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La Sevilla odiada de Mateo Alemán

Gómez Canseco, Luis

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Excma. Sra. Directora. Excelentísimos señores y señoras académicos. Señoras y señores. Dado que no soy digno de entrar en esta casa, permítanme que, aun faltando a las normas del protocolo, comience reconociendo ante ustedes -como en capítulo público de culpasque acudo aquí esta noche perplejo ante un honor que me queda tan grande como lejano: el de entrar en esta venerabilísima y sapientísima casa con el título de Académico Correspondiente. Bien sabe Dios que no lo merezco y que lo recibo como si estuviera cortando dos orejas y rabo sobre el albero de la Real Maestranza. Sé que no me engaño al confesar que todo se debe a la mucha generosidad y a la inconsciencia de don Rogelio Reyes, que fue mi profesor en los años en que brujuleaba por la Fábrica de Tabacos, de su secretario primero, don José Antonio Gómez Marín, hombre de bien y pozo de munificencia para con los pobres de espíritu, entre los que me cuento y numero, y de mi maestro y amigo don Jacobo Cortines, censor de esta Academia, en cuyas generosísimas palabras de presentación no alcanzo a verme reflejado, pues nacen más del mucho afecto que de la realidad de mi trabajo. A ellos debo una dignidad que recibo con la voluntad de corresponder desde mis cortas luces y con clara consciencia de lo LA SEVILLA ODIADA DE MATEO ALEMÁN Por LUIS GÓMEZ CANSECO Minervae Baeticae. Boletín de la Real Academia Sevillana de Buenas Letras, 2ª época, 41, 2013, pp. 113-123. mucho que significa el alto y elocuente nombre que alumbra esta institución, ese de Buenas Letras, pues vivimos en un mundo en el que las buenas letras -y aun las malasparecen estar de sobra. Esas buenas letras, que un tiempo fueron luz para el mundo y vía de redención, se ven hoy arrinconadas. Y, por interés o por ignorancia, nos quieren hacer creer que solo la medicina, los avances en neurobiología, las investigaciones tecnológicas o incluso la bazofia que sirven al ganado desde la televisión son las únicas cosas que tienen interés y utilidad para la sociedad futura. Como si no fuera verdad que, cuando las sociedades se olvidan de las buenas letras, la calidad de la democracia se resiente, los ciudadanos se convierten en súbditos y la existencia humana toda se rebaja a su expresión más animal y aborregada. Y es que la diferencia entre el ser y el no ser, entre la estupidez y la conciencia de uno mismo está en la tinta de algunos libros. Créanme cuando afirmo desde la más honda convicción que, para que muchos vivan mejor, para que los derechos comunes se mantengan, es necesario -imprescindible, diría yoque unos pocos puedan consagrar su vida a la papirología, que otros lean a Platón o la Biblia en sus originales, que se ahonde en la simbología de Durero y que, en fin, las Buenas Letras tengan un sitio reservado y señalado en el mundo. Es por eso que debo agradecer que se me abran las puertas de una institución que, como esta Academia, lleva estampado al frente el nombre más preciso que nunca de esas Buenas Letras. Para corresponder a tanta prodigalidad desde mis cortos entendimientos, permítanme que les hable durante algunos minutos -que prometo serán los menos posiblesde la Sevilla que Mateo Alemán quiso poner en el centro de ese pequeño universo narrativo que es el Guzmán de Alfarache. Con la elección del tema, he pretendido cumplir con uno de los objetivos propios de esta Real Academia, como es el de ilustrar la historia de la ciudad. He querido, al mismo tiempo, dar cuenta del trabajo que me ha venido ocupando en los últimos años y que ha culminado con el parto de una criatura de 1 kilo y 700 gramos en forma de libro con la edición crítica del Guzmán de Alfarache, que acaba de publicar la Real Academia Española. Pero dejemos esa historia y vayamos a la que hoy quisiera contarles, que mira no a la LUIS GÓMEZ CANSECO114 ciudad amable, luminosa y encantadora que es Sevilla, sino al envés oscuro con que Mateo Alemán la vivió y que dejó reflejado en sus obras. Corría el año 1608, y Mateo Alemán podía contar los suyos hasta los sesenta y uno, lo que no dejaba de ser una inmensidad para una época en que la esperanza de vida quedaba, por lo general, mucho más acá. Fue entonces cuando, siendo un hombre punto y más que viejo, dejó su ciudad natal, se echó el petate al hombro y cruzó el océano con la voluntad de comenzar una nueva vida. En la petición de licencia para pasar a Indias, que había elevado un año antes, se quejaba amargamente de haber servido “muchos años en materia de papeles y cuentas” y haber “gastado la mayor parte de su vida en estudio y lectura de letras humanas”; y aseguraba que, por hallarse “al presente desacomodado”, deseaba pasar al Virreinato, donde los “que gobiernan tienen necesidad de personas de suficiencia”. Pedía, además, que se le permitiera llevar con él a un hijo y a dos de sus hijas, a una sobrina y a algunos criados. Pero vive Dios que el picarón de don Mateo mentía como un bellaco, pues sabemos, por la declaración de pasajeros, que la que él decía ser una de sus hijas, era, en realidad, Francisca Calderón, su amante desde años atrás y a la que se describe en el documento como “de veinticuatro años, trigueña, con un lunar debajo de la oreja izquierda”. Y, por cierto, que ni rastro se atisba de su mujer legítima, Catalina de Espinosa, con quien llevaba casado desde 1571, que andaba coleando por Sevilla y a quien abandonó como parte de una ciudad y de un pasado que pretendía dejar a sus espaldas. Con tal gozo y sentimiento de liberación se plantó en México que, nada más llegar, dio a la estampa su Ortografía castellana con una llamativa dedicatoria a su nueva ciudad, que reza así: “Recibe agora, pues, ¡oh, ilustre ciudad generosa!, este alegre y venturoso peregrino, a quien su buena fortuna trujo a manos de tu clemencia, que, como el trabajador fatigado del riguroso sol en el estío, desea repararse del cansancio, debajo del regalo de tu sombra”. Este emocionado agradecimiento contrasta muy mucho con la amarga mención que hace en el mismo libro de Sevilla, su ciudad natal, a la que se refiere como “mi patria”, aunque añadiendo al punto: “dijera mejor madrastra”. LA SEVILLA ODIADA DE MATEO ALEMÁN 115 Las primeras razones para justificar ese agrio parentesco hay que buscarlas más allá del propio Mateo Alemán, en 1480, cuando, bajo el reinado de los Reyes Católicos, un grupo de figuras destacadas en la vida de Sevilla se revolvieron al tener noticia de que la Inquisición venía a instalarse en la ciudad. Entre ellos estaba Juan Alemán, personaje asentado en la ciudad, rico, pero de linaje hebreo y conocido con el sintomático apodo de Pocasangre, que fue perseguido y condenado y que, aunque intentó apelar a la protección de Roma, terminaría pasando por el fuego. Ese apellido Alemán vuelve a aparecer en 1511 en la Composición que los cristianos nuevos del distrito de la Inquisición de Sevilla hicieron con la reina doña Juana. No ha de extrañar, pues, que Hernando Alemán, el padre de Mateo, fuese hijo o nieto de estos Alemanes, a lo que se añadiría un oficio entonces tan socialmente vinculado a los cristianos nuevos como fue el de cirujano. Por si fuera poco, el doctor Alemán casó en segundas nupcias con Juana del Nero, hija de un mercader con raíces florentinas y parte de ese importantísimo grupo de italianos que comerciaban en Sevilla y que, con frecuencia, vinieron a confluir con los conversos locales. Piensen tan solo en el conocido y bien asentado linaje de los de la Sal, en el que también se unieron esas dos sangres: la italiana y la conversa. En esa situación, una las muchas cosas que el padre de Mateo Alemán hubo de hacer para sobrevivir fue la de ejercer como médico de la famosísima cárcel de Sevilla, la misma que años más tarde su hijo escritor conocería por de dentro y describiría con puntualidad en su Guzmán de Alfarache. Fueron probablemente esos dineros ganados en la cárcel los que le permitieron educar con no poca pulcritud al joven Mateo, acaso en el colegio hispalense de los jesuitas, ponerlo a estudiar Artes y Filosofía en la Universidad de Maese Rodrigo y enviarlo luego a Alcalá de Henares para realizar estudios de medicina. Entiéndase con esto, que Mateo Alemán estaba lejos de ser un desclasado y mucho menos un criptojudío, pues no solo no tuvo inconveniente en profesar como hermano de la insigne Cofradía del Dulcísimo Jesús Nazareno y Santísima Cruz de Jerusalén, sino que llegó a ser su hermano mayor, redactó la regla de la cofradía y adquirió los terrenos para construir su capilla. Imagino, eso sí, que en todo LUIS GÓMEZ CANSECO116 ello habría mucho más afán de notoriedad social que verdadero fervor devoto. Aun así, Alemán nunca llegó a tener buen asiento en la Sevilla que le tocó vivir, y ya en 1581 intentó por primera vez pasar al Perú en condición de mercader. El permiso le fue otorgado, aunque nunca llegaría aprovecharlo, pues al año siguiente ya lo vemos ejerciendo como contador real y atareado en comisiones en nombre de la corona y lejos de su ciudad natal. Fue probablemente en esos años anteriores a su partida cuando Alemán procuraría hacerse un hueco al lado de los buenos, quiero decir, entre los miembros del Parnaso local que se formó primero en torno a Benito Arias Montano al que siempre menciona entre laudes y con admiración y luego en el taller del pintor Francisco Pacheco. Por entonces, y siendo posiblemente un joven, hubo de escribir una Historia de Sevilla de la que solo nos ha llegado la noticia, sin que haya podido encontrarse rastro documental alguno. Años más tarde, hacia 1598, se le añadió la traducción de dos odas de Horacio, que le permitieron hacer alarde de latines y exhibición de un discurso moral de tintes estoicos que tan bien encajaba entre los sevillanos del momento. Pero lo cierto es que, para hacerlo, no acudió a ninguno de los modelos que se venía fraguando en Sevilla desde Fernando de Herrera, sino que tomó, imitó y -todo sea dichocopió sin el más mínimo empacho la versiones que de esas dos odas había hecho años antes fray Luis de León. Sin embargo, ninguno de esos ingenios sevillanos compareció en los preliminares de la Primera parte de Guzmán de Alfarache, impresa solo un año después, en 1599, y construida por completo al margen de un entorno intelectual hispalense, en el que siempre encontró puertas cerradas. En Madrid, Alemán pudo entrar en contacto con una pequeña élite de gentes de letras, que sobrevivían como funcionarios reales y que integraban gentes como Cristóbal Pérez de Herrera, Hernando de Soto, Francisco Vallés o Alonso de Barros. Pero no le fueron las cosas tan bien como para que, poco tiempo después, en 1602 lo encontremos de nuevo en su ciudad, donde atiende a sobrevivir como buenamente puede: escribe, hace negocios que muchas veces no son sino chanchullos, pasa en 1603 por la cárcel a causa del impago de unas deudas y, en 1604, interLA SEVILLA ODIADA DE MATEO ALEMÁN 117 viene como testigo en uno de los enredos que Lope de Vega se traía con Micaela Luján. Y es que verán, doña Micaela entabló pleito por la tutela y los dineros de sus hijos, incluido el último, que a la sazón tenía tres meses. Pues bien, don Mateo Alemán no tuvo inconveniente alguno en dar fe -de todo punto falsade que el padre de ese niño era Diego Díaz, marido legítimo de la Luján, aunque asentado en Indias desde 1596, muerto desde 1603 y que, aunque pudiera haber pasado por Sevilla en 1601, no tuvo tiempo suficiente como para dejar encinta a su mujer ni siquiera desde el más allá. Como pueden imaginar, la semilla originaria de ese niño -que para más inri se llamaba Félixhabía salido no del difunto padre, sino del muy vivo Félix Lope de Vega y Carpio. A pesar de esos públicos desmanes, la situación de don Félix Lope en la ciudad era muy otra, pues siempre se le abrieron de par en par las puertas de los Arguijo y los Pacheco. Precisamente los mismos que debían considerar a Alemán poco menos que un advenedizo, por completo ajeno al canon intelectual que ellos habían diseñado para autoencumbrarse. Ni una sola mención se hace de Mateo Alemán en el Libro de los retratos, donde sí comparece entre encendidos elogios Lope de Vega. Y valga, por otro lado, recordar el desprecio con que Juan de Robles, defensor a ultranza de los valores hispalenses más tradicionales, arreó contra su Ortografía en su libro El culto sevillano, donde solo menciona la famosísima novela para criticar a los mozos que “en habiendo leído a Guzmán de Alfarache…, se sueñan catedráticos de Salamanca”. Tan lejos estaba Alemán del núcleo intelectual de la ciudad que aprovechó los preliminares de la segunda parte del Guzmán para dejar testimonio de su queja, aunque, eso sí, lo hiciera oculto tras la máscara de un inverosímil alférez Luis de Valdés, que viene a subrayar la ingratitud de la ciudad para con su hijo, diciendo: ¡Oh Sevilla dichosa, que puedes entre tus muchas grandezas, y como una de las mayores, engrandecerte con tal hijo, cuyos trabajos y estudios indefesos, igualándose a los más aventajados de los latinos y griegos, han merecido que las naciones del universo, celebrando su nombre, con digno lauro le canten debidas alabanzas! LUIS GÓMEZ CANSECO118 A pesar de todo lo dicho hasta ahora, Mateo Alemán tuvo a bien poner a Sevilla en el eje narrativo de su Guzmán de Alfarache. Hasta el punto de que cabe interpretar la historia como un viaje -a la par vital y alegóricoque comienza y termina en Sevilla. El mismo Alemán quiso hacerlo patente y utilizó como referencia geográfica el hospital de San Lázaro, donde Guzmanillo se detiene apenas iniciado su viaje: “Cuando llegué a San Lázaro, que está de la ciudad poca distancia, senteme en la escalera o gradas por donde suben a aquella devota ermita. Hice allí de nuevo alarde de mi vida y discursos de ella”. Eso ocurre en capítulo III, en el libro I de la primera parte. Muchas páginas después, en el capítulo VI del libro III y ya en la segunda parte, Guzmán vuelve a pasar junto a la ermita, aunque ahora para regresar a su ciudad. Frena entonces el paso de su viaje para que la circunstancia no pase desapercibida a los lectores: …a el emparejar con San Lázaro, se me refrescó en la memoria cuanto allí me pasó cuando de Sevilla salí. Vi la fuente donde bebí, los poyos en que me quedé dormido, las gradas por donde bajé y subí; vi su santo templo y, desde acá fuera, dije: “¡Ah, glorioso santo! Cuando de vos me despedí, salí con lágrimas, a pie, pobre, solo y niño. Ya vuelvo a veros y me veis rico, acompañado, alegre y hombre casado”. Representóseme de aquel principio todo el discurso de mi vida hasta en aquel mismo punto. Es fácil entender que Sevilla se presenta como centro del mundo para Guzmán, aunque ese mundo resulte -se mire por donde se mireturbio y poco edificante. La Sevilla de Alemán es toda un gran patio de Monipodio, tomada por la delincuencia, la rapiña a toda escala y el fornicio masivo. Nada que ver con esa Roma triunfante en ánimo y grandeza de la que se mofó Cervantes y que inventaron los humanistas hispalenses para mayor gloria suya. Miren si no cómo, al poco de comenzar su historia, Guzmán se detiene a describir la ciudad, y lo hace en términos inequívocos: “Sevilla era bien acomodada para cualquier granjería ... Es patria común, dehesa franca, ñudo ciego, campo abierto, globo sin fin, madre de huérfanos y capa de pecadores, donde todo es necesidad y ninguno la tiene”. A esa ciudad es a la que acude el futuro padre LA SEVILLA ODIADA DE MATEO ALEMÁN 119 del pícaro para cobrar una deuda, no sin antes haberse convertido al Islam, haber robado a su esposa musulmana y haber vuelto de nuevo al seno de la Iglesia. Y todo por interés. Guzmán recuerda a ese padre -de origen significativamente genovéscomo ladrón en su oficio, con fama constatable de afeminamiento y de reconocida sangre hebrea, aunque, eso sí, hipócrita devoto frente al público asistente a los templos. Sevilla se convierte para el genovés en un territorio propicio, donde rápidamente se enriquece y donde encuentra vía abierta para su avaricia y su lujuria. Y lo hace nada menos que en las Gradas de la Catedral, esa zona de tratantes, ese asiento de mercaderes en la Sevilla del Siglo de Oro, ese imperio de pícaros, tunantes y ladrones. Allí se topa con la que terminará siendo madre de Guzmán en un ejercicio completo de comercio carnal. E insisto en ambas cosas: comercio y carnal. La madre del futuro pícaro forma parte de una generación de rameras ocupadas en esquilmar a sus amantes, aunque aquí, dejándose llevar por sus deseos, monte la de Dios es Cristo para poder acostarse con el guapo genovés en una finca de recreo que este tenía en el Aljarafe. Esa heredad se describe en términos voluntariamente parejos a los del Edén bíblico, tal como la pinta el propio Guzmán: Era entrado el verano, fin de mayo; y el pago de Gelves y San Juan de Alfarache, el más deleitoso de aquella comarca por la fertilidad y disposición de la tierra, que es toda una, y vecindad cercana que le hace el río Guadalquivir famoso, regando y calificando con sus aguas todas aquellas huertas y florestas; que, con razón, si en la tierra se puede dar conocido paraíso, se debe a este sitio el nombre de él: tan adornado está de frondosas arboledas, lleno y esmaltado de varias flores, abundante de sabrosos frutos, acompañado de plateadas corrientes, fuentes espejadas, frescos aires y sombras deleitosas, donde los rayos del sol no tienen en tal tiempo licencia ni permisión de entrada. Piensen que esa conexión con el Paraíso terrenal no es un mero ejercicio retórico, pues también este paisaje sirve como marco para el pecado original del pícaro, engendrado con engaños, en LUIS GÓMEZ CANSECO120 adulterio entre dos mangantes y en una maculada concepción que condicionará todo el curso de su existencia. Aquí y allá recordará Guzmán esos orígenes, a los que se añade la conciencia de una educación torcida, que no solo se atribuye a sí mismo -asegurando que era “muchacho vicioso y regalado, criado en Sevilla sin castigo de padre…, cebado a torreznos, molletes y mantequillas y sopas de miel rosada”-, sino que extiende a todos sus iguales hispalenses, pues imputa a las escuelas de la ciudad una eficaz instrucción en la inmoralidad y en el desahogo. Oigan, si no: Donde hay muchas escuelas de niños y maestros que guardan conciencias… es en Sevilla, de los que se embarcan para pasar la mar, que los más de ellos, como si fuera de tanto peso y balume que se hubiera de hundir el navío con ellas, así las dejan en sus casas o a sus huéspedes, que las guarden hasta la vuelta. Y si después las cobran -que para mí es cosa dificultosa, por ser tierra larga, donde no se tiene tanta cuenta con las cosas-, bien; y si no, tampoco se les da por ellas mucho; y si allá se quedan, menos. Por esto en aquella ciudad anda la conciencia sobrada de los que se la dejaron y no volvieron por ella. La ruina y la muerte del padre empujan a Guzmán fuera de Sevilla, aunque, tras recorrer el mundo todo en un proceso de degradación moral, volverá años más tarde a la ciudad para -como su padrerecuperar la riqueza perdida y con el aval económico de la belleza de su nueva mujer, Gracia, a la que ha venido prostituyendo para salir de miseria. A su vuelta, Sevilla se presenta como una tierra de Jauja, donde los dineros fluyen sin medida, donde se percibe, dice, “un olor de ciudad, un otro no sé qué, otras grandezas, aunque no en calidad, por faltar allí reyes, tantos grandes y titulados, a lo menos en cantidad; porque había grandísima suma de riquezas”. Y es que al final todo es eso: dinero, dinero y dinero. Entonces como ahora. Para su desgracia, ese dinero nunca acaba de llegar a las manos de Guzmán, que sobrevive repartiendo a su mujer entre mocitos de barrio, caballeritos, valentones y poderosos que abusan de sus prerrogativas. Y así hasta que, tras verse abandonado por ella, se encuentra en la LA SEVILLA ODIADA DE MATEO ALEMÁN 121