La Biblia y la ciencia
Full text
LA BIBLIA
Y
LA CIENCIA
POR EL
CARDENAL GONZÁLEZ
DE LA ORDEN DE SANTO DOMINGO
TOMO PRIMERO
MADRID
IMPRENTA DE A. PÉREZ DUBRULL
Calle de la Flor Baja,
22
1891
PRÓLOGO
Hoc indubi lanter tenendum est , ut quidquid sa-
pientes hujus mundi de natura rerum veraciter de-
nzonstrare potuerunt ostendamu-s nostris libris non
esse contrariunz.
Es muy posible probar que todo aquello que
los sabios de este mundo han podido demostrar
con verdad acerca de la naturaleza de las cosas,
no es contrario á nuestros libros.
(SAN
AGUSTíN :
De Genesi ad litt.,
lib. i, cap. xxi.)
In bis qux de necessitate fidei non sunt licuit
Sanc7is diversimode opinari , sicut et nobis.
Lícito fué á los Santos Padres , como también
nos es lícito A nosotros , abrazar opiniones dife-
rentes en las cosas no pertenecientes á la fe.
(SENTENT. , lib. u, dist.
2.
a
, cuest. 1.',
art. in.)
UE
la vida ya larga de la Iglesia cató-
lica, á través de diez y nueve siglos, fué
en todo tiempo y sigue siendo hoy una
vida de luchas y combates perennes , es una de
aquellas verdades á las que la historia y la expe-
riencia conceden con justicia de consuno auto-
ridad y fuerza de cosa juzgada. Y que esa lucha
larga y persistente de la Iglesia fundada por Je-
sucristo constituye y representa la lucha del bien
contra el mal en sus variadas manifestaciones, cosa
TOMO I.
II
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
es á que los hijos del Evangelio conceden igual-
mente autoridad de cosa juzgada, ó, si se quiere,
fuerza y valor de verdad axiomática ; mientras que
para los enemigos de la Iglesia para los repre-
sentantes de la incredulidad y de la idea raciona-
lista, esa lucha constituye y representa, por el
contrario , la lucha contra el bien, la lucha contra
la virtud y la verdad, la lucha contra el progreso,
la civilización y la ciencia.
En lo que no cabe duda, en lo que unos y otros
están de acuerdo , es en que esa lucha, siempre
antigua y siempre nueva , entre la Iglesia de Cristo
y sus enemigos, es lucha sobremanera acciden-
tada, como acontecer debe por necesidad de na-
turaleza cuando se trata de luchas y combates en
que toma parte la humanidad entera ó al me-
nos grandes fracciones de la misma , sus razas
superiores , y, sobre todo , cuando se trata de pro-
blemas cuya solución afecta profundamente el
corazón y la inteligencia del hombre; entraña re-
laciones íntimas con el orden moral y el orden ma-
terial en sus múltiples manifestaciones humanas;
interesa vivamente el pasado , el presente y el
porvenir del individuo y de la sociedad. Así se
comprende y explica que en la historia de la Igle-
P
RÓ
L
OGO.
III
sia aparezcan esas alternativas de conquistas y
de pérdidas, de persecución y de paz, de prepon-
derancia político-social y de abatimiento y deca-
dencia, de triunfos y de humillaciones, de victorias
y derrotas, en fin, en el sentido que es lícito hablar
de derrotas cuando se trata de la Iglesia fundada
por el Verbo de Dios , contra la cual no prevale-
cerán nunca las puertas del infierno, en expresión
de la Escritura.
Quienquiera que con reflexiva atención, con
imparcial y sereno juicio haya reparado la mar-
cha y vicisitudes de esa gigantesca cuanto acci-
dentada lucha á través del espacio y de los siglos,
no podrá menos de haber observado que la batalla
entre la Iglesia y sus enemigos ofrece dos mani-
festacion'es ó fases fundamentales.
Al afirmarse y desenvolverse de una manera
paulatina pero enérgica, como el grano de mostaza
del Evangelio, la Iglesia de Cristo encontró en su
camino, unas veces la fuerza y el poder, que pre-
tenden aniquilarla y destruirla, ó por lo menos
detener su marcha ; y otras veces la razón y la
ciencia, que aspiran al mismo resultado, ora levan-
tando cátedra contra cátedra, ora afirmando idea
contra idea , ora combatiendo de frente á de sos-`
IV
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
layo los hechos y verdades que sirven de cimiento
á la verdad cristiana, á la institución de la Iglesia.
En los albores mismos de ésta, la fuerza y el po-
der, representados por los fariseos y príncipes de
la Sinagoga, persiguen de muerte á los Apóstoles
y discípulos de Cristo. No mucho después, la vio-
lencia y la tiranía , representadas por los Césares
y procónsules romanos , riegan las provincias
todas del vasto Imperio con sangre de mártires
cristianos ; y no hay para qué recordar que,
andando el tiempo, la misma Iglesia vióse dura-
mente perseguida y humillada por esa fuerza y
tiranía de los hombres del poder, bien sean éstos
los Emperadores germánicos de las investiduras,
ya se trate de los hombres y soldados de la Revo-
lución francesa, ahora se hable de los políticos de
la Italia moderna con sus despojos y persecucio-
nes contra la Iglesia de Cristo y su Vicario en la
tierra.
Preciso es reconocer, sin embargo, que si son
ciertos y gravísimos los peligros y daños que en
las épocas citadas experimentó y experimenta
la Iglesia cristiana por parte de la primera fase
de la lucha entre el hombre y el Evangelio, ó sea
por parte de la fuerza y del poder , son más incues-
PRÓLOGO.
V
tionables y de trascendencia mayor los males y
peligros que á la sociedad católica y á la fe divina
amenazaron y amenazan por parte de la segunda
manifestación de la lucha indicada, ó sea por parte
de la lucha trabada en 'el orden intelectual entre
el hombre y la Iglesia , la lucha y batallar ince-
sante entre sistema y sistema, entre una ciencia
y otra ciencia, entre una idea y otra idea.
Y que la lucha entre las ideas entraña de suyo
importancia superior á la que encierran las luchas
representadas por las pasiones , los hechos , la
fuerza y el poder, sólo es dado negarlo
ó
desco-
nocerlo á quien desconozca ó niegue que la inteli-
gencia es la parte más noble de la humana natu-
raleza, que la razón, progenitora y depositaria de
la idea y de la ciencia, es la manifestación supre-
ma de la actividad y de la vida del hombre, siendo
tan grande su virtualidad que toca los limites de
lo infinito , en sentir de Santo Tomás :
potentia
quodainniodo infinita.
Así es que para el hom-
bre pensador es verdad inconcusa y, en cierto
modo, vulgar , que la trascendencia real que en-
cierran las luchas provocadas por las pasiones y
la fuerza bruta, es inferior, muy inferior á la
que consigo llevan las luchas y batallas que se
.v
1
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
traban y riñen en la esfera de las ideas. Por esta
causa , á no dudarlo , la Iglesia católica , que reune
y armoniza en su seno las iluminaciones superio-
res de la razón del Verbo y las previsiones pro-
pias de la razón del hombre, el sentido de las
cosas divinas y el sentido de las cosas humanas,
dedicó en todo tiempo y lugar atención preferente
á las luchas del orden intelectual , á las cuestiones
doctrinales, á la marcha y desarrollo de las ideas.
Quien sepa leer en la historia de esa Iglesia, ha-
Hará en sus páginas una prueba irrefragable de
esta verdad; tropezará á cada paso con hechos
que demuestran hasta la evidencia que , lo mismo
en la época primitiva que en la Edad Medía y en
nuestros días, á la Iglesia cristiana preocuparon
siempre más las luchas y ataques que venían del
campo de las ideas, que las luchas y ataques que
venían del campo de la fuerza y las pasiones.
Aquellos fariseos y escribas, aquellos príncipes de
la Sinagoga de los primeros años del Cristianismo,
apedreando á San Esteban por mano de las tur-
bas, y arrojando fuera de Jerusalén y la Judea
los Apóstoles y discípulos del Señor, después de
encarcelarlos y maltratarlos , preocupaban á la
naciente Iglesia mucho menos que aquellos judíos
PRÓLOGO.
VII
obscuros y anónimos que , convertidos primero á
Cristo, pretendían identificar y amalgamar el ju-
daismo con la religión fundada por Jesús , consi-
derandp á ésta como una especie de apéndice, como
una transformación accidental del mosaismo.
Herodes, dando muerte violenta á Santiago el
Mayor y encarcelando al Príncipe de los Apósto-
les, ocasionó á la sociedad cristiana peligros mu-
cho menores que los que entrañaban las predica-
ciones de ciertos herejes, de nombre apenas co-
nocido en la historia, que negaban la divinidad de
Jesucristo, predicaciones que pusieron la pluma
en la mano del profeta de Patmos para escribir su
santo Evangelio, y al frente de éste aquel admi-
rable
_In principio erat Verbum et Verbum erat
apud Deum et Deus erat Verbum:
palabras de su-
premo sentido teológico , como las empleadas por
Moisés en los primeros versículos del Génesis, lo
son de supremo sentido filosófico.
La sangre por Nerón derramada dentro de los
muros de Roma, con ser la sangre del Vicario de
Cristo en la tierra, del supremo Jerarca de la Igle-
sia; con ser también la sangre- de San Pablo, el
grande Apóstol de las gentes y Doctor de las
naciones, preocupa y conmueve á la Iglesia por
XIV
LA BIBLA Y LA CIRNCIA.
de naturaleza, sino que reinen como soberanas
en la que pudiéramos llamar literatura científico-
popular, representada por revistas, por los cen-
tros de reunión popular, por las asociaciones ins-
tructivas para todo género de personas y clases,
y, sobre todo, por los periódicos. En éstos, como
en las revistas literarias , como en los diferentes
centros de instrucción popular, es cosa corriente
dar por cierto y demostrado que la doctrina cató-
lica en general, y con especialidad muchas de las
ideas y enseñanzas contenidas en la Biblia , no
pueden conciliarse con los descubrimientos de
la ciencia, con los grandes progresos por ésta rea-
lizados, siendo preciso elegir entre la fe católica
ti
T
la verdad científica, entre la Biblia y la ciencia.
Así y solo así se concibe y explica el éxito fabuloso
alcanzado por esa
Historia de los conflictos entre
la .Religión y la Ciencia,
que en son de triunfo
ha dado vuelta á. la tierra toda. la manera que -
en los primeros años de nuestro siglo, la predispo-
sición general de los espíritus fué causa y corno la
razón suficiente de que
El Genio del Cristianismo
alcanzara popularidad grande y ejerciera influen-
cia decisiva y superior sin duda al mérito real,
al valor intrínseco del libro de Chateaubriand,
PRÓLOGO.
X
V
así también el estado presente de los espíritus y
las corrientes de incredulidad y escepticismo reli-
gioso que surcan hoy la atmósfera intelectual. y
científica , representan la causa verdadera del
éxito extraordinario y de la influencia que ha ob-
tenido el libro de Drapper , siendo así que los hom-
bres serios é imparciales, siquiera sean partida-
rios de las ideas y tendencias del autor, recono-
cen que se trata de un libro, cuyo valor realmente
científico es bastante escaso, y cuyo mérito intrín-
seco ó real, no está en proporción con la importan-
cia que se le ha concedido. Á ser otras las condi-
ciones del medio ambiente, el libro del profesor
americano, después de dar ocasión y materia para
un artículo de revista ó periódico de circulación
mayor ó menor, habría entrado en la corriente
general de las publicaciones contemporáneas, que
en su mayor parte nacen, se marchitan y des-
aparecen, después de pasar por un círculo de lec-
tores más ó menos reducido.
En vista de las reflexiones que anteceden y de
los hechos históricos y de actualidad á que hacen
referencia, procede preguntar : ¿Cuál es la mar-
cha , cuál es el procedimiento que debe adoptar
hoy el exegeta y el teólogo cristiano en presencia
XVI
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
del absorbente movimiento científico que invade
todas las esferas de la vida intelectual en el hom-
bre, que penetra todas las capas sociales, y en cuyo
fondo palpitan, fermentan, y hasta puede decirse
que predominan ideas y tendencias opuestas á la
Biblia y á la doctrina católica? ¿Habrán de ence-
rrarse aquéllos en el círculo de la revelación divi-
na, ó al menos en el de la antigua exegesis, con-
tentándose con negar y rechazar
a priori
los
descubrimientos y las conclusiones ó afirmacio-
nes todas de la ciencia moderna por el solo hecho
de presentarse como en desarmonía con la ense-
ñanza bíblica ó la verdad revelada?
Marchar por semejante camino , sería hacer
traición á la verdad y á la causa misma de la fe.
El escritor amigo de ésta, el apologista cristianó
tiene hoy el deber de indagar si esos descubri-
mientos, de que la ciencia y el hombre justamente
se enorgullecen en nuestros días , contradicen
realmente y se oponen á la verdad revelada, se-
gún pretenden algunos enemigos de ésta ; y tiene
igualmente la obligación de discutir, y resolver si
determinadas afirmaciones de la antigua exegesis
pueden y deben ó no mantenerse en presencia de
los descubrimientos y progresos realizados por
PRÓLOGO.
XVII
las ciencias físicas y naturales en nuestro siglo.
Y al obrar así, al marchar por este camino,
obrará de conformidad con las máximas y la en-
señanza de los antiguos doctores de la Iglesia, y
de una manera especial, conlas de Santo Tomás de
Aquino ; porque este y no otro es el pensamiento
que palpita en el fondo de las palabras del Doctor
Angélico que sirven de epígrafe á este prólogo.
Si esas palabras representan una de aquellas sen
tencias gráficas y de profundo sentido filosófico
que no es raro encontrar en el autor de la
Sumina
theologica,
representan hoy una afirmación de
importancia capital por su alcance práctico , por
la amplitud de criterio cristiano que encierran y
autorizan. Y esta amplitud de criterio , recomen-
dada aquí por el Doctor de Aquino, y aplicada
con fidelidad y exactitud mayor ó menor por mu-
chos Padres de la Iglesia y no pocos escritores
católicos en las edades pasadas, se impone hoy
más que nunca en el terreno exegético-bíblico , á
causa de los nuevos horizontes y caminos abiertos
á esta exegesis por los descubrimientos y progre-
sos incuestionables de la ciencia durante los últi-
mos años. Los amantes ilustrados y sinceros de
la fe católica y de la Iglesia de Cristo , deben te-
Tomo i.
XVIII
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
ner muy presente que si el círculo de las verda-
des teológico-dogmáticas se halla , por decirlo
así, relativamente completo y cerrado , en aten-
ción á lo cual nada tiene que temer y poco que es-
perar de los progresos de la ciencia, no sucede lo
mismo con respecto á, las ideas y cuestiones exe-
géticas , cuyo campo invade por diferentes puntos
la ciencia moderna , introduciendo en la exegesis
bíblica cambios radicales, modificaciones impor-
tantes , puntos de vista nuevos , y que no sospe-
charon ni pudieron sospechar siquiera los que en
épocas anteriores dedicaron sus vigilias á comen-
tar determinados textos bíblicos, á descubrir y
fijar su sentido.
Ciertamente que el exegeta moderno no debe
echar en olvido las excelentes máximas' de her-
menéutica enseriadas y aplicadas por los antiguos
Doctores, ni tampoco deberá menospreciar á sus
antepasados, siquiera tropiece en sus escritos con
cuestiones más ó menos pueriles, con interpreta-
ciones inaceptables hoy.
«
Nosotros, escribe á este
propósito Motais , honramos, veneramos, admi-
ramos á nuestros antepasados en la empresa difí-
cil de la exegesis y de la hermenéutica bíblica.
Desconocer que fueron grandes la sagacidad, la
PRÓLOGO.
XIX
elocuencia y el genio de que dieron muestra al
defender el depósito sagrado de la revelación es-
crita, sería algo más que una falta. No pocos de
esos campeones antiguos se nos presentan en la
arena como verdaderos gigantes. Pero al propio
tiempo, en vista de las puerilidades que en los
mismos vemos mezclarse á. todas las cuestiones
de carácter mixto , en cuya solución entra como
factor el conocimiento de las ciencias naturales ;
al ver la facilidad con que, en ocasiones, se dan
por satisfechos en estas materias, ¿no hay motivo
para sospechar que existe allí un progreso reali-
zable? Fijar la tienda en el campo de su exegesis,
'equivale á tomar por término final lo que puede
ser un alto, y detenerse con ellos en un camino
cubierto todavía de tinieblas , es hacer posibles
sorpresas funestas. En casos semejantes , la con-
fianza se asemeja á la imprevisión y la seguridad
á la apatía. »
Si es una verdad incontestable , y , digamos,
'casi de sentido común , que los siglos no pasan
en vano sobre los hombres y los pueblos, lo es
igualmente que tampoco pasan en vano sobre las
ciencias, aun cuando se trata de aquellas que por
su propia naturaleza entrañan caracteres de cierta
XX
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
inmutabilidad, como sucede con la metafísica y la
teología ; porque sabido es que esta última ha de-
bido modificar el sentido y alcance de algunas de
sus conclusiones, ayer , como quien dice, á, causa
y en relación con recientes definiciones dogmá-
ticas. Y si esto tiene lugar y razón de ser en el
terreno propiamente teológico, con mayor motivo,
debe verificarse en el terreno exegético, en razón
á que la exegesis bíblica encierra relaciones múl-
tiples, necesarias y permanentes con las ciencias,
físicas y naturales, las cuales, en fuerza de su.
carácter experimental, están sujetas á, cambios y
progresos continuos. La geología y la paleontolo-
gía, la antropología prehistórica, la etnología y
la lingüística con sus grandes ramas ó manifesta-
ciones , la egiptológica y la asiriológica, ciencias
son nacidas ayer, como quien dice. Y en la Sa-
grada Escritura existen no pocos pasajes y textos.
que se rozan de una manera bastante directa con.
estas ciencias , lo cual quiere decir que no sería.
prudente prescindir de los descubrimientos y
datos suministrados por aquéllas, cuando se trata.
de indagar y reconocer el sentido y alcance real
de los textos aludidos. Quienquiera que se halle
al corriente de los grandes y numerosos descu-
PRÓLOGO.
XXI
brimientos, de los progresos novísimos realiza-
dos en las ciencias citadas , así como también en
la meteorología , la física del globo, la historia
natural, la biología, la astronomía cósmica, ha-
brá de tomar en consideración las ideas y teorías
,
de la ciencia moderna al leer y juzgar el conte-
nido de los antiguos comentarios de la Escritu-
ra, habrá de reconocer la conveniencia y hasta
necesidad de introducir modificaciones profundas
.,en el sentido y alcance que los Padres y exegetas
de anteriores épocas solían dar á determinados
textos bíblicos, como los referentes, por ejem-
plo, á la creación del mundo, al orden y proceso
de la constitución de los seres que forman parte
principal de nuestro globo, á, la creación del hom-
bre, á la antigüedad de éste sobre la tierra, á la
naturaleza, causas y efectos del diluvio de Noé,
con algunos otros problemas de índole, por de-
'cirio así, exegético-científica.
¿Qué más? Hasta la historia, la historia, que
parecía condenada á no traspasar los límites bos-
quejados en la Biblia acerca de los antiguos impe-
rios del Oriente, ha venido á descubrir en nues-
tros días datos y elementos, que, si por un lado
afirman y corroboran la verdad y exactitud de
XXII
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
los Libros Sagrados, por otro modifican el sentido
y alcance que solía darse antes á algunos de sus.
textos, relacionados con la edad de algunos impe-
rios y naciones.
«En otro tiempo, escribe Hulst á nuestro pro-
pósito , la Biblia era mirada como el más antiguo
de los libros, y no se sabía acerca del antiguo
Oriente más que lo que aquélla refería de paso.
Hoy el Egipto y la Caldea nos entregan los secre-
tos de sus monumentos sepultados. La ortodoxia,
sin abandonar cosa alguna de su dominio , siente
la necesidad de cambiar su línea de defensa. No
tenemos derecho á permitir que se vuelva contra
nosotros una ciencia nueva, la cual puede acaso
desconcertar ciertas antiguas concepciones, pero
que no encuentra en su camino ninguna enseñanza
de la Iglesia para cortarle el paso, dependiendo
de nosotros hacerla servir al triunfo de la verdad
revelada.»
Pero es el caso que , aun dejando á un lado y
prescindiendo de los hombres de reconocida in-
competencia en estas cuestiones, no es raro tro-
pezar con hombres de ilustración y de saber, pero
tan tímidos y de criterio tan estrecho, que suelen
preguntar con cierta irritación y no menor espan-
PRÓLOGO.
XXIII
to :¿!.dónde vamos á parar con semejantes auda-
cias exegéticas? A los cuales puede y debe res-
ponderse : Vamos á parar á una exegesis idéntica
á la de los antiguos Padres y Doctores de la Igle-
sia, en cuanto á su fondo, en cuanto á los princi-
pios , máximas y procedimientos esenciales , pero
diferentes en sus aplicaciones ; á. una exegesis más
amplia y de horizontes más vastos que la de los
antiguos , en relación con los datos y elementos
nuevos de indagación suministrados por las cien-
cias físicas y naturales de nuestros días ; á una
exegesis que pudiéramos llamar bíblico-científica,
encaminada á investigar , descubrir y probar la
armonía que existe entre la palabra de Dios y la
palabra de la ciencia ; á una exegesis, en fin, que
escrute y fije las relaciones que existir pueden, y
existan de hecho, entre las apreciaciones reales de
la Biblia y las afirmaciones legítimas de la ciencia.
«Si sucede, escribe d'Estienne, que un hecho,
considerado anteriormente como milagroso , en-
cuentra explicación natural á virtud del desarro-
llo de los conocimientos , y si se prueba que
semejante hecho, sin perder su carácter providen-
cial, no necesitó de la derogación de la marcha
ordinaria de las cosas físicas, según hasta enton-
XXIV
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
ces se había creído, ¿será necesario admitir un
milagro allí donde Dios no ha querido ponerlo, por
el temor de hacer concesiones al escepticismo?
En nuestros Libros Santos quedarán siempre
hechos esencialmente milagrosos más que sufi-
cientes para que las pretendidas concesiones no
traspasen ciertos límites ; y, por lo que hace á
los misterios , trátase aquí , no de hechos materia-
les sujetos á, interpretaciones más ó menos funda-
das, sino que se trata de dogmas positivos , que
ninguna exegesis puede falsear sin dejar de ser
católica. »
En todo tiempo , y más todavía en el nuestro,
aconsejó y aconseja la prudencia, que pudiéramos
llamar científico-cristiana , no lanzar gritos de
alarma prematura en presencia de cualquiera
teoría , de cualquier descubrimiento , de cual-
quiera hipótesis que á primera vista ofrezcan opo-
sición más ó menos aparente á textos bíblicos. El
escritor cristiano no debe perder la serenidad de
espíritu por tan poca cosa. Que la ciencia remueva
su suelo propio ; que lance en todas direcciones
sus miradas y sus investigaciones ; que, usando
de su legítimo derecho, marche á. la conquista de
la verdad por medio de la observación y del tra-
PRÓLOGO.
XXV
bajo experipental. Nada de esto debe infundir
temor al hombre de la verdad católica, porque el
hombre de la verdad católica sabe muy bien que
la fe nada tiene que temer , sino , antes bien , mu-
cho que esperar de la ciencia desinteresada é im-
parcial , de la ciencia que busca la verdad por
amor á la verdad sola, sin intenciones antirreligio-
sas , sin prejuicios en pro ni en contra de la idea
cristiana. Por otra parte , conviene no echar en
olvido que la exegesis cristiana, considerada en sí
misma, no es necesariamente la verdad, sino que
es la investigación de la verdad ; este carácter, en
el cual se asemeja á otras ciencias, entraña cierta
amplitud é independencia en el criterio exegético.
Y en verdad que esta amplitud de criterio,
esta relativa libertad exegética , nunca ha sido
tan conveniente y hasta necesaria como en nues-
tros días. La ciencia anticristiana y librepensa-
dora se levanta de todos los puntos del horizonte
para rechazar nuestros Libros Santos, para com-
batirlos rudamente, ahora con las armas del ri-
dículo,
ahora con argumentos más ó menos es-
peciosos, tomados generalmente de las ciencias
físicas y naturales. Pero el procedimiento
más
frecuente, á la vez que el más peligroso — al me-
*
XXVI
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
nos con relación á, la generalidad dq las gentes
que leen, — de que suelen echar mano los repre-
sentantes de la crítica racionalista y librepensa-
dora, es rebatir y condenar en nombre de la cien-
cia antiguas interpretaciones de algunos textos
bíblicos , hoy olvidadas y abandonadas , ciertas
opiniones particulares de este ó aquel comenta-
rista, presentando esas opiniones é interpretacio-
nes como otras tantas enseñanzas de la Iglesia,
insinuando como de paso y dando á entender que
ésta impone á los fieles la obligación de admitir-
las, creerlas y defenderlas. Deber es, por lo
tanto, y deber preferente del exegeta y del apo-
logista católico en la actualidad, desvanecer esas
equivocaciones, voluntarias ó involuntarias, rec-
tificar semejantes ideas y apreciaciones , estable-
ciendo oportuna separación y distinción entre la
verdad dogmática contenida en el texto bíblico}
entre la interpretación auténtica del mismo por la
Iglesia, y la opinión más ó menos probable, la in-
terpretación más ó menos autorizada y aceptable
del texto aludido , expuesta y defendida por tal ó
cual exegeta, siquiera se trate de alguno de los
P
adresydoctores más caracterizados de la Iglesia.
Ni basta esto tampoco en las presentes condi-
1
PRÓLOGO.
XXVI/
ciones de la controversia cristiana es preciso de-
mostrar á seguida que , entre la interpretación
auténtica y dogmática del texto y las afirmaciones
comprobadas de la ciencia, no existe contradic-
ción alguna. A quien no acepte este procedimien-
to, á quienquiera que no adopte y aplique este,
que pudiéramos llamar método exegético-científi-
co , no le será hoy posible , ni atraer á la doctrina
católica al hombre que de buena fe se levanta
contra ella en nombre de la ciencia, ni tampoco
disipar las dudas, vacilaciones y ansiedades que
las objeciones científicas, presentadas por el libre-
pensamiento, producen en el espíritu de ciertos
católicos , pero principalmente en el de aquellos
que tropiezan con semejantes argumentos y obje-
ciones contra la Biblia en academias , ateneos,.
revistas , periódicos , folletos de propaganda y
demás elementos ó medios de cultura literaria
general, pero no sólida ni cristiana, que hoy
abundan.
Por eso hemos dicho, y volvemos á repetir, que
al exegeta y al apologista católico es absoluta-
mente indispensable no perder de vista las circuns•
tancias especiales de nuestra época y la situación
presente de los espíritus con relación á la idea
XXVIII
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
cristiana. Cierto que todavía existen entre nos-
otros representantes genuinos de esa fe sencilla,
tranquila y serena, queAceptasin dificultad alguna
todas las enseñanzas que se le dan á nombre de la
religión, sin discutir ni razonar sobre ellas ; pero
no es menos cierto que, ora nos sea grato ó des-
agradable , ora nos alegremos de ello ó lo sinta-
mos , es un hecho palpable, evidente , indiscutible,
que el hombre de nuestros días , sabio ó ignorante,
erudito ó sin cultura, hombre de la ciencia ú hom-
bre del trabajo , ya pertenezca á ésta ó aquella
clase social , quiere saber , por punto general , el
porqué de las cosas , y no se resigna á. creer y
aceptar la doctrina católica sino á condición de
darse cuenta y razón de lo que cree. Verdad es
de común sentido que debemos tomar y tratar las
cosas según son en sí mismas, y no como desea-
mos y sería conveniente que fueran. Lo cual quie-
re decir que el escritor cristiano , si ha de llenar
su misión de tal en nuestros días, si desea que sus
trabajos sean. útiles á las almas y á la Iglesia de
Cristo , debe dar satisfacción, en lo posible , á ese
deseo, más ó menos legítimo en determinadas
materias, pero siempre noble de suyo, de conocer
el porqué y el cómo de las cosas, de conocerlas
y
PRÓLOGO.
XXIX
asentir á ellas
racionalmente,
según lo permita la
naturaleza propia de las mismas.
De aquí la necesidad imperiosa , la obligación
ineludible que tienen los sacerdotes católicos, y
con particularidad los teólogos y exegetas, de po-
seer conocimientos más ó menos extensos y rela-
tivamente profundos acerca de las ciencias físicas
y naturales. Sin esta condición, sin cultivar esas
ciencias con mayor esmero y perfección que los
antiguos teólogos y exegetas, no podrán defender
la verdad religiosa de una manera conveniente y
digna de causa tan noble ; porque vivimos en época
en que el estudio y conocimientos referentes á las
ciencias naturales han llegado á adquirir carácter
de relativa universalidad ; en que todo el mundo
se ocupa, con mayor ó menor competencia, en
cuestiones que en épocas anteriores á la nuestra
sólo se ventilaban y discutían en los anfiteatros y
museos, en las aulas universitarias, en el gabinete
de los sabios. Del exegeta y del teólogo que, ha-
ciendo caso omiso de las ciencias físicas y natura-
les , lo mismo que de las históricas y filológicas,
se atuviera sólo á los antiguos argumentos y co-
mentarios en la lucha entablada hoy día entre la
fe y el racionalismo, en general, entre la Biblia y
XXX
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
la ciencia, en particular, podría decirse con sobra-
da razón que sólo manejaba en la pelea cañas lar-
gas —
arundines longas, —
como decía Melchor
Cano de ciertos teólogos de su tiempo , con motivo
de la polémica entablada por, aquel entonces entre
el Catolicismo y la Reforma de Lutero.
En el terreno exegético , sobre todo , las condi-
ciones de esa lucha, siempre antigua y siempre
nueva, entre la Iglesia y el racionalismo han cam-
biado radicalmente, y el hombre de la fe y de la
ciencia cristiana, si ha de honrar y defender la
Iglesia de Cristo en la forma que necesita y aspira
á ser defendida, ha de echar mano de armas nue-
vas en relación con las empleadas por el enemigo
para el ataque. Sin abandonar ni rechazar las pru-
dentes máximas exegéticas que los antiguos Pa-
dres de la Iglesia y los doctores de laEscuela ense-
ñaron y practicaron ; sin abandonar ni rechazar,
antes bien siguiendo los principios que aquellos
maestros formularon, preciso es modificar las
aplicaciones de esos principios y máximas, ponién-
dolos en relación armónica con los elementos nue-
vos de exegesis bíblica, suministrados porlas cien-
cias en tiempos posteriores , y sobre todo , en
nuestros días. En las guerras intelectuales , como
PRÓLOGO.
XXXI
en las materiales, la estrategia debe cambiar con
el cambio de las armas. Empeñarse hoy en pelear
y vencer , conservando y defendiendo soluciones
determinadas de la exegesis antigua , interpreta-
ciones dadas á ciertos textos bíblicos relacionados
con la naturaleza, cuando •ni siquiera se sospe-
chaba la existencia y progresos de no pocas cien-
cias físicas y naturales de reconocida importan-
cia, sería lo mismo que empeñarse en pelear y
vencer en campal batalla á enemigos que maneja-
ran armas de precisión y cañones raya dos , ha-
ciendo uso de los arcabuces que dieron á, los sol-
dados de Carvajal la victoria de Huarina.
Despréndese de lo dicho , que , si no deben pres-
cindir de las ciencias físicas y naturales en su es-
tado actual, los escritores católicos que traten de
historia , de filosofía , de controversia, de antro-
pología, etc. , mucho menos pueden excusarse de
adquirir conocimientos de aquella índole el teólogo
y el exegeta. Porque si la historia eclesiástica
debe estudiar, analizar y fijar el sentido y alcance
de los documentos nuevos que se refieren á la Igle-
sia de Cristo ; si la dogmática especulativa debe
seguir paso á paso los desarrollos seculares de la
metafísica, y tener conocimiento de los principa-
XXXII
LA BIBLIA
Y LA CIENCIA.
les sistemas y tesis pertenecientes al citado orden
metafísico ; si la filosofía cristiana debe tomar en
consideración los descubrimientos realizados en
la psicología, la fisiología, la biología, con otras
ciencias experimentales , que encierran con aquélla
relaciones más ó menos directas , así como tam-
bién de los sistemas cosmológicos y de las recien-
tes teorías astronómicas y geogénicas , parece
indudable que la exegesis y la teología , cuyos pun-
tos de contacto con las mencionadas ciencias físi
cas y naturales, á la vez que con la filología en sus
múltiples é importantes manifestaciones moder-
nas, son evidentes , sehallanen el caso , ó , digamos
mejor, tienen el deber de no entrar en liza con los
enemigos de la fe y de la Iglesia, con los represen-
tantes de la moderna idea racionalista, sin poseer
conocimientos relativamente extensos y sólidos
en las ciencias citadas. Para el escritor cristiano
en general , pero muy especialmente para el teó-
logo y el exegeta, es hoy cuestión capital y de
preferente importancia demostrar en teoría,
y
probar, sobre todo, con ejemplos y soluciones
prácticas , que no existe contradicción alguna real
entre la ciencia y la Biblia , entre las afirmaciones
legítimas de la primera ylas enseñanzas auténticas
PRÓLOGO.
XXXIX
formas del racionalismo , viene dirigiendo rudos y
persistentes ataques contra la Biblia , porque el
libre pensamiento sabe muy bien que la Biblia es
la base escrita y contiene en cierto modo la subs-
tancia de la Religión católica. Por eso vemos que,
á contar desde Celso hasta Renan, no ha cesado
de combatir y rechazar la autoridad y verdad de
los Libros Santos con todo género de argumentos,
y echando mano al efecto de toda clase de armas.
Desde los primeros siglos de la Iglesia hasta nues-
tros días , el pensamiento racionalista sostiene en-
carnizada lucha y presenta radicales negaciones
contra la verdad bíblica , contra la autenticidad
y verdad de la palabra de Dios contenida en la
Biblia. Celso y Porfirio , como los representantes
modernos del positivismo materialista , del mo-
nismo
heckeliano y del criticismo histórico-reli-
gioso de Renan , rechazan y niegan ('t Priori lo
sobrenatural y el milagro. Para aquellos dos filó-
sofos del paganismo ,
como para los
representan-
tes de los diferentes sistemas exegético-racionalis-
tas de los Eichhorn , Paulus , Strauss , Wette , etc.,
la producción de Adán, la formación de Eva , la
tentación de ésta por medio de la serpiente , lo
mismo
que la historia del Diluvio, con
sus episodios
XL
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
del arca , la paloma y el cuervo , etc., son meras
fábulas , ó cuando más leyendas míticas , eco
y
reproducción más ó menos genuina de análogas
leyendas greco-orientales y egipcias. Para aquellos
dos primeros enemigos del naciente Cristianismo,
los milagros que los Evangelistas atribuyen á
jesús, ó son la obra de un impostor, como lo fue-
rón después para el autor de los famosos
Frag-
mentos de Wolfenbüttel ,
ó fueron efectos pura-
mente naturales y fenómenos físicos, ó son leyen-
das populares y concepciones míticas , según
repitieron y afirmaron muchos siglos después las
escuelas exegético-racionalistas que aparecieron
en Alemania y Francia.
La verdad es, sin embargo, que este género
de ataques é impugnaciones contra los Libros
Sagrados de la Iglesia ha perdido su valor y
fuerza á los ojos de los mismos partidarios del
libre pensamiento ; los cuales , abandonando sus
antiguas y derruidas posiciones, establecen hoy
sus trincheras de ataque al abrigo, ó, digamos
mejor, á la sombra del progreso científico por-
que, según arriba queda indicado, desde el campo
de las ciencias físicas y naturales , acudiendo al
terreno de éstas é invocando el nombre simpático
PRÓLOGO.
XLI
de la
ciencia,
es como vemos hoy surgir y afir-
marse las objeciones más serias é importantes
contra la Sagrada Escritura. «Las objeciones
científicas , escribe á este propósito el abate Vi-.
c
r
ouroux , raras y de no grande alcance en otros
tiempos , hanse multiplicado en nuestros días,
adquiriendo importancia á causa de los extraor-
dinarios progresos verificados en el terreno de
las ciencias. A exponer y desarrollar estas obje-
ciones se han dedicado los adversarios de la reve-
lación para batir en brecha nuestros Libros San-
tos. En nombre de la geología impugnan el relato
de la creación del mundo , pretendiendo que es
inconciliable con los descubrimientos geológicos ;
en nombre de la astronomía sostienen que Moisés
y los demás autores sagrados atribuyen á la tie-
rra, en el sistema del universo, un papel que no
le corresponde ; en nombre de la paleontología
quieren retirar los orígenes de nuestro globo y
del hombre mucho más allá de los límites que se
les habían señalado ; en nombre de la historia
natural tachan de erróneos ciertos pasajes de
nuestros Libros Santos.»
Á las ciencias citadas por el ilustre publicista
'
Les livres Saints et la critique rational.
T. r, pág. 37.
XLII
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
de San Sulpicio, pueden y deben añadirse otras
varias,' que hoy entran en el cuadro extenso de
las ciencias `físicas y naturales , porque del fondo
de todas ellas, y con especialidad desde el campo
de la linguística , de la etnología y de la antro-
pología prehistórica, vemos levantarse cada día
ataques y objeciones de trascendencia indisputa-
ble acerca de la creación, de los orígenes del uni-
verso , proceso y constitución de sus grandes
cuerpos, producción del hombre, antigüedad del
mismo sobre la tierra, unidad de la especie huma-
na, existencia, causas y condiciones de universa-
lidad respecto del Diluvio de Noé, y, en general,
acerca de varios problemas que pudiéramos lla-
mar bíblico-científicos.
Lo hemos dicho ya, y volvemos á repetirlo :
en el último tercio del siglo xix en que vivimos, es
deber prefererente del teólogo cristiano y del
apologista de la Iglesia de Cristo discutir y resol-
ver esos problemas, teniendo la vista fija simultá-
neamente en la Biblia y en la ciencia ; y esa discu-
sión, si es seria, imparcial y sólida, servirá á la
vez para descubrir y fijar el sentido verdadero
del texto bíblico, y para demostrar que éste es
p
erfectamente compatible con los grandes descu-
PRÓLOGO.
XLIII
brimientos realizados en las ciencias físicas y na-
turales de medio siglo á, esta parte , con las con-
clusiones inductivas y deductivas de la ciencia,
siempre que sean legítimas , y en relación con las
premisas que les sirven de base. Cumplir y llenar
de algún modo, siquiera sea imperfecto, ese deber
del teólogo cristiano, esa misión del apologista
de la Iglesia en nuestros días , es el objeto y fin de
este humilde trabajo
1
,
cuya publicación obedece,
ante todo , al deseo y propósito de que hombres
más competentes que el que esto escribe, salgan á.
la palestra para defender y afirmar la verdad
cristiana, tan odiada y combatida hoy por todas
partes y en todos los terrenos. Entretanto, el autor
de este ensayo se propone plantear, discutir y
resolver los principales problemas bíblico-científi-
cos , conservando y defendiendo la verdad de la
palabra de Dios contenida en la Biblia , sin negar
ni desconocer las grandes conquistas llevadas á
cabo por la ciencia, ni tampoco los derechos legí-
timos de ésta.
'
Es sabido que con título semejante ó igual al de este libro
publicó uno Scháfer y otro el italiano Cultrera ; pero por más
diligencias que hicimos, no hemos podido adquirir
ni leer
La
Bzblia e la screnTa
del segundo, ni la obra que con el título de
Bibel und Wissenschaft,
dió á luz el citado Scháfer.
XLIV
LA ilIBLIA Y LA CIENCIA.
Porque el autor de este pobre libro abriga la
convicción de que la ciencia verdadera y legítima,
como el legítimo y verdadero progreso, no están
ni estarán en contradicción con la verdad reli-
giosa contenida en los Libros Santos. Ésta y aqué-
lla son dos fases , dos manifestaciones igualmente
legítimas de la razón divina ; y si alguna vez se
presenta oposición entre una y otra ; si el espec-
tro de la contradicción parece interponerse, en
ocasiones, entre la voz de la ciencia y la voz de la
Biblia , al penetrar en el fondo de las cosas , al in-
dagar y discutir los fundamentos de la pretendida
contradicción , descubriremos allí alguna deficien-
cia, ó por parte de la exegesis é interpretación del
texto bíblico, ó por parte de las deducciones y
aplicaciones científicas con relación al mismo ; ó
por parte del hombre de la teología , ó por parte
del hombre de la ciencia. Cuando esto suceda,
cuando se presente á nuestro espíritu una contra-
dicción más ó menos aparente entre la ciencia y la
Biblia, podemos y debemos estar seguros de que
la contradicción desaparecerá con el progreso
simultáneo de la ciencia y de la exegesis, según ha
sucedido ya en varias materias y cuestiones de
esta índole. En casos semejantes, mientras espera-
PRÓLOGO.
XLV
mos la solución incubada por la marcha progresiva
de la exegesis y por los descubrimientos siempre
crecientes de las ciencias físicas y naturales, debe-
mos recordar y repetir las palabras siguientes de
San Agustín :
lbi , si quid velut absurdum mo-
vent , non licet dicere Auctor hujus libri non
tenuit veritatem, sed : aut Codex mendosus est,
aut interpres erravit , aut tu non intelligis.
Eco,
á la vez que ampliación exegético-científica de
estas palabras del obispo ae Hipona , son las del
Doctor Angélico, cuando en sus comentarios sobre
el Libro de la Sentencias escribe lo siguiente:
Cum Scriptura divina nzultipliciter exponi pos-
expositioni aliquis ita prcecise inhcereat,
ut si certa ratione constiterit
hoc esse
falsum,
quod aliquis sensum
Scripturce esse credebat , id
nihilominus asserere prcesuinat.
Antes de poner fin á estas líneas en forma de
Prólogo, séanos permitido invocar las gracias y
bendiciones de Dios , para que este humilde en-
sayo no resulte del todo estéril para su causa y
para la causa de su Iglesia. Plegue al cielo que
contribuya eficazmente á acortar las distancias
que separan á muchos hombres de la ciencia mo-
derna de los hombres de la fe antigua, á que unos
XLVI
LA BIBLIA
Y LA CIENCIA.
á otros se aproximen más y más y á que se den
amiga mano. Los que en nombre de la ciencia, y
abusando de la misma , dirigen violentos ataques
contra la Religión de Jesucristo, debieran con-
servar en su memoria, en su lengua y en su plu-
ma , el noble y levantado deseo de Tyndall , es
decir, de uno de los sabios más autorizados y
competentes de nuestros días, el cual, militando
como militaba y milita todavía por desgracia, en
las filas del librepensamiento , se expresaba en los
siguientes términos en su discurso de Norwich :
« Yo quisiera ver grabarse profundamente en el
espíritu de los que se dedican á estas investiga-
ciones la convicción de que es muy de desear que
la Religión y la Ciencia hablen el lenguaje de la
paz, dándose la mano en los días y generaciones
del porvenir.»
Esta aspiración tan honrada y generosa de
Tyndall, veríase realizada y satisfécha segura-
mente con el transcurso de los años, si los sabios
dignos de este nombre, los hombres de verdadera
ciencia, siguieran el ejemplo de su celebrado pre-
decesor Bacón, el cual, al dar principio á su
_No-
vum
Organon,
rogaba á Dios que no permitiera
que los nuevos conocimientos adquiridos por vía
PRÓLOGO.
XLVII
de los sentidos y de la experiencia , al comunicar á.
la humana razón mayor amplitud y brillo, le arras-
traran, en aras de la ilusión y de la vanidad, á ne-
gar á la fe divina la obediencia y homenajes que
le son debidos. Y aludo aquí y me refiero exclu-
sivamente á los
hombres de verdadera ciencia,
á
los sabios dignos de este nombre ; porque si se tra-
ta de los sabios de revista y de salón, de los hom-
bres de
media ciencia,
es de temer que no pocos
de ellos se manifiesten refractarios á los nobles de-
seos y aspiraciones expresadas por Tyndall en el
discurso de Norwich. La razón y la experiencia
enseñan de consuno que el ahora citado autor del
Novum Organon,
era eco fiel de la verdad y
realidad de las cosas cuando escribía :
Verum
est ,parunit
philosophice naturalis nomines incli-
nare in atheismum, at altiorem scientiam eos
ad relig-ionem circumagere.
LA BIBLIA Y LA CIENCIA
CAPÍTULO PRIMERO
LA BIBLIA EN LA IGLESIA CATÓLICA.
NTES
de entrar en el examen directo de la
naturaleza de las relaciones que existir
pueden y existen de hecho , entre la
Bi-
blia y la Ciencia, ó, digamos mejor, entre
la Biblia y determinados problemas científicos, pa-
rece conveniente fijar los tétminos de la cuestión,
con lo cual quedará desembarazado el camino
para llegar á la solución del problema transcen-
dental y complejo , que constituye el fondo y el
objeto de este libro. Al efecto, después de exponer
el concepto católico de la Biblia, ó sea lo que es la
Biblia en la Iglesia de Jesucristo , trataremos de
la misma en sus relaciones con el principio protes-
tante; emitiremos algunas reflexiones acerca de la
ciencia considerada en sí misma y en sus relacio-
nes con las diferentes escuelas filosóficas, y se
hablará , por último , de las relaciones generales
4
2
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
entre la Biblia y la Ciencia , con lo cual pondre-
mos término á esta especie de disertación preli-
minar.
1
I.
Idea general de la Biblia.
El conjunto ó colección de libros que la Igle-
sia católica reconoce corno inspirados por Dios,
constituye el libro, ó mejor dicho, los libros que,
con mayor ó menor propiedad etimológica , reci-
ben el nombre de
Biblia
siendo también desig-
nados frecuentemente con los nombres de Sagra-
da Escritura , Texto Sagrado , Sagradas Letras,
Escritura, Libros Santos , denominaciones todas
que presuponen como base la inspiración divina.
Constituye esta inspiración la nota más carac-
terística y esencial de los libros que componen la
Biblia , y merece por lo mismo que en ella nos
ocupemos más adelante con el detenimiento que
exige. Pero al lado de esta nota fundamental, ofre-
ce la Biblia algunas otras que bien merecen seria
atención por parte de los hombres pensadores,
siquiera se trate de aquellos que no conceden al
Texto bíblico el origen divino que le atribuyen y
conceden los hijos de la Iglesia, y siquiera dirijan
Decimos esto, porque es cosa sabida que este nombre, de
plural neutro que era para los griegos, se convirtió para los lati-
nos en singular femenino, por virtud
de
una transformación
-
insensible llevada á cabo durante la Edad Media.
CAPÍTULO
PRIMERO.
3
contra ella rudos ataques en nombre de la ciencia
y en nombre también de los derechos de la razón
humana.
El genio de Lacordaire resume con su acos-
tumbrada elevación de ideas las notas principales
á que hemos aludido , apellidándolas la nota tra-
dicional, la nota constituyente y la nota profética.
Después de consignar que las dos primeras corres-
ponden á contados libros, que fueron y son tenidos
y venerados como divinos por pueblos numerosos';
y después de afirmar que la nota tradicional y la
fuerza constituyente que en aquellos libros, tenidos
por sagrados pero no bíblicos, tienen su razón de
ser en la tradición primitiva realmente divina, pero
desfigurada ó incompleta, que en los mismos se
contiene, el insigne orador de Nuestra Señora de
París pone de manifiesto la superioridad de la
Biblia, aun con relación á, aquellos libros que fue-
ron y son tenidos como sagrados por pueblos nu-
merosos y por grandes imperios.
« En qué consiste, pregunta el elocuente apo-
logista del Catolicismo , en qué consiste la fuerza
constituyente del Corán, de los Vedas, que miráis
como fabulosos ? ¿De dónde le viene tanta autori-
dad á la mentira? La respuesta es fácil, señores ;
« Existe en el mundo , escribe el. ilustre Dominico francés,
una cantidad innumerable de libros, pero entre todos no hay más
que seis que sean venerados de los pueblos como sagrados : los
Kings de la China, los Veas de la India, los Zend-Avesta de los
Persas, el Corán de los Árabes, la Ley de los Judíos y el Evan-
gelio de los Cristianos; y
no
puedo menos de admirarme de que
sean tan raras las escrituras sagradas., (Confer., t. i; Conf. ro.')
4
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
sin duda los libros que se llaman sagrados , no son
todos libros verdaderos y divinos : fuera de los
libros cristianos , ninguno está. exento de fraude y
de error, pero tan desfigurado, que allí está la tra-
dición; ella respira allí y allí anuncia que el hombre
depende de Dios , que es gobernado por su pro-
videncia, y que Dios debe ser honrado por un
culto interior y exterior que es la base de todos
los deberes de los hombres entre sí. La tradición
sostiene estos libros, por más imperfectos que
sean ; les comunica el peso del tiempo y el peso
del cielo : son una verdad que nace de este origen,
aunque haya sido viciada en el camino.
»Pero si todas las escrituras sagradas no son
divinas ; si sólo una es la que debe serlo , ¿ por qué
señales la reconoceremos? Por las señales que
hemos indicado ya : por la señal tradicional y
constituyente, y además por la señal profética.
» ¿Qué libro sagrado ostenta en el grado que la
Biblia de los cristianos el carácter tradicional ? Es
verdad que el Corán , el Zend-Avesta, los Vedas
y los Kings son un conjunto de tradiciones ; pero
tradiciones sin vínculo histórico , en donde nada
se sostiene por la sucesión de las cosas y la rela-
ción manifiesta con todos los puntos del tiempo.
La Biblia, desde su primer versículo hasta el
último , desde
el fíat lux
hasta el Apocalipsis, es
un encadenamiento magnífico , un progreso lento
y continuo , en el que cada oleada impele á la que
precede y lleva á la que sigue. Los siglos, los
acontecimientos, las doctrinas se entrelazan allí,
CAPÍTULO PRIMERO.
5
desde el centro á la circunferencia, y en su tejido
sin costura no dejan ni vacío ni confusión. La
antigüedad y la realidad derraman allí un perfume
igual ; es un libro que se forma cada día, que
crece naturalmente como un cedro , que ha sido
testigo de todo lo que dice, y que no dice jamás
nada sino con la presencia del todo y la lengua de
la eternidad. Es imposible, aunque sea á un niño,
confundir la Biblia con ningún otro libro sagrado ;
la diferencia es tan sensible , que casi es una blas-
femia el pronunciar su nombre al lado de cuales-
quiera nombres que pretendiesen imitar el suyo.
»La superioridad de ese libro es todavía más
clara, si es posible, considerada bajo el aspecto
constituyente. ¿Quién se atreverá á comparar
ningu.la sociedad constituida por un libro sagrado
con la sociedad cristiana? Mirad desde luego la
China. ¿Qué ha hecho? ¿Por medio de qué obras
se ha revelado al mundo? ¿Dónde están los vesti-
gios de sus armas? ¿Dónde las rutas de sus na-
ves? ¿Dónde su propaganda doctrinal? ¿Habéis
encontrado jamás al chino en los grandes derrote-
ros de la humanidad? Pueblo muerto en un orgu-
llo sin actividad, se encerró en sí mismo , y en el
espacio de tres mil quinientos años no ha experi-
mentado nunca una sacudida eléctrica del amor y
del genio. Acercaos á considerar la India : todos
los conquistadores y todos los mercaderes han
ido á ella : ella ha dado el oro, las perlas, los dia-
mantes , el marfil , á quien lo ha querido ; todavía
mantiene con sus fáciles riquezas la ambición del
6
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
pueblo británico ; pero, ¿conocéis de ella otra cosa
más que su voluptuosidad, igual á su servidum-
bre?.... Miraos ahora á vosotros mismos, hijos de
la Biblia ; miraos ; vosotros no sois nada por vues-
tro territorio : la Europa es un pulsado de tierra
en comparación del África y del Asia, y, con todo,
vuestros colores y vuestros pabellones son los
que yo encuentro en todos los mares, en las islas
y en los puertos del mundo entero ; vosotros estáis
presentes del uno al otro polo por medio de vues-
tros navegantes , de vuestros mercaderes , de
vuestros soldados, de vuestros misioneros, de
vuestros cónsules ; vosotros sois los que dais la
paz ó la guerra á las naciones , los que lleváis en
las telas de vuestro estrecho vestido los destinos
del género humano. Descended á la plaza pública
y levantad vuestra voz : he aquí que á esa voz se
remueven los continentes antiguos y nuevos. Esa
palabra que va tan lejos, es vuestra palabra ; esa
palabra tiene hermanos y hermanas en todas las
capitales, reune en torno suyo todas las pasiones
y todos los sacrificios. ¡ Qué actividad! ¡ Qué impe-
rio! ¡ Qué gloria! Y todo esto sois vosotros , y á
vosotros quien os ha formado es la Biblia. Si
pues la constitución de los pueblos está en razón
de la verdad contenida en sus libros sagrados , y
si los pueblos cristianos sobrepujan á todos los
demás, como los ángeles sobrepujan á todas las
naturalezas criadas, se sigue de aquí que el más
alto grado de verdad se halla en los Libros cris-
tianos.»
CAPÍTULO PRIMERO.
7
I
I.
La autenticidad de la Biblia.
Aun considerada la Biblia desde un punto de
vista puramente humano , será, difícil encontrar
libro alguno que posea en tan alto grado como
ella el carácter de autenticidad. Porque si la exis-
tencia de ésta es tanto más difícil cuanto que se
trata de mayor antigüedad, ¿qué libro hay en el
mundo que á una antigüedad de más de treinta
siglos para algunos de sus libros reuna tantas y
tan respetables pruebas de autencidad ?
Dejando á un lado los libros del Nuevo Testa-
mento , relativamente modernos con respecto á la
mayor parte del Antiguo Testamento, es sabido y
constante para quienquiera que haya hojeado la
Biblia , que los libros de la misma que fueron es-
critos con posterioridad relativa contienen citas
y alusiones á los anteriores. La tradición perma-
nente de la nación judaica acerca de la divinidad
é inspiración de los libros que forman el Testa-
mento antiguo se halla atestiguada y comprobada,
no ya sólo por el testimonio de los Padres de la
primitiva Iglesia, sino por el de los talmudistas y
por el del historiador Josefo , que es, á. no dudar-
lo , de mucho peso en la materia.
«Entre nosotros los judíos, escribe, no existe
esa innumerable multitud de libros que disienten
entre sí, y se contradicen unos á otros, sino sola-
o
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
mente veintidós libros que abrazan la historia de
todo el tiempo pasado, los cuales con razón se
cree que son divinos. Cinco de éstos tienen por
autor á, Moisés , y contienen las leyes, á la vez que
la historia de los hechos realizados desde el ori-
gen del género humano hasta la muerte del mismo
Moisés. Desde la muerte de éste hasta el reinado
de Artajerjes , el cual reinó entre los persas des-
pués de Jerjes , los profetas que sucedieron á
Moisés consignaron en trece libros las cosas acae-
cidas en su tiempo ; los cuatro libros restantes
contienen himnos en alabanza de Dios y precep-
tos de vida utilísimos á los hombres.... Cuán
grande sea la veneración en que tenemos estos
libros, es cosa bien patente; pues á pesar del trans-
Téngase presente que Josefo omite ó prescinde aquí de los
libros llamados
Deuterocanónicos,
y que el número
22,
más bien
que al de los libros sagrados, corresponde al de las letras del alfa-
beto. De aquí es que los antiguos escritores, las escuelas judaicas,
y especialmente la de Babilonia, enumeraban generalmente 24 en
lugar de los
22
de Josefo, considerando como libros aparte el de
Ruth y las Lamentaciones de Jeremías. Abundaban en la misma
opinión algunos doctores y Padres de la antigua Iglesia , entre ellos
Tertuliano, según se desprende de los siguientes curiosos versos
de su libro
Adversus Marcionem:
« Ast quater aloe sex , veterís prceconia verbi,
Testificantis ea qua' postea lacta docemur.
His alis volitant ccelestia verba par orbem ;
His etiam Christi sanguis contectus habetur,
Obscure vatum prcesago dictus ab ore.
Alarum numerus antigua
volumina
signat
Esse satis cerca viginti quatuor ista
Quce domini cecinere vías et tempora pacis
_Time cohcerere novo
C11171
fcedere
cuneta videmus.»
CAPÍTULO PRIMERO.
9
curso de tantos siglos, nadie se ha atrevido toda-
vía á quitar ó añadir cosa alguna en los mismos.
Lejos de esto, á, todos nosotros se nos inculca
desde la infancia lo que debemos creer, que son
estos preceptos del mismo Dios, que debemos
guardarlos constantemente , y sufrir la muerte por
esta causa, si necesario fuere.»
Aunque Josefo no incluye, como hemos dicho,
en el canon judaico los libros deuterocanónicos
del Antiguo Testamento, más bien que á la razón
que alega en el pasaje citado , debe atribuirse á
las ideas farisaicas en que se hallaba imbuido;
porque es sabido que los fariseos y talmudistas
propendían á rechazar los libros escritos después
de la cautividad. Pero el hecho indiscutible de en-
contrarse estos libros en la versión alejandrina ó
de los Setenta , prueba que la Sinagoga y la ge-
neralidad de los judíos los tenían y veneraban
como canónicos y sagrados.
Prueba inconcusa también de la autenticidad
de los libros del Antiguo Testamento es el hecho
de que ni Jesucristo ni los Apóstoles echaron ja-
más en cara á los fariseos la corrupción de aqué-
llos, según observa San Jerónimo
2
,
al paso que
Ceterum ,
escribe, ab imperio Artaxerxis ad nostram
usque memoriam , sunt quidem singula litteris mandata , sed ne-
quaquam tantam fidem et auctoritatem meruerunt, quanta rrs
superiores ii libri, propterea quod minus explorata
fuit successio
prophetarum.» (Cont. Ap., r, 8.)
2
Quod si aliqttis dixerit,
escribe éste al comentar á Isaías,
he-
brceos libros portea a judceis esse falsatos , audiat Originem,
quid in octavo volumine explanationum Isaicv huic respondeat
i6
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
sultará incontestable que el conjunto de profecías
del Antiguo Testamento realizadas en el Nuevo,
ó, mejor dicho, la realización permanente, histó-
rica y visible del primero en el segundo , consti-
tuye una prueba irrefragable de la acción de Dios
en la Biblia. Aquí no se trata de profecías realiza-
bles en el porvenir ; se trata de profecías realiza-
das ó presentes á nuestra vista, pues, como escribe
con su acostumbrada energía Tertuliano:
Quid-
quid agitur prwnunciabatur quidquid videtur
audiebatur.... ldoneum,opinor,
,testiinonium Di-
vinitatis, veritas divinationis.
Es de notar aquí que los antiguos Padres de la
Iglesia concedían mayor valor é importancia á
las profecías que á los milagros, para establecer
y probar la divinidad de Jesucristo y de su Igle-
sia. El milagro , decían, es confirmado por la pro-
fecía , y no la profecía por el milagro : además , la
realización histórica de la profecía ofrece mayo-
monio, pudieron anunciar de antemano determinados sucesos;
porque, en virtud de la superioridad de su naturaleza y de su
inteligencia, el demonio posee conocimientos más perfectos que
el hombre acerca de las relaciones que existen entre determina-
das causas y efectos, como ensea t Santo Tomás :
Manifestum
est,
escribe el Doctor Angélico,
quoi intellectus superioris ordi-
nis aliqua cognoscere potes!, quce sunt remota á cognitione
intellectus inferioris. Supra intellectum autern hunianunt est
etiam intellectus angelorum bonorum et malorum secundum
naturce ordinem. Et ideo quceiam cognoscunt dcemones ,
sua naturali cognitione, quce possunt hominibus revelare...., non
quidem per illuminationem intellectus, sed per aliquain
imagina
-riam
visionem , aut etiam sensibiliter colloquendo.
(Sum. Theol.,
2.
a
,
cap.
CLXXI
art.
5, 6.)
CAPÍTULO PRIMERO.
17
res caracteres de certeza y evidencia que el mila-
gro, el cual es, de su naturaleza, más difícil de apre-
ciar , siendo , como es , un hecho singular , aislado
y más sujeto á dudas y equivocaciones. «Que si
alguien nos responde, escribe San Justino en su
Apología,
si alguien nos responde que nada impi-
de que el Cristo de los cristianos haya obrado sus
pretendidos milagros por medio de artes mági-
cas , queremos probar la verdad de nuestra fe , no
solamente porque con razón damos crédito á los
que nos refieren estos milagros , sino porque nos
vernos precisados á creer aquellos que de ante-
mano anunciaron lo que debía acontecer, y nos
vemos precisados á darles crédito , porque vemos
con nuestros propios ojos que lo que aquellos
anunciaron en épocas pasadas , ó se ha realizado
ya, ó está realizándose á nuestra vista.»
Abundaba en el mismo sentido Lactancio,
quien , después de echar en cara á los gentiles que
obraban con poca prudencia al conceder carácter
divino á sus dioses, sólo por algunos pequeños
portentos
(ob exigua portento)
ó efectos más ó
menos prodigiosos que se les atribuían, añade :
Disce igitztr, non idcirco ci nobis Deum creditum
Christum quia inirabilia fecit , sed quia vidiinus
izz
eo facto esse oinnia, quce nobis annuntiata
sunt vaticinio prophetarum. Fecit mirabilia
magnum
putavissernus ,
ut et vos nunc puta-
tis , et Judcei ¡zinc
putaverunt „
si non illa ipso
factztrum Christum prophetce omnes uno spiritu
prcedixissent.
5
I
8
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
Á decir verdad, algunos escritores eclesiásti-
cos de los primeros siglos parece que exageran la
importancia y superioridad de las profecías sobre
los milagros. La explicación de este fenómeno
debe buscarse en el hecho de que los escritores
aludidos se hallabatt en presencia de gentiles que
oponían á los milagros del Evangelio los hechos
prodigiosos y portentos atribuidos á sus Divinida-
des. Sin perjuicio de probar que estos portentos
eran inferiores en todos conceptos y no admitían
comparación con los de jesucristo y los Apósto-
les , como quiera que esta prueba llevaba consigo
la necesidad de una discusión enojosa, prolija y
científica, preferían generalmente los apologistas
primitivos , para establecer la divinidad del Cris-
tianismo, acudir á las profecías , cuya existencia
y realización saltaba á la vista, y que por esta
razón, y porque nada semejante ó parecido podía
alegar en su favor el paganismo, hacían innece-
saria relativamente la discusión de los portentos
atribuidos á los Dioses del Olimpo pagano.
IV.
La inspiración en la Biblia.
Aunque, según arriba dejamos apuntado, la
inspiración divina constituye el carácter funda-
mental y corno la nota esencial que distingue y
separa la Biblia de todos los demás libros del
mundo , sin excluir aquellos que fueron y son teni-
CAPÍTULO PRIMERO.
1
9
dós por sagrados y divinos por pueblos y nacio-
nes importantes, no es nuestro ánimo discutir y
comprobar la existencia de la inspiración divina
con respecto á los libros canónicos que componen
nuestra Biblia , porque no entra esto en nuestro
propósito, ó , digamos mejor , en el plan y objeto
propio de este libro.
Pero si esta discusión está fuera del objeto y
condiciones de este libro, no lo está ciertamente
la necesidad de exponer
y
fijar la naturaleza y
límites de la inspiración divina con relación á la
Biblia , toda vez que en más de una ocasión su-
cede que las objeciones de la ciencia moderna
contra aquélla , tienen por base , con harta fre-
cuencia, conceptos más (5 menos inexactos de la
naturaleza , condiciones y alcance de la inspira-
ción divina y de lo que la Iglesia reconoce y afir-
ma como verdad revelada en la Sagrada Es-
critura.
De cuatro maneras puede influir Dios para
que un escritor no se aparte de la verdad :
a)
Por medio de un
movinziento piadoso,
en
virtud del cual el hombre es excitado por Dios
de una manera particular para escribir cosas
espirituales y ascéticas , encaminadas á la santifi-
cación de las almas : las obras de Santa Teresa y
el libro de la
Imitación de Cristo,
pueden consi-
derarse como manifestaciones de este movimiento
piadoso y divino.
b)
Por medio de
revelación,
la cual consiste
en una manifestación ó declaración que Dios hace
20
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
al hombre de alguna cosa , antes desconocida por
éste, como sucede generalmente
I
,
aunque no siem-
pre , en las profecías, y también cuando se trata
de los misterios principales de la fe, que sólo lle-
gan hasta nosotros por medio de la revelación.
c)
Por medio de una
asistencia
especial del
Espíritu Santo, en virtud de la cual éste afirma
y dirige la mente del escritor, de manera que le
impide caer en error. Esta asistencia , que, en opi-
nión de algunos teólogos , basta para constituir la
inspiración necesaria en los libros canónicos de la
Escritura
2
es la que Dios tiene prometida á su
Decimos
generalmente,
porque no siempre el profeta conoce
ó se da cuenta del contenido y significación real de la profecía
que Dios pone en sus labios. Sobre esta materia es preciso no
perder de vista la siguiente notable doctrina de Santo Tomás :
« In revelatione prophetica.... quandoque movetur mens propheta,
ad aliquid loquendum, ita quod intelligat id quod per hrec verba
Spiritus Sanctus intendit. Quandoqzte autem ille, cujus mens mo-
vetur ad aliqua verba exprimenda, non intelligit quid Spiritus
Sanctus per hcec verba intendat , sicza patet de Caipha....
Clan
ergo aliquis cognoscit se moveri a Spiritu Sancto ad
aliquid cestimanclum vel significandum verbo vel facto, hoc pro-
F
rie ad prophetiam pertinet ; cum autem movetur , sed non
cognoscit, non est perfecta prophetia, sed quidam instinctzts
propheticus. Sciendum lamen , quod quia mens pro
1
.2hetw est in-
strumentum deficiens , etiam vera prophetce non omnia cogno-
scunt , quce
in
eoruut visis aut verbis „iut etiam factis Spiritus
Sanctus intendit». (Sum. Theol.,
2.
a
2.
2e
,
Cuest.
art. 4.0)
2
El Jesuita Bonfrerius parece adoptar esta opinión, cuando
escribe :
Hoc modo potest Sancius Spiritus Scriptorem Hagio-
graphum dirigere , ut in nullo eum errare fallive permittat; cuan
enim prcesciat quid ille scripturus sit, ita el adstat, ut sicubi vi-
deret
eurn
erraturum , inspiratione sua illi esset adfuturus. Hic
modus videtur a Spiritu Sancto conservatus in historias, dictis
aliorum,
factisque
referendis,
quce
vel visu cognita ,vel auditu ab
CAPÍTULO
PRIMERO.
21
Iglesia y al Romano Pontífice, para no
,
errar en
la determinación y definiciones solemnes de las
verdades de fe.
d,)
Por medio
de
inspiración, la
cual entraña
una asistencia positiva y directa por parte del
Espíritu Santo, el cual sugiere al escritor las co-
sas que debe poner por escrito, y, en caso nece-
sario ó en determinadas circunstancias , se las
revela.
Según las decisiones de la Iglesia en
el Conci-
lio
de Trent°, y más explícitamente en el Vati-
cano, ha
y
que reconocer con los teólogos y exege-
tas católicos , que la inspiración divina que, según
queda indicado, constituye la nota característica
y esencial de
la Biblia , no es lo que hemos lla-
mado
movimiento piadoso,
ni aun en el caso ó hi-
pótesis de que el libro así escrito fuera aceptado
después por el Espíritu Santo y recibiera como
una especie de sanción divina, según opinaron en
el siglo xvi algunos teólogos
1
,
toda vez que no
hominibus fide dignis accepta fueran!. Ita Evangelio , ita Acta
opostoloru
171,
ita Machabceorum libri. (Praeloquia in tot. S. Script.,
c. 8, sec.
3:17
Es sabido que los PP. Lessius y Hamel afirmaron ó de-
fendieron por algún tiempo la siguiente proposición :
Liber ali-
quis, qualis est fortasse secundus Machakvorum , humana indu-
stria, sine assistentia Spirtius Sancti scriptus , si Spiritus Sanctus
postea testetur
ibi nihil
esse falsum,
efficitur Scriptura Sacra.
Esta teoría, que dió origen entonces á vivas controversias y
severas censuras por parte de algunos teólogos y universidades,
no puede admitirse después de las decisiones terminantes del
Concilio Vaticano, aun tomando en cuenta las explicaciones y
atenuaciones aducidas por sus autores.
22
LA ¡HULLA Y LA CIENCIA..
existe aquí acción ó influencia directa especial del.
Espíritu Santo, sobre el entendimiento en orden
al conocimiento y elección de materias , sino más
bien una excitación de la voluntad para tratar de
cosas piadosas.
Tampoco basta la simple
asistencia
para cons-
tituir la inspiración que la. Iglesia y la Teología
católica conceden á los Libros sagrados ; porque
la asistencia , como tal , se limita á excluir ó evi-
tar el error, de manera que envuelve influencia
negativa más bien que positiva.
En cambio la revelación va más lejos que la
inspiración, porque la revelación expresa ó en-
traña la manifestación sobrenatural de alguna
cosa desconocida é ignorada por el escritor, y no
hay para qué decir que no todo lo que los autores
bíblicos consignaron en sus escritos lo conocían
sólo por revelación divina. Ni el autor del libro de
los Macabeos , ni el Evangelista San Mateo , ni San
Lucas al escribir los Actos de los Apóstoles, ne-
cesitaron de revelación divina para consignar por
escrito lo que sabían por relaciones fidedignas, ó
lo que habían visto con sus propios ojos.
Resulta de todo lo dicho que la inspiración di-
vina, que la Iglesia católica reconoce y afirma
en los libros de la Biblia, entraña una acción es-
pecial de Dios sobre la inteligencia y la voluntad
del escritor sagrado, en virtud de la cual mueve
y determina á éste á escribir determinadas co-
sas, las cuales, ó le son reveladas por el mismo
Dios , si las desconoce ó si son superiores á la ra-
CAPITI40 PRIMERO.
23
zón humana, ó en el caso de que el escritor posea
ya el conocimiento de las mismas, le asiste y ayu-
da, ya para que no incurra en error al consignar-
las , ya también para que sólo consigne las que
Dios quiere, y esto en la forma , condiciones y cir-
cunstancias que quiere.
De este concepto de la inspiración divina con
respecto á los libros que componen la Biblia, con-
cepto que se halla en perfecta consonancia con las
recientes declaraciones del Concilio Vaticano
se deduce , que aunque los libros sagrados con-
tienen verdades reveladas , no todo lo que contie-
1
En la
Constitución dogmática
de éste, después de recordar
la doctrina del Tridentino acerca de la revelación sobrenatural
contenida en las tradiciones y en los escritos sagrados , añade :
Qui quidem Veteris et Novi Testainenti libri , integri cum omni-
bus sois partibus , prout in ejusdem Concilii decreto recensetur
et in veteri Vulgata latina editione habentur,
, pro sacris et cano-
nicis suscipiendi sunt. Eos
y
ero Ecclesia pro sacris et canonicis
habet, non ideo' quod sola humana industria concinnati , sua
deinde auctoritate sunt approbati ; nec ideo duntaxat, quod reve-
lationem sine errore contineant , sed propterea quod Spiritu
Sancto inspirante Deum habent auctorem atque ut
tales ipsi Ecclesice traditi sunt.
Después de este decreto del Concilio Vaticano, parece ina 1-
misible la opinión del P. Vercellone, quien, en una disertación
publicada en 1866, sostenía que el texto ó decreto del Tridentino
referente á la autenticidad de la Vulgata , no supone distinción
entre los textos dogmáticos y
no
dogmáticos. Según el sabio Bar-
nabita , sin contravenir á las decisiones del Concilio de Trento,
se pueden admitir en la Vulgata interpolaciones, aun con respecto
á los textos dogmáticos; de manera que, en opinión de Vercello-
ne, cuando el Concilio Tridentino manda, bajo pena de excomu-
nión, admitir los libros canónicos de la
Vulgata con todas sus par-
tes,
por esta
última palabra los Padres del Concilio sólo se propu-
2:1
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
nen puede llamarse revelado en el sentido rigu-
roso de la palabra , por más que todo puede y
debe llamarse inspirado. En cambio, tampoco po-
demos decir que todas las verdades reveladas es-
tán contenidas en los libros sagrados é inspirados,
porque existen verdades reveladas que no constan
en esos libros, sino en la tradición ; pues como
dice el Concilio Vaticano :
Supernaturalis reve-
sieron designar algunos pastajes que los protestantes rechazaban
ó consideraban apócrifos, como ciertos pasajes deuterocanónicos
de Daniel y de Ester.
En terreno más seguro y más en armonía con las posteriores
enseñanzas del Concilio Vaticano, se colocó el cardenal Fran-
zelin, cuando, al refutar la teoría de Vercellone, escribe :
Unde
dicinzus ; .dogma quod expressum extat in editione Vulgata,
non deerat in Scriptura primitiva ; b) adeoque etiam non erat
expressum aliud dogma in textu et aliud in loco respondente
editionis Vulgata? ; c) multo nzinus dogma quod in Vulgata affir-
matur, ibi erat negatum aut vicissim. ( De Script.,
pág. 535,
edit.
2,
a
)
Restablecido el sentido verdadero de la definición del Conci-
lio de Trento, sentido que , según queda indicado, está en con-
sonancia con lo que después decretó el Vaticano, el Cardenal
citado añade que no por eso es necesario creer que cualquier
dogma contenido en la Vulgata se halla en ella
expresado de la
misma manera
que en la Escritura primitiva, con tal que el
dogma permanezca idéntico en su parte esencial : Sed non dici-
mus
d)
Vi decreti Concilii credendum esse dogma in Vulgata
eodem molo expressum,
ut erat in Scriptura primitiva , dum-
modo dogma maneat idem : propterea neque dicimus :
e)
in
hujusmodi loco nullum posse esse errorem versionis, dummodo
non sit hujusmodi qui substantiam dogmatis rnutet vel obliteret,
ita ut etiam adhibitis presidiis necessariis et 'opportunis intelligi
nequeat. Sic non censendus esset contra decretum Tridentinum
rejicere authentiam Vulgatae, qui veram lectionem in textibus
quibusdam etiam dogmaticis putaret esse aliam, qua idem dogma,
sed non eodem modo , ut in
Vulgata enunciaretur.
CAPÍTULO PRIMERO.
25
latio , secundunt universalis Ecclesi fidem, con-
tinetur in libris scriptis, et sine scripto tradi-
tionibus.
De manera que
a)
los libros canónicos
ó
inspirados no contienen toda la revelación ;
b)
toda
revelación presupone y entraña la inspiración ;
c)
pero no toda inspiración presupone y entraña re-
velación propiamente dicha.
Siendo, como es, la inspiración divina un hecho
interno y sobrenatural , no puede caer en la esfera
de la crítica humana ; y de aquí la necesidad de
una crítica sobrehumana para reconocer esa ins-
piración crítica , cuyo depositario y órgano es la
Iglesia católica. Por eso los teólogos y exegetas
católicos, en sus definiciones y descripciones de la
Sagrada Escritura, incluyen siempre el testimo-
nio de la Iglesia en orden á la canonicidad é ins-
piración de sus libros.
Sub nomine Scripturce,
dice Larny,
,
intelligimus libros ab auctoribus
sacris, a/jlante Deo , conscriptos, et gua tales ab
Ecclesia receptos.
«Ab Ecclesia est determinandum,
escribe á
su vez Melchor Cano ,
quisnain liber sit canoni-
cus, et illins auctoritas certa regula est, ad li-
bros, vel in sacrorum numerztm recipiendos, vel
etiam ex eo
numero
rejiciendos
I
.
El mismo Melchor Cano, al desenvolver y probar esta tesis,
se expresa en los siguientes términos : « Definitio dubiorurn, quae
circa fidem modo exoriuntur ad prxsentem Ecclesiam pertinet :
oportet enim judicem vivum in Ecclesia esse, qui fidei contro-
versias decidere possit; siquidem Deus in necessariis Ecclesi
3
sine
non defuit. At librum esse canonicum necne, fidem maxime tan-
git ; ad Ecclesiam igitur hujus temporis, hujus rei judicium
26
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
Es esto tanta verdad, que San Agustín solía
decir que no daría fe al Evangelio si á ello no le
impulsara la autoridad de la Iglesia :
Evangelio
non crederem nisi me Ecclesice Catholica
,
com-
moveret auctoritas.
V.
Los límites
de la inspiración bíblica.
Expuesta ya la naturaleza de la inspiración
divina con respecto á la Biblia , conviene ahora
fijar sus límites verdaderos ; cuestión que debe
ventilarse con todo esmero, porque es de impor-
tancia suma para resolver las dificultades y pro-
blemas que suelen suscitarse acerca de la confor-
midad ó contradicción entre la Biblia y la ciencia,
objeto capital de este libro.
La primera cuestión que en este punto se pre-
senta es la siguiente : La inspiración divina en la
Biblia, ¿se limita á las cosas, ó sea á las senten-
cias é ideas , ó se extiende también á las palabras?
Aquí conviene distinguir : si por palabras se en-
tiende simplemente la expresión externa adecuada
de la idea ó sentencia inspirada, es evidente que
la inspiración se extiende á las palabras , toda vez
que la inspiración de la sentencia lleva consigo la
necesidad de que su manifestación externa por la
pertinebit; nam si errores
qui sanee
doctrines adversantur, Eccle-
sia qua' nunc est, condemnare nequit, profecto
judicibus de medio
sublatis, hujus swculi hwretici impune vivere, atque adeo refina-
re possunt
A.
(De Loe. Theol.,
lib. II, cap.
vti. )
CAPÍTULO PRIMERO.
27
u--
palabra responda con exactitud y fidelidad á la
cosa revelada ó inspirada.
Empero si por palabra inspirada se entiende
que la inspiración divina lleva consigo la necesi-
dad de usar de tal ó cuál palabra material, ó de
combinar las palabras de esta ó aquella manera y
no de otra, en este sentido, la inspiración divina
en la Biblia no es verbal, ó no se extiende á las
palabras. Cierto es que algunos y graves teólo-
gos, especialmente entre los antiguos, se inclina-
ban á esta opinión
I
;
pero la mayor parte de éstos,
lo mismo que los Padres de la Iglesia, enseñan
generalmente que la inspiración divina no excluye
la elección y orden de las palabras, la elocución
y el estilo peculiares de los escritores bíblicos,
excepción hecha de algunos casos especiales y
extraordinarios ; y decimos especiales , porque,
según la oportuna observación de Vigouroux,
puede suceder que una expresión ó palabra deter-
minada sea inspirada directa ó indirectamente,
como cuando se trata de una palabra que sea esen-
cial para la expresión ó significación de una ver-
dad dogmática , ó de una significación directa-
mente intentada por Dios
2
,
que ilumina al efecto
Entre éstos pueden citarse Toledo y Suárez, el último de los
cuales escribe :
Est Scriptura instinctu Sancti Spiritus scripta
dictantis non tantum sensurn sed etiarn verba.
Es posible, sin em-
bargo, que Suárez afirme la inspiración verbal en el sentido que
en el texto queda indicado.
2
Según el citado Vigouroux, acontece esto en dos casos prin-
cipalmente :
«
Cuando se trata de una revelación, en el sentido riguroso
28
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
la inteligencia y mueve la voluntad del escritor
sagrado. Como prueba y confirmación de lo dicho,
puede alegarse la diferencia de estilo y elocución
que se nota en los escritores bíblicos ,
y
espe-
cialmente en los profetas, cuyas diferencias de
estilo y de lenguaje explican los Padres de la
Iglesia y los exegetas por la diferencia de instruc-
ción, de saber, de trato y condición social entre
los mismos :
Isaías prophetis aliis eloquentior
extitít,
escribe San Gregorio Magno ,
quia nec,
ut Jeremias Anathoti tes , nec , ut Amos , armen-
tarius , sed nobiliter Instructus atque urbanus
Análogas diferencias se observan en los escri-
tores del Nuevo Testamento , y hasta entre los
mismos cuatro Evangelistas , no siendo difícil ad-
vertir la superioridad de estilo que la patria , la
de la palabra, de un detalle, de un nombre, etc., y esta revelación
es presentada corno tal; por ejemplo, los nombres de Abraham,
de Israel, el nombre de Dios manifestado á Moisés :
Ego sum qui
sum.
Bien que aun en este caso no conviene exprimir demasiado
las palabras.
»2.°
El segundo caso es cuando la palabra es absolutamente
esencial para la expresión del dogma, de la verdad revelada ó
enseñada, de tal manera, que ninguna otra podría contener con
tanta exactitud el pensamiento, según se verifica en la palabra
est,
pronunciada en la institución de la Eucaristía.» (
Manuel bibli-
que ,
tomo 1, cap. 1, art. .2.0)
De Isaia sciendum ,
escribe San Jerónimo,
quod in sermone
suo disertus est, quippe
ut
vir nobilis et urbance eloquentice , nec
habeas quidquam in eloquio rusticitatis admixtuin.
Jeremias,
añade el mismo ,
sermone quidem apud Hebrxos,
Isaia et Osee et quibusdam aliis prophetis videtur esse rusticior,
sed sensibus par, quippe qui eodem Spiritu prophetaverit.
CAPÍTULO PRIMERO.
29
lengua y la literatura griegas dieron á San Lucas
sobre los demás Evangelistas.
Por otra parte, es incontestable que los cuatro
Evangelistas, al referir los hechos y discursos del
Salvador, emplean palabras y frases diferentes, sin
contar que algunos omiten ó modifican circuns-
tancias expresadas por otros , lo cual demues-
tra claramente que , salva la identidad de la doc-
trina, y salva la inspiración en orden á. la misma,
la elección de palabras, su composición, manera
y estilo responden á la voluntad , condición y
circunstancias particulares de los Evangelistas.
Otra prueba
de que la inspiración
divina en la
Biblia debe entenderse
quoad sensuin
y no
quoad
singula verba,
es la práctica de los escritores del
Nuevo Testamento al citar ó referirse al Antiguo,
siendo incontestable que en muchos casos estas
citas expresan las sentencias ó sentido , pero no
las palabras mismas de los autores citados , lo
cual no hubieran hecho, sin duda, si hubieran es-
tado persuadidos de que las palabras mismas, y no
el sentido solo , respondían á la inspiración divina.
De lo dicho acerca de la inspiración no ver-
bal en la Biblia , podemos inferir con Vigouroux
que siempre que la expresión no determina nece-
Hoc in omnibus pene testinioniis
escribe San Jerónimo,
qua) de veteribus libris in Novo assumpta sunt Testamento, ob-
servare debemus, quod memorice crediderint evangelistie et apo-
stoli ; et taiztum sensu explicato , scepe ordinem commutaverint,
nonnumquam vel detraxerint verba vel addiderint. ( Comment. in
Epist. ad Galat.)
30
LA 1311-31.1A Y LA CIENCIA •
sariamente el sentido de la frase , no puede de-
cirse directamente inspirada, y que no es Dios
mismo quien ha hecho emplear tal palabra sinó-
nima en lugar de tal otra, por ejemplo,
audite
en
lugar de
attendite ,
cuando el sentido permanece
idéntico. Con mayor razón no se pueden sacar de
las palabras bíblicas consecuencias que de ellas
no se desprenden necesariamente. Por ejemplo,
no debe mirarse corno una verdad revelada que
la cigüeña es tierna ó piadosa para sus hijos , por-
que la Escritura la llama
khasidáh (pullorum)
amans. (
Job., xxxix, 1
3
.) El autor sagrado empleó
la palabra usada en Palestina para designar la ci-
güeña, sin que por eso Dios se pronunciara sobre
la verdad de la etimología. Tampoco puede de-
cirse que el sitio de la estupidez está. en los riño-
nes, porque la lengua hebraica se sirve de la pala-
bra
késel , riñones,
para designar la estupidez, la
locura.... Los antiguos comentadores griegos y
latinos, según los cuales la Biblia enseña que el
firmamento es un cuerpo sólido.... , porque la tra-
ducción latina le llama
firmamentum,
dieron á
la etimología de esta palabra un valor que no tiene
en realidad.»
Otra cuestión relacionada con la inspiración
divina es si ésta se extiende á las teorías ó cues-
tiones científicas; es decir, si una teoría contenida
en la Biblia debe tenerse por revelada ó inspirada,
y, por consiguiente, como verdadera. La res-
puesta á esta cuestión es sencilla para el católico.
Si constara de una manera indubitable que tal ó
CAPÍTULO PRIMERO.
31
cuál teoría científica fué enseñada por el autor
bíblico , semejante teoría dejaría de serio para
convertirse en una verdad científica y real,
toda vez que, según las decisiones de los Conci-
lios y de la Iglesia, la Biblia no contiene error
alguno de importancia, ó en cuanto á las cosas y
sentencias , ni en el texto original , ni en la Vul-
gata. La inspiración divina , y, por consiguiente,
la verdad en los libros sagrados , no se limita á
las cosas doctrinales, como opinaron algunos teó-
logos ; opinión que carece de toda probabilidad
hoy después de las recientes decisiones del Con-
cilio Vaticano ; como parece insostenible también
la del P. Vercellone , referente á la existencia de
interpolaciones en los textos dogmáticos de la
Vulgata. Lo que real y verdaderamente está con-
tenido en los textos originales, el sentido que real
y verdaderamente dieron á sus palabras los escri-
tores bíblicos bajo la inspiración del Espíritu
Santo debe creerse con fe divina y admitirse
como verdad inconcusa , aunque no pertenezca
directamente á los misterios de fe ni á las verda-
des morales
(res fidei et morum),
que constitu-
yen el objeto principal y preferente, pero no único,
de la fe y de la revelación , según enseña la teo-
logía católica, siguiendo las huellas del que es su
'
Advertendum est,
escribía Holden,
quod auxilium speciale
divinitus prestitum auctori cujuslibet scripti , quod pro Verbo Dei
recipit Ecclesia , ad ea solumrnodo se porrigat , quw vel sint pure
doctrinalia , vel proximum aliquam aut necessarium habeant ad
doctrinalia respectum.
32
LA BIBLIA Y LA CIENCIA..
principal jefe y representante, Santo Tomás de
Aquino : el cual afirma que todo cuanto conste
por la Escritura merece fe divina , como dictado
por el Espíritu Santo , siquiera se trate de cosas
no pertenecientes al objeto primario,
o per
se '
de
la fe católica ; pero no perdiendo de vista que esto
sólo tiene lugar cuando se trata de cosas que cons-
ten ciertamente como contenidas ó enseñadas en
la Escritura, y no de cosas sujetas á interpreta-
ciones diferentes y no auténticas de textos bíblicos.
Es decir , que lo dicho hasta aquí procede en la
hipótesis de una cuestión científica resuelta por el
autor bíblico en determinado sentido ; pero como
quiera que por punto general las cuestiones cientí-
ficas que se pretenden resueltas por la Biblia no lo
están en realidad, porque los textos bíblicos que á
ellas se refieren son susceptibles de sentidos dife-
rentes y de interpretaciones diversas -- ín
his
etiam sancti diversa senserunt ,scripturam divi-
nam diversimode exponentes—resulta
que es pre-
ciso proceder con suma prudencia y con exquisita
precaución al tratarse de pasajes bíblicos relacio-
nados con las ciencias naturales. El pasaje bíblico,
considerado en cuanto al sentido que le daba el
autor al escribirlo bajo la influencia del Espíritu
«
Quaedam enim sunt per se substantia fidei , ut Deum esse
trinum et unum , et hujusmodi , in quibus nulli licet aliter opi-
nari.... Quwciam vero per accidens tantum , in quantum scilicet,
in
Scriptura traduntur , quam lides supponit Spiritu Sancto
distante promulgatatn esse.... et in his etiam sancti diversa
senserunt, Scripturam divinam diversimode exponentes.» (
Sent.,
lib.
n , Cuest. xn , art. 2.°)
CAPITULO PRIMERO.
33
Santo, es ciertamente inspirado, y por lo mismo
verdadero ; pero el mismo pasaje ó texto , consi-
derado por parte de las interpretaciones particu-
lares de que es susceptible, es independiente de la
inspiración divina. Una cosa es la inspiración de
un texto bíblico, y otra cosa la interpretación del
mismo. Teniendo presente esta distinción, junta-
mente con la multiplicidad y variedad suma de
interpretaciones y sentidos á que se prestan los
textos sagrados que entrañan alguna relación con
los problemas científicos , se desvanecen casi
siempre y sin dificultad las objeciones y ataques
que contra la Biblia se dirigen en nombre de las
ciencias , según se verá cuando llegue el caso de
examinar dichas objeciones. Para entonces recor -
damos y recomendarnos desde ahora á nuestros
lectores, y con mayor razón á los que en nombre
de la ciencia moderna atacan á la Biblia , la her-
mosa doctrina de Santo Tomás, cuando nos dice
que el Espíritu Santo dotó á la Sagrada Escritura
de un fondo de verdad superior á las interpreta-
ciones ó invenciones del hombre:
majori ven' tate
eam Spiri tus Sanctus fa'cunda-cit , quam aliquis
honro adinvenire possit ;
y sobre todo cuando
nos
dice
que en nada se perjudica ó deroga á la auto
ridad de la Sagrada Escritura cuando , dejando
salvo la fe , se interpreta ó expone de
diferentes
maneras:
Auetoritati Scrípturce in millo deroga-
tur,
, duna dzversi mode exponitur,
, salva tamen
fide.
Tomo L
34
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
VI.
La inspiración divina en la Biblia, con respecto á las citas y á las
versiones
de la misma.
«La inspiración (escribe Vigouroux)
t
no se
extiende á los
dicta aliorum,
es decir, á las
palabras aducidas por los escritores sagrados, al
menos en un gran número de casos. Pueden estas
palabras ser verdaderas ó falsas ; pero su verdad
ó falsedad deben ser apreciadas por otro criterio,
y no por el de su mera mención en la Sagrada
Escritura. Las palabras citadas en el Salmo xm :
Non est Deus,
son ciertamente impías. Las pala-
bras de los amigos de Job no son todas laudables,
puesto que el mismo Dios les dice :
Non estis
locuti rectuni.
Tampoco puede decirse , sin em-
bargo , que todas sean vituperables , en atención
á que San Pablo aprueba las siguientes palabras
de Eliphaz :
Qui apprehendit sapientes in astutia
eorum....
»Por lo demás, cuando se trata de palabras
citadas por los escritores sagrados , no es fácil en
la práctica distinguir las que son inspiradas y las
que no lo son. La única regla general que es posi-
ble señalar es la siguiente : las palabras de los
'
Manuel Bibl.,
tomo I, cap. 1, art. 2.°
CAPÍTULO ['RIMERO.
41
al propósito ó intento principal del escritor, éste
no recibe de Dios auxilio alguno especial al efecto,
sino el general que conceder suele í los escrito-
res piadosos, si hemos de dar crédito á Holden:
hzz iís y
ero, Buce non sunt de instituto scríptoris,
vel ad alía referuntur, eo tantum subsidio Demi
adfuisse judicanius, quod
aucto-
ribus
C01111111Ine
sit.
f)
La
inspiración subsiguiente
ó posterior,
teoría según la cual , para que algún libro de la
Biblia se diga canónico é inspirado, no se necesita
ni siquiera la asistencia negativa, del Espíritu
Santo preservando al autor de errar
ó
equivocarse
al escribir cosas naturalmente conocidas , sino que
basta que después de escrito el libro, Dios declare,
ó por sí mismo , ó por medio de la Iglesia , que no
contiene error alguno. En esta teoría, corno en la
de la asistencia negativa , se confunde é identifica
la inspiración divina de un libro canónico con su
infalibilidad, pero en la última se supone y admite
que Dios ó el Espíritu Santo preserva de error al
autor mientras escribe el libro , al paso que en la
de la inspiración subsiguiente basta que , después
de escrito éste con entera independencia de asis-
tencia, especial de Dios , conste por autoridad com-
petente divina que no contiene error.
Esta teoría, que durante el siglo xvi fué objeto
de vivas y animadas controversias entre los ca-
tólicos fué mirada siempre con desvío por la casi
'
Sabido es que esta teoría fué enseñada por los teólogos Je-
suitas Lessio y Du-Flarriel, en la tercera de las tres proposiciones
42
LA 13IBLIA Y LA CIENCIA.
totalidad de los exegetas y teólogos católicos;
desvío justificado , no solamente por las razones
poderosas que en contra militan, sino principal-
mente por las decisiones conciliares de la Iglesia,
y, sobre todo, por la del reciente Concilio Vati-
cano. Los términos relativamente generales que
empleó el Concilio de Trento al afirmar y definir
que los libros que constituyen é integran la Biblia
católica, deben ser tenidos por sagrados y canó-
nicos , sin descender á detalles acerca de las con-
diciones y razón suficiente de su carácter sagrado
y canónico , dejaron el camino abierto á diferen-
tes opiniones y teorías , y entre ellas á, la que aquí
nos ocupa , cuya defensa es ciertamente
difícil,
si
no imposible, para cualquier católico, después de
las palabras con que el Concilio Vaticano expone
y define que los libros de la Escritura se dicen sa-
grados y canónicos , entre otras razones , porque
tienen á, Dios por autor, habiendo sido escritos
censuradas por la Universidad de Lovaina ,
Liber aliquis,
se decía
en la citada proposición
(qualis forte est secundus Machabworum),
humana industria, sine assistentia Spiritus Sancti scriptus, si
Spiritus Sanctus postea testetur nihil ibi esse falsum, efficitur
Scriptura sacra.
A consecuencia de las polémicas entabladas con este mo-
tivo, escribió Lessio una especie de vindicación de su doctrina en
treinta y cuatro tesis, y en ella atenúa, en parte, la crudeza de la
proposicion mencionada.
«Si quis autem libros ipsos (V. et V. Testa menti antea nume-
ratos) íntegros cum omnibus suis partibus, prout in Ecclesia Ca-
tholica legi consueverunt, et in veteri Vulgata latina editione
habentur, pro sacris et canonicis non susceperit.... anathema sit.»
(Sess. 4.a)
CAPÍTULO PRIMERO.
43
bajo la inspiración del Espíritu Santo , además
de contener la revelación divina :
Propterea quod
Spiritu Sancto inspirante conscripti, Deum ha-
bent auctorem.
Veamos ahora lo que es la Biblia para el pro-
testantismo y en el protestantismo.
He aquí el texto del Concilio : « Eos
y
ero Ecclesia pro
sacris
et
canonicis
habet, non ideo quod sola humana industria concin-
nati, sua deinde auctoritate sint approbati, nec ideo dumtaxat,
quod revelationem sine errore contineant; sed propterea quod
Spiritu Sancto inspirante conscripti Deum habent auctorem ».
(Sess. 3.
5
Const. Dogmat.,
Dei Filius , cap.
u.)
k
CAPÍTULO II
LA BIBLIA EN LA IGLESIA PROTESTANTE.
virtud del principio disolvente del libre
examen aplicado á la Biblia , principio
que constituye, como es sabido, la idea
madre del protestantismo, éste debía dar
entrada y materia á teorías y opiniones múltiples
y encontradas, acerca de la Biblia y su contenido,
teorías y opiniones que pueden refundirse y con-
densarse en dos fundamentales , que son la teoría
bíblica del protestantismo ortodoxo , y la teoría
bíblica del protestantismo liberal, que también
pudiera denominarse exegético-naturalista y ra-
cionalista.
La Biblia para el protestantismo ortodoxo.
Para Lutero, Calvino y sus primeros discípulos,
o sea para el protestantismo en la primera etapa de
su existencia y evolución , la Biblia , no solamente
es un libro inispirado por Dios en todas sus partes,
44
LA BIBLIA Y LA CIENCIA,
sino que contiene clara y evidentemente cuanto,
es preciso creer , obrar y esperar para conseguir
la vida eterna.
Nada de verdades concernientes á la fe ó la
moral contenidas en la tradición, porque la Biblia
basta para todo y lo contiene todo. Nada de
interpretaciones bíblicas por medio de una Iglesia
ó de una autoridad infalible asistida al efecto per
el Espíritu Santo. La conciencia propia , el exa-
men personal , la inspiración privada, bastan para
descubrir y conocer las verdades dogmáticas y
morales contenidas en la Biblia. En el presente,
lo mismo que en los siglos pasados y en los futuros,
no hay más autoridad competente que la Biblia,
interpretada según las luces é inspiraciones de
cada cual. En materias religiosas, la Biblia y nada
más que la Biblia. Entre el hombre y Dios no hay
más que la Biblia sometida al libre pensamiento.
Tal es el dogma fundamental del protestantis-
mo primitivo , del protestantismo tal como le con-
cibieron y enseñaron Lutero , Calvino y sus discí-
pulos primeros. Con el objeto de sostener este
dogma fundamental del protestantismo que some-
tía la Biblia al examen y juicio de todo el mundo,
fué necesario conceder á la misma una claridad
de ideas y una facilidad de interpretación al alcan-
ce del hombre rudo lo mismo que del sabio, Así
lo hicieron los primeros secuaces del protestan-
tismo , los cuales , impulsados por las leyes de la
lógica, á la vez que por los ataques de los católi-
cos, convirtieron la Biblia en una especie de divi-
CAPÍTULO II.
47
nidad, y cayeron en
la
bibliolatría,
en expresión de
un protestante contemporáneo , cuyas palabras
merecen citarse y son dignas de reflexión por parte
de los protestantes de buena fe : «La Biblia, es-
cribe Fontanés en
El Cristianismo moderno,
fué
investida (por los primeros protestantes) de atri-
butos que ciertamente no era fácil justificar. En-
señaron entonces que era perfecta, sin obscuridad,
inteligible para todos , y que contenía cuanto era
necesario para la salvación. Lutero declaró que
la Escritura no puede equivocarse, y que es una
impiedad y una blasfemia sostener que las Escri-
turas son obscuras.
La Biblia se convirtió bien
pronto en una especie de papa de papel , y como
el Soberano Pontífice, vino á ser el representante
de Dios y de Cristo. El rígido ortodoxo Calow,
sostenía que los escritores sagrados sólo habían
llevado á las revelaciones divinas su mano y su
boca.... Á principios del siglo xvm, el superinten-
dente de Gotha , Jorge Nitsche, componía una
obra con el siguiente título :
¿La SautaEscritura
es el mismo Dios ó es una criatura?
Y cierta-
mente que cuando se sabe á qué grado de biblio-
latría ha podido descender el protestante, no hay
motivo para extrañarse que un pobre salvaje, vien-
do pasar á uno de nuestros misioneros con la Bi-
blia debajo del brazo , haya exclamado : «Ved allí
el Dios de este hombre, y ¡ qué Dios ; lo lleva en
el bolsillo, mientras que nosotros tenernos los nues-
tros en el templo ».
Cuán infundada sea la teoría del protestan-
.18
LA BIBLIA Y LA CR?, \CIA.
tismo ortodoxo acerca de la Biblia sometida al
examen y juicio de todos los hombres , pruébalo
bien claramente la obscuridad de la misma, reco-
nocida y confesada por cuantos de buena fe han
tratado esta cuestión , y , sobre todo por los
que se han ocupado en comentar la Sagrada
Escritura. La existencia sola de tan numerosos
comentarios de ésta, publicados por los varones.
más doctos de todos los siglos desde los prime-
ros tiempos de la Iglesia basta nuestros días,
constituye una demostración palpable de la obs-
curidad y dificultades que ofrecen los textos bíbli-
cos, cosa demostrada además por la variedad
Y
diversidad de interpretaciones de un mismo texto
por parte de muchos Padres de la iglesia y de
comentaristas los más doctos y competentes.
Vese, por lo dicho hasta aquí , que el concepto
del protestantismo ortodoxo respecto de la Biblka
conviene con el concepto del Catolicismo en orden
á la existencia de la inspiración divina ; pero al
propio tiempo se separa radicalmente de este
último en orden á la interpretación de la Sagrada
Dico ergo,
escribe Bonfrerio á este propósito ,
Scripturam
esse admodum obscuram et difficilem. Probat id primo eviden -
ter experientia ; quotus enim quisque est , licet doctissirnus, ¿)
multum diuque cuna sudore in Scripturis versatus , qui non se
eorum,quce in Scriptura sunt,vix minimain partem ca Fere, ubique
obscuritates esse, ubique difficultates suboriri,
bquibus
extrica-
re se non possit , experiatur, ut vel stolidus esse debeat qui hoc
neget ,vel extreme superbus, qui id de se prcesumat , vel summe
malitiosus, qui hoc scuto utatur ad defendendam suam
tem vel oppugnandam veritatem. (Prceloq. in tot. Scritp. sac.,
C. IX
9
SeC. 2.5)
CAPÍTULO II.
49
Escritura , y también en orden á, la autenticidad
canónica de la misma. Para el primero, el sentido
de los textos bíblicos escritos bajo la inspiración
de Dios, es claro y evidente de suyo , al menos en
las cosas relacionadas con la fe y las costumbres,
y, en todo caso, pertenece al hombre fijar aquel
sentido de los textos en armonía con sus propias
inspiraciones y luces. Para el segundo, el sentido
de muchos textos bíblicos , aun entre los que dicen
relación al dogma y la moral, es obscuro , difícil
y ocasionado á diversidad de interpretaciones : si
la Biblia, pues, corno libro destinado á, ensebar al
hombre las verdades necesarias á, su salud eterna,
ha de llenar este objeto , es preciso que haya al-
guien encargado por el autor de la Biblia de fijar
el sentido y alcance de su contenido ; este alguien
es la Iglesia católica, órgano vivo, permanente é
infalible en la materia.
Análoga es la diferencia de opinión y procedi-
miento que existe entre el protestantismo y el
catolicismo en orden á la autenticidad canónica
de la Biblia, pues mientras el último tiene criterio
fijo y seguro en la autoridad de la Iglesia, el pri-
mero carece de toda seguridad y de criterio fijo,
pudiendo decirse que para los protestantes el cri-
terio , en orden al carácter canónico de los libros
bíblicos , se subordina generalmente á las opinio-
nes doctrinales de cada individuo y á las teorías,
ora dogmáticas , ora exegéticas, formuladas
a
priori.
Bien puede decirse que este criterio es el
que domina y prevalece entre los representantes
TOMO 1.
7
50
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
del protestantismo , desde Lutero hasta Baur. Si
el padre de la Reforma negaba autenticidad canó-
nica á la Epístola católica de Santiago el Menor,
porque ésta es incompatible con la doctrina lute-
rana acerca de la justificación por la fe sola sin
obras, el jefe de la escuela de Tubinga , á su vez,
rechaza como apócrifas varias epístolas de San
Pablo, negándoles autenticidad canónica, lo mismo
que á otros libros del Nuevo Testamento, sin más
razón que el no hallarse en armonía con su famosa
teoría sobre el paulinismo y petrinismo de los pri-
meros tiempos de la Iglesia.
Las exageraciones del protestantismo orto-
doxo acerca de la Biblia , debían producir natu-
ralmente una reacción en sentido contrario , en
virtud de la cual la Biblia, después de haber sido
considerada poco menos que como una divinidad,
debía descender al rango de obra puramente
humana.
Por otra parte , el principio disolvente del libre
examen, aplicado á la Biblia, debía producir, más
tarde ó más temprano, sus consecuencias natura-
les. La lógica es inflexible en sus leyes y deduc-
ciones, y si la razón individual es el único juez
competente para desentrañar el contenido de la
Biblia, por qué no ha de serlo igualmente para
reconocer y juzgar su naturaleza, su origen, y
los fundamentos en que descansa la creencia en
su inspiración divina ? Luego , en fuerza del prin-
cipio mismo substancial del protestantismo; en
virtud de su dogma fundamental, la razón humana
CAPíTULO II.
5
1
individual está en su perfecto derecho cuando
discute, critica y consiguientemente se entrega á.
dudas y negaciones respecto de la inspiración y
origen divino de la Biblia. Y he aquí ya al racio-
nalismo exegético llamando á las puertas del pro-
testantismo ortodoxo. Era el protestantismo orto-
doxo un edificio asentado sobre la movediza arena
del libre examen bíblico ,
y
la idea racionalista,
al ponerse en contacto con ese principio y des-
envolver sus lógicas consecuencias, debía arran-
car y arrancó de hecho uno á uno los sillares de
aquel edificio, á pesar de haberse levantado repen-
tinamente en medio de la Europa, atrayendo sobre
sí las miradas de los reyes y los pueblos , y á, pe
sar de su aparente fuerza y solidez.
La Biblia según el protestantismo liberal.
Durante los siglos xvi y xvn, conservó el pro-
testantismo cierta unidad externa, á la vez que
suficiente energía para mantener en sus secuaces
el concepto bíblico enseñado por sus fundadores.
Debida aquella unidad y esta energía en gran parte
á las luchas continuas y tenaces contra la Iglesia
católica, cuando cesaron éstas , y la llamada Re-
forma adquirió carta de naturaleza en la Europa,
consolidando su posición y sus aspiraciones á la
sombra de la monarquía prusiana y de la revolu-
ción inglesa , el protestantismo , al replegarse
52
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
sobre sí mismo , observó con espanto que en su
rededor , y también en su seno , se cruzaban
corrientes de irreligión y de racionalismo, y, lo
que era más grave todavía , advirtió que estas
corrientes funestas brotaban de una manera es-
pontánea y lógica de aquel libre examen bíblico
que constituía su dogma fundamental.
Los ensayos exegético-racionalistas verifica-
dos en Inglaterra por los Collins , los Wolston y
los Chubb , á la vez que las teorías deistas y natu-
ralistas de Toland, Shaftesbury, Morgan , Boling-
broke y tantos otros , transportadas por Vol-
taire y vulgarizadas por sus amigos en Francia,
encontraron acogida favorable en la corte de
Federico II de Prusia, desde la cual se exten-
dieron y propagaron por las comarcas germáni-
cas. Así sucedió que , mientras á la sombra de las
escuelas, de los periódicos , y, sobre todo de los
ejemplos de la corte de Federico, se extendía
silenciosamente la indiferencia religiosa en las
clases populares, el virus racionalista había pene-
trado lentamente y como á la callada en la inte-
ligencia y corazón de las clases superiores é
ilustradas. Las publicaciones de Nicolai, y prin-
cipalmente su
Biblioteca alemana universal,
con-
tribuyeron no poco á la propagación insensible de
la indiferencia y del racionalismo bíblico en los
espíritus , cuyo estado general en Alemania , en
este orden de ideas , puede compararse á una
mina que sólo esperaba una chispa para hacer
explosión repentina y producir incendio pavoroso.
CAPÍTULO II.
53
Esta chispa fueron los famosos
Fragmentos de
Wollenbüttel
z
,
cuya historia y efectos resume
con acierto Vigouroux
2
en los siguientes termi-
nos : «Si el
Fragmentista de Wolfenbüttel
sus-
citó tempestades tan violentas entre los protes-
tantes de Alemania, es porque les descubrió que
eran menos cristianos de lo que creían.
La primera parte de los célebres
Fragmentos
fué publicada en I
77 4.
Esta fecha es la del naci-
miento de los ataques serios y razonados de la
Estos fragmentos son como otras tantas disertaciones , que
llevan los siguientes título : I.° De la tolerancia de los deistas.
2.° Del uso ó práctica de desacreditar la razón. 3.° De la imposi-
bilidad de admitir una revelación única para todos los hombres.
4.° De la imposibilidad de admitir
el
paso del Mar Rojo por los
hebreos. 5.° De la imposibilidad de encontrar una religión en el
Antiguo Testamento. 6.° De las narraciones evangélicas sobre la
resurrección de Jesucristo. 7.° El plan de Jesús y de sus dis-
cípulos.
El autor de estos
Fragmentos,
tan tristemente célebres, fué
H. Samuel Reimarus, según se dice en el texto, y forman parte
de su
Apología de los adoradores de Dios según la ras-ón ,
que
dejó escrita á su muerte, autorizando su publicación bajo ciertas
condiciones. Una hija del autor comunicó el manuscrito de Rei-
marus á Lessing, el cual publicó el primer tratado 6 fragmento
en 177
4
, y los seis restantes en 1777 y 78, bajo el epígrafe de
Fragmentos de un desconocido.
El público atribuyó éstos al mis-
mo Lessing, con tanta mayor apariencia de verdad, cuanto que
veía á éste defenderlos con el mismo tesón é interés que si fuera
su autor, siendo de notar que supo guardar el secreto de tal ma-
nera, que por espacio de cerca de medio siglo la opinión pública
siguió considerándolo como autor de aquellos escritos. Sólo en
181
4
se supo con certeza que el autor verdadero de los
Fragmen-
tos de un desconocido
había sido Reimarus, gracias á las revela-
ciones hechas por Gurlitt, profesor en Hamburgo.
2
La Bible et les Découvertes modern.,
tomo i, páginas
18
y siguientes.
5 1
LA BIBLIA Y LA CIENCIA
crítica germánica contra la Biblia. El que comen-
zó entonces la obra que Strauss debía consumar,
era Lessing.
Gozaba Lessing en su país de una grande re-
putación, debida á sus talentos literarios y al vivo
impulso que había comunicado á la literatura na-
cional. Ejercía por lo mismo sobre los espíritus
una considerable influencia. Sus ideas filosóficas
estaban lejos de ser sanas, y sus ideas religiosas
no tenían de cristianas más que el nombre. Spi-
noza , según su propia confesión, era « su hom-
bre» , y había adoptado una parte notable de sus
opiniones. Creía que el Cristianismo es indepen-
diente de la Biblia, y pretendía que se podía ne-
gar la autoridad de ésta sin rechazar su fondo. No
había creído conveniente, sin embargo , revelar
al público sus sentimientos teológicos. Una cir-
cunstancia fortuita le permitió darlos á conocer
bajo la salvaguardia de un desconocido.
En 1
7
68 había muerto en Hamburgo un profe-
sor de filosofía llamado Samuel Reimarus. Dejó
éste entre sus papeles un manuscrito titulado
Apología en favor de los adoradores de Dios,
según la razón I.
El manuscrito de Reimarus era tan extenso , que podía for-
mar cuatro mil páginas en cuarto. Si se hubiera publicado ínte-
gro, no hubiera producido probablemente tanto ruido ni tan
desastrosos efectos, porque pocos lectores se habrían encontrado
con fuerza y valor suficientes para leer este enorme
facturo.
Les-
sing, al extractarlo y publicar sólo determinados fragmentos, eli-
gió el camino más seguro para facilitar la propaganda de sus ideas
antibíblicas y racionalistas.
CAPÍTULO II.
55
Sus herederos comunicaron una copia del ma-
nuscrito á Lessing , bibliotecario á la sazón del
duque de Brunswick en Wolfenbüttel. Éste pu-
blicó un primer extracto del mismo en
1774,
con
el título de
Fragmentos de un desconocido,
en
sus
Documentos para servir d la historia y á la
literatura.
En
1777
publicó otros cinco extractos,
y al año siguiente apareció el séptimo y último.
En la historia son conocidos estos extractos con
el nombre de
Fragmentos de Wolfenbiittel.
La publicación de Lessing estalló en Alemania
como un rayo. Era aquella una ruptura completa
con la Biblia. Lutero nos ha libertado del yugo
de la tradición, escribía el mismo Lessing contra
Gbtze : ¿quién nos libertará del yugo de la letra,
que es más insoportable todavía? Contaba traba-
jar eficazmente para realizar esta emancipación
haciéndose editor de Samuel Reimarus , y en ver-
dad que no se equivocaba.
Todos los extractos ó fragmentos que había
sacado de la
Apología
estaban elegidos con gran
arte, y, al publicarlos, había seguido una sabia
gradación. Comenzó por reclamar la tolerancia
en favor de los deistas en
177 ,
pero sin atacar
todavía directamente á la religión revelada : des-
pués , en
1777,
dirigió sus ataques contra la reve-
lación en general, y á, seguida contra el Antiguo
Testamento, abordando en último lugar la lucha
contra el Nuevo Testamento. El primer
Frag-
mento
había producido ya una viva emoción , pero
la indignación no conoció límites cuando se leye-
56
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
ron las objeciones acumuladas contra la revela-
ción y contra la resurrección de Jesucristo....
Como si hubiera querido echar aceite en el fuego,
en medio de esta irritación universal , Lessing
publicó el séptimo y último
Fragmento,
el más
violento de todos, el
Plan de Jesús y de sus dis-
cípulos.
No contento con haber tratado á Moisés de
impostor, el
desconocido,
que la mayor parte de
las gentes creían que era el mismo Lessing, no se
avergonzaba de lanzar la misma acusación contra
Nuestro Señor Jesucristo. Pretendía, sin embar-
go de esto , según lo han hecho después la mayor
parte de los racionalistas alemanes , que no dejaba
de ser cristiano , y hasta ser el verdadero cristia-
no.... Se proclamaba á. sí mismo partidario de
Cristo , y al propio tiempo reducía 1 su maestro
á las proporciones de un patriota que no había
rehusado apelar al engaño para conseguir sus
fines. El designio de Jesucristo era noble y gene-
roso : quería animar al pueblo judío con una nueva
vida y restituir su antiguo esplendor á, la teocra
cia : para alcanzar estos fines , todos los medios
le parecieron buenos. Se entendió con Juan Bau-
tista, que se hizo su cómplice. Convinieron en
recomendarse mutuamente, y duplicar de esta
suerte su popularidad y su influencia sobre las
masas. El momento fijado para la ejecución del
plan de Jesús era la fiesta de Pascua. En el día
que llamamos Domingo de Ramos , el reformador
excitó á la muchedumbre contra los príncipes de
CAPÍTULO II.
57
los sacerdotes y los grandes de la nación, por
medio de su entrada revolucionaria en Jerusalén;
después, por un acto de una temeridad y de una
audacia inaudita, violó la majestad del templo.
Esto era demasiado ; su ardor le arrastró más allá
de los justos límites ; fué arrestado, condenado y
ejecutado. Todos sus magníficos proyectos de
regeneración social del pueblo judío vinieron así
á estrellarse contra un obstáculo que no había
previsto, contra la cruz. Se arrepintió entonces de
su empresa, y expiró, quejándose de que Dios le
había abandonado. Para salir de la situación crí-
tica en que el suplicio de su Maestro los había
metido , los Apóstoles inventaron el cuento de su
resurrección y espiritualizaron la doctrina del
reino de Dios.
Como se ve , era imposible negar de una ma-
nera más insolente la autoridad de las Santas Es-
crituras y la fe que se les debe. Llevar la audacia
hasta negar la sinceridad de Jesucristo , pasaba
todos los límites. Todavía no
'
se habían habituado
en Alemania á escuchar tales blasfemias. Cuanto
mayor había sido hasta entonces el respeto á la
palabra de Dios , tanto
fué
mayor el escándalo,
sobre todo , procediendo el ataque de un hombre
célebre ,
como lo
era Lessing: desde el estableci-
miento del Cristianismo, jamás la religión había
sido atacada é insultada tan groseramente. Así
es que la reacción fué violenta. Por todas partes
se levantaron
l
grandes gritos y protestas. Los mis-
mos racionalistas, que comprendieron que el
len-
58
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
guaje insolente del fragmentista comprometía mu-
cho su causa, lo combatieron con vehemencia.
Semler,
, que pasaba por jefe de los racionalistas,
escribió que Lessing merecía ser encerrado en
una casa de dementes. »
Las ideas del que pudiéramos llamar editor
responsable de los
Fragmentos,
no deben confun-
dirse ni identificarse con las del autor de aquéllos,
por más que con ellas tienen muchos puntos de
contacto y afinidad innegable. Reimarus , al aco-
meter su empresa , al escribir sus famosos
Frag-
mentos,
6, mejor dicho, su
Apología de los adora-
dores de Dios según las luces de la razón,
si por
un lado suscitaba contradicción y escándalo en la
inteligencia y en el corazón de las muchedumbres,
6 del vulgo , y entre la generalidad de los pastores
protestantes, por otro lado se convirtió en eco fiel
de las aspiraciones é ideas, más que racionalistas,
puramente naturalistas, que palpitaban en el fondo
de no pocas inteligencias, pertenecientes á las da"
ses ilustradas y á las de alta sociedad.
El amor y respeto que profesaba á su maestro
Wolf, no le impidió refutar y rechazar la distin-
ción que éste solía establecer entre la religión
natural , que
se puede
demostrar y la religión
revelada, que
no se puede
demostrar. De aquí á
rechazar y negar en nombre de la razón natural
y de la ciencia los elementos sobrenaturales en
religión, no había más que un paso, y el autor de
Vid.
FONTANÉS :
Le Christianisme moderne ,
páginas 4
3
y
siguientes.
CAPÍTULO II.
59
la
Apología
no tardó en dar ese paso, despojando
al Cristianismo de todo elemento sobrenatural y
verdaderamente revelado. Obligado por las exi-
gencias ineludibles de la lógica , el profesor del
gimnasio de Hamburgo pretende explicar y atri-
buir al fraude y la impostura los elementos sobre-
naturales y los hechos milagrosos de que se nos
habla en la Biblia.
Hay que reconocer que Lessing es más circuns-
pecto en la forma y en el fondo que su amado autor
de los
Fragmentos,
no ya sólo porque evita ciertas
frases excesivamente crudas de Reimarus , sino
porque rechaza su hipótesis del fraude é impostura
por parte de los escritores bíblicos, sustituyendo á
aquella hipótesis la teoría menos violenta y radical
de los
mitos,
la hipótesis de la formación sucesiva
de la leyenda. De aquí es que rechaza y desaprue-
ba la opinión del autor de los
Fragmentos
cuando,
para explicar la resurrección de Jesús, supone que
los discípulos robaron su cuerpo, observando con
justicia que existe verdadera « incompatibilidad
entre la perpetración de semejante superchería y
el entusiasmo de los Apóstoles al proclamar en el
mundo la realidad de la resurrección ».
El concepto de la personalidad de Jesús y de
las relaciones entre el Cristianismo y el Judaismo
es también diferente en Reimarus y Lessing,
pues mientras para el primero Jesús no es más
que un
Rabbi
más ó menos sabio y virtuoso , y el
Cristianismo una prolongación accidental del Ju-
daísmo, el segundo , sin admitir la divinidad de
66
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
bre la tierra.
Oyeron la voz de Dios que se pa-
seaba en el jardín.... ¿ Quién
ignora que esta
expresión magnífica ha sido empleada mil veces
para designar el trueno? El ruido prolongado del
trueno es la
voz de Dios,
y porque este ruido re-
suena por largo tiempo en el oído de Adán ,
Dios
se pasea en el jardín.
Un nuevo trueno estalla
detrás de los árboles , y Adán cree entonces oir :
Adán, ¿dónde estas?
Las justificaciones suceden
á las justificaciones. El diálogo de Dios con Adán
y Eva no es ótra cosa, en mi opinión, más que
los remordimientos que agitan la mala conciencia
del culpable.... Como el trueno continuó retum-
bando , los culpables huyeron del paraíso, por lo
cual se dice que
Dios los expulsó.»
A este tenor son explicados por Eichhorn los
sucesos maravillosos contenidos en la Biblia, al
narrar la historia y vicisitudes de Noé , Abraham
y Moisés, sucesos en los cuales no ve más que,
fenómenos producidos por causas naturales , á
ejemplo de Spinoza ó los mismos fenómenos na-
turales convertidos en prodigiosos por medio de
metáforas é hipérboles.
Según queda indicado, el autor del
Tratado Teológico-poli-
tico
había ensayado ya explicar los acontecimientos á que se alude
por medio de causas naturales. « Ainsi, escribe éste, quand Moise
voulut que les Égyptiens fussent dévorés d'ulcéres, il repandit
dans l'air de la cendre chaude. Ce fut aussi.... par un vent d'Orient
qui soufla nuit et jour, que les sauterelles couvrirent l'Égypte,
et il fallut un vent impétueux d'Occident pour les chasser. Du
mame encore, le décret divin qui ouvrit la mer aux Hebreux nc
fut rien autre chose qu'un vent
l
d'Orient qui soufla avec vio-
lence pendant toute la nuit. » (Loc.
cit.,
pág. 153.)
CA PÍTULO
67
Ora fuera por un resto de veneración hacia
Jesucristo y su
,
s obras, ora porque echara de ver
la dificultad de aplicar su concepción exegético-
naturalista á los milagros contenidos en los Evan-
gelios y demás libros del Nuevo Testamento,
Eichhorn se limitó por punto general á los conten i-
dos en el Testamento Antiguo, al ensayar y apli-
car su sistema puramente naturalista. Pero su
contemporáneo y sucesor Paulus (1
7
61-18
5
0), en-
tró resueltamente en el terreno que había respe-
tado Eichhorn , y sustituyendo á la interpretación
histórica de éste la interpretación psicológica,
trató de explicar en sentido puramente natura-
lista los milagros contenidos en los cuatro Evan-
gelios y demás libros del Nuevo Testamento.
Así es que, dejando á un lado las ideas exe-
géticas de Eichhorn, y pasando por encima de sus
temores y vacilaciones al aplicar su teoría á los
milagros evangélicos, Paulus creyó camino más
seguro y aceptable buscar la razón suficiente de
lo que se llama y considera ordinariamente sobre-
natural en los acontecimientos de la vida de Jesús
y sus obras , no en los mismos acontecimientos y
obras, no en su naturaleza real', sino en el espí-
ritu ó imaginación de los que narraron y comen-
taron aquellos sucesos. En su virtud, procede
admitir y afirmar que los acontecimientos todos
que en la vida de Jesús se presentan como mila-
grosos, fueron sucesos y efectos naturales , á los
cuales dieron visos milagrosos y extraordinarios
los que se encargaron de narrarlos y describir-
68
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
los. En suma : según Eichhorn , las metáforas é
hipérboles inherentes á la raza hebrea contienen,
explican y reducen á efectos y fenómenos de la
naturaleza lo que en el Antiguo Testamento se
nos presenta como milagroso y sobrenatural. Se-
gún la teoría de Paulus , lo que en el Nuevo Tes-
tamento se nos presenta y narra como milagroso
y sobrenatural, debe este carácter á ilusiones é
imaginaciones, al modo de ver subjetivo delos que
tomaron parte en su narración é interpretación.
De conformidad con esta teoría , en el anuncio
del nacimiento del Bautista , Paulus no ve más
que un anciano que, debilitado por la edad y
teniendo la imaginación exaltada por el deseo de
tener un hijo, y excitados á la vez sus sentidos
por el aroma acre del incienso que le rodea, se
figura ver en la semiobscuridad del santuario,
lleno de humo del incienso , una forma indecisa y
vaporosa, semejante en su imaginación, á un ángel
que le anuncia el nacimiento de un hijo. Todo se
reduce , pues, á una alucinación imaginaria , pro-
vocada por determinados fenómenos externos en
relación con determinadas preocupaciones inter-
nas ó subjetivas, y con afecciones psicológicas
especiales. Á este tenor, y con sujeción á estos
principios, el autor del
comentario de los Evan-
gelios
intenta explicar los milagros de jesucristo,
narrados por los cuatro Evangelistas, lo mismo
que los que San Lucas refiere en los Actos de los
Apóstoles.
En esta teoría de Paulus no es difícil descubrir
CAPÍTULO
II.
69
una reminiscencia y aplicación de la doctrina de
su maestro Kant, acerca de las formas subjetivas
a priori ,
y de la distinción fundamental entre
el fenómeno y el noumeno , juntamente con su
interpretación moral del cristianismo.
Spinoza , cuyas obras coleccionó y publicó Pau-
lus , y por quien sentía especial predilección, ejer-
ció también indudable y poderosa influencia en su
teoría psicológica de los milagros ; teoría que no
es más que un desenvolvimiento , un corolario
legítimo de la doctrina expuesta por aquél en su
Tratado Teológico-político.
Para convencerse de
ello , basta fijar la atención en el siguiente pasaje
del filósofo holandés : « Para interpretar los mila-
Sabido es que la educación científica de Paulus se verificó
en una atmósfera esencialmente kantista , y que en religión, como
en filosofía , adoptó muchas ideas del filósofo de Keenisberg y de
sus más fervientes partidarios. « En 1799, Paulus fué nombrado
profesor de lenguas orientales en la Universidad de Jena. Era
entonces el buen tiempo del kantismo en Jena. Schiller, imbuido
completamente en las ideas del filósofo de Kcenisberg, comenzaba
allí á la sazón un curso de Historia universal ; narraba ios co-
mienzos de la humanidad según las ideas de Kant, y según las
de Eichhorn y los
Fragmentos de Wolfenbiittel
enseñaba la mi-
sión de Nloisés ; Fichte, desarrollando las consecuencias. de la
Crítica de la
Ras
.
ón pura,
inventaba el autoteismo ; Reinhold,
autor de las
Cartas
sobre la filosofía de Kant,
popularizaba allí,
las doctrinas de éste, que tanto había dado á conocer, Esta ense-
ñanza producía sus frutos ; el escepticismo prosperaba ; la fe
estaba casi e
x
tinguida.... Paulus, nombrado profesor de
Teología
en 17
9
3, á la muerte de Bólerlein, á quien sucedió, enseñó á sus
discípulos, no la
teología cristiana , sino la teología kantiana....
Adoptó las ideas todas del autor de
La Religión dentro de los
límites de la ra7ón , y
no vió
en Jesucristo más que un predica-
dor de moral.» (VIGouRoux :
Les Livres
Saints et la Crit.
ra-
tion.,
tomo II, páginas 385 y siguientes.)
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
gros de la Escritura y formarse justa idea de los
mismos , es necesario conocer las opiniones de los
primeros testigos de los hechos milagrosos, y la
opinión también de aquellos que nos transmitie-
ron su testimonio , estableciendo , además , una
distinción profunda entre las opiniones del testigo
ó del escritor, y los hechos mismos, según pudie-
ron presentarse á, sus ojos. Por no hacer esta distin-
ción, se confundirán hechos reales con opiniones
y juicios personales. Más todavía : se confundirán
estos hechos reales con otros enteramente fantás-
ticos, que sólo tuvieron lugar en la imaginación
de los profetas. Porque no es posible poner en
duda que en la Escritura hay una porción de cosas
que se nos dan como reales , y que efectivamente
se creían reales ; las cuales, sin embargo, en el
fondo no eran más que representaciones imagi-
narias.»
No hay para qué insistir sobre la perfecta se-
mejanza, por no decir identidad, entre esta doc-
trina de Spinoza y la teoría de Paulus ; sólo que el
primero , más cauto que el segundo , procedió con
cierta sobriedad al hacer aplicación de la doctrina
general á los diferentes y múltiples milagros narra-
dos en la Escritura ; al paso que el segundo, al en-
sayar las aplicaciones de su teoría, incurrió en
puerilidades y hasta en inexactitudes , según con-
fiesan y le echaron en cara los mismos Strauss y
Renan en sus respectivas vidas de Jesús.
'Paulus, escribe éste en su
Vida de Jesús,
était un théologien
qui, voulant le moins possible de miracles, et n'osant pas traiter
1
7
C.1PITULO 11.
§ IV.
La exegesis mítica de la Biblia entre los protestantes.
El racionalismo bíblico, latente en el dogma
esencial del protestantismo , ó sea el libre examen
aplicado á la Biblia, preparado é impulsado por
el deismo inglés , á la vez que por la doctrina de
Spinoza, sacado á, luz y á discusión públicas por
los
Fragmentos de Wolfenbüttel , no
/pudiendo
detenerse ante las flacas teorías naturalistas de
Eichhorn y Paulus, entró de lleno en el mitismo
ó interpretación mitológica , la cual, en unión de
la escuela de Tubinga, puede considerarse como
la última etapa del racionalismo bíblico protes-
tante.
A
ill
y
this,
había escrito Heyne,
onmis
prisco-
r11111 hOnlí1211111 011111
historia,
t111
.
12 PhilOSOPhl
procedí!.
Esta especie de aforismo hizo rápida-
mente camino en los centros literarios de Alema-
les récits bibliques de légendes , les torturait pour les expliquer
tous d'une fa con naturelle. Paulus prétendait avec celó mainte-
nir á la Bible toute son autorité et entrer dans la vraie pensée
des auteurs sacros.... 11 tombait dans la puérilité en soutenant que
narrateur sacre n'avait voulu raconter que des choses toutes
simples, et qu'on rendait service au texte biblique en le débar-
rassant de ses miracles.»
Strauss, á su vez, al examinar la explicación naturalista de
Paulus en orden á la cura del leproso, escribe : «Rerrrarquons
qu'i1 y a ici une assertion étrangére au texte: c'est que le le-
preux ait été justement á l'époque de la crise de sa maladie ».
(Vie de Jésus.
Trad. Littré.)
72
LA BIBLIA Y LA CIENCIA
nia, y por más que su autor había hecho excep-
ciones y reservas acerca de la doctrina de los
hebreos, estas excepciones pronto fueron echadas
en olvido , y el aforismo , después de ser aplicado
á la Ilíada y otras producciones de la antigüedad
gentílica , y con especialidad á las mitologías , fué
aplicado también á la Biblia.
Müller , distinguiendo el elemento real y el ideal
en la mitología y trazando á su manera el origen
de ciertos mitos del paganismo ; Wolf, aplicando
la teoría mítica á la Ilíada y la
Odisea,
conver-
tidas por él en una colección de poemas compues-
tos por varios rapsodas y reunidos en tiempo de
Pericles ; Jorge Niebuhr , aplicando la misma teo-
ría con más ó menos sobriedad y acierto á la his-
toria romana, y Creuzer,
, ofreciéndonos en el
paganismo símbolos religiosos de una fe y de
creencias más antiguas, prepararon el camino á
los teólogos protestantes, que no podían desperdi-
ciar esta buena ocasión de quitar á la Biblia su
carácter sobrenatural sin incurrir en los errores
de Eichhorn y Paulus, ni aceptar sus teorías é in-
terpretaciones más ó menos pueriles del milagro.
Los hombres serios y doctos rechazaban gene-
ralmente semejantes teorías, á virtud de las cua-
les los pueblos y los hombres del protestantismo
se alejaban más y más de la Biblia. Con el objeto
de facilitar su regreso y aproximación á ésta,
Bauer escribió su
Mitología Hebraica,
en la que
pretende explicar por medio de mitos gran parte
del contenido de la Biblia, y principalmente lo que
CAPÍTULO II.
73
se presenta con el carácter de milagroso y sobre-
natural.
Schleiermacher,
, con su cristianismo indeciso
y sentimental, y más aún con sus afirmaciones de
que el milagro es el nombre religioso de un suceso
natural , y que lo que llamamos revelación viene
á ser la intuición que el hombre tiene del infinito,
contribuyó no poco á que la teoría mítica se ex-
tendiera y arraigara entre la gente docta, como
contribuyó también al mismo resultado el teólogo
Vater con sus trabajos sobre el Pentateuco , en
los cuales pretende probar que Moysés no es el
autor del citado Pentateuco ; que éste debe ser
considerado como una colección de documentos ó
memorias diferentes, reproduciendo y ampliando
al efecto las opiniones de Spinoza , las del ora-
toriano Ricardo Simon , en su famosa
Historia
crítica del Antiguo Testamento,
y las del médico
'
Este filósofo, en cuyos escritos se descubre, corno dejamos
ya apuntado,
el
germen, cuando ho la substancia, de todas las
teorías racionalistas y anticristianas posteriores á su tiempo, en
su
Tratado Teológico-político ,
ya varias veces citado, después de
aducir varios pasajes del Pentateuco, concluía : «11 est plus clair
que le jour, par tous ces passages, que ce n'est point MoYse qui a
écrit le Pentateuque, mais un autre écrivain qui lui est posté-
rieur de plusieurs siécles.
» Aprés avoir terminé, añade, ce livre (el Deuteronomio), et
enseigné au pcuple l'antique loi, Honras ( Esdras) s'occupa, si je
ne me trompe , de composer una histoire compléte de la nation
hebraique depuis le commencemcnt du monde jusqu'á la des-
truction de Jérusalem,
et
il insera dans cette histoire au lieu con-
venable
le
livre précedémment écrit du
Detaéronome ,
et s'il at-
tacha aux cinq premiéres parties de son histoire le nom de ivio'ise,
c'est probablement, parce que la vie de Mo'ise en fait la pariie
principale.»
(Obr. cit.,
cap. mi.)
74
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
francés Astruc , cuyas ideas acerca del origen y
autenticidad del Génesis t, y de su composición
heterogénea de fragmentos elohistas y jehovis-
tas , fué aceptada y es hoy defendida por la ma-
yor parte de los teólogos y exegetas de la Re-
forma.
Sin embargo, el principal representante y el
propagandista más autorizado de la exegesis mí-
tica aplicada al Antiguo Testamento fué Wette.
Después de publicar en 180
5
una disertación, en
que enseñaba que el Deuteronomio procedía de
mano diferente que los otros cuatro libros del
Pentateuco, dió á. luz al año siguiente su
_Intro-
ducción al Antiguo Testamento ,
libro que viene
á ser corno su manifiesto en las cuestiones de crí-
tica, bíblica. Esta obra, como escribe Vigouroux,
« produjo impresión profunda al otro lado del
Rhin, á causa de las ideas nuevas y de grande
alcance que exponía sobre la naturaleza de los
Libros Santos. El primer punto que resalta en la
nueva
Introducción
es el abandono de las ideas_
He aquí cómo se expresa sobre este punto en su obra titu-
lada :
Conjectures sur les mémoires originaux dont il paroit que
Moyse s'est se
•
vi pour composer les livres de la Genése, avec des
remarques qui appuient ou qui éclaircissent les Conjectures,
libro que vió la luz pública en 1753:
« Dans le fond, je pense comme ces auteurs, mais je porte
mes conjectures plus loin et je suis plus décidé. Je pretends done
que Moyse avait entre les mains des mémoires anciennes, conte-
nant l'histoire de ses ancétrés, depuis la création du monde; que
pour ne rien perdre de ces mémoires, il les a partagé par mor-
ceaux, suivant les faits qui y estoient racontés ; qu'il a inseré
ces morceaux en entier, les uns á la suite des autres et, que c'est
de cet assemblage qui le livre de la Genése a été formé.»
CAPÍTULO II.
75
tradicionales en orden al origen de los escritos
del Antiguo Testamento. Carecemos de todo me-
dio exterior para comprobar la exactitud histó-
rica de los hechos que aquellos escritos contienen;
nos faltan todas las fuentes externas de informa-
ción. Para apreciar el valor de su testimonio , nos
encontramos reducidos á, la crítica interna , es
decir , al examen del contenido de los mismos
libros. Este principio de Leberecht de Wette ha
llegado á ser «la carta constitutiva de la crítica
moderna » , en expresión de Colani, como un dog-
ma del racionalismo , á. pesar de su falsedad.
Falso es , en efecto , que no poseemos ningún
documento, ninguna tradición fidedigna para reco-
nocer la autenticidad de los escritos del Antiguo
Testamento, fuera de estos mismos escritos. La
aserción era falsa en 1806 ; pero lo es más toda-
vía hoy , que los descubrimientos arqueológicos
han puesto en nuestras manos tantos medios de
comprobación. La crítica interna merece , sin
duda, ser tomada en consideración en la exegesis
bíblica ; pero no debe excluir la crítica externa,
que tiene derecho á ocupar lugar preferente en la
materia. El origen de una obra es un hecho que
debe comprobarse por el testimonio. Suprimir la
tradición en la discusión de las cuestiones histó-
ricas , es cerrar los ojos para no ver ; es sustituir
los sueños á la realidad. Nada se presta tanto á la
arbitrariedad y á todas las fantasías de la imagi-
nación corno la crítica interna , porque ésta es
fruto muchas veces de impresiones subjetivas.
76
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
Una prueba evidente de su incertidumbre y de su
insulciencia son los resultados completamente
contradictorios á que llega en diferentes exegetas,
y, lo que es más aún , en uno mismo, cuando tra-
tan la misma cuestión en momentos diferentes. La
crítica interna no es la aguja imantada que
p
re-
senta á nuestro espíritu el polo de la verdad ; es
más bien la veleta que gira á todos los vientos del
capricho....
La
Introducción
del teólogo novador tuvo
aceptación, pero ésta no fué debida únicamente á
las ideas revolucionarias expuestas por el autor,
sino á la manera con que las presentaba ; cuanto
más radical era en el fondo , tanto más respetuoso
y moderado se mostraba en la forma. Wette afir-
maba que las Escrituras eran siempre para él una
cosa santa y sagrada, aun en sus elementos mí-
ticos
E.»
Con el objeto de preparar el camino á la apli-
cación general de la teoría mítica á los libros del
Antiguo Testamento , Wette subordina la histo-
ria toda del pueblo hebreo á la idea teocrática, y,
lo que es más grave todavía , considera las reve-
laciones y milagros con que Dios interviene en la
historia del pueblo judío , como manifestaciones
mitológicas
2
,
ó sea como otros tantos mitos más
I
Les Livres Saints et la Crit. ration.,
tomo ir, pág. 422.
2 « El punto de vista histórico (en el Antiguo Testamento),
escribe, es el de una teocracia exclusiva. Casi todo es conside-
rado allí con relación á la teocracia, es decir, á las relaciones
existentes entre Dios y el pueblo de Israel:... Todos los aconte-
cimientos particulares aparecéis subordinados á un plan divino,
CAPÍTULO II.
77
ó menos parecidos á los que encontramos en las
leyendas mitológicas y poéticas de otros pueblos.
Cediendo á las exigencias de su exegesis míti-
ca, Wette vióse precisado á poner en duda ó ne-
gar la autenticidad de varios libros del Antiguo
Testamento , alterando fechas , nombres de auto-
res y formas ó elementos de composición. Claro
es que el Pentateuco de Moisés debía ocupar lu-
gar preferente en este orden de ideas , ó sea de
dudas y negaciones. De sobra comprendía el autor
de la
hzti'oducción al Antiguo Testamento,
que
para poder transformar en mitos los milagros
referidos en el Éxodo y realizados á presencia y
con la intervención de Moisés , era indispensable
negar que éste fuera el verdadero autor del Pen-
tateuco. El cual, según Wette, es una colección
de fragmentos varios
e
independientes, reunidos
con mucha posterioridad á Moisés , siendo muy
probable que los trozos más antiguos son de la
época de David ; y por lo que respecta al Deute-
ronomio , fué redactado y se publicó en tiempos
de _lonas, poco antes de la cautividad de Babilo-
nia. Tenemos aquí un ejemplo práctico de lo que
arriba queda indicado, á saber : que nada hay
que se preste tan fácilmente al capricho y á la
divagación como la aplicación 'exclusiva de crí-
tica interna á un libro, sobre todo, tratándose de
con más ó menos lógica. Más todavía : Dios mismo interviene
inmediatamente en la historia , por medio de revelaciones y
mi-
lagros; en otros términos: la historia cede el sitio á la mitología.
»
( Manuel de l'hztroduc. historico-crit. á l'éiu le des livres canon.
et apocriphes de l'Anejen Test.,
páginas 179-80.)
78
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
libros de condiciones tan especiales como los que
forman la Biblia.
En los últimos años de su vida, Wette modificó
parte de sus opiniones, y hasta retractó algunas de
ellas gracias en parte á la influencia de la filosofía
de Fries, que trataba de conciliar la fe con la cien-
cia; pero en mayor escala debiéronse esos cambios
de opinion á. la influencia deSchleiermacher, cuyo
sentimentalismo religioso vino á llenar de alguna
manera el vacío que en el espíritu de Wette había
producido su crítica negativa. Y decimos de algu-
na manera, porque Leberecht Wette, que tiene
derecho á ser apellidado padre del mitismo y de
la exegesis ó crítica interna, murió atormentado
por dudas entre la sencilla fe religiosa y sus ideas
bíblico-racionalistas. En los años que precedieron
á su muerte y en sus últimas publicaciones , Wet-
te rehusaba y excusaba aplicaciones de su sis-
tema mítico á los Evangelios, y especialmente á
la vida de Jesucristo ; pero por entonces ya vivía
Strauss, que se encargó de hacer las aplicaciones
que Wette excusaba.
Refiriéndose en su
Opuscula theologica
á una disertación
publicada arios antes acerca de la muerte expiatoria de Cristo,
dice :
Sunt qucedain in isto qua' mihi jam meliorcr edocto
displicent.
CAPÍTULO II.
79
V.
Continuación de la exegesis mítica Strauss.
Después de algunos ensayos más ó menos feli-
ces, calcados en la doctrina de Hegel, de quien
fué partidario ferviente en su primera época lite-
raria, Strauss dió á luz en 18
3
5
su
Vida de Jesús.
La emoción y el escándalo que produjo esta obra
al otro lado del Rhin, sólo son comparables á los
que en la Europa latina produjo años después el
libro de Renán que lleva el mismo título.
Y cuenta que el escándalo producido por la
Vida de Jesús,
si fué grande entre los católicos,
fué mayor , si cabe , entre los protestantes , y en
verdad que no les faltaba razón para ello. Porque
Strauss, al publicar la
Vida de Jesús,
echaba por
tierra los escasos restos de la Biblia que sus pre-
decesores habían dejado en pie. En medio, y á
pesar de las diferentes teorías exegético-raciona-
listas que sucesivamente habían atacado algunas
partes ó aspectos de la Biblia , todas se habían
detenido ante la persona de Jesucristo y ante la
autenticidad de los Evangelios , y si alguno de
sus autores como Wette , había aventurado
algunas negaciones tímidas en esta materia, le-
jos de avanzar , había retrocedido en este camino
ante los peligros y abismos á. que conducía.
Strauss saltó resueltamente la valla, y bajo su
pluma los Evangelios, que hasta entonces habían
So
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
contenido la esencia del cristianismo , quedaron
convertidos en mitos, es decir , en leyendas ima-
ginarias formadas paulatinamente , y que después
de tomar cuerpo, salían á, luz en un momento dado
del tiempo.
Por otra parte, la obra de Strauss era la obra
del hegeliano que mataba al luterano ; represen-
taba la última evolución lógica del libre examen
como dogma fundamental del protestantismo. En
sus
Ensayos de historia religiosa,
publicados
con posterioridad á la
Vida de Jesús,
lo confiesa
paladinamente en los siguientes términos : «El
principio de donde salió el protestantismo , es la
libre convicción del individuo , la firme voluntad
de no creer nada y de no admitir como artículos
de fe más que las sugestiones y los resultados de
la vida interior. Lutero creía en el texto y en la
letra entera del texto , si era necesario , no porque
la Iglesia se lo mandaba, sino porque su instinto
personal de lo verdadero, en el cual veía el tes-
timonio del Espíritu Santo , le aseguraba de la
verdad y divinidad del contenido de la Escritura.
Luego el protestantismo no debe su fe á la Escri-
tura, sino en cuanto que su convicción personal y
su sentido interior, armados hoy de otros recur-
sos, le dan la certeza de que las narraciones de la
Escritura son dignas de fe y que sus doctrinas son
conformes á la razón. »
Con el objeto de preparar y desembarazar el
camino para establecer su teoría, Strauss rechaza
como insuficientes unas, y como violentas otras,
CAPÍTULO II.
las interpretaciones y teorías de los exegetas
racionalistas, sus antecesores.
«
Cuando emprendí
la composición de mi
Vida de Jesús ,
nos dice en
los ya citados
Ensayos de Historia religiosa,
tenía ante mí dos, ó, mejor dicho, tres puntos de
vista contrarios sobre la historia evangélica, y
con especialidad sobre sus partes milagrosas , las
más importantes en todo tiempo para la dog-
mática.
»Los unos tomaban las narraciones según su
sentido evidente, como relaciones de hechos so-
brenaturales que consideraban como verdadera-
mente realizados.
»Otros decían : Estas historias son verdaderas,
pero todo se verificó de una manera natural; sólo
que los narradores han dejado á un lado ciertas
transiciones , ciertos detalles , ciertas circunstan-
cias accesorias , que daban por supuestas , y estas
omisiones son las que producen la apariencia del
milagro. Yo jamás pude resolverme á una inter-
pretación tan violenta de las narraciones bíblicas.
»Una tercera opinión presentaba, ya los hechos
mismos , ya las narraciones de éstos , como artifi-
cios y fantasmagorías de sus impostores : seme-
jante sospecha me repugnó siempre.
»Qué hacer, pues, para encontrar una salida :-
Consideré las narraciones sagradas de las anti-
guas religiones, que nadie piensa hoy en tomar-
las en sentido sobrenatural, como Herodoto ;
ni
tampoco en explicarlas naturalmente, como Evehe-
mero ; ni en darlas el carácter de imposturas ó
TOMO 1.
9
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
juegos del diablo , como los Padres de la Iglesia,
sino que son aceptadas , al contrario, como leyen_
das nacidas, sin intención ni malicia, de la piadosa
imaginación de los pueblos y de sus poetas. De la
misma manera consideré los relatos milagrosos
de la historia evangélica, ó al menos la mayor
parte de ellos, como productos de la ficción sen-
cilla de las primeras edades del cristianismo.»
Las últimas palabras de este pasaje contienen
el fondo y la substancia de la teoría de Strauss,
teoría que puede resumirse y condensarse en las
siguientes afirmaciones :
I.' La época en que apareció el cristianismo,
lo mismo que las épocas en que aparecieron las
demás religiones que se dividen la humanidad, fué
una época de crisis y de imaginación. Gracias á
las conquistas de Alejandro y de los romanos, las
ideas morales , filosóficas y religiosas de la mayor
parte de los pueblos arios y semitas , chocaban
en confusa amalgama y fermentaban por todas
partes , pero principalmente en Alejandría.
2.a
Resultado y manifestación de este choque
de ideas , era la expectación general de un Mesías,
expectación que entre los judíos había adquirido
á la sazón tintas enérgicas á, causa de los anun-
cios proféticos referentes, ora á la pérdida del
cetro en la casa de Judá, verificada con el rei-
nado de Herodes, ora á otras circunstancias indi-
cadas en las profecías antiguas.
3.
a
En estas circunstancias aparece en la Ju-
dea Jesús de Nazaret, hombre extraordinario en
CAPITULO U.
83
obras, en palabras y en doctrina, lo cual, unido á
las recomendacion
es
y alabanzas del Bautista,
quien gozaba de grande prestigio entre sus com-
patriotas, fué causa de que muchos judíos , prin-
cipalmente del pueblo , le tuvieran por el Mesías
anunciado por los profetas antiguos , declarki-
dose algunos como sus especiales discípulos.
4
.'
Llevado á la Cruz por la razón política, á
la vez que por el odio y envidia de los príncipes y
fariseos, los discípulos de Jesús, arrastrados por
su imaginación, «la cual, solicitada por un cora-
zón emocionado , les representó como vuelto á la
vida al Maestro, que no podían resolverse á con-
siderar muerto » , comunicaron esta creencia á
sus convecinos y antiguos compañeros, durante
la vida y predicaciones de Jesús. Esta creencia,
difundida primero por los pueblos y aldeas de
la Palestina, y llevada después á los demás pue-
blos y naciones por los Apóstoles, vino á. ser como
la base de la aureola divina que se concedió á
Jesús, y la base también de los relatos milagro-
sos de su vida y obras que hallamos en los Evan-
gelios.
5.
a
Porque una vez persuadidos los que reci-
bieron la enseñanza de los Apóstoles y sus suce-
sores de que Jesucristo era el Mesías anunciado
y esperado por los hebreos , fué natural y consi-
guiente que aplicaran á la persona de Jesús todas
las profecías mesiánicas. Así, por ejemplo, Jesús
debió dar vista á los ciegos , movimiento á los pa-
ralíticos, oído á los sordos y obrar otras curas
84
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
milagrosas , toda vez que Isaías atribuye todas
estas cosas al futuro Mesías ó libertador de Israel.
Puesto que Miqueas había anunciado que este
libertador había de salir de Belén, el nacimiento
de Jesús debió verificarse aquí , siendo por lo
mismo preciso relacionar este nacimiento con el
censo romano.
6.
a
Á este tenor, los cristianos de los prime-
ros siglos fueron aplicando á Jesús todas las cir-
cunstancias profetizadas con relación al Mesías;
pero esta aplicación no se realizó ni en un solo
lugar ni en una época, ni menos por uno ó pocos
hombres. Las aplicaciones mesiánicas y las leyen-
das para su aplicación á. Jesús se verificaron en
diferentes años , por diversos sujetos , en distin-
tos lugares , de una manera parcial , sucesiva,
inconsciente, espontánea y anónima, por decir-
lo así.
7.
a
Cuando todas esas leyendas mesiánicas,
exornadas con circunstancias maravillosas y apli-
cadas á Jesús , estuvieron formadas , y pasaban
de boca en boca entre los cristianos de los prime-
ros siglos de la Iglesia, un escritor desconocido
las reunió y consignó por escrito , y este escrito
es lo que llamamos Evangelio. Las diferencias y
oposición entre éstos procede de que los autores
ó recopiladores de su contenido no pertenecen á
la misma época, ni escribieron en el mismo lugar,
y las leyendas que se aplicaban á Jesús no eran
enteramente idénticas en todas partes.
8.
a
Estas leyendas, elaboradas de una
manera
CAPÍTULO II.
91
punto de fe : Jesús es el Mesías en quien se cum-
plieron los acontecimientos anunciados antes por
los profetas. En realidad , no se separaba del ju-
daismo , siendo como una continuación y rejuve-
necimiento del mismo ; apenas se distinguía de
éste , y conservaba sus leyes y ceremonias esen-
ciales.
Si un elemento más vivo , más liberal , más am-
plio no hubiera venido á comunicar á la secta
ebionita una fuerza de expansión y una elasticidad
de que carecía por completo, no hubiera tardado
en ahogarse dentro del estrecho círculo en que
había nacido.
Pablo—el paulinismo—comunicóle la energía
que le faltaba, una vida exuberante, el espíritu de
proselitismo y de conquista ; rompió las barreras
que le aprisionaban, se apartó del judaismo , del
templo y de la ley mosaica, transportando aquella
planta que languidecía al medio del Imperio ro-
mano , y , en esta tierra fértil , al calor de la civi-
lización greco-romana, aquella planta, próxima á
perecer, se desarrolló con maravillosa rapidez, y
echó raíces vigorosas y profundas.
Así es como se realizó la fundación del cristia-
nismo. Á Pablo es á quien debe su carácter de
universalidad, en el cual ni habían soñado siquiera
sus primeros fundadores. Antes bien , lejos de fa-
vorecer los proyectos ambiciosos del Apóstol de
las Gentes , los Doce , contentos de hallarse ence-
rrados dentro del horizonte de la Palestina , lucha-
ron con todas sus fuerzas contra los proyectos
de
92
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
engrandecimiento de Pablo. La oposición entre el
petrinismo y paulinismo constituye el fondo todo
de la historia de la Iglesia en el primer siglo. Fué
aquella oposición más profunda, más viva y más
larga que lo que suponen la tradición eclesiástica
y los Hechos de los Apóstoles.
Este conflicto de ideas es el que sirve para de-
terminar la autenticidad de los libros canónicos.
Divídense estos en tres clases : escritos del par-
tido de los Doce, escritos del partid-o paulinista, y
escritos del tercer partido ó del partido de fusión
y conciliación, el cual se dedica á reunir los dos
primeros partidos, y les permite darse la mano,
atenuando sus divergencias y haciendo el oficio
de lazo de unión. Este tercer partido no pudo for-
marse sino cuando la violencia de los dos partidos,
hostiles comenzó á calmarse. Por consiguiente,
los escritos inspirados por éste son
escritos de
tendencia,
que deben haber sido redactados en
fecha posterior y después de todos los otros.
Una vez establecido
a priori
este principio de
crítica histórica, por más que sólo descansa en la
suposición puramente imaginaria de divergencias
radicales entre los Doce y San Pablo , el resto de
la teoría no ofrece dificultad alguna. Para fijar la
época aproximada de la composición de un escrito
cristiano de los primeros siglos, no hay más que
examinar á qué tendencia pertenece. Las Epístolas
á los Romanos , á los Gálatas y las dos á los Corin-
tios, son los manifiestos del paulinismo. Los evan-
gelios apócrifos de los hebreos, de Pedro, de los
CAPÍTULO II.
93
ebionitas , de los egipcios, expresan las ideas del
judeo-cristianismo
.
Estas epístolas y estas narra-
ciones legendarias son los monumentos más anti-
guos del pensamiento cristiano. Los cuatro Evan-
gelios canónicos son más recientes. Fueron redac-
tados hacia mediados del siglo segundo , lo mismo
que los Actos de los Apóstoles ylas demás pretendi-
das Epístolas apostólicas , que debieron su redac-
ción á escritores , que sin escrúpulo alguno los
colocaban bajo el patronazgo de nombres venera-
dos , porque semejantes fraudes piadosos se mira-
ban como cosas sin consecuencias.
Estos escritos debieron su origen á las necesi-
dades del momento, que obligaron á los petrinis-
tas , que habían sido los más numerosos hasta en-
tonces , á hacer concesiones á los paulinistas , á
fin de contar con'su apoyo contra el enemigo co-
mún, el gnosticismo, y resistir mejor por medio
de la cohesión, á las persecuciones de los empera-
dores romanos. Los indicios de la transacción se
descubren primero en el Evangelio de San Mateo,
el cual es todavía judeo-cristiano , pero modificado
ya y alterado por adiciones y arreglos sucesivos.
Se descubren también estos indicios en el Evan-
gelio de Lucas , que es de origen paulinista , pero
fué dulcificado y arreglado para no exasperar al
partido de los Doce. Marcos es el menos antiguo de
los tres sinópticos : el Evangelio de éste es el que
más desagrada al jefe de la escuela de Tubinga,
porque no le ha sido posible encontrar en él ves-
tigio alguno de compromiso, y, lo que es peor
94
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
todavía, ni vestigio tampoco de la guerra entre
Pedro y Pablo.
En cambio , los Actos de los Apóstoles dan
mucho juego á la escuela crítica. Allí es princi-
palmente donde cree conseguir el triunfo. Los
Actos son la obra de un paulinista conciliador, lo
cual es fácil reconocer, porque allí se encuentran
sus tendencias perfectamente indicadas. Para fa-
vorecer la conciliación de los dos partidos , el
autor hace á Pablo petrinista y á Pedro paulinis-
ta : Pablo observa las ceremonias legales , y Pe-
dro bautiza á un pagano.
El Evangelio que lleva el nombre de Juan es
relativamente moderno. Es posible que Juan haya
sido el autor del Apocalipsis, libro judeo-cristiano,
pero no es el autor del Evangelio, cuya tendencia
demuestra que es posterior á la época en que vino
el Apóstol. »
Á este tenor, y marchando siempre por el mis-
mo camino , Baur señala los autores
y
calcula la
época de los diferentes libros del Nuevo Testa-
mento, sin más razones ni pruebas que la supues-
ta existencia de los tres partidos, basada en la
hipótesis
a priori
de la oposición primitiva y ra-
dical entre el petrinismo y el paulinismo.
Si nos fuera lícito rebasar los límites de la ex-
posición pura de doctrinas, entrando en el campo
de la refutación, no sería difícil probar que la es-
cuela de Tubinga , como todas las escuelas que
toman por punto de partida concepciones
apriori,
y por base hipótesis más :ó menos gratuitas, es
CAPÍTULO II.
95
arrastrada fatalmente á conclusiones infundadas
é inadmisibles de todo punto. El libro de los Actos
de los Apóstoles , que es , en cierto modo , el Aqui-
les de la escuela de Tubinga , es el que con más
claridad demuestra la insubsistencia de su doctri-
na. Quienquiera que con espíritu desapasionado
lea el libro citado , verá allí que la supuesta opo-
sición radical y absoluta entre San Pedro y San
Pablo se reduce á una discrepancia, relativamente
insignificante, entre los dos con respecto á la ob-
servancia de algunas prescripciones legales , y
aun esto en determinadas circunstancias. Si á esto
se añade , por un lado , que se trata de un libro
escrito por San Lucas , compañero y discípulo de
San Pablo , y testigo ocular de los sucesos , y por
otro que la autenticidad de este libro es, acaso,
la más firme é inconcusa entre los que forman el
Nuevo Testamento, aun considerada en el terreno
puramente histórico y humano , será preciso re-
conocer que Baur y su escuela no supieron evitar
las ilusiones de la imaginación, ni precaverse con-
tra la tendencia innata del humano entendimiento
á buscar la unidad y la sencillez en la explicación
de las cosas. Tendencia es esta que, si por una
parte honra y ennoblece á la razón humana, tam-
bién ha influido no poco en sus desviaciones de la
verdad y en la formación de teorías ó concepcio-
nes apriorísticas más ó menos erróneas. Es de no-
tar también la escasa importancia que esta escuela
concede en sus lucubraciones á la persona de Jesu-
cristo. Ocupada y preocupada por su teoría opo-
96
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
sicionista entre el paulinismo y petrinismo y sus.
efectos, apenas se acuerda de Jesús ni de señalar
la influencia que le corresponde en el origen y
naturaleza del cristianismo, pudiendo decirse que
su papel queda reducido, en realidad, al de un
personaje judío dotado de virtudes y saber supe-
riores á los de sus contemporáneos, con prestigio,
además , suficiente para atraerse algunos discí-
pulos.
Volviendo á Baur , no hay para qué añadir
que , de conformidad con las exigencias de su hi-
pótesis de los tres partidos , considera como apó-
crifos todos los libros del Nuevo Testamento,
á excepción de las cuatro Epístolas de San Pablo
arriba mencionadas. Sus discípulos, sin embargo,
no se atuvieron á sus opiniones en esta mate-
ria, como sucede generalmente cuando se trata
de teorías que carecen de fundamento sólido. Sin
contar que para Volkmar el único libro autén-
tico del Nuevo Testamento es el Apocalipsis , y sin
contar tampoco que otros discípulos se apartan
de su maestro al señalar la fecha del Evangelio de
San Marcos, es sabido que Hilg-enfeld reconoce la
autenticidad de la primera Epístola de San Pablo
á los Tesalonicenses , así como la autenticidad de
las dirigidas á los Filipenses y á Filemón.
Antes de poner término á la exposición suma-
ria de la teoría exegética de la escuela de Tubinga,
bueno será observar que ésta y su jefe convienen
con las expuestas anteriormente en la negación
de lo sobrenatural ó del milagro , negación que
CAPÍTULO II.
97
constituye el fondo esencial idéntico de todas ellas.
Sólo que Baur y su escuela rechazan y excluyen
el milagro en nombre de la crítica histórica, sin
reparar que entre los milagros del Nuevo Testa-
mento hay dos inexplicables para la escuela de
Tubinga, dada la importancia extraordinaria que
aquélla concede á. San Pablo en el origen , des-
arrollo , propaganda y constitución del Cristia-
nismo. No cabe en esto explicación satisfactoria,
como observa Lichtenberger desde el momento
que desaparece Jesucristo resucitado , y convir-
tiendo á Pablo por medio de su aparición mila-
grosa en el camino de Damasco.
Vi.
Últimas manifestacion
e
s del racionalismo bíblico protestante.
Después de los trabajos de la escuela de Tubin-
ga , cuyo criticismo apenas deja en pie punto
La résurrection de Jésus et la Conversion de Saint Paul sont
les deux points que ni Baur ni ses disciples ne sont parvenus
expliquer d'une maniére satisfaissante. Et c'est sur eux pourtant
que pivote toute l'histoire du siécle apostolique. Chose étrange
mais significative! Paul, cet objet de prédilection des recherches
de l'école de Tub.ingue, et dont l'étude attentive et pénétrante lui
a révélé pour ainsi dice le secret du siécle apostolique, Paul est
devenu le témoin á charge le plus redoutable contre
le
principe
dogmatique que Baur
a
appliqué t sa construction historique.
Comment expliquer la conversion de Paul , comment compren-
dre son activité, sa pensée, son caractére, sa vie toute entiére,
si Pont fait ahstraction du fait surnaturel qui la domine, l'appa-
rition du Seigneur ressuscité sur le chemin de Damas? D
páginas 111-12.)
Tomo
10
98
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
alguno esencial del Cristianismo, y, sobre todo,
después de las negaciones radicales de Strauss,
desenvueltas en su última obra
La antigua y la
nueva fe,
en la cual el materialismo y el ateismo
se presentan como la manifestación última y la
evolución espontánea del racionalismo bíblico,
cualquiera creería agotado el tema y cerrado defi-
nitivamente el ciclo bíblico-racionalista. Y la ver-
dad es que hasta cierto punto y en cierto sentido
esta creencia no sería inexacta , porque, en reali-
dad , los trabajos exegético-racionalistas posterio-
res al autor de
La antigua y la nueva fe
no ofre-
cen direcciones substancialmente nuevas ú origi-
nales , hipótesis ó teorías que salgan fuera de los
moldes del racionalismo bíblico iniciado por Rei-
marus , ó, hablando con más exactitud, por Lu-
tero, y que encontró su eco final, sus conclusiones
últimas lógicas en los escritos de Strauss, después
de haber pasado sucesivamente, y de etapa en
etapa, por los fragmentos de Wolfenbüttel, por los
escritos de Paulus , de Eicbhorn , de Wette y de
la escuela de Tubinga.
Esto no quita , sin embargo , que en Alemania
y fuera de Alemania hayan sido y sean muchos
los autores que siguen escribiendo en sentido
exegético-racionalista. Testigos los nombres de
Tuch Stahelin Lengerke , Hitzig , Schrader,
Ewald , Nüldeke, Dillmann , Knobel , Hupfeld,
Reuss, Wellhausen, sin contar los que en Francia,
Inglaterra y otros países se hicieron y hacen hoy
eco de los trabajos bíblico-racionalistas de los
CAPÍTULO II.
99
países germánicos. Sólo que la mayoría inmensa
de estos trabajos después de Strauss y de la
escuela de Tubinga, se han concentrado sobre el
Pentateuco de Moisés, pudiendo decirse que la
nota característica del racionalismo bíblico en
nuestros días es la negación de la autenticidad
mosaica del Pentateuco, toda vez que , por cami-
nos más ó menos variados, á este objeto final se
dirigen los escritos y lucubraciones múltiples de
los autores citados.
En la imposibilidad de exponer y analizar, si-
quiera sea sumariamente, los escritos y teorías de
los citados autores , —lo cual , por otra parte , no
entra en el plan y objeto directo de este libro,
nos limitaremos á indicar las conclusiones y teorías
más notables ó más seguidas , acerca de la cues-
tión mencionada, ó sea la autenticidad del Penta-
teuco, opiniones y teorías que pueden conside-
rarse legítimamente representadas en los nombres
y escritos de Ewald, Hupfeld y Wellhausen. Pero
antes de entrar en la exposición de la doctrina de
estos tres representantes modernos del raciona-
lismo bíblico , bueno será recordar las tres hipó-
tesis principales excogitadas por la exegesis ra-
cionalista para explicar el origen, composición y
contenido del Pentateuco , á saber :
a)
La hipótesis de las fuentes , ó
documenta-
ría,
que supone al Pentateuco sacado de docu-
mentos anteriores :
Urkundenhypothese.
1))
La hipótesis
fragmentaria,
según la cual
los cinco libros de Moisés serían un conjunto de
I0
0
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
fragmentos , diferentes por parte de sus autores
y época de su escritura, sin relación necesaria en-
tre sí, á manera de agregado accidental de varios
libros ó tratados :
Fragnzentenhypothese.
c)
La hipótesis
complementaria,
ó sea la que
admite un escrito que sirvió de núcleo fundamen-
tal
(Grundschrift),
ó base primera de todos los
libros que constituyen el Pentateuco , los cuales,
en su mayoría, representan adiciones hechas al
escrito fundamental, del cual son corno comple-
mento y desarrollo :
Ergünzzmí,g-slupothese.
La segunda de estas hipótesis, excogitada por
Vater , desarrollada y defendida con calor des-
pués por Teodoro Hartmann, tuvo existencia efí-
mera , pudiendo decirse que desapareció de la
escena con la muerte de Hartmann , porque los
representantes mismos de la exegesis racionalista
y protestante no pudieron menos de reconocer
la poca solidez de una teoría que comienza por
suponer que los judíos no conocieron el arte de
escribir hasta después de la muerte de Moisés, y
que con no mayor fundamento afirma que las par-
tes ó fragmentos más antiguos, entre los que com-
ponen el Pentateuco, fueron redactados á contar
desde la separación de los reinos de Judá é Israel
hasta la época de los profetas Jeremías y Eze-
quiel , y que su elaboración última, ó sea el arre-
glo definitivo del mismo , se verificó durante el
período de la cautividad babilónica.
Tuch, Stahelin, con algunos otros teólogos
protestantes, reconociendo la poca solidez de la
ti
ti
CAPÍTULO II.
10'
hipótesis fragmentaria, y queriendo al propio
tiempo conservar la conclusión que de ella saca-
ban sus partidarios , á saber, que el Pentateuco
no es obra de Moisés , porque no es la obra ni de
un hombre solo, ni de una soló época, echaron
mano de la hipótesis complementaria, no viendo
en el Pentateuco más que un escrito fundamen-
tal—Grundschrift,
de autor más ó menos desco-
nocido , que recibió desarrollos y complementos
diferentes, más ó menos relacionados con el pri-
mero.
Tampoco fué muy duradero el reinado de la
hipótesis complementaria, la cual no tardó en
verse reemplazada por la teoría de las fuentes ó
documentos. Esta teoría, excogitada ya en el siglo
pasado por Astruc , y adoptada por Eichhorn, que
le dió el nombre de
Urkundenhypothese,
no llena-
ba , sin embargo , las exigencias y aspiraciones de
ciertos exegetas racionalistas del siglo presente,
empeñados en negar á toda costa la autenticidad
mosaica del Pentateuco , autenticidad que Astruc
y Eichhorn no habían negado explícitamente,
limitándose á suponer que Moisés, al escribir el
Pentateuco , ó al menos el Génesis , se había ser-
vido de documentos anteriores. De aquí es que
los que en nuestros días resucitaron y adoptaron.
la precitada teoría de las fuentes , hiciéronlo afir-
mando que éstas, y por consiguiente el Penta-
teuco , son posteriores á Moisés.
Los principales campeones y representantes
de la teoría documentaria, modificada en el sen-
102
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
tido mencionado , son Ewald— 1
80 3 - 187 5
y Well-
hausen , que todavía en nuestros días mantiene
levantada en alto la bandera de la
Urkundenhy-
pothese
transformada.
El autor de
Los libros santos y la crítica
racionalista
expone y resume con acierto la teo-
ría del primero ', en los siguientes términos :
«Por espacio de más de cincuenta años , á con-
tar desde
1823
hasta su muerte , Ewald no dejó
pasar ningún año sin publicar algún trabajo más
ó menos importante. Sus escritos ejercieron in-
fluencia considerable. El primero de todos ,
Exa-
men crítico de la composición del Génesis,
apa-
reció en el año mismo en que terminaba sus estu-
dios en la Universidad de Gotinga. Su objeto era
explicar la diversidad de los nombres de Dios en
el primer libro del Pentateuco, por medio de razo-
nes filológicas, sin recurrir á la hipótesis de los
documentos anteriores que rehusaba admitir. Se
advierte ya en aquel escrito toda la penetración
y sutileza de espíritu, de las que tantas pruebas
dió en lo sucesivo. Por lo demás , acerca de la
tesis que allí sostenía, lo mismo que acerca de
tantas otras, cambió después de opinión.
»Su obra más célebre es su
Historia del pueblo
= Después de dar algunas noticias biográficas de Ewald , Vi-
gouroux añade : « Caractére violent et passionné, doué d'une
grande puissance d'intuition , mais faible dans ses déductions
et
ses
raissonnements, aimant et haYssant vivement, il fut souvent
en lutte avec d'autres savans de son pays ; néanmoins par son
enthousiasme et ses talents , il exerca un Brand ascendant sur ses
disciples». (Obra cit., tcmo u, pág
'
. 5o3.)
( APÍTULO II.
103
de _Israel,
obra de crítica negativa, que ha sido la
admiración de la generalidad de los exegetas ra-
cionalistas , si no por sus resultados , por su cien-
cia y erudición. Tomando como punto de partida
las teorías de progreso indefinido de la humani-
dad que Lessing y Herder habían hecho popula-
res en Alemania , el autor estudia la misión des-
empeñada por Israel en el desarrollo del mundo
civilizado. Su historia es la historia de la manera
por la cual el monoteismo llegó á ser la religión
universal. Comienza esa historia en el Éxodo y
acaba en la persona de Jesús. Este intervalo se
divide en tres períodos : período de Moisés y de
la teocracia; período de David y de la monarquía ;
período de Esdras y de la hagiocracia. Cada uno
de estos períodos está indicado por los nombres
mismos que lleva sucesivamente el pueblo de Dios :
Hebreos , Israelitas Judíos.
»Los acontecimientos anteriores al Éxodo están
resumidos en un capítulo preliminar de la historia
primitiva : los de la época apostólica están tra-
tados como una especie de apéndice. Todo su
trabajo descansa sobre el examen crítico y el
arreglo arbitrario de los libros bíblicos, de los cua-
les saca sus documentos. Su análisis del Penta-
teuco es uno de aquellos que más ponen en evi-
dencia el espíritu sutil, aventurero y arbitrario de
la crítica germánica. E-wald distingue—además
de un pequeño número de fragmentos antiguos —
el
libro
(elohista)
de las alianzas,
que comienza
en los tiempos de Abraham y data de la época de
104
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
Sansón ; el
libro
(elohista y jehovista á la vez)
de
los
orígenes ,
que da principio con la creación del
mundo , y que fué redactado bajo el reinado de
Salomón ; un tercer libro escrito por un Efrai-
mita contemporáneo del profeta Elías ; un cuarto
libro compuesto al finalizar el siglo nono. Un
quinto redactor, perteneciente á la tribu de. Judá,
formó con todos estos trabajos parciales que aca-
bamos de enumerar los cuatro primeros libros
del Pentateuco , á los cuales hay que añadir la
conclusión del Deuteronomio. Un sexto escritor
de la tribu de Efraim, llevado cautivo á Babilo-
nia, interpoló entonces algunos fragmentos en el
Levítico. Finalmente, en el siglo séptimo, un últi-
mo historiador escribió en Egipto una grande his-
toria de Moisés , de la cual una parte solamente
nos ha sido conservada por un contemporáneo de
Isaías : esta parte es el Deuteronomio. Así es
cómo fué completado el Pentateuco.
»Ewald no se ocupa en manera alguna en pre-
sentar pruebas en favor de sus hipótesis tan sin-
gulares ; conténtase con afirmar dogmáticamente:
de aquí es que su sistema crítico, el cual, además,
fué por él modificado muchas veces, no ha tenido
más partidarios que su mismo autor. Una sola de
sus opiniones ha sido aceptada generalmente por
el racionalismo, que es la opinión por él emitida
en 18
3
1, á saber : que los documentos elohista y
jehovista no concluyen en el capítulo vi del Éxo-
do, como había dicho Astruc, sino que perseve-
ran y están entremezclados hasta el fin del Penta-
1
05
teuco, de tal manera, que es posible discernir el
uno del otro por el lenguaje y por el estilo que
corresponden á, cada uno de ellos. Con el auxilio
de este cómodo instrumento , los anatomistas del
Pentateuco arrojáronse sobre este libro como
sobre segura presa, despedazándolo sin compa-
sión, y si no han aceptado las conclusiones de
Ewald, han seguido su impulso, marchando sobre
sus pasos '.»
Estas últimas palabras explican el verdadero
sentido de las anteriores, en que Vigouroux dice
que el sistema crítico de Ewald no tenía más par-
tidarios que,su mismo autor. Porque la verdad es
que el autor de la
Historia del pueblo de Israel
ejerció indudable influencia sobre sus discípu-
los, entre los que sobresalen Hitzig, Schrader,
Nüldeke , Dillman , los cuales , lo mismo que
Knobel y Hupfeld, escribieron en sentido análogo
al de Ewald y aceptaron el fondo de su teoría , sin
perjuicio de introducir en ella adiciones y modifi-
caciones más ó menos importantes. Por punto
general, todos convienen en considerar el Deute-
ronomio como posterior al escrito fundamental,
que contenía el
substratum,
y como la materia
primera del Pentateuco, así como también con-
vienen en considerar éste como obra posterior á
Moisés ,redactada por diferentes autores yen épo-
cas también diversas. En cambio hay disconfor-
midad entre los mismos cuando se trata, ora de
Im
p
.: pág. 5o4.
106
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
señalar los libros ó documentos que entraron en
la composición del Pentateuco, ora los autores
de éstos, ora las épocas y sitios de su redacción.
Si escuchamos, por ejemplo, á Knobel, los cuatro
primeros libros del Pentateuco fueron redactados
y recibieron su forma actual en tiempo de Eze-
quías por un escritor jehovista, que se sirvió, al
efecto, de tres fuentes ó documentos , á, saber
a)
un documento elohista, escrito por autor des-
conocido , en tiempo de Saúl ; b)
el
Libro de
las guerras,
escrito en la época ó reinado de Josa-
fat , y
c)
el
Libro del Derecho,
escrito por un
efraimita hacia la época de la ruina de Samaria.
Por lo que hace al quinto libro del Pentateuco, ó
sea el Deuteronomio, debe considerarse corno una
obra independiente , debida probablemente al
Sumo Sacerdote Helcias.
Si en lugar de Knobel escuchamos á Schrader,
nos dirá, éste:
a)
que en el Pentateuco existen dos
documentos elohistas y uno jehovista ;
b)
que el
primer documento elohista fué escrito por un
sacerdote á los comienzos del reinado de David,
y el segundo por un judío del Norte, después de la
separación de los dos reinos de Judá é Israel;
c)
que el autor del documento jehovista pertenecía
á las diez tribus que formaron el reino de Israel,
y que al mismo se debe la redacción de los cuatro
libros primeros del Pentateuco en su forma actual,
redacción que llevó á cabo refundiendo los dos
documentos elohistas, y añadiendo á los mismos
fragmentos ó pasajes tomados de otros escritos;
CAPÍTULO II.
107
y
d)
que el Deuteronomio fué redactado , al me-
nos en su mayor parte, por un escritor que debió
florecer en el reinado de Jonás. Según se ve por
estas indicaciones , la concepción de Schrader
viene á. ser como un compromiso entre la hipótesis
documentaria y la complementaria , de las cuales
participa á. la vez.
Si damos crédito á. Hupfeld , deberemos admi-
tir , no ya para el Pentateuco íntegro , sino para el
Génesis solamente , tres fuentes ó documentos
históricos de autores desconocidos : de estos tres
documentos, independientes unos de otros, el pri-
mero es elohista, y comprende el relato de la
creación continuando hasta la distribución de la
tierra de Canaán; el segundo , elohista también,
abraza la historia de los patriarcas ; y el tercero,
jehovista, comienza, como el primero, elohista, en
la historia de la creación. Estos tres documentos
-*# fueron después compilados y refundidos por otro
escritor que , amalgamando , combinando y aña-
diendo, en ocasiones, su contenido histórico, re-
dactó el Génesis, tal cual hoy le tenemos. De
manera que, como la de Schrader , la concepción
de Hupfeld , aunque documentaría en el fondo y
esencia, participa también de la hipótesis comple-
mentaria.
Las concepciones de Ewald y sus discípulos,
más ó menos legítimos , viéronse precisadas á ce-
der el campo á, la concepción de Wellhausen, que
es la que hoy reina y domina en los países germá-
nicos y sus afines, no ya sólo porque en el campo
108
LA 'BIBLIA Y LA CIENCIA.
del error racionalista el último sistema viene
siempre á destronar el anterior, sino porque la
concepción del profesor de Marburg- reune las
condiciones necesarias para conferir á su autor la
investidura y nombre de maestro y jefe de la crí-
tica exegético-racionalista en la hora presente,
ora se tenga en. cuenta el aspecto científico y el
encadenamiento lógico que ofrece á primera vista
aquella concepción, ora se fije la atención en la
habilidad con que estudia la cuestión en todas sus
fases, corno dice Vigouroux, no menos que el or-
den y distribución metódica de los hechos y obser-
vaciones , cuyo examen y comparación constitu-
yen el fondo y la base d.e su sistema. Así, no es de
extrañar que en Alemania y fuera de Alemania el
nombre de Wellhausen resuene en todas las cáte-
dras racionalistas , y que sea considerado como
el portaestandarte del radicalismo exegético con
respecto al Antiguo Testamento, como Strauss lo
es del referente á los Evangelios.
Porque el celebrado profesor de Marburg, no
se limita á desvirtuar y negar la autenticidad mo-
saica del Pentateuco, como veremos , sino que,
aceptando y desenvolviendo las doctrinas esen-
cialmente naturalistas de Reuss , de Gesenius y
de tantos otros racionalistas sus predecesores en
la materia , ya niega la autenticidad de varias
partes de los libros del Antiguo Testamento , y
entre ellos una parte notable de la profecía de
Isaías, ya niega el carácter sobrenatural y mila-
groso de los hechos contenidos en el Pentateuco,
CAPITULO II.
109
si ya no es que, siguiendo el ejemplo de Reuss, los
califica de ficciones , y fenómenos naturales.
En sentido análogo al de Reuss, explica Wel-
lhausen
los objetos y acontecimientos que en el
actual Pentateuco ofrecen carácter más ó menos
prodigioso y extraordinario. Así, para el profesor
de Marburg, el arca de la alianza no era más que
un ídolo que tenía probablemente la forma de una
caja ó baúl ; el sacerdocio de Aarón, con su mul-
titud de ritos, de ministros, ceremonias, no exis-
tió en realidad, sino que fué el producto de la
imaginación de escritores posteriores, que inven-
taron aquel complicado sistema litúrgico y sa-
cerdotal, probablemente después que Salomón
edificó el gran templo de Jerusalén, á fin de po-
ner en armonía las manifestaciones del culto con
la magnificencia del templo.
Con el designio de evitar objeciones y dejar
desembarazado el camino para exponer y afirmar
su teoría acerca del Pentateuco, Wellhausen po-
«Le tabernacle, escribe Reuss en su
Historia del Antiguo
Testamento,
est une fiction pure; de mame le champ circulaire,
la marche de parade dans le désert , les chiffres énormes des pré-
tendusrecensementsdu peuple, la richesse inimaginable en métaux
précieux et en toute espéce d'étoffes dans une solitude sans eau
et pauvre en hommes, les hécatombes quotidiennes offertes par
des gens qui n'avaient pour eux d'autre nourriture que la manne,
dont ils étaient fatigués jusqu'au dégat, la confection du catas-
tre de Chanaan par une poignée d'emplovés dans u.n pays qui
est censé tout depeuplé....
et
beaucoup d'autres choses encore,
qui surpassent de beaucoup les anciennes légendes, et qui ne sont
ras proprement des légendes du passé, mais les réves d'une race
miserable.>
1
116
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
del elemento universalista nuevo, 6, digamos me-
jor, de lo que la escuela de Tubinga llama petri-
nismo y paulinismo , del principio mosaico y del
principio propiamente católico , los cuales ele-
mentos ó principios diferentes se amalgamaron y
compenetraron en el catolicismo á la sombra y
bajo la influencia que sobre los dos debió ejercer
la cultura especial de Alejandría , centro, á la
sazón , del movimiento intelectual, lo mismo entre
los adeptos del gentilismo y la idolatría, que entre
los secuaces de la ley mosaica y del monoteismo.
Durante los primeros años de la predicación cris-
tiana, algunos oyentes y discípulos, y principal-
mente los convertidos por Pedro y Santiago, sólo
vieron en la nueva doctrina enseñada por Jesús
una especie de reforma del judaismo , un comple-
mento y desarrollo de la ley mosaica, al paso que
para otros, y con especialidad para los oyentes y
discípulos de San Pablo , la doctrina de Jesús era
una religión completamente distinta y separada
de la religión mosaica, una religión verdadera-
mente nueva y universal.
De conformidad con estas ideas , y con el objeto
de dar razón del compromiso realizado posterior-
mente entre las dos concepciones primeras de los
«Le Christianisme universaliste avec la rnetaphysique reli-
gieuse qui l'accompagne, aussi bien dans las Epitres de Paul que
dans le quatrierne Evangile, n'est pas autre chose que l'enseigne-
ment de Jésus
vu á travers la culture alexa
.
ndrine, et
le Christia-
nisme judaisant,. peu abstrait, quelque peu forrnaliste
et d'un
sprit essentiellement pratique,
en est ce qu'on
pourrait appeler
une traduction palestinienne..»
CAPÍTULO II.
I7
partidarios y discípulos de Jesús , Nicolas , como la
escuela de Tubinga , echa por tierra la autenticidad
de la mayor parte de los libros que componen el
Nuevo Testamento , sin exceptuar los Evangelios,
los cuales, según el racionalista francés, son es-
critos de origen puramente humano, sin más aspi-
ración que fundar y conciliar las ideas enseñadas
al principio por los dos bandos contrarios. Así, no
es de extrañar que se encuentren allí alteracio-
nes , falsificaciones, y hasta contradicciones , las
cuales obedecen al interés de partido. El Evange-
lio mismo de San Juan , ó que lleva el nombre de
éste, si bien contiene las tradiciones y enseñanza
oral del discípulo amado de Jesús, no fué real-
mente escrito por aquél, sino por alguno de sus
sucesores.
Si en orden á los libros y autenticidad del
Nuevo Testamento , las ideas de Nicolas son eco
más ó menos fiel de las ideas de la escuela de
Tubinga, bien puede decirse que en orden á los
libros
y
autenticidad del Testamento Antiguo , y
con especialidad del Pentateuco, las ideas exegé-
ticas del racionalista francés están calcadas sobre
las de Knobel , Hupfeld , Nifideke y Wellhausen.
Para aquél , como para la mayor parte de los
escritores exegético-racionalistas germánicos de
nuestro siglo , el Pentateuco es una colección de
documentos ó trabajos debidos á diferentes auto-
res y escritos en diferentes épocas ; documentos y
trabajos , que, además , han sido añadidos , inter-
calados y modificados de mil maneras, hasta que
•
I18
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
en tiempos posteriores á la cautividad babilónica
quedó redactado en la forma que hoy tiene. Mi-
guel Nicolas , como muchos de sus maestros de
allende el Rhin, afirma que el Deuteronomio no
es anterior al reinado de Josías, y, como aquéllos,
también establece diferencias entre las fuentes
elohistas y jehovistas que entran en la composi-
ción del Pentateuco.
No hacemos aquí mención de los trabajos de
José
Salvador
y Salomón
Munk,
escritores am-
bos pertenecientes al pueblo hebreo , porque sus
publicaciones, aunque saturadas de racionalismo,
no pueden calificarse con propiedad de escritos
exegético - racionalistas
I
,
ni llamaron mucho la
atención del público.
En cambio, la Gran Bretaña experimentó y
experimenta en nuestros días la repercusión de
las ideas exegético-racionalistas enseñadas por la
teología protestante de la Alemania antigua y
moderna ; repercusión muy natural é inevitable,
toda vez que alemanes é ingleses , evangélicos y
anglicanos, establecen como punto de partida y
base de la exegesis y de la teología, la Biblia
Las obras principales del primero son la
Historia de las
instituciones de Moisés y del pueblo de Dios,
la cual vió la luz
pública en 1828, y el libro titulado
Jesucristo y su doctrina,
im-
preso en 1838.
Munk, aunque de origen alemán, se estableció en Francia,
donde publicó su
Palestina, descripción geográfica , histórica y
arqueológica;
obra en la que se propone explicar en sentido na-
turalista los sucesos milagrosos y extraordinarios que se narran
en los libros del Antiguo Testamento.
CAPÍTULO II.
119
libremente examinada. Sin contar ciertos trabajos
esencialmente racionalistas, nacidos y publicados á
la sombra del trono, como los de Temple, capellán
de la reina Victoria , es innegable que de cincuenta
arios á esta parte abundan en los libros ingleses, y
sobre todo en las revistas de aquel reino, las ideas
exegético-racionalistas que hemos visto en Alema-
mania y Francia , sin excluir las más avanzadas
y radicales en la materia. Prueba más que sufi-
ciente de lo cual es el nombre del famoso Colenso,
el cual, después de defender la poligamia en su
Carta al arzobispo de Cantorbery,
enseñó termi-
nantemente en su
Pentateuco
que los libros de
que éste se compone y cuya redacción se atribuye
Moisés , no son más que un conjunto de mitos y
alegorías , y que los acontecimientos allí narrados
carecen de todo carácter histórico. Con ocasión
ó pretexto de la Biblia , el obispo de Natal acepta
y defiende
.
las teorías más crudas del racionalis-
mo, en lo cual es seguido é imitado por no pocos
de sus compatriotas , que no disimulan su racio-
nalismo bíblico, ni tampoco sus ideas impregnadas
de subido naturalismo.
Aludiendo á los progresos de la incredulidad en Inglaterra
en nuestros días, Vigouroux escribe lo siguiente : « Les livres , les
articles de revue , inspirés par la critique negative d'outre-Rhin,
y paraissent en foule.
L'Ecce homo,
qui conformernent á son
titre ne nous montre que l'homme en Jesus , y a eu un succs
prodigieux. Les éditions de
Literature and Dogma,
dans legue'
Mr. Matthew Arnold prétend qu'on a pris dans la Bible de la litte-
rature pour des dogmes.... s'y sont succédé avec rapidité. Une
oeuvre anonyme, intitulée
Supernatural Religion,
et résumant
120
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
VI
I.
Ojeada retrospectiva y conclusión.
Todo ó nada,
decía Strauss con lógica tan con-
tundente como legítima, á sus compatriotas, que
pretendían conservar una parte del Cristianismo
y rechazar otra. Ó el Cristianismo íntegro, con la
divinidad de su fundador, con su Iglesia católica,
con su pontificado infalible, con sus dogmas re-
velados , sus misterios y su culto , ó nada de esto,
sino la razón pura enfrente y al lado de la natu-
raleza.
Lo que el autor de
La antigua y la nueva fe
decía con respecto al Cristianismo en general, es
aplicable igualmente á la Biblia , con respecto á la
cual es preciso decir también: ó todo ó nada. Ó la
toutes les objetions des Allemands incrédules contre les Écritu-
res et le Christianisme, y a produit le plus vif émoi et rencontre
d'innombrables admirateurs á cóté de fermes contradicteurs.
L'auteur fait une guerre en régle aux mirarles; il attaque longue-
ment , sans jamais se lasser, l'authenticité des Evangiles et des
Actes des Apótres. Il conclut son livre en disant « la raison et
l'experience nous empéchent de penser que nous puissions acqué•
rir des connaissances autrernent que par des canaux naturels.
Nous pourrions aussi bien esperer &re nourris surnaturellement.
Nous gagnons plus que nous ne perdons quand , á notre reveil,
nous découvrons que notre théologie est une invention humaine,
et notre eschatologie un mauvais reve. Nous sommes affranchis
de ces demons incubes de la basse mythologie hébraique, et de
ces doctrines de gouvernement divin qui outragent la morale et
mettent la cruanté et l'injustice á la place de la
sainteté.» (
Les
Lavres saints et la erit. ration.
Tomo u, páginas 538-39.)
CAPÍTULO II.
121
Biblia como palabra de Dios conservada, ense-
ñada é interpretada por la Iglesia como órgano
infalible del Espíritu Santo, para discernir y fijar
la autenticidad, la divinidad y el sentido de los
libros bíblicos , ó la negación de la Biblia como
depositaria y expresión de la palabra de Dios, la
negación de la Biblia como órgano y conducto de
la revelación divina , de la religión enseñada por
Dios.
Y, en efecto : la historia y la experiencia están
ahí para dar fe y testimonio de que en la Biblia,
como en todo , las leyes de la lógica se realizan y
encarnan en los hechos más tarde ó más pronto,
porque son leyes inflexibles y necesarias.
La Bi-
blia, toda la Biblia, y sola la Biblia;
he aquí la
divisa general del protestantismo ; he aquí la ban-
dera levantada por sus fundadores ; he aquí el
principio generador de la nueva religión enseñada
por Lutero y Calvino. Y, sin embargo, la historia
y la experiencia nos han demostrado en las pági-
nas que preceden, que el tercer miembro del apo-
tegma lleva en su seno la ruina de los dos anterio-
res. Desde el momento en que se rechaza la in-
terpretación auténtica é infalible de la Iglesia en
las cosas pertenecientes al ser y sentido de la Bi-
blia; desde el momento que queda ésta abandonada
á la razón individual del hombre, esencialmente
finita, variable, sujeta á, mil contradicciones y
pasiones , no es posible conservar ni
toda la Bi-
blia,
ni siquiera
la Biblia, ó
sea parte de ésta
corno palabra de Dios, como depositaria de la re-
122
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
velación divina. ¿No es esto , por ventura, lo que
se desprende con toda evidencia de la rápida
ojeada que acabamos de echar sobre las vicisitu-
des de la Biblia en el seno del protestantismo? ¿No
es ésta la última palabra de la exegesis de la teo-
logía protestante?
Franqueada la puerta del libre examen, de la
interpretación individual de la Biblia , por ella pe-
netraron primero las ideas naturalistas del deis-
mo inglés y francés, y cuando los espíritus estu-
vieron suficientemente preparados por aquéllos,
aparecieron los
Fragmentos de Wolfenbüttel,
á
la sombra de los cuales la teología protestante,
que hasta entonces se había conservado dentro
de ciertos límites tradicionales por causas exter-
nas y accidentales, entró de lleno en los caminos
de la exegesis racionalista, cuyas principales di-
recciones, sin excluir las de subido color natura-
lista , se revelaron ya en germen en los citados
Fragmentos,
y fueron iniciadas por Reimarus y
Lessing. Si añadimos á estos nombres los nombres
y sistemas de Eichhorn, de Paulus , de Wette,
de Baur , de Strauss, de Wellhausen y Renán,
para no mencionar sino los más célebres, vere-
mos que la Biblia, como libro divino y revelado,
desaparece paulatinamente, y que si algo queda
en nuestras manos, es un libro puramente huma-
no y no de los más autorizados. Por un procedi-
miento tan funesto, como inevitable y lógico en
el principio fundamental de la teología protes-
tante, ésta de etapa en etapa , de negación en ne -
CAPÍTULO II.
123
gación , de sistema en sistema, ha llegado á des-
truir piedra por piedra el edificio bíblico , y bajo
los golpes de la exegesis crítico-racionalista, la
Sagrada Escritura, divinizada y hecha objeto de
culto idolátrico por Lutero y sus discípulos, que-
da reducida á un conjunto de mitos y leyendas,
cuando no de imposturas y falsedades.
Cuando la razón humana, abandonada á sí mis-
ma , levanta y derriba sistemas en un orden de-
terminado de ideas, encuentra siempre el escep-
ticismo al final de su carrera. Esto es lo que ha
sucedido á la exegesis racionalista, cuyas teorías,
empujándose y destruyéndose mutuamente, han
dejado en pos de sí el escepticismo bíblico , como
sedimento último de su paso por la historia y por
el espíritu humano. Por eso vemos que la nota
escéptica es la que sobresale en los escritos de
Renán , resumen y eco general de la crítica exe-
gético-racionalista. En ella tiene adecuada apli-
cación el apólogo de Quinet
1
,
en atención á que el
escepticismo debía ser y es el término inevitable
del ciclo racionalista en el terreno de la exegesis
bíblica.
'
«I1 y avait un rosignol allemand, escribe el autor de
Ale-
mania
é
Italia,
qui chantait ses plus beaux chants dans la forlt
Hercynienne. Les péuples etaient accouris et écoutaient sa voix
enchantée. Ils sentaient, pendant qui ils l'entendaient, rentrer
dans leurs cceurs la foi qu'ils avaient perdu et la poésie des
vieux jours. Un soulle divin les raniniait, et leur áme s'élancait
sur les ailes de cet oisseau merveilleux pour parcourir les sphé-
res rnélodieuses. Mais voilá qu'un serpent á la gueule impure
avait roulé ses anneaux au tronc d'un ehé
s
ne du voissinage. Le
124
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
Los Evangelios constituyen , á no dudarlo , el
centro y el corazón de la Biblia , porque el Hom-
bre-Dios , cuya vida y cuyas obras revelan , es el
objeto final de todo el Testamento Antiguo, el
principio y la substancia del Nuevo. Así, no es de
extrañar que hayan sido en todo tiempo, pero
principalmente en nuestro siglo, el objeto prefe-
rente de los ataques y negaciones del racionalismo
en todas sus fases ; porque no podía éste ignorar
que la negación de la divinidad de Jesús lleva con-
sigo la negación de la Iglesia y de todo el Cristia-
nismo como religión. «Puesto que está reconocido,
decía Strauss , que Cristo no es el hijo de Dios,
sino un hombre, la Iglesia cristiana no tiene razón
de ser.» Así se comprende y explica porqué la
divinidad de Jesucristo y la
.
autenticidad de los
Evangelios, vienen siendo objeto de tantos y tan
rudos ataques por parte de la crítica racionalista.
Si fuera de nuestra incumbencia discutir y
apreciar el valor de esos ataques, no sería difícil
probar su insuficiencia y debilidad, con sólo poner
frente á frente las teorías múltiples, y más de una
,
vez contradictorias , de los mismos partidarios y
representantes de la exegesis racionalista. Y es
rossignol l'aperu ; il fit silence, et soit peur,
, soit amour, soit un
charme plus puissant que le sien, il tomba en volitant dans cette
gueule béante ; aprés quoi le serpent darda sa langue, et pre-
nant la parole, il lit « Me connaissez-vous? Je me suis appelé
tour á tour, dans l'Eden , Léviathan, Satan, Moloch ; au moyen
age, heresie , Jean Huss, Martin Luther; chez les Tudesques, Me-
phistophélés ; chez les Welches, Voltaire. A présent , je me
nomme comme vous tous : scepticisme.»
CAPÍTULO II.
125
de notar, además, que algunos de éstos reconocen
la autenticidad y verdad de los Evangelios, refu-
tando de paso las principales objeciones de sus
colegas cuyas teorías en la materia declaran
inverosímiles y nada sólidas.
1
Como prueba y ejemplo de lo que aquí decimos, citaremos
algunas de las consideraciones que acerca de los Evangelios y de
Jesús expone
el
racionalista alemán Reuss en su
Historia evan-
gélica :
«Á no ser que se diga que todo lo que nuestros Evangelios re-
fieren del entusiasmo del pueblo, de sus juicios, de sus veleida-
des políticas sobre todo, con motivo de la persona del pro
f
eta de
Nazaret, no es más que fábula y mentira, es absolutamente nece-
sario que haya intervenido allí algún otro elemento, un móvil
enteramente nuevo, un resorte palpable, por decirlo así, que
haya dado el impulso en una esfera en la que el poder de las ideas
no es
muy grande ordinariamente. ¿Quién no piensa aquí, desde
luego , en las curaciones numerosas, que forman, al lado de la
parte didáctica , el fondo verdadero de la historia de Jesús? ¿Se
atreverá alguien á decir que Jesús pudo, dándose aires de tauma-
turgo, abusar audazmente de la credulidad de los que
le
rodea-
ban? Su objeto era sobrado grande y puro para marchar á él por
medios tan mezquinos é indignos....
» Por lo demás, los textos , al atribuir á Jesús , relativamente
á sus curas , ciertas declaraciones cuya autenticidad parece colo-
cada sobre toda duda , le hacen solidario, por decirlo así, de la
interpretación que dan á esas curas. Añadamos que estos mila-
gros que le atribuyen no son los que la gente esperaba con prefe-
rencia, que no todos estaban satisfechos de aquéllos, que se le
pedía alguna cosa más siempre...., lo cual prueba que los relatos
referentes á los actos por él realizados, según aseguran sus histo-
riadores, no fueron arreglados precisamente en conformidad con
la teoría , á la sazón corriente, de las creencias mesiánicas.
»Haremos valer otra consideración en favor de nuestros escri-
tores los Evangelistas. Es cosa evidente que éstos sólo
narran lo
que se creía en su tiempo. No inventaron ellos los hechos
que
cuentan.
No son ellos los que tomaron la iniciativa de
la fe y de
126
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
Pero aunque no entra en el plan de este libro,
según indicamos ya, discutir las teorías exegé-
tico-racionalistas , no estará por demás, y nos
será permitido aducir algunas reflexiones de La-
cordaire acerca de la divinidad de Jesucristo y
acerca de la teoría mítica con que se ha preten-
dido desvanecer esa divinidad y la verdad evan-
gélica.
«Después de haber dicho ó dado á entender
que la vida de Jesucristo era una fábula , el mismo
racionalismo advirtió que esto era mucho pedir á
la humana credulidad: ha temido la luz omnipoten-
te del buen juicio, y al principio de este siglo, no
en Inglaterra ni en Francia, sino en Alemania, ha
aparecido un sistema nuevo. Se ha dicho : la vida
de Jesucristo no es una fábula, sino un mito....»
Comprendamos bien primero las causas que no
han permitido al racionalismo sancionar con su
adhesión la realidad histórica de Jesucristo. Cier-
tamente quedan todavía muchas cuestiones que
decidir , aun cuando se ha dicho : Jesucristo ha
la tradición en la Iglesia. Existió ésta antes que sus escritos, y, en
parte al menos , existió porque creía en aquellos hechos. Ahora
bien : una institución como la Iglesia no puede tener por base
una simple ilusión. Podemos decir que nuestros Evangelios,
considerados en sus primeros bosquejos , están demasiado cerca-
nos á la época de Jesús, para que quede margen suficiente para
una transformación completa, fabulosa, mítica de su historia....
» El comentador no tiene la misión , corno tampoco tiene los
medios, de reducir los relatos evangélicos á proporciones más
sencillas ó, como suele decirse, más naturales. La experiencia ha
demostrado que todas las tentativas de este género terminan fa-
talmente en resultados mezquinos é inverosímiles.»
CAPÍTULO II.
127
existido, su historia es auténtica ; la publicidad
cubre con la luz más decisiva los orígenes del
Cristianismo y de la cristiandad. Sin embargo,.
dado este paso , nos hallamos al punto en presen-
cia de un dilema sencillísimo : ó Jesucristo y sus
Apóstoles fueron sinceros , ó fueron impostores.
Decir que fueron sinceros , es realmente confesar
la divinidad de su obra ; porque sentada, por una
parte, la vida de Cristo, y concedida, por otra , la
sinceridad de esa misma vida , no es posible , en
vista del carácter y enlace de los sucesos que for-
man su tejido, evitar esta conclusión : Jesucristo
es Dios. Afirmar, por el contrario, que Jesucristo
y sus Apóstoles fueron impostores, es colocarse
en una posición durísima para la inteligencia.
¿Por qué? Porque todo Jesucristo, todos los Após-
toles , todos los mártires , son la sinceridad del
hombre en su grado más sensible : porque Dios
ha puesto en la persona de Jesucrito , en la vida
de sus Apóstoles, en la muerte de sus mártires,
un aire y un perfume de buena fe, que no permi-
ten suponer que toda esa bella historia, no sea,
por espacio de tres siglos, más que un montón de
imposturas empapadas en sangre. Hoy, por otra
parte , el Cristianismo es sincero : no puede acu-
sarse de mentira
á
la multitud de hombres civili-
zados que creen en Jesucristo , que pretenden
tener la demostración cotidiana de su divinidad,
que dicen que, aun independientemente de la his-
toria evangélica, sólo la acción de Jesucristo en
ellos les manifiesta su omnipotente realidad ;
y
128
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
esta es la tesis de un célebre aleman , que, habien-
do formado el vacío histórico en torno de sí, y
probando en el interior de su alma la influencia
del Salvador de los hombres , decía á la Alema-
nia : «Pero yo , que vivo , que siento , que pienso,
vivo con Jesucristo , siento con Jesucristo ; él me
levanta sobre mí, me purifica , me da lo que nada
de este mundo me ha dado jamás : es , pues , más
que yo, más que el mundo , más que el alma, es
Dios.... Una causa mancillada no puede producir
un efecto puro ; y si el Cristianismo es hoy sin-
cero, lo era ayer, anteayer, en los días de su ju-
ventud , lo era en jesucristo , el primer corazón
de donde salió para abrazar el nuestro y hacerle
sincero....
Comprended por qué la incredulidad necesita
realizar fuera de la historia los tiempos primitivos
delCristianismo, no sea que una vez en posesión del
derecho de vecindad, se ciñan muy fácilmente la
corona de una divinidad incontestable.... El genio
alemán no está dotado , al parecer , de esta ven-
taja de perspicacia y rapidez. Él es quien ha crea-
do la teoría del mito, á cuyo rededor está dando
vueltas ha medio siglo....
Como veis, no se niega ya la realidad histó-
rica de jesucristo; no vienen ya á estrellarse con-
tra la constitución misma de la historia, y, sin
embargo, al mismo tiempo que sigue Jesucristo
siendo un hecho, se le desarma del poder del he-
cho. Por otra parte, no es ya necesario combatir
la impresión de buena fe que resulta de su vida y
CAPÍTULO II.
129
de la vida de los suyos. Se concede esa buena fe.
Jesucristo creía en sí y se creía en él. Se creía en
él delante de César ; se cree en él delante de la
incredulidad. Vuestros padres daban su sangre
por hechos é ideas ; vosotros dais la vuestra por
hechos é ideas. Sólo que no los comprendéis bien ;
y es lícito , es honroso vivir y morir por cosas que
no se entienden bien....
¿Negaré la existencia de los mitos ? No ; el
mito me parece históricamente la cosa más ver-
dadera del mundo. Admito que el hombre, aban-
donado á la tradición por espacio de muchos
siglos, no discierna bien al fin el lugar y el texto
primitivo de los acontecimientos. Como un cuadro
ante el cual retrocede siempre el espectador, el
género humano retrocede ante lo pasado, y por
bien que lo mire, llega un momento en que su
vista se enturbia. Sin embargo, trabajando la ima-
ginación sobre ese espectáculo ya lejano, le añade
nuevos paisajes; la idea domina al hecho, y se pro-
duce cierta cosa que no es ya una historia ni una
fábula , sino que la llamamos un mito. La mitolo-
gía es el conjunto de todas las creaciones del en-
tendimiento humano entre la sombra y la luz de
la antiguedad. Porque , notadlo : ¿cuál es el teatro
de los mitos? Es la antigüedad, ó más bien la tra-
dición , abandonada sola á la corriente de la hu-
manidad, que la lleva avanzando y empujándola.
La tradición pura es el lugar del mito.
Pero allí donde se levanta la Escritura, donde
aparece la relación inmovilizada, donde el bronce
Tomo I.
12
130
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
escritural está puesto enfrente de las 'generacio-
nes, se desvanece al punto el poder mítico del
hombre. Porque entonces queda ante sus ojos el
hecho en todas sus proporciones verídicas ; queda
dominando á su imaginación, y contra él no pueden
mil años ni un día. ¿ Desde Herodoto á Tácito , ha-
béis visto nunca mitos en la historia? ¿Carlo Mag-
no se ha convertido en mito al cabo de mil años?
Augusto, César, al hundirse en la profundidad de
lo pasado, ¿han tomado alguna apariencia mítica?
No, el punto más lejano donde el historiador mo-
derno procura descubrir el mito , es , por ejemplo,
el principio de Roma, Rómulo y Remo. ¿Por qué?
Porque aunque se estaba cerca de la Escritura,
aunque preexistía anteriormente en otros países,
no había recibido aún la guarda de la historia
romana. Pero una vez viva la escritura , una vez
que se ha apoderado de la trama general de la
historia, queda roto al instante el molde mítico.
Ahora bien : Jesucristo no pertenece al reinado
de la tradición, sino al reinado de la escritura.
Nació en plena escritura, en un terreno donde es
imposible que el mito se arraigue y desenvuelva.
La Providencia lo había previsto y preparado todo
de lejos, y si os habéis preguntado alguna vez
por qué vino Jesucristo tan tarde, ya veis ahora
una de las razones. Vino tan tarde para no estar
en la antigüedad, para estar en el centro de la
escritura ; porque Él no es la primera escritura,
ya se guardó bien de serlo , sino la escritura des-
pués de mil quinientos arios ; y si no queréis con-
CAPÍTULO II.
131
tar más que desde Herodoto, es todavía la escri-
tura después de quinientos años. Es , por consi-
guiente moderno , y aun cuando el mundo durara
siglos sin cuento , como por medio de la escritura
todo está presente, porque de una mirada y con
la rapidez del relámpago recorreremos toda la
cadena de la historia , Jesucristo es para siempre
nuevo , está sentado en la plena realidad de los
acontecimientos que forman la vida conocida y
cierta del género humano.
Pudiera detenerme aquí, porque ya veis que
la máquina mítica está por tierra , puesto que
falta en jesucristo la condición fundamental del
mito , que es la ausencia de la escritura. El mismo
doctor Strauss confiesa expresamente que el mito
no es posible habiendo escritura, y por eso pro-
cura despojar á Jesucristo del carácter escritu-
ral , retrasando cuanto le es posible la publica-
ción de los Evangelios. Presto veremos la flaque-
za de este recurso , si me permitís seguir paso á
paso la huella
.
de su argumentación.
La analogía, dice, está contra Jesucristo, pues-
to que el mito es la base de todas las religiones
conocidas. Falso. El mito es la base de las religio-
nes de la antigüedad , menos el mos aismo ; por-
que todos esos cultos tenían hondas raíces en una
tradición cuyas sombras y extravíos no había ata-
jado ni precavido la escritura. Pero llegada la es-
critura , hasta los falsos cultos , como el de Maho-
ma , han tornado una consistencia histórica, que
los separa manifiestamente de los sacerdocios y
•
132
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
cultos corrompidos de la antigüedad. La diferen-
cia salta á la vista. Por esto, ni á nosotros los cris-
tianos, ni á vosotros los que combatís el Cristia-
nismo , nos ocurrirá siquiera combatir á Mahoma
transformando su persona en un mito y al Corán
en una edición mítica. La fuerza de la escritura
bajo cuyo imperio vivió, nos veda hasta el pen-
samiento de tan quimérica temeridad. Nos es for-
zoso reconocer que es un personaje real, que es-
cribió ó dictó el Corán, que organizó el islamismo,
y nuestro único recurso contra sus pretensiones
sobre nosotros es tratarle de impostor , decirle
enérgicamente : mentiste. Pero esto es más difícil
en nuestro caso , y el éxito mucho más costoso, y
por eso el racionalismo disputa tan artificiosa-
mente á Jesucristo su poderosa realidad. Sea de
esto lo que fuere, la analogía que se invoca para
extender hasta sobre él la obscuridad del mito,
es una analogía sin fundamento.
Una gran línea de demarcación separa en dos
hemisferios todos los cultos conocidos , el hemis-
ferio mítico y el hemisferio real aquél contiene
los cultos formados en los tiempos primitivos bajo
el imperio de una tradición oral ; éste encierra
los cultos verdaderos ó falsos que la Escritura ha
fijado en una historia y un dogma determina-
dos. Para rechazar los primeros basta oponerles
su
carácter mítico ; para rechazar los segundos,
es preciso entrar en la discusión de su valor his-
tórico, intelectual , moral y social.
Verdad es que se niega á Jesucristo su carác-
CAPÍTULO II.
133
ter escritural; pero, ¿cómo? Porque es imposible,
dicen , probar que la publicación de los Evangelios
se verificó antes del año 15o de la Era, de donde
se sigue que el tipo de Cristo fluctuó por espacio
de más de un siglo á merced de la tradición.
Aun cuando yo lo concediera ; aun cuando yo
concediera que nuestros Evangelios no se publi-
caron antes del año i so, ¿qué se ganaría con ello ?
Nada. Antes del año 1 so existía la escritura fuera
de la escuela cristiana ; existía entre los judíos,
los griegos , los romanos , en todo el teatro donde
se debatía la cuestión del Cristianismo : la historia
estaba fundada por la publicidad é inmutabilidad
de los monumentos. Antes del año i s o , se anun-
ciaba á, Jesucristo, muerto y resucitado, en todas
las sinagogas que cubrían, y aún más allá, la
superficie del mundo romano ; se le anunciaba
públicamente en el palacio de los Césares y en el
pretorio de todos los procónsules. Antes del año
S
o, Tácito y Plinio el Joven, á quienes he citado,
atestiguan que sucedía así. Estas predicaciones,
estos testimonios, estas discusiones, esta lucha,
esta sangre , todo esto era público, estaba escrito ;
no era una sucesión muerta , abandonada á los
azares del tiempo y de la imaginación durante mil
años de indiferencia y de paz. El cristiano daba al
mismo tiempo su palabra y su vida, y tres socie-
dades juntas , sobradamente interesadas en lo que
pasaba, la sociedad cristiana, la judía yla romana,
se reunían en el campo de batalla, cuyo límite tra-
dicional circunscribís vosotros mismos á poco más
134
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
de un siglo. ¡ Cómo ! Aquellos judíos á, quienes se
decía : «Habéis muerto á Jesucristo » ; aquellos
príncipes y presidentes , cuyas órdenes eran me-
nospreciadas en nombre de Jesucristo; ¡ ni uno de
ellos siquiera echó de ver que se trataba de un mito
en el estado de formación! No, todo el mundo es-
taba en la sangre, y, por consiguiente, en la rea-
lidad; todo el mundo estaba en la discusión, y, por
consiguiente , en la fuerza y en la gloria de la
publicidad, que es el fundamento de toda la histo-
ria. Poco importa , pues , la fecha de los Evange-
lios. Si no aparecieron hasta ciento veinte años.
después de Jesucristo, vivían en la boca de los.
Apóstoles , en la sangre de los mártires , en el odio
del mundo, en el pecho de millones de hombres,,
que confesaban á Jesucristo muerto y resucitado.
¡ Qué miseria, señores , qué debilidad! ¡ Comparar
una religión, cuyos orígenes son tan públicos y
militantes, y á cuya escritura sólo veinte años
precedió la tradición ; compararla á esos cultos
sin historia, sumergidos por espacio de dos mil
años en las aguas inciertas de una tradición que á
nadie se había confiado, y por la cual nunca se
vertió una gota de sangre!
»En vano para rechazar á Jesucristo más allá,
de su tiempo se llama en auxilio á la idea mesiá
nica que había preparado su`venida. Porque, en
primer lugar , -la idea mesiánica no era un mito,.
sino que pertenecía á un pueblo escritural, á un
pueblo escritor y escrito, y ella misma era una
parte de su escritura. Era una idea fija y un hecho
CAPÍTULO III.
14r
que consideran como hombres superiores y úni-
cos representantes genuinos de la ciencia á los
sabios que hacen alarde de negar y menospreciar
la doctrina, la moral y las instituciones de la Igle-
sia católica , mirando con desdeñosa lástima á los
hombres de la fe
1
,
á los que acatan la verdad di-
vina ; y dejando también para más adelante tra-
tar del sentido y significación de la ciencia para el
positivismo , veamos lo que fué y es la ciencia
para la filosofía cristiana.
Platón, como Aristóteles San Agustín, como
Santo Tomás , enseñan y afirman de consuno que
1
Esta manera de concebir las relaciones entre la ciencia y la
religión no es peculiar ni exclusiva de nuestra época : pertenece
á todos los tiempos, porque es la manifestación de ese odio pro-
fundo y misterioso, pero real y permanente, que anida en el cora-
zon del hombre contra la verdad divina. En medio y á pesar del
universal sentido cristiano que reinaba en la Edad Media, todavía
salía de los labios de ciertos hombres de letras,
y
principalmente
de los partidarios del averroismo , esa protesta y oposición con-
tra la verdad cristiana. Al hablar del predominio que en la escuela
de Padua ejerció el averroismo, y de las luchas de Petrarca con-
tra éste, Renán cita las siguientes palabras del poeta italiano , que
corroboran nuestras afirmaciones en la materia : « ¡ Dieux immor-
tels! on ne mérite le titre d'homme lettré aux yeux de ces gens, si
l'on n'est hérétique, frondeur, insensé, et si l'on ne va par les rues
et les places publiques disputant sur les anirnaux , et se montran t
béte soi-mérne. Plus on attaque la réligion chrétienne avec fureur,
plus on está leurs yeux ingenieux et docte. Se permet-on de la
defendre, on n'est plus qu'un esprit faible et un sot qui couvre son
ignorance du voile de la foi.» (
Averroes et l'averroisme , pág.
336,
3.
a
edición.)
Nuestros lectores habrán tropezado más de una vez con cier-
tos doctores que piensan, escriben y hablan en términos muy
parecidos á los que Petrarca describe en los averroistas de su
tiempo.
142
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
la ciencia, considerada en su significación propia
y filosófica , entraña el conocimiento de las cosas
por medio de sus causas :
Cognitio rei per can-
sanz.
Conocer la existencia de una cosa sin poder
señalar la razón y causa de la misma ; conocer un
fenómeno sin conocer su razón suficiente, no es
poseer ciencia verdadera de la cosa. Por eso los
antiguos escolásticos solían decir que la ciencia
es un conocimiento cierto y evidente de las cosas
por medio de sus causas, adquirido por las fuer-
zas naturales de la razón.
Cognitio certa et evi-
dens
l'er11111 PC1
r
seas causas naturali lumine
acquisita.
Coincide en el fondo esta definición
con la que daba Cicerón , tomada de la antigua
filosofía griega :
Rerum humanarunz ac divi-
narzint
CaltSarltillque
qztibus hce res continentur
scientia.
Para los antiguos en general, pero principal-
mente para los Escolásticos, la palabra
ciencia
entraña y significa el conocimiento de una cosa y
de sus causas adquirido con las fuerzas naturales
de la razón, ora se trate de cosas físicas, ora de
cosas humanas y morales, ora de cosas espiritua-
les y divinas ; bien entendido , que para alcanzar
dicho conocimiento la razón humana debe echar
mano, unas veces de la experiencia y observación,
otras veces de la demostración fundada en los prin-
cipios conocidos
a priori
y evidentes de su natu-
raleza, y las más veces , por no decir casi siempre,
necesita hacer uso de los dos métodos, empleando
simultáneamente la experiencia y la demostración
CAPÍTULO 1II.
143
ó
el raciocinio, para obtener el conocimiento cierto
y evidente de las cosas y sus causas.
Andando el tiempo , gracias al desarrollo
grande que alcanzaron la ciencia de la física y sus
afines, y gracias también á la creación ó consti-
tución de otras nuevas antes desconocidas, se
aplicó este nombre á los conocimientos que se re-
fieren al mundo físico, al hombre en la mayor parte
de sus aspectos , sin excluir el social , el filológico
y el histórico , el fisiológico , el etnográfico, etc.
reservando el nombre de filosofía para el conoci-
miento de Dios , del alma humana y del mundo en
general, ó sea en cuanto su origen y constitución
elemental.
Al propio tiempo la inteligencia humana , que
en siglos anteriores había concedido preponde-
rante importancia al método deductivo y á las es-
peculaciones de la razón, cansada por una parte
de estas especulaciones metafísicas, y
atraída á
la vez y solicitada por
los
acontecimientos y por
los
hombres hacia el mundo
de la naturaleza , se
precipitó con ardor extremado en las 'corrientes
del método experimental, echando á un lado, cuan-
do no rechazando por completo , el racional y de-
ductivo, pasando de un extremo á otro,
como
hacer suele con frecuencia el hombre.
Á consolidar y aumentar estas tendencias ex-
clusivistas contribuyó eficazmente el resultado
prodigioso alcanzado por el espíritu humano en
este camino. Porque no hay para qué recordar las
nuevas regiones exploradas en el campo inagota-
144
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
ble de la naturaleza, los mil modos nuevos de
acción en los cuerpos , las propiedades de los mis-
mos antes ignoradas, los progresos admirables de
la astronomía, la geología, la paleontología , la
química y tantas otras , sin contar las excursio-
nes más ó menos científicas en el campo de la pre-
historia la etnografía y la filología. Y todo esto
realizado con rapidez suma, y, lo que es más no-
table aún, entrañando certeza inconcusa en orden
á, los fenómenos y descubrimientos más importan-
tes. Sabios y vulgo admiten hoy como cosas in-
negables y fuera de racional duda , la teoría de la
combustión, la ley de la gravitación, el movi-
miento de la tierra, la celeridad increíble de la
luz , la teoría de los colores , etc.
La filosofía cristiana no se opone ni á, la dis-
tinción de nombres y de objetos entre la
filosofía
y la
ciencia,
ni tampoco á que la última haga uso
con preferencia del método experimental para
llegar al conocimiento de su objeto propio. Lo que
la filosofía cristiana reprueba es que el método
experimental no se aplique en la forma y condi
ciones que exige dicho método , para que sea le-
gítima y verdaderamente científico.
La filosofía cristiana distingue entre el método
experimental enseñado y practicado por Aristó-
teles, Alberto Magno, Bacon, Galileo, Newton y
Huyghens , y el método incompleto enseñado y
practicado por la escuela positivista. Uno y otro
tienen por base la experiencia ; uno y otro comien-
zan por examinar, reunir, clasificar los hechos
y
CAPÍTULO III.
145
señalar sus relaciones ; uno y otro condensan los
fenómenos y sus relaciones en fórmulas más ó
menos científicas que expresan sus leyes. Pero
mientras el positivista se detiene aquí, renun-
ciando á la ulterior investigación de las causas de
los fenómenos, proclamando
a priori
y gratuita-
mente la incogrioscibilidad de aquéllas , el verda-
dero sabio, el hombre de ciencia á la manera de
Aristóteles , Bacon y Galileo, combinando y armo-
nizando el método experimental con el método
racional, y apoyándose sobre la hipótesis y la in-
ducción, se eleva al conocimiento de las causas ;
busca y halla en ocasiones el
porqué
de los fenó-
menos , y no se contenta con investigar y conocer
el
cómo
de los mismos, á ejemplo del positivista..
En suma : la filosofía cristiana, sin perjuicio de
conceder preferente aplicación de uno ú otro mé-
todo en relación con la diversidad de objetos, en-
seña y afirma que ni la metafísica y demás cien-
cias puramente filosóficas pueden alcanzar el
conocimiento real y pleno de su objeto propio, sin
emplear en mayor ó menor escala el método ex-
perimental, ni las ciencias físicas pueden alcanzar
el conocimiento real y pleno , el conocimiento
cientffico
de su propio objeto, sin combinar éste
con el método racional. Una metafísica que ex-
cluyera de sus investigaciones toda intervención
directa ó indirecta de la experiencia, se resolvería
en un conjunto de abstracciones y de conceptos
estériles : una ciencia que en la investigación de los
fenómenos naturales excluyera por completo toda
Tomo
1.
13
146
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
intervención y aplicación de los principios racio-
nales, renunciando á la investigación y conoci-
miento de sus causas , sería un conjunto de hechos
expresados en fórmulas más ó menos empíricas,
y no merecería con justicia el nombre de ciencia.
Una metafísica separada -completamente de los
hechos y de
«
la experiencia, sería una metafísica
hueca y vana. Una ciencia separada por completo
de los principios racionales, sería una ciencia
aparente y nominal.
La ciencia digna de este nombre no puede
prescindir de la inducción, y la inducción entraña
necesariamente la idea metafísica del nexo entre
las partes del universo , del orden de la naturale-
za, es decir, de la idea ó noción más ó menos ex-
plícita de causa. El uso legítimo del método expe-
rimental lleva consigo la necesidad de recoger,
clasificar é interpretar los hechos y fenómenos,
funciones que no pueden verificarse de un modo
conveniente y verdaderamente científico , sino con
el auxilio de ciertos principios racionales , de cier-
tas
ideas directrices,
como decía Claudio Bernard.
La razón y la historia demuestran, pues, de
consuno que es preciso admitir relaciones reales
é íntimas entre la metafísica y la ciencia, ora por
parte del objeto, ora por parte del método de
investigación. Establecer separación omnímoda
entre las dos es mutilar la una y la otra , y es des-
pojarlas de su contenido real y substancial. En la
Crítica de la razón pura
hay una frase que con-
densa á maravilla los efectos de la expresada
4
CAPÍ
T
U
L
O
II
I.
1
47
separación entre la metafísica y la ciencia. «Las
intuiciones experimentales , escribe allí Kant,
separadas de los conceptos de la razón , son cie-
gas ; los:conceptos de la razón pura , separados de
las intuiciones experimentales , son conceptos
vacíos.»
Pero si la razón y la historia demuestran de
consuno que no debe admitirse separación abso-
luta entre la metafísica y las ciencias físicas, por
parte del uso y aplicación del método experimen-
tal y del racional, demuestran igualmente una y
otra que no debe perderse de vista la naturaleza
peculiar de cada ciencia , en orden á la aplicación
preferente y predominante de este ó aquel método
La inversión de los términos en esta materia con-
duce á resultados peligrosos , ó estériles por lo
menos. Los antiguos Escolásticos, concediendo
predominio excesivo al método racional y deduc-
tivo en la investigación de las ciencias físicas,
introdujeron en éstas teorías y explicaciones fan-
tásticas de los fenómenos, dando á la vez ocasión
y contribuyendo con la aplicación de un método
desproporcionado á la física, á que ésta perma-
neciera poco menos que estacionaria por mucho
tiempo.
En cambio, los resultados estériles , por no
decir nulos , alcanzados por los que en nuestros
días cayeron en el extremo contrario, haciendo
aplicación exclusiva del método experimental á
ciertas ciencias filosóficas , demuestran la necesi-
dad de no perder de vista el predominio relativo
r
148
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
de uno ú otro método, en relación con la natura-
leza peculiar de cada ciencia. Hemos visto en
nuestros días á, Herbert Spencer aplicar el método
experimental á la psicología, corno lo hizo también
su compatriota Bain , y antes que los dos lo ha-
bía ensayado el fundador del positivismo, y des-
pués de él algunos de sus discípulos con respecto
á la sociología. ¿Cuál ha sido el resultado de es-
tos ensayos? Teorías más ó menos plausibles, hi-
pótesis más ó menos probables , pero ninguna
tesis cierta ó con valor verdaderamente científi-
co, ningún principio nuevo de psicología , de mo-
ral ó de política , cuya certeza pueda compararse
á la que encierra la teoría neutoniana de la gra-
vitación, el sistema de Copérnico , la ley del ba-
rómetro descubierta por Pascal. Ni en la
Sociolo-
gía
de Comte , ni en los
Principios de Psicología
de Spencer , ni en el libro de Bain que lleva por
título
El Espíritu y el Cuerpo,
se encontrará nin-
guna idea ó tesis nueva que haya merecido el asen-
timiento universal , ó que ofrezca los caracteres
de certeza científica que todo el mundo reconoce
en los indicados descubrimientos pertenecientes
á las ciencias físicas.
Para fijar mejor las ideas en la materia, pon-
dremos término á este artículo con algunas bre-
ves observaciones, que pueden considerarse como
resumen y corolario , á, la vez, de lo que hasta
aquí queda escrito.
I.
a
Hubo un tiempo en que la observación y
el raciocinio tenían por materia y objeto un nú-
CAPÍTÜL0 III.
149
mero relativamente pequeño de hechos y conclu-
siones, razón por la cual todo el saber humano
del orden natural entraba dentro de la esfera ó
denominación de
filosofía,
lo mismo en el lengua-
je del vulgo que en el de las gentes de letras. De
aquí la antigua división de la filosofía en lógica,
física , metafísica y moral , primero , y más ade-
l
ante, en ciencias racionales, físicas, matemáticas,
cosmológicas , psicológicas , metafísicas , morales,
sociológicas , etc. , á virtud de la extensión grande
que había adquirido el campo de la experiencia
y de la observación de los hechos.
2 ."
Ensanchando estas ciencias cada día el
círculo de sus investigaciones experimentales,
puede decirse que cada rama de las ciencias men-
cionadas , obedeciendo al principio de la división
del trabajo, vino á constituirse y organizarse con
cierto grado de autonomía , desprendiéndose y
como separándose de la filosofía propiamente di-
cha, toda vez que ésta, á contar desde entonces,
quedó circunscrita á la lógica, la psicología racio-
nal, la ética, la teodicea y la metafísica. Al lado
de este movimiento de concentración y limitación
del campo filosófico, se realizaba simultáneamente
un movimiento de expansión y prolongación de las
ciencias físicas y naturales , agrandando éstas sus
horizontes y hasta dando origen á ciencias com-
pletamente desconocidas antes , como la geología,
la paleontología , la arqueología prehistórica , etc.
3.
a
Engolfado el hombre en el estudio de las
ciencias físicas y naturales, ebrio , por decirlo así,
150
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
de satisfacción y orgullo por los grandes descu-
brimientos realizados en aquéllas, á la vez que por
la creación de otras nuevas, dejóse llevar y domi-
nar por ese espíritu de reacción , por esa tenden-
cia á la exageración y tránsito de un extremo á
otro, que es como inherente y connatural al hom-
bre, si escuchamos las lecciones de la historia. En
fuerza y á virtud de esta reacción , que pudié-
ramos apellidar antifilosófica y ultracientífica , el
mayor número de los representantes de la llama-
da ciencia moderna rechazan y proscriben en
absoluto toda afirmación, toda doctrina metafí-
sica, calificando de anticientífica , ó cuando menos
de
extracientifica,
toda afirmación, toda idea,
toda inducción que no se apoye exclusivamente
en el testimonio de los sentidos, dando por supuesto
—bien que sin probarlo—que dicho testimonio es
el medio único de conocer la verdad y la realidad
de las cosas.
4
.°
De conformidad con esto, los naturalistas
á que hemos aludido suelen relegar al campo de
la imaginación, del sentimiento, ó, como dicen al-
gunos, al terreno del
misticismo,
la existencia y
realidad de la causa primera , ó sea la existencia
de Dios, toda vez que éste no puede ser percibido
por la experiencia y los sentidos. Así es que mien-
tras algunos de ellos niegan paladinamente la
existencia de Dios, otros, menos francos y de
ci
-didos, como Littré y Spencer, lo consideran y
apellidan
i
ncognoscible,
ó sea una hipótesis sin
fundamento real y científico.
CAPÍTULO II] .
151
5
.° La verdad es, sin embargo , que la filosofía
verdadera , como lá ciencia verdadera, el espíritu
o
filosófic cristiano , el cual coincide en el fondo y
armoniza con el espíritu verdaderamente cientí-
fico, con la ciencia legítima, se alejan y rechazan
los dos extremos. La filosofía cristiana debe con-
ceder y concede extensión é importancia grande
á las ciencias físicas y naturales , á los descubri-
mientos por ellas realizados , á las observaciones
y experiencias que se verifican en todo género de
objetos. Más todavía : la filosofía cristiana debe
conceder á la observación, ó, digamos mejor, á la
ciencia , la posibilidad y el derecho de agrandar
la esfera de las causas segundas , excluyendo la
intervención de la causa primera en determina-
dos casos y fenómenos, que en épocas anteriores
se atribuían á la acción más ó menos directa de
Dios. Pero de aquí no se sigue en manera alguna
que sea lógico, ni siquiera posible , negar la exis-
tencia de Dios, que la razón humana pueda pres-
cindir de una causa primera. Por muy lejos que
se lleve el encadenamiento de las causas segun-
das; por mucho que se ensanche y exagere su
acción é influencia en los fenómenos de la natura-
leza y del universo mundo , siempre será necesa-
rio enlazar esas causas segundas con una causa
primera, con la acción creadora de Dios.
152
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
La ciencia según la filosofía racionalista.
Hoy por hoy, la filosofía racionalista puede
considerarse dividida en dos grandes secciones,
á saber : la filosofía
positivista,
que,
por caminos
más ó menos directos , viene á parar al materia-
lismo, ora explícito, ora vergonzante , y la filoso-
fía
monista,
que coincide en el fondo con el pan-
teismo , y lleva en su seno el ateismo , como lo
llevan todos los sistemas panteistas. Hacemos
aquí caso omiso del espiritualismo racionalista ;
porque, además de contar hoy con escasos parti-
darios , la historia y la razón enseñan de consuno,
que dicho sistema es arrastrado por la fuerza de
la lógica y de las cosas, ó á entrar en la esfera del
espiritualismo cristiano , como sucedió á 1\laine
de Biran, ó á entrar en la esfera del panteismo,
como sucedió á, Víctor Cousin.
¿Qué es la ciencia para el positivismo? Por
parte del objeto , es el conocimiento de los fenó-
menos del mundo físico, de sus leyes , y en parte,
al menos, de los pertenecientes al mundo moral.
Por parte del método , el positivismo es la inves-
tigación puramente experimental y sensible. De
conformidad con esto , puede decirse que el posi-
tivismo entraña dos negaciones radicales, al lado
de dos afirmaciones no menos absolutas, á sa-
ber :
a)
la negación de la cognoscibilidad de las
CAPÍTULO III.
153
substancias y las causas , al lado de la afirmación
de la
,
cognoscibilidad de los fenómenos y sus
leyes ;
b)
la negación ó exclusión de todo método
racional y de sus resultados en el orden intelec-
tual , al lado de la afirmación de la utilidad y valor
exclusivo del método experimental.
Para probar la verdad de estas afirmaciones
y negaciones , el positivismo echa mano de la his-
toria, en la cual y por la cual constan los grandes
progresos realizados en la ciencia á contar desde
el momento en que , abandonando el campo del
método racional y las especulaciones
a priori,
entró resueltamente en los caminos del método
experimental. En este orden de ideas no caben
dudas, ni menos negaciones , porque no cabe
dudar de los descubrimientos verificados desde
entonces , ni de sus múltiples y ventajosas aplica-
ciones á la vida humana , ni tampoco de la certeza
que acompaña á no pocos de esos descubrimien-
tos, no ya sólo para los sabios, sino hasta para la
generalidad de los hombres , según queda indicado
en el párrafo anterior.
El estancamiento relativo en que permanecían
las ciencias filosóficas y morales , mientras que las
físicas y naturales verificaban descubrimientos y
progresos tan maravillosos como rápidos, dió pre-
texto al positivismo para exagerar la importancia
del método experimental en perjuicio del racional,
y para exagerar también la impotencia de los dos
en orden al conocimiento de las causas y de las
substancias.
1
54
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
El autor de
El positivismo y la ciencia expe-
rimental,
al exponer la evolución y marcha que
siguió y sigue el positivismo para llegar á las
afirmaciones y negaciones mencionadas, se expre-
sa en los siguientes términos :
«Al lado de este maravilloso progreso en un
sentido , tuvo lugar una singular decadencia con
relación á otro orden de cuestiones. Mientras que
el conocimiento de las leyes gana todos los días
en extensión y certeza , el de las causas parece se-
guir marcha contraria.... Los que parecían defi-
nitivamente adquiridos en lo concerniente á las
causas, se ponen ahora en cuestión otra vez. Los
fluidos imponderables , en los que se confiaba
ayer , no han dado el resultado que prometían; se
ha echado de ver que su verdad era más que du-
dosa, y se resolvían en meras hipótesis ; el caló-
rico , que siendo más sensible y más capaz de
conservarse, presentaba mayor apariencia de ver-
dad que los otros , parece reducirse hoy á un mo-
vimiento. Más todavía: la materia misma parece
como que pretende escapar á las investigaciones
científicas; se resuelve en átomos tan impercep-
tibles , que se ve uno tentado á dudar de su exis-
tencia. Adquiere, al parecer, propiedades en con-
tradicción con la idea que de ella se tenía ; se la
suponía inerte , y ahora parece convertirse en
causa de mil diversos movimientos ; se la suponía
impenetrable, y parece capaz de contracción y
expansión. De manera, que mientras el orden apa-
rente de los fenómenos era mejor conocido, su
CAPITULO III.
15
5
naturaleza íntima, su esencia, se hacía más y más
misteriosa.
»¿Es extraño que en presencia de esta dificultad
creciente de determinar las causas, comparada
con el progreso incesante y rápido del conoci-
miento de las leyes , se caiga en la tentación de
creer que la causa es una quimera , ó , cuando me-
nos, una cuestión insoluble, y que la ley es el ver-
dadero objeto de la ciencia?....
»¿Para qué atormentarse en adivinar lo que
está', fuera de nuestro alcance, cuando se pueden
obtener más fácilmente resultados , cuya certeza
se ha verificado mil veces, y que es palpable, por
decirlo así ? La historia de las ciencias físicas con-
duce, por lo tanto, á la conclusión siguiente : Las
leyes son la única parte de la naturaleza accesi-
ble al espíritu, y las causas no pueden ser cono-
cidas.
»Pero esta conclusión, ¿no se aplica también á
las ciencias morales?
»Evidentemente así debe ser ; lo demuestra el
estado mismo de estas ciencias comparadas á las
ciencias físicas.
»Considerad, si no, los progresos inmensos y la
certeza incontestable de las ciencias físicas , pro-
greso y certeza que datan de la época en que el
estudio de las leyes sustituyó al estudio de las
causas.
»Notad además que las ciencias filosóficas y
morales no poseen hoy, ni esa rapidez de progreso,
ni
ese asentimiento universal que hace entrar sus
156
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
resultados en el dominio público.
A virtud de esta
comparación , nada más sencillo que suponer que
las ciencias morales están atrasadas á causa del
método que retrasó antes el progreso de las cien-
cias físicas , y que por esta causa permanecen to-
davía en el estado de infancia que tenían las cien-
cias naturales en la Edad Media. Así, pues , esas
ciencias morales, ó permanecerán siempre en el
mismo estado , y entonces no merecen el nombre
de ciencias , ó experimentarán la metamorfosis
brillante que sus hermanas, resultado que no puede
alcanzarse sino es echando mano del mismo medio ;
á saber : la resolución tomada por el filósofo de
abandonar el estudio imposible de las causas para
limitarse á la investigación de los hechos y de sus
leyes.
»De entonces más, las ciencias todas serán se-
mejantes y consistirán únicamente en una serie
de leyes determinadas por la experiencia. Las
causas quedarán enteramente relegadas al domi-
nio de lo incognoscible , y su investigación será,
abandonada como ociosa é imposible. Su existen-
cia misma es una cuestión que supera las fuerzas
del hombre I.»
Tal es, concluye Broglie, el orden de ideas que
ha dado origen al positivismo.
Por nuestra parte , añadiremos que este orden
de ideas dió al positivismo, no ya sólo origen, si
que también su fuerza y desarrollo. Porque la ver-
'
Le
Positivisme et la science experim.,
por l'Abbé de Broglie,
tomo
páginas
iI-12.
CAPÍTULO III.
dad es que el positivismo transformó de una ma-
nera insensible, aunque poco lógica, en imposi-
bilidad perfecta , la mayor ó menor dificultad de
investigar y conocer las causas. La pretensión
también
y
el afán de sujetar lás ciencias morales
á los mismos principios y método dé las ciencias
físicas, se convirtió en una afirmación absoluta,
contribuyendo á ello poderosamente los esfuerzos
de Comte para crear la sociología y la moral po-
sitiva, pero más todavía los ensayos y trabajos
de la escuela inglesa capitaneada por Spencer,
para reducir á leyes semejantes á las que deter-
minan y regulan los hechos físicos , las leyes que
constituyen, regulan y dirigen la primera evolu-
ción, el desarrollo, el organismo y la constitución,
no ya sólo de la biología en general , sino también
de la ciencia , del arte , de la industria, de la his-
toria, de las lenguas, de las sociedades humanas,
de todo , en fin , porque para el citado filósofo
inglés, para el autor de los
Primeros principios
y del
Sistema de filosofía,
en el mundo físico , or-
gánico y zoológico, en el mundo intelectual, moral
y social, en la palabra y en la escritura, en el
lenguaje, en la civilización, con sus múltiples y
variadas manifestaciones sociales y políticas , en
todas partes palpita y domina la idea de la evo-
lución , que otros llaman progreso ; todo está su-
jeto á la gran ley de la evolución, según la cual el
mundo sideral , como el mundo orgánico , como el
mundo intelectual y social , se desenvuelven orde-
nadamente, pasando de lo simple á lo compuesto
4
15
7
158
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
por medio de diferenciaciones sucesivas,
ó,
como
dice el mismo Herbert Spencer , pasando
de lo
homogéneo d lo heterogéneo.
Infiérese de lo dicho hasta aquí, que el vicio
radical del positivismo consiste en la transición
gratuita de la difictiltad mayor ó menor de cono-
cer las causas y substancias á la imposibilidad de
este conocimiento, en transformar la duda acerca
de la capacidad ó incapacidad de la humana razón
para llegar al conocimiento de las causas , en afir-
mación absoluta de dicha incapacidad. Si pedimos
al positivismo los fundamentos de semejantes afir-
maciones , nos dirá que la experiencia , única luz
y guía de la ciencia en la investigación y conoci-
miento de su objeto , sólo nos suministra el cono-
cimiento de fenómenos y de sus leyes, y que, por
consiguiente , las substancias y las causas , si es
que existen , no están contenidas dentro de la esfe-
ra experimental y científica. Pero aun suponiendo
que esto fuera exacto ; aun concediendo que la
experiencia no pudiera llegar al conocimiento de
las substancias y las causas, ¿con qué derecho afir-
ma el positivismo la incognoscibilidad absoluta de
esas causas y substancias? No, la ciencia, y la
ciencia, sobre todo, en el sentido estrecho del posi-
tivismo, no es la única manifestación de la razón
del hombre. Aun haciendo caso omiso de la idea
religiosa, no es posible desconocer que la metafí-
sica, y la teodicea , y la moral, y la cosmología,
combinadas con la lógica , significan y representan
algo en el
mundo intelectual, y que son manifes-
CAPITULO III.
159
taciones de la razón humana, tan legítimas, cuando
menos, como la ciencia experimental.
Sea esto dicho en la hipótesis de que las causas
y las substancias no pudieran ser conocidas me-
diante la experiencia. Pero semejante hipótesis,
tan lejos está de ser exacta, que, antes por el
contrario, bien puede decirse que el conocimiento
de las causas, y principalmente el de las substan-
cias , consideradas en cuanto á su existencia y
realidad, pertenecen á la experiencia en mayor
grado que á la pura razón : por algo dijo Santo
Tomás que
sensus est singularium,' intellectus
y
ero universalium.
Ciertamente que no se nece-
sita salir de la experiencia para percibir y cono-
cer que existe el árbol
A,
el hombre
B,
la piedra
C,
que tengo ante mis ojos , que palpo con mis
manos. En estas mismas substancias distinguimos
y separamos, con la sola experiencia, la substancia
y los fenómenos. Veo una piedra, que es una
substancia distinta de otras ; veo después que es
arrojada por un hombre á cierta distancia ; la
piedra ó la substancia es una cosa, el movimiento
que realiza por la acción é impulso del hombre es
otra cosa ; es una fase , una modificación , un fenó-
meno de la substancia. Hasta puedo añadir que
la experiencia me da aquí el conocimiento de
una causa, toda vez que me presenta una subs-
tancia, el hombre
A,
produciendo en la piedra
B
el
movimiento , una cosa que antes no tenía. Luego
es evidente que por medio de la experiencia
externa y directa podemos conocer, y conocemos
166
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
línea muy difícil de señalar por la misma multi-
plicidad , complexidad y naturaleza diversa de ob-
jetos. En todo caso, nada hay que justifique la afir-
mación del positivismo cuando nos presenta como
cognoscibles todos los fenómenos y sus leyes,
y como incognoscibles todas las substancias y
causas.
Bueno será advertir al propio tiempo que , en
la práctica, el positivismo se aparta con sobrada
frecuencia de su propia teoría acerca de la incog-
noscibílidad de las substancias y causas. Recó-
rranse las obras de los positivistas, y se verá á. la
mayor parte de éstos entrar resueltamente en el
camino de negaciones y afirmaciones referentes
á substancias y causas, y especialmente á la pri-
mera causa y la primera substancia. El alma hu-
mana no es una substancia inmaterial ; el pensa-
miento es un fenómeno cerebral ; no existe la vida
futura , ni tampoco un Dios remunerador y casti-
gador del bien y del mal ; el mundo es infinito , la
materia es eterna , etc. : he aquí afirmaciones y
negaciones de los positivistas que se refieren á
substancias y causas.
Entiéndase, no obstante, que aludimos aquí
principalmente á los representantes del positivis-
mo materialista ; porque debemos reconocer en
justicia, y reconocemos lealmente, que los parti-
darios que pudiéramos llamar moderados del sis-
tema citado , los representantes á lo Spencer del
positivismo, no suelen negar, como los primeros,
la necesidad y existencia de la primera causa, por
CAPÍTULO IV.
167
más que la releguen al terreno de lo
incognosci-
ble ,
reconociendo explícitamente que los datos y
enseñanzas de la ciencia , por grandes que sean,
son insuficientes para resolver el problema de la
existencia de un Dios personal , los problemas del
origen y fin último de las cosas.
Así lo reconoce el citado Herbert Spencer, el
cual, después de aplicar con visible complacencia
su teoría de la evolución á la constitución del uni-
verso mundo, de conformidad con la hipótesis de
Laplace , se expresa en los siguientes términos :
«Si esta hipótesis hace comprensible el génesis
del sistema solar y de los otros innumerables sis-
temas que se le asemejan , no es menos cierto que
el último misterio permanece impenetrable. El
problema de la existencia no se ha resuelto ; lo
que se ha hecho es sencillamente retirarle más
lejos ó colocarle más allá. La hipótesis de la nebu-
losa no arroja luz ninguna sobre el origen de la
materia difusa, y el caso es que necesitamos dar
razón de esta materia difusa, lo mismo que de una
materia concreta. El génesis de un átomo es tan
difícil de concebir como el génesis de un planeta.
La verdad es que la hipótesis mencionada, lejos
de hacer al universo menos misterioso que antes,
hace del mismo un misterio mayor aún. La crea-
ción por vía de fabricación, es cosa menos per-
fecta de suyo que la creación por evolución....
Que nuestro armónico universo haya existido al
principio en potencia, en estado de materia difu-
sa, sin forma, y que haya llegado lentamente á su
168
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
organización presente, es cosa mucho más extra-
ordinaria que lo sería su formación, según el
método artificial que supone el vulgo. Los que
consideran cosa legítima argüir de los fenómenos
á los noumenos , tienen perfecto derecho para
sostener que la hipótesis de la nebulosa implica
una causa primera, tan superior al Dios mecánico
de Paley, cuanto éste es superior al fetiche del
salvaje .»
«El sabio sincero, añade en otra parte
2
,
que
marcha en pos de la evidencia , en cada una de sus
investigaciones adquiere la convicción más pro-
funda de que el universo es un problema insolu-
ble. En el mundo externo, como en el mundo
interno, encuéntrase rodeado de cambios perpe-
tuos, cuyo comienzo y cuyo fin no puede descu-
brir. Si, siguiendo la marcha de la evolución de
las cosas , se permite suponer que toda materia
existió en otro tiempo en forma difusa, reconoce
que es imposible concebir cómo ha podido verifi-
carse esto.... Aun en el caso de que llegara á resol-
ver todas las propiedades de los objetos en mani-
festaciones de la fuerza, no por eso podría decir
qué es , en realidad , la fuerza.»
Por más que estas ideas y este lenguaje no
bastan para colocar á su autor fuera del círculo
positivista, bastan sin duda para reconocer que
es grande la distancia que separa á Spencer de los
Essays Scientific, political and speculative ,
tomo i, pági-
na
298.
2
¡bid.,
pág. 28.
CAPÍTULO I V.
169
Stirner , Vogt , Büchner, Moleschott y demás
representantes del positivismo materialista.
La ciencia según la filosofía monista.
Acabamos de ver al positivismo relegando al
mundo de lo desconocido y de lo incognoscible las
cuestiones relativas á las substancias y causas, y
consiguientemente, y con mayor motivo, desde el
punto de vista del sistema , las que se refieren á
las primeras causas y á los destinos del mundo y
del hombre. El hombre del positivismo no sabe,
más todavía, no puede saber, si existen ó no exis-
ten esas causas y esos destinos ; en la hipótesis
de que existan realmente, la razón humana desco-
noce su naturaleza y atributos, como objetos co-
locados fuera del conjunto de fenómenos y leyes,
únicos que investiga y puede conocer el hombre.
El positivismo , mientras permanece fiel á su con-
signa, ni afirma ni niega la realidad objetiva de
esas causas y substancias ; las excluye de la esfe-
ra de la cognoscibilidad por parte del hombre,
porque la experiencia, único medio y método para
conocer las cosas, no se extiende
á
esos objetos.
Esta situación en que el positivismo coloca á
la razón humana es tan poco conforme con las
tendencias y necesidades de ésta, es de suyo tan
violenta, que no puede ser duradera. Quiéralo ó
no el positivismo, la razón humana experimenta
170
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
una tendencia espontánea, una inclinación irresis-
tible, una verdadera necesidad, de proponerse,
investigar y resolver los grandes problemas refe-
rentes á los orígenes y fines del mundo y de la
humanidad , los problemas trascendentales y
prácticos á la vez, sobre Dios como causa del
mundo y del hombre, sobre el alma humana y sus
futuros destinos después de la muerte.
Esta necesidad inherente á la naturaleza hu-
mana de dar alguna solución á los problemas
indicados , dió origen al nacimiento del sistema
monista, sistema que viene á. ser como una trans-
formación evolutiva del positivismo , pudiendo de-
cirse con verdad que el monismo comienza donde
acaba el positivismo y toma por punto de partida
las conclusiones de éste. Para el monismo, al me-
nos en sus primeras manifestaciones, como para el
positivismo , las substancias y las causas son incog-
noscibles , y el objeto de la ciencia posible al hom-
bre se halla limitado á los fenómenos y sus leyes.
Sólo que el monismo , avanzando un paso más en
este camino , transforma fácilmente lo incognos-
cible en quimérico , la abstención positivista en
negación absoluta. Porque la verdad es que , des-
de el momento en que un problema se declara in-
soluble, se está muy cerca de considerarlo como
una ilusión, como un juego de la imaginación. Si
las nociones de causa y de substancia son inac-
cesibles á nuestra razón y experiencia ; si éstas
no pueden conocer su realidad y existencia, seme-
jantes ideas y nociones deben desaparecer por
CAPITULO IV.
171
completo, aun consideradas en el orden de la posi-
bilidad y de la hipótesis , con tanta más razón
cuanto que esta hipótesis , en último término no
es más que una concesión injustificada á las pre-
ocupaciones de los antiguos metafísicos en esta
materia.
Marchando por este camino., el monismo llega
paso á paso á su tesis fundamental , que puede
condensarse en los siguientes términos : « Las
substancias y las causas no existen en realidad, y
sus conceptos son ilusiones del espíritu. La reali-
dad cósmica se compone únicamente de fenóme-
nos y leyes que el hombre conoce por medio de la
experiencia. Las leyes que rigen los fenómenos y
hechos son necesarias de su naturaleza , y por
consiguiente el universo
-
mundo está sujeto á un
determinismo general y absoluto ».
El paso de avance dado por el monismo al con-
vertir en quimeras é ilusiones las substancias y
causas hipotéticas ó posibles del positivismo, al
lado de la aparente simplificación y de algunas
otras ventajas sobre el positivismo, entraña incon-
venientes y dificultades graves que aquél sorteaba
á favor de su teoría de lo incognoscible. «Esta re-
gión de lo incognoscible , escribe Broglie , que el
positivismo dejaba subsistir detrás de los hechos
y las leyes, tenía una utilidad preciosa, que no
sospechaban los imprudentes monistas. Era ésta
una región inhabitada, ó cuyos habitantes, al
menos, eran desconocidos é hipotéticos; mas como
era la patria de las cuestiones insolubles , su exis-
172
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
tencia permitía á los positivistas relegar á este
espacio vacío las dificultades todas de su sistema.
Habiendo declarado de antemano que existían
cuestiones insolubles, y habiendo catalogado, por
decirlo así, en debida forma estas cuestiones bajo
el nombre de causas, de substancias , de
Porqué
de los fenómenos, el positivismo no experimen-
taba embarazo alguno al reconocer su incompe-
tencia ó su ignorancia, siempre que esto se hacía
necesario. Su principio fundamental era que la
ciencia humana es incompleta y como mutilada;
principio extraño, singular , embarazoso bajo cier-
tos puntos de vista, pero principio muy cómodo
para desembarazarse de las objeciones y proble-
mas de solución difícil. Podría decirse que para el
positivista la región de lo incognoscible es una
especie de inmenso granero , donde nadie puede
entrar , donde reina obscuridad profunda , pero
donde se pueden meter, sin temor de llenarlo, to-
dos los enigmas, todos los misterios, todas las
dificultades insolubles ó de solución difícil que
cada cual encuentra en su camino.
»Al suprimir este país de la ignorancia, el mo-
nismo ha tomado sobre sí una grave responsabi-
lidad. Al declarar que el orden de las causas se
confunde con el orden de los hechos , y, por con-
secuencia, con el orden de las cosas que la cien-
cia puede y debe conocer, el monismo ha tomado
implícitamente la pesada carga de explicar todo
el universo. Todo el cúmulo de los grandes pro-
blemas que el positivismo declaraba insolubles,
CAPÍTULO IV.
173
viene á refluir sobre el monismo y parece opri-
mirlo. Verdad es que existe un procedimiento
bastante sencillo de que han echado mano muchos
monistas sin escrúpulo : el procedimiento de negar
las condiciones de los problemas, corno es decla-
rar , por ejemplo , que las causas reales son idén-
ticas con las leyes abstractas , que las substancias
son ilusiones ó metáforas. Pero aun aligerado de
esta manera , todavía quedará, muy grande el peso
del universo que es preciso explicar. Desde el
momento que lo incognoscible se convierte en
quimérico , todo lo que existe realmente , todo lo
que cae bajo la observación, se convierte por el
mismo hecho en cognoscible y accesible á la inte-
ligencia. Se tiene, por lo tanto, el derecho de decir
á los monistas : vosotros pretendéis saberlo todo ;
mostrad vuestra ciencia, explicadnos el universo.
»Podemos hablar con título tanto más justo,
cuanto que el monismo heredó de su padre la
negación de las soluciones espiritualistas y se re-
siste á abandonar esta herencia. Vuestro padre
el positivismo , dice al monista el buen sentido,
me despojó de la idea de Dios, del alma y de la
vida futura. Puso en secuestro estas ideas : según
decía , las tenía escondidas en el abismo de lo in-
cognoscible, en ese inmenso granero que le servía
para desembarazarse de los grandes problemas.
Pero tú, su heredero, has forzado la puerta de
este granero para declarar que está vacío.
»Restituidme, pues, lo que vuestro padre me
quitó, ó dadme alguna cosa en cambio. Ya no de-
174
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
cís, corno el positivismo, que el porqué de las cosas
es inaccesible ; decís , al contrario , que el porqué
y el cómo se confunden ; explicadme , pues , por
qué existo, de dónde vengo y adónde voy i.»
Impulsado por la necesidad de contestar á es-
tas preguntas del sentido común, pero más que
todo arrastrado por la tendencia irresistible del
espíritu humano á investigar y resolver esos gran-
des problemas que , arrojados por una puerta,
vuelven siempre á entrar por otra , el monismo,
después de haber marchado al principio en con-
serva con el positivismo, no tardó en separarse de
éste en demanda del porqué de esos fenómenos y
leyes , con cuya afirmación se había contentado
al principio ; y es que para la razón humana el
mundo será siempre algo más que una colección
de fenómenos y leyes: es que- la razón humana
buscará y verá siempre debajo de esos fenómenos
y leyes algo substancial y permanente que les
sirva de base y razón suficiente, y es, sobre todo,
que la razón humana buscará siempre la causa
primera de esos fenómenos y leyes.
La ciencia cristiana tiene soluciones tan satis»
factorias como filosóficas para estos problemas;
pero el monismo , amamantado á los pechos del
positivismo y del racionalismo , no podía aceptar
estas soluciones , resultando de aquí que , por una
evolución lógica y natural, la concepción monista
se transformó en concepción panteista ; porque
Le Positivisme et la science experim.
Tomo 1, páginas 16-17.
CAPÍTULO IV.
175
los que saben leer en la historia de la filosofía no
pueden ignorar que cuando se trata de dar solu-
ción al problema fundamental del origen y subs-
tancia del mundo, no cabe medio entre la solución
de la filosofía cristiana y la solución panteista.
Si necesario fuera robustecer con hechos lo
dicho anteriormente acerca de la transformación
espontánea del positivismo en monismo y del mo-
nismo en panteísmo, bastaría citar el ejemplo
reciente de Taine. Desde la teoría positivista pasó
á la monista , según él mismo confiesa; y que esta
última le arrastró insensiblemente á un panteismo
más ó menos hegeliano , descúbrese bien claro en
el siguiente pasaje, tomado de su libro
Filósofos
franceses : «El
mundo forma un ser único, indivi-
sible , del cual todos los seres son como miembros.
En la cima suprema de las cosas, en lo más alto
del éter luminoso
é
inaccesible, pronúnciase el
eterno axioma, y la resonancia prolongada de esta
fórmula creadora compone la inmensidad del uni-
verso, por medio de sus innumerables ondulacio-
nes. Toda forma, todo cambio, todo movimiento,
toda idea es uno de sus actos. Subsiste en todas
las cosas, y no está limitada por ninguna.
La ma-
teria y el pensamiento, el planeta y el hombre,
los
innumerables soles y las palpitaciones de
un
insecto, la vida y la muerte, el dolor y la alegría,
nada hay que no la exprese (la naturaleza), y nada
hay que la exprese enteramente.... Toda vida es
uno de sus momentos, todo ser una de sus for-
mas; y las series de las cosas proceden de ella,
176
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
según necesidades indestructibles , enlazadas por
los anillos de su cadena de oro. La indiferente , la
inmóvil, la eterna, la todopoderosa, la creadora,
ningún nombre la agota. »
Sería superfluo detenerse á probar lo que es
aquí manifiesto , la transformación del monismo
positivista de Taine en panteismo neto , toda vez
que es de suyo evidente que la naturaleza y el
axioma eterno del filósofo francés coinciden per-
fectamente en su noción, en su desenvolvimiento,
en sus manifestaciones y atributos, con la Idea
de Hegel, con el Indiferente de Schelling, con lo
Inconsciente de Hartmann , y más todavía , si
cabe, con el Todo cosmológico de Vacherot.
Así se verifica que la filosofía racionalista, que,
en su deseo de separarse más y más de la filosofía
cristiana , se concentró en la experiencia y se
atuvo exclusivamente á los fenómenos y sus leyes,
por medio de gradaciones sucesivas y de trans-
formaciones más ó menos lógicas, vino á caer en
abstracciones metafísicas y concepciones
a prio-
ri,
que nada tienen que envidiar á las de la filo-
sofía cristiana en cuanto concepciones abstractas,
pero mucho en cuanto expresión de la verdad y
realidad de las cosas.
En conclusión : la ciencia para la filosofía mo-
nista
es el conocimiento de los fenómenos y sus
leyes , adquirido por medio de la experiencia,
unido á la afirmación de que aquéllos y éstas son
manifestaciones y la expresión necesaria de un
ser único, que puede llamarse Naturaleza, Cos-
CAPITULO HL
177
mos , Idea , Materia sobre todo , ú otra cosa
cualquiera, siempre que entrañe la unidad subs-
tancial de los seres y la identidad real de las co-
sas, junto con su evolución ó proceso necesario y
fatal.
Y decimos
Materia
sobre todo, porque , en rea-
lidad de verdad, esta es la fase, si no la más
autorizada ni la más racional, la que de mayor
boga, fama y nombre disfruta en nuestros días.
Porque todos sabemos que el monismo hackeliano,
que es el que hoy priva entre los librepensadores,
es un monismo esencialmente materialista. Cierto
es que, bien sea por amor á la novedad del nom-
bre, bien sea por un resto de pudor científico y
respeto al sentido común, Hatckel ha protestado
y sigue protestando contra la denominación de
materialismo, afirmando con insistencia que su
sistema debe apellidarse monismo ; pero, á pesar
de todas sus protestas, no es posible desconocer
que el fondo real de su sistema es esencialmente
materialista. ¿ Qué diferencia substancial hay, en
efecto, entre la doctrina de 1-Ixckel y la doctrina
de Büchner, por ejemplo? Para el uno y para el
otro no hay más realidad
real,
por decirlo así,
que la materia : el ser único, origen, principio
y razón suficiente de todos los fenómenos que
constituyen el universo, es la materia eterna,
dotada de eterno movimiento ; y esta materia,
cuya propiedad esencial es la fuerza ó el movi-
miento, hace innecesaria y excluye la existencia
de una primera causa eficiente y la necesidad de
Tomo 1.
15
178
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
las causas finales. Para Hoeckel , como para el
materialismo contemporáneo , la atracción con-
centra la materia difusa de la nebulosa cósmica,
y por medio del movimiento y de la gravitación
produce centros varios de condensación y rota-
ción. En virtud de las afinidades químicas inhe-
rentes á los elementos cósmicos de la nebulosa y
de los primeros núcleos por ella formados , prodú-
cense combinaciones múltiples y variadas, y á.
virtud de estas combinaciones, infinitas en el tiem-
po y el espacio, aparecieron en el mundo la vida
con sus manifestaciones vitales y animales , los
sentimientos, el pensamiento, la humanidad, las
civilizaciones, las artes, las industrias, las socie-
dades , las religiones, las filosofías , y, por último,
y como coronamiento de la obra toda, las ciencias,
ó digamos la ciencia, corno conocimiento experi-
mental de los hechos , leyes y fenómenos del uni-
verso, destinada á echar por tierra todas las reli-
giones y todas las filosofías , y camino único para
realizar el progreso indefinido 1,1, que aspira el
hombre, y á que el universo es arrastrado fatal-
mente por la ley de la evolución. Así, pues, las
afirmaciones é ideas substanciales del materia-
lismo y del monismo de Eheckel son idénticas,
porque idéntico es el principio generador de uno
y otro sistema. Las diferencias, si existen, son
externas y accidentales, por cuanto en la concep-
ción del profesor de Jena las ideas y afirmaciones
materialistas revisten forma más sistemática, al
presentarse como deducciones legítimas y necesa-
C
APIT
UL
O
III.
179
rias de la ley única de la evolución. Esta ley de
la evolución viene á ser para Hackel algo pare-
cido á lo que era la ley dialéctica para Hegel.
Por eso hemos dicho que el monismo coincide
en el fondo y se resuelve en panteismo, y ahora
podemos añadir que en panteismo esencialmente
materialista; porque ello es indudable que, hoy
por hoy, la bandera del monismo está. en las ma-
nos y en los libros de Hxckel, y el monismo del
autor de la
Historia natural de la Creación
se
resuelve en panteismo esencialmente mate-
rialista.
Nótese, sin embargo , que si el monismo , al
menos el hoy predominante, coincide en el fondo
y es substancialmente idéntico con el materialis-
mo, no sería justo establecer esa identidad subs-
tancial entre el citado monismo y el positivismo
considerado en sí mismo y con abstracción de la
tesis propiamente materialista ; porque, según
queda indicado , el positivismo , en cuanto tal, no
afirma ni niega la existencia de Dios, la creación
del mundo, la espiritualidad del alma, la vida fu-
tura, con otras verdades análogas : limítase á
declararlas incognoscibles por el hombre y para
el hombre, mientras que el monismo y el mate-
rialismo sustituyen negaciones concretas á las
afirmaciones del espiritualismo cristiano. Aunque
hijo natural y legítimo del positivismo, el monis- .
mo , al desprenderse y alejarse de éste, adopta
procedimientos ajenos por completo á los proce-
dimien tos é ideas del sistema positivista que le
18o
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
diera el ser. Lo que caracteriza al positivismo es
el empeño de no salir del terreno de los hechos y
de la experiencia y observación , y en su virtud
declárase enemigo resuelto de las hipótesis y ad-
versario de la metafísica ; pero el monismo entra
á velas desplegadas en el terreno de las abstrac-
ciones y de las hipótesis , comenzando por la de
la eternidad de la materia y del movimiento , y
concluyendo por la del progreso indefinido. El
padre del monismo había dicho : «No me es posi-
ble señalar la razón suficiente de las cosas por
parte de su origen y su fin ; las substancias y
causas reales están fuera del alcance del humano
saber ; el hombre, si puede conocer de alguna
manera el
CÓMO
de las cosas , no puede conocer
el porqué de las mismas» ; y mientras así habla el
positivismo , su hijo natural el monismo nos dice:
«Dadme materia y movimiento, y yo os explicaré
el universo mundo ; dadme materia y movimiento,
y os daré la solución de todos los problemas, ora
filosóficos, ora científicos, que ofrecerse pueden á
la humanidad».
Y es de notar que los partidarios del monismo
—por una inconsecuencia tan innegable como fre-
cuente en la historia del error—acuden al positi-
vismo y proclaman sus ideas y procedimientos, á
pesar de haberlos abandonado antes , cuando se
hallan en presencia de las afirmaciones y solu-
ciones de la filosofía espiritualista. Cuando ésta
plantea y resuelve ante el hombre del monis-
mo los grandes problemas metafísicos y mora-
CAPÍTULO 11I.
181
les referentes al origen y fin del mundo , al ori-
gen y fin del hombre, al alma humana y la vida
futura, etc., vuelve aquél sus ojos á su padre el
positivismo , en nombre del cual cierra sus oídos
á las afirmaciones espiritualistas , so pretexto de
que se trata de cuestiones metafísicas, de hipóte-
sis referentes al origen y fin de las cosas, de pro-
blemas cuya solución no puede encontrarse en la
experiencia y la observación , y, por consiguiente,
de cosas incognoscibles. Empero es de saber y
notar que si el positivismo genuino, el positivismo
histórico tiene derecho para emplear este len-
guaje, no lo tiene en manera alguna el monismo,
toda vez que éste pretende dar solución á los
mencionados problemas metafísicos y morales,
sustituyendo sus ideas y soluciones á las solucio-
nes é ideas del espiritualismo. Desde el momento
que con semejante pretensión se presenta, el mo-
nismo acepta implícitamente el compromiso de
luchar con la filosofía espiritualista bajo el pie de
la igualdad, en el terreno de la metafísica, y está
obligado á defender sus soluciones propias en-
frente de las soluciones del espiritualismo. En
una palabra : los partidarios del sistema monista,
por el hecho de presentar y defender soluciones
determinadas y propias á, los problemas funda-
mentales relativos al origen y fin de las cosas,
pierden el derecl de llamar en su auxilio las
doctrinas del positivismo , incurren en una verda-
dera inconsecuencia, por no decir contradicción
consigo mismos , cuando , acosados por la argu-
182
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
mentación espiritualista, se refugian en la teoría
de la distinción entre las cosas cognoscibles y las
incognoscibles, teoría peculiar del positivismo,
teoría que los representantes de éste pueden invo-
car en su favor, y oponerla á las soluciones y ar-
gumentación de la filosofía espiritualista con res-
pecto á determinados problemas ; pero nunca los
representantes del monismo , toda vez que éste
entrarla una evolución, ó, digamos mejor, trans-
formación del positivismo legítimo , el cual , en
manos del monismo, deja de ser un conjunto de
conocimientos experimentales y sensibles , que es
precisamente lo que constituye su esencia propia,
para convertirse en un conjunto de conocimien-
tos , en parte experimentales y sensibles , en parte
racionales y apriorísticos, entrando decididamente
en el terren6 de las hipótesis y soluciones meta-
físicas.
Para que el lector pueda formar idea del valor
real de esos dos sistemas tan preconizados y
seguidos en nuestra época por los hombres de
letras, no estará de más advertir que si el mo-
nismo incurre en contradicción é inconsecuen-
cia palpable consigo mismo , cuando pretende
librarse de la argumentación espiritualista y
rechazar las soluciones de esta escuela, volvien-
do atrás en su camino , abandonando su propia
esencia para refugiarse en la teoría positivista
de lo cognoscible y lo incognoscible , preciso
es reconocer igualmente que no es raro que
los representantes del sistema positivista incu-
CAPÍTULO III.
183
rran en inconsecuencia y contradicciones aná-
logas.
La cuestión del origen de las cosas , nos dice
el hombre del positivismo , es una cuestión inso-
luble, es un problema cuya solución está fuera
del alcance del hombre, porque éste sólo puede
conocer los hechos ó fenómenos y sus leyes , pero
no las substancias y las causas , las cuales perte-
necen á la esfera de lo incognoscible. Ya hemos
visto antes que el primer paso dado por los que
pasan del positivismo al monismo, la primera eta-
pa de la evolución positivo-monista, es transfor-
mar lo incognoscible en quimérico , 'es suponer
y afirmar que una cosa que no puede ser cono-
cida por el hombre , es una cosa que carece de
toda realidad, que no existe realmente. Pero el
positivismo , en cuanto sistema distinto y sepa-
rado del monismo, el positivismo legítimo y en
su propia naturaleza considerado , no confunde
ni identifica lo incognoscible con lo imposible y
quimérico ; se limita á decir que el hombre no
puede conocer determinados objetos, como son
las substancias y causas de los fenómenos y leyes;
que ciertos problemas , y principalmente los que
se refieren al origen y fin de las cosas, son inso-
lubles para el hombre; de manera que éste nada
puede afirmar ni negar acerca de su solución,
nada acerca de la verdad ó error de las solucio-
nes presentadas por las diferentes escuelas filo-
sóficas.
Preguntemos ahóra al hombre del positivismo
184
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
si la existencia de Dios, la existencia de una causa
primera del mundo, es posible ó imposible. Si ad-
mite la posibilidad de esta causa primera , como
es lógico y natural en su sistema, que no permite
confundir lo incognoscible con lo imposible, según
hace el monismo, también será posible que el alma
del hombre sea inmortal , y que reciba de Dios
premio ó castigo después de la separación del
cuerpo. Y si esto es así, si el hombre del positi-
vismo no tiene derecho para negar la posibilidad
de la existencia de Dios , del alma y de la vida
futura , por más que , con razón ó sin ella , procla-
me al propio tiempo la incognoscibilidad de esas
cosas , es á todas luces evidente que el hombre
sensato no puede aceptar su sistema, no puede
aceptar un sistema que al proclamar la incognos-
cibilidad de objetos determinados, sin atreverse
á rechazar su realidad posible, ó digamos la posi-
bilidad real de los mismos, deja suspendidos so-
bre la cabeza y el corazón del hombre problemas
formidables , los problemas más trascendentales
y cuya solución entraña la felicidad presente y
futura para el hombre.
Graves , como son, los inconvenientes que para
el representante del positivismo resultan de admi-
tir la posibilidad de las cosas que proclama incog-
noscibles para el hombre , bien puede decirse que
si para evitar estos inconvenientes admite el otro
extremo del dilema ; si confundiendo é identifi-
cando lo incognoscible con lo imposible (5 quimé-
rico , nos dice que Dios , cau
s
a primera del mun-
? "-
CAPÍTULO IV.
191
guos Padres y escritores eclesiásticos. Los cua-
les reconocen y confiesan la bondad relativa de las
ciencias humanas, y especialmente la de la filoso-
fía , con relación á la religión cristiana, no ya sólo
porque la filosofía predispone y prepara la inteli-
gencia para conocer y admitir las verdades del
Cristianismo, si que también porque suministra á
éste armas poderosas á la vez que humanas, y
por ende simpáticas al hombre, para afirmar y
defender sus verdades contra los ataques y obje-
ciones de sus enemigos. En este sentido decía San
Agustín que las ciencias humanas llevan al hu-
mano entendimiento hacia las cosas divinas —
di-
sciplince liberales afferunt intellectum ad divi-
na,
—y que la filosofía, la cual ocupa de justicia el
primer lugar entre esas ciencias humanas , siendo
en cierto modo la inventora y como el principio de
todas ellas—onnium
disciplinarunz excogita-
trix,—es
sobremanera
útil
y provechosa para en-
gendrar, defender, alimentar y robustecer la fe
cristiana :
Fides , quce per scientiam gignitur,
nutritur,
, defenditur roboratur.
Excusado parece añadir que con este lenguaje
y estas ideas del insigne obispo de
Nipona coin-
ciden las ideas y el lenguaje del Doctor Angélico
Santo Tomás de Aquino , representante el más
completo y autorizado de esa tendencia concilia-
dora y armónica, toda vez que la proclamó y de-
fendió , no solamente en el orden de las ideas, ó
digamos en el terreno teórico, si que también en
el terreno práctico. Porque sabido es que expuso
192
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
y comentó la mayor parte de las obras de Aris-
tóteles , y que al comentarlas puso de relieve la
conformidad y armonía entre no pocas ideas y
afirmaciones del filósofo de Estagira y las ideas
y afirmaciones de la doctrina católica. Y por lo
que hace al terreno teórico y doctrinal , quien-
quiera que haya hojeado sus escritos , no puede
ignorar que en todas sus obras, y con particulari-
dad en la
Summa contra Gentes,
reconoce y en-
salza la fuerza nativa de la humana razón en or-
den al conocimiento de la verdad
I
,
preconizando
una y otra vez el alcance , el poderío , la nobleza
y dignidad sublime de esa razón , considerada por
el doctor de Aquino como una impresión , una par-
ticipación de la inteligencia divina, de la luz in-
creada :
impressio Veritatis
participatio
luminis increati.
El representante principal de esta tendencia
durante los primeros siglos del Cristianismo, si no
por su mérito personal y doctrinal, al menos por
las circunstancias y por el medio en que escribió
en este sentido, es Clemente de Alejandría. Colo-
cado al frente de la famosa escuela cristiana de
la ciudad de Alejandro, y viviendo en medio de
una atmósfera caldeada por las corrientes , ora
encontradas , ora convergentes y sincréticas de
«Quzedam vero sunt, escribe, ad qua ratio naturalis pertin-
gere potest, sicut est
Deum esse, Deum esse unum,
et alia ejus-
modi, qux
etiam philosophi demonstrative
de Deo probaverunt,
ducti naturalis lumine rationis. »
Sum. Cont. Gent. ,
lib. 1,
cap.
iir.
CAPÍTULO IV:
193
las múltiples concepciones filosóficas y religiosas
del Oriente y del Occidente que por entonces se
habían dado cita en la ciudad de los Tolomeos , el
maestro de Orígenes se dedica con grande afán y
no menor acierto á investigar y fijar las relaciones
que existen y deben existir entre la fe divina y la
ciencia humana. Objeto preferente de sus escritos,
y
con especialidad del que lleva por título
Stro;na-
ta,
fué
esta crítica de las relaciones entre la fe y la
filosofía ; crítica que sirvió de punto de partida y
norma á los siguientes Padres y escritores ecle-
siásticos acerca de la indicada cuestión , porque
contiene el fondo y la substancia de la doctrina
de todos estos y de la Iglesia misma en sus defini-
ciones conciliares, en orden á, las relaciones entre
la revelación y la ciencia, entre la fe y la razón.
No será difícil persuadirse de esto echando una
rápida ojeada sobre la doctrina y escritos del jefe
del Didascaleo. Comienza éste por decirnos en un
lenguaje que ofrece casi siempre matices más ó
menos originales, que la fe es « una anticipación
voluntaria» , «una presunción prudente de lo que
más tarde comprenderemos » , y con mayor pro-
piedad teológica,
el asentimiento razonable de
un alma en el ejercicio de su libertad' ;
después
En estas definiciones ó descripciones de la fe divina , aduci-
das por el jefe del Didascaleo, no hay que buscar ni se encuentra
el rigor de una definición filosófico-teológica, en cuanto á la
forma de las palabras ; pero en los antecedentes y consiguientes
de aquéllas aparece la exactitud teológica de dichas definiciones.
Si en las citadas en el texto, por ejemplo, no se hace mención
explícita de la gracia divina que influye y determina
el
acto de
fe,
Tomo
I.
i6
194
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
de añadir que la fe nos comunica la fuerza nece-
saria para alcanzar la salvación, el poder de lle-
gar á la vida eterna. Clemente de Alejandría
resume su opinión acerca de las relaciones entre
la ciencia humana y la fe divina en la siguiente
máxima :
No hay fe sin ciencia, como tampoco
hay ciencia sin fe.
Esta máxima ó tesis fundamental, sentada por
el maestro de Orígenes, aunque á primera vista
presenta los caracteres de una paradoja, no lo es
en realidad, si se tiene en cuenta :
a)
que la fe cris-
tiana contiene la solución clara y sencilla de los
más altos problemas que interesan al hombre , de
manera que el que sabe el catecismo se halla en
posesión de verdades desconocidas á la generali-
dad de los hombres no cristianos, sin excluir á los
hombres de letras ;
b,)
que el examen y conoci-
miento de los principales motivos y fundamentos
de credibilidad que abonan nuestra fe , se halla
al alcance de la mayor parte de los cristianos,
el autor de los
Stromata
no tarda en advertir que « la ciencia es
aquel estado del alma al cual se llega por medio de la demostra-
ción , pero la fe es una gracia por medio de la cual nos elevamos
de las cosas en que la demostración es imposible hacia el princi-
pio simple, universal, que no está con la materia, que no es la
materia, ni está bajo la materia ».
Strom.,
lib. , cap. tv.
« Ya sea, añade en otra parte, que el Padre atraiga á sí á quien-
quiera que haya vivido sin mancha y se haya elevado á la noción
de la naturaleza bienaventurada é incorruptible, ya sea que
el
libre albedrío
que en nosotros reside se lance á franquear la
barrera, según el lenguaje gimnástico, nada
de
esto se verifica
jamás sin el auxilio de una gracia especial que recibe el
alma.»
[bid.,
lib. v, cap.
mit.
CAPÍTULO IV.
J9
c
que poseen conocimientos más á menos explícitos
y completos de los mismos;
c)
que aun con rela-
ción á la ciencia tomada en un sentido propio
y más elevado , y con especialidad á la filosofía,
es incontestable que ésta, cuando marcha al lado
de la fe cristiana , recibe de ésta garantías de
verdad, elevación de ideas, vislumbres y amplia-
ción de horizontes , así como la fe cristiana reci-
be de la filosofía armas para defenderse contra
los ataques de sus enemigos , auxilios para propa-
garse y afirmarse en las inteligencias , y sobre
todo pruebas y demostraciones de verdades natu-
rales que le sirven de base , preparación ó preám -
bulo ,
preambula fidei ,
como decía Santo Tomás,
para que los hombres de cultura intelectual lle-
guen hasta ella con más facilidad.
En uno y otro sentido , los Padres de la Iglesia
reconocen la utilidad de la ciencia filosófica y
recomiendan su estudio , siguiendo las huellas y
autorizando con su ejemplo la tesis sustentada por
el jefe de la escuela catequética de Alejandría.
En cien lugares de sus escritos desenvuelve y co-
rrobora éste su tesis fundamental con abundante
copia de ejemplos y razones. «Cada ser, nos dice
unas veces, pasa de lo que es bueno á lo que es
mejor, en cuanto lo permite su propia naturaleza,
y por lo mismo no es extraño que la Providencia
divina haya dado la filosofía al mundo para pre-
parar los espíritus á la perfección que procede de
Cristo. » En otras partes afirma que la filosofía
fué dada á
los griegos como
un testamento propio
196
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
para elevarse hasta la filosofía ó ciencia de Cristo.
Esta idea, que palpita en el fondo de sus escritos,
y que , exagerada en algún punto , le arrastró á
ciertas inexactitudes crítico-históricas
f
,
hállase
expuesta y como condensada en el siguiente nota-
ble pasaje: «Conocieron los griegos al solo y único
Dios de la manera correspondiente á los gentiles ;
'
Decimos esto, porque es cosa sabida que el maestro de Orí-
genes afirmaba que los filósofos griegos habían tomado de los
Libros bíblicos, ó sea del Antiguo Testamento, una parte de sus
ideas filosóficas. « Podemos llamar robadores y ladrones á los
filósofos griegos, porque tomaron de los profetas hebreos, antes
de la venida del Señor, algunas partículas de verdad , sin confe-
sar el hecho , atribuyéndoselas á sí mismos como dogmas por
ellos descubiertos. »
Strom.,
lib. i , c. xvif.
Para llegar á esta conclusión, Clemente de Alejandría discute
y compara la cronología hebrea con las cronologías de otros
pueblos y naciones de la Europa, del Asia y del África, discusión
que conduce á su autor á la afirmación de que Moisés es anterior
á todos los escritores griegos, y que los más antiguos filósofos de
la Grecia, como Tales v Pitágoras, son muy posteriores, no ya
sólo al legislador de los hebreos, sino á la mayor parte de los
profetas de Israel. Clemente de Alejandría autoriza también su
tesis con la analogía y semejanza que existe indudablemente en-
tre ciertas doctrinas y sentencias de los escritores griegos y las
enseñadas por los autores bíblicos. El ideal
del
justo perseguida,
que Platón nos presenta en su
República,
parece tomado del pa-
saje del libro de la
Sabiduría,
en que se hace la descripción del
justo perseguido por los malos.
Este
y otros argumentos con que el jefe del Didascaleo pre-
tende robustecer su tesis son más especiosos que sólidos, siendo
preciso reconocer que en esta cuestión se dejó dominar, acaso
sin darse cuenta de ello , por las ideas de Aristóbulo , Filón y
otros corifeos de la escuela judaica de Alejandría , que de tiempo
atrás venían trabajando en favor de aquella tesis , y para quienes
los sabios,
los
filósofos y los legisladores gentiles, eran otros tan-
tos discípulos y plagiarios de Moisés y los profetas.
CAPÍTULO
IV.
los judíos de la manera correspondiente á los ju-
díos, al paso que nosotros poseemos un conoci-
miento nuevo y espiritual del mismo. De aquí
resulta que el mismo Dios , que es autor de los dos
Testamentos , es el que ha dado á los griegos la
filosofía por medio de la cual glorificaron á Dios
como Todopoderoso. Por eso de la enseñanza
griega y de la institución mosaica proceden todos
los que abrazan la fe , y llegan á componer una
. sola familia, un mismo pueblo, que marcha por los
caminos de salvación. No hay aquí tres pueblos
separados por el tiempo , porque , de lo contrario,
sería preciso suponer una triple naturaleza, sino
más bien testamentos diversos, á beneficio de los
cuales cada uno de ellos fué instruido por la pala--
bra de un solo é idéntico Señor. Mirad, en efecto;
Dios, en sus designios de salud para con los ju-
díos , les envía profetas ; suscita igualmente en el
seno de la Grecia los más virtuosos de sus hijos,
y sobreponiéndolos al vulgo, los constituye profe-
tas en su propia lengua, según que son capaces
de tener participación en el beneficio celestial r.»
En suma : lo que fué el Testamento Antiguo
para los judíos, fué la filosofía griega, ó, digamos
mejor, la ciencia humana para los gentiles en or-
den á la vocación al Cristianismo. Los primeros
sólo necesitaron
escrutar las Escrituras ,
según
el consejo del Salvador, para descubrir en ellas
anuncios, profecías , preformaciones, pruebas de
'
Stromat., lib. vi, c. v.
197
19$
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
los hechos y verdades que se verificaban á su
vista, á la vez que el cumplimiento y realización
de aquellas profecías en la vida, hechos, predica-
ciones y doctrina de Jesús y de los Apóstoles. Los
segundos , sólo necesitaban escrutar las senten-
cias y escritos de los filósofos y sabios más auto-
rizados , para descubrir allí afinidades y correla-
ciones de doctrina con la contenida en el Evange-
lio y predicada por los Apóstoles sobre ciertas
cuestiones, á, la vez que esterilidad y vacío con
respecto á otras no menos trascendentales acerca
de las cuales la filosofía griega, ó callaba, ó deli-
raba. Los que con buena fe y deseo sincero de la
verdad y del bien escrutaron respectivamente los
libros del Antiguo Testamento y los escritos de
los filósofos gentiles , llegaron á la posesión de la
verdad plena de la nueva religión con el auxilio
de Dios , que nunca falta á los que le buscan de
corazón. Esta es la historia de los judíos que for-
maron las primeras Comunidades cristianas, y es
también la historia de San Justino, Cuadrato, Ate-
nágoras , Taciano , Clemente de Alejandría y tan-
tos otros apologistas y doctores cristianos de los
primeros siglos, á, quienes—según confesión pro-
pia—la filosofía pagana abrió las puertas del
Evangelio. Porque esa filosofía pagana, con sus
verdades y con sus errores , con sus enseñanzas
armónicas y afines á las del Cristianismo , no me-
nos que con el vacío que dejaba en el alma bien
intencionada y ansiosa de verdad y de virtud, ora
por las luchas provocadas en el fondo de la con-
CAPÍTULO IV.
199
ciencia, ora por la ausencia de soluciones racio-
nales y fijas acerca de los problemas que más in-
teresan al hombre, preparaba el camino y servía
de puente á los hombres de buena voluntad y de
cultivada inteligencia para pasar de la filosofía
greco-romana á. la filosofía del Verbo de Dios.
Las excelencias y los defectos de aquella filo-
sofía fueron como hilo conductor para llegar á la
luz por parte de los hombres que buscaban y prac-
ticaban la verdad más ó menos imperfectamente
conocida.
Qui _facit veritatem venit ad lucera,
había dicho el Divino Maestro. Sentencia es esta
que ha tenido y tiene en su favor numerosos tes-
timonios históricos , á contar desde los primeros
momentos de la existencia del Cristianismo, y
sentencia también que pone en duda la sinceridad
y valor práctico de convicciones por parte de
ciertos sabios y filósofos de nuestra época, los
cuales , después de reconocer y confesar la exis-
tencia de Dios, su personalidad y providencia, la
inmortalidad del alma, la distinción entre el bien
y el mal, la vida futura , con otras varias verda-
des que constituyen como los fundamentos y con-
diciones previas de la religión cristiana, retroce-
den sin franquear las puertas ante sus ojos abier-
tas, so pretexto de que ésta entraña y exige la
existencia de lo sobrenatural, cuya comprensión
y naturaleza excede las fuerzas de la humana
razón, sin reparar que una cosa es penetrar la
esencia íntima de lo sobrenatural, y otra muy dife-
rente conocer su mera existencia y realidad. Cual-
200
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
quiera que sea la dificultad que encuentre la razón
del filósofo al tratar de comprender y conciliar
los términos de ciertas verdades reveladas , no le
es lícito á éste, si procede de buena fe y con deseo
de conocer y practicar el bien —
sí facit verita-
tem,—prescindir de la verdad revelada , conside-
rada como cosa posible y como hecho histórico ;
no le es lícito pasar al lado de la revelación cris-
tiana sin examinar sus títulos. Por medio de este
examen, verificado sin prejuicios y con sincero
deseo de alcanzar y practicar la verdad, los Ate-
nágoras , Justinos , Tertulianos , Clementes de Ale-
jandría y otros hombres de superior inteligencia,
pasaron por caminos tan suaves como lógicos y
seguros, desde el gentilismo al Cristianismo, de
la filosofía pagana á la verdad evangélica.
En todo caso , resulta evidente que la Iglesia y
sus Doctores recomiendan y aplauden el cultivo
de las ciencias ; que las relaciones entre la filoso-
fía y el Evangelio, lejos de ser hostiles de suyo,
son más bien de armonía, de concordia y de atrac-
ción recíproca ; que la ciencia humana abre y
prepara el camino para entrar en posesión de la
ciencia divina , á la que sirve de introducción y
como propedéutica , al paso que la última derra-
ma viva luz sobre la primera , eleva y facilita la
solución de sus problemas más trascendentales,
agranda los horizontes de su especulación. Cierto
que la teología ó ciencia de la religión cristiana
reclama la subordinación de la filosofía—philoso-
fia
ancilla theologice;—cierto
que la revelación
CAPÍTULO IV.
201
reclama sujeción y obediencia por parte de
la
razón ; pero ésta no puede ni debe legítimamente
rehusar esta obediencia , porque no ignora que
sobre ella está la razón divina , como sobre el hom-
bre finito y contingente está Dios infinito é inmu-
table, sobre todo si tiene presente que, á cambio
de esta obediencia y subordinación relativa, entra
en posesión de ideas y verdades de un orden supe-
rior, de ideas y verdades cuya luz irradia sobre
las ideas y verdades á que antes había llegado con
sus propias fuerzas. Cuando el hombre entra de
lleno y con abierto corazón en este camino de la
subordinación de la ciencia humana á la divina,
descubre con inefable deleite que las verdades
reveladas, expresión directa del Verbo de Dios,
se hallan en armonía y relación con las verdades
del orden natural por él investigadas y conocidas
de antemano , y que son éstas una repercusión de
la verdad divina , son otras tantas chispas ó ful-
guraciones del
Verbo—scintillce Verbi,—como
decía , con gráfico y cristiano decir, el gran maes-
tro de Orígenes.
En resumen : las relaciones entre la Biblia
como depósito de la palabra de Dios, y los libros
depositarios de la ciencia del hombre ; entre la
Iglesia como encarnación de la revelación divina,
y la ciencia como encarnación de la razón humana,
son relaciones de unión, de armonía, de concordia,
de relativa fusión. Expresión genuina de la natura-
leza verdadera de esas relaciones son las gran-
des síntesis de la ciencia divina y humana, ensa-
202
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
yadas con mayor ó menor éxito en el seno de la
Iglesia católica á contar desde sus primeros pasos.
Es la grande síntesis iniciada por Clemente de
Alejandría, perfeccionada por el genio poderoso
y enciclopédico de San Agustín, completada por
Santo Tomás con relación á los conocimientos de
su época, y que aguarda y alcanzará, su constitu-
ción definitiva cuando la filosofía , la moral, el de-
recho, el arte, la historia, la política, la filología,
la geología, la psicología, la astronomía y las cien-
cias todas , concluyan por agruparse en torno de
la teología, como ciencia superior y comprensiva
de la verdad divina, humana y cósmica, determi-
nando á la vez, como resultado general, la unión
de las inteligencias en la fe, con más la unión de
los corazones en la caridad.
Relaciones especiales entre la Biblia
y
la ciencia.
Al hablar aquí de la ciencia, entendemos ha-
blar del conjunto de ciencias físicas y naturales
en cuanto distintas de la filosofía propiamente
dicha. Pero no por eso ha de entenderse que nos
referimos á la ciencia en el sentido estrecho que
le da el positivismo, sino á la ciencia que, basán-
dose en la observación, en el método experimen-
tal, pero sin excluir ni desterrar toda influencia
del racional, investiga y trata de conocer no so-
lamente los fenómenos naturales y sus leyes, sino
también su origen, sus causas propias y su natu-
raleza real.
Esto supuesto, ¿qué clase de relaciones debe-
mos admitir entre la Biblia y la ciencia moderna,
es decir, el conjunto de ciencias físicas, natura-
les , y, si se quiere también , antropológicas? Ante
todo, estas relaciones no pueden ser relaciones de
oposición y lucha , toda vez que se trata de dos
efectos procedentes de una misma causa, de dos
manifestaciones ó vibraciones de la inteligencia
divina, de dos libros escritos por la misma mano.
Hacen á este propósito las atinadas reflexiones
contenidas en el número ó entrega del
Quarterly
Review ,
correspondiente al mes de Julio de 186o.
«El que está, persuadido de que el Dios de toda
verdad es también el Dios de la naturaleza y de
la revelación, ¿puede pensar que su voz , bien
comprendida en la una y en la otra, puede arro-
jar la división entre sus criaturas ó inducirlas
á error? Negar los hechos que se realizan en el
dominio de la naturaleza , porque parece que
están en contradicción con la revelación , ó desna-
turalizarlos para obligarlos á producir la misma
voz que la Biblia , no es más que una forma dis-
frazada de esa deslealtad precipitada y de corta
vista que miente en interés de Dios , y que por
toda suerte de engaño pretende servir la causa
del Creador y de la verdad. El cristiano verda-
dero camina en medio de las obras de la natura-
leza con miras más elevadas y nobles. Las pala-
204
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
bras que están grabadas en las rocas antiguas de
nuestro globo , son palabras de nuestro Dios , y
fueron grabadas allí por su mano. Semejantes
palabras no pueden estar en contradicción con su
revelación escrita en su libro, como las palabras
de la antigua alianza que grabó él mismo en tablas
de piedra no pueden estar en contradicción con
las trazadas por su mano en los libros del Nuevo
Testamento. El hombre podrá encontrarse con
que es difícil conciliar todas las manifestaciones
de estas dos voces ; pero ¿qué importa? ¿Ignora
por ventura que su inteligencia actual es limitada
y que se acerca el día en que desaparecerán todas
las contradicciones que al parecer existen entre
lo que debería estar unido? Puede tranquilizarse
con esta certeza , y disfrutar entretanto de la luz
recibida , sin inquietarse por aquello que todavía
está velado. Un hombre de elevado espíritu, de
grande sabiduría práctica ; un hombre cuya pie-
dad y beneficencia brillaron por mucho tiempo á
la faz del mundo, decía solemnemente ante una
reunión numerosa de sabios venidos de todas las
partes del reino, que estaba convencido de que el
Cristianismo debía esperarlo todo , y nada tenía
que temer del progreso de las ciencias físicas.
Tal es, en verdad, el espíritu del Cristianismo, y
también el espíritu de la ciencia.»
Contiene este pasaje, en nuestro sentir, el
punto de vista fundamental para determinar la
naturaleza de las relaciones que existen y existi-
rán siempre entre la Biblia y la Ciencia. Conside-
CAPITULO IV.
205
rada la cuestión
a priori,
no cabe admitir con-
tradicción entre la Biblia y la Ciencia, porque no
cabe admitir contradicción entre dos cosas que
son cada cual obra que trae origen del mismo
autor , entre dos efectos que lo son de una misma
causa, entre dos manifestaciones capitales de la
inteligencia divina.
Pero la razón humana no se satisface con este
fundamento general y apriorístico de conciliación
y armonía entre la Biblia y las ciencias ; necesita
reconocer las formas posibles y reales de esa con-
ciliación ; necesita estudiar y discernir en detalle,
por decirlo así , las bases en que aquélla descansa
y los procedimientos que á la misma conducen.
Para llenar de alguna manera y satisfacer esta
justa exigencia de la humana razón , debemos no-
tar, ante todo , que la revelación divina contenida
en la Biblia no tiene ciertamente por objeto ense-
ñar ni perfeccionar las ciencias profanas. Más to-
davía : en los pasajes ó textos bíblicos que tienen
alguna relación más ó menos directa con las cien-
cias indicadas, no debe suponerse el designio de
dar al hombre instrucciones ó enseñanzas acerca
de las ciencias naturales. «La teología y la ciencia
de la naturaleza , escribe el cardenal Newman,
muévense en dos terrenos separados ; cada una
puede enseñar en su dominio propio , sin abrigar
temor de que intervenga la otra. Ciertamente que
Dios pudo
hacer superflua la investigación cien-
tífica de la naturaleza, revelando las verdades
que constituyen su objeto, pero no ha querido
206
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
hacerlo así.» En igual sentido se expresa Patrizi
en su excelente obra
De interpretatione Scriptu-
rarum Sacravuin.
He aquí sus palabras : « Para evitar el error
de los que piensan que puede haber contradicción
entre la ciencia de la naturaleza y la Biblia, no
debemos echar en olvido que los escritores bíbli-
cos no tuvieron intención de examinar las cuestio-
nes de las ciencias físicas , ni se proponen sacar-
nos de la ignorancia que podemos tener con res-
pecto á. los fenómenos de la naturaleza ».
y
téngase en cuenta que no se trata aquí de
una concesión forzada ó admitida por los teólo-
gos y exegetas modernos á. virtud de invasiones
de las ciencias naturales, ó de objeciones nuevas
tomadas de éstas. Ya en el siglo mi el Maestro de
las Sentencias, después de consignar que el hom-
bre no perdió por el pecado el conocimiento de
las ciencias naturales, sino la ciencia de las cosas
del alma, concluye que por eso en la Escritura el
hombre no recibe enseñanza acerca de aquellas
ciencias , sino acerca de la referente al alma :
Et
idcirco in Scriptura homo de hujusmodi non
eruditur,
, sed de scientia anime, quampeccando
arnissit.
Por otra parte, es innegable que los autores
de los libros bíblicos, al ser inspirados por Dios
para escribir éstos, no lo fueron para dar á. los
hombres lecciones de astronomía, de geología ó
de historia natural, sino para comunicarles ver-
dades religiosas y morales. Así, no es de extrañar,
CAPÍTULO IV.
207
antes sí es muy natural y lógico , que en las ense-
ñanzas y narraciones que incidentalmente se rozan
con los fenómenos de la naturaleza, hayan em-
pleado el lenguaje usual, acomodándose á las ideas
populares, según la discreta y autorizada obser-
vación de San Jerónimo, cuando escribe :
Multa
in Scripturis sanctis dicuntur juxta opinionem
illizts temporis, quo gesta referuntur,
, et non
juxta quod reí veritas continebat.
Así, por ejemplo , cuando Moisés llama al sol
lunzinare majus
y á, la luna
litininare minus,
claro es que no se proponía dar lecciones de astro-
nomía ni aludir á la magnitud absoluta de los as-
tros todos , sino á los astros que ofrecen relacio-
nes más directas é inmediatas con la tierra habi-
tada por el hombre, acomodándose á la vez al
lenguaje y opinión del pueblo. Aun suponiendo
que Moisés poseía nociones exactas acerca del
sistema astronómico del Universo , ora por reve-
lación divina, ora por conocimientos adquiridos,
no podía ni debía emplear otro lenguaje, so pena
de hacerse ininteligible para sus lectores. Por esta
razón , mientras la Iglesia no lo verifique, no puede
ni debe condenarse la opinión de algunos escritores
que admiten la posibilidad de que los autores bíbli-
cos hayan participado de los errores generales en
su época en cuestiones científicas que tienen algu-
na relación con determinados textos de la Biblia.
«Sin violar los derechos, escribe Reusch ',y sin de-
'
La Bible et la Nature,
pág. 28.
203
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
bilitar el dogma de la inspiración, podemos con-
ceder francamente que en las ciencias profanas , y
consiguientemente también en las físicas, no se
elevaron sobre el nivel de sus contemporáneos, y
hasta que participaron de los errores de
su época
y nación. Así, pues , los elogios dados por algunos
sabios franceses al genio y conocimientos del
legislador hebreo, en la persuasión de que el escri-
tor del Génesis se había adelantado á las conquis-
tas científicas de nuestra época, no tienen sólido
fundamento. Por lo que respecta á la ciencia pro-
fana, Moisés no fué elevado por la revelación so-
bre el nivel intelectual de su época; por otra par-
te, nada nos prueba que haya podido levantarse
sobre dicho nivel por medio del estudio y de sus
reflexiones personales.
»Por lo demás, es para nosotros bastante indi-
ferente que las opiniones personales de Moisés, en
materia de física, sean exactas ó no ; lo que nos
importa solamente saber es qué opiniones fueron
expresadas en el Génesis , el cual no es obra de
Moisés solo, sino del hombre inspirado por Dios....
»Directamente, la Biblia sólo enseña verdades
religiosas ; pero esta misma enseñanza la obliga
en ocasiones á espigar en el dominio de las cien-
cias naturales y á tocar indirectamente y como
de paso cuestiones de un orden diferente del suyo
propio. ¿Qué decir en estos casos ?
» Por de pronto, cuando encontramos citados
indirectamente fenómenos naturales , no tenemos
razón alguna para creer que el objeto de la Biblia
CAPÍTULO IV.
209
haya sido insinuar en el espíritu de sus lectores
idéas más ajustadas sobre estos fenómenos físicos,
ó de facilitarles explicaciones más completas que
las que podrían adquirir por medios puramente
humanos sobre algún problema de la ciencia.
Cuando el Eclesiastes dice :
Todos los ríos en-
tran en el mar, y la mar no rebosa por eso los
ríos vuelven al mismo sitio de donde habían sa-
lido para correr de nuevo,
su intención no es en-
señarnos cómo los vapores se levantan de la
tierra, forman nubes , que á su vez alimentan las
fuentes ; su fin único es manifestar en su libro las
vicisitudes continuas de las cosas de este mundo,
y hacerlas sensibles , tomando por término de
comparación un fenómeno de la naturaleza, fenó-
meno que le era familiar porque lo había
.
obser-
vado por sí mismo, y que debía suponer cono-
cido, ó al menos de fácil comprensión para sus
lectores.
»En segundo lugar, es permitido á un escritor
bíblico, sobre todo en la poesía, exponer ó tornar
como base de sus expresiones una apreciación
de los fenómenos naturales que la ciencia consi-
dera como inexacta, pero que se halla justificada
bajo otro punto de vista , cuando se trata , por
ejemplo, de ofrecer una expresión clara y popular,
en vez de una expresión correcta ycientífica. Hoy
se sabe generalmente que la tierra se mueve alre-
dedor del sol, y , sin embargo, en el comercio or-
dinario de la vida, y sobre todo cuando se trata
de escoger, no una expresión científicamente co-
Tomo 1.
17
216
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
produce certeza, sino probabilidad mayor ó me-
nor, la sentencia ú opinión , siquiera sea unánime,
de los Padres de la Iglesia :
(Minium etiazn San-
ctoruin azictoritas in eo genere qucestionunz quas
ad fidem diximus minime pertinere , fidenz qui-
dem probabilem facit, certain talen non facit.
No hay para qué advertir cuán vasto campo
deja aquí abierto Melchor Cano á las explora-
ciones de los hombres de la ciencia y á las inter-
pretaciones de los numerosos textos bíblicos que
no se refieren á verdades dogmáticas definidas
por la Iglesia.
Todavía es más amplio, hasta rayar en atre-
vido v temerario , el criterio hermenéutico de otro
teólogo dominico, no menos célebre que el autor
de los
Lugares Teológicos.
Nadie debe rechazar,
escribe el cardenal Cayetano algún sentido nue-
vo de la Escritura Sagrada, sólo porque no está
conforme con el sentido ó interpretación de los
antiguos doctores
(nullus detestetur
710741111
Sa-
crre Scri pturce sensunz ex lioc quod dissonat a
priscis doctoribus) ;
porque Dios no ligó la ex-
posición de las Santas Escrituras á las interpre-
taciones de los doctores antiguos. De lo contrario,
tendríamos que renunciar nosotros y nuestros
sucesores á exponer la Sagrada Escritura , y nada
nos quedaría que hacer sino repetir ó trasladar
las exposiciones de un libro á otro :
Non
elli111
alligavit Deus expositionem Scripturarum sa-
Crar11111
PriSCOr11111 dOCtOrltill
sensibus,
alzoqu n,
spes nobis et posteris tolleretztr exponersdi Scri-
21
7
pturam Sacrarn , nisi transferendo , ut ajunt , de
libro in quinternum
Como se ve por lo dicho hasta aquí, el camino
abierto por San Jerónimo, San Agustín, Santo
Tomás, Cayetano y Melchor Cano , es bastante
ancho y expedito para que los hombres de la cien-
cia y los hombres de la teología y la exegesis, se
muevan con perfecto desembarazo en sus esferas
respectivas, sin necesidad de chocar entre sí
ni
producir conflictos verdaderos y reales entre la
Biblia y la ciencia. Quienquiera que con ánimo
sereno examine esos pretendidos conflictos á la
luz de la doctrina expuesta , reconocerá muy
pronto que no existen en realidad semejantes
conflictos, cuya apariencia, por punto general, no
tiene más fundamento que , ó una interpretación,
más ó menos fundada, pero no cierta, de algún
texto bíblico por parte del exegeta, ó la confu-
sión, por parte del naturalista, del sentido más ó
menos autorizado de un pasaje bíblico con la doc-
trina definida por la Iglesia ó que forma parte de
la revelación divina.
En corroboración de esta doctrina, y como
ejemplo de la misma, entre otros que sería fácil
alegar, puede citarse la interpretación de los seis
De conformidad con esta doctrina, Cayetano apela á la equi-
dad de los lectores, si alguna vez tropiezan en sus
Comentarios
con alguna interpretación nueva, por más que se aparte del to-
rrente ó común sentir de los santos Doctores :
Si guando occur-
rerit novas sensus textul consonus, quamvis a torrente doctorum
sacrorum alienus , cequum se prwbeat lector censorem. Com-
ment. in Genes.
2X8
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
días de la creación que aparecen en la narración
mosaica. Mientras no se presentó dato alguno en
contra, natural era que esos días se tomaran en
su sentido ordinario, y el texto bíblico en sentido
literal, como lo hicieron la mayoría inmensa de
los antiguos Padres de la Iglesia , y en pos de ellos
los teólogos y exegetas de los siguientes siglos. Y
eso que no faltaron algunos doctores antiguos,
entre ellos Orígenes y San Agustín, que tomaron
este texto y algunos otros del Génesis en sentido
metafórico. Vino en los últimos tiempos la geolo-
gía, y á virtud de sus investigaciones y observa-
ciones, vióse claramente que la corteza terrestre
está formada de terrenos , capas y fósiles , que
representan , desde un punto de vista general, la
sucesiva y ordenada aparición de los seres sobre
la tierra, en relación y armonía con la narración
mosaica ; pero vióse al propio tiempo que la for-
mación de esos terrenos y capas con sus fósiles
exige y representa el transcurso de muchos si-
glos, y no la duración de los días ordinarios. El
exegeta encontró en estos descubrimientos de la
geología y paleontología un dato real antes des-
conocido, un elemento nuevo y seguro para deter-
minar el sentido de los días genesíacos, enten-
diendo por éstos las épocas diferentes en que apa-
recieron los varios seres orgánicos y se forma-
ron los terrenos en que se encuentran sus restos
y
vestigios. El teólogo y el exegeta de buen sen-
tido y de sólida instrucción, ninguna violencia
tuvieron que hacerse para transformar en épocas
CAPIT
U
LO IV.
219
de larga duración los días naturales ; para adop-
tar la significación metafórica, abandonando la
interpretación literal de los días , por más que
esta última había sido la dominante desde los pri-
meros siglos de la Iglesia hasta el nuestro. Y es
que el teólogo y el exegeta católico de buen sen-
tido y de sólida instrucción, al interpretar de dife-
rente manera el texto bíblico expresado, en vista
de los datos ciertos y de las conclusiones irrecu-
sables de la geología y de la paleontología, ade-
más de usar y reivindicar la libertad de acción
que con su palabra y con su ejemplo les dan los
Padres antiguos de la Iglesia, y principalmente
San Agustín , en orden á la exposición de la Sa-
grada Escritura, no hacen otra cosa en realidad
sino poner en práctica el consejo de Santo Tomás,
arriba apuntado, de no apegarse ni adherirse á
una determinada exposición de la Sagrada Escri-
tura en sentido absoluto y exclusivo, á fin de que
no se vea después en el caso ó peligro de defen-
der como verdadero algún sentido de la Escritu-
ra, después que se ha descubierto con certeza su
falsedad :
1Vulli expositioni aliquis ita prwcise
inhccreat ,ut si cesta ratione constiterit ,hoc esse
falsum quod aliquis
sensurn
Scripturce esse cre-
debat , id nihilominus asserere prcesunzat.
En este último caso se encontraron y se en-
cuentran—si es que todavía existe hoy alguno—
los teólogos y exegetas que , confundiendo la ins-
piración y revelación de los textos bíblicos refe-
rentes á. los días mosaicos , con su interpretación,
220
LA BIBLIA Y LA CIENCIA.
y adhiriendo ciegamente á la exposición general
de los Padres y Doctores antiguos, negaban que
á. los días mosaicos corresponden las épocas geo-
lógicas y paleontológicas que entrañan largos
períodos de duración, dando ocasión y pretexto
con semejantes negaciones á que los incrédulos se
burlen de la Escritura y se les cierre más y más el
camino para llegar á la fe, según la discreta obser-
vación de Santo Tomás :
Ne Scriptura ex lzoc ab
infidelibus derideatur,
, et nc eis via credendi
pnecludatur.
En cambio , y marchando en sentido inverso,
ciertos naturalistas más ó menos instruidos, algu-
nos sabios de aquellos para quienes la palabra
ciencia es sinónima de irreligión, y que en sus
investigaciones científicas buscan con afán todo
aquello que parece oponerse á la Biblia y á las
verdades cristianas, metieron mucho ruido y ba-
tieron palmas, proclamando á voz en grito que los
descubrimientos de la geología y paleontología
echaban por tierra la autoridad de la Biblia y por
consiguiente la divinidad del Catolicismo, toda vez
que aquellos descubrimientos eran incompatibles
con la duración de los seis días en que se verificó
la creación de los seres vivientes y animados , se-
gún la narración del autor del Génesis. Pero si
ciertos teólogos y exegetas católicos pecaron en
esta cuestión por
,
preferir una interpretación más ó
menos autorizada de aquellos días á los descubri-
mientos y datos irrecusables de las ciencias natu-
rales, á su vez los naturalistas aludidos cometie-
CAPITULO 1V.
221
ron también y cometen pecado imperdonable , al
rechazar y condenar la autoridad divina de la
Biblia y la revelación católica en nombre de des-
cubrimientos de la ciencia que en manera alguna
se oponen á esta revelación ni á la autoridad de
la Biblia, sino á, una interpretación más ó menos
probable , pero no cierta , ni menos infalible de
algunos de sus textos. Ya hemos dicho antes que
una cosa es la interpretación de la Biblia , y otra
muy diferente su inspiración divina. Porque un
texto sea susceptible de sentidos múltiples , y por
consiguiente sujetos á rectificación, no se sigue
que no sea inspirado por Dios. Un texto de Platón
ó de Aristóteles, ¿dejará de ser auténtico y de
entrañar una significación fija y determinada, la
significación que le dieron sus autores, por más
que nosotros demos á ese texto interpretaciones
y sentidos muy diferentes?
Kurtz , en su libro titulado
Biblia y Astrono-
mía,
resume en los siguientes términos la doc-
trina expuesta en las páginas anteriores : « Puede
suceder que un fenómeno físico se encuentre estre-
chamente unido á la revelación de una verdad
religiosa, bien sea como base necesaria de esta
verdad, bien sea que sólo le sirva accidentalmente
corno de envoltura. En este caso, el objeto de la
revelación es la enseñanza religiosa que puede
resultar del fenómeno natural, al paso que el ob-
jeto de la ciencia es el mismo fenómeno. De todas
maneras , el enlace entre la verdad moral ó reli-
giosa y las circunstancias de este fenómeno puede
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