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La pintura sevillana desde el siglo XVI

Valdivieso González, Enrique

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La pintura sevillana desde el siglo XVI ENRIQUE VALDIVIESO * PLÉYADE DE ARTISTAS EUROPEOS * Valladolid, 1943. Catedrático de Historia del Arte en la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad de Sevilla. ESDE los inicios de este siglo se advierte en la pintura sevillana la introducción de nuevos conceptos pictóricos, impulsados por la ideología de la corriente renacentista, que proceden de Italia y Flandes y que penetran a través de la actividad del puerto del Guadalquivir. Propicio para esta renovación artística fue el intenso desarrollo económico que disfrutó la ciudad, merced a sus fecundos contactos mercantiles con América y Europa. La creación de riqueza benefició a todos los estamentos de la ciudad y revirtió en la posibilidad de financiar numerosas empresas constructivas, escultóricas y pictóricas. Atraídos por la posibiliad de encontrar buenos contratos y bien remunerados, llegan a Sevilla numerosos pintores foráneos. Aquí se instalaron artistas alemanes, franceses, flamencos e italianos, fundiéndose sus tendencias en una personalísima escuela local en la que pronto comenzaron también a destacar artistas nacidos en la propia ciudad. El pintor que introdujo la pintura renacentista en Sevilla fue el alemán Alejo Fernández, cuyo apellido original se desconoce, siendo el que utilizó perteneciente a su mujer, el cual adoptó para denominarse artísticamente dentro del ámbito sevillano. Se ignora el lugar de su nacimiento, pero en las cuentas de la catedral se le llama «Maestro Alejo pintor alemán». En Sevilla residió desde 1508 hasta la fecha de su muerte en 1545. En su pintura aparecen fondos de arquitectura y paisajes captados en profunda perspectiva, siendo posible que a su formación germana se pudiera haber añadido un aprendizaje italiano fruto de su estancia en este país. Sus más importantes trabajos conservados se encuentran en la catedral de Sevilla, capilla de 'Santa María de Jesús e iglesia de Santa Ana, donde se guarda su famosa «Virgen de la Rosa». A la segunda generación de artistas extranjeros que llega a Sevilla pertenece el flamenco Pedro de Campaña, natural de Bruselas donde nació en 1503 y dónde murió en 1580 después de haber pasado la mayor parte de su vida en Sevilla, donde llegó hacia 1535. Su pintura vincula su formación flamenca con un aprendizaje juvenil en Italia. Sus dos obras fundamentales son el Descendimiento de la Cruz y el Retablo dé la Purificación, ambos pertenecientes á la catedral sevillana. Otro pintor del norte de Europa fue Hernando de Esturmio D natural de Zierikzee, siendo su primer referencia histórica el dato de su presencia en Sevilla en 1537. En esta ciudad contrajo matrimonio y nacieron sus hijos, y aquí vivió hasta 1556 fecha de su fallecimiento. Su formación es de carácter nórdico a'la que unió elementos de carácter italianizante. Sus trabajos más importantes fueron el retablo de la antigua universidad de Osuna realizado en 1548, y sobre todo el retablo de la capilla de los Evangelistas de la catedral de Sevilla, obra que firmó y fechó en 1555. Hay que esperar a la segunda mitad del siglo para poder constatar en Sevilla la actividad de artistas locales dotados de cierto talento creativo. El primer pintor de renombre, nacido en Sevilla en esta época es Luis de Vargas, nacido hacia 1505 y fallecido en 1567. Hubo de formarse inicialmente en esta ciudad, pero en su juventud viajó a Italia donde se vinculó al círculo de pintores que siguieron el arte de Rafael. Una vez que regresó a Sevilla, en su madurez, realizó importantes pinturas de espíritu italianizante como son El Nacimiento de Cristo y la Alegoría de la Inmaculada Concepción, para la catedral de Sevilla junto con La Piedad de la iglesia de Santa María la Blanca. En el tercer tercio del siglo destacó en Sevilla la presencia de otro artista nacido en esta ciudad: Pedro de Villegas (1519-1596), artista que sin embargo poseyó un discreto talento. Su formación fue local y no parece que viajase a Italia. Fue sin embargo hombre de cierta cultura que mantuvo una intensa amistad con el humañista Arias Montano. Sus obras más importantes son las pinturas del Retablo del Hospital de San Lázaro, el Retablo de la Visitación de la catedral, la Sagrada Familia y la Virgen de los Remedios de la iglesia de San Vicente y La Anunciación de la iglesia de San Lorenzo, todas en Sevilla. En la última generación de artistas que trabajan en esta ciudad en los años finales del siglo xvi, hay que situar al rondeño Alonso Vázquez (h. 1564 f h. 1608) artista del cual consta su residencia >en Sevilla a partir de 1590. Su estilo participa de la corriente manierista en la que se disgregaron los principios del renacimiento. Los últimos años de su vida transcurrieron en México donde se trasladó en 1603 al servicio del marqués de Montesclaros. Sus obras más importantes en Sevilla son la Sagrada Cena del museo de Bellas Artes, la Virgen del Pozo Santo de la catedral y el Retablo del Hospital de las Cinco Llagas. A esta misma generación pertenece el portugués Vasco Pereira, nacido en Evora hacia 1535 y residente en Sevilla a partir de 1561. Fue hombre culto, pero dotado de medianos recursos para la pintura, características que quedan reflejadas en su San Onofre del museo de Dresde, La Anunciación de la iglesia de San Juan de Marchena y la Virgen del Buen Aire, de la colección Cepeda de la Palma del Condado. Durante las primeras décadas del siglo xvn se advierte en el desarrollo de la pintura sevillana una clara confluencia entre dos tendencias pictóricas. Una de ellas es el Manierismo de carácter retardatario que mantenía fórmulas pretéritas y estereotipadas, heredada de los pintores que trabajaron en esta tendencia en los años PRESENCIA DE LOS ARTISTAS LOCALES EL MANIERISMO ROELAS: EL NATURALISMO VELÁZQUEZ finales del siglo xvn. La otra es el naturalismo, basado fundamentalmente en la transcripción directa de la realidad por parte de los pintores, que alumbró rasgos de modernidad en aquella época y que vino a imponerse como lenguaje definidor de los nuevos tiempos. En este enfrentamiento entre las dos corrientes pictóricas, representantes de lo antiguo y de lo moderno, destacaron dos pintores que han de considerarse como fundamentales. Por una parte aparece Francisco Pacheco, partidario de la tradición manierista y por otra Juan de Roelas, artista que superó los fríos esquemas creados por sus predecesores para introducir en su pintura sentimiento anímico y observación de la realidad. Francisco Pacheco (1564-1644) fue partidario del espíritu pictórico arcaizante de tradición manierista y lo prolongó a lo largo de su vida: artística muy avanzado ya el siglo xvn. Cierto es que a partir de 1612, coincidiendo con un viaje que realizó a Madrid, mejoró su dibujo y dulcificó la expresión de sus personajes, con lo que consiguió elevar notablemente una capacidad creativa que hasta entonces no era más que mediocre. Pero a Pacheco hay que valorarle sobre todo por su creatividad teórica plasmada en su libro «Arte de la Pintura» en el que se recoge un amplio repertorio de indicaciones y consejos que influyeron notablemente en los artistas de generaciones posteriores. Obras fundamentales de Pacheco son el techo de la Casa de Pilatos de Sevilla, donde plasmó la Apoteosis de Hércules. Los diversos prototipos que plasmó de la Inmaculada, de Cristo Crucificado y el Cristo servido por los ángeles que se conserva en el Chateau de Courson, próximo a París. La tradición manierista se vio truncada en Sevilla merced a la actividad pictórica del clérigo Juan de Roelas (h. 1560-1625), que trabajó en esta ciudad a partir de los primeros años del siglo xvn. Realizó su formación en Italia, posiblemente en Venecia, adquiriendo admirables recursos técnicos, tanto en el manejo del dibujo como en el empleo del colorido. Roelas supo dar a sus personajes vida y sentimiento, con los que inaugura el naturalismo dentro de la pintura local. Sus principales obras son La Circuncisión del retablo de la iglesia de la Asunción, el Santiago matamoros de la Catedral de Sevilla, El Tránsito de San Isidoro de la parroquia de dicho Santo, y El martirio de San Andrés del Museo de Bellas Artes de Sevilla. El ejemplo de Roelas movió a otros artistas a inclinarse hacia el naturalismo. Este es el caso de Francisco Herrera el Viejo (1595- 1654) que comenzó siendo manierista pero que en su madurez se inclinó por un vigoroso y recio naturalismo. Sus obras fundamentales son La apoteosis de San Hermenegildo del Museo de Bellas Artes de Sevilla y la serie de San Buenaventura realizada para el convento de este Santo en dicha ciudad. Importante por la gran calidad de las obras que en ella realizó fue la etapa sevillana de Diego Velázquez, quien al menos hasta 1623, año en que partió para la Corte madrileña, es pintor que pertenece a la historia artística de esta ciudad. Desde 1618, después de ser discípulo de Pacheco, trabajó como maestro independiente y adscrito a la corriente de carácter naturalista se dedicó a plasmar aspectos derivados de la realidad cotidiana y también a pintar episodios religiosos que entroncan con la cotidianeidad contemporánea. Velázquez supo dar a su pintura caracteres de verdad y sentimientos, siguiendo la corriente del clérigo Roelas, a los que añade contrastados efectos de luz y sombra derivados de Caravaggio. Entre las numerosas obras maestras de este período sevillano de Velázquez son de imprescindible cita El aguador de Sevilla del Museo Wellington de Londres y La Vieja friendo huevos de la Galería Nacional de Edimburgo. A la generación de Velázquez pertenece Francisco de Zurbarán (1598-1664), quien a pesar de su origen extremeño pasó a sevillanizarse por completo, trabajando para los estamentos civil y religioso de esta ciudad. Zurbarán supo captar en sus obras un lenguaje marcadamente naturalista que revistió de una intensa espiritualidad, acertando a traducir la sensibilidad religiosa de las diferentes órdenes monásticas para las que trabajó. Zurbarán supo captar en sus pinturas el silencio y la calma conventual, así como la visión sobrenatural, que capta como si fuera un acontecimientos acostumbrado, desapareciendo en su descripción el efectismo y la aparatosidad. Esta visión estática y calmada de la vida religiosa dio paso a partir de 1655, a una visión del arte más afable y sentimental, coincidiendo con la evolución del pensamiento contrarreformista, hacia formas más abiertas y afectivas. Instalado en Madrid a partir de 1658, su pintura adquirió matices que traducen mayor sentimiento y expresividad, y en esta línea creativa prosiguió hasta la fecha de su muerte. Zurbarán trabajó a lo largo de su vida para las principales órdenes religiosas de su época como dominicos, franciscanos, cartujos y Jerónimos, al tiempo que ejecutó una copiosa producción destinada a la devoción particular. No se conocen actualmente las fechas de nacimiento y muerte de Juan del Castillo, pintor de interés secundario pero de mención imprescindible dentro de la historia de la pintura sevillana, porque es el maestro de Murillo. A este mérito hay que añadir que Castillo supo crear una serie de modelos que más tarde su discípulo habría de recrear genialmente. Sus obras más importantes son el retablo que realizó para la iglesia de Monte Sión en 1636, que se conserva desmontado en el Museo de Bellas Artes de Sevilla, y el retablo de la iglesia de San Juan de la Palma, pintado en 1638 y conservado actualmente en la iglesia de San Juan de Aznalfarache. Importante y fundamental dentro de la historia de la pintura sevillana y española fue la actividad creativa de Francisco Herrera el Joven (1627-1681), al que hay que señalar, al menos en Sevilla, como el introductor del barroco en sus tendencias de dinamismo y teatralidad. Fue hijo de Francisco Herrera el Viejo y realizó su formación probablemente en el taller paterno, aunque hay que admitir que la completó en Italia donde supo captar un sentido pictórico brillante y espectacular, que después introdujo en la Corte madrileña, donde consta su presencia desde 1650 y donde cuatro años más tarde realizó su primera obra maestra: El triunfo de San Hermenegildo del Museo del Prado, obra dinámica y aparatosa que traduce por primera vez el barroco triunfal en la pintura ZURBARÁN HERRERA EL JOVEN MURILLO SIGLO XVIII española, en la que demuestra haber fundido hábilmente directrices de la pintura flamenca e italiana. A partir de 1655 trabajó en Sevilla, realizando en este año El triunfo de la Eucaristía para la Hermandad Sacramental del Sagrario, y el Éxtasis de San Francisco al año siguiente para la Catedral. Después de haber contribuido junto con Murillo a la formación de la Academia de Pintura en Sevilla, volvió a Madrid en 1660, donde continuó su carrera artística hasta la fecha de su muerte, apartado, en cierto modo, de la pintura, puesto que se dedicó a la arquitectura y a la escenografía, al servicio del rey Carlos II. Genio de su generación hay que considerar a Bartolomé Esteban Murillo, gran renovador de la pintura sevillana, a la que introdujo en el espíritu del barroco con estilo propio e inimitable basado en un dibujo suelto y ligero y un colorido transparente y fluido. Por otra parte, Murillo supo desdramatizar la pintura religiosa, introduciendo en ella sentimientos humanos procedentes de la realidad popular, y escenas derivadas de la vida cotidiana. Su pintura traduce siempre una vitalidad optimista que supera el rigor con que había sido interpretado anteriormente el sentimiento religioso. La elegancia y delicadeza formal de la estética murillesca no sólo representa con dignidad el espíritu de su época, sino que se adelantó alide la generación venidera, anticipando el gusto rococó imperante a lo largo de gran parte del siglo xvm. Murillo está considerado cómo el pintor de la Inmaculada, pero es, sin embargo, artista de temática mucho más amplia, reflejada en un amplísimo santoral en lienzos sueltos, y sobre todo en grandes series realizadas en Sevilla para los franciscanos, capuchinos, agustinos, iglesia de Santa María la Blanca, Hospital de la Santa Caridad. Complementa su producción un elenco no muy extenso de retratos y sobre; todo un repertorio de escenas de género que incluyen niños picaros y vagabundos, que fueron ^preciadísimos por los coleccionistas de su propia época. Contemporáneo de Murillo fue Juan de Valdés Leal (1622- 1690), cuyo carácter personal enérgico y decidido contrastó con la modestia y apacibilidad del primero. A Valdés Leal se le sigue llamando injustamente el pintor de la muerte por ser el general intérprete de la mentalidad de don Miguel de Manara a la hora de plasmar la iconografía de los Novísimos, es decir, muerte, infierno y gloria en sus famosas pinturas del Hospital de la Caridad de Sevilla. Sin embargo, Valdés con su impetuoso temperamento concorde con el espíritu del barroco realizó una amplia producción pictórica al servicio de los estamentos religiosos y seculares, donde se refleja una vitalidad expresiva y una fogosidad muy lejana al gusto por lo mortuorio que se le achaca. Poco aportan a la pintura sevillana los discípulos y seguidores de Murillo que produjeron un arte en las últimas décadas del siglo xvii y las primeras del xvm. Nombres como los de Francisco Meneses Osorio, Sebastián Gómez, Juan Simón Gutiérrez y Esteban Márquez, han de mencionarse tan sólo a la hora de recordar cómo el estilo de Murillo fue utilizado con sentido comercial, sin ser nunca superado, sino todo lo contrario, imitado hasta la vulga- ridad. A principios del siglo XVIH destaca la personalidad de Lucas Valdés, hijo de Valdés Leal, quien supo crearse cierta reputación como pintor mural, realizando al temple grandes decoraciones para la iglesia de los Venerables y San Pablo, actual parroquia de la Magdalena. El resto de los pintores sevillanos de esta época carecen de personalidad, y entre ellos tan sólo hay que mencionar a Alonso Miguel de Tovar como discreto murillesco y a Bernardo Lorente Germán digno pintor de retratos y de bodegones, que sin embargo ha pasado a la historia de la pintura sevillana por ser el pintor del tema de la Divina Pastora. La personalidad pictórica dominante de la primera mitad del siglo xviii en Sevilla es sin duda Domingo Martínez (1688-1749), formado en el estilo de Murillo, tendencia que supo fundir habilidosamente con el espíritu de la pintura francesa, asimilada de los pintores de esta nacionalidad que estuvieron en Sevilla durante la estancia de la Corte de Felipe V e Isabel de Farnesio en esta ciudad desde 1725 a 1733. Esta fusión de corrientes pictóricas le otorgó una intensa elegancia en forma y espíritu, que elevó intensamente su nivel de creatividad hasta el punto de convertirse en el pintor más rico y famoso de la ciudad. En la segunda mitad del siglo xvm comenzaron a sentirse en Sevilla los efectos culturales de la Ilustración, advirtiéndose provechosas reformas sociales en todos los ámbitos y que por ejemplo en pintura se plasmaron en la creación de una Academia. Por otra parte, la ciudad se abrió hacia Europa lo que en arte significó la introducción del estilo rococó, primero y del neoclasicismo después, tendencias ambas que dejaron una marcada impronta en la pintura local. En esta época el pintor dominante fue Juan de Espinal (1714- 1783), yerno de Domingo Martínez de quien heredó su taller. Espinal fundió la pintura de tradición sevillana con el rococó europeo, configurando un arte refinado y elegante que le convierte en uno de los mejores pintores españoles de su época. En las postrimerías del siglo xvm el gusto neoclásico se impuso en Sevilla al estilo rococó, lo que significó un claro empobrecimiento creativo merced a que a través de la Academia de Bellas Artes se impuso un estilo que tenía como base la copia de obras de Murillo, renunciándose a recrear otro tipo de expresividad artística. Así se creó una tendencia pictórica vulgar y anodina cuyo primer practicante fue Juan de Dios Fernández (f 1801). A lo largo del primer tercio del siglo xix prosiguió imperando en el arte sevillano el espíritu del neoclásico. Fue este período de tiempo escasamente propicio para el desarrollo del arte local, circunstancia que agravó la guerra contra los franceses, que produjo un estancamiento económico y cultural y como consecuencia un pobre panorama pictórico. El más destacado y convencido neoclásico fue José María Arango (1790-1835), artista que rehusó copiar a Murillo para inspirarse directamente del natural. Sin embargo, Arango poseyó modestos recursos creativos, siendo su arte muy discreto y sobre todo muy inferior a su evidente cultura. En el segundo tercio del siglo xix se desarrolló el acontecer del Romanticismo, coincidiendo con un momento de revitalización SIGLO XIX EL ROMANTICISMO económica en la ciudad, que produjo un arte destinado fundamentalmente a satisfacer a una clientela de condición burguesa y aristocrática. Son años en los que se practicó una pintura de carácter costumbrista y folclórico y de contenido intrascendente. Importante, por ser la primera vez que aparece en la historia de la ciudad, fue la creación en este momento de una pintura de carácter paisajista que refleja aspectos del interior de la urbe y también de la geografía circundante. Otra especialidad pictórica que floreció en esta época fue el retrato, a través del cual las nuevas clases sociales que habían accedido a la riqueza, intentaron afirmar su presencia y; perpetuar su imagen para el futuro. El gran patriarca de la pintura romántica sevillana fue Antonio Cabral Bejarano (1798-1861), artista que estuvo dotado de buenos recursos técnicos que le permitieron configurarse como un buen retratista y también como feliz intérprete de escenas costumbristas. Practicó también la pintura religiosa, aunque en esta modalidad reflejó una clara influencia de Murillo. Muy corta fue la vida de José Domínguez Bécquer (1805- 1841), padre del poeta Gustavo Adolfo y del pintor Valeriano Bécquer, puesto que falleció cuando tan sólo tenía 37 años. Fue otro de los promotores del romanticismo sevillano, puesto que acertó a crear numerosos prototipos costumbristas de carácter popular. Antonio María Esquivel (1806-1847) es uno de los más famosos pintores románticos españoles. Su formación la realizó en Sevilla donde transcurrió su primera juventud y comenzó su carrera artística. Pronto el mercado pictórico local le pareció poco floreciente para sus aspiraciones, por lo que se trasladó a Madrid, donde enseguida triunfó como retratista, posando para él desde la reina Isabel II a los principales aristócratas de la corte, banqueros, militares, escritores y actores. En sus pinturas religiosas se observan magníficos logros técnicos aunque se resientan por su carencia de sinceridad y exceso de teatralidad- Compañero de Esquivel en la aventura madrileña fue Gutiérrez de la Vega (1791-1865), quien se inició también en Sevilla para pasar en su madurez a Madrid, donde también fue retratista, género en el que destacó por la elegancia y delicadeza que supo otorgar a sus modelos. En sus composiciones de carácter religioso, como la mayor parte de los pintores sevillanos de su época, evidencia claras reminiscencias del estilo de Murillo. Muy popular fue en vida Joaquín Domínguez Bécquer (1817- 1879), primo del antes mencionado José Domínguez Bécquer, con quien colaboró en numerosas ocasiones en la realización de pequeñas pinturas de tema costumbrista destinada a una venta rápida y barata. Su producción fue muy extensa y en ella incluye escenas de cante y baile, juego en tabernas, algarabías en mesones. También captó representaciones callejeras con procesiones de Semana Santa y brillantes escenas con tema taurino. Uno de los pintores sevillanos más originales de todo el romanticismo! fue Valeriano Bécquer (1833-1870), hijo de José Domínguez, y sobrino de Joaquín. Realizó su formación en Sevilla y como otros pintores antes mencionados se evadió del reducido ambiente artístico de la ciudad para marcharse -a la Corte, donde se reunió con su hermano Gustavo Adolfo. Con él viajó posteriormente por tierras aragonesas y castellanas para pintar escenas de la vida popular rural. Fue también un consumado retratista, siendo su obra maestra la efigie de su hermano Gustavo Adolfo, que constituye sin duda el más atractivo semblante del período romántico que ha llegado hasta nosotros. En los años que marcan el desarrollo del tercer tercio del siglo, se agotó la veta romántica de la pintura sevillana que fue sustituida por una corriente de inspiración realista. Al mismo tiempo y desde esferas oficiales se patrocinó una pintura de contenido historicista que se plasmaba sistemáticamente en las exposiciones nacionales. Movimientos de origen foráneo como el impresionismo o el simbolismo se trataron en Sevilla de forma prudente y disimulada para no escandalizar a las estancias académicas. Entre los pintores que protagonizaron en Sevilla el paso del Romanticismo al Realismo y a la pintura de historia destaca Eduardo Cano (1823-1897), quien realizó obras de gran calidad como su famoso Colón en La Rábida que pasa por ser una de las mejores pinturas de historia de España. Uno de los más famosos de este momento en Sevilla, fue José Jiménez Aranda (1837-1903) cuyas grandes pinturas dibujísticas le permitieron primero en Roma y después en París, obtener un magnífico mercado para sus obras. Los asuntos que más le fueron solicitados fueron pinturas de «casacones», inspiradas en situaciones costumbristas que se ambientan en el siglo xvm. En la última etapa de su vida agotado el tema historieista, Jiménez Aranda derivó hacia una pintura realista con ribetes de crítica social. Otro gran pintor de «casacones» fue José Villegas (1844-1921), quien pasó la mayor parte de su vida en Roma, desdé donde su obra adquirió amplia difusión internacional. Tuvo Villegas una especialidad determinada porque practicó con igual maestría escenas históricas, costumbristas y paisajes. Al final de su vida, cansado de la práctica de una pintura de carácter superficial, introdujo fuertes reminiscencias del modernismo y del simbolismo. Último practicante de la pintura costumbrista fue José García Ramos (1852-1912), cuyas obras resumen la gracia espontánea de las clases populares andaluzas. Con temperamento amable y festivo García Ramos captó escenas llenas de vitalidad con un dibujo vivaz y un colorido fácil, aspectos que otorgan a su pintura una definida personalidad. La figura más popular de la pintura sevillana en los años que marcan el tránsito del siglo xix al xx, es sin duda Gonzalo Bilbao (1860-1938), artista que desde sus inicios demostró poseer grandes facultades en el manejo del color. Poseyó además una pincelada suelta y veloz que en ocasiones le aproxima a la técnica de los impresionistas. La excesiva tendencia a captar expresiones y afectadas rebajan en ocasiones la calidad de sus obras. Con la figura de Gonzalo Bilbao se cierra el panorama de artistas sevillanos que pueden considerarse ya, como históricos, correspondiendo a una larga nómina de pintores que vivieron a lo largo del siglo xx, a un capítulo de la pintura local que entra ya de lleno en lo que podemos llamar el estudio de artistas coetáneos. EL PASO DEL ROMANTICISMO AL REALISMO