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Instituciones oratorias. T. 2

Quintiliano, Marco Fabio, 0035-0110

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BIBLIOTECA CLÁSICA TOMO CIV INSTITUCIONES ORATOP, AS POR M. FABIO QUINTILIANO TRADUCCION DIRECTA DEL LATEN POR LCS PADRES DE LAS ESCUELAS PÍAS IGNACIO RODRIGUEZ Y PEDRO SANDIER. Biblioteca PixeLegis. Universidad de Sevilla. TOMO II MADRID IMPRENTA DE PERLADO PÁEZ Y COMPAÑIA (Sucesores de Hernando) Quintana, 31 y 33. 1916 ES PROPIEDAD MADRID.— Imprenta de los Sucesores de Hernaudo, Quintan*, 33. LIBRO SÉPTIMO. PROEMIO. DE LA UTILIDAD DE LA DISPOSICIÓN. Me parece haber hablado lo bastante de la invención , pues no sólo hemos tratado de todo lo que conviene para enseriar, sino también para mover. Pero así corno no basta que él artífice tenga buenos materiales para la fábrica de un edificio, si no sabe darles un buen orden y colocación, así por más afluencia de voces que haya en la oratoria, sólo servirán de abultar y llenar, si no se unen y ordenan entre sí por una competente disposición. Y no -sin razón la pusimos por la segunda de las cinco partes, pues sin ella la primera es inútil, así corno no basta que estén vaciados todos los miembros de la estatua, sino que tengan la debida unión, la cual, á la menor alteración y mudanza que padezca, resultaría un monstruo en el cuerpo animal, aun dado que los tenga todos cabales. Los miembros de nuestro cuerpo á nada que se muevan de su sitio, perdieron el oficio que tenían, y un ejército desordenado él mismo se embaraza. Por donde no van descaminados los que dicen que la naturaleza consiste en el orden, y en el desorden su destrucción. No de otra manera la oración que carece de orden y disposición ha de ser una confusión de ideas, carecerá de timón y de 6  M. FABIO QUINTILIANO. unión en sus partes, tendrá muchas repeticiones y omitirá muchas cosas y será semejante á uno que en tinieblas anda palpando las paredes. Y como ni tenga principio ni fin, el orador más hablará por acaso que con consejo y tino. Por tanto emplearé todo este 'jaro en la disposición para la cual si hubiera reglas que igualmente cuadraran á todas las materias, no serían tan pocos los que hubieran acertado en ella; pero como son infinitas las causas que ocurren y pueden ocurrir, no habiendo entre tantas una que en un todo se parezca á otra, es preciso que el orador sepa mucho, esté alerta, discurra y discierna lo -que conviene decir, aconsejándose consigo mismo, y no niego que hay muchas cosas que pueden hacerse palpables, las que no omitirá. CAPITULO PRIMERO. DE LA DISPOSICIÓN. I. Qué cosa sea disposición. Conviene alterarla alguna vez.— II. Para ser buena conviene tener conocida la materia de la causa. —III. Si convendrá siempre comenzar por las razones más fuertes.—IV. La causa ó es simple ó compuesta. Qué orden pide una y otra.—V. Qué método solía guardar Quintiliano en algunas de ellas.—VI. Para demostrar cómo se inventarán y colocarán las pruebas en cualquiera causa, pone una declamación de las que se usan en la escuela.—VII. El mismo asunto y el ejercicio enseriarán mejor que el arte las leyes de la disposición. I. División, como llevo dicho en muchos lugares, es la separación que se hace de muchas cosas, poniéndolas cada una de por sí con orden y debida colocación, de manera que puestas unas, deban seguir otras; pero por disposición entendemos una prudente distribución que hacemos de las ideas y partes del discurso, dando á cada cual su lugar. Pero tengamos presente que la disposición suele. alterarse por necesidad , y que no maneja de un mismo modo la causa el acusador que el que hace la defensa. Para lo cual, omitiendo otros ejemplos, nos puede servir el de Demóstenes y Esquines en la de Ctesiphonte, en la que no guardaron un mismo orden; dando principio el acusador por el derecho, que era lo que más le favorecía, y el abogado se valió primero de todo lo demás, preparando al juez para la cuestión de la ley. Conviene, lides, que se digan unas cosas antes que otras, pues de otra manera hablaríamos siempre á gusto del contrario. II. y así diré sin ningún reparo lo que yo he practica- ,. 8  31. FABIO QUINTILIANO. do en esta parte; ya porque me movían á ello las reglas de la oratoria, ya porque la razón así me lo dictaba. Procuraba yo en las causas forenses saber lo primero el asun- to y sus circunstáncias, y ya que, estaba bien enterado de él, consideraba lo que me favorecía á mí y á mi contrario. Hecho esto (que ni es dificultoso de hacerse y lo principal en la materia), reflexionaba el intento principal de ambas partes y los medios para conseguirlo de este Modo; pensaba lo que primeramente decía el acusador. O esto era innegable, ó estaba en duda. Si era cosa de hecho, ya no habla cuestión, y así pasaba á otra cosa. Aquí considera -o<< lo mismo y á veces conveníamos en la misma cosa por Eer innegable. Si en algo no convenía yo con el acusador, va 1-o l bía cuestión. Pongamos ejemplo. Dice el acusador: la muerte, la hice; aquí no hay controversia; pasemos adelante. Deberá el reo dar los motivos por qué la hizo, diciendo: Es permitido matar al adúltero y á la ackil- i,era. La ley eso dice. Puede aquí ocurrir otra tercera cuestión; y , gr.: No fueron adúlteros, lo fueron. Si se duda del hecho, entonces es causa conjetural. A veces -se confiesa también que fueron adúlteros; pero añade el acusador, que no era licito al reo matarlos, porque estaba desterrado é infamado. En este caso se litiga sobre el derecho. Al contrario, si á la acusación Cometiste homicidio , respondiere No cometí tal, ya en el principio tenemos cüestión. Así conviene averiguar dónde comienza la controversia y considerar el punto principal de ella. III. Por lo que mira al modo de hacer la defensa, no me aparto del todo de la opinión de Celso,..fundada en la de Cicerón. Sobre todo pretende con ahinco que debe comenzarse por alguna de las razones. fuertes y concluirse por las más poderosas, y en medio de éstas poner las más endebles, porque al principio hay que mover al juez,'y en el fin inclinarle hacia nosostrós. Pero por lo, común debe- INSTITUCIONES ORATORIAS.  9 mos en la defensa del reo desvanecer la principal acusación que hay contra él, no sea que dándola crédito el juez, nos sea contrario en todo lo demás. Alguna vez convendrá dar principió por lo que es manifiestamente falso, aunque menos principal, para que no se le d& después crédito al acusador en el punto cardinal, que no es tu fácil el negarlo, y se tenga por u,na. calumnia. Es este caso convendrá hacer la salva, dando la razón de por qué dilatarnos para adelante el punto principal de la acusación; prometiendo defenderlo en su lugar, para que no se persuadan los jueces que esto nace del temor de la mala causa.  • También será bueno desde el principio descargar al reo de la mala nota de la vida pasada, si es que la tiene; y con esto los jueces estarán más apercibidos para oil' cuanto dijéremos. Aunque esto lo practicó Cicerón en la causa de Vareno á lo último, siguiendo en ello no el esb tilo común, sino lo que pedía el caso presente. IV. Cuando la causa fuere simple (1), examinamos si podemos responder y deshacer la acusación de un solo modo ó de muchos. Si de uno solo, veamos si la cuestión es del hecho ó de la ley. Si sobre el hecho, considérese si se ha de negar ó defender. Si es sobre la ley, hemos de éxaminar la especie dé cuestión; esto' es, si se trata de los términos ó de la intención de la misma ley. Esto lo haremos meditando bien la ley, que motivó la controversia ó pleito. Otras veces la defensa incluye dos partes, como la de Rabirio: Aun cuando hubiera hecho la muerte, no merecía castigo; pero no la hizo. Cuando podernos responder de varios modos , para deshacer la acusación, conviene tenerlos presentes y dar á cada solución el lugar competente. En lo cual no soy de (1) Entiende Quintiliano por causa simple aquella en qu© la acusación es de un solo delito, y no comprende varios puntos. 1 4 0  31. FABIO QUINTILIANO. parecer que se observe el orden que puse hablando de las pruebas; esto es, que se comience por las más poderosas. En las controversias debernos ir subiendo de punto; de forma que de lo menos vayamos ascendiendo á lo que es más, sea de una misma ó de diversa especie. V. Solía yo comenzar principalmente por la última especie de cualquier género (pues en ella por lo común estriva toda la cuestión) y retroceder hasta encontrar la pl'imera, ú comenzando por el género venia á rematar en especie, y esto aun en las causas del género delibemivo. Pongamos ejemplo. Numa Pompilio delibera si cetro que los romanos voluntariamente le ofrecen. 1:1 pvimer género de la cuestión es si admitirá el reino, si chtdad extraña, sí en Roma y si los romanos admitirán P17/. Aih,nu'Is do esto solía yo separar aquello en que convenía con el contrario (4), si es que me favorecía, y no solamente obligarle .tí la confesión, sino hacerle que confesase aun mucho más de lo que quería, por medio de alguna. división, como en aquella controversia: Un general que con. e! Inundo que también pretendía su padre por plurali- (lad  . uolos, fué hecho prisionero. Los comisionados para su te encontraron al padre que venía del campo enemigo, el el cual les dijo: Ya vais tarde. Ellos, sin embargo, habiéndole. re3istrodo y encontrándole cierta cantidad , 'de dinero, siguieron su viaje, encontraron al general puesto en una cruz, pero diciendo: Guardaos del traidor. Aquí el padre, e reo sin luda: ¿pero en qué conviene con nosotros elcontrario? La traición se nos ha descubierto á nosotros y por el mismo general, y sólo buscamos quién es el traidor. Lo haremos, pues, de este modo. Tú mismo confiesas haber estado en* el campo enemigo, haber ido ocultamente, que volviste s'In le- « (1) Esta es la primera especie de división, deoir en qu é con -venimos con el contrario, y en qué no.—TuuNEBO. INSTITUCIONES ORATORIAS.  1 4 Sión, que trajiste dinero y que lo trajiste oculto. Porque á vees el' poner en la proposición lo que confesó el contrario tiene más fuerza; pues fijado una vez en los ánimos, ya no da lugar á la defensa del hecho. Y así el juntar en uno muchos delitos, favorece al acusador; pero para hacer la defensa vale más separarlos. Solía también en toda causa practicar una cosa que, corno dije, se suele observar en las pruebas, y es: que haciendo una completa enumeración de varios puntos, sin omitir ninguno, desechando todas las demás cosas, venía á dejar sola - aquella que yo pretendía hacer creíble, v. gr.: Salir absuelto un reo, ó nace de estar inocente, ó de que media algún poder mayor, ó de violencia, ó de soborno, ó de que no se defendió bastantemente al reo, ó de convenio fraudulent() Tú te confiesas reo, y no ha mediado autoridad mayor, ni violencia, ni soborno, ni ha quedado porque se haya hecho con tibieza la defensa, pues de nada de esto te quejas; luego hubo para ello convenio malicioso. Cuando no podía desvanecer y desechar todos los miembros de la división, desechaba los más que podía, v. gr.: Consta que fué muerto: no en lugar solitario, de modo que creamos que fué á manos de ladrones; no por quitarle lo que tenía, pues nada le faltaba; ni porque alguno desease heredar de él, pues era un mendigo; luego la causa de la muerte fué alguna enemistad. ¿Pues quién pudo ser su enemigo? Lo mismo que conduce para conocer en qué convenimos con el contrario, y en qué no, contribuye también para la invención. Conviene, pues, examinar lo que decimos para desechar unas cosas y tomar otras que nos favorecen; v. gr.: Acusan á Milán de que mató á Clodio. O lo hizo ó no. El mejor medio era negarlo redondamente. Si esto no se puede , veamos si hubo razón para hacerlo ó no. Supongamos que la hubiese, ó lo hizo voluntariamente ó por necesidad ; porque ignorancia no se puede alegar. La voluntad es una cosa equívoca ; mas por cuanto el co- M. FABIO QUINTILIANO. más tratándose de sus bienes. Aquí se ha de inquirir la in tención del padre cuando murió sin hacer testamento, aunque esto pertenece á la cualidad, que es causa de otra naturaleza. El tratar de la justicia y equidad viene mejor al fin de la causa, porque esto es lo que oyen los jueces con más gusto; aunque alguna vez convendrá tratar de ella al principio, cuando no confiarnos mucho . en la justicia de nuestra causa y necesitarnos ganarnos el favor de los jueces alabando su jtFtificación. Estas son las reglas generales que yo he podido discurrir. VIL Pero la mayor parte de ellas son de tal naturaleza, que para entenderse, deben recaer sobre alguna materia detellninada. Porque no sólo se ha de dividir toda la causa en varias cuestiones y lugares, sino que cada cual de estas tiene su disposición particular. Asimismo en el exordio , hay lügunas cosas que son como principales, otras secundarías y otras que deben seguir á las primeras. Cada caes; tión y cada lugar pide cierto orden, el que se observa aun wl las cuestiones particulares, todo lo cual es imposible demostrarlo con reglas si no se determina materia sobre que recaigan. Porque ¿cómo se podrán dar todas estas en uno en das asuntos particulares? Ni son bastantes para .• es::o muchas causas, siendo infinitas las que ocurren . Al maestro le toca el prescribir el orden y disposición de las diversas causas que diariamente se tratan en la escuela, y cómo se ordenarán los pensamientos para que el discípulo adquiera manejo y facilidad para discurrir en otras semejantes, porque reducirlo todo á reglas es imposible. Y si no, ¿qué pintor aprendió á representar en el lienzo todas las cosas que hay en la naturaleza? Con que sepa imitar algunas de ellas, hará otro tanto con las demás. Porque ¿qué artífice no hará un vaso de cualquiera iigura aunque no haya visto otro? Pero hay ciertas cosas que no tanto se enseñan con reglas cuanto se aprenden de la naturaleza. El médico dirá en común que para tal INSTITUCIONES ORATORIAS.  419 dolencia hay tal remedio, y que tal síntoma requiere ttal cosa; pero conocer el pulso, graduar la calentura, conocer .* el movimiento de los espíritus y distinguir el color propio de cada enfermo, esto se lo ha de enseñar el ingenio. Por tanto, muchísimas cosas hay que las hemos de bus- , car pqr nosotros mismos, y las debemos cotejar con las mismas causas, y no perder de vista que la elocuencia, primero fue inventada que enseñada (4). La principal disposición y economía de un discurso es aquella que nos enseñan las circunstancias del asunto. Estas nos dirán cuándo usaremos de exordio y cuándo no, cuándo pondremos la narración seguida y cuándo por partes, cuándo comenzaremos por el principio y cuándo, siguiendo á Hornero, ,por el medio ó fin, y cuándo la omitiremos; si daremos principio por lo que dijo el contrario ó por nuestro asunto, si por las pruebas más fuertes ó por las flacas, si fundaremos el exordio en Alguna cuestión, y qué preparación haremos de los ánimos, qué cosa será bien recibida en el principio del ánimo de los jueces y cuál necesita de insinuarse poco á poco; cuándo se refutarán juntas las razones del contra , rio y cuándo cada una de . por sí, cuándo usaremos de los afectos en toda la oración y cuándo los dejaremos para el epílogo, cuándo convendrá hablar primero de la ley y cuándo de la justicia, si deberemos oponer ó defender (1) El que imagina que para tratar cualquiera asunto que se ofrezca, es necesario ir llamando, digamos así, como de puerta en puerta á cada uno de los preceptos de la retórica, tiene una idea muy pueril del arte de persuadir. Cuantas reglas dan los retóricos, están tomadas de lo que dicta la naturaleza en algunos lances que ellos se propusieron, y que son una muy pequeña parte de los infinitos que pueden ocurrir, pero distintamente combinados. Es decir, que puede ofrecerse asunto de tal naturaleza, que atropellando las reglas del arte, sólo podrá sacar con lucimiento al orador la seria meditación de la materia, y su propio ingenio para hallar y manejar las razones de que debo valerse. Ellque va sólo atenido á. lo que dijeron Cicerón y Demóstenes : usa de un caudal que pronto se agota. M. FABIO QUINTILIANO. primero los delitos de la vida pasada ó aqúellos de que trata al presente, cuando ocurren causas complicadas s e qué orden debe seguirse, qué testimonios y escrituras de cualquiera especie alegaremos en la defensa y cuáles omi_ tiremos, etc. Esta prudencia es muy semejante á la que observa un general en la distribución de sus tropas, poniendo unas para pelear, otras para la defensa de las fortalezas y su guarnición, otras para comboyar los víveres, para el.paso al enemigo, y en fin,. empleando unas' por mar y otras por tierra. Psta prudente disposición se consigue con el ingenio, instrucción y estudio. Por donde ninguno pretenda salir non 21 trabajo de otros, entendiendo que es neceerie trabajar, hacer muchos esfuerzos, y afanarse de ve- , ae. Es necesario no ir atenido á solas reglas, sino á lo que dieta la naturaleza, procurando convertir en sustancia los -;n.-eeeptos del arte para que parezcan en nosotros, no como cosa enseñada, sino natural. El arte, si algo puede, nos muestra el camino y nos ofrece bastantemente las fuerzas. de la elocuencia, pero á nosotros toca el hacer buen uso. Otra. diJTosición hay de los pensamientos, en los cizales no sólo hay algunos que piden el primero, , el segundo le;'eei r 'lugar, sino que todos deben tener entre sí tal trabazón que no parezca la juntura, quiero decir, que formen un cuerpo, no miembros separados. Esto se conseguirá si se examina qué pensamientos convienen á cada materia, qué expresiones vienen ajustadas con otras, todo esto para no decir inconexiones. De este modo, aunque las cosas que digamos estén tomadas de distintos lugares, nunca se opondrán entre sí, sino que vendrán á hermanarse por la cownexión y enlace que tendrá lo primero con lo segundo v el medio con el fin, pareciendo la oración / no sólamente - ordenada, sino un todo continuo. Pero me extiendo dema siado, y sin poderlo remediar me voy metiendo en la elocución, materia del libro siguiente. LIBRO OCTAVO. PROE IO. I A. los jóvenes no se les ha de cargar de preceptos.—II. Recapitulación de todo lo dicho desde el capítulo XVI del libro segundo, concerniente á la invención y disposición.—III. La elo- - cución, así como es la más her mosa parte de la retórica, así es la más difícil .—IV. Debe cuidarse más de los pensamientos que de las palabras. I. A lo dicho hasta aquí en los cinco precedentes libros se reduce cuanto hemos podido recoger tocante á la invención y disposición, cosas que al paso que son muy dignas de saberse se necesita de mucha brevedad y llaneza para enseñárselas á los principiantes. Porque éstos ó suelen asustarse con la dificultad de unos preceptos proli- .. jos y enredosos, ó arruinan y destruyen el ingenio en estudiar una materia escabrosa cuando más se necesitaba fomentarlos y sobrellevarlos cebando su natural curiosidad, ó vienen á persuadirse que están ya bastante apercibidos porque aprendieron cuatro preceptos de retórica, ó atenidos á ciertas reglas temen el emprender cosas nuevas. Por donde vienen á creer que los que escribieron con más acierto sobre la elocuencia estuvieron muy lejos do ser oradores. 22  M. FABIO QUINTILIANO. Se necesita, pues, de un método muy llano y fácil para los que comienzan; ya para empeñados, ya para enseñarlos el camino verdadero. Escoja el maestro lo mejor entre todo, enseñando al discípulo lo que más le cuadre por entonces, sin detenerse en refutar las opiniones contiarias, porque éste seguirá por donde le llevaren, y después irá creciendo la instrucción al paso que se vaya empeñando en el estudio,, Persuádase él mismo al principio que no hay más camino que andar que por donde va; que de ahí á poco él descubrirá cuál es el mejor. Cuanto escribieron algunos autores á fin de defender pertinazmente sus di- ve•sas opiniones, ni es cosa obscura, ni dificultosa de enender. Per lo que en esta materia es más difícil el atinar can lo que se les debe enseñar á los discípulos -que el enselarlo. Y en las dos partes de que hablamos son muy pocas las cosas, las cuales si no encuentran repugnancia en el discípulo, allanan el camino para seguir adelante-. II. Seguramente que no hemos hecho poco hasta aquí en manifestar que la retórica, arte de bien decir, es facultad y virtud, y que su materia son todas las cosas de que se puede hablar; que éstas se xeducen á los tres géneros, deliberativo, demostrativo, y judicial; que toda oración eensta de pensamientos y de palabras; que para los pensardentos sirve la invención, la elocución para las palabras, y la disposición para uno y otro, y finalmente, que la memoria debe aprender cuanto dice el orador, y que la pronuriciación da el alma á las palabras. Hemos dicho también que los oficios del orador son enseñar, dar gusto y mover. Para lo primero sirve la. narra ción y la argumentación, y para mover los afectos, los que tienen lugar en toda la oración, y 'princii) almente en. el ecíltogo y exordio. El deleitar, aunque SO consigue- . con todo lo demás, pero principalmente corta lla elocución. 1.„ cuestiones unas son, infinitas;. otras finitas, esío es, reduci t.??..3 á las ci rcunstancias de lugar, tiempo, persona. En INSTITUCIONES ORATORIAS.  23 cualquiera materia se deben averiguar tres cosas: Si es la cosa, qué es, y de qué modo. Dijimos qtte en el género demostrativo se alaba ó vitupera una cosa. Para lo cual debemos considerar las virtudes y vicios del sujeto de quien tratamos y lo que siguió á su muerte. Su fin es lo honesto y útil. Al género deliberativo se añade la cuestión de conjetura: Si lo que delibera mos es cosa posible y si llegará á suceder. Aquí principalmente hemos dicho que se debe atender á la persona que habla, delante de quién habla, y qué es lo que dice. Dijo que las causas judiciales unas contienen una sola cuestión, otras son complicadas. Que toda causa judicial comprende cinco partes, el exordio para ganar la benevolencia, la narración cuenta la cosa sucedida, la confirmación prueba el asunto con razones, la refutación deshace las del contrario, la peroración recuerda todo lo dicho á la memoria del juez ó mueve su ánimo. Añadimos á lo dicho aquellos lugares de que nos valdremos para sacar las pruebas, y el modo de excitar ó calmar la ira y mover la compasión del juez. La distribución de la causa en varios puntos. Ahora queremos persuadir al discípulo que hay otras muchas cosas en que la misma naturaleza le ha de enseñar el camino, como son aquellas que pusimos al fin, las que no habiéndose aprendido de los maestros, solamente las enseñó la misma observación y práctica. III. Mucha más dificultad tiene lo que ahora sigue, que es la elocución; parte la más difícil en la elocuencia, en sentir de todos. M. Antonio decía (De Orat., I, 94) que habiendo conocido á muchos que fueron bien hablados, no conoció ni uno que fuese elocuente. Con lo que da bastante á entender que ser bien hablado es propio de uno que dice lo que conviene; pero el hablar con adorno, del muy elocuente. La cual virtud si no se halló en . ninguno hasta su tiempo, ni en él mismo ni en Craso, seguramente 2 4  M. FABIO QUINTILIANO. que el no haberla tenido éstos ni los que les precedieron, es porque es muy difícil de conseguir. Cicerón dice que la invención y disposición las puede lograr cualquier hombre sabio ; pero que el ser elocuente es conStilutivo del orador (Oral., 14), y esta parte es en cuyas reglas más se esmeró. Y que esto no fué sin razón nos lo declara el mismo nombre de la cosa que tratamos. Elocución es la virtud de declarar al que nos oye todos nuestros pensamientos, y sin ella todo lo demás es ocioso y muy semejante á una espada encerrada en su vaina. Esta parte es la que más depende de los preceptos y la que no puede lograrse sin arte. En ésta debe ponerse todo esmero, y ésta 'únicamente se consigue con la imitación y ejercicio ; en ésta debe emplearse toda la vida, pues por ella más que por ninguna otra un orador aventaja á otro y un estilo á otro estilo. Porque á los que usaron del asiático ó de cualquiera estilo estragado, seguramente que ni les faltó invención ni disposición, ni aquellos que hablaron de una manera árida y seca no pecaron por falta de ingenio y conocimiento de las causas, sino que á los primeros les faltó juicio y moderación en el decir, y á los segundos vigor. Para que de aquí entendamos que de ella depende toda el alma de la elocuencia y de su omisión el ser mal orador. IV. No pretendo con esto que hayamos de cuidar sólo de las palabras, antes quiero responder, ó por mejor decir, desvanecer desde el principio la opinión de los quo sin cuidarse de los pensamientos (que son como el alma de un discurso) se envejecen en el estudio de una vana algaravía de palabras que usan para dar hermosura á su razonamiento. Las palabras hermosean, es cierto, , un discurso; pero esto ha de ser con naturalidad, no con afectación. Los cuerpos robustos que tienen la sangre en su vigor y adquirieron la firmeza por el ejercicio lo de lo mismo que' les da el vigor y fuerza, reciben la hermosura, porque tie- INSTITUCIONES ORATORIAS.  2 5 nen color y los miembros firmes y puestos en su lugar; pero si.á este mismo cuerpo le quitamos la hermosura natural y le ponemos adornos mujeriles y sobrepuestos, el mismoadorno le hace más feo. Un adorno moderado y acompañado de magnificencia, como dice un verso griego (4 }, da al hombre autoridad; pero si es afeminado y con demasía, no adorna el cuerpo y descubre el poco seso de la persona. Á este modo aquel estilo especioso y relumbrante que muchos usan afemina aquellas ideas y pensa. mientos que están vestidos de semejantes expresiones- Digo, pues, que en las palabras debe ponerse cuidado, pero ea los pensamientos singular esmero. Porque comúnmente sucede que las mejores expresiones dependen de los pensamientos y su misma luz las da á conocer, pero nosotros andamos en busca de ellas como si fueran la cosa más oculta y escondida. De donde proviene que no penetrando la materia que tratamos, traemos las locuciones de muy lejos, violentando lo misil) que hemos discurrido. Hemos de procurar ser elocuentes por otro camino; y si la elocuencia tiene su fuerza en todo el cuerpo de la oración, mirará por cosa ajena de su cuidado el componer, digamos así, el cabello y cortar las uñas. De éste demasiado esmero viene muchas veces' á perder su fuerza la oración. Primeramente, porque no hay adorno mejor que el natural y conforme á la verdad de las (1) Alude al proverbio: Eimata ano-, el vestido hace al hombre: con el que se da 1 entender que el ornato exterior concilia al hombre cierta majestad y grandeza.—RoLLíN. Culpa Quintiliano aquellos razonamientos que constando por una parte de períodos sonoros, de frases y locuciones muy estudiadas, de expresiones muy brillantes y lisonjeras, sólo consiguen halagar el oído, pero por otra parte carecen del vigor de los pensamientos, por los que debían penetrar hasta lo interior del alma, moviendo la voluntad. Por esto dice Cicerón que no hay mayor locura, que un sonido inútil de palabras, aunque sean las más escogidas, pero que no encierran concepto alguno.—(Del Orad., I.) 26  r. FABIO QUINTILIANO: cosas, y si es afectado, no sólo parece cosa fingida y sobrepuesta, sino que perdiendo su decoro hace que no se dé crédito á lo que dice el orador, porque deslumbra los sentidos y ahoga el discurso, como á los sembrados la lozanía de la hierba. Esto sucede cuando pudiendo hablan por el atajo nos andamos en busca de rodeos, cuando volvemos á repetir lo que está ya suficientemente dicho, cuando bastando nna voz atestamos de palabras el periodo, y cuando tenemos nor más acertado el hablar mucho que el decir muchos conceptos (I). ¿Qué diré de que ya no nos agradan ciertas locuciones erupias y naturales? pareciéndonos que tienen poco de iccuentcs sólo porque cualquiera otro las pudiera tambi(m decii . . Por donde vamos en busca de las figuras y tropos de los poetas de estilo más estragado, y entonces pensamos hablar ingeniosamente, cuando se necesita de entendimiento milagroso para calar nuestros pensamienos. Bien claramente dice Cicerón que el vicio de que más coinúmriente adolecemos, es el apartarnos de los términos usuales y recibidos ya por todos. (De Orctt., I, 92). Pero sin duda que él era un rústico y no entendía la materia; y nosotros varaos mejor fundados cuando hacemos asco de hablar un lenguaje natural y buscamos, no el adorno, sino la afeminación. Como si tuvieran alguna virtud y , fuerza las palabras que no corresponden á las cosas. Y pensamos que- si toda la vida hemos de trabajar para que aquéllas sean propias, claras, y adornadas dándoles al mismo tiempo (1) Viene aqui muy á cuento lo que dice Cicerón citado por Gelio, lib. I., cap. 15: Más quiero una sabiduria que tenga algo bien hablada, que una locuacidad necia. No-es ro mismo hablar que decir; y por eso censuraba Eupolides á los charlatanes con un verso griego, que hace este sentido: Eres en el hablar nruy excelente; Muy necio en el decir, é impertinqnte. INSTITUCIONES ORATORIAS.  27 tina apta colocación, perdemos el fruto de nuestros estudios, Pero veremos á los más oradores detenerse mucho en menudencias, ya cuando inventan, ya cuando ponderan y miden como con un compás lo que inventaIon. Y dado que o hicieran para decir siempre lo, mejor, abominaríamos de tal infelicidad que no sólo corta el curso de la oración, sino que con la tardanza y desconfianza en el decir apaga el calor del ánimo. ¡Orador miserable y mendigo (para explicarme así) que no tiene valor para desperdiciar ni una sola palabra! Aunque no la perderá el que primeramente entienda en lo que consiste la verdadera elocución, y en segundo lugar adquiriese abundancia de expresiones dándoles una debida colocación, y por último procurase con el ejercicio adquirir firmeza en todo lo dicho para usar de ello cuando necesite. Al que esto haga le ocurrirán términos y voces juntamente con las mismas cosas. Para esto debe haber precedido el estudio y haber adquirido facilidad y caudal de materiales. Porque este afán y esmero en inventar, discernir y cotejar las cosas unas con otras le debemos tener cuando aprendemos, no cuando peroramos. Porque á los oradores que antes no trabajaron viene á sucederles lo que á los que por no haber querido trabajar tienen que mendigar. Si por el contrario tienen el caudal suficiente para decir, no les faltarán palabras, y hablarán, no como quien contesta á lo que le preguntan, sino que acompañarán las palabras á los pensamientos como la sombra sigue al cuerpo. No obstante, aun en medio de este cuidado y esmero hay cierta cortapisa, porque si las palabras son castizas, significativas, adornadas y colocadas con buen orden, ¿qué más ha de pedir? Con todo, algunos tienen aun que tachar poniéndose á censurar cada sílaba de por sí. Aun cuando las palabras sean las mejores, todavía elfos buscan otras más antiguas, más raras y extrañas, sin considerar que los M. FABIO QUINTILIANO. cape el sentido de la oración, ni tan pesado por el trastorno de las voces que haya hipérbaton. Pero lo peor de todo es la mezcla confusa de las palabras, como: Saxa vocant itali mediis, qua3 in 13.uctibus, aras.—arirg.) Nace también la obscuridad de la interposición de alguna cosa en el contexto, como lo hacen los historiadores y oradores, porque esto embaraza el sentido, á no ser muy corto lo que se interpone. En la descripción que hace Virgilio del potro (Georg., III, 79.) después de haber dicho: Nunca de vano estrépito se espanta. afiadiendo otras cosas de otra figura, acaba la descripción en el quinto verso: Entonces, si á. lo lejos de las armas Oye el ruido, no sufre estarse quieto. Debe evitarse la. ambigüedad, no sólo aquella que deja incierto el sentido, como Chremetem audivi pereussisse Demeam, sino aquella que aunque no turbe el sentido viene á resultar la misma ambigüedad, como visum á se hominem librvm scribentem. Pues aunque es claro que el hombre escribe el libro, no obstante, la oración de suyo es ambigua. Algunos amontonan palabras inútiles; los cuales ; mientras huyendo del común modo de decir explican su pensluniento con mucho rodeo y verbosidad, movidos de una aparente elegancia, juntando y mezclando esta serie de palabras con otras semejantes, alargan tanto los períodos que no hay alentada que pueda seguirles. Otros hay que hacen estudio de no ser entendidos. No es dolencia de ahora el incurrir en semejante vicio, pues hallo en T. Livio (4) que cierto maestro enseñaba 'á (1) En una carta que escribió á su hijo, de la :que no hace mención en otra parté.—Rouán., INSTITUCIONES ORATORIAS.  35 sus discípulos á explicar con obscuridad lo qtie decían, valiéndose él de la voz griega scotison (4). De donde tuvo principio aquella grande alabanza: Tanto mejor, ni aun yo lo entiendo. Otros, por el coiitrario, son tan amantes de la brevedad, que escasean las palabras; y contentándose con entenderse ellos solos, no se cuidan de que los demás los entiendan. Pero yo tengo por ocioso lo que no puede entender un auditorio que no sea lerdo. Es muy común la opinión de que entonces se habla con elegancia y pulidez cuando la oración necesita de intérprete; y hay oyentes que gustan de esto, deleitándose de haber penetrado el pensamiento del orador y quedando muy pagados de su ingenio, como si ellos hubieran inventado lo que oyeron. Yo tengo por la principal virtud la claridad , la propiedad de las palabras, el buen orden, el ser medido en las cláusulas, y por último, que ni falte ni sobre nada. De este modo el razonamiento será de la aprobación de los sabios é inteligible para los ignorantes. Estas son las reglas de la elocución; porque ya tratamos, hablando de la narración, del modo de conseguir la claridad; y lo mismo que allí dijimos, debe entenderse para la claridad en todo lo demás. Si no usaremos de más ni menos palabras que las precisas hablando con orden y distinción , entonces será clara la oración y la entenderán los que nos escuchan, aunque estén algo divertidos; teniendo presente que no siempre están los jueces tan atentos que se pongan á interpretar las expresiones obscuras que decimos, antes bien tendrán otros varios cuidados que les llamen la atención y no les permitan entendernos, á no ser tan claro nuestro razonamiento que sea como la luz del sol, que aunque ce- (1) Quiere decir obscurece. Este precepto daba Heráclito á sus discípulos, como dice Erasmo en los adagios, con el que les amonestaba á que hiciesen estudio de no ser entendidos. 36  FABIO QUINTILIANO, rremos los ojos la hemos de percibir. Por lo cual no tanto debemos cuidar quek nos entiendan cuanto el que no se queden en ayunas. De aquí nace que muchas veces repetimos lo que nos parece no han entendido bien, diciendo: Lo cual me parece que no he declarado bastantemente. Pero para mayor claridad, lo explicaremos con términos más comunes. Y esto cae muy bien cuando fingimos no haber explicado bien la cosa. INSTITUCIONES ORATORIAS. CAPITULO Iii. DEL ORNATO. I.—De cuanta fuerza sea el adorno.—Debe ser varonil, no afemi., nado.—Debe variarse según la materia.—II. El ornato puede hallarse en las palabras, ya separadas, ya unidas.—Elección que debe hacerse de las palabras cuandó son sinónimas.— III. Las palabras unas son propias, á las que da valor la anti - tigüedad, 6 nuevas, y aquí se trata del modo de inventarlas ó trasladarlas, de las que se trata en otro lugar.—IV. Antes de tratar del prnato de las palabras unidás, pone varios vicios con.. trarios al adorno.—V. Para el ornato contribuye principalmente la energía ó hipotiposis, las semejanzas, la brachilogía 6 concisión, la énfasis y la sencillez 6 afeleía.—VI. Por último, la fuerza del orador consiste en amplificar y ponderar ó en disminuir; de lo que trato en el capítulo siguiente. I. vengamos á tratar ahora del ornato en el cual puede seguramente el orador desplegar á su gusto las galas de su ingenio. Porque el hablar con pureza y claridad es un premio muy corto de la oratoria, y más puede llamarse carecer de vicio que constituir á orador consumado. La invención puede encontrarse aun en los ignorantes: la disposición requiere pocas reglas: lo que llamarnos artificio consiste principalmente en saberlo disimular, y finalmente, todo esto sólo mira á la utilidad de la causa; pero el adorno recomienda al orador, el que, buscando en todo lo demás el juicio de los sabios, en esto último busca también la alabanza del vulgo. Ni vemos que Cicerón pelease en la causa de Cornelio Balbo solamente con armas de buen temple, sino también resplandecientes y con sólo instruir al juez y hablar con 38  M. VARIO QITINTILIANO. pureza y claridad no hubiera logrado que el pueblo ro: mano confesase su admiración, no sólo á voz en grito, sino aplausos. Seguramente que lo que excitó estas aclam con aciones fué la sublimidad, la magnificencia , el brillo y la autoridad; pues no le hubieran aplaudido tanto si su razonamient o en nada se hubiera distinguido de los demás. Y aun me persuado que los que le oyeron, ni ellos ni estaba en su mano otra cosa, sabían lo que se hacían, que sin reparar dónde estaban por quedar absortos de admiración, prorrumpieron en tales demostraciones. Ni contribuye poco el adorno para triunfar de los contarles, porque los que oyen con gusto están más atentos y se persuaden más pronto, y por lo común se dejan llevar del deleiLe y aun la admiración los arrebata. Sucede lo que con una espada. desenvainada , que viéndola nos infunde terror, y aun el mismo rayo no nos atolondraría tanto con su fuerza si el resplandor no deslumbrara la vista. Dice bien Cicerón en una carta á Bruto: No tengo por elocuencia á la gue no arrebata la admiración. (De los retóricos, lib. III.) Lo mismo dice Aristóteles. Pero vuelvo á decir que este adorno ha de ser varonil, nervioso y que concilie autoridad; no afeminado, liviana y que consista más en ciertos colores que en la fuerza del decir. Esto es tan cierto, que siendo en esta parte muy parecidos los vicios á las virtudes , los que son viciosos en sus adornos les dan el nombre de prendas oratorias. Y así, ninguno de los que usan de este estragado modo de decir imagine que me opongo al adorno verdadero; pues confesando que este es virtud, sólo á ellos no se la concedo. ¿Por ventura tendré yo por mejor cultivada una tierra donde no se presentan á la vista sino lirios, violetas y manantiales de agua, que otra que está cargada de mies y llena de viñas? ¿Estimaré en más un 'plátano estéril y los arrayanes de ramas a rtificiosamente cortadas, que el olmo bien casado con la vid y la oliva que se desgaja por su va INSTITUCIONES ORATORIAS.  39 mismo fruto? Dejemos aquellos árboles para los ricos: aunque ¿cuáles serían sus riquezas si no tuvieran otra cosa? Pues qué, ¿aun en los frutales no buscamos también el adorno juntamente con el fruto? ¿Quién lo niega? pues también plantamos los árboles á cuerda y con cierto orden. Y si no, ¿qué mejor vista que la de una arboleda que por donde quiera que se mire están todos los árboles en hilera? Pues aun esta disposición contribuye para que igualmente chupen el jugo de la tierra. Asimismo cortaré yo los ramos de la oliva que sobresalen á la copa, para que quedando ésta más redonda, además de hacer buena vista, el fruto sea más copioso en todas sus ramas. El caballo retraído de ijares no solamente es más hermoso, sino más veloz. El atleta que con el ejercicio tiene más bien formados los morcillos, es más apuesto y más apto para la lucha. De modo que la utilidad debe ir junta con la hermosura; pero esto lo discernirá cualquiera de mediano talento. Lo que merece particular atención es que el adorno, aun el bueno, debe variar según la materia, porque no conviene uno mismo en las causas del género demostrativo, deliberativo y judicial. El demostrativo, como sólo mira á la pompa y ostentación y á deleitar, emplea todas las riquezas y adornos del arte, pues no necesita de valerse de ase chanzas y estratagemas para vencer al contrario, sino sólo /pretende la alabanza y gloria. Por lo cual á manera de uno que comercia en ricas mercaderías, hará ostentación el orador y usará de todo cuanto haya acomodado al gus- to del auditorio; el adorno en las palabras, el deleite en las figuras, la magnificencia en los tropos y el esmero en la composición, porque el suceso no se, atribuirá á la bondad de la causa, sino á su habilidad. Pero cuando se trata de asunto de importancia donde hay que venir á las manos con el contrario, ló último de 40  FABIO QUINTILIANO. que debe cuidar es su propia gloria, y así cuando se trata de cosa de grave peso ninguno debe cuidarse mucho de las palabras. No porque entonces deba ser desaliñada la oración, sino porque debe ser el adorno más comedido, más serio, más disimulado y conforme al asunto. Para persuadir á un senado se requiere un modo de decir algo sublime; para el pueblo, vehemente y conciso; para los juicios públicos y causas capitales, particular esmero y cuidado. En un juicio particular donde ha de sentenciar el voto de pocos, ha de ser puro y sencillo. ¿No se avergonzaría un orador de usar de períodos muy armoniosos para ejecutar al acreedor y pedir lo que debe? ¿De llamar los afectos tratando de las goteras de una casa? ¿De acalorarse en la causa de la defectuosa venta de un esclavo? Pero volvamos al asunto. II. Y supuesto que tanto el adorno como la claridad de la oración puede hallarse en las palabras unidas ó separadas, trataremos ahora qué es lo que pide uno y otro. Aunque he dicho que la claridad necesita de palabras propiás y el adorno de las trasladadas, sepamos que cuando las expresiones son impropias no puede haber ornato. Y aunque por lo común son muchas las significaciones de algunas palabras, lo que llamamos sinonimia, también es cierto que hay algunas que son más decentes, sublimes, claras, gustosas, y sonantes; porque así como la claridad de las sílabas depende de ser más sonoras las letras, así hay palabras que son más sonoras por las sílabas de que se componen, y cuanto más llenas y sonantes son las palabras, tanto son más gratas al oído; pues lo mismo quo hace la unión de sílabas, eso mismo hace h unión de palabras entre sí para la armonía. El uso de las palabras es de distintas maneras, porque para explicar una cosa atroz son conducentes palabras de sonido .áspero. Y generalmente hablando de las simples, .,.44611ai . son las mejores que sirven para la exclamación • 4.  • • • • 1:4 INSTITUCIONES ORATORIAS. y dulzura del oído. Las palabras honestas siempre son mejores que las indecentes, porque semejantes términos nunca tienen lugar en la oración. La claridad y sublimidad de las voces se ha de medir con la materia, porque lo que en una ocasión es sublimidad, en otra será hinchazón, y la palabra que en un asunto grande es bajeza, en otro no tan grande vendrá de molde. Y así como una palabra baja en un razonamiento adornado es un borrón intolerable, así las sublimes desdicen de un estilo sencillo. Hay algunas palabras que se distinguen más con el oído que con la razón, como: Cesa jungebant fcedera porta.--(Fin., VIII, 641.) donde Virgilio mudando el nombre no ofendió tanto al oído como si dijera porto, que es palabra baja. Hay otras que no las sufre la razón, por donde mereció la burla un poeta que dijo no hace mucho: De Camilo en la cesta Royeron los ratones la pretexta. Pero leemos con admiración cuando dice Virgilio (Georgias, I, 4 81.) Sa3pe exiguus mus. porque fuera de la propiedad y conveniencia del epíteto exiguus que explica tanto la pequeñez de la cosa que no deja más que esperar, puso el nominativo y terminó el verso con aquella palabra monosílaba con no poca gracia. Uno y otro lo imitó Horacio diciendo: Nascetux ridiculus mus.—(Arte poét., y . 139.) Ni se ha de usar siempre de expresiones magníficas, sino á veces también de palabras bajas, porque alguna vez éstas dan mayor fuerza á la cosa. Cuando dijo Cicerón-- contra Pisón: Siendo conducida toda tu parentela en unid,da-: z  ».1 rreta, ninguno le tachará de expresión baja aquellá*palw- r  r • M. FABIO QUINTILIANO. bra,pues cede en mayor desprecio de Pisón contra quien se dijo. III. Habiendo palabras propias, inventadas y trasladadas, las primeras reciben el valor de su antigüedad, puesto caso que las voces que no se usan para cualquiera cosa y lodos los días hacen más respetable y maravilloso el discurso. En este género de adorno fué singular Virgilio. Aquellas palabras olli, quianam, mi, y pone, tienen cierto brillo y dan mayor autoridad á las pinturas, que se estiman más cuanto son más antiguas; valor que no puede dar el arte. Bien que en esto es menester moderación y no usar los vocablos de los siglos más remotos. Si la palabra ouceso huele ya á rancia, ¿por qué la hemos de usar? Así me recelo que puedan sufrir los oídos el adverbio oppido, cuando nuestros abuelos le usaron con mucho tiento. Á. lo menos ninguno que no sea muy amante de la antigüedad usará la palabra antigerio, que significa lo mismo. ¿Por qué hemos de usar de la voz cerumnas, como si explicara poco la palabra labor? ( , 1). Reor es voz que pone horror, autismo es tolerable, prolem ducendam expresión funesta, y el decir Lniversrxm ejus prosapiam es insulsez. ¿Qué más? El len - guaje se ha mudado casi en un todo. Pero de las palabras antiguas, hay unas que tienen cierto lustre por su antigüedad; otras de que echamos mano por necesidad. Bien po - demos decir enuncupare, effari con gusto de los que nos oyen, pero no ha de haber afectación. Á los griegos, como dije en mi primer libro, les es más permitido en fingir vocablos (2) que son acomodados á explicar los sonidos y afectos, usando de la misma libertad con que los antiguos aplicaron los términos á la naturale- , za de las cosas. Á los nuestros apenas se les permite la (1) Hay diferencia notable, como dice Rollin, entre cerumna, y labor. Cicerón define & la primera oegritudo laboriosa. (Tuscul., lib. IV, núm. 18.) (2) Esta facilidad y gracia en ellos se llama onomatopeya. INSTITUCIONES ORATORIAS.  43 composición y derivación de algunas voces; porque me acuerdo que siendo yo joven disputaron Pomponio y Séneca sobre si dijo bien Accio en las tragedias: Gradus minat. Los antiguos no tuvieron reparo en usar la voz expectorat, semejante á la cual es la palabra exanimat. Algunas voces hay que son de alguna dureza por su etimología y derivación, como en Cicerón el beatitas, beatitudo, pero ya dice que se van suavizando por el uso. Otras se derivan no sólo de los verbos, sino de los nombres. Cicerón dijo sillaturit, y Asinio fimbriaturit y figulaturit. Muchos vocablos hay formados de la lengua griega, en lo que se propasó Sergio Flavio, como ens y essentia. Do las cuales no hay otro motivo para hacer tanto asco, sino el que contra nosotros mismos somos jueces demasiado escrupulosos, y de aquí nace que somos tan pobres en las palabras (4): No obstante lo dicho, hay palabras cuyo uso dura; pues las que ahora son antiguas, en lo antiguo eran nuevas, y tanto, que acababan de nacer. Mesala fué el primero que introdujo la voz reatuin y Augusto munerarium. Mis maestros hacían escrúpulo de decir piratica, como decirnos música, fábrica. Cicerón tiene por nuevas las palabras: favor y 'urbanas. Eum (dice en una carta á Bruto) amorem, et eum (ut hoc verbo atar) favorem in consilium advocabo. En otra á Apio Pulcro: Te hominem non solum sapientem, verum (1) Horacio permite derivar de la lengua griega algunas voces con alguna pequeña mutación: paree detorta. (Arte poét.) Según esto es demasiado melindre hacer asco de las voces ens, Issentia, correspondientes á las griegas ton, Tata; de las que el mismo Cicerón no tuvo reparo en usar, según el testimonio de Séneca. ¿Por qué en cosas nuevas, decía, no usaremos de términos sumos á imitación de los griegos? Mientras no presenten otras equivalentes en la lengua latina los que reprueban estos dos vocaiblos, como estamos seguros que no las presentarán, usémoslas sin ningún escrúpulo. 50  M. FABIO QUINTIL/ANO. ver esta calamidad, el saco de lugares sagrados y profanos. Demás de esto se verá á unos cargados de la presa; á otros que vuelven por lo que ha quedado; á los que van encadenados delante de los saqueadores; á las madres forcejando por no soltar de los brazos á sus hijos, y finalninte la pelea de los mismos vencedores por sacar de cada uno más ganancia. Todo esto, aunque ya va comprendido en el nombre de saqueo , es menos decirlo todo junto quo cada cosa de por sí. Siguiendo la verosimilitud, lograremos el aclarar la cosa; y podremos añadir lo que pasa en semejantes lances, aunque no sucediese. De los accidentes resulta la claridad. 'vir o ' En III 29.) •  ;  3 Un. temblor frío 311 cuerpo estremecía: y con el miedo Se me helaba la sangre. Y en otra parte (Én., VII, 518.); Las temerosas madres A los pechos sus hijos apretaban. El mejor medio para acertar en esto, según mi juicio, es observar y no perder de vista la naturaleza. La elocuencia se versa acerca de las acciones de la vida; y lo que uno oye lo acomoda á su condición natural. El ánimo recibe fácilmente lo que dentro de sí reconoce. Son muy del caso los símiles para aclarar la cosa. De los cuales unos sirven para probar; otros para representar - más lo que decirnos; v. gr. (Virg. En., , II, 355.): Como rapaces lobos en la niebla Espesa, etc. Y en otro lugar (En., IV, 251.): Como la golondrina Que volando da vuelta á los peñascos, Nidos de peces, y va rayendo el agua. INSTITUCIONES ORATORIAS.  '4 Én lo cual hemos de cuidar que lo que traemos para la semejanza no sea cosa obscura ó desconocida; antes debe ser más clara que la que pretendemos dar á conocer por medio de ella. Sólo en los poetas puede tolerarse el decir: Apolo tal se muestra (1), Cuando la fria Licia desampara, O el Xarto y á la ínsula de Pelos, Que es patria de su madre, se encamina, (Virg. En., IV, 149.) Pero á ningún orador se le permite explicar una cosa clara con otra que no lo es tanto. Aun cuando la semejanza sirve de argumento ó prueba,. adorna la oración, la hace sublime, florida, gustosa y admirable. De cuanto más lejos sea traída, causa más novedad, porque es cosa no esperada; aunque las comparaciones caseras y vulgares son acomodadas para comprobar la cosa, como: A la manera que el cultivo hace más fecunda la tierra, así las ciencias' el ánimo. Así como los médicos cortan los miembros secos y podridos, así hemos de cortar la comunicación con los hombres perjudiciales y deshonetos aunque estén unidos con nosotros por la sangre. Algo más sublime es aquella de Arquias: Los peñascos y las soledades corresponden con el eco á la voz, y muchas veces hasta las bestias fieras se aman-san y paran con el canto. Algunos, abusando de la licencia de la declamación, corrompieron los símiles, pues no sólo usaron de símiles falsos, sino que no los aplicaron cosas con que tienen conexión. Sirva de ejemplo de uno y otro lo que en todas las esquinas cantaban, siendo yg mozo: Los grandes ríos aun en sus principios son navegable . Los árboles y plantas nobles luego al punto dan el fruto. En toda comparación ó precede la semejanza á la cosa, (1) _ Esta comparación, como tomada de cosa muy remota, y que no todos entienden, es obscura. M. FA BIO QIIINTZI. I A NO. ó al contrario. A veces va separada, á veces va incorporada con la cosa de que sirve de símil, explicando la conexión que con ella tiene, y á esta mutua correspondencia llaman antapodosis. Precede en el ejemplo de arriba Como rapaces lobos, etc. Y sigue en aquel otro del , primer libro de las Geórgica después de largas quejas de las guerras civiles y externas: Cual ímpetu á los carros acelera, Que una vez despedidos, A concluir del circo la carrera, No son del que los rige contenidos: No obedecen al látigo; y en vano Pretende dura mano Las riendas acortar al veloz paso, Expuesto va el regente á triste caso. Pero en estos no hay antapodosis. Aunque aquella mutua correspondencia por la que se comparan ambas cosas, las pone á la vista y las manifiesta á un mismo tiempo. En Virgilio son muy frecuentes estos símiles; pero más vale usar de los oratorios. Dice Cicerón en favor de Murena: Así como dicen los músicos griegos que el que no pudo llegar á citarista se quedó en flautero; así vemos entre nosotros que los que no han podido llegar it oradores se echan á juristas. Y en la misma oración, aunque con estilo casi poético, pero con su antapodosis como corresponde para el adorno: Porque así como hay tempestades que las causa una constelación, otras hay que se originan de repente por una causa que no alcanzamos; así en estos alborotos de las juntas del pueblo, unas veces sabemos la causa que los mueve; pero hay otros que patece los movió la casualidad. Hay otras comparaciones más breves, como: Andaban por los montes como fieras. Y Cicerón contra Clodio: Del cual juicio salió desnudo como de un incendio. Semejantes á estas _ nos podrán ocurrir muchas de la conversación kmiliar. r. a INSTITUCIONES ORATORIAS.  53 Contribuye mucho también al adorno, no sólo el poner la cosa á la vista con toda claridad, sino con Precisión y prontitud. Con razón es alabada aquella concisión que explica la cosa sin dejar nada; lo que llaman brachilogía, y se contará entre las figuras; pero tiene más gracia cuando en pocas palabras decimos mucho: Mitrídates estaba como armado con su agigantado cuerpo. (Salustio.) Muchos imitando esta figura dan en obscuridad. Muy semejante es á la dicha la énfasis, por la que concebimos más de lo que las palabras suenan; y tiene dos especies. La primera significa más de lo que dice. La segunda aun lo que no se dice. La primera se encuentra eil Hornero, cuando dice Menelao que los griegos se acamparon en el caballo troyano; pues con sola una palabra explica su grandeza. Semejante á lo cual es lo de Virgilio: Por la cuerda que echaron se descuelgan.--En., II, 261.) pues con esto queda bien significada la altura del caballo. Y cuando el mismo dice que el Cíclope estaba tendido por la cueva espaciosa, midió su prodigiosa corpulencia con el espacio del\ lugar. La segunda consiste en suprimir ó quitar una voz. Ejemplo de lo primero en (Cicerón por Lig.) Si tu blandura no fuera tanta cuanta tienes por naturaleza, por naturaleza digo. Bien sé lo que me hablo. En donde calló, aunque bien se deja conocer que algunos le ponían espuelas para ser cruel. Suprímese alguna cosa por reticencia, de que hablaremos en su lugar, puesto que es figura. Aun en el lenguaje vulgar hay su énfasis, como cuando decirnos: Es menester ser hombre. Y Aquel es hombre de bigote. Y Es menester vivir. Tan conforme con el arte va por lo común la naturaleza. Ni basta para la elocuencia manifestar la cosa con evidencia, sino que hay varios modos de adornar la oración. M.  QUINTILIANO. Porque hay cierta simplicidad natural y sin afectación que no sirve de menos pureza y adorno que el que se requiere en una mujer. Hay también adornos que sin estudio hermosean la oración por su propiedad y significación. Unas veces se distinguen por, la afluencia de palabras, otras por sus flores. Finalmente, el nervio de la oración no consiste en una sola cosa. Porque lo que es perfecto en su género eso tiene fuerza. VI. La fuerza de un razonamiento depende, ya de la amplificación, ya de la diminución. Para una y otra hay los mismos modos, de los que tocaremos los principales, y lo mismo se entenderá de los demás. Estos consisten en cosas y en palabras. Trataremos de la invención de las cosas y de la manera de inventar: ahora diremos cómo exageran las palabras una cosa y cómo la disminuyen ó re- - bajan. INSTITUCIONES ORATORIAS.  .55 CAPITULO 1V. DE LA AMPLIFICACIÓN. El primer modo de amplificar es por el nombre de la cosa. —Los principales géneros de amplificación son cuatro.—I. Por aumento.—II. Por comparación.—III. Por raciocinación.—IV. Por amontonamiento.—Otras tantas maneras ha y de disminuir y rebajar. La primera manera de amplificar y disminuir es por el nombre que damos á la cosa: como cuando decimos que ha sido muerto el que sólo fué herido; cuando llamamos ladrón al que es simplemente malo; y por el contrario, de uno que puso las manos en otro, decimos que le tocó, y de otro qtie hirió, sólo decimos que le ofendió. Ejemplo de uno y otro en la oración por Celia: Si una viuda viviese con libertad; una mujer provocativa con poco recato; una rica con profusión, y una mujer liviana se portase con aire de ramera, ¿tendría yo á uno por adúltero, sólo porque la saludase con llaneza? Donde llama mujer pública á la que es liviana; y el tener que ver con ella, lo llama saludarla con llaneza. Se pondera la cosa y se manifiesta más cuando se van confrontando las palabras de mayor exageración con aquellas en cuyo lugar las substituimos, como en Cicerón contra Yerres (Verr., III, núm. 9.): Porque hemos traído á vuestro tribunal no un ladrón, sino un reo; no un adúltero, sino un enemigo de la honestidad; no un sacrílego, sino un enemigo de todo lo sagrado y religioso; no un salteador, sino un verdugo el más cruel de los ciudadanos y aliados. Con el primer modo se hace grande la cosa, pero mayor con éste. Cuatro son los principales modos -de amplificar engran- 56  M. FABIO QUINTILTANO. decer la cosa: por aumento, comparación, raciocinación y congeries. 1. El principal es el aumento; cuando pintamos como cosas grandes las cosas de poca consideración. Esto se hace por uno ó muchos grados. Así por medio de una gradación subimos, y aun excedemos lo sumo de una cosa. Como cuando dice Cicerón: Es un delito el poner en prisión 4 un caballero romano; una maldad el azota ' rle; poco menos que parricidio el matarle; ¿y qué diré de ponerle en una cruz? (Contra Verr., VII.) Si solamente hubiera sido azotado, no constaría la oración más que de un solo grado, poniendo también lo primero, que aunque el menos era un delito. Si solamente hubiera sido muerto, subiría por muchos grados. Pero habiendo añadido que es poco menos que parricidio el matarle, que es lo sumo, puso después: ¿y qué diré de ponerle en una cruz? Así, habiendo ya subido á lo sumo die la cosa, era preciso faltasen palabras que declarasen lo que era más. Hay otro segundo modo de pasar de lo sumo que hay en la cosa, corno Virgilio (En., VII, 649.): A quien en hermosura Nadie excedió: sacando sólo á Turno La,urente. donde habiendo llegado á lo más elevado„ añadió - otra cosa que era aún más. La tercera manera Qs, no subiendo por grados á lo sumo, sino poniendo desde luego aquello que es lo mayor de todo: Mataste á tu madre. ¿Qué más diré? Mataste á tu madre. Este modo de aumentar, es poner la cosa en tal grado, que no se pueda decir más. Pondérase la cosa no tán abiertamente, pero quizá con más fuerza, cuando sin distinción de grados ponernos lo que es más. Así Cicerón, hablando del vómito de Antonio y afeándole: En una junta del pueblo romano, tratando un INSTITUCIONES ORATORIAS.  57 asunto (lel público y un comandante de caballería. (Fil., III, 66.) Aquí no , hay cosa que no exagere. El vómito por sí es cosa fea, aunque no sea en ninguna concurrencia; en junta, aunque no fuera del pueblo; de cualquiera pueblo, aunque no fuera el romano, y esto aunque ningún negocio tuviese entre manos, ni este fuese público, ni Antonio fuese comandante de la caballería. Otro dividiría todo esto, deteniéndose como en escalones en cada cosa; pero Cicerón desde iuego sube á lo sumo, no por escalones, sino de un vuelo. II. Pero así como esta amplificación pretende llegar á lo sumo, así la que se hace por comparación, recibe su aumento de las cosas menores; porque exagerando lo que es menos, precisamente se ha de realzar lo que es más, Cicerón dice en el mismo lugar: Aun dado caso que te hubiera acaecido esto comiendo en tu casa, y entre, aquellas tus abominables copas, ¿quién no lo tendría por cosa vergonzosa? Pero en una junta del pueblo romano.... Y (contra Catilina, 1, núm. .17). Si mis esclavos me temiesen á mí, como á ti tus conciudadanos, pensaría en abandonar mi casa. Otras veces por medio de un símil pretendemos exagerar una cosa. Así, en la causa de Cluencio, tratando de cierta mujer de Mileto, á quien habían untado la mano los segundos herederos para que abortase, dice: ¿Cuánto mayor castigo merece Opiánico en la misma injuria? Porque ella, usando consigo de esta violencia, ya sufrió el castigo; pero éste logró el mismo fin por medio del mal y tormento ajeno. No confunda alguno este símil con aquel otro por el que inferimos una cosa mayor de otra menor (aunque se dan la mano); porque allí intentamos probar, aquí ponderar la cosa. Como en el ejemplo dicho pretendemos probar, no que Opiánico obró mal, sino peor. Estos dos lugares, aunque son de cosas diversas, no son muy desemej antes. 58  M. FABIO QIIINTILIÁNO; Por lo que aunque usaré aquí del mismo ejemplo que entonces, pero no para el mismo fin. Aquí pretendo manifestar que para ponderar una cosa, no sólo cotejamos el todo con el todo, sino las partes entre sí, como (Cat., I, 3.): Es bueno que Publio Escipión, hombre nuty distinguido, pon- i "ice máximo, aunque mero particular, q"hitó la vida á Tiberio Graco, que perturbaba algún tanto la república; ¿y nosotros, cónsules, sufriremos á Catilina que desea asolar todo el mundo con muertes é incendios? Donde compara á Catilina. con Graso, á la república con todo el mundo, aquel trastorno con la to`,a1 desolación de muertes é incendios, y 4 á un particular con los cónsules. Todo lo cual si queremos wnplifiearlo más, cada cosa ofrece mucho campo. HL - Veamos ahora si lo que dije de la amplificación ip.ir raciocinación está bien explicado, aunque no me cuido mucho de los términos, con tal que se entienda la cosa. Pero digo que estas amplificaciones unas veces las ponemos en la oración sin fin particular y otras tienen mucha fuerza; pues ya las usarnos para llenar, ya para ponderar una cosa, y después se deduce la razón para exagerar lo que queremos, y . gr.: Dando en cara Cicerón á Antonio con su vómito, dice (Fil., II, núm. 69.): Tú mismo con esas faur»s, con esos lomos, con esa robustez - de cuerpo propia de un :, , !adiador. ¿Qué tiene que ver esto con la embriaguez? Mucho, porque fijando la atención en estas circunstancias, y: conocemos que bebió tanto en la boda de Hipia, que toda aquella robustez no bastó para digerir el vino. Conque deduciéndose unas cosas de otras no es impropio ni desusado el decir, amplificar por raciocinación. Del mismo modo amplifica por los consiguientes, pórque fué tanta la fuerza del vino, que la violencia con que salía manifestaba no ser casual ó voluntario el vómito, sino forzoso y donde menos convenía, y no vomitaba lo que acababa de comer, como acaece algunas veces, sino que eran rezagos del día anterior, INSTITUCIONES ORATORIAS.  59 Otras veces amplificamos por los antecedentes. CUando Eolo á ruegos de Juno: Del monte hirió el costado con la punta Del cetro, y como en escuadrón. formados Los vientos por la puerta se atropellan, etc. ya se deja conocer la recia tempestad que amenazaba. ¿Qué más? Cuando queremos excitar el odio en una cosa.atroz, la ponderamos de intento más de lo que es, para que parezca más odiosa. Así Cicerón (Verr., VII, 4I 6.): Pero estos delitos son muy ligeros. El piloto de la ciudad más noble del mundo se libertó á fuerza de dinero de ser azotado: esta es una acción humana. Otro tuvo que untar la mano para que no le cortasen la cabeza con la segur, pero esto es cosa común. ¿Por ventura no usó aquí de raciocinios para quo los oyentes infiriesen cuán enormes eran los demás delitos, cuando á éstos los llama humanos y comunes respecto de los otros? Así solemos ponderar una cosa con otra, como el valor de Escipión contando las alabanzas militares de Aníbal, y exageramos la fortaleza de los franceses y alemanes para dar á entender la gloria de César. Otra manera de amplificar es cuando ponemos una cosa no por sí, sino para que de ella se pueda colegir la grandeza de otra. ¿Cuánta sería la hermosura de Helena, cuando los príncipes troyanos no tienen por cosa pesada el sufrir ellos y los griegos tantos males y por tantos años por ella? No lo dice Paris que la robó, ni lo dice algún joven ó un cualquiera del vulgo, sino los ancianos, los de más teso y los consejeros de Priamo. (Hom. lijad., III, /145.; Lo confirma el mismo rey trabajado con una guerra de diez uños,á quien perdidos tantos hijos, le amenazaba la última desgracia; el mismo á quien debiera parecer muy odiosa y abominable aquella hermosura, manantial de tantas calamidades. Y no sólo lo oye decir así, sino que dándole 66  FABIO QUINTILIANO. diversas cosas en un lienzo, las separan con sus distancias para que las sombras no confundan los objetos. Asimismo, cuando son muchas, dejan desunida la. oración; porque como cada sentencia hace sentido perfecto, comienza después otro de nuevo. De aquí nace que estando sin trabazón, y componiéndose no de miembros, sino de retazos, pierde la estructura natural; porque semejantes partes desunidas no pueden formar cuerpo. Además de que este modo de decir, aunque claro, es como manchas de que está salpicado el discurso. Y así como le dan cierta gracia á la toga de un senador aquellos nudos de púrpura entretejidos en ella, así no caerían bien si fuesen muchos. Por donde, aunque parezca que resplandecen y resaltan estas sentencias, con todo podemos compararlas, no á la llama, sino á las chispas, que relucen entre el.humo y no se echan dé ver si toda la oración brilla con ellas, como vemos que se ocultan las estrellas con la presencia del sol. Cuando el discurso se remonta por medio de estos pequeños y repetidos esfuerzos, resulta una desigualdad semejante á los lugares quebrados y fragosos, y así ni bien merece la oración la admiración de elevada, ni la alabanza de sencillez y llaneza. Sucede también que el que sólo habla por sentencias ha de decir muchas insulsas, frías é inútiles; porque siendo muy frecuentes, no puede haber elección. Así vernos que se pone en lugar de sentencia la división y el argumento que termina la cláusula: v. gr.: Mataste á tu mujer, siendo adúltero; aun cuando la hubieras repudiado, era delito insufrible. Es división. ¿Quieres saber que hay también veneno de amor? Tendría vida este hombre si no lb hubiera bebido. Aquí hay argumento. Otros hay que aunque, no usan de muchas sentencias, todo lo dicen » en 'tono de sentencia. Otros, por el extremo contrario, huyen de este gustoso adorno del lenguaje, desechando todo lo que no es ha- INSTITUCIONES °RATO RI AS. blar con llaneza y sin esfuerzo, y, temiendo el caer, no se levantan de la tierra. ¿Qué se puede reprender en las sentencias si son, buenas? ¿No s aprovechan á la causa? ¿No mueven al juez? ¿No recomiendan á la persona que hábla? Pero hay cierta especie de sentencias que los antiguos no usaron. ¿Hasta qué antigüedad se extiende esto? Porque si entiende la más remota, hay muchas en Demóste nes que ninguno hasta él usó. ¿Y cómo podemos aprobar el estilo de Cicerón, si fuera el mismo que el de Catón y de los Gracos? Pero antes de estos se hablaba un lenguaje más llano. Yo tengo á las sentencias por los ojos de la elocuencia; pero no quisiera que todo fuera ojos en el cuerpo, para que los demás miembros hagan también su papel. En caso de seguir extremos, más quisiera la aspereza antigua de sentencias que esta nueva licencia ya introducida por algunos novadores. Pero entre los extremos hay un medio, así como hay cierto aseo en el porte y traje que ninguno podrá reprender, sino que lo tendrá por virtud. Lo primero de todo procuremos evitar lo vicioso, no sea que queriendo aventajar á los antiguos', sólo logremos el no imitarlos en lo bueno. Ahora hablaré de los tropos, que, en opinión de los más celebrados autores, son los movimientos del ánimo. Los gramáticos tratan también de ellos; pero yo los he omitido para este lugar, porque me pareció que el ornato de la oración era el punto más esencial y que debía reservarse para la parte más importante. GS  FABIO QIIINTILIÁNO. CAPITULO VI DE LOS TROPOS. Hay dos especies de tropos.--I. Unos sirven para la significación:, Como metáfora, sinécdoque, metonimia, antonomasia, onomatopeya y catacresis.—II. Otros para adorno: como el epíteto, enigma, ironía, perífrasis, hipérbaton é hipérbole. Tropo es la nutación del significado de una palabra á otro, con gracia. Andan en disputa los gramáticos y Tos filósofos sobre sus géneros y especies, cuántos son y cuáles. Dejando aparte semejantes disputas, que de *nada sir zen para instruir al orador, sólo pondremos los necesarios y comúnmente recibidos, y decimos que algunos t v ..opos se usan por razón de la significación y otros por ,dorno. Unos consisten en las palabras propias (4) y otros: n las trasladadas, siendo diversa su forma, no sólo en 'as palabras, sino en el sentido y composición.' Por donde rae parece ir descaminados los que ponen la razón de tropo en el uso de una palabra por otra. No ignoro que aun en los tropos que se , ponen por razón deLsignificado, hay también adorno, aunque no al revés, pues habrá algunos que sólo miren al adorno. 1. Comencemos, pues, por la metáfora, esto es, traslación, que entre todos es el más hermoso y frecuente. E3 (1) Dice en las palabras propias por razón de la h,ipórbole, hipérbaton, perífrasis y enigma, que cuenta entre los tropos:',, aunque mks propiamente deben llamarse figuras: en los cuales no hay ninguna mutación ó traslación de palabras. Por otra parte, la mutación es el constitutivo del tropo. INSTITUCIONES ORATORIAS.  69 tan natural, que lo usan hasta los ignorantes sin advertirlo, y tan gustoso, que da mayor luz á la oración ya por sí clara. La metáfora no será vulgar ni baja ni dura, si se usa con juicio. Contribuye á la afluencia, ya trocando el significado, ya tomando Ie otra cosa la significación de lo que no tiene término propio, y hace que no falten palabras para expresar cualquiera cosa, que es la mayor dificultad. Por la metáfora se traslada una voz de su significado propio á otro donde ó falta el propio, ó el trasladado tiene más fuerza. Esto lo hacemos, ó porque la necesidad nos mueve á ello, ó porque queremos significar más, ó con más decencia, como dije. Y cuando nada de esto tenga la traslación, será impropia. Los del campo dicen por necesidad yema en las vides, porque ¿de qué otra palabra habían de usar? Dicen asimismo que los alinpos están sedientos; que las plantas están enfermas. Por necesidad decimos hombre duro y áspero, para expresar las cuales cocas no hallamos términos propios. Para mayor expresión decimos: encendido en ira; inflamado de la pasión, y deslizado en el error, porque con ningunos términos podríamos explicar la cosa con mayor viveza. Otras expresiones pertenecen al ornato, como: luz de la oración; claro linaje; tempestad del razonamiento; ríos de elocuencia. Así Cicerón llama á Clodio manantial de su gloria, y en otro lugar materia y sementera. La metáfora es en un todo más breve que la semejanza, y se diferencia de ella en que aquélla se compara á la cosa que queremos expresar, ésta se dice por , la misma • cosa. Comparación es cuando digo que un hombre se portó en algún negoció como un león. Traslación cuando digo de un hombre que es un león. Toda la fuerza de ésta parece ser principalmente de cuatro modos. Cuando en las cosas animadas se pone una por otra, como cuando se dice hablando de un cochero: 70  FABIO QUINTILIANO. Con gran fuerza el regente Hizo al caballo dar ligera vuelta. Y como Livio refiere que Catón solía, ladrar á Escipión. (Lib. XXXVII, núm. 54.) Las cosas inanimadas se tornan por otras del mismo género, como: Suelta á la flota la rienda.---(En., VI, y. I.) O las cosas inanimadas por las animadas: A impulso del acero, ó por el hado, Murió el vtilor de griegos.- O al contrario, como cuando Virgilio pone verter por la cima de un peñasco ó monte, como: Semlacio está en la cima de un peñasco (1) Oyendo el pastor simple el gran ruido, E ignora cuál la causa de esto sea.--(En., II, v. 307.) Y de éstas resulta principalmente una extraña sublimidad, que tocando en atrevida, se remonta con peligro de la traslación cuando á las cosas que carecen de sentido . damos una cierta acción y alma, cual es: El Arajes undoso No sufridor de puente.—(En. o VIII, v. 728.) aquella de Cicerón: Porque ¿qué hacía ¡oh Tuberón! aquella tu desenvainada espada en el campo de Farsalia? ¿Al costado de quién se dirigía aquella punta? ¿Cuál era el objeto de tus armas? (Por Lig., núm. 9.) Duplicase alguna vez esta belleza en Virgilio: Y con veneno armar la aguda espada.—(En., IX, 773.) Porque armar con veneno y armar la espada es traslación. Mas así corno el moderado y oportuno uso de este tropo hace clara la oración, así el frecuente no sólo la obscu- (I) Aqui nota Rollin que no iay cosa animada; porque aunque el remolino del polo verter esté. en la cabeza, que es parte animada, él no es animado. INSTITUCIONES ORATORIAS.  74 rece, sino que la hace enteramente fastidiósa, y continuado viene á dar en alegoría y enigmas. Hay también algunas traslaciones de cosas bajas, como aquello de que poco ha dije: Verruga de peñascos. (De Orat., III, 4 53 y 4 64.) Otras hay de cosas sucias. Porque si Cicerón dijo con propiedad sentina de la república, significando una gavilla de hombres corrompidos, no tengo yo por eso de aprobar también aquello de un orador antiguo: Cortaste de raíz las apostemas de la república. Y Cicerón demuestra muy bien que debe tenerse cuenta de que la traslación no sea deforme, cual es llamar á Glaucia estiércol de la curia. Ni explique más de lo justo, ni menos, que es vicio más común; ni sea de cosa desemejante. Ejemplos de lo cual encontrará con demasiada frecuencia el que supiere que los tales son vicios. Pero aunque el excesivo número de las metáforas es también cosa viciosa, particularmente lo es cuando todas son de una misma especie. Hay también traslaciones duras, esto es, sacadas de una remota semejanza, como: Las nieves de la cabeza.—(Hor., lib. IV, od. 13.) Y  Los invernizos Alpes El gran Jo y o escupió con cana nieve. (Hor., lib. II, set. V, v. 4.) Pero es muy craso error pensar, como hacen algunos, que viene bien aun en la prosa aquello que les es permitido á los poetas, los cuales lo enderezan todo á recrear, y á muchísimas cosas se ven también precisados por la misma necesidad del metro. Mas yo no diría perorando, Pastor del pueblo á imitación de Hornero. (Iliad., II, 85, etc.) Ni que las aves nadan por el aire, ni que reman con las plumas, aunque Virgilio haya usado bellísimamente de esta expresión hablando de las avejas y de Dédalo. (Georg., IV, v. 58, Eneida, libro VI, /I 9.) Porque la metáfora, ó debe llenar un hueco, ó si ocupa el lugar de otra palabra debe expresar más que aquella por la que se sustituye. M. FABIO QUINTiLIANO. Lo cual diré casi con alguna más razón de la .sinécdoque. Porque la traslación se inventó para mover las más veces los ánimos y caracterizar las cosas y ponerlas delante de los 'ojos. Esta puede variar la oración de suerte que de una sola cosa. entendamos muchos; la parte por el todo, la especie por el género, los antecedentes por los consiguientes (5 al contrario; en todas las cuales' cosas tienen Irás libertad los poetas que los oradores. Porque así como en la prosa no sonará mal decir la punta del acero por la espada, y el techo por la casa, así disonará el tomar la popa 1 )(.3r la nave, y el abeto por las pequeñas tablas de eseriLie. Y además de esto, así como se tornará el acero por la espada, no así el cuadrúpedo por el caballo. N1z,s en. 1.3. prosa se podrá usar sobre todo la libertad de F u ll er un número por otro. Porque Livio dice así muchas ves e Venció el romano en la batalla cuando da á entender que han vencido los romanos. Y por el contrario Cicerón Bruto: Al pueblo, dice, hemos engañado y hemos sido tenidos par oradores, hablando de sí tan solamente. El cual es un modo de hablar que no sólo adorna las expresiones de un di.:eurso, sino que también tiene cabida en el estilo familiar. No se diferencia mucho de este género la metonimia, que es poner un nombre por otro nombre. Cuya fuerza está en poner . en lugar de aquello que se dice la causa por que se dice. Esta da á entender las cosas inventadas por el inventor de ellas y las contenidas por los continentes, como: Á Ceros de las olas mareada Sac an .— (E%2., 1, i81.) Y Horacio...  la tierra admitido Neptuno las armadas Del Aquilón defiende.—(Ar g . poét., 613.) Lo cual si se hace al revés resulta mayor dureza. Mas va á decir mucho el saber en qué términos pod---1 INSTITUCIONES ORATORIAS. RIÁS.  73 hacer uso del dicho tropo el orador. Pues así como vulgarménte hemos oído decir Vulcano por el fuego, y es elegante expresión: con dudoso Marte se peleó, ásí también vemos poner á Baco 'y Ceres por el vino y por el pan con más libertad de la' que permite la seriedad .del foro, á la manera que el uso admite el contenido por el continente, como ciudades de buenas costumbres, vaso apurado y siglo feliz. Á lo contrario de esto rara vez se atrevería alguno á no ser en verso: Ya el vecino tcalegón se abrasa.—(En., II, 311.) Á, no ser que tal vez se tome más bien la cosa poseída por el poseedor, como decir que es devorado el hombre cuyo patrimonio ha sido consumido. Es frecuente también en los poetas y oradores el mostrar la causa por el efecto. Pues los poetas dicen: La macilenta muerte Con pies iguales buena , Las chozas de los pobres, Y las torres soberbias De los reyes.—(Hor., lib. I, od. 4.) Y  Las enfermedades amarillas, Y la triste vejez allí habitan.—(En., VI. 275.) Y un orador dirá: precipitada ira, alegre juventud, ocio pesado. La antonomasia, que pone álguna cosa en lugar de un nombre propio, es de uno y otro modo muy frecuente en los poetas, ya por medio de un epíteto, porque quitado aquel á quien se junta vale tanto como el nombre, como Tydides por Diomedes hijo de Tydeo, Pelides por Anquises hijo de Peleo, y ya por lo particular que hay en cada uno: El rey del ser humano (1), Y de los dioses padre omnipotente,—(En., I, 69,) • (1) En lugar de Júpiter. 74  FABIO QUINTILIANO. Y por los hechos en que se señala la persona: Que del lecho colgadas Dejó aquel hombre impío (1).—(En., IV, 495.) Aunque los oradores hacen rara vez uso de este tropo, sin embargo alguna vez le usan. Pues aunque no digan Tídides y Pelides, no dudarán poner el asolador de Cartago y t'e : Yurnancia por Escipión, y el príncipe de la elocuencia ro- 9, , c-zna por Cicerón: El mismo Tulio usó ciertamente de esta bertad: No en muchas cosas yerras, dijo aquel anciano maesro al hombre más valeroso, y si yerras puedo corregirte. Porque ninguno de los dos nombres propios está puesto y uno y otro se entienden (24). La onomatopeya, esto es, ficción de un nombre, tenida por los griegos por una de las mayores virtudes, apenas se nos permite á nosotros. Y hay muchísimos nombres inventados á este tenor por los primeros autores de nuestra lengua acomodando ej. sonido de ellos á la naturaleza de lo que pretendían expresar, pues las palabras mugido, silbido y murmullo, de su sonido tuvieron su principio. Después como si todas las cosas hubiesen ya llegado á su total perfección, nada nos atrevemos á inventar nosotros mismos, siendo así que muchas de las palabras que inventaron los antiguos van perdiendo su uso diariamente. Con dificultad nos permitimos las que llaman derivadas, las cuales tienen de cualquier modo su inflexión de las palabras puestas en uso, cuales son: proscripturit, sullaturit. Y la expresión postes laureados en lugar de coronados de lau rel son de la misma invención. Tanto más necesaria es la catacresis, que con razón llamamos abuso, la cual á aquellas cosas que carecen de pro- (1) En lugar de Eneas. (2) Esto es, Quirón, anciano maestro, y Aquiles su valeroso discípulo. INSTITUCIONES ORATORIAS.  7 3 pío nombre les acomoda el que se les acerca. Dé esta manera dice Virgilio: Dando Palas industria á sus engaños, Un caballo construyen.---(En., II, 15.) Y entre los trágicos, et jam leo pariet, aunque la palabra leo significa el león padre. De estas hay mil expresiones, y también puede llamarse vinagrera todo lo que tiene figura de vinagrera, y puede también darse el nombre )de pixides ó de boj á. los pequeños vasos de cualquier materia que sean, y el de parricida al que quita la vida á su madre ó á su hermano. Mas esto ,tropo debo distinguirse de la traslación, porque cuando falta el nombre es catacresis y cuanr do se pone otro nombre es traslación. II. Los demás tropos no se usan ya para mayor expresión ni para dar más fuerza al discurso, sino tan solamente para adornarle. Porque de hecho le adorna el epíteto, que propiamente decimos que se pone por oposición y algunos le ponen por modo de acompañamiento. Los poetas usan de él con más frecuencia y libertad. Porque para ellos basta que convenga á la palabra á quien se junta, y así en ellos no es reprensible el decir: Dientes blancos y húmedos vinos. Para un orador si el epíteto no produce algún efecto, se tiene por superfluo. Y entonces logra efecto cuando sin aquello lo que se dice tiene menos alma, cuales son: ¡Oh maldad abominable! ¡Oh liviandad infame! Mas toda la oración queda adornada, sobre todo con las traslaciones, como ,cuando se dice; Desenfrenada codicia y locas fábricas. Suelo también hacerse el epíteto de otros tropos que se le juntan como en Virgilio: La vergonzosa necesidad y la triste vejez. (En. VI, 276.—Georg., III, 67.) Pero es tal la naturaleza de este adorno que, sin los adjetivos la oración queda desnuda y como desaliñada. Sin embargo no ha de hervir en epítetos. Porque se hace dila • 8  FABIO QUINTILIANO. se cree, sin embargo no debe ser desmesurada; pues por ninguna otra vía se incurre más en la cacocelia ó afectación. Vergüenza causa hacer relación de los muchísimos vicios que de aquí han tenido su principio, con especialidad no teniendo nada de desconocidos ni ocultos. Baste advertir que la hipérbole falta á la verdad, mas no de tal manera, que pretenda engañar con la mentira. Por lo que debe considerarse más hasta qué punto conviene ponderar lo que no se nos cree. Esta ponderación llega muchísimas veces hasta mover la risa; la que si excita, toma el nombre de urbanidad, pero si no de tontería. Está también en uso esta figura aun entre el vulgo y entre los ignorantes y gente campesina, sin duda porque todos desean naturalmente aumentar ó disminuir las cosas y ninguno se contenta con la verdad. Pero se disimula, porque no afirmamos. Entonces es la hipérbole virtud del lenguaje cuando aquella misma cosa de la que se ha de hablar ha traspasado la medida natural. Permítese, pues, el decir más, porque no es posible el decir cuanto ello es, y tiene más gracia la expresión dando á entender más, que quedándose corta. Pero basta de esta figura, porque ya tratamos más copiosamente este mismo lugar en aquel libro en que expusimos las causas de la corrupción de la elocuencia. LIBRO NOVENO. CAPITULO PRIMERO. DE LAS FIGURAS. I. En qué se diferencian las figuras de los tropos.—II. Qu i cosa sea figura.—Las figuras son, ó de sentencias, ó de palabras.— III. Las figuras de sentencias sirven no sólo para probar, sino también para mover los afectos. I. Habiéndose tratado en el libro anterior acerca de los tropos, síguese el lugar qué pertenece á las figuras, que CA griego se llaman schemata; materia 'que por su misma naturaleza tiene conexión con la antecedente. Porque muchos han creído queestas eran tropos; pues ó ya tomasen estos el nombre de que en cierto diodo tienen su forma, ó de que mudan la oración, de donde también se llaman movimientos: será necesario confesar que lo uno y lo otro de ellos se verifica también en las figuras. El uso es también el mismo. Pues añaden fuerza á las cosas y les dan gracia. Y no falta quien da á los tropos el noral-•re de figura. Por lo que es más necesario señalar la, diferencia que hay entre estas dos cosas. Es, pues, el tropo un modo, de hablar trasladado de la natural y primera significación á otra para el adorno de la oración, ó, como los más de les 84  M. FABIO QUINTILIANO. gramáticos le definen, es una dicción trasladada de aquel lugar en que es propia á aquel en que no es propia. La figura, como por el mismo nombre se ve, es una manera de hablar apartada del modo común y más obvio; Por lo que en los tropos se ponen unas palabras por otras. Mas nada de esto acaece en las figuras. Pues la figura puede formarse en las palabras propias y por su orden colocadas. II. Mas es grande la diferencia de opiniones que hay entre los autores sobre la fuerza de su nombre y cuántos son sus géneros y especies. Por lo que en primer lugar ha de considerarse qué es lo que debemos entender por figura, pues de dos modos se explica: por el primero entendemos cualquiera forma del concepto, como sucede en cuerpos, los cuales, cúalquiera que sea su composición, tienen seguramente alguna figura. El segundo, que propiamente se llama esquema, quiere decir una mutación razonable en el sentido'ó en las palabras del modo vulgar y sencillo, como: nosotros nos sentamos, nos recostamos, mirarnos. Y así cuando alguno viene á concluir continuamente ó con demasiada frecuencia en unos mismos osos, tiempos ó números 15 pies, solemos darle por regla que deben variarse las figuras para evitar esta uniformidad. En lo cual nos explicamos de esta manera, como si todo .modo de hablar fuese figurado. Y á más de esto, por la misma figura decimos en latín cursitare que lectitar'e; esto es, que de una misma manera se conjugan. Por lo que, según aquel primero y común modo de entender, ninguna cosa hay que no sea figurada. Pero si se ha.de dar el nombre 'de figura á una cierta orma exterior, ó, por decirlo así, á una aptitud de la oración, será preciso entender en este lugar por esquema ó figura aquello que en verso ó prosa se aparta del modo sencillo y obvio de decir. Y de esta suerte se verificará que hay un modo de decir que carece de figuras, el cual vicio no es de los• menores, y otro figurado. 'Dad. *pues. •  k •. INSTITUCIONES ORATORIAS.  85, por cosa Sentada que figúra no es otra cosa que un nuevo modo de decir Con algún artificio. En dos partes se dividen las figuras, á saber: en figuras de Sentencias y de palabras. Por lo que así como es necesario que toda oración se componga de concepto y de palabras, así también las figuras. Mas como en lo natural es antes el concebir en el entendimiento las cosas que el producirlas„ así debe tratarse antes de las figuras, que pertenecen al entendimien- to; cuya utilidad, ciertamente grande y varia, no hay oración alguna trabajada en que con la mayor claridad no se descubra. Porque, aunque parece que la figura con que se dice cada cosa nada importa para probar, hace no obstante creíbles las cosas que decimos y se introduce poco á poco en . los ánimos de los jueces por dónde no se advierte. Pues así como en el ejercicio de las armas es fácil cosa ver no sólo las asestaduras del contrario y las radas rectas y que no llevan malicia, sino también el evitarlas y repelerlas, pero las que se dan por la espalda, y que son ocultas, son más dificultosas de observar, y la habilidad está en hacer creer que acometemos por un lado, cuando asestamos por otro, así también la oración que carece de este artificio pelea con gravedad, peso y ardor; mas cuando disimula y varía de intentos, se le permite acometer por los lados y por la espalda, evitar el golpe de las armas del contrario, y en cierto modo engañarle con la falsa asestadura. A más de esto, ninguna otra cosa hay más acomodada para mover los afectos (1). Pues si la frente, los ojos y las manos contribuyen no poco al movimiento dé los ánimos, ¿cuánto más contribuirá á que consigamos lo que pretendemos el adornado semblante (1) Rabia de la multitud y variedad de las figuras, particularmente de aquellas que se llaman de sentencias.—CAPERONIE13. 86  FABIO QUINTILIANO. de la misma oración? Sirve, no obstante, muchísimo para la recomendación, ya haciendo amables las costumbres del orador, ya para ganar favor á la causa, ya para disminuir el fastidio con la variedad y ya para indicar algu. nas cosas con más dignidad ó con más seguridad. • INSTITUCIONES ORATORIAS.  87 CAPITULO II. DE LAS FIGURAS DE SENTENCIAS. I Qué figuras sirven para probar. Interrogación. Prolepsis. Duda. Comunicación. Suspensión. Concesión.—II. Qué figuras hay acomodadas para excitar los afectos. La exclamación. Licencia. Prosopopeya. Apóstrofe. Hipotiposis. Ironía. Aposiopesis. Etopeya. Disimulo del artificio. Énfasis.—III. Explica qué cosa sea esquema (de donde las controversias se llaman figuradas), la cual se usa por tres razones. 1. a Cuando es arriesgado el decir abiertamente lo que queremos. 2. a Cuando no conviene. 3. a Por solo adorno. I. Comencemos por aquellas figuras con las cuales la prueba se hace más fuerte y convincente; cosa sencilla es el preguntar de esta manera: Pero decidme, en fin, por vuestra vida, ¿Quién sois?  qué venís? ¿de qué regiones Salisteis?—(En. 1, 373.) Mas hay figura siempre, y cuando la pregunta no se hace precisamente por averiguar, sino para dar más fuerza á lo que se dice. Porque ¿qué hacia ¡oh Tuberón! aquella tu espada desenvainada en el campo de Farsalia? (Pro Lig., número 9.) Y ¿Hasta cuándo has de abusar ¡oh Catilina! de _nuestro sufrimiento? Y ¿No ves que tus designios están ya á todos patentes? Y finalmente todo este lugar. (Cat., I, mimero 4.) Porque ¿cuánto , más fuego tienen estas preguntas que si se dijese: Ya hace tiempo que abusas de nuestra paciencia, y están patentes tus intentos? Preguntamos también 88  M. FABIO QUINTILIANO. por otros motivos, como por aborrecimiento, al modo que Medea en Séneca: ¿A qué tierras me mandas me encamine?—(v. 453.) • O por compasión, como Sinón en Virgilio: ¿Qué tierra, ¡ay triste! habrá que ya me pueda En su seno admitir? ¿Qué mares pueden Servirme de refugio?--(En.,  69.) Esta figura admite mucha variedad, porque sirve para la indignación: ¿Y no habrá quien de Juno La deidad reverencie?—(En., 52.) Y para la admiración: ¡Oh hambre del dinero, Sacrílega y maldita, A los mortales pechos ¿A. qué males no incitas? A veces sirve para mandar de un modo más imperioso: ¿No haré que al punto se armen escuadrones? ¿No vendrá en pos de mi todo mi pueblo? Alguna figura hay también en la respuesta, cuándo al que pregunta una cosa se le responde á otra, porque hace más al caso: unas veces para agravar el delito, como preguntado el testigo si el reo le había dado de palos, respondió.: y estando inocente. Otras veces para evitarle, lo cual es muy frecuente. Pregunto si has quitado la, vida á un hombre, y se responde: á un ladrón. Si te has apoderado de la heredad, responde: de la mia. Mas no es desagradable la alternativa de 'preguntarse y responderse uno á sí mismo, como cuando' dice '.Cicerón en defensa. de Ligarlo: Mas' ¿en presenciade quién digo yo esto? Ciertamente ante aqizel• que sabiendo esto Me restituyó y -obstante á la república antes de verme. De btra suerte esta INSTITUCIONES ORATORIAS.  89 dispuesta la interrogación en la oración do Cicerón en defensa de Celió: Dirá alguno: ¿Esta, pues, es la enseñanza que das? ¿De esta manera enseñas tú á los jóvenes? y todo este lugar. Después dice: Yo, ¡oh jueces! si alguno ha habido de esta fortaleza de ánimo, de , esta natural disposición para la virtud y para la moderación, etc. Cosa distinta de esta es cuando-, después de haber preguntado, inmediatamente se responde sin esperar respuesta del otro: ¿Te faltaba casa? Pero la tenías. ¿Te sobraba el dinero? Pero estabas necesitado. La cual figura llaman algunos sujeción. Pero en las causas sirve de mucho la ocupación, que llaman prolepsis, cuando nos adelantamos á hacer la objeción que podían hacernos. Esta figura cae bien en las otras partes de la oración, y en particular en el exordio. La duda da á la oración alguna probabilidad cuando fingimos que no sabemos por dónde comenzar, ni por dónde acabar, ni qué cosa diremos ó callaremos; de lo que hay ejemplos á millares, pero entre tanto basta uno solo: A la verdad, por lo que á mi toca, no sé adónde volverme. ¿Diré que no fué una infamia de un tribunal sobornado, etc. (Cic. Pro Cluent., núm. 4.) De la cual figura no dista mucho la que llaman comunicación, cuando consultarnos á los contrarios mismos, corno cuando Domicio Afro dice en defensa de Cloantila: • Pero ella. temerosa, ignora qué es lo que se le permite á una mujer soltera y qué á una mujer casada; tal vez la casualidad hizo que os encontraseis con esta infeliz mujer en aquella soledad. Tú, hermano, y vosotros, amigos de su padre, ¿qué consejo es el que le dais? O cuando en cierto modo deliberamos con los jueces, lo que sucede muy á menudo, como: ¿Qué aconsejáis? Y á vosotros pregunto: ¿Qué convino hace?' por último? Como cuando dice Catón: Decidme, ¿si vosotros os hubieseis hallado en aquel lugar, qué otra cosa hubierais hecho? Y en otra parte: Haceos cuenta que se trata un asunto común y que vosotros sois los principales que le manejáis.- 90  M. FABIO QUINTILIANO. Pero cuando usamos de la comunicación, añadimos al fin alguna vez alguna cosa no esperada, lo cual por si es figura, como cuando Cicerón dice contra Verres: ¿Qué más? ¿Qué juicio es el que hacéis? ¿Pensáis acaso que fué algún hur- to ó algún robo? (Verr., VII, núm. 4 0.) Después, habiendo tenido por largo rato suspensos los ánimos de los jueces, añadió á lo último lo que era mucho peor. A esto lo llama Celso sustentación. Y es de dos ma ler s; porque, por el contrario, sucede frecuentemente que después que hemos hecho concebir esperanza de cosas muy graves, descendemos á una cosa leve ó que de ningún modo agrava el delito. Pero, por cuanto no tan solamente suelen hacerse por comunicación, otros la dieron el nombre de paradojas, esto es, admirable ó impensada. Casi del mismo principio dimana la figura que llaman concesión que la comunicación, cuandu dejamos á la consideración de los jueces algunas cosas, y otras alguna vez también á los contrarios. II. Mas las figuras, que son acómodadas para aumentar los afectos, se componen principalmente de lá ficción. Porque fingimos que nos enojarnos, que nos alegramos, que tememos, que nos admiramos, que sentimos, que nos indignamos, que deseamos y otras cosas semejantes á á éstas. De aquí tienen su principio aquellas expresiones. Ya he quedado libre de cuidado: He vuelto en mí. (Cic. Pro Mil., núm. !m.7.) Y bien va; y estas: ¿qué locura es esta? (Pro Mur., 4 •.) Y ¡oh tiempos! ¡oh costumbres! (Cat., I, 2.) Y, ¡Desdichado de mí! pues consumidas las lágrimas, persevera el dolor, no obstante, clavado en el corazón. (Fil., II, 64.) Lo que algunos llaman exclamación, y la ponen entre las figuras de la oración. Siempre que estas expresiones son verdaderas, no son figuradas en el > sentido de que ahora hablamos; pero siendo fingidas y compuestas con arte, deben, sin duda alguna, ser tenidas por figuras. Lo mismo debe decirse de la oración libre que .Cornifi- iNSTITUCIONES ORATORIAS.  91 cío llama licencia y los griegos parresia. Porque ¿qué cosa menos figurada que la verdadera libertad? Pero bajo esta apariencia se oculta frecuentemente la adulación. Pues cuando Cicerón dice en defensa de Ligario: Comenzada la guerra ¡oh César! y aun hecha ya en gran parte, sin que ninguna fuerza me obligase, me fui por mi parecer y voluntad á aquel partido que había tomado las armas contra ti, no sólo mira al"provecho de Ligario, sino que no puede alabar más la clemencia del vencedor. Pero en aquel concepto: Mas ¿qué otra cosa pretendimos ¡oh Tuberán! sino el poder nosotros lo que este puede? pone admirablemente en buen estado la causa de uno y otro partido; y con esto se gana el favor del César, cuya causa había estado de mala calidad. Aún son más atrevidas, y como dice Cicerón, de más alma las ficciones de las personas, que se llaman prosopopeyas. Porque no sólo varían la oración primorosamente, sino que también la avivan. Con estas sacarnos á plaza los pensamientos aun de los contrarios, como conversando entre sí; lo cual, no obstante, no se hace tan increíble, si fingimos que han hablado, lo que no es una cosa absurda el que les haya pasado por la imaginación. E introducimos nuestras pláticas con otros y las de otros entre sí con verosimilitud; y persuadiendo, reprendiendo, dando quejas, alabando y compadeciéndonos, proponemos como conviene las personas. Y aun se permite en esta especie de figura introducir los dioses y dar vida á los muertos. Las ciudades y los pueblos se introducen también hablando. Pero en aquellas cosas que la naturaleza no permite, se hace más suave la figura de esta manera: Puesto que si mi patria, á quien amo yo más que á mi propia , vida; si toda la Italia, y si toda la república se explicasen conmigo en estos términos: Marco Tulio , ¿qué es lo qué haces? (Cic. Cat., núm. 48 k ) Más atrevido es aquel otro modo: La cual trata contigo de esta suerte; y sin hablarte nada, en cierto modo te dice: Ninguna maldad se ha hecho ya hace algunos años de M. FABIO QUINTILIANO. 9 8 tienda ó ya no se entienda la figura. Pero se puede en esto guardar un medio. Sobre todo se debe cuidar de que las figuras no sean manifiestas. Y no lo serán si se compusieren de palabras dudosas y que hagan un sentido en cierto modo ambiguo, como son las que se dicen de la nuera sospechosa. Me he casado con la que agradó á mi padre. Las mismas cosas han de mover al juez á que adivine lo que le queremos dar á entender, y para que solo esto quede hemos de desechar todo lo demás; para lo que son también muy del caso los afectos, el modo de decir interrumpido con el silencio y con las detenciones. Porque de esta suerte sucederá que el juez se echará á adivinar aquel no • qué que él mismo tal vez no creería si lo oyese, y lo creer:-'i. porque piensa que él es quien lo ha acertado. Pero aun. cuando estas íiguras sean muy buenas no deben ser frecuentes. Porque las figuras si se usan muy á me-, mido se manifiestan por su misma multitud, y además de no desagradar menos, tienen menos autoridad. Y no parece pudrir sino desconfianza el no echar una cosa en cara claramente.. En suma, de esta suerte con especialidad cree el juez á las figuras si hace juicio de que nosotros lo decimos s;i1 querer. Á. la verdad alguna vez vine á dar con ta- 1ns personas y también con un asunto tal (lo que más rara vez sucede) que no se podía desempeñar sino por este medio. Defendía yo á una reo que se decía había contrahecho el testamento de su marido, y añadían que los here deros la habían entregado una escritura al espirar su marido por la que la cedían los bienes del difunto, y era verdad. Pues como no pudiese por las leyes ser nombrada la mujer por heredera, hicieron esto, á fin de que la tocasen ú viniesen .á ella los bienes por medio de este : tácito fideicomiso. Y esto era ciertamente fácil de entender si y . lo dijese claramente, pero en este caso perecía la herencia. Así que tuve que disponerlo de manera que los jueces entendiesen aquello como hecho, .y los delatores no pu- INSTITUCIONES ORATO RIAS.  99 diesen conocer cómo lo había dicho, y se verificaron ambas cosas. Lo cual no hubiera yo insertado aquí por no ser notado de jactancia, á no haber querido hacer ver que estas figuras tienen también lugar en el foro. Con las figuras deben rebozarse algunas cosas que no se pueden probar. Porque alguna vez sucede que está clavida esta oculta saeta, y por lo mismo que no se manifiesta, no se puede sacar. Pero si se dice lo mismo claramente, se defienden, y es necesario probarlo. 2.° Mas cuando nos impide el respeto de la personá (que es el segundo género que hemos establecido), debernos hablar con tanta más cautela, cuanto es mayor la fuerza con que á los buenos les estorba la vergüenza que el temor. Y en este caso creerá el juez que ocultamos lo que sabemos, y reprimimos las palabras que en fuerza de la verdad se nos escapan. ¿Pues con cuánto menos odio mirarán esta desvergüenza en hablar mal aquellos mismos contra quienes peroramos, ó los jueces ó los que se hallan presentes si llegan á creer que nosotros lo repugnamos? ¿Ó de qué sirve el modo eón que se ha de hablar cuando el asunto y la intención del que habla se comprenden? Semejantes son á estas las figuras celebradas entre los griegos, por medio de las cuales dan á entender con más .suavidad las cosas desagradables. Así que es opinión que Tomístocles aconsejó á los Atenienses que dejasen en poder de los dioses la ciudad (4), porque era cosa dura decir que la desamparasen. Y el que quería se emplease el oro de las estatuas de la victoria en beneficio de la guerra, evitó la aspereza de la expresión con decir que era necesario aprovecharse de las victorias. Semejante es á la alegoría todo aquello que suena en las palabras una éosa y queremos que se entienda otra distinta. (1) Valerio Máximo  1, De neglecta religione. 4 00  FABIO QU'INTIMAN°. También está en disputa de qué manera es necesario responder contra las figuras. Algunos han sido de opinión de que se deben siempre descifrar'por la parte contraria á la manera que se abre una llaga para descubrir los males ocultos. Y esto debe en verdad hacerse con la mayor frecuencia, porque de otra suerte no se pueden deshacer las objeciones, con especialidad cuando la cuestión se funda en aquello á lo que las figuras se dirigen. Mas cuando solamente son injurias, el no hacer caso algunas veces es nrueba ée conciencia buena. Y también cuando las, figuras fueren tan frecuentes que no se puedan ocultar, debe pedit . -se si se tiene confianza que los contrarios objeten clanunente lo que quisieron dar á entender con aquel modo je) decir figurado, ó á lo menos no pretendan que los jueces no solamente entiendan, sino que también den crédito : ! .o que ellos mismos no se atreven á decir. I' El tercer género es en el que sólo se pretende dar más gracia al discurso. Y por lo tanto juzga Cicerón que no Iialra al punto cardinal de la .controversia. Tal es aquella expresión que él mismo usa contra Clodio: Con cuyos arbi-, tríos éste que tenía conocimiento de todos los sacrificios, creía poder po2- sí aplacar á los dioses fácilmente (I). Pro domo sua. Género de decir es de muchísimo menos considéración i - sir). embargo de que se halla en Cicerón contra Clodio: Con especialidad á la que todos tuvieron más bien por amiga de • todos que por enemiga de alguno. (Pro Ccelio, 39.) (1) Dice esto Cicerón, porque Clodio habla asistido al sacrificio de la Buena Diosa, lo que no era permitido á los hombres. Por cuya razón finge con chiste que estaba instruido de lo que pasaba en todos los sacrificios. INSTITUCIONES ORATORIAS.  4 di CAPITULO III. DE LAS FIGURAS DE PALABRAS. . Dos especies de estas figuras, una gramatical. Alabanza de semejantes figuras. Se alegan algunos ejemplos.--II. Otra retórica, la cual se hace: 1.°, por aumento, duplicación, anáfora, epístrofe, simplote, repetición, la cual es de muchas maneras. Epanalepsis, epanodos, poliptoton, anadiplosis, sinonimia, ex_ polición, polisíndeton y gradación; 2,°, por diminución, sinécdoque ó elipsis, asíndeton, sinezeugmenon ó adyuncióri; 3. 0 , ó por semejanza, paranomasia, antanaclasis. Ó por igualdad, parison, omoyoteleuton, omoyoptoton, isocolon. Ó por los contrarios, antíteton.—III. ¿De qué manera se ha de usar de las figuras? I. Las figuras de palabras no sólo son siempre varias, sino que se van mudando de cualquier manera que el uso prevalece. Y así si hacemos un cotejo del antiguo lenguaje con el nuestro, casi todo lo que hablamos es ya figura, corno decir: huic rei invidere, no corno todos los antiguos y principalmente Cicerón, han rem; y incumbere illi, no in illum; y plenum vino, no vini; y decimos ya huic, no huno adular', y otras mil cosas. Y ojalá que otros peores modos de hablar no prevaleciesen. Pero las figuras de palabra son de dos especies: á la una llaman modo de hablar, y la otra es muy acomodada para la colocación. Aunque una y otra convienen á la oración, puede no obstante la primera llamarse gramatical, y la otra retórica. La primera resulta de las especies mismas de donde tienen los vicios del lenguaje su principio. Porque toda figura sería vicio si fuese casual y no buscada con estudio. f 102  FABIO QUINTILIANO. Pero por lo común se defiende por la autoridad, antigüedad, costumbre y muchas veces también por cierta razón; por tanto, apartándose del modo de hablar sencillo y y claro, es virtud si contiene alguna cosa probable que seguir. No obstante, en sola una cosa es útil sobre todo, y es que disminuye el fastidio que causa el modo de hablar diario y que se forma siempre de un mismo modo, y nos aparta del estilo vulgar de hablar. La cual si alguno usare con moderación y cuando el caso lo pida, será más gustola oración por estar como aderezada con cierta salsa; rLas el que usare de ella con demasiada afectación, per- , _, , rá aquella misma gracia de variedad. Sin embargo de de hay algunas figuras recibidas que casi ya este mismo nombre han perdido, las cuales, aunque fueren más frel'entes, ofenderán menos los oídos acostumbrados ya á c•llas. Pues las escogidas y las que están fuera del vulgar estilo y por lo tanto son más excelentes, así como por su novedad excitan la atención, así fastidian con el mucho número, y ellas mismas muestran que no le han ocurrido de pronto al que está hablando, sino que por todos lados han sido buscadas, sacadas y recogidas de todos los escondrijos. A si que las figuras se forman en los nombres por lo respectivo al género, porque Virgilio dice: oculis capti tal - pa?. I, v. 183.) y timidi damae. (Eclog., VIII, v. 28.); pero es la razón porque uno y otro sexo se dan á entender con el uno de los dos. Porque cosa cierta es que tan masculinos son talpa y dama como femeninos. Y en los verbos, como fabricatus est gladium, y inimicus punitus est. Lo cual es menos de admirar, porque es de la naturaleza de los verbos expresar muchas veces de ,un modo que denota pasión lo que nosotros hacernos, como arbitror, suspicor; v por el contrario, de un modo que da á entender acción lo que nosotros padecemos, como vapulo; y por lo tanto es frecuente la variedad y los más se explican de uno y otro /NSTIVO I CIONES ORATORIAS.  4 UU modo: Luxuriatur, luxitriat: fluctuatur, fluctuar: assentior, assentio:` revertor, reverto. Hay también figura en el número, ó cuando un plural se pone después de un singular, como: Gladio púgnacissima gens romani. Porque una nación se compone de muchos; ó al contrario, como: Quoi non risere parentes (1), Neo deus huno mensa, dea nec dignata cubil est. (Eclog., IV, v. 62.) Porque entre aquellos que no le halagaron, no admitió el dios á éste á su mesa ni la diosa á su lecho. Y por mutación de partes, como Persio en la sátira 10, del lib. 1. Y este Nuestro vivir triste vela. usando del infinitivo en lugar del nombre, porque quiere que por nuestro vivir se entienda nuestra vida. Usamos también del verbo en lugar del participio, como: Magnum dat ferre talentum.—(En., V 3 248.) En lugar de ferendum. Y del participio en lugar del verbo como volo datum. Estas figuras y las que les son semejantes, que se cometieren por mutación, aumento, diminución y orden, no sólo llaman la atención del que oye, sino que después que está movido por alguna notable figura, no le permiten que se entibie y tienen una cierta gracia por aquella semejanza que tienen con el vicio del lenguaje, á la manera que en las viandas algunas veces el agrio suele ser gustoso. La (1) Es mucho lo que los gramáticos se atormentan en este lugar; porque muchos juzgan que en lugar de quoi, ó qui, debe leerse cui en dativo del singular; mas Quintiliano lo entiende como nominativo del plural, é inmediatamente añade huno en. lugar de hos.—TuRN. (Véase la nota que sobre este lugar trae el P. Carlos nue() en la interpretación del. Virg. (Eciog., IV, v. 6'.1.)  Q 1  M. FABIO QUINTILIANO. que se verificará si no fueren de un número excesivo ni' de una misma especie ó juntas ó frecuentes, porque así como no causan fastidio cuando se ponen con variedad,. así tampoco le causan cuando son raras las que se ponen. H. Aquel género de figuras es más nervioso que noconsiste precisamente en el modo de hablar, sino que da no sólo gracia, sino también fuerza á los conceptos. .° De los cuales sea el primero el que se hace por adición. Hay muchos géneros; porque las palabras se duplican, 6 para amplificar, como: Quité, quité la vida, no 'd Melio (Pro Mil., núm. 72.); porque lo uno indica el lecho y lo otro lo afirma, ó para compadecerse, como: Corydón, Corydón!----(Edog., I, 69.) Esia misma figura se convierte alguna vez en ironía para di q ninuir. Tal es la repetición de semejante duplicación después de alguna. interjección, pero aun algo más vehemente: Los bienes ¿ay de mi! (porque apuradas las lágrimas, está el dolor, sin embargo, atravesado en el corazón), los bieues, ar!'t.0 á decir, de Cneo Pompeyo sujetos á la voz cruelísima de un pregonero. (Fil., II, núm. 64.) Vives,. y vives no • para deponer, sino para confirmar tu atrevimiento. (CatiW  no.,  m'un. •.) Y muchas comienzan con vehemencia é instancia por unas mismas palabras (I): ¿Ningún cuidado te ha dado ni la tropa que está de guardia por la noche en el monte Palatino, ni las centinelas de la ciudad, ni el temor del pueblo, ni el concurso de todos los hombres de bien, ni este lugar, el más fuerte, en donde se tienen las juntas del Senado, ni la vista. y semblantes de los presentes? (Cat., núm. 4.) Y acaban con las mismas (2). ¿Quién los pidió? Apio. ¿Quitrn los publicó? Apio. (Pro Mil., 59.) Aunque este ejemplo perte- *1 Esta es la repetición ó anáfora. (.z) Epístrofe. • INSTITUCIONES ORATORIAS.  405 nece también á otra figura, cuyos principios y fines son entre sí los mismos: ¿Quién? y ¿Quién? Apio y Apio (1). Cual es lo que Cicerón dice en el lib. IV de su Retór., núm. 20: ¿Quiénes son los que frecuentemente quebrantaron la alianza? Los cartagineses. ¿Quiénes son los que en la Italia hicieron una cruel guerra? Los cartagineses. ¿Quiénes son los que han des fifigurado la Italia? Los cartagineses. ¿ Quiénes son los que piden se les perdone? Los cartagineses. También en las contrapuestas ó comparativas suele corresponder una mutua repetición de las primeras palabras (2): Tú velas por la noche, para dar la respuesta á los que te consultan; él, para llegar á tiempo con el ejército adonde intenta. A tí te pone en movimiento el canto de los gallos; á él el sonido de las trompetas. Tú entablas un pleito; él pone• en orden de batalla el escuadrón. Tú cuidas de que los que van á consultarte no sean engañados; él de que las ciudades ni el campamento sean tomados. (Pro Mur., 22.) Pero no se contentó el orador con esta gracia, sino que mudó al contrario la misma figura, diciendo: Él sabe y entiende cómo se han de rechazar las tropas enemigas; tú cómo se han de evitar las aguas que caen del cielo. Él se halla ejercitado en defender los términos; tú en gobernarlos. Las palabras que ocupan el medio pueden corresponder también, ó á las primeras, como: Te nemus Angitiae; vitrea te Fucinus unda, (En., VII, - v. 759.) O á las últimas, como: Esta nave cargada del saqueo de Sicilia, siendo también ella misma parte del pillaje, etc. (Yerres, VII, 43.) Y ninguno ha dudado que lo mismo puede hacerse repitiendo por una y otra parte las palabras del medio. Corresponden también las últimas á las primeras, como: (1) Simploco. (2) Repetición, la cual se hace de muchas maneras. 4 06  FABIO QUINTILIANO. Muchos y graves tormentos se han inventado para los padres, y para los parientes muchos. (Verr., XVII, 118) (1). También es especie de repetición aquella que repite lo que una vez ha propuesto, y lo divide, y. ,gr.: Llevé á, Pellas y á Ifito i Mi lado: De los cuales, Ifito Estaba ya pesado por los ailos; Pelias entumecido Por la herida fatal del duro Ulises.—(En., II, v. 435.) la epanodos, así llamada en griego, dan los - latinos el .1toinbre de regressio (2). En ella se toman unas mismas pa- 7.-113ra.s no solamente en un mismo sentido, sino también r el contiurio, y . gr.: La dignidad de los caudillos éra casi auc,d: no era tal vez igual la de aquellos que los seguían. (Cic. 1-ro Lig., núm. 49.) A veces se varia esta repetición por casos y por géneros (3); y . gr.: Magn,?_is est labor dicendi, magna res est! Pater tuu,s1 patrem, huno appellas? patris tu hujus filius es? De este modo se hace por casos la figura que llaman poliptoton. La última palabra de la sentencia que antecede y la primera. de la que sigue son frecuentemente una misma (4): De la cual figura usan los poetas con más frecuencia: y. gr.: (1) Esta es la figura llamada epandepsis, que consiste en la repetición que se hace en el principio del concepto que precede, y en el fin del que se sigue, como cuando dice Cicerón en defensa de Marcelo (núm. 17): Vidimus tuan victoriam`prcelioruin exitu terminatam: gladium vagina vacuum in urbe non vidimue. (2) La epanodos consiste propiamente en repetir unas mismas cosas invirtiendo el orden de las palabras, como cuando dice Cicerón (Pro L. Manil., núm. 67): ¿ Qué ciudad pensáis ha estado en paz con ellos que fuese rica? ¿ó qué ciudad rica, que estuviese en paz con los mismos? Y Patérculo en el lib. II, c. 117, dice de Varo, gobernador de Siria: El cual gobierno dejó rico habiendo entrado en él pobre, y le dejó pobre habiendo entrado rico. (3) Esta es la figura llamada poliptoton. (4) Anadiplosis,,6 conduplicación. INSTITUCIONES ORATORIAS.  407 Haréis vosotras, musas, Los versos más magnificos á Galo; A Galo, cuyo amor tanto en mi crece, Por horas, etq.—(Eclog., X, v. 72.) Pero no pocas veces la usan los oradores; v. gr.: Este no obstante vive. ¿Vive digo? Antes bien vino al Senado. (Cje. in Catilina.,  2.) Júntanse también palabras quo significan una misma cosa (1); v. gr.: Lo cual siendo así, prosigue ¡oh Catilinal lo comenzado: sal alguna vez de la ciudad. Abiertas tienes las puertas; marcha. (Cat., I, 10.) Y contra el mismo en otra parte: Marchó, salió, se abrió paso, se escapó. (in Cat., II, número 1.) Y no sólo se amontonan las palabras, sino también los conceptos, que vienen á ser unos mismos (2); v. gr.: La ofuscación del entendimiento y ciertas tinieblas originadas de los delitos, y las encendidas hachas de las furias le han excitado á éste. (Cic. Pro Mil.) También se juntan las que significan unas mismas cosas y diversas; s r . gr.: Pregunto á mis enemigos si se ha hecho pesquisa de esto; si se ha averiguado, descubierto, quitado, destruido, aniquilado por mí. (Cat., II) Este ejemplo forma también otra figura (3), la cual, por carecer de conjunciones, se llama disolución, y es muy del caso cuando hacemos mayor instancia, pues se inculcan las cosas de una en una y se hacen corno muchas. Y, por lo tanto, hacemos uso de esta figura no sólo en cada una de las palabras, sino también en las sentencias, como Cicerón dice contra la junta de Metelo: Mandé llamar, asegurar y presentar al Senado á los que eran acusados; en el (1) Cuando se juntan muchas palabras que significan una misma cosa se llama sinonimia. (2) Esta es la expolición. (Véase á Cicerón pro Lig., número 9, y pro Mil., núm. 10.) Puede contarse esta figura entre las de sentencias. (8) La asindeton. 4 4 4  111. FABIO QU'INTIMAN°. estupidez por falta de acción y movimiento, así también se ha de contener con más frecuencia en aquel aspecto que le dió naturaleza. Mas sobre todo se debe tener presente para perorar qué es lo que requiere el lugar, el tiempo y la persona. Porque la mayor parte de estas figuras sirven para deleitar. Mas cuando hay que pelear con las armas de la atrocidad, del odio y de la compasión, ¿quién sufrirá á uno que se irrita que llora y que suplica con contraposiciones y con palabras que terminan de una misma manera y son en todo ,eillejantes? ¿Y más cuando en estos casos el cuidado de las ,)`labras desacredita á los afectos, y siempre que se btenta el artificio se juzga que se falta á la verdad? INSTITUCIONES ORATORIAS.  415 CAPITULO IV. DE LA COMPOSICIÓN. I. Por qué escribe acerca de la composición después de Tulio.-- Refuta la opinión de los que están empeñados en que la oración desaliñada es más natural y varonil.—Sirve la composición para la delectación y para la moción de los afectos.—También tuvieron cuenta con ella los antiguos. —II. De dos maneras es la oración, la una atada y la otra suelta.—En la composición se atiende al orden, juntura ó conexión y número.—III. Del orden en cada una de las palabras y contextura de ellas.— IV. De la unión.—Esta se halla en los incisos, miembros y períodos. Primeramente de la unión en las palabras, y después de los incisos y algunas cosas acerca de los miembros.— V. Del número oratorio. 1.° En qué se diferencia del poético. —División de éste.-2.° Se hace elección de palabras para la composición.—Razón de los pies más dificultosa en la prosa que en el verso.--3.° El oratorio resalta en el fin y en el principio: también sirve en el medio.-4.° No haya verso alguno en la prosa.-5.° De los pies y de su estructura.-6:° De qué manera se ha de procurar que la composición sea numerosa.- 7.° De qué especie de composición, y en qué lugar se ha do usar; y en este mismo lugar trata de los incisos, miembros y períodos. 1. A la verdad no me atrevería á escribir acerca de ln composición después de Marco Tulio (quien no sé si trabajó más parte alguna de esta materia), á no haberse atrevido los hombres de su mismo tiempo á reprenderle aun por escrito este modo de colocar las palabras (1), y á no (1) Calvo en una carta que escribió á Cicerón le llamó lánguido y sin nervio: Bruto dijo de su estilo que no tenía vigor ni 31. FANO QUINTILIANO. 4 haber dejado escrito muchas cosas pertenecientes á esto. mismo. Y así en lo más me conformaré con Cicerón, y me detendré menos en aquellas cosas en que no hay que dudar: en algunas quizá me apartaré algún tanto. Porque aun cuando mostrare el juicio que yo hago, dejaré no obstante libre á los lectores el suyo. hay que qu ignoro ign no algunos que excluyen todo el cui- Y dado de la composición, y están muy empeñados eh del'efidem: que aquel lenguaje aspero y que carece de estudio, ienc unas veces más de natural, y otras también más de valonil. Los cuales si no llaman natural sino á aquello que tuvo su primer principio de la naturaleza, y - cual era :res de llegar á su perfección, toda esta arte de perorar .;1 destruiría. Porque ni los primeros hombres hablaron esta regla y cuidado, ni supieron conciliarse la atención con los exordios, ni enseñar con la narración, ni probar con las razones, ni mover con los afectos. Pues de i'das estas cosas carecieron, no de sola la composición.; de todo lo cual si es cierto que ninguna cosa les era permi- :ido mejorar, tampoco les fué cosa precisa trocar las chozas por las casas, Ó las zamarras por los vestidos, ó los montes y selvas por las ciudades. ¿Qué arte, pues, lo fué ya desde su principio? ¿Qué cosa no adquiere perfección con el ejercicio? ¿Por qué razón amugronamos las vides? ,t)or qué las cavamos? ¿Y por qué escardamos las tierras? Pues la tierra todo lo cría. ¿No amansamos los animales? Pues ellos nacen indómitos. Digamos, pues, que aquello es sobre todo más natural que la naturaleza permite que se haga con la mayor perfección. ¿Mas de qué modo puede la composición tener más fuerza que teniendo unión y buena colocación? Pues si los fuerza, y así era uno de los que desaprobaban el modo de pensar de Cicerón en orden á la composición.—TuRN. Los que escribieron también sobre esta materia fueron Cornificio, Estertinio, Galión, Celso, Lenate, Plinio y Rutilio. , INSTITUCIONES OltATORfAS.  '4 47 cortos pies, como los sotadeos, galiambos (4), y al unos otros que con casi igual libertad se oponen á la majestad de la oración quitan la fuerza á las cosas; ¿no debe esto atribuirse á vicio de la composición? Por lo demás, cuanto más impetuosa es lá corriente de los ríos por una madre inclinada, y que ninguna detención ofrece, que la de las aguas que se quebrantan y van como violentas por entre los peñascos que les impiden su corriente, tanto mejor es la oración que tiene unión y que circula con todas sus fuerzas, que la que es escabrosa é interrumpida. ¿Por qué razón, pues, se ha de juzgar que con la hermosura se le quita el nervio á la oración, siendo así que ninguna cosa hay que sin el arte tenga alma, y que del arte es siempre inseparable compañera la hermosura? ¿Pues por ventura no vemos ir primorosísimamente dirigida la lanza que despidió con toda arte? ¿Y cómo cuanto más acierto tiene la mano de los que tiran las saetas con el arco, tanto más agraciado es el hábito que adquieren? Pues en el ejercicio de las armas y en toda lucha, ¿qué golpes son los que evita ó da con el debido acierto aquel que en los movimientos no observa regla alguna, • y ni una cierta medida de los pies? Por lo que la composición en las sentencias hace, según mi juicio, lo que la correa en la lanza y el nervio en el arco, que se disparan con mayor vehemencia. Así es que todo hombre por muy erudito que sea, está persuadido de que ella sirve muchísimo, no sólo para deleitar, sino también para mover los ánimos. Lo primero, porque ninguna cosa puede llegar al corazón cuando inmediatamente ofende al oído, que es como la primera en- (1) Sotadeos llaman á aquellos versos que unas veces son yámbicos, otras trocaicos, otras dactilicos, otras anapésticos; y se leen también al. revés y forman otra especie de verso.—TuBs. Los galiambos son los versos trocaicos de que usa Terencio: algunos leen poliambos, los cuales son los versos yámbicos, que se leen también hacia atrás. 4 4 8  FABIO QIIINTILIANO. tracia; y lo segundo, porque naturalmente somos inclinados á la música. Porque de otra manera no sucedería que las voces de los instrumentos músicos, aun sin hablar pa- " labra, excitasen no obstante en quien los oye, ya unos ya otros movimientos. En los sagrados fuegos no de una misma manera se ponen en movimiento y le serenan los ánimos, y diferentes tonos usan cuando han de tocar á la arma que cuando han de suplicar teniendo doblada la rodilla, y no es el mismo el toque de las trompetas cuando marcha el ejército á batalla que cuando tocan á la retirada. Fué costumbre de los Pitagóricos excitar sus ánimos al son de la lira después de haber despertado, á fin de estar más animosos para trabajar; y para conciliar el sueño solían del mismo modo serenar antes las potencias ál son de la misma lira para poner en tono los alborotados pensamientos del alma. Pues si la música y los compases de ella tienen una cierta oculta fuerza por la composición, la que la oración tiene es vehementísima; y cuanto va á decir el expresar un mismo pensamiento con estas ó aquellas palabras, otro tanto hace al caso con qué composición se han de unir unas palabras mismas en el discurso del período, ó con cuáles se ha de concluir. Porque sola esta virtud hace recomendables á algunas palabras que encierran pocos conceptos, y son de una mediana elocución. Por último, cada uno desuna y trastorne lo que á su parecer está dicho con nervio, dulzura y elegancia; y verá cómo le falta toda la energía, suavidad y hérmosura. Cicerón desune algunos períodos en su Orador: Nan neque me divitice mobent, quibus omnes Africanos, et Lcelios multi venalitii, mereatoresque superarunt. Múdense algún tanto de manera que diga: multi superaverunt mercatores, venalitiiqué; y después los períodos siguientes, los cuales si de aquella manera se trastornaren, será lo mismo que arrojar dardos quebrados ó puestos al través. Corrige el mismo . lo que juzga que INSTITUCIONES ORATORIAS.  4 i 9 compuso Graco úori más dureza. A él le está bien esto: nosotros contentémonos con ordenar las palabras más desunidas que se nos ofrecieren. Porque ¿á qué fin se han de buscar ejemplos de lo que cada uno puede experimentar por sí mismo? Sólo tengo por suficiente el notar que cuanto más hermosas sean las expresiones que se trastornaren, ya por su concepto y ya por la elocución, será la oración tanto más deforme. Porque por la misma claridad de las palabras se conoce el descuido de la colocación. Por lo que así como confieso que los oradores han rayado hasta lo sumo en el modo de componer, así también soy de dictamen que los antiguos tuvieron también cuenta con la composición, en cuanto á lo que hasta entonces habían adelantado. Así que Cicerón, aunque autor grave, no me persuadirá que Lisias, Herodoto y Tucídides se cuidaron poco de ella. Quizá no seguirían el mismo estilo que Demóstenes ó Platón, sin embargo de que aun estos mismos fueron entre sí desemejantes. Pues no era regular el corromper aquel estilo sutil y ex.. "trario que usa Lisias con otro género de decir más numeroso, porque hubiera perdido la singular gracia que en él se advierte de un estilo sencillo y nada afectado, y al mis- . mo tiempo se hubiera hecho inverosímil. Porque él escribía para otros; no era él mismo el que lo hablaba, de manera que por acomodarse á las personas parecía en sus discursos desaliñado y descompuesto, que es lo mismo en que consiste la composición. Pero á la historia, que debe contar los hechos con ligereza y prontitud, le hubieran sido menos convenientes las cláusulas detenidas y la debida respiración en las acciones y el modo de comenzar y concluir las sentencias. En los razonamientos encontrarás también algunas que rematan de un mismo modo y otras al contrario; mas en Herodoto verás cómo todas no sólo corren con suavidad, sino que el mismo dialecto causa tal placer, que parece abraza 4 20  M. 'FA 1:10 QUINTILTANO. en sí también los tonos de la música. Pero acerca do los estilos trataremos poco después. Ahora diremos lo que deben aprender primero los que quieran componer bien. II. Ante todas cosas, pues, la oración es de dos maneras; una trabada y unida, y la otra libre como la que se • usa en los razonamientos y en las cartas, á excepción de ]as que tratan de alguna materia que es sobre su esfera como de la filosofía, de la república y cosas semejantes. Y no digo esto porque aquel lenguaje suelto no conste también de algunos y tal vez más dificultosos pies; porque en el lenguaje común ni en • una carta no se admite esta concurrencia de vocales ni la falta de número (1), sino porque, no tiene fluidez ni conexión, ni deducen unas palabras de otras„ de manera que en él 'más bien debe decirse que el enlace es menos ajustado, que el que carece de él c .:-1.teramente. En los asuntos de menos consideración no dice mal también alguna vez aquella misma sencillez quo consta no de ésta sino de otra armonía y la disimula conientándose con sólo dar más fuerza á la oración ocultamente. Mas aquella otra oración continuada - y conexa se compone de tres partes: de incisos, que los griegos llaman coma.s, de miembros é colones y período, pie es lo mismo - • que círculo, rodeo 6 continuación .ó conclusión. Y en toda composición deben necesariamente concurrir estas tres cualidades: orden, unión y armonía. III. Sea, pues, lo primero acerca del orden. Este consiste en tener cuenta con cada una de por si de las palabras y con la contextura de ellas. Cada Una de, por sí consideradas son lo que ya dijimos que . los griegos 'llaman asín- (1) Quiere decir que aunque el lenguaje común y estilo do una carta no requiere tanta armonía en la colocación de las palabras, como el número oratorio, con todo debe evitarse como vicio toda concurrencia de letras ásperas, , y sílabas que tropiezan unas con otras. ti INSTITUC IONES O RATO RI  4 2 deton 6 sin unión ni conjunciones. En esta - se debe cuidar •que la oración no disminuya el concepto, ni á' una expresión de mucha alma se sustitu y á otra de menos energía, como decir ladrón en vez de sacrílego, ó desvergonzado por ladrón. Porque deben aumentarse y elevarse los conceptos corno lo que bellísimamente dice Cicerón (Fil. II, núm. 63): Tú con esas fauces, con esos lomos y con esa fir-. meza de todo el cuerpo propia de un gladiador. Porque des- •1/4. pués de una grande se sigue otra mayor. Pero si hubiera comenzado por todo el cuerpo, no era bien descender á los costados y á las fauces. Hay también otro orden natural, que consiste en poner antes los varones que las hembras, el día que la noche, el Oriente que el Occidente: mejor que al revés. Algunas palabras hay que mudado el orden se hacen superfluas, como cuando se dice: hermanos mellizos; pues si se pone antes la palabra mellizos, ya no es necesario el añadir hermanos. Escrupulosa y excesiva fué la observación de algunos de que los nombres estuviesen delante de los verbos, los verbos asimismo delante de los ,adverbios, los sustantivos delante de los adjetivos y pronombres; pues frecuentemente se ponen también al contrario, no sin hermosura. También es demasiada superstición dar la primacía de orden á las cosas según el tiempo de cada una de ellas, no porque frecuentemente no sea esto lo mejor, sino po - rque á veces son de más consideración las cosas que hán sucedido antes, y por lo tanto se deben contar después de las de menos importancia. Cosa bellísima es cerrar el sentido de la oración con el verbo si lo permite la composición, porque en los verbos está la fuerza del razonamiento. Pero si esto disuena al oído, esta razón debe ceder á la armonía, como muy frecuentemente sucede entre los más consumados oradores griegos y latinos,Porque sin duda todo verbo que no cierra bien el período es hipérbaton. Esto mismo está admitido entre los tropos ó figuras que sirven para dar firmeza 4 22  FAI1/0 QU'INTIMAN°. á la oración. Pues los verbos no se conforman con la medida de los pies, y por lo tanto se mudan de un lugar á otro para juntarlos en donde vienen mejor: como en una fábrica de piedras toscas, aun su misma desigualdad hace que unas piedras se adapten á otras y queden acomodadas. Sin embargo, aquel razonamiento es el más bien acabado en que concurren el buen orden, competente unión, y además de estas virtudes una oportuna armonía en el remate de los períodos. Pero hay algunas digresiones que son demasiado largas; como en los anteriores libros hemos dicho, y á veces son por su composición defectuosas, las cuales se dirigen solamente á resaltar y manifestarse más en la oración, como son aquellas de Mecenas: Con el sol y con la aurora muchísimas cosas toman el color rojo. Durante los sacrificios movió el agua los fresnos. Ni aun yo solo entre los más infelices vería mis exequias. Esto último entre todo lo dicho es el mayor despropósito, porque en un asunto triste es inútil la composición. Muchas veces se encierra algún concepto grave en una palabra que si se oculta en medio de la oración, suele pasarse sin advertirlo y confundirse con las demás que acompañan; mas colocada en la cláusula se le señala al que está oyendo y se le queda impresa, cual es aquella expresión de Cicerón: Ut tibi necesse esset in .conspectu populi romani vomere postridie. Múdese esto último y tendrá menos alma. Pues de todo el hilo de la oración está aquí como la mayor agudeza en añadir á la necesidad de vomitar, que por sí es una cosa fea y que ya nada deja que esperar, esta otra deformidad de que no podría detener la comida al día siguiente. Esto me parece que se debía decir corno en compendio acerca del orden, el cual si es defectuoso, aun cuando la oración tenga unión y competente cadencia, con razón no obstante se dirá que carecen do composición. INSTITUCIONES ORATORIAS.  4 23 IV. Síguese la unión; ésta se halla en las palabras incisos, miembros y períodos. En todas estas cosas hay virtudes y vicios. Y para seguir el orden ocupan el primer lugar aquellas palabras que aun á los ignorantes les parecen dignas de reprensión; tales son aquellas que juntas dos entre sí de la última sílaba de la palabra que precede y de la primera de la que sigue, forman algún nombre que tiene fealdad (I). Después se sigue el concurso de las vocales, el cual, cuando se verifica, es preciso abrir frecuentemente la boca para la pronunciación de ellas, y la oración se hace pesada y dificultosa. Muy mal sonido harán las palabras largas en que se juntan entre sí unas mismas letras. También será notable la abertura de boca para la pronunciación de aquellas que se pronuncian con todo el hueco y extensión de la boca. La E es una letra más llena, la I de menos sonido, y por lo tanto en las palabras causa el vicio de mayor obscuridad. Menos errará el que colocare las breves después de las largas, y aun el que anteponga una breve á una larga. El tropiezo de dos breves es muy pequeño, y cuando se juntan unas después de otras, serán más ásperas según se pronunciaren con semejante ó con distinta abertura de boca. Sin embargo, no se ha de temer esto como si fuera un gran delito, .y no sé cuál es peor en esto, si el total descuido ó el demasiado cuidado. Porque el temor es preciso que impida la vehemencia de decir y que retraiga de lo mejor. Por lo que así como es efecto de negligencia este concurso de vocales, así también lo es de apocamiento el temer en todas las cosas. Y con razón gradúan todos por demasiado solícitos en esta parte á los imitadores de Isócrates, y con especialidad á los de Teopompo. Pero Demástenes y Cicerón se portaron con moderación en esta parte. La concurrencia pues de las vocales, que se llama sinalefa (1) Tales son: Dorica castra, CCeCCI calígine, quorere regna. 430  FABIO QU'INTIMAN°. respiración esta expresión de Cicer. (Pro Cluent.): He adver. tido ¡oh jueces! que todo el discurso del acusador está dividida en dos partes? Y, sin embargo, las dos primeras palabras, las tres inmediatas, las otras dos que siguen y las tres 111, timas tienen sus ciertos números que detienen el aliento. Considerando esto al modo con que los rígidos observadores del ritmo pesan estas menudencias, según que las sílabas son graves ó agudas, largas ó breves, lentas ó veloces, la composición que de la unión de ellas resulta será, ó rigurosa ó licenciosa, perfectamente regular y periódica, ó sin conexión alguna. Algunas cláusulas hay también defectuosas y que que- 1: %a como en el aire si así se dejan; pero suelen juntarse s ostenerse con las siguientes, y con esto la continuación corrige el vicio que estaba al fin. Esta cláusula: Non vult r i ;opulas romanus obseletis criminibus acussari Verrem (Cite= ron, Ferr., VII, 446.), es una cosa dúra si así se deja; pero cuando se continúa con las palabras que se sigilen, aunque de su naturaleza distintas, es á saber: Nova postulat, inaudita desiderat, sigue bien el hilo de la oración. Si se dice: Ut ad(a.s tantum dabis, cerrará mal la cláusula, porque la úliiitu) parte es de un verso trimetro. Sigue diciendo: Ut vesiitumque intro ferre liceat, tantum. Todavía está 1:;/1 el aire el sentido; pero se afirma y se sostiene en la Recusabat nemo. 4.° Muy grande fe aldad es si toda la oración se com prende en un verso, como también es deformidad si fuere verso parte de ella; asimismo la parte posterior queda suspensa en la cláusula, ó además la primera en la t entrada de ella. Pues lo contrario parece bien muchas veces, porque hay ocasiones en que la primera parte de un verso cierra muy bien, con tal que sea de pocas sílabas, con especialidad del senario y oetonario. Esta expresión: In Africa fuisse, es principio de un senario y cierra el primer período en defensa de Quinto Ligarlo, Esse›videatur, que es muy INSTITUCIONES ORATORIAS.  131 frecuente, es principio de un octonarto. Las últimas palabras de los versos vienen bien en el principio de la oración: Etsi vereor, judices, y animadverti, judices. Pero los principios de los versos no vienen bien á los principios de ella. Tito Livio comienza con el principio de un exámetro: Facturusne opera; pretium sim. Pues así lo escribió, y está mejor que de la manera que se corrige. Tampoco los remates de los versos vienen bien con los de la oración, como cuando Cicerón dice: Quo me vertam nescio, que es el remate de un trimetro. Peor es concluir con el de un exámetro, como cuando dice Bruto en las cartas: Neque enim illi malum habere tutores, aut defensores, quamquam sciunt placuisse Catoni. 5. 0 Pero por cuanto he dicho ya que la oración consta de pies, también es necesario insinuar acerca de ellos alguna cosa; cuyos nombres, puesto que se dice que son varios, es preciso fijar el nombre que se le ha de dar á cada uno. En esto seguiré á Cicerón; pues éste imitó á los autores más excelentes de los griegos, á excepción de que me parece que no pasa de pies de tres sílabas, sin embargo de que usa del peón y el dóquimo ), de los cuales el primero se compone de cuatro sílabas y el segundo de cinco. Sin embargo, no disimula él mismo que algunos los tienen por números y no por pies, y con razón, porque todo pie que pasa de tres sílabas se compone de muchos pies. Pues luego, constando cuatro pies de dos sílabas cada uno y ocho de tres, llamaremos espondeo al que consta de dos largas; pirriquio ó, como le llaman otros, periambo, al que consta de dos breves; yambo, al de una breve y una larga, y al opuesto á éste, que se compone de una larga y una breve, nosotros le llamaremos coreo, así como otros (1) El pie doquimo en Cicerón y QuIntilian.o tiene la primera sílaba breve, después dos largas, la cuarta breve y la última larga, como: Amieos leves. Algunos gramáticos quieren que las dos primeras sílabas sean breves, como: Hyacinthini.—TuRN. 4 32  FABIO QUINTILIANO. le llaman troqueo. Mas de los que se componen de tres. sílabas, el dáctilo consta de una larga y dos breves; y es constante que el anapesto le es igual en los tiempos, pero al revés. Una sílaba breve, puesta entre dos largas, forma un anfímacro; pero más frecuentemente se le da el nombre de crético. El anfíbraco se compone de una larga entre dos breves; y el baquio de una breve y dos largas: mas si consta de dos sílabas largas delante de una breve, resultará el paiimbaquio, que es al contrario. El troqueo, que quieren que se llame tribraquio los que al coreo dan el nombre de troques, se compone de tres sílabas breves: el moloso de tres largas. Todos estos pies entran en la prosa. Pero según que cada uno de ellos es más lleno por sus tiempos y más pausado por las sílabas largas, hacen la oración mucho más grave: las breves la hacen ligera y acelerada. Lo uno y lo otro hace al caso en algunas ocasiones. Porque si cuando es necesaria la ligereza se usan sílabas largas, resulta una cosa pesada y llena de flojedad, y si cuando se requiere pesadez sé usan las breves, con razón será desaprobada por su precipitación y ligereza. Mas en las letras y en las sílabas no se muda su naturaleza, pero importa saber cuál se junta mejor con otra. Así que las sílabas largas tienen, como ya he dicho, muchísima autoridad y gravedad, y las breves ligereza; las cuales si se mezclan con algunas largas corren, mas si se juntan con otras breves parece que van saltando. Y no sólo importa saber qué pie es el que cierra la cláusula, sino también cuál antecede, y hacia atrás no se han de repetir más que tres, y esto si es que no tuvieren más que dos sílabas (aunque no se ha de tener en esto la escrupulosa observación de los poetas), ni menos de dos, porque de otra suerte será pie y no número. Puede, no obstante, ponerse un solo dicoreo, si uno solo es el que consta de dos . coreos; y asimismo un peón, que consta de un coreo INSTITUCIONES ORATORIAS.  4 33 y de un pirriquio, el que se cree que es acomodado para los principios, ó al contrario, el que se compone de tres breves y una larga, y que es el que asignan para la cláusula; de los cuales dos únicamente hablan los escritores de esta arte, dando el nombre de péon á todos los demás, de cualesquiera cuantidades que sean, que pertenezcan á la oración. El pie dóquimo, que se compone de un baquio y de un yambo, ó de un yambo y un crético es en las cláusulas grave y rnaj estuoso. El espondeo, del que usó muchísimo Demóstenes, es también siempre pesado de su naturaleza: si le precediere un crético, dirá muy bien; corno en esta expresión: De quo ego nihil clicam nisi depellendi criminis causa. (Tullius Pro Cel., núm. 34 .) Que viene á ser lo que dije arriba, que importa mucho saber si en sola una palabra se comprenden dos pies, ó si uno y otro están libres. Porque así sale la expresión fuerte diciendo Criminis causa: floja si so dice archipiratce; y más lánguida si precede un tribraquio, como facilitates, temeritates. Porque en la misma división de las palabras hay un cierto tiempo oculto, corno en el espondeo que está en medio de un pentámetro; el cual si no se compone del fin de una palabra y del principio de otra no hace verso. El dicoreo cerrará la cláusula si so le junta el mismo pie, lo que con muchísima frecuencia usaron los asiáticos. De lo cual Cicerón pone este ejemplo: Patris (lictum sapiens, temeritas fui comprobavit. (De Orat., núm. 9,14.) El coreo debe tener delante de sí un pirriquio, como: Omnes prope czves vzrtute, gloria, dzgnitate superabat. (Cic. De Oratore, núm. 29I.) También la cerrará el dáctilo, si la observación de la última no le hace crético, como: Muliercula nixus in littore- Pelante del dicho dáctilo vendrán bien un crético y un yambo, pero mal el espondeo, y peor un coreo. Cierra asimismo la cláusula el anfíbraco, como: Quintum Liga- 434  FABIO QUINTILIANO. rium in Afriect fuisse (Pro Lig., núm. 4.), á no ser que le queramos dar más bien el nombre de baquio. El crético es el mejor para los principios, v. gr.: Quod precatus éc diis immortalibus sum. (Pro Mur., núm. 4.), y para las cláusulas, como: in conspectu populi romani vomere postridie. (Fil., II, núm. 65.) Se ve claramente qué bien dicen delante de él, ó un anapesto, ó aquel que parece más acomodado para el remate, que es el peón. Pero el mismo se sigue después de él, como: Servare cuampluri- ;12,0S. (Cic. Pro Lig., núm. 38.) Cuando yo he puesto los pies que anteceden no he establecido una ley de modo que no puedan ser otros, sino que solamente he mostrado lo que comúnmente suele suceder, o cual al presente parece lo mejor. Y á la verdad vienen Iway bien dos anapestos juntos, cual es el fin de un penámetro ó el ritmo (1), que de él trajo su nombre, como: Nam ubi libido do2ninatur, innoeentice leve prcesidium est. Pues la sinalefa hace que las últimas sílabas tengan el sonido de una sola. Mejor estará teniendo delante un espondeo ó un baquio, como si mudares las mismas palabras Lee innocentice prcesidium est. 6.° Mas no tratamos aquí todo este punto con el fin de que el orador, que debe ser corriente y fluido en hablar, se envejezca en la medida de los pies y pesando las sílabas; porque esto no sólo es propio de un hombre miserable en la elocuencia, sino también de quien se ocupa en las mayores bajezas; y que el que se afanare en el cuidado de estas cosas, estará siempre distante de las que son más excelentes; puesto caso que abandonando el peso de las cosas y despreciando su hermosura, se ocupará, como dice Lucillo, en acomodar piedrecillas ó azulejos, y los juntará en- (1) Por ritmo ~platico parece que quiere significar el verso anapóstico de una sola medida, que se compone de dos anapestos.—TuR.N. INSTITUCIONES ORATORIAS.  4 35 tre si de modo que hagan juego y formen figura. ¿Por ventura el hacerlo así no resfría el ardor y detendrá la rapidez de la oración? 'A la manera que el cochero cuando enseña á los caballos á correr hace menor su carrera, y cuándo arregla sus pasos á compás no puede caminar con tanta ligereza: como si los números no se hubiesen aprendido de la misma composición. Así como ninguno pondrá duda en que la poesía, que al principio era una cosa grosera, se fué formando de la medida del oído y de la observación de iguales cuantidades, y después se inventaron en ella los pies. Así que, el mucho ejercicio de escribir nos adiestra de tal manera en esto, que aun de repente podamos componer algunas cosas semejantes. Pero no tanto se debe atender á los pies como al con. junto de ellos ; así como los que componen un verso atienden precisamente á su total cadencia , no á las cinco ó seis partes de que el verso se ,compone. Porque hubo versos antes que se observase que lo eran. Y á este propósito dice Enio: En versos se explicaban los poetas, Que en otro tiempo Faunos y adivinos Cantaban ignorantes de las reglas (1). Pues el mismo lugar que en el poema tiene la versificación, tiene la composición en la prosa (2). Los oídos son los mejores jueces de ella, los cuales advierten las expre- (1) Con este verso quería significar Enio que él fué el primero que compuso buenos versos entre los poetas latinos, como que los poetas anteriores usaban versos desaliñados y sin arte, cuales en otro tiempo decían los faunos en los oráculos sin atender á regla alguna. (2) Por versificación se entiende la observación de las reglas y de los pies para componer versos. 'Por esta razón se llaman meros versificadores aquellos que en la composición del verso sólo atienden á la medida de los pies, y por otra parte nada tienen de poetas. 4 36  M. FABIO QU'INTIMAN°. siones llenas, echan menos las que no lo son, les ofenden las ásperas, las suaves les agradan , les hacen impresión las vehementes, aprueban las que son ciertas, advierten las defectuosas, y miran con fastidio las redundantes y superfluas. Y por lo tanto los sabios entienden el modo de componer. mas los ignorantes sólo perciben el gusto Que de el Mas algunas cosas hay que no pueden enseñarse por letermin.ada regla, v. gr.: Si el caso con que comienza el período tiene alguna aspereza se ha de mudar; pero ¿puedarse regla del caso adonde y de donde hemos de pa- ;s -? Las figuras variadas , muchas veces sirven - de mucho la composión aunque •sea mala. ¿Cuáles son estas figuilra? No sólo las de palabras, sino también las de sencia3. Pues qué, ¿hay alguna regla acerca de esto? Es i . e..ciso aprovecharse de ella. en ocasiones, y según las circunstancias que concurran se ha de deliberar. Y á la verdad las msenas cuantidades s que en esta parte son de la mayor consideración, ¿qué otros jueces pueden tener como no sea el oído? ¿Por qué, unas expresiones con menos palabras han de ser bastante ó demasiado -llenas, y otras con más, breves y cortas? ¿Por qué causa en los períodos, aun cuando va ha concluido el sentido, sin embargo, todavía parece que queda algún vacío? No ignoráis ;oh jueccs! que esta ha sido en estos días la 'conversación del vulgo y la opinión del pueblo romano. (Cic. Verr., III, 1.) ¿Por qué - en esta oración usa más bien de la palabra hosce que de hos, no habiendo aspereza en decir de aquella manera? Tal vez no daré la razón y echaré de ver que está mejor. .¿Por qué no había de haber sido suficiente con que hubiera dicho Cicerón sólo sermonem vului fuisse, permitiéndolo la composición? Ignoro la causa, pero así como lo oigo, conoce el alma que esta expresiónno es llena sin esta duplicación. Débense, pues, juzgar por el sentido. Y si pudieres tal vez discernir cuál es lo majestuoso, y cql INSTITUCIONES ORATORIAS.  437 lo agradable; lo harás mejor si te gobiernas más bien por la naturaleza que por el arte, y en la misma naturaleza hallarás arte. 7.° Lo que es absolutamente propio del orador, es el saber en qué ocasión ha de hacer uso de cada uno . de los géneros de composición. Esta observación es de dos maneras: la una que se refiere á los pies, y la otra á los pe. ríodos que se componen de los pies. Y de estos trataremos primero. Dijimos, pues, que hay incisos, miembros y períodos. El inciso (4), según mi dictamen, será cuando el sentido (1) Lo qile Fabio insinúa aqui acerca de los períodos y d© los miembros, tiene alguna obscuridad: lo que acerca de esto se enseña en las escuelas es, que el periodo es un rodeo de palabras y sentencias que forma un perfecto sentido. v. gr.: (Cic. Pro Cecin): Si quantum in agro, locisque desertis audacia potest, tantun ► in foro, atque in judiciis impudentia vateret, non minus in hac causa cederet Aulas Ccecinna Sexti impudentice quam tuna in vi facienda cenit audacice. El periodo se compone de miembros ó colones, y de comas ó incisos, que también se llaman artículos. El miembro es una oración de perfecto sentido, pero que queda suspenso, de manera que todavía no se percibe todo el sentido del concepto, como: Si quantum in agro,, , locisque desertis audacia potest. La coma es cuando cada uno de los miembros ó expresiones 6 dicciones se distinguen ó separan con la dicha puntuación, como: Oh scelus! oh pestis! oh labes! (in Pis., 56.) ANY, excessit,. evasit, erupit. (Cat. II, 1.) El periodo, ó es sencillo ó compuesto. El sencillo es el que sólo tiene un miembro, v. gr.: Alejandro viviendo con templan: a, hubiera sido venerado de la posteridad. El compuesto es aquel que consta de dos, tres ó cuatro miembros: rara vez ó, por mejor decir, nunca se extiende á cinco más miembros; porque entonces no tanto se llama período como rodeo periódico. El período bimernbre es de esta manera: Si Alejandro hubiera vivido con templanza, hubiera sido yenerado de la posteridad. El trimembre se forma así: Si cuanto se aventajó Alejandro en el valor militar ú los demás capitanes, otro tanto los hubiera exce- 4 38  M. FABIO QUINTILIANO. Cierra sin llenar el número: los más le tienen por parte del miembro. Tal, pues, es el que usa Cicerón (Orat., 223.) ¿Te faltaba casa? Pero la tenías. ¿Te sobraba el dinero? Pero estabas necesitado. También se hacen los incisos de cada una de las palabras, como: Dijimos, queremos poner testigos. La palabra dijimos es inciso. El miembro es un concepto acabado con orden de palabras, pero separado de todo el cuerpo del período, y que por sí ninguna fuerza tiene. Porque este miembro, Oh callidos hornines! es perfecto; pero separado de los demás, no tiene fuerza; como las manos, pies y cabeza, separados del cuerpo. Lo mismo debe decirse de este otro miembro: Oh' rent, excogitatam! Oh ingenia metuenda! ¿Cuándo, pues, comienza á formar un cuerpo? ¿Cuándo llega el último re- Jnate, á saber: Quem, quoeso, nostrum fefellit, id vos ita esse &duros? el que Cicerón juzga ser muy breve. Y así los incisos y los miembros casi siempre van interpolados y les falta el remate. Muchísimos son los nombres que Cicerón da al período, tales son el de rodeo, círculo, comprensión, continuación y circunscripción. Dos son los géneros de períodos: uno sencillo, cuando un sólo concepto se explica con un largo rodeo de palabras; y el otro que consta de miembros é incisos, y tiene muchos conceptos. Presentes estaban el carcelero y el verdugo del pretor. (Verr., 4 4 7 .), y lo demás que sigue. Todo período tiene por lo menos dos miembros. La mitad del período parece que tiene cuatro; pero admite más frecuentemente. La medida que para esto usa Cicerón dido en la virtud de la templanza, hubiera sido venerado de la posteridad. Periodo de cuatro miembros: Si cuanto se aventajó Alejandro en el valor militar á los demás capitanes, se hubiera otro tanto aventajado á ellos mismos en la virtud de la templanza, hubiera tenido en la posteridad no menos veneración, que la estimación, imperio y dignidad que se cuenta que tuvo entre los suyos. '71.77-7 /NSTITUCIONÉS ORATORIAS.  139 es, ó la d6 cuatro versos senarios, ó concluir con la medida del mismo aliento. Lo que se debe observar es que deje perfecto el sentido; que sea claro de manera que se pueda entender, y nada desproporcionado para que se pueda conservar en la memoria. El miembro que es más largo de lo justo es pesado, y siendo más corto de lo regular no es majestuoso. Siempre y cuando que fuere necesario perorar con vehemencia, con instancia y fortaleza, hablaremos por miembros separados y cortados. Pues esto vale muchísimo en la oración; y de tal manera se debe acomodar la composición á los asuntos, que en los ásperos se usen también necesariamente miembros ásperos, y que el oyente se horrorice igualmente que el que está hablando. En las narraciones usaremos también por lo regular de la división de miembros; y si usamos de períodos, les daremos mayores intervalos, ó, para decirlo así, nudos más largos; exceptuando aquellas narraciones que se hacen no tanto para enseñar cuanto para el adorno, como en la oración de Cicerón contra Verres, el rapto de Proserpina. Porque en estas narraciones conviene que el contexto de la oración sea suave y fluido. El periodo es acomodado para los exordios de los asuntos de importancia, cuando la materia requiere que se muestre solicitud ó hacer algún elogio de una persona ó mover á compasión. Asimismo en los lugares oratorios y en toda amplificación, pero se requiere que sea cortado en las reprensiones y numeroso en las alabanzas. En los epílogos viene mucho mejor, mas en toda la oración se debe usar para que sea más numeroso el estilo de la composi_ ción, cuando el juez no sólo está hecho cargo del asunto, sino que también está prendado de la oración y se rinde al orador y se deja llevar del deleite que le causa. Para la historia no tanto se requiere una colinposición numerosa como un cierto rodeo y contextura de la ora- 16  M. FABIO QII/NTILIANO. lidad; de la que no ignoro se disputan sobre si se adquiere mejor escribiendo ó leyendo ó perorando. Lo que deberíamos examinar con más cuidado si pudiéramos detenernos en sola una de cualquiera de estas cosas. Pero de tal manera están unidas y trabadas todas entre sí, que si alguna de ellas faltare, es inútil el trabajo acerca de las demás. Pues la elocuencia nunca hubiera sido sólida y nerviosa, si no hubiera cobrado fuerzas con el mucho ejercicio de escribir, y este trabajo sin el ejemplar de la lección, como que no tiene_ quien le dirija, se hace inútil. Por otra parte, aquel que supiere de qué modo se ha de decir cada cosa si no tuviere dispuesta y como á la mano la elocuencia para todos cuantos lances ocurrieren, será como el que descansa sobre tesoros, pero para él están cerrados. Mas al paso que cada cosa de por sí es necesaria, no por eso se ha de considerar inmediatamente como la más esencial para formar un orador. Porque en la realidad, consistiendo el oficio de éste en hablar elegantemente la elocución es lo primero de todo, y que de aquí tuvo su principio esta facultad es cosa clara; después se le siguió inmediatamente la imitación, y últimamente también la diligencia ó cuidado en el escribir. Pero como no se puede llegar á lo sumo sino por los principios, así en el discurso de la obra comienza á ser de menos consideración lo que es primero. Pero no tratamos en este lugar de qué mánera ha de formarse un orador (pues esto lo hemos explicado ya, ó bastante, ó á lo menos según hemos podido), sino que Así como á un atleta, que ya lo ha aprendido todo perfectamente de su maestro, se le instruye sin duda alguna en qué género de ejercicios se ha de preparar para las pe-. leas, así también al orador que ya supiere discurrir y disponer las cosas y hubiere entendido también el modo de escoger y colocar las palabras, le instruimos de qué manera podrá mejor y con mayor facilidad poner en ejeen- INSTITUCIONES ORATORVAS.  1 Vi ciórrlo que ha aprendido. Ninguna duda, pues, hay en que debe proveerse de cierto caudal, del cual pueda echar mano siempre y cuando que lo hubiere menester. Este caudal se compone de la afluencia de conceptos y de palabras. II. Pero los conceptos son propios de cada asunto, ó comunes á pocos; de las palabras se ha de hacer acopio para todos; las cuales si de una en una hubiesen de acomodarse á cada uno de los conceptos, menor cuidado pedirían, porque todas ocurrirían inmediatamente l con las mismas cosas. Pero siendo unas, ó más propias ó de más adorno, ó más enérgicas, ó de mejor sonido que otras, deben tenerse todas, no sólo conocidas, sino también á la mano y, para decirlo así, á la vista, para que cuando se presentaren al pensamiento del que dice, sea fácil la elección de la mejor de ellas. A la verdad no ignoro que algunos han solido aprender una colección de vocablos, de una misma significación, para que con más facilidad les ocurriese uno de muchos; y cuando se habían aprovechado de alguno, si dentro do un breve rato les faltaba segunda vez la expresión, usaban otra con la que se entendiese lo mismo para evitar la repetición. Lo cual no sólo es una cosa pueril y un infeliz trabajo, sino también de poca utilidad, porque el que esto hace junta un montón de expresiones, del cual tomará sin discreción cualquiera que más pronto le ocurriere. Mas nosotros, que atendemos á la energía de perorar y no á la verbosidad, propia de charlatanes, debemos hacer acopio de ellas con juicio. Esto lo conseguiremos leyendo y oyendo lo más selecto. Porque con este cuidado' no sólo, aprenderemos los nombres mismos de las cosas, sino para qué lugar es más acomodado cada uno. Pues casi todas las palabras, á excepción de algunas que son poco honestas, tienen lugar en la oración, y los escritores de los yambos y de la antigua comedia, aun en aquellas expresiones 4 4-8  FABIO QUINTILIANO. desvergonzadas, son alabados muchas veces; pero á nosotros entre tanto nos basta el preservar de ella nuestra obra. Todas las palabras (á excepción de las que he dicho) vienen muy bien en algunos lugares. Porque á veces es necesario usar de las humildes y vulgares; y las que en materia más culta parecen bajezas, cuando el caso lo pide se usan con propiedad. Aunque sepamos todas estas palabras y tengamos noticia, no sólo de su significación, sino también de sus diver-, sas formas y medidas, de sus declinaciones y conjugaciones, no podemos entender sino leyendo y oyendo mucho do qué modo vienen bien en cualquiera parte que se coloquen, porque aprendemos primero toda la lengua por los oídos. Por cuya razón, los niños criados de orden de los reyes (4) en un desierto por amas mudas, aunque dicen que pronunciaron algunas palabras, sin embargo carecieron del ejercicio de la lengua. Mas hay algunas cosas de tal naturaleza que pueden declararse con diversos términos, de manera que ninguna diferencia tienen en la significación de la que podamos mejor aprovecharnos; tales son ensis y gladius. Otras hay que, aunque sean nombres propios de algunas cosas, no obstante por traslación se refieren á un mismo sentido, como ferruco y muero. Pues por abuso ó catacresis llamarnos sicarios á todos los que han hecho una muerte con cualquier género de arma. Otras las explicamos con muchísima claridad por un rodeo de palabras, cual es: Et pressi copia lactis (Eclog., III, v. 82.), queriendo decir: abundancia de queso. Muchas variamos sólo por adorno, como; Scio, non ignoro, non me fugit, non me prceterit. Lo sé, no ignoro, no se me oculta, no se me pasa, ¿quién lo ignora? Ninguno (1) Psammetico, rey de Egipto, según eu.enta Herodoto, fué tino de los que hicieron esta prueba. Con lo cual demuestra Quintiliano qua Ana lengua se aprende principalmente oyéndola hablar. INSTITUCIONES ORATORIAS.  4,4$ pone duda en ello. Pero también puede tomarse una expresión de las que se le acercan en la significación. Pues estas expresiones entiendo, conozco y veo, muchas veces tienen una significación equivalente á la de sé. Cuya abundancia y riquezas nos proporcionará la lección de tal manera que Melamos aprovecharnos de ellas, no sólo cuando ocurrierren, sino también cuando nos sea necesario. Porque no siempre significan una misma cosa entre sí estas palabras; y así como hablando del entendimiento, según que es una potencia 'del alma, no estará bien dicho veo, así también es buena expresión entiendo hablando de la vista material de los ojos. Y así como, la palabra puñal no da á entender espada, así tampoco la palabra espada da á entender puñal. Pero al paso que la afluencia de palabras se adquiere de estas manera, no precisamente por las palabras se ha de leer ú oir. Porque los ejemplos de todo lo que enseñamos son tanto más poderosos, aun en las ciencias que se enseñan, cuando el que aprende ha llegado ya al estado de poderlos entender sin quien se los demuestre y continuar ya por sus propias fuerzas; porque lo que el maestro enseña por preceptos, el orador lo demuestra, Mas unas cosas hay que perciben más los que leen y otras los que oyen. El que dice, mueve con el aliento mismo, y pone fuego, no con la imagen y contorno de las cosas, sino con las cosas mismas. Porque todas las cosas tienen su vida y movimiento, y oimos con favor y cuidado aquellas cosas nuevas como recién nacidas. Y no sólo nos mueve la mala situación de la causa, sino también la de los 'mismos que peroran. Además de esto, la voz y acción primorosa y acomodada, según cada lugar lo pidiere, y el modo de pronunciar de mayor energía y, para decirlo de una vez, todas las prendas enseñan igualmente. En la lección es más acertado el juicio; porque, cuando oimos, cada uno juzga de lo que oye según que le mueve 450  M. FABIO QUINTILIANO. ó la inclinación hacia el que habla, ó los clamorosos aplausos de los demás oyentes. Porque nos avergonzamos de ser de contrario sentir que otros, y por una como oculta vergüenza estarnos inhibidos de dar más crédito á nosotros mismos, siendo así que á veces no sólo agradan á muchos las cosas defectuosas, sino que algunos alaban aun aquello que les desagrada, sólo porque se lo han pagado 9). Pero al contrario sucede también, que de una cosa muy bien' dicha no forman los oyentes buen concepto, sino malo. La' ección es libre y no pasa con el ímpetu de la acción, sino muchas veces se puede repetir, ó ya se dude, ó ya se quiera imprimir profundamente en la memoria. Volvamos,, p i es, á leer lo mismo que hubiéremos leído; y así como' triigamos la comida después de haberla mascado, y casi - .1,¡tliclado, para que con mayor facilidad sea digerida, así LtitIbién la lección se ha de pasar á la memoria, é imita,' yión, no en toda su crudeza, sino después de haberla }Mandado y como masticado con mucha repetición. Por largo tiempo no se ha de leer sino un libro, siendo 'excelente, y que de ninguna suerte induzca á error á quien se entrega á su elección; pero estó ha de ser con cuidado,' y casi con la solicitud que se pone para escribir, y no sólo se han de inquirir en él todas las _cosas por partes, sino que leído el libro enteramente se ha de volver á leer de nuevo, y con especialidad aquella oración cuyos primores se ocultan también frecuentemente de propósito.., Porque el orador hace la cama muchas veces, disimula y arma algunas celadas, y dice en la primera parte de la oración lo que tal vez le ha de hacer mucho al caso en la última.' Y así es que dichas en su lugar algunas cosas, no nos parecen tan bien, porque ignoramos todavía la razón por que (1) Plinio en el lib. 1.* carta 14 dice que en» su tiempo habla algunos oradores que pagaban á gran parte de sus oyentes, porque los alabasen en público. INSTITUCIONES ORATORIAS.  1 514 se han dicho, y así debe repetirse la lección de ellas, después de habernos hecho ya cargo de todo. También es cosa muy útil el tener conocimiento de aquellos asuntos de que tratan las oraciones que leyéremos, y siempre que ocurriere leer la defensa que por una y otra parte se hubiere hecho, como la de Demóstenes y Esquines, y las que son opuestas entre sí, como las de Servio Sulpicio y de Messala, de los cuales el uno peroró á favor de Aufidias y el otro en contra de él, y la de Polión y Casio, siendo el reo Aspernates, y otras muchísimas.' Y también algunas de ellas, si pareciesen desemejantes, serán también del caso para hacerse cargo de la controversia de los pleitos, como las de Tuberón contra Ligario y de Hortensio en favor de Yerres, que son contra las oraciones de Cicerón.  •• Además de esto, será útil el saber qué motivo hubo para escribir dichas oraciones. Pues Calidio peroró á favor de la causa de Cicerón, y Bruto escribió una oración en defensa de Mitón, sólo por ejercitarse, aunque Cornelio Celso juzga falsamente que él fué el que le defendió. Y Polión y Messala defendieron á los mismos. Y cuando yo era muchacho andaban en manos de todos las insignes oraciones de Domicio Afro, Crispo Passieno y Décimo Lelio en defensa de Voluseno Cátulo. Ni debe inmediatamente persuadirse el que lee que todo cuanto han dicho los grandes autores es una cosa excelente. Pues también ellos tienen sus yerros, y se echan con la carga, y se dejan arrastrar de aquello de que más gusta su inclinación, y no siempre están templados, sino que á veces les falta el aliento; y así es que á Cicerón le parece que Demóstenes se duerme algunas veces, y lo mismo cree Horacio acerca de Hornero. Porque aunque estos autores son muy consumados, pero son hombres; y á aquellos que tienen por una ley inviolable de la elocuencia todo lo que en ellos han hallado, les sucede que imitan lo peor (porque 152  M. FASTO QUINTILIANO. esto es más fácil), y les parece que son fieles imitadOres con adquirir la mayor parte de los defectos de los escritores grandes. Sin embargo, acerca de tan grandes sujetos se debe juzgar con modestia y circunspección, para no condenar lo que no entendernos, como á la mayor parte sucede. Y en caso de dar en uno de los dos extremos, más vale que á les lectores les agrade todo lo que estos autores contienen, que el que muchas de sus cosas les desagraden. III. Teofrasto dice que al orador le es muy del caso la lección de los poetas, y muchos siguen su dictamen y no sin razón. Porque en éstos se aprende viveza en los pensamientos, sublimidad en las palabras, un total movimien- to en los afectos y el decoro de las personas, y los ingenios en cierto modo adelgazados, con especialidad con el ejercicio forense cuotidiano, se reforman hasta adquirir su perfección por el atractivo que encuentran en cosas semejantes. Y por esta razón, Cicerón juzga que debemos detenernos en esta lección. Debemos, sin embargo, tener presente que no en todas las cosas debe imitar el orador á los poetas, ni en la libertad de las expresiones, ni en la licencia de las figuras, y que todo aquel género de estudios de que se hace acopio para la ostentación, fuera de que tiene por objeto únicó el recrear, y pare , finge no solamente cosas falsas, sino también algunas increíbles, tiene también algún apoyo que le sostiene; que obligados á cierto determinado número de pies, no siempre pueden hablar con propiedad, sino que, apartándose del camino recto, Se ven en la precisión de acudir á algunos rodeos de palabras, y to solamente quedan obligados á mudar ciertas palabras, sino á aumentarlas, corregirlas, colocarlas de otro modo y dividirlas; pero nosotros sólo tenemos que estar armados en el campo de batalla, decidir en los asuntos más graves y es. forzarnos á conseguir la victoria. INSTITUCIONES ORATORIAS.  453 Ni se ha de dejar que se amohezcan las armas con el poco uso, sino que reluzcan de manera que su mismo brillo cause espanto, como el que tiene una espada, que á un mismo tiempo hace impresión en la vista y en el ánimo; no como el resplandor del oro y de la plata, sin defensa y más bien peligroso á quien lo tiene. La historia puede también dar alguna substancia á la oración con su jugo suave y gustoso. Pero de tal manera se ha de leer esta, que no se nos olvide que las más de sus virtudes las debe evitar un orador. Porque se acerca mucho á los poetas, y es en cierta manera verso suelto; y se escribe para referir sucesos, no para dar pruebas de ellos, y que es una obra que se compone no para lo actual de lo sucedido y para la pelea que se propone como una cosa presente, sino "para la memoria de la posteridad y para la fama del ingenio. Y por esta causa hace que sea menos fastidiosa la narración con las expresiones sueltas y figuras extrañas. Y así, como dejo dicho (4 ), ni hemos de imitar aquella brevedad de Salustio, que es la cosa más bien acabada para los oídos desocupados y eruditos en presencia de un juez distraído en varios pensamientos y las más veces falto de erudición, ni aquella afluencia como de leche que en el estilo de Livio se observa instruirá bastante á aquel que no busca la hermosura de la narración, sino la verdad de ella. A esto se junta que Marco Tulio es de opinión que ni aun el Tucídides ó el Xenofonte son útiles al orador, sin embargo de que conceptúa que el uno toca al arma y que por boca del ótro hablaron las Musas. Podemos, sin embargo, usar alguna vez en las digresiones del adorno de la historia con tal de que en aquellas cosas sobre que fuere la controversia tengamos presente que no tenernos músculos do atletas , sino brazos de sol- (1) En  lib. 111;  V7TT t1.2  4A10 . 14 4..u.. 454  FABIO 011/NTILIANO. dados (1), y que aquel vestido de colores diferentes de que dicen usaba Demetrio Falereo no viene bien para el ejeÉ. cicio forense. Otra utilidad se saca también de las historias, y es de las mayores, pero no pertenece al presente lugár: la cual proviene de la noticia de los sucesos y ejemplos en los cuales con especialidad debe hallarse instruido el orador para no mendigar todas las autoridades del litigante, sino tomar cuidadosamente las más de ellas de la antigüedad, después de tenerlas bien sabidas; éstas son tanto más poderosas, cuanto ellas solas carecen de sospecha de odio y pasión. Pero es culpa de los oradores el que tengamos q i u.e acudir muchas veces á la lección de los filósofos, á causa de habérseles aquéllos cedido en la parte más excelente de su obra. Porque es muchísimo lo que tratan y disputan con agudeza acerca de lo justo, honesto, útil y lo contrario de esto, y de las cosas divinas; y aun los socráticos preparan muy bellamente al que ha de ser orador con disputas y preguntas. Pero aun en estas cosas se debe tener también tal discreción, que aun cuando nos ejercitemos en unos mismos asuntos, tengamos entendido que no es una misma la naturaleza de los pleitos que la, de las disputas, la del foro, la del auditorio, y la de los preceptos que la de la práctica. IV. Siendo tan grande la utilidad que á mi juicio resulta de la lección, creo que los más pretenderán qae diga también en esta obra qué autores se han de leer, y qué particular virtud tiene cada uno de ellos. Mas-el dar una noticia exacta de cada uno de ellos seria una obra interminable. Porque gastando Cicerón tantos, millares de ver-: (1) Los músculos de los atletas eran. bastante fuertes, pero, muy carnosos; los de los soldados no de tanta carne, pero firmes: con lo qae compara á los oradores con. los soldados, y á los historiadores con los atletas.  , - INSTITUCIONES ORATORIAS.  455 sos en su Bruto para sólo hacer mención de los romanos oradores, y esto sin haber dicho cosa alguna de ninguno de sus contemporáneos con quienes él vivía, á excepción de César y Marcelo, ¿cuándo tendría fin este catálogo, si yo quisiese hacer mención. de todos ellos, y de los "que des- . pués se les siguieron, y de todos los filósofos y poetas griegos? Téngase, pues, por la cosa más segura aquella muy sucinta expresión que trae Livio en la carta que es cribió á su hijo, que los autores que se deben leer son Demóstenes y Cicerón; y después de estos si se hubiere de leer á otros, sea según que cada uno de ellos se pareciere más á Demóstenes y á Cicerón. Pero tampoco debo yo ocultar cuál sea en esto mi modo de juzgar. Porque estoy en el entender de que pocos, ó por mejor decir apenas uno, puede encontrarse de aquellos que se acomodaron á la antigüedad que no haya de acarrear algún provecho á los que se dedican á la defensa de los pleitos; siendo así que Ciceron confiesa que le sirvieron muchísimo aquellos antiquísimos autores, en verdad ingeniosos, aunque faltos de artificio. Y no es muy diferente mi modo de pensar acerca de nosotros. Porque ¿quién sino muy pocos podrán hallarse tan faltos de juicio que ni aun con la más pequeña confianza de algún seguro partido hayan esperado la memoria de la posteridad? De los cuales si alguno hay, al primer folio descubrirá inmedia mente la hilaza, y antes que de él tengamos alguna prueba cierta, nos obligará' á que le dejemos con grande pérdida de tiempo. Mas no todo aquello que pertenece á alguna ciencia es acomodado también para formar el lenguaje de que tratamos. Mas antes de hablar separadamente de cada uno de los autores, es necesario decir algunas cosas en general acerca dQ la variedad de opiniones que hay acerca de ellos. Pues algunos piensan que sólo deben leerse los antiguos, y les parece que en ningunos otros es natural la eiocuen- 258  m. FABIO QUINTILI4110. do en una parte del libro primero di las reglas de la pronunciación para los niños, juzgando más conveniente ha-- cer mención de ella en una edad en que se pueden corregir. Y así la voz ante todas cosas ha de ser sana, por decirlo así; esto es, no ha de tener imperfección alguna de aque- Has de que poco ha he hablado; en segundo lugar, no ha de ser sorda, bronca, . atroz, dura, áspera, hueca, , muy ; presa ó delgada, débil, ingrata, tenue, delicada y afemi- Iiida ni la respiración ha de ser corta ó poco durable, ni dificultosa para alentar. 2. Q Será clara la pronunciación, lo primero si . se artiularen bien todas las palabras, de las cuales parte suelen 1:agarse algunos y otros parte de ellas .no las pronuncian, y los más no pronuncian las últimas sílabas, por cuidar' 4 1 ,& sonido de las primeras. Mas al paso que es necesária la clara articulación de las palabras, así también es una e g sa molesta y odiosa el ir deletreando, y como contando idas las letras. Pues las vocales frecuentísimamente tienen elisión, y algunas consonantes, siguiéndoseles una vocal, pierden su sonido. De lo uno y de lootro hemos puesto ejemplo: Multurn et terris. También se evita la concurrencia de consonantes difíciles de pronunciar, como -pe rexit y collegit y las que en otro lugar quedan ya dichas. Y por tanto, es alabada. en Cátulo la dulzura de la pronunciación de las palabras.  . Lo segundo es que se distingan bien todas las partes de la oración; esto es, que el que dice comience y remate en donde conviene. También se debe saber en qué parte se ba de sostener y cómo suspender el sentido de la oraJ. ción (4) y en qué parte se ha de rematar. Por ejemplo, en n (1) Los griegos llaman á. esta suspensión hipodiastole 6 Idpostigme, las cuales voces interpretan los grarnátiods subdistinción 6 subdivisión. INSTITUCIONES ORATORIAS.  259 estos versos de Virgilio: Arma, virumque cano Trojce, qui priinus_ab oris Italiam fato profugus, lavinaque venit littora, etcétera, hay suspensión en arma, porque la palabra virum pertenece á las que se siguen; do manera que el sentido es: virum Trojce, qtii primus ab oris. Y en estas hay otra suspensión; porque aunque una cosa es de dónde vino y otra" adónde fué, sin embargo, no se debe hacer mayor pausa, porque lo uno y lo otro se expresa con el mismo verbo venit. En tercer lugar se hace en la palabra Italiam, porque la oración interpuesta fato profugus hace dividir lá oración seguida que resultaba de decir inmediatamente lavinaque venit; y por la misma razón hay cuarta suspensión en fato profugus, y después en lavinaque venit littora, en donde ya -se hará pausa, porque desde allí comienza otro sentido. Pero aun en las mismas -pausas unas veces se ha de gastar más ' corto espacio de tiempo y otras más largo. • Porque hay mucha diferencia entre concluir la oración ó el sentido. Y así después de aquella suspensión que se hace en la palabra littora, se sigue inmediatamente con el principio de otro aliento. Y cuando se llegare á atque alta in g enia Boni% se bajará la voz y se hará pausa, y se comenzará de nuevo lo que se sigue. Alguna vez hay algunas pausas sin respirar en los períodos, como en aquel: Mas en una junta del pueblo romano, manejando un negocio público, el coronel de la caballería, etcétera, en que son muchos los miembros. Porque los pensamientos son distintos unos de otros; y como el rodeo periódico es uno sólo, debe ser ligera la detención que se hace en estas pausas, y no se ha de cortar el hilo de la oración. Y, por el contrario, á veces es necesario tornar aliento sin que se conozca que se hace pausa, en cuyo caso se ha de tomar como á hurtadillas; porque si se torna sin destreza causará no menos obscuridad que la defectuosa división. Mas la gracia de saber hacer las divisiones se tendrá tal vez por cosa de poca consideración, siendo así que 260  M. FABIO QUINTILIANO. sin ella ninguna otra puede haber para decir en público. 3 . 40 Es adornada la pronunciación cuando la acompaña una voz expedita, llena, suave, flexible, sana, dulce, durable, clara, limpia, penetrante y que dura en los oídos. Porque hay una especie de voz acomodada al oído, no por su corpulencia, sino por su propiedad, y que para esto se deja manejar corno se quiere, y contiene en sí todos los tonos y voces que se pueden desear, y está templada (como dicen) corno un órgano completo; el que tuviere firmeza en el pulmón, un aliento durable y de aguante, no se rendirá al trabajo fácilmente. En los discursos no conviene un tono de voz muy grave como en la música, ni muy ,,gudo. Porque el uno, muy obscuro y demasiado lleno, nin- :.:zula impresión puede hacer en los ánimos, y el otro, deli- y:ale y de una claridad excesiva, no sólo es fuera de lo 31 oral, sino que ni puede recibir las diferentes inflexiones e Ja voz en la pronunciación, ni sostener por mucho rato el mismo tono de voz. Porque la voz, así como las cuerdas de un instrumento, cuanto más floja, tanto más grave es y más llena, y cuanto más fuerte, tanto es más delgada y aguda. De aquí es que la grave ó baja no tiene fuerza, y la muy alta está muy expuesta á quebrarse. Así es que es necesario usar de tonos medios; y estos se han de levantar cuando es preciso dar todo el lleno á la voz, ó se han de moderar cuando hay que bajarla. Lo primero que se debe tener presente para la buena pronunciación es la igualdad en el tono de la voz; que la oración no vaya dando saltos con pausas y tonos desiguales, confundiendo las sílabas largas con las breves, los tonos graves con los agudos y los,altos con los bajos, y cuidando de que la oración no claudique por la desigualdad de todas estas cosas, corno tampoco por la de los pies. Lo segundo es la variedad, en la cual consiste el todo de la . pronunciación. Y ninguno piense que la igualdad y la variedad se oponen entre sí; siendo contrario 'el vicio` de INSTITUCIONES ORATORIAS.  261 desigualdad á aquella virtud, y á ésta el que los griegos llaman moncedeis, que es como una sola vista. Mas el arte de variar no sólo da gracia y llama la atención, sino que también da áliento al que está diciendo con ltt misma mudanza de trabajo, así corno el estar de pie, andar, sentarse y echarse tiene sus alternativas, y no podemos aguantar por mucho tiempo una misma postura. Pero lo más esencial de todo (aunque esto lo trataremos poco después) es que la voz débe conformarse en todo con las cosas que decimos y con la disposición de los ánimos para no apartarse un punto del objeto de la oración. Así que debemos evitar lo que los griegos llaman monotonía, que es un solo tono y sonido de la voz, no sólo para no decirlo todo á gritos, lo cual es una locura, ó como en una conversación, lo cual carece de afecto, ó en un bajo murmullo, con el cual se debilita también toda la viveza de la pronunciación, sino para que en unas mismas partes y en unos mismos afectos haya algunas inflexiones de voz no tan grandes, según que ó la dignidad de las palabras, ó la naturaleza de los conceptos, ó el remate ó principio de los períodos, ó el pasar de una cosa á otra lo pidieren, así como los pintores, después que han hecho uso de cada uno de los colores, dan más realce á unas partes de la pintura que á otras, porque de otra manera no hubieran distinguido los miembros con líneas. Propongámonos, pues, aquel exordio de Cicerón en la muy excelente oración que dijo en defensa de Milón, ¿por ventura casi en cada una de las divisiones del período no es preciso mudar el tono, dándole en cierto modo diverso semblante? Aunque me recelo ¡oh jueces! no sea una cosa vergonzosa el temer uno que empieza á perorar saliendo á la defensa de un hombre el más esforzado. Aunque está contraído á todo el intento y es modesto, porque es exordio, y exordio de uno que empieza á hablar sobresaltado, sin embargo, preciso es que tuviese algo más de lleno y de im- 262  M. FABIO QUINTILIANO. pulso la voz mientras decía de un hombre el más esforzado, que cuando dijo Aunque me recelo y sea una cosa vergonzosa y temer. Ya el segundo aliento es preciso que se aumente, y esto por un natural impulso, cuanto es menos el temor con que decimos lo que se sigue, y cuanto más se muestra la grandeza de corazón de Milón: y de ningún modo convenga, siendo mayor la perturbación que el mismo Tito Annio experimenta por el bien de la república que por el suyo. Lo que después se sigue es como una reprensión de sí mismo: que yo no traiga igual grandeza de ánimo á la defensa de su causa; después de esto, hace más impresión aquello otro que dice: Sin embargo, esta nueva forma de un nueva juicio causa terror á la vista. Mas aquellas otras expresiones: los cuales, en cualesquiera causas que les han ocurrido, han echado menos la ¿magua costumbre del foro y la antigua práctica de los tribunales, las dice á boca llena. Pues lo que sigue es también seguido y difuso: Porque vuestra audiencia no se halla rodeada de tan numeroso concurso,de gentes como solía. Lo cual he notado, para que se vea que no sólo en los miembros del período, sino también en los incisos, hay alguna variedad en la pronunciación, sin la cual ninguna cosa hay mayor ni menor. Mas no se ha de esforzar la voz más de lo que se puede. Porque muchas veces, sofocada y despedida con mayor esfuerzo, es más oscura, y á veces, violentada, viene á dar en aquel tono que los griegos llaman closmos ó canto de gallina, tomado el nombre del canto de los pollos pequeños. Ni se han de confundir las cosas que decimos por la demasiada precipitación en el decir, con la cual no solamente se pierde la división y el sentido, sino que también alguna vez no se pronuncian del todo algunas palabras. A la demasiada velocidad en el decir se ópone el vicio de la demasiada pesadez; porque no sólo descubre la dificultad que tenemos en el discurrir, sino qu.e la misma floje dad con que se dice entibia los ánimos, y es causa de que ÍNSTITIICIONES ORATORIAS.  '263 en el tiempo señalado corra el agua inútilmente (1), lo cual no deja de ser de alguna consecuencia. La prolunciación debe ser 'expedita, no precipitada; moderada, no lenta. Tampoco se ha de alentar frecuentemente, para que no se corte el sentido de la oración, ni se ha de aguantar el aliento hasta que. falte. Porque el eco que produce aquel aliento que se acaba es una cosa disonante, y la respiración es muy semejante entonces al sonido que forma el aire comprimido largo rato debajo del agua, y cuando vuelve á tomar aliento se tarda más, y es ya cuando no viene al caso, como cosa que se hace, no cuando queremos, sino cuando no podemos más. Por cuya • razón, los que tienen' que decir un período más dilatado, deben tomar aliento para él; pero de tal manera, que esto se haga por un instante, sin ruido y de una manera que absolutamente no se conozca, y en las restantes partes se podrá muy bien volver á tomar en las transiciones. Mas se debe ejercitar el aliento de manera que dure lo más que sea posible, para lograr lo cual Demóstenes recitaba sin alentar los más versos que podía subiendo cuestas. Este mismo solía perorar en su casa revolviendo piedrecillas con la lengua para pronunciar las palabras con más expedición. A veces una respiración dilatada y llena es bastante clara, pero no es seguida, y por consiguiente es trémula, como aquellos cuerpos que al parecer están sanos y no se pueden tener por la debilidad de sus nervios, que los griegos llaman brancon. Hay algunos que, no tanto respiran como sorben el aire por los claros de los dientes, haciendo un ruido desagradable. Otros hay que con el frecuente aliento, y que aun por la parte interior hace un (1) Esto es, perdamos el tiempo que senos ha señalado para perorar. Alude esto á la costumbre que entonces había en la Audiencia de regular el tiempo que los oradores hablan de estar perorando con un reloj de agua llamado clepsidra. 52(3.1  FAdIO QUINTILIANO. ruido que claramente se percibe, imitan á las caballerías cuando se cansan del trabajo y de llevar el yugo. El cual cansancio aparentan tan bien como si la multitud de pensamientos no les dejase respirar y fuesTmayor el golpe de elocuencia que les ocurriese que lo que podían pro= nunclar. Otros hay que se tropiezan en la pronunciación y sus palabras se rozan unas con otras. Así que el toser, el escu pir frecuentemente, el gargajear con mucho trabajo y ; ► i . il I char á los que están inmediatos con la saliva, y respiri l ' la mayor parte por las narices mientras se está ha- ¿i  aunque en rigor no son vicios de la voz, ,mas, sin 1) cargo, porque por ella provienen, se deben poner prinf . ir-;¿-,lmente en este lugar. Pero cualquiera vicio de estos es más tolerable que el -)uso que más reina al presente en todas las causas y es- Ltelas de decir de una manera que 'parece que se , canta, T o cual no sé si tiene más de inutilidad que de fealdad. - t' p rque ¿qué cosa hay que le convenga menos á jun orador ue la inflexión de voz que usan los comediantes cuando (•antan en el teatro, y que se asemeja á la libertad dejos ql:e están privados con el vino y á la alegría de los convites? ¿Y qué cosa hay que más se oponga á, la moción de. 1):-; afectos que cuando fuere necesario mover á dolor, á ira, indignación y compasión, no solamente apartarse de estos afectos con que se le debería mover al juez, sino profanar la respetable gravedad del foro con la libertad de los de Licia y Caria? (4). Pues Cicerón dijo que los ora- (1) Algunos leen en el original ludorum talarium, lección que liemos desechado por parecernos que tiene tanta conexión el juego de los dados con lo que va diciendo del abuso de declamar con un tonillo cantado, como lo que después die* de los oradores de Licia y Caria, Este es el parecer de M. Abe Gedoin, de la Academia francesa. A no ser que también pueda entenderse esto de los dados, porque como dioe M. Rollin citando á Turne- , INSTITUCIONES ORATORIAS.  265 dores dé 'estas provincias casi cantaban en los epílogos. Nosotros también hemos pasado á un modo de cantar algo más. serio. ¿Y quién será el que se ponga á cantar en la defensa ' de un pleito, no . digo acerca de un homicidio, de un sacrilegio 6 de un parricidio, pero ni aun sobre cualquiera cálculo ó cuenta, para decirlo de una vez? Y si esto es lo que absolutamente se debe adoptar, ningún motivo hay para no acompañar aquella modulación' de voz con instrumentos de cuerda y aire, ó por mejor decir con campanillas, que es lo que más semejanza tiene con esta deformidad. Aun esto lo hacemos con gusto, porque á ninguno le desagrada lo que él mismo canta, y en esto hay menos trabajo que en la buena pronunciación. También hay algunos que ,además de los otros vicios de que adolecen se dejan también llevar en todo del deleite de oir lo que halaga los oídos. Pues qué (dirán los tales), ¿Cicerón no dice que hay en el decir un cierto canto obscuro? Sin duda, y esto proviene de un vicio natural. Yo haré ver no mucho después en qué parte de la oración y en qué términos se ha de hacer esta inflexión y canto, pero obscuro, que es lo que los más no quieren entender. 4 , 0 Porque ya es tiempo de decir cuál es la pronunciación conveniente. La cual sin duda es aquella que tiene proporción con aquellas cosas de que hablamos, á la cual contribuyen ciertamente en muy gran parte los mismos movimientos de los ánimos; porque tal es la voz cual el afecto que la causa. Pero siendo unos afectos verdaderos y otros fingidos é imitados, los verdaderos se manifiestan naturalmente, como los de los que están con alguna pena, ira é indignación; pero no dependen del arte, y así no se han de enseriar por reglas. Por el contrario, aquellos que con la imitación se remedan, están sujetos á las reglas; bo: • después de los convites jugaban frecuentemente á los dados, en cuyo juego solían cantar mientras estaban juyúndo. 266  M. FABIO QUINTILIANO. pero estos no son naturales, y por tanto en ellos lo principal es impresionarse bien y concebir las ideas de las cosas, moverse con ellas como si fueran verdaderas; de esta manera la voz, intérprete de nuestros pensamientos, Imprimirá en los ánimos de los jueces el mismo afecto que recibiere de nosotros. Porque ella es imagen y como copia de nuestra alma y recibe las mismas impresiones que ella. Y así en las cosas alegres es llena, sencilla y ella misma en cierto modo sale alegre; mas en la contienda se levanta con todas sus fuerzas, y por decirlo'así, se esfuerza con to das sus nervios. Es atroz en la ira, áspera, impetuosa y de LeKpitada respiración, porque no puede ser muy lenta _1,3 mi ° desmesuradamente se respira. Para mover á la envidia es algún tanto más lenta, porque casi sólo los infericires se dejan llevar de ella; mas para halagar, confesar, satisfacer y rogar debe ser suave y sumisa. Para aconse jar. avisar, prometer y consolar debe ser grave; en el temor y en la vergüenza, encogida; en las exhortaciones, ve-.... hernente; en las disputas, llena; en la compasión, quebrada y lastimosa y de intento como oscura; mas en las digresiones debe ser inteligible y de segura claridad; en las narraciones y discursos, familiar y que guarde un medio en_ tre el tono agudo y el grave. Mas se levanta en los grandes afectos; y en los que sólo sirven para dar gusto, se baja más ó menos á proporción del afecto que se pretende mover. IV. Mas diferiré algún tanto el decir qué es lo que encada lugar se requiere para perorar, á fin de hablar primero del ademán, el cual se conforma con la voz y con ella obedece juntamente al alma. Cuán importante sea éste al orador, se • ye bien clara- . mente en que él explica la mayor parte de las cosas aun más que las palabras; porque no solamente las manos, sino también los movimientos de cabeza declaran nuestáa voluntad, y á.los mudos les sirve de, lengua; el saludarte se • INSTITUCIONES ORATORIAS.  267 entiende y hace impresión aun sin hablar palabra, y por el semblante y modo de andar se conoce la disposición de los ánimos; y aun en los animales, que no pueden hablar, se conoce la ira, la alegría y el amor no solamente en los ojos; sino también en otras señales que so advierten en sus cuerpos. Y no•es de maravillar que las cosas animadas, que al cabo tienen por sí algún movimiento, hagan tanta impresión en los ánimos, cuando la pintura, que es una obra muda y que siempre está en una misma disposición,. de tal manera se insinúa en los más íntimos afectos del alma, que algunas veces parece que supera en su energía á la de la elocuencia. Por el contrario, sí la acción y el semblante no se conforman con las palabras, si decimos con alegría las cosas tristes y si afirmamos algunas cosas con ademán de negarlas, no solamente perderán su autoridad las palabras, sino que se harán increíbles. Además de esto, la gracia del orador proviene del ademán y movimiento. Y por esta razón, Demóstenes solía co• rregir su acción, mirándose en un espejo de cuerpo entero. En tanto grado se persuadió que debía fiar á sus mismos ojos lo que hacía, sin embargo de que la claridad del espejo representa los objetos á zurdas. La cabeza es uno de los miembros principales en la acción, así como lo es en el cuerpo, no sólo por la gracia 6 hermosura de que ya he hablado, sino también para la significación de ella. Lo que se requiere, pues, en primer lugar, es que la cabeza esté siempre derecha y en una postura natural. Porque baja denota humildad, demasiado levantada arrogancia, inclinada hacia un lado desfallecimiento y el tenerla muy tiesa y firme es señpl de una cierta barbarie. En segundo lugar debe tener unos movimientos proporcionados á la misma acción, de tal manera que so conforme con el ademán y acompañe á las manos yá los lados. 274  M. FABIO QU'INTIMAN°. El dar con la mano en el muslo, lo que se cree que hizo antes que ninguno Cleon en la ciudad de Atenas, no sólo es una cosa puesta en uso, sino que es muy propia de los que están poseídos de la ira, y pone en movimiento á los oyentes. Y este es lo que Cicerón echa menos en Calidio, diciendo: No se hirió la frente ni el muslo (y ni aun lo que es menos que todo) ningún golpe dió con el pie. (Brut., 278); aunque si se me permite el decirlo, en lo que pertenece á herirse la frente, no me acomodo á su dictamen. Porque el dar palmadas y herir el pecho es cosa propia de comediantes. El dar con el pie en tierra, así como en ocasiones es una cosa oportuna, como dice Cicerón, en el principio ó en el fin de las disputas, así el hacerlo á cada paso es señal de necedad y desvanece la atención del juez. También es cosa fea el andarse moviendo á la derecha y á la izquierda, sosteniéndose ya en un pie y ya en el otro. También es cosa defectuosa mover mucho los hombros, del cual vicio se dice que Demóstenes se corrigió de tal manera, que perorando de pie en un púlpito. estrecho, tenía una lanza colgada encima del hombro para que cuando acalorado en el decir incurriese en este defecto, la lanva los avisase tropezándole. No tiene el' orador traje alguno propio, pero en él se echa de ver más que en ninguna otra persona. Por lo que Jebe ser decente y propio de un hombre de forma, cual es el que debe llevar toda la gente honrada. Pues el demasiado esmero en la toga, calzado y cabello es tan digno de reprensión como el no cuidarse nada de dichas cosas. v . Esto es todo lo que ocurre que decir, ya por lo que respecta á los preceptos de la pronunciación, y ya por lo que pertenece á los defectos de ella; propuestos los cuales debe el orador reflexionar muchis cosas. La primera, cuál es el asunto de que va á tratar, en presencia de qui ► n.es INSTITUCIONES ORATORIAS.  i275 habla, y á quiénes, dirige su discurso. Pues así como en lo que decimos se atiende á lo que conviene al auditorio, así también en el ademán. Y es cosa impropia usar igualmente de un mismo tono de voz, de un mismo ademán, y de un mismo movimiento de cuerpo delante de un prín cipe ó del Senado, que delante del pueblo; delante de un magistrado, que de un particular; en una junta públida, que en una pretensión ó en la defensa de algún reo. La cual diferencia puede hacer cada uno que pare en estas circunstancias la consideración. Además de lo dicho debe reflexionar el asunto de que ha de hablar, y cuál es el fin que quiere lograr. De cuatro maneras puede ¡considerarse el asunto. La primera considerando el total de él en común . Porque unos hay que son por naturaleza funestos y otros alegres; unos que ponen cuidado, otros que ninguno dan ; unos de grande consideración, otros de poca; pero las partes de cada uno de ellos no nos deben llevar en tanto grado la atención que nos olvidemos enteramente de lo principal de ellos. La segunda consiste en la diferencia de las partes, como en el exordio, narración, confirmación y epílogo. La tercera en los conceptos mismos, en los cuales, según las circunstancias y los afectos, se varían todas las cosas. La cuarta en las palabras, cuya imitación, así como es viciosa si queremos imitar con la acción todo lo que decimos, así también en otras si no se expresan al vivo pierden toda su fuerza. 4. 0 Así que en las alabanzas (á no ser que fueren fúnebres), en las acciones de gracias . exhortaciones y asuntos semejantes, la acción debe ser alegre, majestuosa y magnífica. En las oraciones fúnebres que sirven para consolar, y en la mayor parte de las causas criminales, 14 acción es triste y modesta. En el Senado se debe consm-r- var la autoridad; delante del pueblo, decoro, y delante de los particulares, moderación. 276  FABIO QUINTILIANO. 2.° Por lo que pertenece á las partes de que consta un discurso, y de qué palabras y conceptos se compone, que son de muchas maneras, es necesaria más amplia explicación. Mas para que la pronunciación sea buena debe tener tres circunstancias: que se concilie la atención, que persuada y que mueva, á las cuales se junta también otra por naturaleza, que es el deleitar. El conciliarse la atención resulta casi, ó de la recomendación de las costumbres, las cuales no sé de qué manera se descubren tam-- bién por la voz y por la acción, ó de la suavidad de la oración. La fuerza del persuadir proviene del tono afirma- : i vo de le voz, el cual á veces hace más que las mismas razones. ¿Por ventura, dice Cicerón á Calidio, dirías tú eso de esta manera, si fuera verdad? Y después: Tan lejos estuvo de acalorar nuestros ánimos, que apenas podíamos espantar el sueño en este lugar. (Brut., 278.) Debe, pues, descubrirse en el orador confianza y firmeza en lo que dice, mayormente si tiene alguna autoridad. Más el modo de mover consiste en revestirse de los afectos y representarlos al vivo. Cuando un juez, pues, en las causas particulares, ó el pregonero en las públicas, diere orden al orador para eihpezar á perorar se ha de levantar con mucho sosiego; después se ha de detener algún espacio en componerse la toga, ó (si fuere necesario) en ponérsela bien del todo, y esto tan solamente en las juntas (porque en presencia de un príncipe, de un magistrado, ó de los tribunales no le será permitido) para tener la ropa decentemente puesta, y lugar para discurrir por el pronto. Y Aun cuando nos hubiéremos vuelto hacia el juez para pedirle la venia,sy este hubiere hecho señal para empezar, no se ha de romper á hablar inmediatamente, sino que se ha de dar algún • lugar, aunque corto, al pensamiento. Porque el esmero del que va á decir deleita sobremanera al que va á oir, y aun el mismo juez se prepara para ello. Esta regla dallo- INSTITUCIONES ORATORIAS.  277 mero con el ejemplo de Ulises ), de quien dice que estuvo con los ojos clavados en tierra, y teniendo el cetro inmóvil antes de derramar aquella grande avenida de elocuencia. En esta detención hay algunos preludios de expectativa, como llaman los cómicos, cuales son pasarse la mano por la cara, mirarse á las manos, hacer crujir los nudillos de los dedos, aparentar empeño en lo que se va á hacer, mostrar el gran cuidado con sollozos, ó lo que á cada uno le está mejor; y esto se ha de hacer más despacio, cuando el juez no ha comenzado á atender. La postura del cuerpo ha de ser recta; los pies han de estar iguales y algún tanto separados, ó el izquierdo muy poco trecho delante del otro; las rodillas derechas, pero no de tal manera que parezca que se tienen estiradas. Los hombros se han de estar quietos, el rostro serio, no triste, ni espantado, ni desfallecido; los brazos moderamente separados de los lados; la mano izquierda en la disposición que hice ver arriba; la derecha, cuando se hubiere ya de comenzar, algo abierta fuera del ^ seno, con un semblante el más modesto, ó en ademán de esperar el punto de comenzar el discurso. Porque es cosa defectuosa ponerse á mirar el techo, frotarse la cara y quitarse en cierto modo la vergüenza, volver de una parte á otra la cara con satisfacción propia, encoger las cejas para aparentar más terror; echarse atrás el cabello desde la frente, contra lo que es natural, para que el horror que causan sea terrible; y aquel otro vicio harto común y frecuente en los griegos, que con el movimiento de los dedos y labios parece que van pensando lo que van á decir; gargajear con ímpetu, sacar el un pie delante del otro, tener parte de la toga con la izquierda, estar esparrancado ó tieso, con la cabeza levantada 6 jo- (1) En el lib. III de la Muda,  21.6. M. FABIO QUINTILIANO. robado, ó con los hombros encogidos como los que van á luchar. En el exordio conviene casi siempre una pronunciación suave. Porque ninguna cosa hay más adaptada para llamar la atención que la modestia. Pero esto no se ha de hacer una ley inviolable; porque, como ya tengo explicado, no todos los exordios se dicen de una misma manera. Por lo tlomún, no obstante, será conveniente usar de un tono de voz moderado, usar de un ademán modesto, tener la toga imiesta en el hombro, y moverse poco á poco de un lado á o ro, dirigiendo la vista del mismo modo. Para la narración se requiere muy de ordinario tener la mano más extendida, ' la capa como cayéndose, el ademán fdif e rente, la voz correspondiente á lo que se dice, y un tono sencillo, á lo menos en estas expresiones: Quinto Lijario, pues, no habiendo todavía sospecha alguna de guerra, y ,en estas otras: Aula Cluencio Hábito, padre de éste. Los afectos requieren otras circunstancias en la misma narración, ya sean movidos de algún sentimiento, como: Cósase una suegra con su yerno. Ya sean de compasion, como: Pó- 7i ese en la plaza de Laodicea un espectáculo atroz y calamito- ',o para toda la provincia de la Asia. (Verr., III., núm. 76.) La acción que se debe usar en f ilas pruebas es varia y de muchas maneras. Porque el proponer, dividir y preguntar es cosa que so acerca al modo de hablar que usamos comúnmente; y lo mismo se ha de decir del reunir lo que el contrario dice, porque esto también es en su manera una proposición, aunque por distinto término. Pero sin embargo, alguna vez lo decimos esto en tono de burla, y otras veces en el mismo tono de los contrarios. La argumentación que por la mayor parte es más viva, más vehemente y eficaz, requiere también un ademán proporcionado á las palabras, esto es, vehemencia y vivacidad. En algunas partes es necesario instar é inculcar una misma cosa. INSTITUCIONES ORATORIAS.  279 En las digresiones se debe usar de una pronunciación suave; y ellas deben asimismo ser agradables y apacibles como el rapto de Proserpina, la descripción de Sicilia, y la alabanza de Cneo Pompeyo. Y no es cosa extraña que se diga con menor acaloramiento aquello que está fuera de la cuestión. La descripción de las costumbres de otros cuando va acompañada de reprensión, debe ser más suave, como: Me parecía ver á unos que entraban, otros que salían, y algunos que daban traspieses por lo que habían bebido. En cuyo caso se permite un ademán que no discrepe de la expresión, de lo que resulta un ligero movimiento, pero que no pasa de una y otra mano sin movimiento alguno de los lados. Muchos son los tonos para acalorar al juez. El mayor de todos, y del que no puede ya pasar el orador, es aquel que usa Cicerón en la oración que dijo en defensa de Ligado (núm. .): Emprendida la guerra, ¡oh César! y hecha ya en gran parte, etc. Porque dijo de antemano: Esforzaré la voz todo cuanto pueda para que el pueblo romano oiga esto que digo. Algo menor y que tiene también alguna suavidad es lo que sigue: Porque ¿luí objeto es el que tenía, ¡oh Tuberón! aquella tu espada en el campo de Farsalia? Aun es más lleno, más pausado y de más dulzura lo que dice en la Filípica, II, núm. 63: Pero manejando un público negocio, en una junta del pueblo romano. Se deben pronunciar distinta- , mente todas las palabras, y se han de ir deletreando las vocales, abriendo bien las fauces. Todavía se requiere una pronunciación más llena para decir esto: Vosotros, collados y bosques albanos. (Cic. Pro Mil., .85.) Mas en esta otra expresión: Las peñas y soledades corresponden con el eco, parece que hay algo de tonillo, y que se pronuncia con la cabeza levantada. A este tenor son aquellas inflexiones de voz que mutuamente se reprenden Dem6stenes y Esquines, y que no 280  FABIO QUINTILIANO. por eso se deben desaprobar; porque echándose en cara esto el uno al otro, es prueba de que el uno y el otro lo hacían. Pues ni el uno usó de un tono ordinario de voz cuando juró por los que habían muerto en la defensa de Maraton, Plateas y Salamina, ni el otro lloró la ruina de Tebas con expresiones sencillas. En estos lances se requiere un tono de voz diverso y casi desentonado, á quien los griegos dieron el nombre de desapacible por ser extremadamente desagradable y casi fuera de lo natural de la voz del hombre, como cuando cicerón dice (Pro Rab., 18): ¿Por qué no moderáis esa voz que publica vuestra ignorancia y confirma los pocos que sois? Mas lo que dije que debe salir de tono es lo que se contiene en aquella primera parte: Por qué no moderáis, etc. El epílogo, si contiene alguna recapitulación de cosas, requiere una cierta continuación de miembros cortados; si se dirige á mover á los jueces se tendrá presente alguna de las cosas que arriba dije acerca del tono de la voz, si á aplacarlos convendrá usar de una cierta suavidad de voz sumisa, si hay que moverlos á la misericordia será del caso usar de una inflexión de voz y suavidad lamentable, que principalmente es con la que se quebrantan los corazones y es la más natural. Pues aun á los huérfanos y á las viudas vemos en los mismos funerales que se lamentan de una cierta manera que tiene su tonillo. En estas ocasiones hace también muy al caso aquella voz confusa, cual dice Cicerón, que tenía Antonio. (Brut., 4 44 .) Porque tiene en sí, algo que imitar. De dos maneras es la compasión: la una va acompañada de odio, cual es la que poco ha se dijo de la condenación de Filodamo; y la otra de súplica y es de tono más bajo. Por lo que aunque hay también un tonillo más confuso en aquellas palabras: Mas en la junta del pueblo romano, porque no las dijo como quien reñía, ni en aquellas otras: Vosotros, albanos sepulcros, porque no habló como por ex- INSTITUCIONES ORATORIAS.  281 clamación ó por - invocación; con todo eso tienen infinitamente más inflexión y rodeo aquellas otras: ¡Desdichado de mi! ¡Infeliz de mi! ¿Qué responderé á niis hijos? Tú pudiste, ¡oh Milón! volverme á llamar á la patria por medio de éstos, ¿y no podré yo conservarte en la misma patria por medio de los mismos? (Pro Mil., 4 01.) Y cuando regula en un sextercio los bienes de Cayo Rabino: ¡Oh infeliz y desgraciada comisión de vender sus bienes! (Pro Rabir., 46.) También dice grandemente en la peroración el confesar sinceramente como que se desfallece de sentimiento y de fatiga, como cuando 'en defensa del mismo Milón dice Cicerón (núm. 4 05): Pero concluyamos, porque por las lágrimas ya no puedo hablar palabra. Cuyo tono de voz debe ser también en la pronunciación semejante á lo que significan las palabras. Otras cosas hay también que pueden parecer pertenecientes al ademán, cuales son llamará los agresores, levantar en alto los niños para mover á compasión, sacar á plaza á los parientes y rasgar los vestidos; pero de estas cosas se ha hablado ya en su lugar. 3.° Y como algunas par tes del discurso tienen también su variedad, se descubre con bastante claridad que la pronunciación debe conformarse con los mismos pensamientos, como hemos mostrado. 4.° Viniendo á lo último, cada palabra pide su tono, aunque no siempre, sino alguna vez. Por ventura estas palabras infelicillo, pobrecillo, ¿no requieren una voz sumisa y cortada? Y estas otras: esforzado, vehemente y ladrón, ¿no deben decirse con una voz entonada y viva? Porque es tal la fuerza y propiedad que se les da á las cosas con semejante conformidad de la pronunciación, que sin ella una cosa da á entender la voz y otra entiende el alma. ¿Y qué más se ha de decir que el que unas mismas palabras pronunciadas de distinto modo significan, afirman, reprenden, niegan, muestran admiración, indignación, pregun-  282  FABIO QUINTILIANO. tan, burlan y elevan? Porque de distinta manera se dice: Todo cuanto este reino en si contiene De tu mano á mi viene.--(En., I, 82.)  Y  ¿Tú pudiste en cantar llevar ventaja?—(Eclog., ni, 25.)  ¿Eres tú aquel Eneas?—(En., I I 621.) Argúyomo de tímido tú, ¡oh Dranco!—(En., II, 383.) Y para no ser más largo, cada uno recapacite esto ó cualquiera otra cosa que gustare, dentro de sí mismo, aco mo dándolo á todos lys afectos, y verá cómo es verdad lo que decimos. VI. Una tan sola cosa debe añadirse á lo dicho, y es: qu e atendiéndose en la acción principalmente al decoro, muelas veces sucede el que á unos les está bien una cosa á otros otra. Porque en esto media una cierta razón oculta y que no se puede explicar, y al paso que con verdad se ha dicho que lo principal del arte está en que lo que se hace se haga con decoro, así tampoco esto puede verificarse sin el arte, ni con el arte se puede todo enseliar. Pues hay algunos en los cuales aun las buenas Aren- . das no tienen gracia, y otros en quienes los mismos defectos agradan. liemos visto que Demetrio y Estratocles, muy célebres comediantes, daban gusto por prendas enteramente distintas. Pero lo menos extraño es que el uno remedaba perfectísimamente á los dioses, á los jóvenes, á los buenos padres y á los esclavos, á las matronas, y á las viejas circunspectas, y el otro hacía mucho mejor el papel de los viejos do mala condición, el de los criados astutos, el de los truhanes, fulleros y todo lo que pedía más vivacidad. Porque cada uno tenía carácter distinto. Porque la voz de Demetrio ora también mas dulce, y la de Estratocles más áspera. Eran más dignas de notarse en Demetrio algunas propiedades que no se podían imitar, cuales eran ciertos movimientos de las manos á un lado y á otro, ha- INSTITUCIONES ORATORIAS.  283 cer tiernas exclamaciones para dar gusto á los concurrentes, hacer pomposoel vestido al tiempo de entrar, y alguna vez hacer ademanes con el lado derecho, lo cual en ninguno otro hubiera caído bien sino en Demetrio (porque para todó esto le ayudaba su estatura y bella presencia), mas en aquel otro estaba bien el andar de una parte á otra, el ser ligero y aun aquella risa poco conveniente á su persona que con todo conocimiento causaba al pueblo encogiendo también su corto cuello. Cualquiera de estas cosas que hubiera hecho otro, hubiera parecido la más grande fealdad. Por cuya razón cada cual conózcase á sí mismo y disponga formar la acción, no sólo por los preceptos generales, sino también acomodándose á su natural carácter. embargo de que tampoco es una cosa imposible el que á alguno le estén bien ó todas las cosas ó muchas de ellas. El remate de este capítulo es necesariamante el mismo que el de los demás, á saber, es: que la moderación es la que sobre todo debe llevarse la atención primera. Porque no es mi objeto formar un comediante, sino un orador. Por lo cual omitiremos en el ademán todas las delicadezas, y estando perorando no usaremos importunamente de pausas, tiempos y demostraciones de afectos, como si se hubiera de decir en la escena: ¿Qué haré, pues? ¿No acudiré Ni aun en la ocasión presente, Cuando voluntariamente Me llaman? ¿Ó me armaré Más bien de aquesta manera Para no sufrir baldones De las públicas rameras? (Terencio en el Eunuco. Act. I, eso. I.) Porque en este lance tendrá el cómico que hacer pausas para mostrar su duda, inflexiones de voz, diferentes movimientos de las manos y de la cabeza. 290  M. FABIO QUINTILIANO. tudio y erudición, no puede ser peor orador un hombre malo que un bueno. Manifestemos el necio fundamento de esta razón. Ninguno ciertamente dudará que todo orador pretende hacer creer al juez que tiene razón y que es cosa justa lo que le propone. ¿Cuál, pues, de los dos le persuadirá mejor esto, el hombre de bien ó el malo? Claro está que el bueno; y dirá más veces la verdad y lo justo. Pero aun cuando en alguna ocasión, movido de algún respeto, se empeñare en probar una falsedad (lo cual, como después demostraremos, puede suceder), por precisión le han de dar más crédito á lo que dijere. Pero los hombres malos algunas veces no pueden disimular lo que son, por el desprecio que hacen de ser tenidos por buenos y por la ignorancia del bien. De aquí proviene que sin modestia proponen las cosas y sin vergüenza las afirman. De donde resulta en ellos una extraordinaria pertinacia y un trabajo bnitil en aquellas cosas que no pueden probar. Porque así como tienen pocas esperanzas de mudar de vida, así también desconfían en las causas que toman por su cuenta. Y sucede frecuentemente que aunque los tales digan la verdad, no tienen quien les dé crédito, y un abogado de estos sólo sirve para hacer sospechar que es malo el pleito ó injusto. H. Ahora voy á satisfacer á aquellas objeciones que, como en una especie de conspiración del vulgo, se hacen; tales son: Pues' qué, ¿Demóstenes no fué orador? Pues sabemos que fué malo. ¿No fué también Cicerón grande orador? Pues también muchos reprendieron sus costumbres. ¿Y qué haré yo en este caso? Muy odiosa me temo que se ha de hacer mi respuesta, y así es preciso halagar primero los oídos. Porque no me parece que Demóstenes fué tan reprensible por sus costumbres que yo dé crédito á todo el colmo de cosas que contra él han dicho sus ene - migos, cuando leo en su historia sus muy bellos dictámenes acerca de la república y el fin esclarecido de su vida, INSTITUCIONES ORATORIAS.  294 ni veo que en cosa alguna le faltase á Marco Tulio una voluntad muy propia del más excelente ciudadano. Prueba de esto es el Consulado, que él desempeñó con la mayor integridad, la suma rectitud con que obtuvo el gobierno de una provincia, el haber renunciado ser del número de los veinte que componían el Gobierno (4), y que en las guerras civiles que en su tiempo ocurrieron, y las más considerables, ni la esperanza ni el temor pudieron mover su corazón á separarle del mejor partido, esto es, del de la república. Algunos le tenían por un hombre de poco corazón, á los cuales responde él bellísimamente que no era tímido en exponerse á los peligros, sino en preverlos; lo cual él confirmó con su misma muerte, la que recibió con la más grande constancia. Y si estos varones carecieron de una bondad perfecta de vida, responderé á los que preguntan si fueron oradores lo mismo que respondieron los estoicos cuando les preguntaban si eran sabios Zenón, Cleantes y Crisipo: que fueron hombres grandes y dignos de respeto, pero que no llegaron á conseguir aquello que la naturaleza del hombre tiene por lo más excelente. Pues Pitágoras no quiso que le diesen el nombre de sabio, como los que le habían precedido, sino el de amante de la sabiduría. Sin embargo, acomodándome al modo común de hablar, he dicho muchas veces, y lo volveré á decir, que Cicerón es un orador perfecto, así como vulgarmente llamamos buenos y muy prudentes á nuestros amigos, sin embargo de que estas cualidades á ninguno cuadran sino á un hombre perfectamente sabio. (1) Después de la muerte de César decían algunos que debía, mudarse el gobierno de la república, haciéndole aristocrático; para cuyo efecto se debían elegir veinte sujetos que la gobernasen. A. lo cual se opuso Cicerón, sin embargo de que if destinabán al número de los veinte. También parece, por lo que Tulio escribe en la carta 2 del lib, IX á Atico, que el César le ofreció el agregarle al número de los veinte, y él lo renunció.  .« 252  FABIO QUINTILIANO. Pero hablando con toda propiedad, y según la ley misma de la verdad, yo buscaré aquel orador que el mismo Cicerón buscaba. Porque aunque confieso que él llegó á lo sumo de la elocuencia y apenas hallo cosa que se le haya podido añadir, antes tal vez encontraría en él algo que cercenar (porque casi la mayor parte de los sabios fueron de opinión que las más de las virtudes que suponían en él tenían algo de viciosas, y aun él mismo asegura que se corrigió mucho de aquella su afluencia juvenil); con todo eso, puesto que no se apropió el nombre de sabio, teniendo tanto amor propio y habiendo seguramente podido ser !rtás excelente orador si hubiera vivido más y si hubiera legrado un tiempo más tranquilo para componer, estoy p ersuadido, sin hacerle agravio, de que le faltó aquel complemento que debe tener un perfecto orador, al cual, no, obstante, se acerca más que ninguno. Y si otra cosa sintiera yo, podía muy bien defenderla con más fortaleza y liberzá.d. Pues ¿por ventura no aseguró Marco Antonio que no había conocido ningún hombre elocuente, lo que es tanto menos? Aun el mismo Marco Tulio busca un orador semejante y no le encuentra sino en su imaginación é idea; ¿y no me atreveré yo á decir que en los siglos venideros se puede encontrar alguna cosa más perfecta que la que ha habido? Paso en silencio á aquellos que ni á Demóstenes ni á Cicerón los tienen por perfectos en la elocuencia, sin embargo de que ni aun al mismo Cicerón le parece bastante perfecto Demóstenes, de quien dice que á veces tiene algunos descuidos; el mismo juicio forman de Cicerón Bruto y Calvo, los cuales no tuvieron reparo de corregirle su composición aun en su misma presencia, y Asinio piensa lo mismo de los dos, porque en muchos lugares declaman fuertemente contra los defectos de su estilo. III. Pero supongamos (lo que en lo natural no puede verificarse) que haya habido algún hombre malo . consumado en la elocuencia; con todo eso, yo no diré que éste' INSTITUCIONES ORATORIAS.  293 fué orador. Ni daré el nombre de esforzados á todos los valientes, porque sin la virtud no se puede verificar la fortaleza, ¿Pues, por ventura, el abogado que se toma , para la defensa de los pleitos, no necesita tener una fidelidad que ni la codicia sea capaz de sobornarla, ni el favor torcerla, ni el temor disminuirla? ¿Daremos el respetable nombre de orador á un hombre traidor, á un desertor ó á un prevaricador? Y si conviene que aun los medianos abogados tengan esta prenda que comúnmente se llama bondad, ¿por qué razón no ha de ser tan perfecto en las costumbres como en la ciencia de perorar aquel que todavía no es orador, pero lo puede ser? Porque no pretendo yo instruir al orador meramente en lo que pertenece al foro, ni á uno que t ome esta arte por oficio, ó de quien se pueda solamente decir (hablando en términos más suaves) que no es desgraciado abogado de pleitos, ó á alguno, en fin, de los que vulgarmente llaman abogados de guardilla, sino á un sujeto de ingenio sobresaliente, cuyo entendimiento esté completamente adornado de las muy bellas artes, destinado de tal modo para la defensa de los hombres, que en ningún tiempo haya habido otro semejante, de un mérito singular, perfecto por todos lados, que tenga los mejores pensamientos y un modo de decir el más excelente. ¿Y hará poco en defender á los inocentes, en contener los delitos de los malos ó en favorecer el partido de la verdad contra la calumnia en una causa pecuniaria? Consumado orador será este tal, sin duda alguna, aun en estas ocupaciones; pero aún tendrá más grado lucimiento en otras de más grande consideración, cuando tuviere que gobernar los pareceres del Senado ó corregir los desórdenes del pueblo. Y ¿por ventura Virgilio no parece que se figuró un sujeto de estas prendas en aquel que puso por pacificador en el alboroto del pueblo que estaba ya arro_ jando fuego y piedras, diciendo: • 291  M. FABIO QUINTILIANO. En tal consternación, si por fortuna Un sujeto á su vista se presenta Por su piedad y méritos insigne, Todos al punto al verle el labio sellan, Y á todo cuanto dice, muy atentos Prestan oído.—(En., 1, 155.) Tenemos, pues, ante todas cosas, que Virgilio puso por primera circunstancia el ser hombre de bien, pues la segunda que añadió fué que fuese diestro en el arte de decir. Él inclina á do quiere con palabras La voluntad de todos y serena Los alterados pechos. Y qué, ¿este mismo orador cuyas instrucciones escribo, tiene la precisión de exhortar á los soldados á dar una T iatalla, no formará un discurso sacado del fondo de los preceptos de la sabiduría? Porque ¿de qué manera des -echarán los que emprenden una batalla tantos temores como á un mismo tiempo les acometen del trabajo, de la pena y por último el de la misma muerte, si en lugar de estas zozobras no se les inspira el amor á la patria, la fortaleza y la idea de la gloria que en tal caso se pueden adquirir? Lo cual seguramente persuadirá mejor á otros el que primero estuviere bien impresionado de todo ello. Porque por más que se disimule, al cabo se descubre el fingimiento y nunca ha sido tan grande la fuerza de la elocuencia, que no titubee y vacile siempre que las palabras desmienten al corazón. Un hombre malo, por precisión tiene que decir lo contrario de 10 que siente; pero á los hombres de bien jamás les faltará que hablar de las cosas buenas, ni dejarán de inventar siempre lo mejor, (porque ellos mismos serán también prudentes), cuya invención, aunque carezca de los primeros del arte, tiene bastante hermosura con su natural adorno, y todo aquello que se dice conformándose con la virtud, no puede menos de ser de su naturaleza persuasivo. INSTITUCIONES ORATORIAS.  ,295 Por cuya razón los jóvenes, ó por mejor decir, los de todas las edades (pues para el que tien'e buenos deseos siempre es tiempo), aspiremos con todo empeño á llegar á este grado de perfección, y á esto nos esforcemos, pues tal vez nos cabrá en suerte el conseguirla. Pues si la naturaleza no impide el ser uno hombre de bien y al mismo tiempo buen orador, ¿por qué razón no ha de poder alguno, cualquiera que sea, conseguir lo uno y lo otro? Y ¿por qué cada cual no podrá tener esperanzas de ser en adelante este alguno? Para cuyo logro si las fuerzas del ingenio no fueren suficientes, sin embargo, á proporción de los progresos que en lo uno y en lo otro hubiéremos hecho, seremos más consumados. Pero desterremos enteramente de nuestro corazón esta máxima de que la elocuencia, que es la cosa más preciosa que hay en la naturaleza, puede mezclarse con los errores del entendimien- to. Así que, si esta facultad se encuentra en los hombres malos, la misma facultad debe igualmente reputarse por vicio, porque ella hace peores á aquellos en quienes se halla. IV. Mas ya me parece que estoy oyendo á algunos (porque nunca faltará quien quiera ser más bien elocuente que hombre de bien) que me dicen: Pues ¿para qué es tan grande el artificio que tiene la elocuencia? ¿A qué fin rhabéis hablado de los adornos de la retórica, de la defensa de las causas enmarañadas y también nos habéis dicho alguna cosa del reo cuando está confeso, si la fuerza y energía de la elocuencia no triunfan de la misma verdad? Porque un hombre de bien no defiende sino los pleitos justos, y éstos b estante defensa tienen en la misma verdad, aun cuando les falte la instrucción en los preceptos. 4.° A los cuales después de haberles respondido por lo perteneciente á esta mi obra, yo los satisfaré por lo que respecta á la obligación de ser el orador hombre de bien, sl alguna razón le moviere á la defensa de los culpados. 296  FABio ouryrfLtANo. Porque no es cosa fuera de propósito el tratar de qué manera se ha de hacer la defensa alguna vez ó de las cosas falsas ó injustas, aunque no sea más que para comprenderlas y refutarlas con mayor facilidad, á la manera que aplicará mejor las medicinas el que tuviere conocidas las que dañan. Porque ni aun los filósofos académicos que de todo disputan en pro y en contra, no siguen cualquier te- nor de vida. Y aquel Carneades, de quien se dice que en Roma declamó en presencia de Catón, el censor contra la justicia, con no menor energía de la que el día antes habla usado perorando á favor de ella, no por eso fué el hombre injusto. Antes bien, la maldad contrapuesta á la virtud descubre todo lo que ella es, y la justicia se hace más manifiesta con la consideración de un hombre injus- to, y muchísimas cosas hay que se prueban por sus contrarios. El orador, pues, debe tener conocidos los pensamientos de los contrarios, como un general de ejército los de sus enemigos. 2.° Pero la razón puede moverle á un hombre de bien á querer apartar alguna vez al juez de lo justo en la defensa de una causa, la cual á primera vista parece cosa dura. Y si alguno se maravillare de que yo lo proponga (sin embargo de que no es este propiamente mi modo de pensar, sino de aquellos á quienes la antigüedad tuvo por los más graves maestros de la sabiduría), reflexione que la mayor parte de las cosas son ó buenas ó malas, no tanto por sus efectos, como por sus causas. Porque si muchas veces es una cosa buena el quitar la vida á un hombre y alguna vez es cosa muy honrosa matar los hijos, y si la común utilidad lo pide, se permiten hacer cosas todavíti más atroces y horribles de contarse, no hemos de atender aquí solamente cómo defiende una causa justa un hombro de bien, sino que también se ha de mirar por qué causa y con qué objeto la defiende. Y en primer lugar es preciso que todos me concedan INSTITUCIONES ORATORIAS.  297 lo que aun los más rigurosos de los estoicos confiesan que alguna vez podrá suceder: que un hombre de bien falte á la verdad y tal vez con muy leves fundamentos (1), á la manera que á los niños cuando están enfermos les decimos muchas cosas que no hay, para contentarlos, y les prometemos otras muchas que no hemos de cumplir; pues ¿con cuánta más razón cuando sea necesario disuadir 'á un malhechor de cometer un homicidio ó engañar al enemigo por la defensa de la patria? De manera que aquello que en los esclavos es digno de reprensión, es á veces loable en un hombre sabio. Lo cual si se verificare, veo que !pueden ocurrir muchas razones por las cuales un orador puede legítimamente tomar á su cargo la defensa de una causa semejante, lo cual no podría hacer faltando algún motivo honesto. Y no digo yo esto porque me agrade seguir las leyes más severas en la defensa de un padre, de un hermano ó de un amigo que se halla en peligro, sin embargo de que no hay poco motivo para dudar, propuesta por una parte la imagen de la justicia y por la otra el amor natural que el hombre tiene á los suyos. Mas no dejemos lugar alguno de dudar. Supongamos que alguno ha puesto asechanzas á un tirano y que - se le hace reo de esto: ¿por ventura dejará desear que salga libre el orador que definimos? Y si tomare á su cargo su defensa, ¿no le defenderá con tan aparentes pruebas como el que defiende un pleito injusto delante de los jueces? ¿Y qué sucederá si el juez está resuelto á condenar al- (1) San Agustín en el libro de la mentira y en otros lugares á cada paso prueba con la solidez y nervio que acostumbra, que por ningún motivo, cualquiera que sea, es licito a ninguno el mentir; lo cual demuestra con muchas autoridades, pero con especialidad con estas do la sagrada Escritura: Perderás á todos los que hablan mentira. (Psalm. V, v. 7.) La boca que miente, causa la muerte del alma. (Cap. I, De la Sabiduría, v. 11.) Y así Quintillano habla como pagano. 298  M. FABIO QUINTILIANO. gunos hechos buenos, si no le convenciéremos de que no han sucedido? ¿no sacará libre el orador de esta manera, no sólo al inocente, sino que hará que le tengan por excelente ciudadano? Y si supiéremos que algunas cosas hay de su naturaleza justas, pero que por la circunstancia de los tiempos son perjudiciales á la ciudad, ¿no usaremos de un modo de decir, bueno en sí considerado, pero el más parecido á las malas mañas de que usan los malos oradores? Además de esto, ninguno pondrá duda en que si los culpados pueden de alguna manera enmendar su vida, como á veces se concede que lo pueden hacer, será más importante á la república el que ellos queden libres que el que sean castigados. Luego si se le convenciere al juez de que ha de ser hombre de bien aquel á quien acusaren de delitos verdaderos, ¿no procurará sacarle libre? Supóngase ahora que es acusado de un delito manifiesto un buen general de ejército, sin cuya conducta no puede la ciudad conseguir una honrosa victoria; ¿por ventura la común utilidad no le proporcionará un abogado que le defienda? Fabricio, ciertamente, sin embargo de ser Cornelio Rufino por otra parte un mal ciudadano y enemigo suyo, le dió su voto para el Consulado en la guerra que amenazaba, porque sabía que era un buen capitán, y admirándose algunos de esto, les respondió: Que quería más que le despojase un ciudadano que el que le pusiese en venta un enemigo. De esta manera, si éste hubiera sido orador, ¿no hubiera defendido al mismo Rufino, aun cuando fuese reo de haber públicamente usurpado las rentas públicas? Muchas cosas á este tenor se pueden alegar, pero cualquiera de estas basta por ss , sola. Porque no tratamos de tal manera este punto que el orador que vamos formando no pueda salirse de esto, sino para que, si semejantes razones le han hecho fuerza, tenga siempre por verdadera la definición que el orador es un hombre de bien, instruido ca la elcuencia. INSTITUCIONES ORATORIAS.  299 Pero también es necesario dar•reglas, y enseriar de qué manera han de tratarse las cosas que son dificultosas de probar. Porque muchas veces aun las mejores causas se parecen á las malas, y el reo que está inocente es acusado de muchas cosas que tienen apariencia de verdad; de donde resulta que debe ser defendido, observando en su defensa el mismo orden que si•estuviera culpado. Además de esto, hay innumerables cosas que son comunes á las causas buenas y á las malas, como son los testigos, las escrituras, las sospechas y las opiniones. Y los hechos verosímiles se prueban y se refutan del mismo modo que los verdaderos. Por cuya razón se dirigirá el discurso, según el asunto lo requiera, conservando siempre una recta intención. 306  M. FABIO QUINTILIANO. r ico Anaxágoras, y que Demóstenes, príncipe de todos los oradores de la Grecia, tuvo á Platón por maestro. Y el mismo Marco Tulio aseguró frecuentemente que no.debfa tan- to á las escuelas de retórica como á lo espacioso de la academia. Y jamás hubiera llegado á tomar tanto ensanche su elocuencia si hubiera reducido su ingenio á las paredes del foro y no á los términos que tiene la_misma naturaleza. III. Pero de esto nace otra cuestión, y es: qué secta de ti lósofos puede contribuir más á la elocuencia, sin embar- » de que esta disputa á pocas sectas se puede reducir. .o 'que Epicuro por sí mismo nos aparta _de su filosofía, dice que se huya de toda ciencia con el mayor co- :ito que se pueda. Y Aristipo, poniendo el sumo bien en el deleite del cuerpo, está muy lejos de exhortai i nos á traba- , ',¿Lr en este estudio. ¿Y qué papel puede hacer en esta obra l'irrón, no constándole de que hay jueces en cuya presenc:ia se habla, y reo en defensa: de quien se:perora, y Sena- en el en que es preciso decir su parecer. Algunos tienen por una cosa muy útil la secta académica, porque la (ostumbre de disputar en pro y en contra:tiene mucha conexión con el ejercicio de las causas forenses. Añaden, para prueba de esto, que de ella han salido sujetos muy hobresalientes en la elocuencia. Los peripatéticos hacen también alarde de cierto estudio de la oratoria. Y en efec- to, ellos casi fueron los primeros que establecieron las cuestiones problemáticas por vía de ejercicio. Los estoicos, al paso que se ven precisados á confesar que sus maestros carecieron de la riqueza y lustre 'de la elocuencia, se empefian en persuadir que ningunos prueban con más fuertes razones ni concluyen con más grande sutileza. Pero dejemos esto para que lo disputen entre sí mismos aquellos que, como sacramentados ú obligados estrechamente por religión, tienen por delito el apartarse 1111 pun- to de la opinión que una vez han abrazado. Mas el orador INSTITUCIONES ORATORUS. ti  30,. n`o tiene que estar sujeto en cosa alguna á las leyes de. estos filósofos. Porque el fin á que él aspira, y de lo que. hace profesión, es de más importancia y excelencia; pues- to que se promete ser consumado, no , sólo por lo recomendable de su, vida, sino también de su elocuencia. Por lo que se propondrá por modelo de bien hablar al más elocuente de todos, y para el arreglo de sus costumbres elegirá los más sanos preceptos y el más recto camino para la virtud. Se ejercitará en tratar de todas las materias, pero sobre todo en las de más importancia y que por su naturaleza son las más nobles. Porque ¿qué materia puede hallarse más copiosa para hablar con gravedad y con afluencia que la de la virtud, de la república, de la Providencia, del origen de nuestras almas y de la amistad? Estas materias dan no menos elevación al alma que al discurso, y son los verdaderos bienes que moderan los temores, refrenan las pasiones, nos libran de las opiniones del vulgo y transforman nuestro corazón y le hacen celestial. Y no sólo será del caso tener noticia y hacer continuamente á la memoria las materias que en tales ciencias se contienen, sino también aun más los dichos y hechos memorables que se refieren de la antigüedad. Los que en ninguna parte seguramente se encontrarán ni más en número ni mayores que en las memorias de nuestra ciudad. Y si no, ¿podrán otros servir mejor de ejemplo de fortaleza, de fidelidad, de justicia, de continencia, de frugalidad, del desprecio de los tormentos y de la muerte que los Fabricios, Curios, Régulos, Decios, Mucios y otros innumerables? Porque cuanta es la abundancia que los griegos tienen de preceptos, tanta es la que los romanos tienen de ejemplos; lo que 'es de más importancia. Y aquel orador que no se contente con sólo tener presentes los sucesos modernos y la historia de su tiempo, sino que mire toda la memoria de la posteridad como la justa medida de la vida honesta y el camino de la alabanza, sabrá que esto se 308  M. FAINO QUINTILIANO. aprende solamente en los sucesos de más antigüedad. aquí es de donde ha de beber los raudales de la justie y de aquí ha de mostrar haber tomado la libertad en causas y en sus dictámenes. Y no será orador pollee, sino el que supiere y tuviere valor para hablar con la • tud que corresponde. • INSTITUCIONES. ORATORIAS.  309 CAPITULO III. QUE ES NECESARIA AL ORADOR LA CIENCIA DEL DERECHO CIVIL. También necesita el orador tener conocimiento del derecho civil, como también de las costumbres y de la religión de aquella república cuyo gobierno tomare á su cargo. Porque ¿de qué manera podrá persuadir en las deliberaciones públicas y particulares, si no tiene noticia de t antas cosas en que principalmente se funda una ciudad? 4Y de qué manera podrá decir con verdad que es abogado de las causas aquel que tenga que mendigar de otro lo que tiene mayor fuerza en ellas, no muy desemejante á aque líos que recitan las composiciones de los poetas? Porque en cierta manera vendrá á hacer lo que le manden, y dirá como en nombre de otro lo que él debe pedir, que el juez le crea á él, y debiendo ser patrono de los litigantes necesitará él de que le patrocinen. Lo cual, aunque se pueda practicar alguna Vez con menos incomodidad, llevando á la presencia del juez bien estudiados y sabidos por orden los puntos de una causa, como todas las demás cosas que en ella se contienen, ¿qué sucederá en aquellas cuestiones que de repente suelen suscitarse durante la defensa de las mismas causas? ¿No tendrá que volver muchas veces alrededor de si la vista vergonzosamente para preguntar á los abogados inferiores que están allí sentados? ¿Podrá entonces entender bien lo que ah oyere, teniéndolo que decir inmediatamente? ¿O asegurarlo con fortaleza, ó perorar con libertad á favor de la parte que defiende? Y supon- . gamos que lo pueda hacer en los discursos de las causas; 34 O M.FABIO QUINTILIANO. pero qué sucederá en las disputas, en donde á cada paso es necesari o rebatir las razones del contrario , y no se-da lugar para aprender lo que se ha de responder? ¿Y qué hará si por desgracia no asistiere el hábil abogado que solfa sugerirle razones? ¿Y qué si alguno que no estuviere suficienteme nte instruido en aquella materia le .insinuare alguna cosa falsa? Porque la mayor miseria de la ignorancia consiste en creer que aquel que aconseja lo sabe todo. Y no ignoro lo que entre nosotros se acostumbra, ni estoy olvidado de aquellos que imitan á los que están sentados sobre las arquillas y suministran armas á los que están w-leando (4); ni se me oculta que los griegos suelen tarn- --5én hacer lo mismo, de donde se les puso el •nombre de 1::, ,entes de negocios. Pero hablo de un orador que no sólo contribuya con la voz, sino con todas aquellas cosas \que -pueden contribuir á la defensa de la causa. Y así no quiero Fue esté desapercibido, si tal vez se ofreciere algún lance de perorar de repente; y que no titubee en las contesta iones de los testigos. Porque ¿quién mejor que el ordenará las cosas que quisiere comprender en la causa cuando la defendiere? A no ser que alguno tenga por buen general á aquel que en las batallas es denodado y valiente, y sabe disponer bien todo lo que la pelea requiere; pero que ningún conocimiento tiene para las levas de las tre; pas, ni formarlas en batalla ni en columna, ni para; las provisiones de ejército y de guerra, ni tomár un puestó ventajoso para poner su campamento. Porque no hay dada en que primero es hacer los preparativos para la guerra que entrar en batalla. Así que será . muy semejante á éste (1) Entre los romanos, como dice Asconio, unos eran abogados, otros eran r econocedores de las causas y otros como J'Escales, los cuales ayudaban al orador y le sugerían las ideas del derecho. De esta manera eran los pragmáticos ó agentes entre los griegos como unos legistas 6 letrados que instruían al (Sra- , dor en el derecho. INSTITITCIODIES ORATORIAS.  34 1 general que hemos dicho aquel abogado que dejare á otros muchas cosas que sirven para triunfar en la causa, con especialidad no siendo esto, que es lo más necesario, tan dificultoso como tal vez les parece á los que lo miran desde lejos. Porque cualquier punto del derecho consta por escritura ó por costumbres. Lo que es dudoso se debe exam?fiar según la regla de la justicia. Lo que consta por escrito tiene su fundamento en las costumbres de la ciudad, no tiene dificultad alguna, por ser cosa que sólo requiere conocimiento, no invención. Mas aquellas cosas que dependen de la exposición de los jurisconsultos, 6 consisten en la tergiversación de las palabras, ó en la diferencia que hay entre lo bueno y lo malo. El conocer la fuerza de cualquiera expresión, ó es común á los hombres prudentes, ó propio del orador. Por lo que pertenece á la justicia, cualquier hombre de bien la conoce. Y- yo tengo á un orador no sólo por hombre de bien, sino que sobre todo tenga prudencia; el cual cuando defendiere lo que por naturaleza es más acertado, no se admirará de que algún jurisconsulto se aparte de su dictamen, teniendo ellos mismos facultad para defender opiniones opuestas entre sí. Pero aun cuando quisiere saber las diferentes opiniones que hay, es necesaria la leccióp, que es el menor trabajo que hay en los estudios. Y si la mayor parte, desconfiando de lograr la perfección en la oratoria, se han dedicado al estudio del derecho, ¿qué fácil le será á un orador aprender lo que aprenden los que por sí mismos confiesan que no pueden ser oradores? Pero Marco Catón, no sólo fué muy excelente orador, sino también muy grande jurisconsulto; y Escóvola y Servio Sulpicio tuvieron también la prenda de elocuentes; y Marco Tulip mientras estaba dedicado . al ejercicio de perorar, no solamente no abandonó la ciencia del derecho, sino que también había comenzado á componer algu- 4 24 '2  M. FABIO QUINTILIANO. nas cosas acerca de él, para que se vea que un orador puede dedicarse al derecho, no sólo para aprenderle, sino también para enseñarle. ,Mas para que ninguno crea que son dignos de reprensión los preceptos que yo pongo acerca del arreglo de las costumbres y estudio del derecho, porque á muchos hemos conocido que, fastidiados del trabajo que necesariamente han de experimentar los que aspiran á la 'elocuencia, han recurrido á estos pequeños entretenimientos de la desidia, de los cuales unos se dedicaron á leer los l'egistros ó catáfr1,9»; del foro, y los títulos de los capítulos del derecho y 171rmulas, ó como dice Cicerón, quisieron más ser letralos, haciendo elección como de cosas más útiles délque- 931; .-{rie sólo buscaban por su facilidad; otros hubo más 1./TuIlosos y menos inclinados al trabajo del estudio, los ,ya;-e ' con un exterior modesto, y dejándose crecer la corno si despreciasen los preceptos de la oratoria, di4ur r ieron algún tiempo en las escuelas de los filósa- i'.'1.x ». á fin de ganarse después la autoridad con el desprecio de los demás, siendo en público tristes y en su casó diso- [atas; porque la filosofía puede contrahacerse, Inas' no la IN TUCIONES ORATORIAS.  34 3 CAPITULO IV. QUE NECESITA EL ORADOR TENER CONOCIMIENTO DE LAS HISTORIAS. Debe sobre todo el orador tener un grande acopio de ejemplos, ya antiguos y ya modernos; de manera que no solamente está obligado á tener noticia de lo que recientemente se ha escrito en las historias, ó se conserva por tradición como de unos á otros y de lo que 'diariamente sucede, pero ni tampoco ha de mirar con indiferencia las ficciones de los, más célebres poetas. Porque aquello primero tiene la misma fuerza que tienen los testimonios y aun también los decretos, y esto segundo, ó tiene su apoyo en el crédito de la antigüedad, ó se cree que los hombres grandes lo fingieron para dar reglas en orden á la instrucción. El orador, pues, debe saber muchísimos ejemplos, de donde proviene que los ancianos tienen también mayor autoridad porque saben y han visto más cosas, lo que frecuentemente afirma Hornero. Pero no se ha de aguardar á la última edad para aprender la historia, teniendo estos estudios la propiedad de hacer que parezca, por las cosas que sabemos, que hemos vivido aun en los pasados siglos. 34 4  M. FABIO QUINTILIANO. CAPFIULO CUÁLES HAN DE SER LAS PRENDAS DE UN ORADOR. Que al orador le es necesaria la grandeza de corazón y la confianza. De las prendas naturales del orador. Esto es lo que yo había prometido tratar acerca de los :xnxilios, no del arte, como algunos han pensado, sino del .,-nismo orador. Estas son las armas que debe tener á mano; .9n la ciencia de estas cosas debe estar apercibido, tenien-i d(1 l mismo tiempo un grande acopio de palabras y figuorden en la invención, facilidad en la disposición, &- Tina en la memoria y gracia en la pronunciación y ademán. Pero de todas estas prendas la más excelente es 'una i l-randeza de corazón, á la que ni el temor abata, ni el ruido de las voces amilane, ni la autoridad de los oyentes. detenga más de lo que requiere el respeto que se merecen. Pues al paso que son abominables los vicios que le oponen á estas prendas, cuales son la demasiada satisfacción, temeridad, malignidad y arrogancia, así también si falta la constancia, confianza y fortaleza, de nada servirá el arte, el estudio -y la misma ciencia; como si se diesen armas á los cobardes y de poco corazón para pelear. Aunque mal de mi grado (por cuanto puede siniestramente int erpretarse), me veo precisado á decir que la misma vergüenza, defecto verdaderamente digno de aprecio y raíz fecunda de las virtudes, es muchas veces opuesta á las buenas prendas de un orador, y ha sido causa de que muchos, ocultando las grandezas de su ingenio y estudio, pereciesen en el retiro del silencio. INSTITUCIONES ORATORIAIS.  34 5 Mas si alguno leyere esto, tal vez sin saber bien todavía distinguir la fuerza de'cada una de las palabras, sepa que no reprendo yo la hombría de bien, sino la vergüenza, que es un cierto temor 'que , retrae el alma de aquellas cosas que se deben practicar, del cual resulta la confusión, el arrepentimiento de lo que se ha comenzado y un repentino silencio. ¿Y quién dudará en poner entre los defectos de un orador un afecto por el cual tiene empacho de hacer una cosa buena? Ni tampoco pretendo yo además de esto persuadir que el que está ya á punto de perorar, no se levante con alguna alteración ni mude de color ó dé á en tender el peligro á que se expone, lo cual si no sucediera, se debería sin embargo aparentar, sino que este conocimiento sea efecto de la obra, no del temor; que experimente alguna conmoción, no que desmaye. Y el mejor remedio para la vergüenza es la confianza; pues el rostro más vergonzoso tiene un grande apoyo en la buena conciencia. Hay también prendas naturales, las que sin embargo se mejoran con el cuidado; tales son la voz, el buen pulmón y la gracia en el decir, las cuales son de tanta estimación que frecuentemente le ganan al orador fama de ingenio. En nuestro tiempo hubo oradores bastante afluentes, pero cuando peroraba Tracalo parecía que excedía á todos sus iguales; tal era lo airoso de su cuerpo; tal la viveza de sus ojos, la majestad de su rostro, la finura de su ademán; y la voz, no como Cicerón quiere que sea, casi como la de los que representan una tragedia, sino superior á la de todos Los trágicos 'que yo he oído hasta ahora. Á la verdad, me acuerdo que perorando éste en la primera sala del foro de Tulio, y estando todo lleno de alboroto á causa de las muchas voces que se oían por juntarse allí cuatro tribunales como se tiene de costumbre, no solamente le oyeron y entendieron, sino que mereció también el aplauso de los cuatro tribunales, lo cual fué gran bochorno para los de- 32  M. FABIO QUINTILIANO. t odavía efecto de mayor orgullo. Porque la fortuna nó es la que hace las causas justas ó injustas. Ni debe la vergüenza servirle de impedimento á un abogado para desechar un pleito que tomó á su cargo cuando le parecía cosa justa, y después, discurriendo sobre él con reflexión, descubre su injusticia y desengaña de antemano al litigante. Porque si los jueces son los que deben ser, ningún mayor beneficio pueden hacer á un litigan te que el no estarle engañando con una vana esperanza. Y no es digno de ser defendido aquel que no hace aprecio de su consejo; ni tampoco le éstá bien al orador que pretendemos instruir, ser patrono de lo que sabe ser una injusticia. Y si defendiere alguna cosa falsa por los motivos que hemos alegado arriba, no por eso será una cosa indecorosa lo que de este modo hiciere. H. Puede disputarse sobre si debe siempre el orador defender un pleito gratuitamente. La cual cuestión sería una imprudencia decidir inmediatamente y sin examinarla muy despacio. Porque ¿quién ignora que es la cosa más honrosa, y la más propia de las artes liberales y de la grandeza de corazón que en el orador se requiere, no hacer venal su trabajo ni abatir la autoridad de un tan grande beneficio? y más cuando la mayor parte de las cosas en tanto pueden parecer despreciables en cuanto tienen pro_ cio. Aun los más ciegos, como se suele decir, ven esto claramente; y ninguno que tenga lo que ha menester (y no es menester mucho) hará el oficio de abogado por interés sin incurrir en el abominable delito de la avaricia. Pero si sus bienes no fueren suficientes para su manutención y decencia, podrá tomar alguna retribución, según todas las leyes de los sabios; puesto que á Sócrates le dieron para mantenerse, y Zenón, Cleantes y Crisipo aceptaron las expresiones que les hacían sus discípulos. Porque yo no veo un arbitrio más justo para adquirir que el que se tiene con este decorosísimo trabajo, y más siendo lo que INSTITUCIONES ORATORIAS.  323 se adquiere de aquellos á quienes les han hecho un tan grande beneficio, al que si con nada correspondiesen se harían indignos de la defensa. Y esta correspondencia es no solamente justa, sino también necesaria, porque el mismo trabajo, y todo el tiempo que se gasta en los negocios ajenos, quita el arbitrio de adquirir por otro lado. Pero aun en esto se ha de guardar moderación, é importa muchísimo el mirar de quién se recibe, cuánto y. por cuánto tiempo. Aquella costumbre propia de piratas de hacer el ajuste de los pleitos, y de valuar su precio á proporción de los peligros que en ellos se encuentran, debe mirarse como el tráfico más abominable, y debe estar muy lejos aun de los qué no son enteramente desalmados, con especialidad no teniendo por qué temer al hom. bre ingrato el que defiende á hombres de bien y las causas justas, y si la ingratitud ha de estar de parte del litigante, menos malo es que en él se halle esta falta que el que el abogado peque de codicioso. Así que el orador nada pretenderá adquirir más de lo justo, y aunque sea pobre no lo recibirá como en recompensa, sino que permitirá que sus clientes le manifiesten con algunas expresiones su mutuo agradecimiento, cuando conozca que él ha hecho tanto más por favorecerlos; porque ni conviene hacer venal este beneficio, ni que quede absolutamente sin recompensa. Por último, el agradecimiento pertenece más bien al que está obligado al beneficio. 321  M. FABIO QIJINTILIANO. CAPITULO VIII. DE LO QUE DEBE OBSERVAR EL ORADOR EN EL ESTUDIO DE LAS CAUSAS. 1", Hágase cargo el orador con cuidado de la causa acerca de la cual va á perorar, y esto no por medio de otro nipor memoria: sino por sí mismo.—II. Oiga con paciencia y no una sola, voz al litigante, y hágale muchas preguntas.—III. Vea despacio y registre todos los documentos del pleito. Por último, re- \ tase del carácter de juez. 1, Síguese tratar del método que se ha de observar en (1 estudio del pleito, en lo que consiste el fundamento de -t,n orador. Porque ninguno hay de tan corto talento que hecho diligentemente cargo de todas las particularidades gye en el pleito se contienen, no sea capaz de dar al juez competente informe. Pero de esto se cuidan poquísimos._ Porque pasando en silencio á los que de suyo son dejados, y que ninguna pena se toman en averiguar en qué consitls el punto principal de los pleitos, con tal de lograr rleasión de hablar acerca de los lugares comunes que están f ueran de la causa y de las_ personas, hay algunos á quienes pervierte la ambición, de los cuales unos aparentando estar muy ocupados, y que tienen siempre entre manos otro negocio que les es preciso despachar primero, mandan ir á su casa al litigante el día antes de la vista del pleito, ó en la misma mañana, y alguna vez se glorían también de haber estudiado la causa en los asientos mismos de la audiencia; otros, haciendo alarde de su ingenio para aparentar que se han hecho cargo inmediatamente de las cosas fingiendo que las entienden casi antes de oirlas, des- INSTITUCIONES ORATORIAS.  32á pué g que han hablado mucho con una aparente elocuencia r y muy grandes voces y de cosas que nada tienen que vér con el juez ni con el litigante, se vuelven por el foro bien sudados y con mucho acompañamiento. Tampoco apruebo á los que huyendo del trabajo, en lugar de enterarse del pleito, mandan se les informe á sus amigos; aunque menos malo es esto, si por lo menos ellos se imponen bien y dan como corresponde el informe Pero ¿quién se informará mejor que el mismo abogado? ¿Y de qué manera empleará con gusto su trabajo en la defensa ajena aquel procurador, siendo sólo un tercero y como intérprete, y que no tiene que hacer la defensa por si mismo? Mas es una perversa costumbre el contentarse con los informes que da, ó el litigante que acude al abogado por no tener él suficiencia para la defensa del pleito, ó alguno de los de aquella especie de abogados que confiesan su insuficiencia para la defensa de las causas, y hacen después lo más dificultoso que hay en la defensa de ella, Porque el que puede discurrir lo que conviene exponer, lo que se debe callar, tergiversar, mudar y aun fingir, ¿por qué no ha de poder ser orador, puesto que hace lo que tiene ma_ yor dificultud? Mas estos no serian tan perjudiciales si pusiesen el informe según la verdad del hecho. Pero añaden á la verdad pruebas y razones y algunas otras cosas que la desfiguran más, en las que imbuidos los más de ellos tienen por un delito el mudarlas, y las defienden como las cuestiones que se ventilan en la escuela. Después se ven cogidos, y les hacen ver los contrarios la causa, cuyo informe no quisieron ellos tomar de sus litigantes. II. Concedamos, pues, ante todas cosas á los litigantes todo el tiempo y lugar que quieran, y exhortémoslos buenamente á que expongan todo cuanto tengan que exponer con toda la extensión que quieran y adonde les parezca, tomándose tiempo para ello. Porque no es tan perjudicial 326  FABIO QUINTILIANO. . oir cosas superfluas como Ignorar las necesarias. Y muchas has veces encontrará el orador la llaga y el remedio en las mismas cosas que al litigante le parecían que para ninguna de las partes eran de consideración. Y el que ha de defender no debe tener tanta confianza en su memoria que se avergüence de escribir lo que ha oído. Y no se ha de contentar con oir sola una vez, ha de obligar al litigante á decir segunda y tercera vez lo mismo, no sólo porque en el primer informe se le pudieron olvidar algunas cosas, con especialidad siendo hombre sin letras (como muchas veces sucede), sino también para saber si se btantiene en lo mismo. Porque hay muchísimos que faltan 1 la verdad, y como si no diesen el informe de la causa que la defendiesen, hablan no como un abogado, ¿ . lno como con un juez. Por cuya razón jamás se le ha de. dar al litigante entero crédito, sino que por todas vías se ha de estrechar y poner en consternación, y á fuerza dé preguntas se le ha de sacar la verdad. Porque así como os médicos no sólo están obligados á curar las enfermeda- ,Jes que se manifiestan, sino que también deben averiguar ízts ocultas y que los enfermos mismos encubren, así también un abogado debe indagar más de lo que el litigante le descubre. Mas luego que hubiere estado escuchando á su cliente con la paciencia que se requiere, debe pasar á hacer otro papel y representar la parte contraria, proponiendo todo lo que absolutamente se puede discurrir en contrario y cuanto naturalmente puede tener lugar en semejante conpotencia. Se le ha de preguntar al cliente con la mayor escrupulosidad y se le ha de poner en el mayor apuro. Pués mientras se hace averiguación de todo, se llega algu: Ha vez á descubrir la verdad en donde menos se esperaba. En una palabra, el mejor abogadó es aquel que es incréL (lulo en el informe que toma. Porque no hay promesa que no haga un litigante; pone por testigo al pueblo, y asegura INSTITUCIONES ORATORIAS.  337 quo todos están muy prontos á firmar lo mismo que él asegura, y últimamente, que aun la parte contraria,no podrá negar algunas cosas. Y por lo tanto, es necesario mirar con reflexión todos los instrumentos del pleito, y volver á leer con mucha más atención lo que no baste el verlo una vez sola. Porque muy frecuentemente sucede que ó no son los instru- , mentos absolutamente como se prometían, ó es menos in que contienen, se hallan complicados con alguna otra circunstancia que puede perjudicar, ó dicen más de lo que debían decir, y se harán menos creíbles por exceder los términos ordinarios. Ultimamente se suele encontrar fre cuentemente el hilo roto (I), la cera desfigurada y los sellos de manera que no hay quien los conozca; todo lo cual, si en casa no se hubiere mirado bien, dará muy grande chasco en el foro, y mucho más perjuicio causará el tener que omitir estos documentos que el que causaría el no ofrecerlos. También descubrirá el abogado otras muchas razones que el litigante creería que nada tenían que ver con la defensa de su pleito, si recorre por todos los lugares de las pruebas que dejamos explicados; los cuales, así como no es preciso tenerlos todos como delante de la vista al tiempo de perorar, ni irlos tocando, de uno en uno, por las meones que quedan alegadas, así es necesario, cuando se aprende la causa, registrar las circunstancias de las personas, tiempos, lugares, fundamentos, instrumentos y todas las demás cosas de las cuales se puedan sacar en limpio, no solamente las pruebas que se llaman artificiales, sino también qué testigos son los que se han de temer y de qué modo se les ha de refutar. Porque hace mucho al caso el observar si el reo ha sido perseguido de la envidia, ó del (J) Alude á, la costumbre que aun hoy persevera de pasar los instrumentos de las escrituras con algún hilo de lino, el pa estaba asegurado con un sello de cera.—TuRnEBO. 328  M. FABIO QUINT/LIAÑO. odio, ó del desprecio; de las cuales vicios el primero mira á los que son superiores, el segundo á los iguales y el tercero á los inferiores. Después de haber mirado de esta suerte bien á fondo la causa, y teniendo como delante de los ojos todo aquello que le puede favorecer ó ser perjudicial, revístase luego de la persona de juez, y hágase cuenta de que se defiende en su presencia aquel pleito; y esté en el entender de que aquello mismo que á él le haría más impresión, si tuviera que sentenciar la misma causa, será lo que mayor impresión haga á cualquiera que la haya de sentenciar, y de esta manera rara vez se llevará chasco, 6 si se le llevare será por culpa del juez. INSTITUCIONES OR ATO P.T!  329 f • CAPITULO IX. DE LO QUE DEBE OBSERVAR EL ORADOR EN LA DEFENSA DE LOS PLEITOS. 1. Que el desea de la presente alabanza no debe retraer al orador de la defensa . de una causa. Que no deseche con desprecio las causas de menor consideración.—II. Que se abstenga de hablar mal y desvergonzadamente.—III. Que ponga todo el mayor esmero que pueda en el decir. I. Casi en toda la obra hemos tratado acerca de lo que se debe observar para perorar, y sin embargo tocaremos aquí algunas cosas propias de este lugar, que no tanto pertenecen al arte de decir, como á las obligaciones de orador. Ante todas cosas debe cuidar de que el deseo de la presente alabanza no le retraiga de atender á la utilidad de la causa, como á los más les sucede. Porqúe así como los generales de un ejército que se halla en actual guerra no siempre le conducen por lo llano y ameno de los campos, sino que las más veces es preciso subir por ásperos collados, y tomar ciudades, aunque estén situadas sobre montes escarpados ó sean dificultosas de tomar por la grandeza de sus obras, así también el orador se alegrará de que se le presente ocasión de explayarse más, y entrando en oración, en el combate, para decirlo así, en campo raso, echará todo el resto de sus fuerzas de, un modo agradabh o á lo " s oyentes. Mas si se viere precisado á entrar por los rodeos ásperos del derecho, ó como por escondrijos, para sacar la verdad, no descubrirá su intento, ni hará uso do pensamientos ingeniosos y brillantes, como de armas arrojadizas, sino que manejará el asunto con artificios, por de- 330  M. FABIO QUINTILIANO. bajo de cuerda, á la disimulada y con ocultos ardides (1). Todo lo cual no merece la alabanza mientras se está practicando, sino después que ya se ha hecho; de donde les resulta también mayor provecho á los que tienen menos deseos de ganar opinión. Porque luego que cesó en los oídos de los apasionados el ruido de aquella viciosa y vana pompa de elocuencia, la reputación de la virtud verdadera, como más sólida, triunfa de ella, y los jueces no pueden disimular quién les ha hecho más impresión; se da crédito á los doctos, y se ve que sola es verdadera la alabanza que se da á un -discurso después que se ha concluido. Aun los antiguos acostumbraron también disimular la Elocuencia; y este precepto impone Marco Antonio, para que se les dé más crédito á los que hablan en público y sean menos sospechosas las celadas de los abogados. Mas. aquella 'elocuencia que'entonces había pudo muy bien disimularse, porque no se había hecho todavía tan brillante que despidiese sus resplandores aun por entre los obstáctilos que se quisiesen poner por ocultar sus luces. Por lo que al presente se debe ocultar el artificio y el intento y todo aquello que descubierto se pierde. En esta parte, la elocuencia requiere el no darse á conocer. La elección de las palabras, la gravedad de los conceptos y la elegancia de las figuras, ó no las ha de haber, ó se han de descubrir precisamente. Mas no porque se descubran se ha de hacer ostentación de ellas. Y si precisamente se ha de escoger (1) Por medio de una alegoría cuyo principio está tomado do la guerra, pretende Quintiliano persuadir que cuando el ora7 dor se viere precisado á sacar la verdad de un hecho, no lo ha de hacer á las claras y de modo que sea conocido, sino discu rriendo arbitrios para lograr el fin, á la manera que cuando se pretende triunfar del enemigo cogiéndole desprevenido, no se sale á pelear á. campo rase, sino que se echa mano de todos los e stratagemas, ardides y artificios de guerra, se hacen minas, c ontraminas, se arman celadas, etc. INSTITUCIONES ORATORIAS.  334 una de dos cosas, ó la alabanza de la causa ó la del abogado, no ha de atender á su gloria con detrimento de aquélla. Sin embargo, el orador se ha de proponer por objeto el hacer ver que él ha defendido perfectísimamente una causa la más justa, y ha de tener por cosa cierta que ninguno perora peor que aquel que agrada cuando su misma causa desagrada; porque aquello con que causa placer, precisamente ha de ser cosa ajena de la causa. Tampoco mirará con hastío el orador la defensa de las causas de menos consideración, como si fuesen inferiores á él, ó como si un asunto de menos importancia disminuyese su reputación. Pues la razón que hay para tomarlas, que es la de la obligación, es sumamente justa, y aun so debe desear que los pleitos que tengan nuestros amigos sean los de menor consecuencia; y sobre todo, aquel habla perfectamente bien que desempeña cual conviene la causa de que se encargó. II. Mas algunos hay también que si por acaso se han encargado de negocios de menos importancia para perorar, los componen con adornos tomados de otras materias' distintas de la causa; y cuando no tienen otras cosas con que adornarlos, llenan los huecos con invectivas verdaderas, si da la casualidad de que tengan en qué fundarse, y si no fingidas, contentándose únicamente con tener motivo para lucir el talento y merecer los aplausos mientras están perorando. Lo cual tengo yo por una cosa tan ajena de un perfecto orador, que estoy en la persuasión de que no debe éste echar en cara ni aun aquello que es verdad, á no ser que la causa lo pida esto de suyo. Porque incurrir en la nota de hombre mordaz, es tener una elocuencia enteramente perruna, como dice Apio (4 ); pues los que no tienen (1) Esta expresión de elocuencia canina ó perruna está, tomada de los perros, que muerden á todos; por lo que Apio la define de esta manera para significar que solamente sirve para morder la estimación de todos, sin perdonar á ninguno. 338  M. FABIO QUI1WILIANO. '• ro la naturaleza. Demetrio es reprendido de exmas al vivo trernado en el estudio de ella, y de que fué más amante, de la semejanza que de la hermosura. Mas por lo respectivo á la elocuencia, si se quiere poner la consideración en sus especies, se encontrarán casi otras t antas diferencias de ingenios como de rostros. Pero hubo al , _unos géneros de estilo broncos por la desgracia de los tiempos ; pero que por otra parte no dejaban de mostrar la fuerza del ingenio. A esta clase corresponden los Lelios, los Escipiones Africanos, los Catones y los Gracos, los que se pueden llamar los Polígnotos ó Calones. Entre estos y los que siguen se pueden colocar Lucio Craso y Quinto liortensio. Véase cómo floreció después un grande núme- • o de oradores casi de un mismo tiempo. De aquí hallamos haber tenido su principio la energía de César, la natural belleza de Celio, la sutileza de Calidio, la majestad de r rulo, la agudeza de Sulpicio, la acrimonia de Casio, el esniero de Polión, la dignidad de Mesala, y lo respetable de Calvo. Y aun de los que nosotros mismos ,hemos conocido podemos añadir también la afluencia de Séneca, la energía del Africano, la solidez de Afro, la dulzura de crispo, lo sonoro de Tracalo y la elegancia de Segundo. Mas en Marco Tulio tenemos no sólo un Eufranor exce lente en muchos géneros de ciencias . ,,sino un hombre eminentísimo en todas las que en cada uno Se alaban. Al que, sin embargo, los de su tiempo se atrevían á insultar - , graduando su estilo de hinchado, asiático, redundante, de nimio en las repeticiones y frío alguna vez en los chises; que su composición carece de unión, y que muestra mucho orgullo y es casi afeminada; lo cual está muy lejos de ser verdad. Mas después que él perdió todo su valimiento con la confiscación de los Triumviros, se volvieron contra él á cada paso los que le aborrecían, le envidiaban,. eran sus émulos' y los aduladores del presente gobierno, como que sabían que no los había de responder. INSTITUCIONES ORATORIAS.  339 Sin embargo, aquel á quien algunos tenían por árido y sin substancia no pudo ser notado por sus mismos enemigos de otro defecto que de demasiado florido y de un ingenio afluente en sus escritos. Lo uno y lo otro se aparta de la verdad, sin embargo de que parece que hubo algo más de fundamento para suponer lo segundo. Pero los que le persiguieron más fueron aquellos que deseaban parecer imitadores del estilo ático. Esta secta, como iniciada en ciertos misterios, le perseguía como á un extranjero ó como á un hombre supersticioso é imbuído en aquellas leyes. De donde aun ahora estos oradores áridos, sin substancia y sin nervio (pues tales son los que dan el nombre de robustez á su debilidad, siendo tan sumamente opuesta á ella) se ocultan en la sombra de su grande nombre, porque no pueden tolerar el grande golpe de luz de su elocuencia, que es como el resplandor del sol. A los cuales, por cuan- to el mismo Cicerón responde largamente • y en muchos lugares, me será más seguro contentarme con lo que hasta. aquí he tratado acerca de esto. II. De mucho tiempo atrás se ha hecho distinción entre el estilo asiático y el ático, siendo éste tenido por puro y sano, y aquél por hinchado y sin substancia; reputado éste de no contener cosa superflua, y aquél de no guardar moderación ni medianía. Lo cual algunos creen, y uno de ellos es Santra, que esto tuvo su principio de que introduciéndose poco á poco la lengua griega en las ciudades vecinas á la Asia, aspiraron con ansia á la elocuencia, cuando todavía no poseían bien la lengua, y por esta razón comenzaron á decir por rodeos lo que no podían explicar • con sus propios términos, y después continuaron con este modo de hablar. Mas yo soy de parecer que el carácter de los oradores y el de oyentes fueron la verdadera causa de la diferencia de los estilos; porque los atenienses, aunque limados, pero de pocas palabras, no podían sufrir cosa alguna superflua ó redundante; y los asiáticos, gente rcr 310  M. F4BIO QUINTILIANO. otra parte de más orgullo y jactancia, se dejaron llevar de la vanagloria de un estilo más hinchado. Después de esto, los que comprendían los diferentes estilos bajo una misma división añadieron un tercer estilo, que es el rodio, el cuál quieren que sea corno medio entre los otros dos y compuesto de uno y otro: Porque ni son tan concisos corno los áticos, ni tan redundantes como los asiáticos, para mostrar que conservan alguna cosa de su nación y algo de su autor. Porque Esquines, que había esogiclo á Modas para lugar de su destierro, introdujo en ola los estudios de Atenas, y como sea verdad que los estud de las artes degeneran del mismo modo que las ::.1:mtas cuando mudan de clima y de terreno, mezclarón ci buen gusto ático con aquel otro extraño del país. Por lo vinieron á formar un estilo sin viveza y falto de viaunque no destituido enteramente de nervio, y ni le comparan con lo cristalino de las fuentes, ni bien lo turbio de un precipitado arroyo, sino que le tienen semejante al agua mansa de los estanques. Ninguno, pues, dudará que es mucho mejor el estilo áti7 fw . -, en el. cual, así como se encuentra alguna cosa que es común. á todos los que le usan, cual es un modo de pensar .1 - ino y terso, así también son muchas las especies de ingenios. Razón por que me parece que están muy engañados 7,os que piensan que el estilo ático se reduce únicamente á ser un modo de hablar cortado, claro y expresivo; pero que observa siempre una cierta moderación en la elocuertcia sin alterar jamás la tranquilidad del _Orador. ¿Á quien, pues, se le podrá poner por ejemplo de este estilo? Sea Lisias, puesto que al estilo de éste se inclinan los apasionados del estilo ático. Pues ¿por qué no nos propondrán ya por ejemplos de este estilo á todos los que ha habido has-!. ta Coco y Antocides? (1). (1) Pi-atareo pone á, este Antocides en el número de los diez famosos oradores de Atenas. Nada escribe de Coco. Suidas dice INSTITUCIONES ORATORIAS.  341 Quisiera sin embargo preguntar si Isóctates usó.el estilo ático, porque ningún estilo hay que se diferencie más del de Lisias que el suyo. ¿Dirán que no? Pues de su escuela salieron los príncipes de los oradores. Pagamos otra pregunta de cosa más semejante. ¿Hiperides usó el estilo ático? Sin duda , alguna. Pero éste se dejó llevar del gusto y dulzura del estilo. Paso en silencio muchísimos, como son: Licurgo, Arist9gitón é Iseo y Antifón anteriores á ellos, de los cuales se puede decir que así como fueron semejantes en el género, fueron diferentes en la especie. ¿Y qué diremos de aquel Esquines de quien poco ha hicimos mención? ¿No es acaso más lleno, de más espíritu y más elevado que estos que he nombrado? ¿Y qué diremos, por último, de Demóstenes? ¿No excedió á todos aquel líos delicados y circunspectos oradores en sublimidad, nervio, vehemencia, adorno y elegancia? ¿No está lleno su estilo de figuras? ¿No luce con las traslaciones? ¿No parece que hace hablar aun á las cosas inanimadas? ¿No muestra con bastante claridad que su maestro fué Platón aquel juramento que hizo por las almas de los defensores valerosos de la patria que habían muerto en Maraton y en Salamina? ¿Y daremos el nombre de asiático al mismo Platón, cuando en la mayor parte de sus escritos es digno de compararse con los poetas Jlenos del espíritu divino? Mas ¿qué juicio se ha de hacer de Pericles? ¿Podemos persuadirnos de que éste tuvo una sutileza semejante á la de Lisias, siendo así que los cómicos, para injuriarle, comparan su elocuencia á los rayos y al ruido de los truenos? ¿Por qué, pues,-han de juzgar que tienen el gusto ático aquellos cuyo estilo no tiene fluidez y es como una pequeña vena de agua que corre por entre las piedrecillas? ¿Sólo de él solamente que fué discípulo de Isócrates y orador de Atenas que dejó escritas algunas oraciones. Parece da á entender que Atocides y Coco fueron de menos nota que Lisias. 31.2  M. FARM QUINTILIANO. en estos dirán que puede percibirse el olor del tomillo, De los cuales yo creo que si encontrasen en estos confine n algún terreno más pingüe ó campo más fértil, dirían que no era de Atenas, porque daba más semilla de la que había recibido, porque Menandro dice por burla que este es el producto de aquella tierra. Y así, si alguno añadiese ahora á las excelentes prendas que aquel cosumado orador Demóstenes tuvo, aun aquellas que parece que le faltaron ó por naturaleza, ó por las leyes civiles, á fin de que mo ilse los afectos con mayor viveza, ¿habría quien dijese oue Demóstenes no peroró de esta manera? Y si se traba. alguna oración más armoniosa (lo que tal vez no ser ,1 , ;iMel, y sin embargo, si saliere alguna tal, ¿se dirá club ;lo ps del gusto ático? Téngase mejor concepto de este noml'e., y erl'ase que hablar en estilo ático es hablar de la aMuera más excelente. vT sin embargo, se les puede sufrir mejor á los griegos ;;;1 , odavía perseveran en este modo de pensar. La elo- -ucacía latina, así como me parece semejante á la griega a invención, disposición, idea y otras cualidades á este. .enor y es en todo su discípula, así también por lo respec. o al estilo apenas le ha quedado lugar para imitarla. rorque para ellos es un sonido áspero en el supuesto de., v íue no tenemos nosotros la muy grande dulzura que tieiten los griegos en la pronunciación de las dos letras y y z,. la una vocal y la otra consonante, que cabalmente son las. lile más dulce y agradable hacen su pronunciación y las 'luce nosotros solemos usar siem p re que nos valernos de .;us nombres. Lo cual cuando sucede resulta, no sé de qué manera, inmediatamente una como mayor dulzura en la. oración, como se echa de ver en las palabras zephyrus y :y y nts, las cuales, si se escribiesen con nuestras letras, liarían un sonido sordo y áspero, y en lugar de aquéllas se s ustituirán las de un sonido desagradable y bronco, de que. carecen las griK.-,as. INSTITUCIONES ORATORIAS.  3 13 También la letra", que es la letra sexta de nuestro alfabeto, produce un sonido que casi no parece propio de voz humana, ó por mejor decir, absolutamente nada de ello tiene, habiéndose de formar del aire que pasa por entre las divisiones de los dientes, la cual letra asimismo cuan do tropieza con la vocal siguiente pierde en cierto modo su fuerza, y cuando se encuentra con alguna de las consonantes produce un sonido mucho más desagradable (I). Y sin embargo de que no hemos admitido el carácter de la letra eólica (2) con la que decimos servum y COI' VUTIL, conservamos su misma fuerza todavía. Hace dura la pronunciación de las sílabas la q, la cual sirve para unir las vocales que se le juntan, como cuando escribimos equos y equurn, y para las demás vocales es inútil, formando dos de ellas un sonido cual jamás se ha oído entre los griegos, y por la misma razón no se puede escribir con letras griegas. Júntase á esto que nosotros terminamos la mayor parte de nuestras palabras con la rn, en cuya pronunciación se advierte una especie de mugido, y ninguna palabra de los griegos remata en dicha letra, sino que en lugar de ella usan la n, que es una letra agradable y que en el fin especialmente hace una especie de retintín, y entre nosotros rarísimá vez se usa en las cláusulas. (1) Esta aspereza y disonancia se advierte aun en nuestra lengua en las palabras desenfreno, palafrén, ofrenda, cofre y otras en que la f tropieza con la r siguiente. (2) El emperador Claudio añadió por un decreto al alfabeto el digamma eólico, asi llamado porque su figura forma dos gg griegas juntas de esta manera j, pero esto no fué recibido. Este emperador, propiamente hablando, no fué el inventor del digamma, sino que le volvió patas arriba, para distinguir con esta señal aquella sílaba que comúnmente pronunciamos con la y consonante, como Davus, Servus, en lugar de Io cual escribía Claudio Dajus, Serjus. Véanse las eruditas noticias que acerca del digamma trae nuestro célebre D. Bernardo de Aldrete era sus antigüedades de España y Africa. (Lib. 1., cap. 10.), 311  FABIO QUINTILIANO. ¿Y qué diré cuando nuestras sílabas tienen su apoyo en la b ó en la d con tal aspereza que la mayor parte, no digo de los más antiguos autores, pero de los de alguna antigüedad, han intentado suavizarlas, no solamente diciendo aversa por abversa, sino también añadiendo una s á la preposición ab, sin embargo de ser la s muy distinta á la b? Nuestros acentos tienen también menos suavidad, no sólo por una cierta dureza que se advierte en ellos, sino también por su misma semejanza, porque la última sílaba ni se levanta jamás por el acento agudo, ni se baja por el circunflejo, sino que siempre termina en uno ó en dos graves. Y así la lengua griega es en tanto grado más dulce que la latina, que siempre que nuestros poetas han querido que sus versos tuviesen dulzura los adornaron con palabras griegas. Además de que la lengua griega tiene más voces que la nuestra, en que muchísimas cosas carecen de su propio• término, de modo que para explicarlas es necesario usar de traslación ó decirlas por un rodeo, y aun en aquellas que tienen su propio nombre hay una tan grande escasez de expresiones que muchísimas veces se viene á dar en las mismas palabras; pero los griegos, no solamente tienen un grande acopio de palabras, sino también de dialectos diferentes los unos de los otros. Por lo que quien pretendiere de nosotros los latinos aquella dulzura propia del estilo ático, es necesario que nos conceda en el hablar la misma suavidad y abundancia de expresiones de los griegos. Lo cual, si nos es negado, adaptaremos los conceptos á las expresiones que tenernos, y no mezclaremos la demasiada delicadeza de las cosas con expresiones muy fuertes por no decir demasiadamente crasas, para que una y otra cualidad no se destruyan mutuamente con la misma confusión. Porque cuan- to menos ayuda el lenguaje, tanto mayor esfuerzo ha do ponerse en la invención. Es necesario producir pensamien- INSTITUCIONES ORATORIAS.  315 tos, sublimes y que tengan variedad. Convendrá excitar todo género de afectos é ilustrar la oración con el adorno de las traslaciones. ¿No podemos tener la delicadeza de los griegos? Pues procuremos tener más nervio en la expresión. ¿Nos exceden en la sutileza? Pues demos nosotros mayor peso á nuestras palabras. ¿Tienen ellos más abundancia y propiedad en sus expresiones? Pues excedámoslos en el ingenio (4). ¿Tienen sus puertos entre los griegos aun los mejores ingenios? Naveguemos, pues, nosotros de ordinario con más extendidas velas, y dejemos que viento más fuerte desea. vuelva -sus senos. Pero no nos dejaremos engolfar siempre en mar alta, porque á veces conviene costear por las orillas. Ellos tienen la facilidad de atravesar por cualesquiera bajíos, yo no me apartaré mucho de la costa y hallaré medio para que mi navecilla no se vaya á pique. Porque aunque los griegos tratan mejor que nosotros las cosas más delicadas y pequeñas, y sólo en esto nos llevan la ventaja, siendo esta la razón por qué no les disputamos la primacía en las comedias, no por eso debernos abandonar este género de estilo, sino ejercitarnos en él lo mejor que podamos, y podemos igualarnos con ellos en la moderación y discernimiento de las cosas, y por lo respectivo á la gracia de las expresiones que no tenemos en nuestra lengua, es necesario suplirla con otros adornos exteriores. ¿No tiene por ventura Marco Tulio esta finura de estilo, esta dulzura; claridad y sublimidad admirable en los asuntos particulares? ¿No es señalada esta virtud en Marco Calidio? Escipión, Lelio y Catón, ¿no fueron mira- (1) Da á entender Quintiliano que los griegos explican con sutileza aun las cosas más menudas; pero que ya que no podemos descender nosotros á cosas tan delicadas, debemos suplir esta falta con la grandeza y sublimidad de nuestro estilo; pero de tal manera, que parezca que tenemos alguna delicadeza, aunque no sea tanta como la de los griegos. 316  M. FABIO QUINTILIANO. dos por lo que hace á la elocución como los áticos de los romanos? ¿Quién, pues, no se contentará con aquello que es lo mejor que puede haber? Además de esto, hay algunos que están en el entender de que no hay elocuencia alguna natural, sino la que se asemeja más al lenguaje ordinario que usamos con los amigos, mujeres, hijos y criados, contentándonos con - explicar nuestro pensamiento y voluntad sin discurrir cosa alguna que tenga algún arte ni estudio, y que todo lo que se aijada á esto es una afectación y una ambiciosa jactancia en el hablar, distante de la verdad é inventado para la gracia del mismo lenguaje, cuyo único y natural oficio es eplicar los pensamientos, así como los cuerpos de los ;-ialetas- aun cuando se hagan muy robustos con el ejercicio y con el uso de determinadas comidas, no dejan por eso . de ser naturales ni tienen una especie diferente de la que se ha concedido á los demás hombres. Porque ¿á qué viene, dicen, dar á entender las cosas por medio de un rodeo y por las traslaciones; esto es, usar de más expresiones que las que son necesarias ó de palabras impropias cuando cada cosa tiene su nombre propio acomodado? Finalmente, estos pretenden persuadir que los más antiguos hablaron el más puro lenguaje de la naturaleza, y que después siguieron los más semejantes en el estilo á los poetas contando entre las virtudes, aunque con más moderación, pero por semejante manera, las cosas falsas é impropias. Esta disputa no deja de tener algún ftindamento de verdad, y por lo tanto no conviene apartarse tanto como se apartan algunos de los términos propios y comunes. Pero si alguno (como ya he dicho en el capítulo de la composición) ariadiere á lo preciso, y que es la menos que se puede poner, alguna cosa mejor, no deberá por eso ser reprendido de calumniador. Porque á mí me parece que es distinto el carácter del estilo vulgar del de un discurso de INSTITUCIONES ORATORIAS.  347 un hombre que sea elocuente, al cual, si le bastase el dar á entender sencillamente las cosas, no se molestaría en otra cosa que en buscar la propiedad de las palabras; pero siendo propia obligación suya el deleitar y mover y causar diferentes impresiones en los ánimos de los oyentes, podrá también valerse de aquellos auxilios que la naturaleza misma nos tiene concedidos. Porque el endurecerse los brazos mediante el ejercicio y el aumentarse las fuerzas y tomar un color de sanidad es cosa natural. Y esta es la razón por la que en todas las naciones unos son tenidos por más elocuentes que otros y por más dulces en su expresión. Lo cual, si no sucediera así, serían todos iguales y á todos convendría una misma cosa. Sin embargo, hablan con diferencia y observan el carácter distinto de las personas; de donde resulta que cuanto más uno consigue por medio de sus palabras, tanto más se conforma su lenguaje con la elocuencia natural. Por lo cual no soy de muy distinto modo de pensar de aquellos que juzgan deberse condescender en algún modo con los tiempos y oyentes que requieren mayor elegancia y estudio en el decir. Y así soy de parecer que no sólo no debe ligarse el orador á la imitación de los primeros oradores Catón y los Gracos, pero ni aun á la de estos de hoy día. Y de esta manera veo que se gobernó Marco Tulio' que no sólo lo dirigía todo á la utilidad de la causa, sino que también concedía algo al placer de los oyentes, y decía que en esto mismo atendía (y muchísimo) al interés del litigante. Porque con aquello con que causaba placer lograba la utilidad. A cuya dulzura de estilo yo no encuentro ciertamente cosa alguna que se pueda añadir, sino el que nosotros introduzcamos en nuestros discursos mayor número de bellos pensamientos (1). Porque cuando el (1) Habla aquí Quintiliano de aquellos pensamientos grandes é ilustres que estaban muy en uso en su tiempo, y con los cuales terminaban casi todos los periodos. Véase Rollín es un 354  M. FABIO QUINTILIANO. añadidos juntan otros; de manera que el corto espacio que hay entre unos y otros tiene muchas diferencias de tonos. Así, pues, la elocuencia tiene muchas especies; pero sería una muy grande necedad preguntar á cuál de ellas se debe dirigir el orador; siendo así que ninguna de ellas hay que siendo buena no tenga uso, y que todo aquello que comúnmente se llama género de decir es propio de un orador. Porque él hará uso de todo, segí.n lo pidiere el caso; y esto no sólo en beneficio de la causa, sino también por los que tienen todo su interés en ella. Pues así corno no hablará del mismo modo en defaisa e, un reo que tenga delito de muerte, ó en un pleito sobre lua herencia, secuestro, fianza ó empréstito, y sabrá hacer d'sincián en el modo de exponer en el Senado los pareceres, ya de las juntas del pueblo y ya de las delibera.: (14_41,-,,s de los particulares, y mudará de carácter según la cli,:e-; • encia de las personas, tiempos y lugares, así también en una misma oración se conciliará los ánimos unas veces tie una manera y otras de otra, y de distintos principios se valdrá para mover la ira que la misericordia, y de unas medios usará para instruir y de otros para mover. No se debe observar un mismo estilo en el:exordio, narración, confirmación, digresión y peroración. Hablará un mismo orador con gravedad, severidad, acrimonia, vehemencia, viveza, afluencia, aspereza, urbanidad, moderación, sutileza, blandura, suavidad, dulzura, brevedad y cortesanía, no de todas estas maneras y en todas ocasiones, sino cuando viniere al caso. De esta manera logrará no sólo hablar útil y eficazmente para obtener lo que pret ende, que es el fin por el cual principalmente i se ha inventado el uso de la elocuencia, sino que también conseguirá el aplauso, río sólo de los doctos, sino también del vulgo Porque están muy engañados los que piensen que es más agradable al pueblo y más acómodado para ganar aplauso el estilo vicioso y corrompido, que ó resala por'lo INSTITUCIONES ORATORIAS.  355 licencioso de las expresiones, ó está todo salpicado de canceptillos pueriles, ó por su demasiada hinchazón es muy pomposo, ó que desenfrenadamente corre por los lugares oratorios que no vienen al caso, ó se compone de florecillas que á poco que se tocan se deshojan, ó tiene por SU_ blimidad los precipicios, ó que con el pretexto de libertad da en locura. Lo cual yo ciertamente no niego que agrada á muchos; ni tampoco me causa maravilla. Porque cualquiera que habla en público se hace escuchar por un natural placer y cualquiera que sea su elocuencia no deja de tener apasionados y grande aceptación, y de ningún otro principio proviene el verse por las plazas y esquinas tantos corros de gentes; por lo que es menos de maravillar que el vulgo esté dispuesto á juntarse de montón para oir cualquiera arenga. Mas cuando los ignorantes oyen decir alguna cosa más exquisita, sea la que fuere, de manera que desconfíen poder hacer otro tanto, se quedan admirados, y con razón, porque aun aquello tiene también su dificultad. Pero se desvanecen y desaparecen del todo estas cosas cuando se comparan con otras mejores que ellas; así como la lana teñida de color encarnado agrada cuando no tiene á su lado la púrpura, pero si se comparare solamente con un vestido de grana; perderá toda su belleza á la vista de lo mejor, como Ovidio dice. Mas si se examinare esta elocuencia corrompida con un juicio más severo, como si se juntase un color de púrpura verdadero con otro falso, ya todo aquello que había engañado perdería su mentido ea. lor y parecería descolorido y sobremanera feo. Dejemos, pues, brillar esta elocuencia separada de los resplandores del sol, así como algunos pequeños animales parecen en las tinieblas lucecitas. Finalmente, son muchos los que aprueban lo malo, mas ninguno desaprueba lo que es bueno. Mas todas estas cosas de que hemos hablado deberá el 356  FABIO QUINTILIANO. orador hacerlas, no sólo con la mayor perfección, sino también con la mayor facilidad. Porque la mayor destreza en el bien hablar no es digna de admiración si cuesta hasta conseguirse una gran pena, si el orador tiene que atormentarse y afligirse en tornear las palabras y consumirse en pesarlas y juntarlas entre sí. El orador elegante, sublime y rico de pensamientos posee todo el tesoro de la elocuencia y usa de él como le parece. Porque aquel que ha llegado ya á lo sumo dejó de hacer esfuerzos para subir,. La dificultad es para el que va subiendo y se halla todavía abajo; mas á proporpión de lo que fuere subiendo se le hará más suave , el suelo, más fértil y más ameno. Y si también llegare con constante empeño hasta lo sumo por este camino menos escabroso, verá que allí los frutos se le ofre- Gen por sí mismos, sin que le cuesten fatiga, y que espon-, t, r ineamente se le ofrecen todas las cosas; pero si no se co gen todos los días, se secan. Pero aun la abundancia tiene su medida, sin la cual ninguna cosa hay digna de alabanza ni que sirva de provecho; para la elegancia de la oración se requiere un adorno varonil, y para la invención un buen discernimiento. De esta suerte serán las cosas grandes, no desmesuradas; sublimes, sin exponerse á un precipicio; fuertes, sin temeridad; severas, sin rigor; graves, sin pesadez; alegres, sin demasía; agradables, sin disolución, y llenas, sin hinchazón. El mismo sistema debe observarse en lo demás. Elmás seguro camino por lo común es el que va por ,el medio, porque los extremos son viciosos. INSTITUCIONES ORATORIAS.  357 L  • \ e CAPITULO XT. CUÁLES DEBEN SER LAS OCUPACIONES DEL ORADOR DESPUÉS DE HABER CESADO DE TRATAR CAUSAS. EXHORTACIÓN Á LA ELOCUENCIA. 1. Que debe el orador dejar de tratar causas antes de llegar á perder enteramente su vigor. Entonces debe dedicarse á la instrucción de la juventud.—II. Se excusa Fabio de haber puesto por requisito del orador la virtud y ciencia de muchísimas artes. Que la virtud se funda especialmente en la voluntad. Que hay tiempo de sobra para aprender las artes. Alega ejemplos de muchos que las aprendieron todas.—III. Exhortación á, la elocuencia. 1. El orador que ha hecho ya uso de estas perfecciones de la elocuencia en los tribunales, en los consejos, en las juntas del pueblo, en el Senado y finalmente en el desempeño de todas las obligaciones de un buen ciudadano, pensará en poner también un término á su carrera, propio de un hombre de bien y de lo respetable de su ministerio, no porque en aprovechar á otros haya exceso y porque al que tiene una tal disposición y talento no le convenga servir una que otra vez á los demás, ejercitando todo el tiempo que pueda tan decoroso empleo, sino porque le conviene también poner la mira en no hacer cosa alguna menos bien de lo que la hubiere hecho. Porque no sólo contribuye á formar el orador la ciencia que se aumenta con los años, sine también la voz, el pulmón y la robustez; las cuales cosas cuando llegan á padecer quiebra y debilitarse con la edad ó falta de salud, es de temer no se eche menos alguna cosa en el consumado orador; que en 358  M. FABIO QUINTILIANO. el decir no haga paradas por la fatiga que le causa; que no advierta que lo que dice se oye poco, y que no venga á conocer que es muy diferente del que era al principio. Yo he visto á Domicio Afro, que era sin competencia el orador más consumado de cuantos he conocido, de edad harto avanzada, perder de día en día alguna parte de aquél crédito que se había adquirido justamente; porqué mientras él peroraba (pues no había duda de que en algún tiempo había sido el principal del foro), los unos se reían, lo cual parecía una cosa indigna, y los otros se avergonzaban, lo cual les dió motivo para decir que él quería más rendirse que dejar de perorar. Sin embargo, no se le podía decir que peroraba mal, sino solamente que lo hacía menos bien. Por lo que el orador antes de dar en estas celadas de la edad, tocará á la retirada, y entrará en el puerto on su nave sin haber padecido descalabro. Mas ni aun después de haber practicado esto serán me, r,os considerables los frutos de sus estudios. Porque ó se pondrá á escribir la historia de su tiempo para dejarla á la memoria de la posteridad, ó, como Craso en los libros de Cicerón se proponía hacer, explicará las cuestiones acerca de las leyes á los que pretendan saberlas, ó compondrá algún tratado de elocuencia, ó empleará su voz dignamente en enseñar los más bellos preceptos de la mo ral. Frecuentarán su casa los más excelentes jóvenes, según el uso de los antiguos, y le consultarán como á un oráculo sobre el verdadero modo de bien hablar. El los instruirá como si fuese el padre de la elocuencia, y como un antiguo piloto los informará de las playas y puertos y de las señales que hay para prever las tempestades y de lo que se requiere para dirigir bien una nave, ya cuando el viento sopla favorable, ya cuando viene contrario; , y esto lo hará movido no solamente de aquel sentimiento do humanidad que es común á todo hombre, 81110 por tIll cierto amor á su misma profesión. Porque ninguno habrá INSTITVIONES ORATORIAS.  359 que quiera venga á menos una facultad en que hubiere sido muy sobresaliente. ¿Qué cosa hay, pues, más decorosa que enseñar uno aquella facultad que sabe excelentemente? De este manera asegura Cicerón que el. padre de Celio le encomendó su enseñanza (1). De esta suerte á manera de maestro ejercitó á Pansa, Hircio y Dolabela, declamando delante de ellos todos los días y oyéndolos declamar. Y casi estoy por decir que un orador deberá sin duda alguna ser tenido por el hombre más feliz cuando apartado ya del foro y consagrado al retiro, libre de la envidia y lejos de las contiendas, hubiere puesto en seguro su reputación; y aun en vida experimentará aquella veneración que se suele tributar más de ordinario después de la muerte, y verá qué opinión se tendrá de él en la posteridad. yo estoy asegurado por el testimonio de mi conciencia que cuanto he podido con mis medianas fuerzas, cuantos conocimientos yo tenía de antemano y todos los que he podido adquirir para desempeñar esta profesión, todo lo he publicado ingenua y sencillamente para instrucción de aquellos que tal vez deseasen tener noticia de tales cosas. Y á un hombre de honor le basta haber enseñado aquello que sabía. II. Mas me temo no sea que yo haya pedido al orador á cosas demasiado grandes queriendo que á un mismo tiempo sea hombre de bien y diestro en el decir, ó muchas en número, por cuanto á más de muchas artes que se deben aprender en la 'niñez, he añadido también el estudio de la filosofía moral y la ciencia del derecho civil, sin contar con los preceptos que llevo dados acerca de la elocuencia y que aquellos -que han creído ser necesarias estas.mate- (1) Cicerón dice en El libro de los Oficios que entre los antiguos romanos los jóvenes se proponían imitar á, un ciudadano como si fuera su maestro, con el cual, estaban continuamente hasta perfeccionarse en aquello que aprendían. 360  M. FABIO QUINTILIANO. rias para nuestra obra, se espantarán como de una cosa gravosa y desconfiarán de llegar á conseguirlas antes de experimentarlas. Pero reflexionen primeramente estos tales dentro de sí mismos cuánta sea la fuerza del ingenio de los hombres y cuánto influjo tiene para conseguir'todo lo que quiera, porque las artes menos importantes, pero más dificultosas, han podido atravesar los mares, saber el curso y número de los astros y casi medir todo el universo. Recapaciten después la grandeza del objeto á que aspiran, , cómo proponiéndonos tan grande premio no se ha de perdonar fatiga alguna por conseguirle. De lo cual, cuando se hubieren persuadido, se moverán fácilmente á creer que el camino que conduce á la elocuencia., no es intransitable, ó por lo menos tan áspero como se le figuran. Porque por lo que pertenece á ser hombre de bien, que es la primera y la más importante circunstancia, esto depende especialmente de la voluntad, la cual el que tuviere de veras aprenderá fácilmente aquellas ciencias que enseña la virtud. Porque ni son tan intrincadas ni son tantas en número estas ciencias que causen tanta penalque con la aplicación de muy pocos años no se puedan aprender. Porque nuestra repugnancia es la que hace que el trabajo parezca dilatado , . -En poco tiempo se aprenden los preceptos de la vida honesta y feliz si se desean aprender (4 ). Porque la naturaleza nos ha producido para querer lo mejor, y á los que quieren aprender lo mejor les es tan fácil, que el que con atención lo reflexiona se admira (1) Es mucha; lavariedad que acerca de esta expresión se encuentra en las diferentes ediciones que s'e han hecho de Quin- Mr. Caperonier lee: si credas; é interpreta: si das crédito. Otros leen: si gueras, ' si buscares el camino, etc. Mas sin embargo del aprecio que se merecen estos intérpretes de Quintiliáno, nos parece muy conforme al sentido del autor la variante de Mr. Rollin: cupias, si deseas, porque pone el autor por fundamento de las ciencias á la voluntad. INSTITUCIONES ORATORIAS.  361 • do que los hombres malos sean tantos. Porque así como el agua es natural á los peces, la tierra á los animales que en ella se crian y el aire que nos rodea á las aves, así verdaderamente debería ser más fácil vivir según la naturaleza que contra lo natural. Mas por lo que respeta á lo demás, aun cuando reduzcamos todo el número de nuestros años á sola la juventud sin hacer cuenta con el tiempo de la vejez, todavía nos qúedan hartos años para aprender. Porque el orden, el método y la razón proporcionarán que todo se haga en menos tiempo. • Pero la falta está primeramente en los maestros que voluntariamente detienen al niño, parte por la codicia de cobrar por más tiempo su corto salario, parte por ambición para mostrar que es muy dificultoso aquello que prometen, y parte también porque no saben la manera de enseñar ó no se cuidan de enseñar como corresponde. La segunda culpa la tenemos nosotros mismos (4 ), que tenemos por mejor el detenernos en lo que sabemos que aprender lo que todavía ignoramos. Porque hablando con especialidad acerca de nuestros estudios, ¿á qué viene el detenerse tantos años como acostumbran muchísimos (por no hacer mención de aquellos que en esto gastan una gran parte de la vida) ejercitándose en declamar en la escuela y empleando tan gran trabajo en cosas falsas é imaginarias, cuando era suficiente haber aprendido en poco tiempo las reglas de la elocuencia y una idea del ejercicio verdadero del foro? Con lo cual no pretendo yo decir que deba alguna vez omitirse el ejercicio de perorar, sino que no nos hemos de envejecer en esta sola especie de ejercicio. Porque pudimos adquirir muchos conocimientos y aprender perfectamente los preceptos del vivir y ejercitarnos en el foro mientras estábamos todavía en la escuela. (1) Habla de los jóvenes que se dedican á la retórica. 362  FABIO QUINTILIANO. La facultad oratoria es de tal naturaleza, que no se requieren muchos años para aprenderla'. Porque cualquiera de las artes de que antes he hecho mención suele reducirse á pocos libros; tan cierto es, que para aprenderlas no se necesita largo tiempo ni dilatados preceptos. Sólo resta el ejercicio, que es el que en poco tiempo infunde aliento' El conocimiento de las cosas se aumenta cada día, y sin embargo es necesario leer muchos libros, de donde se sacan ejemplos semejantes en los historiadores ó la manera con que se valen de ellos los oradores. También es nebesaro que nos dediquemos á leer las opiniones de los filósofos y de los jurisconsultos, como otras muchas cosas, Todo lo cual lo podemos ciertamente hacer, pero nosotros mismos nos hemos acortado el tiempo. Porque ¡cuán poco es el que empleamos en los estudios! Unas horas nos quita la inútil ocupación de las visitas, otras el ocio con que estamos oyendo novelas, otras los espectáculos y otras los convites; añade á esto tantas especies de juegos y el Ice° cuidado que se tiene de los cuerpos. Á más de esto, quita también el tiempo el viajar á países extranjeros, las casas de campo, la sed insaciable de adquirir, ocupada continuamente en hacer cálculos, las muchas causas de disolución, el vino y el ánimo enteramente perdido y entregado á todas las suertes de placares. Y ni aun aquellas horas que quedan después de estos pasatiempos pueden ser acomodadas para el estudio. Todas las cuales si se empleasen en los estudios, veríamos que es larga vida, y nos parecería muy sobrado el tiempo para aprender; y esto sin hacer más cuenta que con el tiempo que hay de día, pues las noches, que son por la mayor parte más que suficientes para dormir, podrían también suministrarnos tiempo. Ahora contamos los años que hemos vivido, no los que hemos empleado en estudiar. Y si los geómetras, los gramáticos y los profesores de todas las demás artes emplearon toda su vida, por larga que fuese, en aprender una sola INSTITUCIONES 0EATORIAs.  363 ciencia, no se infiere de ahí que nos sean necesarias muchas 'vidas para aprender muchas ciencias, Porque aquellos no aprendieron aquellas artes hasta la vejez, pero se contentaron con sólo haberlas aprendido, y gastaron tantos años, nó en aprenderlas, sino en sólo ejercitarlas. Pero pasando en silencio á Hornero, en quien se encuentran señales ciertas ó á lo menos nó dudosas de haber sido perfecto en todas las artes; no haciendo mención de Ripias el de Elide, el cual se preció no solamente de saber todas las bellas artes, sino de hacerse por su mano el vestido, anillo y chinelas que usaba, y de este modo se puso en estado de no necesitar de persona ni de cosa alguna; Georgias, sin embargo de su extremada vejez, daba libertad á sus discípulos para que le preguntasen acerca de todo aquello que cada uno quisiese (4) . ¿Y qué ciencia do las liberales le faltó á Platón? ¿Cuánto tiempo empleó Aristóteles en el estudio para tener perfecto conocimiento no solamente de la filosofía y oratoria, sino también para averiguar la naturaleza y todas las propiedades de los animales y de las plantas? Porque ellos tuvieron la precisión de inv entar estas cosas, y nosotros sólo tenemos que aprenderlas. La antigüedad nos ha provisto de tanto número do maestros y de tantos ejemplos, que parece tal vez que ningún tiempo hay más feliz para nacer que el nuestro, en cuya instrucción so han "empleado todas las fatigas de los siglos anteriores. El censor Marco Catón, que á un mismo tiempo fué orador, historiador, jurista y de los más prácticos quo ha habido en la agricultura, sin embargo de tantas expediciones militares como le ocupaban en tiempo de guerra y tantas disensiones como tenía que sufrir en tiempo de paz, á pesar de la rudeza de su siglo aprendió la lengua griega siendo de edad ya avanzada, para servir de ejemplo á los (1) Véase El Orador, de Cicerón, lib. I, cap. 22.