scieee AI-readable full text Open interactive document viewer

Bosquejo bibliográfico del excelentísimo señor Conde de Casa-Galindo

Duque de Rivas; Conde de Casa-Galindo

Full text

Es ROS z E E 5 ZE E z E nas A ES o E a 3 NS ON o A SS ES A e ES e E AA E o SR RES eS => SS q NA 0 A E (2199039 BOSQUEJO BIOGRÁFICO ! DEL EXCELENTÍSIMO SEÑOR CONDE CASA-GALINDO POR EL EXCMO. SR. DUQUE DE RIVAS PUBLÍCALO CON DOCUMENTOS Y DISCURSOS LITERARIOS Y POLÍTICOS DEL CONDE La Excma. Sra. Condesa Viuda de Casa- Galindo, Marquesa de Cubas. SEVILLA En la Oficina de ENRIQUE Rasco Bustos Tavera, 1 AÑo DE M.DCCCCIL TR TT, TUBE LOPES AAA A CESA 2 pl - Pdo Fabs A EL Y Lo. bando. ple Ppresfobid > ala ¿Cómo no aceptar por mi parte tan honroso encargo, y tan en armonía con mis propios sentimientos? V. sabe, y los que nos conocieron á Andrés y á mí en nuestra adolescencia no ignoran, que éramos compañeros de Universidad y amigos inseparables; pero sólo yo sé el influjo que ejercieron en mi espíritu aquella índole moral tan luminosa, aquella fe cristiana tan honda é intensa, y la lectura que juntos hacíamos de los escritores católicos de más nota, españoles y extranjeros. Después de aquellos años, los más gratos de mi vida, nos separamos, al fin, llevándonos el destino por diferentes rumbos. Pero ni él ni yo éramos de carácter superficial y ligero: aquellos vínculos de la primera edad no podían romperse, y cuando las vicisitudes de la existencia ó los vaivenes de la política volvían á juntarnos, como cuando fuimos diputados el año de 1857, desde luego nos poníamos en el mismo pie de cordial amistad en que habíamos estado en la primavera de la vida, como si el tiempo no hubiera transcurrido. Ambos estábamos afiliados al partido moderado. Aunque yo no rayase como él en ciencia y en virtudes, nuestras ideas eran las mismas. Nos sentábamos en el mismo banco en el Congreso, y casi en los mismos días nos estrenamos en los debates políticos: él, sosteniendo con la elocuencia de que Dios le había dotado una enmienda al proyecto de ley de Instrucción pública; yo, defendiendo la reforma constitucional presentada por aquel Gobierno á las Cortes. — 3 — Pero al remitirme los datos que había pedido á V. para cumplir á conciencia mi cometido, me envía con ellos una preciosa biografía de su esposo, escrita por V. misma, con tal sencillez de expresión y sentimientos tan nobles y delicados, que yo ciertamente nada podría hacer que la superase. El relato de V., en mi sentir, no tiene desperdicio, y debe publicarlo íntegro, después de las breves páginas en que, sin entrar en pormenores, me propongo esbozar la semblanza de aquel noble y cariñoso amigo, espejo de caballeros cristianos. Sirva de prólogo mi modesta prosa, y venga luego la necrología escrita por su inconsolable viuda, cuyas sentidas frases suenan á veces á suspiros y parecen escritas con lágrimas. R. En Sevilla, cuna en todos tiempos de insignes varones, nació, en Octubre de 1827, D. Andrés Lasso de la Vega y Quintanilla, siendo sus padres D. Miguel Lasso de la Vega y Madariaga y doña Carmen de Quintanilla y Melgarejo, Marqueses de las Torres de la Pressa, Condes de Casa-Galindo, ambos de clara nobleza andaluza, y en cuyas familias se perpetuaban, de padres á hijos, el ardor religioso y el culto del honor y de la patria. Dignísimos representantes de esos linajes que datan de la reconquista, adquirieron nuevos timbres en las guerras de Flandes y de Italia, y en la de Sucesión, sosteniendo los derechos de Felipe V. a En tiempos más próximos, un Conde de Casa- Galindo murió bizarramente en el Rosellón, al frente de su regimiento, en acción de guerra contra la República francesa; y casi en nuestros días, cuando las huestes de Napoleón invadieron la península, el mismo D. Miguel, padre de nuestro D. Andrés, cediendo á la voz del patriotismo y arriesgando sus intereses, su porvenir y hasta la paz de su familia, marchó á la guerra, como Capitán abanderado, en un batallón de voluntarios reclutado en Sevilla, y se halló en la famosa batalla de Bailén como ayudante del General Castaños, retirándose luego á sus tierras, satisfecho de haber cumplido como bueno, y sin más honores que la medalla conmemorativa de aquel glorioso triunfo, única condecoración que en su larga vida colocó sobre su pecho. De los varios hijos que tuvo, pasó á D. Andrés el título de Conde de Casa-Galindo, y al mayor, don José, el marquesado de las Torres de la Pressa, que por su fallecimiento recayó en el mismo D. Andrés, quien lo cedió en D. Miguel, el menor de los hermanos. Desde los albores de la razón empezó D. Andrés á dar muestras de su claro entendimiento y de la tendencia mística de su espíritu. Á la manera que otros chicos se ponen roses y cartucheras de cartón, y con sables y fusiles de juguete se divierten en hacer el ejercicio como los soldados, el niño Andrés se complacía en que lo vistiesen de eclesiástico; y era su mayor gusto erigir y adornar altaritos con pequeñas imágenes y otros diminutos objetos del a 5 E culto, gozándose en imitar las ceremonias religiosas. Afición que creció con la edad, hasta el punto de reunir en el oratorio de su casa á la numerosa servidumbre, y, revestido de las prendas de rúbrica, decir misas y dirigir al auditorio, que oía con admiración á aquel muchacho, pláticas y sermones. Hubo un momento en que sus padres le creyeron movido por una verdadera vocación y predestinado al sacerdocio. Con ese fin empezó sus estudios, y, ordenado de menores, usaba hábitos y asistía á coro en su parroquia, como adscrito á la misma. Pero el niño fué mozo, miró la vida por el mágico prisma de la juventud, y sintiendo latir tal vez con mayor viveza su corazón, sin que por ello se amortiguase en lo más mínimo su fe religiosa, vino á cuentas consigo mismo, y no creyó, en su humildad, poseer en sí todas. las condiciones que eran en su concepto necesarias para constituir el perfecto sacerdote. Los estudios comenzados le sirvieron para la carrera de leyes, que emprendió y siguió con gran aplicación y aprovechamiento, siendo modelo de estudiantes, querido de los compañeros, y muy estimado de los catedráticos, que en exámenes y grados le calificaron siempre con las mejores notas. Habíase fundado por aquella época la Academia de Jurisprudencia sevillana, á la cual pertenecíamos la mayor parte de los escolares que cursábamos el Derecho. En ella se dió á conocer el joven Andrés Lasso como polemista elocuente, terciando en las discusiones que sobre temas jurídicos se promovían 2 en aquella liza, donde los letrados en ciernes hacían sus primeras armas. Obtenida la licenciatura en la Universidad de Sevilla, pasó á la de Madrid, donde tomó la borla de Doctor en Mayo de 1853. El discurso que leyó con este motivo, dieno de la solemnidad del acto, y sobre un tema muy á propósito para la razonada exposición de sus ideales de creyente y erudito, fué como la síntesis de sus meditaciones y estudios. «De las relaciones entre la Ielesia y el Estado» era su título, y llama la atención la amplitud de miras que en él se advierte. Al determinar su autor las esferas en que se mueven las dos potestades, reconoce la autoridad é independencia que al poder civil corresponde, si bien cree que en la inteligencia y armonía de ambas estriban la paz social y el bien de los pueblos. El fin del Estado es la práctica de la justicia; el de la Iglesia la santificación de las almas. El cristianismo vino á dar á Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César. Grecia y Roma no llegaron á imaginar que una era la potestad de Dios y otra la del hombre en la tierra. Además del desarrollo de estas ideas, es notable la elevación filosófica con que explica los conceptos de derecho, ley y justicia. Si en esta elegante disertación demostró su competencia jurídica, en la bella arenga con que dió gracias al Claustro, recibida la investidura, probó que, entre otros eximios dones, Dios le había concedido el de la elocuencia. No me ciega el afecto que le tu- ve; aquella oración—que hallará el lector en este a e pr libro—es un modelo en su género. La parte que en ella dedica al recuerdo de los comienzos de su carrera en la Universidad de Sevilla, trazando el cuadro de su artística iglesia, con sus históricos sepulcros y admirables pinturas, y evocando á los sabios profesores que guiaron sus primeros pasos, «Maestre el latino, Mármol el filósofo, y Lista el enciclopédico, cuya mente abarcaba en extenso conjunto los conocimientos humanos», es verdaderamente hermosa, y, al par que erudición y cultura, revela exquisita sensibilidad y poética fantasía. Si el joven Lasso de la Vega hubiera tenido que abrirse paso en el mundo, ó sentido en su pecho el acicate de la ambición, con aquella calorosa y persuasiva palabra, ¡cuán fácil le hubiera sido encumbrarse á los más altos puestos! Del mismo género que el discurso de que hemos hablado, es el que pronunció al apadrinar á su amigo D. Mariano Pardo de Figueroa—célebre después en el campo de las letras con el seudónimo de el Doctor Thebussem—en el acto de recibir también la investidura del doctorado en Jurisprudencia. Toda la oración está llena de movimiento y de felices rasgos. Después de hablar al Claustro, dirígese con viveza á su apadrinado, y le dice: «Los recuerdos de lo pasado son ejemplos para lo presente y esperanza para el porvenir... Ellos te dirán que ha habido siglos en que la humanidad, tranquila y serena, dominada por una gran idea, eminentemente civilizadora porque era divina, navegaba con rumbo cierto hacia puerto de bonanza. Ellos te dirán pgs que la enseñanza de la verdad brotaba en copiosos raudales de los labios de Anselmo de Cantorbery, Alberto el Grande y Tomás de Aquino, bien que, no descubierta aún la imprenta, no pudiese el periodismo propinar á cada instante, en proporciones homeopáticas, la ciencia. » Como lo demuestran esos discursos, y casi todos los que pronunció en su vida, pocas personalidades habrá habido tan consecuentes consigo propias. Verdadero creyente y monárquico convencido, era al mismo tiempo sincero amante de las franquicias del pueblo, naturalmente á la manera cristiana, como lo era Pío IX antes que los excesos de la revolución le obligasen, no á abjurar de sus ideas, sino á retroceder en el camino emprendido. Los grandes pensadores católicos, con cuyas obras estaba familiarizado, le habían persuadido de que la libertad, la ciencia y la religion no estaban reñidas. Era Lasso, tan satisfecho de sus timbres nobiliarios, verdadero demócrata cristiano. En la vida de Jesucristo y en su Evangelio hallaba los verdaderos principios de la igualdad y fraternidad humanas, sin tener que apelar á la revolución francesa para conocer los derechos del hombre, que dieciocho siglos antes había proclamado el Salvador, muriendo, no matando, para redimir al género humano. Imbuído de verdadero espíritu de caridad, sus ideas y acciones iban por el mismo sendero. Consaerado al bien de sus semejantes, era el vivo ejemplo de su doctrina. En los humildes veía hermanos. Cuando cualquier criado se le ponía enfermo, entra- — ba en su cuarto á menudo y le cuidaba con el mayor interés. Un amado condiscípulo que había abrazado los errores de la masonería, cayó postrado con mortal dolencia. Acude el Conde á la cabecera del enfermo, lo auxilía, lo conforta; logra que, penitente y contrito, vuelva al gremio de la Iglesia, y luego que fallece, recibidos los Santos Sacramentos, acompaña al cadáver hasta la última morada. Para el incrédulo todo esto vale poco; para el creyente, Casa- Galindo había salvado un alma. Durante los aciagos días de la república, y cuando más se afanaba con sus amigos políticos en los trabajos de la restauración, un sacerdote carlista predicó en Sevilla un sermón, en que injusta y duramente le agraviaba. No ciertamente por esas ofen- Sas, sino por haber, desde el púlpito, atacado la forma de gobierno que entonces prevalecía, lo llevaron á la cárcel. Al saber la prisión del sacerdote, fué Lasso de la Vega á visitar al Gobernador, á quien no conocía, y pagando injurias con favores, alcanzó á fuerza de súplicas la libertad del presbítero, acompañándolo luego desde la prisión á su domicilio. Pasaba largas temporadas en su hacienda de Talhara en continuo roce con los campesinos, realizando, en compañía de su digna esposa, todo el bien que estaba á su alcance. En su noble corazón ha. llaban simpatía y piedad todos los infortunios; y bien probó su desinterés y espíritu cristiano cuando, después de roturar unas tierras y beneficiarlas con adecuados plantíos, las repartió gratis entre humildes 2 A > A braceros, labrando la felicidad de aquella pobre gente. * Pero lo que honra más sus sentimientos bené: ficos, y prueba que su virtud corría parejas con su previsión y su cultura, es el hecho verdaderamente laudable de haber llevado á Carmona á las Hermanas de la Cruz para que visitaran y socorrieran á los pobres y educaran á sus hijas, dándoles casa arreglada y señalándoles una renta. También, como albacea de la Sra. D.* Dolores Quintanilla, llevó á dicha ciudad á los religiosos Salesianos, y fundó la escuela dirigida por ellos para moralizar y educar á niños pobres, ó abandonados por sus familias. Hacía el bien porque estaba en su naturaleza: ni le impulsaba la ambición, ni buscaba el aplauso. No llevaba otra mira que cumplir sus deberes de patriota y de cristiano. El año 36, después de las tormentas políticas del bienio, ó sea de los dos años transcurridos desde la revolución, habiendo vuelto á preponderar las ideas conservadoras, y siendo Ministro de la Gobernación D. Antonio Ríos y Rosas, trató éste de dignificar la clase de gobernadores civiles, entonces, como ahora, bastante desacreditada, y se propuso nombrar para tan importante cargo á personas de familias distinguidas y de posición independiente. Reuniendo estas circunstancias, y gozando además de excelente fama el joven Lasso de la Vega, fuéle conferido el gobierno civil de la provincia de Gerona, que aceptó de buen grado, sin otro anhelo que emplearse en servicio de la patria. PAQOREEDSARTS AA a a a Da a Ona TO O OOO DO OO O , A e En aquel puesto, como en otros que desempeñó después, dió relevantes pruebas de prudencia, desinterés y ardoroso celo en promover el bien público. El año 57 vino por primera vez á las Cortes, representando el distrito de Écija. Precedíale su buen nombre, viendo todos en él un joven de gran porvenir. Había ensayado su oratoria en exposiciones y certámenes, y en las plataformas académicas, ¡tan distintas de la tribuna parlamentaria! Los que como yo le conocían á fondo no ignoraban que podía brillar igualmente en todos los teatros de la elocuencia. En efecto, se estrenó presentando y defendiendo una enmienda al proyecto de ley de Instrucción pública, donde se reveló:brioso polemista; y al mismo tiempo que hacía alarde de defender la libertad, mientras ésta no se torciera por derroteros impíos y antisociales, sostuvo con honda convicción y gran conocimiento de la historia y la filosofía los derechos de la Iglesia para intervenir en la enseñanza, y defendió al Clero de la tacha de ignorante. «Es menester —decía—-combatir el escepticismo y la utopia; y lo único que sirve para combatirla es aquello, á un mismo tiempo teórico y práctico, que, siendo verdad, lleva diecinueve siglos de vida, y tiene de porvenir cuanto haya de siglos en el mundo.» El discurso cautivó la atención de la Cámara, y diputados y público formaron alto concepto del joven representante del distrito de Ecija. Este discurso es una prueba más de la índole de su autor. Cual. quiera que sea la posición que ocupe, ó el momento E A el empleo en La Santa Caridad de Sevilla, la famosa fundación de D. Miguel de Mañara, no quiso aceptar el cargo por humildad. En la iglesia del antiguo convento del Carmen, hoy cuartel de infantería, estaba establecida la hermandad del Descendimiento de Nuestro Señor Jesucristo, de cuyo misterio era muy devoto; y al ocurrir el hundimiento de dicho templo, con inminente peligro de su vida salvó las sagradas Imágenes. Su caridad era inagotable, y su bolsa, como su alma, estaba siempre abierta al infortunio y la indigencia. Aunque sano y bien equilibrado, no parecía de complexión robusta, y con los años vinieron los achaques á minar su naturaleza. En 1890 su delicada salud le obligó á renunciar la jefatura del partido conservador en la provincia de Sevilla; y, yendo de mal en peor, trasladóse á Madrid el año 99, donde por consejo facultativo sometióse á una larga y cruel operación quirúrgica, que, si bien fué hábilmente ejecutada, y al parecer con buen éxito, tuvo tristes consecuencias. La intensidad del sufrimiento y la pérdida de sangre debilitaron en extremo su gastado orga: nismo, y desde entonces empezó á padecer del corazón y de las vías respiratorias. A los quebrantos físicos se unieron las penas del ánimo con la muerte de su hermano querido, el Marqués de las Torres de la Pressa. La suya propia no estaba lejos. Así lo comprendía, y, viéndola venir con la serenidad de una conciencia pura, pedía oraciones á sus allegados para su alma, y á todos edi- ficaba la conformidad y resignación con que sufría sus dolencias, Hallándose en Carmona, cayó al fin postrado en el lecho para no volverse á levantar. Y como los males no vienen solos, en aquellos tristes días desgarró su corazón y aumentó su congoja el saber que Miguel, su hermano menor, á quien amaba con paternal afecto, se hallaba moribundo, presa de una congestión cerebral, que al cabo lo llevó al sepulcro. Dos días no más debía sobrevivirle el Conde; y su mísero estado, no dando ya lugar á la esperanza, llamóse apresuradamente á su confesor, D. José Camacho, dignísimo párroco de San Andrés, en Sevilla, que auxilió y confortó á su noble amigo. El Conde murió como un santo. Sus últimos momentos fueron - admirables. El mismo pidió los Sacramentos, que recibió con gran fervor. Hizo con voz entera una sentida protestación de fe, y despidiéndose de sus deudos y servidores, que apenados y Horosos rodeaban su lecho, con la calma del Justo dió su espíritu á Dios el 24 de Marzo de 1900, á las once de la mañana. Su funeral y entierro fueron una gran manifestación de duelo, en que se mezclaron y confundieron todas las clases. De Sevilla salió el 26 para Carmona un tren especial con los amigos políticos y particulares del fi. nado, y á ellos juntóse gente venida de diferentes puntos á la ciudad andaluza, deseando todos honrar sus cenizas y rendirle un tributo de respeto y de hondo pesar, En la magnífica iglesia prioral de Carmona cele- E bráronse solemnes exequias ante un inmenso concutso. Terminadas que fueron, se dió sepultura al cadáver en la cripta de la capilla de Nuestra Señora de Gracia, fundación y propiedad de los Marqueses de las Torres de la Pressa. El virtuoso sacerdote D. José Camacho, confesor del Conde, en una carta, inserta el 27 de Marzo en El Correo de Andalucía, hizo pública su ejemplar y cristiana muerte, para honra de Dios y edificación de los fieles; y el distinguido poeta D. José Lamarque de Novoa dedicó al antiguo amigo un bello y sentido soneto. La Academia de Bellas Artes, que tanto le debía, al ocurrir su fallecimiento, honró su memoria nombrando una Comisión que asistió á su funeral y entierro, y en junta general acordó pedir al Ayuntamiento rotulase con su título la Plaza del Museo, encargar á un pintor de fama su retrato para colocarlo en la Sala de sesiones, poner á la entrada de ésta una lápida conmemorativa, y costear solemnes honras en sufragio de su alma; cuyos acuerdos se llevaron oportunamente á efecto. Señora Condesa, y amiga muy estimada: He concluído mi tarea, Como habrá V. visto, es sencilla. mente un bosquejo biográfico, en que está fielmente reflejada la figura moral del inolvidable Andrés. La reseña necrológica, tan sentida, que V. ha escrito completará mi estudio. En ella hallará el lector interesantes pormenores de la vida íntima, que yo no me he atrevido á tocar. Ds Poe dilo Jy pra Si de la esfera de luz en que habitan las almas buenas, se fija alguna vez la atención en los que andamos aún penando por la mísera tierra, reciba el que más que amigo fué para mí cariñoso hermano este homenaje de afecto y simpatía que hoy rindo á su memoria; y al rogar á Dios por los que aquí le amaron, que no se olvide de su «querido Enrique, EL Duque pe Rivas. » Enero de 1902. RIA RA mie AA => a PI NR Po O a O A A ÓN . UP 2 HA AYNA AN APÉNDICES - 1 Ñ ia ¡ , ú .. y x IS . r / r y : v 1 ¿ > t ..* 4 y ve pi A * A es E mt ñ : . .. Ñ ' 1 Ñ -. y % í e : > * ; £ j : A » A X ; - el V : > a a N 7 »* ps e ' d . iS i " / E y | > Ñ ... + + d $ k - ya Ñ = Pol % 2 * 1 1 pr ; ' á o » > F . - Jin - > ' > pa A A > Ñ : = A , a ro Ñ aj > > ' é w a a » ie % > + A =— 27 — CARTA del Sy, D. Fosé M.* Camacho, Cura Propio de San Andrés, referente á los úl £imos momentos del Excmo. Sy. Conde de Casa-Galindo, publicada en El Correo de Andalucía el 27 de Marzo de 1900. Sr. Director de EL CORREO DE ANDALUCÍA. Muy Sr. mío, de mi distinguida consideración: Con motivo de haber leído en su apreciable periódico que asistí en sus últimos momentos al Excmo. Sr. Conde de Casa-Ga.- lindo, me creo en el deber de ampliar y rectificar algo esta noticia, para honor del ilustre finado y buen ejemplo de caballeros cristianos, Como confesor que era del Sr. Conde, fuí llamado por éste con grande instancia, y, accediendo á sus ruegos, me personé en su casa-apeadero de Carmona en la mañana del 23 del actual, y cuanto entré en su alcoba se apresuró, sin ninguna invitación mía, á hacer una confesión general, la que practicó con grande lucidez de su inteligencia y verdaderas disposiciones cristianas. Inmediatamente, y mientras en el altar de Nuestra Señora de Gracia, Patrona de aquella ciudad, su ahijado el presbítero D. Ángel Sánchez Susillo ofrecía el santo sacrificio de la Misa por la salud del noble Conde, el presbítero D. Francisco Pino, que como aquél me acompañó en el viaje, lo celebraba junto á la habitación del enfermo, administrándole el Sagrado Viático y la Santa NS Extremaunción, que recibió con grande entereza de alma y singular devoción, asistiendo al acto su piadosa y desconsolada esposa, numerosos parientes y amigos, el señor Cura párroco de Santa María y varios señores sacerdotes y hermanas de la Cruz. Terminada la ceremonia, el casi agonizante enfermo se incorporó en su lecho, y con voz clara y enérgica, que causaba admiración á los circunstantes, hizo una espontánea y magnífica profesión de fe católica, retractando y condenando cualquier error ó doctrina contraria que en el trascurso de su vida pública pudiese haber inconscientemente admitido; protestó su incondicional obediencia y ferviente amor al Sumo Pontífice, al dignísimo Prelado de esta Diócesis y á la Santa Iglesia Católica Apostólica Romana, su Madre, en cuyo seno había siempre procurado vivir, y ahora quería morir; continuó después pidiendo perdón á todos los presentes por cualquier mal ejemplo que les hubiere dado, y, llamándolos uno á uno á su lecho, les dió singulares consejos, abrazándolos tiernamente como última despedida. Todos salimos de aquel acto con los ojos arrasados en lágrimas, profundamente conmovidos y edificados. Aconsejéleal enfermo el reposo y recogimiento mientras yo con otro sacerdote le encomendamos el alma, y, repuesto otra vez del abatimiento en que había caído, llamó á todos los criados y servidores, á quienes, rodeando su lecho, les dió consejos saludables, les pidió perdón y se despidió de ellos como padre cariñoso. "En estas santas disposiciones pasó el día el agonizante Conde, que se agravaba por momentos, sin que se le oyera la más mínima queja; antes bien, repitiendo con frecuencia las palabras: ¡Bendito sea Dios; alabado sea Dios; cúmplase su santa voluntad! Al llegar la noche me despedí, no sin gran pena, de mi hijo espiritual, por tener precisión de volver á mi parroquia al cumplimiento de deberes personales del ministerio, haciéndolo con la certeza de que nada faltaba al moribundo, que quedó acompañado del señor Cura de su parroquia y otros varios sacerdotes, que lo asistieron hasta que expiró con la muerte del justo. Descanse en paz este ilustre prócer, que, si en vida fué modelo de virtudes cívicas y domésticas, en la muerte ha dejado recuerdos edificantes y ejemplos que imitar á los caballeros cristianos. Queda de V. afmo. s. s. y Capellán, q. b. s. m., Fosé María Camacho, Cura propio de San Andrés. | —El Excmo. é Ilmo. Sr. D. Andrés Lasso de la Vega y Quintanilla, Conde de Casa-Galindo, Marqués de Cubas, contaba la edad de setenta y dos años. Era Grande de España y Gentil-hombre de Cámara de S. M. con ejercicio y servidumbre, con antigiiedad de 5 de Enero de 1877. Estaba condecorado con la gran cruz de San Gregorio el Magno y la encomienda ordinaria de Carlos IL Pertenecía á la Real Maestranza de Caballería de esta ciudad, de la que había sido Teniente de Hermano Mayor. Era jefe de primera clase de Administración civil, senador por derecho propio, individuo del Claustro Univertario, como doctor en Jurisprudencia, y académico de número de la de Bellas Artes; y había sido vicepresidente y secretario del Senado, individuo de la Junta de Aranceles y Valoraciones del Reino, diputado á Cortes y senador electivo, consejero de Instrucción Pública y Gobernador civil de las provincias de Sevilla, Huelva y Gerona. Por R. O. de 4 de Febrero de 1857 fué nombrado primer vocal de la Academia de Bellas Artes, y á la muerte del presidente de la misma, Excmo, Sr. Conde del Ca.- sal, fué, también de R. O., nombrado para sustituirle, desempeñando el cargo hasta el año de 1892, en que hizo re- | nuncia á causa de su mal estado de salud, ' Ocupó, por lo tanto, ese puesto muchos años, dando pruebas de su ilustración, de su cultura y de su amor á Sevilla; dirigió siempre con acierto, mejorando la Escuela de Bellas Artes y el Museo Provincial de Pinturas, en el que verificáronse por su iniciativa obras y mejoramientos de importancia, particularmente en el salón grande de los cuadros de Murillo. Llevaba el título de Conde de Casa-Galindo desde 1864, y el de Marqués de Cubas por su matrimonio con la exce. lentísima é Ilma. Sra. D.2 María Blanca Fernández de Córdoba y Bohorques, dama de grandes virtudes, que hoy llora desolada su irreparable pérdida. E ART no o ) Por la muerte del señor Conde de Casa-Galindo vesti+ rán luto muchas familias conocidas, cuya enumeración no hacemos por creerlo innecesario. $e El Centro Liberal-Conservador ha cerrado sus puertas en señal de duelo, El entierro y funeral por el eterno descanso del alma del finado se verificarán mañana, á las diez de la misma, en la ciudad de Carmona. Por no haber trenes á hora oportuna, se ha decidido organizar uno especial, cuya hora de salida y estación de que parta se anunciará hoy cuando estén definitivamente fijadas. Todas las personas que deseen asistir á esos actos pueden inscribirse en el Centro Liberal-Conservador (O'Donnell, 9); entendiéndose que por ningún concepto se trata de una manifestación política, y sí de rendir el debido homenaje á la memoria del ilustre hijo de Sevilla. Del mismo diario, en su número correspondiente al Martes 27 de Marzo de 1900. JUICIOS DE LA PRENSA Ha sido general el duelo que en Sevilla ha causado el fallecimiento del señor Conde de Casa-Galindo. La prensa, sin distinción de matices, así lo manifiesta; y prueba de ello dan los sueltos que á continuación reproducimos. Hélos aquí: El Porventr. «Respetado de todos, ha bajado á la tumba, poco des- pués que su hermano el Marqués de las Torres de la Pressa. »Cánovas del Castillo le estimaba mucho, viendo en él, no sólo un hábil cooperador de la causa conservadora, sino un caballero perfecto. | » Todos recordarán que en la magnífica residencia del Conde de Casa-Galindo se hospedó, en días memorables, aquel ilustre hombre público, »Alejado hoy el Conde de la política activa, no por eso estaba olvidado. Correligionarios y no correligionarios recordaban con respeto su influjo en la política local. »Aristócrata linajudo, Grande de España, el Conde de Casa-Galindo, valía, más que por todo eso, por sus cualidades morales.» El Noticiero. «La importancia de la persona fallecida, las altas cualidades que la adornaban, su influencia de antaño en la marcha de la política española, y la triste coincidencia de que cuarenta horas antes falleciera, también en Carmona, su hermano el Marqués de las Torres de la Pressa, han hecho que la noticia circule con grande rapidez, no ocultándose por nadie el sentimiento que la desaparición del ilustre patricio ha causado. ; »Fué el Conde de Gasa-Galindo figura de relieve en la política conservadora, muy especialmente en vida de don Antonio Cánovas del Castillo, del que era íntimo el señor Lasso de la Vega. El prestigio de éste cerca de aquél, y la consideración que en las altas esferas se le guardaba, debido fué á los importantes servicios que prestara á la causa de la Restauración, por la que puso en peligro su libertad de ciudadano y sus riquezas de capitalista. »De los moderados más conspicuos, pasó á ocupar la jefatura del partido liberal-conservador sevillano, llevándola muchos años con tacto exquisito, salvando asperezas y logrando que sus huestes jamás se dispersaran. »Doblegado al peso de los años y de sus achaques fí- O sicos, se retiró de la vida activa, dejando el campo de lucha á los que, más jóvenes, fueron á su lado valiosos auxiliares. »Sus sentimientos cristianos le enaltecían, respondiendo siempre al lema de su católico blasón. ¿ »Jamás supo negarse á la caridad cuando ésta llamó á las puertas de su aristocrático palacio. »El que vivió como cristiano y caballero, no podía morir sin revelar en sus últimos momentos que era poseedor de grandes virtudes. En efecto; el ilustre prócer, después de recibir los auxilios de la Religión en trance amargo y fatal, llamó á toda su servidumbre, y les fué pidiendo perdón por si en alguna cosa había faltado á la caridad con que debe tratarse al prójimo, ó los había molestado en algo. | » Cuantas personas entraron en el cuarto del enfermo -— dice nuestro corresponsal en Carmona—salieron con los ojos arrasados en lágrimas al ser testigos de la resignación cristiana con que dejaba el mundo de los vivos el que fué figura tan prestigiosa y se vió tan mimado por la fortuna. » En el mismo sentido se expresa 1 Progreso. " El Correo de Andalucía. «... después de una penosa enfermedad falleció en Carmona el Excmo. Sr, Conde de Casa-Galindo, á quien asistió en sus últimos momentos el Sr. D. José Camacho, Cura de San Andrés de esta ciudad. »El noble prócer, dando un ejemplo de acendrada piedad, despidióse, uno á uno, de todos los individuos de su familia y servidumbre, excitándolos á la práctica de las virtudes y á que fueran buenos cristianos.» La Andalucia Moderna. «El Sr. D. Andrés Lasso de la Vega, Conde de Casa- Galindo y Marqués de Cubas, era una de las personalidades : — 40 — de mayor notoriedad de Sevilla. Por los servicios que durante los años que siguieron á la caída de D.2 Isabel II prestó á la restauración de la dinastía, por sus templadas ideas en política, y por la estrecha amistad que le unía al señor Cánovas del Castillo, fué elevado sin discrepancia á la jefatura del partido liberal-conservador de la provincia. »Quebrantos de salud le obligaron á abandonar la política en vida del jefe supremo del partido, señor Cánovas, retirándose á la vida privada, donde le ha sorprendido la A A e e o a TA muerte.» La Regeneración Nacional... «El ilustre prócer era un caballero perfecto, modelo de honradez, y hombre digno de la mayor estimación por sus relevantes condiciones personales, sus grandes virtudes y su acrisolado patriotismo. »La dolorosa impresión que nos ha causado la noticia de su muerte embota nuestra pluma, y nos impide expresar el profundo sentimiento que embarga nuestro ánimo, presa de inmenso pesar.» + + Hemos consignado cuanto acerca de tan triste suceso ha dicho, hasta ayer, la prensa local. Hé aquí ahora algunas manifestaciones de periódicos no sevillanos: La Epoca. «Cuando la Restauración, fué el Conde uno de los más leales y valiosos elementos del partido alfonsino, y, organizado el partido conservador, su jefe en la provincia de Sevilla durante muchos años. »En su hermosa residencia de la ciudad del Betis hospedóse D. Antonio Cánovas cuando hizo el viaje á la inau- , guración del ferrocarril de Zafra á Huelva. »Era el Conde de Casa-Galindo Grande de España y doctor en Derecho, y había sido gobernador de Huelva y — 41! — Sevilla, diputado á Cortes por Ecija, senador del Reino por derecho propio, secretario de la alta Cámara y vicepresidente de la misma.» El Diario de Cádiz reproduce los datos biográficos que en nuestro número anterior publicamos. OFRENDA DE UN POETA El inspirado vate D. José Lamarque de Novoa, amigo nuestro muy respetable, ha tenido la bondad de remitirnos el siguiente soneto, que muy gustosos publicamos: EN LA SENTIDA MUERTE DE MI RESPETADO Y ANTIGUO AMIGO EL EXCMO. SR. CONDE DE CASA-GALINDO Uniste, ilustre amigo, á la nobleza De preclaros mayores heredada, Talento insigne, ilustración preciada, Y de piedad cristiana la grandeza. Cual político, uniste á la entereza Ingénita bondad, conciencia honrada, Lealtad al Rey; lealtad acrisolada De patrio amor en la sublime alteza. Nuncian tu muerte, el funeral tañido De la campana, el ¡ay! del desvalido, Deudos y amigos, con su amargo duelo. ¡Podo huyó para til ¡glorial ¡renombre! Borrará acaso el tiempo hasta tu nombre, Mas nó tu alma virtud, que te abre el Cielo. José LAMARQUE DE Novoa. Alquería del Pilar, 25 Marzo 1900, FUNERAL Y ENTIERRO Á las ocho de la mañana de ayer salió para Carmona el tren especial que conducía á los amigos políticos y par- 6 — 42 — ticulares del ilustre finado que quisieron rendirle ese último tributo. Los expedicionarios eran muchos, y á ellos se unieron en Carmona los que habían marchado en otros trenes. Después de visitar la casa mortuoria y de haber desfilado por la capilla ardiente, donde los dos últimos días se han dicho muchas Misas, marcharon aquéllos con el duelo, en unión de grandísimo número de personalidades de la ciudad, á la hermosa iglesia prioral de Santa María, donde se celebraron solemnes honras fúnebres. Centenares de pobres con luces en las manos se hallaban colocados á lo largo de los muros, y rodeando todas las columnas del templo. También vimos en la iglesia á los educandos de los Salesianos, muy protegidos del Conde, y á gran número de personas del pueblo, detrás de los bancos del duelo. En el crucero se alzaba un sencillo catafalco. Junto á él había grandes candelabros con cirios encendidos, y durante la ceremonia remudáronse individuos acomodados de la casa, que también tenían velas. Presidían el duelo los señores: Vicario de Carmona don Manuel Estepa, los canónigos señores Marrón y Ugía, el hermano político del finado señor Marqués de Mancera, D. Juan Fernández de Córdoba, el Conde del Sacro Imperio, el Conde de Cantillana, D. Luís Quintanilla, D. José Lasso de la Vega, el Marqués de Albentos, D. Eduardo de Ibarra, D. Lorenzo Domínguez de la Haza, el Conde de Osilos, D. Tomás Ibarra y Lasso de la Vega, los maestrantes señores Conde de Peñaflor y D. Santiago Freiller, “Teniente de hermano mayor interino, D. Anselmo R. de Rivas, el Presidente de la Diputación Provincial señor Marqués de Esquibel, el Alcalde de Sevilla D. Fernando de Checa, el de Carmona D. Sabas Marín, D. Eligio López y D, Luís Campuzano. Además, ocupaban los bancos colocados en el centro de la iglesia el Párroco del Salvardor de aquella ciudad don Mariano Triguero, el senador por la provincia D. E González Álvarez, los diputados á Cortes señores Marqués de Torrenueva y Campos Palacios, los catedráticos de esta Universidad señores Andrade y Navarrete, Casso, Sánchez de Castro, Ruiz Díaz y Laraña Bécker, y los señores Moreno Florido, Serra, García de Velasco, Conde del Fresno, Maestre y Gómez de Barreda, Huertas, Folache, Panadero, Rincón y Llorente, Vega y Sandoval, Haro, García Se to, Romero Reina, Cabrera, López de Morla, Rodríguez Palacios, Caparró, Sánchez Palencia, López Martínez, Santigosa (D. Mariano), D. Juan Antonio Ponce, D. Manuel Díaz, D. José Vidal, D. Eduardo y D. Teodomiro San Juan, D. Manuel Villasante, D. Juan Carrera, D. Juan Palma, don José Calvo, D. Ramón y D. José Gavira, D. Juan Domínguez, D. Juan Valverde, D. Blas Caballo, D. Juan Álvarez y D. Rafael Areal, entre muchísimos más, que con harto sentimiento no citamos por no recordar sus nombres, De la prensa sevillana estaban: D. Manuel Cañaveral, por El Noticiero; D. Arturo Nebot, por El Porvenir; don Ángel Santigosa, por La Opinión, y el Director de La MONARQUIA. Cantados el Invitatorio y la Vigilia, dió comienzo la Mi- Sa, que fué la del maestro Calahorra, de canto llano. Terminadas las exequias, el clero de la ielesia, con cruz alzada, pasó á la casa mortuoria para recoger el cadáver. Rezados los responsos, aquél fué sacado de la capilla ardiente á hombros de seis servidores, En la iglesia se rezó otro TESPONSO, y seguidamente se dió sepultura al cadáver en la cripta de la capilla de Nues. tra Señora de Gracia, En la casa mortuoria despidió el duelo, después de rezarse algunas oraciones por el Vicario señor Estepa, + $ La señora Condesa de Casa-Galindo ha recibido los siguientes telegramas de pésame: de S. M. la Reina Regente, S — 44 — del Presidente del Consejo de Ministros, del Presidente del Senado General Martínez Campos, del Presidente del Cuerpo Colegiado de la Nobleza, de títulos y nobles de España, de individuos de la familia residentes en diferentes puntos de la península, y de-muchos particulares distinguidos. La MONARQUÍA reitera á la ilustre y acongojada dama, así como á toda la familia doliente, la manifestación de su profundo pesar, ¡E. P. D. el caballeroso Conde de Casa-Galindo! Finalmente, en un artículo publicado en Za Época por el señor Conde de Tejada de Valdosera con el título de «Memento», se lee lo siguiente: «En el citado año 1877 fueron admitidos en la alta Cámara como senadores por derecho propio cuarenta y cuatro personas, delas que treinta y una habían formado parte del antiguo Senado vitalicio. De ellas sólo viven seis, que son: el Conde de Cheste, el Marqués de Alcañices, el Marqués de Valmediano, el Duque de Granada de Ega, el Marqués de Heredia y el Conde de Fernandina. Han fallecido, pues, en el período expuesto treinta y ocho. Entre los que han pasado á mejor vida, merecen mención espe: cial el Conde de Casa-Galindo, hombre rectísimo, que adquirió fama de orador correcto y pensador notable desde que hizo sus primeros ensayos parlamentarios como diputado en las Cortes reunidas por el Ministerio Narváez en 1857.» e... ACUERDO del Excmo. Ayuntamiento de Sevilla para rotular una calle con el nombre del Excelentisimo Sy. Conde de Casa- Galindo. DON MANUEL SANCHEZ PIZJUÁN, Secretario del Excmo. Ayuntamiento de esta Capital. CERTIFICO: Que en el acta de la sesión celebrada el día seis de Abril de mil novecientos, entre otros particulares, aparece el siguiente: Leído un oficio de la Academia de Bellas Artes de esta Ciudad, interesando que á la plaza del Museo se le diera el nombre de plaza del Conde de Casa-Galindo, acordó S. E. que pasara á informe de la Comisión de Estadística. Así resulta del acta. Sevilla, á catorce de Abril de mil novecientos dos.—V.o B." Héctor Abreu.— Manuel Sánchez Pizjuán, ASÍ MISMO CERTIFICO: Que el Excmo. Ayuntamiento acordó en sesión celebrada el día quince de Junio de mil novecientos rotular con el nombre de Conde de Casa-Galindo la plaza del Museo. Así resulta del acta. Sevilla, 2 supra. —V 9 B.o Héctor. —Manuel Sánchez Pizjuán. .. .. .. , - DISCURSO leído en la Universidad Central por el Ldo. D. Andrés Lasso de la Vega y Quintanilla, Caballero Maestrante de la Real de Sevilla, en el acto de recibir la wvestidura de Doctor en Jurisprudencia. — Año de 15853. Hay, Excmo. Sr., una idea propia y exclusiva de la civilización católica, idea que el mundo antiguo no pudo conocer, y que ni aun siquiera vislumbraron Platón y Aristóteles, los dos genios más grandes de la filosofía pagana. Esa idea tan fecunda, que casi llena la historia desde el nacimiento del cristianismo, es la distinción entre la sociedad religiosa y la civil, entre el poder espiritual y el temporal, entre el sacerdocio y el imperio, entre la lelesia y el Estado. Mal pudieron conocerla las sociedades asiáticas, en que el Estado se organizaba según las bases de su teología, en que lo divino absorbía lo humano, en que la casta sacerdotal tenía el derecho de dominar á los reyes durante la vida y de juzgarlos después de la muerte. Ni Grecia, ni Roma, cuyos legisladores estaban inspirados por genios divinos, que convertían en dioses á los héroes y atribuían á los dioses las pasiones humanas; que colocaban en una misma persona la corona del monarca y la estola del pontífice, llegaron nunca á imaginar que una era en la tierra la potestad de Dios y otra la potestad del hombre. : A Cuando el mundo dejó de ser asirio, persa ó griego, para ser romano; cuando, agobiada con el peso de tantos laureles, halló Roma en la embriaguez de su triunfo una frente bastante ancha que pudiera ceñírselos, consiguió la unidad política; mas no la religiosa, que en vano había buscado en los templos cerrados del Oriente y en sus mudos y misteriosos jeroglíficos; ni la unidad moral, que había pedido á los griegos, y á que Grecia le contestó con el orgulloso egoísmo de la virtud estoica ó con el egoísmo grosero y sensual de los sectarios de Epicuro. El árbol del politeismo se secaba después de haber producido sus flores y sus frutos; y los hombres, ávidos de una ciencia que saciase su sed de verdad, tuvieron que dirigir de nuevo sus miradas al Oriente y escuchar la ense. ñanza de un Hebreo, cuya palabra dulce y melancólica resonaba en las orillas del Jordán y en las playas del mar de Tiberiades. No contaré los pasos de su vida ni la manera rápida con que sus discípulos dieron á conocer al mundo la doctrina del Maestro, Me basta consignar que por primera vez la humanidad había oído que no era todo del César, y que había algo que perteneciera á Dios. Porque el cristianismo tenía una doble misión que cumplir: esclarecer el entendimiento purificando el corazón, y arrancar á los reyes la mitad de su diadema, absorbiendo la facultad de conservar el depósito de la doctrina evangélica y la vigilancia de las costumbres públicas y privadas, que tan imperfectamente desempeñaron los censores de la antigua Roma. Pero esa misión, aunque pacífica y sin más armas que la palabra y la caridad, pugnaba abiertamente con las ideas recibidas, y era una misión de lucha, de abnegación y de sacrificio: su desenvolvimiento histórico se traduce en la proclamación constante de su independencia por parte de la Iglesia, y en la negación más ó menos explícita de su libertad por parte de las potestades políticas. Cuatro épocas señalan los diferentes períodos de su | l E A A A existencia: la época del martirio, la de la alianza, la del pontificado y la de la protesta. La primera representada por los mártires, la segunda por Constantino, la tercera por Gregorio VII, la última por Lutero. La primera es una brillante y magnífica epopeya de la resistencia pasiva á la tiranía: comienza en las catacumhas, continúa en los cadalsos y en los circos, y concluye cuando los Césares, declarándose en derrota, colocan como símbolo de honor en su corona el instrumento ignominioso del martirio. Viene después la era de la alianza, de la amistad, de la fusión de los dos poderes opuestos: los obispos hacen veces de magistrados, y los emperadores autorizan los cánones; Constantino se llama en Nicea el obispo externo, y Teodosio aguarda á las puertas del templo de Milán la reconciliación de San Ambrosio, “cubierta de ceniza la cabeza y anegados en lágrimas los ojos. Los que en el período ante. rior eran víctimas, ahora juzgaban á los verdugos. La irrupción de los bárbaros cambió entre tanto la faz de Europa. La rudeza de sus costumbres agrestes se mezcló con la refinada disolución de las costumbres romanas: nueva lucha. Ellos, que no conocían el freno material del gobierno civil, no podían inclinar sus frentes ante la autoridad religiosa, 'cuyas amenazas se dirigían al espíritu; pero cuando no valen las censuras, valen las súplicas; si no se acata la autoridad, se respeta la virtud: testigo de ello Atila, el azote de Dios, detenido por San León ante los muros de Roma. Asentados los bárbaros en el Occidente, rec cristianismo, pero contagiaron á los cristianos c bitos; la Europa se hizo feudal, abadías se convirtieron en feudo ibieron el == 56 ae fical quebró los cetros de los reyes y echó á rodar sus coronas por el polvo; hizo valer los fueros de la inteligencia delante de la fuerza, y salvó la independencia religiosa, aboliendo las investiduras feudales en la concesión de beneficios y afirmando la ley del celibato eclesiástico. Tal fué Gregorio VII, representante augusto de la época del pontificado. Andando el tiempo, el poder de los papas se fué insensiblemente debilitando, y á principios del siglo XVI la revolución amenazaba estallar como un volcán comprimido. Á la voz de Lutero la Europa.se conmovió violentamente, se dividió en bandos enemigos, y sólo pudo conseguirse la paz con la pérdida de la unidad religiosa, Investidos los reyes con el supremo pontificado en los países protestantes, la Iglesia y el Estado vinieron á confundirse, También en los países católicos prendió una chispa de aquel incendio, se turbó la armonía entre el sacerdocio y el imperio, nacieron los partidos ultramontano y regalista, y la independencia religiosa se vió á la vez amenazada en Italia y Alemania, en Francia, Portugal y España. Los concordatos han venido. desde entonces resolviendo las cuestiones que surgen entre las potestades civiles y eclesiásticas. Al dirigir la vista á la historia de esta lucha, que cuenta de vida diecinueve siglos, el que observa con imparcialidad los hechos se hace involuntariamente estas preguntas: ¡Estarán condenados esos dos poderes á perpetua guerra, como lo están en el hombre la materia y el espíritu? ¿Será preciso someterse ciegamente á la teocracia, Ó convertir á la religión en un establecimiento civil? ¿No habrá medio entre Gregorio VII, que destronaba á los reyes, y Lutero, que les entregaba su conciencia? Yo creo que sí: ese medio existe, y tal es el objeto de la teoría que trato de exponer. y : e 3 A Pasaron por fortuna, Excmo. Sr., los tiempos en que era necesario empeñarse en demostrar que el hombre es ante todo un sér eminentemente social y religioso: lo que E daba lugar á cuestiones, hoy. ni aun es objeto de duda; o que antes era una opinión controvertible, ha venido á E vertirse en una verdad indemostrable, de puro demostra a. Si por medio de una abstracción del entendimiento pudiéramos arrancar del hombre las simpatías que lo unen con el hombre, las facultades que ejercita y desenvuelve en el comercio y trato con sus semejantes, los od instintos y pasiones que le impulsan, le arrastran y encadenan á la sociedad, todavía la sociabilidad sería una de sus leyes y una de sus condiciones de vida y de existencia, porque cel hombre continuaría naciendo y perpetuándose en la sociedad; y no basta imaginar una teoría si los hechos la des. mienten, ni formular un sistema contradicho á ] la experiencia y por la historia. Esto, que es evidente respecto á la sociedad, no lo es menos respecto á la religión. El hombre nace en medio de tres mundos, que por una combinación misteriosa se encuentran localizados en él: el mundo de la materia, el de la inteligencia y el de la moral; en todos tres, aunque tan diferentes, respira una misma atmósfera, la dirige sus investigaciones a vez por atmósfera divina. Si al exterior, á los fenómenos físi- 8 mz 58 => cos, más allá de la materia tropieza con el orden y el movimiento, y aun más allá del movimiento y del orden, con lo infinito, que es su causa. Si quiere concentrarse dentro de sí mismo y examinar las leyes de su entendimiento, su poder es tan grande, que con las deducciones contenidas en una sola idea forma una ciencia; pero cuando trata de enlazar los diferentes ramales de la ciencia humana se encuentra con que lo infinito es el principio y el fin, el cimien- to y la cúpula del edificio con tanto trabajo levantado, Si, permaneciendo dentro de sí mismo, penetra en las profundidades de su conciencia, oye una voz irresistible que le grita: «Eres libre, pero estás obligado; has de cumplir tus deberes en el mundo, pero el complemento de tu destino está más alto.» Tales son las tres formas de la reveláción interna y secreta con que Dios se manifiesta al hombre. Mas al lado de esa revelación individual é interna está la revelación social de la Providencia en la historia y la revelación pública del cristianismo en el mundo. Así el hombre se halla por todas partes rodeado de Dios: de Él viene y á Él va. Si la educación no lo hiciese religioso aun antes de que su razón se desarrollara, llegaría un momento en que, acosado por la idea divina, hundiría su frente en el polvo y adoraría la mano que lo ha formado y lo mantiene. Cuando este acto de adoración se verifica, comienza el comercio positivo y eficaz del hombre con su Dios, que constituye la religión y el culto. Pero el hombre, que es social en todas sus maneras de ser y de existir, lo es también en el orden religioso; se asocia con sus semejantes para creer en común; practica en común el culto, nace la sociedad religiosa, y con ella el poder, que la sostiene, la ordena y la dirige. Hay, pues, dos sociedades: la religiosa y la civil, la Iglesia y el Estado, que tienen su origen en las necesidades del hombre, en sus sentimientos y pasiones, y que, estableci- das en el mundo, le conducen por distintos sender cumplimiento de los diferentes fines de su vida, El fin del Estado es la práctica de la Justicia; el fin de la Iglesia la santificación de las almas. S La justicia es la armonía de los derechos, y el derecho es la forma que reviste la libertad del hombre cuando, saliendo del oculto santuario de la conciencia, se pone en contacto con otras libertades; el choque de las libertades individuales produce su límite, y el límite su relación. Señalar ese límite y fijar esa relación es explicar el derecho; hacer cumplir el derecho es practicar la justicia, os al Y como el derecho tiene un carácter exterior, su cumplimiento se verifica por medios exteriores; y como la existencia de la sociedad está fundada en él, antes ciedad perezca, la fuerza material lo hace cumpli el mandato, después la amenaza, en último lugar la fuerza; primero la ley, después su sanción, en último lugar cución del castigo. que la sor. Primero la eje- Sobre el derecho está la moral, cuya práctica es ] a virtud: produce la santificación del espíritu y su unión con la i divinidad, fuente imperecedera y eterna de las ideas mo. rales, Si el derecho es todo externo, la moralidad, que consiste en la pureza y desinterés de los moti toda interna, aunque sus efectos se m terior, Por eso los medios de que la vale son análogos, pero distintos de los rídica: tiene también su ley, ción, pero obrando sobre la poniéndosela al espíritu, vos de acción, es anifiesten en lo ex. autoridad moral se de la autoridad jupero dirigida al alma; su sanconciencia; su pena, pero im- Además de estas diferencias, existe entre las potestades «política y eclesiástica otra más digna de observación: el poder religioso se basta 4 sí solo, y el civil necesita de la ayuda del religioso. Los tres Primeros siglos del cristianismo, en que la semilla del Evangelio, plantada en las catacumbas, creció con el caliente riego de la sangre de los E mártires y se ostentó lozana y vigorosa á despecho de los verdugos y de los cadalsos, demuestran de una manera evidente lo que valen para la religión la protección ó las persecuciones de las:potestades del mundo. La historia de la humanidad anterior al establecimiento del cristianismo, enseña que los legisladores para autorizar sus leyes han tenido que colocarlas bajo el amparo de la religión: así se explica cómo la teocracia fué la teoría política de todos los filósofos paganos y la forma de gobierno de todos los pueblos de la antigiiedad, y cómo el hombre no ha obedecido al hombre hasta que vió escrito en un libro divino: Von est enim potestas nist a Deo, Idénticos en su origen ambos poderes, son necesariamente iguales; distintos en sus medios y su fin, son independientes; separados é independientes en su acción, son soberanos: mas al tocarse y relacionarse en su objeto, que es el hombre, nacen sus derechos y obligaciones mutuas; pues el derecho no se funda en otra cosa que en la relación de personas ó seres morales, ya individuales ya colectivos. Llegados á este punto, fácil es señalar los derechos y deberes recíprocos de la Iglesia y el Estado. Tienen el derecho de vigilarse y la obligación de protegerse /Jus cavendi, jus tuendi); derecho propio el uno de las potestades soberanas é independientes; deber propio el otro de las potestades hermanas é iguales. La Iglesia cumple su deber declarando obligación moral y religiosa la obediencia á los poderes legítimos, é inculcando en los fieles desde el púlpito, cátedra de la ensefianza pública, hasta el confesonario, tribunal de la corrección privada, que deben estar á ellos sometidos, 0% solim Ppropter iram, sed etiam propter conscientiam. El Estado cumple su deber garantiendo la libertad de la Iglesia, para que como pcder intelectual enseñe, como poder moral corrija, como poder religioso arregle el culto; para que, en fin, como sociedad organizada establezca su A A a e a di ci AT disciplina, ordene su jerarquía, nombre sus ministros y SUS Jueces, é imponga y haga ejecutar sus penas. El pase ó regzum exequatur es el ejercicio del derecho de precaución y vigilancia (jus cavendz) del Estado sobre la Iglesia. Los estados que han defendido cuidadosamente para sí esta facultad, jamás han querido otorgarla ni reconocerla á la Iglesia. Tales son, en general, las reglas que determinan los derechos primitivos absolutos y necesarios de los poderes civil y eclesiástico, y fijan el límite de sus relaciones: todo derecho que, ejercido por cualquiera de los dos poderes, no esté comprendido en ellas, es Ó usurpación del uno ó concesión del otro: nada importa la variación de los tiempos, ni el cambio de las situaciones, ni la diferencia de los lugares, de las formas políticas ó de los gobiernos; lo necesario siempre es necesario, y lo absoluto no está sometido á cambios ni á variaciones. Pero ála manera que el individuo, por el solo hecho de su 'coexistencia en el mundo con seres semejantes, tiene derechos primitivos y absolutos, que, aunque nunca canbian ni puede renunciarlos, se restringen ó fortifican por condiciones particulares, como acontece con el padre y con el hijo, que, además de la relación de humanidad, están en relación de familia; así y con tanta razón entre las sociedades civil y religiosa pueden nacer condiciones especiales que, sin variar la índole de su unión, la afiancen; sin cambiar lanaturaleza de sus relaciones, las estrechen, y sin conculcar sus derechos, los ensanchen. Por esto en los países católicos donde todos los súbditos profesan la misma creencia, practican el mismo culto, y está reconocida como ley y protegida con penas la intolerancia religiosa, la Iglesia, en testimonio de amistad y confianza, concede á los príncipes los derechos de patronato, y les da intervención en el nombramiento de sus ministros y participación en todos los negocios eclesiásticos, Hasta aquí he venido considerando la manera con que a 69 SS DISCURSO pronunciado al apadrinar al Sr. D. Mariano Pardo de Figueroa (Doctor Thebussem) en el acto de recibir la ivestidura de Doctor el 19 de Febrero de 1854. : EXCMO. SR.: Si hay un acto verdaderamente notable é importante en los fastos de estas corporaciones literarias, es el momento aquel en que se inviste con las nobles insignias del Doctorado á los que han sido declarados dignos de colocar sobre sus hombros la honrosa toga de los maestros de la ciencia, Esta inauguración es un estímulo y un premio para los que consumen los primeros años de la vida, día por día y hora por hora, persiguiendo con incansable afán y con férvido entusiasmo el conocimiento de la verdad y de sus causas, y llegan, después de tantos sinsabores y laboriosas tareas, de tantas luchas y azares, á obtener esta gloria y este triunfo, que, por lo mismo que son modestos, satisfacen y llenan el espíritu, sin dar pábulo al orgullo ni á la vanagloria. Esta inauguración es el medio por que se verifica la generación invisible y misteriosa que hace imperecederos é inmortales á estos Cuerpos: el tiempo, que todo lo destruye y aniquila, arranca lentamente las individualidades que los ha 70 — forman; pero la juventud viene á llenar esos flancos vacíos, á recibir como sagrado depósito la herencia de las generaciones que pasan, y á prestar nueva savia y nueva vida al árbol que amenazaba secarse: los individuos desaparecen, pero el ente moral no se extingue, á la manera que el cuerpo muere pero el espíritu le sobrevive. Tal es la grande importancia y la alta significación con que aparecen á mis ojos solemnidades como la que hoy presenciamos: á esto se agrega, Excmo. Sr., que la persona que tengo el honor de presentaros, á la cual me ligan estrechos vínculos de amistad y de compañerismo, es por muchos títulos merecedora de ese estímulo y digna de ese premio. El Sr. D. Mariano Pardo de Figueroa y Serna, cuyos apellidos históricos atestiguan lo ilustre de su ascendencia, nació en Medinasidonia, ciudad de antiguos y «nobles recuerdos, cuna de insignes y esclarecidos patricios. —Educado por sus virtuosos padres, alimentada su alma desde la edad más temprana en las puras máximas de la moral evangélica, nutrido su corazón con los sentimientos más levantados del honor, mostróse siempre ardiente cristiano, cumplido caballero, Apenas apuntaba en su espíritu la aurora de la razón y manifestaba su afición al estudio y su amor á las tareas literarias, cuando la tormenta política arrojaba desde las brillantes y tumultuosas escenas de la vida pública á la oscuridad del hogar doméstico á uno de nuestros más distinguidos literatos, al orador más fácil y elocuente de nuestras Cámaras, Acogido benévolamente el Sr. D. Antonio Alcalá Galiano por su antiguo amigo y pariente el señor Pardo de Figueroa, se constituyó desde entonces en maestro y director de los estudios Es su hijo D. Mariano, en quien cifraba toda su esperanza y á quien amaba con tiernísimo cariño, Bien pronto los adelantos del discípulo correspondieron á la reputación del maestro: las sabias lecciones del profe- / — yt — sor, su palabra viva y elegante, no se habían pronunciado en vano; y en las Universidades de Sevilla, y Granada y Madrid, donde ha cursado sucesivamente el señor Pardo sus estudios, están los testimonios de su aplicación y de su talento. Sobresaliente en todos sus exámenes, aprobado por unanimidad en todos los actos de sus grados, modesto siempre, pero con una modestia digna y decorosa, que tan lejos está de la pedantesca afectación de sabiduría, el señor Pardo de Figueroa ha sabido conquistarse la distinción y el aprecio de sus catedráticos, el respeto y cariño de sus compañeros, Justo es, pues, señores Doctores, que vosotros, que habéis sido sus últimos maestros, que vosotros, que habéis presenciado sus últimos estudios, le otorguéis un asiento á vuestro lado, y que vos, Excmo. Sr., realicéis sus más halagiúeñas esperanzas confiriéndole la investidura suprema de la ciencia, - Y tú, compañero mío, cuando dentro de pocos instantes pronuncies el público y solemne juramento que te ligará toda la vida, cuando oigas de los labios de nuestro respetable Rector las obligaciones que contraes al ascender á la gran dignidad que te se confiere, recuerda que las circunstancias de la sociedad actual hacen esos deberes aun más graves: recuerda que á la juventud corresponde levantar ese brillante sudario de los intereses materiales que cubre el desecado esqueleto de los principios morales: recuerda que ella está encargada de cauterizar el ponzoñoso cáncer que corroe lentamente sus entrañas, y de limpiarla de la asquerosa lepra que lo cubre; y si la emoción que embarga tu alma en este instante no te permite vislumbrar ni una sola ráfaga de luz en los obscuros y tempestuosos horizontes del porvenir, la pompa y el fausto que nos rodea, la ceremonia misma que presenciamos y hasta el anacronismo de estos trajes tradicionales que vestimos, traerá tu memoria los recuerdos de lo pas para el presente y esperanza par an á ado, que son ejemplos a lo venidero, Ellos te dirán que ha habido siglos en que la humanidad tranquila y serena, dominada por una gran idea relisiosa, eminentemente civilizadora, porque era divina, navegaba con rumbo cierto hacia puerto seguro de bonanza. Ellos te dirán que entonces la enseñanza de la verdad brotaba en copiosos raudales de los labios inspirados de Anselmo de Cantórberi, Alberto el Grande y Tomás de Aquino; bien que, no descubierta aún la imprenta, el periodismo no pudiera á cada instante propinar en porciones homeopáticas la ciencia. Ellos te dirán que entonces la juventud estudiosa brilla. ba menos en el mundo; pero que si por ventura le arrancaban al maestro de su cátedra, corría ávida de saber y sedienta de gloria desde la populosa París á las soledades del Paracleto. Ellos te dirán que en las modestas mansiones del hombre no se ostentaba la elegante profusión, ni la asiática magnificencia de nuestros modernos salones; pero se levantaban en cambio esas catedrales góticas, maravillas del arte, dentro de las cuales hasta el escéptico cree. Entonces, es cierto, se escribían menos códigos, pero se publicaban las Partidas: las letras no eran un oficio, pero nacía Dante, y la cabeza enciclopédica de Santo Tomás producía su Summa. Bien sé que estas memorias están hondamente grabadas en todas las inteligencias: bien sé que la sabia Alemania desentierra del polvo de las bibliotecas los manuscritos de esa edad media, tanto tiempo apellidada bárbara, y que la culta Francia estudia y comenta con ardor las obras de aquellos grandes doctores, llamados hasta aquí sutilizadores y sofistas. Bien sé que entre nosotros aún no se ha eclipsado el astro brillante de Alcalá, de Salamanca y de Sevilla. Por eso me atrevo á levantar mi voz, aunque pobre y desautorizada, al borde del precipicio, antes de llorar inútilmente en lo profundo de su sima. Por eso espero y confío en esa juventud ansiosa de saber que se agrupa en nuestras Uni- AAA A sm EAS SA AS versidades, en cuyas manos estará algún dí pueblos. Sí; su salud, su gloria y Su grandeza. Por ción que nace, que ha presenci horribles catástrofes, cu violentos hur de dolorosas engaños. Ell vez por el las costum a la salud de los que la generaado las postreras escenas de ya cuna se ha mecido al soplo de acanes, ha recogido un caudal abundantísimo experiencias, terribles ejemplos y amargos des- a sabe que el principio social, amenazado á la extravío de las inteligencias y 1 bres, sólo puede salvar del principio religioso, y que éste co remedio de sus males. a corrupción de se á la sombra protectora es el gran remedio, el únires, ar por dessativa, pero | progreso y do un rasgo anales humanos, y una verdad de la ciencia. HE Dicho. cabelladas utopias, marchará silenciosa y pen tranquila y serena, por el verdadero camino de de la civilización, dejando á su paso en el mun digno que consignar en los más que escribir en el libro DISCURSO Pronunciado en un Concurso agrícola, siendo Gobernador de Gerona, en 1856. | V SEÑORES: En medio de los sinsabores y de los azares de la vida Pública hay días de grato solaz y de dulcísimo consuelo para los que, como yO, consagran las primicias de su entendimiento y los esfuerzos todos de su voluntad al régimen y dirección de su país, Alta, noble y provechosa siem tes administrativos, es más ost popular cuando, logrado el fru vez de excitar, de dar consejo otorgan recompensas y adjudi beres de conciencia; pero el c deja en el corazón un rastro gundos una huella de satisfac pinas, éstos producen flores. Acepte, pues, la Junta Provj mis plácemes y enhorabuenas, el y reconocimiento que le debo la honra y el placer de distri lemne Concurso agrícola, pre la misión de los agenentosa, más brillante y más to de sus afanosas tareas, en s 6 de imponer correcciones, can premios. Ambos son deumplimiento de los primeros de amargura, y el de los seción: si aquéllos producen esncial de Agricultura, con Justo tributo de gratitud por haberme proporcionado buir los premios en este so- Solemne, porque han venido 4 presenciarlo y á darle realce y esplendor Autoridades distinguidas y representan- tes de ilustres Corporaciones. Solemne, porque los honrados labradores de las diversas comarcas gerundenses se han apresurado á exponer con noble emulación y sin mezquina envidia los productos de sus trabajos y afanes. Solemne, porque hasta las damas catalanas, tomando su parte en el general regocijo, se preparan á aplaudir á los vencedores en el combate, que, no por celebrarse en pacífica arena y con inocentes armas, es menos digno de galardón, ni menos propio del varón constante de ánimo robusto y de esforzado pecho. Solemne, enfin, por el lugar en que se celebra tan fausta ceremonia, Consagrada á la Agricultura, hemos abandonado á Gerona, la inmortal ciudad de bizantinos y góticos monumentos, de muros enmohecidos por el tiempo y enrojecidos con la sangre de nuestros heroicos padres: allí, aún hubiéramos admirado las obras del hombre, y el agricultor no admira sino las obras de Dios. Aquí hemos de celebrarla: en este delicioso valle, al suave rumor de sus frondosas arboledas y al apacible susurro de las aguas de sus ríos, teniendo la inmensidad de la naturaleza por teatro, por pedestal la tierra, por cúpula la bóveda azul del cielo y por testigo mudo al que mantiene al fuerte roble y hace florecer el hisopo. Enorgullézcanse en buen hora otras industrias de sus agigantados progresos, de la enormidad de sus productos, de la importancia de su artificiosa y complicada maquinaria, de haber avivado y satisfecho el lujo y la opulencia de las modernas sociedades: no envidie el labrador tales ventajas. Sepa que la prodigiosa división del trabajo, efecto de la maquinaria, reduce al trabajador al nivel de las máquinas. Sepa que esa producción indefinida tiene por término y remate la falta de colocación de los productos mismos. Sepa que, si las máquinas y el vapor hacen tomar á la fabrica: ción tan rápido vuelo, aglomeran y hacinan la población y los productos en corto espacio, y son origen de grandes oscilaciones, de violentas sacudidas; á veces de sangrientas A > crisis, y siempre de la miseria de innumerables familias. Sepa, en cambio, que la Agricultura, primera entre las industrias en el orden de los tiempos, fundamento de las otras en el orden de las necesidades, contemplación de las maravillas de los la inteligencia, no dividiendo las opera haciéndole comprender la ilación total íntegro, y templa el cora dureza del trabajo y ciones, eleva el alma en la campos; ennoblece ciones del cultivo y de un procedimiento zón y robustece el cuerpo con la el variable y áspero rigor de las estala, manantial Perenne de inefables dulzuras para el hombre adre de familia y lo apega propio, ha creado por esto también al ciudadano y al patricio, —pues más ha hecho.—Un cuer- Po Sano, una inteligencia clara, un jefe de la casa, un ciudadano, es mucho; pero hay más: hay otra cosa que es todo esto y más que esto: hay el hombre mora] y religioso, El día en que el labrador, agobiado con el peso de un trabajo perenne, se detiene un momento á reposar de su fatiga y á reparar sus decaidas fuerzas, y al dejar con una mano la esteva y enjugar con la otra las gotas del sudor que, corriendo por los surcos de su noble frente, van á ser dante y benéfico licor, si en su conciencia los gérmenes de Si tales son las ventajas de la Agricultura, y tan digna ración al arte, y proclamado la hermosa confraternidad del poeta que imagina el arte y del artista que realiza la poesía. Las más altas Autoridades (civiles y. militares), las primeras Corporaciones y, entre éstas, las Excmas. Provincial y Municipal, á las que todo cuanto es lo debe la Academia; la Universidad Literaria y la Academia de Buenas Letras, en representación de la ciencia; tantas personas ilustres como miro en mi rededor pertenecientes á todas las clases de la sociedad, y, como principal ornamento, las da: mas sevillanas, que, nacidas bajo el esplendente cielo andaluz, llevan en sus rostros la belleza que copiaron nuestros artistas y en su corazón el poético sentimiento del arte, todos juntos han venido á honrarnos con su asistencia. Todos concurren á dar la enhorabuena á la Academia. Yo la recojo en su nombre, y, después de manifestar, como su intérprete, nuestra viva gratitud y profundo reconocimiento á las Autoridades, Corporaciones y. respetables personas aquí presentes, la entrego toda entera á los dignos Profesores y jóvenes alumnos de nuestra Escuela. Corresponden los alumnos á los dos distintos «órdenes. de la jerarquía social; viven muchos de ellos en las gradas inferiores de su escala, librando sus familias el cotidiano sustento en el sudor de la frente, hijo de un trabajo tan con-. tinuado como penoso, y, á pesar de esto, roban unas horas á su diaria necesidad, y vienen á poblar las aulas, codiciosos los unos de sondear el secreto del arte, afanosos los otros de conocer las reglas aplicables á sus diversos oficios, y ávidos todos de instrucción y de enseñanza. ¿No es verdad, señores, que, al otorgarles la Academia en esta noche pequeños premios, y al dar con vuestra presencia realce y solemnidad á su distribución, nos honramos todos, dignificando á la inteligencia, al saber, al estudio, al trabajo y á la perseverancia? Ya lo oís, jóvenes alumnos, y el acto que presenciáis Os lo demuestra: el trabajo, ley providencial del género humano, y el saber, hijo del trabajo, que enaltecen al hom- — 85 — bre, honran también al que lo aplaude y al que lo premia. Sed perseverantes en él, seguros de que en él está vuestro porvenir, como con él fabricaron los grandes artistas el escabel de su gloria, E Á ella debéis aspirar, tomando por dechado y modelo E los ilustres maestros y antecesores de nuestra Escuela Sevillana, y especialmente á su inmortal fundador, Murillo, o al culto de la belleza en el arte, no se sa- Ela o la tierra que hollaba su planta y contem- a que le rodeaba y estudiar la sociedad en ra avia; sino aio su mirada á lo a inspiración sas E la meditación de lo infinito, buscó su aprendió SE Ñ z arrobamiento en la religión Sala y ciudadano leal E s o tiempo que hombre de bien, lía, gloria de la Sa 59 ferviente, honra y prez de Seviel pintor de las Cs y artista divino; en una sola frase: €pciones. HE DICHO. x — 87 — EN UN ÁLBUM ENVIADO Á S. S. Á S. S. EL PAPA LEÓN XIII o hombre admiro en vuestra santidad la autori- ER más grande que han conocido los di en una, d0as OS todo principio de autoridad está en ruinas, y Augusto de Pe reverencio en pS Beatitud al Vicario dad a que ha OS más lejos la luz de la verción dia Ica y dilatado más las fronteras de la civiliza- E e na en medio iS universal combate que la Iglesia NUBE PS como español en vuestra sagrada persona al ce y al amante Padre, autor de la paz religiosa Y, Promovedor de la paz pública en esta nación española, tea : . . . . E tro de intestinas discordias y víctima de tantas revolu- Ones, E e . At, pa rd e A Ha PH , ; zeta ad pens % RIE IS A > 3 3 y E pe + 47 : E e oe La A » € ua pl ml Er rn o ml? $ 2 iO qe 7 ES e ado ja - Y pa o A Eg POE ENE — BE y FELICITACIÓN al Rey D. Alfonso XII, d nombre de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, por la terminación de la ZUerra. SEÑOR: La Real Maestranza de Caballería de Sevilla, que, apenas hace un año, felicitaba á V. M. por la providencial restauración de la dinastía legítima, nos encarga de elevar á las Reales Manos la sincera expresión de su entusiasmo por la rápida terminación de la guerra civil y el restablecimien- to de la paz en la Península. Son, Señor, los Maestrantes de Sevilla, ciudadanos españoles, súbditos fieles á V. M., miembros de una Corporación nobiliaria que guarda como sagrado tesoro el depósito de la tradición de sus abuelos, que debe su reorganización legal al Rey D, Felipe V, progenitor de la dinastía borbónica en España, que cuenta al Rey como su inmediato jefe, y que tiene la altísima honra de llamar áV. M. su Hermano Mayor. En todos estos conceptos participa del júbilo que hoy embarga á la nación entera | , Y Ceñir su frente, coronada ya por la h blos, con la doble corona de 12 MA AA DE > va Si V. M. se digna aceptar los sentimientos de fidelidad -3 y adhesión á su Real Persona y á toda su augusta familia | que la Maestranza sevillana ofrece en tan solemne ocasión 3 á los pies del Trono, quedarán satisfechos y aun colmados ] sus deseos, y continuará rogando á la divina Providencia que dilate y prospere su reinado al igual de los de los once Alfonsos sus ilustres y gloriosos antecesores. € AAA favor de la restauración durante el A tZ DISCURSO del Excmo. Sr. Conde de Casa- Galindo, pronunciado en el acto de cubrirse de Grande de España. SEÑOR: Si para todo el que concurra á esta brillante ceremonia es distinguido honor cubrir su cabeza de súbdito ante la majestad del Soberano, para el que, obediente á vuestro Real mandato, eleva ahora su voz hasta las gradas del Trono, es, además de señalada merced, solemnidad extraordinaria, porque le presenta ocasión de responder á los favores especiales de V. M., recibidos con un público testimonio de gratitud ante la ilustre Asamblea de los descendientes de aquellos egregios varones que ayudaron con su esfuerzo á levantar la Monarquía y reconquistar la tierra de la Pa. tria, y con sus buenos servicios á consolidar dar la unidad nacional. Mi gratitud es tanto mayor y más profunda cuanto más escasos son mis merecimientos personales: que no pueden estimarse servicios acreedores á recompensa los que, practicando mis deberes de ciudadano, haya podido prestar en cargos administrativos y políticos, ni los trabajos hechos á eclipse de la dinastía lepara cumplir, á ley de ad jurada á la augusta el Trono y fungítima y del sistema constitucional, cristiano y de caballero, la fidelid — 92 — Madre de V. M. y á la Constitución de la Monarquía Española. Sublimando V, M. á la Grandeza de España el Condado de Casa-Galindo, ha concedido, por tanto, una gracia á mi persona, y ha querido premiar las nobles acciones de mis predecesores en este título, que uso por designación de mi buen padre y cesión del hermano que me antecedió en el nacer. Para demostrarlo y seguir la costumbre establecida, diré algunas palabras acerca de la familia de Galindo, omitiendo conmemorar mis ascendientes por otras líneas, porque sus timbres corresponden á mi querido hermano primogénito, que en esta solemnidad me apadrina, dándome nueva prueba de su casi paternal cariño. Desde los primitivos días de la reconquista suena en las montañas de Aragón el nombre de Galindo entre los caudillos soberanos de aquella gloriosa empresa, y procedente de esta estirpe y del solar de este nombre, convertido ya en apellido, bajó el primero á Castilla Martín Fernández Galindo, caballero de la Banda, que, alistado en la hueste del noble Infante D. Fernando, fué uno de los heroicos conquistadores de la ciudad de Antequera. Fundó en el siglo XV el antiguo mayorazgo de la Casa su hijo, el Comendador de Reina, Juan Fernández Galindo, apellidado el Bueno por la rara y constante adhesión de que dió muestras al Rey D. Enrique IV en medio de la agitación y de las revueltas de aquel azaroso reinado. No acaeció en su tiempo acto alguno importante de guerra en que dejase de arriesgar su persona, derramando mucha sangre suya y de los enemigos, como se lee en su epitafio; por lo que, en premio de su fidelidad y de sus grandes merecimientos, obtuvo sucesivamente las alcaldías de Alcalá, Guadalajara, Madrid, Écija y Córdoba, mandó ejército en la batalla de Escalona, fué Gobernador de la Guardia del Rey, su Consejero, de los Reyes de Francia Luís y . Carlos y de la Rota del Papa. h A AAA nd Dos de sus hijos, Martín y Cristóbal, ambos Comendadores de la orden militar del apóstol Santiago, emularon la gloria de su padre; tomando parte aquél, á quien la historia de su edad denominó el Valeroso, en las conquistas de Ronda, Marbella, Baza y Almería, y siendo el primer soldado que, cubierto de heridas, escaló el muro de la for. taleza é hizo prisionero al Alcaide en el asalto de Alhama. Asistió el segundo á la toma de Granada, en cuyo reino, después de conquistado, quedó de Capitán General de la Armada de la Costa por los Reyes Católicos D, Fernando y D.2 Isabel. Nuevos timbres agregó á su estirpe por su enlace con la hija del famoso Garci Lasso de la Vega, Comendador mayor de Montizón, tío del sía castellana, muerto en presencia del moros en la entrada de Guadix. La es tan renombrado en las crónicas como príncipe de la poe- Rey á manos de los pada de este héroe, cantado en los romances populares, se conserva en nuestra Casa cual reliquia de mérito preciado y monumento de perdurable memoria. Temeroso de molestar á V. M., paso en silencio los hechos de armas de algunos de sus descendientes en las guerras de Italia y de Flandes, y en la de sucesión á la Corona de España en pro de D. Felipe Y, augusto progenitor de V. M., y me limito á recordar que, en justa recompensa á los servicios propios y de sus antepasados, y á propuesta del bravo General primer Duque de Algete, cuñado de don Juan Fernández Galindo, Lasso de la Vega, obtuvo éste de aquel Monarca los títulos de Conde de Casa-Galindo y de Vizconde de Dos Fuentes. No han olvidado en días próximos á los nuestros los hijos del linaje tomar por modelo á sus mayores: D. Baltasar de Madariaga y Galindo, Conde de dicho título, y Marurió bizarramente en el , Varón i letras humanas, contribuyó con entusi sa a dd PR ar a La e mb plo L s e Po ¿ -. í h p .. Up? “' E E ye e TOTO / ¿ 108 é E .. N » 6 1 . Ka - g $ ' : E - ey j s 4 ; A ; 3 pa - . Ñ e e ... . , A % , A X a % A PA A 1 RCA SL » A 5 Ha Tr RAI ro "¡AAA Lt pa k . bate E k ) % Ke, o de de e A E ho 2% $ ¡A AA e pp A a a Ñ A A PE a ju - y bo > tata aa , y y $ to aia Ed 2 ó y Mere A A y +3 e a E pa A id <= 101 — DISCURSO pronunciado por el Sr. D. Andrés Lasso de la Vega, Diputado á Cortes por el distrito de Ecija, en la sesión celebrada el día 19 de Funio de 1857, en apoyo de una enmienda al proyecto de ley de Instrucción Pública. Adición al artículo primero del proyecto de Instrucción Pública. «Pedimos al Congreso que, bajo la denominación de base quinta, se sirva aprobar en el art. 1. del proyecto de ley sobre Instrucción Pública la adición siguiente: «El Clero tendrá en la instrucción pública la inspección que, con arreglo á las prescripciones de los sagrados cánones, consigna el art. 2.” del Concordato celebrado en 16 de Marzo de 1851.» »Palacio del Congreso, 16 de Junio de 1857.=>5liguen las firmas. » En su apoyo, y como firmante de ella, dijo el Sr. Conde de Casa-Galindo: Siento, señores, usar de la palabra en una cuestión tan grave, de tan alta trascendenc la, de consecuencias tan in- — 102 — mensas, cuando no tengo autoridad para hacerlo, y cuando todas las razones que podría yo aducir en apoyo de la enmienda han sido ya alegadas en el curso del debate, á pun- to de poderse asegurar que estaba discutida aun antes de presentarse; y lo siento tanto más, cuanto que, como ya he dicho, no tengo autoridad para dirigir la palabra al Congreso. No tengo otros títulos que mi amor á la verdad y mi buen deseo, ni otra recomendación que mi inexperiencia parlamentaria. Yo, señores, había hecho un propósito firme y decidido de no tomar la palabra en el Congreso durante esta legislatura; y, sin embargo, la he tomado en esta cuestión, porque para mí es la más grave de todas las cuestiones; porque no se trata de una cuestión política, por mas que se haya querido calificarla así: se trata de una cuestión religiosa y social: se trata de una cuestión de conciencia. ' Decía el señor Cárdenas, hace pocos momentos, que este proyecto de ley significaba un voto de confianza al Gobierno. Toda mi confianza la tiene: me honro con haberle servido en un puesto importante, y de haberle dado mi voto en cuestiones políticas y en cuestiones administrativas, Pero yo, que siempre apoyaré al Gobierno y le sacrificaré, si es preciso, aun algunas de mis ideas políticas, no le puedo sacrificar mi conciencia. Para que el Congreso se penetre de la gravedad de este debate, de la necesidad y oportunidad de esta enmienda, basta que recuerde, y lo recordará con mucho gusto, la uniformidad de miras y aspiraciones que ha reinado en los diferentes discursos que se han pronunciado aquí por oradores que se sientan en lados distintos de esta Cámara. Nó; no necesito más que recordar esos discursos para que el Congreso se persuada de que la cuestión está moral. mente ganada por nuestra parte, ¿No os llama la atención, y es prueba de lo que acabo de decir, que tanto el señor Orovio, con esa facilidad que le distingue, como el señor Tejado, con la elocuente sencillez en el decir que le es característica, así como el señor Díaz en su excelente discurso, hayan convenido en el espíritu de la enmienda, y demostrado, ora en el terreno histórico, ora en el de la filosofía, ora en el de la aplicación y de la práctica; el señor Orovio, la intervención que la Iglesia ha tenido siempre en la enseñanza; el señor Tejado, la necesidad de que hoy más que nunca la ejerza; el señor Díaz, la oportunidad y la conveniencia de que esta intervención sea también hoy más que nunca eficaz y positiva? ¿No os llama asimismo la atención el que, tras el señor Díaz, el señor Goicoerrotea, digno individuo de la Comisión, que no acepta - la enmienda, empezase su discurso diciendo que la cuestión de catolicismo estaba resuelta, que aquí todos éramos católicos? No olvidemos, para comprender esta identidad de miras y de aspiraciones, que en este mismo recinto, no hace mucho tiempo, resonaba la voz de la impiedad y de la blasfemia. Por eso no basta que en este mismo sitio se haya levantado un orador á protestar que todos somos católicos. Nó; no basta que á ese orador lo hayamos aplaudido de corazón, y sus protestas sean recibidas, como lo serán, con entusiasmo en todos los pueblos de la Monarquía. Nó; es menester algo más. Usó de la palabra después del señor Goicoerrotea el señor Canga Argúelles, y, considerando la cuestión bajo el punto de vista de las circunstancias actuales, bajo el punto de vista de las amenazas de la revolución á todo lo que hay de grande y fundamental en la sociedad, nos dijo que era menester buscar la contradicción radical de ellas, y que esta contradicción no podía encontrarse más que en el principio católico. ¿En qué consiste que el señor Canga Argúelles, que en política profesa ideas diferentes de las mías, de los demás firmantes de la enmienda, que se han ofrecido á suscribirla y que la si el Reglamento lo permitiese; todos hemos venido á convenir y de los muchos hubieran firmado en qué consiste, digo, que en esta idea? Consiste, señores, en que tanto el señor Canga como todos los señores Diputados responden al sentimiento público, visiblemente pronunciado en este sentido. Ha sido menester que el señor González Serrano tomara la palabra para que el debate cambiara completamente de giro (El señor González Serrano pide la palabra para rectificar); ha sido menester que S. S. tomase la palabra para que la cuestión mudase de aspecto; para que se envenenase contra su voluntad un debate que no ha debido ser ardiente. ,, En este momento voy á hacer la defensa del señor Canga Argiielles, pues por «más que se separe en política de mis ideas, creo que estuvo en su derecho enunciando, al. gunos de sus deseos con relación á la enseñanza y ála intervención que en ella debe tener la Iglesia. Pues qué, al manifestar sus opiniones, ¿quería decir al Gobierno que las aceptase por completo? Nó, señores; todos tenemos en nuestra inteligencia, en cualquier orden de ideas, un pensamiento, una aspiración, un desideratum, y éste podría ser el desideratum del señor Canga; pero S. S., prescindiendo de ese desideratum, lo que exigía en este momento era que se consignase el principio de la intervención de la Iglesia en la enseñanza dada por el Estado. Por eso nos encontramos juntos en este punto de la cuestión, sin que nos hallemos en armonía en las opiniones políticas, Y tan cierto es que uno es el ideal y otras las opiniones en la práctica, que yo aseguro al señor González Se. rrano, que de tan liberal se precia, que en este sentido voy más adelante que S. S. en punto á liberalismo. En los libros podré ser hasta demócrata; lo soy cuando se anuncia en ellos una organización social, bella, acabada y perfecta, Entonces, señores, en los libros soy completamente demó. crata; pero si luego la democracia se hace atea, se hace revolucionaria, si se hace incendiaria, y destruye la propiedad, si destruye la familia y la sociedad y niega á Dios, entonces yo maldigo la democracia. Vea el señor Gonzá- — 105 — lez Serrano cómo se puede tener un desideratum en la mente, y aceptar otras cosas en el terreno práctico. De manera, señores, que de esto se deduce que ha habido un completo acuerdo entre todos los oradores que han tomado parte en esta discusión, acuerdo con la Comisión y aun con el Gobierno mismo. : Se nos ha dicho que era menester que no olvidáramos el tiempo en que vivimos; que era menester vivir con las ideas modernas y no volver á los tiempos pasados. ¿Quién representará mejor las ideas modernas que nosotros, jóvenes de treinta años, y muchos ni aun llegamos á esa edad? Pues ¿por qué se llaman ideas modernas? Nosotros, que acabamos de salir de las universidades, venimos aquí á sostener las ideas modernas, que son los principios de la autoridad y del orden. Esos son los principios del partido moderado en que he nacido: los principios que profeso de todo. corazón, Digo más: si se pronunciaran aquí muchos discursos como el del otro día, y esas fueran las ideas de sus hom. bres, yo renunciaría á este partido. Pero aquí lo que ha sucedido, señores, ha sido que el Gobierno ha traído un proyecto (dispénseme la palabra, porque no trato de ninguna manera de herir á nadie), un proyecto de Instrucción Pública ateo. Y si no, ¿dónde se consigna en él un principio religioso? Ese proyecto puede servir de la misma manera á una república atea, que á una monarquía absoluta y religiosa á la manera de las antiguas. ¿Qué es lo que le falta? ¿Qué es lo que la Comisión ha querido y nosotros también? Hacerlo católico; bautizarlo; en una palabra, ponerle la cruz que ponían nuestros abuelos siempre que escribían una línea sobre el papel. La prueba de que esto era así, es que, según la revelación del señor Cárdenas, en la Comisión ha habido gravísimos debates sobre este punto. ¿Y qué ha resultado? Que el proyecto del Gobierno ha sido realmente enmendado por la Comisión, por más que la enmienda no pueda tener consecuencias, porque se ha cj rcuns- 14 — 106 — ] crito al preámbulo, ¿Qué sienifica este párrafo del preámbulo? Dice así: «Inmensos son, pues, los beneficios que debe producir una ley de Instrucción Pública sabiamente formada, rigoro- .samente aplicada, y sujeta siempre en sus efectos á la altísima inspección que corresponde á la Iglesia; á esa inspección que la concedió su Divino fundador, que se halla establecida en los sagrados cánones, y que acertadamente se consignó también en el último Concordato celebrado con la Santa Sede; á esa inspección, en fin, que tan saludablemente ha sido ejercida en todos tiempos en España por la Iglesia, y que el Gobierno de S. M. está dispuesto á apoyar con la mayor eficacia según lo declarado espontánea y terminantemente por éste en el seno de la Comisión.» Yo pregunto, y si se me contesta satisfactoriamente retiraré la enmienda: ¿qué es lo que el Gobierno se propone hacer en la ley? Si no se quiere consignar en la base este principio, porque se considera innecesario, prométaseme consignarlo y desenvolverlo en la ley, y yo y mis compañeros retiramos desde luego la enmienda plenamente satisfechos y tranquilos, Nos encontramos, señores, con que el Gobierno, según lo ha manifestado en el seno de la Comisión, en su preámbulo conviene con la enmienda que voy á tener la honra de leer al Congreso. «El clero tendrá en la instrucción pública la inspección que, con arreglo á las prescripciones de los sagrados cánones, consigna el art. 2. del Concordato celebrado en 16 de Marzo de 1851.» En una palabra; el preámbulo de la Comisión y la enmienda que tengo el honor de defender en este momento dicen una misma cosa, ¿Qué razones, pues, se han dado aquí para que esto, que tan bien sienta en el preámbulo, no se pueda colocar en las bases? Se dijo por el señor Ministro de Fomento, que ante todo podría parecer á la Iglesia una extralimitación de la potestad civil el que el Gobierno tra- : ] j ; ] P í «crec innecesario, y éste es el único inconveniente tara de concederla como un derecho emanado de él lo que era propiamente derecho suyo por habérselo concedido su Divino Fundador; derecho consignado en todas las leyes eclesiásticas, y también en las españolas. Pues bien: yo y digo al señor Ministro de Fomento, y desde este mismo sitio me atrevo á afirmar, que si la enmienda es aceptada por el Gobierno y votada por los Cuerpos colegisladores, el clero español la recibirá con reconocimiento y alegría. Está, pues, contestada la objeción. Se ha dicho también que era peligroso que un principio concordado con la Santa Sede se trajese á una ley común y ordinaria, pues en este caso se dejaría al arbitrio de la potestad civil lo que no puede derogarse sino por acuerdo de ambas potestades. Á esto digo yo que no hay medio: ó el cambio y derogación de la ley se verifica cuando haya solamente una variación de Ministerio, y no un cambio radical de sistema, sino de personas, y entonces, no variando el sistema, tampoco cambiará el. principio de la ley; ó por el contrario, se derogará cuando el cambio sea radical y revolucionario, y entonces no se respetará el Concordato, de lo cual tenemos ejemplos tristes y recientes. El argumento, por tanto, está destruído por su base. Se ha dicho, por último, y este argumento es el que pa- Z rece más serio é importante, que es innecesario consignarlo; que silo está ya en el Concordato, para qué repetirlo en esta ley, Y yo digo: si sólo es éste el argumento, si se , ¿por qué si todo se reduce 4 una redundancia, y el Gobierno no lo ha propuesto por no incurrir en este defecto, ¿por qué no lo admite ahora, y nos deja á nosotros la responsabilidad? Cargaremos gustosos con ella, que en cosas de este género, en materias tan graves y trascendentales, importan poco las redundancias y los pleonasmos. Digo más: para mí no existe tal redundancia. Pues qué, la Constitución política ¿no consigna los principios constitucionales, y luego en las leyes orgánicas no se no recordarlo también en la ley? — 108 — empieza por sentar el mismo principio fundamental que ha de desarrollarse en ellas? :Y ué es el Concordato en la ' ¿YX q : esfera religiosa y canónica más que una de las leyes fundamentales de España? Pues si esta ley de Instrucción Pública no es más que una ley orgánica que ha de desarrollar los principios consignados en una y Otra ley fundamental, ¿por qué no establecer en ella el principio, aunque parezca redundante, caso que lo fuese? Yo suplico al Gobierno, yo suplico á la Comisión, acepte como base de la ley lo que en el preámbulo se pone como su razón y su motivo, ¡Que es innecesario! Y entonces ¿por qué se ha dicho en el preámbulo? Decía el señor Cárdenas que no se podía admitir entre las bases, porque sería una base tan vaga como el preámbulo. Pues si no hay más defectos que el de la vaguedad, ¿qué inconveniente tiene la Comisión en formar una base vaga, si va á ser interpretada y planteada por un Gabinete que merece su confianza? La verdad, señores, es que en el dictamen de la Comisión ó sobra preámbulo ó falta base. Esto es incontestable: Ó que no se comprenda en el preámbulo, ó, de comprenderse en él, que se convierta en base. Si el preámbulo fuese obligatorio, ó si el Gobierno actual hubiera de durar siempre, yo no tendría dificultad en votar este proyecto de ley, Pero como ni el Gobierno ha de ser eterno, ni el preámbulo es obligatorio, por eso quiero que se establezca el principio en una base, ¡Que es innecesario! Hoy, señores, es más necesario que nunca. Los Diputados que me han precedido en el uso de la palabra lo han dicho ya. La Iglesia, que ha sido la fundadora de la enseñanza, la conservadora de la ciencia, la institución á que se debe la civilización moderna europea, bien merece que en una ley de Instrucción Pública se le dedique un recuerdo, siendo, como es, madre de esa instrucción misma. ¿Dónde habéis visto, si no, antes del cristianismo, escuelas fundadas por una autoridad pública para admitir discípulos en todas las categorías sociales sin pre- Le ps a de o de SE ETA ATA DAS DN A euntarles su origen? Hubo filósofos que reunían á su alrededor algunos privilegiados á quienes secretamente trasmitían, rodeados de precaución y de misterio, los ocultos tesoros de su ciencia; pero ninguna sociedad, ningún gobierno fundó escuelas; la creación de las universidades vino más tarde, y se debió á la ilustrada y vigorosa iniciativa de la Iglesia. Y qué, señores, ¿no son de tener en cuenta estos antecedentes, no son una razón que abona y justifica la intervención que nosotros reclamamos para la Iglesia? Y tanto más legítima, señores, en esta nación, que apenas tiene una sola. gloria que no sea religiosa; y que tanto en las armas, como en las letras, en las ciencias, como en las artes, el clero ha sido siempre el primero en distinguirse, y cuando no el clero, las generaciones que recibían en la Iglesia la inspiración y el entusiasmo, las grandes verdades y los sentimientos nobles y elevados. Nuestros mismos autores dramáticos, los más eminentes, los más ilustres, vistieron el há.- bito sacerdotal; y, permitidme que lo diga, hasta las poesías que menos se acomodan á la severa doctrina del dogma, como son las poesías ligeras y frívolas, han sido cultivadas con fruto por los clérigos y los frailes. ¡Se dice que no se dé inspección á la Iglesia en la enseñanza! ¡Se dice que cuando estaba en manos de la Iglesia, la enseñanza estaba monopolizada! Nó, señores, no lo estaba, como lo decía muy bien el señor Orovio. En la Universidad de Valencia fué donde se estableció la verdadera libertad de enseñanza. En aquella época la Iglesia permitía que cualquiera en su testamento pudiese fundar cátedras ó escuelas, concediendo á sus sucesores la facultad de nombrar los profesores que las hubieran de desempeñar. ¿Y puede decirse todavía que la Iglesia monopoliza la enseñanza? Que no se diga más... que esto no se diga más de la Iglesia, cuya influencia, cuya debida influencia está reconocida también por el mismo Jovellanos, que citaba el señor González Serrano; por Jovellanos, en cuyas obras yo también he tratado de aprender. MIA Me ES s é e y : » 4 » Ñ en] . . " La [o SS E .. > e . nn. ¿ E > » £ i E , » o dc ES A E A AAA o A . . Put 2. ri e ; ” o. >: ey . q» . : y ] e z EP id set cc dj col E ES 39 2.0 . =as - : . ' > pad ne YI * : “o ia e os DS LA ano ¿Dz 2 rr zo TA e yr ER ' Ñ Hd y +” Aga > = ” , PE e ii pa E we —í A 2 ; y E =p ” P dd a , a Id o ¡a 37 ¿ e a ca , s ] o En cti pd y a , add A E rd n 0 AN > 2 MAGA a mn PA mo .. A A me E Pr ? ' A io 2 Jrs nr , MZ. > ._ > a 2. EIIPADLAS ut z A + $ , . ES y R . Pm > E pea $5 A ra AA ALA. o PTE rd e J o o i 4 - A ESA - E A DISCURSO pronunciado por el Sr. Conde de Casa-Galindo en el Senado, en la sesión celebrada el Jueves 3 de Funto de 1880, en apoyo de la siguiente proposición: «AL SENADO » Pedimos al Senado se sirva declarar que la continuación del actual Ministerio es, en su concepto, conveniente para el afianzamiento de las instituciones y para la prosperidad del país. : » Palacio del Senado, 3 de Junio de 1880. —Y. El Conde de Peinohermoso.—El Marqués de Rubalcava.—El Marqués de Miravalles. —El Duque de Santoña.—b. El Conde de Casa-Galinmdo.— El Marqués de Vallejo.—Francisco Santa Cruz. El Sr. Conde de Casa-Galindo, uno de los firmantes de ella, dijo lo siguiente: Perdonad, señores Senadores, que el último entre los ¡dignos miembros de esta Cámara que suscriben la proposición sea el encargado de defenderla. Ni el desuso en que estoy de la palabra, ni el profundo respeto que el Senado — 118 — me infunde, ni el temor que me causa la pública y general expectación, ni la consideración que me merece el numeroso concurso que puebla hoy este recinto, habitualmente testigo de discusiones tranquilas y técnicas, nada de esto autoriza el gue yo sea encargado de llevar la palabra para la defensa de la proposición. Pero los deberes políticos son grandes; los deberes de partido son muy estrechos; la insistencia y el ruego de los amigos son muy poderosos; y he tenido necesidad de resignarme á levantar hoy mi voz en este sitio, abrigando la convicción profunda de la necesidad de esta proposición, necesidad no sólo reclamada por los intereses del partido, sino por los más sagrados y más altos de la Patria y de las instituciones. Confiando, pues, en la benevolencia que nunca sabe negar el Senado, y en que para la defensa de la proposición no se necesita ni exposición de grandes ideas, ni numerosos razonamientos, ni largos discursos, me atrevo, señores Senadores, con vuestra venía, á empezar recomendándoosla. Todos sabéis, señores Senadores, que en algunos círculos, y de algún tiempo á esta parte, se ha levantado el rumor de que en España no convienen Gobiernos de larga vida, Pocas veces esta teoría ha venido á exponerse ante las Cámaras, pero no ha dejado de tener algún prosélito y de arraigarse en algún círculo á punto de que se trata ya de elevarla á teoría inconcusa. ¿Verdad, señores, que es extraña teoría aquella que quiere que el Gobierno de los pueblos se ri- ja por las reglas de los vínculos ó mayorazgos saltuarios? Como si la gobernación del país debiera acomodarse á las conveniencias de sus gobernantes ó de sús partidos, y no á la conveniencia de la Patria misma. Á esa teoría es preciso oponer una negación rotunda. Precisamente en todos los países, por todos los hombres de Estado,:se ha creído que los Gobiernos duraderos y de larga vida son los más convenientes para el régimen de los pueblos: ellos son los que pueden plantear y continuar un sistema político; ellos son los que pueden iniciar, llevar á remate las grandes reformas económicas y administrativas, y nuestro pobre país, víctima constante de la instabilidad de los poderes y de los Gobiernos, es un vivo ejemplo de la falsedad de esa teoría y de la necesidad de sustentar y de robustecer la contraria. Si los que vivís constantemente en Madrid vivierais en provincias, y los que en provincias vivís como yo de seguro asentircis á lo que digo, veríais allí cuánto afán, qué deseo hay de Gobiernos largos, duraderos; de Gobiernos que puedan plantear últiles reformas, que tengan tiempo y lugar para ocuparse en la protección del comercio, de la agricultura, de las demás industrias; en dar al país el reposo, la paz y la tranquilidad que tanto necesita y de que está sediento. ¡Ah! si vierais las provincias, si estuvierais en con: tacto constante con el que trabaja, con el que paga, con el que sostiene las cargas públicas, no os atreveríais á decirle que eran convenientes cambios continuos de Gobierno. Pero aquí, señores Senadores, hay quien mira las cosas de otra manera, hay quien adopta un punto de vista distinto para juzgarlas, y con ese distinto criterio creen, manifiestan, aseguran y afirman que el partido conservador-libe- ral, que el Gobierno actual, que ha salido de su seno y le representa, que el ilustre hombre público que lo preside, y á quien no sé elogiar porque está presente, y porque me honro con su amistad, creen, digo, que porque ha durado mucho tiempo en el mando el partido conservador ha hecho ya su camino y debe abandonar el poder, aunque tenga la confianza de S. M, y el apoyo decidido de estas Cámaras; es decir, que debe dejar el mando precisamente por la misma razon que debiera continuar en él; y esto, aunque durante el período de su administración se haya afianzado la restauración de la Monarquía legítima y del sistema constitucional después de su temporal eclipse; y aunque se haya hecho una Constitución y formado leyes orgánicas, y restablecido el crédito y afirmado el orden y la paz, y todo ello con la cooperación las más veces y siempre con el concurso de — 120 — las oposiciones, dándose el raro ejemplo de haber aceptado en parte las exigencias de éstas á fin de llegar á una legislación común. ¿Son éstos los motivos, son éstas las causas por las que, habiendo durado el Gabinete ocupado en tan nobles, elevadas, patrióticas y útiles tareas debe desaparecer? Guiados por este pensamiento hombres políticos de reconocida importancia, cuya respetabilidad acato, cuyos méritos reconozco y enaltezco, y no escatimo, profesando distintas ideas y perteneciendo á diferentes partidos (y no ciertamente los más afines entre sí), se reunen fuera de este lugar, propio de la discusión y de las lides parlamentarias, se reunen secretamente uno y otro dia. /Ura voz: Públicamente en el Congreso de los Diputados.) Para el país y para la Cámara, y aun para el público, secretamente. Hablan, discuten, conciertan secretamente sus planes, siendo miembros del Parlamento en una ú otra Cámara, estando abiertas las Córtes y celebrándose sesiones diarias en un períodó tan largo, que es enteramente desconocido en nuestros anales parlamentarios, y se alejan y parece desdeñan aquella tribuna libre, como la más libre, quizás la más libre de los pueblos regidos parlamentariamente. Porque aquí, señores, no sólo está garantida la libertad de la palabra por el Reglamento, y la tolerancia es tal que la mayoría prescinde á veces del Reglamento con tal de ofrecer á las oposiciones medios y ocasión de exponer con amplitud sus ideas. ¿Y cómo sabemos todo esto que pasa, señores Senadores y Diputados? Lo sabemos porque se dice fuera de aquí, porque se explica fuera de aquí, porque se manifiesta fuera de aquí, porque se comenta fuera de aquí, y como consecuencia de esto la vida parlamentaria se quebranta, el sistema constitucional y parlamentario se debilita, y entramos en el período de las agitaciones políticas. Quién refiere que se trata de formar una coalición, quién que se intenta verificar una fusión, quién que se aspira á la formación de un partido, Pues bien; nosotros los Senadores de la mayoría, que — 121 — con vosotros los Senadores de la minoría estamos llamados á participar de la dirección política del país; nosotros tenemos derecho á preguntaros qué es lo que hacéis fuera del Parlamento. Vosotros tenéis obligación de respondernos, y decirnos, y de decir á la faz de la Nación entera, cuáles son vuestros principios políticos, porque no los conocemos. Vosotros tenéis que declarar si aceptáis ó no la Constitución de 1876, si aceptáis Ó no las leyes orgánicas vigentes, cuál es vuestro criterio financiero y administrativo, cuáles son vuestros procedimientos de gobierno, cuál vuestra regla de conducta. Todo esto nos lo debéis á nosotros, al país que representamos y á las altas instituciones del Estado. Es menester que enarboléis ya vuestra bandera y que sepamos al fin qué color ha quedado en ella de aquellos que llevasteis á esconder en el secreto; y si después de vuestras declaraciones resulta que sois un partido dinástico y liberal, como deseo, y además de orden, como necesitamos, saludaremos con júbilo vuestro advenimiento á la vida política, y habréis sido un nuevo triunfo, y seréis una nueva gloria del partido que actualmente gobierna, que con su conducta en el mando os habrá creado y con su larga permanencia en el poder ha facilitado y os ha ayudado á vuestra organización. Pero si envolvéis vuestros principios entre nubes, si veláis vuestros planes y proyectos, si no sabéis sacudir la levadura revolucionaria, más funesta todavía á la libertad que al orden, peligrosa siempre para las más altas y más sagradas instituciones á que rendimos culto; si sois, en una palabra, una coalición para destruir, ¡desdichado día y de amarga memoria el de vuestro nacimiento! El país os juzgará cuando os conozca. En uno y en.otro caso, señores Senadores de la mayoría, y aun todos los que no habiendo formado en sus filas profesáis principios conservadores; en uno y Otro caso nuestro deber es claro y conocido; la regla de nuestra conducta no hay que exponerla, es evidente: levantar aún más alta nuestra bandera, hacer nueva y más rotunda y más vigorosa afirmación de nuestros principios, y acu- 16 — 122 — dir, por último, á su defensa con mayor fe, y si es posible con mayor y más decidido entusiasmo. Si tenemos. enfrente un partido dinástico, de orden, aunque más liberal que nosotros; puesto que nosotros creemos que en las actuales circunstancias no es compatible con el orden mayor libertad de la que la legislación vigente garantiza, refiiremos con ese partido las nobles batallas del Parlamento. Pero si lo que tenemos enfrente es una coalición sólo para destruir, ¡ah! entonces pelearemos por cuantos medios y con todas las armas que nos da la ley, Para ello os ruego, señores de la mayoría, Senadores conservadores que, aunque no hayáis pertenecido á ella, comprendéis que hay algún enemigo que avanza para herir en vuestro escudo y combatir vuestros principios, lo mismo que los nuestros; para ello os ruego, señores Senadores, que empecéis por tomar en consideración la proposición objeto del debate, porque de esa manera damos apoyo y fuerza para gobernar al Ministerio que representa en ese banco _huestras ideas y nuestros principios; porque de esa manera ayudamos á consolidar su existencia, y porque así afirmamos la conveniencia de los Gobiernos de larga vida, base de estabilidad y de la tranquilidad que el país ardientemente y sobre todo desea. (Bien, muy bien en la mayoría.) o — 123 — DISCURSO pronunciado por el Excmo. señor Conde de Casa-Galindo en el banquete político que el partido conservador de Sevilla celebró en honor del Excmo. Sy. Mimstro de la Gobernación, D. Francisco Komero Robledo, en el Teatro de Cervantes el día 24 de Noviembre de 1880. SEÑORES: Al levantarme en este sitio, vivamente conmovido ante tan numeroso y respetable concurso y ante el brillante espectáculo de esta espléndida manifestación política, sea mi primera palabra expresión de profunda gratitud al partido liberal-conservador de mi querida Sevilla y su provincia, que me honra una vez más con su representación, premiando así y por tan alta manera, no méritos y servicios que no puedo alegar, sino mi fe y entusiasmo por sus doctrinas, y el afán con que defiendo su credo y sostengo sus intereses políticos. (Bien, ben.) Bien comprenderéis que no voy á pronunciar un discurso: ni mis facultades lo permiten, ni la situación lo tolera, ni tampoco es ese el encargo que se me ha confiado. Persona de autoridad indisputable, labios bien elocuentes se encargarán de hacerlo, y muy á mi pesar retardo breves momentos, en medio de vuestra justa expectación, la hora en que le habéis de oir y seguramente admirar y aplaudir su — 124 — flúida palabra. Mi encargo es más sencillo y más modesto, aunque más grato. Saludar como lo hago, con efusión y verdadero afecto, en vuestro nombre y en el mío, expresar nuestra gratitud por su visita y dar la bienvenida al ilustre hombre público que preside nuestro banquete, á mi amigo particular y querido, á nuestro amigo político, al orador fácil y abundante, al fogoso adalid del partido liberal-con- servador, al Excmo. Sr. D, Francisco Romero y Robledo, Ministro de la Gobernación. (Bien, bien.) Y cumplido deber para mí tan grato, y antes de terminar mi honroso cometido, permitidme que os proponga un brindis. Primeramente por S. M. el Rey D. Alfonso XII, símbolo de las antiguas tradiciones y franquicias de la Patria y de las modernas instituciones parlamentarias; Rey legítimo y de derecho por la herencia de sus abuelos, por la proclamación de los pueblos, por la consagración de la victoria. (Aplausos,) Rey de la paz, monarca verdaderamente constitucional, amante de las letras y las artes y protector ilustrado de la agricultura, la industria y el comercio. (Muy bien, bravo.) Brindemos ahora por el Ministerio responsable que le aconseja, genuína representación, verdadera expresión y trasunto del partido liberal-conservador, bajo cuya administración y gobierno España ha conseguido la paz después de la guerra, el restablecimiento del sistema constitucional después de la anarquía y de la dictadura, el crédito de la Nación tras la bancarrota, el orden y la tranquilidad en uno de los períodos de tiempo más largos que registran nuestros anales contemporáneos, y una libertad práctica aquí desconocida hasta los tiempos presentes, y que ha convertido á nuestro país, víctima constante de nuestras discordias políticas y de nuestras sangrientas luchas civiles, de país de los emigrantes en asilo seguro y sagrado de los desterrados de otras naciones, hoy bien desventuradas. (Bravo; muy bien.) o — 125 — Y todo esto enfrente y apesar de una oposición tan injustificable como injustificada, que, vencida en la discusión, abandona por frívolos pretextos el Parlamento y su tribuna, busca el refuerzo de nuevos elementos porque se siente débil, y cuando los ha reunido y se presenta nuevamente en la arena de la lucha titulándose partido vigoroso y verdadera comunidad política, resulta que no es partido porque no tiene jefe, ni comunidad política porque no tiene comunión de doctrinas. Así cada uno de sus actos es una dificultad y un fracaso, ya cuando se reune en las hermosas playas del mar Mediterráneo, ya cuando se congrega en las plácidas orillas de nuestro claro Guadalquivir. Si en Cataluña levanta sobre el pavés á un jefe, en Córdoba proclama á otro caudillo; y si las auras de Levante traen á nuestros oídos los ecos de la Constitución de 18609, los vientos del Mediodía le contestan: Constitución de 1876. Y es tal y tan grande la discordia, que no parece sino que hemos retrogradado siglos y que han resucitado en Cataluña los Ramones y los Berengueres, y en Córdoba los Abderramanes y los Almanzores. (Aplausos.) Opongamos á ese espectáculo de intestinas disensiones y de discordias, opongamos á esa confusión babélica, la unidad de nuestras doctrinas, la afirmación robusta de nuestros principios, la estrecha unión de nuestro partido, el lazo vigoroso que liga á sus hombres más importantes, y levantemos más alta que nunca nuestra bandera, Y ya que hemos brindado por el Gobierno, brindemos ahora por el ilustre repúblico que preside el gabinete, por el Sr, D. Antonio Cánovas del Castillo, pensador profundo, estadista eminente, elocuente orador, hábil polemista, historiador distinguido, escritor erudito y elegante, é iniciador y jefe de nuestro glorioso partido conservador-liberal. /Bien, muy bien.) Brindemos, en fin, por nuestro ilustre huésped, y mi querido amigo, el Sr. D. Francisco Romero y Robledo, Mi- — 132 — en ese mismo distrito hubiese habido tres promotores fiscales durante ese período, ¿habría “el Ministro de Gracia y Justicia faltado á las leyes? No seguramente: ha podido nombrar, extremando sus facultades, cada día, sin salir del círculo de lo que la ley le permite; pero la opinión pública dirá que se ha abusado de las facultades de la ley para preparar una elección. La letra de la ley mata; su espíritu es el que vivifica. Concede la ley á los presidentes de las Audiencias la facultad de nombrar jueces municipales. Si bien aconseja y prefiere que los jueces municipales sean letrados (donde esto sea posible), está en la facultad legal del presidente de la Audiencia «nombrar juez municipal al que no sea letrado. Pero.si en una ciudad importante, cabeza de partido judicial, donde el juez municipal tiene frecuentemente que sustituir en ausencias, enfermedades é incompatibilidades al juez de primera instancia, hay 27 letrados y se nombra juez municipal á un médico, y fiscal municipal á un farmacéutico, aunque en nada ciertamente se ha faltado 4 la ley, la opinión pública dirá que con tales medidas se ha hecho una preparación electoral; y el que no conociera los motivos de tales nombramientos, el que ignorara la autoridad ó persona que los hubiera hecho, supondría que había sido el Director de Sanidad, para establecer una ambulancia en tiempo de guerra. Corresponde, por la ley, al Gobierno, nombrar y suspender las Comisiones permanentes de las Diputaciones provinciales, y aunque se ha dado el caso de que los gobernadores (y esto ha sucedido en la provincia de Sevilla), sin facultades para suspender, las suspendan, el Ministro de la Gobernación ha aprobado la medida, amparándola así con su autoridad. Hasta aquí el Ministro ha estado en su derecho en cuanto á la forma; pero examinando el fondo, las razones y fundamentos de la suspensión, son tales, que no merecen siquiera el nombre de motivos, sino de pretextos para llegar al fin. Por esto los amigos mismos del Gobierno, conoce- k > 133 >. dores de las circunstancias personales de inteligencia, de rectitud y de honradez de los individuos de la Comisión provincial suspensa, se acercaban á ellos y les decían: «No se les ha podido tratar á ustedes mejor; se han buscado motivos ó pretextos sencillos para suspenderles sin causarles daño ni perjuicio alguno; porque la necesidad apremia, se acercan las elecciones municipales, y necesitamos una Comisión provincial amiga que conozca de la validez ó nulidad de las actas.» No me permite el tiempo entrar en el examen de los fundamentos de la suspensión: basta, sin embargo, á mi propósito, para que el Senado forme su opinión, que sepa que en su mayor parte se refieren á actos realizados en los años de 1879 y 1880, y la Comisión provincial suspensa fué nombrada á fin de 1880 y no empezó á funcionar hasta Enero de 1881. Tampoco debe ignorar el Senado y conviene que tenga noticia de que todas las faltas de aquella Comisión debieron quedar purgadas para el señor Ministro de la Gobernación, cuando estimó conveniente nombrar á alguno de los individuos de aquella Comisión suspensa y destituída para formar parte de la nueva Comisión por él elegida. ¡Tan pronto quedaron borrados los graves fundamentos de la destitución! ¿No es verdad que el Gobierno mismo con sus actos ha venido á patentizar que usa, sí, de las facultades que le conceden las leyes, pero que las usa con el fin determinado que ya no es un secreto para los señores Senadcres? Facultad es de los gobernadores de provincia, la de enviar delegados que inspeccionen la administración de los Ayuntamientos; y en efecto, apenas recibidas instrucciones del Gobierno, el Gobernador de la provincia de Sevilla no estimó suficiente, para formar juicio acerca de la administración municipal, investigar y conocer los datos que resultaban en las secretarías del Gobierno civil y de la Diputación Provincial, y envió delegados á diferentes pueblos de la provincia. No fatigaré al Senado refiriendo pormenores de las visitas giradas por estos funcionarios. En unos pueblos se limitaron á presentarse; á su sola presencia los Ayuntamientos se sometieron, y no fué adelante la visita. En otros pasaron al consejo y á la amonestación, y resultaron alcaldes y. Ayuntamientos dimitidos, sin que tam. Poco se girase en ellos la visita. Mas los que se negaban á auxiliar la política ministerial, eran visitados en todas sus dependencias, secretaría, depositaría, pósito, etc., con la mayor escrupulosidad, hasta encontrar quizás motivos alguhas veces, pero muchas pretextos para que á la visita siguiera el expediente, al expediente la suspensión y á la suspensión el proceso. Y llamo la atención de los señores Senadores sobre la ¡nfluencia que estas suspensiones y estos procesos han tenido en las elecciones de compromisarios, además del general efecto producido en todos los actos electorales; porque interpretando de una manera odiosa, en el sentido jurídico de la palabra, la pena de suspensión infligida á los conce. Jales en el ejercicio de las funciones de su cargo, se ha ampliado, se ha extendido hasta privarles del derecho de votar, y los alcaldes no los han citado por medio de oficio, como la ley previene, para el acto de la elección, faltando á aquella regla de interpretación legal, según la que, las leyes que imponen penas ó cercenan derechos no deben interpretarse en sentido amplio, sino en sentido estricto; y aquí se ha añadido á la pena de suspensión en el ejercicio de sus funciones concejiles la de privación de sus derechos políticos. Ninguna ley prohibe ni ordena, pues la electoral calla en este punto, que los electores para compromisarios vayan provistos del oficio de convocatoria para entrar en el colegio electoral; y por eso sin duda, el alcalde de Utrera, siguiendo las inspiraciones del Gobierno, impidió por medio de la fuerza armada municipal el ingreso en el salón donde la elección se celebraba á los que no iban provistos del oficio de citación. Entre aquellos electores desconocidos Se encontraba mi amigo D. Enrique de la Cuadra, opulento Propietario, uno de los primeros capitalistas de la provincia, sg áOÓOÑ— a E EL AAA a — 135 — Diputado que ha sido en las Cortes españolas, y no pudo votar los compromisarios de su pueblo porque sin el oficio de citación no justificaba su personalidad. Tampoco está prohibido por la ley, sino, por el contrario, muy autorizado, que los alcaldes y los concejales puedan ser elegidos compromisarios, puesto que alcaldes y regidores son á un tiempo electores y elegibles; pero se decía por Sevilla (y algún periódico local lo ha indicado) que el Gobernador, siguiendo en esto, como en todo, las instrucciones del Gobierno, aconsejó en circular á los alcaldes de la provincia la conveniencia de que fuesen los mismos alcaldes ó regidores, ó secretarios de ayuntamiento, los que obtuviesen la investidura de compromisarios. ¿Se dictó semejante circular? Lo sabrá el señor Gobernador. Pero lo que supo Sevilla y debe saber el Senado, es que entre los compromisarios elegidos resultaron 39 alcaldes, 6 tenientes de alcalde, 19 concejales, 5 secretarios de ayuntamiento, 3 jueces municipales, un registrador de la propiedad, un depositario de fondos municipales y un estanquero, que, por lo visto, era mayor contribuyente: total 75, que suman más de la mitad de los 139 compromisarios que elige la provincia. ! No prohibe la ley que entre en el despacho del señor gobernador ninguno de sus administrados; pero si la entrada se verifica á las nueve de la mañana del día 2 de Septiembre de 1881, y los que entran son compromisarios, ! y esos compromisarios en más de su mitad dependen del Gobierno, y desde allí son acompañados por personas adictas á la situación hasta la sala de sesiones de la Diputación Provincial, situada en el mismo edificio donde se verifica la elección de Senadores, ¿es extraño que el público suponga que esa falange de compromisarios ha debido ir allí á algo más que á verificar un acto de cortesía, á saludar al gobernador de la provincia? Mucho más cuando alguno de esos compromisarios decía que se les recomendaba determinada candidatura, y al salir del despacho se les entre- o 136 =— gaba impresa en una papeleta cortada y doblada en una forma particular, con cierta semejanza á la de una mitra, como los señores Senadores pueden ver en el expediente de estas actas, en el que hay ejemplares de ellas; si después de esto, como consta también en el acta, el Gobernador de la provincia se constituye en el salón contiguo al en que la elección tiene lugar, en sitio desde el que puede ver y ser visto por los electores cuando entregan la papeleta al presidente y éste la deposita en la urna, haciéndose así público el voto, que debe ser secreto y reservado, y pudiéndolo conocer aquél de quien dependen gran parte de los electores, en trance tan duro y de tal manera cohibidos, no resisten á votar la candidatura oficial, ¿qué podrá decirse, señores de esta elección? ¿qué de la libertad electoral? No se ha faltado á la ley ni por los que han entrado en el despacho del Gobernador, ni por los que han cortado y doblado las papeletas en forma y manera particular y desusada; la ley no dice nada acerca de eso; calla en ese punto; su letra no ha sido infringida; pero se ha faltado abiertamente á su espíritu, porque fué hecha para garantir la libertad electoral, la independencia del sufragio y el secreto de las votaciones. Ya veis, señores Senadores, lo ocurrido en Sevilla. Ya conocéis, señores Senadores, en gran parte el acta leve de la provincia de Sevilla. pS De lo expuesto se deducen las siguientes consideraciones: primera, que á virtud de la Real orden de 4 de Julio, tantas veces citada, se ha disminuído el número de electores en la mitad del de concejales de toda la provincia, que se compone de 99 Ayuntamientos; segunda, que se ha disminuído la otra mitad en 13 Ayuntamientos Suspensos, según el diminuto estado que ha enviado el señor Ministro de la Gobernación, advirtiendo que por esos 13 Ayuntamientos se eligen 21 compromisarios, y en algunos de ellos el partido conservador-liberal ha perdido la elección por tres ó por dos votos nada más, como ha sucedido en Car- A A A A a A A A PPP 7 A AA A o — 137 indio mona y Cantillana; tercero, también se han restado del censo electoral todos los concejales de los Ayuntamientos que han hecho dimisión; cuarto, idénticamente han sido restados del censo electoral los exconcejales que, siendo mayores ' contribuyentes, no han votado como concejales ni tampoco como contribuyentes, por no estar incluídos en las listas, y el número es crecido, porque en su mayor parte se componían los Ayuntamientos de mayores contribuyentes. Resulta además que en Utrera, que nombra tres compromisarios, se ha impedido votar por la fuerza, y que la mayoría de los compromisarios era dependiente de la autoridad del Gobernador. Á consecuencia de todo esto, se respiraba en la provincia de Sevilla una atmósfera asfixiante de coacción, y por este motivo el partido conservador-liberal decidió no presentar candidatos para la elección de Senadores en la Diputación Provincial. Fundó su resolución también en otros motivos, porque entendió, porque llegó á su noticia que los candidatos designados por el Gobierno para la provincia de Sevilla (pues ahora no se ha contentado el Gobierno con influir moralmente, sino que ha designado candidatos) eran personas tan respetables y dignas como los señores general García Tassara, D. Roberto González Español y D. Ignacio Vázquez, personas muy estimadas además en Sevilla por los hombres de todas opiniones, incluso por el partido conservador-liberal, y á las cuales me unen vínculos de amistad. Pero en los días próximos á la elección llegamos á entender, y entendió todo el mundo, con más sorpresa aún (fijese en esto el Senado) de parte de los amigos políticos del Gobierno que de los míos, que D. Ignacio Vázquez, representante allí del antiguo partido progresista y uno de los primeros y más ilustrados agricultores de la provincia, estaba eliminado de la candidatura oficial, y que se le había sustituído con un amigo mío particular y querido, que quizás me escucha, al cual me unen vínculos estrechos de compa- IS EE 138 _— ñerismo desde la juventud, no aflojados por las diferencias políticas. (12 señor Calzada: Pido la palabra.) Justificada estaba la sorpresa, porque el nuevo candidato era el jefe del partido republicano posibilista de la provincia, y asombraba á los amigos del Gobierno que el Ministerio responsable de S. M, el Rey legítimo D. Alfonso XII designara como candidato ministerial para la senaduría por aquella provincia al Sr. D. Tomás de la Calzada, que sostiene la bandera de su partido. La cuestión había cambiado por completo para los conservadores-liberales. Nosotros teníamos que acudir á la defensa de algo que era superior á la política de partido; podíamos defender una candidatura monárquica enfrente de otra republicana, y para cumplir este altísimo deber presentamos la candidatura de mi querido y antiguo amigo y distinguido hombre público el Sr. D. Lorenzo Domínguez, Vicepresidente del Congreso de los Diputados en la anterior legislatura. Como observa el Senado, no presentando más que un candidato no nos oponíamos á la candidatura del señor General Tassara, ni del señor González Español, porque éstos eran monárquicos. ¿Y qué sucedió? Que trabajando el partido liberal-conservador con verdadero entusiasmo en aquellos pocos días hizo sus prosélitos en las propias huestes ministeriales; porque como los compromisarios elegidos, aunque adictos al Gobierno, eran monárquicos, repugnaban votar la candidatura posibilista, aunque oficial, y se decidierOn y comprometieron á dar sus sufragios muchos de ellos al señor Domínguez en unión de los señores Español y Tassara. Esto debió alarmar tanto al Gobernador de la provincia, y al Alcalde de la capital, que se ideó, así se dijo, la visita de los compromisarios al despacho del Gobernador de la provincia, la entrega de las papeletas cortadas y dobladas á su salida, y la presencia del Gobernador mismo en el salón contiguo al de la Diputación Provincial. Sin estos actos de verdadera coacción es probable que el Sr, D. Lo- ANA IIED AN IMAN IIA it e renzo Domínguez fuese ahora Senador electo, y Sevilla no hubiera presenciado por primera vez un espectáculo semejante. Al ver los amigos del señor Domínguez lo que pasaba, comprendieron que iba á suceder algo extraordinario en el colegio electoral, y, dejando á los compromisarios en su triste peregrinación hasta el salón de sesiones de la Diputación Provincial, buscaron al ilustrado Notario señor Badía, el cual se constituyó en dicho salón y extendió el acta que voy á tener la honra de leer al Senado. Llamo sobre ella la atención de la Cámara, y ruego á los señores taquígrafos que la inserten íntegra en el Diario de Sesiones y en el Extracto. «Doctor D. Eduardo Badía y Ortíz de Zúñiga, Notario de esta capital y de su ilustre Colegio.—Doy fe: Que en el protocolo corriente de escrituras públicas de la notaría de mi cargo obra el acta que á la letra dice así: Acta.—Número 184.—En la ciudad de Sevilla, á 2 de Septiembre de 1881, ante mí el doctor D, Eduardo Badía y Ortiz de Zúñiga, Notario de esta capital y de su ¡lustre Colegio, y testigos que se dirán, comparece D. Manuel Monti Elizalde, casado, abogado, de 40 años, y vecino de esta ciudad, con su cédula de empadronamiento, dada en ella á 19 de Julio del año próximo pasado, bajo el número 299, y dice: que como compromisario elegido en esta ciudad, tiene voto en la elección de Senadores que en la misma se está verificando en este momento, que son próximamente las diez y cincuenta minutos de la mañana; y con tal carácter de elector, me requiere en presencia de los testigos para que levante acta de lo que á continuación se dirá: en su consecuencia, acompañado de dicho requirente y testigos, me personé en el salón de sesiones de la Excma. Diputación de esta provincia. Á dicho salón se entra por una puerta situada á los pies del mismo, ósea en uno de sus lados menores; pocos metros más allá de la puerta hay una verja Ó balaustrada de madera, dividiendo el salón latitudinal- — 140 — mente en dos partes desiguales; en la parte menor, ó sea entre la balaustrada y la puerta, hay multitud de gente, y dos personas con uniformes, al parecer de porteros de la Excma. Diputación Provincial, impiden el paso de los no electores al centro del salón. En éste se hallan bancos y sillones ocupados de multitud de personas, al parecer elec: tores: en el testero del salón, ó sea frente á la puerta de entrada, se ve el retrato de S. M. el Rey, y á los pies del mismo, sobre una plataforma, cinco sillones y una mesa, y sobre ella una urna cerrada: ocupan los cinco sillones otras tantas personas, y de ellas la que ocupa el sillón central más alto es el Excmo. Sr. Conde del Cazal, á quién doy fe conozco, que preside la elección: á derecha é izquierda de la mesa, en el testero de la sala, hay dos puertas, á las cuales se llega subiendo tres escalones, que comunican con un salón pequeño. En el momento de mi entrada en el gran salón de sesiones son las once de la mañana, y los electores van acercándose á la mesa y entregando sus papeletas de votación al Excmo. Sr, Presidente, que las deposita en la urna; dichas papeletas están dobladas con dos dobleces, ó sea en cuatro partes, y á la simple vista se advierte que la mayor parte de ellas tienen más de cuatro esquinas ó ángulos, y éstos desiguales: mientras dura la elección, el excelentísimo Sr. D. Manuel de la Puente y Pellón, Alcalde de esta ciudad, á quien conozco, de que doy fe, se halla en la parte del salón reservada al público, cerca de la puerta de entrada; penetra al salón y lo atraviesa varias veces en varios sentidos; se acerca á la mesa y habla con el Presidente y otras personas sentadas á la misma mesa; habla con varios de los circunstantes, al parecer electores, y con algunos de los que votan; se acerca asimismo á la puerta situada á la izquierda del señor Presidente, y habla con los que en la misma puerta se hallan, y entre ellos con el Excmo. se: ñor Gobernador civil de la provincia; penetra en el saloncito situado detrás de la mesa presidencial, y vuelve á salir y repite los mismos actos que se acaban de referir: du: rante el mismo tiempo de la elección, y en el umbral de la puerta situada á mano izquierda de la presidencia, como á metro y medio de distancia del sillón presidencial, y elevado como medio metro sobre el nivel de la plataforma en que se halla situado dicho sillón, se encuentra el ya referido señor Gobernador civil de esta provincia, Excmo. señor D. Antonio Acuña, á quien doy fe conozco, quien permanece algunos minutos dirigiendo la mirada al salón y sobre la urna electoral y presenciando el acto de la entrega de las papeletas; después se retira al salón pequeño antes mencionado, y vuelve á asomarse de nuevo á la misma puerta, repitiendo varias veces los actos que se acaban de referir: algunas personas de las allí presentes me informa: ron á mí el Notario que dicho Excmo. Sr. Gobernador ha penetrado varias veces en el centro del salón de las elecciones por las puertas situadas á uno y otro extremo del mismo, cuyo acto no presencié por no haber tenido lugar después de encontrarme yo en dicho sitio. En cumplimiento de lo preceptuado por la ley, yo el Notario me aproximé al Excmo. Sr. Conde del Cazal, y, previa su venia para dirigirle la palabra, le manifesté cortésmente que me hallaba en la obligación, en virtud de requerimiento de parte legítima, de levantar la presente acta, á lo que hizo signo de quedar enterado: siendo las once y veinte minutos de la mañana, y no acercándose más electores á votar, el señor Presidente preguntó por tres veces «si quedaba por votar algún elector», y transcurridos algunos minutos, no habiéndose dado respuesta afirmativa, el mismo señor Presidente manifestó quedar terminada la votación y que se iba á proceder al escrutinio, lo que en efecto tuvo lugar, empezando poco después de las once y media; el repetido señor Conde del Cazal iba sacando de la urna las papeletas y leyéndolas ó dándolas á leer al secretario escrutador que tenía á su derecha, Yo el Notario observé que se extrajeron de la urna y se leyeron próximamente 150, de las cuales como unas 110 Ó 120, según se veía clara y distintamente,