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Francisco López Estrada, un maestro universitario

Reyes Cano, Rogelio

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Llegó a Sevilla a finales de los cuarenta, todavía en plena juventud, a cubrir la cátedra que habían regentado figuras de la solvencia intelectual y el talento poético de Joaquín Hazañas, Pedro Salinas y Jorge Guillén, y a la Universidad en la que años antes habían estudiado Juan Ramón Jiménez, Manuel Machado y Luis Cernuda, en la umbría de aquel Patio de Letras del viejo edificio de la calle Laraña que la incuria y el mal gusto arrasaron en los años setenta al levantar de nueva planta, sin respeto al pasado, la Facultad de Bellas Artes. Se había formado en Madrid de la mano de Dámaso Alonso, de José Fernández Montesinos, de don Ramón Menéndez Pidal..., y venía de La Laguna, su primer destino como catedrático universitario. Por razones de edad yo no alcancé a conocerlo en la vieja Casa Profesa de los jesuitas sino en los silentes rincones de la Fábrica de Tabacos, con sus entoldados patios de sombra, su rumor de fuentes y su frescor de plantas, cuando la Facultad de Filosofía y Letras tenía el aire de una limpia, sonora, sencilla casa sevillana. Allí lo tuve como profesor a finales de los años cincuenta en los dos cursos Comunes de Filosofía y Letras. Me fui a Madrid a estudiar Filología Románica y no volví a encontrarme con él hasta el año 1965. Yo venía de un Lectorado en Florencia y de las aulas de la Complutense, en la que había sido profesor de Lengua y Literatura Italianas. Dadas las escasas posibilidades de hacer carrera universitaria en la lengua de Dante, me vine a SeFRANCISCO LÓPEZ ESTRADA, un maeStRo univeRSitaRio Por ROGELIO REYES CANO villa a preparar cátedras de Instituto y me acerqué a su despacho para expresarle mi deseo de no perder del todo el contacto con la Universidad. Don Francisco, claro está, no me recordaba. Habían pasado muchos años. Pero con su extremado sentido del orden, se levantó de la mesa, se acercó a un armario y sacó mi ficha de antiguo alumno suyo. Una ficha que hace unos días me trajo de Madrid su hijo Gustavo y que conservaré como una reliquia. Una de esas fichas de formato pequeño en las que él, con una caligrafía menuda y apretada, iba anotando sagazmente el perfil intelectual de cada estudiante, las posibles expectativas que de él iba teniendo a lo largo del curso. Tras echarle una ojeada, me dijo: “Lo único que puedo ofrecerle, si usted quiere, es un puesto de Ayudante gratuito”. No dijo nada más, porque era parco en palabras y poco amigo de confidencias. Pero ahí empezó todo. Con su probada honradez universitaria, me había ofrecido lo que tenía, que para mí era mucho, y me había acogido con sencillez y afecto. Diez años en Sevilla, hasta su traslado a Madrid en 1975, y después, hasta su muerte en abril pasado, aprendiendo de su magisterio y creciendo juntos en un trato sostenido en el que maestro y discípulo – sin perder nunca el respeto y la cortesía mutuosse fueron convirtiendo poco a poco en amigos comunes. De aquellos años en los que estuve diariamente a su lado conservo en la memoria la imagen inconfundible de su presencia. Lo veo andando camino de clase por los largos pasillos, los de las estanqueras color sepia de las fotos antiguas liando labores de la Real Fábrica de Tabacos ;o en su despacho, siempre disponible ; o hablando, amable y cortés, con alumnos y profesores de la Casa. Con un aparente aire de ausencia, casi de despiste, pero con los pies muy en la tierra, siempre al tanto de lo que pasaba dentro de los muros de la Facultad, receptivo a la menor novedad que pudiera producirse. Era un sabio sólo aparentemente distraído. Para mí don Francisco López Estrada fue ante todo un ejemplo de entrega sostenida a la docencia y a la investigación, arquetipo de un modo solvente, veraz y honrado de vivir la vocación universitaria, la pasión por la filología en su sentido más genuino de amor a la palabra escrita. “El filólogoescribió Nietzschees aquel que lee con lentitud y amor”. Don Francisco ROGELIO REYES CANO262 me incitó, sólo con su honesta y sostenida entrega diaria al quehacer filológico, a tomar conciencia de esa pasión que consiste en desentrañar el sentido del verbo literario. Ése en el que se revela, como en el nombrar divino del Génesis, la esencia de las cosas. Era un hombre que estaba en su despacho mañana y tarde, que se afanaba en implicar a los alumnos en la vida literaria, con recitales poéticos, con sesiones de teatro leído... Siempre en su sitio. No se dispersaba. Preparaba las clases con esmero y rigor. Meticulosamente. Don Francisco era también un sabio administrador del tiempo. Tenía un lema que lo retrata con exactitud: el dictum clásico“Nulla dies sine linea”, que cumplió de forma habitual hasta dos o tres años antes de su muerte, cundo ya la desmemoria había hecho imposible su sostenida entrega a la tarea. De ahí la amplitud de sus investigaciones en el campo de la literatura española, desde sus trabajos de consumado medievalista hasta los autores de nuestro tiempo, con aportaciones angulares también en el dominio de la literatura idealista del Siglo de Oro, Bécquer, el Modernismo, el 98 o el grupo poético del 27 . Una obra sólida, seria, intelectualmente muy honrada que en su mayor parte escribió en Sevilla, antes de su traslado a la Complutense en 1975. Era un trabajador nato. No improvisaba. Se documentaba hasta la extenuación, y era enemigo del ensayismo fácil y las teorizaciones infundadas. Cuando un alumno, en un examen, se desmandaba hacia ese peligroso terreno, tiraba de rotulador y entre grandes exclamaciones le ponía un ¡¡OJO!! con mayúsculas que resaltaba como un anatema en el papel. El pobre estudiante, tal vez creyendo haber hecho un pinito de precoz crítico literario, se había metido justamente en el dominio que más lejos estaba del ideal filológico de aquel profesor: el rigor, el dato contrastado, la documentación fidedigna, la precisión en el lenguaje. Era enemigo de hacer literatura con la literatura. Y extremadamente exigente con la propiedad de las palabras. Una vez un alumno le puso en el examen que el Arcipreste de Hita era un hombre “liberal”. Excuso decirles a ustedes que don Francisco, después de haber resaltado tal impropiedad con un tachón en rojo, le explicaba pacientemente al muchacho que las palabras no podían ser sacadas de su contexto histórico y que “liberal” FRANCISCO LÓPEZ ESTRADA, UN MAESTRO UNIVERSITARIO 263 era una noción decimonónica que no le cuadraba en absoluto al bueno de Juan Ruiz. Todo un ejemplo de respeto filológico a la exactitud del sentido. La condición de maestro de López Estrada era la consecuencia natural de una idea de universidad en la que a la transmisión del saber se unía también la de un estilo de vida, una ética intelectual y civil y una generosidad de alma inherentes a toda forma cabal de magisterio. No basta con la sapiencia para definir al verdadero maestro. Se precisan también otros estímulos ejemplarizantes que ante los ojos del futuro discípulo adquieren un valor arquetípico. Suele decirse que la función esencial de la Universidad es la de asegurar la transmisión del saber. Y así viene siendo, en efecto, desde la aparición de los primeros centros universitarios en la Europa del siglo XII, donde el legado de la Grecia y la Roma clásicas se integró con el patrimonio judeocristiano en una fecunda simbiosis que daría sus mejores frutos en el humanismo renacentista, punto de partida de todo el mundo moderno. Un largo proceso histórico que ha garantizado la continuidad de la cultura, la comunicación entre generaciones y la cadena del saber. Pero las universidades son algo más que centros dedicados a trasmitir los saberes. Han sido, y conviene que así lo sigan siendo, trasmisoras de un estilo de vida vinculado al ejemplo de los grandes maestros. Sin ese ingrediente, compleja mezcla de sabiduría técnica y modelo de conducta, se podrá llegar a ser profesor pero nunca maestro, pues sólo el magisterio cabalmente ejercido asegura ese “ayuntamiento” entre docentes y escolares que propugnaba Alfonso X el Sabio en sus Partidas. Puede que esa expresión – “estilo universitario”, como otras muchas que aluden a la idea de excelencia individual, suscite sospechas de elitismo entre quienes han hecho de la batalla contra las “formas” y del carácter “social” de la Universidad una bandera que roza la demagogia. Nada más lejos de la verdad. La Universidad o es jerárquica y selectiva o habrá perdido su razón de ser. No hará falta subrayar, claro está, que no estamos hablando de ninguna otra selección que no sea la de la capacidad de sus integrantes. El verdadero maestro, además de la competencia técnica, debe ser arquetipo de un código de valores inequívocamente universitarios que yo vi siempre en don Francisco López ROGELIO REYES CANO264 Estrada: el rigor y la honestidad intelectual, la independencia de criterio, la entrega a los estudiantes, el respeto a las opiniones ajenas, el sentido liberal de la vida... Catedrático, Académico primero de número y luego de Honor de esta Real Academia Sevillana de Buenas Letras, Decano de la Facultad de Filosofía y Letras, fundador de la nueva Facultad de Filología, Doctor honoris causa por nuestra Universidad, forjador de varias generaciones de profesores de Enseñanza Media y Universitaria... Pero también – y muchos de los escritores sevillanos de hoy podrán confirmarloun hombre que estimuló en tiempos nada fáciles la vida literaria de nuestra ciudad con sus lecturas poéticas, su apoyo a las revistas y su siempre acogedora disponibilidad para los jóvenes que se iniciaban en la práctica de la escritura. En aquella universidad sevillana de los cincuenta y sesenta, sometida a no pocas restricciones ideológicas pero al mismo tiempo preñada de inquietudes intelectuales – con una viveza que contrasta agudamente con la aburrida atonía de hoy-, don Francisco representaba el perfil del hombre liberal, tolerante, sutil e independiente, en la mejor tradición de aquel viejo liberalismo de extracción decimonónica que tanto se echa de menos en el mundo cultural español de nuestro tiempo en el que la ideología lo contamina todo y el sectarismo hace imposible tantas veces la convivencia civil auténticamente democrática. Don Francisco nos dio una lección también en esto. A su mesura y su equilibrio profesional unió un equilibrio vital que mantuvo felizmente hasta sus últimos momentos. Vivió una vida colmada, lúcido casi hasta el final, haciendo, como decía Juan Ramón, su “trabajo gustoso”, su obra bien hecha. Lo que ciertamente no es poco. En su investidura como Doctor “honoris causa”, cuya “laudatio” tuve el privilegio de hacer, él insistía en que la Universidad era una cadena que asegura la trasmisión de una ética profesional y científica de la que él se consideraba sólo un modesto eslabón. En eso, como en todo, era un hombre muy modesto, porque su legado seguirá alimentando por mucho tiempo el mundo de la filología española. Sevilla, donde no había nacido pero que fue siempre su íntima “ciudad del paraíso”, se benefició durante tantos años de esa labor cultural extraordinariamente fecunda. Probablemente FRANCISCO LÓPEZ ESTRADA, UN MAESTRO UNIVERSITARIO 265 poco vistosa, como son siempre los frutos del espíritu, pero muy sólida, pues contribuyó a cultivar la finura estética de un lugar secularmente dotado para la creación poética como es Sevilla. Su nombre, junto al de Juan de Mata Carriazo, Ramón Carande, Diego Angulo y otros maestros universitarios de su tiempo que ya figuran en nuestra toponimia urbana, merece, al menos, el reconocimiento de una calle con su nombre que deje constancia de su larga estancia entre nosotros y de la estela de fino humanista y hombre de bien que ha dejado en tantas generaciones de sevillanos cultos como pasaron por sus manos. En sus últimos años, cuando volvía ocasionalmente por aquí, me hablaba con contenida emoción de los familiares “fantasmas sevillanos” que en Madrid no dejaban de rondarle por su cabeza. Era su forma de rendir homenaje a una ciudad a la que había entregado lo mejor de sí mismo. ROGELIO REYES CANO266