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El resplandor de Ignacio Sánchez Mejías : evocación

Muñoz Rojas, José Antonio

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Revista de Estudios Taurinos N.º 11, Sevilla, 2000, págs. 219-230 El RESPLANDOR DE IGNACIO SÁNCHEZ MEJÍAS: EVOCACIÓN José Antonio Muñoz Rojas1 e visto a Ignacio Sánchez Mejías con mis ojos de doce o catorce años. ¿En la plaza de Antequera a donde nos llevaba mi padre las corridas de agosto? ¿Con Rafael el Gallo que esperaba al toro sentado en una silla de anea en medio del ruedo? ¿Sueño? ¿Dónde están las fronteras de la evocación y del sueño? ¿Alternando con Juan Belmonte y Saleri? ¿Sigo soñando? Ignacio de blanco y negro encerrándose en tablas para plantar un par de banderillas al toro como Dios manda y que él tan bien hacía. No creo que sueñe. Habría que repasar los carteles de toros de los años veinte y ver en los que aparecía toreando Ignacio Sánchez Mejías. Desde entonces a esta conmemoración van más de sesenta años ¿Qué queda sino el recuerdo, más bien el resplandor del hombre, de la plaza y de la ocasión? Y este hijo, de aquel gran aficionado que fue mi padre y que me llevaba a los toros. Mucho tengo que agradecer a los organizadores de estos cursos de la Fundación de Estudios Taurinos y muy singularmente a mi buen amigo Pedro Romero de Solís por haberse acordado de mí para intervenir en ellos, siquiera sea con la brevedad y falta de conocimiento que seguidamente 1En 1998 recibió el premio Góngora de poesía, y, en 1999, el Nacional. He dicho que de este personaje Ignacio Sánchez Mejías sólo me llega lo que fundamentalmente queda de los héroes: su resplandor, del que se excluyen las muchas alambicadas interpretaciones a que tan aficionados fueron sus amigos y exégetas taurinos del veintisiete a cuyo frente figura el más singular de todos y su corifeo, Pepe Bergamín. Por resplandor entiendo algo que no expresa enteramente el diccionario, porque, más que luz, es la perennidad de una luz que sigue dejando un hombre cuyas acciones se perpetúan más allá de su existencia. ¿No habéis reparado que, entre las cualidades que añaden algo único a las facciones de una mujer guapa, hay una que como no se llame resplandor no hay otra manera de llamarla? Hay mujeres en las que el encanto de su rostro está respaldado por algo que no consiste en la mera perfección y regularidad de sus rasgos sino que está en ellos y produce una luz indefinible, que es más que gesto y sonrisa, una luz que les sale de dentro. Pensaréis que me estoy yendo por las ramas, como en efecto me estoy por haberme metido en berengenales de los que poco entiendo y menos qué decir, pero he dado con una palabra que viene bien a mi propósito y nos ayudará a entender algo de este personaje para los que se han convocado los excelentes intérpretes que figuran en el programa de estos cursos y lo harán cumplidamente. Por eso yo, más que memoria literaria, llamaría a esta pequeña disertación el resplandor de Ignacio Sánchez Mejías. Porque de la memoria escapa algo consustancial que no consiste en el relato de la pura acción, del puro gesto, sino del eco diría de ese conjunto de hechos y rasgos singulares de las personalidades que rozan con lo mítico como es el caso de Ignacio Sánchez Mejías. El resplandor de Ignacio Sánchez Mejías: Evocación 221 vais a ver. He tenido siempre la suerte de contar con buenos amigos en Sevilla, una larga tradición desde los tiempos de Mediodía y de Joaquín Romero Murube, entonces redactor de aquel Correo de Andalucía que se vendía con veinticuatro horas de retraso, de madrugada, en la Punta del Diamante. «¡Qué bueno viene el Correo!» proclamaba la vieja vendedora en sus aledaños. De oficial del Ayuntamiento pasó Joaquín a la alcaldía del Alcázar en aquel turbulento año de 1931. Fue gracias a sus muchas habilidades y al amparo de las autoridades republicanas de entonces, claro que renunciando al precioso título de alcaide de los Reales Alcázares y pasando a ser sólo un mero conservador de los mismos. Perdonad esta digresión, pero hay nombres que pisar Sevilla y venírsenos a las mientes es todo uno. La historia de los avatares que mantuvieron a Joaquín como conservador perpetuo del Alcázar es una de las más señaladas en los anales de esta ciudad. Ya sé que no es de esto de lo que se me ha invitado a hablaros sino del enunciado que figura en el programa, “Sánchez Mejías y la memoria literaria”. No siendo un gran aficionado a los toros, sino un seguidor constante e interesado de ellos, me encierro, por segunda vez, en este ruedo sevillano para decir algo de lo que sólo me llega el resplandor: de un torero singular y de sus concomitancias literarias, singulares también. La otra vez que rocé estos temas taurinos fue pregonando a alguien que pudiera estar aquí y hacerlo ahora mejor y con más gracia que yo2. José Antonio Muñoz Rojas 220 2 El autor presentó a Rafael Atienza, marqués de Salvatierra y teniente de Hermano Mayor de la Real Maestranza de Caballería de Ronda cuando pronunció el Pregón Taurino de 1997, en el Teatro Lope de Vega de Sevilla (Nota del Director). He dicho que de este personaje Ignacio Sánchez Mejías sólo me llega lo que fundamentalmente queda de los héroes: su resplandor, del que se excluyen las muchas alambicadas interpretaciones a que tan aficionados fueron sus amigos y exégetas taurinos del veintisiete a cuyo frente figura el más singular de todos y su corifeo, Pepe Bergamín. Por resplandor entiendo algo que no expresa enteramente el diccionario, porque, más que luz, es la perennidad de una luz que sigue dejando un hombre cuyas acciones se perpetúan más allá de su existencia. ¿No habéis reparado que, entre las cualidades que añaden algo único a las facciones de una mujer guapa, hay una que como no se llame resplandor no hay otra manera de llamarla? Hay mujeres en las que el encanto de su rostro está respaldado por algo que no consiste en la mera perfección y regularidad de sus rasgos sino que está en ellos y produce una luz indefinible, que es más que gesto y sonrisa, una luz que les sale de dentro. Pensaréis que me estoy yendo por las ramas, como en efecto me estoy por haberme metido en berengenales de los que poco entiendo y menos qué decir, pero he dado con una palabra que viene bien a mi propósito y nos ayudará a entender algo de este personaje para los que se han convocado los excelentes intérpretes que figuran en el programa de estos cursos y lo harán cumplidamente. Por eso yo, más que memoria literaria, llamaría a esta pequeña disertación el resplandor de Ignacio Sánchez Mejías. Porque de la memoria escapa algo consustancial que no consiste en el relato de la pura acción, del puro gesto, sino del eco diría de ese conjunto de hechos y rasgos singulares de las personalidades que rozan con lo mítico como es el caso de Ignacio Sánchez Mejías. El resplandor de Ignacio Sánchez Mejías: Evocación 221 vais a ver. He tenido siempre la suerte de contar con buenos amigos en Sevilla, una larga tradición desde los tiempos de Mediodía y de Joaquín Romero Murube, entonces redactor de aquel Correo de Andalucía que se vendía con veinticuatro horas de retraso, de madrugada, en la Punta del Diamante. «¡Qué bueno viene el Correo!» proclamaba la vieja vendedora en sus aledaños. De oficial del Ayuntamiento pasó Joaquín a la alcaldía del Alcázar en aquel turbulento año de 1931. Fue gracias a sus muchas habilidades y al amparo de las autoridades republicanas de entonces, claro que renunciando al precioso título de alcaide de los Reales Alcázares y pasando a ser sólo un mero conservador de los mismos. Perdonad esta digresión, pero hay nombres que pisar Sevilla y venírsenos a las mientes es todo uno. La historia de los avatares que mantuvieron a Joaquín como conservador perpetuo del Alcázar es una de las más señaladas en los anales de esta ciudad. Ya sé que no es de esto de lo que se me ha invitado a hablaros sino del enunciado que figura en el programa, “Sánchez Mejías y la memoria literaria”. No siendo un gran aficionado a los toros, sino un seguidor constante e interesado de ellos, me encierro, por segunda vez, en este ruedo sevillano para decir algo de lo que sólo me llega el resplandor: de un torero singular y de sus concomitancias literarias, singulares también. La otra vez que rocé estos temas taurinos fue pregonando a alguien que pudiera estar aquí y hacerlo ahora mejor y con más gracia que yo2. José Antonio Muñoz Rojas 220 2 El autor presentó a Rafael Atienza, marqués de Salvatierra y teniente de Hermano Mayor de la Real Maestranza de Caballería de Ronda cuando pronunció el Pregón Taurino de 1997, en el Teatro Lope de Vega de Sevilla (Nota del Director). alguna vez expresó. Claro que eso no implicó la renuncia a ese más y más que fue su vida y su tragedia. Entiendo por memoria literaria los recuerdos que dejó entre los escritores amigos y los testimonios que éstos le tributaron a su muerte. Andrés Amorós ha recogido los más importantes de aquéllos, el de Joaquín Romero Murube (otra de mis penas y mis ocasiones perdidas no haberlo recogido de sus mismos labios). Las cuatro pinceladas con las que nos lo presenta son en su brevedad bien sugeridoras de la actitud vital de Ignacio Sánchez Mejías, algo entre el desdén y la elegancia, la ironía y la perpetua inquietud. Aquella gran procesión que le iba siempre por dentro y no le dejaba parar. Quizá lo que se hubiera avenido mejor a su ambición y sus condiciones fuese el ejercicio de la política y en la que no llegó a ser ese posible diputado a Cortes que vislumbró algún amigo. Sobre todo en los años decisivos que le tocó vivir y morir en una España que era un caldero hirviendo de pasiones y presagios. Para la ambición de Ignacio Sánchez Mejías, nos parece escaso el mundo de los toros, a pesar de sus muchas apariencias. Héroe como se sentía sólo quizás en el poder y en sus vastos ámbitos existían faenas de más largo alcance y de fama más perdurable. Esta es una de las cuestiones que con más insistencia se me han planteado en la consideración de este hombre. Tal vez la sombra cercana de su cuñado Joselito y su amigo Belmonte, los grandes héroes taurinos de la época, lo acercaron inevitablemente a los toros, pesó en él más la tentación del riesgo, el abismo del peligro. Carecía evidentemente de la virtud del saber esperar y la paciencia necesaria a cualquier acción política. Hombre de urgencias que exigían satisfaccioEl resplandor de Ignacio Sánchez Mejías: Evocación 223 Muchas cosas he perdido en mi vida, no sólo objetos, que eso es hasta conveniente a veces, sino ocasiones, y una de ellas es no haber tratado personalmente a Ignacio Sánchez Mejías. Separados por la edad no lo estábamos tanto como unidos por nuestros amigos comunes que tan decisivos fueron en su vida, los que figuran en la famosa fotografía del Ateneo sevillano con la excepción de alguno de ellos. Tales fueron Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Pedro Salinas y Jorge Guillén. Leyendo ahora la excelente, aunque breve para mi gusto, biografía de mi amigo Andrés Amorós, y los testimonios que trae a colación, me doy cuenta de lo asequible que hubiera sido Ignacio para mí. El libro de las ocasiones perdidas es más extenso que el de las ganadas, unas veces por timidez, las más por desidia, o falta de tiempo y lugares coincidentes. Quizás halla supuesto para mi edificación y mi goce no conocer en vida a Antonio Machado, compensado de sobra con el continuo trato y amistad en su poesía a lo largo de mis muchos años. Fue Ignacio Sánchez Mejías singular en todo. Fue singular en vida aunque no llegara a colmar sus infinitos empeños. Hombre de ganas infinitas, ningún deseo, ninguna voluntad le fue ajena. Batallador y empecinado, se volcó en inútiles polémicas y en persistir en una profesión para la que, en aquel momento, no estaba ni física ni moralmente preparado y que le llevó a su fin. Su soberbia aparece un tanto atenuada por la humildad con que aceptó papeles subalternos, peón y banderillero al lado de los grandes maestros. También como en el caso de Federico García Lorca había un trasfondo de melancolía, de ese gran solitario que todo triunfador lleva consigo y que advirtieron sus amigos y familiares, esa nostalgia de ternura que José Antonio Muñoz Rojas 222 alguna vez expresó. Claro que eso no implicó la renuncia a ese más y más que fue su vida y su tragedia. Entiendo por memoria literaria los recuerdos que dejó entre los escritores amigos y los testimonios que éstos le tributaron a su muerte. Andrés Amorós ha recogido los más importantes de aquéllos, el de Joaquín Romero Murube (otra de mis penas y mis ocasiones perdidas no haberlo recogido de sus mismos labios). Las cuatro pinceladas con las que nos lo presenta son en su brevedad bien sugeridoras de la actitud vital de Ignacio Sánchez Mejías, algo entre el desdén y la elegancia, la ironía y la perpetua inquietud. Aquella gran procesión que le iba siempre por dentro y no le dejaba parar. Quizá lo que se hubiera avenido mejor a su ambición y sus condiciones fuese el ejercicio de la política y en la que no llegó a ser ese posible diputado a Cortes que vislumbró algún amigo. Sobre todo en los años decisivos que le tocó vivir y morir en una España que era un caldero hirviendo de pasiones y presagios. Para la ambición de Ignacio Sánchez Mejías, nos parece escaso el mundo de los toros, a pesar de sus muchas apariencias. Héroe como se sentía sólo quizás en el poder y en sus vastos ámbitos existían faenas de más largo alcance y de fama más perdurable. Esta es una de las cuestiones que con más insistencia se me han planteado en la consideración de este hombre. Tal vez la sombra cercana de su cuñado Joselito y su amigo Belmonte, los grandes héroes taurinos de la época, lo acercaron inevitablemente a los toros, pesó en él más la tentación del riesgo, el abismo del peligro. Carecía evidentemente de la virtud del saber esperar y la paciencia necesaria a cualquier acción política. Hombre de urgencias que exigían satisfaccioEl resplandor de Ignacio Sánchez Mejías: Evocación 223 Muchas cosas he perdido en mi vida, no sólo objetos, que eso es hasta conveniente a veces, sino ocasiones, y una de ellas es no haber tratado personalmente a Ignacio Sánchez Mejías. Separados por la edad no lo estábamos tanto como unidos por nuestros amigos comunes que tan decisivos fueron en su vida, los que figuran en la famosa fotografía del Ateneo sevillano con la excepción de alguno de ellos. Tales fueron Vicente Aleixandre, Dámaso Alonso, Pedro Salinas y Jorge Guillén. Leyendo ahora la excelente, aunque breve para mi gusto, biografía de mi amigo Andrés Amorós, y los testimonios que trae a colación, me doy cuenta de lo asequible que hubiera sido Ignacio para mí. El libro de las ocasiones perdidas es más extenso que el de las ganadas, unas veces por timidez, las más por desidia, o falta de tiempo y lugares coincidentes. Quizás halla supuesto para mi edificación y mi goce no conocer en vida a Antonio Machado, compensado de sobra con el continuo trato y amistad en su poesía a lo largo de mis muchos años. Fue Ignacio Sánchez Mejías singular en todo. Fue singular en vida aunque no llegara a colmar sus infinitos empeños. Hombre de ganas infinitas, ningún deseo, ninguna voluntad le fue ajena. Batallador y empecinado, se volcó en inútiles polémicas y en persistir en una profesión para la que, en aquel momento, no estaba ni física ni moralmente preparado y que le llevó a su fin. Su soberbia aparece un tanto atenuada por la humildad con que aceptó papeles subalternos, peón y banderillero al lado de los grandes maestros. También como en el caso de Federico García Lorca había un trasfondo de melancolía, de ese gran solitario que todo triunfador lleva consigo y que advirtieron sus amigos y familiares, esa nostalgia de ternura que José Antonio Muñoz Rojas 222 El resplandor de Ignacio Sánchez Mejías: Evocación 225 nes inmediatas y resonantes. El toreo era, en su tiempo, lo heroico. «Si Ignacio hubiera cumplido los veinte años en 1918, hubiera sido cualquier cosa heroica y difícil, todo menos torero»; tal fue el juicio de Joaquín Romero Murube. Nos dice Joaquín Romero Murube que Ignacio no podía cantar, ni escribir versos, de ahí aquella intemperancia que muchos le reprochaban. Fue en la plaza, sobre todo, donde brilló su genialidad. No fue el torero de su generación, mejor representada por Belmonte aunque los amigos de éste pertenecieran más bien a la generación anterior, la de Pérez de Ayala y Ortega. Lo que sí es singular es la integración y coincidencia de la figura de este torero, de un muy especial perfil, con un grupo de profesores y poetas de lo más vario y valioso que se haya dado en las letras españolas, en cuanto a su calidad misma y aportaciones personales y por los lazos de amistad auténtica que los unieron. Ahora que se están publicando los epistolarios de muchos de ellos es conmovedora su relación personal, con alguna inevitable excepción. Caso raro en la tradición española de despiadadas guerras literarias entre sus más insignes miembros. Aun sin haber mediado la trágica circunstancia de su muerte, el nombre de Ignacio Sánchez Mejías hubiera estado siempre asociado con la gentes del 27, no simplemente por razones literarias sino por la irradiación desbordante de su personalidad, su simpatía y por su generosidad sin par. La expresión, el gesto, con que aparece en esa fotografía, entre Salinas y Guillén, ladeado el sombrero (el único que lo lleva), es la de un hombre a gusto en un mundo que considera propio (Fig. n.º 8). Por eso, para mí es sorprendente el testimonio tan negativo de Hemingway: «Siempre respeté su valor con los palos y su insolencia. No me gusta como torero, ni José Antonio Muñoz Rojas 224 Lám. n.º 29.– Ignacio es trasladado por el callejón a la enfermería. Llevado en ambulancia a Madrid falleció al día siguiente. Era lunes 13 de agosto de 1934. Sánchez Mejías. ¡Qué gran torero en la plaza! Fue enterrado en el cementerio de San Fernando de Sevilla en el mismo mausoleo de Joselito el Gallo (archivo familiar). El resplandor de Ignacio Sánchez Mejías: Evocación 225 nes inmediatas y resonantes. El toreo era, en su tiempo, lo heroico. «Si Ignacio hubiera cumplido los veinte años en 1918, hubiera sido cualquier cosa heroica y difícil, todo menos torero»; tal fue el juicio de Joaquín Romero Murube. Nos dice Joaquín Romero Murube que Ignacio no podía cantar, ni escribir versos, de ahí aquella intemperancia que muchos le reprochaban. Fue en la plaza, sobre todo, donde brilló su genialidad. No fue el torero de su generación, mejor representada por Belmonte aunque los amigos de éste pertenecieran más bien a la generación anterior, la de Pérez de Ayala y Ortega. Lo que sí es singular es la integración y coincidencia de la figura de este torero, de un muy especial perfil, con un grupo de profesores y poetas de lo más vario y valioso que se haya dado en las letras españolas, en cuanto a su calidad misma y aportaciones personales y por los lazos de amistad auténtica que los unieron. Ahora que se están publicando los epistolarios de muchos de ellos es conmovedora su relación personal, con alguna inevitable excepción. Caso raro en la tradición española de despiadadas guerras literarias entre sus más insignes miembros. Aun sin haber mediado la trágica circunstancia de su muerte, el nombre de Ignacio Sánchez Mejías hubiera estado siempre asociado con la gentes del 27, no simplemente por razones literarias sino por la irradiación desbordante de su personalidad, su simpatía y por su generosidad sin par. La expresión, el gesto, con que aparece en esa fotografía, entre Salinas y Guillén, ladeado el sombrero (el único que lo lleva), es la de un hombre a gusto en un mundo que considera propio (Fig. n.º 8). Por eso, para mí es sorprendente el testimonio tan negativo de Hemingway: «Siempre respeté su valor con los palos y su insolencia. No me gusta como torero, ni José Antonio Muñoz Rojas 224 Lám. n.º 29.– Ignacio es trasladado por el callejón a la enfermería. Llevado en ambulancia a Madrid falleció al día siguiente. Era lunes 13 de agosto de 1934. Sánchez Mejías. ¡Qué gran torero en la plaza! Fue enterrado en el cementerio de San Fernando de Sevilla en el mismo mausoleo de Joselito el Gallo (archivo familiar). mos Alberti. Carecen a mi juicio del hondo sentido trágico que tuvo la corrida de Manzanares. Sólo lo consiguió plenamente el Llanto de Federico García Lorca. A estas alturas las dos muertes, las de Ignacio y Federico parecen más alejadas de lo que estuvieron en realidad. Sólo un par de años, los que van de agosto de 1934 a julio de 1936. Dos muertes apenas separadas por el tiempo y concomitantes en su dramática realidad y, sin embargo, distantes en sus motivaciones y circunstancias. Coincidentes el poeta y el torero en sus glorias bien ganadas y en las predestinaciones comunes de sus muertes. Las separaron la aceptación de algo perseguido en el caso de Ignacio, al de una ignominia sin justificación posible en el de Federico García Lorca. Dándole tiempo a éste de componer una de las dos, con la de Jorge Manrique, más hermosas elegías del castellano. El derecho a la propia muerte es lo más sagrado que tiene la vida. Cada uno nace con su muerte, negársela como a García Lorca excede los límites del crimen. Hacía mucho tiempo que no releía el Llanto de García Lorca. Ahora lo he vuelto a releer por este motivo. Suelo decir que la lectura de la poesía requiere un estado de gracia como me advirtió hace muchos años mi amigo Moreno Villa. Nunca se nos acaban de desvelar los misterios y sentidos del poema. He hecho una experiencia con el Llanto: leer “La cogida y la muerte” suprimiendo, salvo en la primera parte y la final, el ritornelo como innecesario. No lo era en absoluto. ¡Qué bien sabía el poeta lo que hacía! Ese redoble de la hora era imprescindible para la apoyatura de las alusiones directas y las metáforas: «el viento se llevó los algodones», «en las esquinas grupos de silencio», y «el toro solo corazón arriba» «trompa de lirios por las verdes ingles». Para acabar con la El resplandor de Ignacio Sánchez Mejías: Evocación 227 como banderillero, ni como hombre». Durísimo juicio que cita Amorós. Cualquiera hubiera dicho lo contrario. ¿Por qué fue torero? Quizá porque en su tiempo y circunstancia no había otro campo en el que pudiera desarrollar sus posibilidades vitales más que en el toreo. Ni por situación social ni por tradición directa, como es lo frecuente, estaba llamado a serlo. Sólo en la tentación irresistible del riesgo y la gloria, y la necesidad inmediata de que, únicamente, en el cauce heroico del toreo cabía volcar el caudal de sus ansias infinitas de ser. Algo que le era consustancial, el ahínco de sobresalir y afirmarse. Tuvo siempre una cita con el abismo del peligro. Y la urgencia de afrontarlo. No cabe imaginar un Ignacio Sánchez Mejías, longevo y aburguesado, rematando su vida más que como la remató. Incluso hubiera completado más su perfil humano muriendo de una cornada fulminante, que es la que merecía su inmenso corazón, no la muerte arrastrada y lenta que le fue dada. De los numerosos tributos poéticos publicados a la muerte de Ignacio Sánchez Mejías hay un cierto número de ellos que, leídos con la perspectiva de ahora, cincuenta años después, se evidencia el paso de los años y el sello del momento en que fueron escritos. Y eso a pesar de que, entre los autores, figuran los más insignes poetas de la generación. Conservan la maestría y su buen hacer poético, el reflejo y la admiración que les producía su héroe. Ni en la breve reseña de Andrés Amorós ni en la referencia del Cossío faltan ninguno de los nombres esenciales de la generación. Gerardo, Miguel Hernández, Rafael Alberti. Gerardo Diego, el más conocedor y auténtico aficionado, no aparece aquí en un momento de su gran excelencia lírica. No digaJosé Antonio Muñoz Rojas 226 mos Alberti. Carecen a mi juicio del hondo sentido trágico que tuvo la corrida de Manzanares. Sólo lo consiguió plenamente el Llanto de Federico García Lorca. A estas alturas las dos muertes, las de Ignacio y Federico parecen más alejadas de lo que estuvieron en realidad. Sólo un par de años, los que van de agosto de 1934 a julio de 1936. Dos muertes apenas separadas por el tiempo y concomitantes en su dramática realidad y, sin embargo, distantes en sus motivaciones y circunstancias. Coincidentes el poeta y el torero en sus glorias bien ganadas y en las predestinaciones comunes de sus muertes. Las separaron la aceptación de algo perseguido en el caso de Ignacio, al de una ignominia sin justificación posible en el de Federico García Lorca. Dándole tiempo a éste de componer una de las dos, con la de Jorge Manrique, más hermosas elegías del castellano. El derecho a la propia muerte es lo más sagrado que tiene la vida. Cada uno nace con su muerte, negársela como a García Lorca excede los límites del crimen. Hacía mucho tiempo que no releía el Llanto de García Lorca. Ahora lo he vuelto a releer por este motivo. Suelo decir que la lectura de la poesía requiere un estado de gracia como me advirtió hace muchos años mi amigo Moreno Villa. Nunca se nos acaban de desvelar los misterios y sentidos del poema. He hecho una experiencia con el Llanto: leer “La cogida y la muerte” suprimiendo, salvo en la primera parte y la final, el ritornelo como innecesario. No lo era en absoluto. ¡Qué bien sabía el poeta lo que hacía! Ese redoble de la hora era imprescindible para la apoyatura de las alusiones directas y las metáforas: «el viento se llevó los algodones», «en las esquinas grupos de silencio», y «el toro solo corazón arriba» «trompa de lirios por las verdes ingles». Para acabar con la El resplandor de Ignacio Sánchez Mejías: Evocación 227 como banderillero, ni como hombre». Durísimo juicio que cita Amorós. Cualquiera hubiera dicho lo contrario. ¿Por qué fue torero? Quizá porque en su tiempo y circunstancia no había otro campo en el que pudiera desarrollar sus posibilidades vitales más que en el toreo. Ni por situación social ni por tradición directa, como es lo frecuente, estaba llamado a serlo. Sólo en la tentación irresistible del riesgo y la gloria, y la necesidad inmediata de que, únicamente, en el cauce heroico del toreo cabía volcar el caudal de sus ansias infinitas de ser. Algo que le era consustancial, el ahínco de sobresalir y afirmarse. Tuvo siempre una cita con el abismo del peligro. Y la urgencia de afrontarlo. No cabe imaginar un Ignacio Sánchez Mejías, longevo y aburguesado, rematando su vida más que como la remató. Incluso hubiera completado más su perfil humano muriendo de una cornada fulminante, que es la que merecía su inmenso corazón, no la muerte arrastrada y lenta que le fue dada. De los numerosos tributos poéticos publicados a la muerte de Ignacio Sánchez Mejías hay un cierto número de ellos que, leídos con la perspectiva de ahora, cincuenta años después, se evidencia el paso de los años y el sello del momento en que fueron escritos. Y eso a pesar de que, entre los autores, figuran los más insignes poetas de la generación. Conservan la maestría y su buen hacer poético, el reflejo y la admiración que les producía su héroe. Ni en la breve reseña de Andrés Amorós ni en la referencia del Cossío faltan ninguno de los nombres esenciales de la generación. Gerardo, Miguel Hernández, Rafael Alberti. Gerardo Diego, el más conocedor y auténtico aficionado, no aparece aquí en un momento de su gran excelencia lírica. No digaJosé Antonio Muñoz Rojas 226