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Psytrance, tecnochamanismo y psicoactivos: Etnografía de prácticas contrahegemónicas con “drogas” en un grupo de la nueva espiritualidad en México, Portugal y España.

Bozano Herrero, José Ignacio

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UNIVERSIDAD DE SEVILLA ESCUELA INTERNACIONAL DE DOCTORADO DEPARTAMENTO DE ANTROPOLOGÍA SOCIAL PSYTRANCE, TECNOCHAMANISMO Y PSICOACTIVOS: ETNOGRAFÍA DE PRÁCTICAS CONTRAHEGEMÓNICAS CON “DROGAS” EN UN GRUPO DE LA NUEVA ESPIRITUALIDAD EN MÉXICO, PORTUGALY ESPAÑA. Autor: José Ignacio Bozano Herrero Director: Dr. David Lagunas Arias TESIS DOCTORAL Sevilla, 2018 1 Agradecimientos A todas las personas y grupos que me han ayudado desinteresadamente en esta investigación, me han regalado su tiempo y me han abierto las puertas de sus vidas. A la Dra. Manuela Cantón por enseñarme a hacer Antropología y transmitirme tanta pasión por la disciplina. Al Dr. David Lagunas por creer en mí desde el primer momento, mostrarme el camino y apoyarme en esta aventura. A Soki, mi compañera y mejor amiga, la alegría de mi vida, me lo has dado todo siempre sin pedir nada nunca A TODA mi familia. Especialmente a mi tío José Antonio, referente intelectual y humano; a mis abuelas y abuelos, que tengo presentes cada día, y sin cuyos esfuerzos nada habría; a mi hermana Marina, el mejor espejo en el que mirarme, ejemplo de lucha, trabajo y constancia; a los seres más abnegados y las mejores personas que tengo la suerte de conocer, mis padres, ojalá pueda ser como vosotros, os agradezco la vida, os debo mi vida. 2 3 Índice Agradecimientos --------------------------------------------------------------------------------------------- 1 Índice ---------------------------------------------------------------------------------------------------------- 3 Diseño de la investigación ---------------------------------------------------------------------------------- 5  Introducción ------------------------------------------------------------------------------------------ 5  Justificación ------------------------------------------------------------------------------------------ 12  Problema de investigación ------------------------------------------------------------------------- 18  Marco teórico ---------------------------------------------------------------------------------------- 21  Estado de la cuestión -------------------------------------------------------------------------------- 44  Objetivos e hipótesis -------------------------------------------------------------------------------- 51  Unidad de análisis y unidad observación -------------------------------------------------------- 56  Metodología ------------------------------------------------------------------------------------------ 59 Capítulo 1. El discurso hegemónico sobre las “drogas”: Administraciones públicas, medios de comunicación y sociedad civil ------------------------------------------------------------------------------------- 68  1.1. La construcción social de un enemigo: la “droga” ----------------------------------------- 69  1.2. Políticas nacionales e internacionales sobre “drogas” ------------------------------------- 82  1.3. Dobles vínculos en el discurso hegemónico ---------------------------------------------- 105  1.4. Efectos perversos y acciones institucionales ---------------------------------------------- 119  1.5. Modelo Médico Hegemónico y control del cuerpo --------------------------------------- 127  1.6. La representación del consumo de psicoactivos en los mass media -------------------- 137  1.7. La sociedad civil y el desarrollo de las políticas de “drogas”: asociacionismo y abstención ------------------------------------------------------------------------------------------------- 149 4 Capítulo 2: El universo Psytrance: tecnochamanismo, raves y psicoactivos ------------------------ 160  2.1. La “ravolución”: Nuevos mundos, nuevas identidades --------------------------------------- 161  2.2. Secularización si, secularización no: el trance como vehículo de expresión espiritual -- 175  2.3. Tecnochamanismo: tecnología, música y enteógenos ---------------------------------------- 189  2.4. Performance y búsqueda del estado alterado -------------------------------------------------- 203  2.5. Movimiento andaluz del Psytrance -------------------------------------------------------------- 222  2.6. Movimiento mexicano del Psytrance ----------------------------------------------------------- 243  2.7. La peregrinación bianual a la meca del Psytrance en Portugal: Boom Festival ---------- 258 Capítulo 3: Hacia un modelo inclusivo de reconocimiento -------------------------------------------- 275  3.1. Modelos de legitimación de usos tradicionales de enteógenos ----------------------------- 276  3.2. Modelos de legitimación de nuevos usos de psicoactivos ----------------------------------- 289  3.3. Requerimientos y organización de los usuarios en materia de psicoactivos: el cannabis como ejemplo de respuesta desde la sociedad civil ------------------------------------------------ 300  3.4. Sugerencias para una agenda política --------------------------------------------------------- 309 Conclusiones -------------------------------------------------------------------------------------------- 325 Bibliografía --------------------------------------------------------------------------------------------- 338 5 Diseño de la investigación Introducción En todo el mundo, la sociedad contemporánea está sometida a un cambio radical que plantea un reto a la modernidad basada en la Ilustración, y abre un ámbito en el que las personas eligen formas sociales y políticas nuevas e inesperadas (Beck, 2002: 1) Las sociedades actuales se enfrentan a profundos cambios estructurales, tanto a nivel macro, el de las colectividades, como a nivel micro, el de los individuos, fruto de las tensiones existentes a partir de las transformaciones sociales del último siglo, que vienen agudizándose en las últimas décadas. La sociología y la antropología han encontrado en este ámbito un campo muy prolífico de estudios que tiene como fin profundizar en estos cambios de las sociedades modernas, que como resultado han provocado el surgimiento de lo que algunos autores han definido como modernidad reflexiva (Giddens, 1995; Beck, op.cit.) o postmodernidad (Bauman, 2004); definida como una modernidad radicalizada donde las consecuencias de esa primera oleada modernizadora han resultado negativas. El creciente desarrollo de los sectores tecnológicos e industriales, de la mano de un sistema económico capitalista que ha pretendido generalizar un sistema de valores e ideas homogéneo extendido a partir de la idea de la globalización, ha propiciado el aumento de la polaridad social intercultural e intracultural. No obstante, parece claro como exponen Moreno (1999) y Beck (1998) entre otros, que la acción igualadora del proceso globalizador no ha sido tal, y mientras que la diferencia, en sentido positivo, se ha visto amenazada, los grupos humanos han respondido de forma creativa adaptando, a través de las resistencias locales, mecanismos que han permitido dar la 6 vuelta a la situación propiciando un proceso alternativo conocido como glocalización, que sigue un esquema de deslocalización y relocalización. Lo local y lo global, sostiene Robertson, no se excluyen mutuamente. Al contrario, lo local debe entenderse como un aspecto de los global. La globalización significa también acercamiento y mutuo encuentro de las culturas locales, las cuales se deben definir de nuevo en el marco de este clash of localities (Beck, 1998: 79) Así pues, en este contexto de continuo cambio asistimos a la consolidación de esa sociedad del riesgo global que defiende Beck (2002) donde los distintos territorios del planeta han de afrontar los mismos retos de consecuencias inesperadas. Y es que esta cultura del riesgo, como la define Giddens (1995), bebe de la precariedad e inestabilidad del mundo actual, donde no existen verdades, nada es seguro, todo es cambiante y difícilmente controlable, no hay conocimiento permanente ni válido, ni certezas en las que apoyarse; los individuos viven en la duda radical al no poseer capacidad para controlar el hoy ni el mañana, aunque no tengan más opciones que tratar de planificar su existencia, a ciegas, evaluando en el presente sus acciones de cara al futuro. Fruto de este contexto de incertidumbre y desencanto ante los profundos cambios y la pérdida de protagonismo de los individuos en la vida social, estos responden reconstruyendo los valores dominantes y generando nuevas modalidades culturales que pretenden oponerse a estas estrategias altamente dirigistas promovidas por el propio poder. Estas respuestas han estado presentes a lo largo de la historia en muchas ocasiones, no son pues algo novedoso en sí mismo, aunque desde luego si lo es la forma que tienen de manifestarse. En este sentido, fruto del anonimato y la despersonalización, los individuos buscan rehacer los lazos perdidos, generándose en palabras de Maffesoli (1990), una vuelta a lo tribal, entendido esto como el compartir una finalidad común, formar parte de una comunidad efectiva donde se recupere la perspectiva de ser parte de algo. Este tipo de agrupamientos los entendemos como movimientos culturales concretos, 7 que pueden ser de distinta naturaleza, pues el concepto de tribu urbana usado por Maffesoli (Ibíd.) no puede ser utilizado más que como metáfora, tal y como apunta Feixa (2004). Por otro lado, y en relación también ha este contexto de profunda mutación e inseguridad, la desintegración del hecho religioso ha resultado en cierta parte real. Y no es que, como postulaban aquellos pensadores del primer proceso de modernidad tales como Freud, Marx o Comte, el hecho religioso estuviera en peligro de extinción, sino que como defendía Durkheim este se acercaba a una profunda metamorfosis donde las formas tradicionales iban a conocer una intensa caída en detrimento de modalidades más novedosas relacionadas con la idea de espiritualidad, tal y como mantienen Heelas y Woodhead (2005); por lo que a pesar de asistir a una crisis de las formas religiosas institucionales la idea de lo sagrado conoce un avivamiento, tal y como apunta Balandier (1988). Asistimos a la emergencia de nuevos modelos basados en la subjetividad, donde los individuos son los protagonistas a la hora de decidir cómo vivir y en qué manera experimentar la existencia y donde no cabe intermediación alguna entre el individuos y lo trascendente (Graef, 2001); modelos que se articulan en base a la lógica estructural dominante al ser generados y asumidos cual si de mercancías se tratasen, susceptibles de ser consumidos, desechados e intercambiados por otros dentro de lo que se ha denominado como el supermercado religioso (Cardín, 1982) Producto de este contexto mundial, las alternativas con vocación de resistencia son múltiples, pero siempre tienen en común la necesidad de reconstruir reflexivamente el mundo en el que viven, para lo que en muchas ocasiones se oponen, conscientemente o no, a gran parte de los patrones y dinámicas culturales establecidos, y los resignifican convirtiéndolos en símbolos del descontento, por lo que tienden a ser excluidos y/o marginados. Cuando algunos de estos movimientos incorporan además a su forma de ver el mundo elementos “prohibidos” como las 14 desarrollan pautas culturales relacionadas con el uso de enteógenos. Y es que la cuestión de los derechos humanos, sumamente polémica para nuestra disciplina, ha supuesto un campo de interés en los últimos tiempos para la antropología, ya que “los antropólogos se han topado constantemente con situaciones que planteaban cuestiones de derechos humanos, pero es sólo a lo largo de las décadas más recientes cuando han empezado a enfocar dichas situaciones en términos de derechos humanos” (Stavenhagen, 2004: 21). No obstante, el análisis de estos pocas veces se ha relacionado con los usos de sustancias psicoactivas, y cuando se ha realizado ha sido mayoritariamente en el marco de usos tradicionales y derechos de los pueblos indígenas. Es necesario pues que ampliemos nuestra mirada, que profundicemos en la diversidad intracultural que promueven los distintos usos de “drogas” en contextos actuales, neotradicionales, y que no neguemos esta posibilidad, pues legitimar los usos de determinados grupos que los mantienen desde hace siglos y no hacerlo con aquellos que se generan en contextos actuales pero que igualmente obedecen a una forma de estar en el mundo y entenderlo, se acercaría peligrosamente al establecimiento de la diferencia en sentido negativo, esto es, a posicionamientos etnocentristas, ya que estaríamos considerando que lo que es “bueno” para los “otros” es “malo” para “nosotros”, es decir, se establece una diferenciación moral entre lo de “fuera” y lo de “dentro”. En definitiva, el debate sobre el estatus legal de las “drogas” tiene plena vigencia, pues pese a que son múltiples y muy variados los usos que se hacen de estas sustancias en muy diversos contextos, las legislaciones internacionales y las de la mayoría de los estados mantienen una consideración negativa de las mismas, definida por las ilegalidad, y por extensión un férreo control en cuanto a lo que producción, distribución y consumo se refiere, a pesar de que los diferentes eslabones de esta cadena representan situaciones muy dispares para los actores involucrados en cada uno de ellos. Esto choca frontalmente con la realidad de facto en la que distintos grupos 15 promueven el uso de estas sustancias, y de esta colisión se desprenden multitud de elementos sumamente interesantes que iremos desentrañando en las páginas que siguen. Es por todo ello que nuestro interés se centra en esta cuestión, por su actualidad, su conflictividad, su diversidad, su impacto en las poblaciones e individuos y su indescifrable devenir. En cualquier caso, pretendemos con esta investigación aportar un poco más de luz al tema acercándonos a las dinámicas dominantes y las prácticas existentes, y es que el deber de la antropología 2 es, en última instancia, ofrecer a la sociedad argumentos de diversidad, de comprensión y de entendimiento, de manera que la realidad no sea una gran desconocida y se implementen acciones y medidas que persigan la protección de la diferencia y la tolerancia con los diferentes, entendiendo esta como una manera efectiva de respeto por las prácticas culturales de la alteridad. Por último, somos conscientes de las limitaciones de esta investigación, mientras que nuestro interés se centra en el análisis del uso de enteógenos en contextos neotradicionales y la relación de los grupos que las sostienen con los apartados de poder y las normativas que de ellos emanan, los resultados difícilmente pueden ser extrapolables ya que consideramos la realidad social diversa, cambiante y repleta de particularidades por lo que la aplicación de los resultados a otro tipo de contextos donde se consuman “drogas”, ya sean tradicionales o de reciente aparición, requeriría un exhaustivo análisis de esas otras realidades concretas, como pretendemos aquí con el grupo que nos ocupan . Del mismo modo, aunque es un campo con muchas potencialidades y con 2 Romaní (2004) explica que los métodos de la antropología, con la etnografía a la cabeza, son los más útiles para acercarse a la realidad del uso de psicoactivos, pues provee mayor y mejor información. 16 poco recorrido histórico, hemos de asumir la posibilidad de comparación con otros trabajos, por lo que no pretendemos presentar soluciones definitivas a nada sino realizar un análisis minucioso de la realidad con objeto de proponer una serie de ideas que están sujetas a continua revisión y abiertas a futuros debates. También somos conscientes de que difícilmente los resultados de esta investigación, aunque faciliten la comprensión de las actitudes y prácticas de esos movimientos, sirvan por sí solos para provocar un cambio en el sistema legal normativo. No obstante, sí estamos seguros de que el renovado interés por este campo de estudios, y el constante goteo de investigaciones en este sentido que pretenden acercar esta realidad estigmatizada y desconocida, permitirán en su conjunto tomar conciencia de la existencia de tales prácticas y de la necesidad de proteger a los grupos e individuos que deciden llevarlas a cabo en el ejercicio de su libertad y en pos del acceso y la defensa de las construcciones culturales que las sustentan. Un último apunte necesario lo situamos en relación a nuestra posición personal como investigadores en relación a nuestro objeto de estudio, y es que el movimiento cultural de trance es una realidad que considero cercana y conozco pues llevo participando de ella algunos años, tanto desde la antropología, a través de la realización de trabajos sobre este movimiento en la Licenciatura y en el TFM, como desde fuera de ella, pues siempre me ha llamado la atención sus peculiaridades y características. Esta cercanía con nuestro objeto de investigación pone de relieve hasta qué punto se encuentran imbricados la investigación y la participación, pues nos lleva a plantearnos la comprensión de este movimiento como un ejercicio de autoconocimiento. Además, 17 a este aspecto viene a sumarse el de nuestra formación en antropología 3 , que nos induce a cuestionar la realidad tal y como es concebida, por lo que es de sumo interés para nosotros el poder entender aquellas dinámicas culturales que están presentes en nuestra sociedad y de las cuales formamos parte 4 . Como antropólogos esta posición nos sitúa en un dilema ético y político pues corremos el riesgo de mitificar el movimiento en nuestro intento por no reproducir los estereotipos usados por aquéllos que se oponen al mismo, lo que podría llegar a ser contraproducente para el propio universo del Psytrance que ya se encuentra de por sí estigmatizado. En cualquier caso, nuestra participación en este grupo facilita el acceso al mismo, pero en ningún caso es motivo para obviar algún aspecto, ya que la disciplina antropológica cuenta con los artefactos metodológicos necesarios para solventar este tipo de situaciones. 3 Para los antropólogos el contacto con la alteridad supone una especie de conexión con lo sagrado, por lo que nuestro interés en el tema también encubre una necesidad de comprender qué hacemos, de qué formamos parte. 4 Somos conscientes de la necesidad de adoptar una adecuada vigilancia epistemológica a través de los instrumentos y mecanismos que la antropología ofrece, y cuyo uso en el presente trabajo trataremos en siguientes apartados, prestando especial atención a los conceptos de extrañamiento y reflexividad. 18 Problema de investigación The use of psychoactive plants or fungi to alter consciousness is probably a nearly universal human cultural activity. Ethological evidence of the consumption of psychoactive plants among a variety of animal species, as well as archaeological evidence of early human substance use, suggests that the roots of such practices are a longstanding part of the cultural history of humanity and cannot be reduced to some degenerate or delinquent modern phenomenon (Labate y Tupper, 2012: 18) Como venimos sosteniendo, el consumo de sustancias psicoactivas no es una realidad de última hora, aunque quizás si es más reciente el alto grado de conflictividad alcanzado en la relación de las sociedades e individuos con estas. De acuerdo con Escohotado (1995) esto se debe básicamente a que dichas sustancias no son únicamente elementos químicos con unos efectos concretos sobre el organismo, sino símbolos culturales con infinidad de significaciones construidas, esencializados, cargados de connotaciones opuestas y enfrentadas y, en definitiva, con un fuerte componente fetichista según la terminología marxista. Como el uso de sustancias psicoactivas es también muestra de diversidad cultural, la oposición a las prácticas que se realizan con estas supone la imposición de una visión totalitaria y uniforme que pretende erradicar la diferencia, más aún cuando esta es capaz de generar otros mundos opuestos al dominante, y que por lo tanto son considerados perniciosos. Las actuales legislaciones sobre “drogas”, que como venimos sosteniendo provienen de una larga tradición de medidas prohibicionistas, basan sus planteamientos en la necesidad de separar los factores de riesgo, esto es, las sustancias psicoactivas, de la población (Romaní, 2008), pues dichas sustancias han sido percibidas como elementos contaminantes generadores de situaciones problemáticas, principalmente, en cuanto a la salud pública. Es por ello que desde los distintos niveles administrativos se vienen sosteniendo desde hace unas décadas una serie de discursos, 19 representados por las leyes que se han ido estableciendo, cargados de y construidos desde el rechazo a las prácticas con psicoactivos, y por extensión sin atender a los requerimientos y planteamientos de los usuarios de estas sustancias. Por otro lado, a partir de la legislación establecida se han desarrollado una serie de medidas y acciones concretas con objeto de luchar contra “el problema de las drogas”, que han generado por sí mismas una serie de que recaen sobre colectivos e individuos, y que resultan más penosos en el nivel de los usuarios, pues estos se han visto estigmatizados y perseguidos, además de haber asumido los costes de la “guerra contra las drogas” a partir de una negación de su realidad cultural y una desatención profunda de aspectos tan relevantes como la salud o la seguridad jurídica, esto es, de sus derechos básicos como individuos y de sus derechos colectivos en tanto que miembros de movimientos culturales que promueven el uso de estas sustancias como parte fundamental de su ethos. El actual modelo político sobre “drogas” es sin duda el principal creador de la problemática asociada al uso de psicoactivos (Escohotado, 1995; Romaní, 2004; Gamella, 2005). A partir de este se generan una serie de impactos muy diversos en distintas poblaciones y grupos humanos, poco evaluados en algunos contextos occidentales, que por otra parte son los que mayor problemática presentan, ya que “mientras el uso de psicoactivos por parte de poblaciones indígenas parece poco controvertido no sucede lo mismo con cultos no indígenas que usan esas sustancias” (Labate, 2001:19). Uno de estos contextos específicos, aunque perteneciente a un movimiento cultural global (Nogueira, 2008; Green, 2010), lo situamos en relación al movimiento trance en Andalucía, que supone nuestro objeto principal de investigación, y que se presenta como una muestra de los modernos agrupamientos definidos como pertenecientes a la New Age (Rushkoff, 2000; St. John, 2004; Papadimitropoulos, 2009). Según St. John (2009) este movimiento tendría una fuerte base religiosa, aunque no en su sentido institucional tradicional, sino como fenómeno cultural espiritual, pues supone un ejemplo de espiritualidad holística (Heelas y Woodhead, 2005). 20 Por otro lado, para MacRae (1998), en este tipo de agrupamientos occidentales los individuos buscan la ampliación de la comunicación de una forma comunitaria, buscan rehacer los lazos perdidos (Maffesoli, 1990), y para ello se sirven de rituales específicos, las raves, donde el consumo de enteógenos adquiere una dimensión esencial, por lo que la aproximación a estas prácticas y el análisis de esta realidad es esencial para un posterior estudio del impacto de las políticas de “drogas” en ella, las cuales han podido moldear del mismo modo las acciones y discursos de los usuarios de psicoactivos. Por ello, a lo largo de la investigación trataremos de profundizar en estos movimientos con objeto de ponderar los parámetros utilizados en la no legitimación de estos “usos neotradicionales” (Perreault, 2009), los mecanismos utilizados por estos grupos y las consecuencias derivadas de su relación con el poder; y en última instancia y de manera transversal ampliar la información sobre estos movimientos con objeto de aportar respuestas sobre una realidad que cada vez se materializa de manera más palpable e intensa. 21 Marco teórico Definición de “drogas”. Un trabajo de investigación que se relacione de alguna manera con las “drogas” debe tratar de establecer en primer lugar una definición de las mismas. Este es un punto de partida complicado debido a que el único rasgo definitorio que podríamos aceptar es precisamente el del carácter polisémico de estas sustancias, y obviar esto, como frecuentemente se hace, supone errar de base en los supuestos que partan de esta categorización, la cual está completamente etnocentrada. No obstante, podemos aventurar una definición mínima operativa en base a criterios de verdad, libre de prejuicios y connotaciones: Por droga (psicoactiva o no) seguimos entendiendo lo que hace milenios pensaban Hipócrates y Galeno, padres de la medicina científica: una sustancia que en vez de “ser vencida” por el cuerpo (y asimilada como simple nutrición) es capaz de vencerle, provocando (en dosis ridículamente pequeñas si se comparan con las de otros alimentos) grandes cambios orgánicos, anímicos o de ambos tipos (Escohotado, 1996: 9) Partimos de esta idea de la pluralidad de significados construidos en torno a estas sustancias, por lo que no nos queda sino preguntarnos qué parámetros e intereses influyen en esta definición. La respuesta es sumamente compleja y para poder construirla debemos obligatoriamente atender al contexto en el que se produzca el consumo de las mismas, así como a la relación entre este contexto concreto con el contexto macro que lo contiene, pues en función de estas cuestiones su categorización variará notablemente ya que sus “efectos, consecuencias y funciones están condicionados, sobre todo, por las definiciones sociales, económicas y culturales que generan los conjuntos sociales que las utilizan” (Romaní, 2004b: 53). Una definición intermedia, aunque con algunos matices de importancia, que proponemos aquí es la siguiente: Se 22 trata de una categoría abstracta, connotada, que engloba a una gran cantidad de diferentes sustancias químicas, ya sean de origen natural o sintético, que tienen la capacidad de alterar las funciones ordinarias físicas y/o mentales al ser asimiladas por el organismo; cuyo sentido se construye de muy diversas maneras en función de las particularidades culturales del contexto en el que se inserten. En cualquier caso una idea parece clara, sea cual sea la etiqueta que se le haya otorgado a la relación con las “drogas” en distinto tiempo y lugar, existe y seguirá existiendo una interrelación entre naturaleza y cultura en el uso de sustancias psicoactivas en los distintos grupos humanos como apunta Furst (1980). En este sentido queremos hacer una distinción fundamental que va a vertebrar nuestra investigación y que es necesario establecer, pues refiere a una dimensión que si bien no modifica la naturaleza de estas sustancias se relaciona con la forma de entender el uso de las mismas y por lo tanto con la representación mental y cultural construida en torno a ellas; nos referimos a la diferencia entre usos tradicionales y usos neotradicionales de enteógenos. Perreault (2009) profundiza en esta diferencia que tiene como elementos diferenciadores el contexto en el que se inserta el consumo y la función otorgada a este; así cuando hablamos de la dimensión tradicional nos estamos refiriendo a una serie de prácticas ancestrales inscritas en la lógica de determinadas sociedades, legitimadas por estas y fuertemente imbricadas con sus cosmovisiones, en definitiva, relacionadas con la propia identidad de los grupos que las sostienen; por otro lado, cuando hablamos de la dimensión neotradicional nos referimos a un conjunto de prácticas actuales que no tienen su origen en un “tradición ancestral” específica y que se construyen sobre la base de una composición de elementos culturales de diferente procedencia, esto es, descontextualizadas y reconstruidas en función de la lógica de los grupos que las asumen, los cuales se sitúan en el exterior de los marcos normativos de la sociedad mayoritaria, por lo que no sólo no están legitimadas sino que son sancionadas. 23 Pese al reconocimiento legislativo de algunas prácticas tradicionales en las que profundizaremos más adelante, en el contexto cultural de Occidente podríamos hablar a grosso modo de dos posiciones dominantes 5 , la de la prohibición y la de la legalización, a partir de las cuales el debate deja de ser una cuestión polarizada para descubrir matices, sentidos y valoraciones que hacen de este un campo interesante para el análisis antropológico. Y es que el debate sobre las “drogas” está atravesado por la dialéctica del bien y del mal, de lo permitido y de lo prohibido, de lo legal y lo ilegal, pero todas estas variables se ven atravesadas transversalmente por una dimensión que es sumamente importante, que vertebra la existencia del concepto: su valor 6 . Pues en una sociedad estructurada por el mercado es imposible no acabar relacionando la naturaleza de algo, en este caso de la de estas sustancias, con su valor como mercancía 7 . Cuando surge el capitalismo, las “drogas”, como todo lo demás, se convierten en mercancía. Dejan de tener exclusivamente valor de uso para adquirir también valor de cambio. Esto se puede demostrar al estudiar la historia de las diferentes “drogas”, pero el ejemplo más obvioquizás porque ha sido objeto de mayor reflexiónes la historia del opio y sus derivados (Mazzotti, 2000: 10) 5 Según Garrido Peña (1999) la situación actual que limita el debate sobre las “drogas” al par prohibición/promesa, alimenta tanto a los prohibicionistas de la “droga”, que abogan por grandes cruzadas contra el narcotráfico, como a los apologistas, que dotan de propiedades subversivas y utópicas a estas sustancias. 6 Para Menéndez (1992) en los niveles de decisión, ya sean establecidos por la administración o por entes privados, los conflictos tienden a ser resueltos de manera que se favorezcan los procesos de producción y reproducción de la economía y la política. 7 Marx y Engels (2002) nos hablan en su primer libro de El capital sobre el fetichismo de la mercancía, término que hace referencia a la atribución de relaciones y cualidades humanas y sociales a las cosas 30 Usos de “drogas” y derechos humanos. Actualmente existe una creciente preocupación por la relación entre derechos humanos y salud, siendo el tema de las sustancias psicoactivas uno de los que mayor importancia presenta, aunque todavía sea raro encontrar en la producción científica documentos que relacionen estos dos elementos (Gilmore, 1996). A nivel legislativo, la correspondencia es mucho menor, pues como hemos visto las estrategias de las administraciones mantienen su oposición frontal al cambio de estatus legal de las “drogas”, pese al reciente planteamiento de la reducción de riesgos, aún muy minoritario en las estrategias y acciones de la administración, generando en muchos casos una serie de efectos inesperados derivados de la negación de la realidad de los individuos que consumen estas sustancias, por lo que entendemos que un para un correcto análisis del asunto hemos de valorar el ámbito de los derechos individuales y colectivos, más allá de la dimensión de la salud. Somos conscientes de la conflictividad que puede generar el recurrir a los derechos humanos a la hora de analizar las consecuencias para las personas de la imposición de políticas y acciones en materia de “drogas” por parte de las estructuras de gobierno. Conflictividad derivada de la consideración de este reglamento como un artefacto jurídico generado por el pensamiento occidental, por lo tanto de carácter etnocéntrico, y muchas veces cuestionado en relación al par universalidad/particularidad (Eberhard, 2010). No obstante, como expone Reynoso (1986), uno de los fracasos más palpables de la antropología ha sido la permisividad ante las violaciones y omisiones perpetradas en los últimos tiempos contra los derechos de los individuos y colectivos, pese a que sin lugar a dudas esta disciplina se presenta como la más adecuada para apreciar el alcance de estos derechos en diferentes contextos culturales (Messer, 1993). Por ello, consideramos que la Declaración Universal de los Derechos Humanos cuenta con plena vigencia y 31 por lo tanto sirve como instrumento efectivo de análisis, e incluso como referente a la hora de ponderar los excesos cometidos contra grupos y personas, sin que ello implique en modo alguno devoción etnocéntrica, pues en última instancia no podemos obviar que, tengamos reparos o no sobre la naturaleza del texto, este está presente y como parte de la realidad social hemos de tomarlo. En pocas palabras, mientras la respuesta inicial tendía a desautorizar el contenido explícito de dicho texto, la nueva propuesta respalda el compromiso de los antropólogos de propiciar conocimientos ad hoc que potencien la defensa tanto de las personas como de los colectivos, sin que esto implique una adhesión a los ideales individualistas del texto original o de desarrollos posteriores (Devillard y Baer, 2010) Como expone Gamella (2005) parece claro que gran parte de los problemas derivados del uso de sustancias psicoactivas surgen a partir de la aplicación de las leyes que precisamente tratan de controlarlas para, supuestamente, evitar la aparición de perjuicios derivados de la relación con estas. Esta paradoja es descrita con acierto por Boudon (1980) cuando enuncia su teoría de los efectos perversos, y es que el efecto perverso es, en esencia, un resultado contrario al esperado. En la base de este concepto existe la ausencia de intención, pues la reacción producida por una acción concreta es independiente de la intencionalidad de los actores, así este no se refiere a una actitud negativa por parte de los agentes, sino a la situación problemática colectiva que crean todos en conjunto al actuar sin intención de crearla. En el ámbito de las “drogas” el efecto perverso se produce cuando las distintas administraciones al querer erradicar el “problema de la droga”, sin atender a la voluntad de los actores, consiguen el resultado opuesto y generan una problemática asociada a estas sustancias que va desde el aumento de personas adictas hasta la persecución de los usuarios, pasando por la desprotección de los consumidores y la desatención de sus requerimientos. 32 En este sentido, la persecución y el castigo penal por fabricar, distribuir o consumir drogas ilegales afectan de forma decisiva los precios y costes que los usuarios pagan por esas sustancias, el contenido último que acaban ingiriendo y las formas y patrones más comunes que adopta la ingesta (Gamella, op.cit: 69) Sin duda uno de los efectos perversos 11 más notables lo constituye el proceso de estigmatización al que se enfrentan los individuos que deciden hacer uso de estas sustancias. Recurrimos a Goffman (2006) para traer a colación el concepto de estigma, esto es, un atributo desacreditar en función de lo que es esperable por parte de los miembros de una colectividad, pues consideramos que los discursos y la actuación de las administraciones con respecto a las “drogas” sirven para crear un estereotipo negativo sobre todos aquéllos que las consumen. Estos, en términos de Douglas (1973), se convierten en gente polucionante, es decir, son personas que se mantienen al margen de lo establecido debido a las prácticas que realizan, que se sitúan en el exterior de lo concebido como “lo normal”, y por ello son considerados peligrosos. La política y la legalidad determinan de manera clara la situación actual del panorama mundial sobre las “drogas” puesto que como vemos definen el marco en el que todos los agentes involucrados deben situarse. Para Gilmore (1996), una de las características principales del uso contemporáneo de “drogas” en contextos industrializados es el desconocimiento de los efectos, acciones, beneficios, riegos y daños que las mismas proveen, provocando la generación de connotaciones negativas, tanto de las sustancias como de los consumidores, y dando pie al mantenimiento y reproducción de la lógica prohibicionista. 11 Recientemente, la Oficina de las Naciones Unidas sobre Delitos y Drogas calificó este tipo de efectos como una serie de “consecuencias negativas no intencionales”. 33 Lógica prohibicionista que sustenta un sistema internacional de control que ha visto colapsar los pilares básicos que le dan razón de ser. El fracaso ha sido doble, por un lado, nos dice Room (2012), no se han conseguido ninguno de los objetivos que se planteaban al inicio de esta “guerra contra las drogas”, pero por otro lado, más grave si cabe, esta guerra ha dado lugar al establecimiento de gravosas sanciones hacia los actores involucrados, más penosas cuando nos referimos a las consecuencias para los consumidores. La relación que mantienen los derechos humanos con el universo de las “drogas”, no obstante, no se limita únicamente a este eslabón de la cadena, el de los consumidores, sino que tiene múltiples dimensiones para cada una de las partes integrantes del total de la cuestión. Navarrete-Frías y Thoumi (2005) exponen que la propia naturaleza de la industria de estas sustancias, en sus diferentes etapas de producción, distribución y consumo, generada a partir de la ilegalidad de las mismas, se relaciona con la cuestión de los derechos en un doble sentido: por un lado el proceder de los integrantes de los grupos que controlan la producción y distribución de “drogas” provoca la violación sistemática de derechos, y por otro las propias políticas puestas en marcha contra la industria ilegal y su forma de proceder fomentan del mismo modo la violación de los derechos de las personas. Hemos de tener en cuenta que no existe un derecho específico que contemple la potestad de los individuos para consumir sustancias psicoactivas, no obstante ello no implica que al consumir psicoactivos las personas y los colectivos rechacen aquellas atribuciones legitimas que les corresponden y deben serle reconocidas, y que se ven vulneradas en la práctica como resultado de la aplicación de políticas y acciones de base abstencionista puestas en marcha por las administraciones. El ámbito en el que esta situación se hace más clara es en el de la salud, básicamente porque como nos dice Gamella (2005) la cuestión del estatus legal de estas sustancias es considerada como una cuestión penal más que de salud pública, y por ello las medidas puestas en marcha tienen un carácter mayoritariamente punitivo. El hecho de enfrentar la situación de ese 34 modo supone la base de la problemática tal y como exponen los grupos Count the Costs y Transform Drug Policy Fundation, que en sus informes “La guerra contra las drogas: socavando los derechos humanos” y “Terminando la guerra contra las drogas: Cómo ganar el debate en América Latina”, respectivamente, ponen el acento en el ámbito de los derechos culturales, y su falta de reconocimiento; la cuestión de la violencia y la inseguridad, mayoritariamente referido a la parcela de los consumidores; la discriminación y criminalización de los que se relacionan con estas sustancias; la libertad de creencias, pues en muchos casos la práctica del consumo está sostenida por una cosmovisión específica que se niega; la protección del medioambiente, debido al impacto sobre este de la industria productiva ilegal de psicoactivos; las realidades económicas, tanto de los consumidores como del gasto de los estados para controlar esta industria; y el derecho a la salud, que no sólo consiste en la accesibilidad al sistema médico sino en la protección de los usuarios de las perversiones del mercado negro y los grupos que lo controlan. 35 Usos de “drogas” y Psytrance. Como venimos sosteniendo, los usos de “drogas” son tan numerosos y diversos como los grupos humanos en los que se insertan. Hay una gran variedad de sustancias usadas, ya sean de origen natural o sintetizadas en laboratorios, y una multitud ingente de contextos en los que se realizan estos consumos y de orientaciones que estructuran los mismos. Como no podía ser de otra forma, en la actualidad estos usos y contextos se han diversificado más todavía, y el número de sustancias disponibles crece exponencialmente año a año. Pese a que algunos de estos consumos se encuentran legitimados por legislaciones específicas, principalmente aquellos que tienen que ver con usos tradicionales, otros mantienen su consideración negativa y se sitúan al margen de la legalidad vigente al promover el consumo de sustancias psicoactivas en el marco general de la abstención. El contexto fundamental de esta investigación lo constituye uno de aquellos movimientos surgidos en torno al desarrollo de la llamada, en modo genérico, “música electrónica”, que como veremos se ha desarrollado de múltiples formas de la mano de determinados usos de sustancias psicoactivas, llegando incluso a generar movimientos concretos con implicaciones profundas y especificidades propias como el que aquí presentamos, el movimiento Trance o Psytrance. Para el desarrollo de este tipo de sonidos es fundamental la democratización en el acceso a las herramientas tecnológicas, cuya extensión va a permitir la generación de movimientos que se apropian de estas con objeto de reconstruir el mundo, por lo que asistimos a una resignificación de los elementos propios de la extensión de un modelo hiperindustrializado. Collin y Godfrey (2002) explican que la aparición y expansión de la conocida como “música electrónica” se produce a lo largo de los 70 en locales de ambiente gay de los barrios afroamericanos de Chicago y Nueva York, de la mano de algunos de los primeros disc jockeys (Dj) 36 como Franckie Knuckles, Derrick May y Kevin Saunderson. Durante los 80, esta música se expandiría a Europa dando lugar en Inglaterra a la aparición del estilo conocido como acid house, desde donde el panorama electrónico comenzaría a extenderse y a diversificarse, lo que resultó en la creación del movimiento techno 12 , esto es, un aglomerado de distintos tipos de música realizadas con ordenadores y sintetizadores. Es importante resaltar que el surgimiento y extensión de estas modalidades musicales se relaciona profundamente con la desigualdad social y la perdida de centralidad de los individuos en el marco de la sociedad, así Collin y Godfrey (Ibíd.) exponen que a la llegada de la música electrónica a la Inglaterra de Thatcher, momento de fragmentación social, paro desorbitado y escasas oportunidades para la juventud, van a ser los integrantes de la clase obrera de los barrios marginales los que tomen el protagonismo y comiencen a realizar eventos de música electrónica como forma de protesta y reivindicación, como vía de escape ante las escasas oportunidades de incorporarse efectivamente a la vida social. Paralelamente a la extensión de este movimiento de lo electrónico, cobra importancia el consumo de sustancias psicoactivas, que ya desde su origen en los barrios estadounidenses y su extensión al viejo continente mantienen una estrecha relación que con el tiempo va a convertirse en indisoluble hasta tal punto que sin atender a la importancia que mantienen estas sustancias en la lógica de estos movimientos no seríamos capaces de entender qué hacen, cómo lo hacen y por qué lo hacen. No obstante, no debemos entender la popularización del uso de algunas de estas sustancias como especificidades de la música electrónica, más bien diríamos que el surgimiento de 12 Como explica Nogueira (2008) es más acertado usar el concepto de música electrónica para referirnos a este tipo de sonidos en sentido general, que utilizar el concepto techno, que puede dar lugar a equivocaciones por existir un estilo musical específico que se denomina de esta manera. 37 estos estilos coincide en el tiempo con la aparición de los trabajos de distintos estudiosos que retoman la investigación de ciertos enteógenos y que ponen de relieve su valor, convirtiéndose estos investigadores en muchos casos en referentes para aquellos que entienden estas sustancias como elementos necesarios para la reconstrucción del mundo en el que viven, pues realizan alegatos en favor de los beneficios tanto individuales como colectivos que proporcionan el uso de estas sustancias. Estos pensadores de lo psicodélico 13 tienen plena vigencia en las décadas de los 60-70, e irán ganando reconocimiento en las siguientes, aunque muchos de ellos comienzan sus investigaciones y promueven sus resultados unos años antes. Según González Vives, García Albea y López Ibor (2012) cabe destacar en este sentido los casos del Dr. Robert Gordon Wasson, etnobotánico estadounidense y principal investigador y “descubridor” para Occidente de la psilocibina, uno de los alcaloides principales presentes en los hongos psilocibios; el Dr. Albert Hoffman, químico suizo que sintetizó la dietilamida del ácido lisérgico (LSD); y el Dr. Alexander Shulgin, químico estadounidense de origen ruso que desarrolló cientos de sustancias psicoactivas a lo largo de su vida, siendo la más notoria por la gran popularidad que adquirió desde los 70 y que mantiene hoy en día, la MDMA o éxtasis. Sin embargo, no podemos obviar el papel importante que tuvieron otro tipo de intelectuales en la promoción de los beneficios del uso de sustancias psicoactivas, y es que escritores como William Burroughs, Allen Ginsberg y Aldous Huxley, se dedicaron a tratar los estados alterados de conciencia, e incluso otro tipo de investigadores como el 13 El término ganó popularidad tras ser formulado por el psiquiatra Humphrey Osmond, se trata de un neologismo formado a partir de las palabras griegas ψυχή, alma, y δήλομαι, manifestar, por lo tanto podemos traducir el concepto como "que manifiesta el alma" 38 psicólogo Timothy Leary o el antropólogo norteamericano Allan Coult les dieron carta de naturaleza científica y los convirtieron en caminos para estudiar la realidad. Tenemos por tanto tres elementos fundamentales que van a confluir y van a ser fundamentales para entender el origen y la diversificación de lo electrónico, por un lado la extensión, apropiación y resignificación de las herramientas tecnológicas, por otro lado la popularización del uso de ciertas sustancias psicoactivas en determinados contextos considerados al margen de lo establecido, y por último el gran descontento social fruto de las tensiones estructurales de la sociedad industrial así como la revitalización de determinados movimientos culturales opuestos al modelo dominante. El movimiento global del trance lo situamos aquí, como producto de la conjunción de estos tres elementos principales, los cuales, en el caso que nos ocupa, han generado un agrupamiento de individuos que comparten un mismo modelo cultural y una serie de constructos mentales o esquemas (Quinn y Holland, 1987; D’Andrade, 1995). En el modelo encontramos una representación de las asociaciones entre los sujetos, la estructura, las relaciones y los procesos que en él se inscriben, lo que facilita a los miembros de un grupo relacionarse de una determinada manera con los demás y con el contexto en sí. Por lo tanto es fundamental profundizar en este aspecto, a través del análisis de la interacción y de los discursos producidos, y es que hemos de tener en cuenta que para decidir qué hacer o qué significan los otros y sus conductas en una situación dada aplicamos nuestra comprensión del mundo tal y como ha sido estructurada por un determinado modelo cultural, por lo que conociendo este estaremos en disposición de conocer la lógica compartida por los miembros del grupo y el sentido que otorgan a sus acciones en sus encuentros. El movimiento global Trance o Psytrance tiene su origen en el Estado Indio de Goa a finales de los 80. Papadimitropoulos (2009) explica que a finales de esa década, y con la pérdida 39 de fuerza del movimiento hippie, muchos de sus integrantes se refugiaron en esta zona de la India dando origen al movimiento, generando un renacer de la “ética” hippie bajo una forma completamente novedosa. Iniciados los 90, la gente de Goa había conocido los efectos del acid house proveniente de Inglaterra y se comenzó a crear un estilo propio, el cual se dio a partir de la mezcla de distintos géneros en boga en aquellos tiempos como el New Beat, New Wave, Electro, el Rock Psicodélico, y que supuso el origen del estilo anteriormente referido, el Goa-Trance. Lo que en la actualidad conocemos como trance psicodélico desciende directamente del Goa y ha desarrollado un sonido único con propiedades específicas. El psytrance tiene una base rítmica poderosa a la que se agregan elementos acústicos o electrónicos, a veces generados en vivo; además de sonidos sintetizados de instrumentos milenarios como citaras, gongs, tambores y didgeridoos. El movimiento trance no es una realidad meramente hedonística (St. John, 2009) aunque sin duda alguna la obtención del placer está muy presente. No obstante sus implicaciones son tan profundas que cometeríamos un error si redujéramos la cuestión a un simple encuentro de personas que bailan durante unas horas y consumen sustancias psicoactivas sin orientación alguna. Por el contrario entendemos este movimiento como una forma de espiritualidad encuadrada en eso que se ha dado en llamar la New Age, concepto intercambiable por otros como el de self-religion (Hellas, 1996) o religión postmoderna (Mardones, 1994), y que se basa en la manipulación individual del sistema vigente de símbolos. Este tipo de movimientos se sitúan en la órbita de lo religioso, aunque como explica Cornejo (2012) en el tiempo en el que nos encontramos se ha producido un 46 que nos interesan es Social and Cultural Geography, que centra su interés en las diferencias sociales y culturales a lo largo del planeta y nos ha sido útil por tratar la escena rave de trance. La prestigiosa publicación de la Universidad de Washington Anthropological Quaterly contiene artículos sobre teoría antropológica así como etnografías de diversos temas, dentro de los cuales existe uno que como veremos nos resulta de gran apoyo en la aproximación al concepto de rave. Encontramos una publicación en francés, Drogues, santé et société, que se dedica desde un enfoque multidisciplinar a tratar cuestiones relacionadas con el uso de “drogas” y fenómenos asociados, y en el caso que nos interesa sobre la cuestión de los distintos usos que se hacen de las “drogas” en función del contexto en el que se inserten. La revista norteamericana Contemporary drugs problems es otra de las publicaciones específicas sobre “drogas”, y en este caso nos resulta interesante por tratar en algún artículo la cuestión de políticas de “drogas”. Por último, la publicación que más nos ha servido por dedicarse específicamente a las distintas dimensiones del tema que nos ocupa es la revista Psychotropes, que se publica en francés y recopila gran cantidad de artículos donde aparecen tratados temas como el movimiento Psytrance y las raves, además de la cuestión de las “drogas”. Consideramos necesario dejar explicitadas las publicaciones principales, las de mayor impacto en nuestro diseño, que han servido para desarrollar nuestro trabajo. A continuación nos referiremos a los autores cuyas ideas supongan un precedente directo de la cuestión que aquí planteamos, pero como ésta se encuentra atravesada por distintos temas es necesario atender a todos ellos, por lo que veremos de manera parcelada lo que cada autor haya ido estableciendo al respecto. El primer punto importante de nuestro trabajo lo representan los estudios sobre políticas y acciones administrativas en materia de “drogas”. Hay multitud de escritos a este respecto, pero en 47 el caso español hemos seleccionado las obras de tres científicos sociales de relevancia como son Escohotado y su Historia general de las drogas (1999), Gamella en Legalización, prohibición, despenalización: Tres regímenes alternativos en el control jurídico-político de las drogas ilegales (2005), y Romaní en Políticas de drogas: prevención, participación y reducción del daño (2008). Fuera de las fronteras del estado español la producción en cuanto a este tema es mucho mayor, por lo que hemos seleccionado los autores que a nuestro parecer realizan un análisis más interesante de las políticas sobre psicoactivos y proponen una serie de medidas alternativas a la prohibición; estos son Room y Mackay en Roadmaps to reforming the UN drugs conventions (2012) y Mathieu y Niño en Aspectos de la situación actual de las drogas ilegales y propuestas de reforma (2012). Un segundo punto se centra en el ámbito de los derechos humanos en relación a las políticas y los usos de “drogas”. En este punto, Reynoso en Antropología y Derechos Humanos (1986), Messer en Anthropology and Human Rights (1993), Stavenhagen en Human rights and Wrongs (2004), Devillard y Baer en Antropología y Derechos Humanos: multiculturalismo, retos y resignificaciones (2010) y Eberhard en Más allá de una antropología de los Derechos Humanos: ¿los horizontes del diálogo intercultural y del reino de Shambhala? (2010); son los autores principales que nos han servido para profundizar en la relación entre los Derechos Humanos y la Antropología. No obstante, los autores que suponen un referente directo para esta investigación por haber tratado específicamente el uso de “drogas” y su imbricación con los derechos de colectivos e individuos han sido Robert Gilmore en Drug Use and Human Rights: privacy, vulnerability, disability and human rights infringements (1996), y Navarrete-Frías y Thoumi en Drogas ilegales y derechos humanos de campesinos y comunidades indígenas: el caso de Perú (2005); que profundizan en los distintos perjuicios que las políticas sobre “drogas” y el mercado negro de estas sustancias proveen a los colectivos e individuos que hacen uso de ellas o se relacionan con ellas en los distintos niveles de la cadena productiva de las mismas. 48 Un tercer punto lo situamos en el ámbito de los usos de psicoactivos. En el contexto español son interesantes los trabajos de Fericgla por ser uno de los antropólogos españoles más prolíficos en el ámbito del uso de enteógenos en distintos grupos humanos de todo el mundo. Sus obras El peso central de los enteógenos en la dinámica cultural (1997) y El peyote y la ayahuasca en las nuevas religiones místicas americanas (1998) suponen algunas de las mejores obras producidas en nuestro contexto en relación a la posición que ocupan estas sustancias para las distintas cosmovisiones en las que se insertan. También dentro de España destacan Aprendiendo de las drogas: Usos, abusos y desafíos (1995) de Escohotado, La fruta prohibida. La droga como espejo de la cultura (2004) de Restrepo, y Las drogas. Sueños y razones (2004) de Romaní; que analizan de manera profunda los discursos construidos en torno al uso de “drogas” en las sociedades occidentales. La antropología brasileña, muy prolífica en el estudio de psicoactivos, tiene en Bia Labate y Edward MacRae dos figuras internacionalmente muy relevantes en el estudio de sus usos y su imbricación con la legislación. Las obras Un Panorama del Uso Ritual de la Ayahuasca en el Brasil Contemporáneo (2001) y Plants, Psychoactive Substances and the International Narcotics Control Board: The Control of Nature and the Nature of Control (2012) de Labate y Tupper, y Guiado por la Luna. Shamanismo y uso ritual de la ayahuasca en el culto de Santo Daimé (1998) y Abordagens qualitativas na compreensão do uso de psicoativos (2004) de MacRae, son sin duda algunas de las producciones científicas más interesantes en este campo y que han contado con mayor relevancia en el diseño de esta investigación. Por otro lado, Perrault en Rites, marges et usages des drogues (2009) y Pourtau en Consommation de substances psychoactives et transe fonctionnelle dans les fêtes techno (2005) van a ser los referentes que sostenemos en el estudio del consumo de “drogas” en determinados contextos urbanos de las sociedades occidentales, de sus usos neotradicionales y de la búsqueda de experiencias místicas. Por último, un acercamiento a los clásicos siempre es enriquecedor, y en este sentido hemos 49 profundizado en el asunto de la construcción cultural de los psicoactivos a través de las obras Alucinógenos y cultura (1980) de Peter Furst, y de El camino a Eleusis: Una solución al enigma de los misterios (1993) de Wasson, Hoffman y Ruck. Otra dimensión se centra en nuestro contexto principal, donde se desarrolla gran parte de las acciones que nos interesan, en las raves. Salvo los trabajos de Fernández Calderón et al. Análisis de las diferencias en el perfil y patrón de consumo de drogas de hombres y mujeres que asisten a fiestas rave (2012) y Efectos asociados al policonsumo en fiestas rave (2012), que son muy interesantes por los datos que aportan sobre la actualidad del panorama español actual de las raves, hemos de recurrir a autores extranjeros para obtener datos referentes a las raves, pues como vemos en España existe poca bibliografía específica al respecto. Las obras de Hutson The rave: Spiritual healing in modern western subcultures (2000), de Epstein Les raves ou la mise à l'épreuve underground de la centralité parisienne (2001) y de Volery La rave-party au miroir d'une sociologie du sujet. Un essai d'analyse (2002) son los principales trabajos al respecto y los que van a sentar las bases de nuestra interpretación de las raves. Por último, en relación al movimiento trance, hemos de recurrir en su totalidad a autores no españoles. En el análisis del surgimiento y extensión de la música electrónica destaca sobremanera el libro Estado alterado. Historia de la cultura del éxtasis y del acid house (2002) de Collin y Godfrey. No obstante, el mayor referente en este campo es el antropólogo australiano Graham St. John, cuya obra principal Rave culture and religion (2009) es la etnografía más completa hasta el momento sobre la comunidad global del trance. Por otro lado, Nogueira Nascimiento en O microcosmos das raves psicodélicas (2008), Saldanha en Trance and visibility at dawn: racial dynamics in Goa’s rave scene (2006) y Papadimitropoulos en Psychedelic Trance: ritual, belief and transcendental experience in modern raves (2009), plantean el movimiento del psytrance como una 50 realidad cercana a lo religioso. Para ellos, el simbolismo, los especialistas, los elementos allí presentes, los discursos y acciones de los participantes y demás aspectos propios de este movimiento y de sus actos rituales, suponen formas de mediar con lo sagrado. Por último, Green en su obra Trance-gression: Technoshamanism, conservatism and pagan politics (2010) analiza la espiritualidad del movimiento en oposición al “paganismo” de las políticas conservadores sobre “drogas”. 51 Objetivos e hipótesis Objetivos generales y específicos. 1. Conocer en qué medida las particularidades culturales de determinado segmento de la sociedad que utiliza el consumo de enteógenos como forma de relacionarse con el mundo (participantes del movimiento trance) se ven influenciadas por los discursos y las prácticas en materia de “drogas” por parte del poder político y demás estamentos del poder establecido, así como indagar la forma en que los usos culturales de alguna de estas sustancias repercuten en el sistema legal normativo o en los discursos de las distintas instituciones sociales relacionadas. 1.1 Analizar el nivel discursivo institucional en materia de “drogas”, en el ámbito internacional, europeo y español; atendiendo especialmente a la generación de dobles vínculos. 1.2 Examinar las medidas y acciones administrativas en el ámbito internacional, europeo y español en relación al impacto de los efectos perversos que crea para usuarios y colectivos. 1.3 Profundizar en los debates, no únicamente a nivel político, que inciden en el sistema legal de control de sustancias psicoactivas, tanto aquellos que promueven la regulación de las mismas como aquellos que defienden el mantenimiento de la prohibición, prestando especial atención a la naturaleza de los argumentos que se manejan para favorecer o impedir el cambio en dicho estatus, haciendo especial hincapié en el trato que se otorgue al uso cultural de dichas sustancias. 1.4 Ponderar el impacto que discursos y acciones institucionales tienen para los derechos individuales y colectivos de las personas que usan “drogas” en el contexto del 52 movimiento trance. 2. Profundizar en el conocimiento de las nuevas formas de espiritualidad relacionadas con el consumo ritual de enteógenos. 2.1 Interpretar la actual cultura del trance con especial atención al uso conjunto, y por separado, de enteógenos, música y tecnología como elementos centrales e indispensables de esta cultura, aquellos que la dotan de significado. 2.2 Describir el funcionamiento y organización del movimiento andaluz de trance, su cosmovisión y la lógica que rige en la celebración de raves, con especial interés en la construcción simbólica de los enteógenos y su uso 2.3 Indagar en la importancia de los estados alterados de conciencia para los miembros del movimiento como parte fundamental del proceso performativo que es la rave, y ponderar su utilidad para el mantenimiento y reproducción del grupo 2.4 Acceder a encuentro internacionales de trance en Portugal con objeto de analizar los discursos y prácticas que los miembros del movimiento trance sostengan en cuanto al uso de “drogas” 3. Establecer una agenda política de cara a la protección de la diversidad cultural y a la protección de los derechos de colectivos e individuos. 3.1 Recopilar las iniciativas existentes a nivel global que tengan por objeto promover acciones alternativas al modelo prohibicionista dominante. 53 3.2 Establecer un listado con las entidades europeas y españolas que trabajan activamente por un cambio en el estatus legal de las sustancias psicoactivas. 3.3 Proponer medidas concretas en materia de políticas de “drogas” con objeto de eliminar o minimizar los perjuicios de los usuarios de psicoactivos, a partir del análisis de los requerimientos de los actores involucrados. 54 Hipótesis Debido a que planteamos un problema de investigación multidimensional que vertebra una investigación que aglutina diversos aspectos relacionados con la espiritualidad, los psicoactivos, la legislación y los derechos; se presentan a continuación una serie de hipótesis que tratan de abordar de forma amplia una cuestión compleja como la que aquí se plantea, que además se encuadran dentro de una investigación que pretende ser útil en el sentido de su aplicabilidad en el campo de lo social. 1. Las acciones en materia de “drogas” han estado en su totalidad controladas por los Estados y organismos internacionales a través de la legislación, y mientras se ha tratado de controlar sin éxito la producción, distribución y consumo de dichas sustancias, se ha negado la posibilidad de la existencia de determinados usos culturales de las mismas, lo que ha llevado a la desprotección de los usuarios así como a su estigmatización y persecución, debido a que entre otros factores, en determinados contextos como el que presentamos, el consumo de estas sustancias se relaciona con una resignificación de los valores dominantes. Actualmente encontramos cada vez más voces que promueven una regulación de estas sustancias, no obstante esta parece basarse más en criterios economicistas o de seguridad pública, que en la preocupación por el reconocimiento y defensa de la diversidad cultural. 2. Si atendemos a las características de la rave de trance, a la función de las personas involucradas en ella, al simbolismo recurrente y los elementos allí presentes consideramos que la esencia de la rave no es un realidad exclusivamente hedonística. Este tipo de eventos responden, al menos en lo que concierne al movimiento del trance, a una cuestión ritual y ritualizada en la que la propia rave supondría la forma de mediar con lo sagrado, por lo que se configuraría como un espacio de espiritualidad. 55 3. Los participantes presentes en este movimiento trance no pueden ser aglutinados en la difusa categoría de juventud, ni en el movimiento en si como cultural juvenil, pues no sólo acuden jóvenes sino personas de cualquier edad biológica y diferente grado de obligaciones. El mantenimiento de estas prácticas a lo largo de las últimas décadas, y la reproducción y crecimiento de los grupos que las sostienen, obligan a repensar el movimiento en términos de adultez, pues las personas no salen de este a una edad determinada ni se sanciona la presencia de personas no consideradas jóvenes. 4. El consumo que se hace en estos contextos mientras que generalmente no suponen perjuicio para los individuos a niveles físico, psicológico o social, pueden ser la puerta para el desarrollo de determinados problemas de adicción debido a la falta de herramientas por parte del propio grupo para gestionar este tipo de incidencias. Las “drogas” aparecen como elemento central de dicha cultura y son vistas de manera bondadosa, por lo que se tiende a negar o minimizar sus efectos negativos. 5. La institucionalización de los grupos y sus prácticas parece un requisito imprescindible para su legitimación, aunque el rol que juega el uso de psicoactivos en el movimiento imposibilita en este hecho por temor a una mayor estigmatización y persecución. 6. Existe un trato desigual en relación a la permisividad legal del uso de psicoactivos en contextos religiosos por parte de grupos tradicionales ya que esta no se concibe para grupos de reciente creación en contextos occidentalizados. 62 experiencias de las comunidades de sus interlocutores, ya que según Piasere existe una característica común que los etnógrafos comparten con los psicoanalistas y es que no pueden conocer otra realidad si no son capaces de interiorizarla ellos mismos. Debido a este hecho, y a través del pensamiento narrativo, los investigadores que son productores, transformadores y difusores de significado, intervienen en el proceso etnográfico haciendo uso de su propia experiencia que no es sino la propia experiencia de aquello que está investigando. Así, aquello que fue vivido por el investigador supone un punto más donde apoyarse y extraer información muy valiosa tal como dejó patente Anderson (1967) en su libro The Hobo, donde utiliza el conocimiento que tiene de este grupo, por haber formado parte de él antes de ser Sociólogo, para realizar su análisis. En este trabajo, la experiencia que hemos acumulado a lo largo de los últimos 5 años formando parte del movimiento supone un tipo de aprehensión de la realidad que no debemos desdeñar, que se debe aprovechar porque surge de la interacción directa con el objeto que investigamos, y en muchas ocasiones, al ser anterior a nuestro contacto con la antropología, permite acercarnos a esta realidad con un mejor conocimiento y una mayor comprensión de lo que allí sucede. De esta manera la reflexividad, artefacto metodológico que atraviesa de manera transversal la investigación, se torna aquí un elemento imprescindible para tratar de evitar las interferencias personales que pueda plantear el investigador y que pueden hacer ver la realidad desde una perspectiva equivocada. Una vez establecidas estas tres modalidades etnográficas que sirven para constituir el sentido de la investigación, profundizamos en los paradigmas teórico-metodológicos que ayudan a terminar de perfilar el sentido al que nos referíamos. Planteamos el aparato conceptual tanto para el estudio de los dispositivos externos y de representación (políticas públicas) sobre la definición y el uso de las “drogas”, como para el polo experiencial (mundo simbólico interno) en los contextos ritualizados de consumo de enteógenos, bajo los siguientes puntos: 63 1. Partimos de la idea de que es a partir de los márgenes del sistema, esto es, a través de las acciones concretas de grupos determinados situados en el exterior de lo establecido como “normal” o lo aceptado, como se pueden observar las políticas públicas. Partiendo de este posicionamiento, estamos en disposición de promover una propuesta de intervención aplicada que se centre en la modificación de las políticas públicas, a niveles local, regional, nacional e internacional, a partir del análisis de los movimientos que promueven el uso de enteógenos, tales como los relacionados con el mundo rave, entre otros. 2. El fenómeno de la construcción de la identidad rave no aparece como un simple rechazo de un grupo a la intrusión de formas uniformadoras, sino como forma de expresión social en constante reelaboración, la cual, integrando la innovación trata de preservar, transformar y recrear la práctica social. Estudiar los procesos contemporáneos de uniformización y de cambio social valorando las dinámicas de la creatividad social y cultural entre una comunidad rave permite entender la creatividad de estos grupos que proponen alternativas a los discursos, prácticas y valores dominantes. 3. El análisis dialéctico de la construcción de las políticas públicas a través de experiencias locales, regionales, nacionales y globales conlleva reflejar en qué modo la comunidad rave ejerce de bricoleur, en términos levistraussianos, y se recrea, interrogando acerca de la relativa coherencia de una comunidad, sin olvidar las contradicciones sociales, las formas políticas de dominio, los conflictos y los espacios de ruptura. 4. El análisis del hecho social que comprende tanto el empleo de las “drogas”, la fabricación identitaria como la apropiación del espacio, el cual es un problema administrativo no exclusivo de las rave. 64 Por otro lado, la actitud metodológica se guiará por los siguientes principios con la finalidad de ayudar a perfilar la teoría social, extraídos de lo planteado por Lagunas (2017: 5): 1. Contextualización: privilegiar el dato empírico de carácter etnográfico, así como los desarrollos históricos y el papel del Estado, con el fin de generar conocimiento teórico y aplicado. La propia observación empírica construirá la teoría. Se atiende a la comparación cultural a partir de estudios locales, evitando el exceso de generalizaciones y extrapolaciones acríticas. La selección de los grupos rave a nivel local obedece a razones epistemológicas y prácticas. 2. Tener presente la dinámica y la dialéctica de las relaciones: en la etnografía se fijará el momento en el cual se realiza el estudio, pero se planteará la dirección hacia la cual se están desarrollando los cambios sociales. 3. La metodología se organiza a partir de un conocimiento intermedio constituido por los estudios previos. Ello implica que se recaba el apoyo tanto de la tradición antropológica como de otras aportaciones de las ciencias sociales, combinando los datos básicos de tipo cualitativo con datos cuantitativos, para los que resultan de vital importancia el uso de medios audiovisuales (mapas, imágenes, entrevistas, estadística, vídeos). Una vez establecida la estructura metodológica, hemos de profundizar en las técnicas que vamos a poner en marcha. Velasco y Díaz de Rada (1997) plantean que las técnicas no deben ser un recetario, que deben ser teorías en acto, pues se encuentran medidas por una intención teórica. Las técnicas deben adscribirse al proceso de investigación etnográfica y dependen de un marco de intenciones o código epistemológico, por lo que una vez hemos explicitado el armazón que sustenta la investigación establecemos las técnicas específicas que nos van a permitir desarrollarlo. 65 En primer lugar la observación participante, que situamos en el interior del proceso metodológico superior que supone el trabajo de campo, y que en nuestro caso abarcará diferentes contextos siguiendo los preceptos de la etnografía multisituada. Los principales son los espacios de las raves y festivales de trance a los que accedamos. En el interior de la observación participante es de sumo interés la aprehensión de lo que allí ocurre a través no sólo de la propia mirada y experiencia, sino que también resultan fundamentales la realización de entrevistas a los actores allí presentes, ya sean formalizadas o no, las conversaciones con estos, y el uso de elementos tecnológicos tales como la cámara fotográfica y/o de video y la grabadora de voz digital, pues siempre y cuando el uso de estos no sea invasivo y pueda enturbiar en modo alguno el desarrollo de la acción, son de suma utilidad por permitir captar gran cantidad de datos que nos permiten volver una y otra vez a la situación de origen. La realización de historias de vida aporta a la investigación la experiencia ofrecida por personas que por sus características o circunstancias específicas se tornan en informadores relevantes, y es que estos tienen esa consideración por la posibilidad de ofrecer cierto tipo de información a la que no es posible acceder a través de otras personas. En este sentido, esta es una técnica muy provechosa que utilizaremos en momentos puntuales con objeto de ampliar los datos que poseemos. A priori, nuestra intención es la de hacer una historias de vida a una participante del movimiento trance andaluz. Las características concretas que servirán para seleccionar a estos informantes son la edad, ya que tenemos mucho interés en poder localizar a personas que no puedan encuadrarse en la categoría de “joven”, y la participación en el movimiento, pues pretendemos contar con la perspectiva de aquellos que lleven tiempo involucrados en el consumo de enteógenos a través de este tipo de grupos. Las entrevistas semiestructuradas constituyen otras de las herramientas básicas e imprescindibles para la realización de esta investigación, tal y como se ha concebido. A pesar de 66 que en el propio proceso de la observación ya están planteadas la realización de entrevistas y conversaciones, creemos conveniente profundizar en los relatos de aquellos informadores que puedan aportar más, o en los de aquellos que no estén representados en los momentos de observación, por lo que utilizaremos esta técnica con las personas que nos encontremos a lo largo de la investigación cuya participación más intensa sea necesaria. A priori realizaremos un número no definido de entrevistas a los diferentes actores implicados, esto es, tanto a participantes de los distintos movimientos, como a los integrantes de los colectivos de trance y los dirigentes de los movimientos religiosos del campo ayahuasquero brasileño, a personalidades de referencia a nivel administrativo y/o legislativo en materia de “drogas”; a miembros de asociaciones que trabajen con estas sustancias, y a personalidades académicas en el tema. El grupo de discusión es una herramienta muy efectiva para contrastar las ideas de distintos informantes sobre una serie de cuestionamientos concretos. En nuestro caso concreto, el interés en el uso de esta técnica se centra en la posibilidad de confrontar los discursos concretos de personas claves para así poder falsar o verificar algunas de las ideas establecidas en la investigación o adquiridas durante el proceso. Por cuestiones de tiempo y organización, se pretende la realización de tres grupos de discusión, dos de ellos a personas involucradas en el movimiento trance y el último a personas no participantes del movimiento pero pertenecientes a asociaciones interesadas en el uso de sustancias psicoactivas y personalidades de relevancia en el ámbito administrativo. El estudio de casos es una herramienta metodológica muy apropiada para obtener un conocimiento mayor de una realidad concreta, esto es, facilita la generación de teorías o ayuda a descartar las que no son válidas, de manera que es un artefacto muy interesante para facilitar la comprensión de una situación específica. En esta investigación constituirá una de las técnicas principales, su aplicación se centra en el contexto específico del movimiento trance en su relación con la legalidad vigente en cuando al uso de “drogas”. De esta manera, se pone el acento en el 67 estudio concreto de las repercusiones que tienen sobre los individuos que forman el movimiento trance, y sobre este en general, las políticas y acciones administrativas que regulan la relación de estas personas y colectivos con las “drogas”, elementos fundamentales para estos que se sitúan en la base de los procesos de estigmatización existentes. El análisis de textos jurídicos-administrativos de los documentos producidos en la última década por instituciones públicas nacionales y locales principalmente, sin obviar la producción internacional, sobre el tema de sustancias psicoactivas, tanto a nivel discursivo como en relación a medidas y acciones concretas, ocupa otro de los espacios claves en lo que a técnicas se refiere. Del mismo modo, nuestra investigación requiere un acercamiento a los sistemas de información independientes de nuestra propia realidad que constituyen una realidad multiforme, esto es, se considera importante el análisis de la prensa y los medios de comunicación, también internet como ya explicitamos, por ser actores fundamentales en la generación de la opinión pública y por ser los principales gestores de la información ofrecida al global de la sociedad sobre “drogas”, raves, políticas, usos de estas sustancias, etc. 68 Capítulo 1. El discurso hegemónico sobre las “drogas”: Administraciones públicas, medios de comunicación y sociedad civil Los muy enraizados rasgos culturales explican por qué la mente occidental se muestra de pronto angustiada y represiva al considerar el tema de las drogas revelan los cambios en la conciencia inducidos por sustancias de un modo dramático que nuestra vida mental tiene bases físicas. Las drogas psicoactivas hacen peligrar la asunción cristiana de la inviolabilidad y el status ontológico especial del alma. Del mismo modo, desafían la idea moderna de la inviolabilidad del ego y sus estructuras de control. Resumiendo, el encuentro con las plantas psicodélicas pone totalmente en cuestión la visión del mundo de la cultura dominante (McKenna, 1993: 22) 69 1. 1. La construcción social de un enemigo: la “droga” 20 Sin lugar a dudas, los Estados actuales, con su obsesión por unificar y profundizar los sistemas de control social de lo cual depende su propio mantenimiento - ya que los actuales sistemas de representación social están en franco declive -, ven en los enteógenos aquellas substancias que bien usadas podrían originar nuevas formas de integración de las que, probablemente, los Estados tal y como se construyen hoy quedarían fuera. (Fericgla, 1997: 9) La realidad social se construye, no es algo que aparezca inmutable y externo a la influencia de individuos y grupos, por el contrario son estos los que la producen y concretan a partir de la generación de discursos, categorías, definiciones, símbolos, ideas, etc. Para Berger y Luckmann (2003), la realidad cotidiana es algo que compartimos con los otros, presentándose pues como un mundo intersubjetivo repleto de convenciones sociales en el que diferentes procesos institucionales y universos simbólicos legitimadores sirven para configurar, establecer y mantener un orden social. Coincidente con esta tesis de la construcción de la realidad social, Searle (1997) plantea la diferencia existente entre los que denomina hechos brutos, aquellos que existen independientemente de la acción humana a pesar de que necesitemos del lenguaje para poder definirlos, y hechos institucionales, aquellos que necesitan de una o varias instituciones humanas, siendo el lenguaje una de ellas, para que su propia existencia sea real. 20 El concepto “droga”, cuyo uso se reducirá en este texto a lo imprescindible, supone una imagen connotada y estereotipada de las sustancias psicoactivas, ya que su uso y definición ha sido prácticamente un monopolio del sector dominante de la sociedad y su mención puede inducir a pensar en estas como elementos con atributos negativos que se dan por supuesto, pues han sido naturalizados. 70 Si nos acercamos al universo de las sustancias psicoactivas y sus usos, que acompañan al ser humano desde la noche de los tiempos en diferentes contextos geográficos y temporales (Escohotado, 1999), podemos constatar la existencia y aprehender algunas dimensiones del funcionamiento de la construcción de la realidad social, así como de los hechos brutos e institucionales que la conforman. Así, mientras que la utilización de los psicoactivos parece funcionar como un universal cultural tal y como sostienen autores como Furst (1980) y Romaní (2004), la imagen que se tenga de ellos o la forma en la que materializamos nuestras relaciones con ellos remiten a una serie de construcciones culturales específicas de cada contexto. Si atendemos por ejemplo a las sociedades occidentalizadas, la esencia de la que se dota a estas sustancias y la consideración (mayoritariamente negativa) de sus usos, son producto de una imagen que se ha constituido desde el discurso hegemónico y que se encuentra escorada hacia la negatividad. Siendo así que constantemente se ve asociada a diversas cuestiones problemáticas que en demasiadas ocasiones son definidas de manera tal que parecen ser producto de la esencia misma de estas sustancias y que justifican la asimilación de dichas sustancias con conceptos como el de guerra, lucha o problema, sirviendo a su vez para sostener y reproducir un sistema coercitivo y de control que domina un campo, el de estas sustancias, que se halla repleto de intereses que son establecidos a partir de diversos argumentos ideológicos. Pero no adelantemos aún cuestiones que serán analizadas en próximas páginas. Si atendemos a la clasificación anterior establecida por Searle (1997), encontramos que podemos definir como un hecho bruto la existencia de relaciones entre los seres vivos y los elementos de su entorno o su medio, las cuales funcionan como mecanismos de transmisión, recepción e intercambio de información y energía. Este tipo de vínculos forman parte intrínseca de la vida tal y como la conocemos y, desde una perspectiva bioquímica, sirven para explicar las conexiones entre organismos y las interrelaciones que se establecen desde un nivel celular a partir de múltiple 71 sustancias químicas tanto endógenas como exógenas. Del mismo modo, las SPA 21 presentes en nuestro planeta de forma natural son muy numerosas, al igual que las relaciones instituidas entre estas y los distintos seres vivos, pues no debemos obviar un dato fundamental que también constituye un hecho bruto defendido por autores como el etnobotánico y etnomicólogo Giorgio Samorini (2003), esto es, los animales hacen uso de estas sustancias aunque esta realidad se haya negado o infravalorado con excesiva asiduidad. Este hecho debe servir de antídoto contra el antropocentrismo al demostrar que el uso de psicoactivos no es una acción exclusiva del ser humano sino que se trata de una constante en su conducta que también formaría parte de las prácticas habituales de ciertos seres vivos, e incluso funcionaría como un mecanismo más el intercambio de energía e información entre los mismos y sus medios, cuestión que podemos dilucidar a partir de la comprensión de la forma en que actúan dichos componentes en el cerebro humano y en el de otros animales, esto es, a partir de la activación de efectos agonistas o antagonistas en determinados neurotransmisores en las conexiones sinápticas neuronales como la dopamina, serotonina, adrenalina, noradrenalina, etc. (Menéndez Díaz et al., 2010); así como conociendo las propias estructuras fisiológicas de estos órganos, pues dichos neurotransmisores se producen de forma natural en el cerebro, lo que prueba que claramente existe una interrelación biológica (natural), tan clara como la cultural, entre seres humanos y SPA. Samorini (op. Cit.) documenta diversos casos de animales que se embriagan con distintos principios activos existentes en un gran número de vegetales, hongos e incluso otros animales, hecho que se refleja de igual manera en la gran diversidad cultural de la que hacemos gala los seres 21 Sustancias psicoactivas 78 estimulantes, depresoras, empatógenas, etc.). Esta clasificación puede resultar adecuada a la hora de analizar los discursos de los usuarios en su relación con dichas sustancias. - Sus efectos farmacológicos: refiere a los efectos que su uso provoca en el organismo (estimulantes, depresoras, alucinógenas, etc). Pese a que puedan coincidir con la categoría anterior, la diferencia estriba en que los efectos percibidos son definidos por los propios usuarios y los efectos farmacológicos se definen en base al estudio de la acción de dichas sustancias sobre los neurotransmisores y la actividad cerebral. - Su construcción simbólica: estas formas de clasificación va a incidir en las diferentes imágenes producidas y reproducidas por distintos grupos e instituciones en función de la relación que se establezca con ellas. Es sin duda una manera de entender dichas sustancias que va a depender del contexto cultural en el que se inserte, de las expectativas que los grupos tengan y la relación que se establezca con estas, por lo que esta forma de clasificación adolece de una parcialidad total que la hace inservible como herramienta para la investigación. De esta manera, aquí encontramos tanto las categorías que se establecen desde los segmentos mayoritarios que sostienen el discurso hegemónico (Ej.: “drogas legales/ilegales”, “drogas blandas/duras”, clasificación de la OMS, etc.), como todas aquellas categorías establecidas por grupos minoritarios en el marco de su cosmovisión (Ej.: herramientas terapéuticas, elementos sacramentales, dispositivos tecnológicos, etc.) En algunos de estos grupos encontramos variables que son objetivas siempre y cuando partamos del ámbito específico que les dota de sentido, a pesar de que ello suponga cierto grado de reduccionismo, inevitable por otro lado si lo que pretendemos es construir una clasificación operativa que nos sirva como herramienta para una mejor interpretación de un hecho social total, según lo definiera Mauss (2008). De esta manera, si apelamos a la estructura química o a los efectos farmacológicos partimos de la disciplina química o la medicina, farmacia y bioquímica, 79 respectivamente, como generadoras de significado. Otras clasificaciones como la relativa a los efectos percibidos o a su construcción simbólica pueden resultar más engañosas por no poseer atributos objetivables, lo que las hace prácticamente inservibles para su uso como categorías válidas salvo en aquellos casos en los que sean los propios usuarios los que hagan uso de ellas. Como Romaní (2008) apunta, es importante utilizar algún tipo de ordenación para poder analizar los procesos relativos a los psicoactivos y sus usos, y ante la dificultad de selección de unos criterios universales válidos, lo mejor es definirlos en función al marco teórico y los objetivos específicos de cada investigación. Por ello, en nuestro caso tomaremos como forma de catalogación de referencia la estructura química de las sustancias, por entender que es una forma útil y aséptica para facilitar la identificación de cada una de ellas, sin obviar la existencia de parámetros ajenos a la química que son fundamentales para la comprensión del fenómeno, y sin perjuicio de poder recurrir a ellos y utilizarlos siempre y cuando el propio desarrollo de la investigación así lo requiera y esté bien justificado, pues no debemos obviar que si hay alguna variable que realmente deba estar presente en cualquier definición de “droga” es el carácter artificioso y arbitrario de dicha definición, esto es, “una “droga” no es sólo cierto compuesto con propiedades farmacológicas determinadas, sino algo que puede recibir cualidades de otro tipo” (Escohotado, 1995, 22). Comenzábamos este capítulo haciendo referencia a las dinámicas existentes en nuestras sociedades que son responsables de la construcción de la realidad en la que, como seres sociales, nos insertamos. Habida cuenta que esta ingeniería está presente en todos los ámbitos de todas las sociedades, el asunto del uso de psicoactivos no permanece ajeno a esta influencia, por el contrario es un terreno tan propicio como los demás, quizás más aún debido a la polaridad y conflictividad que arrastra, para la constatación de este hecho. Así hemos comprobado, a partir de la diversidad de formas disponibles, que no existe consenso en la definición y clasificación de estos elementos 80 sino posicionamientos ideológicos diferentes y diferenciadores que como veremos son la causa principal de la problemática existente, ya que promueven la existencia de diferentes actitudes, expectativas y acciones. Como no podía ser de otra forma, la lógica jerárquica existente en nuestras sociedades establece que determinados posicionamientos tengan más peso o que determinados argumentos sean concebidos como dogmas incuestionables, despreciando expresiones alternativas minoritarias que se revisten de una mácula de negatividad, peligrosidad y caos. Cuando una realidad determinada es así expuesta por quienes ostentan la capacidad de establecer definiciones y categorías, de construir el significado de las cosas y los hechos, irremediablemente nos enfrentamos a situaciones de vulnerabilidad e injusticia para los pocos que con sus actos se enfrentan a estas dinámicas, así en el campo de los psicoactivos vemos (lo analizaremos en profundidad en próximas páginas) como los usuarios se convierten en peligrosos elementos que promueven actos de rebeldía contra las normas instituidas a pesar de participar de un mercado tan exitoso en un contexto en el que el sistema mercantilista tiene subordinadas a la práctica totalidad de las restantes dimensiones sociales, generándose una curiosa paradoja, la de la lucha del capitalismo consigo mismo, “curiosa guerra que pretende erradicar la manifestación más plena y neoliberal del fetichismo de la mercancía” (Restrepo, 2004: 15). Y es que a pesar de ello, esto vuelve a dejar patente que cuando nos referimos a las SPA, no podemos limitarnos a referimos a una serie de elementos con características objetivables y distintivas que resulten apreciables, por el contrario si queremos aprehender la profundidad del sentido que las define hemos de atender al contexto en el que se insertan y a las dimensiones, en tanto que hechos institucionales, que están presentes en su propia existencia. La droga no es nada concreto, se trata sólo de una definición o de un nombre, de un estereotipo que recoge numerosos fantasmas, miedos, ilusiones, intereses; es un 81 símbolo del mal, la forma que el mal ha adoptado en los tiempos prolíficos de las utopías (Garrido Peña, 1999: 2) Analizaremos en los siguientes capítulos estos discursos y prácticas hegemónicas sobre “drogas” para comprender como se articula la construcción social específica de los psicoactivos en nuestro contexto cultural, así como qué entes o instituciones juegan un papel relevante en dicha articulación, lo resulta imprescindible para atisbar el marco social y cultural en el que se insertan los discursos y prácticas alternativas y periféricas del grupo que centra nuestro interés en esta investigación, además de los efectos y consecuencias que para este grupo y sus miembros, en tanto que usuarios de SPA, provocan las acciones puestas en marcha desde los poderes políticos como instrumentos legitimados para la lucha contra todo aquello que sea considerado pernicioso para el “buen desarrollo social”. 82 1. 2. Políticas nacionales e internacionales sobre “drogas” Hoy es obvio, sin embargo, que bastantes de los perjuicios individuales y colectivos que provoca el consumo de las principales drogas ilícitas provienen de las leyes que prohíben su producción, su comercio y su consumo y de la forma en que tales leyes se aplican en cada lugar y momento. O sea, es posible que haga más daño la prohibición de las drogas que su farmacología y que ambos factores se combinen de forma perversa en algunas formas de consumo especialmente peligrosas (Gamella, 2004: 61) A día de hoy parece totalmente incuestionable que la conflictividad derivada del uso de psicoactivos tiene en las políticas y tratados internacionales sobre “drogas”, suscritos por la práctica totalidad de países del mundo y desarrollados por estos siguiendo el mismo esquema punitivo en cada una de sus políticas nacionales, el origen y la causa, ya sea de forma directa o indirecta, de los problemas existentes en todo el globo. Resulta esta una extraña paradoja, pues mientras el sistema internacional de fiscalización de estas sustancias ha sido un completo éxito desde el punto de vista de la organización y cooperación entre muchos estados, ya que pocos tratados internacionales han alcanzado un nivel de aceptación y suscripción entre tantos países diferentes como aquellos en materia de “drogas”, como plantean Room y MacKay (2012). En lo relativo a la disminución de la producción y el consumo así como al control de su distribución y la eliminación del mercado negro, ha sido un completo fracaso que ha acabado desembocando en una serie de situaciones problemáticas, de mayor o menos intensidad, para las personas involucradas en las distintas etapas del proceso productivo de dichas sustancias Pese a poder resultar tedioso, en cualquier investigación que se aproxime al ámbito de los psicoactivos resulta obligatorio establecer una descripción de aquellas dimensiones estructurales que vertebran los discursos sostenidos y las acciones puestas en marcha por las diferentes administraciones y que acotan el funcionamiento de un sistema de fiscalización que tiene un 83 impacto directo sobre los usuarios de estas sustancias. Para evitar ocupar el espacio necesario que requieren otros aspectos más innovadores de este trabajo, expondremos de una manera no demasiado exhaustiva tanto el devenir de las normas internacionales y las nacionales relativas a los contextos sociopolíticos que se incluyen en esta investigación, a saber, México, Portugal y España, así como los organismos involucrados en la gestión y el desarrollo de las políticas de “drogas” desde su primer hito hasta nuestros días. Como se puede apreciar, todo el sistema de fiscalización se sustenta sobre los pilares de control y castigo, recayendo gran parte de las acciones a desarrollar en manos de las fuerzas y cuerpos de seguridad de los distintos estados. La drug war de la segunda mitad de los años 70 marcaría tanto la epifanía como el modelo paradigmático en el cual se fueron inspirando en adelante todas las políticas que apelan a la necesidad de elevar la moral de las costumbres incluso a través de una fuerte recuperación de la idea de merecimiento del castigo (Pavarini, 2009: 74) A) Nivel internacional. Ya en 1909, en la Conferencia de Shangai contra el Opio, se establecieron los primeros pasos encaminados a crear una legislación internacional para el control de la producción, distribución y consumo de las “drogas”, siendo en este caso el opio la primera sustancia controlada. Unos años más tarde, en 1912 en la Haya (Países Bajos), este acuerdo es suscrito por un número mayor de países dando lugar al primer tratado macro de fiscalización de sustancias psicoactivas, lo que supone el primer paso en la creación del sistema internacional de control de sustancias psicoactivas (Room y MacKay, 2012). No obstante, va a ser a mediados del siglo XX cuando la obsesión de los estados por el control va a producir la creación de una serie de acuerdos internacionales que regulen el control de las “drogas”. Existen tres convenciones de las Naciones Unidas, heredera de la ya extinta Sociedad 84 de Naciones, que sustentan la base de todas las estrategias y acciones actuales para la fiscalización internacional de “drogas”: a) La primera de todas es la Convención Única de 1961 sobre Estupefacientes, cuyos objetivos pasan por la limitación de la producción, transporte, distribución, posesión, uso y consumo de estas sustancias a fines científicos o médicos. Del mismo modo, esta Convención Única agrupó los tratados internacionales existentes en materia de control de “drogas” y amplió el número de sustancias a controlar de manera que incluyeran algunas plantas utilizadas como precursores en la fabricación de “drogas”. Otro de los aspectos más relevantes es la creación de la Junta Internacional de Fiscalización de Estupefacientes (JIFE), órgano creado para velar por el cumplimiento de los tratados internacionales en materia de “drogas”. b) El Convenio sobre Sustancias Psicotrópicas de 1971 de Viena constituye el segundo de estos tratados internacionales que sustentan la lógica legal de la relación con las “drogas”. Este tratado va a suponer una continuidad del anterior pero va a conocer un incremento en las sustancias que debían ser fiscalizadas, de modo que a partir de este se instauran las conocidas listas de prohibición en las que se agrupan las distintas sustancias en función de la concepción de su peligrosidad y sus potenciales usos médicos y/o científicos. c) La Convención de las Naciones Unidas contra el Tráfico Ilícito de Estupefacientes y Sustancias Psicotrópicas de 1988 puso el acento en el la obligatoriedad de que los estados impusieran sanciones penales a aquellos que produjeran, distribuyeran o poseyeran sustancias psicoactivas bajo las circunstancias que fueran. Estos tratados internacionales en materia de “drogas” establecen el contexto legal en el que se desarrollan todas las normativas internacionales y la mayoría de las estatales. Del mismo modo, sientan las bases para la creación de los distintos entes internacionales encargados de la gestión del 85 asunto. Además de los ya señalados, es importante hacer referencia a otros órganos y acuerdos de la ONU relevantes en el panorama global: a) En 1991 se estableció en Viena el Programa de las Naciones Unidas para la Fiscalización Internacional de Drogas (PNUFID), cuya vocación es la de aglutinar todos los programas, acciones y estrategias que hasta entonces se encontraban distribuidos entre los distintos organismos internacionales con el fin de establecer un programa único que coordine y dirija todas las acciones de las Naciones Unidas en materia de fiscalización de “drogas”. b) En 1998 la Asamblea General de la ONU promulgó la Declaración Política de la Asamblea General de las Naciones Unidas en su Vigésimo período extraordinario de sesiones sobre el “problema mundial de las droga”. Este supone un punto importante porque a partir de ella se sientan las bases para definir lo que se conoce como “el problema de las drogas” (UNGASS, 1998). c) ONUDD: Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito se encarga del de la gestión transversal de estos dos ámbitos, siendo el primero el que centra nuestro interés, el cual tiene dos objetivos básicos: la reducción de la demanda y el control de la oferta. Desde el año 2004 la ONUDD publica anualmente un Informe Mundial sobre las Drogas. d) La Comisión de Estupefacientes consiste en una reunión anual que se realiza en Viena en la que participan todos los estados miembros de la ONU donde se debaten cuestiones relativas al sistema internacional de control de “drogas” y se diseñan acciones y estrategias relativas a ONUDD y JIFE. Un hecho importante relativo a esta Comisión se produce en 2009, cuando los Estados participantes suscriben la Declaración Política y Plan de Acción sobre Cooperación Internacional en favor de una estrategia amplia y equilibrada para combatir el “problema mundial de las drogas” 86 en la que se establecen prioridades relativas al control de la oferta, control de la demanda y lucha contra el blanqueo de capitales. e) OMS: Aunque la Organización Mundial de la Salud no sea específicamente un organismo encargado de la gestión de las políticas en materia de “drogas”, la OMS acapara todo el protagonismo en lo que al control y gestión de la salud se refiere, por lo que indudablemente se va a configurar como uno de los actores institucionales de referencia en el tema, pues no debemos obviar que en la construcción social de las “drogas” la salud ocupa una importante dimensión tal y como demuestra la colaboración de este organismo con otros como el OEDT en la generación de informes relativos a este tema B) Nivel Europeo. a) Grupo Pompidou. Creado por el Consejo Europeo en 1971, el Grupo de Cooperación para Combatir el Uso Indebido y el Tráfico Ilícito de Drogas, se contempla como un espacio de intercambio de información intergubernamental donde se pretende ofrecer ayuda a los responsables nacionales pertinentes en la elaboración de estrategias y políticas de “drogas”. Entre sus acciones destaca la creación del Registro Electrónico de Investigación, donde se publicitan los distintos proyectos en marcha centrados en la exploración de la realidad de estas sustancias. b) OEDT: El Observatorio Europeo de las Drogas y Toxicomanías comienza a funcionar en 1995, y su cometido principal es el de ofrecer a los estados miembros de la UE información homogénea y comparable sobre el fenómeno que aquí tratamos. c) Estrategia de la UE en Materia de Drogas: Aprobada en 2004 por el Consejo Europeo, entre sus objetivos principales se encuentran la protección de la salud mediante acciones complementarias a las desarrolladas en las estrategias de los distintos miembros, así como diseñar actuaciones para 87 fomentar la prevención y conseguir una disminución del consumo de sustancias psicoactivas haciendo especial hincapié en el control del tráfico internacional de las mismas. d) Acción Europea sobre Drogas 2009-2012: El plan de acción europeo surge a partir de la citada estrategia Europea 2005-12, en él se incluyen más de 80 actuaciones relacionadas con la coordinación intergubernamental en materia de “drogas” y su objetivo principal es el de aplicar las decisiones contenidas en dicha estrategia. e) Sistema de alerta temprana de la UE: Creado por el Observatorio europeo de Drogas y Toxicomanías y la Europol en 1997 pretende ser un sistema de intercambio de información entre estados miembros para poder controlar la aparición de nuevas sustancias psicoactivas no controladas o no conocidas. Así mismo, también funciona como una herramienta para dar a conocer a la totalidad de los países de la UE adulteraciones o contaminaciones peligrosas detectadas en alguna sustancia encontrada en algún estado miembro. C) Políticas nacionales. Políticas de “drogas” en España. Según Usó (2013), en España se adoptaron las primeras medidas para el control de los usos de sustancias psicoactivas en 1918 por parte del gobierno de Manuel García Prieto, que sancionaba a los vendedores (farmacéuticos en esencia), no a los compradores, que distribuyeran sin receta cocaína, opio y morfina. No es hasta 1928 con la reforma del Código Penal y el establecimiento de las Bases para la Restricción del Estado en la distribución y venta de estupefacientes cuando se comenzó a sancionar penalmente tanto a los distribuidores como a las personas que las poseían o usaban, comenzando así su recorrido el sistema punitivo y de control sobre psicoactivos que llega hasta nuestros días. 94 esquema que se reproducía en países del entorno, siendo en contextos coloniales donde se comenzaban a plantear los primeros conflictos por sus usos. Como plantea Días (2013), a pesar de que las primeras referencias legislativas a las “drogas” en Portugal se producen en 1924 con la aprobación de la ley 1687 y del decreto 10375 de 9 de Diciembre, y en 1926 con el decreto ley de 24 de agosto nº 12210, que suscribían lo acordado por la Convención Internacional de 1912, no es sino hasta la década de los 70 cuando podemos hablar de un verdadero interés por legislar muchos de los diferentes aspectos relacionados con el ámbito de estas sustancias. De esta forma, la autora traza un recorrido histórico a través de cuatro etapas organizadas cronológicamente: a) 1970-74: en este primer momento se asienta la idea cada vez más extendida que entendía a los psicoactivos como factores de desorden social y, en paralelo a los cambios sociopolíticos que afectaban a Portugal, se asumen una posición criminalizadora del consumo de estas sustancias que se centra en los propios consumidores y se materializa en el Decreto ley 420/70 de 3 de noviembre de 1970 promovido por el Ministerio de Justicia. b) 1975-1982: es esta una etapa en la que el paradigma clínico toma protagonismo y camina en paralelo a las acciones criminalizadoras. Con el Decreto Ley 745/75 de 31 de Diciembre se institucionalizan por completo las acciones en materia de “drogas” y se consolida el modelo clínico-policial con la creación del Centro de Estudos da Juventude (CEJ) y el Centro de Investigação Judiciária da Droga (CIJD), que se dirigen a la prevención y el tratamiento médico y social, y a la represión del uso y la fiscalización de estas sustancias, respectivamente. Así mismo, con los Decretos Ley 790/76, 791/76 y 792/76 de 5 de Noviembre se crea el Centro de Estudos da Profilaxia da Droga (CEPD), que se centra en la prevención, tratamiento y reinserción de los toxicómanos y que en 1977 establece tres Direcciones Regionales en Lisboa, Porto y Coimbra; el 95 CIJD da paso a nuevo organismo, el Centro de Investigação e Controle da Droga (CICD); y se forma el Gabinete Coordenador do Combate à Droga (GCCD), que similar al PNSD español, se encamina a la coordinación de las acciones de los distintos entes existentes. c) 1983-1999: el modelo dominante en esta etapa es el biopsicosocial que se inicia con la nueva “Ley de drogas” a partir del Decreto Ley 480/83 de 13 de Diciembre que trata de alinear las directrices nacionales lusas en materia de psicoactivos con las convenciones internacionales, promoviendo una perspectiva clínica y resocializadora con los consumidores y una fuerte represión con el tráfico. Es en esta etapa cuando comienza a promoverse un enfoque novedoso, el de la reducción de riesgos, que asume la imposibilidad de la erradicación de los consumos (que es la base de las acciones de corte prohibicionista/abstencionista) y trata de minimizar los potenciales riesgos de sus usos para los consumidores a partir de una serie de estrategias formativas e informativas. En 1999 se establece la primera Estratégia Nacional de luta contra a droga, a partir de la publicación dela resolución del Consejo de Ministros nº 46/99 de 26 de Mayo, encaminada a ser un instrumento de coordinación y gestión de todas las acciones en materia de “drogas” y dependencias, desde el tratamiento y reinserción de usuarios hasta la lucha contra el tráfico y el lavado de capitales, pasando por las citadas estrategias de reducción de riesgos y las acciones en el ámbito penitenciario. d) 2000-Actualidad: en esta fase Portugal adquiere gran notoriedad internacional por ser el primer país que descriminaliza el uso de psicoactivos 29 . Este periodo se inicia con la creación en el año 29 Es interesante resaltar que Portugal es de facto el primer país en descriminalizar el consumo y la posesión de pequeñas cantidades de SPA destinadas a este mismo efecto, mientras que en España nunca el consumo ha sido sancionado penalmente, enfrentándose los usuarios únicamente a sanciones administrativas por el hecho de que el 96 2000, según el Decreto Ley 88/2000 de 18 de Mayo, del Conselho Coordenador da Estratégia Nacional de Luta Contra a Droga e da Toxicodependência, encargado de la gestión y aplicación de las estrategias nacionales. Precisamente es en la Estrategia Nacional vigente para este periodo donde el discurso de la descriminalización se presenta con más fuerza, a pesar de que ya en la ordenación jurídica establecida en 1976 se planteaba la necesidad de un cambio en la aplicación de sanciones penales a los consumidores (previstas en el artículo 40 del Decreto Ley 15/93 de 22 de enero) por tratamientos clínicos. No obstante, va a ser ese mismo año 2000 cuando se considera que la descriminalización es un hecho, a partir de la aprobación de la Ley Nº 30/2000 de 29 de noviembre, que establece el marco jurídico aplicable al uso de sustancias psicoactivas, así como a la protección social y sanitaria de los “usuarios sin receta” y, posteriormente, con por el Decreto Ley 130-A/2001 de 23 de abril, que del mismo modo descargó de responsabilidad penal la adquisición y posesión para el consumo. Quizá la lección más importante de las políticas de descriminalización en Portugal es la demostración de que existen maneras para superar la falta de voluntad entre las elites políticas y las sociedades atemorizadas por la propaganda alarmista de la “guerra contra las drogas” y, al hacerlo, formular constructivamente políticas racionales y humanitarias sobre drogas (Domoslawsky, 2012: 56) Es interesante que nos detengamos a conocer el funcionamiento de esta ley que se presenta como una descriminalización real para valorar si funciona como tal, pues a pesar de que el simple hecho de eliminar las medidas penales para determinadas situaciones de consumo es un hito de consumo se realice en vía pública, como se explicita en la conocida como Ley Corcuera (L.O. 1/92 de 21 de febrero), sustituida recientemente por la conocida como Ley de Seguridad Ciudadana (L.O. 4/2015 de 30 de Marzo) 97 relevancia en un necesario proceso de reconocimiento de los derechos de los usuarios de psicoactivos, consideramos que en realidad se trata de un proceso de descriminalización parcial e insuficiente. Esta ley se sustenta sobre la distinción entre las cantidades potencialmente destinadas al consumo propio o a la venta, que seguiría siendo castigada penalmente. De esta manera, según el artículo 2 de la Ley 30/2000, la cantidad destinada al consumo propio, la que cualquier persona puede portar sin enfrentarse a cargos penales, sería aquella que no excediera la suma de la dosis medias individuales durante un periodo de 10 días, es decir, existen unas tablas numeradas del I al IV, anexas en el Decreto Ley 15/93 de 22 de Enero, que explicitan las cantidades máximas diarias valoradas para cada tipo de sustancias, por lo que cualquier persona que porte una cantidad que supere esa estimación diaria multiplicada por diez días se arriesga a ser procesada por tráfico de “drogas” 30 . Según estas tablas, se consideraría como destinado al consumo propio portar como máximo 25gr de marihuana (2,5gr x 10), 1gr de MDMA (0,1gr x 10), 1gr de anfetaminas (0,1gr x 10) o 500 microgramos de LSD (50mcg x 10), entre otras sustancias. De esta manera, y como hemos podido constatar durante el trabajo de campo realizado en contextos de encuentros internacionales de psytrance en Portugal durante los veranos de 2013, 2014 y 2015, el procedimiento que siguen las fuerzas de seguridad como la GNR (Guardia Nacional Republicana) tanto en los dispositivos de control que establecen, como en los registros aleatorios que realizan durante las fechas y en los lugares de estos encuentros (que hacen efectivo y visible el estigma que portan los miembros de este movimiento en tanto que usuarios de psicoactivos), pasa por una explicación por parte de los agentes de que se va a iniciar un registro en busca de “drogas” (en 30 Según se recogen en las notas al pie de las propias tablas, estas cantidades diarias son establecidas a partir de datos recogidos en la literatura médica o farmacológica. 98 ocasiones aquí se ofrece la posibilidad de entregarla voluntariamente a cambio de no iniciar ningún procedimiento administrativo, siempre que se trate de una pequeña cantidad), una batería de preguntas de mayor o menor intensidad, así como un registro de las personas y sus pertenencias, también de mayor o menor intensidad, habitualmente con el uso de perros adiestrados, y bajo cierto clima de tensión y sospecha, lo que forma parte del “juego policial”. Si se aprehende alguna sustancia que en cantidad sea inferior a los límites establecidos, o que aun siendo superior la policía estime que está dedicada al consumo personal, se levanta un acta contra la personas, se retira la sustancia (lo que obligará a la persona presumiblemente a acudir de nuevo al mercado negro) y se cita a la persona para reunirse con una de las llamadas Comisiones de Disuasión 31 , contenidas en la misma ley, donde se trata de que la persona sea consciente de los riegos de las prácticas con psicoactivos y “convencerla” de que cese tales prácticas, por lo que parece que no se supera esa visión de lo negativo pues se mantiene la idea de que la mejor relación con estas sustancias es la no relación. Hablamos pues de descriminalización insuficiente o parcial por varios motivos, en primer lugar se comete un error que nuevamente revierte negativamente en los usuarios, y es la de utilizar cantidades cerradas obviando la multiplicidad de factores que pueden influir a la hora de que alguien porte psicoactivos sin que vayan destinados al tráfico, por ejemplo las cantidades relativas a determinadas sustancias no son nada realistas si observamos los patrones de consumo de muchos usuarios que hemos tenido la oportunidad de analizar tanto en los propios encuentros Psytrance como en la atención a usuarios desde el stand de Energy Control. Así, determinadas sumas, aún 31 Conformadas por psicólogos, sociólogos y trabajadores sociales. 99 con la extrapolación para diez días, son excesivamente bajas más aún si se obvian factores como la tolerancia que usuarios más o menos habituales pueden desarrollar y que hace que estos consuman más cantidad. Por ejemplo, hemos visto con frecuencia que un usuario habitual puede consumir en una sola sesión entre 250mg y 500mg de MDMA o alrededor de 500 mg de anfetaminas, lo que supone en un solo día la mitad de la cantidad considerada para diez. Otro hecho importante remite a las observaciones de nuestro trabajo de campo, y es que hemos visto como existe una estigmatización y criminalización, en base a prejuicios y sin base jurídica, en el trato de las fuerzas del orden hacia las personas que son susceptibles de portar o portan cantidades de psicoactivos incluso aunque estas entren dentro de los márgenes no penales establecidos legalmente. Por último, con respecto a las Comisiones de Disuasión es importante resaltar que la no comparecencia ante ellas o la reincidencia en la posesión o consumo de pequeñas cantidades traen aparejadas otro tipo de medidas sancionadoras que pasan por el pago de una sanción administrativa, la revocación de la licencia de conducción y/o armas, el cumplimiento de servicios comunitarios o la prohibición de acercarse a determinados lugares, por lo que de facto seguimos asistiendo a la imposición del castigo, que aun no siendo de naturaleza penal, continúa alimentando la imagen de los usuarios como infractores que han de cesar en sus prácticas amorales y polucionantes. Políticas de “drogas” en México. Como en los casos de España y Portugal, el sistema de fiscalización de “drogas” en México presenta una continuidad con el sistema internacional de control de estas sustancias, es decir, se encuadra dentro del paradigma prohibicionista/abstencionista y coercitivo que domina en la práctica totalidad del planeta. Así, desde 1947 la Dirección Federal de Seguridad tiene atribuciones legales para perseguir e intervenir en materia de “drogas”, no obstante México no cuenta con una institución específica que dirija y coordine las estrategias en materia de “drogas”, por el contrario, 100 divide este trabajo en dos ámbitos principales de los que se van a encargar diferentes organismos. Por un lado el ámbito de la seguridad y la defensa, coordinado por los siguientes entes pertenecientes a las fuerzas y cuerpos de seguridad de la República: la Secretaría de Seguridad Pública (SSP), la Procuraduría General de la República (PGR), la Secretaría de Defensa Nacional (SEDENA) y la Secretaría de la Marina y la Armada (SEMAR). Por otro lado, el ámbito de la salud que es dirigido por la Secretaría de Salud Federal. Según Astorga (2007), desde la presidencia de Miguel de Madrid en 1982 hasta la de Felipe Calderón en 2006 (incluso hasta la actual presidencia de Peña Nieto desde 2012), todos los gobiernos han entendido la lucha contra las “drogas” como un problema de seguridad para México, aprobándose en 2005 una Ley de Seguridad Nacional, que otorga un papel preeminente a los ejércitos de tierra y aire, así como a la marina mexicana, en la persecución y erradicación de la producción, distribución y consumo de psicoactivos en el territorio nacional, legitimando de esta manera a los distintos cuerpos militares para que dirijan una auténtica “guerra contra las drogas”. La realidad de la sociedad mexicana se ve atravesada de lleno por el hecho de la violencia (que muchas veces es estructural, y que no es sólo física), tanto y en tantos niveles que esta no es patrimonio exclusivo de los numerosos grupos criminales y/o cárteles, aunque no es menos cierto que las acciones desarrolladas por estos grupos fomentan que el contexto mexicano vea su conflictividad aumentada y se produzcan mayor número de incidentes que suelen traducirse con demasiada frecuencia en mayor número de muertos. En este sentido no podemos obviar nuevamente una de las ideas centrales de esta investigación, esto es, el actual paradigma legislativo en materia de “drogas” es terreno abonado para el surgimiento y la extensión de determinados grupos que tienen en la ilegalidad de los psicoactivos uno de sus mayores activos, por lo que 101 debemos considerar que buena parte del problema de las “drogas” viene definido, como venimos planteando, por la legislación existente. Aunque el “problema de la droga” es presentado por los sectores prohibicionistas como una realidad incuestionable, es recomendable que antes de abordarlo como patología clínica o hecho social procedamos a su análisis como discurso que exhibe una excesiva generalización, dando a prejuicios colectivos el carácter de normas universales que no reconocen matices ni excepciones (Restrepo, 2004:55) Como recoge Alonso Aranda (2015), México inicia su andadura por el camino de la fiscalización de psicoactivos en el primer cuarto del pasado siglo con es la creación del Consejo de la Salubridad General en 1916, estableciendo de paso las bases para la contemplación del asunto como un problema de salud pública, siendo este uno de los argumentos recurrentes de la prohibición que analizaremos en próximos capítulos. En 1923, bajo el mandato de Álvaro Obregón, se establece la primera referencia al contrabando de “drogas”, prohibiéndose la importación de sustancias como el opio, la heroína, la marihuana y la cocaína. El motivo principal esgrimido es, como anunciábamos, el de la vigilancia sobre la salud pública, no obstante hay dos factores no explicitados que resultan determinantes sobre los que se construyeron el sistema de la prohibición, por un lado el intento de evitar que grupos criminales controlaran este lucrativo comercio, aunque como señala Palacios y Serrano (2010) paradójicamente lo que se consigue es el efecto contrario, por otro lado la presión estadounidense, que para finales de los años 20 ya era el principal consumidor de marihuana y opio proveniente de México, como señala Morales (2011). La cercanía geográfica sumada al gran desarrollo de la producción y el cultivo de psicoactivos en México así como a la gran demanda para el consumo proveniente de EEUU va a ser uno de los elementos centrales en la definición de la realidad de “drogas” mexicana, además de un pilar fundamental en la génesis y el desarrollo de las políticas sobre “drogas” en México. 102 Ciertamente no es hasta 1927, año en el que el Senado de la República suscribe los acuerdos de La Haya, cuando se puede hablar de una verdadera asunción de la lógica prohibicionista por las autoridades mexicanas. En 1929 aparece el primer código penal que hace referencia a la producción, adulteración y distribución “drogas enervantes”, pero el primer texto que relaciona el uso de psicoactivos con la salud pública es el código penal de 1931, que sancionaba con penas de prisión de seis meses a siete años además de multas económicas a todas las personas que se involucraran en cualquiera de las distintas etapas de la cadena productiva de estas sustancias, sus semillas o plantas, así como a cualquiera que las obtuviera o consumiera, además de establecer un Código Sanitario donde se recogen las sustancias a fiscalizar. En este año también entra en vigor el llamado Reglamento Federal de Toxicomanías, que define a los consumidores como enfermos y especifica la necesidad de contar con una receta médica para poder acceder legalmente y consumir sustancias tales como el opio, la heroína, la cocaína o la marihuana. Este Código Penal va a ser modificado en 1947, año en el que se crea la Dirección Federal de Seguridad, cuando se someten a fiscalización todas las sustancias contenidas en los convenios internacionales, no sólo aquellas que se recogían en el Código Sanitario mexicano. Es esta la etapa del Gobierno de Miguel Alemán, en la que se intensifica la colaboración con el gobierno estadounidense y se establece un plan para extinguir las fuentes de producción y elaboración de “drogas”, así como la persecución de los intermediarios y los narcotraficantes, obteniendo importancia la labor conjunta de la Procuraduría General de la República, la entonces Secretaría de Salubridad y Asistencia, la Secretaría de la Defensa Nacional, así como las Procuradurías y Policías Judiciales de los Estados. Las siguientes reformas del Código Penal de 1931, en 1967 y 1978, profundizan en el control del sistema productivo de estas sustancias además de aumentar el control y el castigo para los usuarios, ya que a partir del 78 se establecen medidas penales contra los consumidores. La 103 siguiente reforma se produce en 1994, con la que se establecen muchas de las medidas que continúan aún hoy vigentes en el sistema legal mexicano, como la consideración de distintas medidas punitivas para los diferentes delitos asociados a estas sustancias (producción, distribución, venta y consumo), aunque también se instituyen otros cambios significativos con respecto a códigos previos como la consideración del consumo propio mientras que no sea reiterado. En 1996 se crea la Ley Federal contra la Delincuencia Organizada que aumentó las penas para cualquier tipo de delito cometido en asociación criminal, además de establecer a través de la figura del arraigo la posibilidad de detener y privar de libertad por hasta a 80 días a cualquier personas aunque no haya sido acusada ni hallada cometiendo delito, simplemente por tener sospechas de que esta pertenezca al crimen organizado. Las penas y medidas establecidas en estos años van a permanecer prácticamente inalterables hasta 2009, año en el que se establece un hito legislativo fundamental que sirve para estructurar las actuales acciones de las fuerzas y cuerpos de seguridad así como del poder judicial, esto es, la distinción entre “narcomayoreo” y “narcomenudeo”. El 21 de agosto de 2009 México establece un Decreto conocido popularmente como “Ley de Narcomenudeo” que reforma la Ley general de Salud, el Código Penal federal y el Código de Procedimientos Penales. Esta modificación legislativa pretende hacer frente a un hecho incuestionable según Bergman y Azaola (2008), esto es, el endurecimiento de las penas y el aumento de las medidas represivas en México no ha provocado otra cosa que el aumento de población reclusa, de manera que se pretenden instituir unas cantidades máximas de cada una de las sustancias fiscalizadas para distinguir entre consumo personal y cantidad destinada al tráfico, esta distinción comparte la misma lógica que la establecida en la despenalización de la legislación portuguesa, aunque la legislación mexicana resulta mucho más dura y las rígidas cantidades que se plantean son excesivamente bajas y están alejadas de la realidad del consumo, además de considerar únicamente cantidades para consumos inmediatos, así, la cantidad máxima de consumo 110 poderes públicos, medios de comunicación 33 y entes de la sociedad civil promueven la abstención como única relación posible con las sustancias psicoactivas y suscriben la idea central sobre la que se construye el sistema de representaciones dominante. Como se apuntaba en el capítulo introductorio de esta investigación, al analizar el nivel discursivo hemos de atender a una dimensión concreta de la comunicación que se relaciona con deficiencias o problemas en el propio proceso de transmisión de la información. Nos referimos aquí de nuevo al concepto de “doble vínculo” establecido por Bateson (1977), el cual nace como instrumento de análisis del nivel discursivo en personas que han desarrollado determinados procesos de esquizofrenia, pero para el que el mismo autor reconoce potencialidades en su uso para reconocer limitaciones o dificultades en cualquier tipo de proceso comunicativo, pues para él este tipo de paradoja o contradicción lingüística está presente en cualquier relación cotidiana, lo que lo valida como herramienta útil en el análisis de los discursos emanados desde el poder político. Según Watzlawick (2009: 212) “una paradoja es una contradicción lógica que resulta de deducciones congruentes a partir de premisas correctas”, y en este sentido el “doble vínculo” se constituye a partir de una contradicción en los mensajes lanzados por un emisor que al ser recogidos por el receptor provocan una situación de desconcierto en este al no saber cómo actuar ante los mandatos que dichos mensajes proveen, pues en esencia estos son opuestos entre sí o excluyentes, ante lo que el receptor no puede cumplir uno de ellos sin dejar de cumplir el otro. De esta forma, este elemento es responsable de un buen número de deficiencias comunicativas, pues 33 En el capítulo 6 de esta tesis presentamos un análisis más profundo del discurso de los medios de comunicación a partir de las asociaciones que se establecen en los titulares de la prensa escrita más consumida sobre los psicoactivos. 111 debido a la forma en la que impacta en una interacción concreta imposibilita que el propio hecho de la comunicación se desarrolle según una de las premisas básicas que la caracterizan y la hacen posible, a saber, la comprensión total del mensaje intercambiado entre los interlocutores. Es obvio que si tal premisa no se cumple y el mensaje que recibe el receptor adolece de una claridad que resulta necesaria para poder llevar a cabo el mandato que dicho mensaje porta explícita o implícitamente, la reacción derivada de lo transmitido en dicho proceso comunicador difícilmente resultará satisfactoria para las distintas partes involucradas. Nuestra intención es la de usar este concepto como artefacto metodológico en el análisis de la producción del discurso dominante sobre las “drogas” y de la forma en la que este discurso se comunica. Nos alejamos aquí de la visión primaria en la que este concepto se aplica, aquella que refiere al ámbito de la comunicación interpersonal, para centrarnos en él como mecanismo empleado en contextos comunicacionales más amplios como el de los mensajes institucionales contenidos en las campañas contra las “drogas” producidas por entes gubernativos y entidades de la sociedad civil que comparten y reproducen la lógica prohibicionista/abstencionista. Lucerga (2005), en su análisis del uso del doble vínculo en el ámbito publicitario, nos ofrece un buen punto de partida para la detección y el análisis de este elemento comunicativo en las campañas contra las “drogas” promovidas por entes de la sociedad civil conniventes con el posicionamiento ideológico hegemónico. En este caso, reflexiona sobre el contenido de una de las campañas lanzadas por la FAD 34 (Fundación de Ayuda contra la Drogadicción) tanto en prensa 34 La FAD es un ente privado español nacido del asociacionismo civil con el objetivo de erradicar cualquier relación entre las personas y los psicoactivos. Pese a no estar imbricado directamente con ninguna institución oficial, tanto la pertenencia real de los miembros de su consejo directivo como el hecho de que la Reina sea su Presidenta de Honor 112 escrita como en formato audiovisual en la que asistimos a una conversación entre un “camello” y una “víctima potencial” que se desarrolla de la siguiente manera: Tengo algo para ti. No. Venga, hombre. No. Prueba un poco. No. Te gustará. No. Vamos, tío. No. ¿Por qué? No. Vas a alucinar. No. No te cortes. No. ¿Tienes miedo? No. No seas gallina. No. Sólo una vez. No. Te sentará bien. No. Venga, vamos. No. Tienes que probar. No. Hazlo ahora. No. No pasa nada. No. Lo estás deseando. No. Di que sí. No. En el tema de la droga, tú tienes la última palabra. Di NO. Tal y como señala la autora (Ibíd.), el mensaje de esta campaña se encamina a poner de relieve la libertad de elección de los destinatarios del mismo como una forma de mostrar responsabilidad, cuando en la práctica esta supuesta libertad está siendo dirigida hacia la obtención y la puesta en marcha de una respuesta conductual específica que persigue la reproducción del paradigma abstencionista. Así pues, a pesar de que la sutilidad del mensaje parece apelar a la libertad individual en la toma de decisiones, esto no es más que una forma de manipulación al vincular dicha capacidad de elección a la responsabilidad, y esta a una única forma de actuar de manera correcta, la de decir “NO” Si analizamos el texto en dos partes, vemos como en la primera, aquella que refiere al supuesto diálogo, el discurso se construye en torno a un juego de orden y promesa en el que la última palabra de cada secuencia y la que más se repite es “NO”, que aunque no se plantea en modo imperativo se presenta como la respuesta ideal, más aún si tenemos en cuenta que esta palabra ha actuado como uno de los signos más representativos de este tipo de dejan patente su total connivencia con lo que se ha construido como el mensaje hegemónico sobre las drogas. Así mismo, la mayor parte de su financiación (El 72,6% del total de lo que reciben según su web, www.fad.es) proviene de distintas administraciones públicas, lo que sirve para que indirectamente esta funcione como un aparato ideológico del estado español y sus intereses en esta materia. 113 entidades y campañas. En la segunda parte es donde la paradoja del doble vínculo se materializa con más evidencia, pues al mandato “tú tienes la última palabra”, le acompaña un segundo que semánticamente se le opone, “Di NO”. Esta paradoja comunicativa no es azarosa, pues pretende que los potenciales receptores del mensaje asuman el “no a las drogas” como una decisión propia nacida de la reflexión personal, libre y responsable. En otra de las campañas de la FAD en 2003 observamos en el spot publicitario una mano que agarra lo que parece ser una pastilla mientras que una voz en off dice: “cuando te tomas una pastilla, no sabes lo que te estás tomando”. En el momento que la frase está concluyendo la mano gira y se comienza a apreciar que lo que en realidad parecía una pastilla, correspondía a la cabeza de un clavo que se puede observar en su totalidad cuando la mano termina de girar y muestra lo que se ocultaba tras ella. En este caso, el mensaje lanzado es sólo entendible completamente si se acompaña de la imagen, y es precisamente en la doble información transmitida en ambos códigos donde situamos la paradoja que da pie a la existencia de un doble vínculo. En la información transmitida oralmente ya encontramos una contradicción que, no obstante, no es la principal aunque contribuye a generar cierto grado de confusión en el receptor, pues si alguien toma una pastilla es evidente que sabe lo que está tomando 35 . Sin embargo es a partir de la información que transmiten las imágenes y la unión de estas con el contenido del mensaje oral donde apreciamos la paradoja, pues el mensaje oral la idea transmitida es “no eres consciente de lo que consumes” y en el mensaje gráfico la idea es “si consumes drogas te haces daño”. En este caso los mensajes 35 En este caso el spot podría ir dirigido a llamar la atención sobre la posible variabilidad en la composición de estas sustancias, pero ninguna mención se hace a ello persiguiendo que los potenciales receptores del mensaje asocien el consumo de pastillas a peligros que no se especifican y que parecen existir en la esencia misma de dichas sustancias. 114 sostenidos no están construidos en forma de mandato en estricto sentido, no obstante la naturaleza moralizadora de estos discursos busca obtener en sus receptores una única respuesta, la de la no relación con estas sustancias, idea que como ya hemos planteado está en la base de toda acción de corte abstencionista y, por extensión, siempre aparece explícita o implícitamente en los discursos emanados desde los segmentos sociales que la reproducen. Así la paradoja se construye a partir de la contradicción que suponen las ideas de que el usuario no sabe lo consume cuando lo hace, pues lo que hace cuando consume es únicamente dañarse, ya que lo que consume es sólo fuente de problemas y es eso lo único que debe saber, ya que si es consciente de ello no consumirá nada. El tercer y último análisis que presentamos sobre una de las campañas de la FAD dirigida a promover el no consumo de psicoactivos se presenta en 2002. En este caso el spot ofrece una serie de imágenes que comienzan con unos bebés en las cunas de lo que parece ser un hospital, al tiempo que una voz en off comienza a nombrar una serie de situaciones vitales que se van mostrando en imágenes, y que reproducen determinados hitos de una vida de los que muchos podrían resultar sumamente identificativos para jóvenes o adultos: “El primer día. La primera palabra. El primer por qué. La primera pandilla. La primera copa. La primera desilusión. La primera vez. El primer viaje. El primer porro. El primer trabajo. La primera pastilla. El primer éxito. La primera raya”. En ese momento las imágenes son rebobinadas hacia atrás y cuando llega de nuevo a la primera imagen de los bebés en cunas comienza otra vez a reproducirse con normalidad y la voz en off dice: “el primer paso es enseñarle a vivir”. A continuación, junto al logotipo de la FAD aparece la frase “la educación lo es todo”. Así pues, volvemos a encontrarnos en este caso dos mensajes implícitos que tenidos en cuenta conjuntamente sólo consiguen transmitir una incoherencia que ha sido en buena parte responsable del fracaso de este tipo de campañas. Las imágenes mostradas y la voz en off muestran algunas situaciones que son momentos de referencia en la socialización de toda persona en nuestro contexto cultural, pero son intercaladas con imágenes estereotipadas de 115 situaciones en las que algunas personas usan determinado psicoactivo, acabando el relato gráfico tras la imagen relativa a la “primera raya”, momento en que el rebobinado nos lleva al universal momento del “primer día” para lanzar el mensaje “el primer paso es enseñarles a vivir”. De esta forma, vemos como la idea que se ofrece en la primera parte del relato muestra, sin hacerlo explícitamente, un recorrido vital que parece torcerse al iniciar contacto con las “drogas”, de hecho el relato se reinicia después de “la primera raya”, haciendo a entender a quién lo observa que ese camino se dirige hacia una situación problemática. Por lo tanto diremos que hay varias ideas escondidas detrás de lo que se plantea explícitamente en esta primera parte: “cualquier consumo de sustancias es nocivo”, “consumir cannabis lleva a consumir otras sustancias”, “consumir psicoactivos genera problemas irremediablemente”. En el resto del relato, observamos la vuelta a la cuna y el acento en dos ideas explícitas: “hay que enseñarles a vivir, la educación en este sentido es fundamental”. Atendiendo a lo que se dice sin ser nombrado vemos como en esta segunda parte lo que se pretende transmitir es que “para vivir bien o para tener una vida “normal” no hay que relacionarse con las “drogas”, y una buena educación en este ámbito es aquella que “enseña” a no acercarse a ellas”. Así pues podríamos reducirlo todo a los siguientes axiomas principales que entran en conflicto entre sí, por un lado “hay que educar a la gente para evitar problemas con las drogas”, por otro “la única educación válida es la que consigue que la gente no se acerque a estas sustancias”. Vemos aquí claramente como lo sutil en el mensaje transmitido se aprecia al analizar lo que no se dice directamente pero que se construye de manera tal que sean los propios receptores del mismo los que consideren haber llegado a una conclusión elaborada por ellos mismos en base a lo que se ha diseñado como única respuesta de “sentido común”. No obstante, la paradoja comunicativa se desvela aquí a través de la referencia al espectro educativo, pues mientras se remite a la pedagogía como aspecto principal en la relación con estas sustancias, se deja patente la idea de que la única respuesta posible ante ellas es no relacionarse con las mismas. Resulta 116 evidente, por lo tanto, que apelar a la educación en este ámbito es racionalmente opuesto al hecho de enseñar a decir “NO”, pues si la única respuesta que ha de ofrecerse es la de la no relación, no se está promoviendo un verdadero aprendizaje, sino una doble negación incoherente que además utiliza con mucha sagacidad la relevancia de la educación a través del concepto “enseñar”, que no funciona aquí sino como un eufemismo de imposición ideológica. A través del análisis del doble vínculo en el discurso ofrecido en estas tres campañas publicitarias, producidas por un ente de la sociedad civil que existe de facto como extensión del poder político en este ámbito a través de la reproducción de sus pilares ideológicos, hemos podido observar se construyen determinadas paradojas discursivas. Paradojas que también son apreciables en los mensajes genéricos que se lanzan directamente desde órganos de gobierno de los distintos niveles institucionales oficiales de los cuales podríamos tomar como ejemplo la siguiente asociación simbólica: la protección de la salud es un derecho garantizado por el Estado los psicoactivos son calificados como ilegales por el Estado para proteger la salud. De esta manera vemos como a pesar de la existencia de numerosas y fundadas evidencias, que analizaremos con más detalle, de los impactos negativos sobre la salud de las personas a partir de la prohibición de estas sustancias, el discurso oficial sigue haciendo hincapié en la importancia de que continúen siendo ilegales como forma de protección. En cualquier caso, es importante que la reflexión que podamos obtener del análisis de dichas construcciones discursivas pase por entender el porqué del uso de estas paradojas comunicativas. Como se apuntaba al principio y ya dejó patente el mismo Bateson (1977), los dobles vínculos están presentes en todos los niveles de la comunicación humana y pueden darse en cualquier tipo de situaciones y contextos, desde aquellos que remiten a la cotidianeidad hasta los más específicos y excepcionales. Lo interesante es analizar cómo se usan y con qué objetivo, pues 117 si bien es cierto que los mismos pueden aparecer de una manera inconsciente (por ejemplo en una conversación con un compañero de trabajo) y conllevar dificultades en el propio proceso comunicador y en el hecho mismo del entendimiento entre los interlocutores; cuando el doble vínculo forma parte de una estrategia política e ideológica, por ejemplo en las campañas de prevención del consumo como las que hemos analizado, tenemos que considerar que su uso no es en modo alguno inconsciente y que por lo tanto persigue algún tipo de resultado concreto, aunque las consecuencias de su uso no puedan ser previstas completamente por los emisores de la información. En lo relativo al uso del doble vínculo como estrategia discursiva, hemos de ser conscientes de que este sólo se produce en condiciones asimétricas, es decir, requiere cierto grado de control por una de las partes, la que emite los mandatos o, como en esta ocasión, aquella que sin formular órdenes expresas posee la capacidad suficiente para construir el sentido de determinados hechos sociales. En el discurso hegemónico sobre las “drogas”, el uso de esta estrategia obedece a una forma de manipulación y control, un intento de crear una imagen distorsionada de una realidad muy amplia y diversa a través del uso del miedo, la confusión y la negación de la información, generalizando una serie de prejuicios y estereotipos centrados únicamente en aspectos negativos, desagradables y morbosos, para obtener una respuesta por parte de la población, como receptor potencial de dichos mensajes, que sea homogénea e incuestionable, a saber, no establecer ninguna relación con las sustancias psicoactivas. Las campanas públicas en materia de drogas distorsionan la verdad con respecto a los efectos del consumo y no conectan con el conocimiento experiencial de las prácticas colectivas de consumo. Aun cuando el mensaje abstencionista pueda resultar coherente y efectivo para una parte de la población, este es rechazado por la 118 mayoría de personas que afirman consumir algún tipo ilegal de sustancia (Faura y García, 2013: 172) Ahora bien, mientras que esta estrategia en particular y la totalidad del discurso abstencionista han podido convencer a algunos, la realidad es que el objetivo que perseguían no sólo no ha sido alcanzado en modo alguno sino que ha conseguido despojar a administraciones y organizaciones civiles toda legitimidad ante la mayor parte de los usuarios, pues el escenario de las últimas décadas ha mostrado que la falta de información y la negación de las realidades de los diversos y diferentes consumos sólo ha traído problemas en distintos órdenes de la sociedad y violaciones de derechos individuales y colectivos. De esta manera, el uso de este tipo de prácticas discursivas totalizadoras ha provocado una serie de efectos perversos, no obstante merece la pena que nos detengamos a analizar qué consecuencias negativas han provocado y están provocado en un nivel general para los usuarios de psicoactivos los distintos reglamentos y medidas legales que se aplican en pos de la consecución de la abstinencia global. 119 1.4. Efectos perversos y acciones institucionales La evidencia existente sugiere que probablemente la violencia relacionada con las drogas y altas tasas de homicidio sean una consecuencia natural de la prohibición de las drogas” GDCP (2011) Con el inicio de la era de la fiscalización internacional de sustancias en 1912 se instaura una realidad que se ha visto globalizada y que, al menos desde que el presidente estadounidense Richard Nixon declarara en Junio de 1971 el inicio de “la guerra contras las drogas” y las catalogara como “el enemigo público número uno”, ha visto crecer en intensidad su virulencia debido al trabajo conjunto de organismos internacionales, estados, organizaciones civiles y organizaciones criminales, que han pugnando entre ellas por el monopolio simbólico y material de las mismas. Como plantea Mazzotti (2000), pese a que desde instancias oficiales siempre se ha apelado al discurso de la protección de la salud como argumento central para justificar todas las acciones puestas en marcha, han sido los aspectos económicos y de control de un mercado que, según Restrepo (2004), tiene en los psicoactivos el mejor ejemplo de mercancía para la lógica neoliberal y el sistema capitalista. Como veíamos en el capítulo anterior, la efectividad del discurso prohibicionista emanado desde los reglamentos internacionales y promovidos por los estados ha logrado convencer a los que ya lo estaban y generar una serie de efectos negativos sobre los usuarios que sistemáticamente han sido criminalizados y estigmatizados, siendo incluso ellos mismos víctimas del sentimiento de culpabilidad que produce la ruptura de un tabú. Esta situación ha conseguido algunos éxitos para la causa prohibicionista, como por ejemplo la ausencia total de la exigencia de debates y nuevos planteamientos por parte de una oposición organizada de los usuarios ante las medidas legislativas, las acciones represivas y punitivas, y los discursos estigmatizantes que sólo han conseguido atentar contra los derechos de individuos y colectivos. 126 MAPB como si fuera MDMA. La desviación al mercado negro constituye otro de las pocas realidades de las que se tiene constancia con respecto a estas sustancias, esta cuestión se relaciona tanto con la “creatividad” de los productores como con el sistema de control vigente, cuya acción conjunta posibilita que en el ámbito de las “drogas” tradicionales los usuarios queden aún más desprotegidos. 127 1.5. Modelo Médico Hegemónico y control del cuerpo Se supeditó una auténtica política de salud pública (orientada a la minimización de los efectos del consumo de drogas sobre la salud y basada en la puesta en marcha de medidas pragmáticas, priorizadas y de validez científicamente comprobada) a una ‘política sobre drogas’ más generalista (basada fundamentalmente en criterios moralistas, cuyo único objetivo valido es el no consumo de ninguna sustancia psicoactiva, que niega u olvida la evidencia científica de que el riesgo para el consumidor es muy diferente según el tipo de droga que consuma y los patrones de consumo que adopte para consumirla (De la Fuente y Barrio, 1996: 257) Al analizar el discurso prohibicionista dominante, hemos de tener en cuenta en primera instancia que desde el ámbito de las instituciones estatales y supraestatales, la cuestión se define principalmente como relativa a la salud pública (Gamella, 2005). Este hecho, se deriva de que las sociedades occidentalizadas tienen en el ámbito de la llamada medicina científica uno de los pilares centrales de su cosmovisión, esto es, bajo el paraguas del paradigma biologicista y el imparable proceso de medicalización de las sociedades (Romaní, op. cit.), el saber médico constituido como institución asociada a los poderes del estado ha sabido encontrar un espacio preponderante frente a otro tipo de saberes y prácticas que no han encontrado el mismo apoyo que la ciencia y los estados han otorgado a la medicina científica consiguiendo que esta se encuentre legitimada para intervenir y decidir en el nivel de los usuarios, sobre sus cuerpos, siendo estos meros receptores pasivos que no cuestionan las acciones que devienen de este sistema (Menéndez, 1998). Esta situación privilegiada de la ciencia médica derivada de su imbricación con el poder hegemónico de los estados y la capacidad de acción de esta sobre las poblaciones facilitarán la denominación de esta institución como Modelo Médico Hegemónico (Ibíd.), además: 128 Conducirán a sentar las bases de un pacto entre el Estado, los médicos y los farmacéuticos, quienes adquirirán un gran poder y control sobre los procesos relacionados con la salud y la enfermedad de la población a cambio de legitimar científicamente la política del Estado (Comelles, 1992: 143-144) Este pacto y la existencia del modelo médico actual forman parte de la estructura y las estrategias de lo que Foucault (2007) denomina biopoder, el cual hace referencia al hecho de que los individuos ceden su autonomía personal, el control de la única posesión intrínseca a la existencia, de sus cuerpos, ante los dictámenes del poder hegemónico a través de la práctica médica. Buena muestra de ello lo constituyen las propias definiciones establecidas para salud y enfermedad, y por extensión, la consideración del trato que se ha de dar cuando se establece que una persona pasa por un proceso de enfermedad. La enfermedad y la atención constituyen hechos estructurales en toda sociedad; expresan no sólo fenómenos de tipo epidemiológico y clínico sino que también expresan las condiciones sociales, económicas y culturales que toda sociedad inevitablemente procesa a través de sus formas de enfermar, curar y morir (Menéndez 2005:10). Así, el discurso médico ha funcionado como punta de lanza del prohibicionismo promoviendo una imagen polucionante de los psicoactivos y de sus usuarios, es decir, a través de la definición de estas sustancias como elementos que perjudican la salud y de la propia idea del bienestar físico como ideal la medicina científica se ha configurado como un interlocutor legitimado y objetivo para imponer la no relación con los psicoactivos como camino para poseer una salud considerada plena (MacRae, 2004). Esta consideración y las acciones que de ella se derivan se explican a partir de la idea de biopolítica que puso en juego Foucault (2000), según la cual la gestión y el control de las poblaciones se plantean como un problema biológico, científico y político, como ya planteábamos en la introducción, de manera que mientras que la relación de los 129 individuos con los psicoactivos se contempla desde una perspectiva medicalizada, de salud, las respuestas que se ponen en marcha desde las instituciones hegemónicas se centran en el control, la vigilancia y el castigo. El modelo punitivo-prohibitivo puede sostenerse sobre presupuestos culturales, éticos y religiosos muy diversos, pero el énfasis se coloca siempre en vigilar, perseguir y castigar a los transgresores. Y cualquier contacto con las sustancias prohibidas es considerado trasgresor. La mayor parte de los recursos en relación a este problema se gastan en coerción, persecución y castigo, o lo que eufemísticamente se llama control de la oferta: policía, aduanas, juzgados, cárceles (Gamella, 2004: 65) De esta manera, encontramos que en la actualidad, bajo el pretexto de la protección de las poblaciones, pero debido en realidad a la actitud controladora y paternalista de los actuales sistemas de gobierno, el argumento de la salud es esgrimido para tratar de acabar con unos hábitos, las de los usos de psicoactivos no legales, que como apunta Romaní (2004) responderían a lo que Mauss denominó un “fenómeno social total”, esto es, “el uso de drogas es una práctica universal en la que se interrelacionan de manera compleja sustancias, sujetos y contextos socioculturales” (Ibíd.: 53). Si aceptamos este hecho de la universalidad del uso de psicoactivos, o al menos que dichas sustancias han sido usadas y son usadas por una parte nada despreciable de la población mundial en diferentes tiempos y lugares, el sistema de control levantado por parte de los estados bajo el discurso médico-científico ha conseguido presentarse como el único legitimado para decidir sobre el estatus legal de la mayoría de las sustancias psicoactivas conocidas hasta la fecha, así como sobre las posibilidades y limitaciones en las relaciones que los individuos, grupos y poblaciones construyen con dichas sustancias. Así, dos de los aspectos más notables derivados de este sistema de control son, por un lado, aquello que Escohotado (1996) denomina farmacracia, esto es, el monopolio existente en torno a los psicoactivos por parte de los estados y sus 130 organismos relacionados, y por otro, la farmacognosia 37 , no exclusivamente en la acepción que nos remite a la rama de la disciplina farmacéutica que se ocupa del estudio de las sustancias psicoactivas y sus principios activos, sino en un sentido amplio a partir de la etimología del término (pharmakon y gnosis), a través de la cual se refleja una de las características básicas del actual sistema de fiscalización y de sus pilares ideológicos, a saber, el conocimiento sobre los psicoactivos (origen, usos, efectos, posología, interacciones, etc.) está en cierto grado vedado a la mayoría de la población, pues parece bastar con el reiterativo y poco explicativo “di no a las drogas”, hecho que sin lugar a dudas es uno de los principales generadores de lo que Boudon (1980) denomina efectos perversos, que en este caso recaen en exclusiva sobre los usuarios de estas sustancias . Cuando una persona se enfrenta ante la tesitura de consumir una droga o no, la fórmula del prohibicionismo es rotunda, ofreciendo el omnipresente “no a las drogas”. Si la formula falla, y la persona decide consumir, esta se aventura a una serie de riesgos y posibles danos. El aprendizaje sobre las drogas se producirá por contacto con otros consumidores, así como a partir de su propia experiencia. Por tanto, el consumidor es abandonado a su suerte. Si no aparecen problemas, el consumidor puede vivir su periplo con las drogas sin ninguna información relativamente objetiva (Martínez Oró y Pallarés, 2013: 32) Así, la cuestión que hemos podido percibir en nuestro trabajo de campo es la de la existencia de un alarmante desconocimiento sobre composición, usos, pautas de consumos, efectos positivos y negativos y riesgos potenciales para cada una de las diferentes sustancias usadas habitualmente, hecho que deriva directamente de la negación de información desde las 37 Término acuñado en 1815 por el alemán Aenotheus Seydler en su obra Analecta Pharmacognostica 131 instituciones gubernamentales, las cuales bajo los pretextos ya señalados de la no promoción del uso de dichas sustancias y de la defensa de la salud pública prefieren no ofrecer una información que resulta vital para, paradójicamente, no generar problemas en este ámbito de la salud. De esta manera encontramos que la fuente de información más usada es la del grupo de iguales y que dicho conocimiento deriva principalmente de la experiencia individual del que lo ofrece, lo que supone un peligro añadido habida cuenta de las diferencias que se experimentan en los efectos de una misma sustancia entre distintas personas y, sobre todo, de las características específicas de la producción clandestina de los psicoactivos con sus nuevos componentes, con cantidades variables de principios activos y/o con sustancias de corte de muy diversa naturaleza que ayudan tanto a las personas y los grupos que las producen como a los que las distribuyen a obtener generosos beneficios. No obstante, la privación de información no solo afecta a los usuarios de estas sustancias, sino que también existe entre los distintos profesionales del ámbito de la salud y lo social una profunda falta de conocimiento sobre los diferentes psicoactivos, a los que se tiende a englobar en una misma categoría, aquella connotada de “droga” a la que ya nos hemos referido; por lo que estos profesionales son presa de los prejuicios y estereotipos derivados de su condición de ciudadanos, es decir, comparten la idea estigmatizante y desinformada sobre los psicoactivos y sus usos que la mayoría de la población fruto del tabú construido en torno a dichas sustancias, a lo que se le suman los argumentos específicos legitimados por la ciencia que han asimilado durante sus respectivos procesos formativos. Este hecho de la desinformación de los técnicos que median y atienden a personas que han usado psicoactivos ha sido ampliamente comprobado desde la plataforma de observación que ha sido el colectivo Energy Control, que trabaja en la gestión de placeres y riesgos en el uso de psicoactivos, donde hemos podido observar otra de las cuestiones más preocupantes del secuestro de información sobre estas sustancias derivado de la propia 132 consideración de las “drogas” como un tabú cultural, esto es, la falta de formación e información de los equipos médicos que trabajan en contextos de ocio sobre sustancias, efectos, usos, cortes, interacciones y toda la información sensible necesaria para una adecuada intervención médica derivada de un problema en el uso de psicoactivos, situación que queda reflejada en la pregunta que un médico lanza al equipo de Energy Control durante una intervención en un festival de música electrónica: “Aquí lo que se consume es coca y porros, ¿no?”. Por supuesto en ese contexto específico esas sustancias aparecían, pero esas sustancias son las más consumidas en España según el Observatorio Español, la cuestión es que otras sustancias bastante comunes como el MDMA, las anfetaminas, la ketamina o el LSD no entraban en los cálculos de este médico, por no hablar de los centenares de nuevas moléculas denominadas research chemicals que se producen y se distribuyen año a año y que van a poner, están poniendo, en jaque a todo el sistema de fiscalización. Se advertirá que en los discursos “expertos” el uso de drogas será caracterizado como una práctica de “alto riesgo”. Significativamente, esta evaluación habría sido aplicada a toda la gama de experiencias de uso de drogas, desde los usos regulares o dependientes hasta los experimentales, ocasionales y los llamados “usos recreativos”. Se trata de una caracterización del riesgo como real, objetivable, verificable y relacionado causalmente a danos específicos (Sepúlveda y Romaní, 2013: 100) Por lo tanto, la monopolización implícita en la farmacracia no lo es únicamente en relación al estatus legal de cada una de las sustancias y a la posibilidad o no de sus legítimos usos, sino que también atañe al ámbito que denominaremos de construcción del sentido, esto es, a la definición y catalogación de las mismas, a su conocimiento y toda aquella información relacionada que es de vital importancia conocer por parte de los usuarios, ya que como si de cualquier otro tipo de herramientas se tratase, es imprescindible entenderlas y conocerlas para obtener de ellas lo que se busca y minimizar o eliminar perjuicios derivados de una mala praxis, que en su base está 133 determinada por la negación de explicaciones útiles sobre cómo drogarse (Romaní, 2008). No obstante, como plantea Romaní (2013), vista la desidia de las administraciones públicas y demás organismos relacionados con este hecho, el cual encaja en la lógica abstencionista y sirve para su reproducción, la sociedad civil se ha organizado para poner en marcha acciones y estrategias concretas de reducción de riegos, tomando como punto de partida el ofrecimiento de información objetiva, en base a cuestiones fisiológicas y a la naturaleza de cada una de las sustancias usadas y con defensa de la salud de los usuarios como eje principal de acción. De esta forma, uno de los principales hitos para la existencia de este tipo de organizaciones civiles, como plantea Claudio Vidal, investigador y director de Energy Control Andalucía, proviene directamente de la consideración crítica de la salud como elemento de control y castigo y la asunción de esta como derecho intrínseco de las personas, sean estas usuarias o no de sustancias psicoactivas. Tomando el derecho a la salud se han conseguido muchos avances, por ejemplo buena parte de estos que hemos conseguido implantando medidas de reducción de daños también han venido en el momento en el que hemos tenido claro que estas personas tenían el mismo derecho a la salud que aquellas que no usan drogas (Comunicación personal, Claudio, 30-6-2014) Así, en nuestras incursiones al campo en España, Portugal y México, hemos conocido a las organizaciones de la sociedad civil que se han gestado en estos países para dar respuesta a las necesidades de los usuarios de psicoactivos. Energy Control, Check In y Espolea, respectivamente, son los nombres bajo los que se han agrupado personas que han detectado esta problemática y/o que la conocen personalmente, pues de nuevo la pesada carga del tabú provoca que solo los que lo han roto y han sido conscientes de las vulneraciones de sus derechos decidan tratar de poner una muy necesaria tirita en una herida que no para de sangrar, y que no lo hará mientras los estados no reconozcan su exceso de celo y modifiquen las políticas públicas causantes de tan profunda lesión. 134 De esta manera, el trabajo en materia de reducción de daños y riesgos ha sido asumido casi exclusivamente por actores de la sociedad civil que se han organizado y que desarrollan su labor en base al trabajo entre iguales, sirviendo sus intervenciones en contextos de usos de psicoactivos como espacios de captación de personas que se encuentran concienciadas con la problemática por vivirla en sus propias carnes, tal y como plantea uno de los miembros e impulsores de la organización mexicana Espolea que trabaja en el ámbito de la reducción de riesgos: Cuando logras que una personita en un rave abra los ojos a la problemática existente se vuelve un aliado potencial, entonces como lo vemos estratégicamente es que toda persona joven tiene altísima probabilidad puede estar usando drogas, es algo habitual, pero si hablamos de la composición química de las cosas igual hay algún biólogo o químico que entrará y después nos ayudará con la investigación; si hablamos del aspecto político y jurídico y así, pues algún politólogo, alguien de ciencias sociales o algún abogado que esté en la fiesta a sus 18 años pues igual en 3 años que ya ha acabado sus estudios pues también nos puede ayudar, etc. (Comunicación personal, Brun, México DF, 18-9-2014) Profundizaremos en este ámbito del asociacionismo civil en las próximas páginas, no obstante resulta imprescindible al hablar del discurso dominante derivado del MMH, exponer la existencia de este tipo de agrupamientos que partiendo de la misma idea de la defensa de la salud pública, en este caso de la de los usuarios, plantean resistencias a la reproducción de dicho mensaje dominante a través de las necesidades detectadas en primera persona. De esta manera, el concepto de salud, y la necesidad de su protección, como un atributo inalienable de grupos e individuos se vertebra como el ámbito principal desde el que analizar la situación existente en el plano relativo a las políticas públicas, aunque no es el único. No obstante, es importante desarrollar una mirada crítica de esta concepción puesto que en muchos casos el argumento puede ser deformado en base 135 a intereses económicos y/o de poder, pasando la defensa de los legítimos derechos individuales y colectivos a un plano secundario cuando no a uno meramente testimonial. Aun así ese derecho a la salud también se ha llegado a desvirtuar por ejemplo en la forma de tratamientos abusivos o que directamente atentaban contra los derechos humanos, y muchas veces esto también se ha utilizado como excusa sobre todo para determinados lobbies como puede ser la industria farmacéutica o el lobby sanitario, pues bueno seamos francos, el tema de los tratamientos también se ha visto como una tarta con jugosos beneficios que también se están disputando; y muchas veces la insistencia en un modelo sanitario y en general ese provisión de servicios de salud a los consumidores de drogas muchas veces va por ahí, con la insistencia en determinados diagnósticos y tratamientos que muchas veces ni siquiera tienen que ver con la evidencia científica (Comunicación personal, Claudio, 30-6-2014) En definitiva, la cuestión del uso de psicoactivos ofrece diversos ámbitos desde los que abordar el tema, algunos de ellos los encontramos explicitados a lo largo de este texto. No obstante, existe una dimensión esencial para el análisis en cualquier investigación que pretenda acercarse a los diferentes usos que se hacen de estas sustancias y a las representaciones que se configuran en torno a estos, habida cuenta de la existencia de un sistema de control y fiscalización internacional que no sólo afecta a las mismas, sino que principalmente actúa sobre las personas que se relacionan con ellas independientemente de los motivos que estas esgriman para ello. En este sentido, es fundamental atender a la construcción que se hace de la relación psicoactivosindividuos, ya que la materialización del control sobre esa relación tiene implicaciones en el nivel más íntimo de los usuarios, aquel que refiere a sus cuerpos. Además de que las acciones derivadas de ese régimen de fiscalización recaigan sobre la única posesión verdadera de los individuos, estas encuentran legitimación a partir de constructos tales como el de “salud pública” y del respaldo del discurso médico/científico, y de la medicina como institución, constituyendo este ámbito uno de los principales frentes para la extensión y reproducción del modelo abstencionista a partir de la 142 Gráfica 3. Denominaciones más usadas para el conjunto de los tres periódicos. Fuente: Propia Con respecto a los hechos asociados encontramos que en El País, de un total de 360 titulares en dos años, detención 70 (19,4%), incautación 60 (16,6%), legalización 47 (13,05%), tráfico de drogas 37 (10,27%), muerte/enfermedad/problema 36 (10%), otros 27 (7,5%), prohibición 25 (6,94%), despenalización 15 (4,16%), datos de consumo 13 (3,61%), economía 9 (2,5%), positivo/cultural 7 (1,94%), control de tráfico 5 (1,38%), adicción 5 (1,38%), menores 4 (1,11%). En ABC, de un total de 278 noticias, detención 51 (18,34%), muerte / enfermedad / problema 46 (16,54%), otros 35 (12,58%), incautación 27 (9,71%), tráfico de drogas 27 (9,71%), control de tráfico 19 (6,83%), menores 16 (5,75%), datos de consumo 15 (5,39%), legalización 12 (4,31%), economía 12(4,31%), despenalización 7 (2,51%), prohibición 5 (1,79%), adicción 3 (1,07%), positivo/cultural 3 (1,07%). En 20minutos, de un total de 202 titulares, detención 38 (18,81%), tráfico de drogas 30 (14,85%), otros 24 (11,88%), control de tráfico 20 (9,90%), muerte/enfermedad/problema 18 (8,91%), incautación 18 (8,91%), datos de consumo 12 (5,94%), positivo/cultural 12 (5,94%), economía 10 (4,95%), prohibición 8 (3,96%), legalización 6 (2,97%), despenalización 2 (0,99%), menores 2 (0,99%), adicción 2 (0,99%). 51,84 22,79 11,72 3,76 3,66 1,42 1,27 0,79 0,34 0,330,34 0,23 1,84 Sustancias más repetidas en conjunto Drogas Cannabis Cocaína Heroína Alcohol Anfetamina NPS Tabaco Ketamina Éxtasis Legales Blandas Otras 143 Gráfica 4. Hechos asociados a los psicoactivos por periódicos. Fuente: Propia Gráfica 5. Hechos asociados a los psicoactivos para el conjunto de los tres diarios. Fuente: Propia 0 5 10 15 20 25 Hechos más repetidos El País 20Minutos ABC 0 5 10 15 20 18,88 13,64 7,72 11,05 11,75 4,62 2,61 4,36 3,67 2,46 2,48 5,21 1,04 9,82 Hechos repetidos en conjunto 144 Como nuestro interés no es el de realizar un análisis de las noticias sobre “drogas” en función de la línea editorial de los medios en los que se insertan, sino conocer aspectos relativos a la forma en que el símbolo “droga” es representado en los mass media, hemos creído conveniente indagar sobre la frecuencia con que una sustancia o categoría se ve asociada a un determinado hecho. A pesar de que, como apuntábamos, el objetivo no es el de profundizar en el perfil de cada diario, no podemos obviar que puede existir una relación entre el tipo de posicionamiento ideológico de cada periódico y el tipo de sustancias sobre el que se hable, así como los hechos que se pongan en relieve; no obstante el hecho de presentar los datos relativos a las relaciones entre sustancias y hechos de manera conjunta es la mejor forma de minimizar el impacto de estas diferencias y obtener una imagen fija de los aspectos más recurrentes en el discurso reproducido a partir de los medios de comunicación. Sin embargo, a modo de mínima incursión que pueda dar pie a un posterior desarrollo de una investigación en este sentido, apuntamos aquí, en porcentajes totales relativos al total de noticias de cada uno de los periódicos, las relaciones más frecuentemente establecidas en cada uno de ellos: a) El País: de un total de 360 noticias, 40 de ella, el 11,11%, refieren al cannabis y a la cuestión de la legalización; 31 de ellas, el 8,61% refieren a detenciones y a la categoría genérica de droga; y 24 noticias, el 6,66% hablan sobre incautaciones de cocaína. b) ABC: de un total de 278 noticias, en las que todas las relaciones se construyen con la categoría genérica de droga como la más usada, 27 de ellas, el 9,71%, hablan de detenciones; 24 de ellas, el 8,63%, hablan de tráfico de sustancias; y 22 de ellas, el 7,91% refieren a muerte y/o enfermedad. C) 20minutos: de un total de 202 noticias, en las que también la categoría que más se usa en las asociaciones más recurrentes es la de “drogas” en genérico, 34 de ellas, el 16,83%, refieren a detenciones; 28 de ellas, el 13,86%, hablan de tráfico de sustancias; y 18 de ellas, el 8,91%, se refieren a la cuestión de la conducción de vehículos. 145 En el gráfico de la siguiente página están representados los datos de las asociaciones entre sustancias o categorías y hechos para el conjunto de las 840 noticias, es decir, para la suma de los tres diarios. Las asociaciones más realizadas corresponden, en primer lugar a la cuestión de detenciones en relación a la ambigua categoría de “drogas”, con 92 titulares, un 10,95% del total; en segundo lugar el hecho más referido es el de tráfico de “drogas”, en genérico, con 68 titulares, un 8,09% del total; y, con el mismo número de repeticiones, 51 titulares, un 6,07% del total, las asociaciones relativas a muerte y/o enfermedad y “drogas” en genérico, y cannabis y legalización. Cocaína y cannabis las sustancias más señaladas, a parte de la categoría “drogas” en genérico. Los hechos más asociados al cannabis son legalización (6,07%), incautación (4,40%) y detención (3,45%). Los hechos más asociados a la cocaína son incautación (3,92%), detención (2,97%) y muerte/enfermedad (2,02%). En relación al conjunto de los diarios, los hechos más repetidos son detención (18,88%), incautación (13,64%), muerte/enfermedad (11,75%) y tráfico de drogas (11,05%). El tema de la conducción ocupa en puesto intermedio en relación a las repeticiones de hechos para el conjunto de los tres medios con un 5,21% del total. Los hechos asociados a representaciones no connotadas o/y a actividades de corte cultural, en un sentido amplio, son los segundos menos recogidos, con un 2,48% del total, sólo por detrás del ítem que refiere a la adicción (1,04%), lo que a priori se puede explicar porque es una categoría que podría incluirse en la de muerte/enfermedad, la cual, no obstante, se ha creado para recoger los titulares que utilizan este concepto explícitamente. 146 Gráfica 6. Relación de hechos y sustancias psicoactivas para el total de los tres periódicos. Fuente: Propia 0 5 10 15 20 Detención Incautación Legalización Tráfico de drogas Muerte/Enfermedad Prohibición Despenalización Datos consumo Economía Menores Positivo/Cultural Conducción Adicción Otros Combinados Drogas Blandas Legales Cannabis Alcohol Tabaco Heroína Cocaína Anfet. (Speed) Éxtasis Ketamina NPS Otras 147 Uno de los hechos más notables que reflejan los datos expuestos anteriormente tiene que ver con la imprecisión como forma prioritaria de (des)informar. La imprecisa e inexacta categoría “drogas”, en genérico, es la más utilizada (51,84%) a la hora de presentar titulares sobre el tema, cuestión que forma parte de una estrategia que persigue reproducir el tabú existente a partir de la negación de una información realista y potencialmente útil para toda persona que se relacione con estas sustancias. Así, si aceptamos como Garrido Peña (1999) que la categoría “drogas” es un estereotipo que no corresponde a ninguna cosa concreta, su uso recurrente implica una pérdida de información fundamental al considerar dicha categoría como definitoria de una serie de sustancias que difieren tremendamente entre sí en cuanto a naturaleza, propiedades, características, formas de uso, contextos de uso, expectativas de uso, etc. De hecho, esta categoría estaría incidiendo principalmente en los atributos negativos que desde el discurso abstencionista dominante se sostienen en base a una supuesta esencia negativa común de dichas sustancias. Una de las dimensiones en las que se desarrolla el tabú de las “drogas” tiene que ver con la negación de información, la cual podemos entender como una estrategia biopolítica, en términos foucaultianos, que persigue extender un estereotipo como forma de control de las prácticas de la población, a partir de la generación de una imagen contaminante y estigmatizante de los psicoactivos, sus usuarios y las prácticas relacionadas con ellos. Media representations of illegal drugs maintain hegemonic ideals through techniques of persuasion such as promoting propaganda, highlighting negative outcomes, providing false information, and censoring (Lee, 2015: 15) 148 A partir del análisis de los titulares de la prensa online más consumida en España, podemos corrobar el papel que esta juega en la reproducción del discurso dominante promoviendo la extensión de la idea del conflicto como atributo natural en las mismas, aprovechando que “ejercen un casi monopolio de los medios simbólicos de producción así como los dueños de fábricas pueden monopolizar los medios materiales de producción” (Scott, 2000: 99). Este papel parece no limitarse a una mera repetición de eslóganes o a la extensión de determinados conceptos y definiciones, ya que nos topamos en numerosas ocasiones con resultados de investigaciones de corte cuantitativo o conjuntos de datos elaborados bajo el paraguas legitimador del discurso científico como portador de verdad, ya que “según los principales estudiosos de los efectos cognitivos de la comunicación de masas, los mensajes transmitidos a través de los medios no sólo informan sino que guían nuestras experiencias influyendo en la sociedad y conformando opinión” (Carcelén, 2013: 2). Por lo tanto, no es de extrañar que con la capacidad que poseen los medios de comunicación para influir en la construcción de la realidad social y en el establecimiento de categorías que la definan, en el ámbito de los psicoactivos en el que como hemos visto existe una tendencia generalizada a presentar sustancias, usuarios y prácticas desde una dimensión problemática, tal información acabe por identificarse como la verdad misma facilitando la existencia de los conflictos que presenta gracias a una predisposición a que estos se den incluso por parte de quienes se ven afectados por tales dogmas, es decir, favoreciendo la aparición de consecuencias problemáticas antes incluso de que determinada acción se ponga en práctica gracias a lo que Merton (1993) denominó como “profecía autocumplida”. 149 1.7. La sociedad civil y el desarrollo de las políticas de “drogas”: asociacionismo y abstención En las páginas anteriores nos hemos aproximado a la forma en la que se construye la visión hegemónica sobre las sustancias psicoactivas con estatus de ilegalidad, catalogadas connotadamente como “drogas”, sus usos y algunos de las principales formas de reproducción de este discurso, de los símbolos e ideas que lo sustentan, y de la realidad que plantea. En este sentido, y como ya hemos adelantado, cobra vital importancia atender a la manera en que la sociedad civil a través de organizaciones no gubernamentales y asociaciones de naturaleza variada, promueven activamente la reproducción de este discurso tanto desarrollando prácticas de corte asistencialista que sirven para generar una mirada estereotipada y homogénea de los usuarios de psicoactivos como personas necesitadas de ayuda, como asumiendo la vía de la prevención del consumo como la única aceptable, esto es, extendiendo la idea innegociable de que todo uso es por definición una situación problemática. En la práctica, la prevención que emerge y que se irá desarrollando se centrará en la información descontextualizada sobre los efectos negativos del abuso de drogas, tomando como evidencias los experimentos de laboratorio en animales y los comportamientos y problemas de los consumidores más problemáticos. Se trata de informar (aunque se pretende formar) para decir un rotundo “no a las drogas”, en definitiva, tras este planteamiento no se aprecia ninguna ruptura con el discurso prohibicionista penal, pues ambos vienen a decir lo mismo, aunque proponen vías complementarias para conseguirlo: unos por el lado de las medidas dirigidas a disminuir la oferta, otros por las tendentes a reducir la demanda (Martínez Oró y Pallarés, 2013: 25-26) Las organizaciones surgidas de la sociedad civil se construyen, mayoritariamente, en torno a la lógica dominante del actual sistema de fiscalización internacional. De esta manera, la utilidad que estas han tenido para el sostenimiento y la extensión de la idea del tabú de las “drogas” ha sido fundamental, ya que han servido como extensiones de la estructura de control existente, a partir de la 150 reproducción de la de un discurso reduccionista y estigmatizante. No obstante, como apuntan Gamella y Álvarez Roldán (2002), la labor que desarrollan este tipo de entidades, como la FAD, de la que ya hemos analizado la construcción de su discurso en relación a la utilización del doble vínculo como estrategia dialéctica, persigue otros objetivos no explicitados y genera efectos negativos no considerados a priori. Por un lado, sirve para justificar la existencia misma de estas entidades y sus acciones además de proveer una base sólida para el mantenimiento de innumerables y diferentes puestos de trabajo, a saber, tanto de las entidades mismas como de jueces, fiscales, policías, abogados, psicólogos, trabajadores sociales, etc. 40 Por otro lado, han generado unos efectos que parecen no haberse contemplado de antemano, como son el de haber funcionado como agencias de publicidad en relación a distintas sustancias que, si no fuera por los anuncios y campañas, mucha gente no habría conocido, ya que según estos autores (Ibíd) no podemos obviar el papel de las distintas instituciones generadas en nuestro país a raíz de la problemática situación con la heroína en la promoción de las nuevas “drogas” de diseño, como por ejemplo el éxtasis, ya que terminado el problema de la heroína, debían encontrar otro al que dedicar sus infraestructuras y medios, y lo encuentran en estas nuevas sustancias. Pero además, como plantean Faura y García (2013), estas instituciones quedan completamente deslegitimadas ante las personas que en algún momento han consumido alguna sustancia y no han experimentado ninguna de las consecuencias negativas que habitualmente se explicitan en dichos anuncios y campañas, por lo que únicamente sirven para reafirmar en sus planteamientos a quienes han decidido no consumir y para generar rechazo ante los discursos 40 Cabrían aquí todas las profesiones, tanto del ámbito público como del privado, que de una u otra forma sustentan el entramado de la llamada “guerra contra las drogas”, por lo que su existencia necesita de la reproducción de la visión negativa de los psicoactivos, de la estigmatización de los usuarios y de la promoción del asistencialismo, y de los planteamientos propios de posiciones prohibicionistas y/o abstencionistas. 151 institucionales sobre “drogas” entre la mayor parte de los usuarios; consiguiendo, eso sí, que sólo se visibilicen situaciones problemáticas relacionadas con el consumo, y que estas se conviertan en símbolo del mal y sirvan para definir la totalidad de diversas relaciones entre las personas y grupos con los psicoactivos, eclipsando, según Restrepo (2004), los aspectos culturales, y favoreciendo la lógica que sustenta la existencia del discurso dominante y de la citada labor de las entidades gestadas desde la sociedad civil. Y es que no podemos olvidar que en la definición del “problema de la droga”, en el hecho mismo de que este problema exista, además de la labor de las instituciones hegemónicas que hemos analizado tienen buena parte de responsabilidad el asociacionismo civil que se estructura en base a la quimera de la abstinencia, retroalimentándose entre los diferentes nodos del sistema totalizante que venimos destacando; “así, asociaciones como Proyecto Hombre, que tiene una enojosa tendencia al reduccionismo, al falseamiento de los datos y al alarmismo, son omnipresentes en los periódicos, mientras que otras, más críticas hacia la actual política de drogas, son sistemáticamente ninguneadas” (Alberdi, 2011: 9) La consideración de las drogas como un conjunto de riesgos y problemas que evitar es uno de los tópicos repetidos durante 20 años en las campañas de prevención sobre drogas. Los resultados obtenidos son asombrosamente pobres: las frecuencias de consumo de todas las drogas ilegales se han multiplicado en la población (sobre todo entre la juventud) en la última década, lo que debería llevar a la reflexión. Desde luego, las drogas pueden causar problemas, pero son también diversión, cultura, placer, ocio… Ignorar estos elementos para “elevar la percepción del riesgo” da lugar a una visión deformada e irreal. Olvidar que las personas toman drogas (incluyendo las legales) por sus efectos agradables y placenteros hace que los mensajes supuestamente preventivos pierdan toda credibilidad de cara a los usuarios (Caudevilla, 2011: 73) Las propuestas que ponen en marcha las asociaciones de corte abstencionista se sirven del discurso del miedo, miedo que es dirigido eficazmente contra los padres pero que en ningún caso 254 una parada obligatoria, de esta manera paseando entre sus estrechos pasillos llenos de mercancías variadas que harían las delicias de cualqueir visitante nostopamoscon una sorpresa de laque no habíamos sido apercibidos en modo alguno. Así, caminando entre los múltiples puestos la sopresa fue enorme cuando entre el bullicio de los allí presentes, vendedores y compradores, un sonido familiar resonaba en la distancia, ¿música trance? En efecto, el inconfundible ritmo del bombo propio de este tipo de música provenía de algún lugar cercano, por lo que siguiendo la pista sonora comenzamos a buscar su origen,haciéndose a cada paso más evidente hasta que nos topamos con un pequeño tenderete de unos dos por tres metros iluminado en su interior por las típicas luces negras (luz ultravioleta) que son tanusadas en encuentros y celebraciones Psytrance. Se trataba de un puesto de camisetas que fabricadas con pinturas y colores que reaccionaban a este tipo de iluminación haciendo resaltar sus detalles en un tono blanco brillante inconfundible; detalles e imágenes que constituían elementos iconográficos que pueden ser apreciados en cualquiera de dichos encuentros en cualquier parte delglobo que se realicen, al menos los habíamos percibido en innumerables ocasiones en los eventos que habíamos recorrido en Europa: geometría sagrada, deidades hindues, dioses mesoamericanos, moléculas, motivos naturales, alienígenas, etc. Este lugar constituía una gran sorpresa ya que, en Europa al menos, este tipo de productos no suelen integrarse en estos espacios limitándose su venta a los propios encuentros de trance y a la red. En un momento se acercó el vendedor con intención de hacer alguna venta, por supuesto consiguió colocar unas cuantas camisetas que acabarían llevando algunos tranceros andaluces, momento en el que aprovechamos para preguntar algunas cuestiones relativas al puesto de camisetas al tiempo que nos identificábamos como participantes del movimiento en España y revelábamos el motivo de nuestra estancia en México. Él se llamaba Carlos, tenía mucha más edad que la gente que había asistido a la rave de Huixquilucan, quizá cerca de 50 años, y había viajado mucho llegando a residir durante varios años en la India, concretamente en el estado de Goa, lugar donde conoció la 255 cultura trance y quedó enganchado a ella. Resultaba evidente que lo que escuchaba lo acogía con sorpresa pero también con alegría, lo que quedó patente al obsequiarnos con unos cd’s piratas de la música que estaba sonando y que también vendía en aquel puesto. El trance, por el trance puedo entender dos cosas, así de simple pregunta, el trance como el género musical y el trance como un estado mental, un estado físico mental, el trance musical es un estilo de música, que depende de muchos géneros pero es un estilo muy identificado por sus melodías y su atmosfera, tanto espaciales así como un poco rápidas y muy melódicas, en cuanto al trance musical. Y pues el estado mental y corporal, por el trance se llega con este tipo de música y con algunos otros factores acaban ahí cambiando tu persona, utilices para eso (…) además lo definiría como movimiento porque he sabido que viene a través de mucho tiempo, es una práctica social que se ha llevado desde hace mucho tiempo, y se sigue practicando en muchas partes del mundo, entonces, al ser un practica a una costumbre que ha ido mudando de un lugar a otro lo podemos llamar como cultura, pienso yo (Comunicación personal, Carlos, 3-10-2014) Aunque hayamos presentado esta realidad como una realidad globalizada en la que muchos de las dimensiones de este movimiento son compartidas por participantes en distintos lugares y teniendo estos distintas adscripciones culturales, lo cierto es que las dinámicas glocalizadoras con evidentes pues hay algunos aspectos de este movimiento que se adaptan a las realidades y a los contextos locales y que por lo tanto desarrollan su contenido de manera diferente. La cuestión que nos interesa aquí por ser central en esta investigación es la de las “drogas”, ya que encontramos variaciones significativas entre la realidad del trance en México y las de España o Portugal. Por ejemplo, México es el principal productor de metanfetamina del mundo, siendo la influencia que ejerce que el mayor consumidor mundial de esta sustancia sea EEUU una de los principales motivos para ello, lo que tiene una incidencia directa en los consumos locales en diferentes contextos, incluido el que atañe al movimiento trance como pudimos ser testigos de la presencia de 256 esta sustancia en el trance mexicano, siendo la forma más habitual para su consumo la vía esnifada como sucede con el sulfato de anfetamina (speed) en Europa, y aunque ambos son estimulantes derivados de la anfetamina, su potencial estimulante es mucho mayor que el del referido sulfato de anfetamina. Por lo demás hay una coincidencia similar en cuanto al uso de sustancias psicodélicas, teniendo estas una connotación especial, especialmente LSD y hongos psilocibios. Otra de las particularidades que aparecen reflejadas en el en el ámbito del movimiento trance en México y que difiere de la realidad que encontramos en Europa, específicamente en España y Portugal, es la cuestión relativa a la violencia que, como dijimos atraviesa transversal gran parte de la realidad del país. En este sentido hemos de tener en cuenta que la violencia se produce tanto desde las administraciones e instituciones públicas derivadas como desde la sociedad civil a través de los grupos criminales que están relacionados con el tráfico de “drogas”. Con respecto a la primera, la violencia estructural e institucional, se ejerce desde el ámbito de lo legislativo con la asunción del paradigma prohibicionista y la puesta en marcha de medidas punitivas desde el plano judicial, además de a través de los cuerpos de seguridad en la aplicación de esa misma normativa. En el caso mexicano, la legislación y las sanciones derivadas son mucho más duras como hemos podido contemplar al inicio de este texto son más duras que las que se dan en Portugal o en España, que tampoco son excesivamente representativas de la del resto de los países europeos porque son dos de los que tienen las legislaciones más suaves o donde las medidas sancionadoras aplicadas son más laxas. Durante nuestra estancia en México tuvimos la ocasión de entrevistar a uno de los miembros del colectivo CUHPID, formado por personas pertenecientes a distintos ramos de la sociedad civil y también personas pertenecientes a alguna de las administraciones públicas mexicanas, que trabajan en la defensa de la protección de los derechos humanos en cuestiones relativas a las “drogas”, siendo las violaciones de derechos humanos contra los usuarios una de sus prioridades. Nos explicaban, como ya expusimos, que en México con la 257 denominada ley de narcomenudeo se contemplaba algunas cantidades menores para el consumo o para las que no se imponían sanciones penales directas, aunque: Las cantidades son poco realistas y en la práctica se sigue dando una penalización de muchos casos de personas consumidoras en cualquier caso, y para los que las repercusiones eran muy dañinas por lo que supone ingresar en un presidio (…) La violencia incide en México no sólo sobre los consumidores sino también sobre campesinos y pobres que no usan, nada más cultivan o transportan porque ganan algo de dinero con eso y los cárteles aprovechan esa debilidad (…) En México la violencia no queda en los productores o los usuarios, hay muchas víctimas (Comunicación personal, Uriel, 3-10-2014) 258 2.7. La peregrinación bianual a la meca del Psytrance en Portugal: Boom Festival Como ya hemos adelantado, todo comenzó en Goa. Este estado de la India, así como otros de este país y numerosos territorios en otras partes del globo, formaron parte de lo que fueron las colonias de ultramar portuguesas de tal forma que los vínculos que se forjaron durante los años de dominación colonial generaron conexiones entre los propios territorios y sus habitantes que permanecen hasta nuestros días. Es este contexto de interacción el que nos permite entender que el actual movimiento Psytrance, desarrollado a partir del sonido inicial conocido como Goa Trance, en referencia a la localización donde surgió, tenga a día de hoy en Portugal una de las principales referencias mundiales de dicho movimiento. Esta preeminencia portuguesa cristaliza en dos aspectos principales relativos a la celebración de encuentros trance, a saber, por un lado a través del número elevado de celebraciones que se da en este país, que supera en mucho a la mayor parte de países del mundo a pesar de no tener una población numerosa ni un territorio demasiado grande; por otro lado, las dimensiones de algunos de estos encuentros, su importancia global para los participantes del movimiento y la gran afluencia de gentes de todos los continentes. Debido a estas circunstancias, en estas páginas vamos a profundizar en lo que constituye el mayor encuentro mundial de este movimiento cultural, el Boom Festival, que con su primera edición en 1997 y con una periodicidad bianual se ha convertido en el punto de referencia y lugar de peregrinaje por excelencia para los tranceros y tranceras de todo el mundo, en el que hemos realizado trabajo de campo durante las ediciones de 2014 y 2016, y que para muchos de los allí presentes supone, más que un lugar al que ir, “una experiencia única que no se puede vivir de otra manera, algo que te cambia para siempre” (Comunicación personal, Ana, 5-8-2014). 259 Fotografía 35. Vista panorámica de la zona principal donde se desarrollan las distintas actividades del festival. Boom Festival 2016. Fuente: Jakob Kolar Antes de entrar a desgranar lo que supone la experiencia del Boom, es interesante que podamos hacernos una idea del contexto geográfico donde se lleva a cabo esta celebración pues a través de sus dimensiones físicas y de las características del entorno donde se encuadra podemos obtener información útil relativa a determinados elementos de la orientación cognoscitiva del movimiento así como de la magnitud de su relevancia. Este encuentro se realiza a orillas del embalse Marechal Carmona, situado a ocho kilómetros del municipio portugués de Idanha-a-Nova perteneciente al distrito de Castelo Branco, que dista de la frontera española, concretamente del norte de Extremadura, unos veinticinco kilómetros en línea recta. Esta zona se sitúa en los alrededores de la cuenca del Tajo y del Parque Natural Internacional del Tajo, por lo que constituye un emplazamiento de alto valor ecológico en el que se da un paisaje típico de la dehesa. Esta situación alejada de grandes núcleos urbanos y en un entorno de naturaleza protegida refleja la importancia simbólica que posee el contacto con la naturaleza para este movimiento, la cual es sacralizada y considerada en términos de una entidad superior de la que los seres humanos formamos parte en igualdad de condiciones al resto de especies animales y vegetales. Esta cuestión 260 obtiene más visibilidad si analizamos algunos de los elementos presentes en el festival, las acciones que se desarrollan tanto para reducir el impacto sobre el medio, o la huella ecológica, y el tipo de actuaciones externas al mismo que se promocionan, apoyan y subvencionan con parte de las ganancias obtenidas durante la realización del mismo 82 . Fotografía 36. Plano de situación del lugar de realización del festival. Boom Festival 2016. Fuente: Boom Festival 82 Según los organizadores de este evento, en 2016 se donaron 11.000€ a diversos programas sociales y de protección de los animales a través de los que han denominado “Proyecto Karuna” (significa compasión en sánscrito), concretamente a las siguientes asociaciones: Quercus - Wildlife Recovery Center, Castelo Branco (protección de la naturaleza); AERID, Castelo Branco (niños con necesidades especiales); Sementes do Interior, Idanha-a-Nova (movimiento de escuela libre). 261 Esta sacralización de la naturaleza a la que nos referimos forma parte de las dinámicas de los nuevos movimientos asociados a la espiritualidad holística (Heelas y Woodhead, 2005), de tal manera que esta consideración funciona como un elemento de distanciamiento del modo de vida dominante en sociedades occidentalizadas y sirve tanto de elemento de cohesión para los miembros del movimiento como de aparato de producción de sentido asociado al ethos del mismo. Las iniciativas que se ponen en marcha para promover y asegurar la sustentabilidad de este evento global están planteadas de una manera transversal y, tal y como recogen los organizadores en la página web, se centran en las siguientes medidas concretas: construcción de jardines ecológicos donde se producen alimentos orgánicos para alimentar a los voluntarios y organizadores del festival 83 , así como para la venta en determinados puestos de comida del festival 84 ; utilización de materiales reciclados y productos de limpieza biodegradables, así como separación y reciclaje de residuos 85 ; reutilización de materiales de ediciones pasadas, uso de madera proveniente de plantaciones ecológicas y utilización de materiales orgánicos en la construcción de los distintos elementos y espacios 86 . 83 En la edición de 2016 había un total de 38.500m2 de huertos y jardines, los cuales han ido gestándose a lo largo de distintas ediciones. Del mismo modo, para esta edición se plantaron 550 árboles de especies endémicas de la zona dentro de un programa de reforestación del lugar dirigido por la organización del festival. 84 Según plantean los organizadores, como la cantidad de comida que se puede obtener de los huertos del festival es limitada, el aprovisionamiento se complementa con productores portugueses de alimentos, siendo el 70% de estos de procedencia local y el 50% de origen orgánico. 85 En la edición de 2016 se procesaron 80.400kgs de residuos orgánicos para compostaje y se reciclaron 9.480kgs de vidrio, 13.840kgs de papel y cartón y 25.580kgs. de plástico y metal 86 En las ediciones de 2014 y 2016 un 30% de los materiales de construcción usados eran de origen industrial, mientras que el 60% eran de origen natural (cáñamo, bambú, etc.) y un 10% eran reciclados o reutilizados. 262 Fotografía 37. Circuito de purificación del agua usada antes a base de secciones con distintos sedimentos y plantas en Boom Festival 2014 (Idanha-a-nova, Portugal). 5-8-2014. Fuente: Propia El Boom Festival se encuadra dentro de la categoría de origen anglosajón de transformational festivals 87 , que remite a la intención de este tipo de encuentros de lograr un cambio a gran escala a partir de la promoción de actividades, prácticas y expresiones culturales diversas e inclusivas que trasciendan el ámbito principal de la performatividad musical en pos de una oferta amplia relacionada con producciones culturales variadas tales como la pintura, la escultura, la artesanía, el teatro, la danza, la gastronomía, el cuidado del cuerpo y el alma, las creencias y prácticas espirituales, la generación y el intercambio de conocimientos contrahegemónicos teóricos y aplicados sobre muy diversos temas, el desarrollo tecnológico, la 87 La traducción en castellano sería “festivales transformacionales” o “festivales de transformación”, ya que se trata de un tipo de celebraciones que por sus características y los contenidos presentes proponen trascender la mera experiencia que se vive durante su realización al pretender generar cambios en la conciencia de los participantes para así promover a partir de estos en el desarrollo de sus vidas cotidianas, ya que funcionarían como una suerte de agentes del cambio, una transformación de la realidad social y del mundo mismo. 263 relación con el medio natural, modelos societarios alternativos, etc. Para la difusión de tales contenidos, el Boom Festival ha venido gestando desde sus inicios una serie de espacios o áreas donde cada uno de estos referidos ámbitos específicos encuentra su encaje y es desarrollado a partir de programaciones específicas que se construyen gracias a la participación de especialistas de cada uno de estos ámbitos provenientes de los cinco continentes. A continuación, con objeto de obtener una visión panorámica de los contenidos que aparecen recogidos y de comprender la lógica que los sustenta y que sirven para la construcción del sentido compartido por los miembros de este movimiento global de marcado carácter espiritual, profundizaremos en los espacios y las actividades principales que hemos podido observar a partir de las pesquisas propias de nuestro trabajo de campo en este lugar. Fotografía 38. Plano de situación de elementos y espacios en Boom Festival 2016 donde se puede apreciar las dimensiones del recinto. Fuente: Boom Festival 270 conocimientos, constituyéndose como un espacio de creación de propuestas para lograr establecer un cambio societario. En este sentido es un espacio liminal, pues pretende conseguir un cambio de conciencia, constituyendo en si un espacio de tránsito entre el mundo ordinario en el que se está antes de acceder a él y al que se vuelve al salir de él. En este espacio, a través de conferencias, talleres y paneles de discusión quedan representados los pilares ideológicos del movimiento así como la naturaleza ecléctica y sincrética de sus planteamientos. En él queda patente el uso del discurso científico como legitimador de esta realidad espiritual, así como discursos de lo espiritual, de protección del medio ambiente, de alternativas societarias, enteógenos, de activismo político o de hacktivismo y uso positivo de la tecnología. Ponentes, investigadores y personajes relevantes en sus áreas, algunos de reconocido prestigio internacional, presentan aquí sus conclusiones aglutinadas en propuestas temáticas tales como: The 2º psychedelic revolution. Reflections on the re-emergence of the psychedelic culture (James Oroc); Contemporary shamanism and sacred ritual (Rebekah Shaman, Christof Melchizedek, Satya Sinclair y Vicky Sinclair); Local food renaissance trough technology and communities (Marc-David Choukroun); etc. El último de los espacios que nos gustaría poner de relieve por su importancia y lo que representa es el MOVA (Museum of Visionary Art), el cual es, junto con el museo existente en San Francisco, el único espacio donde se representan estas obras, siendo el del Boom bianual y efímero. La estructura del edificio que contiene las obras está realizada en madera y representa a un dragón yacente con la boca abierta, es el lugar por el que se accede a su interior, que presenta una iluminación atenuada y planteada a base de luz negra. Este lugar está reservado para la exposición 271 de artistas de todo el planeta cuyas producciones se encuadran principalmente 90 dentro de la corriente denominada arte visionario, la cual es heredera de estilos pictóricos como el surrealismo y que trata de representar estados de la conciencia. Nuevamente esta corriente está muy relacionada con el uso de enteógenos y ha encontrado en el Psytrance y en su producción cultural un buen terreno sobre el que echar raíces, generando a día de hoy una relación estrecha y una lógica compartida entre ambos movimientos. Fotografía 43. Detalle del exterior del MOVA en el Boom 2014. Fuente: Propia 90 También aparecen obras de fusionismo digital, geometría sagrada, arte y decoración psytrance, electro mineralismo, graffiti visionario, etc. 272 En definitiva, el Boom Festival no es un festival de música, ni siquiera es un festival artístico aunque en el encontremos multitud de producciones culturales de gran complejidad técnica y estética realizadas por reconocidos artistas de diversos campos. Es eso y mucho más, se trata tanto de una experiencia liminal como de una propuesta postliminal, esto es, constituye la materialización de un modelo societario que no se haya delimitado por los tiempos intersticiales de la vida institucional definidos por la estructura. Aspectos como la adquisición de la propiedad del terreno en el que esta reunión bianual se desarrolla por parte de los organizadores de la misma, el repoblamiento de árboles, la construcción de soluciones sostenibles permanentes para el procesamiento de residuos, la producción continuada de alimentos, la llegada continuada de personas de todos los continentes, la existencia de un complejo entramado de relaciones y significados que explican y legitiman la existencia del movimiento mismo, etc.; muestran hasta qué punto no se trata de un evento al uso, sino de la materialización de una utopía comunitarista construida en el contexto de la modernidad reflexiva. Los próximos años resultarán de vital interés para el análisis del desarrollo de esta experiencia, así como para la constatación o no de tratarse este movimiento de la alternativa que pretende ser y en la que muchos de los participantes que lo conforman creen de una manera casi dogmática, tal y como queda reflejado en las palabras que una voluntaria italiana del Boom Festival nos planteaba en una entrevista in situ: La mente humana es la herramienta más poderosa que tenemos, la que nos puede ayudar a transformar el mundo en el que nos ha tocado vivir, y este sitio y este momento son un ejemplo grande, porque si la tenemos abierta entenderse y vivir de una manera igualitaria, sin elitismos, es posible (…) Este sitio es como un renacimiento para la mente, tanta gente viviendo en harmonía, sin jefes, sin discriminación, siendo una misma cosa con todos, humanos, animales y plantas. Porque esto es como una reserva natural, pero es también una reserva para el ser humano como parte de la naturaleza, es precisamente eso, yo siento que estoy en la 273 feliz reserva de los salvajes del libro de Huxley (Comunicación personal, Marta, 15- 8-2016) No obstante, creemos imprescindible hacer notar que esta experiencia, como la práctica totalidad de los elementos presentes en nuestras sociedades, no pueden ser entendidos de manera aislada como tampoco puede considerarse que el desarrollo de esta experiencia pueda modelarse y modularse únicamente desde el interior del grupo mismo. Las propuestas alternativas tienden a verse confrontadas por las estructuras de poder de la sociedad dominantes así como por la sociedad mayoritaria en su conjunto, en este sentido la creatividad que les da forma, tanto como la resignificación de los modos de organización social y las propuestas de jerarquización alternativas que de ella derivan, tienden a ser considerados peligrosos porque desafían la lógica de lo establecido en muchos niveles. La cuestión a la que nos vamos a referir nuevamente, aquella que se presenta de una manera transversal a lo largo de este texto, es la relativa a los usos de psicoactivos, los cuales como ya hemos establecido con claridad son una constante para los participantes de este movimiento siendo entendidos como herramientas facilitadoras del acceso a determinado tipo de conocimiento y posibilitan el alcance de otros mundos, dimensiones o realidades que usualmente son asociadas por estos a la órbita de lo espiritual. No estamos apuntando nada que no hayamos planteado ya, como tampoco lo es afirmar que este hecho es una de las puntas de lanza que se erigen contra esta propuesta alternativa convirtiéndose de ese modo la criminalización y las formas de sanción de los usuarios de estas sustancias en el contexto de los encuentros de Psytrance en una vía de oposición a su propuesta alternativa. Durante nuestro trabajo de campo hemos asistido a controles policiales de grandes dimensiones y equipados con modernas herramientas tecnológicas tales como un camión portando escáneres portátiles de aeropuertos además de además de decenas de unidades caninas entrenadas a tal efecto. Consideramos que este nivel de control y vigilancia se traduce en una oposición frontal de las instituciones dependientes de las estructuras de poder contra 274 el propio movimiento, contra sus prácticas y contra la dimensión simbólica / ideológica que las sostienen, pues a pesar de que la cruzada de la prohibición no sea algo que exista específicamente contra este grupo, el hecho de la negación del uso de psicoactivos como una dimensión intrínseca e indisoluble del movimiento, suponiendo en muchos casos una práctica relativa al orden sacramental, tiene mayores implicaciones que las relacionadas con la legalidad de los mismos en sentido amplio, pues constituye una manera de ejercer la violencia estructural contra lo diferente sin si quiera entrar a valorar la posible existencia de argumentos legitimadores de tal realidad. 275 Capítulo 3: Hacia un modelo inclusivo de reconocimiento El contenido cultural de las drogas se ve minimizado por la mediatización de los acontecimientos negativos relacionados con ellas (…) La pregunta clave es quién representa el ethos colectivo de una sociedad en determinado momento y cuál es el derecho que tiene para imponer formas de control social que limitan los derechos y las libertades de sectores sociales y minorías étnicas o culturales. Por ejemplo, cuando el 75% de los jóvenes y la mitad de la población ven en un país el consumo de una sustancia prohibida como la marihuana como algo normal, ¿quién se equivoca? ¿el que consume? ¿el que prohíbe consumir? (Samper, 2013: 254) 276 3.1. Modelos de legitimación de usos tradicionales de enteógenos El reconocimiento del derecho al uso de determinadas sustancias por parte de las poblaciones que tradicionalmente las han usado es, sin duda, un aspecto fundamental en la lucha por la defensa de la diversidad cultural y la riqueza que esta ofrece, además de constituir un elemento clave en la protección de los derechos individuales y colectivos. A pesar de la importancia de este reconocimiento, que queda ya recogido en convenciones y tratados nacionales e internacionales de los que hablaremos a continuación, el cual se edifica sobre la base de la protección de la libertad religiosa y del reconocimiento de creencias y prácticas diversas y legítimas en aquellos grupos humanos que pueden demostrar que estas forman parte de su identidad étnica, continúan existiendo limitaciones importantes que hacen que dicho reconocimiento no sea efectivo en la práctica o, al menos, como plantean Labate y Cavnar (2014) no se ajuste a la realidad del contexto global actual donde los grupos étnicos nativos y sus culturas no se circunscriben únicamente a sus territorios ancestrales, muchos de ellos seriamente afectados y disminuidos por la acción colonial, sino que como parte de las dinámicas propias del proceso de la globalización estos están presentes y circulan fuera de estas demarcaciones espaciales, por lo que la consideración de la legitimidad en base al territorio no ofrece la protección debida a los integrantes de estos colectivos. En cualquier caso, y a pesar de la necesidad perentoria de profundizar en el reconocimiento y la protección del total de prácticas y creencias denominadas tradicionales, y su ajuste a las condiciones globales actuales, que sostienen usos de especies vegetales y animales que contienen alcaloides fiscalizados ya sea en las listas establecidas por la JIFE o en las diversas legislaciones nacionales que, con pequeños matices en función de la diversidad étnica que exista dentro de sus fronteras, suscriben los acuerdos y planteamientos establecidos por Naciones Unidas, es de vital 277 importancia destacar la existencia de planteamientos a nivel político que constituyen oposiciones a las normas establecidas que los prohíben, también desde el ámbito de lo político. Así, los casos que planteamos en estas páginas instituyen precedentes con plena vigencia del reconocimiento de la diversidad cultural y étnica, incluso intracultural, y de la necesidad de su protección como forma de defensa de los derechos individuales y colectivos que son inherentes a personas y grupos por el mero hecho de su existencia, así como por su adscripción cultural, tal y como marcan las normativas internacionales en esta materia. A continuación, nos aproximamos a casos de regulación y legitimación del uso de determinadas sustancias psicoactivas en algunos países para grupos étnicos que las han usado tradicionalmente con objeto de dar cuenta de la existencia real de esta posibilidad, reconocida ya en tratados de Naciones Unidas, y conocer los argumentos que la hacen posible, así como las limitaciones que desde las estructuras de los estados que les dan cabida se ponen en juego. De esta manera, quizás podamos entender mejor la necesidad de ampliar esta mirada a los llamados usos neotradicionales, esto es, aquellos usos realizados por grupos no tradicionales o de reciente creación, que se inspiran en prácticas y creencias ancestrales, y que están constituidos por individuos sin adscripción étnica indígena, aspecto que constituye uno de los ejes centrales de este documento. El posicionamiento de la legislación internacional que permite regular los usos tradicionales de psicoactivos por grupos étnicos determinados surge a partir del conflicto de las normas del régimen de fiscalización de las Naciones Unidas con las legislaciones nacionales de algunos de los estados miembros, cuestión que con posterioridad y a partir de la creación de organizaciones a 278 favor de los derechos indígenas 91 , constituidas por miembros de diversos grupos étnicos nativos de diferentes partes del planeta, cristaliza en distintos tratados internacionales que persiguen la protección de estos pueblos y sus culturas, y que culminan con la creación de la Declaración de las Naciones Unidas sobre los derechos de los pueblos indígenas de 13 de septiembre de 2007 92 , que en su artículo 24 establece: “Los pueblos indígenas tienen derecho a sus propias medicinas tradicionales y a mantener sus prácticas de salud, incluida la conservación de sus plantas medicinales, animales y minerales de interés vital”. El principal hito de este conflicto al que hacemos referencia se hacía evidente a través de la redacción de las conclusiones recogidas en la Convención Única de 1961 donde se establecía un plazo máximo de 25 años para erradicar el consumo mascado de la hoja de coca 93 , tradición milenaria para muchos pueblos del contexto andino, siendo que en la siguiente reunión internacional, y ante las peticiones de Gobiernos de esta región del planeta, Bolivia y Perú, aparece recogida la posibilidad para los estados miembros que reconociesen un uso ceremonial tradicional por grupos étnicos dentro de sus fronteras, de realizar la petición correspondiente para poder recoger la legitimidad de dichos usos en los marcos legales nacionales correspondientes, según se explica en el texto de la Convención de Viena de 1971: 91 Algunos ejemplos de este tipo de organizaciones a nivel internacional son: Organización de Naciones y Pueblos No Representados (UNPO, en inglés), WATU Acción Indígena, Organización de Pueblos Indígenas del Amazonas (ORPIA), Consejo Indígena de Centro América (CICA), Comité Internacional para los Indígenas de las Américas (Incomindios), etc. 92 Como antecedentes directos de esta Declaración encontramos el Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT) sobre pueblos indígenas y tribales de 1989 y la creación en el año 2000 del Foro Permanente sobre Asuntos Indígenas (PFII) de Naciones Unidas 93 “Las Partes obligarán a arrancar de raíz todos los arbustos de coca que crezcan en estado silvestre y destruirán los que se cultiven ilícitamente” (artículo 26) y “la masticación de hoja de coca quedará prohibida dentro de los 25 años siguientes a la entrada en vigor de la presente Convención” (artículo 49) 279 Todo Estado en cuyo territorio crezcan en forma silvestre plantas que contengan sustancias sicotrópicas de la Lista I y que se hayan venido usando tradicionalmente por ciertos grupos reducidos, claramente determinados, en ceremonia mágicoreligiosas, podrá, en el momento de la firma, de la ratificación o de la adhesión, formular la reserva correspondiente (Convención de Viena de 1971, art. 32) No obstante, es con posterioridad cuando la realidad de usos tradicionales por pueblos indígenas aparece recogido como una posibilidad efectiva cuyo reconocimiento no constituye una excepción a la norma sino una norma establecida en base al derecho internacional, de manera que el sistema internacional de fiscalización de psicoactivos distingue la figura de “uso tradicional lícito 94 ”, expresada en el artículo 14 de la Convención de las Naciones Unidas contra el Tráfico Ilícito de Estupefacientes de 1988, la no aplicación de medidas punitivas contra miembros de etnias a los que se le reconozca un uso ancestral de ciertos tipos de plantas o especies animales, continentes de sustancias presentes en algunas de las listas de prohibición. Cuando se habla de uso ancestral es importante hacer notar que principalmente se enmarcan dentro de las categorías occidentales de uso sacramental o religioso y/o uso medicinal, aunque la diferencia entre ambas no exista para muchos de los miembros de estos pueblos como apuntan Villena y Sauvain (1997). En primer lugar nos detendremos en el contexto andino, donde una de las principales especies vegetales que son consumidas por grupos indígenas es la erythroxylum coca o planta de coca, variedad rica en cocaína, el alcaloide más importante que está presente en estado natural en dicha planta. Está sobradamente documentado (Painter, 1994; Escohotado, 1999; Rolles, 2016) que 94 “Las medidas que se adopten deberán respetar los derechos humanos fundamentales y tendrán debidamente en cuenta los usos tradicionales lícitos, donde exista evidencia histórica al respecto, así como la protección del medio ambiente” (Convención de las Naciones Unidas contra el Tráfico Ilícito de Estupefacientes y Sustancias psicotrópicas de 1988, articulo 14, inciso.2) 286 organismos como la JIFE presionen, como mínimo, con declaraciones públicas regulares que instan a los gobiernos a revertir las situaciones de legitimación y regulación de los usos tradicionales tal y como se puede apreciar en el Informe Anual de este organismo de la ONU con fecha de 2007, donde aparecen recogidas las siguientes cuestiones relativas al uso tradicional de la hoja de coca y contrarias a lo establecido en las normas del derecho internacional que hemos venido mencionando, ante las cuales este organismo debería ser escrupuloso. La JIFE hace un llamado a los gobiernos de Bolivia y Perú para que consideren enmendar sus legislaciones nacionales para abolir o prohibir las actividades contrarias a la Convención de 1961, como el mascado de la coca, y la manufactura del mate de coca (JIFE, 2007: 217) Que los gobiernos establezcan que todas las actividades relacionadas con la hoja de coca que son contrarias a las provisiones de la Convención de 1961, cuando son cometidas de forma intencional, sean consideradas como delitos (JIFE, 2007: 219) Esta situación se corresponde con el intento de imposición de una ideología totalizadora, no respetuosa con la diversidad cultural ni, paradójicamente, con los tratados internacionales que este mismo organismo de Naciones Unidas suscribe, tampoco con la lógica que se existe detrás de estos acuerdos y que es la que faculta a la JIFE para exigir su cumplimiento a los países suscriptores. Por lo tanto, parece claro que, al menos en cuanto a la consideración y el respeto por los derechos individuales y colectivos y sus marcos legales, se puede poner en cuestión el funcionamiento del sistema de fiscalización internacional, los tratados existentes, así como la legislación y las políticas nacionales que se derivan de ellos, ya que no han reconocido los problemas planteados por el uso de los psicoactivos como medio de producción sociocultural, ignorando la profunda heterogeneidad de los modos de consumo y las razones, creencias, valores, ritos, estilos de vida y visiones del mundo que los sustentan. Y es que, como plantea MacRae (1997), si los usos de psicoactivos son una constante en la historia de la humanidad que no se han 287 considerado como una amenaza para las sociedades hasta convertirse en ello en nuestro contexto histórico y social, es debido a que siempre se han insertado en rituales colectivos o respondían a los propios patrones culturales de las sociedades donde se producían; tanto es así que incluso hoy en día, a pesar del reconocimiento testimonial de la importancia de la tradición, y hasta en los casos en los que no existe ningún tipo de reconocimiento del derecho y la legitimidad de estos usos, los mismos siguen produciéndose mayoritariamente en el marco de estructuras reglamentadas, aunque correspondan a expresiones culturales minoritarias o consideradas marginales, a pesar de que supongan una oposición a lo establecido por grupos o instituciones hegemónicas. Por lo tanto, si la realidad actual relativa a los diversos y diferentes usos de psicoactivos supone una continuación en cuanto a lo que ha venido siendo una constante en la historia de la humanidad, y esto es poco cuestionable en este punto, podemos aseverar que las problemáticas existentes a lo largo de todo el planeta en cuanto a los distintos usos son producto de la forma de mirarlos y no de la supuesta esencia negativa que se les asocia y que se utiliza para definirlos. Como decíamos al principio, la forma en que nuestra sociedad enfoca el problema de las drogas interviene como una variable más en todo el contexto. Criminalizar y por otra parte considerar a los usuarios como enfermos está contribuyendo a crear unos parámetros que dan sentido a aquello que se entiende como el “problema de la droga” (Pallarés, 2009: 13) Desde luego el reconocimiento de los llamados usos tradicionales es un hito reciente que no podemos obviar y sobre el que hay que profundizar. Tal reconocimiento no parte de la voluntad de las instituciones supranacionales que sancionan las relaciones con psicoactivos y que son generadoras de verdad, por el contrario se trata de un logro obtenido por las propias comunidades que sostienen las prácticas y creencias definidas de tal forma, es una pequeña victoria ante los actuales procesos de neocolonialismo y etnocidio del que son víctimas. También ha de suponer un 288 ejemplo de la importancia de la organización colectiva a la hora de defender derechos que son intrínsecos a los pueblos, los grupos y sus integrantes. 289 3.2. Modelos de legitimación de nuevos usos de psicoactivos El movimiento global Psytrance ocupa un papel central en esta investigación, su existencia es uno de los pilares centrales que estructuran los planteamientos que aquí se sostienen ya que es un ejemplo con plena vigencia de la existencia de diversidad intracultural construida en base a nuevas maneras de socialización y organización; a nuevas formas de espiritualidad, de identidad, de participación; en definitiva, asociadas a prácticas y creencias edificadas desde la sociedad civil en base a una serie de necesidades que no encuentran acomodo en los dictados de la sociedad mayoritaria y las instituciones hegemónicas que las regulan, pero que forman parte de lo que llamamos realidad, e incluso son generadoras de ella. Así, el uso de sustancias psicoactivas en un contexto social mayoritario que lo problematiza, lo persigue y lo castiga, se convierte en una dimensión que al mismo tiempo que facilita la estigmatización de grupos como este, provee argumentos para estos grupos que les ayuda a definir su propia identidad colectiva y ayuda a reafirmar los lazos de solidaridad y la cohesión intergrupal, por lo que pese a no poder considerarse que tal sistema de producción cultural forma parte de la tradición al no tener recorrido en el tiempo, forma parte indisoluble de lo que son. Y si, como venimos planteando, existe una problemática clara en los llamados contextos occidentalizados en torno a los usos de psicoactivos fiscalizados, es por la definición que se hace de ellos, por ser sancionados legal y moralmente, ya que no consiguen ser legitimados frente a las estructuras organizativas y de poder ni ante la mayoría de la población, y “es que mientras el uso de psicoactivos por parte de poblaciones indígenas parece poco controvertido no sucede lo mismo con prácticas no indígenas que usan esas sustancias” (Labate, 2001:19). En primer lugar, las convenciones consideran que sólo los usos tradicionales de estas plantas con una larga trayectoria histórica deben ser permitidos, lo que implícitamente parece sugerir que las prácticas históricas son más auténticas (y 290 legítimas) que las manifestaciones más recientes. En segundo lugar, las convenciones emplean una concepción de cultura como un conjunto estático y coherente, asociado a un territorio específico, y asume que las culturas tradicionales nunca serán capaces de extender su influencia y su alcance a otras poblaciones y territorios -en este sentido, se permiten estas excepciones al no ser consideradas una amenaza a la dominación occidental. Por último, todo el discurso de las convenciones está impregnado de la convicción de que las preparaciones farmacéuticas occidentales son más eficaces y más seguras que las preparaciones tradicionales obtenidas a partir de especies vegetales, y ni se plantean las implicaciones que puede tener limitar los usos y conocimientos de la medicina tradicional indígena en poblaciones que, por una parte, disponen de recursos limitados para su sanación física y espiritual y que, por otra, aunque dispusieran de dichos recursos, tal convicción no es otra cosa que un atentado etnocentrista a las tradiciones culturales en las que el uso de estas plantas están insertas, independientemente del tiempo histórico que haya transcurrido desde entonces (Bouso y Sánchez, 2015) De esta forma, aquí nos enfrentamos a una dimensión más novedosa, o con un recorrido menor en el tiempo, en relación a la gran diversidad de usos de psicoactivos en las sociedades occidentalizadas de nuestro tiempo, la de la deslegitimación de tales usos practicados por grupos que no han realizado aprovechamiento de ellas de forma tradicional, pues no han tenido tiempo para ello al ser estos grupos producto directo de las condiciones estructurales actuales. El hecho de considerar a la tradición como único argumento legitimador de tales prácticas encierra una doble trampa, un doble peligro del que debemos dar cuenta, ya que por un lado, esta consideración de la diferencia lleva consigo el fantasma del etnocentrismo asociado a la puesta en práctica de planteamientos basados en la discriminación positiva, por otro lado esta consideración de la diferencia bebe de la idea de que en nuestro contexto cultural tales prácticas no son más que productoras de efectos nocivos, pese que tales efectos sean definidos desde planteamientos moralizadores y sin base científica alguna, tal y como plantea Perrin (1992). Sin duda, ambos 291 aspectos se encuentran imbricados y vienen a redundar en la idea, íntimamente relacionada con planteamientos de base evolucionista, de que el hombre occidentalizado ha superado aquellas creencias que sostienen prácticas con psicoactivos pues no hay respuesta ni utilidad alguna en ellos que no sea la establecida por el Modelo Médico Hegemónico y el paradigma biomédico, puesto que las mejores herramientas con las que cuentan las sociedades occidentalizadas hacen completamente innecesarias tales usos que, por otro lado, cuando forman parte de grupos que, al considerarse anclados a prácticas tradicionales en muchos casos milenarias, son entendidas como exóticas, inútiles y propias de cosmovisiones atrasadas, aquellas que aún no han sido capaces de desarrollar respuestas basadas en los dogmatismos de la ciencia y el pensamiento racionalista occidental. Y es que desde y en nuestro contexto cultural, la cuestión del uso de psicoactivos por parte de grupos no tradicionales, esto es, de colectivos que no tienen una trayectoria en el tiempo de realización de tales prácticas que les pueda ser reconocida, se asocia a la idea de contaminación en un doble nivel. Por un lado, nos referimos a la contaminación simbólica que se construye a partir de la idea de tabú, y es que autores como Frazer (1944), Douglas (1973) o Irvine (2011) plantean que este constructo es en esencia, no en sus formas, un universal cultural, ya que refiere a prohibiciones o restricciones lingüísticas específicas y/o de determinadas acciones y pautas de comportamiento a partir de la definición que cada grupo humano asigne a las mismas en base a la interpretación del universo que sostienen, a lo que es definido como la verdad y a la idea de sacralidad. Así, pese a que cada grupo humano estipule que es considerado tabú, la noción de la prohibición de expresiones lingüísticas o de determinado comportamiento es consustancial a la vida en sociedad y, por lo tanto, está presente en la totalidad de colectividades humanas. Este mecanismo de control social, esto es, de evitación de prácticas o discursos concretos se materializa en nuestro contexto cultural de muy diversas formas, una de ellas es la que nos interesa aquí y 292 refiere al uso de psicoactivos fuera de los ámbitos de legitimación de los mismos o a su definición como herramientas con cualidades positivas o provechosas, es decir, principalmente cuando se utilizan fuera del control del paradigma biomédico. Y en relación a este paradigma dominante en contextos occidentalizados encontramos el segundo nivel de contaminación derivado de la propia idea de tabú, una contaminación que ya no es exclusivamente simbólica, aunque este aspecto sea transversal a todo el proceso, sino que es real, perceptible por los sentidos, se encarna en los cuerpos de aquella gente polucionante (Douglas, op.cit.) que rompe con sus actos la idea dogmática del tabú, en este caso la del no consumo de “drogas”, y es que quienes las usan no sólo cargan en sus espaldas el peso derivado de quebrantar una idea inviolable, sino que ensucian su cuerpo, lo contaminan, al introducir en su organismo alguna de las diferentes sustancias psicoactivos existentes que, según la idea superior que domina con respecto a estas, son en esencia portadoras del mal, generadoras de efectos nocivos e inductoras de la desviación de los grupos e individuos que se relacionan con ellas. Del mismo modo que aquellos que hablan de estas en términos potencialmente beneficiosos, fuera de los ámbitos en los que sus integrantes sean coincidentes con este posicionamiento, son portadores del estigma de la contaminación y considerados desviados o peligrosos. Ambas dimensiones de lo impuro, la mental/simbólica y la sensible/física, forman un continuo y se encuentran interconectadas, siendo su complementariedad imprescindible para entender la transgresión que suponen las prácticas con psicoactivos, así como para comprender hasta qué punto el tratamiento que se hace de estas sustancias funciona como herramienta de estructuración y jerarquización en la sociedad. Además, si toda práctica que sale de los circuitos legitimados y legitimadores supone una violación de un dogma es, en primer lugar, porque se construye desde la idea de la homogeneidad o, lo que es lo mismo, se genera desde planteamientos que obvian la diversidad cultural y no contemplan la heterogeneidad intracultural como una posibilidad real, generando en muchos casos situaciones que son cuestionables desde el 293 punto de vista de los derechos humanos y derechos colectivos y que atentan contra la libertad cultural y religiosa (Feeney y Labate, 2013). En todas las sociedades, la nuestra incluida, la "droga" asume también una función de señal. Su uso es codificado, ritualizado; su consumo o su prohibición coinciden con una división del campo social: es señal de distinción para el grupo que puede acceder a ella e, indirectamente, significa sus supuestas cualidades; puede subrayar la oposición entre el iniciado y la persona ordinaria, entre el individuo marginal y el conformista, entre hombres y mujeres, puede manifestar el poder o la perversión, etc. (Perrin, 1992: 31) A pesar de la situación dominante con respecto a la falta de reconocimiento de la legitimidad de usos no respaldados por su mantenimiento en el tiempo al ser realizados por agrupamientos de nuevo cuño que los incorporan a su ethos en procesos de apropiación y resignificación de cosmovisiones, símbolos y prácticas; encontramos algunos casos, testimoniales pero no por ello menos válidos como referentes en la gestión efectiva de la diversidad cultural, en los que las instituciones gubernamentales de algunos países reconocen y protegen la existencia de esta posibilidad. Es interesante apreciar que estos planteamientos se dan en países donde la existencia de una gran diversidad étnica ha sido una constante por lo que existe un importante desarrollo de instituciones, gubernamentales y civiles, que trabajan activamente en la protección de esta al considerarla una potencialidad, al asumir que la defensa de esta no es más que la defensa de lo que son como nación, en el sentido amplio del término. El ejemplo paradigmático del reconocimiento legal de usos de psicoactivos asociados a grupos no tradicionales lo encontramos en el campo ayahuasquero brasileño (MacRae, 1998; Labate, 2001; Dawson, 2007), en el que determinadas prácticas asociadas a movimientos sincréticos religiosos y/o espirituales de reciente creación, esto es, desarraigados de contextos y grupos tradicionales, se ven legitimados para el uso ceremonial del brebaje realizado a partir de la decocción de la liana banisteriopsis caapi, entre 294 otras plantas 99 . Siguiendo a Feeney y Labate (2012), la protección del uso religioso está explícitamente recogido desde 2010 en la resolución 01/2010 del Consejo Nacional de Políticas de Drogas (CONAD), en la que aparecen regulados aspectos sobre el uso y el trasporte de este brebaje, así como cuestiones relativas a la investigación, principios éticos, comercialización, publicidad y turismo. El principal alcaloide de esta bebida conocida como ayahuasca o yagé es la DMT o dimetiltriptamina, una potente sustancia psicodélica fiscalizada a nivel internacional por la JIFE 100 . Estos usos neotradicionales, según la definición de Perrault (2009), se insertan en grupos que surgen en Brasil y que se expanden a un gran número de países de todo el planeta; estos grupos son la UDV (União do Vegetal), el Santo Daimé y la Barquinha. A continuación profundizaremos en ellos, no obstante es importante resaltar que la característica más destacable de estos tiene que ver con su reciente creación y con el hecho de que la administración brasileña estableciera por primera vez un precedente en relación al reconocimiento del derecho de colectivos contemporáneos de usar un psicoactivo que se encuentra fiscalizado sin que tenga que intermediar adscripción étnica alguna a grupos nativos 101 , tal y como ocurre en algunos de los casos presentados en el capítulo anterior. Feeney y Labate (2014) explican que el caso brasileño supone la aplicación de una concepción progresista basada en el respeto de los derechos humanos, aunque a pesar de este planteamiento 99 La mezcla más habitual es con la chacruna o psychotria viridis, con propiedades inhibidoras de la monoaminooxidasa (IMAO), que permite la obtención del efecto deseado del principal alcaloide (DMT) al ser ingerido. Sin la utilización de algún IMAO la sustancia se degrada en el organismo, no aunque los ingredientes del brebaje pueden variar, como base siempre aparecerá la banisteriopsis caapi,. 100 Aparece en la Lista 1 de sustancias prohibidas con el código PD004 101 Goulart (2008) expone que la ayahuasca estaba prohibida en Brasil hasta 1987 por contener DMT, pero que esta prohibición se eliminó por considerar la administración brasileña que esto ponía en riego a los cultos religiosos que la entendían como sacramento. 295 hacia el interior de sus fronteras, las autoridades cariocas no han promovido un cambio de consideración en las autoridades de otros países ni han ejecutado acciones en pos del respeto de las prácticas y creencias de las iglesias ayahuasqueras originarias de Brasil más allá de sus fronteras, por lo que son contados los casos en los que dicha concepción se ha visto reflejada a nivel internacional. Goulart (2008), que ha estudiado con profundidad estos cultos, explica que las tres confesiones del campo ayahuasquero brasileño surgen a mediados del siglo XX siendo el Santo Daimé la primera en aparecer en los años 30 en Rio Branco (Acre), fundada por Raimundo Irineu Serra, el Maestro Irineu. En la base de este culto, aunque con algunas referencias a cultos afrobrasileños, tiene un peso importante el cristianismo, con numerosas referencias a Jesús y la Virgen María. Esta confesión desembocó en distintos grupos denominados daiministas, siendo uno de los más importantes en número de adeptos y en cuanto a su extensión por el mundo el Centro Eclético da Fluente Luz Universal Raimundo Irineu Serra (CEFLURIS). La segunda de estas religiones, la Barquinha, se crea en 1945 en la misma ciudad de Rio Branco, fundada por Daniel Pereira de Mattos, el Maestro Daniel, antiguo piloto fluvial, de ahí el nombre de la confesión así como las ropas usadas en este culto, llamadas fardas que son similares a las ropas de los marineros, y los himnos entonados que son igualmente canciones que hablan de barcas, de navegación y del mar. El Maestro Daniel, coetáneo y amigo del Maestro Irineu, fue miembro del Santo Daimé durante una década hasta que recibe una revelación que le indica que ha de fundar una nueva misión religiosa, la cual si bien no al principio no usaba la ayahuasca la acabó incorporando con posterioridad a la vez que las ceremonias se fueron tornando más complejas. El perfil de este culto es el de las religiones afro-brasileñas como el Candomblé o la Umbanda. La última de estas confesiones surge en 1961 cuando José Gabriel da Costa, el Maestro Gabriel, funda en Porto Velho (Rondonia) la que es la tercera de las expresiones religiosas del campo ayahusquero brasileño, la União do Vegetal o 302 sectores de la sociedad civil, se insiste sobre la necesidad de un cambio de paradigma en el abordaje de la cuestión (Rovira, 2014: 120) Uno de los casos más conocidos a nivel mundial lo encontramos en Europa, en Holanda, donde como nos dice Gamella (2005) se produjo en los 70 una despenalización del uso de todas las “drogas” seguido de una legalización de los derivados de la planta cannabis sativa en 1986. El modelo seguido por el gobierno holandés es el de los conocidos coffee shops, donde se pueden dispensar hasta 5 gramos por persona y día, con objeto de evitar el contacto de los usuarios con el mercado negro y así minimizar las posibilidades de que estos entren en contacto con otro tipo de sustancias calificadas de “drogas duras”. Este modelo, según Mathieu y Niño (2012), se sirve de las lagunas existentes más que en una regulación de facto, pues mientras la venta a través de estos establecimientos está permitida, el cultivo se sanciona, por lo que se genera una contradicción importante. El caso holandés ha estado recientemente de plena actualidad debido a las quejas de los países europeos que son fronterizos con este, que solicitaban la ilegalidad de la planta para evitar el trasiego de personas a lo largo de la frontera para obtener marihuana y trasladarla a sus países de origen, ante lo que se propuso la creación del conocido wietpas, un carnet que permitiera la venta de los derivados de la planta únicamente a los residentes en territorio holandés. Esta propuesta encontró fuerte oposición en distintos lugares del país, siendo Ámsterdam y su administración local la más contraria a su establecimiento, pues no podemos obviar que gran parte de los ingresos del turismo que percibe esta ciudad provienen de los turistas que se acercan a consumir marihuana. 303 Uruguay ha remodelado recientemente 104 la política que situaba a la marihuana en un estatus de ilegalidad. Aunque este no es el primer lugar del mundo donde ocurre, hay una novedad importante que hace que este hecho sea único, y es que el gobierno uruguayo ha decido controlar todo el proceso de producción, distribución y venta de esta sustancia a través del Instituto de Regulación y Control del Cannabis (IRCA), bajo la Presidencia de la Junta Nacional de Drogas (JND), y el establecimiento de una red de farmacias donde los usuarios podrán adquirir hasta 40 gramos al mes. No obstante, también existe la posibilidad de cultivar en casa hasta un máximo de 6 plantas por personas o afiliarse a un club de fumadores donde los miembros pueden adquirir marihuana, teniendo en cuenta que en estos clubes puede haber un máximo de 45 socios y nunca más de 99 plantas. Lo más novedoso del asunto es que el gobierno uruguayo explica que el cambio de dirección en su política sobre cannabis obedeces a una cuestión de salud pública, pues considera que los individuos que deciden consumir cannabis, en el libre ejercicio de sus derechos, deben disponer de las garantías legales suficientes para gestionar los riegos y hacer frente a los posibles daños derivados de este consumo, a la vez que es tarea de la administración el proteger a estos individuos evitando que acudan al mercado negro, con todas las implicaciones que esto conlleva. En España, como apunta Martín Barriuso (2011), desde 2001 comienzan a surgir los llamados Club Sociales de Cannabis (CSC) 105 , asociaciones sin ánimo de lucro que producen y distribuyen marihuana entre los usuarios afiliados a estas. No se basan en una regulación específica, sino que se 104 El 31 de Julio de 2013 la Cámara de Diputados de Uruguay aprobó el proyecto de Ley por 50 votos a favor de un total de 96, siendo el 23 de diciembre de ese mismo año cuando el presidente José Mujica firmó la Ley 19.172, entrando en vigor el 6 de mayo de 2014. 105 Según estimaciones de la Federación de Asociaciones Cannábicas (FAC), actualmente existen 35 clubes asociados a esta federación, existen unos 150 en todo el territorio español y unos 200 en proceso de formación. 304 sirven del vacío legal existente en cuanto a la no ilegalidad del consumo de “drogas”, esto es, la legislación española no sanciona el consumo de sustancias (salvo que este se produzca en vía pública), si su producción, tenencia en vía pública, transporte o mercadeo. A partir de esta dimensión de la legislación española, los CSC apoyan su actividad en la denominada “doctrina del cultivo compartido”, según la cual no existe mandato legal que impida el hecho de que personas mayores de edad se asocien y agrupen para consumir cannabis en espacios privados. En EEUU la situación general puede resultar un tanto contradictoria ya que según la legislación federal del país, Controlled Substances Act de 1970, el cannabis es una sustancia potencialmente peligrosa y sin ningún tipo de uso médico reconocido, por lo que se encuentra clasificada en la Lista I y se penaliza su consumo con cárcel. No obstante, encontramos que, a fecha de hoy, 29 estados del país que cuentan con regulación del uso medicinal 106 y otros 6 que han aprobado el uso lúdico 107 , mientras que en el resto se encuentra prohibida completamente. La tendencia apunta a que el resto de estados, o la gran mayoría, seguirán los pasos de la regulación a corto plazo lo que terminará por extenderse a otros países a lo largo del planeta. Y es que si EEUU, que ha sido el principal promotor de la prohibición en términos generales y de la del cannabis específicamente, comienza a poner en cuestión el sistema dominante establecido esto facilitará la extensión de este cuestionamiento ya sea de una forma pasiva, por imitación, o activa, por la acción directa de promoción y defensa que entes e instituciones públicas y privadas comenzarán a hacer para 106 Además de en Washington DC, el cannabis medicinal es legal en los siguientes estados americanos: California, Alaska, Oregon, Washington, Maine, Colorado, Hawaii, Nevada, Montana, Vermont, Rhode Island, Nuevo México, Michigan, Arizona, New Jersey, Delaware, Connecticut, Massachusetts, Illinois, New Hampshire, Maryland, Minnesota, New York, Louisiana, Ohio, Pennsylvania, Florida, North Dakota y Arkansas. 107 California, Alaska, Oregón, Colorado, Washington, Massachusetts y Nevada 305 mantener, reproducir y aumentar los beneficios que la regulación de esta sustancia llevan aparejados tales como el cobro de impuestos, la creación de un mercado de cannabis, la creación de estudios y profesiones relacionadas con el cannabis y sus potenciales desarrollos, etc. La experiencia internacional y su evidencia con la implementación de nuevas legislaciones de la marihuana han hecho que poco a poco más naciones se unan a la lista de países que consideren favorable su consumo siempre y cuando se respeten las normas que emanan de sus reglamentos internos; notándose en mayor medida en la industria médica, inclusive se han interesado empresarios, banqueros, contadores, profesionistas, ingenieros; en su estudio, comercialización y producción de la que consideran será el nuevo negocio del futuro (…) Inclusive se han unido a las filas, las universidades que ya comienzan a implementar en sus licenciaturas a la marihuana como objeto de estudio y carrera profesional, tal como sucede en los Estados Unidos (Rosales, 2017: 16) No obstante, como apuntan Rolles y Murkin (2014) desde el grupo Transform Drug Policy Foundation, resulta importante establecer la diferenciación entre la regulación del cannabis, o de cualquier otra sustancia, basada en la lógica de la protección y reconocimiento de los derechos de los usuarios y la eliminación de los conflictos derivados de su ilegalidad; de la liberalización del mercado y la regulación comercial a favor del beneficio fiscal y económico independientemente de las realidades problemáticas que existen en el nivel de los usuarios. Ambas cuestiones no se excluyen, pero tampoco guardan una relación necesaria, por lo que la implementación de la libre comercialización del cannabis no puede ser el objetivo desde el punto de vista del reconocimiento de prácticas ni dicha implementación debe entenderse como una conquista de los derechos de los usuarios ya que estos no resultan la prioridad en un sistema de mercado en el que las personas son meros consumidores de productos, y los motivos y expectativas que sostienen recursos para los técnicos de marketing de las empresas que monopolicen dicho mercado, ya que “las empresas 306 interesadas en maximizar sus ingresos tendrán fuertes incentivos para asegurar que existan usuarios que consuman grandes cantidades y para retener a tales usuarios” (Kilmer, 2014: 2) Hemos querido en este último bloque del documento, que pretende ser de reflexión sobre las políticas de “drogas”, un análisis de distintas situaciones a lo largo del planeta que suponen vías reales de legitimación del consumo de diferentes sustancias, siendo el del cannabis el ejemplo paradigmático de conquista de derechos civiles relacionados con el uso de una sustancia fiscalizada en el marco del actual sistema de prohibición en el contexto occidental. Como plantea Gamella (2012), el movimiento cannábico supone el mejor ejemplo en las últimas décadas de un frente activo de debate, experimentación, iniciativa y cambio en el controvertido problema de las drogas ilegales. Este hecho nos obliga a reflexionar sobre la importancia de la organización y el empoderamiento de los agentes implicados en conflictos derivados de la relación con las sustancias psicoactivas, de tal forma que la visibilización de una realidad determinada parece constituirse en un paso clave, no sólo para el favorecimiento del cambio del estatus legal, sino para promover una ruptura con la lógica de contaminación y tabú que domina. Así, que la percepción sobre el consumo de cannabis se esté modificando en el grueso de la sociedad obedece a una serie de factores que van desde su demostrada rentabilidad económica hasta la existencia de grupos organizados que trabajan en pos de visibilizar una situación que consideran de injusticia y de vulneración de derechos individuales y colectivos. Para llegar a este punto, los usuarios de cannabis han debido recorrer un camino en el que ellos mismos enfrentasen y superasen la definición de lo que hacen como algo negativo antes de tratar de exteriorizar tal circunstancia al exterior, cuestión que no resulta fácil de abordar porque como ya hemos plateado la intensidad de la imagen de lo negativo es fuerte y ha estado ampliamente extendida durante las últimas décadas a través de discursos y prácticas criminalizadoras que han constituido conjuntamente lo que podemos denominar una narrativa polucionante que no sólo ha sido presentada 307 como la única verdad sino que en muchas ocasiones ha favorecido que la única verdad para muchas personas haya terminado siendo la de la experiencia nefasta. Hoy en día se reconoce y acepta que nuestro lenguaje no sólo refleja sino que moldea nuestra experiencia. Sin embargo, esta sofisticación no ha tenido un efecto apreciable en las actitudes y políticas contemporáneas ante problemas sociales donde la configuración verbal del “problema” constituye por sí misma mucho o incluso todo el ulterior problema. Aparentemente, poco o nada nos enseña el hecho de que no tuviéramos problema alguno con las drogas hasta que literalmente nos convencimos de tenerlo. Primero declaramos que esta o aquella droga era “mala” o “peligrosa”, luego le dimos nombres feos como “estupefacientes”, y finalmente se promulgaron leyes prohibiendo su consumo. El resultado son nuestro actuales “problemas de toxicomanía” (Szazs, 1990: 33-34) Así pues, el ejemplo cannábico ofrece algunas pistas sobre el camino a seguir para alcanzar el reconocimiento de la legitimidad de las prácticas con psicoactivos, esto es, parece que el hecho de la organización y la visibilización por parte de los usuarios de sus realidades concretas es vital para obrar el cambio tanto en el ámbito de lo legal como en el de lo simbólico. Para ello, y dado que en nuestro trabajo de campo hemos encontrado actitudes contradictorias de participantes que realizan prácticas con psicoactivos a pesar de mantener y reproducir la visión de lo negativo, deben ser dichos participantes los que muestren la existencia de determinadas problemáticas que les afectan y trabajar para que el derecho a incorporar el uso de psicoactivos a sus contextos rituales performativos sea garantizado. Parece evidente que si no son los propios usuarios los que muestren tal preocupación difícilmente habrá una protección efectiva de los mismos pese a que desde el punto de vista legislativo pueda resultar una necesidad coherente; pero “salir del armario”, aunque deba ser el ineludible primer paso, requiere de una serie de esfuerzos que conllevan desventajas y dificultades que no todo el mundo está dispuesto a asumir. 308 A mediados de los años noventa, una masa social crítica de consumidores y librepensadores desafiaron al orden establecido que recetaba la estricta abstinencia para todos aquellos «enfermos» que consumían drogas no institucionalizadas como el cannabis. Frente a los postulados oficiales que recetaban abstinencia y discriminación, grupos de ciudadanos -teóricamente incapaces por su patologíase constituyeron en sociedad civil, articulando entidades complejas y democráticas, asociaciones capaces de proteger sus intereses, defender sus derechos, y de cuestionar de iure y de facto al dogma de la política prohibicionista (Casals y Marks, 2017: 482) 309 3.4. Sugerencias para una agenda política Desde el planteamiento inicial de esta tesis existía un interés claro en trascender el ámbito de lo meramente teórico, esto es, utilizar los procedimientos metodológicos de la antropología así como el todo el aparato conceptual para generar conocimiento sobre una determinada realidad, la de un movimiento cultural particular asociado a las nuevas formas de espiritualidad donde el uso de psicoactivos posee un papel protagonista en cuanto a la cosmovisión del mismo y las prácticas que de esta derivan, con objeto de establecer líneas de acción encaminadas a solventar situaciones problemáticas relacionadas con esta misma realidad. Esta forma de entender y utilizar nuestra disciplina es lo que se ha denominado antropología aplicada, y como establece Foster (1974), tradicionalmente ha estado enfocada a atender los procesos de cambio en las sociedades y en sus culturas, ya que por las propias características de la investigación antropológica y los temas que constituyen sus objetos de estudio, los antropólogos y antropólogas se encuentran en una posición privilegiada para aprehender las dinámicas culturales y los procesos sociales con mayor profundidad, por lo que supone una potencialidad el hecho de poder aplicar el conocimiento generado desde una realidad dada en dirección a esa misma realidad, cerrando el círculo, de manera que lo que se ha obtenido del campo sea devuelto a este tras un proceso de reflexión y análisis, ofreciendo respuestas a las situaciones que previamente se habían interpretado como generadoras de problemas, de dificultades, de incompatibilidades, de desigualdades, etc. El ámbito de trabajo del antropólogo aplicado es, entonces, el estudio y la interpretación del ser humano y las relaciones sociales, las identidades, la cultura como proceso dinámico, los cambios culturales, las adaptaciones biológicas, los procesos físicos, las construcciones de los afectos, la lógica de los asentamientos humanos, la relación de los humanos con el medio ambiente y la interpretación de las sociedades pasadas para analizar sus dinámicas y problemas, dando elementos 310 que lleven a resolver conflictos y a entender cómo están articulados los procesos de forma clara y sintética (Latapí, 2005: 105) En este sentido, no hay mejor perspectiva de análisis que la ofrece la antropología cuando las realidades estudiadas encuentran dificultades basadas en una incomprensión de la diversidad cultural, que aunque para los profesionales de la disciplina constituya una cuestión lógica y fácil de identificar, no tiene por qué serlo, y no suele serlo, para la persona no adiestrada en su corpus teórico y en sus métodos. He aquí, quizás, la característica diferencial más importante del trabajo antropológico, su capacidad para entender la existencia de otredades y para ofrecer respuestas que las tengan en cuenta, su capacidad para ver lo que otros no ven; y es precisamente este potencial el que debe ser mostrado, el que tiene que quedar patente hacia el exterior de la academia ofreciendo generando beneficios para el conjunto de la sociedad. Así, a lo largo de este trabajo se ha abordado una dimensión de profunda conflictividad social, la de la multidimensionalidad de los usos de psicoactivos, muestra palpable de diversidad intracultural no gestionada, con objeto de dar cuenta de la existencia de múltiples realidades que son negadas y ante las que se aplican respuestas monolíticas, siendo este proceder dominante la principal causa de generación de conflictos en este ámbito y una de las cuestiones principales sobre las que se deben establecer soluciones. Sin duda, atendiendo al contexto macro, el momento en el que nos encontramos es quizás el más adecuado para plantear este tema debido a la aparición de cada vez más voces que reconocen la necesidad de modificar los planteamientos legales/normativos que estructuran la realidad de los consumos de psicoactivos; y es que a estas alturas parece evidente que la llamada “guerra contra las drogas” constituye una batalla perdida desde los planteamientos prohibicionistas que han venido siendo dominantes, aún lo son, consiguiendo estos únicamente la generación de miserias e injusticias y dejando a sus espaldas miríadas de víctimas colaterales sin que se haya logrado el ingenuo objetivo de que estas sustancias desaparecieran. Ingenuo porque la persecución de tal objetivo 311 no tiene en cuenta la existencia de la voluntad de los que quieren consumirlas, así como las múltiples razones y expectativas que sostienen estos consumos; ni la existencia de otras definiciones de estas sustancias que parten de una valorización positiva de las mismas y no de su catalogación como elementos ponzoñosos; ni, por supuesto, el hecho de que su uso se inscriba en el ADN de grupos, movimientos culturales y comunidades que entienden el mundo y las relaciones que en él se inscriben a partir de las experiencias que los psicoactivos proveen. Eliminar estas prácticas y creencias que acompañan al ser humano desde sus inicios, y antes a sus antepasados (Furst, 1980; Escohotado, 1999; Samorini, 2003; Sánchez Avilés, 2012), no sólo es un esfuerzo baldío sino que atenta contra los derechos individuales y colectivos, más aún si cabe si nos referimos a las formas que se han establecido desde las instituciones hegemónicas para tratar de lograr este objetivo que, como apuntan Room y Mackay (2012), pasan por la estigmatización, la criminalización, el uso de la violencia y el castigo; y que han generado muertos, delincuentes, enfermos y marginados, además de menospreciar la diferencia y haber facilitado procesos de etnocidio. Tales perversiones derivan de un sistema de fiscalización internacional, y de la asunción y aplicación de los planteamientos que de este derivan por parte de la mayor parte de países del mundo, que está edificado sobre la base de la prohibición de prácticamente cualquier tipo de relación con los psicoactivos, prohibición que es meramente ideológica y no se sostiene en razonamientos que ofrezcan respuestas ante una determinada realidad social, sino que niegan diversas realidades y persiguen la imposición de una supuesta verdad universal a través de un complejo entramado de discursos, normas, organismos y redes. La selección de las sustancias a incluir en las Listas (donde no se encuentran ni el alcohol ni el tabaco), así como la terminología generada en estos Convenios – estupefaciente, uso indebido,...–, tan ambigua como acientífica, han generado un marco legal y un lenguaje propio que se han introducido y reproducido, en las legislaciones de los Estados, y también en los discursos médicos, sociales y políticos de la inmensa mayoría de la población (Arana, 2013: 131) 318 norma sacralizada facilitando este hecho el desarrollo de consumos problemáticos 112 . Ahora bien, ¿en qué orden ha de hacerse? Si se modifica el estatus legal de los psicoactivos y se regula el acceso a estos, su distribución, su producción y sus usos, ¿se generará una reacción directa en el sentido de la disolución del tabú, la eliminación de prejuicios y el cambio de imagen mental dominante sobre estas sustancias y sus usuarios? Sólo podemos aventurar una respuesta ya que son muchos los factores a tener en cuenta, y aún así el resultado de la aplicación de la planificación de un proceso determinado sólo puede ser visible tras haberse concluido dicho proceso o, al menos, cuando ha iniciado ya su recorrido. Es evidente que a través del proceso de normalización jurídica se pueden, y se deben, establecer ciertas medidas que faciliten un cambio de mirada en la sociedad, medidas dirigidas a la protección de la diferencia y a la legitimación de realidades que hasta ahora, mayoritariamente permanecen invisibilizadas; no obstante, para la deconstrucción de un dogma cultural esto es insuficiente. Por lo tanto la respuesta es no, el cambio de mentalidad necesario no debe ser impuesto desde fuera, de arriba hacia abajo, desde el ámbito legislativo; pues si bien en esta cuestión la ley ha de ser participe, debe serlo desde una orientación garantista mientras que el protagonismo tiene que recaer, como apunta Arana (2005), en la propia sociedad civil si se pretende establecer una alternativa a la imagen polucionante que domina en la actualidad. 112 A lo largo de este documento hemos recogido las palabras de algunos informantes que mostraban este hecho, que el hacer uso de determinadas sustancias generaba en ellos una sensación de malestar propia de estar haciendo algo que es malo, que les daña, que supone una traición hacia los que le han enseñado y hacia lo que han aprendido que se debe y no se debe hacer. Como ya apuntamos, este tipo de dinámicas negativas derivadas del tabú pueden ser las responsables en algunos casos del desarrollo de itinerarios problemáticos en la relación con los psicoactivos, esto es, se acaba generando un círculo en el que la persona que consume alguna sustancia se siente mal por ello, haciendo que ese malestar esté presente en las ocasiones en las que vuelve a consumir por lo que se generan autopercepciones estigmatizantes que acaban por influir a los usuarios que asumen que están insertos en una espiral autodestructiva. Esta es otra dimensión en la que apreciar el funcionamiento de las profecías autocumplidas, es decir, como hacer que algo sea nocivo por el mero hecho de hacer un planteamiento previo desde lo negativo (Merton, 1993). 319 Sin duda, planteamos que la organización de y desde la sociedad civil supone otro de los abordajes recomendables a tener en cuenta. La modificación de la percepción debe partir desde dentro, de abajo a arriba, ya que es la forma adecuada de afrontar la modificación de una idea que, aunque esté integrada en el desarrollo legal del prohibicionismo, no es consecuencia directa de una ley o de un conjunto de normativas sino de una realidad construida desde diversos ámbitos sociales durante varias décadas. Este hecho encuentra un importante obstáculo derivado del propio tabú a superar, a saber, al verse estigmatizados los usuarios de psicoactivos por sus prácticas con estos, permanecen mayoritariamente invisibilizados, ya que no quieren que en los contextos ajenos a donde tales consumos se realizan se conozca tal hecho, por lo que para evitar la sanción moral permanecen ocultos, aunque este hecho suponga la vulneración de sus derechos y el rechazo a exigirlos y defenderlos. Del mismo modo que el tabú actúa sobre los usuarios y sus problemáticas haciéndolos invisibles y más vulnerables, también actúa sobre los técnicos y profesionales de la administración que en el actual modelo se relacionan con usuarios en sus puestos de trabajo (policías, personal sanitario, servicios sociales, etc.), pues las realidades aparejadas a los muy variados consumos existentes, al permanecer invisibilizadas, dificultan su conocimiento y facilitan la reproducción de los estereotipos e imágenes creadas desde posiciones hegemónicas, y conocer “las especificidades de las prácticas relacionadas con el consumo y de los espacios físicos y sociales (por el significado que se les atribuye) son clave para la planificación y ejecución de políticas eficaces” (Llort, 2013: 196). El hecho de que el proceso de normalización social parta de la propia sociedad civil, es un planteamiento que se basa en la situación actual en la que las administraciones han obviado su papel fuera del ámbito de la prohibición, el castigo y el asistencialismo, teniendo que organizarse la sociedad civil para dar respuesta a las necesidades más acuciantes que se han ido detectando, como en el caso de la reducción de riesgos y las asociaciones de la sociedad civil que la gestionan. Del mismo modo, el éxito de la organización de los usuarios, tanto desde el punto de vista de su visibilización y 320 de la defensa de los derechos que les asisten como de la capacidad para establecer hitos en el proceso regulador/normalizador, queda patente en el caso del cannabis y del movimiento global existente que lucha por la regulación legal del mismo y la normalización social de los usuarios, aspecto este a tomar como referencia por los grandes avances logrados en este sentido por el movimiento cannábico, el cual también ha de servir de modelo para la situación del resto de psicoactivos y de los usuarios de estos. Por ello, abogamos por la creación de asociaciones de usuarios haciendo que estos y sus realidades se hagan visibles ante la sociedad mayoritaria, con objeto de superar la imagen negativa dominante y promocionar la multidimensionalidad y pluralidad de los usos existentes, para lo que se debe promover la creación de estrategias y acciones concretas que permitan aprehender las manifestaciones, expresiones y producciones culturales que de esta diversidad se derivan, así como las múltiples problemáticas y los efectos sobre grupos y personas del sistema de control y castigo; tales como campañas públicas, producciones audiovisuales, declaraciones y actuaciones en medios de comunicación, exposiciones artísticas, festivales, ferias, documentos bibliográficos, etc.; la complejidad de esta realidad, las dificultades y las necesidades detectadas y la voluntad de los actores involucrados deben, finalmente, verse reflejados en la redacción de un texto garantista y vinculante que podríamos definir como una especie de carta de los derechos de los usuarios de psicoactivos. Además de las recomendaciones enfocadas a la modificación de los planteamientos macro que acabamos de explicitar, es conveniente señalar algunas recomendaciones de aspectos específicos a tratar con mayor urgencia, desde el nivel internacional hasta los contextos estatales. No obstante, al hablar de aspectos concretos a modificar en el actual sistema de fiscalización hemos de identificar una gran dificultad en cuanto a las infraestructuras y estructuras que derivan de él y lo sostienen, a saber, a lo largo de décadas de construcción de este sistema que es a la vez ideológico y material, se ha edificado un complejo entramado legal, punitivo y asistencial que justifica y determina la existencia de diversos profesionales en diferentes campos, esto es, hay profesionales de la medicina, la 321 psicología, la psiquiatría, los servicios sociales, la abogacía, la judicatura, los cuerpos policiales, la política, etc.; cuyos trabajos existen únicamente porque existe la prohibición. Este hecho ha de ser tratado con la adecuada atención para no generar una problemática a nivel socio-laboral, no obstante, esta dificultad no puede utilizarse en ningún caso para continuar con la reproducción de un sistema que vulnera derechos básicos. Habida cuenta que un cambio de paradigma lleva aparejado por fuerza una deconstrucción de las instituciones hegemónicas que les daban forma, estos profesionales tendrán que ser redirigidos hacia otros ámbitos o entrar a formar parte de nuevas instituciones que atiendan los requerimientos de un nuevo planteamiento con los psicoactivos. Así, a nivel internacional, la JIFE y demás instituciones gubernamentales supranacionales afines, han de desaparecer o encontrar la forma de reinventarse superando su razón de ser, es decir, encaminar sus planteamientos y acciones hacia el desarrollo de medidas que protejan y regulen los usos de psicoactivos, desechando instrumentos arbitrarios como las listas de fiscalización y desarrollando acciones tendentes a la protección de la diversidad cultural derivada de las relaciones de grupos e individuos con estas sustancias. Para ello, debe establecerse un nuevo Convenio Regulador Internacional sobre psicoactivos que establezca el cambio de rumbo desde la prohibición/fiscalización hacia la regulación/normalización, que explicite el rechazo a los planteamientos de los vigentes convenios que actualmente estructuran las políticas de drogas, y del que se deriven las indicaciones preceptivas para que los estados miembros adopten en sus legislaciones nacionales el nuevo modelo y establezcan la creación de organismos que lo pongan en marcha a partir del diseño de políticas estatales y planes de drogas generados desde el enfoque sociocultural al que hacíamos referencia y que tengan en cuenta las nuevas realidades que impactan en el universo de los psicoactivos tales como la preeminencia del policonsumo de sustancias en contextos occidentalizados, como hemos visto en este trabajo, o el avance exponencial de lo que hemos definido como el último efecto perverso de la prohibición, las NPS, y los potenciales problemas que derivan del hecho de que se traten de sustancias 322 psicoactivas sin recorrido de uso en humanos y de las que se desconocen efectos, interacciones, toxicidad, dosis activas y letales, etc.; y que existen debido a la falta de regulación de las llamadas “drogas tradicionales” a las que tratan de imitar. Una acción clave a desarrollar en el nuevo modelo cultural de regulación y normalización consiste en la creación de lo que podríamos denominar un “atlas de los usos de psicoactivos”, en el que se recojan los diferentes usos existentes, tanto tradicionales como no tradicionales o neotradicionales, así como las sustancias usadas en cada caso, sus contextos y sus lógicas. Esta tarea debe ser responsabilidad de la antropología, cristalizando en el citado documento que debe servir de referencia en la gestión positiva del universo de los psicoactivos y constituir una granaría para el reconocimiento y la protección de derechos individuales y colectivos de usuarios, grupos y movimientos sociales y culturales. Hemos de ser conscientes, no obstante, que sin la adecuada preparación y orientación y sin la debida formación e información, aspectos que se derivan del actual sistema de fiscalización, aumentan exponencialmente las posibilidades del desarrollo de consumos problemáticos y/o itinerarios personales nocivos. Por ello la regulación legal y la normalización social han de ir obligatoriamente acompañadas de recursos pedagógicos y formativos, espacios de encuentro y asesoramiento y mayor desarrollo de acciones y organismos estructurados desde la gestión de placeres y riesgos, asumiendo la existencia mayoritaria de relaciones no conflictivas con los psicoactivos, y superando el enfoque de la reducción de riesgos. Este hecho debe incidir tanto en los usuarios como en los profesionales que se relacionen con ellos, además de ser accesible al conjunto de la sociedad. Del mismo modo, se ha de quitar peso a todas las acciones que partan de planteamientos de prevención de los consumos, ya que esta idea ofrece continuidad al planteamiento que considera el uso de psicoactivos como algo 323 potencialmente negativo que hay que evitar, por lo que establecer medidas en esa dirección supone un secuestro de la libertad de elección, aspecto que compete únicamente a cada persona. Pero que nadie piense con los cambios legislativos previstos van a desaparecer todos los problemas relacionados con este tipo de sustancias. Una regulación como la planteada va a ayudar a desaparecer la mayoría de los efectos secundarios –los producidos por la actual política (adulteración, control social formal a amplias capas de la población con riesgo de inicio en conductas delictuales, blanqueo de dinero,…) –, pero también van ser necesarias campañas de información, de prevención y programas para reducir riesgos y evitar daños con determinado tipo de consumos. No desde la moralidad sino desde los derechos, libertades y responsabilidades que tenemos las personas (Arana, 2005: 135) En definitiva, siguiendo a Baratta (1991), el actual sistema global de fiscalización de psicoactivos funciona como un sistema autorreferencial que se reproduce material e ideológicamente, esto es, se da una mitosis de cierta imagen construida desde una perspectiva negativa de la realidad de estas sustancias, consiguiendo a través de los distintos actores que forman parte de la misma que tal imagen arbitraria adquiera rango de verdad. A lo largo de estas páginas nos hemos aproximado a la manera en la que el sistema prohibicionista, su lógica, logra reproducirse ideológicamente de la mano de entes gubernamentales y diferentes actores sociales afines consiguiendo instituir una visión dominante que no se corresponde con la existencia de personas y grupos que viven realidades donde los psicoactivos son generadores de efectos positivos, son vertebradores de sus prácticas e incluso sirven para estructurar sus cosmovisiones. El movimiento global Psytrance es un ejemplo paradigmático de esta realidad, nacido a partir del desarrollo tecnológico y la explosión de nuevos movimientos de la espiritualidad, integra el consumo de psicoactivos entre sus participantes como elemento central de su ethos, siendo que en base al actual sistema de fiscalización este grupo y sus miembros realizan prácticas ilegales e ilegítimas y sus ideas son potencialmente sancionables desde el discurso del tabú de la droga. Este hecho supone un claro atentado contra los derechos individuales de 324 los tranceros y tranceras y contra los derechos que como colectividad les asisten, lo que se agrava al verse afectados a distintos niveles por los efectos perversos que derivan de tal sistema. Si tales creencias y prácticas aparecen en el seno de las sociedades actuales, y el movimiento Psytrance no es el único ejemplo, es fundamental e ineludible que se establezca una cambio de rumbo legal, que ofrezca garantías a individuos y grupos y no los sancione ni criminalice; y una modificación de la imagen mental dominante sobre estas sustancias, sus usuarios y sus muy diversos usos, deconstruyendo un tabú que homogeniza desde lo negativo un hecho social total heterogéneo, diverso y culturalmente enriquecedor. En última instancia, la disciplina antropológica debe, por su naturaleza epistemológica y metodológica, jugar un papel fundamental en este proceso de cambio, en su visibilización y en la protección de derechos individuales y colectivos. 325 Conclusiones Esta tesis es el resultado de la investigación realizada sobre un mismo grupo en distintos contextos geográficos y culturales, que más allá de las particularidades locales que definen aspectos concretos del desarrollo del mismo en distintos espacios, conforman una realidad común al compartir las dimensiones centrales que dan pie a su existencia. Los discursos y las prácticas que hemos conocido durante la investigación nos permiten reconocer un hilo argumental común que incide en cuestiones trascendentales que estructuran en buena parte la cotidianeidad de las personas que lo componen. Nos encontramos pues ante una realidad compartida que sólo puede entenderse atendiendo a las condiciones materiales e inmateriales específicas de nuestro tiempo, una realidad que es minoritaria en participantes y que no está reconocida pues ha encontrado en su falta de visibilidad un espacio en el que sentirse segura en tanto que es sostenedora de determinadas prácticas consideradas ilegítimas e ilegales, una realidad que debe ser entendida en estrecha relación con la espiritualidad. Estas cuestiones, entre muchas otras, definen al movimiento Psytrance y a partir de su ejemplo ponen sobre la mesa un hecho con múltiples ramificaciones, a saber, la existencia de diversidad cultural supone un problema en la gestión de las sociedades cuando esta no es connivente con el orden establecido. Por lo tanto, este estudio tiene una vocación de servicio público en el sentido que pretende poner el acento sobre una situación dada en nuestra sociedad así como en los diferentes enfoques que la constituyen; así, más allá de las narrativas investigadas y de las posiciones que sostienen los actores involucrados, lo que aquí se presenta pretende poner de relieve una práctica social existente que está revestida de una ideología determinada la cual, desde el punto de vista de la investigación antropológica, debemos entender subordinada a dicha práctica social. La única diferencia que se me ocurre entre investigación antropológica básica y aplicada es que la segunda incluye entre sus objetivos una meta social, que exige 326 que ciertos temas sean investigados y se inserten en el contexto más amplio de indagación, y que deban considerarse críticamente a la luz del conjunto del conocimiento previo y del adquirido en ese proceso (San Román, 2006: 395) El desarrollo tecnológico del último siglo, en especial en lo relativo a las herramientas informáticas, a las de comunicación y a los transportes, han exacerbado algunas de las dinámicas que son inherentes al ser humano como aquellas relativas a la producción cultural. Estas herramientas han facilitado la intensificación de la hibridación en los grupos humanos y la diversificación del producto de tales contactos a partir de un esquema de apropiación y reinterpretación de prácticas e ideas procedentes de todo el globo. En este sentido, es innegable que las tecnologías que hemos desarrollado forman una parte indispensable del mundo en el que vivimos, de igual manera que se han configurado como una extensión misma del homo faber, hasta tal punto que existen ámbitos donde resulta complicado establecer las fronteras entre humanos y máquinas. Más allá de algunos de estos ámbitos donde dicha unión se hace patente en el plano de lo físico, como en lo relativo a la biotecnología, en este texto se presenta un formato de hibridación en el plano de lo mental y simbólico. El movimiento Psytrance se configura como un constructo social vertebrado a partir de la consideración de la tecnología como un elemento clave para entender la propia existencia de nuestra especie, así como para trascender los límites de nuestra existencia física en pos del contacto con lo inefable, con lo numinoso, con lo que está más allá. La sacralización de la tecnología que aquí se pone de relieve se articula a través de los discursos y las prácticas de este grupo, cuya realidad está en las antípodas de los relatos tecnológicos distópicos donde la tecnología es una extensión del poder que se utiliza para controlar y oprimir a los individuos, defendiendo la existencia de otras posibilidades en las que las herramientas tecnológicas se ven alineadas con sectores contrahegemónicos que postulan propuestas societarias enfrentadas a la vertebración social dominante que emana de la estructura. 327 Como ya hemos planteado en distintas ocasiones a lo largo de estas páginas, la existencia y presencia de psicoactivos en las sociedades humanas es incuestionable hasta tal punto que el debate sobre la prohibición se vacía completamente de sentido en lo que a su objetivo último se refiere, esto es, a la consecución de una erradicación de dicha presencia y de las relaciones que se establecen entre estas y grupos e individuos cuando se producen al margen del paraguas legitimador de las instituciones hegemónicas. Este hecho de la legitimación desde lo hegemónico tiene su reflejo tanto en el ámbito de la legalidad como en el de la contaminación simbólica; y en casos como el que presentamos, el de un movimiento asociado a la nueva espiritualidad que encuentra en los psicoactivos argumentos para desarrollar su forma de entender y estar en el mundo, se postula como el resorte principal a través del cual se activan una serie de efectos perversos para grupos e individuos que van desde su invisibilidad y el consecuente déficit en el disfrute de determinados derechos que les corresponden como el del acceso a la información, la protección de la salud, la seguridad jurídica, la libertad de prácticas y creencias, etc.; hasta la vivencia de procesos de exclusión y/o estigmatización que acaban desembocando en itinerarios problemáticos por intermediación de una profecía autocumplida, ya sea esta asumida por los propios actores que se relacionan con estas sustancias, por aquellos otros que desde fuera sancionan moralmente tales actos, o por una combinación de amabas. El panorama global de las llamadas “drogas” se encuentra en un continuo cambio, no obstante, las transformaciones sociales de las últimas décadas con el desarrollo tecnológico y de la comunicación han exacerbado esta tendencia haciendo que la tradicional estrategia global de lucha contra dichas sustancias promovido durante el último siglo haya quedado completamente obsoleta y carente de eficacia, si alguna vez la tuvo. Esto queda claramente reflejado en el surgimiento de una industria alegal de nuevas moléculas, las denominadas research chemicals, que se adapta perfectamente al vigente sistema de control internacional para eludirlo y proveer de química a 334 los grupos e individuos que proponen y sostienen modelos alternativos se ven envueltos en dinámicas de negación y estigmatización. Por ejemplo, el impacto del desarrollo de la música electrónica es un hecho innegable e indisoluble de la relevancia que la música ha tenido y tiene para nuestra especie en relación a múltiples dimensiones de nuestra existencia. No obstante, quizá sea más fácil percibir el alcance que esta puede tener para personas y grupos que conviven con ella de forma asidua, en este caso para individuos que se sitúan en franjas de edad más tempranas. Y aunque no podamos predecir el futuro, si atendemos al proceso de expansión y diversificación que este tipo de sonidos han experimentado, no podemos sino considerar que en el presente su presencia es incontestable en la práctica totalidad del globo, y que sus múltiples resignificaciones y la gran variabilidad de formas en las que se presentan y la pluralidad de contextos en los que se insertan son suficientes para otorgarles la importancia que tales dimensiones suponen para la humanidad. En definitiva, los elementos clave que se han puesto de relieve en este texto poseen un peso específico en cuanto al análisis de la realidad que supone el movimiento Psytrance, así como para aprehender la variabilidad de dinámicas culturales que están presentes en nuestras sociedades en este momento. No obstante, el valor último que presenta el análisis de dichos elementos ya ha sido mencionado en distintos partes del documento, y es que la forma concreta en la que se articulan en base a un cuerpo de prácticas y creencias que van en la dirección opuesta de la normalidad dominante o hegemónica, constituyen una propuesta de alternativa societaria. De esta manera, pese a que como apuntamos no podemos hablar de una narrativa política explícita por parte de este movimiento, que no esgrime eslóganes, ni posee mecanismos para la promoción de un discurso totalizador que pretenda presentar la realidad de manera unívoca, ni tiene un fin definido en cuanto a la consecución de un modelo de sociedad en determinada dirección; la naturaleza, el sentido y las 335 características de los encuentros que realizan constituyen la materialización de una propuesta societaria. Podríamos decir que dichos encuentros, así como la existencia misma de este movimiento, se configuran como el producto de planteamientos que podrían catalogarse como subversivos y antisistémicos al hacer carne una forma diferente de vivir y socializarse que rechaza parte de lo establecido sin la intermediación de un guion estructurado previamente. Entonces, ¿qué papel debe jugar nuestra disciplina en este proceso que acompaña al ser humano desde el principio de los tiempos pero que debido a su intensificación es generador de situaciones de incomprensión e indefensión? Las tres crisis en la historia de la antropología, y las respuestas que se dieron, nos permiten prever la necesidad de nuevas reinterpretaciones del proceder de la disciplina acompasadas a los cambios societarios. Así, si el objetivo del reconocimiento de la diferencia transcultural debió reenfocarse hacia el reconocimiento de la diferencia intracultural en pos de la protección de la diversidad humana como rasgo inalienable de nuestra especie, no es descabellado pensar que lo intracultural debe ser considerado también desde una resignificación del peso de la dimensión intergeneracional dado lo vertiginoso y conflictivo de la mutación del hecho cultural en un mundo que no tiene visos de reducir la velocidad y profundidad de los cambios que le afectan. Si la hibridación y la reinterpretación constituyen una constante en la construcción del sentido de los grupos e individuos y de las prácticas que de ellas emanan, ¿qué justificación podemos esgrimir como antropólogas y antropólogos para permanecer impasibles ante la negación de estas dinámicas y de sus resultados? Claramente ninguna. La inacción derivada de la connivencia con las categorías moralizantes que emanan del rígido estatismo hegemónico y que niegan la existencia de otras posibilidades, suponen un atropello a la diversidad que debemos defender, al menos, dando cuenta de su existencia. No se trata de estar a favor o en contra de los matices que están presentes en las nuevas propuestas como la que aquí se 336 recoge, nunca se ha tratado de eso, por el contrario la obligación se enfoca a documentar su existencia, analizar su alcance y promover su reconocimiento. Las realidades humanas son tremendamente complejas, he ahí la clave de la existencia de nuestra disciplina, y es precisamente esa complejidad y lo problemática que resulta la que hace imprescindible el trabajo de la antropología, ya que es innegable que la lógica que la articula nos permite aprehender lo que una gran mayoría no alcanza a percibir, lo que no se cuestiona porque se da por supuesto. La antropología sólo puede ser útil si es capaz de poner de relieve lo que su mirada percibe, de transmitir la importancia de lo observado desde la perspectiva que le otorga su posicionamiento en el mundo, de proteger el fruto de la diversidad nacido de la propia naturaleza humana; lo contrario no hará que este desaparezca sino que únicamente favorecerá nuestra propia incomprensión y supondrá que la diferencia se perpetúe como la justificación de la desigualdad. Esta heterogeneidad característica de los grupos humanos y sus realidades obliga a los antropólogos y antropólogas a desarrollar etnografías de forma igualmente diversa: construyendo un marco teórico concreto, dando más peso a tal o cuál aspecto, utilizando determinada metodología, eligiendo esta o aquella técnica, etc. En este sentido, el análisis de las implicaciones éticas de una investigación específica no coincidirán con las de otra cualquiera sobre el mismo tema, como no lo harán los medios que cada investigador utilice para solventar los dilemas que puedan surgir a lo largo del proceso, ni lo hará el planteamiento esgrimido relativo a la utilidad práctica y social de la misma en base a la hipotética asunción de una dirección determinada en una potencial aplicación de los resultados. No obstante, sostenemos aquí una visión que otorga una importancia vital a la dimensión útil de la disciplina en general, y de esta investigación en particular. Y es que al acercarse esta a un cierto tipo de realidad transgresora (Noel, 2011) el reto que genera es titánico, debiendo ser enfrentado con una dosis aun mayor de responsabilidad social. 337 Así, creemos firmemente y nos identificamos completamente con la siguiente afirmación referida a la importancia de la aplicabilidad de las investigaciones en Antropología, a saber, “es propio de otro tipo de investigadores con menos reparos en adquirir compromiso con la gente con la que trabaja, si es que uno confía, como yo lo hago, en el valor de la Antropología para la vida” (San Román, 2006: 408) 338 Bibliografía Alberdi, A. (2011) Todo lo que quiso saber sobre drogas y nadie se había molestado en contestar. En B. Macías (Coord.), Drogas: Algunas respuestas a tus preguntas sobre psicoactivos y otras sustancias (pp. 5-15). Barcelona: Diagonal Albert, M. y Hernández, M. (2014) Los movimientos psico-espirituales en la modernidad Globalizada: Una mirada desde la ciudad de Valencia. 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