Semana Santa: una mirada extranjera
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195 SEMANA SANTA: UNA MIRADA EXTRANJERA Por Juan Lamillar*1 Que, aparte de su profunda significación religiosa, la Semana Santa de Sevilla es una fiesta de los sentidos, como mandan los cánones barrocos, es una realidad innegable. Y en no pocas ocasiones, para comprenderla es necesaria la alianza entre algunos de ellos. Es conocida y certera la frase de Stravinsky, que la vivió en 1921, cuando, viendo la cofradía de San Bernardo en la Puerta de la Carne, al escuchar cómo le tocaban “Soleá, dame la mano” a la Virgen del Refugio, le comentó a Diaghilev: “Estoy escuchando lo que veo y estoy viendo lo que escucho”. Música y pintura han sabido atrapar a lo largo de varios siglos toda la riqueza y complejidad de la fiesta, pero no es menos cierto que también la cantidad de páginas escritas resulta abrumadora: poesía, novela, libros de viajes, reportajes y artículos periodísticos, interpretaciones de variada índole… Numerosos son los escritores que han dado testimonio (algunos, falso testimonio) de la Semana Santa sevillana. Por supuesto, muchos son nacidos o residentes en la ciudad. Otros, de diversas provincias españolas, pero quizá los que más sorprendan por su visión de la ciudad y sus fiestas, dentro muchas veces de su visión sobre España, son los autores extranjeros. Aunque abundan libros y visiones en los siglos anteriores, comienzo esta apresurada síntesis * Texto leído por el autor en la mesa redonda organizada por esta Academia y la Fundación Cajasol, en paralelo con la exposición In nomine Dei. Minervae Baeticae. Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2ª época, 49, 2021, pp. 195–199
196 en el XIX, con la temprana invasión francesa y con el auge de los viajes por Andalucía, sobre todo de franceses e ingleses, origen de una producción literaria ininterrumpida desde entonces. Antoine de Latour fue, como secretario del duque de Montpensier, que había instalado su corte en el palacio de San Telmo, un gran conocedor de la ciudad. En su libro Sevilla y Andalucía, de 1855, nos deja un apunte crítico: ”La gran preocupación de los habitantes de Sevilla son las cofradías, sus reuniones y asambleas conjuntas que, desgraciadamente, tienen como fin no unir sus plegarias, sus buenas obras y establecer piadosas relaciones, sino simplemente el deseo de triunfar sobre el vecino. La emulación de la vanidad ha reemplazado a la fe…” En 1862 tiene lugar el viaje por España del barón Charles de Davillier y del célebre ilustrador Gustavo Doré, que dará lugar a un libro muy difundido, gracias a la compenetración entre texto y grabados. Algunos pasajes dan una visión tópica: “muchos penitentes enmascarados y cubiertos de cogullas, ofrecen un extraño espectáculo, casi lúgubre; es como un vestigio de los autos de fe de la Inquisición.” Eugene Poitou en su Viaje por Andalucía, en el año 1866 y tras ensalzar las grandes ceremonias de la Semana Santa italiana, dibuja también una impresión bastante superficial de la hispalense, como varios de sus compatriotas: en la Semana Santa “todo respira más alegría que recogimiento”. En resumen, más espectáculo que penitencia. En 1898, un año tan conflictivo para las relaciones entre España y los Estados Unidos, el corresponsal internacional y luego diplomático en Madrid, Stephen Bonsal, publica en The Century Magazine un largo artículo sobre la Semana Santa, que había vivido en 1895, cuando aún la Catedral estaba llena de andamios para la reconstrucción del cimborrio que se desplomó en 1888. Incluso reproduce en el artículo la partitura de “la marcha fúnebre de cuatrocientos años de antigüedad” que acompaña en la Madrugá al Nazareno del Silencio: fagot, oboe, clarinete…” ¿Cómo no recordar que Luis Cernuda, en el exacto y sugerente “Luna llena en Semana Santa”, sigue oyendo desde su exilio, no el fulgor de una banda, sino los clarines, las flautas, los oboes…? No faltan los sudamericanos, como vemos en este trío de autores, que presentan sus visiones en géneros distintos. 196 SEMANA SANTA: UNA MIRADA EXTRANJERA
197 El uruguayo Carlos Reyles publicó en 1922 El embrujo de Sevilla, de tema taurino, pero en la que no falta una descripción de la Semana Santa y de sus “pasos resplandecientes de luces, oros y joyas, resguardados por delante y por detrás de una doble fila de nazarenos de túnicas, capas y antifaces blancos, celestes, morados, negros. Estos tétricos enmascarados llevaban en la diestra enguantada un grueso blandón encendido y avanzaban solemnemente chorreando cera”. Oliverio Girondo, argentino, escribe en 1923 un largo poema en prosa, “Semana Santa”, recogido en su libro Calcomanías, cuyo enfoque es original y cercano a la greguería. Su tono humorístico tiene a veces leves toques de irreverencia. Los aguafuertes de Roberto Arlt, argentino también, no desmerecen de su nombre, y en las crónicas que recogen los Aguafuertes españoles, de 1935, nos presenta una visión popular y algo truculenta de una fiesta religiosa que convierte a la ciudad en escaparate, y en la que los nazarenos figuran como astrólogos y los costaleros “como bueyes humanos, con la cabeza a semejanza de sarracenos, envuelta en un turbante de toallas”, mientras que las imágenes de los pasos van “vestidas como ídolos asiáticos”. François Carco, bohemio y bronco, escribió Ocho días en Sevilla, en 1929, incluido el mismo año en Primaveras de España. Le sirvió de cicerone Juan Laffita, que también lo había sido de Stravinsky y Diaghilev. Pero a Carco, además de las procesiones, le interesan tabernas y burdeles, resaltando lo más vulgar. Incluso el Jueves Santo visita las iglesias acompañado por dos prostitutas. En sus páginas, que acentúan lo pagano, encontramos estampas exageradas: costaleros borrachos, pasos bamboleantes o abandonados, nazarenos discutiendo quién tiene que entrar antes en la carrera oficial (una estampa que ya había aparecido en Latour y que se repetirá en Michener). En los años cincuenta destacan varias obras francesas y la que abre la década, en 1951, es una novela de Paul Morand, buen conocedor de la ciudad debido a sus prolongadas estancias y a su amistad con Romero Murube, al que le pregunta por carta detalles para sus descripciones. El flagelante de Sevilla tiene como fondo la invasión napoleónica: un señorito afrancesado sevillano tiene que marchar al exilio después de la derrota francesa, pero promete 197JUAN LAMILLAR
198 volver a Sevilla de incógnito para salir como penitente en la Madrugá como castigo a su “traición”. En 1953, Brassai publica un reportaje fotográfico en Haper’Bazaar, con textos de Dominique Aubier, que se convertirá el año siguiente en el libro Sevilla en fiestas, con prólogo de otro francés enamorado de España, Henri de Montherlant, que también se asomó a la Semana Santa en su novela Los bestiarios. Las fotos de Brassai acompañan ese contraste que se da entre la Semana Santa y la Feria: “Después de la lúgubre procesión de capirotes, después de los agonizantes y los flagelados, de los lamentos y las marchas fúnebres, llega el estallido de la feria….” Después de algunas de estas visiones que, en general, se quedan en el asombro, el tópico y (casi) en el escarnio, nos encontramos con una obra que, desde esa mirada otra, profundiza en el fondo y en la forma de la fiesta. Se trata de La pasión según Sevilla, publicada por Joseph Peyré en 1953. Ningún escritor extranjero ha sabido comprender tan acertadamente la complejidad de la fiesta. Peyré vive la Semana Santa en la calle y sus páginas ofrecen crónica y análisis. Nos mete en los talleres de los imagineros, las bordadoras y los artesanos, en los cabildos de las hermandades. Y se da cuenta de que la Semana Santa “no está hecha para los visitantes. Ella no necesita de ellos. Sevilla se da a sí misma el espectáculo de la Pasión”. Describe las procesiones y, tras dejar a la Soledad en San Lorenzo, se abre el capítulo (que tan amargamente estamos conociendo ahora) de la espera. “¿Un año, antes de ver a la Amargura reaparecer en el umbral de San Juan de la Palma? ¿Esperar un año la vuelta de la fiesta? Toco aquí uno de los secretos de la tristeza de Sevilla, que dura mucho más que la alegría, pero que la primera visión de la Semana Santa es suficiente para conjurar”. Volvemos a Norteamérica para concluir esta brevísima relación y nos encontramos con dos visiones poco complacientes. Después de algunas citas anteriores, no es de extrañar que Richard Wright, negro, estadounidense y comunista, que en su España pagana traza un duro retrato del país, al vivir la Semana Santa en 1955, destaque “la extrema sensualidad de las procesiones sevillanas,” lleve la visión a su terreno y confunda intencionadamente a los nazarenos con el Ku Klux Klan. 198 SEMANA SANTA: UNA MIRADA EXTRANJERA
199 James Michener, escritor y viajero norteamericano que en 1948 ganó el premio Pulitzer, publica Iberia en 1968. No faltan la estancia sevillana ni las acostumbradas exageraciones: “Uno de los espectáculos divertidos de la Semana Santa es el de una bella Virgen María abandonada momentáneamente por sus costaleros, que se han metido en un bar, donde alguien les ha invitado a tomar unas copas”. Entre lugares comunes, tampoco pasa por alto la referencia al Ku Klux Klan. Si en vez de las miradas extranjeras nos acercamos a las españolas, los testimonios se multiplican. Y curiosamente, el acto inicial y solemne de la Semana Santa, su Pregón, tiene su origen en las distintas charlas cofrades que el valenciano Federico García Sanchíz, que popularizó el término “charlista”, dio en la ciudad en los años 1933, 1937, 1939 y 1940. En ese último año, y para paliar la situación de las hermandades en la posguerra, Romero Murube crea la Comisión de cofradías, origen del actual Consejo, y como sexto teniente alcalde del Ayuntamiento oficializa el Pregón, buscando que sean escritores de fuera los que exalten nuestra Semana Santa. Así, el primer pregón con carácter municipal lo pronuncia un gaditano prestigioso, José María Pemán, y en esos años cuarenta lo dan también dos vascos: Esteban Bilbao y José María de Lojendio. Es difícil trazar un verdadero retrato de una fiesta con tantas complejidades, desde la profundidad teológica o los ritos litúrgicos a los bordados de un manto o el ritmo de una marcha, partiendo además de una sola estancia, incluso de varias. La Semana Santa está también vinculada al conocimiento histórico y urbano de una ciudad con una idiosincrasia muy particular. Por tanto, los muchos testimonios que podamos escoger de los muchos autores extranjeros podrán hacer que nos fijemos en detalles en los que, al darlos por conocidos, no hayamos reparado, despertarán nuestra admiración o nuestra indignación, nos harán preguntarnos qué Semana Santa habrán visto o querido transmitir a los lectores de sus países respectivos. Pero la fiesta es rito, repetición, memoria, vivencias que, como los sentimientos, son únicas. Por eso, los sevillanos entramos en esos días mágicos y distintos como participantes, en palabras de Joseph Peyré, de un auto sacramental donde cada uno “vierte su pasión y los secretos de su fervor”. 199JUAN LAMILLAR