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· 67 · LOS DISCURSOS DEL ENCUENTRO Y DEL DESENCUENTRO SURGIDOS DESDE EL PRIMER CONTACTO ENTRE EUROPA Y AMÉRICA Beatriz Elisa Moyano (Universidad Nacional de Salta-Argentina) Ángel María Casas Gragea (Universidad de Huelva) RESUMEN Este trabajo tiene entre sus supuestos la relación que hubo —a partir del primer contacto de Europa con las Indias Occidentales— entre un doble tipo de prácticas, las de la España piadosa o las de la España impía, y dos tipos de discursos que hemos llamado del encuentro y del desencuentro. A partir de esta conjetura inicial, analizamos discursivamente textos o fragmentos de textos cuyas unidades léxicas, que han permanecido más o menos invariables a través del tiempo, se hacen cargo de uno de las dos polos de las categorías semánticas siguientes: piedad/impiedad, bondad/maldad, a fin de responder a un discurso o al otro. Nosotros tratamos de mostrar como se han ido entretejiendo ambos discursos a lo largo de la historia para poder discernir su vigencia actual. ABSTRACT This paper assumes that -since the first contact between Europe and the West Indiesthere was a relation between two types of practices: those of the pious Spain and those of the impious one; and also between two types of discourse: a discourse about the agreement, and another one about the disagreement. In general, texts corresponding to the first type highlight the kindness of the lands discovered and their inhabitants, while those belonging to the second type show their degradation. From this first assumption, and from a discourse analisis perspective, we tackle texts or parts of texts in which lexical units that have remained invariable through time refer to one of the poles of the following semantic categories: piety / impiety, goodness / badness, correponding to one type of discourse or the other. In order to understand their present validity, this paper intends to show how both kinds of discourse have interwoven through history. 1 Introducción En nuestros días, la relación entre España y América Latina sigue presentando una gran paradoja, que se manifiesta en la simultaneidad de la querencia y el reproche mutuo. Este trabajo pretende mostrar que este contradictorio tipo de vínculo hunde
Anduli · Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 3 - 2003 · 68 · sus raíces en la correspondencia que hubo —a partir del primer contacto de Europa con las Indias Occidentales— entre un doble tipo de prácticas y dos tipos de discursos. Digamos para aclarar esto que al accionar de la España piadosa y protagonista de una magna empresa de redención (la denominada ‘leyenda blanca’ de la Conquista), que tuvo (y tiene) como respuesta la vigente adhesión de América Latina a los valores de la cultura occidental, se sucedió el que hemos llamado el discurso del encuentro o la conciliación de ambos mundos. Por el contrario, sabemos que las prácticas de la España impía, despiadada y cruel (‘leyenda negra’), que tuvo como réplica la repulsa por lo peninsular, fueron seguidas del discurso del desencuentro o la discordia. Los discursos emanan normalmente de las prácticas pero, a veces, son capaces de fijar una imagen distorsionada de la realidad. En ese sentido, se produce en las dos márgenes del Atlántico y a partir de esos discursos, un juego de varias representaciones1 diferentes en conflicto permanente. Nos ocuparemos de estos discursos, tratando de buscar en qué etapa histórica nacieron y cuando han reaparecido a lo largo de la historia de relaciones entre ambos mundos a pesar de parecer, en algún momento, agotados. En otras palabras, intentaremos reconstruir su vigencia en la larga duración. La conjetura inicial de la existencia de un núcleo semántico que se mantiene invariable en todas las épocas, en la situación histórica de origen y en las que acompañaron sus sucesivas reapariciones, nos ha servido para analizar los fragmentos textuales, cuyas unidades léxicas se hacen cargo de uno de los dos polos de las categorías semánticas siguientes: piedad/impiedad, bondad/maldad, a fin de responder a un discurso o al otro. En líneas generales, los textos que responden al primero marcan el hecho cósmico del Descubrimiento y la Conquista de América y también las bondades de las tierras descubiertas y de sus habitantes, mientras que, en los pertenecen al segundo, se marca el aspecto despiadado de los españoles que desembarcaron en tierras americanas y el carácter degenerado de los originarios de dichas tierras. Consideramos pertinente este análisis de los discursos para observar como éstos, teniendo su origen en ciertas prácticas, y habiéndose difundido con la ayuda de factores internos y externos al mundo hispanohablante, han distorsionado su realidad histórica y cultural al punto de que, en ciertos momentos, a ambos lados del Atlántico se activan reacciones irracionales, como ir en contra de lo que somos, lo que dificulta cierta fluidez, claridad y tolerancia en los modos de relación. Largo es enunciar los escorzos del discurso del encuentro. Su origen está en los textos de Cristóbal Colón y de Hernán Cortés en los que la pintura de las bondades de las tierras, las ciudades y los hombres descubiertos, sirve de plataforma sobre la cual España puede extender su misión evangelizadora. No ha cesado de reaparecer en el siglo XVI (el Inca Garcilaso de la Vega habla del excelente accionar de los reyes incas que preparó la misión universalizadora de España y la armónica convergencia de los dos mundos), en el siglo XVIII (Juan Nuix remarca las buenas 1 Aún más allá de esto, dice Foucault “el discurso tiene el poder de representar su representación”, cosa que veremos en el rastreo de un léxico que se reitera por siglos (Foucault, 1991: 301).
· 69 · Artículos · Beatriz Elisa Moyano / Ángel María Casas Gragea cualidades de los españoles en oposición a los otros colonizadores), en el siglo XX (Rubén Darío habla de la fuerza de los mil cachorros del León Español); o sea que, en todos los casos, se lee como positiva la base americana en la que puede desplegarse la cultura española. Nos referiremos a este discurso conciliador en los parágrafos impares de este trabajo. Ocurre lo mismo con el discurso del desencuentro, aquel que coloca a los actores como antagonistas, un versus entre españoles y americanos, el que puso a éstos últimos el ‘sambenito’ de la inferioridad y el que, reactivamente, colocó a España en una segunda línea entre las naciones europeas y a los españoles como hombres impíos y crueles. Estos textos han estado siempre y en sus dos vertientes, habitados por palabras que conllevan semas negativos (en lo que relativo a los hombres americanos se habla de pequeñez, debilidad, cobardía, ignorancia, indolencia, dejadez; en lo que hace a los españoles, se marca la crueldad). Sirvió para desvalorizar al hombre americano, y, conocido como ‘leyenda negra’, para dibujar los desmanes brutales que el español hiciera en tierra americanas. Lo desplegaremos en los parágrafos pares. 2 Colón, Cortés, las utopías y el “buen salvaje” Ocurrido el Descubrimiento de América, Cristóbal Colón escribe a los Reyes Católicos, que habían financiado el Viaje, una serie de diarios y cartas, que rápidamente son traducidas a varios idiomas europeos. En ellos se dibuja a los aborígenes americanos como seres buenos, absolutamente carentes de agresividad, que se harían cristianos fácilmente y permitirían a España llevar a cabo la gran empresa de la evangelización. Dice Colón en el Diario del Primer Viaje que encontró: “gente farto mansa (...) que ligeramente se harían cristianos” (Colón, 1971: 31-32). Por otro lado, según él, habitaban un entorno que nada tenía que envidiar al Paraíso Terrenal, al cual Colón cree verdaderamente haber llegado en el tercer viaje (Ibid.: 183-184). Casi un siglo después2, los textos jesuíticos también hacen referencia a esta mansedumbre y cortesía de los hombres originarios de América: “<nunca hablan todos a un tiempo, sino uno tras otro y escuchándose pacientemente> (padre Pablo Lejeune); <muestran más inteligencia en su charla, su cortesía y sutileza que los más educados comerciantes franceses> (padre Francisco de Perú)” (Rubert de Ventós, 1997: 20-21). La pintura de un hombre natural dócil y bueno, genera en Europa una producción textual, que junto a la tendencia a pensar en las tierras descubiertas como el sitio ideal para la realización de las utopías3, celebra la reaparición, en la escena de la escritura, de un personaje que ya había circulado en leyendas, teatro y en la litera- 2 Los jesuitas no llegaron a América hasta 1568. 3 Muchos pensadores han marcado la importancia que tuvo el descubrimiento de América en la construcción del discurso utópico, en el arco que va desde el texto de Tomás Moro, la Utopía (1516) y el de Tomasso Campanela, Ciudad del Sol hasta la producción de los socialistas utópicos del siglo XIX.
Anduli · Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 3 - 2003 · 70 · tura durante la Edad Media, el salvaje (Gerbi, 1960: 67), sólo que en esta oportunidad se trata del buen salvaje, que tiene su impacto, ya en el siglo XVIII y XIX, en las teorías rousseaunianas sobre el hombre en estado natural y en los textos literarios del romanticismo europeo y latinoamericano (Chateaubriand, 1979; Mera, 1967). Todas estas repercusiones confirman la larga duración de este discurso. A poco de nacer este salvaje bueno es desmitificado por el mismo Colón, quien, ya en sus últimos viajes, plantea que se trata en realidad de un verdadero caníbal. “Otra gente fallé que comían hombres” (Colón, 1971: 199), dice. Es digno destacar que el Almirante había comentado a los Reyes que en las tierras encontradas navegando hacia el oeste, los árboles no echaban raíces porque llovía mucho y la tierra estaba podrida. Gonzalo Fernández de Oviedo cita a la Reina Católica, quien a partir de tal afirmación habría mostrado su aflicción al manifestar: “En esa tierra donde los árboles no se arraigan, poca verdad y menos constancia habrá en los hombres” (Gerbi, 1960: 37). Antonello Gerbi se pregunta, a partir de esto, si la primera crítica del clima de las Indias y de sus habitantes no fue de la misma Reina Isabel, protectora de Colón. Pero retomaremos esto más adelante. Con la conquista de la tierra firme, un nuevo motivo de admiración se instala en Europa por las posibilidades que se abrían en las nuevas tierras. Las cartas de Hernán Cortés, cuyas traducciones se suceden rápidamente, plantean simultáneamente la magnificencia del imperio azteca y la necesidad de derribarlo a fin de permitir la cristianización. Al hablar de las ciudades dice que tenían: “muy buenas y grandes casas, así de aposentamientos como de mezquitas” (Cortés, 1982: 56), donde los indios adoraban a sus ídolos. Dice Rubert de Ventós respecto del estupor de los españoles: “No es de extrañar que los soldados de Cortés se sintieran embarazados con el lavamanos que les presentaban antes de las comidas, que no supieran utilizar el <braserico> con que se mantenían los platos calientes y que acabaran escandalizándose ante la higiene que dominaba la vida cotidiana” (Rubert de Ventós, 1997: 19). A pesar de todo, dice Cortés más adelante: “Los más principales de estos ídolos (...) derroqué de sus sillas (...) y puse en ellas imágenes de Nuestra Señora”. (Cortés, 1982: 57) La aguda contradicción que se plantea entre el asombro y el estrago tiene relación con el discurso contrapuesto que desplegaremos en el parágrafo siguiente. Importa acá marcar sólo la magna obra en la que España estaba embarcándose con la conquista de tierra firme, en la que era menester desviar de idolatrías y atraer al conocimiento de Dios Nuestro Señor. 3 La polémica Las Casas-Sepúlveda La contradicción entre las grandezas descriptas y el relato de cómo se las ha destruido hace que Cortés busque entre los sabios de la época quien desde el punto de vista filosófico lo ayude a justificar la dominación de los indígenas. Cortés encuentra en Ginés de Sepúlveda un aliado en este sentido. En efecto, Sepúlveda
· 71 · Artículos · Beatriz Elisa Moyano / Ángel María Casas Gragea arguye acerca de la inferioridad indígena, en la cual basa su idea de que los indios necesitan un tutor (Elliott, 1990:19-20). La connivencia entre los conquistadores y algunos estudiosos de la época es explicitada por Xavier Rubert de Ventós quién afirma: “Los ejemplos de aquella complicidad son también numerosos y bien documentados: desde su directa colaboración en la superchería legal que fueron los Requerimientos4 (ininteligible mezcla de requisitoria jurídico-teológica y de notificación bélica, que debía anteceder todo ataque) hasta la sanción político-teológica que dieron Sepúlveda u Oviedo a la expoliación y explotación de los nativos.” (Rubert de Ventós, 1997: 28) Contra las prácticas de los colonizadores, la aquiescencia de los letrados y las afirmaciones respecto a la inferioridad de los indios, se alzará a mediados del siglo XVI la voz del padre Bartolomé de Las Casas quien logra, después de la polémica —conocida por todos— en la que el clérigo denuncia las aberraciones que los encomenderos españoles cometían contra los indios, que la obra de Sepúlveda Democrates alter no llegue a ser publicada. La suya se publica (Las Casas, 1941), es traducida a varias lenguas europeas y pasada a una versión pictórica (principalmente los grabados de Theodore de Bry) que perpetúa la Conquista como una gesta cruel. Sólo en un punto Las Casas fracasa. Había logrado convencer a Carlos V de que cediera el Perú a los incas, pero eso finalmente no se llevó a cabo por el temor a la pérdida de sus almas, cuestión en la que había insistido Sepúlveda. Las leyes de Indias, que ya habían sido modificadas a partir de las prédicas de otros sacerdotes que defendieron a los indios antes que Las Casas (el padre Vitoria, que afirmó en el primer cuarto del siglo XVI que los verdaderos dueños del territorio americano eran los indios y su derecho a no ser convertidos a la fuerza; fray Bernardino de Sahagún que realizó una investigación sobre los aztecas, Historia general de las cosas de Nueva España, donde usó una metodología científica que se adelantaba en cuatro siglos a los procedimientos aplicados actualmente por los etnólogos; el padre Montesinos que —a partir de 1510— reconoce el derecho a negar la confesión a quien trate mal a los indios y colaboró en la redacción de las Leyes de Burgos de 1512 que rebatieron los argumentos de “la natural inferioridad e indolencia” de los indígenas), continúan siendo renovadas para evitar que los encomenderos sigan cometiendo los excesos que había denunciado Las Casas; pero, en todos los casos, sabemos que ‘hecha la ley, hecha la trampa’ y las leyes se incumplieron. A pesar del aparente triunfo de Las Casas sobre Sepúlveda en la defensa de los indios, el texto lascasiano fue el punto de partida de la concepción del indio como un ser indolente y débil y un aporte fundamental a la ‘leyenda negra’ que relataba los desmanes de la conquista y ya venía gestándose. En efecto, en lo que hace a la debilidad del indio, Las Casas muestra su delicadeza como un argumento con el cual trataba de salvarlos de las garras de los encomenderos. Pero al basar su 4 Documento leído a los indígenas antes de emprender una expedición, por el que les exhortaba a aceptar a su nuevo soberano y adoptar el cristianismo. Se suprimió definitivamente en 1542.
Anduli · Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 3 - 2003 · 72 · argumentación en las teorías aristotélicas que plantean que el hombre rudo, cuyas habilidades se inclinan a los trabajos manuales, está destinado a la esclavitud, dice que el indio es endeble y sienta las bases de un discurso desvalorizador, que ha operado en la larga duración. Dice Antonello Gerbi: “El buenísimo Las Casas no imaginaba que sus cándidas apologías del miserable, débil, lánguido e inocente indio, se transformarían, al cabo de dos siglos, en ‘pruebas’ de la corrompida y degenerada naturaleza de los americanos” (Gerbi, 1960: 66). Con relación a la otra vertiente del discurso del desencuentro, los textos de Las Casas han afectado el buen nombre de España y es éste también un discurso que ha actuado en la longue durée. Pero estas derivaciones son ya otro capítulo del discurso que venimos desplegando y que veremos en el parágrafo 4. 4 Neoplatonismo y providencialismo en el Inca Garcilaso de la Vega. La misión de España Los textos del Inca Garcilaso de la Vega, escritos ya durante su permanencia en España, hacia donde se dirigió para cobrar la herencia de su padre y de la que nunca regresó, adscriben al discurso laudatorio de la obra de España. Se trata, fundamentalmente, de La Florida (1605), texto en el que manifiesta, a cada paso, la necesidad de la conquista para incorporar una zona más a la generosa y amplia ‘república cristiana’, de acuerdo con el universalismo católico de extender la unidad espiritual por todo el mundo. Para Garcilaso, catolicismo y España son sinónimos y corresponde al Rey emprender esa misión, pues, para él, los límites del imperio español y los de la fe católica debían, en principio, coincidir. Es posible rastrear estas ideas también en Los comentarios reales (1606) (Garcilaso de la Vega, 1971), en el que aparece su neoplatonismo, filosofía en la que encontró una base conceptual sólida y apropiada para pensar y pensarse en función de una armónica convergencia (recordemos que era hijo de una ñusta indígena y de un capitán español) de fuerzas disímiles y encontradas. Bajo el influjo de esta corriente, idealizó al incario al punto de mostrarlo como una utopía ya realizada. Por otra parte, según su concepción providencialista de la historia, los indios del Perú estaban preparados, a través del excelente accionar de los reyes incas, para la futura conquista y colonización española. Aquellos fueron, según él, el puente que permitió al mundo indígena llegar con mayor rapidez a una plena aceptación del Evangelio. Dice Cornejo Polar al respecto: “En este orden de cosas, Garcilaso sitúa al incario no en contraposición a la Conquista sino —como el mundo clásico respecto al cristiano— a la manera de prólogo propiciatorio de la evangelización de las Indias. Es obvio que así, como las etapas de un solo gran proceso deseado por Dios, que conduce de la barbarie de las épocas remotas a la razón natural de incanato y de la razón natural a la revelación divina que se ofrece a los indios con la Conquista, se desdramatiza el fin del imperio y su sojuzgamiento por los españoles. El discurso histórico puede discurrir sin contratiempos, suturando desgarraduras
· 73 · Artículos · Beatriz Elisa Moyano / Ángel María Casas Gragea y soldando lo quebrado con la mayor de las razones: la divina. Hasta cierto punto, esta operación logra superar los desencuentros del propio Garcilaso” . (Cornejo, 1994:97). Sin embargo, Cornejo, a través de un trabajo con el nivel discursivo de Los comentarios..., llega a vislumbrar la fisura entre los dos mundos. En los textos de Colón, Cortés, y Garcilaso de la Vega, el discurso del encuentro o la conciliación de los dos mundos, como una obra gigantesca hecha por España, tuvo la misma intencionalidad5: magnificar lo descubierto y la obra hispana (Colón, Cortés) o exaltar a los antepasados por quienes la obra española fue posible (el Inca), como un modo de destacar la propia obra para obtener cargos y/o prebendas para sí mismos o sus descendientes. 5 Las secuelas del discurso lascasiano Retomemos lo dicho con relación a los efectos del texto de Bartolomé de Las Casas ya mencionado. Si, a través de él, el dominico quiso defender al indio, terribles fueron, sin embargo, las derivaciones que tuvieron en contra del mismo indio (como vimos en el parágrafo 2) y de la propia España. Dice Elliot al referirse a la victoria de Las Casas sobre Sepúlveda: “Sin embargo, consiguió otra victoria más ambigua, ésta en el tribunal de la opinión pública internacional. La ‘leyenda negra’ de la brutalidad de los españoles era anterior a Las Casas (...) Pero la devastadora denuncia de Las Casas de la conducta de sus compatriotas en Breve relación de la destrucción de las indias, publicada por primera vez en España en 1552, iba a suponer junto con la Historia del nuevo mundo de Girolamo Benzoni (Venecia, 1565), una reserva de historias de horror que los enemigos de España explotarían en su beneficio. Las traducciones francesa y holandesa aparecieron en 1579 y la primera edición inglesa, en 1583, cuando el antagonismo entre la España de Felipe II y los protestantes del norte alcanzaba su clímax. Los espeluznantes grabados de Theodore de Bry reforzaron la palabra escrita con imágenes visuales de las atrocidades españolas contra los indios inocentes, lo cual imprimió un crudo estereotipo del régimen imperial español en las mentes de generaciones de europeos” (Elliott, 1990: 21). A partir de esta divulgación, se produce en toda Europa una revisión profunda de la idea colombina del buen salvaje y comienza a pensárselo como un ser absolutamente inferior, raza inmadura, imperfecta o degenerada de la que se duda hasta de su capacidad para el amor6. Se supone (retomando la frase de Colón que afligió a la Reina Isabel) que los climas y las humedades pesaron sobre los habitantes de 5 Usamos el término intencionalidad a la manera de la semiótica que lo distingue de la intención que parece motivar y justificar el acto comunicativo como un acto voluntario y consciente. La formulación semiótica lo acerca al concepto de competencia modal, que implica un querer o un deberhacer que rigen un poder o un saber-hacer (Greimas, 1990: 224). 6 En este apartado, seguimos el rastreo hecho por Antonello Gerbi (Gerbi, 1960).
Anduli · Revista Andaluza de Ciencias Sociales Nº 3 - 2003 · 74 · América y los dejaron blandos como los muñecos de barro del Popol Vuh, que se diluyeron con el primer aguacero (la comparación es nuestra). Con algún antecedente en el siglo XVI (Bodin, Montaigne), la relación clima-tempe- ramento hace su eclosión en el siglo XVIII con la voluntad de orden puesta de manifiesto en la época clásica y que dio lugar al establecimiento de categorías, y clasificaciones varias. Buffon (1707-1778), naturalista francés, primer estudioso de las transformaciones de las especies, centra su atención en las especies del Nuevo Mundo y las compara con las del viejo concluyendo que en América los animales de sangre caliente son pequeños, débiles y cobardes (estos caracteres son rápidamente transferidos a los seres humanos, que son según él, incapaces para dominar la naturaleza hostil). Los animales fríos (sapos, víboras, insectos) en cambio, son grandes y temibles. David Hume (1711-1776), naturalista escocés, revisa la conexión entre el clima y el temperamento, centrando su atención en la indolencia del pusilánime habitante de los trópicos. De Pauw, prusiano que —en 1792— recibe la ciudadanía francesa honoraria, polemiza contra los admiradores del noble salvaje (Gerbi, 1960: 51) y construye su teoría sobre el indio perezoso, débil y enervado, e incapaz de progreso mental. Un capítulo de su obra está destinado a polemizar con el Inca Garcilaso. Describe el Cuzco como “un amontonamiento de casuchas, sin tragaluces ni ventanas”; en una de ellas “ciertos titulados (los amautas), que no sabían leer ni escribir, enseñaban Filosofía a otros ignorantes que no sabían hablar” (Gerbi, 1960: 54). De Pauw se colocó en las antípodas de los defensores del buen salvaje, y de los que defienden las grandezas de las civilizaciones precolombinas. Dice Giuseppe Galasso: “La influencia de De Pauw fue tal que el propio Emmanuel Kant expresaba en 1764 una alta consideración hacia los salvajes y sólo 10 años más tarde, después de haber leído a De Pauw, juzgaba a los indios una raza inferior” (Galazo, 1999: 88). La excepción a esta regularidad en la concepción desvalorizada de América y los americanos la constituyen los científicos que la visitaron. Galasso afirma que “sólo con Alexander von Humboldt, que visitó y estudió las Américas durante cinco años entre el siglo XVIII y el siglo XIX, se puede decir que hay una visión europea de las Américas como una parte del mundo igual a las otras en su problemática humana y general” (Ibid.). De Pauw también envistió en contra de los paladines de las glorias y el humanitarismo de España. En el mismo siglo XVIII, el filósofo francés Voltaire (1694-1778), a quien había llamado la atención el hombre y el león americanos, lampiño y calvo respectivamente, denuncia la crueldad española y la acusa de ser el fin del comercio carnal de muchos aborígenes. El escritor francés Marmontel, que según Gerbi es un secuaz de Las Casas (Gerbi 1960: 172) reivindica lo primitivo contra la opresión. Los indios eran débiles a causa de la impiedad europea que los vencía y los sojuzgaba. Rousseau defensor del buen salvaje, habla del fanatismo del conquistador. Pensemos que si las polémicas acerca del hombre americano, que se habían sucedido en el siglo inmediatamente posterior al Descubrimiento, el XVI, eran de carácter filosófico y teológico; en el XVII y XVIII las reflexiones sobre estas tierras
· 75 · están atravesadas del historicismo providencialista (Garcilaso) y de cientificismo (los hombres de la Ilustración). Durante esos siglos, España era la primera potencia de Europa y su posición tenía adeptos y detractores. Entre estos últimos se encontraban sus enemigos, fundamentalmente los holandeses, los franceses y los ingleses y las noticias del manejo incorrecto en la España de Ultramar fueron utilizadas por ellos para reflotar el deseo de un enclave americano que les permitiera realizar transacciones comerciales en detrimento del monopolio español. Esto finalmente se hizo efectivo, cuando extinguida la dinastía de los Austrias y realizada la Guerra de Sucesión, el Tratado de Utrecht (1713) reparte las posesiones europeas de España y, gracias a ciertas ‘concesiones’, el imperio queda a merced de la navegación extranjera y del contrabando. No fue fácil a la Corona española, que en este nuevo siglo quedó en manos de los Borbones, revertir esta situación y recuperar el dominio perdido por los últimos Austrias. Y esta dificultad se relaciona no sólo con las crueles e impopulares reformas borbónicas, (alguna de las cuales mencionaremos en seguida) que dilataron el mal nombre de España, sino, y fundamentalmente, con los textos de los escritores europeos ya nombrados: escoceses (Hume), alemanes (De Pauw), o franceses (los hombres de la Ilustración) que se hicieron cargo de la debilidad del indígena y de la ‘leyenda negra’. Todo lo cual demuestra que los episodios de la historia tienen íntima relación con los discursos vigentes. 6 El discurso del encuentro en el ocaso de la Colonia. Los jesuitas españoles Si en los textos de los protagonistas del Descubrimiento, la Conquista y los primeros mestizajes, o sea durante los cien primeros años de la colonización de América irrumpe en el mundo hispanohablante el discurso de la conciliación, su reaparición vino de la mano de los jesuitas españoles expulsados desde la Península Ibérica por las reformas del absolutismo borbónico, y quiso neutralizar la ‘mala prensa europea’, de la que se habían hecho eco los criollos durante los años anteriores a las guerras de independencia en América del Sur (como si ya se vislumbraran las mismas). Los jesuitas nacidos en la Península salieron al encuentro de los enemigos de España, fundamentalmente del prusiano De Pauw, y lo hicieron para defender el proceder de los conquistadores españoles y sus buenas cualidades en oposición a los otros colonizadores. Fue fundamentalmente el libro del padre jesuita Juan Nuix editado en Venecia en 17807, el que menciona a De Pauw entre los autores que han tratado de oscurecer el nombre de España. Esta reacción había sido la apropiada para el XVIII, siglo en el que los afanes científico y clasificatorio habían sido utilizados por las naciones enemigas de España para dejarla en el cono de las sombras. Nuix afirma que es difícil encontrar en España alguien que compare a “los salvajes con las bestias” (Gerbi, 1960: 173) como lo han hecho filósofos recientes (los ya mencionados). Nuix no tiene simpatía alguna por los indígenas (“hombres los más 7 Juan Nuix, Riflessioni imparziali sopra l’umnità degli Spagnuoli nell’Indie, contro i pretesi filosofi e politici, per servire di lume alle storie dei signori Raynal e Robertson (Gerbi, 1960: 173). Artículos · Beatriz Elisa Moyano / Ángel María Casas Gragea