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Concepto y representación de la violencia de género. Reflexiones sobre el impacto en la población joven

Zurbano-Berenguer, Belén; Liberia Vayá, Irene; Campos Mansilla, Beatriz

Abstract

Los últimos estudios e informes revelan que la juventud tiene un concepto distorsionado de la violencia de género y sus niveles de tolerancia hacia las agresiones violentas por razón de género no disminuyen. En un contexto de preocupación institucional por la prevención y erradicación de esta violencia, el presente trabajo reflexiona sobre el concepto de violencia de género con la finalidad de emprender una comparación entre el imaginario colectivo adolescente o joven y las conceptualizaciones y transmisiones sociales, en este caso por parte de los media, que se hacen de este problema. A partir de un estudio conceptual basado en las descripciones teóricas feministas de las violencias que sufren las mujeres, una revisión de los marcos legislativos definitorios del problema (tanto a nivel nacional como internacional) y de datos sobre su representación en los medios de comunicación, se concluye que este problema es transmitido de modo simplista y reduccionista, muy alejado de los marcos de interpretación feministas, lo que dificulta su identificación y rechazo por parte de las personas jóvenes y adolescentes.

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CONCEPTO Y REPRESENTACIÓN DE LA VIOLENCIA DE GÉNERO. REFLEXIONES SOBRE EL IMPACTO EN LA POBLACIÓN JOVEN Belén Zurbano Berenguer Universidad de Sevilla bzurba[email protected] Irene Liberia Vayá Universidad de Sevilla [email protected] Beatriz Campos Mansilla [email protected] RESUMEN Los últimos estudios e informes revelan que la juventud tiene un concepto distorsionado de la violencia de género y sus niveles de tolerancia hacia las agresiones violentas por razón de género no disminuyen. En un contexto de preocupación institucional por la prevención y erradicación de esta violencia, el presente trabajo reflexiona sobre el concepto de violencia de género con la finalidad de emprender una comparación entre el imaginario colectivo adolescente o joven y las conceptualizaciones y transmisiones sociales, en este caso por parte de los media, que se hacen de este problema. A partir de un estudio conceptual basado en las descripciones teóricas feministas de las violencias que sufren las mujeres, una revisión de los marcos legislativos definitorios del problema (tanto a nivel nacional como internacional) y de datos sobre su representación en los medios de comunicación, se concluye que este problema es transmitido de modo simplista y reduccionista, muy alejado de los marcos de interpretación feministas, lo que dificulta su identificación y rechazo por parte de las personas jóvenes y adolescentes. PALABRAS CLAVE Violencia de género, feminismo, comunicación, medios de comunicación, juventud, adolescencia ABSTRACT Recent studies and reports reveal that young people have a distorted concept of gender-based violence and their tolerance towards it does not decrease. There is a context of institutional concern about prevention and eradication of gender-based violence in Spain. In this context, this paper reflects on gender-based violence in order to compare the collective adolescent-young imaginary and social messages sent by the media on this problem. We will analyze this concept based on theoretical feminist definitions, the legal national an international framework and data about the presentation of this problem on the media. We will conclude that gender-based violence is transmitted in a very simplistic and reductionist way, a way too far from feminist frameworks, so adolescents and young people find identifying and rejecting it difficult. KEY WORDS Gender-based violence, feminism, communication, mass media, youth, adolescence 1. Introducción Miles de mujeres mueren cada año en el mundo a causa de la violencia machista1y en España, a pesar de que las cifras parecen haber descendido en los últimos dostres años, según informes estadísticos del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, “La persistencia de los crímenes, y la variabilidad de las tasas […] pone en evidencia que la violencia de género, y la violencia de género en su más brutal expresión, que afecta a todo el territorio, golpea de forma asistemática. Cada asesinato modifica de forma sustancial las cifras y su distribución” (Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad 2012, p.4). O lo que es lo mismo, el número de mujeres asesinadas por sus parejas o ex parejas ha oscilado en los últimos años y la reciente disminución es una tendencia poco sostenida en el tiempo que no permite realizar interpretaciones absolutamente certeras. A pesar de los importantes esfuerzos políticos e institucionales para terminar con la violencia de género y para proteger a las mujeres víctimas y a las y los menores a su cargo, la realidad que muestran las cifras revela que todavía estamos lejos de conseguir su erradicación. El balance empeora si atendemos a otra cuestión fundamental: la muerte de mujeres a manos de hombres no es, ni mucho menos, la única manifestación de la violencia de género, sino solo la punta de un iceberg mucho mayor. En otros términos, las muertes son la consecuencia última y final de un problema que sigue plenamente de actualidad, pero en ningún caso es la única. 1Aunque en esta comunicación los conceptos “violencia machista”, “violencia contra las mujeres” y “violencia de género” se tratan como sinónimos, hay que señalar que todas estas fórmulas terminológicas no se consideran igualmente idóneas en términos de comprensión de esta lacra social. Sin embargo, todas ellas son útiles (en diferentes grados) para designar el fenómeno frente a otras, como “violencia doméstica”, que no responden a la realidad que pretenden nombrar cuando se utilizan como sinónimas de “violencia contra la mujer” o de “violencia de género”. Por este motivo, en enero de 2013, en España, el Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad, con el objetivo de ampliar los indicadores que permiten conocer las consecuencias de la violencia contra las mujeres, decidió incluir nuevos datos en sus recuentos, tales como el número de muertes de menores a cargo y de huérfanos y huérfanas a causa de este tipo de violencia. Sin embargo, en los estudios y estadísticas oficiales la violencia de género sigue estando asimilada a las cifras sobre mortalidad o denuncias tanto en las informaciones proporcionadas por los poderes públicos como en los medios de comunicación. Lo que oculta, en primer lugar, que la infancia y la juventud son grupos sociodemográficos víctimas también de los procesos de violencia de género que puedan sufrirse en sus entornos familiares2y/o afectivos y, en segundo lugar, que frente a la falsa y extendida creencia de que la violencia de género es algo que les ocurre a mujeres adultas y casadas, mucha gente joven es víctima y victimaria en sus relaciones. En este sentido, según un estudio publicado en 2009 (Carvajal Gómez y Vázquez Bardín 2009), de las casi 4.500 mujeres que llamaron al teléfono de atención para las víctimas de violencia de género (016) y cuyas edades conocemos, un 29,3% eran jóvenes de entre 15 y 30 años3. Además, una de cada cuatro víctimas padecía violencia por parte de varones de hasta 30 años y las y los familiares y personas allegadas a víctimas de violencia contra las mujeres que llamaron a este mismo teléfono tenían en un 47% 30 años o menos. Las cifras según la utilización de este teléfono de ayuda, si atendemos a datos más recientes proporcionados por la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género, se mantienen en el tiempo: entre septiembre de 2007 y diciembre de 2011, un 28,99% de las llamadas recibidas (y cuyas edades fueron reveladas) las realizaron mujeres de 30 años o menos. Por otro lado, al finalizar 2008, la proporción de mujeres víctimas de 15 a 30 años con protección judicial activa era del 39,2%, y por lo que respecta a las víctimas mortales por violencia de género, entre 2003 y 2008 hubo 4144, de las cuales un 2“Los hijos e hijas de la violencia no son, como a veces se afirma con excesiva superficialidad, meramente “testigos” de la barbarie que desarrolla en la casa el perpetrador de tales agresiones […] propiamente son víctimas directas de las mismas. Pues la dinámica del perpetrador es la de combinar una diversidad de formas coactivas como medio de mantener bajo control la sumisión familiar, y en este caso especialmente la de los hijos, que le servirán de instrumento eficaz para doblegar en tanto que madre cualquier eventual resistencia de la mujer.” (Pérez del Campo 2009, p.85). 3Son cifras basadas en la explotación de datos de las llamadas al 016 entre el 3 de septiembre de 2007 y el 31 de diciembre de 2008, según la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género. 4Según el estudio consultado, el cálculo se realizó utilizando los siguientes datos: “Los datos de mujeres víctimas de violencia de género de 2003 a 2005 proceden del Instituto de la Mujer, que se basaba en la información facilitada por los medios de comunicación. Los datos de 2006, 2007 y 2008 proceden de la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género, que contabiliza cada caso en base a los informes emitidos por las Delegaciones y Subdelegaciones del Gobierno y, desde su creación y puesta en marcha, por las Unidades de Coordinación y Unidades de Violencia contra la Mujer, las cuales dependen funcionalmente del Ministerio de Igualdad. Estas Unidades recaban los datos de cada suceso de Fuerzas nada desdeñable 23,6% tenía entre 21 y 30 años (Carvajal Gómez y Vázquez Bardín 2009). De igual forma, destacamos que el porcentaje de mujeres de hasta 30 años que murieron a manos de sus parejas o ex parejas se ha mantenido en niveles altos durante los últimos años, según datos facilitados nuevamente por la Delegación del Gobierno para la Violencia de Género: más de un 28% en 2009, más de un 23% en 2010 y casi un 28% en 2011. Respecto a 2012 y en base a cifras proporcionadas por el Instituto de la Mujer (2013), de las 49 mujeres que murieron a causa de la violencia de género ese año, el mayor número, 12 (un 24,49%), tenían entre 21 y 30 años. Además, hubo una víctima mortal de entre 18 y 20 años y otra menor de 16. Es decir, los últimos datos sobre violencia de género entre la población joven dan cuenta de una situación muy preocupante, y más teniendo en cuenta que, como hemos apuntado, en España las estadísticas oficiales sobre este tipo de violencia son bastante restrictivas. Frente a esta realidad, en los últimos años está cobrando fuerza la reivindicación de una nueva forma de contabilizar las consecuencias de la violencia de género, o dicho de otro modo, desde distintos sectores se exige una perspectiva diferente en lo que se refiere a qué consideramos una víctima y a cuáles son los contextos reconocidos como escenarios de una agresión de género. En definitiva, cada vez se hace más evidente la necesidad de ampliar y complejizar el concepto de violencia contra las mujeres con el fin de aumentar y mejorar la visibilidad de este fenómeno en todas sus consecuencias y de hacer más eficaces las medidas sancionadoras y de protección implementadas en los últimos años5. Es precisamente en este punto, es decir, en la consideración de la ciudadanía (y especialmente de la juventud, tanto por erigirse en víctimas de agresiones violentas en su entorno como por protagonizar dichas violencias) sobre lo que es y no es violencia de género, donde datos recientes referidos a la población joven y adolescente confirman que existe un concepto distorsionado y poco completo de este fenómeno. En uno de los últimos estudios realizados al respecto (Ministerio de Igualdad y Universidad Complutense 2010), un porcentaje importante de chicos y chicas jóvenes hacían explícito, por un lado, la falta de identificación de conductas violentas como tales, y, por otro, la pervivencia de ciertos estereotipos sobre masculinidad-feminidad y determinadas actitudes de control, dominio o expresión y Cuerpos de Seguridad del Estado o Policía Autonómica y complementariamente de órganos jurisdiccionales y Fiscalía” (Carvajal Gómez y Vázquez Bardín 2009, p.223). 5En otros contextos, como en Argentina, estas reivindicaciones están empezando a materializarse: por ejemplo, el año pasado se publicaron varios informes que recopilaban datos sobre mujeres ingresadas en los hospitales con evidencia de violencia sexista y en cuyas actas de defunción figuraba otra causa de muerte, mujeres que murieron en abortos clandestinos o mujeres que aparecieron en los medios engrosando estadísticas de muertes por suicidio, pero que habían padecido previamente situaciones de violencia de género (ACCE, Asociación Civil la Casa del Encuentro 2012). de los sentimientos. En concreto, el 28% de las chicas y el 30,7% de los chicos encuestados no consideraban que menospreciar a la pareja fuese maltrato. Por otro lado, el 26,2% de las chicas aseguraban que el control total por parte de la pareja no era una conducta constitutiva de malos tratos y el 35% de los chicos tampoco. Incluso otros comportamientos en apariencia más fácilmente reconocibles como violentos, por ejemplo, “hacer sentir miedo”, no eran interpretados de esta forma por el 13,8% de las chicas ni por el 22,8% de los chicos. Así, a las cifras de muertes se suman éstas y otras preocupantes interpretaciones sobre la violencia de género por parte de las personas más jóvenes, lo que nos lleva a dudar sobre la adecuada transmisión discursiva y conceptual de este problema social. A este respecto, debemos señalar que en cuanto al conocimiento que la ciudadanía tiene sobre la violencia machista, en casi un 90% de las ocasiones los media se constituyen en la fuente primaria de información (Ministerio de Igualdad 2011), multiplicando de esta forma su importancia y responsabilidad social cuando informan sobre la violencia contra las mujeres. En consecuencia, parece existir una estrecha vinculación entre las conceptualizaciones distorsionadas que hemos señalado que existen entre la población joven acerca de la violencia de género y las representaciones mediáticas que se hacen de este fenómeno. De ahí que los medios no puedan eludir su enorme responsabilidad en la correcta designación y conceptualización de la violencia contra las mujeres. Teniendo en cuenta los datos existentes sobre el concepto que posee la juventud en España acerca de la violencia de género y los estereotipos aún vigentes relacionados con el romanticismo y la dominación patriarcal, apuntamos tres motivos que nos llevan a plantear un estudio que relacione tanto el concepto teórico como la transmisión mediática del fenómeno: 1- La gravedad y vigencia del problema de la violencia contra las mujeres (y de su existencia, a pesar de la invisibilidad, en las parejas jóvenes y adolescentes). 2- La focalización (estadística y discursiva) en la intimidad-afectividad entre victimario y víctima como elemento descriptor del fenómeno de la violencia de género. 3- La falta de flexibilidad conceptual de las configuraciones discursivas vigentes que no permiten incluir manifestaciones y prácticas de violencia propias de sectores poblacionales como el joven (lo que provoca una falta de identificación de la juventud con lo que se entiende “socialmente” por violencia de género). Por todo ello, este artículo se basa en un triple análisis: por un lado, una mirada teórica sobre los orígenes y características del fenómeno de la violencia contra las mujeres; por otro lado, una revisión legal sobre las definiciones vigentes de violencia de género y, por último, el análisis mediático sobre la transmisión de este problema a la ciudadanía. Conociendo las luces, sombras y conexiones de estas tres articulaciones discursivas (qué se dice teóricamente, cuál es el marco legal definitorio y finalmente, qué señalan los medios como “violencia contra las mujeres”), podremos entender los orígenes y características de la conceptualización que hace la juventud de la violencia de género. Más concretamente, analizaremos los vínculos existentes entre los relatos mediáticos y la adolescencia (entendida como el grupo sociodemográfico entre los 12 y los 18 años), al ser éste un sector poblacional altamente influenciable por dichos relatos, pero también un grupo social clave a la hora de articular una definición alternativa de la violencia contra las mujeres. En este sentido, además, consideramos necesaria y urgente la implementación de políticas públicas que coadyuven a complejizar el concepto de violencia de género que se maneja mayoritariamente ya que, de continuar transmitiéndose como hasta hoy, dicha conceptualización seguirá sin incluir procesos y manifestaciones de violencia que afectan a sectores poblacionales como la juventud. 2. El concepto teórico de la violencia de género Actualmente existe en nuestra sociedad un rechazo explícito de la violencia de género, una violencia que, como hemos visto, se combate desde las instituciones públicas con leyes y medidas que tratan tanto de prevenir dicha violencia, como de proteger a las víctimas y de perseguir y castigar a los agresores. Pero para llegar a la situación actual ha sido necesario todo un proceso de deslegitimación de la violencia contra las mujeres que se ha realizado históricamente desde el feminismo (de Miguel s.f.; Htun, M. y Weldon, S. L. 2012). En este sentido, frente a la visión patriarcal de la violencia de género que oscila entre considerarla como algo normal (que se explica por la naturaleza diferente de los sexos y sus relaciones personales) o como un problema patológico en los casos más graves, el feminismo ha luchado durante siglos por “descubrir y desarticular las múltiples y a veces contrapuestas formas de legitimación” de dicha violencia (de Miguel s.f.). Gracias en gran medida a esta larga e insistente lucha, nuestra sociedad ha llegado a un nivel alto de sensibilización contra la violencia de género. Sin embargo, como advierte Posada Kubissa (2008), el rechazo de esta violencia no siempre es sinónimo de conciencia crítica. ¿Cómo entender, si no, que exista una actitud generalizada de condena hacia los malos tratos a mujeres sin que éstos desaparezcan o disminuyan sustancialmente? En otras palabras y según esta misma autora, “el rechazo colectivo y la alarma social parecen crecer por fortuna en nuestros días frente a lo que es el delito en sí; pero probablemente no cabría decir lo mismo de la conciencia crítica frente a lo que son sus causas estructurales –que, éstas sí, siguen siendo poco menos que invisibles” (Posada Kubissa 2008, p.65). Y en este estado de cosas, como veremos en el epígrafe 4, los medios de comunicación tienen una fuerte responsabilidad. Así, aunque la mayoría de estudios sobre violencia de género dejan claro que algunas conductas relacionadas tradicionalmente con dicha violencia (el consumo de alcohol y drogas, el masoquismo de la víctima, el nivel de educación o el estatus social, la enajenación mental del agresor, etc.) no pueden en ningún caso ser consideradas como causas o explicaciones de la misma, sólo desde la perspectiva crítico-feminista se sitúan y explican siempre los datos de esta lacra social desde una teoría de la desigualdad sexual. Dicho de otra forma, “el discurso de género de este nuevo siglo […] no se funda aún en el principio de igualdad. Y esta desigualdad es una de las causas centrales de la violencia” (Villaplana 2009, p.478). En consecuencia, “hablar de esta violencia se entiende que es hablar de igualdad y también es reivindicar políticas públicas que la fomenten” (Posada Kubissa 2008, p.65)6. Por ello y pese a la relevancia social que el fenómeno de la violencia machista ha alcanzado en España –y que ha llevado a algunas autoras y autores a hablar de la existencia de un movimiento social contra los malos tratos (Bermúdez y Rosal 1999)– en comparación con otros países de nuestro entorno, únicamente podemos hablar de un concepto de violencia de género desde la óptica del discurso feminista crítico cuando dicha violencia es entendida como violencia estructural, o lo que es lo mismo, cuando se deja clara la naturaleza sistemática de la violencia contra las mujeres. “Es decir, que [dicha violencia] puede ser leída como acto sexual, violento sin más, pero que no es violencia sin más” (Posada Kubissa 2008, p.66). En definitiva, el concepto teórico de violencia de género propuesto desde el marco de interpretación crítico-feminista se caracteriza por su dimensión estructural, por 6En un texto que reflexiona sobre la ley 1/04 de medidas integrales contra la violencia de género, la misma Posada Kubissa (2011) sentencia: “si la violencia contra las mujeres se postula como violencia sexual; si se postula, también, que su tratamiento requiere de un análisis radical en el sentido de un discurso crítico que vaya a las raíces mismas de la desigualdad socio-sexual, y si, por fin, se postula, además, que históricamente ningún discurso ha estado más comprometido con llevar adelante un análisis radical de la violencia sexual que el propio movimiento de mujeres, establecido como discurso feminista, entonces habrá que aceptar este triple postulado para reflexionar sobre el ámbito concreto que se mueve en torno a la legislación sobre este fenómeno violento” (en línea). tener su origen en el sistema institucionalizado de dominio masculino conocido como “patriarcado”, por el hecho de servir para el mantenimiento del orden tradicional y, en consecuencia, de la desigualdad, por haberse ejercido durante todos los períodos históricos y también actualmente en todos los ámbitos geográficos sobre las mujeres por el mero hecho de serlo y, por supuesto, por ser una violencia que tiene formas muy distintas (física, psicológica, sexual, económica, simbólica, etc.) y que se da en los ámbitos más diversos (social, estatal, doméstico, laboral, afectivo o de pareja, etc.). Llegados a este punto, este marco crítico de interpretación iniciado y desarrollado por el movimiento feminista clásico que, junto a las políticas reivindicativas para la erradicación de la violencia contra las mujeres, ha sido fundamental para la deslegitimación de dicha violencia, se complejiza si atendemos a las reflexiones y reivindicaciones de los llamados “feminismos periféricos” y su propuesta de resignificación de la violencia de género (una propuesta de la que, lamentablemente, el grueso del discurso mediático –tan influyente en la ciudadanía– no se hace eco). Estos feminismos disidentes contemporáneos7(entre los que se encuentran los “feminismos postcoloniales”, queer, los “transfeminismos”, el llamado feminismo postporno, punk y transcultural) son conocidos precisamente por sus reivindicaciones metodológicas contextualizadoras, antiesencialistas y complejizadoras. En este sentido, defienden una visión crítica de la categoría “mujer”, de la noción de “género” y del propio fenómeno de la violencia de género, y todo ello con el objetivo de alejarse de un concepto institucionalizado de este tipo de violencia que, según estos movimientos teórico-políticos, reproduce exclusiones y perpetúa discriminaciones (Pons Rabasa y Solà García 2011). Así, el feminismo postcolonial, por ejemplo, ataca lo que considera un pensamiento político etnocentrista que homogeneiza las necesidades de las mujeres y reivindica en primer lugar que no existe “la mujer” como una realidad biológica predefinida. Por el contrario, en tanto que construcción social y elemento analítico, las mujeres son construcciones complejas definidas, a la vez que por el género, por sus diferencias raciales, de clase, religiosas, de edad, culturales, étnicas, etc. De esta manera, 7Extendidos sobre todo a partir de la década de los ochenta del siglo pasado, ponen de relieve las diferencias entre las propias mujeres (frente al concepto uniiversal de “mujer” del feminismo tradicional) y pretenden desmantelar los dispositivos políticos que producen discriminaciones por razón de clase, raza, género y/o sexualidad. Lo que buscan estos movimientos, cada uno desde su perspectiva, es ante todo transformar el modelo sexo-género hegemónico. Como se menciona a lo largo de las páginas de este artículo, pueden consultarse (entre muchas otras) las siguientes obras sobre feminismo queer, postcolonial, transcultural, etc.: bell hooks, Avtar Brah et al. (2004); Mohanty, C. T. (2008); Pons Rabasa, A., y Solà García, M. (2011), etc. “Frente a un feminismo global homogeneizador y excluyente que bajo la opresión de género iguala a todas las mujeres, […] nos hablan de múltiples opresiones, de diferentes diferencias, y del extrañamiento de muchas mujeres con un movimiento feminista con el que se identifican pero cuya agenda y legado histórico resultan en gran medida ajenos puesto que toman como sujeto de referencia a la mujer blanca, occidental, heterosexual, de clase media, urbanita, educada y ciudadana” (bell hooks, Avtar Brah et al. 2004, p.10). En definitiva, las feministas postcoloniales acusan a muchos textos del movimiento feminista clásico de una colonización discursiva en el sentido de una “apropiación y codificación de ‘los estudios’ y ‘el conocimiento’ acerca de las mujeres del Tercer Mundo mediante categorías de análisis […] que toman como referente intereses feministas formulados en Estados Unidos y Europa Occidental” (Mohanty 2008, p.112). O dicho de otro modo, “los feminismos occidentales se apropian de las complejidades y de los conflictos fundamentales que caracterizan las vidas de las mujeres de diferentes clases, religiones, culturas, razas y castas [...] y los ‘colonizan’” (Mohanty 2008, p.113). Asimismo, además de evitar la utilización de “las mujeres” como categoría de análisis homogénea y “fundada en la noción generalizada de subordinación” (Mohanty 2008, p.135), estos movimientos transfronterizos que repiensan el/los feminismo/s desde nuevas perspectivas, rechazan el concepto tradicional de “género” (acuñado desde el feminismo clásico y acusado de partir de una visión esencialista), al que definen como un mecanismo de control social, como un dispositivo que tiene un papel fundamental en la constitución de las identidades y en la organización social. Además, los feminismos “trans” y “queer” insisten en la idea de que el género está en el origen de la creación y reproducción de múltiples tipos de violencia sobre todas las formas de ser, sentir y pensar que quedan fuera de la “normalidad” genérica y sexual8. Las tesis postfeministas –que son muy diversas– advierten sobre el peligro de manejar un concepto monolítico de la diferencia sexual9, ya que éste acaba 8“Mediante estrategias tales como la patologización de lo diferente, la regulación del acceso al propio cuerpo o la producción de la heterosexualidad obligatoria como institución, perpetúa su propia efectividad en tanto que dispositivo de ordenación social. Así, refuerza el binomio hombre-mujer y la familia nuclear asociada al mismo, castigando y dejando en los márgenes aquellas formas de pensar, sentir y actuar que no se corresponden con esta normalidad genérica y sexual. Por tanto, no podemos dejar fuera de nuestra visión de violencias de género, la marginación, patologización y todas las penalizaciones que son aplicadas diariamente sobre los cuerpos que no ocupan la posición de ‘hombre heterosexual blanco burgués’” (Pons y Solà 2011, en línea). 9“Durante las décadas de los años sesenta y setenta, el sujeto político del feminismo, entendido éste como aquel sobre el que se articula la praxis feminista, es un sujeto de carácter universal, de corte ilustrado (la Mujer, en singular). Las teorizaciones y articulaciones políticas que aparecen bajo esta En un sector poblacional tan complejo y variado como es el segmento joven y adolescente, que posee lógicas de dominación y expresiones violentas propias de su grupo social, ad hoc, es muy importante conocer si estas violencias son reconocidas en los marcos legales para plantearnos, en segundo término, si son reconocidas socialmente. Además, el concepto de violencia de género (definición de la violencia, su naturaleza, formas de manifestación y ámbitos en los que puede ejercerse) que se maneje tiene consecuencias claras sobre los recuentos estadísticos que ya hemos comentado y, por ende, sobre la visibilidad y el reconocimiento social del fenómeno, lo cual dificulta o entorpece los mecanismos de erradicación. Estas conceptualizaciones jurídicas de la violencia que sufren las mujeres influyen inevitablemente en los discursos mediáticos sobre el problema. Los medios tienden a transmitir como violencia lo que las instituciones reconocen como tales agresiones y la dependencia de estas fuentes en su quehacer diario las hace claramente deudoras de sus propias conceptualizaciones. Por ello, la realidad jurídica de la violencia de género (en la falta de homogeneidad que ha quedado de manifiesto) se relaciona directamente con el discurso mediático y ambos con el concepto que se va conformando en los imaginarios sociales y que identifica determinadas prácticas como agresiones violentas mientras que otras no son entendidas de esta forma. 4. La construcción mediática de la violencia de género Los medios de comunicación son una garantía de democracia en tanto que hacen posible el derecho a la libertad de información y expresión, un derecho del que el Estado se enriquece por la labor de conformación de la opinión pública. Dicho estatus como pilar básico de una ciudadanía informada e instruida en los asuntos públicos ya supone un reconocimiento nada desdeñable a la labor periodística. Como actores sociales y agentes socializadores y de interacción, los medios deben formar e informar a la ciudadanía sin olvidar que en la actual sociedad de la información es bien conocida la máxima “lo que no se hable en los medios no existe” (González y Zurbano 2010). En concreto, en el problema de la violencia de género, su erradicación y la concienciación necesaria para que ésta sea una realidad, los medios de comunicación juegan un indudable papel en la sociedad a la cual se deben por su función social primigenia: formar e informar (además de entretener). En este ámbito los media multiplican su importancia social. En primer lugar, porque son la principal fuente de información y conocimiento acerca de este fenómeno. La información que tiene el conjunto de la sociedad sobre esta violencia procede en alrededor del 90% de ocasiones de los medios de comunicación. Y, en un segundo lugar y como consecuencia de ser la fuente de información social primaria, adquieren una doble importancia en tanto que se convierten en los principales responsables de la conceptualización y correcta designación de este fenómeno social. Si la información fundamental sobre este problema social proviene de las fuentes mediáticas, lo que éstas digan que es la violencia de género será al menos el sustrato de construcción de dicho concepto en los imaginarios colectivos (Zurbano 2012; Lorente 2009; Lagarde 2007; ente otros y otras). Además de las posibles consecuencias sobre la conceptualización social del fenómeno, se ha demostrado la relación existente entre la información periodística y la sensibilidad social. Existe una relación entre la cantidad de noticias publicadas por los medios de comunicación y el aumento o descenso de la sensibilidad social con respecto a la violencia de género y de las consecuencias de estas oscilaciones entre el número de homicidios y asesinatos. Así, se puede constatar una relación inversa entre sensibilidad y número de homicidios (Lorente 2009, p.51). En otro sentido también podemos hablar del llamado “efecto eco”, “efecto imitación” o “efecto paso a la acción”, según el cual ante la transmisión informativa de un crimen de género existe una prevalencia importante en la comisión de un delito los días posteriores a su publicación o emisión por radio o televisión. Sobre esta teoría que se fundamenta en que la publicidad que los medios dan a los atentados de género puede coadyuvar al maltratador a dar el paso del asesinato, caben algunas matizaciones, como las que presentan Vives-Cases, Torrubiano Domínguez y Álvarez-Dardet, quienes en un estudio ecológico sobre televisión acaban por concluir que los efectos dependen de los marcos o frames (Vives-Cases, Torrubiano Domínguez y Álvarez-Dardet 2009). Así, nos encontramos con que la labor mediático-informativa11 tiene ciertos efectos12 sobre la ciudadanía a través de los mensajes que emite. En concreto, sobre la información de violencia de género se han destacado recientemente nueve 11 Nos estamos refiriendo en los diversos apartados tanto a información mediática en general como a la labor informativo-periodística en particular. Dado el carácter no especializado de esta comunicación no hemos querido deslindar en las conclusiones qué porcentaje de responsabilidad compete a qué actividad (mediática o informativa) aunque nos parece evidente que una y otra no tienen las mismas capacidades de acción, niveles de responsabilidad ni efectos sobre la ciudadanía. 12 Subrayamos este término para matizar que aunque es así denominado por los estudios a los que hacemos referencia no entraremos de manera profunda a valorar su naturaleza como efecto y su relación directa e inequívoca con la comunicación por la complejidad que los estudios de efectos en la teoría de la comunicación suponen y el espacio definido de este trabajo. posibles efectos: el efecto imitación o eco, el efecto narcotizante, el efecto de distanciamiento de la audiencia, el efecto atemorizante en las víctimas, efectos en los agresores, distanciamiento con la realidad social, desconfianza de la ciudadanía en la justicia, sobre las y los profesionales de los juzgados y sobre falsos mitos (Carmona Vergara 2012). En principio, la importancia que otorgamos a los medios de comunicación en cuanto a su rol de informadores y transmisores de conocimiento sobre violencia contra las mujeres radica en13: * La capacidad de agenda: tienen la posibilidad de informar sobre los casos o no hacerlo, tal y como ocurría hasta los años 90 en España, donde la información no aparecía o bien aparecían los casos más sangrantes (como el denominado “crimen de las niñas de Alcàsser”) y desde luego no eran conceptualizados como agresiones de género o episodios pertenecientes a un problema estructural socialmente generalizado. * La capacidad sobre los enfoques: los medios de comunicación pueden decidir el enfoque o los marcos de las noticias. El que ha sido más habitual hasta el momento es el formato suceso y el que se recomienda es el del tratamiento como problema social y atentado contra los Derechos Humanos. De los medios depende la especialización de la información, la cantidad de detalles, la calidad de las fuentes o los espacios de inclusión de las noticias sobre violencia de género. * La capacidad sobre la conceptualización: la conceptualización a que hacemos referencia es el modo de definir implícitamente la violencia contra las mujeres. Supone por parte de los media el reconocimiento de ciertas formas y manifestaciones de la violencia de género como tal violencia o, por el contrario, su aislamiento conceptual. A saber: la violencia sexual contra las mujeres nunca o casi nunca es tratada en los medios de comunicación como parte del problema de la violencia de género, como tampoco lo son las formas de dominación proto-violentas que se dan en las relaciones afectivas entre adolescentes. Del mismo modo, no son reconocidas normalmente como asesinatos de género los que se producen entre menores. * La capacidad de influencia sobre la terminología: en la nominalización del problema existen matices no poco importantes como supone la diferenciación entre violencia doméstica o de género. La forma de nombrar las realidades las construye, 13 Esta propuesta de síntesis sobre las potencialidades discursivas del conjunto de la comunicación mediática en el fenómeno específico de las violencias contra las mujeres se corresponden con conclusiones del análisis teórico desarrollado en la tesis doctoral en curso de una de las autoras: Belén Zurbano Berenguer. por lo que la capacidad para referirse a una violación, agresión de género, violencia doméstica, suceso o violencia contra las mujeres no carece de importancia en el discurso público. Las terminologías llevan aparejadas ideologías y conceptualizaciones ulteriores como, por ejemplo, que la violencia de género es definida en España por la relación entre víctima y victimario aislando otras agresiones de naturaleza patriarcal que quedan sin denominación alguna. * La capacidad sobre los efectos: en este punto hacemos referencia a ciertos efectos más o menos demostrados, como la generación de sensibilidad social o de creación/perpetuación de ciertos mitos sobre los que los medios de comunicación sí que tienen capacidad para actuar. A saber: la inclusión de datos sobre posibles enfermedades mentales puede agravar la sensación social generalizada de que los maltratadores son enfermos mentales o, en un sentido diferente, la referencia a los casos en los que se sabe que hubo consumo de drogas (mientras que cuando no lo hay no se evidencia de forma tan clara) puede generar una relación espontánea entre la comisión de agresiones de género y el consumo de estupefacientes. Una vez vistas las posibilidades de influencia de los discursos mediáticos sobre violencia de género volvemos a la pregunta inicial (qué transmiten los medios cuando abordan esta violencia) para compararla con los discursos teóricos, legales y el concepto vigente entre la población adolescente. Para evaluar el discurso mediático sobre la violencia de género nos basaremos en dos elementos clave de la definición de violencia: el qué (las manifestaciones de violencia) y el dónde (los espacios o ámbitos de perpetración; este segundo elemento lleva aparejado el “quien” o protagonistas de la violencia, otro aspecto fundamental). Así, tenemos que, en un estudio sobre prensa y violencia de género14 realizado entre 2000 y 2008, la mayoría de las informaciones referidas a violencia contra las mujeres se circunscriben a violencia física y sexual. Figura 1. Manifestaciones de violencia recogidas en El País yEl Mundo en los años 2000, 2004, 200815. 14 Nos referimos al estudio aún no publicado de Zurbano B. (2012): La violencia de género en la prensa española de información general: terminología y conceptualización del fenómeno en los diarios nacionales de referencia que se basa en una muestra de 342 textos noticiosos y 95 fotografías de prensa repartidos entre los años 2000, 2004 y 2008. 15 Existe un gran porcentaje de informaciones que no contemplan ningún tipo de violencia de forma explícita (suelen ser noticias de corte institucional que aluden al fenómeno y no a una manifestación concreta, aunque se pueda inducir qué tipo de concepto subyace): un 19,6% (67 noticias); o que aluden en una misma noticia a varias formas de violencia o a circunstancias en las que tanto mujeres como niñas son víctimas a la par (9,6%, 33 casos). Esto dificulta la concreción de los fenómenos de violencia, Fuente: Zurbano (2012). Debemos subrayar que la muestra no se refiere a las noticias que los medios identifican como tal violencia sino a la violencia recogida en los medios. Es necesario precisarlo porque a pesar de la visibilidad que cobra la violencia contra las mujeres (sobre todo cuando se trata de violencia física y sexual), ésta no se encuadra siempre dentro de un marco de agresiones de género. Así, por ejemplo, tenemos que en la mayoría de las ocasiones los diarios no utilizan ninguna terminología específica en las agresiones que refieren cotidianamente, por lo que un abanico amplio de acontecimientos violentos quedan aislados conceptualmente. Las agresiones están, sobre todo las físicas y sexuales, pero no siempre aparecen denominadas ni tratadas como agresiones de género. En el estudio se recogen todas las agresiones publicadas sean o no identificadas como agresiones de género. En otro sentido, la terminología más usada (maltrato) es utilizada preferentemente en casos de muertes y en episodios de violencia física. Y a una gran distancia en el número de veces que se utiliza, “violencia de género” es asociada igualmente a muertes y a violencia física. Es decir, la violencia de género (cualquiera que sea la terminología que se utilice, en este caso se ha hecho referencia a las formas de denominación más repetidas) está asociada periodísticamente a una agresión de tipo físico que puede o no devenir en muerte. Una circunstancia inquietante dentro del panorama de datos que ofrece el estudio es que la violencia sexual es raramente conceptualizada como una forma de violencia contra la mujer, quedando en el maremágnum noticioso como la sobre todo si en la mayoría de los casos no se encuadran estos bajo una concepción terminológica común que aúne dichas manifestaciones simultáneas o la heterogeneidad de edad de las víctimas. información de una agresión más. En contraste con esta dificultad para encuadrar la violencia sexual (en sus múltiples formas: hostigamiento, violación, abuso, acoso…) como una forma de violencia de género, en noticias en las que aparecen como focos informativos varias formas de violencia al mismo nivel (varias manifestaciones violentas, como por ejemplo, violencia física y sexual) no existe tanta dificultad: de 33 casos, 16 han sido definidos como “maltrato” y 4 como “violencia doméstica”. Figura 2. Manifestaciones de violencia referidas en relación a los principales términos en uso en los diarios El País yEl Mundo en los años 2000, 2004, 2008. Fuente: Zurbano (2012). Si uno de los grandes ejes para definir la violencia de género es el tipo de manifestación al que se hace referencia, otro es sin duda el ámbito en el que se halla inserta. En general, la violencia que encontramos en la prensa española es una violencia de tipo familiar-sentimental (puede darse en familias al uso e institucionalizadas de algún modo o en relaciones de pareja informales y sin convivencia), un total de 214 casos (62% aproximadamente), seguida de una violencia perpetrada en el ámbito comunitario, un total de 101 casos (30% aproximadamente). Éstos y otros datos apuntan a que mayoritariamente las noticias que aparecen en la prensa española tienen que ver con manifestaciones de violencia de tipo físico (de las cuales un gran porcentaje se corresponden con las agresiones terminadas en muerte) y que el ámbito más publicado como escenario de las agresiones violentas es el familiar y afectivo, siendo por tanto las protagonistas las parejas sentimentales. Además, casi la mitad de las noticias sobre agresiones violentas a mujeres susceptibles de ser consideradas violencia de género no aparecen en los medios de comunicación como tal, quedando inidentificadas, sumidas en el limbo de esas cosas desgraciadas que les ocurren a las mujeres y que como no tienen nombre no pasan a engrosar estadística alguna. En resumen, para la prensa española –y puede decirse que para los medios de comunicación en general– la violencia de género es una violencia de tipo físico (casi mortal) y afectivo. La interacción directa con estos mensajes transmitidos sobre la violencia de género por parte de los medios de comunicación influye, por tanto, de manera efectiva en la identificación de este problema y en la consecuente opinión y acción tanto a nivel individual como social. Es más, la presencia mediática en la vida actual, a través no sólo de los medios tradicionales sino de los más novedosos apoyados por las tecnologías de la información y la comunicación, hacen de la presencia mediática una parte más que cotidiana de nuestras vidas. Así es de esperar que la población adolescente, nacida en plena vorágine mediática, incorpore los mensajes de los media a su construcción personal, sobre todo en una etapa vital en la que se estima que la concreción identitaria está en pleno proceso de elaboración. 5. Adolescencia: identificación y tolerancia hacia la violencia de género. Implicaciones del entramado discursivo circundante. La adolescencia constituye una etapa de crecimiento y construcción de la identidad personal y social, pero también una etapa vital en sí misma. La falta de consideración de etapa en sí misma es lo que la llena de confusión y estereotipos, y lo que la configura en una especie de “escalón intermedio” entre la niñez y la adultez. De hecho, la violencia de género que se produce entre pares en la adolescencia es un tema de relativamente reciente interés, y aún existe poca investigación social específica al respecto. Esto está provocando que muchos estudios utilicen marcos de investigación para la violencia de género en parejas adultas, y que no se estén aplicando variables específicas para las personas jóvenes en tanto grupo sociodemográfico definido (Mulford y Giordano 2008). Aun así, en España podemos encontrar algunos trabajos, prioritariamente estadísticos, que intentan dibujar el panorama de este problema. De esta manera, ya en 2003 un estudio realizado en institutos madrileños con 450 adolescentes entre 15 y 19 años desvelaba que las chicas y los chicos de esta edad no identifican la violencia de género entre pares, sino que asocian la violencia de género con parejas de mayor edad e incluso a unos rasgos característicos (dificultades familiares, violencia física, sangre, golpes…) (Meras Lliebre 2003). No obstante, ese mismo estudio sí mostraba que chicas (en mayor medida) y chicos saben identificar conductas violentas en sus relaciones afectivas, pero aun así no las relacionan con la violencia de género. Un estudio más reciente de 2011, elaborado para el Instituto Andaluz de la Mujer (De la Peña Palacios, E. M., et al. 2011) mediante una encuesta a 2.289 estudiantes de 3º y 4º de la ESO en centros educativos andaluces, mostraba que una mayoría de chicas (86,4%) y de chicos (77,4%) sólo identifican el concepto de “maltrato” a la mujer cuando éste es físico. También una mayoría de chicas (78,1%) y chicos (73,6%) no creen que el maltrato pueda aparecer desde “el principio, de novios”. Además, y aunque tanto chicas como chicos señalan que la causa principal de la violencia de género es el “machismo e ideas machistas”, el “consumo de alcohol u otras drogas” ocupa un segundo lugar muy destacado y cercano al primero (un 24,3% de las chicas y un 25,7% de los chicos encuestados así lo señalaron), los “trastornos mentales del maltratador” también es una causa principal señalada (para el 17,7% de las chicas y 13,2% de los chicos) e incluso aparecen la “pérdida de nervios del hombre” y la “provocación de la mujer”, aunque esta última de manera algo más residual, si bien no por ello menos preocupante (2,7% de los chicos y 1,3% de las chicas encuestadas lo señalaron). No obstante, este mismo estudio indica que tanto chicas (en mayor medida) como chicos son capaces de detectar, si bien en una medida menor a la deseada, estrategias de coacción como indicadores de abuso en sus relaciones de pareja, sin embargo, otros indicadores nos hacen concluir que no se terminan de identificar de manera clara como violencia de género. Se confirma, por tanto, que existe una brecha entre la percepción social de la adolescencia sobre el problema de la violencia de género entre pares y la magnitud de este problema en su edad. Recordemos que, según una encuesta realizada a más de 10.000 estudiantes de 3º y 4º de la ESO en España, el 28% de las chicas y el 30,7% de los chicos encuestados no consideran que menospreciar a la pareja sea maltrato, o que el control total por parte de la pareja no es tampoco maltrato para el 26,2% de las chicas y el 35% de los chicos que participaron en el estudio (Ministerio de Igualdad y Universidad Complutense 2010). Una de las bases de esta brecha la encontramos en la pervivencia y persistencia de actitudes y estereotipos sexistas. Precisamente el estudio realizado para el Instituto Andaluz de la Mujer confirma esta tendencia. No existe ningún ítem de los preguntados sobre roles, actitudes y diferencias entre mujeres y hombres que apunte a una erosión completa de las desigualdades, y en algunos casos los porcentajes de acuerdo con los mismos son altamente preocupantes, llegando a superar el 30%. Este estudio también permite identificar la pervivencia de los mitos del amor romántico, cuya relación con múltiples productos mediáticos es más que evidente. Desde películas hasta canciones, pasando incluso por noticias en los telediarios y reportajes en revistas y periódicos, que nos hablan sobre la fuerza del amor, la media naranja, el amor de tu vida o la culminación del amor que supone el matrimonio para toda la vida. En lo que a productos mediáticos se refiere, otro factor a destacar y que influye pertinazmente en la adolescencia es la objetualización del cuerpo de las mujeres y la sexualización del entorno mediático. El cuerpo de las mujeres como objeto de consumo y el cuerpo de las mujeres utilizado como complemento a los objetos de consumo, su fraccionamiento en partes para eliminar su identidad, la manipulación mediante programas informáticos alejándolo de la realidad y poniéndolo al servicio de un imaginario colectivo irreal. Por otro lado, la hipersexualización de los cuerpos adolescentes de las mujeres, la utilización del cuerpo adolescente de las mujeres como modelo de cuerpo adulto, la proliferación de productos mediáticos explícitamente sexuales que responden a los mandatos de una industria heteropatriarcal y enormemente misógina. La bibliografía en este aspecto está muy contrastada, y hace referencia no sólo a cómo todas estas imágenes y mensajes influyen negativamente en la percepción del público en general, y de las personas adolescentes en particular, acerca de sus cuerpos (en el caso de las mujeres), o los cuerpos de “las otras”16 (en el caso de los hombres), sino también a la influencia negativa que todo ello tiene en la construcción de las relaciones de género y la pervivencia de actitudes sexistas (a este respecto puede verse, por ejemplo, Peter y Valkenburg 2007; Berberick 2010). También es importante destacar la ausencia de productos mediáticos específicos donde las personas adolescentes sean protagonistas del relato y participen activamente desde los procesos de creación con el fin de reflejar de una manera lo más cercana posible su vida diaria, sus problemáticas y sus logros. El target adolescente se ha difuminado, se pasa de los productos infantiles a los adultos, y las chicas y chicos adolescentes navegan entre esos dos espacios tendiendo hacia los contenidos más adultos, que presentan unos relatos donde o bien las personas 16 Porque ciertamente se convierten en una otredad tal y como definió Simone de Beauvoir en El segundo sexo. adolescentes no encuentran una identificación, y por tanto se alejan de cualquier aspecto crítico, o bien inducen a interpretaciones fuertemente estereotipadas conforme a esos parámetros adultos. Esto no quiere decir que las personas adolescentes no se configuren como un objetivo comercial, de hecho es un público deseado por la industria y distintos productos mediáticos así lo confirman17, pero existe una persistencia en la construcción mediática desde las características adultas, que ahonda en sus propias versiones del amor (romántico), las relaciones de pareja y los significados de los conceptos asociados a ellas. Esta construcción adulta, ignorando o pasando por alto las realidades vividas e interpretadas por y desde la adolescencia como etapa en sí misma, se refleja en las acciones públicas sobre violencia de género, donde pueden destacarse en términos mediáticos los relatos aparecidos en los medios de comunicación y los mensajes institucionales. En términos generales, la violencia de género sigue significándose mediante la limitada (aunque importante) faceta de la violencia física (golpes, heridas, sangre, muerte). En las noticias solamente aparecen las mujeres asesinadas por sus parejas o ex parejas, y las campañas institucionales reiteran imágenes de mujeres, generalmente con edades superiores a 30 años, dañadas, con moratones o sangre, o se mandan mensajes que intentan alertar sobre indicadores de una violencia principalmente física (en contadas ocasiones también psicológica) con el fin de denunciar esa situación y salir de la misma. Si en párrafos anteriores hemos destacado que las personas adolescentes sí saben reconocer distintos signos de abuso en sus relaciones afectivas, pero no los identifican con violencia de género, esto quiere decir que o bien los mensajes mediáticos no están reflejando las realidades de abuso entre las personas jóvenes, o bien que las personas jóvenes no se ven reflejadas en los mensajes que se están transmitiendo, o las dos cosas a la vez. Nosotras consideramos que se están produciendo ambas realidades. Las personas adolescentes no encuentran en la transmisión mediática de la violencia de género sus vivencias cotidianas: el acoso a través de Whatsapp, la prohibición de llevar determinada vestimenta, las llamadas de atención de la pareja cuando se está con el grupo de amistades, el chantaje emocional para facilitar las contraseñas de las redes sociales en Internet… Todo esto también es vivido por las personas adultas, lo que nos lleva a reiterar la posición de que el concepto de violencia de género transmitido por los medios de comunicación es muy limitado. 17 Sagas literarias que después se convierten en películas, como por ejemplo “Crepúsculo”, o música de radiofórmula de grupos como “One Direction” o “Auryn” entre otros.