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"Sujeto" y "agencia" en la teoría política de Judith Butler

García Martínez, Juan De Dios

Abstract

La tesis tiene por objeto la filosofía de la pensadora estadounidense Judith Butler. Tomamos como punto de partida su primera obra, Gender Trouble, escrita en 1990, un antes y un después dentro del feminismo que inaugura la teoría de género, los estudios "queer" y situa en el marco del pensamiento político cuestiones críticas como la necesidad de volver a pensar el sujeto de la acción política o las posibilidades que esta nueva subjetividad tiene para la agencia. El capítulo primero, titulado ¿El sujeto en la filosofía contemporánea y su recepción en el feminismo¿, pretende ser una puesta en contexto de la filosofía butleriana a través del estudio de la crítica al sujeto esencialista que realizan algunos de sus principales referentes intelectuales clásicos: Nietzsche, Foucault, Derrida, etc. En el segundo capítulo, que hemos llamado ¿Introducción a la persona y a los textos de Judith Butler¿ realizamos un acercamiento a la personalidad de nuestra pensadora que nos permitirá proponer ciertas pautas interpretativas en relación a las intenciones butlerianas. Eso nos llevará a considerar que la filosofía de Butler se construye sobre una estructura que catalogamos como ¿humanismo post". ¿La mujer, el sexo y el género¿ da nombre al tercer capítulo. Éste supone un viaje a través de las teorías de pensadores y pensadoras como De Beauvoir, Gayle Rubin, Monique Wittig o Michel Foucault, todos ellos en la raíz de la propuesta butleriana. A partir de sus obras, Butler erige la suya propia, cuestionando algunos de los más importantes pilares del feminismo de corte esencialista: el sujeto mujer como realidad natural, material, física o biológica, la diferencia entre el sexo-género, la naturalidad del deseo. Del mismo modo, Gender Trouble pone en el horizonte político una primera formulación de la teoría de la performatividad que establece un polémico paralelismo entre la práctica drag y la construcción de la identidad genérica y la agencia política. El cuarto capítulo titulado ¿Formación del sujeto y la agencia en la teoría de Judith Butler¿ muestra las duras críticas expresadas por un gran número de pensadoras (Benhabib, Fraser, etc.) en relación a la incapacidad de este sujeto ¿post¿ de erigirse como el eje de la política feminista. Esto abre paso a una segunda formulación de la teoría de la performatividad donde Butler profundiza en las relaciones entre cuerpo, psique, lenguaje y poder. Igualmente nuestra pensadora va construyendo una estructura ética que dará solidez a su proyecto político y que le permitirá ubicar su propuesta dentro de los parámetros de lo que Chantal Mouffe denominó ¿democracia radical¿. Igualmente, incluimos en este capítulo un epígrafe dedicado a la recepción de la filosofía butleriana en el contexto hispánico. El quinto y último capítulo es, sin duda, el más personal. Bajo el título ¿Sujeto y agencia. Una reconstrucción personal de la teoría butleriana¿ intentamos exprimir el proyecto butleriano para mostrar que su teoría política supone un claro humanismo que hemos denominado ¿post¿. Para ayudar a fundamentar su propuesta hemos querido vincularla a un sensualismo destinado a orientar la acción política. Del mismo modo, hemos querido sugerir una serie de metáforas (dispositivos de seguridad, filosofía para el fracaso, sujeto suicida, etc.) que ayuden a comprender los mecanismos que nos hacen cómplices del poder y las posibilidades de rearticular el sistema hacia nuevas posibilidades. Este capítulo está escrito especialmente pensando en la utilidad que pudiera tener no solo para personas interesadas en la filosofía política en general o en el feminismo en particular, sino para padres, madres, maestros, maestras, profesores o profesoras y cualquier otra persona que considere educador o educadora en el más amplio sentido de la palabra.

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1 “SUJETO” Y “AGENCIA” EN LA TEORÍA POLÍTICA DE JUDITH BUTLER Juan de Dios García Martínez 2 “SUJETO” Y “AGENCIA” EN LA TEORÍA POLÍTICA DE JUDITH BUTLER Juan de Dios García Martínez Ilustraciones de Judith Dato 3 Introducción. ¿Un texto más sobre feminismo? Genealogía de una tesis. Capítulo 1. El sujeto en la filosofía contemporánea y su recepción en el feminismo. 1.1. La filosofía contemporánea como marco para la nueva política feminista. 1.2. Hacia un sujeto “post” para el feminismo. 1.3. Hacia el cibersujeto feminista. Capítulo 2. Introducción a la persona y a los textos de Judith Butler. 2.1. Un primer acercamiento. 2.2. Teoría y praxis. “There is a person here”. 2.3. Judith Butler, una “mala escritora” contra el sentido común. 2.4. Hacia un humanismo “post”. 2.5. El feminismo como “crítica” de los fundamentos. Capítulo 3. La “mujer”, el sexo y el género. 3.1. “Mujer”: un concepto problemático. 3.2. Sexo y género: breve acercamiento genealógico y filológico. 3.3. Sexo y género en Simone de Beauvoir. 3.4. El sexo en el monismo originario de S. Freud. 3.5. Gayle Rubin y la crítica a la matriz heterosexual. Hacia el postestructuralismo del parentesco a través de la figura de Antígona. 3.6. La construcción del sexo en la teoría de Monique Wittig. 3.7. Herculine Barbin y David Reimer: Biopolítica foucaultiana y construcción de la subjetividad. 3.8. Sexo y género en la teoría de Judith Butler. Capítulo 4. Formación del sujeto y agencia en la teoría de Judith Butler. 4.1. Performatividad y parodia en El género en disputa. 4.2. Críticas a la primera formulación butleriana de la agencia desde el ámbito anglosajón y desde el ámbito hispanohablante. 4.3. El proceso de materialización. El (no) cuerpo de la mujer y los cuerpos que importan. 4.4. Psique y poder. Hacia una nueva teoría de la conciencia y el sujeto. a) Restricciones psíquicas. 4 b) Teoría de la sujeción hegeliana: la conciencia desventurada. c) Teoría nietzscheana de la sujeción: la mala conciencia. d) La psique dentro de la teoría psicoanalítica. e) Teoría interpelativa de Althusser: interpelación y sujeción. f) Teoría productiva de M. Foucault: poder y psique. f) Teoría butleriana de la psique: sujeto melancólico, sujeto sujetado. 4.5. Sujeto “excitado”. El papel del lenguaje en la sujeción y la agencia. a) Los actos de habla de J. L. Austin, herencia y crítica. b) Los actos de habla como actos corporales: Toni Morrison y Shoshana Felman. c) Funámbulos sobre las fisuras del lenguaje. Teoría butleriana de la agencia lingüística. 4.6. Sujetos vulnerables, sujetos responsables. a) De la política a la ética. b) Sujetos relacionales, sujetos opacos. c) Sujetos responsables. Hacia una forma más “humana” de interpelar. Capítulo 5. Sujeto y agencia. Reconstrucción personal de la teoría butleriana. 5.1. Sujetos “queer” por la democracia. 5.2. Agencia y (auto)transformación desde un punto de vista sensualista. 5.3. Dispositivos de seguridad. Conclusiones. a) Los cuatro giros hacia a la subjetividad “queer”. El humanismo butleriano. b) La agencia. ¿Hacia dónde dirigir la política? Bibliografía y otras fuentes. 5 INTRODUCCIÓN ¿Un texto más sobre feminismo? Genealogía de una tesis Puede que la génesis de este estudio se halle en el año 2000. Por aquel entonces contaba con veinticinco años, acababa de finalizar los cursos de doctorado y he de reconocer que no tenía muy claro sobre qué iba a escribir mi tesis. De hecho, sería más correcto decir que ni tan siquiera sabía demasiado bien si iba a escribir una tesis. El citado año presenté una comunicación para el IV Congreso Internacional de la Sociedad Hispánica de Antropología Filosófica, celebrado en Valencia, que originariamente debía titularse “¿Qué es el diálogo?” y que pretendía ser una somera exposición de las teorías de Jürgen Habermas y John Rawls. Inicié su redacción con entusiasmo, pues creí ver en estas propuestas (especialmente en la de Rawls) un decidido intento por contribuir desde la filosofía política a la construcción de un mundo más justo. De ese modo, me dejé seducir por estas teorías; verdaderos andamiajes teóricos dentro de los cuales nada parecía importar la raza, la religión, el sexo de los sujetos interlocutores; una gran tela de araña elaborada con las reglas del discurso habermasiano, la situación original, el velo de ignorancia, el consenso entrecruzado. No obstante, conforme avanzaba en mis lecturas y en mi comunicación, una serie de fantasmas comenzaron a aparecer en mi mente. Mis discrepancias con Habermas1 surgieron de manera muy temprana. Durante la redacción de la comunicación comencé a intuir un cierto sesgo masculinista y fálico 1 Véase Habermas, J., Conciencia moral y acción comunicativa, Barcelona, Península, 1985, Teoría de la acción comunicativa, 2 vols, Taurus, Madrid, 1981 y Escritos sobre moralidad y eticidad, Barcelona, Paidós, 1991. 6 en su propuesta, y dicha sensación pasó a hacerse omnipresente, inundando cada matiz de la teoría de la acción comunicativa que el alemán nos proponía. Encontré fundadas mis sospechas y verbalizadas mis intuiciones en la obra El concepto de igualdad2, en la que Amelia Valcárcel realiza una interesante reflexión acerca del concepto de “isonomía” griego y su pervivencia en la democracia actual. En virtud de sus investigaciones y razonamientos, Valcárcel manifiesta que los que detentan el poder, los isónomos, se reconocen iguales entre sí aunque niegan esta equipotencia al resto de la ciudadanía. Digamos que aquellas personas establecen un código intragrupo y otro extragrupo desde los que la misma acción puede ser alabada o criticada, aplaudida o condenada. Se deja sentir en esta visión lo afirmado por Polemarco en el libro primero de La República de Platón: “lo justo consiste en hacer el bien a los amigos y el mal a los enemigos”3 Y las estadísticas revelan un hecho que no es baladí: las personas que mandan son, en su mayoría, varones. Los varones ejercen el poder desde la primera línea política y también desde la sombra, infiltrando las instituciones, ya sean educativas, jurídicas, penitenciarias, etc., de esa doble barra de medir. Así pues, comencé a pensar que el feminismo requería, más que reglas teóricas para alcanzar la igualdad, igualdad real para establecer el diálogo justo. Se trataría de remover los cimientos de la democracia y fundamentarla sobre una nueva visión del sujeto más igualitaria, menos masculina, menos jerarquizada, en definitiva, más humana y democrática. Sólo obtendremos un sistema más justo si permitimos que el poder se ejerza desde una perspectiva más plural de la subjetividad. De este modo, mi comunicación pasó a titularse “¿Qué es el diálogo? Reflexiones críticas desde una Teoría Política Feminista”4. De esta forma, y prácticamente sin saberlo, estaba ya tomando partido en la aún desconocida para mí polémica entre la teoría de la acción comunicativa y la teoría de género. En relación a Rawls5, mi fascinación primera pronto se tornó en desconfianza absoluta. El norteamericano dibujaba una situación ideal en la que los interlocutores del discurso político quedaban sumidos en un velo de ignorancia que afectaba directamente 2 Valcárcel, A., (Comp.), El concepto de igualdad, Madrid, Pablo Iglesias, 1994. 3 Platón, Diálogos IV, La República, Madrid, Gredos, 1986, 331c. 4 Véase Llinares, J. B. y Sánchez Durá, N. (eds.), Actas del IV Congreso Internacional de la Sociedad Hispánica de Antropología Filosófica (SHAF), Valencia, Gráficas Marí Montañana, S.L., abril 2001, pp. 661-668. 5 Rawls desarrolla su teoría fundamentalmente en Rawls, J., Teoría de la justicia, México, F.C.E., 1993 y en Rawls, J., La justicia como equidad, Madrid, Tecnos, 2002. 7 al conocimiento de las particularidades subjetivas que pudieran influir en su toma de decisiones. De este modo, Rawls cree que: “De alguna manera tenemos que anular los efectos de las contingencias específicas que ponen a los hombres en situaciones desiguales y en tentación de explotar las circunstancias naturales y sociales en su propio provecho. Ahora bien, para lograr esto supongo que las partes están situadas bajo un velo de ignorancia.”6 Según Rawls, el olvido o desconocimiento temporal de nuestra raza, nuestra nacionalidad, nuestro nivel económico, nuestro sexo, etc., sería la oportunidad para tomar decisiones justas, es decir, alejadas de cualquier interés personal, tendentes al bien general a través de la fórmula de mayor beneficio común con el menor perjuicio7. Pero pronto esta empresa se me deshizo entre las manos. En primer lugar, destaquemos que Rawls utiliza en el texto anterior la palabra “supongo”, planteándonos una situación imaginaria, un “como sí”, que de inicio se me antojaba bastante difícil de llevar a la práctica, pues, ¿cómo se olvida lo que uno o una es?, ¿existe algún tipo de milagroso fármaco contra el egoísmo? Y aun cuando lo hubiera, ¿cómo tomar decisiones sin apelar al cuerpo?, ¿es posible empatizar humanamente sin él?, ¿se puede optar decididamente por algo sin esa fuente de la que parecen emerger al menos gran parte de nuestros deseos, intereses y motivaciones? En segundo lugar, ¿es eso realmente deseable? Sujetos inapetentes. Esos sujetos rawlsianos, paradigmas de la justicia, comenzaban a desvelárseme como entidades fantasmagóricas bastante alejadas de la visceralidad requerida, según mi opinión, para la política. ¿Cómo ser realmente justos sin el cuerpo, sin nuestro principal referente de placer y dolor, sin nuestra herramienta vital de intercomunicación? Rawls parecía llevarme a una curiosa paradoja: para alcanzar un mundo más humano parecía imprescindible despojarse de todo rastro de humanidad, o al menos, de todo rastro de corporalidad. Filosofía política para ángeles, filosofía política para ectoplasmas, mas los sujetos que sufren no son entelequias fantasmagóricas sino individuos que reivindican el reconocimiento desde lo que son. Necesitaba encontrar otro planteamiento de base. Pero lo que realmente provocó mi divorcio intelectual con John Rawls fue un inquietante sueño. En él me encontraba en una gran sala llena de sillas aparentemente 6 Rawls, J., Teoría de la justicia, p. 163. 7 Véase Ibíd., pp. 163-165. 8 vacías. El silencio quedaba roto únicamente por un reiterativo ruido martilleante. Las sillas temblaban y sus patas golpeaban incesantemente el suelo: se suponía que en cada silla había una especie de sujeto inmaterial bajo el velo de ignorancia y que yo era uno de ellos. Era una reunión para decidir algo que únicamente alcanzo a recordar de manera difusa, pero en la tensión del ambiente se podía intuir que era una decisión trascendente. Tal vez decidíamos quién debía acudir a una guerra o cómo se repartiría el poder, quién tendría el derecho a establecer las leyes o quién y cómo decidiría entre la vida y la muerte, lo premiable y lo punible, la verdad y la mentira. La cuestión es que, repito, las sillas temblaban. Una voz se oyó de fondo advirtiéndonos que tras la toma de decisiones y sólo entonces, volveríamos a recobrar nuestros cuerpos y a recordar si éramos ricos o pobres, blancos o negros, heterosexuales u homosexuales, mujeres o varones. Mi silla comenzó a temblar también y entonces lo vi claro: nuestra motivación a la hora de decidir iba a ser única y exclusivamente el miedo, miedo a ser finalmente pobre, a ser negro, homosexual, mujer. Desperté con una sensación horrible, me sentí cobarde, mezquino. En ningún momento pensé en la justicia común, sino en el menor daño para mi persona. Justicia por miedo, empatía por interés. La teoría rawlsiana se me reveló como un sutil entramado para fortalecer una determinada idea de sujeto por vía indirecta. Más allá de fomentar la proliferación de sujetos respetuosos y empáticos con las diferencias, la situación original nos mostraba como asustados funambulistas haciendo malabarismos sobre la esperanza de finalmente ser hombre, blanco, occidental. Más allá de esta idea de sujeto; el abismo, lo vulnerable, lo vergonzante. “Hagámoslo así”, no sea que tras retirar el velo de ignorancia nos descubramos como lo Otro, “hagámoslo así”, porque resulta penoso (en el sentido de “ser susceptible de generar lástima o pena”) no ser “normal”. Y fue entonces cuando definitivamente decidí que, tras presentar mi comunicación, los caminos de John Rawls y el mío se separaban para siempre. Tenía que encontrar una nueva senda. Desanduve el camino en busca de otra forma de hacer filosofía política. Locke, Rousseau, Hobbes, etc. Me sentí frustrado. Teorías que antaño me sedujeron se presentaban ante mis ojos como la prolongación de un discurso que, bajo el sospechoso sesgo de la “neutralidad”, dibujaban un mundo gris de marcado carácter masculino. Todos estos autores parecían buscar inspiración en un imaginario estado de naturaleza donde se desvelaba el sujeto originario, un sujeto que pretendidamente estaba más allá de la raza, del sexo o de cualquier otra diferencia, un 9 sujeto exclusivamente racional que inspiraba los ideales ilustrados de libertad, igualdad y fraternidad, un sujeto en busca de la pureza del paraíso originario, de la arcadia perdida, la Ítaca ideal, la vuelta al útero a través de la construcción de un sistema político-social donde desarrollar su supuesta esencia universal. Y en el 2002 cayó en mis manos Gender Trouble (El género en disputa)8. Sus primeras treinta páginas provocaron en mí un auténtico terremoto intelectual. Quería escribir sobre feminismo, sondear las fisuras del sujeto de corte esencialista, desmontar el engaño, reivindicar el cuerpo como arma política, jugar, interpretar, reírme. Quise ponerme en marcha de inmediato, de forma ingenua e irresponsable, pero los consejos de Gemma Vicente, directora de esta tesis, me hicieron tomar conciencia de la magnitud de la empresa que trataba de iniciar. Su asesoramiento a la hora de orientar mis lecturas me permitió comenzar a vislumbrar la inmensidad del bosque que se abría ante mis ojos. Durante este periodo de tiempo, y para merma progresiva de mi entusiasmo, especialistas y profanos en filosofía política reaccionaban secamente a mi inicial entusiasmo, formulándome la gran pregunta retórica: “¿Un libro más sobre feminismo?” En lo personal, acababa de mudarme a la ciudad de Melilla para trabajar como profesor de secundaria y, echando la vista atrás, ahora considero que este hecho fue absolutamente providencial para el desarrollo de mi estudio. En primer lugar, mis primeras experiencias en este territorio de doce kilómetros cuadrados donde habitan cinco culturas me dejaron bien claro el hecho de que la identidad nunca puede reducirse a la razón sino que está atravesada irremediablemente por el sexo, la raza y la clase. En segundo lugar, mis años en la ciudad me permitieron comprobar un hecho al menos peculiar con respecto al sujeto político reivindicado desde el feminismo de corte esencialista: a pesar de que las mujeres estaban discriminadas en mayor o menor medida en las cinco culturas, más que generarse un vínculo entre ellas, pude comprobar cómo algunas de las feministas más activas de la ciudad a menudo tenían a su servicio a alguna mujer de origen magrebí que, por un salario ínfimo y sin contratar, limpiaba la casa, planchaba, cocinaba, realizaba la compra y ciudaba de los hijos, generalmente sin un horario fijo y tras haber compartido un taxi y tomado dos autobuses para llegar desde Nador a Melilla. ¿En qué consistía ese supuesto sujeto femenino que habría de unificar 8 Butler, J., Gender Trouble. Feminism and the Subvertion of Identity, New York. Routledge. 1999. 2ª edición, editado por primera vez en 1990. 16 como en las guarderías, colegios e institutos, hacia modelos humanistas más tolerantes con la diferencia, menos racistas, menos sexistas, menos clasistas, en definitiva, menos normalizadores? Nuestro objetivo es, por tanto, hacer algo más comprensible el proceso de subjetivación a aquellos y aquellas cuya identidad está reconocida por el sistema y que ejercen de guardianes de la norma. Queremos sumarlos y sumarlas a nuestra lucha buscando la proliferación de las identidades líquidas, incluyendo las identidades “heteroqueer”. Acercar a los guardianes de la norma al abismo, invitarlos a iterar la experiencia humana, a experimentar las grietas para poder empatizar, grietas donde extinguirse para volver a ser. Queremos desinflar la metafísica de la subjetividad bajo la inmensa inspiración que supone la figura de la “lamia”, personaje femenino de la mitología grecolatina caracterizada como asustaniños y seductora terrible. En palabras de la propia Judith Butler: “En ocasiones la gente me utliliza como una especie de ejemplo de monstruosidad. Tiene que ver con una visión homofóbica o explícitamente antisemita o misógina. Tal vez a la gente le importe que sea tan claramente una lesbiana y no una lesbiana feminista. Mi tesis sobre la construcción social parece asustar mucho a la gente: la idea de que el sexo es culturalmente construido. Parecen temer que esté evacuando cualquier noción de lo real, que haga a la gente pensar que sus cuerpos no son reales o que las diferencias sexuales no son reales. Ellos creen que soy demasiado carismática y que estoy seduciendo a los jóvenes.” 11 Supone igualmente este epígrafe nuestro pequeño homenaje a la famosa consigna feminista de Barbara Kruger que reza “tu cuerpo es un campo de batalla”. Nuestra intención es no sólo indicar la necesidad de cuestionar la identidad sino sugerir los mecanismos para hacerlo y, para ello, tratamos de deconstuir el proceso de formación de los individuos, al objeto de indicar caminos tendentes a pervertirlo. Somos 11 “Sometimes people use me as a kind of example for monstruosity. It has to do with a homophobic or explicitly anti-semitic or explicitly misogynist view. Maybe people care that I am so clearly a lesbian and not a feminism lesbian. My thesis on social construction seems to be very frightening to people: the idea that sex is culturally constructed. They seem to fear that I am evacuating any notion of the real, that I make people think that their bodies are not real or that sexual differences are not real. They believe that I am too charismatic and that I am seducing the young”. La traducción es nuestra. Extracto de la entrevista “The desire for philosophy” de Regina Michalik para Lolapress en el número 2 de su revista de distribución digital página 5. Véase “Feminist Debate”, Year 8, Vol. 16, October 1997, Mexico. Año 2000. 17 conscientes de que la psicología ya ha tratado estas cuestiones aun cuando consideramos que la teoría butleriana ha sido hasta hora poco utilizada para estos fines. El último capítulo de este estudio está dedicado, como no podía ser de otra manera, a exponer las conclusiones a las que esta investigación arriba: destilamos las ideas más sugerentes contenidas en ella y tratamos de enriquecerlas con nuestra aportación personal, al objeto de alumbrar una teoría iterada que contenga las ideas más interesantes de la filosofía de Judith Butler, aplicadas éstas a los contextos que nos resultan más cercanos, especialmente el educativo. Para finalizar nos gustaría realizar algunas aclaraciones con respecto a las fuentes bibliográficas. Este estudio es fruto de la omisión explícita de una de las recomendaciones más juiciosas y repetidas que he tenido que escuchar en los últimos años por boca de las personas que me rodeaban: “no hagas una tesis sobre una pensadora viva”. La razón es evidente, una autora viva continúa escribiendo y, por lo tanto, su teoría está en continua revisión y transformación. Esta apreciación parece especialmente pertinente para la filosofía de Judith Butler; a todo lo publicado antes del 2000, año en el que se despierta mi interés por su teoría, hemos de añadir cuatro nuevas obras y otras tantas colaboraciones en estudios de carácter coral. Rastrear, además, los innumerables artículos que la norteamericana ha escrito en un sinfín de revistas especializadas, actas de congresos, periódicos generalistas y páginas web, ha resultado ser una empresa ingente y siempre abocada a la insatisfacción. Igualmente las entrevistas se cuentan por decenas. Si a todo lo afirmado añadimos que la bibliografía secundaria crece en tiempo real, realizar un trabajo serio sobre el tema requería por nuestra parte una urgente acotación de la problemática a estudiar. En virtud de ello y reconociendo un cierto y necesario decisionismo, convenimos en centrar el estudio en la novedosa visión del sujeto que Butler pretende donar al feminismo y las consecuencias que ello tendrá para el ejercicio de la agencia. Nuestro interés es, de inicio a fin, práctico. Las numerosas disquisiciones teóricas van siempre encaminadas a investigar el uso pedagógico y político que la teoría butleriana pueda tener en aras de una transformación y mejora de la democracia actual. La valía de su propuesta y de nuestro estudio deben ser evaluados, a partir de aquí, por quienes se acerquen a ambos. Para dar forma a este cometido hemos anclado fundamentalmente la investigación en la obra El género en disputa y en las numerosas críticas desatadas. No obstante, su replanteamiento de la subjetividad y las modificaciones a su inicial idea de performatividad nos han forzado a realizar un maravilloso periplo a través de un buen 18 número de sus obras. Cuerpos que importan12 resulta insalvable para poder entender la permeabilidad butleriana a las críticas. En esta obra, Butler se esmera en diferenciar la performatividad de la mera “performance” a través del estudio de la compleja relación existente entre el poder y el cuerpo. Trata de este modo de ahuyentar tanto el fantasma del voluntarismo como el del determinismo, ambos invocados por críticas de la talla de Benhabib o Fraser. Subjects of Desire13 y Mecanismos psíquicos del poder14 intentan explicar la forma y las razones por las que el sujeto se vincula psíquicamente al poder. Ambas obras son imprescindibles para comprender los límites y, en consecuencia, el abanico de posibilidades en el que se mueve la agencia del sujeto. Lenguaje, poder e identidad15 es un libro destinado a explicar de qué manera el lenguaje nos constituye como sujetos y hasta qué punto puede éste ser utilizado para producir la transformación social. Así pues, la performatividad queda finalmente perfilada tanto en su dimensión corporal, como psíquica y lingüística. En un segundo nivel, hemos también querido dedicar nuestra atención tanto a Deshacer el género16 como a Dar cuenta de uno mismo17. La primera de estas obras supone una reflexión muy interesante en torno a los mecanismos de montaje y desmontaje del género. En consecuencia, Deshacer el género reúne una serie de escritos que tratan de sondear los fundamentos inestables de la subjetividad desde presupuestos menos inocentes que los expresados en El género en disputa. Por otro lado, atendemos también en este estudio a Dar cuenta de uno mismo, obra singular en la que Butler da un giro inesperado a su teoría. Esta obra parece, en principio, desentonar dentro del universo político butleriano. De hecho, una lectura apresurada de la misma podría hacerla pasar por una obra menor. No obstante, este tardío interés por la ética tiene por objeto, pensamos, fundamentar la política sobre un andamiaje ético nuevo a la luz de las conclusiones derivadas de estos veinte años de investigación. Un andamiaje ético- 12 Butler, J., Bodies that Matter: On the Discursive Limits of “sex”, New York, Routledge, 1993. Butler, J., Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”, Barcelona, Paidós, 2002. Traducción de Alcira Bixio. 13 Butler, J., Subjetcs of Desire. Hegelian Reflections in twenty-century France, New York, Columbia University Press, 1999, editado por primera vez en 1987. 14 Butler, J., The Psychic Life of Power. Theories of Subjection, Stanford, Stanford University Press, 1997. Butler, J., Mecanismos psíquicos del poder. Teorías sobre la sujeción, Madrid, Cátedra, 2001. Traducción de Jacqueline Cruz. 15 Butler, J., Excitable Speech. A Politics of the Performative, New York, Routledge, 1997. Butler, J., Lenguaje, poder e identidad, Madrid, Síntesis, 2004. Traducción de Javier Sáez y Beatriz Preciado. 16 Butler, J., Undoing Gender, New York & London, Routledge, 2004. Butler, J., Deshacer el género, Barcelona, Paidós, 2006. Traducción de Patricia Soley-Beltran. 17 Butler, J., Giving an Account of Oneself, New York, Fordham University Press, 2005. Butler, J., Dar cuenta de uno mismo, Buenos Aires, Amorrortu, 2009. 19 político menos violento, más humano, permeable a la debilidad, a las carencias propias y ajenas. Esta pequeña gran obra viene nada menos que a cuestionar la violencia como única respuesta humana ante el miedo y supone, entre otras cosas, un alejamiento intelectual con respecto a uno de sus referentes primigenios: Nietzsche. Otras obras como El grito de Antígona18, Vida precaria19 o Marcos de guerra. Las vidas lloradas20 también son tenidas en cuenta, si bien su presencia en este estudio es más difusa por cuestiones de acotación del tema. En el primer caso hemos decidido no profundizar en la obra pues la cuestión de la matriz heterosexual que subyace al modelo familiar y social daría por sí sola para una tesis doctoral. Con respecto a las otras dos obras citadas, ambas plantean problemáticas muy específicas (conflicto palestino-israelí, Guantánamo, guerra de Irak, torturas y abusos en Abu Ghraib, etc.) que consideramos que nos podía alejar de la problemática de base. En relación a los artículos utilizados, consideramos especialmente interesantes los escritos por Butler entre 1986 y 1990. Estas páginas de juventud escritas entre la publicacion de su tesis doctoral, Subjects of Desire, y su primera gran obra, El género en disputa, marcan, en nuestra opinión, el camino por el que su teoría tomará cuerpo en la década de los 90. Igualmente reveladora nos ha parecido de entre las muchas, muchísimas, entrevistas realizadas a nuestra pensadora la que tiene por título “There is a person here”. En ella, una Butler cercana ejemplifica con sus respuestas la raíz vital que palpita en cada una de las páginas de su obra. Subjects of Desire, la primera obra escrita por Butler, y numerosos artículos y entrevistas son citados en inglés por no disponerse hasta la fecha de edición en español; y lo mismo puede afirmarse para una gran parte de la bibliografía secundaria. Por cuestiones de coherencia lingüística y para facilitar la lectura hemos traducido los fragmentos usados, aportando el texto original a pie de página. En el resto de casos, y a excepción hecha a lo que expresaré en el siguiente párrafo, hemos decidido citar los textos tal y como son traducidos en sus correspondientes ediciones en español. En la mayoría de las ocasiones las traducciones son serias y rigurosas y no veíamos motivo real para citar constantemente en inglés más allá de cierta autosatisfacción “snob”. Todo 18 Butler, J., Antigona’s Claim, Kinship Between Life and Death, New York, Columbia University Press, 2000. Butler, J., El grito de Antígona, Barcelona, Editorial El Roure, 2001. Traducción de Esther Oliver. 19 Butler, J., Precarious Life: The Powers of Mourning and Violence, London & New York, Verso, 2004. Butler, J., Vida precaria: el poder del duelo y la violencia, Barcelona, Paidós, 2006. Traducción de Fermín Rodríguez. 20 Butler, J., Frames of War: When is Life Grievable?, New York, Verso, 2009. Butler, J., Marcos de Guerra. Las vidas lloradas, Barcelona, Paidós, 2010. Traducción de Bernardo Moreno. 20 ello, por supuesto, no nos ha eximido de leer las obras y estudiarlas en su lengua original, en un intento de atrapar todas las sutilezas que el lenguaje butleriano posee. Es por ello que, en ocasiones puntuales, hemos decidido aportar nuestra propia traducción de los textos. A pesar de lo anteriormente afirmado, dada la centralidad de la obra Gender Trouble (El género en disputa) para nuestro estudio, hemos optado por elaborar una traducción y citar los textos en su lengua original a pie de página. Eso no quita que hayamos tenido siempre presente la edición de Paidós, traducida por Patricia Soley- Beltran, razón por la cual se cita en la bibliografía. Una obra de tal calibre dentro del contexto de esta investigación requería por nuestra parte la asunción de los riesgos a todos los niveles, incluidos los lingüísticos. De este modo somos plenamente responsables de todo aquello que con respecto a Gender Trouble pueda juzgarse como bien o mal traducido en este estudio. En relación a la amplia bibliografía secundaria que a través de artículos y obras especializadas hemos utilizado para nuestro estudio, nos remitimos al apartado bibliográfico, si bien quisiéramos destacar especialmente el estudio que Burgos publicó en 2008 con el nombre Qué cuenta como una vida. La pregunta por la libertad en Judith Butler. Consideramos el libro de Burgos como la exposición más clara y completa que de la teoría de Judith Butler poseemos en lengua española, una obra indispensable en la que esta investigación se ha apoyado tal y como queda referenciado en múltiples ocasiones. Especialmente interesantes hemos encontrado asimismo los estudios de Moya Lloyd, Judith Butler. From Norms to Politics21 y de Sarah Salih, Judith Butler22. Dichas obras nos han ayudado sobremanera a comprender la repercusión de la teoría butleriana y a orientarnos especialmente dentro del contexto anglosajón. A partir de ahí, el resto de textos susceptibles de ser considerados bibliografía secundaria son cientos, miles, tremendamente dispersos entre las páginas de multitud de actas, revistas y periódicos. Hemos consultado muchos, muchísimos de estos textos, encontrando relevantes para nuestro estudio aquellos que encontrarán en la bibliografía. Fue una pretensión compleja aquella de tratar de hilar las críticas al desarrollo de esta investigación, pues parecía sumirnos, una y otra vez, en una frustración perpetua; siempre había algún nuevo artículo alabando o atacando frontalmente las opiniones 21 Lloyd, M., Judith Butler. From Norms to Politics, Cambridge, Polity Press, 2007. 22 Salih, S., Judith Butler, Nueva York, Routledge, 2002. 21 butlerianas, un nuevo texto que estudiar, diseccionar, incorporar a nuestro estudio. Podemos afirmar, tras una última lectura personal, que el resultado nos deja, al menos, medio satisfechos. Por criterios de buen gusto y espíritu didáctico (inevitable deformación profesional) hemos tratado de cuidar al máximo el lenguaje de este trabajo, especialmente en lo que respecta a la utilización de un lenguaje no sexista. Sin ánimo de entrar en polémicas que no competen a estas páginas, consideramos el lenguaje como un ser vivo en continua transformación y, con esta idea, apostamos decididamente por iterarlo hacia formas no sexistas. Tratamos de estirar el corsé para que diferentes personas puedan sentirse cómodas en él, y por ello, nos parece importante luchar también contra el sexismo explícito e implícito en uno de nuestros principales vehículos para la comunicación de nuestras experiencias: el lenguaje escrito. No es mi intención aburrirles con un capítulo de agradecimientos de carácter recitativo, por ello doy las gracias aquí brevemente a mi amigo Francisco Lozano por mostrarme el camino y a Elvira Burgos, Maria José Guerra Palmero, Sonia Reverter Bañón, Neus Campillo, Ángeles Jiménez Perona, Gemma Muñoz-Alonso López y Pablo Pérez Navarro por haberme asesorado atentamente en algunas lecturas. Me siento enormemente afortunado por tener como amiga a Judith Dato, artista a la que esta tesis debe sus maravillosas ilustraciones. Finalmente se lo debo todo a Gemma Vicente, directora de este estudio, y a Katia Andreo, mi luz, que con altas dosis de paciencia y alguna que otra pizca de inexplicable fe en el proyecto, han caminado junto a mí estos más de diez años mientras yo trataba de darle forma a mis inquietudes e ideas. 22 CAPÍTULO 1 El sujeto en la filosofía contemporánea y su recepción en el feminismo 23 “Dentro de la práctica política feminista, parece necesario un replanteamiento radical de las construcciones ontológicas de la identidad al objeto de formular una política representacional que reanime el feminismo sobre otras bases.”23 Butler, J., Gender Trouble, p. 8. 23 “Within feminist political practice, a radical rethinking of the ontological construction of identity appears to be necessary in order to formulate a representational politics that might revive feminism on other grounds.” 24 1.1. La filosofía contemporánea como marco para la nueva política feminista Existe hoy en día un feminismo hijo de su tiempo, un feminismo al que desde ciertas instancias de poder se suele mirar de soslayo y catalogar de menor, tal vez por provocador, tal vez por peligroso. Un feminismo que está replanteando sus bases y que pone en cuestión la visión ontológica, esencialista, metafísica y naturalizada de la subjetividad. A este feminismo es al que pertenece la propuesta de la autora que centra nuestro estudio. Para asir convenientemente su propuesta, daremos un pequeño rodeo que nos permitirá transitar las principales tesis del pensamiento contemporáneo con respecto al sujeto. Consideremos, en primer lugar, que no es gratuito advertir de antemano que intentar aprehender bajo una definición, enumeración o descripción, la totalidad del polifacético pensamiento contemporáneo se revela como una tarea no sólo ingente, sino además, siempre abocada a sumirnos en la más profunda insatisfacción. Mas cual Sísifos modernos asumimos nuestro destino, narradores de algo que se nos escapa, se nos pierde entre los dedos “como lágrimas en la lluvia”24, en una lucha titánica por encontrar, recuperar, el punto hermenéutico desde donde dar luz (“lichtung”) a “eso” que se ha dado en llamar “pensamiento contemporáneo”. El pensamiento contemporáneo se caracteriza por su (des)estructura caleidoscópica, tanto en lo que concierne a sus rasgos como a sus fuentes. Recogiendo el hilo de Ariadna, podemos encontrar precedentes del pensamiento actual en un gran abanico de pensadores (Heráclito, Protágoras, Pirrón, Ockam, Schleiermacher, etc.), literatos y artistas de muy distinto sello (Sade, Bataille, Artaud, Baudelaire, Rimbaud, etc.). Sin embargo, tres nombres aparecen, en nuestra opinión, como referentes imprescindibles para comprender el sentir que inspira la filosofía de finales del siglo XX e inicios del XXI: Nietszche, Heidegger y Wittgenstein. Rastrear la huella de Nietzsche en el pensamiento actual es labor imprescindible para alcanzar tan sólo algo de comprensión en los textos contemporáneos. Su 24 Tomo prestada esta expresión del ya clásico final de la película de Ridley Scott, Blade Runner. The director’s cut, EE.UU, Warner Bross, 1882. 25 antiplatonismo, su crítica a la cultura occidental, a la idea de verdad, al lenguaje y su engañosa función representativa, al naturalismo, su impagable defensa del perspectivismo, su nihilismo activo, creativo, imaginativo, han supuesto un punto arquimédico, un antes y un después en la historia de la filosofía. Nietzsche es una de esas Ítacas a la que Butler regresará una y otra vez en su búsqueda de un sujeto “post” que a la par sea viable para la acción política. La genealogía de la moral25, como veremos posteriormente, se erige en este estudio como una presencia constante que permanece a la base de un gran número de consideraciones butlerianas. Heidegger, por su parte, influido por el pensamiento nietzscheano, impregna de igual modo el pensamiento actual entre otras cosas con el “olvido del ser” y con su crítica a la noción de fundamento (“Grund”). Esta determinación, descubrimiento, revelación, vía fenomenología y existencialismo, lleva a Heidegger a transitar los senderos de lo marginal y la diferencia, dejando abiertos los caminos que habrán de seguir muchos filósofos y filósofas de la segunda mitad de siglo. Aun cuando no supone un referente directo de las lecturas butlerianas, su peso específico sobre la actual manera de entender al sujeto no puede desestimarse. Por último, no es desdeñable la importancia de Wittgenstein en el pensamiento de hoy en día. Su noción de “juegos del lenguaje” dinamita la filosofía del siglo XX por constituir la llave que abre la caja de Pandora donde sujeto y poder negocian su posición, su sentido y su ser. Wittgenstein se erige así como un precedente claro de la biopolítica foucaultiana, con la importancia que tendrá ésta sobre el pensamiento político de la norteamericana. Finales del XX, inicios del XXI: el pensamiento único ha explosionado. Asistimos atónitos/as al “big bang” de la Filosofía donde las distintas corrientes de pensamiento se suceden vertiginosamente a hombros de esta tríada “maldita”, generando una espiral de ideas que tratan de aprehender la realidad en toda su complejidad. Ya nunca más simplificar, falsear, atraer lo real hacia un orden ilusorio sino enfrentarse al abismo del comprender. Con este ánimo van cobrando forma la hermenéutica (Gadamer, Ricoeur, etc.), el psicoanálisis (Freud, Lacan, Jung, Klein, etc.), el estructuralismo y el post-estructuralismo (Foucault, Levi-Strauss, etc.), el pragmatismo (Rorty), la deconstrucción (Derrida) y, en un lugar destacado, la postmodernidad (Lyotard, Vattimo, Deleuze-Guattari, Kristeva, Baudrillard, 25 Nietzsche, F., La Genealogía de la moral, Madrid, Alianza editorial, 1996. 32 Foucault), que habrán filtrado la lectura hegeliana con los textos de Nietzsche, Marx, Freud, Husserl y Heidegger34. Según nos muestra Butler en el capítulo añadido en 1987, y que lleva por título “The life and death struggles of desire: Hegel and Contemporary french theory”, para apreciar la gran importancia de la propuesta de Jacques Derrida y poder seguir el diálogo del francés con Hegel debemos acudir a las obras La escritura y la diferencia y Glas, así como al artículo "The pit and the pyramid: An introduction to Hegel´s semiology"35. En estos textos, Derrida recoge la crítica de Hyppolite, quien ya muestra los límites de la concepción hegeliana del sujeto como instancia autónoma, pero Derrida va más allá amparándose en el análisis del lenguaje. Derrida parte de lo que el mismo Hegel llamó “entender la diferencia” contenida en el proyecto histórico, pero el alemán cree que al final, esta negatividad, esta diferencia, queda siempre dentro de los confines de un lenguaje filosófico en el que estos conceptos están incluidos dentro de una metafísica de la identidad y de la presencia. A este respecto, Derrida considera que el proyecto hegeliano padece de una gran ceguera con respecto a lo que el francés cataloga como “la comedia de la Aufhebung”: “La noción de Aufhebung (el concepto especulativo por excelencia, nos dice Hegel, aquel cuyo privilegio intraducible detenta la lengua alemana) es risible en cuanto que significa el atarearse en el discurso que se extenúa en reapropiarse toda negatividad, en elaborar la puesta en juego como inversión, en amortizar el gasto absoluto, en dar sentido a la muerte, en hacerse al mismo tiempo ciego al abismo sin fondo del sin-sentido en el que se saca y se agota el fondo del sentido. Ser impasible, como lo fue Hegel, a la comedia de la Aufhebung, es cegarse a la experiencia de lo sagrado, al sacrificio perdido de la presencia y del sentido.”36 Esta ceguera, según Derrida, es especialmente clara en la teoría del signo hegeliana, para la cual la relación simbólica entre el signo y el significado es total dentro del sistema dialéctico, mientras que, para Derrida, la referencia al significado 34 Véase Ibíd., p. 175. 35 Sorprende el hecho de que Butler seleccione estos textos de Derrida y no otros. Las referencias del francés a Hegel son habituales en muchos de sus textos. Especialmente interesante nos resulta el capítulo titulado “De la economía restringida a la economía general (un hegelianismo sin reservas)”, incluido en La escritura y la diferencia, Barcelona, Anthropos, 1989, pp. 344-382. 36 Ibíd., pp. 352-353. 33 está siempre desplazada, es más, la misma cuestión de la referencia es paradójica. Mientras “una filosofía, la más clásica”37, insiste en la búsqueda del significado en el origen, en el suelo fundador, Derrida nos recuerda que: “Para señalar efectivamente los desplazamientos de los lugares de inscripción conceptual es preciso articular las cadenas sistemáticas del movimiento según sus generalidades y sus periodos propios, según sus diferencias, sus desigualdades de desarrollo, las figuras complejas de sus inclusiones, implicaciones, exclusiones, etc.”38 El signo se erige ante nosotros metafóricamente como “pirámide”, en su sentido más solemne, y como “pozo” (sin fondo, podríamos añadir), en referencia a su inagotable profundidad. El signo es pues un misterio insondable, un elemento inquietante que el ser humano debería saber acompañar en su crecimiento y continua transformación: “Lo que es una cosa completamente distinta del reconducir al origen o al suelo fundador de un concepto, como si existiera algo semejante, como si tal límite inaugural e imaginario no despertase el mito tranquilizador de un significado trascendental, arqueología en vísperas de todo rastro y de toda diferencia.”39 Como podemos apreciar, para Derrida la “diferencia”, la “negación” emergen como algo total y absolutamente inherente a la historia y al sujeto, condenados ambos (si es que esto puede considerearse una condena) a la imposible autoreferencialidad. El francés llama a esta cuestión "el mito de la referencia misma". Si la referencialidad es, como hemos dicho, imposible, el sujeto no tiene más sentido conceptual que el venir a generar una ficción lingüística para ocultar toda esta gran farsa. Tal y como lo interpreta Butler: “Para Derrida, el fracaso del signo muestra al sujeto absoluto lleno de ambición metafísica e impotente por completo para lograr esa ambición a través del lenguaje ya que el sujeto es la ficción de una 37 Derrida, J., “El pozo y la pirámide. Introducción a la semiología de Hegel”, en Márgenes de la filosofía, Madrid, Cátedra, 1989, p. 106. 38 Idem. 39 Ibíd, pp. 106-107. 34 práctica lingüística que busca negar la absoluta diferencia entre signo y significado.”40 Por otro lado, en Subjects of Desire, Butler presta también especial atención a una de las referencias ineludibles del feminismo contemporáneo en relación a la problemática de la subjetividad: Michel Foucault y su propuesta de una subjetividad postestructuralista. Foucault, como nos explica Butler, desarrolla su propia crítica a los fundamentos hegelianos que constituyen la estructura de la metafísica moderna en el ensayo "Nietzsche, genealogía e historia" incluido en Microfísica del poder41. Partiendo, al igual que Derrida, de la tímida crítica de Hyppolite, Foucault entiende la historia como lucha ("struggle of forces") y no como reconciliación. Las figuras hegelianas por antonomasia, el amo y el esclavo, no son sujetos fundacionales de una Historia Universal "humana". El amo, el esclavo, la historia misma, emergen para Foucault en la lucha. Por lo tanto, no existe como para Hegel una realidad social compartida donde interactuan una serie de sujetos. En otras palabras, amo y esclavo, el juego de dominación, no es un momento de la Historia, sino su propio "modus vivendi", el "no-lugar" para el interminable juego de dominaciones42. Y este "no-lugar" de emergencia debe entenderse como una versión no dialéctica de la historia43 que puede abrir las puertas a una nueva manera de entender la subjetividad44 desde su negatividad y sus contradicciones imposibles de conciliar. En palabras del propio Foucault: "Actualmente, cuando se hace historia -historia de las ideas, del conocimiento o simplemente historia-, nos atenemos a ese sujeto de conocimiento y de la representación como punto de origen a partir del 40 Butler, J., Subjetcs of Desire. Hegelian reflections in twenty-century France, p. 179. “For Derrida, the failure of the sign reveals the absolute subject as full of metaphysical ambition and utterly helpless to achieve that ambition through language and that the subject is itself the fiction of a linguistic practice between that seeks to deny the absolute difference between sign and signified.”. Siendo Butler una gran amante de los juegos de palabras, debemos matizar que la primera vez que utiliza en esta cita la palabra “subject”, esta puede ser traducida en virtud del contexto tanto por “sujeto” como por “cuestión”, “materia” o “tema”. 41 Foucault, M., Microfísica del poder, Madrid, La Piqueta, 1979. 42 "In effect, domination becomes for Foucault the scene that engenders history itself, the moment in which values are created and new configurations of force relations produced.". Véase Butler, J., Subjetcs of Desire. Hegelian reflections in twenty-century France, p. 182. 43 "This non-place of emergence, this conflictual moment which produces historical innovation, must be understood as a nondialectical version of difference, not unlike the difference which, for Derrida, permanently ruptures the relation between sign and signified." Véase Ibíd., p. 183. 44 "Evidentemente la filosofía de Foucault replantea una reelaboración de la teoría del sujeto, éste dejaría de ser considerado como núcleo central de todo conocimiento, como aquello que revela la libertad y posibilita la eclosión de la verdad." Véase Rodríguez Magda, R. Mª., Foucault y la genealogía de los sexos, Barcelona, Anthropos, 1999, p. 117. 35 cual es posible el conocimiento y la verdad aparece. Sería interesante que intentáramos ver cómo se produce, a través de la historia, la constitución de un sujeto que no está dado definitivamente, que no es aquello a partir de lo cual la verdad se da en la historia, sino la de un sujeto que se constituyó en el interior mismo de ésta y que, a cada instante, es fundado y vuelvo a fundar por ella. Hemos de dirigirnos pues en la dirección de esta crítica radical del sujeto humano tal y como se presenta en la historia."45 Se trata, tanto para Foucault como para Derrida, de invertir la identidad hegeliana por la diferencia, pasando ahora a entenderse el "Aufhebung" como estrategia de conciliación, pero no como la efectiva incorporación de la diferencia en la identidad, con las consecuencias que esta nueva concepción tiene para la manera de entender el sujeto. Aun cuando Butler no atisba su importancia en el preclaro Subjects of Desire de 1987, la norteamericana pronto arribará a los textos morales nietzscheanos. Desde ese momento, instalará las ideas del alemán en el mismo centro de su reflexión en torno a las teorías prejurídicas y al sujeto que describen. Nietzsche trata esta cuestión en numerosos momentos de su obra de forma dispersa, pero es en su Genealogía de la moral, según palabras de Sánchez Pascual “la obra más sombría y más cruel de su autor”46, donde dedica mayores esfuerzos a explicar la problemática de la subjetividad desde una perspectiva alejada del esencialismo. En esta obra, en nuestra opinión no exenta de contradicciones y de alguna que otra afirmación poco fundamentada, Nietzsche desarrolla una interesante genealogía de la conciencia a partir de la culpa, dando cuenta así de la formación de uno de los grandes inventos de la ilustración: el sujeto autónomo. Nietzsche desarrolla esta crítica fundamentalmente en el tratado segundo de la citada obra, titulado “Culpa, mala conciencia y similares”47. En este tratado, el pensador de Röcken investiga el origen de la memoria como una necesidad vital que permite que tenga sentido un mundo donde los seres humanos hacen promesas. Así, el sujeto soberano es “el fruto más maduro”48 del árbol de la historia pero totalmente contingente y arbitrario: 45 Foucault, M., La verdad y las formas jurídicas, Barcelona, Gedisa, 2005, p. 14-15. 46 Extraído de la introducción escrita por el citado autor a La Genealogía de la moral, p. 7. 47 Ibíd., pp. 73-126. 48 Ibíd., p. 77. 36 “El orgulloso conocimiento del privilegio extraordinario de la responsabilidad, la conciencia de esta extraña libertad, de este poder sobre sí y sobre el destino, se ha grabado en él hasta su más honda profundidad y se ha convertido en instinto, en instinto dominante: - ¿cómo llamará a este instinto dominante, suponiendo que necesite una palabra para él? Pero no hay ninguna duda: este hombre soberano lo llama su conciencia…”49 Según Nietzsche, la formación de la conciencia es el resultado final del sufrimiento y de la culpa que, no pudiendo ser vertidas hacia fuera, generan la ficción de un ámbito interior hacia el que se revierte todo ese sufrimiento. En sus propias palabras: “<<Yo sufro: alguien tiene que ser culpable de esto>> - así piensa toda oveja enfermiza. Pero su pastor, el sacerdote ascético, le dice: <<¡Está bien, oveja mía! Alguien tiene que ser culpable de esto: pero tú misma eres ese alguien, tú misma eres la única culpable de esto, - ¡tú misma eres la única culpable de ti!...>> Esto es bastante audaz, bastante falso: pero con ello se ha conseguido al menos una cosa, con ello la dirección del resentimiento, como hemos dicho, queda cambiada.”50 A pesar de que el razonamiento presenta una línea un tanto arbitraria y confusa51, su gran valor radica en presentar a la conciencia, al sujeto, como un elemento derivado y no necesario.52 Este análisis nietzscheano de fuerza innegable por su potente anacronismo, por su visionario valor prospectivo, está a la base de la crítica actual a la noción de sujeto ejercida desde múltiples campos de investigación. Su huella se siente en autores tan dispersos como Foucault, Vattimo, Derrida, Deleuze, siendo recogida y acompañada por 49 Ibíd., p. 78-79. 50 Ibíd. p. 165. 51 Podríamos plantearnos cuestiones como, ¿por qué empezar por la memoria y no la imaginación o cualquier otra facultad?, ¿no parece que el análisis lo que hace es sustituir y por tanto privilegiar otras instancias sobre la conciencia?, ¿no parece destituir un “dios” para poner otros, la responsabilidad, la culpa? Además, ¿la responsabilidad ante quién?, ¿y la culpa?, ¿no parece la “sociedad” algo demasiado etéreo e impreciso? 52 “¿Su conciencia?... De antemano se adivina que el concepto conciencia, que aquí encontramos en su configuración más elevada, casi paradójica, tiene ya a sus espaldas una larga historia, una prolongada metamorfosis.” Véase Ibíd. Pág 79. 37 pensadoras de la talla de J. Butler, R. Braidotti o Sadie Plant como manifiestan claramente en sus propios textos. Si bien muchas de estas pensadoras (al igual que los autores anteriormente citados) niegan cualquier tipo de etiquetado para su pensamiento, ninguna parece tener grandes reparos en reconocer la deuda nietzscheana en multitud de cuestiones, como, por ejemplo, la que nos ocupa. Gianni Vattimo, uno de los más importantes referentes de la filosofía contemporánea, dedica una breve pero intensa obra, Más allá del sujeto, a exponer su concepción postmetafísica del sujeto desde presupuestos heideggerianos, hermenéuticos y, por supuesto, nietzscheanos. Así, nos cuenta: "La misma noción de sujeto es uno de los objetos más constantes de la obra de desenmascaramiento que Nietzsche dirige contra los contenidos de la metafísica y de la moral platónico-cristiana. <<¿No está acaso permitido al fin - escribe en Más allá del bien y del mal - ser un poco irónicos con el sujeto, como con el objeto y el predicado?>>"53 Esta ironía nace, sin duda alguna, de la consideración del sujeto como epifenómeno totalmente ocluido por el pensamiento metafísico moderno que presentaba a éste como substancia originaria e inmutable debido a la creencia en otra de las más fructíferas categorías del racionalismo como es la causalidad. Según Vattimo, la causalidad se estableció como dato, llevando así a la búsqueda errónea de un responsable tras el puro acontecer. La creencia en el sujeto, según el autor italiano, no es más que una creencia supersticiosa amparada en la estructura del lenguaje54. En sus propias palabras: "El universo de la metafísica, dominado por la categoría de Grund, del fundamento, está modelado por la creencia supersticiosa en el sujeto: es esta perspectiva la que nos hace aparecer todo en la perspectiva del hacer y del sufrir."55 Pero la cuestión es, ¿cómo se siente esta crítica postmoderna al sujeto dentro del movimiento feminista en general y dentro de la filosofía de Butler en particular? Esta 53 Vattimo, G., Más allá del sujeto. Nietzsche, Heiddeger y la Hermenéutica, Barcelona, Paidós Studio, 1992, 2º ed., p. 28. 54 Véase Ibíd. p. 30. 55 Idem. 38 problemática se deja sentir en el pensamiento desarrollado por numerosas autoras actuales, pero probablemente haya sido Judith Butler la que mejor lo haya tematizado desde una perspectiva abiertamente nietzscheana. Como hemos mencionado con anterioridad, la autora norteamericana muestra su deuda intelectual con Nietzsche ya desde la que se considera su primera gran obra, Gender Trouble, publicada en 1990, cuatro años después de la revisión de Subjects of Desire. En ella, Butler pone en diálogo al alemán con autoras como De Beauvoir, Irigaray o Wittig en torno a la cuestión de la substancialidad del sujeto del feminismo. De la mano de Nietzsche, Butler, en la obra citada, desarrolla probablemente el mayor golpe asestado hasta la fecha a las bases del feminismo por replantear los fundamentos del movimiento en un intento de reformularlo tanto a nivel teórico como politicopráctico. Para ello, propone abandonar la visión metafísica del sujeto y privilegiar una nueva concepción inspirada en el pensador alemán y en la que primaría la acción frente a la esencia: "El desafío de volver a pensar las categorías de género fuera de la metafísica de la substancia tendrá que considerar la importancia de la proclama nietzscheana de La Genealogía de Moral en torno a que <<no hay ser detrás de la agencia, el efecto, la transformación; el hacedor es simplemente una ficción añadida al hecho - el hecho lo es todo.>>"56 En este párrafo se contiene la idea fundamental que Butler tomará de Nietzsche para minar las bases del feminismo: el sujeto es una ficción fruto de la cobardía humana. Es un descubrimiento antropológico vital que la genealogía desvela para el ser humano. El sujeto, tan necesario para el proyecto ilustrado, tan vital para la política feminista, se muestra ahora totalmente como una instancia vicaria de un sistema punitivo57 que lo precede y que lo forma. Por lo tanto, la subjetividad depende de un 56 "The challenger for rethinking gender categories outside of the metaphysics of substace will have to consider the relevance of Nietzsche's claim in On the Genealogy of Morals that <<there is not being behind doing, effecting, becoming; the doer is merely a fiction added to the deedthe deed is everything.>>" Butler, J., Gender Trouble, p. 33. 57 “Si la función del sujeto en tanto que origen ficticio es ocluir la genealogía por la que el suejto se forma, el sujeto es también postulado para hacerse responsable de esa historia que el suejto disimula; de este modo, la juridicalización de la historia se consigue precisamente a través de la búsqueda de sujetos a los que perseguir, sujetos que puedan ser considerados como responsables, y resolver así de una manera provisional el problema de una historia esencialmente imposible de perseguir.” Butler, J., Lenguaje, poder e identidad, p. 89. 39 discurso moral en torno a la responsabilidad, es decir, no hay sujeto sin culpa, no hay sujeto sin acto condenable, no hay sujeto sin castigo58. Debemos matizar que Judith Butler, aún reconociendo en numerosas ocasiones su deuda con el pensador alemán, muestra un gran interés por dar a luz una teoría más radical (que expondremos en mayor detalle con posterioridad) en torno a la formación del sujeto. Aunque la autora norteamericana considera la crítica de Nietzsche muy valiosa para la elaboración de una teoría feminista postestructuralista, pues muestra al sujeto como un elemento emergente alejado del esencialismo, Butler cree que la propuesta nietzscheana queda anclada aún en un último reducto metafísico tradicional por postular una instancia anterior al sujeto (¿un supra-sujeto?) de marcado carácter metafísico. En palabras de nuestra pensadora: "Pero parece que la interpretación de Nietzsche en La genealogía de la moral pone de manifiesto un elemento de su propia imposibilidad. Porque si el "sujeto" cobra vida a través de la acusación, invocado en tanto que origen de una acción ofensiva, entonces parecería que la acusación debería venir de una interpelación performativa que precede al sujeto, una interpelación que presupone la operación anterior de un habla eficaz. Pero ¿quién emite este juicio formativo? Si hay una institución de castigo en la que se forma el sujeto, ¿no existiría también una figura de la ley que condena performativamente al sujeto a la existencia? ¿Pero no implica esto un sujeto anterior y más poderoso?" 59 Como podemos apreciar, y siempre en opinión de Butler, aunque la propuesta de Nietzsche supone un importante paso hacia una visión antiesencialista de la subjetividad, todavía plantea interrogantes difíciles de resolver: si el sujeto ya no es esa sólida instancia metafísica a la que recurrir sino el efecto de una acusación, ¿quién 58 "En cierto sentido, para Nietzsche el sujeto cobra existencia únicamente dentro de las exigencias del discurso moral en torno a la responsabilidad. Las exigencias de la culpa interpretan al sujeto como la "causa" de un acto. En este sentido, no puede haber sujeto sin acto condenable, de la misma manera que no puede haber "acto" al margen de un discurso sobre la responsabilidad y, según Nietzsche, sin una institución de castigo." Ibíd. p. 83. Es importante destacar, como se verá más tarde en las páginas de este estudio, el alejamiento de las tesis nietzscheanas que se producirá en la teoría de Butler con su obra Dar cuenta de uno mismo. Este hecho será trascendental, por cuanto aleja al butlerianismo de la violencia como único marco de reconocimiento desde el que fundamentar la identidad y la política. En nuestra opinión, este libro, poco estudiado y valorado aún, tal vez ensombrecido bajo la alargada figura de obras como Deshacer el género, supone una toma de conciencia de nuestra pensadora de la importancia de repensar las bases éticas de su teoría, provocándose una especie de, podríamos llamar, giro ético antinietzscheano en su propuesta. 59 Ibíd., p. 83-84. 40 emite esta acusación?, ¿quién enuncia la ley e instituye el castigo?60 Butler, que considera a Nietzsche atrapado nuevamente en una especie de esencialismo derivado donde se sustituye el sujeto por la interpelación, el castigo o la ley, persigue una teoría feminista que no remita en última instancia a un “quién” sino a una emergencia conjunta en la más pura performatividad de elementos nunca substanciales. Esta tesis irá siendo desarrollada y revisada en sus obras posteriores, en las que tendrá que hacer frente también a las múltiples críticas que, con respecto a la posibilidad de agencia del sujeto “post”, ha planteado la teoría de nuestra pensadora.61 No obstante, y como hemos señalado, lo que Butler destaca del pensador de Röcken es su abandono de la visión del sujeto como punto de apoyo firme, pasando a ser considerado una instancia derivada cuya genealogía nos desvela siempre un otro que la precede, condiciona o construye. En esta misma línea, el amplio desarrollo que experimenta la filosofía del lenguaje durante el siglo XX viene a aportar nuevos matices a la crítica al sujeto. Butler, sabedora de esto, ubica la teoría apelativa de Althusser (que desarrollaremos más adelante) en la base de su propuesta desde que, en 1993, se hiciera eco de ella en su libro Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”62, revisitando a dicho autor posteriormente en su libro de 1997 Mecanismos psíquicos del poder63. Para Althusser, conocedor del psicoanálisis, el “yo” siempre viene precedido de un sistema que lo nombra y lo sitúa dentro de una compleja estructura social de individuos-fuerza. El autorreconocimiento sólo se hace posible tras la tarea social de nombrar y uibicar la individualidad dentro del tablero de ajedrez y la tela de araña que constituye el mundo en sociedad; y por lo tanto, el “yo” pasa de fundador a fundado, de 60 Nótese la deuda nietzscheana de Foucault, quien parece iniciar Vigilar y castigar justo donde Nietzsche deja su Genealogía de la moral: la ley entendida en su aspecto formativo. 61 Hacemos referencia a las críticas recibidas en relación al sujeto postestructuralista butleriano y su posibilidad de agencia en un posterior capítulo de este estudio. 62 Quedamos perplejos ante la traducción al castellano del título de esta obra. Bodies that matter. On the discursive limits of “sex” literalmente Cuerpos que importan. Sobre los límites discursivos del “sexo”, misteriosamente se transforma en Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”. En otro orden de cosas, podemos destacar la primera y tímida incursión que Butler hace en la teoría de Althusser al inicio del capítulo 4 titulado “El género en llamas: cuestiones de apropiación y subversión”. 63 Véase el capítulo 4, “La conciencia nos hace a todos sujetos”, incluido en Buter, J., Mecanismos psíquicos del poder. Teorías sobre la sujeción, p. 119-146. Este capítulo fue publicado anteriormente en 1995. 41 elemento primario del conocimiento a instancia derivada de la apelación o llamada social.64 Estas reflexiones de Althusser están claramente influidas por la vinculación que el psicoanálisis estableció entre reconocimiento y deseo. En este sentido, el psicoanálisis ya tematizó de alguna manera la subjetividad desde presupuestos no substanciales. Por ello, no debe omitirse aquí la influencia que en el feminismo actual ha tenido la analítica del "yo" realizada desde el movimiento psicoanalítico65. Rosi Braidotti, por ejemplo, se hace eco en su obra de la desvinculación del "yo" y la "conciencia". El "yo", desde la primera tópica freudiana se desvela como una instancia de una complejidad mucho mayor de la esperada. El elemento clave que viene a distorsionar la idílica visión racionalista que identificaba "yo" y "conciencia" es el inconsciente. El sujeto deja por tanto de ser una substancia unitaria de carácter absolutamente racional, para convertirse en una especie de caja de Pandora difícil de conciliar consigo mismo. Para comprender el impacto de estas tesis en el feminismo del siglo XXI mencionaremos la propuesta de Rosi Braidotti, quien desarrolla una concepción del sujeto con matices contingentes, el "sujeto nomade", desde presupuestos fundamentalmente psicoanalíticos y deleuzianos66. "Además, en el pensamiento y en la práctica teorética de Nietzsche, Freud y Marx -la trinidad apocalíptica de la modernidad- 64 “Cuando hay un yo que pronuncia o habla y, por consiguiente, produce un efecto en el discurso, primero hay un discurso que lo precede y que lo habilita, un discurso que forma en el lenguaje la trayectoria obligada de su voluntad. De modo que no hay ningún yo que, situado detrás del discurso, ejecute su volición o voluntad a través del discurso. Por el contrario, el yo sólo cobra vida al ser llamado, nombrado, interpelado, para emplear el término althusseriano, y esta constitución discursiva es anterior al yo; es la invocación transitiva del yo. En realidad, sólo puedo decir yo en la medida en que primero alguien se haya dirigido a mí y que esa apelación haya movilizado mi lugar en el habla: paradójicamente, la condición discursiva del reconocimiento social precede y condiciona la formación del sujeto: no es que le confiera el reconocimiento a un sujeto; el reconocimiento forma a ese sujeto”. Butler, J., Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”, p. 317. 65 "La idea de diferencias dentro de cada sujeto es tributaria de la teoría y la práctica psicoanalítica, en la medida en que aborda al sujeto como punto de intersección de diferentes registros del habla, que invocan los diversos estratos de la experiencia vivida." Braidotti, R., Sujetos nomades, Barcelona, Paidós, 2000, p. 196. 66 "A lo que apunta Deleuze es a la afirmación de la diferencia atendiendo a una multiplicidad de diferencias posibles; a la afirmación de la diferencia como el carácter positivo de las diferencias. A su vez, esto lo lleva a redefinir la conciencia atendiendo a una multiplicidad de estratos de experiencia que no privilegian la racionalidad como el principio organizador. En su intento por superar la idea clásica del sujeto como coincidente con su conciencia, Deleuze pone el acento en el inconsciente como un campo creativo, o, para decirlo de otro modo, el inconsciente no como el profundo recipiente de fuentes aún desconocidas, sino como el sitio que marca la no coincidencia estructural del sujeto con su conciencia.” Ibíd., p. 117. 48 línea de presentar al sujeto como ser interrelacional, Plant desmitifica la frontera clara que la ilustración marcó entre el hombre y la máquina. En el capítulo titulado "Cibernética"94, Plant escribe una serie de reflexiones a raíz del análisis del trabajo desarrollado por Weiner en 1948 Cybernetics: Communication and control in animal and machine95. En este estudio, Weiner define los organismos cibernéticos como máquinas que incorporan algunos mecanismos que les permiten autogobernarse y autoregularse funcionando con autonomía. Estas máquinas poseen órganos sensoriales, o sea, mecanismos que les permiten recibir información del exterior y emitir mensajes, interactuando vivamente con aquello que las rodea. Plant cree, a partir de preclaros trabajos como el de Weiner, que las diferencias, por muy extremas que parezcan con respecto al ser humano, no son más que de grado y que, por tanto, nosotros y nosotras, no constituimos ninguna excepción con respecto a estos modos de vida más “básicos”. Estas cuestiones tecnológicas de nuestro siglo no son tema baladí por cuanto desmitifican los límites internos y externos de la subjetividad, poniendo en cuestión las fronteras entre el ser humano y la máquina, lo vivo y lo muerto, y acercando así la política y el feminismo a campos de la investigación de última generación lindantes con la ciencia ficción. La imaginación se dispara hacia nuevas concepciones del sujeto alejadas del etnocentrismo racional ilustrado y el feminismo explosiona en un sinfín de campos de investigación (la literatura ciberpunk, el cine fantástico, la publicidad, etc.) a la búsqueda de "otra" identidad (abierta, provisional, cyborg) aún posible. La imaginación copa las más altas esferas de la teoría política. Los "dissociative identity disorders", a cuyo estudio y catalogación la práctica psicoanalítica dedicó todo el siglo XX, se ponen hoy en cuestión a la luz de esa nueva manera de entender la subjetividad con sus fisuras de carácter inherente. Tal vez el sujeto "sano" haya sido el mayor de los inventos (y quizás el más cruel) de la práctica clínica occidental. En la actualidad, los psiquiatras más conservadores miran con añoranza la época en la que la histeria era el paradigma dominante de los procedimientos esencialmente freudianos dedicados a la "reunificación de un yo disperso"96. Como Plant analiza, los intentos de definir estos trastornos como una cuestión de personalidades enfermas (por desintegradas y fragmentadas) frente a la 94 Véase Plant, S., Ceros + unos, pp. 155-163. 95 Weiner, N., Cybernetics: Communication and control in animal and machine, Cambridge, The Mit Press, 1948. 96 Para entender el cambio de paradigma dentro de la práctica psicoanalítica a la luz de un nuevo more de entender el yo, véase el capítulo "Desórdenes" incluido en Plant, S., op. cit., pp. 130-136. 49 personalidad única se presentan como una cuestión harto delicada dentro de "una cultura desmenuzada, esquizofrénica, que salta de canal en canal de televisión, una cultura que vive de procesos paralelos y sistemas clasificados, rugiendo con el murmullo de voces invisibles y expuesta a miles de mandos a distancia"97. En este contexto de inestabilidad de la identidad, es importante hacer referencia a la afirmación que hace Plant respecto a la caída de los roles de género en el marco de las nuevas tecnologías. Según nuestra autora, esta caída traerá necesariamente como consecuencia la desestabilización del sistema patriarcal actual. Se trata, tal y como expresa Cerril Hamilton, de que el ciberfeminismo está “comenzando a crear nuevos mundos, en parte a través de y en conversación con, las tecnologías digitales.”98 Así, el ciberfeminismo según Paterson, es una filosofía con capacidad para “crear una poética, pasión, identidad política y unidad sin caer en una lógica y en un lenguaje de exclusión o apropiación”99. Rosi Braidotti, en esta línea, nos dice que la actualidad dibuja una falsa relación antitética entre lo humano y la tecnología. Más allá de la forma en la que cataloguemos esta vinculación, tenemos que ser conscientes de hasta qué punto lo tecnológico está hoy en día “implantado” en nuestra manera de entender lo humano. Siendo un “agente semiótico y social más”100, la tecnología es hoy una prolongación de lo que somos y, por tanto, la tecnología debe ser precisamente el medio para una lucha feminista que negocie en el ciberespacio (todo el espacio ya lo es) nuevas áreas de poder y presencia de la mujer. Según Braidotti, su propuesta no funciona como una teoría unitaria, sino como una metodología, un proceder, que se ejerce desde infinitos flancos y que busca extender la ironía y la provocación frente al pensamiento único. Este proceso es irreversible, no tiene vuelta atrás como lo atestiguan los libros de la pionera de la postmodernidad cyborg, Donna Haraway. Gracias a una larga trayectoria intelectual que comprende desde sus primeras investigaciones de campo con primates a las más complejas reflexiones en torno a la tecnociencia, Haraway se convierte en una de las grandes "gurús" del mundo por-venir (o quizás del ya éste, nuestro mundo): 97 Ibíd. p. 136. 98 Citada en Hawthorne, S. y Klein, R., Cyberfeminism, Melbourne, Spinifex Press, 1999. p. 4. 99 Paterson, N., “Cyberfeminism". Consultable en http://internetfrauen.w4w.net/archiv/cyberfem.txt. Consultdo en Mayo de 2012. 100 Braidotti, R., “Cyberfeminism with a Difference”, en http://www.let.uu.nl/women_studies/rosi/. Consultado en Octubre de 2012. 50 "La implosión de dimensiones implica la pérdida de identidades claras y precisas, pero no de masa y energía. Quizás para describir lo que es absorbido en el pozo de gravedad de un imponente universo desconocido tengamos que arriesgarnos a acercarnos lo suficiente como para quedar casi constantemente encorvadas por las líneas de fuerza. O quizás ya vivimos en el pozo, en el que las líneas de fuerza se han transformado en los hilos pegajosos de nuestros propios cuerpos."101 Este riesgo que hemos de correr es la gran aventura del conocimiento; no desde lo que se ha dado en llamar “la muerte del sujeto”, sino desde la apertura de éste. Transitamos nuevos territorios narrativos divergentes al margen del autosatifecho punto de vista del sujeto dominante. Por ello, el yo dividido y contradictorio dibuja una topografía de la subjetividad multidimensional y eternamente incompleta capaz de construir y unirse a “conversaciones racionales e imaginaciones fantásticas que cambien la historia.”102 A modo de síntesis, convendremos con Ramón Rodríguez en que la crítica del sujeto a la que asistimos desde la segunda mitad del siglo pasado opera como una “genealogía de la subjetividad”103. Pretende, en definitiva, sacar a la luz la interna historicidad del sujeto, su cristalización como figura históricamente devenida a partir de una conjugación de factores operantes de carácter perfectamente contingente. Así, la fuerza de la crítica genealógica radica en mostrar que la subjetividad es una posibilidad de pensar la realidad humana, no algo que se derive necesariamente de ella. Así, el procedimiento habitual de la crítica comporta un movimiento de “despiece o desmontaje del engranaje de la subjetividad para localizar fisuras, lagunas y vías de pérdida.”104 Por lo tanto, y en la línea del feminismo que abrirá el horizonte político del siglo XXI, Rosi Braidotti nos advierte de que “…una feminista debe comenzar por reconocerse como no una; como un sujeto que se escinde una y otra vez a lo largo de múltiples ejes de diferenciación”105. Aun cuando Butler no transita la senda del ciberfeminismo, nuestra intención en este capítulo de carácter introductorio ha sido esbozar el campo teórico en el que una 101 Haraway, D., Testigo_Modesto@Segundo_Milenio. HombreHembra _Conoce_Oncoratón, Barcelona, Editorial UOC, 2004, p. 89. 102 Haraway, D., Ciencia, cyborgs y mujeres, p. 330. 103 Rodríguez, R., Del sujeto y la verdad. Madrid, Síntesis, 2004, p. 18. 104 Ibíd., pp. 19-20. 105 Braidotti, R., Sujetos nomades, p. 203. 51 serie de propuestas inicialmente marginales dentro del movimiento feminista van tomando protagonismo en la nueva manera de comprender la subjetividad. En palabras de Butler, "esta convergencia e interarticulación es el destino contemporáneo del sujeto”106. En otras palabras, “el sujeto como entidad idéntica a sí misma ya no existe"107. Se trata de vivir este hecho desde el punto de vista paradójico de lo que se gana con la pérdida108, según la intuición de Leo Bersani de que sólo un sujeto descentrado se halla disponible para la maravillosa tarea del desear109, vivir con el horizonte de articular una identidad "incoherente" que en su producción se aleje de la exclusión y el repudio hacia ese ámbito creado de posiciones abyectas que amenazan la integridad del “sujeto verdadero”.110 106 Butler, J., Cuerpos que importan. Sobre los límites materiales y discursivos del “sexo”, p. 323. 107 Idem. 108 “El posfeminismo ha comenzado a considerar la pregunta acerca de lo que el concepto posmoderno del sujeto disperso e inestable podría aportarle.” Wright, E., Lacan y el posfeminismo, Barcelona, Gedisa, 2004, p. 69. 109 Bersani, L., The Freudian Body: Psychoanalysis and Art, Nueva York, Columbia University Press, 1986, pp. 64-66, 112-113. 110 Butler, J., Mecanismos psíquicos del poder. Teorías sobre la sujeción, 1997, p. 164. 52 CAPÍTULO 2 Introducción a la persona y a los textos de Butler 53 “Los textos butlerianos generan fascinantes lecturas pero también nos pone frente a algunos intrincados puzzles.”111 Comentario realizado por las entrevistadoras de Butler en “Entrevista con Irene Costera Meijer y Baukje Prins” en Signs: Journal of Women in Culture and Society, vol. 23, nº 2, 1998, p. 275. 111 “Butler’s texts make for fascinating readings but also left us with some intrincate puzzles”. 54 2.1. Un primer acercamiento Complejo, intrincado, versátil, confuso e incluso a veces vedadamente contradictorio, así es el pensamiento de Judith Butler, en su forma y en su contenido. Laberinto sintáctico a través del que intentaremos tender un hilo de Ariadna que nos permita entender y analizar el valor de la propuesta política de nuestra pensadora. Admirada y odiada a partes iguales, tal vez temida, Butler nos presenta unos textos en continua mutación que son quizás el testimonio más vivo de la teoría feminista actual. Nuestra pretensión en estas páginas es deshacer la madeja conceptual elaborada por la norteamericana con la intención de rescatar una transformada noción de sujeto. En el camino “tensaremos” este nuevo protagonista de la política del siglo XXI para tratar de comprobar su pertinencia o valía como nuevo lugar para articular las aspiraciones políticas feministas de hoy en día. Nuestra tesis es que el sujeto propuesto por Butler es sin duda alguna una fuente de inspiración novedosa y valiente para el feminismo y la política contemporánea en general. No ocultaremos, sin embargo, problemas serios y peligrosos que plantea el sujeto butleriano, así como cuestiones sin responder claramente evitadas, en nuestra opinión, por la pensadora en sus textos. Un juego que desafía el sentido común y donde las tesis vertidas por la autora parecen contradecirse en no menos de una ocasión. Género, sexo, ser humano, mujer, identidad, cuerpo, lenguaje, conceptos transformados por la mente de Butler que atreaviesan la subjetividad modificándola como digno producto de una época que necesita superar cuanto antes la dicotomía teórica entre la modernidad y la postmodernidad. Pensamiento butleriano frente al que nos posicionamos de manera expectante, deliberadamente cautos ante una propuesta que a veces parece confusa, articulada en una serie de textos que a menudo dan la impresión de ser bastante dispersos. Y, sin embargo, creemos firmemente que ahí, justamente entre las páginas de sus libros y sus innumerables artículos y entrevistas, se encuentra una de las propuestas más firmes y esperanzadoras para una nueva manera de entender la política de futuro bajo el estandarte de la creatividad y el respeto a la singularidad humana y la libertad sexual. Este proyecto se ancla en un particular campo de batalla teórico y práctico llamado 55 sujeto, minado por las críticas vertidas desde la postmodernidad. Un concepto que Butler no quiere abandonar, pero que más aún se niega a entender desde un prisma inmovilista. ¿Es posible una nueva manera de acercarnos al ser humano desde parámetros no esenciales? ¿Es posible un proyecto político firme que luche en defensa de la mujer y de los oprimidos y las oprimidas de la sociedad en un contexto postmoderno? ¿Se puede hacer política no normativa sin caer en el nihilismo más desolador? Y tal vez lo más problemático, ¿desde dónde?, ¿desde qué suerte de “no lugar” llamado sujeto postestructuralista? 56 2.2. Teoría y praxis. “There is a person here”112 Y todo empezó curiosamente con una joven Butler sentada en Rehoboth Beach preguntándose cómo podría conciliar las diferentes facetas de su vida113. Así nació, según la americana, El género en disputa, el que pasa por ser uno de los textos teóricos más importantes del feminismo actual. Teoría y praxis, dos caras de la misma moneda que emergen de un cúmulo de experiencias confesadas: un tío encarcelado, privado de familia y amigos por mor de su cuerpo anatómicamente “anómalo”, varios primos homosexuales obligados a abandonar el núcleo familiar, su propia vivencia como lesbiana, ese esconderse desde los catorce años hasta los dieciséis, ese cúmulo posterior de casas, amantes y empleos perdidos114. Por eso, Butler estuvo siempre rondando el “problema”115, incluso instalada plenamente en él, articulando en su persona una interesante tensión entre teoría y praxis que, en nuestra opinión, constituye el eje de fuerza de sus textos y que podría explicar el éxito y la popularidad obtenida con ellos, tanto en el ambiente académico como fuera de él. Sin embargo, esta dualidad ha supuesto también en no pocas ocasiones que Butler haya sido visceralmente criticada por cuestiones tan dispares y contradictorias como utilizar un lenguaje excesivamente complejo, y dejar muchas ideas y conceptos vagamente definidos. Tal vez la biografía de Butler pudiera arrojar algo de luz sobre su evolución intelectual. De hecho, Butler no duda en numerosas ocasiones en acudir a la 112 Expresión utilizada por Butler en la introducción de 1999 a Gender Trouble, p. XVI. Posteriormente esta frase fue parafraseada para dar título a la entrevista del mismo nombre publicada en Internacional Journal of Sexuality and Gender Studies, vol. 6, nº 1-2, 2001, pp. 7-23. 113 Véase Butler, J., Gender Trouble, p. XVII. 114 Véase Ibíd., p. XIX. 115 Nótese que la traducción más natural de Gender Trouble es, precisamente, “El problema (conflicto) de(l) género” más que “El género en disputa”. Si bien la traducción oficial es sin duda alguna atractiva, consideramos que la pérdida de la palabra “problema” en el título supone una merma a la hora de poder entender el planteamiento butleriano expresado en esta obra. Tal y como manifiesta en la primera página del prefacio escrito para la edición original del año 1990, cierto feminismo ha considerado “problemático” el cuestionamiento del género para la política de las mujeres, pero tal vez sea el momento de alejar el propio concepto “problema” de sus connotaciones negativas. Algo “problemático”es algo que, desde pequeños nos enseñan a evitar para precisamente “no tener problemas”, pero como bien afirma Butler, el conflicto es algo constante y omnipresente, y la cuestión es, tan sólo, como lo enfrentamos de la forma más adecuada. Esta reflexión temprana supone una apuesta decidida por defender las discrepancias dentro del movimiento, de vivirlas como algo enriquecedor para la lucha política feminista. 57 autobiografía para mostrar la génesis y evolución de sus ideas en una clara apuesta por fusionar lo teórico y lo vital, lo vital y lo teórico, en una retroalimentación constante116. Así, la pensadora nos narra sus primeros contactos con la filosofía, esas lecturas adolescentes de la Ética de Spinoza en el sótano de su casa. Prematuramente, de forma autodidacta y alejada del ámbiente institucional, es como Butler va formando sus primeras estructuras teóricas junto a la experiencia vivida de la crueldad y violencia de las normas que regulan el género en la sociedad117. Del mismo modo admite la influencia de los conocimientos adquiridos en la sinagoga118 y los aprendizajes vividos como activista político en su época de postgrado119. En esta línea, Butler reconoce que, en su recepción, la genealogía vital de El género en disputa fue sin duda un factor poco comprendido ya que es un libro que desborda el academicismo más ortodoxo por su vinculación directa con los debates emergentes en los movimientos gay y lesbiano de la costa este americana, con los que Butler estaba vinculada directamente catorce años antes de la publicación de la obra. Además, Butler no sólo no oculta ese germen vital de toda su producción intelectual sino que manifiesta con orgullo que: “A pesar de la dislocación del sujeto que el texto realiza, hay una persona aquí: Yo fui a muchas reuniones, bares y marchas, y vi muchos tipos de géneros, entendiéndome a mí misma en las encrucijadas de varios de ellos, y encontré la sexualidad en varios de sus límites culturales.” 120 Esta génesis vital podría explicar el impacto y la popularidad que ha adquirido su obra dentro y, especialmente, fuera del ambiente académico121. Sus páginas, no sólo han provocado una crisis y todo un movimiento renovador dentro del feminismo, sino que se han dejado sentir en numerosos movimientos sociales tanto a nivel teórico como 116 Aunque los libros, artículos y entrevistas de Butler están literalmente plagados de referencias a su biografía, especialmente interesantes nos parece la introducción de El género en disputa escrita por la autora para su reedición de 1999 (pp. VII-XXXIII). Igualmente importante es el capítulo 11 de Deshacer el género, pp. 329- 353, titulado “¿Puede hablar el otro de la Filosofía?”, donde Butler mezcla teoría y vivencias en una clara apuesta por la interdisciplinareidad de los distintos saberes humanos. 117 Véase Butler, J., Deshacer el género, pp. 332-334. 118 Véase Ibíd., pp. 336-337. 119 Véase Ibíd., pp. 339-340. 120 “Despite the dislocation of the subject that the text performs, there is a person here: I went to many meetings, bars, and marches and saw many kinds of genders, understood myself to be at the crossroads of some of them, and encountered sexuality at several of its cultural edges”. Ibíd., p. XVI. 121 Aun cuando “Act Up” se funda en 1987, es significativo el apoyo teórico que los textos de Butler dan al movimiento. La propia Butler manifiesta sin recelos que una de las experiencias más gratificantes para ella es ver que sus textos continúan hoy en día moviéndose fuera de lo académico. Véase Ibíd., p. XVII. 64 2.4. Hacia un humanismo “post” Como hemos visto, Judith Butler ha tenido que justificar su estilo de escritura en numerosas ocasiones. Con respecto al contenido de su propuesta, la norteamericana ha soportado de la misma manera todo un aluvión de ataques, motivados en gran parte por su ambigua postura con respecto a dos paradigmas de entender el proceder filosófico y político: la modernidad y la postmodernidad. Por su acercamiento a Foucault y Derrida, y su apuesta por un sujeto postestructuralista, a Butler se le ha criticado en numerosas ocasiones haber atacado, mermado, acaso destruido, la estructura moderna del movimiento feminista tal y como se entendía antes de 1990. Por plasmar un ejemplo, en el artículo titulado “Feminism and Postmodernism: An Uneasy Alliance” incluido en Feminist Contentions, Benhabib considera que las apropiaciones feministas de Nietzsche, amparadas según ella en “la muerte del sujeto”, sólo pueden llevar a la lucha femenina a la auto-incoherencia”141. Por otro lado, su gran amiga Rosi Braidotti, sin ir más lejos, aun cuando comparte con Butler gran parte de las consideraciones relativas a la subjetividad, critica de raiz la perspectiva adoptada por ésta, pues considera que abandonar el enfoque centrado en la diferencia sexual en pos de una perspectiva de género supone perder de vista el objetivo por el que el feminismo siempre luchó, a saber, la eliminación de la asimetría entre mujeres y hombres a través de la reflexión en torno a la dominación masculina142. Del mismo modo y desde posiciones más alejadas, este cuestionamiento de la estructura misma de la teoría feminista ha desencadenado numerosas críticas relativas a la capacidad para la agencia del sujeto butleriano, y que trataremos más adelante en este estudio. En su defensa, Prado, en su artículo “¿Qué es el feminismo postestructuralista y por qué se están diciendo cosas tan horribles sobre él?”143, defiende la alianza see the way in wich grammar is both producing and constraining our sense of what the world is”. La traducción es nuestra. Ibíd., pp. 327-328. 141 Véase Salih, S., op. cit., pp. 68. 142 Esta confrontación se ve claramente en la entrevista que Butler realiza a Braidotti y que podemos ver publicada bajo el título de “El feminismo con cualquier otro nombre” en Braidotti, R., Feminismo, diferencia sexual y subjetividad nomade, Barcelona, Gedisa, 2004, pp. 69-106. Véase especialmente pp. 76 y ss. 143 Prado Ballarín, Mª., “¿Qué es el feminismo postestucturalista y por qué se están diciendo cosas tan horribles sobre él?”, pp. 78-95. 65 butleriana con Foucault y Derrida, considerando que ésta no la aleja del sufrimiento y de la situación real de las mujeres por cuanto la fusión de feminismo y postestructuralismo no supone ni el final del sujeto, ni mucho menos el final de la política. En sus propias palabras: “La obra de Butler esconde, tras la apariencia inofensiva del formalismo y del carácter apolítico del que los habermasianos han acusado a menudo al pensamiento postestructuralista, una declaración de guerra contra la rigidez y las restricciones impuestas por esa organización diádica que pretende agotar las posibilidades del sexo y del género, cuando en realidad es sólo una función reguladora del poder que naturaliza las expresiones de género normativas (hombre y mujer en un marco heterosexual).”144 Prado no sólo adscribe la propuesta butleriana al pensamiento postestructuralista, sino que sin el menor reparo ubica su teoría en la línea del pensamiento de Lyotard y de Rorty, aun cuando debemos destacar que Butler jamás realiza ni una sóla afirmación explícita que pudiera corroborar esta creencia. Esto permite a Prado defender la “retórica nietzscheana de la creación” frente a “la retórica platónica del descubrimiento” y afirmar que todas las identidades de género son simulacros145. No obstante, esto dista mucho de vaciar el proyecto político, pues tal y como afirma, se trataría ahora de “trabajar por devolver su legitimidad y su derecho a una existencia vivible a todos aquellos que no viven el género de acuerdo a las normas hegemónicas”.146 En nuestra opinión, el proyeto butleriano se construye en un extraño punto de equilibrio sobre una aparente contradicción; por un lado su crítica a la modernidad (o al menos, a cierta manera de entenderla) y a su marcado carácter fundacionalista y segregador; y, por el otro, una sensibilidad extrema hacia uno de sus grandes legados, el humanismo. ¿Podrá Butler cerrar una propuesta que nos brinde un sujeto viable capaz de abanderar la política dentro de un contexto post-ilustrado?, ¿supone esto una vuelta a la modernidad?, ¿una caída en el nihilismo?, ¿tal vez una contradicción insalvable? Su primera obra de envergadura, El género en disputa, se leyó como una fuerte contestación al feminismo esencialista. Butler considera que categorías como “mujer” o 144 Ibíd., p. 84-85. 145 Véase Idem. 146 Idem. 66 “identidad” no son más que categorías a priori que dicen describir a un sujeto que en realidad construyen bajo el sesgo de la exclusión. El feminismo pretendidamente universal se desvelaba realmente como occidental, blanco, de clase media. Un arma de lucha elaborado por las mujeres americanas y europeas fundamentalmente para alcanzar sus propios logros políticos a expensas de la problemática específica de las mujeres de color, las lesbianas o las ciudadanas del tercer mundo, por poner algunos ejemplos. De ese modo, Butler denuncia al feminismo esencialista como colonial y autoritario al poner en boca de unas pocas una pretendida demanda universal, que esconde claros intereses particulares. Es por tanto necesario desmontar su punto arquimédico, el sujeto político feminista: la mujer. Pero, ¿aleja esto a Butler del humanismo?, ¿la convierte tal vez en una pensadora postmoderna incapaz de articular una propuesta política sólida? Hay quienes han pensado que sí, pero nosotros, aferrados a sus textos, hemos creído encontrar fundadas razones para argumentar lo contrario. Para apoyar nuestras afirmaciones nos basaremos en uno de sus artículos más decisivos a pesar de su precocidad, “Contingent Foundations”147, al que iremos hilando ideas que salpican de manera asistemática toda la obra butleriana148. Permítanme decirles previamente que Butler reniega de cualquier tipo de categoría o etiqueta destinada a acotar y empobrecer su filosofía. Creemos que no resulta éste un inciso baladí por cuanto añade a la complejidad de la propuesta butleriana el hecho de que ella misma se negara a catalogarla. En el 1990, con motivo del volumen editado por Diana Fuss titulado Inside Out: Lesbian Theories, Gay Theories149, Butler es invitada a incluir un artículo, “Imitation and Gender Insubordination”, en el que, ya desde los primeros párrafos, afirma jocosa y provocativamente que, a pesar de haberle sido encargado un artículo relacionado con los “lesbian studies”, no tiene nada claro qué sea eso llamado “teoría” y mucho menos claro qué puede querer decir exactamente el concepto “lesbiana”150. Como podemos apreciar 147 Butler, J. “Contingent Foundations: Feminism and the Question of Postmodernism” en Butler, J. and Scott, Joan W. (eds.), Feminists Theorize the Political, London, Routledge, 1992, pp. 3-21. 148 Especialmente interesante nos parece el intercambio con Ernesto Laclau y Slavoj Zizek que podemos encontrar fundamentalmente en Butler, J., Laclau, E. y Zizek, S., Contingency, Hegemony, Universality: Contemporary Dialogues on the Left, London, Verso, 2000 y en la correspondencia entre Butler y Laclau recogida en “The Uses of Equality” y “Further Reflections on conversations of Our Time”, ambos en Diacritics, nº 27/1, 1997, pp. 3-12 y 13-15 respectivamente. También interesante a este respecto es su artículo “Universality in Culture” en Cohen, J. (ed.), In For Love of Country: Debating the limits of Patriotism. Martha C. Nussbaum with Respondent, Boston, Beacon Press, 1996, pp. 43-52. 149 Fuss, D. (ed.), Inside Out: Lesbian Theories, Gay Theories, London, Routledge, 1990, pp. 13-31. También en Salih, S., op. cit., pp. 119-137. 150 Véase “Imitation and Gender Insubordination” en Fuss, D. (ed.), Inside Out: Lesbian Theories, Gay Theories. pp. 13-14. 67 con este temprano ejemplo, nuestra pensadora ha sido siempre reacia a ser encasillada dentro de cualquier escuela de pensamiento de las que habitan el complicado mosaico que constituye la filosofía de finales del XX e inicios del siglo XXI. Tildada en numerosas ocasiones de postestructuralista o deconstruccionista, las críticas más mordaces han tratado de ubicar a Butler dentro de la escuela postmoderna. Pensadora fronteriza, a caballo entre un sin fin de influencias, ha tratado siempre de defender la independencia de su pensamiento ante todos aquellos y aquellas que han tratado de agotar la riqueza de su propuesta bajo catalogaciones de cualquier sesgo. Para dejar clara su libertad intelectual, y enlazando con lo anteriormente dicho, una joven Butler escribe en 1992 uno de sus artículos más intensos: “Contingent Foundations: Feminism and the Question of Postmodernism”151. En él, para comenzar, se nos muestra que bajo la etiqueta de “postmodernidad” se engloban un amplio número de posiciones: “el discurso es todo lo que hay”, “el sujeto ha muerto”, “no hay realidad, sólo representación”, etc. Además, estas afirmaciones a menudo se imputan indiscriminadamente al pensamiento postmoderno o postestructuralista, que en ocasiones se hace coincidir también con la deconstrucción. Por si esto fuera poco, bajo el sesgo postmoderno a veces se entiende una extraña mezcla de feminismo francés, deconstrucción, psicoanálisis lacaniano, teoría foucaultiana, conversacionalismo rortyano y estudios culturales152. Esto lleva a que, en ocasiones, la postmodernidad sea entendida como una suma confusa de teorías que abocan al ser humano al crudo nihilismo o al más pragmático relativismo cultural. Sin embargo, en opinión de Butler, esta es una interpretación del todo desacertada. Si la expresión “pensamiento postmoderno” tiene algún sentido productivo, este es sin duda su apuesta por el ejercicio crítico que vincula la teoría al poder153. Esta nueva óptica de la que sí se siente deudora supone una crítica al fundacionalismo político de profundas raíces metafísicas sin caer, en palabras de nuestra autora, “en el nihilismo relativista incapaz de construir normas”154. Por lo tanto, Butler nos hace una propuesta que nos parece de gran interés para la actualidad: elaborar un proyecto político que rescate elementos como el sujeto o la igualdad, pero matizados, reconstruidos, filtrados por los nuevos modos de hacer filosofía. Así pues, ¿Butler moderna o postmoderna? Ambas cosas y ninguna. Butler 151 Incluido en Butler, J y Scott, J. W. (eds.), Feminists Thorize the Political, pp. 3-21. 152 Véase Ibíd., p. 4. 153 Véase Ibíd., p. 6. 154 Idem. 68 antifundacionalista, antiesencialista, antimetafísica y, sobre todo, comprometida enérgicamente con la deconstrucción y la reconstrucción de la subjetividad y con un nuevo proyecto político actual, abierto, democrático155. Por todo lo dicho, en la teoría de Butler resuenan aún las preguntas fundamentales del humanismo: “Lo que continua importándome más son los siguientes tipos de preguntas: ¿qué y qué no constituirá una vida inteligible, y cómo los presupuestos sobre el género normativo y la sexualidad determinan de antemano lo que será calificado de humano y vivible?”156 Unas preguntas que ya aparecen implícitamente en su tesis Subjects of Desire y que atraviesan toda su obra. Como muestra de la preocupación por esta problemática, y centrándose en ella, Butler publica Deshacer el género. En esta obra del 2004, Butler manifiesta desde el inicio su interés por plantear críticamente la cuestión del sujeto como categoría abierta. En este sentido nos dice que lo “humano” no es una certeza metafísica, sino una “tarea”, por cuanto no se captura “de una vez y para siempre”157 ubicando nuevamente la cuestión de la subjetividad en el horizonte foucaultiano del poder. Sujeto, poder, exclusión, tres coordenadas indisolubles, de marcado carácter (post) humanista, que justifican que Butler autoanalice su obra con frases como: “Me gustaría comenzar, y finalizar, con la cuestión de lo humano y de quién se considera como humano, y con la cuestión relacionada de qué vidas se consideran como tales…” 158 Ante tamañas cuestiones de vital importancia para nuestro futuro en sociedad, Butler matiza que ni su teoría, ni los movimientos gays, lésbicos, transexuales, feministas o intersex pueden catalogarse de postmodernos o postfeministas159, pues todos ellos comparten un horizonte político comprometido con el ser humano y su derecho a disfrutar una “vida vivible”. Como muestra, Butler, en un continuo juego entre teoría y praxis, manifiesta una y otra vez su preocupación por la situación 155 Véase Ibíd., p. 7. 156 “What continues to concern me most is the following kinds of questions: what will and will not constitute an intelligible life, and how do presumptions about normative gender and sexuality determine in advance what will qualify as the human and the livable?” Introducción de 1999 a Gender Trouble, p. XXII. 157 Butler, J., Deshacer el género, p. 30. 158 Ibíd., p. 35. 159 Véase Ibíd. p. 23. 69 infrahumana que padecen aquellos y aquellas que constituyen desde su abyección el límite del sujeto político occidental, expresando su especial sensibilidad con la situación de los presos de Guantánamo, paradigma actual de la privación del estatus de sujeto de derecho160. Queda claro, pues, que su propuesta no debe confundirse con un burdo postmodernismo entendido éste como nihilismo “à la mode”, sino como intelectualidad crítica, como modernidad sin fundacionalismos, como “filosofía del malestar”. “Si puede haber una modernidad sin fundacionalismo (quizás esto es lo que significa la postmodernidad) entonces será una en la cual los términos clave de sus operaciones no estarán completamente garantizados a priori, una modernidad que asuma una forma futura para las políticas que no puede ser anticipada completamente: y esta será una política de esperanza e inquietud, lo que Foucault llamaba “una política del malestar”161 A esta reapropiación dedica Butler de forma asistemática numerosas páginas en sus libros. No obstante, encontrar un texto concreto dedicado en exclusiva a esta problemática es difícil. Quizás lo más específico que hallaremos en su obra sea el epígrafe “La performatividad tácita del poder” incluido en el artículo “Censura implícita y agencia discursiva” perteneciente a su libro Lenguaje, poder e identidad162. En él, inspirada por la propuesta de Paul Gilroy163, apuesta por “mancillar” sin prejuicios grandes conceptos clave de la modernidad como “sujeto” o “universalidad”164. Ambos conceptos son tildados por Butler de exclusivos y coloniales pero, ¿queda aún la esperanza de reapropiarse de estos términos?, ¿es lo mismo cuestionarlos que manifestar su muerte? Nuestra pensadora cree firmemente que no. Precisamente el hecho de 160 Butler dedica todo un capítulo, “Detención indefinida” de su obra Vida precaria a analizar la situación de los presos de Guantánamo. Véase Butler, J., Vida precaria. El poder del duelo y la violencia, pp. 73- 132. 161 Butler, J., Lenguaje, poder e identidad, pp. 258. Destacamos aquí también la influencia que Butler recibe de la escuela de Frankfurt y de su “dialéctica negativa” que se hará cada vez más presente en la obra de Butler. 162 Ibíd., pp. 211-266. 163 En Deshacer el género, p. 350 y ss. Butler vuelve a la teoría de Gilroy diciendo: “Gilroy está en desacuerdo con lo que él llama las formas postmodernas de escepticismo ya que, desde su punto de vista, conducen a un rechazo completo de los términos claves de la modernidad y a una parálisis de la voluntad política. Pero también se distancia de Habermas porque éste logra tener en cuenta la relación entre esclavitud y modernidad.” Y más adelante añade: “Mientras que él rechaza el hiperracionalismo del proyecto habermasiano, aunque preserve algunas características clave de su descripción del proyecto de la Ilustración, también rechaza formas de escepticismo que reducen todo posicionamiento político al gesto retórico.” 164 Véase Lenguaje, poder e identidad, pp. 257-258. 70 plantear la crítica a estas categorías muestra claramente su importancia para nuestras vidas y por ello en el citado “Contingent Foundations” afirma que “dentro del contexto político de la postcolonialidad contemporánea más general, es quizás especialmente urgente subrayar la categoría misma de lo universal como un lugar de insistente lucha y resignificación”165. Se trata, según ella misma aclara, no de elaborar un nuevo concepto de universalidad o de sujeto más comprensivo, sino de la arriesgada apuesta de considerar ambos conceptos como categorías abiertas, contingentes, en constante e infinita revisión166. Sin embargo, le han llovido las críticas a esta propuesta, probablemente porque como ella misma afirma “la apertura de contextos desconocidos es una clara fuente de inquietud para algunos”167. Y destaquemos que entre esos ambiguos “algunos”168 se incluyen un gran número de pensadoras feministas que consideran que la teoría butleriana mina los cimientos de su acción política: “Existe el estribillo que afirma que, justo en este momento, cuando las mujeres comienzan a ocupar el lugar de sujetos, posiciones postmodernas vienen a anunciar que el sujeto ha muerto (hay una diferencia entre las opiniones del postestructuralismo que demandan que el sujeto nunca existió, y las posiciones postmodernas que demandan que el sujeto tuvo integridad anteriormente, pero no por más tiempo). Algunos ven esto como una conspiración contra las mujeres y contra otros grupos privados de derechos que sólo ahora comienzan a hablar de su propio nombre.” 169 165 “…within the political context of contemporary postcoloniality more generally, it is perhaps especially urgent to underscore the very category of the “universal” as a site of insistent contest and resignification” Butler, J y Scott, J, W. (eds.), Feminists Thorize the Political, p. 7. Butler admite en este artículo la influencia de la teoría postcolonial de Homi Bhabha. 166 Véase Ibíd., p. 8. En este sentido, también afirma: “The critique of the subject is not a negation or repudiation of the subject, but, rather, a way of interrogating its construction as a pregiven or fundationalist premise” (“La crítica al sujeto no es una negación o repudio del sujeto, sino más bien una forma de interrogar su construcción como una premisa fundacional o previa”). Ibíd., p. 9. También en Lenguaje, poder e identidad, p. 260, Butler afirma: “Cuestionar un término, un término como sujeto o universalidad, supone preguntar cómo funciona, qué implicaciones tiene, qué objetivos logra y qué alteraciones produce.” 167 Butler, J., Lenguaje, poder e identidad, p. 259. 168 Nótese el sexismo lingüístico de todas las traducciones de las obras butlerianas. 169 “There is the refrain that, just now, when women are beginning to assume the place of subjects, postmodern positions come along to announce that the subject is dead (there is a difference between positions of poststructuralism which claim that the subject never existed, and postmoderm positions which claim that the subject once had integrity, but no longer does). Some see this as a conspiracy against women and other disenfranchised groups who are now only beginning to speak on their own behalf.” Butler, J. y Scott, J. W. (eds.), Feminists Thorize the Political, p. 14. (La traducción es nuestra y las cursivas pertenecen al original) En este sentido, en su entrevista “There is a person here” incluida en AA.VV., Internacional Journal of Sexuality and Gender Studies, en las páginas 21 y 22, Butler señala 71 Pero a este respecto pregunta: ¿a partir de cuántas exclusiones se ha construido el feminismo y cómo estos dominios excluidos vuelven una y otra vez a cuestionar la integridad y la unidad del “nosotros-nosotras” feminista?170 La omisión consciente de esta cuestión sólo puede ser fruto de alguna suerte de conservador miedo al cambio: “En ese momento el miedo a pensar, el miedo a preguntar, se convierte en una defensa moralista de la política, y el trabajo de la vida intelectual y el trabajo de la política se oponen. La política se convierte en algo que necesita de un cierto anti-intelectualismo. No querer replantearse la propia política, a partir de las preguntas que uno hace, supone optar por el dogmatismo a expensas de la vida y del pensamiento. (…) ¿Acaso es que nos paraliza el miedo a un futuro desconocido de palabras que nos evitaría cuestionar los términos que necesitamos para vivir y que nos evitaría correr el riesgo de vivir precisamente con los términos que estamos cuestionando?”171 Abrazada a este “futuro desconocido”, corriendo el riesgo de “vivir precisamente con los términos que estamos cuestionando”, la pensadora norteamericana elabora una teoría que tiene como marco una peculiar manera de entender la filosofía como continua crítica a los fundamentos. A explicitar esta propuesta en relación con lo que hemos llamado aquí su “humanismo post” dedicamos las páginas que siguen. que a raíz de este miedo a una postmodernidad mal entendida están emergiendo dentro del feminismo nuevas corrientes esencialistas. 170 Véase Butler, J y Scott, J. W. (eds.), Feminists Thorize the Political, p. 14. 171 Butler, J., Lenguaje, poder e identidad, pp. 260-261. 72 2.5. El feminismo como “crítica” de los fundamentos Una y otra vez nuestra autora deja clara la necesidad de establecer coaliciones dentro del feminismo172. Este hecho parte del interés por elaborar un proyecto abierto que incite a la política compartida pero, ¿cuál ha de ser esa base común que posibilite la acción? Según Butler, no podemos dar la espalda a las objeciones postmodernas y postestructuralistas permaneciendo anclados y ancladas en el feminismo que fundamenta su acción en un esencialismo exclusivista. Por lo tanto, propone reconstruir la subjetividad desde la perspectiva de la crítica constante de los propios fundamentos. Una suerte de semi-suicidio epistemológico que pueda abrir el campo político a todas las mujeres y que favorezca, por qué no, la colaboración con otros colectivos, homosexuales, transexuales, personas de otras razas, discapacitados, etc., también discriminados en el panorama social dibujado por una modernidad que se desvela occidental, racista y clasista. Esta es la razón por la que, en innumerables ocasiones, Butler manifiesta la necesidad de cuestionar las categorías básicas del feminismo como principal tarea de la teoría feminista actual173. Aun cuando esto ha sido visto con recelo desde algunos sectores del movimiento, Butler matiza una y otra vez que la crítica a los fundamentos no aboca al feminismo a la inacción, sino que supone una estrategia ideal para desvelar todo lo que ocultan estas categorías fundacionales174. Del mismo modo, este proceder no puede confundirse con la negación absoluta de la existencia de fundamentos sino con la contestación continua de estos175. Supone comprender que el programa feminista no 172 En la entrevista “The desire for philosophy”, en Michalik, R., Lolapress, p. 3. Butler explica la necesidad de establecer coaliciones basándose en la tradición europea de pensamiento, más acostumbrada según ella a trabajar en común desde sus diferencias. 173 “To write under the rubric of feminism or feminist theory in recent years has been to enter into an arena in which the fundamental categories are under serious contest” (“Escribir bajo la rúbrica del feminismo o la teoría feminista en los últimos años ha supuesto entrar en una zona donde las categorías fundamentales están siendo cuestionadas”). En “Disordely woman”, Butler, J. Transition, nº 53, 1991, p. 86. 174 “And this is not to call to return to silence or invisibility, but, rather, to make use of a category that can be called into question, made to account for what it excludes” (“Y esto no supone silenciarla o invisibilizarla, usar una categoría que puede cuestionarse supone desvelar todo aquello que ella excluye”). Butler, J., “Imitation and Gender Insubordination”, en Salih, S., op. cit., p. 126. 175 “This is not to say that there is no foundation, but rather, that wherever there is one, there will also be a foundering, a contestation. That such foundations exist only to be put into question is, as it were, the permanent risk of the process of democratization. To refuse that contest is to sacrifice the radical ímpetus of feminist politics” (“Esto no es decir que no hay fundamentación sino que, allá donde la haya, existirá 73 debe ser un proyecto en el que se asuman dogmáticamente una serie de premisas y se proceda a construir un programa lógico desde esas premisas. Más bien el feminismo debe ser un movimiento que vaya más allá y que preste atención a la crítica dirigida a sus propias tesis en un esfuerzo por clarificar qué significan y propiciar las negociaciones entre las distintas interpretaciones en conflicto. Es más, Butler considera que es precisamente esta lucha teórica la que propicia, agita y mantiene el movimiento vivo176. Mostrando la importancia dada por la autora a esta aclaración, nos parece especialmente revelador que dedique las primeras páginas de su Cuerpos que importan177 a matizar esta labor de crítica reconstructiva del andamiaje teórico feminista. Por ello, formula afirmaciones como: “La categoría mujeres no se vuelve inútil mediante la deconstrucción, sino que se convierte en una categoría cuyos usos ya no se reifican como referentes y que presenta la oportunidad de que se la abra o, más precisamente, de llegar a significar de maneras que ninguno de nosotros puede predecir de antemano.”178 Así, debemos entender que “una pérdida de certeza no es lo mismo que el nihilismo político. Por el contrario, esa pérdida bien puede indicar un cambio significativo y prometedor en el pensamiento político”179. Y en relación al concepto eje de este estudio, el sujeto, Butler mantiene una opinión similar: una refutación. Que una fundamentación tal exista solo para ser cuestionada es, así como fue, el riesgo permanente del proceso de democratización. Negamos que cuestionar sea sacrificar el ímpetu radical de la política feminista”). Véase Butler, J., “Contingent Foundations” en Butler J. y Scott, J. W. (eds.), Feminists Thorize the Political, p. 16. 176 Hemos seguido aquí las reflexiones que nos brinda Butler en las primeras páginas de “¿El fin de la diferencia sexual?”, capítulo incluido en Butler, J., Deshacer el género, pp. 247 y ss. 177 Butler, J., Cuerpos que importan, pp. 53 y ss. 178 Ibíd., p. 55. 179 Ibíd., p. 57. A este respecto, Butler, en su artículo “Left Conservatism II” en Theory & Event, 2:2, 1998, párrafo 4 manifiesta: “To call into question the foundational status of such terms is not to claim that they are useless or that we ought not to speak that way, that terms like objetivity, rationality, universality are so contaminates that they ought not to be uttered any longer. A serious misunderstanding has taken place. Calling the foundational status of a term into question does not censor the use of the term. It seems to me that to call something into question, to call into question its foundational status, is the beginning of the reinvigoration of that term.” (“Cuestionar el estatus fundacional de tales terminos no es proclamar que son inútiles o que no deberíamos usarlos en el habla, que esos terminos como objetividad, racionalidad, universalidad están tan contaminados que no deberían ser pronunciado más. Un serio malentendido está dándose. Cuestinando el estado fundacional de un término no censuramos el uso de ese término. Creo que cuestionar algo, cuestionar su origen, es el inicio de su vigorización.”) 80 abierto es “mejor” que el criticado? Los intentos butlerianos de fundamentar su teoría política en una teoría ética nos sitúan ante un mar de dudas de difícil solución. Tal vez no todo tenga respuesta, tal vez la más importante idea que salió de la mente de Butler fue el entender la vida como “riesgo”. Tal vez su propuesta no esté exenta de un cierto decisionismo que reduce su propuesta a un “¿te atreves?” Tal vez por eso su teoría no sea bien acogida por muchos sectores acomodados cuando sin embargo parece tener gran eco entre los sectores más castigados por la sociedad. Tantas personas con tan poco que perder. Tantos mundos posibles por crear. ¿Estamos preparados y preparadas para tamaña empresa suicida? 81 CAPÍTULO 3 La “mujer”, el sexo y el género 82 “Cuando el sujeto es especificado como mujer, el problema se complica. Están aquellas feministas que reivindican que la estabilidad o, más radicalmente, la referencialidad de la categoría es un requerimiento de la teoría y que mujer designa y refleja las condiciones materiales de la subordinación de las mujeres y la posición dentro de un sistema patriarcal; aquellas que ven el término esencialmente estructurado por lo maternal; aquellas que afirman que hay una posición de sujeto dentro de los discursos que, a pesar de su referencialidad, debe ser ocupada para lograr los objetivos políticos feministas; aquellas que reivindican que es un lugar discursivo de lucha, un término importante y permanentemente ambiguo; aquellas que afirman que esa categoría funciona como un ideal normativo o como una ficción regulatoria que no describe a nadie; aquellas que reivindican que la categoría, desautorizada por las personas de color, presupone y autoriza un sujeto colonial.” 206 Butler, J., “Disordely Woman”, en AA.VV., Transition, p. 86. 206 “When the subject is specified as women, the problem becomes more complicated. For there are those feminist who claim that the stability or, more radically the referentiality of that category is a requirement for theory and that women designates and reflects the material conditions of women’s subordination and position within a system of patriarchy; those who see the term essentially structured by the maternal; those who claim that it is a subject-position within discours that, regardless of its referentiality, ought to be occupied to achieve feminist policy goals; those who claim that it is a discursive site of contest, a permanently and importantly ambiguous term: those who claim that that category operates as a normative ideal or regulatory fiction that describes no one; those who claim that the category unqualified by color presumes and autorices a colonial subject…” Butler, J. “Disordely Woman”, en AA. VV., Transition, p. 86. 83 3.1. “Mujer”: Un concepto problemático En la cita anterior se resume la manera en la que, a grandes rasgos, Butler enumera las diversas disensiones que proliferan dentro del feminismo en los albores del siglo XXI. Podríamos decir desde nuestro limitado punto de vista que en general, hoy en día, confluyen un feminismo (o varios) de corte referencial junto con una multitud de posturas afectadas por los avatares postmodernos del pensamiento contemporáneo. Tradicionalmente, el feminismo se entendió como un movimiento fundamentado en una serie de datos aparentemente incontestables. Estos datos eran, entre otros, la universalidad del patriarcado, la antaño incuestionable diferencia sexual o la maternidad como especificidad definitoria del ser mujer. Fue así como, refrendado por los saberes científicos garantes del omnipresente sentido común, el feminismo se abrió paso como movimiento teórico que fue elaborando toda una estructura ideológica encaminada a fundamentar su lucha política. Todo parecía atender a un proceder lógico de la Historia en su camino por desenvolverse hacia el progreso, la igualdad de derechos y la universalidad de estos. Pero los innegables logros alcanzados por el movimiento feminista durante los siglos XIX y XX no han servido para mitigar la gran crisis de fundamentos a la que se enfrenta hoy en día. Por ello, muchas propuestas feministas, entre las que destaca la teoría de Judith Butler en particular, parecen plantear las siguientes preguntas: ¿ha sido la filosofía occidental un arma parcial, excluyente, interesada?, ¿esconde el anhelo supuestamente universalista un perverso proyecto emancipatorio exclusivo para las clases medias-altas de occidente?, ¿se consigue éste a expensas de otras regiones del mundo, marginadas, explotadas, condenadas a la miseria? ¿Qué es realmente eso que llamamos progreso?, ¿a quiénes beneficia?, ¿qué significa buscar la igualdad?, ¿quiénes tienen derecho a ella dentro del proyecto moderno? ¿Afectan estas cuestiones al devenir político del movimiento feminista?, ¿a quién beneficia la lucha femenina?, ¿a quién condena al ostracismo más cruel? ¿Qué es un “ser humano”?, ¿qué es una “mujer”?, ¿cuántos seres humanos, cuántas mujeres quedan fuera de estas definiciones? ¿Debe el feminismo plantearse sus propias bases? 84 Butler, a este respecto, considera de vital importancia tensar los fundamentos del feminismo para hacer de éste una herramienta más política, más humana. Estimamos que lo primero es tomar seriamente en consideración las disensiones. Aun cuando las posturas más tradicionales tratan de mirar hacia otro lado tildando las discrepancias de caprichos postmodernos, Butler cree que estas disputas son precisamente las que muestran la buena salud del movimiento. Por tanto, reivindicando el valor positivo de conceptos como “crítica” o “problema”, y al objeto de mantener viva la reflexión y evitar los fundamentalismos políticos, Butler se atreve con la difícil tarea de poner en cuestión los cimientos del ya consolidado movimiento feminista. Para empezar, analicemos el contexto: ¿cuál es la situación en la que se encuentra el feminismo a inicios de la década de los noventa? Pues según interpreta Butler en la cita que abre este capítulo, la crítica a la subjetividad ha dinamitado el campo teórico feminista. El debate está servido, y por ello no es descabellado convenir con Neus Campillo que “los feminismos de los últimos treinta años centraron la mayor parte de sus problemas en torno a la identidad de las mujeres”, si bien discrepamos de la segunda parte de su afirmación, que reza: “…cuando antes habían estado preocupados por las estructuras sociales y, sobre todo, las relaciones de parentesco que dominaban el patriarcado”207, dando implícitamente a entender el abandono de esta problemática por el feminismo actual en general, por el butleriano en particular. Tal y como nos narra Butler, las opciones que se abren ante esta nueva perspectiva parecen casi inagotables. Por un lado, también cita las posturas que a nuestro entender reivindican la “estabilidad” del movimiento para desarrollar la práctica política. Esta “estabilidad” la encuentran en la “referencialidad” del concepto “mujer” que supuestamente se halla en la subordinación material de ésta por el hombre en un sistema mundialmente patriarcalizado. De la mano de ésta caminan las corrientes que vinculan a la “mujer” esencialmente con la maternidad como dato inexcusable a través del cual constituir el movimiento. Sin embargo, en la actualidad estas posiciones conviven con otras que cuestionan la referencialidad y materialidad de la categoría “mujer” y que la limitan a ser una posición de sujeto dentro del discurso o que, más radicalmente, ven el término como mero ideal regulatorio ficticio que no representa a nadie. Igualmente hemos de 207 Campillo, N., “Paradojas y rompecabezas de las políticas feministas”, en Riff Raff. Revista de pensamiento y cultura, nº 27, 2005. Se puede consultar en http://riffraff.unizar.es/files/politicas_feministas.pdf, p. 14. Consultado en Enero de 2012. 85 destacar aquellas posturas que creen que la “mujer” no es más que una categoría interesada de carácter marcadamente colonial. En este sentido, Guerra nos advierte de que “el feminismo y su anhelo emancipador debe, también, defenderse de presiones hostiles que mal identifican a la modernidad moral con su rostro (neo)colonialista y belicista.”208 Como se puede apreciar, el panorama es amplio y no todas estas posturas parecen reconciliables. Por esta razón, Butler decide instalar el eje de sus investigaciones precisamente aquí, en el análisis de las estructuras básicas del feminismo y más concretamente en la crítica y deconstrucción de la subjetividad feminista. Es lo que ella llama el “problema de género”, expresión que da nombre a su primera gran obra (Gender Trouble), contenido que llena en nuestra opinión sus más interesantes páginas y al que dedica especialmente su primer capítulo209 titulado “Subjects of Sex/Gender/Desire”210. En éste, Butler abre fuego de la siguiente manera: “Para la mayoría, la teoría feminista ha asumido que hay una identidad existente, comprendida en la categoría de mujer, que no sólo da origen a los intereses feministas y a los objetivos dentro del discurso, sino que constituye el sujeto por el que la representación política es perseguida. Pero política y representación son términos controvertidos. Por un lado, representación sirve como término operativo dentro de un proceso político que busca extender la visibilidad y la legitimidad de las mujeres en tanto que sujetos políticos; por otro lado, la representación es la función normativa de un lenguaje que se dice que a la vez revela y distorsiona lo que se asume como verdad con respecto a la categoría de mujer.” 211 Parece que la problemática de la identidad es casi tan antigua como la propia filosofía: “Conócete a ti mismo”, pilar socrático para erigir el proyecto social y político 208 Ibíd., p. 39. 209 Tal y como nos dice en la introducción de su libro de 1990: “Chapter 1, “Subjects of Sex/Gender/Desire”, reconsiders the status of women as the subject of feminism and the sex/gender distinction.” (“El capítulo 1, titulado sujetos de sexo/género/deseo, reconsidera el estatus de mujer como el sujeto del feminismo así como la distinction sexo/género.”). Véase Butler, J., Gender Trouble, p. XXX. 210 Véase Ibíd., p. 3-44. 211 “For the most part, feminist theory has assumed that there is some existing identity, understood through the category of women, who not only iniciates feminist interests and goals within discourse, but constitutes the subject for whom political representation is pursued. But politics and representation are controversial terms. On the one hand, representation serves as the operative term within a political process that seek to extend visibility and legitimacy to women as political subjects; on the other hand, representation is the normative function of a language which is said either to reveal or to distort what is assumed to be truth about the category of women”. Ibíd., p. 3-4. 86 pero… ¿realmente hay algo que conocer o más bien vamos generando una ficción con la obsesión de encontrar algo? Es decir, si bien el proceder filosófico se entiende como aquel que pone el acento en las preguntas más que en las respuestas, en el propio proceso de búsqueda más que en el hallazgo de verdades absolutas, la cuestión es: ¿en qué momento nos cansamos de buscar?, ¿por qué hemos preferido una burda y excluyente mentira a la eterna curiosidad?, ¿acaso nos da miedo enfrentarnos al abismo que en definitiva somos? El problema del sujeto del feminismo (la “mujer”) es que se presenta como una categoría necesaria, pero realmente revela tanto como oculta212. Eso coloca al término en el centro de la reflexión feminista pues, como afirma Butler, “los sujetos jurídicos son invariablemente producidos a través de ciertas prácticas excluyentes que no se muestran una vez que la estructura jurídica de la política ha sido establecida”213. Esto quiere decir que bajo la supuestamente necesaria “representatividad”, el sujeto “mujer” es antes construido que descrito, ocultándose su estructura política de exclusión. Tal y como afirma Prado, “en Butler encontramos una exhortación al feminismo para que tenga en cuenta el carácter construido no sólo de las mujeres individuales sino también del sujeto colectivo o categoría identitaria mujeres.”214 Podríamos decir, por lo tanto, que para favorecer los intereses de ciertas “mujeres”, el feminismo ha funcionado con un halo de universalidad del todo falso. En realidad, al concepto “mujer” según la norteamericana se le atribuye una representatividad global que realmente ha sido generada a base de excluir a un innumerable número de sujetos de la lucha política. Es por eso que afirma que “más que un significante estable que guía los anhelos de aquellas a quienes describe y representa, mujeres se ha convertido en un término problemático, un lugar de lucha, una causa de ansiedad.”215 212 “I have tried to suggest that the identity categories often presume to be fundational to feminist politics, that is, deemed necesssary in order to mobilize feminism as an identity politics, simultaneously work to limit and constrain in advance the very cultural possibilities that feminism is supposed to open up.” (“He intentado sugerir que las categorías identitarias a menudo presuponen ser fundacionales de la política feministas. Es decir, siendo necesarias a la hora de movilizar al feminismo como identidad política, simultaneamente limitan y constriñen de antemano las posibilidades reales que el feminism se supone que debe abrir”.). Ibíd., p. 187. 213 “Juridical subjects are invariable produced through certain exclusionary practices that do not show once the juridical structure of politics has been stablished”. (“Los sujetos jurídicos son invariablemente producidos mediante las prácticas de exclusión que no se muestran una vez que la estructura juridica de la política ha sido establecida”) Ibíd., p. 5. 214 Prado Ballarín, María, “¿Qué es el feminismo postestucturalista y por qué se están diciendo cosas tan horribles sobre él?, p. 80. 215 Butler, J., Gender Trouble, p. 6. 87 Las razones por las cuales es necesario cuestionarse la representatividad del término, incluso la misma posibilidad de representar sin excluir o de ejercer la política sin representar, son múltiples. “Mujer” trata de apresar bajo su sello a un conjunto de personas que comparten lo que desde Simone de Beauvoir se tematiza como “género”. Butler manifiesta para empezar que el género no es algo coherente ni fácil de definir de una vez y para siempre, considerándolo un concepto vinculado al devenir de los distintos contextos históricos216. Por si esto no fuera suficientemente problemático, Butler añade que el género es una categoría que se cruza con otras como raza, clase, etnia, sexo o identidad, que hacen totalmente imposible delimitar lo que bajo la categoría de “género” queremos describir217. Butler comenta que la asunción política de una base universal para el feminismo no sólo falla por las razones señaladas sino por fundamentarse en una visión transcultural de la opresión patriarcal. Nuestra pensadora cree que esta opresión universal atiende más a una construcción elaborada por el feminismo occidental que por una realidad a nivel planetario. Tal vez éste sería un contraargumento inadmisible o al menos sospechoso puesto en boca de un varón, pero emergiendo de una pensadora vital dentro de la teoría feminista actual cobra, pensamos, gran importancia. Butler afirma valientemente que la opresión universal por parte del varón es un invento del que el feminismo occidental ha intentado extraer un supuesto sujeto universalmente oprimido, la mujer, que no tiene base en la realidad218. Butler ha recibido duras críticas desde dentro del feminismo por estas palabras, pero desde estas páginas creemos poder afirmar que nuestra pensadora no está subestimando el alcance de la discriminación genérica sino que realiza un honesto esfuerzo por señalar su infinidad de matices en lugar y tiempo. Es decir, no existe una supuesta mujer “igualmente” oprimida y por las mismas causas sean cuales sean las coordenadas espacio temporales en las que se sitúe. Más bien esta “mujer” sería un constructo sabiamente gestionado por el feminismo occidental219. En este sentido, propone: 216 Véase Idem. 217 Véase Idem. 218 En este sentido afirma, “the contemporary feminist debates over essencialism raise the question of the universality of female identity and masculinist oppession in other ways.” (“Los debates del feminismo contemporáneo sobre el esencialismo sacan a la luz la cuestión de la universalidad de la identidad femenina y de la opression masculine desde otras perspectivas.”). Ibid., P. 19. 219Véase Ibid., pp. 6-7. 88 “Mi sugerencia es que la presumida universalidad y unidad del sujeto del feminismo es minada en la práctica por las limitaciones del discurso representacional en el que funciona. Es más, la insistencia de antemano en un sujeto estable del feminismo entendido como una categoría de mujer sin fisuras, inevitablemente genera múltiples rechazos a aceptar la categoría. Estos territorios de exclusión revelan las consecuencias coercitivas y regulatorias de esa construcción, incluso cuando ésta ha sido elaborada con fines emancipatorios.” 220 Por lo tanto, pretender que el concepto “mujer” se erija en categoría universal y unitaria ha generado más disensiones que acuerdos, además de mostrar claramente la base coercitiva del feminismo. Es más, curiosamente cualquier intento de universalizar a la “mujer” a partir de alguna experiencia o dato compartido como la opresión, la maternidad, el sexo, la sexualidad o la escritura femenina ha derivado en serias disputas en las que el feminismo contemporáneo parece haber quedado atrapado221. Así pues, Butler afirma sin temor que: “El nosotras feminista es siempre y no más que una construcción fantasmática, una que tiene sus propósitos, pero que niega la complejidad interna y la indeterminación del término y se constituye sólo a través de la exclusión de parte de la circunscripción que simultáneamente procura representar.” 222 Estos potentes argumentos que abren El género en disputa provocaron innumerables reticencias que animaron efusivamente el debate interno en la teoría feminista. Como contestación a las críticas y al objeto de defender su postura, Butler dedica gran parte de los primeros años de la década de los noventa a explicitar sus tesis en algunos artículos que hoy en día son también considerados pilares del feminismo del siglo XXI. Y muestra de ello es que, en la introducción elaborada en 1999 para el 220 “My suggestion is that the presumed universality and unity of the subject of feminism is effectively undermined by the constraints of the representational discourse in which it functions. Indeed, the premature insistence on the stable subject of feminism, understood as a seamless category of women, inevitable generates multiples refusals to accept the category. These domains of exclusion reveal the coercive and regulatory consequences of that construction, even when the construction has been elaborated for emancipatory purposes.” Ibíd., p. 7. 221 Véase Ibíd., p. 19. 222 “The feminist we is always and only a phantasmatic construction, one that has its purposes, but which denies the internal complexity and indeterminacy of the term and constitutes itself only through the exclusión of some part of the constituency that it simultaneously seeks to represent.” Ibíd., p. 181. 89 décimo aniversario del libro, nos remite al artículo “Contingent Foundations” para entender de manera más profunda el sentido de su embate a los pilares del feminismo223. En el citado artículo, escrito en 1993, nuestra autora trata nuevamente de defender la importancia de cuestionar la categoría “mujer” como práctica productiva para el movimiento feminista. Intenta con ello incidir en la idea de que la apertura y la crítica a los fundamentos, más que provocar desunión, facilita la política enfocada a posibles objetivos comunes, rompiendo así con el prejuicio de pensar que el manejo de una férrea y cerrada categoría de “mujer” debe ser el pilar indispensable para materializar la lucha política conjunta. Es precisamente esa concepción elaborada de antemano de qué deba ser la “mujer” lo que realmente secciona y divide el movimiento: “Yo sostendría que cualquier esfuerzo para dar contenido universal o específico a la categoría de mujeres, suponiendo que aquella garantía de solidaridad se requiera de antemano, necesariamente producirá una ficción, y que la identidad como punto de partida nunca puede ser sostenida como la base solidificada de un movimiento político feminista.” 224 Butler recoge esta idea directamente de las críticas vertidas por las mujeres de color contra la categoría “mujer” a principios de los ochenta225. Por tanto, se hace eco aquí de las reflexiones tal vez poco valoradas de un amplio sector de mujeres, las de color, que ya manifestaron en numerosas ocasiones su desvinculación del proyecto pretendidamente universalista dibujado por la teoría feminista. En la misma línea, Guerra afirma que “uno de los primeros hitos en este sentido fue el diálogo entre E. Spelman y M. Lugones, esta última representante del feminismo chicano, que nos avisaba de las dificultades de un diálogo intercultural asimétrico que las mujeres no 223 “On the question of the necessity of the category of women for feminist analisys, I have revised and expanded my views in Contingent Foundations to be found in the volumen I coedited with Joan W. Scott, Feminists Theorized the Political (Routledge, 1993) and in the collectively authored Feminist Contentions (Routledge, 1995)”. “Sobre la cuestión de la necesidad de la categoría mujer para el análisis feminista, he revisado y extendido mis ideas en Contingent Foundations que puede encontrarse en el volumen I de Feminist Theorized the Politics coeditado con Joan W. Scott (Routledge, 1993) y en la obra colectiva Feminist Contentions (Routledge, 1995)”. Ibíd., p. XXIV. 224 “I would argue that any effort to give universal or specific content to the category of women, presuming that that guarantee of solidarity is required in advance, will necessarily produce factionalization, and that identity as a point of departure can never hold as the solidifying ground of a feminist political movement.” Butler, J. “Contingent Foundations: Feminism and the Question of Postmodernism”, pp. 15-16. 225 Véase Ibíd., p. 15. 96 parece a favor de la política de coalición, se muestra tremendamente cauta y matice que ésta sólo será democrática si se entiende como “coalición abierta”. En sus palabras: “Claramente, el valor de la política coalicional no debe ser subestimado, pero la forma misma de la coalición, de la impredecible emergencia y ensamblaje de posiciones, no puede ser prefigurada de antemano. A pesar del claro impulso democratizador que motiva el edificio de la coalición, el teórico coalicional sin querer puede insertarse a sí mismo de nuevo como el soberano del proceso tratando de imponer una forma ideal por adelantado para las estructuras de coalición, una que con eficacia garantizará la unidad como resultado. Los esfuerzos relacionales para determinar cuál es y cuál no es la forma verdadera de un diálogo, qué constituye una posición de sujeto, y, lo más pretencioso, cuándo la unidad ha sido alcanzado, pueden impedir la autoregulación y la dinámica autorestrictiva de la coalición."245 Butler trata de rescatar la acción feminista a través de una política de coalición democrática y abierta, que establezca el diálogo y la discusión infinita como sus fundamentos básicos. Esta nueva forma de acción es descrita por ella como abierta, antifundacionalista y contingente, imposible de establecer antes que sus propios objetivos246 ni de establecer estos de una vez y para siempre. Liberados de la necesidad de una “unidad” de principio, estas coaliciones actuarán como unidades provisionales que emergerán en el contexto concreto que justifiquen la articulación de dicha coalición247. Defendiendo las virtudes de su propuesta, la norteamericana afirma: “Una coalición abierta, afirmará las identidades que sean alternativamente instituidas y rechazadas según los propósitos que estén a la mano; será un ensamblaje abierto que permita las múltiples 245 “Clearly, the value of coalitional politics is not to be underestimated, but the very form of coalition, of an emerging and unpredictable assemblage of positions, cannot be figures in advance. Despite the clearly democratizing impulse that motivates coalition building, the coalitional theorist can inadvertently reinsert herself as sovereign of the process by trying to assert an ideal form for coalitional structures in advance, one that will effectively guarantee unity as the outcome. Relates efforts to determine what is and is not the true shape of a dialogue, what constitutes a subject-position, and, most importantly, when unity has been reached, can impede the self-shaping and self-limiting dynamics of coalition.” Butler, J., Gender Trouble, p. 20. 246 Véase Ibíd., p. 21. 247 “Without the presupposition or goal of unity, which is, in either case, always instituted at a conceptual level, provisional unities might emerge in the context of concrete actions that have purposes other than the articulation of identity.” Idem. 97 convergencias y divergencias sin obediencia a un telos normativo de cierre de la definición.” 248 Desde el momento en que Butler enunció su crítica a la categoría de “mujeres” en el comentado primer capítulo de El género en disputa y su prospectiva política de coalición, las críticas no han parado de llover sobre el entramado teórico butleriano, ¿es realista negar un hecho aparentemente tan claro como la especificidad del cuerpo de la mujer?, ¿aboga Butler por una especie de política “de perchero” (expresión que tomamos prestada de Braidotti y Nicholson) donde el sujeto elige a su antojo la identidad que quiere adoptar?¿No contradice esto la percepción clara e intuitiva de la realidad de cuerpos “de hombre” y cuerpos “de mujer”? Martha Nussbaum, según la acertada interpretación de Lloyd, afirma que “la perspectiva butleriana niega la situación real de las mujeres reales y que por tanto omite el sufrimiento material de aquellas que tienen hambre, son violadas o golpeadas”249. En su mordaz artículo “Profesor of Parody”, Nussbaum concluye que “no hay víctimas” en el trabajo de Butler. Somos conscientes aquí de las limitaciones y de las incógnitas que plantea la posición butleriana, pero creemos excesiva una crítica de tal calado por cuanto la norteamericana, a nuestro entender, ha mostrado siempre una gran sensibilidad ante el sufrimiento humano250. En esta misma línea, Seyla Benhabib, en “Feminism and Postmodernism: An Uneasy Alliance”251 cree que la propuesta de Butler es inconsistente porque el feminismo no tiene sentido ideológico, político o lógico sin la categoría “mujeres” que sustenta su praxis política. Hemos de destacar aquí que Butler ha demostrado siempre una gran capacidad de escucha con respecto a las críticas recibidas como muestran las continuas revisiones de su pensamiento. Aun manteniendo su postura básica, en determinadas ocasiones, tal y como hemos citado anteriormente, admite que “parece como si hubiera alguna 248 “An open coalition, then, will affirm identities that are alternately instituted and relinquished according to the purposes at hand; it will be an open assemblage that permits of multiple convergences and divergences without obedience to normative telos of definitional closure.” Ibíd., p. 22. 249 Lloyd, M., op. cit., p. 46. 250 Valgan como ejemplo obras como Lenguaje, identidad y poder, Deshacer el género, Vida precaria o Marcos de Guerra. Las vidas lloradas, a las que podemos sumar innumerables artículos, para mostrar el compromiso butleriano permanente para con aquellos que sufren y padecen las embestidas del poder. 251 Benhabib, S., Butler, J., Cornell, D., Fraser, N., Feminist Contentions. A Philosophical Exchange, pp. 17-34. 98 necesidad política de hablar como y por las mujeres y yo no rebatiré esa necesidad”252. Es por eso que posteriormente en Cuerpos que importan perfilará su política de coalición con una más detallada explicación de la “perspectiva antidescriptivista” que entiende a las “mujeres” como un “permanente lugar de lucha”. Años más tarde, en su entrevista “Changing the Subject”253 publicada en 2000, la norteamericana comenta que muchas de las críticas recibidas por la visión tan radical mostrada en Gender Trouble se deben a la gran influencia que en aquella temprana época recibía de los textos de Monique Wittig. La francesa muestra en sus libros que el hecho de nombrar a los sujetos “hombres” o “mujeres” atiende a una práctica que debería considerarse de una gran violencia. De hecho, en sus primeros escritos, ésta aboga por no usar estos términos jamás, redimiéndose del opresivo momento bautismal en el que el médico enuncia la perversa frase “es un niño” o “es una niña”. Más concretamente: “Ella también pensó que nosotros y nosotras no deberíamos aceptar los términos dados por la anatomía, de modo que de ser preguntado si usted tiene una vagina, por ejemplo, usted solamente diga, no. Ella sintió que esto sería una forma de resistencia radical a cómo el lenguaje vernáculo estructura el cuerpo en formas que lo preparan para la reproducción heterosexual.” 254 Aun cuando Butler manifiesta en esta entrevista que en 1990 era más wittigiana que en la actualidad, esta negación del cuerpo como dato puro ha sido una de las afirmaciones más enérgicamente defendida en sus veinte años de producción teórica. Butler es consciente de la radicalidad de su postura al atentar contra uno de los supuestos más ampliamente reconocidos por el sentido común, la existencia de cuerpos de hombre y cuerpos de mujer. Su ímpetu juvenil de 1990 tal vez adelantó una teoría que aún estaba por madurar dentro de la mente de la propia autora. Es por eso que a Butler se le criticó fuertemente esta supuesta “negación” del cuerpo que postulaba El género en disputa: ¿quería decir con ello Butler que el cuerpo no es más que una 252 “It seems as if there is some political necessity to speak as and for women and I would not contest that necessity.” Butler, J., “Contingent Foundations”, p. 15. 253 Butler, J. “Changing the Subject”, pp. 337-338. 254 “She also thought that we should not accept the given terms for anatomy, so that if asked if you have a vagina, for instante, you just say, no. She felt that this would be a form of radical resistance to how vernacular lenguaje structures the body in ways that prepare it for heterosexual reproduction.” Ibíd., p. 337. 99 entidad ficticia, volátil, irreal, sujeta a mi propia voluntad?, ¿en qué medida?, en caso de ser así, ¿cómo se solidifica mostrándose como hecho incuestionable desde el que gestionar un feminismo de carácter esencialista?, ¿puede construirse la acción política sin él?, ¿de qué forma? Todas éstas y muchas más son preguntas que Butler dejó sin clara respuesta en El género en disputa. Esto llevó a la autora a la necesidad de escribir innumerables artículos aclaratorios y conceder más de una entrevista a principios de la década de los noventa que culminan con la edición de Cuerpos que importan, obra en la que Bulter trata de dar respuesta a todos los interrogantes abiertos en torno a la cuestión del cuerpo y que examinaremos detenidamente más adelante. Como muestra de lo altamente contestataria que se presenta aún hoy en día la concepción crítica butleriana del cuerpo, la autora nos traslada en la citada entrevista “Changing the Subject” al enorme debate abierto en la conferencia internacional sobre la mujer en Beijing de 1995 en torno a la noción de “género”. Butler nos cuenta cómo la Iglesia Católica, con representación en el Congreso, se puso en pie de guerra en los preliminares de la conferencia ante la concepción de la mujer desde una perspectiva de “género” en vez de desde el tradicional modo de entender a la mujer como hecho anatómico o biológico, es decir, como “sexo”255. En este sentido Butler afirma que: “Muchos países católicos también expresaron su oposición a cualquier plataforma que usara la palabra género porque esto sugeriría que las mujeres no quedan definidas por su rol biológico de dar a luz, y esto también sugeriría que aquellos roles biológicos no son conferidos por la teología.” 256 Este secuestro de la categoría “mujer” por la iglesia católica no es exclusivo de la institución religiosa pues también desde otros campos tan dispares como el legal, el de la moda o la pornografía se intenta vincular el término mujer a una serie de características anatómicas definidas que excluyen y omiten la multiplicidad que supuestamente debería representa el concepto257. 255 Véase Ibíd., p. 338. 256 “Many catholics countries also voiced their opposition to any platform that used the word gender because that would suggest that women are not defined by their biological roles of mothers, and it would also suggest that those biological are not mandated by theology.” Idem. 257 Para ver cómo la pornografía ha anclado a la mujer en una definición denigrante para su persona puede consultarse el artículo “The Force of a Fantasy: Mapplethorpe, Feminism, and Discursive Excess” en Salih, S., op. cit., pp. 183-203. En este temprano artículo (1990), Butler muestra ya su incipiente postura 100 En conclusión, “el feminismo teórico y las políticas no pueden regular la representación de la mujer sin producir la verdadera representación; y si eso es en cierto sentido inevitable, la cuestión es salvaguardar la apertura productividad de estas categorías”258. Como trató de exponer en El género en disputa, cada descripción del “nosotras” es siempre algo más que una mera descripción, supone la construcción de una totalidad imaginaria, una unidad fantasmática, lo que aboca al feminismo a la crisis constante y a la permanente imposibilidad. Por lo tanto, no debemos temer la pérdida del cuerpo como fundamento de la categoría “mujeres”. Entender correctamente qué es, cómo se forma, cómo se solidifica en el tiempo, cómo se subvierte, puede que nos devuelva una nueva forma de comprender la corporalidad que no nos haga renunciar a una política feminista postmetafísica con nuevos retos, abierta a nuevas alianzas y por tanto, a nuevas y motivadoras esperanzas también. Es hora de poner las cartas sobre la mesa, ¿tendrá Butler una jugada ganadora?: “Si género es la palabra que produce la polémica, entonces usa aquella palabra. Si mujer es la palabra que produce aquella polémica, genial. Aquellos son los conflictos que tienen que ser puestos sobre la mesa, y tales palabras son muy útiles. Y cuanto más públicos sean los conflictos, cuantas más divisiones generen, mejor.” 259 A continuación, y al objeto de profundizar en esta cuestión, trataremos de establecer ciertas aclaraciones de carácter filológico para poder exponer posteriormente las teorías de los principales compañeros y compañeras de viaje de Judith Butler en este periplo hacia la reconstrucción de la agencia política desde una nueva forma postestructural de entender la subjetividad. de resistencia a la censura, como se ve en la defensa que hace del trabajo del fotografo Mapplethorpe. Si bien su trabajo muestra una visión parcial de la mujer y de las personas de color, esta estrecha visión no puede contrarrestarse con la censura ni con la visión también parcial, por heterosexual y maternalista, del movimiento contra la pornografía liderado por Catherine Mackinnon, con quien Butler mantiene una disputa teórica que aún hoy en día se prolonga en el tiempo. 258 Ibíd., p. 199. 259 “If gender is the word that produces the argument, then use that word. If woman is the word that produces that argument, great. Those are the conflicts that have to be put on the table, and such words are very useful. And the more public the conflicts, the more divisive they are, the better it is.” Butler, J. “Changing the Subject” en Salih, S. (ed.), op. cit, p. 338. 101 3.2. Sexo y género: breve acercamiento genealógico y filológico La crítica a los fundamentos del feminismo (mujer, sexo, género, etc.) que desarrolla Judith Butler, según nuestra opinión, debe ser leída como un gran paso teórico dentro de un lento proceso intelectual de marcado carácter interdisciplinal. Por supuesto, sería bastante inocente defender que nuestra pensadora carga sobre sus espaldas en solitario con un proyecto absolutamente original. Algo así nos parece no sólo temerario sino imposible en el ámbito de la filosofía. Más bien debemos entender que Butler recoge y desarrolla una serie de planteamientos que ya circulaban en un amplio espectro de disciplinas. Para poder entender el debate actual en torno a la resignificación de los conceptos sexo y género, creemos necesario practicar una somera genealogía de ambos conceptos. A finales del siglo XIX se empieza a catalogar el sexo en el ámbito de la medicina. Paralelamente desde la antropología y el psicoanálisis comienza la separación explícita entre lo que de natural y de social hay en la identidad sexual del ser humano. Siguiendo la estela de los estudios de Donna Haraway, Braidotti nos muestra que “el concepto de género no fue originariamente feminista; tuvo una identidad previa, derivada de la investigación en biología, lingüística y psicología.”260 Como muestra de la gran relevancia que adquirió en apenas unas décadas la cuestión en torno al origen de los conceptos sexo y género y su progresiva definición, encontramos dentro de la antropología, ciencia en alza a finales del XIX e inicios del XX, un inspirador precedente para el pensamiento feminista actual. Aun cuando algunos pensadores y pensadoras del siglo XIX ya atisbaban la diferencia entre sexo y género, podemos atribuir a Margaret Mead el honor de haber sido una de las grandes pioneras en la materia al manifestar de forma clara la diferencia entre ambos conceptos261. 260 Braidotti, R., Sujetos nomades, p. 212. Para profundizar en el tema, véase también a Teresa de Laurentis en su artículo “Eccentric subjects: Feminist theory and historical conciousness” en Feminist Studies, vol. 1, 1990, pp. 115-150. 261 Seguimos aquí la opinión de Michelle Rosaldo cuando afirma: “La impronta de Margaret Mead en la antropología del género se debe fundamentalmente a que fue una de las pioneras en establecer las características sociales y culturales de los sexos.” Rosaldo, M., “Mujer, cultura y sociedad: una visión teórica” en Harris, O. y Young, K., Antropología y feminismo, Barcelona, Anagrama, pp. 153-180. Creemos pues que es de justicia citar aquí la importancia de otras predecesoras feministas de Mead en su 102 Curiosamente Mead, siempre a la luz de nuestras investigaciones, no es citada como precedente reconocido por prácticamente ninguna pensadora feminista actual. No obstante, consideramos bastante esclarecedor realizar un breve inciso para comprender la importancia de la antropóloga en lo relativo a la evolución en nuestra manera de comprender el sexo y el género. En 1935, Margaret Mead recopila en su libro Sex and temperament in three primitive societies262 sus sorprendentes conclusiones tras una investigación de campo en Papua Nueva Guinea263 con las tribus arapesh, mundugumor y tchambuli. La antropóloga muestra para sorpresa de propios y extraños que ninguna de las dos primeras comunidades manifiesta en su comportamiento tipo alguno de dimorfismo sexual. Sin embargo, mientras los miembros arapesh de ambos sexos son de carácter educado, pacífico y atento, los miembros de la tribu mundugumor muestran un temperamento agresivo e ingobernable. El tercer caso, las personas que pertenecen a la etnia tchambuli, presentan una marcada especialización genérica pero curiosamente en sentido inverso al occidental, es decir, las cualidades que entendemos en nuestra cultura como “femeninas” son asignadas a los varones y viceversa264. De este modo, Mead, comprueba sobre el terreno las premisas planteadas en el libro: “El propósito fundamental de mis estudios directos en Nueva Guinea consistía en descubrir en qué medida las diferencias temperamentales entre los sexos eran innatas o hasta qué punto estaban determinadas culturalmente, y además investigar en detalle los mecanismos educacionales en sus conexiones con estas diferencias”265 El libro tardó en convertirse en uno de los pilares de la nueva antropología cultural aun cuando demostraba a las claras que cualquier tipo de comportamiento, manera de entender la antropología como una vía para reivindicar desde el conocimiento una sociedad menos hostil a las exigencias personales y profesionales de las mujeres de los siglos XIX y XX. Estas antropólogas son, entre otras, Alice Fletcher, Elsie Clews y Phillis Kaberry, cuyas investigaciones pueden ser consultadas en Martín Casares, A. Antropología del género. Culturas, mitos y estereotipos sexuales, Valencia, Cátedra, 2006, pp. 74-82. 262 Mead, M., Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas, Barcelona, Paidós, 1999. 263 Debemos citar que, anteriormente, Mead comienza a perfilar su diferenciación sexo-género en sus investigaciones en Samoa partiendo de las enseñanzas de Franz Boas, quien se declara admirado por las conclusiones de Mead, y las intuiciones de la psicóloga Ruth Benedict. Véase Mead, M., Adolescencia y cultura en Samoa, Barcelona, Paidós, 1995. 264 Para Dolors Comas, lo más impactante de las investigaciones de Mead es que: “También mostró que los hombres podían comportarse de acuerdo con cualidades que en nuestra sociedad consideramos femeninas, mientras que las mujeres podían ser calculadoras, agresivas y vigorosas.” Comas D’Argemir, D., Trabajo, género y cultura, Barcelona, Icaria, 1995, p. 14. 265 Mead, M., Sexo y temperamento en tres sociedades primitivas, p. 141. 103 cualquier tipo de opresión, incluida la de la mujer, no estaba natural, necesaria o esencialmente vinculada al sexo de la persona oprimida266. O lo que es lo mismo, su bipolar conclusión es que debemos diferenciar entre sexo y género y que, aún más importante, ningún tipo de discriminación puede ser justificado por motivos de carácter biológico. A pesar de que De Beauvoir no reconoce directamente su influencia, parece innegable que la autora francesa se nutrió, directa o indirectamente, de las tesis que Margaret Mead popularizó para la antropología. Esta manera tan clara de diferenciar lo natural de lo cultural, el sexo del género, impregnó en la segunda mitad del siglo XX todo tipo de saberes y recabó finalmente en la reflexión filosófica. A analizar los avatares de la categoría sexo-género dentro de la filosofía de los últimos sesenta años dedicaremos los siguientes epígrafes de la mano de autores y autoras tan representetativos como la citada De Beauvoir, Rubin, Wittig o Foucault. No están todas las personas que son, tal cosa sobrepasaría de largo las intenciones de este estudio, pero todos ellos y todas ellas representan pasos ineludibles hacia una nueva manera de entender la subjetividad de cara a ejercer la acción política desde una nueva perspectiva dada a la matriz sexo-género, perspectiva que consideramos que tiene su culminación actual en la obra de Judith Butler. La “mujer”, como sujeto natural y universal del feminismo, comienza a cuestionarse en el siglo XIX a la luz de multitud de investigaciones médicas, antropológicas, sociológicas. Como hemos visto, contribuyen a ello autoras como Mead o corrientes como el psicoanálisis que irrumpe en el siglo XX con el subconsciente, idea que dinamita nuestra concepción tradicional de la subjetividad, siempre racional y coherente. ¿Qué es el sujeto?, ¿qué es la mujer?, ¿es su biología, su comportamiento?, ¿a partir de qué instancias se desvela o se construye su identidad? Anteriormente entendida de manera holística, en el XIX, comienzan a desvelarse bajo el concepto “mujer” una serie de dimensiones claramente diferenciables. Así fue posible entender de manera separada por un lado los aspectos relativos a lo anatómico y por otro los relacionados con lo social. Los primeros quedaron catalogados bajo el concepto “sexo” y los segundos bajo el término “género” y, aunque en el campo de la filosofía académica hemos padecido durante la primera mitad del siglo XX una cierta ceguera 266 En opinión de Flora Davis: “Si no produjo cambios duraderos en nuestra manera de pensar acerca de lo que es femenino y masculino, ha sido porque resultó demasiado alarmante para aquellas personas que creen –y la mayoría continúa haciéndoloque los aspectos sexuales de la personalidad son cuestión de hormonas”. Davis, F., La comunicación no verbal, Madrid, Alianza, 1998, p. 25. 104 ante esta distinción vital, durante estos dos últimos siglos, de forma latente, ambos conceptos se han ido prefigurando en multitud de latitudes y de ámbitos. De hecho, no fue hasta la década de los ochenta que el feminismo, en un claro intento sistematizador, convirtió al propio movimiento en objeto de estudio institucionalizando los llamados “estudios de la mujer” en las universidades, con el objetivo de desarrollar la nada despreciable tarea de, por una parte, consolidar la riqueza y la extensión del conocimiento producido por las mujeres y, por el otro, redefinir con exactitud metodológica los conceptos clave del feminismo, con especial atención, y no podía ser de otro modo, a la matriz sexo/género267. Es entonces, y solo entonces, cuando las feministas parecen tomar conciencia de la magnitud de la empresa que se traen entre manos. Trabajar con algo vivo, definir algo “a posteriori”, intentar sistematizar unos conceptos que se han utilizado durante siglos en contextos no filosóficos con una casi infinidad de matices contaminantes según el ámbito y las lenguas propias de cada comunidad humana. Así, pues, el primer obstáculo a salvar parece ser más filológico que filosófico. Tal y como Haraway nos muestra en su “Género para un diccionario marxista: la política sexual de una palabra”268, según el encargo realizado por el colectivo femenino autónomo del diario marxista de la antigua Alemania occidental (RFA) Das Argument, el primer escollo con el que la investigación se encuentra es la toma de conciencia de que, tras su origen y desarrollo dentro del ámbito angloparlante, la evolución de “sex” y “gender” dentro de la lengua inglesa no tiene un paralelismo con los vocablos “género”, “genre” o “Geschlecht”269. Desde una perspectiva mucho más radical, Braidotti afirma que el concepto de “genero” es una “vicisitud del idioma inglés”270, siendo así una noción que tiene poca o ninguna importancia en las lenguas romances. Aun cuando la afirmación de Rosi Braidotti nos parece cuanto menos excesiva, hemos igualmente de reconocer que otras pensadoras, como por ejemplo su compatriota Luisa Accati, han compartido sus más que serias reservas con respecto a las posibilidades de traducción de los conceptos sexo y género271. La cuestión se complica aún más cuando el debate sobrepasa el conflicto originario entre el inglés y el francés con la aparición de feminismos italianos, 267 Véase Braidotti, R., Sujetos nomades, p. 229. 268 Incluido en Haraway, D., Cª, cyborgs y mujeres, pp. 213-250. 269 Véase Ibíd., p. 215. 270 Braidotti, R., Sujetos nomades, p. 172. 271 Véase Accati, L., “Il padre naturale. Fra simboli dominante e categorie scientifiche”, en Memoria, Revista di Storia delle Donne, nº 21, Abril 1988. 105 australianos u holandeses272; y se torna en una misión al filo de lo imposible si nos planteamos la repercusión y traslación de estos términos al ruso o al chino273. Todo esto que aquí apuntamos tan sólo como un atisbo del problema274, es lo que lleva a Haraway a describir la cuestión como “una patata políticamente caliente”275. Si hemos citado a Margaret Mead como la primera en tratar esta “patata políticamente caliente”, podemos afirmar sin temor a equivocarnos que su homónima en materia de filosofía la encontramos, unas décadas más tarde, en la inconmensurable figura de Simone de Beauvoir. 272 Véase Braidotti, R., Sujetos nomades, p. 171. 273 Véase Haraway, D., Cª, cyborgs y mujeres, p. 215. 274 Para profundizar en él, podemos acudir a innumerables fuentes entre las que recomendamos acercarse a Scott, Joan., “El género, una categoría útil para el análisis histórico” en Amelang, J. S. y Nash, M (eds.), Historia y género: las mujeres en la Europa moderna y contemporánea, Valencia, Edicions Alfons el Magnànim, 1990; Tubert, S. (ed.), Del sexo al género. Los equívocos de un concepto, Valencia, Cátedra, 2003, especialmente sus capítulos “El concepto filosófico de género” (pp. 39-46) de Geneviève Fraissse, “La interpretación del concepto de género” (pp. 47-82) de Linda Nicholson y “Ontología y diferencia de sexos” (pp. 83-122) de Neus Campillo. Para comprender la problemática filológica en la producción de estos términos al español, véase Lamas, M. “Usos, dificultades y posibilidades de la categoría de género” en La ventana, revista de estudios de género, nº 1, Universidad de Guadalajara, julio de 1995, pp. 10-61. 275 Haraway, D., Cª, cyborgs y mujeres, p. 215. 112 académico y a los racionalismos naturalistas ilustrados pero creemos que las pretensiones de De Beauvoir, consciente al menos en parte de esta problemática, caminaban bastante alejadas de esta senda. ¿Cómo resolverá De Beavoir este, en palabras butlerianas, rompecabezas de género? Según Butler, la autora de El segundo sexo tratará de seguir a grandes rasgos los preceptos fenomenológicos pero tratando de sortear su clásica distinción cuerpo-conciencia que parece irremisiblemente desembocar en el “fantasma cartesiano”. Según Butler: “Simone de Beauvoir, más que refutar a Sartre, lo recibe en su interpretación menos cartesiana” 294. La paradoja es efectivamente de origen sartreano y se debe a una “petitio principii” de carácter lingüístico que se genera desde el momento en que éste, en su El Ser y la Nada, describe la relación entre conciencia y cuerpo en los siguientes términos: “la conciencia existe el cuerpo” 295. Esta aparentemente inofensiva utilización del verbo “existir” en una extraña forma transitiva nos hace plantearnos en qué forma la conciencia existe su propio cuerpo. “Existir” en el cuerpo ata a la conciencia a la más pura necesidad biológica y “existir” más allá del cuerpo plantea de nuevo el aparentemente irresoluble rompecabezas al no quedar claro desde dónde se reivindica ese tipo de existencia-aún-no-consumada. Además, junto a esta última cuestión parece necesario plantearse cómo puede nuestra conciencia estar situada en esa especie de inmaculada atalaya cuando ha quedado suficientemente explicado que la existencia es y siempre es, una existencia generizada. Butler cree que De Beauvoir afronta esta especie de aporía sustituyendo, en palabras butlerianas, el “exists” (“existir”) por el “becoming” (“devenir”, “convertirse en”). De esta forma, en esta amorosa interpretación de Butler para con la francesa, De Beauvoir parecería estar sorteando la fractura entre conciencia y cuerpo, así como zafándose del “molesto” fantasma del voluntarismo de la conciencia cartesiana. El cuerpo, indiferenciado de la conciencia se convierte en conciencia corporeizada en un continuo devenir, un constante no ser nada, un perpetuo quehacer inacabado donde no existe un anterior más allá desde el que impulsar este proyecto que, al fin y al cabo, es la vida. En sus propias palabras: “De ahí que no adquiramos nuestros géneros de un lugar anterior a la cultura o la vida corporal, sino esencialmente dentro de sus 294 “Simone de Beauvoir does not so much refute Sartre as take him at his non-Cartesian best”. Ibíd., p. 38. 295 “…consciousness exists the body”. Ibíd., p. 39. Las cursivas pertenecen al original. 113 términos. Para Simone de Beauvoir al menos, se ha dado carpetazo al fantasma cartesiano. (…) En un importante sentido el género no puede ser seguido hasta el origen definible con precisión porque esto es una actividad originaria que no cesa de ocurrir. Nunca más entendido como un producto de relaciones culturales y psíquicas lejanas, el género es un modo contemporáneo de organizar normas culturales pasadas y futuras, un modo de autosituarse con respecto a aquellas normas, un estilo activo de vivir el cuerpo propio en el mundo."296 Creemos, no obstante, que aventurarnos más por esta línea supondría contaminar en exceso el pensamiento de De Beauvoir con las conclusiones propias que Judith Butler comienza a atisbar en 1986 y que dinamitarán los cimientos del feminismo moderno tras la publicación de El género en disputa en los albores de la década de los noventa. Como muestra, la misma Butler se delata al admitir que: “Que una llega a ser su género es una afirmación descriptva; solo dice que el sexo es adquirido pero no dice si debe ser adquirido de una u otra forma. El programa prescriptivo de Simone de Beauvoir en El segundo sexo es menos claro que el descriptivo,…”297 Así pues, el programa prescriptivo de El segundo sexo se plasma de forma más ambigua que el descriptivo y, tal vez de ese intento forzado de oír lo no dicho en las páginas de la obra, emergen cantos de sirenas que Butler no puede evitar seguir en una clara fusión de las opiniones de De Beauvoir y la suya propia aún en estado latente. En nuestra opinión, en este artículo Butler atribuye a De Beauvoir afirmaciones a las que ésta no llegó. Podríamos decir que la francesa no fue tan lejos. No obstante, a pesar de esta arbitrariedad en la interpretación butleriana, probablemente fruto de lo precoz del artículo que estamos comentando, creemos que este texto supone una de las formas más interesantes y sugerentes de acercarse a la teoría de Simone de Beauvoir, por cuanto Butler apunta no sólo a lo expresamente escrito por ésta, sino también a las ideas que, 296 “Hence, we do not become our genders from a place prior to culture or to embodied life, but essentially within their terms. For Simone de Beauvoir at least, the Cartesian ghost is put to rest. (…) In an important sense gender is not traceable to a definable origin precisely because it is itself an originaring activity incessantly taking place. No longer understood as a product of cultural and psychic relations long past, gender is a contemporary way of organizing past and future cultural norms, a way of situating oneself with respect to those norms, an active style of living one’s body in the world”. Ibíd., pp. 39-40. 297 “That one becomes one gender is a descriptive claim; it asserts only that gender is taken on, but does not say whether it ought to be taken on a certain way. Simone de Beauvoir’s prescriptive program in The Second Sex is less clear than her descriptive one, (…)”. Ibíd., p. 42. 114 como sugerencias envenenadas, explotarán con retardador en el feminismo de décadas posteriores. Omitiendo el “rompecabezas de género”, y en un intento de clarificar las virtudes de la propuesta de De Beauvoir, es importante que entendamos que la importancia de su teoría está en la clara definición y separación intelectual de los conceptos sexo y género. Esta separación permitió vincular el género al contingente ámbito social y cultural y así, por un lado, abrió una puerta a otras formas de ser en el mundo y, por otro, estableció la posibilidad de relación entre los sexos de una forma menos desigual gracias a una lectura hegeliana de la vida donde mismidad (varón) y alteridad (mujer) se necesitan y condicionan en su gestación. Problemas por resolver son aún el difícil coqueteo con el voluntarismo, la firme creencia en el dimorfismo sexual298, la ceguera (mitigada en la lectura butleriana, total en la nuestra) ante el hecho de hasta qué punto influye el género en nuestra manera de entender el sexo “natural” o la persistencia en una visión heterosexual donde bajo la representación de lo Uno y la Alteridad se mitifican y fijan posiciones que nos parecen interesadas y románticas, donde la complementariedad y fusión de los dos sexos inventados parecen culminar en una suerte de “happy end” estético donde todo parece encajar de manera más que sospechosa. ¿Quién y cómo marcó el límite entre los dos sexos dentro del continuo biológico, hormonal, cromosómico, anatómico? ¿Por qué? ¿Cuántos seres humanos han quedado involuntariamente atados al otro lado? ¿Cuántos han quedado fuera de la norma? Y sobre todo: ¿cómo revertir la situación sin apelar a una subjetividad metafísica? En la misma línea interpretativa Braidotti, en su libro Sujetos nomades, afirma que “la distinción que hizo S. de Beauvoir entre sexo y género y su programa para la emancipación de las mujeres prepararon el camino para la segunda ola del movimiento 298 En la opinión de Martín Casares, “sin embargo, por lo que respecta al dimorfismo sexual, Beauvoir no lo cuestiona e incluso considera que las mujeres son fisiológicamente más débiles que los hombres.” op. cit., p. 90. En la misma línea, y a pesar de su lectura generosa, Butler critica a Beauvoir su apuesta por dejar intacto el dimorfismo binario: “Un sistema de género binario no tiene necesidad ontológica. (…) Los descubrimientos antropológicos de sistemas de tres géneros y de múltiples géneros sugieren, sin embargo, que el dimorfismo adquiere significado sólo cuando los intereses culturales los requieren, y que el género se basa habitualmente más en los requerimientos del parentesco que en las exigencias anatómicas.” (“…a binary gender system has no ontological neccesity. (…) Anthropological findings of third genders and multiple gender systems suggest, however, that dymorphism itself becomes significant only when cultural interests require, and that gender is more often based upon kinship requirements than on anatomical exigencies.”). Butler, J., “Sex and gender in Simone de Beauvoir’s Second sex”, p. 48. 115 feminista”299 de la década de los sesenta bajo el credo político de que la anatomía no es el destino. No obstante, la autora italiana manifiesta que: “A las feministas les llevó mucho tiempo tomar conciencia crítica de que el dualismo de S. de Beauvoir y el rechazo cartesiano del cuerpo, combinados con la adaptación que hace la autora francesa de la dialéctica hegeliana de las diferencias de los sexos, si bien permiten representar la emancipación de las mujeres en el plano teórico, crearon más problemas de los que resolvieron.”300 Quizás De Beauvoir y las que inmediatamente recibieron su legado no quisieron ir más allá para asentar así sus logros y preparar a una escéptica humanidad para la parte más revolucionaria del proceso: el ataque directo al sexo como instancia natural. En palabras de Haraway: “Las feministas de la segunda ola criticaron pronto la lógica binaria de la pareja naturaleza/cultura. (…) Pero aquellos esfuerzos dudaron en extender del todo su crítica a la distinción derivativa de sexo/género, la cual era demasiado valiosa para combatir los omnipresentes determinismos biológicos constantemente desplegados contra las feministas en luchas políticas urgentes sobre las diferencias en el sexo en las escuelas, en las casas editoriales, en las clínicas, etc. Fatalmente, en este clima político reprimido, aquellas críticas tempranas no se centraron en historizar ni relativizar culturalmente las categorías pasivas de sexo y de naturaleza. Así, las formulaciones de una identidad esencial como mujer o como varón permanecieron analíticamente intocadas y siguieron siendo políticamente peligrosas.”301 Será Butler una de las primeras en dar ese decisivo paso hacia la crítica directa de la categoría de “sexo”. A continuación, seguimos analizando el recorrido intelectual butleriano a través del análisis que nuestra pensadora realiza de propuestas tan controvertidas como las de Freud, Rubin, Wittig o Foucault. 299 Braidotti, R., Sujetos nomades, p. 216. 300 Ibíd., p. 215. 301 Haraway, D., Ciencia, cyborgs y mujeres, pp. 226-227. 116 3.4. El sexo en el monismo originario de S. Freud La psicología se ha constituido desde sus inicios en una de las ramas del saber que, probablemente sin pretenderlo, más impacto han tenido sobre el movimiento feminista. A medias admirados y odiados, los escritos de Freud, Jüng o Lacan han dividido a feministas de todo el mundo a favor o en contra de sus dictados. Y la confusión parece comprensible en cuanto que nos enfrentamos a miles y miles de páginas no exentas de infinidad de ambigüedades, contradicciones y disidencias dentro de un movimiento cuya sombra se alarga durante todo el siglo XX. Desde los originarios escritos de Freud, la relación entre psicoanálisis y feminismo ha sido difícil302. Las pensadoras más importantes de nuestro siglo han encontrado decenas de objeciones a los análisis freudianos con respecto a la sexualidad femenina. El tratamiento de la homosexualidad como patología, la reproducción del prejuicio tradicional que vinculación la histeria al sexo femenino, la descripción muchas veces de la mujer como una disminuida copia del único sexo, el masculino, la universalización del complejo de Edipo y del complejo de castración, el monismo fálico o la envidia del pene construyen un marco explicativo de un claro sesgo masculinista, patriarcal y logocéntrico que dificulta, en nuestra opinión, la utilización del psicoanálisis para la causa de las mujeres. No obstante, con respecto al padre del psicoanálisis, hemos de admitir que para el tema que nos ocupa, la evolución de la dicotomía sexo/género, Freud se nos muestra como un pensador que no debemos omitir. Entre sus afinidades y filias con el feminismo está el mérito de cuestionar las grandes verdades de la filosofía y la ciencia, o el haber intentado explicar qué es la mujer y la génesis del dimorfismo genérico aun cuando el concepto de género no poseía todavía entidad de concepto filosófico reconocible. Además, Freud compartió movimiento con multitud de mujeres, aceptando sus críticas y manifestando en ocasiones su inferioridad con respecto a ellas a la hora de 302 En palabras de Purificación Mayobre: “Durante mucho tiempo se ha pensado que psicoanálisis y feminismo eran un matrimonio mal avenido e irreconciliable, ya que la concepción de las mujeres – preconizada por el psicoanálisiscomo seres inferiores que sólo podrían alcanzar la auténtica feminidad como madres y esposas, se juzgaba por parte de la teoría feminista como una mera justificación del status quo burgués y patriarcal.” En “Psicoanálisis, hermenéutica y género” publicado en Marcelino Agís Villaverde (ed.), Horizontes de la hermenéutica, Santiago de Compostela, Universidad de Santiago de Compostela, 1998, pp. 496-514. 117 definir la “naturaleza” femenina303. Pero creemos no equivocarnos al afirmar que la perla negra de la teoría freudiana en su punto de intersección con el pensamiento feminista está en la noción de monismo bisexual originario. También debemos en justicia admitir que Freud trueca su diamante en bruto en casi una ofensa para las mujeres al describir el monismo originario como fálico considerando que todo ser humano en los primeros meses desde su nacimiento viene definido por una genitalidad masculina en unos casos (el de los hombres) y disminuidamente masculina en otros (caso de las mujeres)304. No obstante, rogaríamos un poco de paciencia para con el pensador vienés, al objeto de poder utilizar la inercia y potencia de su propuesta para la causa que nos ocupa. Sólo así se dará luz al gran nudo que podría vincular psicología y feminismo, sólo así se podrá evitar la senda de dar la espalda a un movimiento que, como síntoma histórico, evidentemente reprodujo gran parte de los prejuicios sexistas y patriarcales de la Europa de principios de siglos305. El nexo al que nos referimos, tal y como nombramos antes y pretendemos explicar y justificar en estos momentos es el monismo bisexual originario del ser humano306. Con esta noción, Freud está creando una especie de revolución vedada por dos razones fundamentales307; la primera es lo que supone la teoría freudiana de la bisexualidad y el monismo dentro de un “continuum” biologicista que tiene su culmen en el siglo XIX. Hasta la fecha, todas las teorías sexuales se basaron en lo que Napoleón convirtió en frase para la posteridad: “la anatomía es el destino” y esto implicaba la vinculación del comportamiento y el deseo sexual a una serie de características físicas fundamentalmente localizadas en la entrepierna. Al incidir en el monismo original308, Freud, a pesar de mostrar su sexismo (recordemos que 303 Opinión manifestada entre otros/as por Silvia Heyser, directora del Centro de Investigación y Estudios Lacanianos (CIEL) en la entrevista “Mujeres y psicoanálisis: ¿qué sexo en el futuro?”, publicada en www.cimacnoticias.com/noticias/02nov/02111201.htm, consultado en Abril de 2014. 304 En una de las más desafortunadas afirmaciones del psiquiatra vienés, éste afirma: “debemos reconocer que la mujercita es un hombrecito” en la lección XXXIII. Sobre la femineidad, incluido en Nuevas lecciones introductorias al psicoanálisis, escrita en 1933 y publicada en Freud total 2.0 en CD-ROM, Ediciones nueva Hélade, 2002. 305 Es esta la tesis defendida por su seguidora Juliet Mitchell. Véase Psicoanálisis y feminismo, Barcelona, Anagrama, 1976. 306 “Las fases más tempranas de la evolución de la libido parecen ser comunes a ambos sexos”. Idem. 307 Seguimos aquí, en parte a Pilar Errázuriz en su artículo “Psicoanálisis y estudios de género” publicado en la web: http://facso.uchile.cl/psicologia/analitico/secciones/seminario1psicoanalisisyestudiosdegeneroErrazuriz.ht m. Consultado en Noviembre de 2011. 308 Recordemos aquí que, desde Galeno, tal y como dice Thomas Laqueur: “en lugar de estar divididos por sus anatomías reproductoras, los sexos están vinculados por una anatomía común. Las mujeres, en otras palabras, son inversas a los hombres y de ahí su menor perfección. Tienen exactamente los mismos órganos pero precisamente en lugares equivocados.” El mismo autor nos señala en su libro que el 118 el monismo es fálico), parece abrir una suerte de caja de Pandora de consecuencias al menos incómodas para las mentes más tradicionales, clásicas y conservadoras: si en el origen no hay diferencia esencial de carácter anatómico, ¿de dónde emerge pues una sociedad tan generizada?, o lo que es lo mismo, si en el origen no existía el dimorfismo sexual, ¿de donde surge pues, el tan temprano dimorfismo genérico? Por otro lado, y en segundo lugar, el gran valor de la teoría del monismo bisexual originario está en que el desarrollo sexual (o sea, el dimorfismo sexual y genérico, la heterosexualidad normalizada) queda vinculado al desarrollo psicológico y cultural. Esto coloca a lo simbólico claramente por encima de lo instintivo, lo que ejerce de detonante para la eclosión de los estudios psicológicos y sociológicos en torno a la sexualidad humana. En palabras de Vicente Arregui: “Para Freud los humanos nacemos con sexo anatómico, pero no con la posición subjetiva que cada uno habrá de asumir como ser sexuado, ni con la identidad sexual, producto de sus identificaciones y de la interiorización de ideales culturales de lo femenino y lo masculino, ni con la orientación sexual.”309 Nuevamente y probablemente más que nunca, Freud se enfunda su traje de maestro de la sospecha para ejercer de arqueólogo del saber y manifestar de forma implícita que el “sexo” y su aparentemente necesario y fiel siervo “género” han pasado de ser conceptos “naturales” a ser elementos derivados de un desarrollo social peligrosamente vedado. En sus propias palabras: "…a la peculiaridad del psicoanálisis corresponde entonces no tratar de describir lo que es la mujer -cosa que sería para nuestra ciencia paradigma de la dualidad sexual es un invento del siglo XVIII que culmina en el XIX y toca a su fin precisamente con la teoría freudiana. Laqueur, T., “El destino de la anatomía”, en Laqueur, T., La construcción del sexo desde los griegos hasta Freud, Madrid, Cátedra, 1990, pp. 56 y ss. En esta misma línea, Gemma Vicente Arregui nos dice: “Thomas Laqueur sostiene que si nos ceñimos al ámbito de los hechos indiscutibles sobre los cuerpos no se sigue históricamente ninguna comprensión completa de la diferencia sexual; que durante siglos se creyó, por ejemplo, que las mujeres tenían los mismos genitales que los hombres solo que, al decir de Galeno, los suyos estaban en el interior de los cuerpos y no en el exterior, y que cuanto más se fuerza al cuerpo para que sirva como fundamento del sexo menos sólidos resultan los argumentos”. Véase Vicente Arregui, G., “La sexualidad femenina y la feminidad burguesa”, en San Martin, J. y Moratalla, T. D., Perspectivas sobre la vida humana. Cuerpo, mente y persona, Madrid, Biblioteca Nueva, 2011, p. 260. 309 Ibid., p. 256. 119 una labor impracticablesino investigar cómo de la disposición bisexual infantil surge la mujer."310 Es por todo esto que debemos valorar aquí a Freud, más allá de las múltiples y desagradables consecuencias que para el feminismo ha tenido su teoría311, por la aportación que hace, tal vez inconscientemente, a la desnaturalización y desesencialización de los sexos que puede abrir al menos una leve y frágil puerta hacia la igualdad efectiva entre hombres y mujeres, originalmente seres anatómicamente indistintos y categorizados posteriormente como femeninos y masculinos única y exclusivamente por su desarrollo psicosocial dentro de un contexto cultural concreto. La conclusión que lo acerca a aquellos que Ricoeur bautizó como “maestros de la sospecha” es que, más allá de ciertos matices, el sujeto es construido socialmente. Ésta es la compleja senda que siguen Lacan, díscolo discípulo, y pensadoras que, como Butler, traen a la reflexión filosófica el prolífico campo de lo simbólico en aras de una explicación psicosocial de la formación sexual y genérica del individuo. 310 Freud, S., Obras completas de Sigmund Freud. Volumen II, Estudios sobre la histeria (1893-1895), Traducción José Luis Etcheverry, Buenos Aires & Madrid, Amorrortu editores, 1996, p. 334. 311 Butler desarrolla una severa crítica al monismo bisexual originario en El género en disputa, más concretamente en su primera parte, capítulo III. “Freud y la melancolía de género”. 120 3.5. Gayle Rubin y la crítica a la matriz heterosexual. Hacia el postestructuralismo del parentesco a través de la figura de Antígona En los años setenta emerge la figura de Gayle Rubin. Su persona, no sin razón, se erige hoy como un referente y un icono insalvable para entender el feminismo del siglo XXI. Su agudeza investigadora fue el detonante de un éxito inmediato por el carácter pionero de su ya clásico “The Traffic in Women”, publicado en 1975312, así como por el giro que provoca dentro del propio feminismo con su otro texto fundamental, “Thinking Sex”313 de 1984, con el cual Rubin emerge como una de las fundadoras de los estudios gays y lésbicos. La fuente desde la que se debe leer el texto de Rubin es el marxismo filtrado a través de Lacan y Levi-Strauss314. Rubin nos explica que el origen de la desigualdad entre varones y mujeres se debe a una cuestión exclusivamente cultural desde la que se vertebra “la división sexual del trabajo y la construcción psicológica del deseo”315 a través de herramientas como el complejo de Edipo o el tabú del incesto. Así, esta autora describe el sistema sexo/género como “el conjunto de modificaciones por medio del cual una sociedad transforma la sexualidad biológica en productos de la actividad humana, y determina la manera en que esa sexualidad transformada debe ser satisfecha”316. 312 Rubin, G., “The traffic in women: notes on the Political Economy of sex”, en Reiter, R. (ed.), Towards an Anthropology of Women, Nueva York, Monthly Review, 1975. Nosotros utilizaremos la traducción al español de Stella Mastrangelo de 1986, “El tráfico de mujeres: notas sobre la economía política del sexo”, Revista Nueva Antropología, noviembre, vol. VIII, nº 30, Universidad Nacional Autónoma de Mexico, pp. 95-145. Butler cita este estudio en El género en disputa y en varios de sus artículos como “Performative acts and gender constitution: an essay in Phenomenology and feminist theory”, en Conboy, K., Medina, N. y Stanbury, S. (eds.), op. cit., “Variations on sex and gender: Beauvoir, Wittig, Foucault” en Praxis International, january 5, 1986, nº. 4, pp. 505-516 y “Critical exchanges: the symbolic and questions of gender”, incluido en Silverman, H. J., (ed.), Questioning Foundations: Truth/Subjectivity/Culture, pp. 134-149, New York & London, Routledge, 1993, así como en la entrevista “Changing the Subject”, en Salih, S., op. cit. 313 Rubin, G., “Thinking Sex: Notes for a Radical Theory of the Politics of Sexuality”, en Vance, C. (ed.), Pleasure and Danger, Boston, Routledge & Kegan, P., 1984, pp. 267-319. También reimpreso en Abelove, H.; Barale, M. A.; Halperin, D. M. (eds.), The Lesbian and Gay Studies Reader, New York, Routledge, 1994, pp. 3-44. 314 Véase Haraway, D., Cª, Cyborgs y mujeres, p. 231. 315 Idem. 316 Rubin, G., “The traffic in women: notes on the Political Economy of sex”, p. 159. 121 Con estos referentes, la pregunta es ¿quién gana con la creación del binomio “varón-mujer”, con la imposición cultural de la heterosexualidad (y por tanto de la homofobia) y de la exogamia matrimonial? Rubin desvela que bajo la discriminación sexual se oculta un lucrativo sistema para los varones que utilizan a la mujer como objeto de intercambio en la acumulación de bienes. Por lo tanto, la revolución feminista pasa por una absoluta y radical revolución del parentesco. El texto de Rubin, en palabras de Braidotti: “…pone de relieve una cantidad de rasgos interesantes: que las mujeres son mercancías, destinadas a ser utilizadas como moneda de cambio por los hombres, pero también, lo que es más importante, que el orden social, tal como existe, es un contrato heterosocial masculino. Para decirlo de manera más directa: el sistema de género que construye los dos sexos como diferentes, desiguales y sin embargo complementarios, es en realidad un sistema de poder que apunta a concentrar el capital material y simbólico en manos de los padres –es decir, de los varones mayores- o a controlar a los varones más jóvenes y a las mujeres. La familia es pues, la unidad de poder que sella la riqueza de los varones y establece la heterosexualidad como la economía política dominante para ambos sexos. Como tal, la heterosexualidad es la institución que sustenta el sistema de género.”317 Además, para medir la relevancia de “The Traffic” citaremos el puesto de honor que le reserva Judith Butler en Gender Trouble. En este libro, Butler admite que Rubin supuso el punto de partida para sus investigaciones referentes al género: “La idea de que la práctica sexual tiene el poder de desestabilizar el género surge de mi lectura de El tráfico de mujeres de Gayle Rubin, y buscó establecer que la sexualidad normativa refuerza el género normativo. Brevemente, una es mujer, dentro de este marco, desde el momento en el que funciona como tal dentro del marco de heterosexualidad dominante y poner en cuestión el marco es quizás perder algo de ubicación en el género. Considero que esta es la primera formulación del problema sexual en el texto”.318 317 Braidotti, R., Sujetos Nomades, p. 222-223. 318 “The idea that sexual practice has the power to destabilize gender emerge from my reading of Gayle Rubin’s The traffic in women and sought to establish that normative sexuality fortifies normative gender. 128 este caso como espacio en el que supuestamente se construía el género.”346 No sin razón esto propicia lo que según Linda Nicholson podría llamarse una “identidad de perchero”, en la que el cuerpo sería una especie de percha en la que se superponen o “cuelgan” una serie de mecanismos culturales relacionados fundamentalmente con la personalidad y el comportamiento. De ahí que muchas feministas hayan bailado en la cuerda floja de pensar que la identidad es una construcción social que, sin embargo, se constituye como hecho común en todas las culturas. A esta postura se la conoce como fundacionalismo biológico y si bien supone un avance con respecto al determinismo biológico por admitir el componente social, en nuestra opinión no deja en gran medida de reproducir sus grandes errores, como el sostener un dimorfismo esencial varón-mujer o mantener intacto el cuerpo y el sexo como sede de cualidades atemporales y substanciales, que en poco ayudan a entender las particularidades generadas en cada cultura con respecto a la identidad sexual. Desde la perspectiva butleriana, si consideramos la construcción de la identidad como construcción exclusivamente cultural, se hace difícil diferenciar sexo-género, naturaleza-cultura, cuerpo-psique y más difícil defender una concepción esencialista y naturalista de los primeros parámetros de las citadas y ficticias díadas. Si bien Rubin comenzó denunciando las relaciones de parentesco como causantes del establecimiento de la desigualdad entre varones y mujeres, la universalidad del sexo y la vinculación inexorable del género a este, desarticulan las posibilidades revolucionarias de las infinitas formas de parentesco aberrante. Por lo tanto, El grito de Antígona parece dar un claro paso adelante con respecto a “The Traffic” al equiparar las esferas de lo simbólico y lo social (todo es social, o lo que es lo mismo, todo es género) y ubicar la identidad de Antígona precisamente en las fisuras de la norma que establece el sexo, el género y la identidad sexual. Sin embargo, y en descargo de Rubin, debemos destacar que su posición teórica ha sido sometida por la propia autora a una revisión constante, en un alarde de porosidad intelectual digna de elogio. En esta evolución de su pensamiento, Rubin reconoce la influencia de los escritos de autores y autoras como Heidi Hartman347, 346 Nicholson, L., “La interpretación del concepto de género” pp. 49-50. 347 Las siguientes referencias están sacadas de la interesante entrevista realizada por Judith Butler a Gayle Rubin, recogida como “Sexual Traffic” y publicada en Schor, N. y Weed, E. (ed.), Differences: A journal of feminist cultural studies. More gender trouble: Feminism meets queer theory, Indiana University Press, 129 Foucault348, David Schneider349, Deleuze350, Sandy Stone y Olivia Records351, así como de las investigaciones más “outsider” realizadas desde el “lado oscuro” de la psicología y la sexología oficial reflejadas en los libros de Kraff-Ebing, Lisa Duggan, Havelock Ellis, Magnus Hichfeld, Albert Moll, Albert Eulenberg o Iwan Bloch352. Del mismo modo, junto a este abanico de influencias, Rubin reconoce su deuda con estudiosos y estudiosas de la historia, la antropología y la sociología, como Mary McIntosh, Jeffrey Weeks, Kenneth Plumier, Godelier, Lyotard, Kristeva y Baudrillard353, Allan Bérubé, Liz Kennedy, Madeline Davis, Jonathan Ned Katz, John D’Emilio, Jim Steakley, John Lauritsen, David Thorstad, Jeannette Foster y Barbara Grier354. Junto a este gran bagaje intelectual, Rubin describe como vital en la evolución de sus textos el impacto de ciertas circunstancias históricas que se dieron en los Estados Unidos a finales de los setenta, resumidas por ella misma como la revitalización de la llamada Nueva Derecha (New Right) y la subsecuente homofobia y represión contra la comunidad gay y lesbiana americana durante el gobierno Reagan355. Dentro del feminismo, este giro conservador tiene su reflejo en el movimiento contra la pornografía356. Estas circunstancias provocan en el pensamiento de Rubin, tal y como ella misma expresa, un abandono del universalismo inocente mostrado en “The Traffic”, sustituido este por un progresivo escepticismo anclado en coordenadas espaciotemporales de carácter etnográfico mucho más determinadas y concretas357. volumen 6, (números 2 y 3), Summer-fall, 1994, pp. 62-100. Las influencias de la autora citada vienen recogida en la página 64. 348 Véase Ibíd., pp. 72 y ss. 349 Véase Ibíd., p. 86. 350 Véase Ibíd., p. 93. 351 Véase Ibíd., p. 72. 352 Véase Ibíd., pp. 80 y ss. 353 Véae Ibíd., pp. 82 y ss. 354 Véase Ibíd., p. 89. 355 “There was a different set of concerns that generated Thinking Sex. I suppose the most basic differences were that, theoretically, I felt that feminism dealt inadequately with sexual practice, particularly diverse sexual conduct; and practically, the political situation was changing. Thinking sex came from the late 1970s, when the New Right was beginning to be ascendant in U. S. politics, and when stigmatized sexual practices were drawling a lot of repressive attention.” (“Hubo una serie de diferentes preocupaciones que generaron Thinking Sex. Supongo que la más básica fue, desde la teoría, que yo sentía que el feminismo se ocupaba inadecuadamente de la práctica sexual, especialmente de la conducta divergente; y desde la práctica, la situación política estaba cambiando. Thinking Sex apareció a finales de los 70, cuando la New Right empezó a ascender en la política estadounidense, y cuando estigmatizar prácticas sexuales estaba recibiendo una gran atención represiva”). Ibíd., pp. 66-67. 356 Véase Ibíd., pp. 77-78. 357 De este modo, Rubin salva las tempranas críticas de universalismo inocente que sobre sobre sus textos vertieron autoras como Donna Haraway: “La teoría de Rubin sobre el sistema del sexo/género explicaba la complementariedad de los sexos (heterosexualidad obligatoria) y la opresión de las mujeres por los 130 Es desde esta madurez intelectual desde la que Rubin encara su, probablemente, segundo texto más influyente, “Thinking sex”. Si bien nuestra autora en “The Traffic” marcó la especificidad del género como campo de estudio del feminismo, desvinculándolo en parte del proceder teórico marxista, en “Thinking sex” Rubin vuelve a sorprender sustrayendo el sexo y la sexualidad de la esfera del feminismo. Esto la lleva a transitar los límites de la heterosexualidad normativa en una apasionante investigación de las múltiples formas en las que las relaciones de parentesco aberrantes tienen lugar. Vidas no vividas, muertes no lloradas, ellas son el reverso de la norma y es precisamente su continua negación la que mantiene la inteligibilidad y la fuerza de la norma. Pero la dureza de sus vidas no es sólo el síntoma del fatalismo al que se exponen los individuos que el poder desplaza a los límites, sino la muestra misma de la necesidad que tiene el poder de ejercer la violencia para hacernos creer en la universalidad y necesidad de las normas que regulan el parentesco. La muerte en vida que la norma establece para estos seres inhumanos es precisamente la prueba de la contingencia misma de la norma que los gobierna y condena. Por ello, una Rubin más desconfiada con respecto a los instrumentos y significantes universales apuesta por crear un campo propio de estudio para la temática sexual, pasando así por ser (aun cuando ella misma reconoce humildemente influencias anteriores) la fundadora de los estudios gay y lesbicos. A pesar de que el texto de Rubin dista aún de criticar el fondo de la matriz dual sexo/género, naturaleza/cultura, hemos de admitir que, acaso inconscientemente, con la creación de un campo de estudios específico para el sexo, Rubin está problematizando un concepto (“sex”) que hasta la fecha había recibido pocos embates en virtud de su incuestionable “naturalidad”. Parafraseando a Butler en su forma y en su fondo y salvando el anacronismo, “Thinking sex” bien podría haberse titulado “Sex trouble”358. Por otro lado, el estudio de comunidades de afectos como la “Leather Menace” de San Francisco359, o de las alianzas creadas alrededor de las drag balls que Jennie Levingston muestra en su hombres a través de la premisa fundamental del intercambio de las mujeres en el establecimiento de la cultura a través del parentesco. Pero, ¿qué ocurre con este enfoque cuando las mujeres no se encuentran en posiciones similares en la institución de parentesco? En particular, ¿qué ocurre con la idea del género si grupos enteros de mujeres y de hombres están situados juntos fuera de la institución del parentesco, pero relacionados con el sistema de parentesco de otro grupo dominante?”. En Cª, cyborgs y mujeres, p. 244. 358 El/la lector/a entenderá el juego de palabras realizado en referencia a la obra Gender Trouble de Judith Butler. 359 Véase Butler, J., “Sexual Traffic”, en Schor, N. y Weed, E. (ed.), op. cit., pp. 91 y ss. 131 documental Paris is burning360, nos brinda la oportunidad de problematizar el sexo y el género dentro de nuevas estructuras de parentesco. Siguiendo esta estela, Butler afirma que ciertas escuelas de antropología feministas, influidas por los análisis de la antropología cultural marxista y el estudio de Engels sobre el origen de la familia, se han desmarcado claramente en la actualidad del modelo de Lévi- Straussiano. Cita textualmente a Gayle Rubin, Sylvia Yanagisako, Jane Collier, Michelle Rosaldo, Carol Snack, Kath Weston y David Schneider361 como piezas clave para entender la crítica a la heterosexualidad como único marco donde las vidas pueden ser reconocidas. Desde sus propuestas, el parentesco en su versión heterosexual edípica deja de ser una instancia universal e inmutable, abriéndose todo un campo de nuevas posibilidades para los sujetos. En palabras de Butler: “El parentesco, entendido como una serie de acuerdos socialmente alterables que no tienen características estructurales transculturales que puedan ser totalmente extraídas de sus funciones sociales, significa cualquier conjunto de acuerdos sociales que organiza la reproducción de la vida material, que puede incluir la ritualización del nacimiento y de la muerte, que proporciona lazos de alianza íntima, duradera o vulnerable, y que regula la sexualidad a través de la sanción y del tabú. En los años setenta, feministas socialistas quisieron utilizar el inquebrantable análisis social del parentesco para mostrar que no existe una única base de estructura familiar normativa, monógama y heterosexual por naturaleza (y hoy debiéramos puntualizar que tampoco existe la misma base en el lenguaje). Varios proyectos utópicos de renovación o eliminación de la estructura familiar se han convertido en componentes importantes del movimiento feminista y, hasta cierto punto, también han sobrevivido en movimientos contemporáneos queer, a pesar del apoyo al matrimonio gay.”362 Esta perspectiva de parentesco radical rápidamente generó fuertes críticas incluso dentro del propio feminismo, actualizando un conservadurismo dentro del movimiento que, en opinión de Butler, aún hoy en día “se encuentra en tensión con las políticas sexuales radicales”363. Estas últimas “cuestionan modos de fundamentalismo 360 Butler dedica todo el capítulo 4 de Cuerpos que importan a estudiar dicho documental. Nosotros prestaremos especial atención a esta cuestión más adelante. 361 Véase la bibliografía para consultar las obras de las autoras y los autores reseñados. 362 Butler, J., El grito de Antígona, p. 98. 363 Ibíd., p. 102. 132 sexual que desechan formas viables de alianzas sexuales queer como ilegítimas o, de hecho, imposibles o invivibles”364. Es el momento, en palabras de Butler, del “postestructuralismo del parentesco”365. Por lo tanto, si la heterosexualidad no es un destino, la caja de Pandora queda abierta y nuevas formas de alianza se visualizan como posibles. Marcos donde no ser varones o mujeres, donde no ser heterosexuales, donde no ser monógamos, aberraciones del sistema que trata de perpetuarse mediante la violencia y que muestra la propia violencia no como un instrumento moral de normalización, sino como un fatum inevitable cuando lo realmente inevitable es que el propio Edipo genere monstruos en virtud de la naturaleza productiva de toda prohibición, de toda norma. Y así Butler, en un párrafo que no tiene desperdicio, se pregunta… ¿qué ha engendrado Edipo?: “Planteo esta pregunta, por supuesto, en un momento en el que la familia es idealizada nostálgicamente en diferentes formas culturales; una época en la que el Vaticano protesta contra la homosexualidad, no sólo acusándola de ser un ataque a la familia sino también a la noción misma de lo humano, donde ser humano, para alguna gente, implica participación en la familia, en su concepción normativa. Pregunto esto en un momento en el que los hijos e hijas, debido al divorcio y los segundos matrimonios, debido a las migraciones, el exilio y situaciones de refugio, debido a diferentes tipos de movilidad global, pueden ir de una familia a otra, de una familia a ninguna familia, de ninguna familia a una familia o vivir, psíquicamente, en el cruce de las familias, en multiplicidad de situaciones familiares en las que puede haber más de una mujer que actúa como madre, más de un hombre que actúa como padre, o ningún padre, ninguna madre, ninguno de los dos, o con medio-hermanos que a la vez son amigos –este es un momento en que la familia es frágil, porosa y expansiva. Es también un momento en el que las familias heterosexuales y gays a veces se mezclan, o en el que familias gays toman formas nucleares o no nucleares.”366 Como podemos apreciar, Butler hereda de Rubin el convencimiento de que el parentesco es vital para el reconocimiento o no de la vida, para el establecimiento de las 364 Idem. 365 Ibíd., p. 91. 366 Ibíd. Pág. 40 y 41. 133 fronteras de la masculinidad, de la feminidad, de la humanidad. No existe la mujer por naturaleza, mujer es una posición que el sistema obliga a adoptar a ciertos individuos bajo la amenaza de castigo. ¿Pero no es el propio castigo la prueba de que el sistema ha sido arbitrariamente construido? ¿No son las constantes aberraciones a suprimir una clara muestra de la no naturalidad del sistema? ¿Oportunidades para infringir castigos ejemplares, tal vez? ¿Ocasiones para fortalecer los límites del poder? Probablemente, pero las aberraciones también son las termitas inevitables del edificio, el elemento alquímico que transformará, tarde o temprano, el metal en otra cosa. Quizás sea el momento de proponer una filosofía para la aberración, una política para d.generados367. Pero eso lo dejaremos para más adelante368, de momento diremos que, en esta reconstrucción de las influencias butlerianas hubo de esperar el feminismo a figuras tan representativas para el movimiento como Monique Wittig y Michel Foucault para encontrar la forma de enfrentar el problema desde raíces más profundas, erigiéndose éstos en referentes imprescindibles para el que hemos llamado feminismo “post” y desde el que se pretenden analizar las realidades femeninas, homosexuales, lesbianas, trans y en general “queer” del siglo XXI. 367 Tomo esta palabra del maravilloso colectivo “D.genera”, con sede en Murcia, hacia cuyos degenerados miembros, quienes me abrieron los brazos recientemente, profeso una grandísima admiración por su conocimiento y su compromiso. Para consultar eventos y acciones, véase la página web http://www.colectivod-genera.blogspot.com/. A ellas y a ellos les debo gran parte de la inspiración que se respira en las conclusiones de esta tesis y en mi propuesta política d.generada. 368 Véanse los últimos capítulos de este estudio. 134 3.6. La construcción del sexo en la teoría de Monique Wittig El punto de partida de Wittig es, como no, Simone de Beauvoir, pero en esta ocasión, Monique parece realizar una lectura del “One is not born a women, but rather became one” de carácter radical y hasta sus últimas consecuencias. La cuestión de base, en palabras de Butler es: “Si no puede ser encontrado el cuerpo puro, si lo que puede ser encontrado es el cuerpo situado, un lugar de interpretaciones culturales, entonces la teoría de Simone de Beauvoir parece implícitamente preguntar si el sexo no será más que género. La misma Simone de Beauvoir no sigue las consecuencias de esta visión del cuerpo aunque podemos ver la radicalización de su visión en el trabajo de Monique Wittig y Michel Foucault.” 369 Butler sitúa así, de forma clara, a la figura de Wittig como una de las pocas autoridades filosóficas que han sabido seguir el hilo de Ariadna tendido por De Beauvoir. La cuestión planteada es de una profundidad filosófica que hará tambalearse las bases mismas del feminismo: si admitimos el enfoque contextual inaugurado por De Beauvoir en relación al análisis de la matriz sexo/género, Wittig se pregunta: ¿cabe la posibilidad de que el propio sexo sea una construcción social? O lo que es lo mismo, ¿puede que el sexo no sea más que género, elevado por una serie de intereses a la categoría de natural, esencial, primario, previo? La propuesta parece desvelar una acción realmente maquiavélica, la acción de ocultar bajo los incuestionables atributos de evidencia, naturalidad, substancialidad, un constructo humano más; el sexo. Un 369 “If the pure body cannot be found, if what can be found is the situated body, a locus of cultural interpretations, then Simone de Beauvoir’s theory seems implicitly to ask whether sex was not gender all along. Simone de Beauvoir herself does not follow through with the consequences of this view of the body, but we can see the radicalization of her view in the work of Monique Wittig and Michel Foucault”. Butler, J., “Sex and gender in Simone de Beauvoir’s Second sex”, en Simone de Beauvoir. Witness to a Century, op. cit., p. 46. Este prematuro texto de Butler sorprende por albergar de forma incubatoria gran parte de la teoría de Butler con respecto a sus fuentes básicas, De Beauvoir, Wittig y Foucault. 135 constructo sometido a la vuelta de tuerca de repeler todo análisis genealógico, contextual. De esta manera, Wittig hiere de muerte el corazón de la teoría feminista: la categoría de “mujer” y su supuesta base anatómica. Aparentemente tan necesaria para generar la solidaridad de la que emerge la acción política, acaba de desvelarse como sospechosa, interesada, falsa. Según nos muestra una de sus múltiples deudoras, Rosi Braidotti: “En un movimiento de repudio radical de todas las identidades creadas en el sistema patriarcal, Monique Wittig inició la era de la sospecha sobre la noción misma de mujer, considerada como la construcción ideológica de un sistema de género dominado por los hombres. Para Wittig, la mujer como concepto, está cargado de proyecciones y expectativas imaginarias masculinas. Por consiguiente, es poco confiable370 desde el punto de vista epistemológico y sospechoso desde el punto de vista político.”371 A desarrollar estas tesis encomienda Wittig sus libros, tanto sus novelas como sus ensayos de carácter teórico en un ejemplo de interdisciplinariedad encomiable, signo de los nuevos aires que soplaban en la década de los ochenta dentro del antaño elitista y sectario mundo de la filosofía. Inoculado el mal de la duda sobre la categoría “sexo” y sobre la propia filosofía por su complicidad en el ocultamiento de su génesis, la teoría de Wittig ha facilitado que la “madre de todas las ciencias” abra hoy sus brazos a nuevas formas de entender la realidad como la sociología, la antropología, la sexualidad, la psicología, la literatura, el cine, la pintura, la publicidad, etc. Tras una serie de textos narrativos donde Wittig ya apunta las bases de su teoría, la autora francesa recopila los ensayos escritos a finales de los setenta y durante la década de los ochenta en su libro The Straight Mind372, de donde emerge, por encima de otros ensayos el ya clásico “One is not born a woman”373, un texto corto, conciso y claro. Demasiado claro tal vez, por apuntar a objetos y hechos largamente ocultados por nuestra cultura y desvelados ahora con las armas del materialismo feminista. Sin 370 La cursiva es nuestra para señalar que no hemos encontrado esta palabra en el Diccionario de la Real Academia de la Lengua. 371 Braidotti, R., Sujetos nomades, p. 225. 372 Se puede consultar la traducción en español en Wittig, M., El pensamiento heterosexual, Barcelona, Egales, S.L., 2006. 373 Para su exposición usaremos la versión publicada en Conboy, K., Medina, N. y Stanbury, S. (eds.), op. cit., pp. 309- 317. 136 concesiones, Wittig abre fuego con estas palabras: “Una aproximación desde el materialismo feminista a la opresión de las mujeres destruye la idea de que las mujeres sean un grupo natural”374. Según su manera de afrontar la cuestión, Wittig sentencia que tanto el cuerpo como la mente femeninas no son más que el fruto de una sofisticada manipulación que establece una determinada idea de naturaleza para ellas375. Y destaquemos que dicha idea dista mucho de ser una idea simple. Incluye la idea de mujer-madre, mujer-esposa, mujer-hija, etc., generándose toda una mitología que sustenta la opresión como manera de clausurar el círculo. Wittig afirma que “…al final la opresión parece ser consecuencia de esta naturaleza”376, pero, aun cuando se nos intenta convencer de que la “naturaleza” propia de varones y mujeres genera la desigualdad y la opresión, Wittig lanza la sugerente idea de que tal vez el proceso funcione justo en el sentido inverso al que pensamos, o lo que es lo mismo, ¿puede la opresión misma generar la diferencia sexual como una “marca” y con ella sus dos polos imaginarios, el varón y la mujer? "Un enfoque del materialismo feminista demuestra que lo que tomamos por causa u origen de la opresión es, de hecho, sólo la marca impuesta por el opresor: el “mito de la mujer”, sus efectos materiales y sus manifestaciones en la conciencia y los órganos apropiados de las mujeres. (...) lo que parece ser una percepción física y directa es sólo una construcción sofisticada y mítica, una formación imaginaria."377 Curioso enroque entre la causa y el efecto que hace de la “mujer” no sólo una “marca” sospechosa, sino altamente peligrosa por cuanto ha generado dentro del propio feminismo corrientes defensoras de la opresión. Mujeres aferradas al “mito de la mujer”, pensadoras llamadas de la diferencia como Hélène Cixous o Luce Irigaray que para Wittig representan algo así como “el enemigo en casa”: 374 “A materialism feminist approach to women’s opresión destroys the idea that women are a natural group”. Ibíd., p. 309. 375 En palabras de Butler, “The demarcation of anatomical difference does not precede the cultural interpretation of that difference.” (“La demarcación de la diferencia anatómica no precede a la interpretación cultural de la diferencia”). Butler, J., “Sex and gender in Simone de Beauvoir’s Second sex” p. 47. 376 “…in the end oppression seems to be a consequence of this nature.” Wittig, M., “One is not born a woman”, en Conboy, K., Medina, N. y Stanbury, S. (eds.), op. cit., p. 310. 377 “A materialism feminist approach shows that what we take for the cause or origin of oppession is in fact only the mark impose by the opresor: the “myth of woman”, plus its material effects and manifestations in the appropriated consciousness and bodies of women. (…) what we relieve to be a physical and direct perception is only a sophisticated and mythic construction, an imaginary formation.” Ibíd., p. 311. 137 “Habiéndonos levantado para luchar por una sociedad asexuada, ahora nos encontramos atrapados en el conocido punto muerto de la mujer es maravillosa. La ambigüedad del término feminista resume toda la situación. ¿Qué significa feminista? Feminista se forma con la palabra femme, mujer, y significa: alguien que lucha por las mujeres. Para muchas de nosotras esto nombra a alguien que lucha por las mujeres como una clase y por la desaparición de esta clase. Para muchas otras significa alguien que lucha por la mujer y su defensa - por el mito, entonces, y su fortalecimiento. (…) El fracaso del primer feminismo fue que sólo atacaba la acusación darwinista de la inferioridad femenina, mientras que aceptaba los cargos de esta acusación – especialmente la visión de la mujer como única -. (…) Ellas mantuvieron el principio ilogico de la igualdad en la diferencia, una idea ahora revitalizada de nuevo. Ellas cayeron en la trampa que nos amenaza otra vez: el mito de mujer."378 Frente al llamado “feminismo de la diferencia” ejemplificado por las autoras antes mencionadas, Wittig aboga por defender la vital labor de la escritora descrita por Virginia Wolf como la encargada de matar el “ángel de la casa”379. No se trata, por tanto, de enaltecer a la “mujer” ni mucho menos de realizar una apología inocente de sus “virtudes”, pues nada en ella es “natural”, “originario”, “radical”, sino más bien “producto”, “constructo”, “mentira”. Sin embargo, alcanzado este punto del debate se hace necesario localizar y desenmascarar al enemigo, o lo que es lo mismo, plantearse a quién pertenece la autoría de esta malévola trama y con qué propósitos la articula. Desde el punto de vista de un materialismo feminista, y deshaciendo el camino recorrido por el opresor, la pregunta sobre quién es el autor o la autora de este sistema trueca en la siguiente cuestión: ¿quién se ha beneficiado y quién se beneficia aún de la creación de este dualismo que separa interesadamente la humanidad en amos y siervas, opresores y oprimidas? Desde esta 378 “Having stood up to fight for a sexless society, we now find ourself entrapped in the familiar deadlock of woman is wonderfull. The ambiguity of the term feminist sumps up the whole situation. What does feminist means? Feminist is formed with the word femme, woman, and means: someone who fights for women. For many of us it means someone who fights for women as a class and for the disappearance of this class. For many others it means someone who fights for woman and her defense –for the myth, then, and its reenforcement. (…) The failure of early feminism was that only attacked the Darwinist charge of female inferiority, while accepting the foundations of this charge –namely the view of woman as unique. (…) They upheld the ilogical principle of equality in difference, an idea now being born again. They fell back into the trap which threatens us once again: the myth of woman.” Ibíd., pp. 312-313. 379 Wittig recoge esta expresión en ibíd., p. 314. 144 de destacar el hecho de que establecer una confrontación “homo-hetero” atiende no más que a una falsa solución del problema, pues mantiene inalterable la relación dual e interdependiente de estos dos sistemas que en última instancia podría ser una argucia más del propio pensamiento patriarcal que establece relaciones jerárquicas de dependencia entre amo y esclavo, opresor y oprimido. En sus propias palabras: “Mientras que Wittig claramente imagina el lesbianismo como el rechazo de la heterosexualidad a escala global, yo argumentaría que ese rechazo constituye aún un contrato y, en última instancia, una dependencia radical a lo que el lesbianismo pretende trascender.” 394 Vedadamente entendemos que Butler está tachando el pensamiento de Wittig de “inocente” por creer ésta que el lesbianismo derrocará la heterosexualidad cuando realmente, a juicio de Butler, ésta saldrá reforzada de la confrontación por cuanto es la propia confrontación la que la alimenta. De hecho, igualmente inocente parece ser la consideración de Wittig de la homosexualidad como una instancia “outside”, incondicionada, ajena a la heterosexualidad, cuando realmente la interdependencia y retroalimentación de ambos sistemas es total395: “Mi propia convicción es que la separación radical postulada por Wittig entre la heterosexualidad y la homosexualidad simplemente no es verdadera, que hay estructuras de homosexualidad psíquica dentro de relaciones heterosexuales, y estructuras de heterosexualidad dentro de las relaciones y la sexualidad gay y lesbiana.” 396 Del mismo modo, Butler cree que la francesa tiene una idea demasiado homogénea, coherente, estandarizada y monolítica de la norma heterosexual, que según 394 “Whereas Wittig clearly envisions lesbianism to be a full-scale refusal of heterosexuality, I would argue that even that refusal constitutes an engagement and, ultimately, a radical dependence on the very terms that lesbianism purports to trascend.” Idem. 395 Véase Ibíd., p. 154. 396 “My own conviction is that radical disjunction posited by Wittig between heterosexuality and homosexuality is simple not true, that there are structures of psychic homosexuality within heterosexual relations, and structures of heterosexuality within gay and lesbian sexuality and relationships.” Ibíd., p. 155. 145 la opinión de Butler se aleja bastante de la realidad. De esta forma, Wittig crea un “fetiche”397 de la idea que precisamente quiere derrocar. Todas estas son las razones por las que Butler, abanderada del feminismo postestructural, parece considerar que la estrategia subversiva de la filósofa francesa conduce al “trágico error” de creer que el lesbianismo es un movimiento revolucionario ajeno e independiente a la heterosexualidad (considerada ésta como un bloque unitario y estático) que terminará irremediablemente derrocándola. La realidad, en el lamento de Judith Butler, parece ser otra: “Qué error tan trágico, entonces, construir una identidad gay/lesbiana a través de los mismos términos exclusivistas, como si los excluidos y las excluidas no fueran, precisamente a través de su exclusión, siempre presupuestos y presupuestas y, más aún, requeridos y requeridas para la construcción de aquella identidad. Tal exclusión, paradójicamente, precisamente instituye la relación de dependencia radical que pretende superar: La lesbiana entonces requeriría la heterosexualidad. (…) Por consiguiente, esa estrategia lesbiana consolidaría la heterosexualidad obligatoria en sus formas opresivas.”398 La cuestión por lo tanto parece clara; si todo tipo de oposición pretendidamente radical potencia y refuerza la matriz heterosexual, ¿existe alguna estrategia de lucha aún válida? En este sentido y para dar respuesta a esta cuestión, el feminismo butleriano se alimenta de los textos de Foucault y más recientemente de Deleuze. Para ser justos, la misma Wittig parece recibir la influencia del éste último y de su Anti-Edipo399 en uno de sus pequeños textos publicado en 1979, “Paradigm”400. En éste, Wittig intuye una senda realmente fructífera para el feminismo del siglo XXI, aun cuando ella misma no se atrevió a transitarla, la multiplicación del sexo y su visión más allá de la matriz “heterosexualidad-homosexualidad”. 397 Véase Idem. 398 “What a tragic mistake, then, to construct a gay/lesbian identity through the same exclusionary means, as if the excluded were not, precisely through its exclusión, always presupposed and, indeed, required for the construction of that identity. Such an exclusion, paradoxically, institutes precisely the relation of radical dependency it seeks to overcome: lesbian would then require heterosexuality. (…) As a result, that lesbian strategy would consolidate compulsory heterosexuality in its oppressive forms.” Ibíd., p. 163. 399 Deleuze, G. y Guattari, F. El anti-edipo: Capitalismo y esquizofrenia, Barcelona, Paidós, 1998. 400 Wittig, M. "Paradigm" en Stambolian, G., and Marks, E., Homosexualities and French Literature. Cultural Contexts / Critical Texts, Ithaca and London, Cornell University Press, 1979, p. 115. 146 3.7. Herculine Barbin y David Reimer: Biopolítica foucaultiana y construcción de la subjetividad Nos parece interesante para nuestro estudio la comparativa realizada por la profesora Consuelo Miqueo entre manuales universitarios de medicina contextualizados en distintos momentos históricos desde hace doscientos años401. Este estudio comparativo nos lleva a situarnos en las últimas décadas del siglo XIX para encontrar claramente el origen de la diferencia sexual en el campo de la medicina. Anteriormente, la medicina se encaraba desde una perspectiva que, por extremadamente patriarcal, obviaba o a lo sumo pasaba de puntillas sobre procesos fisiológicos como la menstruación o la producción de leche materna402. El intento de afrontar de manera clara estas cuestiones ha sumido a la medicina de los últimos dos siglos en un titánico esfuerzo de definición del varón y la mujer desde el punto de vista biológico que, en no menos de una ocasión, la ha llevado a un desesperado intento de aprehender bajo la norma a un animal, el ser humano, que la infinita casuística se ha encargado de sacar una y otra vez de los moldes. Además, el descubrimiento y estudio de este supuesto dimorfismo sexual caminó (tal vez aún camina403) paralelo al prejuicio de la vinculación necesaria entre el sexo y el género. De este modo, una anatomía masculina debe generar una personalidad masculina y lo mismo acurre con el sexo opuesto. Y si eso no sucede, entonces, al igual que la montaña fue a Mahoma, siempre cabe la posibilidad de cambiar la anatomía a golpe de bisturí y hormonas. La práctica médica ayudó (y ayuda) así a mantener intacta la visión indisoluble de la matriz sexo-género con su intolerancia para con las realidades intermedias. En este sentido, paradigmático es el caso que Herculine Barbin relata en primera persona en Herculine Barbin: Being the Recently Discovered Memoirs of a Nineteenth- 401 Véase Miqueo, C. “La variable sexo en los manuales de medicina interna del siglo XIX y del XX: el contrapeso de la tradición”, Revista de comunicación interactiva. Mujer y salud. http://matriz.net/mys/mys16/articulos/art_16_04.html. Consultado en Diciembre de 2010. 402 Véase Viguera, B., La fisiología y patología de la mujer, Madrid, Imp. Ortega y cía, 2 vols, 1827. 403 Estudiaremos esta cuestión en los capítulos finales de esta investigación. 147 century French Hermaphrodite404, biografía póstuma rescatada por Michel Foucault y que el propio pensador francés prologa con un interesantísimo ensayo titulado “El sexo verdadero”. Barbín, nacido en 1838 y prematuramente fallecido a la edad de treinta años, narra con una crudeza desgarradora las experiencias que a lo largo de su vida padeció. A su nacimiento, fue asignado clínicamente dentro del llamado “sexo femenino”. No obstante, avanzada la pubertad, Herculine no tenía menstruación ni pecho y su volumen de vello en cara y brazos así como las relaciones iniciadas con varias mujeres empezaron a ser objeto de comentarios y críticas. Es así como Herculine acude a su confesor, quien rompe el secreto de confesión y solicita un detallado examen médico. El resultado es “escandaloso” pues la auscultada presenta una pequeña vagina y unos genitales masculinos internos dentro de un cuerpo masculinizado en un fenómeno que la medicina cataloga como “pseudohermafroditismo masculino”. Embarrados en esta disyuntiva, y presos del prejuicio que vincula sexo, género y deseo sexual, Herculine Barbín es médicamente reasignado al “sexo masculino” y rebautizado como Abel Barbin. El valor de este relato verídico se haya en lo cruento de la narración de una persona atormentada por los imperativos sociales y clínicos que, en la obsesiva necesidad de catalogar a las personas bajo la etiqueta de un “sexo verdadero”, fuerzan una realidad ambigua (todas lo son) hacia un ficticio “deber ser” que oprime la subjetividad hasta una auténtica muerte en vida: "Tengo veinticinco años, y, aunque todavía sea joven, sin duda alguna me estoy acercando a la muerte. He sufrido mucho, y he sufrido solo. ¡Solo! ¡Abandonado por todos! Mi lugar no fue delimitado en este mundo que me evitó, que me maldijo. Ninguna criatura viva debería sentir este inmenso dolor que me atrapó cuando dejé mi niñez, a esa edad en la que todo es difícil, porque todo es joven y brillante con respecto al futuro. Aquella edad no existió para mí. En cuanto alcancé aquella edad, instintivamente me alejé del mundo, como si ya hubiera entendido que debía vivir en él como un forastero"405 404 Foucault, M., Herculine Barbin: Being the Recently Discovered Memoirs of a Nineteenth-century French Hermaphrodite, introd. Michel Foucault, trans. Richard McDougall, New York, Pantheon Books, 1980. 405 “I am twenty-five years old, and, although I am still young, I am beyond any doubt approaching the tour of my death. I have suffered much, and I have suffered alone. Alone! Forsaken by everyone! My place was not marked out in this world that shunned me, that had cursed me. Not a living creature was to share in this 148 Butler, en clara empatía con el/la protagonista de la biografía rescatada por su admirado Foucault, nos muestra la actualidad del prejuicio que aún hoy vincula el sexo y el género en la práctica médica. Para ello, en su obra Deshacer el género, nos relata el complejo caso de David Reimer, que salió del círculo médico para instalarse en la opinión pública en el año 2000 (curiosa alegoría para el inicio del siglo XXI). Así, el caso clínico conocido como “John/Joan case” pasó al debate popular justo antes de que los gemelos Brian y Bruce (primero Bruce, luego Brenda, después David) decidieran acabar con sus respectivas vidas en el año 2002 el primero, en el 2004 el segundo. Conocido originariamente en círculos muy cerrados, para cuando David se suicidó a la edad de treinta y ocho años, su muerte era recogida por miles de periódicos y revistas de muy distinto sesgo del mundo entero406. En 1965, los gemelos Reimer, cuando aún no contaban ni un año de edad, son sometidos en un hospital del norte de los Estados Unidos a una sencilla operación para “rectificar” la fimosis. Sin embargo, algo inesperado ocurrió y el cauterizador eléctrico que utilizaron los médicos quemó severamente el pene de Bruce, afectando el órgano hasta producir su completa inutilidad. Parece que el doctor utilizó una nueva máquina que sus colegas consideraron innecesaria para una intervención tan sencilla y que, ante las dificultades encontradas para ponerla en funcionamiento, el doctor incrementó la potencia de la misma hasta el punto de quemar la mayor parte del pene de Bruce407. Los padres, el matrimonio Janet y Ron Reimer, bloqueados ante la noticia no supieron cómo actuar hasta que, aproximadamente un año después, una noche como cualquier otra, vieron en la televisión al doctor John Money hablando sobre la intersexualidad y la transexualidad, manifestando haber resuelto el peligroso debate entre naturaleza y cultura y defendiendo la tesis de que, independientemente del sexo vinculado al inmense sorrow that seized me when I left my childhood, at that age when everything is difficult, because everything is young and bright with the future. That age did not exist for me. As soon as I reached that age, I instinctively drew apart from the world, as if I had already come to understand that I was to live in it as a stranger.” Ibíd., p. 3. 406 Nuestro país no es una excepción. Válganos como ejemplo el artículo de Oliver Burkeman y Gary Youngue publicado en el suplemento de salud del periódico de tirada nacional El Mundo, del quince de Mayo de 2004 (nº 572) y que lleva por título “David no aguantó ser Brenda”. 407 Aun cuando, como veremos, la bibliografía sobre el tema es bastante amplia, en cuanto a los datos biográficos nos basamos aquí en el popular libro de John Colapinto As nature made him, the boy who was raise as a girl, New York, Harper Collins, 2000 y en el capítulo “Doing Justice to someone: sex reassignment and allegories of transexuality”, escrito por Judith Butler en el año 2001 para el númeo 4 de la revista GLC y posteriormente incluido en su libro Undoing Gender, p. 57-74. (Butler, J., Deshacer el género, pp. 89-112.) 149 nacimiento, la cirugía acompañada de un tratamiento psicológico de adecuación al género asignado darían como resultado un sujeto plenamente feliz. Su tesis defendía la preeminencia de la educación sobre la anatomía y encajaba perfectamente con el espíritu progresista de la época, de forma que su teoría fue abrazada con ahínco por las feministas. El experimento, además, tenía las trazas ideales para el éxito: dos gemelos varones, uno educado como una chica, el otro, genéticamente idéntico, utilizado como sujeto de control. Así es como los padres de Brian y Bruce deciden escribir al profesor Money, quien amablemente les invita a Baltimore para poner a su hijo bajo el estudio de la Universidad de John Hopkins al objeto de convertir a Bruce en Brenda, e iniciar con éste el proceso de reasignación al género femenino. Los médicos extirparon los testículos y realizaron algunas operaciones quirúrgicas con la intención de crear con posterioridad una vagina a partir de su propio pene maltrecho. Alrededor de los ocho años, Brenda comienza a rechazar parte de la conducta inducida y a manifestar cierta inclinación a disfrutar de juguetes social o tradicionalmente destinados al género masculino y por actos que, como por ejemplo orinar de pie, la alejan de la tan ansiada arcadia pronosticada en un principio por Money. Es así como una Brenda preadolescente se niega a someterse al tratamiento de estrógenos y a la intervención que habría de formar su nueva vagina. John Money muestra a Brenda fotos de vaginas y de mujeres dando a luz, asegurándole que ella también podrá casarse con un hombre que la ame y tener hijos iniciando así un duro proceso psicológico que incluía la exposición de su cuerpo ante multitud de expertos en medicina y la simulación de prácticas heterosexuales con su hermano frente a la atenta mirada del singular doctor408. No obstante, Brenda manifiesta su preferencia por comportamientos masculinos y se niega a que desarrollen más sus pechos. El fracaso es retomado por otro equipo de psiquiatras y médicos locales bajo la dirección de Milton Diamond quien, bajo presupuestos genetistas y hormonales, diagnostica un grave error en el enfoque del caso y propone a Brenda a la edad de quince años extirparle completamente los pechos y construirle un falo que le permita ser un chico, un chico llamado David. De esta manera, y tal como nos muestra con grandes 408 Según reseña el artículo publicado en El Mundo y citado con anterioridad, se describe brevemente a un John Money educado por una familia religiosa y conservadora de Nueva Zelanda, sublevado y autodescribiéndose como el “misionero del sexo”, defendiéndo infatigablemente los matrimonios abiertos y el sexo bisexual en grupo. Los autores del artículo manifiestan: “Las afirmaciones más extremas de Money aprobaban, o al menos no condenaban, el incesto y la pedofilia, pero en el programa que Janet y Ron Reimer vieron en televisión no se mencionaron estos temas.” Burkeman, O y Youngue, G., “David no aguantó ser Brenda”, op. cit. 150 tintes de escepticismo Butler, David “es introducido en la norma pero sólo de una forma ambivalente” 409. El debate estaba servido, construccionismo social representado por Money o biologicismo determinista defendido por su antagonista, Milton Diamond410. Money inicia una fuerte campaña en defensa de su experimento manipulando los resultados y ocultando las objeciones, consiguiendo sumar a su causa a un enorme séquito de personalidades entre las que podemos destacar a Kate Millet o a Suzanne Kessler, estrecha colaboradora del excéntrico doctor que renegó de él posteriormente411. Dentro de la línea crítica, Cheryl Chase, fundadora y directora de la “Intersex Society of North America” manifiesta su desacuerdo con ambas formas de tratar el problema pues, aunque cree en la conveniencia de fijar un género determinado para los y las intersex, Chase ve en ambos enfoques una vinculación innecesaria del género a la anatomía del individuo. Si bien la definición progresiva de un género puede ayudar a la integración social de los y las pacientes, la cirugía, de ser ésta necesaria, debe estar fundada sobre la libre elección de una personalidad madura y adulta. Preguntada sobre el proceder de ambos médicos en el artículo “Sexual identity not pliable after all”, Chase contesta a su interlocutora: “Ellos no pueden concebir dejar a alguien tranquilo”412. Aunque tanto el enfoque de Money como el de Diamond poseen elementos de gran atractivo médico y filosófico, Butler ha querido profundizar en el tema para concluir que ambos comparten una serie de férreos presupuestos que convierten sus propuestas en marcos disciplinarios de gran peligrosidad. Aunque Butler no profundiza en estos presupuestos, creemos que los más importantes son: la fe ciega en el dimorfismo sexual, la vinculación del género a la anatomía, la vinculación de ambas al deseo sexual, y en cuarto lugar pero no menos importante, el prejuicio que privilegia la heterosexualidad sobre la homosexualidad. O lo que es lo mismo, desde las instituciones se cree firmemente que los sujetos intersexuales o hermafroditas deben ser anatómicamente varones o mujeres, que se debe construir una personalidad acorde con este dimorfismo y finalmente que el deseo sexual debe apuntar inexorablemente hacia la 409 Butler, J., Deshacer el género, p. 94. 410 Véase la polémica, iniciada años atrás, a través del libro Money, J. and Green, R., Transexualism and sex reassignment, Baltimore, The Johns Hopkins University Press, 1969 y el artículo de Diamond, M. y Sigmundsen, H. K., “Sex Reassignment at Birth, A Long Term Review and Clinical Implications”, en Archives of Pediatric & Adolescent Medicine, vol. 151, March 1997, pp. 298-304. 411 Véase Kessler, Suzanne J., Lessons from the intersexed, New Jersey, Rutgers University Press, 1998. 412 “They can’t concive of leaving someone alone”. Angier, N., “Sexual identity not pliable alter all, report say”, publicado en The New York Times, 14 de Marzo de 1997. 151 mitad de la humanidad que queda asignada al sexo opuesto. Convendremos que esto implica una imposición de una magnitud ingente. Por lo tanto, ambos “experimentos” parecen estar basados en dos discursos, construccionista y esencialista, ambos opresivos, que ayudados de bisturí y terapia, pretenden ir formando una identidad a la que se le exige mucho para ser amada. Cuando Natalie Angier declara que el caso David Reimer tiene “la fuerza de una alegoría” (“the force of allegory”) quiere decir que su caso particular pone sobre el tapete la problemática interna al discurso intersex, hermafrodita y trans. El debate se plantea entre defender un humanismo que apunta a un deseo interno de ser varón o mujer que pueda fundamentar las operaciones de cambio de sexo o apoyar un marco más libre de elección no fundamentado en presupuestos cartesianos que privilegia la dignidad y libertad del individuo en detrimento de una más fácil justificación clínica (de carácter psico-biológico o genético) para conseguir el cambio de sexo413. Pero Butler va más allá,… ¿no es David Reimer en cierta medida una alegoría de cualquier otra persona, sea ésta varón o mujer? Y añadimos desde la reflexión anterior, ¿acaso existe alguna subjetividad sobre la que no se ejerza en mayor o menor medida ésta, en palabras de Foucault, “política de la verdad”, este cúmulo de supuestos que operan para formar nuestra personalidad e incluso nuestros cuerpos? ¿Existe algún individuo que encaje perfectamente en la norma? ¿Es posible ser amado y amada más allá de ésta? Debe haber alguna forma de romper los límites, las cadenas, los corsés que nos forman, los moldes que, paradójicamente, somos. La pensadora americana denuncia abiertamente desde presupuestos foucaultianos la brutalidad de la práctica clínica en aras de conseguir un fracasado pigmalión donde lo imposible, sexo-género-deseo, converja y, lo que es más difícil, perdure dentro de una sociedad artificialmente dicotomizada según lo que los individuos poseen entre las piernas. Las dramáticas historias de Herculine Barbin y David Reimer, por lo tanto, nos han de servir de acicate para investigar los mecanismos productivos del poder con respecto a la idea de “sexo verdadero”. Para ello, analizaremos la evolución del pensamiento foucaultiano hasta el encuentro del francés con el tema de la sexualidad. Además, trataremos de trazar este camino desvelando las luces y las sombras que, desde la perspectiva de Butler, presenta la propuesta del preclaro teórico francés. 413 Sobre este debate, Butler profundiza en su citado libro Deshacer el género, más concretamente en su capítulo “Desdiagnosticar el género”, pp. 113-148. 152 Foucault es un referente insalvable tanto para el feminismo como para los estudios gays y lesbianos y la “queer theory”414. Todos y todas quieren atribuirse la afiliación foucaultiana pero, como veremos, las disquisiciones del francés no siempre casan fácilmente con las pretensiones políticas de los movimientos actuales. Muchos de estos han querido anclar su lucha en algún tipo de referente fijo, substancial, llámese naturaleza, deseo o sexo, pero la gran virtud del pensamiento de Foucault es haber desarrollado una arqueología del saber que desvela todos estos cimientos como fruto de un juego interesado del sistema de poder415. Hasta llegar a la sexualidad, Foucault estudia la genealogía de otras formas de saber en torno a la locura y la delincuencia en obras como El nacimiento de la clínica416, Historia de la locura417 o Vigilar y castigar418. Esta última supone un momento insalvable para entender el análisis que nuestro pensador hace del sexo, ya que muchas de sus consideraciones en torno a la formación del delincuente son paralelas a las realizadas en relación a la creación social de la subjetividad sexualmente sana y normalizada. Las tesis defendidas por el francés en Vigilar y castigar vienen esbozadas ya en una serie de conferencias que Foucault imparte en Rio de Janeiro entre el 21 y el 25 de Mayo de 1973419. En su cuarta y quinta conferencia, tituladas “La sociedad disciplinaria y la exclusión” y “La inclusión forzada; el secuestro institucional del cuerpo y del tiempo personal”420, bajo la influencia de Jeremy Bentham y su teoría del panoptismo, Foucault cataloga el siglo XIX como la edad del control u “ortopedia social”421. Mediante estas expresiones se trata de describir una transformación de la sociedad occidental hacia nuevas formas de esclavitud, ahora mucho más sutiles, que se ejercen de manera vedada y que, más que sobre prohibiciones, trabaja mediante control y 414 “Michelle Perrot, una de las historiadoras francesas que colaboró con Foucault en alguno de sus trabajos, informa acerca del interés con el que el genealogista francés se acercó al movimiento de liberación de las mujeres que se desarrolló en Francia a partir de los años sesenta. (...) Jana Sawicki, por su parte, analiza el impacto de Foucault entre las feministas de Estados Unidos. Y Marie-Hélène Bourcier también se detiene en ese proceso y se refiere en primer lugar a autoras tan conocidas como Teresa de Laurentis y Judith Butler, para pasar luego a trabajos de otras feministas y terminar con representantes de la teoría queer.” Varela, J. y Álvarez-Uría, en su introducción a Foucault, M., Historia de la sexualidad. La voluntad de saber, Madrid, Siglo XXI, 2005, pp. XXXV-XXXVII. Véase también la nota a pie de página que acompaña a la cita en el libro. 415Véase Foucault, M., La arqueología del saber, Madrid, Siglo XXI, 2002. 416 Foucault, M., El nacimiento de la clínica, Madrid, Siglo XXI, 2003. 417 Foucault, M., Historia de la locura en la época clásica, volúmenes I y II, México, Fondo de Cultura Económica, 1992. 418 Foucault, M., Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, Madrid, Siglo XXI, 1994. 419 Véase Foucault, M., La verdad y las formas jurídicas, op. cit. 420 Ibíd., pp. 93-148. 421 Véase Ibíd., p. 103. 153 correcciones. Desde esta óptica, el cuerpo, eje de todo este proceso, pasa a ser entendido no ya como una superficie neutra donde se inscriben los castigos sino como una instancia cargada de significado que puede ser formada y reformada422. Los dispositivos de poder forman los sujetos y, a su vez, paralelamente, generan unos mecanismos de saber que fundamentan y sostienen el mismo sistema en una suerte de espiral aparente, sin fundamento estable, pero que producen una clara impresión de naturalidad y evidencia por el propio movimiento de su proceder423. En el caso concreto de la criminalidad, los múltiples focos de poder crean los presidios donde se encierra para su control y estudio a una serie de personas que han cometido alguna ilegalidad. Sobre estas personas cae una infinidad de saberes médicos, psiquiátricos, jurídicos, etc., que las forman y catalogan como “delincuentes” para posteriormente extraer de ellas una información que justifique y refuerce el poder ejercido sobre las mismas. De esa forma, la sociedad ha creado un aparato que no solo (ni principalmente) recluye la delincuencia, sino que la crea y refuerza a través de la construcción de subjetividades “delictivas”, “naturalizadas” posteriormente por los mismos mecanismos de control y formación que las crearon. En lo que a la sexualidad concierne, el mecanismo descrito nos interesa al menos en dos sentidos. El primero es porque explica cómo algo generado, forzado, puede adquirir una evidente impresión de naturalidad. En segundo lugar, lo hasta aquí descrito es importante por el lugar preeminente que ocupa la disciplina sexual en la ciencia disciplinaria general. En este sentido, ya en 1973, Foucault intuye que: “Hay algo muy curioso en estas instituciones y es que, si aparentemente son todas especializadas –las fábricas están hechas para producir; los hospitales, psiquiátricos o no, para curar; las escuelas para enseñar; las prisiones para castigar-, su funcionamiento supone una disciplina general de la existencia que supera ampliamente las finalidades para las que fueron creadas. Resulta muy curioso observar, por ejemplo, cómo la inmoralidad (la inmoralidad sexual) fue un problema considerable para los patrones de las fábricas en los comienzos del siglo XIX. Y esto no sólo en función de los problemas de natalidad, que entonces se controlaba muy mal, al menos en cuanto a su incidencia demográfica: es que la patronal no soportaba el libertinaje obrero, la sexualidad obrera. Resulta sintomático que en los 422 Véase Ibíd., pp. 140-141. 423 Véase Ibíd., p. 143. 256 transforma en una “larga cadena” en la que “el ser que promete es un ser que responde de sí mismo a través del tiempo y cuya palabra se mantiene a través del tiempo”731. Al inicio de la sección 3, Nietzsche se plantea cómo es posible que se cree una memoria para algo tan indómito como la voluntad y ante tal cuestión no encuentra más respuesta que “mediante el dolor”. Sólo lo que duele y no deja de doler permanece en la memoria. Es por tanto el horror derivado de este dolor lo que según Nietzsche actúa de efectiva norma nemotécnica. Podemos ver claramente cómo el autor alemán se ubica claramente en un horizonte similar al descrito por Hegel. En la sección 4, Nietzsche da un paso más en su análisis al explicar cómo aparece esa otra “cosa sombría”, la conciencia de la culpa, es decir, la “mala conciencia”. Según Nietzsche, el incumplimiento de la promesa como deuda lleva a que el acreedor infliga daño al deudor. Esta atribución de responsabilidad al deudor por parte del acreedor abre todo un mundo psicológico entre ambos, dándole vida al primero a través del placer de infligir el castigo y al segundo a través de la aparición de la mala conciencia. Dice Butler: “Si esta complicada escena da vida al acreedor, ¿cómo se explica la formación de la mala conciencia en el deudor? Nietzsche escribe: <<El castigo…tiene el valor de despertar en el culpable el sentimiento de culpa; se busca en él el auténtico instrumentum de la reacción anímica que recibe el nombre de mala conciencia, remordimiento de conciencia>>”732. Desconocemos las posibles lecturas a las que será sometido este fragmento nietzscheano, pero a nosotros nos parece que lo que Nietzsche describe en él es una clarísima relación “sadomasoquista” (disculpen la licencia) que da vida y sentido a los dos falsos polos de la díada acreedor-deudor, que una vez internalizada en la mala conciencia podría interpretarse como la lucha que una psique ilusoriamente escindida representa para sí misma. La presión ejercida desde la sociedad genera esta internalización que da vida al “yo”. El “yo”, mediante el dolor, nace en el contrato, y el contrato, paradójicamente lo que hace es establecer la continuidad del “yo” como garante de la promesa. Así, la internalización del castigo (la mala conciencia), el dolor revertido, es la génesis de la 731 Ibíd., p. 83. 732 Ibíd., p. 85. 257 psique, del alma, del “yo” y son precisamente todos estos “ideales” de la conciencia los que perpetúan el sistema de castigo (y autocastigo) como condición necesaria para su propia supervivencia. Por lo tanto, tal y como dice nuestra pensadora, “desde una perspectiva nietzscheana y hegeliana, el sujeto se coarta a sí mismo, lleva a cabo su propia sujeción, desea y fabrica sus propios grilletes”733. Es por tanto la psique una entidad generada (conciencia) y generadora (mala conciencia), que realiza un movimiento que Butler cataloga como obstinado con respecto al sometimiento. Nace de la vinculación al poder y se perpetúa en el ejercicio de éste sobre ella misma. Como pueden apreciar, de la mano de Nietzsche vamos profundizando en lo absurdo de mantener las dicotomías interior-exterior, alma-cuerpo, psique-poder. La subjetividad, desde este nuevo prisma y parafraseando al propio Nietzsche en su Así habló Zaratustra, no es más que “una cuerda tendida sobre un abismo”734. A pesar de resultar contraintuitiva, y recordemos que la teoría butleriana también lo es en grado sumo, la propuesta de Nietzsche da a entender en palabras de Butler que, aunque pueda parecer que es necesaria la existencia de un sujeto que se vuelva sobre sí mismo, “sin embargo, yo sostengo (Butler) que ningún sujeto existe más que como consecuencia de esa reflexividad”735. Es la psique pues un correlato y aliado indisoluble del poder, que en su ejercicio de autocensura genera la dualidad conciencia-cuerpo desde la que emerge el sujeto. Borradas las marcas de este proceso originario y retroalimentado constantemente (recordemos que el proceso no se hace de una vez y para siempre sino que nunca cesa), el sujeto se autoerige como instancia fundadora generando la ilusión liberadora moderna. Butler, no obstante, objeta a este análisis que los esfuerzos de Nietzsche por realizar una genealogía de la “mala conciencia” parecen ser infructuosos, al derivar en una especie de argumento circular que remite una y otra vez a ella misma como instancia que da origen a todos los acontecimientos ideales e imaginarios736. Aun así, no dejamos de sentir cierta perplejidad ante esta crítica por cuanto las propias bases de la teoría butleriana del sujeto parecen basarse, en ocasiones, en razonamientos igualmente circulares y poco fundamentados (en el sentido más metafísico del término), 733 Ibíd., p. 35. 734 Y recordemos que la famosa cita continua de la siguiente forma: “…la grandeza del hombre está en ser un puente y no una meta: lo que del hombre se puede amar es que es un tránsito y un ocaso.” En Nietzsche, F., Así habló Zaratustra, Madrid, Alianza, 1989, p. 36. 735 Butler, J., Mecanismos psíquicos del poder, p. 80. 736 Véase la crítica de Butler en ibíd., p. 88. 258 constituyendo, por otra parte, este hecho, no sólo una de las objeciones, sino probablemente también una de las grandes virtudes del sistema butleriano. Si bien no alcanzamos a comprender la coherencia de esta objeción, no obstante pensamos que la teoría de Nietzsche en relación a la formación del sujeto podría catalogarse de algo arbitraria, por establecer el origen de la psique precisamente en el dolor y en la mala conciencia, y no en cualquier otra instancia. Hemos de reconocer que el atractivo de la prosa nietzscheana ha llevado a un gran número de pensadores y pensadoras por la senda de una especie de pesimismo antropológico, que fundamenta las teorías antropológicas, éticas e incluso políticas sobre un andamiaje de violencia, dolor, castigo y similares. Lo que queremos aquí plantear a esta visión sin llegar a descartarla es, simplemente: ¿por qué?, ¿está realmente justificado este pesimismo para con el ser humano? Plantear esta cuestión ha abierto nuevos horizontes en la filosofía contemporánea. Creemos además que la toma de conciencia sobre esta pregunta ha provocado en la propia Butler un sorprendente giro en su filosofía, tal y como se manifiesta en su obra Dar cuenta de uno mismo, un texto que puede resultar extraño, difícil de encuadrar en el planteamiento que Butler ha elaborado durante veinte años. No obstante, y con el ánimo de no adelantar demasiado los acontecimientos, a continuación pasaremos a desarrollar el análisis que la norteamericana realiza de las teorías de Freud y Lacan, fundamentales para comprender el origen de la sujeción psíquica al poder. d) La psique dentro de la teoría psicoanalítica. Tal y como nos señala Lloyd, a diferencia de los textos butlerianos que desarrollan la teoría de la performatividad, aquellos de carácter psicoanalítico “han tenido bastante menos impacto. Algunos lectores incluso los han ignorado ampliamente”737. Creemos aquí que este extendido olvido puede deberse a la lectura parcial, intrincada y quizás errática que, en nuestra opinión, Butler hace del psicoanálisis738. Igualmente pensamos que tal vez venga motivado por las confusiones que generan los propios textos clásicos del psicoanálisis. Es quizás esta doble dificultad 737 “Butler’s psychoanalytic writings have had far less impact. Some readers largely ignore them.” Lloyd, M., op. cit., p. 78. 738 Podemos citar como ejemplo el uso indistinto que Butler hace reiteradamente de “psique” y “conciencia”·, siendo el primero un término que puede contener al segundo, pero que va claramente más allá de éste. 259 la que provoca que la teoría butleriana se mueva entre la escritura ágil y atractiva en el desarrollo de ciertos temas y la complejidad prosaica en el momento de desarrollar otras cuestiones como las que en estos momentos trataremos de desentrañar. No obstante, queremos destacar con este estudio que la inmersión en las revueltas aguas psicoanalíticas no responde a un acto arbitrario sino que creemos que es consecuencia o fruto de, al menos, una doble necesidad dentro de su teoría; por un lado, la necesidad de indagar en las profundas e imaginarias raíces del deseo para desarrollar la deconstrucción de la heteronormatividad; y, por otro, tratar de elaborar una teoría de la conciencia como correlato necesario a la teoría del poder. Butler dedica el capítulo 2 de El género en disputa739 precisamente al primero de los cometidos señalados. En él, nuestra pensadora no sólo entra en debate con Freud, Lacan, Levi-Strauss y Gayle Rubin, como vimos en capítulos anteriores, sino que también dedica algunas de sus más interesantes páginas a cuestiones psicoanalíticas como la explicación del concepto de mascarada de Joan Riviere o la noción de incorporación de María Torok y Nicolas Abraham. Posteriormente, en los capítulos 2, 3, 5 y 6 de Mecanismos psíquicos del poder740, Butler vuelve sobre las teorías de Freud y Lacan para depurar su anterior crítica, y filtrar lo que de estas propuestas le es valioso para la elaboración de su propia visión sobre la formación de la psique humana en la sujeción al poder. Según la lectura que Butler realiza de Freud, especialmente de Duelo y melancolía y El yo y el ello, el vienés defiende una ambivalente visión de lo que él cataloga como “disposiciones naturales”. Freud manifiesta que la niña o el niño nacen con disposiciones tanto masculinas como femeninas. Parecería por tanto, que Freud defiende una especie de bisexualidad originaria descrita, no en función de su sexo, sino de su deseo. De esta forma, llama disposición masculina al deseo por la madre y disposición femenina a aquel deseo focalizado en el padre. Butler critica esta visión en al menos dos sentidos. Para empezar, Butler desvela que esta pretendida bisexualidad es en realidad el cruce de dos deseos de carácter heterosexual, es decir, ¿por qué se vincula lo masculino al deseo hacia la madre y lo femenino al deseo hacia el padre? A raíz de esto, critica a Freud que su teoría realmente 739 “Prohibition, Psychoanalysis, and the Production of the Heterosexual Matrix”. Butler, J., Gender Trouble, pp. 45-100. 740 “Circuitos de mala conciencia. Nietzsche y Freud”, pp. 75-94; “Sometimiento, resistencia, resignificación. Entre Freud y Foucault”, pp. 95-118, “Género melancólico/Identificación rechazada.”, pp. 147-165; “Comienzos psíquicos. Melancolía, ambivalencia, cólera”, pp. 181-212. Todos ellos en Butler, J., Mecanismos psíquicos del poder, op. cit. 260 esconde fuertes prejuicios heterosexuales que la convierten en un sistema heteronormativo en el que el deseo homosexual queda excluido. Es decir, la supuesta bisexualidad pre-edípica parece ser en palabras de Butler “la coincidencia de dos deseos heterosexuales en una sola mente”741. En opinión de Lloyd, “Butler vuelve a contar la historia al objeto de desvelar lo que queda oculto en la narrativa freudiana: el complejo de Edipo se asienta sobre un tabú previo contra la homosexualidad”742. El carácter previo es claro, por cuanto la homosexualidad no es prohibida por la heterosexualidad cuando la primera aparece, sino que antes de que aparezca queda ya absolutamente proscrita743. Por otro lado, Butler afirma que la supuesta dualidad dispositiva originaria parece ser más un efecto, efecto de la ahora desvelada norma que prohibe expresamente la homosexualidad. Si bien la heterosexualidad parece ser en la teoría del vienés una ley impuesta por el complejo Edipo, Butler desvela que el tabú contra la homosexualidad ancla sus raíces de una forma mucho más profunda, situándose en la base misma de la propuesta freudiana. De esta manera, las disposiciones originarias son ya un resultado homófobo creado culturalmente, desapareciendo por tanto esa ilusión de un antes y un después a lo cultural. Tal y como dice Lloyd, “cuando el niño alcanza la fase Edípica, ya ha quedado sujetado a prohibiciones que lo disponen hacia direcciones sexuales determinadas”, de manera que estas disposiciones “no son naturales, tal y como asumió Freud”744. Con estas críticas, Butler consigue mostrar las carencias y errores de la teoría freudiana de la psique, demostrando que “lo que él concibe como fenómeno natural e universal es, de hecho, la construcción de un discurso heteronormativo”745. Una vez mostrada la psique como “efecto”, Butler ha sembrado el campo para indagar los mecanismos por los cuales estas “disposiciones naturales” son creadas. Aun cuando puede parecernos realmente acertado este descubrimiento, desde algunas seguidoras del lacanismo, la opinión generalizada es que Butler yerra en su análisis. Campbell, reune este sentir al señalar el desacierto butleriano al ubicar la 741 “Bisexuality is the coincidence of two heterosexual desires with a single psyque”, en Butler, J., Gender Trouble, op. cit., p. 77. “Bisexuality is the coincidence of two heterosexual desires with a single psyque”. 742 “When Butler re-tells the story, she does so in order to uncover what is hidden in Freud’s narrative: that the Oedipus complex relies upon a prior taboo against homosexuality.” Lloyd, M., op. cit., p. 85. 743 Véase Ibíd., p. 87. 744 “When the child reaches the Oedipal phase, they have already been subjected to prohibitions which dispose them in distinct sexual directions.” Ibíd., p. 84. 745 “…what he concieves of as a natural and universal phenomenon is, in fact, the construct of a heteronormative discurse.” Ibíd., p. 82. 261 prohibición de los deseos homosexuales en la fase pre-edípica. Según Campbell, todo lo preedípico queda definido como una fase en la que no existe la diferencia sexual y por lo tanto, el objeto prohibido no puede ser entendido jamás como homosexual por cuanto la homosexualidad viene definida por la propia diferencia sexual. Es decir, la heterosexualidad y la homosexualidad, al igual que la propia diferencia sexual son siempre post-edípicas. Por lo tanto, la fundamentación butleriana de la psique heterosexual en la prohibición de la homosexualidad no tendría cabida en el esquema psicoanalítico746. Y Campbell realiza una crítica aún más mordaz: si la ley que prohibe la homosexualidad actúa siempre, ¿no significa esto que en la teoría butleriana el sujeto homosexual es algo absolutamente “ininteligible”?747 En palabras de Lloyd, “this point has bite”; Butler realmente pasa de puntillas sobre la importante cuestión de cómo se forman las identidades homosexuales748. En relación a este tema, Butler ha de recibir aún una crítica más, acaso la más popular por haber sido enunciada por la conocida teórica italiana Rosi Braidotti749. Dicha pensadora critica a Butler el propio enfoque de su investigación. El feminismo ha luchado durante décadas para desvelar el trasfondo patriarcal de la sociedad. De esta forma, el feminismo ha resultado ser una plataforma para las reivindicaciones políticas de las mujeres. La descreencia butleriana en la diferencia sexual, así como la primacía que encuentra en su teoría la homofobia frente a la misoginia, debilitan en opinión de Braidotti la capacidad de su propuesta para la lucha de la mujer750. En su defensa, 746 Véase Campbell, K., “Plague of the Subject: Judith Butler’s Psychic Life of Power”, International Journal of Sexuality and Gender, nº 6, (1/2), 2001, p. 43. 747 Véase Ibíd., p. 44. 748 Véase Lloyd, M., op. cit., p. 104. 749 Podemos seguir estas crítica en Braidotti, R., “Feminism by Any Other Name”, en Schor, N. y Weed, E. (ed.), Differences: A journal of feminist cultural studies. More gender trouble: Feminism meets queer theory, Indiana University Press, Summer-fall. 1994. p. 47 y en Braidotti, R., Metamorfosis. Hacia una teoría materialista del devenir, Madrid., Akal, 2005, capítulo 1. 750 En esta misma línea Rosa Mª Rodríguez Magda, gran conocedora del pensamiento foucaultiano, analiza en varias ocasiones la propuesta butleriana. Como podemos ver en su Foucault y la genealogía de los sexos, Rodríguez Magda afirma la necesidad de mantener la diferencia sexual vinculada al cuerpo como base indiscutible para la proliferación de los géneros propuesta por la norteamericana. En sus propias palabras: “Considero necesario mantener el criterio de la diferencia sexual como marca no substancial ni normativa, pero condicionante. (…) Considero posible una apuesta por la proliferación de los géneros, sin que necesariamente hayamos de proceder a la erradicación del sexo, tal y como sería propuesta por Wittig, Butler y el propio Foucault. La constatación de que el sexo es ya género la mayor parte de las veces, no debe hacernos olvidar cómo la diferencia sexual, en cuanto marca anatómica y cultural, condiciona las estrategias de una teoría de la invención del género, y preserva el referente reinterpretado desde donde construir una elegida y múltiple identidad de género”. Rodríguez Magda, R. Mª., op. cit., p. 233. La autora trata también esta cuestión en las páginas 215 y ss. Realiza Rodríguez Magda una crítica que en nuestra opinión es injusta por cuanto sugiere que Butler considera el cuerpo como mero texto moldeable a voluntad por el sujeto. Además, creemos que Rodríguez Magda con ésta su teoría llamada “transmoderna” reproduce, a pesar de los guiños ocasionales 262 Butler, en Deshacer el género, página 278 y siguientes, niega la mayor. Según nuestra pensadora, su teoría no abandona la posición simbólica de la feminidad, tan sólo sustituye la clásica visión femenina de la diferencia sexual por una en la que la feminidad “tiene múltiples posibilidades”. No obstante, tal y como muestra Lloyd751, ésta es tan sólo una respuesta parcial a la incisiva objeción de Braidotti pues sigue siendo evidente que Butler centra más su teoría en la heteronormatividad homofóbica que en la estructura patriarcal de la sociedad que genera los privilegios del varón y la desigualdad con respecto a las mujeres independientemente de la orientación sexual de unos y de otras. Así, Braidotti afirma no compartir la teoría butleriana no sólo por razones conceptuales sino también estratégicas. Con respecto a la teoría lacaniana, Butler reconoce ciertas virtudes que finalmente se resuelven en importantes desavenencias entre ambas posiciones filosóficas. Butler valora, por un lado, la crítica lacaniana al sujeto autónomo autofundante. Como gran parte del psicoanálisis, Lacan defiende una visión del sujeto donde la figura del otro es fundamental para la formación de las estructuras identitarias752. En palabras de Burgos “la melancolía de género nos pone ante la vista que sólo somos un yo mediante la incorporación de aquellos otros que hemos asumido para constituirnos como nosotros mismos”, de esta manera, “no somos de ningún modo seres independientes, por lo que la noción de sujeto autónomo debe ser abandonada”753. Así, es sólo frente al “otro” como el yo encuentra su posición (sexuada) en el lenguaje. No obstante, la descripción lacaniana de la estructura simbólica genera, en opinión de la norteamericana, una serie de restricciones filosóficas que no debemos pasar por alto. Para empezar, lo simbólico viene determinado por la Ley del Padre, que es la norma que inaugura la cultura, el lenguaje, y la que dicta los posicionamientos “posibles” dentro de ambas estructuras. Según Lacan y su visión del sujeto como “ser para otro”, los hacia el pensamiento postmoderno (parece en ocasiones defender la práctica deconstructiva), la más pura y clásica dualidad naturaleza-cultura que deriva en la visión del sujeto como perchero dónde sobre una superficie “natural”, el cuerpo, se puede “elegir”, tal y como dice el texto anterior, el género deseado. Cuerpo y deseo, dos instancias que Rodríguez Magda pretende rescatar para la lucha feminista pero que en nuestra opinión ubican la propuesta de esta pensadora en un nivel que creemos mucho menos crítico y reflexivo que la teoría butleriana. 751 Véase Lloyd, M., op. cit., pp. 104-105. 752 Butler, en comentario a lo defendido por Lacan en “El estadio del espejo” y “La significación del falo” comenta:“La posición lacaniana sugiere, no sólo que las identificaciones preceden al yo, sino que la relación identificatoria con la imagen establece el yo.(…) Como resultado de todo ello, el yo no es una substancia idéntica a sí misma, sino que es una historia sedimentada de relaciones imaginarias que sitúan el centro del yo fuera del yo, en el imago externalizada que confiere y produce los contornos corporales”. Butler, J., Cuerpos que importan, p. 118. 753 Ambas citas en Burgos, E., Qué cuenta como una vida, p. 325. 263 individuos pueden “tener” o “ser” el falo, siendo éste el significante universal y único que determina las posibilidades permitidas por la ley paterna. Para “tener” el falo, el varón necesita del deseo de la mujer, mientras que, para “ser” el falo, la mujer necesita del deseo del hombre. Pero la pregunta que realiza Butler a esta teoría es precisamente por qué no se contemplan otras posibilidades, como por ejemplo la homosexualidad, para lo simbólico. Si el propio Lacan afirma que lo simbólico se impone mediante la Ley del Padre, y que esta ley impele a los niños y niñas a asumir culturalmente las posiciones heterosexuales mediante el terror, ¿por qué muestra una visión tan inmovilista, determinista de lo simbólico? y, sobre todo, ¿por qué en sus textos habla de la homosexualidad como una forma de psicosis que requiere tratamiento? Al hilo de lo tratado, en opinión de Lloyd, el objetivo de Butler en su crítica a Lacan es fundamentalmente derribar la presuposición de que “la heterosexualidad es normal mientras que otros modos no heterosexuales de sexualidad no lo son”754. La normalidad es, para nuestra pensadora, una fina línea demarcada por la cultura y, por lo tanto, modificable culturalmente. Butler muestra que lo “simbólico” constituye para Lacan una instancia férrea e inamovible desde la que la crítica se hace imposible. Según Burgos, a diferencia de Lacan, Butler no considera “que la prohibición que produce el sujeto esté fijada y sea inalterable en el tiempo, sino que concibe que se desplaza en una dimensión temporal donde cabe la renovación del significado”755. Frente a este inmovilismo, Butler cree firmemente en la agencia, siempre desde “dentro” del sistema pues todo, incluso la falsa idea de un “afuera”, de un “más allá”, es parte del sistema. La psique es, por lo tanto, una instancia creada, emergente desde la óptica butleriana frente a las teorías de Freud y Lacan que dibujan una arcadia pre-edípica, presimbólica, un después y un antes ya inaccesible que condena al ser humano a ser para siempre lo que se le ordena desde las altas instancias del poder. Tal y como veremos un poco más adelante, Butler se muestra astuta en su debate con el psicoanálisis, separando el grano de la paja y conservando conceptos como los de “identificación” o “melancolía”, donde nuestra pensadora encuentrará la semilla para la elaboración de una satisfactoria teoría de la formación de la conciencia que además posibilite la agencia dentro y en constante connivencia con los mecanismos de poder. 754 Lloyd, M., Judith Butler. From Norms to Politics, pp. 90-91. 755 Burgos, E., Qué cuenta como una vida, pp. 318-319. 264 e) Teoría interpelativa de Althusser: interpelación y sujeción. Hasta el momento, en este capítulo destinado a desentrañar la teoría butleriana en torno al nacimiento de la psique y su vinculación al poder a través de la sujeción, podría decirse que nuestra andadura no ha sido más (ni menos) que una vuelta a autores ya estudiados por Judith Butler en obras anteriores. No obstante, no podemos olvidar que en Mecanismos psíquicos del poder, dedica gran parte de sus esfuerzos a analizar la que es la teoría central que pone a la estadounidense sobre la pista del verdadero mecanismo de la sujeción: la teoría interpelativa de Althusser. Esta teoría, aun cuando el resto de la obra de 1997 pueda considerarse una relectura de los textos de Hegel, Nietzsche, Freud, Lacan o Foucault, supone sin duda un nuevo aporte, un aporte fundamental, por otro lado, para la elaboración de la teoría de la psique. Lo que trata de defender es que es la sumisión al poder precisamente la que genera al sujeto y, para ello, recurre a la teoría interpelativa del francés756. En esencia, la teoría de Althusser, en palabras de Butler, “representa una escena social donde el sujeto es interpelado, el sujeto se da la vuelta y el sujeto acepta entonces los términos con los cuales se le interpela”757. Nuestra autora, haciéndose eco de las diversas críticas que la teoría que nos ocupa ha recibido destaca que, no obstante, dicha propuesta no sólo sobrevive sino que parece gozar de buena salud758. Hemos de encuadrar a Althusser en la línea de investigación de los trabajos freudianos y lacanianos en torno a lo imaginario y la fase del espejo. Desde una óptica similar, Althusser elabora y perfila la noción de ideología como estructura que nos posibilita tener un concepto “significativo” del propio yo. Esta ideología es la que permite la emergencia del sujeto en su relación imaginaria (Lacan) con las condiciones reales de su aparición. Para acercarnos de manera sencilla a esta teoría, Butler nos trae el conocido ejemplo de la llamada del policía: “En el ensayo de Althusser Ideología y aparatos ideológicos del estado, la subordinación del sujeto se produce mediante el lenguaje, como efecto de la voz autoritaria que interpela al individuo. En su célebre ejemplo, un policía interpela a un transeúnte que pasea, y éste 756 Lloyd, M., op. cit., p. 98. 757 Butler, J., Mecanismos psíquicos del poder, p. 119. 758 Véase Idem. Entre las críticas destacadas por Butler se encuentran aquellas que fundamentalmente tachan la doctrina althusseriana de ser excesivamente diádica, destacando que la “llamada” puede llegar de muy distintas maneras. 265 se da la vuelta y se reconoce como la persona interpelada. La interpelación –la producción discursiva del sujeto socialtiene lugar en el intercambio por el cual el reconocimiento es ofrecido y aceptado”759. Además, y para ejemplificar de nuevo la forma en la que actúa la ideología social, Althusser expone que ésta posee una total analogía con la interpelación performativa divina. El bautismo, en este caso, podría ser el paradigma de dicho performativo divino por cuanto se constituye como el medio lingüístico por el cual el sujeto es forzado a la existencia social. En Ideología y aparatos ideológicos del estado, Althusser cuenta cómo Dios da nombre a “Pedro” y este mismo acto de nombrar es el origen del mismo Pedro. Sin embargo, Butler, al recoger este ejemplo también ilustra graves carencias en la teoría del francés. Por un lado, tal y como dice Salih, Butler “insiste en que la ley no posee el poder de un performativo divino para traer a la existencia lo que nombra”760 (existen fisuras en el nombrar que Butler tratará de investigar posteriormente en Lenguaje, poder e identidad) y, por otro lado, y como consecuencia de esto, Butler cree que su teoría ya presupone lo que intenta explicar, es decir, una conciencia previa y cómplice. En el ejemplo de “Pedro”, el nombrar no es realizable sin cierta complicidad previa por parte del nombrado. Igualmente esta objeción es extensible al anterior ejemplo del policía gritando al transeunte. El nombrar se da en la teoría de Althusser gracias a una cierta “disposición o deseo anticipador de parte de la persona a quien se dirige”761. Por lo tanto, según Butler, la teoría de Althusser presupone ya un sujeto, una conciencia opositiva, conciencia precisamente cuyo origen pretendía explicar la propia teoría. De este modo, Althusser elabora una teoría de la fundación social de la conciencia que ya presupone a ésta. En palabras de Butler: “La narración que pretende dar cuenta de cómo nace el sujeto asume el sujeto gramatical antes del relato de su génesis. Sin embargo, esa sumisión fundacional que aún no se ha resuelto en sujeto sería justamente la prehistoria no narrable de éste, y esta paradoja pone en entredicho la misma narración de la formación del sujeto”762. 759 Ibíd., p. 16. 760 Salih, S., op. cit., p. 128. 761 Butler, J., Mecanismos psíquicos del poder, p. 124. 762 Ibíd., p. 125. 272 abre una puerta a la creación de proyecciones imaginarias corporales alternativas, pero lo que aquí planteamos es, ¿dónde se instalan estas prohibiciones?, ¿desde dónde actúa el sentimiento de culpa?777 Para poder avanzar en la visión que finalmente da Butler en Mecanismos psíquicos a la problemática de la psique, expondremos en primer lugar lo descrito por nuestra pensadora en “Género melancólico/Identidad rechazada”, artículo de 1993 publicado por primera vez en 1995 e incluido en la obra anteriormente citada. Según nuestro criterio, es en este artículo donde Butler presenta de manera más clara la importancia del duelo no resuelto, es decir de la melancolía para la formación de la subjetividad en la sujeción. Siendo el vivir un proceso inestable, el yo se forma a partir de una serie de amores perdidos ante los que el sujeto responde bien mediante el duelo, bien mediante la melancolía778. El duelo779 podemos decir que es un proceso cerrado por 777 A pesar de su usualmente incisiva mirada, lo cierto es que Butler expone incesantemente en Cuerpos que importan numerosas críticas al psicoanálisis sin aparentemente reparar en la problemática que nos ocupa, es decir, la suposición psicoanalítica de una vida psíquica cuyo origen parece quedar bastante lejos de ser explicada. Buen ejemplo de lo que hablamos serían afirmaciones como “los cuerpos llegan a ser un todo, es decir, totalidades, mediante la imagen especular idealizadora…” (Ibíd., p. 115); “De ahí que Lacan afirme: <<la imagen del cuerpo le da al sujeto la primera forma que le permite localizar lo que pertenece al yo y lo que no le pertenece>> (Ibíd., p. 119); “La imagen especular que ve el niño, confiere una integridad y una coherencia visules a su propio cuerpo…” (Idem). Podríamos multiplicar los ejemplos. Incluso en referencia a su propia postura afirma: “…propongo un modo general de enfocar las restricciones como los límites de lo que puede construirse y de lo que no puede construirse.” (Ibíd., p. 147). Pero la cuestión sin resolver es, ¿dónde se alojan esos límites a nivel subjetivo?; “…la identificación es el sitio en el cual se dan la prohibición y la producción ambivalentes del deseo.” (Ibíd. p. 153)… ¿y cuál será el sitio de la identificación? 778 La cuestión del duelo, resuelto o no, abre un interesante debate entre Adam Phillips y Butler que viene recogido en “Para mantenerlo en movimiento. Comentario sobre Género melancólico/Identificación rechazada, de Judith Butler”, escrito por el primero y “Réplica al comentario de Adam Phillips sobre Género melancólico/Identificación rechazada” de la segunda. Ambos artículos vienen recogidos en Mecanismos psíquicos del poder, pp. 166-174 y pp. 175-180 respectivamente. Phillips comenta que desde Freud, el “yo” se entiende como una instancia de carácter “promiscuo”, por cuanto parece estar vinculada fuertemente a su deseo pero no a los objetos sobre los que estos se orientan. El duelo, no obstante ha sido la herramienta que ha venido a garantizar las relaciones intersubjetivas pues es él el que respalda una fuerte vinculación con los objetos amados, llorados y fundamentalmente no llorados. Por ello, Phillips afirma, siguiendo a Klein, que el concepto de duelo se ha erigido para el psicoanálisis en una especie de elemento “cuasi-religioso”. Phillips afirma que Butler usa el duelo para darle cierta “gravedad” a su teoría de la performatividad y que además, “lo extraordinario de su ensayo (en referencia a “Género melancólico/Identificación rechazada”) es que consigue hacerlo sin que sus argumentos degeneren en las coercitivas beaterías que las discusiones sobre el duelo suelen provocar”. Ibíd., p. 169. No obstante, y mostrando un gran respeto hacia la propuesta de la norteamericana, Phillips manifiesta que su visión puede derivar en ciertos problemas importantes desde una perspectiva clínica. Butler afirma que toda identidad está formada de manera problemática y conflictiva según el duelo pone de manifiesto, pero Phillips se pregunta: ¿qué ocurre con el paciente que manifiesta estar poco afectado por el proceso de duelo? ¿debería el psicoanalista interpretar esto como un síntoma de evitación y “forzar” a su paciente a enfrentar el duelo constantemente? Phillips cree que el duelo debe caminar indisoluble de la interpretación que el paciente da de él para no convertirlo de esa manera en una instancia explicativamente unívoca. Creemos que lo que Phillips critica es que Butler de alguna manera ha patologizado la melancolía. Esto puede venir dado, tal y como comenta Lloyd, por el hecho de que Butler parece centrar su visión de la melancolía en la lectura de los primeros escritos freudianos. A partir de “El yo y el ello”, Freud parece cambiar de opinión 273 cuanto en él, el sujeto sufre y llora la pérdida al estar ésta socialmente reconocida. De una manera bastante simplificada, la melancolía podríamos decir que es un continuo “morir de amor”780. La melancolía se genera a partir de los amores perdidos y no llorados, es decir, a partir de la pérdida de la pérdida, la imposibilidad social de manifestar el dolor, purgarlo, expiarlo781. Así, ese amor melancólico queda albergado en el yo con una fuerza libidinal de carácter formativo782mediante la clausura de este proceso783. Este complejo movimiento de formación del sujeto viene descrito por Salih claramente, alejándose de la anterior perspectiva patológica de la melancolía e incorporando el duelo al proceso melancólico (Lloyd, M., op. cit., p. 84) La incógnita es si Butler no se da cuenta de este cambio en la visión de Freud o si simplemente hace caso omiso a ella, ya que lo que está bastante claro en los textos butlerianos es que El yo y el ello es una de las fuentes reconocidas en la elaboración de su estructura teórica. Además, Phillips advierte a Butler que su vinculación de la performatividad al duelo puede hacer caer a esta en una especie de, podríamos llamarlo, “determinismo inconsciente”. (Véase Ibid. Pág. 170 y ss.). Si bien Butler contesta a otra cuestión tratada por Phillips en su ensayo (la diferencia sexual como dato), la respuesta directa de Butler a estas críticas se nos antoja bastante pobre en las escasas cinco páginas del ensayo butleriano. 779 Lloyd desarrolla una muy clara y concisa explicación de lo que es el duelo y los beneficios que éste conlleva desde la perspectiva psicoanalítica: “El duelo tiene lugar cuando un objeto (así como un amante, un ideal o un país) se pierde. En ese caso, la libido (energía mental) que una vez fue investida en ese objeto gradualmente se separa de él y se vuelca en (se invierte en) otro objeto. El sujeto viene así a aceptar su pérdida y es capaz de formar un nuevo apego emocional –enamorarse de nuevo, por ejemplo. En este momento, el sujeto se vuelve libre y desinhibido de nuevo y la función del duelo se completa.” (“Mourning takes place when an object (such as a loved one, an ideal or a country) is lost. In such case, the libido (mental energy) that was once investid in that object gradually detaches from it and is cathected onto (invested) in another object. The subject thus comes to terms with its loss and is able to form a new emocional attachment -to fall in love again, for instante. At this point, the ego becomes free and uninhibited again and the work of mourning is completed”). Lloyd, M., pp. 83-84. 780 No he podido reprimir incluir esta pequeña alusión a la conocida canción de Camilo Sexto, que no viene más que a plasmar la versión popular de un sentimiento, el de la melancolía, por todos experimentado, y que el psicoanálisis convirtió en concepto teórico. Por estirar el “hilo musical”, muy recomendable es también el disco que en 1995 grabara el grupo norteamericano Smashing Pumpkins, de hermosa portada y alegórico título, “Mellon Collie and the Infinitive Sadness” (Algo así como “Melón Colía y la Tristeza Infinita”). Rastrear el concepto de “melancolía” en el tango argentino merecería una tesis aparte. 781 “La melancolía es una negativa al duelo y, a la vez, una incorporación de la pérdida, un remedo de la muerte que no puede llorar”. Butler, J., Mecanismos psíquicos de poder, p. 157. Asimismo, afirma que “lo que se exterioriza o interpreta sólo puede entenderse en relación con lo que está excluido de la interpretación, con lo que no se puede o no se quiere interpretar”. Ibíd., p. 159. Como podemos ver, a diferencia del duelo, “algo sensiblemente diferente ocurre con la melancolía. El individuo en este caso no es capaz de superar esa pérdida en la forma usual. En vez de ello, incorpora el objeto perdido en su yo. Se identifica con él, adquiriendo algunas de sus características.” (“Something slightly different happens with melancholia. The individual in this case is not able to get over its loss in the usual way. Instead it incorporates the lost objects into its ego. It identifies with it, taking on certain of its caractheristics.”) Lloyd, M., op. cit., p. 84. En palabras de Burgos, “la identificación melancólica, como sabemos, es la forma de acoger al objeto en la psique de un modo que acaba formando parte del yo.”, en Burgos, E., Qué cuenta como una vida, p. 322. 782 “Pero recordemos que en El yo y el ello, el mismo Freud reconoció que la melancolía, el proceso inconcluso de duelo, es fundamental para la formación de las identificaciones que integran el yo”. Butler, J., Mecanismos psíquicos de poder, op. cit., pp. 147-148. Un poco más adelante, podemos leer que: “Lo que Freud denomina aquí carácter del yo parece ser la sedimentación de los objetos amados y luego perdidos, el residuo arqueológico, por así decirlo, del duelo no resuelto.” Ibíd., p. 149. 783 Kristen Campbell afirma en “Plague of the Subject: Judith Butler’s Psychic Life of Power”, International Journal of Sexuality and Gender, nº 6, op. cit., p. 43 que Butler insiste en atribuir la idea de 274 como “un proceso de cancelación, superación y preservación (es decir, Aufhebung, o sublimación)”784. De una forma mucho más poética, Diana Fuss expone que mediante la melancolía el sujeto viene a la vida vampirísticamente.785 El género, a través del complejo de Edipo y la vedada prohibición sobre la homosexualidad786, se forma de esta manera melancólicamente. El niño adopta el género del padre que no puede amar. La niña forma su género de igual manera por identificación con la madre. Así, Butler expone que el género se vehicula mediante la melancolía y mediante el terror representado por al menos dos figuras socialmente erigidas: el “marica feminizado” y la “lesbiana falicizada”, “las versiones invertidas de la masculinidad y la feminidad heterosexuales”787. En este sentido, Butler afirma cosas como las que siguen: “Como resultado, el miedo al deseo homosexual puede provocar a una mujer pánico a estar perdiendo su feminidad, a no ser una mujer, a no ser ya una mujer como se debe, a, aun no siendo propiamente un hombre, ser como si lo fuese y por tanto de algún modo monstruosa. Mientras que el terror al deseo homosexual puede inspirarle a un hombre terror a ser visto como femenino, a ser feminizado, a no ser ya un hombre como se debe, a ser un hombre fallido o a ser en algún sentido una figura monstruosa o abyecta”788. clausura a Freud cuando ésta pertenece realmente al aparato conceptual lacaniano. Si bien repasando la bibliografía freudiana, es de justicia admitir la sutil crítica elaborada por Campbell, no debe extrañarnos en demasía este desliz butleriano por cuanto en numerosas ocasiones es bastante notorio el hecho de que Butler utiliza el psicoanálisis de manera bastante interesada a partir de una lectura muy sesgada de sus innumerables textos. No obstante, es importante destacar que esto no resta ni un ápice la creatividad con la que la norteamericana exprime las obras de Freud y Lacan que consulta. 784 “… un proceso de cancelación, superación y preservación -es decir, “Aufhebung” o “sublimación”. (“…a process of cancellation, overcoming and preservation -i.e. Aufhebung, or sublimation”). Salih, S., op. cit., p. 119. 785 Véase Fuss, D., Identication Papers. Readings on Phychoanalysis, Sexuality and Culture, London, Routledge, 1995, p.1. 786 “La heterosexualidad se produce no sólo poniendo en práctica la prohibición del incesto, sino imponiendo previamente la prohibición de la homosexualidad”. Butler, J., Mecanismos psíquicos de poder, op. cit., p. 150. Igualmente afirma: “La heterosexualidad se cultiva a través de prohibiciones que en parte afectan a los vínculos homosexuales, obligando a su pérdida”. Ibíd., p. 151 y “Cuando ciertos tipos de pérdida son impuestas por las prohibiciones culturalmente dominantes, ello da lugar a una forma culturalmente dominante de melancolía, la cual señala la internalización de la carga homosexual no llorada y no llorable”. Ibíd. p. 154. 787 Butler habla en varios sitios de estas dos figuras, valgan como ejemplo las páginas 156 y ss., de Cuerpos que importan. 788 Butler, J., Mecanismos psíquicos del poder, p. 151. Y más adelante: “Dentro de esta lógica, convertirse en hombre exige, como condición previa para la heterosexualización del deseo sexual y su esencia ambivalente, repudiar la feminidad.” Ibíd., p. 152. 275 En la línea de este fragmento, Burgos clarifica que, para Butler, “la feminidad y la masculinidad no son disposiciones inherentes sino que se producen como consecuencia o resultado de la heterosexualidad normativa”, para afirmar posteriormente que “este logro de la heterosexualidad se consigue a través de la práctica de la prohibición del incesto pero asimismo mediante la previa imposición de la prohibición de la homosexualidad”789. Esta visión del género creado en medio de una gran madeja de prohibiciones permite a Butler dos cosas; por un lado, establecer el género como algo construido, no esencial; y por otro, alejar esta construcción del mero voluntarismo. Vemos pues, nuevamente, que Butler sabe situar su teoría en un inestable equilibrio que permite mantener siempre la cuestión en movimiento. Por lo tanto, el género, como ya quedó clarificado en El género en disputa, es performativo, pero en su construcción no actúa una psique voluntarista que impone sus deseos libres, sino una psique también producto, el efecto de una serie de sedimentaciones melancólicas. Debemos recordar que esta atractiva visión que socava la idea del sujeto autónomo790, no obstante, ha dado lugar a no pocas críticas por parte de muchas pensadoras feministas de primer nivel como Benhabib, Fraser o Bordo entre otras. El problema principal que las citadas anteriormente plantean es: ¿queda espacio para la acción política y el cambio?791 La clave está en entender este proceso melancólico como contingente, marcado por unas leyes y prohibiciones sociales de carácter no necesarios, ¿por qué ha de oponerse la identificación al deseo?, ¿por qué tiene que fundamentarse la cultura y, por tanto las identidades culturales, sobre leyes de parentesco de carácter homófobo? Por esta razón Butler argumenta que “en términos fenomenológicos, existen muchas maneras de vivir el género y la sexualidad que no se reducen a esta ecuación, que no presuponen que el género se estabilice mediante la instalación de una heterosexualidad sólida”792. Por lo tanto, la psique es cómplice del poder, aunque esta forma de expresarlo puede llevar a ciertas confusiones de matiz por cuanto realmente psique y poder no son dos instancias separables. Desde este nuevo prisma, podríamos afirmar más 789 Ambas citas en Burgos, E., Qué cuenta como una vida, p. 323. 790 En palabras de Salih, “la noción de autonomía ontológica finalmente debe ser abandonada como una ficción.” (“The notion of ontological autonomy must therefore be given up as a fiction.”) en Salih, S., op. cit., p. 134. 791 Véase por ejemplo las objeciones que realizan Lloyd en op. cit., pp. 101-102 y Disch en “Judith Butler and the Politics of the Performative”, Political Theory, August, 1999, 27, p. 554. 792 Butler, J., Mecanismos psíquicos del poder, p. 152. 276 acertadamente que la psique es la manera por la cual el poder se perpetúa, y en ocasiones, inesperadamente, muta. El apego pues al poder que manifiesta la psique viene justificado porque ella misma es poder y, en la disolución de éste, el propio sujeto pierde pie y se disuelve. El temor al cambio parece estar así instalado en la misma esencia del sujeto como miedo a la pérdida de sí mismo. La ruptura de los límites sociales es la propia fractura de la identidad del sujeto y de su mundo ordenado. Afirma Butler que, “si concebimos así la melancolía de genero, entonces quizás podamos entender el fenómeno concreto por el cual el deseo homosexual se convierte en fuente de sentimiento de culpa”793. Tanto Nietzsche como Freud, “explican la fabricación de la conciencia como efecto de una prohibición internalizada: la prohibición de la acción o la expresión vuelve a la pulsión sobre sí misma”794. La melancolía viene así marcada “por la experiencia de autocensura”795, siendo así ésta, en nuestra opinión, el vínculo, el nudo, donde poder y psique se retroalimentan incesantemente796. Por lo tanto, la melancolía, no sólo queda descrita como “una economía específicamente psíquica”, sino como un “circuito” que forma “parte del funcionamiento del poder regulador”797. Psique y poder, la imagen matutina y vespertina de Venus, dos caras de la misma moneda. Siempre estuvieron ahí, ante nuestros ojos, tan cerca que nunca pudimos apreciar hasta qué punto mutaban la una en el otro y viceversa. La pista estaba clara en la propia significación del término “sujeto”. En nuestra opinión, Mecanismos psíquicos del poder es una obra que debe leerse en un orden distinto al presentado. Sin duda alguna, en ella, lo último es lo primero, es decir, el lector debería finalizar la lectura con la introducción. Al fin y al cabo, prácticamente el resto de la obra ya estaba escrita anteriormente a la publicación, siendo Mecanismos psíquicos, en gran parte, una recopilación de artículos butleranos que, de una u otra forma, ya estaban rondando la problemática de la psique. Butler hila estos pequeños estudios con una interesantísima introducción que podría considerarse más una conclusión tras la relectura de Hegel, Nietzsche, Freud, Lacan, Foucault y Althusser principalmente. En esta introducción, 793 Ibíd., p. 155. 794 Ibíd., p. 33. 795 Idem. Para Freud, según Butler, es además esta autoagresión lo que genera la vuelta del yo sobre sí mismo en forma de super-yo y la que se erige como la “estructura primaria de la conciencia”. Véase también Ibíd., p. 156. 796 Este nudo de carácter “masoquista” queda ya descrito por Freud en El malestar en la cultura. Tal y como dice Butler, en esta obra, el vienés “deja claro que, para que se produzca su particular satisfacción, la conciencia necesita el sacrificio o la renuncia continua de la pulsión; la conciencia nunca es acallada por la renuncia, sino paradójicamente fortalecida”. Véase Ibíd., p. 157. 797 Ibíd., p. 158. 277 perfila un nuevo eje para anclar la acción política, eje al que podríamos llamar “el sujeto sujetado”. Aun cuando esta forma de catalogarlo podría hacer cundir el desánimo entre los defensores y las defensoras de una subjetividad voluntarista, Butler pretende con esta descripción dar una perspectiva más realista del sujeto sin renunciar por ello a su capacidad de agencia. En sus propios términos, “una evaluación crítica de la formación del sujeto podría ayudarnos a entender mejor los callejones sin salida a los que a veces nos conducen los esfuerzos de emancipación, pero sin por ello invalidar lo político”798. La palabra “sujeto”, tal y como Butler afirma, frente a conceptos como “individuo” o “persona”, se encuadra genealógicamente en el ámbito del lenguaje. “Sujeto” sería, en sus propias palabras, “una categoría lingüística, un comodín, una estructura en formación”799. De esta forma, podemos decir que los “individuos” llegan (o no) a ocupar la posición de sujeto. Pero la cuestión es, ¿a expensas de qué? La respuesta la da el significado de la misma palabra. Butler usa el término “subject”, nombre derivado de “subjection”, literalmente “sometimiento”. Tal y como nos confirma Lisa Disch, “el problema central de Mecanismos psíquicos del poder está contenido en las connotaciones duales del término sujeción, que significa tanto subjetivación como subyugación”800. De ese modo, y siguiendo la línea marcada por Foucault y Althusser con respecto al concepto francés “assujetissement”, “subject” podría traducirse a la lengua cervantina como “sometido” o más propiamente como “súbdito”. Con este razonamiento de carácter filológico, Butler pretende cuestionar la idea de sujeto que la modernidad nos brindo de manera algo ingenua (o perversa). El sujeto no sólo no es una instancia caracterizada por la agencia en términos de voluntad, sino que más bien parece haberse revelado como una categoría que mantiene un fuerte sometimiento al elemento que la crea, perfila y forma, es decir, al poder. Así, Butler afirma que “ningún individuo deviene sujeto sin antes padecer sujeción o experimentar subjetivación”801. Por lo tanto, hemos de adentrarnos en la difícil cuestión de la vinculación del sujeto a aquello que lo somete y que, desde esta nueva óptica, también lo crea y configura. 798 Ibíd., p. 41. 799 Ibíd., p. 21. 800 “El problema central de Mecanismos psíquicos del poder se contiene en las connotaciones duales del término subjeción, que significa a la vez subjetividad y subyugación.” (“The central problem of The Psychic Life of Power is contained in the dual connotations of the term subjection, which signifies subjectivity and subjugation at once.”) Disch, L. “Judith Butler and the Politics of the Performative”, p. 550. 801 Butler, J., Mecanismos psíquicos del poder, p. 22. 278 Tratar de establecer la relación entre sujeto y poder nos remite al “ad hilo tempore” problema del huevo y la gallina, lo que Butler renombra como el dilema tropológico o la paradoja referencial: “Parece que en cuanto intentamos determinar cómo el poder produce a los sujetos (súbditos), cómo éstos acogen al poder que los inaugura, ingresamos en este dilema tropológico. No podemos asumir la existencia de un sujeto que lleva a cabo la internalización mientras no tengamos una descripción de la formación del sujeto. La figura a la que nos estamos refiriendo aún no ha cobrado existencia ni forma parte de una explicación verificable, y sin embargo sigue teniendo cierto sentido la referencia a ella. La paradoja del sometimiento conlleva una paradoja referencial: nos vemos obligados a referirnos a algo que aún no existe. Intentamos dar cuenta de cómo nace el sujeto mediante una figura que provoca la suspensión de nuestras certezas ontológicas.”802 Lo que Butler nos viene a decir es que pisamos un terreno totalmente inestable. No hay ninguna instancia previa explicativa, poder y psique son las arenas movedizas sobre las que se erige el sujeto y a su vez el sujeto es el elemento imprescindible a través del cual la psique y el poder se perpetúan y, en ocasiones, mutan. La biopolítica foucaultiana ha dibujado una nueva imagen del poder donde éste no sólo presiona al sujeto y lo limita sino que también lo forma continuamente estableciendo el sujeto como un lugar de absoluta ambivalencia. La antes considerada “autonomía” viene ahora marcada por la subordinación y la connivencia psíquica del sujeto con el poder. Por ello: “La definición foucaultiana de la sujeción como la simultánea subordinación y formación del sujeto cobra un valor psicoanalítico concreto cuando consideramos que ningún sujeto emerge sin un vínculo apasionado con aquéllos de quienes depende de manera esencial (aun si dicha pasión es negativa en sentido psicoanalítico)”803. Siendo la subjetividad, como ya hemos expuesto, una “posición”, ésta se adquiere sólo mediante el reconocimiento y por tanto mediante la subordinación. Esta subordinación se establece gracias a lo que Butler llama “deseo de ser”, “deseo de 802 Ibíd., p. 14. 803 Ibíd., pp. 17-18. 279 supervivencia”804. Es ese deseo el que provoca que, dentro de los vínculos de parentesco y de los sociales un poco más tarde, el sujeto participe melancólicamente de las normas bajo las que se regula su entorno. Aquí debemos hacer una pequeña parada para la reflexión. ¿Qué significa exactamente ese “deseo de ser”? ¿Estamos hablando de un deseo “previo”, “universal”, “natural”, que sirve de fundamento para la formación social del resto de los deseos? Butler afirma que “el niño no sabe a qué se vincula: sin embargo, tanto el bebé como el niño deben vincularse a algo para poder existir en sí mismos y como sí mismos”. Aunque hasta aquí podamos estar de acuerdo, el dilema psíquico es ¿por qué deseamos “existir”, “vincularnos”, “participar”, “ser”, en vez de “aislarnos” o llevar una vida al margen de lo social? Butler remite al “deseo de ser” de una forma que se nos antoja algo metafísica. De hecho, tal vez el problema es que no hacerlo nos hace caer en la paradoja tropológica. Además, si no hay “deseo de ser”, ese pequeño “reducto metafísico” previo, ¿cómo puede vincularse el sujeto al poder? De hecho, las preguntas serían más concretamente ¿sobre qué actúa exactamente el poder?, ¿puede éste pervivir sin el sujeto, sin la complicidad de éste? Y si el “deseo de ser” fuera sólo un producto del poder, ¿no queda entonces el sujeto reducido a mero títere siendo la sujeción total? Otros autores como Lloyd o Chambers se hacen eco también de esta aparente fisura en el andamiaje butleriano. Samuel Chambers es especialmente crítico al afirmar que Butler recupera el spinoziano “deseo de existir” o “conatus” ya que, dado que no somete jamás a esta instancia a un estudio genealógico (¿de dónde proviene este deseo?), debemos entender necesariamente que el mismo se erige como una instancia prediscursiva, invariable y universal805. Como afirma Lloyd, “al ubicar el deseo de existencia como la substancia que el poder explota, Butler mina su propio argumento de que la vida psíquica es siempre ya social” 806. Por si fuera poco, esto querría decir que “el deseo de existir” no sólo es inmune al criticismo sino también al cambio político. En este sentido, creemos que esta carencia crítica en la teoría butleriana se debe a la herencia hegeliana de la misma. Como afirma Salih, “desde el momento que el deseo es constitutivo, los sujetos post-hegelianos desearan la prohibición antes que no desear nada en absoluto”807 ¿Comete Butler el error atribuido a autores como Kristeva, Lacan, 804 “El sometimiento explota el deseo por la existencia, que siempre es conferida desde fuera; impone una vulnerabilidad primaria ante el Otro como condición para alcanzar el ser”. Ibíd., p. 32. 805 Véase Chambers, S., Ultimely Politics, New York, New York University Press, 2003, p. 147. 806 Lloyd, M., op. cit., p. 102. 807 Salih, S., op. cit., p. 123. 280 Foucault o Zizek, en palabras de Lloyd, “confiar en un elemento que existe fuera de la cultura y la historia para asentar sus teorías”808. Por si la complejidad del problema no fuera suficiente, creemos que Butler genera confusión con respecto a la naturaleza del sujeto, pues si bien pretende alejarse una y otra vez de la visión del sujeto como instancia “antes de”, en numerosas ocasiones emite afirmaciones que parecen totalmente contradictorias con este propósito. Por poner un ejemplo, en un intento de establecer una serie de aclaraciones a lo defendido en Cuerpos que importan, afirma que en aquella obra “no pretendía sugerir que el poder actúe sin el sujeto. Por el contrario, para que pueda actuar es preciso que haya un sujeto, pero esta necesidad no convierte al sujeto en origen del poder”809, mientras que en otras ocasiones, escribe cosas como que “sin la intervención del poder no es posible que emerja el sujeto”810 o que “lo que el sujeto pone en práctica (enacts) es habilitado por el funcionamiento anterior al poder”811. Aunque no es el origen del poder, a veces afirma que el sujeto tiene una existencia anterior a éste, mientras que en otras ocasiones parece hablar del sujeto como una instancia derivada del propio poder. Finalmente, con respecto a éste, el llamado por Butler “dilema tropológico”, quedamos en primera instancia algo perplejos al comprobar que lo declara absolutamente irresoluble, pues el relato genealógico parece topar con una especie de situación racionalmente inexplicable. En sus propias palabras: “El relato de la sujeción es inevitablemente circular, puesto que presupone al mismo sujeto del que pretende dar cuenta. Por un lado, el sujeto sólo puede referirse a su propia génesis adoptando una perspectiva de tercera persona con respecto a sí mismo, es decir, desposeyéndose de su propia perspectiva al narrar su génesis. Por otro lado, la narración de la constitución del sujeto presupone que dicha constitución ya ha tenido lugar, y por tanto se produce a posteriori. El sujeto se pierde a sí mismo para relatar la historia de sí mismo, pero al relatarla está intentando dar cuenta de lo que la función narrativa ya ha dejado claro. ¿Qué significa entonces que el sujeto, que para algunos es 808 Lloyd, M., op. cit., p. 102. 809 Butler, J., Mecanismos psíquicos del poder, p. 24. Nota a pie de página número 6. 810 Ibíd., p. 26. 811 Idem. 281 presuposición de potencia, deba verse también como efecto del sometimiento?”812 “Dilema tropológico” y problema de la agencia nuevamente, dos escollos difíciles de salvar. Burgos nos explica la bipolaridad del sujeto y la naturaleza irresoluble del problema: “Emerge como efecto del poder, de un poder anterior, y al mismo tiempo el sujeto es condición de posibilidad para una acción de poder. El poder es externo al sujeto y el poder es constitutivo del sujeto; el poder forma al sujeto y el sujeto ejerce poder. No hay resolución para esta ambigüedad.” 813 Tal y como la propia etimología del término ha revelado, el sujeto muestra un apasionado apego hacia su propia subordinación y, además, este sometimiento es intrínseco al relato de su génesis, pues el sujeto, desde la perspectiva ya señalada por el psicoanálisis y por el propio Foucault, parece reiterar el sometimiento en cada acción que interpretamos como voluntaria. Esto ha sido un argumento esgrimido tanto por quienes han tratado de negar la capacidad de acción, como por aquellos y aquellas que maliciosamente han tratado de culpar exclusivamente a las personas sometidas de su situación. Por un lado, si nos formamos en la sujeción, ¿qué capacidad nos queda aún para actuar u oponernos a aquello que nos forma? Por el otro, si el sujeto persigue y se sustenta en su propia subordinación, ¿no es él mismo culpable, responsable de su estatus? En definitiva el problema es ¿cuál es el margen de acción política de este nuevo sujeto postestructuralista?814 El problema queda planteado tal y como sigue: “La doble naturaleza de la sujeción parece conducir a un círculo vicioso: la potencia del sujeto parece ser efecto de su subordinación. Cualquier intento de oponerse a la subordinación forzosamente la presupone y la vuelve a invocar”815. 812 Ibíd., p. 22. Igualmente, la otra cara de la narración, la que intenta dar cuenta de la génesis del poder nos traslada a un nuevo círculo vicioso como podemos ver en ibíd., p. 24, donde Butler afirma que: “En tanto que condición, el poder precede al sujeto. Sin embargo, pierde su apariencia de prioridad al ser ejercido por el sujeto, y ello da lugar a la visión opuesta de que el poder es efecto del suejto, que es algo que los sujetos efectúan”. 813 Burgos, E., Qué cuenta como una vida, p. 321. 814 Seguimos sólo en parte el razonamiento de Butler en Mecanismos psíquicos del poder, p. 17. 815 Ibíd., pp. 22-23. 288 elemento primariamente vulnerable a la par que esas mismas palabras son una caja de Pandora cuyos efectos pueden ser perfectamente revertidos. Richard Delgado y Mari Matsuda, desde una perspectiva diferente y asociando el lenguaje del odio a la ilocución, afirman que “las palabras hieren”. Las palabras no reconocen al sujeto sino que en cierta medida, siguiendo la típica inversión butleriana del sentido común, es el sujeto el que entra en el circuito social del reconocimiento mediante el lenguaje. Hasta aquí, Matsuda y Butler podrían estar de acuerdo. Pero Matsuda va más allá al considerar el lenguaje del odio como un acto de habla ilocucionario. Así, el lenguaje del odio sitúa, en su opinión, una y otra vez, al sujeto en la posición subordinada sobre la que se ejerce directamente la violencia. Un lenguaje que a través de la violencia (de hecho, según estos autores, sería ingenuo diferenciar lenguaje y violencia) desvela la esencial dependencia del Otro. Un lenguaje que, como “lugar de la reproducción mecánica y previsible del poder”836, genera la cesura entre los cuerpos significantes y los abyectos, los “incluidos” y los “excluidos”, pues el lenguaje, como acto corporal “puede preservar el cuerpo, puede también amenazar su existencia”837. Butler apuesta por situar, como dijimos anteriormente, el lenguaje del odio en la esfera de la perlocución a partir de una interpretación de Austin basada en las afirmaciones de éste en torno a los constantes errores del sistema. “De alguna manera, Austin subraya repetidamente la cuestión de la avería mecánica o del fallo y la imposibilidad de predecir las diferentes maneras en las que el lenguaje hablado puede funcionar mal”838. Es esta ambigua e impredecible naturaleza del lenguaje la que la lleva a desarrollar una propuesta teórica que, frente a la censura, reivindica la imaginación como arma desde la que ejercer la acción política y la rearticulación del lenguaje y la subjetividad. b) Los actos de habla como actos corporales: Toni Morrison y Shoshana Felman. 836 Ibíd., p. 42. 837 Ibíd., p. 22. 838 Ibíd., p. 42. [Document text truncated for crawler view.]