Manuel Barrios Casares, Tentativas sobre Nietzsche, Abada editores, Madrid, 2019 [Reseña]
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Si hablamos de interpretar a Nietzsche, resulta ineludible hacer referencia a la obra de Manuel Barrios. Todos quienes nos hemos sentido atraídos por este autor tan enigmático como fundamental en la filosofía contemporánea, hemos recurrido a algunos de los escritos del catedrático para enriquecer una lectura previa, y a veces posterior suscitada por la riqueza de sus textos, del filósofo alemán. Después de múltiples obras publicadas, entre las que podemos mencionar La voluntad de poder como amor (1990) o Narrar el abismo: ensayos sobre Nietzsche, Hölderlin y la disolución del clasicismo (2001), puede sorprender como, una vez más, sigue aportando no solo al conocimiento filosófico del autor, sino también al enlace de lo expuesto por Nietzsche con la problemática actual y, por tanto, con la filosofía de nuestro tiempo. El título de esta nueva obra, Tentativas sobre Nietzsche, ya insinúa lo que vamos a encontrar en su interior; aproximaciones, tanteos. En la misma presentación encontramos una breve referencia al porqué del título que caza muy bien con el propio estilo nietzscheano que, quizá por la misma razón, tanta malinterpretación y polémica ha traído consigo a lo largo de los años. Este libro viene a disipar sin dogmatismos esos huecos y mitos en torno a la filosofía nietzscheana, ya que, con un estilo envidiable, Manuel Barrios trae a colación las diferentes interpretaciones del filósofo y las coloca dentro del contexto que las generó, mostrando en numerosas ocasiones la falta de hermenéutica que caracteriza a muchas críticas a la hora de aproximarse a la obra. Cabe decir, como el propio autor indica en la presentación, que este volumen es el resultado de una compilación de publicaciones y conferencias realizadas con anterioridad por Barrios, pero ello no le resta interés e incluso novedad, ya que la unión de los diferentes textos tiene como resultado un conjunto necesario que otorga al lector la posibilidad de ampliar y poner en conexión los diferentes periodos y obras de Nietzsche con otros ámbitos, como el arte. Divididos pues en tres partes, siete ensayos conforman el volumen. La primera parte es la que podríamos tomar como biográfica. Si bien hay quienes apuestan, quizá llevados
por una mentalidad romántica, que en el filosofar hay que, no solo involucrar, sino tomar como centro y guía de la reflexión la propia experiencia vivida, en el caso del filósofo alemán dejar de lado su biografía a la hora de atender a su obra puede llevarnos a error en el ejercicio hermenéutico con la misma. Y es esto precisamente lo que apunta Barrios a lo largo de la primera parte; numerosas malinterpretaciones y descontextualizaciones en torno al momento vivencial de Nietzsche, han influido en que, en la lectura parcial de su obra, esta haya sido tomada por otros derroteros diferentes de los que en realidad el filósofo tenía en mente. Más difícil resulta dejar estos prejuicios en torno a su obra, que han llegado incluso a la actualidad, cuando buena parte de estos han sido alimentados desde el círculo íntimo, en último término; familiar, del mismo autor. Además, la lectura de los capítulos se vuelve amena en tanto en cuanto lo que vamos encontrando se trata de una desmitificación, esto es, Manuel Barrios no sigue en estos textos una estructura meramente afirmante de su posición, sino que, partiendo de aquellas interpretaciones que tenemos tan solidificadas de Nietzsche, toma una postura aclaratoria, de diálogo con aquellas visiones que considera no necesariamente erróneas, sino parciales o incompletas. Así pues, sin entrar a desentrañar lo que iremos encontrando a lo largo de los capítulos que conforman la primera parte del libro, podemos apuntar que aspectos como su rechazo por la ciencia por considerarla contraria de la vida, la relación con el mundo griego y la filiación con los primeros y segundos románticos, su visión sobre el genio artista como superhombre, el dilema en torno al mundo como fenómeno estético o las distintas versiones vertidas sobre la influencia recibida por Wagner y Schopenhauer encuentran aquí aclaración. Esta no es una tarea fácil, puesto que el mismo Nietzsche en el ejercicio reflexivo se muestra y se oculta, apunte que ya realiza Barrios en el libro, por ello, resulta interesante a la vez de enriquecedor leer el texto al que nos estamos refiriendo; libre de lucubraciones y desconciertos, pero lejos de llegar a la simpleza, Barrios ordena las palabras con destreza generando con ello una lectura amena sobre un filósofo complicado. Complicada es además su relación con la Institución en general, con aquellos que aún se guían por el ideal. Barrios nos muestra lo elocuente y, sin lugar a duda, visionario del pensamiento de Nietzsche. Más allá de ser el pensador de la rebeldía, del puro sentimiento como muchas veces se ha querido mostrar, el alemán no pretendía una ruptura por transgresión, sino mostrar cómo el ideal ya no tenía cabida en nuestra
historia. Esto mismo es lo que le hizo situarse en contra de la filología oficial académica. Por ello mismo, tenemos un Nietzsche alejado de la metafísica y con ello del Romanticismo que siempre se le ha asociado. El pensador reaccionario que todos tenemos en mente lo era precisamente por saber adelantarse a lo que venía, esto es, a la decadencia. Esa reacción, el despertar de la ilusión, es precisamente lo que quería trasladar al arte, con el fin de contraponer estética a nihilismo, pero no convirtiendo la ficción que ya es el arte en la salida al nihilismo, sino proponiendo un arte que se haga cargo de la situación, que sea consecuente del estado tanto de la vida en general como del sujeto en particular. Este es uno de los motivos que señala Barrios como ruptura entre Nietzsche y Wagner, ya que el segundo seguía buscando en sus piezas la unidad, una unidad que ofendió y alejó al primero en tanto en cuanto era inexistente ya en aquellos días. Así como lo anterior, Barrios nos muestra que su despertar de los grandes ideales no solo se queda en el terreno del arte y la estética, sino también fue aplicado a la política en sus consideraciones sobre la democracia, sobre la cual sus declaraciones han suscitado aún más polémica que su ruptura con otros mitos considerados inamovibles de su sociedad, y aun la nuestra, como lo era la moral. De esta forma, al final de la primera parte, Barrios, respaldado por las ideas nietzscheanas, lanza una reflexión que no puede dejar indiferente al lector sobre aquello que consideramos algo sacro en nuestro mundo y que llamamos democracia cuando dice: Sintomático es, en efecto, que ya no nos escandalice el Nietzsche crítico del cristianismo, pero que siga irritándonos profundamente el Nietzsche crítico de la fe democrática. Mientras caen las bombas en cualquier remoto lugar, más allá de nuestro civilizado mundo, y se dice que eso se hace en nombre de la seguridad y libertad de la humanidad, ¿será que alguna otra de las viejas deidades del mundo occidental ha muerto y aún no nos hemos enterado? (Págs. 152-153) La segunda parte explora el pensamiento nietzscheano en su unión con el arte y más concretamente con el arte de las vanguardias. El punto principal por el cual las vanguardias se nutrieron de Nietzsche es el malestar de Europa. Al principio de esta segunda parte podemos encontrar el capítulo menos artístico, por llamarlo de alguna manera, ya que podríamos denominarlo político, pero a la vez el que introduce las primeras ideas que luego se desarrollarán en los que siguen. Y es que Barrios enlaza las consideraciones de Sloterdijk sobre el hombre, tanto desde una perspectiva
antropológica como sujeto político unido inevitablemente a los aspectos tecnológicos de nuestro mundo, con las de Nietzsche, que son aquellas que, en gran medida, ocasionaron que los artistas de la vanguardia fijaran su mirada hacia el filósofo alemán. Se expone en el capítulo que, al malestar de nuestro mundo, Sloterdijk ve una salida que puede ser aun denominada utópica, aunque sus ideas sobre la tecnología no tienen por qué resultar radicales, ya que de su filosofía se sigue el ideal, ya obsoleto para Nietzsche, de un sujeto plenamente racional, de una unión y armonía últimas, gracias en este caso al mundo técnico. La aportación de Nietzsche, que es aquello que inspira a los vanguardistas, es el despojarse totalmente de la idea de un tipo concreto de sujeto racional, es decir, la imposibilidad de alcanzar algún tipo de descripción final como la establecida por los modernos. Tomando eso como punto de partida, Barrios elabora un escrito donde pone en relieve cómo la teoría nietzscheana se representó en estos movimientos artísticos que son las vanguardias; un arte ligado al cuerpo como lo vivencial, pero no desde una perspectiva armonizadora del mismo, sino haciendo hincapié en el empobrecimiento al que se ve sometido, a la animalidad intrínseca en él. Como ya sabemos, este nuevo arte se contrapone al arte hasta entonces predominante que era el arte de la burguesía, de la alta cultura, que a menudo se quedaba en las meras representaciones. Pero tampoco en este punto, como señala Barrios, la teoría nietzscheana se ve libre de malinterpretaciones, ya que el expresionismo adoptó una parte de la esta filosofía que fácilmente podía llevar a error y a enlazarla con el nazismo incipiente. Lo que muestra Barrios a lo largo de estas páginas es que aquellos que eran llamados insensatos por no seguir un común establecido o por ver más allá del ideal impuesto, encontraron en la figura de Nietzsche, y más concretamente en su filosofía, un punto de apoyo esencial. Esto sirvió para ejecutar un nuevo arte emergente que, al igual que los escritos nietzscheanos, no se libró de polémica. Entonces, en la creación del artista vanguardista, se volvió fundamental el perspectivismo que proclamaba esta filosofía. Pero esto no debe confundirse con la idea romántica del artista como genio, ya que, si bien la creación de estas obras puede ser vista como producto de una genialidad, el artista no era visto como ningún profeta de su tiempo, sino más bien como un loco. Esta conexión entre vanguardia y Nietzsche puede verse más especialmente en el movimiento Dadá, al cual Barrios dedica el último capítulo de esta segunda parte. El
vínculo podría resumirse como una falta de seriedad, sin embargo, en la lectura vamos percatándonos de que esta falta es a su vez un compromiso con el mundo, con la vida tal y como es en su discurrir ridículo liberada de concepto. En estas líneas podemos adivinar hasta una cierta ternura, tanto en las palabras de Nietzsche como en la pretensión dadá, por la inocencia de sus intereses. En palabras de Barrios; Dadá invita a leer la obra de Nietzsche no en el registro de la superación heroica del nihilismo, sino como un humilde aprendizaje de la finitud, de tolerancia ante el sinsentido de las cosas humanas ante la imposibilidad de dar forma, valor último, definitivo y concluyente a la vida (pág. 280). Finalmente, la tercera y última parte ya viene indicada en la presentación como la esclarecedora del por qué de algunas malas interpretaciones de Nietzsche, de las cuales varias se han ido recogiendo a lo largo del libro, a raíz de la lectura heideggeriana del mismo. El modo en que Barrios redacta este capítulo conquista al lector como si de una novela se tratara; la relación Nietzsche-Heidegger y la aparición de Jünger en la ecuación no es en absoluto algo trivial, sino que suscita el interés de todo el que se sienta atraído no solo por la filosofía de estos autores, sino también por las condiciones personales de estos. Ya en el principio realiza un pequeño recorrido muy aclaratorio por el contexto que motivó la relación de Heidegger con Nietzsche, relación perturbadora que acabaría, como recoge Barrios, con la sentencia de Heidegger: Nietzsche me ha destruido. Los años que Heidegger dedicaría al estudio de Nietzsche, serían, como todos sabemos, polémicos y como consecuencia de ello sus escritos también lo fueron. No deja de atraer también la irrupción en escena tanto de Jünger, en su polémica con Heidegger y el papel que adquiriría en la interpretación que este realizaría de Nietzsche, como del nacionalsocialismo, que tanto ha oscurecido la imagen del filósofo. Sin duda el capítulo muestra los errores, y quizá podríamos decir la obsesión, de Heidegger por defender su pensamiento que llevó a reflejarlo, a causa de una falta de hermenéutica, en los escritos del alemán. Una época y un filósofo complicados se entremezclaron perturbando hasta el final la vida de Heidegger. Así pues, con lo convulso de la relación mencionada y las significativas conclusiones que Barrios saca de su estudio, termina este libro que como ya apuntábamos al principio no solo ayuda a comprender un poco más el pensamiento de Nietzsche, sino también a afirmar, o más bien reafirmar, que la falta de comprensión puede, en cierto sentido, estar justificada si tenemos en cuenta que es un autor tanto atrayente como complejo. De esta
forma, el libro al que nos estamos refiriendo aporta un poco más de esa perspectiva que tanto apreció Nietzsche y que podemos observar tanto en su vida como su obra.