelve a hacer mención a la hora de referirse a la muerte de, para él, don Quijote. 10 “En el lecho de muerte se le despeja la cabeza” (Nabokov, 2016, 389). 11 Maticemos: Fernández Figueroa entiende la locura como la más alta forma de cordura: “su muerte, como ocurre siempre, nos da la medida de su vida. Viendo morir a don Quijote entendemos su insondable locura. Tan loco estaba don Quijote, que era el cuerdo más absoluto, la razón misma (...). Pues si se muere con realismo, se demuestra que se ha vivido con realismo; es decir, se demuestra que la vida que los demás tenían por loca, no sólo no era loca, sino la única razonable posible, la razón de la razón” (1957, 34-35). 12 “Pero don Quijote no podía vivir eternamente (…). Don Quijote debe morir al igual que un año después lo hará Cervantes; debe morir porque ha perdido la ilusión al recuperar la cordura”. La autora dedica sus últimas líneas a una idea que no desarrolla pero que cabe recoger aquí, y es que “quien muere es Alonso Quijano el Bueno, no don Quijote de la Mancha, en una sabia lección no exenta de melancolía de que la fantasía no muere nunca y don Quijote pervivirá –como lo ha hecho- en las mentes de los lectores a lo largo de los tiempos” (Simó Goberna, 1993, 242).
4 no menos son los que atienden a la melancolía 13 (Riquer 14 , Aladro -cuyas reflexiones trataremos a continuación 15 -, Rodríguez Juliá 16 o Riley 17 ). Recordemos, además, que es la melancolía el primero de los motivos mencionados por el propio narrador de la obra: “llegó su fin y acabamiento cuando él menos lo pensaba; porque o ya fuese de la melancolía que le causaba el verse vencido o ya por la disposición del cielo para detener el curso de la suya, llegó su fin y acabamiento cuando él menos lo pensaba” (II, LXXIV, 1099). Margit Frenk, por su parte, se pregunta en su ensayo “Don Quijote, ¿muere cuerdo?” si no sigue loco don Quijote a la hora de testificar –pues, para ella, es el caballero quien muere en el episodio final-. Nos parecen sus reflexiones interesantes en tanto ponen en duda la totalidad del discurso de quien, para ella, sigue siendo don Quijote en este último capítulo: si el lector ha venido desestimando las afirmaciones de don Quijote cuando, a lo largo de la novela, se afirmaba cuerdo, Frenk no encuentra razón para aceptar ahora esta nueva presunción de cordura en la que el personaje, además, se reconoce como Alonso Quijano: “¿Cuáles son las voces que nos dicen que don Quijote ha recuperado el juicio? Es, reiteradamente, la voz de don Quijote mismo; una sola vez la del cura, que, ya 13 Aladro agrega que “las primeras muertes en el Quijote son, también, muertes por melancolía: Guillermo, el padre de Marcela, muere ‘de pesar de la muerte de tan buena mujer murió su marido’ (I, 12) y Grisóstomo el melancólico muere desesperado ‘de amores’” (2005a, 431), por lo que le pareciera una recurrencia de Cervantes. Para Torrente Ballester, esta melancolía no nacería de la derrota ante el Caballero de la Blanca Luna, sino “que le acomete a partir de la estancia en el castillo [de los duques]” (1975, 119). 14 Para Martín de Riquer, estando “melancólico y apesadumbrado don Quijote con su derrota y esperando vanamente el desencanto de Dulcinea, cayó enfermo. (…) Muere don Quijote, y Cide Hamete Benengeli se despide de su pluma con nuevas pullas a Avellaneda” (1970, 139-140). Pero también, más recientemente, el mismo autor escribe: “Por esto la única solución es restituir el juicio al demente, que al sanar volverá a ser Alonso Quijano el Bueno, y en su lecho de muerte renegará de sus locuras y de sus sueños de heroísmo” (2004, 68). Como vemos, el juego entre las tres posibilidades queda abierto y se combina de continuo a modo de cadena de causalidades. 15 Lo incluimos en este apartado en tanto declara que “don Quijote no se muere, ‘se deja morir’, y la razón no es otra que una ‘tristeza grande y permanente y hace que el que la padece no halle gusto ni diversión en cosa’ (así define el Diccionario de Autoridades la melancolía)” (Aladro, 2005a, 430). 16 “El Quijote recupera la lucidez justo cuando recupera la melancolía; con ésta la realidad se vuelve insoportable. Debe morir. Es el final del Quijote” (2003, 66). 17 “La lógica culminación de este proceso será la muerte, a la que precederán una fiebre cuartana, un sueño pesado y un breve retorno final a la cordura. El médico que lo atiende en sus últimos días diagnostica la causa de su muerte inminente como ‘melancolías y desabrimientos’ (II, 74). La fiebre y el sueño ayudan a devolver la ecuanimidad a su mente, pero no salvan su vida” (Riley, 2004, 133).
5 lo sabemos, siempre le ha seguido la corriente a su amigo” (2005, 106), algo que retomaremos en el apartado último. La pregunta de Frenk, asimismo, puede servirnos para demostrar la arbitrariedad de parte de la crítica a la hora de tomar por ciertas las palabras puestas en boca de quien, en nuestra opinión, es ya el hidalgo; esto es, se le suele creer cuando dice haber recuperado la cordura, pero no se acepta que en él ya no quepa distinguir a don Quijote -aunque él mismo se diga, Alonso Quijano-. Creemos que si la aceptación de lo primero (su cordura) parte de que el propio personaje así se reconozca, es incongruente no aceptar también lo segundo (que se declare Alonso Quijano y no don Quijote). Volviendo a la autora, sentencia que “don Quijote muere”, y que lo hace “loco” (2015, 114). Compartimos con ella, entonces, que “el maravilloso personaje de Cervantes fue lo que quiso ser: don Quijote de la Mancha”, pero no estamos de acuerdo en que lo fuera “de principio a fin”, pues aceptarlo implicaría también aceptar la identidad de ambos (2005, 102). Por otro lado, dentro del mismo apartado, encontramos estudios en los que la muerte de don Quijote se trata implícitamente, como son aquellos que hablan de su resurrección (sírvanos de ejemplo López Navia, quien termina por escribir: “sabemos que don Quijote cierra con su muerte la última página de su vida y de su historia”, 1990, 375). Dignas de mención nos parecen las consideraciones de Thomas Mann y de Jorge Luis Borges acerca de la muerte de don Quijote. El primero de ellos, tras considerarla “floja” afirma que “es una muerte literaria por celos –pero por otro lado, estos celos dan testimonio de la relación entrañable y orgullosamente exclusiva del autor con la siempre excepcional criatura de su espíritu (…) Porque la melancolía es la verdadera razón de su muerte” (2011, 106-108). Y Borges, comentando el primer y el segundo párrafo del capítulo, también hablará de la muerte del caballero: Don Quijote no es una ficción para Cervantes, como tampoco lo es para nosotros. Es un individuo, un mortal, un hombre que tiene que morir. Yo querría asimismo destacar en este primer párrafo palabras como fin y melancolía, palabras que de algún modo prefiguran y preparan y, casi podríamos decir, causan la muerte del héroe (…) En este párrafo, que prepara la vuelta de don Quijote a la cordura, los otros personajes siguen viviendo, o simulan seguir viviendo, en el mundo ilusorio que abandonará don Quijote. (1956, 29). Para el argentino, la muerte de don Quijote se produciría, en última instancia, a través del despertar de Alonso Quijano del sueño de ser caballero por su padecimiento
6 melancólico 18 . Así, concluye que “el libro entero ha sido para esta escena, para la muerte de don Quijote” (1956, 36). Sobre la muerte de Alonso Quijano, segunda interpretación posible, se ha escrito fundiendo las más de las veces ambos personajes en uno. Y, aunque podemos señalar como subgrupo a otros que han intentado separarlos como si de dos realidades se tratase, también advertimos que, en su mayoría, terminan por caer en una ambigüedad que no les impide hablar de ellos indistintamente en algunos momentos de sus estudios 19 . Hemos de destacar aquí a Perlado, quien al hablar de un hidalgo ya dispuesto a hacer testamento gracias a su “sanidad mental”, escribe: “al final de sus andanzas (II, LXXIIII), retirado a su domicilio, aquietado el seso y pronto a morir, don Alonso Quijano -no ya don Quijotellama al cura a confesión” (2005, 194). Sus afirmaciones nos resultan interesantes en tanto distingue entre ambos, pero lamentamos el hecho de que deje sin resolver qué ha sido o qué es de don Quijote. Rielo, por su parte, ve en don Quijote el alma de Alonso Quijano –algo que pasaremos a comentar más tarde- y asume que es el hidalgo quien muere al final de la obra. Sin embargo, pronto sus afirmaciones se hacen imprecisas y, donde hallábamos una distinción alma-cuerpo, escribe ahora: “la muerte de don Quijote –cuando se pone, en verdad, a moriraparece rodeada de dos circunstancias” (1986, 171). Dos muertes son las que nos refiere Ruibal al hablar de “la de Alonso Quijano y la de don Quijote de la Mancha”, provocadas por el abatimiento del segundo en Barcelona (2005, 61). De modo semejante, Basave de Medina, escribe que “en el capítulo LXXIV, último de la Segunda Parte, nos encontramos con dos muertes, o mejor todavía, con una conversión -la de don Quijote en Alonso Quijano- y con una muerte –la de Alonso Quijano”-, pero finalmente concluye que “para comprender en toda su profundidad el sentido de la muerte de don Quijote (…) es necesario considerar la más compleja característica de su personalidad: la antinomia locura-cordura” (1979, 200 y 205). La muerte, por tanto, la achaca a dos de los tres motivos vistos anteriormente: recuperación 18 En El oro de los tigres (Emecé, Buenos Aires, 1972), escribe los siguientes versos que declaran su idea de que don Quijote no es sino sueño: “El hidalgo fue un sueño de Cervantes / y don Quijote un sueño del hidalgo/ El doble sueño los confunde”. 19 Dentro de este grupo encontramos a los autores que hablan del hidalgo como si de don Quijote se tratase: “el Hidalgo sabe que las cosas poseen muchos modos de realidad: ‘andan entre nosotros siempre una caterva de encantadores que todas nuestras cosas mudan y truecan…, y así, eso que a ti te parece bacía de barbero me parece a mí el yelmo de Mambrino, y a otro le parecerá otra cosa’” (Castro, 1987, 80).
7 de la cordura y melancolía. También para Avalle-Arce es la conversión causa de la muerte de don Quijote, pues entiende que “se convierte a sí mismo en Alonso Quijano el Bueno (…): don Quijote de la Mancha, la criatura de arte, debe morir para que Alonso Quijano, la criatura de Dios, pueda vivir” (1976, 213). Y no de conversión, sino de “transformación”, es de lo que habla Gómez Navarro en tanto “para Alonso Quijano, pues, ya no hay dudas, la muerte es la clave, su clave, teniendo plena, clara e inequívoca consciencia de que ahora, ineludible y segura, llega” (2005, 15). Aladro, en su texto titulado “Muerte de Alonso Quijano, la última imitación de don Quijote”, también se afirma en este tedio vital como la causa de la muerte del caballero - así se ha explicado anteriormente-, pero acaba su ensayo equiparando, “fusionando” - como tantos autores-, ambos personajes: Alonso Quijano -el lector de novelas de caballerías- y don Quijote de la Mancha -el sueño realizado del hidalgo manchegofusionados y liberados en la muerte de su nueva creación: Alonso Quijano el Bueno. Bien sabía Cervantes que no hay retorno posible desde el mundo de la ficción; don Quijote de la Mancha y Alonso Quijano el Bueno morirán del mismo modo que fueron concebidos o soñados: imitando y siendo personajes de la Literatura. (2005a, 437) Y aclarará, en un artículo posterior, que mientras que “la muerte de Alonso Quijano es una representación para los espectadores de la misma”, “la muerte de don Quijote será como fue su vida, una muerte literaria”, algo que sin duda deberemos comentar más tarde (2005b, 186). Muchnik, por su parte, entiende que la muerte acaece con la recuperación de una cordura: “que se disuelve instantáneamente, en el acto mismo de decir basta, de dejar caer la máscara y de confesar ser lo que Alonso Quijano es: don Quijote de la Mancha” (2000, 132). Para él, entendemos, don Quijote estaría por encima de Alonso Quijano. Opinión parecida revela José Luis Abellán, quien entiende que hay dos muertes en Alonso Quijano: la primera, espiritual y necesaria para que se produzca el nacimiento de don Quijote –se daría, por tanto, ya en el primer capítulo de la obra-: “Alonso Quijano ha muerto: don Quijote ha nacido”; la segunda, física y definitiva: “al final de la novela, [donde] el experimento [de la trasmutación] se revela imposible, y Alonso Quijano muere definitivamente” (2006, 102-103). Rodríguez Juliá sí elabora una distinción que mantiene a lo largo de los capítulos dedicados al último episodio del Quijote. Sin embargo, para afirmar que quien muere es el hidalgo, explica que anteriormente ha debido producirse la muerte de don Quijote:
8 “bastaría con leer la escena final, la muerte de Alonso Quijano, porque recuerden que el Quijote murió en el sueño” (2003, 61). También El Saffar habla de la muerte del hidalgo: For Alonso Quijano, the most obstinate believer in enchantments and the real existence of artistic creations of even the most fantastic dimensions, only confrontation with his own death will shake his desperately hopeful belief that as don Quijote he could suspend himself in time (168, 1968). Por último, cabría destacar a Torrente Ballester, autor que entiende que Alonso Quijano, consciente en todo momento de sí mismo y hecho don Quijote por mero juego, muere causa de una melancolía acentuada al verse vencido por Sansón Carrasco: Le han ganado con su propia baraja, pero no limpiamente (…). De la melancolía viene la muerte, según la historia, y en la muerte hay un momento de difícil lección, aquel en que el caballero renuncia a sí mismo, desolador en apariencia ‘…ya yo no soy don Quijote de la Mancha, sino Alonso Quijano, a quien mis costumbres me dieron el nombre de Bueno’. Después, la segunda renuncia, consecuencia de la primera: a los libros de caballerías (1975, 210). Merecen sus palabras cierto detenimiento: si bien está claro que mantiene una distinción 20 , no coincidimos con el planteamiento general de las ideas que le llevan a esa conclusión por los motivos que adelantamos a continuación –y en los que ahondaremos más adelante-: en primer lugar, porque no creemos que don Quijote tenga, en ningún momento de la obra –ni siquiera en el capítulo LXXIV, donde ya no es don Quijoteconsciencia de su yo anterior, de lo que ha decidido dejar de ser. No aceptamos, así, que sea un “instrumento de que se vale Alonso Quijano para sus fines” (1975, 59). En segundo lugar, porque creemos que Cervantes establece en la obra la posibilidad de dos pactos ficcionales: uno relativo al narrador (que es el que sigue Torrente Ballester en tanto es a esta figura a la que da privilegio 21 ) y otro relativo al personaje (que es el que nosotros privilegiaremos). Dejamos así, por el momento, estas dos vías señaladas. 20 “Pero lo que dice no es más que la operación contraria a lo dicho y hecho al principio de la novela, separar lo que ha juntado, el hombre y el personaje, porque la situación lo exige”, en tanto “el juego acabó (…) antes que la vida” (Torrente Ballester, 1975, 211-212). 21 Opina Torrente Ballester que no hay dos realidades –la del narrador y la de don Quijotesino que: “de una parte, el narrador afirma que el personaje ‘confunde la realidad porque está loco’, y, de la otra, pone en el texto los elementos necesarios para que interpretándolos rectamentepueda el lector darse cuenta de que el personaje ve la realidad como es, como la ven Sancho y el narrador” (1975, 121). Para nosotros, sin embargo, la realidad de don Quijote y la del narrador no pueden ser la misma, aunque ambas sean igualmente válidas y –válganos la redundanciareales: así, Fernández Figueroa opina que “la gracia está en que [don Quijote] los embiste y derriba no en su fantasmagoría de fantasmas, sino encarnados en cuerpo y hueso derribables. Don Quijote los ve como esencias, pero los derriba como ‘realidad’, también en su apariencia, para que no quepa duda de que son algo real y no fruto de su ingenio…” (1957, 22).
15 ¿No es este, acaso, el mismo proceso que vive nuestro hidalgo para dejar vivir al caballero de la voluntad? ¿No pudo, acaso y entonces, Cervantes, mediante Alonso Quijano, admitir la eternidad de la creación ante lo efímero de un hombre que sólo busca dejar el eco del haber sido? Contesta el propio Unamuno a ello casi al final del libro: Cide Hamete Benengeli no es puro recurso literario, sino que encubre una profunda verdad, cual es la de que esa historia se la dictó a Cervantes otro que llevaba dentro de sí, y al que ni antes ni después de haberla escrito trató una vez más; un espíritu que en las profundidades de su alma habitaba. (1971, 226). De este modo, “sabe Unamuno, naturalmente, que don Quijote no ‘existió’ -esta palabra necesita el entrecomillado; pero cree –este vocablo necesita el subrayado- en su existencia. Esto es fe” (Fernández Suárez, 1953, 25).
16 De la teoría de los planos creacionales (o sobre los personajes como ontopoetas) Ningún autor, antes ni después de Cervantes, ha concebido así la vida de sus creaciones Américo Castro, El pensamiento de Cervantes Consideramos que, para la defensa de nuestra lectura, es necesario el establecimiento de lo que hemos venido a llamar “teoría de los planos creacionales”. La misma consiste en aceptar que en el Quijote se producen siempre, a través de una suerte de encadenamientos, relaciones entre dos fuerzas: entre una primera que crea y una segunda que es creada, pero que está, al mismo tiempo, facultada para la creación. Tales capacidades (como creación y como creador) dotarían a cada personaje de la obra del don de la independencia. En este contexto, Ruibal relaciona las teorías de Laín Entralgo -sobre la empresa de ser hombrecon la facultad creadora de Alonso Quijano 33 : Laín Entralgo (…) llama al hombre: “ontopoeta”, creador de ser. Para él, hacerse hombre en el mundo (o sea, aquello con lo que me encuentro o se me ofrece, o contiene la posibilidad o disposición de producirse o modificarse) puede realizarse sin dificultad, con gusto y facilidad, en la tarea ontopoética (…). “Yo sé quién soy y sé que puedo ser no solamente lo que he dicho, sino todos los Doce Pares de Francia y aún los Nueve de la Fama…”, dice Alonso Quijano a su vecino en el capítulo 5, cuando a pesar de su primera derrota, el mundo se le aparece aún a su vocación como escenario para la transformación. Y se ejercita en su empresa de ser (2005, 67-68). Sería así esta capacidad ontopoética, esta capacidad de creación de ser -pero sin necesidad de que este ser sea fuera, en otro-, la que justificaría la teoría anteriormente establecida: es lo que Fernández Figueroa denomina “ser otro del que se es, sin dejar de ser el que se es” (1957,16) 34 . 33 “Existir humanamente es, por supuesto, ‘pasión de ser’, ontopáthesis, porque así lo impone el encuentro con lo que por vía de imposición o por vía de ofrecimiento nos está dado; pero también es, de modo más alto y decisivo, ‘creación de ser’, ontopoesis, y ésta es la razón por la cual nuestra existencia, contra lo afirmado por Sartre, no queda reducida a ser “pasión inútil”. Genial o gregario, el hombre es siempre ‘ontopoeta’, poeta del ser, comenzando por el suyo” (1958, 8). 34 Torrente Ballester está en contra de esta idea, ya que para él, el hidalgo no era sino parecía caballero. Así, “por un camino o por otro (el de la locura o el de la cordura), por estas o aquellas causas, Alonso Quijano quiso ser otro (algo que aparentemente no podía ser), y, si no podía serlo, quiso parecerlo, y de ahí su caso y su novela” (1975, 50).
17 Estudiaremos, de este modo, la independencia aplicada a los planos que son más importantes para el transcurso de este trabajo 35 . Si partimos de Castilla del Pino -“es cierto que DQ es un invento del propio AQ (el cual es, a su vez, un invento de Cervantes)” (1989, 60)-, es preciso que observemos que es Cervantes autor real de la obra; una obra que, además, ha sido leída por los personajes cuando se nos presenta la segunda parte 36 . No podemos negar que, aunque no se le introduzca como autor del Quijote dentro del propio texto -como sí sucede durante el escrutinio de la biblioteca, donde se reconoce a Cervantes como autor de La Galatea 37 -, es él cabeza pensante de lo que se desarrolla dentro de la novela. Varios son los autores que componen la obra, si aceptamos lo indicado en la narración 38 ; así, por ejemplo, esquematiza Maestro (1995, 113): Un análisis de los procesos elocutivos del Quijote revela la conveniencia de distinguir al menos tres entidades enunciativas básicas: 1) la que representa Miguel de Cervantes, como autor real y exterior al relato; 2) la que constituye el Narrador del Quijote, de cuya identidad hablaremos inmediatamente; y 3) el Sistema retórico de autores ficticios, formado por a) el autor anónimo de los ocho primeros capítulos de la Primera Parte, b) Cide Hamete Benengeli, c) el morisco aljamiado, igualmente anónimo, que traduce al castellano los manuscritos árabes hallados por el Narrador, y d) los académicos de Argamasilla, autores de los poemas donados al Narrador. Sin embargo, la existencia de cuatro autores distintos -o cinco 39 - no implica que no sea el primero -el desconocido, el que compone los ocho primeros capítulos de lo que 35 Por facilidad, creemos conveniente extrapolarlo hasta el caso de Dulcinea, quien ocuparía el quinto lugar, pero dejaremos para una futura ocasión el tratamiento de Sancho Panza, Sansón Carrasco o Aldonza Lorenzo. 36 Llega a nuestro caballero la primera referencia a través de Sancho: “anoche llegó el hijo de Bartolomé Carrasco, que viene de estudiar de Salamanca, hecho bachiller, y yéndole yo a dar la bienvenida me dijo que andaba ya en libros la historia de vuestra merced, con nombre del Ingenioso Hidalgo don Quijote de la Mancha” (II, II, 565). Esto es importante en tanto nos indica que “el personaje existía formalmente fuera de la obra y era contemporáneo y no anterior a ella, como habíamos creído”; algo que afecta a las consideraciones sobre los paratextos, ya que “si don Quijote estaba muerto y enterrado –los versos de los académicos argamasillenses eran epitafios al héroe y a sus compañeros principales de aventurascuando Cervantes empezó a escribir la historia, ¿cómo pudo el caballero conocer esa misma historia?” (Fernández Suárez, 1943, 34-35). 37 Creemos conveniente hacer hincapié en esta idea a fin de que se entienda lo expuesto, pues Cervantes es introducido en la historia en tercera persona y nunca como narrador de la que aquí nos ocupa. Consideramos que esto refuerza el juego establecido y diferenciado entre los planes creacionales, pues abre un cisma de independencia entre él mismo y el que será recogido en nuestro trabajo bajo la etiqueta de autor -si nos referimos al momento de creación de Alonso Quijano- o narrador -si hablamos de la voz hallada en el último capítulo de la obra-. 38 No entraremos a valorar la existencia de un narrador en el paratexto, pues nos parece que, para lo que ahora mismo estudiamos, estas consideraciones no son necesarias. 39 Paz Gago recoge que “Gerges Haley (1965 y 1984) y Ruth El Saffar Snodgrass (1968 y 1975) establecen un esquema de cinco autores ficticios a los que llaman narradores, considerándolos como auténticas instancias responsables de la narración” (1989, 43).
18 bien hubiera podido ser una novela ejemplarel que crea al personaje de Alonso Quijano 40 . En cuanto a los planos creacionales, la explicación de los tres autores venideros nos es, ahora y para este trabajo, innecesaria, ya que el hidalgo se encuentra en la narración antes de que se produzca el juego ficcional 41 . Así, bástenos aquí el estudio del siguiente esquema, que ampliamos hasta Dulcinea del Toboso para un mayor entendimiento 42 : Escribe Fernández Suárez sobre esto que: Cervantes, como habrá observado todo lector del Quijote, aun el más distraído, tuvo la feliz osadía de colocar a su personaje -a sus personajes: Sancho también- en diálogo con el autor. Y aun en oposición con el autor. Por tanto, don Quijote se separa de la letra, se independiza, y entonces pasa de entelequia plana, incorpórea, a la categoría de entidad consciente. Porque, en efecto, un personaje literario, sólo literario, no tiene más que longitud y anchura, como un triángulo, como un cuadrado, figuras geométricas cuasi reales, los semiseres de Platón. Pero Cervantes, con este recurso, le dio a don Quijote -en el plano formal y aparte 40 Nuevamente Paz Gago sintetiza lo escrito sobre este autor, de “cuya identidad los cervantistas no consiguen ponerse de acuerdo; para unos es un autor anónimo, sin identidad (Haley, El Saffar, Fernández Mosquera), mientras que para otros es el mismo Cide Hamete, el único autor de la versión original íntegra (Nepaulsing). Flores reconcilia ambas tesis proponiendo que el tal autor sea en realidad un traductor de la versión benengeliana” (1989, 44). Añadiremos a este resumen –a fin de dar una visión completala lectura de Allen, quien considera que es Cervantes el autor de estos primeros ocho capítulos: “although Cide Hamete is Cervantes' predecessor in the fictional scheme of things, he is his successor in the actual narration, and he thus inherits the ironic perspective which is already clearly and solidly established by chapter 9, when he appears for the first time” (1976, 203-204). 41 Es necesario repetir, a fin de evitar posibles confusiones, que nos referiremos a autor cuando hablemos del creador de Alonso Quijano, y de narrador cuando hablemos de la voz que encontramos del capítulo I, IX al II, LXXIV. 42 Torrente Ballester considera que “el autor de la novela, por medio del narrador, inventa un personaje, Alonso Quijano, quien, a su vez, inventa a don Quijote, y disfrazado de éste, sale al campo en busca de aventuras” (1975, 58); para Frenk, “el narrador ha sido creado por Cervantes, pero no es Cervantes, ni es su portavoz, y goza de una autonomía paralela a la de los personajes” (2015, 25). Más interesantes son aún las consideraciones de Mata Induráin, quien se cuestiona si no es Dulcinea un invento del propio Alonso Quijano: “Podríamos cuestionarnos si Dulcinea es invención de don Quijote o de Alonso Quijano, cuestión no tan fácil de dilucidar ni tan baladí como a primera vista pudiera parecer (…)Dulcinea es, antes que nada, una necesidad para que Alonso Quijano pueda convertirse en don Quijote, es uno de los elementos que el hidalgo necesita para ser caballero andante” (2005, 663-664). Para nosotros, el hecho de que la invención de don Quijote preceda a la de Dulcinea justifica que don Quijote sea creador de la misma.
19 su consistencia anímicala tercera dimensión, la altura, y con ella el volumen; es decir, en cierto modo, un cuerpo. Quiero distinguir: un cuerpo mítico. (1953, 31-32). La independencia de los distintos planos la veremos perfectamente explicada en dos casos: el del encuentro con Dulcinea del Toboso y el que se provoca a raíz de la publicación del Quijote de Avellaneda. Comentaremos ambos. Si bien es cierto que, en la primera parte, don Quijote toma un referente real llamado Aldonza Lorenzo para su creación, la idea de Dulcinea -que es, no olvidemos lo que crea don Quijote-, en nada se asemeja a esta pueblerina de la que parte pero que, efectivamente, no es nuestra Dulcinea 43 . Lo vemos perfectamente cuando don Quijote acude con Sancho en la tercera salida a su patria, la del Toboso 44 : - Yo no veo, Sancho —dijo don Quijote—, sino a tres labradoras sobre tres borricos. - ¡Agora me libre Dios del diablo! —respondió Sancho—. ¿Y es posible que tres hacaneas, o como se llaman, blancas como el ampo de la nieve, le parezcan a vuesa merced borricos? ¡Vive el Señor que me pele estas barbas si tal fuese verdad! - Pues yo te digo, Sancho amigo —dijo don Quijote—, que es tan verdad que son borricos, o borricas, como yo soy don Quijote y tú Sancho Panza; a lo menos, a mí tales me parecen. - Calle, señor —dijo Sancho—, no diga la tal palabra, sino despabile esos ojos y venga a hacer reverencia a la señora de sus pensamientos, que ya llega cerca (II, X, 619). Como vemos, con quien se encuentra don Quijote es con una labradora y no con Dulcinea: por tanto, ni la ve, ni la reconoce. Dulcinea, de este modo, no sería carne sino idea; no sería voz sino palabra. Esto traerá consigo el posterior engaño de Sancho. 43 Casalduero ve que “Dulcinea es la idea pura; a esta idea se llega partiendo de la realidad, pero no es la realidad observable, es la realidad del refranero”. Cervantes sería, según el estudioso, inventor del hidalgo y de Dulcinea –personaje por el que “se introduce el doble plano por el cual ha de discurrir toda la novela” (1975, 52)-. Por su parte, para Comellas: “Dulcinea es una criatura que él se ha inventado a su antojo y en los términos de su sola imaginación” (2004, 125), tal como lo apuntará don Quijote “Dios sabe si hay Dulcinea o no en el mundo, o si es fantástica o no; y éstas no son de las cosas cuya averiguación se ha de llevar hasta el cabo” (II, XXXII, 800). Mata Induráin recuerda que “las interpretaciones de Dulcinea corren parejas con las dos grandes interpretaciones del Quijote: la interpretación seria, que lo considera un libro con valores profundos y trascendentes; y la interpretación cómica, que entiende la novela cervantina exclusivamente como un libro de entretenimiento, como una obra paródica ‘provocante a risa’. Si nos situamos en la perspectiva trascendente, Dulcinea puede convertirse en el más trascendente de los símbolos. Si, por el contrario, nos ceñimos a la risa, Dulcinea quedará reducida a una grotesca parodia de un modelo amoroso” (2005, 664). 44 Américo Castro se refiere a ello como una “vacilación ante la realidad [que] no se produce espontáneamente, sino que es suscitada”, ya que en la segunda parte de la obra abundan las aventuras “que los demás crean al héroe” (1987, 81). Casalduero, por su parte, entiende este capítulo como una “representación, el primer motivo novelesco de 1615” (1975, 219). Por último, Madariaga y, a través de él, Nabokov, ven en este momento “el cruce de las dos curvas”, esto es, el comienzo de la quijotización de Sancho y de la sanchificación de don Quijote (2016, 53)
20 Podemos declarar la independencia de Dulcinea -creación del caballerocon respecto a Aldonza Lorenzo -creación del autor del Quijote-. Así, escribe Comellas que “Don Quijote sabe que las palabras, en el reino de la literatura, hacen la cosa y por eso decide entrar en el libro, encarnar en su propia vida el ejercicio literario. Nombrando crea el mundo y lo puebla de nuevos seres: don Quijote de la Mancha, Rocinante, Dulcinea” (2004, 121). Sírvannos las palabras de Mata Induráin como cierre: Debemos partir del hecho fundamental de que Dulcinea es un personaje que no existe, que es la creación de una creación: Dulcinea es una invención de don Quijote de la Mancha, que a su vez es una invención de Alonso Quijano (que, a su vez, es una invención de Cervantes) (2005, 663). Sobre lo provocado por Avellaneda, escribe Fernández Suárez que “a lo largo de esta segunda parte, hallamos al personaje cada vez más liberado de la letra, más independiente del libro. No está en el libro, sino fuera de él” (1953, 37), idea que justifica por lo siguiente: Recordemos atentamente que al terminar la primera parte quedó dicho que don Quijote “fue” a Zaragoza para asistir a unas justas 45 . Este “fue”, en una historia verdadera, en una crónica de los acontecimientos acaecidos a un hombre real, no sería decisivo, pues podría tratarse de un mero error. Pero en este caso no sucede lo mismo, porque los sucesos de una historia imaginada no tienen más realidad que la realidad de la letra, y por eso son irreversibles y sin vuelta de hoja: una vez escritos, ahí quedan. Pero como Avellaneda había partido de aquella afirmación categórica, de aquella realidad, de aquella absoluta verdad, de aquel “fue”, para poner en marcha a su propio personaje, al falso don Quijote, el don Quijote verdadero quiso desmentir, y desmintió, a la vez, a Avellaneda y a su propio autor (1953, 43). Consideramos suficientes estas matizaciones en cuanto a la independencia de los distintos planos. Sin embargo, interrogante que nos surge es si puede morir el creador quedando vivo lo creado. La respuesta es, en cualquiera de los casos, afirmativa: ejemplo de ello sería, por un lado, que el objeto Don Quijote como libro –y producto de la suma de los planos segundo, tercero, cuarto y quintoprevalece sobre el sujeto Cervantes -que no es más que el primero de ellos- o que, por otro lado, Dulcinea (plano quinto) no deja de ser ante el morir de Alonso Quijano (plano tercero). No podemos olvidar, a este respecto, las formulaciones que Castilla del Pino nos ofrece al comienzo de su artículo (1989, 60): Es cierto que DQ es un invento del propio AQ (el cual es, a su vez, un invento de Cervantes) y no es comparable con la creencia de alguien de que, sin serlo, es Jesucristo o Napoleón, 45 “Sólo la fama ha guardado, en las memorias de la Mancha, que don Quijote la tercera vez que salió de su casa fue a Zaragoza, donde se halló en unas famosas justas que en aquella ciudad se hicieron, y allí le pasaron cosas dignas de su valor y buen entendimiento” (I, LII, 529).
21 que nacieron, vivieron y murieron empíricamente y fueron sujetos históricos. Pero ¿y si alguien, X, se cree Don Gumersindo de la Cobia, que es un personaje del cual no sólo me acabo de inventar el nombre sino que me podría inventar la vida? ¿Podría decirse con propiedad que cuando muere X el que se muere es Don Gumersindo? Pienso que no (…) La razón de ello es simple, como verá el lector de estas líneas: AQ es condición necesaria, pero no suficiente, para que exista DQ. Luego DQ implica AQ: DQ AQ De ello se deduce: 1) que si AQ no existe, DQ obviamente no puede existir; 2) pero no a la inversa: si AQ existe puede no existir DQ, y de hecho así ocurre en las últimas páginas del capítulo (…) DQ es un error de AQ, y los errores no mueren, sino que desaparecen de las dos únicas formas posibles: o sustituyéndolos por la verdad, o desapareciendo el sujeto del error. Esto último ha ocurrido con DQ. Sin embargo, don Quijote, en ninguno de los supuestos que aquí barajamos, podría tratarse de un error. Es una idea que traspasa lo etéreo para hacerse carne en su creador, Alonso Quijano; es un disfraz que no sólo viste sino que también hace. De este modo, al morir el hidalgo, su idea bien puede llegar a ser en otros sujetos, llegar a hacer a otros 46 . Es interesante, a propósito de ello, la aceptación de la teoría de Madariaga que versa sobre la quijotización de Sancho 47 , pues, si acudimos a las palabras del propio autor: “mientras el espíritu de Sancho asciende de la realidad a la ilusión, declina el de Don Quijote de la ilusión a la realidad” (2005, 145), vemos que la realidad referida al personaje de don Quijote ha sido anteriormente identificada, para nosotros, con su volver a ser Alonso Quijano. No podía Cervantes matar a don Quijote porque no muere aquello que se sueña, que existe mientras es pensado y en tanto ha sido escrito. Así, nos encontramos en el capítulo LXXIV con un narrador que sigue apelando a don Quijote y que se ve finalmente vencido por una creación que se le opone y que muere siendo no lo que le dicen que es, sino lo que se declara ser: Alonso Quijano 48 . Y todo es posible porque “Cervantes, estoy segura, tenía en mente a un lector capaz de acompañarlo por los laberintos que iba trazando, de 46 Sobre esto, escribe Unamuno: "¡Oh heroico Sancho, y cuán pocos advierten el que ganaste la cumbre de la locura cuando tu amo se despeñaba en el abismo de la sensatez y que sobre su lecho de muerte irradiaba tu fe, tu fe, Sancho, la fe de ti, que ni has muerto ni morirás! Don Quijote perdió su fe y murióse; tú la cobraste y vives; era preciso que él muriera en desengaño para que en engaño vivificante vivas tú” (1971, 220). 47 Madariaga mide el proceso de conversión bajo los parámetros de realidad (supuesto aplicable a Sancho o a la sanchificación, que hemos descartado) e ilusión (definitorios de don Quijote y de la quijotización). 48 Algo que, sin duda, creemos que Cervantes hace conscientemente. Acompañamos así las palabras de Castro: “decir que acierta genialmente ‘sin saber cómo ni por qué’, según ha escrito hace poco un crítico italiano, equivale a pensar que del posarse la abeja en los frágiles cálices pudo salir cualquier cosa, y que la miel es un bello imprevisto” (1987, 19).
22 meterse en los escondrijos de su texto y tratar de desentrañar sus secretos (…). Las cosas son y no son al mismo tiempo; sin esto, pero también lo contrario” (Frenk, 2015, 56). Acabar con Alonso Quijano no sería más que la corroboración de que el hidalgo, dentro de la obra, hace las veces de persona y, como tal 49 -fingida o realel cuerpo se le agota. 49 Desde el primer capítulo, al intentar seguir el ejemplo de las crónicas, “el lector confirma su impresión de que se trata de un personaje de carne y hueso, que gozó de gran fama” (Frenk, 2015, 61).
23 Donde se prosigue con la lectura del capítulo y con las relaciones de don Quijote y Alonso Quijano y las de ambos y el narrador Y si se acabase el mundo y alguien les preguntase a los morales: ‘vamos a ver, ¿qué habéis sacado en limpio de vuestra vida y qué conclusión definitiva habéis deducido de ella?’ podrían los hombres mostrar el Quijote y decir: ‘ésta es mi conclusión respecto a la vida… ¿y podríais condenarme por ella?’. No quiero decir que el hombre tuviera razón en esto, pero… Fiódor Dostoievski, Diario de un escritor Para este punto, es necesario que recordemos que Alonso Quijano y don Quijote son el mismo (en un plano físico), pero no lo mismo (en un plano metafísico) 50 . Son el mismo en tanto don Quijote, como idea, como animación, precisa de un cuerpo en el que realizarse -en el que actualizarse-: este cuerpo es el de Alonso Quijano. Algo, sin embargo, que no les lleva a ser lo mismo, pues Alonso Quijano desparece en el momento justo de la creación y, como lectores, no tenemos noticias suyas hasta este capítulo, donde el hidalgo vuelve -en un último acto de voluntad de don Quijotesin que esto suponga la muerte del caballero. Llegamos a estas consideraciones con la lectura del capítulo, ya no se reconoce don Quijote y se dice, en todo momento, Alonso Quijano: así, quienes lo anclan al nombre anterior resultan ser el narrador y los personajes que le rodean ahora en el lecho de muerte. Retomaremos aquí lo dicho por Torrente Ballester, quien cree que las realidades de don Quijote y el narrador son una y la misma (véase nota 21) y pone para ello el ejemplo del capítulo I, II, 36 donde el narrador dice que don Quijote “vio no lejos del camino por donde iba, una venta”, venta que posteriormente será castillo 51 . Debemos entonces 50 Rielo, sobre lo mismo, escribe que “Quijote es una encarnación; por esto, el espíritu de sus hazañas nos toca tan de cerca y nos llena de sugerencias incitativas a ocupar otro espacio, que no es este físico tan estrecho que tenemos que vivir” (1982, 20). 51 Avalle-Arce comenta este mismo momento de la narración: “la venta es recibida por el alma de don Quijote como un castillo por el desajuste de su imaginativa, y una vez que se imprime en su alma la imagen de un castillo acude su lesionada fantasía a perfeccionarla ‘con todos aquellos adherentes que semejantes castillos se pintan’ (…). Aquí está la matriz del gran tema del Quijote que don Américo Castro bautizó con el nombre de ‘la realidad oscilante’, y cuyo ejemplo más depurado lo constituye el gran debate acerca de la bacía de barbero, que don Quijote mantenía que era nada menos que el yelmo de Mambrino” (1976, 110). Ortega, por su parte, no cree que hallemos una sola realidad sino que “las cosas tienen dos vertientes. Es una el ‘sentido’ de las cosas, su significación, lo que son cuando se las interpreta. Es la otra la ‘materialidad’ de las cosas, su positiva sustancia, lo que las constituye antes y por encima de toda interpretación” (2001, 217).
24 detenernos y preguntarnos si verdaderamente es esta voz narrativa sincera con nosotros: sabemos que duda, que miente, que oculta, que juega 52 ; sin embargo, cuando se introduce la voz de don Quijote, y, de quedarnos con sus palabras, en ningún momento dudamos de que sí entienda la realidad de forma distinta a como el narrador la expresa. Es más, cualquier duda que nos surge sobre ello nos viene dada, precisamente, por un narrador que escribe para confundirnos (como es el caso de este vio que resalta Torrente Ballester), pues en ningún caso tenemos constancia -a través de las palabras de don Quijotede que así lo viera 53 . Del tal modo lo piensa Américo Castro, quien escribe: Creí que a Cervantes le interesaba determinar cuál fuera la realidad yacente bajo la fluctuación de las apariencias. Mas no es el problema de la verdad o del error lógico lo que al autor preocupa, sino hacer sentir cómo la realidad es siempre un aspecto de la experiencia de quien la está viviendo (1947, 35) 54 . La oposición narrador-personaje se va clarificando a medida que avanzamos la lectura de la obra -como hemos visto en los ejemplos que se han venido comentando hasta llegar a este apartado-, de modo que podemos establecer dos líneas, dos pactos posibles: el del narrador -que justificaría la creencia en la muerte de don Quijote y en su locura (que lamentamos no tener espacio para tratar aquí)- o el del personaje -que nos llevaría a aceptar que no muere, que no es loco y que no engaña-. Así, si continuamos con Torrente Ballester, estaremos de acuerdo en que hay un principio de credibilidad y un principio de realidad suficiente que funcionan en el texto 55 , pero creemos que la realidad que alcanza 52 Acerca de ello, Frenk agrega que “se diría que el narrador se ha propuesto despistar al lector” (2015, 90). Podemos encontrar ejemplos de esto en el propio capítulo que nos ocupa: “hallose el escribano presente y dijo que nunca había leído un ningún libro de caballerías que algún caballero andante hubiese muerto en su lecho tan sosegadamente y tan cristiano como don Quijote”(II, LXXIV, 1104), pues, como sabemos, Tirante -capítulos CDLXIX y CDLXX- muere tras hacer testamento (así lo comenta también el cura durante el escrutinio “dígoos de verdad, señor compadre, que por su estilo es éste el mejor libro del mundo: aquí comen los caballeros, y duermen y mueren en sus camas, y hacen testamento antes de su muerte, con estas cosas de que todos los demás libros de este género carecen”, I, VI, 66). Insistimos, por el estudio que venimos realizando, en que Cervantes era consciente de esta oposición a la que sometía a personajes y narrador. 53 Salinas escribe: “¡qué ciego hace falta estar para creer que don Quijote no sabía lo que hacía! (…) La maravilla del Quijote es que Cervantes no nos dice en ninguna parte que don Quijote es bueno, ni que Sancho es malo. No; los pone a caminar y nos deja a nosotros en perfecta libertad de conciencia para que sintamos simpatía por uno o por el otro, para que creamos que don Quijote está loco o no lo está” (1947, 106 y 108). 54 Se ha mencionado -a través de Avalle-Arce en la nota 51- que Américo Castro llama a este proceso cervantino ‘realidad oscilante’, teoría en la que no entraremos en este trabajo pero que dejamos apuntada como futura vía de profundización. Se aborda en El pensamiento de Cervantes, páginas de la 68 a la 111 de la edición consultada. 55 Define el principio de ‘credibilidad’ “como la necesidad que experimenta el lector de ‘tener por verdadero’ lo que narra o describe en tanto dura la lectura: no es menester una profundización excesiva para percatarse de que se trata de una actitud ‘lúdica’”. En cuanto al principio de ‘realidad suficiente’, son “las condiciones estructurales mínimas que se exigen al objeto representado (hombre, cosa), para que pueda