Algunos perfiles del sevillano
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ALGUNOS PERFILES DEL SEVILLANO 1' POR SEBASTIAN GARCJA DIAZ Esta hermosa ciuda d, tan agredida y tan superviviente, clara y clásica en sus referencias urbanas, difícil y equívoca en su definición última, acoge a unos hombres de muy disperso talante, y <le engaños a convocatoria, unidos por una su tilísima hebra de identidad, y quebradizos como colectivos. Del sevillano no puedo hablar con desapasionamiento, puesto que soy sevillano en ejercicio. Pero creo que son evidentes una serie de datos a los cuales nos podem os referir de una manera ob - jetiva: El sevillano es producto <le una compleji dad genética remansada; no se trata de un espécimen puro. Han sido muchas las avalanchas de distintas razas que han pasado por este valle del Guada lquivir, y todas o casi todas ellas se quedaron el suficiente tiempo para hacer un surco biológico es table ; por eso el sevillano en su entramado genético se enriquece de cromosomas romanos, gr iegos, árabes, judíos, godos, germánicos y celtas sobre su matriz tartésica, y de ahí la indefinición del tipo del sevillano. Por fuera no s despachan con el tópico del individu o moren o y vivaracho: triste esfuerzo perezoso porque el tipo de sevillano no existe. El sevillano es ante todo una creación estética, artística y espiritual, pero somáticamente sevillanos y sevillanas, los hay con pelo castaño, negro, pe lirrojo, con ojos azules, verdes, pardo s, ne - gros, los hay de caras serias y de caras jocundas, los hay altos y bajos. No existe la tipología germánica de la raza pura, o la anglosajona, o aquella otra del turco o la característica del egipcio; en el sevillano es posible en un soma completamen te variado, una s imilitud de carácter. A mí me hac e mucha gracia cuando un foras- ,. Disertación l eída el 27 <le ju nio <le 1986 !Sl:sicín de Clausura).
SEBASTIAN Gr\RCIA DIAZ tero me dice «el tipo del sevillano lo tengo completamente de fin ido». No, mi in genuo am igo, el tipo del sevillano es indefinible. El sevillano por fuera y por encima de esta complejidad genética, de este rico mestizaje va a tener una adscripción, no ya a la propia ciudad, sino a algún pueblo . Son recuerdos de su infa ncia, vacaciones de su adolescencia, casas de sus abuelos o de sus tíos, en los pueblos de la sierra o en la ca mpiña , en los pueblos de la cercana Huelva (mar, Andévalo y fandangos), de la muy pró - xima Cádiz, que han entrañado todavía más este rico matiz en lo periférico, que no acar re a un empequeñ ec imiento, sino una notoria riqueza, porque esta adscripción a las raíces de un pueblo todavía más en contacto con la tierra que la pro pia Sevilla, crea el fenómeno trascendental de l arraigo, id entifica el cahiz donde se echaron las simientes: «A mí, decía José Cuadros, lo que me gustaría es ser de aquí, y volver en invierno con pasión de zorzal, a repartirme en tr e los venturosos abrazos de la gente de este pueblo; porque aquel que no ama la tierra en la que anduvo niño y triste, como tres días de lluvia, no merece el tumulto clavel de la alegría a destiempo». El sevillano configura con esta veta que se le escapa al pueb lo de la infancia, su pa rticular pa isaje del alma. El paisaje es esa no rma estética de equilibrio perfecto que envuelve al hombre co mo un ropón de paz y lejanía; por lo tanto el paisaje del alma es refugio seguro para tantas ocasion es de adversidad, tantas coy untu - ras perplejas ante una decisión dolorosa, tantos abandonos que nos van empobreciendo los afectos. En estos tranc es necesi tamos refugiarnos ei1 el silencio, en el ropón caliente y pacífico del paisaje del alma; cada cual el suyo, y cada uno con un especial aro ma, pero siempre e nr aizado en estos dos grandes barbechos que son la ciu dad grande y ancha que nos ha visto crecer, y aquella maroma bien trenzada que nos amarra a un pu eb lo. Esta dinámica propicia en el sevillano, quiero creer, un temple que la hace muchas veces (por encima de una exaltación folklórica superficial) un hombre capaz de raciocinio y capaz de síntesis y análisis, hombre equilibrado que ve con facilidad lo que la gente en su idioma co loquial llama los pro y los contras, el as y el envés de cada probl ema. Vivi do con otra virtud del sevillan o: la sencillez, una sencillez que pued e ejercer de muy distinto mod o, pero que en definitiva va a susta nt ivarse en sencillez lineal, muy lejos de los recodos que muchas veces se nos atribuyen. Acontece
ALGUNOS PERFILES DEL SEVILLANO 65 que hay dos manera de vivirla: una, senc ill ez con señorío, y otra, señorío con se ncillez, y que muchas veces aquellos que nos observan, cargan la mano en la sencillez valorándonos en menos, o nos exageran el señorío valorán dono s en or gu llo, sin tomarse la molestia de mirar un poco más profundo , y darse cuenta de que se trata de un fenóm eno difícilmente re pe tible de equilibrio. Al sevillano no se le escapan lo s detalles, es hombre de matices. Toda representación artística, cua lquier paseo que demos por la calle, por las casas, están llenos de matices, e incluso la juventud ac tua l en el cante, en el toqu e, en la canción, en el si mple discurso, apre cian los matices sobre la sus tanci a, y a veces de una manera desproporcionada, añadiéndole dramatismo a esta divergencia de matiz, c uando a lo mej or en la cuestión de fondo estamos conforme. ¿Se nos puede considerar finos y fríos en la observación conocida de Miguel de Unamuno? Creo que considera rnos finos y fríos no es más que la maner a con qu e un vasco extraordinariamente sensible y observador, qu ería -expresar es to que yo ll a mo el equilibrio y la sencillez del sevillano. Es una manera noble de definirnos, con una meritoria aproximación a la ladera visible del sevillano. «La armonía, el tino, la gracia, la mesura», enumeraba Manuel Machado , y t oda la larga nó mina de creadores andaluces que han an dado y andan por esta senda justa de l equilibrio tenso. De sde el a utor an ón imo de la e pí stola moral a Fabio, pasan do por Rioja, Lista, Bécquer ... hasta los del 27, se podría hacer una antología concorde so br e cualqui er tema y, muy particularmente, sobre el tema de su propia ciu dad . Al final de la cual comprobaríamo s có mo con voces distintas han di cho un mismo sentimiento se - reno, hon do , natural y bello, sin dar al pregonero ni los tres cuartos de costumbre: Antonio y Manuel Machado , Prados, Altolaguirre, Izq ui erdo, Ccrnuda, Romero Murube , Al eixandre, Monte sinos, Mantero, Caro, R eq uena , Duqu e .. . tanto s cuyas obras son testimonio de elegante ponderac ión. Incluso los poetas más coloristas de la región (Alberti, Lorca, Pemán) no s dejan, c uando pa sa el estr eme cimiento sensorial de sus imágenes, s abor de gesto cumplido. Igual en Falla y T urina; lo mismo en Velázquez, Muri llo, Va ldés Leal, Z urb arán, Pacheco. Sólo l os imagineros: Pedro Roldán y su hija, Martínez Montañés, Juan de Mesa, se extreman en las tallas y retablos de ba rroco andaluz. Pero es qu e los ojos tie nen en esta tierra tantas solicitaciones,
66 SEBASTIAN GARCIA DIAZ que había que ofrecerles imágenes y claroscuros patéticos para penetrarlos de emoción. Aún así, el barroco encierra una difícil armonía equidistante, que exige complementos muy ajustados para llegar al tino y la mesura; si no se logra, el andaluz instintivamente lo rechaza o lo margina. No es que los sevillanos sean finos y fríos (y volvemos otra vez a Unamuno), sino que esa apariencia es el resultado de muchos siglos y empeño en lo jus to, lo bello y lo armónico. Dejemos la palabra a Luis Cernuda, de cuya sensibilidad no cabe discrepancias: «Poseía cuando niño una cie ga fe religiosa. Quería obrar bien, más no porque esperase un premio o temiese un castigo, sino por instinto de seguir un orden bello establecido por Dios, en el cual la irrupci ón del mal, era tanto un pecado como una disonancia». Sí, esa disonancia a evitar a cualquier precio nos lleva en contraste a la musicalidad del sevillano. Entiéndaseme bien, no se trata de su mayor o menor sensibilidad para la música, sino que las obras y l as cosas sean tan encajadas y sucesivas que entren en el compás de la música. Cualquier prosa de Halcón , Rosales, Montesinos o Gala tienen un ritmo interno, inmodificable, redondo, en el que no se puede introducir palabras, ni comas, sin romper la armonía del párrafo; la cadencia de los buenos escritores andaluces no necesita el verso para expresar poesía. Y llamo musicalidad a ese fenómeno que también apreciamos en los estamentos más populares, del silencio, en circunstancia en la que los comen tar i os con la palabra se quedarían necesariamente mezquinos, inexpresivos o incluso impertinentes. Venimos estableciendo estas tres características ungidas del sevillano: la armonía, la musicalidad y, por último, el intimismo .. Bien se apr ec ia que la musicalidad solícita, provoca, sugiere, hace necesaria la intimidad. No de otra manera se comprende la arqui - tectura popular andaluza: El zaguán, los patios, el patinillo, la galería, el cierro, la vela, la azotea, todo un microcosmos de sol, aire, lluvia y flores para ser disfrutado en la medida exacta de l hombre y de los suyos. Lejos y disarmónica la solución de la colmena, esos edificios sin rostro y sin afiliación, en donde la sociología moderna nos apiña en una comercializada lucha por el metro cuadrado, y a la que los sevillanos se acogen por necesidades de vivir cómodo y consumista; para escapar cuando pueden a instalaciones periféricas, de pequeñas urbanizaciones o chalets, en donde reencuentran, entre otras, la ilusión de vivir de nuevo, la intimidad del geranio, la reja, el sosegado soñar y el ens imismamiento.
ALGUNOS PERFILES DEL SEVILLANO 67 Como complemento pendular, quizás como consecuencia de ese intimismo, el sevillano es hombr e de agilidad, de agilidad de espíritu: pasa de un asunto a otro , de una alusión a otra, de una sugerencia a otra, y esto va a crear una especie de entendimiento en clave: el sevillano y el andaluz, en general, se produce mucho en clave, hasta tal punto que uno de fuera de la región, incluso de fuera de la ciudad, si no tiene el sevillano (que normalmente la tie- · ne) la cortesía de suprimir la clave, va a sentirse fuera de juego en la conversación porque hay muchas frases de doble sentido, valores sobreentendidos, alusiones conocidas, transposiciones de ideas que uno ya las da , en el círculo de amigos en que se producen. Este hablar en clave significa en su aná lisis último la defensa de otra de las características perfileñas en el sevillano: el extraordinario sentimiento del ridículo que soporta el sevillano y que le hace que muchas veces se nos aparezca como alejado, tímido, silencioso, hablando con el hombre que siempre va consigo, en un sentido poderoso de su propio tesoro o de su propia pobreza. Por el camino del pudor o la ensoñación, tantas veces la puerta evasiva de este pudor. Porque la cura del ridículo es la ensoñación. Y es to justifica la plétora de po etas de Sevilla y de su entorno, que de manera constante ayer, hoy, mañana con toda certeza, va ll ena nd o de buena poesía, de poesía liberadora las colecciones domésticas y nacionales. El sevillano se deja llevar por la pereza -no sería un buen me stizo si no fuera perezoso--. Y me st izo, que además tiene que so portar casi todo el año o, al menos, una parte importante del año, una climatología de temperaturas altas, y esto le facilita la inclinación a la indolencia, que alcanza hermosas estrofas en Manuel Machado. Pero al mismo tiempo es ágil. Como también el mestizaje le provee de fantasía, genera una mezcla de pereza más improvisación que es ciertamente admirable, pero que muchas veces es irritante. Falta de constancia en el trabajo, de perseverancia en la obra, de remate y adorno en la labor emprendida que el sevillano con tanta frecuencia deja a medio hacer ó solamente empeza da , se apunta en el pasivo de esta pereza; y para taparla ha y el expediente de la improvisación, la extraordinaria gracia y agilidad con que ante una emergencia es capaz de improvisar una excusa graciosa o válida, o fácticamente posible hace que sea, al fin y al cabo, un producto, hablando el idioma materialista, de poca rentabilidad. Si este mestizo si ngular que es el sevillano, tuviera el
68 SEBASTIAN GARCIA DIAZ sentido práctico del catalán o la disciplina de trabajo diHio del gallego, o el tesón sumiso y perseverante del castellano viejo, entonces seríamos una región con pocas lacras que exhibir, pocas reivindicaciones que hacer, y estaríamos muy a la cabeza en cualquiera de las estimas económicas, artísticas o sociológicas. Esta doble tentación de la pereza y de la improvisación, que lleva acarreada la falta de perseverencia, es una connotación d el sevillano sobre la que yo no quiero hacer juicio moral. Singulariza a nuestro hombre el habla. Por muchas desfiguraciones a que esté sometida la expresión actual, por muchos mo - dismos anglófilos y francófilos y de argot con que se nos trata de someter desde los medios de comunicación intensivos, como la TV o los baratos como los «comics», este habla del sevillano (el especial seseo de su pronunciación) es importante cómo subraya lo principal y cómo suprime lo accesorio, costumbre y musicalidad ribereña, criolla que redondea los ángulos agudos del lenguaje, para establecer una vía de comunicación deslizante, que al fin y al cabo es un puente, y este puente puede remediar al sevillano y tantas veces lo redime de la soledad. Y a pesar de que este hombre nuestro transita por la soledad con gustoso acostumbramiento. No olvidemos que la figura repre- . sentativa del sevillano va a consistir de una manera u otra en un hombre solitario: La soledad del nazareno prolongada en el agudo capirote que ennorta hacia el cielo, la soledad del caballista campero y avisor en el llano, que todo lo que sus ojos ven puede recorrerlo sus pies y tocarlo s us manos, la soledad dramática, artística v estremecedora del torero en el trance de la verdad, la soledad -del hombre de campo, en la trilla, en el pastoreo, la soledad del escritor andaluz, fundamentalmente el poeta, desde aquella de José María Izquierdo, divagando por la ciudad de la gracia hasta la de Manuel de Falla, solo en su carmen granadino, creando la noche en los jardines de España. Pero el sentimiento de la soledad se puede desglosar en un auténtico rosario de soledades; desde la soledad creadora, aquella que precede el trance de crear desde un cuadro hasta un soneto; la soledad vacía, el anonadamiento, la negación, el encontrar los callejones del alma sin cal y sin guijarros. Desde la soledad por abandono que tantas veces lleva a evasiones autodestructivas, hasta la soledad por falta de aporte de los sentidos, agresiva e hirsuta del sordo, v mansa, tesümacfo v nliiñír1Pra del ciego. El pasmo de
ALGUNOS PERHLES DEL SEVILLANO 69 la soledad del que sufre; los demás nos acompañan en nuestro dolor, en nuestra pena , pero el sufrimiento es intransferible, no se puede vaciar como un gran depósito de agua y va dando vueltas concéntricas y espirales, alrededor del cristal del espíritu que sale mucho más brillante después de la prueba o que termina, a pe sa r de su dureza, reducido a polvo. Desde la soledad voluntar ia de Monjes y anacoretas que quie- ·ren afilar el sentido para escuchar la voz de Dios, hasta esa otra soledad multitudinaria que padecemos en nuestros días, en la que el hombre singular con un perfil propio camina enrnedio de un rebaño de consumidores formando una masa interminable en la que es muy difícil el proceso de identidad personal , dint el de la soledad sonor a. Por eso quizás el sentimiento del mi e do a la so ledad qu e se va instalando cada vez más en l os hombres de estructura mental simple, fa lto de diálogo con esa otra persona interior o con ese otro amigo necesario y afín. ¡ Qué lejo s.nos queda la sol edad de El Gr eco cuando Marco Clovio lo encontraba en una Venecia estallando en luces y primavera en el rincón más oscuro de su estudio, la larga mano sobre los ojos y la respuesta pronta: «Es que mi luz está dentro de mí»! Me ayuda a trasce nder en vuelo esta vida de prosa, una poetisa adolescente: Vuelvo atrás y miro al frente Escucho, )' tu . silencio lo domina todo Está sobre el vaivén de cada día Está sobre el monótono tumulto de palabras, Está sob re ese es truendo de cuerpos y de goces que no ces an. Y voy como quien va sobre las alas: Sin peso y sin distancia. Con ti go a solas, soledad. ¿ Que el sevillano y el hombre de nu estros días en general está siendo expropiado de esta fecundís ima so le d~d? Cierto, pero esto es ya otro cantar, o mejor: estrofa patética de un cá ntico nuevo.