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Manolo Vázquez interpretado por la prensa de su época

Gil González, Juan Carlos

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Revista de Estudios Taurinos N.º 22, Sevilla, 2006, págs. 37-57 MANOLO VÁZQUEZ INTERPRETADO POR LA PRENSA DE SU ÉPOCA Juan Carlos Gil González* I.- INTRODUCCIÓN: EL CRONISTA DE TOROS, UNA TRÍADA DE SABERES l gran trabajo de la prensa en un sentido amplio es profundizar en las transformaciones que los hechos provocan en el hombre, considerado como individuo o como colectividad. (Davara, 1991: 1.106) La interpretación que ofrecen los periódicos permite descifrar y comprender, por medio del lenguaje, la realidad de las cosas que nos circundan y afectan directa o indirectamente. En este sentido, la tarea de la crítica, ese sacramento de tan difícil administración, como sentenció Ortega y Gasset, reside en vincular los matices singulares de la obra en sí con las características generales de un movimiento artístico, en juzgar razonadamente dicho proceso y en ponderar con sobrada inteligencia en torno a las virtudes y desaciertos de ese proceso dialéctico y comunicativo que toda labor humana lleva consigo. Desde un ámbito más particular, el periodismo taurino, por esencia, se basa en el enjuiciamiento de una composición de matices en movimientos que no se ve de forma duradera, por lo que exige predisposición de la mente para que pueda impregnarse en E *Profesor de la asignatura curricular “Toros, Sociedad y Periodismo” en la Facultad de Comunicación de la Universidad de Sevilla. Juan Carlos Gil González 38 la memoria del que la presencia. Inexorablemente, lo ocurrido en el ruedo no vuelve a repetirse, pasa fugaz y sin atisbos de posible detención. La verónica excelsa, mecida desde el inicio de la embestida y finalizada hasta el límite que imponen los brazos y la cintura, subsiste apenas unos segundos. El muletazo más lento es un verte y no verte, perecedero por esencia y caduco por necesidad. El momento culminante de la entrega humana que acude vertiginosa a quebrar los instintos de la afilada muerte transcurre en apenas décimas de segundos. En esos milimétricos instantes se dilucida gran parte de los secretos de la Tauromaquia. Con estos mimbres tan dispares y a la vez inconfundibles, el cronista de toros debe transcribir las elucubraciones y sensaciones que provoca la contemplación de la obra en mensaje explicativo y comprensible para los que no han asistido a la plaza de toros. En éste deben descollar los conceptos que mejor exhiban el fundamento de las faenas, los pasajes que ayuden a percibir el verdadero sentido de lo sucedido en la arena más pública y democrática de los espectáculos actuales. En una crónica debe estar la esencia de la faena y las sutilezas de los adornos, la acometividad de la bravura y el talento del torero, la colocación de los banderilleros y la monta campera de los hombres del castoreño. Esta polifacética actividad, asentada en relacionar la tonalidad más inadvertida con el conjunto de la obra en general, no está al alcance de diletantes superficiales, sino de profundos conocedores de los arcanos del laberíntico mundo del arte de torear. Sin un amplio bagaje de conocimientos taurinos es imposible percatarse de la multitud de atributos que rodean y protagonizan la labor de un torero. Más aún, sin las nociones elementales sobre el encaste de los toros y sus diferentes cruces, difícilmente se podrá sopesar con equidad la bravura de las reses, su conformación morfológica, las constantes modificaciones de su comportamiento a lo largo de la lidia... Manolo Vázquez interpretado por la prensa de su época 39 De ahí que podamos afirmar, con carácter general, que los cronistas taurinos ejercen su profesión con la unción del devoto más convencido. Ahora bien, no sólo es imprescindible dicho entusiasmo sino que también se precisa, como escribió Laín Entralgo, poseer un saber histórico, un saber técnico y un saber teorético, (Laín Entralgo: 1999,10).además de altas dosis de sensibilidad para sentir en lo más profundo de las entrañas el pellizco que provoca este juego venturoso entre la vida y la muerte. Un cronista de toros debe conocer al dedillo la historia del toreo para saber contextualizar e incluso comparar la obra que presencia y ponerla en relación con otras que la han precedido. Debe poseer un alto conocimiento técnico de la materia que enjuicia (pases de capa y muleta, tipos de toros, sus pelos, su sangre, los terrenos de la plaza, su acomodo al comportamiento del toro...), es decir, no se puede ser un buen cronista taurino si se ignoran los pilares fundamentales sobre los que descansa la fiesta de los toros. Finalmente debe estar revestido con los ropajes de cierta autoridad moral para observar la relación de la obra por él criticada y el resto de las actividades del ser humano, o lo que es lo mismo, cómo influyen las circunstancias sociopolíticas en la catalogación del toreo. Ypara que el mensaje alcance la perfección y eficacia que se le exige a un género periodístico tan peculiar como la crónica taurina es conditio sine qua non que el estilo sea correcto, sugestivo, atrayente... Debe tener un sello estético-literario que la diferencie de los otros discursos periodísticos, y en el que se combinen en perfecta simbiosis la mejor prosa con la jerga propia de la Tauromaquia. Su objetivo último debe estar encaminado a conseguir, como sostuvo Lausberg, «los afectos suaves y tendentes a la captación de la simpatía y del delectare apropiados para ganarse la afición del público de manera duradera, afectos que también aparecen como disposición permanente del alma»(Lausberg, 1996: t.1, 257). Juan Carlos Gil González 40 A estos altos requerimientos se debe un cronista de toros que se precie de ser independiente y atento al juego de intereses que se libra en la batalla taurina cada temporada. Sólo con los aditamentos enunciados, su trabajo podrá soportar el paso del tiempo y convertirse en fuente histórica apropiada para ser consultada, libre de prejuicios ideológicos, y apta para relatar el pasado más inmediato. Con todas las cautelas imprescindibles, la historia del toreo puede aprenderse por las crónicas de toros, y éstas siempre exigen una firma, una voz autorizada que les dé crédito y trascendencia para la posteridad. Pero además, el sentido de las crónicas, entendido según la concepción weberiana, como lo propio de una acción subjetivamente dirigida de modo racional con medios considerados idóneos para los fines, será el que aquilate e inscriba las innovaciones imperecederas que en su día alteraron los paradigmas imperantes en cada época del toreo. No tanto la información en sí (los datos se olvidan rápidamente), sino lo que realmente se desprende cuando el texto es leído y aprehendido por la audiencia es lo que deja poso en la memoria colectiva y lo que nos permite, ahora, ir fraguando la imagen prototípica de los sucesos de la intrahistoria. Estas argumentaciones justifican por sí mismas la tarea de acudir a los periódicos para comprender la crucial labor artística que Manolo Vázquez fue cincelando en los ruedos durante sus treinta dos años de matador de toros. II. MANOLO VÁZQUEZ BAJO EL CRISOL DE LAS CRÓNICAS TAURINAS Analizar cualquier aspecto de la Tauromaquia de Manolo Vázquez entraña una dificultad mayor de la que suele ser habitual si como único sustento contamos con las crónicas taurinas que expresaron lo efímero de su producción artística. Sin embargo, nos proponemos tal propósito para no entrar en colisión ni Manolo Vázquez interpretado por la prensa de su época 41 con las elogiosas biografías de que disponemos ni con la multitud de artículos hagiográficos que vieron la luz cuando la muerte le asestó la última cornada al Brujo de San Bernardo. Nos enfrentamos, pues, a la tarea de calibrar el toreo de un pequeño mito, y para no caer en la nostalgia debemos esforzarnos por escapar de un grave inconveniente: la exaltación apasionada (todo lo que en los ruedos y fuera de ellos hizo Manolo Vázquez ha gozado de un resplandor, a veces justificado, otras exagerado) que es casi inherente a cualquier texto que pretenda remarcar los perfiles de algún personaje público. Una de las descripciones más reveladoras que se hayan dado del ideal poético de belleza la encontramos en un pasaje del diario íntimo de Baudelaire (Baudelaire, 1997), en el que al exponer los rasgos que identifican el rostro de una mujer ve en ellos su belleza «ardiente y triste» adjetivada, a su vez, de «voluptuosidad y amargura». Ese contraste realza su preciosidad. Y precisamente esa contraposición de matices resulta subyugante porque abre una suerte de pasadizo donde se desenvuelve con toda naturalidad la gracia, esa suerte de don divino que adorna el empaque de ciertos toreros. Esa doble composición de lo bello es lo que en el toreo siempre ha resultado excitante, sobre todo, en los toreros de personalidad tan acusada como la de Manolo Vázquez. Torero irregular, de muchos registros, incompleto, corto, pero original, diferente y a ratos sublime. Su forma de interpretar el arte de Cúchares impele por ser capaz de sugerir la existencia de un orden ideal, armónico, supraterrenal..., pero siempre amenazado –a modo de pecado original– de una brizna de incoherencia, de una gota de veneno que fanfarronea con destruir el sistema. Destaca de su toreo la presencia indispensable de un elemento sempiterno e inmutable como el empaque, con otro circunstancial y pasajero, como el toreo enfrontilado con la embestida de la res. La mezcla, en incesante metamorfosis, de estos dos componentes es lo que ha hecho que su Tauromaquia Juan Carlos Gil González 42 1Véase ABC (Madrid); 25 de abril de 1959, pág. 75. pueda ser catalogada como clásica, o lo que es lo mismo, resistente a la acción demoledora de la Historia. Su toreo ha compendiado la habilidad y lo primoroso, lo pesado y lo grácil, la textura arenosa y la delicadeza de la seda... Yestos dos polos antagónicos, que vibran como dos fuerzas vivas, son los que propician que todo pueda desencadenarse para lo excelso y para lo nefasto. El embrujo de Manolo Vázquez –como perfectamente lo definió el poeta sevillano Joaquín Caro Romeroreside en que las bellezas de sus faenas, al no existir sino en función de lo que se destruye y regenera, se presentan con un orden derrocado por el frenesí de una potente tempestad. Su vida taurina ha estado marcada por dos mitades, como su toreo. Recién tomada la alternativa (1951), se inicia la primera en la que van a destacar sus triunfos en la catedral venteña. Apenas si hubo triunfos en el coso maestrante. A veces, no acompañaba la suerte en los sorteos, otras, él no sentía en sus alamares los toquecillos de los duendes del toreo. Más bien se comportaba como un buen profesional que cumple obstinadamente con su obligación. «Tres oficinistas imperfectos fueron Julio Aparicio, Manuel Vázquez y Gregorio Sánchez. No hicieron nada más que andar de acá para allá para que pasara el tiempo, no el toro, que por culpa de sus pocas ganas, unidas a las escasas de los toros, no pasaron una sola vez como tienen que pasar los toros cuando los torea un torero y no un oficinista. (...). Consecuencia: un aburrimiento espantoso. Los oficinistas nos cerraban los ojos. ¡Qué tristeza desprende un oficinista vestido de torero!»1 Uno de los actos más emocionantes del torero durante el desarrollo de la lidia se encuentra en los muletazos iniciales en los que el artista somete y se apodera de la bravura del burel para luego, con su íntima colaboración, encauzar su embestida por los derrote- Manolo Vázquez interpretado por la prensa de su época 43 ros dictaminados por su inteligencia. El toro, que no consigue romper la fragilidad de la carne, se quebranta en la tela que lo burla. Ya desde esos momentos iniciales pueden vislumbrarse los resultados de la faena. Si en esas cinco arrancadas primigenias no hay comunión de conceptos entre toro y torero, muy posiblemente no habrá obra, sobre todo si el protagonista tiene un sello especial. Los artistas no son pegapases cualesquiera, ni unos jornaleros del toreo. No son personas esforzadas ni recurren a mil triquiñuelas para dar pases a embestidas furtivas y nada aptas para la elaboración de lo original. Como se entregan por entero cada tarde en una especie de holocausto por la obra, nunca son capaces de estar a la defensiva. Cuando están incómodos se les nota, cuando no les sale el toro adecuado para embeberlo sutilmente con los repliegues de su muleta suelen tirar por la calle de en medio y poner punto y final. La martingala, el recurso efectista, las miradas indulgentes al tendido, el pase acá y acullá no está en su repertorio. Manolo Vázquez no se encargó de romper con esa visión de acendrada tradición en el planeta de los toros. O era él mismo o no era nada. La metafórica mente de un escritor costumbrista como la del cronista madrileño Antonio Díaz-Cañabate, curtida en mil batallas literarias, lo catalogó como oficinista en varias tardes. La metáfora tiene mucha miga, pues lo compara con ese sufrido trabajador que nunca hace lo que le apetece y que en lugar de contar con un empleo se le obsequia diariamente con un castigo. No acertó plenamente Díaz-Cañabate, mas con la experiencia que dan los años y con la ecuanimidad que da la equidistancia de los hechos, escribió: «El cuarto embistió poco. Manuel Vázquez no intentó que embistiera más. Supongo que estará contento. Ya le han dado en la oficina unas vacaciones. Que hasta su próxima corrida las disfrute con cabal salud. De un pinchazo y una estocada terminó su absolutamente borroso trabajo en la Feria de su pueblo».2 2Véase ABC (Madrid); 26 de abril de 1959, pág. 103. Juan Carlos Gil González 44 Ahora bien, este excepcional escritor de toros también se sintió cautivado por el arte que desgajaba su toreo. Supo ver la llama de fuego auténtico y no de artificio de una muleta impregnada de viveza y empaque. Ese fuego abrasador que calcina el alma, aunque sea por breves instantes. «El arte lo destapó Manolo Vázquez en el primero. Justo tres gotas. Las tres gotas de tres naturales. Ya sabemos que el arte, como todo lo exquisito, no se puede prodigar. La faena, en conjunto, fue reposada, corta, airosa. La terminó una estocada».3 Como puede apreciarse en estos textos seleccionados, esas fueron las cimas y las simas que surcaron la primera etapa como matador de toros de Manolo Vázquez. De un lado, la soberana plasticidad, la belleza inmaculada e inmortal, la intachable sencillez de sus tres naturales, ese perfume inconfundible y diminuto que penetra en el tendido y empapa el ambiente de cualquier plaza de toros con sólo una gota. De otro, lo escorado, lo rutinario, la pesadez, la contraindicación. En esta primera etapa, su toreo condensa la dialéctica de este espectáculo: un violento juego de contrastes, ardiente confrontación de contrarios. Sin embargo, en la segunda etapa se multiplicaron los triunfos. Hubo una revolución de sustitución y permaneció en la mente de todos los aficionados lo inmarchitable de su verdad taurina. Su decir taurómaco adquirió prestancia, su discurso ganó en solera y su dicción fue la de los mejores juglares. Un epílogo de apenas tres años, que al menos le sirvieron al matador para saldar la deuda que tenía contraída con su ciudad. Sevilla, siempre tan barroca, tan dada a los mitos, no se lo puso fácil. Fue severa, rigurosa y, además, estaba entregada a los encantos chinescos y fabuladores de las muñecas de su hermano Pepe Luis, «ese colegial tímido de resplandor triguereño» como lo definió Gerardo Diego. 3Véase ABC (Madrid); 24 de abril de 1964, pág. 59. Manolo Vázquez interpretado por la prensa de su época 45 Al final, la ciudad del Guadalquivir, en su reaparición en el año 1981 y muy especialmente en su magnífica despedida del 12 de octubre de 1983, abrió su templo para que en él oficiara como sumo pontífice uno de los artistas mejor dotados para este trágico ritual de vida y muerte. La delicada y certera prosa de Joaquín Caro Romero captó el impacto de su encantamiento, pues, no Fig. n.º 7.- Natural. Apud Andrés Amorós A. (2005): El toreo de frente. Manolo Vázquez, Madrid, Biblioteca Nueva, f.31. en vano, él lo había rebautizado con el sobrenombre de El Brujo de San Bernardo («fui yo el primero en llamarle así en ABC antes de su reaparición») por la magia de su capote, por el hechizo de sus medias verónicas eternas, por el sortilegio de sus peculiares quites por chicuelinas... Juan Carlos Gil González 52 nas faenas, amenizadas por la música. Pero el acero le jugó una mala pasada, privándole de un seguro corte de oreja. Hasta la quinta agresión no acertó con su primero, brindado a la afición. Al cuarto lo despenó, tras un intento infructuoso, de media y tres golpes de verduguillo. Pero allí quedó escrito su abecedario de buen torear, su magisterio personalísimo de alquimista y brujo. La sencillez, la naturalidad, la gracia, la profundidad. El arte y punto y aparte. En manos de Curro, por obra y sal de su capote, lució nuestra señora la verónica. Cuatro y media repicaron en sus muñecas al recibir al tercero de la tarde. Tesón y aguante derrochó el de Camas con la muleta en su primer oponente. El burel le oponía su resistencia a embestir. En otros tiempos Curro hubiera optado or la vía rápida, pero este Curro de hoy se empeña en demostrarnos su buena voluntad, que él no tiene la culpa cuando un toro no embiste. Por eso insiste, a veces más de la cuenta, como el domingo. Sin esperanza, con convencimiento. Sin embargo, en el quinto –el peor de la corrida. No se confió inclinándose cuerdamente por una leve escaramuza muleteril, que encrespó los ánimos. El morlaco parecía cosido al estribo, donde lo tumbó definitivamente de una entera en todo lo alto. El ganado no dio el buen juego apetecido. Sobre todo en el último tercio. Aceptable de presentación, en general. Segundo, cuarto y quinto entraron tres veces al caballo. Los otros, en dos ocasiones. Luis Arenas destacó en la brega y con los palos. Con el retorno de Manolo Vázquez a los ruedos –el domingo se puso de manifiesto– parece que la fiesta retoma aires de brujería. Brujería que nos introduce en el realismo fantástico, que es como se subtitula un libro que causó gran sensación en el mercado: «El retorno de los brujos». Paso a los brujos, porque de los brujos ha sido siempre el reino del toreo. Joaquín Caro Romero (21 de abril de 1981) Manolo Vázquez interpretado por la prensa de su época 53 Manolo Vázquez salió otra vez por la Puerta del Príncipe. Donde lo dejó Belmonte Hace más de treinta años, cuando Manolo Vázquez era novillero, se decía del Brujo –entonces nadie le decía El brujo de San Bernardo, porque fui yo el primero en llamarle así en ABC antes de su reaparición– que había cogido el toreo donde lo dejó Fig. n.º 9.- En su reaparición Apud Andrés Amorós A. (2005): El toreo de frente. Manolo Vázquez, Madrid, Biblioteca Nueva, f.13. Belmonte. Esto lo cuenta el primer belmontista de la posteridad y, por consiguiente, el primer vazquista, que es Luis Bollaín, en un libro ya inencontrable que publicó en 1959. y el tiempo le dio la razón al torero, al crítico y a una minoría de aficionados de aquellos tiempos reencontrados en el presente. Un presente que, cuando se publiquen estas líneas, será ya un pasado. La corrida de ayer en Sevilla, en la tarde histórica de la despedida de Manolo Vázquez, superó con creces todos los pronósticos acerca de su resultado. Al Brujo no le pudieron rodar mejor las cosas en su adiós definitivo. Decir adiós a una gloriosa profesión saliendo a hombros por la Puerta del Príncipe es un caso sin precedentes. Lástima que yo tenga que escribir tan aceleradamente sobre el toreo que enseñoreó ayer Manolo en la Maestranza. El torea tan despacio, con tanta cadencia y regusto y templada soberanía. El público que abarrotaba la plaza, dedicó al gran maestro una enorme ovación antes que soltaran a su primer toro, en el que ya empezó a dejarse sentir con el percal. Qué dos verónicas, una por el pitón izquierdo y otra por el derecho a pies juntos. Qué difícil es narrar lo que se ofrecía a los ojos como un milagro, que crece y se repite en las tres chicuelinas y media de clamor del quite tras el primer puyazo. El animal sale suelto las tres veces del caballo. Manolo Vázquez realiza su faena a favor de querencia en terrenos de la solanera. La faena justa y medida, la construye sobre la mano derecha. Todo un primor de enjundia torera. Muletazos largos y templados con ligazón y sin enmiendas. Manolo parece que está reapareciendo, no despidiéndose. Estuvo por encima del toro, al que fulmina de una entera. Con su segundo Manolo hizo una faena de ensueño sobre ambas manos, con el aperitivo muleteril de cuatro ayudados, el de pecho y pase cambiado que sembraron el delirio. La música, como el en el toro que abrió plaza, volvió a acompañar la inauguración y el levantamiento de la estatua de la maravilla. Dos series con la derecha y una con la izquierda pusieron el coso a revientacalderas. Luego, media docena de pases con la diestra, con las plantas como atornilladas en el albero, ligando y mandando en trance de inspiración, en la frontera de la irrealidades sublimes, que el toreo, como la vida, es sueño. Y éxtasis. Tirándose a matar muy de verdad, pincha antes de cobrar una entera que basta. Juan Carlos Gil González 54 Manolo Vázquez interpretado por la prensa de su época 55 El penúltimo de la jornada triunfal, brindado a la plaza, presenta dificultades. Manolo cierra su lancear con una excelente media verónica. En el centro del redondel dicta el maestro su lección. Con el engaño en la derecha y citando de frente obtiene muletazos de antología. El entusiasmo y la emoción que se respira son indescriptibles. Manolo obtiene más pases de los que tiene su oponente. Pinchazo y una corta. Manolo recoge la montera. Vierte en ella un puñado de albero. Lo besa. La gente le obliga a salir tres veces a saludar. El maestro llora. Finalmente arrastrado el último toro, el hijo del Brujo, Manuel, le desprende el añadido a su padre, que a continuación es alzado en hombros y paseado por el redondel de sus amores, saliendo de esta guisa por la Puerta del Príncipe. Eran las siete y cuarto de la tarde, mejor dicho, de la noche, pues ya había anochecido. ¿Cuándo amanecerá otra vez en el toreo? Antoñete estuvo hecho un maestro, desde que se abrió de capa para bordar un quite al juampedro lidiado en primer lugar. Dos verónicas y media de gran clase. La actuación de Antonio Chenel, con el peor lote, tuvo sello de alta cátedra. No llegó a cuajar faena en ningún toro, pero dejó constancia de su personalidad y empaque, en destellos constantes de torería. En su primero dejó para el recuerdo algún que otro trincherazo y un monumental pase de pecho. En su segundo, una media de gran plasticidad. En el último, un par de pases de castigo y algún que otro natural largo y parsimonioso. Antoñete hizo las cosas con delectación a veces. A la hora de matar a sus respectivos rivales lo hizo siempre a la segunda agresión y con dignidad. Fue muy ovacionado al abandonar la plaza. El ganado (se lidiaron toros de cuatro hierros) estuvo discretamente presentado, en líneas generales, y predominó la nobleza. Muy bueno para la muleta el del hierro de Manolo González, aunque se empleó poco las cuatro veces que fue al caballo y salió suelto. Los dos peores fueron los lidiados en cuarto y quinto luga- Juan Carlos Gil González 56 res (de Núñez Moreno de Guerra). Los dos juampedros y el González Sánchez-Dalp, cumplieron. El segundo de Antoñete fue manso y descastado y el tercero de Vázquez, muy falto de trapío, demasiado chico. Tarde inenarrable, donde Manolo Vázquez se despidió y nos despidió del toreo que había cogido hace más de treinta años donde lo dejó Belmonte. Joaquín Caro Romero. (13 de octubre de 1983) Manolo Vázquez interpretado por la prensa de su época 57 BIBLIOGRAFÍA Baudelaire, Ch (1997): Las flores del mal. Madrid, Cátedra. Davara, J. (1991): “Profesionales de la comunicación” en Diccionario de Ciencias y Técnicas de la Comunicación. Madrid, Paulinas. Gomis, L. (1991): Teoría del periodismo. Cómo se forma el presente. Barcelona, Paidós. Laín Entralgo, P. (1999): “Prólogo” en Corrochano, G. Tauromaquia. Madrid, Espasa. Lausberg, H. (1996): Manual de retórica literaria. Fundamentos de una ciencia de la literatura. Madrid, Gredos, Dos tomos.