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Las motivaciones del literato y su proyección literaria

Thomas de Antonio, Clara María

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LAS MOTIVACIONES DEL LITERATO Y SU PROYECCION LITERARIA POR CLARA M.• THOMAS DE ANTONIO L AS motivaciones que mueven a expresarse a un escritor son muy variadas y personales, y suelen estar profundamente enraizadas en la trama de sus vivencias y proyectarse de múltiples maneras en su quehacer literario. Un ejemplo de ello puede ser la trayectoria artísti ca del polifacético novelista sirio I:Iannii Mina, reflejada profusamente en su obra, cuya exposición queda recogida en nuestro artículo "I:Iannii Mina: experiencia humana y experiencia literaria", publicado en el número 2 de la revista Philologia Hispalensis, de la Facultad de Filología de Sevilla, y en la introducción a nuestra versión castellana de su novela El Ancla (ed. CantArabia, Madrid, 1988). En uno de sus relatos, "Sobre los sacos" (1970), J:Iannii cuenta a un pequeño dónde, cuándo y por qué empezó a escribir. Este polifacético narrador sirio, considerado como uno de los más destacados novelistas árabes de la actualidad, nació en Latakía, al norte de Siria, en 1924, en el seno de una humilde familia. Cuando tenía tres años, una grave enfermedad de su bohemio padre les obligó a emigrar al distrito de Alejandreta, donde pasarían cinco años vagan do de aldea en aldea hasta que se instalaron en la propia ciudad de Alejandreta. Estas experiencias tempranas del mundo rural las refle jaría más tarde en dos novelas de corte autobiográfico: Restos de imá genes (1975) y La Ciénaga (1977). En esos años de emigración I:Iannii sufrió muchas penalidades. Su 260 CLARA M." THOMAS DE ANTONIO cuerpo fue minado por el hambre y las enfermedades, que acabaron con la vida de varios de sus hermanos y hermanas. Pero su madre, que deseaba alejar de ellos el fantasma de la miseria, logró, a costa de enormes sacrificiqs, que l;Ianná entrara .en. una escuela de la ciudad, privilegici que no pudo conseguir para sus hijas. Allí su fragilidad física quedó compensada por su gran sensibilidad y su capacidad intelec tual, destacando pronto como excelente estudiante. A los doce años obtuvo su certificado de estudios primarios, el único título académico de su vida, pero la pobreza familiar le obligó a buscar el sustento y le impidió proseguir sus estudios. Pronto se dio cuenta de que no podía, como el resto de los compa ñeros de su edad, con los trabajos que requerían fuerza física. AqueUa situación le humillaba y acomplejaba, pero sus conocimientos de la es critura árabe y francesa, así como del cálculo, le abrieron las puertas de otros trabajos remunerados en distintos momentos de su vida, como se refleja en el cuento que sigue a estas líneas. Aunque nunca: volvió a la escuela; adquirió una vasta cultura leyen do todo lo que caía en sus manos. En 1939, Alejandreta fue cedida a los turcos por los rnandafarios franceses y la familia del autor se vio obHgada a emigrar de nuevo a. Látakía. Tenía quince años y entró a trabajar en una barbería, llegando a montar su propio establecimiento. En Latakía vivió las privaciones de la segunda guerra mundial que na rraría posteriormente en la novela Las lámparas azules (1954). Los aconteciniientos y repercusiones de la etapa del Mandato francés sobte Siria y la división de clases de la sociedad quedarían plasmadas especialmente en El sol en día nublado (1975). · Odiaba su oficio de barbero y, tras finalizar la lucha contra los franceses y conseguirse la independencia de Siria, decidió cerrar la barbería. Desde pequeño había admirado la habilidad de narrador de su padre cuando amenizaba las veladas de los campesiµos a la luz de la luna O asombraba con los fantásticos relatos de sus viajes a los pa rroquianos dé las tabernas. Cuando descubrió su propia capacidad para expresarse con la pluma, decidió dedicarse a la literatura. A los veintidós años (1946), cerró la barbería, se marchó a Beirut y empezó a escribir cuentos que publicaba en la prensa damasquina. Cuando le ofrecieron un trabajo en el periódico Al-Insa', se instaló en Damasco y trabajó como periodista político y literario, colaborando también en otros periódicos y revistas. LAS MOTIVACIONES DEL LITERATO Y SU PROYECCION LITERARIA 261 Sus actividades antifrancesas y su lucha en el movimiento obrero le llevaron a sufrir cárceles y exilios, tema que constituirá el eje de otras dos novelas: La nieve viene de la ventana (1969) y La primavera y el otoño (1984). Pasó una década vagando por diversos países de Euro pa y Asia y, cuando volvió a Damasco en los años sesenta, continuó su labor literaria, ya emprendida antes del exilio con la publicación de su primera novela y la elaboración de la segunda. En su febril actividad escribió otras novelas, guiones y seriales radiofónicos. A principios de los setenta entró como experto en el Ministerio de Cultura, donde aún continúa trabajando, al tiempo que proseguía su dedicación a la litera tura. Además de la novela, a la que ha dedicado sus mejores esfuerzos, abordó el ensayo con tres estudios sobre el poeta turco Na�im Hik met, publicados en 1970, 1978 y 1980, y con Literatura de guerra (1976), escrita en colaboración con la futura ministra de Cultura, Nayyál;i al-'Aj;!;iir. En 1976 recopiló algunos de sus relatos breves bajo el título de Los ébanos blancos. Pero su pasión favorita era el mundo del mar y sus gentes. A este tema dedicaría muchas novelas que le harían merecedor del título de "novelista árabe del mar": La vela y la tempestad (1966), El ancla (1975) y la trilogía compuesta por Historia de un marinero (1981), El mástil (1982) y El puerto lejano (1983). Su experiencia literaria y vital la relataría en varios artículos, publicados en periódicos de los años setenta y ochenta y recogidos finalmente en Ideas sobre la experiencia literaria (1982). En el cuento Sobre los sacos I;Ianna relata la historia de sus prime ros pasos en ermundo de la escritura, una aventura a la que dedicaría su existencia y que comenzaría a los doce años sobre los sacos del puerto de Alejandreta. A través de esta anécdota revela algunas de las motivaciones que, enraizadas en sus vivencias infantiles y adolescen tes, le impulsarían a escribir. A continuación ofrecemos nuestra versión castellana de dicho cuento, publicado primero en la revista Al-Ma'rifa (n. 0 98, 1970, pp. 113-142) y más tarde recogido en la colección Los ébanos blancos (Dár al-Adáb, Beirut, 1981, pp. 45-75). 262 CLARA M.o THOMAS DE ANTONIO Sobre los sacos ('Ala 1-akyás) "A mi querido pequeño W. 'A. que me preguntó: ¿Cómo y cuándo em pezaste a escribir?". I:J:. Mina. Mi padre tampoco volvió aquella noche. Había ido a vender "muiíab bak" por las aldeas de AlejaÚdreta. Por la mañana le había visto coger la bandeja de cobre llena de roscos de dulce, serpenteantes y rubios, centrarla sobre la cabeza encima de un rodillo de tela, hacer la señal de la cruz pidiendo la bendición de los padres, levantar la "siba" de ti jera, que se abría y cerraba; y colgársela del hombro, poner la cesta en el perchero de su antebrazo, y marchar escoltado por la invocación de la madre, siempre temerosa de alguna cosa desconocida, y la nuestra -de mis hermanas mayores y de mí, el pequeñopara que volviera habiendo vendido todos sus dulces y llevándonos pan y comida. Entrada la mañana mi madre se sentó a remendar nuestra ropa cantando canciones tristes y llorando. La vi desde la .ventana y entré. Había abierto el baúl para sacar algunos vestidos y, aprovechando mi ausencia, sacó el trajecito de una niña de dos años. Era de mi hermana pequeña que había muerto hacía poco. Empezó a olerlo y a besarlo. Le hablaba a ella como si aún estuviera dentro del vestido con el que yo la había visto antes de morir. Le oí decirle: "Oh, querida mía, ¿por qué te has marchado tan rápido? ¿Por qué te has cansado de tu madre? ¿No la echas de menos? ¿No vas a volver? ¿Ya no voy a verte nunca más? Entonces, ¿este vestido, esta muñeca -se la había hecho de trapoes todo lo que queda de ti?" Me deslicé y me senté detrás de mi madre. Y o también lloraba. Como ella, tenía necesidad de hacerlo. Oyó mis sollozos y me miró asustada. Intentó limpiar sus lágrimas y sonrió forzadamente para di simular ante mí: "Oh, mi pequeño -dijo- ¡oh, hijo mío! ¿por qué has vuelto tan pronto? Vete a jugar con tus amigos". Me abrazó y me besó. Apretó mi cabeza contra su pecho, la enterró en su cuello y entonces olí el aroma de la maternidad a través del cuello caliente por el efecto de la tensión y de las lágrimas. Sentí unas gotas sobre la superficie de mi mejilla y una mano que acariciaba los mechones de cabellos casta ño que coronaban mi cabeza. Luego levanté mi rostro hacia ella. Me miró a los ojos ... estaban rojos ... Y o no podía controlarme ni quería, mientras las lágrimas corrían por mis mejillas... Me dijo sacando LAS MOTIVACIONES DEL LITERATO Y SU PROY;;GCION L!TERARJA 263 media piastra de su bolsillo: "Vete y cómprate un bizcocho ... No llo res. Los hombres no lloran". Le pregunté: "¿Y las mujeres?". Dijo: "Las mujeres tampoco" ... Me callé poco convencido, y dijo: "Las mu- . ,, Jeres ... a veces . Al mediodía nos puso "farifira", que es "burgul" con cebolla, y envió a mi hermana a pedir prestado de los vecinos un poco de aceite. Coció un huevo y lo puso ante mí... Eramos cinco alrededor de la ban deja de paja: mi madre, mis tres hermanas y yo; la cuarta hermana nos había dejado. Yo 'no la conocía. Por lo que se rumoreaba supe que había tenido un percance. Era criada en una casa, había huido con un hombre y se había casado con él. Me di cuenta de que había actuado en contra de la voluntad de la familia pues la habían echado y en casa evitaban mencionarla ... Antes de aquello yo había visto un landó ir y venir por la carretera general, cerca de nuestro barrio; el coche se había parado y se había bajado de él una señora que preguntó algo a los niños ... Estos habían señalado hacia mí... Ella corrió, me abrazó, me besó, metió dinero en mi bolsillo, se fue al landó y desapareció. Corrí a casa y le conté a mi madre lo que había pasado. Inmediata mente se lanzó hacia la carretera ... y esperó donde yo le indiqué. Es peró mucho, pero el landó no volvió a aparecer. Regresó con la vista baja ... Creo que esa noche lloró en secreto. Cogió el dinero y compró con él velas e incienso ... Me extrañó lo que había hecho y ella me acla ró: "¡Ese dinero no es tuyo!". Protesté: "¡Pero yo no le he robado!". Dijo: "Esto es una limosna, y no quiero que aceptes limosnas de nadie". Me encareció que no le dijera nada a mi padre para que no me castigase y que tampoco se lo dijera a nadie. Así, sólo conocí a tres hermanas. Aún las veo, cuando estábamos alrededor de la mesa, mirando al huevo que había ante mí con deseo y pesar: les habían enseñado a tratarme como a un hermano de posición privilegiada ... Yo podía comer el huevo sin preocuparme, pero mi her mana pequeña, la que moriría varios años después de eso, no pudo evitar tocar el huevo pelado con su dedo. Entonces intervino la madre y partió una pequeña porción para ella. Al atardecer nuestros ojos se clavaron en el camino ... La madre no podía aguantarse y salió de nuestro barrio de la ciénaga hacia la carre tera general... No volvió hasta después de caer las sombras ... Y o esta ba arrodillado junto a la mesa espiando a través de la ventana la veni da de ella con mi padre. Cuando la vi sola me asusté; me encogí y me 264 CLARA M.• THOMAS DE ANTONIO hice un ovillo en el sitio en que estaba. Ella entró en la casa y encen dió la débil lámpara de gas. Cerró la puerta y se sentó en la estera con mis hermanas a su alrededor. Mi padre acostumbraba a toser o carraspear cuando volvía. Sabía que, en las noches en que se retrasaba, éramos unos oídos que escu chaban con todas sus energías y toda su impaciencia cualquier cosa que nos anunciara que volvíá sano y salvo. Su tos era, quizás, un men sajero que tranquilizaba nuestros corazones inquietos. Cuando nos asegurábamos de ella, corríamos hacia la puerta. ¡Cuántas veces nos alegramos de su vuelta y nos apenamos de verle fracasado, llevando su bandeja de cobre con s.us dulces sin vender! En esta situación yo sufría preocupado y en silencio: su sufrimiento se fundía en mi pecho como el plomo derretido, como el llanto de mi madre por mi hermana perdida y por la otra muerta, como el humo de nuestra lámpara de gas cuando su cristal se rompía y no teníamos otro, como las miradas de mi hermana pequeña hacia la madre en las noches en que se dormía sin comer. Dijo mi madre dándose ánimos: "Volverá aunque sea tarde ... en los días de verano va a los pueblos lejanos y espera hasta que refresca". Le preguntó mi hermana mayor: "¿Y por qué a los pueblos lejanos? ¿No tiene miedo?" Dijo mi madre: "Para vender. el 'muiíabbak', hija mía. Los pueblos cercanos no lo aprecian ... Los campesinos son po bres· como nosotros y los vendedores no llegan a las montañas. Sólo tu padre llega allí... Le conocen y acuden a él". La hermana volvió a pre guntar: "¿Vuelve solo por la noche? ¿Y cómo conoce el camino en la oscuridad? Tú, en tus cuentos, decías que las montañas estaban llenas de 'yinns', de animales salvajes y de salteadores de caminos". Enton ces ella le regañó angustiada: "¡Cállate! ¡No hay que augurar desgra cias sobre el ausente!". Reinó un silencio en el que la tensión alcanzó su punto álgido. Me imaginé que oía el ruido de unos pasos: me callé para escuchar con todos mis sentidos y puse mi oreja en el cerco de la ventana. Mi movimiento llamó la atención, pero el ruido de los pasos era una ilusión. Nuestros labios dejaron de hablar, nuestros ojos viaja ron por los caminos de las montañas buscando su rastro e imaginando a nuestro querido padre unas veces en los valles y otras en las cum bres, caminando entre espinos y piedras, rodeado de la oscuridad y los aullidos de los lobos, llevando su bandeja, su "siba" y su cesta, solo, cansado, polvoriento y asustado como nosotros. LAS MOTIVACIONES DEL LITERATO Y SU PROYECCION LITERARIA 265 Mi madre propuso que rezáramos. Eso quería decir que desespe raba de que volviera aquella noche. Conocíamos los ritos de esa ora ción en nombre del ausente y la emprendimos con entusiasmo. Me paré en fila con mis hermanas frente a la imagen de la Virgen, con nuestra madre detrás de nosotros, y recitamos primero el "Padre nuestro que estás en los cielos", luego mi madre y mi hermana mayor rezaron el "Creo en el Dios único", en la medida en que ellas lo sa bían, mientras noootros permanecíamos callados. Luego repetimos con la madre la siguiente oración: "Señor, conserva a nuestro padre y devuélvenoslo a salvo ... Señor, guárdalo de toda adversidad, aleja de él el mal, protégele de los riíálhechores, de todo lo que vuela, se desli za o hace daño a la gente ... Señor, ayúdale para que venda toda su carga ... ". La madre, por un motivo que no conocíamos, nos propuso repetir una invocación tres veces y lo hicimos. Cuando terminamos, me acarició la cabeza, cogió la foto de la Virgen, la acercó a mis labios y la besé con toda mi alma, mientras ella decía: "Oh, mi señora Virgen, no descubras mi cabeza, la cabeza de esta pobre madre, y no hagas que este hijo viva huérfano; guárdanos bajo tus alas, recomiéndanos ante tu querido Hijo. Amén". Pasó la foto entre mis hermanas, luego la besó, la volvió a su sitio y se arrodilló ante ella. Nosotros hicimos lo mismo. Después se levantó y se quitó el pañuelo de la cabeza anun ciando el final de la oración. Ya no quedaba más que irse a dormir. Pero ella anunció que nos iba a tostar unos garbanzos que tenía guardados en una caja sobre un estante de la cocina. Su anuncio nos animó. Salí con mi hermana, traje algo de leña, y encendió el fuego. Nos recomendó que no nos durmiéramos. Como los garbanzos eran duros y viejos, los roció en el perol con un poco de agua después de tostarlos, los tapó para que fermentaran y nos repartió unos puñados, guardando una parte para el día siguiente. Para no gastar gas, tendió el colchón sobre el suelo y nos propuso que nos sentáramos en él y co miéramos los garbanzos sin luz. Tendió su mano hacia el candil, lo acercó, sopló y se apagó. Murmuró la oración para la ocasión: "La luz se apagó y el enemigo desapareció". En la oscuridad ya no volvimos a escuchar más que el crujido de los garbanzos entre las muelas ... Des pués, cada uno se tendió en su sitio, lo más cerca posible de la madre, y nos dormimos con un deseo: que ocurriera el milagro y oyéramos los pasos del padre y su tos antes de que nos alcanzara el sueño. 266 CLARA M.� THOMAS DE ANTONIO Aquella noche, y antes de dormirme, decidí hacer algo por Ja madre y por la familia; pensé en trabajar como empleado en cualquier sitio. Yo era pequeño, delgado, con las mejillas pálidas; A pesar de que había comido de lo que robaban mis amigos, Jos niños del barrio, yo nunca robé. Mi madre me había pedido que no lo hiciera. Me había dicho que la Virgen me castigaría si lo hacía. Quizás no poseía la osa día para hacerlo, pero mis péqueños amigos, pobres y vagabundos, su cios y manchados con el barro y Ja tierra de nuestro barrio, robaban algunas cosas del puerto y de los almacenes, las vendían y compraban con ello comida, dulces y caramelos. Me las ofrecían y yo comía de ellas cuando tenía hambre .. En el verano todos estábamos descalzos, y medio calzados en invierno. Entre mis amigos había algunos que me protegían y me defendían del daño y la enemistad de Jos demás. Se habían puesto de acuerdo, y no sé por qué, para considerarme como un niño sobresaliente entre ellos. Quizás eso se debía a mi éxito en la escuela, a que les ayudaba a estudiar y a que fuera hijo único y bueno con ellos. Era muy querido por los hermanos Falfát. Eran dos hermanos la drones, fuertes y valientes en las luchas entre Jos niños del barrio. El más pequeño estaba en mi curso; era inteligente, generoso, y ahora trabaja de carnicero en Beirut. Fue el que condujo a Jos niños, durante aquel verano, a trabajar en la costa del mar. De repente anunció que no quería robar, sino trabajar, y dijo que se había puesto de acuerdo con el jefe de los obreros de uno de Jos almacenes para emplear a quien quisiera de nosotros. ¡Dijo que el trabajo era simple, como jugar! En las playas del mar de Alejandreta, el puerto principal de Siria en aquel entonces, había muchos y grandes almacenes de grano. Como el mar no tenía puerto y los barcos paraban lejos, habían inven tado, y nadie sabía quién, unos malecones de madera, con planchas tendidas sobre el mar, unidos a Jos almacenes con unos raíles de hie rro. Sobre estos raíles iban unas pequeñas carretillas de hierro planas sobre las que se ponían los sacos de grano y las mercancías. Nuestro trabajo consistía en empujar esas carretillas con su cargamento desde los almacenes a los barcos y viceversa. Los obreros eran los que realizaban esa tarea. Había un hombre que había aceptado emplear a Jos jóvenes en su lugar. Los pequeños fueron a trabajar y, al cabo de unas horas, algunos hombres les ataca ron y les golpearon. Huyeron y se dispersaron. Entonces se pusieron LAS MOTfVACIONES DEL LITERATO Y SU PROYECCION LITERARIA 267 de relieve las dotes de malicia y tozudez de mis amigos, que se convir tieron en el orgullo de nuestro barrio y en la razón de que fueran sus líderes. Habían convencido a algunos chicos para apedrear las carreti llas y dificultar su marcha, pues había muchas piedras en la playa. Así se desató una batalla que ambos resistieron con valor, del que fue tes timonio la sangre sobre el pecho de uno de ellos por una herida en la cabeza. El jefe de los obreros decidió que era el momento de enfren tarse con los hombtes que habían golpeado a los trabajadores jóvenes. Se produjo una terrible lucha, sobre las arenas calientes, a consecuen cia de la cual cayó un hombre. El Yiizirli -éste era el nombre del jefe de los obrerosle llevó al hombro hasta el almacén y le tiró como un saco de lentejas en el rincón; después de una discusión, se comprome tió a emplearles en su almacén; ellos aceptaron y permitieron trabajar a los jóvenes. Estas historias me las contaban los que trabajaban. Propuse ir con ellos y aceptaron a condición de que mi madre estuviera de acuerdo. Ella se opuso por temor a mi delicada salud y mi deseo se frustró; en tonces me quedaba parado, apenado y solitario, hasta que volvían por la tarde, cuando se reunían todos, y me contaban lo que había pasado en el día. Me desperté temprano ... Cuando abrí los ojos busqué a mi padre y descubrí que no había vuelto aquella noche. Entré en la cocina, vacié en mi bolsillo algunos garbanzos y dije a mi madre: "Me voy a traba jar". Salí corriendo para no oír sus ruegos ni ver sus lágrimas ... Alcan cé a mis amigos en su casa. Les anuncié mi decisión. Les dije que mi padre no había vuelto y que no teníamos comida. Les rogué que me ayudaran ... El más pequeño, con su ánimo tranquilo y su capacidad de decisión, dijo: "Vente con nosotros y no temas, no te haré cansarte ... pon tu mano solamente en el hierro de la carretilla y no empujes ... es taré contigo". En cambio, su hermano mayor dudó en aceptarme en el trabajo a causa de mi pequeñez y mi debilidad. El otro se comprome tió a intentarlo ante el Yiizirli o a obligarle a aceptarme. Tenía una confianza absoluta en sí mismo. Lo más probable es que su confianza hubiera aumentado después de las pedradas y que me considerara de su "banda", de la que se había hecho el jefe y el responsable. Quizás quería .ser semejante al Yiizirli en el terreno del liderazgo, aunque se abriera una nueva pelea de piedras. Llegamos a los almacenes con la salida del sol. El trabajo, en aquel 274 CLARA M.• THOMAS DE ANTONIO Mi amigo me dejó y volvió al trabajo. Según parecía, estaba de acuerdo con el Y iizirli. A la hora de la siesta supe que éste no nos había insultado ni a mí ni a mi amigo. No había dicho nada de la pelea de la mañana. Cuando caí sobre las arenas ardientes, saliéndome san gre de la nariz, y los niños corrieron gritando: ¡ha muerto!, se apresu raron los que estaban en el a}macén precedidos por el Y iizirli, el cual me levantó de la arena, me abrazó entre sus fuertes brazos y fue al al macén con los niños y los hombres detrás. Se detuvo el trabajo cuan do estaba en su punto culminante. En circunstancias como éstas, y por cualquier motivo, el Yiizirl! bramaba como un toro, sacaba su gan cho y se quedaba plantado con cara de malas pulgas. Y cuando no pe gaba, ventilaba su cólera contra el suelo, golpeándolo con el gancho hasta que abría un agujero. Entonces reinaba el silencio y volvía el movimiento del trabajo a su ritmo habitual. El Yií.zirli me colocó en el almacén y me echó un jarro completo de agua. Frotó las venas de las manos, entre el índice y el pulgar, acercó a mi nariz una cebolla y la aplastó con su gruesa manaza. Limpió la san gre con su pañuelo y con su ayuda volví en mí. Todo eso pasó con rapi dez y de la misma manera gritó a los que miraban: "Cada uno a su tra bajo". Se dispersaron y se quedó mi amigo, un poco callado y, quizás, avergonzado, esperando a cada instante que le riñera, que se burlara de él y del "gorrión" por el que había insistido para que le diera traba jo. Pero no lo hizo. Al final, ordenó a mi amigo que volviera al trabajo y obedeció. Me quedé donde estaba, sobre el saco vacío, aplastado de cansancio y vergüenza bajo la compasión de los ojos de los chicos y de los obreros. No sé cuanto tiempo me quedé así. Fui volviendo en mí poco a poco, pero no recuperé mi voluntad de trabajar como era necesario ... Deseaba quedarme como estaba. Es más, no pensaba en lo que tenía que hacer ni en nada. Sólo era un pequeño montón de carne sin valor en el que vacilaba la respiración, un par de ojos negros bajo un largo cabello castaño, un cuello delgado sobre el que había una cabeza re donda, afilada en la coronilla, e inclinada sobre el hombro; y allí esta ba sentado con languidez, indiferente, sin fuerza para moverme. A tra vés de la puerta del almacén, mis miradas vagaban por la lejanía; se movían con la fatiga del que convalece de una enfermedad; y con des concierto, sensación de abandono y tristeza por todo lo ocurrido; ca yeron sobre la arena, se sumergieron en el mar, viajaron al barrio, si- LAS MOTIVACIONES DEL LITERATO Y SU PROYECCION LITERARJA 275 guieron a la madre y las hermanas hasta la casa, al padre ausente en su penosa gira por los pueblos llevando sus dulces, resecos por el sol, llenos de polvo y con las moscas pegadas encima. Luego las miradas volvieron de su viaje derrotadas: se habían perdido las esperanzas de trabajar ... Ahora daba vergüenza volver a casa produciendo más sen sación de fracaso y desesperación en los que estaban allí. Lo extraño es que no pensaba en matarme, ni en la muerte que me llevara al lado de mi hermana en el cielo, ni en volver al barrio y llorar sobre el pecho de mi madre. Me dominaban los sentimientos de una pena sutil, como las nubes de otoño, que a menudo nos había afectado al volver el padre fracasado de su gira. El mismo volvía triste, derrota do, como quien ha cometido una falta. Y en estas situaciones domina ba el silencio y cada uno de nosotros respetaba la aflicción del otro. Si era al atardecer, yo me escapaba, caminaba solo, dejando a un lado las peleas y los juegos, pensando de una forma dolorida en la situación en que había dejado a mi familia en casa, y después me dormía sin pre guntar nada. Aquella mañana había desafiado la naturaleza triste y habitual de las cosas en nuestra paciente familia y había salido a trabajar. Había saludado, quizás, a una esperanza ... En mis ilusionadas hermanas ha bían nacido los sentimientos de que había llegado el día en que yo iba a trabajar y a ayudar a mi padre, poniendo los guijarros en la tinaja del agua, como en los cuentos de mi madre. Y he aquí que, con un sufri miento humillante, añadía con mi derrota un nuevo hilo a la "cuerda" que el destino nos tejía, como decía mi padre. Decidí no volver a casa. Y, si volvía al barrio, esperaría a la oscuri dad, caminaría hacia el-Mansiya y dormiría junto al tronco de un árbol. Lo mejor era que me marchara, buscara trabajo o sustento y, cuando lo consiguiera y llenara mi bolsillo, regresara, empujado por un enorme e ilimitado deseo de volver a mi madre. Vaciaría todo lo que tuviera, hasta la última pieza, en su regazo y traería bizcochos y "ja mira" a mis hermanas. Tenía que levantarme, entonces, y caminar. Me deslizaría, sin que nadie se diera cuenta, y me alejaría de aquel lugar, sin importar hacia dónde ni hasta cuándo ... quizás hacia allí donde el cielo se unía con la tierra. Me preguntaba: ¿Qué es lo que hay detrás de esa unión? ¿Se acaba el mundo? En la escuela la maestra había dicho: No, la tierra es redonda y volvemos al punto de partida. Me en tristecí. Me imaginaba que podía atravesar la distancia en un día y lle- 276 CLARA M.• THOMAS DE ANTONIO gar al fin del mundo. Deseaba ir lejos y no volver al punto de partida ... Caminar, caminar, atravesar el límite de la unión, en el horizonte leja no, y ver lo que había detrás de él. Éste era el deseo pues, quizás, como en los cuentos, me cogería una "yinn", me convertiría en su hijo y me abriría los tesoros; quizás llegaría a una ciudad cuyos habitantes estuvieran esperando la llega¡:la de un extraño para hacerle príncipe; o quizás me encontraría con aquella señora del coche, bajaría, me besa ría y me daría dinero. Incluso si no la encontraba ni encontraba comi da, ni casa, marchar así, hacia donde no sabía, era un consuelo y una salida del apuro. Me aparté del saco en dirección a la puerta. Nadie me miraba ni se preocupaba por mí. Esperé hasta que se alejó el Yazirli hacia el inte ri.or del almacén y me moví para salir. Y entonces ocurrió un suceso que estropeó mi plan de hacer un viaje imaginario alrededor de la tierra. Los sacos de arpillera que se transportaban del almacén al mar se sellaban con marcas de grandes letras latinas. Estas letras estaban es critas y recortadas sobre planchas de hojalata. Sólo quedaba que el obrero pusiera una de las planchas, elegida por el Yazirli según el papel que había en la oficina con las marcas señaladas, y luego la lle nara de tinta, y la letra o las letras quedaban dibujadas en el saco. Para mi buena suerte, y también para la mala suerte del obrero, una placa se perdió y el trabajo se detuvo. El Yazirli repasó todas las pla cas, todos los rincones, sin encontrarla. Se puso furioso, insultó, paró la carga, y la plancha necesaria seguía sin aparecer. Agarró el papel y lo golpeó diciendo: "Ésta es la marca. El barco no acepta la mercancía sin ella". Me acerqué a él con cuidado y la miré. Las letras eran claras. Entre ellas estaba la letra H. Y dije mientras mi voz casi no se oía: "Y o la escribiré". Sólo giró su cabeza hacia mí, y de nuevo vi en sus ojos el desagra do y el desprecio, pero de pronto se dio la vuelta y preguntó: "¿Tú sabes leer y escribir?". Dije temeroso: "¡Sí!". Y gritó como de costum bre: "Pregunto si sabes leer y escribir extranjero, no árabe". Dije: "Extranjero también". Y para demostrarlo cogí la brocha y dibujé sobre el suelo las letras requeridas. Cuando levanté mi cabeza recibí la primera respuesta de consideración en el asombro de los ojos que me rodeaban. Inmediatamente corrió la savia de la vida por mi sangre y llevé el cubo de tinta y la brocha con un temor mezclado de nervio- LAS MOTfVACIONES DEL LITERATO Y SU PROYECCION LITERARIA 277 sismo, alegría y fuerza, con todos esos diversos sentimientos ante un cambio tremendo y sorprendente. · Tenía que trabajar rápidamente para que marchara la carretilla parada con su carga. El Yiizirli me observaba para que no me equivo cara comparando las letras del papel y las letras de los. sacos. Esa vez pasé el primer examen práctico de mi vida con éxito. Entre las obser vaciones de los obreros y los comentarios de los niños, todos a mi favor, el "gorrión'! .subía por los montones de sacos con la ligereza de la ardilla, dejando tras él las primeras letras que hacía sobre algo dis tinto de los cuadernos de la escuela ... Ahora escribía con tinta, sobre los sacos, frente a hombres que no habían conocido el camino de la es cuela y que no habían cogido un lápiz más que para afilarlo; a la vista de unos chicos que habían crecido en los callejones y que seguían bo quiabiertos a mi mano mientras pintaba las letras con tinta negra, brillante. Finalmente se acercó la carretilla de mi amigo. Y o estaba en la cima del montón, cerca del techo y, desde su sitio en el suelo, me gritó: "Tú, ¿qué haces ahí?". Dije con orgullo: "Escribiendo, como ves". Dijo el Yiizirli: "Así que tu 'gorrión' es un chico de escuela, ¿por qué no me lo dijiste por la mañana?". Mi amigo se sonrió y volvió a mi rarme con admiración. Estaba en mi curso y era capaz de escribir como yo, aunque era menos preciso y ligero. Pero no quiso rivalizar conmigo ni disminuir la importancia de lo que yo hacía. Quizás consi deró aquello como un triunfo suyo o quizás su corazón de niño no co nocía el rencor, y me abandonó satisfecho, feliz, sin percibir, que yo, qué desgracia, tenía el sentimiento desbordante e ilimitado de haber me alzado sobre los compañeros, y que, en ese orgullo engañoso, había recuperado mi confianza en mí mismo y me vengaba de mi fra caso y mi derrota frente al deshonor que había sufrido. De las profundidades del puerto llegó el sonido de la sirena del barco de carga. Los cargadores y los marineros conocen las señales de la sirena y las traducen; es más, también conocen el barco que las lanza. El Yázirli empezó a provocarnos diciendo: "El barco pide la mercancía". Con el movimiento de un antiguo cargador y quitándose la chaqueta, se lanzó, y cogió el gancho; lo enganchó en el saco, lo le vantó sobre la espalda y lo arrojó en la carretilla. Se volvió hacia los que le seguían, gritando: "¿Dónde está vuestro ánimo, muchachos?". Su saco iba, transversalmente, en su posición sobre el eje de la carre- 278 CLARA M.• THOMAS DE ANTONIO tilla y no era necesario ajustarlo ni empujarlo con el gancho. Esto, además de la capacidad para levantar sacos grandes, de cien kilos o más, era señal.de habilidad. Un cargador que se había hecho famoso por levantar "haces" de doscientos kilos y subir con ellos por el tablón de madera, dijo: -No te hagas el hombre, Yiizirli... Trabajamos más de los que po demos. ¡Tienes hombres! - -Los hombres están en los otros almacenes ... ¡Vosotros sois unos viejos ... y no voy a decir unas mujeres! -¡Si tuvieras padre, serías justo! El Yazirli se detuvo, le asaeteó con la mirada y luego escup10: -Estás en lo cierto ... ¡Yo soy un hijo de ... porque empleo conmigo a hijos de... como tú! Intervino un cargador del otro lado: -Si no te gustamos, nos despides ... · Hay miles de patronos. -Naturalmente ... porque es verano ... En invierno cambiáis el tono, besáis los zapatos ... -Besar los zapatos -dijo un cargador tuertono es nuestra es pecialidad ... Tú conoces a tus hombres; sin ellos estarías pidiendo li mosna ... Le gritó el Yazirli: -Cállate o te saco tu ojo sano, tuerto charlatán ... El tuerto sacó su gancho y se inclinó sobre los sacos: -Si no fueras una mujer, lo harías ... -Y seré una mujer si no lo hago ... Estaba tan excitado que me puse nervioso y cayó algo de tinta sobre el saco. No creía que en el mundo existiera gente que se insulta ra y se golpeara con esa facilidad y sin motivo. Ignoraba la alusión que éntrañaban las palabras y el simple deseo de lucha que había en los pechos. Con asombro y miedo seguí el movimiento de los ganchos que se levantaban como dientes. Observé que al Yazirli se le saltaban más los ojos y que al tuerto le temblaba el ojo sano que ya no parpadeaba. De encima de los sacos bajaron los hombres, sujetaron a los que pe leaban y les separar�n. El Yiizirli aceptó la intervención de la gente y gritó: "¡Basta! Volved al trabajo; por la noche ajustaremos cuentas". El cargador que levantaba los "haces" saltó y se sentó en el suelo gritando, mientras sacudía su vestido del que salía una nube de polvo: -No voy a volver ... ¡Esta noche me voy a emborrachar! LAS MOTIVACIONES DEL LITERATO Y SU PROYECCION LITERARIA 279 -Tú eres libre -dijo el Yázirli-; después del trabajo haz lo que quieras ... -Entonces, me darás a cuenta ... -Ni hablar ... -Por tu Señor -juró- que no me levantaré hasta saber mi suerte ... Yo soy tu huésped esta noche, Yázirli. -Eso es una alegría y un honor ... vente esta noche a la taberna y bebe hasta que te mueras. -Y o no pinto nada en las tabernas ... Subieron las voces: -Quiere su "ración" a secas ... -Sí... lo quiero en seco ... -Eso depende del trabajo. -¡Palabra de honor, Yázirli! -Esta es la palabra del Yázirli... vamos ... recompensadme de lo que ha pasado ... levantadme el trabajo ... ¿No soís la sirena del vapor? El que estaba sentado se levantó dejando su gorro de fieltro en el suelo. Silvó, giró sobre sí mismo como un acróbata y apartó al Yázirli de su camino ... Separó las piernas y tomó el saco ... y enseguida se ele varon las carcajadas ... Mientras yo trabajaba, le observaba para saber el motivo de la risa y era que ladraba como un perro mordiendo los sacos, y cuando lo alcanzaba, levantaba el saco entre sus brazos, apo yando el lateral contra su pecho, caminaba con él y lo arrojaba en la carretilla. El Yázirli le gritó animándole: -Lo has hecho muy bien ... ¡ay!, estás haciendo de menos a quien sólo busca su cena. Protestó uno de ellos: -¡Nosotros no nos quedamos cortos! -No os quedáis cortos -reconoció. -Y tú te endureces con nosotros a la hora de marcharse ... -Porque sois unos codiciosos... Mirad ... Miré y vi a un cargador canoso, de voz aguda y risa como el caca reo de una gallina, que volvía de fuera. Yo no comprendía nada. Y los cargadores volvieron a reír, mientras el tuerto decía: -¡Ya lo ha hecho! -Sí... sí... he hecho mis necesidades... como la gente. Gritó el Yazirli. -Viejo embustero ... ¿dónde has escondido el trigo? 280 CLARA M.ª THOMAS DE ANTONIO El canoso juró. El Yazirli le dejó, salió fuera y al momento, volvió con una «küfiya» atada sobre media lata de trigo en la mano. La desa tó y vació su contenido sobre el montón de sacos que se rompían al cargar las carretillas. Al mediodía me había afianzado en mi oficio. Conducido por mi amigo, fuimos al mar y nos sumergimos. Le di a comer unos garbanzos que él aceptó. Yo también cómí de sus provisiones y volví contento a mi trabajo. Me gustaba mucho el almacén, sus hombres, sus insultos, sus peleas y sus olores fétidos. Mientras pintaba las letras, empecé a imaginarme el camino de regreso a casa, y las palabras que iba a con tar a mi madre y mis hermanas ... Sólo una preocupación podía empa ñar mi alegría: volver y no encontrar a mi padre en casa. Al atardecer, después del trabajo, el Yiizirli insistió en registrar a los hombres. Se habían echado sus chaquetas sobre los hombros, dis puestos a salir, y dijo el Y iizirli: -El calor quema la cola del pájaro y vosotros lleváis chaqueta ... a la "francesa". Acercaos a mí. Las chaquetas tenían unos grandes bolsillos de algodón bajo los forros y se demostró, como se temía. el Yiizirli, que estaban llenos de trigo, lentejas y distintas clases de grano. Los zaragüelles también te nían bolsillos y él les ordenó: -Vaciad lo que tengáis sobre el suelo ... Gritó el canoso: -¿Lo ves? Has vuelto a la dureza ... ¡No tengo más que un puñado de trigo, de "saliqa"para los niños, de eso que se barre! -Un puñado, dos y tres, los dejo ... pero lo demás, que vuelva a su sitio. Si se perdiera peso, se arruinaría mi casa y se vaciarían vuestros bolsillos. Empezaron a dar la vuelta a sus bolsillos. Luego se acercaron y él los registró uno por uno. Noté que investigaba a algunos de manera especial. Perdonaba las cantidades pequeñas. Cuando le llegó el turno al canoso, se echó a reír. Caminaba como quien tiene una hernia ... pues el faldón de sus zaragüelles tenía tres kilos de trigo. Apenas el Yiizirli tendió su mano hacia él, gritó el canoso: -¡Ay, mi hernia! ¡Me has matado, hijo de perro! Corrió hacia la puerta y salió, y los cargadores tras él. Y, por pri mera vez en aquel día, me reí con todas mis ganas. Cuando intenté marcharme, me detuvo el Yázirli: LAS MOTIVACIONES DEL LITERATO Y SU PROYECCION LITERARIA 281 -Tú, no te vayas... Tengo algo para ti; espérate un momento. Lo dijo despachando a los chicos, y entre ellos a mi amigo. Y desa pareció en las profundidades del almacén, comprobando las puertas y las mercancías. Y o me quedé sorprendido de su desvelo y de su segu ridad, de su dureza y de su bondad al mismo tiempo. Cuando terminó con aquello me llevó a un sitio donde daba la luz, cerca del borde de la puerta, sacó un cuadernito de su manga y me ordenó: '-Escribe lo q;+e te voy a decir: Una entrada de Y awiid con fecha tal y debajo de ello, cinco kilos de lentejas. Una entrada con su fecha tal, del calvo ... y bajo ella pones diez kilos de trigo ... Una entrada ... Cuando escribí lo que pidió, el cuaderno volvió a su manga y me dio tres piastras, con esta observación: -Esto, aparte de la cuenta ... . No digas nada a nadie ... ¿Comprendes? Arrugó el entrecejo y me despachó. Mis manos estaban manchadas de tinta y, temiendo que no se viera suficientemente bien, las manché más antes de irme y entré en el barrio con los brazos colgando a los lados y las palmas de las manos abiertas para que las viera la gente. En casa, estaba la buena notieia: ¡Mi padre había vuelto! Mi madre me abrazó y lloró de alegría. Des pués de contarle todo, excepto la historia de las "entradas", le di las tres piastras. Se arrodilló delante de la imagen de la Virgen y le hizo una promesa. Salió y dio vueltas por las casas de las vecinas diciendo: -¿HabéiS oído? Mi hijo tiene un empleo ... es escribiente. ¡Lo mismo deseo para vuestros hijos! * * * Al final de la primera semana se llevó a cabo el pago de la cuenta a los hombres y los chicos por parte de un empleado que había enviado el comerciante, dueño del almacén. El Yazirli me retuvo, como era su costumbre cada noche, y tras aclarar los precios de cada género, me ordenó: -Cuéntame las piastras de cada entrada ... cada nombre por sepa rado. Lo hice. Movió la cabeza, soltó un taco y dijo: -¡En suma será ... ! 282 CLARA M.• THOMAS DE ANTONIO Sumé las entradas y sus precios. Volvió a mover la cabeza y a sol tar tacos: -Me han robado, los hijos de perra, a mí, que no sé leer ni escri bir ... Pero ahora empieza el trabajo controlado. Ya tengo un escribien te, alabado sea Dios. Vente mañana al café. Te estaré esperando. Fui y me dio algún dinero como recompensa. Al cabo de unos días me preguntó, después de registrar las nuevas entradas: · -¿Por qué no llevas chaqueta como los demás? Usa una chaqueta. Dile a tu madre que te agrande los bolsillos. Vendrán los días de in vierno y es necesario algo de "saliqa". Para facilitarme el asun�o y evitar que pensara mal de él, señaló al montón de trigo que había cerca del rincón: -Quien recoge la miel se chupa los dedos ... Nosotros aquí no nos chupamos los dedos... Y o no lo permito... Pero esto son "barredu ras ... " No hay más remedio que barrer el suelo ... por su bien ... No hay beneficio para nadie. No puse mucha atención a sus palabras. A veces se rompía un saco y otras lo rompían a propósito. Yo no veía sus entradas ... las registra ba pero no las veía ... sin embargo, dudaba de que fueran barreduras. Lo más seguro es que fueran de la "miel". No se me pasó por la imagi nación el delito de chuparse los dedos que recogían la miel y, si se me hubiera pasado y lo hubiera dicho a los demás, se habrían reído de mí y quizás me habrían pegado ... Pero, rebuscando por el almacén, tropecé con unas cajas en las que había unos folletos de la imprenta de MuQ.ammad el-Babli el I:J:alabi e hijos, de Egipto o Alepo. Tenían el nombre encima y las tapas de algunos estaban arrancadas. Saqué un folleto sobre el que había unos dibujos y leí la primera historia de "Las mil y una noches". Luego, cada vez que se me presentaba la ocasión, me ponía a rondar alrededor de las cajas "chupándome los dedos" también. El Yiizirli me vio y se acercó a mí sonriendo: -Coge los que quieras. Esto son "barreduras" para los ratones. Nadie se interesa por ellos. Durante el tiempo que trabajé con él confirmé que a nadie le inte resaban esas "barreduras", sólo al escribiente de las entradas y a los ratones del almacén. 'Después de eso, y de manera repentina, el Y iizirli entró en la cár cel. Me puse muy triste por su causa. Los cargadores se apenaron y LAS MOTIVACIONES DEL LITERATO Y SU PROYECCION LITERARIA 283 hablaron de ello. Frente a él estaban divididos en dos grupos, y yo no comprendí lo que había sucedido más que a través de mi amigo: -El Yazirli ha abordado a su vecina cuando estaba desnuda como Dios la creó. Y buscando detalles excitantes le pregunté: -¿Sin nada de ropa? -Te digo que estaba desnuda ... como había venido del vientre de su madre ... -¿Y cómo la vio? ...'....se estaba bañando, sentada en una gran tinaja; su pecho, sus senos y su espalda eran blancos ... ¿Tú no has visto en tu vida a una mujer desnuda? -se frotó las manos-. ¡Ay, si yo viera una mujer des nuda como él! -¿Qué harías con ella? ¡Qué vergüenza! -¡Una vergüenza! -y me empujó en el pecho cariñosamente-. Tú aún eres pequeño ... Vete y arrodíllate frente a la Virgen. Aquella noche no me arrodillé frente a la Virgen. Quise demostrar que era mayor y me dormí pensando en la mujer desnuda en esa tina ja, con el cuerpo blanco, con los hombros, el pecho y la espalda descu biertos ... Disculpé al Yiizirli que la viera ... pero me sorprendió cómo la vio y cómo tuvo la valentía de irrumpir en la casa. Me preguntaba: ¿Por qué se ha arriesgado y entrado en la cárcel? ¿Por una mujer? ¿Y qué hizo después de caer sobre ella? Pero el encarcelamiento del Yiizirli no duró mucho. Salió con la fianza del comerciante y continuó su trabajo en el almacén. Yo conti nué registrando las "entradas". Volvieron sus gritos y peleas con los. obreros. A veces había en ellas algunas alusiones que le sublevaban y se enfadaba tanto que se ponía como loco. Encontré en él a "una persona que no tenía miedo" y le quise por eso ... Un domingo fui a su casa y vi con él al "cargador de los haces". Ambos estaban bebiendo vino. El cargador estaba sentado frente a él escuchando y marcando con su cabeza el ritmo de una melodía. El Yiizirli estaba cantando, amenazando a los que habían testificado con tra él y habían alegado en falso. Con las manos puestas sobre los oídos, se inclinaba hacia su amigo gritando: