Breve retrato de Carlos Fuentes
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Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 28. Segundo semestre de 2012. Pp. 203–208. Breve retrato de Carlos Fuentes Maarten van Delden UCLA (Estados Unidos) I. Cuando a mediados de los años noventa estaba escribiendo un libro sobre Carlos Fuentes, mis amigos me preguntaban si pensaba, como parte de mi investigación, entrevistar al renombrado autor mexicano. Mi respuesta era que aunque me fascinaba la obra y la carrera de Fuentes, no me interesaba conocerlo en persona. Me parecía que Fuentes se exponía tanto a la mirada pública que no era necesario hacerle una entrevista personal para hacerse una idea de quién era o cómo pensaba. Además, quería mantener una distancia crítica con respecto al objeto de mi estudio y temía que si me acercara demasiado al escritor mexicano correría el riesgo de perder esa visión imparcial que consideraba esencial para poder escribir un buen libro. Cuando en 1998 mi libro sobre Fuentes fue publicado por Vanderbilt University Press, yo jamás había hablado y ni siquiera intercambiado una carta con el autor sobre el que versaba mi estudio. Sin embargo, en el otoño de 1999, llegó al fin el momento en el que ya no podía rehuir el encuentro con Fuentes. Por aquel entonces, yo era profesor en Rice University, en Houston, Tejas. La Fondren Library —la biblioteca de aquella universidad— había invitado al mundialmente famoso escritor mexicano a dar una conferencia en su sede. Me pidieron que lo presentara ante el público. Después de la conferencia fuimos Fuentes y su esposa Silvia, un par de altos administradores de la Universidad, dos parejas de ricos donadores a nuestra institución, y yo y mi esposa a cenar en un restaurante en el barrio Montrose, cerca del campus de Rice. Por primera vez, pude ver cómo era Fuentes en vivo. Confieso que me quedé deslumbrado por la fuerza y brillantez de su personalidad. Todavía no olvido los gestos enfáticos pero nunca exagerados con los que el autor acompañaba su conversación. Todas sus intervenciones en el diálogo que se desarrolló esa noche en Houston me parecieron entretenidas, informativas e inteligentes. Empecé a sospechar que me había equivocado al suponer que conocer al autor mexicano en Perfiles / Semblanzas
204 Maarten van Delden Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 28. Segundo semestre de 2012. Pp. 203–208. persona no añadiría nada a lo que ya sabía de él por medio de su obra escrita y las muchas entrevistas que había concedido a críticos y periodistas. Fuentes disertaba con elegancia, penetración y humor sobre todos los temas imaginables. No importaba el asunto que se discutía en la mesa; el autor mexicano estaba listo con alguna observación aguda o anécdota divertida. Recuerdo que en algún momento los invitados a la cena empezaron a hablar de Bill Bradley, el senador de New Jersey, quien acababa de lanzar su campaña presidencial, perfilándose como la alternativa izquierdista a Al Gore dentro del Partido Demócrata. Fuentes no sólo tenía un conocimiento detallado de la biografía y el pensamiento político del candidato; además compartió con nosotros un detalle especialmente llamativo para los interesados en literatura: la esposa de Bradley era profesora de literatura comparada en una universidad del estado de New Jersey y acababa de publicar un libro sobre la literatura alemana y el Holocausto, libro que Fuentes evidentemente había leído. Uno se quedaba con la impresión que la mirada de Fuentes lo abarcaba todo. Más tarde la conversación empezó a girar en torno al boxeo. No recuerdo exactamente cómo surgió el tema. Pero inmediatamente se notaba la animación del huésped de honor, quien compartió con nosotros la anécdota de un encuentro que tuvo hace muchos años con Muhammad Ali. El año era 1977 y Fuentes se encontraba en la Feria del Libro de Frankfurt. Caminaba por la feria con un par de colegas mexicanos cuando de repente se encontraron cara a cara con el famoso boxeador afroamericano. Se saludaron. A Ali le llamó la atención lo bien trajeados que iban los escritores mexicanos. “You guys look good” (Tienen buena pinta), les dijo. Entonces Fuentes respondió, “It’s because we’re Mexican” (Es que somos mexicanos). Había algo ligeramente absurdo en la respuesta del autor mexicano. Al recordar su encuentro con Ali, Fuentes puso una cara de medio, como si el cumplido del boxeador hubiera constituido una especie de amenaza, y la alusión a la nacionalidad de los escritores una justificación y auto-defensa. Recuerdo que todos nos reímos con gusto. II. La incongruente reacción de Fuentes ante el comentario de Muhammad Ali era al mismo tiempo altamente reveladora. El gran autor tenía una aguda conciencia de su identidad mexicana. De hecho, el tema del ser mexicano fue una preocupación constante e ineludible para Fuentes, quien empezó su carrera literaria en los años cincuenta cuando El laberinto de la soledad de Octavio Paz y los debates del Grupo Hiperión habían puesto el tema de la mexicanidad en el centro de la atención. Desde el principio, el pensamiento de Fuentes en torno al tema de la identidad nacional fue rico y complejo, a veces incluso algo contradictorio. Era a la vez nacionalista y crítico del nacionalismo.
205 Breve relato de Carlos Fuentes Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 28. Segundo semestre de 2012. Pp. 203–208. ¿En qué sentido Fuentes era nacionalista? Para esbozar una respuesta a esta pregunta, veamos, para empezar, un curioso dato en la bibliografía de Fuentes. En 1988, el autor mexicano publicó un libro de ensayos escritos en lengua inglesa (nunca hubo versión en castellano) titulado Myself With Others, que incluía un ensayo autobiográfico titulado “How I Started to Write” (Cómo empecé a escribir). Lo interesante es que este mismo texto había sido publicado anteriormente en la revista literaria británica Granta, pero con otro título: “The Discovery of Mexico” (El descubrimiento de México). Dos títulos distintos para un solo texto. Es difícil imaginar una prueba más viva de cómo en la visión que tenía Fuentes de su propia biografía se unían dos procesos: el encuentro con México, por un lado, y el surgimiento de su vocación literaria, por otro. Desde el principio, su proyecto como autor estaba íntimamente ligado con su búsqueda de una identidad mexicana. Fuentes no sólo buscaba al ser mexicano; también lo celebraba. Sabía evocar con conmovedora elocuencia la belleza de su país. Sus libros contienen descripciones sublimes del variado paisaje mexicano, observaciones llenos de ternura sobre las costumbres y tradiciones de sus compatriotas, y visiones exaltadas de episodios claves de la historia mexicana, sobre todo de la Revolución de 1910. Fuentes construía una imagen de su país que era sin lugar a dudas la perspectiva de un enamorado. Además, como buen nacionalista mexicano, Fuentes mostraba un fuerte antagonismo hacia Estados Unidos. Hablaba a la perfección el inglés y se movía con suma comodidad en los mundos de la academia y la intelectualidad estadounidense. Era un gran admirador de la literatura norteamericana, de las universidades del vecino al norte, y del cine y el periodismo de Estados Unidos. Pero Fuentes era también un duro crítico de la política exterior de Estados Unidos, sobre todo cuando estaban los republicanos en el poder. Y tenía una visión mordaz de lo que veía como los defectos de la cultura estadounidense: su vulgaridad, mala comida, racismo, y falta de sentido histórico. Véase, por ejemplo, la interpretación divertida aunque a veces algo estereotipada que ofrece el autor de la cultura del país vecino en La frontera de cristal. Pero quizás la expresión máxima del nacionalismo de Fuentes se encuentra en su convicción de que la nación mexicana era una entidad autónoma que no se dejaba definir ni controlar por fuerzas exteriores. A finales de los años ochenta el autor mexicano publicó en el New York Times Book Review una reseña interesantísima del libro Revolutionary Mexico del gran historiador estadounidense John Mason Hart. La tesis de Hart era que la Revolución Mexicana había sido una guerra anti-impe- rialista. Fuentes disentía. Para él, la Revolución había sido más que nada una revelación de la identidad de México. Lo veía como un proceso que venía desde dentro, no como una reacción a fuerzas exteriores al país. En el fondo, su interpretación de la Revolución era una defensa de la dignidad de México. Pero Fuentes era también un crítico del nacionalismo. En sus escritos sobre la Revolución, Fuentes frecuentemente seguía en los pasos de Octavio Paz para quien las luchas de 1910 a 1917 representaban una “súbita inmersión” en el ser de México. Pero al lado de la lectura lírica de la Revolución, el novelista pro-
206 Maarten van Delden Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 28. Segundo semestre de 2012. Pp. 203–208. ponía también una lectura burlesca. ¿Cómo no acordarse de los ridículos viejos generales revolucionarios de la narrativa de Fuentes, como el anciano General Vergara del cuento “El día de las madres” quien trata desesperadamente de revivir las batallas de la Revolución primero en una fiesta con mariachis y después en un prostíbulo? ¿O del nonagenario General Palomar de la novela Cristóbal Nonato con su fe irracional en dos ideas contradictorias: por un lado, que la Revolución no había concluido, y por otro, que había triunfado y cumplido todas sus promesas? En relación con la doctrina nacionalista, Fuentes era simultáneamente creyente y crítico. Desde sus primeras obras narrativas se observa esta mezcla de reverencia y escepticismo hacia su país. La primera novela de Fuentes, La región más transparente, es un texto obsesionado con el tema de lo mexicano; al mismo tiempo, el personaje que más comparte esta obsesión con el autor, Ixca Cienfuegos, resulta ser una figura profundamente siniestra. Su deseo de provocar un regreso al glorioso pasado de su país a través de los sacrificios humanos representa una degradación de la idea de la búsqueda de una identidad cultural coherente y auténtica. El personaje de Ixca demuestra que para Fuentes había un nacionalismo malo además de uno bueno. III. No cabe duda que el tema de la identidad nacional estaba en el centro de las preocupaciones de Fuentes. Y, sin embargo, su narrativa es de una índole profundamente cosmopolita. Fuentes fue uno de los grandes innovadores de la narrativa hispanoamericana en la segunda mitad del siglo XX. Fue discípulo de Jorge Luis Borges y compañero de ruta de Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Mario Vargas Llosa, quienes, junto con el autor mexicano, formaron el núcleo del boom de la literatura latinoamericana. Todos estos escritores se nutrieron del ejemplo de los grandes escritores vanguardistas de Europa y Estados Unidos de la primera mitad del siglo pasado. Fuentes estaba obsesionado con México pero estaba igualmente preocupado por la proyección de su obra en un plano internacional. ¿En qué consistía esta herencia vanguardista de la que tanto aprendió Fuentes? ¿Y de qué modo se apropiaba Fuentes del ejemplo de escritores como James Joyce y William Faulkner, Marcel Proust y D.H. Lawrence? Cuando Fuentes irrumpió a finales de los años cincuenta y principios de los sesenta en la escena literaria mexicana lo que más llamó la atención fue el estilo agresivamente experimental de la narrativa de Fuentes. En sus primeras novelas, el lector se encuentra con un intenso despliegue de técnicas como el monólogo interior y la fragmentación de la línea narrativa. El ejemplo máximo de esta orientación de la narrativa de Fuentes sería su novela La muerte de Artemio Cruz en la que el autor filtra la temática tradicional de la Revolución Mexicana a través de técnicas derivadas de la literatura vanguardista europea y estadounidense de las primeras décadas del siglo XX. El propósito del autor mexicano era revigorizar la novela
207 Breve relato de Carlos Fuentes Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 28. Segundo semestre de 2012. Pp. 203–208. de la Revolución Mexicana, ofreciéndonos un protagonista visto no sólo desde fuera, sino también desde dentro, un protagonista, además, quien poseía toda la profundidad, complejidad y conflictividad interna de los personajes de autores como Virginia Woolf o Thomas Mann. Fuentes quería también, igual que sus precursores vanguardistas, ofrecernos otra visión del tiempo, no como algo lineal y ordenado, sino como una dimensión fluctuante, subjetiva, y finalmente también algo misteriosa. Es por eso que los capítulos de La muerte de Artemio Cruz saltan constantemente en el tiempo. Hay un orden escondido en la vida de las personas y las culturas que no se puede captar con ayuda de métodos racionales o narraciones lineales. Había otro elemento que vinculaba a Fuentes con los escritores de la vanguardia internacional. Autores como Joyce, Lawrence, T.S. Eliot y Ezra Pound (llamados modernists por la crítica angloamericana) tenían una fuerte preocupación por el lugar del mito en el mundo moderno. En un famoso ensayo, Eliot había comentado que en su novela Ulysses Joyce utilizaba el “método mítico” para imponer un orden en el caos de la sociedad actual. Lawrence había viajado a Ceilán, a Australia, a Nuevo México y finalmente a México en busca de una regeneración espiritual que contrarrestaría a la decadencia de las sociedades industriales de Occidente. A Fuentes le fascinaba el tema del mito. En cierto sentido, México era para él un lugar impregnado de una dimensión mítica. Pero su relación con el concepto del mito era mucho más compleja que la idea propuesta por Eliot en su ensayo sobre Joyce. Los mitos podían imponer un orden, ofrecer explicaciones. Pero en La región más transparente la idea de un regreso al tiempo mítico de los aztecas resulta ser una noción arbitraria y destructiva. Y en La muerte de Artemio Cruz el mito que subyace a la trayectoria biográfica del protagonista —el mito de La Malinche y los orígenes de la nación mexicana en la violación— apunta a una condición patológica que hay que remediar, no a una dimensión más auténtica de la realidad. Más adelante, en novelas como Cambio de piel y Terra nostra, cambia otra vez el papel del mito. Ya no se trata de encontrar estructuras escondidas —regeneradoras o nocivas— sino de mezclar historia y mito, realidad y ficción hasta que ya no es posible distinguir entre estos niveles de la existencia. El lector se queda hundido en una profunda incertidumbre en cuanto al estatus de la narración que lee. La incertidumbre era otro gran tema vanguardista. Un tema, además, que la crítica —influenciada por el auge a partir de los años sesenta del deconstruccionismo— empezó a enfatizar más y más. Fuentes era un gran proponente de la idea de la obra abierta, la obra que crea posibilidades de interpretación, en vez de cerrarlas, la obra polisémica, la obra que invita al lector a ser activo, no pasivo. En ensayos como La nueva novela hispanoamericana, Cervantes, o, la crítica de la lectura y Geografía de la novela reiteraba su credo de la literatura como diálogo, nunca monólogo. Lo curioso, sin embargo, es que muchos críticos no aceptaron la lectura que el autor mexicano implícitamente ofrecía de su propia obra. Mientras que algunos de los lectores más agudos de la obra
208 Maarten van Delden Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política y Humanidades, año 14, nº 28. Segundo semestre de 2012. Pp. 203–208. de Fuentes —como Julio Ortega, Georgina García Gutiérrez y Michael Abeyta— contribuían a la visión de una obra fundamentalmente transgresora, otros críticos, igualmente inteligentes—como José Joaquín Blanco y Roberto González Echevarría—retrataban a Fuentes como un autor cerrado e incluso autoritario. Debate interesantísimo que seguramente seguirá siendo por mucho tiempo todavía un punto clave en la agenda de los estudiosos de la obra de Carlos Fuentes. I V. No fue hasta febrero del 2008 que tuve otra oportunidad para conversar—aunque fuera muy brevemente—con Carlos Fuentes. El autor mexicano había venido a Los Ángeles para participar en la inauguración de las actividades académicas y culturales de la Universidad de Guadalajara en esta ciudad. En el auditorio de la Public Library (Biblioteca Pública) de Los Ángeles y en presencia de dignatarios como Antonio Villaraigosa, alcalde de Los Ángeles, y Arturo Sarukhan, embajador de México en Estados Unidos, Fuentes dictó una conferencia sobre “Nueva narrativa latinoamericana” en la que ofreció un detallado panorama de las últimas tendencias en el campo. Siempre me había impresionado la voluntad del autor mexicano de estar al tanto de las novedades en el mundo literario y de su generosidad a la hora de promover las obras de las nuevas generaciones. En esta ocasión no fue distinto. Fuentes ya se acercaba a los ochenta años pero uno sentía el mismo compromiso de siempre con el mundo de la literatura y la cultura. Tenía un conocimiento minucioso de las obras de los escritores jóvenes que estaban surgiendo en la escena literaria. Y además manejaba con gran aplomo un power-point para acompañar su discurso. En la recepción después de la conferencia, me acerqué a saludar al escritor. Se acordaba de mí y muy amablemente comentó que tenía una gran deuda conmigo por el libro que había escrito sobre su obra. Respondí que yo era el que tenía una gran deuda con él, junto con todos sus lectores, por los muchos libros que había escrito en el transcurso de su carrera. Aceptó el cumplido, pero no sin puntualizar: “No se olvide de los libros que me quedan por escribir.” Pensándolo más tarde, me pareció que la respuesta de Fuentes me había revelado algo esencial de su personalidad. Era un hombre de una energía imparable. Cuando lo vi a principios del 2008 ya se acercaba a su ochenta cumpleaños, pero seguía lleno de proyectos para el futuro. Aún a su edad avanzada, le importaba más el trabajo que quedaba por hacer que los logros que ya había alcanzado. Cuando en la ma-Cuando en la mañana del 15 de mayo del 2012 me llegó la noticia de su muerte, me quedé profundamente impresionado. En el fondo, estaba convencido que Fuentes seguiría escribiendo hasta los cien años. Es una lástima que no pudo ser.