scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Advertencias de Andrés de Almansa y Mendoza para inteligencia de las Soledades de don Luis de Góngora

López Bueno, Begoña

Full text

Advertencias de Andrés de Almansa y Mendoza para inteligencia de las Soledades de don Luis de Góngora ❦ Estudio y edición de Begoña López Bueno A Coruña, 2018 Edita: SIELAE (Seminario Interdisciplinar para el Estudio de la Literatura Áurea Española) A Coruña -España <http://www.bidiso.es/sielae/> [email protected] En coedición con: PASO (Grupo de investigación en Poesía del Siglo de Oro) y PrOjEt GónGOrA - OBVIL Sorbonne Université Este trabajo se inscribe en la producción de HISPAnIA (Grupo de Investigación en Lengua, Literatura y Cultura Hispánica). Universidade da Coruña y del proyecto Biblioteca Digital Siglo de Oro 5 (BIDISO 5), con referencia: FFI2015-65779-P, financiado por el Ministerio de Economía y Competitividad del Gobierno de España y el Fondo Europeo de Desarrollo regional (FEDEr) desde el 1-01-2016 hasta el 31-12-2019. © 2018 Begoña López Bueno © De esta edición (2018): SIELAE, PASO (Grupo de investigación en Poesía del Siglo de Oro) y PrOjEt GónGOrA - OBVIL Sorbonne Université reservados todos los derechos. Publicación digital, como anexo 8 de la revista janus (ISSn 2254-7290) <http://www.janusdigital.es/anexo.htm?id=12> Publicación impresa en papel ISBn: 978-84-09-00902-2 Depósito Legal: C 499-2018 Ilustración de cubierta: Centi-Folium Stultorum jn Quarto Oder Hundert Ausbündige narren, nürnberg, Weigel, 1709, lámina grabada entre páginas 72 y 73 Diseño de la cubierta: Paula Lupiáñez. (Cirugía Gráfica. Madrid) Maquetación: juan de la Fuente ÍnDICE 7 11 11 14 14 20 23 23 28 31 37 37 41 44 48 53 55 55 58 60 Liminar Estudio introductorio 0. Consideración previa. Los oráculos de Lope ............................. 1. título. Las Advertencias, un comentario pretendidamente cautelar ... 1.1. El título y sus intenciones: programa y respuesta .................. 1.2. Defensa y no apología .......................................................... 2. Autor. Andrés de Almansa y Mendoza, genio y figura de un buscavidas ........................................................................................ 2.1. El correveidile ..................................................................... 2.2. La enigmática relación con Góngora .................................... 2.3. Autor famoso de Relaciones de sucesos ................................. 3. Cronología. La conflictiva sucesión de los testimonios iniciales de la polémica: las Advertencias en el centro del problema ...................... 3.1. Precariedad de fechas ........................................................... 3.2. Las Advertencias y la primera versión de las Soledades .............. 3.3. Las Advertencias de Almansa y la Silva a las Soledades de Ponce ... 3.4. Las Advertencias y las cartas “anónimas” de Lope ................... 3.5. Conclusión inconclusa ......................................................... 4. Estructura. El esquema básico de comentario más anotaciones ... 4.1. Las partes del texto .............................................................. 4.2. Partes del texto y competencia autorial ................................ 5. Fuentes. Un erudito a la violeta .................................................. 6. Conceptos debatidos. Debut de las cuestiones centrales de la polémica: género literario, neologismos, oscuridad y Góngora poeta de burlas .......................................................................................... 6.1. La cuestión del género ......................................................... 6.2. A vueltas con la oscuridad: razones léxicas y sintácticas .......... 6.3. “Uno y otro Góngora” ......................................................... 7. Otras cuestiones. La primera “sociología gongorina” ................. 8. Conclusión. Zapatero, a tus zapatos ........................................... 9. Establecimiento del texto. Un único testimonio manuscrito. Criterios de edición ......................................................................... Edición dE las AdvertenciAs. tExto y notas ........................... BiBliografía citada 1. Manuscritos e impresos anteriores a 1800 ................................ 2. Impresos posteriores a 1800 ................................................... 62 62 75 77 80 88 91 99 157 160 LIMInAr En la guerra de papeles que se sucedió a la puesta en circulación de los dos poemas mayores de Góngora, particularmente de las Soledades, alternaron escritos de muy distinta consideración en su calado y factura: desde simples notas de marcado cariz satírico hasta sesudos volúmenes de comentarios eruditos, pasando por variados papeles de extensión y formato también variables. La historia conjunta de esos documentos, que cubren un amplio marco temporal de seis o siete décadas, resultó ser la más granada de las historias de la crítica y la estética literarias en el siglo XVII español, pues al calor de esa polémica se ventilaron las cuestiones capitales del conflicto surgido entre los modelos canónicos de pervivencia clásica asegurados en el siglo renacentista y la irrupción de una nueva estética que puso en jaque los presupuestos aristotélico-horacianos en los que aquellos modelos clásicos se habían fundamentado. Semejante confrontación de ideas se libró en el campo de los textos gongorinos, en un principio con más fogosos posicionamientos a favor y en contra, y después, con la perspectiva que va dando la distancia, en discursos y comentarios más sosegados y reflexivos. Las Advertencias de Andrés de Almansa y Mendoza para inteligencia de las Soledades don Luis de Góngora se sitúan en la inmediatez absoluta: tanta como que su aparición se hizo coincidir con la de la propia Soledad primera. La apasionada defensa que las motiva esconde un revés de réplica al runrún de alarmas que ya circularía ante la novedad inusitada del poema. Perseguir esa intención es preguntarse por quién, por qué, para quiénes y, sobre todo, contra quiénes se escribió el texto. Begoña López Bueno8 La respuesta a esas preguntas no siempre ofrece resultados suficientemente concluyentes. Es más, aboca en muchas ocasiones a ir a la mayor, cuestionando aspectos generales de fase inicial de la polémica, tales como su cronología o el engarce consecutivo de las piezas documentales que la constituyen. Porque –y acaso sea esto lo más interesante que se desprende del estudio de las Advertencias– montar su dialéctica en relación con el contexto obliga a replantear muchos aspectos que demuestran la precariedad en la que en tantas ocasiones nos movemos, probablemente por el desconocimiento de datos o testimonios que no han podido salvar la barrera del tiempo o que acaso nos esperan en algún estante de alguna biblioteca. El enorme valor relativo que para la historia de la polémica gongorina en su primera fase tienen las Advertencias como pieza clave entre la circulación semiprivada de la primera Soledad y su difusión a gran escala, y en orden a poner sobre el tapete las grandes cuestiones de que luego se nutrirá la polémica (el género del poema, sus novedades léxicas y sintácticas, su oscuridad, en suma), ese enorme valor relativo, digo, contrasta con su escaso valor en términos absolutos. Escaso valor que deriva de varias causas, siendo la primera el llamativo contraste entre sus pretensiones, reflejadas en el pomposo título que las adorna de Advertencias para la inteligencia de las Soledades, y la realidad de un escrito breve que pasa atropelladamente sobre cuestiones capitales y se remata con unas escuálidas anotaciones. Habría que decir que casa mal la apasionada y precipitada defensa de quien se declara nada más y nada menos que «hijo» de Góngora con la necesaria templanza de una defensa seria y reflexiva. Pero lo que resulta más distorsionador es que un escrito que requeriría armas de competencia doctrinal y erudita sea llevado a cabo por alguien que carece totalmente de ellas. Esa es una de las varias perplejidades que el texto ofrece: por qué se metió a exégeta gongorino un curioso personaje como Andrés de Almansa y Mendoza, que con el tiempo se convertiría en muy 9Liminar famoso autor de relaciones de sucesos. Desde la constatación de que el autor y su escrito quedan muy cerca de Góngora y de su entorno, la cuestión está en dilucidar hasta qué punto las Advertencias fueron una encomienda o, simplemente, el resultado de una cierta permisividad para consentir que el relacionero fuera el autor de un escrito hecho al dictado de consignas ajenas; contando, en cualquiera de los dos supuestos, con que la intervención de Almansa asegurara una difusión a gran escala, dada la competencia –esa sí– que el futuro relacionero tenía para brujulear por los entresijos de la villa y corte. Y fue mucho el revuelo que las Advertencias formaron a tenor de la reacción que no se hizo esperar en forma de una carta “anónima”, que precipitó la respuesta del propio Góngora, seguida a su vez de otras ya en harina de plena polémica. Polémica iniciada por un texto cuya coyuntura clave en los inicios de la misma obligaba a estudiar y editar. Es la pretensión de las páginas que siguen. B.L.B. Begoña López Bueno16 Por encima de todos los matices que puede llevar asociados el empleo del término Advertencias, dos parecen ser los objetivos fundamentales que alberga el escrito. Por una parte, cautela anticipativa, en el sentido de preparación programática para la difusión del poema gongorino; y junto a ella, unas segundas intenciones de respuesta velada a reacciones o comentarios o pareceres u opiniones anteriores. De ambas cosas, anticipación y respuesta, parece nutrirse, en efecto, el comentario de Almansa y Mendoza: anticipación que coincidía con la aparición pública del poema; respuesta a comentarios y juicios surgidos hasta ese momento en circulación privada o semiprivada. Ante la difusión pública de las Soledades, la maniobra de las Advertencias pretendería una salvaguarda de aquellas, ofreciendo un programa de presentación y al mismo tiempo de defensa de los puntos más controvertidos: el género (lírico) del poema, el uso de cultismos, léxicos y sintácticos, y la absoluta potestad de Góngora para variar su registro poético/genérico respecto del pasado, para terminar poniendo la lupa sobre algunos loci especialmente dificultosos del poema. Eso es exactamente lo que hace Almansa y Mendoza. Y es exactamente también lo mismo que hace, con incomparables mayores recursos en todos los sentidos (extensión del comentario, perspicacia en la exégesis, conocimientos fundados de erudición y filología clásicas, competencia profesional, en suma) Manuel Ponce en su Silva a las Soledades, comenzada en 1613. La defensa de la oscuridad es el objetivo principal, sustanciada en el caso de Ponce además en un alegato específico incluido en la Silva: el Discurso en defensa de la novedad y términos de su estilo. Objetivo de defensa de la oscuridad como factor estético que también comparte la conocidísima carta de Góngora En respuesta de la que le escribieron que hace de esa defensa su leitmotiv. apenas hallaremos entre ellas [en las obras de los varones insignes], una que no tenga excesiva dificultad y oscura inteligencia» (f. 96v). Agradezco sobremanera a Antonio Azaustre que me haya proporcionado el texto transcrito de la Silva de Ponce (que cito, aquí y en lo sucesivo, modernizando sus grafías). 17 Estudio introductorio Pero es que, además de un programa común de defensa de la oscuridad, esos tres testimonios tempranos de la polémica comparten llamativas coincidencias. Las existentes entre Ponce y Almansa, que se analizan en un apartado específico8, son indiscutibles, por más que distantes en el rango de extensión y calidad de sus comentarios. De otro cariz son las coincidencias entre las Advertencias de Almansa y la carta de Góngora, pues si los comentarios de Ponce y de Almansa habían sido hechos “cada uno por su cuenta”, ahora el texto de Almansa y la carta de Góngora se encadenan en una sucesión de causas-efectos: el de Almansa provocó la primera carta “anónima” de Lope de Vega9, que a su vez provocó la de Góngora para defender a Almansa y sobre todo para defenderse a sí mismo y su postura estética ante la oscuridad. Si incomparables en calidad resultaban los textos de Almansa y de Ponce, una distancia sideral separa ahora la torpeza estulta de Almansa de la musculatura argumentativa de Góngora. Pero eso no estorba la estrecha relación entre ambos, manifiesta incluso en llamativas coincidencias a la letra, como son las referidas a que la lengua de Góngora llegaba «a la alteza de la latina» o la mención que comparten de la locución griega poeses. En cuanto a la primera, en las Advertencias leemos que «ha subido nuestra lengua por el Sr. don Luis a la alteza de la latina», y en su carta Góngora dice «siendo lance forzoso venerar que nuestra lengua, a costa de mi trabajo, haya llegado a la perfección y alteza de la latina»10. respecto a la otra, Almansa había explicado que «san jerónimo en el prólogo de Job, dando la definición de poesía, dijo que venía de poetes, nombre griego que quiere decir locuciones exquisitas» y Góngora remacha: «Y bien digo griego, locución 8 El 3.3. «Las Advertencias de Almansa y Silva a las Soledades de Ponce». 9 Sobre el cruce epistolar Lope-Góngora, véase lo dicho en nota 1 y en los lugares a los que allí se remite. 10 Para detalles sobre el alcance de esta expresión y los lugares circunstanciados de su empleo en la polémica, véase n. 255. Begoña López Bueno18 exquisita que viene de poeses, verbo de aquella lengua, madre de las ciencias, como Andrés de Mendoza trata tan corta como agudamente en el segundo punto de sus corolarios, que así los llama Vm.»11. Como sería imposible pensar que Góngora hubiese extraído observaciones y argumentos de las Advertencias de Almansa12, hay que pensar, pues, en un origen previo común a ambos. Origen común que tal vez remontara a conversaciones privadas habidas en círculos afines a Góngora para tomar cuerpo después en algunos “papeles”, vademécum o repertorio de argumentos con sus verbalizaciones desarrolladas que permitieran más tarde coincidencias literales. ¿tal vez ese era el «oráculo» de Mendoza del que hablaba Lope? Así pues, todo parece hablarnos de una defensa colegiada, que, por más de serlo, no evitaría –insisto– las distancias entre un Ponce experto y profesional en la materia, un Almansa que simplemente habla por boca de ganso y un Góngora que enseñorea con diestra altivez en defensa de sí mismo. Esta estrategia colectiva, en cuanto precautoria a la difusión pública de las Soledades, tendría por tanto mucho de programa anticipado13. 11 En n. 248 y 249 explico el origen de la frase, que nunca tuvo nada que ver con san jerónimo, como pretende Almansa, y que remonta a la Plaza Universal de todas ciencias y artes (1615) de Cristóbal Suárez de Figueroa, traducción a su vez de la famosa poliantea italiana de tomaso Garzoni. 12 Así lo vio ya Carreira, que apuntó sagazmente incluso el origen: «varios lugares que cita Almansa en apoyo de sus explicaciones no serían de su minerva, sino que se habrían fraguado en la tertulia cordobesa, y así pudieron luego ser reutilizados por el poeta». Más vale desde luego pensar en ese recorrido y no en el otro que apunta hipotéticamente el mismo investigador, y que yo no comparto, de que dichos argumentos «Almansa los injirió en el texto firmado por don Luis» (Carreira 1998: 263-264). 13 Como ya lo ha señalado también Daza (2014), para quien dicha estrategia sería fundamentalmente programática y anticipativa, constituyendo sin embargo un mero pretexto la defensa que dicen emprender frente a unos atacantes que no quedan identificados en ningún caso. Como se verá a continuación, personalmente sí me decanto por una intención también de respuesta en el escrito de Almansa. 19 Estudio introductorio Pero también constituiría una defensa en toda regla. Clarísima en el caso de la carta de Góngora en respuesta a la “anónima” de Lope. Y también una defensa por parte de Ponce y de Almansa frente a los ataques, que parecían no ser pocos a juzgar por sus palabras. Ponce se refiere a «lo que en general dice que siente el torrente de los doctos, agudos, y curiosos: de cuyas tres especies no he visto que alguno haya aprobado en todo esta silva»14. Y Almansa menciona «un torbellino de pareceres […] que la ventolera de algunos con título de doctos, curiosos [f. 148r] y valientes ingenios han levantado contra las Soledades», reiterando el tono irónico e insolente cada vez que alude a esos «doctos e ingeniosos» (f. 148r) o «doctos y curiosos» (f. 153v). Además, y sobre todo, Almansa va después enumerando específicamente el objeto de cada una de las censuras a las que él va respondiendo: en defensa del género lírico de las Soledades («Dicen lo primero que ha usado en las Soledades y Polifemo desiguales modos en su composición, y que debía el Polifemo ser poesía lírica y las Soledades heroica, y que cambió los modos», f. 149v), en defensa de la oscuridad por el uso de neologismos («Lo 2º oponen que usa de vocablos nuevos…», f. 150v) y de cultismos sintácticos («Lo 3º dicen que no entienden la variedad de locuciones y de oraciones partidas…», f. 152r), y finalmente proclama la absoluta solvencia de Góngora para cambiar su estro poético a voluntad, contra la opinión de otros («Mas, sentido el Sr. don Luis de parecerles a algunos que aunque era único en las burlas […], no sabía seguir la eclíptica de lo heroico y levantado…», f. 153r). Esas referencias a destinatarios innominados (y abundantes, si reparamos en los términos: «torrente» de Ponce, «torbellino» de Almansa) parecen ser un simple velo para no decir ni concretar nombres. nombres que no se podrían declarar porque entre los trasiegos de opiniones en contra habría algunas formulados por voces de autoridad y difundidas hasta ese momento en cauces privados, ya que 14 Silva, f. 34v. Begoña López Bueno20 las Soledades no se habían “publicado” aún. Entre esas voces naturalmente estaría la carta de Pedro de Valencia de junio de 1613, cuya opinión había sido solicitada por el propio Góngora. no se podía, pues, nombrarlo entre los detractores: era suficiente con no ser mencionado por Almansa entre la lista de los catorce expertos que en la corte podían opinar sobre el poeta cordobés15. Ausencia más que llamativa, que Lope de Vega acusó en su segunda carta “anónima” en Respuesta a las cartas de don Luis de Góngora y de don Antonio de las Infantas: «Aquí [en España] hay más hombres doctos que en otras partes, que aunque Mendoza los reduce a catorce, pudiera acordarse de los PP. Pedrosa, Cerda, de Pedro de Valencia y otros hombres graves y doctos, que no solo los que han hecho versos públicos son capaces de materias tan graves»16. también pueden rastrearse otras huellas de tácita respuesta a Pedro de Valencia por parte de Almansa. Entre sus flojas anotaciones, hay una particularmente huera, cuando afirma que «no son tan verdes las islas cuanto fresca y agradable la metáfora» para ilustrar los versos «De islas que paréntesis frondosas /al periodo son de su corriente»17, versos que precisamente habían sido criticados por el humanista y que Almansa, con su recuerdo, quiere poner en valor. 1.2. Defensa y no apología Y todavía otro testimonio podría aducirse de la locuaz ausencia del nombre de Pedro de Valencia. En el último párrafo de las Advertencias leemos: «Como este papel ha tenido nombre de defensa y no de apo- 15 «Veamos quién hoy en esta corte [a excepción de los catorce que menciona a continuación], pueden hablar en estas materias…» (f 149r). Véase más abajo el apartado 7. «La primera “sociología gongorina”» y las n. de 214 a 227 de la edición. 16 Orozco 1973: 244. 17 Es la anotación [13]. Véase n. 300. 21 Estudio introductorio logía, no he querido, así de italianos como de latinos y griegos, sacar las traducciones de donde el Sr. don Luis ha imitado todos los modos de esta obra, aun en los ápices; aunque es gran gallardía la imitación de los antiguos por la autoridad que tienen y por la verdad especulada de sus doctos estudios» (f. 158r). teniendo en cuenta el significado cabal que en aquel momento y en el contexto de polémicas literarias tenía el término «apología», en cuanto que incorporaba un sentido de ‘confrontación’ y ‘diatriba’ frente a ataques previos, lo que convertía a la apología, no en una defensa primaria, sino en una defensa secundaria como refutación que era contra una acusación previa18, parece evidente que Almansa al decir que «este papel ha tenido nombre de defensa y no de apología», está diciendo que no quiere entrar en polémica. En concreto, no quiere entrar en polémica con el asunto de las traducciones. Con lo cual, además de zafarse de un plumazo de tan complejo asunto (a todas luces desproporcionado respecto de su limitadísimo escrito), parece estar contestando un argumento del humanista zafrense cuando recomendaba Góngora «guardarse de extrañezas i gracias viciosas i de toda prava aemulación de modernos,» y seguir el ejemplo de los antiguos: «de essotro sencillo i grande ponen los Griegos grandes exemplos. Pluguiera a Dios yo me hallara donde pudiera proponerlos a v. m. para imitación traducidos a la letra, aunque fuese en prosa castellana, que v. m. conoscería disjecti membra poetae, i les daría de su espíritu i los resucitaría»19. 18 Lo explico aduciendo taxativos ejemplos contemporáneos en López Bueno 2013a: 137-139. A dichos ejemplos se puede añadir uno más que abunda en el sentido de apología como diatriba frente a ataques previos: al final de la copia del Antídoto de jáuregui contenida en el Ms. 2006 de la Biblioteca Universitaria de Salamanca se lee esta nota: «La Apología contra este Antídoto se trasladará luego que me la traigan, que el Dotor Amaya dicen estás en Antequera» (rico 2002: LXXIII). Dicha Apología, conocida como Antiantídoto (o Apología por las Soledades) está hoy perdida (jammes 1994: 634-637). 19 Pérez López 1988: 79. Begoña López Bueno22 El comentario de Almansa, aun en toda su insignificancia, constituye pues un importante eslabón en la defensa conjunta antes evocada. Defensa que lo sería contra un estado de opinión sustanciado por voces que censuraban la oscuridad del poema mayor de Góngora por sus neologismos, sus hipérbatos y sus extraños cauces genéricos, muy distintos de los practicados hasta ese momento en la poesía gongorina. La censura de Pedro de Valencia, solicitada por el propio Góngora, lejos de aquietar su ansiedad, habría venido a sumar desasosiego20, motivo por el que solicitará nueva opinión a otro amigo, Francisco Fernández de Córdoba, el abad de rute, quien, para mayor inquietud del poeta, no hace sino reafirmarse en los mismos presupuestos; presupuestos que refuerza además con la alarmante mención de círculos de Córdoba, Granada, Sevilla y Madrid que se pronunciaban en el mismo sentido, e incluso con el recuerdo explícito de la autorizada censura de Pedro de Valencia21. Con esos antecedentes, la estrategia de defensa en ningún caso podría pasar por un enfrentamiento abierto contra opiniones concretas, sino que se canalizaría por la alternativa de establecer unas pautas programáticas, un cuerpo de doctrina en defensa de la oscuridad, que pusiera servir de contrapartida a un estado de opinión forjado por objeciones previas. Objeciones que, precisamente en los casos de mayor peso, no podrían ser desenmascaradas: por autorizadas y por amigas. 20 Como ya lo argumentara con buenas razones Pérez López (1988: 38, 39, 43, 49). 21 «Bien sé, mi señor, que a vuestra merced le han advertido de esto antes de ahora y avisádole que sienten lo mismo en Córdoba, en Granada, en Sevilla, en Madrid; pues de allí un hombre de tanta erudición, cuanto cualquiera otro de este siglo, y de juicio igual a la erudición, que esPedro de Valencia,lo escribió y advirtió a vuestra merced» (Parecer, f. 139v; cf. Elvira 2015: <http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/ gongora/1614_parecer>). 23 Estudio introductorio 2. Autor. Andrés de Almansa y Mendoza, genio y figura de un buscavidas 2.1. El correveidile Imposible un perfil mejor de nuestro personaje que el que trazó Suárez de Figueroa en El pasajero (1617) por boca de su alter ego el Doctor. En el contexto de explicar las mañas que se daba «un mullidor famoso» para convocar «gran número de auditorio, no vulgar» a los sermones de alguien «único en la predicación»22, se hace un retrato de Almansa y Mendoza, que, a fuer de largo, resulta imprescindible: tan señalado se halla por lo que decís el convocador supuesto, que me atrevería a manifestar su nombre. no viene a ser por su camino menos único que el mismo predicador. En extremo me holgara aplicar la pluma a la historia de su vida; que me aseguro se hallaran en ella sucesos no menos prodigiosos que los de teágenes y Clariquea. no es tan veloz el rayo como sus pies para dar con ligerísima ocasión una vuelta al mundo. tiene desentrañado lo más digno y de más antigüedad que contienen las provincias de España, Italia, Francia y Flandes, o, a lo menos, da muestras de tener entera noticia de lo más notable. Hácele parecer de admirables recamos el aliento que descubre en cualquier cosa, pudiendo ser ejemplo de animosidad al más tímido para intentar los mayores imposibles. Si le tuviérades por amigo, pudiérades a ojos cerrados ocupar el púlpito, y aun estoy por decir osar predicar sin meditación, casi de repente. Subiera vuestro nombre a las nubes, exagerara pomposamente vuestras letras, y esparciera vuestras alabanzas con tan resonantes hipérboles y encarecimientos, que no hicieran tanta operación si todas las hojas de los árboles fueran lenguas; si todas las arenas del mar fueran voces. Ignora totalmente los primeros rudimentos latinos; mas encomienda a la memoria con tan grande puntualidad las autoridades de Escritura y Evangelios, que deja 22 Es decir, fray Hortensio Félix Paravicino, gran amigo de Góngora, por cierto. Para datos sobre esa relación y otras noticias biobibliográficas de Paravicino véase n. 227. Begoña López Bueno24 asombrados la primera vez que le oyen a los más entendidos, juzgándole por extremo erudito en letras humanas. Su prosa es redundante y hueca. Aboba con la prontitud del decir; sin advertir los que oyen a tales que hablan con ventaja, mas no a propósito, porque a propósito y mucho lleva grande dificultad. Válese de exquisitas palabras: condensar, retroceder, equiparar, asunto, y otras así. Huye cuanto puede los términos humildes, siguiendo cierta afectación ostentativa. Entre el vulgo adornado de negro se usurpa conversando la presidencia, sin soltar apenas un punto la pelota de la mano. Opina fácilmente, ni deja cosa indecisa, con la cortapisa a cada paso de a mi ver. Apártase dél la turbación en los tribunales, supeditando con el natural despejo y desgarro cualquier pusilanimidad y ahogamiento. Fue sacristán de monjas, y no sólo se esmeró en el cuidado que pide semejante ocupación, sino que pasó al de entender el canto llano, al de oficiar una misa, colgar una iglesia y tener con particular aseo sus ornamentos. tuvo también entrada en Palacio; mas perseveró poco en él, naufragio que atribuye al rigor de la envidia. Ha frecuentado cárceles, hasta ser combatido de los miedos que infunde la imputación de una muerte. Felicísimo mil veces el poeta que le encargare sus rimas, aunque en forma de pedernales; que fuera de la pronta extensión por infinitas manos, tendrá en él, si no fundada defensa intelectual, por lo menos, material escudo para vencer a todos con mayor resistencia de voces. En suma, él es de corteza singularísima, y de natural, que si le templara la prudencia, aún fuera más famoso. Sobre todo, viene a ser tan infeliz, que habiendo tratado entre oro, muere casi de pobreza, debiéndose a su briosa petulancia no tenue socorro para el común sustento, ya que merecen participar los oficiosos méritos del trigueño de la fortaleza de Cipión, de la benevolencia de Pompeyo y de la fortuna de César23. Ahorraré al lector la glosa de tan suculentas líneas, limitándome a sintetizar los afanes de un personaje que Suárez de Figueroa va describiendo como correcaminos infatigable, charlatán hiperbólico, ignorante redomado, erudito a la violeta, y en suma, incansable buscavidas 23 Suárez de Figueroa 1988: I, 305-307. 25 Estudio introductorio que rozó el cielo de palacio, pero tocó fondo de cárcel y pobreza. Y entre tanto oficio, el de difusor de rimas… ¿no asoma ahí el mismo Góngora? El recuento de tantos trasiegos da de resultas la visión de alguien más desgraciado que otra cosa, lo que neutralizaría de entrada la intención maledicente siempre evocada a propósito del moralista Suárez de Figueroa24. Porque, además, este perfil de Almansa y Mendoza cuadra a la perfección con quien al parecer se traía entre manos lesivos trapicheos literarios25. Quien se llevó la palma de la enemiga contra Almansa y Mendoza fue Lope de Vega –que, como otros contemporáneos lo mencionaba solo como Mendoza–. terrible en una carta que Amezúa, editor del epistolario del Fénix, fecha en toledo en 8-9 de mayo de 1615: En Zocodover me asió la mano Mendoza; pensé que me la quería morder, y cubrila con el manteo; no quiero yo decir en esto que es perro, sino que lo es de las bodas, pues se halla hasta en las de los quemados; huélgome que no tendrá que escribir de mí en este magosto, como dijo el Conde de Lemos viejo; ya me parece que oigo su relación en la prosa diabólica con que le tiene engañado el cordobés su padre26. Los términos de la carta hacen presagiar la tormenta epistolar venidera, que surge precisamente por la aparición de las Advertencias. Estas 24 Fueron la perspicacia y los muchos conocimientos de Artigas los que pusieron en evidencia que este retrato no podía referirse a otro que al autor del comentarista de Góngora y luego famoso autor de relaciones (Artigas 1925: 130-135), conclusión a la que también había llegado por su cuenta Mille y Giménez (1923). 25 Según Ettinghausen y Borrego, Almansa estaría entre quienes «se dedicaban a la difusión de noticias y, sobre todo, a la difusión de obras falsas que con nombres conocidos, como los de Lope o Quevedo, atraían más fácilmente a los compradores, perjudicando, como es lógico, la reputación de esos autores» (2001: 19). 26 Amezúa 1935-1943: III, carta 194. Begoña López Bueno32 la «línea curva», según dijera el marqués de Velada44. Pocas noticias biográficas, y prácticamente todas en el terreno de la hipótesis, tenemos de él, tales como su probable ascendencia andaluza, su origen socioeconómico humilde o el más contrastado por testimonios varios de ser de raza mulata45. Sin embargo, Andrés de Almansa y Mendoza fue un muy conocido y muy prolífico autor46 de relaciones de sucesos, que escribe e imprime entre 1621 y 1627 (observemos, por cierto que son años posteriores en casi una década a las Advertencias) obteniendo indudable notoriedad por ello47. Los mencionados editores Ettinghausen y 44 «…tan Mendoza por línea curva como mulato por línea recta» (para contextualización de esta frase véase el final de la nota siguiente). Sobre sus hipotéticos orígenes nobiliarios algo parece insinuar el propio Mendoza en una dedicatoria a don Luis Méndez de Haro: «Debiendo reconocer, entre otras obligaciones, las de su gloriosa ascendencia en el conde don Zuria, ilustre progenitor de Mendozas y Haros, si bien los pobres de nadie somos deudos; deudores de todos, sí» (Ettinghausen y Borrego 2001: relación 13, 440-441). 45 Aparte de alguna alusión en el fragmento de Suárez de Figueroa arriba transcrito («Entre el vulgo adornado de negro se usurpa conversando la presidencia…»), esa condición de mulato no escapó a la maledicencia de Lope de Vega que dijo de Mendoza «haber salido tan mal teñido de la oficina de la naturaleza» (Orozco 1973: 264). tampoco escapó el hecho a la retranca de Quevedo, cuando en una carta mencionó a «Mendoza, el negro en duda y mulato de contado» (Astrana 1946: 117), ni al marqués de Velada en su respuesta: «Andrés, aquel anochecido de rostro, tan Mendoza por línea curva como mulato por línea recta» (Astrana 1946: 121). 46 Según deja constancia el bibliógrafo tamayo de Vargas, «el que más publicó en estos tiempos fue un Andrés de Mendoza, cuya fe y autoridad ninguno dexó de conocer por lo que era, y assi en este libro se conocen distinctamente por suyas…», para señalar a continuación una serie de relaciones, algunas desconocidas hoy (cf. Ettinghausen y Borrego 2001: 22-23). 47 Esta notoriedad no podría ser en ningún caso amparo ni justificación que legitimara la solvencia de las Advertencias, por lo que no coincido en los planteamientos de Osuna cuando afirma a propósito de Almansa y Mendoza que «parte de la crítica ha cometido algunas injusticias» con él (Osuna 2006: 489). Cosa bien distinta es ser difusor de un texto (lo que le iba a Almansa como anillo al dedo) y ser su exégeta: si la primera faceta 33 Estudio introductorio Borrego reúnen bajo la rúbrica de Almansa y Mendoza un conjunto de diecisiete cartas y otras diecisiete relaciones. Las primeras son, por lo común, escritos de tipo gaceta o compendio de noticias48, en tanto las segundas son relaciones particulares de un único suceso. Las diferencias entre ambas series son notables además desde el punto de vista del formato “periodístico”, pues mientras las cartas hacen gala de un marchamo más suelto y noticioso en el registro de los hechos relatados, las relaciones son retóricamente más ritualizadas, acaso como reflejo de la propia realidad que narran y describen: desfiles, fiestas y demás demostraciones del poder. Además, si estas últimas fueron impresas en su tiempo bajo la autoría de Almansa, las cartas se le atribuyen desde que fueron publicadas en 1886 como Cartas de Andrés de Almansa y Mendoza. Novedades de esta Corte y avisos recibidos de otras partes, 1621-1626, formando el tomo XVII de la Colección de libros españoles raros o curiosos49. La lectura de las páginas de este protoperiodista en la edición de Ettinghausen y Borrego depara, desde mi punto de vista, algunas incertidumbres y dudas sobre la autoría total de Almansa respecto de los textos publicados, lo que no hace sino corroborar las repetidas vendría en perfecta consonancia con su futuro como autor de relaciones de sucesos, la extrañeza es total en la segunda. 48 Excepto la 1ª, 6ª y 7ª, que son relaciones de un solo suceso o asunto. 49 El recopilador del volumen de las Cartas… indica (pp. V-VI) que 17, de las 20 que se recogen, forman una serie seguida, citada y descrita por primera vez en el Memorial histórico español, tomo 13, 1º de Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús al P. Rafael Pereyra, p. XI (Madrid, Imprenta nacional, 1861). La atribución de la autoría a Almansa remonta a Gayangos, como bien explican Ettinghausen y Borrego: «En el prólogo a las Cartas de algunos PP. de la Compañía de Jesús, Pascual de Gayangos atribuye a Andrés de Almansa y Mendoza un conjunto de folletos impresos en el primer cuarto del siglo XVII –la serie de cartas numeradas, incluida en nuestra edición– que podría haber constituido “el primer ensayo” de gaceta periodística en España. Así, hace casi un siglo y medio, Almansa aparece evocado por primera vez como un nombre significativo en la historia del primitivo periodismo español» (2001: 15). Begoña López Bueno34 cautelas de los editores al respecto50. Claramente se observa que las cartas representan un conjunto muy distinto de las relaciones. En estas últimas sí reconocemos al autor de las Advertencias y su prosa peculiar, lo que no sucede de manera tan fehaciente en las cartas, al menos en muchas de ellas. Porque esta es otra cuestión: las cartas suponen a su vez un conjunto tan heterogéneo (por su estilo, por sus destinatarios: «un Sr. destos reinos», «un caballero», «V.m.», «V. ilustrísima», etc.) que parecen no ser obra de una única persona. Algunas de ellas muestran, en efecto, claras concomitancias con el estilo de Almansa, y vienen a ser aquellas (cartas 7, 15 y 17) en las que la firma del relacionero se hace explícita tras las dedicatorias51. Hay que decir que la información suministrada tanto por las cartas (que van de abril de 1621 a noviembre de 1624) como por las relaciones (redactadas e impresas por Almansa y Mendoza entre 1621 y 1627) es excepcional para conocer los interesantísimos y convulsos años tras la subida al trono de Felipe IV. Algunas de las cartas son además muy valiosas por los méritos expresivos del relato (como la 1, dedicada al fallecimiento de Felipe III) o por el valor de sus informaciones (la 9, por ejemplo, en lo referente a la junta Grande de reformación creada por Olivares); y, en cualquier caso, en sus conjunto disienten bastante de las maneras estilísticas de las relaciones, ahora sí con seguridad obras de Almansa y Mendoza. En estas, aunque las estridencias retóricas se acumulan particularmente 50 «Probable autor» de las cartas, «se le viene atribuyendo desde hace más de un siglo una serie de cartas impresas, en su mayoría anónimas…», la 15 es «la primera carta de la serie que se pueda atribuir con alguna certidumbre a Almansa», etc. (Ettinghausen y Borrego 2001: 12, 40, 54 y passim). 51 En todo caso, la complejidad del asunto requeriría una atención específica que aquí no cabe, por lo que me limito a dar unas meras impresiones. [reparos sobre la autoría de las arriba mencionadas Cartas de Andrés de Almansa y Mendoza. Novedades de esta Corte y avisos…, publicadas en 1886, ya fueron puestos de manifiesto por Huarte (1925), a cuyo trabajo remito, no sin lamentar no haberlo conocido mientras redactaba estas páginas.] 35 Estudio introductorio en las dedicatorias, también quedan incrustadas de vez en cuando en el relato como aparatosos testimonios de las preferencias estéticas de Almansa, con emulaciones concretas de Góngora52 que vendrían a corroborar «la prosa diabólica», que decía Lope de Vega. Almansa se siente en la permanente obligación de equiparar sus escritos con la importancia, solemnidad y variedad de los hechos relatados53. Ese requerido nivel de grandilocuencia reviste su prosa de engoladas maneras, manifiestas sobre todo en la acumulación de incisos y frases parentéticas (que ocasionan de resultas frecuentes 52 Acaso la más llamativa de estas emulaciones es la del comienzo de la Soledad primera cuando inicia de esta guisa el relato de la mañana de un día de fiesta de toros en Madrid: «Apenas había Delio depuesto el manto de las sombras, y al toro de la esfera cuarta, apacentado en lirios, le doraba el pelo con ardor templado al hemisferio español para que con más comodidad gozase la fiesta, no bien desembarazado sus rayos del rocío de Diana que regó la plaza, habiéndola barrido Eolo, cuando (no en los balcones del oriente, sino en los dorados de tantos soles que desperdiciaron luces en la hermosura española), salió la aurora y, en numerosos corros, la nobleza de la corte, que, habiendo a la tarde de salir a la fiesta urbana, quiso gozar la rústica de las mañanas con varas largas, vestidos de campaña en pedazos de viento animado, más propios hijos suyos que de los caballos que apacienta en su ribera amenosa el Betis, ocupó los campos el encierro de los toros más bravos que el celeste […]» (Ettinghausen y Borrego 2001: relación 4, 359-360). también notorios en esta imitación gongorina son algunos párrafos de la narración de la máscara ofrecida al príncipe de Gales en su visita a Madrid: «Sus majestades mostraron la alegría, riéndose por dos o tres veces, habiéndosele sobrepuesto en el sol de la cara en la señora infanta tan hermosos arreboles que, aun mirada sin amor natural, causara admiración su belleza. […] Los demás balcones se salpicaron de estrellas (más lucientes si menos errantes: gloriosa emulación de las del firmamento) en las damas y meninas, cuya riqueza realzaban luces participadas de su belleza, lisonjeando llamas y hielo, justo desvelo de algunas almas altaneras» (Ibíd. relación 2, 350-351). 53 «El ingenio –dice al comienzo de la relación 2–, por la participación que tiene del ser de Dios, no puede incluir en términos, mayormente en las acciones grandes, que, como objeto lo es, hiérenle como eslabón al pedernal, y entonces es fuerza centellear. Siempre he sido de parecer que el crédito de sabio obliga a más caudal que el ordinario para satisfacer la opinión. Así, el que escribe las acciones todas necesita de más talento para conseguir el aplauso…» (Ettinghausen y Borrego 2001: 347). Begoña López Bueno36 anacolutos), al tiempo que la salpica aquí y allá de un molesto autobombo. Como no podría ser de otra manera, es un incondicional propagandista del poder establecido en sus dos puntales principales, la monarquía y la iglesia, además de un consumado chismoso, también normal desde su obligada función social de estar al tanto. A ello se añade una condición aduladora y servil, además de una actitud quejosa (siempre en diatriba con sus detractores) y pedigüeña (aunque disfrazada de estoica). Salvando las distancias, muchos de estos rasgos nos acercan al autor de las Advertencias para la inteligencia de las Soledades. Cierto que el trato con los próceres adornó siempre de ribetes retóricos hiperbólicos el discurso de los paratextos literarios del Siglo de Oro en la persecución de alguna prebenda o beneficio a expensas de aquellos. Y Almansa y Mendoza no podía ser en eso una excepción. Es más, demostró gran habilidad y pragmatismo en la dedicatoria de sus Advertencias para inteligencia de las Soledades al VI duque de Sessa, Luis Fernández de Córdoba54, pues sabedor Almansa de la estrechísima relación que unía al Duque con Lope de Vega, y sabedor también de la larga enemistad que venía gestándose entre este y Góngora, buscó la estrategia perfecta para que llegase su escrito rápidamente a Lope, a quien además mencionaba entre los catorce expertos que proponía para opinar sobre el poema de Góngora con la posible intención de neutralizar al enemigo poniendo una pica en su territorio55. Claro que, como sabemos, le salió el tiro por la culata, a Almansa y de resultas a Góngora, porque con la intervención airada de Lope tras conocer las Advertencias se inicia la historia de la polémica. 54 Sobre este prócer véase n.189. 55 Véase n. 220. 37 Estudio introductorio 3. Cronología. La conflictiva sucesión de los testimonios iniciales de la polémica: las Advertencias en el centro del problema 3.1. Precariedad de fechas Las fechas de los primeros compases de la polémica gongorina, entre 1613 y 1615, constituyen un terreno movedizo en estrecha relación con otra circunstancia igualmente inestable: la difusión de la Soledad primera, lapsus de tiempo difícil de precisar que va desde los iniciales conocimientos del poema (en círculos restringidos y privados, contando con las inevitables fugas a otros ámbitos) hasta su difusión pública, esto es, hasta su publicación –bien que manuscrita– una vez que su autor hubiera dado el texto por definitivo. Ambos procesos se ven involucrados en el difícil establecimiento de una propuesta cronológica para las Advertencias de Almansa y Mendoza56. De los inicios de la polémica en torno a las Soledades tenemos muy pocas fechas acreditadas, de tal manera que las dataciones de la mayoría de los testimonios iniciales, y en consecuencia el diálogo en diferido que se establece entre ellos, obedecen a conjeturas crítico-eruditas. Conocemos que la carta de Góngora a Pedro de Valencia remitiéndole los dos poemas mayores es de 11 de mayo de 161357, pero nada sabemos con la suficiente certeza cronológica constatable 56 Las fechas propuestas hasta ahora han sido: para Orozco, descubridor y editor del texto, finales de 1614 o principios del 1615 (1969: 160), mientras que para roses (1994: 19-20) y jammes (1994: 609-611) las Advertencias serían de 1613, pues Almansa se sirve de una versión primitiva de la primera Soledad, en tanto el Parecer del abad de rute, que fechan a principios de 1614, ya seguía el texto definitivo. A lo largo de este apartado se irán argumentando razones sobre lo problemático de esa datación. 57 Lo sabemos por la respuesta de Pedro de Valencia de 30 de junio, que es la que se viene dando como versión definitiva en comparación con otra de la misma carta fechada de manera más imprecisa en «junio» de 1613 (cf. Pérez López, 1988). Begoña López Bueno38 como para no ofrecer amplios márgenes de duda del resto de los testimonios tempranos: ni de las Advertencias de Almansa, ni de la Silva a las Soledades de Ponce (porque la precisa fecha de noviembre de 1613 de su portada solo parece indicar el término a quo), ni del Parecer del abad de rute (salvo que fue de 1614, porque el Abad había leído la carta de Pedro de Valencia de junio de 1613 «el verano pasado»), ni de las cartas cruzadas entre Lope de Vega o su círculo, que aparecieron anónimas, y Góngora secundado por Antonio de las Infantas (cuyas fechas oscilan, según los propios testimonios que las transmiten, entre septiembre de 1613 y enero de 1614, o entre los mismos meses de 1615 y 161658), ni del Antídoto de jáuregui, ni del llamado Antiantídoto, hoy perdido, de Amaya, ni del Examen del Antídoto del abad de rute (salvo que es posterior a julio de 161759), ni de la anónima Soledad primera ilustrada y defendida, ni de las Anotaciones y defensas y los Discursos apologéticos de Díaz de rivas…. Pero todo esto nos lleva ya hacia finales de la década y estamos en los años iniciales de la polémica. Lo que tenemos datado con certeza de esos primeros años, exceptuando la carta de junio de 1613 de Pedro de Valencia, son únicamente tres cartas: una nueva de Pedro de Valencia de 6 de mayo de 161460, exenta de la actitud censoria de la del año anterior, y dos de Góngora del mismo año de 1614: la primera, con fecha de 18 de junio, dirigida al erudito y bibliógrafo tomás tamayo de Vargas y la segunda, de 4 de septiembre, a su amigo juan de Villegas61. En la pri- 58 Vuelvo sobre ello en el epígrafe específico «Las Advertencias y las cartas “anónimas” de Lope». 59 El 25 de julio de ese año le comunica en carta desde Granada a Díaz de rivas: «La respuesta al Antídoto voy trasladando. Fáltame poco y espéranla muchos en este lugar…» (Alonso 1982a : 233). 60 Que reprodujo Díaz de rivas al final de sus Discursos apologéticos (Gates 1960: 27, 66). 61 Carreira 2000: II, Epistolario, 299-301, cartas 2 y 3. 39 Estudio introductorio mera, tras el potente aparato retórico que emplea Góngora en agradecimiento al entonces cronista de Su Majestad por su elogio62, supuestamente contenido en una carta hoy perdida, asoma ya la retranca satírica contra los objetores del poema («me defienda de tanto crítico, de tanto pedante como ha dejado la inundación gramática en este Egipto moderno») y alguna seña de queja por su situación («El trabajo que vuesa merced tomó en calificar mi ignorancia le diera por pena, si no la tuviera yo, y cuidado de verme desvanecido»). Por el contrario, en la carta a Villegas, el poeta demuestra estar en su salsa: su mesa de trabajo es un ir y venir de correspondencia con nuevas del poema en un tono festivo y en una actitud positiva63. En todo caso, en ambas –y a pesar de las diferencias notables de intención que las mueve– vemos que Góngora en ese año de 1614 está en plena fase de promoción de su poema, siguiendo muy atento las noticias y aprovisionándose de manera muy activa de opiniones expertas. Ambas cartas se escriben, pues, desde el impulso del empeño promocional de las Soledades y no se atisba en ellas ni el enojo (de la carta En respuesta…) ni la retirada melancólica (del soneto «restituye a tu mudo horror divino») que aparecerán en 1615. En este año se produce ya la guerra declarada con misiles dialécticos en forma de cartas. Góngora en la suya de 30 de septiembre responde de manera encolerizada a la provocación “anónima” de pocos días antes, el 13 del mismo mes, de un Lope hiriente y socarrón. Un Lope que había enarbolado como justificante de su durísimo ataque precisamente las Advertencias de Almansa y Mendoza. Por esta circunstancia resulta de especial importancia la cronología de aquellas cartas para situar el escrito de Almansa. 62 Llama la atención, por contraste, el silencio que sobre Góngora mantiene tamayo de Vargas en la amplísima relación contenida en su Junta de libros, teniendo en cuenta que sí lo había ensalzado antes en su Comentario a Garcilaso (cf. Escobar 2010: 169-177). 63 Para pormenores sobre esta carta cf. Alonso (1982e) y jammes (2011). Begoña López Bueno40 Si la primera carta “anónima” de Lope, en tanto surgida por la aparición de las Advertencias, marcaría el término ad quem para la cronología de estas, situar el término a quo nos lleva nada más y nada menos que al complejo asunto del proceso de revisión y difusión de la Soledad primera, pues el comentario de Almansa –si hacemos caso a Lope– acompañaría la aparición pública del poema («no enseñando ni repartiendo un papel sin otro»64). Lo que por otra parte es contradictorio –adelantemos ya– con el hecho de que Almansa basa su comentario en la primera versión de las Soledades. El proceso de difusión (en paralelo al de la revisión de sucesivas versiones) de la Soledad primera fue al parecer dilatado en el tiempo, pues abarcaría desde principios de 1613, o acaso fines de 1612, hasta 1614. De las primeras fechas tenemos el testimonio de Angulo y Pulgar en sus Epístolas satisfactorias (1635) cuando dice que «en el año 1612 sacó don Luis a luz manuscrito al Polifemo, y poco después la Soledad primera; consta de muchas cartas suyas»65; y de 1614 la fecha que Chacón asigna a las Soledades. Dámaso Alonso justificó razonablemente ese arco temporal: «las fechas que proporciona Angulo no me parecen absurdas. Las contradicciones con Chacón pueden ser solo aparentes: las fechas de Angulo serían las de redacción; las del manuscrito del señor de Polvoranca, las de divulgación o publicación (manuscrita) de estos poemas»66, una vez –añado– Góngora hubiera dado el nihil obstat para su difusión. A pesar de que Chacón da la fecha de 1614 para ambas Soledades, lo cierto es que durante un tiempo indeterminado circuló solo la primera. Así lo demuestran testimonios como el soneto de 1615 «restituye a tu mudo horror divino», rotulado en Chacón Alegoría de la Primera de 64 Orozco 1973: 246. 65 Angulo f. 39r. 66 Alonso 1987b: 498. 41 Estudio introductorio sus Soledades, o la afirmación del abad de rute en su Apología por una décima67: «Es, pues, el caso que, publicada por algunos amigos del autor la primera parte de las Soledades, y sabiendo él que de palabra y por escrito había contra ellas habido varias censuras…». Además debió de circular sola durante un tiempo largo a tenor de lo que dice el mismo abad de rute en el Examen del Antídoto, posterior a 25 de julio de 1617: «…estas Soledades constan de más de una parte, pues se dividen en cuatro: si en la primera, que sola hoy ha salido a luz, este mancebo…»68. Así pues, en 1617 todavía Góngora no ha hecho pública la Soledad segunda, que iría escribiendo con interrupciones69 y –como es de suponer– a empellones emocionales según las noticias que fuera recibiendo de la recepción de la primera. Es esta primera Soledad la que nos interesa a nosotros ahora en la indagación de la cronología de las Advertencias. 3.2. Las Advertencias y la primera versión de las Soledades La complejidad del proceso textual de las Soledades en sus varias fases de elaboración y/o difusión70, si bien abarca la totalidad del poema hasta su final inconcluso en el verso 979 de la Soledad segunda, 67 Apología por una décima del autor de las Soledades (Gates 1960: 144-151). En cuanto a las fechas de esta Apología, deben situarse entre noviembre de 1614, fecha de edición del Viaje del Parnaso de Cervantes, mencionado por el Abad, y la muerte de Cervantes, aludido como vivo, el 22 de abril de 1616. 68 Examen del «Antídoto» o Apología por las «Soledades» de Don Luis de Góngora contra el Autor del «Antídoto» (Artigas 1925: 406). 69 Se escribiría en cuatro fases, de las siete del conjunto de ambas Soledades. Véase nota siguiente. 70 Siete fases cuenta jammes para el conjunto de ambas Soledades: tres para la primera (hasta los versos 779, 831 y 1091 respectivamente), con el año 1612 como termino a quo y 11 de mayo de 1613 como término ad quem, y cuatro para la Soledad segunda (hasta los versos 221, 840, 936 y 979, respectivamente), con el otoño de 1613 como término a quo y una fecha imprecisa entre 1619 y 1626 como el ad quem (jammes 1994: 14-21). Begoña López Bueno48 («noviembre de 1613») se compadece mal con las fechas reales de su contenido, que lo alarga en el tiempo al menos hasta 161693. Pero es que, además, y cara a que la vinculación, por entorno e intenciones, entre la Silva de Ponce y las Advertencias de Almansa nos ayudara a precisar la cronología de estas últimas, se da una muy importante circunstancia que las separa y que ya ha sido mencionada: la distinta versión de que se sirven ambos de las Soledades para su comentario, pues si el texto que trae Ponce es el cercano a la definitiva, Almansa se basa en la primera y más primitiva. 3.4. Las Advertencias y las cartas “anónimas” de Lope Aunque posiblemente fueran más amplios e importantes los motivos (algo semejante a una toma de posición grupal por parte de Lope de Vega y su círculo frente a los movimientos de Góngora y el suyo en los años previos a 1615), lo cierto es que la primera carta “anónima” de Lope achaca a las Advertencias la causa de su aparición cuando recrimina a Góngora que Almansa y Mendoza se hubiera hecho «tan señor de su correspondencia, y de la declaración y publicación desta poesía». En todo caso, y para lo que nos concierne ahora, lo relevante es el hecho de que las Advertencias preceden necesariamente al rifirrafe epistolar. Estas son las cartas, con sus encabezamientos y fechas según el ms. B106-V 1-36 (conocido como ms. Gor en la tradición textual gongorina; es el mismo ms. que contiene las Advertencias que editamos): 1/ Carta escrita a don Luis de Góngora en razón de las Soledades, 13 de septiembre de 1615; 2/ Respuesta de don Luis de Góngora, 30 de septiembre de 1615; 3/ Carta de don Antonio de las Infantas y Mendoza respondiendo a la que se escribió a don Luis de Góngora en razón de las Soledades, 15 de octubre de 1615; y 4/ Respuesta a las cartas de don Luis 93 Véase lo dicho en n. 83. 49 Estudio introductorio de Góngora y de don Antonio de las Infantas, 16 de enero de 1616. El contenido sumario de las cuatro es el que sigue. En la primera un irónico «amigo», supuestamente Lope, muestra su extrañeza por el encargo de difusión y comentario de las Soledades a alguien como Almansa y Mendoza, teniendo Góngora tan doctos amigos, y le recomienda que retire «esos papeles». En la respuesta, segunda carta, Góngora, enojado por el anonimato de su interlocutor, hace una defensa rotunda de la oscuridad poética como credo estético y responde por Almansa y Mendoza ante los ataques. En la tercera, Antonio de las Infantas, amigo de Góngora y quizás por indicación suya, asume la tarea de responder más sistemáticamente a la carta inicial «de un amigo»; Infantas se reitera con más contundencia en la defensa de Almansa y Mendoza, del que acaso era pariente. Finalmente, en la última de la serie el autor, es decir, presumiblemente Lope, se presenta ahora como amigo del autor de la primera misiva, un «soldado», ausente por un viaje a nápoles, al que él va a ayudar cortésmente con esta respuesta. Esta respuesta, de nuevo enmascarada en el anonimato, es larga, densa, irónica y mordaz, además de mucho más contundente en la crítica hacia Góngora. En realidad, a estas cuatro cartas se deben añadir dos más: otra posterior de Góngora, perdida, pero cuya existencia se constata por la respuesta de Lope en su echadiza, también de discutida cronología94. Almansa y Mendoza es el blanco fácil de las misivas lopescas. Bien que su objetivo real era Góngora, el correveidile resultaba presa mucho 94 Hay discrepancias sobre la fecha de la llamada carta echadiza: para Amezúa, editor del epistolario de Lope, sería del verano de 1617 (1935-1943: III, carta 321), mientras Orozco, siguiendo la opinión de Millé, la sitúa a fines de 1616 (1973: 260). En cambio jammes, de acuerdo con el establecimiento de una cronología más temprana para el conjunto de la polémica epistolar entre Lope y Góngora y de la propia difusión de las Soledades, adelanta la fecha hasta otoño de 1615 (1994: 642-645). Esta última propuesta sería incompatible con las fechas que defiendo, sept. 1615 – enero 1616, para las cuatro primeras cartas (López Bueno 2011). Begoña López Bueno50 más accesible, por lo que asoma insistentemente en ellas. Si en la primera se denuncia el despropósito de haber encomendado la tarea de difundir el poema e ilustrarlo «con muy copiosos corolarios» a alguien así, en la segunda, que es enjundiosa, larga y escrita en un mantenido clímax de ironía mordaz, aunque va frontalmente contra la estética gongorina y el propio Góngora, se menciona a Almansa y Mendoza hasta en seis ocasiones siempre con guiños e intenciones descalificadoras. Finalmente en la echadiza, vuelve a cargar sin miramientos contra Mendoza y a poner en evidencia su ridículo “amancebamiento” con Góngora (al que, sin embargo –y comenzando con ello una táctica que empleará Lope en lo sucesivo– empieza a descargar de culpas para echárselas a sus «mochuelos» falsos imitadores). Ese cruce de cartas supone un momento de inflexión en una enemistad largamente gestada entre los dos ingenios, que sobrevivirá tras la muerte de Góngora porque Lope llevará su cruzada anticultista hasta el final de sus días en una variedad de formatos que abarca cartas satíricas, invectivas en verso, preliminares reivindicativos o discursos teóricos. Volviendo a la polémica epistolar que nos concierne, hay que decir que sus fechas, sobre todo las de las cuatro primeras cartas que forman un conjunto compacto, han sido objeto de larga discusión crítica. Antonio Carreira y después robert jammes apostaron por las fechas más tempranas de 1613-161495. En un trabajo específico96 me decanté por volver a las más tardías de 1615-1616, establecidas anteriormente por Emilio Orozco y así datadas en el ms. Gor. no 95 Antonio Carreira, dudoso de la autenticidad de estas fechas, para él muy tardías, prefirió la autoridad de otro testimonio, el ms. B102-B-03 de la Biblioteca Bartolomé March, que contiene tres de las cuatro cartas antedichas, fechadas entre septiembre de 1613 y enero de 1614 (1986: 340; 1994: I, 151-171; reimpr. en 1998: 239-266]. Por lo demás, otro ms. portugués, también manejado por Carreira, las Poesías de Alao, contiene las dos primeras cartas y las fecha en septiembre de 1617, lo que resulta de todo punto inverosímil (Daza 2011). respecto a la autoría de Lope para estas cartas, véase lo dicho en nota 1. 96 López Bueno 2011. 51 Estudio introductorio repetiré aquí lo argumentado allí, pero sí conviene recordar que las fechas tempranas de esas cartas traerían consigo un considerable adelanto de toda la polémica temprana con una sucesión muy precipitada de acontecimientos. Porque, dado que las Advertencias son previas a la primera carta y en ellas Almansa y Mendoza dice contestar a «un torbellino de pareceres y objetos», parecen poco los dos meses y medio que transcurren desde el 30 de junio, carta de Pedro de Valencia, hasta el 13 de septiembre de ese mismo año, primera carta “anónima” de Lope. Bien es verdad que ese es argumento rebatible, porque la primera Soledad se habría difundido ya antes de llegar a Pedro de Valencia. Pero es que Almansa y Mendoza da sobradas muestras en sus Advertencias de conocer también la censura de Valencia, aunque naturalmente no la mencione. De hecho, y como ya se ha apuntado, parece responder a un estado de opinión derivado de reparos y advertencias hechas por hombres doctos (por más que él cuando hable de «doctos» los mencione de modo irónico) y no solo por indocumentados, como quiere venir a decir. Imposible en este punto saber si Almansa conocería el Parecer del abad de rute, previsiblemente anterior a sus comentarios: estamos ante documentos privados que el círculo gongorino manejaría a discreción. E imposible también saber si conocería esas opiniones censoras del poema que, según el propio Abad en el Parecer, le habían ido llegando a Góngora desde círculos andaluces allegados97, aunque todo parece indicar que sí, pues serían precisamente esas corrientes de opinión las que se quieren atajar, tanto en el comentario de Almansa como en el de Ponce, formando parte ambos –como ya se ha indicado– de una defensa colegiada, probablemente con fuentes comunes, que precisaría su tiempo para ser 97 «... A vuestra merced le han advertido de esto antes de ahora y avisádole que sienten lo mismo en Córdoba, en Granada, en Sevilla, en Madrid; pues de allí un hombre de tanta erudición, cuanto cualquiera otro de este siglo, y de juicio igual a la erudición, que esPedro de Valencia,lo escribió y advirtió a vuestra merced» (Parecer, f. 139v; cf. Elvira 2015: < http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1614_parecer >). Begoña López Bueno52 preparada. En fin, muchos acontecimientos para un tan breve lapsus temporal de dos meses y medio. Y finalmente hay otro argumento de valor para las fechas tardías de esas cartas: las cuatro composiciones gongorinas que el colector del ms. Gor copia entre la carta de Antonio de las Infantas de 15 de octubre de 1615 y la de Lope de 16 de enero de 1616; a saber: los sonetos «restituye a tu mudo horror divino», «Con poca luz y menos disciplina», «Pisó las calles de Madrid el fiero» y la doble décima «Por la estafeta he sabido»98. Con excelente acuerdo las incluyó allí el colector, contextualizándolas en su debido lugar, puesto que en 1615 están fechados en Chacón los sonetos «restituye » y «Pisó las calles …», mientras que «Por la estafeta …» y «Con poca luz …» presentan un estrechísimo margen de duda de que no sean de ese mismo año99. Y sobre todo la contextualización es oportunísima porque parece con toda verosimilitud que a ellas se refiere Lope en la carta que sigue cuando afea a Góngora que prosiga «en hacer versos con su acostumbrada graciosidad, ofendiendo la carta del ausente», pues no se quedaba tranquilo con las dos cartas (la suya y la de su «obrero» Antonio de las Infantas), sino que se lanzaba también por la vía del verso satírico con las «décimas y sonetos que andan por ahí, en razón destas materias publicadas después de su primera respuesta»100. Los datos cuadran para suponer, en efecto, que las composiciones son las que incluyó allí el colector del ms, composiciones de 1615 que aseguran que la carta de Lope llevara fecha de enero de 1616, y, consecuentemente asegura también las fechas de las cartas anteriores de la serie hasta la inicial de 13 de septiembre de 1615. 98 A tres de estas composiciones he dedicado trabajos específicos: cf. López Bueno 2013b (para el soneto «restituye…»), 2012c (para el soneto «Con poca luz…») y 2013a (para las décimas «Por la estafeta…»). 99 Para las décimas «Por la estafeta …», así quedaban ya datadas por jammes (1994: 633) y Carreira 2000: 643); y para ambas composiciones: López Bueno (2013a y 2012c). 100 Orozco 1973: 239 y 246. 53 Estudio introductorio Movido debió de ser para Góngora el otoño de ese año de1615 entre las noticias que le irían llegando de la mala recepción de su primera Soledad y la carta de 13 de septiembre. Con exasperación contesta a esta en la suya de 30 de septiembre y con fino estilete satírico elabora en verso tres de las composiciones mencionadas; en la otra, el magnífico soneto «restituye a tu mudo horror divino», la sátira se tiñe de melancolía en la solicitud a la Soledad de un retroceso imposible por parte de quien no ha sido en absoluto comprendido y abandona toda esperanza de serlo. 3.5. Conclusión inconclusa Fechar las Advertencias es tan imposible como encontrar una equidistancia razonable y verosímil entre dos extremos temporales muy distantes, pues, si por una parte la versión primera de las Soledades de que se sirve Almansa nos lleva a las tempranísimas fechas de fines de 1612, por otra, el hecho de que las Advertencias sean el desencadenante de la carta “anónima” de 13 de septiembre de 1615 nos acerca a ese año. realmente nos encontramos ante una aporía de imposible solución. La que parece pista más firme, que Almansa siga una versión de la Soledad primera tan temprana como copiada al mismo ritmo de redacción del poema en el año 1612, no casa de ninguna manera con el contenido de las Advertencias. En estas se responde a opiniones ya forjadas, que no solo aparecen en lo que Almansa menciona desdeñosamente como «un torbellino de pareceres [… ] que la ventolera de algunos con título de doctos, curiosos y valientes ingenios han levantado contra las Soledades»101, sino sobre todo en las referencias específicas que el propio Almansa va haciendo a las censuras previas a las que él responde: («Dicen lo primero…», «Lo 2º oponen…», «Lo 3º dicen…», «Mas, sentido el Sr. don Luis de parecerles a algunos…». En verdad, 101 F. 147v-148r, reiterando el tono irónico e insolente cada vez que alude a ellos: «doctos e ingeniosos» (f. 148r) o «doctos y curiosos» (f. 153v). Begoña López Bueno54 Almansa está contestando a opiniones con criterios sostenidos contra la oscuridad, y entre ellas con posibles signos de evidencia, a las formuladas por Pedro de Valencia en su carta censoria, como ya he indicado. Al manejar la versión más primitiva, Almansa excluye toda posibilidad de tener en cuenta las correcciones efectuadas por Góngora en los loci concretos del poema censurados por el humanista zafrense. Aunque se pudiera tener la tentación de interpretarlo como una omisión intencionada con la que Almansa desdeñara los “lunares” corregidos por Valencia102, afirmando con ello el texto tal cual salió originariamente de la mano de Góngora, el hecho sin embargo de que las anotaciones de las Advertencias solo lleguen al verso 634, nos confirman que se basa en una redacción en curso que únicamente alcanzaba al verso 779, final de Ms. rodríguez-Moñino, es decir, en un texto primitivo y previo al de Pedro de Valencia. Esta situación nos encamina a una cuestión clave: la garantía de las Advertencias solo se puede basar en una relación de confianza entre Góngora y Almansa. Pero no sabemos si esta existía. ¿Cómo es posible que cuando Góngora está redactando inicialmente las Soledades, ya Almansa se lance a «apercibirlas de comento»103? ¿Con qué “papeles” trabajaba Almansa? ¿Con unos borradores casi? ¿Eso es señal de cercanía con Góngora, que le confiaría su texto antes que a sus enterados amigos o es señal de todo lo contrario: descuido, improvisación? El otro problema de la datación de las Advertencias es el término ad quem, primera carta “anónima” de Lope, para cuya datación en 1615 ya hemos dado argumentos. Ciertamente es un arco temporal amplí- 102 Lo que parece ocurrir al menos en un caso: anotación [13], en la que exalta los versos «De islas que paréntesis frondosas /al periodo son de su corriente», que precisamente habían sido criticados por el humanista (véase n. 300). 103 recuérdese lo dicho en la carta “anónima” de Lope de 16 de enero de 1616: «pues antes que saliesen en público las Soledades se apercibieron de comento, no enseñando ni repartiendo un papel sin otro» (Orozco 1973: 246). 55 Estudio introductorio simo, ante el que solo podemos manifestar nuestras dudas y hacernos la siguiente pregunta: ¿en realidad sabemos todo lo que ocurrió en ese lapsus temporal?; ¿podemos hacernos idea cabal de la cantidad de dimes y diretes que circularían, todos en comunicación semiprivada-semipública? La carta de 16 de enero de 1616 del disfrazado Lope nos habla de «tantos papeles como salen cada día en su ofensa dél [de su amigo soldado, supuesto autor de la primera carta] y en defensa de las Soledades»104. Perplejidad frente a los intríngulis de la relación entre Góngora y Almansa, desconocimiento actual de muchos datos y/o testimonios volanderos de los inicios de la polémica, junto a contradicciones derivadas de las fechas de los que conocemos, llevan necesariamente a la cautela de proponer simplemente y sin más precisiones105 el año de 1614 como la fecha menos mala de las posibles para el comentario de Almansa y Mendoza. 4. Estructura. El esquema básico de comentario más anotaciones 4.1. Las partes del texto Las Advertencias son un texto breve que ocupa 12 fols. (lo que hace un total de 23 págs.) en el ms. Gor. Comienzan por lo que podríamos considerar dos breves preliminares. En primer lugar la dedicatoria Al duque de Sessa y Baena, marqués de Poza, almirante de Nápoles, escrita –al igual que la despedida de cierre– con el tono adulador a la usanza, que Almansa acrecentará en sus posteriores relaciones 104 Orozco 1973: 239. 105 Entre ellas la que apunté como posibilidad de septiembre de 1614 (cf. López Bueno 2012a: 21). Begoña López Bueno56 de sucesos106. A continuación, y siguiendo el tópico prologal de la humilitas, hace una aparatosa declaración de modestia que curiosamente –dicho sea de paso–vendría a evidenciar su misma realidad («sin experiencia […], sin conocimiento o estudio de su ciencia, con lenguaje corto y mal limado estilo…»). Entramos a continuación en el meollo de las Advertencias, que podríamos dividir en tres partes. Una primera está destinada a proclamar los objetivos de las mismas: defender a Góngora de sus acusadores («con título de doctos, curiosos y valientes ingenios») y retarlos a que hagan sus críticas a cara descubierta y por escrito («¡Si dieran estos sus sentimientos en papel, o el dueño o algún aficionado respondiera…!»). En la defensa de Góngora se implica tanto Almansa que se da personalmente por ofendido de las censuras hechas contra alguien de quien se declara ridículamente «hijo», si no «aborto de su ingenio». Para minimizar la importancia de los detractores, argumenta que, en contraste con tantos como hablan, hay muy pocos autorizados «en esta corte» para opinar sobre la poesía de don Luis, de los que da una relación: además del dedicatario duque de Sessa, el duque de Feria, el conde de Salinas, Luis Cabrera de Córdoba, josé de Valdivielso, Lorenzo ramírez de Prado, Lope de Vega, Cristóbal de Mesa, Vicente Espinel, Cristóbal Suárez de Figueroa, Manuel Ponce, Francisco de rioja, Luis tribaldos detoledo y fray Hortensio Paravicino, catorce nombres que se convertirán en la primera lista de las varias evocadas en la polémica gongorina para marcar el territorio de expertos y/o defensores107. Pasa luego a lo que consideramos como segunda parte. Ahora, con una prosa más ágil y suelta, se detiene en las que serán las grandes cuestiones debatidas en la polémica sobre las Soledades, a saber: la 106 Cf. Ettinghausen y Borrego 2001: passim. 107 Al asunto se dedica un apartado específico: «La primera “sociología gongorina”», además de las n. 214 a 227, con datos bioblibiográficos de cada uno de los mencionados y circunstancias de su relación con Góngora. 57 Estudio introductorio cuestión del género del poema y el uso de neologismos e hipérbatos, aspectos que le llevan a reflexionar sobre la oscuridad y/o dificultad del lenguaje y la sintaxis gongorina, para terminar reclamando la vena heroica en don Luis, a pesar de su ser único también en las burlas108. Además de ser muy cabales algunas de las razones aducidas, en particular las destinadas a favorecer la entrada de nuevas palabras en el idioma, esta parte tiene el mérito de adelantar argumentos y clichés luego largamente esgrimidos por defensores de Góngora, como es el caso de considerar falaces las críticas de quienes dicen no entenderlo y sin embargo lo juzgan. Llegamos así a la que consideramos tercera parte, que constituye el comentario o anotaciones, donde pasa revista a un total de veintiséis loci de la Soledad primera (basándose en la versión más primitiva del Ms. rodríguez-Moñino, como ya quedó señalado). Los pasajes comentados, aunque distintos en extensión, pues van desde sintagmas inferiores a un verso hasta una cita de 14 versos (anotación [16]), son normalmente breves y tienen un recorrido que llega al verso 634 (de los 779 que contenía la Soledad primera en el Ms. rodríguez-Moñino). Las anotaciones son escuetas y en general, no solo poco aclaratorias, sino que tienden a confundir con enrevesadas explicaciones el texto que pretenden ilustrar (anotaciones [1], [5], [9], [16]…). En ocasiones hay de base una mala comprensión del texto, que también adolece de lecturas erróneas (atribuibles a Almansa o al copista109), llegando al auténtico dislate en algún momento (anotación [21]). Las aclaraciones sobre mitos, leyendas o topónimos son elementales y las exégesis con frecuencia pedestres, sin excluir alguna dedicada simplemente a exaltar los logros poéticos ([13]). 108 Al conjunto de estas cuestiones se dedica el apartado: «Debut de las cuestiones centrales de la polémica…». 109 Para pormenores sobre estos extremos, véase apartado «Un único testimonio manuscrito». Begoña López Bueno64 en la tradición aristotélico-horaciana para justificar teóricamente su existencia116. Entre los siglos XVI y XVII, particularmente en el primero y en Italia, se elabora una enjundiosa teoría poética que atiende de modo prioritario a la cuestión esencial de los llamados hoy géneros literarios y entonces «especies de la poética». Para la lírica, se trataba de establecer una doctrina que compensara la escasísima atención teórica que la tradición antigua (vale decir la Poética de Aristóteles y el Ars poetica de Horacio) le había dispensado y que contrastaba sobremanera con el brillantísimo cultivo contemporáneo del género desde el Petrarca en vulgar. La historia de ese empeño teórico renacentista –fundamentalmente italiano, como digo– pasa por una cada vez más nítida organización tripartita de la materia literaria en géneros o especies, en la que la poesía lírica tuvo que abrirse un trabajoso hueco al lado de sus hermanas “mayores”, la poesía dramática –especialmente la tragedia– y la epopeya. Ejemplo palpable de tal universo tripartito es la organización del fundamental tratado –porque canoniza la preceptiva en vulgar– de Antonio Sebastiano Minturno, L’Arte Poetica117, que dedica los tres primeros libros respectivamente a la épica, a la escénica y a la lírica, reservando el cuarto a las cuestiones generales de la poética. Para el establecimiento de esa organización tripartita (o a veces cuatripartita, si se diferenciaba entre tragedia y comedia) en la que la poesía lírica tenía su lugar, se barajaron varias opciones, siempre dentro de los cauces marcados por la tradición preceptiva, pero funda- 116 De ese contexto preceptivo me he ocupado más por extenso en otro lugar (López Bueno 2005). Por lo demás, para este asunto son fundamentales los trabajos de García Berrio (1977 y 1980), Guerrero (1998) y el volumen coordinado por Vega y Esteve (2004). 117 Minturno 1564. El mismo autor había realizado previamente una reflexión teórica sobre las letras latinas y en latín en el tratado que tituló De poeta, 1559. Poéticas en vulgar anteriores a la de Minturno, como las de trissino o Daniello, luego aludidas, además de más breves, resultan menos estructuradas en su conjunto respecto a la tripartición genérica. 65 Estudio introductorio mentalmente dos: los operativos dispuestos en la Poética de Aristóteles para realizar la mímesis, y, dentro de ellos el modo de imitación (reservándose para la lírica, no sin discrepancias, el modo narrativo o exegemático), y la organización retórica basada en la teoría de los estilos o genera dicendi (reservándose para la lírica, no sin contradicciones, el estilo medio). Más difícil resultó dictaminar el objeto de un género cuya sofisticación y variedad requería laboriosas justificaciones preceptivas, la más airosa de las cuales fue la teoría del concepto. Y al tiempo de todo ello, hubo de justificarse para la poesía lírica el prodesse con argumentos finos e ingeniosos en un marco poco proclive a la “gratuidad” imaginativa118, pues ni evidenciaba la finalidad purgativa o catártica de la tragedia, ni manifestaba la ejemplaridad de la épica. Como sabemos, la Poética de Aristóteles fijó su objetivo en analizar cómo los discursos ficcionales o artísticos realizan la mímesis, disponiendo para ello tres procedimientos, medios, objetos y modos, cuya combinatoria sería diferente según la especie de poesía de la que se tratase119. De resultas de ese sistema la lírica quedó en una manifiesta orfandad: en cuanto a los medios (ritmo, lenguaje y armonía120), porque el esquematismo de su mención apenas alumbraba nada sobre el aspecto elocutivo tan esencial en el género121; en cuanto a los objetos, 118 «the first problem of renaissance criticism was the justification of imaginative literature», dice el inicio del clásico estudio de Spingarn sobre la teoría literaria renacentista (Spingarn 1976: 3). 119 «La epopeya y la poesía trágica, y también la comedia y la ditirámbica, y en su mayor parte la aulética y la citarística, todas vienen a ser, en conjunto, imitaciones. Pero se diferencian entre sí por tres cosas: o por imitar con medios diversos, o por imitar objetos diversos, o por imitarlos diversamente y no del mismo modo» (Aristóteles, ed. de García Yebra, 1988: 127). 120 Que con manifiesta ambigüedad luego menciona como ritmo, canto y verso (Aristóteles 1988: 128 y 130). 121 Sobre el lenguaje como base sustancial del arte poética, poco dice Aristóteles: el capítulo 20 –para algunos espurio–, dedicado a Las partes de la elocución (elemento, sílaba, Begoña López Bueno66 la absoluta indefinición –aun cuando se quisiese identificar con la ditirámbica– se manifestó no solo en la inconcreción sobre los imitados (la tragedia imitaba a hombres esforzados o mejores, la comedia a los de baja calidad o peores, en tanto en los ditirambos y nomos se podía indistintamente ensalzar o ridiculizar), sino sobre todo en que la poesía lírica carecía de acción y por ello no tenía propiamente fábula; y respecto de los modos (es decir, el grado de intervención o presencia de la voz del autor), la Poética aristotélica solo establecía una oposición entre poesía épica y poesía dramática, y dentro de la primera otra polaridad entre dos formas o modos de poemas épicos122. Esta doble oposición aristotélica a partir del modo de imitación fue interesadamente utilizada cuando en el renacimiento se precisó de un estatuto para la floreciente lírica en pie de igualdad con los otros dos géneros mayores. A partir de aquella oposición se justificó un triple desglose genérico, en el que la poesía ditirámbica –y por ende la lírica a ella asimilada– se distinguía en su modo porque sólo hablaba el poeta y no otros; así aparece ya en el primero de los grandes comentarios aristotélicos, el de Francesco robortello In librum Aristotelis De Arte Poetica Explicationes: etc.) no entra en ninguna consideración sobre el nivel artístico del lenguaje. Sí lo hace, pero muy brevemente, en el 22 sobre La excelencia de la elocución, que consiste en que «sea clara sin ser baja», para lo cual el mecanismo preferente es la metáfora. todavía dos capítulos más adelante, y aunque a propósito de la epopeya, hace una afirmación que tendrá ponderada importancia en la teoría de la lírica: «La elocución hay que trabajarla especialmente en las partes carentes de acción y que no destacan ni por el carácter ni por el pensamiento; pues la elocución demasiado brillante oscurece, en cambio, los caracteres y los pensamientos» (Aristóteles 1988: 224-225). Los ecos de esta última frase se escucharán en multitud de pronunciamientos clasicistas –y por ende antigongorinos– de la polémica y por extensión del siglo XVII. 122 «Con los mismos medios es posible imitar las mismas cosas unas veces narrándolas (ya convirtiéndose hasta cierto punto en otro, como hace Homero, ya como uno mismo y sin cambiar), o bien presentando a todos los imitados como operantes y actuantes» (Aristóteles 1988: 133). 67 Estudio introductorio Primus imitandi modus est, qualis visitur in tragoedia, et comoedia. Secundus est, qualis olim fuit in poesi dithyrambica, nam in ea, omnia narrabat ipse poeta, neque alios faciebat loquentes. Tertius modus est qui conflatur ex superioribus duobus, qualis in epico, seu heroico poemate cernitur123. Al tratado aristotélico la preceptiva renacentista vinculó indisolublemente la Epistula ad Pisones de Horacio, que desde Quintiliano se conoce como Ars poetica. Su gran rentabilidad para la posteridad de la poética occidental radica sobre todo en el juego de las parejas antagónicas docere-delectare, ars-ingenium y res-verba124. Esta última posibilita las correspondencias exigibles por el ordo o decoro artístico, a cuyo respecto establece Horacio unas distinciones formales para la poesía latina (el verso heroico para las hazañas, el dístico elegíaco para las quejas, el yambo para las manifestaciones de ira o rabia y también para el diálogo dramático), que cierra con esta referencia al verso lírico de signo celebrativo (alabanza de dioses y héroes, de triunfos deportivos, canto de festejos juveniles y del vino) en los versos 83-85 del Ars: Musa dedit fidibus diuos puerosque deorum et pugilem uictorem et equom certamine primum et iuuenum curas et libera uina referre. A forjar una teoría de la lírica que fuera rellenando los muchos huecos que dejaba la preceptiva clásica y que al mismo tiempo, y sobre todo, se acomodara a la exuberante producción en vulgar125, se 123 robortello 1548: 25. 124 Los tres binomios y su amplísima repercusión fueron estudiados con enjundia por García Berrio (1977 y 1980). 125 Producción en vulgar que mucho distaba de los comportamientos formales de la lírica latina, por lo que para la asimilación de la poesía moderna con la antigua los preceptistas del renacimiento hubieron de salvar la enorme diferencia que las separaba, incurriendo con frecuencia en un forzoso ejercicio de anacronismo. Como indica acertadamente G. Guerrero: «si es posible efectuar la transferencia global y a menudo indiscriminada de las categorías poéticas antiguas a las literaturas romances, es porque, Begoña López Bueno68 aplicaron con instrucción y denuedo muchos nombres importantes a lo largo del Quinientos italiano, desde Giovan Giorgio trissino, que en 1529 publica su Poetica I-IV126, hasta 1594, cuando la lírica merece un tratado exclusivo en el de Pomponio torelli, Trattato della poesia lirica, siete lecciones leídas en 1594 en la Accademia degli Innominati de Parma, pasando por otros importantes como el de Bernardino Daniello, Della Poetica, 1536 y las fundamentales Lezioni intorno a la poesia (leídas en 1573 y publicadas en 1581) de Agnolo Segni, que incluían el gran avance de «i concetti de la mente» como objeto de imitación de la lírica (junto a «i costumi e le passioni de l’animo»127). todas estas preceptivas italianas tenían en común una gran atención a los comportamientos de la poesía italiana contemporánea, que traslucía ya el propio título del imprescindible tratado de Minturno de 1564, L’Arte Poetica […] nella quale si contengono i precetti heroici […], con la doctrina de’ sonetti, canzoni et ogni sorte di Rime Toscane, doue s’ insegna il modo che tenne il Petrarca nelle sue opere… no fue precisamente la atenta mirada a la realidad poética del entorno lo que caracterizó a la preceptiva española. Porque, al margen de la obligada referencia a esa realidad por parte de artes versificatorias (como el Arte poética en romance castellano, 1580, de Sánchez de Lima o el Arte poética española, 1592, de Díaz rengifo), la teoría preceptiva propiamente dicha vivió en la absoluta inopia. Para confirmarlo basta leer las páginas que Alonso López Pinciano dedica al en el proceso de apropiación de la herencia conceptual de la Antigüedad, se pasa por alto la otredad de lo antiguo, su esencial diferencia» (1998: 63). 126 tanto este tratado como los italianos que se citan a continuación están incluidas en los 4 vols. de la monumental antología de Weinberg 1970-1974. Al mismo autor se debe una imprescindible historia de la preceptiva italiana renacentista: Weinberg 1961. 127 Si, según algunos –argumenta Segni en el contexto de la puesta en valor de la lírica en vulgar–, no es poeta porque no imita acciones, es lo cierto que se pueden imitar otras cosas también: «i costumi e le passioni de l’animo le quali immita il Petrarca ottimamente» (Weinberg 1970-1974: III, 95). 69 Estudio introductorio asunto en su Philosophia antigua poética de 1596. En la epístola décima, «De la especie de poética dicha dithirámbica» (título que testimonia la estirpe aristotélica que cobija sus argumentos) lo que le interesa en verdad es demostrar que la lírica contemporánea cumple los requisitos propios de la imitación que correspondían a la ditirámbica antigua (imitación hecha con lenguaje, música y tripudio juntamente), entrando para ello, y a la vista de que la moderna lírica no sólo canta loores a Baco, en unas insípidas y estériles disquisiciones sobre si la lírica se correspondería entonces con la moderna zarabanda. Sí nos interesan más las observaciones del Pinciano sobre el objeto de imitación de la poesía lírica (para lo que sigue la tradición de los vv. 83-85 del Ars horaciano), sobre la naturaleza de su estilo y sobre la variedad de su metro: [Su] materia eran amores, alabanzas de hombres y mujeres […]. Contiene más: quejas, hechos, deshechos y, en suma, negocios, convites y cosas ansí desta manera […]. Su estilo es mediano, mas que se avecina a la grandeza trágica; demanda frecuencia de sentencias; el metro vario mucho, porque admitía todo género de pies en los griegos y latinos…128. En la misma línea aristotélico-horaciana, pero con más tino, viene a caracterizar la poesía lírica el otro importante preceptista del tiempo, Francisco de Cascales en sus Tablas poéticas (escritas en los primeros años del siglo y publicadas en 1617). Esta poesía, a la que llama indistintamente lírica o mélica, y a la que dedica la última de sus tablas, es: Imitación de qualquier cosa que se proponga, pero principalmente de alabanzas de Dios y de los santos, y de banquetes y placeres reducidas a un concepto lýrico florido. Horacio: «La musa manda en lýricas canciones/ cantar los altos dioses, semideos,/ al bravo vencedor, al más ligero/ cavallo, los cuydados, los amores/ de mancebos, las fiestas 128 López Pinciano 1998: 435. Begoña López Bueno70 y banquetes». Y essas cosas, que guarden unidad y conviniente grandeza y sean celebradas en suave y florido estilo, en qualquiera de los tres modos: exegemático, dramático, misto129. En tan pocas palabras quedan resumidas sincréticamente todas las tradiciones en que se apoya: la generalización, proveniente de Horacio, en cuanto a la materia u objeto de imitación, la caracterización elocutiva de la poesía lírica por el estilo «florido»130 y su falta de delimitación en cuanto al modo de imitación o intervención de las voces (el poeta y otros) en el texto. Pero en lo que la teoría de Cascales presenta un gran interés es en su teoría del concepto como base de la imitación lírica: Si queremos buscar alguna parte en el lýrico que corresponda proporcionalmente a la fábula de los épicos y trágicos, no podremos aplicar otra sino los conceptos; porque, assí como los afectos y costumbres se apoyan y estrivan en los conceptos, y assí como en aquellos poemas su alma y forma es la fábula, assí diremos que en el lýrico el alma y la forma son los conceptos131. tras estas puntualizaciones, Cascales establece la diferenciación épica/lírica en base a la modulación estilística en sus respectivos conceptos: «El concepto del épico es grave y magnífico; el concepto del lýrico es florido y ameno, y esta amenidad próximamente nace del concepto, y remotamente de la elocución»132. 129 Cascales 1975: 231. Los versos que Cascales traduce de Horacio son los antes citados 83-85 del Ars poetica. 130 Como veremos a continuación, se trata de un lugar común en la tradición retórica y que tiene mucho que ver con torquato tasso, a quien Cascales sigue tanto en esto como en su teoría del concepto. Cf. García Berrio 1968 y 1975: 379-403. 131 Cascales 1975: 234. 132 Ibíd.: 235. Semejantes equiparaciones (que remiten en última instancia a la teoría ciceroniana de los tres estilos –alto, medio y bajo– o genera dicendi), sitúan a Cascales en la órbita inequívoca de torquato tasso, punto de partida inexcusable para el engranaje 71 Estudio introductorio El repaso de estas consideraciones preceptivas sobre la lírica (indeterminación temática, variedad métrica y orientación estilística hacia el estilo mediano, caracterizado como «florido» a partir de tasso) nos llevan de retorno al texto de Almansa, que sigue lo preceptuado en todos los puntos: Demás que la lengua castellana no tiene determinado qué poesía convenga a unas materias más que a otras, si no es en las que son naturales nuestras, como en la copla castellana y arte mayor. Porque los versos que de Italia hemos tomado endecasílabos, en que generalmente se escribe, con mudar los estilos los inclinamos a cualesquiera discursos: si heroicos, llenar de voces graves el verso en la igualdad de su cadencia, y si líricos, de voces blandas (f. 150r-150v). Pero lo cierto es que tales consideraciones apenas aclaraban algo cara al poema gongorino, al que inútilmente se quería hacer entrar por el agujero estrecho de unas normas estereotipadas, pues la variedad invocada por Almansa en forma de «indeterminada materia», en consonancia con la preceptiva sobre la poesía lírica, nada tenía que ver con el principio de variedad “esencial” que regía las Soledades, por él mismo definidas como «una silva de varias cosas en la soledad sucedidas». La misma utilización del término silva pone en la pista de novedosos horizontes por su riqueza polisémica. Por una parte evoca el significado de un conjunto o colección de materias y temas diversos (normalizado desde la Silva de varia lección, 1540, de Pedro Mexía), lo genéros vs. estilos: «tre sono le forme de’stili magnifica ò sublime, mediocre, et humile, delle quali la prima è conueneuole al Poema Heroico per due ragioni […]. Lo stile del Lirico poi se bene non così magnifico come l’Heroico, molto più deue essere fiorito, et ornato, la qual forma di dire fiorita, (come i retorici affermano) è propria della mediocrità. Fiorito deue essere lo stile del Lirico….» (tasso 1587: 24v-25). Casi a la letra lo repetirá el español Cristóbal de Mesa en 1607: «Hay tres estilos, alto, mediano, ínfimo; / vsa el sublime el épico y el trágico, /y es el humilde siempre propio al cómico, /y assí queda el mediano para el lírico, / que con dezir florido, ornado, plácido, / ya en epigrama, ya en elegía o égloga, / ya en capítulo, sátira o epístola» (Mesa 1607: 150). Begoña López Bueno72 que venía al pelo para el sucederse de escenarios y situaciones del poema gongorino. Por otra parte, el uso resultaba inexcusable para la determinación formal del poema por su marca métrica, como silva que era133. Pero es que, aún más, el término silva permitía claves en la interpretación del poema en tanto se identificaba con selva (como puede observarse por la sencilla remisión de Covarrubias: «SILVA. Vide selva» y, más concretamente, en las propias Advertencias cuando más abajo Almansa utiliza el sintagma «silvas y soledades» como elementos sinónimos definitorios de un tipo determinado de poema) y su vez la selva se venía haciendo intercambiable en la tradición petrarquista con la soledad (en la «soledad amena» de Garcilaso o en la «soledad confusa» de Herrera). Salcedo Coronel se percató muy bien de todo ello y así dice al principio de su comentario: «Este Poema que don Luis intitula Soledades (por el assunto o por el verso) es un género de composición que los Latinos llamaron Silua […]. Presumo que don Luis quiso que esta voz Silua correspondiesse Soledad en nuestra lengua, y no impropiamente, pues si la silua significa en Castellano selua o bosque, ¿qué cosa más solitaria?»134. Las Soledades eran una silva-poema novedosísimo en su forma y en su contenido. Su composición obedecía a un profundo polimorfismo que escapaba a cualquier clasificación, por lo que los comentaristas acudieron para encuadrarlas a un amplio abanico de géneros, que abarcaba desde la bucólica hasta la narrativa a lo Heliodoro. A pesar 133 Bien que con implicaciones complejas, porque la silva métrica en buena medida quedaba modificada en el propio texto gongorino para convertirla en silva-poema (véase López Bueno 1991: 6-7 y passim). La importancia de la forma métrica determina el título que puso Manuel Ponce en la portada de sus comentarios: Silva a las Soledades, interpretando, como parece lo correcto a la vista del resto del título (Silva a las Soledades de don Luis de Góngora. Con anotaciones y declaración por Manuel Ponce, y un discurso en defensa de la novedad y términos de su estilo) que silva era la manera en que denominaba al poema de Góngora. 134 Salcedo 1636: 1. 73 Estudio introductorio de esta evidencia, parece que hubiera en los comienzos de la polémica por parte de los partidarios de Góngora una especie de consigna de considerarlas como poema lírico, claramente observable en las Advertencias, consigna a la que se sometieron –aunque dubitativos– críticos bienintencionados como Pedro de Valencia y el abad de rute. Muy elocuente de esa duda es observar la variación que Pedro de Valencia introduce a este respecto entre la primera redacción de su carta y la segunda, tenida por definitiva135, donde suprime lo que consideraría un corsé genérico inadecuado: «En las materias i poesías más graves –dice en la primera– […] reconozco la misma loçanía i excelencia del ingenio de v. m., que en qualquiera género de compostura se levanta sobre todos, i señaladamente en lo lírico de estas Soledades…»136; mientras en la segunda versión escribe «Este mismo sentimiento tengo en las poesías de argumentos más graves […], que también en ellas reconozco la excelencia i loçanía del ingenio de v. m., que se levanta sobre todos, señaladamente en estas Soledades…»137. En cambio el abad de rute, más dubitativo en su Parecer («…un poema, cuando no lírico, de materia humilde, bucólico…»138), al girar hacia una decidida defensa gongorina en su posterior Examen del Antídoto, sigue las pautas de lo que parece indicación programática, pues, tras repasar que no es poema dramático, ni épico, ni romance [es decir, romanzo, al estilo de Ariosto, tasso o Alamanni], ni bucólico, concluye: «Porque introduce a todos los referidos es necesario confesar que es Poema que los admite y abraza a todos: quál sea este, es sin duda el Mélico o Lýrico»139. 135 Cf. Pérez López 1988. 136 Pérez López 1988: 60. 137 Pérez López 1988: 74. 138 Elvira 2015: < http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1614_par ecer >. 139 Artigas 1925: 424. Begoña López Bueno80 hasta llegar a Angulo y Pulgar y a Vázquez Siruela. Línea de defensa de la oscuridad que tempranamente inició con brío la Silva a las Soledades de Manuel Ponce; y que inició también Almansa y Mendoza, aunque más a la defensiva y de manera mucho más torpe y más precaria. 7. Otras cuestiones. La primera “sociología gongorina” Como ha quedado dicho, Almansa en la primera parte de las Advertencias se erige en paladín de su «padre» Góngora y echa sobre sus hombros la onerosa responsabilidad de salir al paso de unos detractores que considera insolventes, pues «hoy en esta corte» sólo catorce personas tienen verdadero conocimiento para hacer juicios al respecto: Veamos quién hoy en esta corte, exceptuando a Vuestra Excelencia, a los señores duques de Feria, conde de Salinas, Luis de Cabrera, el maestro Valdivieso, don Lorenzo ramírez, Lope de Vega, Cristóbal de Mesa, maestro Espinel, Cristóbal Suárez de Figueroa, Manuel Ponce, Francisco de rioja, el maestro toledo y el Padre maestro Hortensio, pueden hablar en estas materias […]. En el contenido de la relación156 observamos varios puntos de interés. El primero, la afición áulica de Almansa. Le importa sobremanera destacar la relevancia social de algunos de los expertos, por lo que comienza con la mención de tres nobles, cuya competencia literaria se da por descontada en el caso del conde de Salinas, tratándose en los otros dos casos –duque de Sessa y duque de Feria– de buenos aficionados y ocasionales poetas. Para el resto de los integran- 156 Los datos biobibliográficos de cada uno de los mencionados, así como los motivos, reales o posibles, existentes o inexistentes, de su relación particular con Góngora y su poética, están considerados en las n. 214 a 227. 81 Estudio introductorio tes la competencia queda garantizada, aun considerando sus variados intereses profesionales: el gran historiador Luis Cabrera de Córdoba, poeta a la sazón, pasando por el bibliófilo, latinista y erudito, además de importante figura política, Lorenzo ramírez de Prado, hasta el resto de los aludidos, todos ellos sin discusión figuras relevantes en la historia literaria del siglo XVII en sus varios géneros, a saber, Lope de Vega, josé de Valdivieso, Cristóbal de Mesa, Vicente Espinel, Cristóbal Suárez de Figueroa, Francisco de rioja, Luis tribaldos de toledo y Hortensio Félix Paravicino; nombres entre los que Almansa incluye a otro de relevancia menor, pero que ahí ocupa su sitio por ser tempranísimo comentarista y defensor de Góngora, Manuel Ponce. Por otra parte, en la lista vemos que junto a gongorinos decididos –en distinto orden de cosas– como Paravicino o Ponce, hay nombres cuya aparición en ese lugar suscita extrañeza por ser comulgantes con una estética en principio ajena al gongorismo, así en los casos de un poeta tan fiel a los principios clasicistas como rioja o de un humanista como tribaldos de toledo, editor intencionado del también clasicista Figueroa. Ello por no hablar de la postura ambigua que hacia el poeta cordobés manifestó Lope de Vega. Bien es cierto que las proclamas antigongorinas del Fénix se sucedieron después de las Advertencias de Almansa (y curiosamente provocadas por ellas). A los tiempos no podría adelantarse Almansa, que tampoco podría saber de los descalificadores juicios que pocos años después le dedicaría Suárez de Figueroa en El pasajero (1617), y que a buen seguro le habrían quitado al relacionero las ganas de incluirle en semejante selección de notables. En principio no debería extrañarnos que la lista de Almansa no se ciña exclusivamente a personas proclives a Góngora, pues, de hecho y según sus palabras, su pretensión es mencionar a personas de criterio para enjuiciar. Sin embargo, fácil es comprender que Almansa tendría al tiempo la pretensión de arrimar a su causa a los mencionados para Begoña López Bueno82 que sus nombres agrupados evocaran una triple y óptima condición: la de importantes socialmente, solventes literariamente y cercanos o defensores del gongorismo. Por eso, cumpliendo sobradamente las tres condiciones, llama clamorosamente la atención una ausencia: la de Pedro de Valencia Parece que estamos ante una ausencia muy intencionada y no fruto de ningún olvido. En páginas anteriores ya se ha argumentado sobre la incidencia que censuras cultas como la de Pedro de Valencia habrían tenido en la formación de un estado de opinión sobre cuestiones como el género de las Soledades, los motivos de su oscuridad o los cambios en la poética gongorina, a las que contestan las Advertencias de Almansa. En ese sentido, por tanto, Pedro de Valencia no podía ser precisamente evocado. Y la ausencia era tan llamativa que no le pasó inadvertida a Lope de Vega, que bien se encargó de refregársela a Góngora en la carta “anónima” de enero de 1616: Esta [perfección de nuestra lengua] se ha de verificar con hombres doctos españoles; aquí hay más que en otras partes, que aunque Mendoza los reduce a catorce, pudiera acordarse de los PP. Pedrosa, Cerda, de Pedro de Valencia y otros hombres graves y doctos, que no solo los que han hecho versos públicos son capaces de materias tan graves157. Pudiera pensarse que el hecho de señalar personas concretas fue uno de los errores de Almansa, aunque dado el poco crédito de sus Advertencias es de dudar que su no mención allí de nombres significativos como jáuregui o Quevedo, pudiera ser causa de futuros sinsabores para Góngora158. Los sinsabores le vinieron más bien por el lado de haber encomendado el trabajo a un personaje como Almansa y 157 Orozco 1973: 244. 158 Cf. Orozco (1969: 167-168) y roses, que cree incluso que la ausencia de jáuregui podría ser la causa de su posterior panfleto contra las Soledades (1994: 19). 83 Estudio introductorio Mendoza. Lope de Vega se encarga una vez más de recordárselo con cinismo en su posterior carta echadiza: […] ha sido esto tan perjudicial a la [reputación] de V. m., que si alguna causa dio primero movimiento a los que en este y otros lugares se han atrevido al inaccesible ingenio de V. m., ya en el Polifemo, ya en las Soledades, que fue sólo el haberlas fiado de Mendoza, que si V. m. le enviara a don juan de jáuregui, mejor supiera defenderlas que las ofendió con tan largos aunque doctos discursos, y que tanto han dado que considerar aun a los más apasionados de V. m., entre los cuales estoy yo159. La relación de nombres notables convocados en las Advertencias tiene además otro valor añadido para la historia de la polémica, pues viene considerándose la primera de las “listas de defensores” del gongorismo. La magra enumeración de catorce nombres convocados por Almansa se aumentará considerablemente en dos testimonios posteriores de la polémica, el Examen del Antídoto (1617) de Francisco Fernández de Córdoba, abad de rute, y las Epístolas satisfactorias (1635) de Martín de Angulo y Pulgar, quien de nuevo volverá sobre el asunto en su centón gongorino Égloga fúnebre a don Luis de Góngora (1638). Más tarde la nómina de gongorinos se redondeará en la relación de los Autores ilustres y célebres que han comentado, apoyado, loado y citado las poesías de don Luis de Góngora, que recoge un total de 64 nombres y cuya elaboración fue posterior a 1642160. testimonios junto a los que habría que considerar al menos otros tres: la breve mención de solo tres autores que hace Salazar Mardones 159 Orozco 1973: 264. 160 Se encuentra en el ms. BnE 3893, f. 18-19v. Fue publicada primero por Artigas (1925: 238-240), quien la consideró obra de Vázquez Siruela, y más tarde acompañada de notas por ryan (1953), que la creyó obra de dos autores, siendo el segundo de ellos –a partir del número 47 de la relación– Vázquez Siruela. Es posterior a 1642 puesto que –como ya vio ryan– se cita en el número 43 el Arte de ingenio de Gracián. Begoña López Bueno84 en su Ilustración y defensa de la Fábula de Píramo y Tisbe (1636)161, la relación de hasta 17 varones doctos aficionados a Góngora que menciona juan Francisco Andrés de Ustarroz en la Defensa de la patria del invencible mártir San Laurencio (1638)162 y los 22 recogidos en la Lira de Melpómene (1666) de Enrique Vaca de Alfaro163. Y estos testimonios, siempre susceptibles de ser aumentados, todavía podrían completarse con alguna mención más, como una lista, muy escuálida y bastante tardía, pero cuyo interés reside en estar contenida en una nota que figura en el encabezamiento del llamado Ms. de Gor donde se encuentran precisamente las Advertencias164. Aunque las obras mencionadas presentan un perfil muy variado y la diversidad de las listas en ellas contenidas apunta al centenar de 161 Aunque sin dejar de advertir que «bien pudiera hacer un largo catálogo» (f. 87v), solo menciona a Francisco torreblanca Villalpando, a Antonio Cabreros Avendaño (prologuista, por cierto, de la Ilustración y defensa) y –muy curiosamente– a Lope de Vega (Salazar Mardones 1636: f. 87v y 88r-88v). 162 Andrés de Ustarroz 1638: f. 246-247. Entre los 17 mencionados aparecen los nombres de Espinel, Cervantes, Lope de Vega, tamayo de Vargas, Angulo y Pulgar, jiménez Patón, etc., además de los comentaristas Salcedo y Pellicer (cf. ryan 1953: 449-451). 163 Vaca de Alfaro 1666: f. G2r-G4r. La relación incluye un total de 22 nombres, de los cuales tres (como ya indicó jammes 1994: 714-715) no están en la lista de ryan: Bernaldo de Quirós, Valdivielso y jerónimo de Villegas. A tener en cuenta que Valdivielso (como Valdivieso) aparece en la relación de las Advertencias. Para todo lo relacionado con la Lira de Melpómene de Vaca de Alfaro es ahora imprescindible Garrido 2016. 164 Para lo referente al Ms. Gor véase el apartado posterior «Un único testimonio manuscrito». Dicho manuscrito va precedido de una Memoria, o índice, seguida de una nota donde se mencionan detractores y defensores de Góngora (f. 1r-2r): entre los primeros Lope y Quevedo, Cascales y Faria e Sousa; estos últimos tuvieron respuesta en las defensas de Angulo y Pulgar para Cascales, y de Espinosa y Medrano, y –esta es la novedad– del poeta portugués Francisco Botello [de Moraes y Vasconcelos] «en el prólogo de su poema sobre Colón» [El Nuevo Mundo. Poema heroico], lo que llevaría a retrasar esta nota hasta 1701, es decir, con posterioridad a la elaboración del manuscrito, escrito en su conjunto con otra letra. Sin embargo, como ha visto Daza (2011: 273) en el prólogo al mencionado poema de Botello no figura ni el ataque a Faria ni la defensa de Góngora… 85 Estudio introductorio nombres165 (con alguna ausencia notable166), hay sin embargo en su conjunto un fondo común bastante coincidente en los nombres más reiterados, que constituyen sin duda el núcleo esencial del gongorismo contemporáneo. Únicamente la que contiene el listado más extenso de todos, con 64 nombres, los Autores ilustres y célebres…, es una pieza exenta, pues el resto van integrados en los argumentarios de las obras de las que forman parte como elementos de peso a favor de la causa gongorina por el criterio de autoridad, sobre el valor de objetividad, que supone el apoyo de personas relevantes. En ese sentido las listas sin duda más interesantes son las dos que están incluidas en sendos testimonios fundamentales de la polémica, el Examen del Antídoto (1617) de Francisco Fernández de Córdoba, abad de rute, y las Epístolas satisfactorias (1635) de Martín de Angulo y Pulgar, cuyo cotejo con la lista de Almansa es lo que aquí nos interesa. Para esa comparativa, y puesto que Almansa se ciñe a los expertos que están en la corte, tenemos la suerte de que tanto el listado del abad de rute como el de Angulo están organizados por núcleos geográficos. El del Abad incluye un total de 28 nombres explícitos: 21 más la relación de 7 nobles afines al gongorismo que recoge después; ello sin contar los innominados –por abundantes– cordobeses, según dice: «en Córdoba muchos (no es poco que sea profeta acepto en su Patria)». Pasa revista a los círculos gongorinos de Madrid, Salamanca, Segovia, toledo, Cuenca, Sevilla, Antequera, Osuna, Granada y Córdoba (aunque aquí sin menciones expresas). nos concierne ahora la relación de madrileños/cortesanos: 165 Véanse los recuentos establecidos en estas las listas de adeptos al gongorismo por Osuna en varios trabajos específicos (2009, 2010 y 2014). 166 Como la de Antonio de las Infantas, autor de una incondicional Carta de defensa de 15 de octubre de 1615, o, más extraño, la de Francisco Martínez de Portichuelo, autor de una Apología en favor de don Luis de Góngora de 1627 (roses 1992). Begoña López Bueno86 En Madrid emporio de todos los buenos ingenios y estudios del mundo como corte al fin del mayor Monarca que en él ha habido, Pedro de Valencia, cuya aprobación sobrara para cosas mayores, don Lorenzo ramírez de Prado, el Maestro Fray Hortensio Palavicino, Luis de Cabrera de Córdoba, Manuel Ponce167. A esta relación de nombres vinculados o estantes en la villa y corte hay que sumar también a los siete poderosos que el Abad añade pocos renglones después, a saber: El duque de Sessa, el de Feria Virrey de Valencia, el Conde de Lemos Presidente de Italia, el Conde de Castro Duque de taurisano Virrey de Sicilia, el Príncipe de Esquilache Virrey del Perú, el Conde de Villamediana, el marqués de Cerralvo, que de todos estos señores tiene aprobación el poema de las Soledades168. La semejanza con la lista de Almansa habla por sí sola, aunque Fernández de Córdoba se limita con más propiedad a los gongorinos (por eso no incluye a Valdivieso, Lope, Mesa, Espinel, Suárez de Figueroa, rioja y tribaldos de toledo, con los que Almansa engrosó el plantel de los expertos), aunque añade, eso sí, más nombres a la relación de nobles, pues junto al duque de Sessa y al duque de Feria, recogidos por Almansa169, menciona también al conde de Lemos170, al conde de Castro171, al príncipe de Esquilache172, al conde 167 Artigas 1925: 419; modernizo grafías. 168 Ibíd.:420. 169 Véanse respectivamente n. 189 y 215. 170 Pedro Fernández de Castro (1576-1622), que fue Presidente del Consejo Supremo de Italia. 171 Francisco ruiz de Castro Portugal (1579-1637), virrey de nápoles y de Sicilia, conocido por sus títulos italianos de conte di Castro y duca di taurisano. 172 Francisco de Borja y Aragón (1581-1658), nombrado virrey de Perú en 1614. Fue reconocido poeta (cf. Carreira 2008). 87 Estudio introductorio de Villamediana173 y al marqués de Cerralbo174. En cambio el abad de rute no incluye al conde de Salinas (sí recogido por Almansa), que forma el plantel de los nobles y poetas importantes junto a Esquilache y Villamediana. Casi dos décadas después otro gongorino convencido, don Martín de Angulo y Pulgar esgrimirá otra lista de nombres arrimados a la causa gongorina que él defiende en sus Epístolas satisfactorias de 1635. Como el abad de rute, también Angulo ordena a los gongorinos por grupos geográficos (Madrid, Córdoba, Antequera, Sevilla, Salamanca, Segovia, toledo, Andújar, Baeza, Osuna y Granada) y los trae a colación para contrarrestar la acusación de «sectario o cismático» de la que él ha sido objeto por parte de «cierto sujeto grave y docto», argumentando irónicamente que, para ser sectario, está rodeado de muy buena compañía: Y si lo fuera, o tenido por tal, será en Madrid, en compañía del duque de Sessa, conde Lemos, Castro y Villamediana, marqués de Ayamonte, el príncipe de Esquilache, Pedro de Valencia (que bastaba solo), el doctor don Agustín Collado, el señor don Lorenzo ramírez de Prado, el Padre Hortensio Félix, don josé Pellicer175. Las coincidencias con la lista de Almansa se completan con la mención que Angulo hace a continuación de Luis Cabrera y Manuel Ponce entre los cordobeses, cuando Almansa los había incluido entre madrileños o cortesanos (no en vano veinte años mediaban entre una lista y otra)176. 173 juan de tassis y Peralta (1582-1622), II conde de Villamediana fue excelente poeta y gongorino convencido, además de amigo personal de Góngora. tuvo como preceptor a Luis tribaldos de toledo (véase n. 226). 174 rodrigo Pacheco y Osorio (1580-1640), que fue virrey de nueva España. 175 Angulo 1635: f. 54r. 176 El mismo Angulo en su Égloga fúnebre a Don Luis de Góngora vuelve a reparar en defensores del gongorismo como el conde de Villamediana, el abad de rute, Francisco Begoña López Bueno88 Volviendo a nuestra argumentación, si comparamos la relación de Almansa con las del abad de rute y de Angulo y Pulgar, observamos parecidos más que evidentes que nos indican que en este punto sí que tuvo buen olfato nuestro relacionero. Se ve que en cuestiones de saberse mover y de estar informado sobre “sociologías” literarias en círculos influyentes pocos le ganaban la partida. Pero, paradójicamente, él, que inició estas listas y, especialmente, él que fue el primer apasionado defensor de Góngora, no figuró en ninguna, salvo en la más que laxa, sobre indiscriminada, de los Autores ilustres y célebres que han comentado, apoyado, loado y citado las poesías de don Luis de Góngora. Y aun en ella con una salvedad digna de mención, pues dice su autor: «no he podido haber esta papel [del conde de Saldaña], ni otro de Andrés de Mendoza»177. Es decir, a las alturas de 1642 parece que ya las Advertencias habían desaparecido de la circulación: melancólico destino para quien se proclamaba hijo de Góngora... 8. Conclusión. Zapatero, a tus zapatos Las Advertencias para inteligencia de las Soledades resultan ser un texto de muy escaso valor en términos absolutos y, por el contrario, de notable alcance en términos relativos. Es decir, estamos ante un comentario de apenas calado crítico y adornado con frecuentes lunares de llamativa impericia, pero que es también, y por el contrario, un testimonio clave para analizar los primeros pasos de una polémica que precisamente él provoca coincidiendo con la difusión pública de la primera Soledad. de Amaya, Pedro Díaz de rivas, Francisco del Villar, josé Antonio González de Salas, para terminar citándose a sí mismo: «y yo entre tanto sujeto, no entre su número, le defendí en mis Epístolas satisfactorias…» (Angulo 1638: f. 254v-255). 177 ryan 1953: 429, núms. 10 y 11. 89 Estudio introductorio De su escaso valor intrínseco habla lo fallido de llevar a buen término unas pretendidas intenciones en sí mismas tan ambiciosas como las de «advertir», esto es, preparar o instruir al futuro lector de un poema que, por su especial dificultad, necesitaría de una guía previa. Pero al mismo tiempo, como «advertencias» que son, llevaban adosada otra intención más oblicua: la de prevenir o avisar, intención no exenta en este caso de cierta insolencia descarada al elevarse hasta el propio título del escrito. Y es que, como ya se ha considerado, el escrito de Almansa y Mendoza se articula en el doble eje de, por una parte, la cautela anticipativa para la presentación del poema gongorino y, por otra, la respuesta velada a reacciones u opiniones anteriores. A esos dos frentes mira el contenido de las Advertencias cuando se van repasando en ellas los temas más candentes: la validación del género lírico del poema, la defensa del uso de cultismos léxicos y sintácticos, y la proclamación de la absoluta potestad y saber de Góngora para variar su registro poético/genérico respecto de sus usos poéticos del pasado. recorrido que las Advertencias completan, siguiendo la forma más canónica del commento de autores, con las anotaciones de 26 loci de la primera Soledad que se consideran de especial dificultad. La fórmula y el recorrido no solo son correctos en su factura, sino que constituyen una excelente síntesis de las cuestiones claves en torno al poema gongorino sobre las que ya se venían vertiendo opiniones privadas (de doctos) y, en todo caso, no públicas (de indeterminados críticos, que debemos suponer más o menos solventes), y que desde luego se van a convertir a partir de ese momento y a lo largo de muchos años de polémica en las cuestiones más debatidas y argumentadas en pro y en contra. El problema de las Advertencias es que su penetración crítica es ínfima, aunque tenga algunos momentos más lúcidos. Estos últimos se presentan sobre todo en la parte central y doctrinal cuando se defiende la oscuridad gongorina por el uso de cultismos léxicos y sintácticos. Por el contrario las 26 anotaciones son Begoña López Bueno96 Reina Valera Actualizada (rVA 2015). (<https://www.biblegateway. com/versions/reina-Valera-Actualizada-rVA2015-Biblia/>). Al no existir la posibilidad de corrección ope codicum por tratarse de un único testimonio, me he limitado a hacer muy escasas enmiendas y siempre para subsanar casos de evidente error. no obstante, y como ya se ha dicho, el mayor problema no está en esos casos, sino en la correcta comprensión de una enrevesada sintaxis, a cuya clarificación semántica he procurado contribuir con una puntuación moderna. En aras de esa misma claridad, he optado por una modernización sistemática de los aspectos gráficos del texto, ya que su mantenimiento testimonial (que sería, además, de un copista) no tendría ningún sentido en un texto de esta naturaleza. Ojalá que este trabajo responda a la necesidad de esa nueva edición corregida y anotada que reclamaba el maestro jammes188. Aunque la precariedad del punto de partida vuelva temeroso cualquier intento y poco satisfactorio cualquier resultado. 188 jammes 1994: 610. 99AdvertenciAs... Advertencias de Andrés de Almansa y Mendoza para inteligencia de Las Soledades de don Luis de Góngora Al duque de Sessa y Baena, marqués de Poza, almirante de nápoles189 Ilmo. y Excmo. Sr. nací tan obligado a Vuestra Excelencia que, fuera de las mercedes recibidas de sus padres en roma190, mi inclinación 189 Don Luis Fernández de Córdoba Folch de Cardona (también nombrado como Luis Fernández de Córdoba Cardona Aragón y Luis Fernández de Córdoba y Aragón) vivió entre 1582 y 1642 y fue IV duque de Baena desde 1606 (fecha en la que falleció su padre, Antonio Fernández de Córdoba), VI duque de Sessa, IV duque de Soma, VIII conde de Cabra y otros varios títulos nobiliarios, además de Grande de España de la primera clase y antigüedad, Gran Almirante de nápoles y Capitán General del Mar de aquel reino (cf. Censo-Guía de Archivos de España e Iberoamérica, en línea). De todos esos cargos y honores ha sido el de duque de Sessa con el que ha pasado a la historia literaria por la gran amistad que le unió con Lope de Vega. Se conocieron en 1605 y mantuvieron hasta la muerte de Lope en 1635 una estrecha y extraña relación en la que se mezclaron y confundieron las funciones que el dramaturgo ejerció de secretario con otras menos confesables de confidente y alcahuete en las andanzas amorosas del Duque. Almansa hace su dedicatoria para rendir una pleitesía al poderoso que llevara implícitas –como suele ocurrir en estos casos– otras intenciones más prácticas, entre ellas tal vez la de que su escrito llegase en forma de recado a Lope, que, como es bien sabido, mantuvo durante prácticamente toda su vida una pugna reconocida, aunque no siempre abiertamente confesada, con Góngora. Por otra parte, el papel de Lope de Vega resulta de extraordinaria relevancia en relación con las Advertencias de Almansa y Mendoza, como pongo de relieve a lo largo del Estudio Introductorio que acompaña a esta edición en varios de sus apartados, particularmente en los titulados «Los oráculos de Lope» y «Las Advertencias y las cartas “anónimas” de Lope». Véase también lo recogido en n. 220. 190 Los padres del mencionado VI duque de Sessa fueron Antonio Fernández de Córdoba Folch de Cardona y requesens, 1550-1606, III duque de Soma y [f. 147r] Andrés de Almansa y Mendoza100 me lleva, más que violenta, voluntariamente191. Y este deseo de servirle, si en algún tiempo fue niño, ha llegado a ser gigante a manos de las mercedes que de las suyas recibo, cuya razón lleva // a ellas este192 humilde discurso193; humilde en el modo, si bien valiente en el osar194: no porque tenga V duque de Sessa, además de otros muchos títulos (véase Censo-Guía de Archivos de España e Iberoamérica, en línea) y juana de Aragón (también nombrada como juana Fernández de Córdoba Cardona y Aragón). El matrimonio tuvo doce hijos, siendo Luis Fernández de Córdoba el primogénito y heredero. Antonio Fernández de Córdoba perteneció a los Consejos de Estado y Guerra de Felipe III y fue su embajador ordinario en roma entre 1598 y 1603 (Comella 2008: 705). La frase de Almansa «las mercedes recibidas de sus padres en roma» hace pensar, pues, que él estuvo en esa ciudad algún tiempo entre los años señalados. El dato viene siendo utilizado sin mayores fundamentos para asegurar una estancia italiana del relacionero (Ettinghausen y Borrego 2001:17; los mismos autores al señalar que «en las Advertencias Almansa dice haber estado al servicio del duque de Sessa cuando éste era embajador en roma» dejan en el aire la ambigüedad de que se trate del duque de Sessa de la dedicatoria, cuando en realidad Almansa estuvo al servicio de su padre, como ha quedado dicho). 191 Primera frase y primera muestra de la difícil sintaxis de Almansa y Mendoza, aunque también cabría pensar en un lapsus o salto del copista. En el primer supuesto, la frase podría contener un zeugma por elipsis de anticipación del «deseo de servirle» de la siguiente. La lectura que ofrece Orozco (1969: 197), enlazando sintácticamente ambas frases («mi inclinación me lleva, más que violenta, voluntariamente, este deseo de servirle, si en algún tiempo fue niño…») no resulta pertinente porque, además de faltar al menos un pronombre relativo para su correcta composición («este deseo de servirle, [que] si en algún tiempo…»), omite la conjunción «y», claramente escrita en el original manuscrito («y este deseo de servirle…»). 192 Por errata figura «esse». 193 Esta dedicatoria al duque de Sessa, dentro de su retórica áulica, es bastante más discreta que las grandilocuentes e hiperbólicas con que Almansa adornará sus relaciones de sucesos (cf. Ettinghausen y Borrego 2001: passim). tampoco excesivo aparato reserva para el cierre de estas Advertencias, como se verá. 194 Primera aparición del motivo de la loable osadía, que Almansa se aplica a sí mismo en esta y en otras tres ocasiones más en las Advertencias, bien como [f. 147v] 101AdvertenciAs... necesidad de alumbrar su ingenio, sino de divertir su gusto. Y yo puedo decir, y más defendiendo obras de don Luis de Góngora, lo que dijo el Apóstol a los de Galacia: non veni ad vos in sublimitate sermonum, sed in ostensione veritatis195. Aquí doy principio, con los miedos captatio benevolentiae (aquí y en f. 154r y 158r, [n. 277, 330 , 331]), bien como consecuencia de la confianza que le da la lectura de Góngora («en leyéndolas [las obras de mi padre] cobraré un osar valiente», f. 148v). Por lo demás, la encomiable audacia de la escritura gongorina fue asunto recurrente en la polémica (véase más abajo n. 250). 195 Aunque Almansa recoge las palabras de San Pablo como pertenecientes a la Epístola a los Gálatas, «a los de Galacia» (provincia romana en el centro del Asia Menor), en realidad son una cita sincopada y deturpada de la primera Epístola a los Corintios: «Et ego, cum venissem ad vos, fratres, veni non in sublimitate sermonis, aut sapientiae, annuntians vobis testimonium Christi.Non enim judicavi me scire aliquid inter vos, nisi Jesum Christum, et hunc crucifixum. Et ego in infirmitate, et timore, et tremore multo fui apud vos: et sermo meus, et praedicatio mea non in persuasibilibus humanae sapientiae verbis, sed in ostensione spiritus et virtutis» (1 Corintios 2:1-4. Biblia sacra Vulgata, en línea) (« Así que, hermanos, cuando yo fui a ustedes para anunciarles el misterio de Dios, no fui con excelencia de palabras o de sabiduría.Porque me propuse no saber nada entre ustedes, sino a jesucristo, y a él crucificado.Y estuve entre ustedes con debilidad, con temor y con mucho temblor. ni mi mensaje ni mi predicación fueron con palabras persuasivas de sabiduría, sino con demostración del Espíritu y de poder», Bible Gateway, Versión Reina Valera Actualizada, en línea). El pasaje parece que tuvo amplia circulación en la época si consideramos la cita contemporánea de Bernardo Aldrete: «Afírmalo San Pablo: Et ego cum venissem ad vos, fratres, veni non in sublimitate sermonis aut sapientiae, annuntians vobis testimonium Christi, & . Et sermo meus, & praedicatio mea non in persuasibilibus humanae sapientiae verbis, sed in ostensione spiritus, & virtutis» (Varias antigüedades de España África y otras prouincias, 1614: 306) y la posterior de Sor María de jesús de Ágreda: «Y por esto dice el Apóstol, I ad Corinth. Veni ad vos non in sublimitate sermonis, aut sapientiae. Et infra: Sermo meus, et praedicatio mea non persuasibilibus humanae sapientiae verbis, sed in ostensione spiritus, et veritatis» (Mística ciudad de Dios…, 1670; cit. ed. Barcelona, 1860: VII, 379). Como puede observarse, aunque ambos testimonios no sincopan ni deturpan el pasaje a la manera de Almansa, sí ponen el centro de su interés en los mismos puntos, convertidos al parecer en lugar común. Andrés de Almansa y Mendoza102 y pavores con que entra el tercer párrafo196. Ardua, difícil y desigual empresa sigo en tan frágiles fuerzas, pues sin experiencia, que suele alcanzar aún más dilatados límites que la especulación, sin conocimiento o estudio de su ciencia, con lenguaje corto y mal limado estilo, fiado solo en la luz natural, quiero salir al campo a defender197 un torbellino de pareceres y objetos198 (si se les puede dar este nombre) que la ventolera de algunos con título de doctos, curiosos // y valientes ingenios han levantado contra las Soledades del sacro genio don Luis de Góngora, quizá por parecerles soledades, cuyo nombre tan sin abrigo las muestra, o imaginan faltas de defensa199. Y 196 Sorprende esta alusión de Almansa a la distribución de los párrafos iniciales de su escrito. La única justificación podría estar en que el autor considerase el título y la dedicatoria con entidad de párrafo independiente, pues en este primer párrafo propiamente dicho no hay ninguna pausa sintáctica que haga pensar en una división en dos, ni tampoco separación gráfica en el manuscrito que así lo indique. Por lo demás, no debemos perder de vista en ningún momento que incongruencias de este cariz podrían derivar de que el manuscrito que manejamos sea una mala copia. 197 Cov.: «Defender. Hazer rostro al que opugna o contradize. […] Defender vale vedar». En el sentido de «impedir, estorbar» llega hasta hoy (DrAE, 4ª acepción de «defender»). 198 El contexto –y la salvedad sobre su empleo que hace a continuación el propio Almansa– indica que «objetos» se emplea en el sentido de «objeciones». De hecho ambos términos eran sinónimos en la época, como testimonia Cov.: «Objecto. […] Vulgarmente llamamos objeto y objetar poner tacha en alguna cosa, que también se llama objeción». Almansa utiliza indistintamente ambas denominaciones, así, en los párrafos siguientes habla de «objeciones» («responder a estas objeciones», f. 148v) y «objeción» («pésame que he de entrar por objeción tan frágil», f. 149v), para volver más tarde al término aquí empleado («el mayor error que este objeto [de negar el carácter lírico a las Soledades] tiene es…», f.150r). 199 La que parece una ocurrencia pedestre sobre el nombre del poema («soledades» por ‘estar solas’) queda matizada por la intención irónica que mueve aquí [f. 148r] 103AdvertenciAs... como en roma los que no se atreven de sacar en público sus sentimientos los fijan en la estatua de Pasquín200, les ha sucedido a muchos, a quien faltándoles el ánimo, si no a Almansa. Por lo demás, tiene la virtud de transmitirnos en sordina los ecos polémicos que la cuestión del nombre estaría ya suscitando en el momento en que escribe sus Advertencias. El alegato más sonado fue el posterior de jáuregui en el Antídoto cuando dijo aquello de que «hasta en eso erró V. m. llamándole impropísimamente Soledades, porque soledad es tanto como falta de compañía, y no podrá llamarse solo al que tuviere otro consigo. V. m. introduce en su obra legiones de serranas y pastores, de entre los cuales nunca sale aquel pobre mozo naufragante» (rico 2002: 6). tan inane argumentación fue concienzudamente rebatida por el abad de rute en su Examen del Antídoto, al justificar el nombre de poema en base a las dos dimensiones conceptuales que alcanza la palabra soledad, tanto la referida al peregrino, «en nuestro vulgar castellano solemos llamar de ordinario solo, al desamparado, al desvalido, al que está fuera de su tierra sin deudos, sin amigos, al que carece de las cosas, o amadas, o necesarias», como al lugar, «los distantes del tráfago y negociación de las ciudades han tenido siempre nombre y han pasado plaza de soledades, por más que los frecuente y habite gente» (Artigas 1925: 402-403; modernizo grafías tanto en esta como en el resto de las citas del Examen). Atendiendo a este segundo sentido, Díaz de rivas en sus Anotaciones y defensas declara el fundamento común de la denominación del poema gongorino en estos términos: «Dice que el argumento de su obra son los pasos de un peregrino en la soledad. Este, pues, es el firme tronco de la fábula, en quien se apoyan las demás circunstancias de ella, a quien intituló Soledades por el lugar donde sucedieron» (BnE Ms. 3906, fol. 183r; modernizo grafías tanto en esta como en el resto de las citas de las Anotaciones y defensas). En realidad, la concepción del poema como «pasos de un peregrino en la soledad» nos adentra en una complejidad sobre el nombre del mismo que va más allá de la cuestión onomástica y se convierte en clave fundamental para la hermenéutica del mismo al involucrar contenido y forma (en la que a su vez confluyen género y metro), por lo que ha sido y es frecuente lugar de encuentro en la bibliografía gongorina. Para la asociación soledades-silva-selva véanse también n. 235, 237 y 265, y Estudio introductorio apartado «La cuestión del género». 200 Españolización del nombre italiano Il Paschino (o Il Pasquino), antigua escultura romana de los siglos III o II a. C, que apareció, bastante desfigurada, en las excavaciones para la urbanización de la Piazza navona en roma y fue colocada en un cruce de calles detrás de dicha plaza. Sobre el origen del nombre hay muchas teorías, siendo la más extendida la del parecido de la estatua con un Andrés de Almansa y Mendoza104 quiero decir las fuerzas, pareciéndoles que soy de piedra, por lo que de ignorante tengo, me intiman201 estas que ellos llaman censuras, como si para defensa de un hombre como don Luis, aun cuando en el ser natural fuera de piedra, no me animara de espíritus vitales, y cuando no por una, de cada artejo202 hiciera lengua en tan justa causa; aunque en verdad, que pues a boca llena se llaman doctos e ingeniosos, pudieran echar de ver que no soy mudo. ¡Si dieran estos sus sentimientos // en papel203, o el personaje charlatán y murmurador así llamado, de oficio barbero (o zapatero o maestro, según otras versiones). El Pasquín se hizo famoso desde el siglo XVI por la costumbre de pegar en él de noche escritos anónimos contra la autoridad, el más conocido de los cuales lo fue contra el papa Urbano VIII, quien para la forja del baldaquino de San Pedro diseñado por Bernini ordenó arrancar el artesonado de bronce del Panteón, desafortunada actuación para la que se acuñó la célebre frase fijada sobre la estatua: quod non fecerunt barbari fecerunt Barberini. De esta mención de Pasquín que hace Almansa, Lope de Vega recoge el guante (como ya lo había hecho en relación con otro asunto en su carta “anónima” de 16 de enero de 1616; véase nota 203) para volverlo irónicamente en contra del propio Almansa y de Góngora: en la llamada carta echadiza, refiriéndose a cómo Góngora se servía de Almansa –a quien Lope siempre llama Mendoza por su segundo apellido– por el beneficio “difusor” que le proporcionaba, dice: «a quien [Mendoza] yo imagino como la estatua de roma, en cuya cara fija Vm. de noche los papeles que quiere que se lea toda la corte de día» (cf. Amezúa 1989: III, carta 321. Esta carta echadiza ha tenido diversas dataciones: véase lo dicho al respecto en nota 94. 201 Cov.: «Intimar. notificar jurídicamente por auto y fe que da el que haze la intima, términos forenses». 202 Artejo: nudillo de los dedos. La frase de Almansa vendría, pues, a decir que para defender a Góngora no solo emplearía una, sino muchas lenguas, tantas como dedos o como nudillos de los dedos. 203 Lope de Vega en su segunda carta “anónima” de 16 de enero de 1616 acepta el desafío que lanza aquí Almansa (y Mendoza) para utilizarlo en su propio beneficio respecto al derecho que se reserva de difundir esa carta, «pues de las cosas que salen en público, en público se puede hablar, y así lo pide Mendoza» (Orozco 1973: 239). [f. 148v] 105AdvertenciAs... dueño o algún aficionado respondiera, si no quieren condenarlo en estatua! tiran la piedra y esconden las manos, diciéndolos204 a quien saben que es su hijo205, y sírvense de aquella reglilla de derecho Filiq & 206. Y aunque no soy yo tan semejante que pueda yo hacer esta representación, 204 Se entiende que los «sentimientos» arriba mencionados. 205 El fervor de Almansa hacia Góngora le lleva a proclamarse ridículamente hijo suyo (o «aborto», como dirá tres líneas después, n. 19), a llamarlo «padre» (f. 148v) y a reiterarse como «hijo» más adelante (f. 153v). A la vista de la pésima fama que entre hombres de letras tenía el relacionero Almansa, ningún beneficio debió de proporcionarle tan postiza filiación a don Luis, a quien no le quedó otra que salir en defensa de Almansa en su carta En respuesta: «Préciome muy de amigo de los míos y, así, quisiera responder por Andrés de Mendoza, porque, demás de haber siempre confesádome por padre, que ese nombre tienen los maestros en las divinas y humanas letras, le he conocido con agudo ingenio y porque creo de él se sabrá bien defender en cualesquier conversaciones, teniéndole de aquí adelante en mayor estima» (Daza 2011: 286). Góngora –como es sabido– dirigía su respuesta a Lope de Vega, que en su “anónima” carta previa de 13 de septiembre de 1615, se había rechiflado a gusto de Almansa, comenzando por su filiación: «Y no sé si por pretendiente de escribir gracioso, o por otro secreto influjo, se intitula hijo de V. m., haciéndose tan señor de su correspondencia, y de la declaración y publicación desta poesía, que por esto y por ser ella de tal calidad, justamente están dudosos algunos devotos de V. m. de que sea suya» (Orozco 1973: 175). 206 Es característico de Almansa, como tendremos ocasión de ver en más casos, comenzar la supuesta cita literal con el brevísimo arranque de una o dos palabras y sustituir la continuación con el sigo tironiano & (a veces con la ª en superíndice): et [cætera]. La identificación de la cita resulta aquí prácticamente imposible. Podría pensarse que «Filiq» (¿tal vez «Filig»?) en una lectura deturpada, por parte de Almansa o del copista, de Filioq, y en ese supuesto, jaime Galbarro me sugiere la posibilidad de que la cita pudiera remitir a la frase Filioque procedit que forma parte del Credo en latín «Et in Spiritum Sanctum, Dominum, et vivificantem: qui ex Patre Filioque procedit». (La fórmula Filioque procedit generó un amplio debate entre la iglesia católica y la ortodoxa a propósito del Credo niceno, pues en la formulación occidental el Espíritu Santo procede «del Padre y del Hijo» mientras en la oriental solo «procede del Padre»: cf. Siecienski 2010.) Parece, no obstante, difícil el encaje del significado de la frase del Credo en el contexto en el que la emplea Almansa, siempre tan críptico, además de la extrañeza de que la fórmula del Credo pudiera ser considerada como «reglilla de derecho». Andrés de Almansa y Mendoza112 siglo XVII, donde residirá hasta su fallecimiento. Valdivielso tuvo un papel muy activo en los círculos literarios, tanto toledanos como madrileños, llegando a ser gran amigo de Lope de Vega, entre otros. Su participación en justas y certámenes poéticos, en academias literarias y su colaboración en paratextos de publicaciones de ingenios de la época, junto su cargo de censor del Consejo de Castilla (donde firmó la aprobación de la mayor parte de las obras de Cervantes y de otras de Calderón, Lope de Vega, Pérez de Montalbán, Bocángel, etc.) lo convirtieron en persona muy reconocida. Como poeta lírico publica el Romancero espiritual en 1612 y en la faceta épica la Vida de san José (1604) y el Sagrario de Toledo (1616). Con todo, su faceta más reconocida fue la de autor dramático con una notable producción, cuya edición canónica Doce autos sacramentales y dos comedias divinas no aparece hasta 1622 en su ciudad natal (para más información bibliográfica cf. Marcello 2010). 219 Lorenzo ramírez de Prado (Zafra, Badajoz, 1583 - Madrid 1658), jurista que perteneció a una familia de casta en el servicio de la administración de Felipe IV, como hijo que fue del infausto Alonso ramírez de Prado, letrado del Consejo de Castilla que acabó siendo encarcelado en 1606 acusado de un delito financiero contra la hacienda real. Don Lorenzo ocupó destacados puestos políticos y diplomáticos, pues además de miembro del Consejo de Estado, perteneció al de Indias, fue familiar del Santo Oficio y caballero de Santiago, entre otras distinciones. De su gestión política el hecho más destacado fue la especial embajada de 1628 ante Luis XIII de Francia. Combinó esa labor profesional con la de una decidida inclinación a las humanidades, a la erudición y a la latinidad, llegando a ser figura destacada también en ellas. De esa inclinación da buena cuenta la riquísima biblioteca que llegó a reunir y la magnífica red de relaciones que mantuvo, con humanistas europeos de la talla de justo Lipsio o Isaac Casaubon y con importantes y numerosos escritores españoles como Lope de Vega, Espinel, jáuregui y Cervantes; aunque también en esa faceta de su biografía hay algún aspecto oscuro, como la sospecha que se cernió sobre él de ser delator de Quevedo. Su producción bibliográfica se orienta a las dos vertientes, destacando en el aspecto profesional su tratado de teoría política Consejo y Consejero de Príncipes (Madrid, 1617) y en la deriva humanística su comentario –muy controvertido– de los cinco primeros libros de Marcial Hypomnemata ad lib. […] M. Valerii Martialis (Paris 1607). Sin embargo, también contribuyó muy activamente (como tamayo de Vargas y otros eruditos) a la difusión de las patrañas contenidas en los falsos cronicones. (Para más información biobibliográfica véase Solís 2013; y para el aspecto concreto e interesantísimo de su relación con Cervantes: Solís 2016). Lorenzo ramírez219, Lope de Vega220, Cristóbal de 113AdvertenciAs... 220 La inclusión de Lope de Vega en esta relación de expertos para valorar el poema gongorino merece algunas reflexiones. La larga competencia que mantuvo con Góngora, desde la juventud de ambos (véanse, entre otros, Orozco 1973 y Amezúa 1935-1943: II 109-120), se trocará en declarada enemistad (más explícita por parte de Góngora y más encubierta o matizada por parte de Lope) tras la difusión de los poemas mayores del cordobés y se mantendrá durante la vida de ambos, sobreviviendo incluso a la muerte del propio Góngora, pues Lope llevará hasta el final su cruzada anticultista en el acto IV de la Dorotea y en los sonetos antigongorinos de la Rimas de Tomé de Burguillos. Por otra parte, el papel de Lope de Vega es absolutamente determinante en el surgimiento de la polémica misma y en relación estrechísima precisamente con las Advertencias de Almansa y Mendoza, de las que Lope se mofa muy despectivamente en una “anónima” carta de 13 de septiembre de 1615, que inicia el importante rifirrafe epistolar entre Lope y Góngora, punto culminante de los primeros compases de la polémica en torno a las Soledades. (Las cartas de Lope figuran como anónimas, aunque todo hace pensar que fueran escritas o inspiradas por él o por su círculo [véase lo dicho en nota 1]; por ello, y para evitar tales circunloquios, me vengo refiriendo a ellas como cartas “anónimas” de Lope. Para más información sobre estos extremos véase Estudio introductorio, apartado «Las Advertencias y las cartas “anónimas” de Lope».) Dada esa situación, ¿por qué lo menciona aquí Almansa y Mendoza? Pues, en primer lugar, porque en las fechas en las que redacta las Advertencias todavía Lope de Vega no había hecho explícitamente ninguna declaración antigongorina (es más, decididamente antigongorina, tardará muchos años en hacerla de manera pública), aunque ya venía dando indicios de su guerra particular contra los “cultos”. Entre otras manifestaciones, un año antes del surgimiento de la polémica en 1613, había publicado en los Pastores de Belén. Prosas y versos divinos (Madrid: juan de la Cuesta, 1612, fols. 32-34) un poema en estancias «¡Cuán bienaventurado / aquél puede llamarse justamente…», cuya parte central es un peculiar beatus ille literario: «Dichoso el que apartado / de aquéllos que se tienen por discretos, / no habla desvelado / en sutiles sentencias y concetos, / ni inventa vozes nuevas, / más de ambición que del ingenio pruebas» (cf. López Bueno 1995). Pero el ataque dialéctico directo, aunque anónimo, vendrá después y surgirá precisamente como respuesta jocosa y mordaz a las Advertencias de Almansa y Mendoza: la primera de las cartas del cruce epistolar mencionado. En ella Lope tiene como diana de sus ataques, no solo a la primera Soledad, sino sobre todo a su difusor y “comentador” Almansa y Mendoza, personaje con el que Lope mantuvo una pertinaz enemiga. Pero Almansa no podía adelantarse a acontecimientos que desencadenarían sus Advertencias: por eso en ellas concita el nombre de Lope de Vega entre los expertos para atraerle a su causa, o, cuanto menos, para neutralizarlo, sabedor sin duda de las manifestaciones anticultistas de que venía dando señas el Fénix. Andrés de Almansa y Mendoza114 221 Cristóbal de Mesa (Zafra, Badajoz, 1559 - Madrid 1633). Escritor, cuyas facetas más notables son las de poeta y traductor. tres etapas de su vida interesan especialmente en lo que a su obra concierne: las estancia en Sevilla en su juventud, donde conectó con los vigorosos círculos poético-humanísticos del entorno de Herrera y del pintor Pacheco; la estancia en Italia entre 1588 y 1592, que le posibilitó una estrecha relación con torquato tasso, quien se convirtió en modelo para los poemas épicos con los que Mesa pretendió de alguna manera ser el tasso español; y los servicios prestados al duque de Béjar, don Alonso de Zúñiga y Sotomayor, como capellán y preceptor de su hijo. Esta faceta de procurar el favor de los grandes fue una constante en la vida de Mesa, desde las solicitudes a los andaluces conde de Gelves, marqués de tarifa o marqués de Ayamonte, al duque de Béjar o los duques de Feria II y III, sin olvidar que dedicó sus tres poemas épicos al rey Felipe III. En esos poemas rememora gestas de la historia de España, a saber, las hazañas del rey Fernando III en Las Navas de Tolosa (1594), la leyenda de don Pelayo en La restauración de España (1607) y el martirio de Santiago en jerusalén y su traslado a España en El patrón de España (1612). Más heterogénea es su producción lírica repartida en varias entregas como conjuntos adosados a obras más extensas. La primera entrega la constituye en 1607 el Valle de lágrimas y diversas Rimas (varios Llantos seguidos de poemas diversos, además del Compendio del Arte poética); la segunda son la Rimas de 1611, que forman parte del mismo volumen de El Patrón de España de 1612; la tercera, de 1618, las Rimas situadas entre la traducción de las Éclogas y Geórgicas y la tragedia El Pompeyo. La faceta de traductor fue predominante en la última etapa de su producción, pues, además de las mencionadas Éclogas y Geórgicas, tradujo la Eneida y Odas de Horacio. La mención que de Cristóbal de Mesa hace Almansa se debe, pues, al hecho de ser un profesional habitual del mundo de la poesía más que a ser alguien cercano a los círculos del gongorismo. 222 Vicente Espinel (ronda, Málaga, 1550 - Madrid 1624) fue escritor y músico reconocido. En su juventud emprendió la carrera militar como soldado al servicio primero del conde de Lemos en España y luego en Italia y en Flandes, al servicio respectivamente del duque de Medina Sidonia como Gobernador de Milán y de Alejandro Farnesio. De vuelta en España, y ordenado sacerdote, obtiene un beneficio en ronda, que pierde más tarde por su conducta desarreglada. Desde 1591 vive en la villa y corte, y de manera definitiva desde 1599 cuando es nombrado capellán del Obispo de Plasencia en Madrid, cargo al que iba aparejado el de maestro de música, que mantiene hasta su fallecimiento. Como censor de libros entre 1609 y 1623, por sus Mesa221, maestro Espinel222, Cristóbal Suárez de Figueroa223, 115AdvertenciAs... manos pasaron más de ochenta volúmenes. En 1591 aparecen impresas las Diversas Rimas, un cancionero poético ecléctico que recoge composiciones petrarquistas con otras tradicionales y se cierra con la traducción en verso del Arte poética y de varias Odas de Horacio, aunque muchas otras composiciones suyas quedaron recogidas en cancioneros colectivos y antologías (como las Flores de poetas ilustres de Pedro Espinosa) y en paratextos encomiásticos de obras ajenas. Hacia 1610 empezaría a escribir en prosa el volumen que apareció publicado en 1618 con el título de Relaciones de la vida del escudero Marcos de Obregón. La curiosidad de mezclar en él el patrón picaresco con una forma de autobiografía viene a sumar un invento más a un Espinel que ha pasado a la historia también por otros dos: el (falso) de la décima o espinela y el de la quinta cuerda de la guitarra. Debido a la notoriedad en la república de los poetas que tenía Espinel para esas fechas, ya viviendo en Madrid además, es lo más normal que Almansa lo mencione entre los expertos. Por lo demás, debe recordarse que Góngora fue uno de los ingenios exaltados por Espinel en «La casa de la Memoria» incluida en sus Diversas Rimas, en la octava que comienza: Aquel ingenio cortesano y terso…». 223 Cristóbal Suárez de Figueroa (Valladolid h. 1571 – d. 1644) fue un escritor y moralista que alternó la ficción con la historia y la obra original con la traducción. Vivió entre España e Italia y estuvo al servicio de próceres como don juan Hurtado de Mendoza y don Antonio Álvarez de toledo, duque de Alba y virrey de nápoles. Entre sus obras en verso caben destacarse la traducción (1602) del Pastor Fido de Guarini o La España defendida (1644), poema histórico acerca de la victoria de los españoles sobre Carlomagno. Y entre las en prosa, la Plaza universal de todas ciencias y artes (1615), traducción de la famosa poliantea de tommaso Garzoni, el Pusilipo. Ratos de conversación (1629), obra miscelánea y moralizante escrita en diálogo, al igual que El Pasajero. Advertencias utilísimas a la vida humana (1617), que es la obra más reconocida de este autor. El nombre de Suárez de Figueroa aparece vinculado a los simpatizantes del estilo culto y gongorino, particularmente por el Discurso CV «De los poetas y humanistas» de la Plaza Universal (cf. Béhar 2014), y por sus menciones elogiosas del Polifemo en el Pasajero (Alivio VI) y de la Fábula de Piramo y Tisbe en el Pusilipo (editados ahora por jonathan Bradbury en < http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/ gongora/1617_pasajero-figueroa > y < http://obvil.sorbonne-universite. site/corpus/gongora/1629_pusilipo-figueroa >). En relación con ello podría justificarse la mención que de él hace Almansa y Mendoza en la lista de los catorce expertos. no podía imaginar desde luego el relacionero que años más tarde Suárez de Figueroa en El pasajero iba a hacer un retrato tan furibundo de su persona (véase Estudio introductorio, apartado «El correveidile»). Andrés de Almansa y Mendoza116 224 Manuel Ponce fue temprano defensor y comentarista de Góngora en su Silva a las Soledades de don Luis de Góngora, con anotaciones y declaración por Manuel Ponce, y un discurso en defensa de la novedad y términos de su estilo. Noviembre de 1613, obra que fue descubierta y editada en parte por D. Alonso (1982), y estudiada posteriormente por Azaustre (2015), quien ahora la editará al completo (Azaustre: < http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/ >; remitimos a su Estudio introductorio para más información). El propio Azaustre ya se había ocupado antes de este autor a propósito de un comentario suyo a la cuarta Geórgica de Virgilio [Azaustre y De Carlos 2010]). Ponce, nacido a fines del siglo XVI, perteneció al grupo de eruditos que mantuvieron una gran actividad durante el primer cuarto del XVII y una decidida inclinación por participar en las polémicas literarias. En el caso de Ponce, es manifiesta su relación con torres rámila, autor de la Spongia contra Lope de Vega (cf. Entrambasaguas 1967: I). Pero sobre todo fue un convencido defensor del estilo cultista (así en una epístola a Villamediana sobre el léxico [Quilis y rozas 1961]) y del gongorino en particular, como es manifiesto en su extenso comentario a la Soledad primera, que titula Silva a las Soledades, cuyo Discurso en defensa de la novedad y términos de su estilo es una decidida apuesta por la estética de la oscuridad. La Silva de Ponce, con sus 104 anotaciones a la Soledad primera, es un texto que, salvando las enormes distancias que lo separan de la precariedad de las Advertencias de Almansa –Ponce era un erudito profesional y sabía lo que se traía entre manos–, guarda estrechas relaciones con ellas, incluso en la coincidencia de muchos de los lugares comentados (como se hará constar en las notas correspondientes). Para la relación entre ambos comentarios véase en el Estudio introductorio el apartado específico «Las Advertencias de Almansa y la Silva a las Soledades de Ponce». Agradezco sobremanera a Antonio Azaustre que me haya proporcionado con tanta generosidad el texto de la Silva. 225 Francisco de rioja (Sevilla 1583 – Madrid 1659) fue un intelectual, escritor y poeta de gran renombre; en su tiempo lo fue especialmente por la primera faceta y en la posteridad por sus creaciones poéticas. Sevillano de orígenes humildes, sigue la carrera eclesiástica y los estudios de teología y humanidades hasta adquirir una sólida formación que le posibilitará formar parte muy actica del círculo del pintor Pacheco, que tenía a rioja entre sus más cualificados amigos y asesores, por lo que colaboró con un importante texto preliminar en la edición preparada por el pintor de los Versos de Fernando de Herrera en 1619. todavía en Sevilla entabla unos estrechos lazos entre 1607 y 1614 con don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, quien ya en Madrid y tras la subida al trono de Felipe IV en 1621, convertido en gran valido, reclama la presencia en la Manuel Ponce224, Francisco de rioja225, el maestro toledo226 117AdvertenciAs... corte de su amigo. A partir de ese momento rioja será mano derecha del futuro Conde-Duque como consejero y estrecho colaborador, redactor de cámara y bibliotecario. La situación de rioja en la corte se afianza con la sucesión de cargos: cronista de su Majestad, bibliotecario real e inquisidor de la Suprema y General. tanto que no le arrastra ni la caída del mismísimo Olivares, aunque sí se vuelve a Sevilla en 1643; de allí parte de nuevo, al parecer movido por instancias muy superiores, en 1654 a Madrid, donde morirá pocos años después. De su actividad sevillana quedan bastantes opúsculos, cartas y notas eruditas recogidos por su amigo Pacheco en el códice Papeles diversos y en el colectivo Tratados de erudición de varios autores. En la etapa madrileña la obra en prosa de rioja se orientará hacia la política en su faceta de asesor (con el Aristarco) y defensor (con el Nicandro, aunque en esta caso atribuido, por figurar anónimo) del Conde-Duque de Olivares. A pesar de tan importante carrera, rioja ha pasado a la historia de la literatura por una pequeña colección poética, que, o bien por el prurito de la preservación humanística, o bien por considerarla por su autor bagatela de juventud, permaneció inédita. Dicha colección poética, cuyo códice más representativo es el cuaderno Versos de Francisco de Rioja. Año 1614, representa en su relativa brevedad (medio centenar de sonetos y una decena larga de silvas) el ejemplo más acabado de reflexión sobre la fugacidad y la vanitas por medio de los símbolos recurrentes de flores y ruinas (cf. López Bueno 1984 y 2010). Cuando Almansa menciona en esta lista de expertos a rioja, todavía está lejos de su etapa madrileña y de su preponderante posición en la corte, aunque ya sí tendría fama como erudito humanista y fino poeta. Solo en virtud de este reconocimiento se explica su aparición aquí, pues rioja fue un clasicista declarado, que, como el entorno sevillano del que formaba parte, no solo vivió bastante ajeno al fenómeno gongorino, sino que lo pretendió neutralizar estratégicamente con la edición de 1619 un Herrera que “gongorizara” (López Bueno 2012b: 301-310). 226 Luis tribaldos de toledo (tébar, Cuenca, 1558-Madrid 1636). Importante humanista, filólogo e historiador, fue preceptor del conde de Villamediana, profesor de retórica en Alcalá de Henares y bibliotecario del Conde-Duque, además de Cronista Mayor de Indias desde 1625. Elogiado y estimado por muchos contemporáneos (Lope de Vega, Espinel, Cascales y, entre los extranjeros, justo Lipsio, con quien mantuvo correspondencia), fue conocedor de lenguas antiguas (entre ellas el griego y el hebreo) y modernas. Su obra refleja el amplio abanico de intereses de su talante humanístico: junto a obras originales, encontramos ediciones y traducciones; trató diversas materias, como historia, geografía o literatura; escribió en latín y en castellano, y tanto en prosa como en verso. (Para más información biobibliográfica véase Arcos y rodríguez 2001.) En relación con el gongorismo, es de destacar la interesante ambigüedad de sus Andrés de Almansa y Mendoza118 posicionamientos. Por una parte, defendió a Lope de Vega en la Expostulatio Spongiae (1618), preparó la edición de las Obras de Francisco de Figueroa (Lisboa: Pedro Craesbeeck, 1625), una edición programática, en cuyos preliminares participaron autores como Lope de Vega o jáuregui, edición que desde posiciones clasicistas conllevaba una actitud de clara confrontación, y fue el destinatario de una de las cartas antigongorinas de Cascales (Cartas filológicas, VIII de la Década primera; véase ahora Daza 2016). Sin embargo, por otra parte, elogió a Góngora en su aprobación de 15 de noviembre de 1632 para la edición de Hoces en estos términos: sus poesías «se pueden y deben estimar por la cosa más aguda y delgada y de mayor sal y donaire, con sus partes de gravedad, que han salido en estilo lucido en España, que esta es la quintaesencia de un entendimiento delgado, sublime y por excelencia, aunque singular, de general agrado para todos estados. Su grandeza es de manera que ni griegos ni latinos pueden competir con la vivacidad de sus conceptos y las demás lenguas vulgares vuelan muy rateras en su comparación. En suma, de este solo talento se puede España gloriar, pero no esperar otro semejante en estas letras, en varias edades» (Góngora, 1633: f. ¶4rv; los textos completos de las aprobaciones figuran en una primera edición de Hoces de 1633 y no en otra segunda del mismo año: cf. Moll, 1984: 932- 951). Parece evidente que los elogios de tribaldos sobrepasan con mucho los formulismos y tópicos laudatorios habituales en este tipo de documentos. 227 Fray Hortensio Félix Paravicino y Arteaga (Madrid 1580 – 1633). De esmerada educación, que le procuró su padre el milanés Mucio Paravicino, estudió con los jesuitas y luego en la Universidad de Salamanca. Ingresa en la orden trinitaria en 1599, en la que hará carrera con cargos importantes, como Visitador de la Provincia de Andalucía y Ministro Provincial de Castilla; desde 1606 vive en el convento de la calle de Atocha en Madrid hasta su muerte. Fue participante activo en los círculos literarios de academias y justas, pero su celebridad le vendrá como predicador religioso, llegando a obtener en 1617 el prestigioso título de Predicador de su Majestad. Contó con el total apoyo de la familia real y de por importantes próceres, como el Conde-Duque de Olivares. Poco dado a imprimir sus sermones, solo diez de ellos fueron impresos en vida, aunque a lo largo del siglo XVII vieron la luz varios sermonarios preparados por sus hermanos de orden. En 1641 aparecieron las Obras póstumas divinas y humanas de don Félix de Arteaga (textos poéticos, una pieza teatral y una loa), de las que hay ed. moderna de Sedeño y Serrano (2002). Para el estudio del predicador Paravicino resultan imprescindibles los estudios y la edición de Sermones cortesanos de Francis Cerdan (1994a y 1994b), como antes los de Alarcos (1937). Fray Hortensio resultó ser y el Padre maestro Hortensio227, pueden hablar en estas materias; que si algunos por haber hecho cuatro versos, sin 119AdvertenciAs... uno de los pocos y verdaderos amigos de Góngora. El atractivo personal del trinitario y su carácter afable (patentes en el magnífico retrato del Greco: cf. Cerdan: 2011), las largas conversaciones mantenidas en su celda, el hecho de compartir desde 1617 una situación pareja respecto al poder y sus más altas esferas, el uno como capellán real y el otro como predicador, y sobre todo el manifestar ambos, el uno desde sus creaciones poéticas y el otro desde el púlpito, un programa estético e intelectual común basado en el poder experimentador de la palabra (como finamente ha estudiado Mercedes Blanco 2012) sentaron las bases de una firme amistad que aflora en multitud de testimonios de la vida y obra de ambos. Valga mencionar aquí las tres afectuosas cartas que le dirige Góngora entre fines de 1623 y principios de 1624 con ocasión de la estancia por tierras andaluzas del predicador como visitador de la orden y como participante en el viaje real (cartas 106, 107 y 109 de su Epistolario, Carreira 2000: II) o el soneto que con rendida admiración le dirige el fraile «Ya que obediente o a interior respeto». Es evidente que cuando Almansa y Mendoza menciona al Padre maestro Hortensio todavía no ha comenzado la estrecha amistad con el poeta, lo que pone más en valor la autoridad del trinitario en «estas materias» de poesía. 228 Con la mención conjunta de estas cuatro poéticas, a saber, la Poética de Aristóteles, el Ars poetica de Horacio, los Discorsi […] dell’Arte Poetica et in particolare del Poema Heroico (Vinetia: Giulio Vassalini, 1587) de torquato tasso y L’Arte Poetica (Venetia: Gio. Andrea Valuassori, 1564) de Antonio Sebastiano Minturno, Almansa quiere reunir lo que podríamos considerar la summa preceptiva del arte clasicista multisecular. En esa summa se combinan los dos clásicos imprescindibles (de hecho, bien podríamos decir que toda la poética occidental no es sino una vasta paráfrasis de Aristóteles y de Horacio) y junto a ellos los dos también imprescindibles preceptistas italianos modernos: Minturno, cuya Arte Poetica de 1564 organiza por primera vez una preceptiva con arreglo a la división tripartita épica, escénica y lírica, lo que suponía toda una conquista para este último género, y tasso por la enorme influencia que en España tuvieron sus Discorsi en la elaboración de una preceptiva española, particularmente en las Tablas poéticas de Cascales. 229 Es decir, ‘cuando lo tengan que mostrar con hechos’. conocimiento de la Poética de Aristóteles, // de Horacio, de tasso y de Minturno228, se hallan en concepto suyo capaces, cuando a mí no me engañen, a su misma suficiencia engañan, pues habiendo de ostentar algún acto229, verán cuán atrás se hallan. [f. 149v] Andrés de Almansa y Mendoza120 230 En el sentido de ‘cambiados’ o ‘intercambiados’, esto es, que ha aplicado al revés los «modos» (véase la nota siguiente) de los géneros a ambos poemas. Con ello Almansa da entrada al asunto del controvertido género de las Soledades, que fue objeto de uno de los más vivos debates de la polémica gongorina. Para ver los argumentos esgrimidos en las Advertencias sobre el carácter lírico del poema en el contexto de las teorías preceptivas de su tiempo, véase Estudio introductorio, apartado «La cuestión del género». 231 «Modos» en sentido amplio vale por ‘géneros’, aunque técnicamente remonte con más precisión a los llamados «modos de imitación», que fueron precisamente en el renacimiento la vía más utilizada por los preceptistas para la triple partición genérica (dramática, heroica y lírica). Los «modos de imitación» constituían el tercero de los procedimientos considerados en la Poética aristotélica para realizar la mímesis (medios, objetos y modos): «Pues bien, la epopeya y la poesía trágica, y también la comedia y la ditirámbica, y en su mayor parte la aulética y la citarística, todas vienen a ser en conjunto imitaciones. Pero se diferencian entre sí por tres cosas: o por imitar con medios diversos, o por imitar objetos diversos, o por imitarlos diversamente y no del mismo modo» (Aristóteles 1988, 127). Y en cuanto al procedimiento específico del «modo», se señala en la misma Poética aristotélica: «Hay todavía entre estas artes una tercera diferencia, que es el modo en que uno podría imitar cada una de estas cosas. En efecto, con los mismos medios es posible imitar las mismas cosas unas veces narrándolas (ya convirtiéndose hasta cierto punto en otro, como hace Homero, ya como uno mismo y sin cambiar), o bien presentando a todos los imitados como operantes y actuantes» (Ibíd., 133). El «modo de imitación» se explotó sobremanera en la teoría poética renacentista para legitimar la existencia del género de la poesía lírica, a la que le correspondería en principio el modo narrativo o exegemático, es decir, aquel en que solo habla el poeta «como uno mismo y sin cambiar». 232 Manuel Ponce en su Silva a las Soledades recoge en muy parecidos términos las objeciones de los detractores de Góngora en este punto: «y dicen […] que en el Polifemo y en esta silva ha errado los estilos, porque en aquel, que contenía una acción lírica, no escribió lírico, y en esta, que también lo es, ha escrito versos cuyo nervio es heroico» (f. 37r-37v). Dicen lo primero que ha usado en las Soledades y Polifemo desiguales230 modos231 en su composición, y que debía el Polifemo ser poesía lírica y las Soledades heroica, y que cambió los modos232. Pésame que he de entrar por objeción tan frágil. El Polifemo: si de su naturaleza el poema heroico se des- 121AdvertenciAs... 233 ‘Allí [en el Polifemo] él [el poema heroico] se introduce por musa’, es decir, por la musa talía que le dictó las los versos al poeta («Estas que me dictó rimas sonoras, / culta sí, aunque bucólica, talía…»). 234 El episodio de Ulises con el cíclope Polifemo (Odisea, canto IX, v. 187-542) es recreado por Virgilio (Eneida, libro III, v. 588-691) en boca de Aqueménides, quien fue abandonado por la tripulación de Ulises en la isla de los cíclopes y suplica ahora a Eneas y a los suyos que lo lleven con ellos. En la redacción de Almansa (al referirse al «paréntesis delectable [que Virgilio] puso a la prolija navegación de Ulises») parecen mezclarse ambos episodios. 235 Imposible determinar a qué se refiere Almansa con esta frase y con su remisión a Horacio, pues el latino nada dice que se parezca a esto cuando menciona los contenidos de la poesía lírica en los v. 83-85 del Ars poetica: «Musa dedit fidibus diuos puerosque deorum /et pugilem uictorem et equom certamine primum /et iuuenum curas et libera uina referre» («A la lira le encomendó la musa cantar a los dioses y también a sus hijos; al luchador victorioso, y al caballo que en la carrera quedara el primero; y las cuitas de los muchachos y la libertad de los vinos», trad. de j. L. Moralejo, en Biblioteca Clásica Gredos [en lo sucesivo BCG], vol. 373: 388-389). tal vez Almansa tenga presente aquí el sintagma horaciano «delphinum siluis adpingit» (Ars, 30), empleado por su autor como ejemplificación de la búsqueda de originalidad valiéndose incluso de lo prodigioso: «qui uariare cupit rem prodigialiter unam, / delphinum siluis adpingit, fluctibus aprum» (Ars, 29-30), («el que ansía dar a una obra una variedad prodigiosa, pinta un delfin en los bosques y un jabali en las olas», trad. j. L. Moralejo, BCG, vol. 373: 385). Fue imitado en ese pasaje por Claudiano: «… si talibus, inquit, /creditur et nimiis turgent mendacia monstris / […]; iam frugibus aptum / aequor et adsuetum silvis delphina videbo» (In Eutropium, I. 353-358) («Si creemos en tales cosas y las mentiras se exageran con prodigios inauditos, entonces […] ya veré el mar apropiado para las mieses y a los delfines acostumbrados a los bosques», trad. de M. Castillo, BCG, vol. 181: 24-25). Aunque la literalidad de tinó a narraciones, allí él se introduce por musa233 que canta una narración de un episodio que Virgilio como paréntesis delectable puso a la prolija navegación de Ulises234; y las Soledades por ningún camino podían ser heroicas, que dando Horacio modos en su Poética qué materias se // habían de descubrir en verso lírico, dijo: pinta un delfín el mar, una soledad235. Y Aristóteles llamó a las obras sueltas [f. 150r] Andrés de Almansa y Mendoza128 249 Esta frase es coincidente en tres testimonios tempranos de la polémica, pues, además de aquí, aparece en la carta de Góngora En respuesta de la que le escribieron («…locución exquisita que viene de poeses, verbo de aquella lengua, madre de las ciencias, como Andrés de Mendoza trata tan corta como agudamente en el segundo punto de sus corolarios…» (Daza 2011: 285) y en la Silva a las Soledades de Manuel Ponce («… poaetes, antiquísima voz griega que se lee exquisita locución, porque los primeros de inflamado espíritu comenzaron a hablar diversamente del común en aquel siglo bárbaro, como ahora en el verso, que al fin era una suerte de locución rara y no conocida…», (Silva, f. 90r). Con demoledora ironía recoge el testigo el “anónimo” Lope en su Respuesta a las cartas de don Luis de Góngora y de don Antonio de las Infantas de 16 de enero de 1616: «Y cuanto a la lengua griega, buen principio le han dado Vm. y sus comentadores declarándonos lo que quiere decir aforismo y el Poetes tan repetido en sus escritos, que quien esto alcanza, no lo ignora todo» (Orozco 1973: 242). Semejante coincidencia entre los testimonios, además de dar más fuerza a la hipótesis de la existencia de un vademécum previo de argumentos de los que se serviría Almansa, hace pensar en un lugar común reiterado en la época. Efectivamente, como ya se percatara joaquín roses (1994: 104), la frase está recogida en la Plaza Universal de todas ciencias y artes (1615) de Cristóbal Suárez de Figueroa: «El poeta se deriva, no de Pico, como dice el Boccaccio, que significa Forno o Fingo, sino de Poetes, antiquísimo vocablo griego, que suena en latín Exquisita locutio, porque es propio del poeta hablar exquisita y raramente» (Súarez de Figueroa, ed. de 1619: 365). Esta obra es a su vez traducción en parte de la famosa poliantea italiana Piazza universale de tutte le professioni del mondo (1585) de tomaso Garzoni, de la que Suárez de Figueroa recoge literalmente la frase citada. El lugar común remonta a Petrarca, Familiarum rerum X, IV, 4, y a Boccaccio, Genealogia deorum, 14, 8 (véanse Billanovich 1947: 124 y ss., y Mésoniat 1984: 22-23). La conclusión más importante de este rastreo en orden a nuestro texto es comprobar la mediación de la Plaza Universal de Suárez de Figueroa, que si bien no se publicó hasta 1615 (la tasa es del 12 de agosto), tal vez circulara entre los adeptos a Góngora, particularmente el Discurso CV «De los poetas y humanistas», de donde se extracta la frase en cuestión. Como ha explicado roland Béhar, la adaptación castellana del tratado de Garzoni hecha por Suárez de Figueroa en los años en que estalla la polémica gongorina, introduce algunas modificaciones reveladoras y en todo caso nos muestra a un autor proclive a la poética gongorina (Béhar 2014 ). En esa línea no debemos olvidar que Suárez de Figueroa es uno de los catorce mencionados por Almansa como expertos para poder opinar sobre la obra de Góngora (véase n. 223). ciones exquisitas249. Y si alguna persona con justa causa puede ampliar la lengua es el Sr. don Luis, que es el dueño de ella, porque los valientes atrevimientos se conceden a 129AdvertenciAs... 250 La felix osadía gongorina se convertirá uno de los tópicos críticos de más rentabilidad en la polémica. Será en primer lugar el propio Góngora, quien genialmente proclame en la Soledad segunda, vv. 137-143, por medio de un protagonista peregrino que nunca estuvo más cerca de la voz autorial, la osadía de Ícaro como aspiración sublime: «Audaz mi pensamiento / el cenit escaló, plumas vestido, …». Luego sus seguidores abundarán en el lugar común, empezando por Díaz de rivas en los Discursos apologéticos: «Es digno de loa y maravilla que en un vuelo tan alto y en una carrera tan precipitada nuestro poeta casi no haya resbalado. Lo cual no fuera alabanza, si acaso hubiera seguido un camino llano» (Gates 1960: 67; modernizo grafías). La tradición erudita del tópico arranca de Plinio el joven en su Epístola a Luperco (epístola 26 del Libro IX), donde proclama que la elocuencia sublime nace de propósitos audaces, y, por más que implique riesgos de caídas, es mejor que la mediocridad. Su huella está presente en la polémica gongorina desde Pedro de Valencia hasta Espinosa Medrano (cf. núñez Cáceres 1985). jáuregui sacó especial partido al lugar común –aunque no precisamente en pro de Góngora– para apoyar una elocuencia audaz y arriesgada, tanto en el Discurso poético como en la Apología por la verdad (para el primero, véase la n. 288 de la ed. de Mercedes Blanco: < http:// obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1624_discurso-poetico >). En la conformación del tópico también jugó papel importante la combinación con fuentes senequistas (véase más abajo n. 330). 251 El texto dice «poecía»; en vez de una errata podría tratarse de un andalucismo, como después «chosa» (n. 299). 252 La mención de Garcilaso como garante en la utilización de voces nuevas, siendo el poeta toledano todo un paradigma de la claridad, fue uno de los argumentos favoritos de los progongorinos. En particular son muy cercanos los razonamientos de Manuel Ponce: «…Pues el docto juan de Mena […] y el ingenioso Garcilaso, en muchas partes de sus escritos, usaron tambien voces latinas, toscanas, y nuevas (Silva, f. 105v). los valientes ingenios250. Habrá cien años no tenía nuestra lengua la mitad de la abundancia de los vocablos que hoy gozamos, y los contemporáneos de aquellos tiempos vivían contentos con ella. Y cualquiera introductor de nuevas voces padeció esta guerra que hoy el Sr. don Luis; y si no, volvamos los ojos al divino Garcilaso, gloria de la casa de Feria y príncipe de la poesía251 española, a quien se le debe como a fuente, y veamos lo que en esto tuvo que tolerar252; Andrés de Almansa y Mendoza130 253 Cov.: «Fidalgo de solar conocido, el que tiene casa solariega, de donde deciende». Como los hidalgos, la autenticidad de las voces (palabras) se certifica por su solar o linaje antiguo, en este caso latino. 254 «La» se refiere a la «posesión» antes mencionada, esto es, la pertenencia a la lengua española. Con esta lúcida defensa de los neologismos, Almansa construye uno de los pasajes más logrados de las Advertencias. 255 Esta idea del encumbramiento de la lengua española al nivel de la latina –por lo común con el término «alteza» como elemento determinante– fue argumento recurrente por parte de los defensores de Góngora, desde fechas iniciales de la polémica hasta tardías. Además de en el escrito de Almansa, tiene también presencia en el temprano comentario de Ponce: «sublimándole [nuestro idioma] su primor a la cumbre de la gravedad y numero latino» (Silva, f. 38r); en la carta del propio Góngora En respuesta: «…y siendo lance forzoso venerar que nuestra lengua, a costa de mi trabajo, haya llegado a la perfección y alteza de la latina» (Daza 2011: 285); en las Anotaciones y defensas de Díaz de rivas: «…nuestro poeta ha abierto […] lo dificultoso que impedía los amenos y espaciosos campos de nuestra lengua, aprovechándose de la belleza y tesoros de las frasis latinas y atribuyéndole toda su nativa fuerza, copia y elegancia, con tanta osadía, que parece le ha dado toda la alteza a que podía llegar» (BnE Ms. 3906, f. 191r); el mismo Díaz de rivas en sus Discursos apologéticos: «para conseguir nuestro Poeta esta alteza y elegancia en el decir, o le fue necesario o convenientísimo revolver los tesoros de la lengua latina, usurparle muchas voces elegantes, venustas, pues si aquellos vocablos que en tiempo suyo parecieron nuevos, el uso los tiene connaturalizados y recibidos, // lo mismo le sucederá de aquí a diez años a los que ahora parecen voces nuevas. Lo que debían mirar era si tenían propiedad, si estaban originadas de la lengua latina, si bien hispanizadas, adecuadas e introducidas en la nuestra, o si habían podido ser directe o indirecte genuinas de ella: que si así son y tienen propiedad, aunque no estén en posesión, siendo hidalgas de solar conocido253, se la iremos dando con el uso254. Demás que ellas están colocadas en tan lindos lugares que los que más desean entrarles el diente, no saben por dónde. Y ha subido nuestra lengua por el Sr. don Luis a la alteza de la latina255, que en razón de buenos [f. 151v] 131AdvertenciAs... sonoras y muchas frasis bizarras; con lo cual parece enriqueció la nuestra» (Gates 1960: 39; modernizo grafías); el anónimo autor de la Soledad primera ilustrada y defendida: «adelantándose tanto [la poesía española] que deja atrás la italiana, y está de medir con la mejor griega y latina, con los fertilísimos campos que la ha descubierto don Luis de Góngora,[...]. Débele España todo el ornamento y hermosura de su poesía, pues él solo la ha puesto en su última perfección y en la más alta cumbre que jamás se ha visto, echando el contrapunto a los mejores poetas nuestros» (Osuna 2008: 104); Angulo y Pulgar en sus Epístolas satisfactorias: «Si lo extraordinario es por la nueva colocación de voces […] digo ahora que esto es por lo que don Luis merece mayor alabanza, pues, igualando el nuestro al lenguaje latino, si excediéndolo no, ha sacado de vulgar nuestra poesía y de la mediocridad con que se han satisfecho nuestros predecesores» (f. 48r; modernizo grafías). también el argumento fue satirizado por los detractores, muy principalmente por Lope de Vega en su segunda carta “anónima” escrita desde Madrid a 16 de enero de 1616, uno de cuyos objetivos principales es precisamente contestar de varias maneras y siempre con demoledores razonamientos a la presunción de Góngora, expresada en su carta En respuesta, de ser el inventor de una lengua que iguala a la latina: «Dice Vm. que ha sido el inventor de que nuestra lengua llegue a la alteza de la latina a costa de su trabajo y habiendo de ser esto, obligación tiene Vm. de imitar y igualar a los príncipes della, Cicerón y Virgilio, por su camino cada cual; de ninguno dellos se ha dicho jamás que es intrincado y confuso, y de las Soledades lo dicen casi todos en general. […] … Que no es perfección de nuestra lengua hacerla tan semejante a la latina, que obligue para entenderla a preceptos de construcción dificultosa, pues esto no es necesario, y sólo es tomar lo peor de la latina» (Orozco 1973: 243-245). 256 Sin duda esta frase de Almansa encierra una réplica a la que ya sería extendida opinión sobre determinados usos indebidos de la lengua gongorina por sus construcciones latinizantes. Llevado por ese estado de opinión es por lo que presumiblemente Góngora en su carta de 30 de septiembre de 1615 En respuesta a la anterior “anónima” de Lope de 13 del mismo mes, diga que «uno de los defectos que su carta de V. m. pone en mis Soledades, que no articulo ni construyo bien el romance…» (Orozco 1973: 180), siendo así que Lope en aquella carta no le había afeado semejante cosa, como se encarga muy bien de espetarle en la siguiente de 16 de enero de 1616: «…Vm. imputando al ausente [soldado estudios nadie niega ser la princesa de los idiomas, por la galantería de sus frasis, partición de las oraciones, verdura de las elocuciones y abundancia de voces, supliendo en la nuestra un la // y un que como en ella256, y en imitación [f. 152r] Andrés de Almansa y Mendoza132 en cuyo nombre dice escribir] que uno de los defectos que en su carta opone a las Soledades es que Vm. no articula ni construye bien el romance, y pues en ella no hay palabras tales ni otras de que se pueda colegir, claro es que Vm. se lo conocía y le acusaba su conciencia para responder a esta objeción» (Orozco 1973: 246). 257 La «b» de buenas parece ser una corrección sobre otra grafía, probablemente una «n», por lo que inicialmente la palabra sería «nuevas»; sin embargo el copista no corrigió la «v» por «n», quedando en realidad «buevas». Es complicado decidir en el contexto en el que se inscribe cuál sería el más adecuado de los dos términos (la respuesta en última instancia podría venir dada por el sentido de la cita de javoleno que recoge a continuación, pero esta –como se verá en la nota siguiente– es todo un enigma), aunque desde el punto de vista meramente gráfico parece preferible «buenas», porque, de no ser así, el copista habría hecho algún intento de tachar la letra «b», que aparece claramente escrita. 258 javoleno Prisco, jurista y senador romano que vivió entre los siglos primero y segundo después de Cristo. Fue miembro del concilio detrajano y director de laEscuela Sabiniana, como discípulo que había sido deCelio Sabino. Escribió catorce libros deEpistulae, quinceLibri ex Cassio y cincoex Plautio, además de un comentario crítico sobre losLibri de Antistio Labeon. Con la escasísima pista de una sola palabra latina, error (seguida del signo tironiano de et caetera, que suele utilizar Almansa en estos casos), resulta muy difícil localizar la cita. Improductivas resultan las búsquedas en la recopilación de la jurisprudencia romana que constituye el Digesto de justiniano del 533 d.C., cuya mejor edición humanística es Digestorum seu Pandectarum Libri Quinquaginta (Florentia: In officina Laurentii torrentini ducalis typographi, 1553). He consultado una edición francesa del siglo XIX del Digesto (Les cinquante livres du Digeste ou des Pandectes de l’empereur Justinien..., 1803- 1805, en línea) que contiene hasta veintitrés lugares o citas de javoleno y ninguna de ellas se refiere a lo mencionado por Almansa. Sin embargo, la generosa ayuda de Pedro Conde me ha puesto sobre la pista de la máxima jurídica Error communis facit ius, recogida en el Digesto (L. 3 D. De supellectile legata o ‘El ajuar que se deja en herencia’). (Puede seguirse el rastreo de la frase en las recopilaciones de aforismos legales y frases latinas respectivamente de Vizmanos [1841: 68] y Segura [2006: 52].) Aunque la máxima no se atribuye a javoleno, sino al también jurista romano julio Paulo, sí pudiera encajar bien en el contexto («y cuando no buenas…») por su sentido general de que ‘el error generalizado crea de la lengua santa y en algunas voces de raíz griega. Y caso que no fueran inventadas por él, se le debía agradecimiento por el principio, y cuando no buenas257, ¿no dijo el jurisconsulto javoleno en la ley 3ª: error & ...?258; y siendo 133AdvertenciAs... derecho’; mejor incluso en una formulación interrogativa «¿no dijo el jurisconsulto javoleno…?», por la que me he decantado. todavía más, el propio Pedro Conde me indica que a propósito de esa ley De supellectile legata del Digesto, algunos juristas citan el brocardo Error principis [en algunas versiones imperatoris] facit ius, lo que desde luego combinaría perfectamente con la frase siguiente de Almansa «Y siendo el Sr. don Luis emperador en nuestra lengua…». Si es que esa fuera la cita que buscamos, la atribución a javoleno supondría un nuevo lapsus de Almansa en su desaforado intento de alardear de erudición. Por lo demás, resulta interesante añadir que otro testimonio progongorino de la polémica, las Epístolas satisfactorias (1635) de Angulo y Pulgar (testimonio que, si bien muy posterior, tiene importantes relaciones con los testimonios primeros, en particular la carta de Góngora En respuesta; véase lo dicho en n. 182), para justificar la introducción de hipérbatos por Garcilaso, y con ello legitimar su uso en Góngora (f. 9r de las mencionadas Epístolas), se apoye también en una norma jurídica del Digesto, en concreto De constitutionibus principum (L. I, 4), como señala ahora su editor (Daza: ed. en preparación en < http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/ >). 259 Véase más abajo n. 266. 260 Primera aparición del lugar común de los “dos Góngoras”, el claro y el oscuro en sucesión cronológica, que alcanzó notable relieve desde los primeros compases de la polémica y a lo largo de toda ella (aunque tuviera impugnadores importantes como Angulo y Pulgar en 1635), para renovarse con particular pujanza en los siglos XVIII y XIX (cf. López Bueno 2014) hasta ser debelado con buenas razones en el siglo XX (cf. en particular Dámaso Alonso 1978c: 13-48). La presencia del motivo en Almansa denota que para entonces era ya tema de debate. Y, es que, en efecto, los contemporáneos así lo percibieron, pues el argumento de las dos épocas en Góngora tuvo su inicio en la mismísima carta censoria de Pedro de Valencia: «… que por huir i alejarse mucho del antiguo estilo claro, liso i gracioso, de que v. m. solía usar con excelencia en las materias menores, huye también de las virtudes i gracias que le son propias, i no menos convenientes para las poesías más graves» (Pérez López 1988: 76). El abad de rute contribuyó a su afianzamiento en el Parecer: «Podrá ser que multiplicatis intercessoribus, restituya vuestra merced a su casa la claridad y venustidad con que el Sr. don Luis emperador en nuestra lengua, será digna de veneración cualquiera determinación suya. Lo 3º dicen que no entienden la variedad de locuciones259 y de oraciones partidas, y que un ingenio tan claro y que lo solía ser tanto260, ha querido, no con alteza de conceptos, Andrés de Almansa y Mendoza134 han salido y sido tan justamente celebradas por el mundo sus obras» (Elvira 2015: < http://obvil.sorbonne-universite.site/corpus/gongora/1614_parecer >). El lugar común de las dos épocas se combinó y con-fundió con el de dos Góngoras de universos temáticos y aspiraciones poéticas diferentes (véase n. 267; y también Estudio introductorio, apartado «‘Uno y otro Góngora’»). 261 Primera aparición asimismo de otro de los argumentos principales –si no el principal de todos– manejados por los detractores de Góngora: la vacuidad de una poesía, cuya carencia de contenido conceptual no podía justificar en modo alguno su oscuridad. Si lo trae Almansa, bajo la fórmula «alteza de conceptos» /«oscuridad de palabras» (poco después lo reiterará en forma de réplica: «no con oscuridad de voces, sino con preñados fecundísimos de conceptos», f. 153r, n. 268) es porque el debate aparece en escena desde fechas tempranísimas de la polémica, para luego sucederse en cascada entre los participantes en ella. Como es bien sabido, la formulación con más eco fue la expresada por jáuregui en el Antídoto: «Aun si allí se trataran pensamientos exquisitos y sentencias profundas, sería tolerable que de ellas resultase la oscuridad; pero que diciendo puras frioleras y hablando de gallos y gallinas, y pan y manzanas, con otras semejantes raterías, sea tanta la dureza del decir y la maraña, que las palabras solas de mi lenguaje castellano materno me confundan la inteligencia, ¡por Dios que es brava fuerza de escabrosidad y bronco estilo!» (rico 2002: 18). Más precisiones sobre la polémica en torno a la oscuridad en Estudio introductorio, apartado «A vueltas con la oscuridad…»). 262 Es decir, que aunque intente «hacer compatible» el no saber de los críticos con la censura que ejercen, le resulta imposible hacerlo porque ambos extremos son incompatibles: si no entienden a Góngora, es imposible que lo critiquen. Este razonamiento se convirtió en otro de los lugares comunes de largo alcance entre los defensores de Góngora. 263 Manuel Ponce en la Silva a las Soledades se expresa en muy parecidos términos: «Y así he visto reprobar en común este peregrino discurso, porque en sino con oscuridad de palabras261, hacer inaccesibles estas obras. Excusado tuviera el responder a esta objeción aceptando la confesión de que no saben o que no entienden, mas deseo hacer compatible y no sé cómo decir que no entienden y dan censura262. Eso es meter la mano en la mies ajena. O lo entienden // o no: si lo entienden, no oscuro; si no lo entienden, no lo juzguen263. A este propósito me acuerdo de una agudeza de san Agustín condenando la [f. 152v] 135AdvertenciAs... los que se leen falta el conocimiento de su bondad, con la suficiencia que requiere para ser entendido, y querría preguntarlos, si no le entienden bien, ¿por qué le enmiendan?, y si le entienden, ¿por qué le culpan de oscuro?» (f. 38v-39r). 264 Pasaje bíblico en Mateo 28: 11-15. San Agustín en Enarratio in psalmum 63 (64): «DiceSan Mateo que los fariseos mandaron a sus soldados que habían estado guardando la tumba, que dijeran: “Sus discípulos vinieron de noche estando nosotros dormidos y lo robaron”.San Agustíndio a esto una respuesta definitiva: “Si estaban durmiendo, no pudieron ver nada. Y si no vieron nada, ¿cómo pueden ser testigos?”» (cf. <http://es.catholic.net/op/articulos/29912/ cat/872/la-resureccion.html#r43>). 265 El sintagma «silvas y soledades» que Almansa tan expresivamente emplea aquí para referirse a un tipo de poema que –como dice a continuación– permite la digresión y el estilo amplificativo, resulta ser un excelente valedor de la asociación soledad-selva-silva, que está en la base del poema mayor de Góngora. Con encomiable agudeza lo vio Salcedo Coronel: «Este Poema que don Luis intitula Soledades (por el assunto o por el verso) es un género de composición que los Latinos llamaron Silua […]. Presumo que don Luis quiso que esta voz Silua correspondiesse Soledad en nuestra lengua, y no impropiamente, pues si la silua significa en Castellano selua o bosque, ¿qué cosa más solitaria?» (Salcedo 1636: f. 1). Véanse también n. 199, 235 y 237 y Estudio introductorio, apartado «La cuestión del género» en su parte final. 266 Forzada elipsis, pues debe entenderse ‘emplear locuciones’ o ‘que haya locuciones’. Por lo demás, el término «locuciones» (que rememora el sintagma «locuciones exquisitas» ya comentado; véase n. 249) puede remitir indistintamente tanto a su significado propio de construcciones sintácticas cuyo sentido no es el estrictamente literal, cuanto –a tenor de lo que se dice en las siguientes líneas para justificar su empleo– a su relación con un marchamo discursivo despacioso que, además de albergar episodios en la narración, haga uso de amplia sintaxis con «paréntesis en la larga oración». En este último sentido de complejidad sintáctica encajaría la mención empleada anteriormente de «la variedad de locuciones y de oraciones partidas» (f. 152r, n. 259). maliciosa ignorancia de los escribas y fariseos que dijeron a los soldados que guardaban el sepulcro de Cristo que dijesen que durmiendo ellos habían venido los discípulos y hurtádole; y argúyeles: si dormidos, ¿cómo testigos?264; y no hay que hacer la aplicación. Y es tan propio de las silvas y soledades265 locuciones266, que aun caminando dos Andrés de Almansa y Mendoza136 267 Ya quedó comentado (n. 260) que en la percepción de los “dos Góngoras” por parte de censores y detractores se combinaba mutatis mutandis un criterio cronológico con otro de implicaciones genérico-temáticas que determinaría la existencia de un Góngora ligero y de burlas y otro de poemas más ambiciosos, cuya definición genérica, en especial para las Soledades resultaría muy problemática. Si el argumento hacía aguas por una parte (mal se podía sostener una equivalencia generalizada entre facilidad y burlas en la poesía gongorina; y con el tiempo y la Tisbe resultaría imposible), por la otra parte, es decir, la valoración de Góngora como poeta de mayor empeño para «pasar a la alteza lírica y heroica», que dice Almansa, las respuestas críticas resultaron, como mínimo, ambiguas. Para evitar reiteraciones, se remite a lo dicho en Estudio introductorio, apartados «A vueltas con la oscuridad…» y «‘Uno y otro Góngora’»). 268 Véase n. 261. 269 Aut: «Inculcar. repetir muchas veces una cosa y porfiar en ella. Es tomada la analogía de quien patea, que es lo que rigurosamente significa el verbo latinoInculcare». personas, por ignorantes que sean, y no hay a quien no haya sucedido, si ven romper el alba o cerrar la noche, o desde un erizado risco descubren el mar, haya montuosa o llana tierra, discurren con varias elocuciones pintando la cosa que más próxima tienen, con que divierten el cansancio del camino. Y no hay obra escrita de ninguna materia que no tenga este // modo, pues de eso sirven en las narraciones los episodios y las paréntesis en la larga oración. Mas, sentido el Sr. don Luis de parecerles a algunos que aunque era único en las burlas tan de veras de que el mundo estaba lleno suyas, no sabía seguir la eclíptica de lo heroico y levantado, y que la dulzura de su modo no había de pasar a la alteza lírica y heroica267, quiso enseñar no solo serle fácil, mas ser ya difícil a sus émulos, si hay quien se atreva a serlo. Su inteligencia, y no con oscuridad de voces, sino con preñados fecundísimos de conceptos268, que inculcándolos269, se verá cuán fértil cosecha; sino que, [f. 153r] 137AdvertenciAs... 270 Se entiende que los «conceptos». 271 La conocidísima fábula de la zorra y las uvas, originaria de Esopo (fáb. 15) y versionada por Fedro (lib. IV, 3) y Babrio (fáb.19), y por muchos fabulistas posteriores, entre ellos La Fontaine y Samaniego (Fuente González 2002), resultaba particularmente rentable para ser aplicada a los detractores de Góngora que fingían despreciar lo que en el fondo anhelaban y les era imposible alcanzar. El enigmático «Mino» del texto pudiera ser –según sabia indicación que debo a Sagrario López Poza– una mala lectura de Almansa o del copista por «Minois», y en este caso referirse a Claudius Minois, el humanista francés Claude Mignault, que hizo unos comentarios a los Emblemata de Alciato en 1573, aunque lo cierto es que la fábula no aparece entre esos emblemas, ni referencia alguna a ella entre los comentarios de Minois en la edición más completa de los mismos (Alciato 1621). 272 I Corintios 13:11: «Cum essem parvulus, loquebar ut parvulus, cogitabam ut parvulus. Quando autem factus sum vir, evacuavi quae erant parvuli» (Biblia sacra Vulgata, en línea) («Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; pero cuando llegué a ser hombre, dejé lo que era de niño», Bible Gateway, Versión Reina Valera Actualizada, en línea). 273 El complemento pronominal enclítico (–les) puede referirse a varones (por anacoluto a partir de «varón») o bien a los personajes de quienes viene hablando, en línea con el «concederles» anterior; en este segundo caso habría que leer en modo parentético la frase de san Pablo, tanto el arranque de la cita latina como su glosa en español. por no estudiarlos270, o ya por falta del entendimiento o malicia de la voluntad, los condenan por mayor y dan por no inteligibles, sin mirar que eso les obliga más a entenderlo; o habemos de decir de ellos lo de la fábula de la // raposa que cuenta Mino, y que no pudiendo alcanzar las uvas, las dejó por agraces271. Mas ya quiero concederles los nombres de valientes ingenios, doctos y curiosos, y estos tales principios tuvieron en la sabiduría y el mismo don Luis. Y si como dijo san Pablo: cum essem parvulus & 272, si cuando mozo habló como mozo y como a entendimientos jóvenes, ya cuando es varón habla como tal, obligándoles273 a su estudio. [f. 153v] Andrés de Almansa y Mendoza144 299 V. 181. El texto dice «chosa»; podría tratarse de un andalucismo (como antes «poecía», n. 251), aunque parece raro, pues pocas líneas más arriba (f. 155r) había dicho «choça». 300 Vv. [206d-206e] de la versión primitiva del ms. rAE rM-6709 (cf. jammes 1984: 17 y 1994: 240). Los versos 207-208 de la versión definitiva sustituyeron a estos cinco de la primitiva: «de quintas coronado, se dilata / majestuosamente / en brazos divididos se desata / de islas que paréntesis frondosos / al periodo son de su corriente». Esta modificación constituye la que podríamos considerar segunda parte de otra que afecta a un mayor número de versos: los que se corresponden con los que van del 203 al 208 de la versión definitiva, que redujo a seis los trece originarios de la primitiva. Dámaso Alonso estudió con minuciosidad todos los pormenores de este cambio, en el contexto de los que Góngora hizo aconsejado por Pedro de Valencia, para concluir que decididamente empeoró la calidad de los versos concernidos (Alonso 1978b: 506-517); tanto como para él haber preferido reproducir los versos originales ya desde su edición de las Soledades de 1927 (Alonso 1927: 51). Pero en realidad Alonso lo que reprodujo fue la versión que dio Pellicer (a partir de un ms. manejado por él) en sus Lecciones solemnes, versión que está desde luego –al menos en los versos de los que hablamos ahora– absolutamente próxima a la del ms. rAE rM-6709, de la que solo se separa en el v. [206c], que en lugar de decir «en brazos divididos se desata» dice «en brazos divididos caudalosos» (jammes por lapsus da esta lectura como procedente del ms. rAE rM-6709, 1994: 240). Es indudable el buen criterio de D. Alonso para no preferir las correcciones que resultaron de la censura de Pedro de Valencia en los versos citados. 301 V. 271. Sileonio es Sileno (Silvano en la mitología latina), sátiro y dios menor de la embriaguez, considerado el padre adoptivo y preceptor de Dionisos (o Baco). Manuel Ponce lo explica así: «Sileno es dios de las selvas a quien las [12] ¶ Rayó el verde obelisco de la choza299 Lo mismo es obelisco que pirámide. [13] ¶ De islas que paréntesis frondosas al periodo son de su corriente300 no son tan verdes las islas cuanto fresca y agradable la metáfora. [14] ¶ El Sileonio buscaba301 145AdvertenciAs... ninfas llamaban y hacían fiestas en ellas. Ve a Alex ab Alexº. l 6 [Alexander ab Alexandro]. Dice aquí que buscaba el garzón de aquellas serranas porque estaban entonces solas» (Silva, f. 50r). 302 Mientras que en la versión definitiva de la Soledad primera lo que buscaba el peregrino era al Sileno que acompañaría a las serranas caso de que estas fueran bacantes, ya que no eran ninfas («ya que ninfas las niega ser errantes / el hombro sin aljaba», vv. 273-274), en la versión primitiva del poema (ms. rAE rM-6709, que seguía Almansa) no se negaba el hecho de que fueran ninfas, sino que se dejaba como alternativa: «si ninfas ya no errantes / sin arco eran y aljaba» (jammes 1984: 19). 303 V. 275. El río termodonte, que aparece en el texto como «Fermodonte» (en realidad «fermo donte», clara deturpación del copista, que no entendió el nombre). Las orillas de este río, en la Capadocia (Anatolia central, actual turquía) era el más reconocido de los varios lugares que la Antigüedad concebía como asentamiento de las mujeres guerreras o amazonas (cf. tébar 2005). Ponce ilustra eruditamente este locus con referencias de Plinio, Ovidio y Silio Itálico: «Es rio del Asia mayor que baja del monte amazonio, y pasa por themyscira, ciudad de Capadozia. Plin. l. 5. C. 9. Famoso por las Amazonas que habitaron sus riberas, así en el ejercicio de la guerra, como en el de la caza. Ovid. l. 3. De ponto. Sil. Ytal. l. 8» (Silva, f. 50r-50v). 304 A la dificultad intrínseca del pasaje (véanse las tres notas siguientes), Almansa añade una defectuosa comprensión, comenzando por el hecho de iniciar el fragmento con este verso («El yugo…»), siendo, como es, una cláusula absoluta que constituye el último elemento de la oración anterior («Vulgo lascivo erraba / al voto del mancebo, / el yugo de ambos sexos sacudido», vv. 281-283) . teniéndolas por ninfas, buscaba el fauno de aquellas montañas302. [15] ¶ O si del Termodonte303 nombre propio de un río cerca del cual tenían las amazonas su vivienda. [16] ¶ El yugo de ambos sexos sacudido304, al tiempo que, de flores impedido el que ya serenaba // Andrés de Almansa y Mendoza146 305 Vv. 283-290. La secuencia sintáctica completa de estos versos (que cabalmente arranca del verso 281, y no del 283 como en la cita de Almansa, según queda dicho en la nota anterior) va precedida en la versión primitiva (ms. rAE rM-6709) por cuatro versos eliminados en la definitiva: «Seña brillante no de monarquía / el femenil enjambre ostentar deja / a la que en sus dos alas, rubia abeja, / más oro ofrece al día», v 280a-280d (jammes 1984: 19). (Góngora recuperará la idea de lo contenido en ellos en la Soledad segunda vv. 288-297.) Con excelente criterio robert jammes achaca a la supresión de los cuatro versos mencionados la dificultad de los siguientes, es decir, el pasaje que comentamos de la Soledad primera, pues estas serranas (que ya sabemos por los versos anteriores que no eran bacantes, ni ninfas, ni amazonas), eran como abejas (por eso «femenil enjambre») que no permiten corona («seña brillante no de monarquía … ostentar deja…») a su reina («a la que en sus dos alas … más oro ofrece al día»); de ahí que el grupo alegre que forman («vulgo lascivo») no se someta a ninguna autoridad ni masculina ni femenina: «el yugo de ambos sexos sacudido». (jammes 1991 y 1994: 254-256.) Para la interpretación de este pasaje, uno de los más complicados de las Soledades, la clave está, según jammes (que siguió a Días de rivas, «único comentarista que entendió correctamente este pasaje»), en la fuente en la que se inspira Góngora: el Rapto de Proserpina de Claudiano (1994: 254-256 y 594-595). Este pasaje es recogido íntegramente en la versión definitiva (vv. 281-290) por jáuregui en su Antídoto como ejemplo de oscuridad, precedido de estas afirmaciones: «Querer ahora señalar todos los lugares oscuros, broncos y escabrosos sería no acabar nunca […]. Mas trasladaremos algunos tragos amargos, donde el más sufrido dirá transeat a me: “Vulgo lascivo erraba…”» (rico 2002: 59). Por otra parte, la cita de Almansa contribuye a enmarañar más la situación al iniciarse indebidamente con el verso «El yugo de ambos sexos sacudido». Que Almansa estaba bastante ayuno del sentido de ese verso resulta patente por la paráfrasis que del mismo hace a continuación. la región de su frente rayo nuevo, purpúrea ternezuela conducida de su madre, no menos enramada, entre albogues se ofrece, acompañada de juventud florida305. [f. 156r] 147AdvertenciAs... 306 Vv. [290a-290f] de la versión primitiva del ms. rAE rM-6709 (cf. jammes 1984: 20 y 1994: 258-260), con una variante respecto de ella, pues en esta en el v 290a se lee «robustos montañeses» y en el ms. de las Advertencia se lee «robustos montaraces». Estos seis versos fueron eliminados de la versión definitiva, contribuyendo de nuevo con esta supresión a oscurecer el pasaje. En ellos aparecen por primera vez los mozos de la comitiva de serranos, mozos que son los enamorados «dueños» de las serranas, quienes con festivos melindres fingen asustarse («damería serrana») de los cuernecillos de la ternera y sin embargo no temen los de la vaca y ni siquiera las empulgueras del arco de Diana. La edición de Orozco de las Advertencias omite el v. 290b y copia mal el 290d (1969: 202-203). 307 Esta ininteligible paráfrasis de Almansa (donde por error se escribe «yogo», mientras en la cita gongorina había aparecido «yugo») es muestra palmaria de su errónea interpretación del verso «El yugo de ambos sexos sacudido» comentado en notas anteriores (304 y 305). Como ya se percató jammes (1994: 610), Almansa parece venir a confundir el «yugo de ambos sexos» con la corona de flores de la vaca y la novilla. 308 Almansa interpreta ahora bien, aunque en su paráfrasis compara los cuernos de la vaca con las empulgueras del arco de Diana («semejantes», dice), cuando Góngora las menciona como otro elemento –intensificativo– más (véase lo dicho en n. 306). Treinta robustos montaraces dueños de las que aun los pitones dos pequeños en la tierna hijuela temer vieras, no ya en la vaca, no en las empulgueras del arco de Diana, damería serrana306. Dejado el yugo por haberle cargado de flores sobre los cuernos nuevos de la hija, ambas cargadas de rosas y por eso purpúreas307. treinta mancebos dueños de aquellas, que, haciendo del melindre damería serrana, temían los pitones o cornezuelos nuevos de la ternera y no los cuernos de la vaca, semejantes a las empulgueras del arco de Diana308. // Andrés de Almansa y Mendoza148 309 V. 304. 310 Ensamblaje, obra de carpintería (Cov.: Ensamblar. «Los carpinteros […] y por las molduras, en quanto ajustan unas con otras, especialmente en las esquinas y ángulos, se llaman ensambladores; y el hacer estas juntas ensamblar»). 311 V. 372. Clicie es ninfa convertida en heliotropo o girasol, quien, enamorada de Apolo y tras ser abandonada por él, sigue su curso a lo largo del día (Ovidio, Met., IV, 256-270). 312 teodoreto de Ciro (Antioquía, ca. 393 – Ciro, ca. 466), perteneciente a la escuela de Antioquía, vivió retirado en un monasterios de nicerta, hasta que en 423 fue elegido obispo de Ciro, donde desarrolló una amplia actividad. tomó parte en la controversia nestoriana, aunque luego condenó a nestorio como a los demás heterodoxos. Fue enconado adversario delapolinarismo y combatió violentamente a Cirilo de Alejandría. Casi un siglo después de su muerte elConcilio de Constantinopla del año 533 condenó sus escritos contra San Cirilo y el Concilio de Éfeso, así como algunos de sus sermones y cartas. teodoreto es uno de los más fecundos escritores de la Iglesia oriental, y su herencia literaria presenta mayor variedad que la de los demás teólogos de Antioquía. Compuso obras en casi todos los terrenos de la ciencia sagrada, aunque solo una pequeña parte ha llegado hasta nosotros. Sus obras se suelen dividir en escritos exegéticos (Quaestiones in Octateuchum, Quaestiones in libros Regnorum et Paralipomenon, Interpretatio in Psalmos, etc), apologéticos (Graecarum affectionum curatio, De providentia orationes decem, Contra Iudaeos, etc.), dogmáticos y polémicos (Reprehensio duodecim capitum seu anathematismorum Cyrilli, Pentalogium, De sancta et vivifica Trinitate, De Incarnatione Domini, etc.) e históricos (Historia religiosa seu ascetica vivendi ratio, Historia ecclesiastica, Haereticarum fabularum  ), además de numerosos sermones y cartas (cf. teodoreto 2006). En medio de tan fecundísima producción, y aun a pesar de estar actualmente [17] ¶ No el torcido taladro de la tierra309 taladro es voz usada en la samblería310 y tiene gallarda propiedad. [18] ¶ Vaga clicie del viento311 Clicie, gigantea, gira o mirasol son nombres de aquella flor que va volviendo al sol; y aunque el glorioso Padre san teodoreto312 quiso que fuese símbolo de la fe, porque [f. 156v] 149AdvertenciAs... digitalizados muchos de sus escritos (secuencia de búsqueda «Beati theodoreti Cyrensis Episcopi» en Google Books), me ha resultado imposible localizar la escueta referencia de Almansa. 313 El pasaje (vv. 366-373) donde se inserta la mención a la ninfa Clicie fue ampliamente comentado en su tiempo a propósito de la conveniencia o no en la identificación entre el girasol con respecto al sol y las velas con respecto al viento. Fue censurado por jáuregui en el Antídoto («La flor en que se convirtió Clicia, que es el heliotropio o girasol, siempre se va volviendo hacia el rostro del sol, a quien mira y busca todas las horas del día, y la nave lo hace al revés, porque no camina hacia el rostro del viento, antes huye dél, o por camino atravesado o volviéndole las espaldas y la popa» [rico 2002: 15]), a quien contestaron Díaz de rivas y más ampliamente el abad de rute en el Examen del Antídoto (Artigas 1925: 412). 314 V. 375. Es versión primitiva del ms. rAE rM-6709 (cf. jammes 1984: 23 y 1994: 274); en la versión definitiva «inconstantes» se sustituyó por «robustas». 315 V. 379. Es versión primitiva del ms. rAE rM-6709 (cf. jammes 1984: 23 y 1994: 276); en la definitiva «ya» se sustituyó por «tal». Posiblemente la versión primitiva sea más coherente, pues la piedra imán no se había mencionado antes, como parece indicar «tal», a no ser que en vez de un demostrativo se trate de un indefinido. En cualquier caso, el ambiguo sentido temporal del pasaje en su versión definitiva en lo referente al descubrimiento de las propiedades de la piedra imán (lo que la «náutica industria investigó») ha suscitado discrepancias entre las interpretaciones de robert jammes (1994:276-277; que sigue a Salcedo tiene por objeto al sol de Dios, llama don Luis a la vela del navío Clicie porque se revuelve y gira a la parte que el viento corre313. [19] ¶ Monstruo escamado de inconstantes hayas314 Llama monstruo al mar escamado de bajeles y llámanse hayas por hacerse de ellas, y también leños o pinos. [20] ¶ Náutica industria investigó ya piedra315 Esta estancia, que empezado en este y en diez y ocho Andrés de Almansa y Mendoza150 Coronel 1636: f. 80) y de Dámaso Alonso (1982: 638): en la de este último se atribuye el descubrimiento de la piedra imán a los navegantes modernos, mientras en la más acertada de aquellos, el descubrimiento de dichos navegantes fue utilizar el imán para orientarse en la navegación. 316 El pasaje sobre la piedra imán va desde el v. 379 al 396, tanto en la versión primitiva como en la definitiva; está formado, pues, por 18 versos y no por 19, como parecería deducirse de lo que dice Almansa, siempre y cuando «empezado» sea una errata por «empezando». En la explicación de este pasaje (v. 379-393) se detiene también Ponce, no sin dejar de remitir a Horacio (Silva, f. 54v). 317 Vv. 416-418. El v. 416 «y viendo» sigue la versión primitiva del ms. rAE rM-6709 (cf. jammes 1984: 24 y 1994: 282); en la definitiva se sustituyó por «besando». Pero a la versión primitiva Almansa le añade de su cosecha todo un disparate en el v. 417 al cambiar «lecho» (que así aparecía ya desde la versión primitiva y se mantuvo en la definitiva) por «leche». Lo más sorprendente es la justificación que hace a continuación en su comentario (véase n. siguiente). 318 Es evidente que el «lecho azul de aguas marinas» del v. 417 es el océano (como ya advirtiera Salcedo Coronel: «perífrasis del Océano Atlántico, donde fingen los poetas que descansaba el sol» [Salcedo 1636: f. 97v]), por lo que resulta verdaderamente llamativa la pirueta interpretativa que hace Almansa para justificar su disparatado cambio de «lecho» por «leche». no me resisto a traer aquí un divertido comentario al respecto del maestro jammes: «De un contrasentido puede nacer, a veces, una imagen poética deslumbrante… Para ciertos gongoristas modernos, aficionados a este tipo de interpretación, las Advertencias de Almansa podrían ser una mina» (jammes 1994: 610). versos siguientes316, descubre el modo de la aguja de marear, retocada en el imán, // amiga descubridora del norte, pues siempre le mira. [21] ¶ Y viendo las que al sol el occidente le corre en leche azul de aguas marinas turquesadas cortinas317 La vía láctea, como está en el cielo y es de leche, la llama leche azul o turquesada, y hacen correspondencia con ellas las aguas del mar, y por esa semejanza usó tan gallarda locución318. [f. 157r] 151AdvertenciAs... 319 V. 452. 320 Muy al contrario, el cabo tomó el nombre de su circunstancia de convertirse en la esperanza de llegar por fin a Oriente; por eso los portugueses lo llamaron Cabo da Boa Esperança, cambiando la denominación de Cabo das tormentas que tenía desde su descubrimiento en 1488 por Bartolomé Dias. Por tanto «Góngora no se refiere aquí al nombre geográfico del cabo, sino al acontecimiento histórico que fue origen de este nombre: hay que escribirlo, pues, con minúsculas» (jammes 1994: 290). 321 Vv. 472-474. El v. 473 sigue la versión primitiva del ms. rAE rM-6709 (cf. jammes 1984: 26 y 1994: 294); en la definitiva «si estrecha» se sustituyó por «aunque estrecha». 322 Esto es, del océano Atlántico al Pacífico. Este segundo fue así denominado por Magallanes en 1520 (tras pasar el estrecho que hoy lleva su nombre); hasta entonces, y desde su descubrimiento por el español núñez de Balboa en 1513, era conocido como Mar del Sur. 323 V. 498. Este verso fue también ilustrado por Manuel Ponce: «Esto se entenderá en la prefación de Salust. en su Catilinario, pues dice que hasta que se conocieron en roma los preciosos y delicados manjares, guardaron sus ciudadanos constancia y sus matronas honestidad» (Silva, f. 63r). 324 En rigor, el texto del poema se refiere específicamente al clavo de olor, la más famosa de las especias de las Islas Molucas, que transportada a través del nilo, [22] ¶ Cabo le hizo de esperanza buena319 Dobló el cabo de su nombre320. [23] ¶ Cuando halló de fugitiva plata la bisagra si estrecha abrazadora de un océano y otro siempre uno321 Descubre aquí el desembocar del estrecho del mar del norte al del sur322 por Magallanes, y no sé yo que hasta hoy haya habido tan galante // metáfora. [24] ¶ Fue templado Catón, casta Lucrecia323 Como dio Egipto los olores324 a los griegos y los griegos [f. 157v] Andrés de Almansa y Mendoza152 tardó en llegar a Grecia y más a roma. Sobre sus propiedades afrodisíacas dice Díaz de rivas en sus Anotaciones y defensas que el clavo «provoca los deseos de manjares y la lujuria» (Ms BnE 3906 f. 221v). 325 Vv. 503-506. El v. 504 es de la cosecha de Almansa o más probablemente del copista, sin duda una lectio facilior frente a la correcta (que ya aparecía en el ms. rAE rM-6709 y se mantuvo en la versión definitiva) que dice: «y en más anegó lágrimas el resto». juega en estos cuatro versos Góngora con una correlación dual para decir que ‘el montañés anegó el resto de su discurso en más suspiros que el viento su caudal y en más lágrimas que el mar a su hijo’. La lectura que da el manuscrito de las Advertencias no ofrece ninguna posibilidad de comprensión: buena prueba de ello es que el propio Almansa en su paráfrasis posterior parece seguir sorprendentemente la versión correcta (?), lo que sería indicativo de que la mala lectura provendría en este caso del copista. 326 Véase la explicación de nota anterior. 327 V. 634. a los romanos, en tanto que en roma no los hubo, porque provocaban el apetito de Venus, fue templado Catón, casta Lucrecia. [25] ¶ En suspiros con esto y el mar anegó en lágrimas el resto de su discurso el montañés prolijo que el viento su caudal, el mar su hijo325 Acaba el viejo su discurso náutico anegándole en suspiros y en lágrimas como el mar había anegado su hacienda y su hijo volcando la nave326. [26] ¶ A robusto nogal que acequia lava327 Acequia es nombre propio del Andalucía, agua guiada por alguna zanja a huertas y molinos. // 153AdvertenciAs... 328 Como tuve ocasión de demostrar en otro lugar, en los siglos XVI y XVII el término «apología» difería del de «defensa» porque aquel incorporaba un sentido de ‘confrontación’ y ‘diatriba’ al tratarse de una defensa que era refutación frente a una acusación previa (López Bueno 2013a: 137-139; y Estudio introductorio, epígrafe «Defensa y no apología»). Ese significado se ratifica aquí, pues Almansa –como dice con toda claridad– no quiere entrar en diatriba con nadie por el asunto de las traducciones e imitación de los antiguos. Más allá de una excusa de muy poco crédito para zafarse de tratar un asunto que en verdad excedía en mucho las pretensiones de sus limitadas Advertencias, la frase transparenta lo que el escrito de Almansa tenía de respuesta simulada a objeciones previas que se hubieran hecho a las Soledades en este sentido. Entre ellas las de Pedro de Valencia, que había recomendado a Góngora alejarse de modernidades («guardarse de extrañezas i gracias viciosas i de toda prava aemulación de modernos, que es vicio general, a que los artífices llaman cacozelia») y seguir el ejemplo de los antiguos («de essotro sencillo i grande ponen los Griegos grandes exemplos. Pluguiera a Dios yo me hallara donde pudiera proponerlos a v. m. para imitación traducidos a la letra, aunque fuese en prosa castellana, que v. m. conoscería disjecti membra poetae, i les daría de su espíritu i los resucitaría» [Pérez López 1988: 79]). Fácil es deducir que Almansa, al mismo tiempo que contesta estos argumentos (concediendo –como no podría ser de otra manera en este caso– a sus adversarios con un «aunque es gran gallardía la imitación de los antiguos…»), y a Pedro de Valencia en particular, no quiere entrar en diatriba con ellos; quiere claramente esquivar la polémica sobre el asunto de las traducciones, es decir, no quiere hacer una «apología». 329 ‘Incluso en lo más pequeño, en las menudencias’. 330 Me ha resultado imposible localizar esta cita como literal de Séneca. Lo más parecido que he encontrado es un pasaje en el que el latino aconseja lo extraordinario y cercano al delirio para hacer algo importante o grande: «Non potest grande aliquid et super ceteros loqui nisi mota mens. Cum uulgaria et solita contempsit instinctuque sacro surrexit excelsior, tunc demum aliquid cecinit grandius ore Como este papel ha tenido nombre de defensa y no de apología328, no he querido, así de italianos como de latinos y griegos, sacar las traducciones de donde el Sr. don Luis ha imitado todos los modos de esta obra, aun en los ápices329; aunque es gran gallardía la imitación de los antiguos por la autoridad que tienen y por la verdad especulada de sus doctos estudios. Y si Séneca dijo que un valiente osar engrandece los intentos330, yo podré decir de mí que [f. 158r]