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Salud no tiene plural: de la jerarquización del género a la estabilización del sexo

Godoy Lorite, Ildefonso

Abstract

El objetivo de la presente comunicación es esbozar algunas cuestiones de partida a modo de marco argumental desde el que desarrollo parte de mi investigación de tesis, las cuales pretenden orientar la pertinencia del abordaje de la gestión de la alteridades sexuales por la SALUD. Los análisis de género contribuyen a desenmascarar la matriz jerárquica, patriarcal y androcéntrica presente en la atención sanitaria y las regulaciones de lo saludable, atendiendo principalmente a los sesgos, con las invisibilizaciones, estereotipos y sus distribuciones de poder y subordinación en detrimento de las mujeres. Sin embargo, partimos de la premisa de que la salud en su gramática en singular neutraliza y estandariza el sexo, estabiliza su existencia al considerarlo una mera determinación biológica predada, invisibiliza su productividad, especulación y regulaciones por parte del dispositivo de la sexualidad (Foucault, 1992) que, según nuestros presupuestos, transversalizaría el concepto de salud, cuyo desarrollo consideramos de matriz heteronormativa. Pretendemos acercarnos a los discursos socialesinstitucionales que designan a los cuerpos que no siguen el patrón lineal sexo-género-deseo heterosexual (a los que llamamos exceptuados) como no saludables. La salud, según nuestro empeño al considerarla institución impregnada de heteronormatividad, construiría y reforzaría las sexualidades generizadas, consolidando la equivalencia lineal y unitaria sexo-género-deseo heterosexual como estándar de lo saludable.

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SALUD NO TIENE PLURAL. DE LA JERARQUIZACIÓN DEL GÉNERO A LA ESTABILIZACIÓN DEL SEXO. Godoy Lorite, Ildefonso Departamento Ciencias Sociales Universidad Pablo de Olavide igodoylori[email protected]om RESUMEN El objetivo de la presente comunicación es esbozar algunas cuestiones de partida a modo de marco argumental desde el que desarrollo parte de mi investigación de tesis, las cuales pretenden orientar la pertinencia del abordaje de la gestión de la alteridades sexuales por la SALUD. Los análisis de género contribuyen a desenmascarar la matriz jerárquica, patriarcal y androcéntrica presente en la atención sanitaria y las regulaciones de lo saludable, atendiendo principalmente a los sesgos, con las invisibilizaciones, estereotipos y sus distribuciones de poder y subordinación en detrimento de las mujeres. Sin embargo, partimos de la premisa de que la salud en su gramática en singular neutraliza y estandariza el sexo, estabiliza su existencia al considerarlo una mera determinación biológica predada, invisibiliza su productividad, especulación y regulaciones por parte del dispositivo de la sexualidad (Foucault, 1992) que, según nuestros presupuestos, transversalizaría el concepto de salud, cuyo desarrollo consideramos de matriz heteronormativa. Pretendemos acercarnos a los discursos socialesinstitucionales que designan a los cuerpos que no siguen el patrón lineal sexo-género-deseo heterosexual (a los que llamamos exceptuados) como no saludables. La salud, según nuestro empeño al considerarla institución impregnada de heteronormatividad, construiría y reforzaría las sexualidades generizadas, consolidando la equivalencia lineal y unitaria sexo-género-deseo heterosexual como estándar de lo saludable. PALABRAS CLAVE Salud, género, sexo, sexualidad, heteronormatividad, hegemonía, articulación, alteridad, exclusión. - 737 - 1. LA JERARQUIZACIÓN DEL GÉNERO El sexo se convierte en inteligible a través de los signos que indican cómo debería ser leído o comprendido. Estos indicadores corporales son los medios culturales a través de los cuales se lee el cuerpo sexuado. Estos mismos indicadores son corporales y funcionan como signos, por lo tanto no se puede distinguir de una manera simple entre lo que es “materialmente cierto” y lo que es “culturalmente cierto” acerca de un cuerpo sexuado. No trato de sugerir que los signos puramente culturales producen un cuerpo material, sino sólo que el cuerpo no se convierte en descifrable sexualmente sin estos signos, y que dichos signos son culturales y materiales a la vez y de manera irreductible. (Butler, 2006: 129-130) Las desigualdades entre géneros son desigualdades entre sexos1. El orden normativo de las desigualdades siempre implica jerarquización, una estratificación que distribuye valores, dominios y subordinaciones, que crea (produce) norma y normatividad y edifica lo que se considera normal y lo que no lo es. Podemos decir que la sociedad occidental se organiza en torno a una matriz jerárquica que funciona estratificando y (hetero)designando2 correcciones o sancionando (validando) las conformidades normativas. Esta vertebración jerárquica hegemónica, gestada en la Modernidad, es de estructura patriarcal, androcéntrica y de tradición judeocristiana, lo que implica que la jerarquización primera es sobre hombres y mujeres, donde la subcultura masculina es la dominante. Estamos hablando no sólo de sexos, sino también de los modelos y representaciones de masculinidad y feminidad esculpidos en los cuerpos y difundidos por las formas culturales hegemónicas de cada sociedad según las distintas épocas (Mayobre, 2006: 23). La cosmovisión occidental está vertebrada en torno a categorías binarias, dicotómicas, consolidándose a través del refrendo del falogocentrismo3 y la lógica cartesiana que caracteriza 1 Con esta frase inicial lo que pretendo poner de relieve es que, siguiendo a Butler, 2006; Esteban, 2006; Laqueur, 1994; y Nieto,1998, el concepto occidental de sexo obedece a una construcción desde un enfoque eminentemente jerárquico, binarista, dicotomizador y heterosexual del cuerpo humano (y de las relaciones sexuales), que “condiciona la manera de percibirnos, cómo se nos percibe y de percibir social y médicamente a mujeres y hombres” (Esteban, 2006:14). 2 Tomamos la definición de heterodesignación de Rodríguez Magda (1994: 220): “la definición del otro por parte de quien tiene el poder de la palabra”. Define al grupo hegemónico como el detentador del poder/saber y al grupo heterodesignado aquel supeditado al primero y definido por este. En relación con el concepto de diferencia, expresa: “lo diferente entra dentro de las estrategias de dominio, de la exclusión/integración y como zona heterodesignada, definida por parte del grupo hegemónico (detentador del poder/saber que, al definirse como uno, autónomo e idéntico, ha de separar de su seno todo lo diferente” (Ibid.: 96-97). 3 Derrida utiliza logocentrismo para caracterizar que la búsqueda constante de la verdad fue lo que definió la esencia del pensamiento occidental desde Platón. El logocentrismo es una orientación intelectual, un sistema dual de pensamiento basado en la organización bipolar y jerárquica de la realidad, donde existe una priorización jerárquica del primer término sobre el segundo, lo cual justificaría una concepción asimétrica de los sexos. La filosofía postmoderna, especialmente la deconstrucción derrideana, plantea un reto a la distinción sexo género. “La crítica de Derrida al “falogocentrismo” puso de relieve lo inextricables que resultan algunas figuras fundamentales del pensamiento occidental, como mente vs. materia, u hombre vs. mujer, de la llamada “metafísica de la presencia”” (Soley-Beltrán 2009:4-5). El falogocentrismo expresa la idea que la tradición metafísica occidental está centrada en el logos y en el andros , “ya que tiende a una imagen estática de la realidad mediante la supresión del cambio y la sobreenfatización de lo presencial. La supresión del proceso viene acompañada por una confianza excesiva en la posibilidad de control y la concomitante explotación y dominio de la naturaleza, así como por la creencia en la transparencia de la razón –tradicionalmente la razón masculinay el eurocentrismo que conlleva. La deconstrucción de Derrida contribuyó a la denuncia de la distinción sexo/género como intrínsecamente asociada a las tradicionales - 738 - la Modernidad. Según estos binarismos, lo masculino tiene más valor que lo femenino, lo que justificaría la subordinación femenina. Para ello en este orden normativo4 ha de haber un corpus hegemónico, dominante y unas subordinaciones (un afuera constitutivo –Mouffe, 1999:15-). Puede decirse, siguiendo a Mayobre (2006:1-5), que las mujeres históricamente han sido cosificadas, objetualizadas, no teniendo acceso a la “autorrepresentación” (o sea, a la posibilidad de ser sujeto, de tener capacidad de nombrar y significar el mundo), sino sometidas a la heterodesignación, legitimada discursivamente por los “saberes hegemónicos” como la religión, la filosofía, la ciencia, la medicina... La ruptura con el objeto y la lucha por el “derecho a ser” pasa, según la autora, por el necesario cuestionamiento del sistema patriarcal, su desenmascaramiento y por la reconstrucción de la identidad femenina y/o de una nueva subjetividad. La autora expresa: Epistemológicamente el acceso de las mujeres a la categoría de sujeto, a la autorepresentación, ha sido posible después de que éstas emprendieran un importante proceso de deconstrucción de su imagen especular [...] Esta postura de disidencia se incrementa enormemente en los últimos tiempos a partir de la labor de cuestionamiento sistemático del sistema patriarcal llevada a cabo por el feminismo, o mejor los feminismos, en alianza con diferentes corrientes hermeneúticas, críticas, y con el método deconstructivo5 derrideano. La lógica derrideana del reconocimiento de la alteridad ha sido aprovechada por el feminismo para criticar la concepción hegemónica y asimétrica de los sexos (Mayobre, 2006:24). Si aplicamos una lectura con unas gafas mínimamente graduadas, se puede observar que ha existido y sigue existiendo en gran medida, una percepción esencialista y biologicista del cuerpo humano que legitima manifestaciones (y fundamentaciones) de distinción social, marginaciónexclusión-discriminación, diferenciación en la asignación de esferas sociales y funciones, en las representaciones, simbología, expectativas..., en claro detrimento hacia las mujeres. Todo un sistema de poder y dominación inscrito en el cuerpo y naturalizado en la biología. 1.1. De jerarquía velada… El género lo definimos con Rubin (1986, 1989) y Stolke (2003: 69-95), como el conjunto de características sociales y culturales fundantes de la masculinidad y feminidad construidas y asignadas (producidas y reproducidas) a las personas en función de su sexo. Designa actitudes, aptitudes, espacios, roles, funciones… en función de la catalogación como hombre o mujer. El oposiciones –natural vs. lo social, hecho vs. valor, cuerpo vs. mente, materia vs. forma, y naturaleza vs. cultura” (Ibid.: 5) 4 En un rápido recorrido, podemos esquematizar así la genealogía ontológica de este actualizado orden normativo: el dualismo ontológico de Platón con el establecimiento del mundo sensible versus mundo de las ideas, da paso y se funde a la tradición aristotélica, con el repudio de los sentidos y del cuerpo en pro de la salvación del alma, orientando hacia la consagración de la lógica cartesiana, con el dualismo mente/cuerpo, base del pensamiento occidental hasta nuestros días. Siguiendo a Foucault, Butler, se consolida la jerarquización patriarcal, androcéntrica y heterosexual distribuidora de legitimidades y exclusiones, designa los patrones de normalidad y anormalidad, señala qué es posible y qué no lo es, y establece lo permitido y lo prohibido, lo adecuado y lo impertinente, lo habitable y lo que no lo es. 5 “El término deconstrucción se refiere propiamente al proceso empleado por Derrida para desvelar las metáforas en orden a atrapar su lógica interna, que normalmente consiste en una oposición binaria que oculta la dominación presente en toda diferencia (Alcoff). Pero “deconstrucción” ha pasado a significar, más ampliamente, todo proceso de desvelamiento, o mejor, “desmantelamiento” o “desbaratamiento” – términos en cualquier caso más “castizos”- de cualquier constructo cultural o ideológico (...)” (Molina Petit, 1992:142-143, nota 10). En este último y más general sentido será utilizado el término a lo largo del presente trabajo. - 739 - sistema sexo-género (Rubin, 1986, 1989), en relación a la sexualidad6, determina, orienta y disciplina cánones de feminidad y masculinidad y lo hace productiva y reproductivamente con bases de desigualdad y relaciones de poder asimétricas. A continuación expondremos nuestra propuesta de considerar la salud como un espacio en el que se inscribe también este relatado orden normativo jerárquico, produciendo desigualdades basadas en un orden sexo-género en detrimento de las mujeres. Si bien con la herramienta del análisis de género es posible desmadejar, visibilizar e impugnar la densa trama patriarcal y androcéntrica urdida y desarrollada jerárquica y desigualmente, como veremos más adelante no hemos de olvidar el sexo ni considerarlo algo ajeno a sus intervenciones y regulaciones, neutro. Siguiendo a Foucault (1992:188), “el sexo, por el contrario, es el elemento más especulativo, más ideal y también más interior en un dispositivo de sexualidad que el poder organiza en su apoderamiento de los cuerpos, su materialidad, sus fuerzas, sus energías, sus sensaciones y sus placeres”. El sexo es una estabilización discursiva de poder, naturalizado y designado neutro por su consideración de biológicamente dado. El sexo, según esta conceptualización determinista hegemónica, se considera objetivo y constructor de identidad sexual y de género. Se invisibiliza su carácter productivo, la especulación y regulaciones por parte del dispositivo de la sexualidad (Foucault, 1992). Ésta, que de manera práctica designa qué y con quién se practica el sexo, se encuentra regulada por la salud-en-singular, en una arquitectura, bajo nuestro punto de vista, (hetero)normativa7. La sexualidad, pues, puede ser considerada un dispositivo de normalización. En concreto, centrándonos ahora en los análisis de género, éstos contribuyen a remover y desestabilizar los cimientos androcéntricos y patriarcales de la biomedicina en tanto discurso y práctica hegemónica constructores y productores de salud, en donde veladamente opera el orden normativo, la matriz jerárquica a la que nos venimos refiriendo, a través de, fundamentalmente, estereotipos, invisibilizaciones y relaciones de poder y subordinación. 6 Siguiendo a Szasz (2004: 69), “entre las relaciones de poder y los significados que configuran las experiencias sexuales, destacan las relaciones de género. La construcción social de lo femenino y lo masculino aparece como una categoría fundante del modo como los sujetos viven las experiencias sexuales. La contribución más importante de los estudios feministas para el conocimiento de la sexualidad fue el reconocimiento de que los marcos de género son los que permiten interpretar lo sexual en las sociedades occidentales”. 7 Siguendo a Dorlin (2008: 9-10), de manera general, “el sexo designa tres cosas: el sexo biológico, tal y como nos es asignado en el nacimiento –sexo varón o hembra-, el rol o el comportamiento sexuales que supuestamente le corresponden –el género, provisionalmente definido como los atributos de lo femenino y lo masculinoque la socialización y la educación diferenciadas de los individuos producen y reproducen; y por último la sexualidad, esto es, el hecho de tener una sexualidad, de “tener” o “hacer” sexo”, o dicho de otra manera, qué sexo y con quién se practica. “Las teorías feministas se vinculan con la problematización de estas tres dimensiones, de estas tres acepciones mezcladas del sexo. Trabajan a la vez sobre las distinciones históricamente establecidas entre el sexo, el género y la sexualidad y sobre sus relaciones. (…) La heterosexualidad reproductiva, en cuanto organización social dominante de la sexualidad, ¿es la norma legal, social, pero también médica, desde cuyo punto de vista pueden ser examinadas, hasta impugnadas, las categorías tanto de sexo como de género? Las teorías feministas, pues, no se vinculan solamente con la delimitación teórica y práctica entre lo que sería “natural” y “cultural” o “social” entre el sexo, el género y las sexualidades, sino con los principios, los postulados o las implicaciones, ideológicas, políticas, epistemológicas, de esta delimitación.” (Dorlin 2008: 9-10). - 740 - 1.2. …A las grietas de la matriz jerárquica: los sesgos. Las distribuciones o marcos de género que operan en la salud, que la permean y atraviesan, están siendo desmadejadas. Los llamados sesgos8 de género en salud tienen mucho que ver con la “esencia” especular y dependiente (hetero)asignada a las mujeres. Una jerarquía que opera patriarcal y androcéntricamente donde la ciencia y demás “saberes hegemónicos” relegan a las mujeres a una “otredad” especular de ese patriarcado y androcentrismo (Mayobre, 2006). Este mandato hace complicado el ser-en-sí-misma, siendo tradicionalmente hija, madre o esposa de algún hombre (Lagarde, 1990), con funciones decisivamente cuidadoras, reproductoras, sanadoras, educadoras…, las cuales en la actualidad, lejos de desaparecer, son compaginadas con la productividad fuera de la casa, con los correspondientes costes para su salud de esta, al menos, triple jornada (Andrés, 2009; Calvente et al., 2004). Esta pervivencia de la matriz jerárquica de investiduras especulares a la que nos venimos refiriendo, permea también la salud-institucional o la institución de la salud con el paradigma biomédico hegemónico. Siguiendo a Andrés (2009:16-19), el análisis de género en torno a la salud pretende aportar datos para redefinir enfermedades, criterios y pautas terapéuticas, desvelando los errores históricos basados en los estereotipos de ser hombre o mujer y en las relaciones de poder y subordinación establecidas entre los géneros tanto en el ámbito público con en el privado. El análisis de género nos permite visibilizar otros factores que ponen en evidencia dificultades específicas que tienen las mujeres para mantener o implementar su salud, de esta manera se podrá incidir sobre las causas que estructuran dichos factores de riesgo. (Andrés, 2009:17; García, Álvarez y Solano, 2009). La subordinación de las mujeres en la salud ha sido (re)producida basándose en aspectos científicos. Con justificaciones antropológicas, como el caso de las infibulaciones o las ablaciones y la inacción o tolerancia amparada en el relativismo cultural. También psicológicas, que van desde los estereotipos diagnósticos en atención primaria (Burge, 2000) o salud mental (Montero, 2004), y el desigual uso y prescripción de psicofármacos a las mujeres (Romo, 2006); O el cuerpo femenino como espacio de una gran vulnerabilidad para los trastornos emocionales (Huertas Zarco, 2000) debido entre otras cosas a las incorporaciones de otredad. Todo ello sin olvidar la genealogía de su catalogación como neuróticas e histéricas al no seguir los estereotipos/mandatos femeninos de sumisión y docilidad, y las consiguientes histerectomías… Pero también son decisivas las argumentaciones biológicas (Artazcoz, 2004) con, por ejemplo, la invisibilización de las enfermedades cardiovasculares en las mujeres, desigualmente diagnosticadas, infradiagnosticadas (Rohlfs et al, 2004); o los sesgos en los ensayos clínicos, utilizando a los hombres como prototipos poblacionales e infiriendo los resultados en las mujeres (Ruíz-Cantero y Verdú-Delgado, 2004). También los sesgos por la atención diferencial a hombres y mujeres, tanto en los esfuerzos diagnósticos como terapéuticos (Ruíz-Cantero y Verdú-Delgado, 2004), llenos de estereotipos sexo-género naturalizados. Las investigaciones que contribuyen a desenmascarar los sesgos de género que repercuten en la salud, contribuyen también a desanclar a los sujetos mujeres de la heterodesignación de la 8 Según Esteban (2006:12), los mal llamados “sesgos de género”, que “suelen caracterizar la práctica médicosanitaria (y también la antropológica), tienen que ver en la mayoría de los casos con la perpetuación de ópticas deterministas y biologicistas de la realidad de las mujeres que suelen permanecer invisibles para los propios profesionales. Pero además en esta conducta influye también el hecho de que no se perciben como negativos y/o no se replantean en profundidad lo que en antropología de la medicina ha sido definido como presunciones culturales o ideológicas que confieren ‘cientificidad’ a la biomedicina”. - 741 - salud e instituir nuevos puntos nodales que permitan articulaciones en torno a la salud en el que estén presentes, en el que sean agentes. Desde un punto de vista crítico, los análisis e impugnaciones sobre los sesgos de género consideramos que no pueden olvidar que también el sexo es una regulación, un elemento regulado, normativo y especulativo que atraviesa los discursos y prácticas sobre la otredad en salud. 2. LA ESTABILIZACIÓN DEL SEXO En nuestra propuesta pretendemos un acercamiento a la producción social de las alteridades con la salud como distribuidora de legitimidad de las existencias sexuales posibles9, de la categorización de los cuerpos en sanos y enfermos (saludables o no) en función de su adscripción o no a las lógicas heteronormativas. Según nuestra propuesta, el afuera constitutivo10 de la SALUD se articula desde las lógicas de inclusión/exclusión, o sea, lógicas de distinción saludable sobre la base de la similitud-integración (hetero) y la diferencia-excepción (l*s otr*s). Si hay algo saludable, es porque algo no lo es. La salud, en sus apariciones públicas o en sus acciones masivas (intervenciones en la población), se hace llamar Salud Pública, y centra sus actuaciones contra el “riesgo para la salud”. Se trataría de gestionar el riesgo fundamentalmente a través de medidas preventivas personales y de promoción comunitaria de la salud. “La determinación de los factores de riesgo permite planificar con antelación las operaciones dirigidas sobre un grupo concreto de individuos (los grupos de riesgo) y se fundamenta en un procedimiento de orden técnico, de apariencia ideológicamente neutra (…). Pero prevenir es en primera instancia vigilar, anticipar la emergencia de eventos indeseables (enfermedades, anomalías, comportamientos desviados, delitos) en el seno de poblaciones detectadas como portadoras de riesgo” (Lurbe, 2005:193194), apareciendo la vigilancia epidemiológica como encargada de determinar los factores de riesgo y de construir los grupos de riesgo (Castel, 2004). Vemos la salud en singular conformada como una instrumentalización al servicio de la gobernamentabilidad (Foucault, 1992, 1996) (y que preserva la heteronormatividad), en un triple sentido de manera general, basándonos en el análisis de Lurbe (2005:193-195): 9 Nos referimos a los cuerpos y sexualidades no normativizadas por la salud como saludables, que coinciden con las que no son catalogadas en la lógica lineal masculina o femenina sexo-género-deseo heterosexual: cuerpos gays, lesbianos, transexuales, intersexuales…, y las prácticas sexuales no normativizadas, no coitocéntricas y no orientadas a la reproducción. Nos interesa la instrumentalización de la salud como dispositivo de vigilancia, de intromisión en los modos de vida potencialmente “peligrosos” para la estabilidad de la matriz (hetero)normativa: el peritaje psiquiátrico y psicológico en casos de “desvío” identitario de género, las catalogaciones del DSM V, del CIE cuando no hay correspondencia sexo-género-deseo hetrosexual; la cirugía a transexuales e intersexuales para “estabilizar” la coherencia sexo-género; las hormonas para feminizar o masculinizar, también para potenciar la feminidad en la menopausia; hormonas para intensificar la potencia sexual masculina (sinónimo de masculinidad)… Hasta moralizaciones que “cientifizan” el paradigma familiar/judeocristiano de la fidelidad (por ejemplo ver la noticia de “El Mundo” de 22/03/11: Practicar sexo o ejercicio de manera esporádica eleva el riesgo de infarto. La mayoría de muertes súbitas en las relaciones se da fuera de la pareja, en http://www.elmundo.es/elmundosalud/2011/03/22/corazon/1300791720.html). Los profesionales sanitarios tampoco están libres de este “hábitus” de la alteridad sexual, de la carga ideológica e incorporaciones diversas que afectan tanto el esfuerzo diagnóstico y terapeútico (Ruíz Cantero, 2004), como en el abordaje cotidiano de los cuerpos/usuarios de la salud (Delgado, 2001 ; Lurbe, 2005; Velasco, 2006). 10 Mouffe (1999:15) habla de exterior constitutivo para referirse al proceso por el cual toda identidad se construye a través de parejas jerarquizadas, hasta el punto que “la condición de existencia de la identidad es la afirmación de una diferencia, la determinación de un ‘otro’ que le servirá de ‘exterior’”. Exterior que tiene la función de fijar lo interior, sin el cual no tendría sentido. - 742 - -Criba de individuos en función de criterios itematizados, descontextualizando así el riesgo de su relación con otros factores interaccionantes, descuidando la comprensión de los procesos económicos, sociales, culturales y heteronormativos que podrían incidir en la salud (“esta abstracción del riesgo economiza la acción preventiva y se muestra `a priori´ muy acorde con el principio de eficiencia en el que se basa la gestión administrativa” -Lurbe, 2005:194-). -Establecimiento de un fichero de anomalías (CIE, DSM-V, grupos y prácticas de riesgo fuera de la heterosexualidad...), una lista de problemas concretos que siendo identificados con precisión y verificados técnicamente pueden rápidamente traducirse en un lenguaje administrativo, en tanto objetivos concretos en los que intervenir políticamente (gestión racional de las poblaciones, siguiendo a Lurbe, 2005). Esto produce una intervención directa sobre los estilos de vida personales. -Las atribuciones a los individuos calificados como enfermos, necesitados, portadores de síntomas o de anomalías, de la culpa de su enfermedad o de sus estilos de vida no saludables - culpabilización de la víctima (Crawford,1990)-. La responsabilidad por su mala salud (así como su “curación”) recae en la persona enferma, solapándose, pensamos, de esta manera, por un lado, los factores estructurales de las desigualdades sociales en salud (principal fuente de desigualdad en salud –Wilkinson, 1996; Breilh, 2003; Benach y Muntaner, 2005), y por otro las lógicas exclusógenas de lo saludable en la designación y orientación de locus habitables saludablemente en función de la adscripción o no de los cuerpos a las lógicas heteronormativas. Todo ello coincide con una explicación de los problemas de salud en relación con determinados estilos de vida, comportamientos individuales y dinámicas intrafamiliares (Lurbe, 2006:195), esto es, coincidiendo, pensamos, con los no heteronormativos. Según Berlant y Warner (2002:230): Por heteronormatividad entendemos aquellas instituciones, estructuras de comprensión y orientaciones prácticas que hacen no sólo que la heterosexualidad11 parezca coherente –es decir, organizada como sexualidadsino también que sea privilegiada. Su coherencia es siempre provisional y su privilegio puede adoptar varias formas (que a veces son contradictorias): pasa desapercibida como lenguaje básico sobre aspectos sociales y personales; se la percibe como un estado natural; también se proyecta como un logro ideal o moral. No consiste tanto en normas que podrían resumirse en un corpus doctrinal como en una sensación de corrección que se crea con manifestaciones contradictorias – a menudo inconscientes, pero inmanentes en las prácticas y en las instituciones. Los contextos que tienen una relación poco visible con la práctica del sexo, como narrar una biografía o las identidades generacionales, pueden ser heteronormativos en este sentido, mientras que en otros contextos las modalidades de sexo entre hombres y mujeres podrían no ser heteronormativas. Por lo tanto, heteronormatividad es un concepto diferente de heterosexualidad. Unas de las diferencias más conspicuas entre los dos términos es que heteronormatividad no tiene concepto paralelo como ocurre con heterosexualidad, la cual organiza la homosexualidad como su opuesto. Dado que la homosexualidad no puede poseer jamás la corrección tácita e invisible para la formación social que sí posee la heterosexualidad, no sería posible hablar de la “homonormatividad” en el mismo sentido. Según Pecheny (2008:14), la heteronormatividad sería: 11 Pichardo (2009:43) considera la heterosexualidad no sólo como una mera identidad sexual hombre-mujer, sino un modelo de organización económico y social, un estilo de vida que se organiza alrededor del matrimonio monógamo y el coito genital entre hombre y mujer con fines reproductores y ha convertido esta sexualidad en normativa. En este sentido el modelo familiar actual normativizado en España es el matrimonio o el paradigma de pareja heterosexual. - 743 - Principio organizador del orden de relaciones sociales, política, institucional y culturalmente reproducido, que hace de la heterosexualidad reproductiva el parámetro desde el cual juzgar (aceptar, condenar) la inmensa variedad de prácticas, identidades y relaciones sexuales, afectivas y amorosas existentes: lesbianas y gays que, con sus especificidades, se apartan del patrón de heterosexualidad: las y los trans cuya identidad y expresión de género cuestionan de hecho los cánones binarios; la emergencia de las reivindicaciones intersex, que muestra hasta qué punto género y biología se entremezclan –produciendo sufrimiento evitable-; y una larga lista de etcéteras que incluye las heterosexualidades diferenciadas por género, edad y clase (pero no solamente) que de tan naturalizadas han devenido en categoría residual de este tipo de estudios. 3. ARTICULACIONES, HEGEMONÍAS Y ESTABILIZACIONES DE PODER: LA SALUD TAMBIÉN ES POLÍTICA. La ingeniería de la salud12 en singular, pues, pensamos que funciona acorde a unas interpretaciones universalizantes que coinciden con la heteronormatividad. La salud, entonces, distribuye legitimidades en función de la adecuación o no de los cuerpos y las prácticas sexuales al estándar-matriz heteronormativo. Aquí interviene de manera decisiva, como decimos, la construcción y la circulación social de lo que es un riesgo para el mantenimiento de la salud, y todo conocimiento sobre el riesgo está mediado puesto que depende de interpretaciones. Toda interpretación forma parte inherente de una perspectiva, está situado, y por tanto, tiene contenido político (Haraway, 1995). Los riesgos, siguiendo a Lurbe (2005), son construidos socialmente acorde con el grado de amenaza recibida por parte de la salud en singular, que como venimos argumentando, coincide con lo heteronormativo. Además, siguiendo a Beck (1994), la definición de los riesgos se vincula directa o indirectamente a las definiciones culturales y a los estándares de una vida tolerable o intolerable. No podemos obviar que la identificación y calificación de los problemas de salud pública derivan de los juegos de poder que se despliegan en la lucha por imponer una visión sobre las demás (hegemonía –Laclau y Mouffe(2006) a través de articulaciones13 diversas con el objeto. El discurso actual de la salud, con la salud pública como bandera y la vigilancia epidemiológica (con las herramientas de la prevención y la promoción de la salud) como mecanismo gestor del riesgo, puede ser visto, como proponemos, como fijaciones de sentido, las cuales las observamos como resultados temporales hegemónicos, estabilizaciones de poder que implican siempre ciertas exclusiones (Laclau y Mouffe, 2006). Todo conocimiento, toda verdad científica es socialmente construida y se hace válida o se legitima a través de convenciones y prácticas colectivas de una sociedad particular en torno a ciertas articulaciones, y no a través de estándares universalmente válidos. Preferimos pensar en un multiverso de posibilidades y posiciones, y por tanto de vivir y percibir la salud, de constituirla. 12 Por salud no sólo entendemos la definición de la OMS: La salud es el estado de completo bienestar físico, mental y social, y no sólo la ausencia de enfermedades o invalideces; Ni con la matización de Milton Terris (Piédrola et al, 2008): Un estado de bienestar físico, mental y social, con capacidad de funcionamiento, y no sólo la ausencia de enfermedades o invalideces. Sino que también la entendemos como institución, un régimen productor de legibilidad, discursivo (Butler, 1999), un régimen de verdad (Foucault, 1992), un saber hegemónico (De Lauretis, 2000)), pues es un estado que se posee, se alcanza o se pierde siguiendo unas pautas normadas por el saber científico, el cual no consideramos neutral y objetivo (Haraway, 1995). 13 Siguiendo a Laclau y Mouffe (2006), entendemos que la articulación “opera como práctica que establece una relación tal entre elementos, que la identidad de éstos resulta modificada como resultado de esta práctica” (Laclau y Mouffe, 2006:142-143), permitiendo construir nuevos significados y fijando temporalmente sentidos sobre un determinado aspecto, estabilizando hegemónicamente. Sentidos que se posicionan como antagonistas respecto a otras interpretaciones. De manera que las acciones políticas y los conocimientos que se construyen desde este lugar se entienden como situados en entramados de poder, sentidos y relaciones afectivas en las cuales se fijan ciertos significados y prácticas (Laclau y Mouffe, 2006:142:155). - 744 - La salud está llena de significados construidos por el ejercicio del poder hegemónico, que se inscribe dentro de la lógica heterosexista vigente en la cultura (producto y herencia de la Modernidad). El universo da idea de una realidad objetiva unívoca que es igual para todos (el concepto de salud universal de la OMS, por ejemplo, que establece qué es salud y qué no lo es), en cambio el término que proponemos de multiverso pretende dar cuenta de que cada mundo construido por el individuo es igualmente válido respecto de otros, por tanto proponemos la posibilidad de una pluralidad de saludes posibles. Sintetizando a Laclau y Mouffe (2006) y Mouffe (1998), Giacaglia (2002:157) llama la atención en que una cuestión enormemente importante en la teoría de la hegemonía es “ver que una universalidad nunca tiene universal un contenido propio, sino que siempre es un contenido particular que universaliza y empieza a representar la totalidad de las demandas particulares equivalentes. Se trata de pensar una forma de producción de lo universal a través de lo particular y no un universal que tenga un contenido a priori. Desde esta concepción todo universal no es más que una particularidad que, a partir de una operación hegemónica, ocupa el lugar de lo universal”. Por tanto ninguna forma de estabilización hegemónica es independiente de una posición ideológica. Siguiendo a Giocaglia (2002:155), la hegemonía se define “como un logro de un liderazgo moral, intelectual y político, a través de la expansión de un discurso que fija un significado parcial alrededor de puntos nodales. Involucra más que un consenso pasivo y acciones legítimas: envuelve la expansión de un particular discurso de normas, valores, puntos de vista y percepciones, a través de redescripciones persuasivas del mundo. La lógica de la hegemonía constituye una lógica de la articulación y la contingencia”. Mouffe, además recalca el hecho de que la concepción de hegemonía implica, por otra parte, “la superación de la concepción estrecha de la política como actividad localizada únicamente en la sociedad política y que siempre puede ser más o menos asimilada a una actividad de dominación (...), la política no es simplemente lucha por el poder en el interior de instituciones dadas, o lucha por destruir esas instituciones; es también lucha por la transformación de la relación de la sociedad con sus instituciones. De lo cual se deriva su dimensión eminentemente constructiva, que se expresa en la lucha por la hegemonía a través de la creación de una nueva definición de la realidad, de la transformación del sentido común y de la formación de nuevos ‘sujetos’” (Mouffe, 1998:137). En este terreno de articulaciones y estabilizaciones de poder heteronormativo, aparece como necesidad relevante abrir paso a un diálogo que incluya a las personas que tienen preferencias eróticas no hegemónicas y que viven cotidianamente regímenes de negación y exclusión. (Estrada-mesa y Báez-Silva, 2009: 653-672). 4. SEXUALIDADES Y PREFERENCIAS ERÓTICAS POSIBLES Los pilares sexo-biográficos organizados lineal y binariamente14 en torno a lo masculino y lo femenino, a la heterosexualidad, al coitocentrismo, al matrimonio, al establecimiento de los espacios públicos y privados, la heterodesignación en definitiva, son presupuestos que, pensamos, nutren la salud en singular y ésta reconoce potencialmente saludables los cuerpos que los portan y no saludables a los disidentes, a los que no se sienten reconocidos ni designados bajo la estructura sustentada por esos pilares y las paredes rígidas de sus pasillos. Desde la lógica de la salud, estos cuerpos serían excepciones (por otra parte necesarios en tanto afuera constitutivo –identidad/alteridad-) y como tales portarían riesgos de permeabilidad hacia las paredes porosas del armazón de la salud, por lo que hay que poner bajo vigilancia 14 Binomio que presupone un cuerpo y un comportamiento específico asociado según se catalogue como hombre o mujer. - 745 - adecuan a la sexo-normatividad), y cómo esto puede traducirse en unos sesgos discriminatorios hacia estas personas, incluso pueda constituir desigualdades en salud al ser invisivilizada su presencia, al no estar representadas o estarlo abyectamente. Por ello proponemos oír su discurso sobre salud percibida para ver cómo puede ser afectada (si lo es) por su afuera de la heteronormatividad, esto es, en su “otredad”, y el discurso de los agentes sanitarios para ver cómo son investidos de otredad estos cuerpos exceptuados. Proponemos considerar como categoría de análisis el embodiment o el cuerpo como agente (Esteban, 2004, 2004b; Braidotti, 2004)20, atravesado por múltiples categorías o factores intervinientes, entre ellos el género, la clase social, la étnia, la identidad sexual..., centrándonos en la “otredad” que constituyen las personas que, como venimos diciendo, se alejan de las concepciones heteronormativas al no encuadrarse en una coherencia sexo/género generadora de los constructos masculino/femenino insertos en un deseo unitario (heterosexual) como sinónimos de lo “saludable”. Basándonos en Lurbe (2005), pretendemos poner de relieve el proceso de desplazamiento o exclusión que experimentan los sujetos al ser socialmente categorizados en clave de “alteridad”, poniéndose de manifiesto la existencia de un grupo (heterosexual) o discurso dominante (heteronormativo) o hegemónico desde el cual se define la alteridad. Ésta es la personificación (o materialización) de los cuerpos considerados bajo una categoría social diferenciada de la del nosotros (la comunidad de pares, heteronormativos). Consideramos importante aplicar una intencionalidad antropológica para discernir los discursos que invisten los cuerpos transgénero y cómo se construyen. Podemos observar la articulación de dos ejes conceptuales básicos: la alteridad y la salud. Proponemos, siguiendo a Lurbe (2005), una concepción de la alteridad relativa y relacional, producto de las lógicas de distinción social que se articulan sobre la base de la dialéctica de la similitud (heteronormatividad como identidad coherente y homogénea) y la diferencia (alteridad), esto es, la dialéctica entre el mundo de lo distinto, con sus divergencias (el que abarca la figura de l*s otr*s, relegad*s a los márgenes). La alteridad no sólo evoca diferencias, sino también relaciones de poder, las mismas que han relegado y relegan a la “otredad” a las mujeres bajo el canon y la medida (patriarcales y androcéntricos) del hombre, y que se dimensiona en la categoría de “género” como generadora de desigualdades (en este caso de salud). En el tema que proponemos, esas relaciones desiguales de poder implicarían una relegación marginal de los cuerpos exceptuados susceptible de ser constitutiva de una salud percibida influenciada por sus efectos, o al menos, una salud percibida posible. Lo que se dimensionaría más adecuadamente en el “itinerario corporal” que en el “género”. El término “itinerarios corporales” lo tomamos de Esteban (2004b:54), entendiéndolo “como procesos vitales individuales pero que 20 Braidotti (2000) habla del cuerpo entendido como punto de superposición entre lo físico, lo simbólico y lo sociológico. Establece como sinónimo de cuerpo el “incardinamiento” . Según Esteban (2004b) el concepto de embodiment es central en el estudio actual del cuerpo, aunque sea de uso general en las disciplinas sobre todo en el medio anglosajón, y aunque no sea utilizado exactamente en el mismo sentido por todos los autores. Incluso hay autores que prefieren el de bodilyness, corporalidad. “Con la noción de embodiment se quiere superar la idea de que lo social se inscribe en el cuerpo, para hablar de lo corporal como auténtico campo de la cultura (ground of culture), como proceso material de interacción social, subrayándose su dimensión potencial, intencional, intersubjetiva, activa y relacional” (Esteban, 2004). En castellano, no existe un consenso sobre cómo traducir este concepto: algunos/as autores/as están utilizando el término encarnación, in-corporación o corporización. - 752 - nos remiten siempre a un colectivo, que ocurren dentro de estructuras sociales concretas y en los que damos toda la centralidad a las acciones sociales de los sujetos, entendidas estas como prácticas corporales. El cuerpo es así entendido como el lugar de la vivencia, el deseo, la reflexión, la resistencia, la contestación y el cambio sociales, en diferentes encrucijadas económicas, políticas, sexuales, estéticas e intelectuales”. De otro lado, la pertinencia de imbricar el análisis de la alteridad en el campo de la salud se pone de manifiesto en la constatación de que el análisis sobre la salud y la enfermedad muestra la existencia de desigualdades sociales, como ya vimos con anterioridad en las diversas investigaciones realizadas al respecto, poniéndose de manifiesto las enormes desigualdades en salud, causando en muchos casos un exceso de mortalidad y de morbilidad superior al que causan la mayoría de factores de riesgo de enfermar conocidos (Benach, 1997). Basándonos en Bourdieu (1999) a través de Lurbe (2005), las dimensiones que estructuran nuestra posición social y “determinan nuestros ‘universos de lo posible’ –a saber, el volumen y estructura de nuestros capitales económicos, culturales, sociales y simbólicosrepercuten en la naturaleza más biológica de nuestro ser”. La in-corporación del orden social conlleva implícito entender la salud en términos de construcción socio-cultural que puede afectar nuestras vivencias y percepciones de la salud (la desigualdad se inscribe en el cuerpo)*. Nos posicionamos al respecto del abordaje de los procesos de salud-enfermedad y el origen y desarrollo de los distintos malestares, siguiendo a Lurbe (2005), por una mirada dialógica, compleja y emancipadora de la salud, haciendo una lectura desde una perspectiva crítica y compleja de la salud y sus determinantes. Tal abordaje implica reconocer al cuerpo como integrador de la dimensión biológica de la diferencia y la dimensión socio-política de la desigualdad. Es más, significa concebir la salud como “el lugar común de la interrelación del ser físico-psíquico y del mundo social y político” (Lurbe, 2005:16). 8. CONCLUSIONES Las investigaciones que contribuyen a desenmascarar los sesgos de género en el universo salud heteronormativo, contribuyen también a desanclar a los sujetos mujeres de la heterodesignación de la salud e instituir nuevos puntos nodales que permitan articulaciones en torno a la salud en el que estén presentes, en el que sean agentes. Desde un punto de vista crítico, los análisis e impugnaciones sobre la heteronormatividad consideramos que no pueden olvidar que también el sexo es una regulación, un elemento regulado, normativo y especulativo (Butler, Foucault, 1992) que atraviesa los discursos y prácticas sobre la otredad en salud. Un abordaje desde el cuestionamiento de la universalidad de los postulados de las matrices heteronormativas, como es el caso de la salud como institución, puede contribuir a leer la complejidad de redes que simplifican y homogeneizan en binario e incluso, en el caso de la salud en tanto sede de poder/saber, universaliza (idea hegemónica de universalidad) un multiverso de posibilidades en su designación singular. También da cuenta de una pluralidad de opresiones y situaciones al designar lugares habitables o no habitables, adecuados e impertinentes. Teniendo en cuenta la crítica a las explicaciones biologicistas y naturalizadoras y las limitaciones que en general ofrece cualquier teoría que adquiere poder (estabilización, hegemonía), aparece como necesidad relevante abrir paso a un diálogo que incluya a las personas que tienen * Tampoco podemos perder de vista la medicalización de las conductas “desviadas” como mecanismo de control social. - 753 - preferencias eróticas no hegemónicas y que viven cotidianamente regímenes de negación y exclusión. (Estrada-mesa y Báez-Silva, 2009: 653-672) Consideramos de gran interés la productividad de situarnos en los umbrales que delimitan lo saludable y lo que no lo es21, en lo que se refiere a la deconstrucción de los mecanismos y engranajes que construyen las lógicas de exclusión de los cuerpos que hemos llamado exceptuados. En el abordaje de la salud, nos posicionamos alejándonos tanto de un radical construccionismo como de un biologicismo esencialista (Vázquez, 2009; Esteban, 2006). Reclamamos una lectura de la salud y sus determinantes bajo una perspectiva crítica y compleja. La presencia de multitudes disidentes de la linealidad heteronormativa requiere ser contemplada desde la aprehensión de su posicionamiento en un campo interaccional, relacional y jerarquizado, el de la sexualidad. La salud, con la hegemonía del enfoque biomédico, pensamos que actúa distribuyendo normas de presión en relación con el comportamiento adecuado de género en función de la lógica binaria sexo-género. Apostamos por “desarticular” las construcciones saludables para indagar en la posible influencia heteronormativa en su conformación, en cuya base y (re)producción, como venimos exponiendo, operan lógicas exclusógenas que legitiman o exceptúan cuerpos y prácticas sexuales. La existencia como mujer, como hombre, como homosexual o heterosexual, como transexual, como negra, como pobre, como discapacitado… son modos de experienciar (cromáticamente) la salud. La salud, pues, según nuestros presupuestos, necesitaría plural. 9. BIBLIOGRAFÍA Andrés, Paloma (2009). “Género y salud reproductiva”. Apuntes entregados en II Experto Género y Salud. EASP. Artazcoz, Lucía (2004): “Las desigualdades de género en salud en la agenda de salud pública”. Gaceta Sanitaria Vol.18, suppl.2, (1-2). Disponible en: <http://www.scielosp.org/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S021391112004000800001&lng=en&nrm=iso> Balza, Isabel (2009): “Ciudadanía y nuevas identidades de género: sobre biopolítica y teoría queer”. Ponencia presentada en: XVI Semana de ética y filosofía política. Congreso Internacional “Pasado, presente y futuro de la democracia”. (231-238). Beck, Ulrich (1994): La sociedad del riesgo. Hacia una nueva modernidad, Paidós, Barcelona. Bhavnani, Kum-Kum y Coulson, Margaret, (2004): Transformar el feminismo socialista. El reto del racismo, en Otras inapropiables. Feminismos desde la frontera. 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