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Espectáculo y oficio: el teatro en el Virreinato del Perú durante la segunda mitad del siglo XVI y los albores del XVII

Paz Rescala, Laura Agar

Abstract

En esta tesis se estudia el espectáculo y el teatro en el Virreinato del Perú durante la segunda mitad del siglo XVI y los primeros años del XVII. Un periodo importante, visto que, siendo inmediatamente posterior a la conquista, coincide con la formación de las primeras urbes españolas. La tesis está dividida en dos bloques, cada uno de los cuales cuenta con un rico apéndice documental que es el resultado del trabajo de archivo realizado en Sevilla, Lima, Cusco, Sucre y Potosí. El primero trata de los regocijos en honor a la monarquía que colaboraron a la instauración del poder de la Corona española; de las fiestas caballerescas, esenciales para la consolidación de una nueva élite local; y del Corpus Christi, definido como el laboratorio festivo que permitió la institucionalización de ciertas prácticas populares, como las danzas indígenas y el teatro de los gremios. El segundo bloque trata específicamente del nacimiento del teatro profesional. Resulta nuevamente esencial el estudio del Corpus Christi, pero, ahora, desde la perspectiva de la financiación teatral, pues este fue el contexto en el cual muchos comediantes dieron pie a su carrera. Hablamos, a su vez, de los emprendimientos particulares que hicieron que el espectáculo se convirtiera en un verdadero oficio: partiendo de iniciativas precarias, no realmente profesionales, y llegando a la creación ––a caballo entre el Quinientos y el Seiscientos–– de los primeros corrales de comedias oficiales y las primeras compañías de teatro itinerantes. En las conclusiones se adelantan algunas reflexiones sobre la influencia que habría tenido en este proceso la circulación de textos dramáticos manuscritos e impresos.

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Tutoras : Dra. María del Valle Oj eda C alvo y Dra. Pie dad Bolaños Dono so Do ctoranda : Laura Agar Paz Rescala Corso di dottorato di ricerca in Lingue, culture e società moderne e scienze del linguaggio Curso de doctorado en Estudios filol ógicos Tesis en régimen de cotu tela Università Ca’ Foscari Venezia / Universidad de Sevilla Espectáculo y ofi cio: el teatro en el Virreinato del Perú durante la segunda mitad del siglo XVI y los albores del XVI I 1 A Ninfa Nemtala, por el infinito amor. A Félix Rescala, porque la historia de cada sueño, de cada viaje, de cada danza, de cada oficio, me devuelve siempre a aquel momento en el que tú miraste el mar y deci diste construi r un nuevo mundo, todo tuyo, al otro lado. 2 Índice Agradecimientos 6 0. Introducción 8 0.1. Estado de la c uestión 11 0.2. Metodología y archivos 13 0.3. La edición de documentos 16 1. Bloque primero: un virrei nato espectacular 24 1.1. C APÍTULO PRIMERO : LA MONARQU ÑIA TRIUNFANTE : 27 La corte del rey ausente 29 Entre espectácul o y espectáculo se hace corte 42 1.1.2.1. Recibimiento de Blasco Núñez Ve la 46 1.1.2.2. Recibimiento del sello re al en Lima 50 1.1.2.3. Recibimiento de Pedro de la Gasca y del sell o real 53 1.1.2.4. Recibimiento de Andrés Hurtado de Men doza, segundo marqués de Cañete 56 1.1.2.5. Juras de Felipe II 61 1.1.2.6. Festejos en h onor al inca Sa yri Túpac 75 1.1.2.7. Exequias de Ca rlos V 82 1.1.2.8. Recibimiento del sello re al en Charcas 84 1.1.2.9. Recibimiento de Francisco Álv arez de Toledo 86 1.1.2.10. Fiestas por e l nacimiento del príncipe Fernando de Austria y por el triunfo de Lepanto 98 1.1.2.11. Fiestas por l a unión dinástica de España y Portugal 104 1.1.2.12. Recibimiento de Martín Enríquez de Almansa 105 1.1.2.13. Recibimiento del arzobispo Toribio de Mogro vejo 111 1.1.2.14. Recibimiento del corregido r Pedro Zores de Ul loa 114 1.1.2.15. Recibimiento de García Hurtado d e Mendoza, cuarto marqués de Cañete 116 1.1.2.16. Fiestas por e l triunfo de Be ltrán de Castro y de la Cueva 133 1.1.2.17. Recibimiento de Luis de Vel asco 138 3 1.1.2.18. Juras de Felipe III 143 1.1.2.19. Fiestas en ho nor al visit ador y presiden te de la Audiencia de Charcas Alonso Maldonado de Torres 147 1.1.2.20. A modo de concl usión: los pe ndones 150 1.2. C APÍTULO SEGUNDO : LA PUESTA EN ESCE NA DE LA FÁBULA CABALLERE SCA 154 Caballero a su caballo 158 Guerra y paz 160 Los inicios de la fiesta caballeresca 164 Mineros andant es 173 1.2.4.1. El Potosí caba lleresco de Arz áns: las fiest as de 1578 y 159 0 173 1.2.4.2. Potosí y Pausa: dos espectacul ares torneos en los albores del siglo XVII (1601 - 1607) 183 1.2.4.2.1. Textos y contextos 185 1.2.4.2.2. La eclosión teatral 203 A modo de conclusi ón: la minería triunfante 224 1.3. C APÍTULO TERCERO : EL C ORPUS C HRISTI , LABORATO RIO FESTIVO 226 El Corpus Christi en di sputa 231 El Corpus Christi de l os indios 233 A modo de conclusi ón: una breve r ecapitulació n y una primera mirada al Corpus Chri sti de los oficios 244 2. Bloque segundo: el oficio del teatro 249 2.1. C APÍTULO PRIMERO : EL C ORPUS C HRI STI DE LOS OFICIOS Y EL OFICIO DE HACER COMEDIA S : UNA APROXIMACIÓN DESDE EL CAMPO DE LA GESTI ÓN Y LA FI NANCIAC IÓN TEA TRAL 252 Fase inicial 253 Los conciertos de 1574 266 Hacia la insti tucionaliza ción de un nuev o oficio. Joan Baptista Durán y la década de 1570 272 4 Oficiales y oficiales de hacer comed ias 277 El fin de sigl o 287 Los albores del nuevo siglo, la moda teatr al y las compañías al servicio del Corpus Ch risti 296 A modo de conclusi ón: más allá de los confines limeños 301 2.2. C APÍTULO SEGUNDO : EL TEATRO , UN NEGOCIO EN GEST ACIÓN 303 Músicos y danz arines concer tados 304 Francisco de Moral es, hombre de tea tro 309 2.2.2.1. Morales y los espacios fijos de representació n 311 2.2.2.2. Morales, ma estro del arte cómico 316 2.2.2.3. Morales y los traji nes de su úl tima década de vida 317 El Castillo de las Maravill as 321 Las primeras compañías de teatro: 1598 y 1599 326 2.2.4.1. La compañía de Baltasar Vélez y Grabiel del Río 328 2.2.4.2. La compañía del sastre Juan Meléndez 331 2.2.4.3. La compañía de Francisco Pérez de Robles y Miguel de Burgos 335 2.3. C APÍTULO TERCERO : LA CONSOLIDAC IÓN DEL TEATRO PROFES IONAL A IN ICIOS D EL SIG LO XVII 343 2.3.1. Fundación y arrendamiento de los primeros corrales de comedias estables 344 2.3.1.1. El corral d el Hospital R eal de Señor San Andrés 347 2.3.1.2. El corral de Santo Domigo 363 2.3.2. Compañías de tea tro y c omercio 367 2.3.2.1. Grabiel del Río : entre Lima y Charcas 369 2.3.2.2. Miguel de Burgos : entre Lima y Charcas 377 3. Conclusiones generales: espectáculo, oficio y lectura 381 4. Anexos 388 4.1. Anexo documental del primer bl oque 388 4.2. Anexo documental del segundo bloque 423 4.3. Anexo de firmas de comediantes y empresarios teatrales 537 5 4.4. Anexo de obras concertadas por el Cabildo para el Corpus Christi limeño (1574 - 1612) 544 5. Bibliografía citada 549 6 Agradecimientos Emprender un pr oyecto de in vestigación sobre el espectáculo y el teatro en el Virreinato del Perú dur ante l a segu nda mita d del sigl o XVI y los primeros años del si glo XVII fue, si n duda, un desafío . Cuando comencé no sabía siquiera si era posible. ¿Había documentación sufi- ciente para hablar del tema? ¿Dónde se encontraba? La respuesta de muchos fue tajante: mejor si el proyect o se cent raba en el siglo XVII, d ecían, pues de él se conserva mucha más información. Pero , el siglo XVI es sumament e particular, llegó trayendo de equi paje la Moder- nidad misma y, de su mano , el Occidente se fue reformulando. En la primera mitad del siglo, en Europa , l as formas y los significados del fasto público ya no eran l o s de antes y, al mismo tiempo, los cómicos de algunas ciudades habían comenzado a organizarse a la manera de los demás artesanos profesionales . La s Españas, por su parte, se habían consolida do como imperio trasatlántico y , con sus tradiciones y sus oficios a cuestas, habían conquistado el Perú . Lo que pasó en la segunda mitad del siglo, ya en estas orillas antárticas, era definitiva- mente mi campo de estudio . El hecho de q ue esta i dea fuera tan firme en mí se l o debo , en gran medi da, a mi tutor a, la p rofesora María d el Valle O jeda Calvo, cuyas reflexiones sobr e el teat ro fueron mi ejemplo y cuya confi anza fue suficiente est ímulo para continuar por el camino que me habí a trazado. Otro impulso esencial para la realización de este trabajo fue el acuerdo de cotutela que se firmó entre la Uni versit à Ca ’ Foscari Venezia y la Universidad de Sevilla . Dicho acuerdo per- mitió que también di rigiera esta te sis la profesora Pi edad Bolaños Donoso, gran conocedora de los archivos quinientistas, de sus laberintos, sus sec retos y su s recompensas. A gradezco a ambas profesoras la inspiración , el ap oyo y, sobre todo, la fe en mi trabajo. A su vez, d oy las gracias a mi maestro, el profesor Andrés Eichmann Oeh rl i, por estar siempre presente, desde el día en el que empecé a estud iar el Siglo de Oro, hasta el día de hoy. Esta tesis, por otra parte, se vio fortalecida por los aportes del profesor José Antonio Rodríguez Garrido . Faltan palabras para expresar cuán importante fue que me haya permitido complementar mi estancia de investigación en los archivos limeños con un semestre de trabajo a su lado en la Pontificia Uni versidad Catól ica del Perú. N o puedo dejar de r ecordar a los amigos que, entr e legajo y legajo, libro y libro , ciudad y ciudad , hice a lo largo de estos cuatro años. Agrade zco tambi én a mi familia, por t odo el aliento y la comprensión . Agradezco a mi padr e, que me enseñ ó el tipo de docente y de investigadora que espero llegar a ser un día . Agradezco a alguien que no puedo nombrar, 7 porque es pura magia y no encaja en ningún texto . Y, sobre todo, gracias a mi madre , que me acompañó en cada momento , que se p uso la mochila al hombro para darme encuentro en cualquier lugar del mundo al que me lle v ara la investigación y que , en verdad, m e acom- pañaría a buscar la Atlántida si fuera necesar io encontrarl a . C ierro este pequeño prefaci o pensando en su amor, sin el cual esta página estar ía en blanco, como todas las demás. 8 0. Introducción El objetivo general de esta tesis es estudiar el espectácul o y el teatro en el V irreina to del Perú , desde la segunda mitad del siglo XVI, que es cuando se consolida la conquista del territorio , hasta los primeros años del siglo XVII. En consecuencia, el tr abajo se divide en dos bloques: el primero está dedicado a los espectáculos públicos y el segundo al proceso de profesiona- lización del oficio teatral que se desarrolla en el señalado arco temporal. Como voy a explicar en un próximo apartado , la investiga ción se bas a sobre un amplio trabajo de archivo, realizado tanto en Sevilla, como en cuatr o ciudades centrales de lo que fuera el Virreinato: Lima, Cus co, La Plata (hoy Sucre ) y Potosí. Por motivos evidentes, no he podido recorrer, como serí a lo ideal, todos los archivos sudamericanos que podrían contener información útil para el tema que me interesa. Cabe recordar que , en los siglos XVI y XVII, el Perú ab arcaba desde Panamá hasta Ti erra de Fuego. Este hecho ocasiona que mi t rabajo se centre en lo que sucedía en la Audiencia de Lima y la Audiencia de Charcas ; aunque, claro, no descarto la información que he podi do encontrar relativa a otros t e rritorios . De toda s maneras, en el futuro, utilizando est a tesis como herramienta, planeo continuar con mis in- vestigaciones en más ciudades ; s obre todo , creo que sería esencial avanzar hacia los espa- cios de lo que fue la Audiencia de Quito. Dicho est o, paso a exponer mis objet ivos es pecíficos . El estudio del espectáculo es impor- tante, por un lado, para comprender el desarrollo de la s tr adiciones festiva s , con todo el com- ponente artístico que conl leva n , y, por otro lado , porque es un canal privilegiado para observar las características de la política y de la soci edad de un determinado momento hist órico. En el primer bloque de esta tesis , ambos factore s están presentes. El trabajo comienza con el aná- lisis de un conjunto de celebr aciones que, en el periodo que he trazado, se organizaron en el Virreinato en honor a la monarquía española : partiendo de algun a s muy modest a s, como el recibimiento del primer virrey, Blas co Núñez Vela , y llegando hasta otr a s sumamente esplen- doros as, como las juras de Felipe III. La idea en este punto es observar que la fiesta cí vica y política acompañó y robusteció el proceso de conquis ta del territorio. Era un camino de ida y vuelta . M ientras más control tenía la Corona en el territorio, más asombros o s eran l os rego- cijos ; mientras más potente s e inteligente s eran los programas festivos, más se enaltecía el dominio político de la monarqu ía. 15 Explicar c on detalle la or ganización de cada uno de los archi vos consultados y el trabaj o que por muchos meses realicé en ellos sería una tarea excesiva , pero espero haber podido trazar con lo dicho una imagen aproximada de lo que fue esta primera fase de la investigación. La segunda fase del trabajo consistió en recopil ar en una base de datos todo lo hallado en los archivos , sumad o a l o que fui encontrando en monograf ías , en crónicas, en anales, en documentación digitalizada por diversas instituciones 10 , etc. Esta base de d atos es un boceto de l o que pl aneo que en un fut uro sea una plat aforma en internet abierta a todo público. Por ahora, fue una herramienta útil par a que reunir y cotejar datos. La base est á dividida en seis secciones : “ Corpus Christ i ”, “Espectáculos varios”, “Autores y actores”, “Obras representa- das”, “Compañías” y “Corrales de comedias”. Con un corpus de datos armado , pude pasar a la tercera fase: el planteamiento de una hipótesis que me conduj era a la escritura. La fase final y cr ucial , como es evidente, fue la d e redacción misma. A nivel metodológico, en este punto, se presentó sobr e todo una dificultad que había que afrontar capítulo a capítulo. Es decir, el h echo de contar con fuentes muy variad a s: textos producidos en contextos diversos, cada uno con su propia intencionalidad y dirigido a su propio público. No quer ía, de ninguna mane ra , homogeneizar mis fuentes. Lo que hice fue , por ende, mantenerme siempre muy cerca de los textos sobre los que se basa mi escritura, dar cuenta d e ellos y explicar su procedencia y sus limitaciones. Por ejemplo, un acta capitular puede darnos muchos datos sobre cómo se organiza una fiesta, pero a veces no nos dice nada sobre el resultado final; mient ras que una crónica puede detallar nos la forma en la que se ejecut ó la celebración, pero debemos tener en consideración la subjetividad del observador y la intencionalidad con la que escribe. En suma, resumiría esta cuestión diciendo simplemente que, a nivel metodológico, traté los documentos desde una perspectiva filológica y, a partir de los resultado s de es t e tratamiento, escribí la histor ia de los hechos que me interesaba narrar y explicar. 10 Por ejemplo , el Ar chivo Naci onal de Asun ción está completamente digita lizado. 16 0.3. La edición de documentos Una parte esencial de la tesis consi ste en la edición crítica de documentos hallados en biblio- tecas y archivos . Ediciones q ue se encuentran en los apéndices. En el primer apéndic e pri- ma n relaciones manuscritas de fiestas que anteriormente no habían sido editada s de manera adecuada. E l segundo apéndice, dedicado al proceso de profesionalización teatral, se com- pone sobre t odo de escrituras públicas extraí das de los distintos protocolos notarial es en los que he trabajado. En ambos apéndices se encuentran, además, otros tipos de documentos, como actas capitulares, cédul as o expedientes judicial es. Mi obj etivo ha sid o realizar un tra- bajo de ecdóti ca sobre estos retazos de historia; e s decir , sigo en mis ediciones cri terios establecidos sobre la base de los conocimientos que tenemos de la historia de la lengua y , cuando trabajo con textos que ya han sido transcritos anteriormente , present o un registr o de variantes. Al final d e este apartado se encuentra n detallados mis criterios de edición. He considerado importante esta labor pues, en verda d , se trata de documentos a los que casi nunca se les ha prestado atención de carácter filológi co. Son textos que tienden a ser instrumentalizad os y transcrit o s fragmentariamente , con el solo fin de que se entienda algo de su contenido . El caso de las escrituras públicas es dramático . Visto que son de m uy difícil lectura , pues la letra notarial encadenada es desafi ante, suelen ser simplemente citadas o, si es que son transcritas, lo más común es que se retome solo aquella parte de su contenido considerada central para un determinado trabajo . Para lo que atañe a la documentación tea- tral, esta tendencia es clarísima . L os histor iadores del teatro llevan apr oximadamente un siglo trascribiendo solo la parte d e las escrituras públ icas en la cual se explicita el acuerdo a l que se quiere llegar a través de ellas. El resto del documento suele ter mina r ya sea en tres puntos suspensivos , ya sea en un corchete en el que se dice que no se trascribe “la parte protocola- ria”, “ las aseguraciones legales ”, etc. No obstante, para presentar una edición crítica de la documentación histórica, la opción de recort ar los textos e ra simplemente c ontradictoria. Por ende, presento todas las escrituras editadas de pies a cabeza ; tarea compleja, pues uno se halla de frente a una suma de fórmulas legales y burocráticas, muchas veces incluso mal redactadas por el notario , que hay que aprender a comprender. No obstante , estas partes, tan relegadas del mundo de l a investigación teatral,han servido para notar algunos detal les de mucho interés . Un ej emplo de lo dicho sería la manera en la cual, a lo largo del tiempo , mientras avanza ba el proceso de profesionalización teatral, cambia ba el tipo de fiadores que se establ ec ían en los acuerdos entre los cómicos y el Cabildo secular de Lima . A l principio tenían que ofrecerse 17 los mismos regidores y obligar sus bienes personales al cumplimiento de lo debido, pues el Cabildo no quería comprometer sus fondos; luego , cuando dicha inst itución acata hacerse cargo del financiamiento de las obras teatrales, ya se puede n poner como garantía sus pro- pios bienes; y, finalmente, cuando se consol ida este modelo, incluso el mayordomo del Ca- bildo acude a la firma de los conciertos. Retomo este eje mplo solo par a ilustrar el motivo por el cual considero que es necesario editar con rigor esta documentación. No me cabe duda de que, además, un historiador de l derecho, o de la economía, o de las mi smas est ructuras burocráticas , podría llegar a conclusiones enriquecedoras para la historia de l teatro tenien do a mano la documentación editada en su integridad. Con mi tr abajo he queri do colaborar t am- bién e n este sentido , pues, como le sucede a cualquiera que se dedique a la edición, espero que sirva para que otros lectores puedan encontrar un camino más llano hacia sus propias ideas. A primera vista, una excepción a lo dicho podría consider arse la s ediciones que presento en los anexos 55B y 56B . Se trata del expediente y el memorial de un pleito con servado en la Escribanía de Cámara del Archivo General de Indias. Este tipo de testimonios son , en verdad, compilaciones , pues se presenta ante el Consejo de Indias toda la serie de documen- tos que responden a un l argo proceso judicial. Los folios, en total, son más de doscientos, por lo que, a menos que el objetivo de una tesis sea únicamente el anál isis de l expediente, es impensable una edición integra. Lo que he hecho, sin embargo, para no traicionar los princi- pios de l os que he hablado y, al mismo tiempo , presentar al lector este testimonio, es editar solo los documentos más importantes que se produjeron a lo largo del juicio y presentar, ent re corchetes, una pequeña glosa de lo que sucede en las partes que dejo sin transcribir. En el resto de los apéndices, utilizo los corchetes con puntos suspensivos p ara marcar fragmentos de texto que resul tan il egibles o que, al menos por ahora, no he sido capaz de descifrar. Si no se encuentra en nota a pie de página una explicación de lo que falta en el lugar que ocupan los corchetes, es porque se trata de muy pocas palabras o de una sol a . Para cerrar, cabe hacer una aclaración sobre las cita s retomadas en el cuerpo de la tesis que provienen de textos antiguos editados por otros estudiosos . S i la edición en cuestión es filológica, realizo un simple calco; sin embargo, si se trata de trascripciones, muchas veces presentadas como simples “desciframientos” 11 , que no siguen con coherencia ningún tipo de 11 El caso, por ejemplo, de los Libros de cabildos de Lima. 18 criterio de edición y que complican la lectura de manera innecesaria, me permito, en lo posi- ble, ajustar la puntuación y la or tografía a mis propios criterios de edi ción 12 . 12 Naturalment e, en estos casos, aspi ro a acceder pronto a los textos originales para pro poner directa- mente mi s pro pias t ranscr ipci ones. 19 • Criterios de edición 13 La puntuaci ón se mo derniza según la norma vigente . Hay que tener en cuenta que la mayor parte de los documentos que se editan en esta tesis prácticamente carecen de puntuación por motivos prácticos: ahorro de papel, de espacio, de tiempo y de tinta. S e unen o separan las palabras también según la norma actual y, en este mismo sentido , se regulariza la acentuación y el uso de mayúsculas y minúsculas. Las grafías se moderniz an siempre y cuando est a intromisión no tenga implicaciones fonéticas. Es decir: • Se desarrollan las abreviatur as sin dejar c onstancia . • No se separan las f ormas contractas del tipo: dello , desto , dél , etc. Bajo la misma lógica, las form as apocopadas c omo quel se mantienen tal cual aparecen en el texto. Dobles : • cc → c : salvo que pe rtenezcan a dos fonema s distintos como en per - fec - ción . • ll → l : solo en los casos en que ll no tiene valor palatal . • pp → p . • Se simplifican la s vocales dobles en casos como fee → fe . Sibilantes: • sc se transcribe como c cuando tenía dicho valor: paresce → parece, nascido → nacido , etc. 14 • ss → s . • S e moderniza el uso de c , z , ç 15 . 13 E stos crit erios de edición ya los he esbozado en otros trabaj os (Paz Rescala, 2019a) . Ahora los adecúo al nuevo contexto, pero , por motivos evid entes, no puedo ser muy original al respect o. 14 Estos ver bo s forman par te de un grupo particular: aquell os terminados en er o ir cuya raíz termina en consonante velar. Según e xplica Lapesa, El grupo sc se guido de vocal pal atal, como - nascer o parescer - deber ía haber pr oducido de i nicio un sonido sor do como el de la ç (sorda y apretada); en- tonces, el resultado gráfico esperable hubiese sido pareçe o naçe. No obstante , sería muy común encontrar en estos verbos, aun en el Siglo de Oro , el gr upo sc como lati nismo sin trascendencia foné- tica ( 2000, 754 - 755 ). 15 Para l a seg unda mi tad d el si glo XVI ya se habría difundido el ensordecimiento de ci ertas sibi lantes originariamente sonoras. L a antigua /z/ ( s ), sonora, se identificaría con su variante sorda /s/ ( ss ), as í como /dz/ ( z ) con sus variantes sordas /ts/ ( c y ç ) ( Lapesa, 1981 : 371 ). 20 • Sin embargo, teniendo en c onsideración el origen americano y popular de la documentación con la que se trabaja, se respeta todo rasgo de seseo. Grafías g , j , x 16 : • Los usos de g y j ante i y e se regularizan según la norma actual. • La x con valor de fricativa sorda [x] se transcribe como j : exercicio → ejercicio . Grafías j e y : • Cuando l a j no t iene valor consonántico se procede a marcar su valor vocálico y se transcribe como y . Grafías c , qu , ch : • La ch cuando tiene valor de gutural sorda /k/ se transcribe c o qu : Christóbal → Cris- tóbal . • Se sustituye qu por cu para el valor de /kw/: qual → cual , quando → cuando . Grafías b y v : • Su uso se moderniza según la norma a ctual 17 . Consonantes implosivas : • La m y la n ante b o v se reparten según la norma actual. Grafía de l a h : • Su uso se moderniza según la norma a ctual. 16 La identidad entre los fonemas de g , j y x en los casos señal ados derivaría del mismo fenómeno señalado para c , z , ç : el ensordecimiento de algunos fonemas sibilantes originalmente sonoros como / ʒ / ( g , j ) que se confundirían c on los originalmen te sordos como / ʃ / ( x ) ( Lapesa, 1981 : 371 ). 17 Para la época qu e nos atañe la diferenciac ión fonética entre la b oclusiva y la v fricativa, de existir, lo habría hech o solo en ciertas region es marginale s , pero seguro no formaba ya parte de la norma ( Lapesa, 1981: 370 ). 21 Grupos cultos : • Se mantiene n las formas cultas que pueden tener trascendenci a fonét ica: objetión , escriptores , e lectión , Sancti ago , etc. Por esta misma razón mantenemos l os casos de b etimológica en posición implosiva: subjeto o subtil . • En el caso de la palabra efeto no se aumenta la c implosiva de la norma actu al 18 . • Se modernizan formas sin valor fonético propio co mo ph (que se trascribe f ) y th (q ue se reduce a t ). 18 En la época co nvivía el grupo culto ct , que se había perdi do en el paso del lat ín al español y que l a escritura culta buscaba restituir , con la forma simplificada ( Lapesa, 1981 : 390 ). 22 Imagen 1 Detalle del mapa de John Mitc hell de 1850 Señalaciones circular es añadidas al mapa original 19 : En celeste (de norte a sur): puerto de Paita, puerto del Callao, puerto de C hi n cha y puerto de Arica ; e n rosa: Chancay ; e n violeta: Lima, Cuzco y La Paz ; en amarillo: Trujillo; e n azul: Hua- manga ; e n negro: Huancaveli ca y Potosí ; e n rojo: Castrovirreina; e n verde: Pau sa ; en blanco: La Plata (Sucre) . 19 Por razones meramente di dácticas he el egido este mapa, a pesar d e p ertenecer al pe riodo republ i- cano, pues se puede ver la ubicación de distintos territorios a los que alud iré a lo largo d el trabajo . 23 BLOQUE PRIMERO 24 1. Bloque primero: u n virreinato espectacular Estudiar el mundo del espectáculo durante la segunda m itad del sigl o XVI en el Virreinato del Perú es el objetivo de es te bloque de la tesis. El inten to es el de ubicarnos, lo más f irmemente posible, en aquel entonces y ver qué era aquello que sucedía, de cuando en cuando, para transportar a los habitantes de la ciudad a una dimensión distinta de la cotidiana , a quella de lo maravilloso, en su acepción latina, de cosa admirable. Se trat a de la dimensión altamente simbólica de lo celebrativo, de lo conmemorat ivo, del espectáculo púb l ico. En este sentido, me interesa pr oponer una base documental que permit a estudiar este tema ––antes no afron- tado en su especificidad –– y brindar una lectura a partir de dicho corpus. En ar as d e e ste cometido , no podía conc e ntra r me en una sola ciudad . El grueso de la biblio grafía se focaliza en Lima y en el C usco, pero suel e olvidar cuán conectadas, comercial y administrativamente, estaban estas ciudades entre ellas y con otras provincias , y cómo esa conexión propiciaba un flujo constante de modelos que, sin lugar a duda , repercutían en la concepción misma de lo espectacular. D edicaré los dos primeros capítulos al imaginario merament e co rtesan o, pues creo que, en cuanto horizonte ideológico, su instauración en el territorio americano está en las bases mismas de todo el proceso de conformación de la s ociedad vi rreinal . En el primer capítulo , luego de reflexionar un tanto sobre la manera en la cual podemos concebir lo cort esano allá donde el rey está lej os y ausente, analizar é en detalle aquellos espectáculos que colaboraron a que, poco a poco, se instaurara en el terr itorio la figura del monarca ––el poder de la Co- rona –– desde la conquista del Perú hasta los albores del Seiscientos : r ecibimientos de virre- yes, ent radas del sello real, paseos del estandar te o celebraciones por los triunfos y dichas del rey y de su familia.. . Tod as estas son fiestas organizadas por las élite s y, c omo parte de su programa, incluyen distintos elementos visuales y festivos de tradición cortesana: arcos triunfales, soldadescas, derramas, juegos de toros y de cañas o torneos . Para ubicar este tipo de celebraciones en el conjunto de lo espectacular, me i nspir an , en parte, las propuestas de Jaime García Bernal (2006). Este estudioso de la fiesta renacentista y barroca propone la categoría de “liturgias de homenaje y triunfo”, que serían “ espectáculos de afirmación de la comunidad y de exaltación de sus ideales” (140). En este caso estaríamos hablando especí- ficamente, y con todo el clasicismo que sostiene el término, de “triunfos de l a monarquía” (176). Propongo un estudio de su historia desde una perspectiva lineal, cronológica, viendo cómo cada una de estas cel ebraciones, cada recibimiento o jura, muestra y potencia el estado en el que se hallaba el proceso de asentamient o del poder de la Corona en el terri torio. La estructura lineal se hace obligatoria, a mi parecer, para entender lo que sucedió en la segunda 31 lado a otro para poder registrar lo que se mandaba. Para su suerte, el tiempo pasa y las misas terminan. Exhausto, de seguro, cuenta al final del acta: E yo el presente escrib ano llegué a su mer ced [el oidor] y le pregunté que qué mandaba se hicies e, e me dijo que ya habían acabado e se acababa la misa e que no había lugar de pr esente tratar más de los susodicho. E a sí, yo, el presente escribano, volví a dar dicha respuesta al dicho Cabildo y, visto todo lo susodicho, estos señores dijeron que, por cuanto no ha querido el dicho señor oidor consentir en sus usos y costumbres e preminencias desta ciudad, antes ha ido co ntra ellas e se lo ha quebrantado, de donde resultó mucho escándalo en esta ciudad y en la dicha sant a iglesia entre eclesiásticos y seglares, m andaron que e l dicho procura dor saque testimonio e se le dé resultado e haga todas las deligencias que convengan así en esta Real Aundiencia como ante Su Majestad Real, para que de todo se le dé cuenta e se pida lo que más convenga. E así lo acordaron y mandaron y firmaron (33). El escribano estaba a punto de dar por terminada su jornada labor al, pero a los capitul ares se les ocurre acordar una cosa más sobre el pendón real. El caso es que, originalmente, habría estado previst a una serie de regocijos para final izar las celebraciones de Pentecostés, pero, por lo sucedido, no se pudo cumplir tal cometido 22 . Sin embarg o, como no festej ar hu- biese sido igual a perder la batalla, el Cabildo tenía que regocijar el pendón real, a su institu- ción confiado. Por lo que: Acordaron que se dé pregón público que todos los vecinos e moradores estantes e habitantes en esta ciudad vengan a l a plaza pública hoy e mañana a caballo o a pie e se regocijen por lo susodicho y en cumplimiento de la carta real que Su Majestad a este Cabildo escribió y por honra de la dicha fiesta e pendón real, so pena que el que no saliere se procederá contra él conforme a derecho, e así lo acordaron e firmaron que haya caretas 23 , toros e luminarias (34) . Me he permitido partir de esta anécdota porque r evivirla es útil para expl icar la for ma en la que funcionaban las élites políticas de una Audiencia peruana en el siglo XVI 24 . Y p ara expli- 22 Esto se especifi ca en la pa rte anter ior del a cta, cuando se decide envi ar testi monio de todo lo suce- dido a Su Majestad. 23 Es particular el uso de la palabra caret a. Autoridades no registr a el término y t ampoco lo hace el NTLLE. El CORDE contiene un par de ejempl os de i nicios de 1511 (pert enecientes a una anónima traducción de Tira n lo Blanch ) donde careta significa l a parte del antera de la celada del caballer o. En los ejemplos que el corpus diacrón ico ofrece del XVII no queda claro el significado exacto de la palabra . Los hablantes de nuestro siglo identificamos inmediatamente careta con máscara (¿se trata de una mascarad a? T odavía no tengo certezas sobre el tipo de espectáculo al que se alude. 24 Recordemos que las audiencias del virreinato del Perú en el siglo XVI eran: la Aud iencia de Panamá (1538), la Audiencia de Lima (1543), la Audiencia de Santa Fe de Bogotá (1549), la Audie ncia de Charcas (1559), la Audiencia de Quito (1563) y l a Audiencia de Concepci ón (1563). Aunque esta últi ma dura poquísimo pues se disuelve, a instanci a de la guerra de Arauco, a principios de l a década en 1573 (Barrientos Gra ndon, 2003). 32 car, a su vez, l a importancia que podía n alcanzar en este contexto las festividades organiza- da s para enal tecer los símbolos del poder monárquico, pues una de ellas era el paseo del pendón o estandarte real. Las prin cipales instituciones políticas que imperaban en todas las capitales audienciales eran: la Audiencia, el Cabildo secular y el Cabildo catedralicio 25 . Los oidores de la Au diencia, órgano superior de justici a, eran, a diferencia de los regidores del Cabildo, oficiales reales. La justicia que implantaban era del rey o, en palabras de Sergio Angeli ––que sigue en esto a Bartolomé Clavero–– : “las audiencias y chancillerías y sus jueces, claro está, compartían una íntima unión jurisdiccional con el monarca” (2016 : 34). Esta “ í ntima unión” tenía su sím- bolo más evidente en la concesión a las audiencias, para la val idación de sus provisiones, del sello real; al cual, lo veremos m ás adelante, como si encarnase la persona del rey mismo, se dedicaban fiest as y procesiones, más o menos como al di sputado pendón que vimos hace poco recorrer las calles de Quito. Pues bien, esta prerrogativa daba mucho poder a las au- diencias, a pesar de que, en reali dad, su competencia debía ser solamente en materia de justicia. En la prá ctica, l os estudi os demuest ran que las a udiencias no se limitaban tan fác il- mente a su condición de entes legislativos y acaparaban sistemáticamente otras funciones (gobierno, hacienda o guerra). Como explica con mucha claridad Eugenia Bridikhina ––a cuyo estudio, centrado en Charcas, haré r eferencia en más de una ocasión–– : “l a Audiencia de La Plata adquirió, de facto, autoridad en materias políti cas, administrativas y fiscal es” (2007 : 39) 26 . Esta falta de claridad ––o de acatamiento–– de las func iones que correspondían a las audiencias generó problemas en todos los territorios virreinales y en distintas direcciones. Vemos c onstantemente disputas entre las a udiencias y prácticamente todos los d emás e ntes políticos: corr egidores, cabildos catedralic ios, virreyes y, tantas veces, como queda claro en el ejemplo quiteño, cabildos seculares. El Cabi ldo secular, se ñala Constantino Ba yle, citando al comenta rista del sigl o XVIII Lo- renzo Santayana y Bustillos ( Gobierno polít ico de los pueblos de E spaña , 17 42), sería más bien la institución señalada para el gobier no político y económico de la ciudad: “el cual es tan privativamente de los ayuntamientos o de los concejos de ellos que, no habiendo queja o 25 El funcionamiento de las élites políticas en las audiencias americanas es un tema muy estudiado que yo me permito visitar, por un momento, para poder dar pie a mis planteamientos, por lo que no me adentraré al funci onamiento específico de cada una de las audiencias. 26 La Audiencia de La Plata es el otro nombre que se le daba a la Audi encia de Charcas. 33 parte, o instancia fiscal, no pueden las chancillerías o audi encias entrometerse en estos asun- tos” (Bayle,1952 : 101). Es dec ir, e sa j usticia que los o idores de l a Audi encia creían tan suya te nía qu e ser admi- nistrada por otros: “la admini stración de la justicia era responsabilidad en primera instancia de los alcaldes de las pequeñas localidades y, en asunto s de mayor calado, pasaban a manos de los corregidores o gobernadores” (Bridikhina, 2007 : 53). Los corregi dores, por su parte, como explica la misma Bridikhina, eran nombrados directamente por el rey o p or el virrey y, además de poder intervenir en cuestiones de administración de la justici a, tenían potestad gubernativa. Potestad que se acr ecentaba mientras más se alejaba la provincia en cuestión de la capital virreinal donde, por lo menos, era más claro cuál era la cabeza de las cuestiones de gobierno. Por esto mismo, las audi encias, que aspiraban a gobernar, muchas veces tuvie- ron problemas con los corregidores. El caso de Charcas resulta emblemático en este sentido, pues, si bien la Audiencia tenía sede en La Plata, el Corregimiento la tenía en Potosí y ahí cobró importancia antes de que la ciudad minera se independizara de la capital audiencial, fuera reconocida como Villa Imperial y conformara su propio C abildo: el año de 156 1 27 . Así l as c osas, los oidore s de las audiencias se sentían directamente relacionados con la Coron a porque legislaban en su nombre ; pero, l os administradores de la justicia tenían a su favor el hecho de que sí contaban con atribuciones de gobierno: “los cuatro jueces ordinarios, es de cir, el corregidor, su teni ente y los dos alcaldes ordinarios tenían también responsabili- dades gubernativas” (Bridikhina, 2007 : 53). A esto se sumaba el hecho de que en el Cabildo secular ––al que pertenecían los alcaldes ordinarios–– se congregaban las él ites locales, las élites que se habían ido gestando en el territorio desde la conquista y que normalmente no estaban dispuestas a permitir que nadie tenga más preminencia que ellos mismos cuando se trataba de tomar decisiones sobre la gestión pública de la s ci udades. Esto no significa, sin embargo, que los c abildos se sintiesen entes alejados de la Corona española: gracias a su potestad gubernativa podí an ocuparse de cuestiones tan esenciales en el siglo XVI como la 27 Sob re la divisi ón administ rativa de la Audi encia y el Corr egimiento en Char cas se puede ver tambi én: Orígenes de una s ociedad coloni al (1973) de Joseph Barnad as. Por su parte, es importante tener en cuenta que la capitulación de Potosí de 1561 (cuando asci ende a Villa Imperial y se le concede la posibilidad de tener su propio Cabildo) es una clara muestra del poder que tenían las élites locales en la ciudad min era. La capitulaci ón es gestionada desde l a misma ciudad y se paga por el la, a la Corona, un monto sobre el cual los historiadores no se ponen enteramente de acuerdo pero que de hecho habría superado los 70000 pesos corrientes. “En 1561 en virrey Conde de Nieva vendió la jur isdicci ón munici pal a los mineros po tosino s” (2007 : 34). Sob re la capi tula ción de Pot osí ver : José Ant onio Fuer - tes López (20 10). 34 organización de los ofici os de la ciudad y de los servicios públicos, la gestión del desarrollo urbanístico, la sanidad, etc. Además, l os reyes habían concedido a las ciudades el pendón real y, con este símbolo, los capitulares se sentían en condiciones de gobernar, aunque sea a nivel simbólico , “en nombre de Su Majestad”. Es evidente que cada audiencia y cada ciudad era un mundo y que habría que tener en cuenta los intereses que se barajaban en cada momento histórico y las redes clientelares que se formaban y que eran, quizá, el modo más efici ente de infiltrar intereses de una institución en otra. E ste, sin embargo, no es el objetivo de este estudio. Por ahora, me interesa subrayar que la identificación que las audiencia s establecían entre su pod er y el poder del rey se con- centraba en un objeto cargado de valor simbólico, el sello; mient ras el vínculo que l os cabildos tendían entre su palabra y la del monarca se veía representado también en un objeto: el pendón o estandarte real 28 . Así, todos los miembros de la élite política secular se sentí an parte integrante de ese enorme engranaje que era el poder imperial de la Corona hispana. Engranaje que ya durante el Sigl o de Oro solí a ser descrit o bajo la met áfora de un c uerpo, cuya cabeza, sin la cual no podía funcionar, era el monarca 29 . E n e ste sentido resulta útil el ejemplo de aquel 10 de mayo de 1573 en Quito 30 . En t odas las ciudades americanas se había instaurado la costumbre de que un día al año el Cabildo 28 La importancia de estos dos objetos, entendidos como f etiches, ha sido est udiada, partiendo del caso Chil eno por Jaime Valenzuel a Márquez (1999, 2001). 29 En est e se ntido me parece i nteresante apuntar la interpretació n que re aliza Paul Fi rbas de la des- cripción de la América meridional que Cabello de Balboa realiza en su Mi scelá nea antá rtica (1576 - 1586). El cronista aureo describiría la forma geográfica del ter ritorio que va desde Panamá hasta Ma- gallanes como un gigante postrado y degollado. El cuello sin cabeza serí a justamente Magall anes. Dice Firbas: “Como en los mapamundi s de la tr adición cri stiana medieval , el mapa de Cabello de Bal- boa t iene principalmente una función her menéutica; es decir, en lugar de ofrecer i nformación práctica sobre el espacio representado propone una int erpretación del mundo” (2004: 273). Esta f alta de cabeza me pa rece que s olo puede c omprenderse a través de la metáfora de la monarquía como un cuerpo cuya cabeza es el rey que, en América, falta. Balboa lleva la imagen a sus límites y produce una imagen – como not a Firbas – mo nstruosa del terr itorio. A su vez, esta sensaci ón de territ orio degollado expr e- sada por el cronista, podría formar parte del mismo impulso que en otra esfera lleva a l a representación y recreación del rey - cabeza en las ciudades del territori o. 30 Diez años habían pasado desde que se di era el título de Audiencia Real a la provincia y, como en toda etapa fundacional, la urgencia de los políticos de hacer valer sus jurisdicciones y prerroga tivas estaba a flor de piel. Bastaba poco para desencadenar el caos y esto queda claro en las act as capitu- lares de la ciudad. Además , el oidor Diego García de Valverde de seg uro tenía interés en demostr ar su poder sobre la ci udad pues, de hecho, siete meses después de este altercado con el Cabil do, será promovido a presidente de la Audi encia. Entonces, en pri mera instancia, el conflicto revela algo de la competencia política al interior de la misma Audiencia. Record emos que Valverde desobed ece, y con desdén, las órdenes que desde su l echo da Lope Díez de Aux y Armendáriz Castrejón. No todos los oidores pensaban igual que Valver de; durante todo el gobierno de Armendáriz, según se refiere en la misma acta, no habría n aflorado problemas a la hora de realizar se la procesió n del pendón real desde 35 se encargase de realizar el paseo del pendón ; en el caso de Quito , el día seleccionado era la Pascua del Esp íritu Santo. Este obj eto era sagrado para el Cabil do, permitía que alcaldes y regidores se lucieran en cuanto súbditos y agentes del poder regio. Era esencial, por su parte, su presencia en las cer emonias religiosas. El pendón –– c omo todos los símbolos que repre- sentaban al monarca –– no representaba el corpus naturale del rey en f unciones, sino su cor- pus mysticum : aquel que dependía de su investidura y en el cual se cifraban los designios divinos que recaían sobre su cargo 31 . Era la maner a en la que el poder polít ico se justi ficaba ante la ciudad y, además, por tradición medieval, el pendón siempre había estado ligado a lo sagrado: “s e constataba la val oración sacralizada en este símbolo como objeto de bendición, siendo en ocasiones guardado en templos y utilizado en las ceremonias procesionales: todo ello era la consecuencia de ser un símbolo religioso de la realeza” (Bridikhina , 2007 : 181). Así las cosas, el recorrido del pendón el día de Pentecostés, partiendo del ayuntamien to y ll egando al altar mayor, se presenta como una peregrinación simbólica en la que se teatraliza, primero, l a sumisión de la ciudad, encabezada por su Cabildo, al rey y, en segunda inst ancia, la sumisión del mis mo poder regio an te el más alto de lo s poderes, el divino 32 . El oidor Valverde había in tentado co nseguir qu e el pendón fue se primero a la audiencia y después a l a iglesia. Quería que en el ritual tuvieran los oidores tant a importancia como los regidores. Lograrlo hubiera significado valerse de un a festividad y de un conjunto de símbolos que tradicionalmente sostenían el vínculo del Cab ildo con el poder monárquico para reafirmar el poder de la Audienci a ; c omo vimos, el Cabil do no estaba dispuesto a permitir que esto el ayuntami ento hasta la catedr al. Quizá Valverde quer ía ref ormular un tanto l os equil ibrios de pode r en la ciudad. Resulta signi ficativo también que el oi dor ––en su condición de ministro real de justicia – – haya insistido, con tanto ímpetu, en mostrar la inferioridad de Rodrigo de Paz Maldonado, el alfér ez del pendón, que era, además, alcalde ordinario: uno de los adm inistradores de la justicia en la ciudad. Valverde era el superi or del alcalde y creo que si guiendo esta línea tenemos que interpret a r el hecho de que exigiera que este lo t ratara de “ su señor ía” y no de “su merced” (a lo que, efectivamente, accede Paz Maldonado, pero el escribano del Cabildo durante toda el acta lo trata de “su merced” al e ntonces solo oidor de la Audienci a). 31 Sobre la aplicación de los conceptos teol ógicos medievales de corpus naturale y corpus mysticum (forjados para exp licar la manera en la cual la Iglesia represen taba a Cristo en la tierra) a la figura del rey y su representación simbólica , ver Salazar Baena, 2017. Rafael Narbona Vizcaíno, tratando ta m- bién sobre l a Edad Media, acude al concepto, util izado t ambién por ot ros estudiosos, de “reliquia pro- fana”. Dice: “Los mismos objetos que resaltaban la majes tad real hacían tangible y objetivable l a so- beranía con una simbología implícita, capaz de sustituir la presencia física del monarca y de hacerla imperec edera durante s u ausencia, favoreciendo la eclosi ón de una síntesis entre la autoridad real y los miembros de la comunidad celebrante . Se entiende así el valor atribuido a la corona, a la espada , al cetro, al globo, al trono, al escudo, a las armas, a los pendones reales , entre otros objetos, conside- rados todos ellos como reliquias profanas, y, por tanto, respetadas e incluso veneradas por su recono- cido prestigio polí tico” (2017: 131). 32 Cabe recordar en estos momentos a George Balandier cuando afir ma que el poder : “no ex iste, ni se conserva sino por trasposición, por la producción de imágenes, por la manipulación de símbolos y su ordenamiento en un cuadro cer emonial” (1994: 18). 36 sucediera. Sin embargo, al final, dado que la misa mayor se cel ebró de todas formas (frenarla hubiese sido un acto de sometimiento inadmisible para el Cabildo catedralicio), Valverde ven- c ió la batalla, pues el pendón no estuvo presente durante el of icio divino. El Cabildo secul ar, para hacer valer sus prerrogativas, “ por honra de la dicha fiesta e pendón real ”, tenía que sacar a la ciudad en fiesta, ese era su resarcimiento. Y eso es lo que harán constantemente, en todo el i mperio, los representant es de los cabildos seculares , convertir el espacio urbano ––que de ellos dependía–– en un espacio f estivo que actualice, a tr avés de una seri e de símbolos, su poder. En el pentecostés quiteño se orden ó que todos los vecinos y est antes de la ciudad, bajo la amenaza de que quien no lo hiciera se enfr entaría a proceso, salieran a festejar, de la mano del Cabildo, el Espír itu Santo y e l pendón real, el mismo 10 de mayo y al día siguiente. Se orden ó que se encendieran luminarias y que, por cuenta del Cabildo, se cor rieran toros y h ubiera caretas. Este ejemplo es uno de los muchos que se podrí an recuperar par a ejemplificar las pugnas entre las distintas inst ituciones virreinales. Muestra cómo el poder se depositaba en ciertos símbolos que unían a las élites políticas con la Corona. Mucho de la política se jugaba en la esfera de lo simbólico - espectacular, lo que solo puede recordarnos aquel presentimiento, que se difundirá tant o en el B arroco, de que la vida misma era un teatro. Era imperativo en el siglo XVI, para la estabilización de la conquista, que en todas las ciudades se sintiera la presencia del rey y que las élites políticas conformaran, de alguna manera, una corte 33 . La corte de l rey ausente. Eran precisamente símbolos como el sello y el pendón los que act ualizaban la pre- sencia real . Ampararlos, respet arlos y festejarlos era represent ar la corte o, lo que es lo mismo, (re) crearla. Di ce Alejandr a Osorio, pa ra el caso de la capit al virrein al: I suggest that court ly ceremonies in Lima served the dual purpose of making the absent king present to his di stant subjects and binding hi m and his subjects in a reciprocal pact that was made real through ritual. Since (unlike in Spain) the real king was never produced in Peru, his simulacra –– copies for which t here are no originals –– in effect made him a hyper real king whose centrality in Li ma’s cer emonies seems to have been unmatched by any other American city (2004 : 449 - 450). No solo Osori o (2004, 2006, 2008) ha propuest o la idea de que , mie ntras más lejos se halla una corte del rey , mayor es el í mpetu con que est e viene repre sentado 34 . Alejandro 33 La idea de l a organizaci ón imperi al de los Austria como una “ monarquía de cortes” la desar rolla Antonio Ál varez - Ossori o Alv ariño (1991) . 34 Sobre la n ecesidad de representar al rey e n t ierras lejana s, Hidalgo Nochera propone q ue el caso más extr emo es el de Filipinas, provincia mayor dependiente de la Nueva España (2018: 30). Alejandra Osorio (2 004, 2006) , como se ve en la ci ta, cons idera que la centra lidad de l a figur a del monar ca fue 37 Cañeque (2012), que se ocupa del caso novohispano, nos recuerda que esta idea no pertenece a la bibliografía actual, sino que se r emonta al mismo Siglo de Oro, cuando ya el jurista Solórzano Pereira (1648) recuper ó una imagen de Plutarco para describir el fenómeno según la metáfora de la luna que se engrandecería y resplandecería con más fuerza mient ras más se aleja del sol qu e la ilumina 35 . El rey prestaría su luz a todas las cortes de su imperio y, mientras más lej os llegara esa luz, resultaría más espl endorosa, pues se alejaría más de lo humano, para convertirse, a través del espectáculo, en aquell os simulacra hiper bolizados de los que habla Osorio 36 . En las capitales virreinales, a los símbolos como el pendón y el sello , se sumaría l a presencia misma del virrey, muy estudiada en cuanto alter ego del rey. El virrey, por supuesto, a diferencia del sello o del pendón, era una persona y eso hacía que su condición simbólica fuera un tanto distinta. El hecho de representar al r ey podía darle, en tierras lejanas, un poder desbordante, lo que causaba desconfianza i ncluso en el mismo monarca. Son varios los ejemplos que muestran intentos de los reyes por frenar los alcances del poder de sus virreyes. Osorio re cupera uno que lla ma p arti cularmente la atención . En 1572 el virrey Toledo ––que, si contextualizamos, ese mismo año había derrotado la resistencia incaica de Vilcabamba y se encontraba haciendo su famosa visi ta general 37 –– escribiría una carta a Felipe II para quejarse de que en al gunas localidades se estaría recibiendo a los gobernadores bajo palio, lo cual debía ser privilegio solamente del virrey. El rey responderí a en una carta, firmada el primero de diciembre de 1573, solo para aclarar a Toledo que el palio corresponde más ev ident e en Lima que en cualqu ier otra parte. Sostien e est a af irmac ión con un ejemplo: según ella pudo observar, en las juras reales mexicanas se habría ubicado en el tabl ado tanto l a imagen del rey como la del virrey en f unciones, mientras que en Lima se j uraría solo ante el retrato del monarca. 35 La cita textual es el epígraf e de est a sección: Solórzano Perei ra, Pol ítica india na , lib. V, cap. XII, núms.1 - 9. 36 Br idikhin a trata en lo s mismos términos el caso charqueño, donde h abría una marca da tendencia de representar al monarca a través de atributos , no tanto de su persona , como de su linaje y de la mitología clasicista que lo acompañaba (2007: 191). En ocasiones, remarca la historiadora, era incluso ––di spu- tas de poder por medio –– más el r espeto y vasa llaj e que se querí a demostr ar des de este terr itori o al lejano rey que a su vicar io en Lima: una presencia más cercana, con nombre, apellido e intereses bien concretos. Sería elocuente lo que sucede a la muerte del vir rey conde de Monterr ey en Lima (1606): en la capital virrei nal, por supuesto, se celebran sus lut os; sin embargo, en La Plata, no se acata el luto, pues, visto que tal desventu ra habría coincidid o con la llegada de la noticia del nacimiento del príncipe Felipe, se prefiere cel ebrar el natali cio (2007: 48). 37 Recorrido que hace Fra ncisco de Toledo por las dist int as provincias del Vir reinato del Perú entr e 1570 y 1575. Estas visitas son importantísimas pues, además de ser la primera vez que un virrey deja la cap ital par a visitar perso nalmente el resto d el Virre inato, Toledo va e n com pañía de a lgunos cronis- tas, cuyo s trabajos hasta hoy nos ofrecen datos preciosos sobr e la historia peruana y sobre la pers- pectiva int erpretativa que quería imponer sobre esta el virrey: las crónicas de Pedro Sarmient o de Gamboa son el e jemplo por e xcelenci a. 38 exclusivamente al rey (2006 : 811) 38 . Sin embargo, llega a tanto la voluntad de recrear la imagen real en las capitales virreinales que, a pesar de las prohibiciones, las ciudades recibían sistemáticamente al alter ego del rey bajo palio 39 . Siguiendo esta misma estela, o tro aspecto que constantemente intentaron limitar los reyes fue el dispendio de los ayuntamientos en ocasión de los recibimientos. A este tema volveremos más adelante, cuando veamos la documentación acerca de la financiación de algunos de estos espectáculos. En todo c aso, mucho de l o dicho no es exclusivo de los virreinatos am ericanos. La función de modelo que en el si glo XVI pudo haber ejercido, en varios sentidos, Nápoles sobre los virreinatos del Perú y de la Nueva España (y viceversa) es un tema al que todaví a no se l e ha prestado suficiente atención. Mis inve stigaciones no han ido en esa dirección, pero, siendo una ciudad con élites nobiliarias tan f uertes, era sin duda un desafío para el monarca, que tenía que asegurarse de que ciertas prerrogativas quedaran en sus manos y no pasaran al virrey, el cual lo rep resentaba, pero hasta cierto punto 40 . La condición del virrey como alter ego del rey no parece haber sido en Nápoles tan fuer te como en América 41 ; pero, siendo Nápoles una de las ci udades cortes anas por ex celencia, e l virrey, por supuesto, recibía agasajos esplendorosos que de seguro llegaron de oídas a t odos los territorios hispanos 42 . 38 BNM, Pr ovisiones reales pa ra el gobierno de las indias , fol. 1271: ubicación de la carta referida según anota la hi storiadora ci tada. Documento t ambién citado por Rosa María Acost a de Arias Schr eiber (1997: 109). 39 “Entre 1544 y 1589 doce de quince virreyes entraron a Lima debajo de un palio” ( Osorio, 2006: 813). El p alio era un símbolo importa ntísimo. Si atendemos a la defin ición de Aut oridades se utilizaba “ para que el Sacerdote que lleva en sus manos el Santísimo Sac ra men to, o al gunas i mágenes, vaya cu biert o de las injurias del tiempo y de otros acciden tes. Pa ra el mismo efecto, usan también de él los reyes, el papa y otros prelados, en las funciones de sus ent radas en las ciudades”. Como se puede ver, la ú nica autoridad no religi osa que, por def inición, hacía uso del palio er a e l rey, por la naturaleza divina de su investidu ra, se ent iende. 40 Explica Carlo s J. Hernando Sánchez: “Un proces o similar se dio en todos los virreina tos y puede apreciarse con especi al claridad en Nápoles, donde el monarca se reservaba el nombramiento de funcionarios, la venta de cargos pú blicos, la con cesión de benefi cios eclesiásticos con rentas superio- res a cien ducados y l a autorización de la enajenación o transferencia de bienes feudales” (2005: 365). 41 Hay que recorda r que la pres encia de rey es no era ajena para la ciudad de Nápoles, como lo era para América. Un ejemplo de la menor equiparación entre la figura del rey y la del virrey en Nápoles en relaci ón con América se puede ver en q ue, como dice Sabina de Cavi ( 2010), una de las princi pales diferencias en la ciudad itali ana entre la cabal gata de un rey y la de un vir rey era que el segundo no entraba bajo pali o: lo que, como vimos, en el Perú era l a norma. 42 Ap unta Hernando Sánc hez: “Durante el siglo XVI Nápol es se configuró como la principal corte virrei- nal de la Monarquía. Cabeza del más extenso y lucrativo de sus territorios europeos extrapen i nsulares, la capital del reino de Sicilia citra farum fue también una de las fuentes de los modelos ideológicos y formales que nutrían a las otras cortes provinciales e, incluso, a las metrópolis que, como Sevilla, debían afrontar pareci dos problemas de creci miento, aun careci endo de una dimensión cor tesana equi- parable” (2005: 338 - 339). Ví ctor Mínguez, por su parte, muestra lo ostentosas y parti culares que eran las fiestas dedicadas a los virreyes en Nápoles: “El fasto cer emonial que rodeó al vi rrey durante el gobierno de los Austri as procedía, por tant o, de una compleja amalgama de r ituales origi narios del 39 Para lo que concierne a la ref lexión sobre la pres encia simbólica del r ey en sus territorios de ultramar, interes a apuntar una ide a que plantea Car los José Hernando Sánchez (2005) al comparar el funcionamiento de los virreinatos de Nápoles y de Cataluña en el siglo XVI. Una gran diferencia recaería en que el virrey de Cataluña, el loictinent general , no tenía la atribución de representar al rey en sus funciones “sacral y simbólica, jurídico - institucional y militar” (35 3). Atribució n con la que conta ría el virrey de Nápoles. La razón sería, de base, que la ciudad italiana era un reino, mientras que Cataluña era un principado. En Cataluña no se recibía triunfalmente al virrey, como en Nápoles o en América. Su fiesta más importante, en este sentido, era el juramento de los fueros locales (353 - 354). La propuesta de Hernando Sánchez es que la presencia del rey , en el siglo XVI, no habría terminado de asentarse simbólicamente en Cataluña y esta ausencia se habría ref lejado en la espect acularidad urbana; de hecho, el pal acio de Carbonell ni siquiera habría sido utilizado como residencia del virrey y su corte: “el nuevo palacio de Barcelona se encerraba en sí mismo, vacío de una función ceremonial restringida al ámbito aristocrático de los virreyes, y asediado por las otras instituciones en el ce ntro de la capital del Principad o” (355). Así pues, Herna ndo Sánchez, al nega r la presencia simbólica del rey en Barcelona, cuestiona, en todos los sentidos, la condición de corte virreinal que podrí a haber adquirido la ciudad en el sigl o XVI 43 : En último término, hay que cuestionar la posibilidad de hablar, como en otros territor io s de la monarquía, de una auténtica corte vi rreinal en Barcelona, no sólo en cuanto ámbito de manif estación del esplendor y la magnificenci a, sino también como espacio político para la canalización del consenso, en su caso, de las discrepancias a tr avés de un lenguaje simbólico y ceremonial codificado, que, sin duda, actuó como amortiguador de tensiones en otros lugares ( 354). Justamente, l os requisi tos que según Hernando Sánchez faltarían a Barcelona para definirse como corte virreinal son los que propi cian que, para el caso americano, algunos investigadores hayan ya planteado que no solamente las capitales virreinales (Lima y México) periodo aragonés, del ceremonial borgoñón adaptado por Carlos V a partir de 1547 y también de la influencia cerc ana del p apado y de o tras cortes italianas (20 14: 6 9). U na de la s pr incipales difere ncias entre los vi rreyes napolitanos y los americanos habría sido justamente su necesidad de rendi r home- naje al papa (87). 43 Hernando Sánchez compar a l a s ituació n qu e at ravesaba Bar celona en este momento con la que antaño viviera bajo el gobier no de Alfonso V de Aragón. En este caso, incluso cuando el rey se ausen- taba, inc luso cu ando s e traslada a Nápoles y de ja a su esp osa a cargo del p rincipado (1432 - 1458), en la ciudad permanec ería su presencia: “una expresión de sacralidad real para contrarrestar la ausencia del monarca, representado por su esposa, María de Casti lla, er a la de la ofrenda de los tres cáli ces el día de la epifaní a” (357). 40 eran corte, sino también las capit ales provinciales o audiencial es 44 . La cor te sería el lugar donde , de una manera u otra, rige y reside el rey 45 . No se puede decir con más claridad que Fernando Bouza: Hace el re y la cort e o sus alter nos regentes, virreyes o gobernadores. Incluso, también esos lugares en los que se proyecta su sombra, como las capillas r eales, y que se convierten en espacio privi legiado de las cortes provinciales en las que los monarcas ya no residen de asi ento. Los lugares de la ausencia del rey no son menos expresivos que los de su presencia. Y, así, la aldea hace a la corte, com o el palacio lo hacían las quintas, abadías, granjas, pagos y desiert os a los que acababan retirándose los cortesanos decepcionados y los relegad os, empezando por el propio emperador (2000: 161). Es por esto que no sorprende que, en el Perú, la puesta en escena más importante, en la misma bas e de la conquista , haya sido la recreación simbólica del monarca 46 . Recreación que condujo a algo un siglo antes imp ensable : que, ante la lejanía del corpus naturale del rey y de su séquito de nobl es de pura sangre, sea n las élites económicas y el aparato burocrát ico lo s que deban conformase en corte. El citado estudio de Eugen ia Bridikhina es quizá el avance más significat ivo que se ha hecho en orden a comprender que en las capitales audienciales, e incluso en otras ciudades importantes, se representó al rey con todo el fervor imaginable y se generó un espacio que sin demasiados devaneos po dría considerarse cortesano: Además [co ncluye Bridikhina] la corte no dejó nunca d e ser la se de del trib unal r eal, lo que tenemos que tomar en cuenta a la hora de analizar las cortes provinciales como las sedes de las audiencias, lo que nos conduce a otro modelo d e legitimac ión, organización y ejercicio del poder (2007 : 251). Entender est o para el caso de l a Audienci a de Charcas resu lta una puerta de lectura muy productiva, pues el territorio atesoraba en su seno la ciudad más rica de América y, en ciertos periodos, del mundo : Potosí. Las élit es mineras dispon ían de cantidade s de dinero equiparables, si n duda, a la for tuna de importantes familias nobles de la península y para 44 Patricio Hidalgo Noche ra elaboró recie ntemente una bibli ografía comentada sobre los estudi os que tratan el tema de las cortes y las fiestas co rtesanas en Am érica. Concluye que la reflexión teórica qu e lleva a la compren sión de las capitales virreinale s como cortes sería un triunfo del siglo XX I. Triunfo que, poco a poco, ir ía t raspasando fr onteras par a ver cómo el concepto de corte es apli cable no solo a las ciudades donde resi día el virr ey, sino también a capi tales audiencial es y provinciales (2018: 29). 45 Corte: “Cuando signif ica el lugar do nde reside el rey está declarada su et imología por la ley 27, tít. 9 de la partida segunda, que dice así: ‘corte es llamado el lugar do es el rey e sus vasallos, e sus oficiales con él, que le han cont inuamente de aconsejar e de servi r’” (Covarrubias). 46 Susana Ant ón Pri asco nota también con mucha claridad el hech o de que un rey, par a hacer cort e, puede ser un rey simbóli co, la recreaci ón del rey (2009, 201). 47 ordenanzas, se env ió al p rimer y más desafortunado virrey del Perú, el cual tenía a su cargo la tarea imposib le de hacer vale r la nueva legislac ión de golpe y sin miramientos. Como bien sabemos, las huestes de Gonzalo Pizarro se encargarán de que, junto con las aspiraciones del emperador , en 1546 ruede por tierra la cabe za del virrey Blasco Núñez Vela 56 . Antes de l fata l dese nlace, el Cabildo de Lima recibe entre agasajos al virrey el 16 de mayo de 1544 . Hec ho que es un intento de las élites encomenderas limeñas de ganarse el fav or del m andatario, ya que pronto le enviarían sus peticiones para la abolición de las Leyes Nue- vas ; u n intento , en suma, de poner en escena un consenso que en los hechos no existía: lo que, claro, tuvo repercusiones en la mism a celebración. El testimonio m ás relevante sobre el recibimiento de Blasco Núñez Vela se encuentra en la Historia de la fundación de Lima del jesuita Bernab é Cobo (1882 [1639]), quien presenta el acta capitular concerniente al recibi- miento, l a cual t ranscribo íntegramente en el apéndic e documental por ser el úni co testi monio oficial que ha sobrevivido de este aconteci miento ( ver anexo 1A ). Como se puede ver en el acta, el virrey entra a caballo , atraviesa un arco triunfal y el procurador del Cabil do, Rodrigo Niño, le pide que jure la defensa de los privilegios de la ciu- dad. Este ritual, de ta nta tradición, n ormalmente no es conflictivo, a menos que la coyuntura, por algún motivo, haga que los pr ivilegios de la ciudad donde se realiza el recibimiento se hallen en abierta contradicción con las verdaderas intenciones del mandatario que protago- niza el juramento. Este es el caso . P asará algo similar, ya lo veremos, cuando entre el vir rey Toledo al Cusco en 1571. Como se puede ver en el acta, Núñez Vela jura: “de guardar a esta ciudad y provinci a los pri vilegios y mercedes, provisiones y ordenanzas que S u M ajestad tiene proveídos en favor de estos reinos, que han servido a Dios Nuestro Señor, y a S u M ajestad, y bien de est a tier ra, y lo firmó de su nombre en este libro de Cabil do ”. El virr ey j ura, en realidad, hacer cumplir las ordenanzas del emperador, las cuales atentan contr a lo que en aquel momento los capitulares podían considerar sus privilegios. Quien más detall es ofrece sobre la dimensión espectacular del recibimiento , ya desde el registro de la crónica, es el Inca Garcilaso de la Vega. La narración que propone ti ene como principal objetivo el de mostrar los conflict os polít icos l atentes en aquel momento y la manera 56 Una cr ónica muy importante para comprend er e ste proceso es la Histori a de la s gue rras civil es de l Perú de Pedro Gutiérrez de Santa Clara. Ver, ahora, en específi co, los capí tulos del 1 al 4 del libro primero (ed. 1904). 48 en la cual influyeron en la celebración. Su narración del acto de juramento se corresponde con los datos que ofrece el documento presentado por el padre Cobo. Relata: De qu e e l v isorrey jurase tan confuso, sin mostrar alguna señal de hacer algo de lo que pedí an se entr istecieron todos, así eclesiástico s como seglar es, y per dieron el regocijo que hasta allí habían traído, trocándolo en lágrimas y dolor interior. Porque de aquel juramento decían que no podían esperar ningún bien, sino temer mucho mal, y que otro día se habían de ver desposeídos de sus indios y haci enda e imposibilitados de poder ganar otra para sustentar la vida, por su larga edad y estar ya consumidos de los trabajos pasados. Y, aunque metieron al visorrey debajo de un palio de brocado y los regidores que llevaban las varas iban con ropas que llaman rozagantes 57 de raso carmesí, aforradas en damasco blanco; y, aunque se repican las campanas de la iglesia catedral y de los d emás conventos, y sonaban instrumentos musicales por las calles, y ellas estaban enramadas de mucha juncia, con muchos arcos triunfales, que (como hemos dicho) los indios los hacen con m u cha variedad de flores y her mosura, todo esto más parecía y semejaba un entierro triste y lloroso, que a recibimiento de visorrey, según el silencio y dolor interior que t odos llevaban. Así fueron hasta la iglesia mayor y, hecha la ador ación del Santísi mo Sacramento, lo l levaron a las casas del marqués don Franci sco P izarro , donde quedó aposentado el visorrey con toda su familia ( Historia general del Perú , libro IV, cap. V: fol. 114). Garcilaso confirma que en la entrada del primer virrey de Lima se acudió a gran parte del protocolo que veremos en los próximos recibimientos . El uso del palio, el lujo de la vestimenta de los regidores, los arcos triunfales (mencionados también en el acta capitular), el aderezo de las calles por las que pasa la procesión, la música, el recorrido hacia la i glesia mayor y el posterior asent amien to del nuevo mandatario en su palacio. Sin embargo, queda claro que en estos momentos pri ma la tensión. Los arcos triunfales que se harán más adelante para los virreyes, cuando se haya pacificado el territorio, se constituirán en potentes aparatos simbó- lic os donde se representar á el poder de la monarquía hispana, la grandeza del virrey entrante y, por supuesto, la nobleza y cortesana cal idad de la ciudad. En el caso de la entrada de Blasco Núñez Vela, t odo esto está ausen te. Infiere Ramos Sosa que: “sería u n arco sencillo, si acaso de estructura de madera, muy simple y revestido de r amas y fl ores” (1992 : 49 - 51). La entrada del virrey bajo pali o, en este contexto, resulta un calco vacío de la tradición me- dieval. El mismo Garcilaso, como vimos en la cita, nota lo para dójico del homenaje . Los regi- dores se visten de gala, como lo harán siempre, para representar su propio poder y el de la ciudad, pero su ostentación está más dirigida a escarmentar al virrey que a r endirle pleitesía. Es , a su vez, significativo el hecho de que se ubique a Núñez Vela en la antigua morada de Francisco Pizarro, que había sido asesinado por el hijo de Almagro hac ía apenas tres años y cuya memoria era todavía símbolo del poder de los conquistadores sobre el territorio. 57 Rozagante : “que se aplica a la vestidura vistosa y muy larga . Pudo decirse as í por ir po r lo regul ar rozando con e l suelo” ( Autoridades ). 49 En resumidas cue ntas, si bien el Cabildo secular se encarg ó de que se ejecut ara lo básico del protocolo , no t ení a como objetivo el de favorecer la actualización de la presencia de la monarquía en el territori o. Las élites locales estaban en guerra contra las ordenanzas del emperador. A pesar de todo, la tradición fest iva de los recibimientos se fue gestando junto con su enorme potencial teat ral y espectacular. “Sonaban instrumentos musicales po r las calles”, evoca Garcilaso. No hay manera de saber quiénes fueron los músicos, ni qué instru- mentos tocar on, pero probablemente se trató de indígenas tocando trompetas, atabales o chirimías, como sucederá en otr as ocasi ones. Lo i mportante es que la ciud ad, poco a poco, iba acostumbránd ose a vestirse de fiesta. 50 1.1.2.2. Recibimiento del sel lo real en Lima 58 La descripción del recibimiento del sello real en Lima se encuentra en uno de los textos más importantes para este trabajo: el manuscrito 2835 de la BNM : Indias de virreyes y goberna- dores del Perú . Se tra ta de un texto anónimo que ha sido atribuido a Tristán Sánchez, conta- dor de la Real Hacienda de Lima ( Torr es de Mendo za, 1867 : 213; Durán Montero, 1 990 : 58) 59 . El manuscrito ha sido transcri to en el siglo XIX como parte de l volumen octavo de la Co lección de documentos inéditos relativos al d escubrimiento, conquista y organización d e las antiguas posesiones españolas … que se public ó bajo la dirección de Luis Torres de Mendoza (1867 ). No se puede hablar de una verdadera edición, pues carece de rigurosidad filológica y la trans- cripción incluso excluye, sin aviso, algunas partes del original, el cual , de por sí, no está com- pleto. Por este motivo, he decidido proponer, en el anexo documental, una edición de cuatro fragmentos del manuscrito: el acta correspondiente al recibimiento del sello real en 1544 y las relaciones de la s entrada s del virrey Toledo a Lima y al Cusco y del virrey García Hurtado de Mendoza a Lima ( fiestas sobre las que trataré más adelante) . Para lo qu e ata ñe a la ll egada del sello real en 1544 ( ver anexo 4A) no nos encontramos con la voz narrativa que predomina en el manuscrito , pues esta cede la palabra a un acta firmada por el conquistador Jerónimo de Aliaga . Conquistador que desde 153 9 ostentaba un cargo important ísimo, que durante el siglo XVI adquirirá cada vez más relevancia en la con- formación de una corte virreinal: la Escribanía mayor de la Gobernación ( Lohmann Villena, 2005 : 473) . Es decir, en otras palabras, era el secretario del virrey o, en palabras de Buena- ventura de Salínas y Córdoba, la “llave y secreto del reino” . El escribano mayor, gracias a este cargo burocrático - cortesan o, podía acceder a todas hora s a l palacio y tení a que refren- dar, con el sello real, las pr ovisione s, autos y mandamientos del virrey 60 . 58 Base documental: Indias de virreye s y gobernad ores del Perú : fols. 69 r - 71r ( BNM, mss. 2835 ) . 59 El motivo de la atribuci ón es una afirmación que hace el autor en el capítulo XVIII de la sección del manuscri to dedic ada a Ga rcía Hurt ado de Mendoza: “ y d e l os quila tes de oro del tíb ar de mí n o d igo, aunque pudi era, lo que Eneas a la reina: et quorum pars magna fui; la [parte] que fui, que fue mucha, servirá de sacar del libro de la razón, como contador della por S u M ajestad en est os reinos, y de mi memoria verda dera, que es el más ciert o libro, lo que este virrey hizo en algunas comisiones y nuevos adbitrios que el rey, nuestro señor, encargó y otras que puso en ejecución durante su gobierno (fol. 127v). 60 Lohmann Villena (2005) ofrece una detallada explicación de las responsabi lidades y prerrogat ivas que conllevaba este cargo. Es interesant e destacar que, algo que hacía que en este cargo conf luyera de manera particul armente evidente l o cortesano y lo burocrático es el hecho de que er a hereditari o. De hecho, Jeróni mo de Aliaga en 1560 l ega el cargo a su h ijo homónimo (2 005: 473). La r eferencia a la c rónica de S alinas y Córdob a la extraigo de este mismo artículo (4 72). 51 La llegada del sello a Lima fue, sin duda, un evento importante . T uvo lugar el pri mero de julio de 1544, un mes y medio después de que el virrey Núñez Vela se asentara en la ciudad . Es la primera vez q ue este obj eto - símbolo alcanza tierra sud americana. Si el recibimiento del mandatario había sido or ganizado por e l C abildo secular, conformado por las élites locales, los protagonistas del agasajo para el s ello fueron el mismo virrey y los oidores de la novísima Audiencia . Este grupo de oficiales reales había llegado, en una misma nave, a inicios de este año al Perú . La primera parte del protocolo indicaba que se fuese a recibir el sell o a los límites de la ciudad y así se hizo: todos s e dir igieron “al río que pasa por junto de la dicha cibdad” . E sto impli c ó un primer elemento espectacular, pues el vir rey y dos oidor es realizaron una procesión junto “con la más gente de la cibdad a caballo y a pie” . Los dos oidores fueron Diego Vázquez de Cepeda y Ju an Alonso Álvarez 61 . Una v ez que el virrey, los oidor es y el acompañamiento llega ron al lugar señalado para el recibimiento del sello, se abr ió el cofre que lo contenía . El sello est aba labrado en plata y lleva ba las armas de Carlos V . Fue ex- puesto ante todos los presentes para que le d ieran la “reverencia debida , como insignia del rey y señor n atural”. Posteriormente , se lo devolvió al cofre y se lo ubicó sobre un caballo. En el acta ––que no detallo porque el lector puede encontrar e ditada en el anexo documental–– se ve el lucimiento del atavío de l caballo y de los gobernantes. Al llegar a la ciudad, cual rey, el sel lo en su cofre , montado a caballo y cubierto por una bandera con las armas del empe- rador, h izo su entrada triunfal a través de un arco de m adera que se había construido para la ocasión. Ahí lo esperaban los miembr os del Cabildo secular, con un palio de raso carmesí, debajo del cual lo condu jeron hasta el palacio del virrey : s u lugar de residencia . E l sello, luego de su exposición pública, en condiciones normales, estaba llamado a quedar escondido para siempre de la vista de todo aquel que no fuese miembro de la Aud iencia . Ese día n o se realiza ron, al parecer, más espectáculos. Todo se redu jo , como había pa- sado con el recibimiento de Núñez Vela, a lo protocolario . La situación política era m uy com- pleja. El sello era, sin duda, uno de los símbolos de poder más importantes del imperio y, en medio de tanta pug na, nadie estaba d ispuesto, hacia jul io de 1544, a negarse de lleno a participar en e ste tipo de acto . Sin embargo, solo dos meses después , ya poco import ó a ciertos oidores el juramento que hicieran delante del sello o su condición de ministros reales. Es más, los mismos oi dores que acompaña ron al vir rey en el recibimiento, Diego Vázquez de Cepeda y Juan Alonso Álvarez, j ugaron un rol import ante en la revuelt a de los encomenderos que, pocos meses después de esta fiest a, encabezó Gonzalo Pizarro. Como ex plica Sergio 61 En este momento eran c uatro los oi dores que había d esignado el r ey al conformar la Audienci a: Diego Vázquez de Cepeda, Juan Álv arez, Pedr o Ortiz de Zárate y Lisón de Tejada. 52 Angeli (2011), inicial mente, a nte e l pan orama po lítico, y la f uerza de l as él ites locales, los susodichos oidores se posicionar on a favor del bando pizarrista y, en un acto de traición a la Corona, en septiembre de este m ismo año, tomaron pres o al virrey en l a morada de Vázquez de Cepeda, para luego depositarl o en una nave con desti no a España. Sin duda, fue un golpe de estado 62 . Vázquez de Cepeda se mantuvo fiel a Pizarro casi hasta el final del levanta- miento 63 . La nave en la que se embarcó al derrocado virrey estuvo custodiada por Juan Alonso Álvarez , qui en, sin embargo, en medio del mar, decidió traspasarse al bando realista y liberó al vir rey (Angeli, 201 1 : 5). La guerra, así, comenzó. Todo esto, de seguro, Núñez Vela no se lo veía venir aquel primero de julio, mientras se dirigía, acompañado de estos dos oi- dores, a recibir y festejar l a llegada del sello real. Q ueda cl aro que el sell o fue recibido en Lima según mandaba el prot ocolo, pero en un momento en el cual s u valor simbólico no e ra plenamente aceptado. Todavía no t odos esta- ban seguros de querer ser parte de la corte de un rey ausent e que, desde su l ejanía, quería limitar las prer rogativas de quie nes viví an y guerreaban en las nuevas tierras. Es sintomático el hecho de que, a decir ve rdad, no sabemos qu é suced ió con el sello durante el conflicto bélico que este año se desencaden ó . Solo sabemos que, como veremos a continuación , cuando las aguas calm aron , Pedro de l a Gasca entr ó triunfante a la ciudad de Lima y nueva- mente el sello fue re cibido con una fiesta . Este dobl e agasa jo al mismo sello e s una cosa muy pocas veces vista, ya que, como explica Val enzuela Márquez (2001), luego de su exposición pública, la espectacularidad y el misticismo condensados en este objeto se cifraban en su o cultamient o. El sello solo se dejaba ver en la impronta –– “ yo el rey ” –– con la que coronaba la documentación emitida por el tribu- nal. Pero, par a ser rey, debía ser aceptado en cuanto tal. Así, el hecho de que se conserven noticias sobre dos recibimientos a lo largo de la década de 1540 es solo una muestra más de cuánto estaba costando instaurar el régimen monárquico en el Perú. 62 De hec ho, se ll ega a enviar desde la Audiencia una misiva a Gonzalo Pizarro para decir le que el tribunal suspen de la aplicación de la Leyes Nue vas (Angeli, 2011 : 5) . 63 Se pasa al band o realist a en 1548, cuan do ya era evi dente la der rota de Pi zarro. Grac ias a est o se le p erdona la vida, aunq ue es condena do a p risión y regresa a Españ a p ara morir en cautive rio ( María Monserr at León Guerr ero, “ Diego de Ceped a” en RAH) . 53 1.1.2.3. Recibimiento de Pedro de l a Gasca y del sello real 64 C uatro meses después de la llegada de Blasco Núñez Vela al Perú se desencadenó la rebe- lión de los encomenderos que duró hasta 1548 (Menéndez Méndez , 2009). En medio de estas batallas, en 1546 el virrey fue decapitado en Quit o 65 . Es i mportante comprender que el alza- miento encabezado por Pizarro fue tan potente porque, com o hemos tenido ocasión de apre- ciar, logró sostenerse en la complicidad de entes políticos como el Cabildo y la Audiencia de Lima . La Corona, para ganar la guerra , en este momento necesitaba enviar a alguien de confianza para que encabezara la Audiencia y dirigiera desde ahí la paci ficación del Perú. La persona designada para tan arduo cometido fue el obispo de Palencia, Pedro de l a Gasca 66 . Si bien , por el context o, es designado como presidente de la Audiencia, llega al Perú con todas las atribuciones a l a s que un virrey podría aspir ar y todavía más. El emperador le con- cede plenos poderes, “un poder tan lleno y absoluto como le tenía el emperador”, en carta del 16 de febrero de 1546, dos meses antes de su partida hacia el Perú (San Martín Payo, 1992 : 254) 67 . Es evi dente que, e n pleno conflicto ar mado , no se iba a recibir al mandatario con gran pompa. De hecho, según Garcilaso , cuando lleg ó al puerto de Nombre de Di os ––donde des- embarcaba l a f lota española dirigida al V irreinato de Perú –– la gente del pueblo lo habría recibido con poco respeto, burlándose incl uso de “ la pequeñez de su persona y la fealdad de su rostro” ( Historia general , libro V, cap. II : fol. 161v). Gar cilaso quiere mostrar también que en aquellos momentos había sectores de la sociedad que se mantenían fieles a la Corona; por tanto, para poner las cosas en la balanza, narra que en el mismo puerto los clérigos “salieron en procesión con la cruz y recibieron al presidente, y lo llevaron a la iglesia cantando el Te Deum laud amus ” ( Historia gene ral , libro V, cap. II : fol. 161v). Lo espectacular en estos momentos era muy pobre y nada sabemos de los recibimientos que probablemente se hicie- ron a l a Gasca en otras ciudades durante las campañas bélicas. 64 Base documen tal: 1. Inca Garcilaso de la Vega, Hi storia general del Perú , libro V, cap. II; 2. Acta del Cabildo secular de Lima del 14/01/1549 ( LCL, li bro IV , 46 ). 65 Garcila so de l a Vega (inc a), Hi storia g eneral , libro IV, caps. 34 - 35. 66 Cuando La Gasca es nombrado president e de la Audiencia . 67 “Reunidos bajo la presidencia del príncipe Felipe tod os los consejeros del Consejo de Estado y de Indias, conociendo La Gasca la suma gravedad y complejidad de negocio en el Perú exigió un poder tan lleno y abso luto como le tenía el em perador, pa ra prepara ción de todo lo necesario para aco meter la empresa y para la pacificación u ordenamiento posterior y que el no tocar ía personalmente ni un solo maravedí” (San Martín Payo, 1992: 254). 54 Se ha conservado, en el Ca bildo secular limeño, un acta del 14 de ene ro de 1549 , en la cual se trata de los gastos que se hicier o n para el recibimi ento del presidente 68 . Es difícil saber a cuándo exa ctamente se refiere, pero creo que se trata de la entrada del presidente a la ciudad luego de haber cumplido con su misión de pacificar el Perú; más precisa mente , luego de haber ejecutado a Gonzalo Piz arro y a todos los que a e ste se mant uvieron lea les, y luego de haber pactado con los encomenderos y revocado la cláusula de las Leyes Nuevas que les prohibía dej ar en herencia sus tierras. Sabemos , por el acta , que el presidente l leg ó junto con el sell o real y que el festejo que se realiz ó en la capit al estaba dirigido a homenajear tambié n este símbolo de la monarquía 69 . Este hecho, como ya di je , no deja de ser singular. Se ve que la participación del Cabildo en la gestión de la fiesta fue prácticamente nula . Los oficios de la ciudad hicieron l a fiesta. Todavía no se había n conf ormado gremios , pero ya vemos que , desde que comenzó a germinar la dimensión de lo espe ctacular en la ciudad, los artesanos, la gente que iba construyendo la vida urbana desde abajo, asum ió un rol esencial. Según el acta, los zapat eros gastar on 280 pesos corrientes , mientras que los otros oficios aportaron 431 pesos: “demás de otros gastos que parece ellos haber puesto de sus hacien- das”. No contamos con más detalles sobre los espectáculos que se costear on con más de 700 pesos, per o, por su pr ecio, no pudieron haber sido del todo insignificantes. Posterior- mente, habiendo ya entrado l a Gasca a la ciudad, el Cabildo, en el acta en cuestión, decide devolver el dinero gastado a los of icios y da libramiento para que los montos señalados se desembolsen directamente de l fondo de propios de la institución. De ahora en adelante el Cabildo, con la siempre esencial colaboración de los artesanos , se ocup ará de la organización de los espectáculos públicos destinados a celebrar la presencia y el poder de la monarquía en el territorio. La bienvenida a l a Gasca fue también su despedida. El “ pacificador ” había cumplido su misión, aunq ue a medias , pues, pa ra hacerlo , había t enido que p actar con las élit es enco- menderas y darles buena parte de los beneficios que exigían para declararse súbditos de Su Majestad. C omo explica y documenta Rubén Vargas Ugar te , este mismo año el president e 68 LCL, libro IV, 46 . 69 Una hipótes is es que se dec ide real izar por segunda vez el recibi miento de l sell o real porque Pedr o de la Gasca tendrá en su momento que instituir, de cer o, una nueva Audiencia. “El 29 de abri l de 1549 el licenciado Gasca instaló la segunda Audiencia de Li ma, en la cual ofició como presi dente. Los nue- vos oidores fueron l os licenciados Andrés de Cianca, P edro Maldonado y Hernando de Santillán, junto al doctor Melchor Br avo de Saravia” (Angeli , 2011: 134). 55 dimite, pide su regreso a la península y aconseja al monarca que, dado que se había termi- nado la insurrección , era hora de que viniese al territorio un virrey que pudiese frenar con firmeza las aspiraciones de p oder de los encomenderos (1949: 15 - 17) . 56 1.1.2.4. Recibimiento de Andrés Hurtado de Mendoza, segundo marqués de Cañete 70 Después de la campaña pacifi cadora de Pedro de la Gasca, el rey env ió como su vicario a Antonio de Mendoza y Pacheco, quien había gobernado la N ueva España desde 1535 hasta 1550 71 . Su experiencia, de seguro, pareció una solución para el alborotado Perú. No obstante, la muerte no permitió que su gobierno en estos reinos durara más que algunos meses ––de septiembre de 1551 a julio de 1552 –– y el poder pasó a los oidores y oficiales de la Audiencia nada más y nada menos que hasta 1556 (Glave, 2019: 156 ) . Poco sabemos sobre su entrada triunfal, por lo que no me detendré en ell a, y pasaré a hablar sobre uno de los per sonajes más relevantes de la trama que vamos tejiendo : el segundo marqués de C añete, don Andrés Hurtando de Mendoza . Para 1556, si bien muchos conflictos persistían y se renovaban, por lo menos ya estaba entre las intenciones de todas las instituciones españolas que el Perú fue ra vasallo de Su Majestad. L uego de cuatro años sin virrey y ante la l legada de un noble de tan alta esti rpe para ocupar el cargo, la Audiencia y el Cabildo se ocuparon de que los regocijos del recibi- miento marcar an un antes y un después. El virrey lleg ó al Perú, como era usual 72 , a través de l puer to de Paita y luego fue por tierra hasta Li ma, pasando, clar o, por l a ciudad de Trujill o. Por este motivo, una de l as prioridades del Cabildo fue dar el mayor lucimient o posible al camino que iba desde dicha ciudad hasta la capital. Se presta particular atenci ón a e ste asunto en la sesi ón capitul ar del 8 de mayo, cuando llega la noticia de que el virrey ha desembarcado , y se nom bran delegados para que se aseguren de que todo esté preparado. A través de la documentaci ón que se conserva de la entrada de Antonio de Mendoza, sabemos que la labor de limpiar y adornar los caminos recaía en gran parte sobre los indios , dirigidos por los caciques que gobernaban en las zonas 70 Base docume n tal: Actas d el Cabildo secular de Lima del 13/ 04/1556 ( LCL, V, 429 - 431), del 15/04 /1556 (LCL, V, 431 - 433), del 27/04/1556 (LCL, V, 443 - 445 ) , del 08/05/1556 (LCL, V, 450 - 452 ) , del 20/05/1556 (LCL, V, 453 - 456 ) , del 23/05/1556 (LCL, V, 456 - 459) , del 26/05/1556 ( LCL , V, 460 - 462 ) y del 08/06/1556 (LCL, V, 463 - 466 ). 71 Sobre la entrada de e ste virrey se puede estudiar la siguiente base documental: Acta s del Cabildo secular de Lima del 28/08/ 1551 (LCL, libro IV, 432 - 433), del 16/09/1551 ( LCL, libro IV, 436 - 437) y 25/09/1551 (LCL, li bro IV, 450 - 451). 72 El cami no que realiza el marq ués es el mi smo que ha bía realizad o su antecesor, Anto nio d e Men- doza. 63 en el fondo antiguo de la Universidad de Sevilla 90 . Ramos Sosa dio noticia del documento (1992 : 73 - 74). Desde l a pe rspect iva de este segundo testimonio, la ceremonia se inicia directamente a las puertas del palacio a udiencia l, que se encontraba frente a la Plaza Mayor . S e hace mucho hincapié en la grandiosid ad que habría transmitido la presencia y el aderezo del virrey, que se presenta ría , acompañado de una i mponente escolta, sobre un caballo blanco 91 . La narra- ción permite apreciar claramente cómo cada elemento estaba dest inado a significar, de dis- tintas formas, el vínculo entre el poder monárquico y el poder religioso . No por casualidad se elige para las juras una festividad tan importante para la ciudad de Li ma como el día del apóstol Santiago. E n el Cu s co se hará coincidir la fecha con el día de la Inmaculada Concep- ción de Nuestra Señora y en México co n Pentecos tés. Lo esencial era que la ceremonia se realizara en el contexto de alguna fiesta religiosa. Est a era la puerta a un juego contin uo de representaciones paralelas del poder temporal y del poder religioso. En el manuscrito de Avendaño esto resulta evidente. Dos de los símbolos más importantes para este propósito eran los pendones. El Cab ildo , en manos de su alférez Nicolás de Ribera, llev ó su pendón, el cual era de damasco amari llo y llevaba a un lado las armas del emperador y al otro las armas de la ciudad de Los Reyes ; p or su parte, la Audiencia, en manos del capitán de la compañía de gentiles hombres de a caballo, Pedro de Córdob a y Avendaño 92 , llev ó otro pendón: “un estandarte real de damasco carmesí, con una imagen de Nuestra Señora que en él est aba debujada de la una parte e, de la otra, la imagen de Señor Santiago, patrón de las Españas” ( ms. Avendaño : fol. 102r). Los dos pendones, que contrastaban por sus colo res carmesí y amarillo, logra ron que en la procesión se representara tanto el poder político del rey como la íntima unión de dich o pod er con la religión que profesaba el reino . Pa ra afianzar tal mensaje, junto a l Cabildo secular y a la Audiencia, desfiló el Cabildo cat edralicio, el cual, a nivel visual, gener ó un tercer punto de contraste, definido por el decoro y la gravedad : sus miembros , no 90 La colección de papeles del Marqués del Ri sco (Juan Luis López Martínez) se encuent ra repartida en distintos legajos de manuscritos; el que nos concierne está catalogado como m anuscrito 330/122 y ahora forma parte de los fondos antiguos digitalizados por la Universidad de Sevilla. De ahor a en ade- lante, pa ra las citas corta s, me referiré a esta acta como ms. Avendañ o. 91 “El dicho señor visorrey ante sí a Diego de Barahona, su caballerizo a caballo, con un estoque desnudo en la mano, sobre el hombro derecho, e dos reyesdar mas, que se dicen Juan Paez e Pedro de Arziniega, a los lados del dicho estoque con dos mazas de plata en los hombros e vestidos de damasco carmesí. E teniendo cada uno dellos en la dicha ropa cuatro escudos, en que estaban debu- jados las insignias e armas reales de la corona real d’España e de la majes tad real del sere nísimo príncipe don Felipe, nuestro señor natur al” (fol. 102r). 92 A quien no h ay que conf undir con el secret ario de Cámara Pedro de Avendaño. 64 en caballos, sino en mulas, aparecieron “vestidos de ro pas de ras o negro h asta los pies y de becas de terciopelo negro” ( ms. Ave ndaño : fol. 102v ) 93 . A Pedro de Avendaño mucho debió interesarle que su redacción fuese espejo de esplen- dor , pues él mismo jugó un rol esencial en la ceremonia de juramento . Fu e el encargado de hacer la lectura, en el tablado const ruido en medio de la plaza, de las cédulas envi adas por Carlos V y Felipe I I, anunciando, r espectivamente, su dimisión y su co ronación. Se trata, sin duda, del momen to más te atral de la ce remonia. Los h abitantes de la ciudad estaban comen- zando a acostumbrarse a que l a presencia de los símbolos de la monarquía f uese un imán de festividades; pero, ahora, tenían la oportunidad, por primera vez, de escuchar, en un mon- taje escénico, la palabra de los reyes. A través de las cartas no solo el corpus mysticum del rey se actualizaba en el territorio; un eco del corpus naturale de Carlos V y de Felipe II, su voz, se presentaban ante el pueblo. Por esto fue cada vez más importante, en todos los vi - rreinatos, que en e l escenario donde se realizaban las juras se uniera a la voz del monarca – – actualizada a través de la lectura del escribano –– su retrato. No tenemos noticias de que en estas juras limeñas se acudi era a retratos (todo indica lo contrario); pero, como veremos, en las que se realiza ron en el Cusco, casi cinco meses después, sí se erig ieron sobre el tablado l as figuras del nuevo rey y de su padre 94 . La lectura de cartas era el primer acto estipulado por el protoco lo. Después : El dicho señor visorrey tomó de su mano derecha el dicho pendón rea l de damasco carmesí y le puso en un portallave del dicho su caballo y menajó el dicho su caballo ciert [o] breve espacio de tiempo con el dicho pendón en l a mano, apellidando y diciendo “ Castill a, Castil la, Perú, Perú, por el r ey don Felipe, nues tro señor” ( ms. Avendaño : fol. 104r). También en el acta ca pitular del 25 de julio se hace memori a de que el vir rey meneó el pendón con la mano mientr as hacía que el caballo se revolviera 95 . Esta fue una muestra de competencia en materia de equitación que sin duda reforzó la imagen de caballero - cortesano del virrey . El mismo grito , “ Casti lla, Casti lla …” , sería repet ido por todas las autoridades civiles y religiosas presentes y, después, por el resto de la gente. 93 Tanto en las actas del Cabildo como en el manuscrito en cuestión se detalla el nombre de todos los miembros de l os dos cabil dos y de l a Audie ncia q ue par tici pan en el cor tejo. 94 Para más refl exiones sob re los re tratos re ales: Vic tor Mínguez Cornelles e Inmaculada Rodrígue z Moya (2019 ). Para u n period o poster ior al que nos ata ñe, pero muy sugere nte para entender el tema: Estrabidi s Cárdenas ( 2008). 95 LCL, libro V, 640 - 643 . 65 Hecho esto , se pasó a una parte esencial de la ceremonia, destinada a crear un lazo for- tísimo entre la gente y el nuevo monarca: la derrama de monedas acuñadas para la ocasión 96 . S iguiendo la estela de la representación paralela del poder político y del religioso, se encar- garon el virr ey y el obispo Jerónimo de Loayza. El aparato simbólico del nuevo rey, sus armas y figura, ahora llegaba a la gente en forma de dineros que, de hecho, podí an usar. La tan abstracta magnificencia del rey alcanzaba , brevemente, la cot idianidad del pueblo. Este s erá un ceremonial infaltable en las juras americanas. Los dos testimonios a los que vengo haciendo refe rencia, l as actas del Cabildo y el docu- mento reda ctado por Avendaño , muestran cuán esencial fue el componente sonoro de la celebración. La música habrí a sido principalmente de trompetas, atabales y chi rimías y, a ella, se habr ían unido los estrépitos de la artiller ía. Según el manuscrito de Avendaño, antes de que comenzara la ceremonia de lectura de las cartas, se tocaron todos los instrumentos y se hicieron tantísimos disparos para atraer la mayor cantidad de gente posible. La música y los disiparos habría n estado presentes a l o largo de toda la celebración: cuanto la comitiva de principales se reúne en la plaza; cuando , luego del acto en el tablado, se reacomoda la procesión, con los dos pendones a la cabeza , para encaminar un recorrido por l os lugares más importante de la ciudad; cuand o dicha procesión hace escala en las esquinas para repetir el grito del juramento, “Castill a, Castilla… ” . Así pues, entre sones, l uego del derrame de monedas, se di o paso a la parte itinerante de la ceremonia . Voces y pen dones dieron vueltas por la ciudad para luego llegar a las puertas de la iglesia mayor. De seguro , fue un momento visualmente impactante cuando los dos pen- dones, uno carmesí y otro amarillo, se detuvieron de frente a la iglesia ( ms. Avendaño , 1 04v), cada uno con su séquito , l istos para significar la sumisión de lo político a lo sagrado. Las comitivas entr aron al templo y asistieron a la solemne misa del día de Santiago apóstol ; la cual habría sido especial pues, además de sermón y bendición, hub o “música de cantores e otras músicas” ( ms. Avendaño , 104v). El culto relig ioso, oficia do por Jerónimo de Loay z a, 96 Tanto en el acta capi tular del 25 de julio como en el manuscrito de Avend año se describe la moneda que se hizo acuñar para la ocasión: “reales de plata que en la una parte tenían las armas de la corona real de España y de la otra las figuras de la majestad real del dicho serenísimo príncipe don Felipe, rey de España , e de la serenísim a señora María, reina de Inglaterra y de España, su mujer. Con unos letreros a la redonda , por la una parte, que decían PHILIPPUS. D.G. HISPAN REX, y, por la otra, PHILIIP. ET. MARIA. D.G.R. ANG. E.R. NEAP. F.R. HISP” ( ms. Avendaño : fol. 104v). Para un aná lisis de la acuñación de esta moneda: López Sánchez (2017). 66 cierra el protocolo cívico . Post eriormente, de nuevo en procesi ón, se devuelven ambos pen- dones a sus respectivas moradas: el uno a la Audienc ia y el otro a la casa de Nicolás de Ribera, el ento nces alférez re al de la ciud ad. Ramos Sosa sugiere que “parece que en esta primera ocasión [de jura real] el aparato escenográfico y estético no t uvo lugar” (1992 : 74). Creo que , si bien la celebraci ón que acabo de describir es pobre en comparación a las que se montarán, por causas afines, en el futuro, no se puede deci r que lo estético y escenográf ico estu viera n ausente s . Sin ir muy lejos, la fiesta propició que por un día todos los principales de la ciudad se o rdenaran en procesiones , en las cuales sus mismos cuerpos eran no solo parte de una escenografía política, sino tam- bién de un juego de colores e impresiones que de seguro es capaz de evocar algún concepto de estética. Quizá uno de los motivos de l a afirmación de Ramos Sosa tiene que ver con que , por lo que enti endo, él relata l os hecho s a partir de la relación escrita por Avendaño , secretario de la Audiencia . Eso hace que no note que en la noche comienzan los festejos organizados por el Cabildo , los cuales se mencionan en el acta capitular del 25 de julio . Se trata de los espectáculos de toros y juegos de cañas que poco a poco se volvían infaltables en las cele- braciones regias. E st os componente s de la fiesta , que, desafortuna damente, no se detalla n en la documentación conservada, son lo que más llama n la atención del Inca G arcilaso de la Vega: Pasada la cerimonia en la plaza [de Lima], y po r las calles fueron a la iglesia catedral, donde el arzobispo dijo una misa pontificial con gran solenidad. Lo mismo pasó en todas las demás ciudades de aquel i mperio: en lo cual mostró cada uno conforme su posibilidad el contento y regocijo que recibieron de tal auto. Hubo muchas fiestas muy solenes de toros, juegos de cañas y muchas libr eas muy costosas: que era, y es, la fiesta ordinaria de aquella tierra” ( Historia general , libro VIII, cap. IV : fol. 278v). Ahora bien, las juras a Felipe II en Cusco puede n considerarse un evento político a u n más importante que las que se realizaron en la capital virreinal . Cusco había sido la cuna de las revueltas que pu sieron en jaque a la monarquía por tanto tiempo y, además ––aunque , como veremos, las negociacione s entre Sayri Túpac y el virrey estaban encaminadas –– hay que recordar que todavía estaba instaurada la corte incaica de Vilcabamba. Lo que hacía menos tensa la situación era que una buena parte de la élit e incaica ya había pactado con el gobierno español y residía, manteniendo sus prerrogativas de nobles, en el Cusco. De hecho, don Carlos Inca ( hijo de Huascar Túpa c Paullu Inca y sobrino de Manco Inc a ) , sin duda el noble nativo más adinerado e importante en el Cusco de aquel entonces, incluso particip ó de los regocijos. 67 La documentación que ha llegado hasta nuestros días sobre este evento consiste princi- palmente en la relación de fiestas que mandó a escribir el Cabildo para que se enviara al Consejo de Indias. Así las cosas, en el Archivo General de In dias (en adelante AGI) podemos encontrar, en un mismo l egajo ( Lima , 110) dos copias de tal testim onio. Otro docum ento, que concuerda perfectamente con los anteri ores, se encuentra en las Noticia s cronológi cas de la gran ciudad del Cuzco de Diego Esquivel y Navi a (1980 [mediados del siglo XVIII]) , quien, además de hacer referencia a algunas actas del cabi ldo secular cusqueño anteriores a la ceremonia de jura, presenta la misma relación que encontramos hoy en el AGI: él la habría recuperado de las “fojas 63 del li bro 2 de Provisiones” ( 1980 : 186). Gr acias a los d atos qu e ofrece el analista, sabemos que la noticia de la coronación de Felipe II lleg ó a la ciudad el 23 de agosto de 1557 ––es decir, más de un mes después de que se hicieran las juras en Lima – – y que el Cabildo secular, junto con el Cabildo eclesiástico y el Corregimiento, tard aron bas- tante en organizar los regocijos. Primero se eligió como fecha el 25 de octubre , luego se decid ió postergar la fiesta y, finalmente, se fij ó para el 8 de diciembre, día de la Concepc ión de Nuestra Señora (185). María Lui sa Domíng uez Guerr ero (201 5) ha editado y descrito la documentación que se conserva en el AGI. El protocolo para la jura, e n principio, e s el mismo que hemos vi sto fun- cionar en Lima, por l o que ahora me detendré en las dif erencias entre ambas celebraciones y en l os detalles que el escribano del Cabildo ––que entonces era Sancho de Orué–– parece tener intención de destacar. La misiva que manda el Cabildo al Consejo de Indias se puede dividir en dos partes. En la primera, se da cuenta muy brevemente de lo acontecido y, luego, se pide al rey que conceda algunos favores a la ciudad: que permit a que el ma rqués de Ca- ñete permanezca en su cargo de virrey del Perú 97 y que se mantengan las encomiendas de indios (es decir, la lucha por l a aplicación moderada de las Leyes Nuevas seguía en pie). La segunda parte es la relación de fiest as per se , la misma que encu entra Esquivel y Navia en el l ibro de Provisiones de la ciudad. Como en Lima, las comitivas fueron encabezadas por dos pendones. Por un lado, tenemos el pendón del Cabildo secular , a cargo del regidor y alférez real Juan Julio de Ojeda. Este pendón lleva ba en una cara las armas de la ciudad y, en la otra, la imagen del apóstol San- tiago; por otro lado, el pendón del Corregimiento, de color damasco carmesí, lucía las armas 97 Sucede que se hicieron mu chas “ acusaciones acerca de abusos e irregulari dades durante su man- dato [de Hurt ado de Mendoza] . Los acusadores provenían de todos los sect ores, incluso oidores y oficiales real es ” (Glave, 2019: 1 56). 68 reales bordadas a ambos lados. Como en Lima, y en todo el imperio, era importante que en los pendones se representara la dimensión sagrada del poder político, por eso en el pendón de la c iudad se encuentra el santo patrón de ella. La diferencia está entre el pendón que saca el virrey en Lima y aquel que propone el Corregimiento cusqueño. S i recordamos, el primero estaba compuesto solo de imágenes religiosas, mientras que el segundo (mandado a hacer para la ocasión según testi monia Esquivel y Navia [1980 : 185 ]), es simplemente una exal ta- ción del poder monárquico. Una exaltación que, probabl emente, en aquellos momentos, re- sultaba más ur gente e n el Cusco que en Lima. Quizá, por este mi smo moti vo, se hacen l as juras cuando ya habían llegado a Cusco los retratos de los reyes. La inversión que se hizo en géneros y confección fue de seguro onerosísima. La relación se detiene con s tantemente en los ropajes de las comitivas que participaron de las juras, lo que nos permite ver con mucha claridad que part e del programa festi vo era l a creación de un espectáculo de colores. El corregi dor, Baptista Muñoz, se presenta con “ropa rozagante de raso morado , guarnecida de terciopelo morado y una gorra de terciopelo morado tocado” 98 . Los miembros del Cabildo, muy pr obablemente para significar el consenso que se había ge- nerado entre las élites locales y los oficiales reales, optan por el mismo color: “vestidos de ropas rozagantes de raso y damasco morado, guarnecidas con terciopelo de la m e sm a color, con gorras de lo mismo ricamente ader ezadas”. Los oficiales de la hacienda , en cambio, jue- gan más bien con los tonos del añil: “vestidos con ropas fr ancesas de terciopelo azul, guar- necid o s con pasamanos de oro y gorras y plumas de la mesma color” . Dos de los porteros dan el toque verduzco: “vestidos de damasco verde con gorras y calzas de la m e sma color”; y, l os otr os dos, que llevan también las trompetas, nos devuelven al azul, aunque lo combinan con amarillo y, para que no falle el efecto visual , visten sus instrumentos musicales de la misma forma. El Cabild o ecl esiástico, como en Lima, opta por una gama cr omática que lo distinga de las demás instituciones, pero esta vez no acude al negro; los religiosos llegan “en sus mulas y vestidos de ropas largas de raso y damasco carmesí y grana fina, c on becas de terciopelo carmesí y b onetes de grana”. En medio de este espectácu lo de insignias y co lores, tiene lugar la ceremonia . Se había construido un t ablado al medio de la plaza para la ocasión y ahí se habí an ubicado los retratos del rey saliente y de su sucesor . El escrib ano del Ca bildo ––el mismo que escribe la relación – 98 Tr anscribo las ci tas de la relaci ón conservada en el AGI dir ectamente del docu mento original : Cusco, 110, doc. 21 ( S.f . ). 69 – es quien se encarg a de la l ectura pública de las cédulas reales. Posteriormente, el Corregi- dor , en cuanto oficial real de mayor jerarquía en la ciudad, toma posesión de esta en nombre del rey: “en su real nombre tomo y aprehendo la tenencia y posesión desta dicha ciudad y provincia”. Nuevamente hallamos las expresiones “ tomar posesión” y “ aprehender ” ; las cua- l es, como ya dije , García Bernal (2005) ha explicado en el marco de las relaciones de fiesta que en la península se hací an en ocasión a la llegada de los reyes a las ciudades . Una nueva muestra de que en América las juras no se entendían como manifiesto de vasallaje, sino, también, como modo de actualizar al monarca –– “en su real nombre”–– para que su presencia ejerciera sobre la urbe aquel poder transformador y enaltecedor que en el imaginari o de la época se hab ía asociado a los recibimientos triunfales . Después de la “ toma de poses ión ”, se pasa al derrame de monedas. Siguiendo el modelo limeño, se ocupan el Corregidor y el obispo: Juan Solano. El grito declamatorio ahora es: “Castilla, Castilla, Cuzco, Cuzco, Perú, Perú, por el rey don Felipe nuestro señor”. Como en Lima, la comitiva luego se aleja de la plaza y recorre la ciudad haciendo escalas para repetir, una y otra vez, la referida excl amación . El componente meramente festivo parece h aber sido mayor que en la capital . Para empezar porque en las calle s no hubo solo músi ca inst rumental, sino que “se cantó mucha música de cantores, muchas motas y coplas manifestando el ale- gría de la subción del di cho rey”. De hecho, sabemos c ó mo terminab an todo s los motes y coplas: Venga en nora bue na en nora buena venga el rey don Felipe a la nueva tierra . Así pues, la parte de l a cere monia en la cual las coloridas comitivas de los dos cabildos y del corregimiento, con sus pendones delante , recorre n la ciudad dando voces de júbilo, se une a una fiesta con un incipiente componente teatral: el intercambio musicalizado de motes y coplas. Las canciones aclaman la venida del rey, de ese rey que sabemos ausente. Esta- mos en una ju ra re al, p ero l o que se representa es sin duda una entrada real: la llegada de don Felipe a la nueva tierra. La celebr ación diurna concluye, por supuesto, con l a misa, esta vez en honor a la Concepción de María. Tal como se había hecho e n Lima , se organiza un espectáculo de toros y juegos de cañas para la noche. Se corre nada menos que treinta toros. Sobre ciertos datos de la manera en la cual se ejecutó el juego de cañas que se pueden deducir de esta relación de fiestas hablaré 70 un poco más adelante, en el capítulo dedicado a los torneos caballerescos . Lo importante ahora es notar que la gente más principal de la ciudad participó. De hecho, en la relación, que si recordamos es una carta oficial que envía el Cabildo al Consejo de Indias, se hace un detalle de los concurrentes. Esta es una clara muestra de la importancia que tenía part icipar en un juego de cañas montado en honor a la jura r eal. La lista es, sin duda, una muest ra del vasallaje que querían mostrar al rey algunos mi embros de la nobleza cusqueña . Lo que re- sulta evidente en la señalación que se hace incluso d el nombre de quienes , por motivos de fuerza mayor, tuvieron que ausentarse: “García de Cabrera en lugar de Rodrigo de Esquivel por traer luto” , “Diego de Vargas que sal ió en lugar de Pedro López de Cazalla, su cuñado, por estar enfermo de gota” . Entre los nobles caballeros , dos llama n inm ediatamente la aten- ción . En primer lugar, como adelanté, don Carlos Inca, que a todas luces ya formaba parte de la élite nobil iaria española; en segundo lugar, “Gómez Suárez de Figueroa, hijo de Garci- laso de la Vega” o, en otras palabras, el cronista al que tantas veces he acudido: el Inca Garcilaso de la Vega (quien adopta posterio rmente este nombre, el mismo de su pad re). Es ex traño que en su Histori a general hable de las juras realizadas en Lima y no aquellas cu s- queñas en las que, de hecho, sabemos que participó. No solo en Lima y en Cusco se realizaron las juras a Felipe II. Arzáns de Orsúa y Vela cuenta que a finales de 155 6 llegó la noticia de la sucesión a Potosí –– tod avía no Villa Impe- rial –– y que, no dice cu á ndo, se hicieron unas magníficas fiestas que duraron veinticuatro días y que se h abrían prolongado si una pendencia “de algunos extranjeros” no hubiese dado fin a l regocijo ( Historia de la Villa Imperial , libro IV, cap. III). Si bi en, como ade lanté en l a introducción, no conviene leer el libro de Arzáns como si se tratase de documentación estric- tamente histórica , es también cierto que, para estos años, Potosí estaba atravesando su pri- mer periodo de bonanza. E n 1557 cobr ó importancia a nivel imperial al ayudar a Felipe II a sacar la hacienda española de la bancarrota en la que se encontraba (Lane, 2019). Así las cosas, no resulta extraño que el croni sta proponga la si guiente descripción de las fiestas: Solo digo que se solemnizaron con generales aplausos tanta variedad y competencia de fiestas, costosas galas, máscaras, t orneos, cañas, toros, just as, juegos de sortija, saraos, comedias, banquetes soberbios y otras in geniosas invenciones, de las mayores que se ha bían visto en este reino, las cuale s, como que da dicho, la ma licia de algunos que se hallaban entr e los mismos festejos introdujeron una sangri enta guerra con que se acabaron los gustos y comenzaron nuevas cala midade s ( Historia de la Villa Imperial , libro IV, cap. III, 1 00 ). 71 Todo esto tendría que haberse dado , como en Lima y en el C usco, luego de la ceremonia de juramento. Algunos de los elementos de la fiesta que describe Arzáns resultan probable- mente anacróni cos: como el hecho de que se haya representado comedias (tema que desa- rrollaré más adelante ) . Sin embargo, yo no descartaría que los festejos hayan alcanzado, entre máscaras, danzas y , quizá, como en Cusco, coplas y motes, niveles muy altos de tea- tralidad; l os cuales , de hecho, podría n justificar que quedara en la memoria de la ciudad que en aquella ocasión hubo teatro. Si bien no contamos con documentación a propósito de las juras a Felipe II en todas las ciudades del Virreinato, es evi dente que se hicieron en la mayor parte de ellas. Por ejemplo, es seguro que en la ciudad de La Plata hubo fastos sobre los cuales todaví a no hemos hallado testimonio. C abe recordar que la futura capital de la Audiencia de Charcas , en 1555 –– sol o un año antes de la coronación de Felipe II–– alcanzó el rango de ciudad y que, poco después, en 1559, recibi ó de l virrey Hurtado de Mendoza “ el título de ‘ insigne ciudad, mu y noble y muy leal’ con ‘privilegio de armas’ por su lealtad al rey” (Sierra Martín, 2015 : 147) 99 . Decisión que tuvo que ver, sin dud a, con la importancia que había ido cobrando la ciudad en el entramado político colonial, sobr e todo desde que se hizo evidente el rotundo éxito que representaba, para toda la hispanidad, la minerí a de Potosí (cuya administración durante la década de 1550 estuvo en manos de La Plata). Sin embargo, no sólo en las ciud ades capitales tuvieron lu gar las ceremonias. Valenzuela Márquez (2001 ) analiza brevemente el caso ch ileno y mu estra c ó mo esta t radición f estiva , tan onerosa, pudo adecuarse a la realidad y las posibilidades económicas de las provincias. Nota para el caso de la ciudad de La Serena –– fundada en 1549 –– que, a pesar de todas sus limitaciones económicas y administrativas, intent ó imitar en 1558 las juras que se hicieran en Santiago 100 . La diferencia más evidente, según el citado historiador, entre la fiesta organizada en una ciudad marg inal como La Serena y los regocijos hechos en los centros urbanos más importantes sería que en el primer caso el todo se limi tó a lo protocolario - ceremonia l , más una cena ofrecida exclusivamente a los principales de la ciudad en la casa del t eniente de 99 Sierra Martí n, e n su anot ación a las crónicas de Ramírez del Águi la afirma que el motiv o por el que se concede estos títulos a La Plata es por la lealtad al rey que habría demostrado durante los levanta- mientos de Gonzalo Pizar ro, Sebasti án de Castilla y Hernández Girón. Explica, a su vez, que la fuente esencial para documentar esta concesión de títu los son las Disp osiciones del virr ey Toledo, donde se encuentra la cédula r eal correspondiente (2015: 147). 100 Valenzuela Márquez ofrece las c oordenadas en la s que actualment e se pude con sultar la relación de las juras realizadas en Santiago: “acta del Cab ildo, 17 de abril de 1558, ACS, XVII, 13 - 15” (2001: 275). 72 g obernador 101 ; mientras que , en ciudades como Lima o el Cusco, una vez terminada la cere- monia de j uramento , se inició –– como ya tuvimos ocasión de apreciar –– una serie de fiestas destinadas a entretener a la población (2001 : 274 - 275). Queda clar o que , mient ras más posibilidades económicas tiene una ciudad , mayor es la cantidad de componentes lúdicos y espectacul ares que rodean la ceremonia de juramento. Estos componentes que podríamos considerar opcio nales son, al no estar protocolados, la parte más variable del programa festivo. En Lima tenemos toros y juegos cañas; en Cusco, además, sabemos de los motes y coplas que se fueron cantando por las esquinas; en Potosí, según podemos inferir de las cr ónicas de Arzáns, hubo una variedad de espect áculos con bastante contenido dramáti co y, presumiblemente , también juegos caballeresc os . Llegados a este punt o, el caso de la capital novohispana resulta un punto de comparación muy impor- tante. Sánchi z Amat (20 15) introduce y edita la documentación con servada en actas de Ca- bildo secular sobre las juras a Felipe II realizadas en México 102 . Esencialmente se trata del acta del 4 de junio de 1557, en la cual se regist ran , en primer lugar, las decisiones de la institución sobre la manera en la cual se debería ejecutar la ceremonia y sus r egocijos y, en segundo lugar, en forma anexo –– incluido en el acta cuando ya había pasado la fiest a –– la relación escrita por el mismo esc ribano para dar c uenta de lo acontecido. Las jur as tuvi eron l ugar el día de Pentecostés , el 7 de junio, y los festejos continuaron hasta el día siguiente . La ceremonia de base es l a misma que vimos en las ciudades de la Audiencia limeña . Para los fines de este trabajo , a hora me interesa dirigir la mirada a las decisiones que se anotan en la primera parte del acta, aquella firmada el 4 de junio : 101 Valenzuela Már quez resume l a ceremoni a narrada en las ac tas capit ulares de La Serena: “En esta ocasión, el t eniente de gobernador, acompañado del Cabil do y del conj unto de la ‘ aristocracia’ del l ugar, encabezaron un solemne cortejo de a caballo, acompañados por mil itares que disparaban sus arcabuces y alardeaban con sus t ambores y cl arines. El desfile se diri gió de esta forma a l a casa del alférez real y, de ahí, trayendo éste el estandarte –– símb olo de la soberanía monárquica–– pasó al estrado que se había levantado en la plaza. Aquí se leyó l a cédula real respecti va y se aclamó al nuevo Rey, gritando su nombre, besando el estandart e cada una de las autoridades y batiendo en el aire: todos estos, signos evidentes y persuasivos de ‘i ndiscutible’ fidelidad. Luego de lanzar sobre los es- pectadores monedad de oro y plata –– signo de ostentación del poder –– el ruido de l as ar mas de fuego y de los i nstrumentos marciales se unió al griter ío de la gente y a las cab algatas estrepitosas de las autoridades y not ables por l as principal es calles: acta del Cabil do del 8 de mayo de 1558, BNNA, 25 - 1, vol. 12, pza. 15: fjs. 121 - 124” ( 2001: 274 - 275), 102 Sánchiz Amat t ranscribe las acta s a parti r de l a transcr ipción pa l eográfica: Libr o sexto de las Actas de Cabi ldo y Ayuntamiento desta insine e muy leal ciudad de Tenuxtutlán México desta Nueba España, que comenzó a 1 día del mes de dici embre de 1550. Fenece a fi n de dici embre de 1561 años , ed. Ignacio Bejera no, Municipio Libre, México, 1892, pp. 289 - 292. 79 sobr e lo sucedido en el Cusco–– participa de la voluntad política de mostrar una posible ví a de adaptación del imperio derrotado a los usos de las cortes europe as. No es el caso de la narr ación del cronista Felipe Hu a mán Poma de Ayala, también des- cendiente de famil ia incaica 109 . Los objetivos de su Nueva c orónica y buen gobier no son más prácticos. Hu a mán Po ma escri b ió su crónica para enviarla a Felipe III y hacerle ent ender lo que, a su parece r , era un buen gobierno de las i ndias. Utili za ––nota Raquel Chang Rod rí- guez–– el gobierno de Andrés Hurtado de Mendoza como ejemplo de buen comportamiento , en contraposici ón con la violenta gestión administrativa del vi rrey Toledo . Esto, precisamente, por el supuesto respeto que habría demostrado el marqués de Cañet e en el trato con la élite incaica (2005 : 151 - 156). Hu a mán Poma ofrece más detalles que Garcilaso sobre la ceremo- nia de recibimiento de Sayri Túpac en Lima: Sayr i Topa Inga fue muy bien recibido del señor marqués [de Cañete] y de los señores principale s de toda la gente de la ciudad de Los Reyes, de Lima y hubo muy gran fiesta en el recibimiento y salió a caballo el señor marqués y los demás al camino, y hubo mucho cuet e y otros juegos; y el dicho inga entró en sus andas como señor y rey del Perú, y [lo] re cibió toda la audiencia y corte, y fue muy honrado y se abrazó con el señor marqués y los dem ás principales y caballeros, y le besó las m anos como a su antigüedad y uso, y de allí se fue a las casas de Cabildo a posar ( Nueva c rónica y buen gobierno , tomo II, 339 ) . No t enemos datos exa ctos sobre la f echa en la que acaeció esta entrada, pero tuvo que haber sido entre 1557 y 1558. En cualquier caso, muy poco después de que en la ciudad de Lima se celebrara pr imero el recibimiento del virrey Hurtado de Mendoza y, después, las juras a Felipe II. En estos momentos, ¿qué podía dar más lustre a la imagen de la monarquía que se estaba intentando instaurar en el imaginario peruano que la entrada a la capital del sobe- rano del imperio incaico? Del so berano derrotado, d ispuesto a abrazar el nuevo orden social. Es completamente verosímil, en este sentido, que las fi estas que se organiza ron para su llegada hayan sido del estilo que narra Huamán Poma. Podemos i nferir de di cho tes timonio que s e utiliza la simbología propia de las entradas reales hispanas para significar que quien entraba a la ciudad era exactamente eso: un rey , cuya sumisión era la de todo su antiguo imperio . Salen a recibirlo los principales de la capital virreinal ; entra en andas, llevado , se entiende, por l os soldados del séquito con el que había salido de Vilcabamba; los representantes de las instituciones políti cas de la ciudad le besan 109 Como es bien sabido, las crónicas del Huaman Poma vien en acompañadas de imágenes dibu jadas por el mismo autor: ver imagen 2 . 80 las manos en señal de respeto y lo conducen a las casas del A yuntamiento para que haga de ellas su aposento. Después, se hace un espectáculo de cohetes y fuegos artificiales; como vimos antes, esto servía para atr aer a toda la población, para que toda la ciudad se convirtiera en el escenario del regocijo. Debió ser impresionante ver este espectáculo alrededor del inca de Vilcabamba , de quien, hasta hace poco, los moradores de la ciudad habían escuchado decir que era la peor amenaza para el poder español. Sin duda, el conjunto del recibimiento de l virrey, las juras reales y el recibimiento al monarca vencid o tuvo un efecto f o rtísimo en la construcción de una Lima que pu diera considerarse corte. El Cusco no se quedaba atrás. De h echo, la impo sición del mo delo de nob leza europe o a los nobles incas y el hecho de que el heredero al trono incaico residiera en l a ciudad generó a finales de la década de 1550 un ambiente todaví a más claramente cortesano que en la misma Lima 110 . Parecía haberse llegado a un consenso definitivo. Pero no era así . Sayr i Tú- pac fue asesinado en 1561 , en circunstancia poco claras , lo que ocasion ó que su sucesor, Titu Cusi, devuelva su corte a Vilcabamba y dé renovados bríos a la pacífica rebelión in- caica 111 . 110 “Sayri Túpac y don Carlos Inca tenían, a su vez, una corte propia compuesta por decenas de pe- ruanos de diferente rango , la mayoría d escendientes de los antiguo s dominadore s de la tierra. C uzco, en aquel tiempo, se presentaba como una ciudad par ticular donde l os descendientes de los incas vi vían con los ochenta destacados vecinos españoles originarios y con sus famili as, a los cuales se iban agregando otros peninsulares. Todos ell os mantenían una plétora de servi dores y criados tanto espa- ñoles como indígenas” (Merl uzzi, 2014b: 73). 111 La mayor parte de l as sospechas recayeron en Franci sco Chil che, jef e cañari , f iel a los españoles desde la conquist a. Así l o dejan ver, por ejemplo, G arcilaso y Guamán Poma en sus cróni cas. Para un estudio al respecto ver Arana Bustamante (2009). Volveré a mencionar su nombre en el capítulo sobre el Corpus Christi . 81 Imagen 2 Guamán Poma , Andr és Hurt ado de Mendoza y Sayri Tupac. Extr aída de : Nueva C orónica y Buen Gobiern o , Tomo II, Ciuda d de México, FCE, 2003, p. 338. 82 1.1.2.7. Exequias de Carlos V 112 Un evento más, a fi nales de la d écada de 1550, c uando todavía Say ri Túpac estaba vivo, á y enal tecerá esta sucesión de fiestas en honor a l a monarquía. En 1558, en el monasterio de Yuste, mue re el emperador; por lo que , ni bien llega l a notic i a a América, comienzan a montarse sus exeq uias. Son famosa s aquellas que se hicieron en la capital novohi spana 113 . El caso li meño es estud iado por Ramos Sosa (1992) y a su t rabajo me remi to. La noti cia habría llegado a la capital peruana en julio de 1559, de lo que queda registr o en las actas del Cabildo secular 114 . E l documento más importante al respecto se encuentra conservado en el AGI 115 y s e t rata de una r elación enviada al Consejo de Indias a la cual se adjunta una carta del virrey. André s Hurtad o de Mendoza , se gún e xplica Ramos Sosa a p artir de dicha fuente, habría gestionado personalmente los preparativos de la celebración. En esta ocasión, en la muerte del Carlo Magno de la mode rnidad , se hace pa tente, con todo ímpetu, el imaginario de la España imperial. Para la oca sión, según narra la relación de fiestas, se construye un túmulo, se cubr e toda la iglesia mayor de paños negros, se oficia una solemne misa mayor y sale toda la ciudad en procesión 116 . El desfile habría durado más de tr e s horas de tantas paradas que se hicieron para los rezos. Toda la ciudad habría participado y “en medio las insignias i mperiales portadas por sei s caballeros: corona, mundo, estoque, cetro, yelmo y hacha” (Ra mos Sosa, 1992 : 132 - 136). Estas insignias aluden , sin duda , a la misión imperialista de la monarquía. La cor ona se amplía al mundo y, para hacerlo, tiene que acudir a las armas, las cuales, en el contexto de las exequias, aparecen sacralizadas. No se 112 Base documental: 1. Actas del Cabildo secular de Li ma del 2 4 /0 7 / 1559 (LCL, libro V I , 198 ), del 04/09/1559 (LCL, libro V I , 207 - 208 ) , del 22/09/155 9 ( LCL, libro VI, 211 - 212), del 11/10/1559 (LCL, li bro VI , 215 - 216 ) , del 1 3/10/1559 (LC L, libro V I , 216 - 217) y del 10/11/1559 ( LCL, libro VI, 228 - 231). 113 Famosas sobre todo po r la descripc ión del túmulo , hecha por el h uman ista Cervan tes de Salazar, que se imprime en las prensas novohispanas de Antonio de Espi nosa en 1560: Tú mulo imperial a las obsequias del invict ísimo césar Carlos Quint o hecho en la insigne y muy leal cibdad de México por mandado de l il ustrí simo vi sorre y d e la nueva España . El virrey a la sazón era Luis de Velasco, quien firma la aprobación para la i mpresión. La relación da cuenta detalladamente tanto de la forma del túmulo como de las composicione s literarias que se hicieron pa ra solemnizarlo. El túmu lo se presenta como una verdadera obra literari a; de ahí, por ej emplo, la lectura que pr opone Sanchis Amat (2017). 114 Acta del 24/ 07/1559 (LCL, libro VI, 198). 115 Contrataci ón 5.104 . Este document o es encontrado y trab ajado por primer a vez por José Torres Revello ( 1932). 116 Ramos Sosa, que escribe d esde la perspe ctiva de la historia del arte, presta p articul ar at ención a la construcció n del túmulo. Este se habría construido sobre una p lanta de cruz griega y se habría inspirado en los túmulos que en la época se hacían en Sevilla. “La estructura de dos cuerpos super- puestos, el primero de arcos y el segundo adintel ado, la planta cuadrada con escaleras en cada lado, nos remite al modelo sev illano de 1545” (135). Sobre el decorado del túmulo: “el program a iconográfico como t al no existe, solo motivos senci llos de origen medieval” (136). Est os motivos serían: escudos y estandartes con disti ntas insignias y armas. 83 puede evitar notar un dejo medieval de cr uzada en tal programa iconográfico. Las armas son el distintivo del caballero cri stiano, que representa, a su vez, la virtud por antonom asia 117 . Considero esencial tener muy en consideración la cercanía cronológ ica entr e las fiestas dedicadas a Sayri Túpac y las exequias del emperador por el impacto que de seguro tuvo para la consolidación del poder monárquico, y del imaginario imperial, el hecho de que, justo después de que se celebrar a la rendición del emperador incaic o , se mont ara un espectáculo para exalt ar al emperador hispano . Todo, en el mundo de la fiesta, en el escenario de la teatralización del poder, parecía cuadrar. Moría Carlos y dejaba las Españas a su legítimo sucesor ; a quien , también hace poco, las ciudad es había n celebrado con toda l a pompa po- sible. Definitivamente, hacia finales de la década de 1550, el V irreinato estaba cambiando. Se estaba convirtiend o , poco a poco , en un reino del i mperio. De hecho, muy poco después de la muert e de Carlos V, Felipe II dará un paso importantísimo para la consolidación de su dominio sobre las indias: fundará en 1559 una A udiencia en Charcas, donde más riquezas ofrecía la tierra. Pocos años después , en 1563, fund ará tamb ién una A udiencia desde donde controlar el norte del territorio : la Audiencia de Quito . 117 Si bi en, p or aho ra, s olo p u edo referi r las noticias sobre las exequias r ealizadas par a el emperador en Lima, es segur o que también t uvieron lugar en otras ciudades, como en Cusco o en La Plata. Yo no he investigado al respecto, por lo que no puedo asegurar que no se conserven noticias. 84 1.1.2.8. Recibimiento del sel lo real en Charcas 118 Como ya he tenido ocasión de record ar , 1559 fue un año esencial para La Plata . La ciudad durante la revolución de los encomenderos había probado ser un punto neurálgico par a la gestión política del V irreinato y, desde 1545 , año del descubrimiento del Cerro Rico de Potosí , poseía dentro de su juri sdicción la mayor y más famosa mina de plata del mundo 119 . Así las cosas, en 1559, como narra el cr onista Ramírez del Águila , se le concedió un escudo de armas (201 5 [1639] : 147) 120 . El mismo año, Felipe II decid ió fundar l a Audienci a de Charcas con capital en La Plata. Por este motivo , contamos con una cédula real firmada en V alladolid el 4 de septiembre de 1559 mediant e la cual se otor ga a la ciudad el sello real. Esta cédula es muy importante porque, además de todas sus implicaciones políticas, es el testimonio más antiguo que tenemos de cómo se quería , desde la península, que se realizara en el V irreinato peruano la ceremonia de recibimiento del sell o real 121 . Visto que solo tenemos esta cédula para do cumentar la llegada de tan im portante objeto a la nueva Audiencia, no podemos saber cómo se desarrolló, en la práctica, el espectáculo. En la cédul a se manda, ante nada, que “c uando nuestro sello real entra en cualquiera de las n uestras audiencias real es de estos reinos, entre con autoridad que si mi persona real en- trase”. El protocolo de base sería el siguiente: la Audiencia y el Cabildo secular tenían que 118 Base document al: Real Cédula del 4 de septi embre de 1559 . Ubicación: ABNB , Cédulas Reales (Ach), Real Cédula 22 (en Cedul ario de la Audi encia de la Plat a de los Charcas [siglo XVI] , coord. Enciso Contr eras, 141) . 119 Kris Lane, en su reciente libr o sob re Po tosí, explica la fa ma glo bal que cobró la ciud ad argé ntea en la década de 1550: “ After a 1553 w oodcut was published in Seville, the C erro Rico or Rich Hill becam e a secular icon. The image was made from a drawing by Pedr o Cieza de León, a n early postc onquest traveler in Spanish Perú who visited the bustling mining camp in 1549. Within a few decades, descrip- tions of Poto sí by Cieza de León a n d Agustín de Zárate, another ear ly Spanish v isitor, were tran slated into French, Ger man, Dutch, English and Itali an. Cieza’s description was the most detailed, and his 1553 woodcut was widely copi ed. As pr inters and other art ists fol lowed, the mountain’s i mage grew more fa ntasti c” ( 2019: 8 - 9). 120 Así describe Ramírez del Águil a el escudo de la ciudad: Un campo de oro partido en cuatro cuarte- les: en el de la mano derecha el cerro de Potosí, bermejo, que es la color de sus metales, y en lo alto una cruz de oro, con cinco vetas de pl ata que descienden de alto abaj o, y al pie de él otro cerro pe- queño, que es el Guayna Potosí, y en él seis guairas, que se funde en ellas el metal de [plata] y en cada una un indio echando metal para que se funda; los cerros en campo azul y el asiento verde. Y en el cuartel de mano izquierda el cerro de Porco. Y, entre los dos cuarteles, en medio, un águi la imperial con Corona, y a los lados dos columnas en que estriba el águila con los pies. Y en los otros dos cuarteles bajos dos castillos de or o en cada cuartel, en cam po azul claro, y a los lados de los castillos , de la banda de afuera, dos leones en cada cuartel , el asiento verde. Y en medio de uno y ot ro cuartel, por la r aya que los parte, una mano armada que ti ene una bandera blanca y en ella una cr uz de Jeru- salén col orada. Y por orla del escudo diez cabezas cortadas en campo colorado ( 2015 [ 1639]: 147 - 148). 121 La cédula real en la cual se anunci aba el envío del primer sell o real a la Audiencia de Li ma no ha sido hallada. 85 salir a las afueras de la ci udad a recibir el sello; desde dicho punto, el sello debía entrar a la ciudad puesto encima de una mul a o de un caballo y, en cualquier caso , el animal debía estar aderezado de la mejor manera posible; el oidor más antiguo tenía que ser el encargado de conducir el caballo sobre el que se luc ía el sello; finalmente, con toda solemnidad, se debía guardar el sacro objeto en la caja de la Audienci a real 122 . Podemos imaginar qu e se cumplió con lo estipulado ; lo que, sin i r muy lejos, es l o que vimo s , aunque en medio de una situación mucho más tensa, cuando llegó el sello real a Lima. Por o tro l ado, estando Potosí en un periodo de bonanza , y siendo tan relevante para la ciudad de La Plata , en este contexto, la posibilidad de legislar en nombre del monarca, imaginamos que, además del protocolo dictado en la cédula , se hicier on otro s regocijos. 122 ABNB, Ach, Real Cédula 22. 86 1.1.2.9. Recibimiento de Franci sco Álvarez de Toledo 123 He decidido no tratar, en esta ocasión, sobre el recibimiento del cuarto virrey del Perú, Diego López de Zúñiga y Velasco, quien gobierna de 1560 a 1564 . El motivo es que hay muy poca información al respecto y la que se tiene –– recupera da, por ejemplo, por Ramos Sosa (1992) – – no muestra que esta celebración haya representado un hito en lo que respecta la represen- tación del poder monárquico en el territorio. Prefiero, en cambio, centrarme en la figura del Francisco Álvarez de Toledo . Resumiré, de entrada, algunos hechos perteneci entes a los primeros años del gobierno d el virrey porque no se puede comprender, sin esta base, el significado del aparato especta- cular con el q ue se lo recibió en distintas ciudades, principalmente en el Cusco . El gobierno de Toledo fue uno de los acont ecimientos más importantes y transformadores de la política colonial quinient ista ; s i para las últimas décadas del siglo XVI podremos admirarnos d e la dimensión espectacular y cortesana que acompañaba la presencia política y simbólica de la monarquía hispánica en el territorio peruano es porque Toledo, en su larga gestión, se ocupó de afirmar, a toda costa, tal poder . S i bien algunas ciudades , como L ima , La Plata o Quito , iban poco a poco constituyéndose en importantes centros de poder de la monarquí a, result a imposible pensar que para fin es de la década de 1560 la Corona ya tuviera pleno dominio sobre el territorio virreinal. Era un poder en proceso de construcción. Es esencial tener en cuenta las relaciones entre el gobierno virrei nal y la cor te de Vilca- bamba . Para 1569, el año en el que Tole do fue nombrado v i rrey, los representantes de la monarquía his pánica había n logrado llegar a un pact o de paz –– trabajado duramente desde el asesinato de Sayri Túpac –– con Titu Cusi , el entonces inca de Vilcabamba . Se trata d el famoso tratado de A cobamba , fi rmado en 1566 y ratificado en 1569 . Como sucedió en tiem- pos del inca Sayri Túpac, la Corona encamin ó las tratativas con Titu Cusi siguiendo las ma- neras que en Europa se acostumbraban para lograr la paz entre dos cortes enemigas . Po r el tratado de Acobamba, Tito Cus i heredaría todas las tierras y beneficios que anteriormente se diera a Sayri Túpac (el matrimonio con Beatriz Clara C oya, la hija del difunto inca, aseguraría esta línea sucesoria) y con esto ostentarí a mucho poder en el Cu s co; por su part e, los habi- tantes de Vilcabamba podrían permanecer ahí, aunque, claro, en el marco de la conformación de encomiendas . A cambio, se daría rienda li bre al proceso de evangelización cristiana y se 123 Base document al: 1. Indias de vi rreyes y gobernadores del Perú , capítulos 11 y 22 ( BNM, mss. 2835 ) ; 2. Arzáns d e Orsúa y Ve la, Histori a de la Villa Imperial de Potosí , libro V, cap. 1. 87 garantizaría que no haya más invectivas incaicas contra el dominio español. Todo p rocedía de manera pacífica hasta que T itu Cusi fue mister iosamente asesinado en 1571 . Su muerte, en una suerte de déjà vu histórico, ocasionó que se quebrara el tratado de paz y que el nuevo inca , Túpac Amaru , optara por desconfiar de la palabra española y mantener la resistencia en Vilcabamba. Esta situación h izo que el vi rrey Toledo p erdiera completamente la pacienci a y deci diera zanjar , de buenas a primeras, el conflicto . Merluzzi sintetiza lo sucedido 124 : [Toledo] organizó rápidamente una expedición militar, guiada por Martín Hurtado de Ar b ieto, que conquistó Vilcabamba el 24 de junio de 1572. El joven Túpac Amaru, que había conseguido escapar del asalto, fue perseguido por los españoles durante varias sema nas, hasta que los hombres del capitán Martín García de Loyola le capturaron. Después de un controvertido y rápido juic io, Túpac Amaru fue ejecutado el 24 de septiembre. García de Loyol a, que había capturado al último inca, se casó con Beatriz Clara Coya, heredera de los conspicuos bienes que la corona había concedido a Sayri Túpac (2014 b : 81). Ejecutado Túpac Amaru , ahora sí, definitivamente, España había triunfado sobre el impe- rio incaico. Esto dio pie a que se acel erara el proceso de asimilación de la nobleza nativa a la nobleza española: el matrimonio de Beatriz Clara Coya, hija Sayri Túpac , con el capitá n García de Loyola es un símbolo inequívo co de esta situación 125 . La nobleza incaica pervivirá, pero hispanizada 126 . El triunfo de Toledo no es un asun to aislado, forma parte de una ser ie de políticas que Felipe II encamin ó para lograr el fortalecimiento del poder monárquico en el Virreinato del Perú 127 . Como explica Pedro Guibovich (1998), la década de 1 560 se caracteriza por un cons- tante cuestionamiento sobre la manera en la que tenía que organizar se el gobi erno colonial. 124 Algo más que aclara el est udioso it aliano en el ci tado artí culo es que la paci encia de Toled o habría sido, en lo que concierne a este tema, bastante fácil de quebrar, pues nunca habría estado de acuerdo con que la solución al problema de la resistencia incaica podía lograrse a través de la negociación. 125 Martín García de Loy ola er a, ade más, so brino niet o del f uturo San Ignacio de Loyol a. 126 Esto no ni ega, por supuesto, que los descendi entes del imperio incaico y lo s indígenas en general hayan encontrado ciertas maneras de mantener vivas sus tradiciones y su cult ura. Los trabajos que se han hecho en este sentido sobre el Corpus Chr isti cusqueño son iluminadores y los veremos al trat ar específicamente sobre esta festividad. 127 Esta in terpretac ión hi stórica viene amplia y cuida dosamente d esarroll ada por Manfredi Merluzz i en el l ibro que dedica íntegramente a l gobierno de Toledo : Gob ernando los an des… (2014), donde analiza todos los aspectos de la política toledana que permitieron a este virrey fortalecer el control de la Mo- narquía sobre el territorio. Declara: “El propósit o de este t rabajo ha sido demostrar que s i n embargo esto [la política de contr ol de l as colonias americanas] no ocurrió solo en los dominios ameri canos y que la reforma americana puede situar se en una política de más amplio alcance. De hecho, creemos que esta tendenci a de reforma, que abarcó tanto los a paratos administrativos centrales como los loca- les en un intento de mayor centraliza ción del poder por parte de la Corona, constituyó una tendencia 88 Esto habría llevado a que el rey convo cara en 1568 la Junta Magna, en la que se congregaron el Consejo de Indi as junto con los demás consejos de Castilla . U na de las pri oridades de la Junta habría sido, justamente , la de decidir q u é medidas se debían ejecutar para optimizar el control del territorio peruano. Dos de las más importantes decisi ones de la Junta habrían sido enviar al virrey Toledo y a la Inqui sición. Esta última no habría estado llamada a ocuparse solo de cuestiones de doctrina, sino que, según propone Guibovich , a quien vengo citando, tendría que ayudar a la erradicación de cualqu ier postura que , como el lascasianismo, pu- siese en duda la legi timidad del gobierno de la Corona en América (1998 : 33 - 35) 128 . Esta propuesta ha sido corroborada por distint os estudiosos 129 . En este sentido hay que co mprender, a su vez, la reno mbrada visita genera l que empren- d ió e l virre y Tole do por las provincias del Perú . No se trataba solo de observar cómo iban las cosas más allá de Los Reyes, se trataba de imponer el poder de la monarquía . Era un trabajo de conquista territorial y la estrategia de base era una política de centr alizació n cuyo eje debía ser el fortalecimiento de la autoridad del virrey y la coerción de las otras fuerzas políticas. Como expl ica Merl uzzi ( 2014), las a udiencias f ueron las primera s en resentir la polít ica de Toledo , quien venía investido de suficiente poder como para intervenirlas . L a Junta Magna, bajo presión del mismo Toledo , había legislado que, en los casos de discrepancia entre el virrey y la Audiencia, era la opi nión del primero la que debía prevalecer. A sí las cosas –– sigo de la mano de Merluzzi–– desde el inicio del periodo Toledano hubo problemas entre este y la Audiencia de Lima (2014 : 209 - 211). Con la visita general, su política de dominio llegarí a a todas las provincias del Perú 130 . dominante también en otros territori os de la Monarquía, en una fase de reestruct uración bien definida que empezó en la primera década del reinado de Fel ipe II” (359) . 128 Un claro ejemplo de esto serí a la campaña antilas casiana de Toledo, en la cual , según pr ueba Gui- bovich , tam bién la i nquisición habría tenido un ro l importa nte. E stamos hablando de “l a recolección de obras de Las Casas, la expulsión de los dominicos de las doctrinas del Collao y su desplazamiento en el control de l as universidades” ( 1998: 37). 129 Por ej emplo, Margarita Mengus y Moises Ornel as expl ican: “En el nuevo mundo, las ideas l ut eranas o calvinistas no parecen haber sido un problema extendido, en cambio la sedición o herej ías parecen más r elaci onadas con la prédi ca q ue ha cían alguno s r eligi osos que cuesti onaban los jus tos títul os del monarca en Amér ica” (2013: 92). 130 Elocuente re sult a un dato que recuerda Eugenia Bridi khina: cuando Toledo llega a Charcas, el presidente de la Audiencia, que para entones era Lope Díez de Armendáriz (sí, el mismo que antes vimos en el puesto de presidente de la Audiencia de Quito) escribe una carta a l rey, en su nombre y en el de los oidores, para quejarse de que el virr ey estarí a int entando convert ir todos los asuntos en cuestión de gobierno (2007: 28). En otras palabras, Armendáriz se lamenta de que Toledo trate de impone r su pod er, sin respetar siq uiera la preeminencia en materia de justi cia correspondiente a las audiencias, sobre todos l os territori os por los que pasaba. La carta, según refiere Bridi khina se enviaría 95 caballo al virrey. La parte más espectacular de la descr ipción consiste en la entrada del man- datario a la ci udad misma , donde lo espera un acompañamiento en el que se contarían más de ochocientos soldados , capitaneados por un importante encomendero. Esto, por supuest o, da lugar a demostraciones de salvas y arti llería que acompaña n a l virrey en todo su paseo por la ciudad . Recorrido que transita, también en esta ocasión, debajo de un palio llevado por los regidores . La urbe enseña sus mejores galas: “ las calles, que de tapicerías ricas y de damas es taban hechas un cielo, y d e indios y indias no había lugar pa ra pasar” (fol. 36v). La tercera parte de los espectáculos habría comenzado, en r ealidad, quince días antes de la llegada del virrey. Durante todo este tiempo, cada noche, los principales de la ciudad ha- brían salido a las calles para lucirse en distintos juegos de tradición caballeresca. La noche misma del recibimiento , lo harían con más ímpetu que nunca, luciendo sus más costosas vestimentas y llevando riquísimas libreas. Se ju gar ían cañas, se correrían toros y, para cerrar la esplendorosa jor nada, se serviría nuevamente una c olación 141 . Quiero destacar una importante afirmación del narrador del manuscrito, pues da una ex- plicación del motivo por el cual los principales del Cusco se desharían en ejercicios de este tipo delante del vicario real: Quiso e sta i nsigne cibdad mostr ar y hacer alarde d e que el no mbre y loa de los primeros conquistadores y descubridores, de los cuales en aquella sazón en ella había hartos, correspondían en los hechos con la fama que de ellos se había publicado. Y, aun que los más de los jugadores eran viej os y vecinos antiguos, bien ejercitados en las veras, quisieron ensayarse para las bu rlas y que el virrey viese en ellas lo que de las veras le habí an informado que h abían hecho (fols. 38r - 38v). Buena parte de los que antaño fueran los soldados conquistadores del Perú, permanecie- ron en el Cusco, go zando de las encom iendas con que la Coro n a los premió. La fama de los conquistadores, sin embargo, estaba manchada por la parti cipación de varios de ellos en la revuelta antimonárquica de los encomenderos; la cual, como vimos, asoma en el t exto cuando se hace alusión a Pedro de la Gasca y a Gonza lo Pizarro. Por ende, según interp reta el autor, el objetivo de los conquista do res en estos regocijos era most ra r , a través de la serie de juegos caballerescos, “las burl as”, su valor en el campo de batalla , “las veras” 142 . P asan de soldados 141 En la próxi ma sección trataré con más deta lle de los juegos caballer escos ahora mencionados. 142 La fórmula de la s “veras” y las “burlas” aparentemente tenía cierta difusión en narraciones sobre espectáculos de corte caballeresco. Por ejemplo, vemos en el cartel del torneo realizado en Valladolid el 8 y 9 de septiembre: “El marqués de Camarasa […] mantendrá una sorti ja con don Hernando de Prado por compañero, por ser fiesta que en parte imita a las v eras, y agradabl e par a bur las, en esta 96 a caballeros. Caballeros cortesanos que rinden pleitesía a su rey y lo entretienen haciendo gala y fiesta con sus habilidades 143 . La ciudad se descubre en el texto como un espacio de confluencia armónica, consensuada y esplendorosa, ent re nativos y español es : u na corte mixta. El empleo de todo el protocolo y los símbolos cortesano s occidentales por parte la noblez a incaica se presenta como una de- claración de vasallaje al re y y sus enviados . Los juegos cab allerescos de los incas se llama n puellas y no escaramuzas, usan chipanas y canipos en lugar de cañas y espadas , visten cumbis en vez de sedas , por supuesto , porque parte esencial de l progr ama festivo , al menos según se narr a en el manuscrito, consist ía en mostrar que era el mism ísimo imperio incaico el que se convertía en parte de la nobleza española . Si uno leyese s olo esta relación de fies tas no imaginarí a que, en 1571 , un poco a las afueras de la ciudad, se escondía Vilcabamba . Toledo llega al Cusco para hacer valer, ante s que nada, la presencia de la monarquía y de sus instituciones en el territorio más conflictivo del virreinato. La ciudad, según el manuscrito, en el recibimiento le m uestra , con todo el luci- miento al que podía aspirar , su fidelidad . Sin embarg o, podemos pens ar, por los datos que se nos ofrece, que, al mismo tiempo, en el momento de la fiest a, en medio de tanta prédica de devoción, había también una ch ispa de advertencia. El virrey tenía que saber que no es- taba llegando a una ciudad enemiga, pero sí a una ciudad poderosa, donde no p odía imponer, sin más, cualqui er política . Esto explicaría el ambiente de tensión entre el virrey y quienes lo celebran que a momentos destila el manuscri to 144 . Explicaría, en suma, que Toledo se haya negado, de inicio, a recibir agasajo alguno en el Cusco o que se atreviese a contravenir el protocolo según el cual el virrey jur aba defender los privilegios de la ciudad: “le hizo bien diferente del que en otras par tes, porque, pr eguntándole si j uraba de guardar a aquella cibdad villa, en l a corredera della domingo a veinte y siete días deste mes de agosto” (La rel ación del torneo se conserva en: BNE, ms. 186 38. Extraigo el fragmento de la t ranscripción del car tel que presenta Alenda y Mi ra, 1903: 100 - 101). 143 A su vez, cabe r ecalcar que la di stinció n ent re las “b urlas” y l as “veras”, con e sta misma ter minología, la encon tramos e n distintas narracion es de to rne os caballerescos del Siglo de Oro. 144 Manfredi Merlu zzi (2 014) al trata r sobre la impo rtanci a que di o Toled o en sus a ños de man dato al fortalecimiento de su guarda personal, trae a colación una anécdota que nos interesa. En 1571, poco después de haber sido recib ido en la ciudad, T oledo particip a de la sesión de l Cabildo cuzqueño en la cual se debían elegir los al caldes. En su afán de ‘militar ización’ del virreinat o, Toledo había ordenado que uno de los alcaldes fuese civil y el ot ro mi litar. Los capit ulares cuzqueños se rebelan y nombran dos civiles, por lo que Toledo, demostrando ya qué tipo de gobierno iba a ser el suyo: “amenazó con el arresto inmediato y el exilio a Chile a quien se rebelara. Tras lo cual tocó una campana e hizo entrar a su guardia armada [a l as casas de Cabildo] ya lista para i ntervenir” (207) . 97 sus preeminencias, dijo ‘haré y cumpliré lo que entendiere que es servicio de Dios y del rey, nuestro señor’” (fol. 36r). Para cerrar, cabe notar que, s i bien en el manuscrito se hace referencia de manera un tanto despectiva a los festejos que tuvier on lugar por el recibimiento de Toledo en otras ciu- dades del V irreinato, hay un dato que resulta relevante: la mención que hace el autor del Cusco en cuanto modelo. El poto sino Arzáns de Orsúa y Vela parec e confirmar esto. Según el cronista , el vi rrey llegarí a a la Villa Imperial de Potosí hacia noviembre de 1572: “Hízosele un gran recibimiento, alegr ando y aplaudiendo su venida con quince días de fiestas, pues por manifestar su grandesa esta I mperial Villa no excusó gasto ninguno, que con gran liberalida d lo sacó todo a la plaza” ( Historia de la Villa Imperia l, libro V, Cap. 1). No ofrece más detalles . Sin embargo, los quince días de fiesta que refiere Arzáns no pueden sino recordarnos los quince días de fiesta del caso cusqueño. 98 1.1.2.10. F iestas por el nacimiento de l príncipe Ferna ndo de Austria y por el triunfo de Lepanto 145 Una de las muestras de que bajo el go bierno de Tol edo el con trol de la Corona sobre el territorio peruano se co nsolidó es el hecho de que, justamente desde inicios de la década del 1570 , tenemos más noticias que ate stiguan la voluntad de la s ciudad es y de sus instituciones de festejar triunfos y v enturas de la realeza. En 1572 ll egaron a Lima dos buenas nueva s: el triunfo de Lepanto (el 7 de octubre de 1571) y el nacimiento del príncipe heredero Fernando de Austria (el 5 de dici embre de 1571) 146 . El Cabi ldo, de acuerdo con la Audiencia, organiza los festejos. El mismo día en el que llegan las noticias al Cabildo, el 27 de marzo de 1572, se decide que esa misma tarde se pregone, con trompetas y atabales, los f e lices sucesos y se mande que t odos los habitantes de la ciudad se unan para iluminar la noche. Las casas de- bían alumbrarse con luminarias, entre las cuales se especif ican las candelas en las puertas : e sta es la parte estática del juego de luces. M ientras t anto, los principales de la ciudad ten- drían que salir en sus caballos con hachas en las manos , produciendo un espectáculo itine- rante de l uces. Demás est á decir que estos juegos de iluminación nocturna tenían mucha tradición en todo el territorio hispánico a la hor a de significar el regocijo de las ci udades. La sesión de Cabildo en la que se decide todo esto tiene lugar en la semana de Domingo de Ramos, por lo que se decide postergar el resto de l os fest ejos p ara de spués d e las Pascuas de Resurrección. Así las cosas, se manda que los caballeros de la ciudad se vayan prepa- rando pues el siguiente Dom ingo de Cuasimodo se jug arían cañas y se correrían to ros 147 . La decisión de festejar conjuntamente el triunfo de Lepanto y el nacimiento del príncipe responde al hecho de que, ambos eventos, en el imaginario españo l, se vincularon: como si se tratase de un mismo obsequio divino. La muestra más evidente de esto es el famoso cua- dro que pintó Tiziano, entre 1573 y 1575, por encargo di recto de Felipe II, en el cual vemos al rey ofreciendo al príncipe ante un ángel, con un turco prisionero a sus pies y, a sus espal- das, una escena de Lepanto (ver imagen 3 ). Este vínculo entre ambos suce sos tuvo repercu- siones en la organización de los programas festivos. En Sevilla, donde los festejos llegaron a extremos de espectacularidad, “la proximidad de los dos eventos […] animó a hacer una ce- lebración conjunta que se aplazó hasta las primeras seman as de 1572, y se prolongó más de un mes, hasta el tiempo de carnaval” (García Bernal, 2007) . Es decir, la sesión del Cabildo 145 Base documental: 1. Acta del Cabildo secular de Lima del 27/03/1572 ( LCL, libro VII, 41 ) ; 2. Arzáns de Orsúa y Vela, His toria de la Vil la Imper ial de Po tosí , l ibro V, cap. 1. 146 El prínci pe mue re poco antes de cu mplir los siete años. 147 LCL, libro VII, 41 99 limeño en la cual se toman decisiones sobre cómo la ciudad deb ía festejar estos aconteci- mientos t uvo lugar aproximadamente un mes después de que cesaran los regocijos organi- zados en Sevilla. Es muy p robable que para la organización de estas fiestas en Lima se haya tenido en cuenta lo que estaba sucediendo en las orillas del Guadalquivir: no hay que olvidar que el modelo sevillano fue la base sobre la que, explíci tamente, se consti tuyeron los cabildos limeños (tanto e l secular como el catedralicio). Jaime García Bernal resume de la siguiente manera los espect áculos que, según la rela- ción de fiestas que el mismo año de 1572 publica Pedro de Oviedo 148 , se habrían montado en Sevilla: El re lato comienza con la l legada de la noticia (doble: del triunfo de la f lota y del nacimiento del príncipe ) que es recibida con el tradicional Te Deum y pr ocesión por las gradas del Cabil do. D urante la semana siguiente se sucedieron las másca ras de los oficios con carros triunfales alusivos al pronóstico del reinado; otras, de tono carnavalesco. El viernes 14 de febrero la ciudad hizo su juego de cañas delante de las nuevas casas capitulares. Prosigui ó ! la fiesta el sábado y el domingo con el homenaje de los estudiantes que concertaron la cabalgata del Triunfo de la Fama y sucesión de los reyes de Esp aña , que porf ió ! con la invención de los mercaderes dedicada a la batalla de Lepanto (2006 : 202). Teniendo en cuenta este modelo, no sorprende que el Cabildo limeño orden ar a la realiza- ción de juegos de t oros y de cañas. No sabemos con certeza si hubo más regocijo s, organi - zados, quizá, por otras instituciones, como lo s gremios. Lo que sabemos es que el Cabildo limeño hacia 1572 no se permitía, todavía, r ealizar gastos tan sobrados pa ra las festividades públicas. La comparación con los datos que se conser van sobre los festejos por el triunfo de Lepanto en México son una clara muestra de que el Cabildo de la capi tal novohispana, para estos años, estaba dispuest o a invertir mucho más en est e ti po de fiestas regias que su par peruan o . Además, México tenía ya asentada una fuerte tradición de representación de bata- llas entre moros y cristianos , y no dudó en hacerla valer ahora que, justamente, era una vic- toria de guerra la que se debía agasajar 149 . 148 Se t rata de la Relaci ón de las sumptuosa s y r icas fie stas, que la in signe ciudad de Seui lla hizo po r el felice nascimiento del pr íncipe nuestro sen ! or y por el venci miento de la bat alla naual, que el serení- simo de Austria ouo, contra el armada del Turco (Sevilla, Hernand o D í az, 1572). 149 Quizá por la dist ancia t emporal , no ten emos noti cias de qu e, en est e caso, se vincul e Lepanto al nacimiento del prí ncipe Fernando. 100 En México se dej ó la celebración para el Corpus Chris ti y –– según se desprende del acta capitular del 9 de junio de 1572 150 –– el Cabildo de la ciudad pagó nada menos que 1050 pesos corrientes al alarife Miguel Martínez para la elaboración de la escenografía de la bata- lla: “un castillo muy solemne”, “dos fuertes para plantar la artillería” y “seis galeras con dos patafes todo sobre ruedas” 151 ; además, el mismo Cabildo se habría encargado de costear para la representación el vestuario de cien hombres: sesenta que debían hacer de cristianos y cuarenta de moros (Mariscal Hay, 2009 : 374) 152 . Fue u n espectáculo de dimensiones, s in duda, enormes. Fue l a r ecreación de la más alabada de las batallas en medio de la P laza M ayor de la ciudad. Espectáculo que, además, según plantea n Oth ó n Arr ó niz ( 1998) y Ma- riscal Hay (2009), se vio complementado por la representación, en el contexto de l Corpus Chirsti , del coloquio doce de Fernán González de Eslava . Se trataría De la batall a nava l qu e el serenísimo príncipe don Juan de Austria tuvo con el turco , pieza en la cual l a batalla es narrada y comentada por los personajes, pero no puesta en escena ; con lo que podríamos pensar que, verdaderamente, habría sido el complemento ideal para las tramoyas bélicas montadas a instancias del Cabil do. Si bi en h e di cho q ue p ara e l ca so de los fest ejos por el t riunfo de Lepanto en Lima no tenemos más informa ción de la expuesta , el caso mexicano nos lleva a revisar los datos sobre el Corpus Ch risti del año en cuestión . Solo contamos con un acta del Cabildo secular para documentar tal celebración: aquella del 6 de abril de 1573 153 . En l a sesión se orden ó que se d iera libramiento de gastos de justicia y obras públicas para reponer a Francisco de Palen- zuela cincuenta y cinco pesos que habría pagado al mercader Joan Díaz Prieto por "las cosas que de su tienda se tomaron para vestidos e ornato de los representantes" 154 . Representantes que habrían participado de los festejos hechos en la plaza pública de la ciudad durante el Co rpus Christi de 1572. Este dato es singular pues es la primera vez que vem os en las actas del Cabildo limeño que se hable en general, como aludiendo a algo bien conocido por todos, de “los representantes”. Todavía lo normal en la ciudad era, como veremos, que se encarga- ran de las representaciones los gremios y que el Cabildo colaborase de ot ras formas: pri nci- palmente a tr avés de pr emios. En todo caso, no solía colaborar con vestuario para los actor es . 150 Libro octa vo de actas de Cabil do (México, 18 93). 151 “El castillo debía ser a dornado y pintado con almenas y lienzo teñido, las galeras co n proas, po pas y gavias con todos sus gall ardetes pintados” (Mariscal Hay, 2009: 374). 152 Vestimenta de los cr istianos : “sayos y capellares de toldillas pintadas de morado y de amarill o”; vestimenta de los moros: “marlotas de toldilla pint adas de azul y blanco” (Mariscal Hay, 2009: 374). 153 LCL, libro VII, 454 . 154 No cuento, p or ahora, con datos sobre el cargo que ejerc ía Franci sco de Palenzuel a. 101 Todo esto me hace pensar que no habría qu e descartar la posibi lidad de que en el Corpus Christi limeño de 1572 se montase un espectáculo en la plaza relacionado con el triunfo de Lepanto . Esta suposic ión podría apoyarse en un dato más. Según reportan las investigaci o- nes de Ignacio Elizalde (196 2 ) en el Corpus C hristi de este año los jesuitas habrían puesto en escena un auto sobre dicha victoria naval. No sabemos prácticamente nada más de esta representación y es oscura la relaci ón que podría haber tenido con los espectáculos organi- zados por el Cabildo. Sin embar go, sabemos que se llevó a cabo , no en el colegio, si no en la P laza M ayor, delante de la catedral, por lo que, si los datos con lo que contamos no nos mienten, algún tipo de diálogo se tuvo que generar ent re es ta r epresentación y los espec- táculos organizados por e l Cabildo. De seguro las fiestas limeñas por el triunfo de Lepanto no alcanzaron el esplendor de aquell a s que deslumbraron al pueblo sevillano o mexicano, pero, por el contexto político en el que se encontraba nuestro V irrei nato, sin duda t uvieron mucha importancia. Toledo estaba poniendo en prácti ca, como vimos, un programa pol ítico para fortalecer la presencia de la monarquía en el Perú , ¿ qu é podía favorecer más a este proyecto que festejar un doble triunfo de Felipe II? Si bien Lima para est os años no podía competir con México en lo que respecta a organi- zación de fastos públicos, había un a ciudad en el Perú que tenía la suficiente de riqueza como para hacerlo: Potosí . Arzáns cuenta que , hacia finales de 1572, cuando todav ía el virrey To- ledo estaba presente en la Villa Imperial , llegaron las buena s nueva s de Lepanto y del naci- miento del príncipe Fernando. Ante lo cual: dieron principio sus vecinos y demás habitadores a unas costosísimas fiestas con una riquísima y muy vistosa máscara que de repente hizo la nobleza aquella misma noche, y desde el día segundo de la Natividad del Señor se continuaron los demás regocijos. Y dice el capitán Pedro Méndez que e ra cosa maravillosa ver los caballeros moradores de Potosí compitiendo unos con otros, mostrando la riqueza que tenían, que sin duda eran l as mayores del Perú, en galas, j oyas y cadenas de oro con que adornaron sus personas. También hubo competencias en l as fiestas, justas y torneos que se hicieron, y los banquetes y comi das soberbias y demasiado costosas que hubo ( Historia de l a Villa Imperial , l ibro V, capítulo I, 147) 155 . Estas fiestas, empezadas el 26 de dici embre –– segundo día de la Natividad –– habrían ocupado incluso todo el mes de enero de 1573 ( Histo ria de la Vill a Imperial , libro V, capítulo 155 Sobre la obra del c ronista Pedro Méndez sol o existe n refer encias en la Hist oria de Arzáns , quien, como explico más adelante, muy probablemente , en realidad, lo ha inventa do. 102 2: 148). Arzáns , más que of recer u n preci so recue nto de hechos, quiere represen tar l a gran- diosidad de Potosí. Lo que narra, sin embargo, es verosímil. Como en Sevil la, las fi estas e n la villa podrían haberse extendido por más de un mes y , de ser así, es seguro, como veremos más adelan te, que en ellas habría tenido lugar una variedad de regocijos que incluirían juegos caballerescos 156 . 156 En las actas capit ulares de Pot osí no he encontrado refer encia s a estos festejos. Pero, si reflexio- namos sobre la base de l o que dice Arzáns, podríamos arribar a la hipótesis que el doble triunfo de la monarquí a hispánica se present ó, ante el nuevo estrat o social que estaban forjando los grandes mine- ros potosinos, co mo una oportunid ad de o ro par a, a tiempo de congracia rse co n el virrey, hacer gal a del enorme poder económico que habían adqui rido y de la importancia que había cobr ado Potosí para el imperio español. Como veremos más adelante, los grandes mineros y azogue ros no n ecesitaban de los fondo s municip ales para montar espectác ulos. 103 Imagen 3 Tiziano, Fel ipe II ofreciendo al ciel o al inf ante don Fer nando 104 1.1.2.11. F iestas por la unión dinástica de Espa ña y Portugal 157 Solo unos meses antes de que el virrey Toledo zarpara de regreso a España ––el 1 de mayo de 1581 –– , llegan noticias importantes desde la península. El 25 de agosto de 1580 l as tropas de Felipe II habían vencido a aquellas de Antonio Prior de Crato en la Batalla de Al- cántara y , con es te triunfo, el monarca hispano, en cuanto hijo de Isabel de Portugal, se con- vertía en el más poderoso de los aspirantes al trono lusitano. Resulta int eresante que la unión dinástica entre E spaña y Portugal se tratara en una sesión capitular del ayuntamiento limeño anterior a la fecha en la cual Felipe II fue coronado oficialmente por las cortes portuguesas de Tomar. El leva ntamient o del pendón y la jura real tiene lugar el 16 de abril d e 1581 ( Pedro Paiva, 2003 : 220 ) , mientras que el acta capitular que ha sobrevivido como testi monio de los festejos que se hicieron en Lima por este motivo está firmada el 14 de febrero, más de un mes antes. Aparente mente desde los sucesos de Alcántara ya se tenía certeza de que Felipe II de España se convertiría, también, en Felipe I de Portuga l . El alcalde Francisco de Aliaga de los Ríos es quien se presenta en la sesión del Cabildo limeño c on las buenas nuevas. Él mis mo ya habría tratad o so bre e l t ema con el Cabi ldo ca- tedralicio, el cual, según dice, había mandado celebrar e l acontecimiento con trom petas, chi- rimías y otro s instrumentos. El alcalde reporta , a su vez, que el virrey está de acu erdo en que la C iudad organice regocijos. Así, se manda que se pregone que esa misma noche, la del 14 de febrero, los ciudadanos pongan luminarias y los caballeros salgan a caballo con hachas encendidas y se junten en las puertas de pal acio con los miembro s del Cabildo para continuar con l as demostraciones de alegría. Se impone una pena de 10 pesos, que iría al fondo de obras públicas, para quienes i ncumplan esta orden. El Cabildo, además, paga de sus propios para que se pongan luminarias en sus casas y par a que se congreguen músicos: atabales, trompetas y chirimías 158 . 157 Base documental : Acta del Cabildo secular de L ima del 14/02/15 81 ( LCL, libro IX, 333 ). 158 LCL, libro IX, 333 . 111 1.1.2.13. Recibimiento del arz obispo Toribio de Mogro v ejo 176 Casi al mismo t iempo de l a llegada de Enríquez de Almansa , arriba a Lima como arzobispo Tori b io de Mogrovejo. Su misión en el Perú fue de mucha importancia , pues baj o su dirección se realizó el Tercer Concilio Limense (1583 - 1591) ; el cual, sin duda, fue el complemento que necesitaba la Corona para asentar su dominio en el territorio. La Junta Magna , que determinó el envío al Perú de los j esuitas, la Inquisición y el virrey Toledo , había ya dejado en claro que la única maner a de consolidar el poder de la Corona era a tr avés de la difusión de la religió n: no se podía pensar en un imperio que no fuese í ntegra y firmemente católico ( Mengus y Ornelas, 2 013). Est a era la base ideoló gica que sostenía la legitimidad del gobierno monár- quico y, para lograr que tomara cuerpo en el ter ritorio, se necesitaba homogeneiza r el pro- yecto de evangelización y alejarl o de cualquier interpret ación del catolicismo que negase los derechos del rey sobre el Perú (el movimiento de los dominicos lascasianos era t odavía una herida abierta). C omo es bien sabido, dicha homogenización se d io bajo la guía de la orden jesuítica que, con José de Acosta a la cabeza, lideró el C oncilio. La es trecha relación entre la implantación de este modelo de evangelización y el poder monárquico me hizo incluir la lle- gada de Mogrovejo entre los fastos destinados a enal tecer la figura real 177 . En mayo de 1581 llega Toribio de Mogrovejo a Li ma . C omo remarca Ramos Sosa, fue la primera vez que se hizo en la ciudad un espectáculo de recibi miento para un arzobispo y la manera en la q ue se llevó a cabo permaneci ó c omo modelo (1992: 70 ) 178 . Lo dice, a su vez, el analista Fernando de Montesinos: f ue recebido con gran solemnidad de fiestas y alegrías; colgáronse las calles por donde entró como si fuera día de Corpus y aquella noche hubo luminarias en t oda la 176 Base doc umental: 1. Fernando de Montesinos, Anales del Pe rú ,1906 [1642]: 84; 2. Acta del Ca- bildo secular de Lima del 10/05/1581 ( LCL, libro IX, 371 ) ; 3. ACL, serie F, Libros de cuentas de fábrica, 1581. 177 En e l seno del Tercer Concilio Limense se compus o el primer catecis mo destinad os a su uso en todo el Perú: Doctrina christ iana y cat ecismo para instrucc i o " n de los indios traducido en las dos l enguas generales de este r eyno, quichua y aymara (1583). La necesid ad de este texto guí a impulsó que se fundase la primera imprenta limeña, aquella del turinés Antonio Ricardo: hecho que no solo potenció el proyecto de evangelizaci ón, sino que favoreció el desarrollo de la él ite académica y lit eraria que, para la década de 1580, ya era importante en el Perú. Dicho catecismo estaba llamado a ser el primer libro impreso en Lima. No lo fue solamente porque, por motivos administrativos, se tuvo que imprimir antes, con urgencia, la Pra gm a " tica sobre lo s diez d í as del an ! o : “da da la reforma gregoriana del calen- dario, los diez d í as suprimidos al mes de octubr e en el an # o 1583 se habr í an de computar para los plazos judicial es, sueldos y salari os” (Pardo Sandoval, 1990: 232). 178 Como explica el mismo Ramos Sosa, para el caso del p rimer arzobispo de Lima, Jerónimo de Loayza, solo sabemos que “el Cabildo de l a ciudad de Lima acuerda ir a recibirl e como tal. Mandan para ell o a un regi dor que se l o haga saber y fueron hasta el rí o por el camino de Trujill o para darle la bienvenida” (1992: 70) . 112 ciudad y grandes fuegos, y de aquí quedó esta costumbre en aquel la ciudad en la entrada de los arzobispos ( Anales del Perú , 84). Las actas de l Cabildo se cular registran qu e el 10 de mayo de 1581, mientra s los re gidores y alcaldes se hallaban en sesión, se presentaron dos miembros del Cabildo cat edralicio , el arcediano y un canónigo, para pedir que se r ecib iera con pompa al nuevo arzobispo. Los miembros del Cabildo secul ar les aseg uraron que h arían "todo lo que de su parte fuere" 179 . Ahora bien, Ramos So sa (1 992), a tr avés del l ibro de Vicente Rodríguez Valencia (1956 - 1957 ), cita la documentación contenida en los L ibros de fábrica de la Catedral de Lima 180 . Resumo a partir de los extrac tos trans critos p or dich o his toriador los gastos que hizo el Ca- bildo eclesiástico para esta ocasión. Los fest ejos para l a llegada del arzobispo comenzarí an un mes ant es, probablemente cuando se anunci a que Mogrovej o está en camino ; a sí , el 8 de abril se realiz a un pago de 8 ocho pesos a unos músicos que debían celebra r el advenimiento con trompetas y chirimías. El siguiente pago que se registra pertenece ya al 9 de mayo: se pagan 7 pesos por papel, alfiler es y pólvora, lo que quiere decir que –– como atestiguó Mo n- tesinos –– se realiz a un espectáculo de fuegos artificiales. El mismo día se comienza la cons- trucción de los arcos y se paga un total de 53 reales a los obreros que trabajan en su ejecu- ción. Uno de ellos es un carpintero, por lo que sabemos que los arcos, al menos algunos, estaban hechos de madera. Los obrer os, entre los que se cuenta un negro y un indio , reciben muy poco dinero, a diferencia del anónimo pintor de l os arcos, qu e recibe 35 pesos. También se da algo de dinero a varios indios que colaboran en el trabajo. Al día siguiente, 10 de mayo, se continúa la obra de los arcos y nuevamente se realiza n pagos a los t rabajadores. Este mismo día se registra la compra de una variada cantidad de géneros textiles que estarían destinados a adornar los arcos, los escudos que debían poner se en la casa de Pedro Már- quez 181 , l os escudos del palio y el cojín de la silla del coro en la que habría de sentarse el arzobispo. La entrada de Mogrovejo a Lima , al haber tenido lugar pocas semanas después de la llegada de Enríquez de Almansa, de seguro generó en los habitantes de Lima la sensación 179 LCL, libro IX, 371 . 180 La refer encia of recida por Ramos Sosa es la siguient e: ACL, serie F, Libros de cuent as de fábrica, 1581. No he podido consultar de pri mera mano los Libr os de fábrica de la catedral limeña por que aquellos perteneci entes al si glo XVI no est aban disponibles cuando yo hice mis investigaciones en dicha insti tución. Las actas del Cabildo catedralici o de est os años no dicen nada sobre los festej os realizados para e l recibimiento del arzo bispo. 181 No he logrado dar con más dato s so bre este personaje, que, evi dentemente, era uno de los pri nci- pales de Lima. 113 de que estaban ante dos triunfos que, en los hechos, eran uno solo: e l triunfo de la Corona y el triunfo de la Iglesia . As í lo dictaba la tradición . Por esto la e ntrada del vi rrey tiene como parte esencial de su ceremonial el uso del sagrado palio y la entrada a la i glesia m ayor y, por su parte, la entrada del arzobispo sigue muy de cerca la tradición de las entradas reales (es una lástima que no sepamos con exactitud qu é regoc ijos preparó para esta ocasión el Cabildo secular) . En 1581 la puesta en e scena de este dobl e triunfo no pued e sino recordarno s que la llegada de Mogrove jo a la ciudad form ó par te, justamente, del programa político sobre el que ya hemos hablado . Administrativamente, gracias a la política t oledana, el territorio estaba más controlado que nunca ; ahora, tocaba l levar la conquista religiosa a un nuevo nivel. ¿ Qué podía anunciar más claramente este hecho que la solemne entrada del arzobispo y f uturo santo Toribi o de Mogrovejo ? 114 1.1.2.14. Recibimiento del corr egidor Pedro Zores de Ulloa 182 Por los mismos motivos por los cuales no me he detenid o en la entrada de l virrey Zúñiga y Velasco, ah ora dejaré de lad o aquella del s éptimo virre y del Perú, el conde del Villar, Fer- nando Torres y Portugal , quien gobierna de sde noviembre de 1585 hasta enero de 1590 . Voy a dirigir la mirada, en cambio, a Potosí, pues , para estos años, el auge minero y la bonanza hicieron de esta ciudad la más dada a la espectacularidad de todo el Virreinato. A su vez, al convertirse en un eje articulador de la economía hispana , cobró mucha relevancia en lo que atañe a la consolidación del poder monárquico. Como ya he tenido ocasión de adelantar, el carg o de corregidor de Poto sí era muy impor- tante, significaba detentar el poder gubernativo e n la ciudad que más plata regalaba al mundo. Pedro Zore s de Ulloa fu e un per sonaje muy relevante para la política minera de finales del siglo XVI 183 . Fue premiado con el Corregimiento de Potosí porque había participado tanto de la Batalla de Lepanto como de la Toma de la Goleta (1572 ), l a cual , de hecho, l e había valido dieciocho meses de prisión en Argel (Lewis Hanke [nota al pie en Arzáns, 19 65: 200 - 201 ] ). Veamos en qué cons isten los dato s con lo s que contamos sobre la manera en la cual se recibe a este personaje en Potosí. En la s esión del Cabildo secular del 3 de noviembre de 1587 se nombra a Rodrigo de Esquivel comisario para la corrida de toros y l os demás rego- cijos ––no especificados–– que se debían organi zar para el nuevo corregi dor. El mismo día, s e decide que la fiesta se financie con los propios de la ciudad ; se acuerda que Diego Núñez de Bazán, regidor del Cabildo y protector de indios, organice las fiestas que los nati vos , ya por costum bre, realizab an para la llegada de cada nuevo corregidor y se opta por convocar a un capitán de apellido Pacheco para que sa lga al recibimiento con mucha gente de g uerra. En la sesión capitu lar de l 9 de noviembre, se nombra a Pacheco capitán de la suiza que asistirá al recibimiento y se acuerda que todos los oficios de la c iudad salgan a las calles con sus armas y sus galas 184 . 182 Base documental : Actas del Cabildo secular de Pot osí del 03/11/1587 y del 09/11/ 1587 ( ABNB, CPLA, 5, f ol. 105r - 106v ). 183 En la d ocumentación aparece tambié n, muchas veces, como Pedr o Sores de Ull oa o, en menos ocasiones, Pero Osores de Ull oa. 184 ABNB, CPLA, 5, fol. 105 r - 106v . 115 Como se desprende de las actas citadas, en Potosí ya era costumbre celebrar a los nuevos corregidores. No sabemos con qué fondos se financia ron antes estos regoci jos , pero es pro- bable que no haya sido solo el Cabildo el encargado de los gastos . L a satisfacción de los intereses de los mineros dependía en buena medida de las disposiciones de funcionarios reales como el corregidor o el presidente de la Audiencia de Charcas. Ya veremos más ade- lante con clarida d cómo los señores de minas , con su propio dinero, intervenían en los fastos ciudadanos. Las actas que he citado, a pesar de ser poco detalladas, muestran que ya era usanza que los indígenas part iciparan de estos festejos. Lastimosamente no sabemos en qué consistía su intervención , pero casi con seguridad presentaban danzas . El recibimiento es un festejo organizado desde arriba y los nati vos eran piezas cl aves para que l a v illa pudiese represe ntar su poder. A través de su presencia, en el momento de la fiesta, aparecía el verdadero tesoro de Potosí: la mano de obr a. La cual, de hecho, ya estaba organizada según el sistema de la mita, cuya jurisdicci ón pertenecía justament e al corregidor. Además del espectáculo de los indígenas, se alude en las actas al componente bélico del recibimiento , el cual de seguro consistía ya sea en demostraciones de artillería , ya sea en la señalada suiza . Las actas del Cabildo potosino también dan not icias del recibimiento al corregidor Juan Ortiz de Zárate en 1597. No abr iré otro apart ado para esta celebración pues el acta en cuestión , firmada el 2 de enero, solo permite saber que la institución invirtió de sus propios 500 pesos y que nombró comisarios para la organización de los regocijos a los regidores Martín Pérez de Gállate y Francisco de Godoy 185 . Lo que es evidente es que, dentro de la ciudad minera, se gener ó una tradición para engalanar los recibimientos de corregidores . Tradición sobre la cual qued a muc ho por investigar . 185 ABNB, CPLA, 8, fols. 34v - 135v. 116 1.1.2.15. Recibimiento de García Hurtado de Mendoza , cuarto mar- qués de Cañete 186 La fiesta que se organiza en Lima en los albores de la década de 1590 para el recibi miento de García Hurtado de Mendoza , cuarto marqués de C añete, es una de las más impresionan- tes de las que se realizaron durante el siglo XVI en t odo el terri torio americano. Si, poco a poco, la capital virreinal había ido gestando una tradi ción festiva cortesana, ahora es cuando verdaderamente la encumbra. Es momento de recor dar las palabras de Roy Strong (1988) que antes he ci tado, aquellas que explican cómo durante el Renacimiento se reformuló el concepto de monarquía y se lo vinculó con m ás fuerza , en un impulso clasicista , a un imagi- nario de imperios y dinastías. Pues b ien, en este sentido, la llegada ––en realidad, el retorno – – de García Hurtado de Mendoza fue esencial para la cultura y la política peruana . Como se registra en innumerables fuentes , el nuevo mandatario había venido por primera vez a estas tierras con su padre , el virrey Andrés Hurtado de Mendoz a , p or disposición del cual , de 1556 a 1561 ––apenas empezando la tercera década de su vida–– había sido gobernador del R eino de Chile . En el ejercicio de este cargo había participado activamente de la guerra de Arauco, logrando derrotar parte de la resistencia mapuche: se volverá mítica la victoria d e su ejército sobre el caudillo Caupolicán el año de 1558 . Después de su ge stión de gobernador - soldado , habí a r egresado a España y ahora , treinta años más tarde, volvía al Perú investido nada m enos que con el título de virrey. Esto , com o se puede notar en el recibimiento, generó un imaginario de sucesión dinástica en el territorio , el ideario de una suerte de realeza indiana, lo que dio mucha legitimi dad al man dato de Gar cía Hurtado de Me ndoza. Legitimidad que, claro, se vi o avivada por e l hecho de que este noble en su juventud guerreó en algunas de las más difíciles bat allas de la conquista de Chile. La imagen del virrey como caballero al servicio del imperio tuvo reperc usiones a nivel fes- tivo y literario. Las obras que surgen desde finales del siglo XVI para ensalzar su fi gura son bien conocidas : ya sea las narrativas ( la Crónica del Rei no de Chile de Pedro Mariño de Lobera y los Hechos de don García Hu rtado de Mendoza cuarto marqués de Cañete de Cris- tóbal Suárez de Figueroa [1613] ) , ya sea aquella poética (el Arauco domad o de Pedro de Oña [159 6]), y a sea , por supuesto, las teatrales ( Algu nas Hazaña s de las muchas de don García 186 Base do cumental: 1. Indias de virreyes y gobernadores del Perú , fols. 112v - 126v ( BNM, mss. 2835 ) ; 2. Cuent as de ga stos par a la ent rada de v irreyes ( AGI, Lima, 108 ) ; 3. Acta del Cabildo secular de Lima del 10/01/1590 ( LCL, XI, 227 ) y del 28/09/1592 ( LCL, XI, 733 ) ; 3. Acta de Cabildo Secular de Pot osí del 30/10/ 1589 ( ABNB, CPLA, 5, f ol. 170r - 170v ). 117 Hurtado de Mendoza, marqués de Cañete de Luis de Belmonte Bermúdez et. al. [1622] 187 ; el Arauco domado de Lope de Vega [1625]; El gobern ador prudente de Gaspar de Ávila [1663] ) 188 . E n e ste marco, podr íamos pensar que las primeras piezas propagandísticas con contenido li terario que se dedicaron a García Hurtado de Mendoza fue ron el recibimiento que se le hizo en Lima y la relación de f iestas que descri be la celebraci ón . Las noticias sobre el acontecimiento se encuentran en tres fuentes que se complementan muy bien: las act as del Cabildo secul ar limeño , las C uentas de gast os para la entrada de virreyes que el Cabildo env ió al rey en 1600 ( ver anexo 6A ) 189 y la relación de fiestas contenida en el manuscrito 2835 de l a BNM , el mismo en el que se encuentran narradas las entradas del virrey Toledo (ver anexo 5A ). Para comprender el si gnificado y l a dimensión que pudo haber adquiri do esta fiesta , pro- pongo ahora par tir del análisis de l a relación –– la fuente más elocuent e en lo que concierne a la dimensión ideológica y espectacular del evento–– e ir poniendo en contacto la informa- ción aquí ofr ecida con aquella que nos llega a través de l resto de la documentaci ón. La rela- ción d el recibimiento de García Hurtado de Mendoza es el capítulo dieciséis de la sección dedicada a este virrey del manuscrito 2835 . En quince primeros capítulos se narra desde su nombramiento por parte de Felipe II hasta su desembar co en el puerto del Callao; mientras que, en los capítulos que siguen al dieciséis , se narra toda una serie de hecho s notables que habrían t enido lugar bajo su gestión administrativa. Me he per mitido, como hice en el caso del virrey Toledo, ext raer solo el capítulo que más me interesa , aquel de la relación de fiestas, y editarlo por separado . Cabe comenzar notando que la perspectiva desde la cual el autor narra el recibimiento de García Hurtado de Mendoza difiere mucho de aquella que había adoptado para e l caso del 187 Para un anál isis de esta obra: Germán Vega García - Luengos (1991); Carl os Mata Induráin ( 2013). 188 Para una lectura que at raviesa toda s las obras dramát icas: Fausta Ant onucci (1992 ); Mónica Lucía Lee (1993). Para un análi sis que se propone deli near algunos aspectos de la car acterización de García hurtado de Mendoza en todo el conjunto de obras panegír i cas: Remedios Morán Martín (1994). 189 En este documento se da cuenta, como respuesta a una cédula real emiti da en Burgos el 06/06/1596 , de los gastos realizados en tres recibimientos: el de Francisco de Torre s y P ortugal, el de García Hu rtado de Mendoza y el de Luis de Velasco. Sobre la pri mera de estas fi estas no he tratado pues , quizá por falta de más información, no la he considerado uno de los hitos verdaderamente rel e- vantes para comprender el proceso de formación de lo espectacular monárquico que estoy intentando describir. No obstante, el lect or que quiera profundizar en el tema puede hallar en el apéndice el docu- mento ed itado ínteg ramente. 118 virrey Toledo 190 . Esto podría responder a más de una razón. La más evidente sería la dis tan- cia temporal. Quizá el autor fue testigo de lo sucedido en la llegada del cuarto marqués de Cañete y, en cambio, se val ió de otros testimonios para hablar sobre los agasajos dedicados a Toledo a inicios de la década de 1570. No lo sabemos. En t odo caso, l o que queda claro es que para relatar la fi esta que ahora nos ocupan el autor acude a una tradición discursiva distint a, la cual había l legado a América, por ej emplo, gracias a la circulación de material impreso. Una de las poquísimas relaciones de fiestas que sabemos con certeza que circul a- ron por el Virreina to e n el siglo XVI es el Recibimiento que la muy noble y muy leal ciudad de Sevilla hizo a la Católica Real majestad del r ey don Felipe nuestro señor (1570) , escri ta por Juan de Mal Lara 191 . E s posibl e que el autor de nuestra relación , con i nfluencias de este tipo, se viese embebido en la nueva manera de relatar fastos ciudadano s en honor a la monarquía que , según explica García Bernal (2 006), se iba g estando e n la España europea desde me- diados del siglo XVI. Tal innovación se caracterizaría por una escritura que gira al rededor del concepto de ciudad, en cuanto eje ideológico; y, a su vez, por un concepto de ciudad que gira alrededor de la idea de mon arquía, en cuan do eje identit ario ( 2006 : 66). El ci tado hi storiador propone como uno de los ejemplo s paradigmáticos del f enómeno señalado justamente la obra de Mal Lara a la que he hecho referencia . Recordemos uno de los primeros párrafos de la relación que el humanista propone d el recibimiento a F elipe II organizado en Sevilla en 1569: Todavía se hallaba con dos vent ajas Sevilla, que la misma nat uraleza le ofreció: la multitud de la gente y el siti o de t ierra y agua en donde está puesta , para dar hermosa muestra a todos los que esper aban de ella grandes maravillas ; y por est o, se aprovechó de dar a la gente lugar extendido, en donde pudiese hacer su representación, y po ner delante la vista l a parte del r ío que más poderosas armadas ha despachado, mayores riquezas ha tenido, más levantados atrevimientos ha efectuado, más altas hazañas ha visto, y , en fin, después de la Nao Victoria (que dio una vuelta al mundo), había de tener en su presencia a l a católica Majestad de nuestro Rey y Seño r 192 190 Sin embargo, no cabe duda de que es el mismo autor. El manuscrito prese nta unidad y claramente la escritura es de la misma persona, lo que se sabe tanto por la grafía como por el uso recur rente de ciertas frases y expresi ones. 191 Marcela Inc h ed ita un regist ro de co mpravent a de 1591 en el cual se encue ntra catal ogado un ejemplar de este libro. “ El inventario platen se de 8 de octubre de 1591 es parte de una escritura públ ica por la cual Lope de Castro, Juan de Hermosa –– yerno del primero –– y Valentín de Salazar, vecinos de la Villa de Santia go de Tomina y residentes en La Plata, se obligan a pagar a Juan Bautista Fuc hilo Serra, probabl emente intermedia rio mayorista, di ez mil novecientos ochenta y seis pesos y tres tomi- nes de plata ‘ensayada y marcada’ por la venta de varias mercaderías en la que los libros suman m ás de trescientos sesenta pesos” (2008: 432 - 433). La ub icación del registro en archivo sería: ABNB , EP 57, fols. 166v - 167r. 192 Extraigo el fragmento de la edi ción digital propuesta por el Cervantes Virtual sobre la base de la prínceps : Sevilla, Casa de A lonso Escriban o, 1570. La versión carece de numeración po r páginas. 119 E l discurso de Mal Lara , sigo de la mano de García Bernal, daría tanta importancia a la relación entre fiesta y ciudad que, desde cierto punto , el recuento de agasajos conduciría a una d escripción meramente corográfica (2006 : 67 ). Mal Lara, l uego de narrar la fiesta per se , dedica gran parte de la obra a tr atar sobre “la disposición, siti o y grandeza de Sevilla” (Mal Lara, Recibi miento ) 193 . La obra del humanista sevi llano es para García Bernal una muestra elocuente de cómo en la segunda mitad del siglo XVI la voz narrativ a de las relaciones festivas fue cobrando cada vez más importancia, haciéndose más compleja, más poética, a veces incluso polifónica (2006 : 66). Mal Lara habría vertido su humanismo en el Recibimien to para construir un texto que no solo inform ara al lector, sino que también lo guiara e in struyera . S e ocupó , entre otras cosas, de retomar l os motes en latín que habrían formado parte del pro- grama festivo, y de traducirlos y explicarlos (2006 : 58 - 59 ) . Es fácil percatarse de cuán preciso resulta este modelo para comprender la forma en la cual se nos presenta la relación del recibimiento de García Hurtado de Mendoza. Si bi en ya en la descripción del recibimiento de Toledo vimos que era importante para el autor mo strar que las ciudades de Lima y del Cusco se veían representadas en su máxi mo es plendor gra- cias a la fiesta triunfal , ahora esta intención es mucho más evidente. Recordemos que la relación comienza así: Amaneció el sábado, y día de los Reyes, la cibdad d ellos, tan vist osa y bien aderezada que parecía no haber más que desear porque en riquezas, galas, curiosidad, templos, religión y edificios no hay otra en las Indias que igualarse le pueda en tantas cosas juntas, porque hay suertes de caballeros y damas, much o [fol. 112v]/ término, hidalguía y hermosura, la cual naturaleza quiso a porfía poner lo últ imo de su caudal, favoreciéndoles Dios con larga y pródiga mano, depositando en ella damas acabadísimas, todas juntas y cada una de por sí, y con razón mentísi mamente celebradas, no por apasionadas ni aficionadas lenguas, sino por justicia, que quiere decir dar a cada cual lo suyo (fol. 113r) . Este punto de partida, e n el que se re marca la pro digiosidad n atural –– es dec ir, emanada de la voluntad divina–– de la c iudad , sumada a la nobleza de sus habitantes, representados, en este momento, por las damas 194 , es, en lo esencial , lo mismo que vimos en la relación de Mal Lara. No estoy af irmando, sin embargo, q ue necesari amente el texto del sevillano haya sido la fuente directa de inspiración del cronista peruano, no tengo suficientes pruebas para hacerlo , pero, definitivamente, se ubican en un mismo horizonte discursivo. 193 Ver la not a anteri or. 194 La mención a las damas en posici ón tan preminente t iene que ver con el hecho de que García Hurtado de Men doza es el primer v irrey qu e llega c on su esposa , lo que hace que las damas cobren un rol protagónico en los aga sajos. 120 Cuando el narrador termina de describir el asombroso aparato arquitectónico que es el arco con el que se recibe a Gar cía Hurt ado de Mendoza alud e al verso vir giliano que habría coronado el conjunto: miratur molem gar tia mag[ n]alia q[u]ondam y expl ica : “admírase don García de ver la grandeza de esta cibdad que en otro tiempo era rancherías y ahora está tan ilustre y opulenta” (fol. 120r). Esta afirmación no debe pasar inadvertida . Nos devuelve a un tema sobre el que ya he hablado a pro pósito de las juras a Felipe II: la importancia que cobra en el imaginar io la mirada que el monarca (en este caso su vica rio) dirige a la ciudad . Si recordamos, para hablar de esto , me hab ía ya val ido de una pr opuesta de García Bernal ejemplificada, justamente, a tr avés de el Recibimi ento de Mal Lara (2006 : 78). He relaci onado, en dicha ocasión, este enaltecimiento de la ciudad con lo cortesano. De ahí el epígrafe de toda esta sección de la tesis: según el texto del humanista sevillano, ante la presencia del monarca, Sevill a aúna todas sus fuerza s para “parecer avi sada y súbitamente co rtesana” (Mal Lara, Recibimiento ) 195 . Así también lo hace la capital peruana ante la llegada del cuarto mar- qués de Cañete . Aquí , además, sería la comparac ión con el pasado lo que deslumbraría la mirada del vi rrey y ex conqui stador; esto es esencial pues, al fin y al cabo, ¿ qué se está declarando al comparar la rusticidad de 1560 con la opulencia de 1590 sino el triunfo de la conquista y la recreación de la ciudad en corte ? La relación de fiestas puede divi dirse, de entrada, en dos secciones. En la primera se describe, con lujo de detalles, el arco triunfal del recibimiento. Se trata de una complej a ela- boración clasicista y, tal como haría Mal Lara, el autor de la relación , haciendo gala de erudi- ción, hace valer su voz, traduce y explica el significado de cada alegoría y de cada mote latino. Tanto Durán Montero (1990) , como Ramos Sosa (1992, 2001) 196 y Alejandra Osorio (2006) proponen descri pciones de est e ar co a par tir de tan detallado texto . Por este motivo, y por el hecho de que presento la re lación –– ya de por sí di dáctic a –– editad a en el apéndice, no veo necesario el trabajo de volver a hacer una descripción . Sin embargo, hay algunas cosas sobre la manera en la cual se puede interpretar la pieza arquitectónica, y la escritura que da cuenta de ella, que me gustaría apuntar en esta ocasión 197 . 195 Ver referen cia en l as citas anterior es al mi smo texto. 196 De hecho, pr opone incl uso un i lustrat ivo cro quis del arco (19 92: 59). 197 No presento una interp retación de todos los elementos del arco, pues considero que este tra bajo podría ser, por sí solo, el objeto de una monografía. 127 ver con el hecho de que los comerciantes cada vez adquirieron más poder económico y tu- vieron la voluntad de hacer, en su calle, demostraciones de alegría para el virrey: E n el siglo XVII la calle que quedaba di rectamente debajo y alrededor del arco erigido por los comerciantes de Lima en la entr ada a la Plaza Mayor se solía adoquinar con lingotes de plata, como reflejo de la riqueza del virreinato, la magnificencia de Lima y el poder alcanzado por los comerciantes de la ciudad (2006 : 788). Para la e ntrada del Conde de Monter rey en 1604 el recorrido l argo ya era un hecho , pues, c omo documenta Juan Bromley, en tal ocasión se h icieron cuatro arcos : en la esquina de los Mercaderes, de La Merced, de Martín de Ampuero y d e Marina del Alba, los dos último s por la calle de los Bodegones (1953 : 63 [citado en este mismo contexto por Osorio, 2006 : 788]). Esta digresión me sirve para mostrar que, en 159 0 , haya o no realizado don García el reco- rrido largo, tuvo que haber pasado por la intersección entre la calle de los Mercaderes y l a calle de l Arco: es de cir, la esquina de la P laza M ayor. En la relación se dice que el castillo se mont ó poco después de la casa de Ruiz Cerrato, lo que nos conduce casi indefect iblemente a la esquina de los mercaderes . Y lo hace justamente en un contexto en el cual estos iban cobrando cada vez más importancia en la organización de f astos públicos. P ara refo rzar est a hipótesis, quiero recordar que, como hemos visto, para el recibimiento que se ofrece al primer m arqués de Cañete en 1556, el Cabildo de Lima , por no contar con suficientes fondos, acud ió a los mercaderes, que son quienes terminaron costean do el a rco triunfal. Así la s cosas, pa- recería natural que en 1590 hayan decidido colaborar también ellos en los festejos dedi cados al hijo de tal virre y . El castillo y la galera pudieron haber sido es t e aporte. Se trataría de un castillo de fuego: “ i nvención o ar tificio de m adera que se forma y levanta en alto y se viste de cohetes con sus guías que , en prendiendo en ellas el fuego , se v a disparando hasta el fin con varias invenciones mu y vist osas ” ( Autoridades ). La galera, por su parte, probablemente fue también una estructura de madera desde la cual, para represent ar el at aque al casti llo, se hacían disparos y se encendían fuegos artificiales. Es decir, un espectáculo de tradición me- dieval, asentado en el imaginario caballeresco, que producía un fuerte efecto tanto a nivel visual como sonoro 208 . Como vimos en las juras a Fel ipe II, el ruido era vital : toda la ciudad debía enterarse de lo que estaba sucediendo. 208 El espectácul o sigue la misma tr adición de lo s castill os y gale ras que Messia de la Cerda cuenta que en 1594 hicieron en Sevilla en honor a la fiesta del Santísimo Sacramento los vecinos de la parro- quia de San Salvador : “Celebrose la última con muchas y varias i nvenciones de fuegos causador es de tanta claridad que par ecían quererle hurt ar al día su oficio. Acuér dome haber vi sto en distancia de un tiro de piedra quemar cuatro castillos y dos galeras, que en los tiros y l lamas querían dar a entender ser castillos marítimos con quien gal eras de trei nta bancos por banda hacían competencia” (ed. Lleó Cañal, 1985: 31 - 32). La fiesta se haría “el sábado día de San Salvador en la noche que fue víspera de 128 Las fie stas, sin embargo, no terminaron el día del r ecibimiento. Por la relación sabemos que una de las noches siguientes se jugaron alcancías frente al pal acio real y que , otras dos noches, se corrieron toros y se jugaron cañas 209 . En una primera ocasi ón estos regocijos –– por lo que yo entiendo–– habrían estado organizados por un ent e que no era el Cabildo; mientras que, en una segunda ocas ión, se presentarí a a nte el virrey los toros y cañas org a- nizados por el Cabildo . Esta información viene corroborada en las actas capitulares de la ciudad. En la sesión d el 10 de enero, o sea cuatro días después del recibimiento, s e decidió que lo antes posible se h iciera una fiesta en la plaza con tor os y juego s de caña s con li - breas 210 . El de talle d e las lib reas es importante porque en la relación de fiestas se apunta que las primeras cañas , que no sabemos quién las o rganizó, se jugaron sin libreas ; mientras que en las cañas organizadas por la C iudad: “ e n los dos puestos jugaron treinta y dos caballeros, diec iséis en cada uno. Prohibióseles que ninguno sacase bordado, brocado, ni tela, ni oro, en las libreas, porque, dejado que el virrey no tenía dello gusto ni contentamiento, el que lo lle- vase no se le permitiría jugar” (fol. 125v). En las C uentas no se regis tra ningún pago realizado para toros y cañas: sin embargo, se registra un libramiento dado a favor de Juan de Barrios, comisario del Cabildo, de trecientos pesos corrientes “ para que los gastase y distribuyese en la colación para dar al señor virrey el día que vino a las casas de Cabildo a ver las fiestas que esta ciudad le hizo por su venida a gobernar a estos reinos” (fol. 5v). La innovación que, por los objetivos de esta tesis, más atrae mi atención es que se decid ió , por primera vez, contratar a un comediante profesional para que se encarg ara de la realiza- ción de una obra de t eatro fr ente al palacio real. El Cabildo ac o rd ó est o en la sesión del 10 de enero de 1590, la misma en la que dispuso que se or ganizaran la corrida de toros y los juegos de ca ñas . En la sesión capitular se de cid ió que se h icie ra una comedia y que Juan de Barríos se en carg ara de concertarla 211 . Sabemos que el comisar io opt ó por contratar a un la fies ta” (3 1). E n esta oca sión, v isto q ue la edició n de Lleó Caña l no sigue criterios filológicos, moder- nizo su transcripci ón según los crit erios expuestos en la introducción. 209 Alcancías: Es t ambién ciert a bola gruesa de bar ro, seco al sol , del tamaño de nara nja, la cual se llena de ceniza, o flores, u otras cosas, y sirve para hacer tiro en el juego de caballe ría que llaman correr o jugar alcancías, de las cuales se defienden los jugadores con las adargas o escudos, donde las alcancía s se quiebran ( Autoridades ). “Consistente en juegos de ca n # as en los que se sustitu í an l as ca n # as por pequen # as alcanc í as o huchas de barro poco cocido de gran fragilidad y rel lenas de polvo blanco, que al estrellarse contra los oponent es les manchaba creando gran polvareda” (Fernández Truan y Orth us, 2012: 19). 210 LCL, l ibro XI, 227 . Se co misiona para las fiestas a Juan de Barrios, Diego de Ag üero y Fran cisco Ceverino de Torres. Se comi siona para los juegos de toro s al alc alde Pedro de Santi llán (se detalla que el dinero necesari o para las barrer as se saque de "donde se acost umbra"). 211 LCL, libro XI, 227 . 129 profesional de la s tablas por la i nformación contenida en las C uentas . En e l último ítem con- cerniente a la entrada de este virr ey se declara: Má s se le reciben y pasan en cuenta a el dicho Alonso Álvarez de Oliver a cincuenta pesos, de a nueve reales el peso, que, por libramiento del capitán Juan de Barrios, alcalde, dio y pagó a Baltasar de Zamora, mayordomo de la Cofr adía de la Caridad desta ciudad, a quien Franci sco de Morales, autor de comedias, hizo limosna y lo hobo de haber el dicho Francisco de Morales por sí y por sus oficiales por el trabajo y ocupación que tuvo en la comedia que representó en palacio ante el señor visorrey luego que llegó a esta ciudad. Dio el libr amiento con carta de pago de el dicho Baltasar de Zamora ( fol. 5v ). Francisco d e Morales, como veremos en el segundo bl oque de esta tesis, era el autor de comedias más afamado del Perú en la década de 1590. Era una de las pocas p ersonas que, para entonces, est aba intentado vivir de hacer t eatro. Como podríamos inferir incluso de la tan reducida cantidad de dinero que se le paga por su obra, ser comediante profesional no era t odavía una actividad muy lucrati va . Se trataba de un ofi cio en gestación. Sin embargo, el dato es esencial para la historia del teatro peruano, es la primera vez que se contrató a un comediante de ofici o para que represent ara en un contexto cortesano: el palacio . Este es el germen de una prácti ca que, ya en el siglo , XVII h izo que las representaciones en la corte – – como era usual en Europa –– fueran una más de las posibilidades l aborales de los autores y actores pr ofesionales . El Cab ildo, se gún queda testimoni ado en el acta del 10 de enero, había destinado 100 pe sos corrientes par a la obra teatral; sin embargo, por las C uentas nos enteramos de que a Morales le llegaron solo 50, los cuales, de hecho, él mismo habría cedido al mayordomo de la Cofradía de la Caridad, por motivos que, por supuesto, desconocemos. ¿Qué p asó con los 50 pesos restantes? Lo más probable es que se ha yan destinado a la construcción de un sencillo aparato escenográfico, un tablado y poco más. Esta no fue la única obra de teatro que se realizó para la ocasión. Como ya hemos visto en otros casos, la universidad y la Com pañía de Jesús también tenían interés en celebrar las fi estas regias. Ahora más que nunca pues, como se n arra en la Historia de la Compañía d e Jesús en el Perú del padre Jacinto Barr asa (citada por Vargas Ugarte [1943], Lohnmann Vi- llena [1945] y Ann Faulkner [199 5]) junto con el nuevo virrey ha bía llegado su he rmano, Her- nando de Mendoza, quien fue rector del colegio de San Pablo de Lima desde 1592 hasta 1596. Este misionero, según d ice el padre Barrasa y explican las fuentes citadas, se habría encargado de que se representara una obra teatral para el virrey en e l colegio. Asumo que el espectáculo tuvo lugar tiempo después de la fiesta del recibimiento, ya que, si el encargado 130 fue el recién llegado jesuita, habría tenido antes que acomodarse en la institución donde lle- gaba a servir. La obra en cuestión habría sido la Tragedia de María Es tuardo 212 . No sabemos nada más sobre esta pieza , salvo que un estudiante, Cosm e Damián de Tebar, f ue el enca r- gado de hacer el papel de la sufrida reina escocesa . Barr asa describi ría al actor como un joven “de rostro angelical, suavidad y dulzura en la vos, sentimientos y ternuras de afetos” (citado por Lohmann Villena, 1 945 : 65) 213 . No solo en Lima se f estejó a García Hurt ado de Mendoza. Podemos suponer que algún tipo de regocijo se hizo en todas las ciudades del virreinato . Sabemos, gracias a las a ctas del Cabildo potosi no que el 30 de octubre de 15 89 ––es decir, por la noticia del nombramiento de virrey–– se com enzaron a organi zar algunas f iestas en la ci udad miner a. Se designó por comisarios al al calde ordinario Luis de Isunza, al t esorero Diego de Robles Cornejo y al pro- curador general Domingo Gallegos, y se ma ndó que todos los gastos necesarios se reali zaran de los propios de la ciudad 214 . García Hurtado de Mendoza, cuando lleg ó al Perú, se enc o ntr ó con un conjunto de lujos y espectáculos que ningún virrey antes que él había reci bido. Por lo que se desprende de la documentación conservada, se trata de la fiesta más costosa del siglo XVI en la capit al virrei- nal. Solo l os gasto s del Cabildo secular de Li ma , en cuanto institución , alcanzaron 12508 pesos corrientes y siete reales. En cuanto institución, digo, pues esto es lo que se registra en las C uentas , es decir, lo que se utili z ó de los propios de la ciudad. Pero, por ejemplo, aquí no se registran los juegos de toros y cañas , los cuales quizá fueron costeados con dinero propio de los capitulares. Gra n parte del diner o que se gastó de los propios del Cabildo se destinó, 212 Una búsqueda en C ATCOM muestra que no fue la única ocasión en la cual se represen tó en las tablas la trágica historia de María Estua rdo, sin embargo, todos los datos con los que se cuenta de obras de esta temáti ca son posteriores. La base de datos documenta que “el 28 de marzo de 1628 se pagó a Antoni o de Prado por varias repr esentaciones particulares que hizo ante Su Majestad durante las fiestas de Carnav al [del 2 al 7 de marzo de 1628], entre las cuales se menciona La tr agedia de la reina de Escoc ia , representad a en el Sa lón de Comedias del Alcázar de Madrid ”. En la m isma base de datos, en la sección de “atribución” se expli ca: “Cotarelo se pregunta si La tragedia de la rei na de Escocia es de Lope de Vega. Sin embargo, hay que observar que Morley y Bruerton no menci onan es ta obra en su Cron ología. Por otro lado , Rennert opina que la comedia pues ta en escena po r Prado en 1628 podr ía identificar se con La r eina María Estuarda de Manuel Gallegos y que existe suelt a” (Teresa Ferrer Valls et al.). El dato sobre la representación de una obra de este tít ulo en el Virrei nato del Perú sugiere que el martir io de María Estuardo tuvo repercusión en las tablas que se remonta a l a década de 1590, l o que tendr ía bastante sentido visto que en la década precedente todo un grupo de ingenios ha bía experimentado con el género trágico (Juan de la Cueva, Lupercio Leonardo de Argen- sola, Cristobal de Vir ués, Andrés Rey de Artieda…). 213 Lohmann Villena extrae todos los datos de la obra de Barrasa del manuscrito Histori a de la Com- pañía de Jesús en el Pe rú. 214 ABNB, CPLA, 5, fol. 170 r - 170v . 131 como se pue de ver en las cuentas , al boato . 3432 pesos y dos reales se gastaron en las vestimentas de los miembros del Cabildo ; 2531 pesos y tres reales se fueron en el palio, la silla y el caballo para el virrey; otros 2497 pesos y siete reales se usaron en el adorn o de los objetos que debían rodear al vir rey en su entrada: “palafrén, sillón y gualdr apa, y plata labrada que en el dicho sillón se puso y todo lo demás que para él fuere necesarios” (fol. 5r ) 215 . En definitiva, este conjunto de lujos era la prioridad del Cabil do, p or enc ima de cualquie r rego cijo, juego o montaje teatral. Al fin y al cabo , a través del l ujo se representaba lo esencial , el poder. García Hur tado de Me ndoza d urant e su gestión asist ió a un momento muy imp ortante de la conformación del mundo cultural peruano. Se enc o ntr ó con una imprenta que ya estaba empezando a dar sus primeros frutos: de hecho, por encargo suyo se estamp ó el Arauco de Domado de Pedro de Oña (1595), la primera obra poética que vio la luz en las prensas loca- les. Se enc o ntr ó con un virr einato en el que ya circulaban hombre s y mujeres dedicados al arte, la literatura y la academia ; con un virreinato letrado que, el día mismo de su entrada a Lima, aparec ió ante sus ojos en forma de un arco triunfal. En su est ancia como vi rrey v io también que las audiencias de Quito y de Charcas ya se habían estabilizado y aportaban enormemente al funcionamiento cultural y económico del virreinato . El nombre de Potosí er a ya metáfora de caudales y cosmopolitismo . V io un territorio en el cual el comercio era el pan de cada día. Un ter ritorio en el cual incluso por las call es –– como veremos más adelante –– uno podía toparse con uno que otro profesional del teatro y de la danza. En suma, se en co ntr ó con una nueva versión de España, diferente en muchos sentidos, per o tan completa, tan funcional, que no tem ió (como habían temido sus antecesores ) que se re b elara contra la Corona por falta de fi delidad ; aparentemente, le preocup ó más que, al ritmo en el que i ba , el Perú pudiera llegar a prescindir de Europa. En 1595, cinco años después de haber llegado al Perú, se lo expl ic ó a Felipe II en las siguientes palabras : Hame pa recido proponer a Vuestra Ma jestad que es muy necesario que estos reinos tengan mucha unión con esos y dependencia dellos. Y, porque acá se dan y hacen ya las cosas que solían venir de España, y la gente se va arraigando en la tierra y los naturales della creciendo, y no solamente son hijo s de los que de allá vinieron, pero hay nietos y bisnietos dellos . Y, así, temo que con el tiempo se ha de venir a olvidar y no ser menester acá las cosas de allá. Paréceme que importa mucho que Vuestra Majestad mande conv ocar a cortes est os reinos con los de Castilla; que las premáticas que salen de las cortes se invíen acá y ordene para que se guarden y cumplan. Y, siendo esto por cédulas de Vuestra Majesta d , se ejecutaría con más calor de l o que 215 El único ítem que no he mencionado en esta sección es el que se refiere a los gastos de hospedaje del virrey y de su corte durante los 45 días que permanecieron en el Callao antes de ent rar a Li ma: 2150 pesos y 4 reales. 132 al presente se hace porque nunca vienen sino las que unos particulares invían a otros 216 . 216 Carta del 20 de ener o de 1595 en viada por García Hur tado de Mendo za a Feli pe II: en Levil lier, 1926: 131 - 132 (extracto cit ado por Morán Martín, 1994: 85). 133 1.1.2.16. F iestas por el triunfo de Beltrán de Castro y de la Cueva 217 Durante la gestión de García Hurtado de Mendoza tuvo lugar un hecho que, sin duda , ensalzó todavía más su imagen y la de su familia. El corsario inglés Richard Ha wkins ––que ya en 1588 había luchado contra la Armada Invencible–– llegó a tierra americana. Con él habría viajado una flota capitaneada por una nave de trecientas toneladas llamada The Danty y una tripulación de unos doscientos marineros. Hawkins partió de Inglaterra, cruzó el Atlán tico hasta el Brasil y , posteriormente, descendió hasta Magallanes para alcanzar la costa pacífica del Virreinato del Perú (Santoyo, 2006) . Ant e tan peligro sa noticia, e l virrey deci dió enc argar nada menos que a su cuñado, Beltrán de Castro y de la Cueva, la captura del corsario. Como establecen l as distint as relaciones que se conservan de estos hechos, el capitán español logró vencer al inglés , después de perseguirlo por gran parte de la co sta peruana, a inicios de juli o de 1594 en una dura batalla naval en la bahía de Atacames (Gobernación de Esme- raldas, Audiencia de Quito). Una de las fuentes más interesantes que se conservan sobre este hecho es una carta que envía el mismo Hawkins a su padre desde el Virreinato. La carta, por contener valiosa información sobre la batalla, fue inter ceptada, tr aducida al español y estampada en las prensas limeñas de Antonio Ricardo: la única imprenta entonces activa en el Perú 218 . Casi contemporán eamente , el virrey encargó al escribano y correo mayor Pedro Balaguer de Sa lcedo que r edactara una relación de l os hechos a partir de las versiones que habrían llegado desde el campo de batalla . D os, según apunta Juan Gangurevich : una muy “beltranista”, escrita por el mismo capitán , y una anónima más neutral (2000 : 112 - 113 ). El trabajo de Balaguer de Salce do también se estamp ó 219 . 217 Base documental: 1. Actas del Cabildo secular de Potosí del 20/10/1594 y 24/10/ 1594 ( ABNB , CPLA, 7, fols. 140v - 141v ) ; 2. Actas del Cabildo secular de Lima del 07/12/1 594 ( LCL, libro XII , 220 - 224) y del 13/02/1595 ( LCL, li bro XI I , 263 - 267 ) ; 3. Relación de lo suc edido… de Pedro Balaguer de Salcedo. 218 Sin portada ni nombr e del tr aductor. Título: “ Treslado de una cart a de Ricard o Ha uquines, escrita en el puerto de Perico en seis de agosto de 1594 años para enviar a su padre, Juan Hauquines a Londres. Traduci da de lengua inglesa en lengua castellana”. Impreso descrito por Toribio Medina (1941: 39). Se ve que en la época encontraron distintas soluciones para hispanizar el apellido Hawkins: ‘Hauquin es’ y ‘Aqu ienes’. 219 “Carece de portada. El título de la relación es: Relación de lo sucedido desde die cisiete de mayo de mil y quinie ntos y novent a y cuatro años, que don García H urtado de Mendoz a, Ma rqués de Cañete , visorey y capi tán general en estos rei nos y provincias del Pirú, Tierra Fir me y Chile, por el r ey nuestro señor. Se hubo aviso de haber desembocado por el estrecho y entrado en esta mar del sur Richarte Aquines, de n ación inglés, pirat a, co n un navío, hasta dos de j ulio, día de l a Vi sitación de Nuestra Señora, que don Bel trán de Castr o y de la Cueva, que fu e por general de la Real Armada, l e desbarató , venció y ri ndió. Y de las prevenciones de mar y tierra que para ello se hicieron ” (fol. 1r). El texto ha sido reproducido en versión facsimilar por Toribio Medina (1941). 134 En este último impreso se relata tanto l a batall a como, ya al final, justo antes del colofón, los festejos que se habrían hecho e n Lima cuando se supo de la victoria de don Beltrán . Llegaron [las buenas nuevas] a esta ciudad de Los Reyes miércoles en la noche, a catorce de septiembre deste dicho año de mil y quinientos y noventa y cuatro, que se celebraba la fiesta de la Cruz, de que es su excelencia devoistimo [sic]. Y, a la misma hora, fue al monasterio de Sant Agustín, donde vi sto el Santísimo Sacramento, y el crucifijo trasladado del de Burgos, que está en una capi lla deste convento, dando gracias por tan célebre e important e vi ctoria. Y, por más regocijarla, anduvo por las calles, acompañado de sus criados, y de otros muchos caball eros vecinos, que acudieron con sus hachas encendidas. Y, el viernes siguiente por la tarde, demás de las gracias que en cada parroquia y convento en particular se habían dado, se hizo una muy solemne y general procesión, que salió de la catedral y fue a Sancto Domingo y a San t Augustín. Y el sábado se corrieron toros, y se van haciendo otras fiestas y regocijos (fol. 7v) 220 . El hecho de que, desde cada parroquia, toda la ciudad se vistiera de fiesta, durante varios días, para celebrar la victoria naval tenía que ver no solo c on que el Perú se había librado de la amenaza de uno de los más peligrosos corsarios ingleses, sino con que se celebraba el triunfo de un miembro de la familia Hurtado de Mendoza . La cual, como propuse, se había convertido en una suerte de casa real i ndian a. Así como Juan de Austri a fue uno de los motivos por los que se vinculó con t anta fuerza el triu nfo de Lepa nto a la casa de los Habsburgo; ahora, e n el Perú, Beltrán de Castro ligó por siempre el triunfo de Atacames a los Hurtado de Mendoza. No es de aso mbrarse, en este contexto, que el primer espectáculo que se realizó en Lima ant e la noticia de la derrota del inglés fue ra un simbólico y fastuoso paseo del virrey por la ciudad. Del virrey junto con su corte: los principales caballeros de la ciudad , todos llevando hachas encendidas. Sobre el resto de los regocijos poco sabemos, pero podemos imaginar que, junto con los toros mencionados en la relación , en cierto momento se jugaron cañas, se hicieron danzas y, qui é n sabe, quizá se representó alguna comedia , dado que, para entonces, en la ciudad ya había algunos comediantes profesionales bastante activos. La relación escrita p or Balaguer de Salcedo y estampada, por mandato del virrey, en las pre n sas de Antonio Ricardo, se utilizó para difundi r la noti cia del tr iunfo naval a lo largo del territorio peruano . La prueba de est o la he encontrado en las actas del Cabildo potosino. El texto impreso lleg ó a la Villa Imperia l en octubre de 1594 y fue leíd o en la sesión capi tular del vigésimo día de este mes . Cito el acta: 220 Extraigo l a cita de la re producción facsimil ar del i mpreso que ofrece Tor ibio M edina (1941) . 135 En este cabildo se l eyó un a carta del señor visorey d estos r einos, en que por el la av isa la gran vitoria que el señor don Belt rán de Castro y de la Cueva tuvo contra el inglés mediante la div ina misericor dia. En la cua l invió las nue vas en molde de to do el suceso 221 ; y, habiendo entend ido la dicha carta, se ma ndó que el domingo q ue viene, veinte y tres deste [mes], se haga/ una procesión muy solene con misa y sermón, lo cual quedó a cargo del dicho señor licenci ado el dar la orden y traza a donde se ha de hacer 222 . Y que hoy jueves en la noche se pongan en estas ventanas de cabildo, en cada una, dos hachas; y que se pregone públ icamente que todos los vecinos desta villa tenga [sic] a su puerta y ventanas, donde las hubiera, luminarias; y que los capitulares deste cabil do, y todos l os demás vecinos desta dicha villa, salgan esta noche a caballo con máscara y hachas encendidas; y que se dé libramiento para que el mayordomo de la vi lla les dé de los propios a cada uno una hacha; y que esta tarde se trai gan toros con sogas y de noche; y que el jueves que viene se corran tor os con barreras; y se nutifique a Domingo Gallegos l os traiga los más bravos que hubiere 223 . Así pues, no es casualidad que en Potosí , como en Lim a, se di spusiera que los cabal leros de la ciudad salieran e n procesi ón con hachas encendidas y que el Cabildo destinara un monto específicamente para este fin 224 . No es casualidad pues lo que leyeron los capit ulares potosinos de entonces es lo que hoy nosotros podemos leer en la versión impresa de la rela- ción de Balaguer de Salcedo 225 . R esulta claro que en la Villa Imperial se ajustaron al modelo que en Lima se había implementado para estas fiestas. Tanto en el impreso limeño como en el acta potosina se hace mención explícita a los mismos dos elementos del programa festivo: la procesión con h achas encendidas y la corrida de toros. Ahora bien, en Potosí, cuatr o días después de la señalada sesión capit ular , se r ealiz ó ot ra y en ella se tom ó una decisión más sobre los regocijos que se iban preparando para honrar el triunfo naval : 221 En molde quie re decir en format o impreso. Moldes er an las l etras di spuestas par a imprimi r. 222 De la misma acta se p uede infer ir que se trata del li cenciado Diego Lopi dana. 223 ABNB, CPLA, 7, fols. 140v - 141r . Des pués nos resultará de utili da d constatar la presenci a en esta sesión de un hombre muy inf luyente en el Potosí de esta época y, a su vez, muy dado a las fiestas: Antonio Zor es de Ul loa. Pre sentes en sesión: “ el señor licenci ado Lopi dana del Consejo de S u Majes- tad y su oidor de la Real Audien cia de L a Pl ata, justi cia mayor en esta dicha Vill a, y Domi ngo Be ltrán, alcalde ordinario, y el cont ador Ni colás de Guernica, y el tesorero Francisco de Camargo e Cristóbal Rodríguez d e la Serna e Juan Dí az e Ruy Gómez Machuca, veinte y cuatros, y do n Antonio Zores de Ulloa, recetor de pe nas de cámara, Diego Dalbis e Juan Gómez Fer nández, veinte y cuat ros, e Fran- cisco de Burgos, recetor de las acábalas y Cristóbal González, veinte y cuatros” (fol. 140v). 224 En el margen superior izquier do del docu ment o se anota con posterior idad a la emisión del acta: “Diose libramiento a Pedro de Orduña confitero de 467 pesos corrientes por 2 33 libras de cera labrada en hachas a dos pesos la l ibra que se gastó en el regocijo que por este cabildo se mandó”. 225 De esto no cabe duda. Ninguna otra relación de los hechos pudo haber l legado “en molde” a Potosí salvo aquella escrita por Balaguer e impresa en Lima. De hecho, se trata de una de las primerísimas noticias emanadas del seno de la administ ración virr einal que llega ron de Lima a Potosí (y a otros lugares) en versión estampada. Quizá la única que le ante cede es la Pragmática sobre los di ez d ías del año con que se inauguró la imprenta de Antonio Ricardo en 1584. 136 En este cabildo se propuso qué convenía para la fiesta de regocijo de la batalla nabal que Nuestro Señor fue servido de dar al señor don Beltrán de Castro y de la Cueva contra el corsario inglés. Y que Vuestra Excelencia […] y mandaba que se hiciesen fiestas y estaba pregonado que el jueves que viene hubiese toros y par a solenizallos era necesario convidar las damas principales del pueblo y que se l es diese colación como era costumbre. Y, habiendo platicado, fueron los más de parecer que Domingo Beltrán, alcalde ordinario, y el tesorero Francisco de Camargo convidasen a l as que le pare ciesen, y se diese libramiento para que el mayordomo de la villa les dé col ación hasta en cantidad de doscientos pesos corrientes, l a cual colación se dé a dispusición de los dichos diputados. Todo lo cual contradijo Francisco de Montalvo, alcalde, y dijo que no era de este voto y parecer; no embargante lo cual , se mandó que se haga como está ordenado 226 . La importancia que se dio desde el Cabildo a la colaci ón para las damas debe, quizá, remitirnos nuevamente a lo que había estado sucediendo en Lima. No s olo ahora, si no desde el momento en el cual el virrey llegó al Perú con su esposa: doña Teresa de Castro y de la Cueva . Alejandra Osorio (2006), como dije al hablar d el recibimiento del virrey e n 1590, not a que el hecho de que llegara por primera vez al Perú una virreina resultó en una innovación política, cultural e incluso festiva, pues dio a las mujeres un espacio relevante en todo un conjunto de prácticas antes monopolizadas por los hombres 227 . Si a esto l e sumamos que el triunfo celebrado ensalzaba la figura del hermano de la virreina, podemos, quizá, i maginar que los principales señores de la Villa Imperi al se vieron más compelidos que nunca a ofrecer un lugar pre e minente en sus festejos a las damas . Es que después de la llegada de la primera virreina algo había quedado muy claro en todo el Perú: no hay corte sin damas 228 . Y esto, como vimos, tampoco se le escapó al escritor de la relación sobre el recibimiento del virrey Hurtado de Mendoza. El primer dato que he podido colectar sobre la manera en la cual se organizó en Lima el recibimiento de Beltrán de Castro se h alla en el acta del Cab ildo del 7 de diciembre de 1594. En e lla se puede ver que el virrey mismo dispuso el orden de la procesión que deb ía acom- paña r al victorioso capitán en su entrada. El virrey quiso que se pusiera a disposición de su cuñado todo el aparato cortesano de la capital , siguiendo el modelo que se usaba para recibir a los vicarios reales . Se mandó que se hiciese una pr ocesión con todas las compañías de 226 ABNB, CPLA, 7, fols. 14 1r - 141v. 227 “L a entra da d e doñ a Teresa fue una ‘innovación’ en el ritual político. Introdujo, por primera vez, a la esposa del virrey como una figura públi ca en un espacio de poder hasta entonces exclusivamente masculi no” ( Osorio , 2006: 795 - 795). 228 “La llegada de la primera virreina con stit uyó un momento crítico para la sociedad limeña en varios sentidos. Por un lado, reflejó la estabilidad política lograda en el virreinato después de la turbulencia inicial del periodo de la conquista. Y, por otro, marcó el establecimien to de una nueva v ida cortesana desconocida en la ciudad colonial hasta l a ll egada de la virr eina con su gran séquito de damas espa- ñolas” (Osorio, 2006: 794 - 795). 143 1.1.2.18. J ura s de Felipe III 243 El 13 de septie mbre de 1598 Feli pe II muere en El Escoria l, lega el tr ono a su primogénito y , por ende, en América deben celebrarse, por segunda vez, l as jur as a un rey español 244 . Si bien las primeras fueron vitales , strict o sensu , porque formaron parte del grupo más pion ero de fiestas que representaron, encumbraron y asentaron el poder monárquico en el terri torio , las juras de Felipe III no tuvieron menos relevancia. Ya a finales de siglo, vemos un triunfo consumado . La prioridad de las instituciones encarga das de los regocijos e ra dotar esta f iesta, cuya tradición se estaba cimentando en el Virreinato, de la mayor espect acularidad posible. Si los juegos caballerescos fueron relevante s en las juras de Felipe II, en las de su hi jo lo fueron mucho más. Para estas fiest as contamos con poca información proveniente de Li ma, pero la Villa Imperial de Potosí supl e dicha falta. Esta no e s una ca sualidad. Cu ando se corona a Fel ipe II , todavía Lima era, indiscut iblemente, el centro de la fiesta política en el territori o ; no podía ser de otra manera, pues desde aquí se estaba armando y robusteciendo el aparato burocrático a tr avés del cual las nuevas tierras, poco a poco, se convertían en parte del im- perio español. En 1598, luego de gestiones administrativas como las de Fr ancisco de Toledo y García Hurtado de Mendoza, dicho aparato era ya una máquina en funciones y cada vez cobraban mayor rel evancia otros cent ros de poder distintos a la capital virreinal. Como dije antes, Potosí era, quizá, el más notable entre aquellos, pues, si bien , a primera vista, no tenía las competencias ni siquiera de una capital audiencial, tenía aquello que se encontraba en las bases de tod o: la plata. Para el cas o limeño, Ramos Sosa (1992) ––qu ien realiza un repaso de las actas capitula- res que tratan sobre este tema–– expl ica que el 7 de julio de 1599 el virrey mand ó al Cabildo 243 Base documental: 1. Actas del Cabildo secular de Li ma del 04/ 06/1599 ( LCL, li bro XIII , 277 - 280), del 18/06/1599 (LCL, libro XI II , 280 - 282), del 21/07/1599 (LCL, libro XIII , 300 - 302), del 23/08/1599 ( LCL, libro XIII , 311 - 313) y del 03/ 09/1599 (LCL, libro XIII , 315 - 316 ) ; 2. Actas del Cabildo secular de Potosí del 26/10 /1599 ( ABNB, CPLA, 9, fols. 45 r- 45 v) , d e l 07/1 1/ 1599 ( ABNB, CPLA, 9, fols. 4 7v - 48r ) , del 16/11/1599 ( ABNB, CPLA, 9, fol. 48v) , del 19/ 11/1599 ( ABNB, CPLA, 9, fols. 49r-49 v) , del 23/ 11/ 1599 ( ( ABNB, CPLA, 9, fols. 49v - 50r ) ; 3. Cu entas de los gastos realiz ados por el recibi miento presen- tadas ante el C abildo secular el 08/06/1601 ( ABNB, CPLA, 9, f ols. 154v - 156r ). 244 Contamos con muy pocas noti cias sobr e las exequi as de Felipe I I, algunas s e pueden consul tar en el texto de Ramos Sosa ( 1992). Gracias a la Misce lánea aus tral (1602) de Diego Dával os y Figueroa podemos comprobar que en las distintas ciudades del virreinato se hicieron túmulos y que l os letrados de la época participaron con composiciones poéticas. Dávalos dedica gran parte del coloquio XXVI de su obra a tratar sobre la muerte de Felipe I I y , en este contexto, transcribe los sonetos que él mismo habría compuesto para su túmulo. No sabemos con precisión dónde se hallaba el túmulo, pero, al menos que el poeta j usto se hallara de viaj e, tendría que tratarse de aquel de la ciudad de La Paz, donde residía para f inales del sigl o XVI (Paz Rescala, 2019a). 144 una noticia en la que anunciaba que se debía festejar en todo el territorio hispano las jur as al nuevo rey . A partir de este momento, los alcal des y regidores habrí an comenzado a organizar los regocijos, pe ro, por falta de fondo s , estos se habrían visto una y otra vez postergados. Finalmente, en la sesión del 23 de agosto, con el beneplácito del virrey, el Cabildo habría decidido que ya l levaba suficiente tarea avanzada y que se podía fijar una fecha para las juras : un día sa cro, por supuesto, el 8 del mes venidero , día de Nuestra Señora de Septiembre (la Natividad). Los elementos de la celebración que para entonces ya est aban listos habrían sido los más esenciales del protocolo: lujosos trajes para los capitul ares, un renovado pen- dón, el tablado y la música. En la misma acta, además se hace alusión a otros espectáculos que tendrían que realizarse después de la ceremonia oficial: mo ntajes musicales de los n e- gros de la ci udad ( quienes , como veremos más ade lante , para entonces tení a sus propias cofradías ) y juegos de cañas y alcan cías. Por aho ra no contamos con más información sobre el caso limeño, lo que es una verdadera lástima , pues sería interesante conocer más detalles tanto sobre la música como sobre l os juegos. Su cede q ue es te ti po de información no ll ega casi nunca a tr avés de actas capitular es y todaví a no hemos hallado una relación que d é cuenta de esta celebración. Las actas capitulares de la Vil la Imperial de Potosí result an , en este caso , mucho más generosas. La ciudad estaba en auge y no podía dejar pasar una ocasión tan propicia para mostrar su relev ancia y su sup erioridad como una jura real : que no er a un tipo de fiesta que se pudiera or ganizar muy seguido. El 7 de noviembre de 1599 llega al Cabildo la carta de Felipe III en la cual anuncia la muerte de su padre y llama a la ciudad a declarase su vasalla y demostr arle su dicha 245 . Es evidente que en Potosí estaban esperando que llega ra esta carta dirigida directamente a la Villa , pues, de seguro, ya conocían la noticia de la coronación , la cual llevaba por lo bajo cuatro meses circulando por el Perú. En dicha sesión , cada capitular realiza la ceremonia de besar la carta real y ponerla sobre su cabeza, con lo que s e puede iniciar la orga nización de los regoci jos. Nu eve dí as des pués, el 16, el corregidor se presenta ante el Cabildo para que todas las instituciones de la Villa aúnen fuerzas para la celebra- ción 246 . Así se nos presen ta la parte cen tral del acta correspondiente : Se propuso por el señor oidor e corregidor desta villa, como ya sabía este Cabildo y era notorio, como Su Majestad el rey don Felipe nuestro señor, tercero deste nombre, había escrito a este Cabil do y Villa una carta diciendo cómo habí a sucedido en los reinos y señoríos de la corona de Castill a y Aragón, a donde se incluyen estos reinos 245 ABNB, CPLA , 9 , fols. 47v -48 r. 246 En la sesión del 23 de noviembre se hace lectura de la provisión real llegada desde la ciudad de La Plata, en la cual se manda, a su vez, que se real icen l os regocij os ( ABNB, CPLA 9: 49v - 50r ). 145 de Las Indias, y que esta Villa y república se regocije y alce pendones por Su Majestad y haga la solenidad acostumbrada en semejant es actos, como parece por la car ta de Su Majestad que e stá a la vuelta desta hoja. Y que para ello se haga un tablado en la plaza desta Villa y se traigan toros y luminar ias. E, vista la dicha propusición fecha por el dicho señor oidor, unánimes y conformes, dijeron que se cumpla y guarde la dicha real carta y cédula de Su Majestad y se hagan las fiestas necesarias. Y nombraban y nombraron por di putados par a las dichas fiestas, y hagan el tablado y lo demás que convenga, a los veinticuatros Juan D í ez de Talavera, Martín Pérez de Gállate, Julián Carrillo de Albornoz y a Juan de Alba, vecinos desta Villa. Y q ue se haga […] 247 y quel capitán Francisco de Vargas y Juan Sánchez de Santader, alcaldes ordinarios, saquen una cuadrilla de en mascarados; y dos de los ofi ciales reales otras dos cuadrill as; y otras cuatro cuadrillas saquen el contador M artin de G arnica y Francisco de Villalobos y el capitán Sebastián Sánchez de Merlo y Domingo Beltrán, vecinos desta Villa. Y se mandó que ninguna persona que fuere capitular salga en ninguna cuadri lla sino fuere en la cuadri lla que llevaren los del Cabildo. Y que lo que se gastare en el tablado y luminarias y hachas y garrochas, y otros gastos para las dichas fiestas, y a cada capitular se dé una hacha y al precio quel letrado y esaminador y mayordomo, y se dé libramiento a l os diputados para que lo que se gastar e en las dichas fi estas se pague de los propios desta Villa 248 . Definitivamente, l o que llama más la atención es el componente lúdico caballeresco que organiza el Cabildo para la fi esta. La institución, por un momento, se convierte en una reunión de caballeros que deben planifi car la organización de sus cuadrillas para jugar a las cañas y las máscaras. Esto es notable , ya que, como diré más adelante, la Villa I mperial se estaba convirtiendo en la vanguardia de la fiest a caballeresca en el territorio . El motiv o de esto fue el dinero que podían destinar a estos fines los grandes mineros y azogueros. De hecho, en estas juras , es l a primera vez que vemos a los poderosos azogueros Dí ez de Talavera, Pérez de Gallate, Martín de Garni ca y Sánchez de Merlo organizar cuadrillas para los espectáculos. En los próxi mos años, como veremos, ellos mis mos , de cuya fortuna no queda la menor duda, colaborar á n en el montaje de más grandes fastos 249 . En la parte final de l acta citada se pue de ver con claridad que el Cabildo inv ierte sus pro- pios fondos en “ tablado y luminarias y hachas y garrochas, y otros gastos para las dichas fiestas” 250 . La institución invierte en todo lo necesario para llevar adelan te , con lucimient o , el protocolo de juramento. Paga para que todos los miembros luzcan radiante s, p ara q ue l a 247 Se trata de una palab ra que no he logrado descifra r . 248 ABNB, CPLA, 9, fol. 48v. 249 En el capítulo dedicado a los fastos caballeresco s me detengo u n tanto en los aspectos biográficos de los azogueros cuyos nombres he remarcado. De hecho, si re cordamos, poco antes, en 1597, Martín Pérez de Gall ate había si do uno de los principal es organiz adores de la s fiestas h onor al rec ibimient o del corregidor Juan Ort iz de Zárat e . 250 Contamos con un documento, que en otra ocasi ón presentaré transcrit o y analizado en det alle, en el cual se da cuenta detal lada de todos los gastos realizados por el Cabildo de la Villa Imperial en esta ocasión: ABNB, CPLA 9: 154v - 156r. 146 ciudad se conviert a en un espectáculo de luces y estrépitos, para que se monte un tablado digno de que sobre él se lea la palabra del rey y se pos e su retrato … 251 . No obstante , no da nada de dinero para las cuadrillas. El costo de los juegos caball erescos cor re a cargo de los propios capitulares que decid e n partici par. Cada uno po día, en verda d, montar una cuadrilla para jugar a las cañas tan lujosa como pudiese y como le placiese . Estas cuadrill as en 1599 podían ser desde simples soldadescas hasta coloridas y alegóricas tropas pensadas para la dramatización de torneos caballerescos. Lasti mosamente , un acta de Cabildo no puede dar- nos mucha información sobre la manera en la cual ciertas personas idearon, por su cuenta, este tipo de comit ivas. Sin embargo , gracias al acta del 19 de septiembre, en la cual se des- cribe la secuencia de hechos que se preveía para los días de fiesta, sabemos que se llega a organizar una sortija 252 . Las fiestas del juramento se iniciar ían el 29 de noviembre, la víspera; la jura misma sería el 30, día de San Andrés y , según se explica en el acta: El miércoles siguiente, en anochecie ndo, habrá luminarias y en las plazas y calles. Y, en saliendo la luna, saldrán las máscaras y se irán a juntar a la Iglesia de los Carangas, de a donde saldrán a pasear las calles e plazas públicas hasta ll egar a la pri mer a plaza donde se fijará el cartel de desafío de la sorti ja que ha de ser para el segundo día de Pascua de Natividad. De que han de ser mantenedores: el capitán Joan Pérez de Valenzuela y contador Martín de Garnica. E jueces: el corregidor y […] 253 don Lu is Osorio. E l jueves siguient e se han de corr er toros por esta ciudad y el vier nes otro s aros de particulares 254 . Sobre esta sorti ja no sabemos nada más, pero el hecho de haber des cubierto su e xistencia resulta esencial pues permite ampliar y dotar de mayo r sentido el contexto en el que se realiz ó la famosa sortija de 1601 en honor a la Virgen de Guadalupe , la cual es muy conocida por la relación que ofrece el fraile Diego de Ocaña en sus memorias . Sobr e di cha f iesta y dicho texto trataré ampliamente en el capítulo dedicado a “La puesta en escena de la fábula caba- lleresca”. 251 Sabemos de la lectura de las cartas y de los retratos por el acta del 19 de noviembre: ABNB, CPLA 9: 49r - 49v. 252 Sortija : “Juego de habilidad consistente en ensartar con una lanza un anillo o sortija” (Zugasti y Cortijo, 2015: 45 8) . 253 Falta descifrar l a palabra en la que se declara el títul o o el cargo de don Luis de Osorio, pero no lo he logrado y mis i nvestigaciones al r especto no han dado, por ahor a, resultados convincent es. 254 ABNB, CPLA 9: 49r - 49v. En esta misma act a se encuentran to dos los detalles sobre la manera en la cual se debería ej ecuta r la parte protocolaria del espectáculo , desde la entrada a la plaza de los principales de la ciudad, pasando por la lectura de la carta del rey, hasta el acto mismo de juramento. Ahora dejo esta parte de lado ya que hemos afrontado el tema con ocasión de las juras de Felipe II . Quizá, sin emb argo, en fut uras investiga ciones se pueda real izar una comparació n más detalla da de ambas ceremonias. 147 1.1.2.19. Fiestas en honor al visitador y presidente de la Audi encia de Charcas Alonso Maldonado de Torres 255 He querido cerrar esta l ista de festejos en h onor a l a m onarquía y sus instituciones con más acontecimiento s perteneciente a l a Villa Imperi al de Potosí pues, como ya pudimos apreciar, y como veremos con más claridad al hablar sobre la tradi ción de los t orneos caballerescos en el V irreinato , la ciuda d logró en la segunda mitad del sigl o XVI convertirse en un espacio político de altísimo relieve . El poder económico de los mineros sobrepasaba el de muchas de las instituciones públicas y quizá en ningún otro lugar del imperio español se acuñ ó un con- cepto de nobleza tan ligado al mero peculio. El presidente de la Audiencia de Charcas ju gaba un rol es encial en el funcionamiento de la economía mine ra. Explica Ramí rez del Águila: A cargo del señor presiden te e s el despacho de la plata de Su Majestad para llevalla en la armada todos los años, en que cada uno se ocupa en Potosí, a donde va a hacer este despacho de cuatro o cinco meses. Da el azogue de Su Majestad y lo cobra, que esto cuesta mucho trabajo y e s men ester mucha ciencia y artificio para entender esta materia en q ue dicho pre sidente está muy delante ( 2015 [1639] : 285) . Es decir, la Audiencia decidía sobre la cantidad de azogue a la que podían acceder los mineros de la Villa Imper ia l: ya sea a través de compras directas, ya sea a través de présta- mos 256 . Podemos entender cuánto interés tenía n estos empresarios , y la ciudad cuyo destino dependía de la producción argentífer a , en que el president e est uviese a su favor. Así las cosas, no sorprende que el Cabildo secular organi zara regularmente fiestas para celebr ar la llegada a Potosí de quien ostenta ba dicho cargo. Si bien inferimos que era una tradición en la villa , el primer recibimiento de este tipo que tenemos documentado es el que corresponde a A lonso Maldonado de Torres . El presidente había sido oidor de l a Audiencia de Lima desde 1585, llegó a Charcas para ejercer de visitador y pr esidente en 1600 (Latasa, 2002 : 130). En la sesión capi tular d el 11 de octubre de este año , el Cabildo potosino trató sobre los preparativos par a regocijar su entrada a la ciudad minera. Transcribo la parte del acta que a esto se refiere: 255 Base doc umental: 1. Actas del Cabi ldo secular d e Potosí del 11/ 10/1600 ( ABNB, CPLA, 9, fol s. 115r - 115v ) , del 19/04/160 2 ( ABNB, CPLA, 9, f ols. 216v - 217v ) y del 15/ 04/1603 ( ABNB, CPLA, 10, fols. 55r ) . 256 El azogue er a un bien estancado po r la Cor ona (Sier ra Martín , 2015: 2 85). 148 En este C abildo se propuso por el señor cor regidor como este C abildo se juntaba par a tratar del recibimiento que se ha de hacer al señor licenciado Maldonado, visitador de la Real Audiencia de La Pla ta, y qu e así e ste C abildo trate de inviar personas dél que vayan a hacer el dicho recibimiento . Vista por el dic ho Cab ildo, Justicia y Regimiento, unánimes y conformes , dijeron que se vaya a recibir al dicho señor l icenciado Ma ldonado y que vayan las personas que están nombradas por este Cabildo, que son el señor capitán Merlo, alcalde ordinario, y los veinte y cuatros Pedro de Mondragón y Alonso Pérez de Valer. Y , para ello , se dé el libramiento en forma por quinientos pesos en sayados, que son los mismos que están mandados dar ; l os cuales quinientos pesos ensayados se presten a los propios de la sisa , que está a cargo del veinte y cuatro Alonso Pérez . Y , para ello, se dé libramiento en forma para que habiendo de los propios dest a villa se vuelvan los quinientos pesos ensayados a la dicha sisa y se entreguen al señor capitán Merlo para el gasto necesario. En este Cabildo se acordó que el veint e y cuatro Joan de Bilbao Escuria za vaya ma ñ ana a los tambos del distrito desta villa a prevenir lo necesario en los dichos tambos para el buen despacho y aviamiento d el s eñor visitador . H aciéndolos prevenir de indios, maíz, leña y lo demás que convenga y pueda llevar consigo a Juan García, teniente de alguacil mayor desta provincia. Y comisión en forma para que pueda visitar los tambos dest e distrito y para to do ello se le dé el d espacho necesario. En este Cabild o se acordó q ue para la venida del señor l icenciado Mal donado haya fiestas de juegos y de toros y haya cañas y que , para las cañas , saque una cuadrilla el señor don Antonio Zores de Ulloa y otra el señor Martín de Garnica . L os cuales, que estaban presentes, lo autorizaron y se encargaron cada uno de su puesto para las cañas […] 257 . P odemos ver, en pri mer l ugar, las decisiones concernientes a la financiación del recibi- miento. Se destinó a tal propósito quini entos pesos ensayados de los propios del Cabil do ; lo cual, en realidad, era poco. Pensemos que para el recibimiento de un virrey la ciudad de Lima llegó a gastar hasta 12000 p esos corrientes ( alrededor de 7272 pesos ensayados ) 258 . Esto muestra que el Cabi ldo, en cuanto ins titución, no disponía de tanto dinero. De hecho, como se declara en la misma acta, no contaba, en dicho momento , ni siquiera co n los quinientos pesos. Tuvo que sacar en préstamo dinero de otro fondo municipal, de la renta de la sisa , bajo el compromiso de que después, cuando se dispusiera de más dinero en propios, se repondrí a lo debido 259 . Solo dos años después el Cabildo logr ó ter minar d e sal d ar esa deuda : en el acta capitular del 19 de abri l de 1602 se dio libramiento para el pago de 200 pesos a Martín Pér ez de Gáll ate ––que era el regidor encargado de l a sis a –– por los gastos que hizo 257 ABNB, CPLA, 9, fol. 115 r. 258 Si tene mos en c uenta que un peso corrie nte equi vale a 272 mara vedís y un peso ensayado a 450 maravedí s. 259 La sisa era el impuesto que se aplicaba a l a venta de comestibles. 149 en el recibimiento 260 . Sin embargo , tal vez, l o que se pensaba costear con dichos quinientos pesos no estaba l lamado a ser lo más espectacular del recibimiento. Al final del acta del 11 de octubre de 1600 se habla de la organización de las ya habituales corridas de toros y juegos de cañas. El Cabildo ten ía que pagar los toros , pero los encargados de las cañas eran , co mo en el caso de las jur as de Felipe II I, importantes miembros del Cabildo : Antonio Zores de Ulloa y Martín de Garnica . Cada uno tenía que sacar u na cua drilla para los jueg os . R esu lta evidente que para inicios del siglo XVII estaba instituido que en las fiestas regias el Cabildo nombrara a algunos de los señor es principales de Potosí par a que se encargaran de organi- zar cuadrillas para los entretenimientos caballerescos. En 1602 vemos repetirse este fenó- meno con oc asión de las celebra ciones real izadas por el naci miento de la infant a Ana de Austria 261 . En 1603, en la Villa Imperial se organiza ron nuevamente regocijos en honor a Maldonado de Torres. El acta del Cabildo secul ar del 15 de abril de 1603 da cuenta de los preparativos . Dicho día s e dec idió que hubiera toros encohetados y se nombr ó a Cri stóbal Gonzáles, al licenciado Juan de Ibar ra y a Diego de Lodeña para que cada uno sacara una cuadrilla en una ma scarada que se planeaba hacer para la ocasión. Se mand ó , a su ve z , que se h iciera un castillo de fuego con ruedas y cohetes 262 . Los datos ofrecidos en esta acta favorecen una interpretación, tanto de las cuadrillas que se organizaron en 1603 como de aquella de 1600, según la cual estas podían contar con un importante componente teatra l : de hecho , en esta ocasión , se señala que deben orga nizarse como parte de un a “ masc arada ” 263 . 260 ABNB, CPLA, 9, fols. 216v - 217v . Recordemos que el nombre de Gal late y a no lo s encontramos tanto en el recibim iento del corregido r en 1597, com o en las juras e n 1599. 261 Base documental para este fes tejo: act as del Cabil do Secular d e Potosí del 12/04/1602 ( ABNB, CPLA, 9, f ol. 214v) y del 19/04/1602 (ABNB, CPLA, 9, fols . 216v - 217v). 262 ABNB, CPLA 10, f ols. 5 5r . 263 Resulta interesante hacer un rastreo de los contextos en que se usaba el término ‘ mascarada’ en la última década del siglo XVI y la primera del XVII. Autorida des no r egistra el término. El NTLLE solo tiene una entrada con este periodo para los veinte años señalados y pertenece al Dicci onario muy copioso de la l engua española y f rancesa de Jean Pallet (1604), quien simplemente traduce mascarad e por mascarada. En el español de la época todo parece indicar que era mucho más usual ut ilizar sim- plemente el término ‘ máscara ’ , en cuanto “invención que se saca en algún festín, regocijo o sarao de personas que se disfrazan con máscar as” ( Aut oridades ). El CORDE registra un so lo una ocurrencia de ‘ mascarad a ’ , que, casualmente , se encontraría en las memorias de fray Diego de Ocaña sobre las fiestas potosinas en honor a la Virgen de Guadalupe, sin embarg o, el CORDE se basa en la edición de 1969 de Arturo Ál varez, quien, según apunta Beatriz Carolina Peña, lee mal el término que sería en realidad simpleme nte ‘ máscara ’ (2013: 749). En cualquier caso, se trata de un tipo de festejo, de tradi- ción caball eresca, que podía llegar a muy al tos ni veles de com plejidad y teatralidad (Ferrer V als, 1991: 35). 150 1.1.2.20. A modo de conclusión: los pendones No he podido, p or supuesto, aba rcar todas y cad a una de la s fiestas que durante medio siglo se realizaron en honor a la monarquía en la América meridional. De hecho, como expli- qué en la introducción, me he concentrado solo en algunas ciudades que f ueron claves para la conformación de nuestro Virreinato. Sin embargo, el recorrido cronológico permite apreciar u n desarrollo. Fiesta tras fiesta, el lucimiento de las cer emonias se va ampliando; se va con- formando una suerte de red de espectac ularidad, hecha de tradiciones e innovacione s, que va abrazando los poblados, que los pinta con nuevos colores y los r egenera. Una red, recar- gada de símbolos, que no pretende solo engalanar, sino que, nudo a nudo, colabora en la misión de aferrar el nuevo t erritorio y hacerl o súbdito de la mo narquía. P ero súbdit o honora- ble , pues, las élites locales, que tejieron la red, querían ser nada menos que corte. Para ello necesitaban dar visibilidad a sus vencedores y a sus der rotados; necesitaban, sobre todo, conformar su propia nobleza: la cual requería, a este lado del océano, más caudales que blasones . A fuerza de linaje no se podía co stear un aparato simbólico y espectacular que lograra realizar el sueño cortesano. Se necesitaba riqueza y la tierra la daba, he aquí la enorme relevancia de los triunfos potosinos que han formado parte de los eventos estudiados. Por su par te, la i magen de monarquía que se quería crear no podía ser de cualquier ta- lante. La Corona debía ser sacra y sus afanes imperiales debían vestirse de misión evange- lizadora. Desde la Edad Media así s e represe ntaba la Corana ante su pueb lo y este discurso fue imperativo en la América del siglo XVI para legitimar l a guerra y la conquista territorial. Por este motivo he in cluido, dentro del co rpus de fiestas estudia das, algun as que a primera vista podían parecer ajenas a los “triunfos monárquicos”: como las fiestas que se dedi caron al inca Sayri Túpac cuando rindió la resistencia incai ca de Vilcabamba o las fiestas que se brindaron al arzobispo Toribio de Mogrovejo. Son , sin embargo, eventos que tuvier on un im- pacto fortísimo para la representación de una monarquía fiel al c atolicismo e instrumento de su difusión. Dentro de las fi estas que propiciaron dicha represent ación , hay una sobre la que no he hablado: el paseo del pendón o estandarte real . Una fi esta que se celebraba periódicamente, pues debía coincidir con un ciclo devocional. En la ciudad de Lima, l a ceremonia se celebraba en Reyes. La elección de este día tiene que ver con que el 6 de enero de 1535 se habría fundado la ciudad , motivo por cual , a su vez, se le dio a esta el nombre de Los Reyes. La capital de nuestro Virreinato imita directamente el ejemplo novohispano. En México se sacaba el pendón el día de San Hipól ito, pues se decía que un 13 de agost o se había conquistado la 151 ciudad 264 . No detallaré ahora la fes tividad religiosa que en cada lugar se correspondía con el paseo del pendón , pero es notable que Santiago Apóstol fuera reconocido como p atrono por la mayor parte de las ciudades y muchas de ellas opt ar an por elegir esta fecha, el 25 de julio, para festejar su estandart e. Ejemplos son Trujillo, Potosí, Cusco y, claro, Santiago de Chile 265 . La capital de la Audiencia de Charcas, por su parte, sacaba el pendón el día del Arcángel San Miguel 266 ; mientras que, como tuvimos oportunidad de aprec iar, la capital de la Audiencia de Quito había elegido las Pascuas del Espíritu Santo. El paseo del pendón, evento que a lo largo del siglo XVI fue cobrand o cada vez más importancia para los cabildos seculares , es, junto con el Corpus Chri sti , la ceremonia en la cu a l se ve con más claridad la imbricación entre lo monárquico y lo religioso. Esta fiesta, en una suerte de espiral , rodeaba la linealidad en la cual se sucedían los demás triunfos monárquicos y los dotaba de nuevos sentidos . Valenzuela Márquez ( 1999 ) nota que el paseo del pendón exced ía a nivel semiótico la mera significación del pacto entre la monarquía y l a iglesia : al elegi rse un día sagrado para su celebración , se habría dotad o al objeto , a su vez, de todo el contenido simbólico que la d evo- ción en cuestión traía consigo. Dice Valenzuela Márquez para el caso santiagui n o: El apósto l Santi ago se caracteriza ba por ciertos elem entos propios que se ajustaban perfectamente a la significación persuasiva que se l e quería otorgar al pendón y a la 264 Del caso mexicano surgen los primeros datos que te nemos, para Amér ica, sobre cómo s e cel ebraba el paseo del pendón. Se trata de un cer emonial fi jo que, en esencia, se hacía de la misma forma, año tras año, en todas las ciudades hispanas. Como documenta, entre otros, Baca Plasencia, el acta del Cabildo mexicano del 11 de agosto de 1529 es quizá la primera regl amentación emanada del seno de un Ayuntamient o ameri cano en relaci ón a este acto: “Los dichos señores or denaron e mandaron que de aquí adel ante todos los años por honra de la fiesta del señor Santo Hi pólito, en cuyo día se ganó esta ciudad, se corran siete toros e que de ellos se maten dos y se den, por amor de Dios, a los monaster ios e hospit ales. Y que, a la ví spera de la d icha f ies ta se saque el pendón desta ciudad de la casa del cabildo e se ll eve con toda la gente que pudiere ir a caball o acompañándole hasta la iglesia de San Hipólito. E al lí se digan sus vísper as solemnes e se torne a t raer el dicho pendón a l a dicha casa de Cabi ldo. E otro día se torne a llevar el dicho pendón en procesión a pie hasta la dicha iglesia de Sant Hipólito; e, llegada all í toda la gente, y dicha su misa mayor, se torne a traer el dicho pendón a la casa del Cabildo a caball o. En la cual dicha casa del Cabi ldo est é guardado el dic ho pendón e no salga de él. E cada un año elija e nombre una persona, cual le parecier e, para que saque el dicho pendón. Así para el dicho día de Sant Hipólito, como para otra cosa que se ofreci ere” (act a citada por Baca Plase nc ia, 2009: 67 - 68) . El autor propone u na tra nscripción paleogr áfica del doc umento que yo moderni zo si guiendo los crite rios de edi ción textua l expu estos en la intr oducci ón. 265 Aunque la fi esta dedi cada al est andarte y al santo pat rono en Santi ago de Chil e, zo na completa- mente asolada por la gue rra durante el s iglo XVI, no cob ró i mportan cia hasta el si glo XVII. Sin emb argo, según las investi gaciones de Cruz de Amenábar “es muy posi ble que la conmemoración del Apóstol Santiago haya sid o cronológic amente la primer a cel ebración festiva realizada en la capital del Reino, según testimonias las actas del Cabildo del 23 de j ulio de 1556” (1995: 158) . 266 “Cúpole en suerte el elegir por patrón al glorioso arcángel San Miguel, y así, e l día de su dedicación 29 de septiembre se saca el estandarte real con que se ganó esta tierra, que es damasco azul, labor antigua, con una cr uz de Jerusal em colorada y se pasea con grande acompañamiento del Audiencia Real, Cabil do y ciud ad; lléva le el al férez real , que va de lante del audienci a, en medio de los alcaldes ordinarios, y asisten en vísperas, misa y sermón en la iglesia cat edral , con si lla de terciopelo, alfombra y cojín, en la capi lla mayor” (Ramírez del Águila [1639], ed. Sierra Martí n, 2015: 280 - 281). 152 fuerza de su sacralización. En este mismo sentido, la representación del santo tenía implicancias concr etas para la plusvalía simbólica que obtenía la aristocracia local de la manipulación ostentosa de dicho objeto. Recordemos, primeramente, que Santiago había sido el nódulo simbólico del imaginario español de la reconquista y del espíritu de cruzada peninsular, elementos que l uego se retomar ía en la conquista del “Nuevo Mundo”. El apóstol era, s in duda, e l personaje “divino” más adecuado ––ent re los componentes del “pant eón” cristiano –– para ser asociado a la soberanía real en los territorios coloniales (1999: 325) 267 . La devoción al apóstol Santiago era, efectivamen te, un eje articulado r de la cristiandad hispana; un sí mbolo, de por sí, de conquista y evangelización. Y est o explica por qué tantas ciudades decidieron hacer en su día el paseo del pendón , m ientras que otras, como las capi- tales virreinales, optaron por sacralizar y mistificar, año tras año, el día en el que fueron con- quistadas. En México se forjó, a nivel de imaginario, la idea de que la conquista estuvo pro- piciada desde los cielos por San Hipólito. La toma de Lima, por su parte, g racias al paseo del pendón cada 6 de enero, se convirtió en una suer te de milagro natalicio. El conjunto de fiestas en honor a la monarquía, desde el inicio de la conquista hasta finales del siglo XVI, s e presen ta, más que como la conmoraci ón de un triu nfo, como parte de la batalla por obtenerlo. Por esto es clave recordar que, incluso en momentos en los cuales la Corona estaba en ja que, l as é lites mantenían las tradiciones festivas , aunq ue se a redu cién- dolas a su esqueleto 268 . Renunciar a la fiesta era, a nivel simbóli co, renunciar a l a conquista. El sueño de un reino america no fue una sombra que llegó en las naos españolas . U na sombra que solo podía hacerse notar s i vení a re vestid a de l ujos, acompañada de estruendos y si a su paso iba transformando las ciudades en corte. Fue una sombra que debía ir to mando cuerpo de a poco. Fue u n sueño que, además, debía llegar cabalgando, pues, de la mano del 267 Las comillas y cursivas pertenecen al autor. 268 Es remar cable, en el cont exto de la guerr a de los encomenderos, lo que conciern e a las fiestas dedicadas al pendón real. Según documentan las act as del Cabildo li meño, incluso durante l os años más conflic tivos , esta ceremoni a se lle vó a cabo en la capital. P or lo menos hast a finales de l a década de 1540, todo se reducía al prot ocolo heredado de l a Edad Media: paseo del pendón en manos del alférez real por las calles principal es de la ciudad y misa mayor, todo esto tanto en la víspera de Reyes como el mismo 6 de enero. Las actas conservadas para el año de 1546 son claras al respecto: el 4 de enero se manda que el día de Reyes, como es costumbre, se saque el pendón de la ciudad. Se señala que tocaría que lo saque Francisco de Ampuero, regidor, pero, por su ausenci a, se decide que el encargado este año sea el regidor Juan de Cáceres (LCL, libro III, 138 - 139). Al día siguiente, se da cuenta del paseo del pendón hecho en la ví spera de Reyes. El teniente Lorenzo de Al dana hace en- trega del pe ndón al contador Juan de Cáceres, quien lo lleva por el puebl o acompañado de los veci nos y moradores. Se lleva el pendón a la iglesia donde se celebran las vísperas de Reyes con el pendón colocado en el altar. Luego de l a misa, Juan de Cáceres, con todo su acompañamiento, lleva el pendón de regreso a las casas del Cabildo. En la misma acta se señala que el día 6 se hará lo mi smo (LCL, libro III, 13 9 - 140). 255 posteriores se llega incluso a convocar específicamente a los regatones para que ayuden a costear la fiesta. El a ño de 1553 es el primero en el cual sabemos que desde el Cabildo se ordena que se saquen juegos, danzas, invenciones y pendones para el Corpus Christi 458 . Este mismo año se presentan ante la instit ución los representantes de los sastres, todavía no agremia dos, para sol icitar que se esclarezca, y así se evi te pendenci as, el orden de los oficios en la pro- cesión 459 . En 1554 continúa organizándose la manera en la cual se deberían cobrar los re- partimientos; sabemos que en esta ocasión acuden los veedores del gremio de los zapateros para tratar el asunt o 460 . En los años s iguientes , no deja de aparecer en las actas el tema de los repartimientos. Son las actas de 1557 y 1558 las que dan más luces sobre la manera en la cual se fija inicialmente la gestión de la fie sta. El 10 de mayo de 1557 se comisiona, visto que hay en la ciudad "copia de todos los oficios", al alcalde Jerónimo de S ilva para que esta- blezca el orden en el cual aquellos deben sacar sus i nvenciones (en el marco de la procesión); se señala, a su vez, que este orden deberá mantenerse los años siguientes 461 . En 1558, el 9 de mayo, se manda que se haga, como de costumbre, los repartimientos "para las dansas y otros gastos necesarios" 462 . El Cabildo sec ular gestionaba , desde arriba, el conjunto de la fiesta, pero, a través de sus comisarios, delegaba a los oficios de la ciudad la tarea de orga- nizar espectáculos que, en general, eran breves piezas teat rales o danzas (distintas, claro, de las que sacaban los indios, que ocupaban otro lugar en la pr ocesión). Para tal fin, c ada trabajador debía pagar un monto espe cífico acordado previamente por los represen tantes de su oficio y el Cabildo. Esto no significa, s in embargo, como s e suele creer, que necesaria - mente los actores y músi cos que participaban de los e spectáculos fueran simples aficionados. Solo sabemos que, en este momento, los oficios, haciendo buen uso de l os repartimientos 458 LC L , libro V, 11 (sesión del 5 de mayo) . En esta misma acta se comisiona p ara tal misión al alcalde Pedro Zárat e y “demás d iputados”. 459 LCL , libro V, 29 (sesión del 29 de mayo) . Se present an los sastres Gab riel Ribera y Juan Rodríguez . 460 LCL , libro V, 143. En la sesión de 21 de mayo de 1554 se presentan, porque fueron convocados, Juan Díaz y un oficial más, alcaldes veedores de los zapateros. Se les encarga que hagan, según sus posibilidades, el repartimiento para el Corpus entre los de su ofici o. 461 LCL, libro V, 603 - 604. 462 LCL, libr o VI, 65 -6 6. En est a misma acta se comisiona el orden de la fiesta al alcalde ordinario Vasco de Guevara y a los regido res Martín Pizar ro y Alonso de Montalvá n. El 22 de septiembre de este mismo año, ya pasada la fiesta, se comisi ona a Francisco Vel ázquez Talavera para que revise los repartimientos, gastos y cobros realizados para el Corpus Christi. Se aumenta "que de los negros e que se cobre luego para que se pague a quien se debe ” ( LCL , libro VI, 91) . 256 impuestos por el Cabildo, organizaban los montajes, para los cuales, claro, tenían que con- tratar gente, por ejemplo: sastres, para el vestuario; carpinteros, para los carros; y, si se po- día, quizá , alguna persona de la ciudad há bil para cantar, tañer, danzar o rec itar 463 . Tal modelo de financiació n , muy pesado para los oficiales, en el Perú va tomando cuerpo en la década de 1550, pero, en la España europea , ya se había instaurado hace tiempo y, de hecho, como veremos, estaba empezando a cuestionarse 464 . Esto ocasionó, probablemente, que la situación en el Perú deviniera rápidamente problemática. En la sesión capitular del 28 de mayo de 1560 se señala que los ofici os no se habrían mostrado dispuestos a pagar los repartimientos. Se especifica que los comisarios han tenido dilación en juntar a los oficios, "con la ay uda con q ue s uelen ayudar y c ontri buir los tratantes y otras gentes" 465 . Po r end e, el Cabildo, hab iendo trata do primero con el vi rrey 466 , decide que la ciudad adelante de sus pro- pios y rentas 300 pesos corri entes y que, más adelante, Sebastián de Merlo, acalde y comi- sario para la fiesta, proceda a cobrar los repartimientos. Este hecho representa una modifi - cación importante del modelo de financiación; si bien, por ahora, adquiere la forma de una ligera desviación de fondos, como si de un préstamo se tratara, el hecho de que el Cabildo decida u sar un monto importante de sus propios en el lucimiento del Corp us Christi tendrá relevancia para la historia de l os espectáculos públicos. El problema de financiación esencial es: ¿cubrir los gastos de la fiesta con los repartimientos de l os oficios o con los propios d e la ciudad? Con gastos se entiende distintas cosas que pueden ir variando según el contexto: limpieza y aderezo de las calles, cera para la procesión, toros para las corridas, tablados, ayudas para el montaje de los autos y danzas, etc… El permiso que otorga este año el virrey Andrés Hurtado de Mendoza para que e l Cabildo gaste 300 pesos de s us propios en la f iesta se hará valer, a conveni encia, por las siguientes tres décadas. Por ahora, no he encontrado manera de saber si, a fin de cuentas, en 1560, pasada ya la fiesta, los oficios pagaron o no los repartimientos para reponer el dinero al fondo de propios. En 1561 el problema no se ha 463 Un ej emplo muy cl aro , perteneciente al Virreinato de Perú, de que , antes de que los cabildos deci- die ran contratar gente par a los espectáculos , ya se realizaban algunos contratos para el Corpus Chr isti , nos llega gracias a un documento , muy temprano, de La Plata. En 1569 se concierta Juan de la Peña de Madrid y Hernán García para la conformaci ón de una compañía d e canto y danza, d e la que hablaré en el si guiente capít ulo. En el conciert o, se especi fica: “y no ent ra en est e concierto una fiesta que dicho Juan de Madrid hace este Corpus Chr isti pr imero, porque l o que de est o se hobiere lo ha de llevar todo el dicho Madrid , y todo lo demás es de por medio” (ABNB, EP 12, fols. 294v - 295r. Ver anexo 1B ). 464 Los da tos al respecto se encuentran en Sentauren s (1984). 465 LCL, libro VI, 290. El regidor Juan Cortés se opone, de t odas maneras, se lleva adel ante lo dicho. 466 La manera en la cual el Cabildo secular podía disponer de sus propios y rentas tení a que ser apro- bada por el virr ey. 257 desvanecido y nuevamente el Cabil do debe ordenar — quién sabe si fructuosamente — que el Corpus Christi se cel ebre "con la costumbre anti gua que esta cibdad ha t enido en el repartir en ella a los oficios y tratant es que compran para tornar a vender en esta ci bdad" 467 . L legados a este punto, h ay que tener en cuenta el modelo que seguían los capitulares limeños, o sea el sevillano. Si vemos los trabaj os realizados por J ean Sentaurens (1984 ), notaremos que, más o menos al mismo tiempo, un fenómeno paralelo tenía lugar en la ciudad andaluza. En 1554 los gremios se rebela ron contra su Cabildo secular. Diego Igna cio de Góngora mostraría esto en sus Anales eclesiásticos y seculares … 468 . Según Sentaurens, en tal fuente se vería que el año de 1553 fue la gota que derramó el vaso, pues el Cabildo habría hecho que los gremios representaran primero delante del público general, a las puertas de la catedral, y, luego, por si fuera poco, en otro lugar más privado, solo para los principales de l a ciudad ; lo que habría sido, según el estudioso francés, una ofensa, pues los oficiales no es- taban dispuestos a ver que sus esfuerzos se uti lizaran gratuitamente para satisfacer a unos poco s privilegiados. Según narraría Diego Ignacio de Góngora: En ju eves, día del Corpus Christi , que se contaron 24 de mayo de 1554, no salieron juegos ni danzas ni otras invenciones, como de an tes había costumbre de salir en semejante día, por cuanto los oficiales de la mayor parte de los oficios se quejaron al licenciado Villagómez, alcalde de corte, diciendo que la ciudad les hacía molestia todos los años en contribuir para la dicha fiesta. Y el dicho licenciado, informado sobre lo dicho, mandó a los mayordomos que de cada oficio habían tomado cargo que volviesen a cada oficial y obrero lo que habían tomado, diciendo que si la ciudad quería hacer juegos y danzas l o pagase de los propios y renta s que la ciudad tiene y que no molestase a l os vecinos ( citado en S entaurens, 1 984: 157). Así las cosas , según Senta urens, desde 1554 el Cabildo secular sevill ano se vería forzado a utilizar su fondo de propios para costear las represent aciones del Corpus Christi ; decisión que , finamente, se concretizaría en 1559, cuando el Cabildo contrata al famoso Lope de Rueda para que se ocupe de l a representación de los autos en honor al Sac ramento. Recor- demos que Lope de Rueda ya había participado anteriormente, en 1 542 y 1543, de la misma fiesta, pero contratado por el gremio de los odreros 469 . Según la lectura que hace Sen taurens 467 LCL, l ibro VI, 409 - 410. Sesión del 10/ 05/ 1561. Se nombra como comisarios de la fiesta al licenciado Álvaro de Torr es, a Francisco Ampue ro y al licen ciado Ruiz de Estr ada. Ver nota a pi e de página, un poco más atrás, sobre l os regatones en el Cor pus Chris ti de 1552. 468 Referencia en Sentaurens : Anales eclesiásticos y seculares de […] Sevilla […] , Biblioteca Colom- bina de Sevilla, manuscrito núm. 48 -7- 19. 469 En 1559 Lope de Rueda se conciert a con el Ayuntamiento s evillano para representar dos autos El hijo pródigo y Naval carmelo . El mismo autor represe nta en 1543 el auto titulado La asunción de Nuestra Señora por encar go de los odreros que estaban preparando la contribución de su oficio para el Cor pus 258 de las actas capitulares sevillanas, no sabríamos si entre 1554 y 1559 el Cabildo logró con- tratar a alguien para los espectáculos y si esto s se realizaron o no. Sin embargo, podría haber un error de base en la interpret ación . S i releemos la cita de los Anales , los gremios no dicen que ellos ya no sacarán sus representaciones ; dicen solamente que no lo harán si el Cabildo no deja de pedir dine ro a los trabajadores y, al contrario, comienza a inve rtir su propio dinero. Por eso, en acto d e rebel ión, en 1554 , en Sevilla, se ordena a los mayordomos que devuelvan a los oficiales sus r espectivos aportes . El probl ema, a la sazón , no es qui é n realiza los es- pectáculos . E l Cabildo no tiene que ir a busca r a quién contratar. E l problema de base es solo quién paga. De manera semejante, p ara 1562, el Cabildo de Lima t uvo que enfrentar la negativa de los oficiales a cumplir con el pago de los repartimientos. Como si se partiese de cero, en la sesión del 26 de abril de este año, se afirma que la instit ución no puede costear con sus propios la fiesta, p or lo que, como se acostumbr ar ía “ en Españ a” 470 , manda que todos l os oficios saquen sus danzas e invenciones 471 . Aparentemente el modelo de financiación se flexibiliza un tanto . En los próximos años cada vez se hace menos hincapié en los repartimientos que deben pagar los oficios y más en el compromiso que e stos deben acatar de sacar algún t ipo de espectáculo para la fiesta . Este proceso, me parece , se vio impulsado por el paulati no incre- mento de gremios i nstituciona lizados y, posteriormente , de cofradías gremiales en la ciudad. Cabe recordar que uno de los pri ncipales fines de est as cofradías, como p rueban tantas or- denanzas, era, justamente, la organización ya sea de las f iestas patronales, ya sea específi- camente del Corpus Christi . Esto hizo que , poco a poco , se generara dentro de los gremios un sistema interno de gestión económica de lo que cada oficio iba a proponer para la cele- bración. Cad a trab ajador pagaba su aporte para la fi esta y, con esto, se aseguraba también una serie de beneficios derivados de formar parte de un gremio o de una cofradía 472 . La con- secuencia natural de este proceso fue, claro, que menos dinero ingresara direct amente al Christi (Sent aurens 1984 : 55 – 56, 174) . Se puede consultar también Sánchez Arjona ( 1898 ) o López Martín ( 1940 ) . 470 Es int eresante que a hora, contrari amente a lo que s e hacía antes, no se menc ione Se villa como e l modelo, sino, en gener al, Esp aña. Un mo tivo po dría s er el hecho de que justamente en Sevilla los gremios ya se habían rebelado contra el Cabil do secular , mient ras que, en otras ciudades, esto no había sucedido. 471 LCL , libro VI, 38 - 39. Se nombra comisari os de la fiesta a Francisco Ampuero y Ruy Barba . Nueva- mente s e dice que los fieles ejecutores deben establecer el orden que deben seguir los oficios en la procesión desde este año en adelante. 472 Aunque un tanto posterior a los años sobre los que ahora estoy hablando, son elocuentes las orde- nanzas de la cofradía de los zapateros, la de San Crespín y Santa Crespi na de la Catedral. Estas se encuentran reproduci das íntegramente en las actas de l cabil do secular, pues los of iciales las presentan 259 Cabildo y que este tenga que apoyarse cada vez más sis temáticamente en sus propi os fon- dos para organizar , por lo menos , e l marco general d el Corpus Christi . Además , a inicios de la década de 1560, aparece un elemento nuevo, ya usual en Sevilla, dentro del esquema de financiación: los premios 473 . No he hallado el acta mediante la cual se decide, en 1562, que se premie el mejor auto o la m ejor danza; parece, de todas formas, que este año todavía no se concretiza esta práct ica, o se lo hace a medias, pues, en la sesión capitular del 3 de julio, ya pasada la fiesta, se decide que las diez varas de terciopelo que se mandaron dar a la mejor danza se den al comisario Francisco Ampuero para que acabe de pagar lo que se debe de la fiesta 474 . Para 1563, en cambio, ya es clara la decisión del Cabildo. La institución emplea su dinero de propios para premiar los espect áculos más destacable s. Se trata de un incenti vo para evi tar que l os gremios sientan que su trabajo es gratuito. En verdad, los premios son el primer tipo de pago que establece el Cabildo dirigido a la gente ante esta instancia el 12 de marzo de 1572 (libro VI). En el punto undéci mo se declara: “ Por cuanto una de las pr incipales causas que nos ha movido hacer esta cofradía es por la procesión del día de Corpus C h ris ti , para llevar en ella los dichos sanctos nuestros abogado s, y que la contribución que hacíamos nos, los dichos ofi ciales, en otras cosas a que éramos compelidos por Justicia e Regimi ento se gaste en honra de l os dichos sanctos y en lo demás que ha de res ultar en provecho nuestro y de nuestros difunt os, habemos de cont ribuir cada uno de nosot ros en cada un año para ayuda de l os gastos de la fiesta de aquel dí a con dos pesos. Y, de entrada, habemos de dar cada uno de nos, los que al present e somos e fu é remo s adelante, cuatro pesos; y, l os obreros españoles y personas que ganaren jornal han de dar cada año un peso para la dicha contribución; y, si fuere mestizos o mulatos, paguen medio peso. Y los oficiales que en esta ci udad se esaminaron, o que a el la vi nie ren esamina- dos, de aquí adel ante han de ser obli gados a entrar en esta dicha cofradí a y contr ibución y no se pueden escusar de nenguna maner a, ni diciendo que no quieren entrar en la di cha cofradía ni en los cabildos. Y, si hubiere alguno que tan rebel de y contumaz f uere, serán compelidos a que contribuyan con lo que está señalado para el gasto de la procesión del día de Corpus C h risti , pues con aquello se escusan de pagar l a contribución que esta ciudad for zosamente hacía pagar a los tales of iciales. Y que vaya en la procesión alumbrando los dichos san t os con su hacha como los demás oficiales. Y, en lo demás de esta cof radía, no se admita al uso y beneficio que en ella han de haber los cófrades della y a ella obedientes”. Es parad igmático ta mbién el caso de l gremio de los sastres y calceteros, bien ex- plicado por Quiroz Chueca (1986). Este gremio se confor maría en 1557, pero, según propone el ci tado historiador, l o haría desde el principi o con las características de una cof radía, pues tendría como prio- ridad l a organización de las actividades religiosas de l a institución. Actividades que después, desde 1560, estarían a cargo de la cofr adía de l a Pura y Limpia Concepción de Nuestra Señora (fundada en San Francisco). Para un estudio de la cofradía de los sastres ver Fernández Villanova (2017). Para un estudio de la rel ación entre los gremios y las cofradí as gremiales ver Fernández Villanova (2016). 473 También e n la Nueva España es en los sesenta que el Ayunta miento de Mé xico comien za a dar premios a las mejores representaci ones r ealizadas por los gremios para el Corpus Christi . Según Maya Ramos Smith, el pri mer dato al respe cto dataría de 1564 , salvo que aquí tendríamos noticias hasta la década de los ochent a (2011: 23) . Otra cosa notable es que, visto que en Méxi co era mayor la inter - vención del Cabildo catedralicio en la gestión de la fiesta, lleg ó a ofrece r tambié n esta institución a lgu - nos premios. Ramos Smith nos da el dato: dicho Cabildo , en su sesión del 18 de mayo de 1565, ordenó que “se diese, a costa de l a fábrica desta dicha santa I glesia de México, una joya de plata o de oro que su preci o o valor fuese de hasta treint a escudos de oro común, para la representación que mejor fuese de las que este día se representan, de mejor letra y de mejor representante” ( En Ramos Smit h: 156 . Ubicación en las actas: AACAT, libr o 2, 18 / 0 5 / 1565 ). 474 LCL, libro VI, 55 - 56. 260 que representaba en la ciudad. Las actas capitular es prueban que este sistema funcionó bien al menos por cuatro años: de 1563 a 1566. Gracias a la asignación de premios, conocemos , finalmente , algunos nombres de representantes y obras teat rales en la ciudad de Lima. Por ejemplo, en 1563 se otorga seis varas de raso carmesí al mojonero Alonso Hurtado por el Auto de la Gula 475 y el premio a la mejor danza, seis varas de terciopelo carmesí , se dividen entre el espadero Alonso González y Hernando Silva, que no sabemos qu é oficio tenía, pero que presenta una “danza de los mochachos” 476 . En el acta capitular del 28 de junio de este mismo año, de 1563, notamos otra caracterís- tica del modelo de financiación: los al caldes y regidores podían ayudar, normalmente a través de préstamos, a costear la fiesta. En la señalada sesión, el licenciado Ruiz de Estrada, fiel ejecutor y comisario para el Corpus Christi , pide que se termine de pagar lo que se le debe por el dinero que ha gastado para la celebración. Parte ya se le habría devuelto con el cobro de algunos repartimientos (no se dan cifras). El Cabildo, para poder saldar su deuda, manda que se cobren los repar timientos faltantes y trae a colación la c édula del Ma rqués de C añete en l a cual — como vimos — se autorizó el uso de hasta 300 pesos de los propios y rentas de la ciudad 477 . Es decir, los repartimien tos no desaparecen del modelo de financ iación, pero ya no son suficientes y son cada vez más difíciles de recaudar . No obstante, los gremios, con el incentivo del premio, sacan sus propios espectáculos. El costo del conjunto de la fiest a, por ende, recae más fuertemente que antes en el Cabil do y, ante la falta de fondos, de cuando en cuando deben aportar de su hacienda personal los alcaldes y regidores bajo el compro- miso de que, de alguna man era, se les devolverá e l dinero. Siguiendo esta misma estela, el 9 de julio de 15 64, el Cabild o, q ue anteriormente habría d ispuesto que se diera de premio 200 pesos a la mejor invención o auto, ahora decide que el monto se divida entre todos los of icios que presentaron algo para el Corpus Christi , "atento que les consta que todos los autos parecieron bien e hicieron lo que les fue mandado" 478 . El 30 de abril de 1565, en cambio, se establece como premio diez varas de terciopelo y diez 475 En la t ranscripci ón paleogr áfica s e lee “ auto del águila”. Lohmann Vi llena ( 1945) corr ige la lectura . No sabemos nada más sobre este auto, pero cabe recordar que en muchos autos sacramentales del Siglo de Oro la Gul a aparece como personaj e alegóri co. 476 El 7 de mayo de 1563 s e manda a l os ofici os que saquen un auto o una danza y se establecen los siguientes premios: al oficio con me jor auto, seis varas de terciopelo carmesí; al oficio con mejor danza, seis varas de raso carmesí (LCL, libro VI, 125 ). En la sesión del 18 de julio se distribuyen los premios según he dicho (LCL, libro VI, 129 ). 477 LCL , libro VI, 132 - 133. En el acta del 2 3/04 se comisiona la fiest a a los fieles ejecutores: los regido- res Ruiz de Estrada y Alonso d e Ribera y el corregidor capitán Ro drigo de Salazar ( LCL , libro V I, 1 21). 478 LCL, libro VI, 239. 261 varas de raso, de color que no sea negro 479 . En la sesión capitular del 9 de julio, se asienta que las diez varas de raso vayan al "auto o castillo donde representó González que fue el de Abraham" 480 . El 9 de abril de 1566, visto que el Cabildo tiene mucha "necesidad y deudas", se decide que se limite a pagar de sus rentas y propios diez varas de t erciopelo de color al oficio responsable del mejor "auto e i nvención" 481 . El sistema de p remios parece q uebrarse en 156 7, cuando el Cabildo no t iene dinero ni siquiera para costearlos y los oficios se niegan a colaborar con repartimientos. En el acta capitular del 17 de marzo de este año se establece que no se podrá realizar la fiesta si no colaboran “los mercaderes que aquí compran par a tornar a vender” , es decir, los regatones, de los que ya hemos hablado 482 . Este es un prime r indicio de la importa ncia que poco a p oco fueron cobrando los mercaderes en la vid a festiva del virreinato, pero, por ahora, sin más datos, no sabemos ni siquiera si se llegó a hacer los espectáculos. Por otro l ado, el 6 de julio de dicho año , se manda, "conforme a la costumbre que siempre se tiene y ha tenido", que “l a justicia” (en este caso el alcalde Bernardo Ruiz) y los fieles ejecutores (Franci sco Ortiz de Arbildo y Jerónimo de Silva) vayan a la celebración del Corpus 479 LCL, libro VI, 323 - 324. Se remarca e n el acta que se cost eará lo s premios con l os propi os y r entas de la ciudad. 480 LCL , libro VI, 342. Para el mismo año de 1565 tenemos un dato más: el 1 de junio s e manda que se dé libramiento de 100 pesos, de las rentas y pr opios de la ciudad, en favor de Fr ancisco Ampuero, que tiene a su car go la organización del Corpus Christi , para que "se pongan escudos" para dicha fiesta (LCL , libro VI, 335 ) . Como se puede c omprobar revisando cualquiera de los catálogos españoles de obras representadas en e l siglo XVI , el tema de Abraha m e Isaac era muy frecuente. Sin ir muy lejos, como recuerda Manuel Antonio Aranga (2008) , sabemos gracias a las crónicas de Toribio de Benavente (Motolin í a) que , en tre los autos organizados por l os misioneros franciscanos par a el espec- tacular Corp us Chris ti mex icano de 1539 , se encontraría “El sacrificio de Abraham”. R emarca Aranga que gracias al mismo cronista conocemos en detalle de que “al fin de no estimular la poligamia de los indios en el sacrificio de Isaac se represen tó de una manera ambigua la escena donde se permit ía a Abraham una concubi na ” (45). A su vez, Fernando de Hor casitas (1974) , publicó y tradujo del náhuatl una obra titu lada “El sacrificio de Isaac ” qu e según él pertenece al siglo XVI y que podr ía ser la misma obra de la que habla Mot olin ía (Octavio Rivera : 2000 ). La pieza traducida por Horcasitas consiste en doce brevísimos “cuadros” , cada uno de los cuales representa un a escena de la historia bíblica. Por ejemplo, en el primer cuadro vemos simplemente una Sara preocupada por el hecho de que la vida de su hijo podría llegar a no tener sentido y un ángel que se le aparece para decirle que sí lo tendrá, pues lo que le suced erá será un anuncio de lo que sucederá más adelant e a Crist o. Para un análisis del texto presenta do por Horcas itas remito al citado artículo de Octa vio Rivera. 481 LCL , libro VI, 416 - 417. En esta mi sma ac ta se nombr a fi eles ejecut ores y comi sari os par a l a fi esta a Franci sco Ampuero y Melchor de Brizuela. Es interesante notar, ya en esta época, que al gunos miembros del Cabi ldo p arecen ir especial izánd ose en la organi zación de la fi esta: por ejempl o, en todos estos años, Francisco de Ampuero parece cobrar bastante preminenci a en este campo. 482 LCL , libro VI, 489. Se nombra comisarios para la fiesta a los fieles ejecutores Francisc o Ortiz de Arbildo y Jerónimo de Silva. 262 Christi en el Callao 483 . Cito esta acta pues es la noticia más temprana con la que cuento, dentro de mi corpus documental, sobre la celebr ación de la fiesta en el puerto , au nque, como queda claro en la cita , antes ya se real izaba. La cel ebración en el Callao se l l evaba a cabo el domingo siguiente al jueves del Corpus Christi y asist ía una delegación enviada por el Cab ildo de Lima. Lo que me interesa remarcar acerca de este particular es que, al menos durant e todo e l siglo XVI, la institución costea esta parte de los agasajos, como se dice también en el acta citada, con otro de sus fondos : l as condenaciones para gastos de justicia y obras públi- cas. Es probable que la designación, en esta década, de este fondo para pagar, esencial- mente, el viaje al puerto y la colación de los capitulares tenga que ver con el hecho de que el Cabildo estaba asumi endo más responsabili dades e n lo que respecta a los gastos de la f iesta y, por ende, tenía que pagar esto más, pero no podía ocupar para tal fin sus propios que, como vimos, a duras penas, y no siempre, alcanzaban para los regocijos en la capital. La historia del Corp us Christi lim eño de l os siguientes años es bastante oscura. Poco queda, en verdad, descrito en las actas. Sin embargo, como tuve ocasión de señalar, entre finales de la década de 1560 y principios de la década de 1570 llegaron al Perú dos entes que estabilizaron, a tra vés de medios más y menos violentos, el aparato administrativo y, al mismo tiempo, pro piciaron cier tos cambios que repe rcutieron en l as festividade s públicas: el virrey Francisco de Toledo y la Compañía de Jesús 484 . Los j esuitas desembarcan en el Callao el 28 de marzo de 1568. Según testimonia el padre Jacinto Barrasa, ya en 1569, quizá para alivio del problematizado Cabildo secular, proponen un “ coloquio alegórico del Santísimo Sa- cramento”, con la doble ocasión de l a colocación de la primera piedra de la ig lesia de la Com- pañía y el Corpu s Christi de este año 485 . No sabemos, en realidad, si el coloquio se representó el mismo día o en el octavario . L o interesante es que en la ciudad estaban disponibles nuevos representantes, los jóvenes escolares, completamente amateurs , pero representantes, al fin y al cabo. Se suele pensar la acti vidad te atral de los escolares como una cuestión didáctica que, aunque de cuando en cuando se hacía pública, era en esencia marginal al desarrollo del teatro popular y profesional. Creo, sin embargo, que, sobre todo en América, no fue así. Si 483 LCL , libro VI, 498. 484 A estos dos entes, como dije en otro momento, habría que sumarles la Inquisici ón. Sin embargo, en est e momento, no haré r eferencia a la influenci a que pudo haber teni do esta institución en las fes- tividades pública s pues, en todo cas o , esta hab ría estado má s dirigida a l control de contenidos. 485 Vargas Ugarte (1943: XXXIII) extrae el dato del manuscrito de Barrasa: Historia de la Compañía de Jesús en el Perú . 263 pensamos desde la perspectiva de la financiación del Corpus Chris ti esto es más c laro. Ten- dré que trasladarme un momento al nort e peruano. Las actas capi tulares de la ciudad de Trujillo muestran que, para ini cios de la dé cada de 1570, Diego d el Canto Corneo, un fr ancés que más adelant e tendrá la cátedra de latinidad en la universidad d e San Marcos , dirigía una escuela en esta ciudad. El Cabildo se concertaba con él, como si se t ratara de un autor de comedias , para que sus estudiantes representaran en el Corpus Christi 486 . Los estudiantes lo hacían gratuitamente, pues el teatro formaba pa rte de su educación, pero alguien tení a que costear los gastos de escenificación y vestuario. El acta sobre el Corpus Christi de 1570 es clara. El precio total es de 140 pesos corrientes : “la c iudad” paga 40 pesos 487 , la Iglesia cola- bora con 30 y el Cabildo secular da 90 de sus propios 488 . Este modelo resulta interesante pues, quizá, puede explicar algo que testimonian las actas del Cabildo limeño de 1572. Para este año solo sabemos que el Cabildo paga el vestuario de los representa ntes. Noticia sorprendent e, pues se contradice con el modelo de financiación que para entonces estaba vigente en la capital. ¿Qué ha cambiado? No puedo estar segura, pero es curioso que Ignacio Eli zalde registre justamente para este mismo año un coloquio sobre el Triunfo de Lepant o montado por los jesuitas durante el Corpus Christi (1962: 675). ¿Qué tal si el modelo trujillano también se hizo presente en la c apital y l os escolare s se con- virtieron en los primeros repr esentantes exter nos a los gremios que colaboraron direct amente con el Cabildo? Dejo esta hipótesis sobre l a mesa. Es significativo , de todas formas, ver cómo maneja el Cabil do e l di nero para est os ga stos. Por el acta del 6 de abril d e 157 3 sabe mos que, en 1572, Francisco de Palenzuela, depositario de los fondos de gastos de justicia y obras públicas, pagó, por orden de uno de los com isarios de la fiesta, con este dinero a un mercader 55 pesos par a el vest uario de los actores. Es, nuevamente, lo que podríamos llamar desvia- ción de fondos, pues se esperaba que finalmente se pudiera restituir el dinero gracias al cobro de condenaciones a los oficios. Resulta también importan te refl exionar , justamente, sobre las condenaciones a los of icios. En el acta citada de 157 3, se hace referenci a a aquellas y no a los re partimientos . Las con- denaciones eran multas que se cobr aban a los oficiales que no cumplían con alguna de las 486 Actas del Cab ildo de Trujil lo, tomo II (1566 - 1571) : 246 y 256 - 259 487 Con “la ciudad” , por actas ant eriores, asumo que se entendía las limosnas que se cobraban entre los vecinos . 488 Actas del Cab ildo de Trujil lo, tomo II (1566 - 1571) : 256 - 259. 264 obligaciones impuestas por el Cabildo. Vimos que, en la década de 1560, se estaba impo- niendo el modelo según el cual cada gremio est aba obligado a sacar una danza o una repre- sentación. La llegada del virrey Toledo , con su conocida intransigencia, parece haber dado vigor a la práctica de penalizar a los oficiales que no cumplían con dicho deber. Esto se ve claramente en las Ordenanzas dictadas en 1572 para el gobier no de Cusco , que ya he recor- dado al habl ar de las danzas de indios . En ellas también se trata el rol de los oficios en el Corpus Christi . Es evidente que las disposiciones que toma Toledo en Cusco siguen, en gran medida, lineamientos que previamente había propuesto en Lima. Se ordena, entre varias co- sas: Que treinta días antes de la dicha fiesta, e l dicho corr egidor mande juntar en las ca sas del Cabildo, estando presente el Ayuntamiento, todos los mercaderes y oficiales de todos l os oficios, a los cuales, habiéndoles manifestado, ante todas cosas, la obligación que tienen de honrar y celebrar la dicha fiest a, cada oficio con su posibilidad , por lo que representa y porque es uso y costumbre en todas las partes y lugares donde hay cristianos , les mande apercibir que cada oficio saque su danza o auto de representaci ón, examinado por el ordinario; y, si hecha lista de los oficiales de cada of ic io españoles par eciere que son tan pocos que no se pueden sacar danza o auto por sí solos, ordenar cómo se junte un of icio con otr o; y la orden que el cabildo diere sobre lo susodicho, compelerles a que lo guarden y cumplan y ej ecutarles la pena que les fuere puesta lo contrario haciendo; y para que se entienda haberse cumplido con la dicha obligación, la víspera de la fiesta uno de los alcaldes ordinarios, con el escribano del Cabildo, vaya a ver lo que cada uno tiene ordenado y si han cumplido con el m and ato que les fue hecho . Y, precisamente , ma ndo que se les haga en la forma susodicha, sin que se les pueda conmutar ad mera , ni pedírselos para lo susodicho, so pena de doscientos pesos, en que doy por condenados a los dichos Justicia y Regimiento por cada vez que lo contrario hicieren, aplicados según dicho es. Y en lo que toca a los indios naturales – ordeno y mando: que se guarde la or den que tengo dada en el título de las par roquias 489 . Evidentemente , la ordenanza es solo un ideal, pues, en la práctica, l a relación entre los oficios y el Cabildo era más compleja . Esto queda c laro en el mismo hecho de que se re mar- que que una multa también correspondería a aquellos alcaldes o regidores que no penaliza- ran a los oficios que se hubieran rehusado a sacar sus r ep resentaciones el día de la fiesta. D e todas formas, vemos que, en la década de 1570, tanto en Lima como en Cusco , el Cabil do intenta que se cumpla el mandato toledano con puntualidad. Entre los pocos datos que he podido hal lar en las actas cusqueñas del siglo XVI, se encuentra, por ejemplo, la noticia de que en la sesión del 24 de mayo de 1574 se convoca al cabildo a todos los mercaderes de 489 Título VIII de las Orde nanzas (ítem tercero). Ed . Horaci o H. Urteaga y Carlos A. Romero (1926: 88 - 89) . En el anter ior bl oque, e n el capítulo “ El Corp us Chri sti de los indios” hemos visto, justamente, lo que concierne a los i ndios y sus parroqui as. 271 colaborar con la fiesta. El Cabildo solamente quer ía asegurarse de que no faltara nunca re- presentaciones, pues se nota que la demanda ciudadana iba por ese lado. Los oficios podían sacar sus propios espectáculos y , de todas formas, estaban obligados a dar una ayuda eco- nómica sustancial dirigida al pago de las obras teatrales. El libro de Lohmann Villen a, s obre el que se ha basado todo lo que se ha dicho desde 1945 hasta el momento acerca del teatro limeño del siglo XVI, da efectivamente la impresión de que hasta 1574 se ocupaban los oficios de las representaci ones para el Corpus Christi y, después, personas de dist intas p rocedencias que contrataba el Cabildo. Si n embargo, en el libro del tod avía muy jov en historiador hay, en est e punto, un problema metodológico 508 . Loh- mann Villena, cuya intención, verdaderamente heroica, fue la de dar a conocer la mayor can- tidad de informac ión documental posible sobre el teatro limeño colonial, no dudó en dejar un tanto d e lado el estudio de las actas capitulares posteriores a 1574. Él no se propuso escribir la historia del proceso de profesionalización teatral, ni estudiar un fenómeno en es pecífico dentro del campo de lo teatral ; su intención era pre e minentemente la de recopilar informaci ón y darle, clar o, cierto orden lógico. Por ende, para lo que concierne al periodo posterior a 1574, se concentra en los riquísimos contratos establecidos e ntre comisarios del Cabil do y come- diantes ( que se encuentran en el fondo de escritur as públicas del AGN ) . Solo vuelve a citar las actas capitulares si en ellas encuentra algún dato muy relevante y muy explícitamente relacionado con el teatro. Este es el motivo, según creo, por el cual hemos perdido comple- tamente de vista el rol que los o ficios tuvieron en el Corpus Christi a partir de 1574. Haciendo, en cambio, un an álisis de los fondos del Cabildo queda claro, como intentaré mostr ar , que todo lo que resta del siglo XV I se caracte rizó por un constante tira y afloja en tre esta institución y los oficios par a a cordar una manera de gesti onar las obr as teatral es . 508 No hay que olvidar que El arte dramático en Li ma (1945) forma parte de la producción más temprana de Lohmann Villena. Es el resultado de su tesis doctoral y se publica, en su versión final, cuando el historiador tenía solo 30 años. Lohmann Vill ena posteri ormente dej a de lado sus estudios sobre el teatro, lo que es una lástima, pero es también una muestra de que él no llegó a constituirse en un estudioso de l a espect acularidad pública. Sin embargo, en sus úl timos años de vi da, con ocasi ón del II Congreso Iberoamericano de Teatro: América y el t eatro español del Siglo de Oro (Cádiz, 23 - 26 de octubre de 1996) , retoma el tema del teatro y, en el artículo que publica para las actas (1998), sinteti za de manera simplemente magistral distintos aspectos sobre el público teatral limeño que había tr atado en su libro de j uventud. 272 Hacia la inst itucionalización de un nuevo ofici o . Joan Baptista Durán y la década de 1570 En actas capitulares no he encontr ado, por ahora, datos sobre los fondos que el Cabildo utilizó para costear las representaciones que mandó a hacer desde 1575 hasta 1578 509 . Sin embargo, esta misma falta de datos parece ser señal de que se mantiene a grandes rasgos el modelo de 1574 , es decir, que se acude a las condenaciones y, de ser necesario, a los propios de la ciudad, aunque, claro, sin superar el límite de 300 pesos corrientes impuesto por la cédula del virrey Andrés Hurtado de Mendoza. En estos años, lo sabemos por las e scrituras públicas que se conservan, la institución se concierta casi exclusivamente c on Joan Baptist a Durán, el famoso calafate que sabía muy bien hacer de bobo . La trayectoria de Durán es el ocuente y llamati va . En todo caso quizá él, y no el mojonero Alonso de Hurtado, como pen só L ohmann Villena (1945) 510 , podría conside- rarse una suerte de Lope de Rueda peruano. Queda clar o, por los documentos que ya vimos, que antes de 1574 había demostrado en la ciudad de Li ma sus dotes artísticas. De seguro había participado en años anteriores en las obras gestionadas p or los gremios o, quizá, re- presentaba en l as calles, al modo de los saltimbancos, para ganar algo de dinero extra . Su oficio de calafate nos muestra su extracción social baja, que se corrobora con el hecho de que tenía un hi jo reconocido con una esclava 511 . En 15 74, como vimos, accede a represent ar en la comedia del Cabildo porque Sebastián de Arcos, el calcetero sevillano , logra incluirlo en su grupo de actores. En 1575, la situación es distinta, esta vez el escribano Joan de Morales se compromete con los com isarios del Cabildo a encargarse de las obr as teatrales para el Corpus Christi . No obstante , cosa singular, en verdad su labor consistiría en buscar a Joan Bapt i sta Durán (lite- ralmente, pues esta ba “retraído”) y hacer que él se ocupe de dicha tarea. Di ce Morales: 509 Se p uede consultar al f inal del texto el “Anexo de obras concertadas por el Cabildo para el Corpus Christi limeño ( 1574 - 1612) ” . 510 Alonso Hurtado , si recordamos, fue premiado en 1563 por sacar el Auto de la Gula. Se trata sola- mente de un artesan o que, par a el Cor pus , organizó dicha obra. No tenemos más datos de su actividad teatral, pero, visto que, por los azares del destino , es el pri mer director de una pieza teat ral peruana cuyo nombre conocemos, Lohmann Vil lena le da el definitivamente inmerecido título de Lope de Rueda peruano. 511 En una escr itura nota rial fir mada e l 12 d e abr il de 1577, un tal Alons o Gal ván da a horría a su esclava Luisa, de origen criollo, que tendría un hijo con el Joan Baptista Durán (AGN, PN: Juan Gutié- rrez, protocolo 72 [1576 - 1577]). Bapt ista Durán, sin embargo, no era analfabeto, aunque su firma de- muestra q ue tampoco era hombre dado entera mente a las letras (ver el “Anexo de f irmas de come- diantes y empresarios teatrales ”) . 273 que, por cuanto los señores Antonio de Uroz Navarro y Diego de Porres Sagredo, alcaldes ordinarios por S u M ajestad en esta dicha ciudad, han tratado conmigo de que yo haga que Juan Baptista, persona que suele representar comedias en esta ciudad, representase una obra para el Corpus Ch risti primero venidero en la Iglesia Mayor desta ciudad. Y, atento a que el di cho Baptista anda retraído y no parece, y por le hacer placer y buena obra, yo, el dicho Joan de Morales, me obligo por mi per sona y bienes habidos y por haber de hacer y que haré que el dicho Juan Baptista representara con su persona y con la demás gente que fuere necesaria en la Iglesi a Mayor des ta ciu dad, en el lugar donde es costumbr e el día de Corpus Christi primero venidero deste presente año un auto, “Figura de el Maná”, conforme a la obra que de ello está escripta y rubricada del señor Antonio Navar ro 512 . El rol que cumple Joan de Morales es importante para entender la gestación del teatro profesional. El es cribano no forma parte del grupo que la crítica ha calificado como “autores - actores” : no era ni lo uno, ni lo otro. É l f unciona más bien como una suerte de mánager que puede poner en contacto a ciudadanos con dotes art ísticas - teatrales, de las clases bajas, con una instit ución tan importante como el C abildo . Anteriormente, no era nec esario un canal que vinculara a los comediantes con el Cabildo . L os primeros, que tenían, además, otras ocupa- ciones, debían mantenerse en contacto con los oficiales y mercaderes, nada más ; p or esta razón, su labor teatral no existía en cuant o oficio ante los ojo s del gobierno ciudadano. Los zapateros, los sastres, los cer eros, etc. tenían, a través de los representantes de sus gremios, un canal directo de comunicación con el Cabildo ; d e hecho, la existencia de un gremio, su esencia misma, comportaba el reconocimiento por parte de la ciudad del oficio en cuanto tal y la r eglamentación, en este marco, de sus derechos y obligaciones (contenid o s en las famo- sas ordenanzas) . Joan de Morales es la muestra de que, para 1575, el Cab ildo estaba com- pletamente desligado de la gente que representaba en la ciudad. Ni siquiera sus comisarios, alcaldes y regidores, sabían cómo tratar directamente con algui en como el famoso Bapt ista Durán . Lo aprenderán en lo que va de 1575 a 1578. En dichos años, Durán se convi rtió en la primera persona que trabaj ó como comediante de manera estable para la ciudad. No se trata , ni mucho menos, de un profesional del teatro, si por tal se entiende alguien que puede sustentar una vida solamente a través de est a ocu- pación . Pe ro ayuda , si n haberlo buscado, a sentar la s base s para que un día el teatro sea un oficio más del entramado urbano. Dichas base s consisten , como ya he dicho , sobre todo en el reconocimiento instituci o nal 513 . 512 AGN , PN: Juan de Salaman ca, protocolo 15 1 (1575) , fols. 162 v - 163r (ver anexo 4B ). 513 En España, el proce so de i nstituci onalizac ión del teatr o en c uanto of icio t endrá su ápice, ya a inic ios del si glo XVII , en la conformación de gremios y cofradías de comediantes. Ver, por ej emplo, Varey (1971). 274 En 1575 , como vimos en la cita, Joan de Morales hizo que Baptista Durán escenificar a “La figura del Maná”, obra escrita por el alcalde Uroz Navarro 514 . En l a misma escritura se fij ó el precio de l a representación en 230 pesos. Los 30 pesos de diferencia con relación a las obras de l año pasado se deb ieron probablemente a que esta vez la puesta en escena habría tenido que contar con tres entremeses 515 . No contamos con datos de 1576, pero en 1577 y en 1578 Baptista Durán se concertó , en primera persona, con los comisarios del Cabildo 516 . Se v e que el más querido actor de Lima aprendió a tr atar direct amente con dicha institución y, por ende, dejó de ser necesario el rol que cumplía el escribano Morales, quien, como es de imaginarse, ya no vuelve a aparecer en la documentación teatral. En 15 77 , Durán se compromete a hacer “u n auto de cuando Cristo apareció a los dos discípulos que iban al castillo d’Emaús ”, junto con dos entremeses . O bra que , según dice la escritura de concierto, representaría tanto el mismo día de Corpus Christi , como en la Octava , to do por el precio de 280 pesos 517 . En 1578 firma un acuerdo similar : dice que montará una “obra sacramental” , de título no identif icado, también con dos entremese s , por el precio de 220 peso s 518 . Las piezas de estos años son, a todas luces, autos sacramentales y los entremeses, como se expl ica en el contrato de 1578, tenían que ir “ uno al principio de la obra y otro al cabo ” 519 . En es tos años se fija un modelo de ges tión de la s rep resentaciones del Corpus Christi que, aunque con modificaci ones, se mantendr á durante gran parte del periodo que abarca este estudio. El encargado de la obra , con el dinero que se le paga , costea el salario de los actor es y todo lo concerniente al vestuario ; p or su parte, el tablado corre a cuenta del Cabildo y es un gasto ulterior que suele montar más o me nos a 50 pesos corrientes. 514 Cabe remarcar, aunque volver emos al tema, que este es el pri mer títul o con el que cont amos de una obra t eatral que con seguridad se escribió en el Perú (ver tabla en el “Anexo de obras concerta- das…” ). 515 AGN , PN: Juan de Salaman ca, protocolo 15 1 (1575), fols. 162 v - 163r (ver anexo 4B ). 516 Para una mir ada esquemáti ca se puede ver la tabla del “Anexo de obras concertadas… ”. 517 AGN , PN: Alons o de la Cu eva, protocolo 28 (1577 - 1578), reg. 1577, fols. 122v (ver anexo 5B ). 518 AGN , PN: Alons o de la Cueva , protocolo 28 (157 7 - 1578), reg. 1578, fol s. 25v - 26v (ver anexo 6B ). 519 Es difí cil en tender e l moti vo por el cual el contr ato de 1577 es mas costoso que el de 1 578. En el primero se acuerda la participación en la obra de tres f iguras vesti das de tafetán, mientras que en el se habla de seis figuras, todas muy bien aderezas. De hecho, el citado contrato de 1578 es uno de los documentos del siglo XVI con más detal les sobre las figuras y los vestuarios: “Las cuales dichas figuras han de salir vestidas de tafet án y los cuat ro sol dados han de sali r con sus coletos de cordobán y greguescos de tafetán y gorras de taf etán con sus pl umas y sus bandas, cada uno de la col or que cada uno representa y medias de raso o carisea de la misma col or y ligagambas de t afetán abultadas ”. 275 Mientras que en el co ntrato de 1577 se re marca la obligaci ón de Ba p tista Durán de repre- sentar el mismo auto el día de Corpu s Christi y en la Octava, en el contrato de 1578 se deja esta posibilidad abierta. En cambio, lo que sí se establece firmemente en el segundo contrato es que, antes de la fiesta, Baptista Durán debe ensayar la obra delante de los miembr os del Cabildo. Este es un as unto esencial, pues se trata de la inst auración de una instancia de censura. En el Perú , p or lo menos durante lo que rest a del siglo XVI y hasta l as primeras décadas del siglo XV I I, el mismo Cabildo fue el único ente censor para las representaciones dramát icas que se ejecutaban en el marco del Corpus Christi (la Inquisición, por supuesto, podía intervenir, pero solo a posteriori si se realizaba una denuncia) 520 . Esto influye de man era importante en la gestión teatral . Influencia que resulta clara si se compa ra el caso peruano con el mexicano. En la Nueva España, según muestran los estudios de Schilling (1958 ) y Ramos Smith (2011) , en l a censura previa de las obras intervenía el Ordi nario . Las razones de esta diferencia merecen un estudio cuidadoso , pero, por ahora, tendré que dejar este asunto en el tintero. Sabemos que Joan Baptista Durán parti cipa, como actor, en el Corpus Christi de 1580, pues su mera presencia encarec ió el cost o de la representación, esta vez organizada , como veremos, por el clérigo Alonso de Águila 521 . A partir de dicho año , perdemos de vista la acti- vidad teatral del tan afamado bobo , pero e s difícil de creer que de un año a otro haya dejado de lado esta posibilidad laboral. S i record amos, em pezó solo como actor y, después, respon- diendo a la demanda del Cabildo , se ocup ó además de la organización de las puestas en escena. Lo que pudo haber marcado una infl exión en su carrera es que a principios de los ochenta lleg ó a Lima un autor de comedias que pronto se afirmaría como el más importante del terr itorio : Fran cisco de Morales 522 . Este se convirtió en la persona a la cual el Cabildo acudía cuando necesita obras de teatro. Ante este panorama, lo más probable es que Durán acabara al servicio del recién llegado cómico. 520 En la Nueva España el asunto pa rece ser más complicado, pues continuamente int erfería el obispo, el O rdinario, en el control de las obras . Esto no lo vemos en la capital peruan a (y no he hallado rastro de este tipo de control ni si quiera revisando toda la colección de actas capitulares del siglo XVI del Cabildo cat edrali cio de Lima ). Un ejemplo que retoma Alma Mejía sirve para comprender la posición de la inquisición al respecto de la censura de comedias . En 1582 los inquisido res de la N ueva España habrían respondido lo siguiente a un comisario de la Veracruz “Lo de la visita de la s com edias, no hay para que entrometerse, sino dejar al Ho rdinario , y esto no porque este Santo Oficio no pueda mandar- las visitar cuando le parec iere, sino por estar en [su] sitio no ocuparse de cosas tan menudas, sino castigar después muy bien a quien fuere autor de representación escandalosa a la república cristiana , aunque haya sido visit ada y pasada por el Hordi nario” (en Mejí a, 2001: 264 ) . 521 LCL , libro IX (el dato se encuentra e n el acta capitular de l 20 de mayo d e 1580). 522 Más a delan te hablaremos de este personaje, tanto en el contexto del Corpus Christi como a partir de otras facetas de su actividad teatral . 276 Uno de los problemas más grandes que tiene la documentación teatral co n la que trabaj a- mos — las escrituras públicas y las actas capitulares — es que constantemente, sobre todo en este periodo tan temprano, esconde a los actores y nos deja ver solo al autor de comedias que los dirige 523 . A m i parecer , es así como perdemos el rastro de Durán. De hecho, hay un documento de lasto que podría r eforzar la hipótesis de que este se mantuvo en el mundo teatral al servicio de Francisco de Morales . El last o al que me refiero se otorga el 6 de abril de 1583 : a quí se explica que Francisco de Morales — “farzante” — t iene una deuda con Durán que data ría de 1582 (de f inales de julio, poco después del Corpus Chri sti ). En la escritura de obligación firmada en dicho año, un tal Pedro de Valladolid se habría obligado a pagar el dinero — 226 pesos corr i entes — por cuenta de Morales. En 1583, Durán habría compelido a Valladolid para que cumpli era lo dic ho y este, “ por no ser molestado”, le habría entregado lo debido . Todo esto se explica en el documento que otorga Durán en favor de Valladol i d para que este pueda recuperar su dinero cobránd olo directamente de Francisco de Morales 524 . 523 Esto, como veremos más adelant e, c ambia un poc o cu ando comienzan a conc ertar se c ompañías teatrales en el territorio (fines de los noventa) . 524 AGN , PN: Juan Gutiérrez, protoc olo 74 (1583), fols . 328r - 328v (ver anexo 13B ). [Document text truncated for crawler view.]