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Cuestiones urbanísticas en torno a la "Civitas" de Los Bañales (Uncastillo, Zaragoza)

Andreu Pintado, Javier; González Soutelo, Silvia; García Entero, Virginia; Jordán Lorenzo, Ángel A.; Lasuén Alegre, María

Abstract

El siguiente trabajo da cuenta de parte de la primera fase del Plan de Investigación de la Fundación Uncastillo en la ciudad romana de Los Bañales (Uncastillo, Zaragoza), en el extremo oriental del solar atribuido por las fuentes antiguas a los “Vascones”. Se defiende el carácter urbano y municipal del enclave, se vuelve sobre la identificación funcional de algunos de sus edificios singulares (templo y espacio porticado), se presentan nuevos materiales en relación a la ubicación de su necrópolis y, sobre todo, se proponen una nueva interpretación preliminar del trazado de su acueducto – con aporte de notables evidencias arqueológicas novedosas en este sentido – así como algunas matizaciones a la tradicional interpretación de las termas públicas del lugar, una ciudad cuyo apogeo debe situarse entre los siglos I y II d. C.

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SPAL 17 (2008): 233-266 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2008.i17.10 INTRODUCCIÓN Los Bañales es un yacimiento arqueológico ubicado en el extremo meridional del vastísimo término municipal de Uncastillo – ciertamente, más cercano a las actuales localidades de Layana y Sádaba, todas en la provincia de Zaragoza y en la arqueológicamente fértil Comarca de las Cinco Villas de Aragón1–, en el corazón del supuesto solar de los antiguos Vascones y que ocupó un lugar de privilegio en la bibliografía especializada en los últimos años setenta y primeros ochenta del siglo XX para, después – salvo recientes trabajos2– ** Universidad Nacional de Educación a Distancia-UNED. *** Universitat Autònoma de Barcelona (Contratada Juan de la Cierva). **** Archivo Epigráfico de Hispania 1. Con valoración arqueológica general en Beltrán Lloris (1986). 2. Andreu y Jordán (2004-2005); Ortiz y Paz (2005); Cabello y Zapater (2006) y, sobre todo, Lasuén y Nasarre (2008). Resumen: El siguiente trabajo da cuenta de parte de la primera fase del Plan de Investigación de la Fundación Uncastillo en la ciudad romana de Los Bañales (Uncastillo, Zaragoza), en el extremo oriental del solar atribuido por las fuentes antiguas a los Vascones. Se defiende el carácter urbano y municipal del enclave, se vuelve sobre la identificación funcional de algunos de sus edificios singulares (templo y espacio porticado), se presentan nuevos materiales en relación a la ubicación de su necrópolis y, sobre todo, se proponen una nueva interpretación preliminar del trazado de su acueducto – con aporte de notables evidencias arqueológicas novedosas en este sentido – así como algunas matizaciones a la tradicional interpretación de las termas públicas del lugar, una ciudad cuyo apogeo debe situarse entre los siglos I y II d. C. Palabras clave: Urbanismo romano, hidráulica romana, acueductos, termas, necrópolis, Los Bañales, Vascones. Summary: The following paper presents part of the conclusions from the first year of archaeological work in the Researching Plan of Fundación Uncastillo in the Roman city of Los Bañales (Uncastillo, Zaragoza), in the East part of ancient Vascones´ territory. We argue here the urban and municipal character of the settlement, come over on the functional comprehension of some of its singular buildings (temple and porticus space), present some new findings related with the situation of its burial area and, of course, try to give some new lights on the problem of the aqueduct line – also with new interesting evidences and fundings – and some reinterpretations on the plan of the well-known Roman baths of the city, specially developed between I and II century AD. Keywords: Roman Urbanism, Roman Water Supply, Aqueducts, Roman Baths, Roman Burial, Los Bañales, Vascones. CUESTIONES URBANÍSTICAS EN TORNO A LA CIVITAS DE LOS BAÑALES (UNCASTILLO, ZARAGOZA)* URBAN ISSUES AROUND THE CIVITAS LOS BAÑALES (A CASTLE, ZARAGOZA) JAVIER ANDREU PINTADO** SILVIA GONZÁLEZ SOUTELO*** VIRGINIA GARCÍA-ENTERO** ÁNGEL A. JORDÁN LORENZO**** MARÍA LASUÉN ALEGRE** * El presente trabajo se integra en las actividades del Plan de Investigación que –bajo la autorización, financiación y encargo de la Dirección General de Patrimonio Cultural del Departamento de Educación, Cultura y Deporte del Gobierno de Aragón y la dirección de la Fundación Uncastillo– se viene llevando a cabo en el citado yacimiento arqueológico. Asimismo, forma parte de la línea de investigación sobre “Los Vascones de las fuentes clásicas” coordinada por uno de nosotros en el marco del Grupo de Estudios Avanzados de la Antigüedad de la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED) (Ref.: G55H22). 234 J. ANDREU / S. GONZÁLEZ / V. GARCÍA-ENTERO / A. A. JORDÁN / M. LASUÉN SPAL 17 (2008): 233-266 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2008.i17.10 apenas ser referido en ella sino como probable solar de la Tarraca de las fuentes e itinerarios antiguos3 y como muy probable municipio flavio4, cuestiones las dos – aunque notablemente interesantes – tangenciales en la panorámica arqueológica del lugar. La ausencia de trabajos arqueológicos continuados en el enclave desde que en los años cuarenta – primero – y en los setenta – después – los ilustres arqueólogos J. Galiay y A. Beltrán Martínez dirigieran en él campañas de excavación5 – más tarde continuadas por puntuales actuaciones más recientes, aun pendientes de publicación6– explica, en cierto modo, ese ‘olvido historiográfico’ a pesar de la importancia capital que – para muchos – ha encerrado siempre la comprensión de la entidad, función y cronología exacta del yacimiento en el contexto de los primeros pasos de la romanización en las tierras del actual Aragón7. Recientemente, y por encargo de la Dirección General de Patrimonio del Gobierno de Aragón, la prestigiosa Fundación Uncastillo ha asumido el liderazgo de un Plan de Investigación que el enclave venía reclamando hace años y que es deseable tenga continuidad en adelante. De parte de los trabajos de la primera fase de dicho Plan8 – coordinado científicamente desde la Universidad Nacional de Educación a Distancia y con el concurso de especialistas procedentes de diversas Universidades españolas – ambicionan dar somera cuenta estas páginas. En ellas pretendemos reconsiderar algunos tópicos vertidos por la investigación a la hora de interpretar la organización y planeamiento del yacimiento – para algunos, incluso, no urbano9– y 3. Peréx (1998) y Andreu (2006: 199-202), con las fuentes en cuestión y toda la bibliografía, reducción que, en cualquier caso (Beltrán Lloris 1996: 76, n. 192;y Andreu y Jordán (2004-2005: 458- 461), con ser la más plausible, aun debe madurarse. 4. Beltrán Lloris, Martín-Bueno y Pina (2000: 92). 5. Galiay (1944 y 1949) – aunque una valoración inicial del lugar ya había sido hecha por Escalada (1943: 78-81), con una primera llamada de atención sobre la extensión de la ciuitas – y Beltrán Martínez (1977a) – que publicó, además, un trabajo monográfico sobre las termas y el acueducto de la ciudad (Beltrán Martínez 1977b) sobre cuyas conclusiones volveremos con frecuencia más adelante – y Aguarod (1977) y Beltrán Lloris (1977), en el contexto de las aludidas campañas. 6. Una somera referencia a las mismas puede verse en Zapater y Yáñez (1995) y, muy recientemente, en Ortiz y Paz (2005: 10-11), Ortiz (2006: 115-116), y Cabello y Zapater (2007). Los informes originales, custodiados en la Dirección General de Patrimonio del Gobierno de Aragón, pueden verse en Viladés (1998, 1999 y 2002). 7. Ortiz (2006: 116) y Cabello (2006a: 78-79). 8. La otra parte de la primera fase del Plan de Investigación, centrada en la delimitación de las formas de poblamiento rural en el entorno de la ciuitas que nos ocupa como vía para sondear la vida histórica de ésta puede verse en Andreu, Lasuén y Jordán (2009). 9. Asensio (1995: 327) e incluso Fatás (1993: 60). a la hora, también, de ofrecer una lectura apropiada de sus más singulares monumentos, algunos de los cuales – especialmente las termas y el acueducto, y siempre a partir de prospecciones en superficie y de revisiones detalladas en aras de la mejor comprensión del enclave y de la planificación de actuaciones arqueológicas futuras – hemos procedido a estudiar en profundidad. LA ORGANIZACIÓN URBANA Quien visita el yacimiento de Los Bañales por primera vez se plantea la misma pregunta que asaltó la mente del P. Escalada – y seguramente, antes del viajero portugués J. B. Labaña10, el primero que describió los restos arqueológicos del lugar –: “¿qué se ha hecho de las piedras de tantos edificios?11”. Seguramente, ha sido esa impresión de ‘despoblado’ que ofrecen Los Bañales – aumentada, si cabe, por la monumentalidad de los restos que sí siguen en pie (termas, posible templo, espacio porticado, poblado en altura y acueducto) y por la del notable arco, ya perdido, que en su día dibujara el propio J. B. Labaña12, e igualmente intensificada por el notable conjunto de asentamientos rurales documentado desde antiguo en la zona13– la que llevó a parte de la investigación a interpretar el enclave sencillamente como un área recreativa – con termas y espacios comerciales y cultuales – al servicio de una conurbación de uillae dispersas14 no sólo a orillas del río Riguel – la corriente fija de agua más próxima al lugar, si bien la zona está surcada por diversos barrancos de los cuales, el más próximo es el denominado, precisamente, barranco de Valdebañales, al Norte del yacimiento – sino – según dicha interpretación – incluso colindantes con la propia área monumental de Los Bañales, yacimiento que ocupa (Fig. 1) la parte central de un amplio valle comprendido entre los cerros – todos oscilando en torno a los 570 metros de altitud sobre 10. Labaña (1610 [2006]: 23-24). 11. Escalada (1943: 78). 12. Labaña (1610 [2006]: 24), comentado en Galiay (1944: 16 y 1946: 83) – que lo puso en relación con la calzada “que venía desde el fondo del valle”, presumiblemente la vía Caesaraugusta-Pom- pelo [Magallón (1995: 40-41), con toda la amplia bibliografía sobre la misma a su paso por la Comarca y con novedades en Moreno (2009)]– y en Beltrán Lloris (1996: 76). 13. Especialmente desde los trabajos de Casado (1975), recientemente revisados, con nuevos datos, en Andreu, Lasuén y Jordán (2009) donde, en 121-122 , n. 1, se recoge toda la bibliografía al respecto. 14. Lostal (1980: 83), por ejemplo, y Fatás (1993: 60-61), con toda la bibliografía en Andreu, Lasuén y Jordán (2009: 124: n. 6), interpretación vigente todavía en trabajos recientes como Ortiz y Paz (1995: 11). 235CUESTIONES URBANÍSTICAS EN TORNO A LA CIVITAS DE LOS BAÑALES (UNCASTILLO, ZARAGOZA) SPAL 17 (2008): 233-266 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2008.i17.10 el nivel del mar – de El Pueyo – al Oeste – y Puy Foradado – al Este, casi en el límite actual con el vecino término municipal de Biota – y entre el área inmediata a la moderna Ermita de Nuestra Señora de Los Bañales – al Norte (Fig. 1, 3)– y el cerro de El Huso y La Rueca – hacia el Sur – asentado, por tanto, sobre las suaves lomas que se alzan tras las terrazas fluviales de la margen derecha del río Riguel e izquierda del río Arba de Luesia ambos cursos a un nivel de altitud inferior respecto del que ocupan Los Bañales. Si, como se ha señalado en ocasiones15, la ciudad antigua debe ser entendida – fundamentalmente – como centro de poder, como polo de desarrollo económico y comercial, como espacio de auto-representación y desarrollo social de la elite y como organismo dotado de una cierta fisonomía urbana, no cabe duda que Los Bañales debe ser entendida, sensu stricto, como una 15. Levi (1989: 405, 417 y 420). auténtica ciuitas partícipe, precisamente, de todas las dimensiones aquí indicadas, el repaso de las cuales, en cualquier caso, excedería los propósitos de este trabajo. Es más, sólo el hecho de la existencia en las cercanías – en el conocido Mausoleo de los Atilios – de dos individuos adscritos a la Quirina tribus (CIL, II, 2973) bastaría para demostrar que la comunidad que ocupó el solar de Los Bañales – y, en mayor medida, si se corresponde con el solar de los foederati Tarracenses plinianos16– funcionó como una auténtica ciuitas, dotada, además, del ordenamiento político típico de los municipios de estatuto latino flavio17 y, por tanto, conformada jurídicamente conforme a los canones del Derecho Romano. Además, creemos que dicha afirmación – no pon- 16. Plin. Nat. 3, 24, posibilidad sobre la que, recientemente – y tras el pionero trabajo de Peréx (1998)–, han reflexionado Andreu (2004- 2005: 283-284, n. 186), Sayas (2005: 36), y Amela (2006: 163-164). 17. García Fernández (2001: 129-138). Figura 1. Propuesta de delimitación funcional del espacio urbano en la ciuitas de Los Bañales y detalle de la ubicación del área arqueológica (Dibujo: M. Lasuén). 236 J. ANDREU / S. GONZÁLEZ / V. GARCÍA-ENTERO / A. A. JORDÁN / M. LASUÉN SPAL 17 (2008): 233-266 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2008.i17.10 derada con la suficiente claridad en la bibliografía que, hasta la fecha, se ha ocupado del enclave – encuentra su refrendo en los datos arqueológicos por más que – seguramente – la organización y función de dicha ciuitas sólo podrá ser comprendida con nuevos trabajos de excavación arqueológica que deseamos iniciar tan pronto lo permitan los recursos disponibles, presumiblemente en el verano de 2009. Efectivamente, uno de los objetivos de la primera fase del Plan de Investigación que inspira estas líneas ha sido el de la delimitación y cuantificación territorial del yacimiento como vía, además, para la planificación de futuras actuaciones. Para ello, se ha llevado a cabo una prospección arqueológica intensiva de todo el espacio circundante a las grandes obras monumentales a las que se alude más adelante en estas mismas páginas y que han sido cartografiadas con anterioridad (Fig. 1). El resultado de la misma ha sido la constatación de un continuum ininterrumpido de aparición de material arqueológico mueble – cerámica pero también material constructivo de diverso género – a lo largo de una superficie de extensión estimable en torno a las 23 hectáreas. Dicha superficie se extiende por la amplia llanura que se abre desde la ladera Sureste de El Pueyo – pasando por el área de Valdebañales – y desde la cara Nordeste de La Portillala – que cierra al Norte la pequeña meseta que ocupa toda el área monumental y que, precisamente, desciende ligeramente en valle a partir del área ocupada por las termas – hasta el notable cerro de El Huso y La Rueca (Fig. 1, 6)–con dos piedras verticales en su cumbre, a nuestro juicio de factura y uso romanos18– evidenciando un planteamiento urbano que deja libres las áreas elevadas pero aprovecha todos los espacios llanos abiertos al pie de las mismas (Fig. 2). 18. Andreu y Jordán (2003-2004: 441). Recientemente, Cabello (2006b: 36-37) – retomando una tradicional interpretación de Galiay (1944: 8 y 1955: 86) y apoyándose en el hallazgo en la zona (Casado 1975: 147) de una punta de sílex – ha defendido el carácter megalítico del monumento apuntando que tal vez pudiera servir de mojón territorial en época prehistórica. Dada la abundancia del sílex en superficie en todo el valle del río Riguel y coincidiendo, además, el cerro de El Huso y La Rueca con las últimas evidencias de materiales cerámicos y arquitectónicos del yacimiento, nos parece que dicho monumento debe entenderse como una suerte de hito terminal territorial que advirtiese en época romana del límite Sur de la ciudad en tanto que el Norte quedaba claro por el notable desnivel que – sobre el valle del Riguel – ofrecen las estribaciones de La Portillala, el Este por las canalizaciones de specus en roca al servicio del acueducto – a cuya altura, precisamente en la parte más oriental de La Portillala, se recogen los últimos fragmentos cerámicos y se constatan las últimas evidencias de estructuras domésticas (Fig. 1, 8) y Fig. 4)– y por una serie discontinua de pequeños cerros atravesados hoy por la denominada Cañada de la Muga, limitánea con Biota, y el Oeste por la localización – creemos que ahora con bases más ciertas – de la necrópolis de la ciudad (Andreu y Jordán 2003-2004: 429-435). De ese modo, a partir de la evidencia material, Los Bañales debió ser una ciuitas de extensión bastante notable – aunque, seguramente, algo menor que la que se ha estimado recientemente para otras ciuitates del entorno, como la ignota de Campo Real/Fillera, en Sos del Rey Católico/Sangüesa19–, con un área monumental repartida entre la ladera Sureste de El Pueyo – por otra parte, mucho menos escarpada que la opuesta si es que no fue aterrazada por Roma – y la parte central de la aludida elevación de La Portillala – a ambos lados de la Ermita de Nuestra Señora de Los Bañales –, una necrópolis ubicada al pie de la ladera Suroeste de El Pueyo, y un espacio residencial amplísimo que debió alternar las viviendas construidas en materiales perecederos con otras de técnica semejante a la documentada en las viviendas de El Pueyo – que, tras una presunta ocupación protohistórica y antes de su continuidad medieval debió actuar también como espacio residencial, en su día ya debidamente estudiado20 (Fig. 1, 1)– tal como hiciera notar J. Galiay que documentó en los años cuarenta diversos restos de cimentaciones – algunos aun visibles hoy – en “el fondo del valle21”. La constatación de algunas evidencias arquitectónicas en la zona de El Huso y La Rueca y al pie del camino que comunica el área monumental con el acueducto, en la falda de las pequeñas lomas que pudieron conformar el límite Este de la ciudad – molduras y fustes de columnas en el primer caso (Fig. 3) y nítidas estructuras de habitación en el segundo (Fig. 4)– permiten, pues, certificar las dimensiones del núcleo habitacional que, como venimos advirtiendo, pueden vislumbrarse sencillamente a partir de la extensión del material cerámico que, por otra parte, no ofrece novedades tipológicas respecto al que, en su día, fue recogido en la zona22: cerámica de barniz negro, diversas variantes de sigillata hispánica y gálica, algunos ejemplos de cerámica de paredes finas y abundantes fragmentos de tegulae, cerámica común y dolia, estos últimos, notablemente abundantes en las zonas inmediatamente anteriores a los que parecen revelarse como posibles límites del área urbana de la ciuitas, tal vez, efectivamente, reflejo de una probable “área de servicios” dentro de aquélla, como la denominara M. Beltrán Lloris23. 19. Andreu, Armendáriz, Ozcáriz, García-Barberena y Jordán (2008). 20. Beltrán Lloris (1976: 163 y 1977, 1058). Sobre la ocupación protohistórica de El Pueyo, puede verse Galiay (1949: 25) – con hallazgos de cerámica de tipo celtibérico en la cumbre – y 19-23 – con consideraciones sobre la urbanística del lugar – Balil (1971: 31) – interpretando las viviendas en relación a la técnica constructiva de las del Cabezo de Alcalá de Azaila – y Casado (1977: 990), Beltrán Lloris (1996: 76) y Lasuén y Nasarre (2008: 212) – con valoración de dicha posibilidad –. 21. Galiay (1946: 84). 22. Casado (1977: 987). 23. Beltrán Lloris 1996: 76. 237CUESTIONES URBANÍSTICAS EN TORNO A LA CIVITAS DE LOS BAÑALES (UNCASTILLO, ZARAGOZA) SPAL 17 (2008): 233-266 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2008.i17.10 Figura 2. Ortofoto del área arqueológica de Los Bañales con delimitación del espacio de aparición del material arqueológico (Dibujo: M. Lasuén). Figura 3. Fragmento de columna y de arquitrabe arquitectónico moldurado hallados al Oeste de El Huso y La Rueca (Foto: J. Andreu). 238 J. ANDREU / S. GONZÁLEZ / V. GARCÍA-ENTERO / A. A. JORDÁN / M. LASUÉN SPAL 17 (2008): 233-266 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2008.i17.10 A) Espacio Porticado No exenta de problemas sigue estando la identificación y comprensión del espacio monumental porticado ubicado a la entrada del yacimiento, en el límite Norte del mismo (Fig. 1, 2) y presidido por dos monumentales columnas de arenisca de orden toscano estudiadas en su día en un notable trabajo de E. Ariño, C . Guiral, Mª P. Lanzarote y G. Sopeña24, que les otorgaron una cronología post-julio-claudia. Planteado como posible foro recientemente – o, al menos, como parte del mismo25–, no parece que sea un macellum, como sugirió en su día soslayadamente A. Beltrán Martínez26 por más que, efectivamente, a mediados del siglo I d. C., las ciudades hispanas asistan a la construcción de foros con espacios comerciales asociados, según anotó J. L. Jiménez27. Tal vez, por la planta, por el tipo de material 24. Ariño, Guiral, Lanzarote y Sopeña 1991: 113. 25. Lasuén y Nasarre (2008: 212). 26. Beltrán Martínez (1977b: 92), que, sin embargo, es desestimado como tal por Torrecilla (2007) que, al menos, no lo incluye en su catálogo de macella seguros de la Tarraconense. 27. Jiménez (1987: 176), con comentario respecto al espacio que nos ocupa en Andreu (2004-2005: 275-277). recuperado en la zona – especialmente estuco y pintura roja pero también abundante vajilla de mesa romana – y porque nos parece que – como anotaremos más adelante – el área neurálgica del foro tal vez deba buscarse en la ladera Sur de El Pueyo (Fig. 1, 5), habremos de dar razón a la poco citada hipótesis en su día planteada por F. Beltrán Lloris28 en relación a la interpretación como doméstico de este espacio – recientemente, además, puesto en valor de modo notable – o, en todo caso, pensar – como han sugerido no hace mucho J. Cabello y M. Á. Zapater29– en una zona efectivamente monumental y en la que se conjugasen funciones comerciales públicas con otras residenciales privadas. Una vez más, sólo la realización de nuevas catas en el lugar y la definitiva resolución de la retícula urbana del conjunto arqueológico de Los Bañales permitirán esclarecer la cuestión cuyo debate funcional dista mucho de estar cerrado. 28. Beltrán Lloris (1976: 162), con comentarios en Andreu (2004-2005: 275 y 294) hipótesis también defendida por Zapater y Yáñez (1995: 24) y que, en cualquier caso, ya dejó abierta Galiay (1944: 28). 29. Cabello y Zapater (2007: 62). Figura 4. Estructura de habitación documentada al Este del área monumental (Foto: V. García-Entero). 239CUESTIONES URBANÍSTICAS EN TORNO A LA CIVITAS DE LOS BAÑALES (UNCASTILLO, ZARAGOZA) SPAL 17 (2008): 233-266 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2008.i17.10 B) El Templo Fue J. Galiay30 el primero en advertir el posible carácter cultual del conjunto – eminentemente público y de corte monumental – que ocupa la parte Este de la primera terraza de la ladera Sur de El Pueyo (Fig. 1, 5). Estudiado después – con la correspondiente planimetría – por J. Lostal31, la interpretación como tal – con una planta presumiblemente toscana – ha sido sostenida y documentada recientemente con notable rigor por M. Lasuén y E. Nasarre32. La procedencia del lugar tanto de una pieza estatuaria33 como de un bien perceptible conjunto de basas de pedestal moldurada y hasta de un capitel presumiblemente corintio bastante dañado, y hasta ahora inédito (Fig. 534), permiten pensar en un área monumental de carácter público para la que, efectivamente, la finalidad cultual resulta la más probable una vez que el paralelo que – ocasionalmente35– se ha aportado – en planta – con la supuesta curia en Labitolosa ha de ser tomado con prudencia pues, como ha sugerido uno de nosotros, más parece que aquélla deba entenderse como un templo que como una sede de re- 30. Galiay (1944: 17-19 y 1946: 114-115). 31. Lostal (1982: 84). 32. Lasuén y Nasarre (2008: 215). 33. Galiay (1946: 82) y, recientemente, en Andreu (2004-2005: 273). 34. Igualmente inédito, hasta ahora, permanece un capitel de orden toscano conservado en el apodyterium de las termas sin que se conozca el contexto de procedencia (Fig. 6). Por la habitual cronología de este tipo de capiteles en Hispania puede fecharse hacia finales del siglo I d. C. (Gutiérrez 1992: nº 20 y Domingo en prensa, autor al que, además, le agradecemos las indicaciones dadas respecto de la pieza). 35. Cabello y Zapater (2007: 62). unión del ordo decurionum local36. En cualquier caso, sólo una segunda intervención en dicho espacio y un detenido análisis arqueológico de toda la terraza en la que el edificio se integra – y que, a nuestro juicio bien pudo ser ocupada por el foro de la ciudad (Fig. 1, 5)– permitirá certificar esta función que aquí se valora. C) Las Termas37 (Figs. 7 a 9) La primera constancia que tenemos de este edificio termal data de inicios del siglo XVII cuando el cosmógrafo portugués J. B. Labaña, en su viaje para realizar un mapa de Aragón por encargo de la Diputación del Reino, visitó el lugar y realizó un croquis de la construcción balnearia; dibujo que permite comprobar cómo en ese momento se mantenía en pie buena parte del edificio que J. B. Labaña describió como “casa entera muy bien labrada38”. Las primeras intervenciones arqueológicas del edificio se desarrollaron en 1942-1943 y 36. Al respecto – y con toda la bibliografía sobre el singular edificio labitolosano – puede verse Jordán (2004-2005). 37. Este apartado ha sido redactado por V. García-Entero. El propósito de estas páginas – en el contexto de este trabajo de revisión general de la urbanística de la ciuitas de Los Bañales – no es otro que presentar una nueva propuesta de identificación de las salas balnearias de las termas de Los Bañales realizada a partir del estudio in situ del edificio y de la revisión de los datos hasta ahora publicados del mismo. Queda fuera de nuestra intención el análisis de cuestiones como el abastecimiento y evacuación de agua al complejo, su inserción en la trama urbana de la ciudad – por otra parte, difícil de cerrar con los datos disponibles hasta el momento, tal como se hace constar en este mismo trabajo –, su cronología, etc., cuestiones todas que tan sólo la reanudación de los trabajos arqueológicos podrán solventar. 38. Labaña (1610 [2006]: 24). Figura 5. Capitel corintio conservado in situ en el pórtico del presunto templo (Foto: P. Faus). Figura 6. Capitel toscano conservado en el interior del apodyterium de las termas (Foto: V. García-Entero). 240 J. ANDREU / S. GONZÁLEZ / V. GARCÍA-ENTERO / A. A. JORDÁN / M. LASUÉN SPAL 17 (2008): 233-266 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2008.i17.10 1946 -1947 de la mano de J. Galiay quien excavó buena parte del complejo balneario identificándolo ya como tal. Los trabajos entonces realizados consistieron en el vaciado, hasta rebajar los niveles de uso y circulación romanos, de las distintas dependencias balnearias elaborando, además, la planimetría del conjunto exhumado. De esta intervención se publicaron dos trabajos que no permiten, sin embargo, reconstruir la función de los espacios termales entonces exhumados y erróneamente identificados, ni atribuir una cronología al edificio, si bien se aportan datos de interés sobre algunos aspectos de las estancias, como más adelante se hará notar39. Tras esta intervención, entre 1972 y 1974 A. Beltrán retomó los trabajos arqueológicos en Los Bañales, 39. Galiay (1944: 10-14 y 1949: 7-9). prestando especial atención a las termas que excavó parcialmente en aquellos sectores intactos de la intervención anterior. A este autor debemos la primera interpretación funcional de las termas realizada a partir de la minuciosa observación de los restos y de la revisión de los datos aportados por las excavaciones de J. Galiay40. Tanto la planimetría de las termas como la interpretación funcional de sus estancias son, salvo puntualizaciones concretas que veremos a continuación, todavía válidas. Es ésta la interpretación que se ha mantenido hasta la actualidad, si bien cabe mencionar que algunos autores no realizan una lectura adecuada de la propuesta de A. Beltrán41 y que otros se han limitado a describir 40. Beltrán Martínez (1977b: 102-129). 41. Lostal (1980: 85-86). Figura 7. Propuesta de interpretación de las termas de Los Bañales (Dibujo: V. García-Entero). 241CUESTIONES URBANÍSTICAS EN TORNO A LA CIVITAS DE LOS BAÑALES (UNCASTILLO, ZARAGOZA) SPAL 17 (2008): 233-266 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2008.i17.10 el edificio según la propuesta de éste, manteniendo las erróneas identificaciones de la palestra y elaeothesium42 que en el contexto de esta revisión nos parece oportuno matizar. Con posterioridad a ese momento, tan sólo se ha llevado a cabo una intervención realizada por J. Mª Viladés entre 1998 y 2002 y centrada en el sector occidental del edificio y cuyos resultados permanecen aún inéditos43. Recientemente el complejo ha sido objeto de una puesta en valor basada en la limpieza y protección del edificio y que ha conllevado la publicación de una nueva propuesta de funcionamiento44. Como hemos mencionado, el edificio termal se mantenía en buena parte aún en pie cuando, a inicios del siglo XVII, el viajero J. B. Labaña visitó el yacimiento, dejando constancia de ello en el croquis ya mencionado. Sin duda, la solidez de la construcción facilitó su reutilización como vivienda en siglos posteriores como apunta A. Beltrán, quien alude a su uso primero como casa y, tras la construcción de la cercana Ermita de la Virgen de Los Bañales en el siglo XVIII, como huerto, cuadras y establos. Por todo ello, y como ya afirmó este investigador a partir del minucioso estudio que realizó sobre este complejo, el edificio termal romano había sido devastado por las ocupaciones posteriores que modificaron, en gran medida, la construcción romana45. A este hecho cabe sumar las referidas actuaciones de J. Galiay quien excavó en gran medida el edificio termal, ofreciendo breves informaciones que A. Beltrán recogió posteriormente para reconstruir ciertos datos de la construcción balnearia. Las termas de Los Bañales son un edificio rectangular de aproximadamente 530 m2 con 28 m de fachada de Este a Oeste y 15,5 m de Norte a Sur. De esta construcción rectangular sobresalen dos bloques en los extremos Noreste (54,6 m2) y Sureste (31,6 m2) que se corresponden con las estancias de acceso y la piscina del frigidarium respectivamente (Figs. 7 y 8). A falta todavía de conocer cómo se inscribe este edificio termal en la trama urbana de la ciudad, sí podemos apuntar que el acceso al mismo se realizaba desde el extremo Noreste del complejo donde debemos suponer existió un cardo que limitaba las termas por su flanco oriental (Fig. 7). El acceso a las termas se realizada a través de una fachada monumentalizada flanqueada por pilastras adosadas de la que apenas se conserva parte del zócalo y el umbral, de 2,67 m de anchura (Fig. 9, 1). A través de él se accedía a la primera sala del edificio; estancia 42. Ortiz y Paz (2005: 109-110) y Ortiz (2006). 43. Viladés (1998, 1999 y 2002). 44. Lasuén y Nasarre (2008: 229). 45. Beltrán Martínez (1977b: 93 y 104). rectangular de 9 m de longitud y 3 m de anchura (27 m2) que debemos considerar un primer vestíbulo. Esta estancia disponía, en su extremo Norte, de un banco corrido realizado en piedra de 60 cm de anchura y situado a 60 cm del pavimento de la estancia46. No podemos descartar que otro banco estuviera situado en el extremo Sur de la estancia; sin embargo, el estado actual que presenta este sector del vestíbulo no nos permite confirmar este hecho47. El espacio central de la sala estuvo parcialmente ocupado por el cuerpo de escaleras que permitía el paso de este primer ambiente termal a la siguiente habitación que podemos interpretar como un nuevo espacio de paso y de espera para el bañista (Figs. 9, 2 y 9, 3). Este cuerpo de escaleras, de 2,4 m de longitud y 1,10 m de profundidad total, fue realizado íntegramente con sillares pétreos y estuvo formado por cuatro escalones que permitían al bañista solventar la diferencia de cota de 90 cm existente entre el pavimento de la primera sala y de esta segunda estancia48. Esta habitación cuadrangular (4,08 x 3 m) de apenas 12,36 m2, sirvió como espacio de paso y espera49, para lo cual el usuario de los baños dispuso de bancos corridos en los flancos Norte y Oeste de la sala. Estos bancos, al igual que el localizado en la sala anterior, tienen una 46. Este espacio, junto con buena parte del edificio termal, fue vaciado por J. Galiay, siendo mínima la información recuperada. No obstante, durante la intervención llevada a cabo en 1972 por A. Beltrán, y tras la minuciosa observación que este investigador realizó del complejo balneario, es posible apuntar ciertos aspectos. Así, en el muro Oeste de este vestíbulo A. Beltrán pudo comprobar la presencia de los apoyos pétreos que sostuvieron un segundo banco corrido del que nada se conserva en la actualidad. En el mismo sentido, cabe apuntar que entre el material recuperado, A. Beltrán menciona teselas de color blanco y negro que, quizás, podría vincularse con el pavimento de la estancia (Beltrán Martínez 1977b: 115). 47. Actualmente el tercio Sur de la sala [espacio J de la planta de A. Beltrán: por ejemplo Beltrán Martínez (1981: 193)] aparece totalmente desmantelado, no conservándose ni el muro que debió delimitar la estancia en su fachada a la calle, ni el pavimento que, creemos, debió estar a cota con el del resto de la estancia. Ya el propio A. Beltrán alude al carácter confuso que presenta este espacio, sin duda, muy modificado por las actuaciones que afectaron al edificio tras su abandono en época romana y, especialmente, por la actuación desarrollada por J. Galiay. Según la propuesta de circulación que planteamos (Fig. 7), cabe la posibilidad de que en este sector del vestíbulo se abriera un vano que permitiera al usuario de las termas acceder a las letrinas sin necesidad de frecuentar el resto de ambientes balnearios. En este sentido, cabe llamar la atención sobre el plano realizado por J. Galiay en el que aparece el arranque de un muro que, en sentido O/E, parece confirmar la continuidad de la sala hacia este sector (Galiay 1944: 7, fig 2). 48. Los escalones presentan una altura de entre 20 y 25 cm, siendo la anchura de cada peldaño de entre 40 y 48 cm. 49. La superficie útil de esta sala, eliminando el espacio ocupado por los bancos corridos y el propio cuerpo de escaleras, es de apenas 6,5 m2, circunstancia que permite afirmar que se trató de un ambiente de paso en el que los bañistas no pudieron estar demasiado tiempo de espera. 248 J. ANDREU / S. GONZÁLEZ / V. GARCÍA-ENTERO / A. A. JORDÁN / M. LASUÉN SPAL 17 (2008): 233-266 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2008.i17.10 presa poco conocida en la bibliografía específica, ubicada al pie de una colina que se erige al Norte de Puy Foradado, casi sobre la muga de los términos municipales de Uncastillo y Biota y aun pendiente de un estudio pormenorizado79, que aquí avanzaremos; un segundo tramo conformado por la presencia de los pilares identificados como puntos de soporte de un acueducto aéreo y que se situarían entre el inicio del desnivel creado por la elevación de Puy Foradado y la loma rocosa de La Portillala, terraza sobre la que se asientan los restos de las termas romanas y la Ermita de Los Bañales80; y 79. Beltrán Martínez (1977b: 99), Castillo y Arenillas (2002), Arenillas (2003), y Beltrán Lloris (2006: 79). 80. La Ermita, de hecho, ofrece, además, evidencias inéditas de material arqueológico romano procedentes de espacios indeterminados del área urbana del yacimiento. Así, con la inestimable y diligente colaboración de D. Emilio Navarro, párroco de Uncastillo, pudimos proceder a un inventario del material arqueológico reutilizado en la Ermita de Nuestra Señora de Los Bañales, justo en el área central del yacimiento (Fig. 1, 3). Entre éste – al que deben sumarse unas aras taurobólicas hoy en el Museo de Zaragoza pero en su día insertadas en los muros de la Ermita y sobre las que oportunamente volveremos (véase nota 126) y la conocida inscripción ERZ, 54, embutida entre los contrafuertes del muro Oeste de la Ermita – pueden destacarse hasta cuatro fustes de columna – seguramente no monumentales y tal vez de un ámbito doméstico – y una basa que unir a una pieza moldurada – tal vez perteneciente a un monumental pedestal – que, tipológicamente muy próxima a las que se conservan en el templo, se encuentra a la derecha de la entrada a la Ermita (Fig. 11). un último espacio que, precisamente, transcurriría, en roca, por La Portillala hasta llegar al espacio cívico y que, seguramente, se presenta como el espacio de más difícil restitución ante la escasez de evidencias constructivas en este sentido, si bien creemos poder aportar algunas novedades al respecto. Comenzando por el primer tramo, ya se ha hecho constar más arriba que las propuestas sobre la localización de la caput aquae del acueducto de Los Bañales habían considerado, mayoritariamente, que la toma de agua debía hacerse en una corriente constante y abundante como podría ser la del río Arba de Luesia, que circula hoy aproximadamente a 12 km al Noreste del yacimiento. A este hecho, además de las leyendas populares al respecto de una joven que, viviendo en Los Bañales, debía desplazarse cada día a la Fuente del Diablo de Malpica de Arba – todavía existente en el cauce del río Arba de Luesia – y que pactó con el diablo para que, para eximirla de dicho desplazamiento, le construyera un acueducto, que es el que aquí estudiamos81, habría que unir las confusas noticias aportadas por J. Galiay82 en relación a un muro antiguo de contención del río Arba, que – al igual que le sucedió en su día a 81. Para la leyenda, con toda la bibliografía, ver Serrano (2007: 214-215). 82. Galiay (1946: 9-12) y también Lostal (1980: 87). Figura 10. Plano general del trazado del acueducto de Los Bañales, desde la posible presa de Biota hasta el espacio cívico, reconocido por las termas y la Ermita de Nuestra Señora de Los Bañales (Dibujo: S. González Soutelo). 249CUESTIONES URBANÍSTICAS EN TORNO A LA CIVITAS DE LOS BAÑALES (UNCASTILLO, ZARAGOZA) SPAL 17 (2008): 233-266 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2008.i17.10 A. Beltrán83– no hemos podido constatar seguramente porque, como ha apuntado recientemente M. Beltrán Lloris84, ha sido destruido bien por una nueva presa de derivación hecha de hormigón que se contempla hoy en el cauce del río, apenas doscientos metros aguas abajo desde la ya citada Fuente del Diablo y que, en cualquier caso, bien pudiera ser un dique de riego sin ninguna relación aparente con la monumental obra hidráulica de Los Bañales, objeto de nuestra atención en estas líneas, bien por el propio Puente del Diablo, recientemente reformado. Pese a lo factible que, a priori, podría resultar esta toma de agua, ella debe hacer frente a la solución del desnivel entre el punto posible de captación del río y la pendiente que se constata en la conducción, que acumula, en algunos puntos del que sería su lógico trazado, una diferencia negativa de al menos 20 m, situándose el río a una cota de 547 m frente a los 520 m de nivel que mantiene la conducción localizada entre el tramo de los pilares y la llegada a la Ermita y, por tanto, al centro de la antigua ciuitas romana. Tal desnivel inicial, junto con la presencia de las elevadas colinas (área 83. Beltrán Martínez (1977b: 95-96). 84. Beltrán Lloris (2006: 79). de Cubalmena) que se extienden entre el cauce del río Arba y la Val de Bañales hacen que, al menos por el momento, tengamos que descartar este posible punto de captación ante la falta, además, de evidencias que así lo atestigüen. Como un problema añadido – y no me- nor – al respecto estarían las nada positivas valoraciones que los autores clásicos hacen del agua de los ríos en relación al consumo de boca, calificando éstas como aguas poco saludables y difíciles de controlar para el abastecimiento cívico85. Descartada por el momento esa opción – por más que tenemos prevista una segunda prospección intensiva del área comprendida entre Puy Foradado, Cubalmena y el río Arba de Luesia orientada también a evidenciar el posible uso de la supuesta presa de la Fuente del Diablo y la incidencia del poblamiento rural romano en la zona – parece más plausible la propuesta realizada en su día por A. Beltrán Martínez86 de ubicar la caput aquae del acueducto en una posible presa romana ubicada al pie de una colina al Norte de Puy Foradado, ya en el monte de Biota, hoy previsiblemente colmatada y como cierre del 85. Plan. Nat. 30, 35 o, también, Frontin. Aq. 91-93. 86. Beltrán Martínez (1997b: 99) y, también recientemente, la excelente propuesta de Lasuén y Nasarre (2008: 233). Figura 11. Pieza moldurada conservada en la entrada de la Ermita de Nuestra Señora de Los Bañales y tambor de columna reutilizado en una dependencia anexa (Fotos: P. Faus). 250 J. ANDREU / S. GONZÁLEZ / V. GARCÍA-ENTERO / A. A. JORDÁN / M. LASUÉN SPAL 17 (2008): 233-266 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2008.i17.10 área conocida en el lugar con el sugerente topónimo de Cubalmena. La citada presa (Fig. 12) está conformada por un lienzo de pared curva que cruza de Este a Oeste el estrechamiento que se forma en la margen derecha de la delimitación de los términos municipales de Uncastillo y Biota, perteneciendo jurídicamente, frente a lo que sucede en el resto del yacimiento, a la segunda entidad. El trazado que hoy se constata forma una cuña abierta hacia el lado Norte que correspondería a aguas arriba – (Fig. 13)– con una longitud aproximada de 58 m, un ancho posible de 1,5 m escalonados, y una altura visible de 1,20 m. En la configuración del paramento que constituye esta pared, se aprecian tres hileras de sillares irregulares de grandes dimensiones (el de mayor tamaño presenta unas dimensiones de 80 x 48 x 30 cm), organizados de forma escalonada, con una diferencia en avanzado entre la hilada superior de sillares y la siguiente de 39 cm, y con la segunda y la tercera hilera a una distancia de 56 cm de la posible fila inferior87. 87. El paralelo hispano mejor conocido en cuanto a sistema constructivo puede ser la presa de Don Tello (Mérida) (Gorges y Rico 1999: 170-172, Fig. 6), quedando pendiente la acreditación de estos paralelos a una limpieza y excavación de los muros que permita concretar la configuración constructiva de la presa de Biota que aquí estudiamos. Figura 12. Detalle del paramento de pantalla de la presa y dibujo esquemático frontal y lateral de la misma (Dibujo: S. González Soutelo). 251CUESTIONES URBANÍSTICAS EN TORNO A LA CIVITAS DE LOS BAÑALES (UNCASTILLO, ZARAGOZA) SPAL 17 (2008): 233-266 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2008.i17.10 Descrita como presa de gravedad88, creemos se trata de un azud para almacenar y desviar el agua obtenida en la zona en épocas de lluvias o principalmente por algún manantial hoy extinguido u oculto pero para el que no faltan evidencias89 desde donde aquélla se conduciría hacia el acueducto de Los Bañales, bien atravesando la colina inmediatamente ubicada al Oeste de esta construcción o bien rodeando dicha colina rocosa por su parte Sur, aspectos que discutiremos más 88. Arenillas (2003) y, con carácter general, sobre este tipo de presas Fernández Casado (1983: 109-175) (para los casos hispanos) y Chow (1964), Schnitter-Reinhardt (1979) y Hodge (2000). 89. En este sentido, contamos con referencias orales del propietario del terreno – cuya colaboración, así como la de Augusto Fernández y Miguel Giménez, vecinos de Uncastillo y Layana respectivamente agradecemos – que indica que incluso en los meses más secos hay dos blandones que evidencian una corriente freática de agua dentro del espacio colmatado de la presa, uno próxima a las primeras estribaciones de Cubalmena y otro junto a la presa, que podrían haber sido captadas en época romana para la conducción de agua a Los Bañales. adelante. En este sentido, la presencia de un manantial con caudal como para almacenar una cantidad de agua considerable para su posterior conducción, coincidiría, ahora sí, con la opinión de la mayoría de los autores clásicos que consideraban que los acueductos deberían tomar sus aguas a ser posible de manantiales o de pequeños arroyos existentes en zonas elevadas o en surgencias subterráneas90. Otra opción posible sería que esta presa sirviese para contener el agua de los barrancos próximos – notablemente del denominado Barranco 90. Frontin. Aq. 93. Arqueológicamente también tenemos numerosas evidencias de la captación a partir de fuentes como sucede en el caso de la mayoría de los acueductos de la ciudad de Roma, del acueducto de Nîmes y de Arles (Francia), y del de Gades (Cádiz); o por captación de manantiales subterráneos como en el caso de Andelo (Navarra), Sexi (Almuñecar, Granada) o Mérida – acueducto de Rabo de Buey – (Badajoz), entre otros muchos ejemplos, evitando, siempre que fuera posible, la toma de agua de grandes ríos (al respecto puede verse Moreno 2006: 130). Figura 13. Vista del espacio cerrado por la presa, hoy ya colmatado, desde la colina ubicada al Este de la misma (Foto: S. González Soutelo). 252 J. ANDREU / S. GONZÁLEZ / V. GARCÍA-ENTERO / A. A. JORDÁN / M. LASUÉN SPAL 17 (2008): 233-266 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2008.i17.10 de Valdebañales, también de sugerente topónimo, y que discurre algo más al Norte –, como así apunta la situación del embalse, lo que la configuraría como una captación estacional donde se almacenaría el agua para los períodos de más sequía. Sin embargo, dudamos que ese fenómeno se concretase en época romana si tenemos en cuenta los dictámenes de los autores clásicos91 que se adecúan más con la valoración anterior, opción inicial que nosotros respaldamos. La identificación de esta presa o azud como punto de captación del agua del acueducto de Los Bañales, lleva implícita la búsqueda del canal que conduciría el agua hacia la ciudad. En esta primera campaña de prospección no hemos podido localizar el punto exacto de toma o salida del agua desde la presa hacia el canal, ni ninguna estructura de desviación de aquélla que, seguramente, sólo podrá constatarse con una cata en profundidad en el lugar. Por tanto, tampoco ha sido posible calcular la pendiente del canal, que debería responder teóricamente a aproximadamente 1 m de caída en cada 1000 m de recorrido92. Al intentar plantear el trazado del acueducto en esta área, además de la posibilidad de que el canal rodease la colina inmediata a la presa, manteniendo el nivel de cota necesario por medio de un canal excavado en la roca y, seguramente, de poca profundidad, semejante a los tramos de specus que sí se han conservado en el área de La Portillala, sobre los que luego volveremos (Figs. 24 y 25) – y que, en cualquier caso, no ha dejado evidencias – nos parece plausible plantear una nueva hipótesis de trabajo vinculada a la toponimia del lugar. En ese sentido, de acuerdo con el topónimo atestiguado en la colina próxima – Puy Foradado – proponemos la posibilidad de que – como, por otra parte, no es infrecuente – se haya producido un desplazamiento del aquél, y que éste hubiese originariamente podido corresponder al de la colina inmediata a la presa, en relación con la posible existencia de un canal que recorriese este espacio para poder conducir el agua con mayor comodidad aunque, seguramente, sin la perforación subterránea a la que alude el topónimo aunque sí con un nivel de canal casi en superficie, como se ha dicho. No tenemos evidencias concretas al respecto salvo 91. Contra la salubridad del agua de barrancos y, nuevamente, la preferencia por la de manantiales, véase Vitr. De Arq. 8, 1 y, también, Pallad. 1, 3 y 9, 8. 92. Según Vitrubio (Vitr. De Arq. 8, 7) esa inclinación debía ser de un 0,5% – 5 m cada 1 km –; mientras que Plinio (Plan. Nat. 30, 6, 47) establecía una pendiente menor, relativa a 0,02% – 20 cm cada 1 km –. La media establecida por autores como Hodge 1992: 123 a partir del estudio de las pendientes de diversos acueductos, indica un desnivel medio variable del 0,15 y el 0,3%, dependiendo específicamente de cada acueducto y de la naturaleza de su trazado. la toponimia y la realidad topográfica del terreno, por lo que queda como mera hipótesis de trabajo hasta nuevas puntualizaciones al respecto. Desde este punto anexo a la presa o azud, consideramos que el canal bordearía los siguientes collados próximos y se dirigiría hacia el monte hoy en día conocido como Puy Foradado rodando esta elevación por su margen Este-Norte, a una cota de 525 m (Fig. 10). Al llegar a su punto más occidental, dicho canal mantendría su desnivel por medio de la conducción alzada, identificada por el acueducto, para dirigirse ya hacia la ciudad. Así, de acuerdo con las mediciones realizadas, la cota de canal presente en los pilares que veremos a continuación nos indica que el acueducto elevado comenzaría justamente desde el punto donde actualmente se corta la pendiente de la colina con los campos de cultivo (Fig. 14). En ese sentido, consideramos que el tramo de canal que rodea los collados tendría un trazado excavado en roca de escasa profundidad que permitiría, por un lado mantener el nivel de inclinación necesario, y por otro, facilitar las labores de mantenimiento y control de la conducción aspecto éste que, en cualquier caso, es difícil de comprobar dada la intensa labor de roturación, explanación y alteración que, de diverso género, ha experimentado la zona. Entre el alto de Puy Foradado y la primera evidencia del tramo de pilares del acueducto existe hoy una distancia aproximada de 43 m (Fig. 15). El último pilar conservado íntegro en las proximidades de Puy Foradado tiene una altura máxima de 3,45 m frente a los 8 m de altura, conservados en los pilares de mayor altura. En ese sentido se comprende la reducción del tamaño puesto que la pendiente se nivela hacia Puy Foradado, quedando el punto 0 de este desnivel justo a los pies del primer aterrazamiento de este alto (Fig. 14). Entendemos que la distancia comprendida entre este punto 0 de nivelación localizado en el Puy Foradado y los pilares conservados estaría salvada bien con un muro corrido que permitiera salvar esa distancia con mayor seguridad y sencillez constructiva bien con pilares decrecientes que conducirían el agua de forma aérea tras salir de la colina mencionada. Debido a las labores de cultivo intensivo que se desarrollan en este punto del trazado del acueducto aéreo no se conservan restos de dichos pilares que debieron ser fácilmente desmantelados debido a su menor altura y entidad y – seguramente también – por desviarse de la base de roca madre sobre la que toman apoyo el resto de los pilares (Fig. 18). Así parece testimoniarlo la presencia de gran número de fragmentos pétreos colocados artificialmente en los márgenes de estos campos que podrían corresponder con los pilares desmantelados. Por la longitud calculada 253CUESTIONES URBANÍSTICAS EN TORNO A LA CIVITAS DE LOS BAÑALES (UNCASTILLO, ZARAGOZA) SPAL 17 (2008): 233-266 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2008.i17.10 Figura 14. Punto 0 de la conducción inicial en roca tras pasar Puy Foradado en relación con la cota presente en el canal del acueducto elevado (Foto: S. González Soutelo) Figura 15. Vista general de los pilares del acueducto de Los Bañales (Foto: P. Faus). 254 J. ANDREU / S. GONZÁLEZ / V. GARCÍA-ENTERO / A. A. JORDÁN / M. LASUÉN SPAL 17 (2008): 233-266 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2008.i17.10 para este tramo (43 m), y manteniendo la separación media de 4 m entre los pilares que pudieron haber existido – que, por otra parte, es la existente entre los que sí se conservan –, consideramos que el acueducto contaría con un máximo de 8 pilares en este tramo inicial que le permitirían extenderse, de forma ya aérea, entre la estribación del Puy Foradado y el último pilar conservado (Fig. 16). Menos problemas plantea, lógicamente, el tramo de pilares que constituye la parte más conocida del trazado del acueducto de Los Bañales (Figs. 15, 16 y 22). Si bien éste está claro hasta las estribaciones rocosas de La Portillala – la lengua de roca ubicada inmediatamente al Oeste de los pilares – son muchas las cuestiones técnicas que – ya planteadas en su día por A. Beltrán93– resultan todavía de difícil resolución por no entrar en el aspecto – aparentemente poco ortodoxo – del modelo de construcción escogido máxime si se tiene en cuenta la extraordinaria monumentalidad que exhiben los otros espacios urbanísticos de Los Bañales y, en especial, las termas que, seguramente, estuvieron en función de esta construcción hidráulica que aquí estudiamos94. 93. Beltrán Martínez (1977b: 99-100). 94. Beltrán Martínez (1977b: 101). Así, frente a lo que sería la solución arquitectónica habitual en un acueducto romano clásico para salvar – como es el caso – un cierto desnivel, en Los Bañales nos encontramos con una variedad constructiva no conocida hasta el momento en otros acueductos95. En ese sentido, la presencia de pilares paralelos de dimensiones variables entre 3,75 y 8 m, con un rebaje en el sillar superior en forma de canal rectangular de apenas 50 cm de ancho por 10 cm de alto (Fig. 15, en primer término y Fig. 17), remiten a una única interpretación posible vinculada al encaje de un canal aéreo que recorriese la distancia existente entre un collado – Puy Foradado – y otro – La Portillala –. Evidentemente las características técnicas del citado canal no están exentas de problemas ya que la longitud del tramo ocupado por la solución arquitectónica de pilares con conducción sobre canal horizontal ronda los 375 m, una distancia excesiva 95. Los únicos paralelos posibles – salvando las debidas distancias – se localizan en el Norte de África, aunque su configuración dista bastante de ser comparable con el acueducto alzado de Los Bañales. En el caso de Bou-Aouïa (Túnez), estudiado por A. I. Wilson (1997) – a quien agradecemos sus indicaciones y puntualizaciones – se describe un canal de piedra sostenido sobre grandes bloques pétreos, pero con una altura y entidad mucho menor, y con un espacio entre pilares también de menor entidad, utilizado esencialmente para la conducción de agua a espacios agrícolas. Figura 16. Representación del trazado de pilares del acueducto con distinción entre conservados (en claro), no conservados (en oscuro) e indicación correlativa de las diversas alturas conservadas (Dibujo: S. González Soutelo). 255CUESTIONES URBANÍSTICAS EN TORNO A LA CIVITAS DE LOS BAÑALES (UNCASTILLO, ZARAGOZA) SPAL 17 (2008): 233-266 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2008.i17.10 Figura 17. Detalles frontal y lateral de un pilar completo (Pilar 1) del acueducto de Los Bañales con indicación de su sistema constructivo, del de fijación del specus de madera en la parte superior y del de anclaje de éste al pilar (Fotos: P. Faus y Dibujos: S. González-Soutelo). 256 J. ANDREU / S. GONZÁLEZ / V. GARCÍA-ENTERO / A. A. JORDÁN / M. LASUÉN SPAL 17 (2008): 233-266 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2008.i17.10 que necesitaría la creación de un conducto formado por sectores de notable longitud. Debido a la sencillez de los pilares y a la distancia existente entre cada uno de ellos (con 4 m de media de luz), no creemos que pudiesen tratarse de tuberías de plomo ni de cerámica, ya que no podrían cubrir la distancia entre cada pilar sin contar con un apoyo intermedio. De la misma manera, no creemos posible que se desarrollase una conducción de piedra o de mampostería, ya que los pilares no podrían haber sustentado dicho peso ni sería viable su prolongación de un pilar a otro. De ahí que el único conducto plausible para ser sostenido en esa distancia y sobre dichos pilares sería el realizado en madera, material cuyo carácter liviano sí permitiría el desarrollo del canal sin necesidad de estructuras más complejas y costosas. Si fuese cierta dicha interpretación – que ya defendió con anterioridad A. Beltrán96–, se trataría de una solución poco frecuente para el caso de conducciones aéreas de un acueducto al servicio de una ciuitas, ya que estos canales lignei mencionados en las fuentes97, de acuerdo con los testimonios arqueológicos, sólo aparecen presentes en conducciones subterráneas, donde pudiesen estar protegidos de los agentes atmosféricos y ambientales98 y donde, además, parece que la madera debió ser especialmente resistente99. En cualquier caso, el specus de la parte aérea del acueducto de Los Bañales debió estar constituido por un canal de caja de madera fijado a los pilares100. De ser correcta esta interpretación faltaría, evidentemente, por solucionar la cuestión del anclaje y fijación de la madera a la estructura pétrea máxime en una zona donde el viento es omnipresente. En ese sentido, cabría pensar que la perforación cuadrangular que atraviesa el antepenúltimo sillar de cada uno de los pilares (Fig. 17) guarde relación con la necesidad de buscar elementos que permitiesen una mayor sujeción del canal superior. A. Beltrán101 sugirió la posibilidad de que, para dicho fin, se utilizasen cuerdas o correas que, atravesando los agujeros, permitiesen atar el canal superior justo en el punto de unión entre un 96. Beltrán Martínez (1977b: 97), sobre cuya originalidad llamara la atención recientemente, en el ámbito hispano y aun vascónico Núñez (1998: 124). 97. Pallad. 9, 11 y también Vitr. De Arq. 2, 9, que defiende – junto con Favent. 6– la utilidad de las conducciones de madera pero siempre en contextos subterráneos. 98. Ejemplos de canales de madera aparecen por ejemplo, aprovechando el mismo tronco, en Mainz o Aachen (Alemania) (Hodge 1992: 109) o en forma de caja en madera en el Norte y Centro de Europa, caso del de Dorchester (Inglaterra) (Putnam 1992). 99. Vitr. De Arq. 8, 7. 100. Una sugerente propuesta puede verse en Rubio (2008: 273). 101. Beltrán Martínez (1977b: 98). canjilón y otro. En nuestra opinión, esa solución sería poco válida ya que por una parte, no tenemos constancia de paralelos donde se utilizase tal sistema ni si ésta podría haber sido funcional; y por otra, no hemos atestiguado marcas de desgaste o rozamiento que permitan plantear el uso de elementos en tensión a partir de esos puntos. Más viable sería que esas perforaciones evidentemente destinadas a reforzar, bien fuese a los pilares o principalmente al canal de sustentación, estuviesen atravesadas por un tablero en forma de andamio, que permitiese aguantar algún sistema de refuerzo del canal o de las estructuras, en forma de vigas verticales y/u horizontales102. Desde el punto de vista arquitectónico, los pilares se caracterizan por estar formados de grandes sillares en la base que decrecen de forma ascendente – tanto en ancho como alto –. Estos sillares se apoyan sobre un rebaje de nivelación de la roca madre (Fig. 18) perfectamente visible y especialmente acusado en la parte central del tramo de pilares. En los pilares caídos o conservados sólo a nivel del primer sillar se identifica la presencia de una marca en dicha posición (Fig. 19) con función de encaje o alzado. En ese sentido, los sillares fueron colocados en seco, sin más preparación que el rebaje de sus caras, o con una posible lechada de cal con arcilla muy fina que parece identificarse en algunas de las juntas de estos pilares, lo que indicaría una gran precisión a la hora de colocar cada uno de los sillares para garantizar su afianzamiento sin necesidad de ningún tipo de argamasa sólida. En la mayoría de los sillares, además, es posible identificar las marcas de extracción o labra del sillar (Fig. 20) en forma de líneas del pico empleado para la preparación de las piezas cuando no, también, diversas marcas de cantería de posible origen romano (Fig. 21) en su día ya constatadas por A. Beltrán103. En ese sentido, es evidente que la función estética y monumental – frente a la practicidad – no fue uno de los elementos tenidos cuenta en la construcción de este acueducto, como sí podría suceder en otros ejemplos hispanos bien conocidos104. La respuesta constructiva 102. También es posible – y agradecemos aquí la sugerencia de J. Delaine, de la Universidad de Oxford – que dichos orificios sirviesen como punto de apoyo de unos andamios de madera que facilitasen los trabajos de mantenimiento del canal que, es de suponer, por el carácter endeble del mismo, debieron ser frecuentes (véase, al respecto Adam 1996: 84, fig. 182). El hecho, además, de que dichas oquedades se encuentren – ocasionalmente – a diferentes alturas y que, en algunos casos, sus dimensiones habituales (15 x 12 cm) sean algo más profundas, permite pensar, precisamente, en sucesivas roturas de los mismos quizás por el excesivo peso soportado. 103. Beltrán Martínez (1977b: 98). 104. Precisamente, es este aspecto poco ortodoxo de la construcción hoy conservada, unido a una serie de evidencias que aquí 257CUESTIONES URBANÍSTICAS EN TORNO A LA CIVITAS DE LOS BAÑALES (UNCASTILLO, ZARAGOZA) SPAL 17 (2008): 233-266 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2008.i17.10 Figura 18. Detalle del rebaje en roca para la cimentación y apoyo de los pilares del acueducto (Foto: P. Faus). Figura 20. Detalle del trabajo de labra de los sillares de los pilares del acueducto (Foto: P. Faus). Figura 19. Sillar de un pilar derribado, con marca de sujeción para su elevación constructiva (Foto: P. Faus). Figura 21. Detalle de marcas de cantero sobre sillares del tramo de pilares del acueducto (Foto: P. Faus). 264 J. ANDREU / S. GONZÁLEZ / V. GARCÍA-ENTERO / A. A. JORDÁN / M. LASUÉN SPAL 17 (2008): 233-266 ISSN: 1133-4525 ISSN-e: 2255-3924 http://dx.doi.org/10.12795/spal.2008.i17.10 ARENILLAS, M. (2003): “Presas romanas en España”, Ingeniería y Territorio. 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