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Principios de psicología

James, William, (1842-1910)

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■ BIBLIOTECA INTERNACIONAL . _ PSICOLOGÍA EXPERIMENTAL NORMAL Y PATOLÓGICA PRECIO DE CADA TOMO: 4 PESETAS Tomos publicados: Claparécle.— La asociación de las ideas. Traducción de Domingo Barnés. Con figuras. Madrid, 1907. Cuver.— La mímica. Traducción de Alejandro Miquis. Con 75 figuras. Madrid, 1906. Dugas.— La imaginación. Traducción del Dr. César Jua- .. rros. Madrid, 1905. Duprat. - L a moral. Fundamentos psico-sociológicos de una conducta racional. Traducción de Ricardo Rubio. Madrid, 1905. Qrasset.— El hipnotismo y la sugestión. Traducido por Eduardo García del Real. Con figuras. Madrid, l906. Malapert.— El carácter. Traducido por José María Gon¬ zález. Madrid, 1905. Marchand.— El gusto. Traducción de Alejo García Gón- gora. Con 33 figuras. Madrid, 1906. ^ar¡e.— La demencia. Traducción de Anselmo Gonzᬠlez. Con figuras. Madrid, 1908. Nuel.— L a visión. Traducida por el Dr. Víctor Martín. Con 22 figuras. Madrid, 1905. Pauihan. - La voluntad. Traducción de Ricardo Rubio. Madrid, 1905. Sergi.— Las emociones. Traducido por Julián Besteiro. Con figuras. Madrid, 1906. Toulouse, Vaschide y Pieron. — Técnica de psicología experimental. (Examen de sujetos). Traducción de Ri¬ cardo Rubio, con figuras. Madrid, 1906. Van Biervliet.— La memoria. Traducido por Martín Na¬ varro. Madrid, 1905. Vigouroux y Juquelier.— E l contagio mental. Traduc¬ ción del Dr. César Juarros. Madrid, 1906. Woodvjorth.— El movimiento. Traducción de Domingo Vaca. Con figuras. Madrid, 1907. ^ Se publican estos volúmenes en tomos do 350 a 500 páginas, tamaño 19 x 12 centímetros, con ó sin figuras en el texto. EN PREPARACIÓN Bonnier. — La audición. Pitres y Régis.— Las obsesiones y los impulsos. Pilisbury. -La atención. PRINCIPIOS DE PSICOLOGIA OBRAS DE TH. RIBOT Las enfermedades de la voluntad. —Traducción de Ricardo Ru¬ bio. Segunda edición, Madrid, JL906. (Tamaño 19 x 12), Pre¬ cio, 2‘50 pesetas. Las enfermedades de la memoria.— Traducción de Ricardo Ru¬ bio. Segunda edición, Madrid, 1908. (Tamaño 19 x 12). Pre¬ cio, 2‘50 pesetas. Las enfermedades de la personalidad.— Traducción de Ricardo Rubio. Madrid, 1899. (Tamaño 19 x 12). Precio, 2‘50 pesetas. La psicología de la atención. -Traducción de Ricardo Rubio. Madrid, 1899. (Tamaño 19 x 12), Precio, 2‘50 pesetas. La lógica de los sentimientos.— Traducción de Ricardo Rubio. ' Madrid, 1905. (Tamaño 19 X 12). Precio, 2‘50 pesetas. Ensayo sobre las pasiones. -Traducción de Domingo Vaca. Madrid, 1907. (Tamaño 19 x 12). Precio, 2'50 pefeetas. La evolución de las ideas generales. —Traducción do Ricardo Rubio. Madrid, 1899. (Tamaño 19 x 12). Precio, 3 pesetas. La herencia psicológica.— T raducción de Ricardo Rubio. Ma¬ drid, 1900. (Tamaño 23 x 15), Precio, 7 pesetas. La psicología délos sentimientos.— Traducción de Ricardo Ru¬ bio. Madrid, 1900, (Tamaño 23 x 15). PrOcio, 8 pesetas. Ensayo acerca de la imaginación creadora.— Traducción de Vi-, cente Colorado, con un prólogo de Urbano González Serra¬ no. Madrid, 1901. (Tamaño 23 x 15). Precio, 6 pesetas, OBRAS DE A. FOUILLÉE Temperamento y carácter según ios individuos, los sexos y las razas.— Traducción de Ricardo Rubio. Madrid, 1901. (Tama¬ ño 23 X 15). Precio, 5 pesetas. La moral, el arte y la religión, según Guyau. —Traducción de Ricardo Rubio, con estudios acerca de las obras póstumas y del influjo de Guyau. Madrid, 1902. (Tamaño 19 x 12). Pre¬ cio, 4 pesetas. Bosquejo psicológico de los pueblos europeos. — T raducción de Ricardo Rubio. (Tamaño 23 x 15) Precio, 10 pesetas. BIBLIOTECA CIENTÍFIGO-FILOSÓFICA PRINCIPIOS DE PSICOLOGIA Profesor de Psicología de la Universidad de Harvard TRADUCCIÓN DIRECTA DE \ DOMINGO BARNÉS Secretario de] Museo Pedagógico Nacional VOLUMEN 1 MADEID DANIEL JORRO, EDITOR 23, CALLE DE LA PAZ, 23 ES PROPIEDAD 1.804—Tipolit. de Liiis Paure, Alonso Cano, 15 y 17.—Madrid. /n¿ querLc/o cjuerLcio- ami^ír ^a/ac^sca Cy^ccati cama ^^re/vc¿ct cíe a^^c¿a ^ c¿& (jj'atLáoyd j:).ar ¿a cj^c ^ ^ c¿e¿^ ^ Qriíiqm %^RiíosopñíquQ, PREFACIO El tratado que sigue se ha ido ^formando en íntima cone¬ xión con las lecciones del autor en su cátedra de' Psicología, aunque es cierto que algunos de los capítulos son más metafí- sicos y otros están más llenos de detalles de lo que es idóneo , para estudiantes que abordan el ásunto por vez primera. La consecuencia de esto es que, á pesar de la exclusión de los im¬ portantísimos temas del placer y del dolor, y de los senti¬ mientos y juicios morales y estéticos, la obra lia alcanzado una amplitud que nadie puede lamentar más que el mismo es¬ critor. En verdad que debe ser animoso el hombre que espera, en esta tumultuosa época, tener muchos lectores para mil cua¬ trocientas páginas largas salidas de su pluma. Pero loer Vieles hringt ivirá Menchem etwas h'ingen (1); y si juiciosamente pa¬ san por alto lo que les convenga y saltan de acá para allá al leer estas páginas, guiándose por sus más rigurosas necesida- (1) Proverbio alemán utilizado por James^en esta ocasión. «Quien mucho confía, algo alcanzará»; viene á ser su significación figu¬ rada.— T r. 2 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA como las reminiscencias, percepciones, emociones, voliciones, pasiones, teorías y todos los demás materiales del espíritu de un individup. El mismo yo ó ego del individuo ya no llega á sor considerado de esta manera coíno el origen preexis¬ tente de las representaciones, sino más bien como su último y más complicado fruto. Ahora bien: si nos esforzamos rigurosamente por sim¬ plificar los fenórnemos de cualquiera de estos modos, pron¬ to nos damos cuenta de los inconvenientes do nuestro méto¬ do. De cualquier conocimiento ó recuerdo particular, por ejemplo, se da cuenta en la teoría del alma reñriéndolo á las facultados espirituales del conocimiento ó de la memo¬ ria. Estas facultades mismas son consideradas como proi>ie- dades absolutas del alma; esto es, para tomar el caso de la me¬ moria, no se da razón alguna por la que podamos recordar un hecho como sucedido, á no ser que el recordar constituye la esencia de nuestra facultad recordativa. Podemos, como espiri¬ tualistas, tratar de explicar nuestros defectos y disparates de memoria por causas secundarias. Pero sus cualülades no pueden invocar factores á no ser la existencia de ciertas cosas objetivas para recordarse, por una parte, y nuestra facultad de nlemoria por otra. Cuando, por ejemplo, yo recuerdo el día de mi gra¬ duación y reviso todos sus incidentes y emociones ninguna causa mecánica puede explicar este proceso, ni análisis al¬ guno puede reducirlo á término^ inferiores, ó hacer que su naturaleza parezca otra cosa qUe un dato definitivo, que, ya revelemos ó no su misterio, debe considerarse simplemente como concedido si hemos de psicologizar. Aunque el aso- ciacionista puede, representar las ideas actuales como acu- Ululándose y clasificándose, todavía (insiste el espirituaíista) ha de admitir al fin que algo^ sea el cerebro, sean las «ideas», sean las «asociaciones», conoce el tiempo pasado como pasa¬ do, y lo llena con éste ó aquel acontecimiento. Y cuando el espiritualista llama á la memoria una «facultad irreducti¬ ble», no dice^ más de lo que concede ya esta admisión del aso- ciacionista. Y ^in embargo, la admisión está lejos de ser una simplifica¬ ción satisfiictori^i do los hechos concretos. Puesto que ¿por (lué esta facultad absolutamente dada por Dios liabía do con*;» servar mucho mejor los acontecimientos do ayer que los del año pasado, y mejor ([uo nada, los do hace una hora? ¿Por qué, EL OBJETO DE LA PSICOLOGÍA 3 íidemás, en la vejez se lian de evocar con más nitidez los suce¬ sos do la infancia? ¿Por qué la enfermedad y la fatiga la lian do debilitar? ¿Por qué, repitiendo una experiencia, hemos de reforzar nuestro recuerdo? ¿Por qué las drogas, las fiebres, la asfixia y la excitación han de resucitar cosas largo tiempo ha olvidadas? Si nos contentamos con afirmar únicamente que la< facultad do la memoria está tan peculiarmente constituida por la naturaleza que muestra precisamente estas particularida¬ des, lo mejor que podemos hacer es haberla invocado, porque nuestra explicación se hace tan complicada como la de los he- choá escuetos con los cuales nos debatimos. Por otra parte, hay •algo grotesco ó irracional en la suposición de que el alma está proveída de facultades elementales de una manera tan in¬ geniosamente intrincada. ¿Por qué nuestra memoria se in¬ clina más fácilmente á lo inmediato que á lo remoto? ¿Por qué ha dé perder sus adquisiciones de nombres propios más pron¬ to queda de los nombres abstractos? Tajes particularidades liarocen casi fantásticas: y debieran ser, en cuanto podemos decidir áp'iori, precisamente lo contrario de lo que son. Evi¬ dentemente, pues, la facultad no existe en absoluto, sino que ■ obra bajo ciertas condiciones, y la cuestión de las condiciones lle¬ ga á ser la tarea más interesante para el psicólogo. Por firmemente que puedan estar unidas el alma y su fa- •cultad rememorativa, debe reconocer que ésta nunca ejerce la última sin anuncio,'y que algo debe preceder siempre y recW- damos todo lo que hemos de recordar. «Una idea, dice el aso- ciacionista; una idea asociada con la cosa recordada; y esto ex¬ plica también por qué las cosas repetidamente ocurridas se recuerdan más fácilmente, porciue las cosas asociadas en varias ocasiones suministran otras tantas introducciones de renova- A 3 Íón». Pero esto no explica los efectos de la fiebre, del agota¬ miento, del hipnotismo, de la ancianidad y de todo lo demás. Y en general, la opinión del asociacionista puro sobre nuestra vida mental, es ccsi tan descaminada como la del espiritualis¬ ta puro. Existo una multitud do ideas, existente absolutamen¬ te, auníiue juntándose y tejiendo un interminable tapiz por sí mismas, como dominós en cambio incesante, ó los fragmep- tos de vidrio en un caleidoscopio. ¿De dónde extraen sus fan¬ tásticas leyes de unión y por (lué so unen precisamente en las mismas formas con que lo hacen? Por esto el asociacionista debe introducir el orden de la 4 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA experiencia en el mundo exterior. La danza de las ideas es una copia algo mutilada y alterada del orden de los fenómenos, Pero la reflexión más ligera demuestra que los fenómenos no tienen absolutamente poder para influenciar nuestras'ideas, Jiasta que han impresionado por vez primera nuestros senti¬ dos y nuestro cerebro. La simple existencia de un hecho pa¬ sado no es motivo para que lo recordemos. Á menos que lo ha¬ yamos visto, ó sepamos de qué modo se ha verificado, nunca sa¬ bremos por qué lia ocurrido. Las experiencias del cuerpo son, pues, una de las condiciones d-e que sea la facultad de la memo¬ ria lo que es. Y un pequeño esfuerzo de reflexión sobre los he¬ chos demuestra que una parte del cuerpo, á saber, el cerebro, es la parte cuyas experiencias están directamente interesadas. Si se corta la comunicación nerviosa entre el cerebro y otras partes, las experiencias de estas otras partes no son existentes para el espíritu. El ojo es ciego, el oído sordo, la mano insen¬ sible y privada de movitniento. Y á la inversa, si el cerebro es- lesionado, la conciencia queda abolida ó alterada, aunque cual¬ quier otro órgano del cuerpo esté dispuesto á realizar su fun¬ ción normal'. Un golpe en la cabeza, una sustracción repentina do la sangre, la presión de una hemorragia apoplética, pueden producir el primer efecto; unas pocas onzas de alcoliol ó gra¬ mos de opio ó haschich, ó una bocanada de cloroformo ó gas nitróxido, seguramente producen el segundo efecto. El delirio, la alteración de la demencia, son debidos á materias extrañas’ que circulan por el cerebro, ó á los cambios patológicos en la substancia de ese órgano. El hecho do que el cerebro es la úni¬ ca condición inmediata y corporal de las operaciones menta¬ les, es una verdad tan universalmente admitida en la actuali¬ dad, que no necesito gastar más tiempo en explicarla, sino que "simplemente la establezco y continúo. Todo lo restante del li¬ bro será, en mayor ó menor escala, una prueba de que el pos¬ tulado fue legítimo. Por, consiguiente, las experiencias corporales, y más parti¬ cularmente las experiencias cerebrales, deben ocupar un lugar entre estas condiciones de la vida jnental, de las cuales trata necesariamente la psicología. El espiritualista y el asociacionis- ta deten ser arribos «cerebj'alistas», hasta el punto de admitir, al menos, que ciertas particularidades en la manera de obrar de sus propios principios favoritos, sólo son explicables por el hecho de que las leyes del cerebro son un codeterminante del EL OBJETO DE LA PSICOLOGÍA 5 resultado. Nuestra primera conclusión es, pues, que debe pre¬ suponerse ó incluirse en la psicología cierta cantidad de fisio¬ logía cerebral (1). Todavía de otra manera se ve forzado el psicólogo á ser algo íisí como un fisiólogo de los nervios. Los fenómenos mentales no sólo están condicionados á parte ante por los procesos corpo¬ rales; sino que llevan á ellos á parte post. Que llevan á actos es naturalmente la más familiar de las verdades,^ pero no quiero significar solamente actos en el sentido de realizaciones muscu¬ lares voluntarias y deliberadas. Los estados mentales ocasio¬ nan también cambios en el calibre de los vasos’sanguíneos, ó al¬ teración en las palpitaciones del corazón, ó procesos más sutiles* todavía, en las glándulas y en la viscera. Si éstas se toman en •cuenta, así como los actos que siguen en algún periodo remoto^ porque una vez tuvo lugar allí el estado mental, será muy •oportuno sentar la ley general de que no ocurre modificación mental alguna que no vaya acompañada ó seguida de un cambio corporal. Las ideas y los sentimientos, por ejemplo, que estos actuales caracteres impresospxcitan en el espíritu del lector, no sólo ocasionan movimientos de sus ojos é incipientes movi¬ mientos de articulaciones en él, sino que algún día le harán liablar, ó tomar parte en una discusión, ó dar un consejo, ó es- ooger un libro para leer, de distinto modo de lo que hubiera ocurrido si nunca hubieran impresionado su retina. Nuestra psicología debe tener en cuenta, por consiguiente, no sólo las •condiciones antecedentes á los estados mentales, sino sus resul¬ tantes consecuencias. Pero las acciones originalmente provocadas por la inteli¬ gencia consciente pueden llegar á ser tan automáticas por el influjo del hábito, que parezcan inconscientemente realizadas. El estar en pie, el caminar, el abrocharse y desabrocharse, el tocar el piano, el hablar, y aun el decir las oraciones; todas es¬ tas cosas pueden hacerse cuando el espíritu está absorto en otras cosas. Los actos del instinto animal parecen semiauto- máticos, y los actos reflejos de la propia conservación lo son in- (1) Cf. Ladd: Elements of Fhysiological Fsychology, parte III, capí¬ tulo III, § 9 y 12. I 6 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA dudablemente. Sin embargo, se asemejan álos actos inteligen¬ tes en tener la mira puesta en los mismos fines á los cuales la conciencia de los animales, en otras ocasiones, aspira delibera¬ damente. ¿Debe incluirse en la psicología el astudio de actos- maquinales, aunque intencionales, como éstos? La línea limítrofe de lo mental es ciertamente muy vaga.. Es mejor no ser pedante y dejar á la ciencia ser tan vaga como su asunto é incluir fenómenos como éstos, si por hacerlo asi podemos derramar alguna luz sobre las cuestiones principales que tenemos entre manos. Confío en que no pasará mucho- tiempo sin que podamos hacerlo y en que ganemos mucho más. por una concepción amplia que por una concepción estrecha de nuestro asunto. En cierto estadio del desenvolvimiento de' toda ciencia, un grado de vaguedad es lo que mejor coexisto con la fertilidad. En general, pocas fórmulas recientes han lie- cho más servicio real en términos generales que la spenceria- na: que la esencia de la vida mental y de la vida corpórea son idénticas: ó sea: «la adaptación de lo interior á las relaciones exteriores». Tal fórmula es la vaguedad encarnada; pero, por¬ que tiene en cuenta el hecho de que los espíritus/residen en ambientes que obran sobre ellos y sobro los cuales á su vez re¬ accionan; porque, en suma, toma el espíritu en medio de todas sus relaciones concretas, es inmensamente más fértil que.la «psicología racional» á la antigua usanza, que consideraba el alma como un ser separado existente, suficiente á sí mismo, y se proponía considerar sólo su naturaleza y sus propiedades. Por consiguiente, tendré libertad para hacer cualquier excur¬ sión á los dominios de la zoología ó de la pura fisiología de los nervios, que pueda paVecer instructiva para nuestros fines; en el caso contrario, dejaré estas ciencias á los fisiólogos. ¿Podemos afirmar más resueltamente todavía la manera con que la vida mental parece intervenir entre las impresio¬ nes dadas sin él concurso del cuerpo y las reacciones del cuer¬ po sobre el mundo exterior? Consideremos algunos hechos: Si algunas limaduras de hierro se esparcen sobre una mesa y un imán las aproxima, saltarán por el aire á cierta distancia y se hincarán en la superficie dé la mesa. Un salvaje que vea el fenómeno lo explica como el resultado de una atracción ó amor entre el imán y las limaduras de hierro. Pero haced quo un naipe cubra los polos del imán, y las limaduras se oprimirán EL OBJETO DE LA PSICOLOGÍA 7 para siempre contra su superficie, sin que jamás se les ocurra pasar por los lados y ponerse así en contacto directo con el ob¬ jeto de su amor. Soplad burbujas por un tubo en el seno de un cubo de agua, y se elevarán á la superficie y se mezclarán con el aire. Su acción puede también interpretarse poéticamente . como debida á un anhelo de recombinarse con la madre-atmós¬ fera en la superficie. Pero si vertéis un jarro lleno do agua so¬ bre el cubo, ascenderán y permanecerán alojados en el fondo. Se unen en el aire exterior aunque, una ligera defección de su curso al principio, ó un descenso hacia el borde del jarro cuando encontraron impedido su curso hacia arriba, fácilmen¬ te las luibiera puesto en libertad. Si ahora pasamos de acciones como éstas á las de las cosas vivientes, notamos una diferencia notable. Romeo ama á Ju¬ lieta como las limaduras aman al imán; y si no interviene obs¬ táculo alguno se mueve hacia ella en una dirección tan recti¬ línea como aquéllas. Pero Romeo y Julieta, si entre ellos se eleva un muro, no se (puedan idiotamente oprimiendo sus ros¬ tros contra sus lados opuestos, como el imán y las limaduras con el naipe. Romeo pronto encuentra un camino tortuoso, es¬ calando el muro, ó de otro modo, para besar directamente los labios de Julieta. Para las limaduras está señalado el camino", que alcance el fin, depende de cosas accidentales. Para el aman¬ te, lo que está señalado es el fin; el camino puede modificarse indefinidamente. Suponed una rana viviente en la posición en que colocamos nuestras burbujas de aire, á saber, en el fondo de un jarro de agua. La necesidad de respiración pronto le hará también re¬ unirse á la atmósfera-madre, y tomará el camino más corto para llegar á su término burbujeando á nado hacia arriba. Pero si un jarro lleno de agua se vierte sobre ella, no oprimirá , perpetuamente, como las burbujas, su hocico contra su techo recio, sino que explorará sin descanso lo que le rodea, hasta que al descender de nuevo ha descubierto un sendero alrede¬ dor de su borde que está al alcance de sus deseos. ¡De nuevo el fin fijado y los medios variantes! Tales contrastes entre las acciones vivientes y las inanima¬ das acaban por llevar á los hombres á negar que en el mundo físico existan las intenciones finales. Amores y deseos no se- imputan hoy ya á partículas de hierro ó de aire. Nadie supone ahora que el fin de cualquier actividad que podamos desplegar 8 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA OS un íin ideal que preside á la actividad desde un principio, y que la solicita ó la arrastra al ser por una especie de vis á fron¬ te. El fin, por el contrario, se juzga un mero resultado pasivo, impelido al sor á tergo^ no liabiondo tenido, por decirlo así, voz ni voto en su propia producción. Alterad las preexistentes condiciones, y con materiales inorgánicos realizad cada vez un fin diverso en apariencia. Pero en agentes inteligentes, al¬ terando las condiciones cainbia la actividad desplegada, pero no el fin conseguido; porque aquí la idea del fin aún irreali¬ zado coopera con las condiciones á determinar á lo que serán las actividades. La ])erseGución de fines futuros y la elección de medios para su consecución son, pues, la señal y el criterio de la presencia de la mentalidad en un fenómeno. Todos nosotros usamfis esta piedra de toque, para distinguir entre una acción inteligente y una acción mecánica. No atribuimos mentalidad á los ladrillos y á las piedras, por(iue nunca parecen movepse en razón de algo, sino que siempre lo liacen cuando son impelidos, y entonces indiferentemente y con ninguna señal do elección. Así los lla¬ marnos insensibles sin vacilar. , Precisamente así formamos''nuestrás decisiones en el más profundo de todos los problemas filosóficos: ¿Es el Cosmos una expresión de la inteligencia racional en su naturaleza ín¬ tima, ó un hecho brutal y externo, puro y simple? Si nos en¬ contramos á nosotros mismos, al contemplarlo, incapaces de anular la impresión de que es un reino de designios finales, de que existe por causa de algo, colocamos en su seno la in¬ teligencia y tenemos una religión. Si, por el contrario, al ob¬ servar su irremediable ílujo, podemos pensar en el presente sólo como un mero brote del pasado, que no ocurre con rela¬ ción alguna al futuro, somos ateos y materialistas. En las dilatadas discusiones que los psicólogos han entabla¬ do respecto á la suma de inteligencia desplegada por los ma¬ míferos inferiores, ó respecto á la suma de conciencia conte¬ nida en las funciones de los centros nerviosos de los reptiles, sieinjire so ha aplicado la inisma piedra de toque: ¿Es el carác¬ ter do las acciones tai que debemos creer que se realizan en razón de su resultado? El resultado ep cuestión, como vere¬ mos de aquí en adelante con frecuencia, es una regla útil; el animal está, en general, más seguro bajo las circunstancias I EL OBJETO DE LA PSICOLOGÍA 9 que le impulsan á conseguir ese resultado. Hasta ese punto la acción tiene un carácter teleológico; pero esta teleología me¬ ramente exterior puede ser el resultado ciego de una vis á ter- ' go. El desarrollo y los movimientos de plantas, los procesos de desarrollo, digestión, secreción, etc., en los animales, suminis¬ tran innumerables ejemplos de acciones útiles para los indivi¬ duos que pueden ser, no obstante, y la mayoría de nosotros su¬ pone que son, producidos por mecanismo automático. El fisió¬ logo no establece confiadamente la inteligencia consciente en la médula espinal de la rana, hasta que ha demostrado que el útil resultado que la maquinaria nerviosa produce bajo una irritación dada el mismo cuando se altera la maquina¬ ria. Si, para tomar el ejemplo de la mancha, la rodilla derecha de una rana sin cabeza sé irrita con el ácido, el pie derecho lo borrará. Cuando, sin embargo, se amputa este pie, el animal muchas veces alzará el pie izquierdo hasta la mancha y lim¬ piará la parto manchada. Pflüger’s y Lowes razonan á vista de tales hechos de la si¬ guiente manera: Si la primera reacción fuese el resultado de mera maquinaria, dicen: si osa porción irritada de la piel des¬ cargase la rodilla derecha como un gatillo de escopeta descar¬ ga su propio cañón de una bala, entonces, amputando el pie de¬ recho, quedaría frustrada la acción de limpiarse, pero no haría moverse la rodilla izquierda. Resultaría simplemente que el tronco derecho se mueve por el aire vacío (que es en rea¬ lidad el fenómeno algunas veces observado). El tiro derecho de'cañón no hace esfuerzo para descargar el. cañón izquierdo, ,si el derecho os el descargado; ni una máquina eléctrica está jamás sin descanso porque sólo pueda emitir chispas, y no fun¬ das de almohada, cpmo una máquina de coser. Si, por el contrario, la rodilla izquierda sé moviese origi¬ nalmente con el iin de limpiar el ácido, entonces nada es más natural que, cuando los medios más fáciles de realizar ese fin .se manifiestan infructuosos, sé pongan ,en práctica otros me- x dios. Todo defecto debe conservar al animal en un estado de disgusto que llevará á toda clase, de nuevos intentos y proyec¬ tos; y no se producirá la tranquilidad hasta que uno de éstos, por un rasgo feliz, acabe consiguiendo el fin anhelado. De una manera semejante, Groltz asigna la inteligencia á los lóbulos ópticos y al cerebelo de la rana. Aludimos antes á la manera con que una rana sin lesión alguna, encarcelada en 10 PKINCIPIOS DE PSICOLOGÍA agua, descubrirá una salida á la atmósfera. Goltz encontró que las ranas privadas do sus hemisferios cerebrales mostraban muchas veces una ingenuidad semejante. Esa rana, después de elevarse del fondo del cubo y de encontrar su marcha hacia arriba impedida por la campana do vidrio que se ha colocada sobre él, no persistirá en oprimir su liocico contra el obstácu¬ lo hasta que llegue la muerto ó la sofocación, sino que muchas veces volverá á descender y ascender do debajo do su cubo, como si no un determinado impulso mecánico iiacia arriba, sino más bien un consciente deseo de aspirar el aire por un garfio ó por un gancho, fuese el principal origen de su activi¬ dad. Goltz dedujo de esto que los hemisferios no son el único sitio de la inteligencia en las ranas. Hizo la misma inducción al observar que una rana privada de cerebro trasfiero Su impulso- desde su espalda á su* barriga cuando una de sus rodillas se cose, aunque los movimientos exigidos son muy diferentes de los excitados bajo circunstancias por la misma posición molesta. Parecen determinados, por (^onsiguiente, no única¬ mente por el anterior irritante, sino por el fin final; aunque el irritante- es naturalmente lo que hace anhelar el fin. Otro brillante autor alemán, Liebmann (1), arguye contra el mecanismo del cerebro, teniendo en cuenta la acción men¬ tal, por consid-eraciones muy semejantes. Una máquina como esa, dice, producirá buenos resultados cuando está en buen or¬ den, y malos resultados si está fuera del orden. Pero ambas clases de resultado derivan de sus condiciones con necesidad igualmente fatal. No podemos suponer la labor del reloj, cuya estructura lo determina fatalmente en cierno grado de la marcha, notando que esta marcha es demasiado lenta ó dema¬ siado rápida, y'tratando en vano de corregirla. Su conciencia, si tiene alguna, sería tan buena como la del mejor cronómetro, porque ambos á la voz obedecen igualmente las mismas leyes mecánicas; leyes ocultas. Pero si el cerebro está fuera del orden y el hombre dice: «Dos veces cuatro'son dos», en vez dé: <'Dos veces cuatro, ocho», ó do otro modo: «Debo ir al carbón do pie¬ dra para comprar el muelle», en vez do: <'Dobo ir al muelle para comprar carbón de piedra», inmediatamente surge una con¬ ciencia del error. La acción mala, aunque obedezca á la misma (l) Zar Analysis (ler W¿rkHchkeit,páy;.-ÍSd. EL OBJETO DE LA PSICOLOGÍA II ley mecánica que la buena, está, sin embargo, condenada; con¬ denada porque contradice la ley interior, la ley principal, el fin ó ideal por el cual el cerebro dehe obrar, sea así ó ño. No necesitamos discutir aquí si estos escritores, al sacar su conclusión, han hecho justicia á todas las premisas contenidas , en los casos de que tratan. Citamos sus argumentos sólo para demostrar cómo apelan al principio de que sólo las acciones que se realizan loor un fin y muestran una elección de medios, pueden denominarseexpresiorúes indudables del espíritu. Adoptaré, pues, este criterio, por el cual se puede circunscritjir la materia de este libro en lo que cabe que entre en él en acción. ]\[uchas ac¬ ciones nerviosas no so mencionarán, por consiguiente, en ra¬ zón de ser puramente-fisiológicas. Ni se'describirá de nuevo la anatomía del sistema nervioso y órganos del sentido. El lector encontrará en la obra de Martín: Human Body (El Cuerpo Humano), en la de Ladd: Psicología fisiológica, y en todas las demás Anatomías y Fisiologías del mismo carácter, una gran masa de información que debemos considerar como preliminar y tener por concedida en la presente obra (1). Sin embargo, bueno será dar alguna ligera idea do las funciones de los hemis¬ ferios cerebrales, puesto que sirven directamente á laucón- ciencia. (1) Nada es más fácil que familiarizarse por sí mismo con el cere¬ bro de los mamíferos. Coged la cabeza de un carnero, una sierra pe¬ queña, un formón, un escalpelo y un fórceps (todos tres pueden con¬ seguirse fácilmente de un practicante quirúrgico), y desbastad sus partes con el aiixilio de un libro de disección humana, tal como el Manual de anatomía ríe Holden, ó por las disecciones específicas da¬ das ad-hoc en libros tales como la Fisiología práctica de Foster y Langley (Macmillan), ó la Anatomía y Disección comparativa de los ma¬ míferos (Longmans). 18 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA abijircan, tienden á la conservación personal; pero todavía es una máqiána, en este sentido, que no parece contener un ele¬ mento incalculable. Aplicándole el justo estímulo sensorial, estamos casi tap ciertos de obtener una respuesta determina¬ da, como un organista lo está de oir cierto tono cuando sacii cierto registro, Pero ahora, si á los centros inferiores añadimos los hemis¬ ferios cerebrales, ó si, en otras palabras, hacemos á un animal ' incólume el sujeto do nuestras observaciones, todo esto se cambia. En adición á las respuestas anteriores á presentes exci¬ taciones del sentido muerto, aliora efectúa esyontáneamenU dilatados y complejos actos de locomoción, ó, como si fuese movida por lo que en nosotros mismos llamaríamos una idea. Sus reacciones para los estímulos exteriores varían también en forma. En vez de hacer simples movimientos defensivos con sus patas traseras como una rana privada de cerebro si so le toca, ó de dar uno ó dos saltos y de sentarse entonces como una rana privada de hemisferios, como hace esfuerzos persis¬ tentes y variados por escapan, como si, no el mero contacto de la mano del fisiólogo, sino la noción del peligro, sugerido por ella, fuese ahora su huella. Gruiado por el sentimiento del ham¬ bre, va tambi^ón en busca de los insectos, peces ó ranas peque¬ ñas, y varía su procedimiento con cada especie de víctima. El fisiólogo no puede manifestándole ejecutar el croar, el trepar á un borde, el nadar ó el detenerse á su antojo. Su conducta se ha hecho incalculable. No podemos ya presagiaría exactamente. El esfuerzo para escapar es su reacción dominante, pero puede hacer algo más, aun cuando se hinche, y se hace perfectamen¬ te pasiva en nuestras manos. Tales son los fenómenos comunmente observados, y tales las impresiones que uno recibe naturalmente. Ciertas conclu¬ siones generales se siguen indeclinablemente. La primera de tildas,es la siguiente: Los actos de todos los centros contienen el US. i mismos músculos. Cuando una pata trajera de una rana privada de cerebro restriega el ácido, pone enjuego todos los músculos do la pierna que una rana con su íntegra médula oblongada y el cerebelo usa cuando se vuelve de su espalda á su barriga. Sus contracciones se combinan, sin embargo, db diferente manera en ambos casos, do suerte que los resultados varían sobremanera. Por consiguiente, debemos concluir que / LAS FUNCIONES DEL CEREBRO 19 las Órdenes específicas de células y fibras existen en el tronco para restregarse, en la médula para volverse, etc. De igual manera existen en los thalanii para vencer obstáculos adverti¬ dos y para balancear el cuerpo movido; en los lóbulos ópticos para arrastrarse liacia atrás ó no. Pero en los hemisferios, puesto que la presencia de estos órganos no trae consigo una nueva forma elemental de conocimiento^ sino que sólo determina de difei-ente manera las ocasiones en las cuales ocurrirán los movimientos, haciendo menos fatales y más maquinales los usuales estímulos; necesitamos no suponer que exista una ma¬ quinaria directamente coordinativa de contracciones muscula¬ res. Podemos más bien presumir, cuando los hemisferios en¬ vían un impulso para' un movimiento de frotación, que una corriente va directamente á la casilla ú orden correspondiente á la acción del frotamiento en la médula espinal, que excitan este orden en conjunto. De igual manera, si una rana intacta desea saltar sobre una piedra que ve, todo lo que necesita ha- ■ cer es excitar desde los hemisferios el centro del salto en los thalami ó dondequiera que sea, y los últimos proveerán á los detalles de la ejecución. Es como un general que ordena á un •coronel que haga cierto movimiento, pero no le dice cómo ha¬ brá de hacerlo (1). El mismo músculo está repetidamánte representado, pues , . en diferentes grados; y cada uno entra en una diferente combi¬ nación con otros músculos á cooperar en alguna forma especial de movimiento concertado. En cada grado el movimiento se des- ■ carga por alguna forma piarticular de estimulo sensorial. Así en el tronco, la piel gólo ocasiona movimientos; en la parte inferior de los lóbulos ópticos, se añaden los ojos; en los thalami, los ca¬ nales semicirculares parecerían/ tomar parte; mientras que los estímulos que descargan los hemisferios no parecerían ser cla¬ ses elementales de sensación, como grupos de sensación que forman objetos determinados ó cosas. Las ranas privadas de ce¬ rebro no siguen la presa ni evitan á los enemigos. Estas reac- clones sobre circunstancias complejas que llamamos instinti- (1) Me limito á la rana, en obsequio á la sencillez. En los animales miperiores, especialmente en el mono y en el hombre, parecería que no sólo determinadas combinaciones de los músculos, sino grupos li¬ mitados ó aún simples músculos, podíah enervarse por los hemis¬ ferios. 20 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA. vas más bien que reflejas, son ya en este animal dependientes^ de los lóbulos superiores del cerebro, y todavía más ocurro esto con animales superiores en la escala zoológica. Los resultado-s son precisamente idénticos si, en vez de una rana, tomamos un pichón y cercenamos sus hemisferios, como- son ordinariamente cercenados para la demostración en una conferencia. No hay un movimiento natural al que este pájaro- privado do cerebro no puede realizarlo , si es expresamente ex¬ citado á eso; sólo los impulsos íntimos parecen deficientes, y cuando se abandona á sí mismo gasta la mayoría de su tiempo- agachado sobro el suelo, con su cabeza liundida entre sus¬ hombros, como si durmiese. Noción general de los hemisferios. Todos estos liechos, cuando meditamos sobre ellos, nds-- conducen á una concepción explicatoria como ésta: Los centros inferiores obran sólo por los actuales estímulos sensacionales: los hemisferios obran por percepqiones y consideraciones; porque las sensaciones que pueden recibir sirven sólo como sugestiones de éstas. Pero ¿qué son las percepciones sino sensaciones agru¬ padas? ¿Y qué son las consideraciones sino expectativas, en la fantasía, de sensaciones que serán sentidas de una manera li otra según la acción sigue esta dirección ó esa? Si yo estoy sentado viendo una serpiente de cascabel, considerando qué peligroso animal es, los materiales mentales que constituyen mi reflexión prudente son imágenes más ó menos vivas del mo¬ vimiento de su cabeza, de un dolor repentino en mi rodilla, de un estado de terror, de una hinchazón de un miembro, de- un escalofrío, de un delirio, de la inconsciencia, etc., etc., y de la ruina de mis esperanzas. Pero, toda§ estas imágenes están construidas sobre mis experiencias pasadas. Son reproduccio¬ nes de lo que yo he sentido ó presenciado. Son, en resumen, sensaciones remotas: y la diferencia entre el animal privado de hemisferios y el que está íntegro^ puede ser concisamente expre¬ sada diciendo que uno obedece á lo&bbjetos ausentes^ el otro á.los objetospyresentes únicamente. Los hemisferios parecen ser el sitio de la memoria. Vestigios (^e pasadas experiencias d,eben en cierto modo excitarse en LAS FUNCIONES DEL CEREBRO 21 -ellos, y (Jebeh, cuando son excitados por estímulos presentes, . aparecer primero como representaciones de bienes y males distantes, y entonces deben descargar en los apropiados cana¬ les motores para evitar el mal y asegurar los beneficios del hecho. Si comparamos las corrientes nerviosas á las corrientes eléctricas, podemos comparar el sistema nervioso que está de¬ bajo de los hemisferios á un circuito directo, desde el órgano 4e los sentidos al músculo á lo largo de una línea. El hemisferio uñado el largo circuito á la línea de abertura por la cual pue¬ de pasar la corriente cuando por cualquier razón no se usa la línea directa. Asi, un viajero fatigado en un día caluroso se tiende so-bre la hierba húiheda debajo de un plátano. Las sensaciones de •delicioso descanso y de frialdad, penetrando por la línea directa, -descargarían naturalmente en los músculos de extensión completa: se abandonaría al reposo peligro¬ so. Pero al abrirse la línea de la ubertura, parte de esta corriente se lanza por ella y despierta remi¬ niscencias reumáticas ó catarra¬ les, que prevalecen sobre las ins¬ tigaciones de los sentidos, y hace ul hombre levantarse y proseguir su camino á donde pueda prose¬ guir su descanso con más seguridad. Ahora examinaremos la manera con que la línea do la abertura hemisférica puede su¬ poner que sirve de almacén de reminiscencias como éstas. En¬ tretanto, suplico al lector que tome nota de algunos, comen¬ tarios que se desprenden de que él sea un almacén tal. En primer lugar, ningún animal sin esto puede delibe¬ rar, dudar, posponer, examinar exactamente un motivo, con¬ frontarlo y compararlo con otro. La prudencia, pn una pala¬ bra, es para esa criatura una virtud imposible. En concordan¬ cia con esto, vemos que la naturaleza traslada aquellas fun¬ ciones en cuyo ejercicio la prudencia es una virtud, desde los centros inferiores y desde las manos hasta el cerebro. Siempre que una criatura tiene que habérselas con rasgos complejos del ambiente, la prudencia os una virtud. Los animales supe¬ riores iienen que obrar así; y cuanto más complejos son los 22 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA caracteres, más superiores llamamos á los animales. Los pocos de sus actos, pues, puede realizarlos ese animal sin la ayuda de los drízanos en cuestión. En la rana, muchos actos recaen completamente sobre los centros inferiores; en el pájaro, po¬ cos; en el rodezno monos aún; en el perro, muy pocos, en ver¬ dad; y en los monos y en los hombres, ninguno. Las ventajas de éstos son obvias. Tomad la aprehensión de la comida como un ejemplo, y suponed que sea una acción re¬ fleja de los centros inferiores. El animal será condenado fatal é irresistiblemente á agarrarla dondequiera qué se presenta, no importa cuáles puedan ser las circunstancias; no puede ya des¬ obedecer este impulso, como el agua no puede rehusarse á hervir cuando se enciende un fuego debajo del puchero. Su vida pagará una y otra vez el crimen de su glotonería. La ex¬ posición al desquite, á otros enemigos, á las trampas, á los ve¬ nenos, á los peligros de la indigestión, deben ser partes rega¬ lares de su existencia. Su falta de todo pensamiento por el cual puedan sospechar el peligro contra el atractivo del cebo, y de todo deseo de quedar con hambre durante algún tiempo, es la medida directa de su inferioridad en la escala mental. Y estos peces, que, como nuestros cunners y scalpins, no están dispuestos á saltar del anzuelo al agua, como tampoco cogen automáticamente eTanzuelo, pronto expiarán la degradación de su inteligencia por la extinción de su tipo, y no expiarán su exagerada fecundidad por.su imprudencia. El apetito y los ac¬ tos á que impulsa, se han convertido, en consecuencia, en to¬ dos los vertebrados superiores, 'en funciones del cerebro. Des¬ aparecen cuando el bisturí de los fisiólogos ha dejado solos á los centros subordinados. El pichón desprovisto de cerebro perecería de inanición aunque se le dejase en un montón de grano. Tomad de nuevo la función sexual. En los pájaros, ésta re¬ cae exclusivamente sobre los hemisferios. Cuando éstos se cercenan, el pichón no presta atención á los halagos y arrullos de su macho. Y Groltz encontró que una perra ardiente no ex¬ citaría emoción en perros machos que habían sufrido grandes pérdidas del tejido cerebral. Los que han leído la obra de Darwin: La Descendencia del hombre (Descent of Man) conocen qué inmensa importancia en la mejora de la casta en los pája¬ ros atribuye este autor al mero hecho de la selección sexuaL El acto sexual no se realiza hasta que se cumplen todas las LAS FUNCIONES DEL CEREBRO 23 condiciones de circunstancia y sentimiento, hasta que están dispuestos el tiempo, el lugar y el participante. Pero en las ra¬ nas y sapos, esta pasión recae sobre los centros inferiores. Muestran consiguientemente una obediencia maquinal á la actual incitación de los sentidos, y una exclusión casi total do la facultad de elección. La cópula se efectúa fas aut nffas, accidentalmente entre machos, muchas veces con hembras muertas, en charcos próximos al camino real, y el macho pue- ^ do ser cortado en dos sin que suelte su presa. Todo lo que su¬ pone inmenso sacrificio en la vida muscular deriva sólo de estas causas. Nadie necesita que se insista en demostrar cómo toda la elovación social y humana depende del predominio de la cas¬ tidad. Apenas hay factor que influya n^s que éste en la dife¬ rencia entre la civilización y la barbarie. Fisiológicamente in¬ terpretada, la castidad no significa nada más que el hecho do de que las actuales solicitaciones do los sentidos son domina¬ das por sugestiones de equidad estética y moral que las cir¬ cunstancias despiertan en el cerebro, y que sólo de la acción inhibitoria ó permisoria de ¿stas dependo directamente la acción. Dentro de la vida psíquica debida al cerebro mismo, la misma distinción general predomina, entre consideraciones de las más inmediatas y consideraciones de las más remotas. En todas las épocas, el hombro cuyas determinaciones se efectúan con referencia á los fines más distantes, han estado considera¬ dos como los que poseían la más elevada -inteligoncíá. El va¬ gabundo que vive de hora en hora; el bohemio cuyos compro¬ misos duran un día; el bachiller que trabaja para una sola vida; el padre que obra por otra generación; el patriota que piensa en to'da una sociedad y en muchas generaciones, y final¬ mente, el filósofo y el santo, puyas solicitudes se dirigen á la humanidad y á la eternidad —éstos se afilian en una jerarquía inviolada, donde cada grado sucesivo resulta de una manifes- ción excelente de la forma especial de la acción por la cu^l los centros cerebrales se distinguen de todos los que están debajo de ellos. En la «linea de abertura», á lo larg^) de la cual se supone (lue se extienden los recuerdos é ideas de lo distante, la acción, en cuanto que es un proceso físico, debe ser interpretada se¬ gún el tipo de la acción en los centros inferiores. Si se consi- 24 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA dera aquí como un proceso roíiejo, debe ser también reñejo allí. La corriente en ambos sitios penetra en los músculos sólo después de haber penetrado allí primero; pero mientras que el sendero por el cual penetra está determinado en los centros inferiores por pocas y lijas reflexiones entre los órdenes de cé¬ lulas, en los heipisferios las reflexiones son muchas ó inesta¬ bles. Esto, como se verá, es sólo una diferencia de g-rado y no de especie, y no cambia el tipo reflejo. La concepción de toda acción como conforme á este tipo, es la concepción fundamen¬ tal do la moderna fisiología de los nervios. ¡Tanto mejor para nuestra concepción preliminar y general de los centros ner¬ viosos! Letinámosla más distintamente antes de que veamos cómo lleva á ella la observación fisiológica en detalle. La educación de les hemisferios. Las corrientes nerviosas penetran por los órganos de los sentidos, y mientras provocan actos reflejos en los centros in¬ feriores, excitan ideas en los hemisferios, que, ó permitan á los movimientos reflejos en cuestión rechazarlas ó sustituirlas por otras. Como todas las ideas són en último resultado reminis¬ cencias, la cuestión á la respuesta es: ¿Cómopueden organizar¬ se en los hemisferios procesos que correspondan á las reminiscen¬ cias en el espíritu? (ij. (1) Espero que ol lector tío tomará á mal q>ie yo mezcle así lo fí¬ sico y lo mental, y hable do actos reflejos y hemisferios y reminiscen¬ cias en el mismo sentido, como si fuesen entidades liomogéneas y factores de una cadena causal. Lo he hecho así deliberadamente; porque, aunque admito que desde el pinito de vista radicalmente fí¬ sico es fácil concebirla cadena de acontecimientos entre las células y las fibras como completa en sí misma, y mientras $e concibe así, no necesita uno hacer mención de las «ideas», sospecho, sin embargo, (lue este punto de vista es una abstracción irreal. Los movimientos reflejos en los centros inieden efectuarse aún cuando los guíen senti¬ mientos ó ideas concomitantes. En otro capítulo trataré de expresar las razbnés para no abandonar esta posición propia del sentido co¬ mún; entre tanto, el misrfio lenguaje conduce tanto más fácilmente á ese modo mixto de describir, cuanto que continuaré empleando este último. El lector de espíritu más radical puede leer siempre «proce¬ so ideacional» donde dice «idea». LAS/FUNCIONES DEL CEREBRO 25 Nada es más fácil que concebir un modo yosihle de que esto pudiera efectuarse, con tal de que se concedan cuatro lii- pótesis. Estas hipótesis (que después de todo son inevitables en cualquier caso), son: 1) . El mismo proceso cerebral, que, cuando es excitado , desde el exterior por un órí^ano de dos sentidos, da la per¬ cepción de un objeto, dará una idea del mismo objeto cuan¬ do sea excitado desde el interior por otros ]3i’ocesos cere¬ brales. ■ ■ ' , ' . 2) Si los procesos lian sido una vez excitados en compañía ó en sucesión inmediata, cualquier subsiguiente excitación de cualquiera de ellos (sea de fuera ó de dentro), tenderá á exci¬ tar las otras en el orden primi¬ tivo. (Esta es la llamada ley de la asociación.) 3) Toda excitación senso¬ rial propagada á un centro in¬ ferior tiendo á difundirse hacia arriba y á excitar una idea. 4) Toda idea tiende úl¬ timamente ó á producir un movimiento ó á rechazar uno que de lo contrario se produ¬ ciría. Suponed ahora (concedidas estas hipótesis) que tenemos delante de nosotros á un niño que vea por primera vez la lla¬ ma do una bujía, y en vii’tud de una tendencia reñeja común en los niños do cierta edad, extiende su mano para cogerla, de manera que sus dedos se queman. Tenemos dos corrientes re¬ flejas enjuego; primero, una desde los ojos del movimiento de extensión, á lo largo de una línea quebrada; y en segundo lu¬ gar, desdo el dedo al movimiento de retirar la mano, á lo lar¬ go de una línea también quebrada. Si éste fuese el sistema nervioso en conjunto del niño, y si los movimientos reflejos fuesen decididamente orgánicos, po experimentaría altera¬ ción alguna en su conducta, de cualquier» manera que se efec¬ tuase la experiencia. La imagen retiniana de la llama haría siempre alargar el brazo; la quemadura del dedo haría siem¬ pre retirarla. Pero sabemos que el niño quemado teme el fue- fig. :í.' 26 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA g;o (1), y que una experiencia preserva ordinariamente á los dedos para siempre. El punto de interés aquí es averiguar cómo los hemisferios pueden producir este resultado. - Debemos complicar nuestra exposición. Hagamos que la corriente que baja de los ojos se descargue hacia arriba lo mis¬ mo qub hacia abajo cuando llega al centro inferior de la vi¬ sión y excita los procesos perceptivos en los -homisferios; ha¬ gamos que el sentimiento de la extensión del brazo envíe una corriente que deja una huella de sí misma; hagamos que el dedo quemado deje una huella análoga; lo mismo que el mo¬ vimiento do retirada. Estos cuatro procesos se .asociarán aho¬ ra, en virtud de la segunda hipótesis, por medio de una línea que corre desde el primero hasta el último, do suerte que si algo afecta al proceso per¬ ceptivo, las ideas de la exten¬ sión, del dedo quemado y de la retirada pasarán en rápida su¬ cesión para el espíritu. El efec¬ to sobre la conducta del niño cúando la llama de la bujía se presenta luego, es fácil de ima¬ ginar. Naturalmente, la vista de ella excita el movimiento reflejo da cogerla; pero excifa simultáneamente la idea junto con la del consiguiente dolor, y de la retirada Anal de la mano; y si estos procesos cerebrales prevalecen en vigor sobro la sensación inmediata en los cen¬ tros inferiores, la última idea será la sugestión por la cual se descarga la acción final. La acción de coger será detenida en medio de la carrera; la mano se apartará y se salvarán los de¬ dos del niño. En todo esto suponemos que los hemisferios no acoplan nativamente cualquier impresión particular del sentido con ■ c ualquier descarga motora especial. Sólo registran y consor- (1) The hurnt child dtrads the fire. Adagio británico'afín á nuestro conocido refrán: «Gato ^escaldado hasta del agua fría huye » . —Nota del Traductor. i LAS FUNCIONES DEL CEREBRO 27 van huellas de tales acoplamientos, cuando están ya organiza¬ dos en los centros reflejos inferiores. Pero esto lleva natural¬ mente á que, cuando una cadena de experiencias ha sido ya registrada y se imprime el primer eslabón una vez desde el exterior, el último eslabón se pone de relieve en la idea mucho antes de que se pueda existir en hecho. Y si este-último esla¬ bón estuviese unido previamente con un movimiento, ese mo¬ vimiento puede venir ahora, de la mera sugestión ideal sin esperar que excite impresión actual. Así pues, un animal con hemisferios obra en anticiimciOn de cosas futuras; ó, para usar nuestra fórmula previa, obra por consideraciones de bien y mal distantes. Si damos el nombre de participante^ á los aco¬ plamientos originales de impresiones con movimientos de una manera futura, entonces podemos decir que la función de los lieiñisferios es simplemente producir modificaciones entre los participantes. El movimiento, que nativamente es el partici¬ pante de la sensación, se convierte por los hemisferios en el participante de la sensación. Es como la aguja de sacudida en una estación telefónica central. No se contienen nuevos proce¬ sos elementales; ninguna impresión y ningún movimiento pe¬ culiar á los- hemisferios, sino cualquier número de combina¬ ciones imposible á la maquinaria inferior tomados aparte, y un consiguiente aumento interminable en las posibilidades de la conducta por parte de la criatura. Todo esto, como un simple esquema (1), es tan claro y tan concordante con la perspectiva general ofrecida por los liechos, que casi se impone á nuestra creencia; pero es algo muy claro en detalle. La ñsiología cerebral de los últimos años ha tratado, con gran esfuerzo, de salirse de los senderos por los cuales es- (1) Llamaré desde ahora así por brevedad «el esquema Meyiiert», porque el ejemplo de la llama y del niño, así como toda la noción ge¬ neral de que los hemisferios son una superficie supernumeraria para la proyección y asociación de sensaciones y movimientos nativa¬ mente unidos en los centros inferiores, se debe á Meynert, el anató¬ mico austríaco. Para un resumen popular de sus opiniones, véase su folleto: Zur mechanik ziir geUrnhaues, Viena, 1874. Su más reciente desarrollo está incorporado á su Fsicliiatry, un tratado clínico sobre enfermedades del cerebro delantero, traducido por Sachs; New-' York, 1885. 34 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA palabra de mando; si es capaz de hacerlo aspantes de la opera¬ ción; no la emplea para arañar el suelo ó coger un hueso como anteriormente, la deja resbalar cuando la apoya sobre una su¬ perficie tersa ó cuando se sacude, etc., etc. La sensibilidad de todas clases parece’disminuir, así como la movilidad; pero de esto hablaré más adelante. Por otra parte, el perro tiende, en los movimientos voluntarios, á torcerse liacia el lado de la le¬ sión cerebral en vez de caminar hacia adelante. Todos estos síntomas disminuyen gradualmente, de suerte que, aun con una lesión cerebral muy grave, el perro puede no distinguirse exteriormente de un perro sano después de odio ó diez sema-/ ñas. Todavía entonces una cloroformización ligera reproduci¬ ría los desarreglos. Hay cierta apariencia de incoherencia atáxica en los movimientos; el perro alza hacia arriba sus pa¬ tas delanteras y las baja con más fiierza que de ordinario, y sin embargo, el trastorno no consisto en una falta común de coordinación. Ni hay tampoco parálisis. La fuerza de cual¬ quier movimiento es tan grande como siempre; los perros con destrucción extensa de la zona motora pueden saltar y mor¬ der lo mismo que antes, pero parecen moverse menos fácilmen¬ te al hacer algo con las partos lastimadas. El doctor Loeb, que ha estudiado los desarreglos motores do los porros más á fon¬ do que nadie, los concibe en masse (en masa) como efecto do una inercia creciente en todos los procesos do inervamiento hacia el lado opuesto á la lesión. Todos esos movimientos'exi- / / . LAS FUNCIONES DEL CEREBRO 35 un esfuerzo inaudito para su ejecución; y cuando sólo se realiza el esfuerzo usual normalmente, caen fuera de la posibi¬ lidad de verificarse (1). ' Aun cuando se aniquile toda la zona motora de un perro, no hay parálisis permanente de parte alguna, sino solamente •esa curiosa especie de inercia relativa cuando se comparan las •dos partos del cuerpo; y esto mismo apenas se hace percepti¬ ble después que ha transcurrido cierto número de semanas. El profesor Goltz ha descripto uii perro cuyo hemisferio iz¬ quierdo estaba completamente destruido, y que sólo retuvo una ligera inercia motora sobre la mitad derecha del cuerpo. En particular, podía usar su pata derecha para coger un hue- 4 áo mientras lo roía, ó para alcanzar un pedazo de comida. Se le había enseñado á presentar su pata antes de esas operacio¬ nes, y hubiera sido curioso observar si esa facultad también se ejercitaba. Su sensibilidad táctil disminuyó perenpemente en el lado derecho (2). En los monos, una parálisis genuína si- (1) Loeb; Beitrdge zur Physiologie des Grosshirns; Pflüger’s Ar- chiv., XXXIX, pág. 293. Simplifico la afirmación del autor. (2) Goltz: Pfliiger’s Arcliiv., XLII, pág. 419. . 36 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA g-ue á las ablaciones de la corteza en la región motora. Esta parálisis afecta partes del cuerpo que varían con las partes del cerebro aniquiladas. El brazo ó la pierna opuestos de un mono- , cuelgan flácidos, ó á lo sumo toman una parte insignificante en los movimientos asociados. Cuando se aniquila la región ente¬ ra hay una hemiplejia genuína y permanente en que el brazo se afecta más ([ue la pierna; y esto va seguido, meses después,, por la contracción de los miisculos, después de hemiplejia in¬ veterada. Según Schcefer y Horsley, los músculos del tronco se paralizan también después de la destrucción de la circunvo¬ lución marginal sobre ambas partes. Estas diferencias entre perros y monos demuestran el peligro de sacar conclusiones generales de experimentos hechos en cualquier clase de ani¬ mal. Los autores últimamente nombrados han dado las figuras de las regiones motoras en el cerebro del mono (1). (1) FhilosopMcal Transaction, vol. 179, págs. 6 y 10 (1888). En un niimero posterior (Ihidem, pág. 205), los señores Beevor y Horsley es¬ tudian la localización todavía más minuciosamente, demostrando qtie hay espacios por los cuales pueden contraerse los simples músculos- ó los simples dedos. LAS FUNCIONES DEL CEREBRO 37 En el honibre somos necesariamente reducidos á la observa- -ción ijost-morteni de ablaciones corticales producidas jDor acci¬ dente ó enfermedad (tumor, hemorragia, reblandecimiento, -etcétera.) Lo que resulta durante la vida de tales condiciones es, ó el espasmo localizado, ó la perlesía de ciertos músculos del lado opuesto. Las regiones corticales que invariablemente producen estos resultados son homologas á las que acabamos •de estudiar en el perro, gato, mono, etc. Exner ha estudiado minuciosamente ciento sesenta y nueve casos, que han dado un resultado análogo. Hay regiones en que las lesiones no produjeron ningún desarreglo motor. Algunas, por el contra¬ rio, nunca fueron lastimadas sin experimentar desarreglos motores de cualquier clase. Cuando es profunda en el hombre la ofensa de la substancia cortical, lá parálisis es permanente y va sucedida de rigidez muscular en las partes paralizadas, precisamente como puede ocurrir en el mono. 3) Las degen&t'aciones descendentes muestran la intima co¬ nexión de las regiones rolándicas de la corteza con las regio¬ nes motoras de la médula espinal. Cuando, ó en el hombre ó ■ en el animal se destruyen estas regiones, un cambio degene¬ rativo peculiar, conocido con el nombre de esclerosis secun- 38 .PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA daría, se extiende por la substancia blanca y íibrinosa del ce¬ rebro de una manera perfectamente definida, afectando cier¬ tos cordones que pasan por la cápsula interior, crura y j;on.9, penetrando en las pirámides anteriores de la médula oblonga- da, y'desde aquí (en parte cruzando al otro lado) entrando en las columnas interiores (directas) y laterales (cruzadas) de la médula espinal. 4) La prueba anatómica de la continuidad do las regiones- rolándicas con estas columnas motoras de la médula espinal,, se da también claramente. La pyramidenbahn, de Flochsig,. forma un cordón ininterrumpido (distintamente trazablo en el embrión humano antes do que sus fibras hayan adquirido su blanca «vaina medular»), pasando desde las pirámides de la médula y at^-avesando la cápsula interna y la corona radiada hasta las circunvoluciones en cuestión. Nada de la substancia gris inferior del cerebro parece tener conexión con esta impor¬ tante vaina fibrinosa. Pasa directamente desde la corteza á los desarreglos motores en la médula espinal, dependiendo para su pi'opia nutrición (como demuestran los hechos de la degene¬ ración) de la influencia de las células corticales, precisamente como los nervios motores dependen para su nutrición de la de las células de la médula espinal. Se ha demostrado que el es¬ tímulo eléctrico de este cordón motor, en cualquier parte LAS FUNCIONES DEL CEREBRO 39 accesible de su curso, producé movimientos análogos á los que produce la excitación de la superficie cortical. Una de las pruebas más instructivas de la localización mo¬ tora en la corteza, es la proporcionada por la enfermedad ahora llamada afamia ó afasia motora. La afasia motora no es ni pérdida de voz ni parálisis de la lengua ó de los labios. La 40 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA VOZ del paciente es tan fuerte como siempre, y todos los ener¬ vamientos do sus nervios liipoglosales y facial, excepto los ne¬ cesarios para hablar, pueden marchar perfectamente bien. Puede reir y gritar, y aun cantar; pero no es capaz de emplear palabras; ó sólo unas cuantas frases amalgamadas desprovis¬ tas de significación, forman su único lenguaje; ó también lia- bla incoherente y confusamente, pronunciando mal, constru¬ yendo mal y empleando má^ ó menos mal sus palabras. Al¬ gunas veces su lenguaje es un mero amasijo de sílabas inin¬ teligibles. En casos do pura afasia motora, el paciente reco¬ noce sus equivocaciones y sufre agudamente por 'ollas. Ahora bien: siempre que un paciento muero en una condición como ésta, y si se permite un examen de su cerebro, se encuentra que el giro inferior frontal es el sitio do la lesión. Broca fuó el primero que dió cuenta de este hecho en 1861, y desde en¬ tonces eso espacio ha tomado el nombre de la circunvolución de Broca. Las heridas en los que emplean la mano derecha se encuentran en el hemisferio izquierdo, y las de los zurdos en el hemisferio derecho. La mayoría de las personas son en rea¬ lidad zurdos de cerebro, esto os, todos sus movimientos deli- 1 LAS FUNCIONES DEL CEREBRO 41 cados y especializados cargan sobre el liemisferio izquierdo. La ordinaria aplicación de la manó derecha para esos mo¬ vimientos es sólo una consecuencia de ese hecho, una conse¬ cuencia que revela exteriormente^esa extensa bifurcación v cruzamiento de las libras por la cual la mayoría de ellas pa¬ san del hemisferio izquierdo á la mitad derecha del cueiqDo. Pero la tendencia á las partes izquierdas que revela el cere¬ bro, puede existir en igual grado y no manifestarse exterior- mente. Esto ocurriría siempre que los órganos por ambos lados del cuerpo pudiesen ser gobernados por el hemisferio izquier- do; y precisamente ese caso parecen presentarlo los órganos vocales, en ese servicio motor altamente delicado y especial que llamamos lenguaje. Ni uno ni otro hemisferio ener¬ varlos bilateralmente, así como uno y otro parecen incapaz de enervar bilateralmente los músculos del tronco, costillas y diafragma. De los’movimientos del lenguaje, sin embargo, se deduciría (por los hechos de la afasia) que el hemisferio iz¬ quierdo, en la mayoría de las personas, habitualmente desem- l^efia las funciones exclusivas. Con ese hemisferio privado de funciones, el lenguaje se estropea; aunque el hemisferio opues¬ to todavía esté allí para la realización de actos menos especia¬ lizados, tales como los variados movimientos exigidos al comer. Adviértase que la región de Broca es homólóga á las partes designadas para producir movimientos de los labios, de la lengua y de la laringe, cuando son excitadas por corrientes eléctricas en los monos. Por consiguiente, se sabe con la ma¬ yor evidencia posible, que las incitaciones motoras para estos órganos dejan al cerebro por la región frontal inferior. Las víctimas de afasia motora sufren generalmente otros trastor¬ nos. Uno que nos interesa en esta exposición se ha llamado agrafía: los enfermos que la padecen han perdido la facultad de escribir. Pueden leer lo escrito y entenderlo; poro no pue¬ den usar la pluma, á monos do cometer terribles equivocacio¬ nes con olla. El sitio de la lesión no está aquí tan bien deter¬ minado, debido á que sólo se han podido observar un reducido número de casos (1). No cabe duda, sin embargo, de que parte (1) Nothnagel y Nanyn: Die Localizatlon in den Gehirnkrajikheiten, ])ág. 34. (Wiesbaden, 1887). I 42 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA del lado izquierdo (en las personas que empleamos la mano I derecha), y poca duda do que consta de elementos de la re¬ gión do la mano y del brazo especializados en el servicio. El síntoma puede existir cuapdo hay poca o ninguna desmaña en la mano para otros usos. El paciente educa usualmente su hemisferio derecho,^ esto es, aprende á escribir con su mano izquierda. En otros casos de los cuales debemos hablar unas páginas más adelante, el paciente- puede escribir espontánea¬ mente y al dictado, ¡poro no puede leer ni lo que él mismo lia escrito! Todos estos fenómenos están aliora clara y completa¬ mente explicados por los centros separados del cerebro para los varios sentimientos y movimientos , y ]^or los cordones para asociar éstos entre sí. Pero su minuciosa discusión incumbe á ,1a medicina más bien que á la psicología general, y sólo puedo utilizarla aquí para delucidar los principios de la localización motora (1). Al tratar de la vista y del oído tendré que liablar un poco más sobre esto. Los diferentes órdenes de pruebas que he tratado de expo¬ ner, establecen en conclusión la proposición siguiente: que todos los impulsos motores que deja pasar la corteza^ en los ani¬ males sanos, desde las circunvoluciones á la cisura de Rolando. Sin embargo, cuando se llega á definir precisamente lo que so contiene en un impulso motor que abandona la corteza, la cosa se hace más obscura. ¿Deriva el impulso independiente¬ mente de las circunvoluciones en cuestión, ó deriva de otra parte, y únicamente pasa por allí? Y á ¿qué fase particular de^ la actividad psíquica corresponde la actividad de estos cen¬ tros? Las opiniones y las autoridades se dividen aquí; pero será mejor, antes de penetrar en estos aspectos profundos del problema, dirigir una ojeada á los hechos que han sido descu¬ biertos en lo concerniente á las relaciones de la corteza con la vista, oído y olfato. (1) Un resumen accesible de la historia de nuestro conocimiento de la afasia motora se contiene en la obra de Hammond: Treatise on the Diseases of tlie Nervotis System., cap. VII. LAS FUNCIONES DEL CEREBRO 45 VISTA Ferrier fue el primero en. roturar el campo. Encontró, cuando excitó la circunvolución angular (que radica entre las hendeduras «intraparietales» y las «occipitales externas», y que codea la hendedura de Silvio) en el mono, que los movi¬ mientos de los ojos y de la cabeza se efectuaban como para la visión, y que cuando se extirpaba, seguíase lo que él suponía ser total y permanente ceguera del ojo opuesto. Munk decla¬ ró inmediatamente que de la destrucción del lóbulo occijntal en los monos, así como en los perros, se seguía la ceguera total y permanente, y dijo que el giro angular no tenía nada que ver con la vista, sino que era solamente el centro de la sensibilidad tcáctil de la órbita del ojo. El tono dogmático do Munk en sws observaciones, y su arrogancia teórica, han ocasionado su rui¬ na como autoridad. Pero hizo dos cosas de valor permanente. Fue la primera, distinguir en estas vivisecciones entre la ce¬ guedad sensorial y la cegnedaA g)siqutea, y describir el fenó¬ meno de la restitución de la función visual después de su pri¬ mera pérdida á consecuencia de una operación; y fué el prime¬ ro en señalar el carácter hemiópico de los trastornos visuales que resultan cuando se lastima sólo un hemisferio. La cegue¬ dad sensorial es la insensibilidad absoluta á la luz; la ceguedad psíquica es la incapacidad de reconocer el significado de las impresiones ópticas, como cuando vemos una página de escri¬ tura china, pero no nos sugiere nada. Un trastorno hemiópico de la visión es aquél en que ni la retina se afecta en su totali¬ dad, sino aquélla en la cual, por ejemplo, la porción izquierda de cada retina está ciega, de suerte que el animal nada ve que esté situado en el espacio hacia su derecha. Las últimas obser¬ vaciones han corroborado este carácter hemiópico de los tras¬ tornos ¿e la vista por la lesión en un solo hemisferio en los animales superiores; y la cuestión de si la ceguedad aparente de un animal es sensorial ó sólo psíquica, ha sido, desde las publicaciones de Munk, la más urgente de responder, en todas las observaciones relativas á la función de la vista. 50 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA La hemiopia puede resultar también de la lesión de otras partes, especialmente los giros vecinos angulares y supra- marginales, y puede acompañar á un daño extenso en la re¬ gión motora de la corteza. En estos casos parecp probable que sea debida á una actio in distans, probablemente á la interrup¬ ción de las libras procedentes del lóbulo occipital. Parece que hay qlgunos casos en que liubo lesión en los lóbulos occipitales sin defecto visual. Forrter ha coleccionado la mayoría de los casos posibles para probar su localización en el giro angu¬ lar (1). Una aplicación estricta de los principios lógicos haría que uno de los, casos predominase sobre cien contrarios. Y sin embargo, recordando cuán imperfectas pueden ser las obser¬ vaciones y cuánto pueden variar los cerebros individuales, se¬ ría seguramente temerario desecliar en su obsequio la enorme suma de evidencia positiva favor de los lóbulos occipitales. La variedad individual es siempre una explicación posible de un caso anómalo. No hay hecho'anatómico más sobresaliente que el de la «bifurcación de las pirámides», ni hecho alguno patológico más usual que su consecuencia; que las hemorra¬ gias de la mano izquierda en la región motora produce la pa¬ rálisis en la mano derecha. Y sin embargo, la bifurcación es variable en suma y parece en algunas ocasiones estar del todo ausente (2). Si, en casos como el último citado, el cerebro iz¬ quierdo fuese el sitio de la apoplejía, la mitad izquierda y no la derecha sería la que sufriría la parálisis. El esquema adjunto, copiado del Dr. Seguin, expresa en conjunto la veróad probable sobre las regiones interesadas en la visión. No son los lóbulos occipitales, sino los llamados co- neus^ y las primeras circunvoluciones son las partes cortica¬ les más íntimamente interesadas. Nothnagel conviene con So- guin en esta limitación de las regiones esenciales (3). Un efecto más interesante del desorden cortical es la ce- (1) Localizátion of Gerebran Diseases, págs. 117-118. (2) Para más casos, véase á Pleclisig; IJie Leitungs bapren in Gehirn una Rückernnark, págs. 112-272 (Leipzig, 1876); Exiier: Unter- suclmngenj etc.,'83; Perrie, Localization, etc., pág. 11; rran 9 0 is Frauck: Gerveau Moteur, ])ág. 63, Tiota. (3) Seguin: llermanopsia ofGerebral Origin; en Journal ofNervouH and Mental Disease, vol. XIII, pág. .30; Nothnagel y Naunyn: Ueber die Localization der Gehirnkrankhciten, pág. 10. (Wresbaden, 1887)- LAS FUNCIONES DEL CEREBRO 51 pitera mental. Ésta consiste, no tanto en la insensibilidad á las impresiones, como en incapacidad -para comprenderlas. Psicoló¬ gicamente es interpretable como pérdida de asociaciones entro las sensaciones ópticas y lo que significan; y cualquier inte- Fig. 15. rrupción de la comunicación entre los centros ‘ ópticos y los oentros para otras ideas debe llevarla á cabo. Así las letras impresas del alfabeto ó las palabras significan ciertos sonidos y ciertos movimientos articulatorios. Si la conexión entre los centros articulantes ó auditivos, por una parto, y los centros visuales por otra, sufre una ruptura, debemos esperar á ptriori 52 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA que la vista de las palabras despertaría la idea de su sonido 6 el movimiento para pronunciarlas. Debemos, en suma, tener alexia ó incapacidad de leer; y esto es precisamente lo (lue te¬ nemos en muchos casbs de lesión extensa en las regiones fron- to-temporales, como-una .complicación de la enfermedad ajá- sica. Nothnagel indica que mientras el cuneus es el sitio de las- sensaciones ópticas, las otras partes del lóbulo occipital pue¬ den ser el campo do los recuerdos é ideas ópticas, de cuya pér¬ dida se seguiría la ceguera mental. En realidad, todos los au¬ tores médicos liablan de la ceguera mental como si debiera consistir en la pérdida do las imágenes visuales de la memo¬ ria. Paróceme, sin embargo, que ésta es una equivocación psi¬ cológica. Un hombre cuya facultad usual de imaginación lia decaído (fenómeno muy usual en sus grados más inferiores), no. está mentalmente ciego al íin y al cabo, porque reconoce per¬ fectamente todo lo que ve. Por otra parto, puede estar mental¬ mente ciego, con su imaginación óptica bien conservada; como en el interesante caso referido por Wilbrand en 1887 (1). En el caso todavía más interesante de ceguera mental dado á luz recientemente por Lissauer (2), aunque el paciente cometkV las equivocaciones mas grotescas, llamando, por ejemplo, á un cepillo de ropa un par de guantes, á una sombrilla una planta con flores, á una manzana un retrato de señora, etc., etc., pa¬ recía, según el que informabá, tener muy bien conservadas sus imágenes mentales. En realidad, la pérdida momentánea de nuestras imágenes 7io-ópticas *es la (lue nos iiace mental¬ mente ciegos, exactamente como la de nuestras imágenes no~ auditivas, es la que nos hace mentalmente sordos. Yo estoy mentalmente sordo si, oyendo una campana, no puedo recor¬ dar qué aspecto tiene; y estoy mentalmente ciego si, viéndola,. no puedo recordar su sonido ó su nombre. En realidad de ver- idad, hab/a de estar no sólo mentalmente ciego, sino totalmen¬ te ciego, como una piedra, si se hubiesen perdido todas mis imágenes visuales. Porque aunque soy ciego en relación á la mitad derecha del campo do la visión, si está lastimada mi re¬ gión izquierda occipital, esa hemianopsia no me priva de imᬠgenes visuales, pues la experiencia parece demostrar que el j[l) Die Salenblindkcit, etc., págs. 51 y sig. jLa ceguera mental fué- en cierto modo moderada en el caso de esta mnjer. (2) Arcliiv. fiir Psijchiatrie, vol. XXI, pág. 222. LAS FUNCIONES DEL CEREBRO 53 hemisferio no afectado es siempre suficiente para la produc- •ción de éstas. Para abolirías por completo tendría que estar privado de ambos lóbulos occipitales, y eso me privaría, no sólo de mis imágenes interiores de la vista, sino de mi vista on absoluto (1). Los recientes anales patológicos parecen pre¬ sentar algunos casos semejantes (2). Además, hay un gran nú¬ mero do casos de ceguera mental, especialmente para el len¬ guaje escrito, unido con la fiomianopsia, generalmente del do¬ minio legítimo de la vista. Son explicables por haber desapa¬ recido, á consecuencia de enfermedad, las regiones intefrmedias entre los lóbulos occipitales y los centres del lengueje en el eorebro, especialmente aquéllos que van á los centros del len¬ guaje en las regiones frontales y temporales del hemisferio izquierdo. Han de clasificarse entre los desórdenes causados por la conducción ó por la asociación; y no puedo encontrar por ninguna parte un hecho que nos fuerce á creer que sea me¬ nester que las imágenes ópticas (3) se pierdan en la ceguera mental, ó que los centros cerebrales de tales imágenes sean lo- «almente distintos de las que se dan en las sensaciones direc¬ tas de los ojos (4). (1) Nosthasgel (loe. citado, pág. 22) dice: <^Dies trifftaher nicht zu.> No presenta sin embargo, ningún caso en apoyo de su opinión, de que la lesión cortical de ambos lados puede hacer á uno ciego por -completo, y sin embargo, no destruir sus imágenes visuales, de ma¬ nera que no sé si es una observación del hecho ó una suposición a gjriori. (2) En un caso publicado por Erenud (Archiv. für Fsychiatrie. vol. XX) los lóbulos occipitales fueron dañados, pero su corteza no filé destruida en ambos lados. Todavía había visión. Cf. págs. 291-5. (3) Digo «sea menester» porque, como es natural, no niego la coexistencia posíWe de ambos síntomas. Muchas lesiones cerebrales pudieran ser simples asociaciones ópticas y al mismo tiempo dete¬ riorar la imaginación óptica, sin interceptar en absoluto la visión. Tal parece haber sido el caso notable observado por Charcot que más adelante relataré ampliamente, en el capítulo sobre la Imaginación. (4) Frenqd (en el artículo citado anteriormente TJéber optische Aphasie und Seelenhlindheit) y Bruns. (Ein Fall non Alexie, etc., en el Neurologisches Gentralhlatt, 1888; págs. 581, 509) explica sus casos pol¬ la interrupción de la condición. Wilbrand, á cuya minuciosa mono¬ grafía sobre la ceguera mental nos referimos poco há, no da otras i-a- xones que las expuestas a priori para su creencia de que el campo de 54 PKINCIPIOS DE PSICOLOGÍA Cuando un objeto deja de ser reconocido por la vista, acon¬ tece .con frecuencia que el paciente lo reconoce y nombra tan pronto como lo toca con su mano. Esto demuestra de una ma¬ nera interesante cuán numerosos son los conductos asociati¬ vos que acaban todos por salir del cerebro mediante la cadena del lenguaje. El camino do las manos está abierto, aunque el camino de los ojos esté cerrado. Cuando es completa la cegue¬ ra mental, ni la vista, ni el tacto, ni el sonido, bastan para guiar al paciente, y una especie de demencia (jue se ha llamado asim- bolia ó apraxia es el resultado. No se comprenden las cosas más vulgares. El paciente pondrá sus pantalones en un hombro y su sombrero en otro, morderá el jabón y pondrá sus zapatos- en la mesa, ó cogerá la comida en la mano y la arrojará des¬ pués, no sabiendo lo que hace con ella, etc. Ese desorden sólO' puede provenir de una extensa lesión cerebral (1). El método de degeneración corrobora la otra evidencia que localiza los espacios de la visión. En los animales jóvenes se . obtiene la degeneración secundaria de las regiones occipitales, destruyendo la órbita de un ojo, y viceversa^ la degeneración de los nervios ópticos destruyendo las regiones occipitales. Los cuerpos geniculados, los thalami, y las fibras isuborticales- que conducen á los lóbulos occipitales, se encuentran también atrofiados en estos casos. Los fenómenos no son uniformes,, pero son indiscutibles (2); de suerte que, agrupando todas la& señales de evidencia, se realiza la conexión especial de la vi- la memoria (erinneruyigsfelo) óptica debe ser localmente distinto del campo de la observación (wahrnehmemgsfeld) (Cf. págs. 84 y 93). Las razones á priori son realmente otro medio. Mantliner (Gehirn mal Auge; pág. 487 y sig., 1881) trata de demostrar que la «ceguera men¬ tal» de los mohos y perros de Munk después de la mutilación occi¬ pital no fué tal, sino real ofuscación de la vista. El mejor caso de ce¬ guera mental referido liasta ahora es el de Lissauer antes citado. El lector hará bien en leer á Bernard: De VApliasie (1885), cap. V; Baletr Le Langage Interieur (1886), cap. VIII; y el librito de Boss sobre La Afasia (1787), pág. 74. (1) Sobre un caso' de éstos véase á Wernicke: Lehrhus des Gehirn Krankheiten, vol. II, pág. 554 (1881). (2) La información más reciente es el articulo TJberclie optischen Centren und Bahuen, de Von Monakow en el Archiv. fiir Fsychiatrie^ vol. XX, pág. 714. LAS FUNCIONES DEL CEREBRO 55 sión con los lóbulos occipitales. Añádase á esto que los lóbu¬ los occipitales se han encontrado frecuentemente contraídos en el caso de ceguera inveterada en el hombre. OÍDO ’ El oído no está tan definidamente localizado como la vis- ^ ta. En el perro, el diagrama de Luciani mostrará las regiones que directa ó indirectamente lo afectan más cuando está las- timado. Como en la vista, las lesiones de un lado producen ^ ’ síntomas de ambos lados. La mezcla de porciones obscuras y porciones grises en el diagrama representa esta mezcla de las > conexiones «cruzadas» y «no cruzadas», aunque naturalmente no se ha logrado exactitud topográfica. De toda la región, el lóbulo temporal es la parte más importante: sin embargo, en ' : ; un perro experimentado por Luciani no se originó la sordera ^ permanente y absoluta por la destrucción bilateral de ambos -A lóbulos temporales en su integridad (1). , : Ferrier y Ico encontraron que en el mono, la sordera per- ^ : manente seguía á la destrucción de la circunvolución inferior (precisamente la que está debajo do la hendedura de Silvio en en la fig. 6.*^) por ambos lados. BroAvn y Sclimfer encontraron? por el contrario, que en varios monos esta operación no afectó ;l do una manera perceptible al oído. Es cierto que en un animal se destruyeron los lóbulos temporales íntegros. Después de y una semana ó dos do depresión de las facultades mentales, esta , bestia se recobró y llegó á sor uno de los monos más despier- , í I tos posible, dominando á todos sus compañeros, y del cual ima¬ ginaban todos los que lo veían que tenía todos sus sentidos, in¬ cluso el oído, «perfectamente aguzados» (2). So han seguido, 5 como de costumbre, terribles discusiones entre los investiga- dores, negando Ferrier que las ablaciones de Brown y Schoe- , J for fuesen completas (3) y Sclioefer que el mono de Ferrier ’J (1) Die FuncÜon-Localization, etc., perro X; véase también ])ági- . na 161. I (2) Fliilosopliical Transactions, vol. CLXXIX, pág. 312. (3) Brain, vol. XI, i)ág. 10. 56 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA estuviese realmente en tal condición (1). En esta situación poc ‘0 satisfactoria debe dejarse el asunto, aunque no parece haber razón para duda, de que la observación ;de Brown y do Sclunfer es la más importanto.de las dos. En el hombre, el lóbulo temporal os indiscutiblemente el si¬ ntió de la función auditiva, y la superior circunvolución adjun¬ ta á la hendedura silviana es su parte más importante. Los fe¬ nómenos de la afasia demuestran esto. Estudiamos la afasia motora unas páginas más atrás; aliora debemos considerar la afasia sensorial. Nuestro conocimiento de esta enfermedad ha tenido tres etapas: podemos hablar del período de Broca, del período de AVernicke y del período de Charcot. Lo que fue el descubrimiento de Broca ya lo hemos visto. AVernicke fue el primero en distinguir los casos en qu(^ el paciente no-puede ni siquiera comqwender el lenguaje, de aquéllos en que puede com¬ prender, pero no hablar; y fue también el primero en adjudi¬ car la primera condición á la lesión del lóbulo temporal (2). La condición en cuestión es la sordera de la qoaldbra y la enfer¬ medad es la afasia auditoria. El último ex:amen estadístico del asunto es ól del l)r. Alien Starr.(3j. En los siete casos depura sordera de la palabra que ha recogido, casos en que el pacien¬ te podía leer, hablar y escribir, pero no comprender lo que le decía, la lesión fuó limitada á las circunvoluciones tempora¬ les primeras en sus dos tercios posteriores. La lesión (en las personas que usan la mano derecha, en los zurdos de cerebro) está siempre del lado izquierdo, como la lesión en la afasia motora. El oído desjuerto no sería abolido, aún cuando el cen¬ tro izquierdo fuese destruido por completo; el centro derecho bastaría para eso. Pero el uso lingüistico del oído aparece en¬ lazado con la integridad del centro izquierdo más ó menos ex¬ clusivamente. Aquí debe ocurrir que las palabras oídas en¬ tran en asociación con las cosas que representan, por una par¬ te, y con los movimientos necesarios para pronunciarlas, por otra. En una gran mayoría de cincuenta casos del Dr. Starr, se deterioró la facultad de emitir objetos ó de hablar coherente- (1) Braiii, voí. XI, pág. 147. (2) l)er aphasische Symptomencomplex (1784). Véase en la figu¬ ra 11 la cirounvolución señalada con el nombre de Wernicke. (3) TJÍe Fatliology of Senso-ry Aphasia; Brain, Julio 1889. LAS FUNCIONES DEL CEREBRO ^ 57 mente. Esto demuestra que en la mayoría de nosotros (como Wernicke decía) el lenguaje debe partir de los conductos au¬ ditivos; esto es, debe ocurrir que nuestras ideas no enerven nuestros centros motores directamente, sino solamente des¬ pués de excitar primero el sonido mental ó las palabras. Este es el estímulo inmediato para la articulación; y donde está abolida la posibilidad do ésta por la destrucción de su con¬ ducto usual en el lóbulo temporal izquierdo, debe sufrir la articulación. En los pocos casos en que el conducto es abolido .sin efectos perniciosos sobre el lenguaje, debemos suponer una idiosincrasia. El paciento debe enervar sus órganos del len¬ guaje, ó por la porción correspondiente del otro hemisferio, ó directamente por los centros de ideación, a saber, los de vi¬ sión, ta,cto, etc., sin inclinarse á la región auditiva. El minu¬ cioso análisis de los heclios á la luz de esas diferencias indivi¬ duales, asi como éstas, es lo que constituye la contribución de Charoot para aclarar el asunto. Toda cosa, acto ó relación nominable tiene numerosas . propiedades, cualidades ó aspectos. En nuestros espíritus las propiedades de cada cosa, junto con su nombre, forman un grupo asociado. Si las diferentes partes del cerebro están rela¬ cionadas estrechamente con las varias propiedades, y una par¬ te ulterior con el oído, y todavía otra con la pronunciación del nombre, debe realizarse inevitablemente (por medio de la ley de asociación que más tarde estudiaremos) una conexión dinᬠmica entre todas estas partes del cerebro tal que la actividad de cualquiera de ellas será apta para despertar la actividad de 58 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA todo lo demás. Cuando estamos hablando como pensamos, oí último proceso es el do pronunciación. Si se daña con eso la parte dol.corobro, el lenguaje es imposible ó desordenado, aún cuando todas las demás partes del cerebro estén intactas; y esta es precisamente la condición de las cosas que anteriormente encontramos realizada por la lesión limitada de la circunvolu¬ ción izquierda inferior frontal. Poro detrás de este liltimo acto son posibles varios órdenes do sucesión en las asociaciones de ideas do un hombre que habla. El orden más usual parece sor: ])or las propiedades táctiles, visuales ó do las otras clases de las cosas, pensar en el sonido de sus nombres y luego en la omi¬ sión de éstos. Pero si en cierto individuo el pensamiento del aspecto do un objeto ó del aspecto do su nombro impreso es* el proceso que habitualmente precede á la articulación, enton¬ ces la pérdida del centro auditivo no afectará pro tanto al len¬ guaje del individuo. Será mentalmente sordo, esto es, sucom- iwensión del lenguaje so resentirá, pero no será afásico. De esta manera os posible explicar los siete casos dojmi'a sordera de la palabra do que habla el Dr. Starr. Si este orden de asociación se engrana y se hace habitual en ose individuo, el daño en sus centros visuales no sólo le hará obtuso para la palabra, sino también afásico. Su lenguaje se hará confuso á consecuencia de una lesión occipital. Nan- nyn, consiguientemente, trazando en un diagrama del hemis¬ ferio los setenta y un caso de afasia irreprochablemente refe¬ ridos que fué capaz de coleccionar, encuentra quedas lesiones se concentran en los tres lugares: primero, en el centro de llroca; segundo; en el de dVernicke; tercero, en los giros supra- marginales y angulares bajo los cuales pasan estas libras que enlazan los centros visuales con el resto del cerebro (1) (véase la ñg. 17). Con este resultado conviene el análisis del Dr. Starr de casos puramente sensoriales. En un capítulo posterior volveremos á tratar de estas di¬ ferencias en la efectividad de las esferas sensoriales en dife¬ rentes individuos. Entretanto, pocas cosas demuestran más hermosamente que la historia de nuestro conocimiento de la afasia, como la sagacidad y la paciencia de muchos trabajado¬ res agrupados los pone en condiciones de analizar la confu¬ id) Nothnagel y Nauny: obra citada; planclias de grabado. LAS FUNCIONES DEL CEREBRO 59 sión embrollada en una manifestación desordenada (1). No hay «centro del lenguaje» en el cerebro, como no hay una facultad del lenguaje en el espíritu. El cerebro entero, más ó menos, está, activo en un hombre que emplea el lenguaje. El diagrama adjunto, de Ross, muestra las cuatro partes más críticamente interesadas, y, á la luz de nuestro texto, no necesita más ex¬ plicación. (Véase la ñg. 18). OLFATO , Todo conspira á señalar la parte mediana descendente de los lóbulos temporales como los órganos del olfato. Aún Fe- rrier y Munk convienen en el giro hipocampal, aunque Ferrier restringe el olfato y Munk no lo hace así, al lóbulo ó proceso (1) Las obras de Ballet y Bernard citados en la página 51 son los dociimentos más accesibles de la escuela de Charcot. El libro de Bas¬ tían sobré el cerebro como un Órgano del Espíritu (los últimos tre.s capítixlos) es bueno también; PRINCIPIOS DE PSICOLOGIA 6B^ Ahora lie dado, en cuanto lo permite la naturaleza de este libro, una reseña completa del estado actual do la cuestión do la localización. En sus principales líneas la cuestión sigue en pie, aunque todavía ha de descubrirse mucho. Los lóbulos frontales anteriores, por ejemplo, según lo que se saboj no tie¬ nen funciones determinadas. Groltz encuentra que los perros privados de ellos están incesantemente en movimiento, y son excitables por cualquier estímulo insignificante. Son irascibles y amatorios en un grado extraordinario, y sus lados crecen desnudos con un perpetuo restregamieuto refiejo; pero no ma¬ nifiestan desarreglos locales del movimiento ó do la sensibili¬ dad. En los monos se demuestra aún esta falta de habilidad inhibitoria, y ni un estímulo ni una escisión do los lóbulos pro¬ fontales producen ningún síntoma. Un mono de Horsloy y SclíOBÍer fue como ainansado y ejecutó ciertos ardides después lo mismo que antes de. la operación (Ij. Es probable que haya¬ mos llegado á los límites do lo que puedo saberse sobre las • funciones cerebrales viviseccionando á los animales inferio¬ res, y que debemos en lo sucesivo pedir luz más exclusiva¬ mente á la patología humana. La existencia de los centros de lenguaje y de escritura separados en el liornisferio izquierdo deh hombre; el hecho de que la perlesía producida por la le¬ sión cortical es más completa y persistente en el hombre y en el mono que en los perros; y además, el hedió de que parece más difícil obtener la completa ceguera sensorial por las abla¬ ciones corticales en los animales . i nferiores que en el hombre; todo esto demuestra que las funciones se hacen más especial¬ mente localizadas á medida que la evolución continúa. En los pájaros la localización apenas parece existir, y en los reptiles es mucho menos evidente que en los carnívoros. Aún para el hombre, sin embargo, Munk seguramente emplea un método falso consistente en trazar el cuadro de la corteza en áreas abso¬ lutas, dentro de las cuales sólo está representado un movi¬ miento ó sensación. Lo cierto parece ser más bien-que, aunque hay una correspondencia de ciertas regiones del cerebro con ciertas regiones del cuerpo, sin embargo, las Yurian¡yartes den¬ tro de cada región corporal están representadas en todo el conjmito de la región correspondiente del cerebro, como la pi- (1) Philosophical Transactions, vol. CLXXIX, pág. B. LAS FUNCIONES DEL CEREBRO 67 mienta y la sal rociada por el mismo salero. Esto, sin embar¬ go, no impide (]ue cada «parte tenga SMfoco en un lugar den¬ tro de la región cerebral. Las varias regiones cerebrales.se funden una en otra mezclada de la misma manera. Como dice Mr. Horsley: «Hay centros de frontera, y el área de la represen¬ tación de la base se sumerge en <)llos para la representación del miembro inferior. Si hubo una lesión focal en ese punto, tendríais los movimientos de estas dos par¬ tes, originándose á la vez» (1). La figura que acompaña, trazada por Panetli, demuestra precisamente cómo ocurro esto en el perro (2). Estoy hablando ahora de lo¬ calización en cuanto á dimensio¬ nes sobre la superficie del cere¬ bro. Es concebible que hubiera también localizaciones de profun¬ didad por la corteza. Las células más superficiales son las más pe¬ queñas; las más profundas de ellas son amplias; y se ha indicado que las células superficiales son sen¬ soriales y las más profundas mo¬ toras (3); ó que las superficiales en la región motora están rela¬ cionadas con las extremedidades de los ói’ganos que han de moverse (dedos, etc.); las más profundas con los segmentos más centrales (la muñeca, el (1) Transtwtions of Congres of Americayis Phisicians aiul Surgeons, vol. I, pág. 34Í3; 1884. El iirtículo de Breevor y Horsley sobre estímulo eléctrico del cerebro del mono es la labor más hermosa llevada á cabo en cuanto á precisión. Véase Philosopical Transactions, vol.CLXXIX, pág. 205; especialmente las placas. (2) Pfluger’s Archiv., vol, XXXVII, pág. 523,1885. (.3) Por Luys, en su libro disparatado generalmente: TheBrain;- y también por Horsley. PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA codo, etc.) (1). Apenas se necesita decir que todas esas teo¬ rías no son más que conjeturas. Así vemos que el postulado de Meynert y .Jackson, con el cual comenzamos en páginas anteriores, está en conjunto má;> corroborado por subsiguientes investigaciones objetivas. Lotír centros su])eriores no contienen prohdblemente nada más que pre¬ parativos para impresiones y movimientos representativos, y otros preparativos para juntar la actividad de estos preparativos (2), Las corrientes que brotan de los órganos de los sentidos exci¬ tan primero estos preparativos, que á su vez excitan otros, hasta que al fin ocurre de alguna manera una descarga moto¬ ra hacia abajo. Cuando esto se ha comprendido claramente, ([uedan pocos motivos para sostener esa antigua controversia sobre la zona motora; si es en realidad motora ó sensitiva. 'Toda la corteza es sensorial y motora á la vez, puesto que por olla pasan las corrientes. Todas las corrientes van probable¬ mente acompañadas de sentimientos y, más pronto ó más tar¬ de, producen movimientos. En un sentido, pues, todo centro es aferente; en otro sentido, eferente; aun cuando las células motoras de la médula espinal tengan estos aspectos insepara- rablemente unidos, Marique (3), Exnor y Panetli han de¬ mostrado que cercenando alrededor un centro «motor» y se¬ parándolo así do la infiuencia del resto de la corteza, se pro¬ ducen los mismos desórdenes que cercenándole á él: de suerte que, realmente, es sólo la boca del embudo, como si dijésemos, por la cual corro el torrente del enervamiento que brota de (1) Mercier: El Sistema Nervioso y el Espíritu, j)ág. 124. (2) Los lól)xdos frontales siguen siendo, no obstante, un enigma. Wiindt trata de exi)lioarlos considerándolos como un lóbulo de «apercep(;ión». (Grundzüge der Fhysiologischen Physiologie. 3.*' edi- (dón, vol. I, ]>ágs. 233 y sig.), pei’O yo me cgnfieso incapaz de compren¬ der la filosofía wundtiana, desde el momento en (]ue esta palabra se introduce en ella; así que deben contentarse mis lectores con esta escueta referencia. Hasta lia(!e muy po(!0 era muy común hablar <le un «centro ideacional» como de algo distinto del agregado de los demás centros. Afortunadamente, esta costumbre está ya en deca¬ dencia. (3) Recherches experimentales sur le fonctionnement des Centres Psycho-rhoteurs. (Bruselas, 1885). (4) Pflüger’s ArcJiiv., vol. XLIV, pág. 544. LAS FUNCIONES DEL CEREBRO 69 cualquier otro lado (1); la conciencia acompaña á ese torrente, y es la principal de las cosas vistas si el torrente es más im¬ petuoso occipitalmente, de las cosas oídas si es más impetuoso temporalmente, de las cosas sentidas, etc., si el torrente ocu¬ pa más intonsamente la «zona motora». Paréceme que alguna fórmula vaga y amplia como ésta, es tqdo lo que podemos aventurar en el presente estado de la ciencia; y en capítu¬ los subsiguientes espero dar razones confirmatorias de mi opinión. La conciencia del hombre limitada á los hemisferios. La conciencia que acompaña á la actividad de la condeza, ¿es Ja única conciencia ^ que tiene el hombre? ¿O son sus centros inferio¬ res conscientes también? Esta es una cuestión difícil do decidir; tan difícil que sólo .se sabe cuando se descubre que la misma conciencia cortical de ciertos objetos puede igualmente aniquilarse por un sim¬ ple vaivén de la mano del operador, y sin embargo, puede probarse por evidencia, circunstancia que siempre existe en una situación dividida, completamente eyectiva (2), para el resto del espíritu del sujeto, como ese espíritu es al espíritu de los que lo contemplan (3), Los mismos centros inferiores pueden tener (y se concibe muy bien) una conciencia dividida de sí propios, análogamente eyectiva á la conciencia cortical; pero si la tienen ó no, nunca puede saberse por la evidencia meramente introspectiva. Además, el hecho de que la destruc¬ ción occipital en el hombre puede causar una ceguera que es en apariencia absoluta (pues no subsiste ningún sentimiento ni de luz ni de sombra en la mitad del campo de la visión), nos conduciría á suponer que si nuestros centros ópticos in¬ feriores, los cuerpos cuadrigéminos (corpora cuadrigemina) y (1) D ebo añadir, sin embargo, que Í'ran 90 is Eranck (Fonctions Motrices, pág. 370), obtuvo, en dos perros y un gato, un resultado di¬ ferente de esta especie de «circunvolución». (2) Sobre está palabra, véase á Clifford: Lectures and Essays <1879), vol. II, pág. 72. (3) Véase más adelante, cap. VIII. 70 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA. los thdlami, tienen alguna conciencia, es en todo caso una con¬ ciencia que no se mezcla con la que acompaña á las activida¬ des corticales y que no tiene nada que ver con nuestro yo personal. En los animales inferiores no puede ocurrir eso. Los vestigios do visión encontrados en los perros y monos cuyo» lóbulos occipitales estaban completamente destruidos, pueden ser debidos probablemente al hecho de que los centros infe¬ riores de estos animales veían, y que lo que veían no era eyec- tivo, sino objetivo con relación.á la corteza subsistente, esto es, formaba parte de uno y del mismo mundo con las cosas- que la corteza percibía. Puede ocurrir, sin embargo, que los fenómenos fuesen debidos al hecho de que en estos animales- ios «centros» corticales para la visión salen fuera de la zona ocoipital, y que la destrucción de la última deja de remover¬ las tan completamente como en el hombre. Esta es, corno- sabemos, la opinión de los mismos experimentadores. Para los fines prácticos, no obstante, y limitando el significado de la palabra conciencia al yo personal del individuo, podemos^ responder con mincha confianza á la pregunta hecha en este pᬠrrafo, diciendo que la. cortesa es el órgano de la conciencia en el hombre (1). Si hay conciencia perteneciente á los centros infe¬ riores, es una conciencia de la cual el yo nada sabe. La restitución de la función. Queda en pie otro problema no tan metafísico. El hecha más general y sorprendente relacionado con la lesión cortical, es el de la restauración de la función. Las funciones perdidas al principio son restauradas después de algunos días ó sema¬ nas. ¿Cómo.hemos de comprender esta.restitución? Dos teorías luchan en este campo: (1) Cf. .Ferrier: Funciones del cerebro, págs. 120, 147 y 414. Véase- también á Ulpiaiii: Legons sur la Fhysiologie du Sijst'eme Nerveux, pᬠgina 458; Luoiani y Seppili: Obra citada, págs. 404-405; Maudsleyr Fhysiology of Mind., págs. 138 y siguientes, y págs. 197 y siguientes, y 241 y siguientes (187G). Eñ la obra de Lewes: Fhysical Basis of Mind., problema IV: «La teoría refleja», se da una historia completa de la cuestión. LAS FUNCIONES DEL CEREBRO 71 1) La restitución es debida á la acción sustituta ó del centro de la corteza ó de los centros inferiores, que adquieren funciones que liasta entonces no habían ejecutado. 2) Es debida cá los centros remanentes (sean corticales ó «inferiores») que resumen las funciones que siempre habían llevado á cabo, pero Cuyo ejercicio lia impedido temporal¬ mente la herida. Esta es la opinión de la cual son los defenso¬ res más distinguidos Goltz y Brówn-Séquard. La inhibición os una vera masa: d6 eso no puede dudarse* El nervio pneumogástrico inhihe el corazón, el nervio espla- nótico iippicle los movimientos intestinales, y el nervio supe¬ rior laríngeo los de la aspiración. Las irritaciones nerviosas (jue pueden interceptar la contracción de las arterias son in¬ numerables, y las acciones reflejas son muchas veces reprimi¬ das por la excitación simultánea de otros nervios sensoriales. Para todos esos lieclios,' el lector debe consultar los tratados sobre físiología. Lo que nos interesa ahora aquí es la inhi¬ bición ejercida por diferentes partes de los centros nerviosos, cuando están irritados,.sobre la actividad de partes distantes. La flacidez de una rana por un «daño» durante un minuto ó más después que sé ha cercenado su médula oblongada, es una inhibición ejercida desde el lugar del daño y que desapa¬ rece rápidamente. Lo que se conoce con el nombre de «daño quirúrgico» íin- consciencia, palidez, dilatación de los vasos sanguíneos esplá- nicos, y en general, síncope y colapso) en el sujeto humano, Cd una inhibición que dura muclio tiempo. Goltz, Freusberg y otros, cercenando la médula espinal en perros, probaron que liabía funciones inhibidas todavía más por la herida, pero que se restablecen últimamente si el animal se conservó vivo. Se averiguó así qué región lumbar de la médula contenía centros vaso-motores independientes; centros para la erección, para la contracción del esfínter, etc., que podrían excitarse á la acti¬ vidad por los estímulos táctiles y fácilmente rehabilitados por otros simultáneamente aplicados (1). Podemos, por consi¬ guiente, suponer plausiblemente que la rápida reíiparición do la movilidad, de la visión, etc., después de su primera des- (1) Goltz: Ffiiiger’s Archiv., vol. VIII, pág. 40; Freusberg; Ihi- <le¡u, vol. X, pág. 174. 72 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA aparición á consecuencia do lina mutilación cortical, es (lebida al influjo de las inhibiciones ejercidas por la superficie irrita¬ da de la herida. La única cuestión es si todas las restaura¬ ciones de fuñción deben explicarse de esta sencilla manera, ó’ si alguna parte de ellas jiueden no sor debidas á la formación de conductos enteramente nuevos en los centros subsistentes, por los cuales «se educai|», por decirlo así, en los deberes que originalmente no poseen'.. En favor de una extensión indefini¬ da de la teoría do la inliibición, pueden citarse hechos como los siguientes: en los perros cuyos desarreglos debidos á la le¬ sión cortical han desapai-ecido, pueden, á consecuencia de al¬ gún accidente interior ó exterior, reaparecer en toda su in¬ tensidad por espacio de veinticuatro horas, poco más ó mdnos^ y desaparecer de nuevo (1). En un perro que se había queda¬ do medio ciego á consecuencia de una operación, y luego es¬ tuvo encerrado en la obscuridad, la visión vuelve tan rápi¬ damente como en otros perros semejantes cuya vista se ejer¬ cita sistemáticamente todos los días (2). 'Un perro que lia aprendido á pordiosear antes de la operación, comienza de nuevo esta práctica del todo espontáneamente una semana después de una doble ablación déla zona motora (3). Acciden- ' talmente, en un pichón (y aun se dice que en un perro) vemos los desarreglos menos declarados inmediatamente después do la operación que lo eran media hora más tarde (4). Esto sería imposible que fuese debido á la sustracción de los órganos que normalmente los promovían. Por otra parte, el impulso total de las recientes especulaciones fisiológicas y patológi¬ cas, tiende á entronizar la inhibición como una condición siempre presente ó indispensable de la actividad ordenada. Veremos cuán considerable es su importancia en el capítulo sobro la Voluntad. Mr. Charles Mercier considera que ninguna contracción muscular, una vez comenzada, daría fin sin osa especie de agotamiento del sistema (5); y Brown Séquard ha estado varios años acumulando ejemplos para demostrar has- (1) Cxoltz: Verriclitungen des Grosshirns, pág. 73. (2) Loeb: Ffiüger’s Arcliiv., vol. XXXIX, pág. 273. (3) Ibidem, pág. 289. (4) Schrader: Ibidem, vol. XLIV, pág. 218. (5) El Sistema nervioso y el espíritu (1888), capítulos III y VI; también en Brain, vol. XI, pág. 361. I-AS rUNCIONES DEL CEREBRO 73 ta dónde se extiende su influencia (1). En estas circunstancias, parece como si el error radicase probablemente en estrechar su esfera mucho más que ampliarla demasiado, como una ex¬ planación de los fenómenos subsiguientes á la lesión corti¬ cal (2). Por otra parte, si no admitimos la reeducación de los cen¬ tros, no sólo nos encontramos enfrente de una probabilidad á priori^ sino que nos vemos obligados por los heclios á suponer un niimero casi increíble de funciones nativamente alojadas en los centros debajo de los tlialami ó también debajo de los eorpora guadrigemina. Consideraré la objeción á priori des¬ pués de dirigir una mirada á los hechos que tengo en la men¬ te. Estos nos suministran ocasión de interrogar por nosotros mismos ¿cuáles son las partes que ejecutan la función abolida por una ope)"ación después que ha transcurrido el tiempo suficien¬ te para que ocurra la restauración? Los primeros observadores pensaron que debían ser las partes correspondientes del hemisferio opuesto ó intacto. Pero desde 1875, Carville y Euret confirmaron esto cercenando el centro de la pierna delantera por un lado, en un perro, y lue¬ go, después de esperar á que hubiese ocurrido la restitución, cortándola también por el lado opuesto. Gí-oltz y otros han he¬ cho lo mismo (3). Si el lado opuesto fuese realmente el sitio de la función restaurada, la perlesía original hubiera aparecido de nuevo y hubiera sido permanente. Pero no apareció del todo; sólo apareció iwia perlesía del lado no afectado hasta en¬ tonces. La suposición siguiente es que las partes que rodean la región cercenada aprenden, en calidad de sustitutas, á cumplir sus deberes. Pero aquí el experimento parece derribar de nuevo la hipótesis, al menos hasta donde llega la zona motora; (Ij Brown Séquard^la dado un resumen de sus opiniones en los Archives de Physiologie; Octubre, 1889; quinta serie, vol. I, pág. 751. (2j Goltz aplicó por vez primera la teoría de la inhibición al cere¬ bro en sus Verrichtungen des Grosshirns, págs. 39 y siguientes. Sobre la filosofía general de la inhibición, el lector puede consultar la obra de Brunton: Fharmakologiy and Therapeutics; págs. 154 y si¬ guientes, y también Nature, vol. XXVII, págs. 419 y siguientes. (3) Por ejemplo, 'Herzen; Hermán und Schwahles Jahres-hericht^ 1886; Fliysiol. Ahth., pág. 38. (Experimentos sobre cacliorros recién nacidos). 74 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA porque podernos esperar Iiasta que la movilidad ha vuelto al miembro afectado, y entonces irritan la corteza (lue rodea la herida sin excitar el miembro al movimiento, y lo suprimen, sin renovar la desvanecida perles:^ (1). Parece, en consecuen¬ cia, que los centros cey'ébráles que están debajo de la corteza de¬ ben ser el sitio’dé las actividades recobradas. Poro Cfoltz des¬ truyó el hemisferio izquierdo entero de un perro, junto con el corqms striatum y el thalami por ese lado, y 16 mantuvo vivo mientras quedó una soma sorprendentemente insignificante do desarreglos motores y táctiles (2). Estos centros no pueden haber dado razón de la restitución. Más aún, parece que cer¬ cenó los hemisferios de un perro (3), y lo mantuvo vivo cin¬ cuenta y un días, siendo capaz do caminar y estar en pie. Los cuerpos estriados y los tálamos en esto porro habían desapa¬ recido también prácticamente. En vista do tales resultados,, nos vemos forzados, con Prancois Franck (4); á considerar los ganglios inferiores^ ó también la médula espinal como el órga¬ no «sustituto» del que estamos tratando. Si la esperanza do una reversión de la función entre la operación y la restauración fuese debida exchisivamente á la inhibición, entonces debemos suponer que estos centros inferiores son en realidad ófganos extraordinariamente perfeccionados. Siempre deben haber he¬ cho lo que ahora los encontramos haciendo después que so restaura la función, aún cuando los hemisferios estuviesen in¬ tactos. Naturalmente se concibe que esto sea lo que ocurra, sin embargo, no parece muy probable. Y las consideraciones á priori que un momento después expondré detenidamente, la hacen todavía menos probable. Porque, en primer lugar, el cerebro es esencialmente un lugar de corrientes, que afluyen por conductos organizados. La pérdida de la función sólo puede significar una de estas dos cosas, ó que una corriente no puede ya continuar, ó que, (1) Pranpois Franck: Obra citada, pág. 382, Los resultados son iUgo contradictorios. (2) PfHiger’s Arcliiv., vol. XLII, pág. 419. (3) Neurologisches Centralhlatt, pág. 372; 1889, (4) Obra citada, pág. 387. Véanse págs. 378 á 388, para una discu¬ sión de toda la cuestión. Compárase también con Wundt: Fliysiolo- gisclie Fsychology, 3.“ edición,^ I, págs. 225 y siguientes; y Luciani y Seppili; Obra citada, págs. 243 y 293, * LAS FUNCIONES DEL CEREBRO 75 si continúa, no puede ya afluir por su conducto antiguo. Cual¬ quiera de estas incapacidades puedo provenir de una ablación local; y la «restitución» sólo puede significar que, á pesar de un obstáculo temporal, una corriente entrante ha podido al fin afluir por su conducto antiguo de nuevo; por ejemplo, el sonido de «alza la pata» descarga después de algunas semanas- en los músculos caninos en los cuales acostumbraba á descar¬ gar antes de la operación. Hasta donde alcanza la corteza mis¬ ma, puesto que uno do los fines para los cuales existe actual¬ mente es la producción do nuevos conductos (1), la única cues¬ tión antes que se plantea ante nosotros es: ¿Es demasiado esperar de sus poderes plásticos la formación de estos conduc¬ tos particulares < s ustitutos'^ ^ Sería seguramente demasiado es¬ perar que un hemisferio reciba corrientes de fibras ópticas cuyo lugar de llegada es destruido, ó (lua descargase en fibras del margen piramidal si su lugar de salida ha desaparecido. Lesiones como éstas deben ser irreparables dentro de ese hemis¬ ferio. Sin embargo, aún entonces, por el otro hemisferio, el Corpus callosum y las conexiones bilaterales en la médula espi¬ nal, puede uno imaginarse algún camino por.el cual los anti¬ guos músculos se inervan mutuamente por las mismas co¬ rrientes entrantes que las inervan antes del obstáculo. Y para todas las interrupciones menores, que no afectan al lugar do llegada de las fibras «córtico-petales» ó el lugar de salida de' las fibras «córtico-fugales», deben existir en derredor conduc¬ tos de alguna clase que pasen por el mismo hemisferio afec¬ tado,-porque todos sus puntos, al menos remotamente, están en comunicación especial con cualquier otro punto. Los con¬ ductos normales son sólo conductos de resistencia menor. Si se obstruyen ó se interrumpen los conductos primeramente más resistentes, se hacen menos resistentes bajo las condicio¬ nes variadas. Nunca debe olvidarse que una corriente que fluye ha dejado de afluir en algún punto; y si solo una vez se consigue por casualidad herir de nuevo el antiguo lugar do salida, el estremecimiento de satisfacción que la conciencia conexionada con el residuo cerebral íntegro recibe entonces. (1) Los capítulos sobre el Háf^ito, la Asociación, la Memoria y la Percepción cambiarán nuestra actual conjetura preliminar, de qiie es una de sus aplicaciones especiales, en una convicción inquebran- tible. 82 PRINCIPIQS DE PSICOLOGÍA del hambre en la rana ordinaria privada de cerebro. Sclirador da un info;:ino notable de la condición de sus pichones ({ue, al quedar privados do cerebro, quedaban sin instinto, aun(¡[uo eran activos en la locomoción y en la voz. «El animal jirivado do hemisferiüí^ so muevo en un mundo do cuerpos que son todos do i<;íual valor para él.Es, para emjdear la adecuada expresión do Goltz, impersonal . Todo objeto es para él sólo una’masa que ocu^ia espacio; sale de su sendero por buscar un pichón común lo mismo que por una piedra. Puede tratar de .saltar sobro ambos. Todos los autores convienen en que nun¬ ca encontraron diferencia alg-una entre un cuerpo inanimado, un gato, un porro, ó un pájaro de presa que entró por el ca¬ mino dél pichón. La criatura no conoce ni apiigos ni enemi¬ gos, en la compañía más numerosa ^ive como un ermitaño. El lánguido arrullo del macho despierta más impresión en la, hembra que el rechinar de los guisantes ó el silbido de llama¬ da que en los días anteriores á la lierida acostumbraban á dar los pájaros para reunirse á comer. Por lo que han visto los más sagaces observadores, los pájaros hembras privados de liomisferios no responden al cortejo del macho. Un macho privado do hemisferios arrullará durante todo el día y dará diversos indicios de excitación sexual, pero su actividad no tiene objeto y le es completamente indiferente que la hem¬ bra esté allí ó no.8i una se coloca' cerca de él, la deja pasar desapercibida..... Como el machó no presta atención á la hem¬ bra, así ella no presta atención á su pareja. El hijo puedo seguir incesantemente á la madre llamándola y pidiéndole comida, pero es'lo mismo que si se la pidiese á unSi piedra. tul pichón desprovisto de cerebro es en sumo grado manso, y teme al liombro tan poco como al gato ó al pájaro do presa» (1). , Agrupando ahora todos los hechos y reflexiones que he¬ mos expuesto, parécemé que no yodemos sostener yor más. tiem¬ po el esquema de Meynert. Si se aplica en algún dominio, será' á los animales inferiores; poro en ellos, especialmente los cen¬ tros inferiores parecen tener un grado do espontaneidad y de elección. En general, pienso que nos vemos forzados á susti¬ tuirlo por un concepto general como el siguiente, que permi- (1) rflíiger’s Arcliiv., vol. XLIV, págs. 230 y 231. LAS FUNCIONES DEL CEREBRO 83 te dar cabida á las diferencias zoológicas que conocemos, y os¬ lo bastante vago y elástico para consentir un número deter¬ minado de futuros descubrimientos de detalle. Conclusión. , / 'j Todos los centros, en todos los animales, mientras que son • •eñ cierto sentido mecanismos, probablemente son, ó al menos , ?' fueron alguna vez, órganos de. conciencia en otro sentido, \ V aunque la conciencia está indudablemente mucho más des- arrollada en los hemisferios que en cualquier otro lado. La , 1 •conciencia debe preferir siempre algunas de las sensaciones que obtiene á otras; y si puedo recordar éstas en su ausencia, aunque confusamente, deben ser los fines de sus anhelos. Si, • por otra parte, puede identiñcar en la memoria cualquier des¬ carga motora que pueda haber conducido á tales fines y aso- •cia las últimas con ellas, entonces estas descargas motoras pueden á su vez desearse como medios. Este es el desarrollo de la voluntad; y su realización debe ser naturalmente proporcio¬ nal á la complicación posible de la conciencia. Aun la médula espinal puedo tenor alguna restringida facultad de voluntad en este sentido, y de esfuerzo liacia la conducta modificada á consecuencia de nuevas experiencias de sensibilidad (1). Todos los centros nerviosos tienen, pues, en primer lugar, una función esencial: la do la acción «inteligente». Sienten, prefieren una cosa á otra y tienen «fines». Como todos dos de- luás órganos, sin embargo, evolucionan desde el antecesor al •descendiente, y su evolución toma dos direcciones, pasando los (1) Naturalmente, como Schiff indicó mucho ha (Lelirhuc der Muskel-tind Nervenphtjsiologie, págs. 213 y signieiites, 1859), la kenonarkseele* , si ahora existe, no puede tener superior conciencia sensitiva, porque sus corrientes entrantes proceden solamente de la epidermis, Pero de una manera confusa puede á la vez sentir, prefe¬ rir y desear. Véase, para la opinión favorable al texto; á Lewes; The Fhysiology of conimon Life, cap, IX/lSeO). Goltz (Nerven centren des Frosches, págs, 102-130; 1869) piensa que la médula espinal de la rana no tiene poder adaptativo. Esto puede ocurrir en experimentos como 84 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA centros inferiores liacia abajo, á un automatismo nada vaci¬ lante, y los superiores hacia arriba, á una intelectualidad más amplia (1). Así puede ocurrir que estas funciones que pueden seguramente hacerse uniformes y fatales, cada vez van menos acompañadas por el espíritu, y que su órgano, la médula espi¬ nal, se convierte cada vez más en una máquina sin alma: mientras que, por el contrario, esas funciones que benefician al animal por haberlo adaptado á delicadas variaciones circun¬ dantes pasan á los hemisferios, cuya estructura anatómica y espectante conciencia se hace cada vez más complicada á me¬ dida que avanza la evolución zoológica. Do esta manera puede ocurrir que en el hombre y en los monos los ganglios básales hagan menos cosas por sí mismos que pueden hacer en los pe¬ rros, menos en los porros que en los conejos, monos en los co¬ nejos que los halcones, menos en los halcones (luo en los pi¬ chones, menos en los pichones ([ue en las ranas, menos en las ranas que en los peces; y en cambio, los hemisferios pueden hacer más, en correspondencia. Este tránsito do las funciones á los hemisferios, que cada vez se amplían más, debo sor uno do los cambios evolutivos, y que han do explicarse como el desarrollo do los hemisferios mismos, óipor variación de¬ azar ó por efectos lioredados del uso. Según esta opinión, los movimientos reflejos de los cuales depe*nde la educación de nuestros hemisferios húmanos, no serían debidos á los ganglios básales solamente. Serían tendencias existentes en los cen- el suyo, porque la breve duración de l:i. vida de la rana decapitada no le dió tiempo á aprender los nuevos ardides reclamados. Pero Po.sen- thal (BiologiscJies Gentralhlatt, vol. IV, pág. 247) y Mendelssohn (Berlin AJMdemy SitzimgfihericMe, pág. 107; 1885) en sus investigacio¬ nes sobre los simples^ movimientos de la médula espinal de la rana, demuestraiK ([ue hay alguna adaptación á nuevas condiciones, puesto (jue cuando los conductos usuales son interrumpidos por un corte so emplean' nuevos conductos. Ségún Tíósenthal, éstos se hacen más pe¬ netrables (esto es,ú’equieren menores estímulos) á medida ([ue so atraviesan muchas veces. (1) Si esta evolución se lleva á c.abo por la herencia de hábitos adqidridos, ó por la conservación de variaciones casuales, es una al¬ ternativa (|ue no necesitamos discutir aquí. Lo consideraremos en el último ca])ítulo de este libro. Para nuestro propósito actual, el moílns operandi de la evolución no señala diferencia alguna, con tal de (jue se admita (pie ocurre. LAS FUNCIONES DEL CEREBRO 85 tros mismos, modiíicables por la educación, á diferencia de los reflejos de la medulla ohlongata áelpons, de los lóbulos óp¬ ticos y do la médula espinal. Esos reflejos cerebrales, si exis¬ ten, forman una base tan sólida como la que el esquema do Meynort ofrece, para la adquisición de memorias y asociacio¬ nes que pueden resultar más tarde en toda suerte de «cambios de partícipes» en el mundo psíquico. El diagrama del niño y de la bujía (véase pág. 25) puede ser reproducido, si es necesa¬ rio, como una transacción enteramente cortical. La tendencia primitiva á tocar será un instinto original; la quemadura deja- i-á una imagen en otra parte de la corteza, que, al ser reclamada por la asociación, inhibirá la tendencia táctil á la vez siguien¬ te de estar ante la bujía, y excitará la tendencia á apartarse; do suerte que la pintura retiniana irá aparejada, en la ocasión siguiente, con el partícipe motor primitivo del dolor. Así obte¬ nemos toda la verdad psicológica que el esquema de Meynort posee, sin comprometernos en una dudosa anatomía ó fisio¬ logía. Una perspectiva tan sombría de la evolución de los cen¬ tros, de la relación de la conciencia con ellos, y de los hemis¬ ferios con los otros lóbulos, es, á mi parecer, la que puede ad¬ mitirse con más indulgencia. Si no tiene otra ventaja, en cier- tl) modo nos hace comprobar cuán enormes son las brechas en nuestro conocimiento, desde el momento en que tratamos de encubrir los liechos con cualquier fórmula de carácter general. CAPÍTULO III Sobre algunas condiciones generales de la actividad cerebral. Las propiedades elementales del tejido nervioso, de las cua¬ les dependen las funciones cerebrales, están lejos de ser expli¬ cadas. El esquema que se presenta en primer lugar al espíri¬ tu, porqué es tan claro, es ciertamente falso: me refiero á la noción de que cada célula representa una idea ó parte de una idea, y que las ideas están asociadas ó «ligadas en haces» (para usar una frase de Locke) por las fibras. Si hacemos un diagra- . ma simbólico en un tablero negro, de las asociaciones entre ideas, somos inevitablemente conducidos á trazar círculos (> figuras cerradas de alguna especie, y á conexionorlas por lí¬ neas. Cuando oímos que los centros nerviosos contienen célu¬ las que envían fibras, decimos que la Naturaleza ha realizada nuestro diagrama para nosotros, y que el substrato mecánico del pensamiento es evidente. En cierto modo, es cierto, nues¬ tro diagrama debe realizarse en el cerebro; pero seguramente no de una manera tan visible y palpable como suponemos al principio’(1). Un enorme número de los cuerpos celulares en los hemisferios carecen de fibra. Donde las fibras se cruzan pronto se dividirán en ramificaciones intrazables; y donde. (1) Me permitiré en mnclios lugares em])]ear esta esqiiematiza- ción. El lector comprenderá de una vez que es simbólica; y que su uso no consiste apenas más que en demostrar qué considerable con¬ veniencia hayientre los procesos mentales y los procesos mecánicos. de cierta especie, no necesariamente del género exacto ya descrito. CONDICIONES GENERALES DE LA ACTIVIDAD CEREBRAL 87 . quiera que esto se haga vemos una simple y grosera conexión anatómica, como una línea sobre un tablero negro, entre dos células. Se ha encontrado la demasiada anatomía que rige los fines teóricos, y aún lo reconocen los mismos anatómicos; y las nociones de ciencia popular de células y de fibras son casi completamente vacías de verdad. Eeleguemos, por consiguien¬ te, el asunto de los intimos trabajos del cerebro á la fisiología del futuro, á no ser con respecto á algunos puntos de los opa¬ les pupde decirse ahora una palabra. Y en primer lugar de ' • La agrupación de los estímulos en la misma región nerviosa. Esta es una propiedad en extre¬ mo importante para la comprensión de muchos fenómenos de la vida neural, y, por consiguiente, de la vida mental; y nos es necesaria para adquirir una concepción clara de lo que ésta significa, antes de que sigamos, adelante. La ley es ésta: que un estimulo que.fuese inadecuado por si mismo para excitar á un centro nervioso á la descarga efectiva, obrando con uno ó más estimulos (igualmente ineficaces .por si mismos aisladamente),puedeqwoducir la descarga. La manera na¬ tural de considerar ésto es suponer una.agrupación de tensio¬ nes qpe al fin vencen una resistencia. La primera de ellas pro¬ duce «una excitación latente» ó «una irritabilidad aumenta¬ da»; la frase es inmaterial hasta donde llegan las consecuen¬ cias; la última es la paja que quiebra el lomo del camello. Don¬ de el proceso neural tiene conciencia de su acompañamiento, la explosión final parecería contener en todo caso un estado vivi¬ do do sentimiento de una especie más ó menos substantiva. Poro no hay motivo para suponer que las tensiones, aunque sean submáximas ó exteriormente ineficaces,'no puedan tener parto en determinar la conciencia total presente al individuó en el tiempo. En los últimos capítulos expondremos razones abundantes para suponer qup tengan esa participación, y ve¬ remos que sin su contribución las relaciones que son en todos los momentos un ingrediente vital del objeto del espíritu no penetrarían en la conciencia. El asunto pertenece con sobrada evidencia á la fisiología 88 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA. para que lo expongamos detallainente en estas páginas. Daré. en una nota algunas referencias para los lectores que se inte¬ resen en seguir la marcha de la cuestión (1), y diré sencilla¬ mente que la irritación eléctrica directa de los centros corti¬ cales demuestra suficientemente este punto. Porcjue descu¬ brieron los primeros experimentadores que, mientras toma una corriente excesivamente impetuosa para producir cual¬ quier movimiento cuando se emplea un simple choque de in¬ ducción, una rápida sucesión de choques de inducción («fara- dización») producirá movimientos cuando la corriente es rela¬ tivamente tenue. Una simple cita de una excelente investiga¬ ción mostrará esta ley bajo varios aspectos. «Si coiitiiiuainos estimulando la corteza á breves intervalos con el vigor de la corriente que produce la mínima muscular (contracción del músculo extensor digital del perro), la suma de contracción au¬ menta gradualmente hasta que alcanza el máximum. Cada estímulo primitivo deja así tras de sí un efecto, que aumenta la eficacia del si¬ guiente. En esta agrupación de los estímulos pueden notarse los pun¬ tos siguientes: 1) Los simples estímulos enteramente ineficaces cuan¬ do sólo pueden hacerse eficaces por la reiteración suficientemente rápida. Si la corriente empleada es mucho menor que la que provoca el primer comienzo de contracción, puede necesitarse un número muy considerable de choques sucesivos antes de que apai-ezca el movi- (1) Valentín: Árchiv. filr der gesammt. Phijsiologij, Xikg. 187;) Stirling: Leipziz, Academy Berichte, i>ág. 372, 1875. (Jouryial ofPhgsío- logij, 1875); Ward: Archiv. filr Anatomy iind Fhysiology, pág. 72, 1880; Sewall: Jolms Hopkms Stiidien, pág. 30, ISí^O; Kronecker, und Nico- laides: Archiv filr Anatomie und Fhysiologie, pág. 437, 1880; Exner- Archiv. fi'r die gesamüiche Fhysiologie, vol. XXVIII, pág. 487 (1882j; Eckhard: Hermann’s Handhuch der Fhysiologie, vol. I, parte II, pági- • na 31; Franjéis Franck: Legons sur les Fonctions motrices du Gerveau, págs. 51 y sig., y 339. Para el proceso de agrupación en los nervios y en los miísculos, cf. Hermann: Ibideyi, parte I, pág. 109 y vol. I, pági¬ na 40. Véase también Wundt: Fhysiologische Fsychologie, I, 243 y si¬ guientes; Richet: Travaux du Ijoboratoire de ALarey, pág. 97, Í877; IjHonime et VIntelligeyice, pág. 24 y sig., 4G8; Revue Fhilosophiqne. tomo XXI, pág. 564; Kronecker und Hall: Archiv. filr Anatomie nml Fhysiologie, 1879;.Sch5nlein: Ihidem, pág. 357, 1882; Sertoli: Hoffmann and Schivalbe’s Fahresbericht, pág. 25,1882; Dewattewille: Neurologis- ches Centralblatt, núm. 7, 1883; drunbagen: Archiv. filr der gesammtli- che Phyiology, vol. XXXIV, pág. 301 (1884). CONDICIONES GENERALES DE LA ACTIVIDAD CEREBRAL 89 iniíMito; se necesitarán 20, 50 ó 106 choques. 2) La agrupación se efec¬ túa fácilmente en ])ropoi*ción á la brevedad del intervalo transcurri¬ do entre los- estímulos. Una corriente demasiado tenue para dar ia agrupación efectiva cuando sus choques son tres segundos, más tarde será (iapaz de hacerlo (mando el intervalo se reduce á un segundo. B) No sólo la irritación eléctrica deja una modiñcacion que va á engrosar (d estímulo siguiente, sino que toda clase de irritante que puede pro¬ ducir una contracción lo hace también. Si se produce de cualquier modo una contracción refleja del músculo experimentada sobre él ó si el animal lo contrae espontáneamente (como ocurre con frecuen¬ cia en virtud(J,e la sim2)aUa durante una inspiración profunda), se en¬ cuentra (jue un estímulo eléctrico, hasta entonces inactivo, obra con energía, si se aplica inmediatamente» (1). Y más adelante: ^ En cierto grado de la mortía-ifarcosis un choque ineficaz por lo tenue se hará poderosamente eficaz si, inmediatamente antes de su aplicación al centro motor, la piel de ciertas partes del cuerpo está (‘xpuesta á muchos estímulos táctiles.Si, habiendo reconocido el vi¬ gor subliminal de corriente y habiéndose.uno mismo convencido re¬ petidamente de; su ineficacia, extendemos nuestra mano ligeramente ])or algún tiempo sobre la piel de la pata cuyo centro es el objeto de estímulo, encontramos la corriente vigorosamente eficaz. El aumento de la irritabilidad tarda algunos ségundos en'desaparecer. Algunas veces el efecto de una simple y ligera sacudida de la pata es sufi¬ ciente para hacer á la corriente, anteriormente ineficaz, producir una contracción muy débil. Repitiendo el estímulo táctil aumentará, por regla general, la extensión de la contracción»» (2). Empleamos constantemente la agrupación de estímulos en nuestros usos prácticos. Si el caballo dé un coche se tam¬ balea, la manera final de azuzarle es aplicándole un núme¬ ro determinado de incitaciones habituales. Si el conductor (1) Bubnoffund Heidenhain: TJéber Erregungs-und Hemmungsvor- glinge inuerhalb der motorischen Hirncentren: Archiv. fiir der gesdmm- tliche' Phydology, vol. XXVI, pág. 156 (1881). (2) Archiv. filr der gesammtliche Physiology, vol. XXVI, pág. 176 (1881). Exner piensa (Ibidem, Vol.XXVIII,pág. 497 (1882) (]ue la agru- juición ocurre aquí en la médula espinal. No significa diferencia algu¬ na'que esta agrupación ocurre donde quiera que ocurre, en lo que al¬ canza la filosofía general de la agrupación. 90 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA emplea las riendas y la voz, si nn transeúnte le coge por el ho¬ cico, y otro le da latigazos en las espaldas, y el conductor toca la campanilla, y ios pasajeros se bajan y empujan el coclie, to¬ dos al mismo tiempo, la obstinación del animal se rinde gene¬ ralmente y sigue.satisfecho su camino. Si nos esforzamos por recordar un nombre, ó un liecho olvidado, pensamos en mu¬ chas «sugestiones» posibles, de süorte que por su acción man¬ comunada puedan evocar lo que ninguna do ellas puede evo¬ car por sí sola. La vista de un botín no estimulará muchas ve¬ ces á úna bóstia á perseguirlo, pero si á la vista del moviipien- to se añade la de la forma, se da lugar á la persecución. «Brüc- Ice notó que sus aves privadas de cerebro, que no intensaban picar el grano delante de sus mismos ojos, comenzaban á pi¬ car si el grano fuese arrojado al suelo con ímpetu, como para producir un sonido rechinante» (1). «El Lr. Alien Thomson empolló algunos polluelos en una cartera, donde Iqs guardó du- i-ante varios días. No manifestaron inclinación á arañar la su- Dorftcie:....; pero cuando el Dr. Thomson regó un poco de areni¬ lla., los pollos comenzaron inmediatamente sus movimientos de arañar» (2). Una persona extraña y la obscuridad son estí¬ mulos ambos para temer y desconñar en los perros (y como es natural, en los hombros). Ni las circunstancias sólo pueden excitar manifestaciones exteriores, sino junto con otros me-- dios, es decir, cuando el hombre se oculta en la obscuridad, el perro será excitado por una violenta desconfianza (3). Los ven¬ dedores callejeros conocen bien la eñcacia de la agrupáoión de los estímulos, porque se ordenan en una línea en las aceras, (1) G. H. Lewos: Physical Basis of Mind, pág. 479, donde se oitai» machos ejemplos semejantes f])ágs. 487-489). , (2) Romanes: Mental Evoluüon in Animáis, ])ág. 1G3. (B) Véase nn ejemplo semejante en Mach: B eitrüge zur A nalyse der Empfindungen, pág. 36. El animal era un gori-ion. Mis pef|ueriuelos se asustan de su propio perrito, si entran en su habitación después que están en la cama y con las luces apagadas. Cpmi)árese también esta aftrmación; «La i)rimera pregunta liecha á un campesino rara vez vie¬ ne á ser. más que una trompetilla para excitar las torpes entendederas de sus oídos. lai invariable respuesta de un aldeano escocés es fíQué desea usted?; la del inglés, clavar la vista en ei suelo. Es indispensa- ))Ie una segunda y aun una tercera pregunta para conseguir una res¬ puesta». (Fowler: Some Ohservations on the mental State ofthe Blind, and TJeaf and IJumb, pág. 14; Salisbure, 1843). I CONDICIONES GENERALES DE LA ACTIVIDAD CEREBRAL 91 y el transeúnte muchas veces compra al último de ellos, por efecto de la solicitación ^reiterada, lo que se negó á comprar del primero de la fila. La afasia suministra muchos ejemplos de agrupación. Un paciente que no puede nombrar un objeto simplemente presentado delante de ól, lo nombrará si lo toca al tiempo que lo ve, etc. Podrían multiplicarse indefinidamente los ejemplos de agrupación de estímulos; pero casi so reduciría á anticipar los capítulos siguientes. Los que tratan áel Instinto, de la Corrien¬ te del Pensamiento, do la Atención, de la Diferenciación, de la Asociación, de la Memoria, do la Estética y de la Voluntad, contendrán numerosos ejemplos del alcance del principio en el dominio puramente fisiológico. Período de reacción. Uno de los caracteres de la investigación experimental más diligentemente trazados en los últimos años, 'es el de la desig¬ nación del tiempo gastado por los fenómenos nervimos. Helm- lioltz abrió el camino descubriendo la rapidez de la corriente en el nervio ciático de la rana. Pero los métodos que empleó Tironto se aplicaron á los nervios y á los centros sensoriales, y los resultados causaron mucha admiración científica popular, cuando se describieron como medidas de la «velocidad del pensamiento». La frase «rápido como el pensamiento» había significado desde tiempo inmemorial todo lo que había de sor- ]irendente y falaz en la línea de celeridad, y la manera con que la Ciencia puso su mano destructora sobre este misterio, recor¬ dó el día en que Franklin, por primera vez, «eripuü coelo /ul¬ mén^ («robó el rayo al cielo»), presagiando el reino de una nueva y magnífica raza de dioses. Describiremos las varias operaciones medidas, cada una en el capítulo al cual pertenece más naturalmente. Puedo decir, sin embargo, desde un prin¬ cipio, que la frase «velocidad de pensamiento^ es errónea, por¬ que no se trata en manera alguna, en ninguno do los casos, de ([ué acto particular de pensamiento ocurre durante el tiempo (]ue se mide. «La velocidad do la acción nerviosa» está expues¬ ta á la misma crítica, porque en la mayoría de los casos no sa¬ bemos qué proceso nervioso particular se lleva á cabo. Lo que 98 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA f>-ánico, aquí es un resultado iDasajero de anteriores condicio¬ nes cerebrales (Ij. ^l’eng’o la satisfacción de decir que, desde que se escribie¬ ron los párrafos anteriores (y las notas á ellos pertenecientes), Wundt se ha convertido á la opinión que yo defiendo. Ahora admite que en las reacciones más breves «no hay ni apercep¬ ción ni'voluntad, sino que son únicamente reflejos cerebrales (I) En resiinion, lo qne Delboeuf llama un ^organe adventice^- (ór¬ gano adventicio). El período de reacción es, por otra parte, completa¬ mente compatible con la reacción misma, siendo de un orden reflejo. Algunos actos reflejos (el estornudo, por ejemplo), son muy lentos. La única mensuración del tiempo de un acto reflejo en el sujeto lui- manb, de que tengo noticia, es la efectuada por Exner, al medir el pestañeo (En Ffliiger’s ArcMv. für der gesammtliche Fliysiologie, volu¬ men VIII, pág. 256; 1874). Encontró que, cuando el estínmlo era iin rayo de luz, el pestañeo ocurría en 0.2168 de segundo, bina impetuosa corriente eléctrica á la córnea reducía el tiempo á 0.0578 de segundo. El «período de reacción ordinario» medid entre estos valores. Exner «reduce» su tiempo eliminando el proceso fisiológico de conducción. Su tiempo de i)estañeo reducido al *mlnimum^>, es, pues, de 0.0471 (Ihideni, pág. 531), mientras que su período de reacción reducido al mínimum es de 0.0828 (Ibidem, VII, pág. 637). Estos cálculos no tie¬ nen realmente valor científico, á no ser el de demostrar, según la opi¬ nión del propio Exner (VII, 531), que los procedimientos de medición del tiempo de reacción y del tiempo del acto reflejo son esencialmen¬ te del mismo'órden. Por otra parte, su descripción de los proce¬ dimientos es una excelente descripción de un acto reflejo., «Todo aquél, dice, que hace experimentos sobre el período de reacción por primera vez, se sorprende de considerar cuán poco dueño es de sus propios movimientos, tan pronto.como se propone la tarea de ejecutarlos con un máximum de celeridad. No sólo esta energía radi¬ ca fuera del dominio de la deliberación, sino que aún el tiempo en que ocurre el movimiento, sólo en i>arto depende de nosotros mis¬ mos. Sacudimos nuestro brazo, y podemos decir después con asombro¬ sa precisión silo hemos sacudido más ráijidaó más lentamente que en otra ocasión, aunque no tengamos facultad para sacudirlo exactamente en el tiempo (foseado». Wundt mismo admite que cuando espera¬ mos una señal enérgica con intensa preparación, no hay conciencia de ninguna dualidad de «apercepción» y de respuesta motora; las dos son continuas. (Fhysiologische Fsychology, II, pág. 226). La opinión de Cattell es idéntica á la que defiendo. «Pienso, dice, que si los proce¬ sos de apercepción y de volición están presentes en todo, son muy CONDICIONES GENERALES DE LA ACTIVIDAD CEREBRAL 99 debidos á la práctica» (1). Los medios de su conversión sori cier¬ tos experimentos realizados en su laboratorio por L. Lan- go (2), que llegó á distinguir entre dos modos de Jijar.la aten¬ ción al reaccionar sobre una señal, y que encontró que daban resultados muy distintos. En la manera «extrema sensorial»^ •como Lange la llama, de reaccionar, uno conserva el espíritu lo más atento posible sobro la señal esperada, y «evita delibe¬ radamente (3) el pensar en el movimiento que ha de ejecutar¬ se; en el modo extremo muscular «no piensa del todo» (4) en la señal, sino que está dispuesto lo más posible para el movi¬ miento. Las reacciones musculares son mucho más breves que las sensoriales, siendo la diferencia media á la aproximación de una décima de segundo. Wundt las llama «reacciones abreviadas», y, con Lange, admite que son meros reflejos; mientras que llama á las reacciones sensoriales «completas» y sostiene su concepción primitiva en todo lo que á ellas atañe. Los hechos no me parecen, sin embargo, garantizar este grado de fidelidad á la posición original wundtiana. Cuando comen¬ zamos á reaccionar de una mánera «en extremo sensorial», Lange dice que obtenemos intervalos de tiempo tan dilatados, ([ue deben rechazarse del cálculo como no-típicos. «Sólo des- rudimentarios. El sujeto, por im esfuerzo voluntario (antes de que se dé la señal) pone las líneas de la comunicación entre el centro para el estimulo y el centro para la coordinación de los movimientos, en un estado de equilibrio inestal)le. Por consiguiente, cuando un impulso nervioso llega al centro ])rimerOj causa modificaciones cerebrales en. dos direcciones; un impiüso se mueve á lo largo de la corteza y des¬ pierta allí una percepción correspondiente al estimulo, mientras que al mismo tiempo un impulso sigue una línea de pequeña resistencia hasta el centro para la coordinación de motivos, y el propio impulso nervioso, preparado ya y esperando la señal, se envía desde el centro hasta el músculo de la mano. Cuando la reacción ha sido efectuada muchas veces, el ijroceso cerebral íntegro se hace automático, "el im¬ pulso del mismo toma el camino ya trillado para el centro motor, y re¬ laja el impulso motor». (Mind., XI, 232-3). Einalmente, el profesor . Li])ps, ha pulverizado, en su forma complicada, la opinión do que el estadio 3.® envuelve ó percepción consciente ó voluntkd consciente. (1) Physiologischen Fsychology, 3.^ edición (1887), vol. II, pág. 266. (2) Fhylosopische Studien, vol. IV, pág. 479 (1888). (3) Loco citato, pág. 488. (4) Loco 'citato, pág. 487. 100 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA pues que el reaccionador lia conseguido por la práctica repe¬ tida y consciente realizar una coordinación en extremo preci¬ sa de su impulso voluntario con la impresión-de sus sentidos, obtenemos intervalos que pueden considerarse como períodos do reacción típicos y sensoriales» (1). Aliora paréceme que es¬ tos intervalos excesivos y «no-típicos» son probablemente los intervalos completos» y reales los únicos en los cuales ocu¬ rren los procesos distintos de la percepción y volición actual. El tiempo típico sensorial cjue se obtiene por la práctica es probablemente otra clase de movimientos reflejos, menos per¬ fectos que los reflejos preparados, por dirigir la atención lia- cia el movimiento (2). Los intervalos son mucho más variables en la forma sensorial que en la muscular. Las varias reacciones musculares difieren xioco una do otra. Sólo en ellas ocurre el fenómeno do reaccionar sobre una señal falsa, ó de reaccionar antes de la señal. Los períodos intei-nredios entro estos dos ti- l)Os ocurren según que la atención deja de dirigirse exclusiva¬ mente á uno de los extremos. Es evidente que la distinción do Lango entro los dos tipos de reacción es sobremanera im¬ portante, y que debe aspirarse al extremo método muscular»,' dando á la vez los intervalos más breves' y los más constantes, en todas las investigaciones comparativas. El período muscu¬ lar del propio Lange ora, por término medio, de 0"123; su pe¬ ríodo sensorial, de 0"230. Estos experimentos en el período de reacción no son, pues, en manera alguna, medidas de la rapidez del pensamiento». Sólo cuando las complicamos hay probabilidades do que se efectúe algo como una operación intelectual. Pueden sor com¬ plicados de varias maneras. La reacción puede impedirse has¬ ta que la señal ha excitado c.inscientemente una idea clara (el período de diferenciación; el período de asoéiación de Wundt), y entonces se lleva á cabo. O puede haber una variedad de señales posibles, cada una con una diferente reacción señala¬ da á ella, y el reaccionador puedo vacilar, aunque esté pre¬ parado. La reacción apenas parece que ocurriría sin un re¬ conocimiento y elección preliminar. Veremos, sin embar¬ go, en los capítulos correspondientes, que la diferenciación y (1) Loco citato, i)ág. 489. (2) Langp tiene ana liipótesis interesante en enanto al proceso (íerehral contenido en él, por lo cual sólo puedo referirme á su ensayo* CONDICIONES GENERALES DE LA ACTIVIDAD CEREBRAL 101 la elección contenidas en esa reacción son muy distintas de las operaciones intelectuales que ordinariamente conocemos con estos nombres. Además, el simple período de reacción perma¬ nece como el punto inicial de todas estas complicaciones so¬ breañadidas. Es el fundamento ñsiológico constante en todas las medidas del tiempo. Como tal, sus propias variaciones tie¬ nen interés, y en breve debe pasársele revista (1). El período de reacción varía con el individuo y con su edad. Un individuo puede tenerlo particularmente dilatado con res¬ pecto á las señales de un sentido (Buceóla: Legye del Tempo, pág. 147), pero no de otros. Las personas viejas y poco ilustra¬ das tienen un período de reacción muy largo (casi un segundo, como un mendigo anciano observado por Exner: Plügefs Ar- chiv., Vil, 612-614). Los niños lo tienen largo (medio segundo; Herzen citado por Buceóla: Obra citada, pág. 152). práctica lo disminuye en una cantidad que es para el individuo un mi- nimum, más allá del cual no puede hacerse otra reducción. El peí iodo del susodicho pordiosero se redujo,, después de mucha práctica, á 0.1866 de segundo {Loco dtato, pág. 626). La fatiga lo alarga. La concentración de la atención lo disminuye. Se da¬ rán detalles en el capítulo sobre la Atención. La naturaleza de la señal lo hace variar (2). Wundt escribe: \ (1) El lector que desee saber más acerca de esta cuestión encon¬ trará una compilación más liel de todo lo que se ha llevado á cabo, junto con mucha materia original, en la obra de Buceóla: Legge del Tempo, etc. Véase también el cap. XVI de la Psicología fisiológica de Vundt, Exner, Hermann’s Handhuey, vol. II, parte II, págs. 252-280, y también Ribot, La psicología alemana contemp^rómea, cap. VIII. (2) La naturaleza del movimiento parece también que lo hace va¬ riar. Mr. Gilman y yo reaccionamos á la misma señal alzando simple¬ mente nuestra mano y bajando nuestra mano de nuevo. El momento registrado fué siempre aquél en el cual la mano rompió un contacto eléctrico al comenzar á moverse. Pero comenzaba una ó dos centési¬ mas de segundo más tarde, cuando el movimiento más extenso era el único que había de efectuarse. Orschansky, por otra parte, expe¬ rimentando sobre las contracciones del músculo masetero, encontró (Archiv. für Anatomie und Physiologie, pág. 187; 1889) que cuanto ma¬ yor era la amplitud de la contracción realizada, más breve se hace el período de reacción. Explica esto por el hecho de que una contrac¬ ción más amplia hace mayor llamamiento á la atención, y que ésta acorta el intervalo. 102 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA «Encuentro que el tiempo de reacción para impresiones sobre la ])iel con estímulo eléctrico, es menor que para las verdaderas sensaT (dones del tacto, como demuestran los siguientes promedios: PROMEDIO VAUIACKW DKL rnOMEDIO Sonido.. 0‘167 de segundo 00‘221 do segundo Luz.. Sensación eléctrica de 0‘222 » 0ü‘2l9 la epidermis. 0‘201 000‘115 Sensaciones del tacto.. •. 0‘213 (X)‘1.34 Aquí van adjuntos los promedios qiio han sido obtenidos por al¬ gunos otros observadores: HIRSCH HANKEL * EXNER Sonido....'.. 0‘149 0‘1505 0‘1360 Luz. 0‘200 0‘2246 0‘1506 Sensación cutánea/. 0‘182 0‘1546 0‘1337 (1) Las reacciones térmicas han sido recién medidas por Golds- cheider y Vintschgan (1886), que las encuentra más lentas que las reacciones del tacto. Especialmente la del calor es muy len¬ to, más que la del frío, dependiendo las diferencias (según Groldscheider) de las terminaciones de los nervios en la pieL Las reacciones gustativas fueron medidas por Vintschgau. Di¬ ferían según las substancias usadas, ascendiendo á medio se¬ gundo, como un máximum, cuando tiene lugar la identifica¬ ción. La mera percepción de la presencia de la substancia en la lengua variaba de 0"159 á 0"219 (Plügers Archiv., XIV, 529). Las reacciones olfatorias han sido estudiadas por el mismo Vintschgau, Buceóla y Beaunis. Son lentas, ascendiendo gene¬ ralmente á medio segundo. (Cf. Beaunis: Recherches experimen¬ tales sur la Activité Cerehrale, págs. 49 y siguientes, 1884). Se observará que para el sonido se reacciona más prontamente (1) Physiologischen Fsychology, II, 223. CONDICIONES GENERALES DE LA ACTIVIDAD CEREBRAL 103 (liiG \& vista Ó el taeto. El gusto y el olfato son más lentos qne ambos. Un individuo que reacciona al tacto en la punta de la lengua en 0"125, tarda 0"993 en reaccionar sobre tacto de la (juinina aplicada al mismo sitio. En otro, en la base de lengua, siendo la reacción al tacto de 0"141, la del azúcar fue 0"552. I Vintscligau, citado por Buceóla: Obra citada, pág. 103). Buceó¬ la encontró que la reacción á los olores variaban- de 0"334 á Ü"G81,. según el perfume usado y el individuo. La intensidad de la señal determina una diferencia. Cuanto más intenso es el estímulo, más breve es el intervalo. Herzen (Oncndlinien einer allgemeinen Psychophysiologie, pág. 101) comparó la reacción de un callo sobre el dedo del pie con la de la piel de la mano del mismo sujeto. Los dos sitios fueron simultáneamente estimu¬ lados, y el sujeto trató de reaccionar simultáneamente con ambas manos y ambos pies, pero los pies siempre andaban más ligeros. Cuando se tocaba la piel sana del pie en vez del callo, -era la mano la que siempre reaccionaba primeramente. Vundt trata de demostrar que cuando la señal se liace clara¬ mente perceptible, el tiempo es probablemente el mismo en todos los sentidos, á saber: de 0.332" (Physiologischen Psycho- logy, 2."” edición, II, 224). Cuaado la señal es de tacto, el lugar al cual se aplica deter¬ mina una diferencia en el intervalo de reacción resultante. Hall y Kries (Archiv. für Anato^nie und Physiologie, 1879), encontra¬ ron que cuando el sitio era la punta del dedo, la reacción era más breve que cuando se empleaba la mitad del brazo infe¬ rior, á pesar de la mayor magnitud del tronco nervioso que lia de atravesarse en el último caso. Este descubrimiento anula las medidas de la rapidez cte la transmisión de la corriente en los nervios humanos, porquei están basadas todas en el método de comparar los intervalos de reacción por los sitios que es¬ tán cerca de la riiíz y cerca de la extremidad .de un miembro. Los mismos observadores encontraron que las señales vistas por la periferia de la retina, daban intervalos mayores que las mismas señales vistas por la visión directa. La estación marca diferencias, siendo el intervalo algunas centésimas de segundo más breves en los días fríos del invierno. (Vintschgau apud Exner; Hermann’s Handhuch, pág. 270j. Los tóxicos alteran el tiempo. El café y el té parecen disminuirlo. Pequeñas do¬ sis de vino y alcohol lo abrevian primero y luego lo aumen¬ tan; pero el estadio de mengua tiende á desaparecer si se da 104 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA inmodiátamente una frraii dosist Ésta, al monos, os la'informa- cióii de Iqs dos observadores alemanes. El Dr. Warren, cuyas observaciones son más completas que todas las anteriores, no encontró efectos muy determinados por las dosis ordinarias. (Journal of Physiology, Vlll, Bll). La morfina alarga el inter¬ valo. El amilnibuto lo alarga, pero después de la inhalación puede descender á monos de lo normal! El éter y el clorofor¬ mo lo dilatan (para auforidades, etc., véase á Buceóla: Obra citada, pág. 189), Ciertos estados enfermizos dilatan natural¬ mente el intervalo. El éxtasis hipnótico no produce efecto constante, pues unas voces lo acorta y otras lo alarga. (Hall: Mind, VIH, 170; James: Proc. American Soci'ety for Psijchical Rcsearches, pág. 24G), El tiempo empleado en inhibir un movi¬ miento (por ejemplo, en hacer que cese la contracción de los músculos de la quijada) parece ser aproximadamente el mis¬ mo que se tarda en producirlo. (Grad: Archiv.für Anatomie und Physiologie, pág. 408; 1887; Orchaúsky: Ihidem, 1885, 1889/. Una gran labor se ha llevado á cabo en calcular el intervalo de reacción; de ella sólo cito una pequeña parte. Es una espe¬ cie de trabajo que atrae particularmente á los espíritus pa¬ cientes y exactos, y no han dejado de aprovechar la ocasión. Esfuerzo sanguíneo cerebral. El punto siguiente que ha de ocupar nuestra atención es el cambio de circulación que acoynpdña á la actividad cereby'al. Todas las partes de la corteza, cuando son excitadas eléctrica¬ mente, producen á la vez alteraciones^de respiración y de cir¬ culación. La presión de la sangre se eleva en todo el cuerpo, donde quiera que.se aplique la irritación cortical, aunque la zona motora es la región más sensitiva para este objeto. Por otra parte, la corriente debe ser bastante impetuosa para que so produzca un ataque epiléptico (1). La lentitud y la celeri¬ dad de los latidos del corazón se han observado también, y son independientes del fenómeno vaso-constrictivo. Mosso, usan- (1) PranQois Fraiick: Fonction Motrices; Le 90 u XXII. ' ' 4 ; CONDICIONES GENERALES DE LA ACTIVIDAD CEREBRAL 105 do SU ingenioso «•pletismógraíb » como indicador, ha descu¬ bierto que el refuerzo sanguíneo en los brazos disminuye du¬ rante la actividad intelectual, é indagó, además„que la tensión arterial (tal como la revela el esfismógrafo) aumentaba en es¬ tos miembros. Una emoción tan ligera como la producida pol¬ la entrada del profesor Ludwig en el laboratorio era instan¬ táneamente seguida por un encogimiento de brazos (Ij. El ce¬ rebro mismo es un órgano excesivamente vascular, una es¬ ponja llena de sangre, en realidad; y otro de los inventos do Mosso demostraba que cuanto menos sangre elitra en los bra¬ zos, más entra en la cabeza. El sujeto que había de observar¬ se yacía en una mesa que se balanceaba suavemeilte, que hacía moverse á la cabeza ó á los pies, si el peso de una ú otra extre- Fig. 24. midad aumentaba. Comenzado en el sujeto el momento emocio¬ nal ó la actividad intelectual, venía el balanceo por el extremo donde se apoyaba la cabeza, á consepuencia de la distribución de la sangro en su sistema. Pero la mejor prueba del aflujo in¬ mediato al cerebro durante la actividad mental, se debe á las observaciones de Mosso sobre tres personas cuyo cerebro había quedado al descubierto por lesión del cráneo. Por medio del aparato descrito en su libro (2) este fisiólogo se puso en condi¬ ciones de calcular la pulsación del cerebro directamente. La presión intracraneaí de la sangre se elevaba inmediatamente, siempre que se hablaba al sujeto, ó cuando éste comenzaba á pensar activamente, como al resolver un problema en aritmó- ^ ' \ (1) La Paura, pág. 117 (1884). (2) Ueber den Kreislanf des Blutes in Menschlichen Gehirn, cap. II (1889). La introducción da la historia de nuestro conocimiento inte¬ rior del asunto. 106 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA tica mental. Mosso da en su obra un gran número de reproduc¬ ciones de bosquejos que demuestran la instantaneided del cam¬ bio del refuerzo sanguíneo, siempre que la actividad mental fue avivada por cualquier otra causa, intelectual ó emocional. Refiere de su sujeto liembrá que un día, mientras calculaba la pulsación de su cerebro, observó un ascenso súbito sin nin¬ guna causa aparente, exterior ni interior. No obstante, le con¬ fesó después que por el momento había tenido la visión do un cráneo sobro la punta de un mueblo en la habitación, y que esto lo había dado una ligera emoción. Las fluctuaciones del refuerzo sanguíneo en el cerebro fue¬ ron indoxiondiontes do los cambios respiratorios (1), y seguían al aceleramiento de la actividad mental casi inmediatamente. Debemos suponer un arreglo muy delicado por donde la cir¬ culación subviene á las exigencias do la actividad cerebral. La sangro puedo afluir muy bien á cada región de la corteza, se¬ gún que es más activa, pero de esto nada sabemos. Apenas ne¬ cesito decir que la actividad do la materia nerviosa os el fenó¬ meno primario, y el aflujo de la sangre su consecuencia secun¬ daria. Muchos escritores populares hablan como si ocurriese lo cqntrario, y como si la actividad mental fuese debida á la afluencia do la sangro. Poro, como lia dicho muy bien el pro¬ fesor H. N. Martín, «osa creencia no tiene fundamento fisio¬ lógico; es directamente opuesta á todo lo que sabemos de la vida celular» (2). Una congestión patológica crónica puede te¬ ner consecuencias secundarias, es cierto, pero las congestiones primarias que hemos considerado siguen á la actividad de las células cerebrales pór un mecanismo vaso-motor reflejo y adaptado, indudablemente tan complicado como el que armo¬ niza el refuerzo sanguíneo con la acción celular en cualquier músculo ó glándula. Do los cambios en la circulación cerebral cíurante el sueño, yo hablaré en el capítulo (^ue trata de ese asunto. (1) En esta conclusión, Gley (Archives de Physiologie, pág. 742; 1881) conviene con el profesor Mosso. Gley encontró que-los latidos de su pulso se elevaban á 1-3, ([ue sus carótidas se dilataban y su ar¬ teria radial se contraía durante su ardua labor ínental. (2) Address hefore Medicinal and Chirurg Society of Mariland; 1879. CONDICIONES GENERALES DE LA ACTIVIDAD CEREBRAL 107 Termometria cerebral. La actividad cereh'dí parece acompañada por una disminución local de calor. La obra cuidadosa más reciente en esta direc¬ ción fue la del Dr. J. S. Lombard en 18G7, Los últimos resul¬ tados incluyen los registros do unas 60.000 observaciones (1 } . Notaba los cambios en delicados termómetros y pilas eléctri¬ cas colocadas frente al cráneo en los seres humanos, y encon¬ tró que cualquier esfuerzo intelectual, tal como el de calcular, componer ó recitar poesía en silencio ó en voz alta, y especial¬ mente que la excitación emocional, tal como la cólera, causa¬ ba una subida general dé temperatura, que rara vez excede de un grado de Fahrenlieit, La subida fue en la mayoría do los casos más marcada en la región media del cerebro que en cualquier otra*. Es extraño; pero fue mayor al recitar la poe¬ sía silenciosamente (lue en otra forma. La explicación del l)r. Lombard es que «en la recitación interna una porción adicional de energía, que en la recitación en alta voz se con¬ virtió en fuerza nerviosa y muscular, aparece ahora como calor» (2). Yo indicaría más bien, si debemos tener una teo¬ ría, que el exceso do calor en la recitación á sí mismo se debe á procesos inhibitorios que faltan cuando recitamos en, voz alta. En el capítulo sobre la Voluntad veremos que el simple proceso central consiste en hablar cuando pensa¬ mos; el pensar silenciosamente contiene una restricción por añadidura. En 1870, el infatigable Schiff, abordó el asunto, ' experimentando sobre perros y gallinas vivas, hundiendo agujas termo-eléctricas en la substancia de su cerebro, para eliminar errores posibles de modificaciones vasculares en la piel cuando los termómetros se habían colocado sobre el crᬠneo. Después que se establecía el hábito, probó á los anima- (1) Véase su libro: Experimental Besearches on the Regional Tem- perature oftJie Head. (Londres, 1879). (2) Loco citato, pág. 195. i i 114 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA dades llamadas funcionales parecen conservarse simplemente X^orqué ocurre que han comenzado una vez; y cómo la deten¬ ción forzosa de alft-unos ataques por la medicina es muchas veces suficiente para jioner las fuerzas fisiológicas en condi¬ ciones do tomar do nuevo posesión del campo, y en retrotraer los órganos á las funciones de salud. Las epilepsias, las neural¬ gias y las afecciones convulsivas de varias clases, los insom¬ nios, son otros tantos casos. Y para tomar lo que son hábitos más obviamente; el éxito con que un tratamiento de «destete > puede aplicarse muchas veces á las ^ víctimas de la insana in¬ dulgencia de la pasión ó de la mera complacencia, ó de la dis¬ posición irascible, nos demuestra cuánto las mismas manifes¬ taciones mórbidas se deben á la mera inercia de los órganos nerviosos cuando una voz se introduce uno por un camino falso. ¿Podemos formarnos aliora una noción de lo que pueden ser los cambios físicos interiores en órganos cuyos hábitos han entrado así en nuevos ícaminos? En otras iialabras, ¿podemos decir x>recisamente qué hechos mecánicos encubre la expre¬ sión, «^cambio de hábito», cuando se aplica á un sistema ner¬ vioso? Seguramente no podemos de una manera minuciosa ó definida. Pero nuestra usual costumbre científica de interpre¬ tar ocultos acontecimientos musculares, según la analogía de los hechos exteriores y visibles, nos pono en condiciones do forjar fácilmente un escxuoma abstracto y general á que los cambios físicos en cuestión pueden ser semejantes. Y una vez que se ha establecido la posibilidad de alguna especio de inter¬ pretación mecánica, la Ciencia Mecánica, en su estado actual, no vacilará en poner su marca de propiedad sobre el asunto, sintiendo seguramente que sea sólo, una cuestión do tiempo que la exacta explicaci(^n mecánica del cdso no se haya encon¬ trado. Si los hábitos se deben á la plasticidad de los materiales, á los agentes exteriores, podemos comprender inmediatamente á qué influencias exteriores es plástica la materia cerebral, si lo es á alguna. No á presiones mecánicas ni á cambios terma¬ les, ni á ninguna do las fuerzas á que todos los demás órganos do nuestro cuerpo están expuestos, porque la naturaleza! ha envuelto cuidadosamente nuestro cerebro y nuestra médula espinal en cofres huesosos, donde no j)ueden penetrar influen¬ cias de éste género. Las ha hecho flotar en el fluido, de suerte HÁBITO 115 que sólo los golpes más fuertes les puedan causar una contu¬ sión, y las ha manteado y enrollado de una manera completa¬ mente excepcional. Las únicas impresiones que pueden obrar sobre ellas son las procedentes de la sangre, por una parte, y de las raíces sensoriales de los nervios por otra; y á las corrien¬ tes infinitamente atenuadas que penetran á través de estos úl¬ timos conductos, es á las que la corteza hemisférica demues¬ tra ser tan peculiarmente susceptible. Las corrientes, una vez dentro, deben encontrar un camino. Al salir dejan vesti¬ gios en los cónductos que siguieron. Lo único que pueden ha¬ cer, en resumen, es ahondar los antiguos conductos ó hacer al¬ gunos nuevos; y la plasticidad íntegra del cerebro se conden¬ sa en dos palabras cua'ndo lo llamamos un órgano en que las corrientes que penetran desde los órganos de los sentidos, ha¬ cen con facilidad extrema conductos que no desaparecen fácil¬ mente. Porque, como es natural, un simple hábito, como cual¬ quier otro hecho nervioso (la costumbre de hablar gangoso, por ejemplo, ó la de meter las manos en los bolsillos, ó la de morderse la uñas), es, mecánicamente, nada más que una des¬ carga refleja, y su substrato anatómico debe ser un conducto en el sistema. Los hábitos más complejos, como veremos aho¬ ra más plenamente, son, desde el mismo punto do vista, nada más que descargas áoncatenadas en los centros nerviosos, debi¬ das á la presencia de sistemas de conductos reflej os, de tal ma¬ nera organizados, que se excitan uno á otro sucesivamente, sirviendo la impresión producida por una musculal’ contrac- -ción como estímulo para provocar la siguiente, hasta (¿ue una impresión ñnal intercepta el proceso y cierra la cadena. El único jiroblema mecánico difícil es explicar la formación dé novo de un simple reflej o ó conducto en un sistema nervioso jireexistente. Aquí, como en tantos otros casos, es sólo elj?re- mier qui coúte (1). Para el sistema nervioso íntegro no hay nada más que un sistema de conductos entre un terminus ad quo sensorial y un tevminus ad quem muscular, glandular ó de otra clase. Una voz atravesado un conducto por una corriente nerviosa puede esperarse que siga la ley de la mayoría de los conductos que conocemos y que se socave y se haga más per- (1) Eli francés, en el texto inglés, sólo «es el primer paso el que puesta».— T r. 116 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA meable que antes (1), y esto debe repetirse con cada nuevo tránsito de la corriente. Aunque al principio puedan formar¬ se obstrucciones al conducto, serán desvanecidas poco á poco,, y cada vez más, hasta que'al fin se convierte en un canal de desagüe natural. Esto es lo que ocurre donde ni el sólido ni el líquido pasa por el sendero; no parece haber razón para que- no suceda donde la cosa que pasa es una mera onda de regre¬ sión en la materia que no se muda, sino que únicamente cam¬ bia químicamente ó se convierte de lugar ó vibra á través de la línea. Las opinioncp más plausibles sobre la corriente ner¬ viosas la hacen ser el tránsito de una onda de regresión como ésta. Si sólo una parte de la materia del conducto consistiese en «rearreglarse», permaneciendo inehtes las partes vecinas,, es fácil ver cómo podría oponerse á su inercia una fricción que hiciese romper y dominar muchas pndas do rearreglo. Si lla¬ mamos al mismo sendero «el órgano» y á la onda de regresión «la función», entonces os obviamente ocasión de repetir la ce¬ lebrada fórmula francesa de La fonction. fait Vorgane «La función hace el órgano». * Así, nada es más fácil que imaginarse cómo una vez que una corriente ha atravesado un conducto lo atravesaría toda- ■ ^ía más fácilmente una segunda vez. Pero ¿qué lo hizo atra¬ vesarlo la primera vez? (2) Al responder á esta cuestión sólo podemos remitir á nuestra concepción general de un sistema nervioso como una masa rl e materia cuyas partes, constante¬ mente cónservadas en estados de tensión diferentes, están ten¬ diendo constaní;emente á igualar sus estados. La igualización entre dos puntos cualesquiera por los cuales pueda ser más- permeable en el momento. Pero como un punto dado del siste¬ ma puede pertenecer, actual ó potencialmente, á muchos con- (1) Algunos conductos, para ser seguros, son aislados por cuer¬ pos qiie se mueven á través de ellos bajo una presión demasiado fuer¬ te y se hace impenetrable. Desdeñamos estos casos especiales. (2) No podemos decir la voluntad, porque aunque muchos, y aca¬ so la mayoría de los hábitos humanos fuesen acciones, una vez vo¬ luntarias, ninguna acción, como veremos en un capítulo posterior, puede serlo primariamente. Mientras que una acción habitual puede- haber sido una vez voluntaria, la acción voluntaria debe haber sido- antes de eso, al menos una vez, impulsiva ó refleja. Es esta la prime¬ ra aplicación de todo lo que exponemos en el texto. HÁBITO 117 ductos diferentes, y como el ejercicio de la nutrición está suje¬ to á cambios accidentales, pupden ocurrir de cuando en cuando que se interpondrány que las corrientes vayan por líneas desusadas. Esa línea desusada sería un conducto recién _ f ormado, que, si se atravesase rápidamente, pudiera Herrará ser el principio de un nuevo arco reflejo. Todo esto es vago en sumo grado, y se reduce á poco más que á decir que un nuevo sendero puede formarse por la clase de contingencias que pue¬ blan ocurrir en el material nervioso. Pero, vago como es, es realmente la última palabra de nuestra sabiduría en osa ma¬ teria (Ij. Debe indicarse que el desarrollo de la ihoditicación estruc¬ tural en la materia viviente puede ser más rápido que en cualquier masa inerte, porque la incesante renovación nutri¬ tiva de la cual es el sitio la materia, tiende muchas veces á corroborar y lijar la. modificación impresa, más bien que á contrahacerla renovando la constitución" original del tejido que se ha impresionado. Así, pues, después de ejercitar nues¬ tros músculos ó nuestro cerebro de una manera nueva, nos da¬ mos cuenta de que no podemos hacerlo más en esa ocasión; pero después de un día ó dos de reposo, cuando repetimos la disciplina, nuestro aumento de habilidad nos sorprende mu¬ chas veces. En repetidas ocasiones he observado eáto al apren- <ler un tono, y ello ha llevado a decir á un autor alemán que aprendemos á nadar durante el invierno y á patinar durante el verano. El Dr. Carpenter escribe (2);. (1) Los que deseen una fórmula más definida pueden consultar á Fiske: Cosmic Fhilosopliij, vol. II, págs. 142-146, y á Spencer: Prin- áples of Biology, secciones 302 y 303, y la parte titulada Fhysical Syyithesis de sus Frinciples of Fsychology. Mr. Spencer trata, no sólo de demostrar cómo pueden surgir nuevas acciones en el sistema ner¬ vioso y forman allí dentro nuevos arcos reflejos, sino también, como el tejido nervioso puede ser actualmente limitadó por el tránsito de nuevas ondas de transformación esométrica á través de una masa ori¬ ginalmente indiferénte. No puedo menos de pensar que los datos de Spencer, bajo una gran apariencia de precisión, encubren vaguedad é improbabilidad, y hasta contradición interna. (2) Mental Fhysiology, págs. 339-345 (1874). 118 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA «Es cuestión de experiencia niiiversal qiie toda clase de práctica de aptitudes especiales, es á la vez mucho más eficaz y deja impresión más permanente cuando se ejerce en el organismo qiie se está desarro¬ llando, que cuando prodxice su efecto sobre el adulto. El efecto de esa práctica se manifiesta en la tendencia del órgano á desarrollarse según el modo en que se ejerce habitxxalmente; como se evidencia por el tamaño y vigor crecientes de particulares clases de músculos, y la flexibilidad extraordinaria de las articulaciones, que se han adquiri¬ do por haberse ejercitado en los actos gimnásticos. No hay parto del organismo del hombre en que la actividad reconstructiva sea tan grande, durante todos.los periodos de la vida, como lo es en la subs¬ tancia ganglional del cerebro. Esto está indicado por el enorme re¬ fuerzo de sangre que recibe.Es, por otra parte, un hecho de gran significación qxxe la substancia nerviosa se distingue 'especialmente- por su poder reparativo. Porque, mientras las lesiones de otros teji¬ dos (como los musculares), que se distinguen por la especialidad de su estrixctura y facultades, se reparan por la substancia de un tipo espe¬ cializado, las de la sxibstancia nerviosa se reparan por una reprodxic- ción completa del tejido normal; como se evidencia en la sensibilidad de la piel recién formada que cubre xina herida abierta, ó en el reco- bramiepto de la sensibilidad de xin jxedazo de ])iel trasplantada, que por algún tiempo se ha hecho insensible por la interrixpción completa de la continuidad de sus nervios. El ejemplo más notable de esta re- ])roducción lo proporcionan, sin embargo, los resultados de los expe¬ rimentos de Brown-Séquard (1) sohre la restauración gradual ide la actividad funcional de la médula espinal después de su división com¬ pleta; qxxe tiene lugar de una manera que ináicKwna reproducción del conjunto, ó ía parte inferior de la médula y de los nervios que proce¬ den de ella, más bien que una mera reunión de superficies divididas» Esta reproducción no es más que una manifestación especial del cam¬ bio reconstructivo que se está efectuando siempre en el sistema ner¬ vioso; no siendo menos evidente á los ojos de la razón que el «sobran¬ te» ocasionado por su actividad funcional debe repararse constante¬ mente por la producción do nuevo tejido, que lo es á los ojos de los ^ sentidos que tal reparación suplen xuia pérdida ^ctual de substancia por enfermedad ó por lesión. Ahora bien; en esta constante y activa reconstrucción del sistem?^ nervioso, reconocemos una conformidad más marcada con ,el plan general manifestado en la nutrición del or¬ ganismo en conjunto. Porque, en primer lugar, es evidente que hay una tendencia á la producción de un tipo determinado de estructura; (1) Véase además á Masius en los Archives de Biolo^ie, de Var» Benedenz y Van Bambeke, vol. I. (Liége, 1880). (Esta nota np es de Carpenter, sino de James).— T r. HÁBITO 119 tipo qne nniclias veces iio es únicamente el de la especie, sino alguna modificación especial de éste (pie caracteriza á uno ó á ambos de los progenitores. Pero este tipo está peculiarmente propenso á la modi- ticación durante el primer período de la vida; en el cual la actividad funcional del sistema nervioso (y particularmente del cerebro) es ('xtraordinariamente grande, y el proceso reconstructivo propbrcio- nalniente activo. Y esta modificabilidad se expresa en la formación del mecanismo por el (mal llegan á establecerse estos modos de movi¬ miento secundariamente automáticós, qxie, en el hombre, ocupan el puesto de los (pie son congénitos en la mayoría de los animales infe¬ riores á él; y estos rpodos de percepción sensorial llegan á ser adqui¬ ridos, cuando en cualquier otro caso son claramente/ instintivos. Por- (pie no puede haber duda razonable de (pie,en ambos casos,se desarro¬ lla un mecanismo nervioso en el curso de esta educación de sí propio, (correspondiente á la que los animales inferiores heredan de sus pa¬ dres. El plan del proceso reconstructivo, que es necesario para con¬ servar la integridad del organismo generalmente, y que entra con peculiar actividad en esa porción de él, está así siendo iucesan- ■ teniente modificada; y de esta manera toda esa porción de él que sir¬ ve á la vida externa de sentido y movimiento (pie el hombre conipar- ' te con el reino animal, se convierte en la edad adulta en la expresión de los hábitos (pie el individuo ha adipiirido durante, el período de crecimiento y desarrollo. De estos hábitos, algunos son comunes á la raza generalmente, mientras que otros son peculiares al indivi¬ duo; los del primer género (como el andar de pie) son universalmen¬ te a(lquiri(lo,s, á no ser cuando la incapacidad física lo impide; mien¬ tras que para los últimos se necesita un ejercicio especial, que es generalmente más eficaz cuanto más pronto se ha comenzado: como se ve notablemente en el c^so de tales hechos cómo requieren una educación conjunta de las facultades perceptivas y de las moto¬ ras. Y cuando se, desarrolla así durante el período de crecimiento, de tal suerte que se hayan convertido en una parte de la constitución del adulto, el mecanismo adiiuirido se conserva desde entonces’en el curso ordinario de las operabiones nutritivas, d(i suerte que esté dis¬ puesto para el uso cuando sea evocado, aun después de la dilatada inacción. Lo que es cierto tan claf-amente del aparato nervioso de la '' vida animal, no pueie menos de ser cierto dedo que ayuda á la acti¬ vidad automática del espíritu. Porque, como se ha demostrado ya, el estudio do la psicología no ha dado otro resultado cierto sinp (jue hay uniformidades de acción mental que son tan enteramente conforma- bles á las de la acción corporal, que indican su íntima relación con un mecanismo de pensamiento y de sentimiento, obrando ba;jo idénticas condiciones que el del sentimiento y del movimiento. Los principios psíquicos de asodación y los principios fisiológicos, expresan simple¬ mente en verdad (los primeros en términos de espíritu, los últimos 120 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA en términos de cerebro), el lieoho universalmente admitido de (jue cualquier oonseouenoia de acción mental (jue ha sido frecuentemente repetida tiende á perpetuarse, de suerte (]ue nos encontramos auto¬ máticamente dispuesto á fientír ó hacer lo que antes hemos estado acostumbrados á ])ensar, sentir ó hacer, en ciertas circunstan¬ cias, sin ningún ])ropósito conscientemente formado y sin anticipa¬ ción de resultados. Porque no hay razón i)ara considerar al cerebro como una. excepción al ])rincipiogeneral de que, mientras que cada parte del organismo tiende á formarse de acuerdo con el modo'en el cual se ejercita habitualmente, esta tendencia será ííspecialmente vigorosa en el aparato nervioso, en virtud de esa incesante regenera¬ ción qwe es la condición de su actividad funcional. Apenas admití^ (luda, en verdad, que todo estado de conciencia ideal que es ó mnij vigoroso 6 hahitiialmente repetido, deja una impresión orgánica, sobre el cerebro; en virtud del cual ese mismo estado puede reprodu¬ cirse en cualquier tiempo futuro, en respuesta á iina sugestión ade- > cuada para excitarla. E l vigor de la primera asociación es un hecho tan universalmente reconocido, que su expresión se lia hecho prover¬ bial; y esto concuerda jmecisamente con el ])rincipio fisiológico de que, durante el período de crecimiento y de desarrollo, la actividad formativa del cerebro será más dúctil á las influencias directoras. De esta manera lo que se aprende de memoria se imprime en el cerebro; de suerte que sus vestigios nunca se pierden, aun(iu(3 su memoria consciente pueda haber desaparecido por completo. Porque, una vez que la modiflcación orgánica se. ha fijado en el cerebro que se des¬ arrolla, se convierte en una parte de la estructura normal, y se man¬ tiene regularmente por la sustitución nutritiva; de suerte (lue puede durar hasta el fin de la vida, como la cicatriz de una herida».^ Ija frase del Dr. Carpenter: que nuestro sistema nervioso se desarrolla según los modos en los cuáles'se ejercita, expresa la filosofía del hábito en una cáscara de nuez. Podemos señalar ahora algunas do las principales aplicaciones de este principio á la vida humana. El primer resultado es que el hábito simplifica los movimien¬ tos exigidos para producir un resultado determinado, los hace más perfectos y disminuye la fatiga. «El principiante en el piano no sólo mueve sus dedos arriba y abajo para recorrer la clave; mueve toda la mano, la delantera del brazo, y aun el cuerpo entero, especialmente moviendo su parte me¬ nos rígida, la cabeza, como si pulsase también la, clave con ese órga¬ no. Muchas veces ocurre también una contracción de los músculos abdominales. Sin embargo, principalmente el impulso está determi- ILÍBITO 121 nado por el movimiento de la mano y del simple dedo. Este es, en primer lugar, porque el movimiento del dedo es el movimiento en el cual se piensa, Y, en segundo lugar, porque sus movimientos y los de la clave son los movimientos que tratamos de percibir, junto con. los resultados de la última sobre el oído. Cuanto con más frecuencia se repite el proceso, más fácilmente sigue el movimiento en razón del aumento en la permeabilidad de los nervios interesados. Pero cuan-, to más fácilniente ocurre el movimiento, tanto más ligero es el estí¬ mulo re([uerido para ponerlo en ejecución, y, cuanto más ligero es el estímulo,-más está limitado su efecto sólo á los dedos. Así, pues, un impulso que originalmente propagó sus efectos por todo el cuerpo, ó al menos ])or muclias de sus partes movibles, se determina gradual¬ mente á un simple órgano deíinido, en el cual opera la contracción de algunos músculos limitados. En este cambio, los pensíiniientos y las percepciones que inician el impulso adquieren cada vez más ínti¬ mas relacibnes causales con un grupo particular de nervios motores. Para recurrir á un símil, ál menos parcialmente adecuado, imaginad que el sistema nervioso representa un sistema de desaguadero incli¬ nándose en conjunto hacia ciertos músculos, pero con la salida de escape hacia allá, algo obstruida. Entonces, el torrente de la volun- -tad tendería en general, cada vez más, á llenar los desagües que van hacia estos músculos j á lavar la parte de salida. En caso de una inimdación súbita, no obstante, todo el sistema de canales-se llenará, y el agua extravasará por dondequiera antes de que escape. Pero una moderada cantidad de agua que invada el sistema sólo fluirá por la salida jidecuada. Precisamente ocurre así con el pianista. Tan pronto como su impulso, que gradualmente ha aprendido á confinar¬ se á los simples músculos, se hqce extremado, se desborda en más amplias regiones musculares. Greneralmente toca con los dedos, que¬ dando en reposo su cueiqio. Pero tan pronto como se excita, su cuer¬ po se hace animado, y mueve su cabeza y su tronco, en particular, como si éstos fueren también órganos con los cixales trataba de apo¬ rrear las teclas» (1). „ , • ‘ ' El liombro lia nacido con una tendencia á liacer más cosas "que aquéllas para las que están preparados sus centros nervio- •sos. La mayoría do los actos de otros animales son automáti¬ cos. Pero en él, el número de éstos es tan enorme, que la ma¬ yoría de ellos debo ser el fruto de penoso estudio. Si la prácti- (1) Schneidor: Der Menschliche Wille, págs. 117-119 (libremente traducidas) (1882). Para el símil del desaguadero, véase también Spencer: Psycliologij, paVte V, cap. VIII. 122 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA ca no lo perfeccionase ni la costumbre economizase el gasto (le energía nerviosa y muscular, estaría, por consiguiente, en una mala condición. Como dice el Dr, Maudsley í l ): •^^Si lili acto lio so luciese fácil después de haberlo hecho varias veces, si la cuidadosa dirección de la conciencia fuese nec'esaria jiara su realización en cada ocasión, es evidente que toda la actividad d(‘ una vida en ¡todo su transcurso pudiera reducirse á uno ó dos actos; (pie ningún progreso podría tener lugar en el desarrollo. Un hombre estaría ocupado todo el día .en vestirse y desnudarse; la acti¬ tud de su 'cuei’po absorbería toda su atención y su energía; el lavar¬ se las manos ó el pegarse un botón, sería tan difícil para él en cada ocasión, como para el niño en su primera tentativa, y además sería completamente agotado por sus ejercicios. Pensad en las fatigas'ne- cesarias para.enseñar á un niño á sostenerse, en los muclios esfuer¬ zos con que debe hacerlo, y en la felicidad con que al fin se sostiene inconsciente de esfuerzo alguno. Poi'que, iúientras los actos secunda¬ riamente automáticos se efectúen con poca fatiga relativamente (en (íste respecto se aproxima á los movimientos orgánicos ó á los movi¬ miento^ originales reflejos), el esfuerzo consciente de la voluntad pronto producirá el agotamiento. Una médiala espinal sin.memoria, .sería, simplemente, Tina médula espinal idiotizada. Es imposible para un individuo comprobar cuánto debe á su actividad automática hasta que la enfermedad ha amenguado sus funciones». El siguiente resultado es que el hábito disminuye la at-en- eión consciente con que se realizan nuestros actos. Puede uno establecer esto abstractamente así: Si un acto requiere para su ejecución una cadena, A, B, C, D, E, F, Gr, et¬ cétera, de sucesivos acontecimientos nerviosos, en la primeras realizaciones de la aícción, la voluntad consciente debe escoger cada uno de estos acontecimientos do un número do alternati¬ vas fracasadas que tienden á presentarse; poro la costumbre pronto hace qiie cada acontecimiento llamo á su propio suce¬ sor apropiado sin ninguna tentativa de ofrecerse, y sin ningu¬ na referencia á la voluntad consciente, hasta que al fin toda la cadena, A, B, C, D, E, F, G-, se agrupa atolondradamente tan pronto como A; ocurre precisamente como si A y el i’festo de la cadena se fundiesen en un torrente continuo. Cuando esta¬ mos aprendiendo á andar, á cabalgar, á nadar, á patinar, á ti- (1)' Fhyñology of Mind., pág. 1.55. / HÁBITO 123 rar á la esgrima, á escribir, á representar ó á cantar, nos inte¬ rrumpimos á cada paso por movimientos innecesarios y notas falsas. Cuando estamos adelantados, por el contrario, los resul¬ tados, no sólo se sigilen con el mínimum de acción muscular requerida para llevarlos á cabo, sino que también se siguen por un simple aviso instantáneo. El tirador ve el pájaro, y, antes de conocerlo, ha apuntado y disparado. Un centelleo en la mirada de su adversario, una presión momentánea de su florete, y el maestro de esgrima encuentra que precisamente lia parado y devuelto el golpe con exactitud. Una ojeada á los jeroglíficos musicales, y los dedos del pianista han agitado tina catarata de notas. Y no sólo es la cosa precisa en. el tiempo exacto lo que hacemos así involuntariamente, sino también la cosa inoportuna, si es una cosa habitual. ¿Quién hay que nunca haya dado un golpe á su reloj al quitarse el chaleco du¬ rante el día, ó cogido su llave al llegar al umbral de la puerta de un amigo? Las personas muy distraídas, al llegar á su alco¬ ba á vestirse para comer, se han puesto un vestido después de otro, y finalmente se han tnetido en la cama, únicamente por¬ que eso era lo que hacían .habitualmente en los primeros mo¬ vimientos cuando se ejecutaban en una hoi^a más adelantada. El ([ue esto escribe recuerda bien cómo, al visitar á París des¬ pués de diez años de ausencia, y, al encontrarse en la calle en que durante un invierno liabía esperado la escuela, se perdió en una obscura cavilación, de la cual fué despertado al encon¬ trarse en las escaleras que le conducían á la habitación de una casa que estaba muchas calles más lejos, en la cual había vivi¬ do durante la época anterior, y á la cual lo habían llevado ha¬ bitualmente sus pasos desde la escuela. Todos nosotros tene¬ mos una manera rutinaria y determinada de realizar ciertos deberos cotidianos relacionados con el aseo, el abrir y cerrar do las alacenas familiares y otras semejantes. Nuestros centros inferiores conocen el orden de estos movimientos, y demues¬ tran su conocimiento por'su «sorpresa» si los objetos son al¬ terados de tal manera que obliguen al movimiento á realizar¬ se de una manera distinta. Pero nuestros centros superiores de pensamiento apenas saben algo sobre la cuestión. Pocos hombres pueden decir al pronto qué escarpín, zapato ó polai¬ na se ponen primero. Deben primero repetir mentalmente el acto, y aun eso es muchas veces insuficiente; debe ejecutarse el acto. Así ocurre con las cuestiones; ¿Qué hoja de mi doble 130 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA quinas, que indudablemente, innegablemente, ejecutan de mi¬ nuto en minuto los deberes que se les han enseñado, y que no dan señal de que la posibilidad de una alternativa se sugiera nunca á su espíritu. Los hombres que se'han iiecho viejos en la cárcel han podido que se los volviese á admitir despué^ de verse libres. En un accidento de ferrocarriles ocurrido á una casa dodieras ambulante que viajaba por los Estados Unidos en 1884, hace poco tiempo, dícese que un tigre, cuya jaula se había abierto, se evadió, pero inmediatamente reingresó, como si estuviese demasiado abrumado por sus nuevas respon¬ sabilidades, de suerte que sin diíicultad so le encerró de nuevo. La costumbre es, pues, el enorme mosquitero de la socie¬ dad, su más precioso agente conservador. Ella sola es la que nos conserva.á todos dentro de los límites del orden y salva á los hijos de la riqueza de los envidiosos analtos del pobre. Sólo ella impido (jue los caminos más angostos y más repulsi¬ vos de la vida queden desiertos por los que los cruzan. Con¬ serva al pescador y al marinero en el mar durante el invierno; sostiene al minoro en su obscuridad y adhipre al campesino á su cabaña de leño y á su finca solitaria durante todos los me¬ ses de nieve; nos protege de la invasión por los naturales del desierto y de la zona heladaí Nos sentencia á pelear la batalla de la vida en lás filas de nuestra educación ó de nuestra pri¬ mera vocación, y á trabajar lo piás posible por una tarea que nos desagrada, porque no hay otra para la cual seamos aptos, y es demasiado tardo para comenzar de nuevo. Libra de la mezcla á las diversas capas sociales. Ya á la edad de veinticin- <50 años veis las formas y moldes profesionales encajándose en el joven viajante do comercio, en el joven doctor, en el joven sacerdote, en el joVen magistrado. Veis las pocas líneas de unión marcándose en el carácter, los ardides del pensamiento, los prejuicios, los modales de «oficina», en una palabra, de lo que el hombre no puedo despojarse en el momento, lo mismo <iue no pueden las mangas de su levita formar de repente una nueva serie de pliegues. En general, os mejor no despojarse. Está bien para el mundo que en la mayoría de nosotros, á la edad de treinta años, el carácter esté moldeado y endurecido como yeso y nunca más so ablande. Si el período intermedio entro veinte y treinta años es el crítico en la formación do los hábitos intelectuales y profesio¬ nales, el período anterior á los veinte es todavía más importan- I HÁBITO 131 te para fijar los hábitos personales^ propiamente llamados así, tales como la vocalización y la pronunciación, el gesto, el mo¬ vimiento y la compostura. Apenas, se ha aprendido jamás ú hablar un idioma después de los veinte años sin acento ex¬ tranjero; apenas puede un joven jamás trasladar á la sociedad de sus superiores incultos la nasalidad y otros vicios de len¬ guaje fomentados en él por las compañías de sus años de des¬ arrollo. Por muy poco dinero que tenga en su bolsillo, puede apreñder á vestir como un aristócrata de nacimiento. Los co- mercip,ntes ofrecen sus mercaderías tan animosamente á él como al más legítimo «lobo de mar», pero aquél no puede •comprar más que las cosas buenas. Una ley invisible, tan po¬ derosa como la de la gravitación, le mantiene dentro de su ór¬ bita, le hace vestirse este año como se vistió el pasado, y como sus conocimientos de mejor prosapia, se las ^arreglan para lograr las cosas que gastan, será para él un misterio hasta el día de su muerte. Por consiguiente, la gran ,oosa en toda educación es hacer de nuestro sistema nervioso nuestro aliado en vez de nuestro ene¬ migo. Consiste en capitalizar y poner en algún fondo público nuestras adquisiciones, y vivir cómodamente á costa de los in¬ tereses de esos fondos. Por esto dehemos hacer automáticas y ha¬ bituales, en lo posible, las acciones útiles que podamos, y guardar¬ nos contra las acciones desconocidas que tienen probabilidad de ser desventajosas para nosotros, como nos guardaríamos de la plaga. Cuantos más detalles de nuestra vida cotidiana poda¬ mos abandonarlos á la custodia del automatismo que no cues¬ ta esfuerzo, más nuestras potencias superiores dél espíritu se libertarán por su propio esfuerzo. No hay sér humano más mi¬ serable que uno en quien nada es habitual más que la inde- •cisión, y para quienes encender un cigarro, beber una copa, el momento de levantarse y de acostarse en la cama todos los días, y el comenzar una insignificancia de trabaj o, son asuntos de expresa deliberación volicional. La mitad del tiempo do ese hombre se pierde en decidir ó recelar asuntos que deben estar tan engranados en él, que no existan del todo prácticamente para su conciencia. Si no existen tales deberes engranados en •cualquiera de mis lectores, que comience desde esta misma hora á cumplir bien con su deber. En el capítulo sobre Los Hábitos Morales, del profesor Bain, hay algunas admirables observaciones prácticas. Dos grandes 132 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA máximas resaltan en su exposición: La primera es que la ad¬ quisición de un nuevo hábito ó la pérdida de uno antiguo, de¬ bemos tener cuidado de lanzarnos á todo con la más impetuosa- y más decidida iniciativa xoosihle. Acump.lad todas las circuns¬ tancias posibles que refuercen los justos motivos; poneos asi¬ duamente en condiciones que alienten el nuevo impulso; dad una promesa pública, si el caso lo permite; en suma, envolved vuestra resolución en todos los auxilios (lue \conocéis. Esto dará á vuestra iniciativa tal importancia, ([ue no ocurrirá tan pronto como en caso contrario la tentación de anularla: y to¬ dos los días, durante los cuales se pospone una anulación, au¬ mentan las probabilidades de que no ocurra. La segunda máxima es: Nunca sufráis una excepción hasta que el nuevo hábito esté arraigado seguramente en vuestra vida. Cada lapso do tiempo es como el bote de una bola pendiente do una cinta que estamos haciendo girar cuidadosamente; un simple resbalón la trastorna más de lo que pueden hacerla gi¬ rar muchas vueltas. La continuidad del ejercicio es el gran medio do hacer al sistema nervioso obrar infaliblemente bien. Como dice el profesor Bain: «La pecaliaridad de los liábitos morales, contradistiiiguióndolos de las adquisiciones intelectuales, es la presencia de dos fuerzas hos¬ tiles, una de'las cuales se eleva gradualmente en ascendiente sobre otra. Es necesario, sobre todas las cosas, en tal situación, no perder nunca una batalla. Toda ganancia sobre el aspecto malo perjudica el efecto de muchas conquistas sobre el bueno. La precaución esencial,, por consiguiente, es regular así las dos i)otencias puestas de tal ma¬ nera, que uno pueda tener una serie de éxitos ininterrumpidos, has¬ ta que la repetición lo ha fortificado en tal grado que lo pone en con¬ diciones de cubrir la oposición, bajo cualquier circunstancia. Esta es la carrera mejor teóricamente del progreso mental». La necesidad de asegurar el éxito ál principio es imperati¬ vo. El fracaso, al principio, sirve para desalentar la energía de todas las tentativas futuras, mientras que la pasada expe¬ riencia del éxito prepara á uno para el futuro vigor. Grcethe dijo á un hombre que le consultaba sobro una empresa, pero que desconfiaba de sus propias fuerzas: «¡Ah, sólo necesitáis reveses de fortuna en vuestras manos!» Y la observación ex¬ plica el efecto sobre el espíritu de Goethe de su propia carro- HÁBITO 133 ra liabitualmente próspera. El profesor Baumann, de quien yo tomo la anécdota (1), dice, que la invasión de las naciones bár¬ baras, cuando los europeos vinieron entre ellos, se debe á su desesperación de no tener éxito jamás, como los recién veni¬ dos en las tareas interesantes de la vida. Se han cerrado cami¬ nos antiguos y no so lian formado nuevos. Se presenta aquí la cuestión de desarraigar una costumbre, como la bebida y la afición al opio, y es una cuestión que los expertos están en desacuerdo dentro de ciertos límites, y difie¬ ren con respecto á lo que puede ser mejor para un caso indi¬ vidual. En lo capital, sin embargo, toda opinión experta con¬ vendrá en que la adquisición gradual de la costumbre nueva es la manera mejor si hay una posibilidad real de llevarla á cabo. Debemos procurar no dar á la voluntad una tarea tan dura que aseguré su derrota desde un principio; yor muy preparado que uno pueda estar, debe esperarse un período agudo de su¬ frimiento y luego un tiempo libre, al dejar una costumbre como la del opio, ó, simplemente, al cambiar las horas de le¬ vantarse ó de trabajar. Es sorprendente cuán pronto un deseo morirá de inanición si nunca se alimenta. í «Debe uno aprender primero,, sin moverse, no mirando ni á la derecha ni á la izquierda, á caminar con firmeza por una senda estre- 'cha y angosta antes de que uno pueda comenzar á vencerse á sí mis¬ mo de nuevo. El que todos los días hace una nueva resolución, es como •el que, llegando al extremo del fos^ ha de saltar, se detiene de súbi¬ to y vuelve á emprender una nueva carrera. Sin adelanto hiinterrum- pido no es posible una cosa como la acumulación de fuerzas éticas, y liacer ésta posible y ejercitarnos y habituarnos á ella, es la bendición soberana de la obra metódica» (2). Puede añadirse una tercera máxima á las dos anteriores: «Aprovechar la primera oportunidad posible para obrar sobre to¬ das las resoluciones que hacéis y sobre todos los impulsos emocio- ^nales que podéis experimentar en la dirección de los hábitos que nspiráis á adquirir. No es en el momento de formarse, sino en (1) Véase el admirable pasaje sobre el éxito al principio, en su Jlandbuch der Moral, págs. B8-43 (1878). (2) Bahnsen: Beitrdge su Charakterologie, vol., I, pág. 209 (1867). 134 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA el momento de producirse efectos motores, cuando las resolu¬ ciones y las aspiraciones comunican la nueva «serie» al cere¬ bro. Como el autor últimamente citado observa: «La presencia actual de la oportunidad práctica sólo proporciona el sostén sobre el cual puede apoyarse la palanca,' por medio de la cual la voluntad moral puede multiplicar su vigor y elevarse á sí misma. El que no tiene terreno sólido en qu^e apoyarse, nunca llegará más allá de la etapa de hueras gesticulaciones». Por muy abundante almacén de máximas que pueda uno- poseer, y por muy buenos que sean sus propios sentimientos, si uno no ha sacado partido de toda oportunidad concreta para obrar, el carácter puede permanecer completamente sin afec¬ tar. Con simples buenas intenciones ql infierno está prover- hialmente empedrado (1). Y esta es una consecuencia.evidente de los principios que liemos establecido. «Un carácter, como dice John Stuart Mili, es una voluntad completamente mol¬ deada», y una voluntad, en el sentido en que él la entiende, es un agregado de tendencias á obrar do una manera firme, prpn- ta y determinada en todas las principales contingencias de la vida. Una tendencia á obrar sólo se hace efectivamente engra¬ nada en nosotros en proporción á la ininterrumpida frecuen¬ cia con que ocurren actualmente las acciones y el cerebro «se habitúa» á su empleo. Toda vez que una resolución ó un tenue rayo de sentimiento se evapora sin producir fru'tos prácticos,, es peor que una ocasión perdida; trabaja positivamente para impedir á las resoluciones y á las emociones de seguir la sen¬ da normal de la descarga. No hay tipo más despreciable del carácter humano, que él del sentimental y soñador sin nervio, que pasa su vida en un arremolinado océano de sensibilidad y de emoción, poro que nunca realiza un acto viril y concreto^ Eousseau, infiamando con su elocuencia á todas las madres de Francia, instigándoles á seguir á la Naturaleza y á amaman¬ tar á sus niños por si mismas, mientras él envía sus propios hijos á la casa de expósitos, es el ejemplo clásico de lo quo* ([uiero significar. Pero cada uno de nosotros, á su manera, siempre que, después de entusiasmarse por un Bien abstracta- (1) With mere good intentions, liell is proverhially paved. Como se- ve el autor aplica aquí un dicho muy popular en nuestra tierra.— T )\ HÁBITO 135 mente formulado, ignore prácticamente algún caso actual en¬ tre los «otros particulares» de los cuales debe destacarse sigue la senda de Rousseau. Todos los bienes están disfrazados pol¬ la vulgaridad de lo que Ips rodea en este mundo de trabajo; •pero, ¡ay de aquél que sólo puede reconocerlos cuando los imagina en su forma pura y abstracta! La costumbre de la . excesiva lectura de novelas y de ir al teatro con frecuencia produce verdaderos monstruos en este orden. El llanto de una dama rusa, motivado por los personajes ficticios de la es¬ cena, mientras que su cochero está muriendo de frío en su pescante, es la demostración de lo que suele ocurrir en una escala menos notoria. Hasta la costumbre de la desmedida afición á la música para los que no son ni compositores ni es¬ tán en condiciones de tomarla en un sentido puramente in¬ telectual, probablemente produce un efecto de relajamiento sobro el carácter. Se llena uno de emociones que habitualmon- te se desvanecen sin impulsar á ningún acto, y así se man¬ tiene la situación inerte y sentimental. El remedio pudiera consistir en no consentirse jamás á sí mismo tener una emo¬ ción en un concierto, sin expresarla después de alguna ma¬ nera activa (1). Haced que la expresión sea'lo de menos en el mundo (hablando genialmente á vuestra tía ó cediendo vues¬ tro sitio en un coche, si nada más heróico se os ofrece); pero no consintáis que deje de ocupar un puesto en vuestra vida. Estos últimos casos nos hacen darnos cuenta de que no son simplemente las lined^ particulares de descarga, sino también las formas generales de descarga la? que se desarrollan por el ■ hábito en el cerebro. Precisamente, como si dejásemos desva¬ necerse nuestras sensaciones, se funden en una especie de eva- jDoración; así liay razón para suponer que si con frecuencia de¬ jamos do hacer un esfuerzo, antes de que nos demos cuenta, la capacidad del esfuerzo habrá desaparecido, y que si toleramos ahora la marcha do nuestra atención se nos escapará siempre. La atención y el esfuerzo no son, como veremos más tarde, más que dos, nombres para el mismo hecho psíquico. Á qué procesos cerebrales corresponden; no lo sabemos. La razón más (1) Véase para observaciones sobre esto nn artículo muy legible de miss V. Scudder, titulado Muskal Devotees and Moráis, en la An- dover Review, Enero de 1887. 136 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA fuerte para creer que dependen de los procesos cerebrales en absoluto y no son actos puros del espíritu, es precisamente este hecho: que parecen en cierto modo sujetos á la ley de la costumbre, que es una ley material. Coiiio máxima práctica final referente á estos hábitos do la voluntad, podemos, pues, ofrecer una como ófeta: Conservad viva en vosotros la facultad del esfuerzo ]}or un ejercicio poco costoso^ todos los dias. Esto es: sed sistemáticamente ascéticos ó heroicos en algunos puntos insignificantes; haced tollos los días ó cada dos días algo, sin más razón que la de qué mejor no lo liaríais, de suerte que > cuando se acerque la hora de la horrible necósidad no os po¬ dáis encontrar enervados ó indisciplinados para ser acrisola¬ dos y probados. El ascetismo de esta especie es como el segu¬ ro que un hombre paga por su casa y por sus bienes. El esti¬ pendio no lo sienta bien en el momento, y es posible que nun¬ ca pueda obtener un reintegro. Pero si el fuego sobreviene, el haber pagado será su salvación de la ruina. Así ocurre con el liombre que se ha habituado diariamente á la atención con¬ centrada, á la volición enérgica y á la renuncia do sí mismo en cosas innecesarias. Estará en ¡fie como una torre cuando todo se desmorona á su ulrededor y cuando sus más amables ami¬ gos mortales son aventados como paja en el trigo. El estudio fisiológico de las condiciones mentales es, pues, el más poderoso aliado de la ética amonestadora. El infierno que se ha de padecer eternamente, del cual nos habla la teolo¬ gía, no es peor que el infierno q ue nos Creamos por nosotros mismos en este mundo, moldeando Iialiitualmente nuestros ca¬ racteres de mala manera. Si los jóvenes pudiesen comprobar cuán pronto se convierten en meras agrupaciones de hábitos, prestarían más aprecio á su conducta mientras estuviese en el estado plástico. Estamos tejiendo nuestros destinos, buenos ó malos, y nunca se lian de perjudicar. El más insignificante rasgo de virtud ó de vicio deja su huella nunca tan insignifi¬ cante. El borracho Jiip Van Vinkle, en la comedia de Jefper- son, se excusó de toda nueva recaída diciendo: «¡No cuento esta vez!» ¡Bien! Puede no contarla, y mi Dios benigno puede no contarla; poro no por eso se cuenta menos en realidad. Entro sus células y sus fibras nerviosas, las moléculas lo cuentan, lo registran y lo historian para emplearlo' contra él cuando llega la siguiente tentación. Nada que hagamos jamás, en la estric¬ ta literalidad científica, se anula. Naturalmente, esto tiene su HÁBITO 137 lado bueno y su lado malo. Así como nos hacemos beodos per¬ petuos por muclias borraclieras separadas, así también nos ha¬ cemos santos en lo moral y autoridades y peritos en las esfe¬ ras prácticas y científicas por otros tantos actos separados y lloras de trabajo. No hagáis que la juventud tenga ansiedad al¬ guna sobre el resultado de su educación, cualquiera que sea la dirección que sigan. Si se mantiene fielmente activo, cada hora del día de trabajo puede abandonar el resultado á sí mismo con seguridad.-Puede, con perfecta certeza,'contar con despertar¬ se cualquier liermosa mañana y encontrarse con que es uno de los personajes ilustres de su generación, en cualquier tarea que pueda.liaberse significado. Silenciosamente, entre todos los detalles de su profesión, la facultad de juzgar en toda esa clase de asuntos se liabrá construido dentro de sí una posesión que nunca perecerá. Los jóvenes debieran conocer esta verdad , de antemano. Su ignorancia, probablemente, ha engendrado más desaliento y decaimiento do ánimo que todas las demás causas juntas en los jóvenes que abrazan carreras arduas. CAPÍTULO V La ieoría de los autómatas. / Al describir anteriormente las funciones de los liemisferios usamos nn lenguaje derivado de la vida corpórea y de la vida mental, diciendo ahora que el animal ejecuta reacciones inde¬ terminadas* ó imprevistas, y luego que fué dominado por con¬ sideraciones de bien y mal futuro; tratandb sus hemisferios algunas veces como el sitio do la memoria y de las ideas en el sentido psíquico, y otras veces hablando do ellos simplemente como una adición complicada' á su maquinaria refleja. Esta especie de vacilación en el punto do vista^ es un incidente fa¬ tal de toda discusión ordinaria sobro estas cuestiones; poro debo ahora dirigir mi exposición á los lectores cá quienes ya lie soltado una palabra en una nota al pasar y que probablomónto no han quedado satisfechos con mi conducta desde entonces. Suponed que restringimos'nuestra opinión á los hechos de uno ó idéntico plan, y haced que sea el plano corporal: ¿no pueden todos los fenómenos exteriores de la inteligencia des¬ cribirse todavía hasta el agotamiento? EstaS imágenes menta¬ les, estas «consideraciones» de las cuales hablamos, probable¬ mente no surgen sin procesos neurales que surjan simultánea¬ mente con ellos, y probablemente cada consideración corres¬ ponde á un proceso sui géneris, y de distinta manera todo lo restante. En otras palabras, por numerosa y delicadamente diferenciada que pueda ser la serie de ideas, la serie de acon- teciAiientos,cerebrales que fluye á lo,largo de eÜa, debe ser en ambos respectos exactamente su equivalente, y debemos exi- LA TEORÍA DE LOS AUTÓMATAS 139 gir una maquinaria nerviosa que ofrece un contrapeso viviente para todo matiz, aunque sea muy tenue, de la historia del es¬ píritu de su poseedor. Cualquier grado de complicación que pueda alcanzar el último, la complicación de la maquinaria debe ser tan extrema; de lo contrario tendríamos que admitir que pueden haber acontecimientos mentales al cual no corres¬ ponden acontecimientos cerebrales. Pero una admisión como ésta, al fisiólogo le repugna concederla. Violaría todas sus¬ creencias. «No liay psicosis sin neurosis»; es una forma que el principio de la continuidad reviste en su espíritu.' Pero este principio fuerza al fisiólogo á dar todavía otro paso. Si la acción neural es tan complicada como el espíritu; y si en el sistema simpático y en la médula espinal inferior ve¬ mos lo que, por lo que nosotros sabemos, es acción incons¬ ciente neural que ejecuta liechos que á todo intento exterior puede llamarse inteligente; ¿qué es lo que nos impide suponer (lue aun cuando conozcamos que existe allí la conciencia, pue¬ da aparecer la acción neural todavía más complicada que lo (lue creemos que sea su inseparable compañera, es sola y por sí misma ^1 agento real de cualquier hecho inteligente? «Como las acciones de cierto grado de complejidad se ejecutan por mero mecanismo ¿por qué las acciones de un grado todavía mayor de complejidad no pueden ser el resultado de un me¬ canismo más refinado?» La concepción de la acción refleja es seguramente una de las mejores conquistas de la teoría fisiológica; ¿por qué no ser radical con ella? ¿Por qué no deci¬ mos que precisamente como la médula espinal es una máquina con pocos reflejos, así los liemisferios son una máquina con muchos, y que esa es toda la diferencia? El principio de conti¬ nuidad nos impulsaría á aceptar esta opinión. Poro, ¿cuál sería en esta opinión la función de la conciencia misma? La función mecánica no tendría ninguna. Los órganos de los sentidos despertarían las células del cerebro; éstas des- pertaríanse una á otra en conexión racional y ordenada, hasta que llegue el tiempo de la acción; y entonces la última vibra¬ ción del cerebro se descargaría en las regiones motoras. Pero esto sería una cadena completamente autónoma de aconteci¬ mientos, y cualquier , espíritu que la acompañase sería allí sólo como un «epifenómeno», un espectador inerte, una espe¬ cie de «espuma, aura ó melodía», como dice Mr. Hodgson, cuya oposición ó cuya asistencia sería igualmente impotente \ 242 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA luego que están entre los elementos del pensamiento, no será peor por lo que les atañe que si las hubiésemos considerado como concedidas al comienzo. El primer hecho para nosotros, pites, como psicólogos, es qite se da el pensar de alguna especie. Empleo la palabra pensaP, de acuerdo con lo que hemos dicho, para toda forma de concien¬ cia indistintamente. Si pudiésemos decir en inglés «piensa», como decimos «llueve» ó «graniza», estableceríamos el hecho más sencillamente y con el mínimum de hipótesis. Como no podemos, debemos decir simplemente que ocurre el pensa¬ miento.. Cinco caracteres en el pensamiento. ¿Cómo ocurre esto? Advertimos inmediatamente cinco, ca¬ racteres importantes en el proceso, de los cuales será nuestro deber tratar en el presente capítulo de una manera general: 1 ) d'odo pensamiento tiende á formar parto do una con¬ ciencia personal. 2) Dentro de cada conciencia personal, el pensamiento está cambiando siempre. o) Dentro de cada conciencia personal, el pensamiento es sensiblemente continuo. 4) Siempre parece ocuparse en objetos independientes de sí mismo. 5) Está interesado en algunas partes de estos objetos, con exclusión de otras, y acoge ó rechaza (escoge entre ellos, en una palabra). Al considerar estos cinco puntos sucesivamente, tendre¬ mos que incurrir in medias res, por lo que se refiere á nuestro vocabulario, y emplear términos psicológicos que sólo pueden definirse adecuadamente en los últimos capítulos del libro. Pero todos saben lo que los términos significan de una mane¬ ra tosca; y sólo de una manera tosca hemos do usarlos ahora. Este capítulo es como el primer boceto al carbón de un pintor .sobre su lienzo, en el cual no aparecen ciertas sutilezas. EL TORRENTE DEL PENSAMIEN'^O 243 • J ) EL PENSAMIENTO TIENDE Á LA FORMA PERSONAL Cuando yo digo: todo pensamiento es parte de una conciencia jtersonal, «concioncia personal» es uno de los términos, en cuestión. Conocemos su significado mientras no liaya quien nos mando definirlo, pero dar una cuenta minuciosa de él es la más difícil de las tareas filosóficas. Esta tarea debemos em- prendqi-la en el capítulo siguiente; aquí bastarán unas palabras preliminares. En esta liabitación (esta habitación de lectura, por ejem¬ plo) hay una multitud do pensamientos, vuestros y míos, al¬ gunos do los cuales se cohesionan naturalmente y otros no. Son tan insificantes cada uno por sí mismo, y recíprocamente independientes, como son considerables todos juntos. No son ni uno ni otro: ninguno do ellos está separado, sino que cada uno se junta con algunos otro.s y con ninguno más. Mi pensa¬ miento se junta con mis otros pensamientos, y vuestros pen- .samientos con vuestros otros pensamientos. Si en cualquier otra parte de la habitación hay un simple pensamiento, que os un pensamiento do nadie, no tenemos medios do indicarlo, porque no tenemos experiencia do su semejante. Los únicos estados do conciencia de que naturalmente nos ocupamos, sé oncuentran en las conciencias y espíritus personales, concretos y particulares yos y vos. Cada uno de estos espíritus conserva por sí mismo sus pro¬ pios pensamientos. No hay entrega ó trueque entre ellos. Ningún pensamiento so presenta á la vista directa de un pen¬ samiento en otra conciencia personal que la suya iiropia. El aislamiento absoluto, el pluralismo irreductible, os la ley. Pa¬ rece como si el liocho físico elemental no íwqsq el pensamiento ó este pensamiento ó aciuel pensamiento, sino mi pensamiento, siendo pus-e/do todo pensamiento. Ni la contemporaneidad, ni la proximidad en el espacio, ni la semejanza do cualidad y contenido son capaces do fundir pensamientos ([ue están sepa¬ rados por esta barrera do pertenecer á diferentes espíritus personales. Las brechas entre tales pensamientos son las bre- ' chas más absolutas do la naturaleza. Cualquiera reconocerá que esto es cierto, en tanto que se insisto solamente sobre la «xistencia de algo correspondiente al término de «espíritu 244 PKINCIPIOS DE PSICOLOGÍA personal», sin que se implique ninguna referencia particular (le su naturaleza. En estas condiciones, el yo personal, más bien que el pensamiento, debiera tratarse como el dato inme¬ diato en psicología. El hecho universal consciente no es que «existen pensamientos y sentimientos», sino «yo pienso» y «yo siento» (1). Ninguna psicología puede discutir, en modo alguno, la existencia de los yos personales. Lo peor que un psiccilogo puede hacer es interpretar la naturaleza de estos ' yos de tal manera que los despojo do su mérito. Un escritor francés, hablando de nuestras ideas, dice en alguna parte, en un acíceso de excitacicm antiespiritualista que, extraviados por ciertas particularidades que ostentan,'«acabamos por per¬ sonificar» la procesicm que forman; siendo .considerada por él esta personificación como un gran desatino filosófico de nues¬ tra parte. Sólo sería un desatino si la noción de la personali¬ dad significase algo esencialmente distinto de lo que ha de en¬ contrarse en la procesión mental. Pero si esa procesión es en sí misma el «original» de la noción de personalidad, personifi¬ carla no puede ser un error. Está ya personificada. No hay se¬ ñales de personalidad que puedan esc'ogersd aliunde, y luego se encuentren de falta en el cursO' del pensamiento. Esto las tiene todas ya; de suerte qup á cualquier análisis ulterior que sujetemos esa forma de dominio pereonal bajo la cual apare¬ cen los pensámientos, es y debe seguir siendo cierto que los pensamientos que la psicología estudia, tienden continuamen¬ te á aparecer como partes de los yos personales. . Yo digo «tienden á aparecer» más bien (lue «aparecen», en •razón de esos hechos do personalidad subconsciente, escritura automática, etc., de los cuales estudiamos algo en el capítulo .anterior., Los ■ s entimientos agitádos y los pensamientos que! ahora se han demostrado que existen en los anestésicos histéri¬ cos, en los i;ecipientes de. la sugestión hipnótica, etc., son par¬ tes de los seres secundarios y i)ersonales. Estos seres son en su mayor parte muy estúpidos y contraídos, y en períodos ordi¬ narios se les corta la comunicación con el yo regular y normal ’ del individuo, pero todavía forman unidades conscientes, y en suma, son completamente dignas de ese título de personalida¬ des secundarias que ahora se les da comúnmente. Según (Ij Bowne: 3Ietaphysics, pág. .362. EL TOERENTE DEL PENSAMIENTO 245 Mr. Janet, estas personalidades secundarias son siempre anor¬ males y resultan de la división de lo que debía ser un simple yo completo en dos partes, una de las cuales espía en el segun¬ do término, mientras que la otra aparece en la superñcie como el único yo que tiene el hombre ó la mujer. Para nues¬ tro propósito actual no es importante que esta noticia del origen de los yos secundarios sea aplicable á todos los casos posibles ó no, porque seguramente es verdadera de un gran número de ellos. Ahora bien: aunque las dimensiones de un yo secundario formado así dependerán del número de pensa¬ mientos que se han dividido así de la conciencia principal, su forma tiende á la personalidad, y los últimos pensamientos pertenecientes á él recuerdan los primeros y los adoptan como propios. Janet aprovechó el momento actual de conden¬ sación (por decirlo así) de una de estas personalidades secun¬ darias en su sonámlmla anestésica Lucía. Encontró que, cuan¬ do la atención de esta joven estaba absorta en conversación con una tercera persona, su mano anestésica podía escribir las simples respuestas á las cuestiones susurradas á ella ¡lor él mismo. «¿Oís?» preguntaba él. «Aú», era la réplica inconscien¬ temente escrita.—«Pero para responder debéis oir». <S¿, exac¬ tamente». «Entonces, ¿cómo os las arregláis?» <^No lo sé». <íDebe haber alguien que me oye». <S¿». «¿Quién?» Algún otro que Lucia». «¡Ah! otra persona». «¿Lo daremos un nombre?» «No». «Sí, será más conveniente», «Bien, entonces, Adriana». «Una vez bautizado el personaje subconsciente, continúa Ja¬ net, se hace más doñnidamente esbozado y despliega mejor sus caracteres psicológicos. En particular nos demuestra que es consciente do los sentimientos excluidos de la conciencia del personaje primario ó normal. Ella es quien nos dice que» estoy pinchando , el brazo ó tocando el dedo meñique en qu'e Lucía durante tanto tiempo no tuvo sensaciones táctiles» (1). En otros casos, la adopción del nombre para el yo secunda¬ rio es más espontánea. Yo he visto á un gran número de inci¬ pientes escritores automáticos y médiums todavía imperfec¬ tamente «desarrollados» que inmediatamente, y por su propio impulso, escriben y hablan en nombre de espíritus fenecidos. Estos pueden ser caracteres públicos, como Mozart y Faraday, (1) L’Automatisme.Fsychologique, pág. 318. 246 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA Ó personajes reales anteriormente conocidos del sujeto ó seres^ \ del todo imaíi’inarios. Sin prejuzgar la cuestión del «dominio real del espíritu» en las especies más-desarrolladas de expre¬ sión extática, me inclino á pensar que estas expresiones rudi¬ mentarias (muclias veces deplorablemente ininteligibles) son obra de una fracción inferior del espíritu propio y natural del sujeto, libertadas del dominio do las demás y obrando con arre¬ glo á. un modelo fijado por los prejuicios del ambiente social. En una comunidad espiritualista obtenemos mensajes opti¬ mistas, mientras que en una ignorante aldea católica, el per¬ sonaje secundario se da á sí mismo el nombre de' un demonio,. . y profiere blasfemias y obscenidades, en vez de decirnos cuán feliz es en el país de la bienaventuranza (1). Bajo estas regiones del pensamiento, que, aunque rudi¬ mentarias, todavía son yos organizados, con una memoria, hᬠbitos y sentido do su propia identidad, Janet piensa que Ios- hechos do la catalopsia en los pacientes liistéricos noí? inducen ■ á suponer que hay pensamientos completamente desorganiza¬ dos é impersonales. Un paciento, en un ataque cataléptico ((pie puede producirse artificialinente en ciertos sujetos hipnotiza¬ dos) está sin memoria al despertar y parece insensible ó in¬ consciente mientras dura la situación catalóptica. No obstan¬ te, si uno alza el brazo de ese sujeto se queda en esa posición, y todo el cuerpo puede así ser moldeado como arcilla en ma¬ nos del alfarero, conservando durante un tiempo considerable cuakiuier actitud que se le comunique. En las histéricas cuyo- brazo, por ejemplo, es anestésico, puede ocurrir la misma cosa. El brazo anestésico puede permanecer pasivamente en posi¬ ciones que se acostumbra á tomar, ó si se coge la mano y so le hace sostener una pluma y trazar cierta letra, continuará in- / definidamento trazando esa letra sobre el papel. Hasta hace poco se supuso que estos actos no iban acompañados de con¬ ciencia alguna y que oran actos reflejos fisiológicos. Janet con¬ sidera, con razones mucho más plausibles, que el sontimienta los escolta. Probablemente, el sentimiento es únicamente el do (1) Cf. Constans: Belation mr une Epideniie dliyatéro-démonopa- thie en 1861; 2.'* edición; París, 1863; Chiap y Pranzolini: L’Epidemia d’istero-demonopatia in Verzegnis; Reggio, 1.879, Véase también la i)e- qiieña obra de Iterner: Nacliriclit von dem hrkommem des Besessen- seins, 1836. EL TORRENTE DEL PENSAMIENTO 247 la posición ó movimiento del miembro, y no produce más que sus efectos naturales cuando se descarga en los centros moto¬ res que conservíin la posición ó tienen el movimiento ince¬ santemente renovado (1). Pensamientos como éstos, dice Ja- net, «no son conocidos por nadie, porque las sensaciones dis¬ gregadas y reducidas á un estado de sedimento mental no so sintetizan en personalidad alguna» (2). Admite, no obstante, que estos mismos pensamientos inexplicablemente estúpidos tienden á desarrollar la memoria; el cataléptico mueve su bra¬ zo durante mucho tiempo á un simple aviso; así que no forman excepción importante á la ley de que todo pensamiento tiende á revestir la forma de conciencia personal. 2) EL PENSAMIENTO ESTÁ EN CAMBIO CONSTANTE No quiero decir necesariamente que ningún estado de es¬ píritu tenga duración; aunque fuese cierto, sería difícil de es¬ tablecer. El cambio que yo tengo en cuenta más particular¬ mente, es el ([ue tiene lugar en intervalos de tiempo sensible, y el resultado sobre el cual deseo apoyarme es éste: que nin¬ gún estado, una vez desaparecido, jniede volver y ser idéntico á lo que fué antes. Comencemos con la descripción de Shadworth Hodgson: ^ ‘‘Voy (lirectaiiiente á los hechos, sin decir que voy á la percepción ó á la sensación, ó al pensamiento ó á cualquier modo especial. Lo que encuentro cuando contemplo mi conciencia es que aquéllo do que no puedo despojarme, ó no tener en la conciencia, si tengo conciencia^ es una consecuencia de sentimientos diferentes. Puedo cerrar mis ojos y conservarlos así perfectamente y no tratar de contribuir en algo con mi propia voluntad; pero, piense ó no piense, perciba ó no las cosas exteriores, tengo siempre una sucesión de cosas diferentes. Todo lo demás (lue yo pueda tener también de un cárácter más espe¬ cial entra á formar parte de esta sucesión. No tener la sucesión de los diferentes sentimientos es no ser consciente en absoluto. La cade¬ na de la conciencia es una ilación de cosas diferentes^ (3). (1) i^ara la fisiología de esto compárese el capítulo sobre la Vo¬ luntad. (2) Loco pág. 31G. (3) The Fhilosophy of Beflection, I, 248, 290. 248 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA Una descripción como ésta no puede suscitar protesta po¬ sible de nadie. Todos nosotros reconocemos como diferentes grandes clases de nuestros estados conscientes. Ahora estamos viendo, luego oyendo, ahora razonando, luego queriendo, alio¬ na ijecordando, luego esperando, aliora amando, luego odian¬ do, y do otras cien maneras conocemos que nuestros espíritus están alternativamente ocupados. Pero todos estos son estados complejos. La aspiración de la ciencia es siempre reducir la complejidad á la sencillez, y en la ciencia psicológica tenemos la celebrada «teoría de fas ideas q u e, admitiendo la gran di¬ ferencia entro cada una de las que pueden llamarse condicio¬ nes concretas del espíritu, trata de demostrar cómo esto es el efecto resultante de variaciones en la combinación de ciertos elementos simples de conciencia que siempre permanecen idénticos. Estos átomos ó moléculas mentales son lo que Loc- ke llamaba «ideas simples». Algunos de los sucesores de Loc¬ he sostuvieron que las únicas ideas simples eran las sensacior nes así estrictamente llamadas. Con todo^ ahora no nos incum¬ be averiguar cuáles pueden ser las ideas simples. Basta que ciertos filósofos hayan pensado que podían observarse bajo la apariencia disolvente del espíritu ciertos liechos elementales de cualquier clase que permanecían invariables en medio del .flujo. • ' Y la opinión de estos filósofos ha sido poco discutida, por¬ que nuestra experiencia común parece, á primera vista, corro¬ borarla por completo. ¿No son las sensaciones que obtenemos del mismo objeto, por ejemplo, siempre las mismas? ¿No nos hace oir de la misma manera la misma clave del piano golpea¬ da con la misma fuerza? ¿No nos da la misma hierba la misma sensación de Amrde, el mismo cielo la misma sensación de azul, y no obtenemos la misma sensación olfativa cuantas veces apli¬ camos nuestra nariz al mismo frasco de colonia? Parece un resto de sofistería metafísica sugerir que no es así; y, sin em¬ bargo, una minuciosa atención al asunto demuestra que no hay prueba de que la misma sensación corporal es siempre obteni¬ da por nosotros dos veces. ' ^ Lo que se obtiene dos veces es el mismo objeto. Oímos la misma nota una y otra vez; vemos la misma cualidad de verde ú olemos el mismo perfume objetivo ó experimentamos la misma especie de dolor. Las realidades, concretas ó abstractas, físicas é ideales, en cuya existencia permanente creemos, pa- EL TORRENTE DEL PENSAMIENTO 249 recen estar presentándose constantemente á nuestro pensa¬ miento, y nos conducen, en nuestra negligencia, á suponer que nudstrás «ideas» de ellas son las mismas ideas. Cuando llegue¬ mos, algo más tarde, al capítulo sobrofla Percepción, veremos cuán inveterada es nuestra costumbre de no esperar á las sen¬ saciones como hechos subjetivos, sino de emplearlas simple¬ mente como piedras miliarias para pasar al reconocimiento de las realidades cuya presencia revelan. La hierba que crece en la ventana me parece ahora del mismo verde al sol que á la sombra, y, sin embargo, un pintor tendría que pintar una par¬ te obscura y por otra parte amarillo brillante, x>ara dar su real efecto sensacional. No tenemos cuidado, por regla general, de ■ la manera diferente con que las mismas cosas parecen y sue¬ nan y huelen á diferentes distancias y bajo diferentes circuns¬ tancias. La igualdad de las cosas^es lo que nos interesa señalar; y las sensaciones que nos aseguran de eso probablemente se considerarán de una níanera vaga'ser lo mismo que otra. Esto es lo que hace testimoniar de improviso sobre la identidad subjetiva de diferentes sensaciones casi indignas como prueba del heclio. La historia entera de la Sensación es un comentario sobre nuestra incapacidad para decir si dos sensaciones reci¬ bidas aparte son exactamente iguales. Lo que llama nuestra atención mucho más que la cualidad ó la cantidad dé una sen¬ sación dada, eá su razón, para cualesquiera otras sensaciones podemos tener al mismo tiempo. Cuando todo es obscuro, una sensación algo menos obscura nos hace ver un objeto blanco. Helmholtz calcula que el mármol blanco pintado en un cuadro ó representando una vista arquitectónica á la luz de la luna es, cuando se ve á la clarid'ad del día, diez veces más brillante que el mármol real lo sería á la luz de la luna (1). ' Una diferencia como esta nunca jDodría aprenderse sensible¬ mente, ha de inferirse de una serie de contradicciones indirec¬ tas. Hay hechos ([ue ños hacen creer que nuestra sensibilidad se altera todo el tiempo, de suerte que el mismo objeto no puedo darnos fácilmente la misma sensación de nuevo. La sen¬ sibilidad de los ojos á la luz llega á su máximum cuando el ojo ,se expone por vez primera y se debilita con sorprendente ra¬ pidez. El sueño de una larga noche hará ver las cosas dos ve- (1) Poimldre Wissenschaftliche Vortrage, Drittes Heft, pág. 72, (187G). 250 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA ces más claras al despertar, como'el simple descanso por el cierre de puertas hará verlas más tarde por el día (II. Senti¬ mos las cosas de distinta manera seft-ún que estamos durmien¬ do ó despiertos, hambrientos ó satisfechos, lifíeros ó fatií^ados; de distinta manera por la noche y por la mañana; de distinta manera en el invierno y en el verano, y, sobro todo, de distin¬ ta manera en la infancia, en la virilidad y en la edad madura. Sin embargo, nunca dudamos de que nuestros sentimientos revelan el mismo mundo, con las mismas cualidades sensibles y las mismas cosas sensibles que lo ocupan. La diferencia de sensibilidad se demuestra mejor por la diferencia de nuestra emoción sobre las cosas de una edad á otra, ó cuando estamos en diferentes situaciones orgánicas. Lo que era radiante y ex¬ citante se hace aburrido, monótono ó inútil. La canción del pájaro es fastidiosa, la brisa es fúnebre, el cielo es triste. A estas hipótesis indirectas de que nuestras sensaciones, siguiendo, las modiñcacionee de nuestra capacidad para el sen¬ timiento, están sufriendo siempre un cambio esencial, debe añadirse otra suposición, basada en lo que debe ocurrir en el cerebro. Toda sensación corresponde á alguna acción cerebral. Porque para que una sensación idéntica retornase, tendría que ocurrir la segunda A^ez eyi un 'cerebro no modificado. Pero como esto, estrictamente hablando, es de una imposibilidad fisioló¬ gica, así un sentimiento no modificado ¿s una imposibilidad- porqué á toda modificación cerebral, por pequeña que sea, debe corresponder un cambio de igual alcance en el sentimien¬ to á que el cerebro se subordina. Todo esto sería cierto si las sensaciones viniesen á nosotros puras y simples y no combina¬ das en «cosas». Aun entonces tendríamos que confesar que, aunque podamos en la conversación ordinaria hablar de obte- tener la misma sensación de nuevo, nunca en la estricta exac¬ titud teórica podemos liacerlo así; y que, sea ó no cierto del río de la vida, del río del sentimiento elemental, es muy cier¬ to decir, como Heráclitus, que nunca bajamos dos veces por el mismo cauce. Pero si la suposición de «simples ideas de sen¬ sación», recurriendo en forma inmutable, se demuestra tan fácilmente que está desxirovista de fundamento, ¡cuánto más infundada es la suposición de inmutabilidad en las grandes masas de nuestro pensamiento! (1) Fick; (MI llermann’s Handbiich Fhysiology, vol. III, I, pág. 225. EL TORRENTE DEL PENSAMIENTO 251 Porque es evidente y palpable (lue nuestro estado de alma nunca es precisamente el mismo. Todo pensamiento que tene¬ mos do un lieclio dado es, estrictamente iiablando, único, y sólo tiene una semejanza de género con nuestros otros pensa¬ mientos del mismo hecho. Cuando retorna el hecho idéntico, debemos pensar en él de una manera nueva, verlo bajo un án¬ gulo diferente, percibirlo en diferentes relaciones de aquéllas en que al lin aparecieron. Y el pensamiento por el cual lo co¬ nocemos os el pensamiento de él en esas relaciones; un'pensa¬ miento difundido en la conciencia de todo ese sombrío con¬ junto. Muchas veces nosotros mismos nos sentimos impresio¬ nados por las extrañas diferencias de nuestras sucesivas pers¬ pectivas de la misma cosa. Nos asombra cómo habríamos opi¬ nado el mes pasado sobre cierto asunto. Hemos desechado la posibilidad de ese estado de espíritu, no sabemos cómo. Do un' año á otro vemos, cosas á la nueva luz. Lo que fué irreal se ha hecho real, y lo que fué excitante es insípido. Los amigos que nos acostumbramos á estimar en todp el mundo, so han hun¬ dido en las sombras; las mujeres, alguna A'ez tan divinas, las estrellas, los bosques y Ibs mares, ¿cómo son ahora tan estúpi¬ dos y vulgares?; las jóvenes, ((ue llevaban una aura de infini¬ to, al presente son existencias que no advertimos apenas; los cuadros son tan vacíos, y en cuanto á los libros, ¿qué em lo que nos hacía encontrar tan misterioso significado en Goethe, ó tanta solidez y peso en John Stuart Mfll? Ln vez de todo esto, más sabroso que nunca es el trabajo, y más lleno y pro¬ fundo el cumplimiento de los deberos comunes, y el disfruté do los bienes ordinarios. Pero lo ([ue aquí nos asombra tan forzosamente en la escala más visible, existe en toda escala, liasta la imperceptible transición de la contemplación fija de pna hora antes á la de la siguiente. La experiencia nos está rehaciendo á cada momento, y nuestra reacción mental sobre toda cosa dada es realmente una resultante de nuestra expe¬ riencia de torio el mundo hasta la fecha. Las analogías de la fisiología cerebral deben ser utilizadas para corroborrar nuestra opinión. Nuestros primeros capítulos nos han enseñado á creer que, mientras pensamos, nuestro cerebro cambia, y que, como la aurora boreal, todo su equilibrio interno cambia con cual- (luier palpitación do cambio. La naturaleza precisa del cambio en un momento dado es un producto de múltiples factores^ El 258 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA La confusión reside entre los pensamientos mismos, consi¬ derados como hechos subjetivos y las cosas do las cuales^son conscientes. Es natural hacer esta confusión, poro es fácil evi¬ tarla una puesto uno en guardia. Las cosas son discretas y discontinuas; pasan delante de nosotros en una serio ó cade¬ na, liaciondo muclias veces apariciones explosivas y dividien¬ do cada una en dos. Pero sus idas y venidas y contrastes no rompen ya el flujo def pensamiento que las piensa, como no. rompen el tiempo y el espacio en que están situadas. Un silen¬ cio puedo ser interrumpido por el estallido do un trueno, y podemos quedar tan ensordecidos y confusos por un momento á causa del choque, que no nos demos en aquel instante cuen¬ ta á nosotros mismos de lo que ha sucedido. -Poro esa misma confusión es un estado 'mental y un estado que nos liace pasar directamente desde el silencio al sonido. La transición entre el pensamiento do un objeto y el pensamiento de otro, no es una hendedura en el penmmiento, colno una resquebrajadura en un bambú es una hendedura en el bosque. E.s una parte de la conciencia tanto como la res(iuobrajadura es una parte del hambú. ' ^ , La opinión superficial introspectiva es el considerar, aun cuando las cosas se contrasten unas con otras más violenta¬ mente, la gran suma do afinidad que todavía puede subsistir entre los pensamientos por cuyos medios son conocidas. En el acto 'de darse cuenta del trueno mismo, el darse cuenta del si¬ lencio anterior se escurre secretamente y continúa trabajando,' porque lo que oímos cuando el trueno, crepita no es el trueno puro, sino el trueno romiiiendo el silencio y contrastando con él (1). Nuestro sentimiento del mismo trueno objetivo, vinien¬ do de esta manera, es completamente distinto de lo que sería si el trueno fuese una continuación del trueno anterior. Cree¬ mos que el trueno mismo anula y excluyo el silencio; pero el ^ sentimiento del trueno os también un sentimiento del silencio que acaba de pasar, y sería difícil encontrar en la conciencia actual y concreta/del hombre, ún sentimiento tan limitado al presento que no tuviese una indicación do algo que* viniese antes. Aquí el lenguaje trabaja además contra nuestra percep- (í) Cf. Breiitaiio: Psychologie, vol. I, págs. 219-20. Todo este ca-, ])ítulo de Brejitaiio sobre la Unidad de la Conciencia es de lo mejor ([ue yo conozco. EL TORRENTE DEL PENSAMIENTO 259 ción de la verdad. Nombramos simplemente nuestros pensa¬ mientos, cada uno después de su cosa, como si cada uno cono¬ ciese su propia cosa y nada más. Lo que realmente conoce cada uno es claramente la cosa que se nombra, con otras mil cosas, acaso confusamente. Debe ser nombrado después de todos ellos, pero nunca lo es. Al^ranos de ellos son siempre conocidos y un momento los hace más claros; otros son cosas que han de conocerse más claramente un momento después (1). Nuestra propia posición corporal, nuestra actitud, nuestra condición, es una de las cosas do las cuales, aunque estemos desatentos, acompaña invariablemente alguna conciencia al conocimiento (1) ¡Honor á quien se debe el honor! El conocimiento más explí¬ cito que yo lie encontrado de todo esto, está en un artículo sepultado y olvidado por el He verendo fas. Wills, sobre la Asociación Occiden¬ tal en las Transactions ofthe Boyal Irisli Academy, vol. XXI, parte I (1846) Mr. Wills escribe: «En todo instante del pensamiento conscien¬ te hay cierta suma de percepciones ó'reflexiones ó ambas cosas á la vez, presentes, y constituyendo juntas todo un estado de aprehensión. De ésta, alguna porción definida puede ser mucho más distinta que todo lo demás, y lo demás es, en consecuencia, proporcionadamente vago, aun hasta el límite del olvido. Pero todavía, dentro de. este lí¬ mite, la más turbia sombra de percepción entra allí, y en algún grado infinitesinial, modifica todo el estado existente. Este estado será, en cierto modo, modificado jior cualquier sensación ó emoción, ó un acto de atemtión distinta, que pueden dar preponderancia á cualquier parte de él; de suerte, que el resultado actxial es capaz de la suma va¬ riación, según la persona ó la ocasión.Para cualquier porción cjel fin total-aquí descrito, i)ue Je haber una dirección especial do la aten¬ ción, y esta dirección especial se reconoce como estrictamente lo que se reconoce como la idea presente al espíritu. Esta idea no está evi¬ dentemente relacionada con el estado íntegro de aprehensión, y ha surgido mucha perplejidad de no observar este hecho. Por profunda¬ mente que podamos suponer que la atención está interesada por cual- (piier pensamiento, cualquier considerable alteración de los fenóme¬ nos circundantes, la más abstrusa demostración dada en esta habita¬ ción, no impediría á un oyente, auiuiue estuviese absorto, advertir la súbita extinción de las luces. Nuestros estados mentales tienen siem- ])re xina tinidad esencial tal, que cada estado de aprehensión, aunque variadamente compuesto, es un simple conjunto, del cual todo com¬ ponente se aprehende estrictamente, por consiguiente, en cuanto que se. aprehende como una parte. Tal es la base elemental por la cual co¬ mienzan todas nuestras operaciones intelectuales». 260 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA de cualquier otra cosa que conozcamos. Pensamos, y cuando pensamos sentimos nuestros seres corporales como el sitio del pensamiento. Si el pensar es nuestro pensar, debe fundirse en todas sus partes con ese peculiar calor ó intimidad que lo hace como nuestro. Si el calor y la intimidad son algo más que el' sentimiento del mismo cuerpo siempre allí, es un asunto para decidir en el capítulo siguiente. Cualquiera que pueda ser el contenido del yo, es, habitualmente, sentido con cualquier otra cosa por nosotros, humanos, y debe formar una relación entre todas las cosas de las cuales nos damos cuenta sucesivamen- te (1). , Sobre esta graduabilidad en los cambios do nuestro conte¬ nido mental pueden derramar alj^una más luz los principios de la acción nerviosa. Cuando al estudiar, en el capítulo III, la agrupación de actividades nerviosas, vimos que ningún es¬ tado del cerebro puede suponerse que muero inmediatamente. Si viene un nuevo estado, la inercia del estado antiguo toda¬ vía estará allí y modificará el estado en consecuencia. Natu¬ ralmente no podemos decir, en nuestra ignorancia, lo que en cada caso dtíbon ser las modificaciones. Las modificaciones más comunes en la percepción de los sentidos son conocidas como fenómenos de contraste. En estética hay los sentimientos de deleite ó desagrado que ciertos órdenes particulares dan en una serie de impresiones. En el pensamiento, estrictamente así llamado, hay indiscutiblemente esa conciencia del de donde y del á donde, que acompaña siempre á sus flujos. Si reciente¬ mente la íegión cerebral a fue vivamente excitada, y — luegOi 6, y ahora vivamente c, la conciencia total presento no es producida simplemente por la excitación do c, sino tam¬ bién por las muriontes vibraciones do a y 6. Si necesi¬ tamos representar el proceso cerebral, debemos escribir así a, 5, c, — tres diferentes procesos coexistentes, y relacionar con ellos un pensamiento que no os uno de los tres pensa¬ mientos que ellos hubieran producido si cada uno de ellos hubiese ocurrido sólo. Poro cualquiera que pueda ser exac¬ tamente este cuarto pensamiento, parece imposible que no fuese \algo semejante á cada uno de los otros tres pensa¬ mientos cuyas regiones están interesadas en su producción. (1) Compárese el encantador paisaje de Taine en La Inteligen¬ cia, I, 83-84. EL TORRENTE DEL PENSAMIENTO 261 aunque en una fase de decaimiento rápido. Todo esto se rela¬ ciona con lo que dijimos unas pocas páginas antes. Como cambia la neurosis total, así cambia la psicosis total. Pero como los cambios de la neurosis nunca son absolutamente discontinuos, así las sucesivas psicosis deben moldearse gra¬ dualmente una en otra, aunque su escala de cambio puedeeer mucho más elevada en un momento que en el siguiente. Esta diferencia en la escala de cambio radica en la base de una diferencia de estados subjetivos do la cual debemos ha¬ blar inmediatamente. Cuando la escala es ínfima, nos damos- cuenta del objeto de nuestro pensamiento de una manera re¬ lativamente reposada y estable. Cuando es elevada, nos damos cuenta de un tránsito, de una relación, de una transición de él, ó entre él y alguna otra cosa. Cuando tenemos, de hecho, una perspectiva general del maravilloso torrente do nuestra con¬ ciencia, lo que nos clioca primero es esta diferente gradación' de sus partes. Como la vida de un pájaro, parece estar com¬ puesta de una alternativa do vuelos y posaduras. Él ritmo del lenguaje expresa éstos, donde todo pensamiento está conden- sado en una sentencia, y toda sentencia cerrada por un perío¬ do. Los lugares do descanso están ocupados usualmonte por imaginaciones sensoriales de alguna especie, cuya peculiari¬ dad es que pueden mantenerse ante el espíritu por algún tiem¬ po indefinido y sor contempladas sin cambiay; los sitios de vuelo están llenos de pensamientos, de relaciones estáticas ó dinámicas, que en su mayor parte se obtienen entre los obje¬ tos contemplados en los. períodos de relativo descanso. Llamemos á los lugares de descanso las <í])artes sustayitivas» y á los sitios de vuelo las «partes transitivas-» del torrente del^ien- samiento. Entonces se advierte (lue el fin principal do nuestro pensa.r es, en toda ocaíüón, la , obtención de alguna otra parte sustantiva distinta de aquélla de la cual hemos sido desaloja¬ dos. Y podemos decir que el principal uso dé las partes tran¬ sitivas es llevarnos de una conclusión sustantiva á otra. Aho¬ ra bien: es muy difícil, introspectivamente, ver las partes transitivas tales como son. Si no son más que direcciones ha¬ cia una conclusión, detenerse á contemplarlas antes de que se liaya alcanzado la conclusión os realmente aniquilarlas. Mien¬ tras que si esperamos á que la conclusión se alcance, acaso las excede tanto en vigor y estabilidad, que las eclipsa y absorbe por completo en su brillo. Que alguien trate de cortar un pen- 262 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA samiento al través ó al medio ó do dirigir una mirada á su sec¬ ción, y verá cuán difícil es la observación introspectiva de las regiones transitivas. El junco del pensamiento es tan estirado que casi siempre so rompo por su conclusión antes do que po¬ damos cogerle. O si nuestro propósito es bastante activo y po¬ demos cogerle, cesa en lo sucesivo de ser él mismo. Gomo un cristal, do un copo do nieve cogido en la mano caliente no es ya un cristal, sino una gota, así, en vez de coger el sentimien¬ to do la relación, avanzandq á su término, encontramos que liemos cogido alguna cosa sustantiva, ordinariiímente la últi¬ ma palabra que hemos pronunciado, estáticamente tomada, y con su función, tendencia y significado particular en la sen¬ tencia completamente evaporada. La tentativa de un análisis introspectivo en estos casos os en realidad como agarrar la punta de una rueca para coger su movimiento, ó tratar de apagar el gas bastante rápidamente para ver lo que parece la obscuridad, y el desafío á prodiieir estas' psicosis, que segura¬ mente lanzan los psicólogos dudosos á cualquiera que disputa su existencia, es tan incorrecto como el trato de Zenón res¬ pecto á los defensores del movimiento, cuando, pidiéndole que le señalasen en qué sitio está la flecha cuando se mueve, argu¬ ye la falsedad de su tesis, de su incapacidad de dar una réplica inmediata á tan descabellada cuestión. Los resultados do esta dificultad introspectiva son funes¬ tos. Si se afirma y se observa que las partes intransitivas del torrente del pensamiento son tan sólidas, entonces el gran de¬ satino á que están píopensas todas las escuelas debe ser la fal¬ ta de registrarlas, y el indebido énfasis concedido á las partes más sustantivas del torrente. ¿No estaríamos nosotros mismos un momento después en peligro de ignorar cualquier senti¬ miento transitivo entre el silencio y el trueno, y do considerar su lindero como una especie de brecha en el espíritu? Ahora bien, una ignorancia como esta ha trabajado históricamente en dos sentidos. Una serie de pensadores han sido conducidos por ella al sensacionalismo (1). Incapaces de poner sus manos en los groseros sentimientos correspondientes á las innumera- (1) Sustituimos por esta locución más filosófica y legíthua la im¬ propia denominación de sensualismo (iiie han empleado los compen¬ dios de filosofía española’al tratar de la escuela de Locke y Condi- llac, los príncipes de esta dirección filosófica.— K. del T. EL TORRENTE DEL PENSAMIENTO 263 hles relaciones y formas de conexión entre los hechos del mundo, no encontrando modificaciones subjetivas nombradas que representen tales relaciones; han negado, en su mayor parte, que existan los sentimientos de relación, y muchos de ellos, como Hume, han'ido más lejos, negando hasta la realidad (le la mayoría do las relaciones fuera del espíritu tanto como dentro (le él. Las psicosis sustantivas, las sensaciones y sus copias y derivativos, yuxtapuestos como dominós, pero real¬ mente separados, todo lo demás ilusión verbal: tal es la cúspi¬ de suprema do esta opinión H ) . Los intelectualútas, por otra parte, incapaces de renunciar á la ^realidad de las relaciones extra mentem (fuera do la mente); pero igualmente incapaces do señalar cualesquiera,sentimientos substantivos y nítidos en los cuales fuesen conocidas, han lieclio la mjsma suposición de (jue los sehtimientos no existen. Poro lian llegado á una con¬ clusión opuesta. Las'relaciones deben ser conocidas, dicen ellos, en algo que no es sentimiento ni'modificación mental continua’y consustancial con el tejido subjetivo del cual so elaboran las sensaciones y otros estados sustantivos. Estas re¬ laciones son conocidas por algo que radica en un plano com¬ pletamente distinto, por un actus punís del Pensamiento, do la Inteligencia ó do la Razón, todo escrito con mayúsculas, y considerándose que significa algo inconcebiblemente superior á cualquier hecho de la sensibilidad. Pero, desde nuestro punto do vista, los Intelectualistas y los Sensualistas están equivocados. Si hay cosas como senti¬ mientos, entonces, tan seguramente como exÁsten 'relaciones ix RERUM NATURA, no mcnos, sino más seguramente, existen senti¬ mientos por los Cuales son conocidas estas relaciones. Ho hay una conjunción ó una proposición, y apenas una frase adverbial, una forma sintática ó inflexión de voz en el lenguaje huma¬ no, que no exprese uno ú otro matiz do relación que en algún^ momento sentimos que actualmente existe entre los objetos más vastos de nuestro pensamiento. Si hablamos objetiva¬ mente, las relaciones reales son las que aparecen reveladas; si (1) Por ejemplo: «El torrente del pensamiento no es una corrien¬ te continua, sino una serie de ideas distintíjs, más ó menos rápidas en su sucesión; la rapidez es mensural)le por el número que pasa á través del espíritu en un momento dado» (Bain: Emotions (oul WilL pág. 29). ■ 264 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA hablamos ^ubjctivarnento, el torrente de la conciencia es el que iguala á cada una de ellas por una coloración íntima que los da. En ambos casos las relaciones son innumerables, y nin¬ gún lenguaje existente es capaz de dar relieve á todos sus ma¬ tices. Debemos decir un sentimiento do y y do si, un sentimiento de pero y un sentimiento exactamente lo mismo (lue de¬ cimos sentimiento á.Q ,azul ó sentimiento de/rio. Sin embargo, no lo hacemos así; tan inveterado se ha hecho nuestro hábito de reconocer sólo la existencia de las partes sustantivas, que el lenguaje casi se niega J plegarse á cualquier otro uso. Los Empíricos han insistido siempre en su inñuencia al hacernqs suponer que donde tenemos un nombre separado debe existir una cosa separada que corresponda á ó!; y han negado, con ra¬ zón, la existencia do la multitud (le entidades, principios y fuerzas abstractas en cuyo favor no podía presentarse ningu¬ na otra evidencia que ésta. Pero nada han dicho de ese error opuesto, del cual dijihios una palabra en el capítulo VII do suponer (jue, donde no hay un nombre, no puede existir enti¬ dad alguna. Todos los estados psíquicos mudos ó anónimos han sido suprimidos á sangre fría debido á este error, ó, si fueron reconocidos, han sido denominados con arreglo á la percepción sustantiva á (][ue conducían como pensamientos «acerca do» este objeto ó «acerca de» aquél, absor viendo la estólida palabra «acerca de» toda su delicada idiosincrasia en su monótono sonido. Así han ido continuamente aumen¬ tando la acentuación y aislamiento de las partes sustantivas. Una vez más debemos dirigir una ojeada al cerebro. Cree- . mos (lue el cerebro es un órgano cuyo equilibrio interno está siempre en un estado de cambio; el cambio que afecta á todas í las partes. Las palpitaciones del cambio son indudablemente más violentas en un lugar (pie en otro, y su ritmo más rápido en esta ocasión (jue en aquélla. Como en un kaleidoscopio que gira en una proporción uniforme, aumiue las figuras están siempre reorganizándose, hay instantes durante los cuales la transformación parece minuciosa ó intersticial y casi ausente, seguidos de otros en que se efectúa con mágica rapidez, alter¬ nando así las formas relativamente establos con formas que no se distinguirían si se viesen de nuevo; así en el cerebro la re¬ organización perpetua debe resultar en algunas formas de ten- .sión que se dilatan en un intervalo relativamente largo, mien- EL TORRENTE DEL PENSAMIENTO 265 tras que otras simplemente vienen y pasan. Pero si la concien¬ cia corresponde al liecho de la reorí^anización misma, ¿por qué, si no se paraliza la reorganización, ha de cesar jamás la con¬ ciencia? Y si una reorganización dilatada lleva consigo un gé¬ nero do conciencia ¿por qué una rápida reorganización no pro¬ duciría otro género do conciencia tan peculiar comó la reor¬ ganización misma? Las conciencias dilatadas, si son de simples objetos, las llamamos «sensaciones» ó «imágenes», según que son vividas ó tenues; si de objetos complejos,-las llamamos «percepciones», cuando son vividas; «conceptos» ó «pensa¬ mientos» cuando son tenues. Para las conciencias rápidas sólo tenemos osos nombres de «estados transitivos» ó «sentimien¬ tos de relación» que liemos empleado (1). Como los cambios (1) Pocos escritores han admitido que conozcamos relaciones por medio del sentimiento. Los intelectualistas han negado explícitamen¬ te la posibilidad de tal cosa. Por, ejemplo, el profesor Green (Mind., vol. Vn, |)ág. 23): «Ningún sentimiento, como tal ó' como senti¬ do, es,(¿de?) una relación A ún una relación entre sentimientos no es en, sí misma un sentimiento ó sentido». Por otra parte, los sensa- cionistas han entrado de contrabando en el conocimiento sin dar cuenta alguna de él, ó han negado que las relaciones se conozcan y aun (|ue existan del todo, ^lerecen, sin embargo, nombrarse algunas honrosas excepciones entre los sejisacionistas. Destutt de Tracy, La- romiguiére, Cardaillac, Brown y linalmente vSpencer, lian abogado ex¬ plícitamente por los sentimientos de relación, consustanciales con qiuestros sentimientos ó'pensamientos de los términos «entre» los cuales se adíiuieren. Así Destutt de Tracy dic.e (Eléments d’tdeologie, tomo I, .cap. IVj: «La facultad del juicio es en sí misma una especie de sensibilidad, porque es la facultad de sentir jas relaciones entre nuestras ideas; y sentir las relaciones es sentir». Laromiguiére escri¬ be (Legona de FhilosopMe, 2.*' parte, ;3.“ sección): «No hay nadie cuya inteligencia no abanpie simultáneamente muchas ideas, más ó menos distintas, más ó menos confusas. Ahora bien; cuando tenemos muchas ideas de una vez, surge en nosotros un sentimiento peculiar: senti¬ mos, entre estas i(h»as, semejanzas, diferencias, relaciones. Llamemos este modo del sentimiento, comiin á todos nosotros, el sentimiento de relación ó sentimiento-relación (sentiment-rapx)ort). Uno ve inme¬ diatamente que estos sentimientos-relaciones, resultantes de la pro¬ pincuidad de ideas, deben ser infinitamente más numerosos que los sentimientos-sensaciones (sentiments-sensutions) ó los sentimientos ([ue timemos de la acción de nuestras facultades. El más ligero cono¬ cimiento de la teoría matemática de las combinaciones probará 266 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA (1g1 cerebro son continuos, así todas estas conciencias se> fun¬ den unas en otras, como cuadros disolventes! Propiamente no son más que una conciencia prolongada, un torrente continuo. esto. Liis ídea.9 de relación originan sentimientos de relación. Es¬ tos son el efecto de conii)ararlas y razonar ae.erca de ellas^. De un modo análogo se expresa De Cardalllac'('Ü'í?ídc.‘? elémeniairefidePhi- Zo.S’op/íie, sección .1, cap. Vllj: Poruña conseímencia natural, somos inducidos á suponer (|uo al mismo tiíunpo qne tenemos varias sensa- (•iones ó varias ideas en el espíritu, sentimos las relaciones (jub exis¬ ten entre estás setisaciones, y las relaciones que existen entre estas ideas.Si el sentimiento de las rcdaciones existe en nosotros., es necesariamente el más variado y el más fértil detodbs los sentimien¬ tos humanos: l.°) el más variado, poiaiue siendo las relaciones más numerosas que los séres, los sentimientos de relación deben ser en la misma proporción más numerosos que las sensaciones cuya pre¬ sencia dá origen á su formación; 2.*^) el más fértil,,porriue las ideas relativas cuyo origen es el sentimiento de relaciórt., son más impor¬ tantes ([ue las ideas absolutas, si éstas existen.Si interrogamos al lenguaie común, encontramos el sentimiento de relación exjmesado de mil diferentes maneras. Si es fácil de percibir una relación, deci¬ mos (|ue es sensible, para distinguirla dé luia qúe no puede ser tan rápidamente pendbida, porque sus términos son demasiado remotos. Una diferencia ó seme¡anza sensible. ¿ Qné es el gusto en las artes, en las producciones intelectuales? (-Qué es más que el sentim,lento de estas relaciones éntrelas i)artes (¡xie constituyen su mérito?.No sen¬ timos relaciones (¡ue nunca hubiéramos de adquirir i)Or el verdadero conocimiento., poáque casi todo nuestro conocimiento es de rela¬ ciones.Nunca temimos una sensación aislada.; nunca, i)or consi¬ guiente, estamos sin seiitimiento de relación.Un objeto hiere nues¬ tros sentidos; vemoq en él sólo un sentimiento de relación. Lo re¬ lativo es tan próximo á lo absoluto, el sentimiento-relación tan pró- . xinlo al sentimiento-sensación, los dos están tan íntimamente fundi¬ dos en la composición del objeto; (lue la rehunón nos parece, una parte de la sensación misma. iTidudablemente á esta especie de fusión en¬ tre las sensaciones y los sentimieiijhos dé relación, se debe el silencio de los motafísicos resp(!cto á los ixltirnos; y por la misma razón han ¡xersistido obstinadamente en exigir de la sensación sólo esas ideas de refación (lue era impotente ixara dar?.’. El Dr. Tomás Brown escri- be (Lectures, XLV, al principio): -«Hay un orden extenso de nuestros sentimientos que (mvuelven esta noción de relación, y que (musiste, (ui verdad, en la m(íra perceixción de-una relación de ciertíi clase. Ya sea ]a relación d(í dos ó de muchos objetos exteriores, ó de dos ó muchas afecciones def espíritu, el sentimiento de esta ndación.es EL TORRENTE DEL PENSAMIENTO 267 Sentimientos de tendencia. . . ‘ O.tro tanto ocurre con los estados transitivos. Pero liay otros estados innominados ó cualidades de estados que son precisamente tan importantes y cognoscitivos como ellos, y (¡ue precisamente han sido tan poco reconocidos por las filo¬ sofías sensacionalista tradicional é intelectualista del espíritu.. lo qiiP yo denomino ana sligestióir relativa;, siendo esa frase la más sencilla que es posible emplear, para expresar, sin teoría alguna, el mero hecho dél origen de ciertos sentimientos de relación, después de algunos otros sentimientos que los preceden; y por consiguiente,, como si no contuviesen ninguna teoría i)arti(mlar y simplemente ex¬ presiva de iin he(!ho indudable. Que los sentimientos de relación son estados del espíritu esencialmente diferentes de nuestras simples percepciones, ó concepciones de los objetos.; que no son lo que Cpn- dillao denomuiíi.sensac¿07ies trayisformadas, lo probé en un primer en¬ sayo cuando combatí la excesiva simplificación de ese iiigenioso pero- no mu-j: escrupuloso filósofo. Hay una tendencia ó susceptibilidad del espíritu, por la cual, al percibir .juntos diferentes objetos, somos in¬ mediatamente, sin la interv’'ención de cualquier otro proceso mental, sensibles de su relación en ciertos respectos, tan verdaderament(‘ como hay una tendencia ó susceptibilidad original, por la cual, cuan¬ do los objetos .exteriores son presentes j--tienen cierta afección de nuestro órgano sensorial, somos inmediatamente afectados por los elementales y primarios sentimientos de [jercepción; y puedo afuulir <iue, como nuestras sensaciones ó percepciones son de varias esi)e- (des, así hay varias especies de relaciones; ])ues el numero de las re¬ laciones, aun de las cosas exteriores, es en verdad casi infinito, mien¬ tras que el número de percepciones esta necesariamente limitado por el de los ol)jetos que tienen la facultad de producir alguna afección de nuestros órganos de la sensación. Sin esa suscei)tibilidad del espíritu por la cual tiene el señtimieutd de la relación,.luiestra coii- ciencia sería tan verdaderamente limitada á un solo punto, como nuestro cuerpo llegaría á serlo, si fuese posible encadenar eu,un sim¬ ple átomo». Mr. Spencer es ai'in más éxi)lícito. Su filosofía es cruda, en que parece sui)oner que es sólo en los estados transitivos donde se conocen las relaciones exteriores, mientras que en verdad las re¬ laciones del espacio, las relaciones de contraste, etc., se sienten con sus tprminos, en estallos sus,tantivos' como en estados transitivos^ 274 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA acumulo ejemplos, es que «las tendencias» no son sólo des¬ cripciones desde luera, sino que se encuentran entre los obje¬ tos del torrente del jiensamiento, que así tiene noticia de ellos desde dentro, y deben describirse como constituidas en gran parte de sentimientos de tendencia, muchas veces tan vagos, que somos incapaces de nombrarlos. Es, en resumen, la restau¬ ración de lo vago á su lugar propio en nuestra vida mental, y sobre ello estoy ansioso de llamar la atención. ]Mr. Galtón y el profesor Huxley han dado un paso hacia adelante, como vere¬ mos en el capítulo XVIII, al reprobar la teoría ridicula do Hume y Berkeley, que no pueden tener imágenes más que do cosas perfectamente deñnidas.-Otro se da en el aniquilamiento de la noción igualmente ridicula de que, mientras las simples cualidades objetivas se revelan á nuestro conocimiento en sen¬ timientos subjetivos, las relaciones no se revelan. Pero estas reformas no son más que medio destructoras y no bastante ra¬ dicales. Lo que debe admitirse es que las imágenes definidas de la psicología tradicional no forman más que muy pequeña parte de nuestros espíritus, tales como viven actualmente. La psicología tradicional habla como uno que dijese que un río no consta nada más que de agua de pocilgas, marmitas, cubos, barriles y otras formas moldeadas. Aun cuando los cubos y las ollas estuviesen actualmente desaguando en el arroyo, todavía entre ellas continuará corriendo el agua libre. Precisamente este agua libre de la conciencia es la que los psicólogos desde¬ ñan resueltamente. Toda imagen definida en el espíritu se pa¬ raliza y muere en el agua libre que corre alrededor de él. Con olla vp, el sentido de sus relaciones, próximas y remotas, el eco moribundo desde donde viene á nosotros y el sentido albo¬ reante de á donde nol conduce. La significación, el valor de la imagen, está todo en este halo ó penumbra que la rodea y es¬ colta, ó más bien que se funá'e en uno con ella y so hace hue¬ sos de sus huesos y carne de su carne, dejándolo, es cierto, una imagen de la misma cosa que era antes, pero haciéndola una imagen de esa cosa nuevamente considerada y recién com¬ prendida. ■ ¿Cuál es ese sombrío esquema de la «forma» de una ópera, pieza ó libro, que subsiste en nuestro espíritu, y sobre la cual emitimos juicio cuando se lleva á cabo la cosa actual? ¿Cuál es nuestra noción de un sistema científico ó filosófico? Gran¬ des pensadores tienen vastos vislumbres preliminares do es- EL TORRENTE DEL PENSAMIENTO 275 quemas de relación entre términos que apenas entran en el es¬ píritu aun como imágenes verbales; tan rápido es el proceso on su totalidad (1). Todos nosotros tenemos esta conciencia permanente de á donde ha ido nuestro pensamiento. Es un sen¬ timiento como cualquier otro, un sentimiento de qué pensa¬ mientos han de surgir luego, antes de que hayan surgido. Este ilominio de la vista de la conciencia varía mucho en extensión, dependiendo en gran parte del grado de frescura ó fatiga men¬ tal. Cuando están muy frescos nuestros espíritus llevan con¬ sigo un gran horizonte. La imagen presente derrama su pers¬ pectivas muy lej os delante de sí, irradiando de antemano en las regiones en que los pensamientos yacen como aún nonna- tos. En las condiciones ordinarias el halo de las relaciones sen¬ tidas está mucho más circunscrito. Y en los estados de extre¬ mo desfallecimiento del cerebro, el horizonte casi se limita á la palabra que pasa, aunque la maquinaria asociativa provee á la palabra siguiente girando en ordenada ilación, hasta que al ñn el pensador cansado llega á alguna clase de conclusión. En ciertos momentos puede encontrarse dudando si sus pensa¬ mientos nos han llegado á una cumbre; pero el A'^ago sentido de un ][)lus ultra le hace luchar siempre por una expresión más definida de lo que puede ser, mientras que la lentitud 'de su expresión muestra cuán difícil debe ser en tales condiciones la labor del que piensa. La conciencia de que nuestro pensamiento defí,nido ha lle¬ gado á una cumbre es una cosa completamente distinta de la conciencia de que nuestro pensamiento está definitivamente \ completado. La expresión del último estado de espíritu es la (1) Mozart describe así su manera de componer: «Los primeros fragmentos y migajas de la pieza venían y se unían gradualmente en su esi)íritu; luego el alma se acaloraba eu el trabajo; el asunto se des- ari’ollaba cada vez más; y yo lo bago más amplio y más claro, y al fin se presenta casi acabado en mi cerebro, aun cuando fuese una composición larga; de suerte, que puedo ver su conjunto como con una sola ojeada en mi espíritu, como si fuese iiii magnífico cuadro ó un hermoso ser humano; pero aún no lo oigo del todo en mi imaginación como una sucesión .(eso viene más tarde), sino de una vez. ¡Es una extraña fiesta! Toda la tarea de inventar y componer se realiza en m í como en un hermoso sueño muy acentuado. Pero lo mejor de todo es oirlo todo ello de una vez*. t 276 PRINCIPIOS DE PSICOLOGÍA inflexión decadente que prónostica que lia acabado la senten¬ cia y que viene el silencio. La expresión del primer estado es el «carraspear y tartamudear», ó también frases como etcéte¬ ra^ ó «así sucesivamente». Pero advertid que cualquier parte de la sentencia que ha de (luedar incompleta siente de distinta manera cuando pasa, por razón do la advertencia que tenemos de que seremos incapaces de acabarla. El «y así sucesivamen¬ te» arroja su sombra en derredor, y es una parte tan integral del objeto del pensamiento, como lo sería la más nítiila de las imágenes. Además, cuando empleamos un nombre coiniin, tal como hombre, en un sentido universal, como significando to¬ dos los hombres posibles, somos plenamente conscientes de esta intención por nuestra parte, y la distinguimos cuidadosa- ■ monte do nuestra intención cuando nos referimos á cierto grupo de hombres ó un individuo solitario delante de nos¬ otros. En el capítulo sobro la Concepción veremos cuán im¬ portante es esta diferencia do intención. Derrama su influen¬ cia sobre el conjunto de la sentencia á la vez, antes y después del punto en que se emplea la palabra hombre. Nada es más fácil que simbolizar todos estos liechos en tér¬ minos de acción cerebral. Precisamente, como el eco del de donde, el sentido del punto inicial do nuestro pensamiento es debido probablemente á la excitación muriente de procesos un momento después vividamente excitados; así el sentido del de donde, la-anticipación del término debo sor debido á la excita¬ ción creciente de regiones ó procesos que, un momento des- pi^és, serán los correlativos cerebrales de alguna cosa que un momento más tardo será vividamente presente al pensamiento. Representada por una curva, la neurosis que subsiste debajo do la conciencia debe ser, en cualquier momento, algb como esto: Cada punto do la línea horizontal representa alguna región ó proceso cerebral. La altura de la curva sobre la línea repre¬ senta la intensidad del proceso. Todos los procesos están pre¬ sentes en las intensidades manifestadas por la curva. Pero los que se dieron antes do alcanzar el ápice del lUtimo fueron más intepsos hace un momento; los que se dieron después de él se¬ rán más intensos un momento después. Si yo recito a, b, c, d, e,f, g, en el momento de pronunciar c, ni a, b, c, ni e,f, g, están del todo fuera do mi conciencia, sino que ambos, á sus respec¬ tivos modos, «mezclan sus turbias lucos» con las más intensas del d, porque sus neurosis están despiertas en cierto grado. \ EL TORRENTE DEL PENSAMIENTO 277 Hay una clase vulgar de equivocaciones que demuestra cómo los procesos cerebrales comienzan á ser excitados antes de que los pensamientos adheridos á ellos sean producidos; esto es, producidos en una forma vivida y sustantiva. Me re¬ fiero á esas equivocaciones del lenguaje ó de la escritura, pol¬ las cuales, según las palabras del Dr.Carpenter, «pronunciamos mal ó deletreamps mal una palabra, introduciendo en ella una letra ó sílaba do alguna otra, cuyo turno ha de venir en breve, ó acaso el conjunto do la palabra anticipada se sustituye por la que debió haberse expresado» (1). En estos casos debo haber ocurrido una de las dos cofeas: ó algún accidente local desnu¬ trición estorba el proceso que es debido, de suerte que descar¬ gan otros procesos que deben ser excitados, sin embargo, na¬ cientemente; ó algún accidente local opuesto ayuda á los úl- Fi«. 28. timos p’ocesos y los hace explotar antes de tiempo. En el ca¬ pítulo sobre la Asociación de Ideas, se ofrecerán á nosotros numerosos ejemplos del efecto actual sobre la conciencia de neurosis todavía no excitadas máximamente. Es, precisamente, como los «sobretonos» en música. Ins¬ trumentos diferentes dan «la misma nota», pero cada uno en una voz diferente, porque cada uno da más que .esa nota, á.sa¬ ber, varias inferiores armónicas de ella que difieren de un ins¬ trumento á otro. No son separadamente oídas por el oído; se mezclan con la misma nota fundamental, y la difunden y la al¬ teran; y aun así los jirocesos cerebrales crecientes y decrecien¬ tes á cada momento so mezclan y difunden y alteran el efec¬ to psíquico de los procesos que están en su punto culminante. Empleemos las i^alabras sobretono psíquico, difusión ófran- (1) Mental Physiology, § 236. La explicación del Dr. Carpenter difiere materialmente de la dada en el texto. 278 PKINCIPIOS DE PSICOLOGÍA ja para designar la influencia de un tenue proceso cerebral so¬ bre nuestro pensamiento, cuando se da cuenta de las relacio¬ nes y objetos confusamente percibidos (1). Si entonces consi¬ deramos \ñ. función cognoscitiva de los diferentes estados do espíritu, podemos estar seguros de que la diferencia entre los que son mera «noticia» y los que son «conocimiento» acerca de-» es casi por completo reductible á la ausencia ó presen¬ cia de franjas ó sobretonos psíquicos. El conocimiento acer¬ ca de una cosa es conocimiento de sus relaciones. La noticia de ella es la limitación á la escueta impresión que da. De la mayoría de sus relaciones sólo tenemos conciencia á la ma¬ nera penumbrosa y naciente de una «franja» de afinidades in- arfjiculadas.* Y antes de pasar al asunto siguiente, debo de¬ cir algo de este sentido de afinidad, como uno de los rasgos más interesantes del torrente subjetivo. En todo nuestro pen¬ sar voluntario liay algún tópico ó asunto en torno al cual gi¬ ran todos los miembros del pensamiento. La mitad de las ve¬ ces este tópico es un problema, un hueco que no podemos llenar con un cuadro definido, una palabra ó una frase, sino que, de la manera descrita algo antes, influye en nosotros de una manera psíquica intensamente activa y determinada. Cualesquiera que sean las imágenes y frases que pasan delan¬ te de nosotros, sentimos su relación en este hueco dolorido. (1) Cf. también Stricker: Vorlezungen über allgemeiken und expe- rimentalen Pathoíogie, págs, 462-463, .501, 547 (1879); Romanes: Origin of Human Faculty, pág. 82. Es tan difícil exponer claramente el pro¬ pio yo, que puedo advertir una mala inteligencia de mis opiniones por el Profesor Tlios. Maguire, de Dublín (Lectures on PMlosophyy 1885). Este autor considera que por la «franja» yo quiero indicar una especie de material psíquico por el cual sensaciones en sí mismas se¬ paradas se hacen unirse, y dice ingeniosamente que yo debo «ver que unir sensaciones por siis franjas, es más vago que construir el uni¬ verso con ostras soldando sus «caparazones» (pág. 211). Pero la fran¬ ja, tal como yo empleo la palabra, no significa nada semejante á esto; es parte del objeto conocido, pues las cualidades y cosas sustantivas aparecen al espíritu en una frayija de relaciones. Algunas partes-rías partes transitivas—de niiestro torrente del pensamiento, conocen las relaciones más bien que las cosas; pero tanto las partes transitivas como las sensitivas forman un torrente continuo, «sensaciones» dis¬ cretas tales como el profesor Maguire supone, y supone que yo su¬ pongo. EL TORRENTE DEL PENSAMIENTO 279 Llenarlo es el destino de nuestro pensamiento. Algunos nos aproximan más á esa conclusión. Otros niegan el hueco como completamente insignificante. Cada uno nada en una franja sensible de relaciones de las cuales anticipadamente el hueco os el término. O en voz de un hueco definido podemos llevar con nosotros únicamente una forma de interés. Entonces, por vaga que sea esa forma, todavía obrará de la misma manera, tendiendo un manto de afinidad sentida sobre talos represen¬ taciones, entrando en el espíritu cuando le acomoda y tiñendo con el sentimiento de fastidio ó de discordia todos aquéllos con los chales no tiene relación. La relación con nuestro tópico ó interés se siente, pues, constantemente en la franja, y particularmente la relación de armonía y de discordia, de auxilio ó de obstáculo del tópico. Cuando existe el sentido del auxilio, todos «estamos bien»; con el sentido de obstáculo estamos insatisfechos y perplejos, y nos derramamos sobre nosotros para nuestros pensamientos. Aho¬ ra bien: cualquier pensamiento que la cualidad de cuya franja nos deje sentir á nosotros mismos «todo bien», es un miembro aceptable de nuestro pensar, cualquier especie de pensamien¬ to que pueda ser por otra parte. Con tal de que sólo sintamos tener un puesto en el esquema de relaciones en que está si¬ tuado también el interesante tópico, eso es completamente suficiente para hacer de él una porción importante y apropia¬ da de nuestra serie de ideas. ' Porque la cosa importante en una seri£ de ideas es su conclu¬ sión. Ese es el significado ó, corno dijimos, el tópico del pensa¬ miento. Eso es lo que ocurre cuando todos sus demás miem¬ bros han desaparecido de la memoria. Ordinariamente esta conclusión es una palabra ó frase ó imagen particular, ó acti¬ tud práctica ó resolución, ya surjan para responder á un pro¬ blema ó llenar un hueco preexistente que nos desgarra, ó ya se haya tropezado en un delirio. En ambos casos está fuera de los demás segmentos del torrente por razón del peculiar interés concedido. Esto interés lo reprime^ hace de él una especie de crisis cuando sobreviene, llama sobre él la atención y nos hace tratarlo de una manera sustantiva. Las partes del torrente que preceden á estas conclusiones sustantivas no son más que medios de la consecución de las últimas. Y, con tal de que se alcance la misma conclusión, los medios pueden ser tan mudables como queramos. ¿Qué dife- [Document text truncated for crawler view.]