Principios de psicología
Full text
■
BIBLIOTECA
INTERNACIONAL
.
_
PSICOLOGÍA
EXPERIMENTAL
NORMAL
Y
PATOLÓGICA
PRECIO
DE
CADA
TOMO:
4
PESETAS
Tomos
publicados:
Claparécle.—
La
asociación
de
las
ideas.
Traducción
de
Domingo
Barnés.
Con
figuras.
Madrid,
1907.
Cuver.—
La
mímica.
Traducción
de
Alejandro
Miquis.
Con
75
figuras.
Madrid,
1906.
Dugas.—
La
imaginación.
Traducción
del
Dr.
César
Jua-
..
rros.
Madrid,
1905.
Duprat.
-
L
a
moral.
Fundamentos
psico-sociológicos
de
una
conducta
racional.
Traducción
de
Ricardo
Rubio.
Madrid,
1905.
Qrasset.—
El
hipnotismo
y
la
sugestión.
Traducido
por
Eduardo
García
del
Real.
Con
figuras.
Madrid,
l906.
Malapert.—
El
carácter.
Traducido
por
José
María
Gon¬
zález.
Madrid,
1905.
Marchand.—
El
gusto.
Traducción
de
Alejo
García
Gón-
gora.
Con
33
figuras.
Madrid,
1906.
^ar¡e.—
La
demencia.
Traducción
de
Anselmo
Gonzá¬
lez.
Con
figuras.
Madrid,
1908.
Nuel.—
L
a
visión.
Traducida
por
el
Dr.
Víctor
Martín.
Con
22
figuras.
Madrid,
1905.
Pauihan.
-
La
voluntad.
Traducción
de
Ricardo
Rubio.
Madrid,
1905.
Sergi.—
Las
emociones.
Traducido
por
Julián
Besteiro.
Con
figuras.
Madrid,
1906.
Toulouse,
Vaschide
y
Pieron.
—
Técnica
de
psicología
experimental.
(Examen
de
sujetos).
Traducción
de
Ri¬
cardo
Rubio,
con
figuras.
Madrid,
1906.
Van
Biervliet.—
La
memoria.
Traducido
por
Martín
Na¬
varro.
Madrid,
1905.
Vigouroux
y
Juquelier.—
E
l
contagio
mental.
Traduc¬
ción
del
Dr.
César
Juarros.
Madrid,
1906.
Woodvjorth.—
El
movimiento.
Traducción
de
Domingo
Vaca.
Con
figuras.
Madrid,
1907.
^
Se
publican
estos
volúmenes
en
tomos
do
350
a
500
páginas,
tamaño
19
x
12
centímetros,
con
ó
sin
figuras
en
el
texto.
EN
PREPARACIÓN
Bonnier.
—
La
audición.
Pitres
y
Régis.—
Las
obsesiones
y
los
impulsos.
Pilisbury.
-La
atención.
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGIA
OBRAS
DE
TH.
RIBOT
Las
enfermedades
de
la
voluntad.
—Traducción
de
Ricardo
Ru¬
bio.
Segunda
edición,
Madrid,
JL906.
(Tamaño
19
x
12),
Pre¬
cio,
2‘50
pesetas.
Las
enfermedades
de
la
memoria.—
Traducción
de
Ricardo
Ru¬
bio.
Segunda
edición,
Madrid,
1908.
(Tamaño
19
x
12).
Pre¬
cio,
2‘50
pesetas.
Las
enfermedades
de
la
personalidad.—
Traducción
de
Ricardo
Rubio.
Madrid,
1899.
(Tamaño
19
x
12).
Precio,
2‘50
pesetas.
La
psicología
de
la
atención.
-Traducción
de
Ricardo
Rubio.
Madrid,
1899.
(Tamaño
19
x
12),
Precio,
2‘50
pesetas.
La
lógica
de
los
sentimientos.—
Traducción
de
Ricardo
Rubio.
'
Madrid,
1905.
(Tamaño
19
X
12).
Precio,
2‘50
pesetas.
Ensayo
sobre
las
pasiones.
-Traducción
de
Domingo
Vaca.
Madrid,
1907.
(Tamaño
19
x
12).
Precio,
2'50
pefeetas.
La
evolución
de
las
ideas
generales.
—Traducción
do
Ricardo
Rubio.
Madrid,
1899.
(Tamaño
19
x
12).
Precio,
3
pesetas.
La
herencia
psicológica.—
T
raducción
de
Ricardo
Rubio.
Ma¬
drid,
1900.
(Tamaño
23
x
15),
Precio,
7
pesetas.
La
psicología
délos
sentimientos.—
Traducción
de
Ricardo
Ru¬
bio.
Madrid,
1900,
(Tamaño
23
x
15).
PrOcio,
8
pesetas.
Ensayo
acerca
de
la
imaginación
creadora.—
Traducción
de
Vi-,
cente
Colorado,
con
un
prólogo
de
Urbano
González
Serra¬
no.
Madrid,
1901.
(Tamaño
23
x
15).
Precio,
6
pesetas,
OBRAS
DE
A.
FOUILLÉE
Temperamento
y
carácter
según
ios
individuos,
los
sexos
y
las
razas.—
Traducción
de
Ricardo
Rubio.
Madrid,
1901.
(Tama¬
ño
23
X
15).
Precio,
5
pesetas.
La
moral,
el
arte
y
la
religión,
según
Guyau.
—Traducción
de
Ricardo
Rubio,
con
estudios
acerca
de
las
obras
póstumas
y
del
influjo
de
Guyau.
Madrid,
1902.
(Tamaño
19
x
12).
Pre¬
cio,
4
pesetas.
Bosquejo
psicológico
de
los
pueblos
europeos.
—
T
raducción
de
Ricardo
Rubio.
(Tamaño
23
x
15)
Precio,
10
pesetas.
BIBLIOTECA
CIENTÍFIGO-FILOSÓFICA
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGIA
Profesor
de
Psicología
de
la
Universidad
de
Harvard
TRADUCCIÓN
DIRECTA
DE
\
DOMINGO
BARNÉS
Secretario
de]
Museo
Pedagógico
Nacional
VOLUMEN
1
MADEID
DANIEL
JORRO,
EDITOR
23,
CALLE
DE
LA
PAZ,
23
ES
PROPIEDAD
1.804—Tipolit.
de
Liiis
Paure,
Alonso
Cano,
15
y
17.—Madrid.
/n¿
querLc/o
cjuerLcio-
ami^ír
^a/ac^sca
Cy^ccati
cama
^^re/vc¿ct
cíe
a^^c¿a
^
c¿&
(jj'atLáoyd
j:).ar
¿a
cj^c
^
^
c¿e¿^
^
Qriíiqm
%^RiíosopñíquQ,
PREFACIO
El
tratado
que
sigue
se
ha
ido
^formando
en
íntima
cone¬
xión
con
las
lecciones
del
autor
en
su
cátedra
de'
Psicología,
aunque
es
cierto
que
algunos
de
los
capítulos
son
más
metafí-
sicos
y
otros
están
más
llenos
de
detalles
de
lo
que
es
idóneo
,
para
estudiantes
que
abordan
el
ásunto
por
vez
primera.
La
consecuencia
de
esto
es
que,
á
pesar
de
la
exclusión
de
los
im¬
portantísimos
temas
del
placer
y
del
dolor,
y
de
los
senti¬
mientos
y
juicios
morales
y
estéticos,
la
obra
lia
alcanzado
una
amplitud
que
nadie
puede
lamentar
más
que
el
mismo
es¬
critor.
En
verdad
que
debe
ser
animoso
el
hombre
que
espera,
en
esta
tumultuosa
época,
tener
muchos
lectores
para
mil
cua¬
trocientas
páginas
largas
salidas
de
su
pluma.
Pero
loer
Vieles
hringt
ivirá
Menchem
etwas
h'ingen
(1);
y
si
juiciosamente
pa¬
san
por
alto
lo
que
les
convenga
y
saltan
de
acá
para
allá
al
leer
estas
páginas,
guiándose
por
sus
más
rigurosas
necesida-
(1)
Proverbio
alemán
utilizado
por
James^en
esta
ocasión.
«Quien
mucho
confía,
algo
alcanzará»;
viene
á
ser
su
significación
figu¬
rada.—
T
r.
2
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
como
las
reminiscencias,
percepciones,
emociones,
voliciones,
pasiones,
teorías
y
todos
los
demás
materiales
del
espíritu
de
un
individup.
El
mismo
yo
ó
ego
del
individuo
ya
no
llega
á
sor
considerado
de
esta
manera
coíno
el
origen
preexis¬
tente
de
las
representaciones,
sino
más
bien
como
su
último
y
más
complicado
fruto.
Ahora
bien:
si
nos
esforzamos
rigurosamente
por
sim¬
plificar
los
fenórnemos
de
cualquiera
de
estos
modos,
pron¬
to
nos
damos
cuenta
de
los
inconvenientes
do
nuestro
méto¬
do.
De
cualquier
conocimiento
ó
recuerdo
particular,
por
ejemplo,
se
da
cuenta
en
la
teoría
del
alma
reñriéndolo
á
las
facultados
espirituales
del
conocimiento
ó
de
la
memo¬
ria.
Estas
facultades
mismas
son
consideradas
como
proi>ie-
dades
absolutas
del
alma;
esto
es,
para
tomar
el
caso
de
la
me¬
moria,
no
se
da
razón
alguna
por
la
que
podamos
recordar
un
hecho
como
sucedido,
á
no
ser
que
el
recordar
constituye
la
esencia
de
nuestra
facultad
recordativa.
Podemos,
como
espiri¬
tualistas,
tratar
de
explicar
nuestros
defectos
y
disparates
de
memoria
por
causas
secundarias.
Pero
sus
cualülades
no
pueden
invocar
factores
á
no
ser
la
existencia
de
ciertas
cosas
objetivas
para
recordarse,
por
una
parte,
y
nuestra
facultad
de
nlemoria
por
otra.
Cuando,
por
ejemplo,
yo
recuerdo
el
día
de
mi
gra¬
duación
y
reviso
todos
sus
incidentes
y
emociones
ninguna
causa
mecánica
puede
explicar
este
proceso,
ni
análisis
al¬
guno
puede
reducirlo
á
término^
inferiores,
ó
hacer
que
su
naturaleza
parezca
otra
cosa
qUe
un
dato
definitivo,
que,
ya
revelemos
ó
no
su
misterio,
debe
considerarse
simplemente
como
concedido
si
hemos
de
psicologizar.
Aunque
el
aso-
ciacionista
puede,
representar
las
ideas
actuales
como
acu-
Ululándose
y
clasificándose,
todavía
(insiste
el
espirituaíista)
ha
de
admitir
al
fin
que
algo^
sea
el
cerebro,
sean
las
«ideas»,
sean
las
«asociaciones»,
conoce
el
tiempo
pasado
como
pasa¬
do,
y
lo
llena
con
éste
ó
aquel
acontecimiento.
Y
cuando
el
espiritualista
llama
á
la
memoria
una
«facultad
irreducti¬
ble»,
no
dice^
más
de
lo
que
concede
ya
esta
admisión
del
aso-
ciacionista.
Y
^in
embargo,
la
admisión
está
lejos
de
ser
una
simplifica¬
ción
satisfiictori^i
do
los
hechos
concretos.
Puesto
que
¿por
(lué
esta
facultad
absolutamente
dada
por
Dios
liabía
do
con*;»
servar
mucho
mejor
los
acontecimientos
do
ayer
que
los
del
año
pasado,
y
mejor
([uo
nada,
los
do
hace
una
hora?
¿Por
qué,
EL
OBJETO
DE
LA
PSICOLOGÍA
3
íidemás,
en
la
vejez
se
lian
de
evocar
con
más
nitidez
los
suce¬
sos
do
la
infancia?
¿Por
qué
la
enfermedad
y
la
fatiga
la
lian
do
debilitar?
¿Por
qué,
repitiendo
una
experiencia,
hemos
de
reforzar
nuestro
recuerdo?
¿Por
qué
las
drogas,
las
fiebres,
la
asfixia
y
la
excitación
han
de
resucitar
cosas
largo
tiempo
ha
olvidadas?
Si
nos
contentamos
con
afirmar
únicamente
que
la<
facultad
do
la
memoria
está
tan
peculiarmente
constituida
por
la
naturaleza
que
muestra
precisamente
estas
particularida¬
des,
lo
mejor
que
podemos
hacer
es
haberla
invocado,
porque
nuestra
explicación
se
hace
tan
complicada
como
la
de
los
he-
choá
escuetos
con
los
cuales
nos
debatimos.
Por
otra
parte,
hay
•algo
grotesco
ó
irracional
en
la
suposición
de
que
el
alma
está
proveída
de
facultades
elementales
de
una
manera
tan
in¬
geniosamente
intrincada.
¿Por
qué
nuestra
memoria
se
in¬
clina
más
fácilmente
á
lo
inmediato
que
á
lo
remoto?
¿Por
qué
ha
dé
perder
sus
adquisiciones
de
nombres
propios
más
pron¬
to
queda
de
los
nombres
abstractos?
Tajes
particularidades
liarocen
casi
fantásticas:
y
debieran
ser,
en
cuanto
podemos
decidir
áp'iori,
precisamente
lo
contrario
de
lo
que
son.
Evi¬
dentemente,
pues,
la
facultad
no
existe
en
absoluto,
sino
que
■
obra
bajo
ciertas
condiciones,
y
la
cuestión
de
las
condiciones
lle¬
ga
á
ser
la
tarea
más
interesante
para
el
psicólogo.
Por
firmemente
que
puedan
estar
unidas
el
alma
y
su
fa-
•cultad
rememorativa,
debe
reconocer
que
ésta
nunca
ejerce
la
última
sin
anuncio,'y
que
algo
debe
preceder
siempre
y
recW-
damos
todo
lo
que
hemos
de
recordar.
«Una
idea,
dice
el
aso-
ciacionista;
una
idea
asociada
con
la
cosa
recordada;
y
esto
ex¬
plica
también
por
qué
las
cosas
repetidamente
ocurridas
se
recuerdan
más
fácilmente,
porciue
las
cosas
asociadas
en
varias
ocasiones
suministran
otras
tantas
introducciones
de
renova-
A
3
Íón».
Pero
esto
no
explica
los
efectos
de
la
fiebre,
del
agota¬
miento,
del
hipnotismo,
de
la
ancianidad
y
de
todo
lo
demás.
Y
en
general,
la
opinión
del
asociacionista
puro
sobre
nuestra
vida
mental,
es
ccsi
tan
descaminada
como
la
del
espiritualis¬
ta
puro.
Existo
una
multitud
do
ideas,
existente
absolutamen¬
te,
auníiue
juntándose
y
tejiendo
un
interminable
tapiz
por
sí
mismas,
como
dominós
en
cambio
incesante,
ó
los
fragmep-
tos
de
vidrio
en
un
caleidoscopio.
¿De
dónde
extraen
sus
fan¬
tásticas
leyes
de
unión
y
por
(lué
so
unen
precisamente
en
las
mismas
formas
con
que
lo
hacen?
Por
esto
el
asociacionista
debe
introducir
el
orden
de
la
4
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
experiencia
en
el
mundo
exterior.
La
danza
de
las
ideas
es
una
copia
algo
mutilada
y
alterada
del
orden
de
los
fenómenos,
Pero
la
reflexión
más
ligera
demuestra
que
los
fenómenos
no
tienen
absolutamente
poder
para
influenciar
nuestras'ideas,
Jiasta
que
han
impresionado
por
vez
primera
nuestros
senti¬
dos
y
nuestro
cerebro.
La
simple
existencia
de
un
hecho
pa¬
sado
no
es
motivo
para
que
lo
recordemos.
Á
menos
que
lo
ha¬
yamos
visto,
ó
sepamos
de
qué
modo
se
ha
verificado,
nunca
sa¬
bremos
por
qué
lia
ocurrido.
Las
experiencias
del
cuerpo
son,
pues,
una
de
las
condiciones
d-e
que
sea
la
facultad
de
la
memo¬
ria
lo
que
es.
Y
un
pequeño
esfuerzo
de
reflexión
sobre
los
he¬
chos
demuestra
que
una
parte
del
cuerpo,
á
saber,
el
cerebro,
es
la
parte
cuyas
experiencias
están
directamente
interesadas.
Si
se
corta
la
comunicación
nerviosa
entre
el
cerebro
y
otras
partes,
las
experiencias
de
estas
otras
partes
no
son
existentes
para
el
espíritu.
El
ojo
es
ciego,
el
oído
sordo,
la
mano
insen¬
sible
y
privada
de
movitniento.
Y
á
la
inversa,
si
el
cerebro
es-
lesionado,
la
conciencia
queda
abolida
ó
alterada,
aunque
cual¬
quier
otro
órgano
del
cuerpo
esté
dispuesto
á
realizar
su
fun¬
ción
normal'.
Un
golpe
en
la
cabeza,
una
sustracción
repentina
do
la
sangre,
la
presión
de
una
hemorragia
apoplética,
pueden
producir
el
primer
efecto;
unas
pocas
onzas
de
alcoliol
ó
gra¬
mos
de
opio
ó
haschich,
ó
una
bocanada
de
cloroformo
ó
gas
nitróxido,
seguramente
producen
el
segundo
efecto.
El
delirio,
la
alteración
de
la
demencia,
son
debidos
á
materias
extrañas’
que
circulan
por
el
cerebro,
ó
á
los
cambios
patológicos
en
la
substancia
de
ese
órgano.
El
hecho
do
que
el
cerebro
es
la
úni¬
ca
condición
inmediata
y
corporal
de
las
operaciones
menta¬
les,
es
una
verdad
tan
universalmente
admitida
en
la
actuali¬
dad,
que
no
necesito
gastar
más
tiempo
en
explicarla,
sino
que
"simplemente
la
establezco
y
continúo.
Todo
lo
restante
del
li¬
bro
será,
en
mayor
ó
menor
escala,
una
prueba
de
que
el
pos¬
tulado
fue
legítimo.
Por,
consiguiente,
las
experiencias
corporales,
y
más
parti¬
cularmente
las
experiencias
cerebrales,
deben
ocupar
un
lugar
entre
estas
condiciones
de
la
vida
jnental,
de
las
cuales
trata
necesariamente
la
psicología.
El
espiritualista
y
el
asociacionis-
ta
deten
ser
arribos
«cerebj'alistas»,
hasta
el
punto
de
admitir,
al
menos,
que
ciertas
particularidades
en
la
manera
de
obrar
de
sus
propios
principios
favoritos,
sólo
son
explicables
por
el
hecho
de
que
las
leyes
del
cerebro
son
un
codeterminante
del
EL
OBJETO
DE
LA
PSICOLOGÍA
5
resultado.
Nuestra
primera
conclusión
es,
pues,
que
debe
pre¬
suponerse
ó
incluirse
en
la
psicología
cierta
cantidad
de
fisio¬
logía
cerebral
(1).
Todavía
de
otra
manera
se
ve
forzado
el
psicólogo
á
ser
algo
íisí
como
un
fisiólogo
de
los
nervios.
Los
fenómenos
mentales
no
sólo
están
condicionados
á
parte
ante
por
los
procesos
corpo¬
rales;
sino
que
llevan
á
ellos
á
parte
post.
Que
llevan
á
actos
es
naturalmente
la
más
familiar
de
las
verdades,^
pero
no
quiero
significar
solamente
actos
en
el
sentido
de
realizaciones
muscu¬
lares
voluntarias
y
deliberadas.
Los
estados
mentales
ocasio¬
nan
también
cambios
en
el
calibre
de
los
vasos’sanguíneos,
ó
al¬
teración
en
las
palpitaciones
del
corazón,
ó
procesos
más
sutiles*
todavía,
en
las
glándulas
y
en
la
viscera.
Si
éstas
se
toman
en
•cuenta,
así
como
los
actos
que
siguen
en
algún
periodo
remoto^
porque
una
vez
tuvo
lugar
allí
el
estado
mental,
será
muy
•oportuno
sentar
la
ley
general
de
que
no
ocurre
modificación
mental
alguna
que
no
vaya
acompañada
ó
seguida
de
un
cambio
corporal.
Las
ideas
y
los
sentimientos,
por
ejemplo,
que
estos
actuales
caracteres
impresospxcitan
en
el
espíritu
del
lector,
no
sólo
ocasionan
movimientos
de
sus
ojos
é
incipientes
movi¬
mientos
de
articulaciones
en
él,
sino
que
algún
día
le
harán
liablar,
ó
tomar
parte
en
una
discusión,
ó
dar
un
consejo,
ó
es-
ooger
un
libro
para
leer,
de
distinto
modo
de
lo
que
hubiera
ocurrido
si
nunca
hubieran
impresionado
su
retina.
Nuestra
psicología
debe
tener
en
cuenta,
por
consiguiente,
no
sólo
las
•condiciones
antecedentes
á
los
estados
mentales,
sino
sus
resul¬
tantes
consecuencias.
Pero
las
acciones
originalmente
provocadas
por
la
inteli¬
gencia
consciente
pueden
llegar
á
ser
tan
automáticas
por
el
influjo
del
hábito,
que
parezcan
inconscientemente
realizadas.
El
estar
en
pie,
el
caminar,
el
abrocharse
y
desabrocharse,
el
tocar
el
piano,
el
hablar,
y
aun
el
decir
las
oraciones;
todas
es¬
tas
cosas
pueden
hacerse
cuando
el
espíritu
está
absorto
en
otras
cosas.
Los
actos
del
instinto
animal
parecen
semiauto-
máticos,
y
los
actos
reflejos
de
la
propia
conservación
lo
son
in-
(1)
Cf.
Ladd:
Elements
of
Fhysiological
Fsychology,
parte
III,
capí¬
tulo
III,
§
9
y
12.
I
6
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
dudablemente.
Sin
embargo,
se
asemejan
álos
actos
inteligen¬
tes
en
tener
la
mira
puesta
en
los
mismos
fines
á
los
cuales
la
conciencia
de
los
animales,
en
otras
ocasiones,
aspira
delibera¬
damente.
¿Debe
incluirse
en
la
psicología
el
astudio
de
actos-
maquinales,
aunque
intencionales,
como
éstos?
La
línea
limítrofe
de
lo
mental
es
ciertamente
muy
vaga..
Es
mejor
no
ser
pedante
y
dejar
á
la
ciencia
ser
tan
vaga
como
su
asunto
é
incluir
fenómenos
como
éstos,
si
por
hacerlo
asi
podemos
derramar
alguna
luz
sobre
las
cuestiones
principales
que
tenemos
entre
manos.
Confío
en
que
no
pasará
mucho-
tiempo
sin
que
podamos
hacerlo
y
en
que
ganemos
mucho
más.
por
una
concepción
amplia
que
por
una
concepción
estrecha
de
nuestro
asunto.
En
cierto
estadio
del
desenvolvimiento
de'
toda
ciencia,
un
grado
de
vaguedad
es
lo
que
mejor
coexisto
con
la
fertilidad.
En
general,
pocas
fórmulas
recientes
han
lie-
cho
más
servicio
real
en
términos
generales
que
la
spenceria-
na:
que
la
esencia
de
la
vida
mental
y
de
la
vida
corpórea
son
idénticas:
ó
sea:
«la
adaptación
de
lo
interior
á
las
relaciones
exteriores».
Tal
fórmula
es
la
vaguedad
encarnada;
pero,
por¬
que
tiene
en
cuenta
el
hecho
de
que
los
espíritus/residen
en
ambientes
que
obran
sobre
ellos
y
sobro
los
cuales
á
su
vez
re¬
accionan;
porque,
en
suma,
toma
el
espíritu
en
medio
de
todas
sus
relaciones
concretas,
es
inmensamente
más
fértil
que.la
«psicología
racional»
á
la
antigua
usanza,
que
consideraba
el
alma
como
un
ser
separado
existente,
suficiente
á
sí
mismo,
y
se
proponía
considerar
sólo
su
naturaleza
y
sus
propiedades.
Por
consiguiente,
tendré
libertad
para
hacer
cualquier
excur¬
sión
á
los
dominios
de
la
zoología
ó
de
la
pura
fisiología
de
los
nervios,
que
pueda
paVecer
instructiva
para
nuestros
fines;
en
el
caso
contrario,
dejaré
estas
ciencias
á
los
fisiólogos.
¿Podemos
afirmar
más
resueltamente
todavía
la
manera
con
que
la
vida
mental
parece
intervenir
entre
las
impresio¬
nes
dadas
sin
él
concurso
del
cuerpo
y
las
reacciones
del
cuer¬
po
sobre
el
mundo
exterior?
Consideremos
algunos
hechos:
Si
algunas
limaduras
de
hierro
se
esparcen
sobre
una
mesa
y
un
imán
las
aproxima,
saltarán
por
el
aire
á
cierta
distancia
y
se
hincarán
en
la
superficie
dé
la
mesa.
Un
salvaje
que
vea
el
fenómeno
lo
explica
como
el
resultado
de
una
atracción
ó
amor
entre
el
imán
y
las
limaduras
de
hierro.
Pero
haced
quo
un
naipe
cubra
los
polos
del
imán,
y
las
limaduras
se
oprimirán
EL
OBJETO
DE
LA
PSICOLOGÍA
7
para
siempre
contra
su
superficie,
sin
que
jamás
se
les
ocurra
pasar
por
los
lados
y
ponerse
así
en
contacto
directo
con
el
ob¬
jeto
de
su
amor.
Soplad
burbujas
por
un
tubo
en
el
seno
de
un
cubo
de
agua,
y
se
elevarán
á
la
superficie
y
se
mezclarán
con
el
aire.
Su
acción
puede
también
interpretarse
poéticamente
.
como
debida
á
un
anhelo
de
recombinarse
con
la
madre-atmós¬
fera
en
la
superficie.
Pero
si
vertéis
un
jarro
lleno
do
agua
so¬
bre
el
cubo,
ascenderán
y
permanecerán
alojados
en
el
fondo.
Se
unen
en
el
aire
exterior
aunque,
una
ligera
defección
de
su
curso
al
principio,
ó
un
descenso
hacia
el
borde
del
jarro
cuando
encontraron
impedido
su
curso
hacia
arriba,
fácilmen¬
te
las
luibiera
puesto
en
libertad.
Si
ahora
pasamos
de
acciones
como
éstas
á
las
de
las
cosas
vivientes,
notamos
una
diferencia
notable.
Romeo
ama
á
Ju¬
lieta
como
las
limaduras
aman
al
imán;
y
si
no
interviene
obs¬
táculo
alguno
se
mueve
hacia
ella
en
una
dirección
tan
recti¬
línea
como
aquéllas.
Pero
Romeo
y
Julieta,
si
entre
ellos
se
eleva
un
muro,
no
se
(puedan
idiotamente
oprimiendo
sus
ros¬
tros
contra
sus
lados
opuestos,
como
el
imán
y
las
limaduras
con
el
naipe.
Romeo
pronto
encuentra
un
camino
tortuoso,
es¬
calando
el
muro,
ó
de
otro
modo,
para
besar
directamente
los
labios
de
Julieta.
Para
las
limaduras
está
señalado
el
camino",
que
alcance
el
fin,
depende
de
cosas
accidentales.
Para
el
aman¬
te,
lo
que
está
señalado
es
el
fin;
el
camino
puede
modificarse
indefinidamente.
Suponed
una
rana
viviente
en
la
posición
en
que
colocamos
nuestras
burbujas
de
aire,
á
saber,
en
el
fondo
de
un
jarro
de
agua.
La
necesidad
de
respiración
pronto
le
hará
también
re¬
unirse
á
la
atmósfera-madre,
y
tomará
el
camino
más
corto
para
llegar
á
su
término
burbujeando
á
nado
hacia
arriba.
Pero
si
un
jarro
lleno
de
agua
se
vierte
sobre
ella,
no
oprimirá
,
perpetuamente,
como
las
burbujas,
su
hocico
contra
su
techo
recio,
sino
que
explorará
sin
descanso
lo
que
le
rodea,
hasta
que
al
descender
de
nuevo
ha
descubierto
un
sendero
alrede¬
dor
de
su
borde
que
está
al
alcance
de
sus
deseos.
¡De
nuevo
el
fin
fijado
y
los
medios
variantes!
Tales
contrastes
entre
las
acciones
vivientes
y
las
inanima¬
das
acaban
por
llevar
á
los
hombres
á
negar
que
en
el
mundo
físico
existan
las
intenciones
finales.
Amores
y
deseos
no
se-
imputan
hoy
ya
á
partículas
de
hierro
ó
de
aire.
Nadie
supone
ahora
que
el
fin
de
cualquier
actividad
que
podamos
desplegar
8
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
OS
un
íin
ideal
que
preside
á
la
actividad
desde
un
principio,
y
que
la
solicita
ó
la
arrastra
al
ser
por
una
especie
de
vis
á
fron¬
te.
El
fin,
por
el
contrario,
se
juzga
un
mero
resultado
pasivo,
impelido
al
sor
á
tergo^
no
liabiondo
tenido,
por
decirlo
así,
voz
ni
voto
en
su
propia
producción.
Alterad
las
preexistentes
condiciones,
y
con
materiales
inorgánicos
realizad
cada
vez
un
fin
diverso
en
apariencia.
Pero
en
agentes
inteligentes,
al¬
terando
las
condiciones
cainbia
la
actividad
desplegada,
pero
no
el
fin
conseguido;
porque
aquí
la
idea
del
fin
aún
irreali¬
zado
coopera
con
las
condiciones
á
determinar
á
lo
que
serán
las
actividades.
La
])erseGución
de
fines
futuros
y
la
elección
de
medios
para
su
consecución
son,
pues,
la
señal
y
el
criterio
de
la
presencia
de
la
mentalidad
en
un
fenómeno.
Todos
nosotros
usamfis
esta
piedra
de
toque,
para
distinguir
entre
una
acción
inteligente
y
una
acción
mecánica.
No
atribuimos
mentalidad
á
los
ladrillos
y
á
las
piedras,
por(iue
nunca
parecen
movepse
en
razón
de
algo,
sino
que
siempre
lo
liacen
cuando
son
impelidos,
y
entonces
indiferentemente
y
con
ninguna
señal
do
elección.
Así
los
lla¬
marnos
insensibles
sin
vacilar.
,
Precisamente
así
formamos''nuestrás
decisiones
en
el
más
profundo
de
todos
los
problemas
filosóficos:
¿Es
el
Cosmos
una
expresión
de
la
inteligencia
racional
en
su
naturaleza
ín¬
tima,
ó
un
hecho
brutal
y
externo,
puro
y
simple?
Si
nos
en¬
contramos
á
nosotros
mismos,
al
contemplarlo,
incapaces
de
anular
la
impresión
de
que
es
un
reino
de
designios
finales,
de
que
existe
por
causa
de
algo,
colocamos
en
su
seno
la
in¬
teligencia
y
tenemos
una
religión.
Si,
por
el
contrario,
al
ob¬
servar
su
irremediable
ílujo,
podemos
pensar
en
el
presente
sólo
como
un
mero
brote
del
pasado,
que
no
ocurre
con
rela¬
ción
alguna
al
futuro,
somos
ateos
y
materialistas.
En
las
dilatadas
discusiones
que
los
psicólogos
han
entabla¬
do
respecto
á
la
suma
de
inteligencia
desplegada
por
los
ma¬
míferos
inferiores,
ó
respecto
á
la
suma
de
conciencia
conte¬
nida
en
las
funciones
de
los
centros
nerviosos
de
los
reptiles,
sieinjire
so
ha
aplicado
la
inisma
piedra
de
toque:
¿Es
el
carác¬
ter
do
las
acciones
tai
que
debemos
creer
que
se
realizan
en
razón
de
su
resultado?
El
resultado
ep
cuestión,
como
vere¬
mos
de
aquí
en
adelante
con
frecuencia,
es
una
regla
útil;
el
animal
está,
en
general,
más
seguro
bajo
las
circunstancias
I
EL
OBJETO
DE
LA
PSICOLOGÍA
9
que
le
impulsan
á
conseguir
ese
resultado.
Hasta
ese
punto
la
acción
tiene
un
carácter
teleológico;
pero
esta
teleología
me¬
ramente
exterior
puede
ser
el
resultado
ciego
de
una
vis
á
ter-
'
go.
El
desarrollo
y
los
movimientos
de
plantas,
los
procesos
de
desarrollo,
digestión,
secreción,
etc.,
en
los
animales,
suminis¬
tran
innumerables
ejemplos
de
acciones
útiles
para
los
indivi¬
duos
que
pueden
ser,
no
obstante,
y
la
mayoría
de
nosotros
su¬
pone
que
son,
producidos
por
mecanismo
automático.
El
fisió¬
logo
no
establece
confiadamente
la
inteligencia
consciente
en
la
médula
espinal
de
la
rana,
hasta
que
ha
demostrado
que
el
útil
resultado
que
la
maquinaria
nerviosa
produce
bajo
una
irritación
dada
el
mismo
cuando
se
altera
la
maquina¬
ria.
Si,
para
tomar
el
ejemplo
de
la
mancha,
la
rodilla
derecha
de
una
rana
sin
cabeza
sé
irrita
con
el
ácido,
el
pie
derecho
lo
borrará.
Cuando,
sin
embargo,
se
amputa
este
pie,
el
animal
muchas
veces
alzará
el
pie
izquierdo
hasta
la
mancha
y
lim¬
piará
la
parto
manchada.
Pflüger’s
y
Lowes
razonan
á
vista
de
tales
hechos
de
la
si¬
guiente
manera:
Si
la
primera
reacción
fuese
el
resultado
de
mera
maquinaria,
dicen:
si
osa
porción
irritada
de
la
piel
des¬
cargase
la
rodilla
derecha
como
un
gatillo
de
escopeta
descar¬
ga
su
propio
cañón
de
una
bala,
entonces,
amputando
el
pie
de¬
recho,
quedaría
frustrada
la
acción
de
limpiarse,
pero
no
haría
moverse
la
rodilla
izquierda.
Resultaría
simplemente
que
el
tronco
derecho
se
mueve
por
el
aire
vacío
(que
es
en
rea¬
lidad
el
fenómeno
algunas
veces
observado).
El
tiro
derecho
de'cañón
no
hace
esfuerzo
para
descargar
el.
cañón
izquierdo,
,si
el
derecho
os
el
descargado;
ni
una
máquina
eléctrica
está
jamás
sin
descanso
porque
sólo
pueda
emitir
chispas,
y
no
fun¬
das
de
almohada,
cpmo
una
máquina
de
coser.
Si,
por
el
contrario,
la
rodilla
izquierda
sé
moviese
origi¬
nalmente
con
el
iin
de
limpiar
el
ácido,
entonces
nada
es
más
natural
que,
cuando
los
medios
más
fáciles
de
realizar
ese
fin
.se
manifiestan
infructuosos,
sé
pongan
,en
práctica
otros
me-
x
dios.
Todo
defecto
debe
conservar
al
animal
en
un
estado
de
disgusto
que
llevará
á
toda
clase,
de
nuevos
intentos
y
proyec¬
tos;
y
no
se
producirá
la
tranquilidad
hasta
que
uno
de
éstos,
por
un
rasgo
feliz,
acabe
consiguiendo
el
fin
anhelado.
De
una
manera
semejante,
Groltz
asigna
la
inteligencia
á
los
lóbulos
ópticos
y
al
cerebelo
de
la
rana.
Aludimos
antes
á
la
manera
con
que
una
rana
sin
lesión
alguna,
encarcelada
en
10
PKINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
agua,
descubrirá
una
salida
á
la
atmósfera.
Goltz
encontró
que
las
ranas
privadas
do
sus
hemisferios
cerebrales
mostraban
muchas
veces
una
ingenuidad
semejante.
Esa
rana,
después
de
elevarse
del
fondo
del
cubo
y
de
encontrar
su
marcha
hacia
arriba
impedida
por
la
campana
do
vidrio
que
se
ha
colocada
sobre
él,
no
persistirá
en
oprimir
su
liocico
contra
el
obstácu¬
lo
hasta
que
llegue
la
muerto
ó
la
sofocación,
sino
que
muchas
veces
volverá
á
descender
y
ascender
do
debajo
do
su
cubo,
como
si
no
un
determinado
impulso
mecánico
iiacia
arriba,
sino
más
bien
un
consciente
deseo
de
aspirar
el
aire
por
un
garfio
ó
por
un
gancho,
fuese
el
principal
origen
de
su
activi¬
dad.
Goltz
dedujo
de
esto
que
los
hemisferios
no
son
el
único
sitio
de
la
inteligencia
en
las
ranas.
Hizo
la
misma
inducción
al
observar
que
una
rana
privada
de
cerebro
trasfiero
Su
impulso-
desde
su
espalda
á
su*
barriga
cuando
una
de
sus
rodillas
se
cose,
aunque
los
movimientos
exigidos
son
muy
diferentes
de
los
excitados
bajo
circunstancias
por
la
misma
posición
molesta.
Parecen
determinados,
por
(^onsiguiente,
no
única¬
mente
por
el
anterior
irritante,
sino
por
el
fin
final;
aunque
el
irritante-
es
naturalmente
lo
que
hace
anhelar
el
fin.
Otro
brillante
autor
alemán,
Liebmann
(1),
arguye
contra
el
mecanismo
del
cerebro,
teniendo
en
cuenta
la
acción
men¬
tal,
por
consid-eraciones
muy
semejantes.
Una
máquina
como
esa,
dice,
producirá
buenos
resultados
cuando
está
en
buen
or¬
den,
y
malos
resultados
si
está
fuera
del
orden.
Pero
ambas
clases
de
resultado
derivan
de
sus
condiciones
con
necesidad
igualmente
fatal.
No
podemos
suponer
la
labor
del
reloj,
cuya
estructura
lo
determina
fatalmente
en
cierno
grado
de
la
marcha,
notando
que
esta
marcha
es
demasiado
lenta
ó
dema¬
siado
rápida,
y'tratando
en
vano
de
corregirla.
Su
conciencia,
si
tiene
alguna,
sería
tan
buena
como
la
del
mejor
cronómetro,
porque
ambos
á
la
voz
obedecen
igualmente
las
mismas
leyes
mecánicas;
leyes
ocultas.
Pero
si
el
cerebro
está
fuera
del
orden
y
el
hombre
dice:
«Dos
veces
cuatro'son
dos»,
en
vez
dé:
<'Dos
veces
cuatro,
ocho»,
ó
do
otro
modo:
«Debo
ir
al
carbón
do
pie¬
dra
para
comprar
el
muelle»,
en
vez
do:
<'Dobo
ir
al
muelle
para
comprar
carbón
de
piedra»,
inmediatamente
surge
una
con¬
ciencia
del
error.
La
acción
mala,
aunque
obedezca
á
la
misma
(l)
Zar
Analysis
(ler
W¿rkHchkeit,páy;.-ÍSd.
EL
OBJETO
DE
LA
PSICOLOGÍA
II
ley
mecánica
que
la
buena,
está,
sin
embargo,
condenada;
con¬
denada
porque
contradice
la
ley
interior,
la
ley
principal,
el
fin
ó
ideal
por
el
cual
el
cerebro
dehe
obrar,
sea
así
ó
ño.
No
necesitamos
discutir
aquí
si
estos
escritores,
al
sacar
su
conclusión,
han
hecho
justicia
á
todas
las
premisas
contenidas
,
en
los
casos
de
que
tratan.
Citamos
sus
argumentos
sólo
para
demostrar
cómo
apelan
al
principio
de
que
sólo
las
acciones
que
se
realizan
loor
un
fin
y
muestran
una
elección
de
medios,
pueden
denominarseexpresiorúes
indudables
del
espíritu.
Adoptaré,
pues,
este
criterio,
por
el
cual
se
puede
circunscritjir
la
materia
de
este
libro
en
lo
que
cabe
que
entre
en
él
en
acción.
]\[uchas
ac¬
ciones
nerviosas
no
so
mencionarán,
por
consiguiente,
en
ra¬
zón
de
ser
puramente-fisiológicas.
Ni
se'describirá
de
nuevo
la
anatomía
del
sistema
nervioso
y
órganos
del
sentido.
El
lector
encontrará
en
la
obra
de
Martín:
Human
Body
(El
Cuerpo
Humano),
en
la
de
Ladd:
Psicología
fisiológica,
y
en
todas
las
demás
Anatomías
y
Fisiologías
del
mismo
carácter,
una
gran
masa
de
información
que
debemos
considerar
como
preliminar
y
tener
por
concedida
en
la
presente
obra
(1).
Sin
embargo,
bueno
será
dar
alguna
ligera
idea
do
las
funciones
de
los
hemis¬
ferios
cerebrales,
puesto
que
sirven
directamente
á
laucón-
ciencia.
(1)
Nada
es
más
fácil
que
familiarizarse
por
sí
mismo
con
el
cere¬
bro
de
los
mamíferos.
Coged
la
cabeza
de
un
carnero,
una
sierra
pe¬
queña,
un
formón,
un
escalpelo
y
un
fórceps
(todos
tres
pueden
con¬
seguirse
fácilmente
de
un
practicante
quirúrgico),
y
desbastad
sus
partes
con
el
aiixilio
de
un
libro
de
disección
humana,
tal
como
el
Manual
de
anatomía
ríe
Holden,
ó
por
las
disecciones
específicas
da¬
das
ad-hoc
en
libros
tales
como
la
Fisiología
práctica
de
Foster
y
Langley
(Macmillan),
ó
la
Anatomía
y
Disección
comparativa
de
los
ma¬
míferos
(Longmans).
18
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
abijircan,
tienden
á
la
conservación
personal;
pero
todavía
es
una
máqiána,
en
este
sentido,
que
no
parece
contener
un
ele¬
mento
incalculable.
Aplicándole
el
justo
estímulo
sensorial,
estamos
casi
tap
ciertos
de
obtener
una
respuesta
determina¬
da,
como
un
organista
lo
está
de
oir
cierto
tono
cuando
sacii
cierto
registro,
Pero
ahora,
si
á
los
centros
inferiores
añadimos
los
hemis¬
ferios
cerebrales,
ó
si,
en
otras
palabras,
hacemos
á
un
animal
'
incólume
el
sujeto
do
nuestras
observaciones,
todo
esto
se
cambia.
En
adición
á
las
respuestas
anteriores
á
presentes
exci¬
taciones
del
sentido
muerto,
aliora
efectúa
esyontáneamenU
dilatados
y
complejos
actos
de
locomoción,
ó,
como
si
fuese
movida
por
lo
que
en
nosotros
mismos
llamaríamos
una
idea.
Sus
reacciones
para
los
estímulos
exteriores
varían
también
en
forma.
En
vez
de
hacer
simples
movimientos
defensivos
con
sus
patas
traseras
como
una
rana
privada
de
cerebro
si
so
le
toca,
ó
de
dar
uno
ó
dos
saltos
y
de
sentarse
entonces
como
una
rana
privada
de
hemisferios,
como
hace
esfuerzos
persis¬
tentes
y
variados
por
escapan,
como
si,
no
el
mero
contacto
de
la
mano
del
fisiólogo,
sino
la
noción
del
peligro,
sugerido
por
ella,
fuese
ahora
su
huella.
Gruiado
por
el
sentimiento
del
ham¬
bre,
va
tambi^ón
en
busca
de
los
insectos,
peces
ó
ranas
peque¬
ñas,
y
varía
su
procedimiento
con
cada
especie
de
víctima.
El
fisiólogo
no
puede
manifestándole
ejecutar
el
croar,
el
trepar
á
un
borde,
el
nadar
ó
el
detenerse
á
su
antojo.
Su
conducta
se
ha
hecho
incalculable.
No
podemos
ya
presagiaría
exactamente.
El
esfuerzo
para
escapar
es
su
reacción
dominante,
pero
puede
hacer
algo
más,
aun
cuando
se
hinche,
y
se
hace
perfectamen¬
te
pasiva
en
nuestras
manos.
Tales
son
los
fenómenos
comunmente
observados,
y
tales
las
impresiones
que
uno
recibe
naturalmente.
Ciertas
conclu¬
siones
generales
se
siguen
indeclinablemente.
La
primera
de
tildas,es
la
siguiente:
Los
actos
de
todos
los
centros
contienen
el
US.
i
mismos
músculos.
Cuando
una
pata
trajera
de
una
rana
privada
de
cerebro
restriega
el
ácido,
pone
enjuego
todos
los
músculos
do
la
pierna
que
una
rana
con
su
íntegra
médula
oblongada
y
el
cerebelo
usa
cuando
se
vuelve
de
su
espalda
á
su
barriga.
Sus
contracciones
se
combinan,
sin
embargo,
db
diferente
manera
en
ambos
casos,
do
suerte
que
los
resultados
varían
sobremanera.
Por
consiguiente,
debemos
concluir
que
/
LAS
FUNCIONES
DEL
CEREBRO
19
las
Órdenes
específicas
de
células
y
fibras
existen
en
el
tronco
para
restregarse,
en
la
médula
para
volverse,
etc.
De
igual
manera
existen
en
los
thalanii
para
vencer
obstáculos
adverti¬
dos
y
para
balancear
el
cuerpo
movido;
en
los
lóbulos
ópticos
para
arrastrarse
liacia
atrás
ó
no.
Pero
en
los
hemisferios,
puesto
que
la
presencia
de
estos
órganos
no
trae
consigo
una
nueva
forma
elemental
de
conocimiento^
sino
que
sólo
determina
de
difei-ente
manera
las
ocasiones
en
las
cuales
ocurrirán
los
movimientos,
haciendo
menos
fatales
y
más
maquinales
los
usuales
estímulos;
necesitamos
no
suponer
que
exista
una
ma¬
quinaria
directamente
coordinativa
de
contracciones
muscula¬
res.
Podemos
más
bien
presumir,
cuando
los
hemisferios
en¬
vían
un
impulso
para'
un
movimiento
de
frotación,
que
una
corriente
va
directamente
á
la
casilla
ú
orden
correspondiente
á
la
acción
del
frotamiento
en
la
médula
espinal,
que
excitan
este
orden
en
conjunto.
De
igual
manera,
si
una
rana
intacta
desea
saltar
sobre
una
piedra
que
ve,
todo
lo
que
necesita
ha-
■
cer
es
excitar
desde
los
hemisferios
el
centro
del
salto
en
los
thalami
ó
dondequiera
que
sea,
y
los
últimos
proveerán
á
los
detalles
de
la
ejecución.
Es
como
un
general
que
ordena
á
un
•coronel
que
haga
cierto
movimiento,
pero
no
le
dice
cómo
ha¬
brá
de
hacerlo
(1).
El
mismo
músculo
está
repetidamánte
representado,
pues
,
.
en
diferentes
grados;
y
cada
uno
entra
en
una
diferente
combi¬
nación
con
otros
músculos
á
cooperar
en
alguna
forma
especial
de
movimiento
concertado.
En
cada
grado
el
movimiento
se
des-
■
carga
por
alguna
forma
piarticular
de
estimulo
sensorial.
Así
en
el
tronco,
la
piel
gólo
ocasiona
movimientos;
en
la
parte
inferior
de
los
lóbulos
ópticos,
se
añaden
los
ojos;
en
los
thalami,
los
ca¬
nales
semicirculares
parecerían/
tomar
parte;
mientras
que
los
estímulos
que
descargan
los
hemisferios
no
parecerían
ser
cla¬
ses
elementales
de
sensación,
como
grupos
de
sensación
que
forman
objetos
determinados
ó
cosas.
Las
ranas
privadas
de
ce¬
rebro
no
siguen
la
presa
ni
evitan
á
los
enemigos.
Estas
reac-
clones
sobre
circunstancias
complejas
que
llamamos
instinti-
(1)
Me
limito
á
la
rana,
en
obsequio
á
la
sencillez.
En
los
animales
miperiores,
especialmente
en
el
mono
y
en
el
hombre,
parecería
que
no
sólo
determinadas
combinaciones
de
los
músculos,
sino
grupos
li¬
mitados
ó
aún
simples
músculos,
podíah
enervarse
por
los
hemis¬
ferios.
20
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA.
vas
más
bien
que
reflejas,
son
ya
en
este
animal
dependientes^
de
los
lóbulos
superiores
del
cerebro,
y
todavía
más
ocurro
esto
con
animales
superiores
en
la
escala
zoológica.
Los
resultado-s
son
precisamente
idénticos
si,
en
vez
de
una
rana,
tomamos
un
pichón
y
cercenamos
sus
hemisferios,
como-
son
ordinariamente
cercenados
para
la
demostración
en
una
conferencia.
No
hay
un
movimiento
natural
al
que
este
pájaro-
privado
do
cerebro
no
puede
realizarlo
,
si
es
expresamente
ex¬
citado
á
eso;
sólo
los
impulsos
íntimos
parecen
deficientes,
y
cuando
se
abandona
á
sí
mismo
gasta
la
mayoría
de
su
tiempo-
agachado
sobro
el
suelo,
con
su
cabeza
liundida
entre
sus¬
hombros,
como
si
durmiese.
Noción
general
de
los
hemisferios.
Todos
estos
liechos,
cuando
meditamos
sobre
ellos,
nds--
conducen
á
una
concepción
explicatoria
como
ésta:
Los
centros
inferiores
obran
sólo
por
los
actuales
estímulos
sensacionales:
los
hemisferios
obran
por
percepqiones
y
consideraciones;
porque
las
sensaciones
que
pueden
recibir
sirven
sólo
como
sugestiones
de
éstas.
Pero
¿qué
son
las
percepciones
sino
sensaciones
agru¬
padas?
¿Y
qué
son
las
consideraciones
sino
expectativas,
en
la
fantasía,
de
sensaciones
que
serán
sentidas
de
una
manera
li
otra
según
la
acción
sigue
esta
dirección
ó
esa?
Si
yo
estoy
sentado
viendo
una
serpiente
de
cascabel,
considerando
qué
peligroso
animal
es,
los
materiales
mentales
que
constituyen
mi
reflexión
prudente
son
imágenes
más
ó
menos
vivas
del
mo¬
vimiento
de
su
cabeza,
de
un
dolor
repentino
en
mi
rodilla,
de
un
estado
de
terror,
de
una
hinchazón
de
un
miembro,
de-
un
escalofrío,
de
un
delirio,
de
la
inconsciencia,
etc.,
etc.,
y
de
la
ruina
de
mis
esperanzas.
Pero,
toda§
estas
imágenes
están
construidas
sobre
mis
experiencias
pasadas.
Son
reproduccio¬
nes
de
lo
que
yo
he
sentido
ó
presenciado.
Son,
en
resumen,
sensaciones
remotas:
y
la
diferencia
entre
el
animal
privado
de
hemisferios
y
el
que
está
íntegro^
puede
ser
concisamente
expre¬
sada
diciendo
que
uno
obedece
á
lo&bbjetos
ausentes^
el
otro
á.los
objetospyresentes
únicamente.
Los
hemisferios
parecen
ser
el
sitio
de
la
memoria.
Vestigios
(^e
pasadas
experiencias
d,eben
en
cierto
modo
excitarse
en
LAS
FUNCIONES
DEL
CEREBRO
21
-ellos,
y
(Jebeh,
cuando
son
excitados
por
estímulos
presentes,
.
aparecer
primero
como
representaciones
de
bienes
y
males
distantes,
y
entonces
deben
descargar
en
los
apropiados
cana¬
les
motores
para
evitar
el
mal
y
asegurar
los
beneficios
del
hecho.
Si
comparamos
las
corrientes
nerviosas
á
las
corrientes
eléctricas,
podemos
comparar
el
sistema
nervioso
que
está
de¬
bajo
de
los
hemisferios
á
un
circuito
directo,
desde
el
órgano
4e
los
sentidos
al
músculo
á
lo
largo
de
una
línea.
El
hemisferio
uñado
el
largo
circuito
á
la
línea
de
abertura
por
la
cual
pue¬
de
pasar
la
corriente
cuando
por
cualquier
razón
no
se
usa
la
línea
directa.
Asi,
un
viajero
fatigado
en
un
día
caluroso
se
tiende
so-bre
la
hierba
húiheda
debajo
de
un
plátano.
Las
sensaciones
de
•delicioso
descanso
y
de
frialdad,
penetrando
por
la
línea
directa,
-descargarían
naturalmente
en
los
músculos
de
extensión
completa:
se
abandonaría
al
reposo
peligro¬
so.
Pero
al
abrirse
la
línea
de
la
ubertura,
parte
de
esta
corriente
se
lanza
por
ella
y
despierta
remi¬
niscencias
reumáticas
ó
catarra¬
les,
que
prevalecen
sobre
las
ins¬
tigaciones
de
los
sentidos,
y
hace
ul
hombre
levantarse
y
proseguir
su
camino
á
donde
pueda
prose¬
guir
su
descanso
con
más
seguridad.
Ahora
examinaremos
la
manera
con
que
la
línea
do
la
abertura
hemisférica
puede
su¬
poner
que
sirve
de
almacén
de
reminiscencias
como
éstas.
En¬
tretanto,
suplico
al
lector
que
tome
nota
de
algunos,
comen¬
tarios
que
se
desprenden
de
que
él
sea
un
almacén
tal.
En
primer
lugar,
ningún
animal
sin
esto
puede
delibe¬
rar,
dudar,
posponer,
examinar
exactamente
un
motivo,
con¬
frontarlo
y
compararlo
con
otro.
La
prudencia,
pn
una
pala¬
bra,
es
para
esa
criatura
una
virtud
imposible.
En
concordan¬
cia
con
esto,
vemos
que
la
naturaleza
traslada
aquellas
fun¬
ciones
en
cuyo
ejercicio
la
prudencia
es
una
virtud,
desde
los
centros
inferiores
y
desde
las
manos
hasta
el
cerebro.
Siempre
que
una
criatura
tiene
que
habérselas
con
rasgos
complejos
del
ambiente,
la
prudencia
os
una
virtud.
Los
animales
supe¬
riores
iienen
que
obrar
así;
y
cuanto
más
complejos
son
los
22
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
caracteres,
más
superiores
llamamos
á
los
animales.
Los
pocos
de
sus
actos,
pues,
puede
realizarlos
ese
animal
sin
la
ayuda
de
los
drízanos
en
cuestión.
En
la
rana,
muchos
actos
recaen
completamente
sobre
los
centros
inferiores;
en
el
pájaro,
po¬
cos;
en
el
rodezno
monos
aún;
en
el
perro,
muy
pocos,
en
ver¬
dad;
y
en
los
monos
y
en
los
hombres,
ninguno.
Las
ventajas
de
éstos
son
obvias.
Tomad
la
aprehensión
de
la
comida
como
un
ejemplo,
y
suponed
que
sea
una
acción
re¬
fleja
de
los
centros
inferiores.
El
animal
será
condenado
fatal
é
irresistiblemente
á
agarrarla
dondequiera
qué
se
presenta,
no
importa
cuáles
puedan
ser
las
circunstancias;
no
puede
ya
des¬
obedecer
este
impulso,
como
el
agua
no
puede
rehusarse
á
hervir
cuando
se
enciende
un
fuego
debajo
del
puchero.
Su
vida
pagará
una
y
otra
vez
el
crimen
de
su
glotonería.
La
ex¬
posición
al
desquite,
á
otros
enemigos,
á
las
trampas,
á
los
ve¬
nenos,
á
los
peligros
de
la
indigestión,
deben
ser
partes
rega¬
lares
de
su
existencia.
Su
falta
de
todo
pensamiento
por
el
cual
puedan
sospechar
el
peligro
contra
el
atractivo
del
cebo,
y
de
todo
deseo
de
quedar
con
hambre
durante
algún
tiempo,
es
la
medida
directa
de
su
inferioridad
en
la
escala
mental.
Y
estos
peces,
que,
como
nuestros
cunners
y
scalpins,
no
están
dispuestos
á
saltar
del
anzuelo
al
agua,
como
tampoco
cogen
automáticamente
eTanzuelo,
pronto
expiarán
la
degradación
de
su
inteligencia
por
la
extinción
de
su
tipo,
y
no
expiarán
su
exagerada
fecundidad
por.su
imprudencia.
El
apetito
y
los
ac¬
tos
á
que
impulsa,
se
han
convertido,
en
consecuencia,
en
to¬
dos
los
vertebrados
superiores,
'en
funciones
del
cerebro.
Des¬
aparecen
cuando
el
bisturí
de
los
fisiólogos
ha
dejado
solos
á
los
centros
subordinados.
El
pichón
desprovisto
de
cerebro
perecería
de
inanición
aunque
se
le
dejase
en
un
montón
de
grano.
Tomad
de
nuevo
la
función
sexual.
En
los
pájaros,
ésta
re¬
cae
exclusivamente
sobre
los
hemisferios.
Cuando
éstos
se
cercenan,
el
pichón
no
presta
atención
á
los
halagos
y
arrullos
de
su
macho.
Y
Groltz
encontró
que
una
perra
ardiente
no
ex¬
citaría
emoción
en
perros
machos
que
habían
sufrido
grandes
pérdidas
del
tejido
cerebral.
Los
que
han
leído
la
obra
de
Darwin:
La
Descendencia
del
hombre
(Descent
of
Man)
conocen
qué
inmensa
importancia
en
la
mejora
de
la
casta
en
los
pája¬
ros
atribuye
este
autor
al
mero
hecho
de
la
selección
sexuaL
El
acto
sexual
no
se
realiza
hasta
que
se
cumplen
todas
las
LAS
FUNCIONES
DEL
CEREBRO
23
condiciones
de
circunstancia
y
sentimiento,
hasta
que
están
dispuestos
el
tiempo,
el
lugar
y
el
participante.
Pero
en
las
ra¬
nas
y
sapos,
esta
pasión
recae
sobre
los
centros
inferiores.
Muestran
consiguientemente
una
obediencia
maquinal
á
la
actual
incitación
de
los
sentidos,
y
una
exclusión
casi
total
do
la
facultad
de
elección.
La
cópula
se
efectúa
fas
aut
nffas,
accidentalmente
entre
machos,
muchas
veces
con
hembras
muertas,
en
charcos
próximos
al
camino
real,
y
el
macho
pue-
^
do
ser
cortado
en
dos
sin
que
suelte
su
presa.
Todo
lo
que
su¬
pone
inmenso
sacrificio
en
la
vida
muscular
deriva
sólo
de
estas
causas.
Nadie
necesita
que
se
insista
en
demostrar
cómo
toda
la
elovación
social
y
humana
depende
del
predominio
de
la
cas¬
tidad.
Apenas
hay
factor
que
influya
n^s
que
éste
en
la
dife¬
rencia
entre
la
civilización
y
la
barbarie.
Fisiológicamente
in¬
terpretada,
la
castidad
no
significa
nada
más
que
el
hecho
do
de
que
las
actuales
solicitaciones
do
los
sentidos
son
domina¬
das
por
sugestiones
de
equidad
estética
y
moral
que
las
cir¬
cunstancias
despiertan
en
el
cerebro,
y
que
sólo
de
la
acción
inhibitoria
ó
permisoria
de
¿stas
dependo
directamente
la
acción.
Dentro
de
la
vida
psíquica
debida
al
cerebro
mismo,
la
misma
distinción
general
predomina,
entre
consideraciones
de
las
más
inmediatas
y
consideraciones
de
las
más
remotas.
En
todas
las
épocas,
el
hombro
cuyas
determinaciones
se
efectúan
con
referencia
á
los
fines
más
distantes,
han
estado
considera¬
dos
como
los
que
poseían
la
más
elevada
-inteligoncíá.
El
va¬
gabundo
que
vive
de
hora
en
hora;
el
bohemio
cuyos
compro¬
misos
duran
un
día;
el
bachiller
que
trabaja
para
una
sola
vida;
el
padre
que
obra
por
otra
generación;
el
patriota
que
piensa
en
to'da
una
sociedad
y
en
muchas
generaciones,
y
final¬
mente,
el
filósofo
y
el
santo,
puyas
solicitudes
se
dirigen
á
la
humanidad
y
á
la
eternidad
—éstos
se
afilian
en
una
jerarquía
inviolada,
donde
cada
grado
sucesivo
resulta
de
una
manifes-
ción
excelente
de
la
forma
especial
de
la
acción
por
la
cu^l
los
centros
cerebrales
se
distinguen
de
todos
los
que
están
debajo
de
ellos.
En
la
«linea
de
abertura»,
á
lo
larg^)
de
la
cual
se
supone
(lue
se
extienden
los
recuerdos
é
ideas
de
lo
distante,
la
acción,
en
cuanto
que
es
un
proceso
físico,
debe
ser
interpretada
se¬
gún
el
tipo
de
la
acción
en
los
centros
inferiores.
Si
se
consi-
24
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
dera
aquí
como
un
proceso
roíiejo,
debe
ser
también
reñejo
allí.
La
corriente
en
ambos
sitios
penetra
en
los
músculos
sólo
después
de
haber
penetrado
allí
primero;
pero
mientras
que
el
sendero
por
el
cual
penetra
está
determinado
en
los
centros
inferiores
por
pocas
y
lijas
reflexiones
entre
los
órdenes
de
cé¬
lulas,
en
los
heipisferios
las
reflexiones
son
muchas
ó
inesta¬
bles.
Esto,
como
se
verá,
es
sólo
una
diferencia
de
g-rado
y
no
de
especie,
y
no
cambia
el
tipo
reflejo.
La
concepción
de
toda
acción
como
conforme
á
este
tipo,
es
la
concepción
fundamen¬
tal
do
la
moderna
fisiología
de
los
nervios.
¡Tanto
mejor
para
nuestra
concepción
preliminar
y
general
de
los
centros
ner¬
viosos!
Letinámosla
más
distintamente
antes
de
que
veamos
cómo
lleva
á
ella
la
observación
fisiológica
en
detalle.
La
educación
de
les
hemisferios.
Las
corrientes
nerviosas
penetran
por
los
órganos
de
los
sentidos,
y
mientras
provocan
actos
reflejos
en
los
centros
in¬
feriores,
excitan
ideas
en
los
hemisferios,
que,
ó
permitan
á
los
movimientos
reflejos
en
cuestión
rechazarlas
ó
sustituirlas
por
otras.
Como
todas
las
ideas
són
en
último
resultado
reminis¬
cencias,
la
cuestión
á
la
respuesta
es:
¿Cómopueden
organizar¬
se
en
los
hemisferios
procesos
que
correspondan
á
las
reminiscen¬
cias
en
el
espíritu?
(ij.
(1)
Espero
que
ol
lector
tío
tomará
á
mal
q>ie
yo
mezcle
así
lo
fí¬
sico
y
lo
mental,
y
hable
do
actos
reflejos
y
hemisferios
y
reminiscen¬
cias
en
el
mismo
sentido,
como
si
fuesen
entidades
liomogéneas
y
factores
de
una
cadena
causal.
Lo
he
hecho
así
deliberadamente;
porque,
aunque
admito
que
desde
el
pinito
de
vista
radicalmente
fí¬
sico
es
fácil
concebirla
cadena
de
acontecimientos
entre
las
células
y
las
fibras
como
completa
en
sí
misma,
y
mientras
$e
concibe
así,
no
necesita
uno
hacer
mención
de
las
«ideas»,
sospecho,
sin
embargo,
(lue
este
punto
de
vista
es
una
abstracción
irreal.
Los
movimientos
reflejos
en
los
centros
inieden
efectuarse
aún
cuando
los
guíen
senti¬
mientos
ó
ideas
concomitantes.
En
otro
capítulo
trataré
de
expresar
las
razbnés
para
no
abandonar
esta
posición
propia
del
sentido
co¬
mún;
entre
tanto,
el
misrfio
lenguaje
conduce
tanto
más
fácilmente
á
ese
modo
mixto
de
describir,
cuanto
que
continuaré
empleando
este
último.
El
lector
de
espíritu
más
radical
puede
leer
siempre
«proce¬
so
ideacional»
donde
dice
«idea».
LAS/FUNCIONES
DEL
CEREBRO
25
Nada
es
más
fácil
que
concebir
un
modo
yosihle
de
que
esto
pudiera
efectuarse,
con
tal
de
que
se
concedan
cuatro
lii-
pótesis.
Estas
hipótesis
(que
después
de
todo
son
inevitables
en
cualquier
caso),
son:
1)
.
El
mismo
proceso
cerebral,
que,
cuando
es
excitado
,
desde
el
exterior
por
un
órí^ano
de
dos
sentidos,
da
la
per¬
cepción
de
un
objeto,
dará
una
idea
del
mismo
objeto
cuan¬
do
sea
excitado
desde
el
interior
por
otros
]3i’ocesos
cere¬
brales.
■
■
'
,
'
.
2)
Si
los
procesos
lian
sido
una
vez
excitados
en
compañía
ó
en
sucesión
inmediata,
cualquier
subsiguiente
excitación
de
cualquiera
de
ellos
(sea
de
fuera
ó
de
dentro),
tenderá
á
exci¬
tar
las
otras
en
el
orden
primi¬
tivo.
(Esta
es
la
llamada
ley
de
la
asociación.)
3)
Toda
excitación
senso¬
rial
propagada
á
un
centro
in¬
ferior
tiendo
á
difundirse
hacia
arriba
y
á
excitar
una
idea.
4)
Toda
idea
tiende
úl¬
timamente
ó
á
producir
un
movimiento
ó
á
rechazar
uno
que
de
lo
contrario
se
produ¬
ciría.
Suponed
ahora
(concedidas
estas
hipótesis)
que
tenemos
delante
de
nosotros
á
un
niño
que
vea
por
primera
vez
la
lla¬
ma
do
una
bujía,
y
en
vii’tud
de
una
tendencia
reñeja
común
en
los
niños
do
cierta
edad,
extiende
su
mano
para
cogerla,
de
manera
que
sus
dedos
se
queman.
Tenemos
dos
corrientes
re¬
flejas
enjuego;
primero,
una
desde
los
ojos
del
movimiento
de
extensión,
á
lo
largo
de
una
línea
quebrada;
y
en
segundo
lu¬
gar,
desdo
el
dedo
al
movimiento
de
retirar
la
mano,
á
lo
lar¬
go
de
una
línea
también
quebrada.
Si
éste
fuese
el
sistema
nervioso
en
conjunto
del
niño,
y
si
los
movimientos
reflejos
fuesen
decididamente
orgánicos,
po
experimentaría
altera¬
ción
alguna
en
su
conducta,
de
cualquier»
manera
que
se
efec¬
tuase
la
experiencia.
La
imagen
retiniana
de
la
llama
haría
siempre
alargar
el
brazo;
la
quemadura
del
dedo
haría
siem¬
pre
retirarla.
Pero
sabemos
que
el
niño
quemado
teme
el
fue-
fig.
:í.'
26
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
g;o
(1),
y
que
una
experiencia
preserva
ordinariamente
á
los
dedos
para
siempre.
El
punto
de
interés
aquí
es
averiguar
cómo
los
hemisferios
pueden
producir
este
resultado.
-
Debemos
complicar
nuestra
exposición.
Hagamos
que
la
corriente
que
baja
de
los
ojos
se
descargue
hacia
arriba
lo
mis¬
mo
qub
hacia
abajo
cuando
llega
al
centro
inferior
de
la
vi¬
sión
y
excita
los
procesos
perceptivos
en
los
-homisferios;
ha¬
gamos
que
el
sentimiento
de
la
extensión
del
brazo
envíe
una
corriente
que
deja
una
huella
de
sí
misma;
hagamos
que
el
dedo
quemado
deje
una
huella
análoga;
lo
mismo
que
el
mo¬
vimiento
do
retirada.
Estos
cuatro
procesos
se
.asociarán
aho¬
ra,
en
virtud
de
la
segunda
hipótesis,
por
medio
de
una
línea
que
corre
desde
el
primero
hasta
el
último,
do
suerte
que
si
algo
afecta
al
proceso
per¬
ceptivo,
las
ideas
de
la
exten¬
sión,
del
dedo
quemado
y
de
la
retirada
pasarán
en
rápida
su¬
cesión
para
el
espíritu.
El
efec¬
to
sobre
la
conducta
del
niño
cúando
la
llama
de
la
bujía
se
presenta
luego,
es
fácil
de
ima¬
ginar.
Naturalmente,
la
vista
de
ella
excita
el
movimiento
reflejo
da
cogerla;
pero
excifa
simultáneamente
la
idea
junto
con
la
del
consiguiente
dolor,
y
de
la
retirada
Anal
de
la
mano;
y
si
estos
procesos
cerebrales
prevalecen
en
vigor
sobro
la
sensación
inmediata
en
los
cen¬
tros
inferiores,
la
última
idea
será
la
sugestión
por
la
cual
se
descarga
la
acción
final.
La
acción
de
coger
será
detenida
en
medio
de
la
carrera;
la
mano
se
apartará
y
se
salvarán
los
de¬
dos
del
niño.
En
todo
esto
suponemos
que
los
hemisferios
no
acoplan
nativamente
cualquier
impresión
particular
del
sentido
con
■
c
ualquier
descarga
motora
especial.
Sólo
registran
y
consor-
(1)
The
hurnt
child
dtrads
the
fire.
Adagio
británico'afín
á
nuestro
conocido
refrán:
«Gato
^escaldado
hasta
del
agua
fría
huye
»
.
—Nota
del
Traductor.
i
LAS
FUNCIONES
DEL
CEREBRO
27
van
huellas
de
tales
acoplamientos,
cuando
están
ya
organiza¬
dos
en
los
centros
reflejos
inferiores.
Pero
esto
lleva
natural¬
mente
á
que,
cuando
una
cadena
de
experiencias
ha
sido
ya
registrada
y
se
imprime
el
primer
eslabón
una
vez
desde
el
exterior,
el
último
eslabón
se
pone
de
relieve
en
la
idea
mucho
antes
de
que
se
pueda
existir
en
hecho.
Y
si
este-último
esla¬
bón
estuviese
unido
previamente
con
un
movimiento,
ese
mo¬
vimiento
puede
venir
ahora,
de
la
mera
sugestión
ideal
sin
esperar
que
excite
impresión
actual.
Así
pues,
un
animal
con
hemisferios
obra
en
anticiimciOn
de
cosas
futuras;
ó,
para
usar
nuestra
fórmula
previa,
obra
por
consideraciones
de
bien
y
mal
distantes.
Si
damos
el
nombre
de
participante^
á
los
aco¬
plamientos
originales
de
impresiones
con
movimientos
de
una
manera
futura,
entonces
podemos
decir
que
la
función
de
los
lieiñisferios
es
simplemente
producir
modificaciones
entre
los
participantes.
El
movimiento,
que
nativamente
es
el
partici¬
pante
de
la
sensación,
se
convierte
por
los
hemisferios
en
el
participante
de
la
sensación.
Es
como
la
aguja
de
sacudida
en
una
estación
telefónica
central.
No
se
contienen
nuevos
proce¬
sos
elementales;
ninguna
impresión
y
ningún
movimiento
pe¬
culiar
á
los-
hemisferios,
sino
cualquier
número
de
combina¬
ciones
imposible
á
la
maquinaria
inferior
tomados
aparte,
y
un
consiguiente
aumento
interminable
en
las
posibilidades
de
la
conducta
por
parte
de
la
criatura.
Todo
esto,
como
un
simple
esquema
(1),
es
tan
claro
y
tan
concordante
con
la
perspectiva
general
ofrecida
por
los
liechos,
que
casi
se
impone
á
nuestra
creencia;
pero
es
algo
muy
claro
en
detalle.
La
ñsiología
cerebral
de
los
últimos
años
ha
tratado,
con
gran
esfuerzo,
de
salirse
de
los
senderos
por
los
cuales
es-
(1)
Llamaré
desde
ahora
así
por
brevedad
«el
esquema
Meyiiert»,
porque
el
ejemplo
de
la
llama
y
del
niño,
así
como
toda
la
noción
ge¬
neral
de
que
los
hemisferios
son
una
superficie
supernumeraria
para
la
proyección
y
asociación
de
sensaciones
y
movimientos
nativa¬
mente
unidos
en
los
centros
inferiores,
se
debe
á
Meynert,
el
anató¬
mico
austríaco.
Para
un
resumen
popular
de
sus
opiniones,
véase
su
folleto:
Zur
mechanik
ziir
geUrnhaues,
Viena,
1874.
Su
más
reciente
desarrollo
está
incorporado
á
su
Fsicliiatry,
un
tratado
clínico
sobre
enfermedades
del
cerebro
delantero,
traducido
por
Sachs;
New-'
York,
1885.
34
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
palabra
de
mando;
si
es
capaz
de
hacerlo
aspantes
de
la
opera¬
ción;
no
la
emplea
para
arañar
el
suelo
ó
coger
un
hueso
como
anteriormente,
la
deja
resbalar
cuando
la
apoya
sobre
una
su¬
perficie
tersa
ó
cuando
se
sacude,
etc.,
etc.
La
sensibilidad
de
todas
clases
parece’disminuir,
así
como
la
movilidad;
pero
de
esto
hablaré
más
adelante.
Por
otra
parte,
el
perro
tiende,
en
los
movimientos
voluntarios,
á
torcerse
liacia
el
lado
de
la
le¬
sión
cerebral
en
vez
de
caminar
hacia
adelante.
Todos
estos
síntomas
disminuyen
gradualmente,
de
suerte
que,
aun
con
una
lesión
cerebral
muy
grave,
el
perro
puede
no
distinguirse
exteriormente
de
un
perro
sano
después
de
odio
ó
diez
sema-/
ñas.
Todavía
entonces
una
cloroformización
ligera
reproduci¬
ría
los
desarreglos.
Hay
cierta
apariencia
de
incoherencia
atáxica
en
los
movimientos;
el
perro
alza
hacia
arriba
sus
pa¬
tas
delanteras
y
las
baja
con
más
fiierza
que
de
ordinario,
y
sin
embargo,
el
trastorno
no
consisto
en
una
falta
común
de
coordinación.
Ni
hay
tampoco
parálisis.
La
fuerza
de
cual¬
quier
movimiento
es
tan
grande
como
siempre;
los
perros
con
destrucción
extensa
de
la
zona
motora
pueden
saltar
y
mor¬
der
lo
mismo
que
antes,
pero
parecen
moverse
menos
fácilmen¬
te
al
hacer
algo
con
las
partos
lastimadas.
El
doctor
Loeb,
que
ha
estudiado
los
desarreglos
motores
do
los
porros
más
á
fon¬
do
que
nadie,
los
concibe
en
masse
(en
masa)
como
efecto
do
una
inercia
creciente
en
todos
los
procesos
do
inervamiento
hacia
el
lado
opuesto
á
la
lesión.
Todos
esos
movimientos'exi-
/
/
.
LAS
FUNCIONES
DEL
CEREBRO
35
un
esfuerzo
inaudito
para
su
ejecución;
y
cuando
sólo
se
realiza
el
esfuerzo
usual
normalmente,
caen
fuera
de
la
posibi¬
lidad
de
verificarse
(1).
'
Aun
cuando
se
aniquile
toda
la
zona
motora
de
un
perro,
no
hay
parálisis
permanente
de
parte
alguna,
sino
solamente
•esa
curiosa
especie
de
inercia
relativa
cuando
se
comparan
las
•dos
partos
del
cuerpo;
y
esto
mismo
apenas
se
hace
percepti¬
ble
después
que
ha
transcurrido
cierto
número
de
semanas.
El
profesor
Goltz
ha
descripto
uii
perro
cuyo
hemisferio
iz¬
quierdo
estaba
completamente
destruido,
y
que
sólo
retuvo
una
ligera
inercia
motora
sobre
la
mitad
derecha
del
cuerpo.
En
particular,
podía
usar
su
pata
derecha
para
coger
un
hue-
4
áo
mientras
lo
roía,
ó
para
alcanzar
un
pedazo
de
comida.
Se
le
había
enseñado
á
presentar
su
pata
antes
de
esas
operacio¬
nes,
y
hubiera
sido
curioso
observar
si
esa
facultad
también
se
ejercitaba.
Su
sensibilidad
táctil
disminuyó
perenpemente
en
el
lado
derecho
(2).
En
los
monos,
una
parálisis
genuína
si-
(1)
Loeb;
Beitrdge
zur
Physiologie
des
Grosshirns;
Pflüger’s
Ar-
chiv.,
XXXIX,
pág.
293.
Simplifico
la
afirmación
del
autor.
(2)
Goltz:
Pfliiger’s
Arcliiv.,
XLII,
pág.
419.
.
36
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
g-ue
á
las
ablaciones
de
la
corteza
en
la
región
motora.
Esta
parálisis
afecta
partes
del
cuerpo
que
varían
con
las
partes
del
cerebro
aniquiladas.
El
brazo
ó
la
pierna
opuestos
de
un
mono-
,
cuelgan
flácidos,
ó
á
lo
sumo
toman
una
parte
insignificante
en
los
movimientos
asociados.
Cuando
se
aniquila
la
región
ente¬
ra
hay
una
hemiplejia
genuína
y
permanente
en
que
el
brazo
se
afecta
más
([ue
la
pierna;
y
esto
va
seguido,
meses
después,,
por
la
contracción
de
los
miisculos,
después
de
hemiplejia
in¬
veterada.
Según
Schcefer
y
Horsley,
los
músculos
del
tronco
se
paralizan
también
después
de
la
destrucción
de
la
circunvo¬
lución
marginal
sobre
ambas
partes.
Estas
diferencias
entre
perros
y
monos
demuestran
el
peligro
de
sacar
conclusiones
generales
de
experimentos
hechos
en
cualquier
clase
de
ani¬
mal.
Los
autores
últimamente
nombrados
han
dado
las
figuras
de
las
regiones
motoras
en
el
cerebro
del
mono
(1).
(1)
FhilosopMcal
Transaction,
vol.
179,
págs.
6
y
10
(1888).
En
un
niimero
posterior
(Ihidem,
pág.
205),
los
señores
Beevor
y
Horsley
es¬
tudian
la
localización
todavía
más
minuciosamente,
demostrando
qtie
hay
espacios
por
los
cuales
pueden
contraerse
los
simples
músculos-
ó
los
simples
dedos.
LAS
FUNCIONES
DEL
CEREBRO
37
En
el
honibre
somos
necesariamente
reducidos
á
la
observa-
-ción
ijost-morteni
de
ablaciones
corticales
producidas
jDor
acci¬
dente
ó
enfermedad
(tumor,
hemorragia,
reblandecimiento,
-etcétera.)
Lo
que
resulta
durante
la
vida
de
tales
condiciones
es,
ó
el
espasmo
localizado,
ó
la
perlesía
de
ciertos
músculos
del
lado
opuesto.
Las
regiones
corticales
que
invariablemente
producen
estos
resultados
son
homologas
á
las
que
acabamos
•de
estudiar
en
el
perro,
gato,
mono,
etc.
Exner
ha
estudiado
minuciosamente
ciento
sesenta
y
nueve
casos,
que
han
dado
un
resultado
análogo.
Hay
regiones
en
que
las
lesiones
no
produjeron
ningún
desarreglo
motor.
Algunas,
por
el
contra¬
rio,
nunca
fueron
lastimadas
sin
experimentar
desarreglos
motores
de
cualquier
clase.
Cuando
es
profunda
en
el
hombre
la
ofensa
de
la
substancia
cortical,
lá
parálisis
es
permanente
y
va
sucedida
de
rigidez
muscular
en
las
partes
paralizadas,
precisamente
como
puede
ocurrir
en
el
mono.
3)
Las
degen&t'aciones
descendentes
muestran
la
intima
co¬
nexión
de
las
regiones
rolándicas
de
la
corteza
con
las
regio¬
nes
motoras
de
la
médula
espinal.
Cuando,
ó
en
el
hombre
ó
■
en
el
animal
se
destruyen
estas
regiones,
un
cambio
degene¬
rativo
peculiar,
conocido
con
el
nombre
de
esclerosis
secun-
38
.PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
daría,
se
extiende
por
la
substancia
blanca
y
íibrinosa
del
ce¬
rebro
de
una
manera
perfectamente
definida,
afectando
cier¬
tos
cordones
que
pasan
por
la
cápsula
interior,
crura
y
j;on.9,
penetrando
en
las
pirámides
anteriores
de
la
médula
oblonga-
da,
y'desde
aquí
(en
parte
cruzando
al
otro
lado)
entrando
en
las
columnas
interiores
(directas)
y
laterales
(cruzadas)
de
la
médula
espinal.
4)
La
prueba
anatómica
de
la
continuidad
do
las
regiones-
rolándicas
con
estas
columnas
motoras
de
la
médula
espinal,,
se
da
también
claramente.
La
pyramidenbahn,
de
Flochsig,.
forma
un
cordón
ininterrumpido
(distintamente
trazablo
en
el
embrión
humano
antes
do
que
sus
fibras
hayan
adquirido
su
blanca
«vaina
medular»),
pasando
desde
las
pirámides
de
la
médula
y
at^-avesando
la
cápsula
interna
y
la
corona
radiada
hasta
las
circunvoluciones
en
cuestión.
Nada
de
la
substancia
gris
inferior
del
cerebro
parece
tener
conexión
con
esta
impor¬
tante
vaina
fibrinosa.
Pasa
directamente
desde
la
corteza
á
los
desarreglos
motores
en
la
médula
espinal,
dependiendo
para
su
pi'opia
nutrición
(como
demuestran
los
hechos
de
la
degene¬
ración)
de
la
influencia
de
las
células
corticales,
precisamente
como
los
nervios
motores
dependen
para
su
nutrición
de
la
de
las
células
de
la
médula
espinal.
Se
ha
demostrado
que
el
es¬
tímulo
eléctrico
de
este
cordón
motor,
en
cualquier
parte
LAS
FUNCIONES
DEL
CEREBRO
39
accesible
de
su
curso,
producé
movimientos
análogos
á
los
que
produce
la
excitación
de
la
superficie
cortical.
Una
de
las
pruebas
más
instructivas
de
la
localización
mo¬
tora
en
la
corteza,
es
la
proporcionada
por
la
enfermedad
ahora
llamada
afamia
ó
afasia
motora.
La
afasia
motora
no
es
ni
pérdida
de
voz
ni
parálisis
de
la
lengua
ó
de
los
labios.
La
40
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
VOZ
del
paciente
es
tan
fuerte
como
siempre,
y
todos
los
ener¬
vamientos
do
sus
nervios
liipoglosales
y
facial,
excepto
los
ne¬
cesarios
para
hablar,
pueden
marchar
perfectamente
bien.
Puede
reir
y
gritar,
y
aun
cantar;
pero
no
es
capaz
de
emplear
palabras;
ó
sólo
unas
cuantas
frases
amalgamadas
desprovis¬
tas
de
significación,
forman
su
único
lenguaje;
ó
también
lia-
bla
incoherente
y
confusamente,
pronunciando
mal,
constru¬
yendo
mal
y
empleando
má^
ó
menos
mal
sus
palabras.
Al¬
gunas
veces
su
lenguaje
es
un
mero
amasijo
de
sílabas
inin¬
teligibles.
En
casos
do
pura
afasia
motora,
el
paciente
reco¬
noce
sus
equivocaciones
y
sufre
agudamente
por
'ollas.
Ahora
bien:
siempre
que
un
paciento
muero
en
una
condición
como
ésta,
y
si
se
permite
un
examen
de
su
cerebro,
se
encuentra
que
el
giro
inferior
frontal
es
el
sitio
do
la
lesión.
Broca
fuó
el
primero
que
dió
cuenta
de
este
hecho
en
1861,
y
desde
en¬
tonces
eso
espacio
ha
tomado
el
nombre
de
la
circunvolución
de
Broca.
Las
heridas
en
los
que
emplean
la
mano
derecha
se
encuentran
en
el
hemisferio
izquierdo,
y
las
de
los
zurdos
en
el
hemisferio
derecho.
La
mayoría
de
las
personas
son
en
rea¬
lidad
zurdos
de
cerebro,
esto
os,
todos
sus
movimientos
deli-
1
LAS
FUNCIONES
DEL
CEREBRO
41
cados
y
especializados
cargan
sobre
el
liemisferio
izquierdo.
La
ordinaria
aplicación
de
la
manó
derecha
para
esos
mo¬
vimientos
es
sólo
una
consecuencia
de
ese
hecho,
una
conse¬
cuencia
que
revela
exteriormente^esa
extensa
bifurcación
v
cruzamiento
de
las
libras
por
la
cual
la
mayoría
de
ellas
pa¬
san
del
hemisferio
izquierdo
á
la
mitad
derecha
del
cueiqDo.
Pero
la
tendencia
á
las
partes
izquierdas
que
revela
el
cere¬
bro,
puede
existir
en
igual
grado
y
no
manifestarse
exterior-
mente.
Esto
ocurriría
siempre
que
los
órganos
por
ambos
lados
del
cuerpo
pudiesen
ser
gobernados
por
el
hemisferio
izquier-
do;
y
precisamente
ese
caso
parecen
presentarlo
los
órganos
vocales,
en
ese
servicio
motor
altamente
delicado
y
especial
que
llamamos
lenguaje.
Ni
uno
ni
otro
hemisferio
ener¬
varlos
bilateralmente,
así
como
uno
y
otro
parecen
incapaz
de
enervar
bilateralmente
los
músculos
del
tronco,
costillas
y
diafragma.
De
los’movimientos
del
lenguaje,
sin
embargo,
se
deduciría
(por
los
hechos
de
la
afasia)
que
el
hemisferio
iz¬
quierdo,
en
la
mayoría
de
las
personas,
habitualmente
desem-
l^efia
las
funciones
exclusivas.
Con
ese
hemisferio
privado
de
funciones,
el
lenguaje
se
estropea;
aunque
el
hemisferio
opues¬
to
todavía
esté
allí
para
la
realización
de
actos
menos
especia¬
lizados,
tales
como
los
variados
movimientos
exigidos
al
comer.
Adviértase
que
la
región
de
Broca
es
homólóga
á
las
partes
designadas
para
producir
movimientos
de
los
labios,
de
la
lengua
y
de
la
laringe,
cuando
son
excitadas
por
corrientes
eléctricas
en
los
monos.
Por
consiguiente,
se
sabe
con
la
ma¬
yor
evidencia
posible,
que
las
incitaciones
motoras
para
estos
órganos
dejan
al
cerebro
por
la
región
frontal
inferior.
Las
víctimas
de
afasia
motora
sufren
generalmente
otros
trastor¬
nos.
Uno
que
nos
interesa
en
esta
exposición
se
ha
llamado
agrafía:
los
enfermos
que
la
padecen
han
perdido
la
facultad
de
escribir.
Pueden
leer
lo
escrito
y
entenderlo;
poro
no
pue¬
den
usar
la
pluma,
á
monos
do
cometer
terribles
equivocacio¬
nes
con
olla.
El
sitio
de
la
lesión
no
está
aquí
tan
bien
deter¬
minado,
debido
á
que
sólo
se
han
podido
observar
un
reducido
número
de
casos
(1).
No
cabe
duda,
sin
embargo,
de
que
parte
(1)
Nothnagel
y
Nanyn:
Die
Localizatlon
in
den
Gehirnkrajikheiten,
])ág.
34.
(Wiesbaden,
1887).
I
42
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
del
lado
izquierdo
(en
las
personas
que
empleamos
la
mano
I
derecha),
y
poca
duda
do
que
consta
de
elementos
de
la
re¬
gión
do
la
mano
y
del
brazo
especializados
en
el
servicio.
El
síntoma
puede
existir
cuapdo
hay
poca
o
ninguna
desmaña
en
la
mano
para
otros
usos.
El
paciente
educa
usualmente
su
hemisferio
derecho,^
esto
es,
aprende
á
escribir
con
su
mano
izquierda.
En
otros
casos
de
los
cuales
debemos
hablar
unas
páginas
más
adelante,
el
paciente-
puede
escribir
espontánea¬
mente
y
al
dictado,
¡poro
no
puede
leer
ni
lo
que
él
mismo
lia
escrito!
Todos
estos
fenómenos
están
aliora
clara
y
completa¬
mente
explicados
por
los
centros
separados
del
cerebro
para
los
varios
sentimientos
y
movimientos
,
y
]^or
los
cordones
para
asociar
éstos
entre
sí.
Pero
su
minuciosa
discusión
incumbe
á
,1a
medicina
más
bien
que
á
la
psicología
general,
y
sólo
puedo
utilizarla
aquí
para
delucidar
los
principios
de
la
localización
motora
(1).
Al
tratar
de
la
vista
y
del
oído
tendré
que
liablar
un
poco
más
sobre
esto.
Los
diferentes
órdenes
de
pruebas
que
he
tratado
de
expo¬
ner,
establecen
en
conclusión
la
proposición
siguiente:
que
todos
los
impulsos
motores
que
deja
pasar
la
corteza^
en
los
ani¬
males
sanos,
desde
las
circunvoluciones
á
la
cisura
de
Rolando.
Sin
embargo,
cuando
se
llega
á
definir
precisamente
lo
que
so
contiene
en
un
impulso
motor
que
abandona
la
corteza,
la
cosa
se
hace
más
obscura.
¿Deriva
el
impulso
independiente¬
mente
de
las
circunvoluciones
en
cuestión,
ó
deriva
de
otra
parte,
y
únicamente
pasa
por
allí?
Y
á
¿qué
fase
particular
de^
la
actividad
psíquica
corresponde
la
actividad
de
estos
cen¬
tros?
Las
opiniones
y
las
autoridades
se
dividen
aquí;
pero
será
mejor,
antes
de
penetrar
en
estos
aspectos
profundos
del
problema,
dirigir
una
ojeada
á
los
hechos
que
han
sido
descu¬
biertos
en
lo
concerniente
á
las
relaciones
de
la
corteza
con
la
vista,
oído
y
olfato.
(1)
Un
resumen
accesible
de
la
historia
de
nuestro
conocimiento
de
la
afasia
motora
se
contiene
en
la
obra
de
Hammond:
Treatise
on
the
Diseases
of
tlie
Nervotis
System.,
cap.
VII.
LAS
FUNCIONES
DEL
CEREBRO
45
VISTA
Ferrier
fue
el
primero
en.
roturar
el
campo.
Encontró,
cuando
excitó
la
circunvolución
angular
(que
radica
entre
las
hendeduras
«intraparietales»
y
las
«occipitales
externas»,
y
que
codea
la
hendedura
de
Silvio)
en
el
mono,
que
los
movi¬
mientos
de
los
ojos
y
de
la
cabeza
se
efectuaban
como
para
la
visión,
y
que
cuando
se
extirpaba,
seguíase
lo
que
él
suponía
ser
total
y
permanente
ceguera
del
ojo
opuesto.
Munk
decla¬
ró
inmediatamente
que
de
la
destrucción
del
lóbulo
occijntal
en
los
monos,
así
como
en
los
perros,
se
seguía
la
ceguera
total
y
permanente,
y
dijo
que
el
giro
angular
no
tenía
nada
que
ver
con
la
vista,
sino
que
era
solamente
el
centro
de
la
sensibilidad
tcáctil
de
la
órbita
del
ojo.
El
tono
dogmático
do
Munk
en
sws
observaciones,
y
su
arrogancia
teórica,
han
ocasionado
su
rui¬
na
como
autoridad.
Pero
hizo
dos
cosas
de
valor
permanente.
Fue
la
primera,
distinguir
en
estas
vivisecciones
entre
la
ce¬
guedad
sensorial
y
la
cegnedaA
g)siqutea,
y
describir
el
fenó¬
meno
de
la
restitución
de
la
función
visual
después
de
su
pri¬
mera
pérdida
á
consecuencia
de
una
operación;
y
fué
el
prime¬
ro
en
señalar
el
carácter
hemiópico
de
los
trastornos
visuales
que
resultan
cuando
se
lastima
sólo
un
hemisferio.
La
cegue¬
dad
sensorial
es
la
insensibilidad
absoluta
á
la
luz;
la
ceguedad
psíquica
es
la
incapacidad
de
reconocer
el
significado
de
las
impresiones
ópticas,
como
cuando
vemos
una
página
de
escri¬
tura
china,
pero
no
nos
sugiere
nada.
Un
trastorno
hemiópico
de
la
visión
es
aquél
en
que
ni
la
retina
se
afecta
en
su
totali¬
dad,
sino
aquélla
en
la
cual,
por
ejemplo,
la
porción
izquierda
de
cada
retina
está
ciega,
de
suerte
que
el
animal
nada
ve
que
esté
situado
en
el
espacio
hacia
su
derecha.
Las
últimas
obser¬
vaciones
han
corroborado
este
carácter
hemiópico
de
los
tras¬
tornos
¿e
la
vista
por
la
lesión
en
un
solo
hemisferio
en
los
animales
superiores;
y
la
cuestión
de
si
la
ceguedad
aparente
de
un
animal
es
sensorial
ó
sólo
psíquica,
ha
sido,
desde
las
publicaciones
de
Munk,
la
más
urgente
de
responder,
en
todas
las
observaciones
relativas
á
la
función
de
la
vista.
50
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
La
hemiopia
puede
resultar
también
de
la
lesión
de
otras
partes,
especialmente
los
giros
vecinos
angulares
y
supra-
marginales,
y
puede
acompañar
á
un
daño
extenso
en
la
re¬
gión
motora
de
la
corteza.
En
estos
casos
parecp
probable
que
sea
debida
á
una
actio
in
distans,
probablemente
á
la
interrup¬
ción
de
las
libras
procedentes
del
lóbulo
occipital.
Parece
que
hay
qlgunos
casos
en
que
liubo
lesión
en
los
lóbulos
occipitales
sin
defecto
visual.
Forrter
ha
coleccionado
la
mayoría
de
los
casos
posibles
para
probar
su
localización
en
el
giro
angu¬
lar
(1).
Una
aplicación
estricta
de
los
principios
lógicos
haría
que
uno
de
los,
casos
predominase
sobre
cien
contrarios.
Y
sin
embargo,
recordando
cuán
imperfectas
pueden
ser
las
obser¬
vaciones
y
cuánto
pueden
variar
los
cerebros
individuales,
se¬
ría
seguramente
temerario
desecliar
en
su
obsequio
la
enorme
suma
de
evidencia
positiva
favor
de
los
lóbulos
occipitales.
La
variedad
individual
es
siempre
una
explicación
posible
de
un
caso
anómalo.
No
hay
hecho'anatómico
más
sobresaliente
que
el
de
la
«bifurcación
de
las
pirámides»,
ni
hecho
alguno
patológico
más
usual
que
su
consecuencia;
que
las
hemorra¬
gias
de
la
mano
izquierda
en
la
región
motora
produce
la
pa¬
rálisis
en
la
mano
derecha.
Y
sin
embargo,
la
bifurcación
es
variable
en
suma
y
parece
en
algunas
ocasiones
estar
del
todo
ausente
(2).
Si,
en
casos
como
el
último
citado,
el
cerebro
iz¬
quierdo
fuese
el
sitio
de
la
apoplejía,
la
mitad
izquierda
y
no
la
derecha
sería
la
que
sufriría
la
parálisis.
El
esquema
adjunto,
copiado
del
Dr.
Seguin,
expresa
en
conjunto
la
veróad
probable
sobre
las
regiones
interesadas
en
la
visión.
No
son
los
lóbulos
occipitales,
sino
los
llamados
co-
neus^
y
las
primeras
circunvoluciones
son
las
partes
cortica¬
les
más
íntimamente
interesadas.
Nothnagel
conviene
con
So-
guin
en
esta
limitación
de
las
regiones
esenciales
(3).
Un
efecto
más
interesante
del
desorden
cortical
es
la
ce-
(1)
Localizátion
of
Gerebran
Diseases,
págs.
117-118.
(2)
Para
más
casos,
véase
á
Pleclisig;
IJie
Leitungs
bapren
in
Gehirn
una
Rückernnark,
págs.
112-272
(Leipzig,
1876);
Exiier:
Unter-
suclmngenj
etc.,'83;
Perrie,
Localization,
etc.,
pág.
11;
rran
9
0
is
Frauck:
Gerveau
Moteur,
])ág.
63,
Tiota.
(3)
Seguin:
llermanopsia
ofGerebral
Origin;
en
Journal
ofNervouH
and
Mental
Disease,
vol.
XIII,
pág.
.30;
Nothnagel
y
Naunyn:
Ueber
die
Localization
der
Gehirnkrankhciten,
pág.
10.
(Wresbaden,
1887)-
LAS
FUNCIONES
DEL
CEREBRO
51
pitera
mental.
Ésta
consiste,
no
tanto
en
la
insensibilidad
á
las
impresiones,
como
en
incapacidad
-para
comprenderlas.
Psicoló¬
gicamente
es
interpretable
como
pérdida
de
asociaciones
entro
las
sensaciones
ópticas
y
lo
que
significan;
y
cualquier
inte-
Fig.
15.
rrupción
de
la
comunicación
entre
los
centros
‘
ópticos
y
los
oentros
para
otras
ideas
debe
llevarla
á
cabo.
Así
las
letras
impresas
del
alfabeto
ó
las
palabras
significan
ciertos
sonidos
y
ciertos
movimientos
articulatorios.
Si
la
conexión
entre
los
centros
articulantes
ó
auditivos,
por
una
parto,
y
los
centros
visuales
por
otra,
sufre
una
ruptura,
debemos
esperar
á
ptriori
52
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
que
la
vista
de
las
palabras
despertaría
la
idea
de
su
sonido
6
el
movimiento
para
pronunciarlas.
Debemos,
en
suma,
tener
alexia
ó
incapacidad
de
leer;
y
esto
es
precisamente
lo
(lue
te¬
nemos
en
muchos
casbs
de
lesión
extensa
en
las
regiones
fron-
to-temporales,
como-una
.complicación
de
la
enfermedad
ajá-
sica.
Nothnagel
indica
que
mientras
el
cuneus
es
el
sitio
de
las-
sensaciones
ópticas,
las
otras
partes
del
lóbulo
occipital
pue¬
den
ser
el
campo
do
los
recuerdos
é
ideas
ópticas,
de
cuya
pér¬
dida
se
seguiría
la
ceguera
mental.
En
realidad,
todos
los
au¬
tores
médicos
liablan
de
la
ceguera
mental
como
si
debiera
consistir
en
la
pérdida
do
las
imágenes
visuales
de
la
memo¬
ria.
Paróceme,
sin
embargo,
que
ésta
es
una
equivocación
psi¬
cológica.
Un
hombre
cuya
facultad
usual
de
imaginación
lia
decaído
(fenómeno
muy
usual
en
sus
grados
más
inferiores),
no.
está
mentalmente
ciego
al
íin
y
al
cabo,
porque
reconoce
per¬
fectamente
todo
lo
que
ve.
Por
otra
parto,
puede
estar
mental¬
mente
ciego,
con
su
imaginación
óptica
bien
conservada;
como
en
el
interesante
caso
referido
por
Wilbrand
en
1887
(1).
En
el
caso
todavía
más
interesante
de
ceguera
mental
dado
á
luz
recientemente
por
Lissauer
(2),
aunque
el
paciente
cometkV
las
equivocaciones
mas
grotescas,
llamando,
por
ejemplo,
á
un
cepillo
de
ropa
un
par
de
guantes,
á
una
sombrilla
una
planta
con
flores,
á
una
manzana
un
retrato
de
señora,
etc.,
etc.,
pa¬
recía,
según
el
que
informabá,
tener
muy
bien
conservadas
sus
imágenes
mentales.
En
realidad,
la
pérdida
momentánea
de
nuestras
imágenes
7io-ópticas
*es
la
(lue
nos
iiace
mental¬
mente
ciegos,
exactamente
como
la
de
nuestras
imágenes
no~
auditivas,
es
la
que
nos
hace
mentalmente
sordos.
Yo
estoy
mentalmente
sordo
si,
oyendo
una
campana,
no
puedo
recor¬
dar
qué
aspecto
tiene;
y
estoy
mentalmente
ciego
si,
viéndola,.
no
puedo
recordar
su
sonido
ó
su
nombre.
En
realidad
de
ver-
idad,
hab/a
de
estar
no
sólo
mentalmente
ciego,
sino
totalmen¬
te
ciego,
como
una
piedra,
si
se
hubiesen
perdido
todas
mis
imágenes
visuales.
Porque
aunque
soy
ciego
en
relación
á
la
mitad
derecha
del
campo
do
la
visión,
si
está
lastimada
mi
re¬
gión
izquierda
occipital,
esa
hemianopsia
no
me
priva
de
imá¬
genes
visuales,
pues
la
experiencia
parece
demostrar
que
el
j[l)
Die
Salenblindkcit,
etc.,
págs.
51
y
sig.
jLa
ceguera
mental
fué-
en
cierto
modo
moderada
en
el
caso
de
esta
mnjer.
(2)
Arcliiv.
fiir
Psijchiatrie,
vol.
XXI,
pág.
222.
LAS
FUNCIONES
DEL
CEREBRO
53
hemisferio
no
afectado
es
siempre
suficiente
para
la
produc-
•ción
de
éstas.
Para
abolirías
por
completo
tendría
que
estar
privado
de
ambos
lóbulos
occipitales,
y
eso
me
privaría,
no
sólo
de
mis
imágenes
interiores
de
la
vista,
sino
de
mi
vista
on
absoluto
(1).
Los
recientes
anales
patológicos
parecen
pre¬
sentar
algunos
casos
semejantes
(2).
Además,
hay
un
gran
nú¬
mero
do
casos
de
ceguera
mental,
especialmente
para
el
len¬
guaje
escrito,
unido
con
la
fiomianopsia,
generalmente
del
do¬
minio
legítimo
de
la
vista.
Son
explicables
por
haber
desapa¬
recido,
á
consecuencia
de
enfermedad,
las
regiones
intefrmedias
entre
los
lóbulos
occipitales
y
los
centres
del
lengueje
en
el
eorebro,
especialmente
aquéllos
que
van
á
los
centros
del
len¬
guaje
en
las
regiones
frontales
y
temporales
del
hemisferio
izquierdo.
Han
de
clasificarse
entre
los
desórdenes
causados
por
la
conducción
ó
por
la
asociación;
y
no
puedo
encontrar
por
ninguna
parte
un
hecho
que
nos
fuerce
á
creer
que
sea
me¬
nester
que
las
imágenes
ópticas
(3)
se
pierdan
en
la
ceguera
mental,
ó
que
los
centros
cerebrales
de
tales
imágenes
sean
lo-
«almente
distintos
de
las
que
se
dan
en
las
sensaciones
direc¬
tas
de
los
ojos
(4).
(1)
Nosthasgel
(loe.
citado,
pág.
22)
dice:
<^Dies
trifftaher
nicht
zu.>
No
presenta
sin
embargo,
ningún
caso
en
apoyo
de
su
opinión,
de
que
la
lesión
cortical
de
ambos
lados
puede
hacer
á
uno
ciego
por
-completo,
y
sin
embargo,
no
destruir
sus
imágenes
visuales,
de
ma¬
nera
que
no
sé
si
es
una
observación
del
hecho
ó
una
suposición
a
gjriori.
(2)
En
un
caso
publicado
por
Erenud
(Archiv.
für
Fsychiatrie.
vol.
XX)
los
lóbulos
occipitales
fueron
dañados,
pero
su
corteza
no
filé
destruida
en
ambos
lados.
Todavía
había
visión.
Cf.
págs.
291-5.
(3)
Digo
«sea
menester»
porque,
como
es
natural,
no
niego
la
coexistencia
posíWe
de
ambos
síntomas.
Muchas
lesiones
cerebrales
pudieran
ser
simples
asociaciones
ópticas
y
al
mismo
tiempo
dete¬
riorar
la
imaginación
óptica,
sin
interceptar
en
absoluto
la
visión.
Tal
parece
haber
sido
el
caso
notable
observado
por
Charcot
que
más
adelante
relataré
ampliamente,
en
el
capítulo
sobre
la
Imaginación.
(4)
Frenqd
(en
el
artículo
citado
anteriormente
TJéber
optische
Aphasie
und
Seelenhlindheit)
y
Bruns.
(Ein
Fall
non
Alexie,
etc.,
en
el
Neurologisches
Gentralhlatt,
1888;
págs.
581,
509)
explica
sus
casos
pol¬
la
interrupción
de
la
condición.
Wilbrand,
á
cuya
minuciosa
mono¬
grafía
sobre
la
ceguera
mental
nos
referimos
poco
há,
no
da
otras
i-a-
xones
que
las
expuestas
a
priori
para
su
creencia
de
que
el
campo
de
54
PKINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
Cuando
un
objeto
deja
de
ser
reconocido
por
la
vista,
acon¬
tece
.con
frecuencia
que
el
paciente
lo
reconoce
y
nombra
tan
pronto
como
lo
toca
con
su
mano.
Esto
demuestra
de
una
ma¬
nera
interesante
cuán
numerosos
son
los
conductos
asociati¬
vos
que
acaban
todos
por
salir
del
cerebro
mediante
la
cadena
del
lenguaje.
El
camino
do
las
manos
está
abierto,
aunque
el
camino
de
los
ojos
esté
cerrado.
Cuando
es
completa
la
cegue¬
ra
mental,
ni
la
vista,
ni
el
tacto,
ni
el
sonido,
bastan
para
guiar
al
paciente,
y
una
especie
de
demencia
(jue
se
ha
llamado
asim-
bolia
ó
apraxia
es
el
resultado.
No
se
comprenden
las
cosas
más
vulgares.
El
paciente
pondrá
sus
pantalones
en
un
hombro
y
su
sombrero
en
otro,
morderá
el
jabón
y
pondrá
sus
zapatos-
en
la
mesa,
ó
cogerá
la
comida
en
la
mano
y
la
arrojará
des¬
pués,
no
sabiendo
lo
que
hace
con
ella,
etc.
Ese
desorden
sólO'
puede
provenir
de
una
extensa
lesión
cerebral
(1).
El
método
de
degeneración
corrobora
la
otra
evidencia
que
localiza
los
espacios
de
la
visión.
En
los
animales
jóvenes
se
.
obtiene
la
degeneración
secundaria
de
las
regiones
occipitales,
destruyendo
la
órbita
de
un
ojo,
y
viceversa^
la
degeneración
de
los
nervios
ópticos
destruyendo
las
regiones
occipitales.
Los
cuerpos
geniculados,
los
thalami,
y
las
fibras
isuborticales-
que
conducen
á
los
lóbulos
occipitales,
se
encuentran
también
atrofiados
en
estos
casos.
Los
fenómenos
no
son
uniformes,,
pero
son
indiscutibles
(2);
de
suerte
que,
agrupando
todas
la&
señales
de
evidencia,
se
realiza
la
conexión
especial
de
la
vi-
la
memoria
(erinneruyigsfelo)
óptica
debe
ser
localmente
distinto
del
campo
de
la
observación
(wahrnehmemgsfeld)
(Cf.
págs.
84
y
93).
Las
razones
á
priori
son
realmente
otro
medio.
Mantliner
(Gehirn
mal
Auge;
pág.
487
y
sig.,
1881)
trata
de
demostrar
que
la
«ceguera
men¬
tal»
de
los
mohos
y
perros
de
Munk
después
de
la
mutilación
occi¬
pital
no
fué
tal,
sino
real
ofuscación
de
la
vista.
El
mejor
caso
de
ce¬
guera
mental
referido
liasta
ahora
es
el
de
Lissauer
antes
citado.
El
lector
hará
bien
en
leer
á
Bernard:
De
VApliasie
(1885),
cap.
V;
Baletr
Le
Langage
Interieur
(1886),
cap.
VIII;
y
el
librito
de
Boss
sobre
La
Afasia
(1787),
pág.
74.
(1)
Sobre
un
caso'
de
éstos
véase
á
Wernicke:
Lehrhus
des
Gehirn
Krankheiten,
vol.
II,
pág.
554
(1881).
(2)
La
información
más
reciente
es
el
articulo
TJberclie
optischen
Centren
und
Bahuen,
de
Von
Monakow
en
el
Archiv.
fiir
Fsychiatrie^
vol.
XX,
pág.
714.
LAS
FUNCIONES
DEL
CEREBRO
55
sión
con
los
lóbulos
occipitales.
Añádase
á
esto
que
los
lóbu¬
los
occipitales
se
han
encontrado
frecuentemente
contraídos
en
el
caso
de
ceguera
inveterada
en
el
hombre.
OÍDO
’
El
oído
no
está
tan
definidamente
localizado
como
la
vis-
^
ta.
En
el
perro,
el
diagrama
de
Luciani
mostrará
las
regiones
que
directa
ó
indirectamente
lo
afectan
más
cuando
está
las-
timado.
Como
en
la
vista,
las
lesiones
de
un
lado
producen
^
’
síntomas
de
ambos
lados.
La
mezcla
de
porciones
obscuras
y
porciones
grises
en
el
diagrama
representa
esta
mezcla
de
las
>
conexiones
«cruzadas»
y
«no
cruzadas»,
aunque
naturalmente
no
se
ha
logrado
exactitud
topográfica.
De
toda
la
región,
el
lóbulo
temporal
es
la
parte
más
importante:
sin
embargo,
en
'
:
;
un
perro
experimentado
por
Luciani
no
se
originó
la
sordera
^
permanente
y
absoluta
por
la
destrucción
bilateral
de
ambos
-A
lóbulos
temporales
en
su
integridad
(1).
,
:
Ferrier
y
Ico
encontraron
que
en
el
mono,
la
sordera
per-
^
:
manente
seguía
á
la
destrucción
de
la
circunvolución
inferior
(precisamente
la
que
está
debajo
do
la
hendedura
de
Silvio
en
en
la
fig.
6.*^)
por
ambos
lados.
BroAvn
y
Sclimfer
encontraron?
por
el
contrario,
que
en
varios
monos
esta
operación
no
afectó
;l
do
una
manera
perceptible
al
oído.
Es
cierto
que
en
un
animal
se
destruyeron
los
lóbulos
temporales
íntegros.
Después
de
y
una
semana
ó
dos
do
depresión
de
las
facultades
mentales,
esta
,
bestia
se
recobró
y
llegó
á
sor
uno
de
los
monos
más
despier-
,
í
I
tos
posible,
dominando
á
todos
sus
compañeros,
y
del
cual
ima¬
ginaban
todos
los
que
lo
veían
que
tenía
todos
sus
sentidos,
in¬
cluso
el
oído,
«perfectamente
aguzados»
(2).
So
han
seguido,
5
como
de
costumbre,
terribles
discusiones
entre
los
investiga-
dores,
negando
Ferrier
que
las
ablaciones
de
Brown
y
Schoe-
,
J
for
fuesen
completas
(3)
y
Sclioefer
que
el
mono
de
Ferrier
’J
(1)
Die
FuncÜon-Localization,
etc.,
perro
X;
véase
también
])ági-
.
na
161.
I
(2)
Fliilosopliical
Transactions,
vol.
CLXXIX,
pág.
312.
(3)
Brain,
vol.
XI,
i)ág.
10.
56
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
estuviese
realmente
en
tal
condición
(1).
En
esta
situación
poc
‘0
satisfactoria
debe
dejarse
el
asunto,
aunque
no
parece
haber
razón
para
duda,
de
que
la
observación
;de
Brown
y
do
Sclunfer
es
la
más
importanto.de
las
dos.
En
el
hombre,
el
lóbulo
temporal
os
indiscutiblemente
el
si¬
ntió
de
la
función
auditiva,
y
la
superior
circunvolución
adjun¬
ta
á
la
hendedura
silviana
es
su
parte
más
importante.
Los
fe¬
nómenos
de
la
afasia
demuestran
esto.
Estudiamos
la
afasia
motora
unas
páginas
más
atrás;
aliora
debemos
considerar
la
afasia
sensorial.
Nuestro
conocimiento
de
esta
enfermedad
ha
tenido
tres
etapas:
podemos
hablar
del
período
de
Broca,
del
período
de
AVernicke
y
del
período
de
Charcot.
Lo
que
fue
el
descubrimiento
de
Broca
ya
lo
hemos
visto.
AVernicke
fue
el
primero
en
distinguir
los
casos
en
qu(^
el
paciente
no-puede
ni
siquiera
comqwender
el
lenguaje,
de
aquéllos
en
que
puede
com¬
prender,
pero
no
hablar;
y
fue
también
el
primero
en
adjudi¬
car
la
primera
condición
á
la
lesión
del
lóbulo
temporal
(2).
La
condición
en
cuestión
es
la
sordera
de
la
qoaldbra
y
la
enfer¬
medad
es
la
afasia
auditoria.
El
último
ex:amen
estadístico
del
asunto
es
ól
del
l)r.
Alien
Starr.(3j.
En
los
siete
casos
depura
sordera
de
la
palabra
que
ha
recogido,
casos
en
que
el
pacien¬
te
podía
leer,
hablar
y
escribir,
pero
no
comprender
lo
que
le
decía,
la
lesión
fuó
limitada
á
las
circunvoluciones
tempora¬
les
primeras
en
sus
dos
tercios
posteriores.
La
lesión
(en
las
personas
que
usan
la
mano
derecha,
en
los
zurdos
de
cerebro)
está
siempre
del
lado
izquierdo,
como
la
lesión
en
la
afasia
motora.
El
oído
desjuerto
no
sería
abolido,
aún
cuando
el
cen¬
tro
izquierdo
fuese
destruido
por
completo;
el
centro
derecho
bastaría
para
eso.
Pero
el
uso
lingüistico
del
oído
aparece
en¬
lazado
con
la
integridad
del
centro
izquierdo
más
ó
menos
ex¬
clusivamente.
Aquí
debe
ocurrir
que
las
palabras
oídas
en¬
tran
en
asociación
con
las
cosas
que
representan,
por
una
par¬
te,
y
con
los
movimientos
necesarios
para
pronunciarlas,
por
otra.
En
una
gran
mayoría
de
cincuenta
casos
del
Dr.
Starr,
se
deterioró
la
facultad
de
emitir
objetos
ó
de
hablar
coherente-
(1)
Braiii,
voí.
XI,
pág.
147.
(2)
l)er
aphasische
Symptomencomplex
(1784).
Véase
en
la
figu¬
ra
11
la
cirounvolución
señalada
con
el
nombre
de
Wernicke.
(3)
TJÍe
Fatliology
of
Senso-ry
Aphasia;
Brain,
Julio
1889.
LAS
FUNCIONES
DEL
CEREBRO
^
57
mente.
Esto
demuestra
que
en
la
mayoría
de
nosotros
(como
Wernicke
decía)
el
lenguaje
debe
partir
de
los
conductos
au¬
ditivos;
esto
es,
debe
ocurrir
que
nuestras
ideas
no
enerven
nuestros
centros
motores
directamente,
sino
solamente
des¬
pués
de
excitar
primero
el
sonido
mental
ó
las
palabras.
Este
es
el
estímulo
inmediato
para
la
articulación;
y
donde
está
abolida
la
posibilidad
do
ésta
por
la
destrucción
de
su
con¬
ducto
usual
en
el
lóbulo
temporal
izquierdo,
debe
sufrir
la
articulación.
En
los
pocos
casos
en
que
el
conducto
es
abolido
.sin
efectos
perniciosos
sobre
el
lenguaje,
debemos
suponer
una
idiosincrasia.
El
paciento
debe
enervar
sus
órganos
del
len¬
guaje,
ó
por
la
porción
correspondiente
del
otro
hemisferio,
ó
directamente
por
los
centros
de
ideación,
a
saber,
los
de
vi¬
sión,
ta,cto,
etc.,
sin
inclinarse
á
la
región
auditiva.
El
minu¬
cioso
análisis
de
los
heclios
á
la
luz
de
esas
diferencias
indivi¬
duales,
asi
como
éstas,
es
lo
que
constituye
la
contribución
de
Charoot
para
aclarar
el
asunto.
Toda
cosa,
acto
ó
relación
nominable
tiene
numerosas
.
propiedades,
cualidades
ó
aspectos.
En
nuestros
espíritus
las
propiedades
de
cada
cosa,
junto
con
su
nombre,
forman
un
grupo
asociado.
Si
las
diferentes
partes
del
cerebro
están
rela¬
cionadas
estrechamente
con
las
varias
propiedades,
y
una
par¬
te
ulterior
con
el
oído,
y
todavía
otra
con
la
pronunciación
del
nombre,
debe
realizarse
inevitablemente
(por
medio
de
la
ley
de
asociación
que
más
tarde
estudiaremos)
una
conexión
diná¬
mica
entre
todas
estas
partes
del
cerebro
tal
que
la
actividad
de
cualquiera
de
ellas
será
apta
para
despertar
la
actividad
de
58
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
todo
lo
demás.
Cuando
estamos
hablando
como
pensamos,
oí
último
proceso
es
el
do
pronunciación.
Si
se
daña
con
eso
la
parte
dol.corobro,
el
lenguaje
es
imposible
ó
desordenado,
aún
cuando
todas
las
demás
partes
del
cerebro
estén
intactas;
y
esta
es
precisamente
la
condición
de
las
cosas
que
anteriormente
encontramos
realizada
por
la
lesión
limitada
de
la
circunvolu¬
ción
izquierda
inferior
frontal.
Poro
detrás
de
este
liltimo
acto
son
posibles
varios
órdenes
do
sucesión
en
las
asociaciones
de
ideas
do
un
hombre
que
habla.
El
orden
más
usual
parece
sor:
])or
las
propiedades
táctiles,
visuales
ó
do
las
otras
clases
de
las
cosas,
pensar
en
el
sonido
de
sus
nombres
y
luego
en
la
omi¬
sión
de
éstos.
Pero
si
en
cierto
individuo
el
pensamiento
del
aspecto
do
un
objeto
ó
del
aspecto
do
su
nombro
impreso
es*
el
proceso
que
habitualmente
precede
á
la
articulación,
enton¬
ces
la
pérdida
del
centro
auditivo
no
afectará
pro
tanto
al
len¬
guaje
del
individuo.
Será
mentalmente
sordo,
esto
es,
sucom-
iwensión
del
lenguaje
so
resentirá,
pero
no
será
afásico.
De
esta
manera
os
posible
explicar
los
siete
casos
dojmi'a
sordera
de
la
palabra
do
que
habla
el
Dr.
Starr.
Si
este
orden
de
asociación
se
engrana
y
se
hace
habitual
en
ose
individuo,
el
daño
en
sus
centros
visuales
no
sólo
le
hará
obtuso
para
la
palabra,
sino
también
afásico.
Su
lenguaje
se
hará
confuso
á
consecuencia
de
una
lesión
occipital.
Nan-
nyn,
consiguientemente,
trazando
en
un
diagrama
del
hemis¬
ferio
los
setenta
y
un
caso
de
afasia
irreprochablemente
refe¬
ridos
que
fué
capaz
de
coleccionar,
encuentra
quedas
lesiones
se
concentran
en
los
tres
lugares:
primero,
en
el
centro
de
llroca;
segundo;
en
el
de
dVernicke;
tercero,
en
los
giros
supra-
marginales
y
angulares
bajo
los
cuales
pasan
estas
libras
que
enlazan
los
centros
visuales
con
el
resto
del
cerebro
(1)
(véase
la
ñg.
17).
Con
este
resultado
conviene
el
análisis
del
Dr.
Starr
de
casos
puramente
sensoriales.
En
un
capítulo
posterior
volveremos
á
tratar
de
estas
di¬
ferencias
en
la
efectividad
de
las
esferas
sensoriales
en
dife¬
rentes
individuos.
Entretanto,
pocas
cosas
demuestran
más
hermosamente
que
la
historia
de
nuestro
conocimiento
de
la
afasia,
como
la
sagacidad
y
la
paciencia
de
muchos
trabajado¬
res
agrupados
los
pone
en
condiciones
de
analizar
la
confu¬
id)
Nothnagel
y
Nauny:
obra
citada;
planclias
de
grabado.
LAS
FUNCIONES
DEL
CEREBRO
59
sión
embrollada
en
una
manifestación
desordenada
(1).
No
hay
«centro
del
lenguaje»
en
el
cerebro,
como
no
hay
una
facultad
del
lenguaje
en
el
espíritu.
El
cerebro
entero,
más
ó
menos,
está,
activo
en
un
hombre
que
emplea
el
lenguaje.
El
diagrama
adjunto,
de
Ross,
muestra
las
cuatro
partes
más
críticamente
interesadas,
y,
á
la
luz
de
nuestro
texto,
no
necesita
más
ex¬
plicación.
(Véase
la
ñg.
18).
OLFATO
,
Todo
conspira
á
señalar
la
parte
mediana
descendente
de
los
lóbulos
temporales
como
los
órganos
del
olfato.
Aún
Fe-
rrier
y
Munk
convienen
en
el
giro
hipocampal,
aunque
Ferrier
restringe
el
olfato
y
Munk
no
lo
hace
así,
al
lóbulo
ó
proceso
(1)
Las
obras
de
Ballet
y
Bernard
citados
en
la
página
51
son
los
dociimentos
más
accesibles
de
la
escuela
de
Charcot.
El
libro
de
Bas¬
tían
sobré
el
cerebro
como
un
Órgano
del
Espíritu
(los
últimos
tre.s
capítixlos)
es
bueno
también;
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGIA
6B^
Ahora
lie
dado,
en
cuanto
lo
permite
la
naturaleza
de
este
libro,
una
reseña
completa
del
estado
actual
do
la
cuestión
do
la
localización.
En
sus
principales
líneas
la
cuestión
sigue
en
pie,
aunque
todavía
ha
de
descubrirse
mucho.
Los
lóbulos
frontales
anteriores,
por
ejemplo,
según
lo
que
se
saboj
no
tie¬
nen
funciones
determinadas.
Groltz
encuentra
que
los
perros
privados
de
ellos
están
incesantemente
en
movimiento,
y
son
excitables
por
cualquier
estímulo
insignificante.
Son
irascibles
y
amatorios
en
un
grado
extraordinario,
y
sus
lados
crecen
desnudos
con
un
perpetuo
restregamieuto
refiejo;
pero
no
ma¬
nifiestan
desarreglos
locales
del
movimiento
ó
do
la
sensibili¬
dad.
En
los
monos
se
demuestra
aún
esta
falta
de
habilidad
inhibitoria,
y
ni
un
estímulo
ni
una
escisión
do
los
lóbulos
pro¬
fontales
producen
ningún
síntoma.
Un
mono
de
Horsloy
y
SclíOBÍer
fue
como
ainansado
y
ejecutó
ciertos
ardides
después
lo
mismo
que
antes
de.
la
operación
(Ij.
Es
probable
que
haya¬
mos
llegado
á
los
límites
do
lo
que
puedo
saberse
sobre
las
•
funciones
cerebrales
viviseccionando
á
los
animales
inferio¬
res,
y
que
debemos
en
lo
sucesivo
pedir
luz
más
exclusiva¬
mente
á
la
patología
humana.
La
existencia
de
los
centros
de
lenguaje
y
de
escritura
separados
en
el
liornisferio
izquierdo
deh
hombre;
el
hecho
de
que
la
perlesía
producida
por
la
le¬
sión
cortical
es
más
completa
y
persistente
en
el
hombre
y
en
el
mono
que
en
los
perros;
y
además,
el
hedió
de
que
parece
más
difícil
obtener
la
completa
ceguera
sensorial
por
las
abla¬
ciones
corticales
en
los
animales
.
i
nferiores
que
en
el
hombre;
todo
esto
demuestra
que
las
funciones
se
hacen
más
especial¬
mente
localizadas
á
medida
que
la
evolución
continúa.
En
los
pájaros
la
localización
apenas
parece
existir,
y
en
los
reptiles
es
mucho
menos
evidente
que
en
los
carnívoros.
Aún
para
el
hombre,
sin
embargo,
Munk
seguramente
emplea
un
método
falso
consistente
en
trazar
el
cuadro
de
la
corteza
en
áreas
abso¬
lutas,
dentro
de
las
cuales
sólo
está
representado
un
movi¬
miento
ó
sensación.
Lo
cierto
parece
ser
más
bien-que,
aunque
hay
una
correspondencia
de
ciertas
regiones
del
cerebro
con
ciertas
regiones
del
cuerpo,
sin
embargo,
las
Yurian¡yartes
den¬
tro
de
cada
región
corporal
están
representadas
en
todo
el
conjmito
de
la
región
correspondiente
del
cerebro,
como
la
pi-
(1)
Philosophical
Transactions,
vol.
CLXXIX,
pág.
B.
LAS
FUNCIONES
DEL
CEREBRO
67
mienta
y
la
sal
rociada
por
el
mismo
salero.
Esto,
sin
embar¬
go,
no
impide
(]ue
cada
«parte
tenga
SMfoco
en
un
lugar
den¬
tro
de
la
región
cerebral.
Las
varias
regiones
cerebrales.se
funden
una
en
otra
mezclada
de
la
misma
manera.
Como
dice
Mr.
Horsley:
«Hay
centros
de
frontera,
y
el
área
de
la
represen¬
tación
de
la
base
se
sumerge
en
<)llos
para
la
representación
del
miembro
inferior.
Si
hubo
una
lesión
focal
en
ese
punto,
tendríais
los
movimientos
de
estas
dos
par¬
tes,
originándose
á
la
vez»
(1).
La
figura
que
acompaña,
trazada
por
Panetli,
demuestra
precisamente
cómo
ocurro
esto
en
el
perro
(2).
Estoy
hablando
ahora
de
lo¬
calización
en
cuanto
á
dimensio¬
nes
sobre
la
superficie
del
cere¬
bro.
Es
concebible
que
hubiera
también
localizaciones
de
profun¬
didad
por
la
corteza.
Las
células
más
superficiales
son
las
más
pe¬
queñas;
las
más
profundas
de
ellas
son
amplias;
y
se
ha
indicado
que
las
células
superficiales
son
sen¬
soriales
y
las
más
profundas
mo¬
toras
(3);
ó
que
las
superficiales
en
la
región
motora
están
rela¬
cionadas
con
las
extremedidades
de
los
ói’ganos
que
han
de
moverse
(dedos,
etc.);
las
más
profundas
con
los
segmentos
más
centrales
(la
muñeca,
el
(1)
Transtwtions
of
Congres
of
Americayis
Phisicians
aiul
Surgeons,
vol.
I,
pág.
34Í3;
1884.
El
iirtículo
de
Breevor
y
Horsley
sobre
estímulo
eléctrico
del
cerebro
del
mono
es
la
labor
más
hermosa
llevada
á
cabo
en
cuanto
á
precisión.
Véase
Philosopical
Transactions,
vol.CLXXIX,
pág.
205;
especialmente
las
placas.
(2)
Pfluger’s
Archiv.,
vol,
XXXVII,
pág.
523,1885.
(.3)
Por
Luys,
en
su
libro
disparatado
generalmente:
TheBrain;-
y
también
por
Horsley.
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
codo,
etc.)
(1).
Apenas
se
necesita
decir
que
todas
esas
teo¬
rías
no
son
más
que
conjeturas.
Así
vemos
que
el
postulado
de
Meynert
y
.Jackson,
con
el
cual
comenzamos
en
páginas
anteriores,
está
en
conjunto
má;>
corroborado
por
subsiguientes
investigaciones
objetivas.
Lotír
centros
su])eriores
no
contienen
prohdblemente
nada
más
que
pre¬
parativos
para
impresiones
y
movimientos
representativos,
y
otros
preparativos
para
juntar
la
actividad
de
estos
preparativos
(2),
Las
corrientes
que
brotan
de
los
órganos
de
los
sentidos
exci¬
tan
primero
estos
preparativos,
que
á
su
vez
excitan
otros,
hasta
que
al
fin
ocurre
de
alguna
manera
una
descarga
moto¬
ra
hacia
abajo.
Cuando
esto
se
ha
comprendido
claramente,
([uedan
pocos
motivos
para
sostener
esa
antigua
controversia
sobre
la
zona
motora;
si
es
en
realidad
motora
ó
sensitiva.
'Toda
la
corteza
es
sensorial
y
motora
á
la
vez,
puesto
que
por
olla
pasan
las
corrientes.
Todas
las
corrientes
van
probable¬
mente
acompañadas
de
sentimientos
y,
más
pronto
ó
más
tar¬
de,
producen
movimientos.
En
un
sentido,
pues,
todo
centro
es
aferente;
en
otro
sentido,
eferente;
aun
cuando
las
células
motoras
de
la
médula
espinal
tengan
estos
aspectos
insepara-
rablemente
unidos,
Marique
(3),
Exnor
y
Panetli
han
de¬
mostrado
que
cercenando
alrededor
un
centro
«motor»
y
se¬
parándolo
así
do
la
infiuencia
del
resto
de
la
corteza,
se
pro¬
ducen
los
mismos
desórdenes
que
cercenándole
á
él:
de
suerte
que,
realmente,
es
sólo
la
boca
del
embudo,
como
si
dijésemos,
por
la
cual
corro
el
torrente
del
enervamiento
que
brota
de
(1)
Mercier:
El
Sistema
Nervioso
y
el
Espíritu,
j)ág.
124.
(2)
Los
lól)xdos
frontales
siguen
siendo,
no
obstante,
un
enigma.
Wiindt
trata
de
exi)lioarlos
considerándolos
como
un
lóbulo
de
«apercep(;ión».
(Grundzüge
der
Fhysiologischen
Physiologie.
3.*'
edi-
(dón,
vol.
I,
]>ágs.
233
y
sig.),
pei’O
yo
me
cgnfieso
incapaz
de
compren¬
der
la
filosofía
wundtiana,
desde
el
momento
en
(]ue
esta
palabra
se
introduce
en
ella;
así
que
deben
contentarse
mis
lectores
con
esta
escueta
referencia.
Hasta
lia(!e
muy
po(!0
era
muy
común
hablar
<le
un
«centro
ideacional»
como
de
algo
distinto
del
agregado
de
los
demás
centros.
Afortunadamente,
esta
costumbre
está
ya
en
deca¬
dencia.
(3)
Recherches
experimentales
sur
le
fonctionnement
des
Centres
Psycho-rhoteurs.
(Bruselas,
1885).
(4)
Pflüger’s
ArcJiiv.,
vol.
XLIV,
pág.
544.
LAS
FUNCIONES
DEL
CEREBRO
69
cualquier
otro
lado
(1);
la
conciencia
acompaña
á
ese
torrente,
y
es
la
principal
de
las
cosas
vistas
si
el
torrente
es
más
im¬
petuoso
occipitalmente,
de
las
cosas
oídas
si
es
más
impetuoso
temporalmente,
de
las
cosas
sentidas,
etc.,
si
el
torrente
ocu¬
pa
más
intonsamente
la
«zona
motora».
Paréceme
que
alguna
fórmula
vaga
y
amplia
como
ésta,
es
tqdo
lo
que
podemos
aventurar
en
el
presente
estado
de
la
ciencia;
y
en
capítu¬
los
subsiguientes
espero
dar
razones
confirmatorias
de
mi
opinión.
La
conciencia
del
hombre
limitada
á
los
hemisferios.
La
conciencia
que
acompaña
á
la
actividad
de
la
condeza,
¿es
Ja
única
conciencia
^
que
tiene
el
hombre?
¿O
son
sus
centros
inferio¬
res
conscientes
también?
Esta
es
una
cuestión
difícil
do
decidir;
tan
difícil
que
sólo
.se
sabe
cuando
se
descubre
que
la
misma
conciencia
cortical
de
ciertos
objetos
puede
igualmente
aniquilarse
por
un
sim¬
ple
vaivén
de
la
mano
del
operador,
y
sin
embargo,
puede
probarse
por
evidencia,
circunstancia
que
siempre
existe
en
una
situación
dividida,
completamente
eyectiva
(2),
para
el
resto
del
espíritu
del
sujeto,
como
ese
espíritu
es
al
espíritu
de
los
que
lo
contemplan
(3),
Los
mismos
centros
inferiores
pueden
tener
(y
se
concibe
muy
bien)
una
conciencia
dividida
de
sí
propios,
análogamente
eyectiva
á
la
conciencia
cortical;
pero
si
la
tienen
ó
no,
nunca
puede
saberse
por
la
evidencia
meramente
introspectiva.
Además,
el
hecho
de
que
la
destruc¬
ción
occipital
en
el
hombre
puede
causar
una
ceguera
que
es
en
apariencia
absoluta
(pues
no
subsiste
ningún
sentimiento
ni
de
luz
ni
de
sombra
en
la
mitad
del
campo
de
la
visión),
nos
conduciría
á
suponer
que
si
nuestros
centros
ópticos
in¬
feriores,
los
cuerpos
cuadrigéminos
(corpora
cuadrigemina)
y
(1)
D
ebo
añadir,
sin
embargo,
que
Í'ran
90
is
Eranck
(Fonctions
Motrices,
pág.
370),
obtuvo,
en
dos
perros
y
un
gato,
un
resultado
di¬
ferente
de
esta
especie
de
«circunvolución».
(2)
Sobre
está
palabra,
véase
á
Clifford:
Lectures
and
Essays
<1879),
vol.
II,
pág.
72.
(3)
Véase
más
adelante,
cap.
VIII.
70
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA.
los
thdlami,
tienen
alguna
conciencia,
es
en
todo
caso
una
con¬
ciencia
que
no
se
mezcla
con
la
que
acompaña
á
las
activida¬
des
corticales
y
que
no
tiene
nada
que
ver
con
nuestro
yo
personal.
En
los
animales
inferiores
no
puede
ocurrir
eso.
Los
vestigios
do
visión
encontrados
en
los
perros
y
monos
cuyo»
lóbulos
occipitales
estaban
completamente
destruidos,
pueden
ser
debidos
probablemente
al
hecho
de
que
los
centros
infe¬
riores
de
estos
animales
veían,
y
que
lo
que
veían
no
era
eyec-
tivo,
sino
objetivo
con
relación.á
la
corteza
subsistente,
esto
es,
formaba
parte
de
uno
y
del
mismo
mundo
con
las
cosas-
que
la
corteza
percibía.
Puede
ocurrir,
sin
embargo,
que
los
fenómenos
fuesen
debidos
al
hecho
de
que
en
estos
animales-
ios
«centros»
corticales
para
la
visión
salen
fuera
de
la
zona
ocoipital,
y
que
la
destrucción
de
la
última
deja
de
remover¬
las
tan
completamente
como
en
el
hombre.
Esta
es,
corno-
sabemos,
la
opinión
de
los
mismos
experimentadores.
Para
los
fines
prácticos,
no
obstante,
y
limitando
el
significado
de
la
palabra
conciencia
al
yo
personal
del
individuo,
podemos^
responder
con
mincha
confianza
á
la
pregunta
hecha
en
este
pá¬
rrafo,
diciendo
que
la.
cortesa
es
el
órgano
de
la
conciencia
en
el
hombre
(1).
Si
hay
conciencia
perteneciente
á
los
centros
infe¬
riores,
es
una
conciencia
de
la
cual
el
yo
nada
sabe.
La
restitución
de
la
función.
Queda
en
pie
otro
problema
no
tan
metafísico.
El
hecha
más
general
y
sorprendente
relacionado
con
la
lesión
cortical,
es
el
de
la
restauración
de
la
función.
Las
funciones
perdidas
al
principio
son
restauradas
después
de
algunos
días
ó
sema¬
nas.
¿Cómo.hemos
de
comprender
esta.restitución?
Dos
teorías
luchan
en
este
campo:
(1)
Cf.
.Ferrier:
Funciones
del
cerebro,
págs.
120,
147
y
414.
Véase-
también
á
Ulpiaiii:
Legons
sur
la
Fhysiologie
du
Sijst'eme
Nerveux,
pá¬
gina
458;
Luoiani
y
Seppili:
Obra
citada,
págs.
404-405;
Maudsleyr
Fhysiology
of
Mind.,
págs.
138
y
siguientes,
y
págs.
197
y
siguientes,
y
241
y
siguientes
(187G).
Eñ
la
obra
de
Lewes:
Fhysical
Basis
of
Mind.,
problema
IV:
«La
teoría
refleja»,
se
da
una
historia
completa
de
la
cuestión.
LAS
FUNCIONES
DEL
CEREBRO
71
1)
La
restitución
es
debida
á
la
acción
sustituta
ó
del
centro
de
la
corteza
ó
de
los
centros
inferiores,
que
adquieren
funciones
que
liasta
entonces
no
habían
ejecutado.
2)
Es
debida
cá
los
centros
remanentes
(sean
corticales
ó
«inferiores»)
que
resumen
las
funciones
que
siempre
habían
llevado
á
cabo,
pero
Cuyo
ejercicio
lia
impedido
temporal¬
mente
la
herida.
Esta
es
la
opinión
de
la
cual
son
los
defenso¬
res
más
distinguidos
Goltz
y
Brówn-Séquard.
La
inhibición
os
una
vera
masa:
d6
eso
no
puede
dudarse*
El
nervio
pneumogástrico
inhihe
el
corazón,
el
nervio
espla-
nótico
iippicle
los
movimientos
intestinales,
y
el
nervio
supe¬
rior
laríngeo
los
de
la
aspiración.
Las
irritaciones
nerviosas
(jue
pueden
interceptar
la
contracción
de
las
arterias
son
in¬
numerables,
y
las
acciones
reflejas
son
muchas
veces
reprimi¬
das
por
la
excitación
simultánea
de
otros
nervios
sensoriales.
Para
todos
esos
lieclios,'
el
lector
debe
consultar
los
tratados
sobre
físiología.
Lo
que
nos
interesa
ahora
aquí
es
la
inhi¬
bición
ejercida
por
diferentes
partes
de
los
centros
nerviosos,
cuando
están
irritados,.sobre
la
actividad
de
partes
distantes.
La
flacidez
de
una
rana
por
un
«daño»
durante
un
minuto
ó
más
después
que
sé
ha
cercenado
su
médula
oblongada,
es
una
inhibición
ejercida
desde
el
lugar
del
daño
y
que
desapa¬
rece
rápidamente.
Lo
que
se
conoce
con
el
nombre
de
«daño
quirúrgico»
íin-
consciencia,
palidez,
dilatación
de
los
vasos
sanguíneos
esplá-
nicos,
y
en
general,
síncope
y
colapso)
en
el
sujeto
humano,
Cd
una
inhibición
que
dura
muclio
tiempo.
Goltz,
Freusberg
y
otros,
cercenando
la
médula
espinal
en
perros,
probaron
que
liabía
funciones
inhibidas
todavía
más
por
la
herida,
pero
que
se
restablecen
últimamente
si
el
animal
se
conservó
vivo.
Se
averiguó
así
qué
región
lumbar
de
la
médula
contenía
centros
vaso-motores
independientes;
centros
para
la
erección,
para
la
contracción
del
esfínter,
etc.,
que
podrían
excitarse
á
la
acti¬
vidad
por
los
estímulos
táctiles
y
fácilmente
rehabilitados
por
otros
simultáneamente
aplicados
(1).
Podemos,
por
consi¬
guiente,
suponer
plausiblemente
que
la
rápida
reíiparición
do
la
movilidad,
de
la
visión,
etc.,
después
de
su
primera
des-
(1)
Goltz:
Ffiiiger’s
Archiv.,
vol.
VIII,
pág.
40;
Freusberg;
Ihi-
<le¡u,
vol.
X,
pág.
174.
72
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
aparición
á
consecuencia
do
lina
mutilación
cortical,
es
(lebida
al
influjo
de
las
inhibiciones
ejercidas
por
la
superficie
irrita¬
da
de
la
herida.
La
única
cuestión
es
si
todas
las
restaura¬
ciones
de
fuñción
deben
explicarse
de
esta
sencilla
manera,
ó’
si
alguna
parte
de
ellas
jiueden
no
sor
debidas
á
la
formación
de
conductos
enteramente
nuevos
en
los
centros
subsistentes,
por
los
cuales
«se
educai|»,
por
decirlo
así,
en
los
deberes
que
originalmente
no
poseen'..
En
favor
de
una
extensión
indefini¬
da
de
la
teoría
do
la
inliibición,
pueden
citarse
hechos
como
los
siguientes:
en
los
perros
cuyos
desarreglos
debidos
á
la
le¬
sión
cortical
han
desapai-ecido,
pueden,
á
consecuencia
de
al¬
gún
accidente
interior
ó
exterior,
reaparecer
en
toda
su
in¬
tensidad
por
espacio
de
veinticuatro
horas,
poco
más
ó
mdnos^
y
desaparecer
de
nuevo
(1).
En
un
perro
que
se
había
queda¬
do
medio
ciego
á
consecuencia
de
una
operación,
y
luego
es¬
tuvo
encerrado
en
la
obscuridad,
la
visión
vuelve
tan
rápi¬
damente
como
en
otros
perros
semejantes
cuya
vista
se
ejer¬
cita
sistemáticamente
todos
los
días
(2).
'Un
perro
que
lia
aprendido
á
pordiosear
antes
de
la
operación,
comienza
de
nuevo
esta
práctica
del
todo
espontáneamente
una
semana
después
de
una
doble
ablación
déla
zona
motora
(3).
Acciden-
'
talmente,
en
un
pichón
(y
aun
se
dice
que
en
un
perro)
vemos
los
desarreglos
menos
declarados
inmediatamente
después
do
la
operación
que
lo
eran
media
hora
más
tarde
(4).
Esto
sería
imposible
que
fuese
debido
á
la
sustracción
de
los
órganos
que
normalmente
los
promovían.
Por
otra
parte,
el
impulso
total
de
las
recientes
especulaciones
fisiológicas
y
patológi¬
cas,
tiende
á
entronizar
la
inhibición
como
una
condición
siempre
presente
ó
indispensable
de
la
actividad
ordenada.
Veremos
cuán
considerable
es
su
importancia
en
el
capítulo
sobro
la
Voluntad.
Mr.
Charles
Mercier
considera
que
ninguna
contracción
muscular,
una
vez
comenzada,
daría
fin
sin
osa
especie
de
agotamiento
del
sistema
(5);
y
Brown
Séquard
ha
estado
varios
años
acumulando
ejemplos
para
demostrar
has-
(1)
Cxoltz:
Verriclitungen
des
Grosshirns,
pág.
73.
(2)
Loeb:
Ffiüger’s
Arcliiv.,
vol.
XXXIX,
pág.
273.
(3)
Ibidem,
pág.
289.
(4)
Schrader:
Ibidem,
vol.
XLIV,
pág.
218.
(5)
El
Sistema
nervioso
y
el
espíritu
(1888),
capítulos
III
y
VI;
también
en
Brain,
vol.
XI,
pág.
361.
I-AS
rUNCIONES
DEL
CEREBRO
73
ta
dónde
se
extiende
su
influencia
(1).
En
estas
circunstancias,
parece
como
si
el
error
radicase
probablemente
en
estrechar
su
esfera
mucho
más
que
ampliarla
demasiado,
como
una
ex¬
planación
de
los
fenómenos
subsiguientes
á
la
lesión
corti¬
cal
(2).
Por
otra
parte,
si
no
admitimos
la
reeducación
de
los
cen¬
tros,
no
sólo
nos
encontramos
enfrente
de
una
probabilidad
á
priori^
sino
que
nos
vemos
obligados
por
los
heclios
á
suponer
un
niimero
casi
increíble
de
funciones
nativamente
alojadas
en
los
centros
debajo
de
los
tlialami
ó
también
debajo
de
los
eorpora
guadrigemina.
Consideraré
la
objeción
á
priori
des¬
pués
de
dirigir
una
mirada
á
los
hechos
que
tengo
en
la
men¬
te.
Estos
nos
suministran
ocasión
de
interrogar
por
nosotros
mismos
¿cuáles
son
las
partes
que
ejecutan
la
función
abolida
por
una
ope)"ación
después
que
ha
transcurrido
el
tiempo
suficien¬
te
para
que
ocurra
la
restauración?
Los
primeros
observadores
pensaron
que
debían
ser
las
partes
correspondientes
del
hemisferio
opuesto
ó
intacto.
Pero
desde
1875,
Carville
y
Euret
confirmaron
esto
cercenando
el
centro
de
la
pierna
delantera
por
un
lado,
en
un
perro,
y
lue¬
go,
después
de
esperar
á
que
hubiese
ocurrido
la
restitución,
cortándola
también
por
el
lado
opuesto.
Gí-oltz
y
otros
han
he¬
cho
lo
mismo
(3).
Si
el
lado
opuesto
fuese
realmente
el
sitio
de
la
función
restaurada,
la
perlesía
original
hubiera
aparecido
de
nuevo
y
hubiera
sido
permanente.
Pero
no
apareció
del
todo;
sólo
apareció
iwia
perlesía
del
lado
no
afectado
hasta
en¬
tonces.
La
suposición
siguiente
es
que
las
partes
que
rodean
la
región
cercenada
aprenden,
en
calidad
de
sustitutas,
á
cumplir
sus
deberes.
Pero
aquí
el
experimento
parece
derribar
de
nuevo
la
hipótesis,
al
menos
hasta
donde
llega
la
zona
motora;
(Ij
Brown
Séquard^la
dado
un
resumen
de
sus
opiniones
en
los
Archives
de
Physiologie;
Octubre,
1889;
quinta
serie,
vol.
I,
pág.
751.
(2j
Goltz
aplicó
por
vez
primera
la
teoría
de
la
inhibición
al
cere¬
bro
en
sus
Verrichtungen
des
Grosshirns,
págs.
39
y
siguientes.
Sobre
la
filosofía
general
de
la
inhibición,
el
lector
puede
consultar
la
obra
de
Brunton:
Fharmakologiy
and
Therapeutics;
págs.
154
y
si¬
guientes,
y
también
Nature,
vol.
XXVII,
págs.
419
y
siguientes.
(3)
Por
ejemplo,
'Herzen;
Hermán
und
Schwahles
Jahres-hericht^
1886;
Fliysiol.
Ahth.,
pág.
38.
(Experimentos
sobre
cacliorros
recién
nacidos).
74
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
porque
podernos
esperar
Iiasta
que
la
movilidad
ha
vuelto
al
miembro
afectado,
y
entonces
irritan
la
corteza
(lue
rodea
la
herida
sin
excitar
el
miembro
al
movimiento,
y
lo
suprimen,
sin
renovar
la
desvanecida
perles:^
(1).
Parece,
en
consecuen¬
cia,
que
los
centros
cey'ébráles
que
están
debajo
de
la
corteza
de¬
ben
ser
el
sitio’dé
las
actividades
recobradas.
Poro
Cfoltz
des¬
truyó
el
hemisferio
izquierdo
entero
de
un
perro,
junto
con
el
corqms
striatum
y
el
thalami
por
ese
lado,
y
16
mantuvo
vivo
mientras
quedó
una
soma
sorprendentemente
insignificante
do
desarreglos
motores
y
táctiles
(2).
Estos
centros
no
pueden
haber
dado
razón
de
la
restitución.
Más
aún,
parece
que
cer¬
cenó
los
hemisferios
de
un
perro
(3),
y
lo
mantuvo
vivo
cin¬
cuenta
y
un
días,
siendo
capaz
do
caminar
y
estar
en
pie.
Los
cuerpos
estriados
y
los
tálamos
en
esto
porro
habían
desapa¬
recido
también
prácticamente.
En
vista
do
tales
resultados,,
nos
vemos
forzados,
con
Prancois
Franck
(4);
á
considerar
los
ganglios
inferiores^
ó
también
la
médula
espinal
como
el
órga¬
no
«sustituto»
del
que
estamos
tratando.
Si
la
esperanza
do
una
reversión
de
la
función
entre
la
operación
y
la
restauración
fuese
debida
exchisivamente
á
la
inhibición,
entonces
debemos
suponer
que
estos
centros
inferiores
son
en
realidad
ófganos
extraordinariamente
perfeccionados.
Siempre
deben
haber
he¬
cho
lo
que
ahora
los
encontramos
haciendo
después
que
so
restaura
la
función,
aún
cuando
los
hemisferios
estuviesen
in¬
tactos.
Naturalmente
se
concibe
que
esto
sea
lo
que
ocurra,
sin
embargo,
no
parece
muy
probable.
Y
las
consideraciones
á
priori
que
un
momento
después
expondré
detenidamente,
la
hacen
todavía
menos
probable.
Porque,
en
primer
lugar,
el
cerebro
es
esencialmente
un
lugar
de
corrientes,
que
afluyen
por
conductos
organizados.
La
pérdida
de
la
función
sólo
puede
significar
una
de
estas
dos
cosas,
ó
que
una
corriente
no
puede
ya
continuar,
ó
que,
(1)
Pranpois
Franck:
Obra
citada,
pág.
382,
Los
resultados
son
iUgo
contradictorios.
(2)
PfHiger’s
Arcliiv.,
vol.
XLII,
pág.
419.
(3)
Neurologisches
Centralhlatt,
pág.
372;
1889,
(4)
Obra
citada,
pág.
387.
Véanse
págs.
378
á
388,
para
una
discu¬
sión
de
toda
la
cuestión.
Compárase
también
con
Wundt:
Fliysiolo-
gisclie
Fsychology,
3.“
edición,^
I,
págs.
225
y
siguientes;
y
Luciani
y
Seppili;
Obra
citada,
págs.
243
y
293,
*
LAS
FUNCIONES
DEL
CEREBRO
75
si
continúa,
no
puede
ya
afluir
por
su
conducto
antiguo.
Cual¬
quiera
de
estas
incapacidades
puedo
provenir
de
una
ablación
local;
y
la
«restitución»
sólo
puede
significar
que,
á
pesar
de
un
obstáculo
temporal,
una
corriente
entrante
ha
podido
al
fin
afluir
por
su
conducto
antiguo
de
nuevo;
por
ejemplo,
el
sonido
de
«alza
la
pata»
descarga
después
de
algunas
semanas-
en
los
músculos
caninos
en
los
cuales
acostumbraba
á
descar¬
gar
antes
de
la
operación.
Hasta
donde
alcanza
la
corteza
mis¬
ma,
puesto
que
uno
do
los
fines
para
los
cuales
existe
actual¬
mente
es
la
producción
do
nuevos
conductos
(1),
la
única
cues¬
tión
antes
que
se
plantea
ante
nosotros
es:
¿Es
demasiado
esperar
de
sus
poderes
plásticos
la
formación
de
estos
conduc¬
tos
particulares
<
s
ustitutos'^
^
Sería
seguramente
demasiado
es¬
perar
que
un
hemisferio
reciba
corrientes
de
fibras
ópticas
cuyo
lugar
de
llegada
es
destruido,
ó
(lua
descargase
en
fibras
del
margen
piramidal
si
su
lugar
de
salida
ha
desaparecido.
Lesiones
como
éstas
deben
ser
irreparables
dentro
de
ese
hemis¬
ferio.
Sin
embargo,
aún
entonces,
por
el
otro
hemisferio,
el
Corpus
callosum
y
las
conexiones
bilaterales
en
la
médula
espi¬
nal,
puede
uno
imaginarse
algún
camino
por.el
cual
los
anti¬
guos
músculos
se
inervan
mutuamente
por
las
mismas
co¬
rrientes
entrantes
que
las
inervan
antes
del
obstáculo.
Y
para
todas
las
interrupciones
menores,
que
no
afectan
al
lugar
do
llegada
de
las
fibras
«córtico-petales»
ó
el
lugar
de
salida
de'
las
fibras
«córtico-fugales»,
deben
existir
en
derredor
conduc¬
tos
de
alguna
clase
que
pasen
por
el
mismo
hemisferio
afec¬
tado,-porque
todos
sus
puntos,
al
menos
remotamente,
están
en
comunicación
especial
con
cualquier
otro
punto.
Los
con¬
ductos
normales
son
sólo
conductos
de
resistencia
menor.
Si
se
obstruyen
ó
se
interrumpen
los
conductos
primeramente
más
resistentes,
se
hacen
menos
resistentes
bajo
las
condicio¬
nes
variadas.
Nunca
debe
olvidarse
que
una
corriente
que
fluye
ha
dejado
de
afluir
en
algún
punto;
y
si
solo
una
vez
se
consigue
por
casualidad
herir
de
nuevo
el
antiguo
lugar
do
salida,
el
estremecimiento
de
satisfacción
que
la
conciencia
conexionada
con
el
residuo
cerebral
íntegro
recibe
entonces.
(1)
Los
capítulos
sobre
el
Háf^ito,
la
Asociación,
la
Memoria
y
la
Percepción
cambiarán
nuestra
actual
conjetura
preliminar,
de
qiie
es
una
de
sus
aplicaciones
especiales,
en
una
convicción
inquebran-
tible.
82
PRINCIPIQS
DE
PSICOLOGÍA
del
hambre
en
la
rana
ordinaria
privada
de
cerebro.
Sclirador
da
un
info;:ino
notable
de
la
condición
de
sus
pichones
({ue,
al
quedar
privados
do
cerebro,
quedaban
sin
instinto,
aun(¡[uo
eran
activos
en
la
locomoción
y
en
la
voz.
«El
animal
jirivado
do
hemisferiüí^
so
muevo
en
un
mundo
do
cuerpos
que
son
todos
do
i<;íual
valor
para
él.Es,
para
emjdear
la
adecuada
expresión
do
Goltz,
impersonal
.
Todo
objeto
es
para
él
sólo
una’masa
que
ocu^ia
espacio;
sale
de
su
sendero
por
buscar
un
pichón
común
lo
mismo
que
por
una
piedra.
Puede
tratar
de
.saltar
sobro
ambos.
Todos
los
autores
convienen
en
que
nun¬
ca
encontraron
diferencia
alg-una
entre
un
cuerpo
inanimado,
un
gato,
un
porro,
ó
un
pájaro
de
presa
que
entró
por
el
ca¬
mino
dél
pichón.
La
criatura
no
conoce
ni
apiigos
ni
enemi¬
gos,
en
la
compañía
más
numerosa
^ive
como
un
ermitaño.
El
lánguido
arrullo
del
macho
despierta
más
impresión
en
la,
hembra
que
el
rechinar
de
los
guisantes
ó
el
silbido
de
llama¬
da
que
en
los
días
anteriores
á
la
lierida
acostumbraban
á
dar
los
pájaros
para
reunirse
á
comer.
Por
lo
que
han
visto
los
más
sagaces
observadores,
los
pájaros
hembras
privados
de
liomisferios
no
responden
al
cortejo
del
macho.
Un
macho
privado
do
hemisferios
arrullará
durante
todo
el
día
y
dará
diversos
indicios
de
excitación
sexual,
pero
su
actividad
no
tiene
objeto
y
le
es
completamente
indiferente
que
la
hem¬
bra
esté
allí
ó
no.8i
una
se
coloca'
cerca
de
él,
la
deja
pasar
desapercibida.....
Como
el
machó
no
presta
atención
á
la
hem¬
bra,
así
ella
no
presta
atención
á
su
pareja.
El
hijo
puedo
seguir
incesantemente
á
la
madre
llamándola
y
pidiéndole
comida,
pero
es'lo
mismo
que
si
se
la
pidiese
á
unSi
piedra.
tul
pichón
desprovisto
de
cerebro
es
en
sumo
grado
manso,
y
teme
al
liombro
tan
poco
como
al
gato
ó
al
pájaro
do
presa»
(1).
,
Agrupando
ahora
todos
los
hechos
y
reflexiones
que
he¬
mos
expuesto,
parécemé
que
no
yodemos
sostener
yor
más.
tiem¬
po
el
esquema
de
Meynert.
Si
se
aplica
en
algún
dominio,
será'
á
los
animales
inferiores;
poro
en
ellos,
especialmente
los
cen¬
tros
inferiores
parecen
tener
un
grado
do
espontaneidad
y
de
elección.
En
general,
pienso
que
nos
vemos
forzados
á
susti¬
tuirlo
por
un
concepto
general
como
el
siguiente,
que
permi-
(1)
rflíiger’s
Arcliiv.,
vol.
XLIV,
págs.
230
y
231.
LAS
FUNCIONES
DEL
CEREBRO
83
te
dar
cabida
á
las
diferencias
zoológicas
que
conocemos,
y
os¬
lo
bastante
vago
y
elástico
para
consentir
un
número
deter¬
minado
de
futuros
descubrimientos
de
detalle.
Conclusión.
,
/
'j
Todos
los
centros,
en
todos
los
animales,
mientras
que
son
•
•eñ
cierto
sentido
mecanismos,
probablemente
son,
ó
al
menos
,
?'
fueron
alguna
vez,
órganos
de.
conciencia
en
otro
sentido,
\
V
aunque
la
conciencia
está
indudablemente
mucho
más
des-
arrollada
en
los
hemisferios
que
en
cualquier
otro
lado.
La
,
1
•conciencia
debe
preferir
siempre
algunas
de
las
sensaciones
que
obtiene
á
otras;
y
si
puedo
recordar
éstas
en
su
ausencia,
aunque
confusamente,
deben
ser
los
fines
de
sus
anhelos.
Si,
•
por
otra
parte,
puede
identiñcar
en
la
memoria
cualquier
des¬
carga
motora
que
pueda
haber
conducido
á
tales
fines
y
aso-
•cia
las
últimas
con
ellas,
entonces
estas
descargas
motoras
pueden
á
su
vez
desearse
como
medios.
Este
es
el
desarrollo
de
la
voluntad;
y
su
realización
debe
ser
naturalmente
proporcio¬
nal
á
la
complicación
posible
de
la
conciencia.
Aun
la
médula
espinal
puedo
tenor
alguna
restringida
facultad
de
voluntad
en
este
sentido,
y
de
esfuerzo
liacia
la
conducta
modificada
á
consecuencia
de
nuevas
experiencias
de
sensibilidad
(1).
Todos
los
centros
nerviosos
tienen,
pues,
en
primer
lugar,
una
función
esencial:
la
do
la
acción
«inteligente».
Sienten,
prefieren
una
cosa
á
otra
y
tienen
«fines».
Como
todos
dos
de-
luás
órganos,
sin
embargo,
evolucionan
desde
el
antecesor
al
•descendiente,
y
su
evolución
toma
dos
direcciones,
pasando
los
(1)
Naturalmente,
como
Schiff
indicó
mucho
ha
(Lelirhuc
der
Muskel-tind
Nervenphtjsiologie,
págs.
213
y
signieiites,
1859),
la
kenonarkseele*
,
si
ahora
existe,
no
puede
tener
superior
conciencia
sensitiva,
porque
sus
corrientes
entrantes
proceden
solamente
de
la
epidermis,
Pero
de
una
manera
confusa
puede
á
la
vez
sentir,
prefe¬
rir
y
desear.
Véase,
para
la
opinión
favorable
al
texto;
á
Lewes;
The
Fhysiology
of
conimon
Life,
cap,
IX/lSeO).
Goltz
(Nerven
centren
des
Frosches,
págs,
102-130;
1869)
piensa
que
la
médula
espinal
de
la
rana
no
tiene
poder
adaptativo.
Esto
puede
ocurrir
en
experimentos
como
84
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
centros
inferiores
liacia
abajo,
á
un
automatismo
nada
vaci¬
lante,
y
los
superiores
hacia
arriba,
á
una
intelectualidad
más
amplia
(1).
Así
puede
ocurrir
que
estas
funciones
que
pueden
seguramente
hacerse
uniformes
y
fatales,
cada
vez
van
menos
acompañadas
por
el
espíritu,
y
que
su
órgano,
la
médula
espi¬
nal,
se
convierte
cada
vez
más
en
una
máquina
sin
alma:
mientras
que,
por
el
contrario,
esas
funciones
que
benefician
al
animal
por
haberlo
adaptado
á
delicadas
variaciones
circun¬
dantes
pasan
á
los
hemisferios,
cuya
estructura
anatómica
y
espectante
conciencia
se
hace
cada
vez
más
complicada
á
me¬
dida
que
avanza
la
evolución
zoológica.
Do
esta
manera
puede
ocurrir
que
en
el
hombre
y
en
los
monos
los
ganglios
básales
hagan
menos
cosas
por
sí
mismos
que
pueden
hacer
en
los
pe¬
rros,
menos
en
los
porros
que
en
los
conejos,
monos
en
los
co¬
nejos
que
los
halcones,
menos
en
los
halcones
(luo
en
los
pi¬
chones,
menos
en
los
pichones
([ue
en
las
ranas,
menos
en
las
ranas
que
en
los
peces;
y
en
cambio,
los
hemisferios
pueden
hacer
más,
en
correspondencia.
Este
tránsito
do
las
funciones
á
los
hemisferios,
que
cada
vez
se
amplían
más,
debo
sor
uno
do
los
cambios
evolutivos,
y
que
han
do
explicarse
como
el
desarrollo
do
los
hemisferios
mismos,
óipor
variación
de¬
azar
ó
por
efectos
lioredados
del
uso.
Según
esta
opinión,
los
movimientos
reflejos
de
los
cuales
depe*nde
la
educación
de
nuestros
hemisferios
húmanos,
no
serían
debidos
á
los
ganglios
básales
solamente.
Serían
tendencias
existentes
en
los
cen-
el
suyo,
porque
la
breve
duración
de
l:i.
vida
de
la
rana
decapitada
no
le
dió
tiempo
á
aprender
los
nuevos
ardides
reclamados.
Pero
Po.sen-
thal
(BiologiscJies
Gentralhlatt,
vol.
IV,
pág.
247)
y
Mendelssohn
(Berlin
AJMdemy
SitzimgfihericMe,
pág.
107;
1885)
en
sus
investigacio¬
nes
sobre
los
simples^
movimientos
de
la
médula
espinal
de
la
rana,
demuestraiK
([ue
hay
alguna
adaptación
á
nuevas
condiciones,
puesto
(jue
cuando
los
conductos
usuales
son
interrumpidos
por
un
corte
so
emplean'
nuevos
conductos.
Ségún
Tíósenthal,
éstos
se
hacen
más
pe¬
netrables
(esto
es,ú’equieren
menores
estímulos)
á
medida
([ue
so
atraviesan
muchas
veces.
(1)
Si
esta
evolución
se
lleva
á
c.abo
por
la
herencia
de
hábitos
adqidridos,
ó
por
la
conservación
de
variaciones
casuales,
es
una
al¬
ternativa
(|ue
no
necesitamos
discutir
aquí.
Lo
consideraremos
en
el
último
ca])ítulo
de
este
libro.
Para
nuestro
propósito
actual,
el
moílns
operandi
de
la
evolución
no
señala
diferencia
alguna,
con
tal
de
(jue
se
admita
(pie
ocurre.
LAS
FUNCIONES
DEL
CEREBRO
85
tros
mismos,
modiíicables
por
la
educación,
á
diferencia
de
los
reflejos
de
la
medulla
ohlongata
áelpons,
de
los
lóbulos
óp¬
ticos
y
do
la
médula
espinal.
Esos
reflejos
cerebrales,
si
exis¬
ten,
forman
una
base
tan
sólida
como
la
que
el
esquema
do
Meynort
ofrece,
para
la
adquisición
de
memorias
y
asociacio¬
nes
que
pueden
resultar
más
tarde
en
toda
suerte
de
«cambios
de
partícipes»
en
el
mundo
psíquico.
El
diagrama
del
niño
y
de
la
bujía
(véase
pág.
25)
puede
ser
reproducido,
si
es
necesa¬
rio,
como
una
transacción
enteramente
cortical.
La
tendencia
primitiva
á
tocar
será
un
instinto
original;
la
quemadura
deja-
i-á
una
imagen
en
otra
parte
de
la
corteza,
que,
al
ser
reclamada
por
la
asociación,
inhibirá
la
tendencia
táctil
á
la
vez
siguien¬
te
de
estar
ante
la
bujía,
y
excitará
la
tendencia
á
apartarse;
do
suerte
que
la
pintura
retiniana
irá
aparejada,
en
la
ocasión
siguiente,
con
el
partícipe
motor
primitivo
del
dolor.
Así
obte¬
nemos
toda
la
verdad
psicológica
que
el
esquema
de
Meynort
posee,
sin
comprometernos
en
una
dudosa
anatomía
ó
fisio¬
logía.
Una
perspectiva
tan
sombría
de
la
evolución
de
los
cen¬
tros,
de
la
relación
de
la
conciencia
con
ellos,
y
de
los
hemis¬
ferios
con
los
otros
lóbulos,
es,
á
mi
parecer,
la
que
puede
ad¬
mitirse
con
más
indulgencia.
Si
no
tiene
otra
ventaja,
en
cier-
tl)
modo
nos
hace
comprobar
cuán
enormes
son
las
brechas
en
nuestro
conocimiento,
desde
el
momento
en
que
tratamos
de
encubrir
los
liechos
con
cualquier
fórmula
de
carácter
general.
CAPÍTULO
III
Sobre
algunas
condiciones
generales
de
la
actividad
cerebral.
Las
propiedades
elementales
del
tejido
nervioso,
de
las
cua¬
les
dependen
las
funciones
cerebrales,
están
lejos
de
ser
expli¬
cadas.
El
esquema
que
se
presenta
en
primer
lugar
al
espíri¬
tu,
porqué
es
tan
claro,
es
ciertamente
falso:
me
refiero
á
la
noción
de
que
cada
célula
representa
una
idea
ó
parte
de
una
idea,
y
que
las
ideas
están
asociadas
ó
«ligadas
en
haces»
(para
usar
una
frase
de
Locke)
por
las
fibras.
Si
hacemos
un
diagra-
.
ma
simbólico
en
un
tablero
negro,
de
las
asociaciones
entre
ideas,
somos
inevitablemente
conducidos
á
trazar
círculos
(>
figuras
cerradas
de
alguna
especie,
y
á
conexionorlas
por
lí¬
neas.
Cuando
oímos
que
los
centros
nerviosos
contienen
célu¬
las
que
envían
fibras,
decimos
que
la
Naturaleza
ha
realizada
nuestro
diagrama
para
nosotros,
y
que
el
substrato
mecánico
del
pensamiento
es
evidente.
En
cierto
modo,
es
cierto,
nues¬
tro
diagrama
debe
realizarse
en
el
cerebro;
pero
seguramente
no
de
una
manera
tan
visible
y
palpable
como
suponemos
al
principio’(1).
Un
enorme
número
de
los
cuerpos
celulares
en
los
hemisferios
carecen
de
fibra.
Donde
las
fibras
se
cruzan
pronto
se
dividirán
en
ramificaciones
intrazables;
y
donde.
(1)
Me
permitiré
en
mnclios
lugares
em])]ear
esta
esqiiematiza-
ción.
El
lector
comprenderá
de
una
vez
que
es
simbólica;
y
que
su
uso
no
consiste
apenas
más
que
en
demostrar
qué
considerable
con¬
veniencia
hayientre
los
procesos
mentales
y
los
procesos
mecánicos.
de
cierta
especie,
no
necesariamente
del
género
exacto
ya
descrito.
CONDICIONES
GENERALES
DE
LA
ACTIVIDAD
CEREBRAL
87
.
quiera
que
esto
se
haga
vemos
una
simple
y
grosera
conexión
anatómica,
como
una
línea
sobre
un
tablero
negro,
entre
dos
células.
Se
ha
encontrado
la
demasiada
anatomía
que
rige
los
fines
teóricos,
y
aún
lo
reconocen
los
mismos
anatómicos;
y
las
nociones
de
ciencia
popular
de
células
y
de
fibras
son
casi
completamente
vacías
de
verdad.
Eeleguemos,
por
consiguien¬
te,
el
asunto
de
los
intimos
trabajos
del
cerebro
á
la
fisiología
del
futuro,
á
no
ser
con
respecto
á
algunos
puntos
de
los
opa¬
les
pupde
decirse
ahora
una
palabra.
Y
en
primer
lugar
de
'
•
La
agrupación
de
los
estímulos
en
la
misma
región
nerviosa.
Esta
es
una
propiedad
en
extre¬
mo
importante
para
la
comprensión
de
muchos
fenómenos
de
la
vida
neural,
y,
por
consiguiente,
de
la
vida
mental;
y
nos
es
necesaria
para
adquirir
una
concepción
clara
de
lo
que
ésta
significa,
antes
de
que
sigamos,
adelante.
La
ley
es
ésta:
que
un
estimulo
que.fuese
inadecuado
por
si
mismo
para
excitar
á
un
centro
nervioso
á
la
descarga
efectiva,
obrando
con
uno
ó
más
estimulos
(igualmente
ineficaces
.por
si
mismos
aisladamente),puedeqwoducir
la
descarga.
La
manera
na¬
tural
de
considerar
ésto
es
suponer
una.agrupación
de
tensio¬
nes
qpe
al
fin
vencen
una
resistencia.
La
primera
de
ellas
pro¬
duce
«una
excitación
latente»
ó
«una
irritabilidad
aumenta¬
da»;
la
frase
es
inmaterial
hasta
donde
llegan
las
consecuen¬
cias;
la
última
es
la
paja
que
quiebra
el
lomo
del
camello.
Don¬
de
el
proceso
neural
tiene
conciencia
de
su
acompañamiento,
la
explosión
final
parecería
contener
en
todo
caso
un
estado
vivi¬
do
do
sentimiento
de
una
especie
más
ó
menos
substantiva.
Poro
no
hay
motivo
para
suponer
que
las
tensiones,
aunque
sean
submáximas
ó
exteriormente
ineficaces,'no
puedan
tener
parto
en
determinar
la
conciencia
total
presente
al
individuó
en
el
tiempo.
En
los
últimos
capítulos
expondremos
razones
abundantes
para
suponer
qup
tengan
esa
participación,
y
ve¬
remos
que
sin
su
contribución
las
relaciones
que
son
en
todos
los
momentos
un
ingrediente
vital
del
objeto
del
espíritu
no
penetrarían
en
la
conciencia.
El
asunto
pertenece
con
sobrada
evidencia
á
la
fisiología
88
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA.
para
que
lo
expongamos
detallainente
en
estas
páginas.
Daré.
en
una
nota
algunas
referencias
para
los
lectores
que
se
inte¬
resen
en
seguir
la
marcha
de
la
cuestión
(1),
y
diré
sencilla¬
mente
que
la
irritación
eléctrica
directa
de
los
centros
corti¬
cales
demuestra
suficientemente
este
punto.
Porcjue
descu¬
brieron
los
primeros
experimentadores
que,
mientras
toma
una
corriente
excesivamente
impetuosa
para
producir
cual¬
quier
movimiento
cuando
se
emplea
un
simple
choque
de
in¬
ducción,
una
rápida
sucesión
de
choques
de
inducción
(«fara-
dización»)
producirá
movimientos
cuando
la
corriente
es
rela¬
tivamente
tenue.
Una
simple
cita
de
una
excelente
investiga¬
ción
mostrará
esta
ley
bajo
varios
aspectos.
«Si
coiitiiiuainos
estimulando
la
corteza
á
breves
intervalos
con
el
vigor
de
la
corriente
que
produce
la
mínima
muscular
(contracción
del
músculo
extensor
digital
del
perro),
la
suma
de
contracción
au¬
menta
gradualmente
hasta
que
alcanza
el
máximum.
Cada
estímulo
primitivo
deja
así
tras
de
sí
un
efecto,
que
aumenta
la
eficacia
del
si¬
guiente.
En
esta
agrupación
de
los
estímulos
pueden
notarse
los
pun¬
tos
siguientes:
1)
Los
simples
estímulos
enteramente
ineficaces
cuan¬
do
sólo
pueden
hacerse
eficaces
por
la
reiteración
suficientemente
rápida.
Si
la
corriente
empleada
es
mucho
menor
que
la
que
provoca
el
primer
comienzo
de
contracción,
puede
necesitarse
un
número
muy
considerable
de
choques
sucesivos
antes
de
que
apai-ezca
el
movi-
(1)
Valentín:
Árchiv.
filr
der
gesammt.
Phijsiologij,
Xikg.
187;)
Stirling:
Leipziz,
Academy
Berichte,
i>ág.
372,
1875.
(Jouryial
ofPhgsío-
logij,
1875);
Ward:
Archiv.
filr
Anatomy
iind
Fhysiology,
pág.
72,
1880;
Sewall:
Jolms
Hopkms
Stiidien,
pág.
30,
ISí^O;
Kronecker,
und
Nico-
laides:
Archiv
filr
Anatomie
und
Fhysiologie,
pág.
437,
1880;
Exner-
Archiv.
fi'r
die
gesamüiche
Fhysiologie,
vol.
XXVIII,
pág.
487
(1882j;
Eckhard:
Hermann’s
Handhuch
der
Fhysiologie,
vol.
I,
parte
II,
pági-
•
na
31;
Franjéis
Franck:
Legons
sur
les
Fonctions
motrices
du
Gerveau,
págs.
51
y
sig.,
y
339.
Para
el
proceso
de
agrupación
en
los
nervios
y
en
los
miísculos,
cf.
Hermann:
Ibideyi,
parte
I,
pág.
109
y
vol.
I,
pági¬
na
40.
Véase
también
Wundt:
Fhysiologische
Fsychologie,
I,
243
y
si¬
guientes;
Richet:
Travaux
du
Ijoboratoire
de
ALarey,
pág.
97,
Í877;
IjHonime
et
VIntelligeyice,
pág.
24
y
sig.,
4G8;
Revue
Fhilosophiqne.
tomo
XXI,
pág.
564;
Kronecker
und
Hall:
Archiv.
filr
Anatomie
nml
Fhysiologie,
1879;.Sch5nlein:
Ihidem,
pág.
357,
1882;
Sertoli:
Hoffmann
and
Schivalbe’s
Fahresbericht,
pág.
25,1882;
Dewattewille:
Neurologis-
ches
Centralblatt,
núm.
7,
1883;
drunbagen:
Archiv.
filr
der
gesammtli-
che
Phyiology,
vol.
XXXIV,
pág.
301
(1884).
CONDICIONES
GENERALES
DE
LA
ACTIVIDAD
CEREBRAL
89
iniíMito;
se
necesitarán
20,
50
ó
106
choques.
2)
La
agrupación
se
efec¬
túa
fácilmente
en
])ropoi*ción
á
la
brevedad
del
intervalo
transcurri¬
do
entre
los-
estímulos.
Una
corriente
demasiado
tenue
para
dar
ia
agrupación
efectiva
cuando
sus
choques
son
tres
segundos,
más
tarde
será
(iapaz
de
hacerlo
(mando
el
intervalo
se
reduce
á
un
segundo.
B)
No
sólo
la
irritación
eléctrica
deja
una
modiñcacion
que
va
á
engrosar
(d
estímulo
siguiente,
sino
que
toda
clase
de
irritante
que
puede
pro¬
ducir
una
contracción
lo
hace
también.
Si
se
produce
de
cualquier
modo
una
contracción
refleja
del
músculo
experimentada
sobre
él
ó
si
el
animal
lo
contrae
espontáneamente
(como
ocurre
con
frecuen¬
cia
en
virtud(J,e
la
sim2)aUa
durante
una
inspiración
profunda),
se
en¬
cuentra
(jue
un
estímulo
eléctrico,
hasta
entonces
inactivo,
obra
con
energía,
si
se
aplica
inmediatamente»
(1).
Y
más
adelante:
^
En
cierto
grado
de
la
mortía-ifarcosis
un
choque
ineficaz
por
lo
tenue
se
hará
poderosamente
eficaz
si,
inmediatamente
antes
de
su
aplicación
al
centro
motor,
la
piel
de
ciertas
partes
del
cuerpo
está
(‘xpuesta
á
muchos
estímulos
táctiles.Si,
habiendo
reconocido
el
vi¬
gor
subliminal
de
corriente
y
habiéndose.uno
mismo
convencido
re¬
petidamente
de;
su
ineficacia,
extendemos
nuestra
mano
ligeramente
])or
algún
tiempo
sobre
la
piel
de
la
pata
cuyo
centro
es
el
objeto
de
estímulo,
encontramos
la
corriente
vigorosamente
eficaz.
El
aumento
de
la
irritabilidad
tarda
algunos
ségundos
en'desaparecer.
Algunas
veces
el
efecto
de
una
simple
y
ligera
sacudida
de
la
pata
es
sufi¬
ciente
para
hacer
á
la
corriente,
anteriormente
ineficaz,
producir
una
contracción
muy
débil.
Repitiendo
el
estímulo
táctil
aumentará,
por
regla
general,
la
extensión
de
la
contracción»»
(2).
Empleamos
constantemente
la
agrupación
de
estímulos
en
nuestros
usos
prácticos.
Si
el
caballo
dé
un
coche
se
tam¬
balea,
la
manera
final
de
azuzarle
es
aplicándole
un
núme¬
ro
determinado
de
incitaciones
habituales.
Si
el
conductor
(1)
Bubnoffund
Heidenhain:
TJéber
Erregungs-und
Hemmungsvor-
glinge
inuerhalb
der
motorischen
Hirncentren:
Archiv.
fiir
der
gesdmm-
tliche'
Phydology,
vol.
XXVI,
pág.
156
(1881).
(2)
Archiv.
filr
der
gesammtliche
Physiology,
vol.
XXVI,
pág.
176
(1881).
Exner
piensa
(Ibidem,
Vol.XXVIII,pág.
497
(1882)
(]ue
la
agru-
juición
ocurre
aquí
en
la
médula
espinal.
No
significa
diferencia
algu¬
na'que
esta
agrupación
ocurre
donde
quiera
que
ocurre,
en
lo
que
al¬
canza
la
filosofía
general
de
la
agrupación.
90
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
emplea
las
riendas
y
la
voz,
si
nn
transeúnte
le
coge
por
el
ho¬
cico,
y
otro
le
da
latigazos
en
las
espaldas,
y
el
conductor
toca
la
campanilla,
y
ios
pasajeros
se
bajan
y
empujan
el
coclie,
to¬
dos
al
mismo
tiempo,
la
obstinación
del
animal
se
rinde
gene¬
ralmente
y
sigue.satisfecho
su
camino.
Si
nos
esforzamos
por
recordar
un
nombre,
ó
un
liecho
olvidado,
pensamos
en
mu¬
chas
«sugestiones»
posibles,
de
süorte
que
por
su
acción
man¬
comunada
puedan
evocar
lo
que
ninguna
do
ellas
puede
evo¬
car
por
sí
sola.
La
vista
de
un
botín
no
estimulará
muchas
ve¬
ces
á
úna
bóstia
á
perseguirlo,
pero
si
á
la
vista
del
moviipien-
to
se
añade
la
de
la
forma,
se
da
lugar
á
la
persecución.
«Brüc-
Ice
notó
que
sus
aves
privadas
de
cerebro,
que
no
intensaban
picar
el
grano
delante
de
sus
mismos
ojos,
comenzaban
á
pi¬
car
si
el
grano
fuese
arrojado
al
suelo
con
ímpetu,
como
para
producir
un
sonido
rechinante»
(1).
«El
Lr.
Alien
Thomson
empolló
algunos
polluelos
en
una
cartera,
donde
Iqs
guardó
du-
i-ante
varios
días.
No
manifestaron
inclinación
á
arañar
la
su-
Dorftcie:....;
pero
cuando
el
Dr.
Thomson
regó
un
poco
de
areni¬
lla.,
los
pollos
comenzaron
inmediatamente
sus
movimientos
de
arañar»
(2).
Una
persona
extraña
y
la
obscuridad
son
estí¬
mulos
ambos
para
temer
y
desconñar
en
los
perros
(y
como
es
natural,
en
los
hombros).
Ni
las
circunstancias
sólo
pueden
excitar
manifestaciones
exteriores,
sino
junto
con
otros
me--
dios,
es
decir,
cuando
el
hombre
se
oculta
en
la
obscuridad,
el
perro
será
excitado
por
una
violenta
desconfianza
(3).
Los
ven¬
dedores
callejeros
conocen
bien
la
eñcacia
de
la
agrupáoión
de
los
estímulos,
porque
se
ordenan
en
una
línea
en
las
aceras,
(1)
G.
H.
Lewos:
Physical
Basis
of
Mind,
pág.
479,
donde
se
oitai»
machos
ejemplos
semejantes
f])ágs.
487-489).
,
(2)
Romanes:
Mental
Evoluüon
in
Animáis,
])ág.
1G3.
(B)
Véase
nn
ejemplo
semejante
en
Mach:
B
eitrüge
zur
A
nalyse
der
Empfindungen,
pág.
36.
El
animal
era
un
gori-ion.
Mis
pef|ueriuelos
se
asustan
de
su
propio
perrito,
si
entran
en
su
habitación
después
que
están
en
la
cama
y
con
las
luces
apagadas.
Cpmi)árese
también
esta
aftrmación;
«La
i)rimera
pregunta
liecha
á
un
campesino
rara
vez
vie¬
ne
á
ser.
más
que
una
trompetilla
para
excitar
las
torpes
entendederas
de
sus
oídos.
lai
invariable
respuesta
de
un
aldeano
escocés
es
fíQué
desea
usted?;
la
del
inglés,
clavar
la
vista
en
ei
suelo.
Es
indispensa-
))Ie
una
segunda
y
aun
una
tercera
pregunta
para
conseguir
una
res¬
puesta».
(Fowler:
Some
Ohservations
on
the
mental
State
ofthe
Blind,
and
TJeaf
and
IJumb,
pág.
14;
Salisbure,
1843).
I
CONDICIONES
GENERALES
DE
LA
ACTIVIDAD
CEREBRAL
91
y
el
transeúnte
muchas
veces
compra
al
último
de
ellos,
por
efecto
de
la
solicitación
^reiterada,
lo
que
se
negó
á
comprar
del
primero
de
la
fila.
La
afasia
suministra
muchos
ejemplos
de
agrupación.
Un
paciente
que
no
puede
nombrar
un
objeto
simplemente
presentado
delante
de
ól,
lo
nombrará
si
lo
toca
al
tiempo
que
lo
ve,
etc.
Podrían
multiplicarse
indefinidamente
los
ejemplos
de
agrupación
de
estímulos;
pero
casi
so
reduciría
á
anticipar
los
capítulos
siguientes.
Los
que
tratan
áel
Instinto,
de
la
Corrien¬
te
del
Pensamiento,
do
la
Atención,
de
la
Diferenciación,
de
la
Asociación,
de
la
Memoria,
do
la
Estética
y
de
la
Voluntad,
contendrán
numerosos
ejemplos
del
alcance
del
principio
en
el
dominio
puramente
fisiológico.
Período
de
reacción.
Uno
de
los
caracteres
de
la
investigación
experimental
más
diligentemente
trazados
en
los
últimos
años,
'es
el
de
la
desig¬
nación
del
tiempo
gastado
por
los
fenómenos
nervimos.
Helm-
lioltz
abrió
el
camino
descubriendo
la
rapidez
de
la
corriente
en
el
nervio
ciático
de
la
rana.
Pero
los
métodos
que
empleó
Tironto
se
aplicaron
á
los
nervios
y
á
los
centros
sensoriales,
y
los
resultados
causaron
mucha
admiración
científica
popular,
cuando
se
describieron
como
medidas
de
la
«velocidad
del
pensamiento».
La
frase
«rápido
como
el
pensamiento»
había
significado
desde
tiempo
inmemorial
todo
lo
que
había
de
sor-
]irendente
y
falaz
en
la
línea
de
celeridad,
y
la
manera
con
que
la
Ciencia
puso
su
mano
destructora
sobre
este
misterio,
recor¬
dó
el
día
en
que
Franklin,
por
primera
vez,
«eripuü
coelo
/ul¬
mén^
(«robó
el
rayo
al
cielo»),
presagiando
el
reino
de
una
nueva
y
magnífica
raza
de
dioses.
Describiremos
las
varias
operaciones
medidas,
cada
una
en
el
capítulo
al
cual
pertenece
más
naturalmente.
Puedo
decir,
sin
embargo,
desde
un
prin¬
cipio,
que
la
frase
«velocidad
de
pensamiento^
es
errónea,
por¬
que
no
se
trata
en
manera
alguna,
en
ninguno
do
los
casos,
de
([ué
acto
particular
de
pensamiento
ocurre
durante
el
tiempo
(]ue
se
mide.
«La
velocidad
do
la
acción
nerviosa»
está
expues¬
ta
á
la
misma
crítica,
porque
en
la
mayoría
de
los
casos
no
sa¬
bemos
qué
proceso
nervioso
particular
se
lleva
á
cabo.
Lo
que
98
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
f>-ánico,
aquí
es
un
resultado
iDasajero
de
anteriores
condicio¬
nes
cerebrales
(Ij.
^l’eng’o
la
satisfacción
de
decir
que,
desde
que
se
escribie¬
ron
los
párrafos
anteriores
(y
las
notas
á
ellos
pertenecientes),
Wundt
se
ha
convertido
á
la
opinión
que
yo
defiendo.
Ahora
admite
que
en
las
reacciones
más
breves
«no
hay
ni
apercep¬
ción
ni'voluntad,
sino
que
son
únicamente
reflejos
cerebrales
(I)
En
resiinion,
lo
qne
Delboeuf
llama
un
^organe
adventice^-
(ór¬
gano
adventicio).
El
período
de
reacción
es,
por
otra
parte,
completa¬
mente
compatible
con
la
reacción
misma,
siendo
de
un
orden
reflejo.
Algunos
actos
reflejos
(el
estornudo,
por
ejemplo),
son
muy
lentos.
La
única
mensuración
del
tiempo
de
un
acto
reflejo
en
el
sujeto
lui-
manb,
de
que
tengo
noticia,
es
la
efectuada
por
Exner,
al
medir
el
pestañeo
(En
Ffliiger’s
ArcMv.
für
der
gesammtliche
Fliysiologie,
volu¬
men
VIII,
pág.
256;
1874).
Encontró
que,
cuando
el
estínmlo
era
iin
rayo
de
luz,
el
pestañeo
ocurría
en
0.2168
de
segundo,
bina
impetuosa
corriente
eléctrica
á
la
córnea
reducía
el
tiempo
á
0.0578
de
segundo.
El
«período
de
reacción
ordinario»
medid
entre
estos
valores.
Exner
«reduce»
su
tiempo
eliminando
el
proceso
fisiológico
de
conducción.
Su
tiempo
de
i)estañeo
reducido
al
*mlnimum^>,
es,
pues,
de
0.0471
(Ihideni,
pág.
531),
mientras
que
su
período
de
reacción
reducido
al
mínimum
es
de
0.0828
(Ibidem,
VII,
pág.
637).
Estos
cálculos
no
tie¬
nen
realmente
valor
científico,
á
no
ser
el
de
demostrar,
según
la
opi¬
nión
del
propio
Exner
(VII,
531),
que
los
procedimientos
de
medición
del
tiempo
de
reacción
y
del
tiempo
del
acto
reflejo
son
esencialmen¬
te
del
mismo'órden.
Por
otra
parte,
su
descripción
de
los
proce¬
dimientos
es
una
excelente
descripción
de
un
acto
reflejo.,
«Todo
aquél,
dice,
que
hace
experimentos
sobre
el
período
de
reacción
por
primera
vez,
se
sorprende
de
considerar
cuán
poco
dueño
es
de
sus
propios
movimientos,
tan
pronto.como
se
propone
la
tarea
de
ejecutarlos
con
un
máximum
de
celeridad.
No
sólo
esta
energía
radi¬
ca
fuera
del
dominio
de
la
deliberación,
sino
que
aún
el
tiempo
en
que
ocurre
el
movimiento,
sólo
en
i>arto
depende
de
nosotros
mis¬
mos.
Sacudimos
nuestro
brazo,
y
podemos
decir
después
con
asombro¬
sa
precisión
silo
hemos
sacudido
más
ráijidaó
más
lentamente
que
en
otra
ocasión,
aunque
no
tengamos
facultad
para
sacudirlo
exactamente
en
el
tiempo
(foseado».
Wundt
mismo
admite
que
cuando
espera¬
mos
una
señal
enérgica
con
intensa
preparación,
no
hay
conciencia
de
ninguna
dualidad
de
«apercepción»
y
de
respuesta
motora;
las
dos
son
continuas.
(Fhysiologische
Fsychology,
II,
pág.
226).
La
opinión
de
Cattell
es
idéntica
á
la
que
defiendo.
«Pienso,
dice,
que
si
los
proce¬
sos
de
apercepción
y
de
volición
están
presentes
en
todo,
son
muy
CONDICIONES
GENERALES
DE
LA
ACTIVIDAD
CEREBRAL
99
debidos
á
la
práctica»
(1).
Los
medios
de
su
conversión
sori
cier¬
tos
experimentos
realizados
en
su
laboratorio
por
L.
Lan-
go
(2),
que
llegó
á
distinguir
entre
dos
modos
de
Jijar.la
aten¬
ción
al
reaccionar
sobre
una
señal,
y
que
encontró
que
daban
resultados
muy
distintos.
En
la
manera
«extrema
sensorial»^
•como
Lange
la
llama,
de
reaccionar,
uno
conserva
el
espíritu
lo
más
atento
posible
sobro
la
señal
esperada,
y
«evita
delibe¬
radamente
(3)
el
pensar
en
el
movimiento
que
ha
de
ejecutar¬
se;
en
el
modo
extremo
muscular
«no
piensa
del
todo»
(4)
en
la
señal,
sino
que
está
dispuesto
lo
más
posible
para
el
movi¬
miento.
Las
reacciones
musculares
son
mucho
más
breves
que
las
sensoriales,
siendo
la
diferencia
media
á
la
aproximación
de
una
décima
de
segundo.
Wundt
las
llama
«reacciones
abreviadas»,
y,
con
Lange,
admite
que
son
meros
reflejos;
mientras
que
llama
á
las
reacciones
sensoriales
«completas»
y
sostiene
su
concepción
primitiva
en
todo
lo
que
á
ellas
atañe.
Los
hechos
no
me
parecen,
sin
embargo,
garantizar
este
grado
de
fidelidad
á
la
posición
original
wundtiana.
Cuando
comen¬
zamos
á
reaccionar
de
una
mánera
«en
extremo
sensorial»,
Lange
dice
que
obtenemos
intervalos
de
tiempo
tan
dilatados,
([ue
deben
rechazarse
del
cálculo
como
no-típicos.
«Sólo
des-
rudimentarios.
El
sujeto,
por
im
esfuerzo
voluntario
(antes
de
que
se
dé
la
señal)
pone
las
líneas
de
la
comunicación
entre
el
centro
para
el
estimulo
y
el
centro
para
la
coordinación
de
los
movimientos,
en
un
estado
de
equilibrio
inestal)le.
Por
consiguiente,
cuando
un
impulso
nervioso
llega
al
centro
])rimerOj
causa
modificaciones
cerebrales
en.
dos
direcciones;
un
impiüso
se
mueve
á
lo
largo
de
la
corteza
y
des¬
pierta
allí
una
percepción
correspondiente
al
estimulo,
mientras
que
al
mismo
tiempo
un
impulso
sigue
una
línea
de
pequeña
resistencia
hasta
el
centro
para
la
coordinación
de
motivos,
y
el
propio
impulso
nervioso,
preparado
ya
y
esperando
la
señal,
se
envía
desde
el
centro
hasta
el
músculo
de
la
mano.
Cuando
la
reacción
ha
sido
efectuada
muchas
veces,
el
ijroceso
cerebral
íntegro
se
hace
automático,
"el
im¬
pulso
del
mismo
toma
el
camino
ya
trillado
para
el
centro
motor,
y
re¬
laja
el
impulso
motor».
(Mind.,
XI,
232-3).
Einalmente,
el
profesor
.
Li])ps,
ha
pulverizado,
en
su
forma
complicada,
la
opinión
do
que
el
estadio
3.®
envuelve
ó
percepción
consciente
ó
voluntkd
consciente.
(1)
Physiologischen
Fsychology,
3.^
edición
(1887),
vol.
II,
pág.
266.
(2)
Fhylosopische
Studien,
vol.
IV,
pág.
479
(1888).
(3)
Loco
citato,
pág.
488.
(4)
Loco
'citato,
pág.
487.
100
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
pues
que
el
reaccionador
lia
conseguido
por
la
práctica
repe¬
tida
y
consciente
realizar
una
coordinación
en
extremo
preci¬
sa
de
su
impulso
voluntario
con
la
impresión-de
sus
sentidos,
obtenemos
intervalos
que
pueden
considerarse
como
períodos
do
reacción
típicos
y
sensoriales»
(1).
Aliora
paréceme
que
es¬
tos
intervalos
excesivos
y
«no-típicos»
son
probablemente
los
intervalos
completos»
y
reales
los
únicos
en
los
cuales
ocu¬
rren
los
procesos
distintos
de
la
percepción
y
volición
actual.
El
tiempo
típico
sensorial
cjue
se
obtiene
por
la
práctica
es
probablemente
otra
clase
de
movimientos
reflejos,
menos
per¬
fectos
que
los
reflejos
preparados,
por
dirigir
la
atención
lia-
cia
el
movimiento
(2).
Los
intervalos
son
mucho
más
variables
en
la
forma
sensorial
que
en
la
muscular.
Las
varias
reacciones
musculares
difieren
xioco
una
do
otra.
Sólo
en
ellas
ocurre
el
fenómeno
do
reaccionar
sobre
una
señal
falsa,
ó
de
reaccionar
antes
de
la
señal.
Los
períodos
intei-nredios
entro
estos
dos
ti-
l)Os
ocurren
según
que
la
atención
deja
de
dirigirse
exclusiva¬
mente
á
uno
de
los
extremos.
Es
evidente
que
la
distinción
do
Lango
entro
los
dos
tipos
de
reacción
es
sobremanera
im¬
portante,
y
que
debe
aspirarse
al
extremo
método
muscular»,'
dando
á
la
vez
los
intervalos
más
breves'
y
los
más
constantes,
en
todas
las
investigaciones
comparativas.
El
período
muscu¬
lar
del
propio
Lange
ora,
por
término
medio,
de
0"123;
su
pe¬
ríodo
sensorial,
de
0"230.
Estos
experimentos
en
el
período
de
reacción
no
son,
pues,
en
manera
alguna,
medidas
de
la
rapidez
del
pensamiento».
Sólo
cuando
las
complicamos
hay
probabilidades
do
que
se
efectúe
algo
como
una
operación
intelectual.
Pueden
sor
com¬
plicados
de
varias
maneras.
La
reacción
puede
impedirse
has¬
ta
que
la
señal
ha
excitado
c.inscientemente
una
idea
clara
(el
período
de
diferenciación;
el
período
de
asoéiación
de
Wundt),
y
entonces
se
lleva
á
cabo.
O
puede
haber
una
variedad
de
señales
posibles,
cada
una
con
una
diferente
reacción
señala¬
da
á
ella,
y
el
reaccionador
puedo
vacilar,
aunque
esté
pre¬
parado.
La
reacción
apenas
parece
que
ocurriría
sin
un
re¬
conocimiento
y
elección
preliminar.
Veremos,
sin
embar¬
go,
en
los
capítulos
correspondientes,
que
la
diferenciación
y
(1)
Loco
citato,
i)ág.
489.
(2)
Langp
tiene
ana
liipótesis
interesante
en
enanto
al
proceso
(íerehral
contenido
en
él,
por
lo
cual
sólo
puedo
referirme
á
su
ensayo*
CONDICIONES
GENERALES
DE
LA
ACTIVIDAD
CEREBRAL
101
la
elección
contenidas
en
esa
reacción
son
muy
distintas
de
las
operaciones
intelectuales
que
ordinariamente
conocemos
con
estos
nombres.
Además,
el
simple
período
de
reacción
perma¬
nece
como
el
punto
inicial
de
todas
estas
complicaciones
so¬
breañadidas.
Es
el
fundamento
ñsiológico
constante
en
todas
las
medidas
del
tiempo.
Como
tal,
sus
propias
variaciones
tie¬
nen
interés,
y
en
breve
debe
pasársele
revista
(1).
El
período
de
reacción
varía
con
el
individuo
y
con
su
edad.
Un
individuo
puede
tenerlo
particularmente
dilatado
con
res¬
pecto
á
las
señales
de
un
sentido
(Buceóla:
Legye
del
Tempo,
pág.
147),
pero
no
de
otros.
Las
personas
viejas
y
poco
ilustra¬
das
tienen
un
período
de
reacción
muy
largo
(casi
un
segundo,
como
un
mendigo
anciano
observado
por
Exner:
Plügefs
Ar-
chiv.,
Vil,
612-614).
Los
niños
lo
tienen
largo
(medio
segundo;
Herzen
citado
por
Buceóla:
Obra
citada,
pág.
152).
práctica
lo
disminuye
en
una
cantidad
que
es
para
el
individuo
un
mi-
nimum,
más
allá
del
cual
no
puede
hacerse
otra
reducción.
El
peí
iodo
del
susodicho
pordiosero
se
redujo,,
después
de
mucha
práctica,
á
0.1866
de
segundo
{Loco
dtato,
pág.
626).
La
fatiga
lo
alarga.
La
concentración
de
la
atención
lo
disminuye.
Se
da¬
rán
detalles
en
el
capítulo
sobre
la
Atención.
La
naturaleza
de
la
señal
lo
hace
variar
(2).
Wundt
escribe:
\
(1)
El
lector
que
desee
saber
más
acerca
de
esta
cuestión
encon¬
trará
una
compilación
más
liel
de
todo
lo
que
se
ha
llevado
á
cabo,
junto
con
mucha
materia
original,
en
la
obra
de
Buceóla:
Legge
del
Tempo,
etc.
Véase
también
el
cap.
XVI
de
la
Psicología
fisiológica
de
Vundt,
Exner,
Hermann’s
Handhuey,
vol.
II,
parte
II,
págs.
252-280,
y
también
Ribot,
La
psicología
alemana
contemp^rómea,
cap.
VIII.
(2)
La
naturaleza
del
movimiento
parece
también
que
lo
hace
va¬
riar.
Mr.
Gilman
y
yo
reaccionamos
á
la
misma
señal
alzando
simple¬
mente
nuestra
mano
y
bajando
nuestra
mano
de
nuevo.
El
momento
registrado
fué
siempre
aquél
en
el
cual
la
mano
rompió
un
contacto
eléctrico
al
comenzar
á
moverse.
Pero
comenzaba
una
ó
dos
centési¬
mas
de
segundo
más
tarde,
cuando
el
movimiento
más
extenso
era
el
único
que
había
de
efectuarse.
Orschansky,
por
otra
parte,
expe¬
rimentando
sobre
las
contracciones
del
músculo
masetero,
encontró
(Archiv.
für
Anatomie
und
Physiologie,
pág.
187;
1889)
que
cuanto
ma¬
yor
era
la
amplitud
de
la
contracción
realizada,
más
breve
se
hace
el
período
de
reacción.
Explica
esto
por
el
hecho
de
que
una
contrac¬
ción
más
amplia
hace
mayor
llamamiento
á
la
atención,
y
que
ésta
acorta
el
intervalo.
102
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
«Encuentro
que
el
tiempo
de
reacción
para
impresiones
sobre
la
])iel
con
estímulo
eléctrico,
es
menor
que
para
las
verdaderas
sensaT
(dones
del
tacto,
como
demuestran
los
siguientes
promedios:
PROMEDIO
VAUIACKW
DKL
rnOMEDIO
Sonido..
0‘167
de
segundo
00‘221
do
segundo
Luz..
Sensación
eléctrica
de
0‘222
»
0ü‘2l9
la
epidermis.
0‘201
000‘115
Sensaciones
del
tacto..
•.
0‘213
(X)‘1.34
Aquí
van
adjuntos
los
promedios
qiio
han
sido
obtenidos
por
al¬
gunos
otros
observadores:
HIRSCH
HANKEL
*
EXNER
Sonido....'..
0‘149
0‘1505
0‘1360
Luz.
0‘200
0‘2246
0‘1506
Sensación
cutánea/.
0‘182
0‘1546
0‘1337
(1)
Las
reacciones
térmicas
han
sido
recién
medidas
por
Golds-
cheider
y
Vintschgan
(1886),
que
las
encuentra
más
lentas
que
las
reacciones
del
tacto.
Especialmente
la
del
calor
es
muy
len¬
to,
más
que
la
del
frío,
dependiendo
las
diferencias
(según
Groldscheider)
de
las
terminaciones
de
los
nervios
en
la
pieL
Las
reacciones
gustativas
fueron
medidas
por
Vintschgau.
Di¬
ferían
según
las
substancias
usadas,
ascendiendo
á
medio
se¬
gundo,
como
un
máximum,
cuando
tiene
lugar
la
identifica¬
ción.
La
mera
percepción
de
la
presencia
de
la
substancia
en
la
lengua
variaba
de
0"159
á
0"219
(Plügers
Archiv.,
XIV,
529).
Las
reacciones
olfatorias
han
sido
estudiadas
por
el
mismo
Vintschgau,
Buceóla
y
Beaunis.
Son
lentas,
ascendiendo
gene¬
ralmente
á
medio
segundo.
(Cf.
Beaunis:
Recherches
experimen¬
tales
sur
la
Activité
Cerehrale,
págs.
49
y
siguientes,
1884).
Se
observará
que
para
el
sonido
se
reacciona
más
prontamente
(1)
Physiologischen
Fsychology,
II,
223.
CONDICIONES
GENERALES
DE
LA
ACTIVIDAD
CEREBRAL
103
(liiG
\&
vista
Ó
el
taeto.
El
gusto
y
el
olfato
son
más
lentos
qne
ambos.
Un
individuo
que
reacciona
al
tacto
en
la
punta
de
la
lengua
en
0"125,
tarda
0"993
en
reaccionar
sobre
tacto
de
la
(juinina
aplicada
al
mismo
sitio.
En
otro,
en
la
base
de
lengua,
siendo
la
reacción
al
tacto
de
0"141,
la
del
azúcar
fue
0"552.
I
Vintscligau,
citado
por
Buceóla:
Obra
citada,
pág.
103).
Buceó¬
la
encontró
que
la
reacción
á
los
olores
variaban-
de
0"334
á
Ü"G81,.
según
el
perfume
usado
y
el
individuo.
La
intensidad
de
la
señal
determina
una
diferencia.
Cuanto
más
intenso
es
el
estímulo,
más
breve
es
el
intervalo.
Herzen
(Oncndlinien
einer
allgemeinen
Psychophysiologie,
pág.
101)
comparó
la
reacción
de
un
callo
sobre
el
dedo
del
pie
con
la
de
la
piel
de
la
mano
del
mismo
sujeto.
Los
dos
sitios
fueron
simultáneamente
estimu¬
lados,
y
el
sujeto
trató
de
reaccionar
simultáneamente
con
ambas
manos
y
ambos
pies,
pero
los
pies
siempre
andaban
más
ligeros.
Cuando
se
tocaba
la
piel
sana
del
pie
en
vez
del
callo,
-era
la
mano
la
que
siempre
reaccionaba
primeramente.
Vundt
trata
de
demostrar
que
cuando
la
señal
se
liace
clara¬
mente
perceptible,
el
tiempo
es
probablemente
el
mismo
en
todos
los
sentidos,
á
saber:
de
0.332"
(Physiologischen
Psycho-
logy,
2."”
edición,
II,
224).
Cuaado
la
señal
es
de
tacto,
el
lugar
al
cual
se
aplica
deter¬
mina
una
diferencia
en
el
intervalo
de
reacción
resultante.
Hall
y
Kries
(Archiv.
für
Anato^nie
und
Physiologie,
1879),
encontra¬
ron
que
cuando
el
sitio
era
la
punta
del
dedo,
la
reacción
era
más
breve
que
cuando
se
empleaba
la
mitad
del
brazo
infe¬
rior,
á
pesar
de
la
mayor
magnitud
del
tronco
nervioso
que
lia
de
atravesarse
en
el
último
caso.
Este
descubrimiento
anula
las
medidas
de
la
rapidez
cte
la
transmisión
de
la
corriente
en
los
nervios
humanos,
porquei
están
basadas
todas
en
el
método
de
comparar
los
intervalos
de
reacción
por
los
sitios
que
es¬
tán
cerca
de
la
riiíz
y
cerca
de
la
extremidad
.de
un
miembro.
Los
mismos
observadores
encontraron
que
las
señales
vistas
por
la
periferia
de
la
retina,
daban
intervalos
mayores
que
las
mismas
señales
vistas
por
la
visión
directa.
La
estación
marca
diferencias,
siendo
el
intervalo
algunas
centésimas
de
segundo
más
breves
en
los
días
fríos
del
invierno.
(Vintschgau
apud
Exner;
Hermann’s
Handhuch,
pág.
270j.
Los
tóxicos
alteran
el
tiempo.
El
café
y
el
té
parecen
disminuirlo.
Pequeñas
do¬
sis
de
vino
y
alcohol
lo
abrevian
primero
y
luego
lo
aumen¬
tan;
pero
el
estadio
de
mengua
tiende
á
desaparecer
si
se
da
104
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
inmodiátamente
una
frraii
dosist
Ésta,
al
monos,
os
la'informa-
cióii
de
Iqs
dos
observadores
alemanes.
El
Dr.
Warren,
cuyas
observaciones
son
más
completas
que
todas
las
anteriores,
no
encontró
efectos
muy
determinados
por
las
dosis
ordinarias.
(Journal
of
Physiology,
Vlll,
Bll).
La
morfina
alarga
el
inter¬
valo.
El
amilnibuto
lo
alarga,
pero
después
de
la
inhalación
puede
descender
á
monos
de
lo
normal!
El
éter
y
el
clorofor¬
mo
lo
dilatan
(para
auforidades,
etc.,
véase
á
Buceóla:
Obra
citada,
pág.
189),
Ciertos
estados
enfermizos
dilatan
natural¬
mente
el
intervalo.
El
éxtasis
hipnótico
no
produce
efecto
constante,
pues
unas
voces
lo
acorta
y
otras
lo
alarga.
(Hall:
Mind,
VIH,
170;
James:
Proc.
American
Soci'ety
for
Psijchical
Rcsearches,
pág.
24G),
El
tiempo
empleado
en
inhibir
un
movi¬
miento
(por
ejemplo,
en
hacer
que
cese
la
contracción
de
los
músculos
de
la
quijada)
parece
ser
aproximadamente
el
mis¬
mo
que
se
tarda
en
producirlo.
(Grad:
Archiv.für
Anatomie
und
Physiologie,
pág.
408;
1887;
Orchaúsky:
Ihidem,
1885,
1889/.
Una
gran
labor
se
ha
llevado
á
cabo
en
calcular
el
intervalo
de
reacción;
de
ella
sólo
cito
una
pequeña
parte.
Es
una
espe¬
cie
de
trabajo
que
atrae
particularmente
á
los
espíritus
pa¬
cientes
y
exactos,
y
no
han
dejado
de
aprovechar
la
ocasión.
Esfuerzo
sanguíneo
cerebral.
El
punto
siguiente
que
ha
de
ocupar
nuestra
atención
es
el
cambio
de
circulación
que
acoynpdña
á
la
actividad
cereby'al.
Todas
las
partes
de
la
corteza,
cuando
son
excitadas
eléctrica¬
mente,
producen
á
la
vez
alteraciones^de
respiración
y
de
cir¬
culación.
La
presión
de
la
sangre
se
eleva
en
todo
el
cuerpo,
donde
quiera
que.se
aplique
la
irritación
cortical,
aunque
la
zona
motora
es
la
región
más
sensitiva
para
este
objeto.
Por
otra
parte,
la
corriente
debe
ser
bastante
impetuosa
para
que
so
produzca
un
ataque
epiléptico
(1).
La
lentitud
y
la
celeri¬
dad
de
los
latidos
del
corazón
se
han
observado
también,
y
son
independientes
del
fenómeno
vaso-constrictivo.
Mosso,
usan-
(1)
PranQois
Fraiick:
Fonction
Motrices;
Le
90
u
XXII.
'
'
4
;
CONDICIONES
GENERALES
DE
LA
ACTIVIDAD
CEREBRAL
105
do
SU
ingenioso
«•pletismógraíb
»
como
indicador,
ha
descu¬
bierto
que
el
refuerzo
sanguíneo
en
los
brazos
disminuye
du¬
rante
la
actividad
intelectual,
é
indagó,
además„que
la
tensión
arterial
(tal
como
la
revela
el
esfismógrafo)
aumentaba
en
es¬
tos
miembros.
Una
emoción
tan
ligera
como
la
producida
pol¬
la
entrada
del
profesor
Ludwig
en
el
laboratorio
era
instan¬
táneamente
seguida
por
un
encogimiento
de
brazos
(Ij.
El
ce¬
rebro
mismo
es
un
órgano
excesivamente
vascular,
una
es¬
ponja
llena
de
sangre,
en
realidad;
y
otro
de
los
inventos
do
Mosso
demostraba
que
cuanto
menos
sangre
elitra
en
los
bra¬
zos,
más
entra
en
la
cabeza.
El
sujeto
que
había
de
observar¬
se
yacía
en
una
mesa
que
se
balanceaba
suavemeilte,
que
hacía
moverse
á
la
cabeza
ó
á
los
pies,
si
el
peso
de
una
ú
otra
extre-
Fig.
24.
midad
aumentaba.
Comenzado
en
el
sujeto
el
momento
emocio¬
nal
ó
la
actividad
intelectual,
venía
el
balanceo
por
el
extremo
donde
se
apoyaba
la
cabeza,
á
consepuencia
de
la
distribución
de
la
sangro
en
su
sistema.
Pero
la
mejor
prueba
del
aflujo
in¬
mediato
al
cerebro
durante
la
actividad
mental,
se
debe
á
las
observaciones
de
Mosso
sobre
tres
personas
cuyo
cerebro
había
quedado
al
descubierto
por
lesión
del
cráneo.
Por
medio
del
aparato
descrito
en
su
libro
(2)
este
fisiólogo
se
puso
en
condi¬
ciones
de
calcular
la
pulsación
del
cerebro
directamente.
La
presión
intracraneaí
de
la
sangre
se
elevaba
inmediatamente,
siempre
que
se
hablaba
al
sujeto,
ó
cuando
éste
comenzaba
á
pensar
activamente,
como
al
resolver
un
problema
en
aritmó-
^
'
\
(1)
La
Paura,
pág.
117
(1884).
(2)
Ueber
den
Kreislanf
des
Blutes
in
Menschlichen
Gehirn,
cap.
II
(1889).
La
introducción
da
la
historia
de
nuestro
conocimiento
inte¬
rior
del
asunto.
106
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
tica
mental.
Mosso
da
en
su
obra
un
gran
número
de
reproduc¬
ciones
de
bosquejos
que
demuestran
la
instantaneided
del
cam¬
bio
del
refuerzo
sanguíneo,
siempre
que
la
actividad
mental
fue
avivada
por
cualquier
otra
causa,
intelectual
ó
emocional.
Refiere
de
su
sujeto
liembrá
que
un
día,
mientras
calculaba
la
pulsación
de
su
cerebro,
observó
un
ascenso
súbito
sin
nin¬
guna
causa
aparente,
exterior
ni
interior.
No
obstante,
le
con¬
fesó
después
que
por
el
momento
había
tenido
la
visión
do
un
cráneo
sobro
la
punta
de
un
mueblo
en
la
habitación,
y
que
esto
lo
había
dado
una
ligera
emoción.
Las
fluctuaciones
del
refuerzo
sanguíneo
en
el
cerebro
fue¬
ron
indoxiondiontes
do
los
cambios
respiratorios
(1),
y
seguían
al
aceleramiento
de
la
actividad
mental
casi
inmediatamente.
Debemos
suponer
un
arreglo
muy
delicado
por
donde
la
cir¬
culación
subviene
á
las
exigencias
do
la
actividad
cerebral.
La
sangro
puedo
afluir
muy
bien
á
cada
región
de
la
corteza,
se¬
gún
que
es
más
activa,
pero
de
esto
nada
sabemos.
Apenas
ne¬
cesito
decir
que
la
actividad
do
la
materia
nerviosa
os
el
fenó¬
meno
primario,
y
el
aflujo
de
la
sangre
su
consecuencia
secun¬
daria.
Muchos
escritores
populares
hablan
como
si
ocurriese
lo
cqntrario,
y
como
si
la
actividad
mental
fuese
debida
á
la
afluencia
do
la
sangro.
Poro,
como
lia
dicho
muy
bien
el
pro¬
fesor
H.
N.
Martín,
«osa
creencia
no
tiene
fundamento
fisio¬
lógico;
es
directamente
opuesta
á
todo
lo
que
sabemos
de
la
vida
celular»
(2).
Una
congestión
patológica
crónica
puede
te¬
ner
consecuencias
secundarias,
es
cierto,
pero
las
congestiones
primarias
que
hemos
considerado
siguen
á
la
actividad
de
las
células
cerebrales
pór
un
mecanismo
vaso-motor
reflejo
y
adaptado,
indudablemente
tan
complicado
como
el
que
armo¬
niza
el
refuerzo
sanguíneo
con
la
acción
celular
en
cualquier
músculo
ó
glándula.
Do
los
cambios
en
la
circulación
cerebral
cíurante
el
sueño,
yo
hablaré
en
el
capítulo
(^ue
trata
de
ese
asunto.
(1)
En
esta
conclusión,
Gley
(Archives
de
Physiologie,
pág.
742;
1881)
conviene
con
el
profesor
Mosso.
Gley
encontró
que-los
latidos
de
su
pulso
se
elevaban
á
1-3,
([ue
sus
carótidas
se
dilataban
y
su
ar¬
teria
radial
se
contraía
durante
su
ardua
labor
ínental.
(2)
Address
hefore
Medicinal
and
Chirurg
Society
of
Mariland;
1879.
CONDICIONES
GENERALES
DE
LA
ACTIVIDAD
CEREBRAL
107
Termometria
cerebral.
La
actividad
cereh'dí
parece
acompañada
por
una
disminución
local
de
calor.
La
obra
cuidadosa
más
reciente
en
esta
direc¬
ción
fue
la
del
Dr.
J.
S.
Lombard
en
18G7,
Los
últimos
resul¬
tados
incluyen
los
registros
do
unas
60.000
observaciones
(1
}
.
Notaba
los
cambios
en
delicados
termómetros
y
pilas
eléctri¬
cas
colocadas
frente
al
cráneo
en
los
seres
humanos,
y
encon¬
tró
que
cualquier
esfuerzo
intelectual,
tal
como
el
de
calcular,
componer
ó
recitar
poesía
en
silencio
ó
en
voz
alta,
y
especial¬
mente
que
la
excitación
emocional,
tal
como
la
cólera,
causa¬
ba
una
subida
general
dé
temperatura,
que
rara
vez
excede
de
un
grado
de
Fahrenlieit,
La
subida
fue
en
la
mayoría
do
los
casos
más
marcada
en
la
región
media
del
cerebro
que
en
cualquier
otra*.
Es
extraño;
pero
fue
mayor
al
recitar
la
poe¬
sía
silenciosamente
(lue
en
otra
forma.
La
explicación
del
l)r.
Lombard
es
que
«en
la
recitación
interna
una
porción
adicional
de
energía,
que
en
la
recitación
en
alta
voz
se
con¬
virtió
en
fuerza
nerviosa
y
muscular,
aparece
ahora
como
calor»
(2).
Yo
indicaría
más
bien,
si
debemos
tener
una
teo¬
ría,
que
el
exceso
do
calor
en
la
recitación
á
sí
mismo
se
debe
á
procesos
inhibitorios
que
faltan
cuando
recitamos
en,
voz
alta.
En
el
capítulo
sobre
la
Voluntad
veremos
que
el
simple
proceso
central
consiste
en
hablar
cuando
pensa¬
mos;
el
pensar
silenciosamente
contiene
una
restricción
por
añadidura.
En
1870,
el
infatigable
Schiff,
abordó
el
asunto,
'
experimentando
sobre
perros
y
gallinas
vivas,
hundiendo
agujas
termo-eléctricas
en
la
substancia
de
su
cerebro,
para
eliminar
errores
posibles
de
modificaciones
vasculares
en
la
piel
cuando
los
termómetros
se
habían
colocado
sobre
el
crá¬
neo.
Después
que
se
establecía
el
hábito,
probó
á
los
anima-
(1)
Véase
su
libro:
Experimental
Besearches
on
the
Regional
Tem-
perature
oftJie
Head.
(Londres,
1879).
(2)
Loco
citato,
pág.
195.
i
i
114
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
dades
llamadas
funcionales
parecen
conservarse
simplemente
X^orqué
ocurre
que
han
comenzado
una
vez;
y
cómo
la
deten¬
ción
forzosa
de
alft-unos
ataques
por
la
medicina
es
muchas
veces
suficiente
para
jioner
las
fuerzas
fisiológicas
en
condi¬
ciones
do
tomar
do
nuevo
posesión
del
campo,
y
en
retrotraer
los
órganos
á
las
funciones
de
salud.
Las
epilepsias,
las
neural¬
gias
y
las
afecciones
convulsivas
de
varias
clases,
los
insom¬
nios,
son
otros
tantos
casos.
Y
para
tomar
lo
que
son
hábitos
más
obviamente;
el
éxito
con
que
un
tratamiento
de
«destete
>
puede
aplicarse
muchas
veces
á
las
^
víctimas
de
la
insana
in¬
dulgencia
de
la
pasión
ó
de
la
mera
complacencia,
ó
de
la
dis¬
posición
irascible,
nos
demuestra
cuánto
las
mismas
manifes¬
taciones
mórbidas
se
deben
á
la
mera
inercia
de
los
órganos
nerviosos
cuando
una
voz
se
introduce
uno
por
un
camino
falso.
¿Podemos
formarnos
aliora
una
noción
de
lo
que
pueden
ser
los
cambios
físicos
interiores
en
órganos
cuyos
hábitos
han
entrado
así
en
nuevos
ícaminos?
En
otras
iialabras,
¿podemos
decir
x>recisamente
qué
hechos
mecánicos
encubre
la
expre¬
sión,
«^cambio
de
hábito»,
cuando
se
aplica
á
un
sistema
ner¬
vioso?
Seguramente
no
podemos
de
una
manera
minuciosa
ó
definida.
Pero
nuestra
usual
costumbre
científica
de
interpre¬
tar
ocultos
acontecimientos
musculares,
según
la
analogía
de
los
hechos
exteriores
y
visibles,
nos
pono
en
condiciones
do
forjar
fácilmente
un
escxuoma
abstracto
y
general
á
que
los
cambios
físicos
en
cuestión
pueden
ser
semejantes.
Y
una
vez
que
se
ha
establecido
la
posibilidad
de
alguna
especio
de
inter¬
pretación
mecánica,
la
Ciencia
Mecánica,
en
su
estado
actual,
no
vacilará
en
poner
su
marca
de
propiedad
sobre
el
asunto,
sintiendo
seguramente
que
sea
sólo,
una
cuestión
do
tiempo
que
la
exacta
explicaci(^n
mecánica
del
cdso
no
se
haya
encon¬
trado.
Si
los
hábitos
se
deben
á
la
plasticidad
de
los
materiales,
á
los
agentes
exteriores,
podemos
comprender
inmediatamente
á
qué
influencias
exteriores
es
plástica
la
materia
cerebral,
si
lo
es
á
alguna.
No
á
presiones
mecánicas
ni
á
cambios
terma¬
les,
ni
á
ninguna
do
las
fuerzas
á
que
todos
los
demás
órganos
do
nuestro
cuerpo
están
expuestos,
porque
la
naturaleza!
ha
envuelto
cuidadosamente
nuestro
cerebro
y
nuestra
médula
espinal
en
cofres
huesosos,
donde
no
j)ueden
penetrar
influen¬
cias
de
éste
género.
Las
ha
hecho
flotar
en
el
fluido,
de
suerte
HÁBITO
115
que
sólo
los
golpes
más
fuertes
les
puedan
causar
una
contu¬
sión,
y
las
ha
manteado
y
enrollado
de
una
manera
completa¬
mente
excepcional.
Las
únicas
impresiones
que
pueden
obrar
sobre
ellas
son
las
procedentes
de
la
sangre,
por
una
parte,
y
de
las
raíces
sensoriales
de
los
nervios
por
otra;
y
á
las
corrien¬
tes
infinitamente
atenuadas
que
penetran
á
través
de
estos
úl¬
timos
conductos,
es
á
las
que
la
corteza
hemisférica
demues¬
tra
ser
tan
peculiarmente
susceptible.
Las
corrientes,
una
vez
dentro,
deben
encontrar
un
camino.
Al
salir
dejan
vesti¬
gios
en
los
cónductos
que
siguieron.
Lo
único
que
pueden
ha¬
cer,
en
resumen,
es
ahondar
los
antiguos
conductos
ó
hacer
al¬
gunos
nuevos;
y
la
plasticidad
íntegra
del
cerebro
se
conden¬
sa
en
dos
palabras
cua'ndo
lo
llamamos
un
órgano
en
que
las
corrientes
que
penetran
desde
los
órganos
de
los
sentidos,
ha¬
cen
con
facilidad
extrema
conductos
que
no
desaparecen
fácil¬
mente.
Porque,
como
es
natural,
un
simple
hábito,
como
cual¬
quier
otro
hecho
nervioso
(la
costumbre
de
hablar
gangoso,
por
ejemplo,
ó
la
de
meter
las
manos
en
los
bolsillos,
ó
la
de
morderse
la
uñas),
es,
mecánicamente,
nada
más
que
una
des¬
carga
refleja,
y
su
substrato
anatómico
debe
ser
un
conducto
en
el
sistema.
Los
hábitos
más
complejos,
como
veremos
aho¬
ra
más
plenamente,
son,
desde
el
mismo
punto
do
vista,
nada
más
que
descargas
áoncatenadas
en
los
centros
nerviosos,
debi¬
das
á
la
presencia
de
sistemas
de
conductos
reflej
os,
de
tal
ma¬
nera
organizados,
que
se
excitan
uno
á
otro
sucesivamente,
sirviendo
la
impresión
producida
por
una
musculal’
contrac-
-ción
como
estímulo
para
provocar
la
siguiente,
hasta
(¿ue
una
impresión
ñnal
intercepta
el
proceso
y
cierra
la
cadena.
El
único
jiroblema
mecánico
difícil
es
explicar
la
formación
dé
novo
de
un
simple
reflej
o
ó
conducto
en
un
sistema
nervioso
jireexistente.
Aquí,
como
en
tantos
otros
casos,
es
sólo
elj?re-
mier
qui
coúte
(1).
Para
el
sistema
nervioso
íntegro
no
hay
nada
más
que
un
sistema
de
conductos
entre
un
terminus
ad
quo
sensorial
y
un
tevminus
ad
quem
muscular,
glandular
ó
de
otra
clase.
Una
voz
atravesado
un
conducto
por
una
corriente
nerviosa
puede
esperarse
que
siga
la
ley
de
la
mayoría
de
los
conductos
que
conocemos
y
que
se
socave
y
se
haga
más
per-
(1)
Eli
francés,
en
el
texto
inglés,
sólo
«es
el
primer
paso
el
que
puesta».—
T
r.
116
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
meable
que
antes
(1),
y
esto
debe
repetirse
con
cada
nuevo
tránsito
de
la
corriente.
Aunque
al
principio
puedan
formar¬
se
obstrucciones
al
conducto,
serán
desvanecidas
poco
á
poco,,
y
cada
vez
más,
hasta
que'al
fin
se
convierte
en
un
canal
de
desagüe
natural.
Esto
es
lo
que
ocurre
donde
ni
el
sólido
ni
el
líquido
pasa
por
el
sendero;
no
parece
haber
razón
para
que-
no
suceda
donde
la
cosa
que
pasa
es
una
mera
onda
de
regre¬
sión
en
la
materia
que
no
se
muda,
sino
que
únicamente
cam¬
bia
químicamente
ó
se
convierte
de
lugar
ó
vibra
á
través
de
la
línea.
Las
opinioncp
más
plausibles
sobre
la
corriente
ner¬
viosas
la
hacen
ser
el
tránsito
de
una
onda
de
regresión
como
ésta.
Si
sólo
una
parte
de
la
materia
del
conducto
consistiese
en
«rearreglarse»,
permaneciendo
inehtes
las
partes
vecinas,,
es
fácil
ver
cómo
podría
oponerse
á
su
inercia
una
fricción
que
hiciese
romper
y
dominar
muchas
pndas
do
rearreglo.
Si
lla¬
mamos
al
mismo
sendero
«el
órgano»
y
á
la
onda
de
regresión
«la
función»,
entonces
os
obviamente
ocasión
de
repetir
la
ce¬
lebrada
fórmula
francesa
de
La
fonction.
fait
Vorgane
«La
función
hace
el
órgano».
*
Así,
nada
es
más
fácil
que
imaginarse
cómo
una
vez
que
una
corriente
ha
atravesado
un
conducto
lo
atravesaría
toda-
■
^ía
más
fácilmente
una
segunda
vez.
Pero
¿qué
lo
hizo
atra¬
vesarlo
la
primera
vez?
(2)
Al
responder
á
esta
cuestión
sólo
podemos
remitir
á
nuestra
concepción
general
de
un
sistema
nervioso
como
una
masa
rl
e
materia
cuyas
partes,
constante¬
mente
cónservadas
en
estados
de
tensión
diferentes,
están
ten¬
diendo
constaní;emente
á
igualar
sus
estados.
La
igualización
entre
dos
puntos
cualesquiera
por
los
cuales
pueda
ser
más-
permeable
en
el
momento.
Pero
como
un
punto
dado
del
siste¬
ma
puede
pertenecer,
actual
ó
potencialmente,
á
muchos
con-
(1)
Algunos
conductos,
para
ser
seguros,
son
aislados
por
cuer¬
pos
qiie
se
mueven
á
través
de
ellos
bajo
una
presión
demasiado
fuer¬
te
y
se
hace
impenetrable.
Desdeñamos
estos
casos
especiales.
(2)
No
podemos
decir
la
voluntad,
porque
aunque
muchos,
y
aca¬
so
la
mayoría
de
los
hábitos
humanos
fuesen
acciones,
una
vez
vo¬
luntarias,
ninguna
acción,
como
veremos
en
un
capítulo
posterior,
puede
serlo
primariamente.
Mientras
que
una
acción
habitual
puede-
haber
sido
una
vez
voluntaria,
la
acción
voluntaria
debe
haber
sido-
antes
de
eso,
al
menos
una
vez,
impulsiva
ó
refleja.
Es
esta
la
prime¬
ra
aplicación
de
todo
lo
que
exponemos
en
el
texto.
HÁBITO
117
ductos
diferentes,
y
como
el
ejercicio
de
la
nutrición
está
suje¬
to
á
cambios
accidentales,
pupden
ocurrir
de
cuando
en
cuando
que
se
interpondrány
que
las
corrientes
vayan
por
líneas
desusadas.
Esa
línea
desusada
sería
un
conducto
recién
_
f
ormado,
que,
si
se
atravesase
rápidamente,
pudiera
Herrará
ser
el
principio
de
un
nuevo
arco
reflejo.
Todo
esto
es
vago
en
sumo
grado,
y
se
reduce
á
poco
más
que
á
decir
que
un
nuevo
sendero
puede
formarse
por
la
clase
de
contingencias
que
pue¬
blan
ocurrir
en
el
material
nervioso.
Pero,
vago
como
es,
es
realmente
la
última
palabra
de
nuestra
sabiduría
en
osa
ma¬
teria
(Ij.
Debe
indicarse
que
el
desarrollo
de
la
ihoditicación
estruc¬
tural
en
la
materia
viviente
puede
ser
más
rápido
que
en
cualquier
masa
inerte,
porque
la
incesante
renovación
nutri¬
tiva
de
la
cual
es
el
sitio
la
materia,
tiende
muchas
veces
á
corroborar
y
lijar
la.
modificación
impresa,
más
bien
que
á
contrahacerla
renovando
la
constitución"
original
del
tejido
que
se
ha
impresionado.
Así,
pues,
después
de
ejercitar
nues¬
tros
músculos
ó
nuestro
cerebro
de
una
manera
nueva,
nos
da¬
mos
cuenta
de
que
no
podemos
hacerlo
más
en
esa
ocasión;
pero
después
de
un
día
ó
dos
de
reposo,
cuando
repetimos
la
disciplina,
nuestro
aumento
de
habilidad
nos
sorprende
mu¬
chas
veces.
En
repetidas
ocasiones
he
observado
eáto
al
apren-
<ler
un
tono,
y
ello
ha
llevado
a
decir
á
un
autor
alemán
que
aprendemos
á
nadar
durante
el
invierno
y
á
patinar
durante
el
verano.
El
Dr.
Carpenter
escribe
(2);.
(1)
Los
que
deseen
una
fórmula
más
definida
pueden
consultar
á
Fiske:
Cosmic
Fhilosopliij,
vol.
II,
págs.
142-146,
y
á
Spencer:
Prin-
áples
of
Biology,
secciones
302
y
303,
y
la
parte
titulada
Fhysical
Syyithesis
de
sus
Frinciples
of
Fsychology.
Mr.
Spencer
trata,
no
sólo
de
demostrar
cómo
pueden
surgir
nuevas
acciones
en
el
sistema
ner¬
vioso
y
forman
allí
dentro
nuevos
arcos
reflejos,
sino
también,
como
el
tejido
nervioso
puede
ser
actualmente
limitadó
por
el
tránsito
de
nuevas
ondas
de
transformación
esométrica
á
través
de
una
masa
ori¬
ginalmente
indiferénte.
No
puedo
menos
de
pensar
que
los
datos
de
Spencer,
bajo
una
gran
apariencia
de
precisión,
encubren
vaguedad
é
improbabilidad,
y
hasta
contradición
interna.
(2)
Mental
Fhysiology,
págs.
339-345
(1874).
118
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
«Es
cuestión
de
experiencia
niiiversal
qiie
toda
clase
de
práctica
de
aptitudes
especiales,
es
á
la
vez
mucho
más
eficaz
y
deja
impresión
más
permanente
cuando
se
ejerce
en
el
organismo
qiie
se
está
desarro¬
llando,
que
cuando
prodxice
su
efecto
sobre
el
adulto.
El
efecto
de
esa
práctica
se
manifiesta
en
la
tendencia
del
órgano
á
desarrollarse
según
el
modo
en
que
se
ejerce
habitxxalmente;
como
se
evidencia
por
el
tamaño
y
vigor
crecientes
de
particulares
clases
de
músculos,
y
la
flexibilidad
extraordinaria
de
las
articulaciones,
que
se
han
adquiri¬
do
por
haberse
ejercitado
en
los
actos
gimnásticos.
No
hay
parto
del
organismo
del
hombre
en
que
la
actividad
reconstructiva
sea
tan
grande,
durante
todos.los
periodos
de
la
vida,
como
lo
es
en
la
subs¬
tancia
ganglional
del
cerebro.
Esto
está
indicado
por
el
enorme
re¬
fuerzo
de
sangre
que
recibe.Es,
por
otra
parte,
un
hecho
de
gran
significación
qxxe
la
substancia
nerviosa
se
distingue
'especialmente-
por
su
poder
reparativo.
Porque,
mientras
las
lesiones
de
otros
teji¬
dos
(como
los
musculares),
que
se
distinguen
por
la
especialidad
de
su
estrixctura
y
facultades,
se
reparan
por
la
substancia
de
un
tipo
espe¬
cializado,
las
de
la
sxibstancia
nerviosa
se
reparan
por
una
reprodxic-
ción
completa
del
tejido
normal;
como
se
evidencia
en
la
sensibilidad
de
la
piel
recién
formada
que
cubre
xina
herida
abierta,
ó
en
el
reco-
bramiepto
de
la
sensibilidad
de
xin
jxedazo
de
])iel
trasplantada,
que
por
algún
tiempo
se
ha
hecho
insensible
por
la
interrixpción
completa
de
la
continuidad
de
sus
nervios.
El
ejemplo
más
notable
de
esta
re-
])roducción
lo
proporcionan,
sin
embargo,
los
resultados
de
los
expe¬
rimentos
de
Brown-Séquard
(1)
sohre
la
restauración
gradual
ide
la
actividad
funcional
de
la
médula
espinal
después
de
su
división
com¬
pleta;
qxxe
tiene
lugar
de
una
manera
que
ináicKwna
reproducción
del
conjunto,
ó
ía
parte
inferior
de
la
médula
y
de
los
nervios
que
proce¬
den
de
ella,
más
bien
que
una
mera
reunión
de
superficies
divididas»
Esta
reproducción
no
es
más
que
una
manifestación
especial
del
cam¬
bio
reconstructivo
que
se
está
efectuando
siempre
en
el
sistema
ner¬
vioso;
no
siendo
menos
evidente
á
los
ojos
de
la
razón
que
el
«sobran¬
te»
ocasionado
por
su
actividad
funcional
debe
repararse
constante¬
mente
por
la
producción
do
nuevo
tejido,
que
lo
es
á
los
ojos
de
los
^
sentidos
que
tal
reparación
suplen
xuia
pérdida
^ctual
de
substancia
por
enfermedad
ó
por
lesión.
Ahora
bien;
en
esta
constante
y
activa
reconstrucción
del
sistem?^
nervioso,
reconocemos
una
conformidad
más
marcada
con
,el
plan
general
manifestado
en
la
nutrición
del
or¬
ganismo
en
conjunto.
Porque,
en
primer
lugar,
es
evidente
que
hay
una
tendencia
á
la
producción
de
un
tipo
determinado
de
estructura;
(1)
Véase
además
á
Masius
en
los
Archives
de
Biolo^ie,
de
Var»
Benedenz
y
Van
Bambeke,
vol.
I.
(Liége,
1880).
(Esta
nota
np
es
de
Carpenter,
sino
de
James).—
T
r.
HÁBITO
119
tipo
qne
nniclias
veces
iio
es
únicamente
el
de
la
especie,
sino
alguna
modificación
especial
de
éste
(pie
caracteriza
á
uno
ó
á
ambos
de
los
progenitores.
Pero
este
tipo
está
peculiarmente
propenso
á
la
modi-
ticación
durante
el
primer
período
de
la
vida;
en
el
cual
la
actividad
funcional
del
sistema
nervioso
(y
particularmente
del
cerebro)
es
('xtraordinariamente
grande,
y
el
proceso
reconstructivo
propbrcio-
nalniente
activo.
Y
esta
modificabilidad
se
expresa
en
la
formación
del
mecanismo
por
el
(mal
llegan
á
establecerse
estos
modos
de
movi¬
miento
secundariamente
automáticós,
qxie,
en
el
hombre,
ocupan
el
puesto
de
los
(pie
son
congénitos
en
la
mayoría
de
los
animales
infe¬
riores
á
él;
y
estos
rpodos
de
percepción
sensorial
llegan
á
ser
adqui¬
ridos,
cuando
en
cualquier
otro
caso
son
claramente/
instintivos.
Por-
(pie
no
puede
haber
duda
razonable
de
(pie,en
ambos
casos,se
desarro¬
lla
un
mecanismo
nervioso
en
el
curso
de
esta
educación
de
sí
propio,
(correspondiente
á
la
que
los
animales
inferiores
heredan
de
sus
pa¬
dres.
El
plan
del
proceso
reconstructivo,
que
es
necesario
para
con¬
servar
la
integridad
del
organismo
generalmente,
y
que
entra
con
peculiar
actividad
en
esa
porción
de
él,
está
así
siendo
iucesan-
■
teniente
modificada;
y
de
esta
manera
toda
esa
porción
de
él
que
sir¬
ve
á
la
vida
externa
de
sentido
y
movimiento
(pie
el
hombre
conipar-
'
te
con
el
reino
animal,
se
convierte
en
la
edad
adulta
en
la
expresión
de
los
hábitos
(pie
el
individuo
ha
adipiirido
durante,
el
período
de
crecimiento
y
desarrollo.
De
estos
hábitos,
algunos
son
comunes
á
la
raza
generalmente,
mientras
que
otros
son
peculiares
al
indivi¬
duo;
los
del
primer
género
(como
el
andar
de
pie)
son
universalmen¬
te
a(lquiri(lo,s,
á
no
ser
cuando
la
incapacidad
física
lo
impide;
mien¬
tras
que
para
los
últimos
se
necesita
un
ejercicio
especial,
que
es
generalmente
más
eficaz
cuanto
más
pronto
se
ha
comenzado:
como
se
ve
notablemente
en
el
c^so
de
tales
hechos
cómo
requieren
una
educación
conjunta
de
las
facultades
perceptivas
y
de
las
moto¬
ras.
Y
cuando
se,
desarrolla
así
durante
el
período
de
crecimiento,
de
tal
suerte
que
se
hayan
convertido
en
una
parte
de
la
constitución
del
adulto,
el
mecanismo
adiiuirido
se
conserva
desde
entonces’en
el
curso
ordinario
de
las
operabiones
nutritivas,
d(i
suerte
que
esté
dis¬
puesto
para
el
uso
cuando
sea
evocado,
aun
después
de
la
dilatada
inacción.
Lo
que
es
cierto
tan
claf-amente
del
aparato
nervioso
de
la
''
vida
animal,
no
pueie
menos
de
ser
cierto
dedo
que
ayuda
á
la
acti¬
vidad
automática
del
espíritu.
Porque,
como
se
ha
demostrado
ya,
el
estudio
do
la
psicología
no
ha
dado
otro
resultado
cierto
sinp
(jue
hay
uniformidades
de
acción
mental
que
son
tan
enteramente
conforma-
bles
á
las
de
la
acción
corporal,
que
indican
su
íntima
relación
con
un
mecanismo
de
pensamiento
y
de
sentimiento,
obrando
ba;jo
idénticas
condiciones
que
el
del
sentimiento
y
del
movimiento.
Los
principios
psíquicos
de
asodación
y
los
principios
fisiológicos,
expresan
simple¬
mente
en
verdad
(los
primeros
en
términos
de
espíritu,
los
últimos
120
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
en
términos
de
cerebro),
el
lieoho
universalmente
admitido
de
(jue
cualquier
oonseouenoia
de
acción
mental
(jue
ha
sido
frecuentemente
repetida
tiende
á
perpetuarse,
de
suerte
(]ue
nos
encontramos
auto¬
máticamente
dispuesto
á
fientír
ó
hacer
lo
que
antes
hemos
estado
acostumbrados
á
])ensar,
sentir
ó
hacer,
en
ciertas
circunstan¬
cias,
sin
ningún
])ropósito
conscientemente
formado
y
sin
anticipa¬
ción
de
resultados.
Porque
no
hay
razón
i)ara
considerar
al
cerebro
como
una.
excepción
al
])rincipiogeneral
de
que,
mientras
que
cada
parte
del
organismo
tiende
á
formarse
de
acuerdo
con
el
modo'en
el
cual
se
ejercita
habitualmente,
esta
tendencia
será
ííspecialmente
vigorosa
en
el
aparato
nervioso,
en
virtud
de
esa
incesante
regenera¬
ción
qwe
es
la
condición
de
su
actividad
funcional.
Apenas
admití^
(luda,
en
verdad,
que
todo
estado
de
conciencia
ideal
que
es
ó
mnij
vigoroso
6
hahitiialmente
repetido,
deja
una
impresión
orgánica,
sobre
el
cerebro;
en
virtud
del
cual
ese
mismo
estado
puede
reprodu¬
cirse
en
cualquier
tiempo
futuro,
en
respuesta
á
iina
sugestión
ade-
>
cuada
para
excitarla.
E
l
vigor
de
la
primera
asociación
es
un
hecho
tan
universalmente
reconocido,
que
su
expresión
se
lia
hecho
prover¬
bial;
y
esto
concuerda
jmecisamente
con
el
])rincipio
fisiológico
de
que,
durante
el
período
de
crecimiento
y
de
desarrollo,
la
actividad
formativa
del
cerebro
será
más
dúctil
á
las
influencias
directoras.
De
esta
manera
lo
que
se
aprende
de
memoria
se
imprime
en
el
cerebro;
de
suerte
que
sus
vestigios
nunca
se
pierden,
aun(iu(3
su
memoria
consciente
pueda
haber
desaparecido
por
completo.
Porque,
una
vez
que
la
modiflcación
orgánica
se.
ha
fijado
en
el
cerebro
que
se
des¬
arrolla,
se
convierte
en
una
parte
de
la
estructura
normal,
y
se
man¬
tiene
regularmente
por
la
sustitución
nutritiva;
de
suerte
(lue
puede
durar
hasta
el
fin
de
la
vida,
como
la
cicatriz
de
una
herida».^
Ija
frase
del
Dr.
Carpenter:
que
nuestro
sistema
nervioso
se
desarrolla
según
los
modos
en
los
cuáles'se
ejercita,
expresa
la
filosofía
del
hábito
en
una
cáscara
de
nuez.
Podemos
señalar
ahora
algunas
do
las
principales
aplicaciones
de
este
principio
á
la
vida
humana.
El
primer
resultado
es
que
el
hábito
simplifica
los
movimien¬
tos
exigidos
para
producir
un
resultado
determinado,
los
hace
más
perfectos
y
disminuye
la
fatiga.
«El
principiante
en
el
piano
no
sólo
mueve
sus
dedos
arriba
y
abajo
para
recorrer
la
clave;
mueve
toda
la
mano,
la
delantera
del
brazo,
y
aun
el
cuerpo
entero,
especialmente
moviendo
su
parte
me¬
nos
rígida,
la
cabeza,
como
si
pulsase
también
la,
clave
con
ese
órga¬
no.
Muchas
veces
ocurre
también
una
contracción
de
los
músculos
abdominales.
Sin
embargo,
principalmente
el
impulso
está
determi-
ILÍBITO
121
nado
por
el
movimiento
de
la
mano
y
del
simple
dedo.
Este
es,
en
primer
lugar,
porque
el
movimiento
del
dedo
es
el
movimiento
en
el
cual
se
piensa,
Y,
en
segundo
lugar,
porque
sus
movimientos
y
los
de
la
clave
son
los
movimientos
que
tratamos
de
percibir,
junto
con.
los
resultados
de
la
última
sobre
el
oído.
Cuanto
con
más
frecuencia
se
repite
el
proceso,
más
fácilmente
sigue
el
movimiento
en
razón
del
aumento
en
la
permeabilidad
de
los
nervios
interesados.
Pero
cuan-,
to
más
fácilniente
ocurre
el
movimiento,
tanto
más
ligero
es
el
estí¬
mulo
re([uerido
para
ponerlo
en
ejecución,
y,
cuanto
más
ligero
es
el
estímulo,-más
está
limitado
su
efecto
sólo
á
los
dedos.
Así,
pues,
un
impulso
que
originalmente
propagó
sus
efectos
por
todo
el
cuerpo,
ó
al
menos
])or
muclias
de
sus
partes
movibles,
se
determina
gradual¬
mente
á
un
simple
órgano
deíinido,
en
el
cual
opera
la
contracción
de
algunos
músculos
limitados.
En
este
cambio,
los
pensíiniientos
y
las
percepciones
que
inician
el
impulso
adquieren
cada
vez
más
ínti¬
mas
relacibnes
causales
con
un
grupo
particular
de
nervios
motores.
Para
recurrir
á
un
símil,
ál
menos
parcialmente
adecuado,
imaginad
que
el
sistema
nervioso
representa
un
sistema
de
desaguadero
incli¬
nándose
en
conjunto
hacia
ciertos
músculos,
pero
con
la
salida
de
escape
hacia
allá,
algo
obstruida.
Entonces,
el
torrente
de
la
volun-
-tad
tendería
en
general,
cada
vez
más,
á
llenar
los
desagües
que
van
hacia
estos
músculos
j
á
lavar
la
parte
de
salida.
En
caso
de
una
inimdación
súbita,
no
obstante,
todo
el
sistema
de
canales-se
llenará,
y
el
agua
extravasará
por
dondequiera
antes
de
que
escape.
Pero
una
moderada
cantidad
de
agua
que
invada
el
sistema
sólo
fluirá
por
la
salida
jidecuada.
Precisamente
ocurre
así
con
el
pianista.
Tan
pronto
como
su
impulso,
que
gradualmente
ha
aprendido
á
confinar¬
se
á
los
simples
músculos,
se
hqce
extremado,
se
desborda
en
más
amplias
regiones
musculares.
Greneralmente
toca
con
los
dedos,
que¬
dando
en
reposo
su
cueiqio.
Pero
tan
pronto
como
se
excita,
su
cuer¬
po
se
hace
animado,
y
mueve
su
cabeza
y
su
tronco,
en
particular,
como
si
éstos
fueren
también
órganos
con
los
cixales
trataba
de
apo¬
rrear
las
teclas»
(1).
„
,
•
‘
'
El
liombro
lia
nacido
con
una
tendencia
á
liacer
más
cosas
"que
aquéllas
para
las
que
están
preparados
sus
centros
nervio-
•sos.
La
mayoría
do
los
actos
de
otros
animales
son
automáti¬
cos.
Pero
en
él,
el
número
de
éstos
es
tan
enorme,
que
la
ma¬
yoría
de
ellos
debo
ser
el
fruto
de
penoso
estudio.
Si
la
prácti-
(1)
Schneidor:
Der
Menschliche
Wille,
págs.
117-119
(libremente
traducidas)
(1882).
Para
el
símil
del
desaguadero,
véase
también
Spencer:
Psycliologij,
paVte
V,
cap.
VIII.
122
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
ca
no
lo
perfeccionase
ni
la
costumbre
economizase
el
gasto
(le
energía
nerviosa
y
muscular,
estaría,
por
consiguiente,
en
una
mala
condición.
Como
dice
el
Dr,
Maudsley
í
l
):
•^^Si
lili
acto
lio
so
luciese
fácil
después
de
haberlo
hecho
varias
veces,
si
la
cuidadosa
dirección
de
la
conciencia
fuese
nec'esaria
jiara
su
realización
en
cada
ocasión,
es
evidente
que
toda
la
actividad
d(‘
una
vida
en
¡todo
su
transcurso
pudiera
reducirse
á
uno
ó
dos
actos;
(pie
ningún
progreso
podría
tener
lugar
en
el
desarrollo.
Un
hombre
estaría
ocupado
todo
el
día
.en
vestirse
y
desnudarse;
la
acti¬
tud
de
su
'cuei’po
absorbería
toda
su
atención
y
su
energía;
el
lavar¬
se
las
manos
ó
el
pegarse
un
botón,
sería
tan
difícil
para
él
en
cada
ocasión,
como
para
el
niño
en
su
primera
tentativa,
y
además
sería
completamente
agotado
por
sus
ejercicios.
Pensad
en
las
fatigas'ne-
cesarias
para.enseñar
á
un
niño
á
sostenerse,
en
los
muclios
esfuer¬
zos
con
que
debe
hacerlo,
y
en
la
felicidad
con
que
al
fin
se
sostiene
inconsciente
de
esfuerzo
alguno.
Poi'que,
iúientras
los
actos
secunda¬
riamente
automáticos
se
efectúen
con
poca
fatiga
relativamente
(en
(íste
respecto
se
aproxima
á
los
movimientos
orgánicos
ó
á
los
movi¬
miento^
originales
reflejos),
el
esfuerzo
consciente
de
la
voluntad
pronto
producirá
el
agotamiento.
Una
médiala
espinal
sin.memoria,
.sería,
simplemente,
Tina
médula
espinal
idiotizada.
Es
imposible
para
un
individuo
comprobar
cuánto
debe
á
su
actividad
automática
hasta
que
la
enfermedad
ha
amenguado
sus
funciones».
El
siguiente
resultado
es
que
el
hábito
disminuye
la
at-en-
eión
consciente
con
que
se
realizan
nuestros
actos.
Puede
uno
establecer
esto
abstractamente
así:
Si
un
acto
requiere
para
su
ejecución
una
cadena,
A,
B,
C,
D,
E,
F,
Gr,
et¬
cétera,
de
sucesivos
acontecimientos
nerviosos,
en
la
primeras
realizaciones
de
la
aícción,
la
voluntad
consciente
debe
escoger
cada
uno
de
estos
acontecimientos
do
un
número
do
alternati¬
vas
fracasadas
que
tienden
á
presentarse;
poro
la
costumbre
pronto
hace
qiie
cada
acontecimiento
llamo
á
su
propio
suce¬
sor
apropiado
sin
ninguna
tentativa
de
ofrecerse,
y
sin
ningu¬
na
referencia
á
la
voluntad
consciente,
hasta
que
al
fin
toda
la
cadena,
A,
B,
C,
D,
E,
F,
G-,
se
agrupa
atolondradamente
tan
pronto
como
A;
ocurre
precisamente
como
si
A
y
el
i’festo
de
la
cadena
se
fundiesen
en
un
torrente
continuo.
Cuando
esta¬
mos
aprendiendo
á
andar,
á
cabalgar,
á
nadar,
á
patinar,
á
ti-
(1)'
Fhyñology
of
Mind.,
pág.
1.55.
/
HÁBITO
123
rar
á
la
esgrima,
á
escribir,
á
representar
ó
á
cantar,
nos
inte¬
rrumpimos
á
cada
paso
por
movimientos
innecesarios
y
notas
falsas.
Cuando
estamos
adelantados,
por
el
contrario,
los
resul¬
tados,
no
sólo
se
sigilen
con
el
mínimum
de
acción
muscular
requerida
para
llevarlos
á
cabo,
sino
que
también
se
siguen
por
un
simple
aviso
instantáneo.
El
tirador
ve
el
pájaro,
y,
antes
de
conocerlo,
ha
apuntado
y
disparado.
Un
centelleo
en
la
mirada
de
su
adversario,
una
presión
momentánea
de
su
florete,
y
el
maestro
de
esgrima
encuentra
que
precisamente
lia
parado
y
devuelto
el
golpe
con
exactitud.
Una
ojeada
á
los
jeroglíficos
musicales,
y
los
dedos
del
pianista
han
agitado
tina
catarata
de
notas.
Y
no
sólo
es
la
cosa
precisa
en.
el
tiempo
exacto
lo
que
hacemos
así
involuntariamente,
sino
también
la
cosa
inoportuna,
si
es
una
cosa
habitual.
¿Quién
hay
que
nunca
haya
dado
un
golpe
á
su
reloj
al
quitarse
el
chaleco
du¬
rante
el
día,
ó
cogido
su
llave
al
llegar
al
umbral
de
la
puerta
de
un
amigo?
Las
personas
muy
distraídas,
al
llegar
á
su
alco¬
ba
á
vestirse
para
comer,
se
han
puesto
un
vestido
después
de
otro,
y
finalmente
se
han
tnetido
en
la
cama,
únicamente
por¬
que
eso
era
lo
que
hacían
.habitualmente
en
los
primeros
mo¬
vimientos
cuando
se
ejecutaban
en
una
hoi^a
más
adelantada.
El
([ue
esto
escribe
recuerda
bien
cómo,
al
visitar
á
París
des¬
pués
de
diez
años
de
ausencia,
y,
al
encontrarse
en
la
calle
en
que
durante
un
invierno
liabía
esperado
la
escuela,
se
perdió
en
una
obscura
cavilación,
de
la
cual
fué
despertado
al
encon¬
trarse
en
las
escaleras
que
le
conducían
á
la
habitación
de
una
casa
que
estaba
muchas
calles
más
lejos,
en
la
cual
había
vivi¬
do
durante
la
época
anterior,
y
á
la
cual
lo
habían
llevado
ha¬
bitualmente
sus
pasos
desde
la
escuela.
Todos
nosotros
tene¬
mos
una
manera
rutinaria
y
determinada
de
realizar
ciertos
deberos
cotidianos
relacionados
con
el
aseo,
el
abrir
y
cerrar
do
las
alacenas
familiares
y
otras
semejantes.
Nuestros
centros
inferiores
conocen
el
orden
de
estos
movimientos,
y
demues¬
tran
su
conocimiento
por'su
«sorpresa»
si
los
objetos
son
al¬
terados
de
tal
manera
que
obliguen
al
movimiento
á
realizar¬
se
de
una
manera
distinta.
Pero
nuestros
centros
superiores
de
pensamiento
apenas
saben
algo
sobre
la
cuestión.
Pocos
hombres
pueden
decir
al
pronto
qué
escarpín,
zapato
ó
polai¬
na
se
ponen
primero.
Deben
primero
repetir
mentalmente
el
acto,
y
aun
eso
es
muchas
veces
insuficiente;
debe
ejecutarse
el
acto.
Así
ocurre
con
las
cuestiones;
¿Qué
hoja
de
mi
doble
130
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
quinas,
que
indudablemente,
innegablemente,
ejecutan
de
mi¬
nuto
en
minuto
los
deberes
que
se
les
han
enseñado,
y
que
no
dan
señal
de
que
la
posibilidad
de
una
alternativa
se
sugiera
nunca
á
su
espíritu.
Los
hombres
que
se'han
iiecho
viejos
en
la
cárcel
han
podido
que
se
los
volviese
á
admitir
despué^
de
verse
libres.
En
un
accidento
de
ferrocarriles
ocurrido
á
una
casa
dodieras
ambulante
que
viajaba
por
los
Estados
Unidos
en
1884,
hace
poco
tiempo,
dícese
que
un
tigre,
cuya
jaula
se
había
abierto,
se
evadió,
pero
inmediatamente
reingresó,
como
si
estuviese
demasiado
abrumado
por
sus
nuevas
respon¬
sabilidades,
de
suerte
que
sin
diíicultad
so
le
encerró
de
nuevo.
La
costumbre
es,
pues,
el
enorme
mosquitero
de
la
socie¬
dad,
su
más
precioso
agente
conservador.
Ella
sola
es
la
que
nos
conserva.á
todos
dentro
de
los
límites
del
orden
y
salva
á
los
hijos
de
la
riqueza
de
los
envidiosos
analtos
del
pobre.
Sólo
ella
impido
(jue
los
caminos
más
angostos
y
más
repulsi¬
vos
de
la
vida
queden
desiertos
por
los
que
los
cruzan.
Con¬
serva
al
pescador
y
al
marinero
en
el
mar
durante
el
invierno;
sostiene
al
minoro
en
su
obscuridad
y
adhipre
al
campesino
á
su
cabaña
de
leño
y
á
su
finca
solitaria
durante
todos
los
me¬
ses
de
nieve;
nos
protege
de
la
invasión
por
los
naturales
del
desierto
y
de
la
zona
heladaí
Nos
sentencia
á
pelear
la
batalla
de
la
vida
en
lás
filas
de
nuestra
educación
ó
de
nuestra
pri¬
mera
vocación,
y
á
trabajar
lo
piás
posible
por
una
tarea
que
nos
desagrada,
porque
no
hay
otra
para
la
cual
seamos
aptos,
y
es
demasiado
tardo
para
comenzar
de
nuevo.
Libra
de
la
mezcla
á
las
diversas
capas
sociales.
Ya
á
la
edad
de
veinticin-
<50
años
veis
las
formas
y
moldes
profesionales
encajándose
en
el
joven
viajante
do
comercio,
en
el
joven
doctor,
en
el
joven
sacerdote,
en
el
joVen
magistrado.
Veis
las
pocas
líneas
de
unión
marcándose
en
el
carácter,
los
ardides
del
pensamiento,
los
prejuicios,
los
modales
de
«oficina»,
en
una
palabra,
de
lo
que
el
hombre
no
puedo
despojarse
en
el
momento,
lo
mismo
<iue
no
pueden
las
mangas
de
su
levita
formar
de
repente
una
nueva
serie
de
pliegues.
En
general,
os
mejor
no
despojarse.
Está
bien
para
el
mundo
que
en
la
mayoría
de
nosotros,
á
la
edad
de
treinta
años,
el
carácter
esté
moldeado
y
endurecido
como
yeso
y
nunca
más
so
ablande.
Si
el
período
intermedio
entro
veinte
y
treinta
años
es
el
crítico
en
la
formación
do
los
hábitos
intelectuales
y
profesio¬
nales,
el
período
anterior
á
los
veinte
es
todavía
más
importan-
I
HÁBITO
131
te
para
fijar
los
hábitos
personales^
propiamente
llamados
así,
tales
como
la
vocalización
y
la
pronunciación,
el
gesto,
el
mo¬
vimiento
y
la
compostura.
Apenas,
se
ha
aprendido
jamás
ú
hablar
un
idioma
después
de
los
veinte
años
sin
acento
ex¬
tranjero;
apenas
puede
un
joven
jamás
trasladar
á
la
sociedad
de
sus
superiores
incultos
la
nasalidad
y
otros
vicios
de
len¬
guaje
fomentados
en
él
por
las
compañías
de
sus
años
de
des¬
arrollo.
Por
muy
poco
dinero
que
tenga
en
su
bolsillo,
puede
apreñder
á
vestir
como
un
aristócrata
de
nacimiento.
Los
co-
mercip,ntes
ofrecen
sus
mercaderías
tan
animosamente
á
él
como
al
más
legítimo
«lobo
de
mar»,
pero
aquél
no
puede
•comprar
más
que
las
cosas
buenas.
Una
ley
invisible,
tan
po¬
derosa
como
la
de
la
gravitación,
le
mantiene
dentro
de
su
ór¬
bita,
le
hace
vestirse
este
año
como
se
vistió
el
pasado,
y
como
sus
conocimientos
de
mejor
prosapia,
se
las
^arreglan
para
lograr
las
cosas
que
gastan,
será
para
él
un
misterio
hasta
el
día
de
su
muerte.
Por
consiguiente,
la
gran
,oosa
en
toda
educación
es
hacer
de
nuestro
sistema
nervioso
nuestro
aliado
en
vez
de
nuestro
ene¬
migo.
Consiste
en
capitalizar
y
poner
en
algún
fondo
público
nuestras
adquisiciones,
y
vivir
cómodamente
á
costa
de
los
in¬
tereses
de
esos
fondos.
Por
esto
dehemos
hacer
automáticas
y
ha¬
bituales,
en
lo
posible,
las
acciones
útiles
que
podamos,
y
guardar¬
nos
contra
las
acciones
desconocidas
que
tienen
probabilidad
de
ser
desventajosas
para
nosotros,
como
nos
guardaríamos
de
la
plaga.
Cuantos
más
detalles
de
nuestra
vida
cotidiana
poda¬
mos
abandonarlos
á
la
custodia
del
automatismo
que
no
cues¬
ta
esfuerzo,
más
nuestras
potencias
superiores
dél
espíritu
se
libertarán
por
su
propio
esfuerzo.
No
hay
sér
humano
más
mi¬
serable
que
uno
en
quien
nada
es
habitual
más
que
la
inde-
•cisión,
y
para
quienes
encender
un
cigarro,
beber
una
copa,
el
momento
de
levantarse
y
de
acostarse
en
la
cama
todos
los
días,
y
el
comenzar
una
insignificancia
de
trabaj
o,
son
asuntos
de
expresa
deliberación
volicional.
La
mitad
del
tiempo
do
ese
hombre
se
pierde
en
decidir
ó
recelar
asuntos
que
deben
estar
tan
engranados
en
él,
que
no
existan
del
todo
prácticamente
para
su
conciencia.
Si
no
existen
tales
deberes
engranados
en
•cualquiera
de
mis
lectores,
que
comience
desde
esta
misma
hora
á
cumplir
bien
con
su
deber.
En
el
capítulo
sobre
Los
Hábitos
Morales,
del
profesor
Bain,
hay
algunas
admirables
observaciones
prácticas.
Dos
grandes
132
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
máximas
resaltan
en
su
exposición:
La
primera
es
que
la
ad¬
quisición
de
un
nuevo
hábito
ó
la
pérdida
de
uno
antiguo,
de¬
bemos
tener
cuidado
de
lanzarnos
á
todo
con
la
más
impetuosa-
y
más
decidida
iniciativa
xoosihle.
Acump.lad
todas
las
circuns¬
tancias
posibles
que
refuercen
los
justos
motivos;
poneos
asi¬
duamente
en
condiciones
que
alienten
el
nuevo
impulso;
dad
una
promesa
pública,
si
el
caso
lo
permite;
en
suma,
envolved
vuestra
resolución
en
todos
los
auxilios
(lue
\conocéis.
Esto
dará
á
vuestra
iniciativa
tal
importancia,
([ue
no
ocurrirá
tan
pronto
como
en
caso
contrario
la
tentación
de
anularla:
y
to¬
dos
los
días,
durante
los
cuales
se
pospone
una
anulación,
au¬
mentan
las
probabilidades
de
que
no
ocurra.
La
segunda
máxima
es:
Nunca
sufráis
una
excepción
hasta
que
el
nuevo
hábito
esté
arraigado
seguramente
en
vuestra
vida.
Cada
lapso
do
tiempo
es
como
el
bote
de
una
bola
pendiente
do
una
cinta
que
estamos
haciendo
girar
cuidadosamente;
un
simple
resbalón
la
trastorna
más
de
lo
que
pueden
hacerla
gi¬
rar
muchas
vueltas.
La
continuidad
del
ejercicio
es
el
gran
medio
do
hacer
al
sistema
nervioso
obrar
infaliblemente
bien.
Como
dice
el
profesor
Bain:
«La
pecaliaridad
de
los
liábitos
morales,
contradistiiiguióndolos
de
las
adquisiciones
intelectuales,
es
la
presencia
de
dos
fuerzas
hos¬
tiles,
una
de'las
cuales
se
eleva
gradualmente
en
ascendiente
sobre
otra.
Es
necesario,
sobre
todas
las
cosas,
en
tal
situación,
no
perder
nunca
una
batalla.
Toda
ganancia
sobre
el
aspecto
malo
perjudica
el
efecto
de
muchas
conquistas
sobre
el
bueno.
La
precaución
esencial,,
por
consiguiente,
es
regular
así
las
dos
i)otencias
puestas
de
tal
ma¬
nera,
que
uno
pueda
tener
una
serie
de
éxitos
ininterrumpidos,
has¬
ta
que
la
repetición
lo
ha
fortificado
en
tal
grado
que
lo
pone
en
con¬
diciones
de
cubrir
la
oposición,
bajo
cualquier
circunstancia.
Esta
es
la
carrera
mejor
teóricamente
del
progreso
mental».
La
necesidad
de
asegurar
el
éxito
ál
principio
es
imperati¬
vo.
El
fracaso,
al
principio,
sirve
para
desalentar
la
energía
de
todas
las
tentativas
futuras,
mientras
que
la
pasada
expe¬
riencia
del
éxito
prepara
á
uno
para
el
futuro
vigor.
Grcethe
dijo
á
un
hombre
que
le
consultaba
sobro
una
empresa,
pero
que
desconfiaba
de
sus
propias
fuerzas:
«¡Ah,
sólo
necesitáis
reveses
de
fortuna
en
vuestras
manos!»
Y
la
observación
ex¬
plica
el
efecto
sobre
el
espíritu
de
Goethe
de
su
propia
carro-
HÁBITO
133
ra
liabitualmente
próspera.
El
profesor
Baumann,
de
quien
yo
tomo
la
anécdota
(1),
dice,
que
la
invasión
de
las
naciones
bár¬
baras,
cuando
los
europeos
vinieron
entre
ellos,
se
debe
á
su
desesperación
de
no
tener
éxito
jamás,
como
los
recién
veni¬
dos
en
las
tareas
interesantes
de
la
vida.
Se
han
cerrado
cami¬
nos
antiguos
y
no
so
lian
formado
nuevos.
Se
presenta
aquí
la
cuestión
de
desarraigar
una
costumbre,
como
la
bebida
y
la
afición
al
opio,
y
es
una
cuestión
que
los
expertos
están
en
desacuerdo
dentro
de
ciertos
límites,
y
difie¬
ren
con
respecto
á
lo
que
puede
ser
mejor
para
un
caso
indi¬
vidual.
En
lo
capital,
sin
embargo,
toda
opinión
experta
con¬
vendrá
en
que
la
adquisición
gradual
de
la
costumbre
nueva
es
la
manera
mejor
si
hay
una
posibilidad
real
de
llevarla
á
cabo.
Debemos
procurar
no
dar
á
la
voluntad
una
tarea
tan
dura
que
aseguré
su
derrota
desde
un
principio;
yor
muy
preparado
que
uno
pueda
estar,
debe
esperarse
un
período
agudo
de
su¬
frimiento
y
luego
un
tiempo
libre,
al
dejar
una
costumbre
como
la
del
opio,
ó,
simplemente,
al
cambiar
las
horas
de
le¬
vantarse
ó
de
trabajar.
Es
sorprendente
cuán
pronto
un
deseo
morirá
de
inanición
si
nunca
se
alimenta.
í
«Debe
uno
aprender
primero,,
sin
moverse,
no
mirando
ni
á
la
derecha
ni
á
la
izquierda,
á
caminar
con
firmeza
por
una
senda
estre-
'cha
y
angosta
antes
de
que
uno
pueda
comenzar
á
vencerse
á
sí
mis¬
mo
de
nuevo.
El
que
todos
los
días
hace
una
nueva
resolución,
es
como
•el
que,
llegando
al
extremo
del
fos^
ha
de
saltar,
se
detiene
de
súbi¬
to
y
vuelve
á
emprender
una
nueva
carrera.
Sin
adelanto
hiinterrum-
pido
no
es
posible
una
cosa
como
la
acumulación
de
fuerzas
éticas,
y
liacer
ésta
posible
y
ejercitarnos
y
habituarnos
á
ella,
es
la
bendición
soberana
de
la
obra
metódica»
(2).
Puede
añadirse
una
tercera
máxima
á
las
dos
anteriores:
«Aprovechar
la
primera
oportunidad
posible
para
obrar
sobre
to¬
das
las
resoluciones
que
hacéis
y
sobre
todos
los
impulsos
emocio-
^nales
que
podéis
experimentar
en
la
dirección
de
los
hábitos
que
nspiráis
á
adquirir.
No
es
en
el
momento
de
formarse,
sino
en
(1)
Véase
el
admirable
pasaje
sobre
el
éxito
al
principio,
en
su
Jlandbuch
der
Moral,
págs.
B8-43
(1878).
(2)
Bahnsen:
Beitrdge
su
Charakterologie,
vol.,
I,
pág.
209
(1867).
134
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
el
momento
de
producirse
efectos
motores,
cuando
las
resolu¬
ciones
y
las
aspiraciones
comunican
la
nueva
«serie»
al
cere¬
bro.
Como
el
autor
últimamente
citado
observa:
«La
presencia
actual
de
la
oportunidad
práctica
sólo
proporciona
el
sostén
sobre
el
cual
puede
apoyarse
la
palanca,'
por
medio
de
la
cual
la
voluntad
moral
puede
multiplicar
su
vigor
y
elevarse
á
sí
misma.
El
que
no
tiene
terreno
sólido
en
qu^e
apoyarse,
nunca
llegará
más
allá
de
la
etapa
de
hueras
gesticulaciones».
Por
muy
abundante
almacén
de
máximas
que
pueda
uno-
poseer,
y
por
muy
buenos
que
sean
sus
propios
sentimientos,
si
uno
no
ha
sacado
partido
de
toda
oportunidad
concreta
para
obrar,
el
carácter
puede
permanecer
completamente
sin
afec¬
tar.
Con
simples
buenas
intenciones
ql
infierno
está
prover-
hialmente
empedrado
(1).
Y
esta
es
una
consecuencia.evidente
de
los
principios
que
liemos
establecido.
«Un
carácter,
como
dice
John
Stuart
Mili,
es
una
voluntad
completamente
mol¬
deada»,
y
una
voluntad,
en
el
sentido
en
que
él
la
entiende,
es
un
agregado
de
tendencias
á
obrar
do
una
manera
firme,
prpn-
ta
y
determinada
en
todas
las
principales
contingencias
de
la
vida.
Una
tendencia
á
obrar
sólo
se
hace
efectivamente
engra¬
nada
en
nosotros
en
proporción
á
la
ininterrumpida
frecuen¬
cia
con
que
ocurren
actualmente
las
acciones
y
el
cerebro
«se
habitúa»
á
su
empleo.
Toda
vez
que
una
resolución
ó
un
tenue
rayo
de
sentimiento
se
evapora
sin
producir
fru'tos
prácticos,,
es
peor
que
una
ocasión
perdida;
trabaja
positivamente
para
impedir
á
las
resoluciones
y
á
las
emociones
de
seguir
la
sen¬
da
normal
de
la
descarga.
No
hay
tipo
más
despreciable
del
carácter
humano,
que
él
del
sentimental
y
soñador
sin
nervio,
que
pasa
su
vida
en
un
arremolinado
océano
de
sensibilidad
y
de
emoción,
poro
que
nunca
realiza
un
acto
viril
y
concreto^
Eousseau,
infiamando
con
su
elocuencia
á
todas
las
madres
de
Francia,
instigándoles
á
seguir
á
la
Naturaleza
y
á
amaman¬
tar
á
sus
niños
por
si
mismas,
mientras
él
envía
sus
propios
hijos
á
la
casa
de
expósitos,
es
el
ejemplo
clásico
de
lo
quo*
([uiero
significar.
Pero
cada
uno
de
nosotros,
á
su
manera,
siempre
que,
después
de
entusiasmarse
por
un
Bien
abstracta-
(1)
With
mere
good
intentions,
liell
is
proverhially
paved.
Como
se-
ve
el
autor
aplica
aquí
un
dicho
muy
popular
en
nuestra
tierra.—
T
)\
HÁBITO
135
mente
formulado,
ignore
prácticamente
algún
caso
actual
en¬
tre
los
«otros
particulares»
de
los
cuales
debe
destacarse
sigue
la
senda
de
Rousseau.
Todos
los
bienes
están
disfrazados
pol¬
la
vulgaridad
de
lo
que
Ips
rodea
en
este
mundo
de
trabajo;
•pero,
¡ay
de
aquél
que
sólo
puede
reconocerlos
cuando
los
imagina
en
su
forma
pura
y
abstracta!
La
costumbre
de
la
.
excesiva
lectura
de
novelas
y
de
ir
al
teatro
con
frecuencia
produce
verdaderos
monstruos
en
este
orden.
El
llanto
de
una
dama
rusa,
motivado
por
los
personajes
ficticios
de
la
es¬
cena,
mientras
que
su
cochero
está
muriendo
de
frío
en
su
pescante,
es
la
demostración
de
lo
que
suele
ocurrir
en
una
escala
menos
notoria.
Hasta
la
costumbre
de
la
desmedida
afición
á
la
música
para
los
que
no
son
ni
compositores
ni
es¬
tán
en
condiciones
de
tomarla
en
un
sentido
puramente
in¬
telectual,
probablemente
produce
un
efecto
de
relajamiento
sobro
el
carácter.
Se
llena
uno
de
emociones
que
habitualmon-
te
se
desvanecen
sin
impulsar
á
ningún
acto,
y
así
se
man¬
tiene
la
situación
inerte
y
sentimental.
El
remedio
pudiera
consistir
en
no
consentirse
jamás
á
sí
mismo
tener
una
emo¬
ción
en
un
concierto,
sin
expresarla
después
de
alguna
ma¬
nera
activa
(1).
Haced
que
la
expresión
sea'lo
de
menos
en
el
mundo
(hablando
genialmente
á
vuestra
tía
ó
cediendo
vues¬
tro
sitio
en
un
coche,
si
nada
más
heróico
se
os
ofrece);
pero
no
consintáis
que
deje
de
ocupar
un
puesto
en
vuestra
vida.
Estos
últimos
casos
nos
hacen
darnos
cuenta
de
que
no
son
simplemente
las
lined^
particulares
de
descarga,
sino
también
las
formas
generales
de
descarga
la?
que
se
desarrollan
por
el
■
hábito
en
el
cerebro.
Precisamente,
como
si
dejásemos
desva¬
necerse
nuestras
sensaciones,
se
funden
en
una
especie
de
eva-
jDoración;
así
liay
razón
para
suponer
que
si
con
frecuencia
de¬
jamos
do
hacer
un
esfuerzo,
antes
de
que
nos
demos
cuenta,
la
capacidad
del
esfuerzo
habrá
desaparecido,
y
que
si
toleramos
ahora
la
marcha
do
nuestra
atención
se
nos
escapará
siempre.
La
atención
y
el
esfuerzo
no
son,
como
veremos
más
tarde,
más
que
dos,
nombres
para
el
mismo
hecho
psíquico.
Á
qué
procesos
cerebrales
corresponden;
no
lo
sabemos.
La
razón
más
(1)
Véase
para
observaciones
sobre
esto
nn
artículo
muy
legible
de
miss
V.
Scudder,
titulado
Muskal
Devotees
and
Moráis,
en
la
An-
dover
Review,
Enero
de
1887.
136
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
fuerte
para
creer
que
dependen
de
los
procesos
cerebrales
en
absoluto
y
no
son
actos
puros
del
espíritu,
es
precisamente
este
hecho:
que
parecen
en
cierto
modo
sujetos
á
la
ley
de
la
costumbre,
que
es
una
ley
material.
Coiiio
máxima
práctica
final
referente
á
estos
hábitos
do
la
voluntad,
podemos,
pues,
ofrecer
una
como
ófeta:
Conservad
viva
en
vosotros
la
facultad
del
esfuerzo
]}or
un
ejercicio
poco
costoso^
todos
los
dias.
Esto
es:
sed
sistemáticamente
ascéticos
ó
heroicos
en
algunos
puntos
insignificantes;
haced
tollos
los
días
ó
cada
dos
días
algo,
sin
más
razón
que
la
de
qué
mejor
no
lo
liaríais,
de
suerte
que
>
cuando
se
acerque
la
hora
de
la
horrible
necósidad
no
os
po¬
dáis
encontrar
enervados
ó
indisciplinados
para
ser
acrisola¬
dos
y
probados.
El
ascetismo
de
esta
especie
es
como
el
segu¬
ro
que
un
hombre
paga
por
su
casa
y
por
sus
bienes.
El
esti¬
pendio
no
lo
sienta
bien
en
el
momento,
y
es
posible
que
nun¬
ca
pueda
obtener
un
reintegro.
Pero
si
el
fuego
sobreviene,
el
haber
pagado
será
su
salvación
de
la
ruina.
Así
ocurre
con
el
liombre
que
se
ha
habituado
diariamente
á
la
atención
con¬
centrada,
á
la
volición
enérgica
y
á
la
renuncia
do
sí
mismo
en
cosas
innecesarias.
Estará
en
¡fie
como
una
torre
cuando
todo
se
desmorona
á
su
ulrededor
y
cuando
sus
más
amables
ami¬
gos
mortales
son
aventados
como
paja
en
el
trigo.
El
estudio
fisiológico
de
las
condiciones
mentales
es,
pues,
el
más
poderoso
aliado
de
la
ética
amonestadora.
El
infierno
que
se
ha
de
padecer
eternamente,
del
cual
nos
habla
la
teolo¬
gía,
no
es
peor
que
el
infierno
q
ue
nos
Creamos
por
nosotros
mismos
en
este
mundo,
moldeando
Iialiitualmente
nuestros
ca¬
racteres
de
mala
manera.
Si
los
jóvenes
pudiesen
comprobar
cuán
pronto
se
convierten
en
meras
agrupaciones
de
hábitos,
prestarían
más
aprecio
á
su
conducta
mientras
estuviese
en
el
estado
plástico.
Estamos
tejiendo
nuestros
destinos,
buenos
ó
malos,
y
nunca
se
lian
de
perjudicar.
El
más
insignificante
rasgo
de
virtud
ó
de
vicio
deja
su
huella
nunca
tan
insignifi¬
cante.
El
borracho
Jiip
Van
Vinkle,
en
la
comedia
de
Jefper-
son,
se
excusó
de
toda
nueva
recaída
diciendo:
«¡No
cuento
esta
vez!»
¡Bien!
Puede
no
contarla,
y
mi
Dios
benigno
puede
no
contarla;
poro
no
por
eso
se
cuenta
menos
en
realidad.
Entro
sus
células
y
sus
fibras
nerviosas,
las
moléculas
lo
cuentan,
lo
registran
y
lo
historian
para
emplearlo'
contra
él
cuando
llega
la
siguiente
tentación.
Nada
que
hagamos
jamás,
en
la
estric¬
ta
literalidad
científica,
se
anula.
Naturalmente,
esto
tiene
su
HÁBITO
137
lado
bueno
y
su
lado
malo.
Así
como
nos
hacemos
beodos
per¬
petuos
por
muclias
borraclieras
separadas,
así
también
nos
ha¬
cemos
santos
en
lo
moral
y
autoridades
y
peritos
en
las
esfe¬
ras
prácticas
y
científicas
por
otros
tantos
actos
separados
y
lloras
de
trabajo.
No
hagáis
que
la
juventud
tenga
ansiedad
al¬
guna
sobre
el
resultado
de
su
educación,
cualquiera
que
sea
la
dirección
que
sigan.
Si
se
mantiene
fielmente
activo,
cada
hora
del
día
de
trabajo
puede
abandonar
el
resultado
á
sí
mismo
con
seguridad.-Puede,
con
perfecta
certeza,'contar
con
despertar¬
se
cualquier
liermosa
mañana
y
encontrarse
con
que
es
uno
de
los
personajes
ilustres
de
su
generación,
en
cualquier
tarea
que
pueda.liaberse
significado.
Silenciosamente,
entre
todos
los
detalles
de
su
profesión,
la
facultad
de
juzgar
en
toda
esa
clase
de
asuntos
se
liabrá
construido
dentro
de
sí
una
posesión
que
nunca
perecerá.
Los
jóvenes
debieran
conocer
esta
verdad
,
de
antemano.
Su
ignorancia,
probablemente,
ha
engendrado
más
desaliento
y
decaimiento
do
ánimo
que
todas
las
demás
causas
juntas
en
los
jóvenes
que
abrazan
carreras
arduas.
CAPÍTULO
V
La
ieoría
de
los
autómatas.
/
Al
describir
anteriormente
las
funciones
de
los
liemisferios
usamos
nn
lenguaje
derivado
de
la
vida
corpórea
y
de
la
vida
mental,
diciendo
ahora
que
el
animal
ejecuta
reacciones
inde¬
terminadas*
ó
imprevistas,
y
luego
que
fué
dominado
por
con¬
sideraciones
de
bien
y
mal
futuro;
tratandb
sus
hemisferios
algunas
veces
como
el
sitio
do
la
memoria
y
de
las
ideas
en
el
sentido
psíquico,
y
otras
veces
hablando
do
ellos
simplemente
como
una
adición
complicada'
á
su
maquinaria
refleja.
Esta
especie
de
vacilación
en
el
punto
do
vista^
es
un
incidente
fa¬
tal
de
toda
discusión
ordinaria
sobro
estas
cuestiones;
poro
debo
ahora
dirigir
mi
exposición
á
los
lectores
cá
quienes
ya
lie
soltado
una
palabra
en
una
nota
al
pasar
y
que
probablomónto
no
han
quedado
satisfechos
con
mi
conducta
desde
entonces.
Suponed
que
restringimos'nuestra
opinión
á
los
hechos
de
uno
ó
idéntico
plan,
y
haced
que
sea
el
plano
corporal:
¿no
pueden
todos
los
fenómenos
exteriores
de
la
inteligencia
des¬
cribirse
todavía
hasta
el
agotamiento?
EstaS
imágenes
menta¬
les,
estas
«consideraciones»
de
las
cuales
hablamos,
probable¬
mente
no
surgen
sin
procesos
neurales
que
surjan
simultánea¬
mente
con
ellos,
y
probablemente
cada
consideración
corres¬
ponde
á
un
proceso
sui
géneris,
y
de
distinta
manera
todo
lo
restante.
En
otras
palabras,
por
numerosa
y
delicadamente
diferenciada
que
pueda
ser
la
serie
de
ideas,
la
serie
de
acon-
teciAiientos,cerebrales
que
fluye
á
lo,largo
de
eÜa,
debe
ser
en
ambos
respectos
exactamente
su
equivalente,
y
debemos
exi-
LA
TEORÍA
DE
LOS
AUTÓMATAS
139
gir
una
maquinaria
nerviosa
que
ofrece
un
contrapeso
viviente
para
todo
matiz,
aunque
sea
muy
tenue,
de
la
historia
del
es¬
píritu
de
su
poseedor.
Cualquier
grado
de
complicación
que
pueda
alcanzar
el
último,
la
complicación
de
la
maquinaria
debe
ser
tan
extrema;
de
lo
contrario
tendríamos
que
admitir
que
pueden
haber
acontecimientos
mentales
al
cual
no
corres¬
ponden
acontecimientos
cerebrales.
Pero
una
admisión
como
ésta,
al
fisiólogo
le
repugna
concederla.
Violaría
todas
sus¬
creencias.
«No
liay
psicosis
sin
neurosis»;
es
una
forma
que
el
principio
de
la
continuidad
reviste
en
su
espíritu.'
Pero
este
principio
fuerza
al
fisiólogo
á
dar
todavía
otro
paso.
Si
la
acción
neural
es
tan
complicada
como
el
espíritu;
y
si
en
el
sistema
simpático
y
en
la
médula
espinal
inferior
ve¬
mos
lo
que,
por
lo
que
nosotros
sabemos,
es
acción
incons¬
ciente
neural
que
ejecuta
liechos
que
á
todo
intento
exterior
puede
llamarse
inteligente;
¿qué
es
lo
que
nos
impide
suponer
(lue
aun
cuando
conozcamos
que
existe
allí
la
conciencia,
pue¬
da
aparecer
la
acción
neural
todavía
más
complicada
que
lo
(lue
creemos
que
sea
su
inseparable
compañera,
es
sola
y
por
sí
misma
^1
agento
real
de
cualquier
hecho
inteligente?
«Como
las
acciones
de
cierto
grado
de
complejidad
se
ejecutan
por
mero
mecanismo
¿por
qué
las
acciones
de
un
grado
todavía
mayor
de
complejidad
no
pueden
ser
el
resultado
de
un
me¬
canismo
más
refinado?»
La
concepción
de
la
acción
refleja
es
seguramente
una
de
las
mejores
conquistas
de
la
teoría
fisiológica;
¿por
qué
no
ser
radical
con
ella?
¿Por
qué
no
deci¬
mos
que
precisamente
como
la
médula
espinal
es
una
máquina
con
pocos
reflejos,
así
los
liemisferios
son
una
máquina
con
muchos,
y
que
esa
es
toda
la
diferencia?
El
principio
de
conti¬
nuidad
nos
impulsaría
á
aceptar
esta
opinión.
Poro,
¿cuál
sería
en
esta
opinión
la
función
de
la
conciencia
misma?
La
función
mecánica
no
tendría
ninguna.
Los
órganos
de
los
sentidos
despertarían
las
células
del
cerebro;
éstas
des-
pertaríanse
una
á
otra
en
conexión
racional
y
ordenada,
hasta
que
llegue
el
tiempo
de
la
acción;
y
entonces
la
última
vibra¬
ción
del
cerebro
se
descargaría
en
las
regiones
motoras.
Pero
esto
sería
una
cadena
completamente
autónoma
de
aconteci¬
mientos,
y
cualquier
,
espíritu
que
la
acompañase
sería
allí
sólo
como
un
«epifenómeno»,
un
espectador
inerte,
una
espe¬
cie
de
«espuma,
aura
ó
melodía»,
como
dice
Mr.
Hodgson,
cuya
oposición
ó
cuya
asistencia
sería
igualmente
impotente
\
242
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
luego
que
están
entre
los
elementos
del
pensamiento,
no
será
peor
por
lo
que
les
atañe
que
si
las
hubiésemos
considerado
como
concedidas
al
comienzo.
El
primer
hecho
para
nosotros,
pites,
como
psicólogos,
es
qite
se
da
el
pensar
de
alguna
especie.
Empleo
la
palabra
pensaP,
de
acuerdo
con
lo
que
hemos
dicho,
para
toda
forma
de
concien¬
cia
indistintamente.
Si
pudiésemos
decir
en
inglés
«piensa»,
como
decimos
«llueve»
ó
«graniza»,
estableceríamos
el
hecho
más
sencillamente
y
con
el
mínimum
de
hipótesis.
Como
no
podemos,
debemos
decir
simplemente
que
ocurre
el
pensa¬
miento..
Cinco
caracteres
en
el
pensamiento.
¿Cómo
ocurre
esto?
Advertimos
inmediatamente
cinco,
ca¬
racteres
importantes
en
el
proceso,
de
los
cuales
será
nuestro
deber
tratar
en
el
presente
capítulo
de
una
manera
general:
1
)
d'odo
pensamiento
tiende
á
formar
parto
do
una
con¬
ciencia
personal.
2)
Dentro
de
cada
conciencia
personal,
el
pensamiento
está
cambiando
siempre.
o)
Dentro
de
cada
conciencia
personal,
el
pensamiento
es
sensiblemente
continuo.
4)
Siempre
parece
ocuparse
en
objetos
independientes
de
sí
mismo.
5)
Está
interesado
en
algunas
partes
de
estos
objetos,
con
exclusión
de
otras,
y
acoge
ó
rechaza
(escoge
entre
ellos,
en
una
palabra).
Al
considerar
estos
cinco
puntos
sucesivamente,
tendre¬
mos
que
incurrir
in
medias
res,
por
lo
que
se
refiere
á
nuestro
vocabulario,
y
emplear
términos
psicológicos
que
sólo
pueden
definirse
adecuadamente
en
los
últimos
capítulos
del
libro.
Pero
todos
saben
lo
que
los
términos
significan
de
una
mane¬
ra
tosca;
y
sólo
de
una
manera
tosca
hemos
do
usarlos
ahora.
Este
capítulo
es
como
el
primer
boceto
al
carbón
de
un
pintor
.sobre
su
lienzo,
en
el
cual
no
aparecen
ciertas
sutilezas.
EL
TORRENTE
DEL
PENSAMIEN'^O
243
•
J
)
EL
PENSAMIENTO
TIENDE
Á
LA
FORMA
PERSONAL
Cuando
yo
digo:
todo
pensamiento
es
parte
de
una
conciencia
jtersonal,
«concioncia
personal»
es
uno
de
los
términos,
en
cuestión.
Conocemos
su
significado
mientras
no
liaya
quien
nos
mando
definirlo,
pero
dar
una
cuenta
minuciosa
de
él
es
la
más
difícil
de
las
tareas
filosóficas.
Esta
tarea
debemos
em-
prendqi-la
en
el
capítulo
siguiente;
aquí
bastarán
unas
palabras
preliminares.
En
esta
liabitación
(esta
habitación
de
lectura,
por
ejem¬
plo)
hay
una
multitud
do
pensamientos,
vuestros
y
míos,
al¬
gunos
do
los
cuales
se
cohesionan
naturalmente
y
otros
no.
Son
tan
insificantes
cada
uno
por
sí
mismo,
y
recíprocamente
independientes,
como
son
considerables
todos
juntos.
No
son
ni
uno
ni
otro:
ninguno
do
ellos
está
separado,
sino
que
cada
uno
se
junta
con
algunos
otro.s
y
con
ninguno
más.
Mi
pensa¬
miento
se
junta
con
mis
otros
pensamientos,
y
vuestros
pen-
.samientos
con
vuestros
otros
pensamientos.
Si
en
cualquier
otra
parte
de
la
habitación
hay
un
simple
pensamiento,
que
os
un
pensamiento
do
nadie,
no
tenemos
medios
do
indicarlo,
porque
no
tenemos
experiencia
do
su
semejante.
Los
únicos
estados
do
conciencia
de
que
naturalmente
nos
ocupamos,
sé
oncuentran
en
las
conciencias
y
espíritus
personales,
concretos
y
particulares
yos
y
vos.
Cada
uno
de
estos
espíritus
conserva
por
sí
mismo
sus
pro¬
pios
pensamientos.
No
hay
entrega
ó
trueque
entre
ellos.
Ningún
pensamiento
so
presenta
á
la
vista
directa
de
un
pen¬
samiento
en
otra
conciencia
personal
que
la
suya
iiropia.
El
aislamiento
absoluto,
el
pluralismo
irreductible,
os
la
ley.
Pa¬
rece
como
si
el
liocho
físico
elemental
no
íwqsq
el
pensamiento
ó
este
pensamiento
ó
aciuel
pensamiento,
sino
mi
pensamiento,
siendo
pus-e/do
todo
pensamiento.
Ni
la
contemporaneidad,
ni
la
proximidad
en
el
espacio,
ni
la
semejanza
do
cualidad
y
contenido
son
capaces
do
fundir
pensamientos
([ue
están
sepa¬
rados
por
esta
barrera
do
pertenecer
á
diferentes
espíritus
personales.
Las
brechas
entre
tales
pensamientos
son
las
bre-
'
chas
más
absolutas
do
la
naturaleza.
Cualquiera
reconocerá
que
esto
es
cierto,
en
tanto
que
se
insisto
solamente
sobre
la
«xistencia
de
algo
correspondiente
al
término
de
«espíritu
244
PKINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
personal»,
sin
que
se
implique
ninguna
referencia
particular
(le
su
naturaleza.
En
estas
condiciones,
el
yo
personal,
más
bien
que
el
pensamiento,
debiera
tratarse
como
el
dato
inme¬
diato
en
psicología.
El
hecho
universal
consciente
no
es
que
«existen
pensamientos
y
sentimientos»,
sino
«yo
pienso»
y
«yo
siento»
(1).
Ninguna
psicología
puede
discutir,
en
modo
alguno,
la
existencia
de
los
yos
personales.
Lo
peor
que
un
psiccilogo
puede
hacer
es
interpretar
la
naturaleza
de
estos
'
yos
de
tal
manera
que
los
despojo
do
su
mérito.
Un
escritor
francés,
hablando
de
nuestras
ideas,
dice
en
alguna
parte,
en
un
acíceso
de
excitacicm
antiespiritualista
que,
extraviados
por
ciertas
particularidades
que
ostentan,'«acabamos
por
per¬
sonificar»
la
procesicm
que
forman;
siendo
.considerada
por
él
esta
personificación
como
un
gran
desatino
filosófico
de
nues¬
tra
parte.
Sólo
sería
un
desatino
si
la
noción
de
la
personali¬
dad
significase
algo
esencialmente
distinto
de
lo
que
ha
de
en¬
contrarse
en
la
procesión
mental.
Pero
si
esa
procesión
es
en
sí
misma
el
«original»
de
la
noción
de
personalidad,
personifi¬
carla
no
puede
ser
un
error.
Está
ya
personificada.
No
hay
se¬
ñales
de
personalidad
que
puedan
esc'ogersd
aliunde,
y
luego
se
encuentren
de
falta
en
el
cursO'
del
pensamiento.
Esto
las
tiene
todas
ya;
de
suerte
qup
á
cualquier
análisis
ulterior
que
sujetemos
esa
forma
de
dominio
pereonal
bajo
la
cual
apare¬
cen
los
pensámientos,
es
y
debe
seguir
siendo
cierto
que
los
pensamientos
que
la
psicología
estudia,
tienden
continuamen¬
te
á
aparecer
como
partes
de
los
yos
personales.
.
Yo
digo
«tienden
á
aparecer»
más
bien
(lue
«aparecen»,
en
•razón
de
esos
hechos
do
personalidad
subconsciente,
escritura
automática,
etc.,
de
los
cuales
estudiamos
algo
en
el
capítulo
.anterior.,
Los
■
s
entimientos
agitádos
y
los
pensamientos
que!
ahora
se
han
demostrado
que
existen
en
los
anestésicos
histéri¬
cos,
en
los
i;ecipientes
de.
la
sugestión
hipnótica,
etc.,
son
par¬
tes
de
los
seres
secundarios
y
i)ersonales.
Estos
seres
son
en
su
mayor
parte
muy
estúpidos
y
contraídos,
y
en
períodos
ordi¬
narios
se
les
corta
la
comunicación
con
el
yo
regular
y
normal
’
del
individuo,
pero
todavía
forman
unidades
conscientes,
y
en
suma,
son
completamente
dignas
de
ese
título
de
personalida¬
des
secundarias
que
ahora
se
les
da
comúnmente.
Según
(Ij
Bowne:
3Ietaphysics,
pág.
.362.
EL
TOERENTE
DEL
PENSAMIENTO
245
Mr.
Janet,
estas
personalidades
secundarias
son
siempre
anor¬
males
y
resultan
de
la
división
de
lo
que
debía
ser
un
simple
yo
completo
en
dos
partes,
una
de
las
cuales
espía
en
el
segun¬
do
término,
mientras
que
la
otra
aparece
en
la
superñcie
como
el
único
yo
que
tiene
el
hombre
ó
la
mujer.
Para
nues¬
tro
propósito
actual
no
es
importante
que
esta
noticia
del
origen
de
los
yos
secundarios
sea
aplicable
á
todos
los
casos
posibles
ó
no,
porque
seguramente
es
verdadera
de
un
gran
número
de
ellos.
Ahora
bien:
aunque
las
dimensiones
de
un
yo
secundario
formado
así
dependerán
del
número
de
pensa¬
mientos
que
se
han
dividido
así
de
la
conciencia
principal,
su
forma
tiende
á
la
personalidad,
y
los
últimos
pensamientos
pertenecientes
á
él
recuerdan
los
primeros
y
los
adoptan
como
propios.
Janet
aprovechó
el
momento
actual
de
conden¬
sación
(por
decirlo
así)
de
una
de
estas
personalidades
secun¬
darias
en
su
sonámlmla
anestésica
Lucía.
Encontró
que,
cuan¬
do
la
atención
de
esta
joven
estaba
absorta
en
conversación
con
una
tercera
persona,
su
mano
anestésica
podía
escribir
las
simples
respuestas
á
las
cuestiones
susurradas
á
ella
¡lor
él
mismo.
«¿Oís?»
preguntaba
él.
«Aú»,
era
la
réplica
inconscien¬
temente
escrita.—«Pero
para
responder
debéis
oir».
<S¿,
exac¬
tamente».
«Entonces,
¿cómo
os
las
arregláis?»
<^No
lo
sé».
<íDebe
haber
alguien
que
me
oye».
<S¿».
«¿Quién?»
Algún
otro
que
Lucia».
«¡Ah!
otra
persona».
«¿Lo
daremos
un
nombre?»
«No».
«Sí,
será
más
conveniente»,
«Bien,
entonces,
Adriana».
«Una
vez
bautizado
el
personaje
subconsciente,
continúa
Ja¬
net,
se
hace
más
doñnidamente
esbozado
y
despliega
mejor
sus
caracteres
psicológicos.
En
particular
nos
demuestra
que
es
consciente
do
los
sentimientos
excluidos
de
la
conciencia
del
personaje
primario
ó
normal.
Ella
es
quien
nos
dice
que»
estoy
pinchando
,
el
brazo
ó
tocando
el
dedo
meñique
en
qu'e
Lucía
durante
tanto
tiempo
no
tuvo
sensaciones
táctiles»
(1).
En
otros
casos,
la
adopción
del
nombre
para
el
yo
secunda¬
rio
es
más
espontánea.
Yo
he
visto
á
un
gran
número
de
inci¬
pientes
escritores
automáticos
y
médiums
todavía
imperfec¬
tamente
«desarrollados»
que
inmediatamente,
y
por
su
propio
impulso,
escriben
y
hablan
en
nombre
de
espíritus
fenecidos.
Estos
pueden
ser
caracteres
públicos,
como
Mozart
y
Faraday,
(1)
L’Automatisme.Fsychologique,
pág.
318.
246
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
Ó
personajes
reales
anteriormente
conocidos
del
sujeto
ó
seres^
\
del
todo
imaíi’inarios.
Sin
prejuzgar
la
cuestión
del
«dominio
real
del
espíritu»
en
las
especies
más-desarrolladas
de
expre¬
sión
extática,
me
inclino
á
pensar
que
estas
expresiones
rudi¬
mentarias
(muclias
veces
deplorablemente
ininteligibles)
son
obra
de
una
fracción
inferior
del
espíritu
propio
y
natural
del
sujeto,
libertadas
del
dominio
do
las
demás
y
obrando
con
arre¬
glo
á.
un
modelo
fijado
por
los
prejuicios
del
ambiente
social.
En
una
comunidad
espiritualista
obtenemos
mensajes
opti¬
mistas,
mientras
que
en
una
ignorante
aldea
católica,
el
per¬
sonaje
secundario
se
da
á
sí
mismo
el
nombre
de'
un
demonio,.
.
y
profiere
blasfemias
y
obscenidades,
en
vez
de
decirnos
cuán
feliz
es
en
el
país
de
la
bienaventuranza
(1).
Bajo
estas
regiones
del
pensamiento,
que,
aunque
rudi¬
mentarias,
todavía
son
yos
organizados,
con
una
memoria,
há¬
bitos
y
sentido
do
su
propia
identidad,
Janet
piensa
que
Ios-
hechos
do
la
catalopsia
en
los
pacientes
liistéricos
noí?
inducen
■
á
suponer
que
hay
pensamientos
completamente
desorganiza¬
dos
é
impersonales.
Un
paciento,
en
un
ataque
cataléptico
((pie
puede
producirse
artificialinente
en
ciertos
sujetos
hipnotiza¬
dos)
está
sin
memoria
al
despertar
y
parece
insensible
ó
in¬
consciente
mientras
dura
la
situación
catalóptica.
No
obstan¬
te,
si
uno
alza
el
brazo
de
ese
sujeto
se
queda
en
esa
posición,
y
todo
el
cuerpo
puede
así
ser
moldeado
como
arcilla
en
ma¬
nos
del
alfarero,
conservando
durante
un
tiempo
considerable
cuakiuier
actitud
que
se
le
comunique.
En
las
histéricas
cuyo-
brazo,
por
ejemplo,
es
anestésico,
puede
ocurrir
la
misma
cosa.
El
brazo
anestésico
puede
permanecer
pasivamente
en
posi¬
ciones
que
se
acostumbra
á
tomar,
ó
si
se
coge
la
mano
y
so
le
hace
sostener
una
pluma
y
trazar
cierta
letra,
continuará
in-
/
definidamento
trazando
esa
letra
sobre
el
papel.
Hasta
hace
poco
se
supuso
que
estos
actos
no
iban
acompañados
de
con¬
ciencia
alguna
y
que
oran
actos
reflejos
fisiológicos.
Janet
con¬
sidera,
con
razones
mucho
más
plausibles,
que
el
sontimienta
los
escolta.
Probablemente,
el
sentimiento
es
únicamente
el
do
(1)
Cf.
Constans:
Belation
mr
une
Epideniie
dliyatéro-démonopa-
thie
en
1861;
2.'*
edición;
París,
1863;
Chiap
y
Pranzolini:
L’Epidemia
d’istero-demonopatia
in
Verzegnis;
Reggio,
1.879,
Véase
también
la
i)e-
qiieña
obra
de
Iterner:
Nacliriclit
von
dem
hrkommem
des
Besessen-
seins,
1836.
EL
TORRENTE
DEL
PENSAMIENTO
247
la
posición
ó
movimiento
del
miembro,
y
no
produce
más
que
sus
efectos
naturales
cuando
se
descarga
en
los
centros
moto¬
res
que
conservíin
la
posición
ó
tienen
el
movimiento
ince¬
santemente
renovado
(1).
Pensamientos
como
éstos,
dice
Ja-
net,
«no
son
conocidos
por
nadie,
porque
las
sensaciones
dis¬
gregadas
y
reducidas
á
un
estado
de
sedimento
mental
no
so
sintetizan
en
personalidad
alguna»
(2).
Admite,
no
obstante,
que
estos
mismos
pensamientos
inexplicablemente
estúpidos
tienden
á
desarrollar
la
memoria;
el
cataléptico
mueve
su
bra¬
zo
durante
mucho
tiempo
á
un
simple
aviso;
así
que
no
forman
excepción
importante
á
la
ley
de
que
todo
pensamiento
tiende
á
revestir
la
forma
de
conciencia
personal.
2)
EL
PENSAMIENTO
ESTÁ
EN
CAMBIO
CONSTANTE
No
quiero
decir
necesariamente
que
ningún
estado
de
es¬
píritu
tenga
duración;
aunque
fuese
cierto,
sería
difícil
de
es¬
tablecer.
El
cambio
que
yo
tengo
en
cuenta
más
particular¬
mente,
es
el
([ue
tiene
lugar
en
intervalos
de
tiempo
sensible,
y
el
resultado
sobre
el
cual
deseo
apoyarme
es
éste:
que
nin¬
gún
estado,
una
vez
desaparecido,
jniede
volver
y
ser
idéntico
á
lo
que
fué
antes.
Comencemos
con
la
descripción
de
Shadworth
Hodgson:
^
‘‘Voy
(lirectaiiiente
á
los
hechos,
sin
decir
que
voy
á
la
percepción
ó
á
la
sensación,
ó
al
pensamiento
ó
á
cualquier
modo
especial.
Lo
que
encuentro
cuando
contemplo
mi
conciencia
es
que
aquéllo
do
que
no
puedo
despojarme,
ó
no
tener
en
la
conciencia,
si
tengo
conciencia^
es
una
consecuencia
de
sentimientos
diferentes.
Puedo
cerrar
mis
ojos
y
conservarlos
así
perfectamente
y
no
tratar
de
contribuir
en
algo
con
mi
propia
voluntad;
pero,
piense
ó
no
piense,
perciba
ó
no
las
cosas
exteriores,
tengo
siempre
una
sucesión
de
cosas
diferentes.
Todo
lo
demás
(lue
yo
pueda
tener
también
de
un
cárácter
más
espe¬
cial
entra
á
formar
parte
de
esta
sucesión.
No
tener
la
sucesión
de
los
diferentes
sentimientos
es
no
ser
consciente
en
absoluto.
La
cade¬
na
de
la
conciencia
es
una
ilación
de
cosas
diferentes^
(3).
(1)
i^ara
la
fisiología
de
esto
compárese
el
capítulo
sobre
la
Vo¬
luntad.
(2)
Loco
pág.
31G.
(3)
The
Fhilosophy
of
Beflection,
I,
248,
290.
248
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
Una
descripción
como
ésta
no
puede
suscitar
protesta
po¬
sible
de
nadie.
Todos
nosotros
reconocemos
como
diferentes
grandes
clases
de
nuestros
estados
conscientes.
Ahora
estamos
viendo,
luego
oyendo,
ahora
razonando,
luego
queriendo,
alio¬
na
ijecordando,
luego
esperando,
aliora
amando,
luego
odian¬
do,
y
do
otras
cien
maneras
conocemos
que
nuestros
espíritus
están
alternativamente
ocupados.
Pero
todos
estos
son
estados
complejos.
La
aspiración
de
la
ciencia
es
siempre
reducir
la
complejidad
á
la
sencillez,
y
en
la
ciencia
psicológica
tenemos
la
celebrada
«teoría
de
fas
ideas
q
u
e,
admitiendo
la
gran
di¬
ferencia
entro
cada
una
de
las
que
pueden
llamarse
condicio¬
nes
concretas
del
espíritu,
trata
de
demostrar
cómo
esto
es
el
efecto
resultante
de
variaciones
en
la
combinación
de
ciertos
elementos
simples
de
conciencia
que
siempre
permanecen
idénticos.
Estos
átomos
ó
moléculas
mentales
son
lo
que
Loc-
ke
llamaba
«ideas
simples».
Algunos
de
los
sucesores
de
Loc¬
he
sostuvieron
que
las
únicas
ideas
simples
eran
las
sensacior
nes
así
estrictamente
llamadas.
Con
todo^
ahora
no
nos
incum¬
be
averiguar
cuáles
pueden
ser
las
ideas
simples.
Basta
que
ciertos
filósofos
hayan
pensado
que
podían
observarse
bajo
la
apariencia
disolvente
del
espíritu
ciertos
liechos
elementales
de
cualquier
clase
que
permanecían
invariables
en
medio
del
.flujo.
•
'
Y
la
opinión
de
estos
filósofos
ha
sido
poco
discutida,
por¬
que
nuestra
experiencia
común
parece,
á
primera
vista,
corro¬
borarla
por
completo.
¿No
son
las
sensaciones
que
obtenemos
del
mismo
objeto,
por
ejemplo,
siempre
las
mismas?
¿No
nos
hace
oir
de
la
misma
manera
la
misma
clave
del
piano
golpea¬
da
con
la
misma
fuerza?
¿No
nos
da
la
misma
hierba
la
misma
sensación
de
Amrde,
el
mismo
cielo
la
misma
sensación
de
azul,
y
no
obtenemos
la
misma
sensación
olfativa
cuantas
veces
apli¬
camos
nuestra
nariz
al
mismo
frasco
de
colonia?
Parece
un
resto
de
sofistería
metafísica
sugerir
que
no
es
así;
y,
sin
em¬
bargo,
una
minuciosa
atención
al
asunto
demuestra
que
no
hay
prueba
de
que
la
misma
sensación
corporal
es
siempre
obteni¬
da
por
nosotros
dos
veces.
'
^
Lo
que
se
obtiene
dos
veces
es
el
mismo
objeto.
Oímos
la
misma
nota
una
y
otra
vez;
vemos
la
misma
cualidad
de
verde
ú
olemos
el
mismo
perfume
objetivo
ó
experimentamos
la
misma
especie
de
dolor.
Las
realidades,
concretas
ó
abstractas,
físicas
é
ideales,
en
cuya
existencia
permanente
creemos,
pa-
EL
TORRENTE
DEL
PENSAMIENTO
249
recen
estar
presentándose
constantemente
á
nuestro
pensa¬
miento,
y
nos
conducen,
en
nuestra
negligencia,
á
suponer
que
nudstrás
«ideas»
de
ellas
son
las
mismas
ideas.
Cuando
llegue¬
mos,
algo
más
tarde,
al
capítulo
sobrofla
Percepción,
veremos
cuán
inveterada
es
nuestra
costumbre
de
no
esperar
á
las
sen¬
saciones
como
hechos
subjetivos,
sino
de
emplearlas
simple¬
mente
como
piedras
miliarias
para
pasar
al
reconocimiento
de
las
realidades
cuya
presencia
revelan.
La
hierba
que
crece
en
la
ventana
me
parece
ahora
del
mismo
verde
al
sol
que
á
la
sombra,
y,
sin
embargo,
un
pintor
tendría
que
pintar
una
par¬
te
obscura
y
por
otra
parte
amarillo
brillante,
x>ara
dar
su
real
efecto
sensacional.
No
tenemos
cuidado,
por
regla
general,
de
■
la
manera
diferente
con
que
las
mismas
cosas
parecen
y
sue¬
nan
y
huelen
á
diferentes
distancias
y
bajo
diferentes
circuns¬
tancias.
La
igualdad
de
las
cosas^es
lo
que
nos
interesa
señalar;
y
las
sensaciones
que
nos
aseguran
de
eso
probablemente
se
considerarán
de
una
níanera
vaga'ser
lo
mismo
que
otra.
Esto
es
lo
que
hace
testimoniar
de
improviso
sobre
la
identidad
subjetiva
de
diferentes
sensaciones
casi
indignas
como
prueba
del
heclio.
La
historia
entera
de
la
Sensación
es
un
comentario
sobre
nuestra
incapacidad
para
decir
si
dos
sensaciones
reci¬
bidas
aparte
son
exactamente
iguales.
Lo
que
llama
nuestra
atención
mucho
más
que
la
cualidad
ó
la
cantidad
dé
una
sen¬
sación
dada,
eá
su
razón,
para
cualesquiera
otras
sensaciones
podemos
tener
al
mismo
tiempo.
Cuando
todo
es
obscuro,
una
sensación
algo
menos
obscura
nos
hace
ver
un
objeto
blanco.
Helmholtz
calcula
que
el
mármol
blanco
pintado
en
un
cuadro
ó
representando
una
vista
arquitectónica
á
la
luz
de
la
luna
es,
cuando
se
ve
á
la
clarid'ad
del
día,
diez
veces
más
brillante
que
el
mármol
real
lo
sería
á
la
luz
de
la
luna
(1).
'
Una
diferencia
como
esta
nunca
jDodría
aprenderse
sensible¬
mente,
ha
de
inferirse
de
una
serie
de
contradicciones
indirec¬
tas.
Hay
hechos
([ue
ños
hacen
creer
que
nuestra
sensibilidad
se
altera
todo
el
tiempo,
de
suerte
que
el
mismo
objeto
no
puedo
darnos
fácilmente
la
misma
sensación
de
nuevo.
La
sen¬
sibilidad
de
los
ojos
á
la
luz
llega
á
su
máximum
cuando
el
ojo
,se
expone
por
vez
primera
y
se
debilita
con
sorprendente
ra¬
pidez.
El
sueño
de
una
larga
noche
hará
ver
las
cosas
dos
ve-
(1)
Poimldre
Wissenschaftliche
Vortrage,
Drittes
Heft,
pág.
72,
(187G).
250
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
ces
más
claras
al
despertar,
como'el
simple
descanso
por
el
cierre
de
puertas
hará
verlas
más
tarde
por
el
día
(II.
Senti¬
mos
las
cosas
de
distinta
manera
seft-ún
que
estamos
durmien¬
do
ó
despiertos,
hambrientos
ó
satisfechos,
lifíeros
ó
fatií^ados;
de
distinta
manera
por
la
noche
y
por
la
mañana;
de
distinta
manera
en
el
invierno
y
en
el
verano,
y,
sobro
todo,
de
distin¬
ta
manera
en
la
infancia,
en
la
virilidad
y
en
la
edad
madura.
Sin
embargo,
nunca
dudamos
de
que
nuestros
sentimientos
revelan
el
mismo
mundo,
con
las
mismas
cualidades
sensibles
y
las
mismas
cosas
sensibles
que
lo
ocupan.
La
diferencia
de
sensibilidad
se
demuestra
mejor
por
la
diferencia
de
nuestra
emoción
sobre
las
cosas
de
una
edad
á
otra,
ó
cuando
estamos
en
diferentes
situaciones
orgánicas.
Lo
que
era
radiante
y
ex¬
citante
se
hace
aburrido,
monótono
ó
inútil.
La
canción
del
pájaro
es
fastidiosa,
la
brisa
es
fúnebre,
el
cielo
es
triste.
A
estas
hipótesis
indirectas
de
que
nuestras
sensaciones,
siguiendo,
las
modiñcacionee
de
nuestra
capacidad
para
el
sen¬
timiento,
están
sufriendo
siempre
un
cambio
esencial,
debe
añadirse
otra
suposición,
basada
en
lo
que
debe
ocurrir
en
el
cerebro.
Toda
sensación
corresponde
á
alguna
acción
cerebral.
Porque
para
que
una
sensación
idéntica
retornase,
tendría
que
ocurrir
la
segunda
A^ez
eyi
un
'cerebro
no
modificado.
Pero
como
esto,
estrictamente
hablando,
es
de
una
imposibilidad
fisioló¬
gica,
así
un
sentimiento
no
modificado
¿s
una
imposibilidad-
porqué
á
toda
modificación
cerebral,
por
pequeña
que
sea,
debe
corresponder
un
cambio
de
igual
alcance
en
el
sentimien¬
to
á
que
el
cerebro
se
subordina.
Todo
esto
sería
cierto
si
las
sensaciones
viniesen
á
nosotros
puras
y
simples
y
no
combina¬
das
en
«cosas».
Aun
entonces
tendríamos
que
confesar
que,
aunque
podamos
en
la
conversación
ordinaria
hablar
de
obte-
tener
la
misma
sensación
de
nuevo,
nunca
en
la
estricta
exac¬
titud
teórica
podemos
liacerlo
así;
y
que,
sea
ó
no
cierto
del
río
de
la
vida,
del
río
del
sentimiento
elemental,
es
muy
cier¬
to
decir,
como
Heráclitus,
que
nunca
bajamos
dos
veces
por
el
mismo
cauce.
Pero
si
la
suposición
de
«simples
ideas
de
sen¬
sación»,
recurriendo
en
forma
inmutable,
se
demuestra
tan
fácilmente
que
está
desxirovista
de
fundamento,
¡cuánto
más
infundada
es
la
suposición
de
inmutabilidad
en
las
grandes
masas
de
nuestro
pensamiento!
(1)
Fick;
(MI
llermann’s
Handbiich
Fhysiology,
vol.
III,
I,
pág.
225.
EL
TORRENTE
DEL
PENSAMIENTO
251
Porque
es
evidente
y
palpable
(lue
nuestro
estado
de
alma
nunca
es
precisamente
el
mismo.
Todo
pensamiento
que
tene¬
mos
do
un
lieclio
dado
es,
estrictamente
iiablando,
único,
y
sólo
tiene
una
semejanza
de
género
con
nuestros
otros
pensa¬
mientos
del
mismo
hecho.
Cuando
retorna
el
hecho
idéntico,
debemos
pensar
en
él
de
una
manera
nueva,
verlo
bajo
un
án¬
gulo
diferente,
percibirlo
en
diferentes
relaciones
de
aquéllas
en
que
al
lin
aparecieron.
Y
el
pensamiento
por
el
cual
lo
co¬
nocemos
os
el
pensamiento
de
él
en
esas
relaciones;
un'pensa¬
miento
difundido
en
la
conciencia
de
todo
ese
sombrío
con¬
junto.
Muchas
veces
nosotros
mismos
nos
sentimos
impresio¬
nados
por
las
extrañas
diferencias
de
nuestras
sucesivas
pers¬
pectivas
de
la
misma
cosa.
Nos
asombra
cómo
habríamos
opi¬
nado
el
mes
pasado
sobre
cierto
asunto.
Hemos
desechado
la
posibilidad
de
ese
estado
de
espíritu,
no
sabemos
cómo.
Do
un'
año
á
otro
vemos,
cosas
á
la
nueva
luz.
Lo
que
fué
irreal
se
ha
hecho
real,
y
lo
que
fué
excitante
es
insípido.
Los
amigos
que
nos
acostumbramos
á
estimar
en
todp
el
mundo,
so
han
hun¬
dido
en
las
sombras;
las
mujeres,
alguna
A'ez
tan
divinas,
las
estrellas,
los
bosques
y
Ibs
mares,
¿cómo
son
ahora
tan
estúpi¬
dos
y
vulgares?;
las
jóvenes,
((ue
llevaban
una
aura
de
infini¬
to,
al
presente
son
existencias
que
no
advertimos
apenas;
los
cuadros
son
tan
vacíos,
y
en
cuanto
á
los
libros,
¿qué
em
lo
que
nos
hacía
encontrar
tan
misterioso
significado
en
Goethe,
ó
tanta
solidez
y
peso
en
John
Stuart
Mfll?
Ln
vez
de
todo
esto,
más
sabroso
que
nunca
es
el
trabajo,
y
más
lleno
y
pro¬
fundo
el
cumplimiento
de
los
deberos
comunes,
y
el
disfruté
do
los
bienes
ordinarios.
Pero
lo
([ue
aquí
nos
asombra
tan
forzosamente
en
la
escala
más
visible,
existe
en
toda
escala,
liasta
la
imperceptible
transición
de
la
contemplación
fija
de
pna
hora
antes
á
la
de
la
siguiente.
La
experiencia
nos
está
rehaciendo
á
cada
momento,
y
nuestra
reacción
mental
sobre
toda
cosa
dada
es
realmente
una
resultante
de
nuestra
expe¬
riencia
de
torio
el
mundo
hasta
la
fecha.
Las
analogías
de
la
fisiología
cerebral
deben
ser
utilizadas
para
corroborrar
nuestra
opinión.
Nuestros
primeros
capítulos
nos
han
enseñado
á
creer
que,
mientras
pensamos,
nuestro
cerebro
cambia,
y
que,
como
la
aurora
boreal,
todo
su
equilibrio
interno
cambia
con
cual-
(luier
palpitación
do
cambio.
La
naturaleza
precisa
del
cambio
en
un
momento
dado
es
un
producto
de
múltiples
factores^
El
258
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
La
confusión
reside
entre
los
pensamientos
mismos,
consi¬
derados
como
hechos
subjetivos
y
las
cosas
do
las
cuales^son
conscientes.
Es
natural
hacer
esta
confusión,
poro
es
fácil
evi¬
tarla
una
puesto
uno
en
guardia.
Las
cosas
son
discretas
y
discontinuas;
pasan
delante
de
nosotros
en
una
serio
ó
cade¬
na,
liaciondo
muclias
veces
apariciones
explosivas
y
dividien¬
do
cada
una
en
dos.
Pero
sus
idas
y
venidas
y
contrastes
no
rompen
ya
el
flujo
def
pensamiento
que
las
piensa,
como
no.
rompen
el
tiempo
y
el
espacio
en
que
están
situadas.
Un
silen¬
cio
puedo
ser
interrumpido
por
el
estallido
do
un
trueno,
y
podemos
quedar
tan
ensordecidos
y
confusos
por
un
momento
á
causa
del
choque,
que
no
nos
demos
en
aquel
instante
cuen¬
ta
á
nosotros
mismos
de
lo
que
ha
sucedido.
-Poro
esa
misma
confusión
es
un
estado
'mental
y
un
estado
que
nos
liace
pasar
directamente
desde
el
silencio
al
sonido.
La
transición
entre
el
pensamiento
do
un
objeto
y
el
pensamiento
de
otro,
no
es
una
hendedura
en
el
penmmiento,
colno
una
resquebrajadura
en
un
bambú
es
una
hendedura
en
el
bosque.
E.s
una
parte
de
la
conciencia
tanto
como
la
res(iuobrajadura
es
una
parte
del
hambú.
'
^
,
La
opinión
superficial
introspectiva
es
el
considerar,
aun
cuando
las
cosas
se
contrasten
unas
con
otras
más
violenta¬
mente,
la
gran
suma
do
afinidad
que
todavía
puede
subsistir
entre
los
pensamientos
por
cuyos
medios
son
conocidas.
En
el
acto
'de
darse
cuenta
del
trueno
mismo,
el
darse
cuenta
del
si¬
lencio
anterior
se
escurre
secretamente
y
continúa
trabajando,'
porque
lo
que
oímos
cuando
el
trueno,
crepita
no
es
el
trueno
puro,
sino
el
trueno
romiiiendo
el
silencio
y
contrastando
con
él
(1).
Nuestro
sentimiento
del
mismo
trueno
objetivo,
vinien¬
do
de
esta
manera,
es
completamente
distinto
de
lo
que
sería
si
el
trueno
fuese
una
continuación
del
trueno
anterior.
Cree¬
mos
que
el
trueno
mismo
anula
y
excluyo
el
silencio;
pero
el
^
sentimiento
del
trueno
os
también
un
sentimiento
del
silencio
que
acaba
de
pasar,
y
sería
difícil
encontrar
en
la
conciencia
actual
y
concreta/del
hombre,
ún
sentimiento
tan
limitado
al
presento
que
no
tuviese
una
indicación
do
algo
que*
viniese
antes.
Aquí
el
lenguaje
trabaja
además
contra
nuestra
percep-
(í)
Cf.
Breiitaiio:
Psychologie,
vol.
I,
págs.
219-20.
Todo
este
ca-,
])ítulo
de
Brejitaiio
sobre
la
Unidad
de
la
Conciencia
es
de
lo
mejor
([ue
yo
conozco.
EL
TORRENTE
DEL
PENSAMIENTO
259
ción
de
la
verdad.
Nombramos
simplemente
nuestros
pensa¬
mientos,
cada
uno
después
de
su
cosa,
como
si
cada
uno
cono¬
ciese
su
propia
cosa
y
nada
más.
Lo
que
realmente
conoce
cada
uno
es
claramente
la
cosa
que
se
nombra,
con
otras
mil
cosas,
acaso
confusamente.
Debe
ser
nombrado
después
de
todos
ellos,
pero
nunca
lo
es.
Al^ranos
de
ellos
son
siempre
conocidos
y
un
momento
los
hace
más
claros;
otros
son
cosas
que
han
de
conocerse
más
claramente
un
momento
después
(1).
Nuestra
propia
posición
corporal,
nuestra
actitud,
nuestra
condición,
es
una
de
las
cosas
do
las
cuales,
aunque
estemos
desatentos,
acompaña
invariablemente
alguna
conciencia
al
conocimiento
(1)
¡Honor
á
quien
se
debe
el
honor!
El
conocimiento
más
explí¬
cito
que
yo
lie
encontrado
de
todo
esto,
está
en
un
artículo
sepultado
y
olvidado
por
el
He
verendo
fas.
Wills,
sobre
la
Asociación
Occiden¬
tal
en
las
Transactions
ofthe
Boyal
Irisli
Academy,
vol.
XXI,
parte
I
(1846)
Mr.
Wills
escribe:
«En
todo
instante
del
pensamiento
conscien¬
te
hay
cierta
suma
de
percepciones
ó'reflexiones
ó
ambas
cosas
á
la
vez,
presentes,
y
constituyendo
juntas
todo
un
estado
de
aprehensión.
De
ésta,
alguna
porción
definida
puede
ser
mucho
más
distinta
que
todo
lo
demás,
y
lo
demás
es,
en
consecuencia,
proporcionadamente
vago,
aun
hasta
el
límite
del
olvido.
Pero
todavía,
dentro
de.
este
lí¬
mite,
la
más
turbia
sombra
de
percepción
entra
allí,
y
en
algún
grado
infinitesinial,
modifica
todo
el
estado
existente.
Este
estado
será,
en
cierto
modo,
modificado
jior
cualquier
sensación
ó
emoción,
ó
un
acto
de
atemtión
distinta,
que
pueden
dar
preponderancia
á
cualquier
parte
de
él;
de
suerte,
que
el
resultado
actxial
es
capaz
de
la
suma
va¬
riación,
según
la
persona
ó
la
ocasión.Para
cualquier
porción
cjel
fin
total-aquí
descrito,
i)ue
Je
haber
una
dirección
especial
do
la
aten¬
ción,
y
esta
dirección
especial
se
reconoce
como
estrictamente
lo
que
se
reconoce
como
la
idea
presente
al
espíritu.
Esta
idea
no
está
evi¬
dentemente
relacionada
con
el
estado
íntegro
de
aprehensión,
y
ha
surgido
mucha
perplejidad
de
no
observar
este
hecho.
Por
profunda¬
mente
que
podamos
suponer
que
la
atención
está
interesada
por
cual-
(piier
pensamiento,
cualquier
considerable
alteración
de
los
fenóme¬
nos
circundantes,
la
más
abstrusa
demostración
dada
en
esta
habita¬
ción,
no
impediría
á
un
oyente,
auiuiue
estuviese
absorto,
advertir
la
súbita
extinción
de
las
luces.
Nuestros
estados
mentales
tienen
siem-
])re
xina
tinidad
esencial
tal,
que
cada
estado
de
aprehensión,
aunque
variadamente
compuesto,
es
un
simple
conjunto,
del
cual
todo
com¬
ponente
se
aprehende
estrictamente,
por
consiguiente,
en
cuanto
que
se.
aprehende
como
una
parte.
Tal
es
la
base
elemental
por
la
cual
co¬
mienzan
todas
nuestras
operaciones
intelectuales».
260
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
de
cualquier
otra
cosa
que
conozcamos.
Pensamos,
y
cuando
pensamos
sentimos
nuestros
seres
corporales
como
el
sitio
del
pensamiento.
Si
el
pensar
es
nuestro
pensar,
debe
fundirse
en
todas
sus
partes
con
ese
peculiar
calor
ó
intimidad
que
lo
hace
como
nuestro.
Si
el
calor
y
la
intimidad
son
algo
más
que
el'
sentimiento
del
mismo
cuerpo
siempre
allí,
es
un
asunto
para
decidir
en
el
capítulo
siguiente.
Cualquiera
que
pueda
ser
el
contenido
del
yo,
es,
habitualmente,
sentido
con
cualquier
otra
cosa
por
nosotros,
humanos,
y
debe
formar
una
relación
entre
todas
las
cosas
de
las
cuales
nos
damos
cuenta
sucesivamen-
te
(1).
,
Sobre
esta
graduabilidad
en
los
cambios
do
nuestro
conte¬
nido
mental
pueden
derramar
alj^una
más
luz
los
principios
de
la
acción
nerviosa.
Cuando
al
estudiar,
en
el
capítulo
III,
la
agrupación
de
actividades
nerviosas,
vimos
que
ningún
es¬
tado
del
cerebro
puede
suponerse
que
muero
inmediatamente.
Si
viene
un
nuevo
estado,
la
inercia
del
estado
antiguo
toda¬
vía
estará
allí
y
modificará
el
estado
en
consecuencia.
Natu¬
ralmente
no
podemos
decir,
en
nuestra
ignorancia,
lo
que
en
cada
caso
dtíbon
ser
las
modificaciones.
Las
modificaciones
más
comunes
en
la
percepción
de
los
sentidos
son
conocidas
como
fenómenos
de
contraste.
En
estética
hay
los
sentimientos
de
deleite
ó
desagrado
que
ciertos
órdenes
particulares
dan
en
una
serie
de
impresiones.
En
el
pensamiento,
estrictamente
así
llamado,
hay
indiscutiblemente
esa
conciencia
del
de
donde
y
del
á
donde,
que
acompaña
siempre
á
sus
flujos.
Si
reciente¬
mente
la
íegión
cerebral
a
fue
vivamente
excitada,
y
—
luegOi
6,
y
ahora
vivamente
c,
la
conciencia
total
presento
no
es
producida
simplemente
por
la
excitación
do
c,
sino
tam¬
bién
por
las
muriontes
vibraciones
do
a
y
6.
Si
necesi¬
tamos
representar
el
proceso
cerebral,
debemos
escribir
así
a,
5,
c,
—
tres
diferentes
procesos
coexistentes,
y
relacionar
con
ellos
un
pensamiento
que
no
os
uno
de
los
tres
pensa¬
mientos
que
ellos
hubieran
producido
si
cada
uno
de
ellos
hubiese
ocurrido
sólo.
Poro
cualquiera
que
pueda
ser
exac¬
tamente
este
cuarto
pensamiento,
parece
imposible
que
no
fuese
\algo
semejante
á
cada
uno
de
los
otros
tres
pensa¬
mientos
cuyas
regiones
están
interesadas
en
su
producción.
(1)
Compárese
el
encantador
paisaje
de
Taine
en
La
Inteligen¬
cia,
I,
83-84.
EL
TORRENTE
DEL
PENSAMIENTO
261
aunque
en
una
fase
de
decaimiento
rápido.
Todo
esto
se
rela¬
ciona
con
lo
que
dijimos
unas
pocas
páginas
antes.
Como
cambia
la
neurosis
total,
así
cambia
la
psicosis
total.
Pero
como
los
cambios
de
la
neurosis
nunca
son
absolutamente
discontinuos,
así
las
sucesivas
psicosis
deben
moldearse
gra¬
dualmente
una
en
otra,
aunque
su
escala
de
cambio
puedeeer
mucho
más
elevada
en
un
momento
que
en
el
siguiente.
Esta
diferencia
en
la
escala
de
cambio
radica
en
la
base
de
una
diferencia
de
estados
subjetivos
do
la
cual
debemos
ha¬
blar
inmediatamente.
Cuando
la
escala
es
ínfima,
nos
damos-
cuenta
del
objeto
de
nuestro
pensamiento
de
una
manera
re¬
lativamente
reposada
y
estable.
Cuando
es
elevada,
nos
damos
cuenta
de
un
tránsito,
de
una
relación,
de
una
transición
de
él,
ó
entre
él
y
alguna
otra
cosa.
Cuando
tenemos,
de
hecho,
una
perspectiva
general
del
maravilloso
torrente
do
nuestra
con¬
ciencia,
lo
que
nos
clioca
primero
es
esta
diferente
gradación'
de
sus
partes.
Como
la
vida
de
un
pájaro,
parece
estar
com¬
puesta
de
una
alternativa
do
vuelos
y
posaduras.
Él
ritmo
del
lenguaje
expresa
éstos,
donde
todo
pensamiento
está
conden-
sado
en
una
sentencia,
y
toda
sentencia
cerrada
por
un
perío¬
do.
Los
lugares
do
descanso
están
ocupados
usualmonte
por
imaginaciones
sensoriales
de
alguna
especie,
cuya
peculiari¬
dad
es
que
pueden
mantenerse
ante
el
espíritu
por
algún
tiem¬
po
indefinido
y
sor
contempladas
sin
cambiay;
los
sitios
de
vuelo
están
llenos
de
pensamientos,
de
relaciones
estáticas
ó
dinámicas,
que
en
su
mayor
parte
se
obtienen
entre
los
obje¬
tos
contemplados
en
los.
períodos
de
relativo
descanso.
Llamemos
á
los
lugares
de
descanso
las
<í])artes
sustayitivas»
y
á
los
sitios
de
vuelo
las
«partes
transitivas-»
del
torrente
del^ien-
samiento.
Entonces
se
advierte
(lue
el
fin
principal
do
nuestro
pensa.r
es,
en
toda
ocaíüón,
la
,
obtención
de
alguna
otra
parte
sustantiva
distinta
de
aquélla
de
la
cual
hemos
sido
desaloja¬
dos.
Y
podemos
decir
que
el
principal
uso
dé
las
partes
tran¬
sitivas
es
llevarnos
de
una
conclusión
sustantiva
á
otra.
Aho¬
ra
bien:
es
muy
difícil,
introspectivamente,
ver
las
partes
transitivas
tales
como
son.
Si
no
son
más
que
direcciones
ha¬
cia
una
conclusión,
detenerse
á
contemplarlas
antes
de
que
se
liaya
alcanzado
la
conclusión
os
realmente
aniquilarlas.
Mien¬
tras
que
si
esperamos
á
que
la
conclusión
se
alcance,
acaso
las
excede
tanto
en
vigor
y
estabilidad,
que
las
eclipsa
y
absorbe
por
completo
en
su
brillo.
Que
alguien
trate
de
cortar
un
pen-
262
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
samiento
al
través
ó
al
medio
ó
do
dirigir
una
mirada
á
su
sec¬
ción,
y
verá
cuán
difícil
es
la
observación
introspectiva
de
las
regiones
transitivas.
El
junco
del
pensamiento
es
tan
estirado
que
casi
siempre
so
rompo
por
su
conclusión
antes
do
que
po¬
damos
cogerle.
O
si
nuestro
propósito
es
bastante
activo
y
po¬
demos
cogerle,
cesa
en
lo
sucesivo
de
ser
él
mismo.
Gomo
un
cristal,
do
un
copo
do
nieve
cogido
en
la
mano
caliente
no
es
ya
un
cristal,
sino
una
gota,
así,
en
vez
de
coger
el
sentimien¬
to
do
la
relación,
avanzandq
á
su
término,
encontramos
que
liemos
cogido
alguna
cosa
sustantiva,
ordinariiímente
la
últi¬
ma
palabra
que
hemos
pronunciado,
estáticamente
tomada,
y
con
su
función,
tendencia
y
significado
particular
en
la
sen¬
tencia
completamente
evaporada.
La
tentativa
de
un
análisis
introspectivo
en
estos
casos
os
en
realidad
como
agarrar
la
punta
de
una
rueca
para
coger
su
movimiento,
ó
tratar
de
apagar
el
gas
bastante
rápidamente
para
ver
lo
que
parece
la
obscuridad,
y
el
desafío
á
prodiieir
estas'
psicosis,
que
segura¬
mente
lanzan
los
psicólogos
dudosos
á
cualquiera
que
disputa
su
existencia,
es
tan
incorrecto
como
el
trato
de
Zenón
res¬
pecto
á
los
defensores
del
movimiento,
cuando,
pidiéndole
que
le
señalasen
en
qué
sitio
está
la
flecha
cuando
se
mueve,
argu¬
ye
la
falsedad
de
su
tesis,
de
su
incapacidad
de
dar
una
réplica
inmediata
á
tan
descabellada
cuestión.
Los
resultados
do
esta
dificultad
introspectiva
son
funes¬
tos.
Si
se
afirma
y
se
observa
que
las
partes
intransitivas
del
torrente
del
pensamiento
son
tan
sólidas,
entonces
el
gran
de¬
satino
á
que
están
píopensas
todas
las
escuelas
debe
ser
la
fal¬
ta
de
registrarlas,
y
el
indebido
énfasis
concedido
á
las
partes
más
sustantivas
del
torrente.
¿No
estaríamos
nosotros
mismos
un
momento
después
en
peligro
de
ignorar
cualquier
senti¬
miento
transitivo
entre
el
silencio
y
el
trueno,
y
do
considerar
su
lindero
como
una
especie
de
brecha
en
el
espíritu?
Ahora
bien,
una
ignorancia
como
esta
ha
trabajado
históricamente
en
dos
sentidos.
Una
serie
de
pensadores
han
sido
conducidos
por
ella
al
sensacionalismo
(1).
Incapaces
de
poner
sus
manos
en
los
groseros
sentimientos
correspondientes
á
las
innumera-
(1)
Sustituimos
por
esta
locución
más
filosófica
y
legíthua
la
im¬
propia
denominación
de
sensualismo
(iiie
han
empleado
los
compen¬
dios
de
filosofía
española’al
tratar
de
la
escuela
de
Locke
y
Condi-
llac,
los
príncipes
de
esta
dirección
filosófica.—
K.
del
T.
EL
TORRENTE
DEL
PENSAMIENTO
263
hles
relaciones
y
formas
de
conexión
entre
los
hechos
del
mundo,
no
encontrando
modificaciones
subjetivas
nombradas
que
representen
tales
relaciones;
han
negado,
en
su
mayor
parte,
que
existan
los
sentimientos
de
relación,
y
muchos
de
ellos,
como
Hume,
han'ido
más
lejos,
negando
hasta
la
realidad
(le
la
mayoría
do
las
relaciones
fuera
del
espíritu
tanto
como
dentro
(le
él.
Las
psicosis
sustantivas,
las
sensaciones
y
sus
copias
y
derivativos,
yuxtapuestos
como
dominós,
pero
real¬
mente
separados,
todo
lo
demás
ilusión
verbal:
tal
es
la
cúspi¬
de
suprema
do
esta
opinión
H
)
.
Los
intelectualútas,
por
otra
parte,
incapaces
de
renunciar
á
la
^realidad
de
las
relaciones
extra
mentem
(fuera
do
la
mente);
pero
igualmente
incapaces
do
señalar
cualesquiera,sentimientos
substantivos
y
nítidos
en
los
cuales
fuesen
conocidas,
han
lieclio
la
mjsma
suposición
de
(jue
los
sehtimientos
no
existen.
Poro
lian
llegado
á
una
con¬
clusión
opuesta.
Las'relaciones
deben
ser
conocidas,
dicen
ellos,
en
algo
que
no
es
sentimiento
ni'modificación
mental
continua’y
consustancial
con
el
tejido
subjetivo
del
cual
so
elaboran
las
sensaciones
y
otros
estados
sustantivos.
Estas
re¬
laciones
son
conocidas
por
algo
que
radica
en
un
plano
com¬
pletamente
distinto,
por
un
actus
punís
del
Pensamiento,
do
la
Inteligencia
ó
do
la
Razón,
todo
escrito
con
mayúsculas,
y
considerándose
que
significa
algo
inconcebiblemente
superior
á
cualquier
hecho
de
la
sensibilidad.
Pero,
desde
nuestro
punto
do
vista,
los
Intelectualistas
y
los
Sensualistas
están
equivocados.
Si
hay
cosas
como
senti¬
mientos,
entonces,
tan
seguramente
como
exÁsten
'relaciones
ix
RERUM
NATURA,
no
mcnos,
sino
más
seguramente,
existen
senti¬
mientos
por
los
Cuales
son
conocidas
estas
relaciones.
Ho
hay
una
conjunción
ó
una
proposición,
y
apenas
una
frase
adverbial,
una
forma
sintática
ó
inflexión
de
voz
en
el
lenguaje
huma¬
no,
que
no
exprese
uno
ú
otro
matiz
do
relación
que
en
algún^
momento
sentimos
que
actualmente
existe
entre
los
objetos
más
vastos
de
nuestro
pensamiento.
Si
hablamos
objetiva¬
mente,
las
relaciones
reales
son
las
que
aparecen
reveladas;
si
(1)
Por
ejemplo:
«El
torrente
del
pensamiento
no
es
una
corrien¬
te
continua,
sino
una
serie
de
ideas
distintíjs,
más
ó
menos
rápidas
en
su
sucesión;
la
rapidez
es
mensural)le
por
el
número
que
pasa
á
través
del
espíritu
en
un
momento
dado»
(Bain:
Emotions
(oul
WilL
pág.
29).
■
264
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
hablamos
^ubjctivarnento,
el
torrente
de
la
conciencia
es
el
que
iguala
á
cada
una
de
ellas
por
una
coloración
íntima
que
los
da.
En
ambos
casos
las
relaciones
son
innumerables,
y
nin¬
gún
lenguaje
existente
es
capaz
de
dar
relieve
á
todos
sus
ma¬
tices.
Debemos
decir
un
sentimiento
do
y
y
do
si,
un
sentimiento
de
pero
y
un
sentimiento
exactamente
lo
mismo
(lue
de¬
cimos
sentimiento
á.Q
,azul
ó
sentimiento
de/rio.
Sin
embargo,
no
lo
hacemos
así;
tan
inveterado
se
ha
hecho
nuestro
hábito
de
reconocer
sólo
la
existencia
de
las
partes
sustantivas,
que
el
lenguaje
casi
se
niega
J
plegarse
á
cualquier
otro
uso.
Los
Empíricos
han
insistido
siempre
en
su
inñuencia
al
hacernqs
suponer
que
donde
tenemos
un
nombre
separado
debe
existir
una
cosa
separada
que
corresponda
á
ó!;
y
han
negado,
con
ra¬
zón,
la
existencia
do
la
multitud
(le
entidades,
principios
y
fuerzas
abstractas
en
cuyo
favor
no
podía
presentarse
ningu¬
na
otra
evidencia
que
ésta.
Pero
nada
han
dicho
de
ese
error
opuesto,
del
cual
dijihios
una
palabra
en
el
capítulo
VII
do
suponer
(jue,
donde
no
hay
un
nombre,
no
puede
existir
enti¬
dad
alguna.
Todos
los
estados
psíquicos
mudos
ó
anónimos
han
sido
suprimidos
á
sangre
fría
debido
á
este
error,
ó,
si
fueron
reconocidos,
han
sido
denominados
con
arreglo
á
la
percepción
sustantiva
á
(][ue
conducían
como
pensamientos
«acerca
do»
este
objeto
ó
«acerca
de»
aquél,
absor
viendo
la
estólida
palabra
«acerca
de»
toda
su
delicada
idiosincrasia
en
su
monótono
sonido.
Así
han
ido
continuamente
aumen¬
tando
la
acentuación
y
aislamiento
de
las
partes
sustantivas.
Una
vez
más
debemos
dirigir
una
ojeada
al
cerebro.
Cree-
.
mos
(lue
el
cerebro
es
un
órgano
cuyo
equilibrio
interno
está
siempre
en
un
estado
de
cambio;
el
cambio
que
afecta
á
todas
í
las
partes.
Las
palpitaciones
del
cambio
son
indudablemente
más
violentas
en
un
lugar
(pie
en
otro,
y
su
ritmo
más
rápido
en
esta
ocasión
(jue
en
aquélla.
Como
en
un
kaleidoscopio
que
gira
en
una
proporción
uniforme,
aumiue
las
figuras
están
siempre
reorganizándose,
hay
instantes
durante
los
cuales
la
transformación
parece
minuciosa
ó
intersticial
y
casi
ausente,
seguidos
de
otros
en
que
se
efectúa
con
mágica
rapidez,
alter¬
nando
así
las
formas
relativamente
establos
con
formas
que
no
se
distinguirían
si
se
viesen
de
nuevo;
así
en
el
cerebro
la
re¬
organización
perpetua
debe
resultar
en
algunas
formas
de
ten-
.sión
que
se
dilatan
en
un
intervalo
relativamente
largo,
mien-
EL
TORRENTE
DEL
PENSAMIENTO
265
tras
que
otras
simplemente
vienen
y
pasan.
Pero
si
la
concien¬
cia
corresponde
al
liecho
de
la
reorí^anización
misma,
¿por
qué,
si
no
se
paraliza
la
reorganización,
ha
de
cesar
jamás
la
con¬
ciencia?
Y
si
una
reorganización
dilatada
lleva
consigo
un
gé¬
nero
do
conciencia
¿por
qué
una
rápida
reorganización
no
pro¬
duciría
otro
género
do
conciencia
tan
peculiar
comó
la
reor¬
ganización
misma?
Las
conciencias
dilatadas,
si
son
de
simples
objetos,
las
llamamos
«sensaciones»
ó
«imágenes»,
según
que
son
vividas
ó
tenues;
si
de
objetos
complejos,-las
llamamos
«percepciones»,
cuando
son
vividas;
«conceptos»
ó
«pensa¬
mientos»
cuando
son
tenues.
Para
las
conciencias
rápidas
sólo
tenemos
osos
nombres
de
«estados
transitivos»
ó
«sentimien¬
tos
de
relación»
que
liemos
empleado
(1).
Como
los
cambios
(1)
Pocos
escritores
han
admitido
que
conozcamos
relaciones
por
medio
del
sentimiento.
Los
intelectualistas
han
negado
explícitamen¬
te
la
posibilidad
de
tal
cosa.
Por,
ejemplo,
el
profesor
Green
(Mind.,
vol.
Vn,
|)ág.
23):
«Ningún
sentimiento,
como
tal
ó'
como
senti¬
do,
es,(¿de?)
una
relación
A
ún
una
relación
entre
sentimientos
no
es
en,
sí
misma
un
sentimiento
ó
sentido».
Por
otra
parte,
los
sensa-
cionistas
han
entrado
de
contrabando
en
el
conocimiento
sin
dar
cuenta
alguna
de
él,
ó
han
negado
que
las
relaciones
se
conozcan
y
aun
(|ue
existan
del
todo,
^lerecen,
sin
embargo,
nombrarse
algunas
honrosas
excepciones
entre
los
sejisacionistas.
Destutt
de
Tracy,
La-
romiguiére,
Cardaillac,
Brown
y
linalmente
vSpencer,
lian
abogado
ex¬
plícitamente
por
los
sentimientos
de
relación,
consustanciales
con
qiuestros
sentimientos
ó'pensamientos
de
los
términos
«entre»
los
cuales
se
adíiuieren.
Así
Destutt
de
Tracy
dic.e
(Eléments
d’tdeologie,
tomo
I,
.cap.
IVj:
«La
facultad
del
juicio
es
en
sí
misma
una
especie
de
sensibilidad,
porque
es
la
facultad
de
sentir
jas
relaciones
entre
nuestras
ideas;
y
sentir
las
relaciones
es
sentir».
Laromiguiére
escri¬
be
(Legona
de
FhilosopMe,
2.*'
parte,
;3.“
sección):
«No
hay
nadie
cuya
inteligencia
no
abanpie
simultáneamente
muchas
ideas,
más
ó
menos
distintas,
más
ó
menos
confusas.
Ahora
bien;
cuando
tenemos
muchas
ideas
de
una
vez,
surge
en
nosotros
un
sentimiento
peculiar:
senti¬
mos,
entre
estas
i(h»as,
semejanzas,
diferencias,
relaciones.
Llamemos
este
modo
del
sentimiento,
comiin
á
todos
nosotros,
el
sentimiento
de
relación
ó
sentimiento-relación
(sentiment-rapx)ort).
Uno
ve
inme¬
diatamente
que
estos
sentimientos-relaciones,
resultantes
de
la
pro¬
pincuidad
de
ideas,
deben
ser
infinitamente
más
numerosos
que
los
sentimientos-sensaciones
(sentiments-sensutions)
ó
los
sentimientos
([ue
timemos
de
la
acción
de
nuestras
facultades.
El
más
ligero
cono¬
cimiento
de
la
teoría
matemática
de
las
combinaciones
probará
266
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
(1g1
cerebro
son
continuos,
así
todas
estas
conciencias
se>
fun¬
den
unas
en
otras,
como
cuadros
disolventes!
Propiamente
no
son
más
que
una
conciencia
prolongada,
un
torrente
continuo.
esto.
Liis
ídea.9
de
relación
originan
sentimientos
de
relación.
Es¬
tos
son
el
efecto
de
conii)ararlas
y
razonar
ae.erca
de
ellas^.
De
un
modo
análogo
se
expresa
De
Cardalllac'('Ü'í?ídc.‘?
elémeniairefidePhi-
Zo.S’op/íie,
sección
.1,
cap.
Vllj:
Poruña
conseímencia
natural,
somos
inducidos
á
suponer
(|uo
al
mismo
tiíunpo
qne
tenemos
varias
sensa-
(•iones
ó
varias
ideas
en
el
espíritu,
sentimos
las
relaciones
(jub
exis¬
ten
entre
estás
setisaciones,
y
las
relaciones
que
existen
entre
estas
ideas.Si
el
sentimiento
de
las
rcdaciones
existe
en
nosotros.,
es
necesariamente
el
más
variado
y
el
más
fértil
detodbs
los
sentimien¬
tos
humanos:
l.°)
el
más
variado,
poiaiue
siendo
las
relaciones
más
numerosas
que
los
séres,
los
sentimientos
de
relación
deben
ser
en
la
misma
proporción
más
numerosos
que
las
sensaciones
cuya
pre¬
sencia
dá
origen
á
su
formación;
2.*^)
el
más
fértil,,porriue
las
ideas
relativas
cuyo
origen
es
el
sentimiento
de
relaciórt.,
son
más
impor¬
tantes
([ue
las
ideas
absolutas,
si
éstas
existen.Si
interrogamos
al
lenguaie
común,
encontramos
el
sentimiento
de
relación
exjmesado
de
mil
diferentes
maneras.
Si
es
fácil
de
percibir
una
relación,
deci¬
mos
(|ue
es
sensible,
para
distinguirla
dé
luia
qúe
no
puede
ser
tan
rápidamente
pendbida,
porque
sus
términos
son
demasiado
remotos.
Una
diferencia
ó
seme¡anza
sensible.
¿
Qné
es
el
gusto
en
las
artes,
en
las
producciones
intelectuales?
(-Qué
es
más
que
el
sentim,lento
de
estas
relaciones
éntrelas
i)artes
(¡xie
constituyen
su
mérito?.No
sen¬
timos
relaciones
(¡ue
nunca
hubiéramos
de
adquirir
i)Or
el
verdadero
conocimiento.,
poáque
casi
todo
nuestro
conocimiento
es
de
rela¬
ciones.Nunca
temimos
una
sensación
aislada.;
nunca,
i)or
consi¬
guiente,
estamos
sin
seiitimiento
de
relación.Un
objeto
hiere
nues¬
tros
sentidos;
vemoq
en
él
sólo
un
sentimiento
de
relación.
Lo
re¬
lativo
es
tan
próximo
á
lo
absoluto,
el
sentimiento-relación
tan
pró-
.
xinlo
al
sentimiento-sensación,
los
dos
están
tan
íntimamente
fundi¬
dos
en
la
composición
del
objeto;
(lue
la
rehunón
nos
parece,
una
parte
de
la
sensación
misma.
iTidudablemente
á
esta
especie
de
fusión
en¬
tre
las
sensaciones
y
los
sentimieiijhos
dé
relación,
se
debe
el
silencio
de
los
motafísicos
resp(!cto
á
los
ixltirnos;
y
por
la
misma
razón
han
¡xersistido
obstinadamente
en
exigir
de
la
sensación
sólo
esas
ideas
de
refación
(lue
era
impotente
ixara
dar?.’.
El
Dr.
Tomás
Brown
escri-
be
(Lectures,
XLV,
al
principio):
-«Hay
un
orden
extenso
de
nuestros
sentimientos
que
(mvuelven
esta
noción
de
relación,
y
que
(musiste,
(ui
verdad,
en
la
m(íra
perceixción
de-una
relación
de
ciertíi
clase.
Ya
sea
]a
relación
d(í
dos
ó
de
muchos
objetos
exteriores,
ó
de
dos
ó
muchas
afecciones
def
espíritu,
el
sentimiento
de
esta
ndación.es
EL
TORRENTE
DEL
PENSAMIENTO
267
Sentimientos
de
tendencia.
.
.
‘
O.tro
tanto
ocurre
con
los
estados
transitivos.
Pero
liay
otros
estados
innominados
ó
cualidades
de
estados
que
son
precisamente
tan
importantes
y
cognoscitivos
como
ellos,
y
(¡ue
precisamente
han
sido
tan
poco
reconocidos
por
las
filo¬
sofías
sensacionalista
tradicional
é
intelectualista
del
espíritu..
lo
qiiP
yo
denomino
ana
sligestióir
relativa;,
siendo
esa
frase
la
más
sencilla
que
es
posible
emplear,
para
expresar,
sin
teoría
alguna,
el
mero
hecho
dél
origen
de
ciertos
sentimientos
de
relación,
después
de
algunos
otros
sentimientos
que
los
preceden;
y
por
consiguiente,,
como
si
no
contuviesen
ninguna
teoría
i)arti(mlar
y
simplemente
ex¬
presiva
de
iin
he(!ho
indudable.
Que
los
sentimientos
de
relación
son
estados
del
espíritu
esencialmente
diferentes
de
nuestras
simples
percepciones,
ó
concepciones
de
los
objetos.;
que
no
son
lo
que
Cpn-
dillao
denomuiíi.sensac¿07ies
trayisformadas,
lo
probé
en
un
primer
en¬
sayo
cuando
combatí
la
excesiva
simplificación
de
ese
iiigenioso
pero-
no
mu-j:
escrupuloso
filósofo.
Hay
una
tendencia
ó
susceptibilidad
del
espíritu,
por
la
cual,
al
percibir
.juntos
diferentes
objetos,
somos
in¬
mediatamente,
sin
la
interv’'ención
de
cualquier
otro
proceso
mental,
sensibles
de
su
relación
en
ciertos
respectos,
tan
verdaderament(‘
como
hay
una
tendencia
ó
susceptibilidad
original,
por
la
cual,
cuan¬
do
los
objetos
.exteriores
son
presentes
j--tienen
cierta
afección
de
nuestro
órgano
sensorial,
somos
inmediatamente
afectados
por
los
elementales
y
primarios
sentimientos
de
[jercepción;
y
puedo
afuulir
<iue,
como
nuestras
sensaciones
ó
percepciones
son
de
varias
esi)e-
(des,
así
hay
varias
especies
de
relaciones;
])ues
el
numero
de
las
re¬
laciones,
aun
de
las
cosas
exteriores,
es
en
verdad
casi
infinito,
mien¬
tras
que
el
número
de
percepciones
esta
necesariamente
limitado
por
el
de
los
ol)jetos
que
tienen
la
facultad
de
producir
alguna
afección
de
nuestros
órganos
de
la
sensación.
Sin
esa
suscei)tibilidad
del
espíritu
por
la
cual
tiene
el
señtimieutd
de
la
relación,.luiestra
coii-
ciencia
sería
tan
verdaderamente
limitada
á
un
solo
punto,
como
nuestro
cuerpo
llegaría
á
serlo,
si
fuese
posible
encadenar
eu,un
sim¬
ple
átomo».
Mr.
Spencer
es
ai'in
más
éxi)lícito.
Su
filosofía
es
cruda,
en
que
parece
sui)oner
que
es
sólo
en
los
estados
transitivos
donde
se
conocen
las
relaciones
exteriores,
mientras
que
en
verdad
las
re¬
laciones
del
espacio,
las
relaciones
de
contraste,
etc.,
se
sienten
con
sus
tprminos,
en
estallos
sus,tantivos'
como
en
estados
transitivos^
274
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
acumulo
ejemplos,
es
que
«las
tendencias»
no
son
sólo
des¬
cripciones
desde
luera,
sino
que
se
encuentran
entre
los
obje¬
tos
del
torrente
del
jiensamiento,
que
así
tiene
noticia
de
ellos
desde
dentro,
y
deben
describirse
como
constituidas
en
gran
parte
de
sentimientos
de
tendencia,
muchas
veces
tan
vagos,
que
somos
incapaces
de
nombrarlos.
Es,
en
resumen,
la
restau¬
ración
de
lo
vago
á
su
lugar
propio
en
nuestra
vida
mental,
y
sobre
ello
estoy
ansioso
de
llamar
la
atención.
]Mr.
Galtón
y
el
profesor
Huxley
han
dado
un
paso
hacia
adelante,
como
vere¬
mos
en
el
capítulo
XVIII,
al
reprobar
la
teoría
ridicula
do
Hume
y
Berkeley,
que
no
pueden
tener
imágenes
más
que
do
cosas
perfectamente
deñnidas.-Otro
se
da
en
el
aniquilamiento
de
la
noción
igualmente
ridicula
de
que,
mientras
las
simples
cualidades
objetivas
se
revelan
á
nuestro
conocimiento
en
sen¬
timientos
subjetivos,
las
relaciones
no
se
revelan.
Pero
estas
reformas
no
son
más
que
medio
destructoras
y
no
bastante
ra¬
dicales.
Lo
que
debe
admitirse
es
que
las
imágenes
definidas
de
la
psicología
tradicional
no
forman
más
que
muy
pequeña
parte
de
nuestros
espíritus,
tales
como
viven
actualmente.
La
psicología
tradicional
habla
como
uno
que
dijese
que
un
río
no
consta
nada
más
que
de
agua
de
pocilgas,
marmitas,
cubos,
barriles
y
otras
formas
moldeadas.
Aun
cuando
los
cubos
y
las
ollas
estuviesen
actualmente
desaguando
en
el
arroyo,
todavía
entre
ellas
continuará
corriendo
el
agua
libre.
Precisamente
este
agua
libre
de
la
conciencia
es
la
que
los
psicólogos
desde¬
ñan
resueltamente.
Toda
imagen
definida
en
el
espíritu
se
pa¬
raliza
y
muere
en
el
agua
libre
que
corre
alrededor
de
él.
Con
olla
vp,
el
sentido
de
sus
relaciones,
próximas
y
remotas,
el
eco
moribundo
desde
donde
viene
á
nosotros
y
el
sentido
albo¬
reante
de
á
donde
nol
conduce.
La
significación,
el
valor
de
la
imagen,
está
todo
en
este
halo
ó
penumbra
que
la
rodea
y
es¬
colta,
ó
más
bien
que
se
funá'e
en
uno
con
ella
y
so
hace
hue¬
sos
de
sus
huesos
y
carne
de
su
carne,
dejándolo,
es
cierto,
una
imagen
de
la
misma
cosa
que
era
antes,
pero
haciéndola
una
imagen
de
esa
cosa
nuevamente
considerada
y
recién
com¬
prendida.
■
¿Cuál
es
ese
sombrío
esquema
de
la
«forma»
de
una
ópera,
pieza
ó
libro,
que
subsiste
en
nuestro
espíritu,
y
sobre
la
cual
emitimos
juicio
cuando
se
lleva
á
cabo
la
cosa
actual?
¿Cuál
es
nuestra
noción
de
un
sistema
científico
ó
filosófico?
Gran¬
des
pensadores
tienen
vastos
vislumbres
preliminares
do
es-
EL
TORRENTE
DEL
PENSAMIENTO
275
quemas
de
relación
entre
términos
que
apenas
entran
en
el
es¬
píritu
aun
como
imágenes
verbales;
tan
rápido
es
el
proceso
on
su
totalidad
(1).
Todos
nosotros
tenemos
esta
conciencia
permanente
de
á
donde
ha
ido
nuestro
pensamiento.
Es
un
sen¬
timiento
como
cualquier
otro,
un
sentimiento
de
qué
pensa¬
mientos
han
de
surgir
luego,
antes
de
que
hayan
surgido.
Este
ilominio
de
la
vista
de
la
conciencia
varía
mucho
en
extensión,
dependiendo
en
gran
parte
del
grado
de
frescura
ó
fatiga
men¬
tal.
Cuando
están
muy
frescos
nuestros
espíritus
llevan
con¬
sigo
un
gran
horizonte.
La
imagen
presente
derrama
su
pers¬
pectivas
muy
lej
os
delante
de
sí,
irradiando
de
antemano
en
las
regiones
en
que
los
pensamientos
yacen
como
aún
nonna-
tos.
En
las
condiciones
ordinarias
el
halo
de
las
relaciones
sen¬
tidas
está
mucho
más
circunscrito.
Y
en
los
estados
de
extre¬
mo
desfallecimiento
del
cerebro,
el
horizonte
casi
se
limita
á
la
palabra
que
pasa,
aunque
la
maquinaria
asociativa
provee
á
la
palabra
siguiente
girando
en
ordenada
ilación,
hasta
que
al
ñn
el
pensador
cansado
llega
á
alguna
clase
de
conclusión.
En
ciertos
momentos
puede
encontrarse
dudando
si
sus
pensa¬
mientos
nos
han
llegado
á
una
cumbre;
pero
el
A'^ago
sentido
de
un
][)lus
ultra
le
hace
luchar
siempre
por
una
expresión
más
definida
de
lo
que
puede
ser,
mientras
que
la
lentitud
'de
su
expresión
muestra
cuán
difícil
debe
ser
en
tales
condiciones
la
labor
del
que
piensa.
La
conciencia
de
que
nuestro
pensamiento
defí,nido
ha
lle¬
gado
á
una
cumbre
es
una
cosa
completamente
distinta
de
la
conciencia
de
que
nuestro
pensamiento
está
definitivamente
\
completado.
La
expresión
del
último
estado
de
espíritu
es
la
(1)
Mozart
describe
así
su
manera
de
componer:
«Los
primeros
fragmentos
y
migajas
de
la
pieza
venían
y
se
unían
gradualmente
en
su
esi)íritu;
luego
el
alma
se
acaloraba
eu
el
trabajo;
el
asunto
se
des-
ari’ollaba
cada
vez
más;
y
yo
lo
bago
más
amplio
y
más
claro,
y
al
fin
se
presenta
casi
acabado
en
mi
cerebro,
aun
cuando
fuese
una
composición
larga;
de
suerte,
que
puedo
ver
su
conjunto
como
con
una
sola
ojeada
en
mi
espíritu,
como
si
fuese
iiii
magnífico
cuadro
ó
un
hermoso
ser
humano;
pero
aún
no
lo
oigo
del
todo
en
mi
imaginación
como
una
sucesión
.(eso
viene
más
tarde),
sino
de
una
vez.
¡Es
una
extraña
fiesta!
Toda
la
tarea
de
inventar
y
componer
se
realiza
en
m
í
como
en
un
hermoso
sueño
muy
acentuado.
Pero
lo
mejor
de
todo
es
oirlo
todo
ello
de
una
vez*.
t
276
PRINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
inflexión
decadente
que
prónostica
que
lia
acabado
la
senten¬
cia
y
que
viene
el
silencio.
La
expresión
del
primer
estado
es
el
«carraspear
y
tartamudear»,
ó
también
frases
como
etcéte¬
ra^
ó
«así
sucesivamente».
Pero
advertid
que
cualquier
parte
de
la
sentencia
que
ha
de
(luedar
incompleta
siente
de
distinta
manera
cuando
pasa,
por
razón
do
la
advertencia
que
tenemos
de
que
seremos
incapaces
de
acabarla.
El
«y
así
sucesivamen¬
te»
arroja
su
sombra
en
derredor,
y
es
una
parte
tan
integral
del
objeto
del
pensamiento,
como
lo
sería
la
más
nítiila
de
las
imágenes.
Además,
cuando
empleamos
un
nombre
coiniin,
tal
como
hombre,
en
un
sentido
universal,
como
significando
to¬
dos
los
hombres
posibles,
somos
plenamente
conscientes
de
esta
intención
por
nuestra
parte,
y
la
distinguimos
cuidadosa-
■
monte
do
nuestra
intención
cuando
nos
referimos
á
cierto
grupo
de
hombres
ó
un
individuo
solitario
delante
de
nos¬
otros.
En
el
capítulo
sobro
la
Concepción
veremos
cuán
im¬
portante
es
esta
diferencia
do
intención.
Derrama
su
influen¬
cia
sobre
el
conjunto
de
la
sentencia
á
la
vez,
antes
y
después
del
punto
en
que
se
emplea
la
palabra
hombre.
Nada
es
más
fácil
que
simbolizar
todos
estos
liechos
en
tér¬
minos
de
acción
cerebral.
Precisamente,
como
el
eco
del
de
donde,
el
sentido
del
punto
inicial
do
nuestro
pensamiento
es
debido
probablemente
á
la
excitación
muriente
de
procesos
un
momento
después
vividamente
excitados;
así
el
sentido
del
de
donde,
la-anticipación
del
término
debo
sor
debido
á
la
excita¬
ción
creciente
de
regiones
ó
procesos
que,
un
momento
des-
pi^és,
serán
los
correlativos
cerebrales
de
alguna
cosa
que
un
momento
más
tardo
será
vividamente
presente
al
pensamiento.
Representada
por
una
curva,
la
neurosis
que
subsiste
debajo
do
la
conciencia
debe
ser,
en
cualquier
momento,
algb
como
esto:
Cada
punto
do
la
línea
horizontal
representa
alguna
región
ó
proceso
cerebral.
La
altura
de
la
curva
sobre
la
línea
repre¬
senta
la
intensidad
del
proceso.
Todos
los
procesos
están
pre¬
sentes
en
las
intensidades
manifestadas
por
la
curva.
Pero
los
que
se
dieron
antes
do
alcanzar
el
ápice
del
lUtimo
fueron
más
intepsos
hace
un
momento;
los
que
se
dieron
después
de
él
se¬
rán
más
intensos
un
momento
después.
Si
yo
recito
a,
b,
c,
d,
e,f,
g,
en
el
momento
de
pronunciar
c,
ni
a,
b,
c,
ni
e,f,
g,
están
del
todo
fuera
do
mi
conciencia,
sino
que
ambos,
á
sus
respec¬
tivos
modos,
«mezclan
sus
turbias
lucos»
con
las
más
intensas
del
d,
porque
sus
neurosis
están
despiertas
en
cierto
grado.
\
EL
TORRENTE
DEL
PENSAMIENTO
277
Hay
una
clase
vulgar
de
equivocaciones
que
demuestra
cómo
los
procesos
cerebrales
comienzan
á
ser
excitados
antes
de
que
los
pensamientos
adheridos
á
ellos
sean
producidos;
esto
es,
producidos
en
una
forma
vivida
y
sustantiva.
Me
re¬
fiero
á
esas
equivocaciones
del
lenguaje
ó
de
la
escritura,
pol¬
las
cuales,
según
las
palabras
del
Dr.Carpenter,
«pronunciamos
mal
ó
deletreamps
mal
una
palabra,
introduciendo
en
ella
una
letra
ó
sílaba
do
alguna
otra,
cuyo
turno
ha
de
venir
en
breve,
ó
acaso
el
conjunto
do
la
palabra
anticipada
se
sustituye
por
la
que
debió
haberse
expresado»
(1).
En
estos
casos
debo
haber
ocurrido
una
de
las
dos
cofeas:
ó
algún
accidente
local
desnu¬
trición
estorba
el
proceso
que
es
debido,
de
suerte
que
descar¬
gan
otros
procesos
que
deben
ser
excitados,
sin
embargo,
na¬
cientemente;
ó
algún
accidente
local
opuesto
ayuda
á
los
úl-
Fi«.
28.
timos
p’ocesos
y
los
hace
explotar
antes
de
tiempo.
En
el
ca¬
pítulo
sobre
la
Asociación
de
Ideas,
se
ofrecerán
á
nosotros
numerosos
ejemplos
del
efecto
actual
sobre
la
conciencia
de
neurosis
todavía
no
excitadas
máximamente.
Es,
precisamente,
como
los
«sobretonos»
en
música.
Ins¬
trumentos
diferentes
dan
«la
misma
nota»,
pero
cada
uno
en
una
voz
diferente,
porque
cada
uno
da
más
que
.esa
nota,
á.sa¬
ber,
varias
inferiores
armónicas
de
ella
que
difieren
de
un
ins¬
trumento
á
otro.
No
son
separadamente
oídas
por
el
oído;
se
mezclan
con
la
misma
nota
fundamental,
y
la
difunden
y
la
al¬
teran;
y
aun
así
los
jirocesos
cerebrales
crecientes
y
decrecien¬
tes
á
cada
momento
so
mezclan
y
difunden
y
alteran
el
efec¬
to
psíquico
de
los
procesos
que
están
en
su
punto
culminante.
Empleemos
las
i^alabras
sobretono
psíquico,
difusión
ófran-
(1)
Mental
Physiology,
§
236.
La
explicación
del
Dr.
Carpenter
difiere
materialmente
de
la
dada
en
el
texto.
278
PKINCIPIOS
DE
PSICOLOGÍA
ja
para
designar
la
influencia
de
un
tenue
proceso
cerebral
so¬
bre
nuestro
pensamiento,
cuando
se
da
cuenta
de
las
relacio¬
nes
y
objetos
confusamente
percibidos
(1).
Si
entonces
consi¬
deramos
\ñ.
función
cognoscitiva
de
los
diferentes
estados
do
espíritu,
podemos
estar
seguros
de
que
la
diferencia
entre
los
que
son
mera
«noticia»
y
los
que
son
«conocimiento»
acerca
de-»
es
casi
por
completo
reductible
á
la
ausencia
ó
presen¬
cia
de
franjas
ó
sobretonos
psíquicos.
El
conocimiento
acer¬
ca
de
una
cosa
es
conocimiento
de
sus
relaciones.
La
noticia
de
ella
es
la
limitación
á
la
escueta
impresión
que
da.
De
la
mayoría
de
sus
relaciones
sólo
tenemos
conciencia
á
la
ma¬
nera
penumbrosa
y
naciente
de
una
«franja»
de
afinidades
in-
arfjiculadas.*
Y
antes
de
pasar
al
asunto
siguiente,
debo
de¬
cir
algo
de
este
sentido
de
afinidad,
como
uno
de
los
rasgos
más
interesantes
del
torrente
subjetivo.
En
todo
nuestro
pen¬
sar
voluntario
liay
algún
tópico
ó
asunto
en
torno
al
cual
gi¬
ran
todos
los
miembros
del
pensamiento.
La
mitad
de
las
ve¬
ces
este
tópico
es
un
problema,
un
hueco
que
no
podemos
llenar
con
un
cuadro
definido,
una
palabra
ó
una
frase,
sino
que,
de
la
manera
descrita
algo
antes,
influye
en
nosotros
de
una
manera
psíquica
intensamente
activa
y
determinada.
Cualesquiera
que
sean
las
imágenes
y
frases
que
pasan
delan¬
te
de
nosotros,
sentimos
su
relación
en
este
hueco
dolorido.
(1)
Cf.
también
Stricker:
Vorlezungen
über
allgemeiken
und
expe-
rimentalen
Pathoíogie,
págs,
462-463,
.501,
547
(1879);
Romanes:
Origin
of
Human
Faculty,
pág.
82.
Es
tan
difícil
exponer
claramente
el
pro¬
pio
yo,
que
puedo
advertir
una
mala
inteligencia
de
mis
opiniones
por
el
Profesor
Tlios.
Maguire,
de
Dublín
(Lectures
on
PMlosophyy
1885).
Este
autor
considera
que
por
la
«franja»
yo
quiero
indicar
una
especie
de
material
psíquico
por
el
cual
sensaciones
en
sí
mismas
se¬
paradas
se
hacen
unirse,
y
dice
ingeniosamente
que
yo
debo
«ver
que
unir
sensaciones
por
siis
franjas,
es
más
vago
que
construir
el
uni¬
verso
con
ostras
soldando
sus
«caparazones»
(pág.
211).
Pero
la
fran¬
ja,
tal
como
yo
empleo
la
palabra,
no
significa
nada
semejante
á
esto;
es
parte
del
objeto
conocido,
pues
las
cualidades
y
cosas
sustantivas
aparecen
al
espíritu
en
una
frayija
de
relaciones.
Algunas
partes-rías
partes
transitivas—de
niiestro
torrente
del
pensamiento,
conocen
las
relaciones
más
bien
que
las
cosas;
pero
tanto
las
partes
transitivas
como
las
sensitivas
forman
un
torrente
continuo,
«sensaciones»
dis¬
cretas
tales
como
el
profesor
Maguire
supone,
y
supone
que
yo
su¬
pongo.
EL
TORRENTE
DEL
PENSAMIENTO
279
Llenarlo
es
el
destino
de
nuestro
pensamiento.
Algunos
nos
aproximan
más
á
esa
conclusión.
Otros
niegan
el
hueco
como
completamente
insignificante.
Cada
uno
nada
en
una
franja
sensible
de
relaciones
de
las
cuales
anticipadamente
el
hueco
os
el
término.
O
en
voz
de
un
hueco
definido
podemos
llevar
con
nosotros
únicamente
una
forma
de
interés.
Entonces,
por
vaga
que
sea
esa
forma,
todavía
obrará
de
la
misma
manera,
tendiendo
un
manto
de
afinidad
sentida
sobre
talos
represen¬
taciones,
entrando
en
el
espíritu
cuando
le
acomoda
y
tiñendo
con
el
sentimiento
de
fastidio
ó
de
discordia
todos
aquéllos
con
los
chales
no
tiene
relación.
La
relación
con
nuestro
tópico
ó
interés
se
siente,
pues,
constantemente
en
la
franja,
y
particularmente
la
relación
de
armonía
y
de
discordia,
de
auxilio
ó
de
obstáculo
del
tópico.
Cuando
existe
el
sentido
del
auxilio,
todos
«estamos
bien»;
con
el
sentido
de
obstáculo
estamos
insatisfechos
y
perplejos,
y
nos
derramamos
sobre
nosotros
para
nuestros
pensamientos.
Aho¬
ra
bien:
cualquier
pensamiento
que
la
cualidad
de
cuya
franja
nos
deje
sentir
á
nosotros
mismos
«todo
bien»,
es
un
miembro
aceptable
de
nuestro
pensar,
cualquier
especie
de
pensamien¬
to
que
pueda
ser
por
otra
parte.
Con
tal
de
que
sólo
sintamos
tener
un
puesto
en
el
esquema
de
relaciones
en
que
está
si¬
tuado
también
el
interesante
tópico,
eso
es
completamente
suficiente
para
hacer
de
él
una
porción
importante
y
apropia¬
da
de
nuestra
serie
de
ideas.
'
Porque
la
cosa
importante
en
una
seri£
de
ideas
es
su
conclu¬
sión.
Ese
es
el
significado
ó,
corno
dijimos,
el
tópico
del
pensa¬
miento.
Eso
es
lo
que
ocurre
cuando
todos
sus
demás
miem¬
bros
han
desaparecido
de
la
memoria.
Ordinariamente
esta
conclusión
es
una
palabra
ó
frase
ó
imagen
particular,
ó
acti¬
tud
práctica
ó
resolución,
ya
surjan
para
responder
á
un
pro¬
blema
ó
llenar
un
hueco
preexistente
que
nos
desgarra,
ó
ya
se
haya
tropezado
en
un
delirio.
En
ambos
casos
está
fuera
de
los
demás
segmentos
del
torrente
por
razón
del
peculiar
interés
concedido.
Esto
interés
lo
reprime^
hace
de
él
una
especie
de
crisis
cuando
sobreviene,
llama
sobre
él
la
atención
y
nos
hace
tratarlo
de
una
manera
sustantiva.
Las
partes
del
torrente
que
preceden
á
estas
conclusiones
sustantivas
no
son
más
que
medios
de
la
consecución
de
las
últimas.
Y,
con
tal
de
que
se
alcance
la
misma
conclusión,
los
medios
pueden
ser
tan
mudables
como
queramos.
¿Qué
dife-
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