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Ambientes de antaño : (evocaciones sevillanas)

Chaves Rey, Manuel (1870-1914)

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A oia EN AS ÓN DA 7% se ss E de as te ca! A q ANS $ PS e AUS A e ¿0 O RO PA) SM OxXO% 27 e 0 o o: a 9) - AMBIENTES DE ANTANO (Evocaciones sevillanas) POR MANUEL CHAVES BELLAS LETRAS Y NOBLES ARTES DE CÓRDOBA Y DE La HISPANOAMERICANA DE CÁbiZ; NUMERARIO DE LA SEVILLANA DE BUENAS LETRAS Y CRONISI1A OFICIAL DE SEVILLA. SEVILLA Tipografía de la Guía Or1ciAL 1914 CORRESPONDIENTE DE LA REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA; DE LA DE 7 's propiedad del autor. asa hechoscldpstt * to que marca la Ley. SR. D. VICENTE GÓMEZ ZARZUELA. Mi excelente amigo: No necesita, á la verdad, prólogo, introducción ni preliminar este libro, donde á manera de galería figuran una serie de cuadros históricos anedócticos sevillahos, sin farragosa erudición, sin enojosas citas, Sin prolijas notas, pero donde he pretendido dar la sensación de figuras y hechos que fueron, evocar cosas pretéritas de mi país con el ambiente de aquellos tiempos. Si en todos estos breves cuadros hallan V. y el lector algo de arte, algo de espíritu que anime y vuelva á dar vida á lo que fué, se verá satisfecha mi vanidad y casi pagados los deseos de quien escribió estas páginas en medio del trabajo fatigoso y apremiante del periodista, acaso contrario á todo primor de literatura é incompatible con toda meditación previa y tranquilo espíritu. : Acepte V., mi buen amigo, la dedicatoria de este volumen y ya sabe que es su affmo. Manuel Chaves. 10 de la política del soberano y también más temibles los tristes destinos de aquel rey sin ventura.» El que por el orden riguroso le correspondía ser Alfonso XII, contaba escasamente cuatro años cuando murió: tierna flor que despiadada se llevó la muerte, su partida objeto fué de gran sentimiento en la ciudad hispalense, donde tantos afectos tenía don Pedro, siendo con gran pompa sepultado el pobre niño en la primitiva capilla de los Reyes de la Catedral, que entonces se edificaba. Tan honda fué aquella pérdida que hasta el frío y duro López de Ayala recoge el sentimiento que la muerte del principe causara, expresándose de este modo: «E fueron fechos por el rey muy grandes llantos en Sevilla e en todo el reino e en Calatayud mucho mas, por cuanto el maestre de Santiago don Garci Alvarez de Toledo que alli estaba, era su mayordorio mayor e estaban con el dicho maestre muchos caballeros e escuderos vasallos deste infante don Alfonso, que entonces muriera, que ficieron por el grande llanto.» Un mes después de expirar el hijo, don Pedro hacía su testamento, y era su primer cuidado recordarlo en el documento, junto con la mujer amada, manifestando clara y precisamente su voluntad, al decir: «.,Mando que mi cuerpo sea traido a Sevilla e que sea enterrado en la capilla nueva que yo agora mando facer, e que pongan la reina doña Maria mi muger de un cabo a la mano derecha del otro cabo a la ma- 11 no izquierda al ¿nfante don Alfonso mi fijo primer heredero.» o La historia en general, en el inmenso cúmulo de hombres y sucesos de que trata, ¡qué poco se acuerda del pobre niño, nieto de Alfonso XI, que pasó ligero y fugaz por los días revueltos y negros de un reinado de sangre y de tristezas! María Padilla y el príncipe Alfonso, tan débiles, tan delicados, madre é hijo, fueron quizás los dos seres que lograron conmover el alma de bronce, y refrenar el impetuoso corazón de aquel rey, ante cuya personalidad aún se detiene el espíritu sereno, sin atreverse á emitir el fallo firme y definitivo. [] Micer Francisco Con su padre, Jaime Imperial, desde Génova vino á Andalucía, siendo mozo. El padre fué joyero del rey don Pedro de Castilla; el hijo fué grande é€ inspirado poeta. El padre ganó buenas doblas con sus primorosas labores de orfebrería; el hijo ganó gloria con sus versos, nunca oídos hasta entonces en la corte. Micer Francisco hizo de Sevilla su segunda patria; amó su cielo, sus mujeres y los encantos todos con que Natura la dotara. En Imperial empieza la escuela sevillana y sus Dezires galantes, delicados, sonoros, hicieron las delicias de hermosas damas y estimularon la inspiración de una juventud á la que pertenecieron un Ferrant Manuel de Lando, un Páez de Rivera y tantos otros. Imperial trajo á la literatura española el espíritu de la poesía dantesca y la influencia honda y decisiva de la escuela italiana... En lengua que no era su nativa lengua, dejó escritas bellas estrofas que nos evocan 25 de SR e 13 hoy figuras, costumbres, sucesos y lugares de aquella Sevilla á fines del siglo XIV, que sólo adivinamos á través de las espesas brumas de los siglos... ¡Con cuánta sinceridad y viveza exprésase el poeta al cantar las gracias de /strella Diana, y de Isabel - González! ¡Con qué gracejo contesta á fray Alfonso de la Moja, y con cuán adecuado tono canta loores al infante don Fernando de Aragón y al nacimiento del que luego fué rey don Juan!... Es su obra maestra el Dezir de las siete virtudes; pero más que en aquel alegórico poema, donte tanto empeño puso, agrádame el vate genovés en sus composiciones sueltas y espontáneas, hechas á circunstancias donde su inspiración campea libre y su personalidad se destaca poderosamente. ¿Qué importa que la posteridad sepa poco de los detalles de la vida de Imperial y no pueda seguir con documentos, paso á paso, los hechos de su existencia, que se prolongó hasta los primeros años del siglo XV? Ahí están sus versos, que ocupan de las más preciadas páginas del Cancionero de Baena; ahí está su obra, viva y palpitante, para demostración de su alta mentalidad, para recreo de los cultos, para veneración de los que aman estas viejas joyas de la literatura castelana, que nos traen ecos de otros hombres y de otras sociedades ya muertos en el pasado. La musa de Imperial dejó profunda huella: fué renovación y reforma en su tiempo, despertó almas al sentimiento y deleitó á la mujer... ¿Qué más puede aspirar un poeta? | 10 | Lasinscripciones | de la portada Un gran poeta español, recordando cómo empleaba el tiempo el monarca Fusticiero en su alcázar sevillano, ha dicho: «...y vió poner la portada de cincelados maderos, y él mismo dictó las letras que aún hoy notamos en ellos. » Lector, ve ahora cómo es cierto lo que el duque de Rivas escribió en uno de sus más famosos romances: E sk Aquel día está su alteza el señor rey don Pedro más sosegado y tranquilo que los anteriores; la dolencia que desde Teruel le ha obligado á buscar el camino de Sevilla, ha desaparecido casi por completo; el Prior de San Juan y la gente de á caballo y de á pie que de- 15 Jó en Murviedro para defender esta plaza del monar- Ca aragonés, le inspiran la mayor confianza, y como no ha tenido nuevas de Farax Reduam, supone que' habrá ya entrado en Orihuela á talar la villa, sín que quede home de Aragon que sea preso, que non. sea luego Miutsrto, como tiene mandado. El rey está, además, contento porque ve cómo adelantan las obras de su palacio, gracias á la.acti- Vidad € inteligencia de los artífices mudéjares que tiene á su servicio, y en los días que lleva en la ciudad, después de su regreso, ha podido observar atentamente con cuánta pericia y gusto trabajan pintores y alarifes en el adorno del nuevo Alcázar. Una legión de yeseros, azulejeros, torneros, carpinteros, imagineros, etc., granadinos, toledanos y de la tierra de Sevilla, no dan reposo un momento á sus tareas, y gracias á ellas pueden verse ya concluídos los departamentos del Cidral,' del Lagarto, del Crucero, etc., que ofrecen aspecto deslumbrador. Los zócalos de mosáico que adornan las galerías del Patio de las Doncellas, han merecido su real aprobación; el salón para los Embajadores, le complace Por su riqueza y por el primor con que se han tallado Sus puertas al gusto africano; en los dos aposentos Próximos, le agradan sobremanera los medallones que - resaltan en la complicada yesería de las paredes; pero nada le parece tan majestuoso y digno de la residencia de un rey de Castilla, como la portada, coronada por artístico alero, encerrada en dos pilástras á toda altura, y en la que el oro y los colores más brillantes, le dan soberbia vista, De LO En compañía de don Egeas de Córdoba, de Fernán Alfonso de Zamora, de Diego González Oviedo y de otros caballeros de la corte, el rey ha permanecido la mañana de este día que refiriéndote voy, y que es de los primeros de Julio de 1364, largo rato contemplan- o cómo están ya para concluir las pinturas y labrame de la portada de sus Alcázares, y no ha sido á la e parco en los elogios, que la obra lo merece, siendo hartos acreedores á obtener mercedes los homres que en aquella primorosa fábrica y acabada labor se han ocupado. | Mas don Pedro quiere por sí completar el adorno; quiere que resalte de tan monumental construcción algo de su propia iniciativa personal, y así anda discurriendo que no son suficientes los escudos de la Orden de la Banda, que ha hecho colocar, ni el mote de los Al-Ahamares, que allí se repite, para dar testimonio de su buena amistad con los artífices mahometanos. Tras de un buen rato de contemplación y de cambiar algunas palabras con el artífice que sabia y gravemente dirige los trabajos, don Pedro hace llamar á Maestro Ferrán de Arévalo y le ordena que apunte lo que va á dictarle. > Dispónese el viejo á obedecer á su señor, y éste ordena que las palabras por él dictadas se escriban, en grandes caracteres monacales, en la parte superior de la portada, y en forma y modo que por todos puedan ser leídas. Y la inscripción dictada por el hijo de Alfonso XI dice de este modo: 4/ muy alto, e muy noble, e muy po- 17 deroso, e muy conqueridor don Pedro, por la gracia.de Dios rey de Castilla et de Leon, mando facer estos alcazares, estos palacios e estas portadas, que fue fecho en la era de mille et cuatrocientos y. dos. + + ds Después de seis siglos que han pasado sobre aquella soberbia portada; de las generaciones que por el palacio han discurrido; de tantas y tantas vicisitudes de los tiempos, y después, en fin, de los monarcas que en el Alcázar sevillano realizaron obras y se esforzaron por dejar en el edificio el recuerdo de su persona, se ha olvidado casi todo, y el viajero y el curioso que hoy penetra enel Patio del | León sólo recuerda el nombre de Don Pedra, el muy alto e muy poderoso e muy congueridor, como si su sombra fuera el aliento y el alma del gran edificio, IV Maestro Juan de Aviñón El arzobispo don Pedro Barroso adoleció aquel año de unas muy pertinaces calenturas: maestro Juan de Aviñón, su físico, apenas se apartó de la cabecera de la cama del paciente, y merced á sus cuidados y desvelos, logró alivio el reverendo prelado. Sanó éste, por fortuna, y en las horas de la convalecencia gustaba de las frecuentes visitas de hombres quienes departir en la cámara. Por eso aquella mañana de 139... está su eminencia en sosegada plática con el de Aviñón, que es de los más considerados, discurriendo de diversas materias, y en particular de las tocantes al regimiento de la salud, en que es tan reconocida autoridad el buen físico, pues nadie como él en todo el reino de Sevilla estudia y conoce á Hipócrates, á Averroes, á Rassis, á Bernardo, á Avicena y á Juan de Santo Amando. Veinte años hace que maestro Juan de Aviñón 19 Sirve al señor arzobispo, y en este largo: tiempo que reside en Sevilla, ha estudiado con preferencia su aire, su suelo y sus alimentos, y como él no ha leído ningún físico que apuntase regla especial para preser- Varse de las enfermedades comunes en esta gran cludad, y como ha estudiado mucho, convencido de todo ello, el arzobispo le ha encargado que escriba un libro donde toda su ciencia-y gran saber quede para enseñanza y aprovechamiento del común de las gentes, Y maestro de Aviñón, obediente á las órdenes de su señor, ha comenzado meses há su magna obra, á la que ha puesto por nombre Sevillana Medicina, en que trabaja con gran entusiasmo, y está el arzobispo don Pedro tan interesado en el escrito que en varias Ocasiones le ha hecho llevar á palacio los papeles pata conocer las primicias de empresa tan útil y provechosa. Ya en días anteriores, y con la correspondiente Venia, ha traído el físico algunos fragmentos y han Obtenido la aprobación del mitrado don Pedro y de Otras personas graves y calificadas, las partes aquellas en que trataba Del repartimiento del ayre en Sevilla, Del estreñimiento y vaziamiento, De los beberes, Del catamiento, según los cuatro tiempos del año'enel comer, y sobre todo, ha parecido excelente cosa, aquel capítulo en que se explican las señales de la mortandad, entre las cuales puntualiza con admirable precisión la Primera, que es: «cuando veinte dias de Septiembre Aparece a parte de Setentrion cometas y coluninas de fuego y estrellas con las lenguas encendidas. > V] El doctor Salvago . Este hecho que á referirte voy pertenece á la crónica sangrienta de antaño; se trata de un crimen, pero que se aparta de lo vulgar por las circunstancias que concurren y la calidad de las personas que en el hecho intervienen. Si otra preocupación no te detiene, lee estas líneas, evocadoras de un suceso que quizás desconOZCAS. 3 El doctor Juan de Salvago, sobre ser persona gra- ve y calificada, era Alcalde Mayor de Sevilla en 1511, y con esto dicho queda que debía tener relaciones é influencias grandes, pues el cargo traía consigo ambas cosas. Vivía el doctor en calle Francos, en casas propias y bien alhajadas, y estaba casado con doña María Quebrado, hija de don Antonio Quebrado, mujer de quien, á la verdad, no podía decirse cosa que fuera contraria á su buena opinión y nombre. al Mas fué el caso que en el verano de 1512, y en-los últimos días de Agosto, la esposa del doctor, al pasar Por la plaza de los Torneros, fué acometida por un hombre, el cual le dió con un arma blanca tan fieras Cuchilladas que allí mismo murió la infeliz, con gran compasión de los que lo vieron y con gran escándalo de Sevilla, donde tan bárbaro y cobarde crimen produjo impresión viva y fué objeto de las conversaciones de toda la ciudad. : La justicia anduvo lista y el criminal cayó en sus sarras prontamente, sabiéndose entonces que el tal Cra un criado de la marquesa de Moya, que se llamaba Juan Montoro, y que era hombre de bravía condición, desalmado, y cruel, como su delito lo había Puesto de manifiesto, Declaró el reo ante sus jueces, sin poder negar su Crimen; pero apretado más y estrechado por la tortu- Ta, confesó, con asombro de cuantos le oyeron, que la muerte de la infeliz señora la había ejecutado á peti- Ción, ruego é instancia de su marido, el Zicho doctor, Por le complacer. La estupefacción que la declaración produjo fué £norme, pues nadie podía imaginar ni remotamente Que en el crimen se hubiera hallado complicado todo Un Alcalde Mayor de Sevilla, tan serio, grave y tenido en excelente estima como el doctor Juan de Sal- Vago, Y Y fué el caso que llamado éste á la Audiencia, toda la habilidad de la Justicia se estrelló ante la falta de Pruebas y todo el saber de los leguleyos no consiguió acer un rayo de luz en las tinieblas que envolvían el AS a 28 móvil del crimen y el verdadero instigador á él. Verdad es que-los jueces ó alguien que los movían fueron tan aprisa en condenar al autor material del hecho, que el 2 de Septiembre de 1512 era ejecutado, en circunstancias tales que he de reproducir de un documento para muestra de las justicias del aquel tiempo: «Lo arrastraron y le cortaron la cabeza en la plaza de San Francisco, y ambas manos, y lo descuartizaron; y pusieron la cabeza en la picota y la una mano á la casa de la puerta del doctor en cal de Francos, y la otra en el lugar donde la mató en la plazuela de los Torneros, y los cuatro cuartos cada uno á las puertas de la ciudad...» La saña con el criminal fué verdaderamente cruel; que en aquel entonces no se paraba la justicia en ejecutar tales actos de castigo. Pero apenas fué destrozado el cuerpo de Juan Montoro, y apenas el doctor Salvago se vió con algún respiro, malbarató sus bienes, se deshizo de cuanto poseía, v con gran actividad anduvo los pasos, de tal modo, que al poco tiempo entró de fraile en el convento de San Jerónimo de Buenavista, á cuya comunidad desde el día de la ejecución del criado se había aco2ido. Todo el fondo de aquel suceso quedó envuelto en las sombras y nada logró esclarecer la curiosidad popular, más activa, seguramente, que la justicia; pero fué lo cierto que hecho ya monje el doctor Salvago, en los años que hasta su muerte permaneció en clausura nadie como él en la comunidad se castigó con ásperos cilicios y recias disciplinas; nadie se mortificó 29. con ayunos y abstinencias y nadie dedicó más horas á la oración 'y á la vigilia, como si con todo esto pretendiese purgar gravísimos pecados y delitos que torturaran y remordieran su conciencia, ¡Misterios! ¡Misterios!... vil El sí de la viudita Contra su costumbre, don Diego de Haro Sotomayor no pudo llegar á su casa aquella noche antes de dar el toque de Animas en la Merced Calzada. Al pasar por la Cruz de la Parra vió dos mozas que disputaban con un rufián; éste sacó un cuchillo de cachas amarillas y seguramente hubiese mal herido á una de ellas á no sujetarle denodadamenteel brazo de don Diego, que entregó el ufo á un alguacil de los veinte, que por allí pasaba al acaso y que seguramente condujo al bravo, mal de su agrado, á donde no quisiera ir, En todo esto se entretuvo el.caballero, y cuando entró en su morada, sintió el tiempo perdido, pues era urgente lo que tenía que hacer, y no deseaba poner más demora en su resolución. Inesilla la esclava le abrió el portón y le tomó el sombrero, y Petrico el mozo le acompañó hasta su cuarto con un candelero de dos bujías que dejó sobre un bufetillo. SL Una vez solo don Diego de Haro Sotomayor, se quitó la gorguera alechugada, se desciñó la espada y se desabrochó el jubón, que la noche era de las calurosas de Julio. : Por la ventana baja que daba al jardín entraba dulcemente la luna y se descubría un trozo de cielo, claro y luminoso, y las hojas de un frondoso jazmín que se entrelazaban en los labrados hierros de la reja. , Luego, y tras un rato de quictud, don Diego se sentó ante el buletillo, sacó de uno de los cajones un papel y extendiendo la mano á una pluma que en un ancho tintero de metal se aparecia, púsose á escribir con seguro pulso y casi de corrido, como quien tiene muy pensado y meditado lo que va á expresar por la palabra. - Y el de Haro y Sotomayor comenzó á trazar las siguientes palabras: —Mi señora doña Catalina de Cabrera: bien se me alcanza que el aceptar mi joyuela era abrir discretamente una puerta á mi esperanza, y que mi afecto hacia vuestra merced, con este signo tenía desde hoy algún motivo para creerse correspondido con su inclinación. Si ns temiera ser atrevido (aunque puede quizála pasión ser disculpa del atrevimiento), yo rogaría “ála quees objeto de mis ansias que mañana me concediese algunos momentos, que esperando quedo con la mayor inquietud, y agitada el ánima con la más grande zozobra... Todavía siguió la pluma del caballero escribiendo sobre el papel un breve rato, pero no tan de corrido 32 como lo anterior, que no parecía sino que al final de la misiva, las palabras no encontraban la forma clara y al mismo tiempo elegante con que expresar las últimas finezas. Por fin don Diego puso su nombre y rúbrica, leyó un par de veces la carta, dió algunos retoques á las letras ó añadió algún signo que se había escapado y dobló cuidadosa y reposadamente el escrito diciendo en la cubierta: t Para la señora doña Catalina de Cabrera * o Detrás de la espesa celosía que cubre la ventana, la joven viuda del capitán don Rodrigo de Piceño descansa en sosiego, teniendo cerca del sillón en que se sienta un bastidor, en cuya atirantada tela hay comenzado un bordado primoroso. La dama es linda y de pulido rostro, de negros cabellos, rizados y brillantes, de manos finas y delicadas, y aprisionado en el corpiño de tela rameada su talle, hácelo parecer más delgado y esbelto el amplio gwa»- da-infante. «Es la hora del medio día cuando entra en la sala fresca y sombría en que está la señora, la muy honorable dueña doña Marta, calados sus anteojos negros, con paso menudo y lento y dibujando en sus labios delgados una marrullera sonrisa de vieja que pretende ser picaresca. La dueña trae en la mano una carta gue tras breves palabras, entrega á doña Catalina, y luego á fuer 33 de discreta, se retira con el mismo paso quedo y gra- Ve continente. Rompe la nema la viuda disponiéndose á leer el Papel, y en aquel momento turba el silencio de la estancia el canto bullicioso de un canario aprisionado £n pequeña jaula de alambre. Cuando doña Catalina ha pasado sus lindos ojos Por los renglones de la misiva vuelve á doblarla pau- Sadamente y después de quedar un rato con el papel En la mano indecisa de alguna resolución, se levanta y Suarda el escrito en un cofrecillo de madera delicada- Mente tallado. Luego torna al sillón y con mucha menos tranquilidad que antes, y teñido el rostro por un ligero carmín, Vuelve á acercar el bastidor entregándose á la labor con rara y no común aplicación en la viudita. Entre tanto sigue el canario su canto y el cimbalillo del próximo cor.vento de monjas toca la hora del rezo, En el aldabón de la puerta del zaguán de la casa de doña Catalina suenan dos golpes quedos y seguidos, y á los pocos momentos la dueña de los anteojos Entra en la estancia y dice: —Señora: El muy reverendo Padre Maestro Fray Serapio de la Santísima Trinidad. Y la señora, sin levantar la vista de la tela que borda, contesta con voz suave y un tanto insegura: — Que pase fray Serapio de la Santísima Trinidad. * o 34 Al día siguiente por la mañana, en la iglesia del convento Casa-grande del Señor San Francisco, doña Catalina ha oído misa rezada, y cuando, terminado el religioso acto y seguida de la dueña, se dirige á la pila de agua bendita antes de salir del templo, don Diego de Haro y Sotomayor se acerca á la dama y le ofrece dos dedos de sú mano puestos en cruz y que acaba de humedecer. La señora mira al galán un instante, otro instante titubea y después sus dedos tocan los del caballero, que dibuja en sus labios la más galante de sus sonrisas. —Y bien...—balbucea el de Haro y Sotomayor mientras la dama hace la cruz en su tersa frente. —Id, don Diego, esta noche, que hasta las ocho os puedo hablar en mi ventana, si sois tan discreto como enamorado. Por un lado marcha doña Catalina seguida de su dueña; por otro el caballero radiante de felicidad; y entre tanto, desde las sombras de su confesonario sonríe con sonrisa beatífica el muy reverendo padre maestro fray Serapio de la Santísima Trinidad. VIII El Magistral luterano Guardando todo recogimiento, atención y com- Postura está en la Catedral de Sevilla el magnífico Caballero Pedro Mejía, á quien la ciudad y el reino estiman, como á uno de sus más sabios varones, que la honrañ y enaltecen. Con su larga barba que le cae á mitad del pecho, Su rostro enjuto, su traje negro, donde son principal Ornamento las pieles, sujetando entre las manos la gorra abullonada y en reposada quietud, la figura del Cronista de Carlos V, del autor famoso de la Historia Imperial y Cesárea, se distingue entre el apiñado con- Curso de fieles que se congrega ante la capilla mayor ansioso de escuchar la palabra elocuente, fácil é in- Sinuante del predicador que ocupa la cátedra sagrada y á quien sabios é ignorantes admiran, por su mucha ciencia y su grande autoridad en materias teológicas. El doctor Constantino Ponce de la Fuente, Canóni- 80 Magistral de Sevilla, predicador del mismo empera- 42 A todos, con amabilidad y mesura, atiende la hermosa señora de la casa, en quien la discreción es naturaleza y la cortesía hábito, y ellas y ellos, por su parte, no dejan un punto que decaiga el diálogo, que gira sobre la magnificencia de la procesión que va á pasar, y sobre las novedades que este año se dice que ofrecerán las danzas, los carros y las invenciones que han de ir en la comitiva. Para doña Melchora, la danza del año anterior llamada de Los Matachines, fué cosa de gusto; á doña Margarita ninguna le pareció de tanta imaginación como la de Las siete virtudes, que se hizo hace tres Corpus, y don Pedro de Riquelme sostiene con gravedad y reposo, que ni el auto de La Venta del Mundo ni el del Arca de Noé, que imaginaron últimamente en la procesión las compañías de Pedro Valdés y de Antonio Granados, puede compararse con aquella exquisita invención que ofreció el representante Morales en el auto del 27 rey Vabucodonosor, que con har-' ta justicia se llevó la joya que como premio otorga el Cabildo de Sevilla. La respetable doña Constanza, con la venia de los señores, dice que aunque todos aquellos esplendores de la procesión que ahora se hace son muchos, nada le placía tanto como aquel promontorio alegórico llamado La Roca que en su mocedad salía en la comitiva, y que aunque la Custodia, nueva, para el Santísimo, sea muy rica, gustaba más de aquella que había trabajado maestre Nicolás el alemán. Pero el vocerío de la calle crece, aumenta la bulla y confusión en la estrecha vía de Carpinteros y y 43 - damas y caballeros se levantan de sus sitiales y al antepecho del balcón se asoman con ojos curiosos... ¡La procesión se acerca! F Por entre la multitud apiñada se abren paso á viva fuerza los muchachos desarrapados y gritadores que Preceden á la tarasca, asombro de bobos y regocijo de gente maleante. * ox ¡La Tarasca!.. Desde los balcones de doña Jeróni- Ma se ve avanzar pausadamente el pesado armatoste que saca el gremio de poceros. La enorme serpiente, pintarrajeada de verde, con Sus siete cabezas, llevando sobre sus espaldas de Monstruo la torre de cartón por donde asoma de Zar asquillo, se arrastra con lentitud y síguenla los* Moxarillas repartiendo vejigazos á los bobos y la Madre Papahuevos y el Padre Pando, los feroces gisantones cor. pelucas de cáñamo y trajes chillones, que conducen los individuos del gremio de mandade- Tos, Doña Jerónima y doña Melchora sonríen, y doña Margarita y doña Juana hablan por lo bajo, calla doña Leonor, y los dos caballeros, colocados detrás de ellas, fijan entonces sus ojos en los balcones de las “asas de enfrente, donde también hay muchas hermo- Sas mujeres que admirar. Y lenta, ceremoniosa, la comitiva desfila bajo los balcones de doña Jerónima. Los gremios, que co- Mienzan en la Hermandad de los sastres, muy ufanos de haber tenido al conquistador de Sevilla entre sus 44 cofrades; los guanteros, con la imagen de San Cristóbal; los odreros, espaderos, plateros, guadamacileros, calceteros y ceramistas, etc., etc., luciendo todos sus individuos trajes flamantes y precedidos por sus respectivos estandartes. Después las cruces de las parroquias, cada una de un modo adornada en competencia por los sacristanes, los grupos de danzarines, que aquel día ejecutan la danza de Diego Urrea, la de Los turcos y alguna otra no vista hasta entonces en Sevilla y los cast i/lezos, que con figuras del Antiguo y Nuevo Testamento, son objeto de toda ponderación. ¿Cómo fijar las damas y los caballeros del balcón su atención punto por punto en cada uno de los trajes y adornos, en las telas y colorines de los que danzan? ¿Cómo atender á todas sus músicas y sus gestos? ¿Cómo, en fin, pararse en la novedad que cada castillejo ofrece?... La procesión sigue, y el desfilar apiñado de tantos, confunde y marea; frailes de todos los hábitos, muchachos de coro, cantores, clérigos que conducen en andas las reliquias, 27205 cantorcicos á quien algunos llaman sezses, veinteneros, prebendados, canónigos, ministriles, mozos de coro, religiosos y por último la Custodia, la hermosa joya de Juan de Arfe, que nueva y reluciente se ostenta sin modificaciones, tal como la trabajó el artista, conduciendo la Hostia que se deja ver entre el humo del incienso con que la ofrendan. Las damas y los caballeros del balcón se arrodillan, la multitud se prosterna y santigua reverente, y 45 un desalmado mocetón, judío ó luterano, quizá, aprovecha el momento para sustraer lindamente á un grave mercader de la Lonja, que tiene cerca, un rosario de plata que inadvertidamente dejó asomar por debajo de su capa... Detrás de la Custodia pasa el cardenal arzobispo rodeado del Cabildo y seguido de numerosos sacerdotes, la Ciudad con el Asistente marqués del Carpio, la Inquisición, los tribunales, los timbaleros y los soldados... ¿Y quién puede seguir átodo aquel personal indefinible que por la calle Carpinteros ven desfilar desde su balcón doña Jerónima de Villodres y las damas y caballeros que han asistid> á su casa? * kk La procesión se aleja, la procesión sigue por las estrechas vías con dirección á la Iglesia Mayor, dejando tras sí la revuelta muchedumbre que se desparrama por calles y callejas fatigada, sudorosa y alborotada. Cuando la calle de Carpinteros está más sosegada, doña Jerónima de Villodres, después de haber hecho servir un refresco á sus visitantes y después de un rato de reposo, los despide con la misma cortesía que los recibiera. D. Ambrosio de Hoces y Mena, esposo de doña Melchora, al llegar á la escalera queda el último, y mientras las señoras bajan, la dueña de la casa, que permanece en la baranda, alarga una de sus blancas manos al caballero, que imprime en ella un beso SS, ab rías que dejasobre la pe piel como un E sello de fuego. ¡Bien hace «doña Melchora en no volver entonces el rostro! Dias : Le . X El licenciado Rodrigo Caro ¿Es verdad, lector, que echarías de menos en estas €VOcaciones sevillanas que olvidase la figura del li- Cenciado Rodrigo “aro, varón sabio, y acerca del que tanto se ha escrito por nuestros eruditos, siendo de lamentar que aún no tengamos una amplia y completa biografía suya ni hayan podido llegar hasta nos- Otros todas los obras que produjo su docta pluma? Honra de su patria es el autor de las Ax2/¿gúedades de Sevilla; tuviéronle con razón en altísimo aprecio sus Coetáneos, y muy en su punto están las palabras de don Juan del Rio Sotomayor, cuando en su descripción de Utreza, le lama «excelente jurista y grande INVestigador de las antigúedades, en lo que todos le Veneran por maestro», no siendo menores los elogios que le tributó don Pedro Román Meléndez en el Blogo de Utrera, sus grandezas y hazañas gloriosas de sus hijos (1730), y don Juan Boza y Rivera en la Chor grafía de Utrera (1751), raras obras, impresa 48 la primera, y manuscrita la segunda, que he examinado en la rica biblioteca del duque de T“Serclaes. Las más importantes noticias que acerca de la vida y escritos de Rodrigo Caro se escribieron en el siglo XIX, las dieron á la estampa primeramente Vargas Ponce, Gallardo, Barrera Leirado y Asensio, así como también merecen estima las que publicaron Amador de los Ríos, Palomo, Gómez Aceves, Sánchez Moguel y otros. Con todas ellas y aun algunas más á la vista trazó Menéndez Pelayo la biografía del autor, que figuró al frente del primer volumen de obras de Caro, dado á luz en 1883 por los B:¿bli0/ilos Andaluces, á cuya sociedad se debe el que puedan saborear los curiosos é inteligentes, el Memorial de Utrera, las Memorias antiguas de la misma ciudad, los Días geniales 0 lúdricos y otros escritos, que estaban hasta entonces inéditos ú olvidados por la rareza de sus ejemplares impresos: y á la verdad que merecían conocerse, pues como dijo muy bien el prologuista, «autores como Caro merecen que hasta el más insignificante de sus borradores y apuntes se dé á la estampa.» y ES CS Rodrigo Caro se bautizó en la parroquia de Santiago de Utrera en «domingo quatro dias del mes de otubre de mil quinientos y setenta y tres», y fueron sus padres Bernabé de Salamanca y Francisca Caro, que en la misma parroquia contrajeron matrimonio en 5 de Enero de 1570. Estudió en la Universidad de Osuna y recibió las 7 A A 49 Órdenes Sagradas en fecha que hasta.ahora se ignora, Constando, sin embargo, que hasta después de 1617 residió en Utrera, donde ejerció la abogacía con sr an crédito, y que luego se trasladó á Sevilla definitivamente, donde tantos eran entonces los amantes y cultivadores de las bellas letras, y tan buenos amigos Contaba entre ellos el ' humanista utrerano. Ya por esta época tenía escrito su Memorial de villa de Utrera, que terminó en 1604 y que racionalmente hubo de empezar no pocos años antes, pues él mismo confiesa, al frente dela impresión de 1622, “que lo escribió siendo mozo», por lo cual se lamenta Y Previene de la falta de noticias y errores que en su Obra pudieran encontrarse. Dedicado á los estudios arqueológicos, en Sevilla abandonó Caro la jurisprudencia, ejerciendo cargos como los de visitador de partidos, de fábricas y de Conventos, y también de hospitales y cofradías, siendo “ombrado examinador general y consultor de la In- QUisición, que tan complicados asuntos tuvo por entonces á su vista y cuidado. ¡Lástima que entre los individuos del odioso Tribunal veamos el nombre de aquel honrado y pacífico humanista, cuyas excelentes Cualidades tantos afectos le granjearon y del que con Tazón se ha dicho que no tuvo enemigos! Daba á la estampa el Licenciado Caro en el citado año de 1622 su Memorial de la villa de Utrera, y con él, la descripción del Santuario de Nuestra Señora de Consolación y la relación de las inscripciones y anti- : Súedad de su villa natal (trabajo que ya antes había Publicado suelto), obras todas, que fueron impresas 1 la 50 en Osuna por Juan Serrano de Vargas, y cuyos ejem” plares son bastante apreciados de los bibliófilos. La riada que padeció Sevilla en 1626 dióle motivo á Rodrigo Caro, para trazar la curiosísima carta en que describe aquel acontecimiento, y al siguiente año, salía briosamente á la desdichada defensa de /Zavio Lucio Dextro, pues conocido es que el sabio humanista de Utrera fué acérrimo defensor de las estupendas supercherías de Román de la Higuera y Martín de Roa, y. que en casi todas sus obras, como dice acertadamente un crítico, se vieron: huellas y manchas; de aquella farsa, que anubló su clara inteligencia, como también la de muchos autores contemporáneos. Puede decirse que los: dos libros en que con más ahinco y constancia trabajó Caro, y que constituyen sin disputa las mejores de sus producciones, son las. Antiguedades y principado de la: Hustrísima Ciudad de Sevilla y Chorografía de su convento jurídico, y los Dias geniales d lúdricos, que por desgracia quedó inédito á la muerte del autor y del que á falta de original hízose su:impresión por una mediana y. poco exacta copia en 1884. Admiran los conocimientos de que Caro. hizo gala en los Días geniales, fuente inagotable de estudios y de utilidad. hoy para:los Fo/k-loristas. Desgraciadamente, si pareció una. regular copia de esta. obra, perdióse la Mitología hispana, el Discurso sobre la defi- -nición de la poesía y otros trabajos cuyo conocimien- to,serviría de honra, seguramente, para el: nombre de su autor, 5I Pocos le igualaron en su tiempo en conocimientos de la antigiiedad clásica, por la que sentía fervoroso culto, culto que inspiró aquella inmortal canción á Las Ruinas de Itálica que las generaciones no se Cansan de repetir y admirar, y que, atribuída por lar- 80s años al cantor de las flores, Rioja, fué al fin, 8racias á las investigaciones de inteligentes eruditos, devuelta á su legítimo y verdadero padre. Ninguna de las escasas poesías que se conservan del Licenciado Caro, pueden compararse en entona- Ción, fuego y valentía, con las estrofas á las ruínas. Las odas A Sevilla antigua y moderna y A Carmona, la glosa 4 San Zgnacio, el Cupido pendulus, etc., etc., quedan muy por bajo de la anterior, é inútilmente buscará el lector en ellas, aquel acento hondo y profundísimo, aquella entonación de dolor varonil, con que el honrado poeta llora la destrucción del pueblo, Cuna de Adriano y Teodosio, floreciente en letras, temido de Roma y admirado por todas las generacio- Mes, aunque arqueólogos como Berlanga hayan querido quitarle importancia si bien supieron hacer nego- CIO con sus hallazgos. No me detendré en relatar detalles de la vida de Rodrigo Caro, que son conocidos, y que fácilmente Puede consultar el lector en los trabajos de los auto- Fes que cité en los comienzos de este artículo. Falleció el autor de que trato en Sevilla, en 10 de Agosto de 1647, y fué enterrado en la “parroquia de 230 Miguel y en la capilla de Santa Catalina, que era del Patronato de los Caros como constaba en las ins- Ciipciones de sus lápidas, siendo después de 1868 58 mozas del partido, y luego, una á una, han hecho que desfilen ante ellos, permaneciendo con grave continente y con rostros cejijuntos, mientras las examinaban de pies á cabeza y las ES con inquisidoras preguntas. Y terminado aquel desfile, en una sala -baja de cierto edificio que en la plazuela hay se han encerrado los señores de la Comisión y allí han permanecido más de dos horas cambiando impresiones, discutiendo y tomando importantes acuerdos que con el particular se relacionan. El escribano (astuejo, sentado ante una tosca mesa de madera, escribe lo que sus señorías le ordenan, y una de las primeras cosas que le mandan poner en el acta de aquella visita es esto: «Que atento que esta mandado y notificado a los Padres de las casas publicas no reciban en ellas a ninguna muger que á ella viniere sin licencia de los caballeros diputados para que se sepa quien y de donde es y viene; é apareee que en la casa de Andres Velez hay y se ha recibido Mariana Martinez sin manifestarla á ninguno de dichos caballeros diputados, aunque se pudiera proceder a mas rigor por esta vez se condena por esto al dicho Andres Velez, en doce reales, que se aplican y mandan dar a las Recogidas del nombre de Jesus, de la Collacion de San Vicente, del cuarto de las legas.>» Luego el señor Alférez Mayor ha dicho que, según opinión del doctor Cachapero, cierta moza que se presentó algo tímida y medrosa no debe estar en el Compás, y conforme con ello el Veinticuatro y el Ju- 59 tado, el escribano consigna en el papel el siguiente acuerdo: “Asimismo acordaron y mandaron que se notifique a Ana Maria que esta en la cassa meson de Juan Ruiz Galera, salga luego de la dicha cassa y no este en ella hasta que sus mercedes otra cosa provean, S0 pena de cient azotes, atento que ansi conviene res- Pecto de la poca salud que parece que tiene y por el daño que podria causar...» E No son menos importantes para el buen gobierno é higiene de aquellos lugares otros acuerdos: pero el Motivo de que los pareceres se dividan es uno relativo á Angela del Castillo, á quien el caballero Jurado Díaz Castaño parece tener mala voluntad... Al cabo, el acuerdo se adopta y el de la pluma escribe: “Atento a que Angela del Castillo, que esta en la Cassa meson de Nicolas Galan, ha mucho tiempo que esta en la dicha cassa publica y parece conveniente que salga de ella anmsi por su edad como por otras causas, mandaron se le notifique á la dicha Azgela del Castillo salga de la dicha casa publica y no este mas en ella so pena de cient azotes é que se procedera contra ella por todo rigor.> --SOn cerca las seis de la tarde cuando el acta se firma por los señores de la (omisión, y terminada tan importante diligencia salen ellos del Compás de la Laguna por el postigo que da á la Pajería, con to- a la seriedad, pausa y ceremonia con que entraran algunas horas antes. Y cuando van cerca de las tapias de la Huerta de 60 San Francisco, el caballero Veinticuatro dice al caballero Jurado: —Mala chispa es esa Marianilla Martínez que está sin licencia en la casa de Vélez... ¡Y cuidado que parece parlanchina y donairosa la maldita!... Y el Jurado, sin poder contenerse, exclama sonriendo: —¡No lo sabe bien vuesa merced! X1] Visita regia de incógnito Quietud, reposo, tranquilidad augusta de la no- Che... Sevilla descansa, y los suaves rayos de la luña bañan de claridad las silenciosas calles, donde á trechos producen fantásticas manchas de sombras los Pesados arquillos, los aleros de los retablos y las amplias Portadas, labradas en obscura piedra ó en ¡Mpio mármol, de los templos y de las casas señoriaes, Las murallas que á la ciudad circundan y aprisio- Nan, cerradas tienen sus puertas; en los castillos y totTeones rindiéronse tal vez al sueño un rato las guardias, y en la nave velera anclada en el puerto, el ma- Finero descansa de las rudas faenas, mientras á sus eS Corren, mansas y tranquilas, las aguas del padre etis, Allá lejos, hacia un extremo, destácanse en la ban- 62 da opuesta del río la silueta del castillo de San Jorge y la torre de Señora Santa Ana, y al otro se pierde en las lejanías de la curva del Guadalquivir la arboleda próxima á Tablada. La antigua torre que fué de la mezquita Djemá Muxkyauin y ahora da sombra y guarda al templo consagrado á Santa María de la Sede, eleva sus puras líneas como gigante que vela el sosiego de la población predilecta un día, del 2m2uy noble e muy poderoso € muy conqueridor don Pedro de Castilla. En aquellas horas de la noche de Febrero, fría y clara, avanza por el camino de las huertas, en direc: ción á la Puerta Macarena, un carruaje cerrado, cajón obscuro, pesadísimo, del que tiran cuatro mulas con lento andar y al que sigue un jinete con capa y chambergo. ; El coche, que ha salido poco antes del monasterio de San Jerónimo de Buenavista, lleva echada las cortinillas y ninguno de los que lo vieran atravesar el extenso campo del Hospital de las Cinco Llagas y detenerse algunos momentos y seguir luego la marcha, sospecharía que dentro de él va el Rey de PS y de sus Indias D. Felipe IV. Y así es, en efecto; hundido en los almohadones del vehículo, el rey, con sencillo traje negro y gola rizada, sin más distintivo que el toisón pendiente al cuello de una cinta, camina silencioso, y frente á él, grave y ufano de su privanza, don Gaspar de Guzmán, conde de Olivares, duque de Sanlúcar, espía en los labios de su señor una pregunta á la que dar cumplida respuesta. 63 El coche llega á la Puerta Macarena; el embozado € ácaballo, que se adelanta unos pasos á hablar con alguien que allí aguarda, hace una indicación y las Pesadas hojas de la puerta se abren, para dar entrada al Vehículo, que sigue recto y al paso por la calle Real, dejando atrás bien pronto el largo trayecto hasta llegar 4 los Cuatro Cantillos, internándose por calles Cstrechas y mal empedradas, donde el ruido del coche despierta á algún vecino de los que á aquellas horas en el caliente lecho descansan. El coche se detiene, al fin, en las gradas de la Catedral, tan concurridas por el día y tan solitarias entonces, baja Felipe IV, y con el conde duque se acer- <a á una de las puertas del templo, que con disimulo Está Entornada, y tras la que esperan el anciano Deán don Diego Fernández de Córdoba, marqués de Almi- “ana, y varios graves Prebendados. La Ceremonia del recibimiento es breve; ni el ór- Sano suena, ni el altar luce rico ornato, ni el Cabildo eclesiástico despliega la pompa y lujo adecuados al re- Cibimiento de un monarca. Llevando á su derecha al Cán y á la izquierda al ministro, gran privado, el ey Pocta recorre las anchurosas naves, alumbradas por gruesos Cirios; ora breves minutos ante la Virgen de la Sede, penetra en la capilla de San Fernando, donde le Muestran el cuerpo momificado del conquistador de la Ciudad, y ante su vista F elipe IV, hace votos por qUe Se resuelva pronto en Roma el proceso de la beatificación del monarca, por el que tanto se interesa con el Pontífice Gregorio XV. Luego, y en igual forma de acompañantes, se ve 64 entrar á D. Felipe en las capillas de la Basílica, deteniéndose algunos minutos en la de la Antigua, la de Santa Ana, la de la Purificación y la de los Evangelistas, y pasa á la Sacristía Mayor, donde fija su atención en la Custodia de plata, en las llaves de la ciudad, en el Lignum-Crucís y en otras reliquias y objetos de veneración que le son presentados. + FelipeIV es breve en preguntar al anciano Deán y breve y mesurado es éste en contestarle para satisfacer su curiosidad regia. El conde-duque interviene á veces con tacto cortesano en las palabras que entre el monarca y el eclesiástico se cruzan, y al cabo de una hora, por distinta puerta de la que entrara sale el rey, siendo despedido sin otra ceremonia por el Dignidad y los Beneficiados. El carruaje de la pesada caja, de los recios correajes, de las cortinillas echadas y de las cuatro mulas aguarda allí cerca, y Felipe entra á poco en él con su favorito, hablando de que es necesario procurar por cuantos medios sean precisos para que se active por el Papa la beatificación de Fernando IT. Parte el vehículo por las mal empedradas calles, mudas y silenciosas, que ilumina la luna, y sigue otra vez á buscar la calle Real, saliendo por la Puerta Macarena hacia el monasterio de San Jerónimo de Buenavista, sin que de aquella visita regia haya tenido conocimiento ni aun el mismo Asistente de la ciudad don Fernando Ramírez de Fariñas, que tan bien organizados tiene los servicios, y tan extrema actividad ha desplegado aquellos días en que se anuncia la entrada del monarca en la ciudad hispalense. 65 CER die se per- “Y así con todo misterio y sin dio 29 de catara de ello, fué como en la noche : 3 Sevilla el BDrerO de 1624 estuvo por primera vez en tey D, Felipe IV. XIII Maestro y discípulo El señor Francisco Pacheco, alcalde mayor del oficio de pintores, que tan diestra y sabiamente así maneja los pinceles como escribe poesías del más depurado gusto, tiene en el taller, entre varios discípulos que le quieren y respetan, un muchacho, mozo á lo más de quince años, huérfano de padre y de limpio linaje, con tan felices disposiciones para el arte y tan decidida inclinación á él, que con ser Pacheco hombre que no se entusiasma fácilmente, cree que este discípulo—si á Dios gracias no se malogra—ha de ser uno de los mejores pintores de Sevilla. Así se lo ha expresado á su madre, doña Juana Velázquez, viuda de Juan Rodríguez de Silva, la cual, naturalmente, se complace de oir tales vaticinios y se huelga de que su hijo tenga tan adecuado maestro como el que ahora guía sus pasos. 67 ¡En oportuna hora dejó el mancebo el taller donde el desabrido ¿iracundo Herrera el Viejo le dió de ma- A gana las primeras lecciones, porque desde que á los trece años de edad quedó bajo la enseñanza del señor acheco, los progresos han sido rápidos, y á la vista está lo que Diego, que así el discípulo se llama, es Capaz de acometer y llevar á cabo! Ninguno como él más puntual al estudio, ninguno más solícito en preparar los colores para el artista y Cjecutar otros menesteres propios de su condición; ”inguno, en fin, más dócil á las correcciones y á las 3 enseñanzas, ni que con más admiración y gusto halague la Vanidad del señor Pacheco, ponderando sus Obras... Allí, ante el caballete, copiando lo que el profesor 2 ejecutado, ó bien sentado al tablero, manejando Pluma 6 lápiz, Diego se pasa las horas trabajando, sin Que en sus bríos juveniles decaiga un momento el entusiasmo, ni la fe viva y ardiente de un porvenir brillante deje de aparecer á sus ojos... Os demás discípulos, los otros muchachos que 3d €l trabajar, siempre lo ven alegre, placentero y “nimoso, y ni la predilección y favor que con el maestro tiene lo engríen ni los elogios que con frecuencia oye le envanecen... A carácter y á fortuna atribuyen ellos mucho de lo Contento que Diego la mayoría de las veces se mani- Sta; pero, ¡ay!, que ignoran las más íntimas satisfac- Snes del discípulo... ignoran que allá en lo interior la casa del maestro, unos ojos femeninos y unos lOs juveniles le miran y sonríen; que una mano ci lab A XV El general de la flota de Indias El sol alegre de la mañana del 18 de Mayo de 1634 inunda de luz la plaza de San Francisco, llena á la sazón de inmenso concurso, y alumbra un cadalso cubierto de negras bayetas, que en el centro del recinto se alza. De la ya impaciente muchedumbre se eleva un rumor sordo, y las miradas se dirigen, con frecuencia, á la esquina de la Lencería, donde poco antes de las once se escucha un redoble de tambores destemplados, al mismo tiempo que se-abre calle un fúnebre cortejo. Va delante el pregonero de la Audiencia, siguiendo el alguacil Andrés Higuera y un escribano; va des” pués fray Mateo Boano, prior del convento de Franciscanos, y otros religiosos, y montado en una mula enlutada, caminatun hombre de señoril aspecto y de luenga barba blanca, que lleva atadas las manos y 75 Pendiente del cuello la venera de la orden de Santia- 80, que denota la nobleza de su condición. Al llegar á mitad de la plaza el pregonero, se de- NE y Su voz, robusta y firme, dominando el concur- S0, dice con tono de canturia: —Ti£Esta es la Justicia que el Rey Nuestro Señor y sus Reales Consejos mandan hacer á este hombre, por el descuido que tuvo en la perdida de la flota de «Nueva Españas, que tomo el enem igo el año pasado de 1628! ¡Quien tal hace, que tal pague! Un Cstremecimiento de temor agita los pechos. El FS0, con pausado continente, se apea de la cabalgaduta, sube al patíbulo, se arrodilla ante el guardián, que después de un rato de escucharle, alza la. mano para bendecirle, y luego se ve al condenado sentarse en Una silla que en el centro del tablado se aparece. Átale el Verdugo con fuertes cuerdas al asiento, y esgri- Miendo hucgo un largo cuchillo lo hunde por tres ve- Ces en el cuello de la víctima, que expira á la vista del Pueblo palpitante, Aquel hombre que acaba de morir y cuya roja san- Ste brota de las anchas heridas, empapando sus vestiduras, es don Juan de Benavides, de nobilísima pro- Sapia, militar de dilatados servicios y que llegó al ele- Vado puesto de general de la flota de Vueva España. manos del verdugo ha concluído sus días; el patíbulo ha sido el fin de su larga carrera; los detalles de la desdichada empresa que á tan mísero estado lo trajo, he de Contártelos, lector, brevemente, que el caso su- YO €s ciertamente de los que no se repiten mucho en la historia en forma parecida. tie 76 Don Juan de Benavides tuvo á su mando cuatro galeones y diez navíos mercantes, y bien cargadas sus naves de oro y plata en barras, sedas, añil, zarzaparrilla, cochinchina y otros productos de las pródigas tierras americanas, abastecidas aquéllas convenientemente, artilladas con ciento treinta y cinco piezas y una numerosa tripulación, dispúsose á zarpar del puer- to de Matanzas de la isla de Cuba. Para su mal y daño, uno de los más fieros piratas holandeses que aquellos días era terror de los mares, Pietre Pier Hayn, supo el paso de la flota y denodadamente se dispuso á darle caza, contando, como contaba, con regular número de bajeles y cerca de tres mil hombres, de los más decididos y esforzados en estas empresas. Aciago y funesto día el 8 de Septiembre de 1628 para don Juan de Benavides: el pirata atacó la flota y después de algunos incidentes bien lamentables, tanto terror causó la acometida de los holandeses, que abandonaron los españoles en gran confusión los galeones y navíos, refugiándose en Matanzas, y quedó dueño Pietre Pier Hayn de las embarcaciones y de los tres millones de oro y plata que conducía, así como de todos los artículos que para la península venían. La noticia de aquel desgraciado suceso llegó á España á fines del mismo año, y en los comienzos del siguiente el general Benavides desembarcaba en Sanlúcar de Barrameda, donde, apenas llegado, fué preso y conducido con no pocas precauciones á Carmona, en cuyo castillo quedó detenido, abrigando los más tristes presentimientos para su porvenir, si bien al- , 77 80 confiaba el caballero en lo elevado de su rángo y en las altas personas que en su favor habían de abonar. Así Pasó cinco años en cárcel estrecha, con esca- Sas noticias de la marcha de su proceso, y un día de ayo recibió la visita del oidor de la Real Audiencia, D. Antonio Torres Camargo, quien, previas ciertas for- Malidades y sin muy amplias explicaciones, lo trajo Consigs á Sevilla, en un coche cerrado, llegando 4 las Primeras horas de la noche á las puertas de la cárcel, Y Apenas fué entregada la persona de D. Juan de Bena- Vides al Alcaide, presentáronse el regente y el escriba- NO, quienes notificaron solemnemente al sin ventura que los jueces particulares nombrados por el rey pata entender en su proceso le habían condenado á Muerte... Y el día siguiente fué aquel que la plaza de San Fancisco presenció la ejecución del caballero, á quien después de muerto se hicieron solemnísimas exequias, que presidió el duque de Veragua, asistiendo los más linajudos señores de la ciudad y más de doscientos cin- Cuenta frailes, dándosele sepultura en el convento ca- Sa Srande de San Francisco. Entre aquella muchedumbre que llenaba la plaza, quedó viva y profunda la impresión de la terrible escena de la muerte de D. Juan de Benavides, y tan no la olvidaron nunca los que la presenciaron, que muy Anciano ya el eruditísimo escritor D. Diego Ignacio de Óngora, á la sazón un niño, decía lo siguiente aún YCcordando con cierto terror el cuadro: “Yo puedo decir que era muy pequeño, pues sólo 78 tenía seis años cuando se ejecutó; y desde la escuela (que era en Gradas, en casa don Juan Gómez que era maestro de enseñar á leer y escribir), me llevó á la plaza de San Francisco mi licenciado, que se llamaba el licenciado Riera, y se puso en el rincón del juzgado de los Ejecutores, y desde allí me levantó en brazOs, y me acuerdo, en confuso, como de tan poca edad, de verle en el cadalso, y esto puedo testificarlo.» ¡Desde los tiempos en que se ejecutaba en el patíbulo á un general de la flota por haberla perdido, cuánto ha cambiado España! XV! La censura del libro .. Arrellanado en amplio sillón de vaqueta, calados OS espejuelos y con la gravedad del caso, el Licencia- E don Bernardino de Ayestarán y Cardona, del Háula de Santiago y Familiar del Santo Oficio de la Inqusición, examina un voluminoso manuscrito que SObre la mesa tiene, tan enfrascado en la lectura, que “Penas levanta un instante su venerable cabeza del Papel para dar breve tregua á la tarea... La luz del velón, de reluciente metal labrado, re- Cogida por la pantalla, cae en las hojas del manuscrito, que vuelve lentamente don Bernardino con sus dedos huesudos, y en la semioscuridad en que la estancia queda se distinguen dos grandes estantes, con alambr €ras, repletos de volúmenes en pergamino; un Sran cuadro de lienzo con dorada moldura, algunos Sillones de caoba y una gruesa estera de esparto, que abriga y conforta el escritorio de su señoría. En el silencio de la noche, cuando ningún ruído turba ni distrae inoportuno, el sesudo lector va reco- 80 rriendo páginas y páginas, sin que, apesar de su exquisito cuidado y de su alta penetración, llegue á descubrir en el texto nada que sea en daño de su majestad, ni mucho menos de la santa fe católica, ni tampoco de sus ministros; antes bien: á don Bernardino parécele que el libro que para su examen y censura se le ha confiado es de muy sana doctrina y gustoso entretenimiento y apropósito para mover las almas á la piedad, mostrándole provechosos ejeniplos que seguir, al par que sirviéndole de instrucción y enseñanza á muchos que las han de menester... El censor hace un alto de pronto en su lectura, Y al mediar el capítulo XXIV se quita los espejuelos, se respalda en el sillón, y pasándose lentamente una mano por la frente, donde se marcan hondas arrugas, don Bernardino parece quedar sumido en meditación profunda... ¿Dejará sin enmienda ciertas palabras que acaba de leer? ¿Consentirá que circulen y corran entre el vulgo aquellas frases que el autor del manuscrito ha dejado deslizar, con gran atrevimiento, sobre el papel... ¡No y mil veces no! El juício es por demás arriesgado; la especie, grave y ofensiva, y en manera alguna se debe tolerar que tales cosas se escriban, salgan de las prensas de Francisco de Lyra y se propalen en una república bien gobernada, donde se guarda el honor que merecen las memorias más respetadas. Vuelve el señor Familiar á leer lo que llamó su atención; vuelve á meditar con arrugado ceño, y un buen espacio de tiempo permanece abstraído en lo transcendental de la misión que á su cargo tiene, y en 81 lo dañina y perjudicial que es la circulación de impre- Sos donde por cualquier concepto se descubran libertades 6 atrevimientos que no pueden traer consigo más que la confusión, el desorden y el mal. Despiadada y cruel, al fin, la pluma de don Ber- Mardino traza una negrísima línea de tinta sobre estas SUbversivas palabras del autor, que, de no tacharse, DIOVOcarían una sedición, causarían enormes perjuí- “lOs ó serían escándalo de los que las leyesen, por lo Menos: ' *... Movido el rey don Rodrigo de su natural ardoroso, y con muy grave daño para su ánima, hubo de tener amores deshonestos con ura mujer llamada la Cava; y como el rey era dado á las hembras, y esta Cava Poseía muy diabólicas artes para le perder, desde que yacieron en uno, vino la destrucción del reino...» Y cuando el párrafo queda tachado, cuando las P£caminosas palabras han desaparecido bajo negra faja de tinta, don Bernardino vuelve satisfecho, y como aliviado de un peso, á su lectura, y terminada ésta, sin otro tropiezo, escribe luego de su puño en la última hoja del libro que por comisión ha examinado, Que no contiene proposiciones heréticas, ni en el (es nada contrario á la santa fe católica ni á las prerro- Sativas del rey nuestro señor. Porque es lo que se dice á solas el licenciado Ayesterán y Cardona: —Aunque fuera así el señor don Rodrigo, ¿no es desacato presentar á un rey cristiano tan aficionado á las Muchachas)... 1 XVII Las calamidades y el teatro La pertinaz sequía de largos meses trajo grandes daños á la tierra de Sevilla. Los campos, sedientos y tostados por el sol, escasearon de frutos, y con la a restía de ellos, vino el paro forzoso de muchos miles de trabajadores y la situación más aflictiva para ellos y sus familias. ] En la ciudad no tardaron en dejarse sentir los efectos del mal, y aunque había personas opulentas y comunidades religiosas que con liberal mano acudieron al socorro de los necesitados, éstos hiciéronse con el tiempo más difíciles de atender, viniendo á muy grave extremo la situación al presentarse, con alarmante frecuencia, en pueblos muy cercanos cierta enfermedad contagiosa, que sembró el terror en los hogares y amenazaba extender sus estragos dentro de los muros de Híspalis. En tan grave aprieto, y sin olvidar otras medidas, 83 después de bien meditado el caso, determinó el arzobispo que nada sería tan provechoso, por el momens9, como hacer venir á la población al famoso padre Tirso González para que realizase una ejemplar mi- Sión: que tan fervoroso jesuíta estaba bien acreditado ya por el fruto de sus predicaciones, pues la última Vez que en Sevilla estuvo, ocho años antes, en el de 1672, llegó á conseguir la conversión de veintitrés MOros y moras de los más pertinaces en su culto por el Profeta, No necesitó, ciertamente, dos avisos el padre Tir- 50, pues era celoso de su ministerio como pocos, y así, con suma diligencia presentóse á donde era llamado en los últimos días de Enero de 1679, pidiendo seguidafhente lugar apropósito para hacer sus predica- Ciónes, y concedido éste, primero en el trascoro de la Catedral, fué necesario trasladarlo á las afueras del templo, frente á la Lonja, en atención á ser inmenso el concurso que á diario acudía á oir los sermones del jesuíta, cuya palabra, viva y ardiente, sobrecogía y Pasmaba á cuantos tenían la suerte de escucharle. Oyeras tú, lector, aquella voz tremenda que de lo alto del púlpito caía como furioso torrente; vieras tú aquella figura de negro hábito que se alargaba ó se encogía, que se agitaba ó permanecía en estática inmovilidad, según requería el momento del discurso; repararas, en fin, en aquel rostro y en aquellos ojos donde parecía brillar una chispa de la ira del cielo, y también sintieras temor, y creyeras cierto el castigo que merecían tus pecados y las graves ofensas con que habías incurrido en el enojo del Señor. 90 á la Sala de la Real Addiencia, y puso guardias de soldados en la cárcel, y se llevó las llaves. La Inquisición prendió al verdugo, y el Asistente, resuelto á que se cumpliera la sentencia, ofreció la libertad á un mulato que estaba sentenciado á galeras, si se ofrecía á hacer las veces del verdugo. Aceptó el mulato, y cumpliéndose las órdenes de su señoría, el 19 de Noviembre fueron ahorcados los piratas en la plaza de San Francisco, quedando allí todo el día, para escarmiento, y al siguiente descuartizaron los cadáveres y fueron puestos los cuartos en San Telmo.» ¡Bueno era el conde de Salvatierra para dejar que sus Órdenes quedaran incumplidas! ¡Bastante le importó que la Inquisición, para tomar venganza y como medida extrema, lanzara excomunión contra él y contra el Teniente Mayor de la ciudad! Muertos y hechos cuartos estaban los piratas que habían sido cogidos, y ya no era cosa de poder resucitarlos. Que la excomunión se levantó luego, puedes, lector, calcularlo; pero para que te sirva de complemento á este suceso y veas el temple de don García Sarmiento de Sotomayor, conde de Salvatierra, te diré que de allí á poco fué preso en Antequera otro de los piratas del Guadalquivir, y que había sido como el arráez ó capitán de ellos, y que apenas llegó bien custodiado á Sevilla, el Asistente le ahorcó sin más contemplaciones, y sin cuidarse de la Inquisición y sus excomuniones mayores ni menores. XIX Las Casas de la gula Más de treinta eran las Casas de la gula que contaba Sevilla en los días del señor don Felipe IV, y todas ellas hacían excelente negocio, proporcionando á sus dueños ganancias pingúes, con las que libre y desembarazadamente se desenvolvían y prosperaban. De estas Casas de la gula, por si tú, lector, no sabes muy bien lo que eran, pudiera decirte muchas y famosas Cosas, que en el revolver de viejos papeles he Encontrado escritas; pero como tengo que limitarme á breve espacio, bástete saber que se reducían á "nos establecimientos donde servíanse suculentas co- Midas y toda clase de vinos; y donde además había Cuartos separados con sus camas, en que se podía Entrar á dormir á cualquier hora, sin que el encargado de:la casa se cuidara del sexo ni de la: condición de los que en demanda de lecho se le presentaban. N Opinión de la gente ordenada y seria, seguían- 92 se graves perjuicios á las buenas costumbres y á la moral pública con las tales casas, pues apesar de que estaban vigiladas, apesar de que con cierta frecuencia eran objeto de molestas visitas, la concurrencia en ellas de mujeres y hombres, la llaneza del trato que entre todos reinaba y el incitativo de los manjares y bebidas, daban origen á festines y excesos que provocaban escándalos, riñas y trastornos. Los dueños de las Casas de la gula eran hombres redomados y de ancha conciencia, pícaros retirados del oficio, bravucones que habían corrido ambos mundos, y gentes, en su mayoría, que más de una vez habitaron la Cárcel Real ó salieron á la pública vergúenza ó manejaron el remo en las galeras. Los mayores enemigos que su negocio tenía eran los caballeros Jurados del Ayuntamiento, á quienes no había manera de convencer de que tales casas eran de reconocida utilidad y mucho menos de que debían estar libres de toda impedimenta y fiscalización. En 1629 los Jurados hicieron que en el bando de buen gobierno que publicó su señoría del señor Asistente conde de la Corzana, se estrechasen las disposiciones contra el vivir de las Casas de la gula, y entonces fué el mandar que no se admitiesen en ellas mujeres que ganasen por sus personas, ni solteras, ni casadas con maridos ausentes (pena de 600 maravedises); que no se vendiese allí pescado fresco, aves ni caza (pena de dos años de destierro); que no se permitiese juego de naipes, y que á las ocho de la noche en VARO y á las nueve en verano, se cerrasen los establecimientos á piedra y tranca, imponiéndose 400 ma- 93 ravedises por la primera falta y nada menos que el destierro por la segunda. Que estas disposiciones no se cumplieron al rigor, bien puedes, lector, figurártelo; pues contra lo que los señores Jurados deseaban y contra la voluntad del Conde Asistente, en las Casas de la gula de la calle Tintores, en las de la Pajería y en las de la Alhóndiga, continuaron asistiendo mozas del partido, solteras y casadas, y continuaron los cantes, los juegos y el Acaparar la caza y el pescado, que en vez de ir á las Plazas de mercados públicos se llevaba allí para ha- Cerlo pagar á excesivos precios. Había un Román Vizcaíno por aquellas calendas, dueño de una de las más famosas y acreditadas Casas de la gula que contaba Sevilla, y el tal Román, hombre desahogado y fresco como nunca los hubo, aseguraba ante sus parroquianos que así había él de hacer caso de bandos del Asistente como de órdenes del turco, subiendo á tanto en la ostentación de su indisciplina que llegó á oído de la autoridad, y cierta noche que el conde salió de ronda, cayó de improviso Sobre el establecimiento, que en tal hora, aunque tenía cerrada la puerta, estaba llena de gente, que en aquellos momentos se entregaba á los excesos de la Comida, de las libaciones y aun á otros más pecaminosos, Abierta la puerta, penetró el Asistente en el local hecho una furia, poniendo en las mujeres que allí había espanto y en los hombres inquietudes, y salióle al paso Román Vizcaíno, dispuesto á presentar sus £xcusas; pero ¡cuál no sería la sorpresa de su señoría 94 el conde de la Corzana al reconocer entre los que en la sombra estaban á dos de los caballeros Jurados que más le excitaron de continuo á proceder contra las Casas de la gula! Y fué donoso que en aquel mismo año de 1630, y pocos días después de este suceso, los dos Jurados que de tal modo fueron sorprendidos, se apresuraron á firmar un escrito, con otros compañeros, en que representaron al Cabildo de la Ciudad, sobre la urgente necesidad de suprimir las Casas de la gula, por los perjuícios que causaban y lo contrario que era á la moral y al buen gobierno la continuación de tales centros de escándalo y libertinaje. XX Doña Marcela Y tú me preguntarás, lector: ¿Quién fué doña Marcela, y qué hecho memorable, qué hazaña famosa realizó 6 qué importancia tuvo en vida para que su nombre se traiga á estas evocaciones? Y yo te contesto: Doña Marcela no brilló, cierta- Mente, por su santidad ni por sus virtudes; no fué águila que remontó su vuelo á elevadas regiones, ni dejó obras que atestiguasen á las generaciones futuras alto heroísmo, noble desprendimiento ó acendrada fe. La fama y renombre de doña Marcela no fué ruidosa, ni salió á los cuatro vientos, hasta un día, menguado bara ella, en que recorrió Jas calles de Sevilla montada en humilde pollino, tocada la cabeza con gorro de punta, untadas de miel las flacas y desnudas espaldas y Casi cubiertas éstas con plumas de gallina, de diversos tonos, en medio de la general rechifla de los muchachos y gente maleante. 06 Doña Marcela, antes de este suceso, era la “más pacífica y recatada vecina de la estrecha calle Caraballo, en los últimos años del siglo XVIT, y la puerta de su domicilio, humilde de aspecto, y cercano ya á la esquina de la calle Calabaza, pocas veces se encontraba abierta á las miradas curiosas del desocupado transeunte. El silencio y la quietud, la paz y el orden más perfecto parecía reinar en aquel edificio, en cuyos balcones nunca faltaban candilejas de aceite las visperas de la Pureza y de la fiesta del Señor San José, ni la palma nueva, adornada con rojos lazos, en la mañana del Domingo de Ramos. Los vecinos de la calle, á decir verdad, poco podían contar de doña Marcela; solamente al amanecer salía á oir misa á San Leandro, y cuando regresaba, sin detenerse, por cierto, en charlar con criadas ni mozas madrugadoras, veíanla éstas cargada con una talega, donde hacía suponer llevase las provisiones de boca necesarias para el diario mantenimiento, y ya nadie volvía á verla hasta el siguiente día. Yo no sé cómo ni por qué verdadero motivo, pero ello era cierto, que la tal doña Marcela—si se ha de creer á las crónicas de antaño—se había rodeado de cierto respeto y de un airecillo de honorabilidad, que la ponía á salvo de murmuraciones graves que pudieran afectar ni herir lo que con su vida íntima se relacionara.... ¡Cuán lejos estaban de pensar los vecinos que doña Marcela tenía el oficio de alcahueta, «uno de los más útiles á la república», como dice Cervantes, y que 97 era la más hábil, diligente y entrometida andorra ó zurcidora de voluntades que jamás se vió, capaz de dar una vuelta 4 la sin par Celestina y á la misma Doña Trota- Conventos! : Pero vino un asunto que fué digno de que doña Marcela saliera de la oscuridad en que vivía, y trajo consigo su desgracia y perdición, con gran sentimien- to de ella y de los que utilizaban sus servicios. Fué el caso, que el conde de Arenales, mozo atolondrado, de buen ver y conquistador de los irresistibles de su tiempo, puso sitio 4 una fortaleza de la Castidad y de lá virtud, que no otra cosa era la doncella á que voy á referirme, y á quien no le fué en modo alguno posible rendir con ninguna de las armas Poderosísimas que tan excelentes resultados le dieron siempre. Parece que desesperado el condesito con la resistencia, se comunicó con un amigo y éste hubo de ponerlo en relación y trato, con las debidas precauciones, con doña Marcela, y aunque la vieja trotera se negó en un principio, como cauta que era, y luego Expuso que solamente á personas serias y recatadas solía prestar algún servicio, á la vista de varios escudos y con la esperanza de más dádivas, se ofreció de la mejor voluntad al galancete, que parecía estar con muy alta fiebre de pasión y obstinación amorosas. Pasaron días y semanas, entreteniéndose el galán con buenas palabras y con señales que, á decir verdad, nada podía en concreto significar el adelanto de la empresa. El resultado final de ella hubiera sido difícil de 13 98 presumir; pero una circunstancia imprevista vino á precipitar los acontecimientos, y aquí, para no exponerme á una mala interpretación, me permitirás, lector amable, copiar estas líneas del viejo manuscrito que á la vista tengo y donde se da cuenta del caso: <.... Hubieron de pasar una noche cerca de la plaza de los Baños de San Leandro unos mancebos alegres, con los que iba el conde de Arenales, y con los bríos de la mocedad y poca reflexión, se empeñaron por fuerza en entrar en una casa donde vivía, con gran recato, una mujer sola, y hasta entonces de buen concepto, de nombre Marcela, y á la que el conde de Arenales conocía. Y sucedió, que una vez en la casa (donde todos penetraron), se promovió gran escándalo y bullicio, siendo causa de ello el encontrar en una habitación el conde á una muchacha de cuatro días de parida, y de quien estaba enamorado, sin haber tenido correspondencia alguna de ella, y con engaño de su verdadera situación. Vino la justicia y fué presa la vecina de la casa, viniéndose en conocimien- to de que vivía con malas artes.» El caso fué de los que dieron ruído, y el chasco del de Arenales se comentó no poco, por ser el galán de los atrevidos, ocupando unos días aquel suceso la crónica escandalosa de la localidad. Y aquí tienes, lector, quién fué doña Marcela, y las circunstancias que por un momento le dieron notoriedad, cuando salió emplumada á recorrer calles y plazas ante la general rechifla y el más formidable alboroto. XXI Los flatos del Padre Tenía el maestro Juan Salamero cincuenta años en 1766, y cuatro hijas, la mayor que no pasaba de los veintidós, y la más pequeña que no llegaba á los dieciocho. Cuatro mozas de gallardos cuerpos, de lin-. das caras y todas ellas criadas dentro del santo temor de Dios y sin que pudiera decirse ni tanto así, en Cuanto perjudicara su buena fama y nombre. Era el maestro viudo, y el más hábil rapista de todo el barrio de la Feria, por lo cual su tienda era de las concurridas en la collación, especialmente de personas graves y formales que por nada del mundo hubiesen consentido que otra navaja sino aquella les rasurase los rostros. A la caída de la tarde si era verano, y al medio día si era invierno, tenían que ver los parroquianos del maestro “Juan cómo se reunían en la tienda, no solamente á limpiarse las caras, sino á jugar su par- XXI!l Un diarista de 1/93 Apesar de sus títulos nobiliarios, el señor barón de Bruere y vizconde de Brié es pobre y vive en situación bien reducida. El señor barón es francés; ha sido oficial de los ejércitos del rey cristianísimo Luís XVI, pero los sucesos de 1789 le obligaron á emigrar para salvar su pellejo, y de un punto en otro, ha venido á dar en Sevilla, donde se ocupa en un trabajo que, aunque hasta cierto punto conforme con sus aficiones, estaba cuatro años antes muy lejos de sospechar que pudiera servirle para ayudar á su manutenencia, En la capital de Andalucía el señor barón de Bruere se ha hecho diarista, y ha comenzado á publicar, desde el día 2 de Septiembre del año pasado de 1792, un papel á que ha puesto por nombre Diario Histórico y Político de Sevilla, y cayos números procura ir colocando en algunas de las casas más principales y entre las personas más calificadas de la ciudad. 107 El señor don Juan Pablo Forner, magistrado de la Real Audiencia, es protector del Díar7o; el bibliote- Cario de San Acasio más de una vez le favorece con Curiosas noticias; don Diego de Salde no es parco en los elogios al papel, y en las listas de suscriptores no faltan nombres tan valiosos como el del señor Uriurtúa; el del señor Guerrero y Cidón, el conde del Aguila, el de la Mejorada, etc., etc. Es aquella una apacible tarde de Enero, día 27 por cierto, y el digno barón diarista, sale de la imprenta de Vázquez y Sobrino, en la calle de Génova, llevando en la mano el número de su periódico que Corresponde al día siguiente y que están acabando de €stampar más que de prisa antes que oscurezca, pues ya se sabe.que por mucho que pagase, en la imprenta nO trabajarían de noche. Y el señor barón, mientras sigue calle arriba, se Va recreando en su D/a7/o, que ha salido aquel día sin que le falte requisito. En sus cuatro páginas en octavo no ha sacado más que treinta y dos yerros de caja, y en punto á Variedad de materia en el texto nada hay que pedir, y puede igualarse con cualquier Mercurio. Lleva al frente el numerito la vida del saxto del día; siguen las 4 lecciones astronómicas; continúan unas noticias sobre la raza mongólica, que son verdaderamente interesantes, y aparecen después los precios de los gra- NOS, varias pérdidas (entre ellas una muy importante de vales Reales); tres avisos y un recuerdo pará que los que quieran suscribirse sepan dónde han de hacer el pago. 108 El señor barón, apesar de todo lo bien que está el número, lamenta que se quedase sin insertar una poesía que tiene guardada de un joven que se llama José M. Roldán, y que hace versos con sabor místico muy recomendable, y otra de un mozo de provecho que se firma Z2 /ucognito, y que apesar de su corta edad, ya hace tiempo que da una cátedra de matemáticas en el Real Seminario de San Telmo. Calle arriba va nuestro diarista hasta la pila del Diamante, cuando siguiendo por las gradas altas de la Catedral, se encuentra con un señor capellán de San Fernando, que sale de la puerta del Perdón y que es amigo de nuestro exoficial francés... — Y dígame, señor barón — dice el capellán—¿tiene usted por vía reservada alguna última noticia de la Francia»... —¡Oh, señor! ¡Qué grandes desgracias! —murmura el diarista.—¡Qué fatales sucesos! —¿Pues tan graves son las nuevas últimas? —No es lugar para hablar, véngase á otro sitio más adecuado. —Así confunda Dios á esos condenados democracios! E Y los dos siguen hasta la botica de Gradas, con aire grave y serio continente, penetrando en el establecimiento con lentitud... XX!!! El Asistente D. Pablo de Olavide El acto de tomar posesión de un tan elevado cargo de gobierno, como el de Asistente de Sevilla, revestía cierta solemnidad y ceremonia, que el Municipio hispalense se cuidaba antaño en sostener, atento á sus fueros, prerrogativas y tradiciones. Para dar la posesión, reuníase cabildo extraordinario, y nunca faltaban á él todos ó casi todos los caballeros Veinticuatros, caballeros Regidores y Jurados, que con su presencia en la sala de sesiones, daban mayor autoridad al acto. Reunidos bajo la presidencia del teniente de Asistente ó de otro regidor facultado para ello, el escribano de cabildo manifestaba el objeto de la reunión, y luego se hacía entrar á los porteros, los cuales prestaban testimonio de haber ejecutado el llamamiento para aquel acto, dándose á seguida lectura al real tí- 110 tulo por el que el monarca nombraba el nuevo AÁsistente, con las especiales circunstancias de cada caso. Terminada aquella lectura, un portero pasaba al Teniente el título real del nombramiento del agraciado, y después de recibir el papel lo besaba y ponía sobre su cabeza, expresando que era aceptado con toda veneración y respeto. Tomábase luego el acuerdo de obedecer lo que el rey mandaba y hacíase seguidamente al nuevo Asistente—que desde el comienzo de la sesión aguardaba en el antecabildo—entrar en la sala, acompañado del Procurador Mayor de la Ciudad. Puestos en pie los concurrentes, el agraciado llegaba con reposado y grave paso á la presidencia, y después de mediar por ambas partes algunas reverencias, juraba sobre los Evangelios el nuevo Asistente defender los fueros, privilegios y excepciones de la Ciudad y servirla en todo, poníase el sombrero, sentábase luego en el sillón presidencial, en cuyo pues- to recibía de manos del Teniente un largo bastón negro, con borlas y empuñadura de oro, símbolo de la vara de la Justicia, que había de administrar desde aquel momento. Con esto se daba por terminado el acto, pasando luego los señores á una de las habitaciones inmediatas, donde el Asistente recibía los parabienes y felicitaciones, sin que se echasen de menos en algunos casos ciertos agasajos de refrescos y dulces, que se servían con largueza y esplendidez, y de los que después de los señores participaban los servidores de la casa. AL Para mayor ostentación, durante el día que la toma de posesión se verificaba colgábanse con tapices y telas de damasco los balcones de las Casas Capitulares, y en la galería alta que abría á la plaza de San Francisco tocaba una orquesta durante las primeras horas de la noche y lucían luminarias de cirios de cuatro pabilos, todo lo cual atraía cierto concurso de gente vaga y curiosa á los alrededores del Ayuntamiento, La mañana del 3 de Septiembre de 1767 celebrábase cabildo extraordinario para un acto como el de que voy hablando, pues iba á darse posesión al Asistente D. Pablo de Olavide, famoso ya en la corte de Carlos IMI, donde era grande su influencia, y que, con haber obtenido el cargo de Superintendente de las nuevas poblaciones de Sierra Morena, demostraba cuánto era el buen concepto que de su capacidad y dotes tenía el monarca. Poco después de las nueve de la mañana del citado día, ocupaba la presidencia de la sala de Cabildo D. Bernardino de Luque y Muñana, Teniente que era de Asistente, y en los escaños tomaban asiento, entre Otros, los Regidores don Diego del Campo, don Francisco Fernández de las Peñas, el marqués de Torreblanca, el conde del Aguila, don Diego de Torres Marván, don Manuel de Medina y Cabañas, don Baltasar de la Torre, el marqués de Villamaría, don Luís de Conique, don Pedro de Rivas, don Diego de Orozco, don Miguel de Velasco Mendieta, don José de Urrutia, don Domingo Raquejo, don Gregorio de Fuentes, don Pedro M. de Vargas, don Francisco de 112 Guzmán, don Juan de Aguilar y Cueto, don Tomás de Guzmán, don José Pacheco, don Miguel Melgarejo, el conde de Lebrija, don Rui Díaz de Rojas, don José Manglano, don Fausto de Bustamante, don Francisco de Torres, don José Tomás García, don Francisco Quijano, don Martín Navarro, don José Maestre, el marqués de Medina, el de Paterna, don Juan de Pineda, don Marcelo Suárez y el caballero Jurado y Mayordomo de Cabildo don José de Santa María. Punto por punto, conforme á lo dispuesto, celebróse la primera parte del acto, y una vez tomada la resolución de recibir al nuevo Asistente, el escribano de Cabildo, presente en aquel acto, como era de necesidad, trazó en el cuaderno de actas que tenía delante estas palabras: «,... Y en ejecución del antecedente acuerdo entró en este Cabildo el referido señor don Pablo de Olavide acompañado del señor conde de Mejorada, Veinticuatro y Procurador mayor, y estando á la mano derecha el señor Teniente don Bernardo de Luque, de pie, por ante mí, hizo el juramento de solemnidad . acostumbrado para el uso del empleo de Asistente de esta ciudad, y concluído se sentó su señoría, á quien, habiéndose cubierto, hice saber lo acordado por la ciudad, é inmediatamente el expresado señor Teniente le entregó una vara alta de Justicia, quedando presidido este Cabildo, y dicho señor Teniente se levantó y ocupó el lugar y asiento que le corresponde.» 113 Singular personaje era aquel don Pablo de Olavide y Jáuregui, nacido en Lima en 1725, y á quien su larga vida y vicisitudes le llevaron á los más varios cambios de fortuna, quedando aún hoy por escribir no poco de él, después de lo que dijeron Ferrer del Río, Muriel, Fernández de los Ríos, Lafuente, el catedrático don Vicente La Fuente y el ilustre Menéndez Pelayo. No es una biografía general ni un estudio que aspire á ser completo lo que yo intento en estas líneas á Olavide dedicadas; su estancia en Sevilla y su paso por el gobierno de la ciudad es ahora objeto de mi atención, y á decir verdad, poco ilustrado se halla en este punto, curioso por más de un concepto, tratándose como se trata de un período histórico de no poco interés, como lo son aquellos años del siglo XVII. Cuarenta y dos tenía don Pablo cuando fué nombrado Asistente de la capital de Andalucía, y obtener á tal edad cargo tan elevado y de tanto empeño y significación era cosa no corriente, pues por general regla sólo se concedía á personas que después de larga carrera y de haber servido á-la nación en diferentes puestos, tenían acreditado su buen seso y juício, y reconocida su experiencia por el triste privilegio de los años. Sucedió Olavide en la Asistencia de la ciudad á don Ramón Lerrumbe, magistrado á quien se debieran algunas mejoras materiales, y el cual, por real orden de 10 de Junio de 1767, fué jubilado con el sueldo de 70.000 reales, nombrándose por Carlos HI 15 114 en 5 del siguiente mes de Julio, 4 don Pablo para el cargo que vacante quedaba. Tipo completo de aquellos hombres cultos é ilustrados, de ideas avanzadas y espíritus adelantados á su tiempo, era Olavide, á quien personaje tan encumbrado como el conde de Aranda, dispensaba una protección decidida, de la cual sacó no pocos frutos en los primeros años de su estancia en España el sagaz peruano, que ya en su tierra, había acertado á señalarse ejerciendo la magistratura y administrando los fondos que se reunieron con motivo de los grandes terremotos de Lima. «Fué Olavide—dice un papel de fines de su siglo —hombre estudioso y de agudo y singular ingenio. A los quince años había sido doctorado zz utrogue en la Universidad de Lima; á los dieciocho se le dió el cargo de Oidor de aquella Audiencia; á los treinta vino procesado á España y estuvo en la Cárcel de Corte en Madrid, donde se le sentenció. No mucho tardó, valido de su maña, en rehabilitarse. Casó con una señora viuda de un asentista, que llevó en dote 700.000 pesos. Fué Síndico Personero en Madrid y director de los Reales Hospicios de San Fernando. Viajó por las cortes extranjeras, de donde trajo á España la fama de ser del número de los ¿lwstrados de aquel tiempo, y en Noviembre de 1766 se le mandó por S. M, informar sobre la contrata de don Gaspar Thurigel, para la introducción de seis mil colonos, de ambos sexos, alemanes y flamencos, informe que se aprobó por el Consejo en 2 de Abril de 1767.» Célebres se hicieron en sus casas de Madrid y de 115 Leganés las tertulias de Olavide, 4 las que concutrían no pocas personas de ingenio y talento y en las cuales rendíase culto á las letras y se pasaban las horas en amenas frivolidades, habiendo conseguido el limeño dar á sus reuniones algo de aquel ambiente y de aquel aire galante y ligero de las famosas tertulias de la alta sociedad francesa, á que había tenido Ocasión de asistir durante su estancia en París. Entonces había conocido á Voltaire y con él á no pocos ilustres enciclopedistas franceses, habiendo nutrido su espíritu con las doctrinas de los filósofos extranjeros y adquirido hábitos y costumbres que, traídas á España, motivos fueron de que todos se fijasen en su saliente personalidad. Años después de estos á que refiriéndome voy, consta en la relación de su Auto de Fe, celebrado en 1778, que entre las cartas que en poder de Olavide se encontraron había una de Voltaire de recomendación á un amigo suyo en París, y en la cual se leían estas palabras: «.... Va don Pablo de Olavide, hombre que sabe pensar. Aunque español no piensa como los bárbaros españoles; no cree en la superstición que se llama religión. Si Madrid tuviese cuatro como él, sería sin duda alguna Madrid mejor que París.» Tal era á grandes rasgos el hombre á quien Sevilla tenía al frente de su gobierno en elalto cargo de Asistente desde el día 3 de Septiembre de 1767. Véase ahora lo que el español que no pensaba como los bárbaros españoles —que decía Voltaire (calumniándonos como la mayoría de los franceses)—hizo 122 ropas bajas y las gargantas cubiertas, no de pura ceremonta, sino seriamente y como conviene á una verdadera honestidad, para servir de ejemplo y no de ruína; pues los teatros están permitidos para divertir, enseñando y no destruyendo. —Que esto se entienda en todo papel y en todo carácter, irremisiblemente, y sin recurso á modas ni otro pretexto, aunque represente una g//ana Ó maja. =- Que los que representen pasos amorosos los ejecuten con moderación, vergúenza y pudor, por que el público no se escandalice. —Que las que hagan de g/tanas ó majas no tengan desvergúenza ni descaro, que causan mal ejemplo; sino que no olviden que están delante de la justi- - cia y de un público respetable. —Todos los hombres observen muy exactamente la niisma moderación, vergúenza y pudor en todos los papeles, especialmente en los de g2/axos, majos, pillos y pasos amorosos, sin añadir á su papel alguno, con ningún motivo, ni una palabra sin licencia del director. —Que al extremo del tablado, y por su frente, se ponga en toda su tirantez una tabla de la altura de una tercia, para embarazar por este medio que se 7e- gistren los pies de las cómicas al tiempo de la representación, etc., etc.» Si la inocente diversión teatral produjo efectos de los que algo dejo reflejado, puede calcularse los que causaría más tarde á los elementos intransigentes la noticia de que Olavide autorizaba la celebración de 123 bailes públicos de máscaras, que habían ge tener lugar en el teatro de la calle de San Eloy. Repasando con atención las actas del Cabildo municipal de aquellos años en que Olavide desempeñaba la Asistencia de Sevilla, y deteniéndose en determinados acuerdos, votaciones é informes, se deja traslucir la lucha que necesariamente veíase obligado á sostener el criterio reformista, innovador y moderno de don Pablo, pues en sus compañeros de corporación, con raras excepciones, pocas veces encontraban agradable y franca acogida las iniciativas del futuro autor de El Evangelio en triunfo. Unicamente en la intimidad de la tertulia de su Casa, á la que había llamado á algunos hombres de valer y estudios muy apreciables, Olavide se encontraba fuera de aquella rígida ceremonia y de aquella tirantez con personas de altos cargos oficiales en las que su vista perspicaz no podía menos de encontrar enemigos más ó menos encubiertos. A aquella tertulia concurría Jovellanos, joven entonces y que ocupaba dignamente un puesto en la Audiencia sevillana, y que debió á Olavide protección decidida, no olvidada ciertamente, y que en el transcurso de los años siempre estuvo viva en el corazón del ilustre don Gaspar... Enumerar y detenerse en las medidas, todas de buen gobierno y mejoramiento de la ciudad, que don Pablo de Olavide inició y llevó á cabo durante su mando, y seguir punto por punto su gestión administrativa, sería tarea larga y de un tanto enfadosa lectura. Por eso he de limitarme á señalar sólo algunas 124 de sus providencias, particularmente aquellas que tuvieron carácter más extendido y cuyos beneficios morales ó materiales fueron más inmediatos. Al reglamento para la limpieza general de las calles (1767) dado por Olavide en los comienzos de su Asistencia, siguieron el nombramiento de Veinticuatros y Jurados para el cuidado de las puertas y husillos de la población (1768), y á éste, las elecciones de alcaldes de barrio y cuarteles, ordenada por el Consejo Real en 1770, y en las cuales don Pablo trabajó con gran celo y actividad, pues hay que tener presente que las atribuciones que se le concedían entonces á tales funcionarios y el gozar como gozaban de jurisdicción criminal y civil, hacían que en sus personas se cuidase reunieran no pocas condiciones de importancia. : ( A los días del gobierno de Olavide pertenece el Reglamento para la unión y administración de Propios y Arbitrios de Sevilla (1768), y la firma del célebre Asistente aparece en primer lugar, como á su cargo correspondía, en la Representación de la Junta de Propios que en fecha 23 de Marzo de 1768 se elevó al Consejo para fomentar la riqueza agrícola. En este documento, donde se ve claramente la iniciativa y mano de Olavide, se expone un proyecto de verdadera importancia, inspirándose, como el escrito dice, en el deseo de «atender al aumento de los Propios, contribuir al beneficio de sus compatriotas, mejorar la población extendiéndola en diferentes puntos del poblado, aumentar el número de los labradores arraigados, bien estantes y contribuyentes, y sobre 125 todo propagar la labranza, la abundancia de fruto y el que éste se recoja por muchas manos que lo pongan en circulación....» Proporíase en este informe que la ciudad diese las dehesas y tierras de sus Propios á los trabajadores que no tenían propiedades y arrendaban las ajenas para cultivarlas por su cuenta, estableciéndose determinados artículos á fin de que los colonos resultasen beneficiados y convertidos en propietarios, sin dejar de rendir su provecho al caudal de Propios, con algunas de las condiciones establecidas en el fuero dado para las nuevas poblaciones de Sierra Morena. En 1772, entre otras obras públicas de importancia, emprendió el Asistente la reconstrucción de la calzada desde el Patrocinio á la cuesta de Castilleja, y comenzó el derribo del Compás, la antigua y Célebre Mancebía (infectos lugares formados por calle» Juelas é inmundas casuchas, albergue durante siglos de Carihartas, Gananciosas y mujeres de mal vivir de todas edades), donde en pocos años se levantaron hermosos edificios de sólida construcción y se formó la amplia vía á que se dió el nombre de Ancha de la Laguna y hoy tiene el de Castelar. La limpieza del estercolero que existía entre el Colegio de San Telmo y el río y el camino de Eritaña, realizada fué por Olavide en 1773, y á fines del mismo año y principios del siguiente debiéronse á su iniciativa de mejoras del ornat> público, la alameda construída de San Telmo á Iritaña; el arreglo del mercado de aves y caza de la Alfalfa; la construcción de portales en la plaza del Pan, y la desaparición de 126 muchos de los arquillos, retablos y cruces, que en lugares estrechos entorpecían el tránsito público y aumentaban lo sombrío de algunas calles y encrucijadas. En esto de la supresión de retablos y cruces públicas, Olavide se atrajo la oposición y la enemiga de muchos en cuanto puso mano á la obra, cosa que no es de extrañar, dado e! espíritu del vulgo y la antipatía con que la cultura é ilustración del Asistente eran miradas. Apenas don Pablo ordenó que las cruces que en plazas y calles existían, de piedra, hierro ó madera, fuesen trasladadas á los templos, los individuos que formaban las hermandades que á estas cruces daban culto redoblaron la ostentación de éste por medio de procesiones, rosarios y solemnidades, que venia á ser como protesta de la medida del Asistente, á cuyos oídos no tardaron en llegar noticias de que más ó menos encubiertamente había sido atacado por algunos predicadores en sermones y pláticas. No fué mucho, á la verdad, lo que pudo conseguir Olavide de su proyecto de hacer desaparecer los religiosos simulacros de los lugares públicos, y así lo demuestran los documentos que he visto y lo consignan ciertas líneas que Espinosa y Carzel escribió en una de sus anotaciones á los Arales de Zúñiga. Espinosa, después de poner de manifiesto que la medida de Olavide excitó más el fervor de los devotos, dice: «Con esto algunas cruces mejoraron de situación, colocándose en distintos sitios, como sucedió con las dos que había en medio de la plaza del Salvador; la una la 127 Pusieron en la esquina de la iglesia Colegial, y es la que está en la esquina de la calle Culebras, y la otra en el lienzo de pared que mira al Mediodía, y así otras Varias, etc.» En tales circunstancias y con tal atmósfera puede calcularse el efecto que haría la publicación por Ola- Vide de su Plan de reforma de la Universidad de Sevilla al instalarse ésta en la casa que había sido de los jesuítas, en dunde el espíritu reformista está con claridad expuesto. En 1771 dispuso don Pablo un trabajo cuya im- Portancia era manifiesta, que hasta entonces no se había llevado á cabo en esta ciudad: la formación de Un plano topográfico de Sevilla. j Encargóse de levantarlo y delinearlo el ingeniero don Manuel Coello y fué grabado en cobre por don José Amat, consistiendo en una cartela que á un extremo lleva el plano y en la cual se lee bajo el escudo -de familia del Asistente: «Se levantó y abrió por disposición del señor don Pablo de Olavide, Asistente de esta ciudad, intendente del ejército y provincial de Andalucía y superintendente de las Nuevas poblaciones de Sierra Morena. Año de 1771.» De este notable plano—en extremo curioso y apreciable hoy, y cuyo estudio detenido es de gran utilidad para conocer la Sevilla de la segunda mitad del siglo XVIN,—cuando Olavide fué procesado por la Inquisición, en el deseo de los intransigentes de borrar las memorias que de él existieran, fueron destruídos cuantos ejemplares se hallaron, y el Asistente López de 128 Lerena, con necia vanidad, mandó grabar otra plancha haciéndole ligeras variantes y colocando pomposamente su nombre en el lugar que ocupara el de don Pablo, verdadero iniciador del trabajo. Pocos años hace, un amante de la historia de Sevilla, el duque de T'Serclaes, encontró casualmente en un baratillo de esta capital, abandonadas, cuatro planchas que estaban destinadas á venderse por cobre viejo, y descubriendo en ellas rasgos del dibujo, las adquirió y mandó limpiar, descubriendo el original del «plano de Olavide, haciendo seguidamente del notable trabajo una corta tirada, que es en extremo codiciada de los aficionados, debiéndose á tan feliz casualidad que esta curiosidad histórica no se destruyera como otras tantas. * * ok Los graves asuntos del cargo de Asistente de Sevilla, que reclamaban la atención de Olavide, dejábanle, sin embargo, tiempo para ocuparse desde esta ciudad de las nuevas poblaciones de Sierra Morena, de que era Superintendente; mas en los comienzos de 1774 el gobierno de aquellas colonias hizo necesaria la presencia de don Pablo, que antes de partir de Sevilla dirigió al Procurador Mayor el siguiente escrito de despedida, que copio de su original del archivo del Municipio hispalense: «Muy señor mío: En cumplimiento de las órdenes de S. M. me propongo pasar á las colonias de Sierra Morena, y aunque mi ausencia será corta, sin embargo me ha parecido propio significárselo á V, E. á fin 129 de que, sirviéndose de hacerlo presente á la Ciudad, tenga ésta prueba de mi respeto, y que, en consecuen- Cia, pueda dirigirme sus órdenes,.con la seguridad que desde todas partes me hallará siempre dispuesto á servirle igualmente que V. S., á quien deseo que Dios muchos años guarde.—Sevilla y Marzo 23 de 1774.— Siempre de V. S. su más seguro servidor, Don» Pablo de Olavide.—Señor conde de Mejorada.» - No faltaron enemigos de Olavide que vieron su marcha con satisfacción, y aunque, según expresaba, sla ausencia sería corta», circunstancias que surgieron para desgracia de don Pablo, vinieron á disponer la cosa de muy distinto modo. Sorda y ocultamente se iba formando contra Olavide la tormenta por sus ideas religiosas, que, como dice don Justino Matute (que debía: estar bien enterado), había expuesto en Sevilla «en aquellas ocasiones en que se habla sin desconfianza y que eran efec- to del trato que en sus viajes tuvo cón varios espíritus fuertes, entre ellos Voltaire y Rousseau, cuyos libros leía y poseía...» De cerca espiaban los actos y la conducta del per- Sonaje limeño quienes acechaban cautelosamente la Ocasión de hacerle caer de sus altos puestos, y en las sombras se comentaban sus actos, estando la Inquisición al corriente de su no concurrencia á los actos de carácter religioso, del trato que observaba con las personas eclesiásticas, de los escritos que recibía y de la calidad de los muchos libros y papeles que había traído á su casa de Sevilla, donde ya he dicho que se formaba una reducida tertulia en la que para 37 130 daño de Olavide no todos los que él creía eran merecedores de la confianza que les dispensaba y de las intimidades de que les hacía testigos. e Al marchar Olavide de Sevilla para la Intendencia de las poblaciones de Sierra Morena quedó desempefíando sus funciones el Teniente primero de Asistente don Juan Antonio de Santa María. No es cosa de entrar aquí en el relato de las vicisitudes de la gestión de don Pablo en dichos pueblos, y cómo el fanatismo, tomando por apoyo débiles motivos, consiguió hacerle perder la gracia del rey y que fuera procesado por la Inquisición en 1776, llevándole á la más completa y pública retractación de sus herejías y sacándolo en auto de fe para mayor escándalo.... Su sucesor definitivo en el cargo de Asistente fué el Contador Principal del ejército de Andalucía don Francisco Antonio Domezain, que fué nombrado el 18 de Febrero de 1779, cuando don Pablo, retirado á Venecia, meditaba las páginas de su Evangelio en triunfo y de sus Poemas cristianos en que se exponen con sencillez las verdades más importantes de la relígión. Derrotado por completo en la lucha contra la intransigencia, perseguido, desengañado y anciano, ¿qué quedaba ya del Olávide mundano y brioso de otros días y de quien tanto esperaba Voltaire? XXIV Los azotes de Jeromo El muy ilustre señor don Pedro Regalado Bozante de Ledesma, alcalde que fué de la Real Audiencia de los Grados de Sevilla, acaba de tomar el desayuno, Consistente en un pozo de chocolate (elaboración es- Pecial) y media docena de bizcochos fabricados por las monjas de San Leandro. Son las nueve de la mañana y apenas el muy ilustre señor se ha embaulado el contenido de la jícara. y de la batea, penetra en su cuarto, después de la debida licencia, se entiende, Canelíta, el más hábil oficial de peluquero y barbero de la población, que tiene el Cargo de rasurar á su señoría y componer á diario los rizos de su peluquín blanco como la nieve, A pesar de sus sesenta y seis cumpliditos, se mantiene don Pedro Regalado hecho todo un hombre fuerte y sano. Siempre presumió de aseo y compostura en el vestir, siempre fué pulcro y atildado y los años no le han hecho perder estas cualidades, por 138 ca y rizada pelucona tradicional en los magistrados y que suprimiría tan molesto objeto, llevando su cabello al aire, que para eso lo tenía muy abundante, animándose más en su propósito cuando el de Aranda le dijo: P —No, señor, no se corte usted su hermosa cabellera; yo se lo mando. Haga usted que se la ricen á la espalda y comience á desterrar tales zaleas, que en nada contribuyen al decoro de la toga. Pero ¡ay! que al encontrarse en Sevilla don Gaspar y presentarse á ejercer sus primeras funciones de Alcalde de la Cuadra, el asombro de todos en el caserón de la plaza de San Francisco ha sido grande y des- * de el más anciano y respetable de los magistrados, al último alguacilillo, han torcido el gesto ante aquella innovación de la indumentaria tradicional y consagrada que el flamante golilla ha introducido. Y á oídos de él han llegado sátiras y cuchufletas, reflexiones y consejos, lo cual no deja de ser moles- to para don Gaspar, que desea captarse las simpatías de todos y se encuentra con que sin verdadero motivo se quiere hacerle una atriósfera nada favorable. D. Gaspar, que entonces ha cumplido veintisiete años y es de proporcionada estatura y de resueltos ademanes, que viste con esmero y que cuenta con la protección del Asistente Olavide y con la amistad de personas muy principales, ve con pesar que los defensores del blanco pelucón son más poderosos y temibles de lo que él se cree, y tiene que revestirse de toda su serenidad y prudencia para no exaltarse ante las muestras de extrañeza que se permiten hacer 139 ante él los que le ven ocupar el tribunal llevando muy ufano su negra y fina cabellera recogida hacia atrás. —Es un hombre de ideas de revoluciór. y trastorno—dicen unos.—Es un presuntuoso que quiere lu- Cirse porque se cree buen mozo—dicen otros, y algu- NOS aseguran, muy graves, que los propósitos de don Gaspar deben atajarse, pues bien se descubre que son Contrarios á los usos y venerandas costumbres de la Magistratura hispalense. ¿Quién ha visto escándalo igual? ¡Un señor togado que no se corta el pelo para €ncasquetarse la empolvada peluca, que tan bien se Aviene y tanta grave autoridad da á su aspecto!... Tan preocupado anda el gijonés con esto de la. Peluca, que ha escrito sobre el caso á Salamanca contándoles lo que ocurre á tan queridos amigos suyos como fray Diego González y don Juan Meléndez Valdés, y el tiempo que le da el pensar el asunto se lo roba á poner mano, entre otros trabajos, á un Z2f0r- m2 que tiene que redactar en nombre del Real Acuerdo para el Consejo de Castilla sobre la Extracción de acciles al extranjero, y á continuar una tragedia que ha comenzado con el título de Pelayo, y de la que Sólo algunas escenas lleva trazadas en durísimos ver- SOs que, á la verdad, no le satisfacen, y particularmente aquellos que ha puesto en boca de Dorsinda y de Munuza. En los cajones del armario está el manuscrito, sin Seguir, y están muchos trabajos en que no puede ocu- Parse don Gaspar, hace tiempo preocupado como anda con la campaña que hacen en contra suya por las reformas que quiere imponer al atavío de su persona. 140 El marqués de Caltójar, su excelente amigo, le aconseja que le convendría no adoptar la medida de la supresión de la peluca radicalmente, y su protector y tio el Sumiller de Corps, señor duque de Losada, €s de parecer, según expresa en carta reciente, que debe no ponerse en abierta oposición con los gustos de los Alcaldes y Oidores por cosa que, á la verdad, no tiene gran importancia. ¡Benditos tiempos!... El empeño de don Gaspar Melchor de Jovellanos de no usar peluca trae revuelta á la gente toda de la curia, y es objeto de las conversaciones de muchos altos y bajos, que llegan hasta acalorarse, discutir con apasionamiento y acarrearse, en fin, enemistades y disgustos... Han pasado varios años y la energía y el tesón de don Gaspar han triunfado. Estamos en 1774, y nuestro personaje, que de Alcaide del Crimen ha ascendido á una plaza de Oidor, luce muy orondo su gran : cabellera, cuidadosamente peinada, teniendo la satisfacción de ver que algunos de sus compañeros han seguido la innovación, sabiendo, como han sabido, que el primer ministro es partidario de tal reforma. La lucha ha sido porfiada; la batalla reñida en pro de la innovación, dura; pero la victoria ha venido al fin. Por esto que relatado te dejo, habrás visto, lector, en algunas biografías del ilustre asturiano, que fué Jovellanos el primer magistrado que dejó de usar la peluca de estilo, y que á él se debe que se desterrara esa costumbre de los Tribunales españoles. XXVI “Inarco Celenio” y el MASamada He aquí que el señor Oidor don Francisco de Bruna y Ahumada, ha recibido aquella tarde la visita de un caballero forastero que hace pocos días recorre Sevilla examinando sus monumentos, y que ha mostrado deseos de conocer las riquezas artísticas y las Curiosidades que el grave magistrado ha reunido en Su casa de la calle de la Muela. El visitante es hombre de mediana estatura, delgado, pulcro en el vestir y de reposado continente; tiene vivos ojos y facciones pronunciadas, lleva pelu- Quín rubio, y afean su rostro Jas huellas de la virnela. El señor Bruna, persona de las más influyentes ea la Capital y á quien el vulgo llama el seZor del gran poder, afable y cortesano, ha recibido al forastero, que Por su talento y méritos literarios es bien conocido: 142 se llama don Leandro Fernández de Moratín, y entre los Árcades de Roma /xarco Celenio. Don Leandro vuelve á España después de haber realizado un largo viaje por Europa, costeado por el Príncipe de la Paz: ha estado en Francia, pasando por graves riesgos su persona; ha recorrido Inglaterra y se ha detenido en varios reinos de Italia, estudiando en bibliotecas y archivos preciosos manuscritos y curiosísimos impresos, para una obra de gran importancia que tiene en preparación sobre los Or/gemes del teatro español. El autor de La Mogigata examina en aquellos momentos la multitud de objetos valiosos que, con vanidad de coleccionista, le va mostrando el señor Bruna: cuadros antiguos de los mejores maestros, monedas romanas, árabes y góticas, muchas de ellas de oro; ediciones casi desconocidas de obras de los siglos XV y XVI; autógrafos de ilustres personajes, esculturas, joyas, armas, etc., etc. Todo reclama detenida atención y todo merece la pena de ser conocido. De una sala en otra, pasan el literato y el magistrado á una pieza amplia, toda llena de muebles y objetos chinescos, cuyos vivos colores atraen la vista, y después de recrearse*por breve espacio de tiempo en aquellas antiguallas, siéntanse á conversar tranquilamente los dos personajes en un canapé y rodeados de panzudos tibores, grotescos idolillos, pintadas bateas y monumentales teteras. Don Leandro dice que ha llegado á Sevilla el día 13 de aquel mismo mes de Enero (estamos en 1797), que le ha acompañado en sus paseos por la capital A 143 Persona tan o intáligente y culta comó el erítico de artes é incansable investigador don Agustín Cean Bermúdez, y que con él ha visto la Catedral, el Alcázar, la Biblioteca Colombina, ha paseado por la Alameda y ha estado en la Caridad, donde le ha impresionado vivámente el cuadro de Santa Isabel de Hungría, de Murillo. Bruna saca del bolsillo de su bordada casaca la tabaquera de oro, con primorosa miniatura, y la ofre- Ce al poeta; Moratín coge entre los dedos un polvo de rapé, y mientras rellena sus narices pausadaménte, Prosigue sus impresiones de la ciudad. | El Archivo de Indias Jo ha visitado también don Leandro: pero aquellos largos salones, llenos de miles de legajos, le han causado mareo. Allí - añade —hay muchos carros de cosas imútiles que yo ido de bo- 2 sima gana. A tal afirmación, el magistrado hace un mohín, asegura un nuevo polvo de rapé y objeta algo; ce el poeta es implacable. " Tampoco ha salido contento de su visita á la dex: demia de Bellas Artes. Poca cosa es aquello para Sevilla, tierra de famosos pintores. A don Leandro le han parecido las maestros de cortisima habilidad, y le ha parecido también que zo hay buenos originales Para que los copien los discípulos, y que todo es pobre Y Mezquino y ruín. El señor don Francisco de Bruna intenta defender á la Academia: pero Moratín, que ha visto otras muchas por el extranjero, le habla de la altura en que se encuentra la enseñanza de artes en varios países, y 144 de lo lamentable: que es para Sevilla que sucedalo que ha observado. Y hablan de muchas cosas más los dos personajes, que el cronista no recoge porque las frases de ambos llegan confusamente á sus oídos y solamente percibe algunas palabras sueltas que salen de labios del poeta, y que dicen: ¿lustración, cultura, rutina, adelantos, reformas, instrucción, y las cuales se confunden con otras del magistrado que suenan á moderación, frenos, respetos, tradiciones, derechos, privilegios, etc., etc. Un reloj ginebrino de caja labrada que hay en la habitación, da las tres de la tarde. Don Leandro se levanta de su asiento, pone bajo el brazo su sombre: ro y se dispone á despedirse del señor Oidor, cruzándose por ambas partes ofrecimientos de buena amistad y corteses expresiones. Hasta la escalera sale á hacer la última cortesía el señor Bruna á su visitante, y cuando se marcha, cuando la figura de Moratín desaparece tras el portón que abrió el criado, el señor del gran poder vuelve con lentos pasos y aire preocupado á la sala llena de objetos chinescos y se deja caer en un mullido canapé, murmurando: —i¡Señor! ¡Señor! ¡A qué confusión hemos llegado!... Cuando estos hombres de buen talento, como don Leandro, sostienen tan absurdas novedades y propagan y defienden ideas tan peligrosas, ¿qué reli- «gión, ni qué temores, ni qué respetos vamos á perl al populacho)... XXVII Los palomos La tienda de confitería estaba situada en una pla- Ceta, sitio céntrico de la ciudad, próximo al Salvador yá Entre- Cárceles, donde, por las tardes especialmente, se veía acudir bastante concurrencia que paseaba 6 formaba corros, donde se charlaba y comentaban las noticias del día con gran regocijo de los desocu- Pados y parlanchines. Nunca faltaban éstos al lugar de cita, pero, en Verdad sea dicho, á muchos de ellos más que el mur- Murar les atraía el deseo de ver en la tienda, el lindo rOStro y gentil talle de la confitera, que detrás del Mostrador pasaba las horas muertas. Los tableros de merengues, los platos con yemas de coco y de huevo, las botellas con los jarabes y los A AE IA EA ¿_. (1) El asunto de este trabajo, cuyo fondo es rigurosamente histórico, me sirvió también de argumento para mi zarzuela que, con el Mismo título de Zos Palomos, estrené en el teatro Cervantes de Se- Villa en 17 de Enero de 1906. 19 146 papeles con bizcotelas y bizcochos, excitaban el qu to á los golosos; pero no los tenía menos la dueña, que sonriente y tranquila despachaba á los petimetres de Primera tijera 6 á los graves casacones que entraban con el pretexto de probar los dulces para recrearse de cerca en Soledad ó Solita, como se le decía en el barrio, con la conveniente discreción. Esta tenía que ser mucha cuando en la tienda estaba el señor Cándido, el confitero, legítimo esposo de la buena moza, y el cual no era hombre dado á chanzas ni con quien se pudiera gastar bromas. Honradote, formal, trabajador y de pocas palabras, adoraba á su mujer con un cariño no exento de rudeza, pero hondo y profundo, en el fondo del cual había algo así como barruntos de unos celos que, aunque eran infundados, no dejaban de darle malos ratos algunas veces. Motivo para ellos no había, como decía el memorialista de los soportales de la placeta; pero ¿quién puede curarse de mal tan peligroso cuando echa algunas raíces? he Solita nunca pudo dar motivo á que su legítimo dueño tuviese de su honestidad y recato la AS sombra de duda; poseía un carácter jovial, eso sí; sus ojos negros tenían una intensidad de mirada us llegaba muy adentro; había en ella una ingénita y no estudiada coquetería de atractivo poderoso: pero de estos naturales encantos, decían los concur rentes á LE plazuela, jamás había ella hecho armas para herir la honra del señor Cándido. s Por eso ninguno de los conquistadores había lo- 147 grado nada ni se había atrevido á otra cosa que á algunas miraditas picarescas ó á tal cual frasecilla de Vulgar galanteo, dicha entre dientes y con más de un rodeo artificioso. as Al toque de Animas en Enero y al de Queda en Agosto no quedaban en la plaza ni corrillos de des- Ocupados, ni paseantes. En la cruz de piedra que Sobre un pedestal se levantaba en el centro del re- Cinto, se encendían dos menguados farolillos de aceite, y al poco rato comenzaba el cierre de puertas de las Casas, conforme estaba mandado por el Cabildo de la ciudad y sancionado por la costumbre. A tal hora disponíanse :á recogerse los vecinos, Pero antes de dar el cerrojazo, si la noche era de pri- Mavera ó verano, la hermosa confitera y su esposo Salían á la puerta del establecimiento y allí permanecían los dos un rato, cruzándose algunas palabras entre ellos y ciérto mocetón que en la casa de junto te- Mía su taller de platería, que, aunque sin ser de los Primeros de la ciudad, no carecía de trabajo y buen Crédito, El breve diálogo venía á ser siempre el mismo: se hablaba del tiempo bueno ó malo, de alguna noticia SOrda que corría con crédito, algo del negocio y más de una vez de la afición predilecta del platero, que €ran los palomos. Allá arriba, en el mirador de la casa, tenía el mo- 20 formado el palomar más cuidado que en toda la Collación podía encontrarse, que era objeto de la en- Vidia de otros aficionados que ya quisieran haber po- XLV La Condesita de Teba Fué aquella feria de Sevilla la más animada de las cuatro que hasta entonces se habían celebrado desde el año de 1847, en que se verificó su inauguración. No faltaron en la ciudad atractivos para los forasterOS, y á más de la Exposición de ganados, de las corridas de toros en que se lidiaron reses de Saavedra, Romero Balmaseda, Durán y otros, de las carreras de caballos, de los bailes en los salones de las calles Tarifa y Pasión, de las vistas y cuadros disolventes, en el teatro Principal hubo representaciones dramáticas, y en el coliseo de San Fernando arrebató á los inteligentes la Rossi-Caccio, la Solera, el tenor Sínico y el bajo Derivis, La galera de Carmona, el ómnibus de Utrera, los vapores Verea y Teodosio, las sillas de postas y las diligencias de Cádiz, Córdoba y Extremadura, llega- u 251 ban aquellos días cargados de viajeros deseosos de pasar una semana de huelga en la ciudad, adornada con todas las galas de la primavera y todos sus encantos y atractivos. El primero de feria, bajo un cielo transparente y luminoso, la multitud hormigueaba en el prado de San Sebastián, donde la belleza y el lujo, la majeza y el rumbo se habían dado cita y donde el abundante ganado era objeto de la curiosidad de la mayoría de los paseantes. La larga hilera de sillas paralela á la Epia de la Huerta del Rey, ocupadas estaban por elegantes damas; la X?¿fa de las señoras de la beneficencia estaba concurridísima, y en la caseta del Casízo y en la que instalada tenían los Duques de Montpensier, lo más selecto de la buena sociedad bailaba, se distraía y solazaba amablemente. * - * Y he aquí que entre el público que presencia el tránsito de carruajes y caballos, se levanta un rumor que aumenta rápidamente, y que por medio del arrecife se destaca un grupo de ginetes al frente de los cuales va una joven que es objeto de todas las miradas... —i¡La condesita de Teba! ¡La hija de la Montijo! — dicen los curiosos, y avanzan y se detienen para verla pasar seguida y rodeada de un grupo de caballeros sevillanos, que cabalgan en fogosos brutos, de lin1- pios cascos, arqueados cuellos, trenzadas crines y primorosas monturas. 252 Tiene la linda condesita no más de veintitrés años; rubios como el oro son sus cabellos, dulce su mirada, amable su sonrisa, y es su rostro de nácar conjunto de juveniles perfecciones. Sobre los lomos de una jaca torda de pura sangre andaluza, se yergue la figura de la joven aristócrata granadina, que toca su cabeza cón sombrero calañés, ajusta su busto con una graciosa chaquetilla de terciopelo llena de alamares y botones de plata, luce masculina camisa de rizados holanes, oprime su flexible cintura con faja de seda de vivos colores y viste enagua corta azul oscuro, bajo la que se descubren los pies calzados con campesinos botines blancos. Para que nada falte, la jaca lleva aparejo de colorines lleno de borlas, flecos y alamares, y del arzón pende un trabuco, arma primorosamente trabajada por los armeros hispalenses, completando la indumentaria, en la delantera de Ja silla, la jerezana manta, puesta á la manera que la llevan los caballistas que recorren las asperezas de Sierra Morena y los montes de Grazalema y San Roque. La linda condesa, al par que enfrena la jaca, habla y ríe con los que la acompañan; hácenle ellos galante cortejo, y todo aquel grupo que pasea la feria lleva tras sí la curiosidad del concurso, destacándose de él como visión juvenil, luminosa y alegre, la figura de Eugenia María de Guzmán y Portocarrero, en quien tiene puesto su pensamiento más de.un galán aristocrático. EE 253 A la puerta de la caseta de los Duques de Montpensier se detiene el grupo que preside la joven, y allí, entre otros muchos, acuden á saludarla el marqués de Sales, el conde del Aguila, don Pedro Huidobro, don Alfonso Núñez de Prado, don Carlos de Vera, don Fernando de Rivas y otras muchas personas conocidas de Sevilla. Como riente cuadro pasa ante el público que llena la Feria, la gentil condesita, que con su madre la señora viuda de Montijo, doña María Manuela Kirckpatrick de Glosburn, han llegado á Sevilla dos ó tres días antes de feria á pasar una temporada en la ciudad, que más de una vez ha visitado, brillando en todas partes por su belleza, su trato exquisito y su posición envidiable. Aquella tarde la condesita con su típico traje ocupa un balcón en la plaza de toros, donde se corren reses de Durán y donde mata el ya famoso Cúchares, Juan Lucas Blanco y Manuel Arjona. «La presencia de Eugenia de Guzmán en la feria ha llamado mucho la atención, y el diario 4/ Porveair la registra en sus columnas en el número 791 diciendo: «Ayer mañana la bella condesa de Teba, que ha venido de Madrid para ver la Feria, se ha presentado en ésta elegantemente vestida de contrabandista, cabalgando una jaca magníficamente enjaezada con el aparejo que corresponde al traje que vestía.» En las carreras de caballos que en 1850 se celebraron los días 21 y 22 de Abril; en la Exposición de ganados y en los palcos de la ópera, se ve aquel año lucir su belleza á María Eugenia de Guzmán, excitan- 254 do en todas partes su presencia la curiosidad y admiración de la gente moza. * «. Y al año siguiente, en 1851, la condesa de Teba era presentada en París en una fiesta en el palacio del Elíseo, y en 29 de Enero de 1853, Luís Napoleón III, Emperador de los franceses, celebraba sus bodas en las Tullerías, con la hermosa joven que con traje de contrabandista y cabalgando en fogosa jaca habían visto los sevillanos pasear por la Feria en 1850 como una visión amable y luminosa. XLVI La Cofradía de Penitencia Aquella ancha plazuela que se extiende delante del templo de San Roque, está llena de gente en la que dominan con una mayoría abrumadora los muchachos. Cientos de ellos saltan, corren y se empujan, extendiéndose por la calle Recaredo y promoviendo espantosa gritería. Toda la gente menuda del barrio ha acudido allí para que no se le escape nada del religioso acto.... En el interior de la iglesia y sobre las doradas andas está el Santo Crucifijo de San Agustín, la antigua escultura románica de líneas durísimas, de miembros desproporcionados, de oscuro tono, lacios cabellos y áureo nimbo, y que á través de los siglos se ha salvado, no corriendo, por fortuna, la desgraciada suerte de tantas otras obras de los viejos artistas españoles, que ó se han destrozado torpemente, ó han desaparecido para siempre. Al pie del Paso se agrupan los devotos, unos ya provistos de faroles, aguardando otros 256 á que se los entreguen, para formar la procesión de penitencia que de tiempo inmemorial hace estación á la Cruz del Campo en uno de estos días próximos á la Semana Santa. Los tiempos han variado mucho; el Crucifijo es el mismo ante quien rezaran tantas generaciones, mas los devotos acompañantes no son los de ayer y en sus filas no se ven como en los siglos XV y XVI los disciplinantes, desnudas las sangrientas espaldas y encubiertos los rostros; los penitentes encorvados bajo el peso de macizas cruces y oprimidos por crueles cilicios; los caballeros devotos de grave y reposado andar, que ostentan bordadas en sus pechos las insignias del Santo Oficio ó las cruces de Santiago y Alcántara; los religiosos, en fin, de todas las Órdenes, de que nos hablan los historiadores sevillanos. No, ya no hay nada de aquello; el público es bullicioso, inquieto, y la antigua Cofradía sale de San Roque sin orden y entre la espantosa gritería de los muchachos y los incesantes repiqueteos de los tranvías eléctricos, que tienen que avisar su presencia á cada paso á la muchedumbre. La tarde está nublada y desagradable y el cielo amaga lluvia, pero no por ello se detiene la procesión.... ¡Adelante! La puerta de la iglesia se abre de par en par y va saliendo el cortejo. Una pobre mujer, una anciana vestida de negro y cubierta la cabeza con un pañuelo, lleva una cruz que hace esfuerzos por sostener por la parte inferior del asta; á ambos lados de la mujer dos hombres llevan sendos faroles, y en tanto, en desorden siguen muje- 257 res de humilde aspecto, hombres de vulgares cataduras, el clero, los acólitos y muchos niños y niñas á quienes inútilmente pretenden que marchen en fila y en silencio algunos guardias.... El Crucifijo sale por la puerta del templo: el figurado monte en que la Cruz descansa está cubierto de flores, y entre ellas sobresalen los antiguos faroles característicos en las cofradías hispalenses. El paso se detiene al bajar las gradas: un mozo sube y eleva á cierta altura la Cruz, sujetándola luego con cuñas de madera sobre las que descarga fuertes martillazos, y una vez asegurada, las andas se ponen otra vez en movimiento mientras la multitud infantil sigue gritando y continúa el repiqueteo del timbre de los eléctricos. : | No sin razón en la plática que el sacerdote hizo en la iglesia antes de salir la procesión lamentóse de lo que aquel acto religioso era ayer y á lo que ha quedado reducido hoy.... ¡Desapareció la austera nota de penitencia que la procesión del Santo Crucifijo tenía! «.«« La comitiva sigue por la ancha calle de Recaredo, y torciendo á la amplia Calzada, toma el camino donde se alzan los viejos Caños de Carmona, y donde se hallaba el Vía Crucís que con tanto fervor recorrían los sevillanos cuando existía el convento de San Agustín, donde ante la imagen del Crucifijo encendía por especial devoción sus caxdelicas la madre Pipota de que Cervantes nos habla. Detrás del paso marcha ahora un grupo de mujeres que chapotea en el fango que cubre el pavimen- 33 258 to de la calle Oriente, y parándose con: frecuencia, andando con lentitud, la procesión sigue arriba en busca del monumento de la Cruz del Campo. El sencillo templete levantado á fines del siglo XV por el Asistente de Sevilla, el muy honrado caballero don Diego Merlo, destaca su silueta, en que domina el tono rojizo sobre el cielo triste de la tarde. La obra del arquitecto y la obra del escultor: el templete y el Cristo, que han resistido el peso de los siglos, van á encontrarse otra vez frente á frente como en días remotos de viva y ardiente fe.... La piedra y la madera, convertidas en símbolos de la religión, han desafiado las edades, y mientras tantos devotos han desaparecido, mientras de tantos y tantos entusiastas no queda memoria, la Cruz del Campo sigue firme en su altura dominando á la ciudad, la figura de Jesús muerto en el instrumento del suplicio continúa expuesta á la pública reverencia... La tarde declina cada vez más triste, y la procesión de penitencia se dispone á regresar al templo; y entre las primeras sombras de la noche, se ve avanzar en alto el viejo Crucifijo, obra de olvidado artista del siglo XIV, con sus durísimas líneas, sus miembros desproporcionados, sus cabellos secos que flotan al viento y su cabeza inclinada sobre la que se destace un áureo nimbo.... mientras las voces de cientos da muchachos alborotan la calle amplia, ignorantes de lo que fué antaño una procesión de penitencia. XLVII Menéndez Pelayo en Sevilla El ilustre polígrafo Menéndez Pelayo no solamente visitó á Sevilla en muchas ocasiones, sino que ilustró importantes puntos de su historia literaria y á él se debieron más de una publicación meritoria en ho- nor de nuestros antiguos escritores. Aquel talento portentoso, que con tan admirable claridad abrazaba los más diversos puntos del saber, aquel hombre que, como alguien dijo, era una de las mayores alturas, una de las elevaciones más luminosas del espíritu del país, entró más de una vez en el estudio de las glorias hispalenses, y, como no podía ser menos, sus estudios fueron harto provechosos y fecundos... Desde los ya lejanos días en que Menéndez Pelayo visitaba la Biblioteca Colombina y el Archivo Municipal de Sevilla, encontrando nuevos datos para las biografías de Constantino de la Fuente y del doctor Páginas XXVII.—Los palomos. . . XXVIII.—Ballesteros y Godinot. ; XXIX.—Un mariscal, una hermosa y el pretendiente. de antaño. > XXX.—Fray Atonio de Lagama. XXXI.—El barco de vapor. EE XXXII.—Un motín en la Cartuja . XXXIIT.—María Munárriz. . , XXXIV.—La Reunión Patriótica. . XXXV.—La señorita de Porrúa. XXXVI.—El rey en Sevilla . . XXXVIL.—Las aficiones de D. Justino y “las hazañas de un miliciano rea- STA XXXVIIL.—El recomendado. XXXIX.—Do visita. . XL.—Gertrudis Gómez de Avellaneda. ; XLI.—Adelardo Ayala y el sombrero calañés. XLIT.—La Coronado. S XLIIM.—La justicia de Artaloitia y un reventador de antaño . . XLIV.—El duque de Montpensier y los chalecos de Cúchares. ; XLV.—La condesita de Teba. XLVI.—La Cofradía de Penitencia. XLVIT.—Menéndez Pelayo en Sevilla. Índice. Obras del autor. Colofón. 145 152 159 169 178 184 188 191 196 201 205 212 218 225 230 237 240 245 250 255 259 O o Obras de Manuel Chaves Constancia.-—Novela. Imp. de El Cronista. 1891. Hablar por hablar.—Artículos publicados de 1890 á 1894.—Folletón de El Posibilista. Bocetos de una época (1820-1840).—1892. Imp. de Francisco Leal. Pro-Patria.—Homenaje á los heroicos hijos de Sevilla don José González Cuadrado y don Bernardo Palacios Malaver.—Tipografía de Díaz y Carballo, 1893. Páginas Sevillanas.—Imp. de E. Rasco, 1894. Pepe-Illo.—Ensayo biográfico, histórico y bibliográfico. —Resuche, impresor, 1894. Una carta del rey neto y algunas menudencias para alustrar un capítulo de la Historia.—Resuche, impresor, 1894, , La Semana Santa y las Cofradías de Sevilla de 1820 á 1823.—Imp. de E. Rasco, 1896. La Fotografía.—Recuerdo de sus orígenes y primeros adelantos. —(Arte Fotagráfico, 1896-1897). Don Bernardo Márquez de la Vega.—Memorias de la reacción absolutista.—Imp. de El Porvenir, 1896. Perder el "tiempo.—Versos.— Imp. de El Porvenir, 1896. Historia y bibliografía de la Prensa sevillana.— Imp. de E. Rasco, 1896. : Discurso de recepción leído ante la Real Academia Sevillana de Buenas Letras el 11 de Abril de 1899.— Tip. Monsalves 17, 1899. Don Mariano José de Larra (Figaro).—$Su tiempo, su vida y sus obras.—Imp. de La Andalucía, 1898-99. La Madre y la Muerte.—Poesía escrita sobre el Estk LIBRO TITULADO «AMBIENTES DE ÁNTAÑO>, ESCRITO POR MANUEL CHAVES, FUÉ IMPRESO EN LA TIPOGRAFÍA DE LA «GUÍA OFICIAL», CALLE ALVAREZ (JUINTERO NÚMERO 72, Y SE TERMINÓ Á XXX DÍAS DEL MES DÉ MAYO DE MCMXIV AÑOS. REDES PRECIO: 3 PESETAS SAI NS OO po 40 eS o Sono» os o Se O Ok oo go eos o: 000; 40M oo O OO “0 0% ORO o, ORO e oe ? OOOO HO 404.0, OOO HO K 0-00, K € ni k os os: AO O VO RO KO KO ONO ar AD a AN