Amorós, Andrés: Ignacio Sánchez Mejías, Madrid, Alianza, Col. “El Libro de Bolsillo”, 1998 [Reseña]
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Revista de Estudios Taurinos N.º 8, Sevilla, 1998, págs. 259-264 Andrés Amorós: Ignacio Sánchez Mejías, Madrid, Alianza Editorial, Col. "El Libro de Bolsillo", 1998, 230 págs. Fig. n.º 80.-Portada del libro Ignacio Sánchez Mejías (Amorós, 1998).
260 Carlos Martínez Shaw ¿Otra biografía de Ignacio Sánchez Mejías? ¿No bastaba con la de Antonio García-Ramos y Francisco Narbona publicada por Espasa Calpe hace tan sólo diez años? Dejando al margen que la multiplicación de las ,biografías de un mismo personaje significa siempre ampliar los puntos de vista y que el formato de bolsillo permite la difusión del libro entre un público más numeroso que una edición más prolija o simplemente más costosa, la obra que nos ocupa aparece como oportuna por las novedades que aporta, por la calidez de la aproximación al personaje y por la maestría en el tratamiento del material documental y bibliográfico manejado por el autor. No es necesario presentar ni al biógrafo, un especialista en la literatura española contemporánea y un experto connaisseur de la materia taurina, ni al biografiado, uno de los toreros más famosos de la historia de la fiesta y una de las figuras más representativas del movimiento intelectual conocido como la generación del 27. En ese sentido el libro se convierte en un mano a mano entre el escritor y el personaje que da como fruto un entrañable ejemplo de compenetración afectiva que se transmite al lector embarcado en una travesía literaria de la que es imposible desertar hasta haber consumido la última página. El autor divide el texto en cinco partes, más una introducción y un ápéndice. Las cinco partes, perfectamente trabadas en una sucesión lógica sin costuras, se refieren i ~ especti vamente al hombre, al torero, al escritor, al héroe y al mito. Del hombre, apenas si se aportan evidencias nuevas que no se conociesen con anterioridad, especialmente a través de la obra citada de García-Ramos y Narbona, aunque se incorporan algunos testimonios poco conocidos sobre su personalidad; se
Recensiones de libros 261 discuten los tópicos sobre su supuesta arrogancia y antipatía; se abordan con naturalidad sus relaciones con los tres amores de su vida (Lola Gómez, la Argentifzita y Marcelle Auclair); se señalan algunos datos sobre su participación siempre destacada en algunos otros ámbitos al margen de su actividad taurina, como el cine (La malquerida), el fútbol (presidencia del Real Betis) o la Cruz Roja (cuya presidencia ostenta asirriismo en Sevilla durante la Segunda República), y se añade alguna anécdota más a las ya reseñadas por otros autores. Como torero, las opiniones se dividieron en vida del diestro, sin que la muerte trajera consigo la unanimidad, lo que obliga a Amorós a un ejercicio de ecuanimidad a la hora de ofrecernos su autorizado juicio. Ninguna duda sobre sus insuperables cualidades como rehiletero, que nadie nunca le discutió al torero sevillano, aunque a veces sus enemigos contrapusiesen esta condición de ser uno de los más grandes bandilleros de la historia a una descalificación de sus méritos como matador. Sin embargo, una cuidadosa exégesis de los testimonios críticos sobre sus corridas muestra a Ignacio como uno de los más· grandes toreros de todos los tiempos, uno de los más valerosos sin duda, también uno de los que más emoción supo imprimir a cada una de sus actuaciones y finalmente uno de los máximos representantes de la concepción de la lidia como indisoluble compendio de valor y arte. En sus mejores faenas alcanzó cotas a la altura de los mayores divos de la fiesta y en su conjunto se mantuvo al nivel de una generación que incluía a Joselito y a Belmonte, con lo cual no es preciso añadir nada más. El capítulo tercero, dedicado al Ignacio escritor, al Ignacio intelectual del 27, es tal vez el más interesante de la
262 Carlos Martínez Shaw obra. En él se trata en primer lugar el episodio de sus crónicas periodísticas, con alguna aportación de material inédito de sumo interés, como son los artículos publicados en La Unión entre el 13 y el 16 de enero de 1925. Especial atención merece el análisis de su teatro (Sinrazón, Zaya, Ni más ni menos, y la incompleta pieza Soledad), aunque en este caso la referencia permanente es la completa edición· de Antonio Gallego Morell (publicada en Austral, en 1988), que enfatiza la influencia de las vivencias sevillanas del autor (por ejemplo, el manicomio de Miraflores, tan cercano a su finca de Pino Montano, en el caso del primer drama), sin que se llame, no obstante, la atención sobre la para mí probable sugestión que sobre el título y las primeras escenas de Ni más ni menos pudo ejercer la contemplación de los Jeroglíficos de las Postrimerías de Valdés Leal en la iglesia del hospital de la Caridad, una experiencia evidentemente al alcance del torero hispalense. A continuación, se ofrecen algunas observaciones sobre· yl texto del ballet Las calles de Cádiz, que Ignacio compuso bajo el seudónimo de "Jiménez Chávarri" para el espectáculo de La Argentinita. Y finalmente, se comenta la famosa conferencia de la Universidad de Columbia, que ya editara en 1982 Pedro Romero de Solís bajo el conseguido y lorquiano título de Torero en Nueva York. Nada que añadir, sino sumarnos al deseo formulado por Gallego Morell y por Amorós de que el teatro de Ignacio vuelva a representarse en los escenarios españoles, una propuesta a la que la calidad de sus textos le hace sobradamente acreedor. El capítulo cuarto se limita a ser la crónica de una muerte anunciada. Es decir se dedica a ordenar las noticias
Recensiones de libros 263 referentes a su reaparición y a recoger los testimonios más fehacientes sobre su trágica cogida en la aciaga tarde de Manzanares, sobre los últimos instantes de su vida, que se apaga irremisiblemente en el sanatorio madrileño de la calle Goya, y sobre su inhumación en el célebre mausoleo del sevillano cementerio de San Fernando. Finalmente, Andrés Amorós vuelve a ejercer de profesor de literatura para glosar las piezas literarias que contribuyen a la mitificación del torero, el cual, indeleblemente inscrito en los anales de la fiesta, alcanza también la gloria de la inmortalidad por el arte, instalándose para siempre en el paraíso de la poesía gracias a los versos de Miguel Hernández, de Rafael Alberti, de Gerardo Diego y, sobre todo, . de Federico García Lorca, que· pocos años después habría de compartir con su amigo el azar de una muerte violenta al caer abatido por las pistolas franquistas. En este año del centenario, podemos decir del poeta lo mismo que Andrés Amorós dice del torero: «ninguno de los dos ha muerto del todo para nosotros». Carlos Martínez Shaw Fundación de Estudios Taurinos ~~ ~